Kitabı oku: «El príncipe»

UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE LA CIUDAD DE MÉXICO
DIFUSIÓN CULTURAL Y EXTENSIÓN UNIVERSITARIA
RECTORA
Tania Hogla Rodríguez Mora
COORDINADORA DE DIFUSIÓN CULTURAL Y EXTENSIÓN UNIVERSITARIA
Marissa Reyes Godínez
RESPONSABLE DE PUBLICACIONES
José Ángel Leyva

COLECCIÓN: CLÁSICOS DEL PENSAMIENTO POLÍTICO

El príncipe.
Primera edición 2021
D.R. © Mastrángelo, Stella, traducción.
D.R. © Universidad Autónoma de la Ciudad de México
Dr. García Diego, 168,
Colonia Doctores, alcaldía Cuauhtémoc,
C.P. 06720, Ciudad de México
Imagen de portada: Batalla de San Romano, de Paolo Uccello
ISBN (impreso): 978-968-9252-25-1
ISBN (ePub): 978-607-9465-52-0
publicaciones.uacm.edu.mx
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ÍNDICE
Maquiavelo: entre el ser y el “deber ser”
LUCE FABBRI CRESSATTI
Il Principe • El Príncipe
Nicolaus Maclavellus ad Magnificum Laurentium Medicem
Nicolás Maquiavelo al Magnífico Lorenzo de Médici
I
Quot sint genera principatuum et quibus modis acquirantur
De cuántas clases son los principados y de qué modos se adquieren
II
De principatibus hereditariis
De los principados hereditarios
III
De principatibus mixtis
De los principados mixtos
IV
Cur Darii regnum quod Alexander occupaverat a successoribus suis post Alexandri mortem non defecit
Por qué razón el reino de Darío, que fue ocupado por Alejandro, no se rebeló contra sus sucesores después que Alejandro murió
V
Quomodo administrandae sunt civitates vel principatus, qui, antequam occuparentur, suis legibus vivebant
De qué modo deben gobernarse las ciudades o los principados que antes de ser ocupados vivían con sus leyes
VI
De principatibus novis qui armis propriis et virtute acquiruntur
De los principados nuevos que se adquieren con armas propias y virtuosamente
VII
De principatibus novis qui alienis armis et fortuna acquiruntur
De los principados nuevos que se adquieren con armas y fortunas de otros
VIII
De his qui per scelera ad principatum pervenere
De los que por medio de maldades legan al principado
IX
De principatu civili
De los principados civiles
X
Quomodo omnium principatuum vires perpendi debeant
De qué modo debe medirse la fuerza de todos los principados
XI
De principatibus ecclesiasticis
De los principados eclesiásticos
XII
Quot sint genera militiae et de mercenariis militibus
Sobre los géneros de la milicia y sobre los soldados mercenarios
XIII
De militibus auxiliariis, mixtis et propriis
Sobre las tropas auxiliares, mixtas y propias
XIV
Quod principem deceat circa militiam
Lo que conviene a un príncipe acerca de la milicia
XV
De his rebus quibus homines et praesertim principes laudantur aut vituperantur
Sobre las cosas por las que los hombres y especialmente los príncipes son alabados o censurados
XVI
De liberalitate et parsimonia
Sobre la liberalidad y la parsimonia
XVII
De crudelitate et pietate; et an sit melius amari quam timeri, vel e contra
Sobre la crueldad y la piedad, y si es mejor ser amado que temido o lo contrario
XVIII
Quomodo fides a principibus sit servanda
De qué modo deben los príncipes observar su palabra
XIX
De contemptu et odio fugiendo
Cómo hay que evitar el desprecio y el odio
XX
An arces et multa alia quae cotidie a principibus fiunt utilia an inutilia sint
Si las fortalezas y otras cosas que los príncipes hacen todos los días son útiles o no
XXI
Quod principem deceat ut egregius habeatur
Lo que conviene a un príncipe para ser estimado
XXII
De his quos a secretis principes habent
De los secretarios que tienen los príncipes
XXIII
Quomodo adulatores sint fugiendi
De qué modo deben ser evitados los aduladores
XXIV
Cur Italiae principes regnum amiserunt
Por qué los príncipes de Italia han perdido sus estados
XXV
Quantum fortuna in rebus humanis possit et quomodo illi sit occurrendum
Cuánto puede la fortuna en las cosas humanas, y de qué modo se debe resistirle
XXVI
Exhortatio ad capessendam Italiam in libertatemque a barbaris vindicandam
Exhortación a tomar a Italia y liberarla de los bárbaros
Conclusión
Notas al texto en español
Posfacio: Luce Fabbri Cressatti (1908-2000), breve historia de una mujer libre
CLAUDIO ALBERTANI
MAQUIAVELO: ENTRE EL SER Y EL “DEBER SER”
Luce Fabbri Cressatti
Sentimos a Maquiavelo como un contemporáneo porque estamos viviendo una crisis en cierto modo homóloga a la del siglo XVI, y porque él nos proporciona los elementos para juzgarla y es el único que lo ha hecho con tan implacable claridad.
Hay un Maquiavelo de leyenda, que tiene mala fama, el del fin que justifica los medios, el político sin escrúpulos, el consejero de los tiranos. Y está el Maquiavelo que nos presentaron nuestros profesores siguiendo a De Sanctis y a Croce, un Maquiavelo creador de la ciencia política, un pensador que, en los umbrales del Renacimiento, descubrió que la política es independiente de la moral, pertenece a otra esfera, la esfera de lo útil, como la economía. Y nos ha enseñado que en la historia lo que cuenta es el ser, no el “deber ser”: la realidad, no la justicia.
Dice De Sanctis que en la obra de Maquiavelo “están los derechos del Estado; faltan los derechos del hombre”.1 “Por la patria todo es lícito y las acciones, que en la vida privada son delitos, se vuelven magnánimas en la vida pública. Razón de Estado y salud pública eran las fórmulas vulgares en las cuales se expresaba ese derecho de la patria superior a todo derecho.”2 Y Croce se hace en esto, como en casi todo lo demás, el continuador de De Sanctis, incorporando el pensamiento de Maquiavelo a su definición de lo útil, diferenciado netamente de lo ético. Y remacha este concepto, respaldando esta visión del pensamiento de Maquiavelo, con negar que haya medios inmorales. La acusación que se levanta contra Maquiavelo, de recomendar medios inmorales para fines morales, medios que se justificarían con la moralidad de los fines, carece, para Croce, de todo fundamento, pues sólo los fines son morales o inmorales; los medios son adecuados o inadecuados.3 Y aplica el mismo criterio al pensamiento de Marx, en quien veía —dice Boulay4— “el Maquiavelo del proletariado”.
UNA VISIÓN QUE CAMBIA
Ahora bien: si nos acercamos a Maquiavelo directamente, olvidando las instrucciones académicas a las distintas ediciones de sus escritos, leyendo estos últimos en orden cronológico, teniendo en cuenta a cada paso quién y cómo era el autor, qué sucedía en ese momento, qué otras cosas escribía contemporáneamente y, además, la reciente herencia medieval y el entorno humanístico y renacentista, nuestra visión del escritor cambia, no radicalmente, pero lo suficiente para sostener que:
Maquiavelo no excluye la moralidad de la política y no es en ese sentido que hay que considerarlo el fundador de la política como ciencia, sino en el sentido de haber estudiado el deseo de poder en su eterno choque con la exigencia humana de libertad, reconociendo en este choque el principal factor de la historia.5
Él no recomienda nunca a los pueblos el absolutismo, que él considera una degeneración de la monarquía,6 no sostiene los derechos del Estado, no hace primar la razón de Estado por sobre los derechos de los ciudadanos, excepto en el caso del “estado popular”, que responde a los intereses del mayor número y que degenera cuando el pueblo se corrompe, es decir, cuando los ciudadanos aprovechan la libertad para su interés particular.7
Consideró la libertad republicana como el valor político supremo.8
Su pensamiento no es monolítico y hay en él contradicciones que, todas, tienen su explicación en un plano psicológico o histórico.
Él mismo se nos presenta en toda su complicación en una célebre carta a F. Vettori9 y en una octava autobiográfica, con la que me parece oportuno entrar en el tema del “hombre” Maquiavelo como clave de su pensamiento:
Yo espero
y mi esperanza agranda mi tormento,
yo lloro
y el llanto me alimenta el corazón,
yo río
y esa mi risa no penetra adentro,
yo ardo
y no pasa ese fuego al exterior.
Yo temo lo que veo y lo que siento,
cada objeto renueva mi dolor.
Así, esperando, lloro, río y ardo:
lo que oigo y veo me llena de pavor.
Aun haciendo pesar en el juicio la moda literaria de la contraposición, característica de la época, ese autorretrato nos habla de un ser tan polifacético como su pensamiento político.
Este pensamiento suyo no se podría empezar a estudiar sin tener cuenta, de entrada, su cualidad de florentino. Florencia había conservado tempestuosamente sus instituciones republicanas hasta el siglo XV, cuando la familia de los Médici, banqueros, había establecido en ella su dominio señorial, muy resistido sin embargo, tanto que fue interrumpido dos veces por revoluciones que dieron lugar a dos paréntesis de sobrevivencia republicana. Maquiavelo vivió justamente ese período conflictual.
Nació en Florencia en 1469, llegó a la edad de la razón bajo Lorenzo el Magnífico, tenía 25 años cuando los Médici fueron expulsados y se restauraron en la ciudad-estado las libertades municipales. Si echamos una mirada al horizonte europeo, veremos que en ese entonces (1494) los Reyes Católicos acababan de unificar España con la toma de Granada y Colón había realizado su primero y segundo viaje (Maquiavelo llegó a tiempo para comprender la política absolutista de Fernando el Católico, no para vislumbrar las consecuencias del descubrimiento de Colón). En Francia, Carlos VIII estaba aprovechando los frutos de la obra absolutista de su antecesor. En Inglaterra, de la reciente guerra de las Dos Rosas había salido el pujante absolutismo de los Tudor.
Eran tiempos de luchas feroces por el poder y éste se ejercía de modo absoluto. En la mayor parte de las ciudades italianas la república municipal, característica de la Edad Media, había sido sustituida, a través de un proceso plurisecular, por el poder unipersonal e irrestricto del Señor. Florencia parecía ir a contramano de la historia. Justamente cuando ese horizonte europeo se estrecha alrededor de Italia, y Europa, por decirlo así, se le cae encima haciendo de la península el escenario de sus luchas, los florentinos (1494) aprovechan la ocasión para liberarse de los Médici, sugestionados por los recuerdos de la libertad medieval, por los ideales del reciente humanismo, centrados en la república romana y en la gloria de los dos Brutos, y por la predicación de esa especie de Calvino italiano que fue fray Jerónimo Savonarola. Siguió un paréntesis republicano de 16 años, para el joven Niccolo, declaradamente, el período más feliz de su vida.
En los Discursos sobre la primera década de Tito Livio él habla, a propósito de hechos históricos, pero pensando en su trayectoria personal, de “los tiempos áureos, cuando cada cual puede tener y defender la opinión que quiere”.10 Antes de 1512, en efecto, él escribió lo que quiso y sus escritos de ese período son los únicos que se pueden juzgar en sí y por sí, sin tener en cuenta la presión de los hechos. Nosotros hemos aprendido, en la experiencia de todo el último siglo, qué sutil, y a la vez pesada, puede ser la presión de los hechos sobre un escritor.
Las obras que Maquiavelo compuso en este período republicano son las menos estudiadas, porque son, naturalmente, las menos maduras, pero nos sirven como piedra de toque para interpretar la producción posterior. Las principales son: los Decenales, crónica florentina en tercetos dantescos, los informes correspondientes a las misiones diplomáticas que Maquiavelo desempeñó por cuenta del gobierno de Florencia, transformados luego por él en otros tantos ensayos, probablemente algunos escritos literarios difícilmente ubicables en el tiempo (Belfagor, cuento misógino en prosa, algunos de los Capítulos, algunas de las Rimas) y, casi seguramente, el Libro I de los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, que él consideraba evidentemente como su obra fundamental.
EL ENAMORADO DE LA REPÚBLICA
Todo estudio sobre el pensamiento de Maquiavelo tendría que centrarse —creo yo— en esta última obra, concebida en un plano teórico desinteresado no circunstancial, y no en El Príncipe, escrito en condiciones anímicas excepcionales y con una finalidad circunstancial determinada (recuperar el empleo, hacer menos duro el dominio de las nuevas autoridades sobre el pueblo florentino), que a posteriori se transforma en la otra: hacer de Florencia el núcleo activo de la unificación de Italia.
Estos Discursos estudian la vida política de los tiempos de Maquiavelo a través de un comentario puntual de la historia de la república romana hasta las guerras samníticas inclusive. ¿Por qué eligió Maquiavelo esa parte de la obra de Livio? La razón reside en la tendencia, típicamente humanística, a buscar en la antigüedad útiles modelos de conducta. En esa primera “deca” de la obra de Livio, Roma es aún la polis dentro de la cual el pueblo pugna por desempeñar su papel, y su engrandecimiento en los límites de la península itálica se parece, especialmente en sus comienzos, a la expansión de algunas de las ciudades de Italia, y en particular de Florencia, en las postrimerías de la Edad Media. Era un proceso que se daba a través de luchas entre los principales estados italianos, interrumpido por “la diplomacia del equilibrio” de Lorenzo el Magnífico, pero que se podía reanudar en cualquier momento, ahora que había que luchar contra un enemigo común, el ocupante extranjero. Por eso la historia de la república romana le parece a Maquiavelo tan actual.
En esos escritos anteriores a 1512, se revela claramente la figura espiritual de su autor, enamorado de su república florentina, pesimista, mordaz, con una aptitud para la metáfora política que no ha sido bastante estudiada, con cierto desprecio de raíz popular por los personajes encumbrados, con un amor profundo por la libertad, cuyo fundamento reconoce en la igualdad. (Dice que los Suizos gozan de una “libre libertad” porque su población es homogénea y nadie sobresale entre los demás, sino en el breve período en que desempeña una magistratura.)11
A todo esto Maquiavelo agrega el convencimiento de que sólo el pueblo en armas y no la milicia mercenaria, es decir, el ejército profesional de ese entonces, podía defender la independencia de la patria y la libertad de los ciudadanos. Como funcionario del gobierno florentino, Maquiavelo, a partir de 1506, trató en efecto de organizar esas milicias ciudadanas, que eran muy bisoñas en 1512 y no estaban estructuradas como su creador hubiera querido; por esto y otras razones que sería muy largo examinar aquí, fracasaron al defender la ciudad del ejército español que en ese año puso prácticamente la ciudad en manos de los Médici. Pero éstos no perdonaron a Maquiavelo el haberlas creado.
POST RES PÉRDITAS
En ese año 1512 en que volvió el poder señorial a Florencia y todo su mundo se derrumbó, Maquiavelo no huyó, no fue al destierro como muchos de sus amigos: eligió quedarse y contemporizar con la nueva situación. A partir de ese entonces acostumbró fechar sus escritos contando los años desde la catástrofe, con el agregado Post res pérditas: tantos años después de la “pérdida de las cosas”, donde res tiene un sentido muy amplio: desde la libertad republicana al prestigio personal del escritor, ligado al empleo que había desempeñado (aludía a la vez a las res publicas y a las res privatas).
Sospechoso para los nuevos señores, Maquiavelo a los pocos meses fue detenido, torturado y, una vez liberado, constreñido a vivir en el campo. Es el momento en que escribe El Príncipe, el pequeño libro en que se basa su antigua fama. Es muy probable que remonten a ese difícil momento los tercetos de los primeros cinco cantos de El asno de oro, poema inconcluso, iniciado como desahogo personal, en el metro y con el espíritu de los Decenales.12 El poeta imagina haberse extraviado en el territorio dominado por la maga Circe, que, en la parte del poema que nunca fue escrita, lo iba a transformar en burro. En los cantos que nos quedan, el autor narra, a manera de prólogo, sus amores con una bella pastora, encargada por Circe de llevar a pastar al heterogéneo rebaño de sus ex amantes, metamorfoseados, según la costumbre conocida de aquella corte, en varios animales.
En estos tercetos, el deseo de ver caer de nuevo el dominio de los Médici (expresado bajo forma de profecía: “al fin los encumbrados caerán”)13 se mezcla de modo interesante con las observaciones generales acerca de la diversidad de los estados y de las razones de estado imperantes. La amargura del autor por su situación personal y por el derrumbe de las libertades florentinas le arranca acentos de protesta contra la corrupción del mundo. El protagonista, aun convertido en burro, denunciará la desvergüenza difusa, “antes de que se coma la montura”14 —clara alusión a la difícil situación económica del escritor, provocada por la pérdida del empleo— y “ni Dios podrá impedirle que rebuzne”.15
Mientras trataba de consolarse con su vocación menor, la poesía jocosa, que pasa en este momento al campo estrictamente personal y secreto, en su actividad más seria, la ensayística política basada en la historia, deja de lado por un momento los Discursos sobre la primera década de Tito Livio y escribe El Príncipe.
EL PRÍNCIPE
Imposible —creo yo— entender el verdadero significado de esta obrita explosiva si se la considera aisladamente y, a la vez, como un todo homogéneo. Hay que estudiarla en su complejidad y tener en cuenta múltiples factores.
El primer impulso para la composición de El Príncipe fue dado indudablemente por la importancia que de golpe adquiere en Florencia, en 1512, el fenómeno histórico del poder unipersonal absoluto. El proceso en Italia ya estaba en pleno desarrollo en tiempos de Dante quien, en la segunda parte de su vida, conoció forzosamente a muchos “señores” (los Della Scala, los Polenta, los Malatesta, los Malaspina...) y fue amigo de alguno de ellos, pero cuando los mira en conjunto, como buen ciudadano de una república, los califica de “tiranos”. (Como protagonista de la Comedia, le dice a Guido da Montefeltro, en el canto XXVII del Infierno: “Jamás sin guerra estuvo tu Romaña/dentro del corazón de sus tiranos”.)
Después, de a poco, casi todos los municipios libres restantes habían ido desapareciendo. Al iniciarse el siglo XVI, Florencia era, sin embargo, aún una república. Hasta ese momento, con Venecia, había sido la principal excepción a la tendencia general hacia la mini monarquía absoluta, no por haber conservado intacto, como Venecia, el régimen republicano, sino por no haberse resignado al principado, que había sido su forma de gobierno en la segunda mitad del siglo anterior, y por haber vuelto al régimen municipal en la primera ocasión. Ahora, con el retorno de los Médici, entraba de nuevo en la normalidad de la época, con carácter definitivo, al parecer.
Maquiavelo se resigna e interrumpe los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, en los que estudiaba como modelo la república romana, para dedicarse a estudiar el principado.
En la composición de El Príncipe influyen —decía— varios factores. El primero es el pensamiento del autor cómo se había formado a través de la experiencia del secretariado en tiempos de la república y cómo sobrevivió al terremoto mental y material de 1512.
EL GOBIERNO DEL PUEBLO Y LA MORAL
El hombre —pensó él siempre— no cambia en su naturaleza profunda; por eso nos sirve el estudio de la historia romana. Ese hombre, que es el sujeto de la historia, es naturalmente egoísta y aprovechador; de ahí que cualquier tipo de sociedad degenere, para empezar a recuperarse cuando la degeneración ha llegado a un grado insoportable: el poder unipersonal degenera fatalmente en tiranía, contra la que los nobles se rebelan en nombre de una libertad que no es tal porque al poco tiempo se traduce en un régimen opresivo para el pueblo. Este cobra conciencia y fuerza y abate el régimen oligárquico para establecer una república popular, estructura que correspondería al ideal de Maquiavelo, pero no se mantiene: el interés personal, que Maquiavelo llama corrupción, hace degenerar esa libertad en licencia. Un ambicioso entonces aprovecha el descontento difuso para establecer en esa sociedad su dominio absoluto: y el proceso vuelve a empezar.16 “Del bien deriva el mal, del mal el bien”, dice Maquiavelo a propósito de lo mismo, en El asno de oro.17
Más lentamente fue madurando en él su idea fundamental: que el arte de conquistar, mantener y aumentar el poder no tiene nada que ver con la moral y que, por lo tanto, todos los tratados antiguos y medievales acerca de cómo debe ser el “buen príncipe” (cuyo prototipo podría ser el De regimene principum del cardenal Egidio Colonna) no tienen ningún asidero en la realidad de los hechos, que Maquiavelo llama “la realidad efectual”.18 En este terreno se ha producido el gran malentendido acerca del pensamiento de Maquiavelo, atribuible a la poca precisión con que se usa la palabra “política”.
Si limitamos su significado al “arte de gobernar”, indudablemente Maquiavelo da origen a una ciencia política basada en lo útil y completamente separada de la ética. Pero Maquiavelo no se ocupa sólo de los gobernantes. Él, que se jactaba de ser “hombre popular”, estudia, como especialista en ciencia política, no sólo a quien gobierna, sino también a quienes tratan de ser gobernados lo menos posible como, por ejemplo, la plebe romana antigua o el pueblo florentino de su tiempo. Él se considera un técnico en la materia y establece fríamente lo que debe hacer el príncipe para dominar y lo que deben hacer los pueblos para defender su libertad contra los príncipes. En esto consiste la ciencia. Pero sólo la técnica del poder está separada de la moral. La libertad, la república fundada en buenas leyes y defendida por sus ciudadanos, pertenecía —y todos los Discursos sobre la primera década de Tito Livio lo demuestran— al campo del “deber ser”, de la moralidad, porque, si el interés del príncipe comúnmente es opuesto al interés general, que es para Maquiavelo la medida de lo moral, los deseos populares coinciden casi siempre con el bien común, pues los integrantes del pueblo no tienen posibilidad de acceder al poder individualmente y por lo tanto desean naturalmente, para todos, la libertad.
El error principal de De Sanctis es justamente el de considerar que Maquiavelo justifica el poder absoluto con el interés general, cuando el escritor florentino, con la excepción del último capítulo de El Príncipe, estudia el poder absoluto sin justificarlo más que desde el punto de vista de una técnica al servicio de las ambiciones personales del príncipe, y en cambio dice explícitamente que ese poder es, en general, opuesto al bien común.
Los príncipes se mueven en el campo de la realidad efectual. El “óptimo príncipe” de Egidio Colonna pierde inevitablemente el poder; para conservarlo, tiene que observar las reglas que da Maquiavelo en su obrita: ser bueno cuando se pueda, parecerlo en cualquier caso, pero ser malo, mentiroso, incumplidor, asesino, cuando sea necesario.
Maquiavelo está orgulloso, moralmente orgulloso, de decir en voz alta la verdad y terminar con la hipocresía del “buen príncipe”. Pero, en los Discursos, dice con todas las letras que en la resistencia al despotismo está el “deber ser”.
“No el bien particular, sino el bien común engrandece las ciudades. Y, sin duda, solo en las repúblicas se cuida el bien común [...] Lo contrario sucede cuando hay un príncipe, porque en general lo que aventaja perjudica a la ciudad y lo que conviene a la ciudad lo perjudica a él.” (Discorsi sulla prima deca di T. Livio, II, 2.)
Además, considerando que el príncipe suele salir de la nobleza y, de todos modos, tiene entre los nobles los rivales que desean suplantarlo, puede interesar, como corolario, este otro pasaje: “Si se considera el fin de los nobles y de los que no son nobles, se verá en aquellos un deseo grande de dominar y en éstos solamente el deseo de no ser dominados y, por consiguiente, un mayor deseo de vivir libres”. (Ibidem, 1,5.)
LA VERDAD VIGILADA
Éstas eran las ideas de Maquiavelo cuando sobrevino la crisis política de 1512 que divide su vida en dos partes profundamente distintas, exactamente como el forzoso destierro había dividido en dos partes profundamente distintas, dos siglos antes, la vida de Dante.
La “realidad efectual” ha caído sobre el autor bajo la forma de pérdida del empleo, cárcel, tortura, confinamiento en el campo. Los caracteres del absolutismo ya no son objeto de estudio, sino de experiencia directa. Y acontece lo que Maquiavelo siente más en lo hondo: se termina la libertad de palabra.
No podemos, por eso mismo, leer El Príncipe con los mismos criterios con que leemos los ensayos sobre las condiciones políticas de Francia o Alemania, escritos en tiempos de la república, antes res pérditas.
En El Príncipe triunfa el realismo, pero es un realismo vigilado, lleno de precauciones. Y, a pesar de que esto es evidente, casi nunca se ha tenido en cuenta al juzgarlo. Maquiavelo no dice lo que no piensa, pero dice sólo la mitad de lo que piensa: la otra mitad la dice en El asno de oro, cuyos primeros cantos, por el momento, oculta cuidadosamente en un cajón. Puede que los esbirros de los Médici los hayan encontrado en el allanamiento y que en ello esté la causa de la tortura y de la posterior imposibilidad para el autor de recuperar el empleo.19
De todos modos, el descubrimiento que él había hecho, de que la historia no es una galería de ejemplos para educar a los niños, sino una ciencia implacable y de que la vida política debe ser analizada como es y no mitificada presentándola como debería ser, lo llena de orgullo. Él proclama su verdad como un desafío a la hipocresía mojigata, y latinamente llama virtuoso (porque es eficaz en su terreno, hace bien lo que hace) a César Borgia, que en los Decenales había presentado como una serpiente ponzoñosa (I, 388-408).
Este realismo lo lleva a adoptar en lo personal un criterio que se puede llamar oportunista y que conciliaba —según él, y yo no lo justifico— su interés particular de conservar o recuperar el empleo con el interés de Florencia de ser gobernada —dentro de la tragedia de la pérdida de sus libertades— lo mejor posible. Siempre fue partidario del “mal menor”. Hay varias pruebas de esta línea de conducta, además de la comparación de El Príncipe con los Decenales anteriores y El asno de oro contemporáneo. Si en El Príncipe aconseja al monarca que no mantenga las promesas cuando no le convenga, en los Discursos afirma que, donde el pueblo interviene en el gobierno y lo controla, los pactos se cumplen más fielmente que en una monarquía y que, por lo tanto, una alianza con una república es siempre más segura. (Indirectamente sugería a las potencias extranjeras que ayudaran en Florencia a la república.)20
Cuando el Papa León X, que desde Roma era, a través de sus parientes, el virtual señor de Florencia, le pidió que estructurara una nueva constitución para la ciudad, Maquiavelo le propone un curiosísimo proyecto de poder unipersonal a término, destinado a durar mientras viviera el Papa, para ser sustituido después por un régimen republicano minuciosamente descrito.21
Por otra parte él proclama legítimo el oportunismo cuando se trata del interés general. En los Discursos exalta al primero de los Brutos, quien simuló la locura para poder preparar más tranquilamente la revolución contra el rey Tarquino: “Conviene hacerse el loco, como Bruto; y bastante se hace uno el loco, alabando, hablando, viendo, haciendo cosas en contra de lo que se piensa, para complacer al príncipe”.22
Otras de las conclusiones a las que Maquiavelo estaba llegando cuando se produjo la crisis decisiva de 1512, era que la multiplicidad de pequeños estados en que Italia estaba dividida, con la secuela de las pequeñas interminables guerras internas en las que repúblicas y príncipes empleaban milicias mercenarias en su mayor parte extranjeras, debilitaba desastrosamente a la península destinándola a transformarse en dominio francés o español, a menos que, como Francia en tiempos anteriores o España en esos mismos años, se unificara. La virtual, aunque efímera unificación de Italia central, doce años antes, por parte de César Borgia, le hizo pensar que una de las ciudades-estados o uno de los príncipes italianos podían ser agentes de una unificación que, por más que se la quiera definir hoy como utopía, en ese entonces estaba en el ambiente. Cuando Julio II levantó la bandera antifrancesa con el grito de “¡Fuera los bárbaros”, se apoyaba en cierta conciencia colectiva. Hay que decir que muy pronto se reprodujo, en favor de Florencia, la circunstancia que, a principio de siglo, había favorecido a César Borgia: el vínculo de parentesco entre el eventual agente unificador y el Papa, puesto que el señor de Florencia, Juan de Médici, fue elegido pontífice con el nombre de León X, y dejó sólo nominalmente el gobierno de la ciudad en manos de su hermano Julián, y luego de la muerte de éste (1516), en las de su sobrino Lorenzo.
Esta coincidencia debió impresionar profundamente a Maquiavelo, que recordaba con qué facilidad César Borgia, apoyado interesadamente por el papado (que siempre se había opuesto a la formación de un estado unitario en la península, pero que, en esa oportunidad, por razones de parentesco, la favorecía), se había apoderado de Umbría, parte de las Marcas y Romaña, derrotando a los minúsculos señores de sus ciudades y a las milicias mercenarias de estos últimos. Ahora la situación se reproducía, pues un Médici ocupaba el trono de San Pedro. Y esta vez, en el año 1513, era Florencia, la ciudad a la que Maquiavelo amaba “más que a su alma”,23 la que se encontraba en la situación particularmente afortunada en la que se había encontrado, en 1500, César Borgia.
“EL PRÍNCIPE”, PERSONAJE TRÁGICO
El Principe, compuesto en 1513, en un momento marcado para el autor por la detención y la tortura, refleja todos esos elementos contradictorios.
La obrita consta, a mi modo de ver, de tres partes completamente distintas. La primera es la dedicatoria. No nos queda la originaria, a Julián de Médici, muerto en 1516. Tenemos, en cambio, la que Maquiavelo escribió para el sucesor y sobrino de éste, Lorenzo. Es la página más estilísticamente tradicionalista que Maquiavelo haya escrito, de períodos amplios y pesados, de acento obsequioso. Quiere hacer —dice— al príncipe de Florencia un regalo en sí humilde, pero que es el mejor que pueda ofrecer, pues es el resultado de largos años de estudios y experiencias. Luego expresa el deseo de que el destinatario “llegue a la grandeza que la suerte y sus demás cualidades le prometen”. A esta frase se limitaba la adulación característica de semejantes dedicatorias. Y no es difícil —a pesar del interés que Maquiavelo tenía en granjearse el favor de Lorenzo— descubrir una remota luz de ironía en ese haber puesto la suerte (es decir, el parentesco con el Papa) como la cualidad principal del homenajeado. Pero, aun tan limitada, esa alabanza debió pesarle.24
La segunda parte es la obra misma, con exclusión del último capítulo. De insólita brevedad, de estilo cerrado y enérgico, caracterizado por momentos por un esquematismo de tratado científico, dotado casi siempre de una pasionalidad reprimida por prudencia y por una búsqueda de imparcialidad que pareció cinismo, este libro es poderosamente unitario, porque es obra de un artista dramático, que ve la historia como una inmensa comedia o una inmensa tragedia. Y El Príncipe es un retrato, el retrato de un personaje trágico, arrastrado a cometer crímenes, a matar en sí al hombre, por la lógica férrea del poder.
No corresponde este retrato a un personaje histórico determinado, pero es coherente, pues reúne los rasgos comunes a César Borgia, Alejandro VI, Fernando el Católico Agátocles de Siracusa y muchos otros. Es un personaje trágico, sin amigos (sólo debe confiar en quien tiene un interés personal en serle fiel), más temido que amado, más preocupado por su imagen que por su ser, olvidado de sí mismo en tensión tremenda hacia los cuatro puntos cardinales, para no perderse ni un síntoma de peligro que podría ser mortal, ni el espacio huidizo de una posible conquista. Es el retrato de un jugador, absorbido y anulado por la pasión del juego, un juego en que se apuesta la vida misma vida. El adversario del príncipe en este juego es la Fortuna (con mayúscula), dueña de la mitad del destino: la otra mitad pertenece a la voluntad del hombre. Y en este sentido el príncipe es un personaje épico, porque es un luchador que está al acecho para aprovechar todos los atisbos de buena suerte y contrarrestar la mala suerte con toda la energía de su voluntad de poder.
Como buen autor dramático, Maquiavelo no puede reprimir su admiración despavorida por el personaje César Borgia cuando, encontrándose en situación sumamente desventajosa, sin armas, sin amigos, bajo la amenaza de una conspiración contra su vida, consigue rehacerse, eliminando fríamente, a traición, a todos los conjurados. Maquiavelo historiador, ciudadano florentino, hombre, había definido como la más inteligente de un conjunto de serpientes venenosas en lucha recíproca (Decenal I); Maquiavelo autor dramático ve en él a un potente personaje trágico; Maquiavelo teórico del arte de gobernar lo aplaude como prototipo del príncipe: siempre hizo lo más acertado para conquistar y mantener el poder. Cometió muchos delitos, pero no cometió delitos que para sus fines fueran inútiles. Maquiavelo da un ejemplo: el pueblo de Romaña era difícil de dominar. César Borgia mandó allí con plenos poderes a un gobernador enérgico y cruel que mantuvo el orden haciéndose odiar. Y bien: cuando el duque pensó que tanto rigor ya no era necesario, para evitar que se atribuyeran a él las crueldades pasadas, hizo que los habitantes de Cesena encontrasen una mañana al gobernador, “cortado en dos partes en la plaza, con un pedazo de madera y un cuchillo ensangrentado al lado”. El pueblo quedó —agrega el escritor— “satisfecho y estupefacto”.25
En “hacer bien lo que se hace” consiste la virtud en el vocabulario del Renacimiento, en que las palabras tienen su valor etimológico. Su raíz es Vir (hombre) y vale virilidad y, por lo tanto, según el concepto tradicional, energía, originalidad, eficacia. Entonces César Borgia, acaso el asesino de su hermano en Roma y seguramente el de sus compañeros de armas en Senigalia, que no tuvo reparo en cometer alevosos homicidios cuantas veces lo consideró conveniente a sus intereses, es un príncipe “virtuoso”, es decir, eficaz como príncipe.
La naturaleza misma del poder es demoniaca. En los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, el escritor lo deja entender en más de una oportunidad. A propósito de la deportación de pueblos enteros por Filipo de Macedonia, dice: “Estos procedimientos son excesivamente crueles, enemigos de todo vivir no sólo cristiano, sino humano, y cualquiera debería desecharlos, eligiendo vivir como ciudadano privado y no como rey al precio de la ruina de tantos hombres. Sin embargo, quien no quiera emprender ese primer camino, que es el del bien, si se quiere mantener (en el poder), debe entrar en este mal”.26
El medio principal para obtener y conservar el poder es el engaño: “Alejandro VI no hizo nunca otra cosa, no pensó nunca otra cosa que no fuera engañar a los hombres, y siempre pudo hacerlo. Nunca hubo hombre que fuera tan eficaz en afirmar una cosa con los mayores juramentos, y que menos la pusiera en práctica. Y siempre tuvo éxito en sus engaños”. Más adelante, en el mismo célebre capítulo de El Príncipe: “Hay un príncipe en los tiempos presentes al que es mejor no nombrar (se trata de Fernando el Católico), quien no predica nunca otra cosa que paz y fe y es decidido enemigo de una y otra; y una y otra, si él las hubiera llevado a la práctica, varias veces le hubieran hecho perder la reputación y el estado”.27
Al principio de este mismo capítulo, Maquiavelo sostiene que el príncipe debe saber ser hombre cuando le convenga y, cuando le convenga, bestia, alternando, según las circunstancias, la ferocidad del león con la astucia del zorro, no manteniendo las promesas sino mientras mantenerlas dé fruto político. Estas recomendaciones, y otras del mismo tipo que forman el sistema, le han proporcionado a este librito su fama de “manual del perfecto tirano” y a su autor la caracterización completamente desenfocada de teórico de la razón de estado al servicio del poder absoluto.
EL CORAZÓN ESTÁ CON LA LIBERTAD
Hay que observar que los elogios de Maquiavelo a los peores tiranos son exclusivamente técnicos. El entusiasmo que tiembla en sus palabras cuando en los Discursos habla de las libertades republicanas, en El Príncipe falta completamente (exceptuando siempre el último capítulo), sustituido por el orgullo del pensador que dice la verdad donde los demás la ocultan y por cierta euforia estética del artista frente al personaje trágico que está moldeando. Él siente este carácter “poético” de su príncipe. Una vez, en 1525, escribiendo a Guicciardini, se firma así: “Niccolò Machiavelli, istorico, comico e tragico”.28 “Istorico” se refiere a las Storie fiorentine, que en ese entonces estaba componiendo; “Comico” al sector jocoso de su labor literaria y especialmente a La Mandrágora, que en esos días se estaba representando, y “Tragico”, evidentemente a El Príncipe, pues no hay entre sus escritos ninguna tragedia propiamente dicha.
Maquiavelo no aconseja nunca al pueblo que obedezca a su príncipe. Se comporta en este librito con la misma objetividad de que generalmente hace gala en los Discursos, donde hay un capítulo sobre el Decenvirato romano en que el autor se propone mostrar “muchos errores cometidos por el senado y la plebe en daño de la libertad y muchos errores hechos por Apio, jefe del Decenvirato, en desmedro de la tiranía que se había propuesto establecer en Roma”.29 El corazón de Maquiavelo está con la plebe y la libertad: por momentos lo dice y siempre lo deja entender. Pero, cuando se trata de la ciencia política, es decir, de la política que él por primera vez presenta como ciencia, anota diligentemente y demuestra los errores y aciertos de las partes contendientes, desde el punto de vista de los fines que cada una se propone. No es que prescinda de la moral: la moral está del lado del pueblo y de la libertad, y lo dice; pero el aspecto técnico tiene una positividad y una negatividad distintas de las del aspecto moral. Esto, en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio. En El Príncipe prevalece la consideración técnica por dos razones: por el tema circunscrito, que admitía al pueblo sólo como contrapartida necesaria del protagonista, y por el hecho de tener la obra un carácter circunstancial, desgajada como había sido de los Discursos, porque el tema había cobrado repentina y pavorosa actualidad en Florencia. Se podría agregar una tercera razón; y es que en Florencia había desaparecido la 1ibertad de palabra, Maquiavelo acababa de ser sometido a la tortura y, por otra parte, alimentaba la esperanza, justamente gracias a sus conocimientos técnicos, de recuperar el empleo.
Pobre oportunismo, el de Maquiavelo. Oigamos las instrucciones que da a su príncipe, en el caso de que se haga dueño (como les había ocurrido a los Médici) de una ciudad acostumbrada a vivir libre, es decir, de una república. Me refiero al capítulo V, en el que el autor sostiene que la forma más segura de mantener el dominio sobre ese territorio es destruir la ciudad. Dice: “Quien se adueña de una ciudad acostumbrada a vivir libre y no la destruya, prepárese a ser destruido por ella; porque siempre tiene como refugio, en la rebelión, el nombre de la libertad y sus antiguos ordenamientos, los cuales, ni por largo tiempo que transcurra, ni por beneficios que se reciban, nunca se olvidan. Y por más que se haga, si no se dispersa a los habitantes, éstos recuerdan aquel nombre y aquellos ordenamientos y en seguida, al menor accidente, vuelven a ellos [...]”
Aquí, lógicamente, saldría a relucir el ejemplo de Florencia, que, en 1494, aprovechando la invasión de Italia por Carlos VIII, se había levantado contra los Médici. Prudentemente Maquiavelo se reprime y da un ejemplo menos ajustado, el de Pisa: “[...] como hizo Pisa después de cien años de servidumbre bajo el dominio florentino”. Eso había ocurrido en la misma ocasión y en el mismo año del otro hecho que hubiera sido más natural, pero más imprudente haber evocado y surge por asociación de ideas, como sustitutivo apresurado.30
Sigue el autor comparando esta situación con la de alguien que se haga dueño de una ciudad acostumbrada al principado, cuya dinastía se haya extinguido o haya sido eliminada violentamente. Los súbditos entonces —dice Maquiavelo— “estando por un lado acostumbrados a obedecer y por otro no teniendo más al príncipe anterior, para nombrar otro entre ellos no se ponen de acuerdo, vivir libres no saben; de modo que son más lentos en tomar las armas...” Y reafirma: “En cambio en las repúblicas hay mayor vida, mayor odio, más deseo de venganza; no los deja, ni puede dejarlos descansar la memoria de la perdida libertad: de modo que el camino más seguro es destruirlas (aquí Maquiavelo recuerda de nuevo que vive en Florencia bajo los Médici, y agrega una coma y una recomendación supletoria de último momento), o habitar en ellas”. Con este último recurso sin desarrollos, el autor trata de evitar que los Médici consideren este capítulo como una velada amenaza, pues ellos mismos eran ciudadanos de Florencia y tenían allí su palacio. Pero en este capítulo, que es un verdadero canto de libertad o muerte, la voz del Maquiavelo republicano y “popular” se hace sentir con una intensidad mayor que en los versos citados de El asno de oro.
Cierto que, en el resto de este pequeño libro, la impasibilidad del técnico indiscutiblemente domina. Pero también es cierto que El Príncipe no sirvió para que los señores de Florencia olvidaran que Maquiavelo había sido el organizador de las milicias destinadas a cooperar en la resistencia contra ello.31 Sólo más tarde, en 1520 Maquiavelo empezó a recibir algún encargo: en ese año León X le pidió ese proyecto de constitución para Florencia del que ya hablamos y que quedó en letra muerta y, más tarde aún, se le pidió que escribiera la historia de la ciudad. No era ésta, precisamente, la tarea que él deseaba, una tarea en que pudiera contribuir, no a escribir, sino a hacer historia.32
EL PROBLEMA DEL ÚLTIMO CAPÍTULO
Algo completamente distinto hay que decir a propósito del ardiente último capítulo, el XXVI, que para mí constituye una tercera parte, netamente separada, incongruente con el resto, no sólo conceptualmente, sino también en el aspecto formal, pues el estilo es característico más de Savonarola que de Maquiavelo. Desaparece la férrea lógica de las contraposiciones tajantes y vigorosas y el período se desarrolla concitado, en base a secuencias de afirmaciones o invocaciones apasionadas, que se suman asindéticamente, con abundancia persuasiva, por momentos fuertemente metafórica. Se agolpan las imágenes bíblicas, con estilo de cruzada. La palabra “estado” no figura en este capítulo ni una vez.
Al comienzo, una afirmación ambigua: “En Italia corren tiempos como para honrar a un príncipe nuevo”; es decir, el autor toma como punto de partida la realidad absolutista del momento. Es como si pensara: ha llegado la hora de aceptar esta realidad ineluctable y aprovecharla de la mejor manera posible. Sigue diciendo que las desgracias de Italia ofrecen a un príncipe prudente y virtuoso la ocasión de procurar honor a sí mismo y alivio a todos los italianos (es la primera y única vez —creo— que Maquiavelo une el bien del príncipe con el del pueblo y esto habla de la excepcionalidad de la tesis desarrollada en este último capítulo). Para esto hay que levantar la bandera, que toda Italia seguirá, de la lucha contra “la crueldad e insolencia de los bárbaros” (es decir, de los franceses, de los españoles y de las milicias mercenarias). Nadie mejor que Lorenzo di Piero de Médici —cuyo tío es ahora pontífice y que tiene, pues, el apoyo de Dios y de la Iglesia— para desempeñar esa tarea, que implica una “justicia grande”.
Es la única vez, en todo el libro que, a propósito del príncipe, se habla de justicia. Maquiavelo está verdaderamente desesperado por la inminente ruina de Italia: viendo esa posible salida, se aferra a ella y habla, no su lenguaje sino el que él mismo había escuchado con escepticismo, pero que había arrastrado bajo su mirada a las muchedumbres, en su juventud, en tiempos de Savonarola. La empresa —dice— no es imposible. “Hay aquí síntomas extraordinarios, sin ejemplo, que vienen de Dios: se abrió el mar; una nube os mostró el camino; la piedra derramó agua; llovió el maná; todo ha contribuido a vuestra grandeza. Lo demás debe ser obra vuestra.” Las metáforas proceden de la Biblia. Esos acontecimientos milagrosos habían acompañado, según la tradición, recogida en el Pentateuco, el éxodo del pueblo de Israel desde Egipto bajo el mando de Moisés, y simbolizan aquí la serie de hechos que había llevado a Lorenzo a su posición encumbrada: la derrota de la república, la elección de su tío Juan al trono papal, la muerte de su otro tío Julián.
El acceso al papado de Juan de Médici (febrero de 1513) o, más probablemente, una nueva reflexión sobre ese hecho en el momento del gran peligro para Florencia y para Italia (después de la batalla de Mariñán el enfrentamiento entre Francia y el Imperio se manifestaba como un conflicto decisivo entre fuerzas mucho mayores que antes; y ese conflicto, ya entonces, parecía destinado a tener en Italia su desenlace) transformó de golpe el libro, para su autor, en un posible instrumento de lucha para salvar a la península de una inminente dominación extranjera. De allí, esta invocación patética, que incorpora en cierto sentido al campo del “deber ser”, de la moral al príncipe nuevo, que se había movido, hasta ese momento, en el campo de la “realidad efectual”, gobernado sólo por la utilidad personal.
No hay adulación, sino sólo exhortación. “En Italia hay gran virtud en los miembros (los pueblos), falta en las cabezas (los príncipes)”. Se necesita, pues, que surja una cabeza, que alguien tome la iniciativa de formar un ejército de ciudadanos, ya que las milicias mercenarias no sirven y son una plaga.
Lo que el secretario de la Segunda Cancillería no había podido llevar a cabo en tiempos de la república, lo intenta ahora, tratando como remedio extremo, de transformar al pobre Lorenzo, que no era sino un títere de Juan, en el capitán destinado a liberar a Italia de la dominación extranjera. A esta solución, que se le presentaba como una cuestión de vida o muerte, Maquiavelo sacrificaba, durante pocas páginas, no sólo sus ideales republicanos, sino también su papel de técnico imparcial, que aconseja a los gobernantes en el ámbito de la mera realidad efectual, dejando de lado toda preocupación del “deber ser”.
El sentimiento de patria invade, diría que usurpa, el campo de la moral, legitimando lo que la conciencia del hombre naturalmente repudia. Es éste el aspecto más actual del drama íntimo de Maquiavelo, y hace que este librito, tan despiadado en su realismo, adquiera, al final, un carácter patético.
Concluyendo, insisto en que la idea que se tiene de Maquiavelo es parcialmente falsa. No separó la moral de la política, sino sólo del poder y estudió tanto la técnica del poder mismo como la de la resistencia contra él, aunque ésta última no en El Príncipe, sino en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio. No justificó el crimen con la razón de estado, sino que demostró que la razón de estado suele llevar al crimen (y ésta es una justificación sólo para quienes admiten la legitimidad de la razón de estado).33 No exaltó el poder absoluto, sino que indagó las leyes de su proceso, así como del proceso contrario.
ACTUALIDAD DE LA ANTINOMIA MAQUIAVELIANA
Para nosotros, Maquiavelo es una figura importante; la sentimos actual, tanto en su aspecto positivo como en su aspecto negativo. Es difícil ponerse de acuerdo sobre sus positividades y negatividades, y éste es un síntoma claro de su actualidad.
Centró la historia en el choque entre la voluntad de poder y el deseo de libertad; y hoy nosotros palpamos en los hechos, después de tanto determinismo económico, el valor esencialmente político, en el sentido de la dominación, de la posesión de los medios de producción e intercambio. Reveló la antinomia entre gobierno y moral, afirmando que sólo pueden permitirse el lujo de obrar según su propia conciencia quienes no aspiren a imponerse sobre los demás. Quien pretenda gobernar (se refiere en forma especial al gobierno absoluto) y no sabe engañar, no sabe aggirare il cervello degli u omini,34 inevitablemente fracasa. Gobernar es un arte complicado que se basa en conocimientos psicológicos y en una sutil alternancia de crueldad e hipocresía, pero sobre todo en una absoluta frialdad, en una ausencia completa de sentimientos humanos, bajo una apariencia de normalidad moral y emotiva. Sobre esta base, hace del príncipe un poderoso retrato de una grandiosidad trágica, que supo apreciar más tarde Victorio Alfieri, el dramaturgo italiano del siglo de las luces, que fue tan popular en América Latina durante las revoluciones antiespañolas. El Saúl de Alfieri es el príncipe de Maquiavelo en plena crisis.
La consecuencia natural de las premisas maquiavelinas es que el gobierno mejor es el que gobierna menos, el que se encuentra en mayor medida bajo el contralor del pueblo. Maquiavelo lo dice bien alto y varias veces en los Discursos, especialmente al referirse a los conflictos entre la plebe y el Senado en Roma. Hasta aquí, el aspecto que quien ama la libertad y aborrece las dictaduras considera positivo en Maquiavelo. Es el aspecto que lo hace resaltar como figura poderosamente original entre los pensadores políticos de su época.
Pero este príncipe, que había sido estudiado a lo largo del libro con la imparcialidad de un naturalista que analiza el comportamiento de una especie animal, cobra de golpe en el último capítulo el carisma de salvador de la patria. Se le exhorta a hacerse héroe y a combatir por la justicia, se le promete, en este caso, la obediencia entusiasta de los pueblos. Este último capítulo ha llenado de entusiasmo a los patriotas italianos del siglo pasado. Se ha considerado, y se considera aún, que en él Maquiavelo se rescata de la inmoralidad de los capítulos anteriores, demostrando que los escribió en función de la finalidad superior de salvar a Italia de la ruina inminente. Y es —creo yo— todo lo contrario. Este capítulo, hermoso y apasionado, instrumentaliza el libro a posteriori, es heterogéneo respecto a él y revela el punto débil de ese poderoso panorama mental de Maquiavelo, en que se reflejaba toda la historia pasada como explicación de la contemporánea.
Ese punto débil es el reconocimiento resignado de la eficacia de la fuerza bruta, en un momento de extrema tensión emocional, con la consiguiente disminución de lucidez. Todos dicen que este último capítulo es utópico; y lo es, pero no en el sentido que le da en este caso a la palabra la opinión más difundida. La unificación de la península no era una utopía en ese momento más que en el sentido fácil de que no se realizó. Maquiavelo tenía razón en pensar que ese era un momento excepcionalmente favorable. La utopía consistía en confiar, para eso, en “el príncipe”. Todos los que en Italia ejercían, en pequeña o gran escala, el poder unipersonal estaban dependiendo de una u otra de las grandes potencias extranjeras, inclusive Julio II, quien lanzó, contra los franceses, ese grito tan popular de “¡Fuera los bárbaros”, mientras se apoyaba en la creciente potencia española. Esta efímera justificación del príncipe en el terreno del “deber ser” hizo que Maquiavelo fuera considerado, ya en sus tiempos, como el teórico del despotismo. Es cierto que las comparaciones en terreno histórico son siempre peligrosas; pero a veces las experiencias que se viven en la historia contemporánea ayudan a entender el pasado. ¡Cuántos espíritus abnegados de nuestro tiempo, sedientos de libertad y de justicia, se han resignado a sacrificar la primera (inútil —se les dijo— a quienes no tiene pan) en aras de la segunda Les ha pasado, en el terreno de la justicia social, lo que le pasó hace cinco siglos a Maquiavelo en el terreno del patriotismo. Es la utopía autoritaria que se repite.
UN DRAMA QUE SE REPITE
La crisis política florentina de 1512 fue la tragedia de la vida de Maquiavelo. Para entenderla, habría que comparar su resistencia a la tortura con un soneto obsecuente que escribió desde la cárcel a Julián de Médici, la fría imparcialidad de El Príncipe con los reproches dramáticos a Pier Soderini por no haber actuado tempestivamente contra los partidarios de los Médici y con el apasionamiento dolorido de El asno de oro, todo esto con el auxilio de las cartas personales de ese momento. Entonces veríamos todo lo que hay de desesperado en el llamamiento del último capítulo de El Príncipe. Maquiavelo se aferra a su personaje trágico como, en nuestro inmediato ayer, en Barbusse, un Sartre, un Cesare Pavese se han aferrado al mito del poder al servicio de la justicia.
Es un drama que se repite en la historia. Ya Julio César confió en la dictadura sin término para imponer la reforma agraria y no hizo sino fundar el imperio destinado a ser dominado por el latifundio. Pero en César estaba la componente de la ambición personal. Maquiavelo no era un político ambicioso, sino un escritor, y la gloria a que aspiraba era la de la lucidez en ver los hechos como son. Esa lucidez hace que la ilusión del principado positivo en él sea siempre efímera: veía demasiado claramente el dilema. Una última cita: “Realizar buenas reformas políticas requiere un hombre bueno y hacerse violentamente príncipe en una república requiere un hombre malo; por esto es difícil que acontezca que un hombre bueno quiera tomar el poder por el camino del mal por más que sea con una buena finalidad, y que un perverso, hecho príncipe, quiera obrar bien, y usar bien la autoridad mal adquirida”.35
El haber sufrido ese problema, que es permanente en la historia, pero que es para nosotros particularmente agudo y atormentador, pues estamos viviendo una crisis en cierto modo homologa a la del siglo XVI, hace que sintamos a Maquiavelo casi como un contemporáneo. No llega a negar el poder; se limita a sentirlo trágicamente. Pero nos proporciona los elementos para juzgarlo, y es el único que lo ha hecho con tal implacable claridad. Quien lea El Príncipe y los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, nunca esperará justicia de ningún poder absoluto; la buscará donde no haya hombre que se encumbre sobre otro, condición necesaria —lo dice Maquiavelo hablando de los Suizos— para una “libre libertad”.
NOTAS
1 Francesco de Sanctis, Storia della letteratura italiana. Milano: Treves, II, p. 86.
2 Ibidem, p. 56.
3 Benedetto Croce, Materialismo storico. Bari: Laterza, Economia marxista, 1918, pp. 112-113.
4 Charles Boulay, B. Croce jusqu’en 1911. Génève: Droz, 1981, p. 345.
5 No creo que se pueda citar un pasaje determinado a este respecto, pero es el criterio que se desprende del conjunto de la obra maquiveliana y, en particular, de los primeros capítulos de los Discursos y de El Príncipe en su totalidad.
6 Niccolò Machiavelli, Discorsi sulla prima deca di Tito Livio. I, 2.
7 Como ejemplo entre muchos, Ibidem, I, 17 y 18.
8 Esto resulta clarísimo en todos los escritos de Maquiavelo anteriores a 1512 (por ejemplo Decenal I, vv. 25-27, “Ritratto delle cose della Magna”, Discorsi... ya citado, libro I, etcétera). Después de esa fecha para él trágica, su lenguaje se hace más cauteloso pero el sentimiento republicano inspira evidentemente al resto de los Discursos sobre la primera década de Tito Livio (típico es el segundo capítulo del segundo libro) y asoma en El Príncipe, en cuanto afloja la autovigilancia. Además del capítulo V, que será objeto de una consideración especial, podemos citar, como ejemplo de los indicios del republicanismo del autor, ocultos en la abundancia misma de argumentos en que se apoyan los preceptos dirigidos al “príncipe nuevo”, unas líneas del capítulo XII. Allí, en un contexto dirigido al príncipe para convencerlo de la eficacia de las milicias nacionales y de las desventajas que presentan las milicias mercenarias, entre muchas razones estratégicas y ejemplos históricos, a mayor abundamiento, el autor cita el hecho indudable (positivo para él, pero seguramente no para el príncipe, y menos para el príncipe nuevo) de que los ciudadanos armados más difícilmente se dejan dominar por un caudillo ambicioso.
9 Noccolò Machiavelli, Lettere. Milano: Feltrinelli, 1981, p. 372.
10 Discorsi sulla prima deca di Tito Livio, I,10.
11 En Rapporto delle cose della Magna (comprendido en Niccolò Machiavelli. Il Principe e opere politiche minori. Firenze: Lemonnier, 1896, p.161.
12 Luigi Fóscolo Benedetto, al editar en 1920 esta obra junto con otras del mismo autor y del mismo tipo (N. Machiavelli, Operette satiriche. Torino: UTET. Introducción), fundamenta con excelentes argumentos la hipótesis de que, de los ocho cantos de El asno de oro que Maquiavelo escribió, los primeros cinco pertenezcan al tiempo en que cayó la república, pues reflejan la congoja que privaba en ese momento, mientras la atribución tradicional al año 1517 se basa en la fecha de los acontecimientos mencionados en los últimos tres cantos, que tienen, además, un carácter literario muy distinto.
13 Niccolò Machiavelli, obra citada. L’ Asino d’oro, IV, 39. p. 82.
14 Ibidem, I, 120. p. 65.
15 Ibidem, I,108. p. 64.
16 Niccolò Machiavelli, Discorsi sulla prima deca... I, 2.
17 Niccolò Machiavelli, Operette satiriche. L’ Asino d’ oro, V. 104, p. 91.
18 Niccolò Machiavelli, Il Principe, XV (primera parte).
19 Véase el Prólogo de Luigi Fóscolo Benedetto a las Operette satiriche ya citadas, pp. 20-29.
20 Niccolò Machiavelli, Discorsi sulla prima deca... I,59.
21 El proyecto, que fue pedido y redactado después de la muerte de Lorenzo di Piero de Médici, se titula Discorso sopra il riformar lo stato di Firenze y se puede leer en Il Principe e opere politiche minori. Editorial citada, p. 121.
22 Niccolò Machiavelli, Discorsi sulla prima deca... III, 2.
23 Niccolò Machiavelli, Lettere. Editorial citada, p. 505. (Carta a F. Vettori de 16/IV/1527.)
24 En la dedicatoria de los Discursos sobre la primera década de Tito Livio a sus amigos Zanobi Buondelmonti y Cosme Rucellai, Maquinvelo se refiere con palabras condenatorias a la costumbre de dedicar obras literarias a los príncipes: “Me parece con esto (la dedicatoria a los amigos) haber salido de la costumbre de los escritores, los cuales suelen siempre dedicar sus obras a algún príncipe; y, cegados por la ambición y la avidez, lo alaban atribuyéndole todas las virtuosas cualidades cuando deberían reprocharle todos sus aspectos repudiables”. Es imposible que, al escribir esto, no pensase en sus propias palabras, escritas —se cree— poco antes. Es este uno de los tantos indicios que nos permiten juzgar a Maquiavelo como figura hamletiana, como la encarnación misma de un problema moral —y por consiguiente político— no resuelto, sino lúcidamente planteado y dramáticamente padecido.
25 Niccolò Machiavelli, Il Principe, capítulo VII.
26 Niccolò Machiavelli, Discorsi sulla prima deca... I, 26.
27 Niccolò Machiavelli. Il Principe, capítulo X1I1. (El ejemplo de Alejandro VI y la alusión a Fernando el Católico sirven, en este capítulo, de pilares para una sólida estructura situados como están, el primero exactamente en la mitad del largo discurso, y la segunda como triunfal conclusión.)
28 Niccolò Machiavelli, Lettere. Editorial citada, p. 440 (21/X/1525).
29 Niccolò Machiavelli. Discorsi sulla prima deca... I, 40.
30 Maquiavelo había desempeñado una función importante, como secretario de los “Diez de la guerra”, en la larga lucha de su Comuna para recuperar a Pisa, en el período que él consideró siempre como el más positivo de su vida. En el desempeño de sus tareas, hizo todo lo posible para que su ciudad lograra ese objetivo, considerando que ese era el deber de todo buen ciudadano. Pero nunca ocultó su dolorosa simpatía por la desafortunada Florencia y por su heroica resistencia. Ésta ya se vislumbra en los Decenales, donde se siente su desprecio por los aliados de Pisa que se dejaron comprar por el gobierno florentino. Y sigue, dirigiéndose —como, siempre en los Decenales— a sus conciudadanos: “Pues, como Pisa había quedado sola, la rodeasteis sorpresivamente: no podía entrar allí sino quien vuela. Y, aunque fuera obstinada enemiga, por la necesidad rota y vencida, volvió llorando a la cadena antigua. (Decenales, II, 157-59/163-65.)
31 Hubo un momento, en 1515, en que Julián pareció dejarse convencer a emplearlo pero vino en seguida la contraorden de Roma: “Escribidle de mi parte que yo lo aconsejo a no tener nada que ver con Niccolò”, comunicaba a un intermediario, el Cardenal de Médici, primo del Papa (Roberto Ridolfi, Vita di Niccolò Machiavelli. Firenze, Sansoni, 1978, p. 254).
32 En una carta, ya citada, a Francisco Guicciardini (21/X/1525), Maquiavelo escribe a este respecto: “Me aumentaron hasta cien ducados por las Historias (alude a las Historias Florentinas, título de la obra que le había sido encomendada). Empiezo ahora a escribir de nuevo y me desahogo acusando a los príncipes que, todos han hecho lo posible para traernos hasta aquí”. Alude con estas palabras a la victoria de Carlos V en Pavía y a sus consecuencias, nada prometedoras, para Italia. (Niccolò Machiavelli, Lettere. Editorial citada, p. 444.)
33 Hay que leer a Maquiavelo dando a las palabras el valor que él les daba. Cuando dice que el príncipe nuevo se ve obligado a veces a ser inhumano para “conservar el estado”, no entiende por “estado” la patria y su integridad en sentido colectivo, como parece interpretar ésta tan repetida expresión F. De Sanctis (y Croce con él). Maquiavelo quiere decir que el príncipe, con esos medios, salva su posición en la ciudad, su propio poder, a menudo en desmedro del bienestar común. El significado de la palabra es aún vacilante; está aún muy cerca de su origen participial. En El Príncipe a veces vale “condición”, a veces “poder, gobierno”, a veces “territorio con sociedad organizada y gobierno”. Leamos un fragmento en que el sustantivo está estrechamente relacionado con el verbo que le ha dado origen. Se refiere a los príncipes “civiles”, que reciben el poder del pueblo y encuentran un estorbo en los magistrados: “En el último caso (cuando haya magistrados), su estado (su condición) es más débil y peligroso, pues ellos están (se mantienen) con la voluntad de los ciudadanos que ocupan las magistraturas, quienes, máxime en los tiempos adversos, les pueden quitar con gran facilidad el estado (el poder)”. Estas líneas se pueden leer hacia el final del capítulo IX de El Príncipe. El hecho de que la ambigüedad del término pueda mantenerse en la traducción, es significativo. Pero, en general, se puede decir que, para traducir a Maquiavelo, hay que partir de una interpretación previa de su pensamiento político. Y ésta depende del peso que se dé a algunas palabras claves. Si salimos del “Príncipe”, la pluralidad de sentidos de esta palabra tan discutida se hace más evidente aún. Dice, por ejemplo, el viejo Nicia en la III escena del II acto de la Mandrágora: Chi non ha lo stato in questa terra, de nostri pari, non trova cane che gli abbai (“Quien no tiene estado en esta ciudad, de los de nuestra condición, no encuentra perro que le ladre”), donde la palabra equivale a “buena situación”, especialmente en lo económico.
34 Nicolás Maquiavelo, El Príncipe. Capítulo XVIII.
35 Niccolò Machiavelli, Discorsi sulla prima deca... I, 18.
El Príncipe se divide naturalmente en tres partes, netamente distintas por su estilo: la dedicatoria, los capítulos 1-25 y el capítulo 26. Estas tres partes corresponden respectivamente a tres aspectos de la complicada personalidad de Maquiavelo: el aspecto oportunista, que siempre lo lleva, en las catástrofes, a buscar el mal menor, prevalece en la primera; su vocación de técnico de la vida política, y a la vez de artista dramático, en la segunda; su pasión patriótica en la tercera. En las primeras dos, el moralista, el Maquiavelo del “deber ser” no está ausente, sino reprimido, y a veces asoma; en el último capítulo aparentemente triunfa, pero llevado por el patriotismo a un terreno que no es el suyo, escribe, en un estilo que tampoco es el suyo, palabras apasionadas, que han sido consideradas definitorias y son las más circunstanciales, instrumentales, contradictorias con su pensamiento habitual que hayan salido de su pluma.
Niccolò Machiavelli • Nicolás Maquiavelo
Il Principe • El Príncipe
NICOLAUS MACLAVELLUS AD MAGNIFICUM LAURENTIUM MEDICEM
Sogliono, el piú delle volte, coloro che desiderano acquistare grazie appresso uno Principe, farsegli incontro con quelle cose che infra le loro abbino piú care, o delle quali vegghino lui piú delettarsi; donde si vede molte volte essere loro presentati cavalli, arme, drappi d’oro, pietre preziose e simili ornamenti degni della grandezza di quelli. Desiderando io, adunque, offerirmi alla Vostra Magnificenzia con qualche testimone della servitú mia verso di quella, non ho trovato, intra le mia suppellettile, cosa quale io abbi piú cara o tanto esistimi, quanto la cognizione delle azioni degli uomini grandi, imparata da me con una lunga esperienza delle cose moderne e una continua lezione delle antique; le quali avendo io con gran diligenzia lungamente escogitate ed esaminate, e ora in uno piccolo volume ridotte, mando alla Magnificenzia Vostra.
E benché io giudichi questa opera indegna della presenzia di quella, tamen confido assai che per sua umanità ali debba essere accetta, considerato come da me non gli possa essere fatto maggiore dono che darle facultà a potere in brevissimo tempo intendere tutto quello che io, in tanti anni e con tanti mia disagi e periculi, ho conosciuto e inteso. La quale opera io non ho ornata né ripiena di clausule ample, o di parole ampullose e magnifiche, o di qualunque altro lenocinio o ornamento estrinseco, con li quali molti sogliono le loro cose descrivere e ornare; perché io ho voluto, o che veruna cosa la onori, o che solamente la varietà della materia e la gravità del subietto la facci grata. Né voglio sia reputata presunzione se uno uomo di basso ed infimo stato ardisce discorrere e regolare e’ governi de’ principi; perché, cosí come coloro che disegnano e’ paesi si pongono bassi nel piano a considerare la natura de’ monti e de’ luoghi alti, e per considerare quella de’ bassi si pongono alti sopra e’ monti, similmente, a conoscere bene la natura de’ populi, bisogna essere principe, e a conoscere bene quella de’ principi bisogna essere populare.
Pigli, adunque, Vostra Magnificenzia questo piccolo dono con quello animo che io lo mando; il quale se da quella fia diligentemente considerato e letto, vi conoscerà dentro uno estremo mio desiderio, che Lei pervenga a quella grandezza che la fortuna e le altre sue qualità gli promettano. E se Vostra Magnificenzia dallo apice della sua altezza qualche volta volgerà gli occhi in questi luoghi bassi, conoscerà quanto io indegnamente sopporti una grande e continua malignità di fortuna.
NICOLÁS MAQUIAVELO AL MAGNÍFICO LORENZO DE’ MÉDICI
Suelen las más de las veces1 quienes desean adquirir gracia ante un príncipe ir a su encuentro con las cosas que entre las suyas más estiman, o de las cuales lo ven a él más deleitarse; por lo cual se ve que muchas veces se les ofrecen caballos, armas, paños de oro, piedras preciosas y ornamentos similares, dignos de la grandeza de ellos. Deseando yo pues ofrecerme a Vuestra Magnificencia con algún testimonio de mi servidumbre hacia ella, no he encontrado entre mis pertenencias cosa que yo más quiera o en más estime que el conocimiento de las acciones de los hombres grandes, adquirido con una larga experiencia de las cosas modernas y una continua lección de las antiguas: las cuales habiendo yo con gran diligencia largamente meditado y examinado y reducido ahora a un pequeño volumen, envío a la Magnificencia Vuestra.
Y bien que juzgue yo esta obra indigna de la presencia de ella, sin embargo mucho confío en que por su humanidad deba ser aceptada, considerando que para mí es imposible hacerle regalo mayor, que darle facultad de poder en brevísimo tiempo entender todo lo que yo en tantos años y con tantas incomodidades y peligros he conocido. La cual obra2 no he adornado ni llenado de ningún otro rebuscamiento u ornamento extrínseco, con los cuales suelen muchos describir y ornar sus cosas, porque yo he querido que o ninguna cosa la adorne o solamente la variedad de la materia y la gravedad del tema la hagan grata. Y no quiero3 que sea reputada presunción el que un hombre de bajo e ínfimo estado se atreva a discurrir y regular los gobiernos de los príncipes; porque así como los que dibujan los paisajes se ponen abajo en el llano a considerar la naturaleza de los montes y los lugares altos, y para considerar la de los bajos se ubican alto sobre los montes, del mismo modo para conocer bien la naturaleza de los pueblos es necesario ser un príncipe, y para conocer bien la de los príncipes es preciso ser popular.
Acepte pues4 Vuestra Magnificencia este pequeño regalo con el mismo ánimo con que yo lo mando; el cual si fuese por ella diligentemente considerado y leído, conocerá en él un extremo deseo mío, que llegue Ella a la grandeza que la suerte y sus demás cualidades le prometen. Y si Vuestra Magnificencia desde el ápice de su altura vuelve alguna vez los ojos hacia estos lugares bajos, conocerá cuán inmerecidamente soporto yo una grande y continua malignidad de la suerte.
I QUOT SINT GENERA PRINCIPATUUM ET QUIBUS MODIS ACQUIRANTUR
Tutti gli stati, tutti e’ dominii che hanno avuto e hanno imperio sopra gli uomini, sono stati e sono o republiche o principati. E’ principati sono, o ereditarii, de’ quali el sangue del loro signore ne sia suto lungo tempo principe, o e’ sono nuovi. E’ nuovi, o sono nuovi tutti, come fu Milano a Francesco Sforza, o sono come membri aggiunti allo stato ereditario del principe che li acquista, come è el regno di Napoli al re di Spagna. Sono questi dominii cosí acquistati, o consueti a vivere sotto uno principe, o usi ad essere liberi; e acquistonsi con le armi d’altri o con le proprie, o per fortuna o per virtú.
I DE CUÁNTAS CLASES SON LOS PRINCIPADOS Y DE QUÉ MODOS SE ADQUIEREN
Todos los estados, todos los dominios que han tenido y tienen imperio sobre los hombres, han sido y son o repúblicas o principados. Los principados son, o hereditarios, de los cuales la sangre de su señor ha sido príncipe por mucho tiempo, o bien son nuevos. Los nuevos, o son nuevos del todo, como fue Milán para Francisco Sforza, o son como miembros agregados al estado hereditario del príncipe que los adquiere, como es el reino de Napóles para el rey de España. Estos dominios así adquiridos, o están acostumbrados a vivir bajo un príncipe o habituados a ser libres; y se adquieren o con las armas de otro o con las propias, o por suerte o por virtud.
II DE PRINCIPATIBUS HEREDITARIIS
Io lascerò indreto il ragionare delle republiche, perché altra volta ne ragionai a lungo. Volterommi solo al principato, e andrò tessendo gli ordini soprascritti, e disputerò come questi principati si possino governare e mantenere.
Dico, adunque, che negli stati ereditarii e assuefatti al sangue del loro principe sono assai minori difficultà a mantenerli che ne’ nuovi: perché basta solo non preterire l’ordine de’ sua antenati, e di poi temporeggiare con gli accidenti; in modo che, se tale principe è di ordinaria industria, sempre si manterrà nel suo stato, se non è una estraordinaria ed eccessiva forza che ne lo privi; e privato che ne fia, quantunque di sinistro abbi l’ occupatore, lo riacquista.
Noi abbiamo in Italia, in exemplis, il duca di Ferrara; il quale non ha retto agli assalti de’ Viniziani nello ’84, né a quelli di papa Iulio nel ’10, per altre cagioni che per essere antiquato in quello dominio. Perché el principe naturale ha minori cagioni e minore necessità di offendere; donde conviene che sia piú amato; e se estraordinarii vizii non lo fanno odiare, è ragionevole che naturalmente sia benevoluto da’ sua. E nella antiquità e continuazione del dominio sono spente le memorie e le cagioni delle innovazioni; perché sempre una mutazione lascia lo addentellato per la edificazione dell’altra.
II DE LOS PRINCIPADOS HEREDITARIOS
Yo dejaré de lado el hablar de las repúblicas,1 porque ya en otra ocasión me ocupé extensamente de ellas. Me ocuparé únicamente del principado e iré tejiendo las tramas descritas más arriba, y discutiré cómo pueden esos principados gobernarse y mantenerse.
Digo pues que en los estados hereditarios y acostumbrados a la sangre de su príncipe hay mucho menos dificultades para mantenerlos que en los nuevos, porque basta sólo con no preterir los ordenamientos de sus antepasados, y después contemporizar con los accidentes: de modo que, si ese príncipe es de normal capacidad, siempre se mantendrá en su estado, a menos que lo prive de él una fuerza extraordinaria y excesiva; y si fuera privado de él lo readquirirá a la primera adversidad que sobrevenga al ocupante.
Nosotros tenemos en Italia, por ejemplo, al duque de Ferrara que no resistió a los ataques de los venecianos en el ’84, ni a los del Papa Julio en el ’10, por otra razón que la de ser antiguo en ese dominio. Porque el príncipe natural tiene menos razones y menos necesidad de ofender, por lo cual es lógico que sea más amado; y si no tiene extraordinarios vicios que lo hagan odiar, es razonable que sea naturalmente bien querido por los suyos. Y la antigüedad2 y continuidad del dominio se borran el recuerdo y las causas de las innovaciones, porque un cambio siempre deja el asidero para edificación del siguiente.
III DE PRINCIPATIBUS MIXTIS
Ma nel principato nuovo consistono le difficultà. E prima, se non è tutto nuovo, ma come membro (che si può chiamare tutto insieme quasi misto) le variazioni sua nascono in prima da una naturale difficultà, quale è in tutti e’ principati nuovi: le quali sono che li uomini mutano volentieri signore, credendo migliorare; e questa credenza gli fa pigliare l’arme contro a quello; di che s’ingannono, perché veggono poi per esperienza avere peggiorato. Il che depende da una altra necessità naturale e ordinaria, quale fa che sempre bisogni offendere quelli di chi si diventa nuovo principe e con gente d’arme e con infinite altre iniurie che si tira dietro el nuovo acquisto; in modo che tu hai inimici tutti quelli che hai offesi in occupare quello principato, e non ti puoi mantenere amici quelli che vi ti hanno messo, per non li potere satisfare in quel modo che si erano presupposto e per non potere tu usare contro a di loro medicine forti, sendo loro obligato; perché sempre, ancora che uno sia fortissimo in sugli eserciti, ha bisogno del favore de’ provinciali a intrare in una provincia. Per queste ragioni Luigi XII re di Francia occupò subito Milano, e subito lo perdé; e bastò a tognerne, la prima volta, le forze proprie di Lodovico; perché quelli populi che gli avevono aperte le porte, trovandosi ingannati della opinione loro e di quello futuro bene che si avevano presupposto, non potevono sopportare e’ fastidi del nuovo principe.
‘E ben vero che, acquistandosi poi la seconda volta e’ paesi rebellati, si perdono con piú difficultà; perché el signore, presa occasione dalla rebellione, è meno respettivo ad assicurarsi con punire e’ delinquenti, chiarire e’ suspetti, provvedersi nelle parti piú deboli. In modo che, se a fare perdere Milano a Francia bastò, la prima volta, uno duca Lodovico che romoreggiassi in su’ confini, a farlo di poi perdere, la seconda, gli bisognò avere, contro, el mondo tutto, e che gli eserciti suoi fussino spenti o fugati di Italia; il che nacque dalle cagioni sopradette. Nondimanco, e la prima e la seconda volta, gli fu tolto.
Le cagioni universali della prima si sono discorse; resta ora a dire quelle della seconda, e vedere che remedii lui ci aveva, e quali ci può avere uno che fussi ne’ termini sua, per potersi meglio mantenere nello acquisto che non fece Francia. Dico, pertanto, che questi stati, quali acquistandosi si aggiungono a uno stato antiquo di quello che acquista, o e’ sono della medesima provincia e della medesima lingua, o non sono. Quando e’ sieno, è facilità grande a tenerli, massime quando non sieno usi a vivere liberi; e a possederli securamente basta avere spenta la linea del principe che li dominava, perché nelle altre cose, mantenendosi loro le condizioni vecchie e non vi essendo disformità di costumi, gli uomini si vivono quietamente; come si è visto che ha fatto la Borgogna, la Brettagna, la Guascogna e la Normandia, che tanto tempo sono state con Francia; e benché vi sia qualche disformità di lingua, nondimeno e’ costumi sono simili, e possonsi fra loro facilmente comportare. E chi le acquista, volendole tenere, debbe avere dua respetti: l’uno, che il sangue del loro principe antiquo si spenga; l’altro, di non alterare né loro legge né loro dazii; talmente che in brevissimo tempo diventa, con loro principato antiquo, tutto uno corpo.
Ma, quando si acquista stati in una provincia disforme di lingua, di costumi e di ordini, qui sono le difficultà; e qui bisogna avere gran fortuna e grande industria a tenerli. E uno de’ maggiori remedii e piú vivi sarebbe che la persona di chi acquista vi andassi ad abitare. Questo farebbe piú secura e piú durabile quella possessione: come ha fatto il Turco, di Grecia; il quale, con tutti gli altri ordini osservati da lui per tenere quello stato, se non vi fussi ito ad abitare, non era possibile che lo tenessi. Perché, standovi, si veggono nascere e’ disordini, e presto vi puoi rimediare; non vi stando, s’intendono quando e’ sono grandi e che non vi è piú remedio. Non è, oltre di questo, la provincia spogliata da’ tuoi officiali; satisfannosi e’ sudditi del ricorso propinquo al principe; donde hanno piú cagione di amarlo, volendo essere buoni, e, volendo essere altrimenti, di temerlo. Chi degli esterni volessi assaltare quello stato, vi ha piú respetto; tanto che, abitandovi, lo può con grandissima difficultà perdere.
L’ altro migliore remedio è mandare colonie in uno o duo luoghi che sieno quasi compedes di quello stato, perché è necessario o fare questo o tenervi assai gente d’arme e fanti. Nelle colonie non si spende molto; e sanza sua spesa, o poca, ve le manda e tiene; e solamente offende coloro a chi e’ toglie e’ campi e le case per darle a’ nuovi abitatori, che sono una minima parte di quello stato; e quegli ch’egli offende, rimanendo dispersi e poveri, non gli possono mai nuocere, e tutti gli altri rimangono da uno canto inoffesi, e per questo doverrebbono quietarsi, dall’altro paurosi di non errare, per timore che non intervenisse a loro come a quelli che sono stati spogliati. Concludo che queste colonie non costono, sono piú fedeli, offendono meno; e gli offesi non possono nuocere, sendo poveri e dispersi, come è detto. Per il che si ha a notare che gli uomini si debbano o vezzeggiare o spegnere; perché si vendicano delle leggieri offese, delle gravi non possono; sí che l’offesa che si fa all’uomo debbe essere in modo che la non tema la vendetta. Ma tenendovi, in cambio di colonie, gente d’arme, si spende piú assai, avendo a consumare nella guardia tutte le intrate di quello stato; in modo che lo acquisto gli torna perdita; e offende molto piú, perché nuoce a tutto quello stato, tramutando con gli alloggiamenti il suo esercito; del quale disagio ciascuno ne sente, e ciascuno gli diventa inimico; e sono inimici che gli possono nuocere, rimanendo, battuti, in casa loro. Da ogni parte, dunque, questa guardia è inutile, come quella delle colonie e’ utile.
Debbe ancora chi è in una provincia disforme come è detto, farsi capo e defensore de’ vicini minori potenti, ed ingegnarsi di indebolire e’ potenti di quella, e guardarsi che, per accidente alcuno, non vi entri uno forestiere potente quanto lui. E sempre interverrà che vi sarà messo da coloro che saranno in quella mal contenti o per troppa ambizione o per paura; come si vidde già che gli Etoli missero e’ Romani in Grecia; e in ogni altra provincia che gli entrorono, vi furono messi da’ provinciali. E l’ordine delle cose è che, subito che uno forestiere potente entra in una provincia, tutti quelli che sono in essa meno potenti gli aderiscano, mossi da invidia hanno contro a chi è suto potente sopra di loro: tanto che, respetto a questi minori potenti, lui non ha a durare fatica alcuna a guadagnarli, perché subito tutti insieme volentieri fanno uno globo col suo stato che lui vi ha acquistato. Ha solamente a pensare che non piglino troppe forze e troppa autorità; e facilmente può, con le forze sua e col favore loro, sbassare quelli che sono potenti, per rimanere, in tutto, arbitro di quella provincia. E chi non governerà bene questa parte, perderà presto quello arà acquistato; e mentre che lo terrà, vi arà, dentro, infinite difficultà e fastidii.
E’ Romani, nelle provincie che pigliorono, osservorono bene queste parti; e mandorono le colonie, intratennono e’ meno potenti sanza crescere la loro potenzia, abbassorono e’ potenti, e non vi lasciorono prendere reputazione a’ potenti forestieri. E voglio mi basti solo la provincia di Grecia per esemplo: furono intrattenuti da loro gli Achei e gli Etoli; fu abbassato el regno de’ Macedoni; funne cacciato Antioco; né mai e’ meriti degli Achei o degli Etoli feciono che permettessino loro accrescere alcuno stato; né le persuasioni di Filippo gli indussono mai ad esserli amici sanza sbassarlo; né la potenzia di Antioco possé fare gli consentissino che tenessi in quella provincia alcuno stato. Perché e’ Romani feciono, in questi casi, quello che tutti e’ principi savi debbono fare; li quali, non solamente hanno ad avere riguardo agli scandoli presenti, ma a’ futuri, e a quelli con ogni industria obviare; perché, prevedendosi discosto, facilmente vi si può rimediare; ma, aspettando che ti si appressino, la medicina non è a tempo, perché la malattia è divenuta incurabile. E interviene di questa, come dicono e’ fisici dello etico, che, nel principio del suo male, è facile a curare e difficile a conoscere, ma, nel progresso del tempo, non l’avendo in principio conosciuta né medicata, diventa facile a conoscere e difficile a curare. Cosí interviene nelle cose di stato; perché, conoscendo discosto (il che non è dato se non a uno prudente) e’ mali che nascono in quello, si guariscono presto; ma quando, per non li avere conosciuti, si lasciono crescere in modo che ognuno li conosce, non vi è piú remedio.
Però e’ Romani, vedendo discosto gli inconvenienti, vi rimediorno sempre; e non li lasciorno mai seguire per fuggire una guerra, perché sapevono che la guerra non si leva, ma si differisce a vantaggio di altri; però vollono fare con Filippo e Antioco guerra in Grecia, per non la avere a fare con loro in Italia; e potevano per allora fuggire l’una e l’altra; il che non volsero. Né piacque mai loro quello che tutto dí è in bocca de’ savi de’ nostri tempi, di godere el benefizio del tempo, ma sí bene quello della virtú e prudenzia loro; perché il tempo si caccia innanzi ogni cosa, e può condurre seco bene come male, e male come bene.
Ma torniamo a Francia, ed esaminiamo se delle cose dette ne ha fatto alcuna; e parlerò di Luigi, e non di Carlo, come di colui che per avere tenuta piú lunga possessione in Italia, si sono meglio visti li suoi progressi: e vedrete come egli ha fatto il contrario di quelle cose che si debbano fare per tenere uno stato in una provincia disforme.
El re Luigi fu messo in Italia dalla ambizione de’ Viniziani, che volsono guadagnarsi mezzo lo stato di Lombardia per quella venuta. Io non voglio biasimare questo partito preso dal re; perché, volendo cominciare a mettere uno pié in Italia, e non avendo in questa provincia amici, anzi, sendoli, per li portamenti del re Carlo, serrate tutte le porte, fu forzato prendere quelle amicizie che poteva; e sarebbegli riuscito el partito ben preso, quando negli altri maneggi non avessi fatto errore alcuno. Acquistata, dunque, il re la Lombardia, si riguadagnò subito quella reputazione che gli aveva tolta Carlo: Genova cedé; e’ Fiorentini gli diventorono amici; Marchese di Mantova, Duca di Ferrara, Bentivogli, Madonna di Furlí, signore di Faenza, di Pesaro, di Rimino, di Camerino, di Piombino, Lucchesi, Pisani, Sanesi, ognuno se gli fece incontro per essere suo amico. E allora posserno considerare e’ Viniziani la temerità del partito preso da loro; i quali, per acquistare dua terre in Lombardia, feciono signore, el re, del terzo di Italia.
Consideri ora uno con quanto poca difficultà posseva il re tenere in Italia la sua reputazione, se egli avesse osservate le regole soprascritte, e tenuti securi e difesi tutti quelli sua amici, li quali, per essere gran numero, e deboli e paurosi, chi della Chiesa, chi de’ Viniziani, erano sempre necessitati a stare seco; e per il mezzo loro posseva facilmente assicurarsi di chi ci restava grande. Ma lui non prima fu in Milano, che fece il contrario, dando aiuto a papa Alessandro, perché egli occupassi la Romagna. Né si accorse con questa deliberazione, che faceva sé debole, togliendosi gli amici e quelli che se gli erano gittati in grembo, e la Chiesa grande, aggiugnendo allo spirituale, che gli dà tanta autorità, tanto temporale. E fatto uno primo errore, fu costretto a seguitare; in tanto che, per porre fine alla ambizione di Alessandro e perché non divenissi signore di Toscana, fu costretto venire in Italia. Non gli bastò avere fatto grande la Chiesa e toltisi gli amici, che, per volere il regno di Napoli, lo divise con il re di Spagna; e dove lui era, prima, arbitro d’Italia, e’ vi misse uno compagno, a ciò che gli ambiziosi di quella provincia e mal contenti di lui avessino dove ricorrere; e dove posseva lasciare in quello regno uno re suo pensionario, e’ ne lo trasse, per mettervi uno che potessi cacciarne lui.
‘E cosa veramente molto naturale e ordinaria desiderare di acquistare; e, sempre, quando gli uomini lo fanno che possono, saranno laudati o non biasimati; ma quando non possono e vogliono farlo in ogni modo, qui è lo errore e il biasimo. Se Francia, adunque, posseva con le forze sua assaltare Napoli, doveva farlo; se non poteva, non doveva dividerlo. E se la divisione fece, co’ Viniziani, di Lombardia, meritò scusa per avere con quella messo el pié in Italia; questa merita biasimo, per non essere escusata da quella necessità.
Aveva, dunque, Luigi fatto questi cinque errori: spenti e’ minori potenti; accresciuto in Italia potenzia a uno potente; messo in quella uno forestiere potentissimo; non venuto ad abitarvi; non vi messe colonie. E’ quali errori ancora, vivendo lui, possevano non lo offendere, se non avessi fatto el sesto: di torre lo stato a’ Viniziani; perché, quando e’ non avessi fatto grande la Chiesa, né messo in Italia Spagna, era ben ragionevole e necessario abbassarli; ma avendo preso quelli primi partiti, non doveva mai consentire alla ruina loro: perché, sendo quelli potenti, arebbono sempre tenuti gli altri discosto dalla impresa di Lombardia, sí perché e’ Viniziani non vi arebbono consentito sanza diventarne signori loro; sí perché gli altri non arebbono voluto torla a Francia per darla a loro; e andare a urtarli tutti e dua non arebbono avuto animo. E se alcuno dicesse: il re Luigi cedé ad Alessandro la Romagna e a Spagna il Regno per fuggire una guerra, respondo, con le ragioni dette di sopra: che non si debbe mai lasciare seguire uno disordine per fuggire una guerra; perché la non si fugge, ma si differisce a tuo disavvantaggio. E se alcuni altri allegassino la fede che il re aveva obligata al papa, di fare per lui quella impresa per la resoluzione del suo matrimonio e il cappello di Roano, respondo con quello che per me di sotto si dirà circa la fede de’ principi e come la si debbe osservare. Ha perduto, adunque, il re Luigi la Lombardia per non avere osservato alcuno di quelli termini osservati da altri che hanno preso provincie e volutole tenere. Né è miracolo alcuno questo, ma molto ordinario e ragionevole. E di questa materia parlai a Nantes con Roano, quando il Valentino (che cosí era chiamato popularmente Cesare Borgia, figliuolo di papa Alessandro) occupava la Romagna; perché, dicendomi el cardinale di Roano che gli italiani non si intendevano della guerra, io gli risposi che e’ Francesi non si intendevano dello stato; perché, se n’intendessono, non lascerebbono venire la Chiesa in tanta grandezza. E per esperienza si è visto che la grandezza, in Italia, di quella e di Spagna è stata causata da Francia, e la ruina sua causata da loro. Di che si cava una regola generale, la quale mai o raro falla: che chi è cagione che uno diventi potente, rovina; perché quella potenzia è causata da colui o con industria o con forza; e l’una e l’altra di queste cose è sospetta a chi è diventato potente.
III DE LOS PRINCIPADOS MIXTOS
Pero en el principado1 nuevo consisten las dificultades. Y ante todo si no es completamente nuevo, sino como miembro, que en conjunto puede llamarse casi mixto, sus variaciones nacen en primer término de una dificultad natural que existe en todos los principados nuevos, que es que los hombres de buen grado mudan de señor creyendo mejorar, y esa creencia los hace tomar las armas en contra de aquel; en lo cual se engañan, porque después ven por experiencia que han empeorado. Lo cual deriva de otra necesidad natural y ordinaria, que hace que siempre haya que ofender a aquellos de quienes se llega a ser príncipe nuevo, con ejércitos y con otros infinitos agravios que trae consigo la nueva adquisición; de modo que tienes por enemigos a todos aquellos a quienes has ofendido al ocupar el nuevo principado, y no puedes conservar la amistad de los que te pusieron en él, porque no puedes satisfacerlos del modo que ellos se habían imaginado y tampoco puedes emplear contra ellos remedios fuertes, porque estás obligado con ellos.
Porque siempre, aun cuando uno sea fortísimo con sus ejércitos, tiene necesidad del favor de los provincianos para entrar en una provincia. Por estas razones Luis XII,2 rey de Francia, ocupó Milán rápido, y rápido lo perdió, y para quitárselo la primera vez bastaron las fuerzas de Ludovico, porque los pueblos que le habían abierto las puertas, viéndose engañados en su opinión y en el futuro bien que habían supuesto, hallaron insoportables los fastidios del nuevo príncipe.
Es muy cierto que, si vuelven a readquirirse los pueblos rebelados, es muy difícil que se pierdan, porque con motivo de la rebelión el señor tiene menos reparos para asegurarse castigando a los delincuentes, denunciando a los sospechosos y proveyendo a las partes más débiles. Es así que si la primera vez bastó para hacerle perder Milán a Francia un duque Ludovico que alborotase en los confines, después para hacérselo perder la segunda fue necesario que se le pusiera en contra el mundo entero, y que sus ejércitos fuesen aniquilados o expulsados de Italia, lo cual nació de las razones antes dichas. Sin embargo, la primera y la segunda vez se lo quitaron. Las razones universales3 de la primera se han discurrido ya; falta ahora examinar las de la segunda, y ver qué remedios tenía él, y cuáles puede tener uno que esté en la situación de él, para poder mantener su adquisición mejor de lo que hizo Francia. Digo, por lo tanto, que los estados que al adquirirse se agregan a un estado antiguo del que los adquiere, o son de la misma provincia y de la misma lengua o no lo son. Si lo son es una gran ventaja para conservarlos, especialmente si no están acostumbrados a vivir libres, y para poseerlos con seguridad basta con haber extinguido el linaje del príncipe que los dominaba, porque en lo demás, si se les mantienen las condiciones de antes y no existe diferencia de costumbres, los hombres viven tranquilos, como se ha visto que ocurrió con Borgoña, con Bretaña, con Gascuña y con Normandía, que tanto tiempo han estado unidas a Francia; y si bien hay alguna diferencia de lengua, las costumbres son similares y con facilidad se soportan entre ellos. Y quien los adquiere debe cuidar dos cosas, si desea conservarlos: uno, que la sangre de su príncipe antiguo se extinga; la otra, no alterarles las leyes ni los impuestos, y de ese modo en brevísimo tiempo formarán un solo cuerpo con su principado antiguo.
Pero cuando se adquieren estados en una provincia distinta en la lengua, en las costumbres y en los órdenes, ahí están las dificultades, y ahí es preciso tener mucha suerte y mucha habilidad para mantenerlos; y uno de los mejores y más vivos remedios sería que quien los adquiere fuera personalmente a habitar en ellos. Eso haría más segura y más duradera esa posesión; como hizo el Turco con Grecia: porque con todos los demás órdenes que observó para mantener ese estado, si no hubiera ido a habitar en él no era posible que lo conservara. Porque estando allí se ven nacer los desórdenes y rápido se pueden remediar; no estando, se conocen cuando ya son grandes y no hay remedio. Además de eso, la provincia no es saqueada por tus funcionarios, los súbditos quedan satisfechos con la posibilidad de recurrir a un tribunal próximo al príncipe, y por ende tienen más razón para amarlo si quieren ser buenos, y de temerlo si quieren ser de otro modo. Cualquier extranjero que desee atacar ese estado tendrá más reparos; de modo que habitando en él es sumamente difícil que se pierda.
El otro mejor remedio es mandar colonias a uno o dos lugares, que sean casi como soportes de ese estado, porque es necesario hacer eso o tener en él muchas tropas de caballería y de infantería. En las colonias no hay que gastar mucho, con poco o ningún gasto las establece y las mantiene, y solamente ofende a aquellos a quienes les quita los campos y las casas para dárselas a los nuevos habitantes, y aquellos son una mínima parte de ese estado; y los que han sido ofendidos, como quedan dispersos y pobres, no pueden perjudicarlo nunca, y todos los demás quedan por un lado sin ofensa, y por eso deberían permanecer quietos, y por el otro temerosos de errar, por miedo de que les pase a ellos lo mismo que a los que fueron despojados. Concluyo que esas colonias no cuestan nada, son más fieles, ofenden menos; y los ofendidos no pueden hacer daño, como se ha dicho, por estar pobres y dispersos. Sobre lo cual debe notarse que a los hombres hay que mimarlos o extinguirlos; porque se vengan de los agravios leves, pero de los graves no pueden, de manera que la ofensa que se le hace a un hombre debe ser tal que no haya que temer su venganza. Si en cambio en lugar de colonias se mandan tropas, se gasta mucho más, y hay que consumir en la guardia todos los ingresos de ese estado, de manera que la adquisición se convierte en pérdida, y ofende mucho más, porque perjudica al estado entero al trasladar su ejército de una localidad a otra, y esa incomodidad la sienten todos y todos se le vuelven enemigos; y son enemigos que puedan hacerle daño porque, derrotados, quedan en su casa. Por todos esos aspectos, pues, esa guardia es tan inútil como la de las colonias útil.
Quien está en una provincia distinta como se ha dicho,4 debe además hacerse cabeza y defensor de los vecinos menos potentes, y esforzarse por debilitar a los más poderosos, y guardarse de que por algún accidente no penetre en ella algún forastero tan poderoso como él. Y siempre ocurrirá que será introducido por quienes están en ella descontentos por exceso de ambición o por miedo, como se vio que los etolios introdujeron a los romanos en Grecia, y en todas las demás provincias en que entraron fueron introducidos por provincianos. Y el orden de las cosas es que cuando un forastero poderoso penetra en una provincia, todos los que en ella son menos poderosos adhieren a él, movidos por la envidia que sienten hacia el que ha sido más poderoso que ellos; de modo que respecto a esos poderosos menores, él no tiene que hacer ningún esfuerzo para ganárselos, porque inmediatamente todos se unen en un globo con el estado que ha adquirido allí. Sólo tiene que pensar en que no adquieran demasiadas fuerzas ni demasiada autoridad, y fácilmente puede, con sus propias fuerzas y con favor de estos otros, rebajar a los que son poderosos para quedar como único árbitro de la provincia. Y quien no gobierna bien esta parte perderá muy pronto lo que haya adquirido, y mientras lo tenga tendrá allí infinitas dificultades y fastidios.
Los romanos, en las provincias que tomaron, observaron bien estas partes y mandaron colonias, mantuvieron amigos a los menos poderosos sin acrecentar su potencia, rebajaron a los muy poderosos y no dejaron adquirir reputación a los poderosos forasteros. Y quiero que me baste como ejemplo la provincia de Grecia solamente. Allí ellos mantuvieron a raya a los aqueos y a los etolios, rebajaron el reino de los macedonios, expulsaron a Antíoco y jamás los méritos de los aqueos o de los etolios hicieron que les permitiesen aumentarse algún estado, ni las persuasiones de Filipo los indujeron nunca a ser amigos suyos sin rebajarlo, ni la potencia de Antíoco pudo hacer que le permitieran tener en aquella provincia estado alguno. Porque los romanos en ese caso hicieron lo que deben hacer todos los príncipes sabios, los cuales deben estar atentos no sólo a los escándalos presentes, sino a los futuros, y hacer todos los esfuerzos por obviarlos; porque previéndolos de lejos es fácil remediarlos, pero si esperas que se acerquen el remedio no llega a tiempo, porque la enfermedad se ha vuelto incurable. Y ocurre en esto como dicen los físicos del hético, que el principio de su mal es fácil de curar pero difícil de conocer, pero con el paso del tiempo, no habiéndolo conocido ni medicado desde el principio, se vuelve fácil de conocer y difícil de curar. Así ocurre en las cosas del estado, porque conociendo de lejos (lo que no es dado más que a un prudente) los males que nacen en él, se curan pronto, pero cuando por no haberlos conocido se dejan crecer al punto que los conoce cualquiera, ya no hay remedio. Pero los romanos, viendo de lejos los inconvenientes, siempre los remediaron y nunca para no incurrir en una guerra los dejaron subsistir, porque sabían que la guerra no se evita, sino que se posterga con ventaja de otros; por esto quisieron combatir con Filipo y Antíoco de Grecia, para no tener que hacerlo con ellos en Italia; y por el momento podían sustraerse a ambas eventualidades, mas no quisieron. Ni les gustó nunca lo que está continuamente en la boca de los sabios de nuestra época, que es “gozar de las ventajas del tiempo”; les gustó en cambio la ventaja que procedía de su propia virtud y prudencia, porque el tiempo empuja hacia adelante todas las cosas y trae consigo tanto bien como mal, tanto mal como bien.
Pero volvamos a Francia,5 y examinemos si de las cosas dichas hizo alguna; y hablaré de Luis y no de Carlos, porque por haber tenido aquel más larga posesión en Italia se vieron mejor sus procedimientos, y se verá que hizo lo contrario de lo que se debe hacer para mantener un estado en una provincia distinta.
El rey Luis fue traído a Italia por la ambición de los venecianos, que con esa venida quisieron ganarse la mitad del estado de Lombardía. Yo no quiero censurar esa decisión tomada por el rey, porque queriendo él empezar a meter un pie en Italia y no teniendo en esta provincia amigos, sino más bien todas las puertas cerradas debido a las acciones del rey Carlos, se vio obligado a aceptar las amistades que pudo, y el partido le habría resultado bien tomado si en los otros manejos no hubiera cometido error alguno. Tras adquirir, el rey la Lombardía, recuperó de inmediato la reputación que le había quitado Carlos: Génova cedió, los florentinos se volvieron sus amigos, el marqués de Mantua, el duque de Ferrara, los Bentivoglio, la señora de Forlí, el señor de Faenza, el de Pésaro, el de Rimini, el de Camerino, el de Piombino, los luqueses, los pisanos, los seneses, todos fueron a su encuentro para ser sus amigos. Y entonces pudieron los venecianos considerar la temeridad del partido que habían tomado, que por adquirir dos plazas en Lombardía hicieron al rey señor de dos tercios de Italia.
Considérese ahora con cuán poca dificultad podía el rey conservar su reputación en Italia, si hubiese observado las reglas antes dichas y mantenido seguros y defendidos a todos aquellos amigos suyos, los cuales, por numerosos, débiles y temerosos unos de la Iglesia y otros de los venecianos, estaban forzados a estar siempre con él, y por medio de ellos podía fácilmente asegurarse de los grandes que quedaban. Pero él apenas estuvo en Milán hizo lo contrario, dando ayuda a Alejandro para que ocupase Romaña. Y no se dio cuenta de que con esa decisión se debilitaba a sí mismo, despojándose de los amigos que se habían arrojado a su regazo, y agrandaba a la Iglesia, agregando tanto de temporal a lo espiritual que le da tanta autoridad. Y cometido un primer error, se vio obligado a seguir, en cuanto para poner freno a la ambición de Alejandro y para que no se apoderase de Toscana, se vio forzado a venir a Italia. Y no le bastó con haber agrandado a la Iglesia y haberse quitado los amigos, sino que por querer el reino de Nápoles dividió con el rey de España; y donde él antes era árbitro de Italia, se trajo un socio, a fin de que los ambiciosos de aquella provincia y los descontentos de él tuvieran a quién recurrir; y pudiendo dejar en aquel estado un rey que fuera tributario suyo, lo quitó para poner a uno capaz de expulsarlo a él.
Es cosa verdaderamente muy natural y ordinaria desear adquirir,6 y siempre cuando los hombres lo hacen y pueden serán alabados, o no censurados; pero cuando no pueden y quieren hacerlo de todos modos ahí está el error y la censura. Si Francia, pues, podía con sus propias fuerzas atacar Nápoles, debía hacerlo; si no podía, no debía dividirlo. Y si la división que hizo de Lombardía con los venecianos merecía excusa porque con ella metió un pie en Italia, esta otra merece censura porque no la excusa la necesidad.
Luis, pues, había cometido estos cinco errores: extinguir a los poderosos menores; aumentar la potencia en Italia de un poderoso; meter en ella a un extranjero poderosísimo; no venir a residir en ella; no fundar colonias. Y todavía esos errores podían no haberlo ofendido mientras él vivió, si no hubiera cometido el sexto: quitar el estado a los venecianos; porque si no hubiera agrandado a la Iglesia ni metido a España en Italia, era bien razonable y necesario rebajarlos, pero una vez tomados aquellos primeros partidos jamás debía permitir la ruina de ellos, porque siendo poderosos ellos siempre habrían mantenido a los otros alejados de la conquista de Lombardía, tanto porque los venecianos no lo habrían permitido más que para ser señores ellos como porque los otros no habrían querido quitársela a Francia para dársela a ellos, y ninguno habría tenido ánimo de ir contra los dos juntos. Y si alguien dijera: el rey Luis cedió Romaña a Alejandro y el reino a España para evitar una guerra, respondo con las razones dichas más arriba; que nunca se debe dejar seguir un desorden por evitar una guerra; porque la guerra no se evita sino que se difiere en perjuicio tuyo. Y si algún otro alegara la promesa que el rey le había hecho al Papa, de hacer por él esa campaña a cambio de la disolución de su matrimonio y el capelo para Rouen, respondo lo que más abajo diré sobre las promesas de los príncipes y cómo deben observarlas. Perdió, pues, el rey Luis Lombardía por no haber observado ninguno de los términos observados por otros que han tomado provincias y querido conservarlas. Y no es eso milagro alguno, sino muy ordinario y razonable. Y de este asunto hable en Nantes con Rouen cuando el Valentino,7 como era llamado popularmente César Borgia, hijo del Papa Alejandro, ocupaba Romaña; porque al decirme el cardenal de Rouen que los italianos no entendían de guerra, yo le respondí que los franceses no entendían de estado, porque si entendieran no dejarían que la Iglesia llegara a tanta grandeza. Y por experiencia se ha visto que la grandeza de aquella y de España en Italia fue causada por Francia, y la ruina de esta última fue causada por áquellas. De lo que se deduce una regla general, que nunca o raramente falla: que quien es causa de que otro se haga poderoso, se arruina: porque esa potencia es causada por él o con industria o con fuerza, y tanto una cosa como la otra son sospechosas para el que se ha vuelto poderoso.
IV CUR DARII REGNUM QUOD ALEXANDER OCCUPAVERAT A SUCCESSORIBUS SUIS POST ALEXANDRI MORTEM NON DEFECIT
Considerate le difficultà le quali si hanno a tenere uno stato di nuovo acquistato, potrebbe alcuno maravigliarsi donde nacque che Alessandro Magno diventò signore della Asia in pochi anni e, non l’avendo appena occupata, morí; donde pareva ragionevole che tutto quello stato si rebellassi; nondimeno e’ successori di Alessandro se lo mantennono; e non ebbono, a tenerlo, altra difficultà che quella che intra loro medesimi, per ambizione propria, nacque. Respondo come e’ principati de’ quali si ha memoria si trovono governati in dua modi diversi: o per uno principe e tutti gli altri servi, e’ quali come ministri, per grazia e concessione sua, aiutano governare quello regno; o per uno principe e per baroni, e’ quali, non per grazia del signore, ma per antiquità di sangue, tengano quel grado. Questi tali baroni hanno stati e sudditi proprii, li quali li riconoscono per signori e hanno in loro naturale affezione. Quegli stati che si governano per uno principe e per servi, hanno el loro principe con piú autorità, perché in tutta la sua provincia non è alcuno che riconosca per superiore se non lui; e se obediscano qualcuno altro, lo fanno come ministro e offiziale, e non gli portano particulare amore.
Gli esempli di queste due diversità di governi sono, ne’ nostri tempi, el Turco e il re di Francia. Tutta la monarchia del Turco è governata da uno signore; gli altri sono sua servi; e, distinguendo il suo regno in Sangiachi, vi manda diversi amministratori, e li muta e varia come pare a lui. Ma il re di Francia è posto in mezzo d’una moltitudine antiquata di signori, in quello stato riconosciuti da’ loro sudditi e amati da quelli: hanno le loro preeminenzie; non le può il re torre loro sanza suo periculo. Chi considera, adunque, l’uno e l’altro di questi stati, troverrà difficultà nello acquistare lo stato del Turco, ma, vinto che sia, facilità grande a tenerlo. Cosí, per adverso, troverrete per qualche rispetto piú facilità a occupare lo stato di Francia, ma difficultà grande a tenerlo.
Le cagioni delle difficultà in potere occupare il regno del Turco sono per non potere essere chiamato da’ principi di quello regno, né sperare, con la rebellione di quelli ch’egli ha d’intorno, potere facilitare la sua impresa. Il che nasce dalle ragioni sopradette; perché, sendogli tutti stiavi e obligati, si possono con piú difficultà corrompere; e quando bene si corrompessino, se ne può sperare poco utile, non possendo quelli tirarsi drieto e’ populi per le ragioni assignate. Onde, chi assalta il Turco, è necessario pensare di averlo a trovare tutto unito, e gli conviene sperare piú nelle forze proprie che ne’ disordini d’altri. Ma, vinto che fussi, e rotto alla campagna in modo che non possa rifare eserciti, non si ha a dubitare di altro che del sangue del principe; il quale spento, non resta alcuno di chi si abbia a temere, non avendo gli altri credito con li populi: e come el vincitore, avanti la vittoria, non poteva sperare in loro, cosí non debbe, dopo quella, temere di loro.
El contrario interviene ne’ regni governati come quello di Francia; perché con facilità tu puoi intrarvi, guadagnandoti alcuno barone del regno; perché sempre si trova de’ malcontenti e di quelli che desiderano innovare; costoro, per le ragioni dette, ti possono aprire la via a quello stato e facilitarti la vittoria. La quale di poi, a volerti mantenere, si tira drieto infinite difficultà, e con quelli che ti hanno aiutato e con quelli che tu hai oppressi. Né ti basta spegnere il sangue del principe, perché vi rimangono quelli signori che si fanno capi delle nuove alterazioni; e non li potendo né contentare né spegnere, perdi quello stato qualunque volta venga l’occasione.
Ora, se voi considerrete di qual natura di governi era quello di Dario, lo troverrete simile al regno del Turco; e però ad Alessandro fu necessario prima urtarlo tutto e torli la campagna; dopo la quale vittoria, sendo Dario morto, rimase ad Alessandro quello stato sicuro per le ragioni di sopra discorse. E li suoi successori, se fussino suti uniti, se lo potevano godere oziosi; né in quel regno nacquono altri tumulti che quelli che loro proprii suscitorono. Ma li stati ordinati come quello di Francia è impossibile possederli con tanta quiete. Di qui nacquono le spesse rebellioni di Spagna, di Francia e di Grecia da Romani, per li spessi principati che erano in quegli stati: de’ quali mentre durò la memoria, sempre ne furono e’ Romani incerti di quella possessione; ma, spentala memoria di quelli, con la potenzia e diuturnità dello imperio, ne diventorono securi possessori. E posserno anche, quelli, combattendo di poi infra loro, ciascuno tirarsi dreto parte di quelle provincie, secondo l’autorità vi aveva presa dentro; e quelle, per essere el sangue de’ loro antiqui signori spento, non riconoscevano se non e’ Romani. Considerato adunque tutte queste cose, non si maraviglierà alcuno della facilità che ebbe Alessandro a tenere lo stato di Asia, e delle difficultà che hanno avuto gli altri a conservare lo acquistato, come Pirro e molti. Il che non è nato dalla molta o poca virtú del vincitore, ma dalla disformità del subietto.
IV POR QUÉ RAZÓN EL REINO DE DARÍO, QUE OCUPADO POR ALEJANDRO, NO SE REBELÓ CONTRA SUS SUCESORES DESPUÉS QUE ALEJANDRO MURIÓ
Considerando las dificultades que existen para conservar un estado recién adquirido, alguien podría preguntarse cuál fue la causa de que Alejandro Magno haya llegado a ser señor de Asia en pocos años y después cuando apenas la había ocupado, murió, de modo que parecía razonable que aquel estado se rebelase y, sin embargo, los sucesores de Alejandro lo conservaron, y no tuvieron para mantenerlo otra dificultad que la que nació entre ellos mismos, por su propia ambición. Respondo que los principados de que hay memoria se encuentran gobernados de dos maneras distintas por un príncipe, siendo todos los demás siervos que como ministros, por gracia y concesión suya ayudan a gobernar ese reino, o por un príncipe y barones, los cuales no por gracia del señor sino por antigüedad de sangre tienen ese grado. Esos tales barones tienen estados y súbditos propios, que los reconocen como señores y sienten por ellos natural afecto. Los estados gobernados por un príncipe y siervos tienen a su príncipe con más autoridad, porque en toda la provincia no hay nadie a quien reconozcan por superior sino a él, y si obedecen a algún otro lo hacen como a ministro y oficial, y no sienten por él particular amor.
Los ejemplos de estas dos diversidades de gobiernos en nuestros tiempos son el Turco y el rey de Francia. Toda la monarquía del Turco es gobernada por un solo señor; los demás son sus siervos y, distinguiendo su reino en sangiachi (provincias), envía a ellas diferentes administradores y los muda y los varía como a él le parece. El rey de Francia, en cambio, se encuentra en el centro de una multitud de señores antiguos, reconocidos en ese estado por sus súbditos y amados por ellos, los cuales tienen sus preeminencias que el rey no puede quitarles sin peligro. Quien considere, pues, uno y otro de esos estados, hallará dificultad para conquistar el estado del Turco, pero gran facilidad para conservarlo una vez conquistado. Inversamente, encontrareis en algunos aspectos más fácil ocupar el estado de Francia, pero muy difícil conservarlo.
Las causas de las dificultades para poder ocupar el reino del Turco consisten en no poder ser llamado por los príncipes de aquel reino, ni tener esperanza de facilitar la empresa con la rebelión de los que lo rodean, cosa que nace de las razones antes dichas. Porque como todos son esclavos suyos y están obligados con él, es más difícil corromperlos; y aun cuando se corrompieran, no se puede esperar mucho beneficio porque por las razones antes dichas no pueden arrastrar al pueblo tras ellos. Por lo tanto, quien ataque al Turco tiene que pensar que lo encontrará unido, y debe confiar en sus propias fuerzas antes que en los desórdenes ajenos. Pero si llegara a vencerlo y derrotarlo en batalla de manera que no pueda rehacer sus ejércitos, nada tiene que temer más que la sangre del príncipe y, extinguida ésta, de nada más hay que preocuparse porque los demás no tienen crédito con los pueblos; y así como antes de la victoria el vencedor no podía esperar nada de ellos, después no tiene nada que temer.
Lo contrario ocurre en los reinos gobernados como el de Francia; porque con facilidad puedes penetrar en ellos, ganándote a algún barón del reino, porque siempre hay algunos descontentos y algunos que desean innovar. Estos, por las razones antes dichas, te pueden abrir el camino hacia ese estado y facilitarte la victoria, la cual después, si quieres mantenerte, trae consigo infinitas dificultades tanto con los que te ayudaron como con los que ofendiste. Y no te basta con extinguir la sangre del príncipe, porque subsisten los señores, que ahora se hacen cabeza de las nuevas alteraciones, y como no puedes ni contentarlos ni extinguirlos, pierdes ese estado a la primera ocasión que se presente.
Ahora, si se considera de qué naturaleza era el gobierno de Darío, se hallará que era similar al reino del Turco, y por eso Alejandro necesitó primero chocarlo de frente y quitarle la campaña y después de esa victoria, muerto Darío, le quedó a Alejandro ese estado seguro por las razones antes examinadas. Y sus sucesores, si hubieran estado unidos, podrían haberlo gozado ociosos, pues no nacieron en aquel reino otros tumultos que los que ellos mismos suscitaron. Pero los estados ordenados como el de Francia imposible poseerlos con tanta tranquilidad. De ahí nacen las frecuentes rebeliones de España, Francia y Grecia contra los romanos, por los muchos principados que había en aquellos estados; porque mientras duró la memoria de ellos siempre estuvieron los romanos inciertos en su posesión, pero una vez extinguido su recuerdo con la potencia y la persistencia del imperio, llegaron a ser poseedores seguros de esos territorios. Y también, al combatir después entre ellos, pudieron arrastrar tras de sí cada uno una parte de aquellas provincias, según la autoridad que en ellas habían adquirido; y las provincias, por haberse extinguido la sangre de su antiguo señor, no reconocían más que a los romanos. Considerando pues todas estas cosas, nadie se maravillará de la facilidad con que Alejandro conservó el estado de Asia ni de las dificultades que han tenido otros para conservar sus conquistas, como Pirro y muchos otros. Lo cual no nació de la mucha o poca virtud del vencedor, sino de la distinta calidad de la materia.
V QUOMODO ADMINISTRANDAE SUNT CIVITATES VEL PRINCIPATUS, QUI, ANTEQUAM OCCUPARENTUR, SUIS LEGIBUS VIVEBANT
Quando quelli stati che si acquistano, come è detto, sono consueti a vivere con le loro leggi e in libertà, a volerli tenere ci sono tre modi; el primo, ruinarle; l’altro, andarvi ad abitare personalmente; el terzo, lasciarle vivere con le sue leggi, traendone una pensione e creandovi drento uno stato di pochi che te le conservino amiche. Perché, sendo quello stato creato da quello principe, sa che non può stare sanza l’amicizia e potenzia sua, e ha a fare tutto per mantenerlo; e piú facilmente si tiene una città usa a vivere libera con il mezzo de’ suoi cittadini, che in alcuno altro modo, volendola preservare.
In exemplis, ci sono gli Spartani e li Romani. Li Spartani tennono Atene e Tebe creandovi uno stato di pochi, tamen le riperderno. Li Romani, per tenere Capua, Cartagine e Numanzia, le disfeciono, e non le perderono; volsero tenere la Grecia quasi come tennono li Spartani, faccendola libera e lasciandoli le sue leggi, e non successe loro: in modo che furono costretti disfare di molte città di quella provincia, per tenerla. Perché, in verità, non ci è modo securo a possederle, altro che la ruina. E chi diviene patrone di una città consueta a vivere libera, e non la disfaccia, aspetti di essere disfatto da quella; perché sempre ha per refugio, nella rebellione, el nome della libertà e gli ordini antichi suoi; li quali né per la lunghezza dei tempi né per benefizii mai si dimenticano. E per cosa che si faccia o si provvegga, se non si disuniscono o dissipano li abitatori, e’ non dimenticano quel nome né quegli ordini, e subito in ogni accidente vi ricorrono; come fè Pisa dopo cento anni che ella era suta posta in servitú da’ Fiorentini. Ma quando le città o le provincie sono use a vivere sotto uno principe, e quel sangue sia spento, sendo da uno canto usi ad obbedire, dall’altro non avendo el principe vecchio, farne uno infra loro non si accordano, vivere liberi non sanno: di modo che sono piú tardi a pigliare le armi, e con piú facilità se li può uno principe guadagnare e assicurarsi di loro. Ma nelle republiche è maggiore vita, maggiore odio, piú desiderio di vendetta; né li lascia, né può lasciare riposare la memoria della antiqua libertà: tale che la piú sicura via è spegnerle o abitarvi.
V DE QUÉ MODO DEBEN GOBERNARSE LAS CIUDADES O LOS PRINCIPADOS QUE ANTES DE SER OCUPADOS VIVÍAN CON SUS LEYES
Cuando los estados que se adquieren1, como se ha dicho, están habituados a vivir con sus leyes y su libertad, si se desea mantenerlos hay tres modos: el primero es destruirlos; el segundo, ir a residir personalmente en ellos; el tercero, dejarlos vivir con sus leyes, exigiéndoles un tributo y creando en ellos un estado de pocos que te los mantenga amigos. Porque ese estado, habiendo sido creado por ese príncipe, sabe que no puede estar sin su amistad y su potencia y tiene que hacer todo para mantenerlo. Y es más fácil mantener una ciudad acostumbrada a vivir libre por medio de sus ciudadanos que de ninguna otra manera, si se desea conservarla.
Como ejemplos tenemos a los espartanos y los romanos.2 Los espartanos tuvieron dominadas a Atenas y a Tebas creando en ellas un estado de pocos, y las perdieron. Los romanos para conservar Capua, Cartago y Numancia las destruyeron, y no las perdieron. Quisieron tener a Grecia casi como la tuvieron los espartanos, haciéndola libre y dejándole sus leyes, y no tuvieron éxito, de modo que se vieron obligados a destruir muchas ciudades de esa provincia, para conservarla. Porque en realidad no hay modo seguro de poseerla, fuera de la ruina. Y quien se hace señor3 de una ciudad habituada a vivir libre y no la destruye, que espere ser destruido por ella, porque en la rebelión siempre tiene por refugio el nombre de la libertad y sus propios órdenes antiguos, los cuales no se olvidan jamás, ni por el transcurso del tiempo ni por beneficios. Y por cosa que se haga y se provea, si no se desune y dispersan los habitantes, nunca olvidan aquel nombre ni aquellos órdenes y en cualquier accidente inmediatamente vuelven a ellos, como hizo Pisa después de cien años que llevaba sometida a la servidumbre por los florentinos. Pero cuando las ciudades4 o las provincias están acostumbradas a vivir bajo un príncipe y esa sangre se extingue, estando por un lado acostumbrados a obedecer, y por el otro no teniendo al príncipe antiguo, para hacer otro entre ellos no se ponen de acuerdo, vivir libres no saben, de modo que son más lentos para tomar las armas y con más facilidad puede un príncipe ganárselos y asegurarse de ellos. Pero en las repúblicas5 hay mayor vida, mayor odio, más deseo de venganza; y no las deja ni puede dejarlas descansar el recuerdo de la antigua libertad, de manera que el camino más seguro es destruirlas o residir en ellas.
VI DE PRINCIPATIBUS NOVIS QUI ARMIS PROPRIIS ET VIRTUTE ACQUIRUNTUR
Non si maravigli alcuno se, nel parlare che io farò de’ principati al tutto nuovi, e di principe e di stato, io addurrò grandissimi esempli; perché, camminando gli uomini quasi sempre per le vie battute da altri, e procedendo nelle azioni loro con le imitazioni, né si potendo le vie di altri al tutto tenere, né alla virtú di quelli che tu imiti aggiugnere, debbe uno uomo prudente intrare sempre per vie battute da uomini grandi, e quelli che sono stati eccellentissimi imitare, acciò che, se la sua virtú non vi arriva, almeno ne renda qualche odore; e fare come gli arcieri prudenti, a’ quali parendo el loco dove disegnano ferire troppo lontano, e conoscendo fino a quanto va la virtú del loro arco, pongono la mira assai piú alta che il loco destinato, non per aggiugnere con la loro freccia a tanta altezza, ma per potere, con lo aiuto di sí alta mira, pervenire al disegno loro.
Dico, adunque, che ne’ principati tutti nuovi, dove sia uno nuovo principe, si trova a mantenerli piú o meno difficultà, secondo che piú o meno è virtuoso colui che gli acquista. E perché questo evento di diventare, di privato, principe, presuppone o virtú o fortuna, pare che l’una o l’altra di queste dua cose mitighi, in parte, di molte difficultà; nondimanco, colui che è stato meno in sulla fortuna, si è mantenuto piú. Genera ancora facilità essere il principe costretto, per non avere altri stati, venire personalmente ad abitarvi. Ma per venire a quelli che, per propria virtú e non per fortuna, sono diventati principi, dico che li piú eccellenti sono Moisè, Ciro, Romulo, Teseo e simili. E benché di Moisè non si debba ragionare, sendo suto uno mero esecutore delle cose che gli erano ordinate da Dio, tamen debbe essere ammirato solum per quella grazia che lo faceva degno di parlare con Dio. Ma consideriamo Ciro e gli altri che hanno acquistato o fondato regni: li troverrete tutti mirabili; e se si considerranno le azioni e ordini loro particulari, parranno non discrepanti da quelli di Moisè, che ebbe sí gran precettore. Ed esaminando le azioni e vita loro, non si vede che quelli avessino altro dalla fortuna che la occasione; la quale dette loro materia a potere introdurvi dentro quella forma parse loro; e sanza quella occasione la virtú dello animo loro si sarebbe spenta e sanza quella virtú la occasione sarebbe venuta invano.
Era dunque necessario a Moisè trovare il populo d’Israel, in Egitto, stiavo e oppresso dalli Egizii, acciò che quelli, per uscire di servitú, si disponessino a seguirlo. Conveniva che Romulo non capissi in Alba, fussi stato esposto al nascere, a volere che diventassi re di Roma e fondatore di quella patria. Bisognava che Ciro trovassi e’ Persi malcontenti dello imperio de’ Medi, e li Medi molli ed effeminati per la lunga pace. Non posseva Teseo dimostrare la sua virtú, se non trovava gli Ateniesi dispersi. Queste occasioni, pertanto, feciono questi uomini felici, e la eccellente virtú loro fece quella occasione essere conosciuta; donde la loro patria ne fu nobilitata e diventò felicissima.
Quelli e’ quali per vie virtuose, simili a costoro, diventano principi, acquistano el principato con difficultà, ma con facilità lo tengono; e le difticultà che gli hanno nello acquistare el principato, in parte nascono da’ nuovi ordini e modi che sono forzati introdurre per fondare lo stato loro e la loro securtà. E debbasi considerare come non è cosa piú difficile a trattare, né piú dubbia a riuscire, né piú periculosa a maneggiare, che farsi capo a introdurre nuovi ordini; perché lo introduttore ha per nimici tutti quelli che degli ordini vecchi fanno bene, e ha tepidi difensori tutti quelli che degli ordini nuovi farebbono bene. La quale tepidezza nasce, parte per paura degli avversarii, che hanno le leggi dal canto loro, parte dalla incredulità degli uomini, li quali non credano in verità le cose nuove, se non ne veggono nata una ferma esperienza; donde nasce che qualunque volta quelli che sono nimici hanno occasione di assaltare, lo fanno partigianamente, e quegli altri defendano tepidamente: in modo che insieme con loro si periclita. ‘E necessario pertanto, volendo discorrere bene questa parte, esaminare se questi innovatori stanno per loro medesimi o se dependano da altri; cioè, se per condurre l’opera loro bisogna che preghino, ovvero possono forzare. Nel primo caso capitano sempre male e non conducano cosa alcuna; ma, quando dependono da loro proprii e possono forzare, allora è che rare volte periclitano. Di qui nacque che tutti e’ profeti armati vinsono, e li disarmati ruinorno. Perché, oltre alle cose dette, la natura de’ populi è varia; ed è facile a persuadere loro una cosa, ma è difficile fermarli in quella persuasione; e però conviene essere ordinato in modo che, quando e’ non credono piú, si possa fare loro credere per forza. Moisè, Ciro, Teseo e Romulo non arebbono possuto fare osservare loro lungamente le loro costituzioni, se fussino stati disarmati; come ne’ nostri tempi intervenne a fra’ Girolamo Savonarola; il quale ruinò ne’ sua ordini nuovi, come la moltitudine cominciò a non credergli; e lui non aveva modo a tenere fermi quelli che avevano creduto, né a far credere e’ discredenti. Però questi tali hanno nel condursi gran difficultà, e titti e’ loro periculi sono fra via, e conviene che con la virtú li superino: ma superati che gli hanno, e che cominciano ad essere in venerazione, avendo spenti quelli che di sua qualità li avevano invidia, rimangono potenti, securi, onorati, felici.
A sí alti esempli io voglio aggiugnere uno esemplo minore; ma bene arà qualche proporzione con quelli, e voglio mi basti per tutti li altri simili: e questo è Ierone Siracusano. Costui, di privato, diventò principe di Siracusa; né ancora lui conobbe altro dalla fortuna che la occasione; perché, sendo e’ Siracusani oppressi, lo elessono per loro capitano, donde meritò d’essere fatto loro principe. E fu di tanta virtú, etiam in privata fortuna, che chi ne scrive, dice: “quod nihil illi deerat ad regnandum praeter regnum”. Costui spense la milizia vecchia, ordinò della nuova; lasciò le amicizie antiche, prese delle nuove; e come ebbe amicizie e soldati che fussino suoi, possé in su tale fondamento edificare ogni edifizio: tanto che lui durò assai fatica in acquistare e poca in mantenere.
VI DE LOS PRINCIPADOS NUEVOS QUE SE ADQUIEREN CON ARMAS PROPIAS Y VIRTUOSAMENTE
Que nadie se maraville1 si, en lo que hablaré de los principados del todo nuevos en príncipe y en estado, aduzco grandísimos ejemplos, porque caminando los hombres casi siempre por los caminos abiertos por otros, y procediendo en sus acciones con las imitaciones, y no siendo posible seguir en todo la vía de otro, ni alcanzar la virtud de los que imitas, el hombre prudente debe entrar siempre por los caminos abiertos por hombres grandes, e imitar a aquellos que han sido excelentísimos a fin de que, si la virtud de ellos no te llega, te dé al menos algún aroma, y hacer como los arqueros prudentes, a los que pareciéndoles demasiado lejano el punto donde quieren herir, y conociendo hasta dónde va la virtud de su arco, ponen la mira mucho más arriba del lugar destinado, no para llegar con su flecha a tanta altura, sino para poder con ayuda de tan alta mira llegar adonde planean.
Digo, pues, que en los principados del todo nuevos donde haya un príncipe nuevo, se halla para mantenerlos con más o menos dificultad según que sea más o menos virtuoso el que los adquiere. Y como este evento de convertirse de particular en príncipe presupone o virtud o suerte, parece que una u otra de estas dos cosas mitiga en parte muchas dificultades: sin embargo el que ha confiado menos en la suerte se ha mantenido más.
También genera facilidad el verse el príncipe obligado, por no tener otros estados, a ir personalmente a vivir allí. Pero para pasar a los que por virtud propia2 y no por suerte han llegado a ser príncipes digo que los más excelentes son Moisés, Ciro, Rómulo, Teseo y similares. Y si bien de Moisés no se debe hablar, porque fue un mero ejecutor de las cosas que Dios le ordenaba, sin embargo debe ser admirado tan sólo por aquella gracia que lo hacía digno de hablar con Dios. Pero consideremos a Ciro y a los otros que han adquirido o fundado reinos: los encontraréis a todos admirables; y si se consideran en particular sus acciones y sus ordenamientos, se verá que no discrepan de los de Moisés, que tuvo tan grande preceptor. Y examinando las acciones3 y la vida de ellos, no se ve que hayan recibido de la suerte otra cosa que la ocasión, la cual les dio materia donde poder introducir la forma que les pareció; y sin aquella ocasión la virtud del ánimo de ellos se habría extinguido, y sin esa virtud la ocasión habría venido en vano.
Era pues necesario para Moisés4 hallar al pueblo de Israel en Egipto, esclavizado y oprimido por los egipcios, a fin de que ellos, por salir de la servidumbre, se dispusieran a seguirlo. Convenía que Rómulo no cupiese en Alba, hubiera sido expuesto al nacer, para que llegase a ser rey de Roma y fundador de aquella patria. Era preciso que Ciro hallase a los persas descontentos del imperio de los medos, y a los medos blandos y afeminados por la larga paz. No habría podido Teseo demostrar su virtud si no hubiese en contrado a los atenienses dispersos. Esas ocasiones por lo tanto hicieron a esos hombres felices, y la excelente virtud de esos hombres hizo que esa ocasión fuese conocida, con lo cual la patria fue ennoblecida y llegó a ser felicísima.
Los que por vías virtuosas,5 semejantes a ellos, llegan a ser príncipes, adquieren el principado con dificultad, pero con facilidad lo mantienen; y las dificultades que tienen para adquirir el principado nacen en parte de los modos y ordenamientos nuevos que se ven obligados a introducir para fundar su estado y su seguridad. Y se debe considerar que no hay cosa más difícil de tratar, ni más dudosa de alcanzar, ni más peligrosa de manejar, que hacerse cabeza para introducir nuevos ordenamientos. Porque el introductor tiene por enemigos a todos aquellos que con los ordenamientos viejos medran, y por tibios defensores a los que con los ordenamientos nuevos medrarían. Cuya tibieza nace en parte del miedo a los adversarios, que tienen las leyes de su lado, y en parte de la incredulidad de los hombres, que no creen de veras en las cosas nuevas si no ven una firme experiencia de ellas. De lo cual nace que cuando los que son enemigos tienen ocasión de atacar, atacan como partidarios, y los otros defienden como tibios, de modo que en compañía de ellos se corre riesgo. Para discurrir bien esta parte es necesario, pues, examinar si estos innovadores están por sí mismos, o dependen de otros; es decir, si para realizar su obra tienen que rogar o bien pueden forzar. En el primer caso acaban siempre mal y no realizan cosa alguna; pero cuando dependen de sí mismos y pueden forzar, entonces rara vez peligran. Esta es la causa6 de que todos los profetas armados hayan vencido, y los desarmados se hayan arruinado. Porque además de las co sas dichas, la naturaleza de los pueblos es variable; y es fácil persuadirlos de algo, pero es difícil mantenerlos en esa persuasión. Por eso conviene ordenarse de manera que cuando no crean más se les pueda hacer creer por la fuerza. Moisés, Ciro, Teseo y Rómulo no habrían podido hacer observar por mucho tiempo sus constituciones si hubieran estado desarmados, como ocurrió en nuestros tiempos a fray Jerónimo Savonarola, quien se arruinó con sus ordenamientos nuevos en cuanto la multitud empezó a no creerle, y él no tenía modo de mantener firmes a los que habían creído, ni de hacer creer a los descreídos. Por eso estos tales tienen gran dificultad para adelantar, y todos sus peligros están en el camino, y conviene que los superen con la virtud; pero una vez que los han superado y empiezan a ser venerados, habiendo eliminado a los que de su calidad tenían envidia, quedan poderosos, honrados y felices.
A tan altos ejemplos7 quiero agregar un ejemplo menor, que sin embargo tiene alguna proporción con áquellos, y quiero que me baste por otros similares, y es el de Hierón de Siracusa. Él de particular llegó a ser príncipe de Siracusa, y tampoco recibió de la suerte otra cosa que la ocasión; porque estando los siracusanos oprimidos, lo eligieron por su capitán, por lo que mereció ser nombrado su príncipe. Y fue de tanta virtud, incluso en la vida privada, que quien escribe de él dice “que nada le faltaba para reinar más que el reino”. El suprimió la milicia antigua y ordenó una nueva, dejó amistades antiguas y tomó otras nuevas y, cuando tuvo amigos y soldados totalmente suyos, pudo sobre tales cimientos edificar cualquier edificio tanto que le costó mucho esfuerzo adquirir, y poco mantener.
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