Kitabı oku: «Filosofía para una vida peor»
Filosofía para una vida peor
Breviario del pesimismo filosófico del siglo XX
Oriol Quintana Rubio

ISBN: 978-84-15930-27-3
©Oriol Quintana Rubio, 2014
© Punto de Vista Editores, 2014
Fotografía de cubierta: Licencia CC h.koppdelaney
http://puntodevistaeditores.com/
info@puntodevistaeditores.com
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Índice
EL AUTOR
1. Unos cuantos millones de cadáveres
I. La literatura de autoayuda, ¿una anomalía histórica?
II. Cómo acabar para siempre con los libros de autoayuda
III. Puede que no estemos destinados a la felicidad
2. La vida es un fraude
I. Las raíces del pesimismo de Emil Cioran
II. La vida como simulacro o el timo vital
III. El rey está desnudo
IV. Nuevos formatos para viejas ideas
V. Sin embargo, algo habrá que podamos hacer
VI. Filosofía para una vida peor
3. ¿El futuro? Pon la boca en el bordillo
I. El pesimismo según George Orwell
II. Situar en el futuro la vieja imagen de la condición humana
III. Nadie está a salvo del mal
IV. Subir a por aire, el reverso luminoso de Mil novecientos ochenta y cuatro
V. Filosofía para una vida peor
4. No me voy a poner bien
I. Por qué leer relatos de supervivientes
II. Tres supervivientes
III. Yacer o no yacer en el fondo
IV. Descender todavía más abajo
V. Auschwitz y la vida cotidiana
VI. Fe y escepticismo
VII. Filosofía para una vida peor
5. La muerte y la zanahoria
I. Un libro imposible: Ser y Tiempo, de Martin Heidegger
II. Condenados a ser
III. Metafísica del adocenamiento
IV. Vais a morir todos
V. Va un tío con medias vestido de negro y dice
VI. Filosofía para una vida peor
6. El bien es inalcanzable
I. La falsa tercera posición de la psicología humanista
II. Sólo necesitamos: Maslow y otros
III. ¿Existe la auto-realización? El sueño, de Julian Barnes
IV. Ir más allá de la necesidad es imposible
V. Estoy meta-motivado
VI. El hombre sin ilusiones
VII. Filosofía para una vida peor
7. El infierno son los otros
I. Necesitar a los alemanes
II. De tal palo, tal astilla
III. Pagafantas
IV. Y ya, por fin Las moscas
V. El infierno son los otros
VI. Para hacer justicia al siglo XX
VII. Filosofía para una vida peor
8. Nada en este mundo por lo que se pueda vivir
I. Maldita Simone Weil
II. Sucedáneos, ídolos
III. Maestra del pesimismo: descrearse
IV. Mierda de mundo
V. Aceptar el mundo tal como es
VI. Filosofía para una vida peor
EL AUTOR
Oriol Quintana nacido en Barcelona en 1974, es licenciado en Humanidades por la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona. Amplió sus estudios cursando el doctorado en la misma, y presentando la tesina Orwell and War, sobre el escritor George Orwell. Ejerce de profesor de Filosofía, Psicología y Religión en la enseñanza secundaria.
1. Unos cuantos millones de cadáveres
I. La literatura de autoayuda, ¿una anomalía histórica?
Todo libro de autoayuda parte siempre de una premisa básica: uno puede mejorar. La vida, ciertamente, está llena de obstáculos, pero se puede triunfar sobre ellos. En realidad, no existen las dificultades: existen los retos. Desde el Usted puede sanar su vida hasta los esfuerzos por Un mundo sin quejas, una riada casi infinita de títulos pretenden calmar nuestra angustia vital a base de inundar cada rincón de la existencia con un recalcitrante optimismo, que dice que alguna fuerza cósmica empuja las cosas hacia lo mejor, y que al individuo sufriente e inseguro le bastaría con dejarse llevar por esas fuerzas benevolentes para salir de su situación.
Recalcitrante es el adjetivo justo: la doctrina que dice que todo está providencialmente dispuesto para que el bien triunfe debería haberse extinguido hacia finales del siglo XX, justo cuando los regímenes dictatoriales del este de Europa comenzaron a desmoronarse de manera casi incruenta: morían de puro cansancio, porque su inercia se había agotado. ¿Quién iba a tener ganas de encabezar una revolución por un futuro mejor, cuando justamente por este eslogan y otros similares se instaló una opresión escandalosa y duradera? Lo cierto es que celebró el fin de las dictaduras con cierto alivio pero sin mucha alharaca: si uno presta atención al repasar los vídeos de la época, verá como los martillazos que la gente propinaba al muro de Berlín en el año 1989 se daban con cierta desgana. Faltaba la ira, la furia, la determinación del que cree que está salvando al mundo, del que cree que abre el camino de la libertad y deja por fin atrás el sufrimiento. Faltaba el empuje de las masas. Pero es que nadie que conociera mínimamente los hechos transcurridos entre 1914 y el mismo 1989, y no digamos los que directa o indirectamente sufrieron sus consecuencias, podría creer que las cosas, algún día, llegarían a estar bien.
Y es que incluso una mirada superficial, estadística, a la historia del siglo XX revela que los niveles de sufrimiento y las pérdidas de vidas humanas que se dieron a lo largo del siglo son de tal dimensión que casi constituyen un novum histórico. Es evidente que es siglo XX no inventó la guerra ni la tortura, pero si es cierto que la cantidad supone una transformación en la calidad, por lo menos a partir de ciertas cifras astronómicas, entonces sí estamos ante lo nunca visto. ¿Cuánta gente murió en la Primera Guerra Mundial? Algunas fuentes dicen que en total, se llegó a los diecisiete millones de personas, la mayoría de las cuales fueron soldados en el frente. En la Segunda Guerra Mundial, Alemania perdió tres millones de soldados; la URSS, ocho millones. Otros ejércitos, algo menos: Estados Unidos sólo trescientos mil, Gran Bretaña, menos de medio millón; Francia, doscientos mil. Y en cuanto a las víctimas civiles, ni que decir tiene que los años de la Segunda Guerra Mundial constituyen un macabro récord imbatible. Los nazis asesinaron alrededor de seis millones de judíos, como es bien sabido: el número de víctimas civiles del conflicto asciende a catorce millones de personas −en sólo doce años. Esos años, además, supusieron la resurrección de fenómenos sociales que no se veían desde la Edad Media, como los encarcelamientos sin juicio ni acusación formal, las cazas de brujas y las torturas para extraer falsas confesiones, aunque, de nuevo, a una escala que haría parecer a los antiguos inquisidores como simples aficionados (George Orwell dixit)... Por no mencionar las deportaciones forzosas, lo que antes se llamaba el destierro, que, curiosamente, hasta entonces había tenido una especie de aura romántica.
Algunos historiadores se han empeñado en recordar a sus lectores que los tristemente famosos métodos industriales de exterminio, que tanto han impresionado nuestras mentes, en realidad fueron menos usuales que el tradicional método de dejar morir de hambre a tus enemigos, largamente practicado en los antiguos asedios de ciudades. Entre Hitler y Stalin mataron de hambre a siete millones de personas, ya fueran civiles que no mostraron el suficiente entusiasmo en las colectivizaciones de tierras, ya fueran prisioneros de guerra, ya fueran ciudadanos sitiados en los cercos a ciudades o en los guetos. Lo que hizo resucitar el canibalismo.
Como dijo una vez un superviviente de Auschwitz, todavía no ha existido una realidad contraria y simétrica al campo de concentración como para que el mal que encerró quedara compensado. No existe ninguna refutación histórica posible para Auschwitz. En realidad, no puede concebirse siquiera. Ya no queda energías para ese esfuerzo mental que es diseñar una utopía. Del Lager y de hechos concomitantes deberíamos haber aprendido que las cosas no están providencialmente dispuestas para la producción del bien, y que la única regla de oro que hay para la vida humana no es que hay que elegir entre el bien y el mal, sino únicamente entre dos males posibles. No era la búsqueda del bien, sino del mal menor, pues, lo que hacía chocar la cabeza del martillo contra el muro. Era el momento propicio para extender el certificado de defunción del optimismo.
Y a pesar de todo ello, a pesar de los millones de cadáveres, hay una miríada de libros que crecen sobre un humus optimista que no debería existir. ¿Se trata de una anomalía histórica? Lo cierto es que no: hubo otras épocas en que la imposibilidad de diseñar un proyecto histórico optimista era algo patente. Tras el desmembramiento del imperio de Alejandro Magno proliferaron las escuelas de filosofía que proponían una suerte de salvación individual, de las que conocemos el estoicismo y el epicureísmo. Es de estas escuelas la idea según la cual la filosofía debía dedicarse únicamente a la sanación del alma. Un antiguo fragmento atribuido a Epicuro lo afirmaba con rotundidad [Epicúrea, 221]:
“Vana es la palabra de aquel filósofo que no remedia alguna dolencia del hombre. Pues así como ningún beneficio hay en la medicina que no expulsa las enfermedades del cuerpo, tampoco lo hay en la filosofía si no expulsa la dolencia del alma”
Salvando las insalvables distancias respecto a la autoayuda contemporánea, el estoicismo volvió a poner en circulación una antigua doctrina que luego fue reciclada otra vez por el monoteísmo cristiano: la idea de que un orden providencial regía el mundo, y que los males eran puestos por Dios, o el Logos, o como se le quisiera llamar, en dirección al bien. Uno no puede dejar de sorprenderse al comprobar cómo, en ciertos autores estadounidenses, que son los que más libres están de toda sospecha de haber leído, por ejemplo, a Marco Aurelio (emperador romano seguidor del estoicismo), se pueden encontrar afirmaciones así de providencialistas [de Louise L. Hay, Usted puede sanar su vida, 1993, Círculo de Lectores, escrito originalmente en 1984]:
“En la infinitud de la vida, donde estoy, / todo es perfecto, completo y entero. /La Divinidad siempre me guía y me protege/.../Todo está bien en mi mundo (...)”
No es nuestra intención poner en el mismo saco la literatura de autoayuda y a esa consagradísima escuela filosófica de la antigüedad: sólo queremos señalar cómo ambas surgieron a la sombra de los desastres (los imperios, que se construyen y se destruyen siempre con sangre, son invariablemente una forma de desastre). Por lo demás hay muchas diferencias, y la más importante es la que los separa como a dos universos lejanos: el antiguo estoicismo quería enseñar a sus seguidores a aceptar su dolor y su condición desgraciada. Los libros de autoayuda, en mayor o menor medida, se empeñan en negar el dolor, se empeñan en ocultar la condición desgraciada del ser humano: se empeñan en afirmar que siempre se puede mejorar. El estoicismo, invitaba a considerar, resignadamente [Marco Aurelio, Meditaciones, libro 2, 12]:
“¡Cómo en un instante desaparece todo: en el mundo, los cuerpos mismos, y en el tiempo, su memoria! ¡Cómo es todo lo sensible, y especialmente lo que nos seduce por placer o nos asusta por dolor o lo que nos hace gritar por orgullo; cómo todo es vil, despreciable, sucio, fácilmente destructible y cadáver! ¡Eso debe considerar la facultad de la inteligencia!”
Y de ello sacaba su energía para saber actuar con responsabilidad, con firmeza, con valentía. De verdades semejantes nacía la libertad interior, según estos filósofos. La autoayuda parte toda ella de la idea contraria. La libertad interior surge de confiar en los propios deseos, en la habilidad y la suerte de llevarlos a cabo, pero, sobre todo, de la fe en una especie de providencia que va a velar por su cumplimiento. Veamos un ejercicio práctico sacado de esta literatura [Revista Psychologies, edición española, nº 103, p. 46]:
“Christophe Labarde, coach, es un militante del “sí” como motor de nuestro proyecto de vida. Decir sí a nuestros deseos, a nuestras ambiciones, a nuestras intenciones. En dos palabras, atrevernos a escucharnos (sic). Propone en su último libro un ejercicio muy simple del que (sic) nos inspiramos, y que puede servir para limpiar el bosque de nuestras ideas y nuestras motivaciones.
Coge una hoja y escribe en letras mayúsculas, arriba y en el centro: “Mis primeras voluntades”.
Escribe luego:
Palabra clave nº1 _________________________
Palabra clave nº2__________________________
Palabra clave nº3__________________________
Palabra clave nº4__________________________
Palabra clave nº5__________________________
Relájate y deja que tu espíritu vaya en busca de tus necesidades existenciales. Realización personal, pareja, trabajo, familia, marco de vida... No te censures, no te juzgues, deja simplemente salir a la superficie tus deseos y necesidades profundas y escribe en orden de importancia lo que te conviene.”
A continuación, tras la elaboración de la lista, se supone que el sujeto sabrá orientar mejor su vida, tomar las decisiones correctas cuando se sienta perdido. El mismo psicólogo sugiere, como se puede ver, los ámbitos en los que se deben buscar esas voluntades vitales. El ejercicio, como decíamos más arriba, parte de la asunción implícita que alguna fuerza cósmica va a ayudar a nuestros deseos para que éstos se cumplan –sólo así vale la pena empezarlo siquiera.
En cuanto a quién sea capaz de prestarse a este ejercicio, podemos estar seguros que sólo una persona que no considerara “que todo es vil, despreciable, sucio y cadáver” (Marco Aurelio), es decir, alguien suficientemente ingenuo para no juzgar ni juzgarse (como el ejercicio prescribe), se vería capaz de rellenar los espacios en blanco. Pongamos que pudiéramos coger una máquina del tiempo y presentarle el test a un soldado atrincherado en algún campo belga durante la Primera Guerra Mundial –aterrorizado por las bombas, presa del frío y los piojos, y pidámosle que rellene la lista. Pidámoselo a un interno de un gulag soviético. A un preso en Auschwitz; a una víctima de la hambruna. ¿Qué iba a salir en la lista de palabras clave? ¿Algo así como “Palabra clave nº 1: no tener que ver cómo a un compañero le explota la cabeza” ¿”Palabra clave nº2: no tener que volver a practicar el canibalismo”?¿”Palabra clave nº3: que no me vuelvan a obligar a colaborar en el asesinato de familias enteras”? Es evidente que cualquiera de estas personas que hiciese el test se sentiría burlada: la mera idea es una broma de mal gusto. El ejercicio no es válido para personas sometidas a la desgracia, y sugerirlo siquiera es una especie de acto de crueldad. Pues bien: a eso nos referimos cuando decimos que la autoayuda es una anomalía histórica. La autoayuda no tiene en cuenta la existencia de la desgracia. Y lo que el presente libro pretende recuperar es esta enseñanza que proviene de antiguo y que el siglo XX volvió a poner ante nuestros ojos: que todo es vil, despreciable, sucio, fácilmente destructible, y que sólo se puede partir de la verdad de la desgracia para construir una vida libre de engaños. Muchos de nosotros hemos tenido la fortuna de escapar de ella, lo que no significa que no sea real. La densidad de la desgracia que se ha hecho presente a lo largo de todo el siglo pasado, si supiéramos no darle la espalda, acabaría toda ella con la literatura de autoayuda, que existe sólo gracias a su olvido, a la inconsciencia... Si uno tiene bien presente el horror no necesita ni la tibieza, ni la superficialidad, ni el estúpido providencialismo de la literatura de autoayuda.
Con todo ello enunciamos la primera pretensión de este libro: poner en manos del lector un material que nos llega fresco del siglo pasado, y que, una vez comprendido mínimamente, hace innecesaria toda esta literatura. Los autores que visitaremos tenían una fuerte consciencia de la realidad de la guerra, la tortura, el hambre y el horror; la consciencia, en suma, del desamparo en el que vivimos. El hombre es un ser desamparado. El sufrimiento y la desgracia, o la posibilidad de la desgracia, son constitutivos del ser humano. No hay forma de superar estas realidades. La muerte le es esencial. Tener estas verdades presentes en el espíritu hace que la literatura de autoayuda se torne superflua, cuando no ridícula en su visión amputada de la existencia.
II. Cómo acabar para siempre con los libros de autoayuda
¿De qué otra manera puede refutarse literatura de autoayuda? Muy sencillamente: creando un personaje no del todo inventado, un coetáneo nuestro lleno de inseguridades, de proyectos vagos y de ilusiones en el peor sentido, y mostrando cómo por un proceso erróneo de formación, se empapa de los eslóganes e ideas precocinadas del pensamiento positivo. Habrá que dotarle de la ingenuidad y la falta de sentido crítico que tienen que tener los héroes de las tragicomedias y que le lleve a aceptar sin sombra de duda que, como dicen los clásicos de la autoayuda, se puede ganar amigos e influir sobre las personas [Dale Carnegie, 1940, Editorial Suramericana], que haya recorrido y recorra diariamente la lista de aquellas-pequeñas-cosas-cotidianas-que-nos-dan-la-felicidad, como...
“una puesta de sol, la mirada de un niño, un apretón de manos, el silencio, la luna en cuarto creciente, un paseo en bicicleta, un osito, el vuelo de los pájaros, la tortilla española, los helados, la cerveza muy fría, las barcas con velas o sin ellas en el mar, cantos y juegos de niñas y niños [...], los Reyes Magos, el paso de un tren, sopas de almendra, comprobar cómo crecen las niñas, levantarse temprano y sorprender todavía las gotas de rocío, acariciar después de la lluvia el musgo apegado a las rocas, oír como cantan los grillos...” [lista completa en ÍÑIGO, ARADILLA: El libro de la felicidad, Edaf, 2001].
Un personaje que conozca todas las técnicas de autoafirmación [PROD’HOMME, Oberon, 2000], que crea en el lema Cambia de idea, cambiará tu vida (la consecución del bienestar mediante el pensamiento positivo) [JAMPOLSKY, CIRICIONE, Paidós, 1994], aplicando principios trascendentes como “podemos aprender a encontrar amor en lugar de encontrar defectos” [p.35 op.cit.], y muchos otros por el estilo. Como si se tratara de un moderno Job, habría que poner a prueba su confianza en la bondad del Universo y de los demás seres humanos, a base de hacerle sufrir una desgracia tras otra. Para asegurar el tiro, podríamos enviarle, a través del tiempo, a nuestro amado siglo XX, y podríamos situarle siempre en lugar equivocado en el momento menos adecuado. Bastaría ver entonces cómo se desenvuelve, qué aforismos y qué sabiduría es capaz de oponer al gas mostaza de la Gran Guerra; a los mítines nazis del periodo de entreguerras; qué lectura positiva es capaz de hacer o dónde encuentra el amor en lugar de los defectos cuando su familia fuera enviada al crematorio; cómo hacer del recuerdo de las “sopas de almendra” algo que no fuera una tortura, si le enviáramos a la miseria de la deportación. Etcétera. Las desgracias que se contemplaron en el pasado siglo son tan variadas y abundantes como los títulos de los libros de autoayuda.
Y sin embargo, no hará falta tomarse la molestia. Alguien, en el siglo XVIII, ya escribió tal libro. Se trata de Cándido, del filósofo francés François Marie Arouet, más conocido como Voltaire.
Se dice que Voltaire se esforzó en escribir grandes obras literarias e históricas que nadie lee hoy en día, y que, sin embargo, aquella parte de su obra que escribió con más ligereza, como divertimento, con la intención de polemizar y despacharse a gusto, es justamente la más celebrada y recordada. Si además tenemos en cuenta que a buena parte de los enemigos contra quienes escribió se los ha llevado el viento de la historia, parecería pues que sus obras hubieran perdido toda vigencia. En efecto, ¿qué queda de los jansenistas, de quienes Voltaire se burló en numerosas ocasiones? Se trataba de un grupo de cristianos puritanos, que extendieron su influencia en Francia, y que entre otras rarezas se daban a manifestaciones histéricas y convulsiones, y aseguraban recibir comunicaciones divinas y curaciones milagrosas. Hace siglos que desaparecieron, y el histerismo religioso ha quedado como algo residual. Atacó a los jesuitas, orden religiosa que no ha desaparecido, pero cuya influencia es infinitamente más pequeña hoy en día que en el siglo XVIII. Ya casi nadie lee a Leibniz, el filósofo que sostenía que “vivimos en el mejor de los mundos posibles”, ya no existen los socinianos (otro grupo cristiano) y a nadie le interesa el deísmo como le interesó a él. El lector necesita decenas de notas a pie de página para entender bien las polémicas que encierran sus escritos, para saber quiénes era los receptores de sus dardos envenenados. Y sin embargo, los libros de autoayuda, en su recalcitrante optimismo, lo ponen de nuevo de actualidad.
En el relato volteriano, Cándido es un joven que vive y es educado en el palacio de su tío, en Westphalia. El tío le acogió en el seno de su familia a pesar de ser hijo bastardo de su hermana, y le dio la mejor educación posible a través de un profesor particular, un filósofo llamado Dr. Pangloss, el cual, según el autor, enseñaba “la metafísico-teólogo-cosmolonigología”. Esta doctrina puede resumirse así [edición y traducción de Mauro Armiño para Espasa-Calpe]:
“Está demostrado, decía, que las cosas no pueden ser de otro modo: porque, estando hecho todo para un fin, todo está hecho necesariamente para el mejor fin. Observad que las narices han sido hechas para llevar antiparras, por eso tenemos antiparras. Las piernas están visiblemente instituidas para ser calzadas, y por eso tenemos calzas. Las piedras han sido formadas para ser talladas, y para hacer castillos con ellas, por eso monseñor tiene un bellísimo castillo; el mayor barón de la provincia debe ser el que mejor alojado esté; y, estando hechos los cerdos para ser comidos, nosotros comemos puerco todo el año: por consiguiente, quienes afirmaron que todo está bien, dijeron una tontería; había que decir que todo está lo mejor posible”.
Cuando Cándido es sorprendido intentando conquistar a su prima hermana Cunegunda, es expulsado del castillo. Cuando profesor y discípulo se reencuentren, nada de esto importará puesto que la desgracia se habrá cebado con el castillo de Thunder-ten-tronckh: un grupo de soldados búlgaros han entrado a saco, asesinando al barón, a la baronesa y a la misma Cunegunda, por quien Cándido todavía suspiraba. Pangloss está enfermo de sífilis, y, aunque logra curarse gracias a la ayuda de un comerciante benefactor, ninguno de los dos escapan de nuevas calamidades. En su viaje a Portugal, siguiendo a este mismo benefactor que les ha acogido como criados, y previo naufragio, sufren las consecuencias del terremoto que asoló la ciudad de Lisboa en aquél entonces (concretamente, el 1 de noviembre de 1755). Todo este tiempo intenta Pangloss mantener viva la llama del optimismo, que saca a relucir cada vez que el dúo protagonista sale mínimamente a flote tras cada jugarreta del destino. Éste los separará y volverá a reunir otra vez a lo largo del relato. Cándido intentará de todo corazón ser fiel a la doctrina panglossiana, pero tras conocer a un nuevo filósofo, un tal Martín, y por la acumulación de desgracias, su lealtad intelectual no podrá menos que flaquear progresivamente. En su peripecia recorre medio mundo, ya sea huyendo de los enemigos que se ha creado involuntariamente, ya sea persiguiendo a su amada Cunegunda, a quien nunca pierde la esperanza de reencontrar.
Y sus aventuras son variadas e interesantes: incluyen conocer la mítica ciudad de El Dorado, matar a un jesuita, cenar con reyes destronados, tratar con mujeres que sobrevivieron al canibalismo, hacerse amigo de esclavos negros, ir a América, Francia, Venecia, Inglaterra, Constantinopla. Se trata, pues, de una novela de formación casi canónica, en la que el protagonista aprende a través del sufrimiento y se hace un hombre. Sólo la tremenda ironía de sus páginas hace que se aleje de lo convencional.
Las desgracias que los protagonistas deben sostener son tales que incluso Pangloss abandona su doctrina, y sólo la sostiene al final de la novela por no contradecir lo que siempre había defendido, pero sin creer verdaderamente en ella. La moraleja del cuento, que se resume en la famosa expresión final “tenemos que cultivar nuestro huerto” tiene su miga. Los protagonistas se instalan en unas tierras de Constantinopla para cultivar la tierra y practicar otros oficios con los que ganarse la vida sin pretensiones. Parecería que Voltaire, que había compartido el optimismo propio de la Ilustración, época en la que existía una exagerada confianza en la capacidad del hombre de construir un mundo sin supersticiones, un mundo de progreso tecnológico y cultural que desterrara la ignorancia y la necesidad, rechazara con ella su anterior creencia. La frase “tenemos que cultivar nuestro huerto” es una afirmación implícita de la redención personal a través del trabajo, que es el instrumento más adecuado para alejar los males del “hastío, el vicio y la necesidad”. En boca del filósofo Martín, afirma igualmente Voltaire que trabajar sin razonar es “el único medio para hacer soportable la vida”. Hay pues una renuncia casi explícita a intentar mejorar el mundo, como consecuencia de dejar de creer que el mundo pueda ser mejorado. Incluso se afirma claramente la idea de que la vida no es buena, que es mala, pero que según y cómo se puede lograr que sea meramente soportable: a base de no pensar. Es un camino, pues, que va desde la mentira de un optimismo injustificado hasta una inconsciencia autoimpuesta. Pensar, como vivir, duele. Desengañarse produce sufrimiento, y es casi natural que quien ha visto sus ideas refutadas a sangre y fuego, prefiera renunciar a cualquier idea: así no será necesario volver a desengañarse.
III. Puede que no estemos destinados a la felicidad
El bueno de Pangloss se obstina, aunque sólo sea exteriormente, en sostener que todo está ordenado hacia el bien. A pesar de todo lo que ha sufrido, todavía es capaz de hallar argumentos. Al fin y al cabo, ¿no se encuentran los protagonistas, al final de la novela, en una situación casi idílica, llevando una vida simple, sin lujos ni adornos, pero a la que no le falta nada de lo esencial? Lo cierto es que siempre se pueden hallar razones para el optimismo: ante el menor atisbo de bienestar, se puede afirmar que todo el mal padecido ha servido para ese gramo de bien. Y a la inversa: uno puede siempre vivir con miedo y temiendo lo peor, y no permitirse disfrutar jamás de ninguna tranquilidad interna por temor neurótico a perderlo todo. Seguramente por ello es partidario Cándido de no pensar en nada. No quiere pasar de creer que todo tiene solución a lo contrario, que ni parece cierto ni tampoco ofrece ningún consuelo. Lo anunciábamos antes: para algunos, cualquier filosofía que no sirva para consolar el alma humana es inútil, como una medicina que no funciona. Ahora bien, cualquier palabra dicha con la intención de reafirmar uno u otra postura (el optimismo injustificado y el pesimismo neurótico) no curará en absoluto ninguna alma, y si ofrece algún consuelo, lo hará sólo de una manera parcial y temporal, como una droga hacia la que se desarrolla tolerancia: cada vez se necesitan mayores dosis para el mismo efecto. Así, tanto los optimistas como los pesimistas forzados encuentran siempre confirmaciones a sus esperanzas o temores, pero nunca verdadero consuelo a su inquietud. Por ello existen lectores compulsivos de autoayuda, y son muy numerosos, y si no encontramos lectores compulsivos de lo otro es porque basta con abrir un periódico para que un adicto al desastre pueda obtener su dosis diaria de desgracia.
Este libro, por supuesto, quiere situarse fuera de ambos extremos. La filosofía se practica porque uno no puede evitarlo: las consecuencias de lo que uno descubra están en segundo término; lo que le mueve a uno es la curiosidad de responder preguntas. No pretendemos, pues, refutar los libros de autoayuda, que suelen ser infantiloides y estar mal escritos, a base de decir lo contrario de lo que éstos suelen defender, es decir, proponiendo que todo está mal y que no vamos a ninguna parte. No se trata de defender de antemano que no hay nada que hacer.
Si la mayoría de los libros de autoayuda son malos es porque están escritos para defender cierta ideología, y no para indagar sobre la existencia humana con libertad: son una forma de propaganda.
Es fácil señalar cómo éstos prescinden de las circunstancias en las que el lector se pueda encontrar. En su unilateralidad, los libros de autoayuda, tal como hemos dicho, sostienen que no hay dificultades, sino obstáculos, y no importa qué circunstancias nos rodeen, siempre podemos superarlos. Por ello es divertido imaginarse cómo serían recibidos tales libros en esas situaciones, tan frecuentes a lo largo del siglo XX, en las que el destino destruyó literalmente al individuo. Sí: es absurdo situar el Cómo hacer amigos e influir sobre las personas en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, porque el libro no está pensado para una situación de guerra. Pero entonces, si un libro que pretende ayudar al hombre, no tiene en cuenta ni la guerra, ni el odio, ni el horror, ¿de qué sirve? ¿Cómo puede cualquier libro, que pretenda conectar al hombre con su propia realidad, escrito durante o después del siglo XX, no tener en cuenta nada de eso?
Por otro lado, al afirmar que uno siempre puede mejorar sin importar la situación, se desplaza la responsabilidad, la culpa, hacia un individuo al que, encima, se le ha prohibido pensar que las cosas pueden escapar a su control. El corolario de creer que siempre se puede mejorar es que si uno no lo hace es porque no se esfuerza lo suficiente: es un fracasado que merece su desgracia. Es hora de que aparezca un libro que diga que todo puede salir mal, y que aporte a favor de su tesis, la ideas y experiencias de autores que vivieron un siglo entero de desgracias; un libro que se base, indirectamente, en lo irrefutables que resultan unas cuantos millones de cadáveres.
La filosofía que vale la pena es la que se lleva a cabo como una actividad de aprendizaje, no para defender una idea. Y aunque, por el título, podría parecer que en este libro se pretende alimentar el pesimismo, lo cierto que es que lo que se ha intentado es simplemente investigar ciertos autores y exponerlos. Como los autores pertenecen todos al siglo XX, y no pretendieron desentenderse de las circunstancias vitales de sus contemporáneos, los temas de los que trataron no invitan particularmente al optimismo. Los asuntos más ásperos, como nuestra indefensión completa ante la muerte y su adalid, el sufrimiento, estarán necesariamente presentes. Ello redundará, no tan paradójicamente, en una ayuda para la vida, en algunos remedios para el alma. Porque cuando ya se ha dicho todo lo que hacía falta respecto de la necesidad de ser objetivo y de no defender conclusiones de antemano, lo cierto es que la filosofía bien hecha siempre es un consuelo para el alma y una ayuda para vivir. Sobre todo, si, como los autores que vamos a presentar, se tienen los pies firmemente plantados en el suelo. Si optamos por el título Filosofía para una vida peor es sólo porque queremos distanciarnos de los presupuestos −que son a la vez las conclusiones− de aquellos libros que dan por sentado que estamos destinados a la felicidad.
Profesor Pessimus, ¿existe una tendencia innata al pesimismo?
No. Algunos estudios han determinado con claridad que existe la tendencia contraria. El colmo es un estudio de 1988, de COOPER, WOO y DUNKELBERG, una encuesta a emprendedores, que constaba de dos preguntas: a)¿Qué probabilidades de éxito tiene un negocio típico como el tuyo? y b)¿Qué probabilidades de éxito tienes? Las respuestas más habituales eran del 50% y el 90% respectivamente. Los profesores THALER Y SUSTEIN, en su libro (en realidad, de autoayuda) Nudge: un pequeño empujón, ponen muchos más ejemplos y afirman que el “exceso de optimismo es inherente a la vida humana”.
Profesor Pessimus, ¿la filosofía que dice que todo saldrá bien o que los pensamientos optimistas pueden influir en la vida, puede llamarse “positivismo”?
No. El positivismo es una corriente filosófica del siglo XIX, inaugurada por el francés August Comte (1798-1857), relacionada con la idea de progreso, defendiendo que la civilización debe avanzar hasta alcanzar una visión del mundo y una ciencia que no se base ni en la metafísica ni en la religión, sino en los “hechos positivos”. Más adelante, en el siglo XX, apareció el denominado positivismo lógico, que, igualmente, no tenía nada que ver con el optimismo: era una corriente que defendía, siguiendo la estela del Tractatus Logico-Philosophicus (1927) de Wittgenstein (1889-1951), que las frases que no se refieren a hechos no tienen ningún significado, intentado descalificar así a toda la religión y a casi toda la tradición filosófica. La idea de que lo que pasa es lo mejor que podía pasar es el llamado optimismo, y adquirió ese nombre en tiempos de Voltaire (s.XVIII).
2. La vida es un fraude
I. Las raíces del pesimismo de Emil Cioran
Según quienes le conocieron, y según él mismo nos sugiere, una de las raíces del pesimismo de Emil Cioran (1911-1995) fue su falta de sueño. Imaginemos a alguien que no pudiera dormirse del todo jamás, alguien a quien le estuviera vetado acceder a esta imitación del no ser, de la nada, que es el sueño. Imaginemos cómo ese alguien, más o menos desde los nueve años de edad, se hubiera visto obligado a empalmar hora tras hora, minuto a minuto sin tregua. No nos extrañaría que se considerara a sí mismo un especialista en el tema de la muerte, por ejemplo, al llegar a los 20 años −o en cualquier otro tema serio de la Filosofía. El hecho de tener que vivir cada minuto de su existencia con plena consciencia sólo podría llevarle a sentir su vida como algo infinitamente denso, pesado. Sin duda no tardaría demasiado en preguntarse cuándo iba a terminar ese flujo cementoso del pensamiento. Si se dedicara a escribir, no nos sorprendería que los títulos de sus obras fueran de esta especie: Las cimas de la desesperación (1934), Ese maldito yo (1987), Breviario de los vencidos (1941), Breviario de podredumbre (1949), Desgarradura (1979)... y otros similares.
Buena parte de nuestras alegrías provienen de poder considerar cada mañana como un nuevo inicio. Considerar que empieza algo nuevo y bueno. Igualmente, poder considerar la noche como el fin de algo. Todo ello es especialmente útil cuando las cosas no marchan bien. A menudo nos acostamos con el deseo, al que acabamos llamando esperanza −como si eso cambiara su naturaleza, y le diera algo más de legitimidad y justificación−, de que al día siguiente todo sea distinto. Y, de hecho, despertar de un sueño profundo alimenta la ilusión de que lo que nos disponemos a vivir puede ser distinto de lo vivido. Una buena noche de sueño nos repara por completo: la energía que nuestro cuerpo ha repuesto casi nos obliga a pensar en positivo. Es difícil ser pesimista tras un sueño reparador y no digamos un buen desayuno. Pero si no hay sueño, la vida se convierte en un único día interminable. No hay ni antes ni después, ni ninguna razón para pensar que las cosas vayan a ser distintas, porque no hay ningún momento que se distinga de cualquier otro momento dado. Cualquier día es como el día anterior y no hay ocasión, no hay espacio, para sentir que ningún bien esté por llegar.
Sin embargo es difícil creer que la visión negativa de la existencia humana que Cioran sostuvo a lo largo de toda su vida se debiera sólo a una única causa. Ojeando sus aforismos uno tiene la sensación que Cioran tuvo que pertencer a ese nutrido grupo de seres humanos que durante el siglo XX tuvo que presenciar horrores y atrocidades de las que marcan a la persona para siempre. No es el caso. Ciertamente cambió a menudo de residencia durante el primer tercio de su vida: nació en un pueblo de los Cárpatos, en Rumania, hijo de sacerdote ortodoxo, le cambiaron de ciudad para estudiar en un internado; los estudios universitarios de Filosofía los llevaría a cabo en Bucarest, la capital, y el servicio militar lo hizo en Berlín, tras concluir los estudios. Tuvo una breve e insatisfactoria experiencia como profesor de secundaria (una alumna suya se suicidó, al parecer contagiada de su pesimismo). Se trasladó a París en 1937, antes de que se iniciara la Segunda Guerra Mundial, por una beca concedida por el Instituto Francés de Bucarest y ahí fijó su residencia hasta su muerte.
En sus días de juventud, malvivía de cualquier manera sin oficio ni beneficio. Se colaba en el comedor de la universidad fingiendo ser estudiante para no tener que pagar. Y no dejaba de escribir. Había empezado a publicar libros en su idioma natal, el rumano, en 1934. Habiéndose instalado a vivir con Simone Boué, profesora y traductora de inglés, a quien conoció en el mismo comedor en el que se colaba, y con quien vivió toda su vida, decidió a partir del año 49 escribir sólo en francés. Contra todo pronóstico, su Breviario de podredumbre fue un éxito, y recibió un premio en 1950: el primero de varios que le fueron concedidos a lo largo de su vida. Los rechazó todos. Fue publicando libros ininterrupidamente hasta 1988. Jamás abandonó su visión pesimista, y jamás se dejó influir por acontecimientos contemporáneos. Fue fiel a sus ideas y a su estilo de vida discreto, sobrio y auto-marginado.
¿Cómo un hombre que vivió sin muchos sobresaltos –y en este libro veremos algunas biografías marcadas a sangre y fuego por la tragedia–, que vivió en realidad como quiso, se obstinó en mantener una visión pesimista de las cosas?
La respuesta tiene que estar en su obra. Ésta es extensa, y aunque es fácil de leer, por constar casi toda ella de aforismos extremadamente precisos, resulta difícil de sistematizar, de discernir la jerarquía de las ideas. Como Cioran sólo ofrece conclusiones, es el que comenta el que debe reconstruir el razonamiento. Por otro lado, el pensamiento de Cioran no evolucionó nunca: su obra no es más que una serie de ideas repetidas de una forma cada vez más depurada. En fin; sin discrepar demasiado de otros glosadores señalaremos esta primera cita como una de las expresiones de las raíces del pesimismo del rumano [cita perteneciente a De lágrimas y santos, de 1937, Tusquets, Barcelona, 1988]:
“A los seis años [Santa Teresa de Jesús] leía las vidas de los mártires gritando ‘¡Eternidad!’, ’¡Eternidad!’. Decidió entonces ir a convertir a los moros, deseo que no pudo realizar, a pesar de lo cual su ardor siguió creciendo hasta el punto de que el fuego de su alma no se ha apagado jamás, puesto que nosotros nos calentamos en él todavía.”
Cioran sintió desde joven que, en nuestro día a día, se nos escatima algo, que la vida no es algo defectuoso porque contenga sufrimiento, sino porque no da lo que promete. A Santa Teresa de Jesús, según parece, a los seis años, esta vida ya le parecía poco, y deseaba poder ir a tierra de infieles para ser martirizada ahí y asegurarse la eternidad. Si Cioran queda impresionado por ello, no es en absoluto porque envidie la fe de Santa Teresa, su creencia en el más allá. Si alguna vez existió un ateo, alguien desprovisto de fe en cualquier cosa, ése fue Cioran. Cioran repudiaba incluso la mera idea de eternidad; le parecía una absurda prolongación del sufrimiento, o en el mejor de los casos, un aburrimiento total. Lo que le envidia a Santa Teresa es la precocidad en reconocer la insuficiencia de esta vida y la determinación en buscar una salida digna de ella.
¿Y cómo podría formularse la objeción fundamental que Cioran pone a la vida humana? ¿Para qué esta prisa por abandonarla? Hay diversas formas de explicarlo. Quizá ésta, inspirada en el hinduismo, tan querido por Cioran, pueda ser la más útil: en la vida humana jamás coinciden el ser, la consciencia y la alegría. Basta que nos demos cuenta, por ejemplo, de que cuando gozamos de buena salud no somos conscientes del cuerpo; que cuando somos jóvenes o niños fácilmente nos hallamos alegres, por la ignorancia de los sufrimientos y las derrotas que nos infligirá la vida. La ignorancia es la felicidad. Todas las drogas, toda embriaguez consiste en una especie de olvido. La felicidad, la alegría, consiste en no pensar. En algún punto Cioran dice que se lee no para aprender, sino para olvidar (uno lee como para emborracharse, y en el colmo de la paradoja, se cultiva la filosofía para no pensar). Por la misma razón, se escucha música o se disfruta de las artes: para no tener que vivir la vida real. ¿Qué diríamos de alguien que ha dedicado su vida entera a leer, a estudiar, a cultivar el arte? Posiblemente diríamos que ha tenido una buena vida, pero también podríamos decir que no ha vivido realmente, porque se ha alejado de los sufrimientos cotidianos de una vida no destinada a la contemplación de lo excelente.
Consciencia y felicidad son incompatibles. La vieja verdad lleva a Cioran a envidiar a las plantas, a las piedras. Los seres inanimados existen mejor que nosotros, porque… [Del inconveniente de haber nacido, de 1973; Taurus, Madrid, 1998]
“Un pulgón consciente tendría que arrostrar exactamente las mismas dificultades, el mismo género de insolubles que el hombre.”
Ahora bien: a pesar de todas las maldiciones que Cioran lanza sobre la conciencia, a pesar de proclamar una y mil veces su envidia hacia los monjes budistas, hacia los antiguos anacoretas cristianos y hacia los santos, que hicieron de su vida un intento de renunciar completamente a sí mismos, de llegar a aquello que está más allá de ese maldito yo, Cioran no está dispuesto a renunciar a ella. Renunciar a la conciencia es renunciar al ser, porque existir consiste en, o bien sentir algún tipo de dolor, o simplemente, en la capacidad de decir ‘yo soy’. Por lo menos esa es la manera humana de existir. Pero, ¿quién está dispuesto a renunciar a ser? De Santa Teresa de Jesús, Cioran envidió esa disponibilidad para la renuncia, esa voluntad de aniquilarse. Y no supo ni quiso intentar ese camino, por puro apego a su consciencia, a su capacidad de sentir y analizar sus propias vivencias: por puro apego a su inteligencia. Gracias a ella fue quien fue, un hombre tremendamente lúcido y penetrante, y, no lo olvidemos, un hombre admirado por su lucidez. Nadie puede culparle por no querer renunciar a todo ello. Empezamos a comprender entonces su pesimismo. ¿Cómo no ser pesimista cuando se ha comprendido que la vida, que a través de la sensibilidad y la inteligencia nos hace desear la plenitud, nos impide luego alcanzarla mientras permanezcamos en ella? La vida no da lo que promete. Es un fraude.
La objeción fundamental hacia esta vida es la incompatibilidad entre ser, consciencia y alegría, decíamos. Esta misma objeción se puede formular de la siguiente manera: la vida es un fraude por la ausencia de pureza. La vida, por decirlo así, es un producto adulterado. La pureza es la cualidad de no ser algo compuesto, de ser una sola cosa. Es difícil poner un ejemplo de algo que no existe, pero veamos cómo jamás nadie logra sentir una alegría pura. Siempre que estamos contentos se debe a una causa, se da por una situación que podría no haberse dado. Lo que hace que la alegría se tiña de duda, de incertidumbre: ‘alegrémonos ahora, que mañana moriremos’. Lo que Cioran deseaba (igual que Santa Teresa, pero con menos intensidad o determinación) era vivir incondicionalmente, es decir, sin tener que estar sometido a lo variable. Quizá se comprenda mejor si consideramos lo opuesto a la alegría: la tristeza, las lágrimas. No parece que esté al alcance del ser humano la desgracia absoluta. El ser humano está hecho de tal manera que le resulta muy difícil renunciar a toda esperanza. Por ello le resulta igualmente difícil la aflicción completa. Cioran echaba de menos las lágrimas. Comprender el dolor fundamental de la existencia y no ser capaz de derramar lágrimas por ello le dejaba una molesta sensación de tibieza, y no podía descargar el peso que le oprimía. Lo llamó “el martirio de los ojos secos” [Breviario de podredumbre, de 1949, Taurus, Madrid, 1972]:
“Si cada vez que las penas nos asaltan, tuviéramos la posibilidad de librarnos por el llanto, las enfermedades vagas y la poesía desaparecerían. Pero una reticencia negativa, agravada por la educación, o un funcionamiento defectuoso de las glándulas lacrimales, nos condenan al martirio de los ojos secos. Y además, los gritos, las tempestades de reniegos, la autolaceración y las uñas clavadas en la carne, con las consolaciones de un espectáculo de sangre, no figuran ya entre nuestros procedimientos terapéuticos.”
(Respecto a los procedimientos terapéuticos que Cioran prescribe en esta ocasión cabe decir, no sin algo de malicia, que cualquier pesimista con cierta autoexigencia estaría dispuesto a adoptarlos antes que leer y seguir los tibios y contemporizadores consejos de un libro de autoayuda…) Que Cioran recomiende contra el dolor de cabeza o el malestar inespecífico un buen espectáculo de gladiadores no es más que una humorada de un gusto discutible, pero muy representativa de un autor que se propuso buscar una expresión memorable, y por ello, exagerada, de las ideas. Que estas expresiones no nos hagan perder de vista lo principal: esta vida es un fraude porque en ella no existe alegría pura, ni una pena pura. Fuera quizá, del dolor físico, no hay nada verdadero, ningún sentimiento puro y auténtico. Comprendemos así igualmente en qué consiste la admiración que Santa Teresa despertaba en Cioran ya desde joven: él, como ella, hubiera gritado también gustosamente ‘¡Incondicionalidad!’ en vez de ‘¡Eternidad!’, o más simplemente, ‘¡Pureza!’. Pero jamás pudo o supo hacerlo. Le faltaba aquél “fuego en el alma” que los escritos de la santa todavía transmiten después de cuatrocientos años.
Todos estos planteamientos, quizá objetará el lector, son demasiado radicales. Resulta difícil identificarse con personajes como éstos, con los santos y los ascetas, y con otros personajes igualmente maximalistas, como el propio Cioran, que lo es por lo menos en la expresión lapidaria de sus ideas. El común de la gente no necesita andar gritando ‘¡Eternidad!’ o no desea llorar por comprender la ausencia de pureza. Incluso muchos pensadores han desconfiado de la estrategia de hacer brotar los problemas del hombre de fuentes tan dramáticas y tan sospechosamente próximas a la temática religiosa. Además, todos estos planteamientos parecen alejarse de lo cotidiano.
Pero lo cierto es que el fenómeno del pesimismo nace de la necesidad consciente o inconsciente de perfección.
Quienes se conforman con menos que la perfección no tendrán que cargar con los dilemas a los que Cioran tuvo que hacer frente, ni, en general a los que los autores del siglo XX que se explican en este libro supieron discernir y afrontar. Cioran, en 1987 escribía [Ese maldito yo, Tusquets, Barcelona, 2004]:
“’Habiendo renunciado a la santidad…’
-¡Pensar que he sido capaz de escribir semejante enormidad! Debo sin embargo tener alguna excusa y espero hallarla aún.”
Con ello se confesaba a sí mismo, y a sus lectores una doble verdad, y el origen de todos sus tormentos íntimos: que desde bien joven experimentó una gran lucidez respecto a la inanidad de la condición humana, pero que no supo, o más bien, no quiso, obligarse a andar el camino que la clarividencia muestra: que hay que desear verdaderamente ser nada, dejar atrás los delirios del deseo que nos hace relacionarnos con las cosas como si éstas nos pudieran proporcionar el bien o la pureza; renunciar a todo, incluso a sí mismo.
Ya de mayor, lamentaba no haber sabido tomar ese camino, y sugería entre líneas que a su edad ya había pasado el tiempo de la renuncia. Al final sólo quedaba el apego a sí mismo y la perplejidad de no comprender el porqué de esa negativa a renunciar, dado que toda su vida se había reducido a una obstinada confirmación, penosa y reiterativa, de lo que ya había comprobado desde siempre: que uno no es libre si no abraza el vacío (sus libros, testimonios de esta reiteración de lo ya sabido, con su falta de evolución intelectual, quedan como prueba de todo ello). Este aforismo por sí solo demuestra lo cercano que está el escéptico o el pesimista del santo, figuras en principio contrarias: los primeros, se mueven entre la suspensión del juicio y la negación de cualquier convencimiento. El santo, en cambio, es la figura que afirma radicalmente la existencia del bien, la posibilidad de unir consciencia, existencia y alegría. Si a todo eso añadimos que en la mayoría de las biografías de los santos, como si se tratara ya de un recurso literario del género, casi un tópico, se puede hallar siempre un período, a veces larguísimo, de noche oscura, de abandono, de no saber, la figura de Cioran se nos vuelve diáfana: se trata del hombre que quedó a medio camino. Renunció a los sueños y falsos consuelos que se pueden hallar en esta vida, pero no abrazó el abismo y el vacío que hubieran sido la culminación de esa primera renuncia, y que le habría liberado del dolor de vivir exiliado de un mundo de ilusiones al que ya no podía volver.
Una vez más: quizá no todos se identifiquen con un planteamiento tan radical, y, por ello, no puedan aspirar a esos niveles de pesimismo. Sin embargo hay una verdad universalmente aceptada: hay algo en la vida humana que no funciona (la literatura de autoayuda, por sí sola, constituye prueba suficiente de ello). Hay enfermedades mentales, menos modernas de lo que parecen, pero que solemos atribuir a las formas actuales de vida, como los trastornos alimentarios, que nacen, no sólo del complejo de ser gordo o feo, sino más bien del afán de perfección y pureza: ¿qué otra cosa hace una muchachita perfeccionista cuando se priva de la bajeza del alimento hasta que se convierte en un fantasma descarnado? ¿Y cuántas terapias alternativas no son más que ritos de una imposible purificación? Cuando uno hace una cura dietética, y pasa semanas sin comer, sólo bebiendo savia de árbol mezclada con agua de mineralización débil, está expresando a las claras que está harto de la impureza del alimento y de la vida. Se dirá a sí mismo “esto me irá muy bien para eliminar toxinas”, teniendo una idea muy vaga de lo que éstas puedan ser (mejor): en realidad está deseando una separación más clara entre el bien y el mal, aquello que los alimentos más habituales no nos proporcionan: lo que es bueno para algo es malo para otra cosa. Pero la vida es tóxica. Es un vapor acuoso, una mezcla de toda clase de impurezas que se instalan en la carne: uno quiere tener la sensación que se libra de ello. Otras dietas, las que separan alimentos y permiten ingerir sólo una clase de nutrientes son igualmente una muestra diáfana de la necesidad de pureza: los cambios fisiológicos que un régimen tan drástico tienen por necesidad que producir en el cuerpo son tomados como síntoma y muestra de una liberación de lo impuro. El vegetarianismo neurótico de nuestros contemporáneos (como el del dictador Adolf Hitler, por cierto, y no como el tradicional del hinduismo: su inercia y su raigambre merecen un respeto especial, además de ser, confesadamente, una busca de la perfección espiritual), la obsesión por los alimentos biológicos y libres de pesticidas, libres de antibióticos, libres de la infelicidad de los animales estabulados, que mágicamente, se ha pegado a sus carnes, son otro tanto y más de lo mismo. Todo es un esfuerzo vano y responde a la falta de lucidez. El mismo Cioran dijo (en Ese maldito yo) que la pureza era incompatible con el aliento. Puede que sólo esté al alcance de los santos y de los lactantes. Y, desde luego, no parece que nadie vaya a alcanzarla a base de hacer experimentos con la comida.
Con el anterior planteamiento inicial hemos pretendido señalar la raíz del pesimismo, que es la insatisfacción derivada de comprender que al nacer se nos da la vida, pero se nos priva del bien, de lo incondicional. Pero el pesimismo es un árbol con tronco y numerosas ramas. Sólo en lo que resta de éste capítulo seguiremos rebuscando en las raíces y sólo en el último volveremos a ellas. En los siguientes, indagaremos qué otros aspectos ha tenido el pesimismo contemporáneo y cómo podemos extraer de ellos algunas enseñanzas para una vida que ya no podremos calificar de mejor: lo más probable es que cuanto más conscientes seamos, más nos alejemos de la alegría.
II. La vida como simulacro o el timo vital
Cioran no fue el primer pensador en presentar la existencia humana como algo defectuoso. En realidad, por mucho que se insista en lo negro de sus planteamientos, Cioran se queda corto en explicar hasta qué punto las cosas carecen de valor. Veamos este aforismo y comparémoslo con un planteamiento de otro pensador del siglo IV a. C. Escribió una vez Cioran [Del inconveniente de haber nacido, de 1973, publicado en Taurus, Madrid, 1998]:
“Están filmando: la misma escena se vuelve a empezar varias veces. Un transeúnte, seguramente provinciano, no sale de su asombro: ‘Después de esto, nunca más iré al cine’.
Se podría reaccionar de la misma manera frente a cualquier cosa cuyo secreto se haya penetrado. Sin embargo, por una obnubilación prodigiosa, los ginecólogos se encaprichan de sus clientes, los sepultureros engendran niños, los incurables hacen abundantes proyectos, los escépticos escriben…”
Parece casual que Cioran recurra al cine para exponer de nuevo la idea: la vida es una simulación, nada es auténtico, nada contiene el bien o la realidad que parece contener. Platón, en el siglo IV a.C., describió también el timo vital en unos términos no menos radicales e igualmente cinematográficos. Según él, como es sabido, las personas vivimos en realidad encadenadas desde el nacimiento en el fondo de una caverna. Vivimos de espaldas y muy alejados de la entrada y ninguna luz natural nos llega. Y ni siquiera sospechamos nuestro cautiverio: nuestra condición innata son las cadenas y las tinieblas. Nuestros ojos están eternamente fijados en la pared del fondo, en la que unos hombres manipuladores proyectan las sombras de ciertos títeres que ellos manejan delante de un fuego situado un poco más arriba de nuestras cabezas. A esas sombras, a esta película anterior a toda película, como era de esperar, la llamamos lo real.
Dice la alegoría platónica que a uno de los prisioneros se le hacen saltar las cadenas y se le obliga a salir. Todo ello para su sorpresa y espanto, claro está, puesto que no era consciente de su cautiverio, y a nadie le gusta avanzar hacia lo desconocido. Al salir va quedando cegado por la luz que invade sus ojos poco avezados. Pero al tiempo, y ya en el exterior, puede distinguir lo que le rodea: reconoce en plenitud cada objeto que antes sólo había visto en sombras. Al volver para contarlo a todo el mundo, no recibe más que incomprensión y rechazo, y por su perseverancia en mantener el relato que los demás no quieren escuchar −demasiado perturbador y demasiado lleno de consecuencias para darle la razón− deciden matarlo.
Platón usa este relato para apoyar la teoría que dice que hay dos mundos en realidad, que se corresponden con el interior y el exterior de la caverna. Sólo el mundo inteligible −el que no se capta por los sentidos− merece ser calificado como real: el mundo presente, en el que nos encontramos, sólo está hecho de sombras. Es sin duda una idea chocante, que nos recuerda demasiado a lo que el posterior cristianismo delimitó como la Tierra y el Cielo, lo temporal y lo eterno. Pero ésa no es en absoluto la lectura que debemos hacer. La interpretación que nos interesa es la que hubiera hecho Cioran o cualquier otro pesimista: nuestro mundo presente es, sin ningún matiz ni sombra de duda, lo único real. No existe otra realidad que ésta que nos rodea. Sin embargo, en términos de valor, nuestro mundo, nuestra realidad, es una pura sombra.
Para lograr ver la inanidad de lo que nos rodea, su falta de valor, es necesaria una lucidez que sólo en algunos momentos llegamos a tener y que, en general, rechazamos, porque no nos ayuda a vivir. Es de lo que habla Cioran al referirse al ginecólogo, quien, a pesar de acceder diariamente a la intimidad física del cuerpo de las mujeres, sigue apegado al supuesto encanto de la feminidad; de esa lucidez carece igualmente el sepulturero, quien a pesar de tener que manejar la podredumbre de los cuerpos sepultos casi a diario –cuando se necesita espacio para los muertos más frescos– decide engendrar futuros cadáveres; Cioran se queja de sí mismo, cuando, como escéptico, se da cuenta de su incoherencia al escribir un libro más. Cualquiera de nosotros ve y no ve estas contradicciones. Nunca dejamos que el pensamiento de la inanidad de la vida humana invada por completo nuestro espíritu.
Comprendemos y simpatizamos además ahora con el filósofo rumano: si desde la adolescencia uno no puede abandonar la idea de que lo que parece tener valor en realidad no lo tiene –sin poder sumergirse en el sueño, que, con sus lícitos delirios es lo que pone fin a la lucidez y trae las ilusiones de una nueva mañana–, ha de acabar como Cioran: viviendo sin poderse comprometer con ninguna causa, sin trabajo, sin familia, sin ganas de volver a su tierra natal ni ganas de quedarse, desarraigado de todo excepto de la escritura que, por un lado, resulta lo único que hace disminuir el dolor, y, por otro, resulta lo único que uno sabe hacer –en su caso. Sin ilusión (o engaño) no es posible emprender ninguna tarea.
Todos, decíamos, tenemos muy de vez en cuando, y aunque sea muy fugazmente, la experiencia de que lo que amamos, en realidad, no es ni puede ser tan valioso. Pero casi luchamos contra ese tipo de lucidez. Tomemos el amor, por ejemplo. A los enamorados, por un lado, y a una madre dedicada a su hijo, por otro, les resulta imposible admitir que el objeto de su amor es alguien como cualquier otro. Amar es engañarse respecto la intercambiabilidad de los seres humanos (algo, que, por otro lado afirmamos con orgullo al proclamar la igualdad de todos los hombres, y el respeto debido a todos). Si un enamorado considera a su enamorada como una mujer entre otras, se puede certificar ipso facto el final del amor. El apego de una madre suele ser tan fuerte que jamás se llega a dicha intercambiabilidad. Dicho de otro modo: amar a todo el mundo es lo mismo que no amar a nadie, porque amar es creer que algo o alguien tiene valor –es decir, más valor que los iguales. En definitiva, el amor nos ciega a la realidad. El amor, lo supuestamente más valioso de la existencia humana, nos ahorra la lucidez –¿será por eso que todo el mundo lo busca? En general todas nuestras actividades, trabajo, juego, amor, entretenimientos son sólo estrategias para escapar del vacío de la lucidez.
Platón, en su alegoría, pone un curioso y poco citado ejemplo de este tipo de lucidez que rechazamos. Cuenta que, entre los prisioneros, se suelen dar premios a aquél que muestre mayor sabiduría, es decir, a aquel que sepa adivinar antes qué son las sombras que van apareciendo, cuál de ellas será la próxima; igualmente se premia a aquél que sepa recordar qué otras sombras fueron apareciendo a lo largo de los años. Es el prisionero liberado el que, en el exterior de la cueva, recuerda cómo sus conciudadanos se daban estos premios entre sí, con qué pompa y solemnidad hablaban de los temas que creían dominar, qué prestigio tenía su sabiduría. Una imagen que contrasta con la de Cioran rechazando premios literarios, una imagen que resulta familiar a cualquiera que haya asistido a nuestras presentaciones de libros, a nuestras clases en la universidad y a nuestras veladas literarias: hombres en el fondo vulgares, indistinguibles del resto, que se creen poco menos que dioses en su sabiduría infinita. El prisionero, lleno de piedad, quiere apresurarse a despertarles de sus delirios de grandeza. No es extraño que al final lo maten. Platón está diciendo en definitiva que se pueden conocer muchas cosas, pero que se está actuando como un imbécil, que se está haciendo un ridículo cósmico, mientras se ignore lo más esencial: que uno está encadenado en el fondo de una cueva, y que todo lo que va a conocer, mientras no escape, van a ser sombras, irrealidades: objetos carentes de valor.
(Y todavía podríamos añadir: Cioran es el prisionero que fue liberado de las cadenas, y que fue conducido al exterior pero sólo hasta aquel punto en el que la luz comenzaba a adivinarse. Pero este prisionero en concreto tuvo miedo de lo que empezó a intuir, miedo a la enormidad de lo desconocido que se abría ante sus pasos. Por ello, decidió volver junto a sus compañeros de cautiverio. Incapaz ahora de participar más en sus juegos y adivinanzas, plenamente consciente de encontrarse en un mundo de puras sombras, le faltó el fuego interior y, por lo tanto, la convicción exterior para intentar convencer a nadie. Cuando los demás prisioneros leyeron sus escritos, intentaron darle premios para integrarle y domesticarlo. Y en eso reside lo trágico de su figura: el prisionero decidió conformarse con una situación de semi-consciencia y semi-libertad: decidió quedarse en aquel lugar al que ya no pertenecía. La tragedia vital que el mismo Cioran se confesaba: haber renunciado a la santidad.)
III. El rey está desnudo
Exactamente como en el cuento popular, una verdad que está profundamente velada, es la radical desnudez del ser humano. Cioran dedicó aforismos dispersos en su obra, y un capítulo entero de El aciago demiurgo (1969) al tema del esqueleto humano, o al hombre como esqueleto: de lo superfluo de la carne. La permanente risa de la calavera, con ese aspecto siniestro y torturado, pero a la vez extrañamente risueño y burlón, le inquietaba profundamente. No es sólo que la calavera simbolice la muerte y, por ello, la inutilidad última de todos nuestros propósitos cotidianos. Es que parece que haga una burla de todos los asuntos en los que, en el fondo gustosamente, andamos ahogados en el día a día [El aciago demiurgo, Taurus, 2000]:
“Un cráneo expuesto en una vitrina es ya un desafío; un esqueleto entero, un escándalo. ¿Cómo el pobre transeúnte, aunque sólo le eche una mirada furtiva, se dedicará luego a sus tareas? ¿Y con qué ánimo irá el enamorado a su cita?
Con mayor motivo, una observación prolongada de nuestra última metamorfosis no podrá más que disuadir deseos y delirios.
…De ahí que, alejándome de aquel escaparate, no pudiera sino maldecir semejante horror vertical y su sarcástica sonrisa ininterrumpida”
En efecto: la calavera se ríe de nosotros y de nuestros afanes. Y nos resulta inquietante porque nos reconocemos en ella, porque sabemos que constituirá nuestra última metamorfosis. En el fondo no somos más que un esqueleto. Una meditación parecida puede hacerse ante la sección de charcutería de los supermercados. Aquél que se sienta abrumado por el peso de sus quehaceres y angustias, que se plante ante los bloques de carne reconstituida: cuando sostenga en sus manos un salami de dos quilos, embutido a presión en un grueso plástico y firmemente atado por una pequeña anilla metálica en cada extremo, que piense que, en realidad, no hay una diferencia sustancial entre él mismo y ese frío salchichón que sostiene. El cuerpo no es más que un conjunto de tejidos, que podrían ser reducidos a un fiambre como se hace en la industria de la carne.
Una vez más: a quien no se identifica con el pesimismo, tales imágenes le parecerán vanas e inútiles. ¿Qué provecho puede sacar nadie de saber que es un pedazo complejo y bien organizado de chopped? ¿Para qué íbamos a perder un solo minuto con una idea tan inoperante? Sin embargo, para quien haya sentido alguna vez, aunque fuera veladamente, la intuición de que la vida es una carrera absurda, y el hombre nada más que un trozo de carne, hallará en estas imágenes cierto consuelo pasado el susto inicial. Y en todo caso, si llega a convertirse en un maestro del pesimismo, como el mismo Cioran, será inmune a los desengaños de todo tipo que la vida nos tenga preparados. Porque, cuando uno sabe que no se es más que un bloque de carne, ¿puede sorprenderse ante la enfermedad? ¿Puede sentirse horrorizado por la mezquindad humana? ¿Le pillará desprevenido que el dolor le venga incluso de sus seres queridos, de aquellos que no deberían traicionarle? La contemplación de un frankfurt, si se sabe cómo, puede curar más enfermedades y dolores del alma que muchos libros de autoayuda.
Pero tendemos a vivir de espaldas a estas visiones deprimentes. No creemos en su potencial liberador. Tales doctrinas nos parecen una burla o una mera provocación; no sabemos ver en ellas su capacidad de relativizar que, como una calavera burlona, nos permitirían reírnos tanto de nuestros fracasos como de nuestros éxitos. Muy al contrario: huimos de nuestra desnudez, tapamos nuestras vergüenzas. Corremos en pos del éxito profesional y social, intentamos parecernos a nuestros modelos. No sabemos soportar el mínimo dolor: nuestra vida está llena de analgésicos de todo tipo −la literatura de autoayuda no es más que un gran analgésico para la existencia. Vivimos tan olvidados de nuestra desnudez que casi somos incapaces de ver que la imperfección y el sufrimiento son inherentes a la condición humana.
IV. Nuevos formatos para viejas ideas
De la misma manera que encontramos en Platón un precedente de la contemplación del mundo como algo irreal, debemos también recurrir a él para hallar el precedente más remoto del hombre como esqueleto que obsesionaba a Cioran. En el mismo libro de La República, donde Platón dejo por escrito el mito de la caverna, hallamos el episodio que se suele llamar el Justo. Todo el libro trata de la idea de justicia: sobre cómo conseguir esta virtud para el individuo y para la sociedad. Uno de los interlocutores de Sócrates propone una dificultad que parece insuperable en vistas a discernir qué es la justicia: que ella se confunde necesariamente con la apariencia de justicia. El hombre injusto tratará de cometer sus fechorías pasando inadvertido, porque si se dejara pillar no sería un verdadero hombre malo. El verdadero hombre injusto es el que nunca es castigado. Por otro lado, si un hombre justo adquiere la fama que le corresponde, ¿habrá alguna manera de saber que su justicia no es fingida, el producto de querer tener buena fama? Proponen una solución radical y expeditiva: quitarle toda la fama de justicia, darle la reputación contraria. Hay que despojarle de todo excepto de la justicia, esperando que llegue al final de su vida imperturbable, sin haberse dejado influir por su mala fama. Y al final, flagelarlo, torturarlo, encarcelarlo, quemarle los ojos, hacerle padecer toda clase de males y empalarlo. Sólo si no se traiciona, podremos considerarlo verdaderamente justo. Es decir: el destino del hombre justo es la muerte violenta, y el del injusto, la fama y el éxito. El hombre que no miente está completamente despojado de poder. Sobre el vestido, la carne que recubre los huesos y en la buena apariencia habrá siempre una sombra de sospecha.
Sin embargo, puede que la cultura popular de finales del siglo XX y principios del siglo XXI esté re-descubriendo este tipo de verdades, en particular la que dice que el ser humano es un ser inerme, que por mucho que se recubra con una capa social de prestigio, o se rodee de la última tecnología, es débil y está constantemente amenazado por la muerte. Es sin duda una lección aprendida tras los desastres del siglo XX y que nos gusta recordar periódicamente.
Se podría diseñar un ciclo de cine-fórum, como los de antes, que se titulara algo así como “El hombre como ser inerme”. El primer filme de la lista sería Náufrago (Cast Away, Robert Zemeckis, 2000). ¿Qué pasaría si un contemporáneo nuestro sobreviviera a un accidente aéreo y lograra llegar con vida a una inhóspita isla del Pacífico? ¿Cómo se las arreglaría un hombre solo para vivir sin tecnología y sin nadie a quien recurrir? El filme es recordado por las distintas agonías por las que pasa el protagonista: por la de tener que ir descalzo, por la de intentar hacer fuego, por la de abrir un coco sin herramientas, por la de intentar pescar algo, por la de tener un diente cariado y tener que arrancárselo de cualquier manera. El film fue también ampliamente celebrado por la relación que establece el protagonista con otro superviviente: un balón de voleibol, al que pinta ojos y boca, y con el que mantiene largos diálogos unilaterales llamándole por el nombre de su marca, Wilson. Uno de los momentos cumbre del filme: cuando habiendo por fin nuestro náufrago conseguido lo necesario para construir una balsa y huir de su cautiverio, pierde la pelota tras días interminables de ir a la deriva: el náufrago se desespera al ver a Wilson alejarse en medio de las olas, le llama y le pide disculpas; llora desconsoladamente cuando la pérdida ya no tiene remedio. El espectador medio, sobrecogido por la intensidad de sus aventuras, llora también estúpidamente ante una escena de tan alto patetismo. Típica secuencia que se mueve entre la fina línea que separa lo sublime de lo ridículo, y que ha sido parodiada en ocasiones en otros filmes posteriores (probando, con ello, su influencia).
¿Quién recuerda lo que era tener que pasar un dolor de muelas sin poder tomar una aspirina, o arrancarse un diente sin ninguna anestesia? Para el espectador medio de cualquier país desarrollado, es algo que sólo puede causar horror. Muy posiblemente, para los espectadores de países sin un sistema sanitario avanzado, el dolor de muelas tiene que ser algo sin duda desagradable pero tan cotidiano que jamás podría dar lugar a la admiración y compasión que uno debe sentir por el héroe épico. Moraleja involuntaria de la película: vivimos en circunstancias desnaturalizadas, en las que hemos logrado que los problemas de nuestra supervivencia se solucionen pulsando botones, y ello es ideal, porque el ser humano es un ser desnudo, delgado y maloliente, cuya visión sólo logramos soportar cuando está enmarcada en una historia de ficción y servida por nuestro actor favorito.
(La industria hollywoodiense es incapaz de hacer una película sin una moraleja edificante: necesita que el protagonista aprenda algo de sus peripecias. La moraleja oficial de la película viene en otra secuencia −el lector que no quiera que le arruinen el final de la película hará bien en saltarse este párrafo, porque para lo que queremos contar en este libro, necesitamos revelar el final. Cuando el protagonista ha logrado regresar a la civilización y cuenta los detalles de su peripecia a los amigos, explica que, en su cautiverio, habiendo llegado a un punto de desesperación, había decidido suicidarse. El único árbol apto para ahorcarse no pasó la prueba que él mismo llevó a cabo con un tronco que le sirvió de muñeco de ensayo: el árbol no resistió el peso del tronco-muñeco y se quebró. Comprendió entonces el protagonista que no tenía ninguna autoridad sobre la isla, que no había nada que hacer: ni siquiera podía decidir el momento y las circunstancias de su muerte. Con ello, renunció interiormente al control sobre sí mismo y sobre lo que le rodeaba, y sintió al instante una cálida sensación interna de reconciliación y consuelo. Lo dicho: la industria norteamericana no puede hacer un producto que no sea edificante, especialmente para el público que, con todo el derecho del mundo, sólo busca evadirse en la sala de cine. En este caso, la moraleja para el ciudadano estresado sería que hay que dejar de querer controlarlo todo, y dejarse llevar. Conclusión soft-core en perfecta consonancia con la literatura de autoayuda.)
La visión del hombre como un ser desnudo e inerme, su desamparo esencial, está presente también en los siguientes films de este ciclo improvisado. En él deberíamos incluir tanto las películas de monstruos, como las del fin del mundo o las de zombies.
28 días después (Twenty eight days later, Danny Boyle, 2002), que en realidad fue el filme que volvió a poner de moda a los muertos vivientes, aportó algunas innovaciones respecto a las décadas anteriores: aquí los zombies eran infectados, no muertos vivientes (la ausencia de esta matización, que no tiene en realidad la más mínima importancia, podría causar bastante escándalo un ciertos corrillos); igualmente, mientras que los zombies tradicionales andaban rígidos y lentos, en éste caso, los infectados eran rápidos, gritones y mucho más letales. Por lo demás, el filme era sobrecogedor por mostrar la soledad del protagonista, que, al principio de la película, despierta en un hospital y camina solo por un Londres deshabitado. Nada traduce mejor el desamparo que las grandes metrópolis con un solo habitante.
Las películas de zombies parecen competir entre sí en economía de medios narrativos para mostrar cómo se desarrolla el apocalipsis, es decir, la fulminante deshumanización de la humanidad; todas buscan combinar lo alusivo con lo explícito para sorprender al espectador. En general se juega a que el público va un paso por delante de los personajes, que no anticipan nada de lo que va a suceder, lo que aumenta enormemente el dramatismo. El amanecer de los muertos (Dawn of the dead, Zack Snyder, 2004) destaca por tener una secuencia inicial especialmente rumbosa, centrada en una enfermera que ve los efectos de la plaga en el hospital, y luego desde el coche huyendo ya de su casa infectada. El filme se desarrolla en el interior del un mall, un centro comercial de una ciudad de Estados Unidos, en el que los protagonistas están atrapados. La película parece arrancar de esta idea simple, de cómo debe de ser quedarse encerrado en unos grandes almacenes en los que, en principio, uno puede encontrar todo lo que necesita: todo el mundo ha pensado alguna vez que le encantaría poseer todo lo que se ve en estos lugares −una idea estúpida, según la trama del film acaba mostrando. Se trata de un remake de la película de 1978, dirigida por el creador del género George A. Romero. El director, el debutante Zack Snyder, cosechó buenas críticas por su saber hacer (ciertamente, la película tiene un montaje impresionante), y le abrió las puertas a posteriores producciones, igualmente comerciales y espectaculares. Es una constante del género que cada nuevo director intente innovar en algún detalle: Snyder introdujo un recién nacido zombificado.
Hay que hacer una mención especial a A ciegas (Blindness, Fernando Meirelles, 2008), por no ser un producto enteramente popular, sino tener un pie en la literatura culta (el autor de la novela original, Ensayo sobre la ceguera, no es otro que José Saramago, premio Nobel de Literatura en 1998). De nuevo el fin de la civilización, y esta vez por una extraña ceguera que se contagia a todo el mundo provocando el colapso total. La novela resulta durísima de leer, porque Saramago no escatima ningún horror concebible. Como puede imaginarse el lector, el libro está lleno de mugre y suciedad, de abandono, de hambre y de abusos de todo tipo. El hecho de que uno de los personajes, quizá el principal, haya conservado inexplicablemente la vista, no ahorra ninguna experiencia traumática a ninguno de ellos. En el país de los ciegos, el que ve no es el rey, sino que tiende a ir a parar a la cárcel, como en la caverna platónica. Su traslación cinematográfica resultó algo decepcionante: era difícil estar a la altura de una novela que, como forma artística, permite al autor mostrar desde dentro de la consciencia del personaje; en este caso, cómo puede ser estar ciego. Es una limitación que acaba siendo insuperable para un arte visual como el cine. Por razones obvias, una pantalla completamente blanca no resulta demasiado expresiva, mientras que una ceguera descrita con las palabras justas conmueve necesariamente al lector. Así, a ratos, el film resulta algo así como una película de zombies en la que todos son zombies, gente deambulando en busca de comida, pero sin que pase verdaderamente nada. Algo que, por cierto, el director aseguraba haber intentado evitar.
Sea como fuere, si el filme merece un comentario más largo es por la habilidad de Saramago en ir deslizando la trama hacia el más insoportable horror de manera sutil y ordenada, de forma que lo que habría que evitar a toda costa se torne precisamente inevitable, casi lógico. Tras un tiempo de reclusión en un antiguo manicomio, al que han sido confinados por el gobierno a modo de cuarentena, el grupito protagonista deja de recibir la comida que los soldados que los vigilaban habían ido dejando a su alcance puntualmente. Resultaba que otro grupo, de otra sala, había decidido quedarse con toda y repartirla sólo según sus términos: querían violar a las mujeres de cada sala a cambio del alimento. Dicho así suena tremendamente gratuito y absurdo. La magia de Saramago consiste en saber dotar a los acontecimientos de la gradualidad necesaria. Tras una imposible deliberación, que a pesar de todo se lleva a cabo, las mujeres deciden caminar hacia sus verdugos para evitar morir de hambre. ¿Cuál es la razón de esta sinrazón? ¿Por qué los hombres de cierta sala son capaces de abusar de esta manera de una situación de las que también son víctimas? No se trata sólo de ilustrar la idea de que en situaciones extremas (ante la falta de alimento, sin ir más lejos) los lazos humanos se rompen, como si éstos fueran solo un pálido barniz aplicado sobre un tejido semi-oculto de salvajismo. Tampoco se trata de hablar de la supuesta maldad innata de los seres humanos. Se trata de explicar qué hace el desamparo sobre la psicología de las personas. Y es lo siguiente: ante el desamparo, se busca el poder. El poder es el antídoto a nuestra situación cero, nuestro desamparo inicial del que en el fondo, jamás salimos. A través de la perversión de hacer sufrir a los demás, o, como mínimo de decidir sobre ellos, de conseguir que nos obedezcan, logramos olvidarnos de nuestra propia impotencia. Y no hay nadie hay más desamparado que un ciego. Dedicaremos el próximo capítulo a profundizar sobre la cuestión de la búsqueda del poder como respuesta al desamparo.
La Niebla (The Mist, Frank Darabond, 2007, autor, entre otras producciones, de una serie de televisión sobre zombies llamada The Walkind Dead, que empezó a emitirse en 2010) presenta una variante curiosa del hombre como ser inerme, especialmente sorprendente para el espectador europeo, siempre fascinado por ciertas manifestaciones de la tradición estadounidense que le resultan extrañas. Se trata de las formas de fanatismo religioso propias de esas latitudes.
En este film, un grupo heterogéneo de paisanos se quedan atrapados en un supermercado, al que han ido a buscar suministros tras una tormenta. En el exterior, una espesísima niebla lo ha invadido todo hasta dejarlos completamente incomunicados. Como en el cine de terror más clásico, resulta que hay algo ahí fuera que devuelve hecho pedacitos a todo el que pretende adentrarse en la nube blanca. Se trata de unos monstruos surgidos no se sabe de dónde (hacia la mitad sí se sabe, pero qué más da) que lo han invadido todo. Monstruos enormes, hambrientos y sanguinarios. No hay escapatoria, no hay ninguna explicación. Por la noche, algunas de esas criaturas, una especie de enormes bichos voladores, entran a sembrar el pánico entre los indefensos humanos. Una mujer, fanática religiosa que ha estado predicando la llegada del fin del mundo, se salva inexplicablemente de su ataque cuando se pone a rezar devotamente en medio del desastre. Ello le hace ganar credibilidad entre los supervivientes: pronto empiezan los actos públicos de arrepentimiento. Es ahí cuando la película empieza a dar miedo de verdad −gracias en buena parte al impresionante trabajo de la actriz que incorpora al personaje. Tan pronto como un soldado, de una base cercana, explique que han sido ellos, los militares, quienes con sus experimentos han desatado el desastre, se empezarán a señalar chivos expiatorios y a llevarse a cabo sacrificios humanos. La situación es peor dentro que fuera del supermercado; el grupito protagonista decide arriesgarse a salir...
En todos estos productos de la industria cinematográfica se han ido poniendo ante los ojos del espectador, una y otra vez, la idea de que, si se levanta la leve capa de civilización que nos recubre, si tuviéramos que enfrentarnos a aquello que no podemos controlar y que amenaza con destruirnos, volveríamos al caos y el salvajismo, como el que se vivió en las guerras del siglo pasado. Eso en una primera lectura, que ciertamente, ya se encontraba en algunas novelas de posguerra del siglo XX, como El Señor de las Moscas (Lord of the Flies, William Golding, 1954) o La peste (La peste, Albert Camus, 1947). Pero todavía más allá: el hombre, en el fondo, parece afirmarse, está siempre desprotegido. Si los lazos que nos unen pueden desaparecer con tanta facilidad ante el desastre, como invariablemente sucede en estas películas, entonces es que en realidad, cada uno está solo y desarmado. Todo nuestro mundo es una pura sombra. Todo puede desvanecerse como en un sueño. Es como si −y esto, claro está, es pura especulación− todos los desastres del siglo XX hubieran dejado como herencia en occidente la idea de que las civilizaciones son leves como una pluma, y que el más ligero viento las puede hacer tambalearse y desaparecer. Porque, al fin y al cabo, que en los años de la Guerra Fría, con la paranoia anticomunista y la amenaza nuclear, hubiera películas sobre marcianos y sobre el desastre atómico resultaba de lo más comprensible. Pero, ¿qué guerra amenaza con destruir occidente ahora? ¿Cuál es el enemigo que acabará con nuestra civilización? No hay un enemigo tan poderoso a la vista. Hay que recurrir a la naturaleza desbocada, a los microbios, a los zombies o a una combinación de todos ellos. De los que se trata es de recordarnos continuamente que el hombre está desamparado, porque la civilización que le protege puede desvanecerse en un instante.
El género zombie, además, aporta otros elementos a nuestra argumentación. ¿Qué hace que estos monstruos en particular todavía nos den miedo? Ni el vampiro, ni el hombre lobo, ni el monstruo de Frankenstein gozan de tan buena salud cinematográfica como los muertos vivientes. La forma de presentarles ha ido evolucionando: desde los primeros de los años sesenta, que eran más fantasmagóricos que carnales, hasta los zombies gore ochenteros, con su carnalidad y su podredumbre, hasta los más recientes, que son cada vez más inteligentes y atléticos, solitarios en algunos casos, gregarios en otros, y que ya no tienen nada que ver con un muertos escarbando hacia fuera desde el interior de su tumba. ¿Qué evolución han sufrido en realidad? Que cada vez se parecen más a los humanos, a las personas normales. Lo que todo ello significa, es que, probablemente, desde el principio el elemento más aterrador de los muertos vivientes es su humanidad deshumanizada. En ellos se ha operado la pérdida de algún elemento innombrable que nos hace sentir compasión y reconocerles como semejantes. Escena clásica del género: un familiar ha sido infectado y no tardará en convertirse en zombie. Los demás supervivientes tienen que decidir si le matan cuando todavía tiene aspecto humano (lo que, generalmente, resulta muy difícil a los personajes, aunque el infectado insista) o si se esperan a que pierda su humanidad.
Qué sea lo que nos hace humanos es algo que escapa al asunto de este libro, pero en pocas manifestaciones del arte más culto y elitista se logra representar de manera tan eficaz el paso de la humanidad a la inhumanidad como en la trasformación zombie. Lo que también está claro es que los sentimientos que acompañan a la trasformación son dos únicamente: pasamos de la compasión a la repulsión más profunda. Por eso en las películas paródicas del género zombie, o en los momentos en que las películas serias se autoparodian, siempre hay un más difícil todavía en la forma de eliminar a los muertos vivientes. A lo repulsivo, que siempre es anónimo, se lo elimina en masa y sin compasión. En fin: que los zombies sean aquello con los que pasamos de la compasión al sadismo más deshumanizado (porque a los zombies se les mata sin verdadero odio y buscando la creatividad y el espectáculo) nos dice mucho sobre nuestra relación con el ser humano deshumanizado, con el cadáver: debemos apartar el esqueleto de nuestra vista, la podredumbre debe estar bajo tierra. Los zombies son nuestro horror vertical del que hablaba Cioran, la versión más moderna de aquello que querríamos ocultar siempre. Es por ello que todavía nos dan miedo: porque los zombies, en realidad, somos nosotros, o, como mínimo, nuestra última metamorfosis, la que aparece cuando se han quitado las capas de carne que la cultura y la civilización han colocado alrededor de nuestros huesos, para ocultar un desamparo total que nos aterroriza.
Habremos de reencontrarnos con el hombre desamparado en más de una ocasión a lo largo de este libro. El siglo XX, con sus guerras y masacres, brindó numerosas ocasiones para hacer surgir esta figura, y no precisamente en el terreno de la ficción. Volvamos ahora a la temática de nuestro primer epígrafe.
V. Sin embargo, algo habrá que podamos hacer
¿Qué es un pesimista, al fin y al cabo? Alguien que ha alcanzado un grado de lucidez sobre la falta de valor, lo absurdo de la existencia, y no ha querido expulsar esa idea de la consciencia, no ha querido huir de ella, sino explorarla a fondo. Detenerse en ello, sin embargo suele inhabilitar para la acción. Cioran, por ejemplo, afirmó que sólo aspiraba a vivir en París y a no hacer nada (a escuchar a Bach como mucho). Pero, ¿es la inacción la única respuesta posible cuando sobreviene la lucidez que dice que vivimos en un mundo de sombras, carente de valor? El primer (en todos los sentidos) especialista español en Cioran, el filósofo Fernando Savater, lanzaba la siguiente acusación en un libro en el que se entrevistaba a personas cercanas al escritor rumano [Carlos Cañeque y Maite Grau, Cioran: el pesimista seductor, Barcelona, Sirpus, 2007]:
“El pesimista, el que cree que las cosas no tienen por qué ir bien, no se desespera. En el fondo es aquél que defiende las cosas buenas que hay, porque sabe que son improbables. Al optimista, sobre todo al optimista contrariado, nada le parece bueno”.
Para él, Cioran era un optimista contrariado. Y esto es una acusación muy seria. Se podría interpretar que toda la obra de Cioran no es más que una rabieta de niño respondón, que dedica su vida a refinar la expresión de sus frustraciones en una prosa cada vez más afilada, pero que, en realidad, se va a limitar a quedarse sentado a que alguien le solucione la papeleta o le dé lo que quiere. ¿No será, en cambio, un verdadero signo de desesperación el asumir plenamente la ausencia de bien que se da en el mundo, la ausencia de bien puro, y a pesar de todo, levantarse y caminar, penar en el vacío? Cioran aseguraba haber cometido todos los crímenes (seguramente imaginarios) excepto el de haber sido padre. ¿No es un gesto verdaderamente pesimista ser consciente de qué es ser padre, y, a pesar de ello, serlo, sin condenarse a la esterilidad que Cioran tenía por un mérito? Y así con cualquier acto de los que se consideran propios del hombre común: saber de la inutilidad de la vida en pareja y casarse, de la nimiedad de escribir un libro y, a pesar de ello, hacerlo... Todo con el espíritu del que sabe que vive en un mundo de sombras, y que sólo hace lo que hace porque espera algún día despertar, y porque para él la inacción resultaría un postura infantil y en el fondo, no plenamente desengañada.
La metáfora de la caverna platónica no tiene que ver con lugares físicos, sino únicamente con el conocimiento: la diferencia entre el protagonista y los demás está en lo que él sabe. ¿No tratará la vida, entonces, de exponerse hasta el final a todas sus posibilidades, de desenmascarar todas sus sombras, de recorrer un camino de mayor consciencia aunque ello comporte una mayor infelicidad? ¿Cuándo se sabe que el camino es oscuro, sino cuando se le ha recorrido entero? ¿No dice la alegoría de Platón que hay que andar al fin y al cabo? Quedarse a un lado de la vida, rumiando las propias amarguras, ¿no será la manera más eficaz de no librarse jamás de ese maldito yo? No cabe, pues, como hizo Cioran, sentarse al borde del camino, con los brazos cruzados, el mentón hundido en el pecho, y la frente arrugada, a esperar que la vida nos quite de en medio. Se trata de una postura que tiene algo de abuso de lo estético, algo así como estar enamorado de lo delicado de la propia alma y preferir su dolor, que es artísticamente productivo, a una vida más comprometida pero algo más estéril y indiferenciada: estéril por lo que respecta a lo filosófico, puesto que no hay tiempo de sentarse a pulir aforismos cuando uno está ahogado en las tareas anodinas de lo cotidiano, y indiferenciada, puesto que vivir significa en realidad salir de la torre marfil y perderse entre las masas.
En su anhelo de pureza, Cioran renunció a ensuciarse las manos, e indirectamente, esperaba en el fondo que su propia desesperación le obligara a abrazar un vacío redentor −aunque en el momento de la verdad, algo le detuviera. En el fondo aspiraba a la completa desesperación. Pero, ¿cómo va alguien a desesperar si no compromete su energía vital, sino vive verdaderamente? No: el pesimista auténtico lleva su dolor en secreto y actúa, externamente, como si sus actividades tuvieran pleno sentido, por mucho que sospeche que todo sea una enorme estupidez, por mucho que la lucidez le visite periódicamente para desenmascarar el timo vital. Sólo así fuerza el vacío intuido a penetrar en su interior.
Pero tampoco cabe, de la forma en que quieren hacernos creer los libros de autoayuda, recorrer las etapas vitales como quien recorre caminos de felicidad, como si de una carrera triunfal y plena de sentido se tratara, creyendo acumular crédito en un banco, o que la felicidad nos espera detrás de cada esquina. Los santos actuaban como si lo que hacían tuviera mucho valor, y a la vez, creían saber que el valor residía enteramente en otra parte. ¿No será posible, para el hombre común, actuar como si se supiera que hay un bien puro en otro lugar, afuera −pero sin saberlo ni creerlo verdaderamente− y con ello, actuar con la libertad y generosidad del que no espera nada, y, justamente por ello, es, por fin, libre?
VI. Filosofía para una vida peor
Iniciamos pues, un camino, que nos ha de llevar desde un susto inicial, producido por una lucidez que con mucho gusto rechazaríamos, la que nos dice que todo lo que nos rodea es humo, y, por lo tanto, nada merece el esfuerzo, hasta el punto de saber llevar una vida mínimamente productiva y que no haya tenido que echar tierra sobre esta lucidez.
Repitámoslo: un pesimista es alguien que ha alcanzado cierto grado de lucidez respecto el poco bien que contiene la existencia humana y que no se conforma con baratijas. Quiere oro. Las tentaciones y caminos que nos permiten volver a la ilusión de creer que las cosas valen la pena son muchas (tantas como títulos hay en el género de la autoayuda). El pesimista verdadero no puede fingir ni que la vida es perfecta, ni que no aspira a lo absoluto. Rechazar las medias tintas requiere, aparentemente, un temple inaudito. Pero que eso no nos desanime: como mínimo se puede avanzar hacia ello. Bastará para empezar con no apartarse de ciertas visiones, como la del hombre como ser inerme, como la misma visión del mundo como una sombra del bien. Disponemos de un puñado de autores del siglo pasado que meditaron detenidamente sobre éstas y otras cuestiones relacionadas: estudiarlos nos permitirá no aumentar nuestra felicidad, pero sí nuestra lucidez.
Cioran nos dejó suficiente material para resguardarnos de las ilusiones. Lo mejor sería, sin duda, acercarse a su obra directamente. Pero mientras tanto, podemos usar algunas de sus perlas como protección contra la tentación de olvidar que somos esclavos encadenados en el fondo de una caverna. Como recomiendan los libros de autoayuda, tómense estos aforismos con moderación (uno al día) y medítense con atención y amor.
“Parecerse a un corredor que se detiene en plena carrera para intentar comprender qué sentido tiene correr. Meditar es signo de sofoco.”
“Imposible hallar lo verdadero por ningún lado; por todas partes simulacros, de los que no debería esperarse nada. ¿Por qué añadir entonces a una decepción inicial todas las que se producen y la confirman con una regularidad diabólica día tras día?”
[Ese maldito yo, Tusquets, Barcelona, 2004]:
“Tertuliano [autor del siglo II d.C.] nos muestra que, para curarse, los epilépticos iban a ‘chupar con avidez la sangre de los criminales degollados en la arena’.
Si yo escuchara la voz de mi instinto, esa sería la única forma de terapia que adoptaría para cualquier enfermedad.”
“El hombre despide un olor particular: de entre todos los animales sólo él apesta a cadáver”
“La historia es, en esencia, estúpida.”
“Levantarse, acicalarse y después esperar alguna variante imprevista de tedio o de horror. Daría el mundo entero y todo Shakespeare por una brizna de ataraxia [estado de calma interna, descrito por Epicuro, filósofo del siglo IV a.C].”
[Del inconveniente de haber nacido, de 1973, publicado en Taurus, Madrid, 1998]
“Quien no ha muerto joven, merece morir.”
“Lo que debe hacer soportable la vejez es el placer de ver desaparecer uno a uno todos los que han creído en nosotros y a los que no podremos decepcionar más.”
“Primer deber al levantarse: decepcionarse de uno mismo.”
[El aciago demiurgo, Taurus, 2000]
“Toda palabra es una palabra de más.”
[La tentación de existir, Taurus, Madrid, 1981]
Profesor Pessimus, ¿deberían suicidarse los pesimistas?
No. Cioran, como no podía ser menos, meditó largamente la cuestión, y supo condensar sus ideas en numerosos aforismos sobre el tema. De todos ellos, el que sugiere que uno siempre se suicida demasiado tarde es el más ingenioso. En realidad, para Cioran, el acto requería una fortaleza y una resolución de la que jamás dispuso (en contra de los que creen que suicidarse es un acto de cobardía); por otro lado, pudiera ser el acto en sí fuera tan inútil como cualquier otro: cuando uno ha comprendido la inanidad de la propia existencia, seguir viviendo o morir es indiferente. Por último, Cioran valoraba explícitamente la posibilidad de suicidarse más que el acto en sí. Para los momentos de mayor angustia, saber que uno puede marcharse cuando quiera es motivo de consuelo y le permite a uno sobreponerse la sensación de impotencia.
Profesor Pessimus, ¿defendía Cioran que no había diferencia entre el bien y el mal?
No. Cioran escribió poco sobre la moral, y a pesar de su nihilismo, parecía dar por buenas la ideas corrientes sobre la moralidad, es decir, jamás defendió que todo valía o que las atrocidades estaban justificadas ni nada por el estilo. Más bien defendió la postura de que no existe un bien verdadero en ningún sitio (algo que sacaba de sus sensaciones internas) y afirmó, como siempre sin mucha justificación, que uno debía ponerse siempre al lado de los oprimidos en cualquier circunstancia, incluso cuando estaban equivocados, sin perder de vista, no obstante, que estaban hechos del mismo barro que sus opresores.
3. ¿El futuro? Pon la boca en el bordillo
I. El pesimismo según George Orwell
Fue a finales del año 1946 cuando George Orwell estuvo terminando el manuscrito de Mil novecientos ochenta y cuatro, libro que constituye el principal centro de interés de este capítulo (y cuyo título ha sido habitualmente publicado como 1984 pese a que su autor siempre prefirió llamarle como le llamaremos aquí). Para ello disponía de un alojamiento en la isla de Jura en la costa escocesa. La casa era enorme, no tenía ni calefacción ni agua corriente, y Orwell estaba enfermo de la tuberculosis que arrastraba desde hacía muchos años. Pero ni las incomodidades ni su propio estado de salud le desanimaron: el libro tenía que acabarse como fuere, aún a costa de tener que internarse en un sanatorio, tras el punto y final. Sus estancias en sanatorios se fueron sucediendo en intervalos de meses hasta 1950, en que murió en uno de ellos, sin llegar a cumplir los 47 (había nacido en 1903). Es razonable pensar que fue el sobreesfuerzo de escribir el libro con fiebre, frío y comiendo conservas lo que le mató a medio plazo, y uno se pregunta si una actitud tal es razonable: ¿diría un libro de autoayuda que es bueno dejarse arrastrar por la pasión, por el sentimiento de tener una tarea, en este caso, hasta la muerte? ¿No es mejor preservar la vida, preservarse?
Si empezamos este capítulo por la muerte de su protagonista es sólo para mostrar que el pesimismo no tiene por qué ser una postura vital puramente estética; que la tragedia de tener que arrastrarse a lo largo de una vida que no tiene sentido, no tiene que por qué vivirse sólo a un nivel literario o filosófico. La convicción de que nada tiene demasiada importancia, y mucho menos la propia existencia, y que, en realidad, no cambia mucho el hecho de estar vivo o muerto, el hecho siquiera de haber existido, no es algo que inutilice para la acción, o no necesariamente. Orwell es testigo de ello. Orwell no escribió de manera tan constante sobre la inanidad de todo, como hiciera Cioran. Quizá por ello no fuera un verdadero pesimista. Aunque como veremos a continuación, sus libros hablaban a menudo de un futuro peor y ofrecieran una visión del hombre como un ser vano. Orwell, ciertamente, tuvo una actitud muy desprendida respecto su propia existencia. Justamente por ello quizá sea Orwell una de las más perfectas encarnaciones del pesimismo: abandonar de una vez por todas, y de manera práctica y clara, la convicción innata de que uno mismo es lo más importante del universo, y que la propia extinción es algo temible, algo así como un mal del que este mismo universo no se recuperaría. El pesimismo dice: tu vida y tu muerte son tan poco trascendentes como las de una mosca; como las del pedo de una mosca. No hay nada sagrado en ti. Pero eso también significa: si vives esta verdad a fondo serás libre. Puede incluso que escribas un libro tan bueno como Mil novecientos ochenta y cuatro.
Ya la figura de Cioran apuntaba a que el santo y el nihilista están próximos. Ambos creen que no hay nada en la vida que tenga el valor que se le atribuye. Nada tiene un verdadero valor. La diferencia crucial entre ellos es que en el caso del primero, tal revelación le lleva a actuar porque se siente libre. No tiene la obligación de respetar las convenciones de su época. No siente que vaya a lograr nada especialmente bueno con sus actos, así que tampoco le da miedo el fracaso. El nihilista, el optimista contrariado del que hablábamos en el capítulo anterior, en cambio, echa de menos el valor, desea todavía la felicidad. El santo ha renunciado a ella. Y muchos estudiosos de Orwell le han calificado de santo. Con los santos comparte, como mínimo, el “fuego en el alma” que el mismo Cioran les atribuía (cosa que esperamos saber explicar en este capítulo) y un verdadero desapego por la existencia, como muestran las circunstancia de su muerte.
A Orwell se le puede comprender muy bien si se tienen en cuenta un par de hechos fundamentales de su vida. El primero: perteneció a una clase social, la clase media (él la llamaba irónicamente upper lower middle class, algo así como ‘la parte más alta de la parte baja de la clase media’) en la que había una fuerte presión para triunfar, para mejorar socialmente a través, claro está, de ganar dinero. De niño fue enviado a un internado que, a base de condiciones draconianas de vida y estudio, lograba colocar alguno de sus alumnos, con beca, en la elitista escuela secundaria de Eton. El pequeño Eric (que así se llamaba George Orwell en realidad: Eric Arthur Blair) fue uno de ellos. En resumen: desde pequeño, Orwell conoció la presión para prosperar, para ser alguien. Prueba de ello es, por ejemplo, uno de los primeros escritos suyos que se conservan, que escribió de chico: un esbozo para un relato en el que el protagonista, un escritor que no logra publicar ni ganarse la vida, presionado por su mujer, que le pide que acepte un trabajo de redactor en una empresa de publicidad, le contesta que sea ella la que se prostituya en su lugar. Éste será el germen de una novela posterior suya, titulada Keep the Aspidistra Flying, ¡Que vuele la Aspidistra! o ¡Que no muera la Aspidistra! (que de las dos formas se ha traducido en las ediciones españolas), en la que se conservan esos personajes. La novela no es muy buena, pero explica bien este estado mental permanente del autor según el cual el éxito es un fracaso. En un escrito autobiográfico que le pidieron se presentó a sí mismo diciendo:
“Sinceramente, no puedo decir que haya hecho mucho salvo escribir libros, cuidar gallinas y plantar verduras y hortalizas”.
Y segundo: siguiendo los pasos de su padre, se hizo funcionario en las colonias tan pronto como acabó la educación secundaria. Concretamente, se hizo policía, y fue destinado a Birmania (en 1922, con sólo 19 añitos). Su padre, dicho sea incidentalmente, era funcionario del Ministerio del Opio, la oficina que se encargaba del tráfico legal de drogas entre los diversos territorios coloniales. Esa estancia, que se alargó cinco años, le marcó profundamente. Comprendió desde dentro qué significaba la opresión del hombre por el hombre, y se asqueó profundamente de ella, y de haber sido parte del sistema. No sólo entendió que el racismo no es más que una excusa para someter a los demás; también comprendió que un sistema colonial, que niega la igualdad entre las personas, acaba quitando la libertad también al opresor. En un relato absolutamente magistral titulado To kill an Elephant, Matar a un elefante, Orwell explica cómo se vio obligado a disparar sobre un ejemplar doméstico de este animal que, en un ataque de furia, había causado algunos destrozos y la muerte a una persona. Cuando ya había decidido que no valía la pena matar al paquidermo, al que al final encontró pastando tranquilamente tras una breve búsqueda a la que se añadió todo el pueblo, tuvo que disparar por el peso del uniforme y la presión de la muchedumbre que se había congregado a contemplar el espectáculo. La agonía del animal, tal como él la describe, fue sobrecogedora y deprimente. Aunque los biógrafos no se ponen de acuerdo sobre la autenticidad completa de la historia, su moraleja está clara, y revela de manera diáfana el poso de la su experiencia en Birmania: al final, el papel del opresor se vuelve contra él mismo, obligándole a hacer lo que le resulta repugnante. Logró expresar la misma idea en otra pequeña obra maestra del relato breve, esta vez sobre una ejecución en una cárcel birmana, titulado A Hanging, Una muerte por ahorcamiento.
La reacción fue tan fuerte que, de vuelta a Europa, decidió dedicarse a algo tan poco seguro como escribir, y para ello empezó a vivir en París, como tantos otros artistas en el período de entreguerras (llegó el año 1927). No se conserva casi nada de lo que escribió en ese periodo. Orwell mismo juzgó en un momento dado que no valía la pena conservarlo, y lo destruyó más tarde. Vivía en pensiones de mala muerte, y a base de no lograr ninguna publicación, consiguió arruinarse y tener que vivir como indigente, que era lo que en el fondo pretendía.
De su experiencia entre los marginados nació su primer libro: Down and Out in Paris and London, Sin blanca en París y Londres. Una vez, por una crisis de su tuberculosis, tuvo que estar ingresado en un hospital para pobres en París. Allí descubrió otra verdad que le marcó profundamente. Una de las noches la pasó en vela, porque las enfermeras le colocaron al lado de un moribundo que estuvo agonizando durante largas horas. Años más tarde Orwell se refería a esa experiencia en unos términos inequívocos de repugnancia, y desde entonces siempre pensó que era mejor morir por un balazo o la explosión de una bomba que por la llamada muerte natural. En el libro, además, se pude notar la constatación de una idea que se había ido fraguando en su interior desde su experiencia en las colonias: todos los hombres somos iguales. Todos nuestros esfuerzos por prosperar, todas nuestras ideologías de superioridad racial, social o religiosa, no son más que el puro miedo a verse en la indigencia, el miedo a reconocerse uno mismo en el otro que vive en necesidad. La experiencia de vivir con indigentes, de verse a sí mismo en la indigencia, le llevó a descubrir que el miedo está totalmente injustificado: en el libro él habla de alivio en el momento de llegar a la pobreza total.
No es de extrañar entonces que se marchara a combatir el fascismo en España con cierta alegría, con la alegría del hombre libre, en la Guerra Civil española, llegando el 23 de diciembre del 36. Existía la posibilidad de morir de manera significativa. Además, era, sin duda, un hombre de izquierdas, un hombre a favor de los oprimidos. Por otro lado, la guerra había ejercido sobre él cierta fascinación desde niño (se conservan algunos poemas patrióticos, escritos en tiempos de la Primera Guerra Mundial, durante su estancia en el internado). En fin: en Aragón estuvo a punto de morir, cuando una bala atravesó su cuello, dañándole sólo una de las cuerdas vocales, aunque casi le secciona la yugular. De España tuvo que marcharse a escondidas por las persecuciones políticas dentro del bando republicano.
Su experiencia en España es una de las raíces de Mil novecientos ochenta y cuatro, porque fue durante la guerra española cuando Orwell conoció no sólo la persecución política, con las torturas y desapariciones de otros combatientes (en particular la de un soldado, George Kopp, por el que Orwell medió para que fuera liberado, el cual, sin él saberlo, claro está, se cepillaba a su mujer, o por lo menos, lo intentó intensamente), sino también las manipulaciones en la prensa y las falsedades en general. La otra raíz del libro fueron sus experiencias en Saint Cyprian’s, el internado al que fue enviado de pequeño. La directora, la señora Cicely Vaughan Wilkes, tenía un exhaustivo control sobre todo el colegio, que estaba excesivamente regimentado, y promovía el culto a su personalidad, como cualquier líder totalitario. De allí sacó la idea, monstruosa y real a la vez, de que uno puede llegar a amar a sus opresores. Además, Orwell se inspiró, confesadamente, en un libro de un exiliado ruso, Yevgeny Zamiatin, titulado Nosotros. En él, los personajes no tienen nombre, sino número, y no son controlados por cámaras, sino que viven en casas de cristal. Hay aún una última fuente literaria: Jack London, que también escribió sobre los marginados habiéndose mezclado con ellos, y que es el autor, no sólo de Colmillo Blanco y La llamada de la naturaleza, sino de The Iron Heel, El talón de acero, una profecía sobre un movimiento fascista (el libro fue escrito en 1908) que fascinó a Orwell. En realidad, algunas de las páginas culminantes de Mil novecientos ochenta y cuatro están casi copiadas de su antecedente.
Se podría decir que en España Orwell escogió el bando equivocado dos veces. No sólo el gobierno de la república y la democracia desaparecieron tras la derrota, sino también la revolución de los primeros meses de la contienda, que tuvo lugar en Cataluña y Aragón, y que fue liquidada por el propio bando republicano, presionado por la URSS de Stalin, que quería acaparar todo el poder en la izquierda internacional. Ello supuso que el cuerpo al que Orwell se había alistado, las milicias del POUM, fuera perseguido hasta la desaparición.
A la vuelta a Gran Bretaña publicó Homage to Catalonia (en 1938), Homenaje a Cataluña, en la que denunciaba estas maniobras de la URSS. El libro, ignorado, fue un nuevo fracaso. En esos momentos, los intelectuales y políticos de izquierdas, a quienes se dirigía el libro, no estaban por la labor de reconocer que la URSS era una fuerza antirrevolucionaria. Todavía gozaba de mucho prestigio, y la izquierda británica más avanzada no estaba dispuesta a quedarse sin referentes.
Ninguno de los libros que Orwell fue publicando tuvo demasiado éxito. En lo profesional no le faltó trabajo, aunque tuvo que ser muy prolífico como periodista para llegar a fin de mes. En lo personal, las cosas tampoco le fueron demasiado bien. Su mujer Eileen, con la que se había casado en el 36, murió en una operación de histerectomía, hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, de forma imprevista, justo después de que hubieran adoptado un hijo. El éxito profesional sólo le llegó con Animal Farm, Rebelión en la granja, en 1945, unos pocos años antes de su muerte. El éxito de Mil novecientos ochenta y cuatro fue casi enteramente póstumo.
George Orwell nos da un par de lecciones vitales pesimistas. La primera: el éxito es el fracaso. Sometido desde pequeño a la presión de prosperar, de sacarse la beca, criado en un ambiente en el que el sistema de clases sociales tenía una vigencia todavía muy explícita, en el que el miedo a la desgracia social lo dominaba todo, descubrió luego en Birmania que el sistema colonial, que se esforzaba en mantener a hombres sometidos, resultaba también opresor para los opresores. La presión por prosperar le había hecho sentirse un esclavo de pequeño; la obligación de mantener el dominio sobre una nación también la resultó una experiencia opresiva. En cuanto alcanzó cierta madurez, dentro de su juventud, rechazó para el resto de su vida la obligación impuesta desde su educación de buscar el ascenso social. Para él, el éxito social, implica ponerse uno por encima de los demás, lo que en realidad no es más que vivir pendiente de lo que los demás opinen. Desde Birmania en adelante, Orwell sólo aspiró en lo económico a no morir de hambre, y en lo social, a conservar a toda costa su libertad de pensamiento. Orwell jamás rechazó la pobreza a lo largo de su vida, y aunque empezó a ganar dinero hacia el final, nunca lamentó no disfrutarlo. Y la segunda y más importante: el verdadero pesimista es un hombre de acción. Se trata a sí mismo con una indiferencia brutal. Considera que la propia felicidad es una quimera, un absurdo que no vale la pena buscar.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.