Kitabı oku: «Bajo el oro líquido»
BAJO EL ORO LÍQUIDO

ÓSCAR HORNILLOS GÓMEZ-RECUERO
BAJO EL ORO LÍQUIDO
EXLIBRIC
ANTEQUERA 2021
BAJO EL ORO LÍQUIDO
© Óscar Hornillos Gómez-Recuero
© de la imagen de cubiertas: G. G. C.
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2021.
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ISBN: 978-84-18730-22-1
ÓSCAR HORNILLOS GÓMEZ-RECUERO
BAJO EL ORO LÍQUIDO
Dedicado a todas las víctimas del coronavirus, en especial a mispaisanos Luis e Isabel y al actor Francisco (Paco) Torres.A mi pueblo, Los Navalmorales, el lugar donde crecí.A Talavera de la Reina, el lugar donde nací.
¿Dónde vas, Navalmorales?
¿A dónde que tú no puedas conocer?
Tan frío y lejano quedó tu pasado
que pareces no recordar el ayer.
Las gentes buscando en los campos tu oro licuado
en los gélidos inviernos de tu haber.
¿Dónde vas, Navalmorales, tan cansado?
¿A dónde tan harto de tu devenir?
Tan desconocido el tiempo que aún no ha llegado
que pareces no recordar tu alegre sufrir.
Los que ya no están y te han alzado
en tu Cristo de las Maravillas pusieron su sentir.
¿Dónde vas, Navalmorales?
¿A dónde el destino te lleva?
Tan ingrato e injusto ha sido contigo
que has olvidado todo lo que aún te queda.
La santa sierra al contemplarte es testigo
en lo que fuiste, eres y te resta.
¿Dónde vas, Navalmorales?
¿A dónde vas, pueblo de mi vivir?
Tan abandonado al abandono
que pareces ya no existir.
Las casas y calles que antes te veían bullir con asombro
en la soledad y el recuerdo parecen confluir.
¿Dónde vas, Navalmorales?
¿A dónde que no quieras saber?
Tan conocedor de tu futuro
que no dominas tu propio quehacer.
Los niños que corrían por tus calles y sobre tus muros
en las sombras de tus casas se ocultan para no ver.
¿Dónde vas, Navalmorales?
¿A dónde tan harto de tu devenir?
Tan ingrato e injusto ha sido contigo
que pareces ya no existir.
Los niños que corrían por tus calles y sobre tus muros
¿dónde van? ¿Dónde van, Navalmorales?
Los nombres de personas, establecimientos y negocios de esta novela han sido manipulados a fin de no ofender a ninguna de las personas que aparecen en ella. No es sino un esfuerzo más por hacer una aproximación a una realidad la cual intento acercar de forma constante al lector.
CAPÍTULO 1
La bicicleta de Luis
El sonido de las ruedas de aquella bicicleta en el camino era el único compañero del joven y apuesto Luis y de su bicicleta. Ni siquiera la luna quiso esa noche mostrar todo su brillo. Una bicicleta sin luz avanzaba lenta y con decisión de vuelta a casa, a Los Navalmorales. Bajo los tubulares, la goma de las ruedas aplastaba la marrón arena creando un surco que marcaba el camino recorrido por el joven. Aunque su vestimenta no era, ni mucho menos, la adecuada para un ciclista, pues vestía una sencilla camisa de color blanco y cortas mangas, acompañada de un pantalón de raso de color negro en contraposición al color de su camisa, no desmerecía a su facultad con el velocípedo.
Era Luis, sin duda, uno de los mejores ciclistas no ya de la comarca del Pusa y sus alrededores, sino de buena parte de su provincia, Toledo. El pisar de sus zapatillas de esparto apenas se hacía patente tras el sonido de los ciclos que no cesaban de rodar por su propio empuje. A ambos lados del camino, los olivos comenzaron a ser partícipes de su avanzar. Los centenarios árboles mantenían estáticas todas sus hojas por la absoluta ausencia de viento. Aquel verano de mediados de los años sesenta estaba siendo especialmente seco y caluroso, y el aire, como se suele decir en estas tierras, no «corría», acompañando así a las duras condiciones del estío. Luis continuaba su camino; aún restaban varios kilómetros hasta su pueblo y tenía tiempo suficiente para pensar, para cavilar. Su novia, una joven de Torrecilla de la Jara, pueblo del que había partido, ocupaba la mayor parte de sus pensamientos. Desde que volvió del servicio militar en Melilla, la visitaba casi todos los días. Las cartas en la distancia habían constituido el cemento que había mantenido candente ese amor. Ahora solo un breve paseo en bicicleta para el joven deportista era la escasa barrera que le separaba de ella, y con gusto lo hacía.
El caminar encontró su pausa, pues algo turbó la paz de Luis. Pero cuando este detuvo su paso y el rodar de su empujado vehículo, el agente causante de entorpecer su paz había cesado, se había desvanecido. El joven quedó pensativo. «No será nada», se dijo. Y continuó su caminar. No obstante, aquel ruido se personó otra vez. Era algo así como unos pasos. Pasos acompasados a los del ciclista. La oscuridad de aquella calurosa noche le impedía ver a más de veinte o veinticinco metros. Luis miraba atrás, que era de donde procedían los extraños sonidos, las pisadas o lo que quiera que fuere. Ahora el joven navalmoraleño dirigió sus ideas a la posibilidad de que un animal lo estuviera siguiendo, pero los animales capaces de hacer sonar sus patas contra la tierra de esa forma solían ser esquivos. Ni un jabalí ni un venado o un corzo se acercarían sin motivo a un ser humano. El miedo que ellos sienten es mayor que su curiosidad. Eso lo sabía bien Luis, hombre también de campo, además de deportista. «No sé», repitió. Y prosiguió. Así, de nuevo las pisadas volvían, como una broma macabra que alguien le quisiera gastar. Luis aceleró el paso, pero aquello que le seguía también lo hizo. «Eso un animal no es», añadió de nuevo. Ahora el ciclista rebajaba su velocidad y no había ni que decir que las pisadas se adaptaban también a esta nueva situación.
—¿Quién va? —preguntó. El silencio pareció hacerse eterno—. ¿Quién va?
De nuevo la misma letanía sin respuesta. Luis caminaba de nuevo, pero esta vez el miedo empezaba a ser un castigo para él, una amenaza ya real y palpable. Con celeridad Luis avanzaba. Aquello que le perseguía y ninguna respuesta le daba no podía tener buenas intenciones de ninguna manera. Paró. Y el silencio otra vez. Suspiró y comenzó a sudar, algo no demasiado difícil, dada la época del año. Fue entonces, solo entonces, cuando se subió en su bicicleta y comenzó a hacer lo que mejor se le daba, pedalear. La noche y los baches del camino no iban a ser su mejor aliado, eso lo sabía bien, pero a la fuerza ahorcaban. Las pisadas galopaban, literalmente, para poder perseguirle a él sobre su bicicleta. Luis miraba atrás mientras pedaleaba, era inevitable no hacerlo. Estuvo a punto de caer, pero su pericia como deportista le salvó del accidente. En una de las ocasiones en las que miraba hacia el desandado camino le pareció ver algo, una mujer quizá vestida de blanco. El miedo, que ya se había instalado en su ser irracionalmente, le hizo detenerse en seco. Su valiente intención era ver aquello que le había parecido eso, ver. El «ente», llamémosle así, se percató de todo y con un pavoroso alarido se retiró de la escena, quedando Luis solo de nuevo. Una lágrima, fruto del miedo y la brutal tensión del momento, recorrió fugazmente su mejilla, frenándose en las proximidades de su mandíbula. ¿Qué diría en casa? ¿Qué le contaría a su novia? ¿Le tomarían por loco? Pese a todo, en ese momento no era lo que más preocupaba al joven. Restaban unas decenas de metros para llegar a la carretera de Los Navalmorales a Espinoso del Rey. Con ese firme podría avanzar con más rapidez y de forma más segura a pesar de la oscuridad de la noche. Llegar a su casa se había convertido en algo más esencial de lo que lo era cuando de Torrecilla partió.
Este capítulo está dedicado a Luis Luna Gómez por esas antiguas, tensas pero preciosas historias que de su boca con atención escuché.
CAPÍTULO 2
El peligro del placer
Verano de 2019
Pablo y Lucía no se decían ni una palabra. En el interior del Ford Focus del joven, de apenas veinte años, el olor a ambientador de manzana se extendía con facilidad, ocupando todo el habitáculo. Pablo ya no prestaba atención a la escotada camiseta blanca de Lucía, dos años menor que él. Estaba centrado en encontrar un lugar apartado, lejos de las miradas de ojos indiscretos. Eran ambos vecinos de Velada, Toledo, el pueblo que ahora abandonaban por la calle Bosque. Pronto la senda que habían elegido dejó de ofrecer un firme duro y compacto para poner a prueba la amortiguación del vehículo azul obscuro, que se confundía en la noche en aquel ya camino. El polvo que las ruedas traseras levantaban se mezclaba con el cálido aire del verano.
Pablo puso a propósito su mano derecha sobre el muslo izquierdo de su acompañante. Acto seguido levantó su mano para bajarla de súbito y que esta impactara contra la pierna de Lucía. A ella le dolió, pero también constituyó un argumento más para aumentar su libido o deseo. Callaíta, de Bad Bunny y Tany, salía por los laterales del salpicadero del automóvil. Y así, callaíta, la joven se dirigía hacia donde su acompañante la conducía. Un viaje corto pero lleno de intensidades a las que la joven no hacía ni mucho menos ascos. Pablo se salió del camino cuando las luces de su pueblo se vislumbraban en la lejanía. Se trataba de otra pista forestal escoltada a ambos lados por árboles salpicados al azar. Sin duda, un buen sitio para estar alejados de todo, especialmente de miradas curiosas. El motor del Ford detuvo el galopar de sus pistones y al fin los jóvenes empezaron a hablar:
—¿Has traído condones? —preguntó la chica.
—Creo que sí —respondió él.
Pablo movió su cuerpo hacia la guantera, que se situaba frente a Lucía. Al hacerlo sus brazos estaban sobre el tejano gris de la chica. El joven abrió la guantera y sacó un preservativo de color azul y blanco en su envoltorio. El resto estaban esparcidos por el pequeño habitáculo, sin cuidado ninguno en su colocación y compartiendo sitio con los papeles del coche, una gafas de sol sin su funda y algunos chicles Clix de hierbabuena. Cuando tomó el objeto que fue a buscar cerró la guantera, la cual hizo un ruido de encaje perfecto, y volvió a su asiento. Pablo no había apagado aún las luces del coche, por lo que la superficie de campo y árboles frente al automóvil estaba iluminada, pero lo estuvo más cuando otro vehículo pasó por el camino que antes habían dejado a un lado. El vehículo pasó de largo. Los dos jóvenes se miraron; era extraño que alguien más pasase por allí a esas horas de la noche. Las labores agrícolas y ganaderas carecen de horario, pero de ahí a visitar una explotación a esas horas… Lucía acababa de mirar la hora en el salpicadero del coche. A la una y treinta y tres de la madrugada eso no era muy normal. Ni una palabra entre los jóvenes al respecto. La importancia que al hecho le dio uno apareció mermada en el otro. Pablo apagó las luces y cerró el contacto del coche. El ruido que las llaves, con sus numerosos adornos bien repartidos por todo el llavero, hicieron constituyó la señal para que Lucía se quitara el cinturón de seguridad y presionara el seguro de su puerta, algo absurdo, pues minutos después abrirían las puertas del coche para hacer frente al sofocante calor de la noche. Al tiempo que lo hizo, un breve torbellino de onomatopeya difícil de emular recorrió todo el habitáculo. En su interior, Lucía se sentía más segura así. Por otro lado, las luces del coche que los sobresaltó habían desaparecido en la distancia. Ambos chicos habían visto como se alejaban y se apagaban en la lejanía. La joven se aproximó al chico y empezó a besarle en la boca. Al tiempo, la temperatura corporal de Pablo aumentaba unas décimas, suficientes como para poner a tono todo su cuerpo. Sus manos fueron explorando partes ya conocidas en el cuerpo del otro. La tela de los vaqueros a la altura de la cintura era una barrera sencilla de sobrepasar; así, en poco tiempo su ropa interior estuvo a la vista, y luego sus más íntimas partes, las cuales sirvieron de entretenimiento para ambos. Primero ella osó jugar con sus labios y su lengua, de tal modo que estos estuvieran en contacto con lo más prohibido, con lo más íntimo.
Los minutos pasaban para Pablo como si de segundos se tratase, como suspiros que se volatilizaban en el aire del habitáculo del Ford con suma facilidad. Pese a su algo incómoda postura, pues estaba sentado y con la ropa inferior bajada, no emitió queja alguna. Luego le tocó el turno a ella, algo rápido, caduco y falto de inspiración. Esta se había esfumado por los entresijos del acto en sí. En el fondo, el joven veleño ansiaba estar dentro de ella, eso solo y nada más. Sus intenciones no iban a ir más allá de eso, ni aquella noche de verano ni ninguna otra. Pasados unos minutos, los cristales del Focus habían sido bajados deliberadamente; el calor que esa noche hacía invitó a los chicos a esto último. Ahora estaban en la parte de atrás del coche y habían movido los asientos delanteros hacia delante para tener más espacio. Había sido algo que no había presentado problemas a la hora de ponerse de acuerdo. Uno sobre el otro se trasladaban al éxtasis. Pablo pretendía llegar el primero, antes que ella. No le preocupaba en absoluto su sentir, su disfrutar. Quería volver pronto al pueblo; era sábado noche y había muchas cosas que hacer con su edad. Lucía acariciaba el cogote rasurado del chico. Pablo había decidido conservar su tupé y su vistoso cabello en la parte superior de su cabeza, pero el resto de su pelo moreno estaba rapado. Por otro lado, el cabello de la joven se entremezclaba con la piel del veleño, pues el sudor había hecho acto de presencia en la epidermis de ambos.
—¡Joder!
Por un momento, Lucía había abierto sus grandes y bonitos ojos marrones. El sobresalto por lo que le pareció un leve chasquido de unas ramas hizo temblar hasta sus largas pestañas.
—¡Coño! Lucía, eres una cortarrollos. Siempre que venimos aquí haces lo mismo —dijo Pablo.
—¡Pablo, tío, hay alguien fuera! ¡Te lo digo de verdad, hostia!
—Al final vamos a tener que ir a la nave de mi padre —contestó él enfadado.
Mientras el chico hablaba, había ido saliendo del cómodo interior de Lucía para incorporarse y ver qué había fuera. Por ello, su siguiente frase se entrecortó un breve lapso de tiempo.
—Aunque… con lo mal que huele a cerdo…
Fue su último enunciado, su letanía final. Un contundente golpe de lo que a Lucía la pareció un objeto metálico le abrió la testa por la frente, un poco más arriba de los ojos. El veinteañero cayó encima de la joven, pero esta vez sin ninguna intención concupiscente. El chico respiraba aún, estaba inconsciente. La joven veleña empezó a chillar como si estuviese poseída. Trataba inútilmente de retirar la pesada carga, para ella, que tenía sobre su desnudo cuerpo. Mientras sus manos se crispaban por la tensión de lo vivido, un hombre de fuerte complexión apareció por la abierta ventanilla del Ford. Las pulseras de sus muñecas bailaban sin salirse de las mismas mientras el sujeto abría la puerta. Los largos cabellos morenos de la joven sirvieron de utensilio al fornido hombre, el cual la sacó literalmente del vehículo, colocando una de sus manos, con la que no tiraba, en la coronilla del aparentemente inerte chico. Con la otra extrajo a la chica. Lucía trató de defenderse sin éxito. Una buena bofetada y el suelo constituyó su improvisado lecho. Así, los dos chicos quedaron a la total y absoluta merced de aquel varón cuya cara se escondía tras una media de color marrón.
Como Lucía había quedado en el suelo, inconsciente, el hombre se centró en el chico, que, como he narrado, yacía boca abajo e inconsciente en la parte trasera del Focus. Lo arrastró, tomándolo en este caso de las axilas, y ya en el suelo le dio la vuelta. Pablo tenía la cara ensangrentada. El desconocido se puso encima de él, sentado sobre su pecho, y con un fuerte movimiento de sus extremidades superiores le rompió el cuello. El chasquido fue sutil, casi vago en la sonoridad. Los guantes de las manos del ya asesino apenas si se habían impregnado de la sangre del joven veleño.
CAPÍTULO 3
Una vida un tanto «desarreglada»
El ruido del iPhone deshizo el descanso de Eduardo y sus dos acompañantes. La habitación donde dormitaban, tras una noche de la que Eduardo no recordaría todo, estaba tan desordenada que costaba encontrar los cuerpos desnudos, apenas cubiertos por las sábanas. El musculoso brazo del teniente de la UCO (Unidad Central Operativa de la Guardia Civil), de treinta años de edad, pasó por encima del cuerpo de una de las chicas. El contraste entre las dos pieles era mucho más que evidente. La tostada epidermis de Eduardo hacía palidecer aún más la de la chica. Cogió el teléfono móvil, que no había dejado de sonar, privando del sueño a las dos señoritas que le acompañaban.
—Mi capitán.
El joven teniente se había esforzado sin demasiado éxito en disimular su ronca voz, pues al otro lado estaba su superior. La noticia que iba a recibir le trasladaría sin remisión a la acción. Eduardo escuchaba con atención lo que el capitán de la UCO, Alfonso Gutiérrez, le decía. «Eso está cerca de mi tierra», pensó. La acción, lo que a él más le gustaba, mezclada con el punto de nostalgia de volver a sus orígenes. Hijo de un agricultor y un ama de casa de la localidad de Los Navalmorales, en la misma provincia donde había tenido lugar el suceso que investigar, desde siempre el pueblo se le quedó pequeño. Primero, el ejército, donde estudió en la academia de oficiales de Zaragoza y pronto destacó en misiones internacionales en Irak y Afganistán; y luego la Guardia Civil, cuerpo al que se cambió al volver de su última misión en territorio afgano. Durante todo este tiempo estudió criminalística, compaginando sus estudios con su labor en ambos cuerpos militares hasta que dio el salto para entrar en la selecta UCO. Apadrinado por su capitán, Julio Rodríguez, finalmente ingresó en la unidad. Sin duda, una buena hoja para cualquier superior que se preciara.
En el tiempo que llevaba en la UCO había tenido la oportunidad de trabajar con algunos de los mejores guardias civiles del país, y de contribuir a resolver algunos importantes casos. Quizá por eso su capitán había decidido llamarle esa mañana de domingo del sofocante verano de 2019. ¿Quién mejor que él, con su hoja y su conocimiento del terreno, para ocuparse de ese caso? Eso pensó Eduardo de nuevo mientras se tomaba un café solo mirando por la ventana de su apartamento, un tercer piso en la avenida Nuestra Señora de Fátima del madrileño barrio de Carabanchel. El distrito de Vista Alegre, al norte de Carabanchel, había sido su barrio desde que llegó a la capital y ese Madrid al que llegó parecía no haber parado ni un segundo, sin dormir, sin descanso, al margen de la vida fuera de él. Los coches no cesaban en su empeño por recorrer la avenida que Eduardo observaba cuando una de las chicas, que medio vestida se acercó a él a darle un corto y seco beso en los labios, le interrumpió. Al cabo de unos instantes «la rubia» y también «la morena» se habían tomado su parte de café y se habían marchado de su apartamento, no por ganas de hacerlo. Un hombre como Eduardo no se encontraba fácilmente; su colocación, su físico y su personalidad siempre acompañaban a la conquista de cualquier candidata. No obstante, en su ser subyacía el, por el momento, deseo de estar solo. Para algunos de sus superiores esto podía llegar a constituir un escollo en su exitosa carrera y así se lo habían hecho saber en más de una ocasión. Una indirecta por aquí, un comentario subido de volumen a propósito para que este lo escuchara, un cotilleo que tarde pero a tiempo llegaba a sus oídos… Sin duda, su estado civil estaba un tanto «desarreglado», si se puede decir así, pero no parecía importarle a esta personalidad.
Antes de salir del apartamento, Eduardo observó todo en derredor. La diafanidad de su hogar le permitía tener una visión global de todo: un cazo a punto de oxidarse en el fregadero junto a cubiertos cuyos mangos asomaban por encima del mismo sin que se supiese si eran cucharas, tenedores o cuchillos; ropa por doquier esperando a ser llevada «a otro lugar» para tener un destino más limpio; un frigorífico con algunos restos de huellas y grasa y con más hielo que comida; algunos goterones de café en el suelo de todo el apartamento, que tenían su origen en una cafetera con cierto aire de abandono en toda su estructura; unas cortinas de salón de lino blanco que pegaban bien poco con la madera del suelo y el resto de la decoración del habitáculo; y suma y sigue. Así y todo, esta era la vida que a Eduardo le gustaba tener, despreocupada y sin ánimos de mejora en lo que se refería a la cotidianidad extralaboral.
El tráfico en Madrid a veces no respondía a patrones y este era una de esos días. Para colmo, el aire acondicionado del viejo Mercedes Benz que había heredado de su padre no daba señales de vida, como siempre. El calor se hacía insoportable sentado en los sillones de cuero de aquel mítico automóvil. Parecía que nunca saldría de la autovía A-2 y tomaría el desvío para llegar a Salinas del Rosío, 33, la central de la UCO. Durante un instante en el que su vehículo casi no avanzaba, se miró en el espejo de la visera. Su aspecto era un tanto desaliñado. El pelo algo alborotado, unas ojeras un tanto pronunciadas y una imagen menos despistada que antes de lavarse la cara en casa, pero algo preso de la noche todavía. Todo ello no desmerecía, ni mucho menos, su bella faz. Una nariz no muy prominente, escoltada por unas pequeñas arrugas que delimitaban con levedad algunas facciones de su cara, la cual gozaba de un bronceado color de piel, fruto de la herencia recibida más que del sol.
—¡Vamos, hostias! Viejo trasto —dijo.
La queja iba acompañada de un ruido de fácil onomatopeya tras los golpes de Eduardo contra el salpicadero. Cuando hubo llegado a las oficinas pudo respirar un aire menos viciado y fresco. Los pasillos que le conducían al despacho de su superior estaban casi vacíos. Solo se cruzó con un par de compañeros vestidos de calle y con la recepcionista. Su capitán le vio por los entresijos de la moderna persiana metálica de su despacho, pero él tuvo la deferencia y la educación de golpear la madera con los nudillos.
—Pase —le invitó el capitán de la UCO, Julio Rodríguez.
—No descansa ni los domingos, mi capitán —añadió su subordinado.
—Pase, siéntese.
El ruido de la silla de cuero al sentarse fue el pistoletazo de salida para que Julio comenzara a expandir sus conocimientos en aquella estancia. Bajo los numerosos títulos colgados en las paredes en viejos marcos y ante la atenta mirada de una pequeña estantería plagada de expedientes de años pasados, su capitán empezó a hablar a su subordinado de la misión:
—Una joven desaparecida y un chico de veinte años hallado muerto. Los han encontrado esta mañana.
—¿Velada me dijo, mi capitán?
—Sí, teniente. Eso queda cerca de su pueblo si no me equivoco.
—Al norte de Navalmorales, sí.
—De momento se está ocupando la Guardia Civil de la zona, pero quiero que usted personalmente se desplace. Examine el lugar de los hechos. Confío en sus capacidades. Este es el informe que los compañeros han elaborado. Lo hemos recibido hace unos minutos por correo electrónico. Ya sé que esto se sale de la norma, pero quiero proceder así porque quizá se trate de algo más que un caso aislado. Por supuesto, tenemos luz verde del coronel.
El capitán de la UCO tomó unas fotocopias a las que les acompañaban algunas fotos de la escena del crimen. Las fotos estaban impresas en papel normal, como los informes que las acompañaban. Eduardo comenzó a examinarlas. En ellas se observaba el espacio rural donde se habían cometido los distintos delitos, el coche modelo Ford Focus y la imagen de un joven con el rostro destrozado. Había sangre por el suelo, pero no en el automóvil. Eso fue todo en lo que Eduardo se pudo fijar en el breve espacio de tiempo en el que miró aquel informe, pues la puerta sonó a madera de nuevo para obtener el permiso del capitán y abrirse. La alférez Colado entró en el pequeño despacho. Era una mujer que se esforzaba por esconder su feminidad en un cuerpo atlético, pero esta se respiraba a raudales en todo su femenino ser. Su rubio pelo sujeto por una coleta, su poco ajustada blusa blanca, esos vaqueros algo pasados de moda que intentaban disimular sus caderas con estrepitoso fracaso y esa voz que se esforzaba en buscar un tono ronco que no le correspondía constituían un cóctel en el que Paula Colado se sentía mucho más cómoda, mucho más libre de las ataduras y corsés que la sociedad le imponía en silencio, casi sin quererlo, pero queriéndolo a la vez. Cuando sus verdes ojos se cruzaron con los casi marrones de Eduardo, el capitán dijo:
—Como ya se conocen de sobra, está de más todo tipo de formalismos. Son dos de mis mejores efectivos y por ello les envío. Nos volveremos a ver mañana, lunes, en mi despacho. Exploren bien la escena del crimen.
Tras las palabras del capitán, los dos salieron sin decir palabra del despacho.
CAPÍTULO 4
Descubriendo la dura realidad
Las paredes de lo que parecía un pozo rezumaban cierta humedad por los recovecos que los ladrillos formaban. Algunas telas de araña se hallaban abigarradas en la cilíndrica pared de aquel viejo agujero, dando fe de la ausencia de agua en él durante demasiado tiempo. Y es que más de diez metros separaban a Lucía de la boca del mismo. La joven veleña respiraba angustia y ansiedad al despertar de aquel letargo en el que la habían sumido. Estaba claro que no estaba sola; los ladridos de varios perros le anunciaban la certeza de este hecho. Durante un instante la idea de que pudieran llegar hasta ella se apoderó de su coraje, pero el tiempo transcurrió y no fue así. Se trataba de perros de gran tamaño, por la fuerza y cierta ronquedad de sus ladridos, pero estaban, a buen seguro, fuera de la estancia que contenía el pozo donde ella se encontraba. La chica miró hacia arriba y reconoció la uralita del techo. Era el mismo material que había en la nave del padre de Pablo, aunque ella no conocía el nombre del mismo. El pozo estaba dentro de una casa de campo o nave, eso estaba claro. Fruto de la desesperación Lucía gritó:
—¡Pablo!
Debía de ser de día, pues por algún lugar de aquella casa de campo o nave penetraban los rayos del sol, que permitían a Lucía ver sus ropas algo sucias. Su blusa ya no parecía la misma y sus tejanos, algo polvorientos y mancillados de barro, se asemejaban más a un saco que a un vaquero. La joven introdujo su mano derecha y luego la izquierda en ambos bolsillos del pantalón, pero no encontró su teléfono móvil. A su alrededor no tenía nada más que piedra, suciedad y telas de araña. Así, cayó sentada por la desesperación y empezó a llorar hasta que sus ojos se cerraron, encontrando la respuesta del descanso forzado frente a la búsqueda de la dura realidad.
Seguramente habían pasado varias horas cuando el metálico ruido sobresaltó a Lucía, pues la luz del sol que entraba en aquel lugar era ya menos intensa y de un color más anaranjado que horas atrás. La chica se puso de pie y miró hacia la boca del pozo. Los ladridos de los perros eran más intensos si cabía, posiblemente porque alguien había abierto la puerta que comunicaba el interior de la nave con el exterior. Los pasos que se escuchaban hacían un ruido parsimonioso, acompañado de otros sonidos que la joven no podía adivinar. La joven no cesaba en su empeño de mirar hacia la parte superior del pozo y fue una sombra no demasiado oscura, por el efecto de la débil luz, lo que encontraron sus ojos. Sin lugar a dudas, se trataba de una figura masculina, por el contorno del cuerpo. Lucía no podía ver la cara de aquella persona, pero en sus rasgos pudo intuir una corta barba, una nariz no demasiado prominente y pelo corto. El sujeto quedó mirando a la joven sin decir palabra.
—¡Sácame de aquí! —gritó ella, pero del que parecía su captor no salió ni una sola palabra—. ¡Por favor! —volvió la chica a vociferar, esta vez acompañando su petición de un más que sonoro llanto que no hizo que aquel hombre se inmutara.
El individuo movió su cabeza de un lado a otro y después sus brazos, lanzando hacia el fondo del pozo dos objetos. Estos cayeron a plomo contra el terregoso suelo, haciendo diferentes sonidos. Luego su sombra se desvaneció, dejando aquella luz de la tarde de verano como única compañera de Lucía. Al principio esta no prestó atención a lo que el hombre había tirado, pero luego se agachó y pudo ver dos pardos objetos, por efecto del entorno donde se hallaban. Los tomó y vio que se trataba de una botella de agua de doscientos cincuenta mililitros, de la marca Aquabona, y de una lata de magro de cerdo de la marca Día. La botella había sido rellenada de agua, pues su etiqueta estaba despegada por uno de sus lados y el tapón había sido manipulado. La chica tenía bastante hambre, por lo que no fue remilgada. Bebió y comió, con cuidado de no cortarse con los bordes de la lata, hasta no dejar nada. Al parecer, aquel hombre pretendía mantenerla con vida por alguna razón que ella desconocía.
CAPÍTULO 5
Nada es casual
A unos metros de Paula, Eduardo examinaba aquella zona. No les había costado mucho cruzar el cordón de la Guardia Civil; sus placas se habían abierto paso fácilmente. Los trajes blancos que vestían para no contaminar la escena del crimen contrastaban con los uniformes de los agentes que custodiaban el lugar. Por otro lado, eran los últimos en llegar, por lo que todo había sido suficientemente inspeccionado. La cinta de plástico verdiblanca apenas se movía por el escaso viento mientras les observaba a unos metros. No había nada, nada que pudiera servirles a ambos, ni colillas ni restos de tela. Ni siquiera fluidos que no pertenecieran a las jóvenes víctimas. Tampoco había huellas en la hierba ni en el camino. Solamente fueron halladas las del ciudadano que dio la voz de alarma. Su búsqueda, con cierta determinación, era en este sentido infructuosa. Llevaban ya casi una hora husmeando por el lugar del crimen. La cara de Paula lo decía todo. La palabra fracaso no entraba en el vocabulario de ninguno de los dos. Habían sido entrenados para eso, para el éxito, pero su arduo trabajo de campo no daba frutos. Mientras Paula, en silencio y ante la mirada de los dos guardias civiles que custodiaban la escena del crimen, se quitaba uno de sus guantes de látex, Eduardo levantó la cabeza y quiso mirar más allá, fuera de ese espacio donde todo se había centrado, la escena del crimen, pero donde seguramente, pensó Eduardo, no todo había sucedido. Caminó sin el mismo cuidado que lo hiciera cuando llegó al lugar de los hechos y se agachó para salir de aquel cordón que por momentos empezaba a asfixiar su mente.
En la lejanía, a unos quinientos metros, multitud de curiosos se agolpaban buscando la novedad, la noticia, la exclusiva, el ser el primero en saber y enterarse, pero también, en muchos casos, el morbo que siempre aporta lo inusual, lo que se aleja de la pura cotidianeidad y te sumerge en un mundo obscuro y lleno de interrogantes. Eduardo se desplazó hacia el camino que daba acceso al lugar de los hechos. Se trataba de una pista forestal de lo más corriente. Su objetivo era centrarse en las huellas de los neumáticos, las más recientes. Probablemente esa mañana numerosos coches habían pasado por allí. A los vehículos de la Guardia Civil había que sumar el que trajo al juez, el de la persona que halló todo y los de los curiosos que se aventuraron hasta la zona antes de que llegase la Benemérita. Sin duda, era complicado saber, en el caso de que un vehículo trajese al asesino o asesina, cuáles eran las ruedas que con poco éxito, pues el firme del camino estaba seco por la época del año, lo o la habían traído. Paula, que había salido de la concentración que este trabajo le proporcionaba, observaba a su compañero. Eduardo iba de un lado para otro mientras el calor de la tarde empezaba ya a hacer mella y las primeras gotas de sudor caían al arenoso y seco suelo. Las ruedas del Nissan Pathfinder de la Guardia Civil fueron el primer objetivo del joven toledano. Su cámara Canon último modelo, cortesía del cuerpo al que pertenecía, hacía el resto del trabajo.
—¿Cuántas unidades de patrulla han venido a la zona? — preguntó Eduardo, frunciendo un poco el ceño al esperar la respuesta de su compañero.
—Tenemos otras dos unidades, mi teniente.
—Necesitaríamos verlas y tomar fotografías de las ruedas —añadió el teniente de la UCO como aclaración.
Paula, que ya estaba junto a Eduardo, dijo:
—¿Crees que…? —preguntó dejando en el aire algo que solo ellos entendieron.
—Puede ser que consigamos algo así —añadió el joven—. Al fin y al cabo puede que la intuición del capitán al mandarnos aquí no sea solo eso, intuición.
Las fotografías continuaron durante casi dos horas, hasta que el sol empezó a mostrar los primeros signos de debilidad con el avance de la tarde. Casi veinte rodadas de las que a los ojos de los guardias civiles parecían recientes fueron tomadas. El trabajo de análisis vendría después, pero era un buen comienzo tener treinta tipos de rodadas de los vehículos que pudieron pasar horas atrás por allí. La cámara de Eduardo había quedado junto a su pecho, colgada de su fuerte y moreno cuello. Mientras se pasaba la mano por la sudada frente, observó como una de las rodadas, que había sido semiborrada por otras posteriores, se salía del camino a unos trescientos o cuatrocientos metros de la escena del crimen. Era algo extraño. Bien pudiera ser que el ocupante de aquel automóvil quisiera parar lejos de la escena del crimen para luego bajarse y observar cuando la Guardia Civil de la zona montó el cordón. Pero para Eduardo siempre cabía una posibilidad más, un trazo más en el lienzo que se dibujaba ya en su mente. Esa huella ya la tenía fotografiada, pero lo que realmente le interesaba ahora era seguir los pasos de la misma. Y así, salió de la pista forestal calle del Bosque y anduvo por una vereda por la que un automóvil habría avanzado encontrando cierta dificultad. Las huellas de las ruedas parecían pelearse con la tierra y la poca vegetación del camino. Sin duda, en esa parte solo ese automóvil había estado. No había ningún resto más de rodadas allí. A simple vista se trataba de una rueda con cierta anchura.
—Ciento setenta y cinco —dijo el teniente refiriéndose a la anchura de la rueda—. Probablemente no se dirigió a pie por el camino. Fue campo a través —continuó.
El dibujo no era rectilíneo como el de los vehículos que suelen circular por asfalto. Se trataba de un coche que probablemente estaba destinado a este tipo de superficies, a la tierra. Estas eran las reflexiones de Eduardo cuando Paula le interrumpió como una alarma. Aquella voz aguda saltaba de un lado para otro en su pabellón auditivo:
—Teniente, teniente, Eduardo.
La alférez Colado señalaba al suelo, a unos metros de los pies de Eduardo. Se trataba de una colilla marca Ducados. El objeto en cuestión no estaba en mal estado a causa del sol, mantenía su color blanco, con lo cual no había que sumar mucho para saber que llevaba allí poco tiempo. Si en realidad, como Eduardo pensaba, aquellas marcas podían ser las del coche del asesino, ¿podría esa colilla contener su ADN? Eran reflexiones, de momento solo eso, pero era lo poco que tenían para presentarle a su capitán al día siguiente en Madrid.
CAPÍTULO 6
Los primeros pasos
—Pasen. —Fue así como el capitán de la UCO hizo caso a los golpes en la puerta de su despacho.
Los dos guardias civiles que horas antes habían realizado el trabajo de campo en Velada ahora estaban ante su superior para rendirle cuentas de lo visto, de lo investigado.
—Ahora mismo se está realizando la autopsia al cuerpo del chico en el anatómico de Toledo. Estamos a la espera de recibir los resultados que hemos pedido a los compañeros allí —les explicó el capitán sin antes haber atendido a saludos. Sus dos subordinados le miraban con cierta seriedad—. ¿Y bien? —les preguntó.
Paula, que había sido la encargada de elaborar el informe la noche anterior, entregó una carpeta de cartulina verde con el símbolo de la Guardia Civil a su capitán. Este no perdió ni un segundo y comenzó a leerlo con atención. Parte de su corta papada se contoneaba al hacerlo, creando un movimiento provisto de cierto hipnotismo, al que los dos jóvenes no prestaron atención. El capitán Julio Rodríguez, de cincuenta y nueve años, era un guardia civil de una dilatada experiencia. Había estado al mando en multitud de casos con exitosos resultados. Su aspecto, una gran calva que coronaba un cuerpo algo abandonado al ejercicio físico, era fruto de los años de despacho que tenía a sus espaldas. No había sido así en sus años tempranos, cuando ingresó en el cuerpo, pero eso ahora quedaba lejos, muy lejos. Un flexo de color gris iluminaba aquellos folios que contenía la carpeta que el capitán estudiaba. Durante más de dos minutos leyó todo con atención. Luego apagó el flexo y habló:
—Vaya, parece que no tenemos mucho. ¿Han pedido que presenten los vehículos a todos los propietarios de las fincas cercanas? —les preguntó.
—Sí, mi capitán —contestó Eduardo—. Hemos ido más allá, a los propietarios de las fincas en cinco kilómetros a la redonda. Esperaremos a que la Guardia Civil de Talavera realice diligencias con las instrucciones que le hemos dado y con las copias de las fotografías.
El capitán frotó los dedos de su mano derecha mientras con su mano izquierda depositaba el papel sobre su mesa.
—Buen trabajo —añadió mirando a Eduardo y tras una pausa continuó—. De momento continúen con el caso de los falsificadores de billetes, pero si las cosas nos indican que esto no es un hecho aislado se incorporarán a la investigación con el resto de la UCO y la Guardia Civil de la zona. El otro caso lo puede llevar cualquier otro.
—¿Un asesino en serie? —preguntó extrañada Paula.
—No es muy común en nuestro país, pero nunca hay que descartar nada.
En ese momento la puerta volvió a sonar y, sin pedir permiso, un agente de la UCO abrió la misma, haciendo ver a los presentes que solo era cortesía y que el capitán de la UCO no podía esperar a recibir aquella noticia.
—Mi capitán —dijo el agente—, ya están los informes de Toledo.
Con la mano, el capitán hizo un gesto y el agente pasó a su despacho y se los entregó. Después, y sin decir nada, se retiró. De nuevo la lectura vino acompañada de la luz tenue y amarillenta del flexo. Cierta tensión más que controlada se respiraba en el aire. Cuando el capitán terminó, entregó el informe a sus compañeros. Paula, que fue la que lo tomó, leyó en voz alta la parte donde se narraba lo más interesante:
—Se estima que el sujeto falleció entre la una y las tres de la madrugada del domingo 7 de julio de 2019. Causa de la muerte: varios traumatismos graves, al menos seis, causados con un objeto contundente de aluminio, por los restos de metal en la cabeza hallados. Posiblemente se trate de un bate de béisbol o similar. Apenas hay señales de defensa, por lo que es muy probable que el sujeto se encontrase en una posición poco favorable para defenderse, decúbito supino.
—¿Qué hay de la prueba de ADN de la colilla, capitán? — añadió Eduardo.
—Estamos esperando a que nos la envíen del laboratorio. No arrojará demasiadas soluciones sobre la mesa, pero al menos podremos saber el sexo y la raza del posible asesino, amén de poder comparar los datos con los de los propietarios de las fincas adyacentes —concluyó de esta forma el capitán Rodríguez.
No era demasiado con lo que comenzaban, era más bien poco. No obstante, eran los primeros pasos para abordar este caso. Durante los siguientes días los propietarios de las fincas presentaron todos los automóviles y se cotejaron las rodadas con sus vehículos. También se les extrajo una muestra de saliva para conocer los distintos genotipos de todos y cada uno de ellos. Ninguno opuso resistencia alguna a este último requerimiento de la Guardia Civil de Talavera de la Reina. Eduardo y Paula continuaron trabajando en aquella ciudad que no cesaba en su bullir, un Madrid que ofrecía tanto trabajo a la UCO que por unos días las cabezas de los dos guardias civiles separaron su mente de aquel caso, quizá pensando que se trataría solo de un hecho aislado y que la Guardia Civil de la zona, junto con un equipo de la UCO allí desplazado, solventaría el caso con éxito. Las pruebas de ADN y las rodadas contrastadas fueron el objeto de los informes que llegaron a Salinas del Rosío, 33: un varón caucásico era el propietario del genoma que contenía la colilla, pero este no se correspondía con ninguno de los propietarios de las fincas. En el fondo eso era lo adecuado, a su manera, ya que bien cierto era que no tenían un sospechoso concreto, pero tenían, al fin y al cabo, el ADN de un posible asesino que podría ser de la zona o no, pero que ya estaba un poco más cerca de los investigadores. En cuanto a las rodadas de los automóviles, no todos los vehículos de los propietarios de las fincas habían circulado por la zona pocas horas después del crimen. Era lógico, ya que muchos de los coches eran turismos que los dueños tenían destinados a otros fines.
Durante los siguientes días la Guardia Civil de Talavera de la Reina se dedicó a interrogar a todos los propietarios, en total quince, y a comparar las rodadas de todos sus automóviles con las de las fotografías del archivo de la UCO que Eduardo consiguió y que se mandaron desde Madrid a la provincia de Toledo. Los resultados que arrojaría esta investigación no serían muy concluyentes: de los quince propietarios de las fincas y terrenos colindantes, doce habían circulado por el camino del Bosque la noche y la mañana anteriores al crimen. El resto de rodadas que se fotografiaron pertenecía a otros automóviles, posiblemente vecinos de la localidad toledana y algún curioso que se acercara al lugar antes de que la Guardia Civil acordonara la zona y cortara el paso. En cuanto a las huellas que condujeron al ADN que contenía la colilla, tampoco pertenecían a ninguno de los dueños de las fincas. Naturalmente, la Guardia Civil pensó que podían pertenecer a algún vecino de Velada, en el mejor de los casos, pero solo era una posibilidad en la que pensar para facilitar las cosas.
CAPÍTULO 7
Tácticas mafiosas
Una de las máximas de los cuerpos y fuerzas de seguridad de todo el mundo es pensar siempre que en el caso de un asesinato el culpable está cerca, muy cerca, de la víctima. Siempre hablando a nivel social, claro. Eso mismo es lo que estaba haciendo la Guardia Civil en Talavera de la Reina, que, tras haber interrogado a varios familiares de los dos jóvenes, se disponía a hacer lo propio con el que tiempo atrás fue novio de la desaparecida.
Los comentarios que hiciera David en las redes sociales días atrás hacían ahora que estuviera realmente arrepentido. Su cabeza ya no podía más. Rememoraba todos los recuerdos: las tardes con Lucía, las salidas al cine a Talavera de la Reina y todo lo que compartieron juntos. Todo ello parecía desmoronarse de repente y el amor que aún sentía por ella se tornaba inexistente ante las preguntas que, como dardos, los guardias civiles le lanzaban.
Desde el principio las sospechas habían recaído en su persona a causa de aquellas palabras por haberle dejado y por acercarse al otro chico. «¿Con Pablo? ¡Joder, Lucía, ya te vale!», le había dicho la primera vez que supo de ello, pero ese «¡muérete, hija de la gran puta! ¡Si no lo haces tú, te mataré yo!» sencillamente, al menos a corto plazo, le había condenado. Unas palabras que mancillaban todo lo vivido, todo lo pasado, y que daban al público la diana en la que centrar sus focos y, sobre todo, su ira.
No habían sido fáciles los días en el pueblo para él: las miradas de la gente, los comentarios que llegaban a sus oídos y los de sus familiares y sobre todo los mensajes en el WhatsApp, en Instagram y en el Messenger. Verdaderamente, eran hirientes y en ningún caso respetaban la presunción de inocencia que toda persona tiene. En el caso de la Guardia Civil de Talavera de la Reina, los dos días que habían pasado desde la muerte de Pablo y la desaparición de Lucía eran una losa que cada vez pesaba más. Los carteles de la chica por buena parte de la ciudad y los pueblos aledaños, especialmente Velada, y la opinión pública de los medios, que martilleaba constantemente a los oyentes (que no eran pocos), hicieron que el capitán de Talavera de la Reina forzara un poco la situación y tensara los hilos. Por supuesto, David era el que más papeletas tenía. Solo faltaba analizar sus movimientos horas antes y después del crimen por su celular. Las antenas de telefonía pueden ser el mayor enemigo de los delincuentes cuando llevan un teléfono último modelo encima.
—No nos lo pongas más difícil. Sabemos que eres tú —le persuadía uno de los dos guardias civiles que le interrogaban.
Durante el interrogatorio, los empujones, collejas y pequeños golpes de todo tipo habían sido comunes por parte de uno de los guardias civiles. En cuanto a la sala en la que todo tenía lugar, era simple, sencilla: un enorme espejo por el que solo se podía ver desde el otro lado coronaba uno de los flancos. El mobiliario de madera y plástico, producto de la mezcla moderna de materiales, daba el justo confort a interrogadores e interrogado. Las blancas paredes eran el único punto inmaculado de aquel lugar, pues aquellos agentes tenían la encomienda de sacar del joven todo lo que pudieran, incluso usando una técnica de desgaste difícil de soportar para cualquiera.
—Fuiste detrás de ellos con el coche de tu padre. Sabías de sobra a donde iban —le dijo el otro guardia civil.
Los llantos del joven veleño de poco le servían. La luz de aquel flexo parecía llevar horas pegada a su cara. De haber salido de súbito a la calle, donde aún se disfrutaba de la medianoche veraniega de la ciudad, a sus pupilas les hubiera costado adaptarse a la poca luz tan de golpe. El tiempo ya no era para él un factor que tener en cuenta; tres, cuatro, cinco horas allí metido escuchando la misma cantinela.
—¡No tienen nada y quieren que me coma el marrón! — salió de su boca al fin.
Uno de los guardias civiles, en un acto que revelaba la pérdida de su paciencia, le tomó de la pechera de su polo verde, el cual era el único atisbo de esperanza en el joven de veinte años.
—¡Mira, chaval, no me toques los cojones!
—Tranquilo, Luis —le dijo el otro guardia civil, intentando posicionarse como poli bueno—. Deja al chico. Le cuesta entrar en razón, solo es eso, ¿verdad? —Se dirigió a David con una mirada que caminaba en la frontera de la mentira y la complicidad. Venga —continuó, sonando algo convincente—. Cogiste el todoterreno de tu padre y fuiste hasta allí. Tenemos las rodadas del coche. Coinciden con el de tu padre y él no pudo ser: tiene la pierna rota. Y tu madre no sabe conducir. Además, no tienes hermanos. Solo falta tu confesión.
Entre sollozos el chico dijo:
—¡Cogí el coche para ir a ver si estaban allí! —Y bajando el tono de la voz dijo de nuevo—: Pero no estaban.
—¿Y a qué hora fue eso? —le preguntó el agente más político.
—No recuerdo bien, pero sobre las once de la noche.
El guardia civil que le inspiraba más confianza le dijo:
—¿Llevabas el teléfono contigo?
El chico seguía sollozando, aunque menos ahora. Se había desahogado, al fin y al cabo.
—Sí —contestó.
—Lo vamos a comprobar con tu móvil. ¿Te das cuenta de lo que podemos hacer si nos lo proponemos? Incluso interrogarte durante horas. Si nos vuelves a mentir tendrás que dar explicaciones al juez por ello —advirtió el guardia que había hecho el amago de agresión al chico. Al tiempo que le hablaba, sus ojos desafiantes buscaban sin éxito la mirada gacha del veleño—.¡Muy bien, chaval! Y para eso, solo cuatro horas y media —agregó el mismo agente.
El guardia civil dio un fuerte golpe en la mesa y los dos agentes se marcharon de aquella sala de interrogatorios, la cual a simple vista se veía que había sido reformada hacía poco. El joven se quedó mirando el cristal que quedaba en uno de los flancos de la estancia. Sabía de sobra que más miradas le observaban a través de él.
Fuera de aquella sala, lejos del oído de aquel joven con el polo arrugado, los agentes hablaron durante largo rato. No solo ellos, sino también su capitán.
—Parece que dice la verdad —le dijo uno de los guardias civiles a su capitán.
—Sí —coincidió el capitán—, lo más probable es que tomara el coche de su padre, se acercara por celos y volviera al pueblo. Su móvil dirá si miente, además del cotejo de ADN con el del cigarrillo encontrado. Aunque es un chico corpulento, no le veo capaz de eso. De todas formas, que esté localizable —terminó ordenando tajante a sus dos hombres.
CAPÍTULO 8
Volviendo a los orígenes
Eduardo recorría de nuevo aquella autovía. Solo habían pasado cinco días desde el crimen de Velada. La A-5 le conduciría de nuevo a su localidad de origen. Algunos olivos se vislumbraban a ambos lados de la vía a medida que se alejaba más y más de Madrid, ese Madrid que bien le había acogido, pero en el que no se sentía cómodo del todo. Aunque él no lo supiera y hubiese querido llevar el cauce de su vida por otro camino, en su interior aún respiraba el espíritu de quien labra la tierra, de quien es el primero en la compleja cadena de montaje que es nuestra sociedad. Su padre había sido agricultor toda su vida, hasta que ese dichoso cáncer se lo llevara una tarde de primavera, hacía ahora nueve años. Aquel Mercedes blanco era uno de los pocos recuerdos que le quedaban de él. Mientras ese mítico automóvil dejaba atrás más y más toneladas de asfalto, el castillo que siempre hablaba de su paso por allí le observaba en silencio bajo el sol del verano. Sus torres, las cuales adornaban la enorme muralla, hacían que la edificación se volviera más imponente por momentos. Había llegado a Maqueda y pronto estaría fuera de la autovía, rumbo, ahora por carretera, a Los Navalmorales, a sus recuerdos, a su infancia. Solo su madre esperaba en casa ya y al no ser muy frecuentes las visitas cada una suscitaba en ella más ilusión y aportaba a su ser un ansia difícil de entender para quien no ha sido madre. La carretera daba paso a más y más pueblos. El río Tajo quedó al norte de Eduardo y de su vehículo. Los campos estaban ya repletos de olivos a ambos lados de la vía mientras un tímido humo comenzó a alzarse en el cielo de aquella calurosa tarde de verano. Su pueblo ante él, sus recuerdos, su casa. Habían pasado tantas y tantas semanas desde que cenó en Navidad en casa de su madre…
Sin duda, la Buena Moza se erigía, pero no solitaria. Y es que la torre de la iglesia de la localidad se hallaba rodeada de multitud de viviendas. Los tejados enrojecidos de las casas contrastaban con el techo pizarroso de la iglesia, la cual mostraba cuatro caras iguales y a la par distintas. Y allá al fondo, el edificio que otrora fuera casa de camineros, hacedores de destinos, una gran mole que parecía encalada en la distancia. Su maltrecha figura, corroída por los golpes del tiempo, miraba triste a la localidad que la acogía en sus entrañas. Mientras, Eduardo, que sin quererlo atravesaba ya las calles de su pueblo, se veía envuelto por la soledad que a esas horas de calor se respiraba por doquier. Calles y más calles vacías, pero que otrora lucieran el ambiente de un pueblo vivo. Parecía verse Eduardo jugando de niño, con sus amigos de la infancia, viendo gente de aquí para allá. Pero eso había pasado; tocaba el tiempo en el que tantos y tantos pueblos como el suyo esperaban una muerte que se iba prolongando más y más, haciendo muy doliente una agonía que no era más que la antesala de una muerte anunciada. Al fin su calle, estrecha y corta, en el barrio de Tierra de Toledo, y su casa, algo ostentosa en comparación con las viviendas que la rodeaban. Su padre tuvo la oportunidad de hacer un pequeño capital que invirtió con cabeza. Los grandes ventanales escoltados con rejas de forja fueron testigos de cómo el motor del viejo Mercedes, con el aire acondicionado ya reparado, se detenía junto a la puerta de su casa. La calle, una mezcla de cemento y canto rodado, sostenía los zapatos de piel del joven guardia civil cuando su madre salió a recibirle. Tras una bata de boatiné de color marrón, una mujer de unos setenta años y pelo blanco rizado salió a su encuentro. En realidad, ella había sentido el ruido del motor del coche. Sí, sentido era la palabra por aquí para hablar de escuchar u oír. Después de tantos años subida en él, ese sonido de motor era inequívoco, como también lo era la llegada de su hijo.
—¡Pero bueno! —exclamó ella.
—Hola, mamá. —Y un beso en la mejilla ni demasiado largo ni demasiado corto puso el punto de partida a su encuentro.
Las explicaciones por la visita sorpresa que, por otro lado era gratificante para Rosa, su madre; la larga conversación que vendría después, mientras Eduardo dejaba su escaso equipaje, el cual traía en una pequeña bolsa de deportes, en su habitación; y, por supuesto, las comidas de mamá, algo que nunca se olvida y siempre se recuerda, sobre todo cuando uno está lejos y lleva tiempo fuera de casa. Todo estaba tal cual Eduardo lo recordaba: su cama parecía no haberse movido ni un milímetro del suelo, sus cosas, todo estaba igual. Por un momento le pareció tener de nuevo quince o dieciséis años, revivir la época en la que iba al instituto, cuando aún podía disfrutar de la presencia de su padre. Esa tarde era como un viaje organizado.
Su móvil pronto sonó y el mensaje de WhatsApp no era de Madrid: «Anda que vienes a tu pueblo y no dices nada». Era María, una amiga de la infancia, la que le hablaba.
«¿Y tú cómo sabes esa información, mariposa?». Así era como Eduardo, más correcto en su escritura, solía llamar a su amiga. Y es que lo suyo era mucho más que una amistad. Tiempo atrás, en los años de instituto, fueron pareja formal, pero eso había quedado ya muy atrás, y no solo en el tiempo. «Tu tía Carmen, ¿a que sí?», preguntó el joven navalmoraleño, conociendo ya el origen de la fuente.
«Ya sabes, le encanta estar pendiente de todo lo que pasa por su ventana, y tu viejo coche lo ha hecho. ¿Un cubata esta noche?», continuó diciéndole María.
La respuesta era obvia. Era para lo que había acudido a su pueblo, a descansar y desconectar de la rutina de la gran ciudad, y qué mejor manera de hacerlo que desinhibiéndose un poco. Esa noche una conocida terraza junto a la Buena Moza sería testigo del encuentro entre ambos. Dos besos, como protocolario saludo de nuestra cultura, pasaron a ser un profundo e intenso abrazo en la misma puerta de la iglesia, donde habían quedado. Las viejas y entregadas escaleras de mármol del templo fueron testigos de ello, de cómo dos almas alejadas en el espacio y el tiempo se encontraban.
La vida de María de ningún modo había sido fácil. Un cúmulo de capítulos que conformaban un gran tormento, así se podría definir. Por su aspecto (una chica delgada, con cierto atractivo, pelo moreno y ojeras, por poner un contrapunto a su breve descripción) se diría que era una chica normal, del montón, y no solo en lo físico, pero su interior albergaba muchos, demasiados, monstruos. Su padre, un borracho que pegaba a su madre, había sido el pilar que brilló por su ausencia durante su infancia. Su muerte por cirrosis solo había supuesto un alivio para todo el núcleo familiar. Su madre, víctima de malos tratos durante años, necesitaba acudir varias veces al mes al psicólogo en Talavera de la Reina. Crucificada a base de pastillas, ya nunca volvería a ser la mujer que un día fue. Su fortaleza, su coraje y su valor se habían volatilizado, desvanecidos simplemente. Su hermano era un delincuente de poca monta: robos en viviendas, tráfico de drogas a pequeña escala y violencia de género con su expareja (había tenido un buen maestro) eran los éxitos en su haber. Algo demasiado común cuando se crece en un ambiente poco estable. Ambos hermanos eran de la misma edad que Eduardo. Bueno, María era un año más pequeña. Con todo ello, en un arrebato de rabia y falsa autosuficiencia, María tuvo la osadía y el valor de escapar a Madrid tras la muerte de su padre, pero pocos fueron los meses que pudo soportar vivir con tan pocos recursos en una ciudad tan económicamente exigente. Eduardo supo de todo esto mucho tiempo después, por lo que no tuvo ocasión de prestarle ayuda. De allí volvió al pueblo, pero esta vez no lo hizo sola, sino embarazada de un niño al que poco después dio a luz. Ya se sabe cómo es la gente en los pueblos y en este caso la cosa no fue nada diferente. Las habladurías de los vecinos de la localidad dieron que hablar durante algún tiempo, pero todo eso había quedado ya atrás. Carlos, que así se llamaba el niño, como su tío, tenía ahora cinco años y era el principal motivo por el que María y también su madre seguían adelante.
Los escasos pasos desde la puerta de la iglesia hasta el bar de Jesús eran como caminar sobre rosas para María. Al lado del que fue su amor, su novio idílico en el instituto, todo era más liviano, mejor. Solo el parar para saludar a dos amigos, conocidos que hacía tiempo que no veían a Eduardo, detuvo ese tiempo sin palabras, sin decir nada, pero diciéndolo todo. Era viernes noche, así que la terraza estaba ciertamente poblada. Nada comparable a lo que Eduardo recordaba de niño: los locales hasta arriba de gente, los negocios abiertos y mucho más ambiente, pero era, al fin y al cabo, algo de lo que fue. La terraza estaba bien delimitada por una enorme verja de forja sustentada por una pared de ladrillo macizo y cemento. El color anaranjado de esta última no desentonaba con el del resto de viviendas colindantes. Se notaba fácilmente que el bar había sido ampliado en su parte externa. Los dos ya caminaban dentro del mismo, sobre baldosas color marrón. Una mesa y unas sillas vacías, mezcla de hierro e imitación a madera, les indicaron el lugar que quedaba libre. Las miradas de los paisanos se clavaban en ambos y se sucedían los cuchicheos, mucho más cuando Eduardo fue al baño, que estaba en el interior del bar, y ella se quedó sola. Un hijo del dueño se acercó a su mesa y, mientras Eduardo volvía del baño, le dijo:
—¿Tú qué quieres? —Era un joven delgado, con la piel algo pálida y bien vestido.
—Un tinto de verano —respondió ella—. Y Eduardo no sé.
El camarero respondió:
—No, él ya me lo ha dicho dentro.
Fue entonces cuando Eduardo llegó y quedaron los dos solos con su conversación.
—Tío, qué movida lo de Velada. ¿Te has enterado?
—¿Que si me he enterado? Estuve allí.
—¿En serio? —preguntó alarmada ella.
—Me mandaron el pasado domingo por la mañana.
—¿Pero estás llevándolo o qué? —quiso conocer ella.
—De momento no, pero nunca se sabe.
—¿Pero se sabe algo ya o qué?
—¡María! —exclamó él con cierto retintín.
—¡Joder, Edu, tío!
—No sabemos mucho. De todas formas, lo lleva Talavera. ¿Qué eres ahora, periodista?
—Parece mentira que ocurran esas cosas —terminó ella.
—¿Y Carlitos qué tal? —preguntó Eduardo para salir del tema.
Se trataba del hijo de María, por supuesto. Desde pequeño se veía que era un niño diferente, y es que el autismo da la cara desde temprana edad. De un niño diferente a un niño tímido y de ahí a un incomprendido. El colegio se le haría cuesta arriba, pero su madre y también su abuela estarían para lo que necesitara: medicamentos, tratamientos, viajes a Talavera de la Reina a especialistas… Lo que fuese.
—Está enorme. ¿Le has visto en las fotos del Face? —dijo María y Eduardo afirmó con un gesto.
—Se parece un montón a tu hermano. Son como dos gotas de agua, joder —contestó tras el gesto el navalmoraleño.
—Sí —dijo ella sin demasiada ilusión—. Los genes supongo.
La vida de Carlos no era precisamente algo de lo que María se jactase, pero menos le importaba reconocer la similitud de su hijo con su hermano. Al menos eso parecía.
—¿Y tu madre qué tal está? —preguntó el teniente.
—A ratos, ya sabes. Días buenos, días peores… En fin. Sabes que mi hermano no ayuda mucho a su bienestar.
—Por cierto, ¿dónde está? Porque ya salió de prisión.
Ahora María parecía mirar a todas las mesas en derredor, como si las palabras de Eduardo fuesen carnada para los oídos de los que escuchaban. Dijo en voz baja:
—Sí, hace dos meses que salió.
—¿Y qué hace ahora?
La curiosidad de Eduardo aumentaba para con alguien con el que ya no tenía mucho contacto, pero al que había estado muy unido en el pasado, en los años de instituto, antes de que cada cual tomase su camino, vías y sendas tan distintas y particulares las de los dos.
—Siempre le gustaron los animales —contestó María—, así que tiene una rehala. De perros de caza, ya sabes. Bueno, además hace algunas chapuzas de albañilería.
—Sabía que estaba aquí, ¿no?
—Sí, pero tenía que reunirse con un propietario de una finca en Los Navalucillos, preparando la próxima temporada. Luego cenarán, se emborracharán… Ya sabes.
Eduardo asintió con la cabeza. Los años de distanciamiento no alimentaban su entusiasmo a nada más. Tras una larga conversación de cosas del pasado, que parecían haber ocurrido hacía poco para ambos, Eduardo le pidió el teléfono de su hermano a María. «Probablemente, en los próximos días le llamaré», pensó.
Eran las dos de la madrugada cuando ambos salieron del bar y se marcharon a casa. María había tomado algún tinto más de la cuenta. Sus pasos ya no eran los mismos que cuando llegó al bar. Eduardo se dio cuenta y la tomó de la cintura con levedad. Sus dedos aún permanecían sin rozar su blusa, como queriéndole decir que solo quería protegerla. Pero María no era consciente de esto, ni mucho menos, y su mente, que ya estaba en un viaje años atrás, no buscaba ningún pensamiento más.
El corto viaje en coche hasta su casa constituyó un breve mareo para ella. Las luces amarillas de las modernas farolas que habían instalado en su calle revoloteaban dentro de su testa, confundiéndola aún más. Cuando el coche de Eduardo se detuvo, este no tuvo tiempo de reacción: literalmente, María saltó sobre él. Sus bocas entraron en contacto y era ahora Eduardo el que estaba confundido. En ningún caso esperaba un fin de noche así, pero tampoco le importó aquello, no cuando volvió a arrancar su vehículo para dirigirse a un lugar apartado. «Un camino a las afueras del pueblo será suficiente», pensó. Como una pareja de veinteañeros, como si hubiesen vuelto diez años atrás en el tiempo, así se dirigieron hacia donde las luces se separan de la oscuridad y se perdieron en la noche.
María no podía creer lo que pasaba. Aquel chico por el que siempre sintió más que amistad estaba ahora besando sus labios mientras su mano se deslizaba por debajo de su ropa hacia su cintura. Ella solo podía agarrarse a sus hombros y dejarse llevar. De nuevo las ventanas del automóvil estaban bajadas, como sucediera en aquel Ford de Velada días atrás. Quizá no fue como ella había soñado, pero fue, y sin darse cuenta Eduardo estaba dentro de ella. Ese chico que tan joven se había marchado de su pueblo a vivir una vida de aventura que había desembocado en una carrera de éxito para, finalmente, crear un ambiente sentimental un tanto desarreglado. Por eso, por un instante le pareció estar con una de esas chicas de Madrid, una de esas que conoces una noche en una discoteca y a la mañana siguiente está en tu cama como si la conocieras de toda la vida. Pero no, María no era de esas chicas. María significaba mucho más para él. Era amiga, era compañera, era el rincón en el que sabía que se podía refugiar en cualquier momento. Siempre que quisiera iba a estar, aunque él nunca quiso recalar en esa casa de seguridad.
—No puedo, tía —le dijo.
—¿Qué? ¿De qué vas?
—Verás…
—¡No, verás no! ¡Me calientas y ahora esto! —interrumpió ella—. Llévame a casa ya, joder.
Eduardo se la quedó mirando durante un breve instante para después colocarse la camiseta blanca que llevaba puesta y recomponer su postura en el asiento para disponerse a conducir. Verdaderamente, era difícil explicar a su amiga que no quería tratarla como a una de esas chicas, que ella era algo más y que si no tenía intenciones de nada más que sexo lo mejor era no continuar. Pero ¿cómo hacerlo cuando ella estaba tan…, sí, enamorada de él? Aunque había pasado mucho tiempo,él veía eso en sus ojos; veía cómo le miraba, escuchaba su respiración acelerada y sobre todo lo sentía. Era complicado de explicar, sin duda, para ella, pero también para él.
CAPÍTULO 9
Tomándole gusto a la indecencia
La segunda vez siempre es diferente a la primera. ¿O es la primera diferente a todas las demás? Desde luego, en lo que se refiere a matar o secuestrar, esa regla sí se iba a cumplir, al menos esta vez. Los días de verano seguían su curso y ese final de tarde hacía gala de tan altas temperaturas en el centro de la península como sus predecesores. El nuevo asesino, de aspecto esbelto y gran talle, estaba acechando a su siguiente víctima. Esta vez otro pueblo, otra localidad, pero idéntico o similar resultado era el que él esperaba. Así lo necesitaba.
Un camino o pista forestal a las afueras de la localidad toledana de Malpica de Tajo había sido el lugar escogido. Durante dos días había vigilado este lugar. Sabía de las salidas deportivas de una joven de apenas diecisiete años de edad. Aquel hombre de aspecto corpulento, del que brevemente hablé, había sacado su coche todoterreno de la carretera al llegar a la localidad, justo al sur del Tajo, oliendo su perfume de ovas y percibiendo su aire enrarecido. El camino elegido estaba flanqueado por terrenos de siembra destinados al maíz a un lado y por tierras baldías plagadas de matorrales al otro. Durante los dos días anteriores la joven había salido a correr por esa senda que, sin ella saberlo, tenía muchas papeletas para convertirse en su aciago lugar.
Aquel rudo hombre se dispuso con su automóvil parado en uno de los márgenes del camino, un pañuelo en la cara y el gato elevador junto a una de las ruedas. Miró el reloj, un Casio sucio y con la esfera poco cuidada. Eran las ocho y media de la tarde, se estaba retrasando. ¿O ese día había descansado? ¿Tal vez cambiado de ruta? La intranquilidad empezaba a hacer mella en su pobre espíritu. Miró al horizonte. De nuevo un castillo se erigía solitario sobre las lejanas viviendas de la localidad toledana. Y es que esta construcción no quedaba eclipsada por la de Maqueda. Un enorme coloso que miraba tras su muralla con desazón al río, que otrora sirviera de foso natural a los defensores del mismo. Pero el ruido lejano de pasos hizo que el sujeto volviera de inmediato a su plan. Quizá hoy el ritmo de carrera fuera más lento. Se puso de rodillas al lado del vehículo y, frotando una de sus manos en los bajos, la utilizó después para mancillar su rostro con el seco aceite. Es posible que su depravada mente razonara que con ello conseguiría hacer creer a la joven su necesidad de ayuda, o tal vez utilizara esta artimaña para camuflar su rostro. En cualquier caso, mientras continuaba agachado con las rodillas en tierra, los pasos de la carrera de la joven se hacían más evidentes y audibles. Miró de reojo; era una joven de cabellos rubios, largos y algo ondulados. Su pelo estaba recogido para tal fin, el de correr al aire libre. Cuando estuvo a unos diez metros, el rudo hombre se puso en pie. La chica, que iba escuchando música en unos auriculares, paró el ritmo de su marcha y se quitó del oído uno de ellos.
—Perdona. ¡Oye! —le dijo. Ella se detuvo en seco y le miró preocupada—. Perdona por el pañuelo, pero es para que no me caiga aceite cuando me agacho bajo el coche. ¿Me podrías ayudar? —le exhortó sin demasiado ánimo de que sus deseos se cumplieran. Más bien sonó a sugerencia.
—Sí. —Fue un solo monosílabo el que la infeliz dejó salir de su boca.
—Mira —añadió él mientras ella se acercaba del todo al vehículo—, tienes que poner el pie aquí para que el coche no se baje cuando me meta debajo. El gato es viejo y a veces falla, pero si pisas aquí no hay nada que temer.
—Vale, sin problema —contestó la dispuesta y poco cauta chica.
El gato estaba viejo, sí, pero en perfecto estado de funcionamiento. Además, su funcionamiento no era ese, el que el sujeto decía. No obstante, la joven ilusa se dispuso a pisar donde el hombre le decía. El gato estaba ya elevando el coche, próximo a la rueda trasera izquierda, y de pie y sin moverse la todavía niña hizo lo ordenado.
—Espera —volvió él a hablar—. Necesito la llave inglesa.
En todo el tiempo no se había bajado el pañuelo, el cual cubría casi todo su rostro hasta los ojos. El hombre fue al maletero y lo abrió mientras Laura, que así se llamaba la joven, esperaba, tonta de ella. Él regresó con la llave inglesa y caminando lentamente se puso a su espalda. La confianza de hacer todo con esa tranquilidad hizo que la chica no sospechara en ningún momento de lo que se le venía encima. Incluso cuando la llave impactó contra su cráneo, en la parte superior del mismo, no fue capaz de interpretar lo que ocurría. Simplemente se sumió en un forzado sueño. El pozo, junto con aquellos ruidosos perros, la esperaba. Solo unas gotas de sangre quedaron en el lugar. Unas gotas, pues la entrada de la joven en el maletero fue tan fugaz que no dio tiempo a nada más. Ni siquiera el aire, inexistente a esas horas y en esa estación del año, fue testigo.
La conducción de aquel todoterreno, con ya muchos años y siempre embarrado, fue de lo más anodina; los vehículos que venían de frente por aquella enorme recta, camino de su nave y de su oculto pozo, eran no mucho más que sombras, fantasmas que apenas despertaban cambio alguno en los sentimientos de aquel hombre.
«Raña» lo llaman los lugareños, pues son grandes llanos con tierra roja que miles de años atrás estuvo en las alturas, en los toledanos montes. Así, sin ningún gesto en su faz y con una chica recién secuestrada en el maletero del coche, se alejó sin remisión del lugar del delito.
***
Un suelo mal encementado fue lo primero que Laura vio. Despertó atada de pies y manos y con un trapo en la boca. Su captor la llevaba sobre la espalda y lo primero a lo que atendió fue a intentar forcejear y evadirse físicamente de aquella situación. Pero era inútil; la fuerza muy superior del robusto hombre no dejaba dudas al respecto de quién era el dominador de la situación, amén de las ataduras que la privaban del movimiento. Laura escuchaba una jauría de perros ladrando fuera de aquella nave en la que acababa de entrar a la fuerza. Gemía tras el trapo que tenía puesto en su boca. Miraba de un lado a otro. Las paredes de ladrillo eran antiguas; las telas de araña entre los entresijos de las mismas daban fe de ello, como también las numerosas grietas entre briquetas y los desperfectos en las mismas. Algunas ventanas de gran tamaño (enrejadas, por supuesto) acompañaban la escena. En el techo, no menos sucias y vestidas con telas de araña, unas luces fluorescentes permitirían ver a horas intempestivas. Finalmente, el pozo, ese lugar que simbolizaba el fracaso, no menos ahora que su vida se dirigía hacia él sin saber si moriría o saldría airosa de lo desconocido.
—Hola, ayuda… Hola.
Una tímida voz femenina. Era Lucía, la chica de Velada, que sin saberlo esperaba a su compañera. El fornido hombre arrojó a su víctima al suelo como si de un saco de patatas se tratase. Un gemido, un leve dolor, nada más. Después, y desoyendo la voz de Lucía, que desde abajo preguntaba y afirmaba sin cesar, ató una nueva cuerda, que no era nueva, a la cintura de la joven y después a una estrecha viga de hierro algo oxidada y que hacía de soporte. Poco a poco fue descendiendo al pozo a la joven, que se retorcía dentro de sus ligaduras. Su recién estrenada compañera sería la encargada de desatarla. Durante varios segundos las figuras de los tres coincidieron en el espacio. Fue en ese momento cuando las mentes de las dos chicas empezaron a comprender vagamente parte del plan responsable de unirlas en tan nefasto destino. Lucía, en un alarde de egoísmo justificado, trató de escalar por la parte de la cuerda que quedaba por encima de Laura, pateándola así. Pero fue en vano.
—¿Qué coño haces? —se pronunció la voz del hombre.
Lucía, que había quedado sentada en el seco suelo de arena del pozo, comenzó a llorar y a gritar.
—¡Hijo de puta! ¡Eres un hijo de puta! ¡Sácanos de aquí, cabrón!
—Desátala y quítale la mordaza —imperó el captor.
Lucía dudó de hacer caso a sus órdenes, desafiándole así por un instante, pero luego pensó en la otra joven y obedeció por ella. Cuando el cepo salió de la boca de Laura esta también lloró y, sin saber quién era su compañera, la abrazó. Al fin y al cabo ambas compartían distinto origen, pero el mismo destino.
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