Kitabı oku: «Escribiendo por el mundo»
Noelia Truffa
Escribiendo por el mundo
Relatos de vida nómada
Ilustrado por Omar Truco

Truffa, Noelia
Escribiendo por el mundo : relatos de vida nómada / Noelia Truffa ; Ilustrado por Omar Truco. 1a ed Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Metrópolis Libros, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-4188-93-9
1. Diario de Viajes. I. Truco, Omar, ilus. II. Título.
CDD A863
© Noelia Truffa, 2021
Primera edición, septiembre de 2021
Edición
Magalí Etchebarne
Diseño y diagramación
Noelia Truffa
Corrección
Martín Vittón y Karina Garofalo
Ilustraciones
Omar Truco
Conversión a formato digital: Libresque
Hecho el depósito que establece la ley 11.723.
Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra
sin la autorización por escrito de los titulares del copyright.

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Recorrido
Cubierta
Portada
Créditos
Prefacio
La precuela
Turquía Crónica de un almuerzo en Selçuk Receta: Gözleme de espinaca y queso feta Consigna: Regalo inesperado
España M y M (macrodecisiones y Madrid) Córdoba, colección de novedades Córdoba y la lluvia Housesitting, crónica de novatos Los pueblos de La Alpujarra El pueblo de Bérchules El pueblo de Lanjarón Un pueblo marrón, para variar Lo que el housesitting nos dejó Receta: Gazpacho andaluz Consigna: Bitácora de primeras veces
Marruecos Tetuán, la bienvenida a África Volver a la adolescencia en Fez Expectativa versus realidad Bañarse en la casa de Njema (y en Marruecos) Ramadán, relato de un día de ayuno El cruce de la cordillera Atlas Ouarzazate, una parada técnica Marruecos y el trabajo voluntario Antecedente 1: Chefchaouen Antecedente 2: el que murió antes de empezar Tagounite, la tercera es la vencida Receta: Pan batbout Consigna: Collage monocromático
Inglaterra ¿Por qué fuimos a Inglaterra? Crónica de una escala en Londres Otras pequeñas cosas que pasaron en Londres Receta: Torta banoffee Consigna: La subjetividad del tiempo
Italia Housesitting florentino Voluntariado en Villa Minozzo Reggio Emilia y la vuelta a las raíces La expectativa: un campo minado de dudas La realidad El día D Herencia partisana Receta: Malfatti Consigna: Aprendizaje sagrado
Croacia Zagreb, la primera cachetada balcánica Otras pequeñas cosas que pasaron en Croacia Receta: Makovnjaca Consigna: Colección de historias
Montenegro RIP trabajo voluntario Otras pequeñas cosas que pasaron en Montenegro Receta: Ajvar Consigna: Nube negra
Kosovo Pristina, imaginario versus realidad Housesitting kosovar Lo que Pristina nos dejó Receta: Tespishte Consigna: Cambio de perspectiva
Macedonia del Norte Skopie, el último orejón del tarro Otras pequeñas cosas que pasaron en Skopie Receta: Zelnik de papa y cebolla Consigna: Macedonia literaria
Bulgaria Un housesitting en el campo búlgaro La previa La llegada Bañarse en Kromidovo El entorno Algunas cosas buenas de Kromidovo Plovdiv y las fronteras gastronómicas Volver a Kromidovo Receta: Sarma Consigna: Colección de momentos
Grecia Atenas desde el piso 14 Lefkada, la isla donde se paró el mundo Receta: Spanakorizo Consigna: Menos es más
Alemania Berlín, el viaje dentro de la quietud Un viaje offline Receta: Pretzels Consigna: Ojos nuevos
Epílogo
Agradecimientos
Sobre este libro
Sobre la autora

Prefacio
Si este libro llegó a tus manos, supongo que es porque te gusta viajar y leer sobre viajes. Si es así, vamos por buen camino. Pero acá vas a encontrar mucho más y este es, en realidad, un libro interactivo para que viajemos juntos. Te cuento cómo es eso.
El libro está dividido en doce capítulos, que corresponden a los doce países que Omar y yo visitamos a lo largo de nuestros primeros dos años de vida nómada, durante 2019 y 2020. En cada capítulo vas a encontrar relatos de nuestras experiencias, cosas que nos pasaron, decisiones que tuvimos que tomar cuando no teníamos idea de qué hacer, situaciones que hubiéramos querido evitar, errores que cometimos, historias de la gente que conocimos a lo largo de los kilómetros, recuerdos que vamos a guardar siempre como tesoros y otros que preferiríamos olvidar, cosas que sentimos, temas en los que no estuvimos de acuerdo, qué hicimos cuando se paró el mundo y viajar se volvió impracticable, y mucho más. Vendría a ser como una radiografía, el viaje visto desde adentro, entre bambalinas.
¡Pero eso no es todo! También vas a encontrar una receta típica de cada país que visitamos. Los ingredientes, técnicas, tradiciones y todo lo que hace a la gastronomía de un lugar dicen mucho sobre él, y conocer algo de eso, para mí, es una de las formas más hermosas de viajar. Procuré que cada una de las recetas, además de tener una razón de ser, de estar conectada con nuestro viaje de alguna manera y de reflejar la esencia de cada lugar, sea fácil y tenga ingredientes simples para que la puedas preparar en el lugar del mundo donde estés. Si te gusta cocinar, probablemente sabés de qué te hablo. Y si no, te propongo que les des una oportunidad a estas recetas que elegí con mucha dedicación para que fueran parte de este libro, porque no hay nada más hermoso —¡y rico!— que conocer o recordar un lugar a través de sus sabores. Ojalá te gusten y te animes a sumarte a este recorrido con todos los sentidos.
Si además de leer sobre viajes y disfrutar de una comida étnica preparada en casa también te gusta escribir o ejercitar la creatividad, estás de suerte: en el libro vas a encontrar doce consignas para completar. Cada una forma parte de un capítulo y no de otro porque está relacionada con nuestro paso por ese país, aunque son totalmente adaptables para que las completes en el rincón del globo donde estés y cuando quieras.
Espero que disfrutes estas páginas tanto como yo disfruté escribirlas y ¡gracias infinitas por viajar con nosotros!
NOE

La precuela
El 1.º de enero de 2019 a las doce y diez de la madrugada, justo después de que el piloto nos deseara feliz año nuevo por el altoparlante, despegó del Aeropuerto de Ezeiza un avión de Turkish Airlines con destino al principio de esa vida nómada que tanto habíamos imaginado. Antes de ese momento, en el que estábamos empezando una aventura y un nuevo estilo de vida juntos, Omar y yo habíamos recorrido caminos muy diferentes, caminos que, afortunadamente, en algún punto se cruzaron.
Mi historia empezó en Buenos Aires, donde nací y viví hasta que empezó este viaje. De chica, el viajar estaba asociado a diferentes lugares de la costa atlántica de Buenos Aires, como Villa Gesell, Mar del Plata, Pinamar, Miramar y San Bernardo. A los once años llegó el viaje de egresados de la escuela primaria, nos fuimos a Tandil y allí conocí las sierras. A los dieciocho volví a ver sierras (ahora un poquito más altas) en un viaje a Córdoba.
Más tarde en la vida, muy de a poco y con mucho esfuerzo, siguieron viajes a Uruguay, Chile, México, Bolivia y varias provincias de Argentina.
La vida continuó su curso y un día helado de febrero de 2012 pisé Europa. El viaje duró un mes y lo estuve pagando durante los tres años siguientes. Cada centavo —¡de euro!— valió la pena. No podía creer lo lejos que había llegado.
Todos y cada uno de esos viajes habían sido en vacaciones. Eso significaba que siempre tenía que volver muchísimo antes de lo que quería, y que siempre había un departamento alquilado, un trabajo, una carrera y mil cosas más esperándome en Buenos Aires.
En 2016, poco antes de cumplir treinta años y —¿casualmente?— durante uno de esos viajes de los que nunca quería volver, tuve la revelación que cambiaría por completo el resto de mi vida. La recuerdo fresca como el rocío en una madrugada de verano. Aquel era un viaje en solitario y estaba en un colectivo local destartalado de la ciudad de Chiang Rai, en Tailandia. Era muy temprano, las siete y media de la mañana. Había elegido ese horario para conocer el Templo Blanco, la atracción más importante de la ciudad, porque era la hora del día en la que el calor agobiante del verano en el trópico todavía daba un respiro.
El colectivo estaba casi vacío y los pocos pasajeros que me rodeaban eran tailandeses y monjes budistas rapados y vestidos con túnicas de color anaranjado. Los turistas todavía estaban durmiendo y en el entorno no se respiraba nada más que calma. El colectivo avanzaba con todas las ventanas abiertas mientras yo miraba el paisaje que pasaba delante de mis ojos como si fuera una película. No recuerdo nada que me llamara particularmente la atención, pero aun así estaba alucinando con lo que me rodeaba.
En medio de ese trance, apareció un momento de lucidez que no puedo explicar de dónde habrá salido pero lo vi más claro que el agua. Supe que quería vivir viajando, ser nómada, dedicar mis días a recorrer lugares como aquel y tantísimos otros que todavía no conocía. A modo de cierre del trato conmigo misma, sonreí como agradecimiento al universo por esa epifanía y se me cayó una lágrima de emoción de solo imaginarlo. Me prometí que nunca más volvería a Buenos Aires de la misma forma en que había vuelto de todos los viajes anteriores y, en cambio, solo volvería para prepararme para salir, tardara lo que tardase. No sabía ni cuándo ni cómo, pero lo había visto muy claro, se había sembrado una semilla viajera que crecía a toda velocidad y ya no había posibilidad de volver atrás.
Un par de meses después de mi viajerevelación conocí a Omar, y fue amor a primera vista.
La historia de Omar es muy —¡muy!— diferente de la mía. Por esas casualidades de la vida nació en San Cristóbal de Las Casas, una ciudad del Estado de Chiapas, ubicado en el sur de México, ciudad que unos años antes había unido a su papá español y a su mamá finlandesa. Así, desde el primer momento, el movimiento fue una parte indivisible de su historia, parte de su ADN.
Cuando tenía dos años y medio, Omar y su mamá cambiaron San Cristóbal de Las Casas por Lempäälä, un municipio rural de veintidós mil habitantes en el sur de Finlandia, y los tamales mexicanos cambiaron por karjalan piirakka, unas empanadas finlandesas hechas con masa de centeno y rellenas con arroz hervido en leche o puré de papa, y decoradas con huevo hervido picado y manteca.
Para cuando tenía menos años que dedos en una mano ya había viajado solo en avión entre Finlandia y España, donde, cada vez que iba, lo esperaba la otra mitad de su familia. Por aquel momento, desde muy chico y gracias a esas visitas, llamadas y cartas, empezó a aprender poco a poco y con mucho esfuerzo su segundo idioma, el español.
Antes de empezar la escuela primaria, ya había viajado por varios países de Europa y hasta había pasado un mes viviendo en una caravana de circo con amigos de su mamá en Berlín, donde compartía días de juegos con los hijos del payaso. Para entonces, algunos de sus pasatiempos favoritos eran hacer castillos de nieve y recolectar hongos y frutos del bosque con su abuela finlandesa.
A los nueve años volvió a cruzar el charco con su mamá. Intentó aprender a surfear en el Pacífico mexicano (y terminó aprendiendo a respetar el mar) y se sintió Indiana Jones juntando pedazos de obsidiana en las ruinas de Teotihuacán.
A los diez, también con su mamá, vivió cuatro meses en la selva, cerca del pueblo de Vilcabamba, en Ecuador, donde tenía un mono como compañero de cuarto.
Mucho más tarde, una vez terminada la época de la universidad en Finlandia, viajó solo por México durante cinco meses con el objetivo de buscar sus raíces, y gracias a ese viaje entendió que no estaban arraigadas a la tierra del tequila con limón y sal sino a Finlandia, donde estaba la mitad de su familia, su cultura, sus amigos, donde había crecido, había ido a la escuela, había aprendido su lengua materna.
En abril de 2016, una nueva búsqueda de aventuras lo llevó a cruzar el Atlántico una vez más, ahora en dirección a Buenos Aires, donde, gracias a los esfuerzos de la niñez, entendía y podía hablar perfectamente el idioma. Tres meses después nos conocimos y esos caminos tan diferentes que habíamos recorrido hasta ese momento felizmente se unieron en uno.
Para aquel entonces hacía pocos meses que yo había vuelto del sudeste asiático, donde había tenido mi flamante revelación, y mis ganas de vivir viajando estaban a flor de piel. Él estaba en Buenos Aires de paso y —según me confesó más tarde— buscando internamente una compañera de viajes y de vida. ¡Nos habíamos sacado la lotería! Y aunque todavía teníamos un largo recorrido para pasar del plano de los sueños al de la realidad, sabíamos que queríamos irnos de Argentina y hacer un gran viaje.
Pasamos mucho tiempo deseándolo, soñándolo, analizando las mil y una opciones de cómo, cuándo y por dónde empezar. Yo quería volver a Asia más que nada en el mundo y seguir recorriendo el continente que más me atraía. Pero aun vendiendo todas las cosas que con mucho esfuerzo y un millón de cuotas me había comprado, no tenía suficiente plata para empezar. Me parecía, entonces, que lo mejor era empezar ese sueño trabajando en algún país donde pudiera ahorrar a la velocidad de un rayo y después, con esos ahorros, viajar. La experiencia de vivir y trabajar en un país diferente ya sería un viaje en sí misma, que además me iba a permitir emprender el camino a Asia con la billetera un poco más gordita. Dos pájaros de un tiro. Solo me faltaba resolver en qué país concretar esa primera parte del plan.
Una opción era sacar una visa de vacaciones y trabajo con la que podría vivir y trabajar durante un año en alguno de los países que la ofrecían. Mi opción favorita de todas las disponibles en aquel momento era Francia. El problema fue que el 1.º de diciembre de 2016 cumplí treinta y con el cambio de década me quedé afuera de mi opción preferida, a la que solo se podía aplicar hasta los veintinueve. Quedaban poquitas alternativas a las que podría haber aplicado (incluso hasta los treinta y cinco), pero los países que daban esa posibilidad no me atraían tanto o esas visas tenían un cupo tan reducido que era prácticamente imposible conseguirlas.
El 19 de enero de 2017, después de muchos años de averiguar datos de mi árbol genealógico, buscar partidas de nacimiento, matrimonio y defunción, hacer traducciones y varios trámites más, presenté junto con mi familia la solicitud de reconocimiento de ciudadanía italiana por vía sanguínea en el consulado italiano de Buenos Aires. Egisto, mi bisabuelo materno al que no llegué a conocer, era italiano y se había convertido en mi “as bajo la manga”, un as que en algún futuro me permitiría ser ciudadana italiana y poder trabajar en cualquier país de la Unión Europea. Pero para eso faltaba. No podía ser mi única opción, sino algo que en algún momento iba llegar, como una herencia.
Poco más de un año después, en abril de 2018, cuando todavía no tenía ninguna novedad de mi ciudadanía, un evento inesperado puso a las visas de vacaciones y trabajo de nuevo en carrera. Francia extendió el límite de edad de los aplicantes a sus visas, que pasó de veintinueve a treinta y cinco años de un día para el otro. Bon voyage!
Con esa novedad sobre la mesa, pusimos todo en marcha para irnos definitivamente de Argentina. El plan era trabajar en Francia durante el año que duraba esa visa que ahora podía conseguir. Después de eso, el camino diría. Quizás para entonces ya me habría salido la ciudadanía italiana y podríamos seguir trabajando donde quisiéramos, quizás ya habría logrado juntar suficiente dinero para empezar el viaje por Asia que tanto soñaba, quizás nos habríamos enamorado de Francia y buscáramos la manera de quedarnos ahí. Nadie lo podía saber, y pensar en esa infinidad de posibilidades me daba vértigo al mismo tiempo que me encantaba.
Pusimos fecha de salida para enero de 2019. “Año nuevo, vida nueva”, dicen. Uno de los requisitos de la visa francesa era que recién se podía aplicar tres meses antes de viajar, y para eso faltaba bastante. Mientras el tiempo pasaba y la fecha se acercaba, nos dedicamos a desarmar nuestra vida en Buenos Aires. La de Omar, de dos años y medio, la mía, de treinta y dos. Vendí prácticamente todo lo que tenía y el proceso de desprenderme de mis cosas fue un viaje en sí mismo. Cada vez que algo que me había costado tantas cuotas y años de esfuerzo comprar se iba del departamento, me sorprendía lo increíblemente fácil que me resultaba desapegarme de las cosas materiales. Con cada cosa que salía por la puerta estaba un poquito más cerca de mi sueño.
Un día de agosto de 2018 llegó el momento de comprar los pasajes y lo de “Año nuevo, vida nueva” cobró más sentido que nunca: nuestro avión iba a despegar el 1.º de enero de 2019 a las doce y diez de la madrugada. ¿Nos darían algo para brindar a bordo? ¿Nos desearían feliz año nuevo en varios idiomas? Dentro de poco nos enteraríamos, lo importante era que los pasajes estaban comprados y el plan marchaba viento en popa.
Pero el viaje, ya desde antes de empezar, estaba a punto de darnos nuestra primera gran lección: necesitaríamos una enormísima cuota de adaptabilidad, porque muchas (muchísimas) veces las cosas no iban a salir como las habíamos planeado, e íbamos a tener que recalcular planes todo el tiempo.
Un par de semanas antes de presentar la aplicación a la visa francesa, los cupos se acabaron. Adieu! Todos los que habíamos quedado afuera nos enteramos, de un día para el otro, de que si queríamos aplicar a la bendita visa, tendríamos que esperar hasta marzo del año próximo, y nosotros ya teníamos pasajes para salir de Argentina el 1.º de enero.
Ese pormenor cambió el rumbo del viaje de maneras que todavía no podíamos imaginar. En un segundo pasamos de tener un plan que incluía un año de visa que me habilitaba a trabajar —¡y ahorrar!— a otro que incluía nada más que un pasaje de Buenos Aires a Madrid con escala en Estambul. Ya no tenía posibilidad de trabajar en Francia y, además, solo podía quedarme dentro del Espacio Schengen1 por un máximo de noventa días por cada período de ciento ochenta.
Mi futura ciudadanía italiana —de la que seguía sin tener noticias— pasó de ser esa herencia lejana al eje fundamental alrededor del cual iba a girar la mayor parte de nuestra ruta.
Así nos fuimos de Argentina ese 1.º de enero de 2019, con un plan que antes de empezar había dado un giro de ciento ochenta grados, con más dudas que certezas, pero con una felicidad que no nos cabía en el cuerpo. Omar estaba dejando Argentina con la compañera de viaje y de vida que había estado buscando, y yo estaba empezando a cumplir el sueño de viajar sin límite de tiempo y vivir de manera nómada.
Qué íbamos a hacer hasta que saliera mi ciudadanía y tuviera mis documentos, dónde íbamos a estar, si nos iba a alcanzar la plata que teníamos y cómo íbamos a lograr resolver todo, con la presión de los noventa días de visado Schengen corriendo, todo eso y mucho más, te lo cuento en los próximos capítulos.
1 El Espacio Schengen es una zona formada por veintiséis países de Europa entre los cuales se puede, entre otras cosas, circular libremente sin controles fronterizos. Los países que integran el Espacio Schengen son: Alemania, Austria, Bélgica, Dinamarca, Eslovaquia, Eslovenia, España, Estonia, Finlandia, Francia, Grecia, Hungría, Islandia, Italia, Letonia, Liechtenstein, Lituania, Luxemburgo, Malta, Noruega, Países Bajos, Polonia, Portugal, República Checa, Suecia y Suiza.
Turquía
La suciedad de los callejones, el hedor que se extiende por toda la ciudad desde los contenedores de basura abiertos, los infinitos socavones en calles y aceras, las subidas y bajadas, todo ese desorden, esa confusión y ese caos que convierten a Estambul en ella misma me provocan la impresión de que no es la ciudad la insuficiente, mala y deficiente, sino mi vida y mi alma.
ORHAN PAMUK, Estambul: ciudad y recuerdos.



Crónica de un almuerzo en Selçuk
“¡Maradona!”, dijo después de unos segundos el dueño de un pequeñísimo restaurante en Selçuk, luego de preguntarme mi nacionalidad. Una sola palabra había unido nuestros mundos tan distantes y no quedaban dudas de que estábamos hablando del mismo rincón del planeta. Mientras tanto, el té turco que me estaba por regalar se calentaba en el fuego sin apuro, como si el factor tiempo hubiera desaparecido de la ecuación.
Llevábamos dos semanas viajando por Turquía cuando creía entender, más o menos, cómo funcionaba el mundo del famoso té turco. Pero estaba a punto de descubrir que todavía tenía un largo camino por recorrer.
Durante esas dos primeras semanas había observado que muchos de los restaurantes, cafeterías y teterías que más me gustaban en Turquía tenían unas cuantas cosas en común:
eran lugares muy chiquitos e íntimos, con un par de mesas nada más;
eran los lugares más auténticos, los que frecuentaba la gente local, en los que el idioma turco se escuchaba en la tele, en la radio, en la música de fondo y en la charla de la mesa de al lado;
eran atendidos por sus dueños, que en general eran una familia o parte de ella;
estaban cargados de una decoración —un poco excesiva para mi gusto— en la que cada elemento contenía parte de la vida y la historia de la familia que los habitaba, empezando por una buena cantidad de fotos de los dueños en otros momentos de su vida;
generaban la sensación de que los dueños no estaban trabajando. Parecían estar tan relajados y pasándola tan bien como en su casa que me costaba relacionar esa imagen con el concepto que yo tenía de trabajar.
Viendo la cantidad de veces que esos patrones se repetían, me surgió la idea de documentar esos lugares, por ejemplo, preguntando a sus dueños la historia del lugar y sacándoles una foto. Para eso tenía que vencer varias barreras. La primera y más fácil de resolver era la del idioma. La solucioné casi de manera instantánea escribiendo un texto en el que contaba quién era yo y lo que quería hacer, traduciéndolo al turco y guardando la traducción en el bloc de notas del celular. En el texto también explicaba que ellos podían responder oralmente en inglés, o bien escribir en mi cuaderno en turco. La posterior traducción al español corría por mi cuenta. Resuelto el detalle del idioma, tenía por delante la barrera que me parecía más difícil de superar: mi vergüenza y timidez.
A medida que los días pasaban, el plan me gustaba cada vez más, pero seguía sin animarme a cruzar ese límite y hacer lo más difícil para mí: hablar con la gente. ¿Podía ser tan estúpida como para dejar pasar una idea interesante solo por vergüenza? ¿Cómo salir de mi propio círculo vicioso? El viaje me tenía preparada una buena lección: a veces, para encontrar, hay que dejar de buscar. El rumbo de mi idea iba a cambiar por completo en Selçuk, una ciudad de treinta mil habitantes y con alma de pueblo en la provincia de Izmir, la última parada de nuestro recorrido por el interior de Turquía.
La ciudad de Selçuk es famosa por estar al lado de Éfeso, unas de las ruinas griegas mejor conservadas del mundo, y eso la convierte en una parada obligada para los amantes de la arqueología, como Omar.
Después de visitar las ruinas —incluso cuando no soy particularmente fanática de la arqueología— entendí gran parte de esa fama. Eran muy impresionantes. Pero, como suele suceder en el viaje, lo mejor de Selçuk no lo encontré ahí, en aquel recorrido establecido, sino justo cuando di un paso al costado.
Al día siguiente de la visita, mi capacidad de ver piedras y mármoles griegos estaba cubierta para rato. A Omar todavía le quedaba bastante cupo, así que decidimos dividir momentáneamente nuestros rumbos y hacer cosas diferentes. Museo de arqueología para él, caminata de exploración por Selçuk para mí, con el objetivo subyacente de encontrar algo para comer. Eran las tres de la tarde y el éxito de mi misión pendía de un hilo. La hora de la siesta estaba en todo su esplendor, la ciudadpueblo parecía estar sumida en un letargo infinito, lugares para comer incluidos, y la esperanza de encontrar algo abierto disminuía con cada paso. Para ese momento, mi proyecto de entrevistar a dueños de minirrestaurantes estaba moribundo y casi olvidado por completo.
Después de unos minutos de caminata por las callecitas dormidas, lo logré. Tardé un parpadeo en saber que era el correcto. Era muy chiquito, apenas más grande que cualquier habitación promedio. Adentro había un hombre de unos cuarenta y cinco años y una mujer un poco más joven que tenía el pelo cubierto con un hiyab (velo que, opcionalmente, usan las mujeres musulmanas cuando están en presencia de varones adultos que no sean de su familia inmediata) floreado y muy colorido, y que a todas vistas era su esposa. El lugar estaba vacío a excepción de ellos dos, que cuando me vieron entrar y sentarme parecieron ponerse tan felices como yo de que nuestros caminos se hubieran cruzado en ese horario imposible.
Al instante me trajeron la carta, pero no la necesité. Después de dos semanas en Turquía, ya tenía mi plato turco favorito: adana dürüm, una especie de roll, originario de la región turca de Adana, en el que un pan plano circular muy delgado se rellena con carne picada de ternera o cordero cocida al carbón en una brocheta, pedacitos de tomate, perejil picado, cebolla cruda y pimientos asados. Hice el pedido y pusieron todo en marcha como si yo hubiera sido la única clienta en una eternidad, tanto que hasta me sentía culpable por hacerles prender los fuegos y poner la maquinaria a punto por un solo adana dürüm, que costaba diez liras turcas (poco menos de dos euros).
Como tenían que hacer todo desde cero, la comida tardó bastante en llegar, pero lejos de molestarme disfruté cada minuto que pasaba como si fuera oro. Una parte de mí quería que el tiempo se detuviera y me quedara ahí, en ese rincón tan turco, rodeada de almohadones y alfombras, leyendo el libro que me estaba acompañando por esos días, La bastarda de Estambul.
Me moría de ganas de sacar fotos del lugar, de ese pedacito de paraíso que había encontrado, pero como era tan pequeño, íntimo y los dueños podían ver cada uno de mis movimientos, la idea de sacar fotos me pareció demasiado invasiva. Decidí ir por la opción del recuerdo y, observando cada detalle del lugar, me propuse sacar la mayor cantidad posible de fotos mentales que pudiera.
No puedo precisar si pasaron cinco, diez o treinta minutos, pero en algún momento llegó la comida y mi adana dürüm no podía ser más rico. Terminé de comer, pedí la cuenta, pagué y, aunque estaba disfrutando muchísimo de ese momento tan simple, empecé a prepararme para irme. El operativo almuerzo estaba cumplido con creces y ya no tenía nada más que hacer ahí. O eso era lo que la lógica me decía.
El hombre hablaba un inglés muy rudimentario, pero algunas palabras en aquel idioma que teníamos en común fueron suficientes para combinarlas con gestos y ofrecerme una taza del turkish tea que estaba preparando.
En turco, la palabra té se escribe çay, se pronuncia chai, y esa denominación tiene que ver con la historia de cómo la bebida milenaria llegó hasta aquellos lares. La idea de infusionar hojas de la planta del té en agua caliente para darle mejor sabor se originó en China alrededor del año 250 a. C., y a partir de ese momento se empezó a expandir hacia todo el globo. Pero el caracter chino que se usa para describir la palabra té tiene pronunciaciones diferentes según la lengua que se habla en las distintas regiones del país. En chino mandarín (hablado mayormente en el norte, centro y suroeste de China) se pronuncia chá, y en chino min (hablado mayormente en la costa del centro y sudeste) se pronuncia té. Estas dos pronunciaciones tan diferentes de un mismo caracter fueron las que derivaron en la forma de nombrar la bebida alrededor de todo el mundo, y sirven para saber desde qué parte de China cada país adquirió la costumbre del té. Derivados de la pronunciación té se encuentran en idiomas como el latín (thea), el malayo (teh), el inglés (tea), el afrikaans (tee), el francés (thé), el esperanto (teo), el irlandés (tae), el sueco (te) y el español (té). En cambio, derivados de la pronunciación chá están presentes en el esloveno (čaj), el checo (čaj), el kazajo (shai), el árabe (shāy), el búlgaro (chai), el griego (tsái), el uzbeco (choy) y el turco (çay).
Para terminar de convencerme, algo que le fue muy fácil, el hombre agregó que el té que me estaba ofreciendo era gratis, un regalo. Eso que para él era lo más normal del mundo, ofrecer un té, a mí me parecía un acto increíblemente generoso e inexplicable, e hizo que la sonrisa por ese regalo inesperado y más rico que cualquier delicia que pudiera imaginar fuera tan grande que no me entrara en la cara.
El té en Turquía es muchísimo más que una bebida, es una parte vital de su cultura. Se toma durante todo el día: antes, durante y después de las comidas, o simplemente como una excusa para reunirse. La religión de la mayoría de los turcos es el Islam y, como el consumo de alcohol está prohibido según el Corán, en Turquía (como en muchos otros países donde la mayoría de la población es musulmana) en lugar de juntarse en un bar a tomar una cerveza, la gente se reúne en una tetería y comparte un té como bebida social. Tanto en el hogar como en un restaurante, convidar a alguien una taza de té es un símbolo de amistad y hospitalidad.
Mientras el té se calentaba en el fuego y la mujer estaba en su mundo sin participar mucho de la escena, el dueño y yo tuvimos tiempo para seguir conociéndonos y entrar en confianza. Me preguntó si era estudiante. Me reí para mis adentros y pensé en qué bueno sería estar recorriendo el mundo mientras se es estudiante, con veinte y pocos años; al mismo tiempo me sorprendí porque aquella ocupación haya sido la primera que se le vino a la cabeza. Respondí que no, que hacía rato no era estudiante y que si bien oficialmente era arquitecta, ahora quería ser escritora. Cuando esas palabras salieron de mi boca, reapareció como un destello aquella idea que tanto me gustaba y tan imposible me había parecido: hablar y retratar a dueños de restaurantes turcos, algo que ahora estaba pasando tan naturalmente que ni siquiera me había dado cuenta. Cuando finalmente el té estuvo listo —y muy caliente— el hombre lo trajo a mi mesa.
El té turco se prepara en unas teteras dobles, de dos pisos, y su preparación es todo un ritual. En la tetera de abajo se pone agua, en la de arriba té negro en hebras. Se lleva al fuego y, cuando el agua hierve, se separan las dos teteras y la tetera que tiene las hebras se llena con agua hirviendo. Después la tetera inferior se rellena con más agua, encima de esta se coloca la tetera que contiene el té, y se vuelve a llevar al fuego, hasta que el agua vuelva a hervir.
Servirlo también tiene toda una técnica y hasta incluye unas tazas especiales. Las tazas de té en Turquía son muy chiquitas, de vidrio transparente, forma curvada y sin asa. La taza viene siempre apoyada sobre un platito que hace juego y, para no quemarse vivo, se agarra con el pulgar el borde superior de la taza y con el dedo mayor la parte inferior del plato, que hace las veces de barrera anticalor. La lógica de usar este tipo de tazas, que a simple vista parecen tan hermosas como poco prácticas, está en que al tener tan poca capacidad, la bebida siempre va a estar caliente, como debe ser, y la forma curva colabora con ese objetivo. El material, vidrio transparente, tiene como función dejar ver la intensidad del té, algo muy importante y que se puede regular sirviendo más o menos contenido de té concentrado (de la tetera superior) y completándolo a gusto con agua hirviendo (de la tetera inferior).
Cuando mi taza de té —y todo el ritual que involucraba— llegó a la mesa, la agarré con platito y todo y le saqué una foto, usando como fondo una de las alfombras que formaban parte de la decoración de esta y de otras millones de teterías turcas que comparten esa estética oriental que me encanta.
No lo expresaron con palabras, pero sentí que se pusieron felices al verme tan ilusionada con el té de regalo, con la alfombra y con toda la situación. Después de la sesión de fotos, cuando ya había más confianza, el hombre se acercó para ver la tapa de mi libro. No entendió el título porque estaba en español, pero reconoció la palabra Estambul y el arte de tapa en el que aparecía una mezquita y una granada clavada en el minarete (torre anexa a una mezquita desde donde se convoca a los musulmanes a la oración). Señaló el libro con una mezcla de orgullo, felicidad y una sonrisa que me dejaba verle todos los dientes. Ese era su país y yo estaba leyendo sobre él.
Sin decir nada se fue hacia el fondo del local y desapareció de mi campo visual. Volvió unos segundos después con una granada en la mano, idéntica a la que estaba en la tapa de mi libro. La puso al lado y, con cero palabras y muchos gestos, me dio a entender que estábamos en la misma sintonía, que esa era la misma fruta. Yo nunca había comido una granada, ni siquiera había tenido una en la mano, así que verla en la tapa del libro había sido mi relación más cercana con una granada hasta ese momento. Le correspondí con la misma ilusión y alegría y saqué una segunda foto, ahora de mi libro, del té y de la granada recién llegada.
La escena siguiente sucedió como por arte de magia, como si mi mente se hubiera apagado por un momento. “¿Foto?”, pregunté con un tono que no necesitaba respuesta, al mismo tiempo que los señalé a ambos. Aceptaron sin dudarlo y se pararon separados a un metro uno del otro. Les hice un gesto para que se juntaran. El hombre se puso adelante, la mujer detrás de él, sin tocarlo. Clic.
Mi proyecto se había concretado (casi) sin que me diera cuenta. Tenía una foto de una pareja de turcos, dueños de un restaurante, que parecían tan encantados de conocerme como yo a ellos. Después de eso ya habíamos cruzado todas las barreras y el hombre me pidió que nos sacáramos una foto los tres. La mujer, que no hablaba inglés en absoluto pero también había entrado en confianza, me hizo gestos para que le mostrara las fotos en el celular y ambos sonrieron felices mientras el carrete digital avanzaba.
Estaba en una especie de éxtasis multicultural, y con esa sensación y una sonrisa que no me cabía en el cuerpo estaba lista —ahora sí— para irme. Me levanté de la mesa y empecé a abrigarme para volver a la calle como había entrado, con el libro en la mano. Pero el hombre quería que me llevara algo más, como si el recuerdo de todo lo anterior no fuera suficiente. “¡Para vos!”, dijo agarrando la granada que, según yo había interpretado, era solo de utilería. Agradecí tantas veces como pude, en turco, en inglés, con la mirada, con la sonrisa, con toda mi persona.
Caminé el kilómetro que me separaba de nuestro alojamiento abrazando muy fuerte mi tesoro contra el pecho y pensando cómo un gesto tan pequeño podía significar tanto y unir dos mundos tan diferentes.
En ese momento, dos semanas después de haber empezado el viaje, confirmé lo que sospechaba: que el mundo era un lugar hermoso y que quería recorrerlo para conocer gente como esa pareja de turcos que tenían un restaurante muy chiquito en Selçuk y me regalaron una granada.
Otras pequeñas cosas que pasaron en Turquía
En Estambul sentí que estaba unida a esa ciudad mágica desde alguna otra vida (aunque en esta nunca había estado antes). Lamenté que no hubiéramos tenido muchísimo más tiempo para recorrerla y se me ponía la piel de gallina cada vez que escuchaba el llamado a la oración retumbando a nuestro alrededor desde decenas de mezquitas sonando al mismo tiempo.
En Alaçatı, un pueblito de la península de Çeşme, sobre el mar Egeo, encontré algunas de las puertas más interesantes y de los colores más variados que vi en mi vida. Les saqué foto a todas y cada una de ellas. Sin que lo supiera, fue la semilla para el proyecto fotográfico de puertas que nacería unos meses más tarde y se llamaría Un mundo en la puerta.
En Estambul me sorprendí al ver que la gente compraba simit (pan turco con forma de anillo cubierto con semillas de sésamo) en los puestos callejeros, especialmente para dárselo a los miles de gaviotas que estaban alrededor y pensé “Qué bueno vivir en una ciudad donde haya tantas gaviotas”.
Mientras cenábamos en un pequeño restaurante de Izmir repleto de gente, el dueño y otros cuatro hombres que aparentaban ser músicos amigos de la casa empezaron improvisadamente a tocar música turca y sentí que estaba en uno de los momentos pico del viaje por Turquía. Todavía me resuena la melodía en los oídos.
En Estambul tomé un barco de línea para volver a casa y pensé “Qué bueno vivir en una ciudad donde los barcos sean un transporte tan cotidiano como los colectivos, subtes, tranvías o trenes y, de paso, donde se unan dos continentes”.
En Şirince, un pueblito de seiscientos habitantes de mayoría griega, en la provincia de Izmir, probé por primera vez el dulce de leche fuera de Argentina. Lo vendían en un mercado de artesanos y lo llamaban “mermelada de leche”. Era mucho más líquido y menos dulce que el dulce de leche de toda la vida.
En Estambul amé, además de los “imperdibles”, justamente lo contrario, perdernos por esas calles recorridas por tanta gente desde hace tanto tiempo, sin tener la menor idea de adónde nos iba a llevar el camino.

Gözleme de espinaca y queso feta
Fue al final de un road trip bordeando el Egeo, aunque el mar en enero no fuera más que una postal imposible. En el camino no habíamos encontrado dónde almorzar y no teníamos más provisiones que algunas nueces. El destino era el pueblo de Karaburun, al que llegamos muertos de hambre a las seis de la tarde. El mar había desaparecido en la oscuridad de la noche y el viaje terminó con un almuerzo —muy tardío— de gözleme de espinaca y queso feta en el centro del pueblo.
El gözleme es un pan turco muy fino relleno con ingredientes que varían según la región. Los más comunes son carne picada o espinaca y queso feta. El nombre gözleme tiene su origen en la palabra turca göz, que significa “ojo” y hace alusión a los círculos tostados que se forman en la superficie durante la cocción. En Turquía, el gözleme está presente en cualquier momento del día, desde el desayuno hasta la cena.
¿Querés probarlo ya? ¡Vamos con la receta!
Ingredientes (para 4 unidades)
Harina blanca, 2 tazas
Levadura seca, 2 cucharaditas
Yogur natural, 1 cucharada
Sal, ½ cucharadita
Agua tibia, ⅔ de taza (aprox.)
Espinaca fresca, 250 g
Cebolla picada, 1
Queso feta, 200 g
Sal y pimienta, a gusto
Procedimiento
Para preparar la masa
Mezclar la levadura con un poco de agua tibia en un bol y esperar 10 minutos (hasta que aparezcan burbujitas).
Mezclar la harina, el agua y la sal en otro bol.
Agregar el yogur y la mezcla de levadura a la harina y amasar hasta que la masa tenga una textura suave y no pegajosa.
Dividir la masa en 4, dar forma de bollo y dejar reposar sobre una superficie aceitada, tapados con un repasador hasta que doblen su tamaño (entre 30 y 60 minutos).
Para preparar el relleno
Picar la cebolla y saltearla en una sartén con aceite de oliva.
Agregar la espinaca cortada en pedazos grandes y cocinar unos minutos hasta que se marchite.
Retirar del fuego, agregar el queso feta desgranado y mezclar.
Agregar sal y pimienta a gusto.
Para armar el gözleme y cocinarlo
Estirar los bollos sobre una superficie bien enharinada hasta que tengan un espesor de unos 3 mm.
Distribuir el relleno en el centro en una superficie de unos 10 x 15 cm y doblar dos de los extremos hacia adentro y luego los otros dos extremos encima. El relleno quedará tapado por la masa.
Cocinar los gözlemes de a uno en una sartén a fuego medio, hasta que la superficie de cara al fuego esté crocante y de color marrón/dorada. Dar vuelta y cocinar del otro lado.
Cortar en 4 partes iguales y ¡comer calentito!



España
He llorado en Venecia,
me he perdido en Manhattan,
he crecido en La Habana,
he sido un paria en París.
México me atormenta, Buenos Aires me mata,
pero siempre hay un tren
que desemboca en Madrid
JOAQUÍN SABINA, «Yo me bajo en Atocha».



M y M (macrodecisiones y Madrid)
—¿Y ahora qué van a hacer? ¿Cuánto tiempo se van a quedar en Madrid? —nos preguntó el primo de Omar que nos iba a hospedar en su casa de la capital española por tiempo indefinido, cinco minutos después de que habíamos llegado.
—Todavía no sabemos, vamos a ver… —respondimos de la manera más elegante que pudimos, dejando la puerta abierta a las muchas repreguntas que vendrían después. La realidad era que estábamos a un millón de años luz de conocer la respuesta a esa y a tantas otras preguntas.
Cuando llegamos a Madrid, el tono que había tenido el viaje hasta ese momento cambió por completo. Los días en Turquía habían sido en realidad una escala larga —larguísima—, que no habíamos planificado, pura cortesía de Turkish Airlines. Habíamos comprado los pasajes para el tramo Buenos Aires – Madrid con escala en Estambul a la vieja usanza, en la oficina de la aerolínea, y al momento de comprarlos nos encontramos con una sorpresa: podíamos elegir la duración de la escala y, por responder algo a aquella novedad que nos agarró totalmente desprevenidos, elegimos que fuera de tres semanas.
Madrid, en cambio, era formalmente el primer destino del viaje. A partir de ese momento no teníamos más pasajes de avión comprados, éramos ciento por ciento libres de elegir los próximos pasos y… no teníamos ni la más puta idea de cómo o hacia dónde seguir.
Terminados los días de gracia en Turquía, Madrid era nuestro kilómetro cero y ya desde antes de llegar tenía un plan perfectamente diseñado en mi cabeza que, creía, no podía fallar. Al entrar a España con pasaporte argentino me darían noventa días de visado turístico. Los primeros treinta los pasaríamos felizmente en Madrid, un lugar que ambos amábamos, o bien viajando por distintas partes de España, si surgía esa posibilidad. En algún momento dentro de esos primeros treinta días me avisarían que mi ciudadanía italiana estaba lista. En ese momento emprenderíamos el camino a Italia y usaríamos los sesenta días restantes para tramitar mi documento y pasaporte. Habiendo terminado el papelerío, seríamos muchísimo más libres —ahora sí— para decidir qué camino tomar.
Así, con un plan mental armado como un rompecabezas de madera hinchado en el que las piezas encajan a presión, llegamos a Madrid. No había ninguna certeza grabada en piedra de que el plan iba a funcionar, pero tampoco había muchas más opciones y no me quedó más que autoconvencerme de que así sería. Lo único que tenía como garantía era una promesa vaga que la funcionaria de turno del consulado italiano en Buenos Aires me había hecho exactamente dos años atrás, cuando presenté mi trámite y pregunté cuánto iba a tardar el proceso.
—Entre doce y dieciocho meses —respondió sin inmutarse lo más mínimo, sin una pizca de lamento, como si esa cantidad de tiempo fuera un abrir y cerrar de ojos.
Habían pasado más de veinticuatro meses desde aquel día y mi mundo había cambiado por completo: ya no estaba en Buenos Aires haciendo mi vida mientras la ciudadanía llegaba a paso de caracol, sino recién llegada a Madrid, con un visado de noventa días de estadía permitida, y una promesa burocrática que hacía tiempo había caducado.
Cada día sin novedades hacía que mi plan ideal se alejara cada vez más, como si tuviera la solidez de un castillo de arena que podía derrumbarse con el primer imprevisto. Había diseñado un plan que cuadraba por todos lados y, al mismo tiempo, no tenía el más mínimo margen de maniobra.
Paralelamente al tema de mi ciudadanía que no salía y del visado Schengen que seguía corriendo, Madrid estaba ahí, como si nada, esperando que tuviéramos un poquito de espacio mental para disfrutarla. Era mi tercera vez en Madrid y la número mil millones para Omar, así que, aunque cada uno a su modo, la sentíamos como una segunda casa.
Yo la había conocido siete años antes, en mi primera visita a Europa, uno de esos viajes maratónicos en el que a Madrid le habían tocado —con muchísima suerte— cuatro días dentro de los treinta que tenía disponibles para tildar la mayor cantidad de lugares posibles en el mapa de un continente al que no sabía cuándo iba a poder volver.
Mi segunda vez allí fue cinco años después, y Madrid fue la última parada de un viaje por España y Finlandia para conocer a las familias paterna y materna de Omar, respectivamente. Esa vez, Madrid no había tenido tanta suerte como la anterior y le habían tocado apenas dos días.
La primera vez me fui llorando, sin querer irme y pensando cómo podía convertir ese deseo tan fuerte de quedarme de aquel lado del mundo en realidad. La segunda me fui igual y jurando que era la última vez que pisaba Europa con un pasaje de vuelta a Argentina. Esta era mi tercera vez y la promesa que había hecho un año y medio atrás en Madrid se había cumplido: no había ningún pasaje de vuelta.
La idea de pasar un tiempo largo en Madrid (más largo que los seis días que había pasado sumando las dos visitas anteriores) me parecía exquisita, aunque la incertidumbre que reinaba en el aire hacía que todo fuera un poco más gris de lo que hubiera querido. Aun así, Madrid no se daba por vencida. Cada vez que me tomaba un ratito para recorrerla, su encanto funcionaba como un filtro que me hacía ver todo de otro color. Cuatro días después de haber llegado, publiqué este texto:

Caminar por Madrid es que te duela el cuello por ir con la cabeza todo el tiempo hacia arriba, mirando esos balcones que parecen continuar hasta el infinito.
Es también un asegurado dolor de piernas, por subir y bajar esas cuestas suaves pero continuas, una y otra vez, sin descanso.
Es una invitación segura a perderse por esas callecitas con nombres poéticos que vienen y van, que terminan inesperadamente o que siguen por sorpresa.
Caminar por Madrid es todo. Es la ciudad que se siente como casa desde el primer día y desde la primera vez. Es ese lugar que ya conocía y amaba antes de llegar, que ya había visto tantas veces en películas e imaginado tantas veces escuchando canciones. Es la ciudad que me encanta escuchar y disfruto tanto con cada palabra de su gente. Y a pesar de sus cuestas y su todo, es la ciudad en la que más amo caminar. Qué lindo es estar en Madrid, ¡siempre!

Una semana después de haber llegado a Madrid, y como seguía sin noticias de mis cuestiones burocráticas, empezamos a considerar la idea de que mi plan podía fallar y empezamos a pensar en las más variadas y diferentes opciones sobre cómo avanzar. Por las dudas que sirviera para algo, nos suscribimos a Nomador, una plataforma para hacer housesitting sobre la que habíamos leído al pasar.
Sabíamos que el housesitting era un sistema para cuidar casas en todo el mundo pero, aunque conociéramos un poquito de la teoría, éramos nuevos y todo estaba por aprender. Dos días después de estrenada la suscripción, encontramos un housesitting en Granada, España, que nos pareció muy interesante y nos postulamos. El único contratiempo era que, en caso de suceder, el housesitting iba a ocupar el último tercio de mis noventa días de visado. Si optábamos por esta opción, apenas terminaran esos noventa días tendríamos que salir del Espacio Schengen durante otros noventa y recién después de ese tiempo podríamos volver a entrar. Eso era lo que permitía mi pasaporte argentino, que para ese entonces seguía siendo el único que tenía.
La nueva opción tenía sus pros y sus contras. Empezar a hacer housesitting nos sonaba bien, era algo que estaba muy arriba en nuestra agenda viajera y lo queríamos probar lo antes posible. Por otro lado, tener que pasar noventa días haciendo tiempo en algún lugar satélite alrededor del Espacio Schengen no parecía tan atractivo. Apenas un mes de viaje entre Turquía y España me había hecho pensar que eso de viajar por el mundo era increíblemente más complicado de lo que había imaginado y se parecía a estar haciendo malabares con clavas de cristal.
Tres días después de la postulación recibimos el primer mensaje de Suzanne, la dueña de casa. Nos contaba algunos detalles más sobre el housesitting, como de qué raza era cada perro y cosas así. Respondimos que todo sonaba genial y le preguntamos cómo era manejarse en la zona sin auto, porque la casa estaba en la montaña y aislada de todo. Nos respondió diciendo que no nos preocupáramos por eso porque íbamos a tener un little car a disposición para lo que necesitáramos. Le dijimos que por nuestra parte estaba todo claro y no veíamos la hora de que empezara el housesitting. Después de mandar ese mensaje, todo lo que siguió fue un día de bloqueo, incertidumbre, indecisión. ¿Cómo seguir? ¿Estamos eligiendo la opción correcta? ¿Cómo es esto de vivir viajando? ¿Cómo es esto de recorrer el mundo? ¿Lo vamos a poder hacer? Preguntas por el estilo me daban vueltas en la cabeza desde que habíamos llegado a Madrid, y ese día sonaron más fuerte que nunca.
Mientras tanto, Madrid, una de mis ciudades favoritas del mundo, seguía ahí y yo la amaba cada día un poquito más, aunque tenía muy poco espacio mental para dedicarle. Amaba el mundo del flamenco, que en Madrid florecía en su máxima expresión, el vermú de cada día acompañado de sus respectivas tapas, las librerías, las cafeterías de especialidad, las papelerías en las que me hubiera comprado todo, los bares de toda la vida, el mercado de El Rastro. Amaba a los senegaleses que tocaban en la calle una música capaz de hacer mover hasta un poste de luz y estaban vestidos con sus ropas de domingo, más coloridas que cualquier textil que hubiera visto antes. Amaba los miles de plazas por todos lados en las que me senté a leer, a escribir, a comer un bocadillo, a disfrutar de la tibieza del sol de un invierno con cara de primavera, a ver algunas personas que usaban zapatos muy cool y otras sin zapatos, a escuchar a alguien tocar el saxo, a tener mucha gente alrededor que hablaba muchos idiomas distintos. Amaba el chocolate con churros, un clásico de España que vale la pena probar una vez en la vida —no más, porque es demasiado empalagoso—, los sándwiches tostados gigantes de lacón y las croquetas de Melos, un bar de gallegos repleto a todas horas del día y especialmente lleno de gente de joven y estudiantes atraídos por los precios amigos. Amaba Lavapiés, el barrio multicultural de Madrid por excelencia y mi favorito, donde me cruzaba con mujeres usando hiyab, con restaurantes de comida india y senegalesa, con tiendas que vendían productos rarísimos de Asia, África y América, con carnicerías que tenían el cartel de halal (conjunto de prácticas permitidas por la religión islámica), con verdulerías que se llamaban Abdul y vendían frutas y verduras que nunca había visto, con locales de ropa, telas y productos africanos que no escatimaban ni un poco en estampados chillones.
Pasaron tres días antes de la siguiente respuesta de Suzanne, como si el universo hubiera adivinado que necesitábamos un tiempo para que las ideas decantaran. Nos preguntaba cuánta plata esperábamos a cambio del housesitting y eso nos desconcertó por completo. Teníamos entendido que en el housesitting no había dinero de por medio. ¿Por qué entonces nos estaba preguntando eso? ¿O habíamos entendido todo mal?
Le respondimos que no esperábamos ninguna retribución económica, intuimos que estábamos cerca de cerrar el trato y tomamos internamente la decisión de ir por esta opción que, aunque tenía sus riesgos, nos parecía la mejor.
El día siguiente nos despertamos con la sorpresa de que Suzanne, que casi siempre se tomaba su buen tiempo para responder, lo había hecho más rápido que nunca y nos había confirmado el housesitting. No lo podíamos creer. Teníamos nuestro primer housesitting y empezaba dentro de un mes. Ahora tocaba decidir qué hacer en el medio.
Córdoba, colección de novedades
“¡Entonces nosotros tenemos que aparecer en el libro!”, dijo uno de los tres seminaristas latinoamericanos con los que viajábamos cuando le conté que quería escribir un libro sobre mis experiencias explorando el mundo. Sus dientes blancos brillaban como estrellas en un cielo de piel caribeña. Le respondí que sí, que sin duda iban a aparecer. Era la primera vez que viajábamos con Omar a dedo y lo iba a recordar para siempre.
Córdoba se ganó un lugar en nuestra ruta por pura casualidad. Desde que Suzanne nos había confirmado el housesitting nos habíamos dedicado a hacer todo tipo de planes para rellenar ese mes que se veía como una página en blanco entre Madrid y Granada. Durante varios días hubo —como ya venía siendo costumbre— un montón de opciones sobre la mesa. El lugar nos daba más o menos lo mismo, lo que más nos importaba era cómo hospedarnos. Las premisas eran no pagar alojamiento y no desviarnos demasiado de la ruta hasta Granada. Eran momentos de novedades, de cosas nuevas, y ya que en unas semanas íbamos a probar el housesitting, pensamos que ese tiempo de relleno era una buena oportunidad para probar otro pendiente: el trabajo voluntario.
Sabíamos que el trabajo voluntario era un sistema de intercambio de hospitalidad por el cual una parte aportaba horas de trabajo a cambio de alojamiento y, a veces, también de comida. Todas las condiciones (cantidad de horas, tipo de alojamiento, cantidad de comidas incluidas, etcétera) dependían de cada caso.
Nos suscribimos a la plataforma Workaway y aplicamos a unos cuantos avisos que estaban más o menos en el camino. Nos aceptaron en uno en el que el trato era quince horas de trabajo semanales a cambio de alojamiento en una habitación privada. Y así, por puro azar, apareció Córdoba en el viaje, del mismo modo que nosotros en ella. O al menos así se sintió estar en Madrid y aparecer en Córdoba sin haber tomado un bus, un tren o un avión.
Recorrimos los primeros cuarenta y ocho kilómetros con Javier, un colombiano que vivía en España hacía dieciocho años y había viajado muchísimo a dedo durante su juventud. Los siguientes trescientos treinta y siete, con los que llamamos “los tres ángeles del camino”, que aparecieron en forma de tres seminaristas de El Salvador, Nicaragua y Guatemala, viajando en un minibús con un montón de asientos vacíos.
En el camino que separa Madrid de Córdoba aprendí muchas cosas sobre los cuatro países de nuestros cuatro acompañantes, países que estaban más cerca de Argentina que de España y que, sin embargo, yo no conocía. Recordé que para eso quería viajar en general y a dedo en particular, para demostrar(me) que era posible, para escuchar historias, para ver el mundo desde muchas perspectivas diferentes.
Antes de llegar a Córdoba no sabíamos nada sobre la ciudad. Esto para mí era una particularidad: era la primera vez que iba a un lugar sin saber nada de él, más allá de que había una mezquita. Ni siquiera había visto un mapa de la ciudad. No sabía si era grande, chica, si nos iba a resultar interesante o aburrida desde el día uno. En ese contexto de desconocimiento total habíamos hecho planes para estar en Córdoba dos semanas, después de todo, ya lo decía Gustavo Cerati en la letra de “Magia”: “Nada me importa más que hacer el recorrido, más que saber adónde voy”.
Los primeros tres días los pasamos en un Airbnb para aclimatarnos al lugar y conectarnos con la ciudad antes de empezar el trabajo voluntario. No solo nos aclimatamos sino que nos enamoramos y la cita a ciegas se convirtió en amor a primera vista. Sentía que la ciudad y yo éramos una misma cosa y me había estado esperando desde hacía tiempo. Los callejones blancos y ocre que iban y venían, subían y bajaban, las fuentes de agua, los naranjos adornando y perfumando cada rincón de la trama, el legado de los siglos de ocupación musulmana, el flamenco por todos lados, la primavera que ya empezaba a adivinarse, los patios de las casas explotando de color, el arte islámico, los azulejos, las macetas repletas de flores, todo me parecía soñado.
El cuarto día nos mudamos a la casa donde haríamos el trabajo voluntario. Nos recibió Carola, dueña y futura jefa. Carola había nacido en la República Democrática Alemana (Alemania Oriental), por aquella época en la que Alemania estaba dividida en dos. Cuando ella tenía un año y su hermana tres, sus padres decidieron dejar toda una vida atrás y cruzar con ellas en brazos hacia la República Federal Alemana (Alemania Occidental) de la única forma que era posible, ilegalmente. Cuando conocimos a Carola, habían pasado más de cincuenta años desde aquella noche y treinta desde que vivía en España, donde habían nacido sus dos hijos.
La casa no solo tenía una ubicación privilegiada en el corazón del casco antiguo, sino que era una típica casa cordobesa, una casapatio. La forma de vivienda conocida como casapatio surgió en distintos lugares del mundo después de la Revolución Industrial, como respuesta económica a la necesidad habitacional de las grandes masas de gente que migraban del campo a las ciudades. Y aunque en cada lugar se les dio un nombre diferente (en Buenos Aires, lo más parecido sería el conventillo), el espíritu era el mismo. Se trataba de una solución económica en la que muchas viviendas pequeñas se organizaban alrededor de un patio. En cada vivienda se alojaba una familia y se compartían los espacios de cocina, baño y lavado de ropa, los cuales, en general, se ubicaban en sectores exteriores o semicubiertos. El corazón de la casa, también compartido y donde sucedía la mayor parte de la vida social, era el patio. De ahí que este espacio aparezca en el nombre que este tipo de viviendas recibió en España. Los únicos espacios privados eran las habitaciones. Esta disposición generaba un sentido muy fuerte de comunidad y unión entre las distintas familias que vivían en la misma casapatio. Eran mucho más que vecinos, eran una familia extendida y, por ejemplo, festejaban juntos cumpleaños, navidades y otras fiestas importantes.
Con el paso de los años, y a medida que la situación económica de los nuevos habitantes de la ciudad fue mejorando, las casaspatio empezaron un proceso de “privatización”. Cada familia comenzó a generar, poco a poco, sus versiones de los espacios que antes eran públicos, construyendo cocinas y baños en espacios cerrados y propios.
Para cuando llegamos a Córdoba, la historia de las casaspatio había cambiado por completo. Ya no era una alternativa de vivienda económica sino todo lo contrario. Vivir en una casapatio en el casco antiguo de la ciudad se había convertido en un privilegio y una opción reservada para la minoría, de la cual, gracias a un crédito a pagar en veinte años, formaba parte Carola.
Carola nos contó que su plan era alquilar los pequeños departamentos de la casa a turistas hasta que hubiera terminado de pagar el crédito. Una vez que no tuviera deudas, usaría la casa con fines solidarios, por ejemplo, para hospedar refugiados de forma gratuita hasta que pudieran regularizar su situación en España.
La casa de Carola había sido construida en el siglo XIII y, como tenía sus años, necesitaba mantenimiento constante. Carola se lo daba, pero aun así parecía que nunca era suficiente. Siempre se podía mejorar, siempre había algo más por hacer. Aquello era una lucha interminable contra el paso del tiempo, una lucha que solo se podía ganar invirtiendo una suma gigantesca en reformas. Carola no tenía a su alcance la posibilidad de dejar la casa como nueva de un tirón y hacía lo que podía, mantenimiento básico pero constante. Y para eso estábamos nosotros. Nuestro trabajo era pintar el interior de algunos de los departamentos, darles una lavada de cara para que se vieran lo mejor posible.
Como los departamentos se usaban con fines turísticos, se habían adaptado a la versión de casapatio privatizada: aunque eran mínimos, todos tenían baño y cocina. Para nosotros, los voluntarios, la cosa era diferente. Nosotros sí vivíamos la casapatio en la más tradicional de sus formas: habitación privada, baño al otro lado del patio y cocina exterior. En la práctica, eso significaba que para ir de la habitación al baño había que pasar de un espacio interior y privado a uno exterior y público; que la cocina tenía un techo pero no paredes; que el lugar donde sucedía la mayor parte de la vida social y de nuestro día, donde comíamos y trabajábamos, el lugar que normalmente ocuparía un estar, era un espacio exterior y público, el patio. Si quería coleccionar experiencias, vivir en una casapatio sin duda tenía todas las fichas para ser una bastante memorable.
Los primeros días fueron los más extraños, de esos en los que todo requiere un esfuerzo extra y parece un poco más difícil de lo normal. Pero, con el paso del tiempo, la novedad se fue haciendo costumbre y esa nueva forma de vida empezó a tomar sabor.
Me parecía un híbrido entre estar de cámping y vivir en una casa convencional. Implicaba una sensibilidad muy profunda a cada mínimo cambio en el clima, porque la mayoría de la vida transcurría en el exterior. Empezaba con los desayunos helados en la terraza, buscando que los primeros rayos de sol nos dieran en la cara para que ese frío tremendo fuera más leve. Seguía con los almuerzos bajo un sol tan fuerte y unas temperaturas tan altas que no dejaban de sorprenderme. Y terminaba con las cenas igual de heladas que los desayunos, pero sin la esperanza de que el sol apareciera pronto. El mismo ciclo climático se repitió idéntico cada uno de los doce días que vivimos en esa casapatio cordobesa.
La casa, además, era muy grande, y eso hizo que empezáramos a prestar atención a cada movimiento, a pensar muy bien qué llevar en cada travesía de la habitación a la cocina, de la cocina al baño, del interior al exterior, del calor al frío, del frío al calor, todo lo cual iba cambiando según el momento del día. Aprendí, también, a reprimir ese primer impulso natural que siempre había tenido al llegar de la calle a casa: sacarme la campera. Vivir en una casapatio significaba que la campera seguía puesta y el patio seguía siendo un pedacito de calle, de espacio público, de cielo que se escurría dentro de la casa.
Nuestro primer trabajo voluntario avanzaba viento en popa. El horario era muy flexible y lo podíamos acomodar como quisiéramos, siempre que cumpliéramos con las quince horas semanales acordadas. El inicio y fin de la jornada era respetado por nosotros y por Carola con puntualidad estricta. Una vez que el trabajo del día estaba terminado, éramos libres de hacer lo que quisiéramos hasta el siguiente día laboral. Esa enorme cantidad de tiempo libre nos permitió recorrer la ciudad de arriba abajo más veces que las que puedo recordar, visitar un par de veces la mezquita en el horario que era gratis, comer el primer helado de nuestra vida nómada, ver el atardecer en el Alcázar de los Reyes Cristianos, hacer una excursión al conjunto arqueológico de Medina Azahara, sentarnos en tantas plazas y escuchar el agua de las fuentes corriendo, visitar el museo Casa Árabe, cocinar la primera tortilla del viaje, ver tres conciertos de flamenco gratis con lágrimas de emoción en la Posada del Potro, visitar la antigua sinagoga, comer gazpacho y berenjenas asadas con miel de caña, conocer muchas otras casaspatios que se habían convertido en museos, amar Córdoba un poquito más cada día.
Flexibilidad por un lado y rigurosidad por el otro era exactamente lo que necesitábamos para poner un poco de orden a nuestra vida de viaje, que hasta ese momento había sido bastante caótica. Ese nuevo orden nos generaba dos sensaciones que, aunque eran opuestas, se complementaban a la perfección: sentir que teníamos un lugar al cual llamar hogar, que teníamos un plan, que no estábamos —tan— de paso y, al mismo tiempo, que estábamos viajando. Ese cóctel que nos resultaba tan exquisito como novedoso nos acompañaría durante gran parte del viaje. Las cosas se estaban acomodando y empezábamos a agarrarle el gustito a la vida nómada.
Córdoba y la lluvia
En el poco tiempo que llevábamos de viaje ya había aprendido muchas lecciones, una de ella era desnaturalizar. Había entendido que aquello que es “normal” en un lugar, eso que toda la vida fue de la misma forma y ya nadie se cuestiona, a lo que no prestamos atención, puede ser lo más extraño del mundo en otro lado. Había aprendido a apreciar con detenimiento esas diferencias, que podían ser pequeñas o enormes, y eso me resultaba increíblemente enriquecedor.
Cuando llevábamos cuarenta y cuatro días en España, repartidos entre Madrid y Córdoba, llovió por primera vez. Fue una lluvia muy tímida y suave, nada comparada con una lluvia torrencial como podría suceder en el trópico. Un ratito a la mañana y un ratito a la tarde. Fin. Para mí, que había vivido toda mi vida en Buenos Aires (uno de los lugares más húmedos que conozco), la lluvia y la humedad constante en el aire nunca habían sido elementos destacables, simplemente estaban ahí, a veces más, a veces menos, y el agua, de una forma u otra, era parte de la vida cotidiana. En cambio, en Córdoba (y en general en toda la región de Andalucía), la escasez de agua es un problema grave y cada gota que cae del cielo tiene valor. Las plantas, la gente, las calles, todos están agradecidos cuando llueve. Y a mí, que ahora estaba en ese lado del mundo y entrenando toda una gama de nuevas sensaciones, me pasaron dos cosas en ese día lluvioso: me sorprendí lo suficiente como para documentarlo —con fotos y tinta— y me acordé un poquito de Buenos Aires.
Housesitting, crónica de novatos
“¿Ustedes se marean en rutas de montaña?”, nos preguntó Suzanne apenas abandonamos el confort de la autopista para meternos tierra adentro y arriba. Los primeros quince minutos de viaje se habían sentido como estar volando en una alfombra de seda que iba serpenteando con cada recodo del Mediterráneo. Pero eso había terminado. Por suerte para nosotros, respondimos que no, que no nos mareábamos. Curva, montaña, curva, subida, distintos tonos de verde, curva, subida, almendros, curva, pueblos blancos, subida, curva. Estábamos llegando a La Alpujarra Granadina y todavía no lo sabíamos.
Cuando empezamos a soñar con vivir viajando sin límite de tiempo, no sabíamos muchas —muchísimas— cosas, pero algo estaba claro: había que hacer lo posible por reducir gastos. Investigando cómo llevar eso del plano de los sueños a la realidad, notamos que algunas palabras empezaban a repetirse entre viajeros que habían hecho o que estaban haciendo algo similar, y muchas se fueron grabando en nuestra recién nacida memoria viajera. Una de ellas era housesitting.
El housesitting es uno de los tantos ejemplos que existen de una tendencia en aumento: la economía colaborativa, otro término nuevo que en el viaje se iba a hacer cada vez más frecuente. La economía colaborativa es un intercambio de bienes o servicios basado en la solidaridad, el ahorro y el beneficio mutuo, sin dinero de por medio. Es muy importante destacar el concepto de beneficio mutuo, pilar que se ve claramente reflejado en el housesitting, en el que una de las partes tiene una casa, departamento o algún tipo de propiedad que la otra se ofrece a cuidar mientras la primera se va de viaje. Esta necesidad puede surgir por varios motivos: mascotas que necesitan atención, un jardín que requiere mantenimiento, o, simplemente, dueños que no quieren dejar su propiedad vacía mientras no están. Y ahí entramos nosotros, la segunda parte de esta relación, los que soñamos con viajar por el mundo y que nuestra economía no muera en el intento.
Todo esto sucede a través de distintas plataformas online y con una enorme cuota de confianza que ambas partes depositan en la otra. Es una situación win-win por donde se la mire: los dueños pueden irse tranquilos sabiendo que su casa queda en buenas manos y nosotros tenemos un hogar provisorio en alguna parte del mundo.
Antes de empezar a hacer housesitting, toda esa teoría nos sonaba demasiado buena para ser verdad. Frases como “sin dinero de por medio” o “beneficio mutuo” eran música para unos oídos que no podían creer lo que estaban escuchando. Sabíamos que el alojamiento sería uno de los mayores gastos a cubrir y si esto del housesitting era realmente tan bueno como parecía, íbamos a poder ahorrar nuestro recurso más escaso del viaje (plata) y cambiarlo por nuestro recurso más abundante (tiempo).
Habíamos leído por ahí que el primer housesitting era el más difícil de conseguir, y así fue. Pero no porque fuéramos nuevos en el tema, ni porque tuviéramos un perfil recién creado y sin referencias. No. De hecho, la parte técnica de conseguirlo fue lo más fácil. Lo que nos resultó difícil fue compaginar las mil millones de opciones que había sobre la mesa, elegir un plan de viaje que cuadrara con los visados que teníamos (y que no teníamos), creer en él y seguirlo. Nuestro primer housesitting cumplió ese papel que tanto necesitábamos, el de ser un faro organizador, la luz que guio nuestro camino y nos permitió escribir los capítulos que vendrían.
Nos encontramos con Suzanne, la dueña de casa, en Motril, una ciudad de la costa granadina perteneciente a la región de Andalucía, en el sur de España. Suzanne tenía unos cincuenta años y el pelo rubio platinado increíblemente cool, muy corto y peinado hacia arriba como si estuviera recién salida de un video ochentoso de Depeche Mode. Además, tenía uñas de manicura demasiado perfectas que no encajaban con la descripción de alguien que vive en el campo. Nos caímos bien al instante y emprendimos el viaje de una hora en auto que teníamos por delante.
A mitad de camino, para empezar a mimetizarnos con el entorno que nos rodeaba y hacer honor a las costumbres locales, paramos en un bar perdido entre las montañas a tomar una copa de vino que venía con albóndigas para picar. Fue el momento perfecto para empezar a enterarnos de más cosas sobre nuestra anfitriona, de la que sabíamos poco y nada.
Suzanne era alemana y, aunque todavía era muy joven, ya se había jubilado y había elegido el sur de España como lugar para su retiro, donde el clima era mucho más benévolo que en Alemania y podía tomarse una copa de vino con una tapa por dos euros. Estaba feliz en su nueva casa y no le gustaba nada la idea de tener que irse. Solo lo hacía porque estaba por nacer un nieto en Alemania. También nos enteramos de que Ben, su marido, trabajaba en la embajada de Alemania en Afganistán, así que solo venía a España unas cuatro o cinco veces al año y la mayoría del tiempo vivían separados. Suzanne decía (un poco en chiste y bastante en serio) que ni loca se mudaba a Afganistán para vivir con Ben, lugar al que definía como ugly country. Y aunque lamentaba que estuvieran separados la mayor parte del tiempo, decía que alguien tenía que trabajar para pagar su estilo de vida, lo que incluía ser una jubilada prematura en el sur de España, y ese alguien era Ben. Terminados el vino y las albóndigas, seguimos camino.
De la casa sabíamos solo la ubicación aproximada, y cuándo iba a terminar el viaje era todo un misterio. Un rato y muchísimas curvas después, alcanzamos los mil doscientos metros sobre el nivel del mar, entramos en la zona de La Alpujarra Granadina y llegamos al que sería nuestro hogar por las próximas cinco semanas.
En el año 711 d. C. los musulmanes, que venían ganando territorios a lo largo de todo el norte de África, entraron en la Península Ibérica por el Estrecho de Gibraltar. En apenas siete años lograron conquistar casi toda la península, a excepción de unas pocas zonas montañosas del norte. El territorio conquistado fue bautizado como AlÁndalus. A partir del año 722 d. C. empezó el período que se conoce como Reconquista, durante el cual los reinos cristianos fueron avanzando desde las montañas del norte de la península hacia el sur, reconquistando todo a su paso. Así, la frontera de AlÁndalus fue trasladándose cada vez más hacia el sur y su territorio fue reduciéndose cada vez más.
En 1492 cayó Granada, la última ciudad en poder de los musulmanes, y esto puso fin a la Reconquista, que había durado setecientos setenta años. A partir de ese momento, toda la península pasó a ser gobernada por reyes cristianos. Finalizada la Reconquista, a los moriscos (como se conoce a los musulmanes de AlÁndalus) que habitaban la península se les dio la opción de convertirse al cristianismo. Algunos lo hicieron, pero aquellos que tenían creencias mucho más arraigadas prefirieron refugiarse en las montañas al sur de la ciudad de Granada, la zona de La Alpujarra Granadina, donde habitaron hasta que fueron definitivamente expulsados de la Península Ibérica, entre los años 1609 y 1613. Así, La Alpujarra Granadina fue la última zona de la península con presencia musulmana y su influencia se puede observar hasta el día de hoy, especialmente en su arquitectura y planificación urbana, que se caracteriza por ser increíblemente orgánica. Los pueblos en forma de laberintos blancos se adaptan a la geografía montañosa del entorno como si hubieran sido hechos el uno para el otro, algo muy presente también en la arquitectura de algunas zonas de Marruecos, que tuvieron la misma influencia.
Recién cuando el auto paró supimos que estábamos ahí. Y para una fanática de la historia de ese período, una estancia de cinco semanas en el corazón de La Alpujarra Granadina era lo mejor que podía pasar.
Apenas entramos, Suzanne fue a buscar a las perras, que estaban en el piso de abajo, y nosotros nos quedamos solos unos minutos. Nos miramos y, sin que hicieran falta palabras, empezamos a saltar de alegría. No podíamos creer lo que estábamos viendo, dónde estábamos y que nosotros éramos los protagonistas de esa historia que acababa de empezar. El aviso al que nos habíamos postulado no tenía fotos del interior de la casa y las del exterior dejaban mucho a la imaginación, así que todo era una sorpresa, y una muchísimo mejor de lo que habíamos podido imaginar.
Era un cortijo (nombre que se les da a las casas de campo en España) y estaba literalmente en medio de la nada. Ese había sido uno de los grandes atractivos para que Suzanne y Ben decidieran comprarla, que no hubiera vecinos. Todavía se podía leer el nombre mal escrito en español que la casa había heredado de sus antiguos dueños ingleses y que nos recibió en la puerta: Cortijo del Cabra.
El espacio donde estábamos, que hacía las veces de cocina, estar y comedor, era de una estética simple, muy amplio, con buen gusto puesto en cada detalle y, de yapa, algunas alfombras afganas que le daban el toque justo de exotismo. El espacio era rectangular y tenía ventanas a ambos lados, desde las cuales se veían dos paisajes totalmente diferentes.
En la cara norte algunos pueblos blancos salpicados en las laderas de las montañas y el pico nevado de Mulhacén, dentro del Parque Nacional de Sierra Nevada, que con casi tres mil quinientos metros de altura es el más alto de la Península Ibérica y el segundo más alto de España. En la cara sur, más y más colinas, plantaciones de almendros, viñedos y verde hasta donde llegaba la vista. Todas las dudas que alguna vez habíamos tenido sobre los planes habían desaparecido por completo y parecía que hacer ese housesitting había sido definitivamente una buena decisión.
En el tiempo que llevábamos viajando habíamos pasado por ciudades enormes, como Estambul y Madrid, a las que amé conocer y reencontrar, respectivamente. Después siguieron ciudades más chicas, como Córdoba, con un casco histórico que casi parecía un pueblo. La siguiente parada fue en un pueblo de verdad, Frigiliana, el lugar más pequeño en el que había estado en mi vida, con apenas tres mil habitantes. Un poco por casualidad (¿o no?) el recorrido se había dado en esa dirección y habíamos ido de lo más grande a lo más pequeño. Pero la escala no terminaba ahí y ahora teníamos por delante cinco semanas en un cortijo en medio de la nada. Nunca había estado en un lugar tan remoto, y menos durante tanto tiempo. No podía imaginar cómo sería eso. No sabía si iba a ser aburrido, desolador, si íbamos a extrañar los ruidos de la ciudad. Había que esperar para ver.
Minutos después de llegar conocimos a Ella, Alma, Anne, Patty y Scarlett, las cinco perras que íbamos a cuidar y motivo principal del housesitting. Amor perruno a primera vista. Un rato después conocimos a Ben, que justo por esa fecha estaba en una de sus visitas a España.
Todavía seguíamos sin saber un montón de cosas, por ejemplo, cuándo se iban Suzanne y Ben. Nos enteramos de que lo normal es que los dueños pasen algunos días junto con los housesitters para explicarles todo sobre el funcionamiento de la casa, hacer la adaptación con las mascotas, presentar a los vecinos de confianza, conocer lugares importantes como el supermercado o el veterinario.
La adaptación duró un día y medio y durante ese tiempo tomamos nota de todo lo que teníamos que hacer, que no era poco. Había un montón de información en el aire y cada detalle era una extrañeza. Además de todas las rutinas relacionadas con las perras, como cantidad y horario de las comidas y paseos, la casa tenía un montón de tecnologías que nunca habíamos usado: electricidad y agua caliente a través de paneles solares, estufa de pellets (pequeños pedacitos de madera que funcionan como combustible) a control remoto, aspiradora que en lugar de bolsa tenía un pequeño depósito de agua. Tecnología alemana en medio de La Alpujarra Granadina.
Los primeros días después de la partida de Suzanne y Ben los pasamos mirando los apuntes todo el tiempo. Para el final de la semana esas rutinas que habían sido tan novedosas al principio se convirtieron en algo tan natural como si las hubiéramos hecho toda la vida y los apuntes quedaron relegados a un rincón.
El tiempo en el campo pasaba diferente, era naturalmente más tranquilo y relajado. Nos despertábamos a la misma hora que en Buenos Aires, siete y media de la mañana, pero con el canto de los pajaritos y algún que otro ladrido como despertador. Lo primero era desayunar y dar de comer a las perras. Después, en medio de alguna que otra tarea básica del mantenimiento del cortijo y un poco de escritura, dibujo o edición de fotos, hacíamos entre dos y tres paseos por la montaña con las perras, rodeados de una belleza descomunal, paseos que todos disfrutamos al máximo, ellas y nosotros.
El ritmo de todas esas actividades estaba ciento por ciento marcado por la naturaleza, el sol, la lluvia, el viento. El propio funcionamiento de la casa estaba regido por la naturaleza. Había que adaptarse a las horas de sol y gastar la mayor cantidad de electricidad que necesitáramos mientras hubiera luz y no durante la noche, cuando teníamos que hacer lo contrario y ahorrarla. Usar el lavarropas o pasar la aspiradora pasaron a ser tareas obligatoriamente diurnas. De alguna manera, al estar en un entorno en el que lo único que veíamos era naturaleza, unas rutinas tan conectadas con lo que nos rodeaba tenían todo el sentido del mundo. Una vez que el sol se ponía era el momento para otras cosas, como mirar una película en el sillón, acurrucados con las cinco perras encima y con la estufa de fondo.
El supermercado más cercano estaba a seis kilómetros de montaña, así que no era un viaje para hacer todos los días. Aprendimos como nunca a hacer compras eficientes y a muy largo plazo. Lo que sí teníamos a mano era una provisión gratuita de almendras que sacábamos de los cientos de árboles que había en el barrio. Eso me hacía pensar que para la gente de la ciudad, como yo, es más o menos normal no tener idea del origen de los alimentos que consumimos. O por lo menos era normal para mí, que nunca había visto cómo era un almendro (ni en vivo ni en fotos). Tampoco había comido almendras tan frescas, recién sacadas del árbol. La diferencia con respecto a las almendras de toda la vida es como un giro de ciento ochenta grados. Una textura, una suavidad, un sabor tan delicioso y diferente que parecía mentira que fuera el mismo fruto. Tenía mucho por aprender y, una vez más, el viaje me resultaba la mejor escuela posible.
En este housesitting también fue la primera vez que tuvimos auto incluido en el trato. Aquel little car del que nos había hablado Suzanne era un Mini Cooper descapotable.
Los pueblos de La Alpujarra
El little car nos dio una libertad que ni siquiera habíamos soñado y gracias a él pudimos conocer un montón de los pueblos blancos que forman parte de La Alpujarra Granadina, como Cádiar, Capileira, Torvizcón, Soportújar, Trévelez, Bérchules, Órgiva y Lanjarón. Descubrimos que muchos de esos pueblos tenían algo en común, algo tan importante y básico para la vida como el agua.
En otras zonas de Andalucía donde habíamos estado, como Córdoba, se destaca la aridez del ambiente, el agua es tan escasa como sagrada y cada gota vale más que el oro. En La Alpujarra es todo lo contrario. Los pueblos que descansan al pie de la Sierra Nevada son alimentados por el agua de deshielo que no para de fluir y no puede ser más pura.
El pueblo de Bérchules
Bérchules era el pueblo más cercano a casa y el primero que visitamos. Me pareció un lugar sin pretensiones que no busca ser más de lo que es. No se maquilla para ser más atractivo, para lucir bien, sino que se muestra tal como es, blanco, gastado, dormido, atravesado por el paso del tiempo, entendiendo que su principal virtud es el paisaje que lo envuelve.
Bérchules me pareció un río al que le había crecido un pueblo encima. Además de muchas fuentes de agua potable en las cuales los berchuleros llenan sus botellas, hay un lavadero público con piletas alimentadas sin descanso las veinticuatro horas del día por ese oro líquido cuyo sonido, al abrirse paso, parece querer compensar el silencio del pueblo dormido a la sagrada hora de la siesta. El lavadero es una película de otro tiempo, una foto en blanco y negro. Imaginé a la gente ahí, lavando la ropa y aprovechando ese rato para charlar de la vida. No sabía si eso realmente seguía sucediendo, pero me gustó pensar que sí. Lo hicieran o no, el agua seguía corriendo.
Bérchules fue el primer pueblo de España que conocí en el que no vimos ni un solo turista. Y en plena hora de la siesta, los berchuleros tampoco abundaban por la calle. Quizás por eso las únicas dos personas que nos cruzamos me quedaron grabadas. Eran dos señoras bien entradas en años. Una en la puerta de su casa, la otra que le hablaba desde afuera. La primera decía que esa calle era muy buena en verano y muy mala en invierno, porque el viento baja directamente desde la sierra por ahí, lo que cambia lo bien o mal que es recibido según la época del año. Me imaginé que tenía razón y que todo en Bérchules (el agua, el viento) viene directamente de la sierra, porque la mayoría de su territorio está dentro del Parque Nacional de Sierra Nevada y es uno de los pueblos más altos de España.
El pueblo de Lanjarón
Lanjarón es quizás el pueblo con más fama de La Alpujarra Granadina. Es el hermano mayor de Bérchules y otro de los pueblos donde el agua es una fiesta, así que aprovechamos para llenar nuestras botellas. Se cree que su nombre viene del árabe Al-lancharon, que significa “lugar de manantiales”.
Lanjarón es reconocido como uno de los lugares de mayor longevidad del planeta. Es común que los lanjaronenses lleguen a vivir más de cien años gracias al aire puro (una vez más, de la sierra) y las propiedades medicinales del agua que lo bañan.
Lanjarón tiene veintiuna fuentes de agua potable que también son alimentadas por el agua de deshielo de Sierra Nevada, y la mayoría están acompañadas de poesía, en muchos casos, de Federico García Lorca, quien en 1927 escribió en una de sus cartas: “Yo aquí, en Lanjarón, trabajo. El acento morisco suena en todas las lenguas de la gente. Viene viento de África, cuyas brumas podemos ver a simple vista. No hay duda que aquí existe un esquema de nostalgia que es antieuropeo. Pero que no es oriental. Andalucía”.
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