Kitabı oku: «Acercamientos multidisciplinarios a las emociones»

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Índice de contenido

Introducción

1. Emociones, intimidad y confianza

2. Neurociencia y emoción.Aproximaciones al diálogo con la Sociología

3. Dolor agudo y otras estrategiasde protección corporal

4. El latin lover, la pasión sexualy el empoderamiento cultural

5. Emoción y política. La vergüenzay las trabajadoras sexuales callejerasen la Ciudad de México

6. Emociones juveniles en torno al amor:autorregulación del yoe imaginarios amorosos

7. Las tecnologías afectivas y el imaginarioromántico en las experiencias de parejade jóvenes urbanos

8. Emociones, depresión e influenciasfamiliares en adolescentes

9. Entre el orgullo y el miedo. Proceso de crianza y manutención de hijos entre madres solas del occidente mexicano

10. Amor de pareja en el medio ruralmexicano de ayer y hoy

11. Restauración de emociones en mujeresindígenas con parejas que abusan del alcohol

Acercamientos multidisciplinarios a las emociones


Universidad Nacional Autónoma de México

Dr. Enrique Luis Graue Wiechers

Rector

Dr. Leonardo Lomelí Vanegas

Secretario General

Dr. Alberto Ken Oyama Nakagawa

Secretario de Desarrollo Institucional

Dra. Olga Elizabeth Hansberg Torres

Coordinadora del Seminario Universitario sobre Afectividad y Emociones (SUAFEM)

Secretaría de Desarrollo Institucional

Seminario Universitario sobre Afectividad y Emociones (SUAFEM)

Acercamientos multidisciplinarios a las emociones

Rosario Esteinou y Olbeth Hansberg

Editoras


México, 2018


Catalogación en la publicación UNAM. Dirección General de BibliotecasNombres: Esteinou, Rosario, editor. | Hansberg, Olbeth, editor.Título: Acercamientos multidisciplinarios a las emociones / Rosario Esteinou y Olbeth Hansberg, editoras.Descripción: Primera edición. | México : Universidad Nacional Autónoma de México, 2018.Identificadores: ISBN 978-607-30-0784-9(libro electrónico).Temas: Emociones.Clasificación: LCC BF535 (libro electrónico) | DDC 152.4—dc2

Acercamientos multidisciplinarios a las emociones Primera edición: 6 de septiembre de 2018

Portada: Pintura de René Millán

Edición, formación y corrección de estilo: S y G editores

D.R.© 2018, Universidad Nacional Autónoma de México

Ciudad Universitaria, Coyoacán, C.P. 04510, Ciudad de México

Secretaría de Desarrollo Institucional

Ciudad Universitaria, 8o. Piso de la Torre de Rectoría

Delegación Coyoacán, 04510, Ciudad de México

ISBN:978-607-30-0784-9

Esta edición y sus características son propiedad de la Universidad Autónoma Nacional de México

Prohibida su reproducción parcial o total por cualquier medio sin autorización escrita del titular de los derechos patrimoniales.

Hecho en México / Made in Mexico

Introducción

Rosario Esteinou y Olbeth Hansberg

En el marco de las actividades del Seminario Universitario sobre Afectividad y Emociones de la Universidad Nacional Autónoma de México,1 el libro que presentamos, Acercamientos Multidisciplinarios a las Emociones, es el resultado de un trabajo conjunto de colegas provenientes de distintos campos disciplinarios interesados en el estudio de las emociones. Este tema requiere hoy en día —como la mayor parte de los distintos temas de investigación— ser analizado considerando lo que han aportado las diferentes disciplinas, enfoques conceptuales y metodológicos, aproximaciones cuantitativas y cualitativas, y las evidencias empíricas arrojadas por todos ellos en su análisis. El objetivo central del libro es presentar esa variedad de miradas y resultados con el fin de tener una mayor comprensión sobre la naturaleza de las emociones, sus diferentes aspectos y sus condicionantes sociales y culturales.

Asimismo, esta variedad de miradas en el estudio de las emociones estuvo motivada, a su vez, por lo que Marta Lamas señala en su capítulo como el giro afectivo que se ha registrado recientemente en las ciencias sociales. Se refiere al reconocimiento de que las emociones juegan un papel fundamental en la vida social, que están entrelazadas con los contextos y relaciones socialmente significativos. En efecto, hoy en día, se acepta cada vez más que una de las funciones de las emociones es la regulación de las interacciones sociales, lo cual se aparta de las visiones tradicionales que las consideraban como eventos intrapsíquicos o productos secundarios del comportamiento, entre otras visiones. En este sentido, consideramos que los trabajos que se presentan rebasan el mero acercamiento multidisciplinario pues ofrecen una mirada mucho más amplia de temas sociales importantes para nuestro país: la condición de los jóvenes, de las madres solas, de los migrantes viviendo en otro país, el problema del alcoholismo, los modelos de crianza de las nuevas generaciones, y la situación de grupos socialmente excluidos, entre otros. Y lo hacen incorporando los distintos papeles que pueden desempeñar las emociones como experiencias sentidas que afectan y forman parte de la vida social de los mexicanos.

Uno de los principales desafíos que enfrentamos en el estudio de las emociones en el campo de las ciencias sociales y las humanidades se refiere a lo que se entiende por emoción. Este es un problema que ha suscitado grandes debates —a menudo acalorados— entre las ciencias naturales, las humanidades y las ciencias sociales; o dentro de las mismas disciplinas. Aquí nos limitaremos sólo a señalar algunos de los principios o enfoques que orientan a varios de los trabajos que se presentan, sobre todo a aquellos que se referieren a las ciencias sociales.

Las emociones han sido objeto de teorías filosóficas clásicas,2 las cuales han sido concebidas como respuestas a cierto tipo de eventos que conciernen a los sujetos, que suscitan cambios corporales y motivan la acción o el comportamiento. Sin embargo, esta idea aparentemente simple ha recibido muy distintas interpretaciones y explicaciones en distintos campos, enmarcadas muchas veces en dicotomías como aquélla entre razón y emoción. Como muchos autores han indicado, se pueden agrupar las teorías que existen sobre las emociones en dos grandes perspectivas: aquellas que ponen el acento en las llamadas emociones “básicas” y aquellas que las conciben fundamentalmente como productos de la cultura y la vida social.

Estas perspectivas —como ya hemos indicado— a menudo se han presentado en forma dicotómica de diversas maneras, por ejemplo, entre cognición y fisiología. Esas dicotomías también han representado a dos grandes campos del conocimiento: las concepciones sobre las emociones de las ciencias naturales, como la biología, la fisiología, la psicología evolutiva o las neurociencias, se oponen a las de las ciencias sociales y las humanidades. Asimismo, esas oposiciones han estado sustentadas en el énfasis que cada campo del conocimiento atribuye a los distintos elementos que supuestamente constituyen o definen a las emociones. En palabras simples: ¿qué tiene más peso, lo fisiológico o lo cognitivo, la neurofisiología o lo social y cultural?

Esta ha sido una de las tensiones más importantes en el estudio de las emociones y ambas perspectivas han aportado evidencia que las sustenta. No obstante que todavía hay partidarios de una u otra postura, ha habido intentos por conciliar ambas o al menos de no descartar los aportes de cada perspectiva y de incorporarlos de alguna manera para comprender mejor la complejidad de la vida afectiva. Aunque los trabajos que presentamos en este libro se inscriben en el campo de las ciencias sociales y las humanidades, es importante tener presente un debate más amplio. En el marco de este debate, consideramos que muchos de los trabajos presentan acercamientos de las ciencias sociales y humanidades con respecto a los aportes de las ciencias naturales, como son por ejemplo algunos factores biológicos o fisiológicos en ellos. Dado el prejuicio que a menudo ha existido en ambos lados y los estigmas que se han atribuido mutuamente, lo anterior constituye un paso importante hacia adelante. Las ciencias sociales y las humanidades no pueden ignorar la importancia de aquellos aspectos señalados en el otro campo, pero lo mismo podemos decir a la inversa.

Los trabajos que se presentan provienen fundamentalmente de varios campos disciplinarios de las ciencias sociales y las humanidades: de la filosofía, la sociología, la antropología y algunas ramas de la psicología. Este constituye otro aporte del libro pues ofrece un marco más variado de perspectivas, metodologías y tipos de evidencia empírica. No obstante, la visión particular de cada uno de ellos y sus aportes, resulta útil extraer algunos de los principios que los atraviesan y los orientan tomando en cuenta algunas de las teorías sociológicas sobre las emociones. Lo anterior permite articular las distintas perspectivas con el objeto de tener una mayor comprensión sobre las emociones.

El primer principio se refiere al constructivismo. Aunque muchos de los trabajos incorporan en sus estudios aspectos biológicos o fisiológicos, lo cual representa —como ya hemos dicho— un avance notable, la mayoría tiene también como supuesto que las emociones son construidas socialmente a partir de las normas y valores vigentes en una sociedad, de su estructura social y de los efectos que tienen las experiencias de socialización, y de la manera en cómo se expresan y configuran emociones particulares u otras más complejas. Tanto Prinz (2004) como Turner y Stets (2006) han señalado las ventajas de esta visión, pero también sus limitaciones pues resulta difícil afirmar que la complejidad de las emociones es producto únicamente de la sociedad y la cultura. Aunque este punto hay que tenerlo presente, no necesariamente es una limitación dado el nivel de desarrollo del campo de estudio de las emociones en nuestro país. En este sentido, los trabajos que se presentan aportan avances muy notables dentro de esta misma perspectiva constructivista, tanto en términos de ampliación del espectro de emociones analizadas (vergüenza, dolor, orgullo, miedo, emociones ligadas al amor, a la depresión), de las situaciones en que se desarrollan (en el ámbito urbano, rural o transcultural) o de la condición de los sujetos que las viven (homosexuales, trabajadoras sexuales, madres solas, jóvenes; entre otros, hombres y mujeres marcados por diferencias de género). Asimismo, es importante también considerar que el constructivismo como postura epistémica tiene sin duda una sólida plausibilidad analítica.

El segundo principio que orienta a muchos de los trabajos que se presentan es de tipo fenomenológico. Tanto la filosofía como la sociología han establecido una distinción epistemológica en el estudio de las emociones: ellas pueden ser analizadas considerando sus elementos constitutivos o los elementos que las distinguen; aquí entrarían en discusión, entre otros, el papel que ocupa la razón o los aspectos cognitivos, los volitivos, la agencia, las actitudes proposicionales y las disposiciones a actuar. Pero también las emociones pueden ser entendidas o captadas en otro nivel, a partir de la experiencia del sujeto y entonces la perspectiva es de tipo fenomenológica. La mayoría de los trabajos se inscribe en esta última perspectiva y aporta evidencias sobre cómo se viven y expresan una variedad de emociones.

Además de estos dos principios, podemos observar que varios de los trabajos pueden ubicarse en una de las teorías sociológicas de las emociones que ha tenido gran influencia, aunque no lo manifiesten de manera explícita ni las adopten en su totalidad. En efecto, en varios de ellos subyace una perspectiva teórica dramatúrgica, inspirada en los trabajos de Irving Goffman (1959, 1961) y Hochschild (1979, 1983). De acuerdo con Turner y Stets (2006: 26-27), en general, estas teorías enfatizan que los individuos hacen presentaciones dramáticas y se involucran en acciones estratégicas dirigidas por un guión (script) cultural, el cual incluye ideologías, normas y reglas, dinámicas, vocabularios, y un bagaje de conocimiento implícito sobre qué emociones o sentimientos deben ser experimentados y expresados en situaciones de interacción cara a cara. Los actores presentan su self en formas estratégicas, emitiendo las emociones que son dictadas por las ideologías y las reglas emocionales. Pero los individuos no son vistos como estrictamente programados por la cultura puesto que ellos pueden ejercer una manipulación expresiva en distintas situaciones. En este sentido, las emociones pueden ser estratégicamente manipuladas porque los individuos tienen la capacidad de controlar expresivamente sus emociones, usando el despliegue de ellas en el escenario para obtener ventajas en la obtención de recursos sobre otros. Sin embargo, en posturas como la de Hochschild (1979, 1983), los individuos a menudo se encuentran atrapados en un conflicto entre, por un lado, las ideologías, las reglas sentimentales o emocionales y el despliegue de las reglas y, por el otro, sus experiencias emocionales actuales. Cuando se presentan estas discrepancias, los individuos tienden a desarrollar un “trabajo emocional” (emotion work) y una actuación profunda (deep acting) con el fin de tratar de ajustar las discrepancias entre lo que debería sentir y lo que siente. En síntesis, las teorías dramatúrgicas enfatizan la importancia de la cultura en la definición de qué emociones deben ser experimentadas y cómo deben ser expresadas en distintas situaciones. Estas teorías incorporan de manera muy acentuada los elementos cognitivos y reflexivos, que intervienen en todo este proceso de socialización de las ideologías, la adecuación por parte de los individuos a ellas, el trabajo emocional y de actuación profunda. Es decir, incorporan de manera muy acentuada la idea de que en este proceso, la conciencia, la razón o lo cognitivo es un ingrediente fundamental.

Por otro lado, tanto los trabajos en los que subyace una visión dramatúrgica como aquéllos en los que no es así, se incorporan otras perspectivas teóricas generales fundadas, por ejemplo, en las diferencias de género, la sexualidad, las teorías de la atribución (estigma), del drama social, de la parentalidad, entre otras. Todo lo cual contribuye a ofrecer un panorama más rico y complejo en el análisis de las emociones en nuestro país.

Otro aspecto novedoso de varios trabajos es que no sólo identifican algunas emociones, como la vergüenza y el miedo, sino que analizan el papel que pueden jugar otros actores (como algunas asociaciones), programas de intervención pública u otros procesos de empoderamiento en la generación de emociones positivas como el orgullo. Sin duda, estos trabajos muestran el potencial que tienen estos actores, iniciativas y procesos en la generación de emociones positivas que contribuyan a la consolidación de una cultura cívica fundada en el respeto a los derechos humanos.

La presentación de los capítulos ha sido organizada considerando varios aspectos: si se trata de una discusión conceptual, por la afinidad de los temas abordados, los grupos sociales a los que pertenecen los sujetos estudiados y si el análisis se realiza en contextos urbanos o rurales. De acuerdo con con lo anterior, los tres primeros trabajos presentan discusiones teóricas en torno a las emociones. Los capítulos 4 y 5 abordan temas relacionados con la sexualidad; el 6, 7 y 8 refieren a problemáticas de los jóvenes, y los capítulos 9, 10 y 11 remiten a diferentes situaciones de las mujeres en la vida de pareja o cuando desaparece el vínculo conyugal. Todos los trabajos fueron revisados por las editoras y a los autores se les hicieron comentarios y sugerencias con el fin de darle mayor articulación temática y argumentativa al texto.

En el marco de un debate general sobre el cuestionamiento de la dicotomía entre razón y emoción y del papel de las emociones en distintos ámbitos de la vida de los individuos y de la vida social, el capítulo 1 de Olbeth Hansberg retoma algunos de los enfoques recientes en el estudio filosófico de las emociones. En particular, se ocupa de algunos de los rasgos de las teorías llamadas cognitivas y de las teorías perceptivas. Analiza algunos de los cuestionamientos y dificultades que enfrentan ambos grupos de teorías, sobre todo en relación con una de las características que se considera esencial, a saber, su intencionalidad, esto es, el que tienen o están dirigidas a un objeto. Se examinan también los elementos constitutivos de las emociones en estas teorías y si consideran que algún tipo de cognición es o no necesaria para la emoción. Las teorías cognitivas originales concebían las emociones como actitudes proposicionales con un contenido específico que permitía explicar comportamientos complejos y acciones intencionales. Las teorías fisiológicas y más recientemente las perceptivas, pretenden dar cuenta de las emociones como adaptaciones evolutivas que cumplen ciertas funciones para la supervivencia tanto en animales no-humanos como humanos; las emociones de estos últimos, aunque son más sofisticadas, no son fundamentalmente distintas. Sin embargo, algunas de estas teorías conciben las emociones como percepciones no conceptuales que responden al entorno, es importante para filósofos como Prinz, entre otros, incorporar la intencionalidad. Hansberg desarrolla algunas distinciones útiles para el análisis y la comprensión de las emociones. Distinciones entre episodios emocionales, las disposiciones a tener emociones en ciertas circunstancias o a lo largo del tiempo, las actitudes emocionales, las emociones y su relación con las conductas. Por otro lado, la relación entre motivación, agencia y emociones, un tema sumamente complejo pero de gran importancia.

Dentro de este marco conceptual sobre las emociones, Hansberg se pregunta si en las relaciones interpersonales, en especial en aquellas íntimas donde hay una conexión emocional, son necesarias algunas emociones específicas. Para acotar el término intimidad considera, además de algunos aspectos como la auto-revelación, la expresión emocional, el apoyo mutuo, la confianza, los intercambios físicos, ser afectado por el otro, y compartir actividades y experiencias, otros criterios como el de la simetría/asimetría en la relación y su carácter positivo o negativo. De acuerdo con su perspectiva, como parte de los rasgos que caracterizan a la intimidad positiva (la empatía, el apego mutuo, el respeto por el otro, la aceptación del otro y la preocupación por su bienestar) se encuentra la confianza sobre la cual reflexiona considerando que ésta tiene un componente emocional de tipo disposicional que es necesario en las relaciones sociales.

El capítulo 2, de Adriana García y Olga Sabido, incursiona en el campo de las neurociencias, sus concepciones sobre las emociones y la posibilidad de establecer puentes interdisciplinarios, en especial con las ciencias sociales. Una de las primeras tareas para poder realizar lo anterior es identificar qué es lo que caracteriza a la neurociencia, dado que en ella convergen distintas disciplinas y campos de estudio con altos grados de especialización. Las autoras señalan que es precisamente la organización de tres áreas intelectuales para avanzar en el conocimiento del cerebro (molecular, la red neuronal y el comportamiento) lo que ha articulado a disciplinas e intereses tan disímiles como la química, la psiquiatría y otras. Sin embargo, su unidad no deriva únicamente de un criterio organizacional sino que conceptualmente comparten un “estilo de pensamiento molecular”, el cual se apoya básicamente en una concepción fisiológica del cerebro y sus procesos de operación. A las autoras les preocupan las implicaciones que esta visión puede tener en el campo de la vida social, en especial en lo relativo a la afectividad y las emociones, y reflexionan sobre algunas condiciones que han favorecido la difusión y extensión de esta concepción en detrimento de una social. Entre los factores que señalan que han contribuido a la popularidad de esta visión se encuentran las grandes inversiones financieras que se han realizado en el desarrollo de proyectos científicos en este campo, los intereses de mercado por parte de industrias como la farmacéutica y de la guerra, y la representación de las neurociencias como solución de problemas relacionados con el ámbito emocional en los medios de comunicación. La difusión de dichos conocimientos y sus ventajas ha sido asumida por parte de la población de manera directa sin considerar que esos problemas son complejos sobre los cuales no hay certezas científicas.

Ante los prejuicios que tienen los científicos sociales de acercarse a las neurociencias, García y Sabido exploran un problema referido al papel que tienen las emociones en el amor corporeizado; este problema se expresa en las teorías que postulan las emociones básicas versus los que se oponen a esa visión, es decir, en la supuesta dicotomía entre razón y emoción. Las primeras son sostenidas, en general, por las neurociencias y enfatizan los aspectos fisiológicos derivados de la evolución, mientras que las segundas resaltan los componentes cognitivos y socio-culturales. Para las ciencias sociales estas últimas tienen gran relevancia y pueden, dentro de algunas perspectivas como la de Jimeno, recuperar los aportes de las neurociencias. Las autoras proponen que una vía fructífera para establecer puentes entre las neurociencias y las ciencias sociales está representada por esfuerzos como el de Damasio, quien ha enfatizado el desdibujamiento de la dupla mente/cuerpo y la dupla razón/emoción; o, más propiamente en el campo de las ciencias sociales, por autores como Jasper, Vanini y colegas y Wacquant. Para las autoras, resulta claro que las emociones incorporan aspectos tanto corporales y fisiológicos como también cognitivos y socio-culturales.

El capítulo 3, de David Fajardo, versa sobre el dolor y, ante la dificultad de esclarecerlo desde un punto de vista filosófico, parte del supuesto de que no hay un estado mental que pueda referir a nuestro concepto ordinario de dolor, pero que se pueden realizar acercamientos hacia su compresión. Propone la tesis de que éste puede ser inicialmente entendido como estrategias de protección corporal. Desde el punto de vista fisiológico, considera dos aspectos centrales: que el dolor es útil y adaptativo para el organismo, pero que también lo es su inhibición. Establece que hay tres estrategias de protección fundamentales a partir de sus particularidades funcionales: la primera es de tipo fisiológica y las otras dos son de tipo cognitivo. Su abordaje se refiere a lo que denomina dolor agudo, en contraste con el de tipo crónico.

Para avanzar en la comprensión del dolor agudo, Fajardo presenta algunas de las limitaciones que derivan de su concepción exclusiva como informante de lesiones corporales y propone en cambio las ventajas que ofrecen las perspectivas que ponen el acento en la motivación del organismo para generar estrategias de protección, donde la información sobre las propiedades del daño son secundarias. De acuerdo con estas perspectivas, el dolor se entiende más como una emoción homeostática que hace que el organismo busque recuperar el equilibrio perdido por el deterioro en la integridad tisular mediante la ejecución de ciertas acciones. La función del dolor está relacionada entonces con la protección del daño corporal, en particular, con su evitación, interrupción y restauración. Pero a esta concepción fundamentalmente de tipo fisiológica debemos agregar otros aspectos de tipo cognitivo pues —como sostiene el autor— “el dolor nos ofrece más que solamente respuestas del sistema nervioso autónomo o conductas motoras reflejas. El dolor tiene un carácter contextual, que debe resaltarse para hacer justicia a algunas de sus particularidades funcionales”. Así, el dolor intenta resolver el problema del ajuste de la conducta de protección mediante distintos mecanismos como las fuerzas motivacionales primaria (donde se producen conductas orientadas al cuerpo) y secundaria (donde se producen conductas dirigidas a la experiencia) del dolor y ciertos efectos de modulación sofisticados. Resulta particularmente interesante y útil para las ciencias sociales el papel que juegan las fuerzas motivacionales secundarias, las cuales son propiedades cognitivas de nivel superior que pueden modular el dolor al tener efectos analgésicos o limitativos, o de amplificación del mismo, como pueden ser las creencias y las expectativas. Además de que en términos generales tienen un papel adaptativo, pueden jugar un papel adaptativo adicional en la toma de decisiones y en la planeación a largo plazo. En suma, el dolor es un fenómeno complejo que a menudo involucra estados y procesos fisiológicos y cognitivos de varios niveles.

El capítulo 4, de Héctor Carrillo, examina las múltiples maneras en que surge el discurso de la pasión sexual en las narrativas de migrantes mexicanos homosexuales que entablan relaciones sexuales y afectivas con hombres homosexuales de Estados Unidos. Su trabajo se basa en una sólida muestra cualitativa de 146 entrevistas realizadas tanto a migrantes gays mexicanos como a estadounidenses de origen latino y de otros grupos étnicos o raciales. Sostiene que que más allá de simplemente representar un estereotipo cultural, las nociones del latin lover y de la mayor pasión sexual de los mexicanos y latinos tienen también un lado productivo, el cual se manifiesta de diversos modos. En efecto, los inmigrantes se refieren a la pasión sexual en sus esfuerzos por delimitar lo que Lamont y Molnár denominan “límites simbólicos” o “fronteras simbólicas”, los cuales refieren a las distinciones conceptuales hechas por actores sociales para categorizar objetos, personas, prácticas, e incluso, el tiempo y el espacio. También separan a la gente en grupos y generan sentimientos de semejanza y pertenencia de grupo y son un medio esencial por el que las personas adquieren estatus y monopolizan recursos. Los inmigrantes de su estudio retoman el estereotipo de la pasión sexual mexicana/latina y lo convierten en una frontera simbólica que les proporciona una fuente de empoderamiento individual y grupal. Pero también, al adoptar el discurso de la pasión sexual latina, los inmigrantes mexicanos buscan realizar una crítica general de la cultura predominante blanca estadounidense. Aunque la opinión de que los mexicanos y latinos son sexualmente más apasionados no está generalizada, el uso del discurso de la pasión sexual mexicana/latina es indicativa del poder cultural que tienen las emociones como una herramienta de comparación cultural entre mexicanos y estadounidenses. Su análisis pretende ilustrar el papel que las emociones pueden jugar en la formulación de comparaciones culturales.

Carrillo describe el término “pasión sexual” como un conjunto de emociones que los participantes encapsularon bajo ese rubro, incluyendo lo que conciben como la entrega, la “cachondez”, y la búsqueda de intimidad (emocional y corporal) con sus parejas sexuales. En general, sus narrativas describen la pasión sexual en términos de emociones que se refieren a sentimientos relacionados con estados mentales y sicológicos que crean una especie de “estado alterado” asociado con la interacción sexual, además de una serie de sensaciones, acciones y disposiciones corporales que los participantes interpretan como “apasionadas”. Las expereriencias y visiones de los entrevistados sobre la supuesta mayor pasión sexual de los mexicanos gays, refuerzan los estereotipos atribuidos a los mexicanos como latin lovers, donde predomina la pasión en las relaciones sexuales y a los americanos como fríos. Sin embargo, otros entrevistados han desarrollado una idea crítica sobre el estereotipo del latin lover latino y lo perciben como un elemento de fetichización, exotización e hiper-sexualización que refuerza las diferencias raciales y culturales en la sociedad estadounidense. Para algunos —generalmente mexicanos o de origen latino— ello forma parte de la dominación y supremacía blanca; para otros —generalmente estadounidenses— forma parte de la ideología convencional norteamericana del individualismo. Pero es interesante observar que hay un tercer grupo que ve la pasión sexual latina no como un estereotipo que refuerza las relaciones desiguales y de supremacía blanca sobre otros grupos étnicos o raciales minoritarios como los mexicanos o latinos, sino como un elemento de superioridad de los mexicanos frente a los estadounidenses, de orgullo cultural que provee una posible forma de empoderamiento y una herramienta para criticar a la cultura predominante estadounidense.

El capítulo 5, de Marta Lamas, analiza la vergüenza en las trabajadoras sexuales callejeras en la ciudad de México. Partiendo de la perspectiva reciente sobre el efecto que tienen las emociones en la sociedad —lo que se ha llamado “giro afectivo— y los procesos de individuación subjetiva para el avance democrático, presenta las experiencias de trabajadoras sexuales que han superado la vergüenza, tradicionalmente asociado al valor cultural de su oficio. A través de un breve recorrido histórico de los códigos mediterráneos y de la revisión del estigma de “puta”, presenta cómo se desarrolló la construcción cultural de dicha valoración. Su análisis no sólo destaca los condicionantes sociales en el proceso de civilización sino también algunos aspectos psíquicos ligados a la vergüenza, como la culpa y la depresión. Asimismo, se puede advertir que en un primer momento la vergüenza está determinada por el “ojo externo” que sanciona el violentar ciertas reglas sociales (en este caso, del uso del cuerpo). Pero en un segundo momento, la vergüenza puede ser interiorizada, adquiriendo estados emocionales distintos como el de la culpa y la depresión. Del análisis de sus experiencias, propone que el proceso de concientización política fue lo que les permitió resignificar su actividad como una cuestión laboral y superar con ello la vergüenza. La idea central que subyace es la importancia que tiene el afecto en la transformación política positiva.

En efecto, la vertiente del giro afectivo propone que no hay que comprender las emociones solamente como estados psicológicos, sino también como prácticas sociales y culturales que inciden en la vida pública. La vergüenza funciona para sostener la posición subordinada de las trabajadoras sexuales, y para que siga existiendo la injusticia de que el estigma recaiga solamente en ellas. Esto| es precisamente lo que la autora denomina la “marca del género” en el comercio sexual y alude a que únicamente las mujeres son víctimas de violencia simbólica. La reproducción social de ciertas emociones —como el rechazo o el desprecio— hace que las trabajadoras se sientan culpables o pecadoras en lugar de sentirse víctimas del sistema y su doble moral. El tránsito de muchas trabajadoras sexuales de vergonzosas a desvergonzadas es resultado del proceso que han vivido por el trabajo de acompañamiento político y afectivo de Brigada Callejera en Apoyo a la Mujer “Elisa Martínez”. Esta asociación civil se ha dedicado a promover que se deje de considerar a este oficio como una actividad denigrante; y en esa línea lee, bajo otra clave, las experiencias dolorosas y traumáticas, su perspectiva interpretativa vuelve política una vivencia que ellas suelen reducir a su propia voluntad. Lo que esta asociación ha logrado es ir más allá de alimentar su autoestima: ha consistido en devolverles la dignidad y potenciar el orgullo de participar en una lucha política compartida con otros sectores sociales.

El capítulo 6, de Zeyda Rodríguez, aborda el tema de las emociones juveniles en torno al amor, sus auto-regulaciones del yo y sus imaginarios amorosos. El trabajo se centra en analizar una variedad de emociones que se presentan entre jóvenes de clase media de la ciudad de Guadalajara cuando han entablado relaciones amorosas, poniendo atención en sus capacidades de auto-regulación del Yo y los imaginarios amorosos que las orientan. Ante el supuesto del sentido común de que la irracionalidad e impulsividad forman parte de la naturaleza de las emociones de los jóvenes, Rodríguez argumenta sobre el papel fundamental que juega la cultura en la configuración de las emociones. Para abordar el problema de la auto-regulación de las emociones, retoma la propuesta de Mead sobre la distinción entre el Yo, el Mí y el Otro Generalizado resaltando en ella la capacidad reflexiva y, en ese sentido, de auto-regulación; incorpora la distinción que hace Goffman del Sí-mismo entre personajes (quienes desempeñan roles de acuerdo con las normas) y actor (le atribuye la experiencia emocional), y considera también la propuesta de Hochschild sobre la regulación de las emociones y su actuación profunda de acuerdo con las normas sociales y culturales vigentes en una sociedad. Para el estudio de los imaginarios se apoya en la perspectiva cognitiva, sustentada por autores como Ortony, Clore y Collins. Desde esta perspectiva lo expresivo, fisiológico y conductual de las emociones suponen un proceso cognitivo.

A través de la realización de entrevistas, Rodríguez obtuvo información sobre las experiencias emocionales de jóvenes de la ciudad de Guadalajara que han entablado relaciones amorosas o románticas. En particular, son analizadas las narrativas de cuatro jóvenes a partir de dos ejes: el de la auto-regulación, lo cual implica la agencia emocional y los imaginarios amorosos representados por las creencias, normas, valores y saberes. La autora incorpora los aspectos cognitivos y observa que los jóvenes se encuentran inmersos en un contexto de alternativas socializadoras (familia, religión, comunidad, escuela, medios masivos de comunicación y redes), lo cual configura un escenario simbólico con múltiples conceptos, significados, normas y valores; heterogéneo, pero también contradictorio. Lo anterior les permite ejercer esa capacidad reflexiva y de autorregulación del Yo mediante la cual, dependiendo de sus recursos personales (materiales, culturales, afectivos, etc.), interpretan lo aprehendido y regulan más tarde o más temprano, la intensidad de las emociones que experimentan.

El capítulo 7, de Tania Rodríguez, analiza las consecuencias paradójicas del uso de lo que denomina tecnologías afectivas por parte de jóvenes urbanos en el ámbito del amor y la pareja. La autora propone que las nuevas prácticas íntimas en el flirteo, el emparejamiento y la expresión afectiva, con mediaciones tecnológicas, abren oportunidades para cambios socioculturales, aunque los usos que se hacen de las tecnologías afectivas (como distintos dispositivos y redes sociales digitales utilizados para expresar, visibilizar, comparar, compartir, inhibir, evocar y almacenar afectos y emociones) indican tendencias claras de reforzamiento de ciertos componentes del imaginario romántico (por ejemplo, la idealización del ser amado, la concepción de la pareja como una relación de propiedad, las exigencias de transparencia absoluta para obtener la confianza anhelada, entre otros) en el sector de los jóvenes heterosexuales de una región urbana de México. Estas tendencias, no obstante, convergen con nuevas rutas para el emparejamiento, formas de cortejo más flexibles y ambiguas, y mayores oportunidades para hacer búsquedas amorosas especializadas. La interacción a través de tecnologías contribuye a transcender los límites espaciales y temporales del emparejamiento, permite y libera a las prácticas sexo-afectivas de múltiples controles normativos y propicia comportamientos más desinhibidos o libres.

El internet amplía posibilidades, por ejemplo, en el mercado romántico, pero no es ilimitado y, como sostiene la autora, también es importante considerar las continuidades entre la comunicación presencial (off-line) y digital (on-line). Incluso, la mayoría de las relaciones digitales importantes (de amistad o de pareja) provienen de relaciones presenciales; mientras que las conexiones iniciadas online no suelen transformarse en relaciones cara a cara la mayoría de las veces. La mediación tecnológica, en consecuencia, está cambiando las formas de cortejo y búsqueda de pareja. Como se anotó antes, estas prácticas se han vuelto más informales, intencionalmente ambiguas, e involucran una mayor racionalización sobre sí mismo, sobre quién se es y qué se anhela en una pareja. Pero las tecnologías afectivas por sí mismas no mejoran ni empeoran las relaciones íntimas de los jóvenes. Su agencia en los usos de estas tecnologías es la que mantiene, actualiza y transforma las formas de concebir y actuar el amor en las prácticas del cortejo, el ligue, y la expresión afectiva. Los resultados muestran que los jóvenes realizan múltiples prácticas afectivas en el ámbito de la pareja que tienden a reforzar componentes claves del imaginario romántico, aunque lo hacen con mayores libertades, recursos, y disposiciones a la experimentación de rutas, ritmos, criterios, para buscar. Las experiencias en la vida íntima son cada más diversas, conllevan más opciones, así como se nutren de acervos culturales provenientes de diversas fuentes que revitalizan el imaginario romántico, pero también lo ponen en duda, abriendo opciones legítimas distintas a la hegemonía heterosexual y romántica.

En el capítulo 8, Rosario Esteinou aborda el tema de la depresión adolescente en el contexto familiar. Se trata de una reflexión que trata de vincular algunas teorías desarrolladas en el campo de la filosofía con la sociología, la psicología y algunos de los resultados obtenidos en una encuesta sobre jóvenes. En la primera parte del trabajo realiza una discusión conceptual sobre si la depresión puede ser entendida como emoción, como conjunto de emociones o estados emocionales, o como estado de ánimo. Desde su punto de vista, la depresión es un estado de ánimo y su análisis incorpora aspectos fisiológicos y corporales, pero también cognitivos, sociales y culturales. A partir de una encuesta realizada en el 2010 en adolescentes mexicanos sobre educación parental y competencia social adolescente, el estudio incorpora tres niveles de análisis o de observación que tratan de recuperar los aspectos corporeizados, cognitivos, evaluativos, sociales y culturales de la sintomatología depresiva y de las emociones presentes en ella, así como las distintas influencias familiares. El primer nivel de análisis se centra en cómo el/la adolescente se coloca como objeto de observación de sí mismo con respecto a la sintomatología depresiva; en el segundo, considera la observación del/la adolescente respecto de sus relaciones con sus padres, es decir, como objetos relacionales, a través de sus comportamientos percibidos y otros aspectos; en el último, la observación se centra en los resultados estadísticos provenientes de la asociación entre las relaciones padres-hijos y la sintomatología depresiva, lo cual arroja algunos de los condicionantes sociales y de valores que parecen regir la parentalidad y las dinámicas familiares en nuestro país, y que parecen estar ligados a esa sintomatología.

Los resultados arrojan diferencias de género importantes tanto entre las y los adolescentes como en las relaciones de cada uno con la madre o el padre. Por ejemplo, algunos de los factores que promueven la depresión en las muchachas en su relación con el padre son la intrusión psicológica, la comunicación negativa, el conflicto y la autoridad legítima, pero también hay otros resultados paradójicos como el apoyo que parecen mostrar una relación problemática con el padre. En el caso de los adolescentes, el conflicto y la autoridad legítima aparecen como promotoras de sintomatología depresiva respecto de ambos padres. Los resultados sobre el impacto que tienen algunas variables de relación sobre la sintomatología depresiva parecen mostrar algunas pautas sociales y culturales que influyen en la parentalidad y en el surgimiento de emociones ligadas a la depresión y su sintomatología. Algunas de esas pautas refieren a los aspectos normativos ligados a la autoridad legítima. La influencia de ésta en promover la depresión puede estar mostrando que ese tipo de autoridad es ineficaz para fincar una parentalidad que promueva una conectividad emocional empáticamente regida, por lo cual ésta tiende a ser de tipo adaptativo, manifestada en la simple obediencia.

El capítulo 9, de Ana Josefina Cuevas, analiza el miedo y el orgullo que han vivido madres solas en el proceso de crianza en algunos pueblos y ciudades de Jalisco y Colima. A partir de una reflexión sobre el papel y función que tiene para las mujeres el matrimonio en el México contemporáneo, en términos de su identidad y su vida familiar en un marco patriarcal, estudia los valores que detentan las mujeres en el momento de ruptura por separación, divorcio y viudez, y las emociones que experimentan en su nueva condición, en el proceso de crianza y como proveedoras. La transición de una familia nuclear a una monomaternal en el contexto estudiado, redefine la posición de las mujeres dentro del grupo social y su identidad de género. Esto implica un proceso dual de introspección y de valoración social de la nueva posición social. En ese proceso de transición sufren estigmatizaciones, así como acoso y violencia sexual por parte de la familia y su círculo cercano. Su análisis lo realiza a partir de 48 entrevistas a mujeres madres solas de distintos estratos socioeconómicos, y se basa en una perspectiva cognitiva.

En el caso concreto de las madres solas estudiadas, el orgullo se deriva de criar, educar y mantener a los hijos sin el apoyo de la pareja, sujeto a quien de manera histórica —y aún legal— se le reconoce la custodia legal y moral de la esposa e hijos en muchas sociedades contemporáneas. El proceso de ruptura y la muerte de la pareja confronta a las mujeres con la realidad de la responsabilidad de convertirse en la cabeza de la familia. Una posición que es contradictoria ya que, por un lado, se visualiza como la única salida ante los problemas conyugales mientras que por otro, abruma —incluso retrasa el rompimiento conyugal— por la enorme responsabilidad que conlleva. Es justo en esta disyuntiva, que orgullo y miedo surgen como emociones emparentadas y con valencias positivas tras la ruptura del vínculo conyugal y viudez. El miedo que expresan las madres solas en las narrativas es una emoción cotidiana que se liga a una variedad enorme de situaciones entre las que destacan principalmente cuatro tipos: miedo a fallar en la educación moral de los hijos, miedo a la escasez de dinero para alimentarlos, para pagarles su educación y a volver a la soltería con la responsabilidad total de los hijos.

El capítulo 10, de Dubravka Mindek, aborda el amor de pareja en un pueblo del medio rural y describe los estilos de amor que conocen y experimentan las parejas de una localidad rural de origen indígena del centro de México. A partir de lo anterior, busca comprender el significado, la importancia que adjudican al sentimiento amoroso en la formación, la preservación y la disolución de sus uniones conyugales. Su estudio indica que la relación heterosexual de pareja ha sido la forma predominante de unión, la cual desde hace tiempo se da a través de la elección libre del cónyuge —no a través de los arreglos por parte de los padres— y de la atracción física.

En efecto, Mindek señala que de manera creciente se ha consolidado el noviazgo como etapa previa a la unión y propone que los procesos de individualización han tenido un efecto en las vidas conyugales y de elección de pareja, de tal forma que hombres y mujeres, especialmente los jóvenes, eligen cada vez más a sus parejas con mayor libertad y entablan relaciones basadas no tanto en el amor romántico —fenómeno más común en las generaciones mayores— y más en un estilo de amor confluente que enfatiza el conocimiento mutuo y depende de las gratificaciones emocionales que brinda la relación misma para cada uno de los miembros de la pareja, como ha sostenido Giddens. Sin embargo, y en el caso concreto de las mujeres, lo anterior puede estar más presente al inicio de la relación pues Mindek observa que las separaciones y divorcios son más un resultado de la falta de cumplimiento de los papeles convencionales de género que social y culturalmente aún perviven. Los rompimientos, por lo tanto, no derivan del agotamiento de las emociones —el amor— que le dieron inicio, sino más bien de las necesidades de contar con una pareja estable que sea solvente económicamente y que cumpla con su papel de padre.

El capítulo 11, de Guillermina Natera, aborda la restauración de emociones en mujeres indígenas con parejas que abusan del alcohol. A partir de las propuestas de varios autores sobre la naturaleza de las emociones, destaca el papel de los valores, las normas sociales y la historia de cada sociedad en la configuración de las emociones y también del comportamiento. Natera realiza un análisis del proceso emocional por el que transitan las mujeres para enfrentar el problema del consumo excesivo de un familiar cercano en una comunidad indígena Ñhañhú (otomí) en el valle del Mezquital del estado de Hidalgo. La autora presenta el panorama problemático en el que se inscriben las mujeres indígenas de esa comunidad, donde además de las condiciones de pobreza y de vulnerabilidad se suman las dificultades de conciliar la atención de la medicina alópata con la visión y atención tradicional indígena de la salud, y la deficiencia tanto de recursos como de servicios dirigidos a los problemas de salud mental, como los programas de intervención breve que propone y han aplicado en el Instituto Nacional de Psiquiatría Juan Ramón de la Fuente.

La intervención ofrecida es un modelo de atención psicológica de corte cognitivo dirigido a los familiares consiste en cinco pasos (en los cuales se incorporan las distintas fases del drama social definidas por Turner: ruptura, crisis y liminalidad, reajuste, y restauración de las emociones) éstos no necesariamente siguen un orden, sobre todo si es la primera vez que se habla del problema. El primer paso trata de explorar las preocupaciones del familiar, sus emociones y sentimientos de manera específica; en el segundo se da información necesaria para aclarar dudas sobre qué es un consumo nocivo o no de alcohol. Después de avanzar en el primero y segundo pasos, por lo general, las mujeres aceptan su propio malestar y se clarifica lo que para ellas significa vivir con una persona que consume alcohol en exceso y se les motiva a que se centren en su propia problemática más allá de si el consumidor deja o no de beber alcohol. En el tercero, se analizan las formas que han utilizado para enfrentar la problemática y se exploran otras nuevas, a través de una revisión de las ventajas y desventajas de cada una de ellas. En este punto es notorio que ya han puesto en marcha muchas formas de enfrentar la situación con resultados negativos. Se asume este paso como el corazón del modelo pues es cuando se transforman las emociones y sentimientos. El cuarto paso consiste en identificar redes de apoyo en la familia y en la comunidad. Y el quinto promueve la búsqueda de una atención más profunda y especializada si es necesario.

Referencias

De Sousa, Ronald. 2014. "Emotion",en Edward N. Zalta (ed), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Spring 2014 Edition), URL = https://plato.stanford.edu/archives/spr2014/entries/emotion/ Consultado el 10-02-17.

Goffman, Erving. 1961. Encounters: two studies in the sociology of interaction. Bobbs-Merrill, Indianapolis, United States of America.

————.1959. The presentation of self in everyday life.

Hansberg, Olbeth. 1996. La Diversidad de las Emociones, México, Fondo de Cultura Económica.

Hochschild, Arlie R. 1983. The managed heart: commercialization of human feeling. University of California Press, Berkeley.

————. 1979. Emotion work, feeling rules, and social structure, American Sociological Review, vol. num. 85, págs. 551-575.

Prinz, Jesse. 2004. “Which emotions are basic?”, en D. Evans y P. Cruse (eds.), Emotion, evolution, and rationality, Oxford University Press, Oxford, págs. 1-19.

1 Agradecemos el apoyo brindado por Katya Hinke y Daniel Soberón a las distintas actividades del seminario.

2 Para una revisión más amplia, véase De Sousa (2014).

1
Emociones, intimidad y confianza

Olbeth Hansberg1

Introducción

Desde la antigüedad, la filosofía se ha ocupado de las emociones aunque con frecuencia se les ha asignado un rol secundario frente a la razón: se ha discutido su naturaleza, su relación con la agencia y, sobre todo, en la filosofía clásica, su influencia para favorecer o impedir la acción moral. Para algunos, las emociones son vicios que hay que controlar, y no dejarse dominar por ellos. Las emociones se consideraban disruptivas de la razón, un obstáculo para la racionalidad práctica y un peligro para la autonomía de las personas. Algunos ejemplos preferidos son la cólera, el miedo en sus diferentes formas y grados, los celos y la envidia. Por otro lado, está la tradición de Hume y Adam Smith de considerar a algunas emociones como fundamentales para la acción moral: simpatía, respeto, compasión, indignación…, porque nos ofrecen razones y motivación para actuar, algunas a favor de nuestras obligaciones con otras personas: respeto, simpatía, empatía, ternura, amor; y otras como incentivos o como sanciones para actuar moralmente: culpa, vergüenza, remordimiento.

En las últimas décadas ha renacido el interés por la afectividad, sobre todo por las emociones. Las emociones constituyen actualmente un tema importante para disciplinas muy variadas,2 entre otras cosas, porque se ha investigado y puesto en duda la dicotomía drástica entre emoción y razón. La filosofía contemporánea se había ocupado más de otros estados mentales, principalmente de las llamadas “actitudes proposicionales”, como creencias, juicios, pensamientos, deseos, intenciones, etc.3 Ejemplos serían: “Juan cree que será posible vivir en Marte” o “María quiere que su hijo sea un gran científico”; y de las percepciones: de colores, de objetos, de estados de cosas, de situaciones, de ruidos, texturas, olores, sabores, etc. Las relaciones entre percepciones y creencias es una preocupación central de la filosofía, dado el interés por la adquisición de conocimiento y por el razonamiento. Sin embargo, la filosofía también ha estudiado otros estados y procesos mentales como las sensaciones, las imágenes, y más recientemente las emociones y otros estados afectivos, como los estados de ánimo, las disposiciones afectivas y temperamentos, entre otros.4 Actualmente existe un gran interés por estudiar los rasgos distintivos de las emociones y su relación con otros estados mentales.5

Teorías de las emociones

A la pregunta ¿que son las emociones? se han dado respuestas muy diferentes: algunos, como los estoicos, han tratado de reducirlas a juicios o a creencias,6 otros a conjuntos de deseos y creencias, a juicios evaluativos, a percepciones o a estados semejantes a éstas. Sin embargo, cada vez se impone más una versión de las emociones como estados mentales sui generis que, aunque están íntimamente relacionados con otros estados mentales, no pueden reducirse a ninguno de ellos. Por otro lado, cada vez es más claro que muchos de los procesos y estados mentales no pueden estudiarse de manera aislada, sino que requieren de todo un sistema de otros estados mentales que les dan sentido. Debemos aceptar que existe una interacción constante entre los distintos estados mentales, y una de las cosas centrales a investigar, es la manera en que se relacionan para explicar nuestra vida mental y nuestras acciones.

Existe una gran diversidad de estados afectivos, desde los más primitivos hasta los más sofisticados y cualquier teoría de las emociones tiene que dar cuenta de esta diversidad. Aquí me ocuparé de dos grandes cuerpos de teorías de las emociones: las congnitivas y las perceptivas. Las teorías cognitivas que fueron originalmente una reacción frente a la tesis de que las emociones eran meros sentimientos o sensaciones. Las teorías cognitivas insisten en que las emociones son en parte estados cognitivos. En cambio, algunas teorías más recientes critican esta forma de considerar a las emociones y sostienen que son una forma de percepción. Discutiré los rasgos generales y los problemas a los que se enfrentan estos dos grupos de teorías.7

Ambos grupos de teorías se ocupan sobre todo de los episodios emocionales, esto es, de procesos o estados mentales que tienen una duración relativamente corta, que son sucesos fisiológicos, que tienen una fenomenología característica, conducta expresiva no intencional y un componente motivacional, o una tendencia a la acción o que tienen que ver con acciones que se explican por la emoción.8

Las teorías acerca de la naturaleza de las emociones ponen mayor énfasis en algunos de sus aspectos y las agrupan según lo que les interesa investigar. Esto quiere decir, exagerando un poco, que unos estudian el miedo de una rata ante un shock eléctrico, y otros examinan el miedo de una persona a hablar en público o el miedo a ser castigada por Dios. Es decir, a unos les interesa más explicar las emociones más primitivas que compartimos con los animales y su evolución, y a otros las emociones más sofisticadas y su relación con otros estados mentales y con las explicaciones de acciones intencionales. Sin embargo, una teoría general de las emociones tendría que dar cuenta de todos estos aspectos, o sostener que existen teorías distintas para las emociones básicas y para las emociones más sofisticadas, características sólo de los humanos.

Teorías cognitivas

Las teorías cognitivas9 sostienen que una característica de los estados mentales, incluyendo a las emociones, es su intencionalidad. La intencionalidad es, en su versión más simple, la idea de que las emociones están dirigidas a un objeto10 (tiene miedo a…, le indigna que… ) desde cierta perspectiva (como aterrador, ofensivo, apetitoso, etc.). Las emociones se consideran en gran medida como actitudes proposicionales, que tienen un contenido proposicional, o que al menos algún contenido cognitivo específico es necesario para cada emoción. A este tipo de teorías les importa dar cuenta de la intencionalidad de las emociones porque el propósito de considerarlas como intencionales permite entender cómo la emoción orienta al sujeto que la tiene, hacia el mundo y hacia otras personas. Y, además, permite prever, en muchos casos, qué acciones esperar de esa orientación hacia algo en el mundo. Las teorías cognitivas dejan de considerar a las emociones como divorciadas de la razón y asumen que éstas, o son en parte cognitivas o pueden combinarse con otros estados mentales para explicar acciones. Esto es, las conciben como razones para actuar porque pueden considerarse como “actitudes favorables” (como los deseos, las inclinaciones, los anhelos y otros estados conativos) con un contenido que, junto con las creencias pertinentes, permiten explicar acciones intencionales. Un ejemplo simple sería: “Elia no sale de noche, porque tiene miedo de que la asalten y cree que en las noches es más probable que esto ocurra”.

Ahora bien, este tipo de teorías han sido criticadas porque no dan cuenta de las emociones de seres no lingüísticos o de seres pre lingüísticos. También porque son versiones demasiado intelectuales que no reflejan lo que comúnmente entendemos por emociones,11 esto es, que son experiencias fenomenológicas, es decir, que sentimos algo cuando nos enojamos, o cuando muere alguien querido, etc. Estas sensaciones o sentimientos están presentes durante los episodios emocionales, sobre todo de algunas emociones como la ira, la indignación, el miedo, la culpa, el remordimiento, los celos, etc. Pero hay otras en las que lo que se siente es menos claro, como la esperanza. En todo caso a los filósofos cognitivistas les preocupan ante todo las emociones de humanos adultos que razonan y que pueden calificar sus emociones como razonables, adecuadas, exageradas dada la situación o francamente irracionales, etc. Esto es, les preocupan asuntos que tienen que ver, entre otros, con la explicación de la conducta intencional, con las relaciones de las emociones con otros estados mentales y con la moralidad.12

Teorías perceptivas

Las teorías perceptivas, en cambio, pertenecen a una tradición distinta y son las más discutidas actualmente, en parte porque son más adecuadas para la investigación empírica. Pretenden dar cuenta de las emociones como adaptaciones evolutivas que cumplen ciertas funciones para la supervivencia, y que se encuentran en diversas especies hasta llegar a las emociones humanas que, aunque más sofisticadas, no son fundamentalmente distintas. Esta línea de investigación viene de Darwin, W. James, los neurofisiólogos, los etólogos, y en filosofía, de los neo-jamesianos actuales,13 como Jesse Prinz. Los partidarios de estas teorías toman en cuenta los avances tecnológicos, por ejemplo, para estudiar el cerebro, los descubrimientos empíricos, los experimentos en psicología, en neurociencias y en otras disciplinas y, tienen la ventaja, se dice, que explican tanto la conducta emocional de animales no-humanos y de bebés, como la de los humanos capaces de conceptualizar sus emociones. Para algunos las emociones son un tipo de percepción no conceptual que responde a señales del entorno que se perciben como amenazadoras o favorables. Este tipo de explicación de las emociones no da cuenta de su intencionalidad o no la reconoce como importante. Tiende a concentrarse en las emociones más primitivas o básicas, y no se ocupa en general de los estados afectivos y las emociones más complejas que requieren de componentes cognitivos. Sin embargo, la participación de científicos como Damasio y LeDoux, y de psicólogos sociales como Lazarus, han avanzado en el estudio de la afectividad, y las teorías cognitivas tienen que tomar en cuenta y enfrentarse a estos desarrollos científicos o criticarlos y explicar por qué son o no son adecuados.

Prinz es un filósofo que entiende que es esencial dar cuenta de la intencionalidad de las emociones y pretende explicar desde las emociones más básicas hasta las emociones que dependen de inputs cognitivos. Para Prinz,14 las percepciones de los cambios corporales en los que consisten las emociones son también representaciones de propiedades que se relacionan con intereses vitales del sujeto de la emoción. Sostiene, por ejemplo, que el duelo representa pérdida, el enojo ofensa, el miedo peligro, etc. Los estados mentales representan por “covariación funcional…” (Prinz, 2004b: 24),15 es decir, un estado mental representa16 por ejemplo, peligro si a) ocurre confiablemente cuando se presenta el peligro, y b) se adquirió para ese propósito. Las emociones, afirma Prinz, son como “alarmas contra incendios”, a saber, las percepciones de cambios en nuestro cuerpo que siguen cierto patrón, representan peligro porque están programadas para activarse cuando haya peligro, otros cambios se activan cuando hay una pérdida, un predador, un apareamiento, algo apetitoso, etc. La teoría sostiene que “Las emociones se corporeizan porque son percepciones de cambios corporales, y son valoraciones porque representan un asunto de interés para el agente.” (Prinz, 2004b: 26). Las representaciones mentales de los activadores de temor, por ejemplo, se agrupan en un archivo mental de activación. Al activarse algún elemento del archivo el resultado es el miedo. Así, en animales no-humanos existen disposiciones conductuales que se activan con un número limitado de estímulos y producen un patrón de conducta específica. El mecanismo motivacional se activa de manera rápida, automática o quasi automática, sin intervención de pensamiento y decisión. Algunos como Ekman17 se refieren a los “programas afectivos” ligados íntimamente con patrones de conducta típicos de las diferentes emociones, sobre todo, de las llamadas emociones básicas, por ejemplo, miedo, ira, asco, sorpresa, alegría, tristeza.

¿Pero qué pasa con las emociones que requieren estados cognitivos? La idea de Prinz es que, en el caso de emociones no básicas o superiores, esto es, emociones como la envidia, los celos, la indignación, la esperanza, entre otras, los archivos de incitación adquieren nuevos incitadores que pueden ser cognitivos o desiderativos que producen emociones más complejas o cognitivamente informadas. Así, “Las emociones no-básicas, como los celos, emergen cuando se establecen nuevos archivos de incitación que reclutan valoraciones existentes para servir al propósito de rastrear nuevos temas” (Prinz, 2004a: 101). Tenemos entonces que las variaciones o contenido, por ejemplo, del miedo, depende del tipo de activadores que causan la emoción. El episodio emocional de miedo puede desencadenarse cuando está presente un predador, o cuando uno tiene miedo de que lo secuestren o de fracasar como artista, o de que aumente la tasa de cambio y no pueda pagar sus deudas.

Sin embargo, faltan más detalles de cómo funciona el mecanismo que permite la administración, por así decirlo, de estos archivos, a saber, cómo se adquieren nuevos y se desechan incitadores que ya no funcionan. Una respuesta es que el aprendizaje18 y la cultura, en general, nos permiten ampliar y organizar estos archivos que causan una determinada emoción. Ahora bien, los archivos no son parte de la emoción sino su causa y ni siquiera en las emociones superiores podemos considerar a los incitadores cognitivos como parte constitutiva de la emoción. Esta es la mayor diferencia con las teorías cognitivas, para las cuales el contenido cognitivo y conceptual es una parte constitutiva de la emoción o una condición necesaria de la emoción. Prinz, en cambio, argumenta que hay muchos incitadores posibles por lo que ninguno en especial puede ser constitutivo de la emoción. En cada caso los activadores pueden ser distintos, por ejemplo, una percepción, una expresión facial, una imagen, un juicio, etc., “las instancias de celos no se unen por el hecho de compartir juicios, sino por el hecho de que comparten estados somáticos y esos estados representan infidelidad” (Prinz, 2004a:101).

Ahora bien, uno podría conceder que existen activadores distintos que pueden desencadenar, por ejemplo, los celos, pero sigue pendiente la cuestión de elucidar ¿cómo es que todos estos estados distintos activan, por ejemplo, los celos? Una respuesta posible es que se los “ve” como evidencia de una posible infidelidad. Pero la respuesta no es satisfactoria, al parecer se necesita algo como un pensamiento que reúna a todos esos elementos como indicios de infidelidad (Jones, 2008: 21). Para los neo-jamesianos lo único que tienen en común los incitadores de los celos son los patrones de cambios corporales propios de este tipo de emoción. Pero aquí surge inmediatamente la duda de si existen cambios fisiológicos típicos de la infidelidad. ¿O de la esperanza, o el orgullo?

Otro problema que tienen teorías como la de la valoración corporeizada de Prinz es que no explica acciones particulares que podemos hacer los seres humanos por alguna emoción. Pero es un hecho que la enorme variedad y complejidad de las acciones que los humanos pueden hacer por una emoción determinada dista mucho de lo que sería la conducta estereotipada y dependiente de los estímulos del entorno de muchos animales no humanos.19 Así, en un caso de amenaza, digamos nuestro ejemplo anterior de “Elia tiene miedo de caminar por una calle oscura porque la pueden asaltar”. El miedo está dirigido hacia el posible asaltante y este es el objeto acerca del cual lleva información la emoción. Para Prinz, en cambio, los sentimientos de miedo representan peligro, pero nada nos indica que estén dirigidos a algo específico en el mundo, en este caso, al posible asaltante en la calle oscura. Una posible respuesta que utilizaban también los cognitivistas es la antigua distinción de Kenny (1963), entre el objeto formal de una emoción y el objeto particular. Así, el objeto formal representa el aspecto, o la propiedad evaluativa de una emoción, digamos el ser peligroso sería el objeto formal del miedo, o lo ofensivo de la ira, mientras que el objeto particular sería aquello que produce miedo o enojo en una ocasión particular. Pero esta sugerencia habría que evaluarla con mayor detalle y ver los pros y los contras de aceptar estos dos tipos de objetos de cada emoción, lo que iría más allá de lo que pretende este artículo.

El propósito de este breve recorrido de los dos grupos de teorías me permite hacer ahora algunas distinciones que me servirán para describir otros aspectos de la vida emocional que abordaré posteriormente.

Cuando hablamos de emociones nos referimos muchas veces a las emociones que tiene una persona en un momento dado y que tienen ciertas características ya mencionadas, a saber, a los episodios emocionales que se dan en circunstancias específicas y que tienen un objeto particular que se presenta bajo un cierto aspecto, por ejemplo, “Pedro está enojado con su hijo porque le dijo una mentira.” Pero frecuentemente también hablamos de disposiciones a tener emociones cuando se dan las circunstancias apropiadas como, por ejemplo, “A Juan le gusta encontrarse con María” y es posible que busque ocasiones para verla. Estas disposiciones emocionales pueden durar algún tiempo o toda la vida, por ejemplo, “Juan evita a su padre porque desde chico le ha tenido un gran resentimiento”. La característica importante es que tienen un objeto, pero no tienen un componente fenomenológico más que cuando se actualiza la disposición. Podemos, sin embargo, atribuir las emociones todo el tiempo porque se muestran muchas veces en la conducta (Hansberg, 1996: 99-103).20

Otros estados afectivos son, por ejemplo, los estados de ánimo, o el temperamento de una persona que lo predispone a ciertos estados de ánimo que son ambiente propicio, a su vez, para ciertos episodios emocionales. Sin embargo, lo que aquí me interesa señalar es la distinción entre los episodios de una emoción y los rasgos emocionales más permanentes como los rasgos de la personalidad o rasgos de carácter como avaro, honesto, confiable, cruel, que caracterizan a las personas y son muchas veces útiles para explicar su conducta. Estos rasgos son en parte rasgos emocionales que reflejan los valores que tiene una persona y que se muestran en sus tendencias a reaccionar de ciertas maneras en sus relaciones con otras personas y en cierto tipo de situaciones.21

Cuando queremos explicar la conducta emocional de los humanos tenemos que explicar la naturaleza de la motivación emocional. Tomar en cuenta, por ejemplo, que en los humanos el input sensorial no está siempre conectado con disposiciones conductuales sino que sirve como input a un sistema pensante que aplica conceptos y razona. A pesar de que los humanos están también sujetos a patrones de conducta parecidos a los de otras especies, esto es, a reacciones inmediatas y automáticas, los humanos tienen también la capacidad de tener emociones con una fuerte base cognitiva, que son mucho más complejas y que requieren, entre otras cosas, de estados mentales muy diversos, de capacidades conceptuales y lingüísticas, de ciertos valores y, por supuesto, de la vida en sociedad y de culturas específicas.

El tema de las relaciones entre emociones y agencia es fundamental. Sin embargo, el lugar que ocupan las emociones en las explicaciones de las acciones es un asunto en plena discusión. Así, ambos grupos de teorías que se han descrito, suponen una visión distinta tanto de las emociones como de lo que ha de entenderse por un comportamiento emocional. Pero si de lo que queremos hablar es de relaciones interpersonales y conducta humanas, tenemos que tener presente que en la vida cotidiana es común explicar acciones intencionales mencionando emociones. Es una forma de contestar a la pregunta de por qué el agente actuó como lo hizo. “La mató por celos”, “la perdonó porque le dio lástima”. Es frecuente22 también que expliquemos emociones haciendo referencia a acciones de los otros. “No volvió a hablarle desde el día en que la insultó en público.” Las emociones motivan de distintas maneras y, en los humanos, pueden motivar, junto con deseos, valoraciones, creencias, etc., de una forma tal que nos permite entender el fin o propósito de las acciones de una persona, por ejemplo, qué le atrae, y qué rechaza el agente. A veces las emociones son ellas mismas actitudes favorables23 a un tipo de acción, por ejemplo, “tengo miedo del ladrón y me escondo”. Una emoción puede dar lugar a deseos generales (digamos, el deseo de evitar daño, el deseo de proximidad) o a deseos específicos “quiero llevar a comer a Carlota”, los cuales junto con otros estados mentales como creencias, o pensamientos, pueden provocar acciones particulares como medios para lograr el fin deseado. Las emociones humanas con frecuencia no producen acciones particulares, sino disposiciones a actuar que admiten un amplio espectro de posibilidades y en las que cabe deliberar y elegir. Por supuesto, no siempre deliberamos y elegimos qué hacer. Hay acciones habituales o urgentes que hacemos sin reflexionar, pero si nos preguntaran ¿por qué lo hiciste?, daríamos razones en las que figuran deseos específicos que dependen de las características de una situación particular. Sin embargo, las emociones humanas no están siempre ligadas a la conducta. Hay casos en que una emoción puede ser meramente contemplativa como las emociones estéticas, o las que sólo dan lugar a un anhelo (wish) que el agente sabe imposible de realizar, como el duelo y el remordimiento.24

Aparte de las distintas interconexiones entre emociones y agencia en los humanos, podemos afirmar que una diferencia clave de las emociones humanas frente a las emociones de los animales no-humanos, es que los humanos, repito, tenemos conceptos y un lenguaje; somos capaces de juzgar y de razonar, y estas capacidades conforman también nuestras emociones. Como lo expresa Helm: “[…] una vez que nosotros, animales lingüísticos, adquirimos la capacidad de juicio nuestras emociones se transforman en virtud de estas interconexiones racionales, de tal manera que nuestra capacidad de discriminación no necesita ser menos refinada en nuestras emociones de lo que lo es en nuestros juicios” (Helm, 2010: 319). Esto permite que la manera directa e inmediata en que el temor, por ejemplo, que se desencadena en un niño cuando ve algo que luce aterrador pueda, después de aprender el uso del concepto de peligro, ser atribuido a cosas que no lucen aterradoras, pero no son menos nocivas y peligrosas. “Estas emociones, al ser educadas, por decirlo así, para gobernarse mediante el entendimiento conceptual que se adquiere del mundo, se convierten en susceptibles a la razón.” (Deigh, 1994: 851). Esta susceptibilidad a la razón es, quizá, el rasgo más claro de las emociones humanas, pues “la base biológica de nuestras emociones no excluye su transformación por las capacidades que desarrollamos a través del lenguaje y la cultura; […]” (Helm, 2010: 319). Así, las emociones por sí mismas no son racionales, a-racionales o irracionales. Estos calificativos dependen de la situación, del origen de la emoción, de su conceptualización y su coherencia con otros estados mentales del agente.25 Por eso las emociones pueden a veces promover acciones razonables en el sentido de que nos permiten atender y entender mejor las reacciones o las necesidades de otros, pero también pueden ser factores de irracionalidad, desmesura, parcialidad y distorsión.26 Un ejemplo común del efecto que puede tener la intensidad de una emoción es que el agente que tiene la emoción actúe por la emoción en contra de su mejor juicio.27 Esto es así en las ocasiones específicas en las que la emoción, por decirlo así, gana en contra del razonamiento. Se trata de una de las formas más claras del fenómeno de la acrasia o debilidad de la voluntad. Un ejemplo clásico que menciona Davidson es el de Medea, quien consumida por los celos mata a sus hijos y se suicida, a pesar de que sabe que no debía hacerlo. La pasión no le permite al agente deliberar y lo motiva a actuar de la forma más automática y primitiva. Otro ejemplo es el del capitán que abandona su barco por miedo, cuando el barco está por naufragar, a pesar de que su razonamiento y sus convicciones interiores le aconsejan salvar a los pasajeros y, en todo caso, hundirse con el barco.

Pero también está el caso inverso cuando, en el conflicto entre juicio y emoción, no es la emoción la causa de irracionalidad. Algunas veces es claramente así, por ejemplo, con las fobias, “sin embargo, en otros casos un conflicto racional entre emoción y juicio puede hacernos dudar del juicio mismo” (Helm, 2010: 316). A este fenómeno se le ha llamado “acrasia inversa”: el agente actúa racionalmente, y aun moralmente, pero lo hace en contra de su mejor juicio. Este ejemplo pone en duda la tesis de que los agentes actúan racionalmente sólo cuando los guía un juicio reflexivo de lo que sería mejor hacer en una situación dada. El ejemplo es el de Huckleberry Finn,28 quien, debido a su simpatía por Jim, no lo delata ante los cazadores de esclavos, a pesar de que pensaba que debía hacerlo. “Huck se da cuenta posteriormente que tuvo razón en proteger a Jim, aunque no se diera cuenta de ello en el momento de decidir. Esto es, podría reconocer retrospectivamente que fue su simpatía, más que su juicio, lo que le representó a él correctamente la situación” (Döring, 2010: 296). Así, con estos ejemplos, meramente señalados, quisiera mostrar que entender qué cosas ofenden, agradan, molestan, disgustan, indignan, etc., a otras personas, permite entender por qué hacen o dejan de hacer ciertas cosas y ayudan a regular nuestra propia conducta con ellas, de tal forma que podamos promover ciertas actitudes y tratar de inhibir otras.

La relación entre emoción y agencia es muy compleja y cada uno de sus aspectos da pie para una discusión filosófica. Lo que hice aquí es un recorrido escueto del tipo de acciones que podemos hacer por emociones y cómo a su vez nuestras acciones y las de los otros, influyen en nuestra vida emocional.

Las relaciones interpersonales que son objeto de estudio de la mayoría de los capítulos de este libro son ejemplos de cómo la afectividad y las emociones son un factor ineludible en la caracterización de este tipo de relaciones. La influencia de la afectividad se vuelve crucial cuando nos referimos a las relaciones íntimas, en las que se ubican varios de los trabajos. Por esta razón quisiera ocuparme en lo que sigue de algunos elementos emocionales de la intimidad.

Relaciones interpersonales, intimidad y confianza

Strawson (1982: 15) afirma que esperamos que, en sus relaciones mutuas, los humanos manifiesten “un grado razonable de buena voluntad y consideración”, y que respondan con lo que llama “emociones reactivas”. Tenemos estas emociones cuando reaccionamos a las actitudes y sentimientos que otros humanos tienen hacia nosotros. Las emociones y sentimientos reactivos se dan en un complejo sistema de relaciones personales, las exigencias y expectativas que incluyen estas relaciones, su manifestación o falta de ella en el comportamiento y nuestra tendencia a responder con sentimientos y actitudes reactivas. La admiración, el resentimiento y la ira por ejemplo, son sentimientos29 reactivos personales; la indignación, la culpa y el remordimiento son emociones reactivas “morales”. Strawson afirma que la afectividad interviene en mayor o menor grado en cualquier relación interpersonal.

Las relaciones cercanas e íntimas forman un subgrupo de las relaciones entre las personas de una comunidad. En cualquier sociedad existe una enorme variedad de posibles relaciones entre sus miembros: relaciones políticas, religiosas, culturales, profesionales, familiares, amistosas, sexuales, para mencionar sólo algunas. Y todos tenemos múltiples relaciones que pueden incluirse en varias de estas categorías. Una cuestión que mencioné antes y que quisiera retomar en este apartado es que en las secciones anteriores me referí sobre todo a los episodios emocionales que, aunque por supuesto son parte de cualquier relación, no son la única forma en la que intervienen las emociones. En las relaciones más largas o estables, los episodios emocionales ocurrirán, pero también estamos hablando aquí de actitudes y rasgos emocionales más permanentes y de disposiciones a tener ciertas emociones. Esto es, las personas involucradas en relaciones personales cercanas o íntimas más duraderas tienen un cierto perfil evaluativo o emocional que se mostrará en sus acciones y actitudes.30

Una pregunta que habría que responder es: ¿hay algunas emociones que son necesarias para la intimidad o que promueven la intimidad y cuál es la forma en la que se presentan?

Según Giddens, “La intimidad es sobre todo comunicación emocional con los demás y con uno mismo, en un contexto de igualdad interpersonal” (1992: 130).31 La intimidad se da en el ámbito de la vida privada y se describe comúnmente como una combinación de, entre otros, los siguientes componentes: auto-revelación, expresión emocional, apoyo mutuo, confianza, intercambios físicos, ser afectado por el otro, compartir actividades y experiencias. (Gaia, 2002: 157-159). La intimidad es una característica de algunas relaciones humanas cercanas:32 intimidad con la pareja, en el amor, la amistad, la familia, de la madre con su bebé, una relación fundamental para el desarrollo del niño, en ocasiones, entre el médico y el paciente, entre el maestro y el alumno, etc. El que exista una relación íntima no es indicio de que se trata de una relación positiva que redunda en algún beneficio para los participantes. Puede existir intimidad entre personas que se odian, que se hacen daño, entre personas que han desarrollado una dependencia psicológica, digamos de miedo, humillación y falta de autoestima de una parte, y de ira, violencia y dominación por la otra. Así, la primera cuestión es distinguir entre las relaciones íntimas positivas y las negativas. El que una relación íntima sea positiva o negativa dependerá de sus componentes emocionales y del beneficio o daño que producen a los individuos que participan en la relación. En la realidad es muy posible que la mayoría de las relaciones íntimas no sean ni totalmente positivas ni completamente negativas, sino que constituyan una mezcla de emociones positivas y negativas y lo que se busca en la mayoría de los casos es encontrar un equilibrio que permite que se mantenga la relación. Así, positivo o negativo no son términos precisos sino dos extremos entre los que se encontrarían los casos particulares de este tipo de relaciones. Sin embargo, desde la filosofía podemos centrarnos en el aspecto normativo, es decir, en el análisis de cuáles emociones deberían formar parte de una relación íntima positiva o negativa, y cómo deberían combinarse.

Tampoco se trata siempre de que una persona sea el victimario y la otra la víctima, sino que los roles pueden cambiar y existen parejas que se hacen mutuamente daño y esto sería el rasgo principal que caracterizaría su intimidad. Tampoco se trata siempre de relaciones íntimas entre dos personas, sino que puede haber intimidad entre un mayor número de personas. Ejemplos serían algunas relaciones familiares o también entre grupos o bandas cuyos miembros viven una relación íntima.

Ahora bien, es importante distinguir también las relaciones íntimas entre personas “en un contexto de igualdad interpersonal” como (idealmente) en las relaciones románticas o de amistad y las que son esencialmente asimétricas: por ejemplo, la de un niño con su cuidador(a) o la del médico con su paciente, sobre todo en casos de enfermedades mentales u otros problemas psicológicos. Estas últimas se distinguen porque la relación es entre sujetos en los que una parte es mucho más vulnerable que la otra y esta dependencia de una en la otra se presta para que el beneficio o el daño producido sean de mayor alcance por ese solo hecho.

Tanto una relación asimétrica como una entre pares pueden, por supuesto, ser positivas o negativas. Son dos características independientes que habrá que analizar por separado.

Aceptemos aquí, sin más, que las características emocionales comunes de la intimidad positiva son la confianza, la empatía, el apego mutuo, el respeto por el otro, la aceptación del otro y la preocupación por su bienestar. Estos rasgos se dan en diferentes grados y formas en los distintos tipos de relación íntima. Así, por ejemplo, el amor romántico es distinto del amor por los hijos o por la familia. Otras emociones como cariño, ternura, preocupación, respeto o admiración, pueden estar presentes, aunque los aspectos pertinentes de cada una cambiarán según las características específicas de la relación de intimidad. Una tarea importante será investigar cuáles emociones y actitudes son indispensables para los diferentes casos de intimidad y cómo funcionan en casos específicos.

Aquí, como ejemplo, me ocuparé sólo de un elemento presente en muchas de las interacciones humanas: la confianza. La confianza no es claramente una emoción, sino más bien una actitud más permanente que tiene un componente emocional. Pero este componente emocional, que en algunas ocasiones podría ser episódico, pero que en general es más bien disposicional, es un rasgo necesario de las relaciones sociales de todo tipo.

Dada la imposibilidad de lograr una completa autosuficiencia, nos vemos obligados a contar con otras personas, a depender de ellas y dejarles el cuidado de muchas de las cosas que valoramos. En general, limitamos nuestra confianza a ciertas zonas específicas. Decimos que A confía en que B hará X, o se encargará o cuidará de X, cuando X es algo que A valora.33 La confianza es esencial para la vida en sociedad, entre otras cosas, porque nos permite formar todo tipo de relaciones con otras personas y depender de ellas: amistad, relaciones románticas, familiares, relaciones profesionales, intercambios comerciales, de información, y muchos más.

Según Karen Jones, la confianza se compone de dos elementos, uno cognitivo y otro emocional, “tenerle confianza a alguien es tener una actitud de optimismo acerca de su buena voluntad y tener la clara expectativa de que, cuando se presente la necesidad, la persona en la que uno confía se sentirá directa y favorablemente motivada por el pensamiento de que uno cuenta con ella” (Jones, 1996: 5-6). El rasgo emocional consiste en un optimismo acerca de la buena voluntad del otro y de su capacidad para responder en un cierto ámbito: con lealtad, generosidad y gentileza. La expectativa de que puede contar con una persona se basa en el optimismo acerca de su buena voluntad.

Ahora bien, aunque cualquier relación interpersonal requiere de algún grado de confianza, cuando hay intimidad, la confianza se extiende a ámbitos más amplios, menos específicos y limitados, que con frecuencia requieren que le otorguemos el control sobre aquello que se le confía y un cierto poder discrecional para atenderlo o cuidarlo de la manera que el otro considere mejor. Confiar en los demás o ser digno de su confianza no tiene que ser, necesariamente, una actividad o estado del que tengamos que ser conscientes.34 Sin embargo, la confianza intencional requiere que pensemos que existe buena voluntad hacia uno de parte del otro o de los otros, que creamos que aquél en quien depositamos nuestra confianza no va a perjudicarnos o hacernos daño. La persona que confía se vuelve vulnerable ante la posibilidad de que el otro se aproveche de esa vulnerabilidad, pero no espera que lo haga, sino, al contrario, que tratará de cuidarlo y beneficiarlo. Por supuesto, en muchas ocasiones se sentirá engañada o traicionada cuando el otro se muestra indigno de la confianza depositada en él y, otras veces, su confianza no será una confianza razonable, es decir, aquella que se basa en buenas razones para creer en la buena voluntad del otro o, al menos, en buenas razones para no esperar su mala voluntad o indiferencia. En las relaciones íntimas entre pares, digamos en el amor romántico o en la amistad, uno esperaría una confianza entre dos adultos articulados que tienen la capacidad de juzgar la actuación mutua y que tienen cierto control sobre el grado de vulnerabilidad de uno frente al otro.

En las relaciones íntimas asimétricas o desiguales, digamos del niño frente a sus padres, la intimidad es necesaria para el desarrollo cognitivo y emocional del niño y la confianza del niño en sus padres no es consciente sino una confianza pre-reflexiva, la de los padres en el niño, en cambio, una confianza consciente de que el niño responderá a sus cuidados. Otro ejemplo de intimidad desigual está presente en algunos casos de la relación médico-paciente, sobre todo en casos de enfermedades mentales. Esta desigualdad se debe, entre otras cosas, a que el médico sabe muchas cosas acerca de la vida íntima y privada del paciente, acerca de sus deseos, fantasías, anhelos, etc., mientras que el paciente no sabe prácticamente nada acerca del psiquiatra o terapeuta y, también, a que el paciente, por su condición de enfermo, se encuentra en un estado de fragilidad psicológica mucho mayor. Aquí la asimetría de la relación puede ya ser un factor que actúe a favor o en contra de la integridad física del paciente ya que éste, por su estado mismo, depende en gran medida de la capacidad del médico y de su buena voluntad. Entonces, aun aceptando que la confianza debería ser el concepto clave de su relación, tendríamos que tener mayor claridad acerca de lo que implica una relación de confianza entre dos personas en condiciones tan desiguales.

Por último, quisiera referirme brevemente a la relación entre la intimidad negativa y la confianza. Dada la enorme importancia que tiene la confianza para las relaciones interpersonales y, especialmente para las relaciones íntimas, debemos asumir que en un principio habría entre las partes al menos algún grado de confianza. Suficiente para establecer la relación. En la medida en que se pierde la confianza, se abre el camino a otras emociones que van destruyendo la intimidad de la relación o la relación misma. Entre las emociones que van erosionando la confianza y dañan la relación estarían, por ejemplo, el miedo, el desprecio, Schadenfreude, odio, sed de venganza e ira. Cuando se trata de una relación asimétrica, ya sea por la estructura de la relación misma o porque uno depende de facto del otro, la emoción que predomina al perderse la confianza es quizá el miedo en la parte más débil, y alguna de las otras, como el desprecio, la que motiva principalmente al que produce o intenta producir el daño.

Sin embargo, no podemos tener una idea clara de lo que sucede realmente sin analizar casos específicos de las múltiples variedades de relaciones íntimas, ya sean positivas o negativas, que nos muestren cómo funciona en cada caso la confianza o la falta de ella.

Conclusiones

En el texto se examinaron dos de los grupos principales de teorías filosóficas sobre las emociones: las cognitivas y las perceptivas. Cada una tiene ventajas y problemas que he señalado. Sin embargo, lo que hay que resaltar es que cualquiera que sea la teoría, tenemos que darle cabida a la base cognitiva de la que dependen muchas emociones humanas, a saber, las emociones que los seres humanos desarrollan conjuntamente con su desarrollo cognitivo en un determinado contexto socio-cultural.

Los humanos adquieren conceptos, y tener el concepto de una propiedad, implica, entre otras cosas, ser capaces de predicarlo de algún objeto y usar el concepto en un sistema de creencias y de otros estados mentales en contextos específicos. Esto permite que la manera directa e inmediata en que el niño pequeño reacciona a una emoción como el asco cuando ve algo que luce asqueroso o podrido, pueda, después de aprender el concepto pertinente, atribuirlo a cosas que lucen apetitosas, pero que no son menos dañinas, o que se ven asquerosas y son deliciosas. Existe, por así decirlo, la posibilidad de una distancia entre cómo son las cosas experimentadas inmediatamente y cómo pueden ser descritas y experimentadas después de aprender a aplicar ciertos conceptos. También he resaltado el hecho de que no podemos explicar las emociones y las actividades humanas de una manera aislada, sino que forman parte de redes de otros estados mentales, como otras emociones y estados afectivos, valoraciones, deseos, creencias, pensamientos, intenciones, percepciones, sentimientos, imaginaciones y memorias, etc., que tienen que tomarse en cuenta. Los seres humanos tienen perfiles cognitivos, emocionales, valorativos, y motivacionales muy variados que hay que tomar en cuenta en casos particulares.

Al referirme a algunas relaciones entre emociones y relaciones interpersonales, entre ellas, las que consideramos como íntimas, y de caracterizar a la intimidad sobre todo como “comunicación emocional”, distinguí entre intimidad positiva y negativa en la medida en que beneficia o perjudica a los participantes. También distinguí entre intimidad entre pares e intimidades asimétricas o desiguales. El de las relaciones íntimas es un ejemplo de relación interpersonal en el que funcionan varias formas de emotividad. Para la intimidad positiva la confianza, la empatía, el apego mutuo, la aceptación del otro y la preocupación por su bienestar son esenciales. Me ocupé aquí sólo de la confianza que, aunque no es propiamente una emoción, sí tiene un aspecto claramente emocional, y que es un elemento necesario para toda relación social. Para finalizar, me ocupé brevemente del papel de la confianza o la falta de ella en el caso de las intimidades positivas y negativas. El de las intimidades negativas es un problema importante que retomaré en otro trabajo.

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1 Instituto de Investigaciones Filosóficas, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

2 Entre otras, la filosofía, las neurociencias, la sociología, la antropología, la psicología y las llamadas “ciencias cognitivas”.

3 Se llaman actitudes proposicionales porque tienen la forma X verbo psicológico (cree, supone, desea, teme que…) seguidos de una oración o proposición que nos proporciona el contenido de lo que el individuo X cree, supone, desea, etc.

4 Las clasificaciones dependen muchas veces de las disciplinas o teorías específicas por lo que aquí sólo daré unos ejemplos: de sensaciones: dolor, picazón, ardor; de estados de ánimo: deprimido, ansioso, eufórico; de disposiciones afectivas: siempre que la ve, se enoja, le gusta jugar tenis; de temperamentos: es una persona alegre, irritable, rasgos de la personalidad que son en parte afectivos: gentil, honesto, cruel.

5 Cuando me refiero a estados mentales es una manera de clasificarlos, lo cual no quiere decir que no sean también cerebrales.

6 Véase por ejemplo, Lyons (1980), Solomon (1988), Nussbaum (1994) y Neu (2000).

7 Para mayor detalle véase Hansberg (2008 y en prensa). Me limitaré sólo a estos dos grupos de teorías porque de ellas parte la discusión actual. Por supuesto que siempre surgen nuevas críticas y teorías novedosas que proponen formas distintas de considerar a las emociones. Véase, por ejemplo, Deonna y Teroni (2012 y 2015) quienes tienen una teoría de las emociones como un tipo de actitudes.

8 Hablar de episodios emocionales es una forma común de hablar de las emociones, pero también nos referimos a atribuciones de emociones que no son episodios pasajeros, sino que se atribuyen para explicar las acciones de una persona durante periodos largos o porque forman parte de rasgos de la personalidad o rasgos de carácter. Ejemplos son: “desde que ella lo dejó, resiente a las mujeres y trata de evitarlas”. “Estuvo enojado con su padre durante 20 años”. “Es una persona colérica y por eso siempre se pelea con su familia” “Es difícil vivir con una persona celosa”, “María es una persona generosa.” Véase Hansberg (1996: 16-18; 99-103).

9Aquí solo me ocuparé de los rasgos generales de ese grupo de teorías. Pero véanse los autores mencionados en la nota tres.

10 Un objeto en sentido amplio que incluye personas, objetos, situaciones, actividades, etc. El de la intencionalidad es uno de los problemas más discutidos en filosofía. Véase Crane (1998). Uno de los rasgos es la direccionalidad, esto es el estar dirigido a un objeto y otro es el aspecto perspectival.

11 Véanse las críticas de Deigh (1994), Hansberg (1996: 99-103), Goldie (2000: 16-24), Prinz (2004a: 23-33).

12 No me ocuparé aquí del tema de las emociones y la moralidad porque es un tema muy discutido actualmente que me llevaría por otro camino. Pero véase Carla Bagnoli (ed.), 2011.

13 Recordemos que James pensaba que las emociones son sensaciones del cuerpo que se prepara para la acción. Así, cuando percibimos que estamos en peligro, por ejemplo, el cuerpo responde y la consciencia de esos cambios fisiológicos constituye el miedo. El miedo que sentimos no causa la acción, sino que el cuerpo se prepara para actuar, digamos para correr, y la percepción de esos cambios corporales es el miedo. Las emociones no son causas y menos aún razones de acciones, sino sensaciones acompañantes que no tienen fuerza motivacional.

14 Influido por James (1884, 1890), Lazarus (1991), Dretske (1988). Véase Prinz (2004a, 2004b, 2007).

15 Las referencias son a las páginas 24 y 26 de la edición en español.

16 La representación en estos casos sería no conceptual. Para esta discusión véanse Crane (1992), Peacocke (1998).

17 Paul Eckman (1972, 1994), Eckman y Friesen (1975), Levenson (1992). Véase también Griffiths (2003), entre otros.

18 Suponemos que en las sociedades existen programas de aprendizaje que nos indican cómo llenar estos archivos, por ejemplo, los niños observan la reacción de sus cuidadores frente a señales del medio ambiente, digamos una señal de peligro. La imitación, el contagio emocional, la experiencia de situaciones que se interpretan de cierta manera. El lenguaje y la cultura influyen claramente en la construcción de estos escenarios

19 Sin embargo, aún en el caso de los animales no humanos, la conducta no es tan simple, por ejemplo, en el caso del miedo, como nos muestra Ch. Trappolet (2010: 332-333) los comportamientos de los animales son más flexibles de lo que se supondría a primera vista. Incluyen: huida, ataque, parálisis tónica, esconderse, producir sonidos y olores, etc. Existen otros factores como el género, el estado interno, la conducta precedente al episodio de miedo, la información que llega del entorno (distancia y naturaleza del estímulo), etc. Esto supone un problema para la tesis de modularidad motivacional también en el caso de muchos animales. Hay por supuesto salidas a estas objeciones, Prinz (2004b) discute este problema del que no me ocuparé aquí.

20 Véanse también Deonna y Teroni (2012: 8) quienes distinguen entre disposiciones de una pista y disposiciones multi-pista como los casos de amor y de odio. Una persona que ama a alguien no tiene la disposición a una sola emoción sino a todo un cúmulo de emociones dirigidas a un objeto particular.

21 Véase Hansberg (1996: 94, 97, y especialmente 130). Mencionar rasgos de la personalidad “nos permite caracterizar el tipo de creencias, percepciones, emociones y deseos que tiende a tener una persona en determinadas circunstancias y nos permite entender cómo es posible que llegará a ver una situación dada como humillante, admirable, benéfica o peligrosa y a sentir una emoción en vez de otra” (Hansberg, 2001: 17)

22 Véase Hansberg (2008, 2015).

23 “Actitudes favorables” son estados conativos como deseos, inclinaciones, urgencias, quereres y quizá también emociones. Véase Davidson (1963), reproducido en Davidson (1980: 3-4).

24 Un problema muy interesante que no abordaré aquí, son las emociones que los humanos tienen frente a personajes ficticios cuando leen novelas o ven una película. Por ejemplo, al ver una película de terror, una persona puede estar aterrorizada y no tener ninguna motivación a hacer algo (Tappolet, 2010: 338-339).

25 Muchos piensan actualmente que las emociones son necesarias para el buen funcionamiento de la racionalidad práctica porque influyen en la atención. Emociones positivas amplían el foco de atención y las negativas lo reducen.

26 Ejemplos de cómo las emociones pueden influir tanto positivamente como negativamente sobre las actitudes o la conducta de los que tienen la emoción son, entre otros: la re-descripción de la emoción para hacerla tolerable para el sujeto (Elster, 2004: 158-159); episodios de debilidad de la voluntad o acrasia (Davidson, 1969); casos de acrasia inversa (Döring, 2010: 296; Hansberg, 2015b: 342-346).

27 Estos casos son de la clase más común de acrasia o debilidad de la voluntad, en éstos la intensidad de las emociones impiden que el agente actúe según su propio juicio. Véase Davidson (1969).

28 El ejemplo originalmente es de Bennet (1974).

29 Strawson habla sobre actitudes y sentimientos, pero sus ejemplos incluyen lo que entendemos por emoción.

30 Así, por ejemplo, cuando una persona admira, o le tiene miedo a otra, seguimos atribuyéndole admiración o miedo sin que se presenten todos los rasgos de los episodios emocionales. No podemos decir que siente miedo todo el tiempo o que tiene disturbios fisiológicos, sino que la atribución de una emoción o de conjuntos de emociones, o rasgos emocionales, se hacen en función de las cosas que hace o deja de hacer durante todo el tiempo en que podemos atribuirle esas emociones.

31 Aunque yo creo que puede haber otras formas de intimidad en las que no existe igualdad interpersonal. Más adelante me ocuparé de relaciones íntimas que son asimétricas, como las que pueden existir entre los miembros de una familia, digamos madre e hijo.

32 Existen relaciones cercanas que no son íntimas. Por ejemplo, trabajar con alguien al que se ve todos los días, pero sin desarrollar amistad.

33 Véase Baier (1986: 236). Ella afirma que se trata de un predicado triádico: A confía en B para C.

34 Es posible hablar de una confianza primitiva o básica como la que tiene el niño pequeño hacia sus padres y que se vuelve consciente en la medida en que se ve defraudada, esto es, en la medida en que empieza a haber motivos para desconfiar.

2
Neurociencia y emoción.
Aproximaciones al diálogo con la Sociología

Adriana García Andrade1 y Olga Sabido2

De unos años a la fecha es usual encontrar en distintos medios afirmaciones como “el amor está en el cerebro, no en el corazón”,3 dichos enunciados se atribuyen a una línea de investigación cada vez más visible: la neurociencia. Desde una perspectiva sociológica podemos decir, si seguimos a Giddens y su categoría de la doble hermenéutica, que esos conocimientos se están infiltrando en la manera en que los seres humanos damos sentido a nuestras vidas, a nuestros cuerpos y a nuestras emociones. Por más de una razón resulta relevante hacer un mapeo preliminar de este tipo de saberes. Pero se vuelve urgente si el propio tema de investigación (el amor corporeizado, García Andrade y Sabido, 2016b; Sabido y García Andrade, 2015) se cruza con los intereses de la llamada neurociencia. ¿Qué es la neurociencia? ¿En qué está sustentada su “verdad científica”? ¿Qué aporta al estudio de las emociones, del amor, el cuerpo y la sensibilidad? ¿Cuáles son sus límites? Por supuesto, aún no tenemos todas las respuestas, pero iniciemos el viaje para tener algunos criterios objetivos que nos permitan apreciar en su justa medida lo que la neurociencia puede aportar a nuestro tema, y qué podemos aportar a estos estudios.

En este trabajo presentaremos una primera aproximación a la neurociencia, cuáles son algunas de las condiciones sociales y científicas que hicieron que esta rama de la ciencia se volviera tan visible. Presentamos dos posiciones en la neurociencia con respecto a las emociones (emociones básicas y secundarias vs. emociones complejas) que permiten apreciar en dónde es posible tender puentes para la construcción de esfuerzos interdisciplinarios de investigación. Una de las propuestas que aquí se presentan es que es posible dialogar con los neurocientíficos que tienen una comprensión del cerebro como una entidad sistémica y no dividida en partes con funcionalidades específicas; científicos que no separan emoción de razón, que disuelven las causalidades simples, y que incluyen a la cultura y la sociedad como instancias importantes en la constitución del propio cerebro/cuerpo. Presentamos aquí al neurólogo Antonio Damasio como uno de los autores, entre otros, que permite estos intercambios de manera fluida. Esto es posible atisbarlo por la recepción de sus trabajos en las ciencias sociales. En este caso analizaremos su recepción en los trabajos de los sociólogos James Jasper (2012), Philip Vanini (2012) y Löic Wacquant (2014).4 Concluimos con algunas consideraciones con respecto a la manera de cómo podemos leer y colaborar con la investigación neurocientífica que pueda ayudar en nuestros objetivos de investigación.

¿Qué es la neurociencia?

En primer lugar, la neurociencia no es una disciplina como las que conocemos tradicionalmente. Como afirman Rose y Abi-Rached, la creación de la neurociencia no suponía la eliminación de las distintas disciplinas que la componen, sino la de “crear un espacio común en el que pudieran interactuar” (Rose y Abi-Rached, 2013: 42). Así, el objetivo era —por lo menos para Francis O. Schmitt, uno de sus promotores— organizar tres áreas intelectuales para avanzar en el conocimiento del cerebro: una que investigara el nivel molecular, otra las características de la red neuronal y otra la relativa al comportamiento. Por ello, en la neurociencia se pueden agrupar disciplinas tan disímiles como química, biofísica, neurobiología, psicología, psiquiatría o matemáticas.

Además, una de las características que define a la neurociencia como “espacio de convergencia” entre diversas disciplinas, es el alto grado de especialización. El espectro cubre desde la neurología del comportamiento de pacientes con daño cerebral, neurofisiología anatómica, neurociencia computacional hasta neurofisiología visual en gatos, entre muchas otras (Iacoboni, 2008).

Algunos autores afirman que la neurociencia aparece en 1962, cuando se crea el Neuroscience Research Program en el MIT5 (Blanco, 2015: 130), en el que Francis O. Schmitt tiene un papel fundamental. A decir de Blanco, Schmitt ya había realizado una empresa semejante con la biología y tenía claro que para entender la operación del cerebro “era necesario contar con especialistas procedentes del mayor número de campos posible relacionados con esa temática” (Blanco, 2015: 129). Para este autor, no sólo es importante la iniciativa del científico, sino también la institución que le da cabida al proyecto. El MIT en los años 60 tuvo “un papel protagonista en la emergencia de las ciencias cognitivas y en el desarrollo de la gramática generativa” (Blanco, 2015: 131).

Se prefirió el nombre de neurociencia, en lugar de neurobiología, precisamente para dar cabida al mayor número de disciplinas interesadas en el cerebro. En estas reuniones convocadas por Schmitt, el gran logro no fue responder “las grandes preguntas” sino hacer dialogar a especialistas respecto a sus descubrimientos en el área específica (intercambio de datos) y el planteamiento de nuevas hipótesis, explicaciones y rutas de investigación. Con estos insumos, se publicó el Neurosciences Research Program Bulletin, que reunió las ideas discutidas en las sesiones de trabajo (Blanco, 2015: 132). Estos trabajos de discusión y presentación monográfica, culminan con la publicación de The Neurosciences: A Study Program, en 1969, que constituye “una especie de ‘acta fundacional’ de la neurociencia” (Blanco, 2015: 132).

Sin embargo, no se puede hablar de una disciplina coherente en términos conceptuales o metodológicos. Como se ya ha presentado, la neurociencia aparece como un espacio de intercambio entre disciplinas con sus propias lógicas de operación. A pesar de esta diversidad, sí existe algo que engloba a todos los que se adhieren al membrete “neurociencia”. Y esto es que comparten un “estilo de pensamiento neuromolecular” (Rose y Abi-Rached, 2013: 42). Este incluye en términos generales los siguientes principios:

1. El cerebro es un órgano como cualquier otro, y por ello, “muchos procesos y estructuras neurales básicas se han conservado en la evolución”. En ese sentido, hay características comunes con otras especies.

2. La neurotransmisión cerebral es química y eléctrica.

3. Todos los procesos mentales suponen un correlato cerebral, un evento del cerebro. (Rose y Abi-Rached, 2013: 43).

Estos principios impactan en el tipo de experimentos posibles, en las deducciones que se hacen, en la creación de un “nuevo” cerebro y, por ende, en una nueva forma de pensar de cómo se conoce la realidad (es decir, tienen un impacto ontológico y epistemológico).

Algunas condiciones de posibilidad

Pero, ¿por qué aparece la neurociencia? ¿Por qué de manera tan avasallante? Desde la sociología de la ciencia se requeriría un tratamiento de largo plazo para dar cuenta de cuáles han sido las condiciones de posibilidad que explican dicha emergencia. Como primer paso, podemos retomar a algunos autores que dan cuenta de ciertos rasgos que explican su diseminación en el mundo de la vida cotidiana. Por ejemplo, Rose y Abi-Rached (2013) proponen que esto tiene que ver con cuestiones conceptuales6 (una nueva noción de cerebro y procesos cerebrales), pero también con cuestiones tecnológicas, institucionales y económicas. A este listado, Pickersgill (2013) agrega cuestiones militares y las expectativas que se generan en los medios de comunicación respecto a su impacto en la salud y en la vida cotidiana. Las cuestiones tecnológicas se refieren a la aparición en los setenta de la tomografía computarizada (computerized tomography scanning, CT) y de la resonancia magnética (MRI) en los ochenta; a esto se agregaron la “tomografía de emisión de positrones (PET) y la resonancia magnética funcional (functional magnetic resonance imaging fMRI)” (Rose y Abi-Rached, 2013: 12). Estos aparatos presentan imágenes del cerebro (aunque en realidad son simulaciones, no fotografías), pero el más avanzado (fMRI), “literalmente nos da fotos” (movie pictures) del funcionamiento o actividad [del cerebro] (Franks y Turner, 2013: 2). Aunque las imágenes son indirectas ya que no se ve la actividad neuronal, sino se mide el nivel de oxígeno en distintas áreas del cerebro (Franks y Turner, 2013: 2), por primera vez en la historia se puede ver el cerebro en funcionamiento. Esto recuerda el movimiento en la medicina cuando Andrea Vesalio dedicó su vida a bosquejar el interior del cuerpo. Ver dentro del cuerpo significó un cambio radical en la percepción social del mismo (Faure, 2005). Y, efectivamente, en esta sociedad donde la vista es el sentido por excelencia, “las imágenes tienen indudables poderes de persuasión” (Rose y Abi-Rached, 2013: 13).

Con cuestiones institucionales, nos referimos a la aparición de enormes proyectos científicos financiados por el Estado,7 financiamiento que se ha prolongado hasta la fecha. Entre estos proyectos se encuentran el “Human Brain Project”, la iniciativa de los EE.UU. llamada “B.R.A.IN.”, el “China Brain Science Project”, el “Brain/MINDS” japonés y el “Inspiring Smarter Brain Research in Australia” (Panese, Arminjon y Pidoux, 2016: 3). Los proyectos aparecen, como afirman Francesco Panese y sus colegas, con la expectativa de mejorar “la salud de la población” con enfermedades neurodegenerativas y sufrimiento psíquico (Panese, 2016: 4).

En la visualización y producción de la neurociencia, un factor muy importante es el económico. Los científicos lograron vender la idea de que pueden tratar, detener y mejorar padecimientos cerebrales y que esto a la larga ahorrará dinero. La idea la compraron no sólo los gobiernos (como se ve en los proyectos financiados), sino también la industria farmacéutica que vio clientes potenciales amarrados de por vida, pero también los productores de escáneres, los vendedores de servicios de diagnóstico y un largo etc. Rose y Abi-Rached dan algunas cifras para Estados Unidos y afirman que la inversión para esta rama de la ciencia en 1995 fue de 4.8 billones de dólares y creció a 14.1 billones diez años después. Además, “casi la mitad de la inversión vino de la industria” (Rose y Abi-Rached, 2013: 16). El impacto económico no sólo se observa en la posibilidad de hacer investigación, sino en presiones económicas para los investigadores. Concordamos con Rose y Abi-Rached cuando dicen que esto podría explicar el afán y sobre entusiasmo de los científicos al presentar en los medios de comunicación generalizaciones de resultados “sobre muestras muy pequeñas” y afirmar que de los estudios en animales se puede “saltar rápidamente” a “desarrollos terapéuticos para los humanos” (Rose y Abi-Rached, 2013). Las presiones económicas alteran, dicen los autores, “nuestros regímenes de verdad”.8

El tercer factor se podría haber agrupado dentro de las presiones económicas, pero reviste especial importancia porque muestra la asociación de esta ciencia con la industria de la guerra. Como Pickersgill afirma, esta asociación devela especialmente una complejidad moral (en el anterior caso también es evidente, pero aquí el objetivo no es cómo mejorar la vida de la gente sino cómo hacer eficiente la destrucción del otro). La investigación financiada por el ejército incluye el mejoramiento de las capacidades de los soldados utilizando productos farmacéuticos o “aparatos que generen una cognición superior” y con ello mejoren la seguridad nacional a través de detección o engaño “neurotecnológico” (Pickersgill, 2013: 327). El interés en lo anterior ha aumentado desde el incidente del 11 de septiembre y esto ha contribuido a la producción de “modelos del cerebro que refuerzan nociones sociales respecto al engaño, la verdad y la desviación” (Littlefield, citado en Pickersgill, 2013: 327).

Un cuarto factor está asociado con la expectiva que genera la representación de las neurociencias en los medios de comunicación, en tanto ésta se presenta como la “solución” de problemas cotidianos que atañen al ámbito emocional. Relacionado con lo anterior, podemos enfatizar puntualmente el impacto de las neurociencias con la cultura del cuidado. Ahí, la narrativa prestada de las neurociencias es visible en los medios de comunicación y libros de autoayuda (Pickersgill, 2013). En ciertos sectores sociales, los padres pueden llegar a convertirse en consumidores potenciales de estos discursos relacionados con los cerebros de los bebés, niños, adolescentes y adultos jóvenes (Pickersgill, 2013: 329).9 También esta relación se vincula con la psiquiatría y la farmacología, donde la aparición de internet posibilita una relación directa de los escritos de divulgación de las neurociencias con los consumidores (Pickersgill, 2013: 330). Como señala Frazzeto, “el que hoy día la tristeza y la depresión se expresen en términos de neurotransmisores y desequilibrio del cerebro, tiene implicaciones directas en la medicalización” (Frazzeto, 2013: 176).10

Un quinto factor que no analizan los autores mencionados, ni la literatura que evalúa la amplia difusión y crecimiento de la neurociencia, es la incidencia o recepción que ha tenido en ciertos sectores de la población que han encontrado alivio a su sufrimiento gracias a las consecuencias prácticas de esta ciencia. Pensamos por ejemplo en detecciones tempranas de degeneración cognitiva, tratamientos paliativos a enfermedades como el Parkinson, medicación a enfermos que anteriormente no tenían otra opción de vida que el encierro psiquiátrico. Lo anterior es un tema que habrá que explorar con detalle para observar cómo se utilizan los descubrimientos científicos y por quiénes, cuestión que por el momento no es posible abordar en este trabajo.

¿Incompatibilidad con las neurociencias o polémica dentro de las neurociencias?

El caso de las emociones

Entre los científicos sociales hay mucho escepticismo al acercarse a las neurociencias. Como William M. Reddy sugiere: “¿Cómo puede el investigador estar seguro de que no está sólo retomando tópicos que resuenan con sus propios intereses?” (Reddy, 2014, 42). Más cuando el campo crece con tal rapidez que es imposible seguir con claridad todas las polémicas, las aproximaciones teóricas y los datos o supuestos que están avalados por la comunidad científica11 (Franks y Turner 2013, 2; Rose y Abi-Rached 2013, 41). No podemos retomar todas las disputas aquí. Sin embargo, es importante mencionar una que es relevante dentro de la neurociencia y nuestro tópico de investigación, es el amor corporeizado, el cual entendemos como un tipo específico de vínculo de pareja que implica significados y materialidad. Es decir, cuerpos situados espacio-temporalmente y genéricamente diferenciados. Es por ello que hemos recuperado dentro de la complejidad de este ámbito de estudio, tan sólo una línea relacionada con quienes postulan la existencia de emociones básicas y quienes se oponen a esta visión.12 La división no es tan clara, pero a lo largo de la exposición podrán observarse las tendencias a las que lleva una y otra postura.

¿Qué plantean quienes sostienen una visión de las emociones básicas? En primer lugar, asumen que los seres humanos poseemos ciertas emociones básicas “definidas como categorías pan-culturales o ‘clases naturales’” (Leys, 2014). Es decir, son emociones universales que están cableadas (hardwired) en nuestro organismo y que actúan en forma de reflejo. Las emociones que se incluyen son miedo, tristeza, enojo, alegría, sorpresa y asco.13 Estas emociones son producto de la evolución y por ello nos hermanan con otras especies. Es por ello que, dentro de esta tendencia, una referencia clásica en el estudio de las emociones es La expresión de las emociones en los animales y en el hombre de Charles Darwin de 1872. Es decir, el principio de que las emociones tienen finalidades adaptativas y orígenes evolutivos, así como el hecho de que tienen sede en el cuerpo, pues en última instancia son “una respuesta fisiológica a los acontecimientos que producen en el medio” (Frazzeto, 2014: 19) son aspectos que sostiene la neurociencia: “En esencia, esta visión [la darwiniana] a la luz de los conocimientos de la neurociencia moderna y de la investigación de las emociones animales inferiores, como los roedores, mantiene su vigencia en nuestros días” (Frazzeto, 2014: 21).

En segundo lugar, que cada emoción básica está vinculada a sustratos neuronales específicos (Leys, 2014). Es decir, sostiene una visión modular del cerebro, en el que éste se ve dividido en regiones y no como operando en forma de redes.14 Esta visión observa al cerebro en términos de su proceso evolutivo. Así, es posible dividir el cerebro humano en tres grandes porciones de acuerdo con este proceso. Una primera estaría conformada por el llamado “cerebro reptil” (que sólo poseen los reptiles) y que permite “interacciones rudimentarias: muestras de agresión y cortejo, apareamiento y defensa territorial” (Lewis, Amini y Lannon, 2007: 21). La segunda porción, formada por el sistema límbico, está asociada con la aparición de los mamíferos. En él está la amígdala, que se asume es la zona encargada de las emociones básicas que permiten la supervivencia y la relación con otros de la especie. Finalmente, la tercera porción que es el neocortex y que sólo aparece en los seres humanos. Esta es la zona de la cognición y todos los procesos que esto acompaña (Lewis, Amini y Lannon, 2007: 24). Aunque no todos los neurocientíficos estarían de acuerdo en lo que incluye cada una de tres partes o incluso no lo dividan de esa manera, sí comparten que el cerebro está compuesto por módulos que operan independientemente, aunque tengan relaciones entre sí. Como afirma Franks, ven al cerebro organizado “como una navaja Suiza en la que cada herramienta es autónoma” (2013: 2). Esta visión ha sido llamada “la aproximación locacionista (locationist approach)” del cerebro (Reddy, 2014).

En tercer lugar, y muy ligado a lo anterior, se asume que los procesos emocionales ocurren independientemente de los estados “cognitivos” o “intencionales” (Leys, 2014). Y afirmamos que está muy ligado a lo anterior porque quienes tienen una visión modular del cerebro, asocian la producción de emociones básicas con el sistema límbico. Es decir, las emociones “son involuntarias, no intencionales” y, por ello “no involucran ‘actitudes proposicionales’ o creencias acerca de objetos emocionales en el mundo” (Leys, 2014).

¿Cuál es la principal consecuencia de todo esto para nuestro trabajo en las ciencias sociales y humanidades? La visión de las emociones básicas/cerebro modular asume una diferencia entre emoción y razón, ligada a cuestiones evolutivas y que, por tanto, deja fuera la sociedad y la historia, como si el asco por ejemplo, fuera una mera respuesta refleja del cuerpo a olores repulsivos, y no, como propone Paul Rozin (citado por Leys, 2014) una emoción que “puede acabar relacionada cognitiva, ideacional y simbólicamente con una colección de ítems y objetos que no están relacionados con la comida” (Leys, 2014). O como había señalado en su clásico estudio Ian Miller: “El asco es una emoción […] Del mismo modo que todas las emociones, el asco es algo más que una simple sensación […] Las emociones, incluidas las más viscerales, son fenómenos sociales, culturales y lingüísticos muy ricos […] Las emociones son sentimientos que van unidos a ideas, percepciones y cogniciones y a los contextos sociales y culturales en los que tiene sentido tener esos sentimientos e ideas (Miller, 1998: 30).

A tal grado cobra relevancia un tratamiento del asco en términos integrales y no sólo como expresión impulsiva desligada de procesos cognitivos y simbólicos, que para Martha Nussbaum no es menor el análisis de dicha emoción en el marco de reflexiones que tomen en cuenta el papel de las emociones en el derecho. Según la autora, el asco tiene un papel decisivo en las leyes y las prohibiciones que establece una sociedad. Dependiendo de quien lo experimente, ya sea el juez, el acusado, e incluso la “opinión pública”, el asco juega un papel decisivo en la manera en que la sociedad establece lo que está permitido y lo que es condenable (Nussbaum, 2006: 90).15 Por ello no puede reducirse a un mero reflejo disociado de procesos cognitivos o intencionales.16

Otra perspectiva que se orienta en dicho sentido, es decir, que apunta a la necesidad de pensar en las emociones como procesos complejos que implican procesos simbólicos y cognitivos, es la de la antropóloga colombiana Miriam Jimeno. La autora ha realizado una investigación en la que estudia las “representaciones de la emoción amorosa en la acción violenta” (Jimeno, 2004: 231) así como la “codificación jurídica con la cual se interpreta” (Jimeno, 2004: 232) en una investigación sobre crimen pasional en Brasil y Colombia. Para la autora el crimen pasional no es “un arrebato emocional instintivo”, por lo contrario: “Es más bien la cultura la que moldea la emoción, como una aureola que romantiza el crimen y justifica al criminal” (Jimeno, 2004: 240-241). En este sentido, para Jimeno la recuperación de la neurociencia17 en una antropología de las emociones, es posible sólo si ésta se inscribe en el marco general del desdibujamiento de la dupla razón y emoción.

De modo que, en el momento actual, es posible establecer puentes comunicativos con la neurociencia,18 no desde la tendencia que postula la noción de emociones básicas entendidas como ‘clases naturales’” (Leys, 2014), sino la otra tendencia, es decir, aquella que plantea una noción más compleja de las emociones y, además, postula una visión diferente del cerebro. De un cerebro modular, proponen un cerebro que funciona en forma de redes. En 2012, Kristen A. Lindquist y su equipo presentaron un artículo en el que reanalizaban datos de 656 PET o escaneos fMRI de 243 estudios para ver si era posible sostener la aproximación locacionista de las emociones y concluyeron que “la evidencia decisivamente refuta esta aproximación locacionista” (Reddy, 2014). El artículo fue ampliamente comentado y la conclusión fue que, en la actualidad nadie negaría que la respuesta emocional supone o requiere la activación de regiones como la amígdala (que no es parte del cortex), pero lo que sí se niega es que ésta forme parte de un sistema separado. Luis Pessoa en su comentario al artículo de Linquist et al., concluía que era evidente “que las regiones cerebrales no deberían verse como cognitivas o como emocionales” (Reddy, 2014). Es decir, este modelo rompe con la idea de que existen emociones básicas, que son detonadas como respuestas involuntarias al medio. También con la idea de una subdivisión cerebral de funciones asociada con la evolución y con la distinción razón/emoción. La emoción pasa por un proceso de apreciación, aunque no sea consciente y por eso, es distinto el miedo a un oso del miedo a tener cáncer.19 Y, finalmente, rompe con la idea de causalidad tradicional, lo que aparece son redes que se activan sin poder clarificar en dónde inició el procesamiento de la información. Como reconoce el neurólogo Marco Iacoboni: “la captura de imágenes cerebrales es fascinante, pero nos brinda sólo información correlativa […] no contamos con ninguna información sobre el papel causal de los cambios observados en la actividad cerebral” (Iacoboni, 2013: 92).

Esta disputa no ha quedado zanjada y, cuando en los noventa se comienza a utilizar la “tecnología de los escáneres” parecía que se confirmaba la teoría de las emociones básicas. En estas primeras investigaciones, la amígdala aparecía como la región del cerebro que respondía “rápida y automáticamente a estímulos de miedo...” (Reddy, 2014). Como afirma Reddy, efectivamente se ha confirmado el papel de la amígdala en esta respuesta “tan rápida y automática”. Pero, como apunta el mismo autor, el escaneo cerebral se volvió más sofisticado y se encontraron diferencias entre seres humanos y animales. Es decir, aunque en estas respuestas involuntarias la amígdala aparecía de manera predominante, en los casos humanos, también se activaban zonas de lo que hemos denominado neocortex.

Varios autores (Franks y Turner, 2013; Reddy, 2014; Gross y Preston, 2014) reconocen que esta disputa no ha terminado, y la visión de las emociones básicas sigue teniendo una fuerte presencia en la neurociencia. Los autores también concluyen que la segunda visión es la que resulta más compatible con las ciencias sociales y humanidades y como afirman Gross y Preston, la incompatibilidad parecería ser no entre ciencias sociales y neurociencia sino al interior de la propia neurociencia. Esta disputa se divide entre quienes apoyan la visión de que existen emociones básicas, por un lado, y aquellos que proponen una visión de las emociones como un continuo.

Hacia una colaboración interdisciplinar

Nos parece que los científicos sociales tienen muchas más posibilidades de diálogo con aquellos que sostienen la posición de las emociones como algo no meramente evolutivo, y además asociado con procesos de cognición. Esto es así porque desde nuestra perspectiva, la ciencia social, en general, y la sociología, en particular, mayoritariamente enfatizan que las emociones no son respuestas universales, sino que dependen de un contexto cultural e histórico. Aunado a esto, afirmar que se incluye la cognición supone que el reconocimiento de las emociones pasa por un tamiz simbólico que permite el reconocimiento de emociones precisas dependiendo del contexto y de quiénes sean nuestros/as interlocutores.20 Además, como se presentó en el apartado anterior, pensar en un cerebro sistémico o que trabaja de manera holista supone eliminar las distinciones emoción/razón como procesos que se realizan en diferentes partes del cerebro y justifican su separación como cuestiones diferenciadas en nuestra percepción/acción sobre el entorno. En ese sentido, proponemos que hay una convergencia entre estos neurocientíficos y lo que en ciencias sociales se ha llamado el “desdibujamiento de las duplas” (cfr. García Andrade y Sabido, 2014: 13). Éste supone un giro en las ciencias sociales actuales que cuestionan diversas nociones que han aparecido como oposiciones en el pensamiento social y, por ende, en el pensamiento científico. Para este caso, nos interesan el desdibujamiento de la dupla mente/cuerpo y la dupla razón/emoción.

La primera está sostenida en el pensamiento cartesiano que separa el cuerpo con sus propios procesos de la mente como una función emergente y propia de los seres humanos. La separación carne/alma tiene su correlato en la separación emoción/razón. La emoción y la carne están asociadas por su relación con la animalidad, la falta de control, de cognición, de planificación. La mente y la racionalidad se conjugan para hablar de lo más elevado del ser humano, de la planificación e incluso de la aparición de sociedades “modernas”. La neurociencia, como vimos anteriormente, independientemente de su especialización concuerda con que “los procesos mentales residen en el cerebro” (Rose y Abi-Rached, 2013: 43). Esto quiere decir que, por ejemplo, la melancolía no es una cuestión etérea, sino que tiene su sede en un proceso orgánico cerebral. No podemos separar nuestros pensamientos de nuestro cuerpo: mente y cuerpo (cerebro) son dos caras de lo mismo. Ciertamente esta visión a medida que se precisa adquiere matices diversos y por ello, aunque a un nivel general, los científicos que se adscriben a la neurociencia estarían de acuerdo con estas premisas, sólo aquellos que —como mencionamos— aunan esta creencia con la idea de un cerebro sistémico y con el rompimiento de la dupla razón-emoción permiten un diálogo más terso y la posibilidad de intercambios.

Para mostrar este punto, elegimos el planteamiento del neurólogo portugués Antonio Damasio.21 Su visión de la relación mente/cuerpo y razón/emoción nos parece proclive a generar enlaces entre disciplinas. No en balde hemos encontrado varias autoras y autores de diversas disciplinas que entablan un diálogo con su propuesta. Para esta sección, presentaremos la propuesta de Antonio Damasio en torno a las dos duplas y finalizaremos con los diálogos que establecen algunos científicos sociales con el autor.

Antonio Damasio escribe Descartes’ Error en 1994, en él considera que las ciencias han sido cartesianas en tanto la actividad del cerebro se ha explicado sin tomar en cuenta el resto del organismo. En su prólogo de 2005 afirma que cuando publicó su libro, la idea de pensar al cerebro relacionado con el cuerpo o de romper con la división razón/emoción era temeraria. Sin embargo, como él mismo relata, en los años siguientes aparecieron los libros The emotional brain de Joseph Le Doux y Affective Neuroscience de Jaak Panksepp (Damasio, 2005: Prefacio), relacionados con la dupla razón/emoción; y pocos años antes, The Body in the Mind: The Bodily Basis of Meaning, Imagination, and Reason de Johnson o The Embodied Mind de Varela, Thompson y Rosch ya trataban acerca del desdibujamiento de la dupla mente/cuerpo (Damasio, 2005: cap.9). Es decir, la idea del rompimiento de las dualidades aparece en la neurociencia y Damasio es una de sus voces. Quizá por la agilidad con la que escribe y describe temas complejos, quizá debido a un trabajo editorial (del que no se ha dado seguimiento), lo cierto es que sus ideas han sido captadas por varios científicos sociales como mencionamos anteriormente.

Por ello, dedicaremos algunas líneas a mostrar lo que nos parece pertinente del argumento de Damasio y cómo se puede conectar con la investigación sobre lo que hemos planteado como amor corporeizado desde nuestra disciplina, la sociología.

Para el autor, el desarrollo del cerebro22 —sus conexiones y procesos neuronales— es posible porque éste es parte de un cuerpo (lo que Damasio llama el soma), de un organismo biológico. El proceso de toma de decisiones (que supone racionalidad) y las emociones están conectadas y relacionadas con el cuerpo situado que puede quedar “marcado” en su relación con el ambiente (que puede verse como el entorno natural, pero también como el entorno de relaciones sociales en las que se inscribe el ser humano). Entonces, como él mismo indica, los experimentos mentales que hacían los escépticos para cuestionar la idea de una realidad existente más allá de la consciencia, no son válidos. Para Damasio, un cerebro conectado a impulsos eléctricos no daría la misma realidad que un cerebro en un cuerpo y ese cuerpo en un medio. La realidad no es sólo la que percibe la conciencia, es la realidad construida por el cuerpo/mente en su relación con un entorno que existe. Un ejemplo es el de la visión. Como otros científicos han mostrado, ver no es sólo un proceso neural que incluye la percepción de luz. Ver objetos supone un cuerpo que puede ubicarlos espacialmente y manipularlos. Tal y como lo muestra el caso de Oliver Sacks (afamado neurocientífico, recientemente fallecido) en el icónico caso de Virgil, el paciente adulto, ciego durante 50 años que es sometido a una operación, aunque físicamente es capaz de percibir ondas de luz, no puede ver. En algunos casos no tiene las dimensiones, la profundidad y, en otros, no tiene el concepto para verlo. Tal como relata el paciente, en el primer momento que le quitaron la venda después de operarlo de los ojos, “no tenía ni idea de lo que estaba viendo. Había luz, había movimiento, había color, todo mezclado, todo sin sentido, en una mancha” (Sacks, 2015: 554). A partir de éste y otros casos ha quedado claro que ver supone habilidades corporales y cognitivas que actúan en conjunto con la percepción y procesamiento de estímulos externos (Damasio, 2005: 96 y ss). Esto es importante para las ciencias sociales ya que presenta un fundamento para una noción moderada de constructivismo. Es decir, no podemos afirmar que la realidad es una construcción de la conciencia (como afirmaría Kant), pero tampoco que es algo externo que meramente causa cosas en nosotros, imprime sus huellas y nos moldea. La realidad existe independientemente de nosotros y también es re-creada por nosotros. La co-creación es más compleja que la utilización de categorías para ordenar estímulos externos. Supone la traducción de eso externo al cuerpo/mente, el procesamiento neuronal de lo sensorial: como proceso externo y como procesado por el cuerpo. Además, lo externo no es unitario sino se subdivide en estímulos que podríamos llamar naturales y otros sociales, ambos con igualdad de posibilidades de entrar en el umbral de constitución del cuerpo/mente. La percepción visual deja de ser una cuestión pasiva y se convierte en una acción del cuerpo/mente en su medio. Las implicaciones que esto tiene para las ciencias sociales son vastas y no se pueden tratar aquí puntualmente. Baste decir que no podemos abandonarnos a una idea de que todo es construcción social (sin materialidad corporal/mental/ambiental/relacional), ni que todo es realidad objetiva (que nos aparece sin mediaciones y que tod@s podrían reconocer como exactamente la misma).

Esto tiene consecuencias para el estudio del amor corporeizado, no podemos pensarlo solamente como una construcción cultural y epocal, aunque no podemos tampoco decir que no existen estas representaciones que han cambiado nuestras maneras de definir qué es amor y cómo se siente el amor. Tampoco podemos pensarlo sólo como un subproducto evolutivo que persigue la continuación de la especie. Ni podemos dejar de lado a los cuerpos que experimentan y sienten algo más que un sentido fijado semánticamente. Finalmente —y esto es algo que Damasio y los neurocientíficos en general no tematizan con suficiente amplitud— no podemos obviar el componente relacional del amor corporeizado y los efectos que tiene en los cambios semánticos y en las experiencias corporales individuales el estar cuerpo a cuerpo “envejeciendo juntos” (Schütz, 1995). Si algo nos muestran estas reflexiones acerca de cómo percibimos es que la realidad se construye en el interjuego de lo corporal y lo mental en relación con el entorno (que puede verse como el ambiente natural, pero también como las relaciones interpersonales y finalmente el sedimento semántico que nos permite dar un sentido más o menos fijo a las experiencias que tenemos del mundo y del propio cuerpo) (García Andrade y Sabido Ramos: 2016b).

Ahora bien, aunque esta discusión epistemológica resulta relevante para las ciencias sociales, en lo que más ha sido más retomado Damasio ha sido en su discusión de la relación razón-emoción. Para el autor, la posibilidad de tomar decisiones no sólo supone un proceso racional sino un proceso guiado en última instancia por la emoción. Aquí resulta importante su “hipótesis del marcador somático”. Esta hipótesis supone que las experiencias biográficas significativas de una persona tienen un registro neural y somático, un registro que deja una marca —de ahí el nombre de marcador. Esta marca se activa cuando aparece una situación similar a aquella experimentada en el pasado. Los marcadores somáticos resultan de interés para las ciencias sociales como afirman Scheve y Luede porque, aparentemente, “no están predefinidos biológicamente o cableados (hard-wired) en el sistema de la emoción y la memoria, más bien se adquieren durante la socialización y el aprendizaje” (Scheve y Luede, 2005: 314). Es decir, nuestra toma de decisiones tiene un origen social que se inscribe en nuestro registro emocional-corporal, más allá o junto con la racionalidad (que también dependerá de la cultura en la que nos encontremos y lo que resulte racional para determinada actividad). Por ello, no es casual que el trabajo de Damasio haya tenido resonancia en las ciencias sociales.

Del mismo modo, en el libro En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos (2003), Damasio encara una compleja distinción conceptual entre emociones y sentimientos. Para él, las emociones hacen referencia a procesos de evaluación cognitiva frente a una situación (y aparecen como cambios corporales internos), pero también a estados corporales externos. Por el contrario, los sentimientos, incluyen conciencia de ciertos eventos, objetos o gente y su asociación con los cambios físicos y mentales en nosotros. Es decir, los sentimientos suponen una percepción del self. De tal suerte, que el amor tiene tanto dimensiones emocionales como sentimentales (Damasio, 2003).

Aquí asumimos que el amor no es sólo una emoción, pero que tiene componentes emocionales. Siguiendo la distinción entre emoción y sentimiento que hace Damasio (1995), afirmamos que el amor supone ciertos estados corporales evidentes a simple vista (sonrojo, sudoración) y no evidentes a simple vista (producción de dopamina, por ejemplo) que son parte del complejo neuronal-somático. Pero también es un sentimiento ya que, supone asociar el estado corporal a una imagen (objeto, persona) y tener noción de que eso es amor (etiquetar). Vamos más allá de Damasio al afirmar que la “conciencia” del amor supone tener una noción socio-histórica de qué es amor (cómo se siente amar, cómo se actúa el amor) y poder aplicar esta noción a la asociación estado corporal/imagen.

Entonces, uno de los aportes significativos de Damasio es que señala cómo el cerebro, que es cuerpo, es el locus del alma, de la mente. Toda sensación, emoción, afección melancólica tiene un correlato corporal. Esta perspectiva permite entender cómo las emociones se experimentan en el cuerpo y son resultado de una compleja interacción entre el organismo, el cerebro y la sociedad. De ahí que otra vía de relación importante a rescatar se presenta en la forma en que ahora se observa al cerebro con anclaje social.

Cómo retoma/dialoga la ciencia social con los descubrimientos de la neurociencia

En lo que sigue, mostraremos tres casos de sociólogos que recuperan en alguna medida la propuesta de Antonio Damasio y que permiten observar los diálogos iniciales entre ciencias. Las lecturas parten desde el estudio de los movimientos sociales (Jasper), la sociología de los sentidos (Vanini, Waskul y Gottschalk) y una reelaboración del habitus (Wacquant). Con ello, queremos evidenciar que las posibilidades del diálogo son múltiples y no se reducen a un solo ámbito del conocimiento en la sociología y las ciencias sociales en general.

Para James Jasper, estudioso de los movimientos sociales, el papel de las emociones en los movimientos sociales tiene al menos un par de décadas, en las cuales se ha llevado a cabo la constitución de un ‘sub-campo’ naciente (Jasper, 2012: 49). En la medida en que las emociones están presentes en diferentes momentos de la protesta y movimientos sociales, Jasper señala cómo éstas tienen un papel significativo en términos motivacionales, ya sea como favorecedoras de la movilización, o bien, como obstáculos de la misma (Jasper, 2012: 49). No obstante, una de las dificultades a las que se ha enfrentado esta línea de investigación, es el “contraste entre emociones y racionalidad”, la cual coexiste con “otros dualismos” tales como mente y cuerpo. Ante esta dificultad, una de las fuentes intelectuales reconocidas es aquella que apunta a que: “Es necesario reconocer que sentir y pensar son procesos paralelos de evaluación e interacción con nuestros mundos formados por similares estructuras neurológicas” (Jasper, 2012: 49).

Jasper señala cómo una de las grandes necesidades del estudio de las emociones en las ciencias sociales en general y la sociología en particular, es la necesidad de establecer categorías que permiten registrar las diferentes modalidades de emoción considerando su duración en el tiempo. Es en ese sentido que recupera En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos (Damasio, 2003), para distinguir entre pulsiones (urges), emociones reflejas; y estados de ánimo que perduran en el tiempo como los sentimientos y emociones morales, como la compasión e indignación. De modo que para Jasper: “Los estados de ánimo perduran en el tiempo —de allí que podamos trasladarlos de un entorno a otro— y se diferencian de las emociones porque carecen de un objeto directo (Damasio, 2003: 43; mi clasificación no está lejos de la suya)” (Jasper, 2012: 50) Las cursivas son nuestras). En este sentido podemos decir que Jasper recupera a Damasio desde una clave conceptual y no sólo en términos del desdibujamiento de las duplas. Es decir, apoya y complementa su propia elaboración con aquella de Damasio, respecto a los tránsitos y tipos de emoción en los movimientos sociales (con funciones explicativas para la duración o terminación de éstos) confirmando la importancia de conocer el funcionamiento de esos cuerpos/mentes en un proceso social.

Por otro lado, en el marco contemporáneo de la sociología de los sentidos, la recepción de las neurociencias en general y, Damasio en particular, se inscribe en el cuestionamiento a la numeración clásica de los sentidos corporales y el viraje de la investigación a un ámbito más integral y extenso de la percepción (Sabido, 2016: 68). Más allá de acotarse a lo que entendemos desde el sentido común como “cinco sentidos”, Vannini, Waskul y Gottshcalk distinguen entre “sentidos externos” (vista, tacto, olfato, oído, gusto) y “sentidos internos” (es decir, aquellos que proporcionan información sobre el mundo interno del cuerpo), como el vestibular (que posibilita percibir la dirección, aceleración y movimiento en el espacio); dolor, sed y hambre (nociocepción); la percepción interna de nuestros músculos y órganos (propiocepción), el equilibrio (equilibriocepción), el movimiento (kinestesia) y la temperatura (termocepción) (Vannini, Waskul y Gottschalk, 2012: 6, 29).

Para estos autores, experimentamos al mundo, a los otros y a nosotros mismos, a través de los sentidos y ello depende, no sólo de la formación sociocultural de la percepción sino también del trabajo conjunto entre “cerebro y mente” (Vannini, Waskul y Gottschalk, 2012: 151-152). En esa línea, los autores se refieren a Damasio y concretamente a El error de Descartes (1994) entre otros autores, para señalar cómo cuando la habilidad de procesar las sensaciones o recibir estimulación a través de los sentidos está comprometida, las consecuencias son tanto psicológicas como sociales, en tanto se requiere este trabajo conjunto entre cerebro y mente (Vannini, Waskul y Gottschalk, 2012: 152). Es decir, no sólo cuerpo y mente trabajan en conjunto, sino también las emociones, sentimientos y el sentido que asignamos a dicho sentir.

Por otro lado, en aras de reforzar el desdibujamiento de las duplas y extender la capacidad heurística del concepto de habitus de Pierre Bourdieu, Löic Wacquant junto con otros autores (Wacquant, 2015; Downey, 2014) han recuperado algunos argumentos de las neurociencias. Wacquant señala la necesidad de recuperar argumentos teóricos e investigación empírica de autores como Antonio Damasio, entre otros, en la medida en que contribuyen al desplazamiento de una “filosofía de la acción desencarnada” por un modelo que entrelaza cuerpo, cerebro, self y práctica (Wacquant, 2014: 129). Para Wacquant se trata de acudir a las nuevas perspectivas de la neurociencia, en el marco de las ciencias cognitivas actuales, mismas que han enfatizado la relevancia del conocimiento del cuerpo y los aspectos entrelazados de niveles biológicos, psicológicos y sociales. Wacquant se refiere a En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos (Damasio, 2003) para señalar que estos aportes permiten reiterar que ser competente en la sociedad es algo tácito y está encarnado, y que: “el cuerpo es un crisol que solda [welds] continuamente pasión y razón (como Damasio, 2003, demuestra desde el lado de la neurobiología)” (Wacquant, 2014: 130 Las cursivas son nuestras).23 Así pues, la recuperación que hace Wacquant se inscribe en una tradición de pensamiento que apuesta por mostrar cómo el cuerpo produce sentido y el conocimiento se encarna, al mismo tiempo que experimenta, siente y da sentido a lo que siente social y materialmente hablando.

Conclusiones

Prestar atención y poner a debate los aportes de las neurociencias resulta importante dadas las implicaciones que dichas disciplinas tienen en la vida social. Pickersgill señala puntualmente cómo éstas tienen repercusiones en terrenos que están distantes de los laboratorios (Pickersgill, 2013). Ya sea para vender un producto, justificar una conducta o explicar una situación, el uso de los argumentos de las neurociencias están a la orden del día.

Pero, ¿significa esto que solo debemos criticar todo lo que aparece con el membrete neurociencia? Desde la línea que venimos desarrollando, a saber, el problema del amor corporeizado, la neurociencia tiene algo que aportar. Como hemos presentado en otro trabajo, desde nuestra perspectiva, la experiencia amorosa implica significados culturales (semántica), interacción de cuerpos (situación) y enminded bodies (cuerpos con mente) (García Andrade y Sabido Ramos, 2016b). En este último nivel es que nos resulta relevante considerar los efectos materiales (la materialidad) que implica el amor para los cuerpos/cerebros. Pensamos que es posible comprender al amor desde una dimensión en la que los seres humanos no se entienden como entes divididos en cuerpo y mente o en razón y emoción. Desde nuestra perspectiva, es el desdibujamiento de estas duplas, a la que también contribuyen las neurociencias y las ciencias sociales, lo nos permite comprender al amor no sólo desde el nivel semántico o situacional, sino también como experiencia vivencial. Es decir, el amor de pareja puede entenderse como una relación entre dos o más personas en las que resulta de vital importancia el contacto de los cuerpos y los efectos emocionales, sentimentales y mentales que ello genera a nivel individual. En ese sentido, no es posible dejar de lado lo que se produce en un campo de conocimiento dedicado a observar lo que aparece en el cuerpo/mente sintiente.

En términos generales, podemos observar una afinidad electiva con los neurocientíficos que: 1) observan al cerebro no como una unidad aislada, dividida en compartimientos estancos que aparecen evolutivamente, sino que observan al cerebro funcionando en redes, producido por y productor de las relaciones con el entorno (léase, social); 2) que asumen la plasticidad cerebral (su posibilidad de cambio y conformación a lo largo de la vida); 3) que asumen la alta selectividad cerebral para la detección de la mirada y los gestos como algo que puede posibilitar la cooperación - o por lo menos la necesidad de convivencia; y 4) que unen la toma de decisiones y apuestas en la vida cotidiana con eventos emocionales que marcan el cerebro y el cuerpo que se relaciona con otros.

Las consecuencias de lo anterior para el amor no las podemos desarrollar aquí, pero de entrada permiten pensar en una colaboración productiva y necesaria.

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9786073007849
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