Kitabı oku: «Un Beso Para Las Reinas », sayfa 2

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CAPÍTULO DOS

Angelica estaba delicadamente sentada en el salón de la casa señorial de Ruperto, arreglada con la misma perfección que las flores que había encima de la chimenea, escuchando cómo el príncipe primogénito del reino entraba en pánico mientras intentaba no mostrar nada de su menosprecio.

—¡La maté! —gritaba, abriendo sus brazos en cruz mientras andaba de un lado a otro—. La maté de verdad.

—Grita un poco más, mi príncipe —dijo Angelica, incapaz de evitar que se colara al menos un poco del desprecio que sentía—. Creo que algunos de los del edificio de al lado pueden no haberte oído.

—¡No te rías de mí! —dijo Ruperto, señalándola con el dedo—. Tú… tú me incitaste a esto.

Un débil chorrito de miedo creció en el interior de Angelica al oírlo. No deseaba para nada ser el blanco de la ira de Ruperto.

—Aun así, el que está manchado con la sangre de la Viuda eres tú —dijo Angelica, con un ligero toque de indignación. No por el asesinato; la vieja bruja lo tenía merecido. Era sencillamente repulsión por la falta de elegancia en todo aquello y por la estupidez de su futuro marido.

La expresión de Ruperto mostró ira, pero bajó la vista como si viera por primera vez la sangre que había en su camisa y que la manchaba de un carmesí que hacía juego con su capa. Su expresión volvió a algo parecido al desconsuelo al hacerlo. ¡Qué raro! , pensó Angelica, ¿Era posible que hubieran encontrado a una persona a la que Ruperto realmente se arrepintiera de hacer daño?

—Me matarán por ello —dijo Ruperto—. Maté a mi madre. Caminé por palacio manchado con su sangre. Me vieron.

Probablemente lo vio medio Ashton, dado la manera en la que seguramente había ido por las calles con ella. Lo único que lo salvaba era que durante esa parte del camino iba envuelto con una capa. En cuanto a lo demás… bueno, Angelica se encargaría de ello.

—Quítate la camisa —ordenó.

—¡Tú a mí no me das órdenes! —dijo Ruperto, atacándola verbalmente.

Angelica se mantuvo firme, pero suavizó un poco el tono, para intentar tranquilizar a Ruperto de la manera que evidentemente quería—. Quítate la camisa, Ruperto. Tienes que lavarte.

Lo hizo y también tiró su capa. Angelica le dio unos toques a las manchas de sangre que quedaban con un pañuelo y un cuenco de agua y borró lo que pudo de los restos de la violencia. Tocó una pequeña campana y una camarera entró con ropa limpia y se llevó la vieja.

—Ya está —dijo Angelica mientras Ruperto se vestía—, ¿no te sientes mejor?

Ante su sorpresa, Ruperto negó con la cabeza.

—Esto no se lleva lo que pasó. No se lleva lo que veo aquí, ¡aquí dentro! —Se dio un golpe en un lado de la cabeza con la mano abierta.

Angelica le cogió la mano y le besó la frente con la delicadeza de una madre a un hijo.

—No tienes que hacerte daño. Eres demasiado valioso para mí para eso.

Valioso era una palabra para ello. Necesario podría ser otra. Angelica necesitaba a Ruperto vivo y bien, al menos por ahora. Él era la llave para abrir todas las puertas del poder, y debía estar intacto para hacerlo. Antes, controlarlo había resultado muy fácil, pero todo esto era… inesperado.

—Pronto me perderás —dijo Ruperto—. Cuando descubran lo que hice…

—Ruperto, nunca había visto que una muerte te afectara de esta manera —dijo Angelica—. Has luchado en batallas. Has estado al mando de ejércitos que han matado a miles de .

También había luchado y matado en causes menos evidentemente necesarias. Había hecho daño a más de las que le tocaban durante toda su vida. Por lo que Angelica había oído, había hecho cosas que darían náuseas a la mayoría de , y que se habían escondido al mundo. ¿Por qué una muerte más iba a ser un problema?

—Era mi madre —dijo Ruperto, como si eso lo hiciera evidente—. No era cualquier campesina. Era mi madre y la reina.

—La madre que iba a robarte tu derecho natural —puntualizó Angelica—. La reina que iba a exiliarte.

—Aun así… —empezó Ruperto.

Angelica lo cogió por los hombros, con el deseo de poderle hacer entrar en razón—. No hay un aun así —dijo—. Te lo iba a quitar todo. Iba a destrozarte para dárselo todo a su hijo…

—¡Su hijo soy yo! —gritó Ruperto, apartando a Angelica de un empujón. Angelica sabía que ene ese instante debía tener miedo de él, pero lo cierto era que no lo tenía. Al menos, de momento, era ella la que tenía el control.

—Sí, lo eres —dijo Angelica—. Su hijo y su heredero, y ella intentó quitártelo todo. Intentó dárselo a alguien que te habría hecho daño. Prácticamente, fue en defensa propia.

Ruperto negó con la cabeza.

—No… no lo verán así. Cuando se enteren de lo que he hecho…

—¿Por qué iban a enterarse? —preguntó Angelica en un tono perfectamente lógico que fingía no comprender. Se dirigió a uno de los divanes que había allí, se sentó y cogió una copa de vino frío. Le hizo un gesto a Ruperto para que hiciera lo mismo, y este se bebió el suyo con una rapidez que daba a entender que apenas lo había saboreado.

—La gente me habrá visto —dijo Ruperto—. Adivinarán de dónde venía la sangre.

Angelica no pensaba que Ruperto fuera tan estúpido. Pensaba que era un imbécil, evidentemente, incluso un imbécil peligroso, pero no tanto.

—A la gente se la puede comprar, o amenazar, o matar —dijo—. Se la puede distraer con rumores, o incluso convencerla de que se equivocaba. Tengo a gente escuchando indicios de que la gente hable en tu contra, y cualquiera que lo haga será silenciado o quedará como un estúpido, de manera que será ignorado.

—Aun así… —empezó Ruperto.

—No empieces otra vez, mi amor —dijo Angelica—. Tú eres un hombre fuerte y seguro de ti mismo. ¿Por qué te cuestionas a ti mismo con esto?

—Porque esto puede ir mal de muchas maneras —dijo Ruperto—. No soy tonto. Ya sé lo que piensa de mí la gente. Si empiezan los rumores, se los creerán.

—En ese caso, procuraré que no empiecen —dijo Angelica—, o les encontraré un blanco más adecuado. —Alargó el brazo para cogerle una mano—. Cuando te acostabas con la hija de algún noble en el pasado y eras demasiado brusco con ella, ¿te preocupaba su ira?

Ruperto negó con la cabeza.

—Pero si yo nunca he…

—La mentira es tu primera herramienta en esto —dijo Angelica, con calma. Sabía exactamente lo que Ruperto había hecho en el pasado y a quién. Se había encargado de conocer hasta el más mínimo detalle, de manera que pudiera usarlo si debía hacerlo. Al principio, el plan había sido destruir al príncipe cuando se casara con Sebastián, pero ahora podía ser igual de útil.

—No sé por qué sacas esto ahora —dijo Ruperto—. No es relevante. Es…

—La distracción es la segunda —dijo Angelica—. Encontraremos cosas mejores en las que la gente se concentre.

Vio que Ruperto se ponía rojo por la rabia.

—Yo seré tu rey —dijo él bruscamente.

—Y esta es tu tercera herramienta —susurró Angelica, acercándose para besarlo—. Estás a salvo. ¿Lo comprendes, mi amor? O lo estarás. El truco está ahora en asegurar tu posición.

Vio que Ruperto se relajaba visiblemente a medida que la idea iba calando. A pesar de lo muy profundamente que le había afectado haber matado a su madre, sabía cómo escapar de cualquier cosa que hiciera. Al fin y al cabo, llevaba mucho tiempo haciéndolo. O tal vez era la expectativa de poder lo que lo calmaba, el pensar en lo que vendría a continuación.

—Ya he hablado con todos mis aliados —dijo Ruperto.

—Y ahora es el momento de que actúen —respondió Angelica—. Hagámoslos parte de esto desde el principio. La muerte de la Viuda ya es un rumor en la ciudad, y muy pronto se anunciará de manera formal. Ahora las cosas deben avanzar rápidamente. —Lo ayudó a levantarse—. Todo tipo de cosas.

—¿Qué cosas? —preguntó Ruperto. Angelica lo atribuyó a conmoción.

—Nuestra boda, Ruperto —dijo—. Debe tener lugar antes de que la gente tenga ocasión de discutir. Debemos presentarles un frente estable, una dinastía real establecida a la que seguir.

Ruperto se movió sorprendentemente rápido cuando la cogió por el cuello, de nuevo con una rabia que crecía con una rapidez peligrosa.

—No me digas lo que yo debo hacer —dijo—. Mi madre intentó hacerlo.

—Yo no soy tu madre —respondió Angelica, intentando no hacer un gesto de dolor ante la fuerza del agarre—. Pero sí que me gustaría ser tu esposa antes de que se acaba el día. Pensaba que habíamos hablado de eso, Ruperto. Pensaba que era lo que tú querías.

Ruperto la soltó.

—No lo sé. Yo no… yo no había planeado nada de esto.

—¿Ah, no? —preguntó Angelica—. Planeaste tomar el trono. Sin duda sabías los sacrificios que supondría. Aunque me gustaría pensar que casarte conmigo no es una adversidad tan grande.

Volvió hacia él.

—Si quieres, no es demasiado tarde para cancelar las cosas. Dime que me vaya y vaciaré Ashton de las haciendas de mi familia. Si eliges esperar, esperaremos. Evidentemente, en ese caso no tendrías la fuerza de mi familia, o sus aliados. Y no habría nadie que te ayudara a contener todos esos… rumores difíciles.

—¿Me estás amenazando? —exigió Ruperto. Angelica sabía que ese era un juego peligroso. Aun así, iba a jugarlo, pues el verdadero juego al que ella jugaba era mucho más peligroso.

—Simplemente estoy señalando las ventajas que ganas si sigues adelante con esto, mi amor —dijo Angelica—. Cásate conmigo, y puedo hacer que todo esto sea mucho más fácil para ti. es mejor hacerlo hoy que dentro de un mes. Si puedo actuar como tu esposa, ya tengo una razón para protegerte del mundo.

Ruperto se quedó quieto durante unos segundos y, por un instante, Angelica pensó que podría haber calculado mal todo esto. Que, al fin y al cabo, él podría marcharse. Entonces asintió una única y concisa vez.

—Muy bien —dijo él—. Si es importante para ti, lo haremos hoy. Ahora, voy a tomar un poco de aire y empezaré a contactar con nuestros aliados.

Dio la vuelta y salió. Angelica sospechaba que era más probable que fuera en busca de vino que de sus aliados, pero eso no importaba. Probablemente, incluso les beneficiaba. Pronto, ella los tendría haciendo lo que debían, mandando mensajes de parte de su marido.

Llamó a una sirvienta con la campana.

—Asegúrate de que la ropa que llevaba el Príncipe Ruperto cuando entró se quema —le dijo a la chica que entró—. Después busca a una sacerdotisa de la Diosa Enmascarada, e invita a los miembros del consejo íntimo de la Viuda para que se reúnan en palacio. Ah, y manda a alguien a mi modista. Ya debe haber un vestido de boda esperándome.

—¿Mi señora? —dijo la chica.

—¿No estoy hablando con suficiente claridad? —preguntó Angelica—… Mi modista. Venga.

La chica se fue. Era extraño lo estúpida que podía ser la gente a veces. Era evidente que la sirvienta había dado por sentado que Angelica no había hecho ninguna preparación para su propia boda. En cambio, ella había empezado a mandar mensajes para las preparaciones casi tan pronto como tuvo la idea de hacer que Ruperto se casara con ella. Era importante que esta boda lo pareciera lo más posible dada la poca antelación.

Era una pena que no hubiera la oportunidad de tener una ceremonia más grande más tarde, pero había un impedimento más grande para ello: para entonces Ruperto estaría muerto.

El día de hoy había demostrado que eso era necesario de forma más clara de lo que Angelica podía creer. Ella pensaba que Ruperto era un hombre que tenía tanto control sobre sí mismo como ella, pero continuaba tan variable como el viento. No, el plan que ella había establecido era el camino a seguir. Se casaría con Ruperto esa misma noche, lo mataría por la mañana y sería coronada reina antes de que el cuerpo de él estuviera en el suelo.

Ashton tendría la reina que necesitaba. Angelica gobernaría, y el reino sería mejor por ello. Todo iba a salir bien. Podía sentirlo.

CAPÍTULO TRES

Sofía solo podía esperar mientras la flota avanzaba hacia Ashton. Mientras su flota avanzaba. Incluso aquí y ahora, después de todo lo que había sucedido, era difícil recordar que todo esto era suyo. Todas las vidas que había en los barcos que la rodeaban, cada señor que mandaba a sus hombres, cada terreno del que venían, era responsabilidad suya.

—Hay mucho de lo que hacerse responsable —susurró Sofía a Sienne, el gato del bosque ronroneaba mientras se frotaba contra las piernas de Sofía, enroscándose a su alrededor con su impaciencia.

Cuando se marcharon de Ishjemme, ya había toda una flota de barcos, pero desde entonces más y más embarcaciones se les habían unido, procedentes de las costas de Ishjemme o de las pequeñas islas que hay a lo largo del camino, incluso salidos del reino de la Viuda pues los que le eran leales venían para unirse al ataque.

Ahora había muchos soldados con ella allí. Tal vez los soldados suficientes como para ganar esta guerra. Los soldados suficientes como para borrar del mapa Ashton, si así lo elegía ella.

—«Todo irá bien» —le mandó Lucas, evidentemente notando su intranquilidad.

—«Morirá gente» —le mandó de vuelta Sofía.

—«Pero están aquí porque así lo eligieron» —respondió Lucas. Se acercó para ponerle una mano sobre el hombro—. «Hónralos no desperdiciando sus vidas, pero no restes importancia a lo que ofrecen conteniéndote».

—Creo que es una de esas cosas que es más fácil decir que hacer —dijo Sofía en voz alta. Automáticamente, alargó el brazo hacia abajo para tocarle las orejas a Sienne.

—Posiblemente —confesó Lucas. Parecía preparado para la guerra de una manera en la que Sofía no lo parecía, con una espada en un costado y unas pistolas preparadas en el cinturón. Sofía imaginaba que, allí de pie, ella se veía increíblemente redonda con el peso de su hijo aún por nacer, desarmada y sin protección.

—«Pero sí preparada» —le mandó Lucas. Hizo un gesto hacia la parte de atrás del barco—. Nuestros comandantes están a la espera.

Más que nada, eso significaba sus primos y su tío. Ellos sostenían esto tanto como Sofía, pero también había otros hombres: jefes de clanes y señores menores, hombres duros que todavía hacían reverencias cuando Sofía se acercaba, su hermano y el gato del bosque a su lado.

—¿Estamos preparados? —preguntó, mirando hacia su tío e intentando parecer la reina que todos ellos necesitaban que fuera.

—Todavía hay que tomar algunas decisiones —dijo Lars Skyddar—. Sabemos lo que intentamos conseguir, pero ahora debemos decidir los detalles.

—¿Qué es lo que hay que decidir? —preguntó su primo Ulf, en su habitual tono brusco—. Juntamos a los hombres, machacamos los muros con cañonazos y después vamos a la carga.

—Esto explica muchas cosas del modo en el que cazas —dijo Frig, la hermana de Ulf, con una sonrisa de lobo—. Deberíamos rodear la ciudad como una horca, asediándola.

—Debemos estar preparados para un asedio —dijo Hans, cauteloso como siempre.

Parecía que cada uno tenía su propia idea acerca de cómo debía ir, y una parte de Sofía deseaba poder mantenerse alejada de esto, dejar todo esto a mentes más sabias, con más conocimiento sobre la guerra. Pero sabía que no podía, y que los primos no dejarían de discutir si les dejaba. Eso significaba que la única manera de hacerlo era elegir.

—¿Cuándo llegaremos a la ciudad? —preguntó, intentando pensar.

—Probablemente al anochecer —dijo su tío.

—Entonces es demasiado tarde para un simple ataque —dijo, pensando en el tiempo que había pasado por la noche en la ciudad—. Conozco las calles de Ashton. Creedme, si intentamos cargar a través de ellas en la oscuridad, no acabará bien.

—Un asedio, entonces —dijo Hans, que parecía satisfecho ante la expectativa, o quizás solo porque su plan era el elegido.

Sofía negó con la cabeza.

—Un asedio hace daño a la gente equivocada y no ayuda a los adecuados. Las viejas murallas de la ciudad solo protegen la parte central de la ciudad, y no te quepa la menor duda de que la Viuda dejaría morir de hambre a los más pobres para comer ella. Mientras tanto, cada momento que esperemos, Sebastián está en peligro.

—Entonces ¿qué? —preguntó su tío—. ¿Tienes un plan, Sofía?

—Echaremos el ancla delante de Ashton cuando lleguemos allí —dijo ella—. Les mandaremos mensajes para que se rindan.

—No lo harán —dijo Hans—. Aunque les ofrezcamos cuartos.

Sofía negó con la cabeza. Eso ya lo sabía.

—La Viuda no creerá que alguien tenga más piedad que ella. Pero la ilusión de que les estemos dando tiempo para rendirse nos hará ganar tiempo para que la mitad de nuestros hombres vayan hacia el lado de tierra de la ciudad. Tomarán los alrededores discretamente. La gente de allí no le tiene ningún cariño a la Viuda.

—¿Y al invasor sí? —preguntó Lucas.

Esa era una buena pregunta, pero es que su hermano tenía facilidad para hacer buenas preguntas.

—Eso espero —dijo Sofía—. Espero que recuerden quiénes somos y cómo eran las cosas antes de la Viuda. —Miró a Hans—. Tú estarás al mando de las fuerzas allí. Necesito a alguien que mantenga la disciplina con los soldados y que no asesine a la gente común.

—Me encargaré de ello —le aseguró Hans, y Sofía supo que lo haría.

Sofía se dirigió a Ulf y a Frig.

—Vosotros dos llevaréis una pequeña fuerza cerca de las puertas del río. Si los hombres que mandé consiguen entrar, se abrirán. Vuestro trabajo será ayudarlos a resistir hasta que el resto podamos atacar. La flota principal desembarcará y avanzaremos bajo la protección de los cañones de los barcos.

Parecía un buen plan. Por lo menos, ella esperaba que lo fuera. La alternativa era que acababa de condenar a muerte a los hombres que comandaba.

—«Es un buen plan» —le mandó Lucas.

—«Solo espero que funcione» —respondió Sofía.

Entonces se les unió una tercera voz, procedente del mar.

—«Lo hará. Me aseguraré de que así sea».

Sofía se giró y vio un pequeño grupo de barcos que se acercaba. Tenían un aspecto lamentable, parecido a lo que los mercenarios o bandidos podrían haber escogido. Pero era la voz de su hermana la que salía de ellos.

—«¿Catalina? ¿Estás aquí?

—«Estoy aquí» —respondió Catalina—. «Y me traje la compañía libre más poco respetable que hay. Lord Cranston dice que será un honor para él servir».

Ese pensamiento animó a Sofía casi tanto como la presencia de su hermana allí. No solo era por los hombres de más para la lucha, aunque ahora mismo Sofía tomaría todo lo que pudiera. Era el hecho de que su hermana había vuelto con la compañía de guerra de la que tanto le gustaba formar parte, y…

—«¿Está Will allí» —preguntó Sofía.

—«Sí» —respondió Catalina. Sofía podía notar su felicidad—. «Pronto nos veremos, hermana mía. Guárdame algunos enemigos».

—«Estoy segura de que habrá los habrá en abundancia».

—Catalina se está acercando —le dijo Sofía a Lucas.

—Lo sé —dijo su hermano—. Sentí sus pensamientos. Pensaba que tendríamos que esperar a volver para encontrarnos por fin con ella.

—Y encontrar a nuestros padres después de esto —dijo Sofía. Sabía que no debería estar pensando tan adelante todavía. Debía concentrase en la batalla que estaba por llegar, pero era casi imposible que sus pensamientos se mantuvieran allí. Estaba demasiado ocupada pensando en todo lo que podría derivar de eso. Recuperaría a Sebastián. Liberaría al pueblo de la Viuda del peso demoledor de su mandato. Encontrarían a sus padres.

—Catalina estará tan ansiosa como nosotros lo estamos por encontrar a nuestros padres —dijo Sofía—. Más aún. No estoy segura ni de que tenga recuerdos de ellos que la hagan seguir adelante.

—Pronto tendremos más que eso —dijo Lucas.

—Eso espero —respondió Sofía. Pero no podía evitar preocuparse—. ¿Lo tienes?

Lucas asintió, evidentemente sabía a qué se refería. Sacó el disco plano hecho de bandas de metal entrelazadas y, al tocarlo, unas líneas brillantes y enredadas resplandecieron. Cuando Sofía también puso la mano sobre el metal, las partes del artilugio giraron hasta colocarse, dejando al descubierto el contorno de masas de tierra, desde el reino de la Viuda hasta formas remotas que podrían ser las Colonias Lejanas y las Tierras de la Seda. Estaba tentadoramente cercano a decirles lo que necesitaban saber; pero no había nada que les dijera dónde podrían estar ahora sus padres. Sofía imaginaba que eso llegaría cuando Catalina se les uniera. Así lo esperaba.

—Guarda el artilugio en un lugar seguro —dijo Sofía—. Si lo perdemos…

Lucas asintió.

—Hasta ahora lo he protegido. Estoy más preocupado por manteneros a ti y a Catalina a salvo.

Sofía no había pensado en ello. Los tres estaban a punto de dirigirse al centro de una batalla. Si uno de ellos caía en esa batalla, puede que nunca encontraran a sus padres. Sería un doble golpe, perder la promesa de su padre y madre mientras se lamenta la muerte de un hermano o hermana.

—Tú también debes estar a salvo —dijo Sofía—. Y no lo digo solo porque quiero encontrar a nuestros padres.

—Lo sé —dijo Lucas—. Y haré todo lo que pueda. El Oficial Ko me hizo entrenar muy bien.

—Y Catalina aprendió muchas cosas de la bruja que intentó reclamarla —dijo Sofía.

—Si sola es la mitad de letal de lo que fue cuando me maltrató en el castillo, estará bien—dijo Lucas—. La cuestión eres tú, Sofía. Sé que tienes a Sienne, pero ¿estarás a salvo en medio de la batalla?

—No estaré en medio —prometió Sofía. Puso una mano protectora sobre su barriga—. Pero haré todo lo que tenga que hacer para asegurarme de que mi hijo tiene un padre.

—Lo tendrá —dijo Lucas, y algo en la seguridad con la que lo decía hizo que Sofía le mirara. Ella sabía que ella había vislumbrado cosas en sus sueños. Se preguntaba si Lucas también lo había hecho.

—¿Viste algo? —preguntó Sofía.

Lucas negó con la cabeza.

—Tengo algo de talento para ello, pero creo que tú tienes más. Lo que veo más que nada para mañana es sangre.

Eso era bastante fácil de ver incluso sin la magia que les traía sueños a ambos. Sofía echó de nuevo un vistazo y ahora había una costa en el horizonte, y una ciudad como una manchita situada en ella.

—Ashton —dijo Sofía. Le parecía que hacía una eternidad que no la veía.

La ciudad se extendía como una mancha en el paisaje, sus edificios viejos, su extensión se prolongaba más allá de sus muros. Parte de su flota ya estaba partiendo, Hans avanzaba para desembarcar a lo largo de la costa y tomar los alrededores.

El resto se acercaban más, ondeando banderas como señal para coordinar sus movimientos. Echaron el ancla bien fuera del alcance de los cañones y bajaron pequeñas barcas, llenos de mensajeros y de la petición de rendición. Sofía sabía que Ulf y Frig estarían preparando sus propias barquitas para acercarse a hurtadillas a la ciudad antes de que empezara la batalla, preparados para que se les abrieran las puertas del río.

Sofía veía los barcos que esperaban allí, dispuestos para la guerra en respuesta a los mensajes que les hubieran llegado. No bastaban para detener a una flota del tamaño de la suya, no pegados a la orilla de esa manera. A medida que se iban acercando, Sofía oyó cómo sonaban las trompetas, vio las hogueras que se encendían como señales.

Miró detrás de todo esto hacia el palacio y el distrito noble. Sebastián estaba allí en algún lugar, retenido en una celda, a la espera de que ella lo rescatara.

—Todavía podríamos atacar, tal y como quiere el Primo Ulf —dijo Lucas.

Sofía miró al cielo. El sol ya se estaba escondiendo, mandando lenguas rojas por el horizonte. Tuvo que forzarse a negar con la cabeza. Era una de las cosas más difíciles que jamás había hecho.

—No podemos arriesgarnos con un ataque nocturno —dijo—. Debemos ceñirnos al plan.

—Entonces atacamos al amanecer —dijo Lucas.

Sofía asintió. Al amanecer, todo estaría resuelto. Verían si ella recuperaba el reino de su familia, junto con el hombre que amaba, o si todos ellos estaban condenados a muerte.

—Atacamos al amanecer —dijo.

Yaş sınırı:
16+
Litres'teki yayın tarihi:
10 ekim 2019
Hacim:
232 s. 5 illüstrasyon
ISBN:
9781640299252
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