Kitabı oku: «Todo el mundo sabe que vuelves a casa»
TODO EL MUNDO SABE QUE VUELVES A CASA

ULTRAMAR
Narrativa actual allende el mar...
Coordinación de Difusión Cultural
Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial
TODO EL MUNDO SABE QUE VUELVES A CASA
NATALIA SYLVESTER
Traducción de Isabel Zapata
UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO MÉXICO 2020
Ésta es un obra de ficción. Los nombres, personajes, organizaciones, lugares,
incidentes y eventos son producto de la imaginación de la autora o
bien han sido utilizados de manera ficcional. Cualquier parecido con eventos
o personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia.
Para Ceci
La memoria guardará lo que valga la pena.
La memoria sabe de mí más que yo;
y ella no pierde lo que merece ser salvado.
—Eduardo Galeano
Días y noches de amor y de guerra
Capítulo 1
2 de noviembre de 2012
El gran día
Se casaron en Día de Muertos, lo cual no llamó la atención de nadie en todos los meses de planeación, hasta que el difunto suegro de la novia se apareció en el auto cuando terminó la ceremonia. Se manifestó detrás del volante y estiró su brazo por detrás del asiento del copiloto para ver de frente a Isabel y a Martín.
—Hermosa ceremonia, mijo —expresó.
Las sonrisas de la pareja se congelaron. Tardaron lo que pareció una eternidad en pronunciar palabra, y cuando lo hicieron no pudieron más que balbucear.
Toda la vida, Isabel había oído historias sobre espíritus que venían a pasar este día con su familia. De niña construía altares para sus bisabuelos, conmovedores tributos hechos con cajas de zapatos abiertas, adornadas con flores de papel e imágenes de figuras religiosas que se parecían mucho a los dioramas que hacía en primaria. De adolescente, su familia se congregaba en torno a la tumba de su tía abuela para limpiarla; un año su madre incluso llevó una aspiradora de baterías para la lápida. Hoy recordamos a nuestros muertos, decía siempre su madre. Los honramos.
El padre de Martín lucía más agotado que muerto, como si hubiera llegado tarde por estar atorado en el tráfico. Isabel miró a su nuevo esposo para saber qué hacer y le sorprendió notar que estaba molesto. No asustado, porque honestamente su suegro parecía inofensivo, como en las pocas fotos suyas que había visto. No, Martín tenía cara de haber mordido un chile que picaba más de lo esperado.
—¿Sabías que esto pasaría? —le preguntó.
—No, pero es típico de él. Típico. Sólo alguien tan descarado se aparece en una boda sin invitación.
—¡Martín, por favor!
No esperaba que fuera tan grosero. Isabel no se esperaba nada de esto, pero tenía muy arraigado el instinto de mantener la cordialidad y respetar a sus mayores —incluso más que sus supuestos sobre la vida y la muerte, aparentemente— así que sus esfuerzos por entender la situación fueron rápidamente superados por su deseo de hacer que todo el mundo se sintiera a gusto.
Era la primera vez que veía a su suegro. Acomodó su vestido blanco, que abultaba cada centímetro del asiento, y enderezó el velo sobre sus hombros.
—¿No nos vas a presentar?
El viejo permaneció sentado, esperando.
—No pienso hablarle —dijo Martín.
—Martín, no lo dices en serio.
En ese momento, su suegro sonrió y se acercó a ella a través del pequeño espacio que separaba la parte delantera y la trasera del Rolls—Royce que habían rentado.
—Habla en serio, te lo juro. La terquedad corre por nuestras venas. Isabel, soy Omar. Aunque espero que al menos te hayan dicho mi nombre.
—Claro, encantada —dijo.
En circunstancias ordinarias, se hubiera acercado para darle un beso, hasta un abrazo, pero éstas no eran circunstancias ordinarias. No conocía las leyes que gobernaban a los muertos. ¿ Pueden tocar?
¿Sentir?¿ Sujetar? Parecía que Omar podía hacer avanzar el auto en cualquier momento. En vez de eso puso su mano sobre la de Isabel y ella no sintió un toque sólido sino una calidez viva, una suave electricidad. Sus ojos se encendieron, pero Martín se burló y volteó para otro lado.
—Omar —dijo ella, dejando que su nombre le vaciara los pulmones—. ¿Quieres venir a la recepción? —Qué tontería decir eso.
—Eres muy amable en preguntar, Isabel. Gracias.
Salió por la puerta del auto, que seguía abierta, y empezó a caminar rumbo a los jardines de la iglesia. Ni Isabel ni Martín trataron de seguirlo.
De algún modo extraño, sabía que no lo vería cuando ella y Martín abrieran pista con su canción ni cuando partieran su pastel de bodas. En toda la noche, no volteó ni una sola vez a ver si su suegro había llegado. Y como lo último que quería era hacer enojar a su nuevo esposo, hizo como si nada hubiera sucedido.
Isabel no lograba conciliar el sueño en su noche de bodas. Los recién casados hicieron el amor distraídamente, como si no fuera nada nuevo, y claro que para ellos no lo era. No eran, bajo los estándares de la Iglesia, buenos católicos. Antes de hoy, ninguno de los dos había ido a misa en años. Habían empezado a acostarse a la tercera cita y media y habían usado condones y anticonceptivos y espermicida, a veces los tres al mismo tiempo.
Aunque no era nada nuevo, Isabel había imaginado que el sexo matrimonial se sentiría diferente. Marido y mujer juntando sus cuerpos, y por primera vez no importaría que alguien los escuchara o que los pillara o que el condón tuviera ocho agujeros. Ahora estaban casados. Juntos para siempre.
Martín batalló con los botones perfectamente redondos que escalaban, imposiblemente cerca uno del otro, la columna vertebral de su esposa. Isabel no se dio cuenta, hasta que se quitó el vestido, de cómo el corsé la había constreñido toda la noche. Tuvo que tomarse un momento para respirar y las hendiduras que la estructura dejó en su piel, ahora expuestas, le dieron comezón.
Le hubiera gustado hacerle el amor de maneras nuevas, de verdad que sí, pero más que eso lo que quería era acostarse junto a él, cerrar los ojos y abrirlos para ver que Martín seguía ahí al día siguiente y el siguiente y el siguiente después de eso.
Cuando terminaron, mientras desenredaban sus cuerpos, los recién casados miraron al techo. Ella suspiró. Hubiera querido decir algo como estuvo maravilloso, pero las palabras que salieron de su boca fueron:
—¿Qué pasa?
—No sabía que estaba muerto —dijo Martín, con la mano en la frente.
De pronto se dio cuenta de que ella tampoco lo sabía, pero el encuentro entero había sido tan surreal que no había quedado tiempo para procesar la logística. Llevaba años pensando en el papá de Martín como alguien ausente. Lo poco que sabía de él era por Claudia, la hermana menor de Martín.
—Mi padre nos dejó hace años —dijo la primera vez que Isabel le preguntó por él, durante un recreo en tercer año.
—¿O sea, está muerto o se mudó a otra ciudad?
A los ocho años, carecía de tacto y de tolerancia ante la ambigüedad. A Claudia la pregunta le había dolido tanto que Isabel pensó que su amistad no pasaría de ese recreo, pero su amiga se recuperó rápido y ella decidió nunca volver a tocar el tema.
Buscaba pistas, claro, cada vez que iba a casa de Claudia. No había fotos del padre por ningún lado y nunca le dio la impresión de que su ausencia estuviera asociada a alguna clase de nostalgia. Lo más cerca que estuvo de obtener una explicación fue el día en que un vendedor telefónico particularmente insistente le colmó la paciencia a la mamá de Claudia.
—¡No sé cuándo va a regresar! —gritó Elda después de la cuarta llamada—. Nos abandonó hace años, así que mejor usted dígame a mí qué pensar.
Colgó, satisfecha consigo misma. Isabel miró fijamente su plato de cereal, fingiendo que no había escuchado nada.
Años después, Isabel aún podía recordar con facilidad la cadencia de esa negación familiar. Cuando ella y Martín se comprometieron e invitaron a Elda a su prueba de pastel, el repostero preguntó si debían esperar también al papá del novio.
—Mi suegro ya no está con nosotros —dijo Isabel.
Esperó a ver si Martín la corregía; si quizá, después de todos estos años, una boda podría bastar para que se reconciliaran. Él preguntó sobre los diferentes betunes y el asunto terminó ahí.
Excepto que ahora los ojos de Martín se nublaron y su vasta mirada se quedó fija en el ventilador del techo como esperando a que el aire le ahorrara la vergüenza de las lágrimas. Cuando pareció no funcionar, enterró la cara en el cuello de Isabel y estiró un brazo sobre su estómago.
Ella nunca lo había visto así. Sabía que debía compartir su sufrimiento, pero una parte de ella se sentía reivindicada. Una parte de ella pensaba: esto es lo que cambió, esto es lo que significa estar casados. Saber que nunca más habría alguien con quien Martín pudiera mostrarse tan vulnerable hizo que Isabel quisiera ser fuerte para él.
—Por lo menos ahora puedes dar el asunto por concluido —dijo—. Pudo haber sido peor. Se pudo haber muerto y desaparecido para siempre y nunca te hubieras enterado.
—No quiero dar nada por concluido. No quiero verlo ni hablar con él. Nada más no te acerques si regresa, ¿ok? —Sus palabras le quemaron la piel—. Lo arruina todo.
—Nadie ha arruinado nada.
Le acarició el cabello con los dedos hasta que se quedó profundamente dormido. Luego se deslizó para levantarse, se vistió y se dirigió a una pequeña sala que había en su suite nupcial.
Ahí estaba otra vez Omar, encorvado en el sillón de cachemira con las manos en las rodillas. A Isabel se le bloqueó la garganta.
—Me asustaste.
Omar se encogió de hombros como pidiendo perdón.
—Bu.
—No es chistoso.
—Un poco sí.
—¿Has estado ahí todo el tiempo? Mientras nosotros...
Dios mío, no. Nada de eso.
—¿Pero entonces supiste cuándo regresar? ¿Cómo?
—Sólo lo supe.
Le lanzó una expresión confundida, y después de algunos balbuceos y falsos comienzos, Omar pareció encontrar las palabras para explicarse.
—Cuando estás muerto, sientes todas las cosas que te perdiste en vida. Humores, ritmos, el estado de ánimo de una persona. No sus pensamientos —añadió rápidamente—. Pero de algún modo estamos más vivos que antes.
Se acercó a él. No había nada en este hombre que no la intrigara. Mientras caminaba rodeando la mesa de centro y el lujoso sillón blanco que había entre ellos, deseó que éste fuera un hotel menos elegante, de esos que tienen cafeteras con bolsitas de plástico individuales de café molido. Pero éste era el tipo de lugar donde había servicio a la habitación las 24 horas. A pesar de que la boda fue un viernes para bajar los costos, habían rebasado su presupuesto para reservar la suite. Se imaginó explicándoles a los empleados del hotel que el espíritu de un difunto había entrado a su sala. Casi le dio risa.
—¿Qué es tan chistoso? —preguntó Omar.
—No me estaba riendo.
—Pero tu humor cambió. Hace un minuto estabas asustada.
—No realmente asustada. Sorprendida.
Se sentó frente a él. Incluso con las luces apagadas, podía ver sus rasgos profundos bañados en la frescura de las luces de la calle que brillaban a través de las ventanas. Ahora que tenía un momento para observarlo, le impactó cuánto se parecía a Martín, o más bien cuánto se parecía Martín a él. Tenía una cabellera canosa y una barba espesa y entrecana. El cabello de Martín era completamente negro y él siempre estaba rasurado al ras, pero para el mediodía sus cachetes ya picaban. Como resultado, la piel de ambos hombres lucía gruesa; sus poros abiertos les daban una apariencia tosca y erosionada que ella siempre había encontrado atractiva. Omar era un poco más bajo que su hijo, con hombros más anchos. Era un ejemplo perfecto del después del antes de Martín, una representación inquietante de la progresión natural del tiempo.
Claro que también estaba la pequeña diferencia de la mortalidad. Antes, en el auto, ella había estado demasiado abrumada para notar que la quietud de Omar oscilaba. Cuando lo veía directamente parecía tan sólido como cualquier otro ser, pero en el momento en que veía hacia otro lado y la imagen de Omar se desplazaba a su periferia, vacilaba, como una llamada en video que se actualiza constantemente si la conexión es de mala calidad.
Tenía ganas de despertar a Martín, de abrazarlo y dejar que la anclara en su mundo. Pero se resistió al recordar lo que su esposo le había pedido antes de quedarse dormido.
Esposo. Hasta pensarlo se sentía como una revelación.
Omar se cruzó de piernas y deslizó su tobillo hacia arriba para ponerlo encima de su rodilla.
—Dios mío, hasta tienen los mismos gestos —dijo ella.
—¿Es demasiado raro para ti? Puedo irme.
Esta vez Isabel no se molestó en reprimir su risa.
—Tienes razón. Por supuesto que lo es —dijo él.
—Lo único que podría ser más raro que el hecho de que estés aquí sería que te pidiera que te fueras ahora que estás.
—Me parece que mi hijo no estaría de acuerdo contigo —dijo, bajando la voz.
Puede ser que tengas razón. Pero no tienes que susurrar. Él no despertaría ni aunque hubiera un terremoto.
El sueño de un hombre muy feliz.
No se molestó en discutirle eso. Afuera había comenzado a llover, gotas silenciosas que no golpean las ventanas pero silban cuando los autos resbalan sobre ellas en las calles apenas mojadas.
—No pensé que fueras a regresar después de lo que pasó en la tarde.
—No planeaba hacerlo. Intenté visitar a Elda y a Claudita antes de que empezara la recepción, pero no quisieron verme.
—Qué raro —siempre había sospechado que Elda aprovecharía cualquier oportunidad para reclamarle a Omar—. No parecían para nada molestas esta noche —al contrario, Claudia estaba desacostumbradamente alegre.
—Entonces me alegra saber que no les arruiné la fiesta.
—¿Por qué no estarían contentas de verte? ¿Por qué Martín no lo estuvo? Yo lo habría esperado, después de tantos años.
El tiempo no hace desaparecer los sentimientos. Sólo hace que la gente esté más dispuesta a hacerlos a un lado. Pero ellos no. Tendría que morirme ochenta veces para que estuvieran felices de verme, e incluso así simplemente disfrutarían la oportunidad de verme morir otra vez.
—Lo dudo.
—No conoces a mi familia como yo.
Sus palabras le dolieron a Isabel más de lo que esperaba. Él pareció arrepentirse de inmediato.
—No debí decir eso. Es insensible de mi parte señalarlo el día de tu boda.
—¿Pero no niegas que sea verdad?
Omar se quedó callado e Isabel sintió cómo se le escurría la última gota de adrenalina del día. En tan sólo unos minutos, Omar había expuesto el único punto ciego de su relación que ella llevaba años ignorando. Cada vez que Martín fingía que la ausencia de su padre no era la gran cosa, ella fingía creerle. Se sentía avergonzada, como si la hubieran sorprendido diciendo una mentira.
—Perdóname —dijo finalmente Omar. Miró su reloj, en el que el minutero se acercaba más y más a la medianoche—. Tampoco debí decir eso. A veces, por la prisa de probar un punto, me olvido de mis modales.
—Está bien. Es sólo que supongo que perdí mi oportunidad de causarte una buena impresión. Una esposa más leal no haría preguntas. Respetaría la petición de su esposo de no hablar contigo.
—¿Te dijo que no hablaras conmigo?
Omar se incorporó, como sintiéndose halagado de que su hijo lo hubiera siquiera mencionado. Isabel no dijo nada más, temerosa de haber traicionado ya la confianza de Martín.
—Si te hace sentir mejor, nunca me han impresionado las personas que no hacen preguntas —dijo Omar.
No pudo evitar sonreír.
—A mí tampoco. Perdona la franqueza pero... es que me pides empezar mi matrimonio haciendo algo a espaldas de mi esposo.
—Por favor nunca te disculpes por ser franca.
—Ya sabes lo que quiero decir.
—Sí. Cada minuto que pasa estoy más y más orgulloso de mi hijo.
—Gracias —dijo Isabel.
Se paró y respiró hondo, ajustándose la bata. Era el tipo de silencio que ella consideraba socialmente universal, esa pausa pesada y decidida al final de la velada que indica a los invitados que es hora de irse. Si Omar lo reconoció, no hizo nada para demostrarlo. Un rubor de pánico apareció en su cara. Ella esperó un momento antes de aclarar la garganta.
—Discúlpame. Sólo me quedan unos minutos. ¿Podemos hablar?
Isabel volvió a sentarse y cruzó las manos sobre sus piernas, enderezándose.
—¿Sobre qué tema?
Su franqueza pareció confundirlo. Quizá la pregunta era demasiado simple como para contestarla con simpleza.
Él sonrió y acarició la mejilla de su nuera con la punta hormigueante de los dedos.
—Tú dime. Pregúntame lo que quieras. Cualquier cosa con la que te sientas cómoda.
—Está bien. ¿Por qué estás aquí, Omar?
—¿Contigo? Ya te dije. Elda no quiso verme, así que vine aquí. No era exactamente lo que Isabel quería saber, pero lo dejó pasar.
—¿ Y por qué no quiere?
Se encogió de hombros.
—Tendrías que preguntárselo a ella.
—¿Y qué me dices de Martín? —Su paciencia se estaba agotando.
—Me sorprendió que me viera —Omar negó con la cabeza en desconcierto—. Pero a fin de cuentas es el día de su boda y yo soy su padre, a pesar de que...
—¿A pesar de que te fuiste cuando tenía siete años?
—Ah. ¿Qué más te dijo?
—Lo suficiente para aclarar por qué no quería que estuvieras aquí.
No era del todo cierto. Martín tenía una manera de contestar preguntas sin responderlas o (si no podía evitarlo) dando respuestas a preguntas completamente distintas. Era encantador cuando se trataba de cosas triviales como qué tal había estado su día, pero en cuanto el tema cambiaba a su padre o su infancia, ofrecía una feliz anécdota familiar sin sustancia real.
—¿Qué más te gustaría saber? —preguntó Omar.
Isabel quería probar que conocía a su familia más de lo que él pensaba. Recordó una de las pocas historias que Martín le había contado que incluían tanto a su padre como a su madre.
—Cuéntame de la vez que jugaron escondidillas y él se escondió tan bien que nadie pudo encontrarlo durante más de una hora.
—¿Qué?
—Él tenía cuatro años. ¿En el clóset? Se ganó un listón. Le encanta contar esa historia.
—¿Cuando vivíamos en el departamentito de Pecan?
—Sí, ésa.
—Yo no... Me sorprende que se acuerde. Llevábamos apenas cuatro años aquí. Habíamos traído a mi familia de México. Primero mis padres y luego mi primo Julio. Nunca debimos haberlo ayudado. Había sido problemático desde que éramos niños y no sé cómo se me metió en la cabeza que él cambiaría de adulto. Todos éramos demasiado ingenuos en esa época. Pensábamos que venir a este país lo cambia todo, y quizá lo hace, pero no de la manera que esperábamos. Elda lo sabía, sin embargo. Por eso insistió en que le ofreciéramos nuestro sofá, pero sólo durante un mes. Era todo el tiempo que tendría para encontrar un trabajo y un lugar donde quedarse. Un día me estaba ayudando a arreglar una fuga en nuestro baño cuando nos dimos cuenta de que necesitábamos otro tipo de llave. Pero yo tenía que ir al trabajo, así que él se ofreció a pasarme a dejar, llevarse el auto y arreglar el lavabo. Quedamos en que pasaría a recogerme cuando se acabara mi turno. No sé en qué estaba pensando cuando le entregué la llave. Horas después, seguía esperándolo como un tonto. Tomé el autobús al trabajo y, cuando llegué a la casa, Elda estaba esperándome con una amiga, pero Julio no estaba. Por supuesto que nos imaginamos lo peor: tuvo un accidente, se metió en un pleito o hizo algo para que lo arrestaran y deportaran. Y nunca lo sabríamos, porque no era como si pudiéramos llamar a algún lado, ¿sabes? Así que simplemente esperamos. Finalmente escuchamos sirenas a la distancia, luego más cerca y luego ... ¿ves ese momento en que suenan extra fuerte y esperas a que pasen porque tienes la certeza de que se seguirán de largo? Pues no lo hicieron. Las luces rojas y azules empezaron a brillar en nuestra sala y Martín despertó preguntando qué pasaba y no teníamos idea, pero sabíamos que no era nada bueno. Elda me dijo: “hazte cargo de tu sobrino y yo me hago cargo de nuestro hijo”. Así que salí y vi que estaban arrestando a Julio a menos de cincuenta pies de la entrada de nuestro departamento. Le estaban aplicando una de esas pruebas de equilibrio. La cosa no iba muy bien, y yo no podía dejar de pensar que era el fin, que iban a regresado y que quizá volvería a verlo meses después, si es que lograba reunir el dinero para volver a cruzar. También pensé que nos iban a descubrir a todos y a mandar de vuelta. Así que me detuve a mitad de camino en el estacionamiento y fingí que iba a la máquina de refrescos a comprar una coca. Hice como si nunca lo hubiera visto, mi propia carne y sangre. Y es probable que él tampoco me haya reconocido, estaba tan borracho que no hubiera distinguido a un policía de un payaso.
Torné mi refresco, regresé a la casa, apagué todas las luces y esperamos a que Julio y los policías desaparecieran. Pasó más de una hora. Martín estuvo en el clóset todo el tiempo. Elda se la pasó caminando por la casa, pensé que por nervios, pero ahora supongo que estaba fingiendo que lo buscaba. Me dijo que así protegió a Martín de la verdad esa noche. No sabía lo del listón.
—Ésa...ésa no es la historia que esperaba —dijo Isabel. Volvió a sentarse en el sillón.
—¿Cómo la cuenta mi hijo?
Es uno de sus primeros recuerdos. Habla de eso como si fuera una de sus primeras victorias. Se acuerda de lo tarde que era. Supongo que eso es parte de la emoción. Un niño que desafía su hora de dormir y logra jugar a las escondidillas, romper un record familiar y ganar un premio.
—Ay, Elda. Siempre tan buena con él.
—¿Y tú? ¿Tú eras bueno con él?
Ahora era el turno de Omar de levantarse y amagar con su salida. Cuando estiró los brazos, Isabel se preguntó si sus huesos crujían, si sus extremidades se cansaban o si el movimiento era un hábito y nada más.
—Supongo que depende a quién le preguntes.
—Te estoy preguntando a ti. A él le pregunto después —dijo ella, levantando las cejas en dirección al dormitorio.
Omar miró la puerta con nostalgia.
—Supongo que lo fui. Intenté serlo. Pero a veces nuestras mejores intenciones se convierten en nuestros peores errores.
Algo en la manera en que su voz tomaba distancia de ella, como si quisiera esconder esta confesión, la impresionó. Era peor que impotencia, era injustica: peor incluso que despojar a una persona de su último deseo. Aquí estaba, sufriendo al intentar decir las cosas que nunca tuvo oportunidad de decir, pero la reticencia de ella a escucharlo lo había reducido a acertijos y verdades a medias. Le hubiera gustado hacer más por él.
—Dile a mi hijo que volveré a buscarlo el año que viene.
Le dio un beso en la frente, suave como brisa. Isabel sonrió y cerró los ojos. Cuando los abrió, Omar había desaparecido.
En las semanas que siguieron a su boda, Isabel y Martín descubrieron que la vida de casados se parecía mucho a la vida premarital, y disfrutaron diciéndole a la gente que les preguntaba, una y otra vez: "¿Cómo los trata la vida de casados?", que era más o menos lo mismo.
Pero eso es bueno, por algo me casé con ella —decía Martín tras una pausa incómoda.
Le encantaba este chiste y a veces Isabel lo complacía fingiendo que estaba tan sorprendida como la persona a la que se lo estaba contando, para luego unirse con los demás en una sonora carcajada.
—¿Cuándo crees que la gente nos deje de preguntar? —dijo Martín una noche.
Estaban caminando a su auto desde el departamento de Claudia, cargando una botella de ron a medio terminar que su novio, Damián, había insistido en que se llevaran a su casa para la próxima vez. Para alivio de Isabel, los invitados habían sido una mezcla de profesores de la escuela de Damián y auxiliares de vuelo que trabajaban con Claudia. Hicieron las preguntas acostumbradas que la gente hace para conocerse, pero eventualmente la sala se convirtió en una reunión de profesores mientras los amigos de Claudia tomaban vino y compartían historias de terror de pasajeros en la cocina. Isabel escuchó la mayor parte del tiempo y se rio de los chistes de aviones aunque no los entendiera. Era mucho más fácil que intentar tener una conversación de verdad con Claudia, que mantenía su distancia con ella desde que se habían reencontrado.
—Por lo menos un año —dijo Isabel, contenta de poder pensar en otra cosa—. O hasta que alguien más se case. La verdad no me importa.
—Me sigues la corriente con el chiste, así que me imagino que no.
—Estaba en mis votos: aguantar los chistes tontos de mi marido.
¿Cómo no me di cuenta?
—Subtexto. Nunca fuiste bueno con el subtexto.
—Ya veo —le dio la vuelta al auto y, en un movimiento teatral, abrió la puerta del copiloto para ella—. Mientras nos comportemos como un buen matrimonio.
Isabel se rio y se metió al auto con las piernas levemente adormecidas por las tres copas de vino. En momentos como éste le parecía increíble que estuvieran juntos. Si bien lo conocía desde niños, Martín siempre la tomaba por sorpresa. Habían retomado contacto en los últimos dos años, durante una serie de encuentros extraños en fiestas de amigos en común en las que se encendieron chispas de interés en los peores momentos posibles.
La primera vez que se encontraron, Isabel casi no lo reconoció. Tenía el pecho ancho y era varias pulgadas más alto que ella, de modo que su quijada quedaba justo al nivel de su vista. Su cabello oscuro caía en picada sobre su frente, y sus ojos (que a ella siempre le habían parecido demasiado grandes para su cara) ahora estaban perfectamente enmarcados en unos lentes de armazón delgado. Todo en él era igual, sólo que más resuelto y refinado. A Isabel le dio gusto ver que había superado lo que ella y Claudia llamaban secretamente su fase Kenny G, y por un momento dudó si decírselo. Al final optó por preguntarle cómo estaba su familia.
Se quedaron platicando en el pasillo estrecho del departamento de dos recámaras de su amiga, haciendo fila para el baño. Él bromeó sobre cómo, en una relación, la gente se pasa la mitad del tiempo ocultando sus funciones humanas más básicas y sin embargo uno está perfectamente dispuesto a pararse afuera de un baño a quejarse de cuánto debe esperar como si lo único que fuera a hacer al entrar fuera admirar las formas del mosaico.
—O los jabones —dijo Isabel—. Me encantan los que tienen forma de caracol de mar.
Él sonrió e intentó repetir "caracol" tres veces seguidas, pero no pudo. Se rieron y, cuando se abrió la puerta, Isabel se dio cuenta de que Martín había estado esperando a su novia.
Se volvieron a encontrar cuatro meses después. Isabel estaba soltera. Reconoció a la novia de Martín antes de verlo a él, y al observar sus piernas largas y caderas anchas, sospechó que ella nunca sería su tipo. Se dijo a sí misma que probablemente no quisiera serlo. Terminaron la velada jugando Scattergories, y ella y Martín tuvieron las mismas respuestas tantas veces (cosas que la gente tira a la basura: vidas) que se volvió una misión personal superar al otro.
Para cuando Martín estuvo soltero y la invitó al cine y a cenar, Isabel llevaba casi un año saliendo con uno de los representantes farmacéuticos del hospital donde trabajaba. La sorprendió tanto la invitación, que entendió que le estaba proponiendo una cita doble.
—Richard se muere por probar el nuevo menú —dijo, demasiado tarde para corregir su error.
La noche se puso incómoda en cuanto la chica que iba con Martín les preguntó de dónde se conocían.
—Nos conocemos de toda la vida —dijo Martín.
Le verdad es que apenas se conocían; sólo querían conocerse.
Meses después de que por fin habían aprovechado una ventana de oportunidad para empezar a salir, Martín admitió que había decidido que le caía mal el ex de Isabel desde antes de terminar de cenar.
—Cada vez que yo intentaba dejar de verte, notaba que él estaba mirando hacia otro lado. Como si no supiera lo que tenía.
Su relación había sido enloquecida y apresurada. No había necesidad de presentarla en su familia: desde la primera vez que la volvió a ver, Elda actuó como si Isabel fuera una hija suya que acababa de regresar de un lago viaje. Claudia, por otro lado, la saludó con la indiferencia de alguien que ni siquiera se hubiera dado cuenta de que se había ido. Al principio no le importó demasiado; Isabel se lo mencionó a Martín y él le aseguró que su hermana era un poco huraña y nada más. Ella ya lo sabía, pero había otra cosa. Siempre era Elda, no Claudia, la que insistía en ponerse al corriente de los detalles de la vida de Isabel después de noveno año. Claudia jamás dirigía la conversación hacia el pasado, así que su historia como mejores amigas parecía irrelevante, como si su único propósito hubiera sido que Isabel y Martín se enamoraran. Empezaron a salir en verano y se comprometieron poco después de Año Nuevo.
—Lo sabía —dijo Claudia cuando se lo contaron.
—Gracias — Isabel no sabía si ella estaba contenta por la noticia o por el hecho de que había podido anticiparlo.
—Siempre esperé que terminaran juntos —dijo Elda.
Isabel escuchó a Martín reprimir una risa y supo que estaban pensando lo mismo: una mañana, después de que las niñas habían tenido una pijamada, Elda regañó a Martín por entrar a la cocina en calzones y lo mandó a vestirse insistiendo en que a Isabel todavía no iban a impresionarle sus cuatro pelos en pecho.
—Mamá, me avergonzaste frente a Isabel cada vez que tuviste la oportunidad —dijo Martín.
—Porque eran muy jóvenes para estar pensando en esas cosas.
—Nosotros no éramos los que estaban pensando en eso.
En momentos así, cuando Isabel sentía que era la única que no había olvidado su amistad con Claudia, Martín siempre se acordaba.
Pero no se acordaba de todo.
—¿Nunca te preguntas por qué tu hermana y yo dejamos de hablarnos? —dijo Isabel.
Miró cómo los faros del auto convertían al abismo frente a ellos en carretera; su pesada cabeza oscilaba en cada curva.
—Pensé que simplemente se habían distanciado. Cuando te cambiaste de escuela.
Lo vio encogerse de hombros en el reflejo de la ventana.
—O sea cuando se murió mi papá.
—No sabía que eso tenía algo que ver. Perdón.
—No tenías por qué, supongo.
—¿Qué quieres decir?
—Nada. Sólo que, si para tu hermana no fue la gran cosa, ¿por qué lo sería para ti? Ahora lo entiendo.
—¿Qué cosa?
—La manera en que todos ustedes enfrentan las cosas. O no lo hacen.
Durante su luna de miel y desde que habían vuelto a casa, había algunos momentos en los que Martín se quedaba callado y ella sabía que estaba pensando en su padre. Ella siempre le preguntaba si quería hablar de eso y él siempre le daba un beso en la frente, como si fuera ella la que necesitara consuelo, y decía: "no hay nada de qué hablar". Una vez que ella insistió diciendo que dudaba que eso fuera cierto, él añadió con brusquedad:
—Él nos abandonó sin una palaba. ¿Por qué habría yo de darle más que eso?
—Dame a mí más que eso —hubiera querido decir, pero lo había dejado, como siempre, para otro momento. Su frustración había crecido como una planta en la oscuridad cuyos retoños se alzan para encontrar la luz.
Apoyó la cabeza en el respaldo y volteó a ver a Martín.
En nuestra noche de bodas, después de que te dormiste, tu padre regresó.
—¿Regresó? ¿Al hotel?
Se detuvieron en una intersección junto a una via de acceso. La bandera de Texas dibujada en uno de los muros de contención se alzaba sobre ellos, y las luces más allá del paso a desnivel brillaban azules y luego rosas, delineando los bordes de la cara de Martín en neón. Por la manera en que él apretaba los labios, Isabel sabía que estaba intentando controlar sus emociones. Incredulidad y enojo, quizá. O un sentimiento de traición.
—¿Cuándo planeabas decírmelo?
Estaba esperando el momento oportuno.
—Dios mío, Isa. ¿Qué quería?
—Sólo hablar. Dijo que quería ver a tu madre...
—¿Mi madre? —empezó a frotar el volante con las manos.
—Y a tu hermana también, pero no funcionó, así que regresó con nosotros. Pero sólo yo estaba despierta —añadió, con la voz dudosa de haber dicho algo obvio.
Cuando por fin llegaron a su condominio, él le lanzó una mirada expectante.
Bueno, ¿y qué te dijo?
—Nada importante. Sólo... nos conocimos un poco. Él resopló levemente con la nariz.
—Mira qué bien.
Salió del coche y tomó algunas cosas de la cajuela; todo retumbó cuando la cerró con fuerza. Las luces interiores del auto se atenuaron, como si no percibieran que Isabel seguía ahí, y ella se permitió, durante un breve momento, fundirse con el silencio del estacionamiento. Vio que Martín la observaba desde la entrada de su dúplex, pero no tenía ninguna prisa por alcanzarlo.
Para cuando entró, Martín estaba en la cama con un libro cerrado sobre las piernas. Fingió no notar su presencia mientras ella se desvestía, se lavaba la cara y se ponía crema en el contorno de los ojos.
Cuando finalmente se metió a la cama, se abanicó con las páginas del libro y suspiró ante esa brisa.
—¿Entonces te cae bien? Ella se encogió de hombros.
—Apenas lo conozco.
Bajó la mirada y asintió, comprensivo.
—Mi mamá solía contarme historias sobre mi tío abuelo del lado de su papá, que murió una noche en que hubo un apagón porque no les había alcanzado para pagar la electricidad. Ese Día de Muertos, y durante varios años, le ponían su altar y prendían todas las luces de la casa. Querían que estuviera en paz. Querían que supiera que todos estaban bien —Martín serio, tapándose la boca con las manos—. No sé qué clase de paz cree merecer mi padre ahora. Pero de mí no la va a obtener, ni de mi mamá ni de mi hermana. Y si piensa que puede usarte para acercarse a nosotros...
—No estaba haciendo eso —dijo Isabel, quitando una pelusa de la colcha— ¿Nadie llamó para avisarles que se había muerto?
—¿Quién lo habría hecho? Cuando te digo que se fue, Isa, es como si se hubiera muerto. Desapareció de un día para otro. Como si nada. De cualquier forma ya no importa.
Pero sí importaba.
Dijo que volvería. Para intentar hablar contigo.
Martín volvió a reirse.
Tendría más suerte volviendo a la vida.
—¿Así que eso es todo? ¿Lo rechazarías? ¿Después de todo lo que hizo para verte?
—Eso es justo lo que me daba miedo. ¿Por qué seguimos hablando de él? ¿Por qué todo tiene que tratarse de él?
—¡Porque nada se trata nunca de él!
Las palabras salieron disparadas. El silencio entre ellos temblaba, revelando el impacto causado. Isabel puso sus manos en las de él, acostándose de lado para estar más cerca.
—¿En serio es mucho pedir? ¿Amarte y querer saber todo de ti?
—Yo no soy mi padre, Isa. Y él no es una especie de atajo a la persona que yo soy. No puedo creer que pienses siquiera que necesitas algo así.
Esta idea le pareció dolorosa y dulce, pero el hecho de no saber qué intención tenía su esposo al decirla sólo acentuaba lo que ella había querido decir. Quizás a eso se refería Martín al hablar de su padre. Algunas personas no hacen más que causar problemas en las vidas de los demás, y todo mejora una vez que se marchan.
—Todo esto es ridículo —dijo Isabel finalmente—. Perdóname por darle tantas vueltas.
Levantó con cuidado la mano de su esposa para llevarla a sus labios y le dio un beso húmedo, frío.
—No hay problema. Sólo prométeme que no se lo vas a contar a nadie. No quiero que se entere mi mamá.
—¿Crees que él le haría daño?
—No sé.
—¿Alguna vez lo hizo?
—No sé. La mayoría de la gente respondería esa pregunta con sí o no, pero yo no tengo idea. Ninguna de las dos cosas me sorprendería.
Con el tiempo, Isabel se esforzó en olvidar el recuerdo de Omar. A veces, cuando estaba a punto de quedarse dormida y se ponía a pensar en su noche de bodas, no estaba enteramente segura de si había sido un recuerdo o un sueño. Se despertaba y caminaba de puntitas a la cocina para servirse un vaso de leche tibia y revisar sus emails o leer las noticias en su celular. Eso la hacía sentir como si estuviera reemplazando un tipo de pensamiento con otro, algo etéreo con algo concreto, pero al terminar siempre quedaba inquieta e insatisfecha.
Intentaba encontrar maneras de preguntarle a Claudia por su padre, pero cada vez que reunía el valor para hacerlo, entraba la contestadora. Llámame cuando aterrices, le escribía en un mensaje, pero Claudia sólo contestaba: ¿Todo bien?
Sólo llamaba para saludarte .
Gracias. Estoy súper cansada, hablamos luego en casa de mi mamá?
Pero eso casi nunca sucedía.
Al aproximarse el Año Nuevo, Isabel decidió enfocarse en su vida con Martín: ahora, el año siguiente y los cinco después. Hicieron planes, presupuestos, propósitos.
Un domingo, mientras iban en el auto rumbo al cine, Isabel vio un letrero escrito a mano que decía: Open House y le pidió a Martín que diera la vuelta en U. Casi se pierde entre el mar de letreros del desarrollo inmobiliario más reciente que estaban construyendo en lo que solía ser una plantación de cítricos.
—Vamos a perdernos la película —dijo Martín como afirmación, no como protesta.
Un joven agente inmobiliario les entregó unos volantes en cuanto entraron. El lugar era una reliquia, intacto desde principios de los ochenta, pero con buena estructura. Se sentía familiar de una forma en que los centros comerciales dispersos y los vecindarios enrejados que habían aparecido en McAllen nunca se sentirían. Aquí —al interior de estas paredes amarillas y techos inclinados que terminaban en punta, como el dibujo a crayola que un niño hace de una casa— ocurriría la vida.
Capítulo 2
Marzo de 1981
—Cada uno carga su propia agua —les dijo en inglés, y luego, cuando como respuesta sólo obtuvo miradas confundidas que apuntaban en su dirección (seis pares de ojos asustadizos negándose a hacer contacto visual) lo repitió lentamente.
—Agua. Cada uno carga su propia agua.
Los migrantes asintieron al mismo tiempo. Los dos hombres se pusieron de pie y arrastraron los pies hasta el pequeño vestidor de la habitación de motel para tomar una cantimplora para cada uno de los miembros del grupo.
El coyote intentó no ver cómo sus manos, agrietadas y sucias, apretaban el metal brillante. Además del dinero para gasolina que le había pagado a un amigo para dejarlo de este lado de la frontera, las cantimploras habían representado el mayor gasto. Le habían dicho que los migrantes quizá trajeran una propia, pero cualquier cosa hubiera podido pasarles en el largo trayecto del que venían llegando. A algunos les habían robado, otros simplemente habían perdido sus pertenencias, demasiado exhaustos como para cuidarlas. Así que trajo algunas extra. Planeaba recogerlas al llegar, junto con lo que restaba de la tarifa.
Los hombres regresaron a la esquina de la habitación donde estaban todos amontonados, cada uno con dos cantimploras de agua.
La esposa, novia o lo que fuera de uno de ellos se quedó viéndolo con los brazos cruzados, balbuceando algo sobre necesitar dos más para su amiga, la única del grupo que no estaba acompañada de un hombre. Eso sí, no se despegaba de su hijita, que no tenía más de cinco o seis años.
Les había dicho que los niños no estaban permitidos, pero había dos. Por lo menos el otro era varón, unos años mayor. Parecía más o menos de la misma edad que él tenía cuando empezó a trabajar el campo. Los niños aguantan el calor, pensó, dándole la espalda a la niña y a las dos mujeres. 99 grados fahrenheit a la mitad del desierto y ellas parecían muertas de frío.
Eran las 4: 25 de la mañana. Les había dicho que pasaran al baño antes de salir. Pronto dejarían el motel y lo seguirían siete cuadras hacia la carretera. Se dirigirían al norte, avanzando por la orilla de la carretera antes de internarse en los arbustos que estaban más allá del río. El resto era engañosamente simple, millas y millas de caminar y aguantar lo que sabía que ellos ni siquiera podían imaginarse todavía. Lo había hecho incontables veces, pero hoy era la primera vez que dirigía a un grupo él solo.
—Texas no es como su hogar —dijo, esta vez intentando no mirarlos—. Es como estar en un horno. Si siguen caminando no se cuecen. Eso no tuvo que repetirlo. Pero en cuanto puso su mano en la manija, escuchó la voz grave de uno de los migrantes que les daba a sus compañeros palabras de aliento. Se detuvo al percatarse de que la niña también estaba escuchando. Se arrodilló para verla bien y le insistió en que tomara un trago de su cantimplora.
—¿Estás lista para una pequeña aventura? —le preguntó.
Todos asintieron, como si la pregunta hubiera estado dirigida al grupo entero.
El migrante se puso de pie. Era apenas dos o tres pulgadas más alto que el resto, pero delgado y con una constitución mucho más atlética que los demás. Traía puesta una camiseta a rayas azules y grises y una mochila negra que le quedaba demasiado alta sobre la espalda, casi tocando la base de su cuello.
Mr. hero, pensó el coyote, y sabía que el apodo iba a pegar, al menos en su mente, porque este hombre se convertiría en el líder del grupo.
Él era sólo el guía, el que se sabía el camino, y para cruzar necesitaban más que instrucciones. Siempre era así: la esperanza y la fuerza tenían que salir de algún lado. Le alivió enterarse tan pronto de cuál sería la fuente.
Los miró mientras reunían sus cantimploras y bolsas de plástico llenas de fotos y ropa. Al salir de la habitación, contó sus cabezas de cabello oscuro. Seis. Le habían dicho que eran siete, pero sabía que no debía preguntar por el que faltaba. Hizo las cuentas como siempre, contando los días y los estómagos hambrientos de sus hijos, que lo esperaban en casa. Seis eran suficientes, siempre y cuando no tardara en venir otro grupo.
—Vamos —dijo, alzando la voz más de lo necesario en tal oscuridad.
Capítulo 3
2 de noviembre de 2003
Año uno: papel
La mañana del sábado de su primer aniversario, Isabel despertó pensando en Omar. Dudaba de que volvería a verlo, o al menos se había convencido a sí misma de que lo dudaba, porque sabía que cuando uno espera algo nunca sucede, y cuando no lo espera, sucede. Se deslizó hasta el centro de la cama y puso el brazo encima del pecho de Martín. La agencia donde él trabajaba estaba grabando un comercial para uno de sus clientes nuevos y era la primera vez que él coordinaba un evento así de importante. Isabel tampoco tenía el día libre, pero estaba agradecida de no tener que trabajar el turno nocturno para poder celebrar el aniversario por la noche.
—Buenos días, esposo.
Le seguía encantando cómo sonaba. Las parejas de gente mayor les advertían todo el tiempo que el matrimonio es difícil y está lleno de sorpresas, y en su primer año hubo las dos cosas. En abril, la casa se inundó; en junio, el aumento con el que Martín había contado no se logró; en agosto tuvieron un susto de embarazo que jamás pensaron que los asustaría.
—Aguanten todo y verán que al final serán más fuertes.
Eso le encantaba decir a Elda y últimamente Isabel lo estaba considerando con más seriedad.
Se alistaron para el trabajo, como de costumbre. Los lavabos de su baño estaban tan pegados el uno al otro que chocaban cada vez que intentaban tomar una toalla o un peine. En cada choque, Martín aprovechaba para darle un beso a su esposa. Un beso en el cuello. Uno en el hombro. Ella estiraba el brazo para poner el cepillo de dientes en su lugar y él se acercaba a besarla.
No todas las mañanas había tiempo para estas cosas. Pero aunque no recibiera nada más de aniversario, Isabel estaba agradecida de que su esposo entendiera que el verdadero romance está en llenar de dicha los pequeños momentos.
Se despidió de Martín mientas él salía en reversa del garaje y empezó a preparar sus cosas. Abrió el refrigerador y casi tira su comida al suelo cuando vio una figura oscura detrás de la puerta.
Un alarido le arañó la garganta.
—¡Chingada madre! —gritó, y luego se tapó la boca, los ojos abiertos depar en par por la vergüenza de darse cuenta de que era su suegro.
Omar soltó una carcajada; su manzana de Adán subía y bajaba ante su falta de refinamiento.
—Perdón. Es que escucharte decir groserías es como sorprender a una bailarina echándose un pedo.
—Dios mío, Omar.
Intentó esconder una sonrisa mientras se iba a parar junto al lavabo. Sus brazos estaban extrañamente quietos; abrazarlo no parecía la mejor idea, pero no hacerlo tampoco. Sólo se habían visto una vez, exactamente un año antes.
—Ya sé que se te hace tarde para el trabajo —dijo Omar—. Pero esperaba encontrarte a solas uno o dos minutos.
—Pensé que no volverías.
Se preguntó si Omar podría notar las mentiras piadosas, si había alguna diferencia entre ellas y el engaño.
Entiendo que tienes prisa. Vete, vete.
—¿A dónde vas a ir?
—Oh, ya sabes. Quizá me le aparezca a algunas viejas novias. O le ayude a un par de amigos a hacer trampa en el póker.
Temblor de sus labios fue suficiente para que Isabel se reportara enferma. Todo lo demás parecía irrelevante. No darle a Omar algunas horas de su tiempo hubiera sido como rechazar a un mendigo que le pidiera unos centavos que había encontrado en la banqueta. Es injusto desechar lo indispensable.
—¿Dame un segundo, sí?
Cuando colgó el teléfono, su primer instinto fue ofrecerle algo de tomar.
Hace diez años te hubiera aceptado un whisky, derecho.
—¿Ya no puedes beber?
—Ni puedo ni necesito hacerlo. El cuerpo pierde importancia, ya sabes. No sé cómo más explicarlo.
—¿No sientes nada? Sonrió.
—Al contrario. A veces creo que siento demasiado.
Se aflojó el cuello de la camisa moviéndolo de un lado a otro. Traía puesta una camisa delgada, de manga larga, que a ella le recordaba a las páginas de un viejo libro de la biblioteca, y jeans gastados de mezclilla oscura con un cinturón de cuero marrón con la hebilla del tamaño de su puño. Había menos de cuatro pies de distancia entre ellos, y al observar sus movimientos Isabel se dio cuenta de que eran silenciosos. Los huesos no crujían. La ropa no sonaba al raspar las superficies. No se escuchaba siquiera el más mínimo suspiro, aunque podía ver que su pecho se expandía cuando él la miraba a los ojos.
—¿Duele? ¿Venir aquí?
Él caminó por la sala, trazando el perímetro de los estantes de madera y las puertas de vidrio que conducían al patio de atrás. Eran las diez de la mañana y la luz del sol inundaba la habitación. Pasó junto a fotos enmarcadas de su boda, de una cena familiar de domingo en casa de Elda y una foto instantánea de Isabel y Martín sentados en el pasto en un concierto al aire libre. Se detuvo un par de segundos en cada imagen antes de ver la siguiente.
Parece que pasa una eternidad cuando no estoy y todo sucede en un flash cuando estoy aquí —dijo—. Pero supongo que así es la vida, también. Dime de qué me perdí. ¿Cómo estuvo tu año?
Si se lo hubiera preguntado cualquier otra persona, Isabel hubiera dicho: "bien", satisfecha de sustituir con esta palabra una conversación con más sustancia. A veces eso era más fácil que ser honesta.
—Supongo que en algunas décadas, cuando pensemos en nuestro primer año, sólo recordaremos con claridad uno o dos momentos definitivos. El resto estará borroso. Es triste, si lo piensas.
Se sirvió un vaso de jugo y caminó hacia el sillón, esperando que Omar la siguiera. Pero él parecía decidido a mantener cierta distancia entre ellos, como un extraño mantiene su distancia en una fila con mucha gente.
—Y dime, ¿cuáles son esos momentos que te vienen a la mente de este año? No lo pienses demasiado. Los primeros dos que se te ocurran.
Claro que no podía decirle, sin filtros, lo que estaba pensando.
—Cuando dejamos nuestro departamento, el día en que se lo entregamos al casero, yo me tomé un día libre en el trabajo, pero Martín no pudo hacerlo. Así que rentamos una camioneta la noche anterior, y como él no quería que nuestras cosas se quedaran ahí toda la noche, nos despertamos a las cuatro de la mañana para llenarla de cajas y muebles. No sé por qué pienso en eso ahora. Nos esforzamos mucho por hacerlo en silencio. Nos sentíamos ladrones robándonos nuestras propias vidas. Terminamos al amanecer. Recuerdo ver a Martín estirar su brazo para bajar la puerta de la camioneta, sorprendida de que nuestra vida cupiera en ella.
—¿Sorprendida o asustada?
—Las dos cosas —admitió—. Estaba asustada de dejarlo todo atrás. Pero también era reconfortante la idea de empezar de cero. De estar juntos sin importar a dónde fuéramos —lo recordó cerrando la puerta de la camioneta mientras pequeños rayos de sol le tocaban la espalda—. La mayoría de los días pienso en Martín corno una extensión de mí misma. Es una gran simplificación, pero en el día a día, cuando pienso en nosotros como un todo, formamos un frente unido.
Omar asintió, como si ya pudiera ver a dónde quería llegar ella.
—Esa mañana pude ver que Martín era una persona completamente distinta. No sé lo que él sienta o piense. No realmente. En esencia, vivo junto a un extraño en el que confío más que en nadie en el mundo.
—Es una confianza hermosa.
—Lo es.
No dijo más. No tenía sentido decirle a Omar lo fugaz que fue ese momento. Más tarde ese mismo día, en el departamento vacío, había pintado las paredes de blanco otra vez. Había visto, llorando en silencio, cómo su hogar se convertía en un lienzo en blanco.
—Pero te entristece. ¿ Por qué?
—Por nada en particular. Sólo las subidas y bajadas. No todos los momentos pueden ser valiosos.—Ay, mija. Hasta los peores lo son. Un día pensarás en tu pasado y estarás en duelo por lo viva que te sentiste en los momentos malos.
Tomó su vaso, sintiendo cómo su cuello se hundía más y más en sus hombros.
—Ese dolor es mejor que nada.
—Prefiero que algo me duela a olvidarlo. O que me olviden —añadió rápidamente—: ¿Cuál es el segundo momento? Me dijiste que eran uno o dos.
Isabel sonrío, envuelta en un nuevo recuerdo.
—La primera vez que todo el mundo vino a casa un domingo a cenar.
Omar se sorprendió.
—¿Aquí? ¿No a casa de Elda?
—Tampoco yo podía creerlo.
Era una tradición semanal que llevaban años celebrando; Isabel tenía apenas nueve años la primera vez que Elda la recibió en la mesa familiar. Su mamá había pasado tarde por ella y tuvo miedo de que hubiera vuelto a beber. Elda sonrió y le pidió que le ayudara a poner la mesa, entregándole un plato y juego de cubiertos extra.
—Fue idea suya, cuando compramos la casa. Le pregunté si estaba segura y me dijo: "¿De qué otra manera puedes convertir una casa en un hogar?" Así que invitamos a toda la familia. Parecíamos un anuncio de supermercado.
Todo se había sentido tan natural que Isabel pensó que ella y Claudia podrían volver a acercarse.
Tomó a Omar de la mano para conducirlo a la mesa del comedor, pensando en lo lindo que hubiera sido invitarlo a esa cena. Su piel se sentía cálida, pero Omar la soltó.
—¿Qué pasa?
—Nada. Me acabo de dar cuenta de que no les he deseado a ti y a mi hijo un feliz aniversario. ¿Qué se regala el primer año?
—Se supone que papel.
—Ah, cierto.
Le escribí una carta de amor. Pensé que sería romántico.
Omar Sonrió, pero Isabel pudo notar, por la manera en que sus ojos miraban a través de ella, que no la estaba escuchando. Su corazón se estrujó. No podría evitar desear la atención y aprobación de Omar, aunque a nadie más le importara.
Él dio un paso atrás y se frotó la frente.
Perdón. Te molestaste. Tienes todo el derecho a hacerlo. Isabel empezó a incomodarse.
—Ya sé que querías ver a Martín. Lamento que no esté.
—Ése no es el problema.
Juntó sus manos por detrás de la espalda y empezó a caminar junto a la mesa con la mirada fija en los surcos de la madera.
—El problema es que no me extraña, así que no podría verme.
Estoy segura de que una parte de él extraña a su padre.
—No entiendes. ¿Sabes qué es lo que impide que los muertos se mueran de verdad, Isabel? La memoria. Las ganas. Que tus seres amados te mantengan en sus corazones, que te extrañen. El año pasado no lo entendía. Fue un milagro que Martín me viera. Pero ya no piensa en mí. Ahora realmente no quiere tener nada que ver conmigo, y no puedo culparlo. Pero mientras se sienta así, no existo para él. Ni para Elda ni para Claudita. Por eso que no pude hablar con ellas.
—Dijiste quete rechazaron.
—Dije que no me vieron. Es diferente. No puedo ir a donde no soy bienvenido. Empiezo a pensar que sólo vuelvo por ti.
Le puso una mano en el hombro, sin moverla, y a ella se le sacudieron las entrañas.
—No puedo ser sólo yo —dijo, a punto de reír.
—¿Entonces porqué aparecí hasta que Martín se había ido?
—No es justo —dijo ella, pero en ese momento el aire acondicionado se encendió con un sonido fuerte e intrusivo y no supo si la había escuchado—. Yo no puedo ser la única razón para que estés aquí.
—Claro que no.Pero estoy aquí a través de ti y me siento muy agradecido por eso.
—¿Y el por qué?
Merecía saber esto, por lo menos.
—Para redimirme, ¿por qué más? Una segunda oportunidad.
¿No es siempre así?
Omar sonrió y se encogió de hombros, rindiéndose ante el lugar común en el que estaba cayendo.
Se quedaron parados sin propósito, preguntándose qué hacer. Isabel pensó en el verano que cumplió quince y su mamá la inscribió en el Club Boys & Girls porque no sabía qué más hacer con ella. En la alberca, entre rondas de Marco Polo y carreras al extremo más profundo y de regreso, ella y los demás niños recuperaban el aliento. Recorrían el agua preguntándose si debían seguir jugando o secarse. Isabel siempre estaba de acuerdo con lo que decidieran los demás. Era raro mantener la cara tan seria, la respiración tan nivelada, mientras sus brazos y piernas remaban bajo la superficie de la alberca, aferrándose al más mínimo pedazo de masa que la ayudara a mantenerse a flote.
¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó Omar de la manera en que lo haría un vecino mientras se acercaba a la puerta para salir.
Le aseguró que no tenía planes, que Martín no volvería hasta la noche. Él parecía tener menos prisa entonces, como un hombre agotado que admite finalmente que necesita descansar un poco.
Pasaron horas juntos. Era un día gris de otoño y el sol se sentía estancado, atrapado entre tantas nubes que era difícil saber qué hora era. Isabel le preguntó si quería recostarse un poco.
—No, nonecesito más de eso.
Se reía exactamente como Martín. Lució complacido cuando Isabel se lo dijo.
—Tengo una idea —dijo ella—. Espérame aquí.
Que su familia no quisiera verlo no significaba que él no pudiera ver a su familia. Fue por fotos viejas y cajas de zapatos llenas de recuerdos para intentar reunir todo en una narrativa coherente. Algunas ya las había visto: Martín en su graduación, Martín bailando como chambelán en la fiesta de quince años de una amiga. Había collages que ella y Claudia habían hecho en secundaria con fotos de ellas en el centro comercial o en el equipo de porristas.
Otras le parecieron como nuevas. En algunas fotos de cumpleaños de Claudia pudo ver a un joven Martín entre la gente. Entonces todavía era un espécimen extraño para ella, con su bigote ralo y sus pantalones caqui cuando todos los demás traían puestos jeans deslavados. A pesar de que era tres años mayor que ella, Isabel lo consideraba un nerd. Pero nunca se atrevió a burlarse de él.
—Era como un señorcito —le dijo a Omar—. Siempre esforzándose en ser maduro para su edad.
Omar sonrió pero no dijo nada. Cuando llegaron a las fotos donde aparecía ella con Martín, le sorprendió ver lo jóvenes que se veían hacía apenas tres años. Sus caras estaban más llenitas, pero eran de algún modo más pequeñas, con las facciones mejor colocadas en su lugar.
Estaba en su laptop, buscando entre sus álbumes de facebook, cuando Omar le pidió que se detuviera en una foto de Elda. Todo el tiempo ella había estado del otro lado de la cámara, tomándoles fotos de su niñez. Pero el Día de las Madres más reciente la habían llevado a comer para celebrar. El mesero tomó varias fotos con milisegundos de separación, de modo que, cuando Isabel pasaba de una a otra, su suegra parecía moverse; un codo girando, un ajuste de la cabeza, un mechón de pelo fuera de lugar. Elda estaba sentada al centro, sonriendo y después riéndose con los ojos entrecerrados, la boca abierta y la cabeza levantada hacia el cielo.
—Luce tan hermosa como me la imaginaba cuando pensaba en que envejeceríamos juntos.
Estaban sentados a la mesa de la cocina con los codos apoyados en la madera. Isabel había notado, más de una vez, que Omar imitaba sus movimientos.
—Tiene algo, una gracia que la hace fuerte y tranquilizante al mismo tiempo.
Era la primera vez que Isabel lo decía en voz alta, pero lo había notado años atrás, sorprendida de saber que una madre podía ser así.
Omar asintió lentamente, con los ojos fijos en la imagen de Elda mientras sus manos se enroscaban en una empuñadura suave.
—¿Todo bien?
—Me has preguntado varias veces por qué estoy aquí. ¿No te parece obvio?
Ambos fijaron la vista en los ojos de Elda, que parecía devolverles la mirada.
—¿Me ayudarías? —dijo Omar.
—¿A qué?
—Ayúdame a recuperarla. Ayúdala a verme el año que entra. Ella se quedó pensativa mientas le sacudía el polvo a su trackpad.
—Sé que es mucho pedir.
—Es sólo que no sé si algo que yo le dijera podría marcar alguna diferencia. Y le prometí a Martín...
—Tienes razón. Olvídalo —dijo—. Dime, ¿qué planes tienen para el año próximo? ¿Viajes? ¿Niños?
Agradecida por el cambio de tema, dio la misma respuesta de siempre, que aplicaba tristemente a la primera parte de la pregunta y felizmente a la otra.
—Por ahora no está en nuestros planes. Omar arrugó la nariz y sonrió.
—Los planes son sólo intentos bobos de controlar los trucos del tiempo.
Esa noche, cuando Omar se fue y Martín llegó y estaban alistándose para salir, Isabel buscó la manera de decirle a su esposo que su padre había estado en su casa. Prefería pensar en ello como algo que podía mencionar casualmente y que él recibiría del mismo modo. Por poco se topan, le hubiera querido decir, como si Omar fuera un vecino que Martín estuviera evitando. O platicamos para ponernos al corriente, como contándole de una comida con una vieja amiga.
Estudió el reflejo de Martín mientras se cepillaba con la cabeza inclinada hacia el espejo. No era su estilo preocuparse por su apariencia abiertamente, pero su cabello era un caso especial. Al menos una vez al mes Isabel lo sorprendía alineando los espejos del baño para poder ver la parte de atrás de su cabeza. Cuando era niño, Elda le había contado historias sobre su abuelo, un hombre tan amargado que se negó a hablar con ella cuando se fue a Estados Unidos en contra de su voluntad y que se había quedado calvo a los treinta años. La perspectiva de perder el cabello prematuramente había perseguido a Martín desde entonces.
—Te ves muy guapo —dijo.
Bajó la mirada hacia el lavabo, avergonzado de que lo hubiera visto. Una vez le había dicho que era una preocupación tonta, porque ella lo amaría aunque estuviera pelón como un cactus, pero a él no le hizo gracia.
—Corazón, te preocupas demasiado —se sentó en la orilla de la tina y se puso a jugar con un pasador que había dejado en el lavabo—. ¿Notaste el cabello de tu papá? ¿Y tenía cuántos años, sesenta al menos?
—Sesenta y dos —dejó el peine y le dio un beso en la mejilla—. Tal vez tengas razón. Puede ser que eso haya sido lo único bueno que me dejó ese cabrón —serio, pero no alcanzó a esconder su ira—. Perdón. Me propuse no pensar en él esta noche —respiró hondo y puso sus manos en los hombros de Isabel, sonriendo como si estuviera a punto de darle algo—. Esta noche sólo se trata de ti y de mí. Te lo prometo.
Capítulo 4
Marzo de 1981
Podría ser peor, pensó Miguel. No es tan agotador como dijeron que sería. El clima era seco y sin viento, pero a esta hora apenas incómodo. Sus hermanos y hermanas habían perdido la costumbre, por el tiempo que llevaban viviendo del otro lado. Habían olvidado, tras años de aire acondicionado, lo brutal que puede ser el calor en casa, cómo se multiplica con tantos cuerpos en un mismo espacio.
Por eso le habían dicho que se fuera, decidió mientras el grupo cruzaba la carretera. Por puro egoísmo, no querían uno o dos más. Miguel había visto su sala —¡una habitación en donde nadie duerme!— en fotos que le habían enviado junto con cajas de zapatos nuevos y ropa nueva, jabones y champús, todo con la etiqueta puesta todavía. No eran regalos, pensó, eran caridad. Cuando las cosas llegaron, sus propios hijos lo miraron como si fuera Navidad.
Ni siquiera se molestaron en darle las gracias porque sabían que su padre no hubiera podido comprarles eso.
Todo lo que él les daba era considerado su obligación: un techo sobre la cabeza, dos comidas al día. Hasta él pensaba que nunca era suficiente, y los días en que la lluvia se colaba por el techo, empapando el colchón en que su familia dormía sin importar el rincón de la casa donde lo pusieran, sabía que no lo era. No sobrevivirían en camas llenas de moho, comiendo sólo arroz, huevo y agua con azúcar. A su esposa e hijos les daba hambre apenas dos horas después de haber comido. A pesar de haber sacado a los niños de la escuela para que ayudaran a su mamá a vender tarjetas postales y kits de costura, cuando juntaban las ganancias del día con las suyas de la fábrica, el dinero se iba tan rápido como llegaba. El costo de vida se había empezado a sentir como una deuda imposible de saldar. Crecía con cada respiro. Ni siquiera el aire era gratis.
—¡Apúrense! —les gritó el coyote desde un lado de la calle, y apresuraron el paso mientras se acercaban las luces de una camioneta.
No es la migra, pensó. La migra iría más despacio. El vehículo pasó a su lado, lanzando una ráfaga cálida de aire en su dirección.
Miró a su hijo, que ya arrastraba los pies en la carretera perfectamente pavimentada.
—No empieces. Ya casi llegamos.
—¿A dónde? —preguntó Tomás—. Dijiste lo mismo hace cinco días.
—Es porque no habíamos llegado a Tamaulipas. Ya cruzamos cuatro estados. Nos falta sólo uno.
—¿Y luego qué?
—Ya estuvo. No me contestes así —si Miguel hubiera hecho eso de niño, su padre le habría pegado durante días—. No hagas que me arrepienta de haberte traído.
Ni siquiera había sido su idea. Cuando perdió su trabajo y decidió irse al norte, su esposa insistió en que se llevara a su hijo.
—Nosotras dos podemos quedarnos en casa de mi mamá, y así ni siquiera tenemos que preocuparnos por la renta —dijo, refiriéndose a ella y a su hija de siete años—. Pero tres, y ahora que Tomás ya puede trabajar... todos tenemos que poner de nuestra parte.
Su hijo se había emocionado más por el viaje que él. Para Tomás, el norte era mítico, un lugar donde todo era nuevecito y hasta los perros se bañaban en agua limpia.
—No es por eso que nos vamos —le había dicho, explicándole que los juguetes y la ropa que su tía y tíos habían mandando eran un lujo. Si de veras hubieran querido ayudar, habrían mandado dinero, latas de comida.
Podían sobrevivir sin esos regalos bonitos, y lo habían hecho desde que su hermana le escribió para decirle que las cosas se habían puesto difíciles porque había perdido uno de sus trabajos.
Uno de sus trabajos. Hasta las mujeres los consiguen como si nada, pensó.
Dieron vuelta a la derecha en una calle estrecha, polvorienta, y eventualmente llegaron a una cerca de alambre de púas que decía PROPIEDAD PRIVADA. Alguien le había hecho un agujero lo suficientemente grande como para que un perro o un niño pequeño pudiera pasar por ahí.
—Rápido —dijo el coyote—. Por encima o a través de ella.
Miguel fue el primero; escaló hasta arriba y luego brincó al otro lado. Se dio la vuelta y extendió el brazo para ayudarle a su hijo, pero otros se abalanzaron: primero la niña, luego las mujeres y sólo hasta que otro hombre del grupo insistió en que Tomás pasara antes que él, su hijo se arrastró en el lodo como un tlacuache.
—A la próxima te quedas junto a mí —dijo Miguel—. Estas personas, con sus ojos desesperados y murmullos llenos de miedo, no son personas en las que podamos confiar.
Capítulo 5
Junio de 2014
Había nubes que colgaban del cielo inadvertidas y nubes cuyas sombras se arrastraban sobre la superficie de la tierra, bloqueando al sol. Isabel, metida en el agua hasta el cuello, vio cómo el océano se volvía gris. La sal le picaba en los labios cuarteados y tenía que parpadear cada vez que una ola le besaba la cara.
Se dejó llevar por la corriente y se trepó a la espalda de Martín. Chango, le llamaba a ese juego. Los días en que el océano no jalaba a sus cuerpos en direcciones opuestas, se sujetaba —con las piernas alrededor de su cintura, los brazos sobre sus hombros y la cara apretada contra la parte alta de su espalda— y se quedaban de pie en el agua, juntos, livianos.
El momento pasó tan rápido como las nubes, que se extendían en el cielo como una telaraña. Habían conducido durante una hora y media desde McAllen hasta South Padre Island cubiertos por los últimos momentos del amanecer, acelerados como adolescentes. La noche anterior, la oficina de Martín se había inundado por una tubería rota, y como Isabel trabajaba turnos de 4 a 10 en el hospital, de pronto tuvieron una mañana de viernes libre. Día-libreee, le cantó Martín dulcemente al oído. Él se había encargado de empacar todo: toallas, sillas, latas de refresco en una hielera llena, con tortas de jamón y queso hasta arriba, una bolsa de papas y un balón de futbol que ella estaba segura de que jamás habían usado. Isabel sólo tuvo que ponerse el traje de baño.
La isla no era nueva para ella. Había sido el lugar donde acampaba en los fines de semana con su familia antes del divorcio, donde aprendió a nadar. Había sido la meca de sus amigos de la universidad durante las vacaciones de primavera, donde, a los 21 años, se había tirado del bungee por primera vez desde una plataforma elevada de sesenta metros desde la que la entrada de la tienda de recuerdos, con forma de tiburón gigante, se veía minúscula.
De todos modos, cuando sus pies tocaron la arena esa mañana, se sintió maravillosamente sorprendida.
—Esto es lo último que esperaba hacer hoy —dijo.
Martín le dio un beso en el codo, que estaba justo debajo de su barba.
—Te dije que tendríamos más días así. Una promesa es una promesa.
A su izquierda, a la distancia, estaba el muelle en el que Martín le había propuesto matrimonio. No había estado tan vacío entonces como estaba ahora, pero los pocos turistas y pescadores que paseaban por ahí habían tenido la amabilidad de fingir que no se daban cuenta de lo que estaba pasando, así que el momento se había mantenido privado en vez de convertirse en un espectáculo. Recordaba cómo, cuando Martín se arrodilló e incluso antes de que ella viera el anillo, le preocupó que éste se cayera entre los tablones de madera. Ella también se había puesto de rodillas, porque quería verlo a los ojos, y había ahuecado las manos debajo de las suyas como si el agua se fuera a escurrir entre sus dedos.
—No me lo tomé literal —contestó ahora.
—Ya sé. Pero si nos dábamos tiempo antes, podemos dárnoslo ahora.
Lo hizo sonar como algo que pudieran replicar, algo para nada finito.
Caminaron de regreso hasta sus toallas. Hacía tanto calor que la humedad se les evaporó de la piel en el tiempo que les tomó comer sus tortas. La arena estaba firme, tan densa que Isabel tuvo un calambre en el pie cuando intentó escribir su nombre en ella con el dedo gordo. Los pájaros merodeaban cerca de ellos, cada uno atento a las migajas que dejaban los demás. Para media tarde, estaban rodeados por los niños de la isla en uniforme de escuela, jóvenes celebrando la hora feliz en sus autos y jubilados en ropa de cuero que habían salido de sus departamentos sin más que una alfombra de playa donde recostarse.
Pronto le dio hambre y, como si nada, Isabel decidió que era hora de irse.
Cuando volvieron al auto, había varias llamadas perdidas y mensajes de voz de un número desconocido en el celular de Martín, una notificación tras otra.
—Alguien que me quiere vender algo —dijo, bajándole el brillo a la pantalla— . Ponlos, si quieres.
Ella se resistió. Si fuera una emergencia, mandarían un mensaje de texto. En el camino de regreso, se detuvieron a comer fish and chips en un restaurante del muelle. No fue hasta que llevaban casi una hora en la carretera y estaban lo suficientemente cerca de la casa y sus rutinas cuando Isabel empezó a escuchar los mensajes en el altavoz. El primero era una voz joven y profunda en español, probablemente número equivocado.
—Pon el que sigue —dijo Martín.
Era una variación del primero. Tío. Estoy aquí. En McAllen. Me dijeron que te llamara cuando llegara, para que pasaras por mí.
El siguiente, más urgente. Estoy justo en la autopista y Second Street. En una tienda llamada H-E-B. Traigo jeans y una playera azul marino con un tigre.
El último, como si hasta ahora se le hubiera ocurrido mencionarlo: Soy Eduardo.
—Carajo —dijo Martín—. ¿Por qué nadie me dijo?
—¿Sabes quién es?
Le cambió al carril de alta y le pidió a su esposa que volviera a poner el último mensaje. Aceleró antes de que el chico pudiera repetir su nombre.
—Es Sabrina. O sea, su hijo. No hemos hablado desde que él tenía trece, pero es su voz.
Ella intentó recordar quién era Sabrina, pero siempre le costaba trabajo con la familia de Martín. Había tantas tías y tíos que nunca podía llevar la cuenta, y más contando a los de México, a quienes no conocía.
—Sabrina es...
—Mi tía, del lado de mi papá.
—¿Hermana de Omar?
Estaba demasiado concentrado en abrirse paso en el tráfico como para contestar bien.
—Vamos a arreglar esto —dijo finalmente, y hasta entonces la posibilidad empezó a dibujarse para ella.
Pudo ver cómo, detrás de ellos, el cielo se oscurecía y el horizonte se volvía brumoso. Se habían ido de la playa justo a tiempo para evitar la tormenta.
El estacionamiento del H-E-B estaba atascado con los autos de las cinco de la tarde, todos esperando mientras los clientes entraban a comprar provisiones de último momento para el fin de semana. Casi al fondo del lugar había una torre de policía en la punta de una plataforma blanca que se levantaba hacia el cielo. No se veía tan grande como para sostener a más de uno o dos policías, y con sus vidrios polarizados era imposible ver lo que había dentro. Isabel nunca había pensando mucho en eso —asumía que buscaban traficantes de drogas o ladrones de autos insignificantes— hasta hoy.
—¿Por qué nadie nos dijo? —dijo otra vez Martín.
Se detuvo en la exhibición de muebles de exteriores a orillas del supermercado, donde una reja negra entrelazada con viñas delimitaba la zona de descuentos. Detrás de eso, al fijarse bien, vio a un chico. Un adolescente, quizá. Sus mejillas y su frente lucían quemadas y parte de su ropa estaba rasgada. Cuando vio a Martín, tomó la bolsa grande del suelo y se dirigió al auto. Apenas hubo tiempo de saludarse o abrazarse antes de que se apresurara a subirse al asiento trasero. Si vio a Isabel, no dio muestras de ello. Jaló el cinturón, que estaba debajo de él, haciéndolo a un lado como si fuera una molestia.
—Tienes que ponértelo. Es la ley aquí —dijo ella en español, más fuerte de lo que quería. Él le sonrió, asombrado—. ¿Quieres una coca? Hay unas en la hielera blanca que está detrás de ti. También hay un sándwich.
Los tomó y balbuceó un gracias. Martín finalmente los presentó, a través del espejo retrovisor, una vez que estaban en la salida. Ella intentó observarlo sin verlo fijamente; estaba lleno de raspones y heridas, y se preguntó qué tan pronto podrían llevarlo al hospital.
—¿A qué hora llegaste? —le preguntó.
— Hace dos o tres horas.
Ella asintió. Cuando un chico como él llegaba consciente a la sala de emergencias, ella le preguntaba su nombre, el año en el que estaban, su cumpleaños y si tenía hermanos o hermanas. Hacía tiempo había aprendido que preguntar la fecha o el nombre de la ciudad en la que se encontraban era demasiado específico: si el chico no podía contestar, no había manera de saber si tenía una contusión, si estaba desorientado o si sencillamente no lo sabía. Esta vez no preguntó nada de eso, por miedo a obtener respuestas reales. Volteó para otro lado para darle privacidad.
—¿Tu mamá sabe que estás aquí? —dijo Martín. Eduardo apretó más fuerte la bolsa con sus cosas.
—Todavía no.Pero fue su idea. Me dijo que te llamara.
— Le hablamos entonces. Cuando lleguemos a la casa.
Su tono era estable y su voz, lenta; Isabel reconoció esa cadencia. Martín tendía a sostener el aire dentro cuando intentaba mantener la calma.
Cuando llegaron a la casa, Eduardo preguntó si podía bañarse. Martín puso los brazos sobre los hombros del chico y caminó con él hasta el baño, a pesar de que estaba a pocos pasos de distancia. Isabel le trajo dos toallas limpias, un jabón y ropa que a Martín le quedaba un poco chica. La regadera silbó y la tubería crujió a través de las paredes. De cualquier modo, Isabel y Martín bajaron la voz, sus cuerpos acurrucados en la esquina de la cocina.
—Me hubieran avisado —dijo Martín.
—¿Qué más da a estas alturas? —No era su intención ser brusca, pero él no había dejado de repetir lo mismo desde que escucharon el primer mensaje— . Sólo tenemos que hablar con su mamá —añadió, frotando el brazo de Martín mientras hablaba.
—Seguro se fue hace meses.
Meses antes, Isabel había atendido a una adolescente y a su hermanito de seis años por deshidratación. Habían pasado más de un año de tren en tren, intentando cruzar no una, sino tres fronteras desde Honduras hasta Texas, y habían sido detenidos y deportados más veces de las que podían recordar. Esperaba que Eduardo no hubiera intentado subirse a la Bestia, pero no le dijo nada a Martín. En vez de eso, preparó una cafetera mientas él buscaba en los cajones el pequeño directorio con los teléfonos de su familia.
Ha sido un verano muy caluroso.
Afuera de la ventana de la cocina, en el patio de junto, el viento levantaba una espiral de polvo en el aire y el sol del atardecer pintaba el cielo de naranja rojizo. Isabel pensó en las mejillas quemadas de Eduardo, en cómo la grasa de su cara joven parecía sobrepuesta en su cuerpo esquelético.
—¿Cuántos kilómetros son de camino?
Una pausa, y luego el sonido frenético, manufacturado, de los dedos sobre una pantalla de celular.
—Mil ochenta y tres —contestó Martín. Ella respiró profundo.
Recuérdame, ¿Sabrina es la de en medio?
—La más joven. La única hermana de los siete.
Ella intentó imaginarse el árbol familiar. Los abuelos paternos de Martín estaban enterrados en McAllen, aunque él nunca había tenido interés en visitar sus tumbas. De Sabrina sólo sabía que era la única hermana de su papá que él había conocido .
Espera... eso quiere decir que Eduardo es tu primo, no tu sobrino.
—Por edad, podría ser su tío. Así me ve él, y así me dice. Ya sabes cómo son estas cosas.
—La verdad, no. Tú siempre asumes que todas las familias son iguales.
—Cierto. Se me olvidaba.
—¿Qué cosa?
—Nada —había encontrado el directorio y estaba apoyado en la barra de la cocina pasando las páginas—. —Ya sé que mi familia es una locura, pero eso no quiere decir que la tuya sea mejor.
—Nunca dije eso.
Quería que volteara a verla para que notara que lo decía sinceramente.
Pero lo piensas. Cada vez que te preguntan de dónde eres, te ríes y dices que tu familia ha estado aquí desde que Texas era un país.
La regadera se cerró.
—Es un chiste. Sabes que ésa no es mi intención.
Podían escuchar los pequeños movimientos de Eduardo en el baño; la cortina abriéndose, la toalla sobre el cabello mojado. Martín bajó la voz y se acercó a ella.
—Estoy seguro de que todo se aclarará cuando hablemos con su mamá.
—¿Listo? —dijo Martín cuando Eduardo entró a la cocina.
Marcó el número y se puso el teléfono en la oreja, luego lo separó para ver la pantalla. Terminó la llamada y volvió a marcar. Otra vez no entró y empezó a buscar de nuevo en las páginas del librito.
—Éste es el número, ¿cierto? Eduardo negó con la cabeza.
—Ése es el del restaurante. Tuvo que cerrarlo hace años —anotó otro número en el directorio con una caligrafía que lo hizo parecer todavía más joven—. Es el de nuestros vecinos.
Llamaron tres veces, pero nadie contestó.
—Lo intentamos al rato. No pasa nada.
Deseó que Martín no hubiera dicho eso. Era un pésimo mentiroso.
—Hubiéramos llamado antes, pero mi mamá no quería preocuparlos.
—Está bien —dijo Isabel.
—Lo importante es que llegaste a salvo.
Martín lo abrazó y sus cabezas chocaron una contra otra, sus cuerpos rígidos e inflexibles.
Se le ocurrió a Isabel, tras preguntar por la mamá de Eduardo como si la hubiera visto apenas ayer, que éste ere el bebé que Martín había tenido en sus brazos de recién nacido. Su esposo habría tenido 17 la primera y única vez que él y su hermana visitaron Michoacán con su mamá.
Isabel recordaba bien el viaje porque, cuando volvieron, Claudia le había mostrado fotos de ellos jugando con Eduardo. Le contó a Isabel todo sobre su tía, que no estaba casada y que acababa de tener un hijo de un hombre que la había abandonado. Le dijo que su madre la intentó convencer de que se fuera a Estados Unidos, pero ella se había negado. Aquí está mi casa, había dicho Sabrina una y otra vez. Eso había sido más de quince años atrás, poco antes de que las cosas entre ella y Claudia cambiaran.
—Debes estar cansado.
Buscó en los ojos verde claro de Eduardo, que brillaban como canicas contra el cuero, e intentó verse a sí misma y a su hogar a través de ellos.
—Tenemos un cuarto de visitas en el que puedes descansar —le ofreció Martín.
Descansar, pensó Isabel. La palabra le sonó extraña. ¿Descansar antes de volver a irte? ¿Descansar en un cuarto de visitas que puede convertirse en el tuyo durante noches enteras, semanas, años?
Había mucho que hablar, pero aún no era el momento. Como enfermera sabía que la confianza no se ganaba diciendo ciertas palabras, sino silenciando las que los pacientes no querían escuchar. Cómo y por qué sucedían las cosas, cómo las solucionarían ... eran asuntos que ellos compartirían a su propio tiempo. Los pacientes que le revelaban todo eran los más difíciles de dejar ir. Me caes bien, pero no quiero verte nunca más, ¿ok?, les decía. Y ellos siempre se reían al marcharse.
Sin verlo demasiado fijamente, intentó evaluar sus heridas.
—Tengo vendas y pomada en el baño. ¿ Por qué no me ayudas a arreglar el cuarto para que te cure?
Condujo a Eduardo por el pasillo y puso el kit de primeros auxilios encima de las sábanas limpias. Él se ofreció a cargarlas mientras se dirigían al cuarto de visitas.
Era un espacio simple de tres por tres metros en el que nada era nuevo excepto la alfombra, que el dueño anterior había reemplazado. Como no habían tenido ningún huésped todavía, esta habitación era su última prioridad. Las paredes estaban pintadas de beige y el colchón desnudo estaba sobre una base metálica que se zangoloteaba si te movías demasiado.
—No es... —empezó a decir, pero se detuvo. Quizá este espacio era la gran cosa, comparado con los lugares donde él había estado antes—. No es que recibamos visitas tan seguido, así que no habíamos hecho la cama ni nada.
Eduardo puso el edredón y el kit de primeros auxilios en el piso y colocó el cubrecama sobre el colchón. Estaban parados en lados opuestos de la cama viendo cómo las sábanas se llenaban de aire, formando paracaídas sobre la superficie.
—Mi mamá nos dejaba saltar en la cama a mis hermanas y a mí, para sacar el aire —dijo Isabel.
La mía también.
Cuando terminaron de tender la cama, Isabel le pidió que se sentara.
—¿Te subes las mangas, por favor?
Le advirtió que le ardería, pero él ni se movió. La cortada estaba abierta, pero no era demasiado profunda. La sangre, que no estaba seca, todavía, lucía brillante y granulosa, como un sándwich de mermelada partido a la mitad. Medía unos doce centímeros a lo largo del tríceps, hasta el codo. Isabel cortó un pedazo cuadrado de gasa a la mitad y le pidió que lo detuviera en su lugar mientras lo adhería a su piel.
—¿Hay más? —le preguntó.
Asintió. Se arremangó el otro lado y se tocó el hombro, alzando el codo hacia ella. Era un rasguño pequeño, del tipo que no tiene sangre sino carne blanca, punzante, que se niega a sanar. Le puso agua oxigenada y no dijo nada mientras alistaba un curita. Eduardo dio media vuelta y levantó la parte de atrás de su playera, mostrándole una herida similar a la primera. Torciendo su cuello, la miró a la cara.
Isabel asintió con seguridad y puso manos a la obra. Una pedazo de piel lastimada tras otro, él le mostró los souvenirs de su viaje. No le quitó los ojos de encima, esperando una reacción. Cuando acabó de curarle las heridas frescas, él le mostró las otras: moretones amarillos y verdes que llevaban semanas ahí, un punto en el cráneo dónde no volvería a crecer pelo, una uña del pie arrancada que iba creciendo poco a poco.
Isabel se arrodilló y tomó su pie desnudo entre sus manos, separando los dedos para examinarlos.
—Tomará un rato, pero vuelve a crecer —le aseguró. Eduardo se encogió de hombros.
Los policías hicieron una redada en la Bestia cuando alentó su paso, a las afueras de Monterrey. Se llevaron hasta mis zapatos. Yo sólo corrí. No me di cuenta de que ya no tenía uña hasta que vi la sangre en mi calcetín. No me dolió —añadió, como consolándola.
Capítulo 6
Marzo de 1981
En casa la llamaban gorda. Vieja. Fea. Porque cuando tu esposo te llama así frente a todos, tú te conviertes en un chiste. Y a todo mundo le encanta ser parte de un chiste.
Le habría gustado que él pudiera verla ahora. Su cuerpo gordo, viejo y feo alejándose de él. Caminando durante kilómetros y días y semanas, cruzando montañas y ríos, poniendo entre ellos un espacio más grande que su ira. Lo único que lamentaba era no haber podido ver su cara el día que se despertó —probablemente más tarde del medio día, con la cara pegajosa de baba, su aliento y sudor goteando alcohol— y se dio cuenta de que lo había dejado.
Finalmente. Fuera. Basta.
Pero todavía le dolía. No sólo la herida en su abdomen, sino la idea de él, de ese hombre por el que había aguantado tanto. Habría sido más fácil si hubiera llegado a odiarlo, pero Marisol no podía evitar amarlo todavía. Lo que más dolía eran los momentos en que lo extrañaba. En que fantaseaba que había salido a comprar comida o flores y no a putear como siempre, metiéndosela a mujeres sucias para volver a casa y abusar de ella como si no fuera más que un juguete para él, siempre abierta. Y luego, cuando ella se había desmayado un par de veces por sus golpes, cuando pensaba que finalmente se iba a morir, deseaba que él se le uniera.
¿Qué clase de amor era éste? ¿Qué clase de mujer sueña con matar a su marido? A veces miraba a su hija con miedo a que lo que sentía por su esposo y lo que sentía por ella vinieran del mismo lugar. ¿Y si el diablo interior la consumía y no quedaba nada puro para Josselyn? Nunca se lo perdonaría. No se convertiría en la mierda insignificante que su marido decía que era.
Pero ahora, en ese camino invisible, se preguntaba si había manera de evitarlo. Durante los primeros cinco días de viaje habían tomado tres diferentes autobuses. Al sexto, cuando se dio cuenta de que necesitaba racionar su dinero, se detuvieron en una iglesia para descansar y comer algo. Las monjas las despidieron con el estómago lleno, oraciones y dos galones y medio de agua. Como ella sólo podría cargar dos, tuvo que pedirle a su hija que le ayudara con el otro medio.
En la décima noche, en el autobús en que cruzarían medio país, Marisol sintió el cuerpo de un hombre restregarse con ella, sus dedos rajados jalarle el cuero cabelludo. Todos estaban dormidos, hasta Josselyn, que estaba acurrucada debajo de la cobija que compartían. Nadie habría pensado que sus gritos estaban fuera de lugar, pero Marisol temió que el forcejeo despertara a su hija en una pesadilla de la que nunca pudiera recuperarse. Silenciosamente, como un escarabajo volteado al revés, se retorció. Al menos eso había aprendido de su esposo, la velocidad: cuando ya no puedes protegerte, haz más difícil que te atrapen, que te lastimen, que te sometan. Esto había resultado contraproducente, claro, el día en que él le encajó un machete en el estómago. Había tenido la suerte de que estuviera borracho y demasiado débil como para que el machete la atravesara más allá de la piel. Una vecina la suturó y le dijo que la próxima vez eso no bastaría para salvarla.
¿Cómo hubiera podido saber que la próxima vez el ataque no vendría de su esposo, sino de aquel monstruo del autobús?
¿Cómo hubiera podido saber que toda la fuerza que quiso tener durante años finalmente se manifestaría en la penumbra en movimiento?
Ocurrió más rápido de lo que podía procesarlo. Incluso ahora, lo único que recordaba eran los ojos de ese hombre, cómo al intentar someter su cuerpo había jalado la cobija a un lado, desplazando la hambrienta mirada hacia su hija. Y luego cómo se habían sentido esos ojos, cálidos y elásticos, cuando Marisol los empujó dentro de su cráneo. Nadie se inmutó mientras el hombre se alejaba de ellas tambaleándose, aturdido de dolor. A veces se preguntaba si lo había soñado, si era una pesadilla que aún le latía en el pecho.
Esos fueron los primeros diez días del viaje. Ahora, con el desierto desplegado frente a ella, el tiempo se empezó a hundir, a estancarse.
—Mamá, estoy aburrida —dijo su hija, jalándose la playera que se había atado en la cintura.
Ésa había sido la queja principal de Josselyn desde el principio. No "¿falta mucho?", no "tengo sed" ni "tengo miedo", no "¿cuándo vamos a comer?" Josselyn apenas tenía ocho años y ya era sabia para su edad. Su mayor dolor no venía del hambre o del peligro, sino de no tener nada que hacer. Quizá su hija tenía razón. Quizá la falta de sentido era lo más riesgoso para su vida. Vivir, pero sin propósito. Existir sin ser visible. Dejar todo atrás y que todo te dejara a ti.
Bajó la mirada al piso. Sus tobillos y pantorrillas se estaban hinchando. Sus pies se sentían como si estuvieran a punto de desparramarse de sus zapatos de tela. Lo único que podía oír era su propia respiración y jadeos.
—Ya sé —le dijo a Josselyn—. Vamos. A. Jugar. A. Ver. Qué. Nopal. Me. Quiere. Más.
Cada palabra la sofocaba.
La cara de su hija se iluminó con la mención de su juego favorito. Hasta la mujer que caminaba cerca de ellas, la que se había unido al grupo unos días antes, sonrió. Ya no se acordaba de su nombre, pero la generosidad en sus ojos se había vuelto conocida.
—Yo primero, yo primero —dijo Josselyn.
Los pasos de la niña se convirtieron en saltos a medida que se aproximaba al nopal más cercano. Era una cosa pequeña y rechoncha. No como esos nopales altos, como árboles, que aparecen en las caricaturas. Los espinosos discos verdes brotaban en grupo. Señaló uno que era asimétrico: dos medios círculos unidos como siameses. Uno había crecido más alto y delgado, como tratando de alejarse de su gordo compañero.
—Éste me quiere un poquito —dijo Josselyn.
Esperó a que su mamá la alcanzara unos pasos más adelante. El resto del grupo les llevaba bastante ventaja; estaban lo suficientemente cerca para poder verlos, pero no escucharlos.
—Éste —se acercó a uno más bonito. La forma era casi perfecta, pero su piel era café y agrietada—... me quiere más.
—Éste no me quiere nada —dijo unos segundos después.
Habían llegado a uno que parecía atropellado. Estaba partido a la mitad, cada parte torcida en direcciones opuestas.
Marisol sonrió y le dijo a su hija que siguiera buscando.
Josselyn dio un alarido tan fuerte que el coyote volteó a verlas y les gritó que guardaran silencio. El sol había empezado a salir y el cielo estaba ya entre la luz y la oscuridad, no lo suficientemente luminoso como para poder ver demasiado, pero sí para que sus figuras se proyectaran en el horizonte.
—¡Éste es el que más me quiere! —dijo Josselyn, victoriosa en su susurro.
El nopal que había escogido tenía la forma perfecta, intacta de un corazón.
Capítulo 7
Eduardo durmió. A pesar de que había dicho no necesitarlo, su cuerpo fue más sabio que él. Isabel dejó la puerta entreabierta y caminó silenciosamente hasta su habitación, donde encontró a Martín en la cama, con su laptop. Volteó a verla cuando se sentó junto a él, sorprendido de encontrarla ahí.
—Gracias por cuidarlo —Martín puso una mano sobre las suyas y se cubrió la cara con la otra, estirando sus mejillas y párpados inferiores—. Lamento que hayas tenido que lidiar con esto.
—Estamos lidiando con esto —corrigió ella, pensando en el comentario que él había hecho antes sobre sus familias. Su agradecimiento no era el mejor sustituto de una disculpa, pero él también había dejado pasar el hecho de que ella reaccionara bruscamente un par de minutos antes—. Ha sido un día largo. ¿Por qué no apagas eso y nos dormimos?
Negó con la cabeza y volteó la pantalla hacia ella. La luz blanca le lastimó los ojos, pero cuando se ajustaron pudo ver que tenía varias pestañas abiertas: en su mayoría recursos sobre migración, pero también el consultorio de un pediatra y la página de su antigua preparatoria.
—Esto es cosa de papeleo y abogados y —dijo burlón e incrédulo— el mismo miedo constante otra vez.
Isabel pensó que estaba exagerando y sintió como si se hubiera tomado una decisión en su ausencia.
—No es permanente. Hay que esperar hasta que hayamos hablado con los vecinos. Mañana.
Él tomó un respiro hondo y sostuvo el aire adentro.
—La línea de los vecinos está muerta. No quise decir nada frente a Eduardo.
—Pues intentamos con los otros números —dijo ella, sentada sobre sus rodillas—. ¿Y todos los demás primos y tías y tíos en tu directorio? He visto lo grueso que es. No me digas que el número de Sabrina es el único.
—La mayoría son direcciones y números del lado de mi mamá. Del de mi papá sólo tengo el teléfono del restaurante de Sabrina. Casi todos trabajaban ahí. Si de verdad cerró, no tengo idea a dónde fueron. No sé por qué nadie me dijo nada.
—¿Cuándo fue la última vez que hablaste con alguno de ellos? Se quitó los lentes y se dio un masaje en el puente nasal.
—El hecho es que no tiene a nadie más. Sólo a nosotros.
Era como si hubieran estado jugando un cruel juego de "tú las traes" y de pronto todo mundo se hubiera ido, cansado de jugar.
—Lo siento, Isa. Pero no podemos darle la espalda.
—Nunca dije algo así.
—¿Entonces qué? Yo sé que esto no estaba en nuestros planes. — Isabel no podía soportar su tono un segundo más.
—Vamos a esperar un par de días. Las cosas siempre terminan por acomodarse.
Cuando Martín se quedó callado —simplemente volvió a su computadora— ella se acurrucó en su lado de la cama y esperó una pausa en el tecleo que nunca llegó.
No importó que Eduardo estuviera dormido casi todo el día siguiente. Les dio una ilusión de calma que duró hasta la tarde, cuando Isabel y Martín se dieron cuenta de que tenían que ir a trabajar el lunes temprano y no podrían dejarlo solo.
Llamaron a Elda, esperando que dijera que no. Pensaron que mandaría a Omar y a su familia entera al infierno, pero le ganó la curiosidad.
—¿Sabrina lo mandó? ¿Después de tanto tiempo?
—Me lo dijo como si no me creyera —dijo Martín, contándole la conversación a Isabel—. Como si jurara que recogí al niño equivocado.
—¿Pero lo va a cuidar?
—Mi hermana y ella van a llegar temprano en la mañana.
Isabel sintió el estómago hecho nudo. Así se quedó toda esa noche y hasta la mañana siguiente, cuando todos se saludaron, amontonados en el pasillo.
—Mírate nada más, más alto que tu mamá —dijo Elda sin formalidades. Abrazó a Eduardo con cuidado, como preocupada de no asustarlo. Cuando Claudia sólo le tendió su mano derecha, Elda dijo:
—La última vez que viste a Eduardo era apenas un bebé. Gordito, siempre riéndose. Lloraste a la hora de irnos.
—No me acuerdo.
Claudia le dio la mano y les lanzó a los demás una sonrisa sarcástica, con los labios apretados. Algunas cosas no cambiaban con los años.
En cambio Elda era una revelación diaria. Por primera vez, Isabel la estaba viendo como una persona y no como la mamá de su amiga o de su esposo. Tenía una energía ágil, urgente; nunca se detenía más de uno o dos segundos para tomar una decisión. A punto de llegar a los sesenta, se vestía con una variación del mismo conjunto todos los días (amplios pantalones negros y una blusa gris con un suéter combinado) y se pasaba los días entre semana en el cine con amigas o dando clases gratis de finanzas básicas en la biblioteca. Desde que se había jubilado de la escuela, las únicas invitaciones que rechazaba eran las de hombres interesados en algo más que amistad.
—El amor es demasiado complicado —le dijo a Isabel una vez—. Es para la gente joven.
Elda había llegado con una bolsa llena de rompecabezas, botanas y libros que puso en la mesa de la sala.
—Para después. Pero primero, dime —condujo a Eduardo al sillón—. ¿Cómo está Sabrina?
Isabel notó que su suegra no mencionó a ninguno de los cinco hermanos de Omar.
—No sé —dijo Eduardo—. ¿Han sabido algo de ella últimamente?
Todos negaron con la cabeza y Martín le ofreció volver a intentar llamarla por la tarde. Elda miró fijamente al chico sentado frente a ella, buscando algo en su cara (Isabel no supo qué). La hizo sentir como una niña, una extraña intentando encajar en la familia.
Dejaron a Eduardo con Claudia y Elda en la sala mientras terminaban su rutina de la mañana, preparando el desayuno y la comida apresuradamente. A través del muro de separación de la cocina, Martín le contó a Eduardo sobre la nueva preparatoria. La cantidad de estudiantes había crecido más que el campus, así que los grados más altos se mudarían a un nuevo espacio este año y los grados intermedios permanecerían en los edificios originales.
—El nuevo campus es muy bonito, ya verás.
Todo mundo parecía confundido, sin saber qué hacer con esta información.
Martín dirigió la vista hacia su termo de café.
—El problema es que, con los campus tan lejos uno del otro, los autos de papás que pasan por sus hijos hacen filas larguísimas. Pronto habrá tráfico todo el día. ¿Lo notaste cuando recogimos a Eduardo, Isa? Están construyendo más condominios frente al H-E-B .
Había estado demasiado distraída escuchando una y otra vez los mensajes de voz de Eduardo como para notar cualquier cosa, y le sorprendió que Martín lo mencionara ahora.
—¿Quién te dejó ahí? —preguntó Elda con la dulce autoridad con la que sólo una educadora puede hablar.
—Un tipo. Un amigo pasó a recoger a otro de los chicos con los que crucé.
Elda sonrió delicadamente.
—¿Y antes de eso? ¿Alguien te trajo?
—¿O sea, un coyote? —negó con la cabeza— . Mi mamá dijo que no teníamos dinero para eso, pero que no importaba porque Omar conocía el camino. Al menos hasta el punto donde nos separamos.
—¿Omar? —dijo Claudia.
Pronunció su nombre como si fuera una acusación.
Isabel apagó la llave del agua y dejó los trastes en la tarja, notando que Martín también se había quedado callado. Todo este tiempo y Omar no lo había mencionado una sola vez. Isabel se lo imaginó sonriendo de la manera traviesa que hacía parecer que sabía más que ella.
Elda cruzó las piernas, hundiéndose más en el sillón.
—¿Cuándo fue eso? La última vez que lo viste.
—La verdad es que... no me acuerdo. Fue hace tiempo. Nos separamos. Intenté encontrarlo. Hasta me bajé del tren para regresar.
—Está bien —dijo Isabel. Se había acercado más a él, pero no se atrevió a ponerle la mano en el hombro—. No fue tu culpa.
Elda aclaró la garganta y se disculpó, balbuceando algo sobre el baño mientras Claudia la seguía. Pero las paredes eran muy delgadas. Escucharon a Claudia preguntarle a Elda si estaba bien y ni siquiera se molestaron en bajar la voz cuando empezaron a discutir en inglés.
—Se me pasará. Sólo que no me esperaba todo esto, nada más.
—No tienes que hacer esto, mamá. No le debes nada.
—No podemos dejarlo solo.
—¿Por qué? —una voz, una versión diferente de ella, tomó a todos por sorpresa—. Me puedo cuidar solo —dijo Eduardo.
Hablaba más fuerte en inglés, como compensando por todo el tiempo que se lo había guardado.
—No sabía que... ¿cuándo aprendiste a hablar inglés? —preguntó Martín.
—Omar me enseñó. Cuando empecé la escuela, me dijo que sería bueno para mí.
Tenía bastante acento pero hablaba con fluidez.
—¿Estuvo contigo todo el tiempo? —dijo Claudia.
—Desde que era niño —se encogió de hombros como si no fuera la gran cosa—. No toda mi vida, pero casi.
Elda regresó a la sala con la cara roja y se puso a guardar los libros que había traído.
—Claro, tiene sentido. Asumo que también te enseñó a leer.
Él asintió. Isabel y Martín intercambiaron miradas silenciosas de pánico. Ya iban tarde y no había manera de que ninguno de ellos pudiera pedir el día libre tan de último momento.
—Muy bien —dijo Elda, preparando su bolsa—. Vamos a la librería por algunos libros en inglés para ti.¿Y ustedes dos? ¿Por qué no se han ido? Van a llegar tarde a trabajar. Fuera de aquí.
Isabel se sintió aturdida toda la mañana. En el hospital no pudo dejar de pensar en Elda, Omar y Eduardo. Eran como una luz que intentaba apagar mientras corría por el área de emergencias —concentrada en el papeleo y asegurándose de no escribir Cama A cuando debía escribir Cama B— y luego volvía a prender en momentos entre el caos. Para mediodía ya había cometido dos errores en los reportes de medicinas y una compañera le sugirió que saliera a comer temprano. Isabel llamó por teléfono a Elda desde la cafetería.
—¿Cómo van? —intentó hablar en voz baja.
Pues acá andamos. Creo que vamos a ir por una hamburguesa o algo.
Supo de inmediato que algo estaba mal. Elda jamás hablaba en términos ambiguos.
—¿Y cómo está?
—Muy bien. Apenas estamos... nos vamos a tardar otras dos horas, más o menos.
Soltó un pequeño suspiro de exasperación, un momento de duda.
—¿Elda, quépasa? ¿Todo bien?
Es que... Isabel, no sé dónde está. Fuimos a la biblioteca, luego dejamos a Claudia en el trabajo y fuimos por hamburguesas. Me paré un minuto a recoger la comida y cuando regresé ya no estaba. El cerebro de Isabel iba a toda velocidad mientras corría del hospital al lugar de hamburguesas. Lo habían secuestrado. El ICE 1 lo había arrestado. Había decidido huir. Se había distraído y estaba perdido, sin saber cómo volver a casa. Había sido asesinado y pronto sólo podrían aspirar a encontrar su cuerpo. Podía imaginarse a los perros y a los vecinos voluntarios buscándolo, y ellos no tenían siquiera una foto de Eduardo para guiarlos.
Llegó al mismo tiempo que Martín y decidieron separarse, bajo el supuesto de que no llegaría demasiado lejos a pie. Isabel se encargaría de buscar en las tiendas cercanas mientras él revisaba las oficinas del otro lado de la calle. Elda iría a recorrer el vecindario en su auto.
—Todo va a estar bien —le dijo Martín.
—Perdemos el tiempo hablando del tema.
—Dios mío. Y ni siquiera podemos llamar a la policía —dijo él, apretando su mano mientras se despedían.
Durante la siguiente hora y 45 minutos, Isabel recorrió los pasillos de Marshalls y luego se asomó a cada tienda de campaña y bolsa de dormir que había en la tienda de deportes. Atravesó corriendo las puertas automáticas de Michaels y salió con las manos vacías, más allá del olor del aromatizante atravesado en la garganta. Para la tarde, ya sólo podía pensar en un lugar en el que había esperanza.
Isabel manejó hacia allá sin decirles a los demás. Se estacionó en el garaje vacío, conteniendo lágrimas que convertían sus palabras en gemidos.
—Estás bien, estás bien —se dijo a sí misma, a Eduardo, a Omar por si la estaba escuchando.
La casa tenía una soledad pesada, y mientras se dirigía al patio de atrás tuvo la sensación de que ya no les pertenecía sólo a ella y a Martín. Por fin pudo respirar cuando vio la silueta encorvada de Eduardo en un pequeño cuadro de pasto. Estaba abrazando sus rodillas, con la cabeza entre los brazos cruzados.
—¡Oye! —Se apresuró hacia donde estaba y le tocó el hombro, pero él simplemente la miró con una expresión que había visto muchas veces en Claudia, como si Isabel se hubiera vuelto ligeramente loca y él no pudiera entender por qué—. ¿Estás bien?
Se recorrió un poco a la izquierda y ella se sentó a su lado.
—Pensé que habías ido con Elda a comer.
Él asintió con la cabeza.
—¿ Ya regresó?
—¿Cuánto tiempo llevas esperando aquí?
No podía creer que no se percatara de lo que los había hecho pasar.
—Diez, quince minutos.
—¿Por qué no regresaron juntos?
Arrancó un poco de pasto y lo rompió hasta convertirlo en confeti con sus manos.
—Porque llegó la policía —dijo sin dudarlo.
—¿Y? ¿Te hicieron algo? Otra vez esa mirada.
—No. ¿Pero por qué esperaría hasta que lo hicieran?
Estudió su cara, intentando darle sentido a lo que estaba diciendo.
—En México —le dijo, escogiendo con cuidado sus palabras—, ¿siempre te vas cuando llega la policía?
—Casi siempre. No es bueno estar por ahí cuando empiecen los problemas.
—Es cierto. Pero si estás con amigos o familia, y se separan, ¿cómo le hacen para encontrarse después?
—Todo el mundo sabe que vuelves a casa.
1 Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE, por sus siglas en inglés).
Capítulo 8
Marzo de 1981
Recuerda esto, pensó. No el aire que te seca por dentro, o los respiros que te roban la vida. Recuerda la timidez de los rayos de sol cómo tocan apenas su cara. Cómo su belleza desafía a la naturaleza y su espíritu es más fuerte que este desierto.
Cómo será ella la que sobreviva.
El muchacho estiró la espalda, ganando altura cada vez que repetía estas palabras para sí mismo. Se habían vuelto su plegaria.
—¿ Qué crees que les haga, cuando lleguemos, a los que no pueden pagar? —la voz de su esposa, suave pero firme, fue una grata interrupción de sus ideas.
—¿Por qué la pregunta? Estaremos bien. Tenemos todo lo que necesitamos.
Ella suspiró y sonrió.
—Ay, vida —le sorprendía que incluso ahora, cuando parecía que el mundo los había abandonado, pudiera hablar como si el momento fuera lo suficientemente pequeño para ser sólo suyo—. No lo decía por nosotros.
—No deberías preocuparte por cosas que no podemos controlar. Le pasó el brazo detrás de la espalda y la acercó a él para darle un beso en la frente. Fue un movimiento torpe: seguían caminando y sus cuerpos chocaron suavemente como amortiguadas campanas de viento.
—¿Y si no puedo evitarlo? —su cuello giró bajo el brazo de él en dirección a la mujer y su hija, que caminaban detrás de ellos—. Está tan sola. Y la niña me recuerda a tu hermana. ¿No te parece?
Él negó con la cabeza. Desde que se había unido al grupo, estaba tratando de convencerse a sí mismo de que era sólo su imaginación. Una mala pasada de la nostalgia y la tristeza. Su hermanita no se parecía nada a la niña, pero había algo en su energía, en cómo corría y descansaba para volver a empezar.
—No sé. Tal vez. Tal vez ésa sea Sabrina en unos años —dijo, sabiendo que no estaría ahí para verla.
Cuando se despidieron, le prometió mandar por ella cuando se hiciera mayor. Ella había llorado aferrada a su pierna, y a pesar de que habían pasado varios días desde entonces, esos primeros pasos que dio cuando salió por la puerta todavía le pesaban.
—Por lomenos se tienen la una a la otra —dijo él, preocupado de que sus palabras sonaran egoístas, no llenas de esperanza como era su intención—. Como nosotros —pero era difícil extraer esperanza de la nada.
Habían pasado muchas horas sin que nada cambiara, ni el follaje punzante a su alrededor ni los montones de tierra que pateaban al caminar. Ni el cielo, que aún ardía con el mismo fervor que temprano por la mañana. Era como si la Tierra estuviera rotando bajo sus pies, eliminando cualquier avance que pudieran hacer.
Si no hubiera sido por su mujer, que le apretaba la mano cada media hora, más o menos, y le decía: "Pronto, mi amor. Pronto", hubiera perdido por completo el sentido del tiempo. Hubieran podido caminar por el resto de sus días, morir entre las áridas rocas del desierto y nunca saber qué tan viejos eran, cuánta vida habían sacrificado por este nuevo comienzo. Siempre había pensando que cruzar la frontera sería lo más difícil, pero ahora sospechaba que era esto, el intermedio, los largos kilómetros de los olvidados, donde podían perderse pero no ser llorados, o ser encontrados pero arrojados de regreso, rechazados como si nunca hubieran llegado.
Intentó apretar su mano de vuelta, pero no pudo sujetar su piel suave. Nunca hubiera pensado necesitar distancia entre su cuerpo y el de ella, pero ésa era la crueldad del desierto: podía hacerte sentir atrapado cuando no había más que vacío a tu alrededor.
—Toma —le dijo, pasándole la cantimplora.
—No tengo sed. Toma tú.
—Por favor. Si no por ti, por nuestro hijo.
Tomó el cálido contenedor metálico y lo miró de lado.
—No vas a poder usar eso para siempre, ¿sabes?
—Razón de más para usarlo ahora.
Se detuvo y puso las manos en sus rodillas, la cabeza colgando entre ellas. Cuando subió la mirada la vio unos pasos más adelante, esperándolo. Por un momento pensó que iba a llorar, pero en vez de eso soltó un sollozo seco que le sacudió el cuerpo una vez, con fuerza. Nunca entendería qué vio su esposa en él, pero en momentos como éste rezaba por nunca perderlo, fuera lo que fuera.
Si Elda caminaba un paso adelante de él lo que quedaba del camino, Omar podría atravesar cinco desiertos que le pusieran enfrente. ¿Sabría ella que él sólo vivía para seguir sus pasos? Se esforzó para apresurarse y tenerla cerca de nuevo. Por ahora, podría protegerla a ella y a su hijo en un mismo momento y lugar. Era lo único que lo hacía seguir adelante.
Capítulo 9
La vida se reducía a esperar. Peor: Isabel ni siquiera sabía qué estaban esperando. A veces sonaba el celular de Martín y ella corría hacia él cómo si esa llamada pudiera solucionar todos sus problemas. El sonido de la voz de Sabrina —a pesar de que nunca había hablado con ella, sólo se la imaginaba, dulce y cordial con un trasfondo de irritación— recorría su mente mientras contestaba y trataba de anticipar lo que iba a decir. Otras veces, regresaba del trabajo y encontraba el cuarto de visitas vacío, la cama perfectamente hecha, y pensaba: decidió irse. La idea parecía lógica después de una jornada de diez horas; estaba fuera de casa por periodos tan largos que era probable que algo drástico sucediera en su ausencia. Siempre buscaba el celular en su bolsa para advertirle a Martín que Eduardo se había marchado y encontraba un hilo de mensajes no contestados.
en la tienda con eduardo. necesitas algo?
fui por eduardo y estamos en el autolavado. llegamos en 20.
En las noches en que se iban a dormir al mismo tiempo, Isabel y Martín intercambiaban historias y conversaciones, tratando de armar las piezas del pasado de Eduardo que habían logrado reunir.
Podaban estas anécdotas de él lentamente, nunca más de una o dos al mismo tiempo.
—Fueron las pandillas —dijo Martín una noche mientras se hundía en la almohada—. Por eso se fue.
—¿Él te lo dijo?
Estaba exhausta, pero completamente despierta.
—Le pregunté si quería llamar a algún amigo. Dijo que la mayoría de ellos ya no estaban. A uno le dieron tal paliza que su familia tuvo que huir a California a vivir con una tía. Otro terminó vendiendo drogas para las pandillas con tal de que no lo mataran.
Otra noche, mientras tomaban un baño:
—Encontró esa foto que su mamá te mandó hace años, en la que sale de mesero en su restaurante.
Estaba en un cajón con los viejos DVD, donde Isabel le dijo a Eduardo que buscara una película cuando se aburrió de ver Netflix. Martín y Sabrina habían mantenido contacto esporádico a través de los años, cada dos cumpleaños o navidades, desde ese primer viaje a México.
—Es la última que mandó. Debe de haber tenido once o doce
—dijo Martín, metiendo la cabeza al chorro de agua caliente.
—Dijo que por esa época las cosas se pusieron feas. Sabrina no quería que la gente supiera que tenía familia en el norte. Las pandillas extorsionaban a algunos vecinos. Cada mes. ¿Te imaginas?
Fue así como empezaron a tener una mejor idea de Eduardo. Cuando estaban todos juntos, Isabel se sentía en parte aliviada y en parte triste, porque sabía que él estaba seguro pero no podría dejar de preguntarse a costa de qué.
Algunas noches veían capítulos viejos de Friends. (—Sólo la había visto en español —les decía Eduardo, y la novedad de las voces reales de los actores lo hacía reír en las partes más extrañas.) Ella escuchaba el ruido sordo de los trenes que pasaban cerca, a sólo un par de kilómetros de su casa, y miraba fijamente la cabeza de Eduardo, apoyada en el sillón desde su asiento en la alfombra, y pensaba en cómo se vería ahí, durmiendo y agitándose sobre el techo del tren, pero era como inventar un personaje y una situación en un show de improvisación: demasiado absurdo para ser creíble. En todo momento estaba intentando curarle las heridas o bien preocupándose de que pudieran causarle problemas en el futuro. El presente parecía pasar a través de ella como un aroma. Cada noche pensaba en los hechos del día y se daba cuenta de que sólo podía entenderlos vagamente, dudosa de si eran reales o imaginarios. Se le olvidaban cosas que intentaba recordar y recordaba aquellas que hubiera preferido olvidar.
Martín, por otra parte, parecía vivir con un deseo insaciable de hacer feliz a todo el mundo. Eso lo hacía sentirse inquieto e impaciente, reacio a dejar algo para después. Si estaban cocinando y se daba cuenta de que ya no había arroz, salía corriendo a comprarlo. Una tarde, Eduardo le preguntó por su trabajo y a los pocos minutos ya estaban todos en el auto rumbo a su oficina, mientras Martín insistía en que viera el cuarto de juegos que la compañía había habilitado para la hora del almuerzo.
Era como si la vida de Martín se hubiera quedado sin calma. Isabel a menudo batallaba para seguirle el paso, exhausta pero agradecida por el movimiento constante. Sintiera lo que sintiera, sabía que no podían hundirse los dos en ello. Sospechaba que la actitud de Martín era un esfuerzo por animarla.
—¿Crees queesté contento aquí? ¿Con nosotros? —dijo una noche.
Todavía hablaba de él como si estuviera de visita. Estaban en el vestidor; ella se cambiaba de ropa para un turno nocturno mientras Martín se aflojaba el cinturón y se quitaba los zapatos. Habían adquirido el hábito de hablar de él sin mencionar su nombre. El foco se había fundido la noche anterior, así que estaban parados en la luz tenue del candelabro que se filtraba desde la habitación; la tibieza ámbar apenas los alcanzaba.
—Creo que esperar que alguien esté contento en un lugar al que tuvo que ir, pero que no escogió, es mucho pedir.
Extraña su casa —dijo ella—. Claro —había estado tan obsesionada con hacerlo sentir cómodo, bienvenido y seguro que ni se le había ocurrido que él había perdido lo que más extrañaba. Desde que había encontrado a Eduardo en el patio, se había convencido a sí misma de que ahí era donde quería estar—. Aunque parece pasarla bien contigo.
Martín la miró de reojo.
—Siempre siento que lo estoy forzando a hacerlo. Como si en el fondo prefiriera que lo dejara en paz.
No la sorprendió. Los últimos días, cuando llegaba a casa del trabajo a las diez de la mañana, había encontrado a Eduardo todavía dormido. Se despertaba una o dos horas después de su llegada y parecía aliviado cuando Isabel se disculpaba para irse a dormir. Cuando ella despertaba, él a menudo seguía en la cama, mirando el techo como si se hubiera dado por vencido en encontrar algo que hacer.
Hubo una época en la que ella se había sentido así. Tenía un par de años menos que Eduardo cuando su papá se enfermó. Al principio le pidió a Isabel que no le dijera nada a su madre; dijo que no quería preocupada hasta obtener los resultados de los exámenes, pero ella sabía que su papá tenía miedo de que su madre intentara obtener la custodia completa si él se enfermaba. Los doctores habían empezado por descartar posibilidades. No era una infección viral ni un asunto de tiroides ni diabetes. Cuando finalmente supieron que un tumor le estaba causando síndrome de Cushing, habían apresurado la cirugía. La mamá de Isabel se había negado a llevarla al hospital, así que Elda lo había hecho. Claudia le llevó la tarea pendiente de los días que había faltado a la escuela y, cuando los doctores dieron de alta a su padre, Isabel se negó a separarse de él, ni siquiera los miércoles y los fines de semana, cuando le tocaba estar con su madre.
—¿Qué vas a hacer, reportarlo a la corte?
Su madre no se había molestado en discutir con ella, y ése fue el momento en que le cayó el veinte de que la enfermedad de su padre no era algo pasajero.
Había empezado a tomar el autobús en lugar de que su padre la llevara a la escuela. En las tardes, él le ayudaba con la tarea mientras esperaba los tratamientos de radiación, haciéndole preguntas con tarjetas de estudio o fingiendo revisar los problemas de matemáticas. Dos días antes de las vacaciones de Navidad, se enteraron de que el tumor seguía ahí.
—Y todas esas facturas, que cobran vida propia —dijo su madre cuando se enteró de la noticia.
Los siguientes meses, en los que Isabel cuidó a su padre, fueron agotadores: lo único más difícil que los días y noches interminables fue que se terminaran repentinamente.Todo se sentía vacío. No había nada más que pudiera hacer por él. Nada más que pudiera hacer.
Isabel sintió la tristeza aguda de aquellos días volver de golpe.
—Está en duelo —por supuesto.
—Sí, probablemente. Piensa en todo lo que dejó atrás.
—¿Cuándo fuela última vez que te pidió que intentaras llamar de nuevo a Sabrina?
Martín se tomó un momento para pensar.
—Hace una semana, quizá semana y media.
Durante un tiempo, había pedido que la llamaran todos los días, pero los intentos eran cada vez menos frecuentes a medida que avanzaban los días.
—Cuando estaba viendo las fotos —dijo Isabel— me dijo que ella hubiera llamado si hubiera podido.
Probablemente es cierto.
—Pero fuela manera en que lo dijo: Si hubiera podido. Y si no puede, ¿qué significa? ¿Qué podría haberle impedido a su madre comunicarse durante tanto tiempo?
Permanecieron en el vestidor a oscuras, con miedo a reconocer lo que estaba adquiriendo claridad.
—Entonces somos todo lo que le queda —dijo Martín finalmente.
Ella lo había oído hablar así antes, pero ésa fue la primera vez que en serio lo creyó. Pensó en aquel día en la playa, cómo se había quedado parada en la orilla con los brazos alrededor de la cintura de Martín. Entonces le había divertido que sus pies se hundieran más y más en la arena con el paso de cada ola. Ahora pensaba: Esto es todo lo que nos queda de eso, el sentimiento paralizante de hundirse.
Martín la abrazó y ella se acurrucó en su pecho, haciéndose lo suficientemente pequeña como para que él pudiera descansar su barbilla sobre su cabeza. Lo sintió asentir mientras le decía una y otra vez que todo estaría bien.
Cuando regresó de trabajar a la mañana siguiente, encontró una nota de Martín junto a su lavabo: un listado de psicólogos infantiles que había reducido a dos y el nombre de un abogado especializado en migración que un compañero de trabajo le había recomendado. Entró al vestidor para cambiarse y le sorprendió ver lo luminoso que estaba ahora que Martín había cambiado el foco.
Capítulo 10
Marzo de 1981
—Esto no es un paseo por Disneylandia —dijo el coyote— .Aceleren el paso.
Al decirlo miró a Elda, y ella supo que el mensaje no iba dirigido a todos. Pasó junto a ella y a Omar, apresurándose hacia los migrantes que iban más atrás.
Elda lo escuchó decirle al niño pequeño y a su padre sobreprotector:
—¡Ándale!
A la niña y a su madre detrás de ellos, lo oyó chiflarles como si fueran ganado. El cielo no estaba completamente oscuro todavía, pero la tierra ya parecía un mar negro. Los llamó silenciosa, urgentemente, y agitó una linterna sobre su cabeza dos veces. A la distancia, el cuerpo de la mujer era apenas una figura redonda que cojeaba; su hija, en cambio, era muy ágil. Una bola de energía orbitando a su madre.
Cuando todos lo alcanzaron, el coyote mantuvo el paso.
—¿Ven esas luces? —apuntó a un faro solitario que brillaba en el horizonte—. Es el otro lado de la frontera.
Elda apretó la mano de Omar, soltando el aire. Por un momento pensó que lloraría de alivio. Estaban cerca. Tan cerca.
Ése es nuestro punto de encuentro. Si no pueden llegar en las próximas dos horas, la camioneta los va a dejar. No espera a nadie.
¿Entendido?
Todos asintieron y ella bajó la mirada hacia sus pies hinchados dentro de sus zapatos, que alguna vez habían sido azules. Parecían un par de esponjas que llevaban demasiado tiempo en el agua, no sabía si por la caminata o por el embarazo. Antes de irse, la madre de Elda intentó decirle todo lo que necesitaba saber sobre traer un hijo al mundo, pero habían tenido poco tiempo.
—Vas a crecer lentamente, luego degolpe.
—¿Recuerdas cómo soplabas burbujas en tu bebida con un popote?
Así se sienten las primeras pataditas.
—Después de dar a luz, cada centímetro de tu ser estará exhausto y adolorido, menos tu corazón.
—Cuando llore, recuerda que tu cuerpo solía ser su mundo entero. Aprecia los momentos en que llora por ti, pero déjalo ir un poquito más cada día.
Se había sentido como una niña, entonces: con deseos, por primera vez en años, de mantenerse protegida en los brazos de su madre. Pero ya no estaba segura ahí. Su madre lo había admitido horas después de que le dijo a sus padres sobre el bebé y su padre salió furioso de la casa.
No había dicho a dónde iba, pero su madre lo supo de la manera en que sólo las esposas saben cosas de sus maridos.
—Llamará al doctor para hacerlo venir en plena noche.
Esto les daba apenas unos días. El doctor estaba a un par de pueblos de distancia, y visitaba su pueblo sólo una vez al mes, siempre en la última semana, para ver a sus pacientes en el cuarto de atrás de la iglesia. Madres e hijos hacían fila toda la noche con bolsas de aguacates o racimos de jitomate para completar el pago.
Elda no podía aceptar que su padre no quisiera que tuviera al bebé.
—¿Con ese hombrecito tan poca cosa? —le había gritado, apuntando al único hombre que había permanecido a su lado y enfrentado a su padre.
Me dijo que jamás le daría su bendición para casarse. Habían planeado irse desde entonces, pero no tan pronto. No sin despedirse de sus amigos, de los pocos primos en los que podía confiar y de su madre, que los hubiera casado hace tiempo de haber podido.
En cambio, se habían casado en el quinto día del viaje, en un pueblo 400 kilómetros al norte del suyo, en una iglesia que ofrecía a los viajeros descanso, algunas comidas calientes e incontables oraciones de las monjas.
—Que Dios los cuide a donde quiera que vayan.
Volvió a mirar la luz. Ya no sabía cuánto tiempo había pasado desde que el coyote había apuntado al horizonte ni cuánto habían avanzado. No le quedaban fuerzas para caminar más rápido.
Nadie hablaba. La noche había caído y el cielo era absolutamente negro; la luna, oculta entre nubes densas. Todos seguían la luz de la linterna del coyote, que apuntaba al suelo. Su círculo tenue vibraba con cada paso.
Escuchó un crujido detrás de ella y no supo si era alguien del grupo o un animal. Sintió rasguños en los tobillos y se preguntó si se había raspado con una planta o una roca. Cuando el viento arreció, se dio la vuelta esperando ver que era un auto que venía por ella.
A veces escuchaba el sonido de pies corriendo y sabía que no venía de nadie del grupo.
Dos veces pensó haber escuchado voces a lo lejos. Fingía no escucharlas y esperaba que ellos hicieran lo mismo.
Finalmente, llegaron al río. Se hundió en el agua fría, quieta como una gota de lluvia solitaria, hasta que el suelo desapareció debajo de ella y todo lo que quedaba era nadar.
Asumió que ésta era la parte más crítica del viaje. Lo supo por la manera en que el coyote se comunicaba con mímica, sin pronunciar un murmullo siquiera, cuando pocas horas antes habría gritado. Por la manera en que no podía ver nada y por lo tanto sentía que no era nada y viajaba en el vacío. Ya no podía ir atrás ni adelante : ni a la casa que había dejado ni a la que se dirigía. Sí, estaban justo en la frontera ahora, en un lugar tan peligroso que ni los mapas tenían un nombre para él. Se imaginó a los miembros del grupo como pequeños puntos negros fundiéndose en la gruesa línea de la frontera. Ni siquiera alcanzar y cruzar el primer punto de control (dos autos grandes estacionados a kilómetros de distancia de la torre de luz que los había estado guiando) alivió sus miedos, sino que los confirmó. No había tenido frío mucho tiempo (el aire secaba su ropa y sus huesos), pero su cuerpo temblaba de todos modos.
—Adentro, todos adentro. Tres aquí y acá —dijo el coyote.
Mandó al pequeño en dirección a la niña y su madre, y todos se apretujaron en la cajuela de un auto de cuatro puertas.
El padre del niño no protestó, pero balbuceó algo sobre la gorda que ocupaba el espacio de dos adultos.
—Ustedes tres aquí —dijo el coyote.
De cerca, la cajuela parecía demasiado chica incluso para una persona. La miró, dudosa.
—¿Qué espera, tía? ¿Servicio al cuarto? Omar se acercó al coyote.
—Respeto, por favor.
Pero él estaba demasiado ocupado despejando el espacio como para escucharlo.
Ella subió primero y su esposo la siguió, colocándose a su lado. Si cerraba los ojos y permitía que su cuerpo se rindiera al agotamiento, podía fingir que dormía.
—Está todo bien. Lo peor ya pasó.
Sus palabras aterrizaron cálidamente en su cabello, pero ya las había repetido tantas veces que estaban perdiendo sentido.
Elsa sintió al auto hundirse con el peso extra, sintió el espacio a su alrededor reducirse con la entrada de un tercer cuerpo. Antes de poder siquiera girar la cabeza, una cobija cayó sobre ellos. Era gruesa y le daba comezón en los brazos. Hacía que el aliento le rebotara en la cara.
Alguien azotó la puerta sobre sus cuerpos, sacudiéndolos hacia el suelo y de regreso. Afuera, todos los sonidos estaban silenciados. Adentro, sus corazones y pulmones latían con fuerza. El auto arrancó y empezaron a moverse. Las vibraciones del motor se sentían dentro, como un millón de pequeñas agujas.
Parecía inútil rezar. ¿Quién protege a lo invisible?
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