Kitabı oku: «Tierra de bárbaros»

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TIERRA DE BÁRBAROS

Norberto Luis Romero

1ª Edición Digital. Octubre 2021

© Norberto Luis Romero, 2006

© de esta edición:

Literaturas Com Libros 2021

Erres Proyectos Digitales, S.L.U.

Avenida de Menéndez Pelayo 85

28007 Madrid

http://literaturascomlibros.es

ISBN: 978-84-124540-0-0

Diseño de la cubierta: Benjamín Escalonilla

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Índice

Dedicatoria

Advertencia

Tierra de bárbaros

A la memoria de mis padres

Advertencia a lectores suspicaces: el capítulo del asesinato del caudillo Facundo Quiroga ha sido especialmente construido a partir de crónicas de la época tanto anónimas como de autores reconocidos, especialmente de Domingo Faustino Sarmiento; de ahí que cualquier parecido o intertextualidad no sea fruto de descuidos ni casual sino expresamente buscado. Asimismo, aunque en su mayoría los acontecimientos, lugares y personajes retratados pertenecen a la historia argentina de la primera mitad del siglo XIX, no se ciñen a la realidad formulada por unos u otros historiadores y han sido libremente reinterpretados de forma ficcional.

EN LA RECOVA

Fueron los estibadores los primeros en descubrirlo, cuando se dirigían al puerto a iniciar las faenas y en el trayecto pasaron bajo el gran arco de la Recova y los soportales del Cabildo. Se quedaron suspensos un instante antes de reaccionar, darse la vuelta y huir despavoridos.

Después llegaron en tropel las lavanderas negras, con los fardos en grácil equilibrio en la cabeza, al ritmo de las caderas abundosas, y al bajar la cuesta hacia el río tropezaron con él, y con el susto los atados de ropa fueron a parar al suelo y ellas, dando gritos, se esfumaron corriendo hacia el río. Enseguida comenzaron a aparecer los tenderos de ropa que ocupaban los puestos de la Recova y se encerraron en ellos, a los vendedores ambulantes les sucedió otro tanto: se aterraron y a punto estuvieron de perder el género en la estampida, hasta que al observar la desgana del animal, su aparente desidia, retrocedieron sosegados hacia los zaguanes de las casas más próximas, donde se resguardaron murmurando su arrobo y pavor. Rápidamente se corrió la voz, que llegó incluso a las elegantes alcobas de los barrios de Palermo, Barracas y Retiro, donde se desperezaban bajo tules mosquiteros las ociosas patricias y sus importantísimos maridos militares y estancieros. El rumor rebasó las calles y avanzó por los barrizales del sur hasta introducirse en los hacinados cuartuchos de los barrios de Carretas y la Inundación, donde chacuacos, mulatos, sirvientas, compadritos y orilleros se desprendían de los ojos las telarañas del sueño; reflejadas en trozos de espejo picoteado, las putas arrastraban con peine fino los piojos y las liendres anidados en las crenchas, resignadas a un día más de vida perra, mientras sus rufianes, apestando a vino Carlón y a caña, roncaban como fieras macerando la curda en el catre.

Según iban llegando los porteños a ambas plazas, merodeando muertos de miedo y curiosidad, se atrincheraban en el reverso de las columnas del Cabildo, en el atrio de la catedral, tras las puertas de la iglesia anexa, en los zaguanes, y desde sus guaridas hacían conjeturas:

¡Es un puma!

¡No, es un jaguar!

¡Es el tigre que mató Facundo Quiroga, que ha resucitado!, arguyó el más atrevido y fantasioso. Y algunos hasta se largaron a reír.

No faltaron los envalentonados que saltaron las rejas del obelisco y allí, cautivos en un redil, se sintieron a salvo; otros, acostumbrados a la hazaña de trepar al palo enjabonado, se subieron a lo alto del monumento, desde donde seguían los acontecimientos con vistas privilegiadas.

También en balcones y azoteas fueron aglutinándose las familias patricias, con la curiosidad teñida del decoro oportuno, columbrando a lo lejos, con suficiencia e incrédula alegría, la belleza del tigre. Tan absortas estaban que ignoraron la llegada de las primeras moscas verdes —las provenientes del lado del matadero y la Inundación— que aprovechando el descuido de ventanas abiertas se introdujeron alegremente en las viviendas.

Para ser un gato montés es muy grande, dijo una voz con marcado acento asturiano y el deje dulce característico de la cuenca minera, pero con un timbre grave y poderoso que a los apostados en los balcones les hizo pensar que se trataba de un hombre, si bien quienes estaban cerca vieron a una mujer alta, de unos cuarenta años, delgada y de figura recia, cuyo gesto severo transmitía resuelta autoridad. A pesar del aspecto varonil, era hermosa de figura y de rostro, belleza que acentuaba un inusual y carísimo atuendo de amazona, el cabello castaño recogido en un moño apretado a la nuca, y unos ojos enormes y vivaces cuya profunda dulzura desmentía la aparente hosquedad. Nadie conocía a esta mujer tan soberbia, no se la había visto nunca en los barrios elegantes, ni en los salones de moda, ni paseando por el Retiro o la Alameda. Igual que la del tigre, su presencia en la plaza era todo un misterio, pues era una de las contadísimas ocasiones en que Aurora de Fresneda se dejaba ver en público: cuando acudía a Buenos Aires se alojaba de incógnito y eran sus abogados y albaceas quienes mediaban en sus negocios, ya fuera con la capital o con España. No se deslumbraba fácilmente por la grandeza y oropeles de la ciudad, pero esto de toparse con un tigre excedía su indiferencia.

Tiene razón la señora, ese animal no puede ser un gato montés, dijo un caballero de levita y chaleco azul, un ilustre unitario de pobladas patillas y deje extranjero. Se descubrió tocando la galera con afectada etiqueta y la miró con descaro. Pero la enigmática mujer se marchó rápidamente de allí sin darse por aludida y ya no se la volvió a ver.

Es un puma amarillo, rayado..., le replicó una negra vendedora de escobas, cepillos y plumeros, poco convencida de su propia afirmación y temblando de miedo, a medias oculta tras las plumas de ñandú, desde donde espiaba al felino con ojos enormes y renegridos. Y el hombre refinado, con marcado desprecio, le espetó:

¿Y vos qué sabés?, negra catinga, si en tu vida viste un puma.

A lo mejor los vio en África, dijo un desaprensivo, y le festejaron la lindeza.

Ante la indiferencia del felino, que se echó adormecido a la sombra en el baldío vecino a la catedral, donde se dedicó a espantarse las moscas y los recién llegados tábanos con el rabo, a lamerse los genitales e ignorar a los humanos, no tardaron en llenarse ambas plazas —de la Victoria y 25 de Mayo— de intrépidos o imprudentes fisgones, apresuradamente vestidos, descalzos algunos, sin peinar otros, legañosos, atontados y por sobre todo incrédulos. La chiquillada, con ojos despavoridos, se agarraba como garrapatas a las polleras de sus madres, los más chicos se llevaban los mocos con la manga y lloraban atemorizados. Los perros de todas las casas llegaron olisqueando el aire y enseñando los dientes, pero los muy cobardes se cuidaron muy bien de acercarse al felino. Desde la azotea de la Recova, donde con improvisadas escalas subieron los más imprudentes y resueltos, comenzaron en vano a arrojarle piedras y papas con el fin de provocarlo para enfatizar la diversión, pero los proyectiles no le alcanzaban y el tigre ni siquiera se dignó concederles un vistazo de lástima.

¡Es un jaguar!, volvieron a oírse voces.

¡No es un jaguar, es un puma!, refutaron otros con mayor brío, queriendo imponerse. Y algunos argumentaron con sobrada razón:

Los trae el río, llegan montados en los camalotes que vienen flotando en las crecientes desde el Iguazú...

¡Es verdad; la creciente trae yaguaretés, pumas, anacondas y yacarés!, dijo un negro aguatero, exaltado y con tales aspavientos que de sus vasijas brincaron chorros al suelo.

Y chanchos unitarios, murmuró un gaucho con acento norteño, y estalló en carcajadas que muchos imitaron.

Sí, es un yaguareté, opinó otro negro, dándoselas de sabedor. Y un coro de voces aborregadas lo secundó, convencido, repitiendo:

Yaguareté, sí, yaguareté...

Hasta que un recién llegado aprovechó una breve tregua de silencio y recelo que se abrió cuando el animal volvió a ponerse en pie, para afirmar con aplomo y marcado fastidio:

¡Qué carajo, señores! No es puma ni jaguar ni yaguareté, es un tigre de Bengala con dos güevos.

Una exclamación de asombro circuló por ambas plazas.

Es un tigre de Bengala auténtico. Volvió a decir el hombre, y hubo en su voz la firmeza y autoridad suficientes para que nadie osara dudarlo ni contradecirlo. Y para demostrar la lógica de su razonamiento agregó mientras señalaba hacia el lado del puerto:

Ni camalotes ni leches; se habrá escapado del circo.

Se hizo un silencio gélido, tras el cual se oyó un murmullo general de aprobación a la vez que de alivio.

El señor sí que sabe... dijo alguien tímidamente. Y nadie más se atrevió a hacer comentarios.

La afirmación de que se trataba de un tigre de Bengala la hizo el capitán de corbeta Bonifacio Soler, diestro en asuntos de mares y continentes, que en más de una ocasión había dado la vuelta al mundo. Su presencia destacaba por su porte ilustre, la elegancia y autoridad que irradiaban su figura de más de un metro ochenta. Bajo la gorra con insignia, sobresalían anchas y pobladas patillas que se unían a la barba gris y envolvían un rostro de criollo moreno, curtido por el sol, el yodo y el salitre.

Los he visto en La India. Son los animales más bellos que Dios haya creado, y además los más feroces. Pero este está atontado, murmuró antes de irse de allí. Calándose a fondo la gorra celeste de capitán de Marina, remarcó el gesto autoritario y abandonó la plaza por la calle de la Paz, con paso firme, altivo, ignorando a la chusma que lo observaba con respeto y solapado desdén. Antes de subir a su moderno carruaje de Bell se detuvo en la esquina del Fuerte, compró un ejemplar de El Grito Republicano y media docena de pasteles de batata. De allí se dirigió a solventar negocios a casa de un escribano.

INTERESES CONTRAPUESTOS

La mañana auguraba para el resto del día un calor sofocante, saturado de humedad y de las consabidas moscas y mosquitos, sobre todo a la hora de la siesta, cuando la escasa brisa matinal se esfumara y el sol, en el cenit, se transformase en una bola de fuego palpitando sobre la ciudad. Una vez acabadas sus diligencias en casa del escribano, deseoso de evitar el bochorno que se avecinaba, Bonifacio Soler subió a su carruaje, instigó al alazán y se internó bajo la arboleda del boulevard, de camino a su amplia casa en el barrio de Barracas. En la salida próxima al descampado se cruzó con un volantín de varas en cuyo pescante un moreno gobernaba una yegua retinta, lustrosa, de terciopelo. En su, interior distinguió claramente la figura corpulenta de Gonzalo Carballido, el Gallego, como le conocían aunque era asturiano, que según su costumbre llevaba prendida al pecho, sobre el traje negro, la cinta roja de los federales. Iba tan absorto en sus asuntos que no reparó ni en el carruaje con el que se cruzaba ni en su ilustre conductor. Soler tampoco hizo nada por llamar la atención del Gallego, y prefirió pasar inadvertido a tener que forzar un magro saludo solo por mantener el mínimo de urbanidad que en contadas ocasiones le imponía su rancia educación, por si algún otro carruaje conocido se cruzaba en aquel momento.

Si bien ambos hombres pertenecían a una misma clase social elevada, con análogos intereses y expectativas, no poseían negocios en común ni vinculantes, no frecuentaban los mismos salones o festejos sociales, pero por encima de todo no compartían ideales políticos, estos se les habían vuelto adversos de un tiempo a esta parte. Habían mantenido alguna camaradería en los primeros años de llegar los Carballido a la Argentina, pero esta acabó rompiéndose a la muerte del patriarca asturiano y durante un tiempo no fue más allá de la cordialidad y cortesía exigidas por la armonía social, pero, tal y como ahora se habían puesto las cosas en el país, su relación sobrepasaba la indiferencia o inquina para adentrase en la cruda y declarada enemistad.

Sus diferencias se habían radicalizado desde el fusilamiento de Dorrego a manos de los unitarios, partido al que pertenecía el capitán Soler. Era bien conocida su gran amistad con el exgobernador de la provincia de Córdoba, el general José María Paz, a menudo invitado de honor en su estancia, a sus carreras cuadreras y de sortijas, a sus tertulias y cenas; y era incondicional su apego a la Liga de Unitarios y su lucha a favor del pacto con las provincias del noroeste, formado por Córdoba, Santiago del Estero, Catamarca, La Rioja, San Juan, San Luis, Tucumán, Salta y Mendoza. El capitán era hombre culto, liberal, anticlerical. Y contrario a una constitución federalista; partidario de un poder central en manos de una aristocracia porteña formada por ciudadanos instruidos, industriales y ganaderos, militares, españoles, criollos o gringos; e interesado en volver a desterrar el poder de la iglesia, como ya lo había hecho pocos años atrás Bernardino Rivadavia durante su mandato, y de unificar la legislación y administración de todo el país bajo el gobierno de la capital.

Contrariamente, Gonzalo Carballido, a pesar de provenir de familia igualmente liberal y atea, cuyo padre una vez en la Argentina se había puesto al servicio del unitarismo, enarbolaba y defendía ideales e intereses de la federación, liderados, entre otros hombres ilustres, por ganaderos, terratenientes y caudillos de provincia, y con don Juan Manuel de Rosas a la cabeza. El joven Juan Manuel, proveniente de una rancia familia a la que abandonó llevándose consigo tan solo sus ideales de justicia, ese jovencito que con trece años había participado en la defensa de Buenos Aires de la invasión de los ingleses, gracias a su habilidad y tesón se convertiría rápidamente en uno de los mayores ganaderos exportadores de carne, dueño y señor de la estancia Los Cerrillos. Y en pocos años, secundado por sus disciplinados gauchos, en lo que sería un ejército personal formado por los Colorados del Monte y pasaría del anonimato a convertirse en referencia de la fuerza ganadera y agrícola. Mientras los caudillos del interior ejercían la resistencia al dominio económico, político y cultural de Buenos Aires, y se levantaban contra el gobierno unitario de Rivadavia, Rosas luchaba contra el dominio español e iba escalando posiciones, adquiriendo haciendas, aglutinando disconformes y rebeldes, hasta convertirse en uno de los personajes más importantes e influyentes de Buenos Aires. Con su autoridad consolidada, acabaría situando a Dorrego como gobernador y mantendría la unión de las provincias mediante un pacto federal con los caudillos. Toda la destreza política del joven estanciero se vio recompensada al cabo de los años de luchas con su entrada a Buenos Aires en un magnífico carruaje, en diciembre de 1829, bajo arcos triunfales, repique de campanas y envuelto por una multitud enfervorizada que lo arrastró hasta la plaza de la Victoria, donde fue proclamado Gobernador y Gran Restaurador de Leyes e Instituciones. Una vez en el poder, se reformaron los códigos de Comercio y Militar, se reglamentó la autoridad de los jueces de paz de los pueblos del interior y se firmaron tratados con los caciques, con lo que se obtuvo una cierta tranquilidad en la frontera, continuamente acosada. Poco después, Rosas prohibiría que la prensa continuara siendo monopolio en manos de editores ingleses y franceses, medida que puso de punta a los unitarios, porque vieron menoscabado su poder hegemónico en los periódicos de mayor tirada. Tras ese su primer mandato, en el que hubo enfrentarse a una dura resistencia aunque contara con el apoyo popular, y una vez retirado a su estancia, se sucedieron varios gobiernos débiles, faltos de coordinación, efímeros y acosados por beligerancias en las propias filas, de manera que el pueblo llano, los humildes, los gauchos y también sus caudillos, lo reclamaron a un segundo mandato en el que estaban dispuestos a otorgarle plenos poderes. Pero Rosas se negó siempre, acaso porque su estrategia era rehusar mientras se hacía cada día más imprescindible.

Gonzalo respaldaba ese segundo mandato de Rosas con plenos poderes, por considerar que no existía otra forma de encauzar el país y mantenerlo a salvo de las numerosas e intermitentes injerencias externas, del acoso de los gringos por hacerse con las tierras, la ganadería, las importaciones, todo. Rosas podría hacerlo, pues, tras haber formado su propio Partido Restaurador Apostólico, su poder, ya fuera público durante su mandato o desde las sombras una vez acabado este, era inmenso, y contaba además con el férreo apoyo de la Sociedad Popular Restauradora, conocida como la Mazorca, comandada por su propia mujer, doña Encarnación Ezcurra, que mantendría a raya a sus adversarios unitarios mediante intimidaciones y amenazas.

Era sabido que Gonzalo había cambiado sus ideas y actitudes políticas a partir de la muerte de su padre; muchos pensaron que lo hacía como revancha al férreo carácter de este, que le había impedido en vida desarrollar sus propias convicciones; otros argumentaban que era su genio rebelde por naturaleza, pero, fuera cual fuera el motivo para ese cambio radical, nadie se atrevía a contrariarlo dada su influencia y sobrada fortuna, además de sus sospechados vínculos con la Mazorca, de la que se rumoreaba como uno de sus financiadores. No era difícil comprender su simpatía con la causa federal, al margen de sus ideales tenía poderosas razones prácticas: su padre, tal vez vislumbrando el futuro cercano, antes de morir había aunado fortunas asociándose con la familia de los Torres Agüero-Ramallo, poderosos hacendados amigos de Rosas.

Tanto los Carballido como los Soler defendían sus propias convicciones y protegían sus intereses y, como es obvio, frecuentaban círculos afines a sus proclamas a la hora de concebir el alma y la organización de la joven Confederación, tanto de la capital como de las provincias; y aunque Gonzalo considerara sus inquietudes acordes a los principios de la revolución e independencia todavía recientes, a la defensa de los más desfavorecidos, de los luchadores cuyas heridas continuaban abiertas, tampoco olvidaba velar por sus propios intereses, como otros tantos patricios, fueran de uno u otro bando.

Pero Gonzalo no iba en su volantín abstraído únicamente en sus cábalas mercantiles y políticas y en su creciente fortuna: una preocupación de índole familiar e incluso existencial le quitaba el sueño desde hacía tiempo, y ese desvelo tenía nombre y apellidos, o al menos los tendría en un futuro. Deseaba vivamente descendencia, un hijo que prolongara su apellido, un hijo que continuara la enorme labor iniciada en la nueva tierra por don Álvaro, su difunto padre, y por él mismo.

Gonzalo Carballido atravesó el centro, los arrabales, y llegó hasta más allá del «Hueco de la Fidelidad», donde ordenó al cochero que se detuviera ante la fábrica de velas y lo esperase.

Vaya a dar una vuelta por ahí. Busque una pulpería, tómese unos vinos y estése aquí más o menos en unas dos horas. Acto seguido se bajó del coche, dirigió sus pasos hacia la puerta, golpeó con los nudillos tres veces, murmuró una especie de contraseña y entró con sigilo.

Aunque el cochero obedeció la orden, se demoró un momento en dar la vuelta con el volantín y alejarse de allí; tiempo suficiente para distinguir en la penumbra de la puerta entreabierta de la fábrica un rostro fiero bajo una enmarañada y retinta melena, que creyó reconocer al instante.

¡Juraría que es el gaucho Santos Pérez! ¿Pero no estaba en Santa Catalina, o en Córdoba con los hermanos Reinafé? ¿Qué hace aquí en Buenos Aires? ¿Y qué buscará este hombre tan refinado con semejante compañía? ¡Dios me ampare! Se persignó y se largó de allí al galope, deseoso de echarse unos tragos de caña para apaciguarse.

LOS CARBALLIDO

Gonzalo tenía treinta y cinco años cuando llegó con padre a Buenos Aires y se encontraron con un pueblo harto sacudido, inmerso en la anarquía, la arbitrariedad, la injusticia y con sangre derramada por doquier, un pueblo cuyas provincias rechazaban la debilidad de las propuestas de los gobiernos unitarios, de las iniciativas y leyes promulgadas por el ilustrado Rivadavia; un pueblo que no hablaba de otra cosa que no fueran las hazañas de don Juan Manuel de Rosas y su tropa de Colorados, defensores de los pobres y de la independencia; y de la valentía de un poderoso gaucho y hacendado de La Rioja llamado Juan Facundo Quiroga, el hombre más leal a Rosas.

Época convulsa en la que estaban organizándose los estados republicanos independientes y la política centralista de los numerosos, débiles y brevísimos gobiernos, favorecía a la capital en menosprecio del interior. Pero el federalismo cobraba auge y las provincias, cada día más ruinosas, exigían un reparto equitativo de los ingresos de aduana y que esta dejara de una vez de beneficiar exclusivamente a los terratenientes e industriales porteños y a sus adineradas familias. El clima político y social en esta tierra era poco propicio para comenzar una nueva vida, pero don Álvaro Carballido y su hijo venían dispuestos a todo, conscientes de que no podría irles peor que en España. Acusado, y con razones, de liberal, era perseguido por el Gobierno de Fernando y los Cien Mil Hijos de San Luis. El cabeza de familia llegaba escapando de la lacra absolutista, pero con sus arcas repletas y manteniendo activas sus minas en la lejana Asturias. Don Álvaro no ocultó la inmediata simpatía que le produjeron las importantísimas familias que enarbolaban la bandera del unitarismo, así como el sector más progresista del federalismo; sus nuevos intereses en las provincias jamás peligrarían con la aduana a su favor y arropado por los principales prohombres y políticos, pero no contó con que la fatalidad se interpondría en su camino y lo sorprendería la muerte por unas fiebres hemorrágicas al poco tiempo de llegar. Su hijo Gonzalo, el Gallego (como no tardó la gente en apodarlo), hubo de hacerse cargo de los jóvenes pero prósperos negocios que el hombre se había ocupado de afianzar a golpe de tejemanejes e influencias, sobre todo con las minas recientemente adquiridas en el interior y por las que tuvo que pujar a fondo compitiendo con la indomable misia Aurora de Fresneda, su paisana y enemiga, llegada al país apenas unos años antes. No tardó el Gallego en robustecer el contacto con otras importantes familias y acaudalados ganaderos con quienes formó sociedad adquiriendo propiedades en la misma Provincia de Buenos Aires, aliándose incluso con el sector más conservador y religiosos del federalismo hasta entonces excluidos del circulo de amistades de su padre.

Contaba Gonzalo con que sus negocios se beneficiaran rápidamente una vez instaurado un segundo mandato de Rosas, esperaba favorecerse del reparto de bienes aduaneros de las provincias, que hasta entonces habían sido relegadas. A su fortuna había que añadir el patrimonio en tierras y ganado que pasaba a sus manos con su boda reciente, heredad que si bien venía acompañada de cuantiosas deudas, él no tardaría en aumentar solventándolas rápidamente. La caída de Rivadavia y el resto de gobiernos unitarios no habían hecho sino menoscabar los intereses y negociados de Mr. Hendicott, el padre de su adorable mujercita, menoscabo al que contribuyeron de forma muy propia los caciques federales del norte, hartos de la prepotencia inglesa.

Fue por entonces, nada más vislumbrar a un Rosas nuevamente en el poder, cuando, en una acción impulsiva o poco meditada, decidió pintar de colorado, encima del azul celeste que había tenido siempre, la fachada de la casa que fuera de sus suegros donde se habían trasladado después de la boda con Dorothy. Con esta afrenta abofeteaba en plena cara a las familias de unitarios que tanto habían favorecido a su padre en sus comienzos, y daba a conocer orgullosamente sus ideales políticos, afines a la vertiente más recalcitrante de la Federación.

Pero la meridiana lucidez en sus proyectos y objetivos no impedía que padeciera cierta ambigüedad de sentimientos que, independientemente de su claridad política, acababan enturbiando la plenitud de su matrimonio y lo frenaban a la hora de manifestar emociones y afectos. Aunque el amor de Dorothy era firme, sus negocios exitosos, su fortuna cuantiosa, y ante si se abría un futuro prometedor, una sensación de mutilación lo acosaba a menudo con inusual violencia.

No era hombre dado a abrir su corazón, a dejar entrever sus sentimientos, a veces incluso resultaba duro en exceso autoritario. En ocasiones su mujer llegó a pensar que Gonzalo ocultaba algo de su pasado en España, alguna acción innoble de la que se arrepentía o avergonzaba, pero lo descartó convencida de la honorabilidad de Gonzalo y lo atribuyó a su pródiga imaginación, que nunca descansaba y tendía a hacer caso de habladurías. Y Buenos Aires era un nido de rumores malintencionados, de cuchillos entreverados, de sombras embozadas.

Aunque no lo pareciera a simple vista por su corpulencia y aspecto campechano, Gonzalo era hombre culto, de carácter retraído, taciturno y obsesivo. Le llevaba a Dorothy veintiún años, y esta diferencia de edad, según pasaba el tiempo, le provocaba sentimiento de culpa y cierta propensión a ver menoscabadas su hombría de bien y su honor. Como consecuencia, su genio de por sí taciturno, se acentuaba volviéndose impetuoso. A escondidas de su mujer no había dejado pasar ocasión de probar cuanto método se pusiera a su alcance, que para eso estaba Prudencia con sus yuyos y su proverbial discreción. El último había sido la cantárida, en base a unos escarabajos verde brillante machacados, pócima de la que se decía aseguraba potentes y prolongadas erecciones. Al cabo de unos meses de administrarle Prudencia el afamado tratamiento, tuvo que abandonarlo por resultados adversos: vómitos y diarreas, porque la brillante cantárida es altamente venenosa.

Uzté perdone, se atrevió a opinar Prudencia. Pero me pareze que zería mejor que el zeñor ze olvidara del azunto...

Pero Gonzalo no dejó a la negra acabar su consejo, la cargó con la culpa y acto seguido la mandó a la cocina, de muy mala forma, a fregar marmitas. Prudencia bajó la cabeza y se fue de allí sin rezongar, pero maldiciendo en su interior, como invariablemente lo hacia.

Pero no acabaría aquí la desgracia de Gonzalo Carballido: Prudencia era indudablemente discreta, pero aun así los rumores comenzaron a circular entre las sirvientas, y al poco tiempo en la prensa sensacionalista, en particular en el diario El Loco Machaca Batatas, uno de los más encarnizados con los políticos y las señoras de alto copete, aparecerían publicados en la sección de sociedad unos satíricos y crueles pareados en los que se aludía a la impotencia de Gonzalo:

El tiempo pierde el Gallego

Machacando escarabajos,

La negra haciendo gualichos

y la inglesita en refajos.

Mejor cortar por lo sano,

Mandarlo todo al carajo,

Olvidarse del asunto

Que remediar lo de abajo.

No pasaron ni doce horas de la publicación cuando todo Buenos Aires estaba enterado de sus intimidades y fracasos maritales, y sus enemigos unitarios aprovecharon estos versos para ahondar en sus escarnios y constante desprestigio. Esto terminó de hundir a Gonzalo, quien del fracaso fue pasando a la apatía, al mal humor, y no vio mejor salida que culpar a su mujer de la impotencia y someterla a la humillación de padecer tratamientos similares a los que él había padecido; simultáneamente comenzó a apartarse más y más de ella evitando incluso el contacto íntimo. Por fortuna, algo de toda esta desgracia no había aún trascendido: de los tres años de matrimonio, llevaban más de año y medio durmiendo en habitaciones separadas y únicamente Prudencia conocía el secreto. Y la fiel nanny de Dorothy era una verdadera tumba.

EL DESENGAÑO DE DOROTHY

Dorothy acusaba día a día el progresivo distanciamiento afectivo de su consorte, aunque este continuara ejerciendo su habitual cordialidad y respeto hacia ella; empero, acalló sus emociones, su tristeza e inquietud y aparentó una vida matrimonial con innegable plenitud para ocultar el fracaso. Padecía en silencio esa desafección latente en Gonzalo, con el incesante recelo de que este letargo acabara en la ineludible pérdida del amor, amor que persistía contra todo contratiempo y los mantenía unidos. Únicamente abrió su corazón —y no del todo, pues mantuvo reservas y no fue explícita por decoro y respeto a su marido— a su íntima amiga Celeste, confiándole ingenuamente el secreto de su desdicha:

No me atrevía a decírtelo, pero creo que soy yo la estéril, le dijo con los ojos húmedos de llanto. Y Gonzalo desea tanto un hijo... Pero lo que más me afecta es que todo Buenos Aires conoce nuestra intimidad, nuestra alcoba parece abierta al público como un drama en el escenario de un teatro, y los diarios unitarios que nos habían tratado tan bien en vida de mis padres me han perdido el respeto y deshonrado mis apellidos.

Lo sé, querida. Por desgracia esos versos infundiosos llegaron hasta el último rincón... Pero levantá el ánimo, podrían tener razón y a lo mejor no sos vos la estéril. No tenemos por qué ser siempre las mujeres las responsables de no quedar encinta, le insinuó Celeste.

¡Eso no es posible, darling!

¿Estás segura...?

Bueno, dijo Dorothy ruborizándose. Prudencia me insinuó lo mismo cuando me dijo que las infusiones que me da no sirven para nada porque yo estoy en perfectas condiciones. Pero yo no me creo que le haya estado suministrando cantárida, como dijeron esos desgraciados del diario. Y Prudencia lo niega rotundamente. Y yo la creo.

Prudencia es muy zaina y lo sabés, si le prometió a Gonzalo silencio mantendrá su promesa. Pero ya es hora de que los hombres no nos culpen de sus incapacidades y las asuman sin avergonzarse, sentenció Celeste, vivamente fastidiada.

¡Ay, cómo sos!

Dorothy lloró en el hombro de Celeste y le confesó que temía por su felicidad, por la de Gonzalo, y por la estabilidad de su matrimonio; dijo estar preocupada porque a su esposo se le ocurriera pedirle la separación o la nulidad matrimonial.

Gonzalo no hará eso. Él nunca traicionará sus principios, argumentó Celeste, y añadió haciendo lo posible por consolarla, a la vez que le exponía fríamente que enfrentarse a la adversidad era más digno que evadirla mirando hacia otro lado: si Mariquita se separó del bruto de su marido, ¿por qué no podés hacerlo vos también?, si fuera necesario... Y dichas estas palabras se arrepintió, pero era tarde.

¡Celeste!, sollozó Dorothy, ¿Cómo podés decirme una cosa así? Vos sabés que adoro a Gonzalo. Y arreció en un llanto inconsolable.

¡Oh, darling, lo siento! No quería ser tan brusca. Tenés razón, lo que tenés que hacer es salvar el amor que queda vivo. E intentando arreglar la metedura de pata le confió: se rumorea que hay una mujer en Buenos Aires, una mulata portuguesa, que lee el futuro, ¿por qué no probás?

Dorothy asomó el rostro lloroso por entre sus manos delicadas:

Mil gracias, Celestita. Te agradezco mucho la preocupación y el interés por mí, pero no creo que esa mulata pueda arreglar este asunto, y vos sabés que yo no creo mucho en esas cosas, ni en curanderas ni en gualichos, aunque la buena de Prudencia me los haga tomar.

Yo que vos probaría, que no te cuesta nada, insistió su amiga, mientras la estrechaba en su pecho y le acariciaba tiernamente el cabello.

LOS SOLER STEAGMAN

Soler dejó el carruaje al fondo de su casa, atado el alazán al palenque, a la sombra del frondoso chañar con cuyas vainas su mujer elaboraba un exquisito arrope, y se encaminó hacia la puerta que daba al patio emparrado.

Hay un tigre de Bengala suelto en la Recova, les dijo tranquilamente al entrar en la cocina, donde le aguardaban su esposa y su hija pequeña, Blanca, con el mate cocido dispuesto. Dejó en la mesa el diario, el paquete con los pastelitos aún tibios, se quitó la gorra y se sentó a desayunar y a leer el diario. Madre e hija se miraron, demoraron un instante en medir el alcance de sus palabras y en silencio observaron la reacción de las sirvientas indias, que desgranaban choclos para la mazamorra sentadas alrededor de una artesa, y del negro maestro de música y afinador, en aquel momento adormilado en un rincón fresquito, tarareando un candombe por lo bajo. Todos los sirvientes procuraron en vano disimular el miedo, revolotearon los ojos asombrados y se encogieron enmudecidos en sus sillas.

Sí, un tigre de Bengala de los que hay en la India, se anticipo el capitán a la evidente incredulidad de sus mujeres, y aceptó de buen grado la taza de mate cocido que su esposa le extendía. ¿Pastelitos calientes?, dijo señalando el paquete manchado de grasa. Pero ellas habían dejado de interesarse por los pasteles de batata cuyo aroma apetitoso traspasaba el papel de estraza.

Queremos ir a verlo, dijeron a la vez su mujer y Blanca, a la par que se ponían de pie, se alisaban las polleras sin miriñaque, olvidaban el rito del desayuno y se disponían a salir a la calle al instante. Tardarían media hora en cambiarse, ponerse el traje de paseo, peinarse con la raya al medio y hacerse el rodete bien apretado bajo la cofia.

Tatita, please, pasemos antes por las casas de Celeste y de Dorothy, vayamos a buscarlas para que vengan también ellas a ver al tigre, le rogó Blanca, ensayando el gesto ofuscado de súplica que usaba para convencer a su padre, conocedora de que este no simpatizaba precisamente con el marido de Dorothy y opondría una discreta pero firme resistencia, y sin dejar de observar un momento su reacción, ladeando su graciosa cabeza rodeada de bucles retintos, con su carita de pena enfurruñada, se valió de una fingida piedad para reforzar sus argumentos:

¡Pobre Dorothy!, le vendrá muy bien distraerse un poco, lleva una temporada muy melancólica.

¡Blanca, leave your father in peace!, intentó disuadirla su madre, dándole un discreto codazo a su marido para evitar que este aprovechara la ocasión y sacase a relucir los versos aparecidos en El Loco Machaca Batatas para burlarse del Gallego.

Tati, tati, tatita...

Decididamente, Blanca era diestra en doblegar el curso de la voluntad de su padre, quien claudicó con un gesto de resignación ante la súplica, gesto que ella le agradeció con una enorme sonrisa embaucadora, estirándose de puntillas y estampándole un sonoro beso en la mejilla.

¡Blanca, please!, hizo un último intento de disuadirla la madre.

Yo quiero ver el tigre, y se acabó, respondió sencillamente Blanca, cruzándose de brazos, poniéndose de morros y clavando los ojos al suelo ante la mirada incrédula de los sirvientes y la cocinera, que no podían contenerse y comenzaban a cuchichear.

AMIGAS DE LA INFANCIA

Celeste y Dorothy eran de la misma edad y habían compartido una niñez llena de juegos e inocentes diabluras; sorprendidas por las misteriosas mudas de la adolescencia, habían mirado con ingenua picardía a los muchachos en misa y a los jinetes audaces que caracoleaban bajo los balcones luciendo piruetas. Entre ellas no había secretos ni dobleces; les bastaba con mirarse para saber la una lo que pensaba la otra. Celeste conocía sobradamente el corazón cálido y generoso de su amiga, cuyo único cometido era corresponder al amor de Gonzalo, hacer cuanto estuviera en sus manos para mantenerlo vivo, alimentarlo como a un convaleciente y despejar la sombra de un potencial derrumbe. Lo había amado desde el mismo día en que lo conoció, desde el instante glorioso en que ambos se miraron a los ojos extasiándose la una en el otro, perdiéndose en el fondo acuoso de las dilatadas pupilas, cuando en aquella velada inolvidable un viejo amigo de su familia los puso frente a frente y los presentó con estas palabras afectadas.

Esta es misia Dorothy Hendicott, la joya de Buenos Aires.

Ella se había ruborizado, pero a pesar del sonrojo que escondió graciosamente tras su abanico, pudo devolverle a Gonzalo una sonrisa no solo con los labios, sino que sus ojos y todo su rostro relucieron con expresión cautivadora, llena de gracia y pudor.

Gonzalo, olvidando su proverbial timidez con las mujeres, se había arrancado con un requiebro igualmente cursi del que se avergonzó en el acto:

Eso es evidente, querido amigo, reluce como un diamante.

A partir de entonces, comenzó a frecuentar el hogar de los Hendicott y a cortejar a Dorothy con el beneplácito de la madre de esta, viuda desde hacía relativamente poco, quien de inmediato se mostró encantada con el festejante, hombre de estirpe, trabajador, instruido y con una sólida y creciente fortuna. No lo recibió con similar entusiasmo Prudencia, su nanny, pues algo en el Gallego le daba mala espina, pero ocultó bajo las siete llaves de su discreción este sentimiento, fue servicial y fiel como correspondía a su condición e historial doméstico.

No tenía sus facultades alteradas la señora Hendicott, era plenamente consciente que si su marido levantaba la cabeza de la tumba se opondría al noviazgo, pero aunque mantuviera unos arraigados prejuicios sociales, por sobre todo era madre y mujer práctica. Gonzalo era un reconocido admirador de los ideales de la Federación, y haría gala de ello un año después cuando hiciese pintar de rojo la casa de sus suegros en el mismo momento en que se instalara en ella tras la boda; pero a lady Hendicott poco le importaban los colores y matices políticos, que escapaban a su cotidianeidad: los Carballido eran gente de bien, decente y de fortuna consolidada. Tampoco había mucho más donde elegir entre los candidatos porteños. Con toda la razón del mundo, igual que había hecho en más de una ocasión, su amiga, la rolliza señora de Urruabarrena había sentenciado el asunto:

Es preferible no limar mucho las refinadas cortezas porque debajo pueden encontrarse gusanos horadando la madera. Además, su difunto padre fue un hombre de ideas liberales y no hay que desesperar, quizás su hijo vuelva a encarrilar sus ideas con el tiempo y el cariño de tu hija. Y se había abanicado con ímpetu, muy oronda, como espantando moscones que fueran a metérsele en su generoso escote, mientras se hartaba de buñuelos de manzana.

Había mucho oportunista bien aleccionado en el cultivo y práctica de finos modales y buena conversación, eran hombres adiestrados para tomar los cubiertos como verdaderos nobles, conocedores incluso de los de pescado, y siempre andaban por los salones medrando enfundados en impecables trajes franceses de levita y tocados con galera de fieltro reluciente. Llegaban a estas tierras vírgenes a la caza de bellas señoritas británicas, españolas o francesas que tuvieran asegurada una sustanciosa dote, o cortejaban criollas viudas desconsoladas que escondiesen rebosantes joyeros en la alcoba. Desde la infausta muerte de Mr. Hendicott, viuda e hija no atravesaban precisamente momentos boyantes, este había dejado por herencia más deudas que bienes, y se les hacía imposible sostener el ritmo de vida regalado y las apariencias mantenidas hasta entonces. Gonzalo Carballido era inmejorable partido para Dorothy, ni siquiera le fue necesario meditarlo: era el soplo de aire fresco esperado para ahuyentar los oscuros nubarrones que se cernían sobre el futuro de las desvalidas Hendicott.

Al cabo de un año de estar prometidos, con ilustre pero austera pompa, Dorothy y Gonzalo enlazaron sus vidas y destinos para siempre en la catedral, en compañía de las principales familias porteñas que por unas horas dejaron de lado sus diferencias e inquinas. Los recién casados embarcaron hacia Londres, en una visita a los tíos y primos de ella, importantes industriales textiles que habían sido los importadores de casi la totalidad de la lana producida en vida de su padre, y al cabo de dos semanas en Inglaterra partirían hacia el norte de Italia, a la bella y artística Toscana, que quitaba el aliento y mareaba el seso, según decían todos. Y de allí a Taormina.

UN ESCABROSO SUCESO

Pocos años atrás, las lavanderas que bajaban una mañana a las orillas del riachuelo cargadas con fardos y canastos de ropa, toparon con un cuerpo flotando en las aguas espumosas. Nada más verlo, pensaron que sería un perro o un chancho negro ahogado, pero se trataba de un hombre, un hombre viejo y vestido de frac, y a juzgar por lo hinchado que estaba y el color ceniciento de la piel, llevaba días allí macerándose.

¡Es un lomo negro!, murmuraron al distinguir el atuendo típico de frac negro unitario.

La policía no dudó a la hora de desvelar la identidad del muerto: Mr. Hendicott era muy popular y un miembro destacado de la aristocracia porteña, habían sido célebres las veladas en su casa celeste, color que orgullosamente llevaba junto al blanco en su corazón, cuando no prendidos ambos en el pecho en un lazo. Unitario convencido y activo miembro de la política, amigo de los que fueran sucesivamente gobernadores de Buenos Aires, Sarratea, Lavalle y Viamonte, tenía numerosos enemigos entre las filas de los federales tradicionales, sobre todo desde que fuera uno de los principales impulsores del cierre de conventos y la expulsión de las órdenes religiosas del territorio. Pero también barajaron la hipótesis más cómoda del suicidio: el pesado mortero de piedra atado a su cintura con una soga de esparto y la quiebra financiera por la que atravesaba hablaban por sí mismos: el mortero había desaparecido pocos días antes de las cocinas de su señorial casa de Barracas, todo señalaba que Mr. Hendicott había decidido poner fin a sus días en lugar de enfrentarse a la ruina económica y al deshonor. Madre e hija se vieron abatidas, no aceptaron la versión del suicidio, les era imposible según sus principios morales y los del muerto. El futuro se les avecinó desde entonces como el cielo porteño lo hacía por aquellos días: cuajado de pesados y oscurecidos nubarrones. Se habían esfumado las admirables fiestas, las veladas y tertulias de la casona celeste, únicamente mantuvieron discretas reuniones de bridge en torno al mate con tortas fritas y el chocolate antes de ir a la cama. Así lo exigían el prolongado luto y las exiguas arcas. Con el ventajoso enlace, lady Hendicott vio el cielo abierto y no puso reparos ni se molestó en exigir dote alguna. Dorothy obtuvo el amor y consuelo esperados en los brazos de este hombre de fortuna, atento, apuesto y educado.

Fue al regreso de la luna de miel cuando su amiga Celeste descubrió que la melancolía de Dori en lugar de haberse desvanecido en las alas del amor se le había enquistado en el alma y en el pálido rostro. Algo en su interior de muchacha ingenua pareció haber muerto para siempre el día que murió su padre, y aunque todos pensaron que junto a Gonzalo superaría el duro golpe, por el contrario, la tristeza se refinó y comenzó a agarrarse a su alma como un parásito que asomaba a sus ojos en forma de amargura. Celeste vio regresar de Italia a una Dorothy que los demás no vieron o no quisieron ver: se encontró con una jovencita pendiente todo el tiempo de ocultar el abatimiento, de encubrir la tristeza con una sonrisa en los labios que sus ojos desmentían.

Una tarde, a solas en el invernadero de la casa de Barracas —casa que el pueblo rebautizó inmediatamente como la casa Punzó—, mientras cortaban rosas para los búcaros, con su habitual desparpajo Celeste le había dejado caer:

Cara mia, creo que te olvidaste algo allá, en Taormina. ¿O acaso no sos feliz con el Gallego?

Dorothy le había respondido muy seriamente, con un verdadero gesto de circunstancia que rayaba en el dolor: Vos sabés que amo a Gonzalo con toda mi alma y todo mi corazón. Y con auténtica ingenuidad, mientras se succionaba una gota de sangre que una espina le había hecho en una mano, había agregado convencida: no, querida, no me olvidé nada en ningún hotel ni en Inglaterra ni en Italia.

Me refiero al cuore, había precisado Celeste, dándose golpecitos con el índice en el pecho.

Y Dorothy, tomándoselo a broma y muerta de risa, le había recriminado: ¡No seas sonsa, Celeste! Vos sabés muy bien que mis sentimientos pertenecen a un solo hombre, a Gonzalo. Y acto seguido se había ruborizado como una colegiala.

¿Pero estás segura, darling, que todo va bien?

¡Claro, sonsa!

UN PASEO POR LA ALAMEDA

A medida que transcurría la mañana, con la tibieza del sol y la extremada humedad que llegaba del río, arreciaron los insectos voladores. Pero la curiosidad pudo con las molestias que estos ocasionaban y con el miedo al tigre. El animal estuvo un buen rato yendo de una plaza a la otra, pasando bajo el gran arco de la Recova, rondando la Pirámide de Mayo, más hastiado de las moscas y los tábanos zumbones que de la fauna humana que lo vigilaba azorada, de la gente boquiabierta y pendiente de su sigilo; hasta que decidió marcharse, y sin abandonar su regio y sensual porte, se encaminó por 25 de Mayo, donde desapareció justo cuando un rayo de sol le relumbró en el lomo como un ascua.

Bonifacio Soler no pudo negarse a los deseos de las mujeres de su familia y ordenó al cochero recoger a Dorothy camino de la Recova, pero antes enfilaron por Santa Rosa para ir a buscar a Celeste, su hija mayor, y a su esposo, Leandro Reyes, con quien llevaba casada un par de años, un joven criollo, militar de carrera, con un prometedor futuro. Cuando llegaron a la plaza de la Victoria, sobre las dos de la tarde, el aire apestaba a las viandas que consumían los tenderos de la Recova, y la vida había recuperado el aspecto y ritmo habituales: los vendedores ambulantes, el comadreo de las vecinas, la música de los negros candomberos, los jinetes paseando su apostura, todo había vuelto a su cauce y en el aire pegajoso, junto a los ávidos moscardones arremolinados en torno a las canastas de achuras, pescado y mondongo, se cernían los comentarios controvertidos y rocambolescos de mulatos, negros y orilleros, y por encima de tufos y rumores, persistía en el aire el olor salvaje del tigre.

A esta hora es imposible venir a la Recova, darling, protestó la señora Steagman. El hedor de las viandas que se traen estos pobres diablos es insoportable. ¿Pero qué come esta gente?

No tengo ni idea, mamá, apuntó Celeste. Supongo que puchero, guiso de mondongo y esas mismas cosas que comemos nosotros en platos y en la mesa.

Sí, pero se lo comen todo rancio, agregó haciendo un gesto de asco.

Blanca necesitó expresar su decepción y contrariedad ante la ausencia del tigre improvisando sus habituales caprichos:

Tatita, podríamos acercarnos al barrio del Tambor y...

Pero su padre no le permitió continuar y se apresuró a recriminarle:

Lo siento, m´hijita, pero tu padre ahora tiene que arreglar asuntos más importantes que ir al barrio del Tambor; además, acabo de llevarte pasteles a casa y ni siquiera los probaste.

Blanca intentó oponer resistencia, frunció el ceño:

Please, no eran del barrio del Tambor, tatita.

Esta vez sí bastó una mirada conminadora de su madre para callarla.

En ese momento, Celeste se volvió hacia Dorothy y con inflexión cariñosa, mientras se espantaba maquinalmente las moscas con el abanico de nácar, que a su marido le había costado ochenta pesos, le dijo:

Tenemos que ir al circo, darling. No quiero perderme por nada del mundo uno de esos animales exóticos; además me han hablado del número del «Ropero Volante» que hacen el señor y la señora Smith, los dueños del circo. Y dirigiéndose a su joven marido, sacudiéndole cariñosamente un brazo, le exigió: Leandro, tenés que llevarnos esta misma tarde al circo. Y también le vamos a decir a Alberta que venga.

¿Qué es el «Ropero Volante»?, quiso saber Blanca, vivamente intrigada y olvidándose de los pasteles.

El señor Smith y su esposa se cambian de ropa sobre el caballo al trote.

¡Se dice que es wonderful!, se apresuró en aclararle su madre, quien ya se había enterado por su comadre la señora de Urruabarrena de la llegada del circo y sus atracciones.

¿Alberta?, preguntó Leandro, rumiando con extrañeza. Ajeno a la charla de las chicas, tenía la cabeza puesta en la misión que le habían encomendado sus superiores de acudir a Córdoba a aplacar a los indios de la Cueva del Tigre, que últimamente andaban algo soliviantados y muy amigos del gaucho Facundo. Odiaba a esos indios atontados, que no hacían nada en la vida y mataban el tiempo chupando vino y sacándoles la lengua a los blancos cuando se acercaban a sus pircas.

Sí, querido, misia Alberta Brawm, precisó Celeste.

¡Ah!, La pálida y desvaída misia Alberta, repitió su marido con afectación e ironía, olvidando por un momento a los indígenas cordobeses que lo obligaban a alejarse de su mujercita.

Celeste le tapó la boca con una mano cariñosamente y frunció el ceño.

Vivamente entusiasmada con la proximidad de la aventura, Blanca propuso invitar también a Rosalía de Bartrina.

Su madre acusó como una bofetada la proposición de Blanca e instintivamente observó de soslayo a su marido, pendiente de la necesidad de intervenir con todo su tacto si fuera necesario, pero afortunadamente no hizo falta: el capitán Soler supo disimular elegantemente el resquemor que le produjo oír ese apellido. También Celeste percibió con meridiana claridad el malestar general que la infidencia de Blanca había creado, sobre todo delante de Dorothy, y dirigió a su hermana pequeña una brevísima pero amonestadora mirada...

Dorothy se ruborizó. Bajó los ojos rehuyendo las miradas suspensas que no llegaron a cruzarse, y con una sonrisa forzada, se excusó con un murmullo:

Yo no voy a poder ir, tengo asuntos pendientes.

Haciendo gala de un distinguido civismo británico, todos, incluida Blanca a pesar de sus dieciséis años, cambiaron de tema. Y, como no tenían nada más que hacer esa mañana, decidieron acercarse al Paseo de la Alameda para continuar luego por El Bajo; al menos allí no habría moscones y la brisa que soplaba del río sería más fresca y menos pegajosa. Bonifacio Soler halló una excusa y se las ingenió para llevarse a su mujer consigo, dejando a las muchachas bajo la custodia de su yerno.

Cuando se habían alejado unos metros, y mientras hacía señas para detener a un coche de punto que los devolviera a su casa, le cuchicheó a su mujer:

Querida, no tenemos por qué aguantar ni a los Carballido ni a los Bartrina, son unos traidores a la patria, son amigos del chancho Rosas e impulsores de la Mazorca. ¿Sabés que ellos ponen plata para financiarla y pagar así a los sicarios que van por ahí dando palos?

¡Pero, Bonifacio!, protestó su mujer. Estás hablando de Dori y Rosalía, y ninguna de ellas tiene culpa ni es responsable de lo que piensen o hagan sus maridos... A Dori la conocemos desde que era una criatura, y a sus pobres padres. Además, ella no es como el Gallego, no te olvides.

¡Callate, no quiero oír hablar de esta gentuza! Y acto seguido soltó un improperio cuando vio que había metido un pie en una bosta de caballo.

Una vez dentro del vehículo volvió a insistir, aunque suavizó el tono y se disculpó:

Lo siento, querida, sabés que aprecio a esa chica, como aprecié a sus padres, pero el Gallego Carballido es un desgraciado que le chupa las medias a Rosas y lo único que le preocupa son sus negocios, sus minas en el norte, su plata y su cobre que dependen de las promesas del chancho, y Tomás Bartrina está implicado en una conjura masónica liderada por la mujer del chancho. Y al Gallego le viene muy bien la promesa de Rosas, si vuelve a gobernar (dios no lo permita), de cambiar las leyes de Aduana a favor de las provincias... Ya sabés lo que eso significa.

¿Qué significa?, quiso saber ella, confundida, hecha un verdadero lío.

¡Plata para sus bolsillos! ¡Jugosos negocios!, exclamó, frotando índice y pulgar.

A mí no me vengas con esas cosas de política. Y a vos también te preocupa la marcha de tus business, protestó su mujer, mezclando, como era natural, su lengua natal con la adquirida. Además Gonzalo no es gallego, es asturiano.

Ya lo sé, es un decir. Pero yo no traiciono ni mis principios morales ni los de mi gente. Y Dorothy parece haber olvidado la crianza y educación liberal que tuvo y se ha vuelto como su marido. Ahora van incluso a misa cada domingo.

La señora de Soler volvió a la carga:

Dori ha sufrido mucho en los últimos años. Sos un desconsiderado. Perdió a su padre, a su madre, se quedó en la ruina. Para una chica sensible como ella... Y nosotros también acudimos a misa...

Pero de vez en cuando, y porque es bueno para que Blanquita conozca a jóvenes de su edad. Y a esa otra muchacha, Rosalía —recuperó el asunto—, apenas si la conozco, pero su marido Tomás Bartrina es un importante e influyente miembro de la Mazorca, y no me extrañaría que tuviera algo que ver en la muerte del padre de Dorothy.

¡Por favor, dear, la boca se te haga a un lado!

Y acordate bien de lo que te voy a decir: aquí está a punto de pasar algo grave y gran parte de culpa la tienen rosistas intransigentes como los Carballido o los Bartrina.

¿Te referís a lo que se rumorea por ahí?, quiso saber su esposa, e hizo un gesto con una mano en sus mejillas que señalaba barba y patillas.

Sí, vos sabés a qué me refiero: a un tigre que no es precisamente el de Bengala que apareció esta mañana en la Recova, un hombre que aunque no me gusta nada es preferible que siga vivo, por el bien de todos.

Dios no lo permita, murmuró ella, llevándose una mano a la boca. Y haciendo un gesto de superioridad y picardía contenida agregó: y te comunico, por si no lo sabés, que se quitó la barba y se enruló las patillas por consejo de su peluquero.

LAS PORTEÑITAS

Tanto las hermanas Soler como Dorothy, Rosalía y misia Alberta mantenían una estrecha amistad ajena a los ardores e intereses políticos que un día propiciaban inexplicables alianzas y al otro, abismos de odio; desencuentros y enconos nunca lograron resentir estos afectuosos lazos forjados en la niñez y adolescencia. No concebían como propias las desavenencias y odios entre las familias poderosas, y fundamentalmente entre las suyas propias, y aunque les afectaba la eterna e insoslayable inquina que se había apoderado de todos, y con mayor aspereza con la llegada de Rosas al gobierno, consideraban estas pasiones como asuntos de honor entre patriarcas, asuntos de los que ellas preferían mantenerse al margen, porque eran cosas más propias de hombres que de mujeres: tenían claro que la política había sido creada para ellos, a imagen y semejanza de los hombres, y no para ellas, y la prueba estaba en que era en sí misma algo ininteligible, árido y terriblemente complicado y, además, aburrido hasta el hartazgo y peligroso.

Era Rosalía Burgos de Bartrina la amiga más reciente y también más candorosa, que se les había unido años después de llegar los padres de Dorothy de Inglaterra y afincarse definitivamente en la capital, de donde ella procedía. Por entonces no tenía más de quince años, y era una hermosa pelirroja muy alta para su edad. Su matrimonio con Tomás Bartrina, joven de familia de caudillos criollos oriundos de San Juan, con una carrera militar acreditada, fue arreglado para reforzar sendos poderíos y fortunas familiares en lugar de enlazar corazones, pero a ella no parecía importarle demasiado, siempre se mostraba vivaracha y feliz, como si con este arreglo hubiera satisfecho todas y cada una de las aspiraciones de su vida, que no parecían ser muchas y sí acordes a lo que siempre esperó de la institución del matrimonio: estabilidad, fortuna y reconocimiento social. Además, no era mujer apasionada, sino indolente en materia de afectos y querencias. Virtudes a su favor eran la lealtad y fidelidad, a las que rendía fervoroso culto, y era tímida por naturaleza, pero como todos los tímidos, tenía brotes de audacia en los que podía cometer los mayores disparates y descaros. Susceptible, con un carácter débil, pero voluntariosa, se desmayaba con frecuencia como mecanismo para evadir la realidad cuando no le gustaba o se veía superada por los acontecimientos.

En cambio, la amistad de Dorothy con Alberta Brawm venía de antaño, pues ambas familias habían frecuentado los mismos salones londinenses antes de embarcar sus vidas en los temerarios proyectos transoceánicos. Los cenáculos y visitas de una familia a otra desde sus respectivos asentamientos en Buenos Aires eran habituales y las hijas fueron compañeras de juego, grandes amigas y confidentes. Los lazos afectivos entre Alberta y Dorothy eran estables y sólidos, a pesar de las diferencias de carácter, o quizás por estas.

CONFIDENCIAS BAJO LA PÉRGOLA

Atardecía. Al abrigo de las glicinas en flor, las hermanas Soler mateaban y se hacían extraordinarias e inofensivas confidencias, alejadas cuanto podían de las sirvientas chismosas, siempre con las orejas de punta y la lengua dispuesta a desatarse. Celeste llevaba preocupada por Dorothy desde el regreso de esta de la luna de miel con el espíritu embargado con más tristeza que la esperada dicha. Con el paso del tiempo, en lugar de mejorar parecía haber empeorado y no había consuelo ni forma de aplacar la pena. Poco o nada podía hacer por su amiga del alma cuando había que arrancarle con pinza las palabras, y ni hablar de ganarle una intimidad o confidencia, porque se había vuelto en extremo reservada, o mejor aún, susceptible y recelosa.

Un heredero varón es lo único que le preocupa al Gallego. A cambio, está dispuesto a hacer por Dorothy cualquier cosa, lo que ella le pida, bajarle la luna si es preciso. Celeste hizo un silencio para recapacitar, sorbió el mate con fruición, y agregó enfurecida: ¡pero este hombre no se da cuenta de que le está haciendo mucho daño porque ella no tiene culpa si no se queda en estado!

Si dios no quiere darle hijos... dijo Blanca, con el aplomo digno de un adulto, como si su reflexión fuera de una sabiduría inequívoca.

Su hermana saltó:

No se trata de dios, Blanca. ¡Hay veces que decís unas tonterías que mejor no hablar con vos!

¡Bueno, ahora no la pagués conmigo, que yo no tengo la culpa!, rezongó la pequeña.

Tenés razón Blanquita, perdoname, pero el Gallego me subleva. Por desgracia, la felicidad de Dorothy depende de la de Gonzalo. Me consta que ella hace todo cuanto está a su alcance para hacerlo feliz y ni siquiera se mete con sus ideas. Y refiriéndose al mate, que le devolvía vacío a su hermana, le señaló alzando las cejas con un gesto de suficiencia: no me pongas tanta azúcar, please.

Me da tanta lástima. Tenemos que ayudarla... ella es tan buena, propuso Blanca recuperando su natural ingenuidad.

Mirá, Blanquita, yo había pensado proponerle que diera una fiesta en su casa de Barracas, como en los viejos tiempos, y reunir allí a sus mejores amigos.

¿Cómo cuando era azul clarito?, la interrumpió su hermana.

Sí, antes de que Gonzalo la pintara de... Celeste no mencionó el color, porque hacerlo podía acarrear la desgracia, y prosiguió: creo que ya es hora de que abandone el luto por su pobre mamita y disfrute de la vida. Aunque sé que tatita y mamá no querrán asistir no me importa; porque ellos ni locos van a venir a una fiesta en una casa pintada del color de los chanchos y con lo que detestan a Gonzalo. Pero solo pienso en el bienestar de Dori, y es necesario que ocurra algo en su existencia que la sacuda y la saque de esa tristeza en la que lleva sepultada meses. ¿Me entendés?

Blanca, entusiasmada, comenzó a fantasear:

Podríamos organizar un baile de disfraces, o contratar a los cómicos del circo para representar una opereta. Mariquita Sánchez toca muy bien al piano el Cielito lindo, y también Alberta, que además baila danzas egipcias y otras danzas de última moda en Francia, como la polca... y la montonera, claro, que no puede faltar.

El piano de Dori está desafinado..., acotó su hermana, haciendo un inciso que le venía muy bien para evadir la citada montonera.

¿Desafinado?, puso el grito en el cielo Blanca.

¡Callate, sonsa, no levantes la voz que va a oírnos la negrada!, exclamó refiriéndose a los dos esclavos que a escasos metros acarreaban fardos de alfalfa y los subían a una carreta.

En ese preciso instante se abrió una ventana en el piso superior y la voz de lady Steagman las llamó al orden, recordándole especialmente a Blanca que era hora de retirarse a dormir, y a Celeste que Leandro estaba cansado y quería irse a casa. Y las últimas palabras de su madre se solaparon con la voz grave del sereno en la calle anunciando las ocho bajo un cielo que prometía llenarse de estrellas.

Mientras vaciaba la pava con el agua ya fría al pie de un naranjo, Blanca intentó prolongar la charla:

¿Te enteraste de lo de Mr. Toad y...?

Pero su hermana la detuvo en seco: ¡ya, callate, Blanquita! Mañana me lo contás. ¿Querés que mamá nos rete?

Pero Blanca, cuchicheando, insistió:

¿Y lo de la Severa, lo sabés?

Celeste vio acicateada su curiosidad y quiso enterarse si se refería exactamente a quien ella se imaginaba:

¿La Severa Villafañe, decís? ¿La de La Rioja?

Sí, la novia de ese tal Facundo Quiroga, susurró Blanca mientras entraban en la casa por la puerta de la cocina. Dicen que quiere meterse a monja... Y él es tan lindo... vi una estampa suya en el diario El Rayo.

Eso de meterse a monja será por las palizas que él le da, le contestó su hermana, también con un susurro. Además el muy taimado será muy lindo, pero está casado y tiene un montón de hijos en La Rioja.

¡Mentiras!

¡Ja, ja! Sos una cándida, hermanita, te crees todo lo que te cuentan las chinitas estas, le reprochó refiriéndose a las sirvientas. Claro que está casado. Y es un hombre muy cruel y salvaje del que es mejor mantenerse alejada.

DOROTHY HENDICOTT

Dorothy era muy conocida en Buenos Aires, tanto por los de su clase como por el pueblo llano, que excepcionalmente, aunque fuera rica, la admiraba sin envidias ni rencores cuando, cada tarde, acompañada de la negra Prudencia, su nanny, de Gonzalo o de sus amigas íntimas paseaba por La Alameda o recorría las calles del centro, absorta ante las vidrieras de las tiendas de moda. Era de admirar su elegancia las veces que acudía a la ópera, o cuando iba a misa con su marido, envuelta en el gran velo negro de encaje que la cubría desde el peinetón hasta la cintura, y entre cuyos pliegues asomaba su libro de oraciones de nácar labrado; llegaba seguida a pocos pasos por los dos criaditos negros ataviados en traje de groom, con sus botoncitos dorados, el uno con una ofrenda de rosas blancas para la virgen y el otro con la alfombra recogida bajo el brazo, en la que habría de arrodillarse delicadamente su ama. Había sido su marido quien se los había regalado en su primer aniversario y eran dóciles y limpitos para lo poco que le habían costado.

El suicidio de su padre y al año escaso de su boda la muerte de su madre, en un accidente con la yegüita en la que acostumbraba a cabalgar en Los Sauces, fueron las desgracias que acabaron de forjar la melancolía de Dorothy, quien dejó de ser la misma no solo para sus amigas: a la vista de todos su carácter alegre se fue retrayendo paulatinamente como un caracol en su concha. Conservaba su encanto e ingenuidad pero su sonrisa había perdido frescura, y el brillo de sus ojos se había vuelto ligeramente acuoso, como de quien está punto de romper en llanto. Por profundo y sólido que fuera el amor que sentía por Gonzalo, no era suficiente para erradicar el desconsuelo de haber perdido a sus padres tan seguido el uno del otro. Una dolencia elemental dormitaba en su alma, una diminuta espina se ahondaba en su pecho. No obstante, continuaba siendo amable y dulce, rasgos que contrastaban con el talante seco de su marido, que se volvía más huraño según pasaban los días y veía desaparecer sus esperanzas de tener descendencia.

No era difícil deducir el motivo de la acritud de Gonzalo Carballido, con frecuencia y poco tacto se lamentaba de la falta de ese hijo que ultimara la felicidad de su matrimonio y garantizara la continuidad de su sangre. Y aunque pusiera como excusa a Dios o a su mujer, todos recordaban aquellos sarcásticos versos.

El hombre está obsesionado, se cuchicheaba en los salones porteños.

¿Tanto desea a ese niño?

Darling, hay mucha plata y no es cuestión que se desvanezca o pase a las arcas de la iglesia cuando ellos mueran.

Y Dori, ¿qué dice?

Ella no dice nada. Vos la conocés, es una santa, la pobre. ¡Con lo que ella lo quiere!

Todo había cambiado para Dorothy, incluso la arraigada costumbre de dejar la estancia Los Sauces a comienzos del otoño y regresar a la casona familiar de Barracas, donde se habían celebrado tertulias y veladas musicales donde se bailaba y cantaba hasta avanzada la noche. Estas fiestas bajo su techo habían sido proverbiales por el derroche tanto de generosidad como de espíritu y fantasía. El salón principal siempre había estado dispuesto hasta en los mínimos detalles para un baile o una soirée. Tan importantes, que las familias más destacadas acudían de todo el territorio cruzando la Pampa, atravesando las Sierras Grandes, internándose en el desierto, salvando las salinas, y poniendo en riesgo sus vidas, exponiéndose a malones o a matreros. Las fiestas en casa de los Hendicott habían marcado historia, ser invitado fue signo de alta estima, distinción y alcurnia. El más importante de estos acontecimientos en la historia de la casa de Barracas, había sido el baile de máscaras del 25 de mayo de 1820, con motivo del décimo aniversario de la independencia. A pesar del desconcierto y la anarquía generados por una constitución en ciernes, a la que se estaba dando cuerpo pero jamás cuajaba, y a la inestabilidad y malestar generados por los breves y continuos gobiernos, que duraban apenas días, no habían faltado gobernadores ni caudillos a la fiesta, y estuvieron presentes los embajadores de Londres y de Río de Janeiro, aliados por entonces contra la corona española; y el mismísimo gobernador de Buenos Aires, Idelfonso Ramos Mejía, se había presentado con toda su familia. Tenía Dorothy por entonces poco más de siete años, y aunque no se le había permitido estar presente, desde la barandilla del piso superior lo había observado todo oculta tras una frondosa palmera; con su camisón rosa y su gorrito de dormir, sus ojos bien abiertos siguieron cada movimiento de los invitados con enorme curiosidad. Pero lo que ella adoraba y evocaba llena de sentimiento, eran los veranos en Los Sauces, junto a Celeste —Blanca era todavía un bebé— y a Alberta, cada vez que venían a la estancia a veranear con sus padres o bien las enviaban acompañadas de sus celosas y eficaces nannys; también rememoraba con especial ternura el día que sus padres le participaron que tendría un hermanito con el que jugar y montar a caballo, y la llegada de Prudencia, no mucho mayor que ella, toda ojos asustados y mutismo, días después de nacer este. Se le llenaban los ojos de lágrimas al evocar aquel breve año, que fue lo que duró la vida del niño.

EL CIRCO LAFEROS SMITH

No tardaron en confirmarse las palabras del capitán Soler: se trataba de un auténtico tigre de Bengala huido aquella misma madrugada de las jaulas del fabuloso circo ecuestre Laferost Smith, que llevaba atracado en el puerto cuatro días y cuya gigantesca carpa de tres palos se alzaba en la rivera de La Alameda. Los porteños disfrutarían de las piruetas ecuestres de la señora Smith, la hermosa y joven ecuyère, y podrían deleitarse con las oberturas y arias de ópera, los equilibristas, los forzudos, los jinetes habilidosos, y algunos verían por vez primera en su vida, animales fabulosos como elefantes, leones, osos bailarines y monos amaestrados. Se anunciaron también como brillantes novedades mundiales a Eduviges, la exótica Mujer Lagarto, y Mr. Toad, el extraordinario Hombre Sapo.

Se corrió la voz de que el mismísimo don Juan Manuel de Rosas había declinado asistir a una función de gala en el Teatro de la Ópera para ir al circo con su familia. El rumor despertó en el acto la suspicacia del capitán Soler, quien decidió no acudir para no tener que verle la cara al chancho, según dijo; además, dedujo que tanto Dorothy como Rosalía irían acompañadas de sus respectivos maridos para, precisamente, coincidir con el general y que sus nombres aparecieran en las columnas de eventos de la alta sociedad de los diarios dominicales. Sería mejor acercarse otro día, al fin y al cabo el circo iba a quedarse en Buenos Aires una temporada larga.

Pero cuando esa misma mañana el capitán se hubo enterado por amigos y confidentes que Rosas no acudiría a la carpa hasta la semana siguiente, pues se hallaba de viaje por las provincias del Norte, le comunicó a su familia con entusiasmo y remarcado énfasis:

He cambiado de idea y sí vamos a ir al circo.

El capitán ignoraba que a los pocos minutos de empezada la función se vería entrar a Dorothy del brazo de Gonzalo a su derecha y del de su querida amiga misia Alberta Brawm a su izquierda, y el grupo se situaría a un lado de la entrada, en una de las primeras filas.

Blanca no pudo ocultar la alegría que le produjo coincidir con sus amigas, pues no se lo esperaba, y le dio un discreto codazo a su hermana, quien le hizo saber con un ligero gesto que ya los había visto. Como era de esperar en él, Bonifacio Soler no se preocupó en ocultar su disgusto, frunció el ceño y lanzó un prolongado soplido de fastidio. Su hija Celeste alcanzó a oírle murmurar algo, muy por lo bajo, pero no distinguió el contenido exacto de su queja, aunque lo adivinó y deslizó una mirada cautelosa a su madre, sentada junto a Blanca, pero lady Steagman no se dio por aludida y mantuvo la mirada fija en la pista, sin desviar un ápice sus ojos hacia los asientos donde se habían sentado Dorothy, su marido y misia Alberta. Estas, igualmente discretas, habían pasado casi desapercibidas para el resto del público merced al tácito y generoso acuerdo pactado entre las damas patricias de no acudir ni al circo ni al teatro con peinetones que no tuvieran más de cincuenta centímetros de envergadura. Lady Steagman de Soler se mantuvo en todo momento dignamente erguida en su silla de tijera, jugueteando con las redondas perlas de su collar, muy campante y digna, como correspondía a su categoría, educada para hacer de la indiferencia un culto y una virtud. Mientras tanto, su esposo disfrutaba a medias del espectáculo: cierto mal de fondo lo soliviantaba, oscuros pensamientos lo distraían de las elegantísimas piruetas que en esos momentos ejecutaba la señora Smith, que en equilibrio sobre el corcel en marcha sustituía sus faldas rojas de terciopelo por otras amarillas recamadas de lentejuelas y abalorios.

Cuando vio entrar a Gonzalo Carballido con su porte altivo, un apellido vino a la mente del capitán Soler, un apellido que no dejaba de darle vueltas en la cabeza, al igual que le ocurría a casi todo el mundo: el de los cuatro hermanos Reinafé, gobernadores todos ellos de Córdoba, aunque figurara solo uno en el cargo; y cada vez que lo recordaba la indignación le inflamaba el pecho y se le disparaba la imaginación por sombríos derroteros. No ser partidario de Rosas no implicaba necesariamente desear la muerte del gaucho Facundo, hombre cabal y fiel, federal, sí, pero al contrario de Rosas, partidario de una Constitución inminente; y había numerosas voces anunciándolo, y todos los rumores apuntaban a los cuatro hermanos, si bien otros señalaban al propio Rosas, fastidiado de que alguien como el gaucho pudiera hacerle sombra con su creciente popularidad. Y a Gonzalo lo habían visto más de una vez en sitios equívocos también frecuentados por el gaucho Santos Pérez.

Hacia la mitad de la función y justo en el momento en que Mr. Smith anunciaba con un megáfono de hojalata las virtudes extraordinarias de la Mujer Lagarto y del Hombre Sapo, e instaba a los asistentes a visitar sus carpas anexas, los ojos se volvieron sin poder evitarlo hacia una mujer, que nada más entrar se situó discretamente en las últimas filas. Era la dama ataviada de amazona que se había dejado ver en la Recova la mañana del tigre de Bengala, pero esta vez no venía de amazona sino en traje de paseo burdeos, con discretísimo miriñaque y un recogido sombrero con velo negro de muselina. Se produjo un ligero rumor general y el propio Mr. Smith se distrajo un instante de su labor de maestro de ceremonias para dirigirle una mirada furtiva, pero recobró al instante su discurso y continuó mintiendo:

Directamente llegados de las fabulosas montañas del Indostaní, estos inexplicables fenómenos de la madre naturaleza, caprichos del Creador...

Gonzalo y Dorothy, sin hacer apenas caso a las palabras del señor Smith, se miraron con incredulidad. Él mostró una leve sonrisa de desdén. Allí estaba su paisana la asturiana, su peor enemiga, la loca que nunca se dejaba ver por la capital y viajaba de incógnito en una inexpugnable berlina pintada de rojo inglés. Había oído rumores de que estaba por Buenos Aires, pero lo que menos esperaba era encontrársela en el circo, con lo poco que le gustaba a la Fresneda exhibirse en público.

UN VERANO CARGADO DE PRESAGIOS

En la capital el clima continuaba húmedo y pegajoso. A partir de media mañana, el sol ardía de tal forma que levantaba una densa bruma en la superficie del río y volvía el aire viscoso, la ropa se adhería incómodamente a los cuerpos que transpiraban sin tregua despertando el mal humor de las damas, que veían mermar a velocidades pasmosas los frascos de Agua de Colonia y lavanda. Una molicie aplastante obligaba a permanecer en las casas buscando, como los gatos, el rincón más sombrío y refrescado. Los patios apestaban como nunca a comida y carne podrida por más que se taparan los pozos de basura con tablones, bolsas de arpillera mojadas y una gruesa capa de tierra que había que apartar cada vez que se arrojaban desperdicios.

¡Ay, si de una vez por todas hicieran las cloacas!, suspiraban.

Pero, si ya están aquí los ingenieros franceses, señora.

¿No me diga?

Sí, llevan años aquí, pero seguimos sin alcantarillas.

Las tormentas comenzaron con mucho escándalo de truenos y abundaron las tardes con un cielo tan encapotado, tan plomizo, que cubría la ciudad con una noche prematura y obligaba a encender los faroles de sebo de las calles, aunque fueran las cinco de la tarde. Los relámpagos convulsionaban de añil las azoteas y poblaban los sueños de la gente con fantasmagorías y supersticiones; como un demente el cielo exaltado y eléctrico de Buenos Aires no paraba de disparar rayos y centellas de las que entran en las casas por el ojo de la cerradura. Las encopetadas señoras corrían a cubrir con paños oscuros los espejos para evitar desgracias. Aunque reinaba el mal tiempo no hubo lluvias demasiado intensas, ni horas de alivio para el sofoco porque, para más adversidad el Pampero venía caliente ese año. Nadie abandonaba su casa salvo por estricta necesidad; circulaban por las calles algunos esclavos y sirvientas descalzos, yendo a brincos para no quemarse la planta de los pies encallecida, saltando banquinas y esquivando charcos de agua fermentada, cumpliendo entre rezongos sus mandados. Aunque los enjambres de moscardones verdes iban por millares de un barrio a otro y se asentaban en el recogimiento de los patios, los porteños huían de las habitaciones y preferían tumbarse a la bartola en las galerías con malvones, bajo las pérgolas de Santa Rita, aunque tuvieran que estar continuamente aplastando insectos con matamoscas urdidos de palma. Al adverso clima se sumó el fastidio y la amargura creados por los caudillos de las provincias del norte, enfrentados en continuas bravuconadas, escaramuzas y crímenes, que habían llegado al colmo en Salta y Tucumán, donde Heredia y Latorre se abocaban a matarse mutuamente en una guerra civil. Y los gobiernos federales de las provincias del Litoral reclamaban al gobierno interino de Vicente Maza eliminar los aranceles aduaneros de los ríos.

¡Ya basta de aranceles!

¡Esto no hay quien lo pare!

El general Rosas es el único que puede hacerlo.

Pero no quiere volver a gobernar si no es con plenos poderes...

Todo estaba patas arriba por entonces y la suspicacia a flor de piel. Se rumoreaba mucho sobre las andanzas del gaucho Facundo Quiroga y su ejército de Colorados en la provincia de la Rioja, donde tenía su estancia, y se sabía de la misión que Vicente Maza le había encomendado: justamente, poner orden en Salta y Tucumán limando esas eternas asperezas entre los respectivos gobernadores caudillos: rencillas, conspiraciones, violencia... Pero todo se habría de solucionar a su regreso, cuando Rosas se decidiera a instaurar una constitución federal como venía prometiendo.

¡Solo don Juan Manuel puede parar esto!, decía la paisanada. Él tiene que tomar las riendas del país.

Vaya y ponga sosiego entre esos hombres. ¡Carajo!, ya va siendo hora de que dejen de pelear entre ellos, le había dicho a Facundo don Vicente Maza, a quien se lo vio más alterado, susceptible y adusto que nunca, porque sabía que Rosas seguía manejando los hilos desde las sombras, empeñado en mejorar las administraciones de las provincias antes de avocarse a organizarlas en la Federación. Era consciente, o suponía en definitiva, de que la estabilidad de su sillón de gobierno peligraba.

También estaban en boca de todo el mundo los nombres de los cuatro hermanos Reinafé, que gobernaban Córdoba, y unas veces se hablaba de ellos a favor y las más en contra, pues eran bravos, ambiciosos y capaces de cualquier cosa con tal de tener dominio, y recelaban de Facundo y su poder creciente.

¿Los hijos de Queenfaith?, preguntaría una dama de la aristocracia.

Sí, darling, los Reinafé como ellos se hacen llamar, pero el que manda de verdad es José Vicente, el mayor, precisaría otra dama.

Mandan los cuatro, diría una tercera.

Pero por sobre todas las elucubraciones había una que se cernía con creciente fuerza en el aire de las pulperías, una que olía a sangre allí donde fueran el gaucho Santos Pérez y sus secuaces —por entonces campeando en Córdoba—, y se les soltara la lengua por la bebida y la cólera acumulada en sus corazones, pues se la tenían jurada a Quiroga.

Dicen que al muy sotreta lo vieron en Buenos Aires hace un tiempo, conspirando en una fábrica de velas.

¿Conspirando?

Sí, señor, conspirando.

¿Contra quién?

¡Ah, no se sabe...! Pero ya puede figurarse, aparcero. E hizo un gesto con ambos índices a los lados de la cara como enrulándose las patillas.

MISTERIOSO ROMANCE

Cada tarde los porteños se daban cita en el circo y entre cabriolas, operetas y payasadas olvidaban por unas horas el malestar, la zozobra, la inseguridad reinantes en el territorio, que tantas veces acababan en sangre. La señora Smith y su marido lucían a diario sus saltos mortales ante un público poco exigente pero entusiasta. Los saineteros improvisan diálogos llenos de ingenio y picardía que provocaban la carcajada. Pero cada día el mayor triunfo se lo llevaban Eduviges, la Mujer Lagarto y Mr. Toad, el extraordinario Hombre Sapo, cautivando a los curiosos más obsesos y corajudos capaces de aguantar sin inmutarse la repugnancia y envilecimiento de ambos monstruos, e incluso disfrutando con sus gruñidos y regüeldos.

En relación a estos últimos se produjo un verdadero acontecimiento extraoficial, de mayor repercusión que la mismísima fuga del tigre de Bengala y de la supuesta conspiración contra Facundo Quiroga: un rumor que aseguraba que Mr. Toad —cuyo verdadero nombre era Herbert Edward Hancock—, había cautivado el corazón de una hermosa y distinguida dama.

¿Pero es una mujer normal?, se preguntaban.

Sí, normal... y además, muy hermosa.

¡Oh, darling, se ve cada cosa en este país!

Cada vez que don Juan Manuel de Rosas dejaba su estancia en San Miguel del Monte y volvía a Buenos Aires iba al circo, solo o con toda su familia. Fue lo único que pudo divertirlo, cambiarle el humor y apartarlo durante unas horas de los anhelos y deberes de poderoso ganadero y caudillo. Exento de reserva, libre para hacer lo que le viniera en gana, no ocultó su admiración por la afamada señora Smith y aplaudió y vitoreó rabiosamente las artes ecuestres de esta, incluso en presencia de su mismísima esposa, doña Encarnación Ezcurra, de la que siempre se dijo que era muy celosa, y de su bella y bondadosa hija, Manuelita.

Aunque el general parecía tener puestos en el espectáculo los cinco sentidos, mantenía en todo momento un sexto y un séptimo, si hacían falta. En su cabeza, aparentemente centrada en las cabriolas de los Smith, se barajaban nombres de destacados individuos, familias de unitarios con negocios en Inglaterra que no estarían dispuestas a perder sus beneficios derivados de la aduana, junto a nombres de voluntariosos federalistas, y los de asesinos y sicarios alertas a venderse al mejor postor para matar a quien hiciera falta, sin importarles las penurias del pueblo. Rosas fantaseaba de buena fe un futuro glorioso para las provincias del norte, con sus caudillos leales al frente, libres de la amenaza de malones, y también de industriales y comerciantes ávidos de acabar con lo poco que quedaba de la industria nacional; eran tan malvados los indios como los gringos, si bien estos últimos se decían civilizados, o tal vez por esto. A su lado, en la incómoda silla a la que por deferencia le habían puesto un colorido almohadón de lana, Encarnación Ezcurra no abandonaba su gesto frío y distante mientras tramaba con refinada astucia de zorra vieja —y a mayor velocidad con la que su marido hacía malabarismos con destinos humanos— cómo sacar partido al poder que en breve habría de recuperar este. Misia Manuelita, ajena a las cavilaciones de sus progenitores, relumbraba toda ella feminidad, dulzura y elegancia, blondas y lazos de terciopelo, mientras repartía sonrisas a uno y otro lado sin discriminar, y hacía volver constantemente la cabeza a los espectadores para admirarla, aunque perdieran momentos del espectáculo.

Cuando pasaron a la galería de los fenómenos expuestos en carpas más pequeñas, dispuestas a un lado de la principal, Rosas y su mujer quedaron fascinados con el aspecto monstruoso del Hombre Sapo y la Mujer Lagarto, pero Manuelita no pudo tolerar tanta fealdad y sordidez y se desmayó. Tuvieron que sacarla de allí en volandas porque no hubo sales aptas para devolverle el sentido.

RUMORES, CHISMES, HABLADURÍAS

De vuelta del circo, en casa de los Soler se respiraba un silencio incómodo, un malestar que se vería acentuado durante la cena, cuando apenas intercambiarían palabra y cada uno mantendría ridículamente fija la vista en el fondo del plato. Únicamente su esposa tuvo la delicadeza de intentar romper con el clima enrarecido haciendo dos o tres comentarios acerca del espectáculo circense, y en particular sobre la repugnancia que le había provocado no tanto el Hombre Sapo como la Mujer Lagarto; pero con tan poca fortuna había elegido el tema, que de inmediato hubo de disculparse reconociendo que no era de buen gusto mencionar a esos monstruos en momento tan delicado como la cena. Hizo un segundo intento de fracturar el velo de tirantez aludiendo a la inusual frescura de la noche, pero tampoco esta vez tuvo respuesta favorable, de modo que optó por callar, llevarse a los labios la copa de vino, alzar las cejas y suspirar sutilmente resignada a la derrota, mientras veía a su amada familia a través de la copa, deformada por las aberraciones del cristal.

Después de la cena, mientras tomaban una copita de licor espirituoso en la salita, sus hijas disfrutaban del aire perfumado del jardín aprovechando que la brisa proveniente del mar espoleaba hacia las afueras de la ciudad la pestilencia que durante todo el día había azotado a las indefensas almas. Celeste y Blanca hacían balance de lo ocurrido en el circo a la vez que se regalaban pequeñas y femeninas confidencias.

En realidad, querida, me tiene demasiado preocupada Dorothy, le confesó Celeste a su hermana. Cada día que pasa la veo más decaída. Parece no superar nunca la terrible pérdida de sus padres ni las ofensivas mentiras vertidas por los diarios. ¿Vos no la notás como si estuviera en Babia?

Darling, Dorothy siempre ha vivido en Babia, contestó al vuelo su hermana, que a pesar de sus pocos años era muy perspicaz.

No seas cínica, decime la verdad, ¿no te parece que muchas veces está en la luna de Valencia?

Sí, es cierto. Y además la veo triste... amargada. ¿No viste la cara que tenía en el circo? ¿Vos crees que realmente es feliz con Gonzalo como afirma? Porque a mí, si te digo la verdad, me parece que desde que se casó con el Gallego está más amargada que antes; aunque ella lo niegue, según vos me dijiste...

Shhh, bajá la voz, Blanca, que tatita y mamita podrían oírte.

¡No me importa! ¡Que me oigan, si quieren!, protestó Blanca con pueril enfado y soberbia. Yo la veo desmejorada, y esa es la verdad...

Vos no comentes nada, dijo Celeste, inclinándose hacia su hermana con gesto confidente. Dorothy está así porque..., y se quedó callada mientras comprobaba que no había sirvientes merodeando por el jardín. Enseguida continuó, con afectada gravedad: hermanita, vos sabés como todo el mundo lo sabe que Dorothy no puede tener hijos y teme perder a su marido. Ese es el asunto.

¡Oh! ¿Entonces no son verdad los versos del El Loco Machaca Batatas?

Justamente, querida, es verdad, porque es él y no Dori el impedido para procrear.

¿No me digas?

Sí, él no puede. Ya está confirmado. El doctor Abregú, que siempre estuvo a la cabecera de su familia y de la nuestra, y que vos sabés muy bien que es toda una eminencia, habló seriamente con Dorothy y se lo explicó. Y ella, por fin, me lo confesó entre lágrimas. Pero, por favor, Blanca, no se te ocurra decir nada, que te conozco, y sos una bocarrota.

¿Yo, bocarrota?, saltó esta alterada, poniéndose de pie y llevándose ambas manos al pecho, herida en su amor propio: vos sí que sos una chismosa, que el otro día le dijiste...

¡Callate, sonsa! Si querés que te lo cuente hacé el favor de cerrar la boca y escucharme.

Bueno, está bien, refunfuñó Blanca, recuperando la compostura, y volvió a sentarse junto a su hermana dispuesta a una larga confidencia, mientras se retorcía con nerviosismo un bucle que le caía sobre la frente.

A LA CAZA DEL TIGRE

En cuanto el señor Smith se enteró de que su magnífico y valioso felino adquirido en la Rubia Albión había sido visto en la Recova, acudió a las autoridades y lo reclamó ofreciendo una recompensa de cincuenta pesos a quien lo capturase vivo, preocupado más por la valiosa pérdida del animal estrella que por el daño que este pudiera causar a la gente si le entraba el hambre.

Dos días seguidos lo buscaron las fuerzas del orden y al no hallar pistas, decidieron acudir a un viejo gaucho baqueano, un hombre de porte impresionante, envuelto en un poncho rojo mugriento y raído, con una larga melena blanca, que hacía ostentación de una sonora rastra cargada de monedas españolas de plata. Se descalzó para no estropear posibles huellas y no tardó en dar con las del bicho, que conducían hasta las afueras de la ciudad, más allá de la curtiembre y la fábrica de velas, pero allí se perdían. Cuando en cuclillas observaba el abrupto final de las huellas, el hombre fue sacudido por un presentimiento que le torció el gesto de por sí fiero y le hizo desistir de seguir buscando, rehusando la jugosa recompensa prometida por el señor Smith. Solo una cosa se le oyó afirmar entre dientes, y no volvió a repetirlo:

Ese tigre tiene alma de hombre... o de mandinga.

En sus ojos esquivos se reflejó un miedo inusual. Dio media vuelta, montó en el pingo y se alejó al galope sin mediar palabra ni admitir un solo peso por sus servicios. Solo aceptó en pago dos botellas de caña y unas cuantas lonjas de charqui.

Nunca volvería a verse al tigre de Bengala pasear por las calles de Buenos Aires, pero los vecinos que pudieron admirarlo no olvidarían jamás su aire espléndido, sus líneas de azabache sobre el fondo de oro intenso. Tampoco imaginarían que meses después, a más de ciento cincuenta leguas de allí, en la Villa de Cosquín, el mismo animal trastornaría la de por sí atribulada existencia de las hermanas Adoradoras del Cuerpo Incorrupto, y en particular acabaría de sacar de quicio a sor Estigma y a la inocente Severa Villafañe.

LA CONJURA

Desde que el mayor de los Reinafé asumiera el gobierno de Córdoba secundado por sus tres hermanos (gobierno al que había llegado después de derrotar y aprisionar al general José María Paz, quien previamente había invadido la provincia y lo había protegido a él sin reservas), el gaucho Santos Pérez andaba inquieto, no se sentía completamente a salvo en su republiqueta de Santa Catalina, notaba que influencias y poder se le iban de las manos. Mejor sería acudir a la cita de los irlandeses, a ver qué mierda querían.

En la Casa de Gobierno de Córdoba donde los cuatro hermanos gobernaban simultáneamente, habían tenido lugar reuniones secretas en las que habían hablado y elucubrado sobradamente del gaucho Facundo, de sus posesiones, sus minas, su fortuna sólida y creciente; también habían mencionado con enorme preocupación el carisma que generaba en determinada gente de la capital y en el paisanaje, quienes cada día mostraban mayores respeto y estima por el gaucho, deslumbrados por su estampa recia y su renombre de valeroso, leal a la patria y al general Rosas. Con preocupación habían discutido respecto de la sombra que podía hacerle a este al frente de un segundo gobierno de Buenos Aires, aunque Rosas fingiera indiferencia con el intermitente retiro en su estancia Los Cerrillos, y se negara a asumir el poder sin un plebiscito popular que lo legitimara, cada vez que se lo proponía la Cámara de Representantes y el mismísimo pueblo. Que Facundo andaba coqueteando con el poder nadie podía negarlo. Aunque no lo manifestara abiertamente tenía sobrados motivos para hacerlo, porque el pueblo lo reclamaba a voces, porque era un héroe, y se necesitaban héroes para forjar el futuro lleno de gloria que se perfilaba tras la costosa independencia, porque el gaucho era el hombre llamado a enfrentar y combatir los continuos conatos invasores del absolutismo español, que no se resignaba a la pérdida de estas tierras, las permanentes incursiones de los gringos ávidos de nuevas y más ricas colonias, y los progresivos amagos de Francia por desplazar a los ingleses en el comercio e importaciones. Asimismo, era la persona adecuada para recuperar y reconstruir una industria nacional que evitara la absoluta dependencia del puerto y la aduana. El gaucho tenía, además, un ejército leal, fiero y bien armado. Y Córdoba no dudaría en acogerlo al frente de su gobierno. Facundo sería bienvenido por el pueblo, pero jamás por los cuatro irlandeses que gobernaban, y que acababan de sofocar una revolución por parte del general Huidobro, casualmente, amigo íntimo de Quiroga. ¿Qué duda podían albergar los hermanos de las intenciones del ambicioso Facundo?

¡Quiere hacerse con Córdoba! Como quiso apropiarse de las minas que explotaban en el Cerro Famatina, los gringos de la River Plate Mining Association, dijo José Vicente, el mayor de los hermanos.

Sí, las que les dio Rivadavia a cambio de jugosos favores, agregó el menor, soltando una carcajada.

¡Tenemos que impedir que el gaucho nos pase por encima¡ Ya sabemos que es poderoso y tiene un ejército fiel a sus órdenes, armado hasta los dientes, pero no podemos permitir que llegue a nuestra tierra, reiteró José Vicente.

Santos Pérez abandonó el despacho de los Reinafé con específica encomienda, más envalentonado y buen mozo que nunca, porque el odio le hacía brillar los ojos con inusual belleza. Le habían dado la orden que tanto llevaba esperando, que lo conminaba a ejecutar cuanto antes lo que hacía tiempo venía pregonando a los cuatro vientos por pulperías y reñideros. Partió con sus cuatro hombres de toda confianza, además de con Isidoro Reinafé y una cuadrilla de esbirros rumbo a Ojo de Agua. De allí, cabalgando bajo un aguacero, cruzaron el monte y llegaron a las proximidades de Barranca Yaco, donde eligieron un claro en lo alto de un montecito. Las piedras aliviaban el barro e inmensos quebrachos colorados comulgaban sus ramas en lo alto formando un entramado que a medias resguardaba. Y allí se apostaron, empapados, masticando la furia y tragando aguardiente y aloja a raudales para calentarse el cuerpo y darse bravura. Bebieron y escupieron maldiciones y juramentos por esas bocas hasta encorajinarse y convertirse cada uno en el mismísimo mandinga.

Ahora solo quedaba esperar a que asomara la galera en el monte. No tardaría mucho en pasar por allí el gaucho Facundo a su regreso de la misión que Maza le había encomendado y de la que volvía triunfador, con la paz firmada por Heredia y Latorre.

LLEGAN BARCOS DE ESPAÑA

Ese verano no pararon de llegar un buque mercante tras otro, la mayoría provenientes de Manchester, con variedad de géneros y artículos: ponchos confeccionados en Gales con finísima lana merino argentina; para sastres y modistas se importaron bramantes, bayetón, casimir, blondas, felpas, muselinas, manquín; las damas pondrían a disposición de sus modistos franceses sedas japonesas exquisitas, así como encajes de Bruselas, Milán y las Antillas Holandesas, e ilustraciones y estampas con patrones a la moda parisina, que Uruguay acaparaba tras ser interceptadas por sus damas ilustres. Las familias acaudaladas por fin dispondrían de porcelanas y vajillas de Sevres, Limoges, La Cartuja, y también de loza sencilla, de cuberterías de plata y alpaca, y cristalería. Llegaban también las codiciadas fragancias de Grasse y Eau de Toilette de monsieur Jean Marie Farina, que darían justa fama a las damas porteñas de aseadas y elegantes, elegancia que remataban con el miriñaque amplio y el desmesurado peinetón de nácar o carey, que para hacer peinetones estaba el genial maestro Mateo Masculino. El resto de porteños y los pobres habrían de conformarse con ropas de sarga o algodón, con chancletas, y habrían de perfumarse con sus propios olores corporales.

Buenos Aires crecía a velocidad de vértigo, las calles de tierra partían del Paseo de la Alameda y se prolongaban hasta perderse en el horizonte plano. A cada paso, a ambos lados de las avenidas principales se alzaban nuevos edificios marmóreos, brotaban cúpulas como frutas maduras, se erigían columnas altísimas que sostendrían solemnes alegorías, e iban las calles multiplicándose hacia el norte y al oeste, y si no iban libremente hacia los cuatro puntos cardinales era porque el mar y el inmenso y ancho Río de la Plata se interponían en el desaforado crecimiento. Ingenieros y arquitectos llegaban de la vieja Europa pletóricos de arrojo y entusiasmo, trazaban sobre el papel sutiles redes de cloacas y aguas corrientes que no irían más allá de entelequias vanguardistas; aquí y allá se multiplicaban los barrios periféricos y el centro de la capital era un precioso altar al que adorar por su grandiosidad y belleza, al margen de las moscas, los mosquitos asesinos y la pestilencia de los pozos de basura; pero algo no crecía con ritmo paralelo a la ciudad: las industrias, que eran débiles, rezagadas. Había que importarlo todo y a diario aumentaba el número de barcos rebosantes de artículos de primera necesidad y también de baratijas y objetos superfluos, y de hombres y mujeres en busca de una vida mejor o de fortuna. Pero junto a estos buques llegaban otros menos felices, cargados de negros para servir a bajo o ningún precio, y también los más fuertes y valerosos para combatir en las guerras fratricidas, porque a pocos importaban sus vidas y perderlas no creaba apenas cargo de conciencia.

El Nuevo Mundo era tan prometedor y era tanta la abundancia en estas tierras todavía vírgenes...

¿Y dice usted que hay indios?

¡Sí!

¡Oh, my God...!

Pero el ejército del general Rosas con sus campañas los mantiene a raya en el sur, darling. Hay fuertes llenos de militares valientes por toda la República y el Gobierno paga por cada par de orejas de indio, y los que quedan vivos y son más peligrosos, no están aquí en Buenos Aires, esos están más lejos, a cientos de leguas.

CURIOSOS INMIGRANTES

Además de llegar de Europa selectos profesionales y maestros artesanos dispuestos a engrandecer con su trabajo las Provincias Unidas, junto a ratas y chinches nacidas y engordadas en las bodegas roñosas de los barcos, lo hizo también un rutinario ejército de cazafortunas y aventureros; petimetres engreídos de cuello duro codeándose con románticos, bohemios tísicos y sifilíticos que venían de París; avaros comerciantes judíos oriundos de Holanda y marranos provenientes de Cataluña; ladrones ingleses de guante blanco camuflados de dignos industriales textiles; familias enteras de fornidos ganaderos o armadores vascos; viajeros inquietos, evolucionistas enviados por la reina Regente de Inglaterra, geólogos dispuestos a refutar la esencia divina de las piedras; científicos mesméricos, espiritistas o simples charlatanes; esclavos negros de Guinea encadenados en ristra como si fueran ajos, respetables maestros masones de ritos antagónicos; y sobre todo llegaron miles de inocentes con el corazón a reventar de ilusiones.

Entre toda esta diversidad destacó una singular mulata portuguesa que no venía del viejo continente sino de la rivera oriental, de Uruguay, y se presentaba a sí misma como Agostinha das Luengas Castelo-Pita, versada en santería, macumba y afamada adivina. Era —a todas luces y por más que se esforzara en ocultarlo bajo atuendos impolutos de santera, profusión de abalorios de concha al cuello y envoltura exótica de linos que remataba con un papagayo al hombro—, una mujer vulgar, pero con la práctica y viveza alcanzadas en una existencia llena de avatares e infortunios. Para cualquiera con un poco de intuición o sentido común, Agostinha era, sencillamente, una charlatana y tunanta profesional de la que convenía mantenerse alejado, o bien tenerla como amiga y nunca defraudarla.

LAS ADORADORAS DEL CUERPO INCORRUPTO

Una mañana brumosa fondeó un buque español que desde el momento en que abrieron sus bodegas levantó un sinfín de rumores. En ellas venía medio centenar de bancos de nogal para la catedral y dos docenas de baúles repletos de objetos litúrgicos preciosos, además de un surtido de rosarios de nácar y cristal de Murano, crucifijos de ébano, y muchos rollos de telas específicas para los hábitos de las escasas órdenes religiosas que aún quedaban por entonces, ya que la mayoría habían sido desacralizadas por el gobierno unitario y liberal de Bernardino Rivadavia.

Monseñor Villaviciosa, obispo de Buenos Aires, fomentaba esas importaciones de religiosas sin mucho criterio, con el único afán de repoblar los conventos, o convertir a infieles rezagados en los rancheríos, o bien para su propio prestigio.

Se apiñaban los curiosos a la orilla del muelle, cuchicheaban señalando con un dedo los enormes baúles, los fardos y cajones.

No, si en este país han estado mandando los masones. Primero nos quitan los conventos y ahora vuelven a ponerlos aunque no tengamos monjas.

Esto es cosa de España, que no se resigna...

Sí, querida, pero aquí siguen mandando los franceses, que son unos ateos y unos desgraciados; pero ya se encargarán el general Rosas y su mujer de poner las cosas en su sitio.

Sin embargo, no fueron los canastos y baúles cargados de objetos sagrados los que generaron tanta curiosidad porque, aunque se sabía de ellos, no estaban a la vista; sino una veintena de monjas comandadas por un fraile llamado Narciso, miembros de la orden de las Adoradoras del Cuerpo Incorrupto, recientemente instaurada por un tal Miguel Pastrana de Almeida y Garay, sacerdote jesuita excomulgado bajo la acusación de anatema, blasfemo y sacrílego, a raíz de una dudosa tarea mesiánica en Paraguay donde se decía que había renegado de la fe cristiana poniendo su alma al pie de ídolos paganos, y cuya muerte, a manos de un puñado de nativos, fue muy sonada en ámbitos tanto eclesiásticos como seculares a causa de la manifiesta crueldad, pues hicieron de él un alfiletero viviente en el transcurso de un ceremonial en el cual los indígenas se excedieron con brebajes de mandioca fermentada y hierbas alucinógenas. Tanto fray Narciso como las monjas venían destinados a un convento de la provincia de Córdoba, en la Villa de Cosquín, donde tenía su fabulosa mansión la excéntrica ricachona Aurora de Fresneda.

El edificio asignado, regalo de Rosas, que en su primer mandato había ordenado habilitarlo una vez que hubo restaurado la doctrina Católica Apostólica Romana, había pertenecido a las monjas dominicas. Se trataba de un conjunto deslavazado de edificios bajos, pegados unos a otros, construidos con adobe y madera de quebracho y algarrobo, con más sótanos que alturas, y en su mayor parte derruido. Tenía en pie, eso sí, un hermoso y muy elevado campanario desde el que podía verse todo el valle. Había ocurrido que, a pesar de la buena voluntad del general Juan Manuel y sus consecuentes promesas, se había acabado la plata y la restauración del edificio quedó a medias; después, el tiempo y la desidia hicieron el resto. Mucho lo lamentó monseñor, pues estas religiosas le caían simpáticas aunque no estuviera reconocida su estrafalaria orden por el papa Gregorio XVI.

Eran muchachas jovencísimas, de espesas cejas, gesto sombrío y enjuto, y no hacía falta acercarse mucho a ellas para descubrir que olían bastante mal. Vestían hábitos de riguroso negro que parecían hechos con vendas, retazos y remiendos de tela basta de sarga; colgado al cuello llevaban un gran crucifijo de madera que afirmaban estar tallado en un trozo de la única y verdadera cruz de Cristo, e iba recatado y amorosamente envuelto en delicadas tiras de seda negra. Desde el momento de su ordenación hasta el día de su muerte, ceñían un cinturón de castidad de cuero que jamás se quitaban, ni siquiera para las necesidades más íntimas, pues tenían estos una hechura y ciertas aberturas pensadas para tales propósitos: una rejilla por delante y un orificio por detrás, rodeado de púas ligeramente orientadas hacia fuera. Este cinturón les exigía permanecer casi todo el tiempo de pie o reclinadas y las preservaba de caer en garras de la concupiscencia o de indígenas y negros violadores, y a pesar del desagrado, de las llagas y escaras que el rígido talabarte les producía, aceptaban el tormento como penitencia y prueba de su amor por el cuerpo incorrupto del Señor.

Comandaba a las monjas sor Estigma, una hermosa vasca, alta y delgada, de unos cincuenta años, mirada torva, gesto duro, y poco locuaz. Fray Narciso, en cambio, era natural de Castilla, y su destino último le entregaba el rebaño de feligreses de la parroquia de la Villa de Cosquín: rancherío miserable y desvencijado de apenas una treintena de habitantes achinados y morenos, un centenar de perros flacos y garrapatosos, media docena de viejas gualicheras y lloronas de oficio, y unos cuantos monstruos, demonios, basiliscos, cuerudos y aparecidos. Era este hombre un joven de rostro noble, afilado y pálido, con oscuras y profundas ojeras coronadas por cejas densas, bellamente dibujadas para albergar unos ojos azules intensos, penetrantes a la vez que soñadores, y dulces si se lo sorprendía en un descuido, enfrascado en sus pensamientos u oraciones. Pero cuando sentía desnuda su intimidad se ruborizaba ligeramente y se volvía un ser indefenso, alteraba el gesto con un rictus distante, defensivo, y las pupilas bloqueaban automáticamente la entrada al fondo de sus ojos para que nadie pudiera leer en ellos. Su estampa era recia, fuerte y un tanto rústica, como la de un campesino, pero en sus ademanes y gestos se notaban una delicadeza y elegancia sutiles, acaso rastros de una antigua nobleza de sangre. En cuanto a la sobriedad castellana de su espíritu, pronto se vería alterada ante la presencia de los animosos, fantásticos y variados estímulos que la nueva tierra proponía a cuantos ponían pie en ella.

LA ADIVINA

Margarita Carneiro era hija de una esclava caboverdiana liberta y un reo portugués, muerto en la horca por piratería cuando ella tenía unos catorce años. Si antes de morir su padre su vida ya había sido un calvario, a partir de entonces se convirtió en un verdadero tormento, pues madre e hija se vieron de un día a otro en la más flagrante desprotección y miseria, viviendo en un sótano a merced de cucarachas y ratas, en uno de los barrios bajos de Lisboa, tanto que su madre no tuvo otra salida que entregarse a la mala vida y vender a su hija al mejor postor: un capitán de goleta de bandera inglesa, con fama de desquiciado, un hombre rubicundo y obeso que, encaprichado de la muchacha, pagó por ella un buen puñado de monedas de plata.

Cumplidos los quince años llegó a Brasil siendo una hermosa mulata de piel sedosa, de mano de este hombre de mar que, al cabo de dos meses y medio de travesía por el Atlántico, nada más fondear una madrugada en tierra brasileña la echó a patadas del barco con lo puesto y un ojo en compota, diciéndole que debía de estarle agradecida pues le perdonaba la deuda y la dejaba en libertad para hacer lo que le viniera en gana. Y no contento con esto, desde lo alto del castillo de proa la había insultado llamándola perra, fulana y otros primores, y le deseó, de paso, que se pudriera en esa tierra de alimañas y antropófagos.

¡A ver si te comen!, habían sido las últimas palabras que resonaron a espalda de la muchacha.

Pero Margarita, si bien jovencita, era una muchacha fuerte, consciente de su atractivo y seducción con los hombres; la naturaleza no había sido mezquina con ella y lejos de preocuparle su inesperada y precaria situación se vio libre como un pájaro para reiniciar su vida como le viniera en gana. Carácter nunca le había faltado, ni viveza ante el panorama que se abría a sus ojos, tendría que dejar a un lado los magros principios morales conservados entre los pliegues de su alma de niña y emplearse a fondo en la conquista de la populosa ciudad de Río, donde pronto se sintió como pez en el agua.

Altiva, engalanada con su ojo morado, deambuló por los arrabales del puerto hasta mediar la tarde. No necesitó más porque era tan linda que al instante los hombres pusieron sus ojos en ella. Pero solo uno de los muchos que le echaron las redes, solo uno, treinta años mayor que ella, feo pero de buena cuna, fue el afortunado. Margarita lo prefirió porque le vio cara de buena persona —si bien cerraba los ojos para no vérsela cuando lo tenía encima—, pero sobre todo por su dinero, ya que a la legua se lo notó en la vestimenta afrancesada y en los zapatos relucientes con hebilla dorada y sin una mácula de barro a pesar de las calles encharcadas, llenas de porquería y bosta de caballo y de burro. Este buen hombre se la llevó a su lujosa casa, la desnudó, la metió en una tina con agua tibia y una vez restregada con esponja de mar, una cosa llamada jabón que producía una espuma volátil, y perfumada con agua de rosas, la llevó a su cama donde la trató con dulzura. No se equivocó Margarita en la elección, aunque tampoco le fue como había imaginado. Año y medio disfrutó de una vida regalada, vestida con lo más rancio de la moda europea, trajes, calzado, sombreros y alguna que otra joya de poca monta, y cebada con manjares, pero tristemente prisionera en jaula de oro, sin salir a la calle ni asomarse a las ventanas cerradas con fallebas y candados. De nada le servía llevar trajes de encaje y seda encima de los rígidos y pesados miriñaques, ni calzado de tafilete y sombreros de muselina, si únicamente podía lucirlos ante el fofo de su marido y un puñado de oscuras sirvientas, envidiosas y malas, que a sus espaldas le hacían vudú; de qué le valían afeites y coloretes cuando únicamente los espejos podían admirar su belleza. Se moría de aburrimiento y languidez entre las cuatro paredes, rodeada de muebles taraceados y bibelots de biscuit, en una casa enorme en la que solo podía ver el cielo y las calles desde la tupida balaustrada de una altísima terraza, y donde no hacía otra cosa que mandar a hacer recados a las sirvientas e inflarse a compota de queso y dulce de guayaba, dulces y confituras que las negras elaboraban para mantenerla entretenida y conseguir que las dejase en paz con sus caprichos.

Tu deves entender que nâo podem nos ver juntos, que nâo podemos passear pelas ruas, tampouco ir à opera como fazem as demais pessoas no Rio, se defendía él de las quejas de Margarita, argumentándole modosamente en su portugués con fuerte acento afrancesado: Tu és negra. Nâo existe espelho onde possas verte?

El hombre la trató bien, nunca le puso una mano encima, incluso se encariñó con la muchacha, pero ella no llegó jamás a quererlo, ni siquiera a estimarlo, y al cabo de año y medio, harta de vivir encerrada, cuando el hombre se hubo ausentado a sus negocios en Minas Gerais, mientras las criadas trabajaban en la cocina confiadas plenamente en la fingida docilidad de su ama, y la gobernanta de la casa mercadeaba en busca de jengibre para sus rosquillas, aprovechó para abrir a hurtadillas la puerta de calle con una llave vieja que en sus vagabundeos —las ocasiones en que, muerta de aburrimiento, se dedicaba a recorrer las dependencias y expurgar los altillos— había hallado en un arcón lleno de estampas galantes y poesías picaronas, y se lanzó a la calle envuelta de la cabeza a los pies en una pañoleta renegrida. Esta vez se llevó algo más que lo puesto y anduvo sin morados en los ojos. Sus discretas joyas y un puñado de monedas de plata que a lo largo de los días había ido sisándole al hombre con artimañas, le fueron suficientes para escabullirse al extremo opuesto de la ciudad, a un barrio de mala muerte donde alquiló un cuarto en una pensión de la rua del Nuncio. Allí vivió sin demasiada penuria empeñando las joyas y llevando recado a alguna dama, pues se le daba bien hacer de correveidile y alcahueta, y eran muy valoradas su agudeza y discreción.

Al cabo de un año, un general prusiano retirado con ínfulas de naturalista la hizo su amante y la mantuvo con piso propio durante unos meses, hasta que el hombre enviudó y, liberado de la opresión de su recalcitrante mujer alemana, decidió cumplir el sueño de su vida: un intrépido viaje por el Amazonas. Le pidió a Margarita que lo acompañara en la aventura, pero ella se negó rotundamente diciéndole que sus delicados pies no habían sido hechos para hollar la selva ni ella para tratar con aborígenes y animales salvajes, pues era una mujer moderna y cosmopolita, habituada a comodidades y al trato social refinado. A cambio de asegurarle un futuro próspero mediante falsas promesas, diciéndole que había heredado de su difunta esposa una sustanciosa renta e inmensas propiedades en Baviera que pondría a su nombre, el hombre fue convenciéndola hasta que Margarita cedió.

En la más profunda selva, agobiada por insectos, serpientes y arañas venenosas, hastiada, sin poder lucir sus preciosos vestidos que llevaba de un lado a otro en enormes y superfluos cofres, desesperada y sin consuelo, experimentó de manos de un chamán de la tribu Corindó, tras ingerir de una calabaza una amarga sustancia hecha de hierbas y hongos fermentados, una experiencia mística que marcaría su derrotero para el resto de su vida. Fue en esas selvas donde contrajo la viruela introducida meses antes entre los inermes aborígenes por un jesuita catalán encargado de reclutar almas para Cristo sin clamorosos éxitos. Margarita quedó marcada en su cuerpo por la viruela y en su alma por esta experiencia mística.

FRAY NARCISO

A poco de llegar a puerto, después de haber descansado unos días en un convento de la calle Reconquista, las religiosas salieron con sor Estigma a la cabeza en cuatro galeras rumbo a las sierras de Córdoba, escoltadas por treinta militares andrajosos que para la ocasión, sin embargo, habían sido bien pagados a fin de que además de protegerlas de alimañas y salvajes malones ninguno se propasara con ellas. Llevaban cinco carretas tiradas por bueyes, cargadas con herramientas de huerta, cestos y arcones repletos de vajilla, objetos de liturgia —entre los cuales había una talla policromada de la virgen del Pilar de la que eran devotas en secreto—, e íntimos y bastos ajuares de lino bruto, franela y sarga. Fray Narciso, en cambio, hubo de quedarse en Buenos Aires varios meses antes de trasladarse a la parroquia asignada, en espera de las directivas de monseñor Villaviciosa. El fraile se hospedó en las bastas dependencias del obispado, en una celda espaciosa cuya única ventana de pequeñas dimensiones daba a un hermoso y fresco jardín interior, poblado de aves desconocidas para él, tales como chingolos, horneros, cardenales de cresta encarnada, tordos renegridos, benteveos chillones y teros corredores, aves vocingleras que a escasos minutos de rayar el alba lo sacaban del sueño.

Y a pesar del hedor a basuras putrefactas, de los mosquitos, tábanos y moscas que empañaban la idílica Buenos Aires, recorrió de la mano de un negrito descalzo las calles llenas de vendedores que voceaban sus insólitas mercancías, con acento no menos musical que el de las aves que le despertaban por la mañana y cadencia tan pegajosa como el propio clima. Fascinado por las maravillas del nuevo mundo, comió o probó de todo en esos días: mazamorra, chuño, pasteles de batata, arrope de chañar, y otros dulces exóticos; locro con ocote, chinchulines, achuras, empanadas, chicharrones y humita en chala. Incluso se permitió jugar a la taba con unos aparceros y se atrevió con una riña de gallos; y si no subió al palo enjabonado fue por sus sotanas y no por falta de ganas. Pero sobre cualquier otro hallazgo se deslumbró y rindió al placer del mate, desde el momento en que puso sus labios en la bombilla de plata, sorbió el líquido ardiente y hubo superado el amargor y las primeras diarreas, cayó bajo su embrujo y se aficionó a él tanto o más que cualquier criollo.

Lejos estuvo entonces el curita castellano de percibir el desasosiego disimulado tras los buenos modales y educación de la clase porteña, nada supo por esos días de inquinas y rencores, ni de luchas intestinas, ni de la sangre derramada a lo largo del pasado colonial, ni de cuánta habría de derramarse todavía en un interminable y oscuro futuro.

LA SEVERA VILLAFAÑE

No paraba de diluviar en toda la provincia de Córdoba. El cielo parecía revestido de una capa de plomo dispuesto a desmoronarse; furibundo y relampagueante se partía en dos con cada fogonazo. Quienes tenían la fortuna de poseer espejos los cubrían con paños oscuros para no tentar la cólera del cielo con sus centellas errantes, pues el firmamento argentino cuyo color había inspirado la bandera patria, llevaba tiempo sublevado, irascible como si presintiera las heridas mortales que se abrirían en breve, como si hubiera olisqueado los vapores calientes de la sangre que se derramaría copiosamente sobre las sierras y montes de tan hermosa provincia.

Bajo una lluvia similar, semanas antes el brigadier Facundo Quiroga había partido desde la capital hacia el norte dispuesto a zanjar las diferencias entre los caudillos Latorre y Heredia, que en Salta y Tucumán no dejaban de hostigarse el uno al otro, inmersos en una cruel guerra civil, cegados por la codicia, carcomidos hasta los tuétanos por el tumor negro del poder. Allí fue Facundo a pacificarlos con buenas palabras y magnánimas promesas de equidad, dispuesto a hablarles de la forma republicana y federal de gobierno que estaba en ciernes, iba encomendado por el propio Juan Manuel de Rosas. Allí acudió en llamado «Tigre» por su valerosidad y fiereza. «El tigre de los llanos», porque por aquellos cerros se había topado con un jaguar (que la leyenda quiso confundir con un tigre, y que otros vieron como un invencible uturunco), y el gaucho lo había enfrentado y le había dado muerte sin más armas que su afilado facón.

Pero tenía un capricho el brigadier, llevaba una temporada con una espina puntuda alojada en su pecho, y la púa era hembra y se llamaba Severa, Severa Villafañe, muchacha jovencísima, linda y virtuosa, aunque sencilla, casi analfabeta, y huérfana, pero no por ello desamparada e indefensa, ni tampoco necesitada de cariño. Respaldada en su honestidad, la Severa postergaba continuamente sus promesas, esquivaba a Facundo, le daba largas, porque en el fondo de su firme corazón se enroscaban finas culebras de resentimiento y animadversión, prefería verse muerta que entre los brazos de aquel hombre, porque estaba harta de los golpes que el gaucho le había propinado unas cuantas veces creyéndose su dueño y señor.

¡Es un bruto, un animal!, le diría en más de una ocasión a su confesor. Si bien la Severa albergaba un doble sentimiento, pues le gustaba el gaucho por su estampa recia, sus pobladas patillas enruladas y la barba renegrida bien afeitada. Me la afeité por vos, Severa, le había dicho poniendo cara de santo, de no matar una mosca. También estaba su fama de hombre íntegro, corajudo como nadie y leal a la causa de las provincias y al general Rosas: un héroe de las guerras fratricidas que había logrado pacificar al país con su ejército de montoneros. Pero ella prefería evitarlo por héroe que fuera, mantenerlo alejado de su persona y de su vida, porque además de ser hombre violento estaba casado y tenía seis hijos, y ella era piadosa y decente.

Antes de dirigirse al norte con su encomienda, decidió pasar por La Rioja, su tierra natal y feudo, e incluso antes de ir a su casa para ver a su mujer e hijos, Quiroga decidió saludar a la Severa.

En el trayecto recibió una carta en respuesta a una suya, de puño y letra del General Rosas: «No es el momento oportuno para organizar el país bajo una constitución, y hay que dejar que el tiempo facilite una evolución natural de los hechos», le decía. Esto le bastó para sublevarlo y ponerlo de mal humor, con esta atribulada dilación el general ponía en peligro todo cuanto él había hecho, desmerecía la lucha mantenida durante tanto tiempo hasta poner orden en la anarquía, rebajaba la sangre de sus montoneros derramada por el ideal de una constitución soberana, por un estado federal justo para todos. ¿Por qué se niega a hacer una constitución?, se preguntaba. Se equivoca el general negando a su pueblo el derecho a un régimen estable y organizado. Y se lo hizo saber. Envió un chasqui enseguida acusando su discrepancia. Luego Rosas negó haber recibido ese mensaje, que en verdad fue interceptado por la propia Sociedad Popular Restauradora, a manos de Encarnación, quien la destruyó de inmediato arrojándola a las brasas. Ya le quedaron claras las intenciones del gaucho a la Ezcurra, que le hizo la cruz.

Venía Quiroga de muy mal humor. Vestía chiripá y poncho, traía las botas de potro con espuelas de plata brillantes y engrasadas con sebo de vaca y llevaba en las alforjas un paquetito de pasteles y otras golosinas, un pañuelo bordado con hilos de plata, unos botines de gamuza demasiado grandes, y le traía su amor a la muchacha, su amor violento y las falsas promesas de tenerse las manos quietas:

Nunca volveré a pegarte, prenda, le había dicho la última vez. Y con la yema de los dedos encallecidos por la espada y el facón, le había limpiado las lágrimas.

Pura sonrisa embaucadora, el gaucho.

Ya era noche cuando la Severa, envuelta en pañoleta, suelto el largo pelo retinto que le llegaba a la cintura, a punto de irse a la cama, a la luz roñosa de una vela, se dignó a atenderlo a través de la reja andaluza de la ventana a la que él había llamado. Fuera de la vista del gaucho, en un rincón penumbroso del cuarto se amontonaban cuatro baúles listos para un viaje.

Aversión le tuvo en ese momento. Llegaba desalmado por el largo viaje, sucio, barbudo y el pelo grasiento, con ese olor salvaje a monte y a bosta de caballo que desprendía su ropa, toda su persona, y con ese tufillo de fondo a sangre que llevaba prendido en lo más hondo, como si hubiera nacido con él puesto, y que ella le había olido desde el primer día que lo tuvo delante.

Nunca más volverá usted a molerme a bofetones, señor, le dijo la muchacha, manteniendo los dientes apretados de rabia, con llamaradas en los ojos.

Facundo soltó una carcajada para esquivar la rabia contenida.

Le ruego que no vuelva a molestarme, agregó ella, bajando recatadamente los ojos al suelo. Y al cabo de un silencio atenazado agregó, mirándolo por primera a vez a la cara y con resentimiento:

Además, el señor debería respetar el honor de su señora esposa...

¡Chinita é mierda!, masculló el hombre, abochornado, sacudiendo la reja con violencia. Y a continuación, más contenido, le ordenó: Decile al padre Colina que salga, que quiero hablar con él.

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