Kitabı oku: «Treinta y dos rayos en Madrid»
TREINTA Y DOS RAYOS EN MADRID
Orlando Milani


“Tres días después, divisaron, muy lejanas, las costas de África a su derecha. Una pequeña línea gris recortada sobre el sol naciente. Luego a las Islas Canarias a su izquierda y, como en un suspiro, el crucero entró y salió del estrecho de Gibraltar.
Manuel estuvo todo el cruce en babor, casi sin mirar los destructores y cruceros de la base Naval, hipnotizado, viendo España: pura roca y montaña. España, aunque allí estuviera la bandera inglesa…”
Milani, Orlando
Treinta y dos rayos en Madrid / Orlando Milani. - 1a ed. - Villa Sáenz Peña : Imaginante, 2021
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-8447-85-8
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Históricas. 3. Historia de España. I. Título.
CDD A863
Edición: Oscar Fortuna.
Correcciones: Paloma Vidal Ruiz.
Diseño de cubierta: Raquel Chanampa.
© 2021 Orlando Milani
© De esta edición:
2021 - Editorial Imaginante.
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ISBN 978-987-8447-85-8
Conversión a formato digital: Libresque
Dedicado a las familias de aquellos valientes marinos y miembros del cuerpo diplomático. Que el orgullo por su acción en esos terribles días en España permanezca en el corazón de nuestra Nación.
Manuel
I
La mañana en que, temblando, abandonó Vegas, una niebla espesa bajaba desde los montes del norte, envolviendo los robles y los pinos, humedeciendo la hierba, escondiendo las ovejas y cubriendo a los lobos.
Los viejos habían quedado en la casa, y solamente su madre lo saludaba desde la pequeña ventana, enmarcada en los geranios rojos que amaba. La mano derecha hacía un movimiento rítmico y pequeño, como ella. La izquierda sostenía cerca de su boca el pañuelo bordado que siempre la acompañaba.
Esa imagen sería la última que retendría de ella. Encaró despacio el camino de greda gris que lo llevaba hasta la esquina de la iglesia. El camioncito de Soto lo llevaría hasta la ciudad.
Tenía por delante un largo tirón hacia León y, desde allí, al Cantábrico, al barco.
Había soñado durante todo el viaje con vientos y tempestades, con enormes olas negras, espuma y sal.
Ahora, ya se veía Bilbao desde la ventanilla del tren. Estaba un poco adormecido por el traqueteo del vagón, los ojos ásperos por las primeras luces tenues de la mañana de mayo. En cada curva, en cada pequeño bosque que recorría con su mirada, entre sombras y luces, imaginó cómo Ángela habría visto, un año atrás, los mismos lugares, las mismas vueltas que hacía el tren. Los mismos árboles y casas en las laderas.
El temblor de irse, de dejar el pueblo y comenzar lejos otra vida, en el fin del mundo. Pero allá estaba Ángela.
Cinco cartas en un año. Ella había llegado a la Argentina con sus hermanos el pasado junio y, casi de inmediato, le escribió. Luego de la primera carta, en cada uno de los sobres, junto a sus palabras de amor y esperanzas, llegaba, prolijamente plegado, dinero para el pasaje. Había encontrado trabajo muy rápido. No era lo que pretendía, pero alcanzaba para vivir y ahorrar una parte, muy mínima. Esa parte era la que le enviaba a Vegas.
Se había ido adaptando. La hermana había quedado en Buenos Aires con su novio. Ángela continuó a Rosario. Una familia con parientes en Ponferrada le había asegurado el empleo.
En el puerto, Manuel abrió la última carta y releyó una parte de los renglones gastados, amados… Espero que esta carta lo encuentre bien. Aquí estamos bien también, pero extrañándolo mucho. Esto no es bello ni agradable, pero hay trabajo y no se pasan necesidades. Deseo con el alma ver otra vez, junto a usted, algún día, correr el agua en el Bernesga, sentados en el piso. Véngase lo más pronto posible, venga a mí….
El Bernesga... Habían estado algunas pocas veces allí. Ángela desplegaba un mantel a cuadros azules y blancos en la hierba, charlaban y comían, viendo y oyendo correr el agua límpida, llegada desde los terrenos altos. No se veían mucho. En verdad, apenas la conocía, pero rápidamente se enamoró. Casi todos los días, luego de lavarse y limpiarse del hollín de la herrería, iba caminando despacio hasta la casa de Ángela. Sus pueblos eran vecinos y un lejano pariente de ambos los había presentado y convencido para que se casaran. Debieron esperar. Antes, estaba la milicia. En el último año, habían estado juntos unas noches, durante los escasos permisos de Manuel. Calor y miel. Un pedacito de ternura y sábanas blancas en esas vidas duras y de paisajes cotidianos ocres y marrones. Ella se fue antes.
Cuando finalizó la milicia, compró un pasaje a Sudamérica. El barco saldría de Bilbao, y, vía Lisboa y Río de Janeiro, recalaría en Buenos Aires, con un poco de suerte, los primeros días de junio.
Ángela no estaría allí. Como tenía planeado, trabajaba en una casa de familia, en Rosario, Provincia de Santa Fe. “Una ciudad llena de italianos” le decía. A unas seis o siete horas de viaje en tren.
Le había explicado concienzudamente cómo llegar desde Buenos Aires y las calles que debía recorrer desde la terminal ferroviaria, hasta llegar al lugar donde trabajaba y vivía. Todo estaba anotado, archivado en el bolsillo interior de su gruesa y gastada chaqueta marrón que, por ahora, en la primavera europea, viajaba colgada del bolso.
En el puerto, volvió a revisar sus cosas, sus documentos, las pocas pesetas y pesos argentinos, el jamón, los quesos duros y las galletas. Todo envuelto en el viejo mantel anudado.
El Neptuno, un viejo carguero bastante oxidado y, para su disgusto, no demasiado grande, lo esperaba. Era tanta la demanda de pasajes hacia América que muchos barcos de carga habían adaptado lugares para llevar pasajeros. Camastros angostos en pequeños camarotes improvisados en la primera cubierta.
Aunque lo había visto una vez desde la costa gallega, nunca había estado en el océano. Solo había dejado su León natal en ese viaje a El Ferrol con su padre, cuando tenía 10 años y, luego, otra vez, para cumplir con su servicio militar en Extremadura y de allí un cruce a Portugal. Tenía una extraña sensación, mezcla de alegría y adelantada melancolía, por esto que comenzaba: volver a ver a Ángela, irse a otro mundo, abandonar a su familia, internarse en el mar.
Había visitado Trujillo con un teniente de artillería, amante de la historia y de los libros, que lo había tomado como edecán. Fueron a ver el Palacio de los Pizarro, el conquistador del Perú. No podía imaginarse entonces, el tamaño del coraje y de la ambición, para irse a una América desconocida y brutal. Le gustaba pensar en ello.
—En esos cascarones —se dijo cuando vio la imagen del conquistador en una de las esquinas de la enorme construcción de piedra, pagada con el oro que habían sacado de allá. Un rostro duro y decidido. El rostro de un hombre con el valor suficiente para incendiar el mundo con tal de cumplir su destino.
—¿Sabes quién era? —le preguntó el teniente sobre Pizarro.
Sabía.
El oficial le había contado del viaje por el océano, el cruce del istmo, en Panamá, la llegada al Perú. La matanza y la conquista, mientras recorrían el palacio.
No dijo nada, pero había leído mucho en el pueblo, sentado bajo el nogal, en verano, la espalda apoyada en las cortezas rugosas y grises, cuando las golondrinas en los mediodías calientes anunciaban el fin del trabajo. Comía con sus padres, tomaba el gastado libro y, por dos o tres horas, consumía las páginas, hasta que aflojaba el calor y volvía a la herrería, a la realidad cotidiana y repetida.
Ya sabía de Pizarro, también de Cabeza de Vaca y su viaje febril y alucinado entre La Florida y California; sabía de Balboa y lo imaginaba viendo por primera vez el Pacífico, luego de cruzar la inmensidad del mar y la selva infecta. Sabía de Cortés y su viaje desde Cuba a México, luchando con y contra los indígenas, con y contra los oficiales de la corona, hundiéndose, amoroso y conquistado, en una india fuerte y tan ambiciosa como él; sabía de los rencores y crímenes entre Almagro y su socio de conquistas y de la total locura de El Dorado. Le apasionaba la historia entrelazada entre España y América. No le alcanzaba el tiempo para leer.
Había tenido amables discusiones con su teniente en términos de tácticas de guerra. Más que discusiones, se trataba de monólogos. Manuel casi siempre escuchaba.
Le costaba entender cómo tan pocos españoles habían podido derrotar a tantos americanos desde México a Perú. Le habían quedado algunas confusas explicaciones técnicas: los tercios, las picas, el orden en cuadrados, el uso de la caballería, los arcabuces.
Lo perturbaban tantas victorias ante enemigos siempre superiores en número: los protestantes, los moros, los franceses, los mexicas, los incas.
No coincidían esas historias con la bondad de la mayor parte de las personas que había conocido.
—¿Qué había dentro de los españoles?
—No es español el asco a la sangre —repetía el oficial ante esa pregunta. Había ya escuchado eso antes.
“La guerra debe sacar el animal que llevamos dentro”, pensaba. Más tarde, en el lugar que menos se le ocurriría ahora, lo confirmaría.
Había olvidado mucho de lo que hablaban. Lo que recordaba era lo que ese oficial le había dicho de las espadas toledanas de los conquistadores. Cortaban todo. Un hombre a la mitad, una planta, un animal.
Como herrero, eso le había quedado grabado.
—Las hacen estirando, doblando y golpeando el acero y volviéndolo a estirar. Hasta cien veces. Tal como las cocineras hacen la masa de hojaldre, en capas muy finas. Hacen la masa, con el palo la estiran, la doblan, la vuelven a estirar. Igual con el acero. Por eso cortan así —le explicaba, orgulloso, el teniente.
De esas charlas en Trujillo, y las que siguieron hasta su baja en el cuartel, Manuel había comenzado a entender que no podía pensar España sin América, le resultaba difícil. España dividida del nuevo mundo no era España, y América, tampoco era lo mismo. América era eso, desde el parto. Un enorme país entero, blanco y marrón. El pensamiento de una lo llevaba a la otra.
El teniente planteaba, erudito, que quizás Colón no había descubierto el nuevo continente. Le hablaba de los vikingos y tal vez de los fenicios. Manuel lo escuchaba sin intervenir.
No hablaba mucho.
—Prefiero escuchar, mi teniente. Así aprendo —contestaba cuando el oficial le reclamaba sus pocas palabras.
—¡No! ¡No fue el primero que llegó allí, pero puso a América en la historia! ¡Nadie, nunca, por los siglos de los siglos, nos podrá quitar eso! ¡Ni los ingleses, ni los masones, ni estos comunistas que no tienen los cojones para ser españoles! —le decía orgulloso.
Ahora, en el muelle, a punto de iniciar su viaje, no sabía por qué recordaba esa visita a Trujillo y la historia de Francisco Pizarro. Le venía a la cabeza lo que ese muchacho muy educado, con dos estrellitas de seis puntas en su quepis y orgulloso en su uniforme verde oliva, le había dicho en el palacio de Pizarro. Manuel le escuchaba repetir, como una letanía, que el conquistador regalaba frutos de un naranjo que amaba a aquellos que venían a pedirle oro. Una manera de mostrarles su desprecio. Oro de un tesoro que nunca, jamás, se encontró.
Imaginó. Inventó la casa de Pizarro en Lima. Enorme, de gruesas paredes de piedras y con pisos grises. Llena de sirvientes y amigos, de esposas y amantes de cabellos negros y piel de aceituna. El reino de aquel hombre de sesenta años con la vitalidad de un muchacho.
“Ya era un viejo y tuvieron que enfrentarlo varios hombres para matarlo, cuando se defendió con su espada”, pensó.
En el patio de esa casa, en el centro, en un círculo de tierra: el árbol de hojas brillosas y azahares y debajo, entre las raíces, Manuel creía que estaba lo que todos buscaban.
“Lo debe haber enterrado debajo de su naranjo”, pensó Manuel en el mítico tesoro de Pizarro, desvariando, matando el tiempo y el susto con esos recuerdos.
“Está enterrado en el patio. Los peruanos debían buscar allí”.
“¿Existirá aún la casa de Pizarro en Lima?”.
“¿Cuál sería su propia América? ¿Con qué América se encontraría?”, se preguntaba a cada momento.
“No la de las selvas, ni los Andes majestuosos, llenos de nieve”, pensó.
Las cartas de Ángela describían un país interminable, de llanuras infinitas: un mar de hierba, había escrito. Cebada, trigo, maíz y vacas, muchas vacas… Y caballos, también incontables.
Volvió, como por décima vez, a contar sus reservas: no había mucho, pero para comenzar eran suficientes.
“Dicen que hay bastante trabajo allá”, pensó para tranquilizarse. Desenrolló su delantal de cuero, el más nuevo. El otro lo había dejado en su herrería de Vegas del Condado. Lo volvió a doblar y guardar en el bolso de lona, como quien revisa los documentos de su profesión. Se levantó del banco de madera, colgó al hombro sus escasas riquezas y subió a la pasarela que conectaba el muelle con el barco, pensando, convencido y triste, que era la última vez que pisaba España.
Esa España sin trabajo, con miseria y convulsiones que no anunciaban, a la larga, nada bueno. Pero que amaba tanto y tan profundo, como a su familia.
Casi no había hablado con nadie en el viaje, solamente con el marinero portugués con el que compartían tabaco y con esa asturiana: Lucía, con dos críos muy pequeños. Le había dicho:
—voy a Mendoza. Me espera mi marido allá. Hasta los pasajes de tren tengo. Desde Buenos Aires nos quedan todavía como 20 horas. ¿Tan grande es ese país?
—Me dice mi esposa que es interminable —respondió Manuel—. Ojalá sea más fácil vivir allá que en España.
—Ojalá —como un ruego, pidió la asturiana.
Le gustaba salir a cubierta, con llovizna o sol. Se acodaba en las barandas, silbaba bajito un pasodoble y fumaba un cigarro. Le agradaba el viento en la cara; oír las voces de los marineros trabajando; la sal salpicando; el temblor del barco, constante, igual, que llegaba desde las calderas. Ese barco era otro mundo, nuevo para él.
Con el galopín portugués nacido en Boa Vista, se encontraban día por medio, al menos. Manuel armaba cigarrillos y conversaban sobre cuestiones marineras más que nada. Otro poco sobre el vinho verde de Porto, las barrancas del Duero, y las barcazas cargadas con toneles que iban y venían por el río. Un paisaje que a Manuel lo había impresionado.
El marinero de Boa Vista, cada día que se encontraba con Manuel, le aconsejaba buscar trabajo como embarcado.
—Um barco, Manoel…
Creía que un poco lo hacía para conseguir gratis papel y tabaco, y para que alguien escuchara sus desafinados y lastimeros fados, aunque le parecía sincero en algunas cuestiones.
—Ya veré que hago —contestaba, parco, el castellano, ansioso de llegar de una vez a Buenos Aires.
Con Lucía hablaron algunas veces. Hermanados por la aventura y la soledad. Muertos los deseos, por la ansiedad y el cansancio.
Le impresionaba la tristeza profunda que emanaba esa mujer.
“Todos debemos parecer igual de tristes”, pensó.
Cuando llegaron a Buenos Aires de madrugada, los sorprendió el silencio y la quietud del barco al apagarse las calderas. Al salir a cubierta, un viento frío que cortaba el aire y que parecía llegar desde el fondo de esa ciudad gris los saludó. Manuel extendió su mano a Lucía y levantó a los niños uno tras otro, abrazándolos. Se despidieron en el muelle, huérfanos, solos, todos con el mismo miedo.
—¡Que tenga mucha suerte! —dijo la mujer, casi entre lágrimas.
—¡Suerte también para ustedes! Tengan cuidado hasta llegar. ¡Dios los acompañe!
Manuel tomó sus cosas y se encaminó, detrás de ellos, a la oficina de migraciones. Un viejo y enorme edificio de altas ventanas y pisos de mármol gris. La torre de Babel, de la que hablaba el cura del pueblo. Todos los olores, los colores y los idiomas juntos. Caos y apuro. Hambre, agotamiento y transpiración. A él le resultó más fácil, mucho más fácil. Agradeció infinitamente hablar en español. Esa cajita musical llena de giros y pequeños tesoros, esa llave mágica y gigante, completa de sonidos y colores, que abre casi todo en América.
Ansioso, cansado y mugriento, oír el golpe de los sellos de goma sobre los papeles que el oficial de aduanas estudió brevemente sonó en sus oídos como si una cerradura vieja y oxidada se destrabara al fin. Como si un candado se rompiera y le permitiera salir de la jaula.
Se sentía, ahora, cerca de acariciar a Ángela.
Salió en pocas horas —dos o tres— a la ciudad, dejando atrás el griterío y a los italianos, rusos y alemanes, a los judíos con largas barbas y sobretodos oscuros de tafetán tratando, a los gritos, de explicar sus documentos y apellidos, traqueteando la burocracia con algunas pocas palabras atravesadas.
Al dejar el edificio, vio, desde lejos, irse a la mujer arrastrando sus bártulos, los pequeños críos ayudando como podían. Uno de ellos, tironeando y golpeando un pequeño bolso por el piso. La asturiana, decidida y valiente, cruzó la calle paralela al puerto, dobló la esquina y desapareció.
Trató de sacar rápido de su cabeza esa última imagen. Ahora le tocaba a él. Preguntó por dónde ir y encaminó sus pasos hasta Retiro. Desde allí salía el tren a Rosario. La gruesa chaqueta ahora puesta. Sacó su boina negra y enderezó el paso rápidamente. La ciudad era grande y la imaginó desordenada y opulenta: bullían los vendedores, los carros cargados con verduras o con tarros de leche, y los tranvías. Otra vez, mil idiomas y ninguno en la ciudad. Por primera vez en muchos días estaba contento. Ya no había miedo, solo esperanza. Iba, al fin, a ver a su esposa.
El abrazo en Rosario fue intenso y duradero. Lágrimas primero. Llanto después.
—¡Usted no cambió, Manolo, está más flaco pero bien! —lo tranquilizó la castellana menuda y de ojos oscuros que amaba y no podía soltar. La había extrañado hasta el dolor. Era una parte suya, aunque nunca habían dejado de tratarse formalmente.
—Es porque la he extrañado mucho —respondió Manuel. Y juntos entraron a la habitación para el personal que ella ocupaba al costado de la casa donde limpiaba y cocinaba.
En un pequeño calentador, Ángela preparó manzanilla. La bebieron, sin soltarse, sentados en la cama.
En pocas horas, los dos relataron apresuradamente lo que habían vivido en esos meses: los viajes, las familias, los lugares y aromas que habían quedado atrás, la milicia, el trabajo de ella, la nueva tierra.
—Me gustó el mar, mucho, mucho. Y el barco también —la sorprendió—. Un marinero me enseñó muchas cosas allí. Comíamos juntos en cubierta a la noche. Debe ser una buena vida esa —señaló ensimismado ante la mirada de su esposa, que reía.
—¿De dónde mar, usted? Siempre en la herrería o en las montañas, pastoreando las ovejas —preguntó y afirmó al mismo tiempo su mujer, restándole importancia a la conversación.
II
Para el segundo año, la herrería había comenzado a funcionar, puro hollín, chispas, golpes y calor. La pequeña casita alquilada estaba lejos del centro: todo barro y pajonales en las lloviznas de las sudestadas de julio.
Se levantaban temprano. Ángela hacía un poco de café fresco todas las mañanas. Era uno de los escasos lujos que se podían permitir. La escuchaba desde la cama moler los granos y, luego, se levantaba con el aroma que desprendía la jarrita de loza en el calentador. Más tarde, comenzaban a caminar por la costa del río marrón hasta llegar al centro, al trabajo de ella. Entonces, Manuel regresaba desandando parte del camino hacia la herrería: un pequeño galpón que le había facilitado un andaluz al que le había ido mejor vendiendo telas en una mercería y que ya no usaba. Solo le había pedido que lo mantuviera y cuidara.
El lugar, una pequeña pocilga de paredes y techos de madera y piso de tierra barrido, estaba más cerca de su casa que el lugar de trabajo de su esposa, pero Manuel no dejaba que ella caminara sola en la madrugada. Iban juntos y luego volvía sobre sus pasos para comenzar a trabajar.
Encendía la fragua, empujaba el aire con el fuelle, fundía el acero y comenzaba a darles forma, a martillazos, a los cuchillos que vendía por las tardes en las carnicerías. Apenas llegado y con escasos clientes, herraba los caballos de los carros de venta ambulante. Ahora, ya había visto que los cuchillos le dejaban más ganancias. Nunca había visto tantas carnicerías ni, sobre todo, tanta carne. Reses partidas al medio, cinco o seis colgadas de ganchos detrás de los mostradores de madera gruesa, donde en un rincón se amontonaban en grandes contenedores de aluminio, lenguas, hígados, riñones y vísceras.
—Nunca comeré eso —se dijo el primer día que lo vio.
Lo mejor era que, para tanta carne, había mucha necesidad de cuchillos. Tampoco nunca había visto tantos, ni tanta gente que los supiera manejar. A él le convenía. Él los hacía y, así, ganaba para vivir.
Si alguien le preguntara qué era este país, no dudaría en contestar: llanuras y caballos; carne y cuchillos.
La ciudad, en verdad, estaba llena de italianos. La mayoría, genoveses, sicilianos y piamonteses. Ninguno era herrero. Los criollos tampoco. Menos aún los judíos y árabes, vendedores de ropa usada, zapatos y mercaderías aparecidas como por arte de magia. Eso era algo que siempre lo deslumbraba. “¿De dónde sacan todas esas cosas? ¿Cómo las consiguen?”, pensaba Manuel cada vez que los veía bagayeando y vociferando sus ofertas.
Una tarde como otra cualquiera, el destino le metió su cola entre las rodillas.
—¡Gallego! Necesito que unos de estos días vengas p’acá a afilarme bien las cuchillas —le dijo el carnicero, morocho y corpulento, apenas pasó la puerta. Todas las semanas lo llamaba de esa forma. Esta vez, quizás porque había estado pensando mucho en sus padres y en León, o porque sí, la trompada de Manuel resonó en la quijada del criollo, que cayó sobre unos cajones vacíos, dormido.
—¡Te voy a dar, “gallego”, me cago en la madre que te parió! —gritó, como si el otro pudiera escucharlo desde las nubes del cloroformo.
Entonces, en un segundo, al otro día, cuando llegó la policía, después de la denuncia, desaparecieron la casita, la herrería y el trabajo de Ángela, como si los hubiera soplado el lobo del cuento para niños.
El comisario de la seccional del barrio, era un entrerriano gordo y tranquilo, pero con ojos achinados con los que no se jodía.
—Vos sos laburante y calentón, gurí. No te voy a meter preso, ni te paso por la guardia. Tengo muchos líos con los anarquistas y los vagos, la denuncia va al cajón. Si te vas, para evitar líos, acá no pasó nada, pero te me agarras la prenda, las valijas y te me mandas a mudar, ¿estamos? ¡No te quiero ver por acá! Por vos y por mí. El negro tiene unos hermanos pendencieros, trabajan despostando en los frigoríficos del saladillo. Andan todo el santo día con el facón encima. Si no querés ligar un tajo, te conviene rajar.
Manuel asintió, callado y resignado, con Ángela tomada de su brazo. Salieron de la comisaría y no hablaron por varias cuadras, hasta que, humilde, le preguntó:
—¿Usted qué quiere hacer, mi vida?
Ella ya sabía:
—Nos vamos a Buenos Aires. Mi hermana nos recibe y veremos qué hacer. Lo quiero mucho, ¿sabe?
Al día siguiente, luego del café, armaron la valijita de ella, de cuero barato que parecía cartón y el raído bolso de él. Devolvieron las llaves de la casa y del galpón y pasaron a avisar a los patrones de Ángela que ya no trabajaría allí, que se iban de Rosario. No querían líos, ni comenzar con el pie izquierdo. En dos días, habían desaparecido la cama, la mesa y las sillas, los cacharros de cocina, la fragua y, sobre todo, los pesos que iban a venir. Y de nuevo al tren, ahora al revés, desde la estación Rosario Norte a Retiro y volver a empezar.
Mucho más tarde, en Buenos Aires, comprendió, aunque le siguiera molestando, que aquí, a las personas con sangre indígena, del interior, se la llamaba “negros”; a los judíos se los llamaba “rusos”; a los árabes, “turcos”; a los italianos, “tanos”, y a los españoles, “gallegos”. Ya no importaba. No siempre eso era despectivo. En ocasiones, incluso, descubrió en esas manifestaciones algo de afecto. Le costaba entenderlo, pero así funcionaba. Así era este mundo nuevo, brutal y hermoso; joven y atolondrado.
III
A la tardecita, terminaba el hombreo de bolsas de cereal desde el galpón al muelle. Sacaba la bolsa de arpillera del hombro, la sacudía y la ataba a su cintura.
En ocasiones, le tocaba hombrear desde el muelle al barco. Allí, la cosa era más dura: había que trepar la pasarela hasta cubierta, con todo el peso en el hombro. El polvo del cereal metiéndose en los ojos, en los oídos, en la nariz. Las bolsas como esmeriles, royendo los hombros.
Un viernes, al salir del turno de trabajo, juntó coraje para hablar con dos cabos segundos y tres marineros de uniforme azul y polainas blancas que montaban guardia en la entrada del puerto.
Desde el viaje en el Neptuno y las charlas con aquel galopín, fumando sentado sobre las lonas amontonadas en cubierta, seguía pensando en el mar y los barcos. Nunca más había hablado con Ángela de eso: del mar y de los barcos. Pero todo seguía presente en su cabeza.
—Perdón por molestar: ¿cómo entraron a la marina? —preguntó inquieto.
—Tiene que ir a la escuela de suboficiales- Allí le van a explicar todo —contestaron casi al unísono los dos muchachos que estaban a cargo del grupo. Uno de ellos, anotó la dirección en el revés de una cajetilla de cigarrillos vacía y se la entregó.
—Vaya allí. Lo atenderán a cualquier hora—explicó.
En el recorrido hasta su casa en Barracas, no podía dejar de pensar. Había ahora en él una extraña y un poco agria agitación. Esperanza y luz. Quizás un futuro. Pero debía decirle a su mujer y esperar su reacción. No le sobraba confianza.
Cuando llegó, Ángela estaba sacando pequeñas brasas del brasero con las pinzas que él le había hecho y las colocaba en la plancha de hierro. Le dijo lo que pensaba a hacer.
Le fue bien. Ella le abrió el portón a su destino. Agradeció la suerte de tenerla.
—Cumple con todos los requisitos para entrar —graznó el suboficial lleno de ve cortas rojas en la chaqueta azul, en la mesa de entrada de la escuela de suboficiales.
—Tiene estudios primarios y la edad, y salud, parece que también. Cuando llegue el momento, le harán la revisación. El único problema es que es español y para ingresar a la armada debe nacionalizarse argentino —lo fulminó en un segundo.
Nunca había pensado en eso.
—Dejar de ser español —se dijo amargamente—. ¿Cómo? —pensó en voz alta.
—Tiene que ir a Relaciones Exteriores, allí lo puede hacer —lo orientó el cabo principal, pequeño, peinado hacia atrás y de bigote finito, alcanzándole los papeles del reclutamiento.
Cuando cruzó la puerta de la escuela, supo que lo iba a hacer, que lo iba a intentar, que ese era su destino, que esa iba a ser su vida.
A las 7 de la mañana estaba zapateando las escaleras grises de mármol del Ministerio del Exterior, con su documento español.
IV
Cuando terminó el curso de artillero y le dieron para que cosiera en su uniforme las tiras de cabo segundo, una ve corta gruesa y otra más delgada, se sintió formando parte de algo más grande que él mismo. Como si tuviera otra familia, pero enorme, que llegaba hasta el horizonte. Pensó inflando el pecho: “Manuel Isidro Pérez, cabo segundo de la Armada Argentina”.
No alcanzó Ángela a coser las jinetas rojas en el uniforme azul oscuro cuando rápidamente se ofreció: —voy al almacén a buscar pan, ¿necesita algo?
—Nada —respondió su mujer, sabiendo que lo importante ahora era hacer tomar aire y gente a ese uniforme. Por primera vez, supo que su esposo era realmente feliz, casi como ella.
Tomó a Isidro de la mano y alzó en brazos a Consuelo, y salió silbando a la calle, enfundado en su uniforme de la Armada Argentina y saludando a todo el barrio.
En enero del año 33 lo destinaron al Crucero 25 de Mayo. Nuevo, hermoso. Botado en un astillero italiano. Todo de color gris claro y lleno de cañones. La primera vez que lo abordó, le pareció haber llegado al futuro. Nunca se había ido de su cabeza el Neptuno, aquel cumplidor cacharro que lo había traído desde España.
Casi al mismo tiempo llegó el ascenso a cabo primero.
Ya había navegado en un destructor hasta Tierra del Fuego y doblado el cabo de Hornos. Tempestad, frío y nieve. Después de eso, el Río de la Plata y el Atlántico sur hasta Sudáfrica y los alrededores de Malvinas le parecían bastante tranquilos. Hasta allí habían llegado sus incursiones marineras.
En febrero, llegaron los nuevos marineros conscriptos al crucero. Fue la primera vez que vio a ese flacucho desgarbado y con pelos azabache que parecían clavos. La mirada siempre en el suelo. La pobreza aleteando en la piel.
Mamani
I
La mañana anunciaba un calor insoportable en el sur de Santiago. Soplaba desde el amanecer el viento del norte, caliente y enloquecedor. El único policía del pueblo, además del comisario, ensilló la yegua mora, gastada y lenta por los años, y se preparó para enfilar al monte.
Iba a pasar por los tres ranchos donde sabía que vivían unos muchachos en edad militar… O más o menos. Los Palacios, los Funes y la vieja Mamani.
Los Palacios no hablaban español. Solo quechua. Uno de los criados en la casa, que cuidaba los caballos en el monte, sí. Con él iba hablando y esperando la traducción mientras tomaba mates.
Los Funes eran varios, ninguno de los hijos estaba en edad militar, pero Gutiérrez pasaba a visitarlos siempre que podía. Allí veía a Laura, la hija mayor. Él tenía, por lo menos, el doble de su edad, pero la naturaleza lo dominaba, lo empujaba como a latigazos hacia ella. Le calculaba unos veinticinco, no muchos más. Soñaba con esas trenzas, en las siestas acribilladas de chicharras. No podía dejar de pensar en esa mujer tan joven, tan bella, y sentía vergüenza con el solo hecho de imaginarse junto a ella, como si los demás pudieran ver sus pensamientos, su cabeza trabajando.
—La vieja es la que me queda más lejos —se quejó dos veces: por la distancia que debía recorrer y por el esfuerzo en subir a la yegua. No le gustaba andar por el monte. Una tarde de calor y tormenta, antes de llover, se le había cruzado en el camino una lampalagua enorme que le erizó los pelos de la nuca de la impresión y el susto.
—¡Le mandé dos tiros del puro cagazo nomás! —le había comentado al comisario cuando volvió al pueblo. Le erró lejos… La yegua se asustó, pero no se encabritó, ni corcoveó. Como siempre, se quedó quieta. Solo movió un poco la cabeza, como negando.
Al mediodía, con cuarenta grados y teniendo siempre en su cabeza a Laura Funes, llegó al rancho de los Mamani. Ató la mora al brocal y tiró el balde al fondo del pozo. Se sacó la gorra, la bandolera con el treinta y ocho y la camisa. Se lavó la cara y las manos, se remojó la cabeza ardida y tragó tanta agua como pudo.
Estrella era una señora entrada en años. Se le calculaba entre cincuenta y sesenta. Más cerca de los sesenta. Vivía allí con su único hijo.
—¡Pase, Gutiérrez! ¡Hay zapallo y un poco de chivo que quedó de anoche!
—Gracias, Doña Estrella —respondió el policía, poniéndose la camisa y colgando la gorra y la bandolera con el revólver en el apero de la yegua. Sacó al animal del sol y lo ató a la sombra bajo un algarrobo.
—¿Carmen no está? —preguntó al sentarse en la silla con asiento de paja, mientras Elena le servía un plato de comida.
—Está pelando unos palos de quebracho, demoró porque debió encabar de nuevo el hacha. Está renegando con eso… Ya llegará-
—Ya debe estar en edad para sacar la Libreta de Enrolamiento, ¿no? —preguntó el policía, antes de comenzar a tragar.
—Nació en el doce, tiene dieciocho —contestó, segura, la madre.
—Entonces tiene que ir al Juzgado de Paz, si no, el Juez nos va a cagar a retos, a mí y al comisario también.
—Cuando llegue le digo. ¿Qué tiene que llevar?
—Nada. Que me busque a mí y con el jefe salimos de testigo de la edad de él. Porque pronto va a tener que ir al servicio militar. No queremos desertores en Añatuya.
—Bueno, le digo, Gutiérrez. Pero tengo el certificado de nacimiento de él.
—¡Mejor! Y gracias por la comida, Estrella. Cuídese… En esta soledad. ¡Me lo manda pronto, eh!
—Descuide, Gutiérrez, mañana mismo va. ¡Y gracias por traer siempre los avisos!
El hombre desató la yegua, se puso la gorra y se colocó la bandolera con el treinta y ocho. Al paso, fue saliendo del monte y encaró el camino. Una cinta de arena y arcilla llena de huellas de guasunchos y chanchos salvajes que lo llevaría al pueblo en un par de horas. Siempre al paso. La yegua ya ni recordaba cómo era un trote.
—De galope, ni hablemos, ¿no? —le dijo Gutiérrez en la oreja. La mora, seguro que ya ni podía escuchar.
Al otro día, a las siete de la mañana, llegó Carmen a la comisaría.
—¿A qué hora has salido de tu casa, chango? —preguntó Gutiérrez, somnoliento.
—Con las luces, nomás —contestó el muchacho. Delgado, bajo, con un matorral en la cabeza y un paquete enorme envuelto en arpillera y goteando sangre.
—¿Que trajiste ahí? —consultó, ansioso.
—Un chivito que le manda mi mamá al Juez.
—Es mucho para el Juez. Lo vas a poner en un brete, chango… No va a querer aceptarlo todo. Lo vamos a tener que partir en dos. Una parte la dejas acá y la otra se la damos al viejo si te la acepta, ¿sí? —mintió.
—Como usted diga.
—Vení que lo cortamos. Andate atrás, a la mesa del patio. Yo le pido el serrucho al turco, a esta hora en la carnicería no está ni el loro —organizó.
—¿Y el comisario? —preguntó Carmen.
—Estuvo timbeando anoche y ahora debe estar durmiendo.
El comisario era un radical que habían designado en el dieciséis, cuando ganó Yrigoyen. Antes había sido almacenero. Cuando vino el golpe siguió en el cargo. Era buen hombre, honesto y de ir poco por la comisaría.
—Viene muy poco por acá. Cuando hay que firmar —le explicó Gutiérrez al muchacho.
—¡Vení, vení, dale que lo cortamos! —ordenó.
Carmen llevó el chivito cuereado y limpio a la mesa. Gutiérrez llegó en un segundo con el serrucho, como si sus pies tuvieran alas.
—Agarrámelo de las patas que yo le meto serrucho —dijo. En un rato, envolvió un medio chivo en la arpillera. La otra parte la dejó en el piso de la guardia, envuelta en diarios viejos. Ya estaba pensando en el fuego temprano, antes de la tardecita, en el patio, con el comisario y las dos chinas Medina. Vino y dulce de zapallo.
—Vamos que te acompaño del Juez —se ofreció.
II
Manuel estaba de encargado de guardia ese lunes, cuando ingresaron los nuevos al barco. Les tomó los datos a todos, uno por uno. Casi ciento veinte. Le llevó dos días, así que liberó de la guardia de furriel al cabo segundo Molina. El martes, Manuel siguió con el libro y el tintero, anotando y anotando.
—¿Nombre y apellido? —preguntó, claro y sin gritar.
—¡Carmen del Corazón de Jesús Mamani! —respondió casi en un grito el marinero de los pelos de clavo, ya sin el matorral, cuadrándose y con un uniforme por lo menos dos talles más grandes. Manuel se dio cuenta de eso cuando el recluta hizo el saludo sobre la sien derecha y solo le sobresalían los dedos de la manga.
—¿Lugar y fecha de nacimiento?
—Cerca de Añatuya, Santiago del Estero, señor. El 20 de febrero del 12.
—No soy señor —aclaró Manuel—. Soy cabo primero. El “señor” es para los oficiales. ¿Y qué hostias quiere decir “cerca de Añatuya”?
—Es que nací en el monte, señor. No hay nombre ahí. Es cerca de Añatuya.
El Suboficial echó una mirada a la libreta de enrolamiento. Decía Añatuya.
Bueno, dijo Manuel, vamos a poner Añatuya y al carajo, aquí también dice así. ¿Has ido a la escuela?
—No, señor.
—Así que no sabes leer y escribir… Bueno, aquí te vamos a enseñar. Te vas a pegar conmigo y no te mueves. Vas a ser ayudante de artillero, ¿sabes? Algo lo había conmovido de ese muchacho triste y silencioso. Algo le recordaba a él mismo, embarcando en Bilbao, teniendo miedo al mar. Teniendo miedo a que no le alcanzara la comida para el viaje, pero más, a no aguantar las ganas de volver a verla.
—¡Sí, señor! —Respondió Mamani, contento y agarrándose a esa soga que, literalmente, lo sacaba del agua.
—Ahora, llevas este papel y se lo vas a dar en intendencia, a ese cabo primero imbécil, al que le sobra la cara de idiota y que te ha dado ese uniforme, y le dices que lo cambie. Que si no, voy a ir yo, el suboficial Pérez —graznó.
Hacía rato que había aprendido a graznar y a dar las órdenes en una especie de dialecto que hacía balanza —“tranca balanca”, como decía el encargado salteño de la cocina entre el lunfardo porteño y un castizo dudoso y que iba y venía.
A Carmen, Manuel le enseñó todo, y sin guardarse nada, sobre el manejo de la artillería. Lo inscribió rápidamente en el curso de alfabetización que deban en Intendencia algunos conscriptos con un nivel alto de instrucción. Más tarde, le fue explicando, insistentemente, cómo reconocer los grados; cómo dirigirse a los oficiales y suboficiales, cómo cuidarse en los puertos y la manera en que podía ahorrar el poco dinero que ganaba.
Se fueron haciendo amigos. En el treinta y cuatro, Mamani, parando la oreja y haciendo caso a Manuel, completó el formulario para quedarse en la marina y hacer el curso para ascender a cabo segundo. Manuel había ascendido en esos días a cabo principal.
El suboficial se lo había aconsejado casi desde el primer día:
—Te das cuenta, marino, que aquí vas a tener una forma de hacerte la vida, que te vas a ganar el sustento. ¿Qué vas a ir a hacer al monte de Añatuya? —Retumbaban las palabras del principal en sus oídos.
—Es que mi mamá ya está muy viejita, mi principal… Tengo miedo de no verla nunca más —contestaba siempre Carmen. Allí se terminaba la charla. Manuel no avanzaba luego de eso. Él sabía lo que era dejar a los padres y no volver a verlos. Simplemente dejaba que Carmen se quedara pensando, aun sabiendo que no tenía otra salida más que pegarse a la marina. Lo dejaba así.
Nunca le dijo al muchacho que podía haber solicitado la exención al servicio: tenía a su madre sola y grande. Nadie le había informado, evidentemente, en su pueblo. No era él quien se lo iba a decir. No ahora.
Solo una vez, Manuel le preguntó. Adivinando, antes que Mamani respondiera, la vieja historia mil veces repetida:
—Tu padre, ¿dónde está?
—No lo conocí, mi principal. Los dos, él y mi madre, eran salteños. Venían en tren a Santiago del Estero y, desde allí, con un montón de gente más, salían en otro tren a Santa Fe, a bracear en la cosecha de maíz en el campo, en el otoño. Una vuelta, mi madre se quedó en Santiago porque me estaba esperando a mí. Mi padre nunca volvió. Ella solo me contó eso y no supe nada más. Las vueltas de la vida, vio.
—Las vueltas de la vida —dijo Manuel. Suspiró y armó un cigarro, calladamente.
Apenas Carmen aprendió a leer y escribir, comenzó a enviar toscas y cortas cartas que, en Santiago, Gutiérrez, el policía encargado de llevarlas a caballo al rancho en el monte, leía a su madre.
Ya no estaba la yegua mora. El comisario le había comprado “medio de prepo” un tostado, a unos sirio-libaneses que arreaban ganado desde Santa Fe a Los Juríes, en Santiago. Sabía que, entre las compradas, venían algunas vacas que eran ajenas, sin dueño, remarcadas. Entonces, para evitar problemas, le dejaron bien barato el potro.
Así, Gutiérrez logró un poco de velocidad, aunque de verdad extrañaba a aquella yegua mañera.
Carmen también enviaba, en el mismo sobre, parte de su casi invisible salario. Nunca dejó de pensar que había abandonado a Estrella a su suerte. Siempre el corazón apretado por eso.
La última vez que Gutiérrez fue al rancho llevaba unas bolsas de harina y grasa. Estrella no quería el dinero.
—Tráigame harina, Gutiérrez. ¿Para qué quiero acá la platita del Carmen?
Gutiérrez le llevaba lo que le pedía. Además, sacaba del patio de su casa naranjas y limones y se los alcanzaba. Sabía que, en el monte, frutas no había.
Esa vez, junto a la carta, iba una fotografía de Carmen. Orgulloso en su uniforme blanco, de verano. Se lo veía parado al lado de un gigante con bigotes de manubrio.
Estrella acarició suavemente el borde de serrucho de la imagen con sus dedos curtidos, como si acariciara a su hijo. Detrás, había un sello violeta con la dirección del estudio fotográfico y una leyenda que el policía le leyó:
Mamá. Acá estoy con Manuel, mi jefe y amigo.
Carmen
—No tiene que volver más acá, Gutiérrez. ¿Qué va a hacer en este monte, cuidando a esta vieja? Que se quede en Buenos Aires. Y que encuentre una mujer que lo cuide y lo quiera.
Gutiérrez no le contestó. No había nada que pudiera decir
Al final, Mamani fue suboficial a principios del treinta y cinco. Ahora ya se trataban de Carmen y Manuel, amigos y camaradas. Eran artilleros, los más rápidos y precisos en la batería de cañones de cuarenta milímetros, veloces, furiosos y difíciles de operar, y dos de los mejores marinos del barco. Toda la marinería, los suboficiales y oficiales lo sabían. Confiables, serios y responsables.
—¡Acá no hay jarana! —bramaba siempre, en servicio, el suboficial europeo y gigante. Un mástil en medio de un mar de reclutas retacones.
—No hay joda —pensaba y gritaba el cabo primero, respaldando a su superior.
Carmen tomaba mates todo el santo día, Manuel, no.
Uno no podía dejar, en parte, de hablar en castellano, siempre con las zetas y las eses finales sonando como shhhh; el otro, alargando las vocales finales y las esessss.
Cada vez que volvían de maniobras navales, desde el puerto, tomaban el tranvía a Barracas, derecho a la casa de Manuel, que casi era también la de Carmen. Los bolsos llenos de ropa sucia.
En el camino pasaban por alguna carnicería. El santiagueño preparaba el asado, cosa que su amigo nunca había podido hacer bien.
—Despacio Manuel, siempre despacio… Le damos una sola vuelta, si no se marea. ¡Un gaita haciendo asado! ¿De cuándo? —bromeaba siempre Carmen. Gaita; gallego; con él, Manuel nunca se enojaba. Ese muchacho cetrino, duro y generalmente callado, era también su familia. Su compadre, desde que había nacido Delia, su hija menor.
Sabía que, si pasaba algo, podía confiar en ese santiagueño de hablar pausado para velar por su familia.
—Nunca fui cagón, Manolo, pero el día que me destinaron al barco, ni podía subir la rampa, me temblaban las patitas, estaba re cagado de miedo, me daba vergüenza, no sé —confesó Carmen.
—Nadie es valiente, Carmen. Solamente sacamos coraje para que los demás no se den cuenta que tenemos miedo.
—Una vez maté un puma. Era de madrugada y me estaba matando los cabritos —recordó en voz alta el santiagueño, pensando en el miedo y en el coraje.
—¿Cómo hiciste para matarlo? Debe ser un bicho malo. Nunca vi uno. Solo algunos lobos, en verano, de lejos, cuando cuidábamos las ovejas con mis hermanos.
—Ni lo vas a ver compadre. Él te ve, mucho antes que vos le pongás el ojo. Y sí, es atrevido. Caza de noche. Más o menos dos leguas por dos, ese cuadrado es su lugar, según cuentan los baqueanos del monte. Por ahí se mete en un corral y te degüella cuatro o cinco caballos o terneros, chupa un poco de sangre y se va. Es raro que coma carroña, caza y mata todas las noches. Yo tampoco vi nunca un lobo.
—No hay lobos acá, por eso no viste ninguno ¿Y cómo hiciste para agarrarlo? ¿Le pegaste un tiro?
—No… No, no. No tengo escopeta. El rancho es pobre y la única riqueza que tenemos son los chivitos, así que junté coraje y me metí al corral con una macana de raíz de mistol. Había luna y lo vi antes de escucharlo. Marrón claro, enorme, los colmillos como cuchillos. No tiene rugido como los leones esos del cine… Hace como un gato, pero fuerte. Estaba echado mordiendo de un cabrito muerto, cuando me vio y se me abalanzó. Le di en las costillas, ahí quedó mal, y más luego, cuando cayó, le partí la cabeza. Ni lo cuerié… Lo arrastré al monte con una soga atada de las patas y lo enterré. Después sí me dio miedo. Estirado en el suelo, era más largo que yo. El guampudo me mató cuatro chivitos.
—¿Qué coños es una macana de mistol?
—De raíz de mistol. Del árbol que crece en el monte. Es un garrote. Es duro como el fierro. No se quiebra.
—¿Con eso mataste a un puma?
—Sí, con eso. Tus parientes que vinieron a conquistar deben haber ligado varios garrotazos de esos. Los Palacios, que son todavía puro indios incas, me han contado.
—Seguro que sí —sonrió Manuel.
Esa vez, por única vez, Carmen le preguntó a Manuel por qué lo había ayudado desde el primer día, cuando ni lo conocía. Nunca pudo olvidar la respuesta que le dio ese español duro y curtido:
—Porque no vine del monte, pero debes hacer de cuentas que también vine de Santiago. Como tú.
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