Kitabı oku: «Ni rosa ni azul»

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NI ROSA NI AZUL

Pautas para educar en igualdad

Olga Barroso


Ni rosa ni azul

Pautas para educar en igualdad

© 2021 Olga Barroso

Directora de colección: Mercedes Bermejo

Directora de producción: M.ª Rosa Castillo

Revisora técnica: Mónica Gonzalo

Correctoras: Ana Briz y Anna Alberola

Maquetación: cuantofalta.es

Diseño de la cubierta: ENEDENÚ DISEÑO GRÁFICO

Las imágenes de las páginas 157, 269, 270, 283 y 296 están extraídas del Senticuento Los pájaros Arcoíris, cuya autora es Olga Barroso y la ilustradora es M.ª Jesús Santos Heredero.

© 2021 Editorial Sentir es un sello editorial de Marcombo, S. L.

Avenida Juan XXIII, n.º 15-B

28224 Pozuelo de Alarcón. Madrid

www.editorialsentir.com

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra».

ISBN: 978-84-267-3327-6

Producción del ePub: booqlab

NI ROSA NI AZUL

Pautas para educar en igualdad

Olga Barroso


Por todas las guerreras que han luchado por la libertad.

Por todo ese silencio abandonado es hora de gritarle al mundo

los abrazos que nunca pudimos dar y devolverle cada golpe

con más ganas de soñar.

Nunca más me verás con cicatrices en el alma.

Ahora ya somos más y hemos perdido el miedo

a ser valientes.

Y basta ya de rogar por querer ser iguales.

Nuestra batalla es por vivir y no por ser mejor que nadie.

Por todas las guerreras que han llorado por querer ser más.

Por todas esas voces contenidas es hora de gritar

que tenemos la fuerza, la valentía y el coraje de agarrar nuestro destino

aunque no llevemos traje.

Extracto de la canción

Nunca más, de Atacados Letra: Luis Frochoso

AGRADECIMIENTOS

Como dicen los versos de Alejandra Pizarnik: «Soy mujer. Y un entrañable calor me abriga cuando el mundo me golpea. Es el calor de las otras mujeres, de aquellas que hicieron de la vida este rincón sensible, luchador, de piel suave y corazón guerrero».

Me considero muy afortunada por haber encontrado en mi camino a tantas y tantas mujeres de piel suave y corazón guerrero. Gracias a todas ellas porque con su calor pude llenarme de amor, de valentía y de ganas infinitas de aprender. Pude ser la mujer que hoy soy, que aprendió el camino para ser feliz y que trata de dar calor a las que llegan. Mi hija Vega me lo recuerda cada día.

A todas ellas está dedicado este libro, muy especialmente a todas las mujeres sabias de las que aprendí en Mercedes Reyna. A todas, pero muy especialmente a Elisabeth, Bea, Bea C., Carmen, Concha, María José, Felicia, Merche, Sagrario, Ana G., Ana, Natasha, María Jesús, Carina, Dori, Loli y María, porque sigo aprendiendo de vosotras y haciendo camino juntas.

Gracias muy especialmente también a la editorial Sentir por permitir con este libro que todas nos volvamos a reunir, y por su compromiso con la infancia y con la justicia.

A las mujeres nos dicen que nuestra felicidad está supeditada a conseguir el amor y el reconocimiento de un hombre. ¡Cuánto tiempo nos lleva desaprender esta falacia! Cuando, en realidad, la felicidad nos viene dada de la mano de esas otras mujeres, amigas, madres, abuelas, compañeras, profesoras y revolucionarias que lucharon para que hoy seamos un poquito más libres de lo que ellas fueron. En realidad, todos y todas somos afortunados porque, a poquito que miremos, descubriremos que están ahí, que la vida está llena de mujeres que hacen del mundo un lugar mejor. No os privéis de sentir su calor.

A todos los hombres igualitarios que se suman a la lucha contra el machismo y que han decidido renunciar a sus privilegios. Muy especialmente a mi pareja, Antonio, porque cuando juega con nuestra hija dice «nosotras».

Y a mi querido Luis Frochoso por sus canciones. Por permitirme abrir este libro con esas palabras suyas siempre tan bonitas, tan certeras, que esconden lo esencial y que, hechas música, nos llenan el alma de fuerza para saltar sin miedo, aunque a veces no seamos capaces, y para recordar eso de «No te olvides de quererte, que es lo que te hace fuerte».

Índice de contenidos

PARTE I LOS DESAFÍOS DE EDUCAR EN UN MUNDO QUE NO HA ALCANZADO LA IGUALDAD REAL ENTRE HOMBRES Y MUJERES

1. El mundo no es igual para los niños que para las niñas

1.1 La consideración de hombres y mujeres en nuestra historia

1.2 La definición de hombres y mujeres en la historia afecta a los niños y niñas de hoy

1.3 Expliquemos a los niños y niñas nuestra historia

1.4 Distintos peligros que pueden sufrir niños y niñas

1.5 Que el mundo sea igual para niños y niñas está en nuestra mano

2. Azul y rosa. Niños y niñas, ¿son diferentes o los hacemos diferentes?

2.1 Desde el principio creamos diferencias entre niños y niñas

2.2 La investigación muestra cómo hacemos a niños y niñas diferentes

2.3 Las diferencias que mantienen los estereotipos de género no existen

2.4 Cuidado con los estudios que revelan diferencias entre hombres y mujeres

2.5 Una habitación propia

2.6 El peligro de los estereotipos de género

3. A qué nos referimos cuando hablamos de igualdad

3.1 Hablar de igualdad aún no es fácil

3.2 Ponernos de acuerdo en los términos para entendernos

3.3 Igualdad no es ser idénticos

3.4 Hombres y mujeres somos cualitativamente iguales para cuidar

3.5 El valor de hombres y mujeres es el mismo

3.6 Si no fuéramos iguales, ¿esto pasaría?

4. Cómo se construyeron los estereotipos de género

4.1 ¿De dónde surge la diferente consideración de hombres y mujeres?

4.2 ¿Cómo se construyeron los estereotipos sexistas?

4.3 Los conceptos «sexo» y «género»

4.4 Grecia y Roma: ¿cómo empezó todo?

4.5 ¿Y después de Grecia y Roma?

4.6 Siempre hubo mujeres inteligentes, pero no se habla de ellas

4.7 Breve historia del feminismo

4.8 Los estereotipos de género perjudican especialmente a las niñas

4.9 Siglo XXI, es hora de poner fin a los estereotipos sexistas

5. Ejemplos de tratos desiguales que aún sufren niños y niñas

5.1 No podéis jugar porque sois chicas

5.2 No puedes hacer ballet porque eres niño

6. Situación de las niñas y mujeres en el mundo

6.1 La investigación muestra la injusticia hacia niñas y mujeres

6.2 Empecemos por los motivos para la esperanza

6.3 Analizando la injusticia

6.4 La injusticia de invisibilizar a las mujeres

6.5 Es dañino y falso decir que la igualdad está conseguida

PARTE 2 CLAVES Y PAUTAS PARA EDUCAR DE MANERA IGUALITARIA A NIÑOS Y NIÑAS

7. Evaluando nuestras ideas sexistas

7.1 Todos y todas, a veces, emitimos conductas sexistas

7.2 Evaluando nuestras creencias sexistas

7.3 Cómo desarrollar una educación y una crianza igualitarias

8. Explicar a los niños y niñas el mundo en el que viven

8.1 Transformar las injusticias en oportunidades

8.2 Expliquemos a las niñas las discriminaciones que pueden sufrir

8.3 ¿Está bien que manden los hombres y las mujeres obedezcan?

8.4 Los niños varones también van a sufrir discriminaciones sexistas

9. Acciones para reducir la exposición a contenido sexista

9.1 El sexismo es como la contaminación

9.2 Ofrecer espacios igualitarios para jugar y aprender

9.2.1 Fomentar la realización de actividades físicas no etiquetadas arbitrariamente por la sociedad como actividades de niños y de niñas

9.2.2 Proponer juegos que sean muy divertidos en los que jugar juntos realizando tareas socialmente asignadas tanto a niños como a niñas

9.2.3 Facilitar a los niños y a las niñas todo tipo de juguetes

9.2.4 Evitar que la apariencia sea lo que capte nuestra atención en el caso de las niñas, y la conducta en el caso de los niños

9.3 Eliminar porciones de contaminación sexista

9.3.1 Hacernos conscientes de que podemos, sin darnos cuenta, acercar en exceso a las niñas lo que se nos ha dicho siempre que es de niñas y a los niños lo que se nos ha dicho siempre que es de niños

9.3.2 Exponer a niñas y niños a imágenes o contenidos que muestren lo contrario de los comentarios sexistas que les digan

9.3.3 No coartar en exceso a las niñas

9.3.4 Proponer tareas de cuidado a niños y niñas por igual

9.3.5 No seas tú quien la llame princesa

9.3.6 Impidamos el clásico «las niñas con las niñas y los niños con los niños»

9.3.7 Reacciones ante los éxitos y los fracasos

9.3.8 No acercar el amor de pareja solo a las niñas

10. Cómo proteger a las niñas de los mensajes sexistas

10.1 La contaminación sexista va a golpear de lleno a nuestras criaturas

10.2 Acciones para proteger a las niñas de los mensajes sexistas

10.2.1 Explicar a las niñas que las van a llamar guapas pero que ellas son mucho más

10.2.2 Dejemos a las niñas que elijan el tipo de mujer que quieren ser

10.2.3 Darnos cuenta de cuándo les dicen a las niñas que ellas hacen cosas peor que los niños

10.2.4 Aprovechar los momentos en los que las niñas lloran para hablarles de su fortaleza

10.2.5 No poner bajo un prisma adulto las relaciones afectivas de las niñas

10.2.6 Tu hija no es una marimandona

10.2.7 No la obligues a hacer cosas etiquetadas como de niñas si no le gustan. Anímala a que haga cosas etiquetadas como de chicos si le gustan. Déjala hacer lo etiquetado como de niñas si le gusta

10.2.8 Volver a intentarlo, no rendirse

10.2.9 Hagámoslas rebeldes con causa

11. Cómo proteger a los niños varones de los mensajes sexistas

11.1 Los mensajes sexistas también dañan a los niños varones

11.1.1 ¿De qué manera el sexismo impide que los niños desarrollen las capacidades psicológicas fundamentales para relacionarse afectivamente de un modo sano?

11.1.2 ¿De qué manera el sexismo empuja a los niños a que tengan conductas agresivas hacia otras personas, hacia sí mismos o hacia el entorno?

11.2 Visibilizando este daño a los niños varones

11.3 Acciones para proteger a los niños varones de los mensajes sexistas

12. Cómo crear un contexto educativo y de crianza igualitario

12.1 Educamos con lo que decimos, pero más con lo que hacemos

12.2 La lavadora, esa gran desconocida

12.3 No hacer sentir a las niñas que son menos capaces

12.4 Organicemos la librería de nuestros niños y niñas

12.5 Visibilizar el mérito de las mujeres

12.6 El amor no puede ser la única pasión de las mujeres

12.7 El sexismo no es gracioso

13. La importancia de los juguetes

13.1 Pintar idénticos juguetes de distinto color para venderlos dos veces

13.2 ¿Qué le hemos hecho al rosa que no le hemos hecho al azul?

13.3 Evitar que los juguetes sean una fábrica en miniatura de sexismo

13.4 Importancia de los juguetes en la vida de los niños

13.5 Cómo reaccionar ante los comentarios y regalos sexistas

PARTE III EDUCAR PARA PROTEGER A NIÑAS Y ADOLESCENTES DE LA VIOLENCIA EN LA PAREJA

14. Comprendiendo la violencia en las parejas adolescentes

14.1 Escuchémoslas a ellas

14.2 Por qué puede una chica adolescente verse atrapada en una relación violenta

14.3 Cómo es la violencia en las relaciones de pareja adolescentes

15. Cómo detectar si nuestra hija está en una relación de pareja violenta

15.1 Analicemos una situación real

15.2 Definición del maltrato en la pareja

15.3 Cómo ejerce la violencia un agresor: el patrón de comportamiento violento

15.3.1 Primera fase del patrón de comportamiento del agresor: engaño

15.3.2 Segunda fase del patrón de comportamiento del agresor: inicio de la violencia minimizando a la mujer 285

15.3.3 Tercera fase del patrón de comportamiento del agresor: de la violencia psicológica centrada en desvalorizar a la mujer a la violencia psicológica centrada en culparla tanto de que la relación vaya mal como de que él sea violento

15.3.4 Cuarta fase del patrón de comportamiento del agresor: recrudecimiento de la violencia

15.4 El ciclo de la violencia

15.4.1 Fase de luna de miel

15.4.2 Fase de acumulación de tensión

15.4.3 Fase de liberación de tensión

15.4.4 Vuelta a la fase de luna de miel

15.5 Un recurso educativo para explicar la violencia

Recursos adicionales

INTRODUCCIÓN

En el mundo en el que vivimos se han logrado grandes avances en materia de igualdad entre hombres y mujeres, pero aún, en muchas ocasiones, ante diferentes cuestiones, se sigue tratando y educando de un modo diferente a los niños y a las niñas. Se sigue construyendo un escenario rosa para las niñas, lleno de princesas que se enamoran y que hacen del amor su vida, de mensajes para incitarlas a vivir cuidando a los demás y de claves para que aprendan a medir su valor en función de su belleza física. Se sigue construyendo un escenario azul para los niños, lleno de superhéroes, de acción, de vivir de puertas afuera y de reprimir los sentimientos. Es hora de dejar de educar niños y niñas para educar personas, de dejar de construir un camino para las niñas y otro camino para los niños, de asegurar que los niños y niñas crezcan con libertad para ser personas libres. Este libro pretende dar claves para poder llevar a cabo esta educación igualitaria, para lograr, con nuestra crianza, que tanto las niñas como los niños de hoy se conviertan en adultos mañana seguros de sí mismos, autónomos pero capaces de pedir ayuda, dispuestos a cuidar cuando sea necesario y respetuosos.

El libro está dividido en tres partes. La primera parte está dedicada a analizar las desigualdades aún existentes en la vida de hombres y mujeres, así como el origen histórico de las mismas. El objetivo de esta parte del libro es comprender a fondo la situación de hombres y mujeres en la sociedad y cómo afecta a los niños y niñas, y a la educación que desarrollamos sobre ellos, el hecho de que el mundo aún no sea un lugar igualitario.

La segunda parte del libro es eminentemente práctica y está dirigida a dar claves para poder educar de un modo igualitario a los niños y a las niñas. En esta parte se recogen acciones concretas, pautas y herramientas para llevar a cabo este tipo de educación.

Y la última parte del libro está dedicada a la violencia de género en la pareja. Uno de los graves problemas que tiene nuestra sociedad por el hecho de no ser igualitaria es el maltrato que muchos hombres y muchos chicos ejercen contra sus parejas, contra sus novias. Lamentablemente, nuestras adolescentes pueden tropezarse con este problema e iniciar una relación de pareja enamoradas, ilusionadas por vivir el amor, y encontrarse con un chico que, poco a poco, las va haciendo sentir inferiores, y las va convenciendo de que no dediquen tiempo a sus amigos, familia, estudios; y ellas acaben atrapadas en él y viviendo para él. Para proteger a nuestras adolescentes de esta realidad es imprescindible que conozcamos en qué consiste la violencia de género. Por este motivo, hemos creado esta parte del libro en la que se explica este fenómeno y se describe con muchos ejemplos reales. Si, como adultos, conocemos esta realidad, podremos identificarla si la sufren nuestras hijas, nuestras alumnas, nuestras chicas. Y podremos ayudarlas finalmente a que reconozcan qué es lo que están viviendo y puedan salir de una situación tremendamente dañina.

PARTE I LOS DESAFÍOS DE EDUCAR EN UN MUNDO QUE NO HA ALCANZADO LA IGUALDAD REAL ENTRE HOMBRES Y MUJERES


EL MUNDO NO ES IGUAL
PARA LOS NIÑOS QUE PARA LAS NIÑAS

Lo más grave es que la violencia contra las mujeres y las niñas persiste sin disminución en todos los continentes, todos los países y todas las culturas, con efectos devastadores en la vida de las mujeres, sus familias y toda la sociedad. La mayor parte de las sociedades prohíben esa violencia, pero en la realidad frecuentemente se encubre o se tolera tácitamente.

Ban Ki-moon

Exsecretario general de las Naciones Unidas

1.1 LA CONSIDERACIÓN DE HOMBRES Y MUJERES EN NUESTRA HISTORIA

Nuestra sociedad occidental actual reconoce el mismo valor y, por tanto, los mismos derechos a las mujeres y a los hombres, a los niños y a las niñas. Así se recoge en nuestra Ley Orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres:

El artículo 14 de la Constitución española proclama el derecho a la igualdad y a la no discriminación por razón de sexo.

La igualdad entre mujeres y hombres es un principio jurídico universal reconocido en diversos textos internacionales sobre derechos humanos, entre los que destaca la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer, aprobada por la Asamblea General de Naciones Unidas en diciembre de 1979 y ratificada por España en 1983.

La igualdad es, asimismo, un principio fundamental en la Unión Europea. Desde la entrada en vigor del Tratado de Ámsterdam, el 1 de mayo de 1999, la igualdad entre mujeres y hombres y la eliminación de las desigualdades entre unas y otros son un objetivo que debe integrarse en todas las políticas y acciones de la Unión y de sus miembros.

Pero esto no siempre ha sido así; es muy reciente en nuestra historia que hombres y mujeres sean reconocidos como sujetos iguales ante la ley. Precisamente por este motivo, aún no se ha logrado la igualdad real entre hombres y mujeres, como también reconoce la citada ley:

El pleno reconocimiento de la igualdad formal ante la ley, aun habiendo comportado, sin duda, un paso decisivo, ha resultado ser insuficiente. La violencia de género, la discriminación salarial, la discriminación en las pensiones de viudedad, el mayor desempleo femenino, la todavía escasa presencia de las mujeres en puestos de responsabilidad política, social, cultural y económica, o los problemas de conciliación entre la vida personal, laboral y familiar muestran cómo la igualdad plena, efectiva, entre mujeres y hombres, es todavía hoy una tarea pendiente que precisa de nuevos instrumentos jurídicos.

Resulta necesaria, en efecto, una acción normativa dirigida a combatir todas las manifestaciones aún subsistentes de discriminación, directa o indirecta, por razón de sexo, y a promover la igualdad real entre mujeres y hombres, con remoción de los obstáculos y estereotipos sociales que impiden alcanzarla.

A lo largo de nuestra historia, las mujeres no han sido reconocidas como iguales a los hombres ante la ley porque han sido consideradas individuos con menos capacidades, menos valiosas y, por ello, no merecedoras de los mismos derechos. Este es nuestro pasado como civilización. Y este es el motivo por el cual todo nuestro ordenamiento jurídico actual, nacional, europeo e internacional ha tenido que crear herramientas legales para establecer y explicitar la igualdad de hombres y mujeres. Herramientas con las que cambiar la visión y definición de las mujeres como seres inferiores y sin derechos. Si queremos entender el mundo de hoy, tenemos que tener presente este hecho, así como si queremos explicar correctamente el pasado a nuestros niños y niñas.

A nuestras espaldas tenemos cuatro mil años de civilización, de los que solo en los últimos cien —redondeando— las mujeres han sido consideradas individuos iguales que los hombres ante la ley. Para conseguir la igualdad es importante reconocer esta realidad, pero más aún conocer su causa; evidenciar y sacar a la luz esta consideración de las mujeres como diferentes —y definidas, en esta diferencia, como inferiores y no merecedoras de los mismos derechos—. Durante tres mil novecientos años, las diferentes culturas precursoras de nuestra sociedad defendieron, mayoritariamente, que las mujeres y las niñas eran inferiores a los hombres intelectual, física y moralmente.

Sin ir más lejos, en España, hasta 1975 (en concreto, hasta que se aprobó la Ley 14/1975, que abordaba la reforma de determinados artículos del Código Civil y del Código de Comercio), no se permitió a las mujeres algo tan básico como abrir una cuenta bancaria. Hasta ese momento, los requisitos legales para hacerlo eran ser hombre, ser mayor de edad y tener el documento de identidad en vigor. Que la mujer pueda disponer de su dinero es algo que hemos alcanzado en nuestro país hace, a día de hoy, solo cuarenta y cinco escasos años. Y hasta la entrada en vigor de la Ley de Relaciones Laborales en 1976, las mujeres necesitaban una autorización de su marido para conseguir un empleo.

En muchos países, los derechos civiles de hombres y mujeres aún no son los mismos. El informe de ONU Mujeres «El progreso de las mujeres en el mundo de 2011-2012» sacó a la luz que, en ese momento, de los 195 países del mundo, solo en 115 las mujeres gozaban de igualdad de derechos para poseer una propiedad, y solo en 93 tenían derechos de herencia igualitarios.

En cuanto a educación se refiere, en nuestro país no es hasta 1970, con la aprobación de la Ley General de Educación, cuando los niños y las niñas, por ley, estudian los mismos contenidos y su educación es obligatoria hasta los 14 años. Con anterioridad, desde 1857 hasta 1970, estuvo en vigor la Ley de Instrucción Pública (conocida como la Ley Moyano, por ser este su creador), que obligaba a niños y niñas a realizar la etapa de primera enseñanza (dividida en elemental y superior) en escuelas distintas y con contenidos distintos. En la etapa elemental, ambos sexos estudiaban religión, historia, lectura, escritura, ortografía, gramática y aritmética; pero los niños estudiaban, además, «breves nociones de agricultura, industria y comercio», y las niñas «labores propias de su sexo». En la etapa superior, los niños estudiaban «nociones generales de física y de historia natural acomodadas a las necesidades más comunes de la vida» y las niñas estudiaban «ligeras nociones de higiene doméstica».

Y ¿cómo era la situación en materia educativa antes de 1857?

Hasta el siglo XVI existió una prohibición explícita a las niñas a acceder a la educación formal.

Durante el reinado de Carlos III, comenzó la preocupación por la educación de todas las clases sociales, incluyendo a grupos tradicionalmente marginados como las mujeres, los habitantes de los campos y los trabajadores de las ciudades. Esta política se convirtió en uno de los principales objetivos educativos de Carlos III, e incentivó la presencia de las niñas en las escuelas de primeras letras mediante la aprobación del Reglamento para el establecimiento de escuelas gratuitas para niñas de 1783. Esta apuesta por la educación surge al comprobar que era necesario formar a la población para mejorar el desarrollo económico del país. La visión de la educación era completamente utilitarista: se quiso reformar el sistema educativo tradicional para modernizar España.

Aunque a lo largo del siglo XVIII la legislación cambió y se permitió que las niñas acudieran a las escuelas de primeras letras, en la práctica este acceso autorizado ya a las niñas, al no ser obligatorio, no se hizo efectivo. ¿El motivo? Que se seguía considerando, mayoritariamente, a las niñas carentes de la inteligencia suficiente. Su existencia se justificaba como complemento del hombre y era útil solo para asumir las tareas domésticas y el cuidado de la familia.

Con la llegada de la Ley Moyano, setenta y cuatro años después, ya sí se obliga —no solo se recomienda— a las niñas a ir a la escuela, pero con el objetivo de educarlas para que desempeñen mejor los roles que se consideran propios de ellas: amas de casa, esposas y madres. De nuevo, esto cambió en 1970, es decir, hace escasos cincuenta años.

Para cambiar estas injusticias, para conseguir los mismos derechos que los hombres, las mujeres, con el apoyo de algunos hombres igualitarios, tuvieron que organizarse y luchar mucho.

Lucharon para poder ser consideradas inteligentes, tan capaces como los hombres y poder, así, estudiar. Para que se asumiera que su papel en el mundo no solo era cuidar de la casa, de la familia y de la descendencia. Lucharon, después, para poder trabajar y, más adelante, para poder hacerlo en profesiones que se consideraban de hombres. Lo consiguieron y nos lo consiguieron. Todos estos logros se alcanzaron, gracias a ellas, en nuestro país y en Europa, hace escasos cien años. Anteriormente, la vida de las mujeres y de las niñas era una vida como ciudadanas de segunda y, en gran parte de la historia, ni siquiera como ciudadanas. Este es nuestro pasado y nuestros niños y niñas de hoy llegan a un mundo que tiene esta historia.

El pasado influye en el presente. Cuando una sociedad tiene un pasado que ha defendido dura y extensamente la desigualdad entre hombres y mujeres, en su presente habrá muchos obstáculos para alcanzar la igualdad. Uno de los más poderosos es la costumbre. Esta empuja fuerte, por lo que para alcanzar la igualdad real es imprescindible legislar y desarrollar actuaciones concretas que cambien lo que se ha pensado, dicho y hecho durante tanto tiempo. Un ejemplo claro es el que analizábamos anteriormente: aunque en España a partir del siglo XVIII se permitía escolarizar a las niñas, la realidad era que no se las llevaba al colegio. No se las escolarizó generalizadamente hasta que la ley obligó a hacerlo porque, a pesar de que se podía, se seguía pensando sobre ellas como se había venido defendiendo durante tantos años atrás.

1.2 LA DEFINICIÓN DE HOMBRES Y MUJERES EN LA HISTORIA AFECTA A LOS NIÑOS Y NIÑAS DE HOY

Actualmente, aunque la igualdad legal entre hombres y mujeres se haya conseguido, la influencia de este pasado tan largo sigue siendo fuerte y sigue dificultando que la igualdad legal se haga real en el funcionamiento social. Este pasado hace que las reacciones de los adultos ante el mismo comportamiento infantil no sean iguales si quien lo emite es un niño o una niña. Analizaremos esto en profundidad en el próximo capítulo. Este pasado hace que las niñas tengan que esforzarse más que los niños para alcanzar los mismos éxitos. Que a las niñas se les ponga difícil participar en actividades consideradas «de niños» y que a los niños se les ponga difícil participar en actividades consideradas «de niñas». Que a las niñas se les regalen más juguetes catalogados como «de niñas» y a los niños se les regalen privilegiadamente juguetes catalogados como «de niños». Hace que aún sigamos creyendo que hay actividades «de niños» y actividades «de niñas» y juguetes «de niños» y juguetes «de niñas». Este pasado explica por qué aún hoy en sociedades legalmente igualitarias las mujeres, en muchas empresas, aun realizando el mismo trabajo que un hombre, cobran menos; por qué el tiempo de trabajo doméstico que dedica una mujer, que trabaja las mismas horas que su marido fuera de casa, sigue siendo notablemente superior; por qué los puestos de poder están fundamentalmente ocupados por hombres; y un largo etcétera.

Para educar adecuadamente a niños y niñas, tenemos que hacernos conscientes de todo esto; de que el mundo en el que van a vivir aún no es igual para unos que para otras debido a la desigual consideración sobre hombres y mujeres que ha existido y que aún está presente. Para educar adecuadamente a niños y niñas, tenemos que aceptar que la influencia de un pasado de tres mil novecientos años no se borra en cien y, por tanto, de alguna manera, sigue condicionando y dirigiendo algunos de nuestros pensamientos y comportamientos a la hora de tratar y enseñar a niños y niñas.

Nuestros niños y niñas de hoy crecen en un mundo en el que se acaba de lograr que las mujeres sean consideradas inteligentes, capaces, fuertes y con la misma potencialidad que los hombres para desarrollar estas cualidades. Crecen en un mundo en el que se acaba de lograr que se considere normal y sano que un chico, que un hombre, llore; tan adecuado como si lo hace una chica o una mujer. Crecen en un mundo que acaba de asumir que la crianza de los hijos e hijas también es una tarea y una responsabilidad de hombres.

Estos logros son tan recientes que nuestros niños y niñas están expuestos a que se los pueda tratar o intentar educar con ideas que aún defienden unas diferencias que, empírica y científicamente, son inexistentes entre hombres y mujeres. De esta manera, las niñas, durante la educación primaria y secundaria, se pueden encontrar con que les digan que ellas no son tan buenas en matemáticas, que son más torpes en los deportes, o con los mapas, que no se les dan tan bien las ciencias como a los chicos, etc. O se pueden encontrar con que, cuando expresen su opinión o asuman liderar alguna tarea, sean menos atendidas, menos miradas y menos escuchadas que los niños.

¿Nos gusta como padres, como educadores, que a nuestras niñas se les transmitan estos mensajes? Y, peor aún, ¿nos gusta que los incorporen y que con ellos definan su identidad y se definan a sí mismas? ¿Nos gusta que nuestras niñas aprendan que son intelectualmente peores, de menor calidad que un niño? ¿Queremos que las niñas se conviertan en mujeres que no se sientan cómodas al tomar la palabra, liderar o ejercer la autoridad?

Si no queremos que aprendan esto, tenemos que empezar asumiendo que alguna vez van a recibir mensajes sobre la inferioridad femenina de manera implícita o explícita y que, por tanto, algo tendremos que hacer en nuestra educación hacia ellas para protegerlas de estos mensajes.

¿Y qué pasa con los niños?


Los niños, durante la educación primaria y secundaria, se pueden encontrar con que el trato que se les dé les arrebate su derecho a la vulnerabilidad y a la sensibilidad. Que se les diga: «Tú eres un hombre, así que tienes que ser siempre fuerte», «Tú eres un hombre, los hombres no expresan sus emociones, eso es de débiles».

A las niñas no les pasará esto, no se tendrán que enfrentar con que no las dejemos llorar, con que les censuremos que compartan su intimidad con una buena amiga, con que las ridiculicemos por ser emotivas, con que se les prohíba tácitamente expresar lo que sienten.

¿Nos gusta, como padres, como educadores, que a nuestros niños se les transmitan estos mensajes? Y, peor aún, ¿nos gusta que los incorporen y que con ellos definan su identidad y se definan a sí mismos? ¿Nos gusta que nuestros niños aprendan que no tienen derecho a vivir sus emociones, a expresar su sensibilidad, a derrumbarse, a pedir ayuda? ¿Que no tienen derecho, algunas veces, a no ser fuertes, a no saber qué hacer? ¿Queremos que a nuestros niños se les extirpe su capacidad de sentir, de cuidar, de empatizar, de ser sensibles?

Si no queremos que aprendan esto, tenemos que empezar asumiendo que muchas veces van a recibir mandatos para ser siempre duros, siempre los fuertes.

1.3 EXPLIQUEMOS A LOS NIÑOS Y NIÑAS NUESTRA HISTORIA

Nuestra historia está marcada por la tendencia de nuestros predecesores a progresar, a pasar del nomadismo al sedentarismo, a transformar pueblos en ciudades, a transformar creencias sin base empírica en creencias basadas en la ciencia, a crear diferentes manifestaciones artísticas... En definitiva, a una dinámica que nos lleva a generar más conocimiento y más tecnología.

Está marcada tristemente también por las guerras, por la ambición de unos países por los territorios y riquezas de otros, y por la discriminación a diferentes colectivos o culturas.

Nuestra historia contiene todo esto y, si queremos que nuestras nuevas generaciones sigan mejorando y no cometan lo errores que nos comprometimos a no repetir, es necesario acercarles toda esta información. Deben conocer que el país en el que viven no siempre estuvo en paz, que en él hubo una guerra civil —muy reciente y aniquiladora de nuestro progreso—, que el continente en el que viven no siempre estuvo formado por países que quieren llevarse bien y colaborar, sino que protagonizó guerras de las más sangrientas y largas. Que en nuestro pasado se persiguió y se mató a las personas por su color de piel y por su religión. Todas estas barbaries han existido y, para no volver a repetirlas nunca, las enseñamos en colegios y universidades. Sacamos a la luz que se exterminó a los judíos, a los gitanos, que se esclavizó a los africanos.

Pero, de la misma manera que enseñamos a nuestras nuevas generaciones todo esto, tenemos la obligación de enseñar que la historia de la que venimos consideró —no de 1914 a 1918, no de 1939 a 1945, sino del año 2000 a. C al año 1950, redondeando— que las mujeres eran ciudadanos inferiores y que, por tanto, no podían votar. Que las mujeres, la mitad de la población mundial, por el simple hecho no de su color de piel, sino de su sexo, han sido durante toda la historia discriminadas, privadas de los derechos civiles más básicos y, por supuesto, de su participación plena en la sociedad, quedando confinadas en el territorio de lo doméstico, entre las cuatro paredes de un hogar. Porque nuestra historia está profundamente marcada por esto.

Esta realidad de nuestro pasado, ¿por qué no se nos cuenta?, ¿por qué se pasa siempre de soslayo sobre ella, sin darle la entidad sociológica que tiene?, ¿no es hora dejar de silenciarla, sobre todo si queremos erradicarla?

En el tiempo en el que escribo este libro, mayo de 2020, estamos sufriendo una pandemia mundial a causa de la COVID-19. En 1918, todo el mundo fue golpeado por la denominada gripe española, una pandemia causada por un brote del virus influenza A. Fue la pandemia más devastadora en la historia humana dado el número de muertes que causó: en un solo año mató entre veinte y cuarenta millones de personas. Lo que también llama poderosamente la atención es la similitud de tal infección con la situación que estamos viviendo ahora a causa del coronavirus. En 1918 terminaba la Primera Guerra Mundial, hecho que es bien conocido por todos. En ese mismo año empezaba la mayor pandemia de nuestra historia, fenómeno que apenas nos resulta conocido porque, a diferencia de la Primera y Segunda Guerra Mundial, casi no se nos ha hablado de él. Tal vez si lo hubiéramos estudiado más, si lo hubiéramos tenido más presente, la crisis sanitaria que sufrimos actualmente hubiera podido ser algo menor, o nos hubiéramos podido dar cuenta antes de que estábamos a las puertas de una grave pandemia. Esto son elucubraciones, sin duda; pero, desde luego, conocer nuestra historia nos puede preparar para los hechos que a lo largo de ella, lamentablemente, se repiten.

Afortunadamente, en nuestra sociedad española dudo mucho que se vuelva a prohibir a las mujeres que voten o que trabajen, o que se les vuelvan a arrebatar derechos civiles básicos. Pero, como explicábamos en el apartado anterior, las mujeres y las niñas hoy somos golpeadas por la herencia de ese pasado en el que se nos consideraba inferiores. Si no conocemos de dónde vienen esos golpes, ni por qué se producen, nos será más difícil verlos, reconocerlos y trabajar para eliminarlos hasta que llegue ese gran día en el que se hayan extinguido.

Por otro lado, las mujeres con su lucha consiguieron dar la vuelta a la historia, consiguieron revertir esta situación de discriminación y ganarse su consideración como seres con los mismos derechos que los hombres; no como opresoras de los hombres, no como mejores que los hombres, sino como sus iguales. De la misma manera que se estudian las grandes revoluciones, de la misma manera que alabamos y ensalzamos la Revolución francesa porque liberó al pueblo francés de un rey opresor, por su aporte a los valores humanos con su célebre liberté, égalité, fraternité, ¿por qué no reconocer el mérito de una revolución mayor, la revolución de las mujeres, que liberó a la mitad de la población y le garantizó los derechos fundamentales? Un hecho de esta magnitud debería narrarse a los niños y a las niñas, debería reconocerse su aporte humano y su valor para el progreso de la humanidad. Pero no se cuenta. Y, de nuevo, está en nuestra mano cambiarlo. Contémoslo, celebrémoslo, expliquémosles a los niños y a las niñas que las mujeres también pertenecen a ese colectivo de individuos que han hecho cosas importantes en la historia y por la historia de las generaciones futuras. Mostremos que ser mujer no solo es ser uno de esos sujetos que cuidaban el hogar e hilaban en la rueca, que ser mujer es ser también uno de esos sujetos que luchaban valiente y pacíficamente contra la injusticia construyendo una sociedad mejor.

1.4 DISTINTOS PELIGROS QUE PUEDEN SUFRIR NIÑOS Y NIÑAS

Parte de esta realidad diferente que van a tener que enfrentar nuestros niños y nuestras niñas, aunque compartan país, ciudad o pueblo, es la que tiene que ver con los peligros a los que están expuestos y los problemas que pueden llegar a sufrir durante su desarrollo.

Para pensar más en profundidad sobre esta cuestión, nos gustaría plantear esta pregunta:

¿Qué peligro deseáis con más fuerza que no golpee a vuestros niños y niñas durante el proceso mediante el cual se van a convertir en adultos?

Una de las cuestiones que más deseamos la mayoría de los padres y madres, así como los profesionales del ámbito de la infancia, es que nuestros niños y niñas se desarrollen bien (que maduren dentro de ellos todas las capacidades necesarias para que se adapten satisfactoriamente al mundo adulto) y que sean felices. Y que no les ocurran hechos extremadamente dolorosos que los hieran e impidan tanto su sano desarrollo como su felicidad.

De hecho, gran parte de nuestro esfuerzo en la crianza y en la educación se dirige precisamente a esto, a protegerlos de peligros, de situaciones que los puedan dañar. También a dotarlos de herramientas y fortalezas para que, si dichas situaciones ocurrieran, aunque inevitablemente les causaran dolor, el impacto se quedara solo en eso, en un dolor que terminara por disiparse y no en un daño físico o psicológico permanente.

Esto es así porque, lamentablemente, en nuestra sociedad aún existen peligros que pueden cruzarse en el camino de nuestros menores. Lo que queremos que penséis ahora es si estos peligros son los mismos para los niños que para las niñas… A poco que lo pensemos, nos daremos cuenta de que no.

Si la pregunta que hemos formulado se refiriera a los niños: «¿Qué peligro deseáis con más fuerza que no golpee a los niños varones durante el proceso mediante el cual se van a convertir en adultos?», la respuesta que daríais ¿sería la misma que si la pregunta fuera esta?: «¿Qué peligro deseáis con más fuerza que no golpee a las niñas durante el proceso mediante el cual se van a convertir en adultas?».

Las niñas, desde bien pequeñas, y fundamentalmente en la adolescencia, pueden ser víctimas de miradas lascivas, de comentarios obscenos, tanto por parte de sus iguales como de hombres que les doblan o triplican la edad. Pueden también enfrentarse a que las llamen «guarras» porque a los 16 años hayan decidido explorar su sexualidad o, en el peor de los casos, se pueden enfrentar a que un desconocido las intente tocar o las toque por la calle, en un concierto o en algún medio de transporte. O que las acose de regreso a casa, haciéndoles pasar terror tras haber salido a divertirse o a comprar el pan. Si esto último te parece excesivo, haz un pequeño experimento: pregunta a las mujeres de tu entorno si alguna vez han pasado miedo volviendo a casa. Pregúntales quién fue el causante de su terror. Te sorprenderá la cantidad de mujeres que te van a decir que sí y que te van a contar experiencias muy desagradables. O que te van a contar que tienen miedo, en general, si regresan a casa solas por la noche. Y si quieres completar la investigación, pregunta a los hombres de tu entorno si han vivido alguna vez algo parecido a lo que ellas te contaron.

Los niños no tendrán que enfrentarse en su desarrollo a este tipo de peligros; tendrán que enfrentar otros, pero no este. Nuestra sociedad aún presenta estas amenazas para nuestras niñas. Nuestras pequeñas no están libres de que esta barbaridad les pueda suceder. Este tipo de situaciones no las tienen que vivir los chicos, les suceden en exclusiva a las niñas por el mero hecho de ser niñas. Nunca nos preocuparemos por que un chico de 14 años volviendo a casa por la noche, en una zona poco transitada, esté expuesto a que un grupo de cuatro o cinco chicas mayores de edad le acorralen y le fuercen sexualmente. No nos tendremos que preocupar por esto en el caso de un chico porque esto no pasa. En nuestra sociedad estas agresiones solo se producen en el sentido inverso: hombre que agrede, mujer agredida. Por lo que los peligros no son iguales para las niñas y para las adolescentes que para los niños y para los adolescentes.

Que exista este peligro para las niñas y adolescentes es muy grave. Por un lado, las menores que son golpeadas por él experimentan un dolor emocional inmenso y potencialmente permanente porque puede generar heridas psicológicas muy profundas. Pero, por otro lado, que exista este peligro daña también a las menores, sin que necesariamente lo sufran directamente, puesto que puede llevarlas a:

• Aprender, de manera implícita, que las mujeres somos objetos sexuales de los hombres. Si los hombres se permiten comentar el cuerpo de una niña, de una jovencita, usarlo para su gratificación sexual y esto pasa constantemente y no se impide ni censura —incluso a veces se felicita, se ríe o se refuerza—, las niñas pueden llegar a asimilar que no tienen tanto derecho a que se respete su cuerpo y su sexualidad, porque viven experimentando continuamente que no se respeta. Para que las niñas aprendan que su cuerpo es suyo y que nadie tiene derechos sobre él —solo ellas mismas—, hay que decírselo, pero también deben percibir un trato coherente con esta afirmación. Una sociedad en la que los hombres siguen haciendo comentarios obscenos hacia las mujeres sigue transmitiendo, mediante estas conductas, un mensaje que dice que el cuerpo de las mujeres pertenece a los hombres, y que los hombres tienen derechos sobre él. ¿Cómo aprender que soy respetable si no se me respeta?


• Que experimenten que la calle es un lugar peligroso para ellas; que están seguras si van con un chico, pero no solas. Esto puede llegar a extrapolarse, causando una peligrosa herida: asimilar que las mujeres no pueden enfrentar la vida por sí mismas, y que necesitan a un hombre.

• Ser víctimas de maltrato en el noviazgo. Este es otro peligro que pueden sufrir las niñas al llegar a la adolescencia —y, con ella, a las primeras relaciones afectivas—. Una adolescente puede tener que vivir que un chico le diga que la quiere, pero la insulte, la controle, le impida salir con sus amistades o, en el peor de los casos, la agreda también física o sexualmente. Este peligro, a diferencia de los anteriores, también lo pueden sufrir los chicos. Es decir, un adolescente puede iniciar una relación sentimental con una chica que se relacione dentro de una pareja de una manera violenta. Ahora bien, esto sucede con una frecuencia tan baja que es un fenómeno altamente improbable.

Nuestros niños también están expuestos a peligros. Un niño de hoy, futuro adolescente del mañana, se puede encontrar teniendo que vivir situaciones tan dañinas como que todo su grupo de amigos le presione para que realice una conducta peligrosa: beber en exceso, drogarse, conducir temerariamente, cometer una ilegalidad, meterse en peleas, tratar mal a una chica, consumir prostitución o asumir un riesgo físico, para demostrar que no es un «gallina», que es «un hombre de verdad».

Al igual que comentábamos en el caso de las niñas, estos peligros se dirigen exclusivamente a los niños en su futuro por el mero hecho de ser niños. No quisiéramos que les ocurrieran pero, lamentablemente, tenemos una sociedad en la que esto es algo que les puede suceder. Y, de la misma manera que exponíamos en el caso de los peligros que pueden sufrir nuestras niñas, lo terrible de que estos peligros que se dirigen a los niños existan es que, aunque no les golpeen directamente, los pueden llevar a aprender:

• Que la manera de estar seguros, de tener éxito o reconocimiento social es ponerse en peligro o hacer daño a un tercero (normalmente a una chica).

• Que la manera de ser adecuados, de ser lo que se espera de ellos, es «hacerse los duros». Para lograr esto, tienen que reprimir sus miedos, para lo que tendrán que aprender a desconectarse de sus sentimientos. Y tienen que bloquear también el uso de la empatía. Esto produce un daño muy severo, y cercena el funcionamiento emocional sano, que es lo que nos hace humanos y la pieza imprescindible para estar bien psicológicamente.

• Que no están seguros cuando expresan lo que sienten, porque, cuando lo hacen, pueden ser insultados. Esto lleva a que puedan extrapolar que la manera de estar seguros es no expresar emociones.

Que estos peligros existan y que existan de esta manera diferenciada supone que tenemos una sociedad y un mundo desigual para los niños y para las niñas. El escenario en el que transcurre su vida no es un escenario en el que haya una igualdad real porque, por mucho que en occidente legalmente hombres y mujeres tengan los mismos derechos, el trato que reciben unos y otros no es el mismo.

1.5 QUE EL MUNDO SEA IGUAL PARA NIÑOS Y NIÑAS ESTÁ EN NUESTRA MANO

Asumir esta realidad diferenciada es doloroso, pero hemos escrito este libro porque no tenemos que conformarnos con que el mundo en el que van a vivir nuestros menores tenga que ser así. Hay motivos para la esperanza. El principal es que es posible ponerle un fin a este mundo dañinamente desigual y que está en nuestra mano lograrlo.

Tal vez no nos dé tiempo a erradicar estos peligros antes de que nuestros niños y niñas lleguen a la adolescencia, pero estamos a tiempo y es el momento de educar igualitariamente. Si lo hacemos, en el caso de que nuestras criaturas se tropiecen con estos peligros, estarán protegidas, sabrán cómo actuar y no las dañarán permanentemente.

Además, educarlos igualitariamente es la garantía de que ni ellos ni ellas serán generadores de dañinos comportamientos sexistas. Si lo hacemos cuando a un chico un amigo le pida que se sume a insultar y a humillar a una chica por haber tenido varios novios, este no lo hará. Si lo hacemos, cuando un amigo le diga que conduzca borracho porque no hacerlo es de «nenaza», este no lo hará.

Los datos respecto a esta cuestión son contundentes: en España el 80 % de las muertes en carretera son de chicos y/o hombres; realidad que se repite una y otra vez, año tras año. Aquí podéis analizar los datos de 20181.

En el periodo comprendido entre el 1 de enero y el 22 de octubre de 2019 y 2020 encontramos estos datos:


Fallecidos20192020
Hombre723589
Mujer164119
Se desconoce-14
Total886712

De nuevo, la proporción de hombres es muchísimo mayor2.

Si educamos igualitariamente, cuando a una chica su novio le diga que la quiere mucho y que por eso ella tiene que dejar de ver tanto a sus amigas y tiene que dejar de estudiar para estar con él, ella se dará cuenta de que esto no es sano y le dejará antes de que la situación sea más dañina o peligrosa. Si lo hacemos, cuando un chico con el que nuestra hija ya ha empezado a salir le diga que tiene que realizar una conducta sexual que ella no quiere realizar con el argumento «las mujeres tienen que satisfacer a sus parejas» o «hay un montón de chicas que, si tú no aceptas, estarán deseando hacerlo conmigo», a ella le será más fácil decir que no.

Si todos contribuimos a educar igualitariamente (padres, madres, familiares, profesorado, monitores de deporte, profesionales del ámbito de la salud, medios de comunicación), por fin llegará ese día en el que ya no existan niños que se acaben convirtiendo en hombres que intimidan con comentarios obscenos a las adolescentes y a las mujeres por la calle, o que agreden sexualmente a las mujeres. Existe la violencia contra las mujeres porque hay hombres que la ejercen y existen esos hombres porque hay una sociedad que los genera. No lo olvidéis, esos hombres fueron niños que no nacieron así, fueron vidas que, en algún momento, aún estuvieron a tiempo de ser dirigidas hacia el respeto y no hacia la violencia.

Si todos y todas educamos en igualdad, estaremos más cerca del fin de un dañino mundo diferenciado. Llegaremos a una vida en la que cueste recordar que a las mujeres se nos decía que éramos un peligro al volante, que a los bebés los cuidaban solo las mujeres, que los puestos de poder eran casi exclusivamente para los hombres... Igual que ahora nos cuesta recordar que en nuestro país hubo un tiempo en el que las niñas no tenían derecho a estudiar, ni las mujeres a votar, ni a abrir una cuenta corriente en el banco, etc.

Este libro pretende dar claves para poder llevar a cabo esta educación igualitaria y para que, aplicándolas, estemos más cerca del fin de este mundo dañinamente diferenciado que nos hiere a todos: a nuestros niños, a nuestras niñas y a los hombres y mujeres que serán mañana.

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1 http://revista.dgt.es/es/noticias/nacional/2019/01ENERO/0103-Presentacion-balanceaccidentes-2018.shtml

2 http://www.dgt.es/Galerias/seguridad-vial/estadisticas-e-indicadores/accidentes-24-horas/2020/Octubre/VIA_DESP_GEN_EDAD_-2020_10_22.pdf


AZUL Y ROSA. NIÑOS Y NIÑAS,
¿SON DIFERENTES O LOS HACEMOS DIFERENTES?

Oprimidos los hombres, es una tragedia.

Oprimidas las mujeres, es tradición.

Letty Cottin

2.1 DESDE EL PRINCIPIO CREAMOS DIFERENCIAS ENTRE NIÑOS Y NIÑAS

Como explicábamos en el anterior capítulo, durante la casi totalidad de nuestra historia se ha considerado tan cierto como que el sol sale de día y la luna de noche que hombres y mujeres no son iguales. Se ha considerado a las mujeres delicadas, amorosas, sensibles, frágiles, emotivas, tranquilas, etc. O, al menos, con estos atributos significativamente más marcados que los hombres. Se creía que estas características venían determinadas genéticamente por el hecho de nacer mujer, es decir, que una vez se gestara un cigoto XX, este se desarrollaría creando un individuo con tales cualidades. En el caso de los hombres, se consideraba que nacer XY implicaba el desarrollo de un individuo fuerte, intrépido, valiente, inteligente y especialmente dotado para trabajar fuera de casa, manejar el poder, y organizar y participar en asuntos políticos, económicos y científicos.

Se validó que hombres y mujeres eran diferentes de esta manera. Que el hecho de ser hombre permitía desarrollar las capacidades relacionadas con la fuerza, la inteligencia y el desempeño social significativamente mejor que las mujeres y, por tanto, eso significaba ser más apto para el mundo fuera de los confines de una casa. De manera contraria, se validó que las mujeres eran notoriamente mejores para desarrollar las capacidades relacionadas con la gestión de las tareas limitadas por los tabiques de una casa. Seguro que, en alguna ocasión, habéis escuchado comentarios que ponen esto de manifiesto. En mi caso, he crecido con una abuela que, cada vez que mi hermano y yo teníamos que colaborar a la hora de la comida, me decía: «Sí, si tu hermano también lo puede hacer, pero mejor prepara tú la ensalada y pon tú la mesa; una mujer siempre lo va a hacer mejor». Este tipo de comentarios derivan en que a la niña se la sitúe en la cocina ayudando con las tareas domésticas y al niño se le sitúe fuera de la cocina jugando, leyendo o corriendo por la calle mientras las mujeres cocinan y preparan la mesa para él.

Estas consideraciones dadas durante tanto tiempo como verdad universal aún están presentes en el fondo —y, a veces, no tan en el fondo— de nuestro cerebro y, por tanto, ejercen una influencia en nuestra manera de percibir, interpretar y explicar la realidad.

Parte de nuestra realidad son los niños y las niñas, por lo que estas consideraciones influyen también en cómo los definimos a ellos y a ellas. Estas premisas despiertan un mecanismo con el que los clasificamos, un mecanismo con el que definimos y explicamos sus conductas: el etiquetado diferenciado automático, como me gusta denominarlo. Pongamos un ejemplo. Un bebé niño de un año y dos meses, que ha aprendido a andar recientemente, está con un grupo de adultos y no para de moverse. Su madre dice: «Es que está que no para desde que ha aprendido a andar, todo el día así, me tiene reventada». Uno de los adultos del grupo le responde a la madre: «Claro, mujer, ya se sabe que los chicos necesitan mucho movimiento porque son muy inquietos, si tuvieras una niña eso no te pasaría, sería más tranquila». Este es un ejemplo de cómo opera el mecanismo de etiquetado diferenciado automático de este adulto. Rápidamente, sin reflexión, de manera automática, este adulto ha puesto una etiqueta al comportamiento del bebé y al porqué de su comportamiento, basada no en variables propias de ese bebé, sino en estas creencias históricas sobre lo que supone ser un individuo XY.


Este mecanismo de etiquetado diferenciado automático es muy poderoso; tanto que, a veces, puede producir situaciones como esta. Mi hija no lleva pendientes, decidimos no ponérselos porque nos parecían incómodos. Ella empezó a andar bastante precozmente; a los once meses caminaba ya perfectamente, con estabilidad y con soltura. Un día en el parque, estaba caminando, vestida de gris con ropa que habíamos heredado del hijo de unos amigos, cuando se dispuso a intentar trepar por una roca. Una madre que estaba también en el parque con sus hijas me dijo: «Cómo se nota que es un niño, los niños siempre arriesgándose y tratando de superarse. Muy bien hecho, bonito». «¿Por qué has pensado que es un niño?», le pregunté yo intrigada (sí, deformación profesional). «Pues sobre todo porque no lleva pendientes». El que mi hija no llevara pendientes y escalara una roca, automáticamente hizo que esta mujer pensara que era un niño. Y, a partir de ahí, se puso en marcha el etiquetado diferenciado automático para explicar cómo era mi bebé y animarle a que siguiera con lo que estaba haciendo porque lo consideraba adecuado. Me hubiera encantado ver qué hubiera pasado si mi hija hubiera llevado pendientes y hubiera ido toda vestida de rosa. Tal vez se hubiera llevado un comentario distinto, alguna vez le ha pasado, del tipo: «Anda, deja de trepar tanto, que no es adecuado para una niña».

A todos los bebés, cuando empiezan a andar, les encanta esa nueva sensación de estar erguidos y de poder desplazarse de este modo; quieren hacerlo una y otra vez. Niños y niñas sienten una fuerte inclinación a caminar, a ir de aquí para allá, aunque también hay bebés que son más tranquilos. Esta tendencia a la tranquilidad o al movimiento no la define el sexo, sino las características propias de ese bebé y la estimulación y refuerzos que se le ofrezcan. Si una bebé niña es criada por adultos que aplican el etiquetado diferenciado automático de manera muy intensa, le dirán muchas veces: «Tú eres una niña, las niñas no se mueven tanto, a las niñas os gusta estar tranquilitas». Le sonreirán, le mostrarán agrado cuando haga actividades catalogadas como «de niñas» y le pondrán sutiles —pero perceptibles— malas caras o expresiones de no agrado hacia ella cuando tenga comportamientos catalogados como «de niños». Así, su niña dejará progresivamente de hacer aquello que la aleja de conseguir el reconocimiento y afecto de sus personas queridas. Si esto sigue así, puede que esa niña, a los 4 años, en el parque en lugar de correr y trepar por las rocas se quede sentadita en el arenero jugando a hacer comiditas. Si una persona adulta viera a esa niña en ese momento concreto, podría decir: «Claro, juega a comiditas porque es una niña y las niñas son más tranquilas». Esta persona adulta encontrará, además, un dato confirmatorio a la creencia «las niñas son menos movidas que los niños» cuando, en realidad, esta niña no era más tranquila que la media de los niños coetáneos a ella, sino que se la ha hecho más tranquila.

Este mecanismo por el que se etiqueta de manera diferenciada a niños y niñas es aplicado desde el principio de su vida, desde que son bebés y a lo largo de todo el desarrollo; incluso se aplica a los adultos. Todos tendremos ejemplos a nuestro alrededor. Este mecanismo está dirigido por los estereotipos de género, que son el resultado de la condensación en una máxima de las creencias históricas que definen a los hombres como individuos con características psicológicas basadas en la fuerza, la valentía, la acción y la inteligencia, y a las mujeres como individuos con características psicológicas basadas en la debilidad, la emotividad, la tendencia al cuidado y la pasividad.


Durante varias décadas, la psicología se ha interesado por este mecanismo y se han realizado muchas investigaciones que demuestran tanto su existencia como su temprana y extendida aplicación. En el siguiente epígrafe recogemos algunas de las más relevantes.

2.2 LA INVESTIGACIÓN MUESTRA CÓMO HACEMOS A NIÑOS Y NIÑAS DIFERENTES

En 1974 se publicó en el American Journal of Orthopsychiatry el artículo «El ojo que mira: la visión de los progenitores sobre el sexo del recién nacido». En él se explicaba el siguiente experimento: se entrevistó a treinta parejas de padres al día siguiente de haber tenido a su primer bebé. Los bebés eran de idéntico peso y talla. Sin embargo, los padres de bebés niñas las definían como «pequeñitas», «monas», «de rasgos finos»; y los padres de bebés niños se referían a ellos como «grandes», «fuertes», «de rasgos marcados». Los bebés eran muy parecidos, prácticamente idénticos en tamaño y complexión; sin embargo, los estereotipos presentes en sus padres habían activado su mecanismo de etiquetado diferenciado automático y con él estaban viendo en sus bebés rasgos «de niña» y rasgos «de niño» que solo estaban en su mente. Estos rasgos influirán en su manera posterior de educar a esos bebés.

En 1976, en Child Development, se publicó el artículo «Diferencias sexuales, un estudio del ojo que mira». En él se describía el siguiente experimento: se proyectaba un vídeo a un grupo de estudiantes en el que se veía a un bebé de nueve meses jugando, que en algunos momentos lloraba. A la mitad del grupo se le dijo que se trataba de una niña y a la otra mitad se le dijo que el bebé era un niño. Cuando se le preguntaba a la mitad del grupo que creía que el bebé era niña por qué había llorado, sus componentes respondían «porque tiene miedo». Cuando se hacía la misma pregunta a la mitad del grupo que creía que el bebé era niño, sus componentes respondían «porque está enfadado». Todos habían visto al mismo bebé, pero en la cabeza de los espectadores se había visto un bebé diferente en función de si consideraban que era niño o niña.

Se había visto un bebé fuerte si se pensaba que era niño o un bebé frágil si se pensaba que era niña. Los estereotipos de género habían hecho su trabajo. El legado de nuestra historia actuando una vez más.

La cadena BBC realizó en 2018 este experimento: se mostraba a los internautas un vídeo, que se hizo viral, en el que aparecían dos bebés (niño y niña) con la ropa intercambiada. Durante el experimento, Marnie se convirtió en «Oliver» y Edward en «Sofie». Pusieron a adultos a jugar con los bebés, dejando a su alcance varios juguetes. ¿Adivináis lo que pasó? Espontáneamente, los adultos ofrecieron a «Sofie» la muñeca y los peluches, y a «Oliver» los cochecitos y robots. Cuando se reveló el engaño, los participantes se mostraron algo enfadados. Estaban convencidos de haber elegido los juguetes al azar, sin tener en cuenta el género del bebé1.

También recomendamos esta miniserie de la BBC llamada No more boys and girls: can our kids go gender free?, que explora a fondo cómo los adultos seguimos educando a los niños y niñas con los estereotipos de género.

Kevin Diter en su artículo «L’ amour c’est pas pour les garçons» (El amor no es para niños) recoge los datos de una investigación en centros educativos. Durante su investigación detectó que el personal educativo no solía reprender a los niños y niñas que se reían de niños varones a los que se consideraba demasiado sentimentales, y tampoco los castigaba si los insultaban.

En el artículo «La vinculación de la educación y el género», de M. Castillo y R. Gamboa, publicado en 2013 en Actualidades Investigativas en Educación, se pone de manifiesto cómo los docentes siguen dando más la palabra y prestando más atención a los niños en clase.

Hemos seleccionado estas investigaciones de un vasto conjunto de estudios científicos que muestran cómo en nuestro cerebro siguen instalados los estereotipos de género y cómo, sin darnos cuenta, organizan nuestra manera de tratar y de enseñar a los niños y a las niñas. Nos llevan a no tratar igual a los niños y a las niñas, a seguir «construyendo niños y niñas», dándoles claves, códigos y formas de ser diferentes que se adquieren de forma invisible, para decir después que estos son innatos cuando verdaderamente han sido enseñados. Como si le cortáramos las alas a un pájaro y después le acusáramos de no ser capaz de volar.

2.3 LAS DIFERENCIAS QUE MANTIENEN LOS ESTEREOTIPOS DE GÉNERO NO EXISTEN

La mayoría de nosotros tendremos la experiencia de conocer a niños y niñas que desafían rotundamente los estereotipos de género, y que suponen pruebas incuestionables de que estos no son ciertos.

Pongamos un ejemplo. Alguno de nosotros tendremos a nuestro alrededor a una niña, pongamos de 5 años, que es extraordinariamente ágil. Que a su corta edad sube entero el rocódromo infantil del parque mientras que el resto de los niños y niñas de su edad solo llegan, como máximo, a la mitad. Una niña que a su corta edad resiste rutas de montaña de tres horas caminando; que aprendió a los 3 años a nadar, casi por sí misma, a montar en bici sin ruedines y a manejar con destreza el patinete. Si los estereotipos de género fueran ciertos, esta niña no podría ser real, no podría existir. Y estas niñas existen, son reales, muchos de nosotros tendremos algún ejemplo cercano. Aunque ahora no se os ocurran, vosotros también tenéis muchos. Solo pensad en todas las atletas profesionales del mundo, que son unas cuantas; la mayoría de ellas fueron como esta niña de nuestro ejemplo.

Las capacidades humanas, las físicas y las psicológicas, se distribuyen entre la población no en función del sexo de las personas, sino en función de una distribución normal según la famosa curva normal o campana de Gauss. Este hecho ha sido puesto de manifiesto en la investigación de la psicología de las diferencias individuales.


Imaginemos una capacidad intelectual cualquiera; por ejemplo, el cálculo mental. La mayoría de nosotros estamos en la media, es decir, con que nos hayan enseñado a sumar, restar, multiplicar y dividir, podremos hacer «de cabeza» cálculos mentales básicos de manera correcta esforzándonos un poco. Dentro de esta curva estaríamos en la zona más oscura. La mayoría de nosotros somos ese 68 % de la población; tenemos una capacidad para sumar y restar normal, y con ella y con un poco de estimulación calcularemos bien. Pero, aunque tengamos esta capacidad «normal», si no nos estimularan nunca aprenderíamos a hacer operaciones matemáticas. Si con esta capacidad normal nos dedicáramos en cuerpo y alma a hacer cálculos, llegaríamos a ser muy buenos. Si con esta capacidad normal no practicáramos mucho o nos hubieran estimulado poco, calcularíamos regular. Por otro lado, si estuviéramos en el lado derecho de la zona más oscura, que representa al 14 % de la población que tiene la capacidad de calcular mentalmente por encima de lo normal, con poquito que estimuláramos esta capacidad seríamos realmente buenos. Y luego está ese mínimo porcentaje de personas de más a la derecha que son excepcionales en esta capacidad, sencillamente geniales; tanto que, sin apenas estimulación, hacen cálculos complejos mentalmente muy rápido.

Para seguir ejemplificando esto, pondré un ejemplo real. Uno de mis amigos del colegio, que no era ni especialmente bueno en los estudios, ni le atraían demasiado, desde muy pequeño mostró un don muy marcado para el cálculo mental. Siempre que vamos a comer juntos todos los amigos y tenemos que dividir la cuenta, aun con cantidades complicadas, él hace el reparto en cuestión de segundos, sin calculadora —como tenemos que hacer los demás— y con decimales. Es maravilloso verle. Todos los demás del grupo hicimos cuentas todas las tardes, nos estudiamos las tablas de multiplicar una y otra vez, nuestros padres nos las preguntaron y nos las volvieron a preguntar e hicimos los deberes de verano cada julio y cada agosto. Mi amigo apenas hizo nada de esto, os lo aseguro, no vio ni un solo cuadernillo de verano. Y él es capaz de hacer operaciones matemáticas mejor que ninguno de nosotros. Está por encima de la media en cálculo mental; no por ser hombre, claro está, sino porque él tiene esta capacidad muy alta. Este don de mi amigo le viene muy bien para su trabajo: es comercial y su capacidad le permite hacer mentalmente muy rápido un montón de descuentos, promociones, saber de dónde puede rebajar y, con todo esto, ganar mucho dinero (sin haber pasado por la universidad, por los cuadernillos de verano ni por las tardes de hacer deberes). Mi amigo es verdaderamente excepcional en esto. Como mi amigo, obviamente, también hay mujeres con este «superpoder»; como él, son estadísticamente infrecuentes, pero también existen. Que la persona tenga esta capacidad especialmente alta no lo marca el sexo sino las diferencias individuales. Todos, por ejemplo, podremos recordar a ese compañero o compañera de clase que dibujaba, sin haber ido a clases, especialmente bien, que hacía caricaturas de los profesores como si fuera un retratista profesional o que hacía dibujos de hadas, elfos o duendes a mano alzada que parecían calcados. Probablemente en vuestra época de escolares os cruzasteis con muy pocos, pero con alguno o alguna. Y estos compañeros tan artistas, de nuevo, eran indistintamente chicos o chicas.

Volviendo a la distribución estadística de las capacidades humanas, las malas noticias son que muy pocas personas tienen capacidades tan brillantes y tan geniales como para no necesitar estimulación para dibujar, escribir, calcular rápido, etc. Solo presentan esta excepcionalidad los extremos finales de la curva. Las buenas noticias son que la mayoría de nosotros estamos en ese 68 % en el que con enseñanza, estimulación y práctica desarrollaremos nuestras capacidades a un nivel bueno, satisfactorio, suficiente para desenvolvernos con soltura ante los desafíos de la vida. Y, si trabajamos duramente en desarrollar más estas capacidades, podremos ser bastante competentes. Negativo y positivo es que algunos de nosotros estaremos un poco por debajo de esta media en algunas capacidades, en el 14 % del lado de la izquierda, y necesitaremos un poquito más de esfuerzo y estimulación para llegar al nivel normal. Pero con ese extra de esfuerzo se consigue sin problemas. Y también es negativo y positivo el hecho de que pocas personas estarán en el extremo izquierdo de la curva para alguna capacidad y, por tanto, necesitarán muchísima estimulación y dedicación para desarrollar bien esa capacidad. Sin embargo, con esa estimulación y dedicación, podrán conseguirlo y llegar a ese nivel medio al que quienes están en el centro de la curva llegan sin más problemas.

Quiero resaltar de nuevo el papel de la estimulación como pilar fundamental para entender cómo desarrollamos las personas nuestras capacidades. Pensemos en la música. Si nos enseñan a tocar un instrumento desde los 3 años y practicamos sin parar hasta los 30, a esa edad sabremos tocar, por ejemplo, el violín, y tendremos las capacidades musicales muy desarrolladas. Como la mayoría estamos en la media, lo realmente decisivo, más que las diferencias individuales, es la estimulación, puesto que con ella desarrollaremos suficientemente bien nuestras capacidades intelectuales y psicológicas. Eso sí, no podré ser un virtuoso de la música si no estoy en el extremo de la derecha de la curva y además he tenido esta masiva estimulación. De nuevo en este extremo de la derecha la estimulación es decisiva. Mozart era sin duda un genio de la música, pero sin duda también desde los 3 años fue constantemente estimulado por su padre músico. Compuso verdaderas obras de arte, pero se dedicaba intensamente a ellas, es decir, estuvo presente en su vida esa estimulación masiva, primero de otro, su padre, y después de él mismo hacia sí mismo. Sin este nivel de dedicación, su talento tampoco habría llegado a expresarse a este nivel. Del mismo modo que Picasso creó joyas como el Guernica porque pasó horas y horas entregado a desarrollar su extremo talento. «Ojalá que la inspiración me encuentre trabajando», solía decir. Cierto es que, cuando algo se nos da bien, nos suele gustar, y, cuando algo nos gusta, no es esfuerzo pasarnos horas y horas practicándolo.

Otra cuestión relevante, que hay que sumar a la estimulación y que está estrechamente relacionada con esta, es la de las opciones que la sociedad da a las personas para realizar actividades que permitan desarrollar sus capacidades. Para explicar esto pondremos el ejemplo de conducir. Si midiéramos las capacidades relacionadas con la conducción en un grupo representativo de chicos de 18 años antes de sacarse el carné de conducir, por un lado, y en otro grupo representativo de chicas de 18 años, también antes de aprender a conducir, los datos que obtendríamos serían semejantes. Es decir, los dos grupos mostrarían una puntuación media parecida en todas estas capacidades. Y, dentro de cada grupo, las capacidades para conducir de las personas que lo componen se distribuirían siguiendo la curva normal. Es decir, la mayoría de los chicos y chicas tendrían capacidades medias para conducir, un pequeño porcentaje tendría capacidades para conducir muy altas y un pequeño porcentaje tendría capacidades para conducir muy bajas.

Ahora bien, si esta generación de jóvenes viviera en un país donde no se permite conducir a las mujeres (en Arabia Saudí, hasta el 24 de junio de 2018 lo tenían prohibido), obviamente estas no podrían practicar para desarrollar más sus capacidades. Por lo que, si midiéramos las capacidades de hombres y mujeres para conducir cuando estos tuvieran 40 años y una vida de conducción casi diaria a sus espaldas, obviamente las de los hombres serían superiores. Pero ese dato es engañoso y sería falso decir, basándose en él, que las capacidades para conducir de los hombres son superiores a las de las mujeres.

Durante mucho tiempo, en nuestro país se mantuvo como completamente cierto el estereotipo que sostenía eso de «mujer al volante, peligro constante», es decir, que las mujeres tenían menos y peores capacidades que los hombres para conducir. Aunque aún hay quien cree en este estereotipo, afortunadamente se ha ido eliminando. Si fuera cierto, todas las mujeres que hoy conducen, que son la mayoría, no podrían hacerlo. Y menos aún las compañías de seguros de coches preferirían a las mujeres como clientes porque tienen menos accidentes que los hombres. Por otro lado, esta realidad —que los hombres tienen más accidentes— se explica porque nuestra sociedad enseña a los hombres, y no a las mujeres, que para ser adecuados, para ser válidos, han de ser intrépidos, fuertes y valientes, y esto los lleva a cometer muchas más imprudencias que las mujeres y, por tanto, a tener más accidentes.

Igual que sucede en hombres y mujeres adultos, las capacidades y competencias intelectuales de niños y niñas son las mismas, motivo por el cual realizan con igual nivel medio sus tareas escolares. Un fuerte estereotipo ha sido y es que las mujeres son malas en matemáticas. Esta idea se ha creado a partir de que las mujeres hayan sido consideradas intelectualmente inferiores y las matemáticas se hayan entendido como una disciplina de alto nivel a la que, con nuestra debilidad mental, no podíamos optar. De nuevo estamos ante un ejemplo como el de conducir: si las mujeres estudiamos y practicamos matemáticas, podremos aprenderlas como aprendimos en su día a conducir. Otra cosa es que tanto se repite a las niñas que son torpes con las matemáticas que puede que lleguen a incorporarlo en su identidad, aunque sea de modo no consciente, y esto les genere nerviosismo cuando tienen que realizar ejercicios de matemáticas y, con esta inseguridad, los hagan mal y suspendan. Estos suspensos en absoluto serían datos fiables y confirmatorios de que las mujeres somos peores en matemáticas. De hecho, las niñas suelen obtener calificaciones académicas en general superiores. Del mismo modo, el mayor número de accidentes de coche de los hombres no es un dato confirmatorio de que son más torpes al volante.

De igual manera que hemos considerado las capacidades intelectuales, tenemos que considerar también las capacidades psicológicas y emocionales. Capacidades como cuidar, entender las emociones, consolar o mostrar empatía se distribuyen también según la curva normal y, para llegar al nivel medio, necesitan de una estimulación. Los hombres no están peor dotados que las mujeres para cuidar a sus bebés. Cierto es que no los pueden amamantar, pero para todo lo demás, que es bastante(consolar al bebé, calmarlo, jugar con él, limpiarlo, estimularlo, dormirlo…), están igualmente capacitados. Una mujer no tiene por qué hacerlo mejor que un hombre. Igual que una mujer no tiene por qué cocinar mejor que un hombre, y por eso existen grandes chefs. Ahora bien, si a los hombres se los excluye de estas tareas, si se los priva de la estimulación necesaria para desarrollar las capacidades que permiten llevarlas a cabo, obviamente no lo harán bien, lo harán desastrosamente. Pero no será por no ser capaces, sino porque no se les ha permitido desarrollar estas capacidades.

Por tanto, la conclusión que la investigación no sesgada pone de relieve, así como los datos empíricos que todos tenemos a nuestro alrededor (como las mujeres atletas, las mujeres científicas, los hombres solos sin pareja que adoptan y crían a sus hijos excepcionalmente bien, los hombres sensibles que escriben novelas o canciones profundamente sentimentales, etc.), es que tanto las diferencias conductuales que se observan entre niños y niñas como las cerebrales son fruto de nuestra cultura y de nuestra educación, y no son innatas. La variabilidad entre individuos es más significativa que la variabilidad entre los sexos. Es decir, a nivel estadístico, hay más diferencias cerebrales entre personas del mismo sexo que entre hombres y mujeres o que entre niños y niñas.

Para terminar, quisiéramos volver al ejemplo con el que empezamos este epígrafe, el de las mujeres especialmente capacitadas para el deporte, donde se encuadran las atletas profesionales. Todas ellas son mucho más fuertes, más rápidas, más ágiles y más resistentes que cualquier hombre promedio. Si comparáramos a cualquiera de ellas con cualquier hombre no atleta profesional, veríamos claramente cómo el sexo no es una variable relevante en absoluto para explicar las diferencias «atléticas» entre hombres y mujeres. Se podría decir que esta mujer atleta entrenó mucho; ¿realmente es solo por esto por lo que es profesional? Si ese hombre promedio hubiera entrenado de niño igual que entrenó esa mujer atleta de niña, no hubiera llegado a ser ágil, fuerte y rápido como ella, a no ser que hubiera estado tan dotado como ella para el deporte.

2.4 CUIDADO CON LOS ESTUDIOS QUE REVELAN DIFERENCIAS ENTRE HOMBRES Y MUJERES

Como venimos exponiendo, niños y niñas, hombres y mujeres tenemos las mismas capacidades y podemos desarrollar al mismo nivel nuestros atributos intelectuales y emocionales, siempre que contemos con la suficiente estimulación. Volvamos a poner un ejemplo: todos nacemos con la capacidad de aprender a leer y a escribir para tener después una alta comprensión lectora. Pero para desarrollar esta potencialidad nos pasamos desde los 5 años practicando y siendo estimulados en esa dirección hasta, como mínimo, los 16. De no contar con esta práctica, esta capacidad no se desarrollaría. De la misma manera, hombres y mujeres pueden desarrollar su intelecto para ser escritores; ninguno de los dos sexos está, por el hecho de ser mujer u hombre, mejor dotado para esta profesión. Habrá hombres y mujeres dotados por encima de la media con la potencialidad de desarrollar la lectoescritura a un altísimo nivel y con esto podrán ser escritores.

Sin embargo, a pesar de estas semejanzas entre hombres y mujeres, cada cierto tiempo se publican estudios que sostienen haber encontrado diferencias significativas entre hombres y mujeres, por ejemplo, en habilidades matemáticas, lingüísticas o en orientación espacial. El motivo por el que sostenemos que estos estudios deberían ser cuestionados es que, casi todos ellos, se hacen con individuos adultos o adolescentes cuando ya han sido sometidos a un trato y una estimulación marcadamente distinta en función de su sexo. Es decir, el cerebro de estos sujetos ya se ha hecho distinto. El cerebro se construye y se esculpe a partir de la estimulación externa, sufre modificaciones en función de la experiencia, y estos hombres y mujeres de estos estudios han tenido una estimulación diferenciada que ha hecho que sus cerebros se construyan de manera diferente a pesar de haber nacido de un modo muy semejante.

Si a los niños se les ha facilitado de manera mucho más acusada, significativamente mayor, que a las niñas que hagan actividades al aire libre, que hagan deporte, que exploren activamente el entorno cuando van a la montaña o al parque, entonces puntuarán más alto, por ejemplo, en orientación espacial, puesto que es un campo en el que han tenido una estimulación mucho mayor. Pensémoslo un momento: a los niños, de manera mucho más repetida, se les compran muñecos de superhéroes que se dedican a explorar, a ser activos ante el mundo, y ellos los imitan. A los niños se los calza con zapatillas de deporte. A las niñas frecuentemente se las viste con zapatitos con los que difícilmente se puede subir a una roca o salir a salvar el mundo. A las niñas se les regalan princesas que se quedan tranquilas vistiéndose y arreglándose, y ellas las imitan. ¿Se les regalan a los niños muñequitos de príncipes engalanados que se esfuerzan por estar relucientes y quietos para no mancharse, y conseguir así que se les diga lo guapos que son?

Pensémoslo de otra manera. Si hiciéramos un estudio que midiera las capacidades de memoria, concentración y cálculo en niños de entornos muy desfavorecidos económica y socialmente, y las capacidades de niños de entornos muy privilegiados económicamente, muy probablemente encontraríamos diferencias significativas entre los dos grupos de niños. Sería una aberración absoluta decir que los niños de contextos empobrecidos son menos inteligentes que los niños de contextos con un alto nivel adquisitivo porque este estudio lo confirma. Y más aberrante todavía sería decir que estos niños obtienen estas puntuaciones porque sus cerebros son distintos, unos más capaces y otros menos capaces, aunque probablemente hasta pudiéramos encontrar diferencias cerebrales. Estas diferencias no estaban desde el principio, pero se crearon debido al trato diferenciado que se dio a ambos grupos de niños, que esculpió de manera distinta sus estructuras neuronales. Estas puntuaciones diferentes en aptitudes intelectuales se obtendrían porque hay una variable oculta en el estudio que explica las diferencias: de nuevo, la estimulación.

Esto mismo sucede en el caso de las diferencias que algunos estudios encuentran entre hombres y mujeres. Como expone Kate Millet en su libro Política sexual, hasta que no eduquemos a las niñas y a los niños con paridad, en una sociedad que realmente sea igual para hombres que para mujeres, no podremos valorar hasta qué punto existen diferencias biológicas entre ambos sexos. Aún, lamentablemente, estamos muy lejos de haber llegado a esa realidad y este es un gran desafío que todos tenemos entre manos: tratar de un modo verdaderamente semejante a niños y a niñas.

2.5 UNA HABITACIÓN PROPIA

Quizás nos puede parecer exagerada la afirmación que sostiene que no educamos igual a niños y a niñas. Creo que nos puede costar verlo y reconocerlo porque tenemos tan normalizado construir, desde que nacen, el mundo alrededor de las niñas de un modo y alrededor los niños de otro que lo hacemos de un modo automático y «ni lo vemos». Vamos a dedicar este apartado precisamente a poner reflexión y atención sobre estas diferencias de trato que desarrollamos desde el principio de la vida de un bebé según sea niño o niña.

Empecemos por el principio. Pensemos por un momento que un bebé aún no ha nacido y su familia se dispone a prepararle la habitación. Cuántas veces habéis oído expresiones como estas: «Necesitamos saber el sexo del bebé para empezar a pensar en cómo decorar su habitación», «no puedo aún comprar cositas para el bebé porque no sé si es niño o niña», «te estoy guardando ropita y juguetes de mis hijos, lo estoy clasificando para darte, si es niña, lo que fue de mi hija y, si es niño, lo de mi hijo; suerte que tuve niño y niña, así seguro te voy a poder dar».

Si verdaderamente tratáramos igual a los bebés, independientemente de su sexo, si los rodeáramos de los mismos juguetes, de las mismas imágenes, ¿necesitaríamos saber su sexo para decorar y preparar su habitación? No sería necesario, ¿no? Este pequeño ejemplo muestra cómo ya desde el primer día de su vida, lo que hacemos que rodee a niños y niñas, con lo que los vestimos, lo que les facilitamos que vean, no es lo mismo.

En los casos más extremos, los de niños y niñas que son tratados de manera radicalmente distinta en función de su sexo, en los que este trato se ciñe sin fisuras a lo que socialmente se sigue considerando «de niñas» y «de niños», lo que nos podríamos encontrar es lo que muestra esta imagen:


Si queréis ampliar un poco más sobre esta tendencia a comprar a las niñas «cosas de niñas» y a los niños «cosas de niños», echadle un vistazo a la web de esta artista surcoreana. En 2015, JeongMee Yoon comenzó a fotografiar habitaciones de niños y niñas para mostrar el impacto de este marketing basado en los estereotipos sexistas.

http://www.jeongmeeyoon.com

Afortunadamente, en general, el trato no es tan marcadamente desigual como muestra la foto pero, lamentablemente, hay niños y niñas que sí son tratados de una manera tan diferenciada, estereotipada y limitada. En el caso de la niña de la foto, ¿qué creéis que será más probable, que de adulta se incline por desarrollar una profesión tipificada como «propia de mujeres» (por ejemplo, enfermera, profesora de infantil, diseñadora de moda), o por desarrollar una profesión tipificada como «propia de hombres»? Esta niña de la foto, ¿qué será más probable cuando sea adulta, que tenga una mayor tendencia a desarrollar exclusivamente su maternidad y a entregarse a ella y a la familia o que tenga una mayor o igual tendencia a desarrollar sus ambiciones personales y profesionales? ¿Qué será más probable en la adolescencia, que se sienta más atraída por el amor romántico o por desarrollar sus propias capacidades y con ellas incidir en la realidad laboral, política y/o científica de su país? Formulaos también las preguntas del mismo modo, pero para el niño de la foto.

Otro ejemplo muy claro de que sigue existiendo sexismo lo encontramos en los catálogos de juguetes. En los últimos años han mejorado, pero siguen teniendo una parte rosa con juguetes para niñas que giran en torno a bebés, cocinitas, princesas y tocadores —incentivar a una niña a que se preocupe por estar guapa, cuando la imagen personal no es una verdadera preocupación hasta la adolescencia, es algo que nunca entenderé, creo que es una conducta que, de alguna manera, les roba la infancia—, y una parte azul con juguetes para niños que giran en torno a superhéroes, muñecos de acción, experimentos científicos y movimiento en exteriores. Y, para rematar, es muy común que si vamos a comprar un juguete para un regalo, tras decir: «Busco un juguete de 5 años», la respuesta sea: «¿Para un niño o para una niña?».

Si realmente el trato que damos a niños y niñas fuera el mismo, todo esto no pasaría. ¿De verdad podemos seguir manteniendo que educamos igual a las niñas que a los niños? Todo esto demuestra que aún, en pleno siglo XXI, la variable fundamental para empezar a construir la identidad de un bebé que va a nacer es su sexo. Si el sexismo piensa por nosotros, a partir del momento en que sepamos si un bebé es niño o niña, le asignaremos una serie de atributos y cualidades que consideramos que desarrollará en función de su sexo:

• Si es niña, a la bebé se le asignarán cualidades que girarán en torno a ser tranquila, obediente, pacífica, conciliadora, cariñosa, sensible, dulce, pasiva, con la ambición justa.

• Si es niño, al bebé se le asignarán cualidades que girarán en torno a ser inquieto, rebelde, a veces un poco bruto o agresivo, menos cariñoso, activo, intrépido, valiente, capacitado para manejar el poder y la autoridad.

El hecho de que el bebé sea niño o niña también nos impulsará, a no ser que hayamos hecho una reflexión sobre la existencia de la educación diferenciada y pongamos mucho esfuerzo en no perpetuarla, a tratarlo de un modo distinto:



A una niña tendemos a tratarla, en general, de un modo más afectivo y cariñoso, condescendiente, le daremos más consuelo, la invitaremos menos a que intente por ella misma lo que aún no le sale, la ayudaremos antes con algo que no le sale, le reforzaremos menos la autonomía, le daremos menos responsabilidad en las tareas de puertas para fuera y le daremos más responsabilidad en tareas afectivas o de cuidado a los demás, la motivaremos poco para la actividad física, la empujaremos menos a que participe en los grupos, a que exprese sus opiniones, etc.A un niño tendemos a tratarlo, en general, de un modo más «duro» a nivel emocional, dándole menos mimos, menos afecto físico, le consolaremos menos ante el dolor para «fomentar que se haga fuerte», le ayudaremos menos y le invitaremos más a que intente lo que no le sale, le reforzaremos más la autonomía, le daremos más responsabilidad en las tareas de puertas para fuera y menos responsabilidad en tareas afectivas o de cuidado a los demás, le motivaremos más para la actividad física, le empujaremos más a que participe en los grupos, a que exprese sus opiniones, etc.

Este trato diferenciado sigue dándose en el siglo XXI; a poco que observemos la realidad de un modo crítico, tomaremos conciencia de que ocurre.

2.6 EL PELIGRO DE LOS ESTEREOTIPOS DE GÉNERO

Si seguimos pensando que niños y niñas, hombres y mujeres, son diferentes, que tienen capacidades diferentes, seguiremos manteniendo vivos los estereotipos de género. Este ver diferencias donde no las hay llevará a que desarrollemos un trato diferenciado para niñas y niños. Y este trato hará que se creen diferencias y sí las haya finalmente, cuando no las había en un inicio.

El sexismo produce desigualdad y tiene consecuencias negativas (más graves cuanto más extremo sea) tanto para niños como para niñas, para ambos. La más grave es que limita sus posibilidades de desarrollar todas sus capacidades como personas. Los orienta a que les gusten solo determinadas parcelas de la realidad y les niega determinados comportamientos, los que tienen que ver con la emotividad a los niños y los que tienen que ver con la participación social a las niñas. Restringe su libertad y sus potencialidades. Si bien hemos afirmado que el sexismo daña tanto a las niñas como a los niños, es importante visibilizar también que perjudica doblemente a las mujeres. ¿Por qué? Porque las mujeres son consideradas diferentes que los hombres y, en esta diferencia, se las considera de peor calidad que los hombres, el «sexo débil». Por tanto las sitúa en una posición de inferioridad respecto a los hombres y, a partir de ella, en una posición de dependencia. Si se considera que las mujeres no son suficientemente fuertes, capaces y válidas por sí mismas, necesitarán tener al lado a alguien que tenga las capacidades que, según el sexismo defiende, ellas no tienen. Y esa persona a la que necesitan es un hombre. El sexismo perjudica de un modo mucho más duro a las mujeres, puesto que ellas son las que van a sufrir la brecha salarial, el acoso sexual en el trabajo o en el ámbito académico, las agresiones sexuales por parte de desconocidos, etc. Los hombres también sufrirán violencia por el sexismo, pero la parte más dura y cruenta de esta violencia, innegablemente, está reservada a las mujeres en las que se convertirán nuestras niñas de hoy.

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1 Podéis ver un breve vídeo en el que se recoge el experimento en este enlace: https://twitter.com/BBC/status/1023237421650141184?s=20 Y en este: https://www.bbc.co.uk/programmes/b09202jz


A QUÉ NOS REFERIMOS CUANDO HABLAMOS DE IGUALDAD

El feminismo es la idea radical que sostiene que las mujeres somos personas.

Ángela Davis

3.1 HABLAR DE IGUALDAD AÚN NO ES FÁCIL

Todos los seres humanos somos iguales.


Hombres y mujeres somos iguales.


Muchas personas estamos de acuerdo con estas afirmaciones y, además, consideramos que son los supuestos básicos que se deberían asumir en todas las sociedades para eliminar las injusticias contra las personas, especialmente contra los colectivos vulnerables. Por el contrario, a algunas personas estas aseveraciones les chirrían y, de alguna manera, les generan incomodidad. Ese malestar los lleva a buscar argumentos para no asumir ni cuestionar estas afirmaciones. Sin duda, hablar de igualdad entre personas de diferentes culturas, de diferentes procedencias, y hablar de igualdad entre hombres y mujeres resulta muy controvertido. Esta cuestión es objeto de discusión y da lugar a muchas opiniones contrapuestas. En este capítulo vamos a reflexionar sobre la consideración de la igualdad entre hombres y mujeres para poder esclarecer los motivos de tanto desentendimiento y la falta de acuerdo respecto a esta afirmación.

3.2 PONERNOS DE ACUERDO EN LOS TÉRMINOS PARA ENTENDERNOS

En mi opinión, la razón principal que impide que nos pongamos de acuerdo en cuanto a la igualdad entre hombres y mujeres es que no partimos de una definición consensuada de la palabra «igualdad». Esto es algo normal, puesto que la igualdad es una idea abstracta que guarda una gran complejidad, cuya semántica se presta a mucha confusión y, por qué no reconocerlo, a ciertas paradojas internas.

¿Cómo decir rotundamente que una persona que tiene características diferentes, incluso muy diferentes, a otra es igual que ella a pesar de estas visibles diferencias? En este apartado vamos a resolver esta paradoja.

El primer paso es entender adecuadamente la palabra y el concepto «igualdad». A su definición se le suponen tácitamente muchos significados e implicaciones, y algunos son incorrectos. Empecemos, pues, por definir correctamente el término «igualdad», por delimitar qué engloba su significado. Sin este punto de partida, no nos podremos entender. Estaremos, como en la torre de Babel, sin comprendernos porque cada uno utiliza un idioma; en este caso porque se presuponen definiciones y contenidos distintos.

El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define igualdad, en su primera acepción, como:

‘Conformidad (es decir, semejanza) de algo con otra cosa en naturaleza, forma, calidad o cantidad’.

De acuerdo a esta definición, podemos establecer que hombres y mujeres somos iguales porque idéntica es nuestra naturaleza, ambos somos seres humanos, y semejante es nuestra calidad, es decir, nuestro valor. No es necesario que nuestra «forma» sea la misma para ser iguales.

3.3 IGUALDAD NO ES SER IDÉNTICOS

No defendemos que hombres y mujeres somos idénticos, por supuesto que no lo somos; defendemos que somos iguales.

Si entendemos que dos cosas o dos personas son iguales solo cuando son exactamente coincidentes en todo, entonces negaremos la igualdad entre hombres y mujeres. Pero caeremos en un error, puesto que la igualdad no se refiere a ser copias exactas, sino a poseer la misma naturaleza y el mismo valor. Imaginemos dos pedacitos de cuarzo rosa. Muy probablemente presenten diferencias (uno puede ser más grande que otro, uno puede ser un poco más brillante, uno puede tener el tono rosa más acentuado), pero ambos pedacitos son cuarzo.


Hombres y mujeres no somos copias exactas, presentamos diferencias entre nosotros. Las personas africanas y las europeas no son copias exactas del prototipo «persona», presentan diferencias (meramente físicas) entre sí, pero pertenecen a la misma naturaleza, a la de los seres humanos. Hombres, mujeres, europeos, asiáticos, africanos... somos lo mismo, somos personas, somos humanos. Y es por esto por lo que podemos decir que africanos, asiáticos y europeos somos iguales, aunque presentemos diferencias en nuestro color de piel, en la forma de nuestros ojos, en la cantidad de vello corporal, en el color de nuestro pelo, etc.

Hombres y mujeres tenemos algunas características diferenciadas que básicamente se limitan al fenotipo sexual, es decir, tenemos genitales distintos y algunas características físicas diferentes: el timbre de nuestra voz, la proporción de masa muscular, la cantidad de vello, y poco más. Pero estas diferencias no nos hacen ser dos tipos de seres, no hacen que cada sexo pertenezca a una naturaleza distinta, que los individuos de un sexo sean personas y los del otro no. No, ambos pertenecemos a la naturaleza de los seres humanos, somos iguales en esto. Y, por tanto, como ambos sexos somos lo mismo, como ambos sexos somos personas, tenemos las mismas cualidades, las mismas capacidades, las mismas emociones, las mismas necesidades, las de las personas. Si a dos trocitos distintos de cuarzo, pero iguales por ser el mismo mineral, se les echa por encima un ácido o cualquier otra solución reaccionarán de la misma manera: no generarán dos tipos de repuesta, no, generarán la misma. De igual manera, si a un hombre, si a una mujer, si a un europeo o a un africano les echamos por encima la misma educación, reaccionarán de la misma manera, desarrollarán las mismas capacidades, no capacidades distintas. Desarrollarán las capacidades propias de ser personas.

Por supuesto que europeos y africanos no somos idénticos; las células de la piel de los africanos generan una cantidad mucho mayor de melanina y de ahí su color de piel mucho más oscuro. Esto supone una diferencia biológica, es decir, sus genes —en lo que tiene que ver con la producción de melanina— son distintos; ahí hay una diferencia genética. También la hay en la proporción de masa muscular que tienen; en líneas generales, son mucho más atléticos y fibrosos que los europeos. Ahora, esta diferencia genética no tiene nada que ver con que existan diferencias en sus capacidades cognitivas, emocionales y de cuidado a otros congéneres en relación con los europeos —como, desgraciadamente, se consideró durante mucho tiempo—. Porque las capacidades cognitivas y emocionales no están en la melanina ni en los músculos, están en el cerebro, en un cerebro idéntico en todos los seres humanos. Por supuesto, hombres y mujeres no somos idénticos. Los genitales masculinos son completamente distintos a los femeninos; esto supone una diferencia biológica, una diferencia genética. Como en el ejemplo anterior, esta diferencia genética no tiene nada que ver con que existan diferencias en las capacidades cognitivas, emocionales y de cuidado a otros de hombres y mujeres, de niños y niñas —como, desgraciadamente, algunos sectores siguen defendiendo—. Porque las capacidades cognitivas, emocionales y de cuidado a otros no están en los genitales, no salen de ellos, salen del cerebro, idéntico en todos los seres humanos.

3.4 HOMBRES Y MUJERES SOMOS CUALITATIVAMENTE IGUALES PARA CUIDAR

Yendo un poco más lejos, me gustaría hacer esta reflexión: cierto es que una de las diferencias entre europeos y africanos reside en la capacidad para el esfuerzo y la actividad física, solo hay que echar un vistazo a dos ámbitos del deporte: las pruebas de velocidad en atletismo y el baloncesto.

En ambos deportes hay un predominio claro de deportistas afrodescendientes, también lo son la mayoría de medallistas olímpicos de las pruebas de velocidad en atletismo y la mayor parte de los jugadores de la NBA. Ahora, ¿excluimos a los europeos de la práctica de estos deportes? No. No decimos que como los africanos o afrodescendientes están un poco más dotados para estos deportes, estos tienen que ser un ámbito exclusivo para ellos. De ser así, nunca habríamos disfrutado con las hazañas de los hermanos Gasol.

Abrimos el deporte a todas las culturas y, aunque los europeos poco podamos hacer para ganar una medalla olímpica en las pruebas de velocidad de atletismo o para llegar al nivel de Michael Jordan, Magic Johnson, Kobe Bryan o LeBron James en el baloncesto, se nos permite competir. Y competimos muy bien, porque estamos igualmente capacitados; lo hacemos también a un nivel altísimo, profesional, aunque sea un peldañito por debajo de los africanos o afrodescendientes.


No creo en absoluto que las mujeres, por nuestra capacidad para gestar una nueva vida dentro de nosotras, por nuestra capacidad para generar alimento para ese pequeño ser humano, estemos cualitativamente mejor dotadas que los hombres para el cuidado, para dar cariño, para consolar, para enseñar, para criar un bebé. Pero asumamos por un momento que sí, que estas capacidades fueran un poquito mayores, cuantitativamente mayores. Serían, en mi opinión, en todo caso, como las capacidades para el baloncesto de los afrodescendientes, un poquito mayores; pero esto no impide a los blancos jugar con ellos al mismo nivel, estar cualitativamente al mismo nivel. No impide que ambos estén en la misma liga profesional, en el más alto nivel. Por tanto, no tendría sentido, bajo el argumento que defiende que las mujeres están biológicamente mejor dotadas para la maternidad, excluir a los hombres del cuidado de sus hijos y asignar esta tarea exclusivamente a las mujeres como su responsabilidad. Sería como excluir a los blancos de la NBA o de las pruebas de velocidad del atletismo. Porque si nos ponemos a competir, nosotras ganaríamos el oro y ellos la plata en las olimpiadas de cuidar bebés. En la NBA esto no sucede, por eso Pau Gasol y Marc Gasol no fueron excluidos de la NBA, sino que fueron gratamente invitados. Invitemos a los hombres a la NBA de cuidar a nuestra descendencia.

Los hombres son personas, son seres humanos, y humano es cuidar a nuestra prole, como es hacer ejercicio y movernos (de ahí que el sedentarismo provoque problemas óseos, musculares y articulatorios graves). Como humanos, los hombres vienen preparados con todas las capacidades para cuidar, por lo que no tiene ningún sentido excluirlos de esta tarea, y asignársela exclusiva o preferentemente a las mujeres, aduciendo que están mejor preparadas, y limitarlas a ellas a no poder realizar otras tareas de puertas afuera de la casa porque tienen que encargarse de esta. Los hombres son capaces de cuidar a un nivel muy alto, de suficiente calidad, si se les estimulan estas capacidades y no se les educa de un modo que lleve a que se les atrofien. Estas capacidades para el cuidado de los demás funcionan de un modo muy semejante a las lingüísticas: si a un niño no se le habla y no escucha el lenguaje de otro ser humano, no aprenderá a hablar por muy dotado para aprender uno o varios idiomas que esté desde su nacimiento. Si a un niño varón no se le estimulan las capacidades afectivas y para el cuidado —es más, si se le cercenan con constantes «los hombres no lloran», «los hombres no deben mostrar sus sentimientos», «los hombres son duros», «los hombres deben valerse por sí mismos y no pedir ayuda, sino resolver ellos solos sus problemas»—, se le atrofiarán las capacidades emocionales y no podrá cuidar, cuando nació preparado para, con la estimulación necesaria, desarrollarlas plenamente.

Los presupuestos racistas han estado vigentes con fuerza hasta bien avanzado el siglo XX. De hecho, el racismo científico fue una pseudociencia bastante popular entre los siglos XVI y XX, construida deliberadamente para apoyar o justificar un racismo que contó, lamentable y vergonzosamente, con apoyo de gran parte de la comunidad científica hasta la Segunda Guerra Mundial. Este racismo se basaba en este tipo de razonamientos, mantenían que las diferencias observables entre personas negras y blancas eran la prueba incuestionable de que los africanos no eran iguales a los europeos o a los americanos anglosajones, y que eran la prueba de las diferencias en sus capacidades intelectuales. Estos razonamientos racistas defendían que las diferencias anatómicas (fundamentalmente las obtenidas al comparar la forma del cráneo) mostraban que la dotación de los africanos para lo físico era mayor y para lo intelectual era menor. Y, por tanto, con estas ideas, se justificaba que los negros ocuparan la posición de esclavos, puesto que era aquello para lo que su condición era mejor. Porque su naturaleza, considerada no igual a la de los blancos, no los dotaba para ninguna otra tarea. Ahora estos razonamientos nos parecen deleznables y absolutamente falsos, pero son el mismo tipo de razonamientos que se esconden detrás de ciertas ideas machistas, detrás de las ideas que siguen promulgando que las mujeres son diferentes a los hombres y que, en esta diferencia, están mejor dotadas para lo doméstico y para el cuidado, por lo que este es su papel, este es el rol que deben ocupar preferentemente en la sociedad.

3.5 EL VALOR DE HOMBRES Y MUJERES ES EL MISMO

Establecer la igualdad entre hombres y mujeres, es decir, considerarlos a ambos como personas y, por tanto, a ambos con las capacidades propias de las personas (pensar, cuidar, sentir, crear arte, hacer ciencia, política, educar, etc.), el no definirlos con capacidades diferentes, nos lleva a otro concepto, que en mi opinión es básico para la educación igualitaria: el concepto de equivalencia. De nuevo, para explicarlo de un modo preciso, vayamos a la definición de «equivaler» del diccionario de la Real Academia Española:

‘Dicho de una persona o una cosa, ser igual a otra en la estimación, valor, potencia y eficacia’.

Hombres y mujeres somos iguales en nuestro valor, ¿o alguien diría que vale más la vida de un hombre que la de una mujer, o viceversa? Creo que todos diríamos que la vida de un hombre vale igual que la de una mujer. Otra cosa es que aún no estén igualmente valoradas, hecho que ha causado, por ejemplo, la aberrante práctica de los abortos selectivos cuando se conocía que el feto era una niña. Entonces, de nuevo, si la vida de un hombre vale igual que la de una mujer es porque somos iguales.

Aunque hombres y mujeres seamos diferentes en algunas características, aunque haya diferencias individuales que puedan hacer que a una mujer en particular se le den peor las matemáticas, o que a un hombre en particular se le dé muy bien ejercer de líder, esto no confirma en absoluto que los hombres sean más inteligentes para las ciencias o para el poder. Porque también hay mujeres especialmente dotadas para aprender matemáticas, que llegarán a ser excelentes y prestigiosas científicas, y mujeres especialmente dotadas para desarrollar capacidades de liderazgo, que llegarán a ser primeras ministras. Es decir, hombres y mujeres podemos desarrollar, con la estimulación adecuada, cualquier capacidad humana; todos y todas tenemos esa potencialidad y, por tanto, somos equivalentes.

Los niños y niñas que empiezan una clase de primero de primaria obviamente son todos distintos, pero son todos equivalentes. Todos y todas tienen el mismo valor y tienen la potencialidad de desarrollar todas sus capacidades a un nivel suficientemente bueno, aunque haya niños y niñas que destaquen especialmente en alguna capacidad, aunque cada uno tenga un ritmo y necesite una estimulación distinta. Todos y todas pueden llegar a desarrollar bien las capacidades intelectuales del nivel de primero de primaria. Un buen profesor o profesora lo sabe, cree en esto, ve a sus niños y niñas equivalentes, porque los ve iguales aunque sean distintos. Y por esto los valorará a todos por igual, creerá en que pueden alcanzar los mismos objetivos a un nivel adecuado. Y esta o este profe hará algunas cosas distintas para cada uno; por ejemplo, al niño al que no le salga la erre le pondrá a escribir palabras con erre y a la niña a la que no le salga la ge la pondrá a escribir palabras con ge. Pero será igualitaria en el hecho de que a niños y niñas:

• Los verá como personitas que pueden desarrollar igual de bien las capacidades intelectuales de ese curso.

• Les dará la misma atención y cariño.

• Felicitará igual a un niño que a una niña ante un éxito.

• Ayudará igual de intensamente a un niño que a una niña ante un error, ni más ni menos a unos que a otras.

• Incentivará igual a las niñas que a los niños a participar y a asumir pequeños liderazgos momentáneos.

3.6 SI NO FUÉRAMOS IGUALES, ¿ESTO PASARÍA?

Por último, para terminar de defender la igualdad entre hombres y mujeres, para terminar de defender que ser iguales no es ni ser idénticos ni ser exactamente semejantes, sino ser equivalentes, quisiera que nos hiciéramos estas preguntas:

Si no fuéramos iguales, ante el mismo delito, realizado de la misma manera, con las mismas variables contextuales, deberíamos ser juzgados de forma distinta, ¿no? Sin embargo, no lo somos, así lo recoge el artículo 14 de nuestra Constitución: «Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social».

• Si no fuéramos iguales, no deberíamos tener los mismos derechos, ¿no?

• Si no fuéramos iguales, no habría indistintamente hombres y mujeres desarrollando adecuadamente todo tipo de profesiones, pero hay mujeres políticas, como hay hombres matrones, ¿no?

Defendemos que debe existir una igualdad de trato ante la ley de hombres y mujeres, que ambos deben tener los mismos derechos, porque partimos de la igualdad entre hombres y mujeres. Si la ley debe ser igual para hombres y mujeres, es porque estos son iguales.

Empezar a cuestionar la igualdad entre hombres y mujeres con pejigueras argumentaciones, basadas en haber encontrado en algunos cerebros femeninos pequeñas áreas distintas a las de los hombres (y de ahí establecer que se nos da mal leer mapas y que hablamos más) es un camino peligroso que puede desembocar en discriminaciones hacia las mujeres. Y en que, a pesar de tener los mismos derechos ante la ley o en el papel, esto materialmente no se cumpla, y se quede en papel mojado. En que pasen cosas como que, ante el mismo trabajo, las mujeres cobremos menos. Paremos esto.

Nuestro diccionario ya lo ha hecho, por eso la tercera acepción de igualdad es esta:

‘Principio que reconoce la equiparación de todos los ciudadanos en derechos y obligaciones’.

No tendríamos hombres y mujeres los mismos derechos y las mismas obligaciones si no fuéramos iguales, así que, por difícil que pueda ser reconocerlo, así es: somos iguales y sí tenemos diferencias. Decía Amelia Valcárcel que cualquier pensamiento de la diferencia solo es posible si se basa en una igualdad asumida o tácitamente lograda.

Creo que hablar de lo que nos diferencia a hombres y mujeres, como decía Amelia, solo debe producirse después de haber establecido sin fisuras nuestra condición de iguales. Si no se habla de nuestras diferencias partiendo de nuestra equivalencia, podemos caer en actitudes y argumentaciones propias del racismo, que se llaman machismo. Por supuesto, todos y todas tenemos derecho a ser diferentes, esta es nuestra riqueza y esta es la belleza de la libertad. Pero para que el derecho a la diferencia no sea peligroso debe empezar a partir de la presunción de igualdad entre todos los seres humanos. Sin asumir plenamente el concepto de igualdad entre personas de todo tipo de procedencias y entre hombres y mujeres, es imposible construir justicia. Si no asumimos este concepto de igualdad, nunca trabajaremos para que exista una distribución realmente semejante de estimulación y educación que permita desarrollar las mismas capacidades y el mismo conocimiento a los niños y a las niñas.

Tras todo lo analizado en este capítulo, recordad:

Podemos establecer que hombres y mujeres somos iguales porque semejante es nuestra naturaleza, nuestra condición de ser seres humanos y nuestra calidad, es decir, nuestro valor.

Para llevar a cabo una educación verdaderamente igualitaria, es imprescindible partir de la igualdad entre hombres y mujeres, comprender esta variable que nos define y aúna a todas las personas, a pesar de nuestras diferencias.


CÓMO SE CONSTRUYERON
LOS ESTEREOTIPOS DE GÉNERO

Desde los primeros albores de la historia, la mujer ha aparecido siempre en una situación de dependencia con respecto al varón; el diálogo entre los dos sexos se ha ordenado siempre sobre los ejes de la supeditación de la mujer al hombre en todas las facetas de su existencia.

Magdalena Rodríguez Gil, en La condición de la mujer en la Edad Media

4.1 ¿DE DÓNDE SURGE LA DIFERENTE CONSIDERACIÓN DE HOMBRES Y MUJERES?

En el capítulo anterior analizamos que hombres y mujeres no somos idénticos, pero que no existe base empírica para defender que nuestras diferencias biológicas lleven a que el cerebro de los individuos XY se configure con estructuras psíquicas mejores para pensar, ni que incline de un modo más acusado a la libertad, a la valentía y a las conquistas sociales. De igual modo, no existe base empírica para defender que los individuos XX desarrollen un cerebro cuyas estructuras encargadas de generar razonamientos sean menos aptas, menos hábiles y orienten a ser más frágiles, más sensibles y más frívolas. Como diría Charlotte Perkins: «No hay un pensamiento femenino, el cerebro no es un órgano sexual». No, los cerebros de hombres y mujeres no muestran estas diferencias. Sin embargo, los estereotipos sexistas presentes durante toda nuestra historia las defienden. ¿Cómo se llegó a esto? En este capítulo vamos a explicar el proceso por el que se construyeron, validaron y se han ido perpetuando los estereotipos sexistas.

4.2 ¿CÓMO SE CONSTRUYERON LOS ESTEREOTIPOS SEXISTAS?

Los estereotipos sexistas se construyeron a partir de las diferencias biológicas y genéticas existentes entre hombres y mujeres, que son ciertas, objetivas y objetivables:

• Los genitales de hombres y mujeres son distintos.

• El porcentaje de masa muscular de los hombres es superior al de las mujeres.

• Las mujeres somos capaces de gestar una vida dentro de nuestro útero y los hombres no.

• Las mujeres somos capaces de generar alimento para nutrir a nuestras criaturas en el inicio de su vida y los hombres no.

• El timbre de la voz es más agudo en las mujeres que en los hombres.

• Y paremos de contar, porque no hay mucho más que nos diferencie, más allá de la cantidad de vello corporal.

A partir de estas diferencias biológicas, se inventaron —utilizo esta palabra porque es la que define correctamente el proceso— y se asignaron una serie de características y atributos cognitivos y psicológicos diferentes para hombres y para mujeres. Amparándose en estas diferencias, se definió de un modo distinto a hombres y a mujeres, según lo que se consideró que concordaba con las variables biológicas de cada uno, aunque esto fuera falso. Por ejemplo, al tener los hombres más masa muscular se los definió como más fuertes y valientes y a las mujeres como débiles y frágiles. Al tener las mujeres la capacidad para tener hijos se las definió como más dotadas para el cuidado y lo doméstico. Este fue el origen de los estereotipos sexistas y de definir a los hombres como dotados de más cualidades intelectuales, de mejores atributos psíquicos y, por tanto, superiores. Como vemos, fue un proceso arbitrario que partió de algunas variables físicas.

Siempre que se pretende dominar y ejercer el poder sobre un grupo social, se buscan justificaciones sobre su inferioridad, aunque sean infundadas, y se defienden una y otra vez hasta hacerlas creíbles. A lo largo de nuestra historia, se ha buscado dominar y utilizar a las mujeres, para lo que ha sido necesario defender con argumentos falsos su inferioridad como justificación de que los hombres puedan disponer de ellas a su antojo.

Pongamos otro ejemplo: sería irracional mantener que los hombres que genéticamente tienen menos vello corporal, que son incluso barbilampiños, son mucho más delicados, sensibles, cuidadosos, emocionales y afectivos que los que genéticamente están llenos de pelo en el pecho, la espalda, los brazos y las piernas. Sería absurdo decir que los «peludos» son más brutos, rudos, menos afectivos, más valientes, etc., ¿verdad? En los más de quince años que trabajé atendiendo a mujeres víctimas de violencia de género tuve que conocer a algunos de sus agresores en los juicios a los que acudí para acompañar a las mujeres o para declarar como testigo perito. Puedo asegurar que he visto a muchos hombres «sin pelo» que habían desarrollado una violencia brutal hacia sus exparejas que los terminó llevando a prisión. Y también he conocido a hombres con mucho pelo muy delicados y afectivos. El pelo no dice nada porque las características sexuales secundarias poco influyen en los atributos psicológicos. El pelo del cuerpo no es lo que utilizamos para desarrollar un comportamiento afectivo, ni para empatizar; poco tiene que ver una cosa con la otra. Sin embargo, podría parecer que «pega», que tiene alguna relación, cuando no la tiene. Y a partir de ahí se podría construir una idea que suena lógica, pero que es completamente irracional. De la misma manera, el tener genitales femeninos nada tiene que ver con cómo hacemos operaciones matemáticas ni con las estructuras cerebrales que gestionan nuestras emociones. Igual que los hombres no piensan con su vello corporal, las mujeres tampoco lo hacemos con nuestros genitales. Poniendo un toque de humor, demos un último ejemplo: sería absurdo decir que las personas pelirrojas están mejor dotadas que las no pelirrojas para hacer tarta de zanahoria, ¿verdad? Podría parecer que tiene cierta lógica, pero obviamente es totalmente falso.

4.3 LOS CONCEPTOS «SEXO» Y «GÉNERO»

Para terminar de comprender cómo se construyeron los estereotipos sexistas, necesitamos conocer dos conceptos: el concepto «sexo» y el concepto «género».

Las características biológicas que tenemos por el hecho de presentar genéticamente una configuración XY o XX se denominan sexo. Este viene dado desde el momento en el que se gesta nuestra vida, es natural (no construido por las personas sino por el azar biológico) y está en nuestros genes. El conjunto de características psicológicas y cognitivas diferentes que la sociedad ha asignado a hombres y mujeres se denomina género. Estas son arbitrarias, no tienen una base ni científica ni racional. Son artificiales, es decir, no existen de manera natural, ni real, han sido inventadas por las personas. Estas consideraciones del género femenino como débil, sentimental, frágil, menos racional y doméstico, y del masculino como racional, capaz, valiente, fuerte, duro y orientado al espacio público no se basan en datos reales, sino que se inventaron. Las crearon nuestros predecesores en la historia, los fundadores de las civilizaciones a partir de las cuales se creó nuestra cultura actual. Como dijo Judith Butler: «Los roles masculinos y femeninos no están fijados biológicamente, sino que son socialmente construidos».

El género se construyó desde el principio de nuestra historia de una manera arbitraria y discriminatoria hacia las mujeres. Analicemos esta historia.

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