Kitabı oku: «El lugar del testigo»

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 Índice

  I

  Darle palabras al horror

  Cuestionamientos a la palabra del testigo

  II

  III Uruguay, Chile y Argentina El Plan Cóndor

© LOM ediciones Primera edición, mayo 2019 Impreso en 1.000 ejemplares ISBN: 978-956-00-1170-1 RPI: 299.620 Diseño, Edición y Composición LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 2860 68 00 lom@lom.cl | www.lom.cl Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Impreso en Santiago de Chile

Agradezco

A mis amigos y lectores Inés Bruzzi, Gonzalo Contreras, Laura Estrin, Hugh Hazelton, Alejandro Kaufman, Fanny Seldes, Paula Simón, Mónica Szurmuk, Griselda Zuffi por sus comentarios durante la escritura de estas páginas.

A la beca Fulbright, por lanzarme a dictar seminarios en varios países y a entablar vínculos con una diversidad de colegas y estudiantes.

A los docentes que se volvieron entrañables compañeros de ruta, como Cristian Montes Capó (Universidad de Chile, 2012), Kirsten Mahlke (Universidad Konstanz, Alemania, 2013), Emilia Perassi y Laura Scarabelli (Universidad de Milán, Italia, 2015), Liria Evangelista (Middlebury College, Buenos Aires, 2016 y 2017), Jaume Peris Blanes y Nuria Girona (Universidad de Valencia, 2018).

A los estudiantes graduados de los que siempre aprendo. Especialmente a Catalina Olea Rosenbluth y Daniela Sepúlveda, de la Universidad de Chile (2013), por su lectura del manuscrito inicial.

Al Centro de Estudios del Genocidio de la Universidad Tres de Febrero (Buenos Aires, 2015), cuyo equipo, dirigido por Daniel Feierstein, me incluyó en sus debates.

Al Fondo Nacional de las Artes de Buenos Aires por la Mención Honorífica con la que reconoció el aporte de este libro, el 30 de noviembre de 2017.

A la editorial LOM, por un proyecto cultural que sostiene desde su creación en 1990, a menudo contra viento y marea.

A los autores que leo y releo, que me acompañan, con los que entablo diálogos y discusiones sobre asuntos que, sin duda, dejan cuentas y cuentos pendientes.

A modo de prólogo.
La literatura sabe

La literatura sabe. La historia pierde las batallas que la literatura traspone. La literatura puede con la historia, la serie más cercana que la acecha. La bandera de rendición solo está en la ciudadela de las instituciones que regularizan y ordenan el pensamiento y sus discursos. Cuando la literatura, la terrible y valiente lírica, el permeable retrato de lo que pasó, el más complejo y simple a la vez, toma la historia, la traspone a través de incalculables saberes y la conserva a perpetuidad.

La institución crítica intenta escribir también esas historias, y a menudo emprende la guerra contra las crónicas, las memorias y las cartas. Pero crónicas, memorias y cartas son el testigo, el testimonio material más humano, escrito por los que allí estuvieron y recuerdan. Obras que sostienen el horror y, así, un verdadero encuentro cruza historia y literatura. La literatura, verdadera hermana del tiempo, sostiene el milagroso hilo de la historia real.

La literatura soporta lo desesperante, lo trágico. Puede. Sabe. Es el drama sin atenuantes, más allá de toda épica, de toda imposible explicación. La palabra y la frase literaria presentan, muestran, señalan. Dicen y muerden. Afectan. No tiene retorno: hay libros que nos cambian la vida.

La historia puede ser el tiempo que tarda un libro en ser leído. En ese sentido es que algunas obras todavía no llegaron. No fueron aceptadas, no fueron soportadas por los discursos legitimadores de las instituciones, de la cultura: hay libros que la crítica y la teoría, la apaciguadora norma, no pueden ver. Son esos en que la literatura, los autores-que-saben, dan un paso después del abismo y ponen lo que pasó. Allí se establece una verdadera guerra de posiciones y permisos. Porque las aduanas oficiales piden distancias, umbrales, biombos, misteriosas jergas y pensamientos paradojales: todas formas del miedo, muros consecutivos al esperado fin, al fracaso y la impotencia del arte. No obstante, la literatura goza de extrema salud. La literatura es una salud.

La policía secreta de la historia oficial, de los estados críticos oficiales, de la lectura permitida, hacen crítica literaria. Pero los manuscritos no arden, sobreviven, vuelven del futuro. La institución traza cánones; la literatura, páginas cuneiformes de dolor. Puede.

La literatura puede con causalidades múltiples, con capas de tiempo, puede decirlo; la literatura sabe que puede incluso con palabras sin ironía: la literatura dice lo que dice y dice la horrorosa historia.

Las instituciones de la historia, de la crítica, de la teoría, domestican, naturalizan, tranquilizan. Novelizan. Mitifican incluso con prólogos preventivos. No leen. Es el totalitarismo de la idea general el que mata la lengua de cada registro y la verdadera historia al explicarla y ordenarla. Sin embargo la lengua se recupera hasta en el campo de concentración, la lengua es el único lujo cuando ya no queda nada.

La literatura va con el cuerpo; la crítica hace metafísica. Las memorias, las biografías, los recuerdos, los diarios, cuadernos y testimonios son una única y última honestidad, una ética, una patria donde se puede. La razón crítica envejece, administra pobrezas. La literatura colma nuestro corazón horrorizado de injusticias.

Laura Estrin

I

La memoria del horror supone menos un conjunto de definiciones abstractas que la indagación de aquellas significaciones que el exterminio impuso y que moldean nuestro presente. Por lo tanto, objetarlas es algo que todavía podemos llamar resistencia.

Perla Sneh

Introducción.
Desaparición y escritura

¿Había realmente regresado a alguna parte, aquí o en otro lugar, a mi casa o donde fuera? La certidumbre […] de que realmente no había regresado, de que una parte de mí, esencial, no regresaría jamás, esta certidumbre se apoderaba a veces de mí, trastocando mi relación con el mundo, con mi propia vida.

Jorge Semprún

La memoria de mi desaparición y reaparición forzadas del centro de detención, tortura y exterminio argentino (CDTyE) Club Atlético, donde pasé menos de una semana o toda una vida, me hace replantear ideas y seguir rememorando desde un presente que siempre impulsa a volver sobre relatos de esa experiencia. No elijo los textos: me llegan. Tampoco intento una exploración exhaustiva: confío en que otros puedan seguir indagando sobre la escritura que insiste en ponerle palabras al horror.

Es difícil dar por terminado este libro porque los interrogantes no cesan y las respuestas se inquietan, se contradicen, se pisan. Se dicen y se desdicen. Siempre hay un argumento más que interpela y desacomoda cualquier orden. Sé que la reflexión no aporta soluciones, que apenas da con paradojas que no se resuelven. Por eso mismo, ¿cómo ponerle punto final? No hay punto final, hay un deambular que no cesa entre relatos que, como dice Laura Estrin, pueden. Y en este deambular, que es colectivo, surgen afinidades y rechazos con otras miradas (las primeras reconfortan y reaseguran, las segundas provocan y generan polémica). Por eso les doy lugar a otras voces, entretejiendo mi escritura con citas y fragmentos que incorporo, acuerde o desacuerde: me ayudan a desanudar las indelebles secuelas subjetivas de una atrocidad que sigue exigiendo atención, cuyas huellas siguen vigentes porque nos exceden.

No pretendo definir la escritura que inspira estas páginas: ¿testimonial, concentracionaria, memorialística, literatura a secas? Si entro en este debate es porque en el camino se dirimen otros temas.

Me importan los interrogantes nacidos desde la intimidad de la vida en los campos, de la convivencia con esta marca que es, quiérase o no, un sello de identidad. Me pregunto, por ejemplo: el sobreviviente, ¿escribe para regresar al mundo del que fue extirpado?, ¿escribe para abrirse, a fuerza de palabras, otro lugar que, a diferencia del campo, sea habitable?, ¿puede lograrlo?, ¿cómo?, ¿cuándo?

Ciertos testimonios, como ciertas novelas o ciertas filosofías, siguen siempre vigentes, no responden al calendario. Y no importa si dan cuenta con precisión de los sucesos a los que remiten, porque un texto nunca transcribe lo vivido, no produce versiones literales de lo real. Estos libros no vienen a hacer un relevo de datos ni a reconstruir la verdad de lo que pasó. Los testigos rememoran desde su presente, y al hacerlo descubren nuevos aspectos de la lógica letal que sigue primando en el mundo contemporáneo. Cada testimonio viene a retrucar y a desafiar con sus armas, que son sus letras, el atentado perpetrado por la humanidad contra sí misma.

La invisibilidad del testigo

Si estos textos, como cualquier obra de arte, exceden su tiempo, tampoco su recepción se agota en determinado período histórico. No obstante, a los sobrevivientes se nos ve, sobre todo, como restos de cierto pasado o depositarios de información, como pruebas vivientes, y por eso nuestro relato tiene validez en los juicios por crímenes de lesa humanidad. Pero fuera de ese ámbito seguimos siendo un Otro que encarna lo que no se quiere asumir y, por eso mismo, se rechaza.

Si bien en la Argentina se confronta de mil maneras la siniestra dimensión que creara el ex comandante Jorge Rafael Videla con su famoso dictum: no están ni vivos ni muertos, están desaparecidos1, el relato de los «aparecidos» no tiene carta de ciudadanía. Y no la tiene aun cuando resulta indispensable para que esa dimensión fantasmagórica no se mitifique. Acercarnos al sufrimiento padecido por mujeres y hombres concretos, pensar junto a quienes experimentaron la forma más exacerbada de la biopolítica puede darnos claves sobre lo que padecemos hoy, sobre relaciones de poder cuya matriz sigue vigente.

El vacío que dejó la catástrofe, si bien espectral, está lleno de rostros, de seres con nombre y con historia que habitaron ese limbo de exclusión llamado campo2. ¿Por qué sus voces siguen siendo poco audibles? Una respuesta es que prima la antestesia y por eso el testigo –visto como el adalid del dolor– no resulta una figura atractiva.

Por otro lado, estos relatos interpelan a quienes, en nuestras sociedades, siguen sin cuestionar su tácita aceptación de un horror que, al naturalizarse, logra el visto bueno requerido para anular al Otro, ya sea el «subversivo» (el que cuestiona desde su potencia emancipatoria) o quien encarne la culpa de todos nuestros males.

No pretendo que el sufrimiento atraiga a multitudes. Apenas vengo a refutar a quienes sostienen que el testimonio, a diferencia de la novela, es incapaz de simbolizar o de abrir sentidos, que le impone un significado unívoco a su relato y que lo hace con escasa o nula elaboración literaria. Me opongo a esta confusión entre criticar y condenar, entre cuestionar y erigirse en juez. Quisiera, en cambio, que al testimonio de los sobrevivientes (que es literatura y es historia) se le reconozca su lugar e insustituible aporte.

La región del Cono Sur fue arrasada, en el siglo XX, por un poder desaparecedor –al decir de Pilar Calveiro– que la transformó en un nefasto laboratorio de la condición humana cuyos efectos se ciernen sobre el presente. El lenguaje de la rememoración pone en escena, elabora, resiste al sostener su palabra. Al contar, el sobreviviente se vuelve testigo, y nadie puede atestiguar por el testigo. El yo lo viví, créanme no apela a la verdad en tanto coincidencia con un referente; apela al relato de la propia experiencia. La suya es la lectura a contrapelo de la historia, es la historia de los derrotados. Un señalar con el cuerpo-palabra. Los testimonios, dice Estrin, muerden, afectan.

Videla, ya en democracia, se quejaba de «la pretensión permanente de seguir escarbando en el pasado» y, olvidando su intervención decisiva en la planificación y ejecución del plan sistemático de exterminio, sugería:

[H]ay que encontrar una solución para resolver el famoso problema de los desaparecidos y ofrecérsela a la sociedad argentina. ¿Son una realidad, son un invento, son una especulación política o económica? ¿Qué son realmente los desaparecidos? (Página 12, 5/3/2012)

Yo puedo responder por el quién, pronombre que el comandante nunca pronunció. Los desaparecidos son mi generación, la anterior y la siguiente; mi familia, mis amigos, sus hijos; por lo tanto mi interés por el tema desborda lo académico. ¿Acaso se puede encarar el genocidio con la distancia del discurso teórico? Cada testimonio encarna su versión del campo: ese inhabitable hábitat –Ignacio Mendiola dixit– cuya misión es destruir la subjetividad. Hanna Arendt lo llamó fábrica de cadáveres. ¿Cómo no prestarles oído a quienes hablan de y desde la marca de esa fábrica, en lugar de distanciarse en función de un saber objetivo que murió hace décadas? Cada testimonio es una travesía de emoción y pensamiento sin la cual caemos en la razón instrumental, que con su frialdad lleva al desastre.

La marea solidaria

Aunque no sea aceptada como parte del canon, esta narrativa se lee en ciertos ámbitos, se mueve por circuitos alternativos y se integra a un movimiento que, en la Argentina, irrumpe en la posdictadura con un intenso activismo por los derechos humanos que se fortalece desde las primeras etapas de la democracia. Fernando Reati muestra la importancia de esta red de la que es deudora la sobrevivencia de los ex detenidos desaparecidos después de los campos –aunque en este caso hable sobre todo de Mario Villani:

Salir con vida de los campos fue tal vez la parte más fácil [«Mario mismo dice, cuando le preguntan por qué está vivo: “No lo sé, no lo decidí yo”»]; lo difícil fue qué hacer luego con esas memorias traumáticas, y ahí es donde otros sobrevivientes, los familiares de las víctimas, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, los miembros de H.I.J.O.S. […], los militantes de organizaciones de derechos humanos, la gente común y corriente que lo apoyó, fueron parte esencial del motor interno que lo llevó a pasarse las siguientes décadas testimoniando en cuanto juicio pudo, dando cuanta entrevista se le solicitó, hablando en cuanto foro se puso a su disposición. Sin todos ellos, sin el enorme esfuerzo colectivo que representó la lucha por la verdad y la justicia, sin esa gigantesca red solidaria de amigos y compañeros que se daban ánimos los unos a los otros para seguir recordando y denunciando, especialmente en los duros años noventa cuando parecía que el resto de la sociedad les daba la espalda... [eso no hubiera sido posible]. (2017: 182)

Esta marea genera, además, un prolífico debate sobre lo acontecido y su significación política y ética que lleva años. Años de creación de películas y obras de teatro, de ensayos y relatos, de un intenso «trabajo de figuración, un esfuerzo por dar marco a un hablar que se deshace» (Sneh, 2012: 309). Años de fundación de museos y transmutación de ex campos en lugares de memoria. Años de polémicas encarnizadas sobre cómo encarar este cambio (¿habrá que re-significar estos espacios o dejarlos como símbolos intocados del espanto?, ¿habrá que explicar el horror o será que, al darle su lugar en una serie racional, corremos el riesgo de naturalizarlo?). Años en los que el Estado posdictatorial, que tras su histórico Juicio a las Juntas retrocediera con las llamadas Leyes de Impunidad y el Indulto, finalmente impulsa juicios públicos por crímenes de lesa humanidad cometidos por el régimen cívico-religioso-militar. Pero la voz del testigo, indispensable en el ámbito de la ley, sigue subsumida a ese lugar, que no es el único para asimilar lo que nos pasó y nos sigue pasando. Para el tribunal es indispensable un lenguaje binario que distinga culpables de víctimas, pero el testigo, además, puede crear tramas no condicionadas por ese ritual o por esas categorías. Es evidente que no bastan, que es imperioso detectar qué vínculos de poder nos constituyen como sociedades y cómo es que la violencia estatal sigue arrasando (asuntos que se dirimen fuera de las audiencias judiciales). Si bien los juicios constituyen un pilar insustituible para que la res-pública sea viable tras un exterminio, el relato de los sobrevivientes –entre otros– es indispensable para identificar los mecanismos en los que seguimos atrapados e involucrados. Por eso coincido con Alejandro Kaufman cuando afirma: «El horror y la ruptura de los lazos de responsabilidad y deuda con el otro que produce requieren una conceptualización cultural profunda» (2005: 53).

Esta conceptualización conlleva un cambio cultural que ha sedimentado, en cierta medida, en algunas sociedades del Cono Sur, con distinto alcance en cada país, pero la presión por acabar con este proceso es feroz. En la Argentina el gobierno actual ignora todo reclamo3; en Chile resurgen luchas estudiantiles y sociales pero retroceden los escasos juicios por crímenes de lesa humanidad. En Uruguay aún no se instrumentan políticas que realmente impulsen este tipo de juicios4.

Más allá del aspecto legal, hoy resurge un autoritarismo con traje republicano pero abocado a la devastación de lo que se logró construir durante las posdictaduras. Y nos corresponde a todos pensar esta trama: nadie puede considerarse ajeno porque, para que los dispositivos del terror pervivan bajo otras formas, hace falta que se naturalice la exclusión, que se la acepte como condición capaz de garantizar la propia sobrevivencia. ¿Cómo es que tantos pudieron aceptar que se borrara a un sector de la ciudadanía y que, a continuación, se negara ese borramiento? ¿Hay alguna relación entre este consentimiento, como lo llama Kaufman, y el reciente auge de votos que sustentan el propósito de crear nuevas figuras del homo sacer, ese ser matable cuya muerte no equivale siquiera a un sacrificio? Estos interrogantes, planteados por sobre todo por Agamben, resuenan con fuerza en nuestra región, donde los campos convivían con la existencia cotidiana: los centros clandestinos estaban, a menudo, en las ciudades, como la cárcel «Libertad» en Uruguay, Londres 38 en Chile y la Escuela de Mecánica de la Armada en Argentina, y los secuestros se hacían a la luz del día. Si bien la resistencia setentista, el terror estatal y las posdictaduras son distintos en cada nación, mi énfasis está puesto en estos vasos comunicantes. Considero esencial difundir el relato de quien sobrevivió los campos, de quien puede dar cuenta microscópica de cómo los Estados saturninos devoran a sus hijos. Por eso mismo, ante la pregunta sobre si estos testimonios constituyen un aporte particular a la cultura de la memoria, mi respuesta es afirmativa. Este libro viene a mostrar en qué consiste esta contribución.

¿Literatura, testimonio o literatura testimonial?

Los textos que presento son imposibles de encasillar: ¿novelas-documentales?, ¿relatos de no-ficción? Los llamo testimonios para enfatizar que relatan experiencias límite (por eso mismo se escriben en el umbral de los géneros). Tan incierta es la categoría «testimonial» que algunos autores la rechazan: Susana Romano-Sued, sobreviviente de varios campos, prefiere que su libro Procedimiento. Memoria de La Perla y La Ribera sea considerado, simplemente, literatura, sin un adjetivo restrictivo. Hernán Valdés defiende, en cambio, el carácter testimonial de Tejas Verdes: diario de un campo de concentración en Chile ante quienes lo catalogan de novela, para enfatizar su poder de denuncia. Lo cierto es que hay relatos concentracionarios novelados, poéticos y otros donde conviven oralidad y narración literaria. Si al conjunto lo llamamos testimonial es para hacerlo visible, porque los perfiles definidos se destacan del fondo opaco en el que todos los gatos son pardos. Lo básico es destacar que esta escritura existe y que su lectura es indispensable, sobre todo en tiempos en que vuelve a legitimizarse en la región un poder avasallador que es la continuidad del poder asesino, con otra máscara.

Esta escritura retoma la voz singular y colectiva que «se resiste al monólogo armado, ese que transformó tanta vida en una sola muerte numerosa» (Strejilevich, 2017). Y no hay recetas sobre cómo hacerlo. Como veremos, Primo Levi se propone relatar con la transparencia de un reporte técnico. Jorge Semprún novela con visos filosóficos. Susana Romano-Sued quiebra el lenguaje. Hernán Valdés crea un diario de la derrota. Alicia Partnoy entrelaza trama poética y humor negro. Hay infinidad de matices, porque cada testimonio se niega al anonimato de la muerte en serie y busca cómo «nombrar lo innombrable»5. No es que me acople al célebre dictum que proclama que la vivencia de la atrocidad es inenarrable. Lo que planteo es que se trata de una literatura fronteriza porque su origen lo exige. Si se diferencia de otras memorias es por su anclaje en una zona de silencio (que el testigo intenta romper) vinculada a la figura del desaparecido, que «marca una diferencia absoluta» (Jinkis, 2011: 79).

Esta particular experiencia sigue dando que pensar, insiste Reyes Mate. Y a este pensar me entrego de la mano de la literatura, la filosofía, la sociología, la historia, el periodismo, el psicoanálisis, sin descartar el comentario personal o el propio testimonio. No hay una sola perspectiva crítica que resulte satisfactoria para leer una historia que se expande en tramas donde el sufrimiento piensa y la razón narra. La creación artística no se articula de modo conceptual, lo que no equivale a decir que no piensa. Como dijera André Kertész: quizá en nuestro mundo sin Dios vivimos exclusivamente por mor del espíritu de la narración, que es la mirada simbólica (2002). Este novelista, sobreviviente del nazismo, se refiere a la mirada simbólica que nace en los campos. Reyes Mate lo interpreta así: antes vivíamos bajo la mirada de Dios, mientras que ahora vivimos bajo la mirada de Auschwitz. En este sentido, el espíritu de la narración de los sobrevivientes de los campos sería un llamado ético (Reyes Mate, 2013). Falta que este llamado convenza a críticos que siguen definiendo al testimonio como una práctica narrativa despojada de visos reflexivos o artísticos.

Al reivindicar estos textos no pretendo minimizar ni desplazar a otros, como los de la generación de las hijas e hijos de los desaparecidos, cuya original impronta también nace de una interrogación a partir de sus vivencias. Y tampoco afirmar que solo la palabra del testigo es la autorizada para pensar el legado del horror. Apenas sostengo que su relato, el más cercano al corazón de esta experiencia, es matricial. Propongo no eclipsar estos testimonios, rescatarlos del banquillo de los acusados en que se los sitúa.

¿Qué cuenta este libro?

Este libro va hilvanando su confianza en la versátil palabra del testigo, capítulo a capítulo.

«Darle palabras al horror» se abre con la pregunta «¿Por qué cuenta el testigo?». El testigo cuenta –en el doble sentido de relatar y de importarle a otros– porque su versión revela el núcleo duro del experimento que pone en cuestión el estatuto de lo humano6.

«Cuestionamientos a la palabra del testigo» comienza con «Giorgio Agamben: en torno a la imposibilidad del testimonio», donde planteo que una interpretación literal de su hipótesis sobre el imposible testimonio, basado en la figura del «musulmán» de los campos nazis, alienta en nuestra región a quienes bregan por la deslegitimación del relato de los sobrevivientes. Por eso confronto su idea del rol vicario del testigo (que hablaría «por delegación» o en nombre de otros que no sobrevivieron) originada en su lectura de lo dicho por Levi.

En «Beatriz Sarlo: debate sobre el discurso de la experiencia», siguiendo la invitación del subtítulo de su libro Tiempo pasado. Cultura de la memoria y giro subjetivo. Una discusión (2007), confronto algunos planteos de la autora, para quien «el testimonio carece de legitimidad frente a investigaciones de disciplinas que, al establecer una mayor distancia con el ayer, favorecerían la reflexión en lugar de cristalizarla» (2000). Me rebelo contra dictámenes pronunciados desde un saber con mayúsculas que se erige en tribunal para descalificar otras miradas.

En «Un glosario sin definiciones» presento una serie de términos que conforman el vocabulario básico vinculado a esta escritura. Intento esbozar y repensar sentidos, no dar respuesta sino mantener abierto el debate.

«Uruguay, Chile y Argentina. El Plan Cóndor» –en consonancia con los sucesivos golpes de Estado que asolaron al Cono Sur– repasa momentos claves de la historia del siglo XX en la región, evocando cómo la violencia exterminadora se instaló en cada país. La lengua y los mitos constituyen y moldean la realidad: no se puede hablar de hecatombes humano-facturadas si se descartan la cultura y el lenguaje que las vuelven posibles. Por eso mismo presento una crónica de acontecimientos y de la forma en que se los nombra, sin la intención de ofrecer un panorama histórico. Intento acercarme al imaginario surgido a partir de ciertos hitos traumáticos, ya que esa trama habilitó el terrorismo estatal. Mi recuento no explica el por qué de ciertos fenómenos que nos exceden, apenas los sitúa en el poroso marco de una época.

En este capítulo, además, presento una selección de textos que contradicen el criterio, muy difundido, según el cual el testimonio desestima la labor artística porque su objetivo es la denuncia. En los títulos acá seleccionados se verifica que esta afirmación es algo que se dice sin prestarle mayor atención a relatos que denotan lo contrario. Pero sé que, ante mi insistencia, alguien podría preguntar: ¿por qué defender ciertos libros?, ¿acaso no se terminan imponendo por sí mismos? No lo creo. Una de las condiciones de posibilidad del testimonio es la existencia de un entorno que albergue su palabra.

El capítulo final, «La escritura y mi vida», cuenta cómo Una sola muerte numerosa, el relato de mi experiencia como detenida-desaparecida enlazado con el de muchos otros, me llevó a El arte de no olvidar: literatura testimonial en Chile, Argentina y Uruguay entre los 80 y los 90 y, finalmente, a El lugar del testigo. Escritura y memoria (Uruguay, Chile y Argentina).

En todos los capítulos resuena el mismo imperativo: hay tiempos en los que a la vida le urge contarse, donde experiencia y relato se necesitan más que nunca, donde se hacen eco. El nuestro es uno de ellos.

1 Jorge Rafael Videla fue jefe de la primera Junta Militar responsable del golpe del 24 de marzo de 1976; se lo sentenció en el Juicio a las Juntas en 1985; en 1990 se acogió al indulto declarado por el presidente Carlos Menem; en 2010 lo condenaron a cadena perpetua en cárcel común por crímenes de lesa humanidad; en 2012, a 50 años por la apropiación sistemática de hijos de desaparecidos. Murió en la cárcel en 2013.

2 En este ensayo uso ambas nomenclaturas: CCTyE (como se estila en la Argentina) y campo (témino que remite al nazismo y que vincula diversas metodologías de desaparición forzada que, a nivel simbólico, dejaron marcas similares).

3 Al gobierno que, entre 2003 y 2015, asumiera los derechos humanos como política estatal, le ha sucedido otro cuyo interés es exactamente opuesto en este y otros sentidos. Si bien los juicios –impulsados por el esfuerzo de sobrevivientes y activistas que colaboran con la búsqueda de pruebas e información para colaborar con las fiscalías– no cesan, el cambio institucional afecta las causas, demorándolas. Este hecho evidencia que ninguna lucha legal se sostiene sin cambio cultural. Un cambio que, si bien no alcanzó para garantizar la continuidad del Estado protector, se manifiesta, hoy en día, en una lucha que amplía sus reclamos. Un ejemplo paradigmático es el paro y movilización de mujeres bajo la consigna “Ni una menos”, primer estallido del movimiento feminista que, al decir del periodista Horacio Verbitsky, «representa el nacimiento de un fenómeno como el [de] las rondas de las Madres» (Página 12, 23/10/2016). En Chile, el movimiento de mujeres irrumpe con idéntica fuerza.

4 En el caso uruguayo la lucha legal quedó rezagada en relación a la resistencia civil: «Tras 45 años del golpe de Estado que dio inicio a la dictadura cívico-militar en Uruguay, el 27 de junio de 1973, cientos de causas judiciales e investigaciones están "estancadas", ya que no ha habido una "voluntad política de avanzar en la verdad", aseguró la ex fiscal Mirtha Guianze. […] "Creo que se avanzó poco. En realidad, en lo que se ha avanzado es en el reconocimiento desde la sociedad civil", sostuvo».El Universal, 27/6/18. En línea: <http://www.eluniversal.com/internacional/13548/causas–judiciales–sin–avances–tras–45–anos–del–golpe–de–estado–en–uruguay>.

5 Título de Fernando Reati: Nombrar lo innombrable. Violencia política y novela argentina: 1975–1985 (2013).

6 En este y otros capítulos se reelaboran y expanden ideas que figuran en el artículo de mi autoría: «El testimonio de los sobrevivientes: figuración, creación y resistencia» (2016).

Darle palabras al horror

Y no intentamos […] sino dar palabras a un horror que está y que sigue estando en el aire. Hablar es intentar una sintonía con eso. ¿Cómo hacerlo?

Perla Sneh

El testigo cuenta

El testigo cuenta –en el doble sentido de relatar y de importarle a otro– porque su versión revela el núcleo duro del experimento que pone en cuestión el estatuto de lo humano.

El testigo cuenta porque su memoria res-guarda escenas que revelan cómo el poder puede invadir y ocupar al sujeto y a la comunidad.

El testigo cuenta cómo se sostiene la insospechada capacidad para la resistencia en las situaciones límite y tras ellas.

El testigo cuenta cómo vivían los hoy llamados desaparecidos, el modo en que habitaban ese sitio inhabitable donde transcurrió su último tramo existencial.

El testigo que cuenta nos revela mujeres y hombres resilientes y frágiles que, al darle cuerpo a su experiencia, reformulan las secuelas del horror y dejan de ser sus víctimas. Al contarlo con su tono y modulaciones, el testigo decide el cómo. Cada opción tiene sus límites y sus riesgos, ninguna es satisfactoria.

Quien opta por un estilo condensado y poético corre el riesgo de reducir la complejidad de lo real. Quien recurre al ensayo corre el riesgo de explicar demasiado y cerrar sentidos, no dejándole al lector un espacio de elaboración propia (Mesnard, 2011).

Frente a un terreno tan delicado lo más sabio es aceptar, como dice Levi, que «lo han hecho lo mejor que han podido, no habrían podido dejar de hacerlo y lo seguirán haciendo»7.

Quien sobrevive no deviene testigo de una vez para siempre, sino que se va construyendo a medida que se dan las condiciones para nombrar lo vivido. Su relato va cambiando: la distancia entre la víctima que fue y el testigo que es aumenta a medida que la cartografía del terror se va develando y se abren espacios para la escucha. Entonces surge la posibilidad de despertar memorias, reinterpretar conductas, recapacitar sobre regiones silenciadas hasta ese momento. La constante rememoración da con nuevas lecturas. Es el caso de la violencia sexual y de género, denunciada desde el comienzo por las mujeres pero solo declarada recientemente crimen de lesa humanidad (en la Argentina), cuando las testigos relanzaron el tema con mayor énfasis (habilitadas por el nuevo despertar feminista y la transformación de los juicios en lugares donde el relato centrado en la subjetividad empezó a tener cabida).

En contraste con este lento y trabajoso proceso de darle palabras al horror, el uso de nociones que parecen abarcarlo todo, que dan la impresión de tarea cumplida, que «cierran» el caso, son las más difundidas. El testimonio, en cambio, «abre», persiste en cuestionar definiciones que, en su reiteración, se dan por «verdaderas», es decir, cristalizan. Ni banalidad ni fábrica, sino una combinación más evanescente. Para descifrar sus múltiples claves se requiere atravesar la lenta biografía de la atrocidad8.

Biografía nos remite a bios, vida. La vida no se puede narrar per se, pero al ser narrada cobra vida: es ese relato. Escribir es poner algo a salvo de la muerte, dijo alguien, y lo que se salva, cuenta. Al contar, la palabra del testigo pone en vilo nociones que la teoría esgrime como verdades, como cuando asume que esta experiencia es inenarrable9. Nada es inenarrable (mutatis mutandis, nada es totalmente narrable). Invivible, refutó Jorge Semprún. Inadmisible, dice Jorge Montealegre.

Hay que contar con el testigo para que no se nos olvide de qué estamos hablando.

¿Cuándo?

[Hay] temporalidades de la memoria que se resisten al dócil ordenamiento de las cronologías (Leonor Arfuch, 2013: 84).

La pulsión de testimoniar nace en la encrucijada entre el ansia de volver y el miedo a revivir, y de esta tensión surge el tiempo del relato, el cuándo. Llegado el momento algunos sobrevivientes sienten el impulso de rememorar su paso por el campo, de traducirlo a partir del presente. En este proceso el testigo irá atisbando el lenguaje, se irá asomando al impacto, creará la atmósfera en la que se irá sumergiendo la palabra. A Semprún le llevó cincuenta años trasmutar su Buchenwald en texto. El tiempo que tardó en dilucidar el conflicto entre La escritura o la vida lo hace reflexionar en estos términos:

… Primo Levi y Robert Antelme, por ejemplo, dos de los grandes escritores de la deportación, han dicho […], con frases diferentes pero con la misma fuerza, que la escritura les devolvió a la vida después de la experiencia de los campos. Primo Levi lo dice textualmente: escribir era volver a la vida. Para mí era todo lo contrario; […] cuando yo intenté escribir algo al volver del campo de Buchenwald (a los 22 años) […] no volvía a la vida, al contrario, permanecía en la memoria de la muerte, totalmente. Porque claro, para recordar todo aquello tenía que revivir todo aquello […]. Tuve la impresión o la certeza, a veces, de que escribir me conduciría al suicidio, ni más ni menos […], entonces decidí, decidí optar por la vida. (2008: 45-46)

Es decir que el testimonio es una cuenta pendiente que se enfrenta cuando se puede.

¿Por qué?

Levi describe cómo, tras su retorno del campo, le contaba su calvario a cualquier persona que tuviera la mala suerte de sentarse a su lado en cualquier medio de transporte. Sentía un impulso incontrolable de compartir su reciente viaje al infierno con quien fuera (Thompson, 2007). Una experiencia límite de tal envergadura necesita transformarse en historia escuchada, sobre todo cuando se materializa como secreto a voces. Esta sensación se reitera en distintas geografías donde la literatura –exigida por la historia– se transforma en «reservorio de lo real»10. La dramatización más certera de esta pulsión la ofrece la poeta Anna Ajmátova, quien, con su famoso «Puedo» (Réquiem), sintetizó una urgencia que es mandato y desafío, y que nunca termina de saciarse: un «habitual no dar en el tono, como en el amor, como en la muerte» (Tsvietáieva). Tratándose de «un mundo alcanzado a golpes de alfiler» (Estrin, 2013: 167) que se deshace y se vuelve a recuperar, el relato se intenta una y otra vez.

Los campos son el lugar donde los detenidos-desaparecidos pasaron sus últimos momentos, donde los hoy ausentes vivieron y convivieron, resistieron o fueron doblegados por los embates de un régimen encargado de «arruinarlos» (transformarlos en ruinas). Los sobrevivientes conocemos íntimamente las formas de existencia que ahí se tramaron y, en este sentido, podemos hablar por los desaparecidos (por delegación) pero también con y de ellos: de los vínculos, las angustias, los modos en que se producía la adaptación o la fuga ­­–metafórica o literal– del universo concentracionario. La existencia del testimonio también pone en cuestión la hipótesis sobre la tortura como anulación del lenguaje y del sujeto. Si bien este dispositivo de poder lo busca, su logro es precario. No pretendo para nada minimizar el horror, digo apenas que estos relatos son la contrapartida de dicha anulación. Si hay testimonio la cosificación fracasa.

El testimonio de los sobrevivientes, además, permite que el campo cobre visibilidad como un lugar poblado de mujeres y de hombres enfrentando situaciones que, aunque enloquecedoras e increíbles, son trágicamente reales. El desaparecido, en estos relatos, no es solo un ser despojado de nombre al que tratan como a un objeto, sino alguien que se comunica y lucha por sobrevivir, por entender, por evadirse. Los secuestrados sienten y piensan, recuerdan a los suyos o se esfuerzan por evitarlo, colaboran o no, tienen la mente en blanco o inventan formas de sobrellevar ese atroz limbo clandestino. Estos sujetos no devienen, en los testimonios, los entes que el poder intenta crear sino humanos atrapados en un sistema de exterminio.

Prestar atención a lo dicho por los «testigos directos» es indispensable porque, como piensa Mesnard:

Si la violencia que atentó contra el lenguaje al atentar contra la humanidad misma del hombre no permanece en el exterior del lenguaje, si este puede acogerla, es posible restablecer el vínculo entre los muertos y los vivos. De lo contrario, los muertos seguirán poblando el afuera para siempre. […] Ésa es la tarea del testimonio, eso es lo que nos enseña y lo que las generaciones futuras deben mantener. Nuestra tarea futura. Por eso, más que transmitir contenidos, se trata de transmitir cierta calidad de silencio. Allí se encuentran el testimonio y la literatura… (subrayado mío, 2011: 438–39)

La fuerza del testimonio, una vez más, no proviene de «satisfacciones referenciales» sino de «cierta calidad del silencio» que requiere, para ser percibida, una particular disposición del lector.

Es obvio que, al escribir o hablar sobre el secuestro y la vida en cautiverio, los testigos invocan una existencia atravesada por la muerte, por sesiones de tortura, por abusos sexuales. Pero además de la humillación sufrida, evocan un extraño habitat donde estar vivo deviene una tarea, como explica Víctor Frankl. El psiquiatra y sobreviviente de la Shoá observó que, donde el sufrimiento es moneda corriente, se vive «[un estado] de tensión junto con la constante necesidad de concentrarse en la tarea de estar vivos» (1986: 38). Esa labor se manifiesta en solidaridades, en las más variadas formas de comunicación, de fingimiento (en relación a los torturadores), en fugas momentáneas por vía del humor o del afecto, en fugas literales y en la lucha por sostener eso que unos llaman dignidad, otros identidad, otros resistencia. Y también hay derrotas, pero solo al seguirlas de cerca se capta la tragedia.

El secuestrado a veces se pierde y claudica, o busca consuelos insospechados, como en esta escena contada por una sobreviviente de la ESMA:

Otra cosa que me pasó y que nunca pude explicarme fue que en un momento se me soltó una mano y le pedí al torturador que me diera la suya. Él estaba hablando, gritando, preguntando qué era esto, lo otro, lo de más allá. Yo lo interrumpí: «¿Me das la mano?». Y él: «¿Para qué?». Y yo: «Nada, lo necesito». ¡Y me la dio! Recuerdo que le tomé la mano, se la apreté, la solté, le dije: «Gracias», volvió a atarme y todo continuó. ¿Cómo se explica? (Ese Infierno, 2001: 76)

Calveiro se refiere a estos momentos como «extrañas combinaciones de formas de obediencia y formas de rebelión. Nada quedó blanco o negro; todo alcanzó raras tonalidades, a veces incomprensibles» (2004: 159). En esta curiosa región, que Levi llama la «zona gris», la tortura sin tregua y la desorientación ante los nuevos códigos, contradictorios e ininteligibles, logra a veces su objetivo. Pero en este desamparo se sigue intentando que el plan destructor no arrase. Rescato esta potencia no por recurrir al facilismo de «lo positivo», sino porque ni siquiera esta situación de sometimiento radical es absoluta: hay victorias y derrotas, derrotas y victorias. Indicar las victorias no significa transformar a los secuestrados en héroes y admitir las caídas no implica decretarlos traidores. El sometimiento genera su contrapartida, que se expresa «en formas de resistir, incluyendo las flaquezas, miedos, gestos solidarios, dudas, cuestionamientos políticos, en su esperanza» (Pastoriza, citado por Forcinito, 2012: 97).

La voluntad de testimoniar es un intento de liberarse de esta zona gris que no da respiro.

Si la lectura de los testimonios nos muestra matices que no podemos conocer sin recurrir a esos relatos, retomo el interrogante: ¿Por qué será que se denosta al testigo como alguien que intenta «imponer su verdad por haberla vivido»? (Sarlo, 2002: 36). Se dice que es hora de dejar hablar a los sociólogos a los historiadores, capaces de tratar este asunto con mayor distancia teórica, como si no hubiera otra comprensión posible. Sin embargo el escritor húngaro Kertész, testigo de Auschwitz y Buchenwald, observó que «el superviviente tenía que saber sobrevivir, o sea, debía comprender aquello a lo que sobrevivía» (2002: 36). Y por eso, agrega, del testigo nace la posibilidad de sustanciar la conmoción de esas vivencias y, a partir de ahí, tornarlas experiencias, transformarlas en saber, para finalmente «convertir ese saber en contenido [de la propia] vida en el porvenir» (2002: 37).

A este proceso se le agrega otro nivel de complejidad, como puntualiza Ana Forcinito:

No todo testimonio pretende documentar únicamente los crímenes […] En muchas instancias, el testimionio viene a dar cuenta de las dificultades de testimoniar y de las relaciones entre el testigo, como narrador, y lo narrado. […] Es el testimonio y la literatura testimonial lo que permite explorar no solo la memoria, sino también las trazas de sus lagunas y las incertidumbres y los silencios que las acompañan. (Forcinito, 2012: 134)

Los testimonios así descriptos incitan al lector a considerar sus propios olvidos y oclusiones; revela las marcas indelebles que dejó este acontecimiento, muestra por qué el crimen de lesa humanidad sigue siendo presente, pone en escena los siniestros vínculos por los que circula el poder. Los saberes que estas obras transmiten, en suma, no son solo reparadores para el testigo sino también para la sociedad sobreviviente.

Ya Giorgio Agamben mostró, en Lo que queda de Auschwitz (2000), que el campo se sitúa dentro del espacio jurídico de un Estado y al mismo tiempo fuera de él. Adentro la existencia se trata como materia sin forma humana, como nuda vida; y afuera el campo lo permea todo, incluso quienes viven ajenos a lo que sucede son víctimas potenciales. El terror como peligro anunciado con un lenguaje que muestra y a la vez niega, como amenaza latente, genera pasividad, una aceptación que la literatura testimonial desafía.

En la Argentina se va despejando el aura fantasmal que irradia la palabra desaparecido. Los desaparecidos no son solo fotos en blanco y negro en pancartas y banderas, nombres en baldosas11 o el «Presente» que ratifica, en cada conmemoración, que los ausentes no son tales aunque hayan intentado expulsarlos de la condición humana. Mientras Jorge Rafael Videla pronunciaba su siniestra definición muchos cautivos seguían vivos, lidiando con la reclusión y la tortura. El secuestrado se volvió desaparecido porque se inventó una dimensión inexistente entre el ser y el no ser para encubrir el crimen. Aunque nos hayamos apropiado del término en tanto herramienta de justicia, sus resonancias deben repensarse. Y son los testimonios los primeros encargados de hacerlo, para que la sociedad encare y asimile lo que le pasó y le pasa.

Esta escritura nos sitúa en el núcleo de lo inolvidable. Invoca los lugares donde el horror les mostró su rostro a los expulsados, sin atenuantes. Vuelve audibles sus gemidos, visibles sus rincones y enunciables sus paradojas, dilemas y encrucijadas, no de modo transparente sino por las fisuras de una memoria vulnerable. Se asemeja a la imagen con que Paul Celan simbolizara su poesía: un mensaje que, tras el naufragio, se tira al mar en una botella. ¿Quién será el destinatario? «¿Un lector futuro, un lector por lo pronto inaccesible, lejano, que quizás aún no ha nacido?» (Sneh, 2012: 204). ¿O el orden simbólico mismo?

¿Cómo?

Si en nuestra lengua anida el horror, ¿cómo contarlo?

Según Levi, lo que el testigo quiere transmitir se presenta como algo «monstruoso pero nuevo, monstruosamente nuevo» (1996: 180)12, sensación que comparten, incluso, sobrevivientes de genocidios más recientes. La crueldad, una y otra vez, se presenta de manera inesperada y súbita; siempre supera los límites de lo imaginable. El intento sistemático de expropiación de la condición humana por medios técnicos, dice Kaufman, siempre toma a sus víctimas por sorpresa (2011: 237–251). Esa extrañeza que genera pone en cuestión la posibilidad de representar: parece imposible traducirla a un lenguaje que sea fiel a la memoria sin menoscabar su credibilidad. Quizá, arriesga Leonor Arfuch, el lenguaje sea justamente el dilema intrínseco del testimonio (2013: 90). ¿Cómo enlazar ese pasado atroz, que persiste en pesadillas, en flashbacks, en el inconsciente, con el presente de la narración? ¿Cómo traducir ese universo íntimo? ¿Cómo compartir eso que pertenece al lamentable bagaje de la humanidad con quienes, en su mayoría, prefieren ignorarlo?

A juicio de Semprún la solución es ahondar el artificio:

… una duda me asalta sobre la posibilidad de contar. No porque la experiencia vivida sea indecible. Ha sido invivible, algo del todo diferente, como se comprende sin dificultad. Algo que no atañe a la forma de un relato posible, sino a su sustancia. No a su articulación, sino a su densidad. Solo alcanzarán esta sustancia, esta densidad transparente, aquellos que sepan convertir su testimonio en un objeto artístico, en un espacio de creación. O de recreación. Únicamente el artificio de un relato dominado conseguirá transmitir parcialmente la verdad del testimonio. Cosa que no tiene nada de excepcional: sucede con todas las grandes experiencias históricas. (2011: 140)

Levi, en cambio, declara que ha tratado de usar «el lenguaje mesurado y sobrio del testigo» (2002: 99). Una escritura literal, según él, garantiza la transparencia:

Escribí Si esto es un hombre esforzándome por explicarles a otros, y a mí mismo, los hechos en los cuales me vi inmerso, pero no con una intención literaria definida. Mi modelo (o si se prefiere, mi estilo) era el del «reporte semanal» usado normalmente en las fábricas: debe ser preciso, conciso, y escrito en un lenguaje comprensible para todos en la jerarquía industrial. (1996: 181)

¿Son divergentes las posiciones de Semprún y de Levi? No me parece. Ambos hacen uso de tropos y del lenguaje figurativo para construir un relato creíble basado en la memoria de la experiencia. Son modos de configurar la imposible memoria tramada en torno a lo inolvidable, dijo alguien. Ambos revelan los desplazamientos de sentido que la vida del campo impone al lenguaje, y la forma en que el lenguaje puede nombrar la nuda vida. Ambos muestran que el testimonio acompaña la experiencia e incluso la posibilita (Sneh, 2012).

Según Jacques Rancière (2011), no hay tema que deba asumir una forma determinada al explayarse. La multiplicidad de opciones estéticas que presentan los testimonios ratifican esta idea: para algunos autores el quiebre de lo humano se revela en una lengua herida, otros enuncian la devastación en una prosa cristalina. Por eso extiendo a los campos del Cono Sur el interés de Peris Blanes «en la relación de inespecificidad que la experiencia de la excepción mantiene con los modos de decirla» (2005: 20). Lo importante, mediante una u otra estrategia narrativa, es propugnar un lenguaje que se haga cargo del trauma histórico. La literatura es una arte-sanía, sostiene la crítica argentina Mirian Pino (2015), porque el arte de encontrar la palabra justa, sana; no solo a quien la dice sino al orden simbólico. El testigo se esfuerza en decir esa historia para que esa historia no nos siga diciendo.

Debido a que la historia narrada por el testimonio de los campos es tan real como inverosímil, estos relatos producen el efecto de una «droga dura», como dice Reati en el prólogo de Desaparecido. Memorias de un cautiverio (Club Atlético, Banco, Olimpo, Pozo de Quilmes y ESMA): «…mientras más se lee, más se siente la insatisfacción de no poder llegar al fondo de un misterio que apenas se vislumbra y se muestra siempre elusivo» (2011: 22). La misma insatisfacción obsesiona a quien intenta escribir su propia memoria.

Cuando Semprún admite esta dificultad concluye que el problema radica en la necesidad que tienen los sobrevivientes de ser escuchados. También Paul Ricoeur describe al testigo como alguien que «pide ser creído». No se limita a decir «yo estaba allí», sino que añade: «creédme […] y si no me creéis, preguntad a algún otro» (2010: 212). La posibilidad del testimonio, entonces, descansaría en la confianza en la palabra del otro. El problema surge cuando este crédito se pone a prueba:

…la dificultad de escucha de los testimonios de los supervivientes de los campos de exterminio constituye quizás el más inquietante cuestionamiento de la tranquilizadora cohesión del supuesto mundo en común del sentido (2010: 215).

Para Semprún, la dificultad radica en que se trata de testimonios «extraordinarios», en el sentido de que exceden la capacidad de comprensión «ordinaria». Incluso al sobreviviente le resulta difícil creerlo: esa memoria le empieza a parecer, a medida que retoma su vida «normal», un sueño o una alucinación, como indicara Hanna Arendt. Tal vez por eso, a la hora de escribir, el testigo teme serle infiel a la densidad de la experiencia. ¿Cómo hablar de algo tan paradójico como la propia muerte? Para contar este «viaje» algunos testimonios optan por una suerte de juicio imaginario contra el poder desaparecedor, otros por el registro de la micropolítica del terror. El problema no radica tanto en estas estrategias –aunque algunas sean más efectivas que otras– sino en cuándo las sociedades están listas para escuchar y reflexionar.

¿Quién?

El único que puede testimoniar es el testigo, que habla con los desaparecidos (en su memoria afectiva), por ellos (en su comunicación con los otros), y de ellos (sobre todo del último tramo de sus vidas). Al ser oído y/o leído, su experiencia propia y colectiva cobra forma. El problema en el que insisto es que al portador de esta memoria –visto como depositario de la información indispensable para condenar a los responsables del exterminio– se lo acepta en los tribunales pero sigue ocupando un lugar incómodo en la sociedad: el manto de sospecha que lo rodea sigue vigente. Habría que preguntarse qué es lo que ciertos sectores ven y proyectan en su figura para que esta marginalización se siga sosteniendo en el tiempo.

[El testigo] adquiere esa condición de extranjero, alguien a quien nos vemos forzados a admitir, a recibir, a darle hospitalidad, pero también alguien que soporta nuestro no querer saber inconfesable.

Un Hermes, un mensajero, […] que recorre el camino mitológico en dirección inversa, señal nocturna que guía nuestros difuntos hasta nosotros, que ha cruzado la frontera y que no pierde su condición de extranjero (extraneus), que está fuera de su casa y que […] «no forma parte de la familia». (Jinkis, 2011: 110–111)

Tanto el extranjero como el sobreviviente son lo ajeno, lo Otro. Para Derrida, no hay sino hospitalidad frente al extraño, pero en nuestras tierras ese prójimo no es bienvenido13, y esta reticencia coarta la expresión de una voz que requiere una escucha hospitalaria para manifestarse, una escucha que pregunte: «¿Cómo habla el que habitó el abismo y retornó a la minucia cotidiana? ¿Cómo habla el sobreviviente si con él sobrevive el exterminio?» (Sneh, 2012: 321). La dificultad a la que aludimos reside, justamente, en que «con el sobreviviente sobrevive el exterminio»: ¿cómo vincularse a eso?

Al tomar la palabra, el ex detenido-desaparecido objeta el lenguaje que el campo le impuso y que incorporó: en este sentido es un acto de resistencia (relatar desde la subjetividad deconstruye el idioma del horror, lo pone en evidencia, lo desafía, lo deshace). A lo largo de su narración el testigo no se presenta como un ser despojado de nombre, olvidado de su rostro, que en el umbral de la muerte debe decir «sí, señor» para refrendar que el poder ganó su guerra, como resume Calveiro. Por el contrario, el acto de testimoniar reescribe esa herida en sus propios términos. La saga rememorada, al mismo tiempo, levanta un puente entre presente y pasado y es un intento del testigo de volver a habitar el mundo del que fue expulsado. Pero ese mundo no es un todo: es un cuerpo social con fisuras y quiebres que también debe reformular el lenguaje en el que habla y es hablado, por eso es que esta lectura le incumbe.

El testigo existe porque la catástrofe representada por la separación de identidad y nombre, o el quiebre que se propone la tortura para silenciar y destrozar el lenguaje –en la famosa descripción de Elaine Scarry (1985)– raramente logran su objetivo, que es la anulación del estatuto de lo humano. Y si fracasa es porque la mayoría de los detenidos, aun despojados de sus señas de identidad y de sus lazos sociales, no devienen ni bultos ni objetos. Seguir existiendo como humanos es su lucha. En este horizonte tienen logros y caídas, son héroes y antihéroes, recuerdan el «afuera» o su identidad anterior se desdibuja. Alternan entre estos polos mientras realizan crueles aprendizajes e inventan infinitas estrategias para enfrentar la situación límite más radical. De modo que la imagen más atinada para referirnos a los secuestrados en campos de esta región no es la de muertos en vida. Se trata de vivos habitando la muerte, arrojados a ella, alojados en ella.

Cuando dejan la muerte atrás, estos testigos de los peores abusos necesitan compartir sus memorias, pero «el resto» no siempre quiere oírlas. Levi recuerda a un guardia alemán que desalentaba a los prisioneros con este anuncio: aunque sobrevivan y quieran contar lo vivido, nadie les creerá. Eso no fue así, a la larga se les creyó, aunque haya rebrotes de negacionismo. Más aún, en los países acá estudiados del Cono Sur se conoce, se acepta y se juzga (con mayor o menor empeño) el plan sistemático de exterminio de los más recientes terrorismos de Estado. Sin embargo no muchos lectores se interesan en «los detalles»: no quieren sufrir, vicariamente, situaciones traumáticas y además, eso «ya se sabe». Se sabe que hubo campos, se sabe que hubo crímenes. ¿Para qué volver sobre lo mismo? No se entiende, todavía, que el testimonio desnuda los mecanismos de poder que se reproducen, hasta hoy, fuera del campo.

Por último, el «quién» nos remite a aquellos sobrevivientes que callan: no todos quieren contar lo vivido, y en estos casos también se presentan conflictos. Hay periodistas o aspirantes a antropólogos guiados por una curiosidad impúdica, que intentan extraerle su testimonio incluso a quien no está listo para darlo, y lo hacen por medios que reproducen la violencia del interrogatorio. La novela Casa chilena, de Roberto Brodsky, presenta esta situación:

Las imágenes se agolpan en tu cabeza. Toda la distancia que has intentado mantener entre esos hechos y tus emociones, de pronto se quiebra. Ya no hay diferencia, el tiempo se ha condensado […] La amargura te inunda, como si una mano experta desarmara el reloj que organiza los intervalos. Haces un gesto desesperado en dirección a la cámara para que el gordo corte la grabación y la tortura acabe de una vez […] Julia que no parece reparar en tu estado y te presiona, con auténtica pasión documental, mientras tú te cubres, te tapas, ido y con las palabras ahogadas en el pecho. Quedas mudo y desprovisto. (2015: 57–58)

Si el «quién» del testimonio es quien está dispuesto, quien necesita, quien busca donarlo y, por otro lado, quien le da cabida, se trata de un «entre» ambos.

¿Dónde?

¿Dónde radica el horror que el testigo rememora? En la zona gris.

En el campo se producen intercambios cotidianos y de convivencia entre víctimas y victimarios; las aguas no se separan con la nitidez que impone la puerta de la celda de una cárcel. Agamben habla de «una gris e incesante alquimia en la que el bien y el mal y, junto a ellos, todos los metales de la ética tradicional alcanzan su punto de fusión» (2000: 20). Para Levi ahí se encuentra «el verdadero horror del campo». A modo de ejemplo, presenta una escena que se reitera en nuestros centros de detención: un partido de fútbol entre detenidos y torturadores. Lo curioso, tanto en la experiencia europea como en la latinoamericana, es la naturalidad que asume lo siniestro (teniendo en cuenta que, tras ese instante en que el juego parece igualar a verdugos y víctimas, los detenidos son y serán torturados y asesinados):

…muestran sus preferencias, apuestan, aplauden, animan a los jugadores, como si en lugar de a las puertas del infierno, el partido se estuviera celebrando en el campo de un pueblo (Levi, 1989: 40).

Agamben piensa que, aunque el partido parezca

una breve pausa de humanidad en medio de un horror infinito […] para los testigos […] este momento de normalidad es el verdadero horror del campo […] Representa la cifra perfecta y eterna de la zona gris […].[E]sa convivencia con el horror no les compete solo a las víctimas, […] es la vergüenza compartida de quienes, sin haber estado ahí, asistimos, no se sabe cómo, a aquel partido, que se repite […] en todas las formas de normalidad cotidiana. Si no logramos comprender este partido, si no logramos que termine, no habrá nunca esperanza. (2000: 25)

Lo que quiero hacer notar en estas páginas es que muchos de los jugadores (los vencidos de antemano) no solo comprendían entonces ese partido, sino que dedicaron su vida a contradecirlo, a contraponerle otra mirada.

¿A quién?

Según Ricardo Forster (2000), el receptor del testimonio espera una forma discursiva marcada por las estrategias a las que lo han acostumbrado los medios: que el testigo lo muestre todo, lo exponga todo, si es posible con una pizca de melodrama. Y eso es lo contrario de lo que el sobreviviente puede hacer (a menudo, incluso, su relato puede sonar distante y hasta desprovisto de emoción).

El conflicto entre testimonialista y audiencia se produce porque la hipótesis del pacto de verdad entre autor y lector –que se aplica al testimonio a partir de la teoría de Philipe Lejeune14– desconoce que no hay narración histórica que no interprete. El testimonio se basa en la memoria, y la memoria no es copia fiel, surge del presente y está contaminada por él. Pero sobre todo, en palabras de Rita Segato, hay que tener en cuenta que usamos el lenguaje de modo relacional: «Pensar que la gente busca informar con lo que dice es una falacia», dice en una de las tantas entrevistas en las que expone su pensamiento. El testimonio también es marcadamente relacional: no existe sin escucha, el «otro» atento es quien lo posibilita. Al sobreviviente que cuenta su historia le importa ser creído porque habla de un sufrimiento colectivo que se ignora o se evita enfrentar. Al contar su experiencia, insisto, busca reestablecer el vínculo con una sociedad de la que fue aislado y a la que aspira volver, por lo que le urge nombrar el daño. Le importa que lo que rememora sea admitido como real, aunque solo pueda ofrecer retazos de memorias olvidadizas. El tipo de relato que surge, con sus faltas de concordancia, sus grietas y agujeros, es un modo de recordar (Jinkis, 2011:90), un modo que se completa con el reconocimiento que depara la escucha. Solo una deposición judicial puede aspirar al artificio de la exactitud. La exigencia de precisión revela simplemente que el paradigma punitivo, el de la escena judicial, es el que modela las expectativas de una audiencia entrenada por los medios masivos de no comunicación.

Para concluir hay que puntualizar, como lo hace Jinkis, que

el primer sentido del testimonio es el de afirmar el acontecimiento […] El testigo es pues aquel personaje insalubre que rompe el silencio, es decir, que no solo ha sobrevivido al exterminio físico sino al exterminio de la palabra. (2011: 105)

Para el psicoanalista argentino este «salvataje de la palabra» lo realiza el testigo en sociedades donde las matanzas fueron acompañadas, junto a su negación sistemática, por la destrucción de archivos y documentos. Un borramiento de este calibre genera «una secuencia de acontecimientos de toda índole en cuya serie se pueden incluir los relatos testimoniales (no solo judiciales)…» (2011:80). El testimonio, en tanto efecto a largo plazo del exterminio, es parte de la serie, aunque la aspiración de la escritura testimonial que presento es salirse de ella, refutar sus lógicas, desafiarlas.

7 Citado por Feierstein en su estudio preliminar «Sobre la resistencia al silenciamiento y la deslegitimación de la voz del testigo» al libro Testimonio en Resistencia, de Philippe Mesnard (2011: 31).

8 Lenta biografía, novela de Sergio Chejfec donde la rememoración de un pasado atroz se transmite a través del silencio.

9 Agamben critica que este término le otorgue al exterminio el privilegio de la mística: «en el 386 de nuestra era Juan Crisóstomo afirmó que Dios es incomprensible, indecible, inenarrable e ininscriptible, y que afirmarlo es la mejor forma de adorarlo y glorificarlo. Decir que el horror es indecible o incomprensible es adorarle como a un dios, contribuir a su gloria, usar eufemismos…» (2000: 32).

10 Expresión que tomo de Estrin en Literatura rusa (2013: 125).

11 El movimiento de vecinos de Buenos Aires, Barrios X Memoria y Justicia interviene en el paisaje urbano colocando baldosas con los nombres de los desaparecidos (a quienes identifica como militantes populares) en el sitio en que vivieron, trabajaron, estudiaron o donde fueron secuestrados.

12 Todas las traducciones de libros publicados en inglés son mías.

13 En la entrevista a Derrida en Staccato, programa televisivo de France Culturel, 19/12/1997, el filósofo indica:

«Cuando digo “heme aquí” soy responsable ante el otro, el “heme aquí” significa que ya soy presa del otro («presa» es una expresión de Lévinas). Se trata de una relación de tensión; esta hospitalidad es cualquier cosa menos fácil y serena. Soy presa del otro, rehén del otro, y la ética ha de fundarse en esa estructura de rehén» (publicado en Derrida, J. ¡Palabra!…Edición digital de Derrida en castellano).

14 Ver capítulo «Un glosario sin definiciones», sección «Verdad».

Cuestionamientos
a la palabra del testigo
Giorgio Agamben:
en torno a la imposibilidad del testimonio

Si bien el filósofo italiano elabora conceptos claves para la comprensión de los dispositivos del campo, su lectura de ciertas afirmaciones de Levi lo lleva a poner en duda la posibilidad del testimonio. En nuestro medio, estos párrafos de Agambien se usan como martillo para aplastar al testigo.

La reflexión parte de este texto:

Hay [una] laguna, en todo testimonio: los testigos, por definición, son quienes han sobrevivido y todos han disfrutado, pues, en alguna medida, de un privilegio […] El destino del prisionero común no lo ha contado nadie porque, para él, no era materialmente posible sobrevivir […] El prisionero común también ha sido descripto por mí, cuando hablo de «musulmanes» pero los musulmanes no han hablado. (Levi, 1998, en Agamben 2000: 33)

El testigo habla por delegación en nombre de los que no pueden dar testimonio porque no están. Y habla tanto por los muertos como por los «musulmanes» –muertos en vida antes de morir15.

Levi continúa:

[l]a demolición terminada, la obra cumplida, no hay nadie que la haya contado, como no hay nadie que haya vuelto para contar su muerte. Los hundidos, aunque hubiesen tenido papel y pluma, no hubieran escrito su testimonio, porque su verdadera muerte había empezado ya antes de la muerte corporal. […] Nosotros hablamos por ellos, por delegación. (Idem)

La idea de delegación está ligada al pudor que acarrea la sobrevivencia, erigida sobre pilas de muertos. Es un gesto de respeto por los hundidos: el testigo se coloca en segundo lugar, como vocero. Agamben da un paso más y nos invita a persistir en esa laguna que pone en tela de juicio el sentido del testimonio y, por ende, la identidad y credibilidad de los testigos: «el testimonio contiene, en su centro mismo, algo intestimoniable, que destruye la autoridad de los supervivientes. Los seudotestigos […] testimonian de un testimonio que falta» (subrayado mío, 2000: 34).

El pensamiento de Agamben se despliega desarrollado en corolarios que manifiestan otro énfasis, como por ejemplo: «la lengua, si es que pretende testimoniar debe ceder su lugar a una no lengua, mostrar la imposibilidad de testimoniar» (2000: 39). Pero me importa centrarme en el efecto que la lectura de esta reflexión tiene en nuestro medio.

Ante todo, la metodología de tortura y exterminio en los campos del Cono Sur no producía «musulmanes»: el esfuerzo por transformar a los detenidos en bultos no culminaba en su transformación en muertos en vida, porque el tipo de trato propinado a los secuestrados era distinto (rara vez se los hacía trabajar, no se los mataba de hambre aunque escaseara el alimento, no se los hacinaba como en las barracas de los campos nazis, etc.).

Y en relación al momento de la muerte, es cierto que el testigo no puede hablar de eso, pero tampoco lo podrían haber hecho los detenidos que eran arrojados dormidos al mar. A los detenidos-desaparecidos se les escamoteó, en su mayor parte, ese instante final: los que fueron lanzados desde aviones ni siquiera pudieron «vivir» la propia muerte o «atravesarla», ya que eran arrojados desde la altura tras una inyección que los sedaba y adormecía, en los «vuelos de la muerte». Ellos tampoco fueron testigos de su propio fin. No obstante, este no es el eje de la discusión porque la tortura principal es, «[o]bviamente, el ser desterrado de la existencia humana» (Kertész, 2002: 53).

Nos sumamos al criterio del sobreviviente austríaco Jean Améry16 cuando admite que no hay otra que la frágil voz del testigo, capaz de dar testimonio de esa vida y de la convivencia con la muerte.

Puedo proceder solo de mi propia situación, la situación de un recluso que pasó hambre, pero no murió de hambre, que fue golpeado, pero no totalmente destruido, que tuvo heridas, pero no mortales, que entonces objetivamente aún poseía el substrato sobre el cual, en principio, el espíritu humano puede pararse y resistir. Pero que siempre se paró en piernas débiles, y pasó malamente la prueba, esa es la entera y triste verdad. (1990: 9)

Améry también se refiere al «musulmán»:

El así llamado musulmán, como el lenguaje del campo llamó al prisionero que se estaba abandonando y era abandonado por sus camaradas […] [e]ra un cadáver escalofriante, un manojo de funciones físicas en sus últimas convulsiones. Aunque sea difícil hacerlo, tenemos que excluirlo de nuestras consideraciones. (1990: 9, mi traducción)

Tenemos que excluirlo de nuestras consideraciones porque no queremos relatar la muerte en vida (en cuyo caso el «musulmán», incluso en su muda existencia, sería nuestro testigo privilegiado). Lo que cuenta para nosotros, dice, es relatar la vida en la muerte, por eso también el testigo es el sobreviviente.

Decía que la figura del «musulmán» no existió en los campos sudamericanos debido a que el sistema de reclusión y asesinato era otro. El dispositivo exterminador, en este caso, generaba mujeres y hombres cuya identidad corría peligro, ante todo porque la mayor parte de los desaparecidos eran militantes políticos, y quien en el interrogatorio «daba nombres» podía llegar a «quebrarse»: su identidad podía trastabillar por la culpa que genera haber flaqueado y denunciado a otros. El sometimiento del secuestrado a vejaciones por tiempo ilimitado, el hecho de que su cuerpo estuviera a disposición de quienes podían decidir sobre su vida y su muerte, lograba a menudo doblegarlo –lo que no equivale a afirmar que, si el detenido «cantaba» una vez, no pudiera resistir otras torturas–. Había caídas y recuperaciones temporarias. A algunos secuestrados los doblegaba el «tratamiento», a otros no, a otros a veces, pero todos estaban sujetos a él. Y en cada uno de estos casos el detenido pasaba por lo peor. Es decir que cualquier sobreviviente puede asumir una voz plural, hablar en nombre de los otros: aunque cada experiencia sea distinta, la metodología es una.

Agamben también hace hincapié en la «increíble tendencia de la situación límite a convertirse en hábito […] Auschwitz es precisamente el lugar […] en que la situación extrema se convierte en el paradigma de lo cotidiano. Pero es esta tendencia paradójica a convertirse en su contrario lo que hace de verdad interesante la situación límite» (subrayado mío, 2000:50). Lo que le interesa a Agamben es centrarse en las paradojas, que son constitutivas y nos sacan de las oposiciones binarias. Pero si, además, recurrimos a la experiencia de los detenidos, se visualizan matices que la lectura rápida del pensamiento filosófico destierra.

Lo cotidiano es, para los enclaustrados, ese universo concentracionario que se presenta como total y sin salida, al que tienen que adaptarse para sobrevivir aunque su lógica arbitraria sorprenda una y otra vez. Pero esto no equivale a que los detenidos naturalicen dicha lógica, que la acepten acríticamente (excepto en el caso de quienes son vencidos por la técnica de sometimiento)17. Se trata de una cotidianidad en constante fricción, que se abre paso con su potente crueldad pero no termina de normalizarse.

Finalmente, el no poder dar testimonio de la muerte no representa una limitación crucial, ya que ese no era el peor destino en los centros clandestinos y podía representar, incluso, una salvación del «calvario». Víctor Basterra, sobreviviente de la ESMA, dice: «Era una forma de liberación la muerte, uno quería que algo se produzca en definitiva, y ahí todo se producía en la incertidumbre». El problema, más bien, era la dificultad de matarse.

Calveiro […] se refiere al acto suicida como la decisión que enfurecía a los desaparecedores y que tenía las consecuencias más crueles, porque significaba un ejercicio prohibido de la voluntad… (Sarlo, 2005: 117).

De hecho, los torturadores usaban la expresión «se nos fue» para designar a alguien que se les había muerto durante la tortura. Sin embargo, decidir la propia muerte era una de las cosas que estaba vedada para el desaparecido, que descubría entonces no ya la dificultad de vivir sino la de morir. Morir no era fácil dentro de un campo. (Idem, 2005: 118)

Según Jinkis, la muerte es «el capital crítico y humanizador que acompaña la angustia ante ese final (in)esperado». Este capital se disuelve cuando la muerte pasa a ser un hecho más, no porque carezca de importancia sino porque la convivencia con ella anularía la angustia ante el final que nos hace quienes somos. Y sin embargo los días en que había traslados en los campos, aunque no se supiera con certeza que los seleccionados eran condenados a muerte, el sentimiento de desamparo y la sospecha ante la muerte no anunciada dejaba su marca. No había hábito en esa cotidianidad. Estas son las connotaciones que se van decantando en la lectura de los testimonios, las gamas que hace falta detectar para entender.

El sobreviviente-testigo habla de sí y de los desaparecidos, o puede incluso hablar con ellos; no habla por ellos más que en un sentido ético (no en lugar de, sino en nombre de). Como dice Jinkis, sostener que el testigo verdadero es el que desapareció y no volvió o el que fue reducido a una condición subhumana y no puede entonces testimoniar es, simplemente, desoírlo, ausentarlo, exiliarlo (2011: 110). Si, en cambio, queremos acogerlo, nos corresponde tener presente que, a través de la tortura constante que ejerce la cotidianidad del campo, el detenido sufre un giro radical en relación a su forma de vincularse con la muerte.

En estos campos, tanto los detenidos-desaparecidos forzados al trabajo esclavo por largos años como los «liberados» tras breves estadías sufrimos el mismo «procesamiento». Por eso sostengo que todo sobreviviente es testigo de la nuda vida y de la resistencia. La«vida desnuda», en ese territorio donde la muerte anónima anda suelta, no olvida que es vida humana. Llamo resistencia a los gestos solidarios, los contactos con los otros detenidos, el humor, las estrategias de sobrevivencia compartidas y la huida18. Creer que los detenidos se transformaron en víctimas absolutas y, en cuanto a los supervivientes, que «por algo será que se salvaron», es ceder a la continuación del genocidio por otros medios, un eslabón más de la serie exterminadora (Jinkis, 2011: 80).

La historia, como siempre, desenmascara las generalizaciones con ejemplos concretos. En la ESMA las detenidas consiguieron que se les dejara asistir a sus compañeras en el momento del parto; Víctor Basterra fue capaz de sacar de ese campo decenas de fotografías de quienes ahí estuvieron secuestrados e imágenes de los lugares donde se los arrumbaba y torturaba. No se trata de excepciones: muchas historias aún no estudiadas (y otras tantas no contadas) sobre la resistencia de los cautivos desdicen ciertos rumores sobre su arrasamiento generalizado y/o activa colaboración con los verdugos. Si bien los extremos existieron, no constituyen el rasgo distintivo de la conducta de los secuestrados. De una u otra manera lo cierto es que, como dice Mario Villani: «ni el peor colaborador es equivalente a dos represores» (2011: 135).

Beatriz Sarlo: debate sobre el discurso
de experiencia

La crítica argentina Beatriz Sarlo, en Tiempo pasado, cultura de la memoria y giro subjetivo. Una discusión (2007) le niega legitimidad al «discurso de experiencia» con varios argumentos que iré enumerando y discutiendo. Las escrituras que privilegia para volver sobre el pasado son la del ensayo (por la distancia disciplinaria que le permite encarar su tema con objetividad) y la de la novela (capaz de simbolizar y de abrir sentidos). El testimonio, a su entender carente de estas virtudes, sería apenas un síntoma del «giro subjetivo» de nuestra era que es preciso poner en cuestión.

Para encarar el debate voy a tomar de su texto frases e ideas que me parecen claves (no son todas citas textuales sino síntesis de diversos párrafos).

1. A partir de la figura paradigmática del soldado que vuelve mudo de la guerra, descripta por Walter Benjamin, Sarlo concluye que el sobreviviente de una catástrofe no tiene nada que decir.

Kaufman refuta esta lectura poniendo el acento en el giro que sufre la condición de la experiencia tras el horror:

El soldado de la Primera Guerra Mundial no vuelve mudo en el sentido lato de que permanece en silencio, sino en el sentido de que sus palabras han perdido el referente. […]. Es esa condición de pérdida de la experiencia aquello que lleva a una inmensa masa de testimonios a expresar en el terreno discursivo el equivalente al aullido de dolor, a relatar los pormenores, las minucias, los detalles del acontecer mortificado de la carne. […] No es el relato como texto o acontecimiento discursivo lo que desaparece sino las condiciones de posibilidad de la experiencia. Lo cual supone también que no es que desaparezca la experiencia, sino la calidad histórica que la caracterizó y le dio sentido en generaciones anteriores. («A propósito de Tiempo pasado, de Beatriz Sarlo». En línea)

Si bien esta respuesta es clarificadora, prefiero simplemente afirmar lo contrario de lo dicho por la crítica argentina: los que retornan del campo tienen mucho que decir, no están mudos para nada. Aun cuando las condiciones de la experiencia se hayan devaluado, la experiencia sigue siendo posible y a muchos sobrevivientes les urge asimilarla y trasmitirla, pero a menudo no tienen con quién hablar. Este impulso narrativo no parece tener relación con la mencionada falta de palabras de quien vuelve de la guerra.

2. El testimonio carece de legitimidad frente a investigaciones de disciplinas que, al establecer una mayor distancia con el ayer, favorecerían la reflexión en lugar de cristalizarla.

Sarlo privilegia textos como Poder y desaparición de Pilar Calveiro que, al contrario de los relatos «subjetivos», encararía la vida en los campos mediante un análisis disciplinario:

Lo que Calveiro hace con su experiencia es original respecto del espacio testimonial. Afirma que la víctima piensa, incluso cuando está al borde de la locura. Afirma que la víctima deja de ser víctima porque piensa. Renuncia a la dimensión autobiográfica porque quiere escribir y entender en términos más amplios que los de la experiencia padecida. (Sarlo, 2007: 122-23)

Lo cierto es que todo testigo sabe que piensa. Sarlo sostiene, tácitamente, que la razón debe alejarse de la emoción (cuyo extremo es la locura), que debe distanciarse para pensar. La razón del testigo, en cambio, no separa las aguas: se ejerce como unión dialéctica de ambas, como propone Slavoj Žižek.

Partamos de la «razón occidental» a la que Sarlo invoca cuando insiste en la necesidad de pensar y tomar distancia. Siguiendo la lectura que hace Žižek de Descartes, el cogito (proceso que surge ante los cuestionamientos del genio maligno, a los cuales el sujeto trascendental le responde con el «pienso luego existo»), revela que la razón tiene que lidiar con la locura para afirmarse. La locura es su otra cara, su lado oscuro. En este sentido la razón se muestra como lo opuesto a la distancia requerida para lograr un equilibrio que le permita afrontar su objeto. El filósofo esloveno la equipara, más bien, con la caída en el amor (to fall in love, enamorarse), que sería el momento en que uno se pierde en el otro. Este sería el punto de inflexión que posibilitaría el saber, al desestabilizar todo lo socialmente aprendido y hacer que el sujeto se olvide de sí (2014).

Retomo –salvando las enormes distancias– esta idea en relación a la «caída» en el campo. Al detenido-desaparecido se le aísla en un universo donde rige una lógica trastocada, y esa lógica se impone hasta tal punto que el afuera colapsa. Esta «caída» demanda una entrega total, tan extrema como la que exige el amor pero de signo contrario. La víctima de semejante encierro piensa, aunque no pueda hacerlo sino a partir de la locura, con ella dentro; no puede sino estar alerta, tratando de descifrar el universo del horror. Se sumerge y emerge, constantemente, de las redes del poder concentracionario, intenta convivir con él sin perderse en él. Esto sucede dentro del campo, mientras lo habita, y fuera de él, cuando lo rememora si sobrevive, y no nos revela un giro subjetivo sino un sujeto cuya razón no puede (y no debe) separarse de su «objeto». Nunca lo mira desde fuera19.

Sarlo asevera que este sujeto no nos puede enseñar nada: «Primo Levi sostuvo que el campo de concentración no ennoblece a las víctimas; podría agregarse que tampoco el horror padecido les permite conocerlo mejor» (2007: 54). Para mí no se trata de conocer mejor o peor. El testimonio no defenestra el lugar del saber ni de la inteligibilidad sino que los ejerce de otro modo: incorpora la emoción y es performativo en tanto se manifiesta como rebelión. Améry escrudiña este lugar –que no es neutral ya que no cabe neutralidad cuando hay víctimas y victimarios, cuando se humilla la humanidad de otro. La explica así:

…siempre parto del hecho concreto, pero nunca me pierdo en él; más bien, siempre lo tomo como una ocasión para reflexiones que se extienden más allá del razonamiento y del placer en la argumentación lógica a regiones del pensamiento que residen en un incierto ocaso y permanecen allí […]. Sin embargo, […] esto no equivale a clarificación […] Clarificación podría significar arreglo, cierre del caso […] Porque nada se resuelve, ningún conflicto se sella, ninguna rememoración se ha vuelto simple recuerdo. Lo que pasó, pasó. Pero que pasara no puede ser aceptado tan fácilmente. Me rebelo: contra mi pasado, contra la historia, y contra un presente que sitúa lo incomprensible en el frío archivo de la historia y así lo falsifica de una forma repelente. Nada se ha curado […]. ¿Emociones? En lo que a mí respecta, sí. ¿Dónde se ha decretado que el iluminismo debe estar libre de emoción? Me parece que lo opuesto es lo cierto.

El iluminismo puede satisfacer su labor adecuadamente solo si se pone a trabajar con pasión. (1986, XXI)

Los testigos, en suma, procuramos volver a la sociedad de la que fuimos expulsados y marginados para cuestionar, desde el testimonio –razonamiento emocional o emoción pensada–, ese acontecimiento inaceptable que nos rebela y nos mueve a un accionar donde la palabra cumple una función esencial: nombrar (con pasión) lo que se quiso borrar (con frialdad).

3. La legitimidad o persuasión en razones biográficas y no intelectuales traba la reflexión o se coloca en su lugar.

Mi respuesta a esta afirmación de Sarlo es que a este tipo de testimonio no lo impulsa un afán de auto-conocimiento, sino el riesgo que corre nuestra especie en términos de sobrevivencia ética (como postulan Robert Antelme, Alejandro Kaufman, Imre Kertész, Ricardo Forster, Reyes Mate, Perla Sneh, Enzo Traverso, Tzvetan Todorov y tantos otros). Este tipo de reflexión se encuentra en las antípodas del recuento subjetivo.

A los centros clandestinos de detención sudamericanos llegaban sobre todo militantes políticos cuyo proyecto era una emancipación colectiva, y no es extraño que los sobrevivientes siguieran pensando en esos términos. Si los testimonios aducen razones biográficas no es más que para revelar los rasgos de una generación, de una forma de ser en el mundo, de un momento cultural e histórico donde la rebeldía contra el Orden estaba a la orden del día.

4. Sarlo parte de la observación de Ricoeur: «es errado confiar en que la narración pueda colmar la laguna de la explicación/comprensión», para afirmar que «hay dos tipos de inteligibilidad: la narrativa y la explicativa (causal)». La primera estaría sostenida por el efecto de «cohesión» que se le atribuye a una vida y al sujeto que la enuncia (Sarlo, 2007: 115). En conclusión «… el discurso de la memoria y las narraciones en primera persona se mueven por el impulso de cerrar los sentidos que se escapan; no solo se articulan contra el olvido, también luchan por un significado que unifique la interpretación» (2007: 67).

En mi lectura, en cambio, el testimono «deja la puerta abierta a nuevas interpretaciones» (Reyes Mate, 2003: 179)20. Los testimonios, al hablar desde sí, no pretenden contar «todo» –ya que no pueden dar una vista panorámica–. Son ellos los que logran, por esto mismo, poner en escena la dimensión más elusiva de esta particular experiencia.

5. Basándose en la afirmación de Susan Sontag –«quizás se le asigna demasiado valor a la memoria y un valor insuficiente al pensamiento»– (2007: 26), Sarlo sostiene que, tras el giro ideológico que se produce en los albores de los setenta como una «gigantesca toma de la palabra» se pone en escena un «giro subjetivo» que es hora de problematizar. Por lo tanto el testimonio no sería el género más afín para revelar la verdad de una época marcada por el tenor ideológico y el carácter doctrinario de la vida política.

Voy a comenzar por este giro subjetivo, que de hecho se ha expandido en la actualidad. Arfuch lo define como «ampliación de los límites del espacio biográfico» y agrega que, si bien en su reiteración puede dar lugar a un «subjetivismo a menudo excesivo», «no hace del sujeto –de la multiplicidad de sujetos– el centro de la escena. El centro –llámese así el mercado, el capitalismo global, [etc.]– se presenta sin faz reconocible, sin sujeto, como fuerza ciega que domina detrás de meros maniquíes» (2013: 20). En un mundo así, su propuesta no es el rechazo del «pequeño relato» sino, al contrario,

[basarse] en el testimonio que da cuenta de una memoria traumática, compartida, en la historia de vida que se ofrece al investigador como rasgo emblemático de lo social, en el «documental subjetivo» […], en la instalación de artes visuales compuesta por objetos íntimos, personales, en el teatro como «biodrama» o en las imágenes […] de la catástrofe y el sufrimiento que los medios han convertido en uno de los registros paradigmáticos de la época. (2013: 20-21)

Esta «predominancia de lo biográfico en la sociedad contemporánea» se debería ante todo a «su carácter intersubjetivo», a la «posibilidad de alentar una sintonía […] entre el narrador y su destinatario, tanto respecto de la experiencia [como de la] dimensión ética de la vida en general».

Por último, lo biográfico sería «una puesta en forma –narrativa, expresiva– que es también una puesta en sentido, una “forma de comprensión”» (2013: 23).

En contraposición al empeño de Arfuch para dar con la clave de este giro en el presente, Sarlo se interroga por el vínculo entre este presente y ese pasado (la década setentista): «¿Cuánto subsiste de ese tenor ideológico de la vida política en las narraciones de la subjetividad? O, si se quiere, ¿cuál es el género histórico más afín a la reconstrucción de una época como aquélla?» (2005: 91). Como considera que el testimonio reconstruye, infiere que no puede hacerse cargo de una época que se caracterizó por un imaginario libresco (2005: 86).

…[L]a utopía de una teoría revolucionaria que informara y guiara la experiencia presionaba sobre la práctica cotidiana de los movimientos. Esto no convirtió a todos los militantes en eruditos, pero señaló un ideal (2005: 8).

Esta objeción se dirige a quienes han narrado el tiempo de la resistencia sin cuestionar, a su juicio, las estrategias de lucha por el poder y las prácticas militantes de esos tiempos, o sea, sin ahondar el debate ideológico político en relación a una lucha que fue derrotada. Y, en este sentido, le resulta injusto que la utopía revolucionaria se presente «como drama posmoderno de los afectos» (2007: 91).

Si bien la selección bibliográfica de Tiempo pasado no incluye La Voluntad. Una historia de la militancia revolucionaria en la Argentina 1966-1978 (2007-2008), de Eduardo Anguita y Martín Caparrós, me voy a detener en esta obra que abre, en los noventa, un espacio para pensar la militancia setentista a partir de la vida cotidiana de una juventud comprometida con la lucha armada. Para lograrlo combinan su experiencia personal con el testimonio de veinticinco protagonistas presentados con su nombre y datos biográficos, además de recurrir a otras fuentes. Se proponen mostrar cómo este sector social entregó su vida con la expectativa de construir «un mundo mejor», dando cuenta del contexto sociopolítico, nacional e internacional que lo posibilitó (Pittaluga y Oberti, 2011: 85). Según Nofal, este relato del pasado reciente produjo un giro crucial: «quienes hasta entonces habían sido presentados como víctimas se asumieron […] como sujetos de la historia [y su] apuesta más fuerte [fue] la de desentrañar las claves de una opción por las armas, considerada válida en el momento de los acontecimientos…» (2009/2010: 60).

Hasta ese momento los relatos testimoniales en circulación en Argentina eran, sobre todo, el Nunca Más, que no mencionaba el activismo de los desaparecidos, y Recuerdo de la muerte de Miguel Bonasso. Si bien en esta novela se perfila por primera vez la vida en los campos de militantes políticos, se cataloga a muchos de «traidores»21. La Voluntad, en cambio, encara un trabajo de restitución de la memoria [no se reconstruye sino que se retorna algo que fue escamoteado]. Y lo hace no solo en el sentido de articular «una historia» sino de restablecer la relación con esa historia [a partir de historias contadas por distintas voces] (Rojas, 2006: 180). En otras palabras, tras el mutismo impuesto por la fábrica de terror, el hecho de poner en escena a esos personajes, el vincularse a esa historia silenciada, el mostrar a seres concretos encarando una lucha armada de la que no se había vuelto a hablar fue un paso esencial. Esta crónica abrió una reflexión sobre los riesgos asumidos por muchos en función de una estrategia de lucha considerada revolucionaria, y así logró situar el discurso político en el terreno de la sangre y de los cuerpos, de los afectos y de las pasiones, de las formas de vida que se confrontan en la historia.

Sarlo no tiene en cuenta este texto, seguramente, porque desde su mirada es otro ejemplo de recuento memorialístico centrado en el sujeto. Recordemos que esta autora rescata «la memoria como instrumento jurídico y como modo de reconstrucción del pasado, allí donde otras fuentes fueron destruidas por los responsables…» (2005: 24), pero cataloga de problemáticas las obras basadas en el testimonio como fuente, ya sea «porque no existen otras o porque se lo considera más confiable que otras» (2005: 25).

Habría que preguntarse si, en esta vuelta a la crónica centrada en la experiencia, hay un reconocimiento de las limitaciones de aquella apuesta setentista a la teoría. Quizá, tras la derrota, quienes se habían fogueado en el debate ideológico no sintieron que la prioridad fuera cuestionar estrategias que habían fracasado y ya no resultaban viables. Este relato intentó ser un fresco del ayer pintado desde un presente que empezaba a despertar de la pesadilla. Fue un primer paso. En La Voluntad asoman los afectos pero no se visualizan ciertas prácticas –ancladas en la matriz ideológica patriarcal que la militancia no cuestionaba– hasta que las mujeres toman la palabra.

En todo caso, retomando el argumento de Sarlo, tal vez lo que empezaba a trastabillar era esa militancia cuyo pilar era un debate ideológico descalificador de la dimensión afectiva propia de toda adhesión política, sobre todo la que se aboca a un cambio radical.

6. Sarlo cita a Paolo Rossi cuando dice que la memoria «coloniza el pasado y lo organiza sobre la base de las concepciones y las emociones del presente» (2005: 92). Esta idea la lleva a pensar que «[l]os discursos de la memoria […] impregnados de ideologías […] no se someten como los de la disciplina histórica a un control que tenga lugar en la esfera pública separada de la subjetividad» (2005: 93). Para ella, la narración memorialística compite con la historia y «sostiene su reclamo en los privilegios de una subjetividad que sería su garante [pero de hecho] se coloca, por el ejercicio de una imaginaria autenticidad testimonial, en una especie de limbo interpretativo» (2005: 94). En el mismo registro, afirma que hay un modo imperativo del testigo que va de la mano de «la extensión de esta hegemonía moral» de la retórica testimonial, que esgrime de manera autoritaria, por «haberla vivido». Esta autoridad, por último, deviene una religión cívica:

…la legítima lucha por no olvidar el genocidio de los judíos erigió un santuario de la memoria y fundó «una nueva religión cívica», según la expresión de Georges Bensussan. Extendido por el uso a otros objetos históricos, el «deber de memoria» induce una relación afectiva, moral, con el pasado, poco compatible con la puesta en distancia y la búsqueda de inteligibilidad que son el oficio del historiador. (Sarlo, 2007: 56-57)

Este párrafo plantea una supuesta competencia entre testimonio e historia, a mi juicio inexistente: el narrador/testigo no le disputa el espacio al historiador. Ambos relatos se complementan. Y el testimonio genera, de hecho, transmisión y debate, aunque Sarlo lo considere elaborado por un sujeto acrítico en busca de sanación.

Lo que su lectura no contempla es que los parámetros cambian tras una catástrofe, que la narrativa testimonial surge como respuesta al vacío y a las ruinas que deja el terror y que, como la generación devastada funda su accionar en lo libresco, surge la necesidad de revertir la estrategia, sin anular el debate ideológico pero dándole su espacio a la significación de ciertas vivencias.

Sarlo hace hincapié en narraciones no testimoniales que también tendrían que ser tomadas en cuenta: «en paralelo […] emergen otros hilos de narraciones que no están protegidas por la misma intangibilidad ni por el derecho de los que han padecido». (2005: 62). Coincido en este aspecto, ya que no se pretende bregar por la exclusividad del testimonio (cuyo relato no está protegido ni se considera intangible). Lo que cuestiono es que haya que optar entre unos u otros textos, como si no fuera indispensable el aporte de distintas miradas.

15 El lenguaje del campo revela la visión del musulmán como alguien que se sitúa en posición de meditar de forma estática y pasiva. Así llamaban a los judíos que renunciaban a la vida en un momento del largo proceso de tortura en los campos nazis. Agamben señala que «la explicación más probable remite al significado literal del término árabe muslim, que designa a alguien que se somete incondicionalmente a la voluntad de Dios…». (2000:45) Pero lo más interesante es su comentario sobre el uso de esta palabra: «En cualquier caso, lo cierto es que con una suerte de autoironía feroz, los judíos saben que en Auschwitz no morían como judíos». (Idem, 46)

16 Hans Maier, militante de la resistencia y judío, adoptó este seudónimo para mostrar su rechazo a la cultura que llevó al genocidio. Siguió escribiendo hasta su suicidio, en octubre de 1978.

17 Este tema se discutirá en el capítulo «Uruguay, Chile y Argentina». Lo cierto es que los detenidos colaboran, a pesar suyo, en la existencia del campo, porque el campo no existe sin ellos. Pero más allá de este punto de partida, el fenómeno tiene gradaciones y se lleva a cabo a menudo con la conciencia alerta. Por último, quienes llegaron a colaborar abiertamente, lo hicieron, a menudo, tras situaciones imposibles, como la de presenciar la tortura de hijos, familiares, etc. El que produce la colaboración es el poder que procura «quebrar» y a veces lo logra.

18 Es llamativo que estas estrategias sean ignoradas incluso por algunos intelectuales que estudiaron (como Hanna Arendt) el mismo tema en el caso del nazismo. Esta pensadora solo se basó en fuentes escritas en alemán, y al hacerlo ignoró la versión de los sobrevivientes, que se publicaba en diarios escritos en idish (Perla Sneh, 2012). La falta de lectura de material testimonial genera ciertos mitos en relación a los campos nazis: se sigue creyendo que la mayor parte de los judíos se dirigió a las cámaras de gas «como ovejas al matadero» y se desconoce la resistencia que existió en cada uno de los campos. Sneh nos muestra cómo nuestra imagen de esas historias está marcada por derivas del lenguaje, y nos recuerda que dicha expresión fue creada por los judíos más militantes para arengar a sus camaradas, o sea, para conseguir el efecto contrario –«no vayan como ovejas al matadero» (2012).

19 La idea de una razón distanciada permea muchos otros debates contemporáneos y ha sido cuestionada por el feminismo (ya que a las mujeres se nos acusa de no separar razón de emoción). En esta oportunidad me remito al tema de este ensayo pero invito a los lectores a seguir desafiando la noción de distanciamiento teórico.

20 La idea de obras que «cierran los sentidos» podría aplicarse, según Philippe Mesnard (2010), a novelas donde se intenta describir la muerte extrema desde una mirada omnisciente (como a su juicio sucede en Vida y destino, donde Vasili Grossman narra la experiencia de las víctimas de las cámaras de gas). Una perspectiva de este tenor, que todo lo controla y todo lo ve, limitaría la posibilidad del lector de captar lo inconmensurable de la tragedia, justamente porque la revela en sus más mínimos detalles. Presento esta posición aunque no coincida con ella: todo depende de cómo se ejerza el arte de narrar.

21 Ver capítulo «Argentina».

II

Los acontecimientos del horror nos ofrecen una profusión ilimitada de testimonios, representaciones, imágenes y relatos. Una masa discursiva e icónica se presenta frente a las sociedades y las generaciones como un interrogante sobre la viabilidad de nuestra existencia como especie. Ese interrogante no es normativo ni epistémico, sino ético.

Alejandro Kaufman

Un glosario sin definiciones

Este glosario no pretende saldar discusiones ni sellar ideas. Lo que intenta es presentar una selección de términos tal como aparecen en algunos debates contemporáneos sobre escritura y memoria. El despliegue de argumentos no es exhaustivo, apenas intento salir del pensamiento dicotómico y abrir interrogantes, siempre desde el lugar del testigo (que tampoco es unívoco). Se interpreta cada noción en relación al testimonio y la mayor parte de los ejemplos provienen del caso argentino.

Autobiografía: Tanto la autobiografía como el testimonio organizan el sentido de la experiencia en formas narrativas propias, pero mientras algunos críticos subrayan las diferencias entre ambas vertientes, otros las diluyen. Para Mesnard, el sujeto testimonial no se puede reducir al autobiográfico porque «[e]l sujeto del testimonio nunca es solo individual» (2010: 317). Para Arfuch, en cambio: «El testimonio puede ser pensado como un tipo de autobiografía donde se unen –y se refuerzan– dos imaginarios de verdad y realidad: no solo los hechos que tuvieron lugar sino también la propia experiencia que suscitan». (2013: 85)

A Arfuch no le preocupa tanto separar autobiografía de testimonio o considerarlo una subregión de este «territorio», lo que le importa es su configuración narrativa:

…no se trata de la expresión pura de lo vivido sino del despliegue del lenguaje en una configuración narrativa que involucra ciertas estrategias de autorrepresentación: cómo se construye el «yo» que narra, sus cualidades, atributos, circunstancias, valoraciones; la percepción del tiempo, su cronología… (subrayado mío, 2013: 85)

Considero que, incluso si partimos de este aspecto, hay diferencias entre lo autobiográfico y lo testimonial. El yo autobiográfico construye el mundo desde sí y lo transforma en experiencia personal –modo de proceder que coincide con el espíritu expansivo de la burguesía, que ubica al sujeto en el centro del universo (Jameson, 1981)–. El yo testimonial, en cambio, parte de otro lugar de enunciación: el testigo que retorna del campo no creó el mundo que viene a contar, y no solo no fue el centro sino que allí intentaron volverlo anónimo. Por eso le importa crear sentido, comprender, asimilar, compartir lo padecido en nombre propio y del colectivo que se pretendió borrar.

También se considera que el testimonio está emparentado con la autobiografía a partir del «pacto de verdad» entre autor y lector (Philipe Lejeune), pero este pacto trastabilla (ver sección «Verdad»).

Centro clandestino de detención, tortura y exterminio (CDTyE) o campo:

Un ser humano puede sufrir el exilio más radical cuando el estado de excepción lo coloca en un limbo que autoriza su aislamiento y posterior exterminio. En ese limbo llamado campo el ser humano es abandonado, se le quita el nombre y se lo cataloga con un número, es decir, se le roba la marca identitaria que la sociedad le otorgara desde el nacimiento a partir de su inscripción como ciudadano. Se transforma, para el poder, en pura vida biológica. ¿Cómo es que una persona puede perder su condición de ser humano cuando pierde su ser civil? […] La desaparición implica, entre otras cosas, la pérdida de la ciudadanía y de los derechos vinculados a ella. Por este motivo se puede entender el campo como un lugar donde el ex ciudadano es reducido a su condición de cuerpo y, por ende, pierde los atributos que caracterizan a todo ser social. (Strejilevich, 2006: 33)

Los campos en los países del Cono Sur (distintos entre sí, aunque coincidan en sus funciones básicas), fueron concebidos como depósitos de cuerpos dóciles que esperaban la muerte, eran lugares de exclusion/inclusión y fueron dispositivos instrumentales para diseminar el terror. Se excluía a los detenidos de la comunicdad humana al tiempo que se incluía al campo en el proyecto de dominación:

[Se trataba de un] terror que se ejercía sobre toda la sociedad […] El campo es efecto y foco de diseminación del terror generalizado en los Estados totalizantes (Calveiro, 2004: 52-53).

La Shoá es la matriz interpretativa, el núcleo de donde proviene un lenguaje que, en gran medida, nos permite nombrar lo acaecido en nuestra región. Para mencionar uno de los tantos lazos comunicantes con la solución final, consideremos este paralelismo:

Los trenes europeos mandaban a las víctimas o figuren –aquellos considerados matables sin que su muerte tuviera valor sacrificial– a la Noche y a la Niebla.

Los Ford Falcon argentinos facilitaban la desaparición forzada de personas transportando a los secuestrados, para ellos «paquetes», a los centros clandestinos de detención.

En ambos casos el crimen se negaba sistemáticamente, por eso Vidal Naquet llama a esta estrategia crimen dentro del crimen. Y ambos atentan contra la estructura ética de la especie (a esto alude la expresión “Mal radical”). «Si un grupo es asesinado por su raza o nacionalidad [o por su accionar político, agrego], quien sale dañada es la humanidad» (Reyes Mate, 2013: 123).

Aunque la Shoá sea una fuente conceptual indispensable para el estudio de otros genocidios, el comparativismo se realiza en el plano simbólico. No se trata de un modelo aplicado mecánicamente en otros momentos históricos y regiones geopolíticas sino del imperio de una frialdad que permite desconectar acción de responsabilidad.

En cuanto a las diferentes prácticas de exterminio, la población seleccionada y el método de depósito y asesinato de prisioneros eran distintos. Como hemos dicho, en nuestra región recluían, en su mayor parte, a hombres y mujeres que el sistema identificaba como enemigos, sobre todo a partir de su militancia política (aunque la noción de «subversivos» era definida por el poder desaparecedor, lo cual permitía las amplias libertades que estos «dioses» se tomaban a la hora de la selección). El sector a ser aniquilado, a diferencia del caso europeo, compartía cultura, lengua y, en términos amplios, ideología, lo cual favorecía una (mínima) comunicación entre los detenidos.

Por otro lado, el tipo de reclusión era distinto. En el caso de los campos de concentración y de exterminio nazis (algunos eran solo de concentración, otros solo de exterminio y otros cumplían ambas funciones) se trataba de una «acumulación de existencias» (Viktor Frankl, 1986). Los detenidos que sobrevivían al inmediato asesinato en las cámaras de gas –el destino inmediato de la mayoría– sufrían hambre y hacinamiento, y se los desgastaba mediante el hambre y el trabajo esclavo hasta que se transformaran en muertos en vida. Este método, sumado a las diferencias étnicas, políticas, de nacionalidad y lingüísticas de las víctimas, dificultaba enormemente la resistencia, que de todas formas estuvo muy presente en cada instancia del proyecto genocida, como documenta Perla Sneh en Palabras para decirlo (2012).

En Uruguay y Argentina se practicó, sobre todo, el aislamiento de los detenidos: el tratamiento era de «oscuridad, silencio e inmovilidad» (Calveiro, 2004: 48). También escaseaba la alimentación y el trabajo esclavo era restringido. En Chile se trataba, sobre todo, de una convivencia enclaustrada y degradante que tampoco coincide con el estilo de los campos europeos (excepto en la Colonia Dignidad)22.

Aunque los testigos describan al campo como el enclave de crueldad y de muerte que fue, también los detenidos crearon espacios de cobijo: un secuestrado dialoga, a través de golpecitos en la pared, con el de la celda vecina (Timerman en la Argentina y Rosencof en Uruguay): el primero se comunica con un preso que tal vez imagina, el segundo con su compañero de militancia. En La escuelita de Alicia Partnoy, en Argentina, varios cautivos hablan con migas de pan. Hernán Valdés conversa con quienes lo rodean en la «barraca» de Tejas Verdes, en Chile. El filósofo chileno José Santos (2015) estudia «la representación de los lugares de detención y tortura desde la perspectiva de su carga afectiva» y da cuenta de las formas en que los reclusos construyen «respiros»:

…ciertos lugares puntuales van adquiriendo sentidos aterradores, como el «Velódromo» del Estadio Nacional o el «Polígono» en Dawson, mientras otros toman sentidos acogedores, como los baños, los patios, los rincones, pues se vuelven un espacio de encuentro… (2015)

Aunque el baño sea precario y se asocie al olor y al hacinamiento, es a menudo el sitio donde los reclusos pueden comunicarse, observa el investigador tras la lectura de cientos de testimonios. En esos instantes lo inhabitable se vuelve habitable y el proyecto de arrasamiento tambalea.

Otra de las instancias que los testigos registran como «agradables» son las vinculadas a la comida, por el obvio nexo entre alimentación y vida y por la evidente escasez de la primera:

…poco a poco, comencé a esperar la hora de la comida con ansiedad, porque con la comida volvía la vida a través del ruido de las ollas, con el ruido de la gente. Parecía que la cuadra donde estábamos los prisioneros despertaba entonces a la existencia. (Testimonio de Graciela Geuna, citado por Calveiro, 2004: 50)

En las antípodas está el traslado, el momento final. Calveiro comenta que «prácticamente en todos los campos se ocultaba, al tiempo que se sugería, que el destino final era la muerte» (2004: 50). Aunque muchos lo negaran, era inevitable sentir el clima tenso los días de traslado, cuando los detenidos eran llamados por sus números para ir a «esa muerte que era como […] desaparecer sin morir. Una muerte en la que el que iba a morir no iba a tener ninguna participación; era como morir sin luchar, como morir estando muerto o como no morir nunca» (Nunca Más, 1985: 184, citado por Calveiro, 2004: 52).

Desaparecido: Jorge Rafael Videla lo definió en estos términos: «es una incógnita […] no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido». Marguerite Feitlowitz (1988) se refiere a esta invención siniestra: «desaparecido» es una palabra atípica que se resiste a la traducción; nunca se había usado como sustantivo y el verbo desaparecer tampoco existía en modo transitivo (desaparecer a una persona), por lo cual se la ha incorporado a otras lenguas en castellano. Esta noción, nacida de la Noche y Niebla nazi, transforma a los asesinados en seres que, al no estar «ni vivos ni muertos», encarnan un «misterioso estado de ser», como indica Kaufman. También según Gabriel Gatti «se ha llegado, tras un esfuerzo teórico, a promover […] “un nuevo estado de ser”, extraño y desconcertante» (2017).

Este esfuerzo tiene […] grandes hitos: La constitución de la categoría misma […] cuando aún no se disponía de términos para nombrarla; el ascenso de esta categoría al estatuto de tipo jurídico-penal del derecho internacional en materia de derechos humanos; y su circulación y expansión abiertas. (2017: 16)

Si bien es decisivo, para una comprensión de nuestro mundo actual, visualizar la expansión de este concepto como propone en Desapariciones: usos locales, circulaciones globales (2017), me remito al primer hito del dispositivo que, como también indica Gatti, «produjo algo nuevo y que le es ciertamente propio al caso argentino: la invención social de la categoría de detenido desaparecido y la construcción de un campo social alrededor de ella socialmente denso e institucionalmente muy robusto. Y duradero» (2017: 17). En realidad el invento se lo debemos a Videla porque a partir de su siniestro enunciado se creó un campo de lucha por los derechos humanos centrado primero en la demanda de «Aparición con vida» y, más adelante, en la exigencia de «Memoria, Verdad y Justicia».

La palabra desaparecido es la más emblemática de un vocabulario que va nombrando de un modo particular el plan sistemático y clandestino de secuestro, tortura y asesinato masivo. Pero el asesinado con esta metodología, como dice Kaufman, «no es un muerto ni un fantasma».

«Es otra figura. Afirmar que las víctimas de los perpetradores desaparecieron [es] la negación de la muerte misma. Aquí se huele el humo de los crematorios. Cielo y mar son receptáculos de masas anónimas de víctimas, asesinadas para que su recuerdo quede indeleble por haber sido borrado en forma tan extrema». (2012: 39-40)

El testimonio desafía el lenguaje asesino (que oculta y muestra al mismo tiempo): viene a contar que ellos estaban y cómo estaban; cómo eran; dónde pasó lo que pasó e incluso, en algunos casos, cuándo y cómo los mataron. Los testimonios reniegan del destino marcado por el terror, el del anonimato de los desaparecidos, recuperando nombres e historias.

Hace frío. Mucho frío. El frío viene de las paredes, se arrastra por el elástico del catre, sube por el colchón, trepa por la espalda y se clava en la nuca. Juega con la columna vértebra por vértebra, ida y vuelta, de arriba abajo, de abajo arriba, sin tregua. Frío de muerte haciendo muecas. Por la invisible reja de la celda entra un rayo de luz que corta el aire de un tajo. Choca contra la piel y veo un sudor viscoso. Trato de tocarlo, no sé cómo. Las manos se acercan y caen como peso muerto. Quiero mirarlo. La cabeza se levanta y se desploma. Quiero salir de esta red de heridas y moretones. Los pies esposados ya no luchan. El dolor gime de piernas a cabeza como tediosa obsesión que repite: estás presa, desaparecida, parecida, depe–sapa–repe–sipi–dapa. (Strejilevich, 2018)

Dolor/ sufrimiento: El testimonio muestra el dolor y eso trae consecuencias. Exhibir el dolor puede alejar a quien lo ve porque ciertas imágenes producen rechazo, no empatía (Susan Sontag, 2003).

El filósofo argentino Pablo Dreizik observa cómo en la representación clásica del dolor prima su lazo con la belleza23. El rostro de ciertas esculturas griegas, o la imagen del Cristo crucificado, parecen denotar que el sufriente accede a un saber en medio del sufrimiento (por eso hay en esas representaciones contención, capacidad de enfrentarlo y dignidad). Sin embargo, la unión de dolor y belleza se va perdiendo a lo largo de la historia, hasta que los factores se separan. El dolor ataca la forma, se de-forma. Mientras que el dolor clásico no aplasta a su víctima, el gótico se torna pavoroso: nos hallamos frente al grito en un rostro sin templanza. Tras haber visto el horror puro (la Gorgona), el arte pone en acto un estremecimiento, lo sublime –categoría que designa algo capaz de provocar éxtasis o dolor porque resulta inasimilable.

La belleza queda finalmente atrás cuando el dolor es equiparable a la tortura, emparentada con la imagen de Prometeo encadenado y atado a una piedra, retorciéndose con una mueca desesperada mientras el águila le picotea el hígado por una eternidad.

Ningún dolor se recuerda ni puede transmitirse tal como se padeció (sobre todo el vinculado a la materialidad corporal), pero la humanidad ha encontrado el modo de dar cuenta del sufrimiento a través de la creación de palabras y de imágenes que rodean eso que permanece inscripto en el inconsciente y en el cuerpo. No obstante, también ha luchado por suprimirlo.

Kaufman nos recuerda que, a partir de la revolución industrial,«el dolor deja de ser un destino»: con la aplicación de la anestesia total en 1844 y el avance de la tecnología (cuando se tiende la primera línea telefónica) «los cuerpos quedan a disponibilidad para la vida del goce». En ese momento se hace posible reducir la recepción de estímulos nocivos, y con eso, suprimir una forma de comunicación: «La comunicación telegráfica es indolora, porque reproduce la palabra sin el cuerpo, pero también porque instala la distancia entre los cuerpos, al mismo tiempo que la suprime».

…lo nocivo se vuelve inadvertido y su detección se deja en manos de la técnica, los dispositivos y los aparatos […]. La palabra y el dolor estaban relacionados. Desde entonces no hay palabra ni dolor. Ambos se han desvanecido. (Kaufman, 2002: 81)

Este cambio en la condición de la experiencia que precede al exterminio llevado a cabo en la era industrial se vincula con la dificultad de recepción de la memoria dolorosa. Una vez más: no faltan las palabras, lo que sobran son los modos de aplacar el dolor y el deseo generalizado, de negarlo. Es preciso dar con formas que lo restituyan, que lo hagan audible. ¿Por qué? Porque si las ruinas del pasado son vistas como una naturaleza que se asume como inevitable es porque se olvida el sufrimiento. Ese elemento histórico, recalca Reyes Mate (2013), «sin el que no se explica nada», es la expresión del sufrimiento pasado.

Eufemismo/ léxico del terror: El eufemismo del léxico del terror no coincide con la figura retórica que definen nuestros diccionarios como «manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante»; su descripción más acertada es, en cambio, «una puesta en abstracción, una “des-realización” que despoja a la palabra de toda equivocidad» (Sneh, 2012: 107-109).

Desde esta perspectiva, el eufemismo puede definirse como aquello que señala algo en el momento mismo de ocultarlo y que, en ese ocultamiento, lo define sin resto. Es decir, opera en dirección contraria a la metáfora: restringiendo el sentido a un único valor específico, aspirando […] a cancelar la multiplicidad de sentidos que se ponen en juego. (Sneh, 2012: 108–109)

Cuando un perpetrador, por ejemplo, decía «se van para arriba», enunciaba textualmente lo que sucedía: los detenidos eran lanzados al mar desde aviones y así morían en los «vuelos de la muerte» (caían desde arriba y «se iban para arriba»). «Traslado», que significa mover algo de un lugar a otro, también es literal: se los movía «de este mundo al otro»: era una sentencia de muerte. Este tipo de terminología, que contamina la lengua con marcas indelebles y coartando las múltiples alusiones de una palabra con un sentido siniestro que permanece adherido a ellas, ya se había creado en la historia contemporánea. Kaufman lo muestra en relación a la esvástica: «Ese símbolo operará como amenaza de muerte de aquí a la eternidad, como reivindicación de crímenes perpetrados en el pasado» (2004: 37). Para los sobrevivientes ciertas palabras quedaron tatuadas en sus vidas: los antiguos términos fueron sustituidos por la versión atroz y es imposible volver atrás. No se puede hablar, a partir del plan sistemático de exterminio, sin hacer una revisión crítica de su lenguaje.

Como indica el escritor argentino Guillermo Saccomano, a diferencia de lo que sucedía en los campos nazis, en nuestra región perpetradores y víctimas hablaban la misma lengua. Ambos «crecieron en un clima de palabras donde "tarea" era un deber escolar y "perejil" un condimento barato»24.

Es en esta lengua donde […] la negación de la existencia del otro (el no existís), sigue siendo un modo privilegiado de la injuria y la alabanza. Y es en esta lengua en la que habremos de pesquisar las marcas –más o menos repudiadas, más o menos espectrales– que la aniquilación ha dejado en nuestra vida cotidiana. (Cita de Sneh en «El infierno en voz alta», en Página 12, 2012)

El eufemismo fue el centro mismo de la máquina exterminadora y se hizo tan habitual usarlo que terminó conformando una jerga, con lo cual se abrió un hiato entre el idioma hablado «adentro» y «afuera». Mario Villani, ex detenido-desaparecido, percibe esta distancia cuando lo «sacan» a tomar un café en la ciudad:

«¿Qué pasaría si alguien nos escuchara? Después me di cuenta de que nadie podría haber entendido de qué hablábamos –hablábamos en código, por así decir. No a propósito, así era nuestra forma de hablar en aquel entonces. Y entonces me percaté de la situación: acá estoy, sentado en un café –afuera, en el mundo, pero sin ser parte de él–. Sin pertenecer». En la noche y niebla de la Argentina, el lenguaje mismo se transformó en una prisión. (Feitlowitz, 1998: 83)

La jerga usada por los verdugos no quedó fijada como dialecto del campo: se expandió. Por eso mismo Sneh (2012) recalca que «la lengua sigue diciendo la matanza» y presenta un diccionario de términos dañados: «asado», «parrilla», «boleta», «cantar», «chupar», «pecera» y «perejil» son algunos de los resabios del accionar criminal que coartan nuestra lengua a largo plazo. Una sola muerte numerosa también expone un glosario de términos trasmutados por la violencia de sus nuevos significados: «botín de guerra», «grupo de tareas», «tubo», etc. (Strejilevich, 2018: 100–102). La «parrilla» equivale a «picana», nombre del dispositivo para aplicar la tortura eléctrica. «Asadito» es la indicación literal de que se quemaban cadáveres. Otra serie gira alrededor de la idea de viaje, como el ya mencionado «vuelo de la muerte». «Botín de guerra», «mercadería» y «paquete» dejan sentado que los secuestrados eran (para los secuestradores) cosas, bultos. Los campos Club Atlético, El Olimpo, La Escuelita, La Perla, se identifican con nombres que, en su siniestra burla, muestran y ocultan el horror (en El Olimpo, por ejemplo, viven los dioses que dan y quitan la vida). En esta jerga prima la terminología médica: los verdugos consideraban que nuestras sociedades estaban gravemente enfermas y que la única receta para la cura era extirpar su cáncer, la «subversión», mortífera para el «Ser Nacional». El espacio donde se aplicaba este «tratamiento» o «terapia intensiva» era el «quirófano»25.

El individuo queda reducido a un cuerpo limitado a las funciones esenciales para su supervivencia biológica. Es el cuerpo exánime de la mesa quirúrgica o de la terapia intensiva, pero no conducido a ese estado en procura de su salud, sino para su destrucción u olvido totales. (Kaufman, 2011: 244)

Las marcas de autos como Ford Falcon o Mercedes Benz no son eufemismos pero se contagian del horror. Los secuestros, en la Argentina, se hacían en Ford Falcon sin patente (y había un centro clandestino en la propia fábrica). A la Mercedes Benz se le daba la ocasión de deshacerse de activistas gremiales que trabajaban en su empresa, acusándolos de «subversivos» –lo cual equivalía, en esa época, a una sentencia de muerte.

Este teatro de sombras idiomático sostiene el secreto a voces que es el genocidio. Pero además, ¿cuál es el mecanismo que hace de este lenguaje un factor esencial del plan sistemático de exterminio? Mostrar y negar al mismo tiempo:

[Los asesinos] prohibieron palabras [como los nombres de las organizaciones revolucionarias], inventaron eufemismos, quemaron libros y personas, es decir, utilizaron procedimientos [para] dejar saber lo que no se habría de reconocer. El terror incluye esta perversa epistemología. (Jinkis, 2011: 104)

El testimonio parte de la dificultad de trabajar con un lenguaje diezmado que intenta dar respuesta al atropello y procura desafiarlo, mostrando la cara oculta, lo no dicho por ese vocabulario. Sin embargo, no hay forma de desandar por completo el destino de una lengua atravesada por el horror. Nos urge escribir desde los escombros y reinventar formas de decir(nos) porque ese lenguaje nos constituye. Como dice Roberto Espósito:

….no son los hombres quienes construyen y crean el lenguaje, sino que más bien es este el que los constituye y atraviesa. Es el lenguaje –no solo verbal, sino también gestual, proveniente del mundo originario de los instintos de defensa y ataque– el que crea a los sujetos, en el sentido de que los sitúa en un contexto determinado y, por lo tanto, en un lugar inevitablemente marcado por relaciones de fuerza y predominio, de desigualdad y asimetría, de sumisión y dominio. (2006: 62)

Por esto mismo es imprescindible deconstruir el léxico del terror: para reconstruirnos, para desafiar las relaciones de sumisión y dominio que siguen haciéndonos hablar con la violencia de sus palabras y sus gestos.

Genocidio: La elección de la palabra genocidio para denominar lo acaecido en el Cono Sur en la década del setenta es cuestionada por muchos, por diversas razones. Pero la prefiero a terrorismo de Estado o Politicidio o Terror Nacional porque este término se creó para referirse al exterminio de un sector de la sociedad con miras a su borramiento, con el fin de «producir transformaciones identitarias a través del terror infundido en el conjunto de la población nacional» (Feierstein, 2011: 154). Si esto es así, ese conjunto es el que debe asumir las consecuencias de dicha experiencia. El terror afectó al entramado social, no tan solo a un grupo, ni a individuos: el campo era una caja de resonancia que emitía señales cuyo destinatario era la ciudadanía a la que había que «reorganizar». Si bien se quería acabar con la resistencia, el trabajo de memoria nos incumbe a todos.

Para Daniel Feierstein hay dos modos de abordar el genocidio. Como término jurídico hace su aparición inicial en la «Convención para la prevención y castigo del crimen de genocidio» de las Naciones Unidas, en diciembre de 1948, a raíz del exterminio de la Segunda Guerra Mundial, y la definición inicial que se acuerda es la siguiente:

El genocidio es la negación del derecho a la existencia de grupos humanos enteros, como el homicidio es la negación del derecho a la vida. […] Muchos crímenes de genocidio han ocurrido al ser destruidos completamente o en parte grupos raciales, religiosos, políticos y otros». Es decir, el genocidio de grupos políticos se encontraba presente en dicha resolución… (Feierstein, 201: 38)

Este texto se modificó antes de ratificarse la versión final, porque la definición de la Convención sobre Genocidio es producto de una negociación de fuerzas políticas en tensión (Occidente y el bloque soviético). Había que exluir el politicidio para no involucrar a las potencias que lo habían cometido y corrían el riesgo de ser juzgadas (Sneh, 2012: 62–63). Mientras que la definición inicial se basa en la tipología de la acción (muerte colectiva) y apenas aparece citado el tipo de víctima, la que fue ratificada establece que: «se entiende por genocidio cualquiera de los actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal …» (2011: 40)26.

Este asesinato masivo y clandestino –o plan sistemático de exterminio– respondió, para Feierstein, a una metodología que aspiraba a modificar la sociedad de modo permanente. El genocidio fue asumiendo distintos rostros a lo largo de la historia y, en este devenir, se produjo un viraje que inauguró la idea de «reorganización genocida» consistente en «el poder de aniquilamiento como destructor y refundador de relaciones sociales». No es casual que en la Argentina la dictadura se autodenominara «Proceso de Reorganización Nacional» (2011: 108). El genocidio refunda los vínculos, la cotidianidad, los códigos compartidos, las mediaciones políticas de la sociedad. Por esto es que no solo se emprendió «una guerra contra el enemigo interno» sino una cruzada contra quienes querían revolucionar la «tradición occidental y cristiana», y se construyó una «otredad negativa» –el «subversivo», palabra ambigua cuyo sentido dirimía a su antojo el poder– con miras a su aniquilamiento material y simbólico.

La práctica genocida se lanza en el Cono Sur, sobre todo, con la Operación Cóndor27 que, a partir de la Doctrina de la Seguridad Nacional, establece que hay que enfrentar a un tipo particular de enemigo que se oculta entre la población. Se impone una terminología médica –hay que «extirpar la parte enferma de nuestro propio cuerpo, con el fin de garantizar la salud del conjunto»– (2011: 105–106), y la soberanía se expresa «en su capacidad de acción sobre los cuerpos» (Segato, 2013: 56). Las masacres se presentan «como crímenes sin sujeto personalizado realizados sobre una víctima tampoco personalizada» (2013: 42).

En Genocidio y transmisión (2000), la psicolanalista Héléne Piralian puntualiza que esta metodología criminal busca generar no solo muertos sino seres que jamás existieron. Se busca la forclusión de la función simbólica de un grupo negando su existencia e incluso su muerte. Esta práctica lleva a cabo, entonces, un acto de negación que redoblará la destrucción.

…los responsables de un genocidio intentan cometer […] el asesinato del orden simbólico mismo, para que también sean destruidos los sobrevivientes, y para que con ello queden expulsados del orden humano […] Lo cual significa que más allá de la vida lo que intentan destruir es la Muerte misma como estructura simbólica que permite la transmisión. (2000: 27-30)

El crimen genocida, al destruir la muerte y, con ello, el tiempo histórico, vuelve imposible el duelo. La pregunta que surge es: ¿hay forma de resistir este mandato? Sin la aparición de los cuerpos aceptarlo es avalar los términos de un poder que niega su existencia, por lo tanto «hay algo así como un muerto anónimo que conservar» (2000: 33).

Por eso es que, al tomar la palabra, el testimonio le devuelve a la comunidad la función simbólica sin la cual queda atascada en su encrucijada, ya que no solo le quita anonimato al cuerpo sino que viene a desoír el mandato esencial del genocidio: el olvido de la muerte. El testimonio es el lugar privilegiado donde se resiste esta impronta simbólica, ya que logra «deconstruir los montajes genocidas y, al mismo tiempo, reconstruir un espacio simbólico de vida» (2000: 21). De este modo, con mayor o menor conciencia, con mayor o menor aptitud para lograrlo, reestablece (siempre en parte) la transmisión simbólica cancelada por el borramiento.

Memoria

…[E]s a partir del hito paradigmático de Auschwitz, la Shoá, que la cuestión de la memoria, como dilema y como elaboración ineludible –teórica, ética, política– […], se ha transformado en uno de los registros prioritarios de la actualidad. (Arfuch, 2013: 24)

El filósofo brasilero Vladimir Safatle (2015) nos remite a la confrontación entre Antígona y Creonte. Creonte sostiene que quien luchó contra la ciudad no tiene derecho a ser enterrado. Según Antígona, en cambio, todo sujeto debe ser objeto de un deber de memoria, y esa es una ley de los dioses (que es eterna y, por ende, universal). Al defender esta idea desenmascara a un Estado incapaz de dejar de obrar mediante la producción de inhumanidad. La acción ética de Antígona genera un colapso de la comunidad política, al mostrar que lo que ya está muerto (la Ley vigente en la ciudad) tiene que perecer. El testimonio, a mi juicio, es una de las formas en las que encarna la paradigmática intervención de Antígona.

Memoria y rememoración: Nuestras sociedades posgenocidas no buscan recordar sino rememorar, y esto nos remite a la pregunta por la memoria en el sentido benjaminiano:

La filosofía de la historia de Benjamin no se lee [….] como instancia reconstructiva del pasado sino como razón anamnética [….] Como tanto ha explicado Yerushalmi, no se trata de un modo distinto (instancia reconstructiva) de recuperar el pasado, sino de instaurar una relación con el presente a través de un proceso de elaboración cuya orientación temporal apunta al pasado, pero sin articular con él un vinculo referencial […] La percepción benjaminiana… no recuerda [los hechos del pasado] sino que experimenta su significado a través de configuraciones narrativas. (Subrayado mío, Kaufman, 2013: 227)

El testimonio es una de las formas narrativas que experimenta el significado del pasado a través de configuraciones narrativas. Esto significa que «no da cuenta de un recuerdo del pasado, sino de lo que los muertos nos dicen sobre el presente sin palabras ni representaciones. El «pasado presente» se manifiesta como inquietud y comprensión del presente, como relación de un aquí y ahora en deuda con el pasado…» (subrayado mío, Idem).

Dice Traverso (2011) que para Benjamin la memoria es una construcción siempre filtrada por conocimientos adquiridos posteriormente gracias a la reflexión que sigue al acontecimiento. Por eso sería ilusorio considerar el antaño como un punto fijo al que podríamos acercarnos gracias a una reconstrucción mental: «es la memoria la que establece los hechos: se trata aquí, según Benjamin, de una revolución copernicana en la visión de la historia». En este sentido «el pasado es amplificado por el presente» (2011: 23).

Para Kaufman esta rememoración se interroga por el pasado como tránsito para el interrogante radical sobre el presente y sobre la condición de la justicia en la actualidad (2013).

Si evitamos abroquelarnos en los estatutos de la verdad y la fidelidad y aceptamos a la memoria como rememoración, podremos aceptar la construcción de un relato que, como el testimonio literario, establece los hechos en el evanescente proceso de la rememoración.

Memoria y derecho: La memoria legitimada por el Estado, como la de los juicios públicos por crímenes de lesa humanidad, forma parte de una construcción colectiva y va cambiando con los vaivenes de la sociedad. Por eso afirma Chiara Forneris que el derecho no tiene una identidad fija, aislada de su contexto, y que la memoria sostiene a la ciencia jurídica, siendo su papel fundamental la consolidación de principios ligados a un proyecto de vida socialmente compartido. Podemos decir que «el acto del juicio es un acto simbólico de reparación […] que significa hacer justicia a la memoria» (2011: 89), noción anticipada por Reyes Mate cuando dijo: «lo que realmente se opone a la memoria no es el olvido sino la injusticia» (2003: 154).

Se podría pensar que el respeto que la sociedad le manifiesta al poder judicial proviene de su capacidad de determinar cuál es «la verdad», y de su autoridad para legitimarla. Sin embargo, para Jerome Bruner los elementos que nos llevan a acatar sus decisiones provienen del aura que generan tanto su ritual como la palabra arcana propios de su discurso (2013: 70). Como la ley cuenta con una fuerte legitimidad arraigada históricamente, debe hacerse cargo de la memoria para que el relato del testigo se haga carne en la sociedad.

En la Argentina el paradigma que acuñó la forma de lidiar con la memoria del genocidio es el jurídico, y los juicios por crímenes de lesa humanidad que se están llevando a cabo hasta la fecha son un punto de inflexión gracias al cual la sociedad recupera una trama ética28. Los juicios públicos de 1985 tuvieron como prioridad condenar a los responsables máximos del terror: ese fue el primer paso (con sus limitaciones) a partir del cual se produjeron avances y retrocesos. De todos modos, tal vez debido a que en este país la forma de resolver este tipo de traumas siempre pasó por el derecho, se estableció una asociación entre el testimonio y dicho ritual (como si la corte fuera el ámbito natural del testigo). Lo interesante es que, incluso en este medio, se le da lugar a la rememoración subjetiva. A partir de 2003 muchas declaraciones de sobrevivientes, familiares o compañeros de militancia de los desaparecidos no tienen tanto que ver con lo probatorio sino con la evidencia del padecimiento a largo plazo que muestra que hubo un genocidio. Incluso los fiscales incentivan a los testigos, cada vez más, a salirse del molde legal, a no pensarse como objetos de prueba.

Yo le pido a los testigos que hagan un relato, no que den su testimonio, porque los tribunales son cámaras de ecos, y esas historias llegan a la sociedad: así se va reconstruyendo la matriz simbólica que se desgarró. Y la palabra del testigo en el juicio, además, tiene una potencia especial porque se valida en la sentencia del juez. Por esto es que resulta tan reparador contar la propia historia en estos juicios29.

El aspecto reparatorio del derecho penal, así entendido, es que va enhebrando un discurso desde la ley pero teniendo en cuenta las secuelas en la subjetividad30. Y esta elaboración se filtra hacia el «afuera», hacia el entramado social. El problema de este método es que la difusión de los juicios es limitada y, además, resulta minimizada por los medios masivos de (in) comunicación. A raíz de una guerra mediática que difunde lo que le interesa (y sobre todo le interesa la propaganda corporativa y la ficción presentada como noticia), esa crítica a menudo no llega a los oídos de quienes más necesitarían enterarse. Por eso es que lo decisivo –como dice Agamben (2000)­– es que el derecho no albergue la pretensión de agotar el problema.

Por otro lado y como venimos sosteniendo, la persistencia y hegemonía de una praxis que investiga, determina responsabilidades y castiga (gestos indispensables que le dan crédito a la palabra del testigo y garantizan la escucha de la sociedad, además de impedir el negacionismo) ha dejado una «marca jurídica [en] la forma de entender todo tipo de testimomio, como orientado a denuncias que reclaman el estatus de verdad o, por lo menos, de verdad jurídica» (Forcinito, 2012: 134).

Si bien el movimiento de derechos humanos argentino ha creado un activismo simbólico muy variado31, el imaginario social está inmerso en un «paradigma punitivo» –como lo llama Kaufman– que judicializa la política al extremo. Mutatis mutandis, sin este paradigma no se hubieran llevado a cabo estos juicios históricos, sin precedentes, que instalan una profunda crítica a los grupos sociales y a las instituciones que posibilitaron el macabro plan, como revela esta nota:

Era el comienzo del segundo Juicio ESMA. Alfredo Astiz se sentó en los últimos asientos reservados para los represores con un libro que colocó sobre sus piernas. Cuando terminó la Audiencia se dio vuelta y apoyó el título del libro sobre el vidrio que separa a la sala AMIA , [donde se ubican sobrevivientes, militantes por los derechos humanos, sus familiares y amigos] Volver a matar. Así recuerda Adolfo ese momento. Volver a matar. Y el odio en la mirada de Astiz. El juicio duró un poco más de dos años. Estuve en Comodoro Py el día en que Astiz, como todos los represores, tenía la posibilidad de hacer su declaración. Dijo todo lo que quería, habló sobre la ilegitimidad del juicio, la ilegal Fiscalía, la ilegítima querella. Y siguió hablando, mucho tiempo. Vestido con traje, corbata, camisa celeste, impecable. Y rubio. Las familias y amigos de los marinos se ubicaban en la parte superior de la Sala AMIA y los que íbamos por la querella en la parte de abajo a la altura del Tribunal. Volviendo a Astiz, en algunos momentos cambiaba el tono. Entonces decía cosas así: Nuestros amigos y familiares son gente feliz, que educan a sus hijos con felicidad, en cambio, mirando para donde estábamos nosotros, dijo, los parientes que están atrás de los vidrios tienen rostros crispados, infelices. Otras palabras que usó: colonialismo judicial, terrorismo judicial, falsos testigos, estado autoritario, festival de persecuciones, para terminar exigiendo que se respete la Constitución Nacional. Este juicio, dijo, no es justicia, es linchamiento. Pero dos frases de Astiz merecen recordarse: «No somos delincuentes comunes…perdón, no somos delincuentes», y un rato más tarde: «No hemos delinquido desde hace 30 años». Para terminar entregando al Presidente del Tribunal un ejemplar de la Constitución Nacional. Otro de los represores, el Tigre Acosta, en su declaración final en 2011, dijo entre otras cosas que si era necesario volvería a hacer todo lo que hizo. No necesito decir que no hubo arrepentimiento. (Bruzzi, 14/5/2017)

Memoria e historia: La memoria es una labor colectiva: nadie recuerda solo sino en un medio social donde, como anticipara Eric Hobsbawm y sostiene Arfuch (2013), nada es irrelevante: importan tanto la construcción de lugares de memoria como las políticas de Estado, tanto la producción fílmica, visual y teatral como la ficcional, tanto las intervenciones urbanas como los juicios. No de manera aislada sino en una relación que no tiene que ser pacífica. Arfuch subraya la tensión existente entre estos modos de abordaje: cada práctica involucra posturas éticas y estéticas, riesgos de cristalización y banalización y, por ende, la necesidad de una atención crítica constante. La relación más disputada es la de historia y memoria: hay historiadores que rechazan o aprueban la inclusión de la memoria en su relato y otros que –como Ricoeur–consideran que la memoria tiene un «estatuto matricial» (Traverso, 2011: 21). El argumento, tal como lo resume el intelectual italiano, es que la historia es una puesta en relato, en función de las reglas de un oficio, o arte, o «ciencia», que intenta responder a cuestiones que la memoria suscita, de modo que «la historia nace de la memoria y luego se libera, al poner el pasado a distancia». La paradoja es que, al final de este proceso, la historia hace de la memoria «uno de sus campos de investigación» (2011: 21), olvidando que la historia es una dimensión de la memoria. No voy a seguir este debate pero sí subrayar estas frases de Traverso: «la temporalidad de la memoria tiende a cuestionar el continum de la historia» y «la memoria de los oprimidos protesta contra el tiempo lineal de la historia» (2011: 43).

¿Podríamos afirmar que la disciplina histórica tampoco puede atribuirse la verdad de sus hallazgos, ya que el factor subjetivo está siempre involucrado? Sabemos que una representación del pasado transparente es imposible y que no se puede hacer hablar a los hechos tal como realmente sucedieron. Pero esto no agota el debate.

Hayden White pone el acento en las estrategias de todo relato, y muestra cómo el histórico oculta el punto de vista del historiador. El efecto de objetividad está dado por un narrador en tercera persona que habla en pretérito y que parece ajeno a los acontecimientos descriptos, con lo cual el lector asume que la historia habla por sí misma, sin intermediarios. No obstante, como el plot siempre estructura los hechos, la verdad presupone un grado de ficcionalización. De modo que un tipo de relato que nos resulta familiar desde el siglo XIX y que consideramos no viciado de subjetividad usa estrategias literarias: invención de comienzos, desarrollos y finales, creación de tramas y de héroes. Y sobre todo: la historia también se cuenta mediante formas narrativas: comedia, tragedia, épica, etc. (que pueden incluso convivir en un mismo texto). La diferencia radica en el código de lectura propuesto por cada texto: en su presentación como novela, historia, autobiografía o –agrego– testimonio (1988).

Pero el historiador italiano Carlo Ginzburg nos alerta sobre el dilema moral que plantea esta mirada narrativa sobre la historia en nuestro mundo post Shoá: tomarlo al pie de la letra puede llevar a aceptar tanto las teorías que afirman que hubo un genocidio como las que lo niegan, ya que no habría razones para preferir una forma de escritura de la historia sobre otra. En otras palabras, si se privilegia el momento de la construcción de sentido sobre el de la realidad de la masacre, ambas interpretaciones se vuelven igualmente válidas.

El testigo no puede admitir este relativismo: su testimonio tiene sentido en tanto el crimen, cometido con voluntad de olvido, se reconozca como perpetrado. Y sabe, al mismo tiempo, que la memoria es frágil y subjetiva, y que la trama no es sino una transposición de lo acontecido al y desde el presente. Situado en esta tensión, le preocupa que su escritura no se tome exclusivamente como hecho artístico, aunque considere que solo a través del arte puede dar con el lenguaje y el tono afín a la dimensión de lo vivido. Su creación habita y resuelve, en cada caso, el espacio liminal entre historia y memoria.

Memoria y olvido: En su libro Memoria, duelo y narración (2004), Roland Spiller sostiene que la escritura es medio y metáfora de la memoria y debe aceptar su cuota de olvido, sin la cual el sujeto se convierte en Funes el memorioso, ese personaje borgeano cuya capacidad de recordarlo todo le impide pensar. Pero el crítico alemán puntualiza que la borradura genocida nada tiene que ver con el olvido constitutivo de toda memoria, y que cuando el poeta Juan Gelman sentencia: «hay que olvidar el olvido» se refiere al totalitario, al que se impone como absoluto: un proyecto imposible que deja secuelas imborrables.

La película Shoá, de Claude Lanzmann, se abre interpelando al testigo con un «recuerda, recuerda». La palabra recuerda es, en este caso, un incentivo para recuperar el íntimo vínculo con una pérdida irrecuperable que puede haberse tornado inconsciente. La memoria deviene así rememoración: «el esfuerzo de rememorar lo olvidado implica un esfuerzo deliberado de la mente, es una suerte de profundización o búsqueda voluntaria entre los contenidos del alma […] es una especie de investigación» (Rossi, 2003: 21). Esta es la labor anamnética en la que se basa el testimonio, como venimos argumentando.

[Para Rossi] habría algo así como una ética de la memoria […] Evitar que el vasto continente del pasado se esfume, evitar el olvido de la memoria: no habría quizá una tarea más urgente en la época que ha hecho de la historia un interminable montón de ruinas. (Radar libros, Página 12, 1/2/ 2004)

Evitar el olvido de la memoria: una tarea indispensable que se propone la escritura testimonial. La memoria del horror tiene que abrirse paso en un terreno donde reina la incertidumbre (porque el método de exterminio borra las huellas, porque muchos detenidos atravesaron su experiencia a ciegas). La memoria del testimonio, con su desorientación, su incerteza y sus limitaciones, es la «construcción de la presencia de lo ausente» (Feierstein, 2012: 94), para que la destrucción no acarree la desaparición simbólica. Y para sostener lo simbólico, nada mejor que la literatura:

La escritura y los escritores son los únicos capaces de mantener vivo el recuerdo de la muerte. Si no se apoderan ellos de la memoria de los campos de concentración, si no la hacen revivir y sobrevivir mediante su imaginación creadora, se apagará con los últimos testigos, dejará de ser un recuerdo en carne y hueso de la experiencia de la muerte.

(Semprún, «Lo que sé», Página 12, 12/6/ 2011)

Posmemoria: Este término –acuñado a partir de la producción audiovisual y del concepto de trauma que cobra forma, tras la Shoá, en el campo de Estudios de la memoria – designa la memoria de quienes, aunque no hayan vivido de cerca los acontecimientos traumáticos, sienten sus efectos. En nuestra región, alude a la memoria de hijas e hijos de desaparecidos, saunque ellos hayan sido víctimas directas del terrorismo de Estado. María Belén Ciancio (2013) rechaza, por este motivo, la aplicación en la Argentina del concepto creado por Marianne Hirsch en Family Frames, Photography and Postmemory (1997) en relación a la condición de los hijos del exterminio europeo, muchos de ellos nacidos o criados en la diáspora32, «puesto que estamos ante un trauma real del sujeto y no heredado a través de la lógica intergeneracional del dolor» (Ciancio, 2013: 6).

La investigadora tiene también en cuenta que muchos de los hijos «recuperados», aun cuando no tengan noción de sus identidades robadas, participan en la búsqueda de verdad y justicia que circula en los medios y en el discurso cotidiano. Si bien hay diferencias de perspectiva, a veces siderales, entre los hijos que fueron apropiados y luego recuperaron su identidad y aquellos que crecieron con sus familias de origen; entre los que permanecieron en su país y los que partieron al exilio, y entre todos ellos y los que siguen desconociendo su identidad, la mayor parte sufrió en carne propia las prácticas genocidas (en tanto testigos directos de secuestros o porque nacieron en cautiverio). Es decir que esta generación no fue distanciada del acontecimiento sino que padeció sus consecuencias desde la convivencia y la cercanía. Si bien los escasos soportes materiales que dejaron los padres (fotos, cartas) fueron atesorados por estas hijas e hijos y se transformaron en el lazo concreto que los une a ellos, no jugaron el mismo papel en la transmisión que para los hijos de víctimas de la Shoá, muchos de los cuales vivían en diferentes países que los padres. Es en este caso en que dichas imágenes generaban «la ilusión de acceder al evento mismo» (Ciancio, 2013: 7).

Si bien coincido con Ciancio, también considero que la aparición de ciertos términos responde a la necesidad de nombrar fenómenos nuevos, y prefiero tenerlos en cuenta a descartarlos. Lo cierto es que el lugar de enunciación de las hijas y los hijos de desaparecidos tiene, indefectiblemente, una impronta post. El nombre de la organización así lo indica: ellas y ellos son la posteridad de una generación mutilada y su memoria, por esto mismo, genera desafíos particulares. El post de posmemoria indica que un vínculo herido los une a y separa de los progenitores, en relación a los cuales tienen que definirse. Su imaginario es otro.

En la región del Cono Sur esta generación crea un universo visual propio para elaborar su identidad. El género documental, el cine de ficción, la fotografía y las novelas son registros en que estos jóvenes a menudo investigan y crean su propia historia desde su lugar, a la vez subjetivo y político. Liliana Feierstein sugiere que dicho relato identitario no sería «una autobiografía narrada como recuento de una vida sino como forma de empezar a vivir». (op. cit., 2012b en Ciancio: 6).

Los estudios críticos sobre esta narrativa coinciden en destacar como rasgos de este corpus:

la hibridez genérica de estos textos (que cruzan el formato del testimonio con la autoficción o con el registro fantástico y combinan la referencialidad con la autorreferencialidad) [y] los dispositivos de distanciamiento que proliferan en ellos, como la perspectiva infantil, el humor negro o la ironía. También [el] vaivén entre acercamiento afectivo y distanciamiento crítico, esta dialéctica de dinámicas aparentemente contrarias […] que nunca se detiene y que excluye la clausura. (Logie y Willem, 2018)

Lo que El lugar del testigo sostiene es que las «escrituras del umbral» (Forcinito dixit) surgidas de la memoria de los campos hacen gala de muchas de estas características, y que la diferencia entre una y otra narrativas radica en el imaginario y en los distintos lugares de enunciación. Para la crítica actual la hibridez sería la innovación de esta nueva narrativa que, a diferencia de la escritura testimonial anterior, recurre al humor, a la fragmentación, a estrategias de no clausura, etc. Como veremos en los textos desplegados en este estudio, insisto en que no corresponde diferenciar un corpus de otro en base a los rasgos mencionados, porque dichos registros están presentes en obras de ambas generaciones (excepto el registro fantástico). Lo que cabe afirmar es que, en la impronta artística de los H.I.J.O.S, hacen eclosión estrategias narrativas que venía plasmando la generación previa y que cobran una nueva significación por el hecho de darle cuerpo a otro ethos.

Razón: La filosofía contemporánea se inicia con la crítica a la modernidad y al tipo de razón que la acompaña. En La imposible voz. Memoria y representación de los campos de concentración en Chile: la posición del testigo, Jaume Peris Blanes (2005) nos recuerda que Heidegger funda este itinerario, al concebir la modernidad como «un espacio objetivable en el que todo lo existente […] se halla disponible para un sujeto [y en el cual] la ciencia como investigación es una forma imprescindible de este instalarse a sí mismo en el mundo» (2005: 32–33).

Hannah Arendt detecta que el tipo de dominio que ejerce la revolución industrial (soporte del proyecto económico y social moderno europeo, que va de la mano del desarrollo científico) se vincula íntimamente a la dinámica de los campos. Ahí la dominación es total «no solo en sentido político de la total sumisión de los individuos a las regulaciones estatales, sino también en el sentido ontológico de una puesta en disponiblidad de la totalidad de sus funciones vitales» (2005: 35). La razón instrumental capitalista, en su peculiar búsqueda de orden –no un orden basado en la responsabilidad colectiva, ni en la autonomía, ni en la libertad– conduce a su degradación. El exterminio sistemático de seres humanos no hubiera sido viable sin el complejo científico-industrial que posibilita la división del trabajo y su subproducto, una lógica fragmentada que favorece la disolución de la responsabilidad (Idem, 2001: 53). Es decir que las «fábricas de muerte» son la otra cara de la biopolítica. En esta línea, Zigmunt Bauman (2001) muestra cómo el exterminio en masa se vuelve posible cuando el sistema de división del trabajo es tal que nadie es responsable de la totalidad del proceso. En otras palabras, las «matanzas administrativas» alivian el sentimiento de responsabilidad, al decir de Arendt.

Es a partir de esta fragmentación y disolución de la responsabilidad que la burocratización posibilita la desconexión entre la gestión racional y el cuestionamiento ético o –en la crítica de Adorno–, entre la razón instrumental y la razón crítica. (Idem, 2005: 44-5)

Auschwitz no es una locura de trasnochados sino un hijo de la razón instrumental: en este punto el Mal se administra como fábrica. Theodor Adorno y Max Horkheimer, en su Dialéctica de la Ilustración (1944), exponen con claridad el punto en el que la razón habilita el genocidio:

…la posibilidad del nazismo debe inscribirse en la escisión, en el corazón mismo del proyecto ilustrado, de la razón crítica y la razón instrumental. En el momento en que la primera abdica de su potencial emancipatorio, la segunda se ve abocada a proyectos de dominación. (Idem, 2005: 37)

Estos pensadores detectan que los horrores del siglo XX son producto del antagonismo inmanente a la razón que se manifiesta cuando esta abdica de su potencial emancipatorio (o de la razón crítica). El problema no radica, por lo tanto, en la razón, sino en la práctica de una razón que clarifica para archivar, cerrar el caso, concluir. La razón instrumental. Por eso Foucault reniega de ella: «El hombre ha muerto», declara para sellar el fin de una razón que creó monstruos. Pero no hay que confundir este fin con el cese de toda razón. Frente a los desafíos que plantea nuestra época, el pensador Žižek declara: «hoy más que nunca deberíamos ser racionalistas hasta el final» (2014)33. La razón que sostiene el testimonio es la razón anamnética, la que rememora, la que se involucra en su praxis, la que no se distancia para observar desde fuera, la que apuesta a la subjetividad. Se trata de un logos con memoria, al decir de Reyes Mate (2003).

Recepción y escucha: La idea de que sin escucha no hay testimonio se remonta a la investigación realizada en los noventa por los psicoanalistas Shoshana Felman y Dori Laub con sobrevivientes de la Shoá. Laub, también sobreviviente, insiste en la imprescindible escucha del testimonio que «sostenga su decir y la singularidad de su experiencia». Liliana Feierstein, en esta línea de pensamiento, explica que el testimonio es un «acto dialógico y una apelación a la responsabilidad; el dar testimonio sería así lo que sucede entre estas personas» [y] «no es posible sin alguien que esté dispuesto a escuchar». Es esencial que la sociedad no abandone a quienes cargan con estas historias, que no les dejen la total responsabilidad moral de ser los custodios de la memoria del horror. En este sentido «la lectura/escucha del testimonio sería un gesto, o más precisamente, una política de hospitalidad»34 (Feierstein, 2012: 124–127). La escucha es un compromiso ético que alivia el dolor y posibilita la elaboración de la memoria, que se procesa conviviendo con lo sucedido en intercambio con el entorno, con la sociedad (2012: 126-129).

Sin embargo perdura la dificultad en la recepción del testimonio de los campos, tal como revela esta escena de la novela Sin destino:

Simplemente no podía entender por qué no podía meterles esto en la cabeza […] ahora no me basta con asumir que todo fue un error, una aberración, algún tipo de accidente o que, de alguna manera, jamás sucedió. Podía ver, podía ver claramente que no me entendían y que no les gustaban mis palabras, que algunas hasta les molestaban […]

Y le oí decir: «Déjalo hablar, ¿no ves que solo quiere hablar?».

Y hablé, posiblemente en vano y posiblemente sin mucha claridad. De todos modos, traté de transmitirles algo: –Nunca podremos empezar una nueva vida […] ¿Quieren que todo este horror y que todos mis pasos previos pierdan completamente su sentido? (Kertész, 1992: 188–189)

Esta dificultad va de la mano de la resistencia, ya percibida por Philippe Mesnard, a leer el testimonio como texto literario.

…los textos de testimonio no son recibidos, al menos en la primera fase de su recepción, como textos que contienen, aunque sea potencialmente, una dimensión literaria. Esto lleva a veces a reducir el testimonio a la información que supuestamente ofrece y, en el mejor de los casos, a aceptar que esa información pasa a través de la subjetividad del autor y, otras veces, a encontrar en él solo una fuente de emoción. Se espera así de los textos testimoniales que sean documentos que nos informen sobre lo que fueron los campos o el genocidio (y de acuerdo con eso, se los puede convertir en monumentos), o bien que bloqueen el juicio del lector para sumergirlo en una experiencia de extrema violencia de la que no puede salir. O la semejanza, o la ceguera. (2010: 434–35)

Retórica: En el testimonio conviven, según Kimberly A. Nance, distintos tipos de técnicas retóricas:

1. La forense, que presenta una suerte de juicio contra los perpetradores en formato texto, al emplear la organización, estilo, contenido y léxico propios del medio legal.

2. La epideíctica, una técnica cuasi religiosa que testimonia el poder de la fe política en situaciones límite de guerra, prisión y tortura.

3. La deliberativa, que consiste en propuestas decididamente anti-heroicas y anti-hagiográficas que estimulan la reflexión. Estas tres formas parecen haber coexistido o haberse confrontado desde los orígnes del testimonio, y lo siguen haciendo. (2006: 46–47)

En el modelo forense la función de la palabra del testigo parece evidente: determinar cuál es la verdad y contarla, denunciando el ocultamiento previo de los hechos. Pero pensar que la función del testimonio es la de sustituir historias falsas por verdaderas resulta simplista. Esa es la lógica de un tribunal, que enfrenta dos términos antagónicos para emitir su condena, como ya hemos dicho.

El testimonio, sobre todo el deliberativo, es un proyecto a futuro (para Ricoeur, Dorfman y Nance), una narración que aspira a transmitirle al lector un compromiso ético que es también político. Al testigo no le resulta indiferente si ese lector cierra el libro y se olvida del asunto o si se siente impulsado a comprometerse en una acción destinada al cambio. Este tipo de relato, de una u otra manera, aspira a dejar una impronta. Es una intervención, una acción performativa. Una creación del lenguaje que sabe que decir es actuar. Partnoy destaca este aspecto, resignificando la noción de pacto:

Para nosotros [sobrevivientes del terrorismo de Estado], recordar y contar puede ser inútil si no ayuda a detener la violencia, poner fin a la impunidad y proteger la dignidad de las víctimas. Por lo tanto, nuestros textos testimoniales no se basan en los que Philippe Lejeune llamó pacto autobiográfico, sino en un pacto de solidaridad. (2009: 17)

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