Kitabı oku: «Amar a la bestia»
Índice de contenido
1. Déjà vu
2. Knokin´on Heaven´s door
3. Painkiller
4. Celada
5. Fotos viejas
6. Donde habita el olvido
7. No podemos matar el tiempo sin herir la eternidad
8. Tu voz es como un sueño que no puedo situar
9. Cábalas
10. El Club de los 27
11. Panecillo integral
12. Inventario de tristezas
13. Locus amoenus
14. Estratega
15. Vampiros emocionales
16. Lady Pain
17. Nothing else matters
18. Cuerdas de acero
Agradecimientos

Título original: Amar a la bestia
© 2021 Nohelia Alfonso
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Diseño de cubierta y fotomontaje: Eva Olaya
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1.ª edición: marzo 2021
Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo:
© 2021: Ediciones Versátil S.L.
Av. Diagonal, 601 planta 8
08028 Barcelona
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1. Déjà vu
Otra vez ese sueño. O más bien pesadilla. Me preguntaba si tenía que ver con todas las drogas que el psiquiatra se afanaba en hacerme engullir desde el accidente, o si por el contrario, y a pesar de lo que todo el mundo intentaba negar, tenía algún tipo de significado transcendental que mi mente amnésica y desquiciada era incapaz de interpretar. Era demasiado frecuente y demasiado inquietante como para ignorarlo. Sobre todo porque el Conejo Blanco se me aparecía también cuando estaba despierta, y empezaba a ser difícil saber discernir entre el sueño y la realidad…
Además cantaba. ¡El condenado bicho cantaba! ¿Cómo iba a obviarlo con lo molesto que es que canturreen a tu alrededor cuando estás ocupada intentando recordar quién demonios eres? Tarareaba la misma melodía una y otra vez, tanto que hasta yo misma me sorprendía a veces mascullando aquel soniquete que, por cierto, nadie más identificaba. Maldito conejo cantautor… Yo obedecía al doctor Luján y me tragaba aquellas pastillas rosas cada vez que se me aparecía, pero el bichejo sabía cómo esquivar el efecto del litio. Era muy puntual. Acudía a mis sueños cada noche y frecuentaba mi compañía al caer la tarde. Pero cómo no iba a serlo, si llevaba ese reloj de bolsillo labrado siempre encima, como queriéndome decir que me diera prisa, vaya usted a saber para qué.
El tiempo… Cuando tienes amnesia el tiempo se convierte en algo insustancial, en una coordenada sin sentido por la que dejarse arrastrar. Yo ya llevaba un año en esa corriente de minutos, desde que desperté del coma, flotando en el agua mansa de la ausencia de autorreconocimiento, dejando que se desmigasen los relojes a mi paso. Ese océano temporal que me engullía me devolvía un reflejo que me era ajeno, alienándome hasta el punto de no saber en qué lado del mismo estaba. ¿Era yo la persona real o la muchacha pálida que temblaba en la superficie? ¿Estaba congelada, como un reflejo? ¿Quién vivía entonces mi vida al otro lado?
—Las alucinaciones son consecuencia de los daños en la parte frontal del cerebro, Micaela. Ya estamos trabajando para mejorar eso.
—Sí… con un buen colocón, ¿verdad? Tengo tanto sueño todo el día que creo que es el Conejo Blanco el que no sabe si estoy despierta o dormida y se me aparece cuando no toca, cuando no estoy soñando.
—Es una dosis fuerte, y los ansiolíticos provocan mucho sueño también…
—A él no le gusta verme así, cuando no me canta esa cancioncilla pegadiza me grita que despierte. Empiezo a tener problemas para saber cuándo estoy dormida… ¿Lo estoy ahora?
—No. Estás en la consulta, conmigo, ¿por qué? ¿Puedes verlo ahora?
—No —mentí—, ahora no.
Junto a la puerta de la aséptica sala, mi blanco y peludo compañero señalaba su precioso reloj dorado.
Así fue como se me apareció la primera vez, hace ya más de un año: de repente. Yo aún estaba recuperándome del catastrófico siniestro. Iba en silla de ruedas y padecía afasia. Por eso no salí corriendo ni pedí ayuda a gritos, era físicamente incapaz de avisar a mi hermana Melisa. Mientras ella me preparaba la cena, yo permanecía frente a la pantalla plana del salón, absorbiendo las ondas como un vegetal absorbe la luz. Era mi forma particular de hacer fotosíntesis mental. Clorofila televisiva. Y en esas estaba, en mi maceta con ruedas, cuando los contornos de una figura blancuzca empezaron a dibujarse junto a la puerta, ajustando su nitidez hasta llamar poderosamente mi atención y un amago de infarto. Al principio pensé que tanta telebasura me había destrozado el poco cerebro sano que me quedaba y pestañeé un par de veces, creyendo que se trataba de una ilusión óptica. Pero no, el Conejo Blanco que Lewis Carroll diseñó para su Alicia había salido del maldito país de las maravillas para venir al saloncito de un piso de estudiantes del barrio obrero de La Palomera. Sí. Todo muy lógico. Un animalillo de metro y medio con chaleco y reloj de bolsillo, de pie sobre sus patas traseras, en mi casa, mirándome. Definitivamente se me había ido la olla. Traté de llamar a Melisa, que hacía ruido de cazuelas al otro lado de la puerta de la cocina, pero pronunciar siquiera su nombre era algo que aún no había conseguido, pese a la rehabilitación. El hemisferio izquierdo de mi cerebro —el que controla el movimiento de la parte diestra y el habla— había quedado dañado a causa de un coágulo, y me había hecho perder por completo la movilidad de la mitad derecha del cuerpo, así que, al levantarme, caí hacia un lado, vencida por mi propio peso muerto y arrastrando conmigo la silla de ruedas. Debido al estrépito, mi hermana emergió de entre los vapores culinarios y acudió a levantarme del suelo.
—¡Dios, Mica! —exclamó compungida mientras se arrodillaba a mi lado y buscaba con su mano algún escape de clorofila en mi nuca—. ¿Te has hecho daño? ¿Pero qué leches estabas haciendo?
Yo farfullaba cronopios y famas sinsentido, en un glíglico perfecto, aprendido de Cortázar, tratando de advertirle de que alguien había entrado en el piso. ¡Y qué alguien, además! Pero cuando me pude incorporar y mi siniestra alargó un dedo acusador hacia la puerta, el conejo ya no estaba allí, al contrario que el dinosaurio de Monterroso en el famoso microrrelato, pero igual de breve y de tétrico.
—¿Qué dices, Mica? ¡No hay nada ahí! ¿Por qué estás tan asustada? Shhh, tranquila…
Y entonces la vi en sus ojos. Esa mirada. Mi gemela confirmaba mi locura con una mezcla de lástima y de alivio que me desencajó. Era como verme a mí misma desestimando cualquier posibilidad de mejora de mi estado. Como si mi parte cuerda desdeñara con tristeza a la parte demente. Como si me abandonara. Y me hizo polvo. Por si era poco traumático no reconocerme y tener una hermana idéntica a la que tampoco recordaba, ella ya había empezado a darme por perdida.
Por supuesto, aquello no había hecho más que empezar. Y ya en la cama, interruptor de pera en mano, que es como se afrontan los miedos, esperé al conejo. Traté de hacer los ejercicios de la rehabilitación para recuperar el habla y así no dormirme, activando de vez en cuando mi arma lumínica para disipar las sombras con forma de conejo. Pero llegó antes el sueño. Un sueño tranquilo, como flotar boca arriba en el mar, mirando al cielo. Como cuando éramos pequeñas y la abuela nos llevaba a bañarnos al pozo de La Marusiña, en el río del pueblo. Y me dejé arrastrar plácidamente. ¿Era el Leteo, quizá? Porque cuanto más me dejaba llevar, menos me importaba todo lo demás. Incluso que el agua se volviera más turbia y fría. Miento, claro que eso me importaba, como también me importaba no hacer pie y darme cuenta de que ya no flotaba en el río, sino en una laguna. ¿Sería la laguna Estigia? Me recordaba al pantano de Luna, que también fue piscina de mi infancia, en aquellos veranos interminables donde todo eran pícnics con roscas de sartén y leche frita de la abuela. Hasta que llegó un punto en el que los recuerdos felices ya no apaciguaban mi creciente desesperación por llegar a la orilla. Familiarizarme con aquel lugar no iba a impedir que mis piernas y mis brazos cedieran al cansancio, y no quería convertirme en habitante del pueblo inundado que se deshacía en las profundidades. Sí, aquel lugar era sin duda el embalse de Luna, que en 1951 sepultó todo el pueblo bajo las aguas. Podía distinguir el campanario de la iglesia, unos metros por debajo. Pensé en toda aquella gente que tuvo que huir y abandonar su vida, en las lápidas del cementerio sumergido y todos los recuerdos perdidos.
Cuando sonaron las campanas, haciendo llegar hasta mí un torbellino de burbujas, me invadió el pánico. Tenía que salir de allí, tenía que sacar fuerzas de donde fuera y olvidar la lluvia y que el agua empezaba a arremolinarse como si alguien hubiera destapado un desagüe enorme. Pero nada pude hacer cuando empezó a arrastrarme en círculos, en un centrifugado terrorífico, mientras esas campanas acuáticas tañían a muerto y yo sentía desfallecer mis fuerzas, cegada por lágrimas de pavor. Atrás quedaban La Marusiña, las roscas fritas y las pocas pinceladas de mi infancia que había podido recuperar milagrosamente, cada vez más lejos de ser mi ansiada orilla. Recordar llevaba siendo un salvavidas escurridizo más de un año.
Quizá era el momento de dejarlo ir como Tom Hanks abandona a Willson en Náufrago. Pero cuando el tétrico paisaje comenzó a desdibujarse por la velocidad del remolino, vi una barca de madera que venía hacia mí, atravesando la vorágine como si nada. Solo tendría una oportunidad para agarrarme a ella cuando pasara por mi lado. Una única oportunidad de salvarme. Y no la desaproveché. Primero me golpeó el hombro e hizo que me hundiera, aunque clavé las uñas como pude en la madera babosa del casco y salí a flote. El borde estaba demasiado alto como para alcanzarlo, pero una soga medio podrida colgaba de la popa, y a ella encomendé mis brazos exhaustos. Sentí que la barca por fin me arrastraba lejos del torbellino.
Con las últimas fuerzas icé mi cuerpo maltrecho y arrugado a bordo, y lo dejé caer dentro, vomitando el agua que había tragado. Luego todo se volvió oscuro. Pero no por un desmayo. La embarcación se adentraba en una cueva que la niebla no me había dejado percibir. El eco del chapoteo manso del agua al chocar contra la proa se expandió por toda la cavidad en la roca. ¿Y si encallaba contra una piedra? Me incorporé, temerosa, y vi que no estaba sola ni a oscuras. Había un timonel levemente iluminado por unas velas que hacían las veces de antiniebla en la parte delantera, incrustadas en la madera por la cera chorreante. ¿Era Caronte o mi salvador? Estaba tarareando una canción que me era muy familiar. Una melodía tan suave como una nana. Y eso me reconfortó. Avancé despacio a su encuentro y cuando estaba a apenas unos centímetros del contacto, se giró hacia mí, a un palmo de mi cara, y vi su rostro en claroscuro. Era el Conejo Blanco, que me gritó: «¡Despierta!».
Vaya si desperté, di el mayor alarido que he dado nunca, sudando como si efectivamente hubiera estado nadando en la laguna Estigia, transpirando y absolutamente aterrorizada. Mi hermana llegó corriendo a mi cuarto. La lámpara de la mesita se había caído, pero mi mano izquierda seguía apretando con fuerza el interruptor de pera, una granada contra monstruos y conejos varios. Me la quitó como pudo.
—¡Mica! ¡Ha sido una pesadilla, tranquila!
—¡El conejo! —acerté a decir yo—. ¡El conejo!
—¿El conejo? ¿Qué dices? ¡Pero si has hablado, Mica! ¡Has hablado! —Me zarandeó por los hombros.
Así fue como empecé a superar la afasia, cuando él y yo nos conocimos. Y también fue cuando empezaron los ataques de ansiedad y la medicación contra las alucinaciones. Y cuando mi hermana empezó a distanciarse de mí, cada vez más, y me obligó a visitar al doctor Luján. Pero volver a hablar… eso fue lo que me dio fuerzas para sacar a bailar de nuevo a la parte diestra de mi cuerpo en un largo y lento proceso de rehabilitación, como aprender los pasos del vals antes de una boda.
***
—Bueno, Micaela, así concluye nuestra sesión de hoy —dijo el psiquiatra, satisfecho.
—Muy bien, pues hasta mañana —me despedí yo, pensando en lo fácil que era engañarlo.
Cuando ya estábamos en la escalera, el conejo me reprochó que lo hubiese ignorado.
—¿Qué quieres que haga, decirle la verdad? —le pregunté mordaz—. No quiero que me aumente la dosis y no creo que tú quieras desaparecer…
Mudo como siempre, se limitó a mirarme con desaprobación. Aun así deslicé una pastillita rosa por mi garganta. Hizo un gesto de desconcierto.
—Es que te pones muy pesado —me excusé—, quiero estar sola.
A pesar de eso, me acompañó hasta el autobús, donde empezó a desdibujarse. He de reconocer que lo dejaba desvanecerse no sin cierto desasosiego. Ya llevaba mucho tiempo en su compañía y me daba miedo que no regresara más. Seguía convencida de que no era solo una alucinación aleatoria, como mi hermana y el psiquiatra se empeñaban en afirmar, sino que aquel ser tenía conexión directa con mi cordura, de algún modo inexplicable e irónico. Pero en el autobús, el asiento de al lado estaba ahora vacío. Allí solo era una pasajera más, aunque se me adivinaran los monstruos en las ojeras. Las contemplé en el reflejo del cristal, gemelas, como Melisa y yo, aunque, desde luego, más unidas.
Hace unos meses le hicieron una oferta como traductora de la ONU en Noruega. Un trabajo así es algo imposible de rechazar, aunque tu hermana se quede sola superando las secuelas de un accidente de coche. Bueno, sola no, por supuesto. Tenía la ayuda profesional del doctor Luján y el apoyo sentimental de Elora, amiga mía desde la infancia, en quien mi hermana confiaba ciegamente, tanto como para no tener que preocuparse de nada más que de llamar de vez en cuando. Para mí resultaba raro; mi gemela era mi única familia —exceptuando a una abuela que vivía en una residencia—, y creía que tenía la obligación de encargarse de mí, aunque yo no la recordara ni pudiera echarla de menos. Pero era mi referencia, mi constante, la única persona que estuvo a mi lado cuando desperté, y quien pagaba las facturas y mi medicación. Aunque, claro, para eso se necesitaba dinero, y el dinero estaba fuera; España es un país hundido en la deuda, en el que se rescata antes a los bancos —causantes de la ruina que vivimos— que a la gente. Comprendí que se fuera, es lo que hicieron antes que ella más de la mitad de los graduados españoles, marcharse a buscarse el pan y el reconocimiento, pero… ¿por qué no me llevó con ella? ¿Por qué no llamaba más a menudo y por qué parecía que hablaba más con Elora y el doctor Luján que conmigo?
El día en que me miró de aquella manera, comenzó una especie de despedida. Cuando confirmó que su hermana Micaela ya no habitaba más este cuerpo menudo y torturado, se rindió. Dejó de intentar acercarse a la desconocida que era entonces su gemela, se libró de esa carga, no sé… Los dos años que estuve en coma tuvo que pasarlo fatal. No puedo ni imaginar cuánto habrá sufrido. Los médicos aún no daban crédito a que hubiera despertado después de tanto tiempo en estado vegetativo, lo consideraban una especie de milagro clínico. Así que, en cierto modo, supongo que huir de mí fue una liberación. Quizá se despidió en algún momento en el hospital, y después tuvo que volver a hacerlo, —tal y como ocurrió con la abuela al aparecer el alzhéimer—, cuando confirmó que no iba a recuperar mi memoria. Así que, en cierta manera, irse era soltar por fin la idea de recuperarme. Curiosa esa tendencia familiar al olvido. Mi abuela no recordaba nada, yo no sabía quién era y nuestra madre, al parecer, había olvidado que tenía dos hijas prácticamente desde que nacimos…
Me bajé en Eras de Renueva para pasar por casa de Elora. Habíamos acordado que la visitaría después de cada sesión con el psiquiatra. Llovía. Aquella parada era ya como un ritual, el inicio de un viaje místico. Caminaba entre los jardines y las terrazas hasta la calle Campanillas y entraba en la urbanización de mi amiga como quien entra a un bar por primera vez; seguro de que lo primero que encontrará será la barra, y de que el baño estará al fondo a la derecha; pero sin que el ambiente le resulte familiar. Llegaba, tomaba un té matcha orgánico de los que a ella tanto le gustaban, ojeaba algunos álbumes de fotos de nuestra adolescencia reconociendo las mismas caras que en un catálogo de jardinería, pasaba por el cuarto de baño y regresaba a mi casa. No es que ella no fuera amable, se preocupaba por mí. Trataba de hacerme recordar, me preparaba aquel té tan diurético… Pero para mí era una chica que acababa de conocer, como una camarera simpática. No había lazos, no había conexión. Y a veces me costaba creer que alguna vez la hubiera habido. Éramos muy distintas. En mi cuarto de baño había frascos de pastillas, el suyo estaba lleno de productos no testados en animales, cosmética ecológica, incienso y velas de cera natural de abeja. Los discos que acumulaban polvo en mis estantes eran de Cuerdas de acero, WarCry, Sôber, Leo Jiménez, Mago de Oz, HIM… Los suyos, que estaban impolutos, eran de Vetusta Morla, Zahara, Love of Lesbian, Sidonie… Una indie ecologista y una heavy desmemoriada, una combinación prometedora, sin duda. Lo mismo algún día yo la quijotizaba a ella y mi persona resultaba sanchificada. ¡Viva la simbiosis cervantina!
Me abrió la puerta envuelta en una toalla, dejando un rastro de jabón tras de sí.
—Pasa, Herz, me has pillado en la ducha.
Enseguida vino la gata negra a restregarse contra mi pierna mientras yo me quitaba la cazadora mojada. Me gustaba mucho más el macho, Sésamo, gordo y holgazán. Al parecer yo se lo había regalado a Elora hacía algunos años. La felina emitió un sonoro maullido, a lo que mi amiga respondió:
—Dale un orgasmo a Hulla, que ahora salgo.
«Ni de coña», pensé. Me senté en el sofá, y la felina en celo acudió a mi lado mostrándome su pequeño y acalorado sexo, haciéndome proposiciones deshonestas. La primera vez que vi a Nezar, el novio de Elora, aliviando manualmente a la menor de sus felinos mientras me contaba que estaba seguro de su condición de gata lesbiana, estuve a punto de irme de su casa. Pero para ellos, que estaban totalmente en contra de darle pastillas que inhibieran su celo o castrarla, era una costumbre natural. ¿Y yo soy rara porque me visto de negro y escucho Apocalyptica? Ja.
—Hay té en la cocina, Herz —volvió a gritar Elora bajo el chorro de la ducha.
Es la única que me llama así. Es diminutivo de Herzeleid, mi supuesto nick. Al parecer, lo tomé de una canción de los Rammstein. Significa dolor de corazón, muy en sintonía con lo poco que sabía de mí misma. Aunque empezaba a preguntarme por qué se suponía que lo tenía dolorido. Eso sí, las ideas, los conceptos, el conocimiento abstracto, digamos, permanecía en mi cabeza, solo que había olvidado cómo lo había adquirido. Es decir, recordaba el argumento de La Regenta, sentía cierta repulsión hacia el amor, y me sabía las letras de las canciones de todos mis discos, pero no podía acordarme de un solo día en la universidad, ni de qué relaciones había tenido, ni de los conciertos a los que había ido.
La gata Hulla se acercó un poco más a mí, acostumbrada como estaba a que los humanos le dieran de vez en cuando un poco de placer.
—Lo siento, minina, pero no pienso complacerte —le dije empujándola al suelo.
Cuando Elora salió de la ducha yo estaba tumbada en el sofá, jugueteando con el móvil. Me miró como quien estudia un simpático ejemplar de alguna especie a punto de la extinción. Creo que siempre he sido un ser incomprensible para ella, tanto ahora, que ya he recobrado la cordura, como antes, cuando la había perdido por completo.
—¿No te apetece el té?
No respondí. Estaba harta del ritual del té y de la ronda de anécdotas con las que ella pretendía hacerme recordar. A veces me parecía todo un montaje, me sentía como si fuera protagonista de un reality show, como Jim Carrey en El show de Truman.
—Tienes cara de no haber pegado ojo —dijo—. ¿Otra vez ese sueño?
—¿Qué sueño?
—El que me dijiste el otro día que siempre se repetía: ese en el que vas en una barca por un lago y te despiertas de golpe porque alguien te grita…
—Ah —fingí recordar sin dejar de mirar el móvil—. Pero no es alguien. Es el Conejo Blanco.
—¿El Conejo Blanco? ¿El de Alicia?
—Sí.
—¿Es el que dice tu hermana que ves a veces…?
—No, este es un compañero suyo de madriguera, Paco, soltero, buen tipo. Se turnan todos para verme, aunque Luján dice que es un caso claro de «síndrome conejítico», una variante de lo que padecen los que cuentan ovejas para dormir —ironicé.
—No me tomes el pelo…
Fue a la cocina para ponerse un té chai. Aunque puede que mi sarcasmo la incomodara y la teína fuera solo una excusa para respirar hondo. Volvió con ganas de saber más:
—Estás muy callada. Sigues sin recuperar un solo recuerdo, ¿verdad?
—Exactamente igual que ayer y anteayer y…
—No te frustres, eso sí que bloquea a cualquiera.
Que no me frustrara. Claro. Solo tenía que pulsar el botón de contener la frustración. Sencillo.
—¿Quieres volver a mirar los álbumes de fotos?
Qué harta estaba de aquello…
—Lo que quiero es saber por qué tuve el dichoso accidente, Elora. Todo el mundo dice que iba demasiado deprisa y que por eso me estampé contra los pinos. ¿En serio queréis que crea que no tenéis ni idea de por qué iba a toda velocidad por un puerto de montaña con nieve? ¿Tan poco me conocíais o qué? ¿Qué es lo que no queréis que sepa?
—¿Por qué iba a ocultarte algo…? A ver, Herz, te lo he dicho mil veces: eres mi mejor amiga, pero… no sé qué te pasó aquel día. Qué más quisiera yo que saberlo…
—No creo que cambiara nada para ti, pero yo estoy segura de que es la pieza que me falta para el puzle en blanco de mi vida, ¿sabes? Es como en las películas, cuando el desmemoriado descubre cómo perdió los recuerdos: todas las conexiones neuronales vuelven a funcionar.
—Pero esto no es una película. En la vida real las cosas llevan más tiempo.
—¡Que he perdido tres años de mi vida, Elora! ¡Esto no puede durar más tiempo!
—Mira, si no tienes paciencia yo no te puedo ayudar —dijo—. Para mí también es muy duro, ¿sabes? Pero los medios que tengo son limitados, Mica.
—¿Que para ti es duro? ¡No tienes ni idea de lo que dices!
—Claro que la tengo, ¿cómo puedes ser tan egoísta? ¡Esto no te afecta solo a ti!
—¡Que no sé quién soy, Elora! —grité.
Y luego el portazo y las pastillas en el ascensor para frenar esa angustia que se me llevaba por delante. ¿Quién demonios era la tía que me miraba desde el espejo mientras bajaba? Tenía los ojos demasiado grandes, unos enormes ojos color rubio tabaco que le ocupaban toda la cara, como si fuera un dibujo manga. ¿Tenía pinta de querer matarse con el coche? ¿Se arrepentía de no haberlo conseguido? ¿Era ella la real o lo era yo? No me sentía real. El mundo no me parecía auténtico. ¿Y si atravesaba el espejo, como hizo la Alicia de Carroll?
—¡Despierta! —me gritó el Conejo Blanco.
—Maldita sea, ¡cállate! —le dije de mala manera mientras esperaba a que el litio y los ansiolíticos hicieran efecto.
Cuando salía del portal me estampé de lleno contra un hombre engabardinado y caí de culo en la acera.
—¡Discúlpeme, señorita! —me dijo, tendiéndome la mano en el acto, aunque la culpa había sido mía—. ¿Está bien?
—No —le espeté antes de aceptar su ayuda para levantarme—. Pero no es por la caída.
Tenía el pelo muy revuelto y grandes ojos de imaginador.
—Vaya, lamento oír eso. ¿Puedo hacer algo para ayudarla? —preguntó.
—Ya me ha ayudado a levantarme… Soy yo la que le pide perdón, ¿le he hecho daño?
—No, ¡para nada! Solo me he asustado al verla caer…
—Iba demasiado deprisa y sin mirar… Aunque la verdad, da lo mismo dónde ponga los ojos, es todo irónicamente ajeno, como una maldita broma…
Los suyos, sus saltones ojos ambarinos, me contemplaron con incomprensión mientras su mano seguía sobre mi brazo, como si temiera que fuera a volver a caerme. Tenía pinta de pintor surrealista. Gabardina raída, gafas de pasta, dientes desordenados.
—Decía Ray Bradbury que hay que mantenerse borracho de literatura para que la realidad no te destruya… Yo siempre que puedo la esquivo. Ahora mismo iba a hacer algo así, puedo invitarte a probar, si quieres…
Me fascina la gente que se pasa de amable. Creo que a veces puede resultar más molesta que la que se pasa de desagradable, pero yo ya me había olvidado de quién era, ¿qué más podía pasar?
—¿Quiere emborracharme para compensar el golpe? —Reí.
—Le ofrezco un vermú y literatura, si me lo permite. Su cara me resulta extrañamente familiar, pero no recuerdo de dónde… ¿Cree que nos conocemos? ¿Se dedica al mundo editorial? ¿Es usted escritora?
Ja. ¡Editora o escritora! Ojalá. Lo más parecido a eso que yo podía ser tenía que ver con mi supuesta licenciatura en Filología Hispánica y con mi doctorado inconcluso por el accidente. Iba a convertirme en doctora en Literatura aquel verano, al parecer. Nunca llegó a suceder. Así que no, no creí posible que nos conociéramos.
—No recuerdo nada de mi vida desde hace tres años por un accidente de coche… Estudiaba Literatura. Así que, quién sabe.
Enmudeció un instante, pero salió airoso de la estupefacción:
—Ese argumento de novela está ya muy trillado. —Rio.
—Ya lo creo. —Reí yo también—. Topicazo de novel.
—Soy Saúl Ortiga. —Me estrechó la mano.
Aquel tipo era un escritor y editor famoso, a pesar de que yo siguiera esperando que sacara el carboncillo y me dibujara en cualquier momento. Me contó que estaba organizando actividades para un encuentro literario y quería contar con carne fresca. Me llevó a un café que había tras la catedral, el Bella Vita. Allí tenía lugar una tertulia de un grupo de escritores jóvenes, Altavoz, se hacían llamar. Me presentó como «su recién conocida amiga desmemoriada, estudiante de Literatura». Creí morir de vergüenza.
—Opino que haberla encontrado no es casualidad. Podría ser un nuevo fichaje para vuestro grupo —añadió, dirigiéndose al barman.
Aquello era lo último que yo tenía en mente. Pero era grato estar entretenida. Así que saludé tímidamente con la mano y me limité a escuchar y a observar cómo gesticulaban. Hablaron de la posibilidad de colaborar en el acto de presentación de la nueva editorial del tal Ortiga en León. La editorial se llamaba Boukyaku, «olvido», en japonés. Me declaré agnóstica de las casualidades tras conocer el nombre.
Al cabo de un rato, sus incisivos diastémicos de conejo bonachón eran lo único que me divertía. Así que me puse a indagar entre los libros de las estanterías, no sin notar las miradas curiosas de los miembros del grupo sobre mí. Supongo que debían de estar pensando a qué se refería Ortiga con lo de desmemoriada. El bar era también una librería de lance y tenía exquisiteces literarias que aguardaban a ser descorchadas. Henry, el barman poeta, me puso sobre la mesa que había junto al estante que estaba ojeando lo que había pedido: un Eli, emulando a mi anfitrión.
—¿Sabes qué es un Eli? —susurró.
—No —reconocí.
—Es como hemos bautizado al tipo de vermú que siempre pide Elisa Otelo.
No tenía ni idea de quién era esa mujer.
—La escritora —aclaró al ver que estaba perdida.
Sorbí del vaso. Quizá no debería haber pedido alcohol…
—¿De qué conoces a Ortiga? —me preguntó divertido.
—De haberme estampado contra él en la calle hace un rato —le dije—. Nunca he leído nada suyo.
Sonrió. Luego paseó los dedos por los lomos de los libros y me tendió un ejemplar: La mujer del aire.
—Esto es lo que escribe, por si quieres conocerlo más. ¿Qué escribes tú?
—Pues… no me acuerdo —dije.
Henry regresó a la barra con una sonrisa entre divertida e incómoda para continuar con su labor como coordinador del grupo. Los jóvenes de Altavoz fueron desplegando un portentoso abanico de ideas para la colaboración en el acto que proponía Ortiga, mientras daban buena cuenta de una tortilla de patata y algas, que fue muy celebrada.
Al término de la tertulia, decidí comprar el libro y agradecerle a Ortiga su invitación. Le dije que me había alegrado la mañana, no sabía cuánto. Él insistió en que me apuntara al grupo y en dedicarme su libro. Henry también insistió, le dije que lo pensaría y le escribiría un correo, y me despedí.
***
Al llegar a mi piso abrí el libro con curiosidad por ver la rúbrica de la vanidad del escritor:
Para Mica —con su río oscuro en el cabello y su voz de niña agarrada al borde de una cornisa con una sola mano—, que también es una mujer del aire y por eso aparece en este libro.
Aquellas palabras escalaron por mi médula espinal y penetraron en mi cerebro con tanta fuerza que no pude menos que estremecerme. Por un momento, me faltó la respiración. Y fue catártico. La eléctrica chispa azul de las conexiones neuronales me dio una descarga: yo ya había leído eso en alguna parte. Estaba segura. Ya había leído esa dedicatoria, ¿pero dónde? Y además, ¿era posible que el tal Ortiga escribiera siempre las mismas dedicatorias? Volví a salir de casa y regresé al piso de Elora con el libro en la mano. Me abrió la puerta, desconcertada.
—¡He tenido un déjà vu! —chillé.
—¿Cómo?
—¡Lee esto y dime dónde lo he leído antes!
Elora hizo lo que yo le pedí, aún en la puerta, mientras la esperaba con las pupilas convertidas en interrogantes. Se fue directa a la estantería del salón y sacó un ejemplar de La mujer del aire. Lo abrió por la primera página y me lo mostró. Ponía:
Para Elora —con sus pecas de panecillo integral y sus pequeñas ranuras de risa en los ojos— que también es una mujer del aire y por eso aparece en este libro.
Sí, definitivamente Ortiga reciclaba dedicatorias. Abracé a mi amiga hasta casi ahogarla. La abracé con todas mis fuerzas. ¡No podía creer que hubiera recordado algo! Y, a juzgar por la cara seria de Elora, ella tampoco. No parecía alegrarse en absoluto. ¿Por qué? ¿Acaso padecía algún tipo de síndrome de Münchausen por poderes? ¿Prefería que fuera una desgraciada a que fuera feliz? ¿Qué clase de amiga puede preferir eso?

2. Knokin´on Heaven´s door
Hola, hermanita. No sé por dónde empezar, eso se te ha dado siempre mejor a ti, ¿recuerdas? Tú empezabas algo y yo lo terminaba; acuérdate de que mamá siempre decía que empezaste a caminar antes que yo y fuiste la primera en atreverse a arrancarte el primer diente que se te movió, yo lo hice todo después. Por eso no sé muy bien qué decirte, ni cuál es el principio. Imagino que debería ser «lo siento». Siento mucho lo que te ha pasado, Mica, y siento también no haber tenido antes el valor de venir a ver cómo estabas…
Verás, cuando supimos que estabas en coma y que nadie sabía cuándo ibas a despertar… no pude enfrentarme a eso, hermana, no pude. Ni siquiera sé si sirve de algo que finalmente le haya echado valor y esté aquí, en el hospital, frente a esta cama donde te tienen intubada y monitorizada.
La verdad es que me siento ridícula, como si hablara sola, pero ya sabes que dicen que los que estáis en coma sí que oís y que es bueno hablaros y todo eso. Elora dice que lo ha intentado, pero que no le sale, y que se viene aquí a leer revistas, y a veces te cuenta algún cotilleo de famosas, de esos que le gustan tanto, o consejos de belleza o moda o lo más trendy que exista en decoración, música o literatura —ya sabes lo amante de lo mainstream que es—. Si pudieras moverte seguro que ya le habrías dado una colleja o algo para no tener que escuchar más esas bobadas. Ojalá lo hubieras hecho. No puedo creer que ya no vayas a hacerlo nunca más. Me siento tan culpable…
Solo tengo un par de días antes de volver al trabajo y he de resolver algunos asuntos, así que no puedo quedarme mucho, pero prometo venir mañana. Sé que hace tiempo que ya no crees mis promesas, y lo entiendo. Imagino que no vale de nada que te diga que esta vez voy a cumplirla. Ni siquiera me convenzo a mí misma… Aunque he mejorado mucho en eso de mentir, casi me he convertido en profesional. «Miento casi siempre. Todo el mundo lo hace», como dice Santi Balmes en Los colores de una sombra. «Engaño a otros y me engaño a mí. ¿Para qué diablos sirve la verdad?». Así conseguí mi actual trabajo y todo lo que tengo ahora. También lo que no tengo, que eres tú. Pero no podemos cambiar el pasado, tenemos que convencernos de que la vida es así, unos ganan y otros pierden, y los que ganan no pueden pasarse la existencia renegando de su suerte.
No puedo cambiarme por ti. No puedo. Tengo que asumirlo. Ya no es como cuando una no estudiaba para un examen y la otra se lo hacía, o como cuando engañábamos a la abuela para comer postre dos veces. ¿Recuerdas? Aunque la abuela siempre fue difícil de engañar, casi nos distinguía mejor que mamá, aunque claro, ella siempre estaba sobria, imagino que eso le daba ventaja. Ay, mamá… Ni siquiera he pensado en localizarla para contarle lo tuyo. Seguro que está de gira por medio país y parte del extranjero. Me encantaría ver su cara cuando se entere de que una de sus hijas está en coma. Aunque dudo que supiera de cuál de nosotras se trata. En realidad dudo que nadie pueda. Es lo que tiene ser gemelas monocigóticas. Por eso somos prácticamente indistinguibles. Tú y yo somos el resultado de la división accidental del cigoto en dos partes. Sí, íbamos a ser una única niña. Compartimos el cien por cien de los genes. Ser dos embriones dentro de una misma placenta nos convirtió en clones naturales ¡Clones! ¡Tú y yo somos clones, Mica!
Esto me lo explicaron los médicos cuando valoraron la posibilidad de trasplantarte uno de mis pulmones. Me sometieron a unas cuantas pruebas. Gracias al cielo no hizo falta; un cirujano excelente fue capaz de reconstruirte el tuyo. Fue él quien me explicó lo de los clones, en una sala de espera, mientras yo aguardaba a que te abrieran la cabeza y te extrajeran un coágulo. Imagino que quería distraerme. Se acercó a mí y me ofreció una chocolatina. Me dijo que era increíble lo muchísimo que nos parecíamos. «¿Sabes por qué?», recuerdo que me preguntó. «Porque somos gemelas, supongo», le dije. «Sí», respondió, «pero unas gemelas muy especiales». Justo después llegó Elora desde Trueca, a punto de darle un ataque tras haber visto tu coche hecho un acordeón en la carretera, y el médico se fue. Cuando le conté que quizás no saldrías viva del quirófano se echó a llorar. Pasamos muchas horas esperando, en silencio, adoptando todas las posturas posibles que nos permitían los incómodos asientos de plástico de la sala de espera. Yo me entretenía recordando todo lo que me había contado el médico sobre nuestro inusual parecido. Estábamos destinadas a ser una sola persona. Se nos dividió el cuerpo. ¿Acaso también el alma? Quiero decir, ¿los rasgos de una personalidad común se repartieron en dos cuerpos? Igual solo digo chorradas… Pero si me paro a analizarlo, está claro que todo lo bueno te lo llevaste tú, «doña Perfecta», yo salí perdiendo en el reparto. Si somos exactamente iguales, ¿por qué la abuela te daba un trato especial? Eras su preferida. Sí, no finjas que no lo sabías, todo el mundo lo sabía, eso se nota. No la culpo, todos tenemos favoritos, y eras tú. Puto cerebrito brillante… ¿Te esforzabas en destacar para jodernos a todos o te salía solo? Matrículas de honor, voz de soprano, te hacías querer... Todo se te daba bien. Yo no servía para eso, para destacar. Y te confieso que se me comía la envidia. Pero encima eres tan buena gente que lo compartías todo conmigo. No me pones fácil ni odiarte… ¡No se puede ser tan perfecta, Mica! Y si tú lo eras, ¿por qué existía yo, que solo soy una copia barata? Le di vueltas a esta idea todas las horas que estuviste en el quirófano. ¿Existía porque ibas a morir?
La abuela no sabe nada de lo tuyo, claro. La noticia la mataría. En este tiempo han pasado muchas cosas, Mica… He tenido que meterla en una residencia. Ahora sí que ha perdido la cabeza del todo… Decírselo sería cruel. Habría que contárselo cada día de nuevo porque lo olvidaría, y si hay algo peor que el alzhéimer es, sin duda, que te digan que tu nieta favorita yace vegetal en una cama de hospital. Por suerte no pregunta por ti, todavía. Tiene períodos de lucidez, pero apenas le llegan para cuestionarse qué demonios hace ella en un asilo y revolucionar un poco al personal, al que, con casi noventa años que tiene, le cuesta Dios y ayuda calmarla y sedarla. Luego se le pasa, pero para evitar estas crisis hemos llevado los muebles de su cuarto a la residencia, y mientras está en su habitación se siente como en casa. Quién iba a decir que acabaría así. Marcela, la Argentina, indestructible, incombustible. Físicamente no podría estar mejor. Ha debido de hacer algún tipo de pacto con el diablo, porque si no, no me explico cómo puede tener esa piel tan blanca a la que los años parecen no tener acceso.
Ojalá herede su longevidad y su buena salud, eso sí, con la cabeza en su sitio, tiene que ser horrible olvidarte de quién eres y de cuál es tu historia. Imagina que de repente un día no pudieras recordar nada o solo partes de tu vida, y que todo a tu alrededor hubiera cambiado. Eso sí, a mí siempre me reconoce. Le he llevado mate, como solías hacer tú cuando cosía, antes de que el maldito alzhéimer avanzara tanto, pero no le ha hecho tanta ilusión, claro. Se ha puesto a sorberlo por la bombilla de alpaca en su mecedora, de cara a la ventana, y ya no he podido sacarle una palabra más. Así que me he venido a verte. Tenía que hacerlo, ya era hora. Reconozco que he estado fuera sopesando la posibilidad de no abrir esta puerta, de darme la vuelta y largarme. Pero ya ves que no lo he hecho. Y aquí estás, como si te hubieras pinchado con la rueca de la Bella Durmiente. Casi como si no hubiera pasado nada. Las cicatrices se notan menos, y la parte de la cabeza que te raparon para la operación ya tiene pelo. Te da un look punk rave interesante, no creas. Qué demonios, a ti todo te queda bien, ¡hasta el pijama del hospital!
No sé por qué te cuento esto, será porque estoy segura de que no vas a responderme, o por si no vuelvo a tener la ocasión de decírtelo. No lo sé. Lo que sí sé es que por una vez en la vida, soy yo la que va por delante. Y no me disgusta. Por eso te decía al principio que lo primero era contarte cuánto lamento esta situación y que me siento culpable. Sobre todo porque no puedo quedarme aquí sentada esperando que algún príncipe azul venga a despertarte con un beso, tengo que vivir. El tiempo se ha detenido para ti, no para mí. Lo entiendes, ¿verdad?
No sé dónde demonios estás ahora, pero te miro y te imagino conduciendo un viejo Cadillac azul cielo por las calles del limbo, con la melena al viento y Knockin’ on heaven’s door sonando en tu radio.
Mama, put my guns in the ground,
I can´t shoot them anymore,
that cold black cloud is coming down,
feels like I´m knockin’ on heaven´s door.[1]
¿Recuerdas esa canción? Claro que sí, ¿cómo ibas a olvidarla? Estoy segura de que cada vez que la has escuchado de los labios de Axl Rose has viajado mentalmente al mismo sitio que yo: al asiento trasero del Renault 5 negro de mamá, a principios de los noventa. Seguro que no me equivoco. Fue el año que fuimos a la Expo de Sevilla. Como no teníamos dinero para comprarnos una camiseta de Curro, mamá nos lo dibujó en el brazo, como buena tatuadora que era, ¡y fue el mayor regalo de la historia! Me acuerdo de que el sudor hizo que se corriera la tinta y tú te pusiste a llorar. Hacía un calor asfixiante, y pasamos muchas horas en el coche para llegar. Durante el trayecto escuchamos mil veces esa canción. Cuando años más tarde comprendí la letra y lo que había supuesto aquel viaje demencial, supe que Bob Dylan había escrito la banda sonora de nuestra vida. Así fueron aquellos años, como aporrear las puertas del cielo esperando que alguien nos dejara entrar. Lo que ocurrió fue que nos estábamos equivocando de puerta. Por eso era imposible que se abriera. Por más que mamá reclutara espaldas aladas de tinta, no eran de verdad: en el cielo no aceptan ángeles caídos.
Yo creo que lo peor que pudo pasarle a la abuela fue tener una hija como nuestra madre. El calvario que vivió con ella desde que entró en la adolescencia… ¿Has visto sus fotos hasta que mamá cumplió los catorce? Era sencillamente preciosa, casi exótica. Las pocas fotografías de después parecen mostrar a su hermana mayor. ¡Bum!, envejeció de golpe. Pobrecita. Tampoco debió de ser fácil con un marido como el abuelo. ¿Recuerdas oír hablar del abuelo Nicasio?
¿Qué tendría mamá en la cabeza para portarse tan mal? Supongo que las drogas le dañaron el cerebro. No sé cómo pudimos nacer sanas, hermanita. Puede que seamos tan bajitas e imaginativas porque probamos la marihuana en el útero… Ja ja ja. Suerte que cuando se acabó el dinero tras el incendio del estudio de tatuajes, decidió abandonarnos en casa de la abuela, si no, no sé qué habría sido de nosotras vagabundeando por media España y durmiendo en el coche…
¿Sigues preguntándote quién es nuestro padre? Yo no. Estoy segura de que incluso Malena lo ignora, y seguramente sea un indeseable como ella. Cuando éramos pequeñas jugábamos a inventar cómo era o qué rasgos de nuestro físico o nuestra personalidad podían ser suyos. Creo recordar un dibujo, incluso un regalo que nos hizo llegar a través de mamá: el cuento de Alicia en el país de las maravillas, ¿te acuerdas? Estabas obsesionada con ese puto libro. Al cumplir los catorce decidí quién era ese hombre para mí: nadie. Tú, en cambio, seguiste soñando, y hasta los dieciocho decías que fijo que era ese cantante al que ella seguía a todas partes. ¿Pero a cuál te referías, Mica? ¿En serio creías que mamá solo estaba con un tío? ¡Por Dios! Todo el mundo sabía cómo se las gastaba Lady Pain, y que a los diecisiete se convirtió en toda una groupie. Tú y yo no habríamos nacido de no ser así. Míralo por el lado bueno, igual somos hijas de Adrián Barilari, de los Rata blanca. Sé que esto te habría hecho reír. Daría un maldito brazo por verlo.
Alguna vez me han dicho que crecer sin padre y prácticamente sin madre ha tenido, por fuerza, que causarnos un trauma. Gilipolleces, gracias a la abuela estamos perfectamente sanas. Nunca nos faltó cariño. Nunca nos faltó de nada. Que desaparecieran de nuestras vidas fue el mayor favor que pudieron hacernos. Lo que nos habría causado un trauma hubiera sido vivir con nuestros padres. Con suerte, dormiríamos en una caravana y no habríamos ido al colegio, ¿no crees? Puede que a estas alturas ya tuviéramos hijos con el primero que nos hubiera dado la oportunidad de escapar de semejantes personajes. También es verdad que, de haber sido así, no hubieras tenido coche, y por tanto no estarías ahora donde estás… O sí, quién sabe.
No sé si el destino se puede cambiar. Tal vez tenga versiones, o finales alternativos… O quizás existan copias imperfectas de nosotros mismos que toman asiento cuando lo dejamos vacío… Lo que está claro es que hay trenes que solo pasan una vez. Y yo debería subirme, ya que se me presenta la oportunidad.
Ahora tengo que irme. No sé qué más decirte, Mica. Si tan solo pudieras hacer algún gesto para que sepa que me escuchas…
[1]. Mamá, pon mis armas en el suelo, / no puedo dispararlas más, / esa fría nube negra está bajando, / me siento como llamando / a las puertas del cielo. (N. de la A.)

3. Painkiller
Tras aquella especie de déjà vu, Elora me invitó a cenar. Nezar estaba de viaje de empresa y volvería al día siguiente, así que teníamos la casa para nosotras solas. Mientras mi amiga se disponía a preparar el que aseguraba que era mi plato favorito: lasaña casera, empecé a parlotear animadamente sobre el doctor Luján y sobre Saúl Ortiga. Elora no decía nada, se limitaba a concentrarse en colocar las capas de pasta y cubrirlas con bechamel. En lugar de carne, el relleno consistía en un sofrito de cebolla, pimiento, calabacín y zanahoria. Luego añadió salsa de tomate que ella misma había hecho y espolvoreó el plato con queso.
—Lo de no ponerle carne… ¿es por la crisis esta que decís que vivimos? —bromeé.
—Soy vegetariana, ¿recuerdas? —contestó sin atisbo de risa.
Ojalá. Estaba cenando con mi mejor amiga y ni siquiera sabía que no comía carne. La observé cocinar en silencio, sus tirabuzones moviéndose como muelles pelirrojos, sus enormes gafas hipster de pasta negra resbalando por la nariz. ¿Quién era aquella extraña que se afanaba en hacerme la cena? Por la cinturilla de su pantalón asomaba un tatuaje en la cadera. Era el mismo heartgram que tenía tatuado yo, en el mismo lugar.
—¿Eso nos lo hicimos juntas? —Se lo señalé.
—Claro —sonrió.
***
Unos meses antes de aquel déjà vu literario me había negado a tomar los antidepresivos y estaba tan hundida en mi miseria que no tenía fuerzas ni para contemplar la posibilidad de organizarme un suicidio decente, premeditado, no como el del accidente de coche (estaba convencida de que, en realidad, no intenté matarme). Pero una noche, después de tanto absurdo y tanto tiempo mirándome en el espejo y preguntándome quién era la del otro lado, zapeando, me encontré a Kevin Costner lanzando mensajes al mar en una botella. Y una musa me desenterró del sofá de una bofetada y me llevó de los pelos a por mi pluma oxidada.
Náufraga en el mar de la vida necesita ser rescatada.
Herzeleid.
Fue todo lo que fui capaz de escribir. Luego lo metí en un sobre y en el remite puse mi dirección de correo electrónico. Pasé un rato mirando el nombre del destinatario y, finalmente, escribí: «Para Painkiller». Lo había tomado del título del mejor álbum de los Judas Priest. Y es que un corazón dolorido siempre necesita un analgésico, que es lo que significa.
El resultado fue que, como en León no tenemos mar, mi botella cayó a las aguas del río Bernesga a las cuatro de la mañana del miércoles más frío de aquel febrero. Lo cierto es que me sentí ridícula al instante y, de camino a casa, decidí que nadie iba a encontrar y mucho menos a hacer caso a lo que hubiera escrito —y de qué forma— en una botella de Fanta. Al día siguiente, ni siquiera se lo comenté al doctor Luján, y eso que me había encargado hacer algo creativo. Solo le comenté cuánto me horrorizaba su corbata malva y lila. El tipo odiaba que desviara la conversación para meterme en su vida. Sobre todo porque adquirí destreza de profesional al más puro estilo Annibal Lecter con su «quid pro quo, Clarice». Recuerdo que accedí a hablar sobre lo que recordaba de haber abandonado mi tesis si él me hablaba de la suya. Fue así, con gancho y paciencia, como le sonsaqué los detalles de su vida universitaria mientras él obtenía bien poco sobre mis últimos demonios.
Andrés Luján era el típico intelectual atractivo demasiado ocupado con sus estudios como para fijarse en las mujeres. Ninguna de las liberales madrileñas de la Europea consiguió sacarle más que unas copas y análisis psicológicos gratis en la cafetería del campus. Eran guapas e inteligentes, pero para él, que no levantaba la cabeza de sus apuntes en la biblioteca ni para leer los mensajes subliminales que le lanzaban los escotes de sus compañeras, eran personas irrelevantes. Solo le interesaba doctorarse. Y lo consiguió. Entonces y solo entonces se interesó por una mujer, una contadora de historias, también leonesa, que trabajaba en la cafetería de la universidad. Había sido toda una coincidencia. Francis Bacon dijo que no hay belleza sin algo extraño en sus proporciones, y eso, además de magia al contarle cuentos sobre la raposa, el lobo, el trasgo y otros personajes de la mitología leonesa, formaba parte del encanto de Camino. Andresín, como solo ella lo llamaba en Madrid, con aquel sufijo tan del norte y que tanto le recordaba a su madre, recuperó todas sus vivencias infantiles cuando probó el sabor de aquella mujer. Por ella regresó a León. Se casaron en la Pulchra Leonina. Desgraciadamente, los niños nunca vinieron. Camino estaba muy enferma. Pero eso lo supe mucho más tarde.
Cuando me acorraló con el encargo de hacer algo creativo, le confesé lo del mensaje en la botella. No sé si me creyó. Se limitó a preguntarme dónde la había tirado y qué esperaba conseguir. No supe responder.
Después de la cena en casa de Elora, he de decir que estaba más animada. Había tenido una especie de recuerdo y me sentía un poco menos sola. Podría decirse que era ligeramente más feliz, excepto porque la primavera estaba empezando a tocarme la moral con sus alardes de alegría y sus estúpidas flores. Había visto por la tele que hay muchos tipos de alergias según las plantas que te afecten, y que por los síntomas que presentes se pueden identificar. Así que me fui derechita al ordenador para buscar cuál era la dichosa verdurita que me ponía los ojos como globos —si es que podían ser más grandes— y así entretenerme con algo. Tenía un mensaje en la bandeja de entrada de mi correo electrónico. El asunto decía: «SOS Recibido». Lo abrí. Solo había escrita una dirección de Facebook: www.facebook.com/painkiller. ¿SOS recibido? ¿Painkiller? De pronto me dio un vuelco el corazón. No podía ser. No, estaba claro que se trataba de un error, no podía referirse a mi mensaje desesperado lanzado al río hacía un par de meses. Decidí cerrarlo y seguir buscando una solución a mi alergia. Era más fácil ignorarlo que enfrentarme al pánico que me daba descubrir quién había respondido.
***
Llegué a la consulta del doctor Luján con los ojos igualmente hinchados, a pesar de mis nuevas adquisiciones antigramíneas. En la sala de espera había una chica que leía Poeta en Nueva York. No respondió a mi saludo. La voz aguda de la secretaria anunció que era mi turno de tumbarme en el diván a soltar estupideces. Ay, «el síndrome universal, la vida te sentó en un diván, contando todo tipo de traumas», como dice Santi Balmes en la canción Me amo que me enseñó Elora… Pero esta vez el quid pro quo no me funcionó. Andresín ya estaba harto de los trucos que utilizaba para desperdiciar la hora diaria de terapia, y no tuve más remedio que empezar a hablar de mí. Acabé contándole lo del correo de Painkiller y mi pavor a que fuera una respuesta a mi llamada de socorro embotellada. Le pareció una noticia estupenda, dijo que era muy bueno para mí, y que mis deberes para el fin de semana eran agregar al misterioso destinatario a mis amistades de Facebook y mantener una charla con él. No solo no aceptó mis reticencias, sino que me exigió nombre, edad y profesión del sujeto para el lunes. ¡Yo no tenía ni cuenta en Facebook! Maravilloso. No pensaba hacerlo. No podía obligarme. ¿En qué iba a beneficiarme perder el tiempo con una persona tan desesperada como para recoger una botella del río y…? Eso dando por supuesto que en realidad hubiera leído el mensaje y que no se tratara de algún tipo de publicidad engañosa, o de alguien dispuesto a pasar un buen rato a costa de una pobre chiflada como yo. Pero Andrés insistió en que debía hacer lo que me decía, creía que sería liberador. Y, francamente, me da a mí que también sentía curiosidad.
Al salir vi que la muchacha que leía a Lorca seguía en la sala de espera. Despedirse es más fácil, no se espera una conversación como tras un saludo, solo un «adiós». Así que lo dije. Y ella respondió. A lo mejor no estaba tan mal hacer un esfuerzo y relacionarme un poco.
Llegué a casa estornudando y miré el ordenador con recelo. No recordaba la última vez que había comido, así que hice una expedición al congelador. Rescaté unos guisantes del fondo y los preparé con jamón. No tenía ni idea de por qué sabía hacer ese plato, pero estaba delicioso. Cocí los guisantes, los escurrí y los reservé. En una sartén sofreí un poco de cebolla cortada en juliana, luego añadí el jamón en tacos y, cuando estuvo dorado, incorporé los guisantes y le agregué ajo, pimentón, sal, una guindilla y un chorrito de vino blanco. Finalmente lo coroné todo con un huevo estrellado, bien mezclado con lo demás. Oh la là! ¿Por qué había estado sobreviviendo a base de lasañas congeladas y galletas? ¿Me habría enseñado la abuela a preparar aquella delicia?
El domingo por la noche, como todo mal estudiante, me senté frente a la pantalla dispuesta a hacer la tarea para que el doctor Luján no la tomara conmigo. Me abrí una cuenta de Facebook y, con la esperanza de que no estuviera conectado, agregué al tal Painkiller a mis contactos. No me decepcionó. Encantada de poder decirle al doctor Luján que el personaje misterioso no había dado señales de vida, me tumbé en el sofá a la luz de la teletienda.
Empezaba a quedarme dormida cuando sonó el pop que me indicaba que se había activado un chat de Facebook, y de mala gana y con sueño, me asomé a la pantalla para leer:
Painkiller: ¿Estás ahí?
Las sienes me latían. Eran las tres de la mañana. Finalmente, respondí:
Herzeleid: Sí.
Painkiller: Te estaba esperando…
La taquicardia aumentó. Escudriñé su perfil. No había fotos ni comentarios ni nada.
Herzeleid: ¿Quién eres?
Iba a morirme de expectación. No sabía quién quería que fuera.
Painkiller: Painkiller.
Dios. Había recibido el mensaje. ¡Había recibido el mensaje! Estaba a punto de empezar a hiperventilar, y habría cerrado la página de no haber leído lo siguiente:
Painkiller: ¿Qué te pasa, Corazón dolorido?
Quienquiera que fuera, sabía alemán.
Herzeleid: ¿Sabes alemán?
Painkiller: Solo un poco. Por las letras de Rammstein.
¡Le gustaban los Rammstein!
Herzeleid: ¿Sabes también lo que significa Painkiller?
Painkiller: Es una canción de Judas Priest, ¿no? Imagino que si tú eres el corazón dolorido, yo soy tu tranquilizante.
Herzeleid: Vaya, eres un chico listo.
Painkiller: Lo intento.
Herzeleid: ¿Dónde apareció mi botella?
Painkiller: La encontré en el río.
Herzeleid: Justo donde la dejé, qué coincidencia.
Painkiller: Jeje. A la altura del Puente de Los Leones.
Herzeleid: WOW, sí que viajó.
Painkiller: ¿Sí? ¿Desde dónde la tiraste?
Herzeleid: Eso no importa.
Painkiller: Es cierto. Lo importante es que la encontré.
Herzeleid: ¿Hace mucho?
Painkiller: Hace un par de días. Fue todo un hallazgo.
Herzeleid: Debes de estar tan loco como yo.
Painkiller: Ha servido para encontrarnos. No está mal.
Herzeleid: ¿Y ahora qué?
Painkiller: No lo sé. Esta es solo la primera dosis de Painkiller. Irá haciendo efecto poco a poco.
Herzeleid: Ja, ja.
Painkiller: Supongo que me ayudaría conocer por qué te duele el corazón.
Herzeleid: Es una pregunta difícil de responder. No estoy pasando por un buen momento.
Painkiller: Lamento oír eso.
Herzeleid: Sí, yo también.
Painkiller: ¿Crees que podría hacer algo para que te sintieras mejor?
Herzeleid: No estoy segura.
Painkiller: Voy a probar.
Herzeleid: ¿Qué? ¿Qué vas a hacer?
Y me envió un enlace de YouTube. Era una canción. A ton étoile, de Yann Tiersen. Mientras la ponía traté de ver de nuevo si tenía fotos en su perfil o alguna cosa que me diera una pista de si lo conocía, pero no. Cuando la canción se estaba terminando, él preguntó:
Painkiller: ¿Te ha gustado?
Herzeleid: Mucho. La música es… envolvente, mágica. Pero no sé francés.
Painkiller: Yo tampoco entiendo mucho, pero dice algo así como: «Bajo la luz abierta y en la sombra en silencio, si estás buscando un refugio inaccesible dicen que no está lejos». Y luego creo que: «Deja que tu estrella brille en el lienzo».
Herzeleid: Un refugio inaccesible, ¿eh?
Painkiller: Sí. Pero tú estás a salvo conmigo.
Herzeleid: Eso que has dicho me recuerda a una película de Ford Coppola.
Painkiller: ¿Drácula?
Entonces sí que me quedé de piedra. No era posible que se supiera mi diálogo favorito de la película.
Herzeleid: Dios… ¿quién demonios eres? ¿Me conoces?
Painkiller: «Y el hada verde que vive en la absenta quiere tu alma… Pero tú estás a salvo conmigo».
Mi corazón volvió a dar una sacudida.
Herzeleid: Acabas de ponerme la carne de gallina.
Painkiller: Me encanta esa parte.
Herzeleid: No puedo creer que esto sea solo una coincidencia.
Painkiller: Yo no creo en las coincidencias.
Herzeleid: No irás a decirme que crees en el destino y todas esas patrañas Disney…
Painkiller: Yo solo creo que ha merecido la pena esperar para encontrarte.
Painkiller: ¿No dices nada?
Painkiller: ¿Hola?
Y entonces apagué el ordenador. No sé por qué. Me entró el pánico.

4. Celada
A la mañana siguiente comprobé las notificaciones de Facebook: Painkiller había llenado el chat de interrogantes sobre mi repentina desaparición. No había sido un sueño, realmente había hablado con él la noche anterior. Y había sido… ¿cómo definirlo? ¿Desconcertante? Sí, esa era la palabra.
Me fui a la consulta del doctor Luján, reconozco que con ánimo. Más que nada porque tenía ganas de ver su cara cuando le contara que había hecho lo que me había encargado: hablar con el chico misterioso. Aunque, desde luego, no había averiguado nada de lo que él me había pedido. No sabía cuál era su nombre ni tampoco a qué se dedicaba. Sin embargo, sabía otras cosas más interesantes y esperaba que con eso fuera suficiente para restregarle mis logros al doctorcillo.
Se mostró realmente entusiasmado, satisfecho como un profesor cuando su mejor alumna borda un examen, aunque yo no fuera ni de lejos ese tipo de aprendiz. Dijo que aquello era realmente bueno para mí, que, abrirme a otra persona, aunque fuera virtual, era un gran paso. Creía que tras aquella extraña amistad cibernética, estaría más preparada para entablar relaciones reales, con personas de verdad, y me animó a seguir hablando con el muchacho. Era el primer progreso que hacíamos desde que había empezado la terapia, hacía un año, y reconozco que yo también me sentí satisfecha. Pero cuando pensaba en de qué me servía relacionarme si el disco duro de mi cabeza estaba dañado, me derrumbaba. ¿Tenía que resignarme a ser una persona nueva? ¿Había llegado el momento de crear nuevos recuerdos? Tenía que probar. ¿Qué podía perder? Iba a instalar un nuevo programa: Painkiller, y para eso debía formatear el PC de mi mente.
Herzeleid: Hola.
Painkiller: ¡Al fin! Empezaba a pensar que ayer te asusté…
Herzeleid: Ja, ja, ja. Bueno. Un poco.
Painkiller: ¿Por qué te doy miedo?
Herzeleid: No sé, es como si me conocieras.
Painkiller: Eso le ocurría a Mina con Drácula.
Herzeleid: Eres increíble. No sabes cómo me gusta esa película.
Painkiller: Ya veo. ¿Por qué?
Herzeleid: No lo sé con exactitud… La historia de amor, la humanidad del monstruo… Creo que fue la primera vez que entendí que se podía amar a un ser que por naturaleza es dañino… Mi interés patológico por los monstruos no tiene límites… Además me parece una gran adaptación de la novela de Stoker, aunque, claro está, con matices.
Painkiller: Con cambios argumentales, querrás decir.
Herzeleid: Sí, puede que Coppola no debiera haberla titulado Bram Stoker´s Dracula, pero las adaptaciones son eso, cambios de formato, historias en papel que se convierten en imágenes pasando por el filtro de una serie de mentes…
Painkiller: Eres de las que defiende las adaptaciones, entonces.
Herzeleid: No. Solo defiendo que no se puede hablar de si un libro es o no mejor que una película. Es como decir si es mejor una fotografía de Las Meninas o una escultura. Puede que representen la misma escena, pero en formatos diferentes, por tanto no comparables.
Painkiller: Vaya… así que eres lista.
Herzeleid: Ja, ja. ¿Lista?
Painkiller: Eso me gusta.
Herzeleid: Ja, ja, ja. No creo que lo sea.
Painkiller: Pues yo creo que sí. Lo que pasa es que estás sola, y por eso nadie puede decírtelo.
Herzeleid: ¿Por qué iba a estar sola?
Painkiller: ¿Por qué si no ibas a tener dolor de corazón y a tirar botellas con mensajes de socorro al río?
Herzeleid: Para deducir eso no hace falta ser muy listo. Ja.
Painkiller: Lo sé. Pero tengo razón.
Herzeleid: ¿Así te sientes tú?
Painkiller: ¿Solo?
Herzeleid: Solo.
Painkiller: Ahora ya no.
Herzeleid: ☺
Painkiller: Ja, ja. Son malos tiempos para los soñadores.
Herzeleid: ¿Tú crees?
Painkiller: Por supuesto. El mundo de hoy es un lugar en el que no está permitido soñar, los que sueñan son considerados estúpidos, diferentes, raros…
Herzeleid: ¿Eso te pasa?
Painkiller: ¿?
Herzeleid: Dices que mi problema es que estoy sola, intento adivinar cuál puede ser el tuyo. Y no me preguntes por qué supongo que tú también tienes un problema, porque recogiste una botella del río y contestaste al mensaje que había dentro…
Painkiller: Ya. Ese es precisamente el problema: que yo no creo que lo sea. Soy un soñador, toda mi vida he sido un marginado por no adaptarme al sistema y permitir que triture mis sueños, como hacen todos los demás. Me da igual si la gente considera que recoger una botella y leer su mensaje es una estupidez y que lo que hay que hacer es salir y beberse las botellas y pisotear hasta a tu propia madre para tener más éxito o más dinero. Yo no soy así.
Herzeleid: Vaya, lo siento si te he ofendido.
Painkiller: No lo has hecho. No te preocupes.
Herzeleid: ¿Puedo preguntarte a qué te dedicas?
Painkiller: Estoy haciendo una tesis.
Herzeleid: Qué curioso. ¿Sobre qué?
Painkiller: Bueno, es complicado…
Herzeleid: Vale, lo capto, no me lo cuentes.
Painkiller: No, no, sí que quiero contártelo, lo que pasa es que es un tema difícil de explicar.
Herzeleid: Prueba. Igual te entiendo y todo.
Painkiller: Es que es una tesis muy personal, la estoy haciendo por mi cuenta, sin apoyo de la universidad.
Herzeleid: Eso es muy raro.
Painkiller: Lo sé. Ya te he dicho que soy un soñador.
Herzeleid: Vale, pero de algo tratará. ¿Sobre los soñadores?
Painkiller: Sí, en parte.
Herzeleid: Ajá. ¿Es un estudio antropológico o sociológico? No vas a contarme más, ¿no?
Painkiller: No. De momento no.
Herzeleid: Esto no me gusta nada. ¿Es que soy parte de tu investigación?
Painkiller: Quizá. Ya veremos. Primero quiero hacer un experimento.
Herzeleid: Joder, me estás dando miedo.
Painkiller: No tienes por qué tenerlo, en serio.
Herzeleid: Así que soy tu conejillo de Indias, estupendo. Eso explica por qué coges botellas y contestas a sus mensajes.
Painkiller: No, eso no es así. Tengo suficientes sujetos de estudio, tú eres otra cosa. Quiero ayudarte. Necesito ayudarte.
Herzeleid: Dirás lo que quieras, pero yo me siento manipulada y triste ahora mismo. Por un momento había pensado que ibas a salvarme, ja, ja, ja. Qué estúpida.
Painkiller: Y lo haré, si me dejas. ¿Cómo puedo demostrarte que no soy un capullo?
Herzeleid: No quiero que me demuestres nada. Ya no. Es mejor que dejemos de hablar.
Painkiller: ¡NOOOOOO! Espera, esperaaaaaaaaaaaa.
Y apagué el ordenador. Me sentía herida y despechada, no sabía exactamente por qué, pues aquella extraña relación cibernética era solo eso, cibernética. Quiero decir que para mí no significaba nada más que charla. ¿O sí? Llevábamos hablando muy poco tiempo y apenas nos conocíamos. Pero vale, lo admito, estúpidamente había confiado en que aquel tipo iba a ayudarme de algún modo. No sé cómo. Había creído que nos parecíamos. Y resulta que lo único que quería de mí era añadirme a una lista de resultados, despojándome otra vez de mi identidad, que era lo que yo más anhelaba reafirmar.
Los días que siguieron a aquella especie de riña de ciberenamorados, fueron un tanto largos y tristes. Elora estaba muy ocupada corrigiendo exámenes, mi hermana no cogía el móvil, y la casa se me caía encima. Cada vez que hacía la cama caía en la cuenta de que había pasado un día más haciendo exactamente lo mismo. No podía estar más tiempo así, sin hacer nada. Necesitaba ocuparme en algo o me iba a volver más loca de lo que ya estaba. Ya había escuchado todos los discos que había en casa al menos dos veces, y otro tanto con los libros… Así que me eché a la calle, liberándome de mi clausura, buscando cualquier sitio en el que necesitaran a alguien para trabajar, arrastrando conmigo al Conejo Blanco. El aire entró a través de los agujeritos de mi jersey de punto, desapolillándome el espíritu un poco e insuflándome ánimo para arrastrar mis botas de adolescente tardía por las aceras. Vivía muy cerca del centro, con lo que en muy pocos minutos estaba recorriendo las calles empedradas del casco antiguo. Pasé junto a un garito llamado Bardaya, detrás de la catedral, y tuve una extraña sensación de familiaridad. No sé por qué, decidí entrar. Dentro no encontré explicación a que me sonara, y eso me causó pesadumbre. Me quedé ahí, de pie junto a la barra, como una idiota.
—¿Qué te pongo? —preguntó la camarera.
—Eh… nada, nada, ya me iba.
—¿Mimi? —volvió a interrogar.
—¿Perdón?
—¡Ostras, Mimi! ¿Cómo estás? ¡Madre mía, cuantísimo tiempo! —se entusiasmó.
—Creo que me confundes con otra persona…
—Joder, tía, ¿no te acuerdas de mí? ¡Lala! Laura Lanza. Con la de años que tocamos juntas…
—Igual me confundes con mi hermana, yo es que no…
—Ah, es verdad, que tenías una gemela.
—Pero ella no se llama Mimi, y yo tampoco, así que… —le expliqué.
—Vaya, pues entonces no eres quien creía, lo siento, debes de ser la otra. Es que sois como dos gotas de agua, yo habría jurado que eras Mimi. La llamábamos así en la universidad, por el mi de Micaela y el mi de Miñambres, je, je, je, Mimi. Y yo Lala, ja, ja, ja, chorradas de crías…
—¿Micaela has dicho? —me sorprendí.
—Sí, creo. Igual me traiciona la memoria, como siempre la llamaba Mimi igual me confundo con su verdadero nombre… —se explicó, extrañada.
—No, no, está bien. Es que… nunca me habló de ti, je, je, je —mentí—. ¿Y tocabais en un grupo?
—Sí, dimos conciertos por toda la ciudad, me parece muy raro que no te lo contara. Juraría que fuiste a alguno… Pasamos por varias agrupaciones, hasta que Mimi se hizo con el micro y formamos nuestra propia banda, Sódica, ¿no te suena?
—Ojalá…
—¿Qué?
—No, nada, que no, que no me suena.
—Oye, ¿y cómo está ella? Oí que tuvo un accidente de coche terrible y nunca pude confirmarlo ni localizarla… ¿Es verdad?
—Emm… bien, bien. Recuperada y eso —respondí.
—¿De verdad? ¡Cuánto me alegro! Pues me encantaría verla, que después de aquello le perdí la pista completamente. Dile que venga a verme, o te doy mi número y se lo pasas. No sigue en León, ¿verdad? ¿Estás bien, tía? —se preocupó—. Tienes una cara… ¿Te pongo una cerveza o algo?
—Sí, por favor.
—¿Heineken, Mahou, San Miguel…?
—No sé. Pon lo que quieras.
—Uy, chica, qué mal te veo. También tenemos de importación…
Debió de verme tan descolocada que se sentó junto a mí, al otro lado de la barra.
—Mira, si quieres te pongo lo que solía beber tu hermana, así te animas —me dijo poniéndome la mano sobre el hombro.
—Vale. ¿Qué tomaba?
—Rubia. De trigo. Hoeggarden o Franziskaner. Pero era una gourmet de las birras artesanas, y para las grandes celebraciones, pedía Celada. Ya no la fabrican en tu pueblo, pero yo aún tengo dos cajas.
—¿Cómo?
—Celada, como la virgen de Trueca. Tienes que haberla tomado alguna vez…
Como yo no decía nada, volvió a la barra y me la sirvió.
—Invita la casa.
A mí me daba igual la maldita Celada. No sabía cómo tenía que sentirme. ¿Le decía la verdad? ¿Le decía que yo era la tal Mimi pero que no lo recordaba? Eso era un poco raro. Al menos me había sonado el nombre del bar…
—¿Y cómo dices que conociste a mi hermana? —pregunté antes de darle un sorbo a mi cerveza.
—Pues en la universidad. No estudiábamos lo mismo, pero frecuentábamos los mismos bares y nos enamoraba el rock, así que nos hicimos amigas, sobre todo a raíz del grupo.
Aquella cerveza estaba realmente buena. Sabía a… memoria. Tuve un flash de mí misma en aquel bar decorado como si fuera una vieja mina, con sus traviesas de madera sujetando la galería, sus candiles y sus vagones. Estaba cantando Show must go on, de Queen, delante de un montón de gente apiñada en el reducido espacio, y pedía que alguien me trajera una cerveza. Una mano generosa me alargaba una Celada. Era un chico a quien conocía muy bien. Mi novio, estoy segura. La impresión hizo que el recuerdo se resquebrajara como un cristal, y antes de que me diera cuenta se había hecho añicos a mis pies. Dios. Mi adolescencia en un trago. Brindé a la salud de Proust y su magdalena.
—Oye, ¿estás bien?, esto… ¿cómo dices que te llamas? —preguntó una preocupadísima Lala.
—¿Y ese chico con el que salía? Mi hermana, quiero decir —desoí su pregunta.
—Te refieres a Adán, ¿no? La verdad es que no he vuelto a verlo. Creía que seguían juntos y todo…
—¿Ah, sí?
—No te hablas con tu hermana, ¿verdad?
—No… —volví a mentir, aunque más o menos era cierto.
—Vaya, tía, lo siento. Es una pena, porque es una chavala increíble. Tenéis las dos los mismos ojazos gigantes. Me alegro de que ya no esté con ese idiota de Adán.
—Si quisiera encontrarlo… Al idiota, digo. ¿Sabrías dónde tengo que buscar? —la interrogué.
—Uf, pues es que no sé… Ya sabes que era un hijo de papá con mucha pasta. Vivía en Trueca hasta que empezó Ingeniería de Minas, pero creo que luego estuvo estudiando fuera... Si no hubieran cerrado las minas, te diría que buscaras a su padre, don Remigio Del Val, en la Hullera Vasco-Leonesa, pero ya ves que quebró, maldito gobierno. Aunque si dices que hace tiempo que no lo ves, quién sabe dónde estará. Hace años que no lo veo por el bar, y eso que antes él y tu hermana lo frecuentaban mucho. Ese estará fuera de España, que es donde están los que tienen la suerte de podérselo permitir.
Solo había visto su cara en ese flash, su cara de ángel caído, con esas angulosas mandíbulas y esos ojos de perro callejero fijos en mí. Ni siquiera sabía si lo reconocería si me lo topara por la calle, pero el sentimiento que me despertó estaba claro: lo amaba con todas mis fuerzas. Y si Lala no tenía noticias de que nos habíamos separado, ¿significaba que cuando tuve el accidente aún estábamos juntos? ¿Me dejó entonces al ver que no despertaba? ¿Dónde estaba? ¿Sabía mi hermana algo de todo esto?
Me despedí de la amable camarera con la promesa de pasarme algún otro día por el Bardaya. Una vez fuera llamé a Melisa, que tardó en responder.
—¿Si?
—Acabo de tomarme una Celada —dije por toda respuesta.
—¡No puedes mezclar las pastillas con el alcohol, Mica! —me regañó.
—Entonces sabes que eso es una cerveza.
—Sí, claro. ¿Por qué no iba a saberlo? —preguntó.
—No es muy común que digamos. Ya ni se fabrica.
—Bueno, y eso qué importa. Lo que sí que importa es que no debes jugártela así, hermanita.
—Solo le di unos sorbos. En el bar Bardaya, ¿te suena?
—Sí, estaba cerca de la catedral, ¿aún sigue abierto? —quiso saber.
—Pues sí, y me he encontrado a una vieja amiga allí.
—¡Te han recomendado reposo, Micaela, por Dios! Sabes que no puedes ponerte en situaciones que te causen estrés.
—¿Y cómo iba a saber yo lo estresante que sería tomar una cerveza en un bar? Entré porque me sonaba mucho el nombre y, mira por dónde, resulta que lo frecuentaba, y hasta cantaba allí —expliqué.
—¿Y quién era la amiga, si puede saberse?
—Lala. Laura Lanza, es la camarera. Me reconoció de inmediato y me llamó Mimi.
—Siempre fue un apodo horrendo… —respondió ella— ¿Le contaste lo del accidente?
—¿Sabes quién es?
—Sí, sí, sé quién es, os vi tocar un par de veces, y hablabas de ella en casa a menudo. ¿Le contaste entonces lo de tu accidente?
—¡No, me dio vergüenza! ¡Podías haberme sugerido que contactara con ella! ¡Me ha ayudado a recordar! —me quejé.
—Ni siquiera sabía que seguía en León. Y ya sabes que tu móvil se destrozó en el accidente, el único teléfono que tenía era el de Elora.
—Es igual, lo importante es que he recordado a alguien más.
—¿A quién?
—A Adán —respondí.
—…
—¿Mel?
—Sí, sí, dime.
—¡Te digo que he recordado a Adán!
—…
—¿Qué pasa, no te alegras?
—Sí, cariño, claro que me alegro. Lo que pasa es que ese tío es uno de los recuerdos que no deberías recuperar, eso es todo.
—¿Por qué?
—No fue una relación muy buena para ti, ¿vale?
—¡No me importa! —me desesperé —. Quiero recuperar todos los recuerdos, los buenos y los malos.
—Ya, ya, lo entiendo.
—¿Por qué Elora nunca me ha hablado de él?
—Porque yo le pedí que no lo hiciera, Mica…
—¿¡Cómo!? —Perdí los nervios—. Soy incapaz de recordar nada de mi vida, ¡y encima me ocultáis cosas!
—Lo sé, lo siento, pequeña, solo quería ahorrarte sufrimientos innecesarios…
Para entonces ya estaba teniendo otro ataque de ansiedad, y tuve que dejar el teléfono para administrarme una dosis de esas pastillitas rosas que me permitían respirar más despacio y evitaban que empezara a hiperventilar. Cuando conseguí calmarme, retomé la conversación.
—¿Sigues ahí? —dije.
—¡Dios! ¿Estás bien?
—No. Quiero que vengas a casa, tienes que contarme todo lo que me hayas ocultado.
—No te oculto nada, ¡solo te protejo! —exclamó.
—No lo necesito. Ven esta noche y haz de hermana de una puta vez. No puedes dejarme sola por más tiempo.
—Nada me gustaría más que eso, Mica, te lo juro. Pero no estoy en España, sabes que dependo de la ONU.
—¡Coge un maldito avión! —sollocé.
—No puedo hacer eso, perdería mi trabajo. Y con el dinero que gano es con lo que comes y vas al psicólogo.
—¡Yo no te lo pedí! Además, puedo trabajar.
—Escucha, Mica, cálmate. Puedo estar ahí en… una semana. Solo dame una semana y te prometo que arreglaremos esto. He cometido un error, perdóname. Pero esto es bueno, estas recordando cosas, ¿ves? ¿Qué más has recordado?
—…
—Mica, accedí a no contratar a alguien para que te cuidara porque dijiste que estarías bien, que con Elora cerca todo estaba bien. No me hagas cambiar de opinión.
—No, no. Solo quiero hablar contigo, de verdad, no por teléfono. Hace diez meses que no nos vemos… —rogué.
—Lo sé. En cuanto acabe en Noruega pido unos días para estar contigo. Te lo juro. Ahora tengo que colgar.
—Vale, Mel. Te tomo la palabra.
Por supuesto, la siguiente parada era la casa de Elora. ¿Qué clase de amiga le oculta información a su alma gemela?

5. Fotos viejas
Llegué a casa de Elora hecha una furia. Le conté todo lo que había ocurrido en el Bardaya, la conversación con mi hermana, y que había descubierto las mentiras de ambas. Tras escudarse en absurdas excusas durante unos diez minutos, acabó yendo a buscar las piezas del puzle inconcluso que me enseñaba a diario: las fotos que había sacado del álbum por petición de Melisa. Todas eran fotos en las que aparecía Adán y, curiosamente, en algunas estábamos en aquel bar que había visitado hacía una media hora. Allí estaba, rodeándome con sus brazos tatuados en muchas de las fotografías. No recordaba nada, pero lo que sentía por él era tan vívido… Melisa aparecía con nosotros en un par de fotos, y Elora y Nezar también. Todos formaban parte de aquel complot para que mi mente no regresara hasta aquel tipo. Y quería saber por qué.
—Quiero la verdad. Ahora.
—No creo que la verdad te ayude a recuperar la memoria. Es más, pienso que solo vas a conseguir que te de un ataque —dijo mi amiga.
—¡Que me lo cuentes! A estas alturas ya intuyo que fue el causante de mi accidente, así que explícamelo todo, si no, sí que voy a tener un ataque, y tú un moratón en la cara.
—Bueno, menos violencia, ya te lo cuento. Tu hermana va a matarme, pero en fin… ¿No prefieres esperar a la semana que viene? Cuando ella esté aquí podemos hablar las tres…
—Me importa una mierda mi hermana. ¿Qué pasó el día que me estrellé? —exigí —. Basta de excusas, Elo.
—Era un cabrón, Herz, después de años de exprimirte como un limón, decidió dejarte. Así, de la noche a la mañana. Tú no lo soportaste y…
—¿¡Quieres decir que intenté suicidarme!?
—Pues no lo sé… Nunca quedó claro, la verdad. Por eso no queríamos decírtelo. No sabíamos cómo te iba a afectar… El caso es que cogiste el coche, subiste el puerto con el acelerador a fondo. El coche patinó a causa de la nieve y te saliste de la carretera, hasta atravesar los pinos… Lo siento mucho.
—¿Soy el tipo de persona que se quitaría la vida? —pregunté.
—No lo sé. Pero conocías ese alto como la palma de tu mano, y sabías que estaba helado…
—No puedo creerlo…
—Lo siento mucho, de verdad.
—¿Dónde está él?
—¿Adán?
—Sí, tengo que verlo —aseguré.
—Imagino que la culpa lo hizo polvo, porque desapareció tras visitarte en el hospital y saber que estabas en coma y que nadie sabía si sobrevivirías...
—Dios, tiene que haber una forma de localizarlo…
—Pero ¿para qué, Herz?
—¡Yo que sé, Elora! ¡Igual me ayuda a recordar más cosas!
—¿Ves? Esto es precisamente lo que tratábamos de evitar, que te obsesionaras…
—Pero ¿cómo no voy a obsesionarme? —sollocé.
—Shhh, ven aquí, ya está —me consoló—. Hay más cosas que has recordado, por ejemplo, te acordaste de la dedicatoria de Ortiga, eso es genial.
—Eso no es más que un recuerdo selectivo, no me lleva a ningún lado. En cambio, ver a Adán quizá active la chispa que me falta para que todo regrese a mi mente…
—El doctor Lujan te dijo que eso no se puede acelerar, ¿no? ¿Por qué no te alegras de estar progresando y dejas que las cosas sucedan despacio? No te quedes esperando los recuerdos, vive, sé feliz, y si vienen, estupendo.
—Qué fácil es para ti decir eso… —me quejé.
No pensaba hacer ningún caso a su consejo. Sabía dónde tenía que buscar pistas sobre el paradero de Adán. En parte lo necesitaba para recuperar la memoria, y en parte para llenar un preocupante vacío sentimental… Era hora de enfrentarme al infierno blanco del puerto y hacerle una visita a la abuela. Claro que no pensaba contárselo a mi amiga.
—¿Qué quieres decir con que era un cabrón, Elora?
—Joder, Herz, pues eso, que era un auténtico cabrón. No hacía más que mirarse su propio ombligo, siempre hacía lo que le daba la gana y no paraba de hacerte daño. Yo nunca congenié con él, ni yo ni nadie. No tenía ningún interés en hacer amigos, ¿sabes? Como si estuviera incapacitado para relacionarse. Tú no dejabas de darle oportunidades y siempre volvía a defraudarte.
—El típico egoísta —completé.
—No, Herz, era mucho más que eso. Era tan desapegado contigo… Solo parecía necesitarte cuando te perdía. En cuanto tratabas de olvidarlo, regresaba, y tú dejabas que lo hiciera, una y otra vez. Era alarmante. No te dejaba ser feliz. Hablamos contigo, miles de veces, pero siempre recaías, por mucho que te esforzaras. Lo amenazamos, pero nadie es capaz de intimidar a ese tío. Ya no sabíamos qué hacer para dejar de verte sufrir. Y a él le daba igual verte así, no le afectaba tu dolor, era como si fuera inmune… Menudo cerdo.
—Vaya… —musité.
—Sí… Nos desquiciaste a todos. Quisimos abofetearte muchas veces. No comprendíamos cómo te dejabas torturar así…
—Pero ¿a qué te refieres exactamente con que no me dejaba ser feliz? ¿Qué me hacía? —interrogué.
—¡Ay, Micaela, te empeñas en pasarlo mal! Pues te era infiel, te trataba como a una mierda, desaparecía, te dejaba… Y lo peor: te dominaba, tenía un poder infinito sobre ti. Cuando él quería que volvieras, volvías. Sabía que lo amabas por encima de todo y lo utilizaba en su favor. Cuando conocías a otro tío o tenías la oportunidad de salir fuera de León para olvidarlo, hacía lo imposible por demostrarte lo mucho que le importabas y la falta que le hacías. Y a la mierda tus relaciones y tus oportunidades, una vez que regresabas a su lado, volvías a ser una desgraciada. Pero parecía que te gustaba…
—A lo mejor se veía así desde fuera…
—Mira, el corazón de ese tío era un pequeño burdel con el aforo completo. No tenía ningún escrúpulo a la hora de triturar el tuyo. Se había hecho experto en el delicado arte de pulverizar a quien quisiera amarlo, y eso debía de resultar un desafío para alguien tan masoquista como tú. Ahí residía todo el encanto que le veías: era inalcanzable. No podía ser tuyo ni de nadie. Motivo suficiente para desearlo, muchas lo deseaban, no solo tú. Además nadaba en dinero —volvió a la carga.
—¿Y a mí me importaba eso? —me sorprendí.
—No. La verdad es que nada en absoluto. Igual por eso te quería, a su manera, porque eras la única que lo amaba por cómo era… Nunca intimó con nadie como contigo, pero era incapaz de dejar de hacerte daño. Y tu conciencia te advertía del peligro, pero la apartabas de un manotazo y te tirabas de cabeza al gélido océano de su mirada gris, que no era más que una tela de araña invisible. Pobre estúpida… Casi te dejas la vida intentando que te amara…
—Pero has dicho que me quería… —Traté de entender mi comportamiento.
—Sí, bueno, quién sabe… He dicho que lo hacía a su manera. Y su forma de quererte era dañina. Pero estabas completamente enganchada a ese amor.
Empecé a encajar algunas piezas. Quizá por eso tenía esa idea del amor ligada al dolor que tanto ataca el doctor Luján.
—Por eso Herzeleid, ¿no? —divagué con la vista perdida.
Por eso mismo, sí. Te autobautizaste así a los diecisiete. Fue cuando aprendimos la verdad, como dice la canción: nunca seríamos las reinas del instituto. Tampoco es que tú quisieras serlo, preferías pasar desapercibida, no como Melisa. Por aquel entonces pretendíamos ser distintas, no queríamos ser unas aspirantes más a cuerpo diez y cabeza cero, y tú habías descubierto a los Rammstein. Luego leíste Los amores lunáticos, de Lorenzo Silva, donde había una chica que tampoco era la reina del instituto, pero enamoraba al protagonista —un chico también distinto— con su melena negra y su piercing en el labio, y llegamos a la conclusión de que el nombre te quedaba como un guante: Dolor de corazón. Yo te consideraba una sufridora, pero aquel nombre era como una bandera para ti, te llenaba de orgullo, no de autocompasión. La contundencia del alemán le restaba lo hortera y lo cursi y le sumaba la crudeza con la que tú lo sentías, grabado a fuego. A los diecisiete cambiaste, renaciste de tus cenizas, y eso era lo que para ti significaba Herzeleid, un «he sobrevivido», un «he perdido la inocencia», un «he sangrado, pero yo sola me he cauterizado la herida», un «cuidado con la rosa, pincha».
Suspiré.
—Pero como por fuera seguías pareciendo tan dulce y tierna como una magdalena empapadita en leche —siguió—, decidiste espinarte con el piercing del personaje de Silva y otros que vendrían luego. Y diez años después, sigo llamándote por ese nombre y soy de las pocas personas que saben qué significa.
Qué impotencia. No recordaba absolutamente nada de eso, pero sí la letra de la canción de Rammstein:
Bewahret einander vor Herzeleid
denn kurz ist die Zeit die ihr beisammen seid.
Denn wenn euch auch viele Jahre vereinen einst werden sie wie
Minuten euch scheinen.
Herzeleid.
Bewahret einander vor der Zweisamkeit.[2]
—Creo que en ese momento fue cuando te enamoraste de la bestia, como tú solías decir —continuó mientras yo la observaba con los ojos como platos—. Cuando te enganchaste al amor doloroso, cuando aceptaste que era así. Aquel amor era enfermizo y dañino y te devoraba por dentro como una piraña.
Es curioso cómo el daño puede ser adictivo y reconfortante; como esas heridas en las encías que uno no puede dejar de rozar con la lengua a pesar del escozor.
—Adán se convirtió en una droga para ti, te corroía las entrañas, pero el síndrome de abstinencia era peor. Aquella falta de aire te hacía sentir más viva que nunca, como si la verdadera felicidad no consistiera en alcanzar el placer, sino en descansar del dolor. Por eso te volvías loca de dicha cuando él se dignaba apenas a mirarte, cuando el monstruo reparaba en la devastación que había causado a su alrededor y te daba un día de tregua. Períodos de luna de miel, como los llaman en psicología criminal. Parece que todo lo demás ha merecido la pena. Y lo obvias, lo olvidas, y te quedas solo con lo dulce, lo idílico, que muchas veces está cubierto de maquillaje. Lo que no borra el maquillaje son las cicatrices. Y te convertiste en un ser decrépito, mendiga de cariño, dependiente hasta la náusea.
Dios mío… ¿De verdad había sido así?
—Llegaste a convencerte de que preferías sufrir si eso suponía seguir a su lado, de que el sufrimiento sería mayor sin él. Preferías tropezar con su desprecio que hacer el esfuerzo sobrehumano de esquivar sus patadas y alejarte. Estabas dispuesta a recibir puñaladas antes que no tenerle, a soportar el sufrimiento de su despotismo antes que el de su pérdida.
Qué poquito nos queremos a veces… Y es cuando el monstruo gana la partida.
—Yo creo que te perdiste en la atracción sexual, tan poderosa que, a veces, es muy difícil distinguirla del amor. El misterio que envolvía a Adán era realmente magnético. Un niño bien que bajo su camisa blanca ocultaba tatuajes carcelarios. Pianista de élite, capaz de sublimarte con Tchaikovski y de interpretar a escondidas melodías de metal gótico. Lo expulsaron del conservatorio por tocar delante de un auditorio de más de dos mil personas una balada satánica en lugar de un arreglo de Beethoven. Un rebelde sin causa, un espíritu errante. Te sorbía la esencia, consumía tu energía. Sin alma ya solo eras carne y, como es lo único que quería de ti, cada instante te parecía el cielo. Estabas tan borracha de deseo que se lo entregabas todo, ya sin fuerzas, convencida de que ese era tu premio, de que obtenías algo valioso a cambio. Mentira. Acababas de firmar tu sentencia y de colocarte tú solita los grilletes, Mica.
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