Kitabı oku: «Diario íntimo de una mujer audaz»

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Nora Cortese

Diario íntimo de una mujer audaz


Cortese, Nora

Diario íntimo de una mujer audaz / Nora Cortese. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-87-2329-7

1. Novelas. I. Título.

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com

Índice

1  Capítulo I

2  Capítulo II

3  Capítulo III

4  Capítulo IV

5  Capítulo V

6  Capítulo VI

7  Capítulo VII

8  Capítulo VIII

9  Capítulo IX

10  Capítulo X

11  Capítulo XI

12  Capítulo XII

13  Capítulo XIII

14  Capítulo XIV

15  Capítulo XV

16  Capítulo XVI

17  Capítulo XVII

18  Capítulo XVIII

19  Capítulo XIX

20  Capítulo XX

21  Capítulo XXI

22  Capítulo XXII

23  Capítulo XXIII

24  Capítulo XXIV

25  Capítulo XXV

26  Capítulo XXVI

27  Capítulo XXVII

28  Capítulo XXVIII

29  Capítulo XXIX

30  Capítulo XXX

31  Capítulo XXXI

32  Capítulo XXXII

33  Capítulo XXXIII

34  Capítulo XXXIV

35  Capítulo XXXV

36  Sinopsis

El mundo será de los audaces. Atrévete.

Capítulo I

—Necesito llegar al aeropuerto, por favor, tiene que haber un lugar por dónde pasar.

—No se puede. Hay un piquete que obstruye el tránsito—dijo el oficial con cara de resignación, pero transmitiendo calma a la vez.

Estaba muy nerviosa, había trabajado mucho para poder viajar. Juntar el dinero del pasaje no había sido fácil. Mis ojeras me delataban, ni el corrector ni el maquillaje en exceso habían logrado disimular el insomnio de la noche previa.

Aquellas imágenes que una y otra vez repetían los noticieros, estaban frente a mí. La columna de humo impedía ver la ruta. Las llamas envolvían en cámara lenta los neumáticos esparcidos sobre el asfalto. Hombres con capuchas, palos en mano y actitud desafiante trataban de imponer autoridad ante el puñado de personas indignadas que rodeaban al policía, exigiéndole una solución que no dependía de él.

Una señora con el mate en la mano, ropa gastada por el paso del tiempo y pechera fluorescente que la identificaba se me acercó. Tapándose la cara con un pañuelo y dejando al descubierto su pelo despeinado, me dijo:

—Bajate de esos zapatos y caminá..., mamita.

La miré, y mientras las lágrimas corrían sin ningún pudor por mi rostro, salí del auto y acercándome a ellos les dije:

—Necesito pasar sí o sí. Ustedes no pueden arruinarme el viaje que tanto soñé y por el cual me sacrifiqué mucho. Déjenme pasar. El derecho a reclamar termina donde empieza el mío de circular por las calles.

No podía creer lo que me estaba pasando, ¿sería una señal?

Mis tacos ya no me hacían sentir segura, mi pelo comenzó a enredarse con el viento y el olor a goma quemada había tapado mi costoso perfume importado. Las manos no me alcanzaban para bajar los volados de la pollera que dejaban al descubierto el borde de mi ropa interior. Como hormigas, los autos trataban de huir del lugar originando un congestionamiento aún peor. Todo era caos.

Cuando mi cabeza estaba a punto de estallar, el oficial se acercó y en tono cómplice me dijo:

—La única manera de llegar es caminando. Yo que usted me saco los tacos y aprovechando las rueditas de las valijas, empiezo a caminar. Y si por esas cosas del destino pierde el avión, acá tiene un servidor que la va a estar esperando.

—¿Me está hablando en serio?

Acomodó su visera y esbozando una sonrisa dijo:

—Por ahora es lo único que tengo para decirle.

Antes de reaccionar, el remisero que me llevaba comenzó a bajar el equipaje del auto.

—No se preocupe, señora—dijo, y alcanzándome el bolso de mano agregó–: yo la acompaño, usted va a tomar el avión.

¿Por qué?, ¿para qué?, siempre qué… todos los qué posibles retumbaban en mi cabeza. Mientras tanto, el hombre caminaba a paso acelerado y yo corría zapato en mano, para no pasar sola la barrera humana que se encontraba a metros de las llantas humeantes.

Media hora después llegamos al aeropuerto. Saqué unos billetes de mi cartera y pagué el viaje, mucho más de lo estipulado. Se lo merecía. Su actitud no tenía precio.

Otra vez el desconcierto.

Era la primera vez que estaba ahí. No sabía qué hacer. Traté de relajarme, tenía que llegar al lugar de embarque. Cientos de personas se cruzaban por el amplio salón. Algunos sonrientes, otros con cara adusta, vaya uno a saber qué historia personal había detrás de cada uno de ellos. La mía era muy simple, me había enamorado de un hombre que vivía en el exterior y tenía que optar por dónde vivir. Y para llegar a eso fue necesario hacer un trabajo emocional muy profundo, y un ajuste económico descomunal a mi vida para poder juntar los cinco mil dólares que me había costado ese viaje.

Me desplomé sobre uno de los sillones de la zona de embarque implorando que todo pasara lo más rápido posible. A pesar de la comodidad no podía permanecer sentada durante mucho tiempo. A través del ventanal miré al avión maniobrar en la pista. Me acerqué al monitor que estaba ubicado en el centro de la sala de espera y pude ver que anunciaba el vuelo 2383 con destino a Yakarta para las ocho y treinta a. m. Mi estómago se estrujó.

Las nubes comenzaron a dar paso a los rayos del sol. Estaba comenzando el día, el más importante de toda mi existencia. Iba a encontrarme con el amor de mi vida. Un mundo nuevo se abría ante mis ojos. Los pisos brillantes de la sala, los amplios cristales, gente vestida con ropa de marcas conocidas, señoras con olientes perfumes, hombres luciendo oro en sus muñecas y las avenidas linderas ocupadas por un enjambre de autos contrastaban con el barrio que había dejado atrás.

—¿Te vas para siempre?—preguntó mi compañera de banco ocasional, luego de levantar la vista que hacía tiempo tenía clavada en su celular.

—Buena pregunta, pero no lo sé.

—¿Por qué?—retrucó.

—Voy a encontrarme con el que creo que es el amor que siempre soñé. Lo conocí acá y por problemas laborales volvió a Indonesia.

—Tienen costumbres, religión y valoración de la mujer opuestas a las de los occidentales. No será fácil—suspiró en un castellano trabado, pero entendible.

Lucy, la señora en cuestión, volvía a su país de origen, Indonesia, luego de visitar a su hijo quien, a diferencia de lo mío, encontró su amor en la Argentina y acá se quedó.

De entrada me pareció entrometida pero, a medida que transcurría la conversación, sus comentarios me parecían sinceros. Su cara de pergamino delataba unas cuantas décadas de experiencia. Su sonrisa diáfana jamás desaparecía de sus labios, incluso cuando trataba de convencerme de que no sería fácil adaptarme a la sociedad asiática. Su paz me envolvía, pero no lo suficiente como para permanecer sentada por largo tiempo, aunque ahora era ella la que se había levantado. En su lugar se había sentado un joven con una valija y una mochila que apretaba sobre su pecho. Lo noté algo inquieto. Se movía todo el tiempo, cruzaba las piernas para un lado y otro. Su nerviosismo aumentó más el mío. Quería saber cuál era la causa de su ansiedad, quizás estaba viviendo una historia igual a la mía y ambos nos podíamos consolar al mismo tiempo.

—¿A dónde viajás?—le pregunté.

—A España—me contestó por compromiso.

—Qué lindo, no conozco España, pero he leído revistas en las que muestran a los artistas en sus playas paradisíacas.

—No voy en viaje de placer—me contestó, ahora de manera más amena, dejando de mirar de un lado hacia otro—. Un amigo me espera allá porque me consiguió un trabajo temporario. Tengo a mi hijo con cáncer y necesito plata, acá no encuentro trabajo. Me ofrecieron un muy buen sueldo.

Pobre hombre, pensé. En ese instante me hubiese gustado ser una persona con mucha plata para poder ayudarlo, sin embargo se me ocurrió otra manera de hacerlo.

—¿Tenés abierta alguna cuenta bancaria para depositar plata?

—Sí, mi hermana me la abrió.

—Pasame por favor el número así lo replico en las redes sociales. Acá hay gente muy solidaria.

Mientras conversaba con él, observaba cómo tres personas no nos sacaban la vista de encima. Un par de veces cruzamos la mirada. Me sentía importante, seguía siendo apetecible para los hombres, pensaba, y esos eran tres confituras rellenas de dulce de leche. Me sonrojé cuando vi que se acercaban. A pesar de hacerme la mujer fatal y sostenerles la mirada a los hombres, sentí un poco de vergüenza y bajé la vista.

—Policía—dijo el morocho musculoso al que no le había sacado la vista de encima en ningún momento—, me tienen que acompañar.

—¿Yo? ¿Por qué?—contesté sin dejar hablar a mi compañero de banco—. Hace un rato largo que estoy acá rumiando rabia, haciendo ohm…, hablando con la gente para pasar el tiempo. ¿Qué hice?

—Necesitamos que ambos pasen sus equipajes de mano por los escáneres.

—Esto es un sueño. ¿Para qué pasarlo de vuelta?—contestaba mientras él no decía palabra alguna.

—¿Hacia dónde se dirigen?—preguntó el más bajito de los tres.

—A Indonesia—contesté.

—A España—dijo él.

—Viajan separados por lo visto.

—Sí, señor. Yo voy a Indonesia a encontrarme con mi novio y él, según me dijo, va a trabajar allá para juntar plata para curar a su hijo que está enfermo.

—Es un trámite sencillo, acompáñenme por favor—insistió el musculoso.

Yo iría con vos al cuarto para que me palpes de pies a cabeza, pensé, pero me di cuenta de que la cosa no iba por ese lado. Habían logrado ponerme más nerviosa de lo que estaba pero los seguí con mucho fastidio, a pesar de mis pensamientos morbosos.

Entramos a un cuarto donde pusieron los equipajes sobre la mesa. Al dar vuelta el mío se desparramaron todas las cosas que había adentro: toallas femeninas, protectores diarios, jabón, toalla, maquillajes y mis remedios. Abrieron todas mis cremas y las pasaron por el escáner. Mi presunción de mujer fatal se diluyó. Me di cuenta de que sospechaban algo. Mientras tanto yo discutía argumentando que era un atropello porque ya lo había pasado. Luego abrieron la valija de mi acompañante ocasional y encontraron un doble fondo lleno de pastillas de éxtasis. Después de media hora, disculpas mediante, y luego de comprobar que no tenía nada que ver con ese hombre, me liberaron mientras él quedó detenido. Corrí hacia la sala de espera. Lucy estaba desesperada porque faltaba poco para la partida del vuelo y no me encontraba.

Capítulo II

Mientras esperaba la salida del avión, los recuerdos se sucedían de manera vertiginosa. Las preguntas salían a borbotones. De a poco iban asomando las respuestas. Trataba de recordar cómo había tomado la decisión de viajar y si era correcto lo que estaba por hacer.

No había tenido una infancia feliz, tampoco una adolescencia para recordar. Pero ahí estaba, sentada en los sillones del aeropuerto, convertida en mujer. Mi vida no había sido fácil. Estaba separada pero feliz, luego de haber cumplido con los mandatos de la sociedad y casarme con libreta, vestido blanco, fiesta y virgen, tal cual lo estipulaban los mandatos de la época, cosa inentendible para los jóvenes de ahora. Siempre me esforcé en agradar a los demás, traté de ser la chica perfecta primero y la mujer maravilla después. Mis recuerdos de la infancia no eran los mejores: frío, hambre, madre con tendencia suicida y abandono. Algunas terapias posteriores me hicieron ver que esa obsesión por agradar a los demás había nacido en mi niñez, al sentirme desvalorizada por mi entorno familiar. Esas son heridas imperceptibles para nuestro consciente, pero que dejan huellas profundas en nuestro ser y muchas veces se transforman en el motor de nuestras angustias y padecimientos. Eso lo aprendí después de escuchar a muchos profesionales que hablaban del tema en los programas de la tarde.

Crecí con la esperanza de revertir esa situación al casarme, pero, cuando el día llegó, los resultados no fueron los esperados. Me había casado con la ilusión de todas las mujeres de esa época: formar una familia. Era hija de padres separados, por lo que siempre me había propuesto no hacerles vivir la misma situación a mis hijos. Sin embargo, uno propone y la vida dispone. No me agradaba la decisión de separarme, pero era inevitable. El amor había desaparecido y la convivencia era insostenible. Nunca voy a olvidar el día que hice el clic en mi vida. Mirándome en el espejo del baño me pregunté: ¿Por qué sigo al lado de este hombre? Sabía que iba a lastimar a otras personas, pero me sentía con el derecho a ser feliz. Uno no se equivoca a propósito. Cuando me casé, pensé que lo hacía para toda la vida, pero fue la vida la que me demostró que me había equivocado.

No fue fácil tomar la decisión, la maduré durante años, si, suena raro, durante años pensé en la posibilidad de separarme, y sin pensar demasiado en las consecuencias, llegado el momento me fui de mi casa, y comencé a vivir una vida difícil pero feliz a la vez. De entrada todo es muy duro. El mundo se viene encima, la noche se apodera de nuestras vidas, parece que todo es imposible; pero al mismo tiempo la esperanza de lograr una mejor vida es más fuerte. Solo una sabe la tortura que tuvo que vivir antes de tomar la decisión, pero, llegado el caso, lo importante era lo que estaba por venir. Y como a mí me faltaba mucho por hacer y vivir, comencé a transitar la vida sola, aunque en realidad no era sola, sino sin la compañía de un hombre. Estaba muy segura de lo que hacía, no sentía miedo por nada ni por nadie.

Si bien tenía todo resuelto, una visita a la sicóloga no estaba de más.

—Contame, ¿por qué estás acá?—disparó la profesional.

Mi respuesta no tardó en llegar:

—Me separé y tengo algunas dudas—dije y, mientras ella me acercaba una caja de pañuelos descartables, comencé a hablarle de mi vida. Estaba sorprendida porque nunca había llorado durante el proceso de separación, y ahora no alcanzaban los trozos de papel absorbente que estaban sobre el escritorio—. El tema de la ruptura lo tengo resuelto—le dije—, estoy muy segura de la decisión que tomé. Mi duda es cómo tratar el problema con mis hijos.

—Tenés que decirles la verdad. Que mamá y papá dejan de ser pareja y que no van a vivir más juntos, pero serán sus padres para toda la vida. ¿A dónde pensás irte a vivir?—preguntó.

—Por ahora con mi mamá.

—¿No tenés otra opción?¿Una amiga u otro familiar?—me preguntó, descolocándome, ya que para mí esas cosas eran tema cerrado.

—No pienso vivir mucho tiempo en lo de mi mamá—contesté, tratando de demostrar que ese no era mi problema—. No bien logre acomodarme, voy a alquilar una casa. Aunque haciendo memoria, tengo una casa que un abuelo amigo de la familia puso a mi nombre para que la herede luego de su muerte, pero por ahora él está viviendo ahí.

—¿Cómo?—interrumpió—. ¿Querés decir que tenés una casa?, ¿entonces por qué no le pedís al abuelo que te deje vivir con él hasta que puedas alquilar una para irte a vivir sola?

La visita a la sicóloga me había confundido. Pensé mucho su propuesta. Estaba bueno tener cierta independencia, ya que el vivir con la familia significaba tener que adaptarse a sus reglas de convivencia.

Tenía muy vagos recuerdos de Glew, donde se encontraba la casa que le había mencionado a la sicóloga. Fueron muy pocas las veces que habíamos visitado ese lugar. El pueblo está ubicado en el sur del Gran Buenos Aires, a casi treinta kilómetros de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Pertenece al partido de Almirante Brown y se lo conoce por los frescos que Raúl Soldi pintó en las paredes de la Capilla Santa Ana, durante veintitrés veranos. Nunca estuvo en mi mente dejar la moderna Capital Federal para mudarme al conurbano bonaerense. Sin embargo, la idea me gustó, y sin pensarlo demasiado, me puse a googlear cómo viajar. No tenía dudas de que iba a ser una gran aventura. Y lo fue.

Opté por viajar en tren. Mi primer destino era Plaza Constitución. Cuando puse el pie en ese lugar, alguien corriendo me llevó por delante, y no era el único que corría, un hormiguero de gente cubría el lugar. Los vendedores ambulantes sentados por los rincones ofrecían los artículos más disímiles y las voces que indicaban el andén de partida completaban la escena. Semejante panorama me inquietó, pero luego de recordar el motivo por el que estaba ahí, volví a mi eje.

Después de cuarenta y cinco minutos de viaje, bajé en la estación de Glew. Eran las ocho de la mañana y frente a mis ojos pasaban hombres y mujeres corriendo para dirigirse a la larga cola de la boletería. El diariero del lugar, muy gentil, me indicó el colectivo que debía tomar. Al llegar, el panorama no era muy alentador. Las calles de tierra mostraban sin vergüenza las grandes huellas de barro que dejaban los vehículos al transitar los días de lluvia. Al caminar, las zapatillas se cubrían de polvo mientras iba sorteando los pozos que se sucedían uno tras otro. Viejos pedazos de escombros hacían las veces de veredas.

Las casas bajas, algunas de madera, otras de material sin revocar, se mezclaban con edificaciones de dos pisos. Después de recorrer varias cuadras, me paré frente a una casa con ladrillos a la vista, lajas, vereda, rejas, pero lo que vi tras la ventana era tenebroso. Mirando las telas de araña que cubrían el lugar, juré no dejarme vencer. Había nacido para ser feliz. No tenía tiempo para lamentos. Sabía que no iba a ser fácil, pero me gustaban los desafíos.

Muchas lágrimas corrieron sobre el rostro mientras trataba de hacer habitable mi nuevo hogar. El negro era el color predominante, pero no de pintura, sino de suciedad. Las arañas jugueteaban alegremente de pared a pared, mientras las ratas hacían acrobacia. Motorizada por mi orgullo, y a base de detergente y lavandina, pude descubrir el verdadero color de los azulejos y preparar las paredes para su nuevo look. Pincel en mano inicié la transformación. Un rosa cálido cubrió el comedor, mientras las piezas se iluminaban de celeste. Gracias a un poderoso veneno, las ratas se mudaron y las arañas ya no tenían dónde sostenerse. Tiré los sillones comidos por los roedores al igual que el colchón del abuelo y los reemplacé por un futón.

Recuerdo el primer día que cociné en mi nueva casa. Me sentía muy extraña. Ya no estaban mis ollas, mis platos ni mis utensilios de cocina colgados de la pared. Todavía siento cómo el pan rallado se esfumaba entre mis dedos, mientras en forma mecánica empanaba la carne y al mismo tiempo me preguntaba si había tomado la decisión correcta. Apartando las lágrimas de mis mejillas tomé la sartén, eché aceite hasta casi el borde y comencé a cocinar mi primer menú de separada. Mis hijos me miraban asombrados y extrañados pero no se animaban a hacer comentario alguno. En silencio cumplimos con el rito de la cena y nos fuimos a dormir. Las ventanas sin rejas fueron las responsables de mi insomnio. Tenía miedo. No conocía el barrio. Debía familiarizarme con mi nuevo hábitat. Lo rescatable era el intenso aroma a jazmines que se filtraba por las hendijas de los postigos. Al menos me traía a la mente recuerdos felices, como las Navidades de niña en la casa de mi tía, con una mesa interminable y la infaltable llegada de papá Noel con regalos para todos.

Para el barrio era una extraña. A la señora de enfrente ya no le quedaba escoba de tanto barrer la vereda cada vez que me veía llegar. Nunca supe cómo hacía para salir en el momento indicado. Era una colaboradora acérrima de los barrenderos, ya que no dudaba en limpiar la calle con tal de acercarse a mí y poder escuchar mis conversaciones. Claro está que no lograba pasar desapercibida, sobre todo, cuando en medio de la oscuridad intentaba levantar las hojas secas. Cada vez que arribaba a mi casa, se escuchaban puertas que se abrían en cámara lenta, ventanas que se levantaban con suavidad y rayos de luz que se escapaban entre las cortinas que corrían con disimulo. Sin quererlo, me había convertido en un secreto difícil de descifrar. Nadie conocía mi vida. Sabía lo que decían a mis espaldas, pero no me molestaba en aclarar nada. Me divertía la situación.

Entre tantos recuerdos que se cruzaban por mi cabeza, mientras me asomaba por el ventanal para ver si el avión ya había llegado a la pista, estaba aquella calurosa tarde de enero, cuando enfundada en mi traje de señora, regresaba en el Ferrocarril Roca de mi primera salida con un hombre después de separada, ya que el caballero en cuestión no manejaba efectivo y no tenía plata para pagarme el remís. Viajar en ese tren no era nada rutinario ya que nunca pasaba en el mismo horario y, además, cortaban el servicio en forma sorpresiva, haciéndome vivir grandes aventuras para llegar a destino. Lo que sí estaba bueno era filosofar en el vagón, siempre y cuando a nadie se le ocurriera apoyarte o ponerte la mochila en la espalda. Recuerdo que fue en un viaje de Plaza Constitución a Glew cuando sentí la necesidad de profundizar el cambio de vida que ya había comenzado, en una casa desconocida y con un futuro incierto.

Capítulo III

Y mientras esperaba, pensaba, pensaba y pensaba. Mi mente no paraba de generar confusión. Faltaba una hora para la partida y, llegado el momento, mi humanidad iba a estar dentro de ese avión. Después, pensaba, retirarán la escalera, cerrarán la puerta, las azafatas nos indicarán cómo usar la máscara de oxígeno y un ruido ensordecedor nos anunciará que ya despegamos. Quería imaginar mi futuro, pero la realidad golpeaba mis pensamientos sin parar. Soñaba con esa carita aniñada sosteniendo una gorra, con ojos saltones y pupilas oscuras, escondidas detrás de su mano amarronada, tratando de mirarme entre sus dedos, diciendo con su amplia sonrisa: ¿Y, cómo estar? Y en el momento en que estaba dibujando una respuesta con todo el amor del mundo, llena de adjetivos calificativos y signos de admiración, la imagen de mis hijos, mis padres y mi trabajo borraba todo.

Tomé aire, respiré para tranquilizarme y descubrí frente a mí una máquina expendedora de café, ella me iba a ayudar a relajarme. Crucé el salón evitando pisar las baldosas con guardas negras, no quería llamar a la mala suerte. En el camino me crucé con una azafata que meneaba su cadera de manera rítmica, vistiendo un traje hecho a la medida de su cuerpo, que atravesaba el hall en busca del bebé que desde hacía varios minutos lloraba sin parar. Le ofreció a su madre colaboración para calmarlo, pero solo obtuvo como respuesta un movimiento negativo de su cabeza. Quizás, ella más que nadie, estaba convencida de que lo de su hijo era un simple capricho. Mientras esperaba que el vaso se llenara con la lágrima que había pedido, mis ojos se posaron en esa escena familiar donde padre y madre se esforzaban en consolar al niño.

Fantaseaba estar al lado de mi amado Nelson, con una criatura de tez morena en brazos y él tirando mi pelo hacia atrás, acariciándome, hablándole a nuestro hijo con mucha dulzura. Construyendo nuestro futuro dentro de una burbuja imaginaria que nos protegía de todos y contra todos, llena de amor y ternura, donde nada era imposible, todo era mágico y solo existíamos los tres. Nadie podía penetrar en nuestro mundo.

La espera era muy difícil y todo ese torbellino de emociones encontradas que me acompañaron hasta el aeropuerto se iba calmando.

—Good morning—me dijo un caballero que se puso a mi derecha y que por cierto era muy elegante.

—No, no—le indiqué con los dedos, tratando de hacerle entender que no interpretaba lo que hablaba.

Mientras me mostraba el traductor de Google en su celular, tratando de obtener una respuesta a su pregunta, otra vez Nelson se había hecho presente en mis pensamientos. Los dos vamos a tener que perfeccionar idiomas, pensé, él su castellano y yo el inglés. Nuestra forma de comunicarnos era bastante primitiva, por señas algunas veces y otras a través de monosílabos. Sin embargo, eso no fue obstáculo para descubrir que no podíamos vivir más separados. Cuando nos conocimos todavía no existía el WhatsApp, ni las videollamadas, solo mensajes de texto y Messenger. Nuestras charlas eran muy esporádicas

Y la espera en el aeropuerto seguía siendo difícil. Tenía que hacer algo para ocupar mi mente si no me iba a volver loca. Recordé que una sicóloga panelista de un programa para la mujer decía que escribir era bueno para hacer catarsis. Saqué mi libreta de apuntes y comencé a registrar todas mis vivencias durante la estadía en ese pequeño mundo rodeado de aviones y gente que iba y venía en busca de un rumbo para, después, leérselas a él. Aunque, sin dudas, era mejor comenzar desde el momento en que decidí emprender esta aventura cuyo final aún era incierto. Quería compartir todo con él.

—¿Te gusta escribir?—preguntó alguien que se paró delante de mí.

—Es la primera vez que lo voy hacer—le contesté por esa maldita obligación que siento de contestar a todo el que me dirige la palabra, aunque no tuviera ganas.

—Escribir es relajante, sobre todo cuando uno está viviendo una situación muy tensa—agregó.

—¿Usted tiene experiencia en esto?—dije casi sin mirarlo, un tanto fastidiada.

—Algo, escribo desde los catorce años, tengo unas cuantas novelas y ensayos publicados.

—Ah…–pronuncié dando vuelta la cara bruscamente intentando determinar si se trataba de alguien conocido—. Si quiere yo le cuento mi vida para que la plasme en una novela.

—No hay que dramatizar, todo pasa, aunque mirá qué casualidad, voy a escribir mi próxima novela y aún no tengo en claro la historia. Contámela—respondió, y sin dejarme reaccionar, acercó un grabador a mi boca—. Seguro que de eso saldrá una gran novela—agregó—. Tu cara transmite angustia y ansiedad.

Mi primera reacción fue echarlo, pero al recordar lo de la catarsis y la necesidad de pasar el tiempo que faltaba para el despegue, acepté.

Y mientras trataba de resumir mi vida hasta el presente, contándole con lujos de detalle mi historia amorosa a ese desconocido, hubo ciertos movimientos en el salón que me llamaron la atención. Un señor con uniforme de piloto se acercó a las azafatas que se encontraban en el lugar y murmuraron algo que no pude descifrar, pero que por las caras y gestos de ellas, seguro que se trataba de un inconveniente importante. Unos empleados del lugar comenzaron a desplazarse con pasos acelerados hacia la puerta, mientras el personal de seguridad se hacía presente en gran escala. En minutos no se podía observar la presencia de ningún representante de las aerolíneas.

—Disculpe la interrupción abrupta del relato de mi vida, pero me intranquiliza lo que está pasando acá—le comenté, tras lo cual, y en forma inmediata, se escuchó por los altos parlantes: “se comunica a los señores pasajeros que por razones gremiales, los pilotos de las aeronaves próximas a partir comenzaron una asamblea cuya duración no puede determinarse. Se informará sobre reprogramaciones de horarios y días de todos aquellos vuelos que se vieran afectados”.

Dejé a mi interlocutor con el grabador en la mano y crucé el salón corriendo, esta vez pisé las baldosas con guardas negras porque saltearlas no me había traído suerte. Busqué a Lucy, ella estaba sentada en el mismo lugar desde que había llegado.

—No puede ser, no puede ser…—grité sollozando, mientras todos concentraban su atención en mí.

No me importaba que me miraran, ni lo que pensaban, me importaba que desde que me había levantado todo me saliera mal, que no daba más, que mi ansiedad cada vez era más fuerte.

Lucy se levantó corriendo hacia mí con los brazos extendidos y trató de contenerme.

—Hija, el universo nunca se equivoca, prestá atención a sus señales.

Capítulo IV

—¿Tomamos un café mientras esperamos que nos comuniquen lo que va a pasar con nuestro vuelo?—dijo el escritor, luego de cruzar todo el salón para reencontrarse conmigo.

Dudé de si había sido buena la decisión de entablar conversación con ese desconocido, pero era lo que había. Caminamos unos metros y nos sentamos en la mesa ubicada frente al ventanal, mirando a la pista. Ahí estaba el avión que me iba a transportar rumbo al futuro, pero desconocía cuándo.

No sabía cómo catalogar nuestras charlas. Por momentos era una conversación entre amigos, a veces se asemejaba a una entrevista periodística, otras a un sesión con el siquiatra, pero llámese como se llame, me servía para desahogarme.

—¿Y, continuamos?—me dijo mientras esperaba que la moza acomodara la lágrima que le había pedido.

—Mi desorden mental es muy grande. Dame tiempo que tengo que ordenar mis ideas—contesté.

Ese reordenamiento trajo a mi mente mis primeros días de separada. Sin dudarlo ni pensarlo, comencé a contarle mis vivencias. Como en un sueño, recordé frente a su grabador que, por aquel entonces, lo principal era lograr mi independencia económica. No había dejado sin leer ni un solo aviso laboral que se hubiera publicado en la sección empleo del diario. Caminé, pregunté, me animé y desanimé durante mucho tiempo hasta que, por fin, la maestra de mis hijos me recomendó a una familia que necesitaba una persona para cuidar a una abuela de ochenta años.

La noche anterior a la entrevista no había dormido. A las cinco de la madrugada del día acordado, subí al colectivo con la convicción de que iba a comenzar una nueva vida. No era lo que me gustaba, pero tenía que dar el primer paso. Lo más importante era el sueldo, lo suficiente como para mantenernos.

Era invierno, el viento refregaba su dureza en mi cara, el barro había logrado humedecer mis zapatos y mi humanidad tiritaba de frío; sin embargo, un fuego interior iluminaba mi cara templando mi espíritu, con la certeza de que ese era el trabajo indicado. Acomodé mi pelo, traté de ponerme lo más presentable posible y toqué el timbre en el tercero B. Un apuesto caballero, de unos sesenta años, me abrió la puerta, invitándome a pasar.

En el lujoso living una anciana con rostro angelical se hundía en los apoltronados sillones de pana rojo.

—Esta es mi madre—me indicó César, su hijo, quien me había citado.

—Vení, hija—pronunció con voz firme la anciana mientras, con su mano llena de anillos, indicaba el lugar donde debía sentarme.

Conce era la viuda de un destacado empresario que les había dejado un complejo industrial muy importante como herencia. Su hijo vivía solo en el cuarto piso del mismo edificio, pero, debido a su actividad, pasaba muy poco tiempo con ella.

La piel tersa y blanca de la abuela dejaba en evidencia la falta de exposición al sol. De ojos verdes, boca alargada con labios finos y nariz pequeña, fruto de una cirugía que no podía ocultar, disimulaba su edad. Elegante, con cabellos plateados recogidos sobre la mitad de su cabeza, espalda derecha y mentón hacia adelante, no sacaba la mirada de mi figura.

—Tengo la impresión de que nos vamos a llevar bien, mi hijo me dijo que eras muy agradable—acotó.

Me sonrojé y les di las gracias a ambos con una tímida sonrisa. Yo también tenía la misma certeza, aunque me inquietaba la presencia de ese hombre. Tenía una mirada penetrante, gesto adusto, trato formal, vestimenta impecable, y nunca pronunciaba una frase sin antes haberse tomado la pausa suficiente como para analizarla. Durante la entrevista no dejó área de mi vida sin averiguar, pero siempre en forma impersonal. Me comentó que había llamado a teléfonos de referencia que le había dejado y que, si bien tenía algunas dudas por mi falta de experiencia en el rubro, le habían asegurado que era una muy buena persona, cosa que para él era lo más importante.

En ningún momento dejaba entrever que tenía posibilidades de tener el puesto. Solo se limitaba a preguntar y enumerar mis posibles tareas. Sí me recalcó que, si bien yo iba a estar sola, él o su secretaria llamarían durante el día.

—Quiero que me cuentes algo de tu vida, a partir de ahora vamos a compartir muchas cosas juntas—me dijo la abuela, en un tono maternal que me conmovió.

—Me separé hace dos meses, vivo con mis dos hijos en una casa heredada, y todavía me cuesta adaptarme a la nueva situación—le contesté, con voz temblorosa.

—Todo se supera, cuesta pero se supera—respondió mirando a su hijo—. Nunca dejes de soñar.—Conce hizo una pausa y, acomodándose el rodete, agregó–: Dirás que soy una vieja metida, pero una persona sin sueños es alguien que con el tiempo se marchita, todo le resulta igual. Al lado mío quiero una mujer alegre, emprendedora, que me apabulle todos los días contándome los pequeños pasos que la llevan a concretar sus metas. Así como me ves, tengo sueños por cumplir, como, por ejemplo, terminar mi libro.

Yo mientras tanto cruzaba las piernas hacía uno y otro lado, estiraba la pollera, y echaba el pelo para atrás. La mirada inquisidora de César me inquietaba. Se había sentado justo frente a nosotras y solo se limitaba a observarnos. Su cara imperturbable me impedía sacar una conclusión sobre su apreciación. Por suerte, si me tomaba, no lo iba a ver muy seguido. El trabajo consistía en ser dama de compañía de lunes a viernes de nueve de la mañana hasta las siete de la tarde. Después de casi treinta minutos que a mí me parecieron treinta años, miró a su madre, se levantó del sillón, me extendió su mano y me dijo:

—¿Puede comenzar mañana?

Me costó adaptarme, el viaje era cansador, dos horas de ida y dos de vuelta. Atender a la abuela, limpiar, hacer los mandados, cocinar, lavar, planchar y dejar todo preparado era agotador. Al llegar a casa me esperaba algo parecido, comida para hacer, cuadernos que revisar, guardapolvos para lavar, casa para limpiar, en fin, ocuparme de todo menos de mí. Pero no tenía por qué quejarme, era lo que había elegido.

Así transcurrió mi vida durante muchísimo tiempo, una perfecta vida de señora. Mis hijos y el trabajo ocupaban mis horas. De diversión ni hablar. De pronto me había dado cuenta de que sentía mucha culpa por haberme separado y que me había impuesto una especie de autoflagelación como castigo, que consistía en anularme como mujer. Y en una de esas noches en que el sueño tardaba en llegar, mientras analizaba el tema, decidí no dar lugar a ese mandato social impuesto a presión durante mi niñez y adolescencia por el cual una verdadera señora debía transitar la vida con mucho recato, reprimiendo sus sentimientos, atendiendo todo el tiempo el qué dirán. Ya sabía lo que quería, y para lograrlo tenía que instrumentar el cambio.

Capítulo V

En lo mejor de la conversación con el futuro relator de mi vida se acabaron las pilas del grabador. Mientras él salió en busca de un kiosco, yo aproveché a terminar la última medialuna de manteca cubierta por almíbar que me quedaba.

Llegó algo sorprendido por el precio elevado que tuvo que pagar, aunque comentó que se justificaba hacer semejante gasto, ya que la historia lo valía.

Para seguir el hilo de la conversación le recordé que mi palabra clave era el cambio, pero que no sabía por dónde empezar. A continuación le conté que lo que más ruido me había hecho en aquel momento era no haberme sentido valorada como mujer durante mi matrimonio, quizás era por eso por lo que había en mí una necesidad enorme de tener un hombre a mi lado. Y cuando la incertidumbre aparecía, me gustaba ir a visitar a mi amigo tarotista. Más que a tirarme las cartas, iba a hacer catarsis. Era muy particular: extrovertido, divertido, muy ocurrente, con los consejos más disparatados.

—Nena, vos no necesitás que te adivine el futuro, lo que necesitás es un hombreee que te desempolve tu femineidad, por no decir una grosería—me gritó Luisito mientras desparramaba el mazo sobre la mesa.

—No es fácil, sino en este momento estaría disfrutando de ese hombre en vez de venir a llorar a tu casa. Amigo, decime, ¿dónde están los hombres? Sabés que no tengo tiempo para andar mirando...

—Una clienta mía, cuando quiere estar con alguien, llama a un chat telefónico y nunca le faltan los chongos. Animate.

Cortó un trozo de papel de la pastaflora que le había llevado y escribió el número. Lo acepté por cumplido. ¿Cómo iba a hacer eso? Si bien extrañaba la compañía de un caballero no estaba desesperada por acostarme con alguien. Eso hizo que recordara que los sábados a la tarde, mientras ponía en orden mi casa, escuchaba un programa de radio donde la gente llamaba y se concertaban citas. Eso también me parecía patético, era como pedir limosna; pero todos en la vida tenemos un clic y en la mía llegó el día en que me conmovió la llamada de un profesor universitario que se sentía solo y dejó su email para que le escribieran. Despojándome de mi poder de raciocinio fui corriendo a la computadora y, tras crear una dirección de correo donde no se me pudiera identificar, le envié un mensaje: “yo también me siento sola”. La posibilidad de conocer a alguien a través de esa vía se había convertido en una opción para mí.

Era lunes, volver a la rutina era mi única opción, levantarme a las cuatro de la madrugada, correr el colectivo, viajar apretada en el tren y llegar sin aliento a tocar el timbre a las ocho menos cuarto. La computadora ubicada frente a la mesa donde desayunaba Conce me recordó el email enviado al desconocido.

Ese día, como todas las tardes, la abuela hacía su siesta mientras yo aprovechaba a mirar los programas de chimentos, leer alguna revista o tejer; pero esta vez la curiosidad pudo más, me senté frente al monitor e ingresé mi casilla de correo. Al leer, mi corazón se aceleró, había respondido: “me gustaría conocer a una mujer para compartir con ella mi vejez”. Me enterneció tanto que le contesté con frases muy dulces, aunque la experiencia terminó mal, ya que luego de varios intercambios me dijo que había conocido a otra señora.

Fiel a mi estilo no me amedrenté y seguí escuchando el programa sábado tras sábado en busca de una nueva oportunidad. Mientras tanto, yo continuaba trabajando sin parar. Llegaba muy tarde a casa. A esa hora las calles estaban desoladas y los chicos sentados en la esquina tomando cerveza me daban algo de temor, por lo que viajaba en remís.

—Qué vecina limpia tiene usted—me dijo un día el remisero mientras yo revolvía mi cartera en busca de plata—. Hasta de noche barre la vereda.

—Imagínese: vecina nueva, separada y llegando siempre de noche con autos distintos—le comenté.

Sabía que todo el barrio se moría por saber qué hacía de mi vida, y la conversación que tuvieron un día el abuelo con mi vecino me lo confirmó.

—¿De qué trabaja la señora?—preguntó.

—No sé, ahora le pregunto—contestó el abuelo.

—No hace falta, está bien, solo pregunté por curiosidad—insistió don Raúl, tratando de convencerlo para que no me dijera nada.

A los pocos minutos apareció detrás de mí una figura desgarbada, con su típico camperón de corderoy, a pesar de los treinta grados de temperatura, y me preguntó:

—¿De qué trabajás vos, nena?

—De prostituta—contesté sin dudarlo. ¿O acaso no era eso lo que pensaban los vecinos de mí?

Sin emitir palabra, dio media vuelta, se asomó a la casa de al lado a través del alambrado, golpeó las manos y dijo:

—De prostituta trabaja la chica.—Luego de esa situación, durante mucho tiempo el curioso vecino trató de no cruzarse conmigo. Por su parte, el abuelo vino hacia mí para preguntarme en qué consistía ese trabajo. Su mal de Alzheimer le había jugado otra mala pasada.

Cierto día, cuando me crucé al almacén para hacer unas compras, y mientras hablábamos de la vida, los precios y el tiempo, la almacenera me comentó:

—Qué tarde que viene usted, debe tener un trabajo muy sacrificado.

—Sí, es verdad, cuido a una abuela en Capital—le respondí sin dar demasiada importancia al tema.

De a poco mi vecina dejó de barrer la vereda, las cortinas no se corrieron más y las ventanas empezaron a permanecer quietas cada vez que el remís me dejaba en la puerta de casa.

Mientras tanto, yo seguía con la necesidad de una compañía masculina. Una noche en que los chicos se habían quedado en lo del padre y no sabía qué hacer, tomé un libro y comencé a leerlo, a la décima página lo dejé y agarré nuevamente el tejido, a los quince minutos lo dejé, no había nada que calmara mi ansiedad. Llamé a mi amiga y le dije:

—Necesito romper la rutina ya.

—¿Alguna idea en mente?

—No y eso es lo peor. Este fin de semana estoy sola, ¿qué podemos hacer?—le pregunté.

—¿Qué te parece si vamos a bailar a uno de esos lugares de solos y solas? Conozco uno que es espectacular.

Primero dudé, pero al fin y al cabo yo solo quería un poco de diversión, así que acepté. Me produje para la ocasión con todo esmero, fui a la peluquería, cambié de color y le pedí a Edith que me hiciera un peinado recogido, ya que eso me favorecía. Desempolvé mis stilettos y con fórceps me puse la pollera de cuero que me habían prestado.

Cuando subí al remís que nos iba a llevar, el chofer que me conocía, me miró asombrado al ver mi producción. Le guiñé el ojo recibiendo como respuesta una sonrisa cómplice y un “esto queda entre nosotros” con su mirada.

Llegamos y fuimos a la barra. Me sentía rara, como presa de un coto de caza en exhibición. Quería una vida distinta, pero eso no significaba que estuviera loca por un hombre, y que esa noche, sí o sí, debía salir con un acompañante. La música retumbaba en mis oídos y el humo que cubría la pista me provocaba tos; sin embargo acepté varias invitaciones para ir a la pista de baile, pero todos querían llegar al mismo final, ir a un lugar más íntimo para conocernos.

Después de una noche decepcionante, al amanecer tomamos mate en el jardín, juntas, y mate va, mate viene, le comenté la sugerencia de Luisito con respecto al chat telefónico.

—¿Qué te pasó, amiga? ¿Te volviste loca? ¿Cómo vamos a buscar hombres por teléfono? Anoche me hiciste volver antes del boliche porque te parecía degradante conocer gente de esa manera y ahora me venís con esto.

—Ah…, bueno, tampoco somos carmelitas descalzas, dale—insistí—, probemos ahora mismo, quién te dice que quizás esta noche tengamos con quién salir.

Y haciendo caso omiso a los dichos de mi amiga, agarré el teléfono, grabé mi presentación y comencé, de esa manera, una carrera sin fin.

Si bien han cambiado los medios a través de los cuales se puede conocer personas, el comienzo de las charlas telefónicas era igual a la de los bailes en mi adolescencia. ¿Cuántos años tenés? ¿Dónde vivís? ¿De qué signo sos? ¿Estudiás, trabajás? Y así fue como mensaje va, mensaje viene, concerté mi primera cita. Tenía treinta y seis años, era de San Martín, pero no le importaba la distancia y a mí me seducía la idea de salir con un hombre diez años menor. Quedamos en encontrarnos en la plaza que estaba frente a mi trabajo. A la hora indicada me mandó un mensaje de texto:

—Estoy sentado en el banco con una funda de bajo rosa.

El mensaje me hizo dudar, ¿cómo es eso de la funda rosa? ¿Tendrá sus neuronas en orden este chico? Pero cuando llegué, él estaba ahí, como un soldado, sentado en el banco sujetando un bajo con funda rosa. La que tenía las neuronas desordenadas era yo. Y así nos fuimos a comer pizza. Tuvimos una charla agradable pero nada trascendente. Con la excusa de que iba a ser complicado vernos debido a la distancia que nos separaba, le dije que era mejor no seguir viéndonos.

No le daba demasiada vuelta al hecho de tener una cita a ciegas, no me ponía nerviosa ni me atemorizaba, al contrario, me revitalizaba.

Y mientras yo le contaba mis vivencias con lujo de detalles a un desconocido, no sacaba la mirada de la pantalla que se encontraba a la izquierda de nuestra mesa, esperando la aparición, en letras luminosas, del horario de partida del vuelo que me iba a llevar a Indonesia para terminar de instrumentar el cambio de mi vida.

Capítulo VI

El vuelo se había postergado por cuarenta y ocho horas, los gritos, insultos y quejas del resto de los pasajeros iban en aumento, superando por mucho las mías. Debía esperar dos días más para tomar el avión. Lucy decidió volver a la casa de su hijo; mi compañero ocasional aceptó alojarse en el hotel que le ofreció su aerolínea y yo aún no había decidido qué hacer porque vivía a solo dos horas del aeropuerto, siempre y cuando no me interrumpiera ningún piquete.

—¿Qué vas hacer en tu casa? ¿Por qué no pedís una habitación en el hotel?—insistió mi acompañante, aumentando así mi indecisión. Quizás tenía razón, las horas en casa se iban a hacer interminables y la charla que estábamos teniendo me hacía mucho bien, hasta lograba ver con más claridad cosas que en el pasado no entendía.

—Lo acompaño a pedir el voucher—murmuré suspirando.

—Muy buena decisión—dijo tomando mi bolso de mano, y así juntos, nos dirigimos al mostrador.

Hasta ese momento, entre mi ansiedad y mi histeria, no había prestado atención a mi hombre de compañía. Era más alto que yo, mi cabeza llegaba a su hombro, quizás por eso, su mirada sobre mí generaba cierto poder que impedía decir no a sus propuestas. Sus ojos eran color miel, no superaba los cuarenta años, con un mechón de pelo constantemente sobre su cara, lo que le daba cierto aire de desenfado al tirarse el cabello hacia atrás.

En minutos llegamos al hotel. Se encontraba muy cerca del aeropuerto. Tenía un aspecto muy especial, semejante al Coliseo romano. Estaba ubicado dentro de un shopping lo que hacía suponer que la estadía no iba a ser tan aburrida. Su habitación estaba en el primer piso, la mía en planta baja. Dejamos las cosas y nos reencontramos en el hall central.

—¿Comemos algo?—preguntó.

—Lo que sea, pero comamos algo por favor—respondí mientras miraba absorta semejante obra arquitectónica.

Recorrimos el lugar en busca de una casa de comidas, no nos poníamos de acuerdo sobre qué comer. Al cruzar una calle interna nos encontramos con una pizzería, el olor que salía de allí me transformó la cara.

—¿Qué te pasa?

—Este aroma me recuerda a la primera relación que tuve después de separarme.

—Te escucho…—murmuró mientras me tomaba del brazo para cruzar la calle.

Y como una autómata continué mi relato. Por ese entonces, le dije, la cocina era mi refugio. Eso trajo a mi mente el recuerdo de cierto sábado que había amanecido más melancólica que de costumbre. El olor a pan casero que salía del horno no lograba cambiar mi estado de ánimo. Saqué la harina de la alacena y comencé a amasar pizzas. Hice varias para luego frizarlas. Era un salvavidas para los chicos cuando llegaban de la escuela, ya que con solo llevarla al horno, tenían la comida al instante. Guardé una para mí. Le puse rúcula, jamón crudo y abundante queso parmesano y la llevé a la mesa junto a una lata de cerveza. Sola frente al plato, como siempre, transcurrió mi cena de sábado. El único programa posible era mirar una película. Recorrí los canales de atrás para adelante, de adelante para atrás, y no encontré nada que me enganchara. A esa altura la soledad empezaba a tener efectos sobre mí. La única alternativa era recurrir al teléfono. Marqué el número de casilla y entré a la sala de chat. Las presentaciones se sucedían hasta que lo escuché a él, Ezequiel, treinta y seis años. Fue mi primer clic. Separado, un hijo de cuatro años, re dulce. Cuando me di cuenta, habíamos estado hablando durante dos horas, tiempo que aprovechamos para contarnos los pormenores de nuestras vidas. Corté la llamada con la promesa de seguir comunicándonos, ya que nos habíamos intercambiado los números de celulares. Eran tantas las mariposas que volaban en mi panza que no lo podía creer. Los días que siguieron fueron exultantes. Me llamaba varias veces y después de dos semanas de charlas telefónicas, decidimos conocernos. Pasó a buscarme por el trabajo. Esa mañana se me había hecho interminable, la hora del encuentro no llegaba nunca. Tenía muchas expectativas. Al recibir un mensaje de él, tomé mi cartera, y dando un saludo general, bajé corriendo las escaleras. Cuando me acerqué me encontré con un hombre robusto, musculoso, morocho, pelo corto, con el cuerpo cubierto de tatuajes. No era lindo, pero eso no me importaba porque ya me había enamorado de él. Nos abrazamos y sin necesidad de palabra alguna, me abrió la puerta y subí a su auto. No escuchaba lo que me decía, solo lo miraba absorta. Su dulzura era la misma que por teléfono. Me enterneció el asiento trasero lleno de juguetes de su hijo. Siempre hablaba de él.

—¿Qué te parezco?—me preguntó.

—Divino—le dije, y de verdad así lo veía.

Luego de algunos minutos borré de mi mente la duda sobre si su aspecto era tumbero o no. Me seducían sus brazos musculosos a pesar de estar cubiertos de tatuajes con la figura de una serpiente enroscada en una espada, telas de araña y puntos negros, cosas que yo detestaba, pero él me las hacía ver maravillosas.

—¿Adónde querés ir?

Muda solo recorría su cuerpo con la mirada.

—¿Adónde querés ir?

—Perdón. Girá a la derecha, cerca hay un lugar muy lindo.

Lo llevé a mi restaurante preferido. Sus paredes estaban cubiertas de objetos vintage y en su puerta, una exuberante glicina hacía las veces de techo, permitiendo disfrutar de la comida debajo de sus racimos lilas. Durante el almuerzo no podía dejar de fantasear con su cuerpo. Me atraía demasiado a pesar de la mala impresión inicial.

Aprovechamos el tiempo para seguir descubriendo nuestras vidas. Él tenía una agencia de autos usados y, según me había contado, hacía viajes al interior del país para ir a comprar vehículos. Después de saborear ambos un exquisito flan con dulce de leche me propuso tomar el café en un lado más “íntimo”. Sin dudarlo le dije que sí, hacía tres horas que estaba deseando tocarlo, acariciarlo, sentirlo. Pensar que yo me había casado virgen después de estar años de novia con mi exmarido y en ese momento accedí a tener sexo con un desconocido en la primera cita.

Fue alucinante. Sus brazos exuberantes rodeaban mi cuerpo, su respiración entrecortada sonaba en mis oídos, la humedad de su boca se desparramaba por toda mi piel y como dos gladiadores nos trabamos en lucha cuerpo a cuerpo, que terminó, cuando el éxtasis se apoderó de nosotros.

Después de muchos años volví a sentirme mujer. Al fin había conocido al hombre que me despertaba de mi letargo femenino. Nos despedimos con un beso interminable y la promesa de volver a vernos lo antes posible. Continuamos nuestras charlas telefónicas, pero con otro ingrediente, con el de conocer la cara del que estaba al otro lado del teléfono. Había descubierto el paraíso, pero al mismo tiempo, me generaba cierta desconfianza.

Teníamos la costumbre de hablar después de la cena. En esas charlas volvía a preguntar varias veces lo mismo para saber si me mentía. Había algo que no me terminaba de cerrar, hasta llegué a comentarle que tenía un primo policía para ver cuál era su reacción.

—Hola, amor, te extraño—me dijo, casi susurrando, del otro lado del celular.

—Igual que yo, amor. Hace una semana que no nos vemos—le comenté, sin animarme a decirle que quería verlo.

—Por ahora es imposible, mi vida. Me surgió un viaje de trabajo al sur. Tengo que ir a buscar unos coches. No te enojes.

—Cómo me voy a enojar—respondí con total seguridad—. Es tu trabajo, igual vamos a hablar todos los días, así se nos hace corta la espera.

—Acordate que el teléfono que tengo no tiene señal por esa zona. Pero igual no te preocupes porque yo te voy a llamar a tu casa todos los días—dijo, tratándome de calmar.

Mientras tanto yo continué con mi vida normal. Nadie sabía mi historia con Ezequiel, era algo mío que no tenía por qué divulgarlo, además, ninguno me iba a entender, y en ese momento lo que yo menos pretendía era que la gente me entendiera, solo quería estar con él y repetir nuestros lujuriosos encuentros. Los días me parecían eternos. Actuaba como un robot, mi mente estaba centrada en el deseo de volver a escuchar su voz.

Aquella mañana me desperté tarde. Ezequiel era el responsable de mi insomnio, lo que hacía que me levantara más nerviosa y cansada de lo que me acostaba.

La oscuridad llenaba la habitación. Salté de la cama derecho a levantar la persiana. Necesitaba luz, mucha luz para despejar mi mente. Los vidrios estaban empañados. Sin pensarlo, escribí su nombre sobre las gotas de vapor, giré sobre mis talones para ir a buscar mi ropa, cuando me detuve a observar el lugar. La cama de pino sin pintar cubierta por un acolchado desteñido tenía que desaparecer. Ese cuarto necesitaba vida, necesitaba la vida que me había devuelto Ezequiel. El placar pedía a gritos un lavado de cara. Algo inventaré para convertir esa húmeda y desabrida habitación en nuestro nidito de amor, pensé.

Enchufé la plancha y la comencé a pasar sobre la blusa roja que me había puesto la primera vez que lo vi. Imposible no volver a pensar en él. Fui hasta el baño, llené la bañera, me quité el pijama de raso rojo y comencé a lavarme. El contacto de la esponja sobre mi piel me transportó a Puerto Madero, aquella hermosa tarde primaveral en pleno otoño. Frente al río disfrutamos de exquisitas ensaladas. No paraba de ofrecerme cosas, era imposible no sentirse halagada. Me tomó de la cintura y comenzamos a caminar.

—Bonita, cada día te quiero más. No pienso mi vida futura sin vos—escuché de su boca mientras el viento cálido rozaba mi cara.

Solo atiné a mirarlo, intentando buscar una respuesta que no encontré. ¿Iba todo muy rápido o era normal que las cosas se desarrollaran de esa manera? Después del paseo me llevó a mi casa. No hubo sexo. Y eso me gustó. Por lo visto no quería solo sexo, pensé.

El chorro de agua fría que se coló por la ducha me trajo a la realidad. Me envolví en el toallón para después embadurnarme de cremas, como era mi costumbre. Me senté en la punta de la cama y me puse las medias. Miré al espejo. Solo dos cosas ocupaban mi mente en ese momento: Ezequiel y mi trabajo. Me puse un conjunto de ropa interior de algodón blanco y me vestí. Mientras me peinaba imaginaba un Ezequiel enamoradísimo, tímido, tierno, inexperto, al cual yo me entregaba sin condiciones. Después de la vida que he llevado, pensaba convencida, viene muy bien un poco de locura. Será un amor extraordinario, esos que ya no existen. Tenía un insaciable deseo hacia él.

Como no podía ser de otra manera, luego del sueño siempre se vuelve a la realidad y la mía era dirigirme a casa de Conce. Al llegar comencé a observar su casa para tratar de sacar ideas para mi futuro lecho matrimonial. Y por qué no, pensar en mi vestido de novia. La habitación principal era blanca y roja. Rojos los tapizados y blancas las paredes, al igual que las cortinas. Un amplio ventanal permitía ver las barrancas de Belgrano. Conce era muy personal. Tenía un cesto para sus labores, una diminuta estantería que le recordaba sus viajes por el mundo y flores frescas que yo le traía día por medio. Ese panorama me hizo volver a mis fantasías tiernas, crueles y excitantes con Ezequiel y comencé a soñar: cuando vuelva de viaje lo voy a invitar a cenar a casa. Lo sentaré en el sillón y haré todo lo posible para entretenerlo durante la noche para que no quiera irse nunca. Le voy a cocinar lomo al champiñón, mi especialidad, frutillas con crema y vino, mucho vino. Una mesa rica, pequeña y romántica, para nosotros dos.

A todo esto él seguía en el sur y para probar que no mentía, cada tanto, llamaba a su celular obteniendo como respuesta el típico “está apagado o fuera del área de cobertura”. Qué bueno que me haya sido sincero, me repetía una y otra vez.

A pesar de mi efervescencia interna, Conce no lograba descifrar mi secreto. Día a día, la vuelta a casa se me hacía interminable, solo deseaba llegar y chequear el contestador con la esperanza de encontrar un mensaje suyo. Parecía una eternidad pero solo habían transcurrido cuarenta y ocho horas de su partida. Abrí la puerta y corriendo me dirigí al teléfono, marqué la clave del contestador y apareció en mi oído una voz suavecita que me decía: “Hola, amor, ¿Cómo estás? Te extraño. Más tarde te llamo”. Era él, Ezequiel. Pero algo extraño ocurrió. Según el contestador, el teléfono desde donde me llamaba no era de la zona sur del país. Sentí anudarse mi estómago, no dudé en llamar a un amigo para que averigüe de quién era ese teléfono. Mientras golpeaba la milanesa como si ella fuera responsable de mi angustia, mi amigo me contestó: era del sur, pero del conurbano, no de la Patagonia, más exacto de Ciudad Evita. Tomé coraje y llamé. Pregunté por él. Me contestaron que no vivía allí, y que ése era el domicilio de su hermana. No entendía nada o sí. Siempre dudé de si no se trataba de alguien que estaba al margen de la justicia. Su ocupación, la venta de autos, su cuerpo tatuado, su aspecto…

Al día siguiente un nuevo mensaje de él contándome que estaba bien y que pronto volvería. Volví a llamar al teléfono desde donde procedía el llamado y le dejé dicho que me llamara. Así fue. Al día siguiente me llamó, pero de su celular.

—Hola—esbozó a secas.

—Hola, ¿cómo estás? ¿No era que habías viajado?—le contesté tratando de mantener la calma y no decir todas las cosas que había pensado decirle si llamaba. Después de un profundo silencio me contestó:

—Sí, pero me surgieron problemas y tuve que regresar.

—¿Y por qué llamaste desde la casa de tu hermana?

—Te dije que tuve algunos inconvenientes y me fui a su casa. Cuando nos encontremos te cuento bien.

—¿Cuándo nos vemos?—pregunté, olvidando mis temores y preguntas sin respuestas.

—Mañana hablamos, ahora me duele mucho la cabeza. No quiero hacerte daño. Hasta mañana, mi amor.

—Hasta mañana… No sé qué decirte.

Las historias más disímiles se cruzaron por mi cabeza tratando de explicar lo que había pasado. ¿Me mintió? ¿Viajó de verdad? ¿Qué pasó?

Por primera vez después de mi separación lloré. Había sido todo tan lindo… Pero tampoco era cuestión de prejuzgarlo sin antes escuchar su verdad.

Al día siguiente, no aguanté y lo llamé desde el trabajo. Me atendió un supuesto sobrino diciéndome que ese teléfono ya no pertenecía más a Ezequiel.

Así pasó mi primera gran frustración. Pero más allá de eso, me cambió la vida. Rejuvenecí. Después de años comencé a usar jeans ajustados, tacos, ropa que marcara mi figura y presté más atención al cuidado de mi pelo, pero siempre, dentro de un estilo formal. Nada de escotes estridentes ni jeans que marquen la tanga, ni actitud de come hombres. Estilo jovial pero sobrio. Fue una inyección de energía. Mi transformación estaba en marcha.

Capítulo VII

Ante la mirada atenta del escritor, continué contándole mi vida. Le dije que, a pesar del trago amargo con Ezequiel, esa experiencia había dejado en mí un sabor muy dulce, me había gustado la idea de ser deseada, querida, contenida. Me sentía con más energía. Mi trabajo ya no me parecía rutinario.

El día después de la desilusión, llegué al departamento de Conce y abrí las ventanas. El sol de primavera cubrió el comedor y el canto de los pájaros rompió el silencio absoluto que tenía ese lugar siempre que César estaba presente. Qué hombre extraño. No lograba descifrar su personalidad. Aparecía, recorría con su mirada cada rincón, besaba a su madre en la frente, intercambiaba un par de palabras con ella y se iba.

—Pobre César—comentó Conce un día, luego de que él se retirara—. Tuvo un desengaño amoroso muy grande. Su mujer lo engañó con su hermano, se fugaron juntos y nunca más supimos de ellos.

—¿Tiene otro hijo?—atiné a decir, mientras dejaba de lavar los platos para sentarme junto a ella.

—Sí, Sebastián, diez años menor. César quedó destruido, se sintió culpable por esa infidelidad. Nunca más lo volví a ver con una mujer. Sí sale con amigos. Quizás cambió…—comentó en tono picarón—. Ese es un dolor muy grande que, como familia, nunca pudimos superar. Querida, no todo es lo que parece.

Quedé impactada por semejante confesión. Ahora entendía muchas cosas: su falta de sonrisa, su terquedad, su indiferencia. Al menos por unas horas había logrado olvidar mi angustia por Ezequiel. De a poco Conce fue contándome la historia de su vida. Sin embargo yo no estaba dispuesta a contarle la mía, solo lo justo y necesario.

Después de mi relato y de comer mi pizza favorita de rúcula y jamón crudo, acompañada por dos cervezas, la cena con el escritor en las cercanías del hotel que nos había asignado la empresa, había llegado a su fin.

—Lo que falta da para un postre u otra cena—interrumpió él.

—¿Aburrido?

—En absoluto, todo lo contrario, atrapado por la historia de tu vida—contestó mientras guardaba su grabador.

—Da para varios desayunos, almuerzos y cenas—contesté.

—Entonces qué te parece si la seguimos mañana, ahora te invito a tomar un helado.

El de flan que vendían en ese lugar era único, en mi vida había probado algo igual. Como tampoco imaginé, al salir de casa para tomar el avión, que iba a estar hospedándome en un hotel acompañada por un extraño, al cual le contaba todos los secretos de mi vida. Él ponía el grabador sobre la mesa y conversábamos en forma relajada mientras mis palabras quedaban marcadas en la cinta.

A la mañana siguiente me encontré con Leo para desayunar y, mientras probábamos las exquisitas tortas del lugar, me pidió que le contara cómo había superado el mal trance de Ezequiel. No fue fácil pasar ese momento, recordarlo me causaba angustia, respiré hondo, y se lo conté.

Por ese entonces mis vueltas a casa se habían convertido en algo triste, ya no iba a escuchar más su voz. La rutina se había apoderado de mi vida por enésima vez. Ese día, como de costumbre, me dirigí a mi cuarto, levanté el acolchado y me acosté. Iba a pasar otro fin de semana sola, ya que mis hijos se iban con su padre. Como todos los domingos, a la hora programada sonó la alarma del horno eléctrico indicándome que el pan estaba listo, era momento de levantarme. Tomé mi bata y me dirigí a la cocina para preparar el desayuno. Agarré el termo, el mate, las tostadas con mucha manteca, el edulcorante y, arrimando una silla para que me hiciera de mesa, me dejé caer sobre mi viejo sillón de cuerina blanca, justo al lado del teléfono. La tentación fue más fuerte. Marqué mi número de casilla y entré a la sala de chat, iniciando así un nuevo casting para elegir a mi futuro acompañante. A propósito, cuando me preguntaban por mi estado civil yo siempre decía: haciendo casting. Todos se reían sin imaginar que de verdad era así, estaba haciendo casting todo el tiempo.

Tengo cuarenta y cinco años, profesional, vivo en Lomas. Mmm..., puede ser, dije, y así comencé a intercambiar mensajes.

Era separado, tenía dos hijos, su mujer lo había abandonado por otro. A medida que pasaban los días, las conversaciones se hacían más que interesantes. Iba en el tren ansiosa por llegar cuanto antes a casa para hablar con él, al igual que con Ezequiel. Me contó que todos los domingos iba a la Laguna de Monte, cosa que a mí me seducía mucho, ya que disfrutaba del aire libre. Trataba de imaginarlo. Seguro que será gordo, debe estar comiendo todo el día, pero es dulce, me autoconvencía. Por lo visto tenía la glucosa muy baja en sangre ya que todos me parecían dulces, necesitaba comerme algo empalagoso todo el tiempo.

Después de casi un mes de charla me propuso conocernos e ir a Monte. Pasaría a buscarme por casa. Le dije que sí. Me entusiasmaba mucho la idea. Al fin alguien que me iba a hacer sentir una diosa.

Abrí mi placar y comencé a tirar ropa sobre la cama. Excepto el jean y la remera que me había comprado para ver a Ezequiel, solo tenía pantalones de vestir, camisas con jabot, suéteres de bremer y dos tailleur de gabardina. Nada acorde a la ocasión. Hurgando encontré una remera negra de algodón que usaba como camiseta, la cual combiné con los jeans nuevos. Chatitas, bolso de cuero al tono, apenas un poco de maquillaje y me sentí lista para conquistar al mundo, en realidad a una determinada persona de este mundo.

Era setiembre, y el color de las petunias y conejitos le daban un aspecto campestre a mi jardín, que contrastaba con la calle destruida sobre la cual vivía. La falta de lluvia hacía que mis zapatos se hundieran en el polvillo, transformando su color negro en un marrón tenue. Debía caminar ocho cuadras hasta el lugar donde nos íbamos a encontrar.

Mi imaginación no cesaba de elaborar imágenes sobre la posible cara de ese hombre. Qué locura la mía. ¿Qué pasa si no me gusta?, repetía una y otra vez. ¿Se lo digo o me banco el paseo a Monte con alguien que no me resulta agradable? De última hago de cuenta que voy con un amigo, esto lo tenía que haber pensado antes. Ya está. Enfrentemos la situación, el mundo será de los audaces, me autoconvencí.

A medida que me acercaba a su auto celeste, la respiración volvió al ritmo normal. El hombre que distinguía a la distancia no era nada desagradable. Tenía bigotes, pelo entrecano, estatura mediana y cuerpo algo grueso. Aceptable como para seguir participando. ¿Pasaría la prueba yo?

Nos saludamos con un beso en la mejilla y me abrió la puerta del auto invitándome a subir. Suspiré, era todo un caballero.

Durante el viaje hablamos como dos amigos, de la misma manera que lo hacíamos por teléfono. Me sentía feliz. Estaba segura de que me iba a enamorar de ese hombre.

Un espejo de agua nos indicaba que habíamos llegado a destino. Recorrimos la costa de la laguna hasta llegar al yatch club. Nos sentamos en una mesa con vista al agua y le propuse elegir la comida. De nuevo afloraba en mí esa costumbre de agradar a todo el mundo, esa necesidad de querer ser aceptada todo el tiempo. Nunca contradecía a nadie por miedo a perder su estima. Pidió asado y vino tinto para los dos. La brisa acariciaba mi cara mientras el sol iluminaba mi rostro. Me daba la sensación de que éramos pareja desde hacía mucho tiempo y que él cuidaba y contenía a su esposa con la mayor ternura.

Estaba exultante. Hablaba, hablaba, hablaba.

Mi ánimo era tan brillante como el día . Tenía ganas de tocarle la pierna por debajo de la mesa, de agarrarle la mano y besársela. ¿Me invitará a dormir la siesta? Seguro que después del postre llegará la propuesta indecente, fantaseaba.

—Tengo un amigo que vive acá con su novia. ¿Vamos a verlo?– preguntó con total normalidad.

Respiré hondo deseando que la tierra se abriera y me chupara hacia el centro. No tenía opción. ¿Cómo quién me iba a presentar ante su amigo? ¿Armaremos una historia en común para contar?, pensé.

Mientras mi sonrisa seguía colgada en mi cara, me tomó del hombro y nos dirigimos al auto No podía dejar de pensar lo que le diría a su amigo ante la pregunta de cómo nos conocimos. Me avergonzaba mucho decir que nos habíamos conocido en un chat. Yo nerviosa y el tranquilo como si nada. ¿Quería adrenalina para mi vida? Había llegado y en dosis industriales. Me sentía algo nerviosa, sin embargo no le comenté nada a él.

Su amigo había dejado atrás Lomas para trasladarse a Monte en busca de la paz que en las grandes ciudades escasea. Llegamos a una casa blanca, ubicada al costado de un camino de tierra. Un perro bicolor nos dio la bienvenida. A pesar de la insistencia, nadie contestó los llamados. Qué suerte, pensé, acá no hay nadie. Pero Gabriel no se dio por vencido y lo llamó por teléfono. A los quince minutos me presentó a su amigo y a la novia, por mi nombre. Charlamos hasta que ambos nos propusieron ir a cenar. Luego de una suculenta comida regada por un refrescante vino blanco, emprendimos la vuelta.

Éramos dos amigos de regreso a casa. Ningún roce, ninguna insinuación. Seguro que no le gusté, deduje.

Durante varios domingos repetimos la rutina de ir a Monte, cenar con su amigo y regresar sin la más mínima acción. Confieso que a esa altura me moría de ganas de, al menos, tomarle la mano. Pero él no me daba ninguna señal, y yo no quería cortar esa “amistad” porque me interesaba.

Solo nos veíamos los domingos ya que por su trabajo era imposible vernos en la semana. Las idas a Monte se sucedían todos los fines de semana y la falta de una señal que me permitiera avanzar también.

Mientras tanto, mi vida transcurría de manera rutinaria. Una mañana Conce me pidió que la acompañara a comprar vestidos nuevos y, de paso, me regalaría uno a mí. Ella era muy coqueta. Entramos a la tienda y pidió probarse el vestido Chanel de vidriera. Eligió dos, uno celeste con pequeñas flores grises y uno verde botella de seda fría.

—¿Piensa viajar?—pregunté sorprendida por la calidad de los vestidos.

—No, querida, pienso disfrutar el poco tiempo de vida que me queda. Me sacrifiqué mucho para no pasar privaciones de grande. Además debo decir que un poco la culpable de estas compras sos vos—afirmó guiñando el ojo.

—Un día—continuó hablando mientras entregaba su tarjeta de crédito a la empleada– vos dijiste que renovarse es vivir. Y aquí estoy, haciéndote caso, renovándome para vivir.

—Me alegra, Conce, merece ser feliz, usted es muy buena.

—Ay…, querida, nada de eso, soy justa. Tanta charla, tanta charla y me olvidaba de vos. Quiero que te compres un vestido para lucirte en una ocasión especial.

—Ja… ja…—acoté– para hacer el jardín.

—Cuando menos lo esperes va a aparecer esa ocasión especial, elegite uno—ordenó.

Primero imaginé dónde lo usaría. Seguro que en una cena con Gabriel.

—Voy a llevar el palazzo negro con la remera de modal cruda bordada con lentejuelas que vi no bien entré.

Y así, con ropa e ilusiones nuevas, regresamos las dos a la casa.

Llegó el fin de semana largo de octubre y Gabriel me propuso ir a Mar del Plata. Acepté. Fuimos con un matrimonio amigo de él. Ellos nos trataban como si fuéramos pareja pero no lo éramos.

Llegamos al hotel y reservaron dos habitaciones. ¡Qué momento!, ¿qué hago?, pensé.

Cenamos y luego nos fuimos a la habitación de nuestros acompañantes, tomamos champán, y, después a dormir cada uno a su cuarto.

Confundida, por primera vez en mi vida no sabía cómo actuar, qué hacer, qué decir. Ninguno de los dos había tocado el tema de dormir juntos. Desde la ventana se veía el mar, el espectáculo era tan imponente como la confusión que se había apoderado de mí. Agarré el camisón y me fui a cambiar al baño. No me animaba a salir, conté hasta diez, y sin emitir palabra alguna, me acosté muy al borde de la cama. Luego se acostó él, también muy al borde de la otra punta. No podía creer lo que me estaba pasando. Casi no respiraba, no quería moverme, pretendía que él tomara la iniciativa; sin embargo, para mi sorpresa, se dio vuelta y se durmió. ¿Y ahora qué?, me pregunté.

El viento marplatense movía la ventana generando un ruido molesto. Eso fue lo que me despertó. Miré la hora, eran las nueve de la mañana, y la situación seguía igual: uno bien alejado del otro pero, a esa altura, yo no podía contener mis ganas (acumuladas durante dos meses) de besarlo, abrazarlo, acariciarlo. Se levantó, agarró una pastilla del cajón de la mesa de luz cuyo color no pude ver, fue al baño y, cuando volvió a acostarse, lo mismo: distancia, silencio, frialdad. Me puse mal porque, más allá de todo, si un hombre no se excita con una mujer ligera de ropas a su lado es porque esa mujer no le provoca nada, y lo único que pretende es su amistad. Pero yo con mis amigos no me acostaba y además, solo buscaba pareja.

Me despojé de todo cuestionamiento y de a poco me fui acercando hasta él, tomando su mano. Fue como una chispa que encendió el fuego, de pronto nuestros cuerpos comenzaron a crujir como los leños de la chimenea que se consumen al ser alcanzado por las llamas.

Por suerte dejó de lado su timidez logrando satisfacer mis bajos instintos una y otra vez. Durante horas recuperamos el tiempo perdido, confesando ambos la falta de coraje para tomar la iniciativa mucho tiempo antes.

—Me sorprendiste—acotó Gabriel después de habernos animado—. Tenés pinta de mujer estructurada, formal, como de bibliotecaria, pero al final resultaste una leona en la cama.

Eso era lo que me gustaba: sorprender a los hombres, dar la imagen de Heidi para convertirme en una loba en celo durante la intimidad.

A partir de allí nuestras escapadas a Monte se transformaron en fines de semana. Nos quedábamos a dormir y después, el lunes a la mañana, me dejaba en el trabajo. A pesar de ser un hombre cincuentón, sexualmente era muy potente. Pasábamos horas en el hotel disfrutando del buen sexo, solo salíamos para almorzar y cenar. Después la sorprendida fui yo.

Por ese entonces todavía no existía el WhatsApp, nos comunicábamos con mensaje de texto. Un domingo como cualquier otro, después de haber estado mensajeándonos hasta altas horas de la noche del sábado, recibí un mensaje que decía: “me voy a dormir porque estoy muy cansado”. Interpreté que no íbamos a salir y me puse muy mal porque solo nos podíamos ver los domingos. Lo llamé, lo insulté y lo dejé. Con el tiempo descubrí que el mensaje había sido escrito el sábado a la noche y en ningún momento me decía que no nos íbamos a ver. El error ya había sido cometido, no tenía vuelta atrás. Hoy, a la distancia, me arrepiento mucho de ese malentendido.

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