Kitabı oku: «Los nadies de la luna»
Nicolás Lavagnino
Los nadies de la luna

Lavagnino, Nicolás
Los nadies de la luna / Nicolás Lavagnino. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Metrópolis Libros, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-4188-91-5
1. Narrativa Argentina. I. Título
CDD A863
© Lavagnino, Nicolás
Primera edición, octubre de 2021
Edición
Daniela Portas
Diseño y diagramación
Lara Melamet
Corrección
Martín Vittón y Karina Garofalo
Conversión a formato digital: Libresque
Hecho el depósito que establece la ley 11.723.
Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra
sin la autorización por escrito de los titulares del copyright.

www.pampublicaciones.com.ar
Hay una melodía en las olas del mar
y una armonía en la lucha de los elementos
y un armonioso rumor musical
corre por las cañitas ondeantes.
Hay una armonía indestructible en cada cosa
una consonancia plena en la naturaleza
sólo en nuestra fantasmagórica libertad
reconocemos el desacuerdo con ella.
¿De dónde proviene este desacuerdo?
¿Será porque en el canto universal
el alma no canta aquello que canta el mar,
y, caña pensante, se rebela?
FIÓDOR TIÚTCHEV
I. Historia de tres pestañas
Tenían los dedos fuertemente apretados. Pulgar contra pulgar, mientras se formaban las palabras. En la boca de una de las chicas se susurraba un deseo. La otra simplemente presionaba las yemas, con una sonrisa entreabierta a la espera de que el tiempo pasara. Desde atrás, al fondo, Sara observaba la escena. El colectivo estaba a medio llenar en ese momento del recorrido. Todos los otros pasajeros fugaban en miradas desatentas, dirigidas hacia la superficie hueca del mundo exterior, o en dirección a la profundidad oscura de las pantallas de los celulares. Pero para ella no había nada más, ninguna otra cosa digna de ser observada. Tenía que bajar pronto y no quería irse sin ver quién había ganado.
Al separarse las manos, la pestaña estaba en el pulgar de la que antes había susurrado al desear. La otra hizo un remedo de protesta, como si le hubiera chistado al vidrio que traía el mundo de afuera, mientras la ganadora dejaba ir el trofeo por el escote de la remerita que llevaba por debajo de la campera.
Habían pasado Rivadavia hacia el norte. Sara tenía que bajar en Salguero justo antes de la plaza. Pero no podía dejar de mirar en dirección a las dos chicas. La que perdió ahora también se escapaba por la ventana. La ganadora, del lado del pasillo, la miraba en el perfil, como si ese fuera el deseo que había pedido. Poder observar un instante por una eternidad. La plaza se pasó, mientras Sara estaba tiesa, con la mano puesta sobre el llamador, pero sin ser capaz de activarlo. Parada justo atrás de la que miraba a la otra mirar, sin poder tocar el timbre, sin poder hacer nada.
El instante se interrumpió cuando la ganadora la miró, y se descubrió observada. Ahí Sara se asustó y apretó el botón, apurada, sin siquiera pensar en qué punto del recorrido entre las paradas estaba, y la otra se percató de lo que estaba pasando.
Habría sonreído con cierta malicia, si no hubiera sido que en ese momento la perdedora dejó de huir y miró en dirección al pasillo, hasta redescubrir a su compañera en la escena. Entonces el foco de atención volvió a cambiar para ellas, porque surgió una mirada que se iba angostando en una tierna y secreta dulzura, a medida que la mano de la de la ventana se posaba en el rostro blanco de la del pasillo, avanzando con la yema del índice hacia la próxima pestaña.
A la altura de Corrientes se bajó. No quería estar ahí cuando el siguiente deseo fuera formulado.
Volvió las cuadras hacia atrás, confundida por el recuerdo de la escena. La esperaba Elena, con las carpetas del día, en la puerta del negocio. Había llegado antes, evidentemente, y para ganar tiempo había tomado los folios del mostrador. El primero era cerca. López, en Rivera, dijo. La distancia justa. Unas diez cuadras. Demasiado poco como para volver a subir a un colectivo. Lo suficiente como para caminar tranquilas, observando la pausa de los árboles, comentando los detalles del perfil.
Arrancaron en silencio. Luego comentaron nimiedades. Por un instante Sara pensó en contar la historia del juego de las pestañas. Pero se contuvo. No quería abundar en eso. En esos detalles que la llevaban demasiado pronto a un recuerdo. Uno en particular.
Habían terminado de coger. Ella se volvió a buscar el vaso de agua en la mesita de luz, mientras Ariel simplemente se dejaba estar en la cama. Bebió mirando en dirección al cuerpo todavía agitado del otro. Él la miró y se dio cuenta de algo. Tenía una pestaña, que amenazaba con entrarle en el ojo desde el pómulo derecho. Se la sacó sin delicadeza, y ahí ella sintió un estremecimiento, un frío amargo que le sopesaba los párpados. Él se dio cuenta de que algo le pasaba. Preguntó, sin preámbulos. Ella estiró la mano intentando recuperar la pestaña, como siempre. Pero él la apretó entre sus dedos, como si pensara que era un robo así nomás. Juguemos, le dijo. Y salió con lo del deseo.
¿Dónde va a guardar la pestaña el que gane?, dijo ella. Estaban desnudos, a fin de cuentas. A él se le ocurrió darle un giro al juego.
—Si gano yo, la paso por tu pecho. Y si ganás vos, la escondés en mi cuerpo donde se te ocurra.
Se rieron. Ella pensaba a mitad de camino entre señalar que así no se juega, y preocuparse de veras, porque necesitaba esa pestaña. Las pestañas recién salidas se sienten más. Duelen más. Se soplan más. Lo sabía. Lo sabía desde chiquita, cuando las sensaciones habían comenzado a manifestarse. Lo sabía porque podía sentir la compresión fría de los dedos de Ariel en algún nervio de esos que recorren el perfil de un rostro. No quería decirle. No a Ariel. No así.
Apostaron y ella ganó. Como siempre. Porque siempre ganaba. De chica tenía una técnica infalible. Desde chica más bien, porque nunca había dejado de hacerlo. Antes de apostar, antes de susurrar, antes de imaginar las cosas, simplemente le daba largas al asunto, mientras se frotaba contra la ropa la yema que iba a participar del evento. La cargaba de electricidad, hasta que sentía que la punta del dedo le estallaba de ardor. En ese momento se unía al dedo adversario, en plena intensidad apenas perceptible. Podía sentir cómo la pestaña se imantaba al cuerpo, alegre de regresar a casa. Rara vez fallaba.
Pero aquella vez no pudo frotar. No quiso frotar. Ariel estaba listo desde el arranque comprimiendo la pestaña entre las estalactitas de su mano. Ella, en cambio, se distrajo recordando aquel día en que Gaby, con ese olfato que tienen las hermanas menores para delatar los engaños de las mayores, se dio cuenta. Le dio un coscorrón precautorio primero, cuando la vio frotándose o empezando con eso. ¡Así no se juega, Sara!, decía, y se reía. Sin dar vueltas la acusó de traidora ante el tribunal que formaban ellas dos en ese momento. Como no pareció prosperar, la acusó luego ante la madre, que intentó transmitir de todas las maneras posibles su profundo desinterés en el tema. Todo había empezado en la habitación que compartían. Perdida por perdida, bajó hasta la cocina y volvió a subir, iracunda ante el engaño y la indiferencia. ¡No seas así, Gabriela!, le insistió Sara un par de veces, sin resultado, acentuando lo más posible la pronunciación del nombre completo, en particular de la e.
El castigo fue severo, aunque luego no recordaban quién lo había decidido ni por qué Sara lo había aceptado. Se le dio por perdido el juego. La pestaña quedó en poder de Gaby, que procedió a esconderla en un lugar desconocido. En el colmo del enojo, ni siquiera pidió un deseo.
Esos días todo se sintió raro. Entre ellas y dentro de ella. Apenas se hablaban. Cuando una venía, la otra se iba. Cuando una hablaba, la otra se perdía en miradas hacia lo remoto. Iban juntas al colegio y volvían sin compartir otra cosa que el tren y la mano al cruzar la vía.
Al cuarto día Sara la encaró. Me está molestando lo que estás haciendo, le dijo. Dame la pestaña. Gabriela se rio, con la satisfacción del que sabe que está ganando. No.
—Dámela. Sabés que no podés hacer eso. Ya te lo dijo papá hace un montón.
—No.
—Le voy a decir a papá. Y a mamá. Y te van a reventar.
—No. Y no me importa lo que digan esos.
Le salió esos, pero quiso decir ellos. Cuando se dio cuenta de que había elegido mal la palabra se rio, y Sara también se rio, porque era ridículo hablar así, pero al mismo tiempo estaba bien en esa situación mencionarlos de esa manera. Riéndose y todo Sara reinició su reclamo.
—Dámela. Decime dónde está.
No hubo manera. Gaby era terca hasta el infinito cuando se lo proponía. Cuando el padre quería caerle por algo, siempre decía lo mismo: si vos hubieras estado en Cusco cuando llegaron los españoles, ahora en Madrid se hablaría quechua.
Era terca y hermosa. Terca y ladina. Terca y tramposa. Pero tenía sus maneras.
En aquel momento no cedió. Pero al rato, cuando ya podía confiadamente decir que la iniciativa le pertenecía, apareció de vuelta fresca como si nada en la cocina. Sara estaba ahí dibujando triángulos para la tarea de la escuela cuando Gaby entró y le extendió la mano. Sara la miró un segundo y luego le correspondió con la suya. Gaby entonces comenzó a moverse con determinación. La llevó en silencio a través de la casa, como si la estuviera introduciendo a ciegas en una guarida secreta. Subieron la escalera, avanzaron por el pasillo y entraron al cuarto que compartían. En la pieza abrió la puerta del placard. En el estante de los abrigos corrió los buzos y ahí, en el fondo, a oscuras, le mostró lo que tenía escondido: un vaso con agua.
En el vaso estaba la pestaña, derivando entre partículas minúsculas generadas en la imperceptible agitación que recorre el fondo de un estante iluminado de repente.
A Sara le lloraba el ojo izquierdo, mientras intentaba pescar su trofeo. Gaby ni siquiera necesitaba retirarse, para colorear del todo la escena de su triunfo, lo cual motivó la ira de la otra, que ahora encontraba una indignación acorde al llanto del ojo izquierdo.
—Y ni siquiera pediste un deseo, tarada.
—¿Qué sabés?
—No pediste nada.
Sara estaba segura. La otra escapó por el terreno de lo concebible.
—Tal vez pedí un deseo y se me cumplió durante cuatro días.
La otra la interrumpió.
—Shhh. Trae mala suerte. No lo digas. No digas nunca lo que pediste.
—Ya se cumplió. Tal vez.
—No lo digas.
Gaby ya estaba conforme. Tenía para surcar el rato plácidamente. Ni siquiera se molestó cuando la otra le espetó:
—Andá. Ahora llevá el vaso y contales a esos lo que hiciste.
Mientras Gaby se iba, sin la menor intención de contarle nada a nadie, Sara se fue para el escritorio buscando el cajón donde estaba la bolsa en la que guardaba las pestañas.
Al cerrar el cajón se agarró el dedo. En el dolor pudo sentir la carne cortándose, y un extraño nervio de fuego avanzando desde la periferia de la mano hasta el centro de una llaga en el pecho gritándole sus ganas de aullar. Se contuvo para hacerse un arco nervioso que retenía la exhalación.
Nadie vino por un largo rato. A lo lejos se escucharon un par de carcajadas en la cocina. Tal vez Gaby había dicho algo, como siempre, para flotar la situación atravesando con una balsa de verdad su océano de mentiras.
El dedo mocho se frotaba en el regazo, calentándose en el dolor. Solo se calmó cuando la yema sintió la piel de la pierna desnuda. Cuando pudo volver a surcar el pliegue de la herida con los otros dedos. Así había empezado todo, pensaba. Era justo quizás que el cierre del episodio de la pestaña calzara justo con los dedos frotándose para calmar el dolor.
Él apuraba la situación, pero ella logró enredarlo en sus demoras. Se tapó con la sábana para que Ariel no sospechara. No tenía ropa, pero las sábanas servían.
—¿Y dónde pensás que podría guardarla si gano?
Ariel, tontamente, se dejó distraer. Sara se aproximó y se olieron por un instante, como si en ello le fuera la decisión en torno a la respuesta. Para cuando el beso terminó, ella ya tenía el dedo intenso, cargado de sensación de triunfo.
Ariel venía con la mano cambiada. Ella fue muy convincente para obligarlo a cambiar la pestaña de dedo, de un pulgar al otro, mientras rogaba que el frote no perdiera eficacia en la disipación que trae el tiempo.
Ganó una vez más. Camufló la pestaña entre besos en el ombligo de Ariel, haciéndole creer que la guardaba ahí, pero entre labio y labio dejó pasar el dedo que recogió el hilván helado del cuenco ínfimo en su torso, sin que el otro lo advirtiera. Y luego entonces se llevó la pestaña, cuando él se quedó somnoliento, después del siguiente después. Entró al baño y buscó la bolsa. Siempre lo mismo. Cuando volvió, Ariel estaba adormilado pero con ganas de volver.
—¿Qué pediste?
¿Qué pedí?, pensó Sara. Tenía la respuesta, obviamente. A mano. Pero eso no se dice. Trae mala suerte. Aunque realmente ya nunca pedía nada. No quería ni siquiera intentarlo. Estaba domesticada ya para no tener deseo alguno. Simplemente apoyaba las yemas y dejaba que la eficacia del procedimiento hiciera el resto.
Es que no tenía nada para pedir. Nada que tuviera sentido. Con el tiempo había empezado a sospechar que el destino no se jugaba en esas cosas. Pero últimamente estaba convencida de todo lo contrario. Todo lo que ocurría se decidía en la tensión de las yemas, solo que así como tenía una triquiñuela para ganar siempre, la vida misma había ideado una triquiñuela similar para transformar esos triunfos en un vacío absoluto, en un sinsentido, en una bolsa en el vanitory entre el algodón y la depiladora.
Al pasar Pringles, Elena se dio cuenta de que algo pasaba. Su mente literal la llevó a formular esa misma pregunta. ¿A vos te pasa algo? Era maquinal en la pronunciación e inerte en el tono. Pero es que esas cosas suelen pasarles, sobre todo en la preparación, en el antes de la jornada de trabajo. El cuerpo se va vaciando de intensidades, así como puede llenarse de nuevas magnitudes al frotar las partes. En bajamar de entrañas, se va ahuecando y zozobrando de un aire quieto, porque alguna médula adentro sabe que todos los nervios tendrán que activarse luego, de una manera concertada y programada hasta el agotamiento.
Como era previsible, el salón estaba casi vacío. El viudo estaba ahí, parado como una estaca al lado del cajón, y al verlas le surgió una pregunta en los ojos, como si sospechara que podían ser quienes sabía perfectamente que eran. Elena abrió el diálogo.
—Ay, Claudio. Qué cosa.
El señor López se aflojó al recibir el abrazo. Más allá había dos hombres calvos, trajeados y sin mucha disposición a manifestar emoción alguna. En los sillones, al otro lado de la sala, se veían un par de carteras y un cochecito de bebé. Mientras Sara recorría con la mirada el espacio, Elena conversaba sin mucho ritmo con el deudo. Al rato vinieron dos mujeres, una con un bebé en brazos. El bebé dormía, y entonces ella pudo colocarlo en el cochecito, introduciéndolo con un suave vaivén y un silencio calculado. Las mujeres y los calvos las miraron. Ellas sonrieron sabiéndose reconocidas. Sara se acercó.
—Virginia. Me hablaron tanto de vos.
Virginia era la del bebé. Y se sorprendió de saberse hablada.
—Lo lamento tanto. Tanto.
En el abrazo se dejaba pasar la mano pesada sobre la línea de los hombros del doliente. Las palabras que vayan calmas. Ni demasiada información ni demasiado poca.
Elena, en cambio, en vez de interactuar con los presentes, se dedicaba a la ausentada. Miraba fijamente el adentro del cajón, con aspecto incrédulo, el brazo extendido hasta acariciar el ángulo del cajón de madera. En su diálogo inaudible enarcaba las cejas, como si no se animara a pronunciar preguntas demasiado urgentes, destinadas a no tener respuesta por parte de quien ya nada tiene para decir.
Sara volvió junto a López, mientras dejaba manar el tiempo de las conjeturas en Virginia y en la otra, a quienes ahora se aproximaban los calvos trajeados, quizás para compartir hipótesis.
El señor Rivera apareció pasado el cuarto de hora. Ellas ya conocían desde hace mucho el talante administrativo de la casa. El rictus pretendidamente nervioso del dueño de la firma contrastaba con la mansedumbre de ellas, dolidas entre las velas y pretendiendo ordenar las hilachas vegetales que se desprendían de la única corona que completaba la austera escena.
Elena comprimía el llanto, todavía con el brazo extendido sobre el maderamen. Sara se acercó desde atrás, sabiéndose contemplada por la exigua multitud. A su manera también sentía que algo brotaba. Algo necesitaba nacer en aquel contexto.
Recordaba siempre, en ese momento, la primera vez que había atravesado esa experiencia. Cómo en su mente se había impuesto, de la nada, una canción que no había escuchado por décadas. Una canción que tenía un ingreso triunfal, antes de descomponerse en un lánguido recitado, en el que se repetía una y otra vez la misma pregunta. ¿Por qué debería llorar por vos?
El mejor llanto es el que nace desde la sien, cuando se afloja la línea de tensión que controla el dique de los ojos. La articulación invisible que sostiene las cejas se luxa y se deja ir hacia abajo y hacia adelante, como si se proyectara hacia la negrura del próximo paso por dar. La nuez en la garganta, en cambio, se eleva, y arrastra consigo los hilos que se hunden en la carne blanda del fondo del estómago. La bolsa de líquidos amargos que encierra el alma empieza a exhalar un aire tibio, repleto de esperas y de comienzos de palabras. Una vez disuelto el centro enérgico del cuerpo, el resto de las extremidades se acomoda a la nueva realidad. El canto de los antebrazos se puebla de una sensibilidad azul, recién amanecida, que rebota la luz de una manera distinta. Los ojos se nublan y ya no miran hacia abajo, donde las piernas se afirman como lo único que sigue trabajando a destajo en este mundo. Un llanto en las piernas, decían, es ya ir demasiado lejos. Un llanto que dobla el vientre y obliga a sentarse no entra, por regla general, en el conjunto de las ofertas concebibles. Azulados y todo, los antebrazos son casi lo único importante en la gestión de la lástima. Sobre el rostro dibujan reflexión. Recorriendo el torso, hasta la altura de un autoabrazo, manifiestan el impacto corporal del dolor. El pelo es importante. Porque lo único que se puede hacer es intentar controlarlo, para que no se venga encima, como un futuro sobre el presente. Atrás de la oreja, siempre, rebelde y viniendo, pero de vuelta, los antebrazos azulados tienen que ir con las manos para volver a enviar los hilos sueltos de la cabeza hacia atrás, para que la línea de los ojos pueda airearse, y se pueda sentir el aire frío sobre la superficie mojada a la altura de la sien, donde está muerta la línea de tensión que alimenta el dique de hilos amargos que es el cuerpo entrenado para llorar.
En ocasiones, sentía Sara, la elevación estomacal dejaba un vértigo vacante a la altura del vientre. En ese momento, podía ocurrir, y de hecho ocurría en ese preciso instante, tenía el sentimiento táctil de unos largos dedos de frío avanzando desde las hebras del estómago hacia abajo, recorriendo el vientre, la cadera, hasta llegar a la vagina. El mejor llanto, lo juraba cada vez que se lo preguntaban, venía cuando el ardor frontal le aflojaba la nuca, y ya con la cabeza inerme podía disponer de todas las lágrimas para lo que fuera necesario.
Lloraban a voluntad, ahora las dos, entrenadas en la contención y el decoro. El señor López se había aproximado, buscando la calidez de un cuerpo próximo. Desde afuera eran apenas tres lanzas clavadas en un campamento abandonado. Pero en su adentro, en el adentro del cuerpo entrenado, Sara sabía que era un torbellino de hilos y vientos sin dirección, encaramando la mente en su promontorio de recuerdos del día.
Se le aparecieron entonces las chicas del colectivo. Con sus miradas tiernas. Y Ariel. Ariel mirándola agachada en el baño, con sus bolsas en el vanitory, mientras crecía el día, nacido ya cansado, al venir de tan lejos, más lejos de lo que el recuerdo podía insistir con las risas en la cocina, donde Gaby se estaba burlando de la pestaña cuatro días en el vaso, en la línea de tensión azulada que va de la sien al antebrazo, con el dolor del dedo mocho, frotado a la altura de la entrepierna, hasta que el ardor expulsa de los nervios todo aquello que no sabe desear.
El señor López tomó distancia y se miraron. Pudo sentir lo que le pasaba al otro, pero estaba entrenada. Con los codos construyó una distancia viable. De la cartera sacó el pañuelito para entretenerse reordenando su gestualidad. Luego se encerró en miradas consigo misma, y se dedicó a patrullar el rostro, esperando que no hubiera esquirlas que la pusieran en un desafío. Elena se fue con Virginia. Ahora uno de los calvos se aproximaba a Claudio, para hablar de cómo habían sido los últimos tiempos, repitiendo algo que quizás ambos sabían, y cómo serían los próximos.
Rivera llegó con la noticia de que ya estaban listos. Iban a ser el coche fúnebre y tres autos más. Ellas fueron con el señor López, que apenas se quedaron solos les pidió que lo llamaran Claudio.
—Bueno, Claudio, muy bien.
La relación duraría lo que tardara la cureña en llegar al cementerio, pero no estaba mal tomar precauciones. Elena iba en el asiento del acompañante. Ella detrás, del lado del conductor, que tenía muy adelantado el asiento. Él insistió con lo de Claudio, mientras avanzaba la mano todo lo que podía al introducir los cambios, rozando casi las rodillas tiesas de Elena.
Las calles se sucedieron hasta desembocar en avenidas, que derivaron en la vista abierta de un jardín poblado de notas de mármol, con el horizonte de la chimenea del crematorio por delante.
El auto siguió parco las instrucciones de la cureña, que avanzó entre empedrados degradados por la sombra de los árboles, hasta estacionarse junto a dos hombres de fajina, que esperaban con el carro bien pegado al cordón. Los autos se acomodaron detrás.
No había suficientes personas que pudieran llevar a pulso el cajón. Los empleados se encargaron del asunto, mientras la escasa concurrencia intentaba divisar el lugar adonde se dirigían. Hicieron un par de pasillos antes de tomar unos senderos menos definidos, hasta alcanzar el túmulo de tierra detrás del cual estaba el pozo esperando.
No se dijo mucho. Elena y Sara se arrinconaron emitiendo pequeños murmullos y llantos de ocasión, mientras Claudio, enhiesto, aguardaba a que terminaran de tapar todo. Los calvos estaban con las llaves del auto en las manos. Virginia y su amiga, quizás, estaban más próximas al señor López, pero no demasiado, en el lado enfrentado a las otras. En un momento se hizo un silencio incómodo, que solo pudo ser interrumpido cuando el empleado que estaba terminando de acomodar la tierra tomó la iniciativa y preguntó si alguien quería decir algo.
Nadie quería decir nada. Del bolsillo del saco Claudio extrajo un papel doblado. Pero en vez de quitarle el doblez y leerlo, simplemente se agachó y hundió las manos en la tierra mal acomodada. El papel se quedó ahí, sin que nadie supiera qué otra cosa podía hacerse al respecto. Cuando volvió a pararse, simplemente se dio media vuelta, en dirección a Virginia, y se abrazaron por un instante.
Al girar en dirección a Sara, Claudio abrió los brazos, esperando recibirla. Pero Elena fue primero y prolongó la estancia, mientras el hombre hundía su rostro en el cabello de ella, como si oliera, o si aspirara a murmurarle secretos con las fosas nasales.
Con Sara fue más directo.
—¿Vienen a tomar algo?
Al reconstruir la distancia ella pudo mirarlo en detalle. El señor López era un sujeto decrépito, arruinado en su altura por el paso del tiempo y el desgaste de acompañar a una persona enferma. La hija apenas le hablaba. Todo lo demás le era ajeno, excepto la agitación sin vacilaciones que recorría su nueva soledad, siempre presta a derramarse en cualquier lado. Tenía el rostro lleno de ángulos, la mirada cansada y el olor de los viejos cuando no saben qué tanto lo son.
Se miraron, con pretendida intensidad, por si los otros estaban observando. Él la recorrió con la mirada, y ella se percató de que estaba acomodando el cuerpo para compartir algo de esa calidez que no podía durar. En la distancia algo llamó su atención. El lunar, pensó Sara, que siempre prefería creer que la miraban de esa manera. Pero no.
Ya estaba avanzando con el antebrazo. Ya estaba ingresando en el área del rostro, en dirección a la pestaña suelta. Pero Sara podía anticiparse a todo. Incluso a su propia eventualidad. Le atrapó la mano. Y le hizo el gesto de que no. Así no. Pestañas no.
La pregunta todavía estaba en el aire. Todos miraban esa mano atrapada por la otra mano, camino a la pestaña en el rostro entrenado de llorar. El cuerpo exhausto de vaciarse habló con su último aire. Demacrada, la voz lo dijo todo entre túmulos y pozos a medio tapar.
—Estamos todos cansados.
En el subte hacia Medrano jugaba a cerrar los ojos y apretarse a sí misma las yemas de los pulgares. No tenía nada por lo cual jurar, no tenía deseos para pedir. Bueno, en realidad sí tenía algo. Pero no se animaba a plantearlo, en la soledad de la voz ronca con la que se hablaba a sí misma.
Ojalá la frescura de aquel colectivo no se desvaneciera. Ojalá no se gastara el imán de aquellos sentidos activados entre miradas desencontradas. Ojalá no perdiera su foco ni su iluminación ni sus sonidos la escena que había visto a la mañana, justo antes de pasarse dos paradas. Cuando todavía el día jugaba, y era más importante que las carpetas amontonadas en el mostrador del negocio.
Pero era un deseo absurdo. No lo pedía. Ni lo iba a pedir. Porque sabía que iba a ganar. No podía no ganar. Porque los dos pulgares eran suyos, y comprimían su propia pestaña suelta. Y porque sabía que ese triunfo no iba a significar nada. Simplemente iba a ser un nudo más, una quietud de sentido disolviéndose en el agua que propone la corriente quieta, en el fondo del placard, en el recipiente que contiene la imposible, invisible, historia universal de las pestañas.
II. La superación del malentendido
La carpeta decía Waldhütter14. Waldhütter era el cliente. Y había pedido catorce plañideras. Catorce figurantes, en realidad, porque ese, técnicamente, es el nombre del oficio. Sara lo había aprendido de una vecina, que había ejercido el rol durante muchos años, enseñada a su vez por una señora del barrio que lo había desempeñado con acierto durante décadas, antes de darse cuenta de que podía dejar de hacerlo gratis. Comenzó como un reconocimiento por el dolor prolongado, se prolongó naturalmente en la demostración escenificada y la numeración de la presencia. Y finalmente se extendió a una retribución concertada por un plan acordado previamente, hasta alcanzar los ribetes de un emprendimiento. Del pékele al viático, y de allí al honorario.
Cuando a Sara le preguntaban de qué trabajaba, ella contestaba que era llorona. O plañidera, para los que sabían algo de la historia. Para el fisco era figurante, y aportaba al sindicato de actores. Cuando quiso pensar a qué se iba a dedicar, siendo adolescente, se había encontrado siempre con la traba de su indócil imaginación. Lo que le pasaba dificultaba la concepción de mejores planes. Ya de grande empezó antropología y la dejó. Se pasó a derecho. Abandonó. Lo intentó en veterinaria. Al segundo bochazo terminó llorando en una plaza, hasta que accidentalmente se cruzó con la vecina que venía de un linaje de plañideras.
—Mirá —le dijo—, es uno de los pocos oficios en los que la mujer gana mejor que el hombre. A nosotras nos buscan más porque los principales contratantes son viudos adinerados que tienen miedo de que los vean solos. Y además como nuestra voz es más aguda y nuestro llanto más potente, saturamos rápido el ambiente. Tres o cuatro lloronas parecen un estadio lleno de gente.
Era un negocio seguro, invisible, de ingresos fijos. Se tendía como un hilo umbilical entre la aristocracia de los propietarios de casas de sepelios y la lenta prisa de los enterradores. La gente no hace otra cosa que morirse, dice el dicho de los figurantes, pero no hay nada más indigno que morirse solo.
Los pedidos llegaban a la oficina siguiendo senderos desconocidos. Se transformaban en carpetas, con datos elementales. Nombre y apellido. Pronunciación. Un par de fotos, información básica, algunos detalles que confirieran verosimilitud, y una línea narrativa elemental que aportara consistencia a la respuesta que debería darse a la pregunta que como un espectro merodea a la profesión: ¿qué hace esta acá?
Los Waldhütter debían ser adinerados, porque pidieron catorce figurantes, seis de ellos varones. El varón lamentator es un raro complemento de las lamentatrices. No se espera que llore ni se exprese de manera muy vivaz. Más bien debe aportar una máscara mortuoria enmarcada por un iris pétreo y un silencio penitente.
Sara sabía a la perfección lo que tenía que hacer porque su rol se delineaba ya en la carpeta, y para el resto de las cosas estaba la experiencia en el oficio. La llorona se pide intensa, neutra o contextual. El lamentator, en cambio, es casi siempre contextual. La intensidad se mide en relación con la distancia al féretro y al deudo principal. En el caso de una plañidera intensa, debe ser expansiva y desgarradora, pero sin escenificar demasiado, ya que debe evitar el principal razonamiento que puede engendrarse en la mente de los asistentes “puros” a un sepelio.
El “puro”, en la jerga figurante, es el doliente real, la persona que efectivamente tuvo trato con el muerto. El “puro”, al ver a una mujer desconocida llorando desconsoladamente en torno a un féretro, solo puede trazar dos hipótesis. Si el muerto fuera un hombre, la doliente sería la punta del iceberg de una doble vida que emerge demasiado tarde, en la forma de una amante o de una hija no reconocida. Si el muerto fuera una mujer, en cambio, la imaginación contextual dirigirá su mirada hacia el deudo, si lo hubiera, forjando la penosa idea de que en la hora postrera de decir adiós finalmente el viudo muestra la hilacha.
El problema con los viudos es que son criaturas que, desde la perspectiva de las lloronas, vienen muy necesitadas de afecto y proximidad corporal. Las viudas, por su parte, no suelen contratar figurantes, y cuando lo hacen sienten la necesidad de manifestar el odio por el hecho mismo de haberse sentido obligadas a requerir el servicio. No quieren la soledad del salón, pero tampoco soportan la existencia de las dos o tres presencias estoicas y puras que, invariablemente, creerán que la viuda finalmente está rindiéndose a la evidencia, humillada y cornuda.
Desde la óptica de Sara, esto solo puede remediarse concibiendo una intensidad atenuada para todo lo que es dolor, vistiendo discreta y reteniendo siempre un espacio circundante de intimidad corporal que no pueda ser vulnerado ni por la cachondez de los viudos ni por la hostilidad de las viudas. En años de práctica había aprendido a ejercitar los desplazamientos diagonales, la aproximación a la familia difusa antes de que se forjaran las preguntas, la creación de tramas secundarias plausibles a la sombra de las aristas que todos ignoramos de las vidas de los otros. Compañera de curso recreativo, vecina, partícipe de una movida cultural, amistad de muy larga data, de allá, del pueblo, de antes de venir para acá, y así. Llegado el caso, y en la intrascendencia de largo plazo de todo el asunto, la intención mínima era quedar como un signo de pregunta en tren de disolverse con el plomizo andar de la rutina en la mente de los puros.
Pero los Waldhütter no lo pensaron tanto. Pidieron catorce figurantes, ocho lloronas y seis lamentatores. En la agencia no había tantos varones disponibles, así que Sara ya iba avisada de que se encontraría con contratados externos, lo que significaba que no iba a conocer a todos los que participaran del evento.
Era un salón elegante, y en la distribución de los roles Sara iba a ser una lamentatriz neutra tempranera, de esas que llegan al lugar cuando recién se está armando la decoración y ni siquiera se encuentran los dolientes más próximos.
Salón Werner, once horas. Mirando la carpeta en el colectivo, Sara se había enterado de que el apellido no se pronuncia así, con doble ve. La u es complicada también. Pero como no estamos en Alemania puede sonar distinto. Tenía que sonar así: verner. Verner y Valdguta. Contratante: Jelmut Valdguta. Destinatario: Frida Undelar. Salón verner, en la calle ojiguins. En la aclaración de la ficha esos detalles de pronunciación eran importantes, ya que era una familia de ascendencia teutona muy marcada, signada por la migración forzada, la nostalgia por la cultura germánica y la dificultad para adecuarse al medio circundante. Por eso hasta el nombre de la calle estaba señalado, significando el guion bajo una señal de que el hablante, en el momento de proferir la o, tenía que proceder a aspirar aire profundo, dificultando así el tránsito hacia la próxima jota. Esa inhalación, como la que se da en la proximidad de un infarto o en presencia de una arritmia, delataría la pertenencia a la franja social y cultural de los Waldhütter.
Sara llegó primera, de acuerdo con lo pautado. Se acercó al cajón y allí se quedó, mirando el rictus de Frida, sola entre las solas. En eso estaba cuando sintió en la lejanía un movimiento de puertas vidriadas. Debían estar llegando.
Un hombre muy mayor avanzó por el salón acompañado por otro varón, corpulento y mucho más joven. Los dos iban sobriamente trajeados. Tenían un lejano parecido. Sus pasos eran inseguros, como si calcularan cuánto debían acercarse a Sara y a qué velocidad.
Sara decidió aliviarles el trámite. Dejó el refugio detrás del cajón en el que estaba cómodamente estacionada y se dirigió hacia ellos. El hombre, probablemente el Jelmut en cuestión, la observó como si midiera hasta dónde era adecuada la reacción. Cuando percibió que el terreno era seguro, extendió la comisura de los ojos, como si le sonriera secretamente, compartiendo lo que los demás no debían saber.
No había información en el folio que indicara quién podría ser el más joven. Los Valdguta habían tenido dos hijos. El varón había muerto hace bastante, y la hija estaba en Estados Unidos y no llegaría nunca a tiempo. Por lo tanto podía tratarse de un nieto, el hijo de un primo, un sobrino adoptivo o algo así. Como sea, el muchacho se acopló silente al código de comunicación, y así permanecieron los tres, intercambiando nimiedades, hasta que empezó a llegar más gente.
Hablaban todos un español vacilante, intentando señalar con ello que se trataba de una lengua aprendida. Cada tanto un nuevo ingresante pronunciaba un germanismo, con una consonante gutural alzada y resonando en el salón. Varios de los figurantes ya habían llegado para el momento en que comenzaron a circular los canapés. Entraban y se ubicaban en una posición, y de una manera que permitía el reconocimiento del ojo entrenado. Los rostros se dejaban ver de a ratos, cruzaban miradas, se daban indicaciones con el invisible arco dialectal del semblante. Se conocían de otros eventos, por lo que no era raro que desplegaran charlas sobreactuadas en un idioma que desconocían, acoplándose a relatos ficticios de una imposible e inexistente vida en común.
—¿Desde cjuando no nos vemos, Sarita?
Había que angostar la voz, acentuar mal e interponer consonantes que no formaban parte de la palabra para que la conversación sonara creíble. Pero Sara prefería cierta discreción.
—Club Alemán, dos mil cinco, creo, la despedida de Guertrud.
La cantidad de contratados era demasiado grande, no obstante, como para que Sara pudiera conocerlos a todos. Y por otro lado el servicio ofrecido por la casa de sepelios era muy caro, incluyendo una variedad de servicios y posibilidades a los que ella no estaba acostumbrada.
Elena llegó como una contextual tardía, y por un rato se le instaló al lado, para poder intercambiar comentarios de ocasión cuando los demás estuvieran lejos. Pero debían cuidarse, porque a Sara comenzó a darle la impresión de que el sobrino o nieto, al que ella le había dado internamente el nombre de Jorge, sospechaba de toda la maquinación.
Helmut había desaparecido, pero pronto se enteró, gracias a Jorge, de lo que estaba pasando. Aparentemente la casa poseía un servicio de aposentos privados, y por lo visto el viudo había hecho uso del lugar, que contaba con un televisor, una cómoda cama y refrigerios aparte. Se le habrán aflojado las piernas por un instante, le habrá bajado la presión, pensó. Lo cierto es que el viejo en algún momento se acercó al joven y por lo visto le pidió que lo llevara al apartado.
Los servicios masivos y extensos tienen el problema de que, con el paso de los años, empiezan a deformarse en la lente panorámica de la mente que los experimenta. Nunca son tan masivos como para que el figurante se relaje y asuma que su presencia se convierte tan solo en un mero dato contextual. Y son tan extensos que no parecen justificar nunca lo exiguo de los honorarios.
Cerca de las dos el tramiterío no había avanzado en lo más mínimo. Helmut seguía reposando y por lo visto el ritmo era tan cansino que ni siquiera los figurantes se estaban empeñando en aportar a la intensidad del momento. Tan deshilachado iba el proceso que era probable que no todos hubieran venido. O al menos así lo creía Sara, que contaba y recontaba las presencias, segura de que tenía que haber más gente. En un momento de enojo pavoroso Sara llegó a pensar que tal vez todos menos Helmut eran figurantes, y que de esa costosa manera el hombre estaba honrando la soledad de la pareja ahora que su compañera se había marchado. Quizás él y Jorge eran los únicos dolientes reales, aunque no estaba segura del vínculo real con el muchacho, que por momentos iba y venía desconcertado por el salón. Y probablemente por eso mismo, por la conciencia de que solamente había presencias contratadas, el viejo no había resistido en lo más mínimo la situación, pidiendo el pase a los cuartos de reposo.
Otra posibilidad era que algunos figurantes estuvieran en los reservados usufructuando los servicios de la casa de sepelios, lo cual ya de por sí hubiera sido una contravención grave. Con eso se alterarían los cálculos de Sara. Pero, hasta donde podía ver, los que conocía estaban todos allí, desenvolviéndose en su rol asignado, aunque ella no podía dejar de inspeccionar en los rincones, sospechando que otros simplemente no desempeñaban rol alguno. El caso más palpable era el de un lamentator que ella no había visto nunca antes, pero que había adoptado todos los rasgos y características de comportamiento propios de quien no se compromete con la tarea.
Se trataba de un hombre mayor, desgarbado y desprolijo, extremadamente alto y delgado que, apenas llegado, había adoptado la posición del doliente ermitaño en el rincón más apartado de la sala contigua a la del féretro, recámara en la que, en teoría, solo debían permanecer los más contextuales y remotos figurantes.
En la distribución de roles, el contextual va y viene, de la lejanía a la proximidad, interactuando como un cometa recién llegado del sistema solar exterior, antes de sumergirse largamente en la penumbra. Pero este sujeto había llegado al caserón, había oteado el horizonte una vez, estirando el cuello para ver si el cuarto donde estaba el cajón era el cuarto donde estaba el cajón, y luego de constatada su elemental hipótesis, se había depositado a sí mismo en el rincón menos transitado del espacio de recepción. Dos horas de eso. Y ya estaba próximo para irse.
Sara pensaba que eso no era justo. Ella había llegado temprano. Había preparado los llantos, las manos sobre la madera, los abrazos, las palabras, la sensibilidad de los antebrazos y las cuerdas invisibles deslizando el triperío arriba y abajo. Y este, en cambio, venía, se sentaba, dejaba pasar el tiempo, y se llevaba casi lo mismo que ella.
Finalmente la tarde dejó de transcurrir inerte y dio un vuelco hacia las cosas. Ante el agotamiento de los canapés y el debilitamiento de la provisión de bebidas, se prepararon para salir, luego de que el gerente del salón diera un par de avisos. Se congregaron en la puerta y se distribuyeron de manera pareja. El cortejo avanzó por las calles, desde ojiguins y sus casas bajas hasta el Cementerio Alemán, al costado del cementerio para no alemanes. No eran más de diez autos, incluyendo el coche fúnebre.
Irritada por sobre todas las cosas, Sara no tenía en la cabeza más espacio que para trazar conjeturas en torno al longilíneo desprolijo, ignorando en el camino si había conjeturas que se estuvieran trazando sobre ella.
Ella iba tres autos atrás del sujeto. Entre semáforos y avenidas pudo ir delineando un plan para ponerlo en evidencia. Para hacerlo ver, ante los otros, como un indolente, un pasivo, un aprovechador.
Bajó del auto justo a tiempo para ver que el figurante simplemente erraba entre las tumbas, sin seguir al resto del cortejo, aunque tampoco se alejaba del todo. Habían pasado tres horas y seguía como si nada, deambulando entre los que esperan. Ahora, encima, tenía un ramo de flores, que Sara no sabía de dónde podría haber sacado. Entre cruces y árboles su presencia se volvía todavía más bizarra. Desharrapado y sin mucha vitalidad en sus desplazamientos, parecía un alma en pena aguardando un entierro digno.
El ramillete de presencias se congregó en torno al oficiante contratado, un pastor luterano o de alguna vertiente protestante que se limitó a realizar unos pocos señalamientos circunstanciales.
—Ustedes, que conocieron bien a Frida, saben el vacío que ahora está dejando en nuestras vidas.
En ese momento todos miraron a Helmut, esperando un requiebro que sin embargo se hizo esperar.
—Saben que no hay consolación por esta pérdida, que no es otra cosa que la enseñanza que la vida le hace a la vida a través de la muerte.
A lo lejos, el figurante ecléctico seguía haciendo de las suyas, recorriendo las tumbas cercanas, deteniéndose a leer las lápidas y escrutando profusamente con toda la gestualidad de su cuerpo aquellos pequeños terrenos nombrados en el olvido.
Parecía que Jelmut iba a hablar, pero no. Acaso no terminó de formarse ninguna palabra en su rictus vacilante. En cada interrupción que hacía el ministro, el resto lo observaba de manera circunspecta, como quien desde una montaña aguarda que se quiebre una represa allá abajo en el valle para observar la inundación resultante.
—En el camino aprendemos que no hay otra cosa que lo que hacemos, en cada día, en cada acto, a sabiendas de los dedos largos de las consecuencias, los hilos tendidos en el aire que arrastran el peso de la memoria, y que llegarán hasta nosotros a través del tiempo.
Helmut tosió, pero por lo demás continuó impertérrito. Sara aprovechó para moverse, a la sombra del tono cansino y monótono de la voz dispersa en la atmósfera de la tarde nublada. Pasó cerca de Elena, a quien le rozó el brazo. Se miraron. Y siguió lenta, buscando un mejor ángulo para observar al diletante contratado.
—Los que conocieron a Frida saben que esto de lo que estoy hablando es una extensión del sentimiento que ella abrazó toda su vida, el de una existencia responsable, el de un camino sentido, que se abraza a las mañanas cálidas y soporta estoica la crueldad de los inviernos.
El hombre ahora venía directamente hacia el cortejo. Sara se vio sorprendida por el cambio de dirección del otro, que prácticamente la embistió con su tranco largo y sus modos torpes.
—Perdone —alcanzó a decir.
Pero ella fue más rápida y se arrebató de tensión interna cuando lo tomó del brazo y se acercó a su gran y estirada cabezota para hablarle al oído.
—Escuchame bien, ¿se puede saber qué carajo estás haciendo?
Si el desconcierto hiciera ruido, en ese momento se habría sentido un trueno en el domo de ambas mentes. El otro retrocedió con la marea que ella propuso, pero volvió arropándose en el impulso.
—¿Que yo hago que qué?
Se miraron un instante, mientras la nariz de ella se angostaba por la ira que no se atrevía a exhalar.
—¿A qué viniste? ¿A dar vueltas? ¿A quién se le ocurre?
El otro seguía atónito.
—¿A quién se le ocurre qué cosa?
Ella retomó desde donde había quedado con la anterior respiración, sin considerar el comentario de él.
—¿A quién se le ocurre andar por ahí en un entierro? ¿A quién se le ocurre no participar en lo más mínimo en nada?
Pero era como caminar en un océano de hojaldre. Empeoraba con cada paso, sin permitir orientarse en ninguna dirección. Hasta que él decidió cambiar la frecuencia con la que vibraba la situación.
—Perdón. ¿Nos conocemos?
A ella el desplazamiento tectónico de la conversación le resultó imperceptible. Siguió por un rato en la misma, mientras el ministro completaba su rodeo imperturbable, con una voz solamente herrumbrada por la distancia.
—Frente al dolor no se detuvo. Ante la pérdida no se detuvo. En la agonía no se detuvo…
Para Sara no era nada eso, en vistas de lo que iba a continuar diciendo.
—¿Nos conocemos de dónde, pelotudo? ¿De dónde nos vamos a conocer?
Las cejas del otro trazaron varias, cambiantes e imposibles líneas, como si no pudiera decodificar el sentido de lo que ella le estaba diciendo. Solo atinó a decir una palabra.
—¿Perdón?
El segundo perdón de él fue suficiente como para que un lacerante sentido de la duda penetrara toda su mullida convicción. Sara, de repente, entró en vértigo, sin saber siquiera qué era lo que estaba haciendo ahí, o a quién le estaba hablando con la fuerza que solo puede tener una palabra que es dicha por una boca que es consciente de que hay una mano estrujando un antebrazo desconcertado por el abordaje entre las lápidas.
Un fuego raro le abrasó la sien, provenía de aquella exagerada intensidad que se desgarraba aprehendiendo apenas un brazo que ni siquiera se proponía resistencia alguna.
Sara, dubitativa, comenzó a navegar a ciegas en otra dirección.
—¿Vos viniste con…?
El otro no perdió el tiempo.
—Gregorio. Gregorio Lamas.
Ella no conocía ese nombre. Él se dio cuenta del equívoco.
—Mi nombre es Gregorio. Gregorio Lamas. Mucho gusto.
En condiciones normales, los figurantes no se dicen sus nombres completos. A veinte metros del entierro, no era prudente revelar identidades que delataran que no tenían nada que ver con los Valdguta. Pero Sara no estaba ahí para eso. Evidentemente estaba tratando con un inexperto. O con alguien que no tenía absolutamente nada que ver con la organización.
—¿Y tu relación con los Waldhütter?
El otro respondió rápido. No dejaba pasar el tiempo, tanta seguridad tenía en el tenor de sus contestaciones.
—Ninguna.
En ese contexto Sara volvió a reformular sus teorías espontáneas sobre la situación del hombre.
—Entonces viniste por la organización.
Por un instante tuvo la esperanza de que el otro le confirmara en algo el rumbo de sus hipótesis. Pero volvió a fracasar.
—¿Qué organización?
Esa devolución retornaba el intercambio a su situación original.
—¿Quién sos entonces? ¿Qué hacés acá?
Pero el poder estaba cambiando de lugar en ese diálogo permanentemente asimétrico.
—Creo que te hice una pregunta. ¿Qué organización?
El historial de respuestas no era suficiente aval para dar rienda suelta al torrente de información que el otro le demandaba. Sara, simplemente, se dejó estar en el punto neutro en el que había depositado su intriga en ese momento.
—Por lo pronto hagamos lo siguiente. No es el lugar para hablar de esto. Vamos con la gente y terminemos la fiesta en paz.
Él la miró desconcertado, tanto por el cambio de dirección de la conversación como por la desafortunada imagen que había elegido.
—Bueno, volvamos a la fiesta entonces.
El ministro había seguido hablando durante un largo rato, hasta que aparentemente agotó las imágenes redundantes sobre las enseñanzas de la vida. Cuando sintió que no podía hacer nada por esa reunión exánime, simplemente se llamó a silencio y realizó un gesto perentorio en dirección a Helmut, como si quisiera que tomara la iniciativa de allí en más.
El supuesto Jorge se inclinó para susurrar algo en el oído del anciano. El otro lo miró, súbitamente alarmado, antes de pronunciar de manera estentórea:
—¡Es que yo no soy Helmut!
La decena corta de asistentes miró azorado en dirección de aquel rostro que profería semejantes palabras. Desde Sara y Jorge en adelante, cada uno de los figurantes que había ido llegando se había arremolinado en torno a la convicción de que el viejo era el pagador de todos los servicios, y el comportamiento del gerente y del ministro luterano había reforzado esa creencia.
Pero ahora, en torno al cajón a punto de ser enterrado, y en el centro mismo de una atmósfera cargada de una tarde nubosa viniendo, se disponía un variado haz de miradas recíprocas que intentaba recontar las presencias y estimar los grados de proximidad.
El Jelmut no tenía otra cosa para decir más que aclarar que él no era Helmut. Las miradas se volvieron hacia el ministro, que rápidamente mencionó que lo habían contratado por teléfono el día anterior. Ya sin nadie a quien mirar, los figurantes comenzaron a preparar una estampida. En un rápido conteo Sara percibió que si el diletante no tenía nada que ver con Frida, si Helmut no era Helmut, si Jorge no era el nieto, y siendo que creía que todos los demás eran figurantes, por lo tanto no había nadie allí que hubiera venido realmente a despedirse de la muerta. En eso estaba, repasando los rostros, cuando se dio cuenta de que allá a lo lejos, en dirección a la otra ala del cementerio, se iba la presencia longilínea. El tal Gregorio. Llevaba un ramo de flores en su mano derecha. El mismo paso lento. La misma presencia desgarbada entre ramas bajas y mármoles alzándose hacia los cielos a punto de caer.
—¿Jelmut Valdguta está aquí?
El ministro al fin había tomado la iniciativa, intentando aclarar la situación. Para todos los demás tan solo era cuestión de demorar la constatación evidente de que Frida estaba siendo enterrada en soledad, en el hueco que había dejado preparado aquel racimo contratado de figurantes.
La lluvia que no cayó disipó la posibilidad de aclarar el malentendido. Pero tarde o temprano, mientras caminaban reconociéndose hacia la salida, se fue formando el mismo grumo de certeza en la conciencia de cada uno. Se habían estado hablando en un lenguaje que nadie manejaba, recordando pasados que nadie había vivido, para despedir conjuntamente a una persona que nadie había conocido.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.