Kitabı oku: «Factor Principal»
FACTOR
Principal
Odmady Santa

© Odmady Santa
© Factor principal
Junio de 2021
ISBN papel: 978-84-685-5844-8
ISBN ePub: 978-84-685-5845-5
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Índice
Prólogo
1. Vínculo
2. Estado de ánimo
3. Derechos y obligaciones
4. Empatía
5. Simplicidad
6. Sin obstrucciones
7. Eterno
8. Afectuoso
9. Organizado
10. Libre
11. Sin escrúpulos
12. Motivacional
13. Espléndido
14. Victorioso
15. Divertido
16. Recordado
17. Admirado
18. El mejor
19. Sin rencores
20. Amando tu vida
Ejercicio final
Prólogo
Y llega un momento en que te das cuenta de que debes coger las riendas de tu vida, LLEGÓ EL DÍA.
Me llamo José Suárez y Odmady Santa, que es el autor de este libro que vais a leer, se puso en contacto conmigo a través de las redes sociales para que participara en su proyecto, con el cual haría realidad el sueño de escribir este libro. Le agradezco antes que nada ese gesto, dado que me siento afortunado de formar parte de su proyecto; es un regalo para mí.
Defiendo cada día lo importante que es amar lo que hacemos, comprometiéndonos y transmitiendo amor en todas nuestras acciones. Acéptate, conócete, quiérete...
El poder nace dentro de ti, cada día tenemos que aprovechar cada segundo que nos regala la vida para aprender que estar bien con uno mismo es el principio para estar bien con los demás. Todo siempre empieza por ti, pero en muchas ocasiones qué poco nos atrevemos para lo corta que es la vida.
AMOR
Una palabra de cuyo significado a veces dudamos. No solo es el que le tienes a tu familia o pareja, se refiere a amistad, a poner amor en lo que hacemos. Tenemos que confiar en nosotros mismos y tener claro que ahora es el momento de ser feliz, de darnos amor.
No soy escritor y quiero que quede claro eso. Soy una persona que viene de una familia muy humilde, y desde muy pequeño tuve clara solo una cosa: a lo que me dedique, tengo que poder AYUDAR al resto de las personas.
A lo largo de mi vida he ejercido diversas profesiones, de todas he aprendido y me hacen ser quien soy hoy en día: una persona trabajadora, aventurera, que ama los animales y, sobre todo, divulga la importancia de cuidar y respetar todo lo que nos rodea; que defiende que debemos soñar y dejar soñar sin cortar las alas de los sueños de nadie, que podemos brillar todos juntos.
Comparto cada día ese tipo de contenido en mis redes sociales, con el que pretendo dar visibilidad a lo importante que es dar un buen uso a estas redes, que se pueden utilizar para ayudar o dar a conocer un contenido con el cual se pueda ayudar a otras personas motivándolas a ser mejores cada día. Para ello debemos trabajar duro y nunca dejar de luchar.
Prohibido rendirse, respira hondo y sigue.
#amaloquehaceshoy
El momento es ahora, nunca olvides eso.
1. Vínculo
Según la RAE, «vínculo» significa unión o relación no material, especialmente la que se establece entre dos personas. Tambien, sujeción de unos bienes o del ejercicio de ciertos derechos al goce de determinados sucesores, con prohibición de enajenarlos.
Vínculo es una palabra potente. Suena como algo muy fuerte, se asocia con algo o con alguien. Todos tenemos distintas opiniones sobre el vínculo y sus efectos.
Recuerdo escuchar las noticias cuando era muy niño. En esa época no teníamos televisor, solo una radio pequeña que normalmente iba a pilas y era la que mi madre usaba para escuchar sus novelas mientras hacía sus quehaceres de casa.
En alguna interrupción de una novela que se llamaba Consejos —esto era en el año 1980. Los cuarentones lo van a recordar—, en una de esas noticias intermedias, dijo el periodista de turno: «Fue encontrado el cadáver de fulanito —no recuerdo su nombre—, al cual se lo vincula con el asalto a una gasolinera el mes pasado, donde obtuvo un gran botín y fue herido de gravedad el administrador de dicha estación».
Allí escuché por primera vez la palabra «vínculo». Pregunté a mi madre qué era esa palabra que me sonaba tan extraña, como muchas más a esa edad. Quiero recordar que yo siempre he sido curioso y preguntón, y fue allí donde entendí en cierta parte el significado de tan sencilla, noble y poderosa palabra.
—¡Madre! —exclamé—, entonces yo soy un vínculo para esta familia, porque entiendo que nos une mamá e hijo.
—¡Sí! —aseveró mi madre y siguió con sus tareas del hogar.
Fui creciendo. Veía y sentía que mis hermanos mayores abusaban de mí por ser el pequeño y el vínculo que nos unía. Aclaro el tipo de abuso: éramos tres hermanos pequeños, los tres de estatura, pero ellos me llevaban cinco y seis años de diferencia. Parece ser que eso les daba la autoridad para mandarme y hacer que yo fuera su esclavo (juego de niños). Vivíamos en una finca (campo) la cual era conocida por sus exuberantes laderas de potreros.

A mis hermanos se les ocurría subir a los cerros de dichas cuestas, y estando allí me decían «Vuelve a casa y tráenos aguapanela con galletas, dile a mamá que nos mande». Recuerdo empezar cuesta abajo con mis piecitos de tres años sorteando algunas malezas altas, unos desniveles de tierra que hacían que tuviese que dar más vueltas y, en algunos casos, bajar gateando de espalda. Os lo podéis imaginar.
Fue algo que hasta el día de hoy recuerdo con mucho cariño y sonrisas. Mi madre me empacaba el pedido y de nuevo a volver a subir. Fue allí donde se afirmó la palabra «vínculo». Éramos tres hermanos, el vínculo perfecto de unidad y apoyo. ¡Claro! Yo lo veía así en ese tiempo, luego descubrí que estos sinvergüenzas se aprovechaban de mi inocencia. Ja, ja, ja.
Es lindo hoy en día saber que esa palabra nos sigue uniendo como hermanos, amigos, cómplices, socios, hijos, tíos; que ese vínculo nunca ha dejado de serlo y que cada día se hace más fuerte. Pasaron tres años más y yo ya tenía seis añitos, y entonces fui vinculado a la escuela, donde empezaba mi vida a tomar un poco más de sentido.
Empezaron los vínculos con mis nuevos amigos, colegas, compinches de travesuras y estudios. Con los profesores era complicado tener ese afecto ya que imponían mucha autoridad y en otros casos hasta miedo.
En esa época teníamos unos vecinos con tres bombones de chicas, así las veía yo, muy lindas. La menor tenía mi edad y era con la que yo más jugaba y me lo pasaba muy bien. Se creó un vínculo muy fuerte, que pese a los años, las distancias, la vida que cada uno tomó, hoy en día nuestras familias siguen unidas y se visitan. Y nosotros, los chicos, recibimos información de los demás a través de nuestros padres.
¡Eso es un vínculo muy fuerte! Cuando pasan tantas cosas en nuestras vidas, tantos años, cada uno con sus quehaceres, obligaciones, sueños, la vida nos lleva por distintos caminos. Y poder seguir conectados a esas personas que formaron parte de nuestra infancia ¡es genial! Es algo que yo aprecio mucho y a lo que doy un gran valor.
Una verdadera amistad se basa en honestidad, respeto y buenos recuerdos. Fue así como yo me vinculé a ellos y conservo todo aquello que nos unió. El vínculo es una especie de tensor rígido y flexible a la vez, al cual nosotros le damos el valor agregado de firmeza y durabilidad.

Es moldeable, es extensible. Es algo que puedes encontrar en seres afables. La importancia de un vínculo no es en sí el momento de conexión, es todo lo que se construye a partir de ahí lo que lo hace único, insuperable, inimaginable, casi rozando la perfección.
Recordemos que unir a unos seres tan especiales como nosotros, pero a la misma vez tan diversos, es un verdadero logro de continuidad y comprensión. No todos podemos conservar esos vínculos, y estar dispuestos a trabajar en ellos para que nunca pierdan su esencia y poder. Es parte de nosotros sentirnos vinculados a alguien o a algo. Es tan natural que lo haces en automático, y puedes pasar largas temporadas vinculado a algo que incluso puede ser dañino o muy tóxico.
Los vínculos perfectos no existen y muchas veces confundimos amistad, honestidad, lealtad, con sentimiento y atadura. Esto es algo que tenemos que identificar lo más rápido que podamos, de lo contrario podemos hacernos y hacerle mucho daño a alguien.
El sentimiento de amistad puede ser muy perspicaz y astuto, fácil de camuflar y hacernos creer que tiene muy buenas intenciones. Cuando tú pierdes tu libertad de expresión, es allí donde debes parar y analizar de qué manera te conectas con otra persona. O qué es lo que realmente los une. No tengas reparo en profundizar en esa relación para poder darle el valor y la aceptación correcta.
Nunca podemos aceptar que nuestras vidas le pertenezcan a alguien, eso es manipulación y entera alteración de una sublime e inmensa relación. Cuando pierdes el control de tu vida, ya no eres ese ser tan genial, brillante, estupendo. Y pasas a ser objeto de abuso y arbitrariedad. Y eso hace que ese vínculo sea una amarga y dolorosa atadura.
Todo vínculo tiene que ser sano y venir con buenas intenciones. Que nos ayude a crecer, ser mejores y ser felices. Vincula tu vida a todo aquello que te sume, todo lo que resta a tu vida no es bueno ni aceptable. ¡Recházalo! Todos estamos para aportar, no para quitar y minimizar la vida de nadie. Este es un valor muy caro y prestigioso, el cual debe ser apreciado como tal. Y darle ese significado recíproco y honesto.
¡Todo vínculo debería ser perfecto! Sé que no es así, y que cada vez está más devaluado, pero dependerá de nosotros únicamente darle ese color y valor deseado. Vincúlate siempre a cada instante de tu vida que te marcó lindas sensaciones. Esos momentos te hacen fuerte y hacen de ti un ser gigante y capaz de hacer lo que sea y dar siempre lo mejor de ti.
En esa bella época de mi niñez, llegó un hombre a mi casa para pedir trabajo a mi padre. Un total desconocido errante, hombre que se dedicaba a coger café y siempre estaba recorriendo el país en busca de las mejores cosechas y oportunidades de buenos salarios. Por cosas de la vida llegó donde nosotros para nunca más marcharse de nuestros corazones.
Mi padre murió, nosotros crecimos y este hombre todavía vive y es parte de nuestras vidas con un gran aprecio y respeto mutuo. Se vinculó a nosotros y siempre dio lo mejor de sí. Esta amistad lleva más de 40 años y no tiene otro final que no sea algo que se nos salga de las manos, la muerte.
Son verdaderos vínculos para apreciar y presumir de ellos en el buen sentido de la palabra.
«El que halla un amigo, halla un tesoro», un vínculo fuerte y perfecto.
2. Estado de ánimo
Es el sentimiento según el cual crees que te puedes comer el mundo, o que el mundo te comerá.
Para un buen estado de ánimo, es importante rodearse de aquellos seres queridos que hacen que tu vida tenga sentido. La buena amistad, hermandad, coleguismo, familiaridad. Es un factor crucial en nuestras vidas.
El sentirnos solos hace que parezca que nada tenga sentido, que no valga la pena la lucha. Es un sentimiento vacío, sin fortaleza ni propulsores de energía. Te sientes derrotado, abatido y nada parece tener sentido; es lo contrario a sentirnos apoyados, valorados, escuchados.
Este caso podemos verlo en los niños cuando sus padres no se encuentran en casa y ellos se sienten solos, incluso abandonados, y se despierta en ellos una actitud fría, déspota y violenta. Todo ello por falta de ese afecto, cariño o amor de padres, el cual deberían recibir constantemente.
El no sentirnos vinculados a alguien hace que tengamos miedos, soledad e incertidumbre. Que perdamos el control de nuestras vidas y su valor.
Un buen estado de ánimo nos inyecta una fuerza nuclear que despierta todos nuestros sentidos y nos lleva a vivir experiencias únicas, irrepetibles. El encontrarnos vinculados a alguien desde una forma muy afectiva y segura nos da la capacidad de superarnos y avanzar ante cualquier situación.
Tenía yo unos diez años cuando mis padres decidieron hacer un viaje por cuestión de paseo y negocios. Se marchaban dos semanas enteras y llevaban con ellos a mi hermana, que es la única que tengo en mi núcleo familiar, y es la mayor.
Recuerdo esa sensación tan desagradable de soledad. Cuando ellos se despidieron, yo me imaginé todo el recorrido que debían hacer para abordar el bus que los llevaría a la ciudad. Vivíamos en el campo. Recuerdo recorrer con mi imaginación cada metro de ese camino, pues yo lo conocía a la perfección.
Y veía en esa extraordinaria imaginación como se alejaban cada instante más y más. Yo sentía que hacía frío, que dos semanas serían eternas sin la voz de mis padres. Sin el cariño de mamá, siempre atenta a nuestras necesidades. Es la época de mi vida en la cual reconozco que tuve la primera sensación de depresión y abandono.
Me dio por llorar todo el día y no me apetecía comer nada. Así pasaron unos días de constante tristeza y soledad. Me había quedado con mi hermano mayor, ya que yo soy el menor de tres. Fueron mi hermano y un amigo de la familia los encargados de cuidar la propiedad y de mí.

Ellos hacían todo lo posible por cuidarme y atenderme, pero los trabajos del campo ocupan mucho tiempo y tenían bastantes obligaciones con ello. Al verme así, que no levantaba cabeza, me llevaron donde mi abuela, a la ciudad. Allí estaba ella dispuesta a darme todo lo necesario. También se encontraba una de mis tías y un tío. El ambiente cambió instantáneamente. Me recuperé en cuestión de horas.
El entorno, el afecto, la dedicación, la compañía, los ruidos alegres, hicieron que durante esos días allí no extrañara tanto a mis padres. Extrañar es algo que no le deseo a nadie. Ese sentimiento es muy feo y destructivo. Aprendí de ello que el afecto, el amor, el apoyo para una persona es muy importante y vital.
Debemos siempre ser muy comprensivos al encontrarnos con personas que se sienten solas. Tenemos que ponernos en sus lugares para comprender la situación que viven y darles nuestro apoyo incondicional, hacerles sentir que no están solas y que estamos para lo que necesiten.
Ese momento marcó mi vida y entendí que tenía que ser una persona más empática y altruista. El darme a los demás sin esperar nada a cambio. Comprendí que lo que para mí pudo ser un problema, para otro no lo es y viceversa.
Estamos en tiempos donde los índices y parámetros de depresión van en aumento y no tienen cara de parar. El ser humano no fue creado para estar solo ni maltratado. Somos seres sublimes, con emociones y relaciones que varían constantemente dependiendo de la situación que estemos viviendo en cada momento.
Por eso es importante tener una vida balanceada, organizada y rodearnos de todo aquello que nos haga felices. Tenemos la obligación, por nuestro bien, de estar siempre felices. ¡Claro! Esto no es tan fácil y menos con este sistema que nos desangra y nos machaca constantemente haciéndonos sentir poca cosa, pero allí es donde nosotros debemos entrar para autoconocernos y apoyar a otros.
Vivimos tiempos superficiales en que nos estamos haciendo daño mutuamente. Cada uno va a lo suyo sin importar la vida del otro, sus sentimientos, emociones ni el daño tan terrible, incluso irreversible, que podamos ocasionar.
Cuando alguien se nos acerca, lo miramos como bicho raro. «Umm…, ¿qué querrá este? ¿Qué intenciones tendrá conmigo? ¿Que estará buscando?». Y todos estos pensamientos nos llevan a juzgar rápidamente y alejarnos, sin dar la oportunidad a esa persona de expresar sus intenciones con nosotros. Esto nos ha llevado a aislarnos y vivir en burbujas de oro, pero solos, porque hemos aprendido de la vida que es mejor estar solos que mal acompañados.
Y esto se ha convertido en un verdadero cliché. Ya no le damos oportunidad a la primera a nadie, preferimos huir a nuestra soledad que darnos una oportunidad de conocer y compartir con alguien. La falta de afecto y amor hacia los demás nos ha llevado a deshumanizarnos. A no ser esos seres especiales dadivosos, altruistas, empáticos, y hemos pasado al bando de los justicieros, juzgadores, jueces absolutos sin ningún reproche ni un mínimo sentimiento de apego y vínculo hacia los otros.
Este es el estado prácticamente actual de nuestra sociedad. Gente sola y abandonada.
Cuando llegué a España por primera vez, en el año 2000, conocí algo que no es tan habitual en el continente latinoamericano. Las residencias para mayores. Pude ver de primera mano cómo personas dejaban allí a sus padres tan fácilmente, muchos de ellos con todas sus facultades perfectas.
Les tenía que preguntar el porqué de esa situación tan triste de abandono y desapego de seres tan especiales como nuestros padres. Me llegaron a responder que les estorbaban en la casa, que querían vivir solos y no tener responsabilidad ninguna con ellos.
¿Pero si pueden valerse por sí mismos? ¡No importa, que los atienda otro! Casos así tengo cientos para contar, ya que mi suegra trabaja en una residencia como enfermera y los casos que cuenta son para quedarse con la boca abierta por el desconcierto de la frialdad con que muchos hijos tratan a sus padres.
El vínculo hijo-padre es el mayor que existe, y es una pena que lo estemos llevando a esos límites decadentes. Padres e hijos enfrentados como enemigos, agrediéndose como delincuentes sin una pizca de respeto en muchos casos.
Esto a mí me reventó la cabeza, metafóricamente hablando.
Nuestros padres en Latinoamérica son tesoros preciados y ninguno de nosotros quiere apartarse de ellos y, si fuera posible, quisiéramos que nunca murieran. Entiendo que hay casos especiales en relaciones de padres e hijos, pero nuestra cultura nos lleva a honrar nuestros padres toda la vida.
No podemos olvidar que gracias a su intervención directa, hoy tú y yo estamos aquí. Ver esos vínculos rotos es deprimente y muy triste. ¿A dónde vamos a ir a parar con estos sentimientos tan superficiales y objetivos, según los cuales si no hay algo que me beneficie de una persona no la apoyo, no cuenta conmigo, no me interesa? Y es así como cada día hay más y más casas para mayores, y psiquiátricos.
Nos estamos autodestruyendo a una velocidad vertiginosa y pocos deciden parar y analizar qué está sucediendo con sus vidas y las de los suyos.
Debemos amar, honrar, cuidar todo aquello que nos rodea para hacer de este mundo algo mejor. Si no ponemos de nuestra parte para contribuir a un mejor bienestar, nos será difícil en poco tiempo convivir los unos con los otros.
Si no amamos a nuestros seres queridos y los enfrentamos constantemente, ¿qué se puede esperar de afecto y sentimientos positivos hacia desconocidos? Hay un versículo bíblico que dice: «No pretendas salvar el mundo y perder tu casa».
Si no amas y respetas lo que tienes a tu alrededor, ¿cómo lo vas a hacer con los extraños y lejanos?
Pensad en ello y meditad.

3. Derechos y obligaciones
¿Adquirimos derechos cuando nos vinculamos a algo o a alguien? Por supuesto que sí. Es un vínculo recíproco que compromete a ambas partes a dar lo mejor de sí, o, en otros casos, lo pactado.
Cuando adquirimos un empleo, viene con él un contrato en el cual se nos especifican nuestros deberes, obligaciones y derechos. Por parte del empleador, él debe cumplir con obligaciones, prestaciones, y todo lo correspondiente para nuestro desarrollo laboral y las normas de seguridad.
Siempre estamos creando vínculos de una manera u otra. Es nuestro constante vivir. Si tomas el transporte público, tu deber es saludar primero que todo, esto es empatía y respeto hacia el conductor. Inmediatamente se genera una conexión cuando tú le das ese saludo y luego pasas a comprar tu billete o en otros casos a validarlo.
Luego pasas por la tienda y haces alguna compra. De nuevo vuelves a conectar y así sucesivamente es nuestra vida, estamos en constante conexión. Hemos confundido los momentos y creemos que hoy solo conectamos con aquellos con que pasamos más tiempo y no es así.
Nos hemos vuelto fríos, sosos, déspotas, groseros y hasta aburridos. Parecemos llaneros solitarios en un mundo tan lleno y en constante movimiento. Es el afán de estos días que nos lleva a ir a una velocidad vertiginosa y a no valorar la vida tan completa y abundante que tenemos.

Nos sentimos solos estando rodeados de muchas personas. Creemos que no le importamos a nadie, cuando en realidad siempre hay alguien interesado en nosotros. Que al mundo no le importemos…, en eso quizás tengamos razón. Pero sí le importamos a x personas, amigos, familiares, parientes directos.
Es el individualismo que nos ha llevado a vivir en soledad continua y a sentirnos, en muchos momentos, solos, abandonados y desgraciados. Debemos, por nuestro bien, estar siempre conectados a alguien. ¡Ah, claro! A alguien, no a algo. Y me refiero a un ser humano que fue creado a imagen y semejanza tuya. No a un animal y mucho menos a algo inerte, sin vida.
Al conectar con el ser humano nos identificamos, podemos hablar y expresarnos con libertad y ser nosotros mismos. No hay seres humanos perfectos, todos batallamos con algo; sin excepción. Es la mejor manera de superar los conflictos que tengamos. Recordemos que cualquier situación externa, por muy superficial que parezca, se convertirá en algo interno; ¡y eso sí es un peligro!
Cuando somos atacados, voluntaria o involuntariamente en nuestro interior ocurren grandes emociones descontroladas y desesperadas que nos llevan a un estado anímico pasivo y retraído. Otro ser humano puede entender fácilmente esas sensaciones porque también tiene tu esencia de creación.
Muchas personas buscan conectar con alguna mascota y se refugian en ella y creen encontrar la paz que tanto necesitan. Eso es efecto placebo. Nunca un animal, por más el cariño que le tengamos, podrá sustituir a un ser humano. Otros casos son incluso más dañinos: cuando fijamos toda nuestra atención e interés en algo totalmente inerte como son los bienes materiales.
Ese sí es un refugio de aislamiento totalmente dañino y muy tóxico. El conectar con alguien a través de una mirada, una conversación del día a día, genera unas vibraciones inexplicables, incluso mágicas diría yo. Somos seres espirituales con energías no bien conocidas en muchos casos ni por nosotros mismos.
Te doy un ejemplo, Cuando tú has quedado con alguien, sea conocido o no, se activan en ti emociones, sensaciones, nervios, un sinfín de energía fluye por tu cuerpo y no puedes muchas veces explicar esos sentimientos y emociones. Solo sabes que ahí están a la velocidad de la luz y que toda tu alma, cuerpo y espíritu fluyen y vibran al unísono.
Eso es increíble y emocionante.
Ahora, cuando la cita es con alguien que nos gusta, que nos hace sentir especiales, que el tiempo se detiene, que no importa lo que esté sucediendo alrededor... la conexión se intensifica y se hace más agradable, Sentimos que nuestro cuerpo empieza a reaccionar de una forma mágica, nos sentimos más seguros, confiados y plenos.
Esas son las endorfinas y la oxitocina de nuestro cerebro, que empiezan a multiplicarse y a entrar en una especie de ebullición. Son conocidas como las hormonas de la felicidad. Todo esto sucede cuando nos rodeamos de gente que nos suma, que nos hace sentir importantes. No todo mundo suma, hay muchos que restan y dividen, pero esos son casos involuntarios del mismo ser.
Por naturaleza de creación, todos estamos para dar, sumar y multiplicar. Cuando hacemos un acto generoso nos sentimos muy bien, es algo inexplicable.
Hasta el asesino, cuando vuelve a casa y abraza a su familia, se siente feliz y pleno de ver esas sonrisas tan inocentes e ingenuas en sus hijos.
El banquero que estafa a un cliente, con sus amigos íntimos es otro, hasta honesto, y se siente una excelente persona. El abogado que defiende al delincuente se enfoca en su trabajo, no incluye sentimientos. Cuando gana el caso se siente realizado profesionalmente y hasta generoso por haber dado tanto en ese juicio para la defensa y libertad de su cliente.
Siempre, siempre, estamos dando algo hacia los demás sea de forma directa o indirecta, pero nunca dejamos de contribuir. Ese es nuestro ser natural. Imagínate ahora si con voluntad propia, que sí podemos, nos proponemos la tarea de estar siempre dando.

La madre Teresa no sabía hacer otra cosa que no fuera el darse a los demás, y fue una mujer plena y feliz. Mahatma Gandhi, un hombre que al principio vivía para sus propios intereses dentro de su libertad geográfica y cultural, tomó la decisión un día de darse por completo a su gente y nunca quiso emplear la violencia, todo era pacífico.
Dentro de él yacía un poder milagroso para llegar a influenciar a más de doscientos millones de vidas. Era algo innato que estaba dentro de él. Él solo quiso sacarlo y ponerlo al servicio de la humanidad.
¿Todos podemos hacerlo? ¡Sí! Quizás unos más que otros, pero sí podemos influir en alguien siempre que nos lo propongamos. Y no tenemos que hacer grandes esfuerzos para conseguirlo.
A Nelson Mandela, fue su conexión con su pueblo, con su gente, lo que lo llevó a dar perdón y amar a sus propios opresores. Predicó en el mundo el perdón y el dar siempre esperanza y oportunidad a cualquiera que la pida o la necesite.
Son grandes ejemplos del dar y el estar conectados, vinculados al servicio de los demás.
Imaginemos un mundo donde todos estemos dispuestos a dar más a que pedir. A dar sin esperar nada a cambio. Dar con un corazón alegre. Dar sin remordimiento.
Si todos empezáramos a vivir de esa manera, tendríamos un mundo precioso y excelente en todas sus áreas. Sería un mundo equitativo con los mismos derechos y obligaciones para todos. No habría guerras, hambre, ni escasez. Muchas enfermedades serían mínimas porque todo aquel que estuviere formado en un área de especialista, siempre daría lo mejor y sería muy honrado en todo lo que hiciera.
Aunque esto parece lejos de la realidad que vivimos en la actualidad, es algo que nosotros, solo nosotros, simplemente nosotros, podríamos hacer y cambiar el curso de nuestras vidas y de las de siguientes generaciones. ¡Qué importante es el vincularse, amar a otro como ser humano, para cambiar nuestros destinos!
Todo está en nuestras manos. Podemos hacerlo sin nos despojamos de la avaricia, ego, vanidad, etcétera. Sin estos grandes males, nos quedaría el altruismo, la empatía, la sencillez y la originalidad. Seríamos seres casi perfectos y viviendo en plenitud.
La vida no es solo reclamar por nuestros derechos, también tenemos que ser conscientes de nuestras obligaciones. Ama a tu prójimo como a ti mismo y trátalo como te gustaría que te trataran a ti.
4. Empatía
Empatía es participación afectiva de una persona con una realidad ajena a ella. Generalmente, en los sentimientos de otra persona.
Hoy en día nos está costando horrores empatizar con los demás. Cada uno va a su ritmo como puede y se le presentan las cosas. Vamos diciendo a gritos que ya bastante tenemos con nuestras propias vidas como para estar preocupados por las de otros.
Esto, sin darnos cuenta, nos está llevando por un mundo de soledad y egoísmo tan dañino, tan crónico, que caemos en un bucle de distanciamiento afectivo en el cual no aportamos ayuda a otros y tampoco la queremos para nosotros. Nos hemos autoengañado sobremanera, nos lo hemos creído.
Estamos muchas veces convencidos de que podemos con todo y con todos. De que somos de acero indestructible, de que nada ni nadie puede hacernos daño. De que podemos arreglárnoslas sin ayuda, de que no tenemos por qué generar lástima a nadie.
Tal como nosotros nos tratamos, de igual forma tratamos a los demás. Es importantísimo evaluarnos para analizar nuestras actitudes y comportamientos para, a partir de allí, empezar ese tratamiento tan necesario que es el amarnos a nosotros mismos tal como somos, para poder amar a los demás.
Tratamiento, terapia, llámenlo como quieran, pero todos lo necesitamos de una manera u otra. No hay uno solo que no tenga que buscar ayuda en alguna área de su vida. Todos estamos desequilibrados en algún área. El mismo sistema que hemos creado nos llevó a esto. A ser egoístas, egocéntricos, vanidosos, altivos, arrogantes.
Como consecuencia, factor reacción, estamos enfermos del alma, del espíritu, de todo nuestro ser. Cuando hacemos un retiro espiritual —no sé si ustedes lo han hecho, los invito a hacerlo—, vuelves, aunque sea por unos días, totalmente cambiado, renovado, viendo al mundo de otra manera. Si en ese retiro has recibido alguna palabra o frase como rema, surgirá en ti una epifanía que dará un cambio total a tu vida.
El encontrarnos con nosotros mismos es la mayor medicina para nuestro ser. El saber quién eres, qué quieres hacer, te lleva por mundos inimaginables y sorprendentes. Tu actitud cambia y el deseo de ayudar, aportar, compartir, empieza a tener su efecto y ya no quieres parar.
La empatía es un equilibrio importante y placentero para nuestras vidas. Cuando experimentas estas emociones, solo tú sabes lo que empieza a suceder dentro de ti. Empiezas a encontrar plenitud y paz en tu interior, y se reflejarán en tu exterior. Nada ni nadie podrá hacerte daño tan fácilmente porque tú has entendido, a través de la sanación empática, que lo que le sucede a la otra persona, que en muchos casos está fuera de su control; que es algo con lo cual batalla constantemente como lo hacíamos nosotros en algún momento.

¿¡Cuántas veces hacemos cosas que en realidad no queremos hacer y nos enfadamos con nosotros mismos por no tener el control de ello!? Esto se debe a que no tienes paz en tu interior. Tu espíritu está agitado, revoltoso y nada lo complace. Todo te irrita, el mundo te molesta, todos los demás son imperfectos; sientes que nadie te entiende. Incluso puedes llegar a sentirte superior por estas emociones tan encontradas en sí mismas.
No fue después de haber pasado los veinticinco años de edad cuando comencé paulatinamente a entender un poco a los demás. Fue algo extraño y hasta incómodo. Yo venía de una cultura donde la palabra «estrés» no existía para nuestra clase obrera o estrato bajo, como los políticos nos tienen clasificados en pleno siglo XXI.
¿La depresión? ¿Eso qué es?
Esas son enfermedades de ricos, son patologías para gente con billete y estilo. Para el resto de los mortales, la vida es otra: te encuentras con un problema, tienes que encontrarle solución y, si no lo haces pronto, te jodiste, literalmente.
Cada uno tiene lo suyo. Y tampoco vayas contando que te sientes estresado y deprimido, se te ríen en la cara y te dicen que si es que te la fumaste verde (expresión de que si has fumado marihuana en mal estado).
En mi bella y amada Colombia nadie hablaba de esos estados. Ahora parece, después de casi veinte años, que se toca más ese tema, pero no hay ayudas en condiciones para sobrellevarlo. Seguimos en el pasado y el gobierno se hace el de la oreja mocha. Hay muy pocas ayudas profesionales y menos económicas.
Así que, si tienes estrés, tienes que manejarlo como puedas y solo. Ya os podéis imaginar la cantidad de suicidios que suceden.
Todo esto fue con lo que yo crecí. Entonces, al encontrarme en Europa con compañeros de trabajo que no venían en dos, tres, cuatro semanas a cumplir con sus deberes, a mí me sorprendía tanto que recuerdo preguntar el motivo por el cual no asistían.
Me respondían que estaban deprimidos y yo, con mis ojos de asombro, pregunté:
—¿Y eso qué carajos es?
—Que no se siente bien, que hay días que está feliz y otros no.
—¡Joder! —exclamé. Ya me sabía algunas palabritas muy populares en España.
Si nos vamos a ese caso, yo estoy bien deprimido. Estoy a diez mil kilómetros de mi familia. Estoy en país desconocido al que lo único que me une es el idioma, y no al cien por ciento. Tenía un trabajo que nunca había hecho (camarero), trabajaba más que un chino, horarios de doce horas mínimo, solo podía sentarme treinta minutos en toda esa jornada. No sabía cuándo iba a volver a mi tierra. Me ataban un contrato y la necesidad de documentos de permiso de trabajo, de lo contrario no podía estar allí. Estaba solo, sin familia, sin amigos, solo conocidos. Esto sí era un verdadero motivo para estar deprimido y estresado, y lo expresé.
—Wow, esas gilipolleces que cuenta el otro. —(Otra palabrita).
No era yo muy empático por esos momentos. A medida que fue pasando el tiempo, me fui familiarizando con el sistema europeo porque, aunque vivas en España, estás en el continente y la misma atmósfera de estrés y depresión se mueve y entra más yendo al norte de Europa. Ahí se nota más por el frío y la oscuridad.
Empecé a ver muchos casos parecidos a los de mi compañero, y no fue el único en la empresa ni en mi entorno. Todo esto me llevó a reflexionar mucho y a cuestionarme si esto era algo que me podía también pasar a mí. Yo estaba viviendo una vida que no se parecía en nada a la que tenía en Colombia, ni era la que quería encontrar en Europa.

Fue todo esto lo que me dio una gran lección. El tipo de vida que lleves puede hacerte mucho daño. Yo lo tenía ya muy claro, no era feliz haciendo lo que hacía ni en el entorno que compartía. Rápidamente cambié de trabajo en cuanto pude, y de localidad, y mi vida comenzó a generar cambios positivos. Me di la oportunidad de analizarme, conocerme más, hacerme muchas preguntas. Todo eso me dio muchas respuestas negativas, pero yo no tomaba acción.
Estaba envuelto en el sueño europeo y de alguna manera creía que todo eso era lo correcto. Desarraigarle a alguien una adicción, un concepto, un hábito, no es fácil. Todo eso convivía conmigo hacía más de veintitrés años y en unos pocos no lo iba a cambiar así como así. Fueron mis mismas situaciones creadas y vividas las que me llevaron a ser más empático conmigo mismo y con los demás.
Quiero recordarles que a veces parecemos nuestros propios enemigos, nos boicoteamos y nos hacemos daño sin saberlo. Cada que veía una situación complicada en otro ser, me ponía en su lugar y eso me ayudaba a entenderlo. Era algo terapéutico para mí. Yo había decidido quedarme un tiempo indefinido en España y eso me obligó a entender más a su gente, su cultura, sus situaciones.
Tenía que estar dispuesto a adaptarme si quería prosperar en todas las áreas. Cada que tenía la oportunidad de hablar con un paisano o extranjero de mi continente, le hablaba de todos estos puntos de manera positiva y de advertencia.
Esto me ayudó muchísimo en todos los proyectos emprendidos en España y en mi vida. El comprender que lo que tú estás pasando lo puede pasar otra persona. Eso te hace ser más noble y sensible acerca de que cada uno pelea una batalla interna y que necesita afecto, amor, comprensión, solidaridad, entendimiento y mucha empatía.
La unidad hace la fuerza, un reino dividido no prospera. La lucha interna que llevemos sin ayuda de alguien más; ¡está perdida! En muchos casos, se pierde por no pedir ayuda o estar dispuesto a recibirla.
Tu lucha es mi lucha, no estamos solos nunca. Siempre hay alguien que dará hasta la vida por nosotros. ¡Nunca lo dudes! Si necesitas ayuda en tu búsqueda de paz interior, no dudes en pedirla. Exclámala a los cuatro vientos. Vendrán verdaderos guerreros a defenderte y a pelear esa batalla contigo y llevarla a la victoria.
5. Simplicidad
Linda palabra, amplia y profunda para analizar. Siempre hemos escuchado que las cosas simples se disfrutan más. Que es cuando dejamos todo a la imaginación y nos dejamos llevar por el momento cuando disfrutamos al máximo el presente.
Que fácil sería todo si nos lo tomáramos con simplicidad. Sin agobios, afanes, sin vivir pensando en el mañana, del cual no tenemos control. Todo lo simple tiene más sabor; parece ilógico, pero es así. Lo sencillo es original y eso va para todo. Hay personas que nacen con estilo propio de elegancia, pero transmiten sencillez.
Era el año 1998 en Bogotá, Colombia. Hicimos un viaje desde la ciudad a Melgar, una zona muy turística y reconocida a nivel nacional por el clima y el estilo con que se vive allí. Es espectacular, puedes encontrar prácticamente de todo para unas excelentes vacaciones (a excepción del mar, ya que todo esto se encuentra en el interior del país, a solo dos horas y media de Bogotá).
Era un viaje de familias de directivos de una empresa nacional de la cual mi padrastro era el director nacional. Era realmente un grupo muy reducido de la junta directiva. De todo, lo que quiero resaltar es esto: en ese viaje íbamos hijos, nueras, esposos, esposas, yernos, familiares muy directos conocidos por todos. Obvio, menos por mí, ya que yo residía en Pereira y no en Bogotá.
En ese viaje iba un médico muy reconocido a nivel nacional, era el yerno del tesorero de la empresa. Ese hombre me impactó. Hasta el día de hoy lo recuerdo como una inspiración. Desde que comenzó el viaje se hizo cargo de todo. Tendría unos treinta y cinco años y era superatento con todos; sencillo, amable y siempre dispuesto a ayudar.
A la hora de la salida había muchas maletas y bolsas sueltas, las cuales no cabían en los maleteros de los coches. Se había alquilado un microbús; algo como para doce pasajeros y que en su parte superior tenía una vaca (parrilla, cesta) para colocar equipaje. Este médico se encargó de todo eso. Recuerdo pasarle cosas, maletas, remos, varias cosas para el paseo. Lo veía a él allí tan entusiasmado, con tanto empeño realizando esa tarea tan trivial que otro podía hacer y no hacía; por ejemplo, yo.

Él disfrutaba acomodando todo y atándolo con unas cuerdas para su seguridad. Yo no veía a una persona normal allí, veía a un médico cirujano reconocido, millonario, dando su amor, su simpatía, su sencillez, a otros. Me impactó y tengo que reconocer que eso marcó parte de mi vida.
Muchas veces, sin tener nada, nos creemos mucha cosa. Somos en algunos casos arrogantes y prepotentes cuando no hemos ni terminado la secundaria. Este tipo de personas están en vías de extinción y mucho más en Latinoamérica, donde lamentablemente la vanidad nos ha cegado y nos ha llevado a tener un comportamiento poco ético y sublime.
He de confesar que he tenido que estar en algunas reuniones de embajada y algunos actos protocolarios de presentaciones y reuniones con políticos y empresarios. Y no es la zona donde más cómodo me he encontrado. Son sitios fríos, hipócritas y poco convencionales. Su gente no es lo que aparenta ser. Quieren conectar de una manera grotesca. diría yo: ¡impresionando!

Hacen alarde de sus logros y promesas, y todo ello es mero charloteo y vidas camufladas. Claro, entiendo que esto hace parte del circo de vida que llevamos. Mientras haya payasos, el circo nunca se acabará. Son lugares donde la sencillez no cuenta. Y me refiero a actitud, no a economía.
Todos quieren conectar con alguien por algún motivo importante basándose en sus capacidades y logros. No se ve un ambiente de honestidad, originalidad ni humildad. Obviamente asisto a muchas reuniones menos glamorosas en todas sus áreas y no se imaginan los egos por donde andan, fuera de este planeta, y creemos que, por no tener un reconocimiento, título o fama son personas más sencillas y agradables.
Vaya sorpresa y desilusión con este tipo de encuentros en muchas ocasiones. Al ser humano lo hace grande es su sencillez, su amor, respeto, valores hacia los demás y hacia el planeta mismo. Si aprendes a disfrutar de la vida de una forma sencilla y relajada en el buen sentido de la palabra, vas a disfrutar de un viaje maravilloso por este planeta.
Cada que emprendo un viaje, estoy seguro de que soy el que siente más emoción; y eso que tengo cuatro hijos. No se les nota tanta alegría como a mí. Aprendí a disfrutar de todo lo que me encontraba en el camino. Mis viajes por carretera en España, Lituania, Francia, Suecia, Dinamarca y Noruega se me hacen muy placenteros y siempre que puedo evito las autopistas y vías rápidas para poder disfrutar de los paisajes.
Suelo parar cada dos horas como norma para mí. Aunque sea diez minutos. Aprendí que por las prisas se pierde mucho. No quiero ir corriendo por esta vida intentando conseguir algo que al final no me voy a llevar y que tampoco necesito demasiado para ser feliz.
Mis hijos me dicen: «Papá, qué pesado eres con los paisajes que ya hemos visto bastante; queremos llegar al hotel». Afortunadamente mi copiloto preferido, mi bella y amada esposa, me sigue el cuento. A ella no le gusta tanto como a mí, pero he notado que está empezando a disfrutar de los viajes como yo.
En esos viajes te puedes pasar horas y horas en carretera corriendo entre gasolineras en muchos casos, ya que en Europa no hay tanto restaurante en las rutas como en Latinoamérica. Si no conoces la zona eso es lo que te toca. Cada instante de mi vida intento vivirlo al máximo con placer y alegrías y no darle importancia a lo que no es importante.
Cada que puedo, hago un nuevo amigo en esos viajes. Me gusta hablar con la gente y conocer sus costumbres y disfrutar mucho de su compañía. Tengo los números de teléfono de algunos de ellos que todavía conservo y nos comunicamos de vez en cuando.
Esa simplicidad que yo le agregué a mi vida me ha llevado a tener un estilo de vida más pleno, agradable y saludable. Los demás siempre han sido muy importantes para mí y han merecido mis respetos siempre.
En un reciente viaje que hice a Vilna, Lituania, hice amistad con una tripulante de vuelo. Ella me escuchó hablando con mi hijo en español y eso le llamó la atención ya que, en su trabajo, predomina es el idioma inglés. ¡Claro! La chica es de nacionalidad ecuatoriana y por eso la emoción.
Conectamos inmediatamente y la verdad que hizo que mi viaje fuera mucho más agradable. Estuvo atenta todo el tiempo por si necesitaba algo. Hasta el día de hoy somos amigos. Hablamos esporádicamente de qué tan agradable y fácil es vivir la vida cuando tú no te la complicas. La vida, por si, trae sus reveses y nosotros la ayudamos a que sean más fuertes y duraderos.
El ir por este mundo haciendo amigos, disfrutando de la creación, riendo todo lo que podemos con ese brillo constante en nuestros ojos porque todo lo apreciamos y le damos un incalculable valor... Esta actitud me ha llevado a tener casa en muchas partes del mundo. Cuando visito algún país, siempre hay alguien dispuesto a ofrecer su casa y todo lo que tiene por amor a este servidor.
Vive sencillamente, no en miseria económica. ¡En sencillez del alma!, y tu vida será un placer constante.
Simplicidad = simplemente al mirar una hoja de otoño caer, me llena de emoción. Solo el hecho de sentir la brisa del mar en mi cuerpo, ¡me satisface! No necesito de una caricia ignorante para saber que estoy vivo.
Con solo mirar detrás de mí, siento mi niñez y recuerdo que tan solo un dulce me quitaba todos mis miedos; que pasar tiempo a solas con mis carritos y amigos imaginarios era suficiente para ser feliz.
¿Por qué perder el sentido de libertad? ¿Por qué preocuparse por tantas cosas? La madurez existe solo en el hecho de aprender a disfrutar y observar lo más pequeño que está a nuestro alrededor.
Armonía es lo que naturalmente necesitamos. Armonía en las manos para acariciar, en los ojos para llorar de alegría y en los labios para besar con amor.
Amor nos describe a todos. Todos tenemos amor, solo que lo expresamos de diferentes maneras. ¡Simplicidad! Qué vacíos estamos sin ella.
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