Kitabı oku: «Un pacto con el placer»

Un pacto con el placer
Nazario
Un pacto con el placer

Primera edición: septiembre de 2021
© Nazario Luque
© de esta edición: Laertes S.L. de ediciones, 2021
www.laertes.es
ISBN: 978-84-18292-51-4
Ilustración cubierta: Nazario
Fotografía del autor en solapa: Oscar Fernández Orengo
Fotografía del autor en contracubierta: Serrano
Fotocomposición y cubierta: JSM
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Mi expulsión del paraíso
Una tarde que jugaba con mi hermano en el patio de casa, junto a la puerta de la cocina en donde faenaba mi madre, se me ocurrió preguntarle inesperadamente: «¿Quieres que te haga una paja?». Mi hermano, que tendría tres o cuatro años, debió continuar absorto en el juego sin entender el significado de aquellas palabras. Sin embargo, mi madre salió apresuradamente de la cocina y me riñó prohibiéndome decir aquellas palabras, refunfuñando y tal vez preguntándose dónde las podría haber aprendido. Era cuatro años mayor que mi hermano y me quedé perplejo ante la reacción de mi madre. Aquella inesperada y dura reprobación añadió un halo de misterio y transgresión a la pregunta incongruente que me había llenado de temor y curiosidad cuando la había oído por primera vez aquella mañana.
La airada reacción de mi madre acababa de dar a la frase, «hacer una paja», una dimensión nueva y desconocida que se unía a la turbación que me había provocado la misma frase cuando la había pronunciado el hijo de la Quiqui, mi vecina, cuando lo sorprendí con la polla en la mano.
Posiblemente mi madre contribuyó con aquella reprobación a que mi inocencia saltara por los aires y que, a partir de entonces, tanto la palabra paja como la frase hacerse una paja, se convirtieran en algo que no debía pronunciarse en público. Ahora pienso que aquella edad, la edad de confesarse y hacer la primera comunión, debía ser la edad adecuada, según los curas y las madres, para perder la inocencia y ser expulsados del paraíso. ¿Qué desconocido y misterioso sentido podía encerrar la pronunciación de la palabra paja que, hasta aquella mañana, siempre había usado y oído usar tan a menudo sin que nadie se escandalizara ni la censurara al oírla? ¿Por qué he ido guardando con tanta nitidez, a través de los años, estos dos recuerdos tan lejanos abriéndose paso entre otros tantos recuerdos que conservo, difusos, o que han terminado borrándose?
Frente a mi puerta estaban reconstruyendo la vieja casa en la que recientemente había muerto un anciano viudo solitario, al que llamaban Pichín, que tenía una viña. En el pueblo habían abandonado el dicho «Estar más sordo que una tapia» por el de «Estar más sordo que Pichín», para las personas duras de oído. Había oído contar que Manola la del Ganga se iba a casar con un hombre desconocido. Decían que su aspecto era refinado; que tenía un fino bigote; que trabajaba de chofer con el marqués; que se llamaba Girón y que vendrían a vivir a esa casa.
Habían levantado un segundo piso y aquella mañana, tras el almuerzo, viendo que la puerta estaba abierta, aproveché para colarme y curiosear al ver que no había nadie. Cuando subía sigilosamente los últimos peldaños de la escalera recién construida oí un leve ruido y asomé la cabeza por el hueco, a ras del suelo. El espectáculo que se ofrecía ante mis ojos me dejó paralizado por el asombro. Mi primera reacción debió ser de sorpresa y posteriormente de extrañeza al ver cómo uno de los hijos mayores de Rosario la Quiqui, que tendría 16 o18 años, sentado sobre una pila de ladrillos y recostado contra la pared, se frotaba violentamente con la mano la polla que salía de su bragueta abierta. Por encima de su puño cerrado aparecía y desaparecía un capullo rosa, reluciente, que inmediatamente asocié en mi recuerdo con las pollas de los perros que había visto en la calle cuando intentaban montar sobre las perras. Su tamaño, comparado con el de mi polla, debió parecerme monstruoso.
Me imagino mi cara emergiendo lentamente del hueco de la escalera con los ojos casi a ras del suelo. Mi mirada debió pasar de la curiosidad a la perplejidad, y del asombro a la estupefacción y el miedo. La cara del vecino que estaba allí, frente a mi, despatarrado, frotándose la polla, estaba como absorta, con los ojos entrecerrados, pero de pronto los abrió y me miró con sorpresa mientras hacía un apresurado gesto de guardarse la polla. Posiblemente, al descubrir que era yo, pareció relajarse y, sin abandonar la polla que permenecía en su mano, me hizo un gesto con la otra que subiera. Recuerdo su voz, casi imperceptible, susurrante, pero que a mí me sonó como si me gritara, diciéndome que me acercara, que me iba a hacer una paja. Desconcertado y casi aterrado, eché a correr escaleras abajo mientras oía la risa del chico. En un salto me encajé en mi casa sintiéndome allí a salvo.
La frase «hacer una paja» había producido tal confusión en mí que salí huyendo velozmente escaleras abajo buscando mi casa para protegerme de una especie de peligro desconocido. Debí quedar aturdido por una avalancha de imágenes amenazadoras que invadieron de pronto mi imaginación. Las fantasías de los cuentos de hadas, los encantamientos y los príncipes convertidos en rana, debieron hacer que interpretara sus palabras como una incitación o una amenaza de convertirme en algo tan minúsculo e inútil como una brizna de paja. Luego repetí la extraña frase hasta apropiármela como una especie de nuevo sortilegio divertido y amenazador. El hecho de que la pregunta me había obsesionado se debió traducir en que la empleara en la primera ocasión que tuve: horas más tarde, mientras jugaba con mi hermano en el patio, junto a la puerta de la cocina.
Imagino la sorpresa de mi madre al oírme y los comentarios que haría a mi padre interrogándose dónde y a quién podría haber oído decir «aquellas» palabras un niño tan chico. Desde aquel día no volvería a repetirlas en público, quedando relegadas a la intimidad de los juegos eróticos que comenzaría a practicar, pocos años más tarde, con los amigos de mi edad. De pronto todos habíamos aprendido, de las más diversas fuentes, el significado de aquellas palabras, y de muchas más, que fuimos agregando a nuestros vocabularios eróticos. Algunas se resistían y las búsquedas por diccionarios y enciclopedias no hacían más que enredar y despertar aún más nuestra curiosidad.
Más adelante, los recuerdos de mis abundantes relaciones sexuales infantiles, casi diarias, se fueron haciendo bastante borrosos por la cotidianidad y la rutina. Sabía bastante bien lo que era una paja y había adquirido gran destreza haciéndomelas y haciéndoselas a los demás. Los otros niños hacían lo que podían, pero uno de ellos, algo más pequeño, no sé si por iniciativa propia o por sugerencia de los más mayores, había tomado una gran afición a chuparnos la polla a todos. Nos colocábamos en fila con las pollas en la mano y él iba circulando de uno en otro hasta que nos satisfacía a todos. Éramos tres o cuatro y nos reuníamos los atardeceres a jugar por los alrededores del pueblo, entre los olivos, tras las tapias y por los callejones. Había algunos lugares favoritos, cercanos, semiocultos entre vallas y barrancos, protegidos por las sombras, que nos hacían aparentemente invisibles. Uno de los mejores era el callejón de la caseta de la luz con la alta tapia del Palacio a un lado, un barranco empinado al otro y la caseta sólida, con una puerta siempre cerrada en la que había un rayo pintado en negro, que ofrecía sombra en las noches de luna. Este callejón rodeaba el Palacio que tenía por detrás un cercado tupido, sobre un pequeño barranco, en el que veíamos los pavos reales y los ciervos sueltos que tenía la señorita María, dueña del caserío. Los troncos de los viejos olivos resultaban también buenos escondites para nuestras prácticas pajilleras, pero quedaban un poco alejados del pueblo y el barrero cercano al cementerio era un lugar que daba un poco de miedo cuando se hacía oscuro. Cualquier camino poco frecuentado, cualquier tapia de un corral o cualquier calle mal iluminada eran buenos sitios para organizar los encuentros eróticos que, por otra parte, eran bastante fugaces. El placer lo conseguíamos rápidamente. Nada de sentarse y mucho menos de tumbarse porque no había tiempo y porque había que estar preparados para salir corriendo en cuanto oyéramos acercarse a alguien.
Había sitios insólitos en los que, en cuanto veíamos que estábamos en una intimidad casi absoluta y no había peligro de que nos sorprendieran, nos excitábamos y nos entraban unas ganas irresistibles de masturbarnos. Lo mismo daba que fueran las escaleras de la torre de la iglesia, el sobrado solitario de cualquier casa o las enormes pilas formadas por las sacas de algodón amontonadas en las naves inmensas de la casa de la marquesa. La casa de la marquesa estaba llena de vericuetos y el grupo de amiguitos correteábamos por allí dentro sorteando la vigilancia de los padres de mi primo o de su abuelo, encerrado siempre en la casita de la entrada. La casa de la marquesa solía estar vacía todo el año, excepto cuando «los señoritos» venían a pasar unos días para visitar el cortijo de Villanueva y montar a caballo; el molino, excepto en la época de su funcionamiento, estaba prácticamente cerrado todo el año. Pero los juegos sexuales más salvajes que recuerdo, cuando la palabra zoofilia aún no aparecía en mi diccionario, eran los que realizaba con uno de mis amigos en el corral de cabras del «Primales». Mi madre me mandaba todas las tardes a comprar la leche. A veces aún no había terminado de ordeñar o se le había terminado la leche y la mujer me mandaba ir al corral, situado detrás de la casa en donde estaba el Primales, para que me ordeñara la leche directamente sobre la lechera. El cabrero, célebre por su picardía y sinvergonzonería que frecuentemente hacía reír a todos con sus ocurrencias, se reía burlón contemplando cómo observaba boquiabierto las gruesas y redondeadas ubres que acariciaba hasta casi hacerme ruborizar, para luego escurrir con fuerza los largos pezones de los que iban saliendo fuertes chorros de leche que caían directamente al interior de la lechera en donde hacían abundante espuma. No sé si su intención al frotar y exprimir insistentemente aquellos pezones con malicia, como si estuviera masturbándolos, era intentar excitarme o no, pero sin lugar a dudas lo conseguía porque evocaban el placer que sentía cuando me hacía pajas o nos las hacíamos con los amigos que, en corro, nos masturbábamos unos a otros. Yo miraba de soslayo los sexos de las cabras con los rabos levantados exhibiéndolos impúdicamente. Otras veces entraba directamente al corral accediendo por el callejón empinado que subía frente al casino de Lucas.
Un atardecer que fui a comprar la leche a la casa del Primales acompañado de un amigo, aprovechando la ocasión de que el cabrero no estaba, pensamos que era la ocasión de llevar a cabo una idea que llevábamos un tiempo tramando: follarnos una cabra una noche que no nos viera nadie. Salimos de la casa y subimos por el callejón de Lucas hasta el corral, al que entramos saltando unas alambradas. Ya se había hecho oscuro, pero la luna iluminaba suficientemente el corral como para que pudiéramos distinguir una cabra, unos cuernos o un culo. La aventura debió resultar complicada y embarazosa: mientras mi amigo la sujetaba por los cuernos, yo me ponía detrás, alzándome de puntillas, intentando meter la polla en aquel agujero en donde me corrí al poco de meterla y sacarla varias veces. Cuando le tocaba el turno a mi amigo, teniendo yo sujeta a la cabra por los cuernos, dijo que había oído ruido, que tenía miedo, que le daba asco o alguna otra excusa que no recuerdo bien, pero sí recuerdo que salimos los dos corriendo del corral con miedo de que alguien nos hubiera visto. No volvimos a repetir la experiencia, aunque soñaba a menudo con ella, recordándola con añoranza. Por supuesto, estas aventuras no las contábamos a nadie, ni siquiera a los amigos y, mucho menos, al cura, quedando estos extravagantes e inclasificables pecados incluidos en el paquete de actos vergonzantes que solíamos esconder bajo el eufemismo «hacer cosas feas acompañado», sin entrar en detalles.
Uno de mis novios más ardientes, un cubano criado también en un pueblo, me contaba que cuando tenía quince o dieciséis años había una burra que llegó a aficionarse tanto a su polla que, cuando lo veía acercarse desde lejos, trotaba hacia él y se colocaba de culo justo en el lugar en donde había una gran piedra en la que acostumbraba a subirse para poder alcanzar la altura adecuada. Eran ese tipo de confidencias que solo se hacían entre gente que habían tenido experiencias similares y las solíamos contar con profusión de detalles. Debieron ser experiencias provocadas por unos ardores sexuales fuera de lo común y por una gran represión. Muchos novios musulmanes me preguntan si tengo vídeos porno de animales. Por casa solo tenía uno que había comprado de segunda mano en el mercado de los Encantes. Las pollas de los novios se empalmaban rabiosamente al contemplar la desgana de las pollas de los caballos manoseadas por mujeres, en general mayores y de aspecto ajado.
Por mi memoria vagaban estas imágenes cuando un día, ya dibujante de cómics, decidí usarlas para ilustrar una de las diversas escenas que empleé para retratar la represión, el deseo, el sentimiento de culpa, el castigo y el sadomasoquismo. En la laberíntica doble página en la que pretendía mostrar la castración simbólica de San Reprimonio, un grupo de niños guarda cola para follarse a una cabra.
Años más tarde, los actos de zoofilia practicados por un Adán follándose a una cabra y una Eva jugueteando con una fálica serpiente, los utilizaría con un sentido transgresor y casi lúdico, en una de las viñetas del dibujo en color Expulsión del Paraíso 3, que realicé para la revista Por Favor. En la viñeta siguiente mostraría a Adán, Eva y la serpiente, siendo expulsados por un iracundo Dios mientras, la cabra, sola en el Paraíso, los miraba partir con cara desconsolada. Aún volvería a insistir en el tema en una historieta inspirada en un desgarrador cuento de Pu Songling. En un juicio, una mujer es acusada de haber mantenido relaciones sexuales con su perro en ausencia del marido y cuando este vuelve y yace con la esposa, el perro se abalanza contra él y lo mata. La mujer lo niega, pero los jueces conciben un ardid: la mujer está encerrada en un calabozo y deciden introducir al perro, que inmediatamente, se abalanza sobre ella intentando follarla. Ambos son condenados a ser decapitados en la ciudad y son conducidos atados por sendos guardianes. En su recorrido por los pueblos, los vecinos muestran curiosidad por saber el delito cometido por ambos prisioneros y comienzan a ofrecer dinero a los guardianes para que los suelten y se apareen. El patetismo de la historia alcanza sus más desgarradoras cotas cuando los guardianes ven el gran beneficio que estos números les ofrecen y retardan la llegada a la ciudad dando vueltas por todos los pueblos de la provincia. La mujer y el perro esperan con ansiedad la llegada a otro pueblo en donde podrán aparearse nuevamente. Al final llegan a la ciudad y ambos son decapitados.
«Deprederastas»
A veces jugaba con un amigo en la tienda que tenían sus padres. Mi amigo era más pequeño que yo y no formaba parte del grupo de los más asiduos de mi misma edad. Su madre era una señora de una gran presencia, con pelo negrísimo, peinado tirante, recogido en un grueso moño, con la que su padre, viudo, se había vuelto a casar. Fernando era el hijo mayor de los tres que había tenido con la primera mujer y estaba casado con María, una mujer pequeñita de la que todo el pueblo murmuraba que mantenía relaciones con Eugenio Pozo, el taxista.
Cierto día sentí claramente por qué vericuetos deambulaba la sexualidad de Fernando, un hombre de cuyo aspecto conservo la imagen difusa de un tipo algo encorvado, de piel cetrina, mirada torva, fino bigotito y voz apagada y grave. Los recuerdos que conservo de aquel hombre, al que jamás volvería a saludar ni a mirar a la cara, son profundos y sórdidos.
Un día en que jugaba en la tienda con mi amigo y otros chicos —yo debía tener diez o doce años—, estaba Fernando por allí en medio, supuestamente aburrido y curioseando. Yo estaba apoyado sobre el mostrador y aquel hombre, que entonces rondaría los treinta años, debió hacer algún comentario, señalar algo o buscar cualquier excusa de forma que se aproximó a mí por detrás y su cuerpo se pegó solapadamente al mío mientras yo sentía cómo algo duro se aplastaba contra mis riñones. Inmediatamente adiviné de qué se trataba y me aparté rápidamente como si algo me hubiera picado. Intranquilo y nervioso continué jugando, pero sintiendo su mirada clavada sobre mí, fija, intensamente, como esperando una respuesta a aquella insinuación. Al cabo del rato —yo seguía inquieto porque aquel hombre, ni se iba, ni dejaba de mirarme— decidí irme a mi casa. No me hacía falta mirar para atrás para saber que Fernando me seguía. Los hechos que fueron sucediendo a continuación me hacen pensar que mi papel en aquella aventura no debió ser el de una víctima totalmente inocente, aunque yo no los hubiera provocado. Posiblemente, en un combate entre el miedo y la curiosidad, hubiera terminado venciendo esta última. Entré en mi casa y él se quedó en la puerta. Llamé varias veces para comprobar si había alguien y al no obtener respuesta (¿lo miré dándole pie para que entrara?), me fui para el patio y él entró detrás de mí. Me detuve cuando llegué al otro extremo de la casa, la accesoria, en donde estaba la pajareta y un postigo que daba a la plaza de la iglesia. Me paré allí, seguramente temblando aterrado, como el pajarillo hipnotizado por la serpiente, muerto de curiosidad por ver, por saber, deseando y temiendo todo lo que sospechaba que estaba a punto de ocurrir. Posiblemente aquel hombre, igualmente hipnotizado por el deseo, se debió abrir la bragueta sacándose la polla que posiblemente me invitaría a coger. Yo intentaría resistirme diciéndole que no quería otra polla, que yo también tenía una, sintiendo mi pequeña polla, dura, mientras miraba la suya encandilado. Era la segunda polla, de alguien mayor que yo, que veía en mi vida. Desde el momento en que escuché los pasos y la voz de mi padre llamando desde la entrada de casa, comenzaron a desarrollarse una serie de acontecimientos de los que guardo un confuso pero pavoroso recuerdo. Fernando se había guardado rápidamente la polla, pero nuestra insólita presencia, semiocultos, evidenciaba los hechos. Se dirigió apresuradamente, cabizbajo, hacia la calle sin esgrimir ningún argumento que justificara su presencia. Quedé aterrado, paralizado ante aquella situación, mientras mi padre, que le hablaba y lo amenazaba con una voz y un tono que me resultaban totalmente desconocidos, como si hubieran sido dichos por otra persona, le seguía los talones empujándolo para que saliera rápidamente. Luego mi padre, en mi habitación, en silencio ambos, me dio una serie de fuertes guantazos en el culo mientras me zamarreaba, agarrándome el brazo con la otra mano. Yo lloraba en silencio lleno de miedo y confusión al ver a mi padre en un estado que nunca le había visto ni le volvería a ver en mi vida. Mi padre le contaría los hechos a mi madre y ella más tarde, a solas conmigo, me recriminó por dejarme engañar por aquel hombre del que decían que era sucio, degenerado y con mala fama, que se había atrevido a entrar en casa, añadiendo por último que podía haber sido causa de la ruina de la familia porque mi padre, cuando se marchaba, había volcado una silla cayendo al suelo las tijeras de la costura que, por unos instantes, había estado a punto de clavárselas. Sus palabras arrancaban de mis ojos lágrimas aún más desgarradoras que las provocadas por los guantazos de mi padre.
Imposible poner en pie la edad que yo podría tener cuando fui víctima consentida de aquella desafortunada aventura. Me imagino con unos pantaloncitos cortos, culo redondo y movimientos un poco blandos, rozando casi el afeminamiento, con lo que supondría una presa fácil y deseada para cualquier pederasta.
Los hombres peludos y los tebeos
Desde siempre tuve claro que me atraían los hombres, sin que por ello me sintiera maricón, porque en absoluto pasaba por mi imaginación que las relaciones sexuales que mantenía con los amigos de mi edad podía tenerlas con cualquier adulto. Masturbarme sin parar, hacernos pajas en grupo y que alguno nos la chupara a los demás, constituía todo el abanico de posibilidades en las relaciones eróticas que conocí durante muchos años. La penetración entre hombres (las aventuras con la cabra no entraban dentro de los mismos parámetros con los que se medían las relaciones entre humanos), era algo tan tabú que ni siquiera llegaba a imaginarla. Así como para muchos homosexuales de cualquier edad, unas relaciones sexuales en las que no exista la penetración, son totalmente impensables, y en absoluto gratificantes, para mí, el uso de mi culo y el culo de los demás, fue algo que iría descubriendo y practicando ya cumplidos los treinta años. Esta posible candidez quedaría probada tras haber vivido dos años en un colegio de curas y, no solo no haber mantenido relaciones con ningún adulto —a pesar de sentirme atraído por el aspecto físico de alguno—, sino por no haberme dado cuenta de que otros chicos mantenían relaciones entre sí y con algunos curas. Yo sabía que había otros grupos de niños en el pueblo, de diferentes edades, que realizaban los mismos juegos sexuales sin que ello tuviera nada que ver con el hecho de ser homosexuales.
Durante cierto tiempo estuve acudiendo asiduamente al Ayuntamiento para intentar aprender a escribir a máquina en una anticuada y preciosa Remington. Inmediatamente me sentí atraído por aquella inmensidad de páginas que atesoraban todos aquellos volúmenes de la Enciclopedia Espasa que estaban guardados ordenadamente en unas vitrinas. Sus páginas me mostraron un amplio mundo desconocido, solo equiparable al que en la actualidad podría suponer adentrarme en las páginas de internet. Allí estaban las biografías de los grandes escritores, los músicos con los guiones de las óperas y, sobre todo, los pintores con las reproducciones de las principales obras en láminas de colores con aquellos antiguos tonos azafranados. Me extasiaba mirando los cuerpos de los hombres en las esculturas griegas y romanas o los musculosos dioses y héroes desnudos o con pequeños taparrabos de los pintores barrocos. A todos ellos les faltaba, no obstante, el vello, casi el elemento masculino que siempre ejerció sobre mí un mayor poder erótico. Para masturbarme no dibujaba enormes pollas, sino que acostumbraba a bocetar un torso cubierto de espeso vello que luego borraba una vez me había corrido. Podría ser que asociara, inconscientemente, el vello con la virilidad y el vigor sexual, pero ¿qué podía saber yo, con aquella edad, qué era la virilidad y el vigor sexual y para qué servían?
Pero esta fijación me lleva hasta recuerdos muy lejanos, cuando en verano, a la hora de la comida, oía que llamaban a la puerta de un primo de mi padre que vivía en frente de nuestra casa y al que había sorprendido un día asomándose a la puerta en calzoncillos para darle a alguien unas llaves. Los golpes en la puerta de la casa de mi primo eran unos aldabonazos en mis fantasías de aprendiz de voyeur que me empujaban irresistiblemente a levantarme de la mesa en donde estábamos comiendo y, cada vez con una excusa diferente, corría hacia la pequeña ventana del sobrado con el tiempo justo de sorprender el momento en que, aquel pecho desnudo con un espeso vello, entreabría la puerta unos instantes para entregar una llave y volvía a cerrarla inmediatamente. Muchos años pasarán para gozar hasta la saciedad de los magníficos pechos peludos de mis novios pakistaníes.
Echaba de menos que los hombres que aparecían en los tebeos de El Guerrero del Antifaz, aquellos musculosos moros semidesnudos, no tuvieran pelo en el pecho. Pensaba que a algunos —los más lúbricos y los más musculosos, como Olián, Alikan, Kaher Raik, el hermano mayor de los hermanos Kir o los cuerpos impresionantes de los verdugos—, el pecho peludo les hubiera dado mayor potencia y ferocidad. Quizás al dibujante Gago le resultara demasiado entretenido pintar vellos en los pechos o lo considerara, tal vez, impúdico. En cambio, yo disfrutaría dibujando, uno a uno, como si los implantara, cada vello en el sitio correspondiente de los hombres, ya fueran en pechos, pubis, piernas o brazos.
Mi devoción por las aventuras y personajes de El Guerrero del Antifaz era tal, que llegué a tener casi la colección completa, pero siempre me faltaban algunos. Mi amigo Francisco el Pailla fue el único del pueblo que consiguió tenerla completa y no paraba de alardear de ello. Hacía falta disponer de mucho dinero para ir acumulando números y reunir la colección sin vender o intercambiar ejemplares. Los tebeos los vendía o los cambiaba un buhonero de Carrión al que llamaban Riquitrunes que vivía en un cuchitril al fondo de un enorme corral, junto al pozo del Pilar, muy cerca de la casa de mi abuela. Iba por los pueblos con una canastilla colgada de un brazo y un canasto en el otro pregonando «Muñequitos y que bonitooos». En la canastilla llevaba un revoltijo de chucherías variadas, muñecos, cristobitas, silbatos, regaliz, orozuz, figuritas de belén de barro y alambre que él fabricaba toscamente y luego pintaba, y sobre todo, tebeos. Tebeos usados y todas las novedades, los últimos capítulos publicados, los últimos héroes que habían aparecido, las nuevas aventuras. Su pregón era esperado con impaciencia por todos los chiquillos del pueblo que corríamos hacia él, muertos de curiosidad, para ver qué novedades traía ¡Era una pena no tener dinero suficiente para poder comprarlos todos! Y era inútil intentar convencer a mi madre para que me diera dinero porque era enemiga acérrima de este tipo de literatura con cuya lectura consideraba que perdíamos un tiempo que robábamos a los estudios. Tenía que recurrir a los ahorros o al intercambio de tebeos nuevos por otros ya leídos, añadiendo algunas monedas o algunas piezas de hierro, herraduras o tubos de plomo encontrados en el campo. Yo era un devorador de tebeos y seguía con entusiasmo las historias de Las Aventuras del FBI, Toni y Anita o El Cachorro, pero eran Las aventuras del Guerrero del Antifaz las que desbordaban mi imaginación, siendo siempre mis favoritas. También me emocionaba la lectura de los tebeos de princesas y hadas, de príncipes y encantamientos, de palacios, de tocados, vestidos y perifollos rimbombantes, de orlas, cenefas y recortables de la colección Azucena, pero estos, como los de la colección Florita, eran tebeos de niñas y por lo tanto vetados para mí. Amparo era hermana de mi amigo Curro y yo sabía que tenía una gran colección de tebeos. Tanto llegué a insistirle a Curro para que me trajera algunos tebeos de su hermana para leerlos, que un día apareció con un montón ocultos en una bolsa para que ni su hermana ni mi madre los viera. Me relamí de placer al verlos, pero, antes de haberme dado tiempo de leerlos todos, los descubrió mi madre y montó un Fahrenheit 451 con ellos, con el consiguiente drama en cadena: mío, de Curro y de la hermana que lloró desesperada acusando a Curro de habérselos robado. Sin embargo, siempre menosprecié las historias de humor del TBO, de Jaimito o Pulgarcito. No obstante recuerdo haberme reído con las aventuras de Zipi y Zape, de Carpanta, de las Hermanas Gilda, de la Familia Ulises o de Coll y alucinar con los Inventos del doctor Frank de Copenhague y rastrear por los dibujos de Urda en busca de las imágenes ocultas y camufladas en el paisaje.
Pero era el morbo que destilaban las páginas creadas por Gago lo que hacía que me recreara con sus aventuras y sus personajes. Los hombres eran fuertes, musculosos, con fantásticos muslos y pectorales, sólidos y perversos y las mujeres moras eran excitantes, cubiertas de velos transparentes, todas de una belleza arrebatadora que hacía que los hombres lucharan encarnizadamente por conseguirlas o defenderlas. Y, sobre todo, era la recreación del sádico dibujante en la descripción de refinadas y sofisticadas torturas a las que eran sometidos los hombres y, sobre todo, las mujeres. La maldad y el ensañamiento de las mujeres para deshacerse de sus rivales no tenían límites. Ordenaban a sus esclavas que destrozaran la cara y los pechos de sus enemigas con hierros candentes o las hacían bailar sobre balancines erizados de dagas envenenadas en una mezcla de literatura de Sade y martirologio cristiano.
A mi hermano, ocupado en su vida deportiva y en sus travesuras, no le interesaron tanto los tebeos como a mí y, cuando mi fiebre por ellos desapareció, desaparecieron con ella los tebeos de la casa siendo reemplazados, poco a poco, por novelas de colecciones económicas que editaban obras de Pereda, Palacio Valdés o Pérez Galdós.
Los árboles genealógicos
Un padre sin familia
Hasta que me enviaron al colegio de curas yo había vivido una infancia pegada a la tierra entre Castilleja del Campo, el pueblo de mi padre en donde había nacido, y Carrión de los Céspedes, el pueblo de mi madre en donde vivían mis abuelos. Ambos pueblos estaban a dos kilómetros de distancia por carretera y casi a uno por el atajo al que llamaban la Senda de los Mármoles, entre olivos y viñas.
Cuando murió mi abuela de tuberculosis, a los 43 años, mi padre perdió al único miembro de la familia que le quedaba. Se aferró a mi madre, de la que era novio desde hacía un par de años, como su única familia. Pasó casi toda la guerra en el frente de Córdoba, en Intendencia y, cuando volvió, se encontró con un pueblo semienlutado, hecho jirones, con una casa abandonada y unos campos que habían sido cultivados durante esos tres años, pero de cuya producción ningún familiar quiso responsabilizarse.
Hubo de comenzar solo, desde cero, en el año conocido como «año de la jambre». Volvió a trabajar las tierras con ahínco; ahorró algún dinero; arregló la casa y decidió casarse en marzo de 1943, cuando tenía veintiséis años y mi madre veintitrés. Justo a los nueve meses, a principios de enero, nacía yo.
Durante cuatro años, hasta tener edad para ir al colegio, fui hijo único y hacía las delicias de mis jóvenes tías que se disputaban por pasearme y mostrarme a las amigas. Me mimaban, me festejaban, me cantaban y me hacían bailar con ellas, a lo que yo me prestaba feliz. Luego, un día me cogían de la mano o me llevaban a hombros y, por la Senda de los Mármoles, me devolvían a mi casa en donde era mimado, festejado y paseado por mi madre y sus jóvenes amigas, vecinas y familiares.
En Castilleja no tenía tíos, ni abuelos. El único hermano de mi padre había muerto con catorce o quince años de una grave enfermedad. Los tíos de mi padre me eran bastante ajenos y a sus hijos siempre los consideré algo lejanos y distantes. Evidentemente mi familia era la familia de mi madre y, dentro de la familia de mi madre, la familia de mi abuela.
Mi madre se vio obligada a abandonar su pueblo, a sus padres y hermanos, a sus amigas, sus santos y sus vírgenes, sus fiestas y costumbres, como todas aquellas mujeres casadas con hombres forasteros.
Trasplantada, como emigrante, en una sociedad ajena; teniendo que adaptarse a una casa diferente, ahora suya; con nuevos vecinos y una nueva familia, la recién casada ha de buscarse nuevas amigas y familiarizarse con la nueva iglesia llena de santos y vírgenes diferentes, con un cementerio desconocido y con un nuevo cura confesor que aún no sabe nada de ella. Las primeras en frecuentar la casa serán las vecinas de su misma edad y, sobre todo, aquellas mujeres de su mismo pueblo que la han precedido en la emigración. Pronto, un grupo de jóvenes vecinas de su edad y primas del marido, tomarán la casa como salón de reunión, solidarizándose con la recién llegada. Las horas de soledad, durante las que mi padre estará trabajando en el campo —aunque ella solía acompañarlo hasta que su embarazo de mí ya estuvo demasiado adelantado—, o las horas en que mi padre se iba al casino con los amigos, eran ocupadas por las faenas de la casa o por la presencia de las nuevas amigas.
En el pueblo era frecuente que muchos hombres fueran a buscar novia en los pueblos de los alrededores.
Ahora veo con una mirada el continuo trasiego de mi madre y de mis tías constantemente de un pueblo a otro. Las fugaces visitas de mi madre a casa de mis abuelos y las de mis tías a mi casa suavizaban aquel desarraigo.
En los vídeos de las bodas que me muestran mis amigos pakistaníes puedo observar cómo las jóvenes esposas se despiden entre los llantos desconsolados de toda su familia al partir hacia la casa de la familia del marido, que puede estar en el mismo pueblo o a varios pueblos de distancia.
Mi tata era mi tía más joven y pasaba temporadas en casa acompañando a mi madre y cuidándome. Con mi nacimiento, mi madre sufrió una dolorosa infección en el pecho que casi la imposibilitó para amamantarme. Me contaba que yo no paraba de llorar de hambre y, al final, se arriesgaba a darme el pecho, lo que le producía tremendos dolores y miedo viendo cómo con la leche tragaba parte de pus que le producía la infección. Mi abuela la acompañaba al hospital de Sevilla en donde le practicaban las curas y mi madre siempre recordaba aquellas visitas con terror y repugnancia. Para evitar ver a los enfermos, al tener que atravesar las inmensas salas llenas de camas del hospital de las Cinco Llagas, mi madre contaba que se envolvía la cabeza con el mantón negro de mi abuela, siendo arrastrada por ella.
Tito Hilario era uno de los dos tíos de mi padre, hermano de mi abuelo. Se había casado y, tras tener a mi prima Consuelo, enviudó y había vuelto a casarse teniendo otra hija. Sacramento era unos años mayor que yo y, con el tiempo, se convertiría en una especie de alma gemela en las ansias de libertad y en los deseos de abandonar el pueblo. Mi prima Sacramento jugaba conmigo como si fuera un muñeco, paseándome de un lado a otro y, como aún era pequeña, solía caerme a menudo dejándome la cabeza llena de golpes y chichones.
Siempre pensé que mis padrinos de bautismo fueron mi tío Hilario y su mujer, pero mi prima Consuelito me revelaría un día la verdad sobre mis auténticos padrinos. «¡Es que ellos no habían sido tus padrinos de verdad!» —me contaba mi prima un día que había ido a visitarla no hace mucho tiempo—. «Porque, por aquel tiempo, mi padre no se hablaba con el cura a causa de unos enfados surgidos a raíz de unos comentarios que tito Enrique había hecho sobre “algunas cosas” de la familia del cura. Entonces te bautizamos yo y el primo Manolo el Alguacil». Pero la sorpresa mayor, relacionada con aquel bautismo, fue la que provocó un primo que había accedido a los archivos de la iglesia, cuando me envió el documento escaneado en el que ¡me enteraba de que mi verdadero nombre no era Nazario, a secas, sino que, como las monjas, llevaba adosado un «del Sagrado Corazón de Jesús»!
Es muy frecuente que en los árboles genealógicos haya ramas que nos resulten más entrañables que otras, siendo apreciadas las más pequeñas bifurcaciones de unas, mientras otras permanecen casi desconocidas, como si se hubiesen podrido o las hubieran intentado tachar o emborronar. Al pensar en estas anomalías en las relaciones familiares, me acuerdo de aquellas fotografías en las que una mano anónima ha eliminado la presencia de alguien con unas tijeras, o desgarrando el papel, descontextualizando al superviviente que quedaba como mutilado. Desconocidos agravios y antiguas rencillas, de las que a menudo no se suelen dar explicaciones, hacían que unos familiares resulten siempre más familiares que otros. En el árbol de mi padre era la rama de mi abuelo la favorita, quedando la de mi abuela algo confusa. Mi padre solía describirnos algunas historias de sus parientes de aquella forma melodramática que a él le gustaba emplear para narrarlas.
Era escalofriante la historia aquella que contaba de un hermano mayor de mi abuelo que murió de rabia a los dieciocho años tras morderle un perro. La historia comenzaba en unos almacenes de Sevilla en donde su tío trabajaba de sastre. Un cliente acudía a menudo por la tienda llevando un perrito. El joven sastre mostraba un gran cariño por el perro con el que solía jugar. Aquel día funesto, cuando el dueño le advirtió que hacía un tiempo que el perro estaba algo enfermo y su comportamiento era extraño, mi tío lo había acariciado como de costumbre recibiendo un mordisco en una mano. Días más tarde el veterinario diagnosticó que el perro padecía la rabia y lo mataron. Cuando días después mi tío se enteró y acudió al médico ya no tenía cura. No tardó en comenzar a sufrir terribles dolores, echando espuma por la boca —contaba mi padre— y comenzó a deformársele la columna. Los médicos dieron a los padres una dosis de un producto letal para que ellos mismos se la administraran.
Recuerdo un día en que oímos unos gritos y cuando nos asomamos a la ventana vimos a la gente despavorida, asomada a las puertas y subidas en los porches, señalando a un perro que aullaba en medio de la calle mientras se tambaleaba con la boca entreabierta enseñando los dientes y soltando, sin parar, una gran cantidad de espuma amarillenta. Poco después llegó el agente municipal y lo mató de un tiro.
Entre las historias truculentas que habían sucedido en el pueblo y mi padre nos contaba, destacaba una que nos dejó, a mi hermano y a mí, sobrecogidos y al borde de las lágrimas. (No era raro que mi madre, al oírle contarnos aquellas historias tremendas, refunfuñara comentando algo así como: «¡Qué hombre este, cuidado las historias que le cuenta a los niños!»).
Un matrimoniodel pueblo había ido a Sevilla para que el médico viera a un hijo pequeño que estaba muy enfermo. Cuando se dirigían a la casa del médico, ambos se dieron cuenta, consternados, de que el niño había muerto. Como resultaba bastante problemático tener que declarar la muerte en la ciudad viéndose, posiblemente, obligados a enterrarlo allí, lejos del pueblo, decidieron actuar como si el niño estuviera vivo y volver en el tren para decir que había muerto al regresar al pueblo. Mi padre no escatimaba las pinceladas dramáticas sin prestar atención a nuestra congoja —mi hermano debía tener cinco o seis años y yo ocho o diez—, y continuaba contando cómo habían hecho todo el camino de vuelta en el tren, con el niño muerto en brazos de la madre, disimulando su enorme dolor ante la presencia de una pareja de la Guardia Civil que estuvo sentada frente a ellos durante parte del recorrido; cómo tuvieron que contarle la historia a una mujer que se había sentado junto a ellos y les había comentado que aquel niño parecía que estuviera muerto y, por último, la llegada al pueblo en cuya narración mi padre rizaba el rizo de la truculencia. El hombre había seguido a la mujer, que casi corría frenética con el niño muerto en los brazos, los dos kilómetros de la carretera que separaban la estación de Carrión de Castilleja. En silencio llegaron por fin al pueblo donde, la pobre mujer, sin poder aguantar más la tensión, al pisar la calle de las primeras casas del pueblo, comenzó a dar gritos, enloquecida, aferrada con desesperación al cadáver, mientras las mujeres salían de sus casas intentando consolarla.
Una madre con dos abuelos, cuatro tías y un tío, para mí solo, durante más de cuatro años
Con el árbol genealógico de mi madre ocurría algo parecido pero, en este, era la rama de mi abuela la más allegada, siendo la familia de mi abuelo prácticamente desconocida. Mi abuelo procedía de una familia de clase media que tenían fincas, ganados y buena reputación. Tanto su hermano como su hija, aparecían lejanos, completamente desconocidos para mí. Mi abuelo se había casado dos veces y en las dos ocasiones sus mujeres habían muerto de parto.
La familia de mi abuela era pobre y la formaban cinco hijas y un varón. No sé si en la elección de mi abuelo, a la hora de buscar una tercera esposa, influyó la escasez de medios económicos de la familia de mi abuela o si realmente se enamoró de mi abuela por su físico, pero a partir de aquella boda, la familia de mi abuelo se distanció de tal forma que no creo recordar la presencia de aquel tío José María en la casa de mis abuelos. En cambio, yo sabía que mi abuelo iba a visitarlo diariamente a su casa. Contaba cómo su hermano le ponía un vaso de vino y sintonizaba la radio en donde siempre sonaba música flamenca.
La imagen que conservo de mi abuela es la de las típicas viejas andaluzas retratadas por Echagüe: falda negra hasta media pierna, delantal negro, medias negras y zapatillas, el pelo recogido en un rodete y una toca para salir a la calle con la que cubría los hombros o la cabeza. Su carácter era fuerte y un poco agrio, frente al que mi abuelo, blando y bonachón, nada tenía que hacer, aunque no creo que tuviera nunca intención de hacer nada. Después de sus dos intentos malogrados de tener hijos, esta lo había colmado dándole seis y ya estaba satisfecho. Cuando intento evocar su memoria, son sus riñas, con una voz agria y sus miradas iracundas que emanaban un tufo desabrido, parecido a un mal sabor de boca, lo que me viene al recuerdo. Eso y sus interminables ataques de tos, que resonaban por toda la casa en la oscuridad y que uno terminaba oyendo, sin escucharlos, como el ruido de los trenes que pasaban de madrugada con el cansino sonido de la máquina y sus estridentes pitidos, o las campanadas del cercano reloj de la torre de Castilleja dando las horas y los cuartos día y noche.
Mis abuelos vivían casi en las afueras del pueblo, en una gran explanada que llamaban El Pilar en donde se celebraba la feria para septiembre. La casa de mi abuelo estaba en alto mirando al suroeste, y desde ella se veían unas fantásticas puestas de sol. Como no había casas en frente, tras la explanada que formaba la calle había varias fincas, detrás de las que estaban las vías del tren de Sevilla a Huelva. Un poco más lejos se divisaba una dehesa de encinas, algunos caseríos desperdigados y un horizonte en el que se destacaba un enorme pino cercano al pueblo de Manzanilla. Al otro lado de la explanada había una hilera de casas que terminaban junto a un regajo que recogía las aguas de la lluvia estando bordeado por cañaverales y un camino que llevaba a la estación. Un enorme pozo, el pozo del Pilar, abastecía de agua a casi todo el pueblo; había siempre a su alrededor mucha gente sacando y transportando agua. En invierno toda la explanada se convertía en un inmenso barrizal y había que circular por las estrechas aceras hasta llegar a la calle que subía a la plaza y a la iglesia.
Para septiembre montaban la feria en aquella explanada. Pegando a la acera de las casas de abajo instalaban el paseo con arcos de bombillitas de colores y junto a la acera de mi abuela colocaban dos o tres casetas junto al pozo. Junto al comienzo del paseo ubicaban «las volaoras», como plato fuerte de las atracciones, pudiendo ir acompañadas de una pequeña noria y al final de la feria, frente a la casa de mi abuela, se establecían «las barcas», columpios que eran impulsados por los empleados o por la fuerza de los que se columpiaban. Los jóvenes más fuertes, atrevidos y exhibicionistas, conseguían dar vueltas alrededor del eje mientras los espectadores, admirados, iban contándolas en voz alta. Desde casa de mi abuela oía el tumulto y corría para ver las proezas del héroe de turno. Los chiquillos solo nos paseábamos un rato, impulsados por el dueño hasta que, cumplido el tiempo, elevaba el freno, consistente en un enorme tablero, hasta que la barca terminaba varada. También había una tómbola y numerosos puestos de turrón y de dulces. Cuando se acercaba la feria mi tata iba a recogerme a mi casa y me traía a hombros, por la Senda de los Mármoles, bordeando la viña de mi abuelo y bajando al final por un camino que terminaba justo en el Pilar, muy cerca de nuestra casa. Los jóvenes de Castilleja solían hacer frecuentes visitas al pueblo vecino para ir al cine, para asistir a las innumerables fiestas que se celebraban o simplemente para pasear, saludar a amigos y amigas y, muchos de ellos, para buscar novia.
El hombre simple que era mi abuelo, pobre de espíritu, tranquilo, con barriga un poco pantagruélica, gorra permanentemente calada, chaquetilla gris con cuello de tirilla y pantalones caídos, tenía tres pasiones arraigadas: la Iglesia y la virgen del Rocío; la comida y el flamenco. Despertaba todos los domingos bien temprano y se marchaba a la misa de alba, avisando a varios amigos a los que tocaba en la ventana, al pasar por sus puertas, camino de la iglesia. A la vuelta, en invierno, mis tías lo esperaban con impaciencia porque acostumbraba a comprar en la plaza un papelón de churros recién fritos y los traía apresuradamente metidos bajo el brazo para que no se enfriaran. En vano mi abuela le regañaba un domingo tras otro porque manchaba de aceite la chaquetilla. No lo imagino cometedor de graves pecados. Su fervor apasionado por la virgen del Rocío, que heredaría mi madre, lo hacía atravesar la marisma cada año a caballo, al oscurecer del domingo de Pentecostés, camino de la ermita del Rocío a donde llegaba al amanecer, justo a la hora en que los almonteños sacaban a la virgen en procesión. Mis tías contaban que ni siquiera se apeaba del caballo: veía a la virgen salir de la ermita, se quitaba la gorra, rezaba una salve y cogía el camino de vuelta llegando a su casa a la hora del almuerzo. Un año, sintiéndose quizás ya mayor, decidió dejar de ir.
Mi abuelo se relamía con la comida, como un enorme gato, saboreando cualquier sobra que sacaba de la cocina. Todas las tardes de verano cogía el dornillo con el gazpacho que había sobrado al mediodía y se sentaba, con él entre las piernas, en una silla que colocaba al lado del brocal del pozo. Con una navaja de cachas y hoja ancha, comenzaba a cortar, con parsimonia y ensimismamiento, trozos de pan que iban cayendo sobre los restos de gazpacho al que había añadido un buen chorreón de aceite. Una vez que el pan se había esponjado bien, dedicaba un buen rato a saborear lo que llamábamos bolo, con la mirada perdida y unos prominentes cachetes sonrosados que iban subiendo y bajando al ritmo de las mandíbulas.
La otra afición de mi abuelo, también heredada por mi madre, era el cante flamenco y concretamente los fandangos de Huelva. Mi abuelo elogiaba la amabilidad de su hermano que le «ponía» fandangos en el aparato de radio cada vez que iba a visitarlo. Me imagino que iría más o menos a la misma hora en la que emitían algún programa de flamenco que el hermano ponía cuando llegaba mi abuelo. En radio Huelva, emisora que mi madre tenía sintonizada constantemente, acostumbraban a emitir fandangos casi ininterrumpidamente.
Una perra ratonera negra y blanca, que se llamaba Pirula, lo seguía como una sombra a todas partes o permanecía tumbada a sus pies.
Siempre me causó una gran admiración el sombrajo que construía en lo alto de un cerro para vigilar la viña que tenía cerca del pueblo. Cuando la uva estaba para madurar, los dueños de las viñas erigían estas especies de torres de vigilancia que consistían en cuatro largos palos, bien clavados al suelo, sobre los que fabricaba una tarima con palos cruzados que se cubrían de ramas y paja para tumbarse sobre ella. También fabricaban con ramas de álamos o eucaliptos los toldos para dar sombra y una pared o dos para resguardarse del viento. La solidez y esmero de la construcción dependían del arte del constructor y mi abuelo no tenía mucho arte con lo que la estructura no quedaba demasiado «fiable», aunque no recuerdo haber oído contar que se hubiera caído nunca. Se subía por una escalera y por la tarde, cuando comenzaba a subir la marea, era placentero estar allí arriba viendo el paisaje y tomando el fresco. Mi abuelo se echaba allí —o en el sobrado de la casa—, unas largas siestas.
El campo ofrecía un curioso aspecto salpicado por aquellas extrañas atalayas. Constituían un leve freno para los ladrones de uva, de melones o de sandías. Contaban que uno de los guardas más celosos y agresivos era Pichín, nuestro vecino de Castilleja, que era capaz de perseguir, calabozo en mano, hasta extenuarlo, al incauto ladrón que sorprendía con uno de sus racimos de uva en la mano.
No recuerdo haber subido muchas veces al sombrajo con mi abuelo como tampoco acostumbraba a molestar subiendo al carro cuando él y mi tío hacían viajes transportando ladrillos. Mi hermano, en cambio, siempre estaba pidiendo que lo subieran al carro o lo llevaran al sombrajo. Yo prefería permanecer al lado de mis tías y sus amigas viendo cómo bordaban.
Mi madre hablaba de los cuarenta como de unos años casi más terribles que los de la guerra porque la guerra era algo lejano que conocían por referencia, pero el hambre de aquellos años era algo cotidiano. La gente no tenía nada para comer y había amigas del barrio que iban a casa de mi abuela a pedir pan o patatas para darles algo a los niños hambrientos.
Una noche desaparecieron dos cabras que tenía mi abuelo atadas a un peral en el corral y, aunque sospecharon y casi tuvieron completa seguridad de quién podía haberlas robado y comido, no se atrevieron a denunciarlos por ser gente muy pobre, por la imposibilidad de recuperarlas y quizás por miedo a las represalias.
Mi tío trabajaba con mi abuelo, desde pequeño, llevando y trayendo el carro y faenando en las pequeñas parcelas de tierra que tenían esparcidas lejos del pueblo. Cuando el trabajo en el campo escaseaba, mi abuelo y mi tío se dedicaban, casi exclusivamente, a acarrear barro y ladrillos para el tejar de Carrión.
Por las tardes, mi tío estudiaba con la trompeta en su habitación, frente a una partitura, las piezas (en su mayoría pasacalles y marchas) que luego ensayaba los fines de semana con la banda de música del pueblo. Esta banda actuaba en los desfiles procesionales locales, en los pueblos de los alrededores y, algunas veces, eran contratados para tocar en las procesiones de Semana Santa de Sevilla. Todos los años, para las fiestas de las Cruces, iban en un camión a tocar en un pueblecito de la sierra de Huelva que se llamaba El Berrocal, de donde volvía cargado de piñonates y alfajores.
Nunca sentí curiosidad por tocar aquel instrumento aunque, en alguna ocasión, había intentado soplar para sacarle algún sonido con pobres resultados. Hubiera preferido que mi tío tocase el saxofón, como su amigo Danilo o el clarinete como Bernabé, porque el sonido de la trompeta siempre me resultó pobre y estridente.
Mi tío y mi tata formaban parte de esa amplia y extraña hermandad de hombres y mujeres solteros que suelen salpicar las familias.
Supuestamente, la causa de que algunas mujeres permanecieran solteras en un pueblo podía deberse a que ningún hombre las hubiera «pretendido» jamás, pero había muchos casos en los que las mujeres habían tenido pretendientes y los habían rechazado. Resultaban mucho más extraños los casos de hombres que permanecían, incomprensiblemente, solteros. ¿Qué razones insondables podían ocultarse en cada caso de soltería? ¡No todos tendrían que ser casos encubiertos de lesbianismo y homosexualidad reprimidos porque, precisamente en esos casos, el matrimonio podría servir de enmascaramiento, tanto para la sociedad como para ellos mismos! Enfermedades secretas, timidez, indecisión, rechazos, manías y ocultas perversiones serían algunas de las posibles miles de causas que harían que hombres y mujeres, de excelente aspecto físico y desahogadas posiciones económicas, decidieran escoger ese camino de hibridez y soledad.
Castilleja del Campo
El pueblo
La carretera general de Sevilla a Huelva, tras cruzar el pueblo de Sanlúcar la Mayor, se enfrenta a un pronunciado desnivel de más de 100 metros que nos va dejando ver, poco a poco, un vasto espacio abierto al que llaman la campiña de Tejada que comenzará con las riberas del Guadiamar y continuará, ya en la provincia de Huelva, con las tierras del condado de Niebla. Una terrible curva cerrada interrumpe la vertiginosa bajada bordeando las altas tierras del Aljarafe que acabamos de abandonar para acercarnos a la orilla del pequeño riachuelo. Unos ocho kilómetros más adelante nos encontramos, casi de sopetón, con una pequeña hilera de casas a ambos lados de la carretera y una señalización con el nombre del pueblo: Castilleja del Campo. A la derecha se extiende una interminable y suave campiña que se recorta en el horizonte por una azulada línea de montes que forman la sierra de Aznalcóllar y a la derecha, en la falda de un cerro casi coronado por la torre de la iglesia, se desparrama el pequeño pueblo.
A lo largo de esta hilera de casas, bordeadas por viejas moreras, destacan la casa moderna del médico, como un chalet, en donde tiene su consulta; un edificio sólido y algo pretencioso con un espacio inmenso llamado bar La Granja; una carretera empinada, frente al bar, que sube al pueblo, con una señalización que indica que en aquella dirección, a 2 km, se encuentra Carrión de los Céspedes y, frente a esta señalización, en la misma esquina, el bar llamado La Gasolinera por tener un surtidor de gasolina en su puerta. A este trozo de carretera y casas lo llaman El Prado.
La Gasolinera era un bar de aspecto algo sórdido frecuentado por un público variopinto formado por camioneros; gente que paraba a echar gasolina y aprovechaba para tomar algo o usar los servicios; clientes asiduos del pueblo que acudían a tomar un café y jugar al dominó o a las cartas; borrachos de últimas o primeras horas del día; parejas de la Guardia Civil; alguna puta perdida o algún maricón que probaban suerte de madrugada entre los clientes borrachos o viajeros que esperaban, de buena mañana, el paso de los autobuses de la empresa Damas para ir a Sevilla.
La gasolinera y el bar eran regentados por Pepe Calero, lustroso y grueso personaje con aspecto de vividor, un poco entre traficante de cualquier cosa y capo de cualquier otra. Era del pueblo y se había casado con una joven de Carrión de la que había enviudado dejándole una hija y un hijo con los que vivía.
Pepito Calero, el hijo, primo de mi amigo Curro y siempre lo miré, por su reconocida homosexualidad, con una mezcla de miedo y admiración.
En Carrión había una estación de tren pero, aquí en el pueblo, el único medio de transporte para desplazarse a Sevilla eran los autobuses Damas que comunicaban Hueva y Sevilla. El problema era que, a veces, no llevaban plazas libres. Entonces había que recurrir a la benevolencia de algún conductor que parara a echar gasolina y quisiera llevar al viajero aunque fuese hasta Sanlúcar en donde había autobuses. El medio más cómodo y seguro para ir a Sevilla era el taxi de Eugenio Pozo, pero como disponía de plazas limitadas, había que ir a casa de la hermana y reservar el asiento con un día o dos de antelación.
El bar La Granja era el lugar en donde nos reuníamos los jóvenes los domingos alrededor de una enorme mesa de camilla. Tras largos paseos por la carretera, nos entreteníamos charlando, cantando, viendo la televisión o jugando a las prendas. El salón de este bar se disputaba, con el enorme patio del Palacio, las celebraciones de los banquetes de boda. El viejo dueño tenía un camión con el que hacía transportes y en él iba la banda de música de Carrión a los diversos pueblos en donde los contrataban.
La casa del médico tenía la consulta en una pequeña habitación con muebles sobrios de estilo remordimiento —típico mobiliario de todos los despachos de médicos—, y una salita, más íntima, para auscultaciones con una camilla. Don Juan era el médico del pueblo de toda la vida como también, de toda la vida, era cura del pueblo don Felipe. En algunas viejas y amarillas fotos aparecen ambos, junto a mi abuelo Nazario, en la puerta del casino. La mujer de don Juan era una señora delicada que solo se dejaba ver en la iglesia, junto a sus dos hijas, como personajes postizos que no hicieran juego con nada ni nadie del resto del pueblo.
Para adentrarse en el pueblo había que tomar la carretera que indicaba la dirección de Carrión y subir hasta llegar a un pronunciado repecho llamado la Cuesta del Palacio, al final de la que terminaba la calle y el pueblo. La carretera continuaba, camino de Carrión, subiendo entre un enorme talud a la derecha y las tapias de los corrales de las casas, a la izquierda.
«El Palacio» era un enorme caserío con una gran fachada sin ventanas, como una fortaleza, que se extendía casi a todo lo largo de la pronunciada cuesta. Una puerta enorme daba acceso a un patio gigantesco empedrado con cantos rodados y adoquines que formaban cuadros. Al fondo, adosado a una alta tapia que servía de separación entre este patio y un extenso corral cercado y rodeado por caminos y callejones al que se accedía por una cancela, había un amplio pilón para beber las bestias. A través de los tupidos cercados, podía verse cómo se movían por el corral numerosos pavos reales y algunos ciervos. El enorme patio estaba rodeado por edificaciones con las cuadras, una pequeña casa con un sombrajo en la entrada en donde vivían el capataz y su familia y la casa de la dueña, la condesa de las Atalayas, D.ª María Gamero Cívico y de Porres conocida en el pueblo como «la señorita María». Al parecer su marido había hecho donaciones de cuadros a la iglesia y había costeado una nueva solería. El administrador de las fincas de la señorita María había sido Pedro Parias, famoso elemento fascista, conspirador, que había llegado a ser nombrado gobernador civil de Sevilla por Queipo de Llano, convirtiéndose en una de las personas clave en la represión y asesinato de militantes de izquierda. La administración de las fincas quedó en manos de José, hermano del cura, y al que todo el pueblo llamaba «don Josétopamí».
Las casas que bordeaban la carretera, desde El Prado hasta la cuesta del Palacio, constituían una especie de cordón umbilical para acceder al centro del pueblo. Desde el comienzo de la cuesta, hasta el final del edificio del Palacio, partían tres calles hacia la izquierda, que confluían, como el vértice de un triángulo, en una especie de plazoleta, con una cruz en medio, desde la que, como un apéndice, partían dos caminos: uno que llevaba a fincas y cortijos pasando por la puerta del cementerio y otro que comunicaba con fincas del municipio. Al estar el pueblo justo en la falda del cerro, la mayoría de las calles estaban a diferentes niveles, lo que obligaba a las casas de las aceras más altas a tener unos porches a los que se accedía por escalerillas de ladrillo con pequeños arcos debajo que dejaban correr el agua de la lluvia por las cunetas. De las tres calles que comenzaban en la cuesta del Palacio, la primera, la calle de la Horca estaba formada por una hilera de casas frente a las que se alzaban, en alto, las traseras de la casa de la marquesa y los corrales de todas las casas que constituían la calle en donde estaba el Ayuntamiento.
La siguiente calle era la del Ayuntamiento, que tenía delante un amplio porche del que se bajaba a la calle por una empinada escalera o por una cuesta que terminaba en una enorme rueda de molino de granito usada como escalón. Los bajos del Ayuntamiento estaban ocupados por un zaguán con una escalera al fondo y una puerta pequeña a la izquierda por la que se entraba al calabozo, que tenía una amplia ventana enrejada y un banco de cemento de medio metro de altura que debía servir de cama. Junto a la ventana había una puerta con un letrero en la parte superior en el que rezaba «Cámara Sindical Agraria» y dentro, en un minúsculo salón, despachaba Marcelo, amigo de mi padre y de su misma edad, que presidía el sindicato. Yugos y flechas y retratos de José Antonio y Onésimo Redondo decoraban las paredes junto a unas vitrinas llenas de legajos, papeles y revistas editadas por la Falange. A su lado, haciendo esquina, estaba la barbería de Aniceto, también amigo de mi padre y vecino nuestro. Tenía dos hijos, uno de mi edad, Juan Antonio, gran amigo mío y otro de la edad de mi hermano. La mujer era de Paterna, un pueblo cercano de la provincia de Huelva y, no recuerdo por qué, amiga de la mujer del médico y sus hijas.
La puerta de la barbería estaba más baja porque el porche hacía desnivel hasta la esquina del Ayuntamiento, separándolo solo dos o tres escalones de la calle. La barbería era pequeña, con un solo sillón, presidida por un gran espejo y una repisa y mesitas con las máquinas y las brochas. Dos bancos de madera pegados a la pared servían para esperar turno o para echar un rato de charla con el barbero. Yo solía acercarme casi a diario para leer el ABC que recibía Aniceto para los clientes. El cura estaba suscrito al diario El Correo de Andalucía.
Un lóbrego espacio abovedado, que según parece había sido la antigua cárcel del pueblo –esta, más mazmorra que calabozo—, ocupaba el resto de los bajos del Ayuntamiento y a él se accedía por la calle lateral y lo usaban como frutería o verdulería. Esta lateral era la calle General Sanjurjo, que subía a la plaza de la iglesia. Mi casa ocupaba la esquina formada por esta calle, la calle que iba desde la cuesta del Palacio hasta la cruz y la plaza de la iglesia.
El Ayuntamiento era un gran salón con tres balcones, embaldosado con relucientes losas blancas y negras, en cuyo fondo había una mesa de despacho flanqueada por un retrato de Franco y otro de José Antonio. A un lado de la mesa, junto al balcón, había una mesita con una máquina de escribir Remington cubierta por una funda de hule negro y al otro lado una puerta daba acceso a los archivos y a un cuarto de aseo. Toda la pared, desde la puerta de entrada hasta la puerta de aseo, estaba cubierta por armarios acristalados en los que se guardaban los cientos de tomos del Diccionario Espasa. El alcalde solo ejercía de tal en puntuales ocasiones, pero, en el Ayuntamiento, quien realmente gobernaba era el secretario Hilario, mi «tito Hilario». En el pueblo los cargos solían acompañar, de por vida, a los nombres de los que los habían ostentado: así Juan el Alcalde sería Juan el Alcalde durante toda su vida o Manolito el Juez, Manolo el Alguacil o Antoñito el Municipal.
Cuando mi padre decidió que estaría bien que aprendiera a escribir a máquina, nadie puso objeciones para que acudiera a diario al Ayuntamiento para utilizar la Remington. Podría escribir mis poemas y hacer copias de ellos con papel de carbón y así hacerme a la idea de que los publicaba o los enviaría a cualquier sitio para que fueran publicados. Los resultados de mi aprendizaje como mecanógrafo correrían parejos con los que obtendría estudiando inglés en televisión con mi amigo José Lutgardo o haciendo los ejercicios recomendados por Sansón Institut que intentaría practicar con Juan Antonio.
Los méritos que debió reunir Hilario para ser secretario debieron ser muy similares a los que reuniría Juan el Alcalde para ser alcalde; Marcelo para ser secretario del sindicato o mi padre para ser jefe de la Cámara Sindical Agraria. No debieron ser «méritos de guerra» pero sí una especie de suave militancia de derechas, una derecha silenciosa y pasiva, alejada de la militancia activa de caciques y falangistas. Ellos habían callado por prudencia, y tal vez por miedo, ante los desmanes que se habían cometido en los años previos a la guerra.
Palacios, marquesas, vizcondes y cortijos
Mientras el Palacio podía pasar desapercibido tras sus altos muros encalados, de no ser por su enorme puerta, abierta siempre durante el día, la casa de la marquesa, en el centro del pueblo, era de una gran vistosidad. El ser uno de los lugares —junto a la carpintería de Miguelito— que más frecuentaba durante mi infancia por ser la vivienda de Pepe, mi mejor amigo, primo mío y de la misma edad que yo, y ser uno de los edificios más singulares del pueblo, su descripción será minuciosa.
La fachada la componían dos zonas muy diferenciadas: una era totalmente blanca y comenzaba, adosada a la casa vecina, por un enorme y alto paredón que terminaba en un gran ángulo bordeado por una amplia cenefa de ladrillos con tejado de dos aguas, en cuyo centro lucía el mismo remate de cerámica blanca pintada de azul que coronará las partes más altas de toda la finca. Solo dos ventanucos cuadrados en lo alto rompen la solidez del paredón. A continuación, entre dos paredes almenadas a distintas alturas, se abría la majestuosa puerta pintada de verde, flanqueada por abajo por dos dragones de hierro para evitar que los vehículos chocaran con los quicios. Encima de la puerta había un blanco torreón coronado por una inmensa cisterna metálica también pintada de verde. La otra parte de la fachada pertenecía a la residencia señorial con una hilera de cuatro ventanas abajo, sobre un zócalo de cantos de ladrillos ocres y cuatro balcones simétricos arriba.
Los marqueses, un vizconde y los hijos venían a veces a instalarse en la casa en verano cuando las playas aún no existían como lugar de veraneo. Era como aquellas casas nobles sicilianas tan del gusto de Visconti, con esa brisa nostálgica y melancólica de cortinas de encaje mecidas por el viento, muebles y dormitorios cubiertos por telas blancas, camas con mosquiteros, cuadros oscuros, retratos ovalados y vitrinas con abanicos desplegados, pequeñas fotos enmarcadas y biscuits semiolvidados.
El portalón daba entrada a un amplio zaguán con porches a ambos lados para sentarse. Sendos ventanucos sobre ellos aireaban la sala de estar del capataz, y una cochera. Los camiones, los tractores, los remolques cargados de trigo, de sacas de algodón, de aceitunas, los carros y las bestias entraban al inmenso patio finamente empedrado de una forma similar al suelo del patio del Palacio.
A la derecha estaban las viviendas: primero, en la esquina, la del capataz, angosta y sombría, con el ventanuco para vigilar la entrada y una ventana a la calle. Luego, al extremo del patio, formando una U estaba la fachada de la vivienda de los marqueses, con cuatro puertas acristaladas pintadas de blanco adornadas con pequeñas marquesinas de pequeñas tejas vidriadas de color blanco y azul. Las ventanas, también acristaladas y pintadas de blanco, estaban protegidas por cortinas de gasa. Un pequeño jardín con arriates y un viejo limonero estaba separado del resto del patio de la alquería por un poyete de baldosas rojas. El pequeño pozo junto al poyete, con el brocal también recubierto de baldosas rojas, parecía más formar parte de un decorado que utilizarse para sacar agua. El ala derecha de la casa era la que daba a la calle y la izquierda albergaba los servicios en donde trabajaban los criados.
La marquesa era una señora llamada D.ª Elisa de Porres Osborne, marquesa de Castilleja del Campo y, para mi primo Pepe —cuyo padre era capataz de la casa y el cortijo, sucediendo a su padre Severo, ya muy mayor—, era «la señora marquesa», «el señor marqués» y «los señoritos». Mi primo desaparecía cuando los señores venían a pasar unos días. Estaba solo pendiente de ellos acompañándolos, con su padre o solo, a pasear a caballo por sus fincas y por el cortijo llamado Villanueva, a varios kilómetros del pueblo. Mi primo vivía con sus padres en una casita minúscula al fondo de un callejón, entre el paredón del molino y el muro de la residencia de los marqueses que lindaba con las cocinas.
A la izquierda del patio, tras la cochera, estaba una de las puertas de las cuadras y separándola de la otra, un gran pilón que servía para beber las bestias. Arriba de las cuadras se almacenaba la paja.
Al fondo de la entrada estaba el molino, el edificio principal y más sólido de la casa: una nave gigantesca tras un cobertizo soportado por columnas de hierro. Bajo el cobertizo las mujeres limpiaban las aceitunas de hojas y barro en unas cribas de madera. Entrando en el molino se sentía un penetrante olor mezclado de aceite, alpechín y orujo que lo impregnaba todo. El émbolo brillante de una enorme prensa hidráulica iba desapareciendo oculto por una montaña de capachos de esparto de los que, al ser presionados, chorreaban cascadas de líquido marrón oscuro. Las ruedas del molino giraban incesantemente triturando las olivas que iban cayendo de la tolva. El chorro de aceite amarillo verdoso manaba sin parar y el aceite era almacenado en grandes y brillantes cisternas.
La boca de un horno llameante, como los de las máquinas de tren o de los barcos, suministraba energía a las maquinarias del molino, que hacían un ruido ensordecedor. Todo era marrón verdoso y estaba pringoso y resbaladizo, incluyendo la ropa de los trabajadores.
Junto al molino había un gran almacén en donde, en la época de la cosecha, se amontonaban, apiladas, las sacas de algodón, constituyendo un lugar magnífico para jugar, saltar sobre ellas y escondernos en los recovecos.
En el piso superior, sobre el molino y el almacén, había un inmenso granero de vigas y tensores descomunales, que casi recordaban los de la iglesia. Unos pequeños ventanucos cuadrados servían solo para airear, manteniéndolo todo en una suave penumbra. Cuando estaba vacío el eco resonaba y casi servía de altavoz cuando celebraban las obras de teatro.
Desde hacía años, los jóvenes del pueblo solicitaban permiso al marqués para celebrar funciones de teatro que ensayaban durante meses. Corrían por el pueblo varios tomos con sainetes de los hermanos Álvarez Quintero que eran seleccionados para ser representados en función de los personajes que intervenían y la disponibilidad de una reducida lista de actores, compuesta por gente joven del pueblo. Miguelito el Carpintero era una de las personas más activas e imprescindibles, no tan solo como actor por su capacidad de memorización, sino por su trabajo como tramoyista. Paquita Hierro era otra de las personas esenciales. Natural de Huelva, era una mujer hierática, elegante y educada, con unos ojos verdes espectaculares, metálicos que recordaban los ojos de las serpientes. Se había casado con un terrateniente del pueblo y no habían tenido hijos. Ella decidía la música de las funciones y, junto con las jóvenes que componían el elenco, diseñaba y confeccionaba el vestuario.
Aparte de los cortijos y las extensas propiedades de los Porres, los Osborne o los Gamero Cívicos, el extenso término de Castilleja incluía cortijos como El Carrascalejo, propiedad de algún descendiente del famoso torero El Algabeño o Chichina, allá por las ruinas romanas de Tejada, que habían comprado dos señores llamados Germán y Salvador que vivían en Madrid y que, a veces, aparecían por el pueblo con un halo de misterio similar al que rodeaba la figura de «la Trini».
Los detalles de ser los dueños dos hombres mayores y solteros y el que dijeran que vivían juntos en Madrid, no pasaban desapercibidos a mis oídos que, cuando oía hablar de ellos, prestaba atención muerto de curiosidad como cuando oía hablar de Pepito Calero.
A todo este puñado de caciques les seguía, escalonadamente, una lista de terratenientes del pueblo en mayor o menor grado hasta llegar a pequeños pelantrines, como mi padre, con pequeñas parcelas de tierra de secano o de olivos, distribuidas por varios lugares del término municipal, que ellos mismos labraban. El resto de hombres del pueblo eran asalariados que trabajaban para todos ellos. A veces mi padre, una vez había labrado sus tierras, trabajaba en el campo de tito Hilario, pero en tiempo de la recolección de la aceituna o el algodón, contrataba a jornaleros.
Los alrededores
Bordeando la iglesia, subía una calle que terminaba en la carretera de Carrión. Un camino a la izquierda rodeaba toda la parte más alta del pueblo teniendo, a un lado, las tapias o las cercas de los empinados corrales de las casas y, al otro, continuaba el cerro de los Silos (de los Siglos para los vecinos del pueblo), hasta terminar en la cúspide coronada por un pozo. Frente al camino, al otro lado de la carretera, se alzaba el «Barraero», un enorme anfiteatro semicircular, de altas paredes de barro amarillo cortadas a pico, de veinte o treinta metros de altura. Al fondo de la oquedad se veía una pequeña y oscura choza que parecía amenazada con ser engullida. Desde la carretera, en medio del barro, un camino tortuoso llevaba hasta la choza. Allí vivía Fermín con su madre Laura, mujer enigmática a la que se le adjudicaban varios «maridos», el último, que vivía allí con ellos, se llamaba Pablo y rasgueaba la guitarra que sonaba lamentablemente retumbando en medio de aquella especie de foso.
La choza de bajos muros de barro pintados de cal con una entrada estrecha tenía una cubierta inclinada de paja y ramas renegridas. Cualquiera que se acercara a la casa se enfrentaba, desde el comienzo del camino, a los insistentes ladridos de un perro. Había en aquella familia algo extraño, ajeno al pueblo, como los campamentos de gitanos o de refugiados que se ven en las afueras de algunas ciudades.
Los campos de los alrededores del pueblo habían sido engullidos, centímetro a centímetro, por el voraz fuego de los hornos de las fábricas de ladrillos de Castilleja o Carrión. La tierra parecía ser excelente para la fabricación de unos ladrillos de color ocre amarillento. Junto al cementerio había otro gran yacimiento de barro que, en aquella época, apenas se explotaba y tenía unos altos barrancos que por algunas zonas bajaban con pendientes levemente inclinadas. Los niños convertíamos estas laderas en vertiginosos y accidentados toboganes que eran la pesadilla de nuestras madres. Tras mearnos varios niños en lo alto, el barro se convertía en una rampa resbaladiza por la que nos deslizábamos, uno tras otros, los más atrevidos y los que menos temíamos las riñas y guantazos de nuestras madres cuando veían los culos de los pantalones destrozados.
Las aguas de las lluvias bajaban de lo alto del cerro de los Silos corriendo hacia Carrión, por un lado y desparramándose por toda Castilleja por el otro. El agua se encauzaba por tres torrenteras que apenas llegarían a perderse en el lejano arroyo que discurre por la campiña, casi siempre seco, señalizado a trozos por raquíticas arboledas.
La torrentera del lado de Huelva bordeaba el pueblo por detrás del corral del Palacio hasta llegar a la carretera, pasando bajo ella por la alcantarilla de la Dura, en donde daba comienzo la cuesta de la Dura, pequeño repecho tras el que comenzaban las tierras del condado de Huelva, una vez pasadas las vías del tren y la vereda de la Carne. La torrentera terminaba en una explanada en donde estaba el campo de futbol junto a un gran manantial que llamaban «el Pozo Aguado» que surtió de agua durante mucho tiempo a todo el pueblo.
Antes de llegar a la alcantarilla, en un lugar llamado el Cerrete, había otras dos o tres chozas, similares a la de Fermín, en la que vivían algunas familias. Una noche ardió una choza, ocasión que permitió a Miguelito dar una exhibición de lo que debía ser «tocar las campanas a rebato», mientras la gente con cubos de agua intentaba apagar el fuego con cubos de agua. Por allí decían que estaba la Venta, donde vivía la amante de mi abuelo Nazario.
Justo al lado, un señor llamado Lombardo, que venía de Jaén, levantó una inmensa, negruzca y humeante fábrica de ladrillos que haría la competencia a la fábrica de Carrión. Este ingenio insaciable socavaría los alrededores del pueblo convirtiéndolos en enormes agujeros como si los hubieran provocado intensos bombardeos.
La torrentera central bajaba canalizada por la cuesta del Palacio y continuaba por un profundo regajo que zigzagueaba, abriéndose camino hasta llegar a la carretera general que atravesaba bajo la enorme alcantarilla de la Mora. A aquel regajo desaguaba, por tuberías bajo tierra, el alpechín procedente del molino de la marquesa. Lo llamaban el Chorrito y en la época del prensado del aceite, se veía salir por el agujero un líquido marrón rojizo. La otra torrentera bajaba por el estrecho callejón empedrado que, separando varios corrales (entre ellos el corral del Primales en donde guardaba las cabras), desembocaba casi frente a la puerta del casino de Lucas bifurcándose allí y, tras rodear el bar por calles de gran desnivel, volvían a reunirse terminando por desaguar en otro regajo que había junto a la casa de la Moca, última casa del callejón de la Horca, al comienzo del camino del cementerio.
En el pueblo habían dos «yacimientos» de plantas autóctonas: el poleo y el orozuz. El poleo era una planta en la que nadie reparaba ni sabía para qué podía servir. Era como la yerbabuena, pero de olor más dulce y suave que se arrastraba por el suelo tapizando las torrenteras del Cerrete. Unos hombres aparecieron un día con un camión y comenzaron a cortarlo y a llevárselo. Se dijo que con él hacían aceites para perfumes. En poco tiempo no dejaron rastro de él.
La otra planta de crecimiento espontáneo era el orozuz que se extendía por el llamado cerro de la Erilla, junto al camino del cementerio. Esta planta de hojas pegajosas y largas raíces, que llaman regaliz o paloduz, era curiosa porque proliferaba en un terreno concreto y, unos metros más lejos, desaparecía sin que se pudiera encontrar rastro de ella por ningún sitio. En una determinada época, algunos niños, armados de escardillos, marchábamos en grupos a la Erilla para arrancarlas y conseguir el preciado orozuz. Excavábamos hoyos alrededor de la mata y, tirando con fuerza de ella, íbamos desenterrando las largas raíces que se extendían paralelas a la superficie. Volvíamos al pueblo orgullosos con la cosecha de trofeos que luego limpiábamos de tierra y cortábamos en trozos del tamaño de cigarrillos. El trabajo se hacía en equipo y mientras uno cavaba, otro tiraba. En una ocasión este trabajo se descoordinó y Elías me propinó un tremendo golpe en la cabeza con el escardillo cuando intentaba tirar de la raíz. Conservo una pequeña calva, justo en la coronilla, como recuerdo.
Al estar el pueblo en la falda de un cerro y no tener ningún obstáculo en frente, desde cualquier lugar se podía divisar una extensa campiña recortada al fondo por una especie de barrera, como unas murallas. Por lo que contaban los cazadores que se adentraban en la sierra, se deducía que había multitud de árboles y riachuelos, de peñascos, picos y valles angostos, en donde se podían ver animales salvajes y escuchar cantos de pájaros desconocidos. Los límites de esta tierra mítica, como columnas de Hércules, lo constituían los campanarios de Paterna y Escacena a la izquierda y el promontorio sobre el que se erige Sanlúcar la Mayor, como atalaya del Aljarafe, con el río Guadiamar a sus pies, a la derecha.
Mi madre y yo lamentábamos que desde nuestra casa no se pudiera ver la sierra. Solo una pequeña muestra, como un retal, podía contemplarse desde un ventanuco de uno de los sobrados.
Justo en el límite entre las provincias de Sevilla y Huelva, entre las vías del tren, la carretera general y la vereda de la Carne, había una dehesa con viejas encinas y alcornoques en la que se celebraba la romería y en la que la gente del pueblo solía recoger bellotas. Algunos maestros nos llevaban allí de excursión. Cierto día, cuando disfrutábamos de una de ellas, oímos un ruido de cencerros y un tropel de caballos con garrochistas que nos conminaron a alejarnos de la vereda y nos encaramásemos apresuradamente a las encinas y los olivos cercanos porque se acercaba una manada de toros bravos. Todos corrimos como locos, entre divertidos y muertos de miedo, para alejarnos de la vereda. Subidos en los árboles pudimos contemplar, como en unos sanfermines, cómo corrían los toros y los cabestros, jalonados por los garrochistas, en medio de una nube de polvo.
El lugar con mejores vistas del pueblo era, por supuesto, el campanario de la torre. Sentado en la plataforma en donde estaba el cuerpo de campanas, sorteando cagadas de lechuzas llenas de pelos, plumas y esqueletos de pequeños animales, oyendo el repiqueteo de los largos picos de las cigüeñas mezclados con el bullicio de los gorriones que se cobijaban entre las ramas secas, los jirones de tela, los trozos de plástico y cuerdas que formaban el abultado nido, temeroso de que sonaran las estruendosas campanadas del reloj que ensordecían los oídos durante buen rato, uno podía girar ciento ochenta grados y disfrutar del paisaje panorámico que se nos ofrecía a la vista.
En alguna ocasión don Felipe me había mostrado el potente catalejo plegable, de latón dorado, que guardaba en una funda de cuero. Con él se podían observar, con una gran nitidez, pequeños detalles de las casas, los campos y la sierra. Se rumoreaba que en verano, cuando las mujeres solían ir más ligeras de ropa, el cura se pasaba las horas fisgando desde allí, como un pirata en el mástil de su barco, todos los patios y corrales del vecindario como James Stewart desde su ventana indiscreta. Si era verdad, entre esta labor de fisgoneo y la información que obtenía en las confesiones, sus conocimientos de las vidas privadas de la gente del pueblo podían ser casi absolutos.
De las pequeñas fincas que mi padre tenía distribuidas por el término municipal, una era la que llamaban «la Jeza». Este nombre era, como otra a la que llamaban «el Lejío» deformaciones de Dehesa y Egido. La finca de olivos de la Jeza estaba sobre un promontorio desde el que se divisaba la ribera del río Guadiamar con el pueblo de Sanlúcar la Mayor como una atalaya en lo alto del Aljarafe. Se llegaba por un camino empinado bordeado de altos terraplenes llenos de agujeros por los que asomaban sus cabezas los lagartos o entraban y salían los abejarucos durante la primavera y el verano. Mi padre me enseñaba a distinguir entre los olivos cañivanos, zorzaleños o gordales; me mostraba cómo se cazaban pájaros con encijeras que colocaba sobre los jincos para luego volver a recoger la caza o a cazar pájaros con red en la cercana fuente de Juanín, un pequeño manantial que brotaba de la nada, rodeado de un redondel de verdura de no más de un metro cuadrado, en medio de una ladera de tierra calma. Me aburrían estas cacerías a las que a mi padre le hubiera encantado que me aficionara siguiendo la tradición de muchos hombres del pueblo. Recuerdo lo aburrido y desesperante que resultaba la caza de la perdiz con reclamo a la que mi padre me había llevado un par de veces. Aguantar horas inmóviles y en silencio esperando; encerrados en aquellos escondites que se hacían con varetas de olivos entrelazadas y atadas; mirando atentamente y escuchando al reclamo que no paraba de cantar sin que ocurriera nada, e incluso temiendo que ocurriera algo que ocasionara el horrísono disparo de escopeta que yo temía tanto como el estallido de los cohetes o el estruendoso tañido de las campanas cuando estaba arriba de la torre, que apareciera una perdiz por algún lado respondiendo a las llamadas del reclamo.
Los frecuentes viajes con mis padres a Sevilla —bien por visitas a médicos o bien por estudios—, estaban jalonados de puntos estratégicos que esperábamos y disfrutábamos contemplándolos. El primero y más cercano era la vista de nuestra finca llamada El Verdejo que estaba al lado de la carretera. Nos complacía ver cómo evolucionaban los sembrados de trigo, algodón o girasoles. Más adelante escudriñábamos por el horizonte, entre las encinas, para descubrir la presencia de los toros bravos y luego, al pasar por el puente, contemplábamos la escasa corriente de agua que el río solía llevar. La raquítica corriente en invierno quedaba paralizada en verano formando frescas pozas bajo la sombra de los altos eucaliptus, los álamos y chopos. Los bellos y fieros ejemplares de la ganadería de Pablo Romero, que pastaban por los alrededores de la carretera, separados de ella por raquíticas alambradas, no nos arredraban ni a mí, ni los amigos, cuando nos acercábamos en bicicleta (ocho kilómetros de pedaleo desde el pueblo), para bañarnos en verano.
Yo no sabía nadar, pero era atrevido y me adentraba en el agua dando brazadas. Mi problema era que, cuando intentaba ponerme vertical y comprobaba que no tocaba el fondo con el pie, me ponía nervioso y no sabía cómo salir a flote. Alguien había ideado hacerse de una larga cuerda y atarla a mi cintura de forma que pudiera adentrarme en el agua con la seguridad de que, si me hundía, los amigos tirarían de mí y me arrastrarían hasta la orilla. En el momento en que veían que me hundía, tiraban todos de la cuerda y se partían de risa viendo la cara de sofoco con la que emergía del agua.
La bicicleta Orbea de media carrera que había sido azul, un poco oxidada y desconchada, en la que aprendimos a montar tanto mi hermano como yo, metiendo el pie a través del cuadro por no llegar a los pedales sentados en el sillín, era una herencia del malogrado tito Francisco. Las zapatillas de los frenos casi siempre estaban desgastadas y, mientras las arreglaban, frenábamos metiendo la suela del zapato entre la barra del cuadro y el neumático de la rueda, para desesperación de mi madre cuando veía las suelas de los zapatos, destrozadas. La bicicleta se convertiría en el vehículo imprescindible para ir y venir a Carrión.
Otro juguete que los dos hermanos heredamos del tío Francisco fue una escopetilla de balines. Una foto amarillenta lo mostraba en el patio de la casa, sentado en una silla, apuntando con la escopetilla. Aquella arma se convirtió en un juguete inofensivo cuando dejaron de fabricar balines.
La iglesia
Durante el mes de mayo, los niños salíamos de la escuela en fila después de la última campanada de las doce en el reloj de la torre. Las niñas esperaban en la puerta de su escuela a que pasara el último niño para unirse a la fila que, de uno en uno, nos encaminábamos a la iglesia. Separados, los niños en un lado y las niñas en otro, cantábamos la canción «Venid y vamos todos con flores a María», frente a un altar lleno de velas y flores que despedían un intenso olor. Cuatro o cinco gradas escalonadas acercaban el altar mayor a los feligreses. Cubiertos por paños blancos bordados con cenefas de encaje; sobre ellos, un ejército de candelabros de diferentes alturas y blandones con largas velas, pugnaban por asomar entre una caótica variedad de jarros, jarrones, jarras, floreros, vasos y todo tipo de recipientes de cristal, de cerámica, de plata o alpaca rebosantes de flores.
Las palabras de don Felipe el cura, los cantos coreados por los niños mecánicamente y el recitado monótono del rosario, como un lejano eco, acompañaban nuestras miradas que se perdían ante la espesura blanca de las gradas del altar coronada por un retablo rutilante. Era inevitable que las miradas se sintieran atraídas por la imagen que ocupaba el centro: una escultura de San Miguel, patrón del pueblo, pisando triunfante a un extraño e inofensivo diablo rojo, mitad hombre, con unos cuernos como de vaca y largas orejas, y mitad serpiente. Su cuerpo servía de pedestal sobre el que descansaba el pie del arcángel. La imagen era la de un joven fuerte, de mejillas sonrosadas, nariz recta, boca pequeña y mirada perdida, carente de dramatismo. Su cabeza estaba coronada por una especie de turbante formado por una rebujina de joyas sobre las que se empenachaban unas plumas de colores. Inmediatamente la mirada de cualquiera de aquellos niños se podía desplazar hacia su mano derecha, protegida por una ancha y labrada empuñadura que, a la altura de la cara, blandía despreocupadamente una espada de plata, como podía haber portado una antorcha, una lámpara votiva o un manojo de llamas. Su hermoso vientre cubierto por una ajustada malla, se muestra hasta el pubis recortándose por una cinta dorada que remarca su pliegue inguinal. La cintura queda quebrada por una graciosa inclinación de cadera, manteniendo la pierna derecha firmemente asentada, mientras la izquierda avanza, con un giro algo femenino, posándose delicadamente sobre el pecho de Luzbel. La flexión de la cintura y el gesto de la pierna adelantada resultan idénticos a la postura que hacen adoptar los pintores a las Inmaculadas pisando las serpientes. Una corta faldita le deja las rosadas rodillas al descubierto, mientras su mano izquierda se adelanta sujetando una leve balanza de plata del tamaño justo para pesar monedas o corazones. A sus espaldas se adivina un revuelo de alas de plumas multicolores y un manto al viento que se enrosca en el brazo izquierdo.
El hecho de ocupar el retablo todo el frontal de la amplia nave de la iglesia; de haber solo tres tallas relevantes (una pequeña Inmaculada y un minúsculo Crucifijo resultan insignificantes) y, no solo no estar dorado, sino decorado con pinturas de colores suaves imitando mármoles, le dan cierto desvaimiento, como si los colores se hubieran desteñido. Alguien decidió decorar las superficies planas con una confusa mezcolanza de enloquecedoras vetas de mármol pintadas de tonalidades rojizas en el piso alto, con forma de media luna, y de tonos cenicientos, celestes, ocres, naranja y verde claro turquesa, en la parte inferior, pugnando por destacar entre ellas los marcos, volutas, guirnaldas de frutas, jarrones y cabezas de angelitos pintados de albayalde, quizás con la baldía esperanza de ser un día recubiertos de oro. O quizás aquella profusión de vetas, más efectista que real, de tonalidades pontormianas, fuera un capricho del artista, pero resulta bastante improbable que, tanto al artista como a los patrocinadores, les gustara un retablo que no fuera dorado como los de la mayoría de las iglesias. No obstante, cuando uno observa los dos altares laterales, también de estilo neoclásico, decorados con idénticos mármoles veteados y con los mismos colores que el altar mayor y con el único toque dorado en los capiteles de las columnas, de nuevo nos asalta la duda de si fue premeditada esta decoración desde el principio o hubo un ancestro del pintor oficial del pueblo, Macedonio, que se encargó de marmolear las maderas del retablo y de estos dos altares. Casi resulta chocante la diferencia que se observa entre la decoración de la calle central, con dorados y ángeles policromados, y el resto del retablo, como si no pertenecieran a la misma época.
Las dos imágenes adosadas al retablo sobre pequeños pedestales salientes, a ambos lados de la calle central, quedan casi perdidas entre el marasmo de mármoles y vetas de colorines. La figura de un San Juan adolescente, que muestra con coquetería un hombro, es de gran belleza luciendo un exquisito y luminoso policromado original.
En el otro extremo se yergue una apagada, lúgubre y extravagante imagen semidesnuda de San Sebastián. Su cuerpo esquelético, de largas y huesudas piernas, contrasta con los atléticos y jóvenes cuerpos de aquel capitán del emperador con los que la mayoría de los pintores y escultores deleitaban a los fieles. El aspecto famélico y la mirada perdida de esta imagen le da un aspecto de un San Sebastián zombi pintado por Baldung. Las cinco flechas que tiene clavadas sobre el cuerpo y los dos agujeros vacíos, su extrema delgadez y el sucio y sucinto taparrabos que lo cubre, con todo, no resultan tan chocantes al espectador como ese brazo derecho que se eleva a lo alto mostrándose libre de unas ataduras que no aparecen por ningún sitio. Su brazo en alto y la postura de su mano podrían sugerirnos el gesto de un violoncelista zurdo al que hubieran escamoteado el instrumento.
Contaba Miguelito el Carpintero que siendo aún pequeño, a mediados de los años cuarenta, recordaba haber visto cómo levantaban con grandes esfuerzos unos gigantescos andamios erigidos con escaleras de coger aceitunas, atadas una a otras y sujetas a la verja de hierro del altar mayor. Macedonio, aún muy joven, se atrevió a encaramarse en lo alto y a decorar la bóveda del altar mayor. La nave de la iglesia lucía un hermoso artesonado de estilo mudéjar bastante bien conservado.
El pintor oficial del pueblo, Macedonio, comenzó dando una discreta capa base en un tono marrón claro y sobre ella pintó volutas y hojarascas en marrones apagados que con una discreción elogiable, no chocaba con los tonos del retablo. Cuatro medallones en las esquinas con los cuatro apóstoles, sobre fondos celestes y unos círculos y semicírculos radiales que conducían hasta el centro de la bóveda, daban una cierta continuidad a los azules agrisados de los falsos mármoles del retablo.
El cura aún lo animaría a cubrir una gran hornacina vacía que había frente a la pila de bautismo en el coro. Macedonio pintó al fresco un gigantesco San Cristóbal con los pantalones remangados saliendo del agua, llevando una inmensa palmera como cayado, aguantando sobre el hombro a un Niño Jesús con gran revuelo de ropajes y manto. Una ermita con un monje dentro da un toque de misterio a la escena. Un cielo de nubes tormentosas, unas montañas planas y unos cuantos matojos estilizados rematan la obra delatando cansancio, aburrimiento y falta de inspiración.
Este trabajo debió reportarle bastante reputación entre el vecindario en donde vivió de su arte durante toda su vida. Con el tiempo perfeccionó su estilo haciendo hincapié en la pintura de ramos de flores y en la decoración de zaguanes y salas. En el pueblo se hablaba de su homosexualidad, lo que no menoscababa en absoluto sus aplaudidos méritos como jugador de futbol.
A mi madre debían gustarle sus trabajos porque el zaguán de la casa estaba decorado por él y un enorme macetón con estampas rocieras de flamencas y caballos atravesando un río, por un lado, y caminando por la marisma entre pinares, por el otro, destacaba en el centro de la casa frente a la puerta de la calle, mientras en la cocina, junto a un bello plato de Manises —contaba mi madre que, un día, una señora rica del pueblo le ofreció comprárselo y ella se negó a vendérselo alegando que le gustaba verlo colgado en su casa—, también había otro plato del mismo tamaño, pintado con bellas flores por Macedonio.
Carrión de los Céspedes
La casa de mis abuelos
El cuartel de la Guardia Civil estaba en la entrada de Carrión y nunca se sabía si «el cabo más esaborío que había parido jamás madre alguna» —como lo llamaba Adolfo el Chino— estaba en la puerta del cuartel apostado, impertinente y arrogante, para poner multas o para que todos corroborásemos la mala fama que había adquirido en los pueblos de los alrededores. Podía poner una multa por: ir dos personas montadas en la bicicleta; ir montado en bicicleta siendo menor de edad; ir montado en bicicleta sin llevar los papeles reglamentarios; ir a más velocidad de lo normal; ir paseando; o cualquier arbitrariedad que se le pudiera ocurrir para justificar su mala fama.
La carretera de Castilleja a Carrión tenía una pronunciada pendiente, ideal para bajar a toda velocidad con la bicicleta. Tras una primera curva de la que partía un camino angosto que, bordeando el cerro de los Silos, iba a desembocar casi frente al cementerio y el camino que comunicaba con varios cortijos, siendo usado por los trabajadores de Carrión para evitar tener que dar un rodeo pasando por Castilleja, se llegaba a otra curva en donde encontrábamos con Los Huertos, dos fincas cuyas puertas de entrada estaban una frente a la otra. El huerto al que llamaban de La Cartuja tenía el aspecto de una finca señorial, con una cancela de hierro, siempre cerrada, que le daba un aire de misterio y flanqueada, junto a dos torretas blancas, por dos enormes jacarandas, únicos ejemplares de este árbol, que podían verse en muchos kilómetros a la redonda. Tras la verja se veía un paseo bordeado de palmeras que no llegaba muy lejos porque un gran caserón blanco y amarillo esperaba a la izquierda. Toda la finca estaba plantada de naranjos y protegida por una fuerte valla de postes de madera con alambres de púas y maleza. Siempre que pasaba por allí la miraba con una gran curiosidad. Me preguntaba si aquel caserío no sería propiedad de alguna condesa o marquesa como los palacios de mi pueblo.
No sé porqué el fotógrafo de Carrión, al que todos conocían como «el Burra» —fotógrafo oficial de bodas y bautizos, procesiones, primeras comuniones y cualquier otro acontecimiento importante que tuvieran lugar, desde hacía años, en ambos pueblos–, eligió aquella avenida de palmeras, junto al arriate blanco, para hacerme la foto vestido de primera comunión.
Posiblemente fuéramos a Carrión a buscarlo para que me hiciera la foto y nos lo encontramos en el camino. Rápidamente decidió que allí estaba el «marco incomparable» para posar con mi traje blanco. Me introdujo en el paseo de entrada del huerto y me colocó al sol, junto al arriate encalado. ¡El retrato, además de torcido, resultaba de una calidad infame! Los detalles de la banda con el cáliz dibujado, la pajarita del cuello, el cordón con la cruz y la vela rizada, todo, todo, aparecía totalmente quemado, confundido con la blancura de la cal del arriate. Por el contrario la cabeza quedaba en la sombra semioculta por la penumbra de la oscuridad de los arbustos del fondo. Al querer realzar la luz de la cara, la zona soleada había quedado totalmente blanca, apenas sin que se pudiera percibir detalle alguno.
Contaban, con aires de chiste, que en una ocasión en que un cliente se había quejado de que, en la foto que le había hecho a su hijo, no lo había sacado nada favorecido, el Burra, con gran desparpajo y sinvergonzonería, le había contestado: «¡Cómo quieres que lo que tú no has podido hacer con la polla, pueda hacerlo yo con una máquina!».
La historia de mi primera comunión fue un poco triste y humillante. Fue como una primera comunión de película de posguerra ideada por Azcona. Aparte de este infame recuerdo fotográfico y de haberme visto obligado por el cura, con una vergüenza tremenda, a leer un texto plagado de lamentaciones por nuestro incesante empeño en pecar y no ser lo suficientemente buenos como para recibir aquel regalo eucarístico, estuvo la historia de hacer mi primera comunión con un traje prestado.
Isabelita era una prima segunda de mi madre que confeccionaba ropa de hombre y hacía diversos arreglos de costura en su casa o en casa de los clientes. Había sido víctima de una poliomielitis infantil que le había dejado una pierna más corta que la otra. Una bota ortopédica, que tenía una plataforma de casi un palmo de alto, intentaba suplir la desigualdad haciéndola andar de forma que se desplomaba hacia un lado a cada paso. Mi hermano y yo nos reíamos de su forma de andar imitándola caminando con un pie en la calle y el otro en el escalón de la acera. Como era muy pequeña y menuda, este defecto resultaba más acusado en ella que en Danilo, un músico amigo de mi tío que tocaba el clarinete y que, al ser más alto, la gran plataforma y el desplome no se le notaban tanto.
La prima Isabelita usaba unas gafas de carey para coser y miraba por encima de ellas cuando hablaba con alguien; nunca tuvo novio y vivía con su hermana, la prima Enriqueta, su marido y sus hijos. Venía a casa de vez en cuando y se quedaba unos días para hacernos ropa. Mi hermano dormía en mi cama y ella dormía en la cama de mi hermano.
Cuando se quitaba los zapatos para acostarse, yo miraba de reojo, muerto de curiosidad, por ver si la pierna más corta era igual que la otra o si escondía algún misterio en aquella bota de altura tan tremenda.
Las visitas de mis tías eran festejadas, pero las de ella eran consideradas como una gran contrariedad para mi hermano y para mí. Al margen de la incomodidad de tener que dormir juntos, teníamos que soportar el martirio que suponía estarnos quietos para que nos tomara las medidas y para hacernos las pruebas con la ropa hilvanada: los «Estate quieto y date la vuelta»; los «Quítatelo y espera un poco que voy a encogerle de aquí» y los «No te vayas muy lejos que tengo que probarte otra vez», constituían todo un suplicio y mi hermano, a veces, lloraba de impaciencia y sofoco.
Ella le diría a mi madre lo que costaría un traje de primera comunión y mi madre pensaría que, para usarlo solo un día, aquel gasto supondría un lujo innecesario. La prima le sugeriría a mi madre que le pidiera prestado a una mujer de Carrión el traje que le había hecho el año anterior, al niño que era más o menos de mi misma altura. Total, casi todos los trajes eran parecidos y, además, como el otro niño era de otro pueblo, nadie se iba a dar cuenta, debió decirle mi prima, o pudo pensar mi madre. Y como la madre del niño no puso ninguna objeción, hice mi primera comunión con aquel traje prestado. No creo que protestara. A cualquier otro niño tal vez le hubiera dado igual, pero yo, con mi orgullo y mi vanidad heridos, lo sufrí como una gran humillación.
Los atractivos del pueblo vecino
Durante nuestra infancia, tanto para mí como para mi hermano, Carrión siempre fue una alternativa a mi pueblo y una especie de válvula de escape, una forma de evadirse del férreo control de nuestra madre y de las escasas distracciones que había en nuestra casa. En el fondo, la casa de mis abuelos fue como una guardería donde mis padres nos dejaban mientras duraban las faenas del campo en las que ambos participaban y, a veces, pagaban a una de mis tías para que les ayudara. La recolección de la aceituna o del algodón requería más trabajadores.
En Castilleja, las diversiones para los adolescentes eran escasas. Los domingos la diversión consistía en pasear unos kilómetros por la carretera general con grupos de amigos y amigas de la misma edad bajo la sombra de las numerosas moreras que la bordeaban, o sentarnos en el bar La Granja a charlar y tomar un refresco. Un año decidieron talar todas las viejas moreras con la explicación de que eran peligrosas para la circulación. También prohibieron pasear por el asfalto por el peligro que podían correr los viandantes. Mirar la televisión en el bar La Granja, en el casino de Lucas o ir al cine, cuando proyectaban películas en algún corral o alguna bodega que el dueño del proyector había acordado con sus propietarios, era otra de las pocas opciones para pasar los domingos.
En Carrión, en cambio, había bares con futbolín y billar, un cine de invierno y otro de verano y, sobre todo, había paseos en donde poder reunirse con amigos y amigas; una estación de ferrocarril; numerosas y variadas fiestas y más posibilidades para poder encontrar novia.
La estación del tren, en las afueras, era un bello edificio de ladrillo rojo, de estilo neomudéjar. Siempre me sentía impresionado por las máquinas humeantes que resoplaban, que pitaban y aullaban por las noches, por las enormes ruedas y por el movimiento de las bielas.
En el pueblo había una plaza amplia, alargada, limitada por una calle en un lado y una amplia escalinata, que bajaba a otra calle, en el extremo opuesto. A ambos lados había varios bares que tenían mesas en sus puertas que bordeaban el paseo. Desde ellas la gente observaba a los que paseaban. También estaba, en la plaza, el Ayuntamiento, el cine y una enorme pared con un torreón de algún antiguo molino. A partir de cierta hora, la gente joven tenía por costumbre dar paseos de un lado a otro de la plaza. En grupos de dos o tres chicos o chicas, recorríamos la plaza, y cuando llegábamos al final, dábamos media vuelta y volvíamos a repetir el recorrido, incansablemente, durante horas. Nos acercábamos al grupo de amigas y, colocándonos a ambos extremos, las acompañábamos en las vueltas y revueltas. No disponíamos de dinero para sentarnos en una mesa y, si disponíamos de algún dinero, preferíamos meternos en el cine. Hablábamos y nos reíamos y la gente se insinuaba y maduraban las relaciones hasta que se declaraban y se hacían novios y ya todo el pueblo hablaba de ello: un castillejino ha pretendido a la hija de M; Z está saliendo con P; un pileño va detrás de F o, N ha roto con Y.
Así la plaza generaba infinidad de comentarios como todas las plazas de todos los pueblos y ciudades de provincias. Los jóvenes de Castilleja íbamos a Carrión casi todas las tardes y volvíamos por la noche. Unos iban a ver a las novias, otros iban al cine y otros íbamos a pasear y a charlar con los amigos y amigas. Tanto durante el día como por la noche, en la carretera que unía Castilleja y Carrión, siempre se encontraban grupos de gente que iba o venía.
Y además Carrión era un pueblo que casi siempre estaba en fiestas. La existencia de dos hermandades rivales, cada una con su respectiva imagen de la virgen, convertían el pueblo en un nido de enemistades y rencores, de envidias y contiendas. Cuando no eran las fiestas de una virgen, eran las de la otra y siempre había procesiones y romerías y novenas y triduos y cohetes. Nosotros, forasteros, íbamos indistintamente a sus fiestas de ambas vírgenes aunque yo, al ser toda la familia de mis abuelos de una de las hermandades, participaba más activamente en estas fiestas. Mis tías casi me invitaban a actuar de figurante en las romerías, montando algún penco, tocándome con un sombrero de ala ancha y llevando en la grupa a alguna prima o amiga. Unas fiestas se celebraban antes del verano y otras a principios de octubre. La feria tenía lugar a finales de septiembre.
La iglesia de Carrión era enorme y yo me perdía en ella. No era como la de Castilleja, diáfana, de una sola nave y un par de capillas, sino que tenía una nave central más alta y tres laterales con dos capillas. Aunque era más grande, resultaba más angosta porque las naves eran muy estrechas y bajas y el bello zócalo de cerámica azul y amarilla y los bancos de madera contribuían a darle un aire lúgubre.
En casi todos los pueblos, desde «toda la vida de Dios», la población ha buscado polarizar sus inclinaciones en dos bandos fratricidas que se amparaban bajo la advocación de cualquier tipo de fetiche diferente. En Carrión, la virgen del Rosario y la virgen de Consolación eran, desde que Dios las había traído al pueblo, implacables y acérrimas enemigas. Esos odios ancestrales solo podían equipararse entre caínes y abeles, judíos y árabes, comunistas y fascistas o, en aquel otro pueblo de Sevilla, Cantillana, entre seguidores de la Pastora y de la Asunción, otras dos vírgenes que consumían las pasiones de los vecinos del pueblo. ¡La «gente» del Rosario y la «gente» de Consolación, como los «asuncionistas» o «pastoreños» de Cantillana, llegaban incluso hasta a tener prohibido casarse unos con otros! ¿Qué engendros podrían salir de una tan desnaturalizada unión?
El fanatismo con que se sigue a ambos fetiches supera con creces al que otros puedan sentir por los partidos políticos o por el futbol. No hay ninguna otra causa en el mundo que genere más odios y violencias, más fanatismo e intransigencia, que las luchas entre partidarios de fetiches contrapuestos. A los niños se les inculca, a la vez, la devoción por uno y el menosprecio y odio por el otro. Ser de uno o de otro bando marca abismales diferencias.
Pasan todo el año recaudando dinero para intentar superar a los otros: más cohetes y mejores fuegos artificiales; mejores bandas de música para acompañar las procesiones; mejores vestidos o joyas para adornar los respectivos fetiches y calles mejor engalanadas para las fiestas. La arquitectura efímera que decora las calles del pueblo con arcos, cúpulas, toldos, guirnaldas y estructuras variadas recubiertas con flores de papel de seda, es un laborioso trabajo que se va realizando lentamente a lo largo del año. Llegadas las fiestas, se erigirá toda esta arquitectura de madrugada, diligentemente, teniendo cada uno su labor asignada, amaneciendo el pueblo, a la mañana siguiente, con un aspecto colorista único que durará los dos días en que la imagen paseará por las calles. En pocos pueblos esta costumbre ha llegado a un grado de refinamiento tan exquisito como el que aquí se ha conseguido. Tan solo la decoración que realizan en Almonte, cada siete años, para festejar el traslado de la virgen desde el Rocío al pueblo, puede equiparársele. Las mujeres han ido dedicando horas perdidas durante todo el año, comprando las resmas de papel del que alguien ha decidido el color que predominará, dibujando variados modelos de flores que luego recortarán, manipularán con esmero y atarán a finas cuerdas de hilo para hacer guirnaldas o pegarán a las estructuras de alambre o madera de los arcos. Las irán almacenando, colgándolas de cuerdas en sobrados vacíos o en las naves que posee cada hermandad para guardar las estructuras.
Mi vida entre bordadoras de mantones de Manila y costureras
No debía ser frecuente que los niños varones sintieran la irresistible fascinación que sentía yo desde muy pequeño, por el laborioso trabajo que mi madre, mis tías y sus amigas realizaban bordando mantones de Manila. ¡En absoluto nunca me sentí atraído por el trabajo que mi abuelo y mi tío realizaban con el carro y las bestias! Yo me quedaba embobado viendo moverse las ágiles manos femeninas, una que descansaba sobre el mantón y la otra escondida debajo. Los dedos de una y otra se acompasaban como una máquina de coser, llevando y trayendo la aguja, con el misterioso y rítmico ruido que esta hacía al atravesar el crespón tenso, como si lo desgarrara, seguido del suave deslizarse de la seda por el agujero hecho. Los dedos de la mano derecha esperaban atentos, apoyados momentáneamente sobre el crespón, justo en el sitio por donde emergería la punta de la aguja que era atrapada velozmente y, tirando de ella, surgía el hilo de seda que se alargaba hacia lo alto tensando el bordado lo suficiente para que quedase compacto pero no apretado. Los dedos giraban la aguja imperceptiblemente de forma que, ahora, quedase la punta para abajo volviendo a introducirla, justo al lado de la puntada anterior, en donde desaparecía velozmente atrapada por la mano izquierda. El dibujo iba desapareciendo convertido en unas masas de colores que tomaban las formas de margaritas, rosas, mariposas y flores. Sobre el mantón, una montaña de madejas de hilos de seda con brillantes gamas de rosas, verdes, oros o lilas, competía con los bordados. Mi tía, o sus amigas, o mi madre, echaban un rápido vistazo y cogían este o aquel color y lo colocaban junto al bordado reciente y lo desechaban y esculcaban en el montón en busca del color que necesitaban y, una vez hallado, sacaban una hebra de la madeja, ensartaban la aguja y continuaban. Yo no perdía ojo, embelesado, atónito casi, viendo surgir de la nada aquellas rosas grandes con varias franjas de distintos tonos que se iban añadiendo unas a otras, «pisándose», para conseguir un sutil efecto de degradado. Mis tías me veían allí al lado absorto, calladito, todo ojos, y sonreían y cantaban canciones de la iglesia, porque mi tía Antonia y Carmela cantaban en el coro y poseían preciosas voces. En verano bordaban en el patio o en la sesoria (palabra cuyo origen descubro que viene de accesoria, en este caso debía referirse a ser una entrada accesoria), en donde se estaba muy fresco y en invierno colocaban el mantón en el zaguán con la puerta de la calle de par en par para que entrara el sol, y cuando hacía frío, colocaban un brasero entre las piernas, lo que a algunas mujeres producía unas manchas rojas en la piel que llamaban cabrillas. Solo recuerdo haber intentado bordar en un par de ocasiones, en secreto, para darme cuenta de lo difícil que resultaba, y lo aburrido, porque no podía ir rápido. Casi resultaba tan complicado como hacer sonar la trompeta de mi tío. Era más bonito mirar cómo bordaban o manosear las madejas de seda. Algunas veces ayudaba a tensar los bastidores, a poner las puntillas en los agujeros de las tablillas, a traer o llevar los caballetes y, ya mayor, a ensartarle a mi madre varias agujas con sedas de diferentes colores que colocaba clavadas en el crespón en hileras.
Aunque era Villamanrique el pueblo en donde había más bordadoras y en donde decían que habían tenido origen estas labores —tal vez nacidas a consecuencia de las necesidades e influencias de los empleados que trabajaban para los nobles que frecuentaban el palacio de la Condesa—, en Carrión había fraguado esta costumbre y eran muchas las mujeres que se dedicaban a este trabajo. La mayoría de las mujeres bordaban los mantones en sus casas y otras, más jóvenes, acudían a bordar en talleres.
La jefa mantenía contactos con un señor de Sevilla que se llamaba Foronda que se encargaba de vender los mantones en una gran tienda que tenía en la calle Álvarez Quintero. El señor Foronda le proporcionaba los crespones de variados colores y medidas, las madejas de seda y los papeles con los patrones con los dibujos que debían reproducir calcándolos. Una vez bordados, los llevaba, los cobraba y, a la vuelta, les pagaba a las trabajadoras.
Había mantones grandes, medianos y pequeños. Los grandes los bordaban mujeres escogidas entre las más expertas y tenían enormes rosas y complicados bordados de flores, pájaros e incluso chinos y puentes de inspiración claramente oriental. Los demás solían tener bordados en el centro con una cenefa que rodeaba el cuadrado del mantón quedando el resto sin bordar. Había bordadoras que tenían alguna preferencia por el color del mantón no queriendo casi nadie bordar los crespones blancos porque se ensuciaban fácilmente. Raramente se bordaban mantones monocromos y, en general, independientemente del color del crespón, los colores solían ser vivos y de gran vistosidad. La elección de los colores de los bordados era todo un arte conseguido con la experiencia, y sobre todo, con el buen gusto. Una vez bordados decían que los llevaban a un pueblo llamado Cantillana en donde trenzaban los flecos de seda.
Mucho más tarde me enteré que también los bordaban en otros pueblos del Aljarafe. Era un trabajo considerado «ilegal», por ser clandestino, y perseguido por los inspectores de Trabajo que iban por los pueblos intentando descubrir a los infractores. A estos inspectores los llamaban «lechuzos» y, cuando sonaba la voz de alarma anunciando su presencia, las bordadoras tenían que hacer desaparecer el género rápidamente. Cuenta mi tata que tuvo que correr un día, saltando tapias de un corral a otro, arrastrando mantones y caballetes, para ocultarlos, mientras las demás barrían cuidadosamente para hacer desaparecer los restos de hebras de seda esparcidas por el suelo. Algunas niñas comenzaban a bordar a los 12 años y combinaban el trabajo con la escuela. A otras las obligaban a hacer filigranas con el tiempo y además de ir a la escuela, las obligaban a bordar y a trabajar en el campo ayudando a los padres y hermanos. Era frecuente que un mismo mantón fuera bordado por dos mujeres con lo que, además de estar acompañadas, se emulaban y terminaban más rápido.
En Castilleja, algunas mujeres procedentes de Carrión que, como mi madre, se habían casado con hombres del pueblo, continuaban bordando para aportar una ayuda a la economía, un poco precaria, de la mayoría de los hogares. Mi madre se levantaba a las seis, cuando Miguelito daba unos golpes en su ventana, antes de entrar en la iglesia para dar el primer toque de campanas para la misa. Cuando volvía de la misa, tomaba café y se ponía a bordar hasta la hora de despertarnos para ir a la escuela o para ponernos a estudiar. Si mi padre tenía que ir al campo, se levantaba con ella. Después, durante el día, en cuanto tenía un momento libre, corría al mantón para dar unas puntadas. Ella decía que no bordaba muy bien, pero que tenía mucha gracia combinando los colores. A veces las niñas de alguna vecina venían a aprender y mi madre disfrutaba, charlando con ellas, al lado soñando con que podían haber sido «sus» niñas. Durante toda su vida mostraría, machaconamente, su gran frustración, repitiendo la misma cantinela siempre que tenía ocasión: «¡La gran pena de mi vida fue la de no haber tenido una niña! Yo lo hubiera intentado una tercera vez pero tu padre decía: —¡Y si sale otro niño!— y así lo fuimos dejando, con una gran pena por mi parte, porque con dos hijos, con un poco de esfuerzo podíamos daros una carrerita, pero con tres, hubiera sido imposible».
Mi madre continuó bordando mientras la vista se lo permitió pero llegó un momento en que sus bordados resultaban un poco tranfulleros y Gracita, la mujer que se los encargaba, no se cansaba de repetirle que estaba muy mayor, que no tenía ya la vista buena, que el pulso... Pero ella se empeñaba con tozudez y cogía otro pequeño y lo iba bordando a trancas y barrancas, con fullerías, borrando algunas flores más complicadas y dibujando otras en su lugar y «estirando» mucho el bordado. «Si no bordo, qué voy a hacer en todo el día, con lo larguísimos que se hacen los días cuando una no tiene nada que hacer». Solo más tarde, y cuando a mi padre lo operaron por segunda vez del cáncer de páncreas y nos dieron a entender que no viviría mucho tiempo, mi madre dejó de bordar.
Además, mi madre hacía pañitos de ganchillo o de crochet y no comprendo de dónde podía sacar tanto tiempo libre para hacer todas aquellas cosas. Algunos paños eran bien grandes y cubrían la mesa del comedor o la mesa de camilla, pero, en general, solían ser de tamaño mediano o pequeñitos para decorar tibores, maceteros, o los colocaba bajo el cristal del tocador de su dormitorio o de las mesitas de noche. Siempre solían ser de hilo de color crudo.
Un pañito redondo de crochet cubría la parte superior de la radio. Durante mucho tiempo el aparato de radio estuvo colocado en un rincón del comedor, sobre una frágil mesita, al lado del aparador. Yo arrimaba una silla y me sentaba a su lado para escucharlo con el oído pegado al altavoz. Era un aparato Philips, de madera color miel, y la tela que cubría el altavoz tenía una trama de mezclilla beige y marrón oscura. Oía novelas, programas musicales, retransmisiones de obras de teatro, óperas o concursos. Al mediodía esperaba con gran impaciencia la emisión de las aventuras de Diego Valor el piloto del espacio y su terrible enemigo el Mekong y por las tardes, a la vuelta del colegio, las historias de Matilde, Perico y Periquín. Más adelante mi madre decidió que el aparato de radio estaría mejor en la cocina, en donde ella pasaba más tiempo, y así poder oír radio Huelva con sus programas de flamenco y fandangos. Miguelito fabricó una tarima sobre la que el aparato de radio quedó colocado junto a la alacena, a metro y medio de altura.
Mi otro espectáculo favorito era mirar coser a mi tía Rosarito, la mayor después de mi madre. Ver cómo manejaba la máquina; cómo cortaba los patrones de las telas con las enormes tijeras sobre la mesa; seguir todo el proceso de hilvanado; montar las mangas, los cuellos, los bolsillos y, sobre todo, contemplar a la clienta probándose el traje. Era un milagro haber visto la pieza de tela; contemplar a mi tía tomando las medidas; escuchar los deseos y dudas de la clienta; el arte de mi tía para hacerle ver, sobre ella, el traje imaginario ya terminado; las sugerencias, las correcciones, las imposibilidades, las formas adecuadas que mejor le sentarían, el vuelo de la falda, un plisado por aquí, unas pinzas por allá y unas mangas japonesas y un cuello que podía ser así, con unos botones como los que te puse en el vestido aquel del verano pasado o como el que le hice a Fulanita...
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