Kitabı oku: «Auge y ocaso de la era liberal»
AUGE Y OCASO DE LA ERA LIBERAL
Auge y ocaso de la era liberal: una pequeña historia del siglo XXI retrata la evolución del sistema político internacional desde el fin de la Guerra Fría hasta la llegada al poder de Donald Trump. El libro es una crónica de los sucesos geopolíticos que marcaron la “era liberal”, la cual llega a su fin a mediados de la década pasada debido al resquebrajamiento del contrato social prevalente en los países occidentales, además del avance de China como potencia revisionista y la influencia negativa de la tecnología en el sistema democrático imperante en Europa y América del Norte.
Esta obra sugiere que el incipiente autoritarismo devenido del ocaso de la era liberal debería ser contrarrestado mediante un nuevo alineamiento entre las necesidades materiales y espirituales del individuo y una visión proactiva de la historia, tendiente a crear un espacio ontológico entre la tecnología y el concepto de humanidad.
Nicolás Lewkowicz realizó estudios de grado y posgrado en Birkbeck, University of London y The University of Nottingham, donde obtuvo su doctorado en Historia en 2008. Ha escrito cuatro libros sobre temas relacionados con la Guerra Fría, además de haber enseñado historia europea e internacional en diversas universidades del Reino Unido y Estados Unidos. Actualmente se desempeña como analista político en Wikistrat, Inc.
NICOLÁS LEWKOWICZ
AUGE Y OCASO DE LA ERA LIBERAL
Una pequeña historia del siglo XXI

Índice
Cubierta
Acerca de este libro
Portada
Introducción
Capítulo 1. El fin de la hegemonía estadounidense y el comienzo de la fragmentación del orden mundial Auge y ocaso de la hegemonía liberal La primacía del factor económico en el entendimiento de la historia moderna Una nueva formulación del Nuevo Orden Mundial
Capítulo 2. La libertad como valor económico El efecto de la religión civil estadounidense sobre el concepto de libertad El irresistible ascenso del “excepcionalismo estadounidense” Libertad económica y centralización política
Capítulo 3. Unipolaridad y convergencia La globalización como convergencia entre los intereses estadounidenses y la integración económica mundial La erosión del modelo globalizador La metapolítica como forma de crítica al mundo moderno La revuelta contra la homogeneización
Capítulo 4. El apogeo del liberalismo La disputa entre la libertad y la justicia La diferencia entre democratización y democracia La era de la globalización y la propagación de valores occidentales Los límites del liberalismo
Capítulo 5. Las consecuencias de la guerra contra el terrorismo La lucha contra el terrorismo islamista como acto hegemónico La orientación intervencionista de Estados Unidos El fin del “fin de la historia”
Capítulo 6. La influencia de la economía en el proceso del declive de Occidente Las consecuencias políticas de la gran crisis financiera de 2008-2009 Lo político entendido desde lo personal Manejar a la masa Espacios geopolíticos diferenciados
Capítulo 7. En los albores de un período más autoritario La constitución de un nuevo centrismo Las fallas de la socialdemocracia moderna La relación entre el posmodernismo y la irrupción del fenómeno autoritario en la escena política Las tendencias autoritarias como resultado del desfasaje entre lo material y lo mítico
Capítulo 8. Una globalización fragmentada El reacomodamiento del sistema político internacional Un cambio en el contrato social de las sociedades de Occidente El proceso de integración europeo como ejemplo de una globalización fragmentada La decadencia interna de Estados Unidos
Capítulo 9. La reconstrucción del orden mundial ¿Hacia dónde vamos? La tecnología como campo de batalla Un mundo de hegemonías limitadas
Conclusión. Una teoría de la historia para el siglo XXI En defensa del historicismo Los límites del liberalismo La influencia de la tecnología en la concepción del ser humano
Bibliografía
Créditos
Introducción
An age is a masquerade. The more contracted the circle, the more perfect the illusion.
Benjamin Disraeli, Tancredo
El objetivo esencial de este libro es dejar plasmada una crónica acerca de la evolución del sistema globalizador desde su apogeo a principio de la década de 1990 hasta su desenlace en 2016. La “bella época” liberal (1990-2016) no puede ser entendida sin prestar atención a la importancia que tiene la historia en el entendimiento de las acciones humanas. La premisa fundamental de este libro es que la era de la globalización puso en escena un sistema social, político y económico basado en un liberalismo de corte hiperindividualista, el cual causó una enorme fragmentación social y económica tanto en los países desarrollados como en los del Sur global. Los límites naturales al crecimiento económico han producidos grandes fracturas sociales, manifestadas en la irrupción del movimiento nativista y del progresismo, los cuales buscan, cada uno a su manera, recrear la esperanza de un futuro de expansión económica indefinida. Estas manifestaciones políticas bien podrían ser los últimos resabios de la orientación economicista que guió el pensamiento político de la era de la globalización. Los cambios de época suelen traer con ellos un profundo debate acerca de los lineamientos que deben guiar la vida en sociedad.
Parafraseando a Benjamin Disraeli, se puede afirmar que detrás de toda consideración material se encuentra un gran problema metafísico. Esta conexión entre lo material y lo inmaterial, obliterada por el sistema globalizador, debería hacernos pensar en la mejor forma de reconciliar nuestras necesidades materiales y espirituales. El avance cada vez más potente de las tecnologías inmersivas debería llevarnos a establecer algunos parámetros que sirvan para delinear la mejor manera de organizar nuestras sociedades y el sistema de Estados. La preservación de la diversidad humana solo puede efectuarse a través de una demarcación entre aquello de lo que la tecnología debería ocuparse y aquello que no puede ser descifrado a través de funcionalidades materiales.
El estado de descomposición del mundo contemporáneo puede ser la piedra basal de un sistema político cada vez más autoritario, consolidado mediante una intromisión cada vez mayor de la tecnología en las acciones humanas. El deicidio consumado por la época moderna fue anunciado como un aspecto fundamental en la liberación del ser humano de cualquier tradición o legado que pueda evitar su evolución. El énfasis puesto en las cuestiones materiales ha contribuido en buena medida a alejar al ser humano de aquello que lo acerca a lo esencial, más que a satisfacciones pasajeras.
Esta obra viene a reivindicar la importancia del historicismo como línea de pensamiento que ponga al individuo como sujeto y no objeto de la historia. La fragmentación producida por el proceso globalizador ha erosionado la capacidad del individuo de influir sobre su entorno social. Este fenómeno tiene lugar como resultado de la erosión del poder de las comunidades nacionales de poner en marcha políticas que puedan crear una sensación de estabilidad y progreso sustentables y amarrados en una tradición cultural específica. La fragmentación producida por el proceso globalizador y la incapacidad de las grandes potencias de ejercer una hegemonía completa sobre el sistema de Estados abre la posibilidad de recrear el espectro político de las naciones de acuerdo con las necesidades y los intereses de las mayorías.
La tradición intelectual que inspiró la escritura de este libro es aquella de los grandes pensadores de izquierda que criticaron los excesos devenidos de una visión materialista que no tuviera en consideración las necesidades metafísicas del ser humano, como el sentido de pertenencia a una patria, a una comunidad política o a una formulación metafísica de la realidad. Este libro busca seguir la línea trazada por pensadores como George Orwell, Hannah Arendt y Arthur Koestler, intelectuales de gran coraje que no callaron antes las injusticias cometidas por regímenes totalitarios, sean estos de izquierda como de derecha. Esta pequeña crónica del siglo XXI procura seguir esa línea de honestidad intelectual y dejar registrada una visión crítica de la “bella época” liberal del período que va de 1990 a 2016.
Este libro es el resultado de viajes, vivencias, observaciones e investigaciones realizados durante las tres décadas que sucedieron al fin de la Guerra Fría. También es el resultado del apoyo de mis padres, Nélida y Marcos, grandes compañeros de aventura de un periplo de treinta años de viajes y estadías en tres continentes. En este sentido, esta obra emana de los valores y la inteligencia conceptual legados por mi mamá y mi papá. Las mejores páginas de este libro reflejan el resultado de las largas charlas acerca de la evolución del mundo durante las tres décadas del período liberal que ahora llega a su fin.
Quiero también reconocer el aporte proporcionado por mi hermana Andrea, así como el de mis sobrinos Joseph y Noah. Mi esposa Annie también contribuyó enormemente a plasmar algunas ideas reflejadas en este libro, al abrirme las puertas de la cultura de la Norteamérica profunda, aquella que está fuera de los centros urbanos y que el ciudadano no estadounidense no ve ni conoce; aquella del interminable territorio que va desde el río Grande al Upper Missouri. Nuestros gatos Freyja, Kali y Nelson han sido fieles compañeros durante estos meses de escritura. Los lugares donde se escribe también influyeron sobre el resultado final del libro: Londres, Budapest, Zagreb y Valencia han sido ciudades propicias para la composición conceptual de este libro. Los contrastes entre la nueva y la vieja Europa sirvieron para identificar los problemas que aquejan al mundo contemporáneo y la necesidad de retener ciertos valores esenciales para generar progreso social. Agradezco también la colaboración otorgada por el personal de la British Library (Londres) y la biblioteca de la London School of Economics.
De todas formas, no hay inspiración más grande que la que da mi querido hijo Max, a quien tengo el gran placer de dedicar este libro.
CAPÍTULO 1
El fin de la hegemonía estadounidense y el comienzo de la fragmentación del orden mundial
Auge y ocaso de la hegemonía liberal
Las primeras dos décadas del siglo XXI están caracterizadas por una gradual fragmentación de la hegemonía política, cultural y económica de Estados Unidos, la cual se sustentó a través de la propagación de valores liberales. La hegemonía liberal de Estados Unidos se empieza a resquebrajar paulatinamente a partir de la primera década del siglo XXI, debido a los altos costos económicos y políticos que acarrea mantener la función de potencia dominante en el sistema internacional. El fin de la hegemonía estadounidense está causando una profunda transformación en el orden interno de los Estados y en el sistema político internacional. La aún reciente historia del siglo XXI anuncia que a Estados Unidos le cuesta cada vez más ejercer una hegemonía conceptual y práctica sobre el proceso globalizador.
Es cada vez más difícil para la potencia dominante ejercer el control del circuito global de producción y consumo, ya que las fuerzas económicas que engendran los procesos de interconexión del sistema global no están necesariamente guiadas por la voluntad de sostener el interés nacional de Estados Unidos. Existe una brecha cada vez pronunciada entre la capacidad de los Estados nacionales de implementar políticas tendientes a promover el interés nacional y la voluntad de las grandes corporaciones transnacionales de aumentar su utilidad económica. Por otra parte, los sucesos históricos acaecidos desde el fin de la Guerra Fría indican que la globalización no logró crear uniformidad en las formas de pensar y sentir de los diversos grupos culturales que habitan el planeta. Esta es, en definitiva, la razón principal por la cual el liberalismo ha perdido fuerza como elemento ordenador del sistema político internacional.
Desde el fin de la Guerra Fría, el sistema globalizador estuvo marcado por la voluntad de expandir a todos los rincones de planeta valores del liberalismo clásico como la democracia y la doctrina de los derechos humanos. A su vez, estos elementos del liberalismo clásico se mezclaron con algunas tendencias neoliberales tendientes a promover los intereses corporativos que operan a nivel global. Esencialmente, el neoliberalismo comenzó a guiar de manera cada vez pronunciada el ordenamiento económico interno de los países del Sur global sobre la base de políticas de ajuste estructural que fomentaran un crecimiento económico exógeno, estrechamente ligado a la interdependencia de estas naciones con la economía global. Desde la perspectiva de la teoría de las relaciones internacionales, el liberalismo abogaba por un mayor grado de interdependencia y cooperación entre las naciones, basado en el librecambismo y la adopción de valores políticos y culturales comunes.
Para entender el origen y la evolución del liberalismo como lineamiento ordenador de las relaciones internacionales desde el fin de la Guerra Fría a nuestros días debemos fijarnos en tres hitos de gran magnitud histórica. El primer hito de la historia del siglo XXI es el fin de la Guerra Fría, marcado por el colapso de la Unión Soviética (1991). Su consecuencia directa fue la idea de que era posible armonizar los procesos políticos y económicos de todos los integrantes del sistema mundial. El proceso globalizador se cementaba como consecuencia de la proyección de los valores culturales de Estados Unidos, la potencia hegemónica, sobre el resto del orbe. Esta proyección de valores respondía a la necesidad de consolidar la globalización como fenómeno que sirviera para responder a los intereses económicos y geopolíticos de Estados Unidos en el orden internacional. Los principios hegemónicos que se impartieron desde las postrimerías de la Guerra Fría tenían como motivo principal la imposición de un ordenamiento internacional basado en reglas de conducta comunes y en la proyección de relaciones comerciales librecambistas sobre los países que se unían a la economía global. Esta visión de las relaciones internacionales estuvo influenciada por las ideas liberales promovidas por pensadores como Immanuel Kant, quien abogaba por un sistema de Estados basado en la cooperación, el fomento del comercio y el republicanismo como forma de ordenamiento político.
El alineamiento internacional surgido en las postrimerías de la Guerra Fría se consolidaba en la medida en que la potencia dominante lograba detener el avance de corrientes ideológicas que pudieran hacer mella en los deseos hegemónicos de Estados Unidos. Esto significaba asegurarse la primacía del liberalismo económico y de la democracia liberal como elementos ordenadores del sistema global. Estados Unidos conseguía ordenar al sistema político internacional haciendo hincapié en el precedente histórico de las cuatro décadas que sucedieron al fin de la Segunda Guerra Mundial. En efecto, el auge del liberalismo a partir de la década de 1990 siguió la línea de la política económica trazada por Estados Unidos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. La prosperidad alcanzada por Europa Occidental y Japón luego de la contienda bélica finalizada en 1945 permitió a Estados Unidos contar con el apoyo estratégico de centros independientes del poder económico que brindaban prosperidad a su población y de esta forma evitaba el avance del comunismo sobre las áreas del mundo que estaban bajo su influencia geopolítica. Luego del fin de la Segunda Guerra Mundial Estados Unidos logró crear un sistema de intercambio global que prevenía el establecimiento de espacios económicos autárquicos, los cuales habían originado las circunstancias que llevaron al mundo a una contienda bélica global.
En las postrimerías de la Guerra Fría, la política comercial de Estados Unidos empezó a reconfigurarse a través de la idea de que la prosperidad y el dominio geopolítico de ese país dependían de la posibilidad de integrar su economía a un sistema global de producción y consumo. Esta visión informó la política exterior del presidente Richard Nixon (1969-1974), quien buscó un acercamiento con la Unión Soviética en materia de política exterior y con China en el ámbito de las relaciones comerciales. En la década de 1980 China empezó a abrir su economía a la inversión extranjera. Este fenómeno sentó las bases de la descentralización de su sistema de producción global, ya que las empresas estadounidenses y europeas trasladaron allí su capacidad operativa, expandiendo así su utilidad económica y proveyendo al consumidor occidental de productos baratos. Las primeras décadas que sucedieron al fin de la Guerra Fría trajeron una gran expansión económica y un boom del consumo en Occidente, fomentado por los productos baratos comprados a China y por una expansión crediticia que permitió a las naciones occidentales experimentar crecientes niveles de bienestar. La derrota del comunismo trajo el fin de la Guerra Fría y la posibilidad de consolidar definitivamente la primacía del capitalismo en el sistema global. Este fenómeno significaba que las cuestiones económicas tendrían primacía por sobre las políticas. En términos prácticos, esto también significaba que el ordenamiento político de las naciones estaría dirigido a crear la posibilidad de generar altos niveles de consumo para la población occidental y utilidades económicas cada vez mayores para los intereses corporativos de alcance global.
A partir de ese momento, se empiezan a erosionar las diferencias ideológicas entre la “derecha” y la “izquierda”, ya que ambas corrientes aceptaron la necesidad de acatar los designios economicistas del sistema globalizador. Para ello, había que reducir la independencia de los Estados nacionales y potenciar la influencia de organizaciones supranacionales que pudieran implantar un proceso de homogeneización en temas económicos. A su vez, la guerra del Golfo (1990-1991) tuvo la particularidad de imponer la idea de que la soberanía es un concepto que no puede ser entendido de manera absoluta. La invasión a Kuwait por parte de Irak consolidó la idea de que la paz mundial solo podía ser garantizada a través de la propagación de normas de convivencia instaladas a nivel global. La respuesta de la comunidad internacional a la invasión a Kuwait evidenció los peligros que podía conllevar una posición revisionista por parte de potencias de mediano rango. Sadam Husein buscaba reivindicar la supremacía de Irak en Oriente Medio y “revisar”, de esta forma, las bases del ordenamiento político y económico impuesto por Estados Unidos y las potencias occidentales en esa región.
A su vez, la propagación de normas de convivencia global aplicadas a través del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU) y las medidas de armonización emanadas del proceso globalizador dependían de la capacidad de Estados Unidos y sus aliados de ejercer la fuerza militar de manera efectiva. Desde esta perspectiva, se entendían las razones por la cuales Estados Unidos y sus aliados comenzaron a intervenir asiduamente en la resolución de conflictos a nivel global, como en el caso de Irlanda del Norte, la ex-Yugoslavia y Oriente Medio. Para lograr este objetivo, desde la década de 1990 se avanzó hacia un concepto de intervención tendiente a homologar patrones de conducta que redujeran el espectro de conflicto en el sistema internacional, aun cuando esto conllevaba la posibilidad de intervenir militarmente en naciones soberanas.
El concepto de soberanía establecido por la comunidad internacional desde el fin de la Guerra Fría también estuvo dirigido a reducir las externalidades negativas producidas por conflictos internos y la errática administración económica por parte de los países periféricos, a través de las medidas de ajuste estructural promovidas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial. Los Estados nacionales que no estuvieran en condiciones de autoadministrarse de manera efectiva y que no pudieran ejercer un control efectivo sobre su territorio serían considerados “Estados fallidos” (failed states) y por lo tanto sujetos a ser intervenidos militarmente por la comunidad internacional. Esta es la visión derivada del segundo hito importante del ordenamiento internacional que sucedió al fin de la Guerra Fría: la guerra contra el terrorismo. La amenaza del terrorismo islamista hizo que se viera a los “Estados fallidos” como posibles desestabilizadores del sistema global, debido a su putativa colaboración con grupos terroristas. Esa es la razón por la cual Estados Unidos y sus aliados ejercieron la intervención militar en países como Afganistán (2001), acusado de albergar terroristas pertenecientes a Al-Qaeda e Irak (2003), al cual Estados Unidos acusaba de poseer armas de destrucción masiva.
El período de “hegemonía liberal” de las dos primeras décadas que sucedieron al fin de la Guerra Fría le dio a Estados Unidos la posibilidad de usar su poderío militar para reconfigurar al mundo de acuerdo con sus preferencias geopolíticas. El concepto “hegemonía liberal” se sustenta en la idea de que, a nivel doméstico, los Estados deben regirse de acuerdo con principios políticos liberales, como la democracia, el estado de derecho (rule of law) y el respeto por los derechos humanos. A nivel internacional, el orden liberal se caracteriza por la apertura económica (bajas barreras al comercio internacional y fomento de la inversión extranjera) y un esquema de relaciones interestatales reguladas por instituciones supranacionales como la Organización Mundial del Comercio (OMC).
La hegemonía liberal de Estados Unidos se empieza a resquebrajar como consecuencia de la gran crisis financiera de 2008-2009. Este tercer hito del ordenamiento internacional que sucedió al fin de la Guerra Fría erosionó el prestigio del sistema capitalista estadounidense, además de originar una merma en los niveles de vida de los habitantes de ese país y de la mayoría de las naciones occidentales. Aquí se produce un fenómeno importante: el ocaso de la hegemonía liberal, el cual abre una nueva etapa en el orden internacional. El concepto de hegemonía liberal fue usado por los gobiernos de Bill Clinton (1993-2001) y George W. Bush (2001-2009) para mantener la posición de superioridad de Estados Unidos en el sistema político internacional. El concepto de hegemonía liberal se sustentaba en una idea bastante optimista acerca de la capacidad de Estados Unidos de poder reconfigurar el funcionamiento interno de otras sociedades y una subestimación acerca de la capacidad de los actores más débiles del orden internacional de repeler los objetivos estratégicos estadounidenses. Los gobiernos de George W. Bush y Bill Clinton operaban bajo la premisa de que era posible expandir valores políticos y económicos que reconciliaran los intereses de Estados Unidos con los de la comunidad internacional.
El proceso de difusión tecnológica y la liberalización del comercio internacional, además del intervencionismo militar, hicieron mella en la capacidad de Estados Unidos de mantener la supremacía del orden global. La liberalización del comercio internacional benefició a los intereses corporativos globales mucho más que a la ciudadanía, la cual se vio perjudicada por la descentralización del sistema de producción y consumo. La orientación de la política exterior de Estados Unidos comienza a cambiar debido a factores ligados a la merma en la calidad de vida de su población luego de la gran crisis financiera de 2008-2009, el ascenso geoeconómico y geopolítico de China y la creciente autosuficiencia de Estados Unidos en materia energética, lo cual permite el abaratamiento de costos y la repatriación de cadenas de producción a América del Norte.
El reacomodamiento del sistema político internacional nos está llevando a un esquema de relaciones internacionales de suma cero. Desde esta perspectiva realista de las relaciones internacionales, un beneficio obtenido por un actor del sistema internacional siempre ocasiona una pérdida para otro actor. Esto lleva a las grandes potencias a maximizar su posición relativa dentro del orden internacional de manera continua. Esta visión de la política internacional se contrapone a las ideas de la corriente liberal, la cual ve en la cooperación política y económica entre las naciones un instrumento para moderar el espectro de conflicto.
El ocaso de la hegemonía liberal está íntimamente ligado a la voluntad de Estados Unidos de recuperar su posición dominante en el sistema internacional, gravemente amenazada por una creciente multipolaridad ocasionada por el ascenso de competidores económicos de gran importancia, como China. Esto implica el abandono parcial de una política exterior globalista y la creciente relevancia de principios realistas, que tienen como propósito maximizar el interés nacional estadounidense sin bregar por la armonización de patrones políticos y económicos a nivel global. Más allá de la coyuntura creada por el gobierno de Donald Trump, Estados Unidos se enfrenta a la contrahegemonía china, sustentada en una política comercial neomercantilista. El gobierno de Trump busca reinstaurar el sistema de librecambio desde una perspectiva centrada en la repatriación de las cadenas de producción y la imposición de una política librecambista (en la medida en que estas promuevan al interés nacional estadounidense) a las regiones del mundo donde opera una orientación mercantilista, como China y, en menor medida, la Unión Europea. Para conseguir este objetivo, se abandona la idea de instigar un acercamiento geopolítico hacia China. También se obliga a los países europeos a contribuir al menos con el 2% de su presupuesto nacional a temas de defensa, so pena de moderar el compromiso estadounidense con la Organización del Atlántico Norte (OTAN).
El auge de la hegemonía liberal coincidió con una sensación de optimismo causada por el triunfo del liberalismo en la contienda con la Unión Soviética. El triunfo de la concepción racionalista en las relaciones internacionales implicaba la imposición de un contrato social que regulara no solo la interacción entre los Estados sino también el orden interno de los países que se unían al sistema global, asegurándose de que estos se ordenaran internamente sobre la base de valores como la democracia, el estado de derecho y la doctrina de los derechos humanos. La nueva formulación del sistema internacional se caracteriza por un ascenso en el nivel de conflicto entre Estados Unidos y sus competidores comerciales y geopolíticos y un marcado descenso en el proceso de homogeneización política y social a nivel global.
En efecto, una de las manifestaciones del ocaso de la hegemonía liberal es la aplicación de la regla citada por Joseph de Maistre, a propósito de los designios progresistas de la Revolución Francesa: “Nunca se debe preguntar cuál es el mejor gobierno pues no existe uno que convenga a todos los pueblos. Cada nación tiene el suyo, del mismo modo que tiene su lengua y carácter, y ese gobierno es el mejor para ella”.1 La desglobalización del sistema político internacional es el resultado de la imposibilidad de extender normas que puedan ser acatadas por todas las naciones de manera uniforme. Los sucesos ocurridos desde el inicio de la guerra contra el terrorismo indican que la imposición de un modelo homogeneizador motorizado por la fuerza militar tiene consecuencias negativas para la propia potencia que lo propicia.
El ocaso de la hegemonía liberal de Estados Unidos responde a la necesidad de recobrar la personalidad política del país, la cual se basa en un sentido de “excepcionalismo” con respecto a otras naciones de Occidente. En el actual contexto internacional, el “excepcionalismo estadounidense” busca influenciar al sistema político internacional a través de la confrontación con las naciones que cierran sus puertas al librecambismo indiscriminado, como China y los países del espacio económico europeo. Estados Unidos se ve como una nación moralmente superior a los países de Europa. Este sentido de superioridad moral es un factor fundamental para entender por qué Estados Unidos ha sido propenso a utilizar la fuerza militar para protegerse de ideologías y prácticas que amenazan su posición hegemónica.
El ocaso de la hegemonía liberal es resultado inmediato de la incapacidad del sistema capitalista de proveer una mejora económica sostenida para todos los sectores de la población. La gran crisis financiera de 2008-2009 mostró de manera evidente la viabilidad del sistema de producción que prevalece en países como China, que posee un sistema político autoritario y un sistema económico mercantilista que logra dar respuesta a las aspiraciones de movilidad social de su población de manera mucho más efectiva que las naciones occidentales. Esta alternativa ideológica al sistema capitalista estadounidense tiene consecuencias geopolíticas de gran importancia. El ascenso de China es evidencia de los beneficios de su sistema económico. Este ascenso también da lugar a la posibilidad de que otros países adopten ese sistema, lo cual reduciría el espectro de dominancia de Estados Unidos en el sistema político internacional. El ocaso de la hegemonía liberal no implica un renunciamiento a las aspiraciones globales de Estados Unidos. Más bien, la oposición del gobierno de Trump a la hegemonía liberal debe ser vista como la voluntad de establecer los lineamientos que puedan restaurar la dominancia de Estados Unidos en el sistema global. Se quiere, a través de la coerción política y económica, pasar de un sistema normativo multilateral a otro que sea ordenado bilateralmente a través de un sistema de incentivos, castigos y recompensas.
Estados Unidos comienza a abandonar parcialmente el multilateralismo ya que este deja de influir positivamente en la capacidad de la potencia hegemónica de poder dictar los lineamientos del orden global. Esta perspectiva de conflicto nos hace pensar en una alineación del orden internacional mucho más propensa a ser influenciada por conductas jerarquizantes. La historia, en definitiva, refleja un orden jerárquico en el cual unas pocas naciones mandan y la mayoría obedece. Desde la perspectiva de las relaciones internacionales, se deduce que el sistema de Estados es “anárquico” porque no existe un ente capaz de implementar todas las normas del derecho internacional en todo momento y en todo lugar. Los regímenes internacionales establecidos luego del fin de la Guerra Fría lograron morigerar la posibilidad de conflicto entre las naciones sobre la base de una expansión de normas comunes de conducta. En el actual contexto, se nota un fenómeno inverso. En efecto, las naciones preponderantes manifiestan una voluntad cada vez mayor de deshacerse de los compromisos políticos que provienen del acatamiento a las normas del derecho internacional.
Además, si bien la era de la globalización produjo progreso material, este no logró ser distribuido equitativamente. El ocaso del orden liberal tiene como resultado inmediato el fin de la idea de un progreso material lineal que pueda abarcar a grandes esferas de la sociedad y a todos los países del orbe de manera equitativa. La democratización de las economías de Occidente, la cual tuvo lugar luego del fin de la Segunda Guerra Mundial, ha tocado techo. Los nuevos procesos de producción, los cuales no requieren una gran cantidad de trabajadores, son incompatibles con la idea de sistemas políticos que puedan crear los mecanismos para llevar progreso material a las masas. El proceso de destrucción creativa que es parte intrínseca del capitalismo moderno crea también un sentido de impermanencia que impide la construcción de un contrato social de larga duración y que pueda abarcar a las mayorías. En efecto, la implementación de las nuevas tecnologías en el proceso de producción tiene como resultado inmediato la merma en la calidad de vida de vastos sectores de la población, debido a la necesidad cada vez menor de incorporar trabajadores a la economía.
La idea de progreso material que reguló las relaciones sociales de Occidente luego del fin de la Guerra Fría estuvo informada por un sentido de optimismo promovido por un aparato cultural que difundía a través del cine, el arte y la música la idea de una continua democratización del bienestar. Desde los centros de producción de sentido, se promovía la idea de que el individuo debía atender no solo a sus necesidades materiales básicas, sino también a sus incesantes deseos. Este sentido de optimismo panglosiano sentó las bases de los graves problemas económicos que desencadenarían en la gran crisis financiera de 2008-2009, además de la fragmentación que aqueja a las sociedades de los países occidentales. Tanto el sistema político como la cultura popular de la “bella época” liberal establecieron la idea de que todos los individuos están en condiciones, si así se lo proponen, de obtener un nivel de progreso material cada vez más elevado. El ocaso de la hegemonía liberal es un momento de revelación: habrá progreso material, pero no será para todos ni distribuido de forma equitativa. La productividad no está ligada al empleo de personas físicas, sino a la creciente digitalización de la economía y a la introducción permanente de formas más efectivas de producción y consumo. La pandemia global de COVID-19 es un importante acelerador de las grandes transformaciones del proceso económico. Estas transformaciones, guiadas por el concepto de eficiencia económica, indican que no volveremos a experimentar los mismos niveles de ascenso social vistos durante la Guerra Fría.
El hiperindividualismo y la idea del consumo ilimitado de bienes y servicios terminan debilitando el tejido social y creando importantes grietas ideológicas entre los diversos sectores de la población. A su vez, el sentido de obsolescencia y fluidez generado por el sistema capitalista posmoderno no es capaz de llevar bienestar a todos los estamentos de la sociedad.
El ascenso de potencias revisionistas –aquellas que rehúsan acomodarse a los intereses de Estados Unidos– como Rusia y China, las cuales son vistas como ejemplos elocuentes de los beneficios que trae el respeto por las formas tradicionales y carismáticas de organización económica y social, es otro elemento que augura el fin del orden liberal tal cual lo conocemos. Kant hablaba de la necesidad de que las naciones puedan ser mancomunadas a través de reglas de convivencia que puedan traer prosperidad a todos los individuos. Esta visión prolija y lineal de la historia ha informado el sistema político internacional creado luego del fin de la Guerra Fría. En efecto, el sentido de sociabilidad entre los pueblos y la idea de una mancomunidad universal están profundamente influenciados por la noción de que es posible gestionar las inclinaciones naturales del individuo de forma ordenada y racional. En la visión liberal, hay una tendencia a ver la historia como un proceso que permite resolver los problemas que afectan al orden interno de las naciones y a las relaciones interestatales. Los acontecimientos que actualmente informan el sistema político internacional parecen no darle la razón a la visión liberal. La recurrencia del conflicto, sumado al progreso político y económico desigual entre las naciones, hace que vuelva a relucir una idea menos optimista de la historia.2
La primacía del factor económico en el entendimiento de la historia moderna
El triunfo del individualismo devenido como consecuencia del orden liberal consolidado a partir del fin de la Guerra Fría implica la primacía de lo económico por sobre lo político como unidad de análisis principal de lo que acontece en el orden interno de los países occidentales. La idea de progreso material está profundamente ligada a la satisfacción ilimitada de deseos personales. De ahí que toda manifestación política esté vinculada de manera asidua a la materialización de alguna demanda por parte de grupos de interés. Existe un punto donde la interpretación liberal y la marxista de la historia se tocan. Según la primera, existe un avance lineal del progreso material. Según la segunda, este avance en el progreso material del ser humano revela las contradicciones irresolubles en el sistema capitalista, lo cual debería devenir en su reemplazo por el comunismo, entendido como un estadio donde el ser humano se libera para siempre de la escasez material. En este sentido, cuanto más se consolida la primacía de lo económico por sobre lo político, más se ve a la realidad social como extensión de las necesidades individuales del ciudadano. Esto acarrea la imposibilidad de delinear un contrato social que pueda abarcar a las mayorías.
Las incongruencias del sistema capitalista hacen que en algún momento se note la incapacidad de lograr progreso material ilimitado. Esa situación hace que se fragmente el espacio político. Cuando no se pueden extender derechos socioeconómicos, se trata de suplir esta carencia mediante la expansión de derechos civiles, lo que aumenta el espectro del pluralismo y, por ende, de la atomización de la sociedad. El liberalismo tampoco logra crear bienestar psicológico y emocional. Desde la perspectiva marxista, se podría deducir que el resquebrajamiento de la promesa liberal de progreso ilimitado debería promover un proceso revolucionario centrado en la materialización de las necesidades socioeconómicas de la población. No obstante ello, vemos cómo el sentido de “aspiración” engendrado por el liberalismo, el cual es visto como un derecho natural del ser humano, sigue siendo más fuerte que la voluntad de crear un espacio público que pueda contener las necesidades materiales de amplios sectores de la población.
La primacía de las consideraciones económicas, profundamente conectadas con la posibilidad de obtener progreso material, hace que el individuo pueda ser inducido a tolerar un sistema político que cada vez respeta menos la privacidad de la persona y a permitir una mayor centralización de poder político y económico. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, la ciudadanía de los países occidentales tuvo una expectativa de mejora económica sostenida, la cual empieza a desmoronarse a partir de la gran crisis financiera de 2008-2009. La incapacidad del sistema liberal de proveer mecanismos de elevación social puede llevar a la aceptación de modelos políticos más autoritarios. Los países más exitosos de Asia marcan el camino en este sentido. Es lógico pensar que estas prácticas se vean como irrespetuosas de las libertades personales.
Los países asiáticos han logrado crear un contrato social centrado en atender las necesidades económicas de la población a través de un sistema político más autoritario. Este esquema de control podría introducirse de manera cada más acentuada en las sociedades occidentales, las cuales han sido afectadas por una creciente atomización social.
El mayor grado de control social facilitado por la tecnología podría ser aceptado de forma cada vez más voluntaria, si es que este aporta un mayor grado de estabilidad. El contexto producido por la pandemia global de COVID-19 y las futuras catástrofes que azotarán a la humanidad auguran la posibilidad de que empiece a prevalecer un contrato social más rígido y vertical. Estas consideraciones están también ligadas a la puja entre las consideraciones espirituales y materiales que afectan a los individuos de las sociedades modernas. Las versiones progresistas y conservadoras del liberalismo no se ocupan de las necesidades emocionales y psicológicas del ser humano.3 Ninguna de las variantes del liberalismo que regula el funcionamiento de las sociedades occidentales se ocupa de la necesidad del ser humano de obtener trascendencia. El sistema político y económico de las sociedades occidentales opera de manera cada vez más pronunciada con un contrato social fragmentado, que solo parece estar interesado en atender las necesidades de grupos de intereses sectoriales, más que en generar las bases de un proyecto que pueda abarcar a todos los sectores de la sociedad.
La izquierda moderna parece tener como propósito la voluntad de fomentar los intereses de grupos que se autoperciben en situación de desposesión, adoptando una perspectiva emotiva basada en el sentido de empatía hacia los grupos vulnerables. Esta voluntad de ver el lado emotivo de la lucha por la justicia social expande el terreno de conflicto en el espacio público. Se pierde de esta forma la noción de mejora económica abrazada por la izquierda tradicional, encarnada en el pensamiento de Karl Marx, el cual veía la redención de la clase trabajadora en el paso del “reino de la necesidad” al “reino de la libertad”.4 Hay una paradoja que informa la manera en la cual se regulan las relaciones sociales en las naciones occidentales. Existe una primacía de lo económico por sobre lo político. Pero esta perspectiva no logra crear los resultados buscados, ya que existe la sensación cada vez más pronunciada de destitución económica, que no puede ser reemplazada satisfactoriamente con una expansión continua de derechos civiles. La filosofía socialdemócrata, heredera del materialismo histórico marxista, estuvo ligada fuertemente a un esquema político que reconciliaba la mejoría de la condición económica de la clase trabajadora con la legitimación del sistema de propiedad privada. Esta forma de generar progreso social pierde fuerza luego del fin de la Guerra Fría. La idea de mejora económica como pilar fundamental en la concepción progresista de la política es suplantada con la idea de la configuración de espacios políticos para la materialización de intereses que atañen a una cierta parte de la población.
Una de las consecuencias principales de la primacía de lo económico por sobre lo político es que el individuo deja de ser sujeto de la historia. En efecto, el fin de la Guerra Fría creó un sentido de inevitabilidad acerca de la forma de organización política y social que debía ser adoptada por la humanidad toda. Este fenómeno creó la sensación de que no existía una necesidad de que el ciudadano se inmiscuyera en lo político, ya que este terreno pasó a ser entendido como la administración tecnocrática de los asuntos públicos. El individuo se inmiscuye de manera cada vez mayor en asuntos que tengan que ver con sus derechos civiles. Pero ya hay cada vez menos interés en crear comunidades políticas que puedan ayudar a esbozar un contrato social que fomente el bien común. Luego del fin de la Guerra Fría el concepto de participación política empezó a estar guiado por la idea de que la forma de organización social estaba dirigida por conceptos racionales que respondían de manera indefectible a una lógica económica.
De esta manera, los derechos civiles se convertían en un instrumento para apropiarse de una porción más grande del sistema de distribución económica. A su vez, lo racional se veía como algo que era consecuencia del hecho de que el ser humano ya no se interesaba en la política sino en satisfacer sus necesidades económicas. Lo racional hacía a lo político aburrido. La participación política basada en un pensiero forte no puede tener lugar en un contexto social cada vez emocionalizado y dirigido a satisfacer necesidades de grupos de interés. En efecto, el pluralismo liberal que pergeñó la idea de la primacía de lo económico hace que la política no sea ya proveedora de un contrato social para el bien común.
Lo personal (es decir, lo que es prioridad para el individuo) se materializa de forma colectiva mediante grupos de la sociedad civil que promueven intereses sectoriales. El fin de la Guerra Fría había dado por terminado, al menos en forma provisional, las batallas políticas ocasionadas por las grandes narrativas ideológicas de la segunda mitad del siglo XX. Hasta el fin de la Guerra Fría, era posible identificar la forma en la cual estos choques ideológicos servían para promover una idea del bien común. La socialdemocracia, una escisión evolutiva del marxismo clásico, logró que el conservadurismo adoptara una cosmovisión apuntada a crear mejoras en el campo social. En los países de Europa Occidental, ese choque ideológico fue crucial para generar estabilidad social y la promesa de progreso económico sostenido. Luego del fin de la Guerra Fría, se creía que el liberalismo económico y político, con su idea de una libertad cada vez más creciente en todas las áreas de la vida personal, podría ocupar el lugar existencial dejado vacante por las viejas luchas ideológicas del siglo XX.
De todas formas, en esta tercera década del siglo XXI ya hay voces que identifican los peligros inherentes en la primacía de lo económico por sobre lo político y de lo personal por sobre lo colectivo. Para Francis Fukuyama, la mejor manera de recuperar la primacía de lo político por sobre lo económico, algo que es fundamental para la preservación de la democracia liberal, es tratando de incorporar los intereses de cada sector social a una narrativa centrada en un proyecto para el bien común.5 En el mundo contemporáneo, lo político se manifiesta a través de lo “personal”, es decir, de la materialización del interés personal en el ámbito público y privado. Sin embargo, la experiencia histórica del siglo XX indica que la manera de mejorar las condiciones de vida de la población está íntimamente ligada al uso impersonal de la política.
La evolución ideológica de la socialdemocracia atestigua la manera impersonal en la cual se entendió la relación entre el individuo, la sociedad y el Estado desde las postrimerías del siglo XIX. Ferdinand Lasalle, uno de los pensadores más importantes de la socialdemocracia moderna, decía que “está justificado que el trabajador, el ciudadano pobre y, por extensión, la clase de personas que no poseen capital pidan que el Estado dirija su objetivo a mejorar la triste y necesitada condición de la clase trabajadora, y a descubrir la manera en la cual se pueda mejorar la condición de aquellos que ayudan a producir riqueza y civilización”.6 El socialismo evolutivo, basado en cuestiones de derechos socioeconómicos, logró involucrar al individuo, al Estado y a la sociedad civil en la construcción de un modelo inclusivo para todos los ciudadanos. Ser inclusivo es entonces entender la política de manera que incluya la participación del espectro más amplio posible de individuos en un proyecto dirigido hacia la realización del bien común. Cualquier intento de crear mejora económica en el ámbito social debe basarse en el hecho de que lo que se produce debe su existencia a la gente que dedica su esfuerzo a participar en la creación de bienes y servicios.
Sin esta apreciación y sin la certeza de una recompensa por este trabajo no es posible establecer la idea de comunidad. El contrato social propulsado por la izquierda democrática desde los fines del siglo XIX abogaba por la necesidad de crear mejoría social mediante la acción estatal, dentro del contexto del legítimo derecho a obtener y disfrutar la propiedad privada. Uno de los pilares de la socialdemocracia es la idea de que la acción política es el elemento que ayuda al individuo que trabaja a lograr sus aspiraciones y a saberse como pleno miembro de la sociedad.7 La primacía de lo económico por sobre lo político tiene la particularidad de recalcar la importancia del esfuerzo individual como factor de avance material. Este es, en definitiva, el espíritu que guía la voluntad de expandir derechos civiles basados en intereses sectoriales. La aún incipiente historia del siglo XXI indica que la falta de un proyecto político basado en el bien común representa la mayor amenaza para la supervivencia de las democracias occidentales. Existe un alto grado de fragmentación social conectada al hecho de que la lucha por la justicia social está marcada por los mismos lineamientos aspiracionistas emanados del triunfo del liberalismo individualista. Por ello, la lucha por la justicia y la libertad está caracterizada por la primacía de lo económico por sobre lo político.
Una nueva formulación del Nuevo Orden Mundial
La primacía de lo económico por sobre lo político y la centralidad del hiperindividualismo de corte liberal en el ámbito doméstico está llevando a una nueva formulación del Nuevo Orden Mundial creado al fin de la Guerra Fría. No existe ya la amenaza de un sistema económico que pueda reemplazar al capitalismo como principal sistema de producción de bienes y servicios. Es por eso que los sucesos que afectan al orden mundial deben ser vistos como una puja entre actores de gran relevancia, como Estados Unidos, China y Rusia, para determinar la forma en la cual se relacionarán los distintos espacios geopolíticos y la manera en la cual el sistema capitalista influirá sobre ellos.
No se está discutiendo si habrá o no globalización, sino la manera en la cual se encuadrará el proceso de producción y consumo y quiénes serán los actores que saldrán beneficiados por el reacomodamiento internacional que está teniendo lugar como consecuencia del resquebrajamiento del liberalismo. Estamos efectivamente en los albores de la segunda Guerra Fría, en la cual Estados Unidos y China medirán fuerzas en el campo comercial, tecnológico y militar. El resultado de esta contienda determinará, en buena medida, el tipo de organización económica y política que prevalecerá en el orden global por el resto del siglo XXI. Por otra parte, la nueva formulación del Nuevo Orden Mundial deberá estar basada en un reacomodamiento en la forma en que las diversas ecúmenes culturales organizan su ordenamiento interno.
El declive geopolítico estadounidense y el ascenso de China trajeron consigo un reperfilamiento del esquema de política exterior de Estados Unidos. El pensamiento geopolítico de Estados Unidos en el marco de lo que seguramente será la segunda Guerra Fría está informado por la puja de dos bandos ideológicos altamente diferenciados. El primero incluye a pensadores como Richard Haass y Graham Allison, los cuales abogan por un rol parecido al que el país tuvo con respecto a la Unión Soviética durante buena parte de la primera Guerra Fría. Este pensamiento está basado en el reconocimiento de la legitimidad de los intereses geopolíticos de China y en un permanente contacto con la clase política de esta nación, en el marco del interés mutuo y de la prevención del conflicto militar. Esta perspectiva fue la propulsada por el gobierno de Barack Obama, quien a través de su secretaria de Estado Hillary Clinton consideró necesario el “pivotaje” hacia Asia en cuestiones de política exterior. Hillary Clinton afirmaba en 2014 que era esencial para Estados Unidos forjar un modus vivendi en Asia, una región del mundo con una estructura económica sólida que estaba en pleno proceso de construcción de una arquitectura de seguridad propia. Según las declaraciones de Hillary Clinton, Estados Unidos debía contribuir a solidificar ese proceso, el cual redundaría en un continuo liderazgo de Washington durante el siglo XXI. Durante la última etapa del gobierno de Obama, se deducía que había un parangón entre la construcción de la alianza transatlántica luego del fin de la Segunda Guerra Mundial y la posibilidad de encuadrar a Estados Unidos como una potencia de la región del Pacífico en el siglo XXI.8
Hay quienes rechazan la idea de un acercamiento con China. Este bando, que incluye a Stephen Bannon, otrora asesor de Donald Trump, aboga por una posición más agresiva, basada en la voluntad de acabar con las prácticas mercantilistas chinas y en morigerar su expansión geopolítica en América Latina, Europa y Asia. Desde esta perspectiva, la política exterior de China se ve como profundamente hostil debido al tamaño de su población y economía y su política exterior, basada en la extensión de su poderío comercial en el hemisferio sur. La segunda Guerra Fría tiene ribetes diferentes del conflicto ideológico entre Estados Unidos y la Unión Soviética, debido al hecho de que lo que está en juego no es la posible victoria de una alternativa al sistema capitalista. Lo que sí está en juego es la capacidad de Estados Unidos de dirigir el sistema de producción y consumo, no solo en el orden internacional sino también dentro de sus fronteras. El recambio generacional que está teniendo lugar en Estados Unidos hace que la idea de un sistema capitalista dirigista pueda constituirse en una verdadera alternativa ideológica al sistema de laissez faire que impera en el país. A todo esto, la primacía estadounidense se ve amenazada por el creciente poderío de potencias revisionistas como China y Rusia. Es por eso que el gobierno de Donald Trump se cree en el legítimo derecho de imponer condicionamientos que puedan frenar el avance del poderío económico chino.
El reacomodamiento del sistema político internacional atañe también a la composición del orden interno de las sociedades. Es poco probable que la tendencia soberanista, basada en una supuesta “colaboración de clases” que hace acordar al fascismo y otras ideologías de “tercera posición”, pueda ayudar a resolver los problemas que aquejan a las sociedades modernas. El “soberanismo” manifiesto en el pensamiento político de Trump o el fenómeno Brexit (y también en el capitalismo autoritario y la gobernanza iliberal de países como Rusia y China) deben verse como tentativas de cabalgar el proceso de globalización de forma que este responda al interés nacional. El “soberanismo” no es un fenómeno que tenga como propósito ulterior acabar con el proceso globalizador; es un concepto utilizado por los países que capitanean los espacios geopolíticos dominantes para mantener su relevancia estratégica y no perder posiciones con respecto a sus competidores. Su concepto también indica una voluntad de concebir el espacio público de acuerdo con los valores heredados por una tradición cultural específica, en lugar de nociones de derechos civiles de aplicación global.
El Nuevo Orden Mundial que se viene reconfigurando desde 2016 está creando un ordenamiento geopolítico que se parece mucho al mundo descripto por el escritor británico George Orwell en 1984, novela distópica que retrata un mundo dominado por potencias autoritarias que no logran establecer una hegemonía universal. Los principales polos geopolíticos de la tercera década del siglo XXI son (1) la anglósfera, representada por la tradición librecambista de Estados Unidos y el Reino Unido; (2) el espacio geopolítico europeo, con un mercado único de bienes y servicios regulado, y abierto al comercio internacional de manera restringida; (3) China, la cual ha basado su ascenso económico en el establecimiento de relaciones geoeconómicas relativamente simétricas con otros países en vías de desarrollo, y (4) Rusia, la cual mantiene una posición dominante en el plano militar, situación que se traduce en una hegemonía geopolítica de envergadura en el espacio euroasiático. Inevitablemente, este sistema internacional rompe el proceso de globalización y lo reemplaza por un sistema de hegemonías regionales adecuado a las necesidades geopolíticas de cada una de las potencias dominantes. Estos polos chocarán entre sí, pero les será muy difícil obtener hegemonía más allá de su espacio geoestratégico natural.
Hay una gradual disonancia entre el proceso globalizador y los intereses geopolíticos de Estados Unidos, la potencia que engendró el sistema internacional establecido a fines de la década de 1980. Este fenómeno, sumado al ascenso de potencias revisionistas como China y Rusia, hace que haya un reacomodamiento del orden político internacional sobre la base del establecimiento de espacios geopolíticos que permitan a las potencias instaurar una hegemonía regional. La creación de espacios geopolíticos diferenciados limita la posibilidad del proceso globalizador de instigar una convergencia política y económica de gran magnitud. En efecto, vemos un repliegue de los valores liberales que informaron el proceso globalizador durante las primeras tres décadas que sucedieron al fin de la Guerra Fría. Esta reformulación del sistema político internacional puede ser el precursor de un orden global basado en el establecimiento de espacios geopolíticos que adopten su propia forma de organización política y económica y resistan a la idea de un “último hombre” universalizado.
1. Joseph de Maistre, Sobre la soberanía popular: un anticontrato social, Pozuelo de Alarcón, Escola y Mayo, 2014, p. 195.
2. Ver Immanuel Kant, ¿Qué es la Ilustración? [1784], Madrid, Alianza, 2013.
3. Ver Arthur Koestler, The Yogi and the Commissar and other essays, Londres, Macmillan, 1946.
4. Karl Marx, El capital [1894], Ciudad de México, FCE, 2000, vol. III, sección séptima, cap. XLVIII, p. 759.
5. Francis Fukuyama, Identity: The demand for dignity and the politics of resentment, Nueva York, Picador, 2019, p. 251.
6. Ferdinand Lasalle, The Working Man’s Programme, Londres, The Modern Press, 1864 (archive.org).
7. Ferdinand Lasalle, Open Letter to the National Labor Association of Germany, Cincinnati, Socialistic Labor Party, 1879, p. 2.
8.Hillary Clinton, “America’s Pacific Century”, Foreign Policy, 11 de octubre de 2011, (foreignpolicy.com).
CAPÍTULO 2
La libertad como valor económico
El efecto de la religión civil estadounidense sobre el concepto de libertad
Una de las particularidades principales del alineamiento internacional impuesto por Estados Unidos luego del fin de la Guerra Fría es la influencia de la idea de libertad como concepto ligado a una utilidad económica. El concepto de libertad que emana desde Estados Unidos tiene connotaciones morales y ontológicas que son específicas de su cultura y de su evolución histórica. La religión civil estadounidense es el conjunto de valores emanados del protestantismo calvinista implantado en América del Norte por los colonos británicos en el siglo XVII. La religión civil estadounidense afirma que el país es la “última gran esperanza de la humanidad”, debido a su adherencia al concepto de libertad como valor económico. Este es un concepto de suma importancia en el imaginario colectivo estadounidense. El énfasis puesto en la idea de la libertad como valor económico origina un marco conceptual en el cual los intereses y las necesidades del individuo son mucho más importantes que los de la comunidad que lo rodea.
La religión civil estadounidense es una punta de lanza para expandir el poderío geopolítico de Estados Unidos. El cristianismo posprotestante que informa su visión geopolítica está basado en una cosmogonía dominionista que se sustenta en la idea de que Estados Unidos es una nación electa por Dios para librar al mundo de las fuerzas del mal. En términos prácticos, esto significa librar una batalla continua contra todas aquellas ideologías que desafíen la primacía del capitalismo librecambista y el dominio geopolítico de Estados Unidos.
El concepto de libertad como valor económico tiene mucho que ver, como lo ha notado Max Weber, con la influencia de la cosmovisión calvinista del credo cristiano implantado en América del Norte luego de la llegada de los primeros colonos europeos. Según esta visión, la salvación espiritual no es para todos. El ser humano es, ontológicamente, un pecador que no puede salvarse por sí mismo sino únicamente por la gracia divina. Solo algunos predestinados adquieren la salvación espiritual. El concepto “electividad” está suplementado por la idea de que el trabajo es el refugio espiritual del creyente. Desde esta perspectiva, se ve la diligencia en las tareas mundanas como elemento para poder aspirar a la salvación espiritual.1
La diferencia fundamental entre el cristianismo posprotestante y otras denominaciones cristianas tradicionales es el énfasis en una interpretación más o menos literal de la Biblia. Este literalismo va más allá de la mera práctica religiosa. El literalismo bíblico emanado de la tradición teológica de la religión civil estadounidense ha sido uno de los factores fundamentales en la denostación del intelectualismo en Estados Unidos. La versión de la religión cristiana que prevalece en ese país ve el cristianismo como un conjunto de reglas de índole moral y ética que guía la vida del creyente y que crea ciertos lazos de solidaridad entre los miembros de la sociedad. Estos lazos de solidaridad están guiados por el estricto acatamiento de la ley, fenómeno que puede ser entendido sobre la base del literalismo normativo que informa al cristianismo posprotestante de la religión civil estadounidense.
La fe religiosa que proviene del cristianismo posprotestante indica que la creencia es más importante que la comprobación empírica de los hechos. El resultado inmediato de este fenómeno es un racionalismo opaco, basado en la imposición de ciertos artículos de fe en el ámbito político doméstico e internacional. El racionalismo opaco promovido desde el cristianismo posprotestante (como las denominaciones bautistas, carismáticas y pentecostales) está sustentado en la idea de la venida de Cristo al mundo como un hecho histórico comprobable de la misma forma que cualquier otro gran hito en la historia de la humanidad. No hay lugar para el misterio y la alegoría dentro de esta teología política. Este racionalismo opaco que deviene de la idea del Cristo histórico se sustenta en un literalismo interpretativo de la Biblia. Este literalismo normativo ha tenido un profundo efecto en la evolución de la personalidad política de Estados Unidos. Esta creencia religiosa promueve un nacionalismo basado en la idea de que Estados Unidos está destinado a emular el rol que Cristo ocupó como redentor de la humanidad. De ahí que emerja una perspectiva dominionista que resalta la importancia de mantener una fe absoluta en los valores que propiciaron la fundación del país y en su función histórica como faro de luz entre las naciones.
La insistencia en el literalismo se traslada a un escepticismo hacia lo intelectual y la búsqueda del conocimiento empírico como factor para aproximarse a la verdad. Los valores de la religión civil estadounidense también tienen un efecto importante en el ordenamiento del sistema político de ese país. Desde la década de 1970, el movimiento carismático posprotestante tuvo un rol central en la propagación de la idea de que la libertad debe ser fundamentalmente entendida como la no interferencia del Estado en el ámbito privado. De ahí que se abogue por mantener un sistema económico estrictamente librecambista y guiado por la primacía de derechos constitucionales básicos, como el del uso de armas. Estos valores han sido exportados con cierto éxito a áreas del mundo donde Estados Unidos tiene intereses geopolíticos de importancia. Recientemente, el cristianismo posprotestante se ha convertido en una fuerza política relevante en el hemisferio occidental, como lo demuestra el avance de corrientes evangélicas en países como Brasil y México.
Los efectos de esta religión civil no solo se hacen sentir en cuestiones que tienen que ver estrictamente con la propagación de ideas del librecambismo en otras partes del mundo, sino también con la diseminación de ideas para redimir a las poblaciones de países abnegados de ideas contrarias a los intereses de Estados Unidos. En este sentido, los valores posprotestantes instalan un sentido de dominionismo sobre todas las naciones del mundo.
Así se puede entender la importancia de la función evangelizadora en las sociedades civiles de los países del Sur global, sea en la expansión del credo posprotestante o en la promoción de ciertas formas de redención social. A su vez, hay que agregar que los sectores de la sociedad civil estadounidense que se autoproclaman “progresistas” han secularizado algunas ideas formadas durante el período puritano para establecer nuevas dicotomías que demarcan la diferencia entre el “bien” y el “mal”. Desde el progresismo estadounidense, se aboga la idea de que algunas razas, orientaciones sexuales o géneros son “buenos” y otros son “malos”.
En ambos casos, la misión evangelizadora que deviene de los preceptos de la religión civil de Estados Unidos está fuertemente conectada al componente culpógeno de la cosmogonía protestante allí implantada desde el siglo XVII. Ambas orientaciones filosóficas están marcadas por ideas estrictas acerca de la diferenciación entre el “bien” y el “mal” que emanan del concepto de libertad como valor económico. La acción colectiva, tanto desde el conservadurismo de derecha como desde el progresismo, está necesariamente conectada, desde la perspectiva estadounidense, a la voluntad de crear utilidad económica.
El asociacionismo civil promovido por Estados Unidos a través de organizaciones no gubernamentales es un componente importante del proceso globalizador. De ahí que el proyecto progresista tenga como propósito la materialización de intereses sectoriales. El liberalismo de corte progresista ayuda a propagar la idea de libertad como valor económico haciendo hincapié, como su homólogo librecambista, en el hiperindividualismo, más que en un proyecto para realizar el bien común en las áreas del mundo impactadas por el asociacionismo civil promovido por Estados Unidos, el cual es el mayor productor de sentido conceptual del mundo occidental. Esto significa, en términos prácticos, que los problemas que afectan a las sociedades modernas sean vistos a través de las estructuras semánticas que emanan de América del Norte.
Los valores fundacionales de Estados Unidos están profundamente influenciados por la experiencia de los primeros colonizadores llegados de las islas británicas en el siglo XVII. El concepto de libertad que informó la experiencia histórica de la colonización del continente norteamericano estuvo guiado por una teología política que tomaba fuertes posiciones en lo que respecta a la línea divisoria entre el “bien” y el “mal”. El ámbito del trabajo y la producción ofrece la posibilidad de aspirar a la redención espiritual. Esta situación creó dos fenómenos interconectados. En primer lugar, se consolida la idea de que el Estado debe tener un espectro limitado sobre las acciones del ser humano, sobre todo en lo que respecta a la producción económica. Además, el sentido de nivelación ontológica creado por el sistema de representación política igualitaria exacerba el deseo de explotar a fondo las posibilidades económicas ofrecidas por América del Norte. La cosmogonía posprotestante está centrada en la idea de que Estados Unidos representa la “última gran esperanza de la humanidad”, debido al sentido de libertad que protege los derechos naturales fundamentales del individuo.
El credo estadounidense pone un énfasis especial en aquellos derechos en los cuales el Estado no debería intervenir, más que en aquellos que requieren la acción del Estado. Esta situación generó un pluralismo político basado en la idea de que la expansión de los derechos sociales y económicos debía establecerse a través de mecanismos de mercado. Una de las consecuencias naturales de este fenómeno es el sentido de apetitividad que informa la visión geoeconómica de Estados Unidos. Esta visión se sustenta en la necesidad de ver el sistema internacional como un espacio habitado por el “mal” y, por ende, sujeto a ser usufructuado y expoliado. La comosgonía dominionista ve a Estados Unidos como una nación elegida forzada a proteger sus intereses en un mundo que es fundamentalmente inicuo.
El alineamiento internacional consolidado luego del fin de la Guerra Fría maquillaba esta teología política apelando a un sentido de electividad que convertía a Estados Unidos en proveedor de bienes públicos como la democracia, la seguridad y el libre comercio. El sentido de electividad de Estados Unidos representaba, desde esta perspectiva, la mejor forma de preservar la paz mundial. El concepto de libertad que legitimó el proceso globalizador tenía como propósito integrar el mundo en un sistema económico que pudiera traer prosperidad económica a Estados Unidos. A pesar de lo notado por Francis Fukuyama, el concepto de libertad como valor económico no estaba necesariamente ligado a la ausencia de conflicto. Por el contrario, la versión del capitalismo que fue decisiva para derrotar al comunismo tiene como pilar fundamental a la libertad económica, no obstante el hecho de que esta cree grandes desigualdades sociales y falta de acceso a bienes y servicios vitales para buena parte de la población estadounidense.
Los efectos de la religión civil estadounidense también pueden ser observados en el maniqueísmo que informó la política exterior estadounidense luego del fin de la Guerra Fría. La visión realista propuesta por Samuel Huntington en su tesis sobre el “choque de las civilizaciones” sigue teniendo vigencia a la hora de analizar la forma en la cual Estados Unidos busca establecer su dominancia geopolítica. Luego del fin de la Guerra Fría, Huntington enfatizó la posibilidad de una resurgencia islámica y la conformación de un eje geopolítico en torno a China como amenazas de gran magnitud para el predominio de Estados Unidos. En las postrimerías del siglo XX Huntington observaba que el posible choque civilizacional entre Occidente (capitaneado por Estados Unidos) y sus posibles competidores no debía ser encarado bajo la premisa de la “universalidad” del pensamiento occidental, noción a la cual el pensador estadounidense consideraba “falsa, inmoral y peligrosa”. En términos prácticos, esto significa que los valores estadounidenses no pueden ser trasladables a todo espacio cultural, como pretende la mayor parte del establishment de la política exterior estadounidense. El dominionismo a ser ejercido por Estados Unidos, de acuerdo con Huntington, debía tener en consideración las diferencias fundamentales que existen entre las diversas ecúmenes culturales.
Puede decirse que el elemento de conflicto es vital para preservar la idea de libertad como valor económico. El proceso de convergencia económica que inicialmente guió al sistema globalizador sustentó la primacía geopolítica de Estados Unidos por un cierto período. El proceso de convergencia comienza a ser rechazado cuando este empieza a hacer mella en la capacidad de Estados Unidos de mantener su hegemonía geoeconómica. La idea de un “enemigo”, imaginario o real, es de fundamental importancia para mantener la dominancia económica de Estados Unidos y la conformación de un cierto equilibrio geopolítico en el orden internacional.
El metalenguaje civilizacional generado en el período posterior al fin de la Guerra Fría avizoraba que el islam ocuparía el lugar del comunismo como proveedor de conflicto internacional, desafiando la primacía ideológica de Estados Unidos. Esta es otra faceta importante para ejercer un dominionismo de corte religioso en el orden internacional. Huntington opinaba que aquellos que sostenían que Occidente no tenía un problema con el islam sino con alguna versión extremista de esta religión evitaban observar la larga historia de violencia entre ambas culturas.2 Aquí vemos la influencia de la religión civil estadounidense en la forma de idear el sistema político internacional. Cualquier ideología que redunde en la disminución de la posición geoestratégica de Estados Unidos debía ser confrontada como un “otro” a ser extirpado del sistema político internacional. De ahí que se entienda el actual conflicto con China y el desfasaje de intereses con buena parte de los países europeos.
El concepto de libertad como valor económico, emanado de la visión teológica del cristianismo estadounidense, tiene también un concepto antimodernista, ya que supedita el concepto de utilidad emanado de la Ilustración a ciertos valores fijos e inmutables que son constitutivos de la nación estadounidense, de acuerdo con la visión impuesta por los colonos puritanos.3 Leo Strauss, quien tuvo una influencia primordial sobre la configuración del movimiento conservador luego del fin de la Segunda Guerra Mundial, resaltaba que la mejor forma de proteger el sistema democrático liberal era desconfiando de la idea de progreso material y reteniendo la centralidad de la antinomia entre “amigo” y “enemigo”.4 Esta antinomia tiene como propósito encolumnar a la población en un proyecto político centralizado, basado en ciertos mitos políticos y culturales que sirvan para evitar la desintegración social. La antinomia “amigo/enemigo” (que fue tomada de Carl Schmitt, filósofo que influyó en la conformación de la teoría legal del nazismo) se encarga de poner la política en el centro de la vida social. Desde la perspectiva de la religión civil estadounidense, la lucha ideológica entre “amigo” y “enemigo” se centra en asegurarse de que cualquier variante ideológica sea respetuosa de la primacía de la libertad económica en la regulación de las relaciones sociales y de la posición hegemónica de Estados Unidos en el sistema de Estados.
El irresistible ascenso del “excepcionalismo estadounidense”
Estados Unidos se ve como un país que se destaca por ser la “excepción” más que la “norma” en la sociedad de Estados, debido a que en él prevalece una noción negativa de la libertad, más que la voluntad de lograr un mayor grado de justicia socioeconómica. A diferencia de otras partes de Occidente, en Estados Unidos el valor de la libertad (entendida como valor económico) prevalece por sobre el de la justicia. El fin de la Guerra Fría puso de manifiesto los elementos más pronunciados de la idea de “excepcionalismo estadounidense”. Esta perspectiva excepcionalista fue la que sentó las bases del alineamiento internacional que emergió luego del fin de la Guerra Fría. El triunfo de Estados Unidos y sus aliados en la puja ideológica que caracterizó a esta última condujo al presidente George H.W. Bush (1989-1993) a declarar el establecimiento de “un Nuevo Orden Mundial” basado en “el estado de derecho [rule of law], en lugar de la ley de la jungla, como principio de conducta entre las naciones”. En ese discurso, Bush mencionó la posibilidad de extender el principio de intervención militar en las áreas del mundo donde existía un alto nivel de violencia, cosa de que pudieran ser integradas a un sistema global de intercambio comercial.5
El objetivo ulterior del ordenamiento internacional que surgió al fin de la Guerra Fría fue avanzar con un proceso de convergencia mundial en temas de índole política y económica. Este objetivo fue legitimado luego del fin de la segunda guerra del golfo (1990-1991). Esa contienda había sido librada con el propósito de restaurar la soberanía de Kuwait, país que había sido invadido por el Irak de Sadam Husein en agosto de 1990. El nuevo orden internacional basado en reglas de conducta armonizadas también incluía la propagación de un ordenamiento económico convergente, caracterizado por la implementación de políticas neoliberales, expandidas a través de organizaciones supranacionales como el FMI y el Banco Mundial. La extensión de prácticas librecambistas en las regiones periféricas y la imposición de la doctrina de los derechos humanos y la democracia liberal eran consecuencias directas del ordenamiento impuesto por la potencia ganadora de la Guerra Fría, Estados Unidos. Estos lineamientos políticos y económicos eran ordenamientos establecidos de acuerdo con una perspectiva ideológica basada en la idea del “excepcionalismo estadounidense”, en cuanto este era portador de ideas que supuestamente venían a reducir el nivel de opresión que afectaba a diversas áreas del globo.
El gobierno de George H.W. Bush también se ocupó de que la Unión Soviética implosionara de manera de no ocasionar una disrupción de gran magnitud en el naciente orden internacional. Bush buscó no humillar a la Unión Soviética, lo que significó no reconocer la independencia de sus repúblicas antes de que lo haga Moscú. En un discurso pronunciado en Kiev en 1992, advirtió a las naciones que componían la esfera soviética que la “libertad no es lo mismo que la independencia” y que Estados Unidos no apoyaría a aquellos que buscaban un “nacionalismo suicida” que promoviera el odio étnico. El apoyo de Estados Unidos a las exnaciones soviéticas se aplicaría solamente a aquellas que apoyaran el sistema democrático.6
Esto es vital para entender la forma en la cual Estados Unidos encaró el proceso de reconstrucción del orden internacional luego del fin de la Guerra Fría. Una de las premisas fundamentales de ese proceso fue asegurarse de que Rusia, como Estado sucesor de la Unión Soviética, no experimentara un proceso de desintegración que pusiera en peligro la paz mundial. Aquí vemos una faceta interesante del “excepcionalismo estadounidense”. El sentido moral que reguló a la política exterior de Estados Unidos luego del fin de la Guerra Fría fue de suma importancia para guiar las acciones de los Estados que se estaban liberando del yugo comunista y aquellos que se sumaban al grupo de naciones democráticas.
Este no es un dato menor, ya que desde los sectores militares soviéticos emanaba una respuesta negativa hacia la apertura económica y política traída por la Glasnost y la Perestroika. El colapso del bloque comunista fue motivado principalmente por las ansias de la población del centro y el este de Europa de experimentar un mayor grado de libertad, luego de cuatro décadas de gobierno totalitario. De todas formas, la motivación principal de Estados Unidos fue asegurarse de que los países socialistas pudieran integrarse a la economía mundial adoptando los valores del librecambismo. Esta opción implicaba rechazar todo intento de reformar los sistemas que imperaban en el bloque comunista. Desde esta perspectiva, se puede decir que el “excepcionalismo estadounidense” estuvo marcado por la voluntad de prevenir el auge de alternativas ideológicas que pudieran amenazar la primacía de Estados Unidos en el contexto internacional establecido luego de la Guerra Fría.
Para lograr este objetivo, el gobierno de George H.W. Bush extendió una importante ayuda económica a la Unión Soviética, cosa de evitar humillarla y lograr que esta fuera cooptada al incipiente sistema político internacional. Durante 1990-1991, la misión económica encabezada por el secretario de Estado James Baker visitó la Unión Soviética para discutir un esquema de cooperación entre ambos países en diversas áreas económicas y políticas. Mientras tanto, la Unión Soviética intensificaba sus esfuerzos para abrir su economía al resto del mundo. En septiembre de 1990, el Soviet Supremo de la Federación Rusa adoptó un programa para privatizar la economía del país en un plazo de quinientos días. Mijaíl Gorbachov, el líder soviético, profundizó el proceso de reformas políticas y económicas en la segunda mitad de 1990, impulsado por una declaración del G7 que ofrecía ayuda económica y política, además de la asistencia técnica del FMI. El G7 sugirió que la ayuda económica se extendiera de manera más expedita en caso de que la Unión Soviética transfiriera sus recursos económicos del sector militar al civil y suspendiera el apoyo a las naciones que promovieran el conflicto regional. De esta manera, el “excepcionalismo estadounidense” buscaba que los países que se incorporaban a la economía global adoptasen ciertos valores que pudieran consolidar la primacía geopolítica de Washington en el nuevo contexto internacional.
En diciembre de 1989 Estados Unidos extendió un paquete de ayuda económica a la Unión Soviética, que incluía la provisión de fondos para paliar la falta de alimentos. Poco a poco, la Unión Soviética se fue incorporando al proceso de globalización establecido por el ordenamiento mundial que surgió luego del fin de la Guerra Fría, uniéndose a instituciones financieras internacionales como el Banco Mundial y el FMI. Por otra parte, la Unión Soviética manifestó su voluntad de incorporarse al sistema globalizador al participar en la coalición militar destinada a restaurar la soberanía de Kuwait. La estrategia de Estados Unidos en materia de política exterior estaba ligada a la posibilidad de asegurarse que los países del centro y el este europeo pudieran unirse a su esfera de influencia lo antes posible. Para ello, se facilitó su absorción a la naciente Unión Europea y a la OTAN, a la cual el gobierno de George H.W. Bush veía como un baluarte contra la creación de un ejército europeo independiente, como era sugerido por Francia.
Es de destacar que la noción de “excepcionalismo estadounidense” explica por qué Washington no duda en entrar en conflicto con sus aliados si nota que su interés se ve amenazado. Luego del fin de la segunda guerra del Golfo (1990-1991), ya se avizoraban las primeras reyertas entre Estados Unidos y Europa en el área económica, sobre todo en lo que concierne al suministro de productos energéticos. Las sanciones impuestas por Estados Unidos a Irak luego del fin de la contienda fueron decisivas para evitar el flujo de petróleo iraquí, de propiedad estatal, a países como Alemania, que dependen del suministro de energía abundante y barata para alimentar su sistema industrial. El petróleo iraquí fue sacado del mercado debido a las sanciones impuestas a Irak, todavía gobernada por Sadam Husein. Estas consideraciones hacen pensar que el concepto de libertad económica propagado por Estados Unidos luego del fin de la Guerra Fría tenía incorporado un aspecto de conflicto muy importante. Ya desde los albores del ordenamiento mundial que surgió luego del fin de la Guerra Fría se ve al conflicto (aun si este involucra a países que son considerados aliados) como instrumento para salvaguardar el concepto de libertad entendido de acuerdo con una perspectiva económica. El hecho de mantener lazos culturales y políticos con otras áreas del mundo es en realidad una consideración de segundo orden cuando este supuesto aliado impide que Estados Unidos desarrolle su potencial geoeconómico y geopolítico.
De todas maneras, luego del fin de la Guerra Fría existió una voluntad de extender una perspectiva multilateralista centrada en la primacía del derecho internacional. En este sentido, los años 90 fueron marcados por una tendencia que mezclaba el realismo práctico con una normativa internacional que podía ser acatada de manera más eficiente por la mayor parte de los países que se unían al proceso globalizador.
La expansión de las prácticas multilateralistas fue facilitada por el notable crecimiento económico experimentado por Estados Unidos gracias a las políticas monetarias expansivas aplicadas por la Reserva Federal bajo la conducción de Alan Greenspan. El crecimiento económico continuo del país era testimonio de la superioridad moral y política del “excepcionalismo estadounidense”. La reducción del costo del dinero provocó una notable expansión de las tasas de inversión que redundó en la baja del desempleo y la impresionante tasa de crecimiento económico de Estados Unidos durante la década de 1990. Su prosperidad económica se sustentaba sobre la base de una estructura de producción centrada en la creación de bienes de alto nivel tecnológico, los cuales formaban parte de una cadena de producción interdependiente entre los países centrales y los del mundo emergente.
La integración del mundo emergente al sistema global se cementaba a través de los valores que reflejaban el modo de vida estadounidense. Notablemente, el proceso de globalizador debería redundar en una mayor prosperidad para los países en vías de desarrollo, lo cual los haría más propensos a unirse al sistema político y económico creado por el ordenamiento mundial originado a partir del fin del Guerra Fría. Dentro de esta perspectiva, lo que se buscaba era asegurarse que el sistema global se alineara dentro de una concepción económica librecambista que beneficiara la dominancia estadounidense.
Si bien la expansión del orden democrático también era importante, no dejaba de ser una consideración de segundo orden. El presidente Bill Clinton ya avizoraba la posibilidad de una incompatibilidad fundamental entre el sistema político de Estados Unidos y el de Rusia y China, y la posible influencia de estas divergencias sobre el terreno geopolítico. En una sesión del Congreso de Estados Unidos llevada a cabo en 2000, Bill Clinton mencionaba que había que lograr que China y Rusia se convirtieran en “naciones estables, prósperas y democráticas”. Clinton también aseveraba que ambas naciones estaban ontológicamente constreñidas por el legado del comunismo.
En el caso de Rusia, principal Estado sucesor de la Unión Soviética, el problema fundamental era su economía en ruinas y la guerra secesionista librada en Chechenia. Mientras tanto, Clinton decía que a China la retrasaba la “ilusión de comprar estabilidad a expensas de la libertad”.7 Aquí vemos otra vez la forma en que el concepto “excepcionalismo estadounidense” es utilizado para demarcar las diferencias entre el “bien” y el “mal”, al menos en lo que respecta a la composición de los vectores que operan en el sistema político internacional. La posibilidad de exportar los valores de la libertad económica y política es un elemento de gran significancia a la hora de entender la importancia del “excepcionalismo estadounidense” como ordenador del sistema internacional.
El sistema globalizador comandado por Estados Unidos fue también decisivo en la pacificación de varias zonas afectadas por conflicto bélico. Durante la década de 1990, el intervencionismo impuesto por Estados Unidos fue clave en la resolución de conflictos en Irlanda del Norte, la ex-Yugoslavia y el Gran Oriente Medio. La operación Restore Hope, llevada a cabo en Somalia, cambió la orientación de la participación de las fuerzas armadas estadounidenses. A partir de ese momento, su ejército se ocuparía de usar su poderío para asegurar la pacificación de los países que habían pasado por un período de guerra civil. La misma modalidad fue aplicada en los casos de Sierra Leona y Liberia. El tono intervencionista usado por Clinton en política exterior, el cual se exacerbó en su segundo mandato, fue propicio para el bombardeo de Belgrado en 1999, en el contexto de la guerra étnica librada por la Yugoslavia de Slobodan Miloševic´ contra la población de origen albanés en Kosovo.
Clinton aseguraba que, si bien Estados Unidos no podía evitar la irrupción de conflicto en todas las situaciones, cuando los intereses del país estaban en juego y se podía contribuir a la paz mundial era obligación de Washington intervenir en conflictos bélicos.8 El gobierno de Clinton dejaba el camino allanado para la instauración de doctrinas de derecho internacional que instan a los países a proteger a la población civil. Uno de los corolarios principales del sentido de “excepcionalismo estadounidense”, tal como se lo aplica en el plano geopolítico, es la expansión de la doctrina de los derechos humanos, sobre todo cuando esta puede ser usada para expandir el interés nacional. Luego del fin de la Guerra Fría, la política exterior de Estados Unidos empezó a operar bajo la premisa de que la intervención en los asuntos internos de los países soberanos tenía el propósito de prevenir el conflicto y de disciplinar a los miembros de la comunidad internacional en caso de que estos no quisieran integrarse al sistema económico global. La extensión de prácticas librecambistas fue decisiva en el establecimiento de la OMC en 1995 y en la absorción de países como China y Rusia al sistema de intercambio internacional.
La política exterior de Bill Clinton en materia comercial también contemplaba la posibilidad de constituir una zona de libre comercio en la cuenca del Pacífico. El período de unipolaridad que caracterizó a la década de 1990 fue utilizado por Estados Unidos para organizar al sistema global en función de sus necesidades geopolíticas. El concepto “excepcionalismo estadounidense” tuvo vital importancia para asegurarse de que el sistema globalizador respondiera a las necesidades del sistema de producción de Estados Unidos, el cual en ese momento se sustentaba a través de absorción de la mayor cantidad de países del mundo al esquema globalizador.
Libertad económica y centralización política
La necesidad de mantener un sistema librecambista instigó a Estados Unidos a centralizar el proceso globalizador de manera de adecuarlo a sus necesidades geopolíticas. En este sentido, emerge luego del fin de la Guerra Fría la necesidad de instaurar un proceso de centralización destinado a encauzar el sistema globalizador de manera de que este favoreciera los intereses nacionales de Estados Unidos. El comienzo de la guerra contra el terrorismo en 2001 dio lugar a una reformulación del esquema geopolítico de Estados Unidos. El gobierno de George W. Bush (2001-2009) fue caracterizado por la adopción de una política exterior muscular, basada en el uso de la fuerza militar intervencionista. A partir del nuevo milenio, la intervención militar de Estados Unidos se llevó a cabo apelando a conceptos tradicionales de seguridad, descartando en cierta forma el multilateralismo y aduciendo la necesidad de asegurarse de que el mundo globalizado siga funcionando a través de un sistema librecambista.
La guerra contra el terrorismo reorganizó la política exterior de Estados Unidos sobre la base de la preocupación por prolongar el “momento unipolar” producido luego de la caída de la Unión Soviética. El incremento de amenazas globales como el terrorismo y la proliferación de armas de destrucción masiva y el avance económico de China provocaron, paulatinamente, la necesidad de cabalgar el proceso globalizador de manera más férrea. La guerra contra el terrorismo, iniciada como respuesta a los atentados del 11 de septiembre de 2001, puso en marcha un proceso geopolítico tendiente a maridar el espíritu globalizador con un agresivo intervencionismo dirigido a extirpar la amenaza del terrorismo islamista. Para ello, se veía al uso de la fuerza como un factor fundamental para fomentar un cambio de régimen político en el Gran Oriente Medio.
La guerra contra el terrorismo fue utilizada por el gobierno de George W. Bush para determinar cuáles eran los países que se alineaban detrás del proyecto neohegemónico de Estados Unidos, destinado a fortificar su dominancia en un orden internacional cada vez más volátil, debido a la multiplicación de amenazas de carácter global.9 El lineamiento en política exterior proyectado por el gobierno de George W. Bush se basaba en una filosofía neoconservadora. Esta ideología fue pergeñada por gente con pasado de izquierda liberal, la cual había quedado desilusionada por la falta de éxito de las políticas sociales diseñadas por los mandatos de John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson durante la década de 1960. En el plano internacional, el neoconservadurismo emergió como consecuencia de la debacle de la guerra de Vietnam, la cual hizo mella en la moral del pueblo estadounidense. En cuestiones de política exterior, la filosofía neoconservadora estaba guiada por los principios políticos de Leo Strauss, quien a través de su lectura de la alegoría de la caverna de Platón abogaba por la construcción de “mentiras útiles” que sirvieran para unir a la ciudadanía detrás de un proyecto nacional, cosa de prevenir un liberalismo extremo que facilitara las condiciones para el establecimiento de una tiranía.10
Los escritos de Strauss, así como los de otros pensadores europeos emigrados a Estados Unidos en la década de 1930, estaban informados por la idea de que solo una posición realista en temas de política doméstica e internacional podía conservar el espectro de libertad en Estados Unidos y el mundo occidental. Esta percepción fue vital para consolidar la visión dominionista emanada de la política teológica de la religión civil de Estados Unidos. Los neoconservadores tenían una gran voluntad de usar a Estados Unidos como instrumento para hacer que las sociedades gobernadas por sistemas autoritarios se rebelaran contra sus opresores.11
Muchos de los ideólogos del neoconservadurismo habían tenido un rol primordial durante el gobierno de Ronald Reagan (1981-1989). Los atentados del 11 de septiembre de 2001 constituían una oportunidad ejemplar para renovar la política exterior de Estados Unidos y volver a consolidar su hegemonía en el orden internacional. Lo que se buscaba en definitiva era preservar la preponderancia económica del país a través de una mayor centralización de recursos geopolíticos. Estos factores informaron las razones detrás de la aventura militar en el Gran Oriente Medio. Estados Unidos, en los albores del siglo XXI, no estaba en condiciones de autoabastecerse en recursos energéticos. Las invasiones a Afganistán en 2001 y a Irak en 2003 respondieron a la necesidad de asegurarse de que los recursos energéticos del Gran Oriente Medio pudieran ser utilizados por Estados Unidos, el mayor consumidor de energía del mundo, y que estos fueran comercializados en dólares estadounidenses.
El intervencionismo militar lanzado por Estados Unidos a partir de 2001 intentaba establecer el principio de que Washington atacaría a otro país si esto suponía detener una amenaza para el orden mundial. La cuestión específica que informaba esta doctrina era la posible posesión y proliferación de armas de destrucción masiva por parte de líderes revisionistas como Sadam Husein. El gobierno de George W. Bush lanzó la doctrina de cambio de régimen para extender los principios de libertad y democracia a un área del mundo gobernada por regímenes autocráticos. Los miembros más prominentes de ese gobierno no ocultaban los obvios intereses geoestratégicos y comerciales que acompañaban la decisión de lanzar la doctrina de cambio de régimen. De todas formas, se citaba el orden internacional configurado en 1945 como ejemplo de la posibilidad de unir los intereses de Estados Unidos con la construcción de un orden internacional más libre y democrático.12 Este país mantiene relaciones muy asiduas con las naciones del golfo Pérsico, las cuales distan de ser consideradas como ejemplos de libertad y democracia. Esto indica que su interés primordial era maximizar su posición geopolítica en el Gran Oriente Medio, la cual posee un interés estratégico y económico de gran magnitud.
La voluntad de reconfigurar políticamente al sistema internacional tuvo ribetes maniqueos. El discurso pronunciado por George W. Bush luego de los ataques terroristas de 2001 anunciaba que “todas las naciones en cada región tienen una decisión que tomar: o están con nosotros o están con los terroristas”. Ese anuncio indicaba la voluntad de Estados Unidos de prolongar el “momento unipolar” de la década de 1990.13 El intervencionismo militar llevado a cabo en el Gran Oriente Medio, manifestado en las invasiones a Afganistán e Irak en 2001 y 2003, tuvo como objetivo consolidar la posición geopolítica de Estados Unidos en Eurasia y prevenir, ulteriormente, la capacidad de uno o más países revisionistas de obtener la primacía estratégica en este megacontinente.
La centralización política a nivel global buscada por el gobierno de George W. Bush impedía la posibilidad de que afloraran ideologías que desafiaran los parámetros de la globalización impuestos por Estados Unidos. Durante la primera década de este siglo también vemos cómo el islam se convierte otra vez más en un sujeto de las relaciones internacionales a nivel global. El islam político intenta dar respuesta a los problemas económicos y sociales que aquejan al mundo musulmán a través de una filosofía derivada de las enseñanzas del Corán. La politización del islam es consecuencia de la intervención militar y política de Estados Unidos en el mundo islámico, la emergente grieta entre el mundo sunita y el chiíta y el fracaso del socialismo panárabe en el Gran Oriente Medio. El foco de atención en esta última región, consecuencia natural de la guerra contra el terrorismo, derivó en un costo económico que se estima en seis trillones de dólares.14 Por otra parte, Estados Unidos, si bien logró detener el avance del islam político, no consiguió que el Gran Oriente Medio adopte patrones políticos y sociales similares a los de Occidente, de la misma forma que ocurrió con Alemania, Italia y Japón luego del fin de la Segunda Guerra Mundial.
Estados Unidos y sus aliados fueron incapaces de cambiar la cosmovisión de los países afectados por el intervencionismo militar iniciado como consecuencia de la guerra contra el terrorismo. El Gran Oriente Medio no adoptó la forma de gobernanza democrática promovida por Estados Unidos. Además, a partir de 2001, vemos también una creciente erosión en la alianza entre Europa y Estados Unidos, producto de la divergencia de intereses entre la “vieja Europa” (encabezada entre Francia y Alemania) y Estados Unidos. Parte del resquebrajamiento responde al hecho de que los países de la “nueva Europa”, como Polonia y Hungría, buscaron una asidua relación con Estados Unidos para obtener un cierto contrapeso político con respecto a la “vieja Europa”. Este es un fenómeno que subsiste hasta el día de hoy. Existe una corriente de opinión en los países del centro y este de Europa de que Estados Unidos, y el mundo anglosajón en general, es de alguna manera garante de su soberanía política, sobre todo teniendo en cuenta la perspectiva que ve a la Unión Europea como institución que quiere construir un homo europeus desligado de su contexto cultural específico.
La voluntad de reconfigurar un sistema global basado en la centralización política instigada por Estados Unidos adquirió una mayor relevancia debido a los efectos negativos producidos por el proceso de globalización, puestos de manifiesto por el deterioro social y económico producido en los países occidentales desde la crisis de 2008. En Estados Unidos, la percepción de pérdida de identidad cultural producida por el arribo masivo de inmigrantes de México y América Central y la diseminación de intereses identitarios por parte de los sectores progresistas fueron caldo de cultivo para la llegada al poder de Donald Trump en 2016. Trump logró articular y difundir uno de los principios ordenadores de la nueva formulación del Nuevo Orden Mundial. Trump arguye que la “soberanía” e “independencia” de las naciones son un “vehículo” para la preservación de la “paz”, la “libertad” y la “democracia”.15 Esto implica que el principio ordenador del sistema internacional será la primacía de los intereses nacionales de cada potencia, más que la preservación de un esquema basado en la primacía del derecho internacional.
La reciente reformulación del Nuevo Orden Mundial hace uso del “soberanismo” para erosionar el poder de las instituciones y los regímenes internacionales, los cuales son vistos como un obstáculo para la materialización de los intereses globales de Estados Unidos. En el caso específico de este último país, sus reproches a la Unión Europea y China y sus socios comerciales en América del Norte demuestran en realidad la voluntad de reconstituir su dominio sobre la economía global. La preponderancia que tienen los mercados financieros y las redes de producción y consumo globales hacen que esto no sea tan fácil como se prevé. El “globalismo” es una fuerza que busca materializar los intereses de las grandes corporaciones globales, las cuales ven en el “soberanismo” un obstáculo para que esto se lleve a cabo. De todas maneras, el “globalismo” no está totalmente divorciado de la proyección de ciertas tendencias expansivas que sirven para materializar los intereses de los Estados hegemónicos.
Los grandes intereses económicos de escala mundial no pueden prescindir de la ayuda de los Estados nacionales para promover sus intereses. La estabilidad de los procesos económicos se sustenta en gran parte a través de la acción centralizadora de los Estados de las potencias dominantes como Estados Unidos. El nuevo alineamiento internacional anunciado por Trump indica también el parcial retiro de Estados Unidos del su rol de conductor del sistema político internacional y de portador de poderío militar para fomentar reglas de conducta comunes en el sistema internacional, encolumnadas a través de valores como la democracia y los derechos humanos.
Es de destacar que esta es una tendencia que ya se veía durante el gobierno de Barack Obama, el cual empezó a realinear las prioridades geopolíticas de Estados Unidos dentro del sistema globalizador. El presunto aislacionismo del país está entonces dirigido a poner en movimiento mecanismos tendientes a recalibrar su posición estratégica en el sistema internacional. Su rol como proveedor de bienes públicos en el sistema de Estados fue decisivo para mantener la estabilidad de la arquitectura institucional establecida a fines de la Segunda Guerra Mundial.
La denuncia a los supuestos efectos perniciosos del “globalismo” y la adopción del “soberanismo” como elemento articulador del sistema internacional anuncian el establecimiento de un orden basado en espacios geopolíticos demarcados sobre la base de intereses económicos e identidades culturales afines. Esto implica una centralización de los recursos estratégicos de Estados Unidos en un proyecto hegemónico basado en la protección del hemisferio occidental como área comercial subyugada a los intereses comerciales de Washington. La centralización política vista en estos momentos se basa en cambiar la orientación de la economía mundial, buscando generar consensos para impedir el avance de ideologías mercantilistas que puedan dañar la proyección geoeconómica de Estados Unidos.
Todos los elementos económicos, políticos y culturales proyectados a nivel global son producto de la voluntad de ciertos Estados de imponer su dominio sobre otros. Igualmente, el proceso globalizador que tuvo lugar luego del fin de la Guerra Fría muestra cómo esa proyección de intereses puede tener consecuencias no deseadas para las potencias dominantes. El exceso de liberalismo político y económico propagado luego del fin de la Guerra Fría fue determinante para provocar la dispersión del poderío conceptual de Estados Unidos, el cual tiene importantes consecuencias en el área geoeconómica.
El desplazamiento del aparato productivo de Estados Unidos hacia Oriente tuvo como resultado el ascenso económico de China y su fenomenal expansión comercial. Esto tuvo como efecto ulterior la erosión de la posición relativa de Estados Unidos en la economía global. El “soberanismo” es entonces la más novel formulación del proceso de centralización política buscado por Estados Unidos para retener su dominancia a nivel global. El “globalismo” no es un movimiento que supere al Estado-nación y tampoco está necesariamente desconectado de él. Debe ser entendido como la propagación de los intereses globales de ciertas naciones hegemónicas. La queja de líderes como Trump se basa en que otros Estados (o grupo de Estados) también pueden adoptar una tendencia expansiva que erosione el poder económico detentado por Estados Unidos. Cualquier manifestación de “globalismo” (tipo la Unión Europea o el “ascenso pacífico” de China) que sea una amenaza a los intereses económicos de Estados Unidos es denunciado como una fuerza siniestra que erosiona la soberanía de las naciones. De todas maneras, el interés primario de la política exterior de Trump es preservar la hegemonía de Estados Unidos, impidiendo el ascenso económico de ciertas potencias o bloque de naciones que hagan referencia al “globalismo” para materializar sus objetivos estratégicos.16
El neonacionalismo ejercido por Estados Unidos magnificará el espectro de conflicto a nivel mundial. Es difícil imaginar la configuración de una “internacional nacionalista” porque la potencia hegemónica y las naciones revisionistas tienen intereses económicos y políticos distintos. Desde esta perspectiva, es posible entender la razón por la cual Estados Unidos y China se encuentran en medio de una disputa económica de larga duración.17
La voluntad del gobierno de Trump de preservar la soberanía política y cultural del país indica la prevalencia de apetitos neohegemónicos. Esto lo estamos viendo en la expansión geopolítica de Estados Unidos hacia el hemisferio occidental, sobre todo en lo que respecta a su posición geoestratégica en países como México, Colombia y Brasil. Además, con el pretexto de liberar el continente del “socialismo del siglo XXI” propuesto por Cuba y Venezuela, se erosiona la legitimidad del objetivo integracionista; el único capaz de crear en el largo plazo el pleno desarrollo económico de Sudamérica. En efecto, cualquier intentona continentalizadora es denunciada desde la perspectiva antiglobalista para proteger los intereses geoeconómicos y geopolíticos de Estados Unidos. Es por eso que la posición neohegemónica de ese país también se manifiesta en el acercamiento ideológico con la filosofía “soberanista” de ciertos países del intermarium europeo, como Polonia y Hungría. El discurso basado en la preservación de la identidad cultural y política de los países centroeuropeos tiene como propósito crear una brecha ideológica en el continente, tendiente a quebrar la ontología geoeconómica europeísta y a promover los intereses de Estados Unidos en la región.18
1. Ver Max Weber, La ética protestante y el “espíritu” del capitalismo [1905], Madrid, Anaya, 2012.
2. Samuel Huntington, The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order, Nueva York, Simon & Schuster, 1996.
3. Ver Theodor Adorno y Max Horkheimer, Dialectic of Enlightenment, Stanford University Press, 2007.
4. Leo Strauss, Natural Right and History, University of Chicago Press, 1999.
5. Discurso del presidente George H.W. Bush, 17 de enero de 1991 (www.historyplace.com).
6. Discurso del presidente George H.W. Bush en el Soviet Supremo de Ucrania, 1 de agosto de 1991 (en.wikisource.org).
7. Discurso de Bill Clinton en el Congreso de Estados Unidos, 27 de enero de 2000 (www.presidency.ucsb.edu).
8. Discurso de Bill Clinton en el Congreso de Estados Unidos, 27 de enero de 2000 (www.presidency.ucsb.edu).
9. Ver Philip Bobbitt, Terror and Consent: The wars for the Twenty-first Century, Nueva York, Anchor, 2009.
10. Ver Leo Strauss, The City and Man, University of Chicago Press, 1978; y el ya citado Natural Right and History.
11. Ver Alan Weisman, Prince of Darkness: Richard Perle, the Kingdom, the power, and the end of empire in America, Nueva York, Union Square Press, 2011, p. 236.
12. Ver Condoleezza Rice, “Campaign 2000: Promoting the national interest”, Foreign Affairs, enero-febrero de 2000, pp. 53-87.
13. Discurso del presidente George W. Bush, 21 de septiembre de 2001 (https://edition.cnn.com); ver Christopher Layne, “The unipolar illusion: Why new great powers will rise”, Internationl Security, 17 (4), 1993, pp. 5-51.
14. “America’s «war on terror» has cost the US nearly $6 trillion and killed roughly half a million people, and there’s no end in sight”, Business Insider, 14 de noviembre de 2018 (https://www.businessinsider.es).
15. Discurso del presidente Donald J. Trump durante la 73a sesión de la Asamblea General de la ONU, Nueva York, 25 de septiembre de 2018 (www.whitehouse.gov/).
16. Ver John Mearsheimer, The Tragedy of Great Power Politics, Nueva York, W.W. Norton, 2001.
17. Ver Graham Allison, Destined for War: Can America and China Escape Thucydides’s Trap?, Boston, Houghton Mifflin Harcourt, 2017.
18. Ver el discurso del presidente Donald J. Trump en Varsovia, Polonia, 6 de julio de 2017 (www.whitehouse.gov/).
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