Kitabı oku: «La Moni»

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La Moni

A través de mis ojos


Ferreyra, Norma La Moni : a través de mis ojos / Norma Ferreyra. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Tercero en Discordia, 2021. Libro digital, EPUB Archivo Digital: descarga ISBN 978-987-8492-56-8 1. Autobiografías. 2. Memorias. 3. Novelas Realistas. I. Título. CDD 808.8035

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ISBN 978-987-8492-56-8

Queda hecho el depósito que marca la Ley 11.723.

Mi autobiografía

Me dicen «la Moni» desde siempre. Nací en Santa Fe capital el jueves 13 de septiembre de 1979, a las 13:15 h. Mi mamá me contó que, cuando estaba embarazada de mí, nunca tuvo dolores de parto. Ya estaba en término cuando almorzó pescado con mi abuela, se dio un baño y empezó a tener una pequeña molestia. Se colgó el bolsito de parto en el hombro y caminó hacia el hospital esas seis cuadras; cuando llegó a la sala de partos, a los cinco minutos nací yo. Me esperaban en la casa de mi abuelita paterna mi papá y mi hermanito. Sabe decir mami siempre: «El mejor parto que tuve fue el tuyo». Yo solía ser una beba muy tranquila: podía estar varias horas sentada y terminar durmiéndome, con los deditos en la boca. En mi familia siempre que recuerdan que llevaba a mi boca el dedo medio sobre el anular, todos se ríen, porque papá un día me puso pimienta en polvo para sacarme el hábito, pero, aun llorando, lo hice igual. Siempre me sacaban los dedos de la boca y solían pegarme en la mano si me descubrían haciéndolo.

No recuerdo esta parte de la historia que voy a narrar, es el relato de mamá y de los testigos involucrados, quienes sabían lo que ocurría en casa.

Cuando mamá se juntó con papá para formar nuestra familia, como toda mujer enamorada, me gusta pensar a mí, ella nunca se imaginó la vida que allí la esperaba.

Con el correr de los meses, el clima de intolerancia de mi padre hacia mi madre se hacía notar. Él le decía, con palabras subidas de tono o empujones, que ya no tenía por qué seguir usando la ropa que a él lo había enamorado de ella, que los zapatos que lucía con elegancia ya no los necesitaba. Papá tenía, bajo sus parlamentarios discursos, sus motivos por los cuales ella tenía que respetar sus decisiones. Mamá llegó a doblegarse tanto para ser complaciente que empezó a aceptar situaciones anormales, como, por ejemplo, acortar el tiempo que ella estaba fuera de la casa haciendo simplemente mandados. De alguna forma, papá siempre se enteraba cuánto era el tiempo que mamá demoraba, de qué color solía salir vestida y hacia dónde iba. Mamá nunca nos dijo cómo era que se enteraba.

Fue tanto el tormento de mi madre por ser reprimida que casi no hablaba; empezó a callarse las cosas; a vivir encerrada en su piecita con nosotros, sus dos hijitos; a olvidarse de ella misma hasta tal punto que un día, limpiando, pasó frente al espejo y no se reconoció.

Mamá, cansada del maltrato, tanto físico como psicológico, decidió idear un plan de escape, sin saber ella en ese momento que aquel heroico acto sembraría en mi adolescencia un sentido esperanzador de ver la vida y que esa decisión, años más tarde, le daría una nueva versión a la historia.

Había decidido escribirles una carta a sus hermanas para contarles que la situación la había desbordado y les pedía auxilio inmediato por temor a un desenlace fatal. Mi madre, a escondidas de mi abuela, le alcanzó la carta a una vecina, que estaba al tanto de lo que pasaba; solo separaba la casa de ellos un alambrado. Cautelosamente, redactó la situación extrema a la cual tuvo que llegar para tomar esa decisión determinante de huir conmigo y mi hermanito, un año y dos meses mayor que yo. Estaba todo detallado a la perfección, nada podía fallar.

Sin embargo, esa mañana todo tomaría otro rumbo. Mi tía llegó en taxi; mi madre —que solo llevaba lo puesto— y nosotros, con el motor en marcha, subimos al vehículo para partir hacia Buenos Aires, donde vivían mis otras tías. Pero mamá no contaba con que papá se enteraría. Cuando estábamos todos en la parte trasera a punto de partir, violentamente se abrió una de las puertas y con fuerza bruta papá arrebató de los brazos de mi madre a mi hermanito y, con tono amenazante, le dijo: «Si me dejás y te vas, no te doy el nene». Quería dejarle en claro que ella no se iría como si nada, la libertad tendría un precio muy alto. Mi madre estaba aterrada por la situación inesperada, la mirada prejuiciosa de mi tía, la de mi abuela y la ira de mi padre fueron demasiado, y a eso se le sumaba el temor a la represalia por parte de él, ya que esa situación a él lo exponía al ridículo. Aun así, mi madre sacó coraje y se alejó de él aquella mañana para buscar un nuevo rumbo cerca de mis tías en Buenos Aires. No puedo ni siquiera imaginarme el dolor de ella en ese momento. Nunca la juzgué por ese acto, era y es mi madre, pero puedo entenderla porque también fui testigo de lo que era capaz mi padre.

Si bien mis tías la ayudaron desinteresadamente en todo lo que pudieron —porque ellas también tenían a sus familias y sus respectivos trabajos—, mami no podía disfrutar de nada. Tanta violencia le había causado estragos, había contaminado su esencia; todo el martirio sufrido durante mucho tiempo al lado de mi padre estaba generando efectos negativos en ella.

Mamá vivió unos meses conmigo en casa de mis tías. Ella trabajaba de planchadora en una tienda de ropa, me llevaba muy temprano a la guardería y de ahí se iba al trabajo. En momentos del día, solía pensar en mi hermanito; estaba incomunicada totalmente de él, la angustia la devastaba. Lejos del maltrato, olvidó todo lo malo que había pasado al lado de nuestro padre y empezó a pensar que seguramente ella no hablaba lo suficiente como para que él la comprendiera, quizás tendría que ser más amable y él la escucharía. Extrañaba tanto los momentos que vivía con su hijito que los recuerdos hermosos ocuparon en su corazón todos los espacios. La curiosidad por saber cómo estaba su nenito la cegó completamente; la necesidad del alma de volver a tenerlo entre sus brazos le había quitado el sueño.

Durante un periodo de seis meses, ella no dejaba de sentirse culpable.

Un día papá la sorprendió en el trabajo. Había viajado desde Santa Fe con mi abuelita y mi hermanito enfermo del corazón a raíz de la melancolía, diagnosticado por un pediatra, según mi padre. Le puso una condición: si quería verlo, tendría que ir al hotel donde se alojaba con la abuela y el nenito desde hacía unas semanas.

Mamá, en ese momento, no pudo ver con claridad la situación, solo quería ver a su hijito, pensaba que todo el dolor que sentía se desvanecería aquel día al verlo. Nada en el mundo sería insoportable con los hijos a su lado. Fue la actitud de arrepentimiento de papá lo que determinó su decisión de intentar reconstruir la familia. A las horas del rencuentro, él ya estaba imponiendo órdenes nuevamente: terminaría obligando a mamá a dejar el trabajo, me sacaría de la guardería y el sueldo, que ella prácticamente ya tenía destinado, terminaría pagando la estadía del hotel; lo que restaba lo entregaría como parte de pago de un alquiler.

A pesar de la sospechosa actitud de mi padre, mis tías no pudieron hacerla cambiar de opinión. Ellas al principio iban a visitarnos, pero no fue mucho el tiempo que él pudo guardar su amable apariencia. De a poco fue mencionando a mi madre que cuando ellas iban le llenaban la cabeza en su contra.

Todo terminó en un escándalo terrible. Mi padre agredió a trompadas al marido de una de ellas, ya que un día llegó a casa de imprevisto y se enteró de que, aun prohibiéndoles que fueran, nos visitaban a escondidas.

Ellas no solo iban a visitarnos, siempre llegaban con regalos y mercadería, muchas veces comimos gracias a ellas. Mi madre, bajo presión, se encargó de dejarles en claro que lo mejor era que no fueran más, mi padre sabía cómo manipularla emocionalmente. Su cometido era terminar aislándola. Hasta ese momento mucho no recuerdo, todo lo que conté lo sé por boca de mi madre. Yo en ese entonces solo era una niñita.

Mis padres, decidieron intentar rehacer nuevamente la familia que formábamos, pero esta vez en la ciudad de Buenos Aires. Nuestra abuelita había vuelto a su casita en Santa Fe. Toda la familia externa, tanto del lado de mi padre como del lado de mi madre, sabía que mi papá era golpeador e impulsivo, pero, típico…, nadie se metía, o al menos eso demostraban, al menos, las veces que presenciaron estas actitudes violentas de parte de mi padre hacia mi madre o hacia nosotros, nunca interfirieron.

Para mi padre, era mejor tener a la familia sanguínea lejos, nunca fue para nada familiero. Siempre nos carcomía la cabeza diciéndonos que a él lo envidiaban, que nadie lo quería y, para eso, era mejor alejarse; en eso se había vuelto un experto.

Recuerdo tener casi seis años cuando se produjo una situación traumática que quedó grabada en mi retina. En la actualidad, yo soy la segunda de mis nueve hermanos, pero este hecho le ocurrió a mi sexto, hermanito el más chiquito en aquel entonces. Tenía casi un año; hasta ese momento éramos solo seis. Recuerdo que mi abuelita paterna estaba de visita desde hacía unos días. Era una mañana hermosa y disfrutábamos de ella, ya que era la única abuela que teníamos. Mientras mi mamá cocinaba, yo disfrutaba que ella me peinara con su típica paciencia. Yo tenía el cabello largo y muy negro, lo amaba. Recuerdo que se sentaba en el patio y, mientras me enseñaba a tener modales «de señorita», me contaba anécdotas vividas con sus hijas. Los celos típicos de los hermanos hacían que constantemente nos peleáramos por la atención de la abuela; ella indudablemente sentía preferencia por un nieto en particular, tenía con mi hermanito mayor un trato preferencial, pero no había duda de que a todos nos quería.

Volviendo al relato traumático, indudablemente, el que más demandaba atención en aquel momento era el bebé quien, al sentir el olor a comida, se desesperaba para comer, y no había forma de calmarlo. Por alguna razón, siempre que mi abuela estaba de visita, el humor de mi mamá cambiaba: estaba en constante tensión, como quien se siente permanentemente observado. Además, estaba agobiada por el calor que emanaban las ollas, ya que esa cocinita no tenía respiradero y era típico que mi madre hiciera todo casero, sobre todo cuando estaba de visita mi abuela. Tanto era el llanto y el escándalo que hacía el bebé por querer comer que mi mamá le llevó el platito hondo de plástico con la sopita, se lo dejó alejado y me dijo: «Enfrialo y dale de a poquito». Pero ni así se calmaba mi hermano; aprovechó un pequeño descuido mío para pegarle un manotazo al plato y se derramó el caldo hirviendo sobre su bracito. Mi mamá entró en desesperación, corrió con él en brazos para meterlo bajo el agua de la canilla; los gritos del bebé y su llanto, casi al punto de ponerse morado, nos desesperaban y corríamos asustados. Mi abuela agarró las llaves, dijo que iba a la farmacia y salió. Me acerqué al bebé, que lloraba casi hasta ahogarse, para acariciarle la cabecita, y pude ver, debajo del agua que le caía, que la piel se le había desprendido a lo largo del brazo… La tristeza y las lágrimas de mi mamá me partieron en dos. En aquel momento, yo desconocía el dolor del bebé, pero recuerdo su mirada desgarradora y su llanto cansado.

Puedo imaginar ese día, y el sentimiento hacia mi madre sigue siendo el mismo: yo sentía por ella el amor más puro. En aquel entonces, ella era nuestra protección, con mamá estábamos seguros de cualquier peligro, a salvo. Siempre fue mi gran orgullo. Cuando iba a buscarme al colegio, solía saltar de alegría y decir: «Ahí vino mi mamá». Me encantaba disfrutar con ella el poco tiempo que teníamos solas, hasta que se despertaban los demás hermanos. Ella solía levantarse temprano y despertarme para que la acompañara a comprar el pan y el sachet de leche. Recuerdo pararme a su lado y querer subir por el frente de la vitrina exhibidora de facturas, pero siempre lo más rico era el pan. Solíamos ir al mercado de la mano y decidir entre las dos qué cocinar. Siempre fuimos muy compañeras. También me gustaba pararme al lado de la pileta del patio grande, mientras lavaba sogas enteras de ropa, y era una fiesta jugar bajo el agua que caía de la ropa mojada. Siempre la observaba cuando se vestía, ella era tan femenina, tan delicada, nunca pronunciaba una mala palabra, nunca golpeaba nada, nunca se enojaba, mucho menos con nosotros. Si me pongo a pensar, puedo recordar su mirada dolida, la cual sabía disimular muy bien. Yo siempre la observaba y podía notar que había días que estaba triste y otros que, aun estando presente, estaba mentalmente ausente. Esa increíble persona era mi mamá para mí.

Cuando llegaba la noche y todos se iban durmiendo de a poco, yo solía jugar con los dedos en la pared, sacando la cascarita de la pintura vieja, o juntaba sobre el borde del ladrillo el polvo del cemento de Pórtland. Esperaba que todos se durmieran y, cuando notaba que era seguro que todos estuvieran en sus sueños, murmuraba, con los personajes que inventaba. Me levantaba solo para observar a mi mamá y cerciorarme, con desesperación, de que respirara.

Por un ventanal grande entraba la claridad de la noche, yo la contemplaba dormir. Me sentaba en el suelo en silencio, le acariciaba el cabello con una mano y, con la otra, le sostenía la suya. Mi madre me contó que varias mañanas, al levantarse, me encontró durmiendo en el suelo, y muchas veces debajo de la cama. No sé si alguna vez se dio cuenta de lo que pasaba de noche, pero yo solía ser tan delicada con ella que mi intención no era despertarla, solo disfrutaba verla dormir tranquila. Creo que a esa temprana edad sentía que tenía que dejar de ser la niña para convertirme en adulta; yo tenía que cuidar de ella como ella lo hacía con nosotros. Recuerdo tener un temor desgarrador a perderla, y ese sentimiento no me dejaba en paz; recurrentemente, por las noches ese pensamiento me perturbaba.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
15 kasım 2024
Hacim:
50 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9789878492568
Telif hakkı:
Bookwire
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