Kitabı oku: «Su alma gemela - Mi novio y otros enemigos»
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.
www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
N.º 512 - noviembre 2020
© 2013 Nikki Logan
Su alma gemela
Título original: How to Get Over Your Ex
© 2013 Nikki Logan
Mi novio y otros enemigos
Título original: My Boyfriend and Other Enemies
Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2013 y 2014
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-941-4
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Su alma gemela
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Mi novio y otros enemigos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1
Día de San Valentín, 2012
«CERRAOS. Por favor, cerraos».
Una docena de ojos curiosos siguió a Georgia Stone al elegante ascensor de Radio EROS sin tratar de ocultar el interés que despertaba.
Y mientras esperaba una eternidad que las puertas se cerraran, pensó: «Y No Llores».
Todavía no.
El embotamiento de la conmoción empezaba a disiparse con rapidez, dejando una estela de profundo y poderoso dolor. Y humillación. Había logrado darles las gracias a los desconcertados locutores antes de abandonar el estudio, sabiendo que los programas de la emisora de radio se retransmitían por un sistema de altavoces por cada oficina de cada planta.
De ahí las miradas mal disimuladas.
Todo el edificio estaba al corriente de lo que acababa de sucederle. Y la única culpable era ella. La famosa declaración de San Valentín del Año Bisiesto había terminado espectacular, horrible y públicamente mal.
Ella había pedido. Daniel había declinado.
Con la máxima cortesía que pudo mostrar en esas circunstancias, la pregunta susurrada, «¿Es una broma, George?», seguía siendo un «no», sin importar cómo se analizara. Y por si no hubiera entendido el mensaje, él se lo había deletreado:
«Nuestro objetivo no era el matrimonio. Creía que ya lo sabías…».
La verdad era que no, ya que de lo contrario no se lo habría pedido.
«Es lo que hizo que todo lo nuestro fuera tan perfecto…».
¿Perfecto? Había sabido que flotaban lenta y apaciblemente en una especie de estanque, pero incluso flotando se terminaba por llegar a alguna parte. Era evidente que no.
Justo cuando las puertas cromadas del ascensor comenzaban a cerrarse, una voz gritó:
–¡Un momento!
No se movió. Le dio un vuelco el estómago. Cuando estaban casi completamente cerradas…
Una mano se deslizó entre el resquicio que quedaba entre ambas e invirtió la dirección en la que se deslizaban. Volvieron a abrirse.
–No has debido de oírme –dijo el hombre de pelo oscuro con labios tensos.
Le dedicó una breve y seca mirada. Giró hasta quedar de espaldas a ella, dejando que en esa ocasión las puertas al fin se cerraran, y le ofreció una vista fabulosa de la parte de atrás de su traje caro.
Después ella contempló las luces que descendían despacio hacia la «B» de la planta baja. Luego a la que había debajo, «S»… la que él había apretado.
–Perdona… –carraspeó para eliminar la tensión de su garganta. Él giró la cabeza y la miró–. ¿Se puede llegar a la calle desde la S?
La estudió sin preguntarle a qué se refería.
–El sótano tiene unas puertas con control electrónico.
Ahí se desvanecían sus esperanzas de conseguir una huida sutil. Daba la impresión de que el universo entero quería que pagara por el desastre de ese día.
No le quedaba otra alternativa que un vestíbulo atestado.
Asintió.
–Gracias.
–Yo saldré por el sótano –indicó él sin volverse otra vez–. Si quieres, puedes escabullirte detrás de mí.
«Escabullirse». Se preguntó si sería una figura retórica o si sabría lo sucedido.
–Gracias. Sí, por favor.
Un instante más tarde, él se volvió a girar.
–Sitúate detrás de mí.
Lo miró con ojos encendidos.
–¿Qué?
–Las puertas van a abrirse primero en el vestíbulo. Estará lleno de gente. Yo puedo ocultarte.
De pronto, la vanguardia del pequeño ejército de lágrimas que aguardaba una oportunidad para salir, quiso hacerlo. Intentó contenerlas con un supremo esfuerzo.
Amabilidad. Eso significaba que lo sabía.
Pero como jugaba a fingir lo contrario, se dijo que también ella podía hacerlo. Fue hacia su izquierda en el momento en que las puertas se abrían al vestíbulo de la emisora. El ascensor se llenó de luz y ruido, pero ella permaneció anónima y protegida detrás del desconocido, ese cuerpo grande tan bueno como una puerta cerrada. Suspiró… Intimidad y alguien que la protegiera… sospechaba que eran dos cosas que acababa de erradicar de su vida para siempre.
–Señor Rush… –dijo alguien en el vestíbulo.
El hombre grande simplemente asintió.
–Alice. ¿Bajas?
–No, subo.
–No tardaré mucho –se encogió de hombros.
Y las puertas se cerraron, volviendo a dejarlos solos. Georgia hundió los hombros y se secó una solitaria lágrima que le había caído por la mejilla. Él no se giró. Únicamente tardaron un momento en llegar al sótano. Él salió del habitáculo en cuanto las puertas se abrieron y echó el brazo hacia atrás con el fin de impedir que se cerraran. El aire frío del exterior la golpeó de inmediato.
–Gracias –repitió, saliendo al oscuro aparcamiento. Se había dejado el abrigo arriba sobre el respaldo de una silla del estudio, pero preferiría helarse antes que volver a entrar en ese edificio.
Él no volvió a establecer contacto visual. Ni a sonreír.
–Espera junto a la puerta –fue lo único que dijo antes de dirigirse a un Jaguar negro.
Ella fue en línea recta hacia la salida. La alcanzó unos momentos antes que el coche de lujo.
Debió de activarla desde el interior del vehículo, ya que la enorme puerta de enrejado metálico comenzó a deslizarse hacia ella mientras él adelantaba el coche, bajaba la ventanilla y miraba a través del asiento vacío del acompañante.
Georgia se inclinó. Uno de los dos necesitaba decir algo y bien podía ser ella.
–Gracias otra vez.
Él se puso unas gafas de sol.
–Buena suerte –dijo antes de cruzar la puerta que aún seguía abriéndose.
Lo siguió con la vista.
Parecía una forma rara de despedirse, pero quizá supiera algo que ella desconocía.
Tal vez sabía lo mucho que iba a necesitar esa suerte.
Había sido el trayecto en ascensor más largo de la vida de Zander. Atrapado en dos metros cuadrados de acero reforzado con una mujer que sollozaba. Pero no por fuera, sino por dentro, donde el dolor era tangible.
Lo había golpeado nada más entrar en el ascensor, cuando ya era demasiado tarde para retroceder y dejar que bajara sin él. No sin hacer que se sintiera peor.
Sabía quién era esa mujer. Pero no lo había sabido al correr hacia las puertas que se cerraban. Se había lanzado hacia la central de la emisora antes de que le gritaran que se presentara allí. Nunca quería que alguien situado más alto que él en la cadena alimentaria lo encontrara sentado a la espera de que lo llamara. No les daría ni esa satisfacción ni ese poder.
Cuando terminó de atravesar Londres ya había encontrado una solución para esa chapuza en directo, convirtiendo en positivo algo negativo. El tipo de problemas que era famoso por arreglar y por el que lo contrataban.
Suspiró y cruzó un semáforo en ámbar para seguir en movimiento y no tener que pararse. Nadie había esperado que ese tipo dijera que no. ¿Quién daba una negativa a una proposición matrimonial en vivo y en la radio? En directo se aceptaba, y luego, en la intimidad, se daba marcha atrás si no era lo que se deseaba. Era lo que haría el noventa y cinco por ciento de los londinenses.
Al parecer, ese sujeto era el Señor Cinco Por Ciento.
Aunque… ¿quién pedía en matrimonio a un hombre en un programa en directo de la radio si no estaba segura previamente de la respuesta que iba a recibir? ¿O había creído estarlo? No sería la primera persona a la que la realidad le demostraba que se equivocaba.
La empatía hizo que apretara el volante con fuerza. ¿Quién era él para tirar piedras?
Sin embargo, su humillación se había visto limitada a su familia y amigos.
Solo doscientos de los más íntimos de Lara y suyos.
La de Georgia Stone se extendería ese día por toda la ciudad y al siguiente por el mundo.
Pisó el freno a medida que el tráfico se detenía a su alrededor y contuvo el impulso de tocar la bocina.
No era que se imaginara que una chica como esa sufriría mucho tiempo. Alta, pálida y bonita, con el oscuro cabello corto y ondulado. Se había vestido casi de etiqueta para la declaración, un toque dulce e inesperado en el mundo informal de la radio. La mitad del personal iría a trabajar en pijama si dispusiera de dicha opción. Pero para el gran momento, Georgia Stone se había puesto un sencillo vestido de un rosa claro y finos tirantes en los hombros… casi un vestido nupcial en sí mismo si alguien quisiera casarse en una playa de Barbados. Demasiado ligero para febrero, lo que demostraba que las proposiciones públicas no eran lo único en lo que la bonita señorita Stone no reflexionaba demasiado.
O quizá estaba buscando excusas para convencerse de que nada de eso era culpa suya.
Él le había dado el visto bueno a esa promoción de San Valentín. Tan atractiva para el tipo de oyentes de EROS.
Lo que había hecho que el descenso en el ascensor resultara tan doloroso.
A pesar de que se le estaba rompiendo el corazón, ella había mantenido esa cortesía asombrada.
«Gracias».
Se lo había dicho cuatro veces en apenas dos minutos, como si fuera alguien que la estaba ayudando en vez de ser el sujeto que la había puesto en esa situación. Ella había firmado el contrato que él le había presentado. Se había expuesto a la humillación por la promoción de su radio.
A pesar de que le acababan de destrozar la vida, le había dado las gracias.
Una mujer bien educada. Joven… como mínimo debía de sacarle unos quince años, aunque era difícil saberlo. Activó la telefonía por voz.
–Llama a la oficina –le dijo al coche.
Esperó unos momentos.
–EROS, Sede de Gran Música, despacho del señor Rush. Soy Casey, ¿en qué puedo ayudarlo?
Dios, tenía que decirle que abreviara ese saludo.
–Soy yo –anunció en el vehículo vacío–. Necesito que saques el contrato de la chica de San Valentín.
–Un segundo –murmuró su ayudante–. Ya lo tengo. ¿Qué necesitas, Zander?
–¿Edad? –el silencio le indicó que ojeaba el documento.
–Veintiocho.
O sea, que únicamente le sacaba nueve años. Lo que indicaba que tenía una piel extraordinaria. Como mucho, le habría echado veintidós o veintitrés años.
–¿Duración del contrato?
Hubo otra breve pausa.
–Doce meses. Concluye con un seguimiento el próximo catorce de febrero.
Doce meses de sus vidas. Se suponía que eso incluía la fiesta de compromiso, la boda completamente pagada, la luna de miel. Todo a cargo de EROS. Esa era la zanahoria de las cincuenta mil libras. ¿Por qué otro motivo alguien querría hacer público el momento más íntimo y especial de una vida?
La zanahoria resultaba barata en términos de emisión internacional debido a la cobertura global que sospechaba que tendría esa promoción. Incluso en ese momento, cuando era probable que se hubiera convertido en un virus, atraería oyentes, estos atraerían publicidad y, esta, ingresos.
Salvo que el seguimiento en doce meses sería un mal ejemplo de radio. Su mente fue directamente al eslabón más débil.
–Casey, ¿puedes mandarme ese contrato a mi móvil y luego llamar a la ayudante de Rod para comunicarle que llegaré en una media hora?
–Sí, señor.
Cortó sin despedirse. La vida era demasiado corta para eso.
Un año era mucho tiempo para crear contenido, pero si jugaban bien sus cartas, podrían salvar algo que durara más que unos pocos días. Aún esperaba que EROS se beneficiara de esa cobertura viral, pero el contrato también los vinculaba a ellos durante el próximo año.
Dedicó la segunda mitad del trayecto a formular un plan. Tanto se concentró que al entrar en el cuartel general de su cadena ya lo tenía trazado. Les permitiría avanzar y rescatar parte del desastre de ese día.
–Zander… –murmuró la ayudante de Rod cuando pasó delante de ella de camino al despacho de su jefe. Él se detuvo y se volvió–. Está con Nigel.
Nigel Westerly. El propietario de la cadena. No era una buena señal.
–Gracias, Claire.
De pronto su plan de salvación no le pareció tan sólido. Nigel Westerly no había amasado una de las fortunas más grandes del país por ser manipulable. Era duro e implacable.
Irguió la espalda.
Bueno, si tenían que despedirlo, prefería que lo hiciera uno de los hombres que más admiraba de Inglaterra. Desde luego, no iba a deprimirse ni a preguntarse cuándo caería el hacha. Con elegancia empujó las puertas dobles del despacho de su director y se anunció.
–Caballeros…
Capítulo 2
TODO el edificio National Trust era tan brillante y… optimista. Agradeció que su pequeño laboratorio de rayos X tuviera luz regulable. En ese momento estaba tenue y como en penumbra, dando la impresión de que no se encontraba allí, aunque no fuera cierto.
El día después de San Valentín había llamado para informar de que se hallaba indispuesta y que no iría, pero luego había vuelto al trabajo de puntillas, siendo el jueves y el viernes una experiencia dura, con sonrisas de cuidada neutralidad de parte de sus compañeros. También había sido el día en que había enviado al departamento de plantas carnívoras de Kew un necesario y tardío correo electrónico.
Muy breve:
Lo siento muchísimo, Daniel. Te echaré de menos.
Sabía que habían terminado. Aunque Dan no hubiera coincidido en ello, algo que sí había hecho una vez que se había calmado lo suficiente como para volver a hablar con ella, no habría podido pasar otro momento en una relación que solo daba vueltas en un lento e interminable círculo vicioso. Lo positivo era que también significaba que no tenía que explicar algo que ella misma apenas entendía… al menos no durante una temporada. Con el tiempo vería a Dan, se disculparía en persona y recogería las pocas cosas que tenía en la casa de él. Pero de ese modo los dos acababan con la tristeza del momento.
Una eutanasia afectiva.
Salvo por el intenso interés público.
En ese momento era sábado por la tarde. Y el trabajo era un sitio tan bueno como cualquiera para esconderse de todos esos mensajes y correos electrónicos de amigos y familiares asombrados. Quizá mejor, ya que apenas había personal y ella trabajaba sola en su laboratorio, detrás de dos barreras de seguridad. Aunque no tenía una jauría de paparazzi detrás de ella, unos días después aún había el suficiente interés como para que se hablara del tema. No se atrevía a comprobar sus cuentas sociales, ni a escuchar la radio ni leer el periódico por si la Chica de San Valentín seguía siendo el tema principal.
Muchos se preguntaban si no se había dado cuenta de la estupidez que había cometido.
Se hacía una buena idea. Pero había creído que él diría que sí, de lo contrario no se lo habría pedido. Resultó que la información privilegiada de la que disponía había sido tan fiable como la de un jugador arruinado para un caballo ganador en el hipódromo.
«¿Por qué hacerlo en público?», habían clamado sus detractores.
Porque había despertado la mañana después de la sorprendente declaración de Kelly de que su hermano estaba listo para más y en la emisora de radio que había puesto mientras se lavaba los dientes únicamente se hablaba de la promoción del año bisiesto. Y así había seguido durante todo el día en el trabajo.
Era como si el universo le gritara que metiera su nombre en el sombrero.
Se frotó las sienes palpitantes.
«El nombre de los dos».
También Dan estaba metido hasta el cuello, pero como no pensaba delatar a su mejor amiga, por el bien de él y de la única hermana que tenía, seguía debatiéndose con la respuesta que les daría a esos ojos penetrantes cuando estuvieran cara a cara y Dan le preguntara: «¿Por qué, George?».
Después de escribir el informe en el ordenador, retiró la pequeña muestra del irradiador, volvió a sellarla según los patrones de cuarentena y lo depositó en la unidad de almacenamiento. Luego sacó la siguiente.
En el banco había veinticinco mil especies de semillas y alguien tenía que probarlas en busca de viabilidad. Por fortuna para el National Trust ella disponía de semanas, incluso meses, en los que tendría que ocultarse. Parecían los beneficiarios inmediatos de sus fines de semana y noches en el exilio.
Al otro lado de su mesa, sonó el teléfono.
–Georgia Stone –contestó antes de recordar qué día era. ¿Por qué alguien la llamaba un fin de semana?
–Señorita Stone, soy Tyrone, de seguridad. Tiene una visita.
–No espero a nadie. Si no le habría dejado su nombre.
–Es lo que le dije, pero insiste.
Se preguntó si sería Daniel. De inmediato la invadió la culpabilidad de no haber tenido el valor de verlo todavía en persona.
–¿Quién… quién es? –aventuró.
Hubo una pausa.
–Alekzander Rush. Dice que con K y con Z.
Como si eso aclarara algo; aunque algunas neuronas enterradas en su cerebro comenzaron a activarse.
–Afirma que no es un periodista –Tyrone sonó irritado por verse obligado a desempeñar el papel de intérprete.
–Muy bien, déjelo pasar. Lo veré en el centro de visitantes. Gracias, Tyrone –añadió antes de colgar.
Tardó unos siete minutos en terminar lo que estaba haciendo, desinfectarse y atravesar tres edificios hacia el centro de visitantes. Se hallaba lleno de turistas de Wakehurst que comprobaban el trabajo realizado por su departamento mientras recorrían el edificio principal y los jardines.
Miró alrededor y lo vio. Alto, moreno y vestido con estilo informal, con algo doblado sobre el brazo. El hombre del ascensor de la emisora de radio. Posiblemente, la última persona del mundo a la que esperaba ver. Sintió curiosidad por el motivo que lo habría llevado a buscarla. Se acercó a su lado mientras inspeccionaba uno de los expositores públicos y leía las etiquetas.
–Alekzander con K y Z, supongo.
Él se volvió y mostró cierta sorpresa al verla con la bata blanca del laboratorio y unos vaqueros.
–Zander –dijo, alargando la mano libre–. Zander Rush. Director de emisora para Radio EROS.
La mano que estrechó era cálida, fuerte y segura, todo lo opuesto a la suya.
Él alzó el otro brazo con algo familiar y de color beige.
–Te dejaste el abrigo en el estudio.
¿El director de una de las principales emisoras de radio de Londres conducía cincuenta kilómetros para llevarle el abrigo? No se lo creía.
–Me pareció un precio pequeño que pagar por largarme de allí –comentó. No se había permitido pensar en el documento firmado con el membrete de la emisora que en ese momento estaba en el escritorio de su casa, pero era evidente que en ese instante ambos lo hacían.
–¿Hay algún lugar más privado en el que podamos hablar?
–¿Tienes más que decir? –preguntó ella, pensando que valía la pena intentarlo.
–Sí –Zander miró a la gente que los rodeaba–. No tardaré mucho.
–Estamos en un edificio con medidas de seguridad. No puedo llevarte dentro. Demos un paseo.
Se puso el abrigo y juntos atravesaron las enormes puertas del centro de visitas.
–A la parte de atrás –indicó ella de forma escueta.
Con su tarjeta de identificación obtuvo acceso a la entrada trasera que daba al bosque Bethlehem. Lo más privado que conseguirían un sábado. Cualquier otra persona podría haberse mostrado aprensiva por entrar en un bosque aislado con un desconocido, pero lo único que veía Georgia era la forma fuerte y firme de la espalda de él cuando la protegió en el ascensor de los ojos curiosos en el momento en que su mundo se había desmoronado.
No había ido a hacerle daño.
–¿Cómo me has encontrado? –le preguntó.
–El teléfono de tu trabajo figuraba entre los otros contactos en nuestros archivos. Llamé ayer y supe dónde estaba.
–Te has arriesgado al venir hasta aquí un sábado.
–Primero he ido a tu apartamento. No estabas allí.
¿De modo que había realizado todo ese trayecto sin la certeza de encontrarla? Desde luego, se estaba tomando demasiadas molestias para verla.
–¿No habría bastado una llamada telefónica?
–Te dejé tres mensajes.
–Sí, yo… –¿qué podía decir que no sonara patético? Nada–. He empezado por los primeros y aún no he llegado a los últimos.
Él gruñó.
–Me imaginé que el enfoque personal daría mejores resultados.
–¿Qué puedo hacer por ti? –inquirió ella. La paciencia no era una de sus virtudes.
La miró de reojo.
–En todo caso, ¿cómo estás?
Qué pregunta. Rechazada. Humillada. En boca de ocho millones de desconocidos.
–Bien. Nunca he estado mejor.
–Ese es el espíritu –Zander sonrió.
Georgia se detuvo. No había salido al bosque para mantener una charla superficial con un extraño.
–Lamento ser tan directa, pero… ¿qué quieres?
También él se detuvo y la observó con los ojos entrecerrados.
–De acuerdo, vayamos al grano… –reanudó la marcha–. He venido en visita oficial. Hay un contrato que discutir.
Lo sabía.
–Él dijo que no. Eso hace que resulte bastante difícil cumplir el contrato, ¿no crees? Para los dos –odió lo descarnada que sonaba su voz.
–Lo entiendo…
–¿De verdad? ¿De cuántos modos diferentes oyes que tu vida personal es el tema de conversación cotidiano en los medios sociales, en la radio, en el autobús, en las cafeterías? No puedo escapar de ello.
–¿Has pensado en aprovecharlo en vez de evitarlo?
–No quiero aprovecharlo.
–No te molestaba cuando era para una boda con todos los gastos pagados.
Eso era lo que pensaba él. En cierto sentido, prefería que la gente creyera que lo hacía por dinero. Al menos eso resultaba menos patético que la verdad.
–Has venido por tu parte del pastel… entendido. ¿Por qué no me dices qué es lo que queréis que haga? –sin darle un «sí» automático, eso le proporcionaría tiempo para pensar.
Unos ojos grises la miraron mientras se metía las manos en los bolsillos.
–Tengo una propuesta. Un modo de cumplir el contrato que será… beneficioso para ambos.
–¿Incluye una máquina del tiempo para que pueda volver atrás un mes y no firmar nunca ese estúpido contrato?
Y no ceder jamás a la presión de su madre. O a su propia y desesperada necesidad de seguridad.
–No. No cambia el pasado. Pero podría cambiar tu futuro.
–¿Qué? –lo miró con curiosidad.
Él se detuvo ante un banco tallado y aguardó a que ella se sentara. «Caballerosidad de la vieja escuela». Ni siquiera Dan la mostraba ya.
Se sentó.
–Los medios anhelan tu historia, Georgia. Tu… situación ha avivado algo en ellos.
–Te refieres a mi rechazo, ¿verdad?
–Estarán interesados en todo lo que hagas –Zander ladeó la cabeza–. Y si ellos están interesados, entonces Londres lo estará. Y en ese caso, mi cadena querrá explotar el contrato existente de la mejor manera posible.
¿Explotar? ¿No tenía ningún reparo en emplear esa palabra en voz alta? Intentó ocultar su sorpresa.
–Georgia, de acuerdo con los términos redactados, todavía pueden pedirte que vuelvas para someterte a entrevistas de seguimiento.
Sintió un nudo en el estómago.
–¿Para hablar de que no voy a casarme? ¿De cómo de pronto me encuentro sola, con la mitad de mis amigos decantándose por mi ex? –mientras la otra mitad mostraba la intensa determinación de no hablar de ello–. No se puede decir que sea un tema alegre para la radio.
Él movió la cabeza.
–Es lo que podrían pedirte. Pero yo tengo una idea mejor. De modo que el beneficio no sea unilateral.
Esperó en silencio su explicación. Principalmente porque no sabía qué decir.
–Si aceptas llevar a cabo lo estipulado para el año, EROS está dispuesta a reencauzar los fondos del compromiso, la boda y la luna de miel a un proyecto diferente, uno que a ti pueda gustarte.
–¿Qué clase de proyecto? –Georgia frunció el ceño.
–Nuestros oyentes han conectado contigo…
–Quieres decir que tus oyentes se compadecen de mí –era lo único que veía allí donde miraba.
–… y quieren ver cómo te recobras de esta decepción. Quieren seguirte en tu viaje.
Soslayó ese terrible pensamiento y lo miró con los ojos centelleantes.
–¿En serio? ¿Es que puedes ver en sus corazones?
–Dedicamos cuatro millones de libras al año a realizar análisis de mercado. Sabemos cuántos terrones de azúcar toman con el café. Créeme, quieren saberlo. Eres… como ellos… para ellos.
–¿Y cómo puede tener audiencia en la radio trabajar los fines de semana en el laboratorio? Porque es así como tenía planeado pasar el año. Perfil bajo y mucho trabajo.
–Te pido que inviertas eso. Un perfil alto y volver a la luz del sol. Muéstrales cómo te recuperas.
–¿Y si… no me recupero? –preguntó llevada por la sinceridad–. Entonces, ¿qué? –no supo si lo que vio en sus ojos era lástima.
–Planeamos mantenerte tan ocupada que no tendrás tiempo para la autoconmiseración.
«¿Autoconmiseración?». La invadió una oleada de cólera, pero no le dio salida, al menos de forma directa.
–¿Ocupada con qué? –preguntó con los dientes apretados?
–Un cambio de imagen. Ropa nueva. Acceso a los mejores clubes… Tú dilo, que nosotros lo arreglaremos. EROS se toma como algo personal conseguir que vuelvas a ponerte de pie. Una reinvención total. Abierta a conocer al Señor Perfecto.
Lo miró atónita.
–¿El Señor Perfecto?
–Es una oportunidad para reinventarte y encontrar a un hombre nuevo al que amar.
Siguió mirándolo. No tenía palabras.
Solo entonces él pareció titubear.
–Sé que parece pronto –ella parpadeó y él se puso ceñudo–. De acuerdo, puedo ver que no entiendes…
–Lo entiendo perfectamente. Pero me niego. No tengo ningún interés en reinventarme –no era del todo cierto. A menudo había soñado con todas las cosas que habría podido hacer de haber nacido con dinero… pero, desde luego, no tenía interés alguno en la búsqueda prefabricada de un hombre.
–¿Por qué no?
–Para empezar, porque no hay nada malo en mí. No tengo ninguna prisa en que cataloguéis mis numerosas deficiencias y se las emitáis a todo el mundo.
–No eres deficiente, Georgia –afirmó él mirándola fijamente–. No es el objetivo de esto.
–¿En serio? ¿Y cuál es? Aparte de transmitirles a las mujeres que ser tú misma no es suficiente para conseguir a un buen hombre –su abuela la había educado para que nunca creyera algo así, pero empezaba a parecerle peligrosamente posible.
–De acuerdo, mira… El objetivo de esto es la audiencia. Es lo único que le importa a la emisora. Esta promoción la ideé yo, el tiro salió por la culata y es responsabilidad mía arreglar este lío. Pensé que podríamos darle un giro para que tú pudieras sacar algo decente del asunto. Algo con algún significado. Es una oportunidad, Georgia. Pagada al cien por cien. Para que hagas lo que quieras durante un año.
Ella suspiró ante el excelente resumen que acababa de escuchar.
–¿Y por qué iba a importarte? Yo no significo nada para ti.
Él apartó la vista, y cuando volvió a mirarla, lo hizo con expresión velada.
–Siento una dosis de responsabilidad. Fue mi promoción la que puso fin a tu relación. Lo menos que puedo hacer es ayudarte a construir una nueva.
–Yo le puse fin a mi relación –insistió ella–. Fueron mis decisiones. No busco proyectar la culpa sobre otro.
–¿Y entonces…?
–No busco encontrar a otro hombre que reemplace a Dan. No fue alguien que elegí por conveniencia –aunque para su propia vergüenza, comprendía que quizá lo hubiera sido. Y había estado a punto de convertirlo en su marido.
–¿O sea que piensas esconderte aquí los próximos doce meses?
«Sí».
–No. Pienso tomarme un año sabático de la vida para volver a ser quien realmente soy. Para evitar por completo a los hombres y solo recordar lo que me gustaba de ser yo misma –la idea cruzó por su mente como las hojas por el sendero de gravilla que tenían delante. Pero parecía idónea–. Será el año de Georgia.
–¿El año de Georgia? –Zander entrecerró los ojos.
–Para complacerme solo a mí –volver a encontrarse. Y comprobar cómo se sentía consigo misma cuando estuviera a solas en una habitación sin nadie más que llenara el espacio.
–Bien. Entonces, piensa en todo lo que podrías hacer por ti misma con el respaldo de un cheque en blanco.
Una imagen seductora, desde luego. Todas esas cosas que siempre había querido hacer y nunca había tenido el valor o el dinero para llevar a cabo. Podría hacerlas. Al menos algunas.
–¿Qué harías –continuó él al percibir un cambio en su suerte– si el dinero no fuera un problema?
«Construir esa máquina del tiempo…»
–No lo sé. ¿Mejorar, aprender un idioma, cruzar a nado el Canal de la Mancha?
–¿El Canal de la Mancha? ¿En serio?
–Bueno –se encogió de hombros–, primero tendría que aprender a nadar.
De pronto, él se rio.
–El Año de Georgia. Podríamos organizarlo. Conseguir un par de expertos que nos ayuden con algunas ideas –la miró a los ojos–. Cincuenta mil libras, Georgia. Todas para ti.
Lo miró lo que pareció una eternidad.
–En realidad, solo quiero que todo esto desaparezca. ¿Se puede comprar eso con cincuenta mil libras?
Hubo un momento fugaz en que la compasión regresó a los ojos de él antes de desaparecer.
–La gente siempre reserva un nivel extra de curiosidad para aquellos que no quieren atención. ¿No crees que si te enfrentas a ello puedas ayudar a ponerle fin?
Tenía cierta lógica. Había una especie de fervor turbio en el interés del público inglés, incentivado por el hecho de que tanto Dan como ella se afanaban por evitarlo. Quizá se alimentara de esas partes primigenias de la humanidad que olía el rastro de sangre del animal herido.
–Estabas dispuesta a vendernos tu matrimonio –resumió él–. ¿Por qué no vendernos tu recuperación? ¿En qué difiere?
–Compartir el momento más feliz de mi vida con el mundo habría sido infinitamente diferente.
–¿Era eso lo que creías? ¿Que casarte con él te haría feliz?
–Por supuesto –repuso, pero entonces tuvo un desliz–. Más feliz. Ya sabes, aún más feliz –incluso a sus oídos sonó poco convincente.
–Es evidente que Bradford pensó lo contrario –Zander respiró hondo–. ¿Por qué se lo pediste si no estabas segura de su respuesta?
–Porque llevábamos juntos un año.
–Un año en el cual él creyó que ambos disfrutabais de la compañía del otro.
Lo miró. La enfermedad de su amiga no era asunto de él. Ni la fogosidad de Kelly por ver felices a dos personas a las que quería.
–Malinterpreté algo que dijo alguien próximo a él –murmuró.
En realidad, su error fue oír lo que deseaba oír. Y dejar que la afectaran las expectativas de su madre. El deseo desesperado que tenía de llenar con nietos el vacío que la carcomía.
Pero nada de eso se acercaba a una buena excusa para haber participado en la promoción.
–Acepto la plena responsabilidad de mi error y tendré que buscar consejo legal antes de poder darte una respuesta acerca del contrato.
–Por supuesto –él se sacó del bolsillo una tarjeta comercial que le entregó–. Serías tonta si no lo hicieras.
Un modo sutil de sugerirle que ya lo había sido bastante.
–Creo que deberías hacerlo –afirmó Kelly con el teléfono sujeto entre la cara y el hombro mientras colaba unos espaguetis con una mano y planchaba un pequeño uniforme escolar con la otra.
–Creía que ya me habías dicho dónde se podía meter su oferta –le recordó Georgia.
Kelly se rio.
–Salvo por esas palabras mágicas…
«Cincuenta mil libras».
–Tú dices palabras mágicas, pero yo veo algo que tiene el potencial de volverse abrumador.
–¿Y? ¿Es que tenías otros planes para los próximos doce meses?
Eso era verdad, y era un poco triste.
–Escucha, George. No quiero volver a aburrirte con mi discurso de que la vida es para los vivos, pero si alguien me lo ofreciera a mí, lo aceptaría en un abrir y cerrar de ojos. Es una oportunidad para hacer todas las cosas que has postergado toda tu vida mientras no parabas de trabajar y ahorrar. De vivir un poco.
–Sabes por qué trabajo tanto.
–Sí, conozco el juramento de «a Dios pongo por testigo de que no volveré a pasar hambre». Tú no eres tu madre, George. Eres económicamente más estable y segura que la mayoría de la gente de tu edad. ¿No hay espacio en tu gran plan para algo de diversión?
Le dolió el preciso resumen de Kelly sobre el objetivo de toda su vida y las implicaciones de dichas palabras.
–Soy divertida.
–Oh, cariño. No, no lo eres. Eres asombrosa, inteligente y una compañía muy interesante, pero eres tan divertida como Dan. Eso es lo que hizo que vosotros dos… –contuvo sus palabras imprudentes–. No tienes nada que perder. Acepta las cincuenta mil libras que te ofrece ese hombre y mímate. Considéralo un premio de consolación por no haber terminado casándote con mi estúpido hermano.
–No es estúpido, Kel –musitó Georgia–. Simplemente, no me ama.
–Bueno, pues yo te quiero, George, y como tu amiga te digo que aceptes el dinero y corras. No tendrás otra oportunidad igual. Y ahora voy a tener que dejarte o los niños provocarán la tercera guerra mundial en casa.
Cortó la conexión en el móvil y se sentó en el sofá.
No le costó reconocer que Kelly tenía razón. No había nada en su vida que unas cuantas actividades nuevas fueran a interrumpir.
Sus objeciones no eran con el tiempo, sino con la implicación de que estaba rota. Era deficiente.
«Eres tan divertida como Dan». ¿Se daba cuenta Kelly de la acusación real que significaba eso? ¿El Señor Seriedad?
Eso hacía tres de tres a favor. Kelly y su abuela consideraban que sería bueno para ella, y su madre…
Bueno, ¿qué otra cosa diría una mujer incapaz de controlar su dinero o sus impulsos?
Se estiró y depositó el contrato de EROS sobre su regazo. En la primera página figuraba la recomendación de su abogado sujeta con un clip.
Firma, había escrito. Y le había adjuntado la minuta.
Eso hacían cuatro de cuatro. Cinco, si contaba al atractivo y persuasivo Zander Rush.
Con una sola persona en contra.
Capítulo 3
Marzo
LA SECRETARIA de Zander estableció una cita al final del día para que fuera a firmar el contrato y que el regreso a EROS resultara la mitad de intimidador que hubiera sido de haber ido con todo el personal en la emisora.
Con una copia del contrato en la mano, Georgia la siguió en silencio más allá de las pocas mesas en las que aún había gente. Nadie levantó la cabeza para mirarla.
Quizá ya era la noticia del día anterior.
O quizá el interés público se había centrado en Dan una vez que el calendario había llegado a marzo. «Muérete, Dan». Al parecer, atraía mucho interés en las revistas femeninas y los tabloides, todos decididos a encontrarle una pareja más aceptable que ella. Más digna. En ese momento, Londres creía que era demasiado bueno para Georgia.
Se movió en el asiento en el exterior del despacho de Zander.
Detrás de las puertas de cristal esmerilado, un voz alta protestaba agotada. La respuesta a los gritos fue un murmullo y luego un agudo estallido final. Momentos más tarde, una de las dos puertas se abrió y salió un hombre, acalorado, agitado, que pasó a su lado hecho un basilisco. La miró.
–Un cordero para el sacrificio –murmuró en voz demasiado alta para que hubiera sido fortuito.
Ella siguió con la vista todo su recorrido hasta uno de los estudios que había al final del pasillo.
–Georgia.
Una voz suave llamó su atención de vuelta a las puertas.
Se puso de pie y extendió la mano. Zander frunció el ceño imperceptiblemente antes de estrechársela. Fue un apretón tan cálido y agradablemente firme como el último.
–Empezaba a creer que ya no volveríamos a verte.
–Tenía que reflexionarlo –una y otra vez en busca de una salida razonable que le permitiera evitar todo el asunto.
–¿Y?
–Y aquí estoy –suspiró. Él retrocedió y le hizo una leve señal a su secretaria, lo que podía significar cualquier cosa, desde que les llevara café hasta que no le pasara ninguna llamada–. Necesitaba estar segura de entender lo que pedían –eso le sonó demasiado defensivo.
Finalmente, él la miró con ecuanimidad.
–¿Y lo has entendido?
–Ya está todo firmado –alzó el contrato.
La cara de Zander mostró un alivio casi desproporcionado. Se sentó en su caro sillón.
Ella ladeó la cabeza.
–¿No esperabas que lo hiciera? –odiaba pensar que tal vez hubiera tenido más margen de negociación.
–He aprendido a no prever jamás los actos de la gente –miró hacia la puerta por la que acababa de salir el otro hombre.
–Tenía una pregunta.
–Claro.
–Es acerca de las entrevistas. ¿Son realmente necesarias? Parece algo muy formal.
–Necesitamos hacernos una idea de quién eres en realidad, para saber con qué empezamos.
–¿Rellenando un cuestionario? Pensaba que si tomaba café con tu secretaria, le contaba algo sobre mí…
–No con Casey. Ella no es lo bastante objetiva.
–¿Porque es una mujer?
–Porque es miembro activo del Equipo Georgia.
Le agradó saber que al menos había una persona en su rincón.
–A no ser que buscaras un almuerzo gratis.
–Claro –lo miró furiosa–. Porque todo esto valdría la pena si pudiera sacarte un plato de sopa –el ceño de él se transformó en una media sonrisa–. ¿Y uno de tus otros acólitos? –sugirió.
–¿Acólitos? –Zander enarcó las cejas.
–Tienes una secretaria a tus órdenes. Y el hombre que acaba de salir no parecía alguien que disfrutara de un rango justo y equivalente en su lugar de trabajo.
–No tengo acólitos –volvió a mostrarse ceñudo–. Tengo personal.
–Entonces, otra persona de tu personal.
–No. Nadie de mi personal.
–Zander –ella suspiró–, preferiría no tener que rellenar ningún cuestionario. Es demasiado frío –por no decir ofensivo. Como si un ordenador pudiera establecer qué le faltaba a su vida cuando ella aún intentaba descubrirlo.
–Nadie de mi personal y tampoco un cuestionario.
–Entonces, ¿qué?
–Yo.
–¿Tú qué?
–Yo te entrevistaré –tomó un bolígrafo.
–¿A-ahora? –tartamudeó ella.
–No. Solo le dejaré un par de notas a Casey para mañana.
–¿Se ha ido? –Georgia se giró en el sillón.
–Sí. ¿Por qué?
–Pensé que… ¿Hace unos momentos no le indicaste con un gesto que hiciera algo?
–Sí, le dije que se marchara a casa. Que yo tenga una jornada laboral prolongada no significa que también ella deba tenerla. En casa la espera una familia.
De modo que estaban… solos. Se preguntó por qué ese pensamiento le desbocaba el pulso. Retiró el sillón.
–Debería irme.
–¿Y qué pasa con la entrevista? Pensé que podríamos ir a tomar algo y charlar.
Para ser una mujer brillante, en ese momento su cabeza se llenó con una asombrosa cantidad de nada. Él se levantó, rodeó el escritorio y Georgia no tuvo más alternativa que dejar que la escoltara fuera del despacho.
–El contrato… –susurró ella a duras penas. Él se lo quitó de la mano, fue a la última página y lo firmó sin leerlo–. Deberían haberme regalado un coche de lujo.
Zander sonrió, revelando unos dientes blancos y parejos.
–¿Adónde irías con un coche de lujo?
–Nunca se sabe. Quizá es algo que quiera experimentar… jamás he llevado nada más elegante que un Vauxhall.
La mirada de él se suavizó. Luego metió la mano en el bolsillo y le entregó un llavero. Irradiaba la calidez de haber estado en contacto con su cuerpo. Georgia lo miró a los ojos.
–Nunca es demasiado tarde para empezar. Considérala la primera actividad del Año de Georgia. Conducir un coche de lujo.
–¿Tu Jaguar? –se quedó boquiabierta.
–¿No es lo bastante elegante para ti?
El entusiasmo se mezcló con el pavor.
–¿Y si lo rayo? ¿O lo abollo? –¿o se lanzaba al Támesis de la excitación?
–Pareces una conductora precavida. Además, tengo un seguro muy completo.
Rod y Nigel ya estaban llevando a cabo un estudio de mercado, pero le dejaban a él los detalles de lo que conllevaría el año. En realidad, lo único que les importaba era que él lograra su participación.
Pero a Zander le importaba mucho en un plano personal que apenas entendía. Solo quería que ella recibiera algo a cambio de todas sus molestias. No le parecía justo fastidiar a una chica en el momento más vulnerable de su vida.
Y él sabía lo que representaba un momento así. Lo había vivido. Sabía cómo lo modificaba todo.
Era una estupidez; no podía decir que hubiera establecido un vínculo con Georgia nada más protegerla de los ojos curiosos que esperaban en la recepción cuando bajaban en el ascensor. Pero así había sido. Había ocupado un rincón de su mente en el instante en que había aceptado el gesto agradecida.
–Pareces llevar esto bastante bien –comentó mientras el camarero les llenaba las copas en su bar favorito de
–. Considerando lo que pensabas de la idea la última vez que nos vimos.
Ella respiró hondo.
–Parece que soy la única de una larga lista de personas que no cree que haya espacio de mejora con Georgia Versión Dos.
–Concédete algún mérito –murmuró él alzando la copa en señal de saludo antes de beber un trago–. Eres más estable de lo que te imaginas.
–¿En qué te basas?
–En mis observaciones.
–¿Sacadas durante un rápido paseo por el bosque?
–Se me paga para prestar atención a las primeras impresiones.
–¿El ascensor? –Georgia entrecerró los ojos.
–Fueron unos minutos duros para ti, y los manejaste bien.
–¿Llorando mientras tú me ofrecías la espalda? –expuso con un bufido.
–La forma de reaccionar bajo una presión extrema te revela mucho sobre una persona –Zander sonrió–. Ni mientras te morías por dentro perdiste tu cortesía.
–¿Percibiste eso? –preguntó insegura.
–Pero no dejaste que pudiera contigo. Mantuviste el control.
–No presenciaste lo que me pasó cuando llegué a casa –musitó ella.
–He dicho que eres fuerte. No una máquina –Zander se rio entre dientes. La miró estrujarse los dedos. Eran unas manos elegantes y cuidadas. Se preguntó cuáles serían los secretos de Georgia Stone. Contuvo esa curiosidad a la misma velocidad con que apareció–. Bueno, ¿has pensado en las cosas que te gustaría hacer en el Año de Georgia?
–No.
Era una mentira, no cabía duda. Después de todo, era humana. ¿Quién no iba a empezar a pensar en cómo gastar ese dinero?
–¿Restaurantes de cinco tenedores? ¿Barcos? ¿Fiestas de primera? Probar cómo vive la otra mitad.
–Puedo ver cómo vive –Georgia se encogió de hombros–. No me interesa especialmente.
–¿Por qué no?
–Porque es… frívolo.
–Eso es bastante parcial, ¿no crees?
–¿Más coches de los que puede conducir una persona, casas de ensueño y guardarropas a rebosar de prendas sin estrenar?
–¿De dónde has sacado esa impresión, de la televisión? –la vio fruncir el ceño–. Yo tengo más coches de los que puedo conducir a la vez. Una casa bonita y suficientes trajes para pasar dos semanas sin mandarlos al tinte –como sabía por experiencia–. Pero no me llamaría frívolo. Quizá haya más de lo que te imaginas.
Y no era por él. Se trataba de un prejuicio ya arraigado.
La vio bajar momentáneamente la vista.
–Tal vez. Pero sigo sin estar interesada como para intentarlo. Me gusta mi propio mundo.
–¿Ciencia y jardines hermosos? ¿Qué más?
–Música clásica. Remar. Películas clásicas. Historia.
Una parte de él suspiró ante la imagen de una vida llena con esas cosas. Cosas serenas, solitarias, delicadas. Pero el director de emisora puso obstáculos.
–Conseguir que nuestros oyentes se entusiasmen con el remo y la música clásica va a ser duro –igual que el resto.
Ella se irguió.
–No es mi problema.
La primera emoción real que le mostraba.
–En cierto modo, lo es, Georgia. Has firmado un contrato que debes cumplir. Necesitamos encontrar un modo de avanzar en esto.
Lo miró con ojos astutos.
–¿Siempre y cuando funcione para vuestros oyentes?
–Tiene que haber cosas con las que ellos disfruten y tú también.
–No lo haré si me refleja buscando a un hombre. O mejorándome lo suficiente como para encontrar a uno.
–Solo el Año de Georgia, entonces. La Chica de San Valentín vuelve a levantarse. Daniel te importaba de verdad… a nuestros oyentes les gustará eso –se oía a sí mismo y sonaba como Rod. Siempre un ángulo. Siempre una zanahoria–. Asignaremos a alguien de la emisora para…
–No. No quiero a ninguno de ellos conmigo.
–¿A ninguno de quiénes?
–De las personas presentes durante la petición. No quiero que vengan conmigo.
Entendía por qué no confiaba en ellos. Aunque lo que ella no comprendía era que todo ese lío era culpa de él, no del equipo.
–De acuerdo, contrataré a algún especia…
–Tampoco desconocidos.
–Georgia, si no puedo usar a nadie de mi equipo ni contratar a alguien, ¿quién lo va a hacer?
–Tú. A ti te conozco.
No pudo contener una carcajada espontánea.
–¿Sabes cuánto gano por hora?
–Estoy segura de que demasiado para que te paguen por horas. Pero esa es mi condición –trató de mostrarse decidida–. Tómalo o déjalo.
No tenía ni idea de cómo negociar. Su inocencia era refrescante.
–Ya has firmado el contrato –le recordó con amabilidad.
Pero aun así, su cerebro se activó de inmediato. Casey estaría encantada de que le delegara algunas tareas, y si era eso lo que hacía falta para que Georgia participara sin poner trabas…
Pero contuvo la aceptación por si tenía más poder unos momentos más tarde.
Toda su vida se resumía en contener las cosas hasta poder sacarles el máximo provecho.
–Mis días se inician al amanecer y concluyen al anochecer.
Georgia se encogió de hombros.
–Yo también tengo un trabajo. Supongo que tendrá que ser por las noches y los fines de semana. Aunque todo depende de lo mucho que desees los niveles de audiencia, claro.
–De acuerdo –dijo él, como si no hubiera tomado su decisión sesenta segundos antes–. Lo haré.
El triunfo de Georgia fue fugaz. Tardó un segundo en comprender que el compromiso de él sellaba por completo el suyo. Y sus siguientes doce meses.
–Una condición más –añadió cuando les sirvieron otras copas–. Nadie mencionará a Dan. Nadie. Lo dejarás completamente al margen.
De sus ojos castaños rezumaba lealtad.
La admiró por seguir protegiendo al hombre que había herido. Un hombre que aún le importaba a pesar de que también él la había herido mucho. Revelaba que podía ser impetuosa e ingenua, pero también leal. Un rasgo muy raro en su mundo.
Se preguntó si ella ya se habría dado cuenta de que no tenía el corazón roto.
–De acuerdo. Daniel se queda al margen.
–Y haz que los medios lo dejen en paz.
Él bufó. Quienquiera que le enseñara modales a Georgia, había olvidado decirle que no abusara de su suerte.
–Nadie puede detener ese tren una vez que se ha puesto en marcha. Puedo prometerte que EROS no lo utilizará, pero no hay nada que pueda hacer si lo buscan otros medios de Londres. Es un chico grande. Sabrá cuidar de sí mismo –adelantó el torso y la miró fijamente a los ojos–. Has jugado bien tu mano en esto… pero ya he cedido en todo lo que pienso ceder. Haré que añadan una enmienda al contrato y lo tendré listo para que lo firmes la semana próxima –ella asintió y se hundió contra el asiento–. ¿Qué te parece si cenamos algo? –lo miró desconcertada–. Porque tú cenas, ¿verdad?
–Ummm, sí. Aunque, por lo general, no fuera. Salvo en ocasiones especiales.
–No me digas que eres una cocinera estupenda.
–No –se rio con sinceridad–, bajo ningún concepto.
–¿No cocinas?
–Preparo comida. Pero no se le puede llamar realmente cocinar. La última de una serie de razones por las que probablemente Dan rechazó mi proposición.
Encendió su tableta y tecleó algo.
–Creo que acabamos de encontrar tu primera idea oficial del Año de Georgia.
–¿Cenar en todos los restaurantes de Londres?
–Escuela culinaria –aclaró él con una sonrisa. Percibió los mecanismos de oposición activándose en el cerebro de ella. Dejó la copa y adelantó el torso–. Georgia, voy a tener una solución para cada obstáculo que levantes. Has firmado un contrato. ¿Qué te parece si trabajas conmigo en esto y no en mi contra?
Ella suspiró y lo miró con esos ojos inescrutables.
–De acuerdo. Lo siento –bebió un sorbo de vino–. ¿Qué tenías en mente?
–Es una lista larga –Georgia se estiró y leyó el folio del revés que Zander tenía ante sí.
–Un año es un tiempo largo. Pero no hay que elegir todo. Además, durante el proceso pueden surgir cosas, de modo que hay que dejar sitio para dichas posibilidades. Si tuvieras que resumir, ¿con qué actividades disfrutarías más?
Le entregó el papel y la elegante pluma. Ella marcó con un asterisco Wimbledon, clases de cocina, que aceptó porque Zander le había dicho que a los oyentes les encantarían, no porque quisiera conocer realmente la diferencia que había entre flambeado y salteado, clases para preparar cócteles, trufas y maquillaje. Esta última porque le parecía importante. Estiró la falda decorosamente sobre sus rodillas.
–Esta sí que la quiero hacer –marcó una opción próxima al final, corriendo un riesgo. No sería algo que él esperara. Y a diferencia de algunas de las otras, esa sí que le interesaba e intrigaba.
–¿Estatuas de hielo?
–Será asombroso. Oooh, y esta… –puso otro asterisco.
–¿Escuela de espías?
–¿Te lo imaginas? –lo miró con ojos entusiasmados.
–No necesito hacerlo –Zander movió la cabeza–. Lo averiguaré.
Ella bebió un poco de vino.
–¿Y qué me dices de viajar? –inquirió él.
–¿Qué pasa?
–¿No te interesa la idea de unas vacaciones?
Volar a otro país le parecía demasiado. Además, no tenía pasaporte. Y la idea de solicitar uno le producía escalofríos.
–¿Adónde iría? –musitó.
–Adonde quisieras –repuso desconcertado.
Como siempre había ido de vacaciones donde vivía, la idea de ir más lejos que Brighton no se le pasaba por la cabeza.
–¿Dónde sería idóneo para tus oyentes?
–¿Nueva York? –Zander se encogió de hombros–. ¿Ibiza?
«¿Ankara?», pensó animada. Después de ver un documental de historia antigua, siempre había querido ir a Turquía.
Pero eso parecía demasiado exótico. Al final de la lista escribió Ibiza. La capital de la fiesta de Europa. El lugar que les gustaría a los oyentes de EROS.
–Puede que vaya añadiendo cosas sobre la marcha. Cosas que se me ocurran –que le gustaría hacer sin que Zander lo supiera. Aunque no permanecerían en secreto demasiado tiempo.
–Perfecto. Arréglalo con Casey. Yo iré a donde ella me envíe.
–Eres muy complaciente. La docilidad no ayudará mucho a tu reputación como jefe temible.
–Yo no soy temible; solo quiero que piensen que lo soy.
–¿Por qué? –no era manera de disfrutar del trabajo.
–Porque así se consigue que las cosas se hagan. No estoy ahí para ser su amigo.
Georgia pensó en su propio jefe. Un hombre divertido y brillante a quien adoraba.
–¿No crees que la gente trabajaría con el mismo afán si sintiera respeto y admiración?
–Me gusta pensar que me respetan. Simplemente, no necesito caerles bien.
No había mucho que pudiera decir al respecto sin ofenderlo. Además, era la persona más triunfadora que conocía. Y, en realidad, no lo conocía.
Reinó el silencio.
–¿Qué haces los fines de semana? –preguntó ella al final.
–¿Qué?
–Dijiste que los fines de semana tenías cosas que hacer. ¿Qué clase de cosas?
–Cosas de fin de semana –la miró fijamente y ella enarcó las cejas–. Entreno –repuso ceñudo.
–¿Saltos? ¿Patinaje artístico? –se terminó el vino.
Él esbozó una sonrisa renuente.
–Carrera de resistencia. Compito en maratones.
–¿En serio?
–Sí –Zander se rio entre dientes.
–Bueno, eso explica el cuerpo…
El horror ante sus palabras la obligó a contenerse, pero no lo bastante deprisa. Despacio, apartó la copa vacía.
–He de mantenerme en forma, así que corro todas las mañanas y hago carreras largas todos los fines de semana.
–¿Todos?
–Prácticamente.
–Solo correr. ¿Sin parar durante horas?
–O marcha dura. Por eso se le llama de resistencia.
–Suena solitario –pero también… zen. Parecido a lo que ella hacía cuando se adentraba en los bosques.
–La soledad no me molesta.
–¿Por eso lo haces?
–Lo hago por el desafío que representa. Porque puedo. Y ahí es donde mejor pienso.
Cuarenta y tantos kilómetros. Mucho tiempo para pensar.
–Vaya. Me siento impresionada.
–No te entusiasmes demasiado. En una competición podemos hacerlo en menos de cuatro horas.
–Añade maratón a la lista –pidió Georgia.
–¿Quieres correr una maratón? –le preguntó sorprendido.
–Dios, no. Solo me quedan dos pies. Pero jamás he presenciado una. Simplemente, puedo mirarte. Ayudarte a entrenar.
La cara de él reflejó una intensa incomodidad.
Una vez más ella había conseguido malinterpretar a un hombre. Eso no era una amistad. No estaban estableciendo lazos. Era un acuerdo de negocios con el único objetivo de seguir su actividad. ¿Por qué diablos él iba a quererla cerca durante los ratos libres que pudiera tener?
–Yo… eh…
Había metido bien la pata como para hacer que el hombre tartamudeara.
–¿Sabes una cosa? He cambiado de idea –dijo con frivolidad, sin sentirse en absoluto frívola–. Dedicarme a mirarte no aportaría nada a la radio. Tacha eso de la lista –esperó ser una mentirosa convincente. Vio que la pluma de él aún flotaba sobre el papel, de modo que no había nada que tachar, por lo que dijo lo primero que se le pasó por la cabeza–. ¿Otra copa?
La lista creció tanto como la velada. No tardaron en tener lecciones de baile, estrenos cinematográficos y un partido de polo.
–¿Podemos permitirnos una plaza en un vuelo espacial comercial? –comentó ella–. Eso sería estimulante.
–No –Zander sonrió–. No podemos. Y no tenemos tiempo hasta que su comercialización se generalice.
–Bah. Eres un aguafiestas.
La observó.
–Creo que lo primero es conseguir que comas algo.
Ella se irguió ofendida.
–No estoy borracha.
–No, no lo estás. Pero lo estarás si sigues así.
–Quizá la nueva yo bebe más a menudo.
Él recogió los papeles y la tableta con la que habían hecho consultas en Internet y los guardó en su maletín.
–¿En serio? ¿Es así como quieres iniciar el Año de Georgia? ¿Recibiendo críticas feroces?
Ella reflexionó en sus palabras.
–¿Hemos empezado?
–Es el primer día.
–Entonces, deberíamos irnos –porque no quería empezarlo de esa manera.
–Deja que te invite a cenar. Conozco un buen sitio. Podemos ir paseando. Te despejará.
–¿Por qué tu mente no está embotada? Has bebido lo mismo que yo.
–¿Masa corporal? –Zander se encogió de hombros.
Ella volvió a reclinarse en el asiento y sonrió feliz.
–Eso es tan injusto… –entonces se irguió con brusquedad y buscó su teléfono–. Debería llamar a Dan. Explicárselo.
Zander le frenó la mano antes de que los dedos pudieran cerrarse en torno al móvil.
–No. No lo hagas con el estómago vacío. Vayamos a comer algo.
Tenía razón. Necesitaba hablar con Dan cara a cara. Se puso de pie.
–De acuerdo. ¿Qué vamos a cenar?
–Podríamos empezar tus clases de cocina esta noche. Algo informal.
–Yo vivo a kilómetros de aquí.
–Yo no –él sonrió.
Y como con un chasquido mágico de los dedos, Georgia recobró la sobriedad. Zander Rush la iba a llevar a su casa. Para darle de comer. Para enseñarle a cocinar. Algo en todo eso parecía tan… íntimo.
–¿Sabes? Tengo que hacer algunas cosas esta noche antes de ir a trabajar mañana –mintió–. Creo que lo mejor será que regrese a casa.
–¿Y qué me dices de la cena?
Si tenía la mente lo bastante despejada como para mentir, la tenía para ir en metro.
–Estamos a una manzana de la estación.
La sonrisa de él fue indulgente.
–Lo sé. Tú nos trajiste aquí.
–Es la misma línea de Kew Gardens. Solía tomarla todo el tiempo para ir a casa –la conocía bien.
–Al menos deja que te acompañe hasta la estación.
Se puso de pie.
–Será estupendo, gracias.
–Sigues siendo tan cortés… –Zander movió la cabeza.
–Recibí una educación a la antigua –Georgia se encogió de hombros.
–¿Padres tradicionales?
–Bajo ningún concepto. Prácticamente me crió mi abuela. Para darme estabilidad. En realidad, mi madre… no estaba bien adaptada… al papel.
La miró de reojo.
–Yo soy el menor de seis hermanos de padres mayores, así que es posible que nos criara una generación similar.
Tardaron unos pocos minutos en llegar a la estación, y algo en su andar y en su incesante charla sobre la infancia le indicó que realmente quería estar sola, porque no volvió a intentar convencerla.
Se detuvo ante la entrada.
–Bueno…
–¿Estarás en contacto?
–Lo hará Casey. Mi secretaria.
Claro. Sus acólitos.
–Ella organizará un programa para los próximos meses.
–Entonces… supongo que nos veremos en la primera actividad.
–Recuerda que para los demás seremos desconocidos. Yo solo seré tu sombra. Ni siquiera te saludaré cuando llegues.
Extraño. Pero mejor. Como hicieran esas cosas juntos, se sentiría demasiado cómoda, lo cual no era una buena idea a juzgar por lo a gusto que se había sentido en las últimas horas.
–Lo recordaré. Hasta la vista –cuando iba a entrar, se detuvo–. Gracias por dejarme conducir el Jaguar.
–Cuando quieras.
Zander cruzó la calle y enfiló por la acera que llevaba al jardín trasero de su casa, donde habían aparcado el coche.
Se dijo que le faltaba práctica. ¿Quién llevaba a una mujer a un bar y luego bebía hasta no poder acompañarla a casa? ¿Quién dejaba que una mujer fuera en el metro sola por la noche?
Un hombre que se esforzaba en no sentir que tenía una cita.
Había estado a punto de sabotear esa reunión de negocios invitándola a cenar a su casa. El viejo Zander no habría dejado pasar tantas horas sin encargarse de que ambos comieran. Hacía tiempo que el nuevo Zander había aparecido. Ese Zander tenía unos músculos comerciales perfectamente definidos, aunque a costa de su cortesía social.
Cualquier músculo se atrofiaba si no se usaba.
Y al final la guinda. «Cuando quieras». Podría haber dicho «De nada» o «ni lo menciones», pero había soltado un «cuando quieras». Como si aquello fuera a repetirse.
Empujó la cancela de su propiedad y observó el sendero largo y sinuoso entre los amplios jardines que llevaba al invernadero.
Era evidente que aún existía algo de su antiguo yo. Algo que respondía a la compañía relajada de Georgia y el modo diferente en que se relacionaba con él. Simplemente, a ella no le importaba quién era o que fuera la única persona que se interpusiera entre ella y una demanda judicial. O quizá no lo reconocía.
Lo miraba con esos ojazos castaños y lo trataba exactamente como a cualquier otra persona.
Algo que ya nadie hacía. Ni Casey, la persona más parecida a una amiga que tenía en el trabajo, quien siempre tenía cuidado de no cruzar la línea de la familiaridad. Incluso ella era consciente de que su futuro estaba en manos de él.
Porque de forma habitual se lo recordaba a todos.
Sus acólitos.
Llevar a Georgia a casa o que aceptara cenar con él habría sido una complicación.
Había firmado un contrato; el momento de cortejar a la Chica de San Valentín, profesionalmente, se había terminado. Debería haberle dado una lista de actividades organizadas por la emisora y punto final. En vez de ser un tonto, de reaccionar a un acontecimiento sucedido quince años atrás y dejar que le nublara el juicio.
En vez de sentir empatía.
Solo porque él había pasado por lo mismo que Georgia, salvo que en su caso había llegado hasta el mismo altar antes de darse cuenta de que su novia no iba a presentarse porque iba camino del aeropuerto de Londres con las damas de honor. Lo que siguió fue media hora horrible de gritos y recriminaciones antes de que el sacerdote lograra despejar la iglesia. La familia y los amigos de Lara se habían puesto frenéticamente a la defensiva, lo normal si alguien a quien se quisiera hubiera hecho algo tan chocante. Su lado de la iglesia se había congregado en torno a él de forma estoica, lo que enardeció más a la familia de Lara porque esta sabía, sabía, que había cien maneras mejores de no seguir adelante con una boda que no presentarse. Pero Lara había elegido la que le causaría menos dolor a ella.
Si tener el corazón roto ya era angustioso, sufrir la humillación pública ante todas las personas que le importaban había sido peor.
Y las consecuencias se habían extendido durante una década y media.
Subió las escaleras y fue directamente a su despacho. La habitación más importante de su casa, donde trabajaba el doble que los demás para sobresalir en su campo.
Era lo único que tenía que agradecerle a Lara.
Prepararlo para el éxito que le había dado un despacho de lujo en una gran casa de Hampstead Heath y que lograra codearse con la gente más poderosa del país.
Y todo lo que tenía, desde su colección de coches de lujo hasta los trajes a medida y esa casa, representaban el hecho de que nadie más volvería a sentir pena por él jamás.
Aparte del hecho de que nunca volvería a permitirse hallarse en una posición tan vulnerable.
El dinero se encargaba de eso.
Y el éxito.
El mundo corporativo podía ser una amante despiadada, pero era constante. Y si alguien quería machacarte, se le veía venir.
Qué patético que necesitara una buena excusa para ir a Kew y ver a Dan como por casualidad. Si había encontrado el valor para enfrentarse a la verdad de los motivos que había tenido para declararse, ¿acaso no podría estar cara a cara con Dan? El hombre que había sido una parte tan importante y firme en su vida durante el último año. Incluso más, si se contaba la amistad anterior.
Seis semanas eran suficientes para darles a ambos cierta perspectiva.
Además, tenía que llevarles unas semillas a sus compañeros para que las identificaran.
Las dejó en el departamento de propagación y luego fue por detrás hasta los invernaderos. Allí era donde Dan pasaba la mayor parte del tiempo, cultivando a las carnívoras, como las llamaba, tan populares para él como para el público.
Conocía esos senderos tan bien como las pecas de su cuerpo. Desde mucho antes de Dan. Casi había olvidado lo que era eso.
Al acercarse comenzó a acelerársele el pulso. Y entonces las puertas se abrieron y salió una mujer.
–¡Oh, disculpa! –exclamó Georgia. La otra chica tenía unos bucles dorados y la bata que todo el mundo llevaba allí. Pero debajo lucía un vestido ceñido de color rosa, exhibía unas uñas brillantes y bien cuidadas, tacones de diez centímetros y un maquillaje impecable.
No como la gente que trabajaba en los laboratorios.
–Casi chocamos –la mujer sonrió y retrocedió para sostener la puerta.
En cuanto vio la identificación que llevaba en el pecho, todas sus excusas bien razonadas para no vestir mejor se evaporaron. Esa mujer era una especialista en orquídeas… trabajaba con tierra todo el día. Sin embargo, podía compaginarlo con un aspecto deslumbrante.
¿Qué excusa tenía ella?
–¿Puedo ayudarte? –preguntó la otra chica.
–Busco a Daniel Bradford.
–Está en la sala de exposiciones ocupado con una Nepenthes tentaculata. ¿Le transmito algún mensaje? –en sus ojos apareció un leve destello de curiosidad.
Si la suerte le había permitido no encontrarse con alguien que la conociera, no pensaba estropear esa oportunidad para el anonimato.
–No, conozco el camino. Iré a buscarlo allí. Gracias.
La mujer se apartó de las puertas con una sonrisa.
–De nada.
La observó alejarse. Tacones. Le daban un aire muy especial al andar, incluso sobre gravilla o hierba. Era una pena que ella no tuviera zapatos con tacones aparte de unos utilitarios de tres centímetros de alto.
Quizá era algo que podía incluir en la lista del Año de Georgia.
«Aprende a caminar con tacones».
Tardó casi diez minutos en llegar a la zona pública y abrirse paso entre la exposición de plantas carnívoras. Las puertas estaban siempre cerradas para mantener la temperatura ambiente correcta y a diferencia de las otras, esas eran silenciosas.
–¿Dan? –el silencio continuó, pero, de algún modo, cambió. Se cargó. Georgia supo que la había oído–. Sé que estás aquí, Dan.
Salió de detrás de un gran letrero. Confuso. Cauteloso.
–Hola. No sabía que pensabas venir.
–Dejé algunos especímenes para que los identificaran. Se me ocurrió pasar a saludarte.
Hasta a ella le sonó falso.
–Hola –repitió él.
Hubo un silencio. Quizá seis semanas no eran suficientes.
–¿Cómo estás? –aventuró.
–Bien. Sobrellevándolo.
–¿No mejora?
–En realidad, no –Daniel apretó los labios.
Ella asintió. Hubo más silencio.
–He… venido a decirte que lo siento. Otra vez.
–¿Tus correos electrónicos y mensajes no son suficientes?
–No quería… No sin verte –no sabía cómo podía costar tanto romper con alguien con quien ya se había roto.
–Es carnaza para los paparazzi –él se encogió de hombros.
–Escucha, Dan, si pudiera dar marcha atrás, lo haría. Sé que tú no pediste nada de lo que te está pasando.
La suspicacia regresó a los ojos castaños de Daniel.
–Georgia…
–Yo… firmé un contrato con la emisora de radio para toda la… –ni siquiera pudo emplear la palabra «declaración»–. He de cumplirlo.
–Solo espero que «yo» no signifique «nosotros».
–Por supuesto. Estipulé la condición de que no se te involucrara –algo que podría haber pensado desde un principio–. No es sobre nosotros, sino sobre mí. Cómo me recobro –el ceño de él se acentuó. Parecía expresar: «Di lo que tengas que decir y vete»–. Solo quería asegurarme de que estabas bien y contarte por qué oirás más de mí desde la emisora.
–¿Bromeas? –bufó Dan–. Nunca más volveré a escuchar ese dial. ¿Comprendes que cada vez que vayas allí las cosas se removerán?
–Zander piensa que alejará la atención de ti. Que la mantendrá en mí –como debía ser.
–¿Zander?
–Es el director de la emisora. Era su promoción.
–Disculpa si no deposito mucha fe en alguien que idea una promoción semejante –comentó receloso.
De alguna parte en su interior surgió el intenso deseo de defender a Zander.
–Esto es responsabilidad mía, Dan. Intento arreglarlo de la mejor manera que puedo.
–Lo sé. Lo siento. Haz lo que tengas que hacer, George –respiró hondo–. Y yo haré lo mismo para mantenerme al margen.
Sonaba críptico, pero justo.
–De acuerdo. Bueno, debería irme –entonces se le ocurrió que, posiblemente, no volvería a verlo jamás. Frunció el ceño–. No sé muy bien cómo despedirme de ti por última vez. No termina de encajar.
Pero comprendió que eso era todo. Muy incómodo, pero en absoluto doloroso.
Él se adelantó, se limpió la tierra de las manos y luego tomó la suya.
–Adiós, George. No seas demasiado dura contigo misma. Nadie ha muerto con esto.
No. Salvo esa parte que solía estar contenta consigo misma.
–Cuídate, Dan.
–Puede que nos veamos por aquí.
Dio media vuelta y se marchó. Y todo ese capítulo de su vida se cerró a su espalda igual que las puertas hidráulicas del invernadero.
Y seguía sin sentir dolor. Solo tristeza. Como perder a un buen amigo.
¿Era esa la razón por la que Dan nunca había querido que la relación fuera a más? La hermana de él siempre había insinuado que había algo importante en su pasado, pero él jamás lo había compartido y ella nunca había sentido que podía preguntarlo. Sintomático del motivo por el que no estaban hechos el uno para el otro. Dan no quería más porque en su interior no tenía más para dar. Y quizá ella tampoco. ¿Cuánto tiempo hubieran seguido de esa manera si ella no hubiera provocado el fin de la relación de forma tan sorprendente y pública?
Se había sentido muy atraída hacia él porque era sólido y fiable, cualidades que hablaban de estabilidad, algo que apenas había tenido en su pasado. Pero jamás se había sentido arrebatada mientras lo esperaba en el despacho. Nunca se había sentido valorada por él como lo había hecho de pie detrás de un desconocido en un ascensor mientras la protegía de los ojos curiosos.
Zander.
Tan incompatible para ella como el que más; sin embargo, con unas pocas reuniones había agitado más emociones en su interior que el hombre con el que había planeado casarse.
Todos motivos válidos para mantener la distancia emocional.
Ya había tomado suficientes decisiones malas en base a lo que sus amigos o el resto del mundo hacían; necesitaba ahondar en su interior y ver qué era lo que quería hacer ella.
Aunque le diera miedo mirar lo bastante hondo como para descubrir que ya no le quedaba nada.
Capítulo 4
Abril
GEORGIA vio entrar a Zander por el rabillo del ojo, pero se concentró en no verlo. Igual que el resto de las mujeres, aunque por motivos diferentes.
No había tardado en comprender que asistir sola era un error. Todas las demás mujeres estaban emparejadas con una amiga, por lo que ya se sentía como un fracaso. Costaba mucho iniciar cosas fuera de la zona de comodidad de una persona, pero emprenderlas sola…
Volvió a mirar fugazmente a Zander.
–Alors –el chef golpeó su tabla de cortar sobre la encimera unas cuantas veces para poner orden entre las alborotadas alumnas–. A sus sitios.
Sin saber qué significaba eso, se guió por las otras participantes. Cada una acercó un taburete alto de un extremo de la cocina hasta el lugar que ocupaba. Dos mujeres estuvieron a punto de hacerse un esguince en un tobillo en su afán de conseguir el punto más próximo a Zander, quien con perspicacia ocupó el lugar más apartado en el fondo.
Georgia esperó hasta el final y se encontró en el espacio más alejado de él. Llenó su vaso de agua antes de que alguien pudiera servirle vino de la botella de chardonnay que iba circulando y vaciándose con celeridad.
Haberse achispado delante de Zander en una ocasión era más que suficiente.
Su prosaico maestro ya había empezado y su histrionismo y encanto franceses lograron recuperar la atención de las mujeres asistentes. Pero Zander seguía mirándola con los ojos levemente entornados.
Había algo embriagador en el juego que jugaban. Fingir que eran desconocidos. Ocultarle un secreto a toda la sala.
Era extrañamente… sensual.
Lo que resultaba muy elocuente sobre lo poco sensual que solía ser su vida.
Volvió a concentrarse en el chef. Hizo todo lo que pudo para escuchar y entender lo que decía y no prestarle más atención a Zander, que estudiaba todo lo que pasaba en la estancia. Parte de lo que decía el chef resonaba en su mente científica, pero quedaba totalmente eclipsado por el vocabulario forzado y la teatralidad ensayada, que no funcionaban con ella.
–Disculpe, chef –interrumpió cuando él se calló para los escasos momentos que dedicaba a respirar–. ¿Llegaremos a cocinar algo esta noche?
–Qué enthousiaste –la aduló–. Non, no se pondrán manos a la obra hasta la sexta semana. En la clase del chef André Carlson primero desarrollamos la appréciation por el arte de la comida, luego avanzamos hacia la construction de los alimentos.
Y, evidentemente, con un consumo mayor de vino, a pesar de sus propias protestas.
Asintió con cortesía y comenzó a contar los interminables minutos hasta que acabara la primera clase, preguntándose cómo se sentiría Zander cuando dejara lo primero que figuraba en la lista. De pronto comprendió que estaba perdiendo el tiempo de dos personas en esa clase.
–Disculpe, chef –en esa ocasión, él se mostró más irritado por la interrupción–. Tengo una migraña terrible. Voy a tener que marcharme.
Después de recibir algunas falsas muestras de preocupación, se pasó la correa del bolso por el hombro y enfiló hacia la puerta. A nadie le importó.
–Necesitarás que alguien te acompañe al coche.
Una vez en el pasillo, prácticamente corrieron a la puerta de salida.
–Eso ha sido terrible –comentó él–. ¿Por qué alguien se somete a algo así?
–Daban la impresión de estar pasándolo bien.
–No me imagino que al final del curso se acabe «apreciando» más la comida.
–No –confirmó ella con una carcajada.
–Supongo que la migraña era falsa.
–Tanto como el acento francés del chef. Creo que deberíamos abandonar el barco a tiempo.
–No –la detuvo con una mano sobre su brazo–. Esta noche viniste con el deseo de descubrir por qué es tan especial la cocina. Deja que haga una llamada… –la hizo. Fue breve; luego se volvió hacia ella con una sonrisa–. De acuerdo, todo arreglado.
–¿Qué?
–Tenemos un trabajo para la noche.
–¿Un trabajo?
–En una cocina comercial. Ahí es donde verás la naturaleza real de cocinar.
No bromeaba. A los quince minutos tenían los codos metidos en pompas de jabón en la parte de atrás de una ajetreada cocina de un restaurante italiano, habiendo lavado más platos en menos tiempo del que ella había tardado en ensuciarlos toda la vida. Pero ni lo notó.
El propietario del restaurante al que Zander le había pedido el favor, ascendió a los habituales friegaplatos a pinches de cocina durante esa noche mientras dedicaba a uno de sus propios ayudantes a explicarles todo lo que pasaba en la cocina.
Mientras realizaban su tarea, Zander y ella prestaban atención a cada palabra.
Y la grabadora digital de él, aprobada por el dueño, lo captaba para el segmento de EROS.
La cocina funcionaba como un ballet. Cada elemento del menú coreografiado; cada técnica una combinación de pasos bien aprendidos. Cada plato resultante una obra de arte que jamás era la misma dos veces.
Descubrió el verdadero lenguaje que se empleaba en una cocina de verdad. La noche fue educativa en más sentidos que uno. Eso le encantó. Aunque sabía que los editores de Zander estarían ocupados ocultando las palabras altisonantes.
La sinfonía y el ballet duraron horas. Estaba traspuesta tratando de asimilarlo todo incluso cuando los pies empezaron a dolerle, luego a protestar y, finalmente, a arderle.
Con la noche a punto de terminar, cuando apenas quedaban unos pocos comensales en la sala degustando los postres, los pinches ascendidos solo durante esa noche se mostraron más que agradecidos de prepararles algo sencillo para cenar, algo que Georgia y sus pies doloridos apreciaron.
Cuando todo estuvo preparado, fue el mismo dueño quien sirvió sus platos. Un modesto cuenco para Georgia y una cantidad enorme para Zander.
–¿Estás embarazado? –bromeó ella.
–Me lleno de carbohidratos –repuso él.
–¿Por qué?
–El día antes de una carrera dura llenas tu cuerpo de carbohidratos y agua para asegurarte de que esté lleno de energía.
–¿Energía que quemas corriendo cincuenta kilómetros?
–Exacto.
–¿Dónde correrás mañana? –lo vio titubear y suspiró de forma visible–. No te gusta hablar mucho de eso.
–No estoy acostumbrado a que nadie me lo pregunte. Suele ser algo personal.
Viendo que ahí se terminaba el tema, Georgia decidió llevarse unos espaguetis a la boca.
¡Esa pasta era exquisita!
–Esto es asombroso, Zander.
–Es uno de mis refugios favoritos.
La elección de palabras la desconcertó.
–¿De qué te refugias?
–De la vida. Del trabajo. De todo.
–A los dos nos podría ir mejor si dirigiéramos nuestros lugares de trabajo como hace el chef aquí –musitó ella.
–¿Qué quieres decir?
–Con firmeza. Altas expectativas. Pero equidad. Y todos trabajaban con él, no a pesar de él.
–¿Qué te hace pensar que no es así ya? –preguntó Zander .
–Algo que dijo alguien de tu personal cuando fui a tu oficina –había ido varias veces para terminar la lista con Casey, de modo que incluía un amplio abanico de personas. Zander no sabría quién había sido–. Me dijeron que era como un cordero para el sacrificio –la miró ceñudo antes de volver a centrarse en la pasta–. No digo que esté de acuerdo con el comentario. En todo momento solo has sido amable conmigo –siempre que se tuviera una definición liberal de la palabra «amable»–. Pero es evidente que creían que me ibas a poner las cosas difíciles.
–Es lo que esperarían –repuso él tras un momento de reflexión.
–¿Por qué?
–Porque es lo que conocen.
Durante un momento fugaz, la cara de él reflejó tristeza.
–¿Por qué les pones las cosas difíciles?
–Porque soy su jefe. La cadena transmite las noticias buenas y yo transmito y ejecuto las malas. Me pagan para eso.
–Es un tipo de trabajo desdichado. ¿Por qué lo haces?
–Has visto dónde vivo –respondió él con una carcajada.
Sí, era uno de los mejores barrios de Londres.
–Y tú has visto dónde vivo yo. ¿Y qué? Eso no te conforma como persona.
–¿En serio? El exterior de tu apartamento es modesto y sin adornos, pero bien cuidado. Alguien se ocupa de ese edificio. Apostaría a que el interior es igual. Cada cosa en su lugar, nada que no sea esencial. ¿No es así exactamente como eres tú?
–¿Es la impresión que te doy? ¿Ordenada y aburrida?
–Me das la impresión de alguien atrapada en la rutina.
–Las rutinas tienen muchas formas y barrios –alzó el mentón en un gesto de desafío–. Además, no deberías juzgar un libro por su tapa.
–¿De verdad? ¿Te importaría demostrarlo?
–¿Quieres apostar algo? –Georgia frunció el ceño.
–Quiero verlo.
Oh.
–¿Cuándo?
–¿Qué te parece ahora?
–No está ordenado…
–Sí que lo está.
Georgia suspiró.
–Tienes un maratón por la mañana.
–Georgia –la miró serio–, no propongo quedarme a dormir, solo echar un vistazo.
Había llegado a la inmediata conclusión de que era una excusa para seducirla. Zander Rush era un hombre sexy.
–Solo quería decir que… es tarde.
–No corro hasta el mediodía. Y es demasiado tarde para tomar el metro.
No lo era, pero no le desagradaba la idea de ir a casa en un cómodo Jaguar. No estaba preparada para que su primera noche juntos se acabara.
La primera noche. No su primera noche.
–De acuerdo, acepto que me lleves –y enseñarle el interior de su apartamento durante unos minutos–. Gracias.
Lavaron los platos que acababan de usar, le dieron las gracias al chef, que disfrutaba de una copa con su equipo en el restaurante ya vacío, y salieron a la oscuridad de la noche.
–¿Quieres conducir?
No. Inexplicablemente, quería que lo hiciera él. Por lo que contestó:
–Sí, por favor.
–Uno de estos días dejarás de mostrarte tan cortés y sabré que al fin estamos llegando a alguna parte.
Veinte minutos después cruzaban el vestíbulo del edificio.
–¿Quién más vive aquí? –murmuró él.
–Dos estudiantes, un residente antiguo… y yo.
Lo llevó hasta la parte de atrás, donde estaba su casa.
Después de abrir la puerta en silencio, se preguntó por qué se hallaba sin aliento. ¿Porque estaba entrando en su casa con un hombre que prácticamente era un desconocido? Encendió la luz.
Los ojos de él estudiaron la sala sin revelar nada.
–Esto es…
«¿El imperio del desorden? ¿No se parece nada al exterior?». Lo vio como debería percibirlo un desconocido: explosiones de color, los libros y las revistas apilados. Las plantas que colgaban por doquier.
Él tocó la primera hoja.
–¿Cómo consigues que tengan este aspecto en el interior?
Fue hacia las puertas correderas que daban a su pequeño patio y corrió las cortinas.
–Las roto todos los días. Un día dentro, tres fuera.
–¿Cuántas tienes?
–Se podría decir que soy una enamorada de las plantas trepadoras.
Miró otra vez alrededor y luego a ella.
–No es lo que esperaba.
Podía significar cualquier cosa, pero eligió interpretarlo de forma positiva.
–¡Sorpresa! –reinó el silencio–. ¿Café? –ofreció ella para romperlo.
–No –Zander dejó de mirarla–. Debería irme.
Y de pronto ella se sintió tímida por haber aceptado su petición. Lo acompañó al vestíbulo.
–Gracias por traerme.
–No ha sido nada.
Tuvieron que detenerse ante la puerta de entrada para que ella la abriera con las llaves. Cuando lo hizo, permaneció bajo el arco del umbral.
–Y la experiencia del restaurante. Ha sido fantástica.
–Te encontraremos nuevas clases de cocina. No tienes que volver a las del francés.
–A las del falso francés. Bueno, hasta la próxima, entonces.
–De acuerdo. Buenas noches, Georgia.
Y se marchó y ella permaneció allí. Al menos tuvo el consuelo de ver que no huía, que no aceleraba el paso.
Le importaba lo que pensaba la gente. No guiaba su vida por los pensamientos de los demás, pero las críticas la afectaban. En especial las de alguien como Zander. Los hombres ricos y poderosos no tenían un peso específico sobre su vida profesional, pero el de ese hombre contaba para su vida personal. Le esperaba un año con él, iban a estar juntos un tiempo razonable. Preferiría que ese tiempo no fuera incómodo o tenso.
Y en lo más hondo de su ser albergaba el miedo de que la misma falta de interés que había llevado a Dan a no casarse con ella pudiera haber pasado por la cabeza de Zander el breve rato que estuvo en su apartamento.
Esperaba no tener ninguna deficiencia seria, ya que la reinvención de una persona tenía un límite en lo que podía solucionar.
Zander dejó las llaves y la cartera en la bandeja que tenía junto a la cama y fue a darse una ducha. Lo más caliente que pudiera aguantar con el fin de evaporar el súbito hormigueo de percepción que había experimentado en el apartamento de Georgia. Eso había sido diferente a todo, había habido…
«Interés».
Mucho más que sexual. Inesperado, no buscado e inaceptable. Y la empatía hacía que se pusiera a la defensiva.
Un leve toque de humildad, la modestia de su apartamento usado y amado, la defensa descarnada de un lugar que evidentemente le importaba. Era típico de ella. Defendía su propiedad y a sí misma con una especie de amable resignación.
Y él le decía que el molde de su vida no era interesante para los oyentes.
Y ahí estaba, duchándose una hora más tarde por lo muy interesante que era para él.
«Hipócrita».
Su vida estaba tan llena de gente falsa y socialmente agresiva, hambrienta por subir peldaños por los que tenían que luchar. Tan llena de ruido y falso fulgor. Y cuando se trabajaba tanto como lo hacía él, tenía un modo de dominar la conciencia.
Hasta aparecer en el centro de un apartamento lleno de plantas y sentir como si se hubiera entrado en una especie de retiro emocional. Lejos de todo y todos.
Hasta que se respiraba de verdad por primera vez en quince años.
Cerró el grifo de la ducha, se secó y regresó a su dormitorio. Miró alrededor. No tenía ni una planta, salvo un pequeño cactus que le había regalado Casey, antes de que ella comprendiera que los regalos solo servirían para hacer que la relación que tenían fuera más incómoda. Lo había dejado en el alféizar de la ventana de la cocina y nunca más había pensado en él. Sobrevivía gracias al vapor de la cafetera. Y quizá al lavavajillas.
Pero sobrevivía.
La similitud con su corazón herido era irónica.
Encendió las luces de su amplio jardín trasero. ¿Contaba si se pagaba a alguien para que lo cuidara? Lo más que hacía él era cortar rosas para llevarle a su madre y la única vez que lo había atravesado había sido para usarlo como atajo hacia la cafetería del barrio.
Cuánto disfrutaría Georgia si estuviera allí…
Apagó la luz, sumiendo el jardín y ese hilo de pensamiento en la oscuridad.
Georgia Stone podía haber empezado como la encarnación de cada compromiso profesional y ético que había hecho en su meteórica trayectoria corporativa, pero estaba convirtiéndose en otra cosa con rapidez.
Un recordatorio obsesivo del hombre que había sido antes de que Lara le partiera el corazón al abandonarlo. Antes de la humillación que lo había lanzado a centrarse en su carrera. Antes de que todas esas cosas no dejaran espacio para una vida real que echaba de menos.
Ni para la satisfacción del rostro de Georgia de pie en el centro de sus escasas posesiones mundanas, mucho más ricas que las que él era capaz de concebir.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.