Kitabı oku: «Estás muerta, nada puede dañarte»

Título original: Nothing Can Hurt You
© Nicola Maye Goldberg, 2020.
© de la traducción: Juan Pascual Martínez Fernández, 2021.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2021.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO844
ISBN: 9788491877899
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
Portada
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Cita
Marianne
Katherine
Juliet
Sam
Gemma
Serena
Tracy
Jessica
Lizzie
Christabel
Luna
Sara
Agradecimientos
Nota
A MIS PADRES
Una tenue luz despunta sobre la bien trazada pradera, detrás de la cama. Él la coge en brazos. Quiere decirle: Te quiero, nada puede dañarte
pero cree
que es mentira, y al final le dice
estás muerta, nada puede dañarte,
lo cual se le antoja
un inicio más prometedor, más verdadero.
LOUISE GLÜCK,
«Un mito de la devoción»*
MARIANNE
Cuando tenía seis años, mi madre me despertó al amanecer y nos llevó en coche hasta un motel en Morristown, Nueva Jersey. Me dormí en el coche y me desperté en una habitación con poca luz que olía a lejía y a naranjas. Estuvimos allí durante casi dos semanas, durmiendo en la misma cama, viendo películas y nadando en la piscina, a pesar de la delgada capa de bichos muertos y de hojas que flotaban en el agua.
En esa época, mi madre se estaba divorciando, no de mi padre, sino de un individuo llamado Dylan Novak. No recuerdo haberle tenido miedo, aunque tal vez debería habérselo tenido. Mi madre se las apañó muy bien para hacer que el tiempo que pasamos en el motel pareciera unas vacaciones, aunque debía de estar desquiciada por el miedo.
No sé dónde está Dylan ahora. En la cárcel, tal vez. O muerto, con un poco de suerte. O asustando de cojones a otra mujer. Mi padre murió cuando yo era un bebé. A veces estoy segura de que la gente lo sabe simplemente con mirarme, como si pudieran sentir esa vulnerabilidad específica. Aunque era demasiado joven para llorar su pérdida, la falta de padre a una la conforma.
Mientras estaba en la universidad, me metí en lo oculto, en cosas como la sociedad secreta de la Aurora Dorada o en los escritos de Madame Blavatsky, y realicé pequeñas sesiones de espiritismo en mi dormitorio. Es una suerte que ninguna secta haya dado nunca conmigo, porque habría sido fácil de reclutar. Mis intentos de hablar con fantasmas me decepcionaron, probablemente porque nunca creí del todo en esas cosas. Lo único que conseguí con las sesiones fue tener pesadillas. Mi padre nunca apareció en esos sueños, pero Dylan sí, riendo con los ojos en blanco.
Poco después de cumplir treinta años, comencé a tener lo que mis psiquiatras llamaron «episodios». Odiaba esa palabra, porque me hacía pensar en las series de risa de la tele. Aun así, nadie me ofreció una alternativa mejor. Era difícil mantenerse en pie o hablar mientras ocurrían, y a veces duraban horas. No lloraba, y llorar probablemente habría sido un alivio. Si estaba en público, me clavaba las uñas en la palma de las manos y me marcaba unas lunas crecientes y estrechas en la carne. Si estaba a solas, mi cuerpo se contorsionaba en unas posturas tan extrañas que nunca habría podido mostrárselo a nadie, con las extremidades enroscadas las unas sobre las otras, como si estuviera tratando de convertirme en mi propia camisa de fuerza.
Al principio solo eran náuseas. Luego venían las imágenes, tan claras como si las estuviera viendo en la televisión. Eran muy violentas. Me veía tendida en un trozo de madera. Entonces la madera se partía por el medio, y yo también, y unas grandes astillas me empalaban. Vi navajas de afeitar enterradas en mi estómago hasta que solo sus mangos plateados eran visibles sobre la piel. Vi cómo mi cráneo se abría igual que un huevo. No eran alucinaciones, porque sabía que no eran reales. Tampoco eran recuerdos, ni sueños, ni cosas que había visto en películas de terror. Era como si alguien hubiera entrado en mi cerebro y las hubiera dejado allí, como fragmentos de vidrio en el suelo. Como agujas.
Estos episodios fueron los que nos llevaron a mudarnos de Nueva York en el otoño de 1997. Hasta ese momento, había visto a tres terapeutas, a dos psiquiatras, a un acupuntor, a un neurólogo, a un hipnoterapeuta y a un maestro de reiki. Nada ni nadie me estaba ayudando. Además, cada vez era más difícil ocultar lo que me estaba pasando. Mis compañeros de trabajo notaron que abandonaba mi escritorio para meterme en el baño durante varias horas seguidas. Mis amigos no tenían claro si podían invitarme a cenas o fiestas porque podría estropearlo todo. Mi marido, cuya amabilidad y generosidad eran sobrehumanas, estaba casi tan agotado como yo.
Así pues, nos mudamos al norte del estado. Fue idea de mi marido. Fue fácil para él encontrar trabajo en un pequeño banco en Rhinebeck. Aunque representó una pérdida importante de prestigio y de dinero respecto al que tenía en la ciudad, me dijo que, como el coste de vida allí era mucho más bajo, no importaba.
Estaba seguro de que el aire fresco y el espacio abierto serían buenos para mí. Estuve de acuerdo. Encontramos una gran casa de estilo victoriano y de color amarillo en las afueras de una ciudad universitaria, con un jardín trasero que se extendía hacia el bosque y más allá, hasta el río.
Se me ocurrieron muchas ideas. Me haría con un perro, uno grande y dulce que pondría la cabeza en mi regazo cada vez que tuviera un episodio. Cultivaría verduras en nuestro jardín trasero y las cocinaría. Sería voluntaria en el hogar para niños discapacitados que estaba a la vuelta de la esquina. Aprendería cosas sobre la medicina natural. Y al menos no tendría que agarrarme a un pilar cada vez que pasara el tren y sintiera un deseo abrumador de saltar delante de él.
—No es bueno para los humanos vivir en las ciudades, Marianne —me dijo mi marido—. No hemos evolucionado para algo así. Hoy en el tren he visto a un hombre sin hogar y medio desnudo que cantaba el himno nacional. Quedarnos aquí nos quita años de vida.
Mi marido estaba tratando de que pareciera que la mudanza era también en su propio beneficio, como si no estuviera haciendo un enorme sacrificio. Ese tipo de amabilidad era típica de él.
El viaje en coche fue muy hermoso y tranquilo. Era un día despejado, lo suficientemente cálido para conducir con las ventanas bajadas. Primero escuchamos Viaje de invierno, y luego mi marido apagó la música para que pudiéramos disfrutar del paisaje de manera adecuada, en un silencio casi reverencial. Todos aquellos enormes árboles, el ancho río azul... hacían que tuviéramos la impresión de que habíamos entrado en un cuadro.
Tuvimos problemas casi de inmediato. El más importante fue que, al haber crecido en la ciudad, no sabía conducir. Empecé a tomar clases, pero me parecía muy difícil. Me resultó sorprendente que tanta gente supiera cómo hacerlo, con tanta facilidad como caminar, cuando a mí me exigía toda mi concentración y algo más. Después de cada práctica, quedaba exhausta y aterrorizada. Hasta me dolía la cara debido a la fuerza con la que apretaba la mandíbula. Y como el profesor me recordó amablemente, la cosa se volvería más difícil cuando hubiera hielo en el camino.
El segundo problema fue el perro. Elegimos uno de un refugio, lo que nos hizo sentir muy bien con nosotros mismos. Era una hembra alta y delgada que pensamos que quizás habían utilizado para competir en carreras, como las de galgos. La llamé Shelley. Los del refugio de animales nos aseguraron que era muy perezosa y cariñosa, que estaría encantada de pasar los días acurrucada conmigo en la casa. Durante las primeras semanas, Shelley se mostró algo nerviosa, aunque ya sabíamos que era normal. Le compré una cama grande y suave y muchos juguetes, y le preparaba la comida yo misma, ya que, después de todo, tenía tiempo.
Realmente me gustaba. Tenía unos enormes ojos oscuros que me derretían por completo. Cuando la llevaba a pasear, los estudiantes universitarios que vivían cerca de nosotros se afanaban por acariciarla mientras me contaban lo mucho que echaban de menos a sus perros, que se habían quedado en casa, y ella les devolvía el afecto con lametones y moviendo la cola.
Pero a mi marido lo odiaba. En el refugio ya nos habían advertido de que a veces se mostraba nerviosa ante la presencia de hombres, tal vez debido a los posibles abusos que había recibido. «Solo tenéis que darle mucho tiempo y espacio», nos indicaron, y eso fue lo que hicimos. Cuanto más le gustaba yo a Shelley, menos le gustaba él. Al principio, cuando él entraba en una habitación ella se escondía debajo de una silla. Luego comenzó a gruñirle y a enseñarle los dientes cuando él se acercaba a mí. Un día, le mordió la mano con tanta fuerza que hubo que ponerle tres puntos de sutura y la vacuna contra el tétanos. Incluso después de eso, si se lo hubiera pedido, mi marido me habría dejado quedármela, pero me sentía demasiado culpable. Decidimos estar un tiempo sin perro y volver a intentarlo más adelante.
La casa tampoco era lo que esperábamos. Tenía un aspecto hermoso e intrincado en el exterior, como una casa de muñecas. Pero en el interior los suelos eran desiguales; las escaleras estaban absurdamente empinadas y las tuberías no eran del todo fiables. Mi marido me aseguró que así eran las grandes casas antiguas, y le creí. Limpié todos los baños con suficiente lejía para matar a una persona, pero siguieron apestando a moho, y me di cuenta de que se debía a las viejas tuberías. Me acostumbré a eso.
También me acostumbré a la forma en que las puertas se abrían y cerraban solas si uno dejaba, aunque solo fuera una ventana abierta. La casa tenía un jardín grande y hermoso. Lo miraba y pensaba que era un desperdicio. Para los niños o los perros, aquel jardín trasero habría sido el paraíso, pero para nosotros no era más que otra tarea a la que había que atender.
Los episodios ya no fueron tan frecuentes. Sucedían solo una o dos veces por semana, a diferencia de las cuatro o cinco veces que ocurrían cuando vivíamos en la ciudad, y cuando lo hacían, no eran tan intensos como antes.
Además, encontré una terapeuta que me gustó, en el centro de Rhinebeck. Pensé que quizá podía resultar un poco excéntrica en su tratamiento, porque había muchas plantas y cristales en su oficina, pero tuve la esperanza de que fueran solo para decorar. Cogía un taxi para verla dos veces por semana. A veces, si podía, mi marido me llevaba en coche. De vez en cuando quedábamos para comer después de mis citas. Incluso había empezado a trabajar un poco en una tienda de segunda mano; no porque necesitáramos dinero, sino para darle a mi vida una pequeña estructura. Así que sentimos que habíamos tomado la decisión correcta al mudarnos allí.
El invierno lo cambió todo. No estábamos preparados. La casa estaba helada. Compramos calentadores eléctricos, pero estaba constantemente nerviosa con la idea de que se cayeran y prendieran fuego a toda la casa con nosotros dentro. Mi marido bromeó diciendo que tendríamos que usar nuestro calor corporal, pero eso no fue suficiente.
A medida que el frío aumentaba, las carreteras se volvieron más peligrosas, y el servicio de taxi que solía llevarme a mis citas se volvió cada vez menos fiable. A mi terapeuta no le importaba que llegara tarde o que algún día no pudiera acudir; sin embargo, aquella situación seguía siendo un problema. También significaba que pasaba mucho más tiempo sola en aquella casa fría, que ahora que no tenía un perro para protegerme y consolarme aún me parecía más espeluznante.
Un día, a principios de diciembre, mi marido me llamó desde el trabajo. Quería llevar a uno de sus amigos a cenar esa noche, ¿vale? No tenía ganas de conversar con un extraño, y nuestra casa todavía estaba llena de cajas de cartón. Pero no tenía muchos motivos para negarme. En realidad, no tenía nada mejor que hacer que cocinar para tres en lugar de para dos.
El amigo, Ted Simpson, era un compañero del banco y estaba angustiado. Había faltado al trabajo todos los días que había podido permitirse, y después, cuando llegó a la oficina, se mostró distraído y deprimido. Mi marido trató de intervenir en su favor, para que tuviera más días de baja, pero no lo logró.
Su hija, Meadow, de quien había estado separado durante muchos años, había desaparecido. Había estado entrando y saliendo de varios centros de rehabilitación y de casas de acogida desde que era una adolescente, pero ahora realmente había desaparecido. Ted estaba agotado de conducir todas las noches por las peores zonas de Kingston y Poughkeepsie.
La madre de Meadow había muerto cuando la niña aún iba al jardín de infancia. Creo que mi marido esperaba que mi falta de padre y la falta de madre de Meadow crearan algún tipo de vínculo, y que pudiera ofrecerle algo de consuelo a Ted. No pude. Apenas fui capaz de cocinarle una cena comestible.
Mientras comíamos, mi esposo y Ted hablaron de Meadow en voz baja y solemne. Mi esposo hizo muchas preguntas sobre Meadow. Quería saber cuánto tiempo había pasado desde su desaparición, qué estaba haciendo la policía, y si Ted pensaba que era suficiente. Preguntó si se ofrecía alguna recompensa a quien aportara información. Tal vez el banco podría ofrecer una. Si no, tal vez podrían organizar algún tipo de recaudación de fondos. Pensé que quizá Ted ya estaría harto de responder preguntas como esas, pero pareció agradecido por tener la oportunidad de hablar sobre su hija. Sospeché que la mayoría de la gente de su vida simplemente no quería escuchar nada sobre un tema tan sombrío.
Admiré el modo en que mi marido se mostraba práctico y preocupado a la vez. Deseé parecerme más a él, pero tenía mucho frío y estaba muy cansada. Seguía viendo la imagen de mí misma con todas mis extremidades fusionadas, como un muñeco de trapo mal cosido.
Mientras hablaban, seguí rellenando sus copas de vino. Me senté con mi expresión facial más dulce y cálida, porque esperaba que Ted me mirara y viera una imagen de consuelo. Mi marido me preguntó si yo podría ayudarlos a organizar una recaudación de fondos y le dije que sí, que por supuesto, que estaría más que encantada de hacerlo. Lo cierto era que me estaba esforzando todo lo que podía. Ted se marchó a medianoche, más o menos. Mi marido se duchó y se durmió de inmediato, a causa de todo el vino. Permanecí despierta hasta el amanecer, mirando su cara amable e inconsciente.
Tres semanas más tarde, Ted volvió a cenar. Esta vez pedí comida de un restaurante, porque no quería someter a un hombre tan entristecido a mi cocina. Mi esposo y yo tuvimos una pequeña pelea sobre eso. Pensó que estaba siendo un poco perezosa. «¿Qué haces durante todo el día para que ni siquiera puedas cocinar una cena en condiciones?» era probablemente la pregunta que tenía en la cabeza. Cuando se lo expliqué, me tomó en sus brazos y me besó la parte superior de la cabeza.
—Dudo que Ted tenga mucho apetito en estos días. La comida es solo una formalidad.
Cuando llegó, Ted ya estaba un poco borracho. ¿Quién podía culparlo?
—Llamo a la policía todos los días. A la local y a la estatal, para ver si hay novedades. Me hablan como si fuera idiota. Quiero gritarles: «¡Que os pago el sueldo! ¡Que trabajáis para mí!». Pero no me puedo permitir el lujo de ponerlos en mi contra —nos explicó Ted.
Era un hombre grande, de unos cincuenta años, que había perdido el pelo en la parte superior de la cabeza, de modo que se parecía un poco a un payaso. Nos sentamos en la cocina porque en el comedor grande hacía demasiado frío. Ted se puso la chaqueta.
—Es una desgracia —respondió mi marido.
Él tenía la intención de escribir cartas y realizar algunas llamadas telefónicas. Era un hombre que creía que la mayoría de las cosas podían resolverse mediante cartas y llamadas telefónicas.
De vez en cuando, Ted intentaba mantener una conversación normal y me preguntaba sobre la casa o si echaba de menos la ciudad. Yo le respondía de forma educada y breve. Sabía que, en realidad, no quería hablar de nada de eso. Meadow llevaba desaparecida tres meses.
Después de la cena pasamos del vino al whisky. Se suponía que yo no debía beber ningún tipo de licor fuerte a causa de mis medicamentos, pero mi marido no dijo nada y me lo tomé con cuidado. Estaba claro que Ted estaba demasiado borracho para volver conduciendo a casa, así que le preparé una cama pequeña en la habitación que a veces mi marido usaba como despacho. Había un sofá grande y cómodo en la planta baja, pero temía que la estancia se enfriara demasiado.
Alrededor de la una de la madrugada, mi esposo ayudó a Ted a subir. Era difícil estar segura en la penumbra, pero me pareció que quizás había estado llorando.
—Espero que puedas descansar —le dijo mi esposo—. Buenas noches.
La idea de que hubiera un hombre adulto durmiendo en nuestro futón chirriante y endeble, en una habitación todavía llena de cajas sin vaciar, me puso muy triste. Bajé las escaleras para ver si podía encontrar más mantas o almohadas para que estuviera más cómodo. Encontré una manta de lana, un regalo de bodas, que a veces usábamos cuando veíamos la televisión. Decidí ofrecérsela.
Llamé a la puerta.
—Adelante —dijo Ted.
Estaba sentado en el borde del futón. Se había quitado los zapatos, pero todavía estaba completamente vestido. Podría simplemente haberle entregado la manta, pero en lugar de eso se la puse sobre los hombros. Mientras lo hacía, me atrajo hacia él y me metió la mano fría bajo la falda.
Era un viejo cansado y borracho, y podría haberlo detenido con una simple bofetada, pero no lo hice. Miré alrededor de la habitación, como si esperara a alguien que pudiera decirme que sí, que aquello estaba sucediendo realmente. Pero, por supuesto, solo estábamos nosotros dos.
Me apretó muy fuerte. Más tarde pensé que debía de haber sido el dolor, más que cualquier otra cosa, lo que le interesaba. Solo me quedé allí. Una parte de mí sentía pena por él, y otra parte de mí sentía miedo. Ninguna de mis dos partes pudo moverse. Después de lo que pareció mucho tiempo, retiró la mano y se apartó de mí.
Fui a ducharme. Mi esposo ya estaba dormido. Me di cuenta de que lo que más me había molestado no había sido el dolor, sino la certeza de Ted de que yo no gritaría. Así de seguro estaba de mi pena y mi vergüenza. Mientras me arrastraba a la cama en la oscuridad, me aterrorizó pensar en lo que me mostraría mi cerebro. Pero solo hubo vacío.
Había caído tanta nieve durante la noche que Ted no pudo sacar su coche de nuestra entrada. Él y mi esposo se pasaron todo el día viendo la televisión, jugando al Risk y bebiendo whisky. Comieron las sobras. Fingí estar ocupada en la cama con un libro, cuando realmente estaba sentada con el vacío. Por primera vez, eché de menos mis visiones. Quería ver cómo se partía la cabeza de Ted, quería verme sacándole el cerebro con las uñas. La nieve tardó dos días en derretirse. Ted sugirió llamar una grúa, pero cuando mi esposo dijo que podía quedarse con nosotros sin ningún problema, para descansar un poco, aceptó encantado.
El tercer día preparé el desayuno, un desayuno realmente bueno, con patatas fritas caseras, beicon, huevos y tomates. Todos nos sentamos a comer, a hablar y a leer el periódico. Cuando mi marido se levantó para ir al baño, me incliné y le susurré al oído a Ted:
—Tu hija está muerta. Todo el mundo lo sabe. La violaron, la mataron y la dejaron en un callejón como si fuera basura.
Luego limpié mi plato y subí las escaleras.
Aproximadamente una hora después, mi esposo entró en nuestra habitación sin llamar.
—Marianne, ¿qué te pasa? —me preguntó.
La pregunta no era retórica. Me quedé callada.
—¿Qué clase de persona dice algo así?
Parecía estar al borde de las lágrimas, y eso que me sacaba una cabeza.
No pude responder. No pude decirle lo que Ted me había hecho, aunque eso me hubiese ayudado a que me perdonara. Pero cuando lo miré a la cara no vi ni una pizca de amor o de afecto. Me estaba mirando como si estuviera tratando de averiguar exactamente cuánto había destrozado su vida por mi bien, y cómo iba a arreglarlo. Parecía que me quería muerta.
—Voy a dar un paseo —fue todo lo que dije.
Me puse las botas y un abrigo que no abrigaba lo suficiente y me fui al bosque. La nieve derretida había dejado el suelo fangoso, pero todavía era hermoso, una manta limpia colocada sobre el mundo. «Así que es por esto por lo que la gente vive aquí», pensé.
Cuando llegué al río, vi a una niña, de carne blanca y azul, medio cubierta de tierra y hojas. Supe de inmediato que estaba muerta, pero no estaba segura de si era real o no. Me arrodillé a su lado y me quité el guante para tocarle la cara. Luego volví corriendo a casa para llamar a la policía.
Cuando llegué a la casa, tanto el coche de mi esposo como el de Ted ya no estaban. La calefacción estaba apagada. Temblaba tanto que me resultó difícil marcar los números. Cuando llegó la policía —dos hombres de uniforme—, no me había calmado. Hablar me pareció tan doloroso y antinatural como arrancarme los dientes. Me preguntaron si podía llevarlos hasta el cuerpo. Les dije que lo intentaría. Mientras me seguían por el bosque, me pregunté si pensaban que estaba loca. Cuando llegamos al sitio, sentí una punzada de triunfo. Luego vomité sobre uno de los agentes.
No fue hasta algunas semanas después, mientras vivía con mi madre, cuando supe quién era. Se trataba de una chica universitaria llamada Sara a la que había asesinado su novio. Temía que me llamaran para testificar, que tuviera que decirles cómo la encontré.
Si lo hubiera hecho, podría haberles dicho que lo que sentí cuando vi su cara congelada no fue miedo ni asco. Fue alivio. Duró tan solo un momento, pero fue tan profundo que rayaba en la alegría.
KATHERINE
Había partes de Florida que realmente parecían el cielo. Katherine las había visto en el camino desde el aeropuerto. El Paradise Lake Recovery Center se parecía más al edén, después de que Dios, el hombre y los animales más sensibles lo hubieran abandonado. Toda la propiedad estaba cubierta de banianos, también conocidos como higueras estranguladoras, según su compañera de cabaña Rachelle. Katherine lo encontró apropiado y perturbador. Aunque el personal del lugar trataba de mantener el césped de estilo urbano que había alrededor de cada una de las cabañas y los edificios principales, la hierba siempre tenía un aspecto irregular y fangoso, con extrañas malezas que crecían de un modo desafiante alrededor de los bordes.
La página web del Paradise Lake prometía un ambiente «de campamento» que a Katherine no le pareció muy atractivo. Siempre había odiado los campamentos de verano. Había seis cabañas femeninas y cinco masculinas, cada una con cuatro residentes. Katherine nunca había estado dentro de las cabañas masculinas, conforme a las estrictas pautas del lugar, pero no creía que tuvieran un aspecto muy diferente. Tenían una decoración vagamente rústica, pero gracias a Dios con todo limpio, con paredes blancas y muebles de Ikea. Su cabaña incluía cuadros enmarcados del océano y cojines decorativos bordados con la oración de la Serenidad. ¡VIVE, RÍE, AMA!, ordenaba una placa de pared de hierro forjado. Katherine no era una persona violenta, pero estaba un poco sorprendida de que nadie más hubiera intentado golpear a otra persona con aquello si se tenía en cuenta que estaba colgada de la pared simplemente con una alcayata. Permaneció allí durante toda su estancia de cuatro meses. Incluso con las luces apagadas, todavía era capaz de distinguir su vago perfil burlándose de ella.
Cuando llegó, Katherine tenía veintiocho años, o sea que era bastante joven para ser una alcohólica. «Prácticamente soy una chica prodigio», les dijo a sus padres por teléfono. No se rieron. Katherine odiaba descender de gente tan carente de humor. Cuando le repitió la misma frase a Blake, él la llamó la Mozart del abuso de sustancias.
Si hubiera conocido a Blake en una fiesta o en un bar, a Katherine le habría gustado mucho. Ayudó que fuera apuesto como una estrella de cine, el tipo de hombre apuesto que hacía que el aire se estremeciese en la habitación cuando entraba. Como lo conoció en rehabilitación, donde no estaba permitido intimar con nadie, lo amó de inmediato.
Era extraño la gente que podía acabar gustándole a alguien en un lugar como aquel. Una de las personas favoritas de Katherine era un antiguo chico de fraternidad, gordo y pelirrojo llamado Jimmy, que estaba en rehabilitación en lugar de en la cárcel después de emborracharse y matar a una mujer con su coche. Procedía de una familia acomodada, y la sentencia había causado una gran indignación en la ciudad de Georgia donde sucedió. Incluso hubo una petición para expulsar al juez del caso. En diferentes circunstancias, Katherine probablemente la habría firmado. Por supuesto, Jimmy merecía ir a la cárcel. Pero era amable y hacía bromas muy divertidas a costa de los terapeutas, por lo que Katherine se alegró de que no hubiera ido.
—No eres una buena persona. —Esa fue una de las primeras cosas que el terapeuta principal de Katherine, Arthur, le había dicho—. Una vez que superes eso, podrás descubrir cómo ser funcional.
Arthur tenía sesenta años, pero parecía mayor. Daba la impresión de que había muerto de viejo y había resucitado con el único propósito de gritar a los que sufrían algún tipo de adicción. De todos los terapeutas que había en Paradise Lake, era al que Katherine odiaba más, a pesar de la gran competencia que había al respecto. Era un capullo, y la hacía llorar durante casi todas las sesiones. Le hablaba como si fuera la peor persona del mundo, como si hubiera ahogado a bebés en una bañera o incendiado una residencia de ancianos.
Katherine prefería a Lucy, que dirigía su grupo matutino y que comenzaba y terminaba cada reunión con una plegaria, a pesar de que Paradise Lake era técnicamente un centro de tratamiento laico. Lucy tenía el pelo muy rizado y unos ojos enormes que hacían que pareciera que la habían electrocutado un poco antes. Raramente daba consejos, solo escuchaba con atención y de vez en cuando hacía callar a una persona que estaba interrumpiendo el relato de otra. Katherine siempre salía del grupo de la mañana un poco más tranquila que antes, lista para hacer un collage o salir a caminar por la naturaleza o cualquier otra actividad de nivel preescolar que se le requeriría ese día.
Arthur, sin embargo, era conocido por obtener resultados. Al menos dos antiguos residentes les habían puesto su nombre a sus hijos. Katherine se imaginó a los pequeños Arthur corriendo por todo el país, con los cordones de los zapatos desatados y gritando frases motivadoras en los parques infantiles.
Algunas de las personas en Paradise Lake eran glamurosas en cierto modo. Incluso había una famosa cantante de country, pero se fue un par de días después de la llegada de Katherine. Una de las chicas de más o menos la misma edad que Katherine era una heredera que de niña vio a su padre matar a su madre. Él le golpeó la cabeza con la punta de un martillo. «Papá la pintó de rojo», le dijo a la policía. Se llamaba Carmen, y estaba exactamente tan jodida como Katherine habría esperado, pero también era una especie de cabrona, ya que siempre murmuraba cosas malas en voz baja durante la reunión del grupo y se negaba a compartir sus cigarrillos.
Blake era, relativamente hablando, bastante similar a Katherine. También había crecido en un barrio residencial de una ciudad: ella en Oregón, él en Maine. Le gustaba leer, y a veces intercambiaban libros. Le prestó sus libros de Dostoievski y de Céline y los de muchos otros autores que Katherine había fingido leer en la universidad. A cambio, ella le prestó una biografía de María Antonieta, que disfrutó a pesar de que le hizo tener sueños extraños sobre que le cortaran la cabeza.
Él la llamaba Katie, algo que a ella le parecía encantador. Incluso cuando era niña, siempre había sido Katherine, o a veces Kat. Blake debió de pensar que era un nombre que le pegaba.
Una vez, cuando la encontró llorando después de una sesión agotadora con Arthur, le dijo: «Si me pareciera a ti, nunca estaría triste».
Fue el mejor cumplido que jamás hubiera recibido, y el más extraño. Katherine sabía que no era hermosa, aunque sospechaba que lo había sido una vez. Ahora tenía la cara hinchada y llena de cicatrices por el acné, y el sol de Florida le había decolorado el cabello de una manera que le daba la sensación de parecer una calabaza. Por un segundo se preguntó si Blake se estaría burlando de ella. Pero la forma en que mantuvo su pálida mirada fija en ella le indicó lo contrario.
Los ojos de Blake eran de un azul intenso. «Enloquecidos», los llamó Rachelle, pero a Katherine le gustaron. Nunca había visto a un chico con unos ojos tan bonitos.
Todo el mundo chismorreaba en Paradise Lake, porque a pesar de la piscina, la pista de tenis y la infinita oferta de talleres y actividades similares, realmente no había nada mejor que hacer. Así fue como Katherine descubrió que Blake había asesinado a alguien.
Carmen se lo contó una semana antes de que Katherine se fuera. De alguna manera, Katherine reveló que le gustaba Blake, ya fuera mirándolo demasiado o riéndose de uno de sus chistes, y Carmen se dio cuenta.
—¿No sabes lo que hizo? —le preguntó a Katherine mientras esperaban en la cola para el postre, que eran porciones de brownie, innecesariamente dispuestas en forma de corazón.
—No —respondió Katherine sin mirar a Carmen, sin querer darle esa satisfacción.
—¿Quieres saberlo? Quizá no quieras saberlo. Es bastante desagradable.
—O me lo dices o no me lo dices.
—Mató a su novia con un cuchillo. La llevó al bosque y le cortó el cuello —le explicó Carmen, imitando el acto, por si Katherine no lo entendía. Carmen todavía tenía el cabello de una niña rica, que le caía en suaves ondas doradas sobre los hombros, pero tenía los dientes podridos—. Simplemente la dejó allí para que se muriera. Tardaron dos días en encontrarla.
Katherine tenía un millón de preguntas. El acceso a internet estaba estrictamente prohibido en Paradise Lake, lo que significaba que tendría que fiarse de Carmen para conseguir respuestas.
—¿Dos días? —dijo estúpidamente, como si esa fuera la parte más interesante de la información.
—Sip.
Carmen frunció el ceño. Probablemente se había esperado una reacción más extrema.
—Qué jodido —comentó Katherine con voz tranquila.
—Sip. Sí que lo es. ¿Tienes un pitillo?
El lema oficial de Paradise Lake era «Un lugar para la curación». Sin embargo, su verdadero lema era «La gente herida hiere a la gente». Katherine se preguntó de dónde procedía esa primera herida. Se imaginó que se acumulaba en el centro de la Tierra, como el petróleo.
Durante la sesión de yoga, Katherine decidió averiguar si Jimmy, que compartía una cabaña con Blake, sabía algo sobre él.
—¿Sabes por qué está aquí? —le preguntó mientras hacían la postura del perro boca abajo.
—Depresión, dijo —respondió Jimmy. Giró la cara, roja del esfuerzo, hacia ella—. ¿Por qué lo preguntas?
—Solo por curiosidad. Carmen me dijo que mató a alguien.
—¿De verdad? Joder —dijo Jimmy, que parecía un poco impresionado.
—Igual se lo ha inventado.
—A Carmen le encanta mentir —reconoció Jimmy—. Pero tendría sentido. Tal vez lo hizo, luego se sintió superculpable, trató de quitarse la vida y ahora está aquí.
Katherine tuvo la tentación de decirle: «Tú sí que sabrías lo que es sentirse superculpable», pero, en cambio, exhaló y se puso en la postura del gato.
La peor parte de la rehabilitación, además de todas las reglas, era que la gente decía estupideces de mierda todo el tiempo y no se permitía que nadie se burlase de ellas. A Katherine le preocupaba que ella misma empezara a decir estupideces y que no se diera cuenta, porque nadie se lo diría. Fue algo estresante. En el grupo nocturno, un antiguo adicto al crack de mediana edad llamado Billy dijo, con total seriedad: «Estoy interesado en cosas interesantes. Como la neurociencia, o cómo la luna parece una cara».
Todos asintieron y murmuraron su conformidad, y Katherine tuvo ganas de gritar. Llevaba allí cinco meses y le quedaban tres días.
Después de la sesión de grupo, rechazó la invitación de Lucy de ir al taller de manualidades, y en vez de eso se dirigió a la piscina. Nadie nadaba en ella porque nadie la limpiaba, y no había necesidad de hacerlo porque nadie nadaba en ella. Era una representación de tres metros por seis de la locura humana, cubierta de algas.
Katherine se subió la falda y metió los pies en el agua. Era asqueroso, pero, aun así, se sentía bien. Se quedó allí sentada un rato, fumando cigarrillo tras cigarrillo, mirando las estrellas y tratando de no desesperarse.
—Hola —dijo Blake a su espalda.
—Hola.
Katherine miró a su alrededor. Era raro que los residentes masculinos y femeninos se quedaran juntos a solas, incluso en un entorno tan profundamente poco atractivo como aquel. Por lo general, un miembro del personal solía intervenir. Quizá todos estaban ocupados. O tal vez, debido a que Katherine se iría tan pronto, simplemente se habían rendido con ella. Tenían que priorizar, después de todo. Blake se sentó a su lado, con las piernas cruzadas.
—Tuve un sueño contigo, Katie. Tenías alas. Pero eran del tamaño de un pájaro. Ya sabes, pequeñas. En medio de la espalda. No podías volar, pero vacilabas de ellas igualmente.
Katherine sintió un escalofrío de placer en la espalda, justo en el punto donde estarían las alas del sueño. Movió los pies en el agua, y se quedó mirando las ondas.
—¿De qué color eran?
—Verdes.
—¿Como las de un loro?
—Supongo.
—Eso es bueno. Podrían haber sido pequeñas alas gruesas de paloma gris.
Gracias al nuevo cóctel de medicamentos de los psiquiatras de Paradise Lake, Katherine ya no recordaba sus sueños, de lo cual se alegraba, porque si los recordara tendría que contarle a Arthur lo que había soñado sobre él. Sabían muy bien lo que estaban haciendo, los doctores, aunque uno se preguntara cómo habían terminado en medio de Florida y atendiendo a drogadictos.
Observó cómo Blake se quitaba los zapatos y se enrollaba los dobladillos de sus vaqueros, y sintió otro escalofrío. Excepto las veces que había estrechado la mano a Arthur al comienzo de cada sesión, ya habían pasado tres meses desde que alguien la había tocado. No era natural, pensó. Aquello era suficiente para volver loca a cualquier persona, incluso en las mejores circunstancias. Cuando saliera de allí, escribiría una carta a Paradise Lake diciéndoles precisamente eso.
—¿Alguna vez lo has intentado? —le preguntó, señalando a la multitud de personas a caballo que se veían a lo lejos.
—¿La terapia equina?
—No, escapar a caballo.
Katherine se echó a reír.
—No. No me gustan los caballos. Son enormes y huelen igual que su propia mierda.
—Cierto. Menos mal que son vegetarianos, ¿verdad?
—¿Qué?
—O sea, ¿y si comieran carne? Eso sería realmente aterrador.
—Oh, mierda. ¡Nunca se me había ocurrido algo así! Mierda. Es una idea muy jodida.
Ambos se rieron.
—¿De verdad mataste a tu novia? —le preguntó, tratando de poner un tono de voz despreocupado y coqueto, aunque hacía mucho que no lo practicaba. Le salió una voz tonta, aguda, y se encogió sobre sí misma al oírla.
—Sí.
—¿En serio?
—En serio. Me había tomado un ácido. Sufrí alguna clase de episodio psicótico. Fue como si fuera otra persona, como si estuviera viendo a alguien hacer aquello tan terrible. Cerré los ojos para no tener que verlo. Y luego, cuando los abrí de nuevo, estaba en una celda de la cárcel.
No parecía enojado, ni siquiera ofendido, por la pregunta, que es lo que Katherine se había esperado. Tampoco sonaba especialmente arrepentido.
—¿Cómo era ella?
—Encantadora. Muy inteligente, muy dulce. Era una magnífica pintora. Te hubiera caído bien. Le caía bien a todo el mundo.
Dijo todo aquello sin ninguna emoción perceptible, sin devolverle la mirada a Katherine. Ella se removió, tratando de mantener la cara sin hacer ningún gesto. Después de todo, ¿cómo se suponía que se debía hablar de una chica a la que habían apuñalado hasta matarla?
—¿La echas de menos?
—Cada segundo de cada día.
Eso, al menos, sonó sincero.
—¿Por eso te hicieron venir aquí? ¿Porque mataste a alguien?
—No. Nadie me obligó a venir aquí. Fue idea mía. He estado deprimido, terriblemente deprimido, durante mucho tiempo. Pensé que aquí podrían ayudarme.
Así que Jimmy estaba en lo cierto, en parte al menos.
—¿Por qué no fuiste a la cárcel?
—Me declararon no culpable debido a una locura transitoria. —Soltó una risa corta y hueca—. No es que quiera presumir ni nada de eso, pero es un veredicto muy poco habitual. Como el de..., creo que somos yo y esa señora que le cortó la polla a su marido.
Katherine hizo una mueca.
—¿Cómo lo conseguiste, entonces?
—Verás, tenía un abogado bastante bueno, y no tenía antecedentes penales. Creo que el juez se dio cuenta, ya sabes, de que realmente la quería. De que nunca le habría hecho algo así si hubiera estado en mi sano juicio. Y bueno, ya sabes, probablemente ayudó mucho que yo sea blanco.
«Vaya, genial. Un asesino racialmente concienciado», pensó Katherine.
—Estuve en un hospital psiquiátrico durante dos meses. Dios, si crees que aquí te has encontrado con algunos bichos raros…
Sonrió, y lo hizo con el tipo de sonrisa por la que Katherine siempre había sentido debilidad: ancha y con aspecto de disculpa a la vez, y que reveló un solo hoyuelo en el lado izquierdo de su rostro.
—Vaya —dijo, y movió los pies en círculos alrededor del agua sucia, sin mirarlo—. ¿Por qué llevabas un cuchillo? —le preguntó al cabo de unos momentos—. ¿Dónde lo conseguiste?
—¿El cuchillo? —Pareció confundido durante un momento—. Ah. Era de mi amigo Sam. Le gustaban mucho las actividades al aire libre, el senderismo, todo eso. Era un cuchillo de supervivencia.
—Eso es un poco irónico —comentó Katherine.
Su rostro se ensombreció. Parecía más triste que enojado, y Katherine se sintió tan avergonzada que en su prisa por cambiar de tema no se dio cuenta de que realmente no había respondido a su pregunta.
Blake siguió hablando.
—Cuando salí del hospital, regresé a mi casa. Ninguno de mis viejos amigos quería tener nada que ver conmigo. Y lo entiendo. Incluso mi familia se sentía nerviosa conmigo cerca. Soñaba con Sara todo el tiempo. Pesadillas, de verdad. Llegué a un punto en el que apenas era capaz de distinguir cuándo estaba durmiendo y cuándo estaba despierto, porque estaba cansado de cojones. Y no podía hablar con nadie sobre eso.
Katherine asintió con la cabeza. Por extraña e incomprensible que fuera el resto de su historia, ella sabía muy bien lo que era estar tan solo.
—Soy alcohólica —dijo, aunque probablemente él ya lo sabía—. Yo era muy fiestera en la universidad. Tenía muchos amigos. Nos divertíamos mucho. Pero luego todos los demás maduraron y siguieron adelante, y yo no.
Se sintió estúpida después de decirlo —¿por qué estaba tratando de convencerlo de que tenían algo en común?—. Pero asintió y dijo amablemente:
—Es muy duro lo de sentirse solo.
—¿Estar aquí es bueno para ti? ¿Te ayuda?
—Sí. Me gusta la rutina. Me gusta hablar con la gente. Me gusta hablar contigo.
—Antes de venir aquí, me emborraché tanto que casi me muero. En el hospital, dejé de respirar dos veces. —Hizo una pausa—. Estuve legalmente muerta. —En realidad, no estaba segura de los parámetros legales precisos de la muerte, pero estaba bastante segura de que estaba diciendo la verdad—. Pero no es por eso por lo que vine aquí. Vine aquí porque mis padres me dijeron que dejarían de enviarme dinero si no lo hacía. Tenía más miedo de no tener dinero que de estar muerta.
Él asintió lentamente.
—Eso tiene sentido, en realidad. A menudo, la muerte es demasiado abstracta para que las personas la procesen por completo. Especialmente la gente joven. El dinero es más real.
Blake tenía razón, por supuesto. Ella sintió un pequeño desahogo en el pecho, como si se hubiera abierto una ventana y entrara una corriente de aire fresco.
Años atrás, mientras se tomaba un descanso de la universidad, Katherine trabajó en una librería en su ciudad natal. Un día, una mujer entró con la intención de comprar libros para enviárselos a alguien que estaba en la cárcel. Todo el proceso fue complicado, pero siendo las buenas liberales que eran, Katherine y su compañera de trabajo la ayudaron a escoger. Los libros que eligió fueron La memoria de las piedras y Ámsterdam. Más tarde, la compañera de trabajo de Katherine buscó el nombre del destinatario y descubrió que estaba cumpliendo diez años de condena por la violación de una niña de trece años.
—Bueno, al menos no le envió Lolita —comentó Katherine con un tono de voz quizás un poco demasiado despreocupado. «Hacer algo malo no lo convierte a uno en una mala persona», había dicho Lucy más de una vez. Era algo tranquilizador, pero, en algún momento, debía de dejar de ser verdad. Debía de haber un cierto umbral de cosas malas que, de hecho, se reflejara en la personalidad de la gente. En realidad, lo que ocurría era que nadie estaba verdaderamente cualificado para tomar esa decisión.
¿Y qué había del perdón? Ciertas cosas tenían que ser imperdonables, de lo contrario todo el concepto no tenía sentido.
Katherine nunca le había cortado el cuello a nadie, ni había atropellado a alguien con un coche. Seguía siendo egoísta, impulsiva, destructiva, una vergüenza para su familia, una niña pequeña dentro del cuerpo de una mujer adulta. «Hay tiempo más que suficiente para la redención. Por eso tienes tanta suerte de haber llegado aquí cuando todavía eres joven», le dijo Arthur en más de una ocasión.
Entonces, ¿qué? ¿Es que debía pasar el resto de su vida como voluntaria en unos putos comedores populares?
—Bueno, estaba pensando más en la línea de conseguir un puñetero trabajo —le respondió Arthur.
Un trabajo. Algo tranquilo, tal vez en una biblioteca. O en la consulta de un veterinario. Siempre le habían encantado los animales, y tal vez podría acostumbrarse al olor. Un trabajo, las reuniones de Alcohólicos Anónimos, un pequeño apartamento de mierda con plantas en el alféizar de la ventana, nuevos amigos, un gato tal vez, cena con sus padres todas las semanas, compras, lavandería, y quedarse dormida frente al televisor.
Día a día, así era como se suponía que debían vivir los adictos, y Katherine tuvo que admitir que había cierto atractivo en eso. ¿Quién no podía sobrevivir a un día? Pero los días se convertirían en semanas, en años, en vidas, y un día uno estaría muerto, sin nada que mostrar a su favor excepto que tal vez no había matado a nadie, joder.
Perdonó a Blake, pero aquello fue irrelevante. No lo perdonó porque se lo mereciera, sino porque lo quería, y probablemente solo lo quería porque era guapo y amable con ella y también porque estaban atrapados juntos en aquel infierno lleno de santurronería. Por mucha alegría que le hubiera proporcionado, no podría igualar la tristeza que le produjo a los demás. Arthur diría que no se trataba de una ecuación tan precisa. Pero, aun así, era una que valía la pena considerar.
Katherine dejó Paradise Lake y regresó a Oregón, a la casa de sus padres. Entre ella y su padre pusieron un camastro y un pequeño escritorio en el ático para que pudiera tener un poco de privacidad mientras vivía con ellos. También pintaron las paredes de blanco, con un borde azul. Le recordó, y no de un modo desagradable, a la habitación de un bebé.
Consiguió trabajo en una zapatería. Para su sorpresa, descubrió que le gustaba trabajar allí. Le gustaba charlar con los clientes, sonreírles y elogiarlos. Lo cierto es que esa constante fachada de felicidad hizo que se sintiera un poco más feliz. Probablemente, Arthur tendría algo que decir al respecto. Iba a las reuniones de Alcohólicos Anónimos dos días a la semana. A veces tomaba el autobús, y otras veces su padre o su madre la llevaban.
El primer día que sus padres la dejaron sola en la casa, se conectó a internet para buscar información sobre la chica que Blake había matado. No había casi nada al respecto. ¿Es que acaso los universitarios asesinaban a sus novias con tanta frecuencia que algo así ya no merecía la pena ser noticia? Tardó veinte minutos en encontrar un artículo del Dutchess County Weekly. «Declaran loco al acuchillador universitario», decía el titular. El artículo entero se encontraba en una página web de pago. Katherine intentó registrarse para un período de prueba gratuito, pero el sitio pedía una tarjeta de crédito para ello. Ella no tenía ninguna tarjeta de crédito. Sus padres se la habían confiscado dos años antes, y guardaban sus tarjetas de crédito en una caja fuerte o las llevaban encima en todo momento.
Tuvo que esperar hasta que su hermana, Eleanor, viniera a visitarla. Eleanor, su esposo y su hijo de cinco años, Jackson, durmieron en la habitación de Katherine, y ella instaló una cama hinchable en el despacho. Durante el día, ella jugaba con Jackson, quien estaba interesado principalmente en los muchos números del National Geographic Kids que se había traído. Katherine se lo sentó en su regazo en la sala de estar y leyó página tras página los datos de muchos animales del zoológico.
Por la noche, cuando todos dormían, Katherine entró de puntillas en su habitación, en cuya puerta del armario colgaba el bolso de su hermana. Sacó la billetera sin hacer ruido. Una vez segura en el despacho, dejó el efectivo donde estaba y usó la tarjeta de crédito de su hermana para suscribirse al periódico.
A pesar de su título de película de terror, el artículo fue decepcionante. Confirmó lo que Carmen le había dicho: que Blake mató a su novia en el bosque con un cuchillo. «Esto no tiene un final feliz —dijo uno de los fiscales—. En este caso, la culpa con la que vivirá el señor Campbell durante el resto de su vida es un castigo más que suficiente». También citaban al abogado de Blake, que llamaba al asesinato «una tragedia». El artículo decía que durante el juicio había llorado y que se había disculpado con la familia de su novia muerta. Katherine se preguntó cómo habrían reaccionado ante eso, cómo se sintieron. Por supuesto, era imposible de imaginar. Debieron de ponerse furiosos al ver que quedaba en libertad. A menos que creyeran que realmente no había tenido la intención de hacerlo, que se trataba de una tragedia y no de un crimen. ¿Con cuál de las dos posibilidades era más fácil convivir?
Mientras estaba tumbada en su cama hinchable, Katherine pensó en Blake. Lo echaba de menos. Tenía ganas de contarle todos los detalles aburridos de su vida, y que él dijera cosas extrañas sobre ellos. Le resultó muy sorprendente lo mucho que lo echaba de menos. Le recordó al campamento de verano que había odiado de niña, a las ganas que tenía de volver a casa. Se sentía tan horrible y tan sola como en aquel entonces, sentada en la litera superior, escribiendo cartas a sus padres, suplicándoles que la llevaran de vuelta a casa.
Recordó un artículo de una revista que había leído sobre las mujeres que habían escrito cartas a Charles Manson cuando estaba en prisión y le proponían matrimonio. Era tan patético que resultaba repulsivo. Pero Blake no era como Manson. Solo había matado a una persona, y ni siquiera había sido a propósito, en realidad, no. Se le ocurrió que tal vez la diferencia entre un asesino y un homicida era si uno puede perdonarlos o no.
No era aquella una conversación que quisiera tener consigo misma. Simplemente quería ver los ojos de Blake, y si no podía hacer eso, decirle que estaba volviendo a tener sueños, cosas alegres que no significaban nada más que un alivio, una señal de que su cerebro volvería a pertenecerle en muy poco tiempo.
Katherine cogió el móvil de su madre, conectado en su cargador de la cocina, y se lo llevó al patio trasero. Encontró el número de Paradise Lake guardado en los contactos. Le respondió una voz que no reconoció.
—Hola, esto es Paradise Lake, un lugar para sanar. ¿En qué puedo ayudarlo?
—Ah, hola. Soy yo, Katherine. ¿Podría hablar con Blake, si todavía está despierto?
—Lo siento. No puedo confirmar ni negar que esa persona esté aquí. Pero puedo darle un mensaje.
—No, tranquila —dijo ella estúpidamente—. Soy una antigua residente. Es mi amigo.
—No puedo confirmar ni negar que esa persona esté aquí —repitió la voz—. Pero puedo darle un mensaje.
—¿Por qué iba a darle un mensaje a una persona que ni siquiera está ahí? —le preguntó Katherine irritada.
—Esa nuestra política, señorita. Lo siento.
La voz no parecía sentirlo en absoluto. Katherine suspiró ruidosamente.
—Vale. Bueno, dígale que llamó Katherine. Y que feliz día de Acción de Gracias.
—¿Le gustaría dejarle su número?
—Ah, claro.
Katherine colgó el teléfono, exhausta. No era de extrañar que ninguno de sus amigos la hubiera llamado. Toda esa estupidez probablemente los había asustado.
«En el mismo momento en el que dices que un dolor es insoportable, ya lo estás soportando». Pero aquello no era dolor. Era algo más sedoso y extraño que eso. Se sentó en la hierba, se rodeó las rodillas con los brazos y se hizo muy pequeña.
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