Kitabı oku: «Suelo y cambio climático»

Catalogación en la publicación – Biblioteca Nacional de Colombia
Aguirre Forero, Sonia Esperanza
Suelo y cambio climático incluye estudio de casos / Sonia Esperanza Aguirre Forero, Nelson Virgilio Piraneque Gambasica, Teobaldis Mercado. -- 1a ed. -- Santa Marta : Editorial Unimagdalena, 2022.
(Ciencias Agrarias. Agronomía)
Contiene datos de los autores. -- Contiene referencias bibliográficas al final de cada capítulo.
ISBN 978-958-746-499-3 (impreso) -- 978-958-746-500-6 (pdf) -- 978-958-746-501-3 (e-pub)
1. Suelos - Investigaciones - Magdalena - Estudio de casos 2. Conservación de suelos - Aspectos ambientales - Magdalena 3. Uso de la tierra - Aspectos ambientales - Magdalena I. Piraneque Gambasica, Nelson Virgilio II. Mercado Fernández, Teobaldis III. Título
CDD: 631.450986116. 23
CO-BoBN– a1089211
Primera edición, marzo de 2022
2022 © Universidad del Magdalena. Derechos Reservados.
Editorial Unimagdalena
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Colección Ciencias Agrarias, serie: Agronomía
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Coordinador de Publicaciones y Fomento Editorial: Jorge Mario Ortega Iglesias
Diseño de Editorial: Luis Felipe Márquez Lora
Diagramación: Eduard Hernández Rodríguez
Diseño de portada: Stephany Hernández Torres
Corrección de estilo: Juan Diego Mican González
Santa Marta, Colombia, 2022
ISBN: 978-958-746-499-3 (impreso)
ISBN: 978-958-746-500-6 (pdf)
ISBN: 978-958-746-501-3 (epub)
DOI: 10.21676/9789587464993
Hecho en Colombia - Made in Colombia
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Las opiniones expresadas en esta obra son responsabilidad de los autores y no compromete al pensamiento institucional de la Universidad del Magdalena, ni genera responsabilidad frente a terceros.
Contenido
Agradecimientos
Símbolos, siglas y abreviaturas
Introducción
El suelo
Visión histórica
Funciones
Degradación del recurso
Relación suelo-agua
Referencias
Suelo: recurso en armonía
El suelo como sistema
La materia orgánica en el suelo
Estrategias de conservación de suelos
Relación entre propiedades hídricas y textura del suelo
Suelos y nutrición vegetal
Enfermedades vegetales y su relación con propiedades edáficas
Contaminación del suelo
A modo de conclusión
Referencias
El suelo y su papel en la mitigación del cambio climático. Estudio de casos
Caso 1. La cobertura vegetal como alternativa para fijar carbono en el trópico seco: granja de la Universidad del Magdalena
Resumen
Introducción
Localización
Material y métodos
Análisis de la información
Resultados y discusión
Conclusiones
Referencias
Caso 2. Caracterización y análisis del sector agropecuario del departamento del Magdalena, importancia de la conservación del suelo y alternativas de mitigación ante cambio climático
Resumen
Introducción
Material y métodos
Análisis de la información
Resultados
Discusión
Conclusiones
Agradecimientos
Anexo 1. Mesa de trabajo del componente suelos
Anexo 2. Mesa de trabajo del componente agua
Referencias
Caso 3. El suelo y su papel en la regulación hídrica y térmica en microcuencas del departamento del Magdalena
Introducción
Material y métodos
Resultados y discusión
Conclusiones
Referencias
Agradecimientos
Este libro está dedicado a repensar en el futuro de nuestros hijos y cuál será el entorno de nuestros nietos si no hay un manejo inteligente de los recursos naturales (suelo y agua). Esta primera edición incluye resultados de proyectos de investigación, por lo que agradecemos a todos los integrantes que participaron en el desarrollo de las investigaciones. De igual manera, a la Vicerrectoría de Investigación de la Universidad del Magdalena, entidad que aportó los recursos para la convocatoria de la editorial.
“Los suelos del mundo deben formar parte de las agendas de planificación territorial. Esto es imprescindible para abordar el cambio climático, así como la seguridad alimentaria y del agua. Creo que ahora hay una conciencia general del carbono del suelo, una conciencia de que el suelo no es solo un medio para el crecimiento de las plantas”.
Rattan Lal.
Símbolos, siglas y abreviaturas

Introducción
El crecimiento demográfico y el modelo de desarrollo actual inducen a la degradación de los recursos naturales. En particular, la vulnerabilidad del suelo en el trópico es visible y uno de los retos por enfrentar. Un ejemplo de este fenómeno es la costa Caribe de Colombia, donde se reportan degradación, aumentos en temperatura y evapotranspiración, lo que reduce el agua superficial del suelo y acelera procesos de desertificación. De esta forma el recurso disminuye y genera consecuencias drásticas en la producción de alimentos, afectando a las comunidades rurales.
En este orden de ideas, resulta inminente la necesidad de repensar el territorio, reconocer la dinámica de los recursos naturales, cambiar la concepción del suelo y fomentar e implementar prácticas de conservación como alternativa para ralentizar o mitigar el denominado cambio climático. Ahora bien, la socialización de trabajos de investigación se realiza en artículos cada vez más técnicos y concisos, según los lineamientos de las revistas, los cuales están dirigidos a una audiencia específica, e incluso algunos resultados de observaciones de una línea conceptual metodológica no se publican. Sin embargo, se requiere dar a conocer el valor holístico del tema y del manejo ecosistémico del suelo, bajo una perspectiva de análisis en torno al problema de degradación, por lo que los autores invitan a la reflexión.
Numerosos argumentos sustentan la categoría del recurso y reconocen su importancia para satisfacer las necesidades básicas de la sociedad, pero es probable que aún no exista conciencia del bienestar y la satisfacción de las necesidades de miles de especies diferentes a la nuestra. En este contexto, el primer capítulo del libro es una revisión histórica de la representación del suelo desde la cosmogonía, la ciencia y la cultura, una exposición que se espera permita al lector abordar la temática y armonizar su postura con los resultados de investigación presentados en los otros capítulos. A la par, se pretende que la argumentación despierte interrogantes de la concepción del recurso a través del tiempo.
El segundo capítulo expone el suelo como sistema asociado a la biósfera y a la funcionalidad de esta. Allí se especifica cada componente, se sitúa la materia orgánica como eje transversal, integral y funcional de los procesos de transformación y reconversión de hábitats y especies, y se incorporan conceptos de calidad y salud. Así mismo se aborda la nutrición de las plantas y su importancia en la producción de biomasa y alimentos.
En zonas semiáridas, los suelos tienen características específicas: se desarrollan en condiciones extremas con baja materia orgánica, altas temperaturas y escaso suministro de agua durante largos periodos. De esta manera, su biodiversidad, la adaptación secuencial de las especies que lo habitan y la alta vulnerabilidad hacia procesos de desertización llevan a muchos científicos a considerarlos ecosistemas estratégicos de estudio. Por esto, el tercer capítulo consolida información del suelo en el departamento del Magdalena, obtenida a través de proyectos de investigación, e identifica alternativas de manejo del recurso que contribuyen a resguardar el equilibrio ecológico y al aumento de carbono orgánico en el suelo (COS), lo que se traduce en mayor estabilidad del recurso y de la seguridad alimentaria.
Cabe anotar que la visión ecosistémica del suelo no demerita la producción agrícola, pues no existe ninguna contradicción entre armonizar el sistema y aumentar biodiversidad y la calidad de la producción agrícola sostenible. Así, esperamos cumplir las expectativas del lector y que los aportes registrados trasciendan la visión que se tiene actualmente del recurso suelo, indispensable para la vida en el planeta.
El suelo
Suelo, agua y aire son recursos estratégicos para la vida. El primero de ellos constituye la base de la red trófica, sostiene la seguridad alimentaria y favorece servicios ecosistémicos. Por esta razón, su conservación es primordial para el bienestar de generaciones futuras. Los cambios de uso, el manejo inadecuado, la deforestación y la contaminación, entre otros, afectan el suelo y alteran los ciclos biogeoquímicos, el balance hídrico y la calidad de agua, lo que acrecienta las limitaciones de poblaciones menos favorecidas frente a los fenómenos del cambio climático.
En la economía clásica, la tierra, que incluye al suelo, es considerada un factor de producción, producto del trabajo humano y al que se le otorga propiedad individual para su aprovechamiento. Desde esta perspectiva antropocéntrica, el recurso adquiere valor económico y es utilizado como sostén del mercado y sustento de la población, argumento que, sin embargo, desconoce sus características, funciones, valor cultural y ecosistémico.
De acuerdo con Johnson (1992), el reconocimiento del suelo como sumidero o depósito de carbono implicó una nueva perspectiva del recurso. Desde entonces muchos autores interesados en el tema han investigado y ratificado su importancia en la mitigación del cambio climático al capturar dicho elemento. A su vez, el aumento de temperatura y el déficit de presión de vapor intensifican el fenómeno de cambio climático en todos los territorios, sobre todo en áreas áridas y semiáridas (Huang et al., 2015), por lo que entender el funcionamiento del sistema edáfico es una herramienta clave para afrontarlo.
Por su parte, ante la degradación del recurso, Khormali y Monger (2020) argumentan que es prioridad replantear los sistemas agropecuarios (monocultivos intensivos). Asimismo, es preciso superar el razonamiento particular de producción para adoptar un trabajo multidimensional de apropiación y transformación de la visión de los recursos naturales, con miras a examinar las realidades del contexto con una perspectiva de supervivencia y reconversión ambiental del territorio como esperanza de las nuevas generaciones.
Este capítulo describe la historia del suelo y orienta al lector hacia un pensamiento autónomo y reflexivo sobre el recurso, recreando su uso y su influencia sociocultural y ambiental en el tiempo. Por otra parte, se analizan las propiedades físicas, químicas y biológicas del suelo y los avances científicos en cada área, reconociendo en todo caso que en estos estudios se desligó el funcionamiento del sistema y se fracturó su interpretación, lo que dio lugar a la actual crisis ambiental. De esta forma se demuestra la importancia de considerar la multifuncionalidad de los ecosistemas y se hace evidente la prioridad de entender las complejas relaciones de las partes del suelo para preservar servicios ecosistémicos esenciales para la vida y el desarrollo de las civilizaciones. En ese orden de ideas, no podemos dejar de traer la argumentación de Rekik et al. (2017) en torno al development at what cost (desarrollo, ¿a qué costo y quién lo asume?), interrogante que apenas está en proceso de ser resuelto.
Visión histórica
En la naturaleza, los recursos cumplen un rol esencial y corresponden a un sistema dinámico. Un ejemplo de ello son los ciclos biogeoquímicos que mantienen la estabilidad en la biósfera. Concretamente, el suelo, como recurso natural, proporciona beneficios fundamentales para la vida y resulta un factor socioeconómico relevante en la historia de las civilizaciones. Ahora, si bien es —y ha sido— base de la supervivencia de las comunidades más ricas y pobres, desafortunadamente el control de la tierra y el acceso a esta en muchos estados es sinónimo de dominio.
Con la agricultura surgieron la domesticación de especies, la crianza selectiva y la transformación de plantas silvestres (Castillo Sarmiento et al., 2017; Nebel y Wrigth, 1999). Así mismo aparecieron los asentamientos humanos (pueblos y ciudades) y la división del trabajo, que abrió paso al desarrollo tecnológico, con la necesidad de mejorar herramientas, vivienda, medios de transporte e infraestructura. Esto generó prácticas de intercambio comercial e industrial, dando marcha a la modernidad, donde “la tierra” fue factor de producción (tierra, capital y trabajo).
Por su parte, escritores como Hesíodo, Ferécides y Empédocles relacionan la tierra con el sexo femenino. En sus libros manifiestan que este recurso es vida y que de este brotan las almas; por ende, cuando una persona muere, se guardan o almacenan cual semillas en la tiniebla de su matriz (Cornford, 1984). Otros, como Aristóteles, hacen referencia a la tierra como el elemento de principio y del fin, y muchos la reconocen como un sustrato que genera vida (Gómez-Lobo, 1996).
Desde la cosmovisión china, el suelo es uno de los elementos esenciales (junto al agua, la madera, el fuego, el metal y la tierra) para la vida y las subdivisiones del universo. Esta perspectiva oriental explica el origen de la naturaleza y la vida desde la geología, noción que fue planteada por algunos filósofos presocráticos y continuó hasta el Renacimiento.
En el libro sagrado de judíos y cristianos (la Biblia) se concibe el suelo en relación con el origen de la vida. Al respecto, Hillel (2003) plantea que
El nombre asignado al primer ser humano eran Adám, derivado del hebreo Adama, que significa suelo, y el nombre dado a su compañera era Hava (Eva), que significa viviendo o que da vida, por consiguiente, juntos, Adán y Eva, significan literalmente suelo y vida (p. 4).
Como se evidencia entonces, desde esta perspectiva el suelo está ligado a la creación del hombre.
Asimismo, durante la Edad Media, la cultura árabe orientó el desarrollo de las ciencias, y entre estas la agricultura, que desarrolló técnicas de fertilización y manejo racional del agua para las plantas. No obstante, algunas de estas técnicas se mantuvieron ocultas durante años. De hecho, para Luna et al. (2001), los naturalistas árabes fueron los más grandes botánicos, colectores y seleccionadores de especies. De esta forma, además del dominio de técnicas para cultivo, dejaron voluminosos tratados que describen selección de semillas agrícolas, detallan particularidades de morfología y clasificación de especies e incorporan prácticas como injertos, labrado de suelos y aplicación de abonos. Se trata de avances que, si bien se encuentran registrados en el texto 37 de la Obra de agricultura (Alonso de Herrera, 1513), no han sido difundidas.
Con el descubrimiento de América se conoció más del planeta y se reafirmó que este no era el centro del universo. Este nuevo continente dio paso a una revolución relacionada con el pluralismo de las nuevas culturas. De la misma forma se consolidó la era planetaria, caracterizada por un desarrollo intenso de conocimientos respecto a la Tierra y su constitución y forma. Autores como Kaltenmark (1982) y Flórez y Mosquera (2013) analizan que este cambio de paradigma tuvo efecto sobre la cosmovisión del recurso suelo y de los recursos naturales.
Otro evento que cambió la percepción del suelo fue el régimen feudal, donde el poder económico radicaba en la tenencia del recurso. En Europa, este llegó a ser un sistema político en el que los agricultores mantenían los privilegios de la clase dirigente a costa del trabajo y la producción de sus parcelas. Asimismo, aunque en esta época la Iglesia se fortaleció, la concepción holística de los recursos naturales, y especialmente la del “suelo”, se limitó a la producción (Martín, 2018).
Por otro lado, comunidades nativas de América del Sur (indígenas) que sobrevivieron a la conquista relacionan el suelo al ecosistema. Para estas poblaciones, el concepto está asociado a elementos culturales y sociales de comunidad: la tierra es considerada fuente ancestral de vida e identidad y, por tal razón, es propiedad colectiva; en consecuencia, no puede ser un bien susceptible de apropiación o enajenación. De esta manera, el territorio es sistémico y se relaciona con la Pachamama, madre tierra o espacio-tiempo. Esta perspectiva evidencia el valor del elemento para los pobladores y su vínculo con la naturaleza, el pasado y el futuro, así como con el sentido de continuidad, supervivencia y arraigo colectivo de la comunidad (Navarro, 1998; Rengifo, 1993).
Luego, con el Renacimiento reviviría la ciencia, lo cual puso en tela de juicio todos los conocimientos, de forma que solo se reconocía como cierto aquello que se confirmara con la experimentación. En 1513, el clérigo español Gabriel Alonso de Herrera escribió la ya mencionada Obra de agricultura, en la que presentó aspectos relevantes de la calidad de la tierra y la producción agrícola. De esta época, también se conocen los tratados de agricultura científica L´Agriculture et madison rustique y Praedium rusticum de Charles Estienne, así como el Théâtre d’agriculture et mesnage des champs de Oliver de Serres, en el cual se argumenta cómo el manejo del suelo incide sobre las propiedades físicas del recurso (Quirós, 2015).
En el siglo XIX, en Francia e Inglaterra se ahondó el estudio de las características químicas del suelo. Por ejemplo, Boyle enunció que las plantas contienen sales, mientras que Glauber incrementó la producción vegetal al utilizar el saltpeter o el nitrato de potasio (KNO3). Por otro lado, Alemania lideró avances en geología, composición y diferenciación de los elementos.
A partir del periodo moderno (1800-1890) se hicieron investigaciones sobre nutrición mineral, se estudió la alteración de las rocas y se evidenció la importancia del dióxido de carbono (CO2) en el suelo. Schmidt presentó la obra titulada Bodenkunde (ciencia del suelo), en la que examinó la formación, las propiedades y las variedades de los suelos. Asimismo, en China se consideraron los primeros sistemas de clasificación, entre ellos uno para recaudar impuestos sobre la productividad del suelo (Simonson, 1962), una propuesta que no tuvo uso sino hasta el primer cuarto del siglo XX ya que la idea del suelo como soporte del desarrollo de plantas y cultivos permaneció arraigada por mucho tiempo (González Carcedo, 2007).
Por otro lado, Karl Sprengel habló en 1837 del suelo como un ente natural e independiente. Su obra es considerada incluso como el primer tratado de edafología (Osorio, 2012). Además, en el texto Pedologie oder allgemeine und besondera Bodenkunde, Friedrich Fallou manifestó su crítica frente a la consideración elemental de las propiedades químicas y propuso el suelo como un ente natural. Para estos fines, en 1862 este autor acuñó el término pedologie como la ciencia interdisciplinar del recurso, lo que constituyó un importante avance en el conocimiento del suelo. Emile Ramann (1911) publicó “Bodenkunde”, el primero de una serie de artículos dedicados a los suelos de Europa occidental.
Por su parte, Justus Von Liebig implementó diversas técnicas de análisis cuantitativo con aplicación a los sistemas biológicos. Este es el primer químico que demostró que el calor de los organismos se debe a la combustión de los alimentos ingeridos. En ese contexto, describió los ciclos del carbono y del nitrógeno en animales y plantas. Años más tarde, enunció la Ley del Mínimo: “Un elemento que falte, o que se presente en una cantidad insuficiente, impide a los restantes producir su efecto normal, por lo que disminuye su acción nutritiva”. Posteriormente, esta ley se complementó con la Ley de la Tolerancia Ecológica, formulada en 1913 por Víctor E. Shelford. En esta misma línea, Giovanni Amici amplió los procesos de fertilización desde un punto de vista químico, mientras que Mitsterlich los abordó con sentido matemático. Estos avances resultaron en la formulación de la Ley de los Rendimientos, que tuvo difusión universal (González Carcedo, 2007; Osorio, 2012).
Mientras tanto, en la denominada Rusia antigua (1838), la Imperial Free Society of St. Petersburg (IFES) generaba los primeros mapas de suelos, en los que la superficie orgánica se consideraba independiente al sustrato geológico. Paralelamente, algunos autores realizaron trabajos en física de suelos, maquinaria agrícola y mecánica de fluidos, destacándose las investigaciones de Darcy sobre el movimiento del agua en el suelo, las de Jurrel sobre erosión hídrica y las de Joseph Kopecky en temas de drenaje (Bosch, 2014; Hillel, 2003; Vásquez et al., 2017).
Con el desarrollo de la química de los coloides de Wiegner, en la Universidad de Zúrich, el avance en el conocimiento edáfico fue fundamental. Por su parte, el sueco Albert Atterberg postuló conceptos de límite líquido e índice de plasticidad. Entretanto, los trabajos sobre la reacción del suelo y el origen de la acidez de Barber (1984) explicaron la disponibilidad de nutrientes e introdujeron la difusión del ion hacia la planta. Así, ya en 1880 el suelo pasaría a ser considerado como una entidad natural, es decir, un cuerpo de la naturaleza independiente y variante, complejo, estructurado y dotado de regímenes cíclicos. Esta nueva concepción evolucionaría en el tiempo hasta considerar que elementos como rocas, clima, topografía, seres vivos y edad son prioritarios en su formación, teoría que años más tarde se denominaría “factores de formación del suelo” (González Carcedo, 2007).
Para el siglo XX la producción se vería incrementada por el aumento en la disponibilidad de nutrientes. Esto dio lugar a que, en 1913, los alemanes Fritz Haber y Carl Bosch socializaran la síntesis comercial del amoniaco (NH3), base para la elaboración de otros fertilizantes. Por otro lado, hacia 1917, Joseph Grinnell planteó el concepto de nicho ecológico, mientras que Tansley estableció la noción de ecosistema. Estas nuevas ideas sobre la formación del recurso permitieron tomar distancia de la concepción geológica e introducir y reconocer la importancia de los organismos en la formación y los cambios del recurso, evidenciando, por ejemplo, cómo existen variaciones de pH por líquenes y exudados de raíces.
Posteriormente, finalizando la Primera Guerra Mundial se establecieron empresas de sulfato de amonio y urea con el ánimo de dinamizar la producción de alimentos. González Carcedo (2007) señala para esta época los estudios de Forsyth (1947) en torno a la extracción de compuestos húmicos, que tendrían efecto luego sobre las investigaciones de Schnitzer (1978), quien se propuso modelarlos sin resultado, y de Posner (1966), quien iría más allá al realizar la titulación electroquímica de los compuestos fúlvicos y húmicos y cuyos hallazgos permitirían relacionar la capacidad de intercambio iónico de la materia orgánica del suelo, lo que representó un importante aporte al conocimiento del recurso. Asimismo, en dicho periodo González Carcedo (2007) ubica el primer análisis por rayos X referido a los componentes inorgánicos, llevado a cabo por Kelly, Hendricks y Fry en 1929, y la vinculación del microscopio electrónico al estudio del suelo por primera vez, en 1939 (Stevenson, 1994), evidenciando numerosas especies en él.
Al terminar la Segunda Guerra Mundial, con el incremento en el uso de fertilizantes y la aplicación de nuevas tecnologías analíticas, se presentaron avances en espectrofotometría, cromatografía, absorción atómica, radioisótopos y, luego, en la resonancia magnética nuclear, los autoanalizadores, la sonda electrónica y la cromatografía de alta presión HPLC (microespectroscópicas EXAFS, AFM, Mössbauer, Raman) (González Carcedo, 2007). Esto condujo a procesos de caracterización química de las sustancias naturales sólidas o en solución, con modelización matemática, para identificar y cuantificar mecanismos de reacción en los suelos. Además, se aceleró la capacidad de análisis de los laboratorios, lo que permitió un mejor estudio del recurso (García y García, 2013).
González Carcedo (2007) también destaca “la capacidad integradora de personas como Kononova (1961) (Soil Organic Matter), Giessekin (1975) (The Soil Components), Flaig et al. (1975) (Chemical composition and physical properties of humic substances) o Lowe (1980) (The Soil Organic Matter)”, cuyos aportes, sumados a muchos otros, fueron fundamentales para el desarrollo y avance científico del área agrícola. En ese sentido cabe mencionar la definición de Charles E. Kellogg del suelo sobre una base geográfica: cuerpo natural en equilibrio dinámico con su medio, lo que permite considerar dos tipos de actividades durante la formación de este: destructivas, debidas a la alteración física y química, y constructivas, impulsadas por fuerzas biológicas. Está interpretación amplió la concepción del recurso para la época y abrió puertas para el sistema de clasificación de Kellogg, denominado The Seventh Aproximation, que estableció los criterios de “zona climática” que se mantuvo vigente hasta 1960. Así, autores como Baldwin et al. (1938) consideran que este trabajo fue el precursor de la Soil Taxonomy y de la clasificación de suelos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO por sus siglas en inglés), aún vigentes.
Precisamente, en el siglo XX tuvieron lugar dos importantes contribuciones a la sobrevivencia humana relacionadas con el recurso edáfico. Por un lado, Sokoloff (1968) relata que culturas como la china, la griega y algunas nativas de América aplicaban tierra con restos vegetales y hongos en las heridas con el ánimo de sanar. Esto dio pie a que Fleming descubriera el efecto de la penicilina, un antibiótico extraído del hongo del suelo Penicillium chrysogenum que comenzó a utilizarse durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y cuya extracción e industrialización se impulsó con la mejora en las técnicas y la biotecnología.
Por otro lado, se destaca el descubrimiento de la estreptomicina, un antibiótico utilizado para el tratamiento de la tuberculosis obtenido a partir del Streptomyces griseus. Este es un organismo que se halla en suelos y en vegetación descompuesta y que fue detectado en el laboratorio por un estudiante de posgrado llamado Albert Schatz, cuando cursaba su doctorado en la Universidad de Rutgers (EE. UU.) en Agricultura.
Con el continuo crecimiento de la población y la urbanización, se desarrollaron los sistemas económicos propios del siglo XX —socialismo y capitalismo—, que ampliaron la brecha entre la sociedad y la naturaleza. En este escenario, los recursos naturales se tomaron como bienes individuales o comunales, mercantiles básicos para satisfacer necesidades humanas, consolidándose una visión de progreso (Bensaïd, 2006). De este modo se aumentó drásticamente la frontera agrícola, y con ello la deforestación, la contaminación y la degradación de los recursos naturales.
En este punto, ya en el siglo XXI, se ha hecho evidente que el daño ambiental ha fracturado ecosistemas y ha generado numerosos problemas, lo que ha llevado a las naciones a consolidar convenios multilaterales con el ánimo de acordar acciones en pro de reducir la velocidad de desgaste de este valioso recurso. Bajo esta perspectiva han surgido confrontaciones y debates entre normas, intereses y concepciones, y se ha dado la discusión sobre emisiones de gases efecto invernadero (GEI) ligadas al desarrollo industrial. A partir de ello se han planteado mesas de trabajo a nivel internacional con el fin de definir las acciones de mitigación y compensar los impactos generados. No obstante, luego de estas argumentaciones, la dificultad es cumplir las metas propuestas por la comunidad científica.
Vale la pena recordar convenios multilaterales ambientales (CMA) e iniciativas como la Carta de Belgrado (1975) sobre educación ambiental; el Protocolo de Montreal (1987); el Convenio de Basilea (1992) sobre la comercialización y el tráfico ilícito de desechos peligrosos; el Protocolo de Kioto (1997), desde el cual se ubicaron mecanismos de desarrollo limpio; la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación; el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA); el Convenio de Rotterdam, sobre el procedimiento de consentimiento fundamentado previo, aplicable a ciertos plaguicidas y productos químicos peligrosos; la Declaración del Milenio, acordada por los jefes de Estado en el 2000, donde se reafirma la fe en la construcción de un mundo más pacífico, próspero y justo, se destaca el componente ambiental y se abren las puertas para el Convenio sobre Seguridad y Salud en la Agricultura (2003), y el Convenio de Estocolmo (2005), relacionado con la reducción y la eliminación de los contaminantes orgánicos persistentes (COP) (Balsiger y Prys, 2016). Sin embargo, la degradación de las tierras aumenta y sigue empeorado.
Asimismo, Lefèvre, et al. (2017) ratifican la importancia del suelo en la biodiversidad, la protección ambiental y los servicios ecosistémicos, en tanto que las concepciones de Cheng et al. (2015) y McBratney et al. (2014), con énfasis en las funciones ecosistémicas del recurso, resaltan y reconocen a este como sumidero de carbono, por lo que se exhorta a un mejor manejo unido al concepto de seguridad alimentaria. Por esto, el 2015 fue declarado por la FAO como el Año Internacional del Suelo, resultado de un informe entregado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y elaborado por más de 200 expertos en el tema donde se planteó que la degradación del suelo (debida a sequía, erosión, salinización, agotamiento de los nutrientes, pérdida de carbono orgánico, sellado y otras amenazas) seguía teniendo lugar de forma creciente e insostenible. Al mismo tiempo, dicho reporte advirtió que incorporar prácticas de manejo sostenible y uso de tecnologías apropiadas podría revertir esta tendencia. De esta manera, el objetivo de la FAO fue liderar y facilitar la comunicación y la cooperación y fortalecer las relaciones entre los Gobiernos en pro de la incorporación de estas alternativas, lo cual permitiría un manejo más sostenible del recurso.
Por su parte, la European Soil Organic Matter Network (EuroSOMNET), patrocinada por el programa ENRICH, ha generado modelos en los que esclarece las condiciones del llamado cambio climático y su incidencia en la biota a partir de análisis de materia orgánica de los suelos, sus variaciones cuantitativas globales y los ritmos de los procesos metabólicos condicionados (FAO, 2015), con escenarios no muy alentadores. En este mismo sentido, Steffen et al. (2015) retomaron el concepto de límites planetarios de Röckstrom, con el cual se plantea que la actividad antrópica tiene consecuencias desastrosas para el planeta y la humanidad y es necesaria su reconversión.
Los anteriores avances llevaron a priorizar el estudio del ciclo del nitrógeno y el carbono y su influencia en cambio climático, así como en las alteraciones y la pérdida de biodiversidad, entre otros. Así, según lo indican los primeros resultados, los límites operativos están más allá de la seguridad. Es decir, el impacto humano en el reservorio natural de la biodiversidad y en la tasa de ciclos de nitrógeno y carbono en los suelos es significativo debido a la aplicación excesiva de nutrientes en algunas regiones. Esto lleva a considerar las consecuencias de esta influencia antrópica en los sistemas atmosféricos e hidrológicos y en otros contextos y supone la necesidad de resolver el déficit de nutrientes en regiones como el África subsahariana (Steffen et al., 2015), en pro de la seguridad alimentaria de comunidades altamente vulnerables.
Trabajos como el de Demko (2018) sugieren que los suelos tienen gran potencial para filtrar y amortiguar contaminantes, y degradar y atenuar efectos negativos. Sin embargo, esta capacidad es finita y se ve reducida por nuevos factores que antes no habían sido identificados. Asimismo, los avances en el desarrollo tecnológico conducen a la liberación de distintos contaminantes al medio ambiente que causan un mayor impacto en el sistema. Por esta razón, en la Asamblea de la ONU del año 2016 se generó un plan de acción para abordar el cambio climático y la contaminación del suelo e identificar sus causas y consecuencias, priorizando la prevención y la mitigación de este impacto en el recurso.
Por su parte, la FAO y la Alianza Mundial por el Suelo (AMS), en su propósito de promover la importancia de mantener la salud del recurso y su interacción con el ecosistema, adelantaron una campaña en el año 2018 con el fin de generar conciencia sobre la contaminación del suelo, particularmente sobre la afectación y determinación de trazas contaminantes en alimentos, el agua y el aire y la posibilidad de intoxicación crónica. Además, la conclusión del primer informe global de la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas (IPBES), un documento que se elaboró durante tres años por un centenar de expertos voluntarios de 45 países a partir de miles de investigaciones científicas y que se publicó en marzo de 2018 en Medellín, Colombia, advierte que la situación ha llegado a “niveles críticos” y que en varias partes del mundo se aumentó la degradación de los suelos. Al respecto, el científico sudafricano Robert Scholes declaró: “La degradación de la superficie de la Tierra a causa de las actividades humanas está empujando al planeta hacia una sexta extinción masiva de especies” (Semana Sostenible, 2018), panorama no muy alentador ya que las zonas más afectadas serán Centroamérica, Sudamérica, África y Asia, áreas que tienen la mayor cantidad de tierra para la agricultura, situación que pondrá en riesgo la seguridad alimentaria mundial.
El 2020 será recordado como el año del COVID-19, una época de confinamiento que, si bien fue de pocos días, le dio un respiro al planeta toda vez que se cambiaron algunos hábitos de consumo y muchas especies silvestres tuvieron la posibilidad de reproducirse. Sin embargo, muy pronto se volvió al modelo económico tradicional donde el eje central es satisfacer el consumo de la especie humana, de manera que los informes de contaminación ambiental siguen escalando, esta vez anunciando restos de materiales utilizados para los tapabocas y guantes desechados. Tal como lo declaró Silvia Gómez, directora de la ONG Greenpeace en Colombia: “estamos en sobregiro medioambiental” (Mendoza, 2020).
Ante esta perspectiva, los cambios globales en materia de población, clima y uso del suelo deben repensarse. Es preciso transformar el pensamiento y el razonamiento entre el avance científico y la conservación de la vida, y esto tiene que ser una sinergia constante y acorde con el desarrollo cultural que representa un reto para nuestra evolución. Posiblemente, es hora de hacer un salto para que, como educadores, no solo publiquemos análisis de datos, sino también la concepción entrañable de la visión y experiencia de la vida para fomentar la preservación del recurso y la vida.
Funciones
El conocimiento nos provee información y es parte esencial para la evolución del pensamiento. Muchos de los conocimientos no son académicos o formales, sino que provienen de la experiencia y se encuentran diseminados en la cotidianidad de la vida. Si se asocian a los avances que la ciencia nos provee, tendremos libertad de discernir y razonar hacia dónde vamos.
El suelo es un recurso dinámico que evoluciona. Según el conocimiento y la relación que se tenga con él, puede llamar o no la atención, pero en cualquier caso es claro que dependemos de él para sobrevivir. De hecho, la palabra “suelo” proviene del latín solum, término que se refiere a la parte inferior de ciertos objetos o cosas, de manera que puede decirse en este contexto que el suelo es la superficie de la Tierra, la parte exterior de la corteza del planeta donde se anclan y desarrollan los vegetales y numerosas especies, y en la que además se desarrollan numerosos ecosistemas y actividades agrícolas, con la finalidad de obtener alimento.
Inicialmente, el recurso fue considerado como un cuerpo natural sólido (minerales y materia orgánica). Años más tarde, se acuñó una definición más amplia, que incluye horizontes compuestos por minerales meteorizados, materia orgánica, aire y agua. Esta concepción reconoce al suelo como producto de la influencia de los materiales parentales a través de la acción del tiempo, el clima, la topografía y los organismos, constituido por tres fases (líquida, sólida y gaseosa), que da soporte mecánico a múltiples actividades con complejas relaciones (Soil Survey Staff, 1998, 1999, 2006).
No obstante, con el avance de áreas como la microbiología se pudo conocer más acerca del suelo, lo que ha llevado a considerarlo como un sistema dinámico, que emerge de un equilibrio único entre sus componentes biológicos, químicos y físicos (Doran, 2002; Doran et al., 1999). A partir del año 1990, diversas aproximaciones plantearon que la calidad del suelo radica en la capacidad para funcionar e integrar la productividad biológica, la calidad ambiental y la salud. De acuerdo con Karlen et al. (1997), este concepto debe equilibrar el uso del recurso (producción agrícola, remediación, amortiguación, desarrollo urbano y recreación, entre otros) con los objetivos de sostenibilidad ambiental con miras a priorizar su conservación.
Lo anterior abrió paso a conceptos como servicio ecosistémico y capital natural, con los cuales se argumenta que el impacto de la modificación del ecosistema puede ser evaluado e incorporado en las decisiones que afectan a la sociedad. En este sentido, Brauman et al. (2007) plantean el término “servicios ecosistémicos” para describir y comprender los procesos de los ecosistemas de bienestar humano. Según esta concepción, el suelo edifica la red trófica y sostiene varios ciclos biogeoquímicos (Dale y Polasky, 2007; Zhang et al., 2007).
Siguiendo el razonamiento planteado, se manifiesta que todas las propiedades del suelo son fundamentales y se entrelazan para mantener la biósfera. Sin embargo, resulta necesario un enfoque holístico que reúna las partes de disyunción entre la productividad y los aspectos ambientales y socioculturales, indicadores que se han identificado y que, al ser medibles y sensibles a los cambios, facilitan el diseño de políticas para la conservación y el mejoramiento de la calidad del recurso, así como la proposición de acciones que consideren la funcionalidad del sistema.
En este contexto, entre los indicadores físicos de la calidad del suelo se reportan la textura, la porosidad, la densidad aparente, la profundidad y la infiltración. Por otro lado, los indicadores químicos señalan aquellas propiedades que inciden en la reacción del suelo con la planta: el pH, la conductividad eléctrica (CE), el contenido de materia orgánica (MO), la capacidad de intercambio catiónico (CIC) y la concentración y disponibilidad de algunos elementos (nitrógeno, fósforo, potasio, calcio, aluminio y magnesio). Finalmente, las propiedades biológicas se han relacionado con descomposición de la MO, la abundancia y biodiversidad de organismos (bacterias, hongos, nematodos, lombrices, anélidos y artrópodos, entre otros), la actividad enzimática (estimación de las enzimas implicadas en los ciclos del carbono, el nitrógeno y el fósforo que permiten el cálculo de la diversidad funcional de las comunidades microbianas en el suelo) y factores biológicos y bioquímicos (respiración del suelo, biomasa microbiana, microorganismos).
Los anteriores constituyen parámetros valiosos en la interpretación de la dinámica del recurso y en el proceso de transformación de los residuos orgánicos, que mantienen el flujo de energía y la transferencia de nutrientes de los ecosistemas terrestres, regulando ciclos biogeoquímicos. Por esta razón, son indicativos del cambio en el ecosistema (Cruz et al., 2004; Fernández et al., 2018). Sin embargo, es necesario considerar que el uso de las propiedades del suelo como indicador de calidad refleja una alta variabilidad estacional, por lo que se requiere llevar a cabo estudios por sitio y establecer monitoreo constante, lo que puede revelar mejores evidencias.
El concepto de función tiene su origen en el término latino functĭo o funciōnis, que significa ejecución o ejercicio. Es entendido como la capacidad para desempeñar una tarea, con el propósito de uso o rol, que se le asigna a un elemento. Partiendo de estas consideraciones, algunos estudiosos plantean que el suelo es un cuerpo natural y que no tiene funciones; así, aquellas que se le asignan son el resultado de la visión antropogénica y utilitarista.
No obstante, Schlichting (1972) planteó el concepto relacionado de funciones ecológicas, resaltando la multifuncionalidad del recurso. Posteriormente, Niemann (1977) identificó funciones de producción forestal, meteorológicas, hidrológicas, éticas, higiénicas, estéticas y de infraestructura para el suelo. Después, Brümmer (1978) y Larson y Pierce (1994) plantearon las funciones de seguridad alimentaria y amortiguadora de contaminantes. Luego, otros autores propondrían que la discusión sobre la función del suelo debería girar en torno al eje de reactor ambiental (Bautista et al., 1995; Blum y Santelises, 1994) y, finalmente, Blum y Santelises (1994) describirían la función de reserva genética considerando la biota contenida en él (Gallegos et al., 2014).
No obstante, la concepción más sobresaliente y multidimensional sobre la función del suelo es la establecida por Blum (1993) y Blum y Santelises (1994), la cual integra y redefine seis funciones principales: tres de naturaleza ecológica (figura 1) y otras tres ligadas a la actividad humana (figura 2) que, según esta propuesta, no son necesariamente complementarias:
•Funciones ecológicas: La producción de biomasa y la generación de alimento, fibra y energía están en este grupo, pero la principal función. ecológica está relacionada al suelo como reactor, filtrador, regulador y transformador de la materia orgánica. Este supuesto se vincula con la amortiguación, regulación y protección del ambiente (agua, cadena alimentaria) ante contaminantes, manteniendo el hábitat biológico y protegiéndolo de la extinción.
Figura 1. Funciones del suelo básicas o ecológicas

Fuente: elaboración propia.
•Funciones ligadas a las actividades humanas: En primer lugar, el suelo es el principal medio físico que soporta estructuras industriales y las actividades socioeconómicas como vivienda, infraestructura vial, transporte, recreación, localización de residuos, entre otras. En segunda instancia, el recurso se toma como fuente de materias primas para la producción: agua, arcilla, arena, grava, carbón, esmeraldas, oro y el resto de minerales que son extraídos de la tierra. Asimismo, se plantea que en el suelo se resguarda nuestra herencia cultural, pues contiene restos paleontológicos y arqueológicos importantes para la reconstrucción de la historia de la Tierra y la humanidad.
Esta clasificación fue analizada en Europa desde diferentes enfoques metodológicos y se concluyó que es prioridad proteger el suelo para mitigar el daño ambiental. De esta forma, en 2006 la Unión Europea formalizó y reconoció siete funciones del recurso y, a partir de la Declaración de Viena sobre el Suelo (2015), se resaltó su importancia para los seres humanos y los ecosistemas del planeta, por lo que la FAO esquematizó, en últimas, 11 funciones del suelo: (a) suministro de alimentos fibras y combustibles; (b) retención o sumidero de carbono; (c) purificación del agua y retención de contaminantes; (d) regulación climática; (e) ciclo de nutrientes; (f) hábitat de organismos; (g) regulación de inundaciones; (h) fuente de productos farmacéuticos y recursos genéticos; (i) base para la infraestructura humana; (j) suministro de materias para la construcción, y (k) herencia cultural (figura 2).
Figura 2. Funciones del suelo ligadas a la actividad humana

Fuente: elaboración propia.
Tras esta declaración, queda claro que la conservación del recurso es esencial para el mantenimiento y la biósfera, así como para los servicios ecosistémicos de regulación (clima, calidad del agua, control de erosión) y el soporte de las actividades culturales y de producción primaria. Con esta premisa, Baveye et al. (2016) plantearon que el valor de los servicios de regulación del suelo puede ser bastante superior al valor de producción de alimento o materia prima o al de los servicios de abastecimiento.
De esta manera, el enfoque en los servicios del suelo resulta de interés general. Por ejemplo, es preciso considerar que el almacenamiento y la filtración del agua que pueda brindar un suelo son proporcionales a su porosidad (textura) y a su contenido de materia orgánica, factores fundamentales para sostener la producción de alimentos y mejorar la resiliencia ante eventos climáticos (inundaciones y sequías). Por esta razón, inhabilitar la capacidad del recurso para retener agua reduce la infiltración y disminuye la cobertura vegetal, la transpiración y la evapotranspiración, lo que afecta directamente el ciclo hidrológico, contrae el abastecimiento de las fuentes subterráneas, altera la productividad y aumenta la degradación del recurso y del ecosistema (figura 3).
La evaluación de las funciones del suelo resultó eficaz a partir de los esquemas de evaluación de los modelos denominados TUSEC (técnicas para la evaluación de los suelos y categorización para suelos naturales y antropogénicos). Estos son una recopilación de la experiencia de investigaciones que han sido aplicadas con éxito en diversos estudios para predecir acontecimientos (Gallegos et al., 2014).
Por otro lado, las técnicas interpretativas de suelos orientadas a objetivos ambientales han sido lideradas por trabajos como el de Klingebiel y Montgomery (1961), Sánchez et al. (1982; 1983), Ortiz-Solorio y Gutiérrez-Castorena (2005) y Chabay et al. (2015), entre otros. No obstante, cabe anotar que solo algunas de estas aproximaciones están contempladas en software especializado, y en ciertos casos incluso presentan desventajas por la falta de información, lo que evidencia la necesidad de más investigación y datos respecto al recurso (Cheng et al., 2015; Gallegos et al., 2014).
Figura 3. Suelo y cambio climático

Fuente: elaboración propia.
Degradación del recurso
La degradación del suelo es un proceso que reduce la capacidad actual o futura del sistema para producir bienes o prestar servicios en pro del equilibrio del sistema. La FAO (2008) la define como un cambio en la salud del recurso que se refleja en una rebaja de la capacidad del ecosistema para prestar servicios. Ante este problema se han generado distintos esfuerzos, como por ejemplo la evaluación del LADA, una iniciativa internacional de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (CNULD) y la FAO que determina las causas y el impacto del fenómeno, prestando especial atención a las tierras secas. Esto se hace con el propósito de fomentar alternativas de desarrollo sostenible y mitigar cualquier forma de degradación (erosión, compactación, degradación biológica, contaminación y desertificación) a escalas local, nacional y global (Sivakumar, 2007).
Un aspecto relacionado con la degradación del recurso es la erosión, entendida como la pérdida de suelo por un agente que lo moviliza de su origen a otro lugar. Si la movilización es generada por el agua, se denomina erosión hídrica; si se debe al viento, se denomina erosión eólica, y si la causa son las actividades humanas, se denota como erosión antrópica. En este sentido, es necesario reconocer que en territorios con altas pendientes (montañosos) el proceso es natural, lo que algunos estudiosos denominan erosión geológica, que se acentúa y se incrementa por la actividad antrópica. Es una degradación física del recurso (meteorización) que ha sido acelerada en el tiempo, altera la porosidad e incide en la circulación del agua y del aire, lo cual causa sellamiento y compactación e impide la recarga de acuíferos.
Por su parte, la degradación química del suelo es consecuencia de la acumulación de sustancias tóxicas en concentraciones que superan la amortiguación del recurso y que modifican sus propiedades y generan acidificación, salinización, mineralización de la materia orgánica y contaminación. Las principales vías de contaminación difusa del suelo son la deposición atmosférica, la agricultura e inundaciones que arrastran y acumulan los elementos. Ahora bien, tal como establecen Beltrán-Pineda y Gómez-Rodríguez (2016), el exceso de algunos elementos en particular, entre ellos metales pesados (arsénico, cadmio, plomo y mercurio), afecta el metabolismo de plantas y restringe la producción, pero este tipo de degradación representa riesgos para la salud cuando se afecta la cadena alimenticia. Ante esta situación, es perentorio evaluar y monitorear el territorio y considerar técnicas de descontaminación en pro de mantener la funcionalidad del sistema (FAO, 2018).
Un ejemplo de lo anterior es la aplicación indiscriminada de fertilizantes nitrogenados, susceptibles de volatilizarse o de lixiviarse hacia aguas subterráneas, lo cual repercute negativamente en muchas especies, entre estas los humanos (FAO y Ongley, 1997). En este sentido, la Organización Mundial de la Salud (OMS, 1993) informó que cuatro millones de niños mueren al año como consecuencia de enfermedades transmitidas por la gestión inadecuada del agua, lo cual es consecuencia de la intensificación de la agricultura sobre los ecosistemas.
Finalmente, la desertización, entendida como la acción y el efecto de desertizar, o la conversión de un territorio en desierto, es un fenómeno que encierra procesos complejos que evolucionan por diversos factores y que transforman las características biofísicas de una región (Bermúdez, 2016). La CNULD, principal referente internacional en materia de lucha contra este proceso, ha visibilizado el problema y el impacto sobre la naturaleza y las poblaciones. Asimismo, resulta importante resaltar el papel de la Convención de Cambio Climático y del Convenio de Diversidad Biológica, agremiación que, a través de procesos investigativos propone alternativas para enfrentar el fenómeno. Por todo lo anterior, la degradación de los suelos (figura 4) constituye un problema global con relación directa sobre necesidades primarias insatisfechas, la pérdida secuencial del suelo, la pérdida de la cobertura vegetal y la escasez de flujos hídricos superficiales, entre otras.
Según el informe El estado mundial del suelo (FAO e ITPS, 2015), la degradación del recurso entraña pérdidas de entre 10 % y 17 % del producto interno bruto (PIB) mundial, problema que forzará la migración en la próxima década de unos 50 millones de personas. Las cifras demuestran que, en 2011, por ejemplo, se perdieron 24 millones de toneladas de suelo fértil, lo que equivale a 3,4 toneladas por cada habitante del planeta. Así, si diéramos valor económico, cada persona estaría pagando USD 69,5 al año y, si continuásemos a este ritmo, para el 2050 la superficie de suelo fértil se verá reducida a menos de la mitad (Rekik et al., 2017).
Figura 4. Degradación del suelo

Fuente: elaboración propia.
De la misma forma, la FAO (2015) argumenta que se requiere de 1000 años o más para formar solo 1 cm de suelo, y sin embargo se pierden toneladas en pocos minutos, por degradación y erosión. Dicho organismo afirma además que los suelos son un recurso natural limitado y que su papel en la seguridad alimentaria es crucial. También destaca el rol del recurso en el secuestro de dióxido de carbono, lo que minimiza el cambio climático, y el almacenamiento y la filtración de agua, mejorando la resiliencia de un territorio ante inundaciones y sequías. Ante esta perspectiva, en 2013, en plenaria de la FAO se conformó la AMS, que plantea entre sus objetivos:
•Desarrollar pautas de manejo sustentable del recurso edáfico para los diferentes suelos considerando sus potenciales y limitaciones.
•Fomentar el acceso a la información sobre suelos y defender la necesidad de estudios de suelos, así como la recopilación de datos, para promover la inversión y la cooperación técnica y conservar el recurso en las diferentes regiones.
•Promover la necesaria conciencia pública y gubernamental sobre los suelos mediante el reconocimiento de un Día Mundial del Suelo y la celebración de un Año Internacional de los Suelos.
Como resultado, se estructuró el documento Estado de los recursos del suelo en el mundo (FAO, 2015), donde se plantean las principales amenazas del suelo a nivel global (figura 5) que ponen en peligro las funciones, los bienes y los servicios de los ecosistemas. Así, en el capítulo 12, “Evaluación regional de cambios de suelos en América Latina y el Caribe”, se hace un análisis del estado del suelo en América Latina y el Caribe (ALC) con énfasis en los cambios inducidos por el hombre. Esta región es una de las más ricas del mundo, considerada una despensa agrícola, con 46 % del bosque tropical del mundo y 31 % del agua dulce del planeta, pero ha experimentado cambios acelerados del uso del suelo, especialmente en la selva tropical mediante la tala indiscriminada y la expansión de monocultivos con uso excesivo de agroquímicos, causa de daños ambientales severos (Grau y Aide, 2008; Viglizzo y Jobbagy, 2010). Otra característica importante de esta zona es que la agricultura se inició en la montaña, lo cual aumenta el riesgo de erosión, y la explotación de las tierras más planas comenzó recientemente con la agricultura intensiva, en producción de cereales, leguminosas y otros cultivos, y ya se reportan procesos de degradación.
Lo anterior ha inducido a la pérdida de carbono del suelo (CS), algo que ocurre principalmente después de la deforestación y el cambio del uso de la tierra. En zonas semiáridas y áridas donde se aplica riego, la salinidad y la sodicidad son amenazas importantes. Entretanto, en áreas con uso de la tierra más intenso y el empleo de maquinaria agrícola pesada, se producen compactación, sellamiento, desequilibrio de nutrientes, acidificación, contaminación, pérdida de biodiversidad y contaminación del recurso debido al uso indiscriminado de agroquímicos.
Figura 5. Amenazas del recurso suelo

Fuente: elaboración propia con base en FAO (2015).
En síntesis, los servicios ecosistémicos más importantes afectados en ALC son: (1) la regulación climática a través de los ciclos del carbono y del nitrógeno, especialmente debido a la inmensa tasa de deforestación, sobre todo en la cuenca del Amazonas; (2) regulación del agua, mediante cambios en la cantidad y calidad del líquido, y (3) pérdida de biodiversidad, amenazada por la deforestación y cambio en el uso y la cobertura del suelo (Pennock et al., 2015).
Conviene tener presente que conforme la biodiversidad de climas y geoformas aumenta, los procesos de degradación de hacen más complejos. Esto, unido al cambio de uso del suelo y la deforestación, aumenta la susceptibilidad a erosión, acidificación y salinización, fenómenos que en Colombia se acentúan en los valles interandinos y en la región del Caribe. En el departamento del Magdalena, en particular, es evidente la importancia de identificar alternativas para el manejo sostenible del recurso que resguarden la seguridad alimentaria y ambiental de la zona, pues esta, por su localización y características climáticas (influencia de los vientos alisios, altas temperaturas, entre otras), es altamente vulnerable ante el cambio climático.
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