Kitabı oku: «Autobiografía de un Búfalo Pardo»

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ÓSCAR ZETA ACOSTA, archivo nº 170 617-B del FBI, es una de las figuras más enigmáticas y fascinantes de la historia chicana. Hijo de un indio de las montañas de Durango y de una mujer que podría haber sido cantante de no haberse enamorado del bigotazo de aquel indio que prometió sacarla de las barriadas, Óscar, alias «el Búfalo Pardo», fue víctima del racismo y la discriminación desde muy crío. Explosivo, incontrolable, acomplejado, beligerante, obeso, ya a los ocho años escupió por primera vez sobre la bandera de Estados Unidos. Al menos tres niñas rubias le partieron el corazón (la cara muchas más). Su adolescencia fue una sucesión interminable de peleas con okies, drogas, sexo y alcohol. Luego el ejército, dos años de misionero en Panamá, un intento de suicidio en Nueva Orleáns, psiquiatras, Facultad de Derecho, cárcel en Ciudad Juárez y, para colmo, Hunter S. Thompson paranoico en la barra de un bar de Denver, con quien años más tarde emprendería el mítico «viaje al corazón del Sueño Americano». Fue él y no Thompson el creador de la dieta Gonzo: guacamole, Dos Equis y MDA (tenamfetamina). Siempre fue defensor de la causa chicana, llegó incluso a presentarse a sheriff del condado de L.A. por el Partido Independiente de la Raza Unida, «una plataforma anarquista y apocalíptica»… Nada se sabe del final de su vida: asesinato político o ejecución en manos de unos traficantes. Hay incluso quien aventura que sigue vivo, en una caverna de Oaxaca, organizando la próxima revuelta del Pueblo Cucaracha. Lo último que se supo de él fue que telefoneó a su hijo Marco en mayo del 74 desde Mazatlán, Sinaloa. Antes de colgar le dijo que estaba a punto de subirse a un barco lleno de nieve blanca.

AUTOBIOGRAFÍA

DE UN BÚFALO PARDO

AUTOBIOGRAFÍA

DE UN BÚFALO PARDO

Óscar Zeta Acosta

Traducción de Javier Lucini


Título original:

The autobiography of a brown buffalo

First Vintage Books

July 1989

Primera edición en Dirty Works:

Junio 2016

© Óscar Zeta Acosta 1989

Prólogo © Carlos Velázquez 2016

Introducción © Hunter S. Thompson 1989

Epílogo © Marco Acosta 1989

© 2016 de la traducción: Javier Lucini

© 2016 de esta edición: Dirty Works S.L.

Asturias, 33 - 08012 Barcelona

www.dirtyworkseditorial.com

Traducción: Javier Lucini (una vez más, gracias, Tom)

Diseño y maquetación: Rosa van Wyk y Nacho Reig

Ilustración: Iban Sainz Jaio

ISBN: 978-84-19288-04-2

Producción del ePub: booqlab

Índice

Prólogo Carlos Velázquez

Introducción Hunter S. Thompson

Autobiografía de un búfalo pardo Óscar Zeta Acosta

Epílogo Marco Acosta

Prólogo
Carlos Velázquez
¿Qué hace un libro como este en sus manos?

En Miedo y asco en Las Vegas, el Dr. Gonzo, mitad humano mitad bestia mitológica, vomita escandalosamente. Con tanto estrépito que la sustancia viscosa salta de las páginas hacia tus manos. A lo largo de toda la novela depone todo lo que engulle: cantidades industriales de salmón, gambas, toronjas, cerveza, tequila, lsd, mescalina, coca, marihuana. Es una cabra, un pez que limpia el fondo del mar, una cucaracha. Su paladar no es exquisito ni mundano. Se alimenta de manjares pero también de carroña. Semejante criatura solo pudo ser creación de la mente enferma, retorcida y supurante de lsd de Hunter S. Thompson, pensará todo lector que se acerque a la obra. Un bufalotauro que se liberó de sus cadenas y encontró la salida del laberinto. Que además es un abogado picapleitos de los bajos fondos californianos. La perfecta arma de carne que Hunter puede esgrimir en contra de sus enemigos. Pero esperen un momento. No es ninguna invención.

Hunter S. Thompson se basó en el legendario Óscar Zeta Acosta para confeccionar su también desternillante Dr. Gonzo. Óscar tuvo dos existencias. Mejor dicho tres. Fue escrito por la naturaleza, por Hunter, y por él mismo. Óscar puso el toque escatológico al viaje salvaje al corazón del Sueño Americano. También el toque del psicópata, el del demente y, por qué no, el del cuerdo, en fin, todos los toques. El amor que profesaba Hunter por Óscar era inconmensurable. En su novela lo bautizó como Gonzo. El mismo nombre del estilo periodístico con el que Hunter sacudió la literatura y la política de los de por sí revoltosos años sesenta. Ese ser burdo, caótico, estrafalario, incontrolable («Uno de los prototipos de Dios. Un mutante de alto poder de algún tipo, ni siquiera considerado para ser producido en masa») era para Hunter el producto mejor acabado de su época. Tanto así que lo situó a la altura de su arte. Era uno de sus héroes. ¿Quién dice que los héroes no pueden ser gordos? Si piensa lo contrario, ¿qué hace un libro como este en sus manos?

La impresión que Óscar causó en Hunter fue tan inabarcable como para no ser llevada a los terrenos de la ficción. Hunter lo describió con exageración pero con justicia. Si el Dr. Gonzo era una maldita máquina de vómito es porque el modelo original también lo era. Óscar sufría de úlceras desde los veintiún años. Pero jamás renunció a sus hábitos. «¿Qué valor tiene una vida sin alcohol y sin comida mexicana?», se pregunta al principio de Autobiografía de un Búfalo Pardo, el libro que tiene usted entre las manos. Con un hombre que lucha en el baño por liberarse de la sangre que flota en su estómago como espuma de cerveza. Con esta escena inicia una de las odiseas más extremas, disparatadas, delirantes y paranoicas que haya conocido literatura alguna.

Óscar dialoga con el fantasma de Humphrey Bogart. ¿Les suena conocido? En True Romance, escrita por Tarantino, el protagonista es asesorado por Elvis. Óscar es el pionero paranoide del cine clase b. También discute con la incómoda presencia de su psiquiatra judío, Serbin. A quien achaca el inventar mejores excusas que él. Suena a los Soprano. ¿Un tipo duro que acude al psiquiatra? ¿Un niño de la calle que se recuesta en el diván a contar su infancia sumido en la pobreza de la frontera? Semejante hoja de vida no está hecha para un consultorio (a menos que sea disecada para estudio) ni para los melindrosos meandros de la Sociedad de Ayuda Legal donde Óscar se desempeña abogado. Desesperado, decide huir. Renuncia y emprende un viaje en busca del remedio definitivo que cure las pústulas hirientes que destrozan su interior.

Pero si cree que le ha dado la espalda a todo, se ha equivocado. ¿Qué tienen en común Los Beatles, Bob Dylan, Ginsberg, Kerouac, Joan Baez, el TV Guía? Un hombre: Búfalo Pardo. Que despotrica de los beats porque nunca se tomaron en serio la bebida (aunque Kerouac muriera de cirrosis); odia el Sgt. Pepper… por considerarlo sandeces; profesa una admiración incondicional por Dylan y lo pone horny la Baez. «Soy la única guía televisiva viviente del mundo», proclama, tras sepultarse a sí mismo en la cama a causa de una depre que lo vuelve un experto en programación. Todo pasa por su cosmovisión. «Los diseños de leche cuajada y huevos revueltos bañados con ketchup son dignos de verse, la obra de un genio», así califica su martirio. Este es nuestro hombre. Y su saga un striptease de la mente. «Un hombre debe exponerse por completo, airear todas sus vergüenzas, si pretende acceder a la verdadera gloria», tal es su filosofía. Y acorde a ella no se calla nada.

Óscar fue el outsider más cercano a la ley. Se unió a la Fuerza Aérea y estudió Derecho. Cuando se cansó de trabajar para el gobierno no se alejó de las reglas. Siempre las tuvo a la mano. Para manipularlas a su conveniencia o violarlas. Evangelizador baptista en su juventud, renunció a la fe porque «la religión no casa bien con las drogas duras», sentenció. Esta obra, que como el Periodismo Gonzo y el Nuevo Periodismo, antecede a la no-ficción, conduce a Óscar a través de una senda milenaria. En la que la fuga le permite incluso detenerse un instante en la tumba de Hemingway. Y nunca está de más, levantarse dos o tres causas. Y en su camino también existe el tiempo para la amistad. Y es precisamente la generosidad de los extraños la que rociará con drogas la naturaleza de por sí desquiciante del Búfalo Pardo.

«Hasta el día de hoy nada hay que me la ponga más dura que una lisiada», se sincera. Lo había advertido el viejo Hunter: «just another freak, in the freak kingdom». Pero este freak se construyó a sí mismo. Se dotó de un nombre. De una identidad. El Búfalo Pardo. Como si viviera en una canción de Los Tigres del Norte. Ni mexicano ni gringo. Ni contracultural del todo. No tenía escrúpulos para llevar alcohol a una pacífica marcha hippie donde estaban prohibidas las bebidas embriagantes. El arte de reventar. Eso era el Búfalo Pardo. En sus aventuras desde El Paso, pasando por Panamá, hasta su postulación para sheriff en el condado de California, tema de su segundo novelón, La revuelta del pueblo cucaracha. «La venganza de los mojados», tan anhelada por todos los espaldas mojadas, pachucos, chicanos, cholos e inmigrantes, que Los Lobos la hicieron canción. Por cierto hommies del mismo barrio de Zeta, East l.a.

De destino en destino la promesa de una cura, sea a través de una persona o de una juerga, arrastra a Óscar por Colorado. Donde las armas y las drogas se conjuntaron con el complot. Esa pulsión paranoide a la que era tan afecto Hunter. En Miedo y asco en Las Vegas Raoul Duke, el alter ego de Thompson, aúlla todo el tiempo por temor a pagar todas las cuentas que dejan su compinche y él a su paso. Búfalo arrasa con todas las drogas que encuentra, además siempre pide unos cientos de dólares a préstamo. La generosidad de sus anfitriones no tiene límites. La conjura no deja de pender sobre sus cabezas. Y la conspiración en ocasiones no era producto del cerebro frito por el consumo degenerado de lsd, no, era real.

Óscar, el Búfalo, Zeta, el personaje de ficción, el abogado de la chicaniza, desapareció de la tierra sin dejar rastro. Sin ofrecer ninguna explicación. Su hijo recibió una llamada del soldado Búfalo desde Mazatlán. Fue la última ocasión que su voz se escuchó sobre la tierra. Entonces fue a encontrase con el mito. A sumarse a la tundra espiritual en la que residen Chalino Sánchez, El Señor de los Cielos, Pedro Infante y Robert Johnson. Ah, el olfato del Búfalo Pardo. Esfumarse en el Triángulo Dorado. Su brújula de los problemas interna le indicaba que en aquel terreno se cocinarían cosas importantes. Sinaloa, el territorio donde se inventaría el narcotráfico, donde nacería el Chapo Guzmán, el mayor capo del negocio de la droga a nivel mundial, y donde también surgirían Élmer Mendoza y Julio César Chávez. Eso fue lo que detectó Hunter en él. Ese olfato. Ambos sabían que el big deal se estaban fraguando. Y su nariz se encargó de lo demás.

Pero antes de fundirse con el mito, Óscar realizó un éxodo hacia los orígenes. Un viaje hacia el lenguaje. Salió de California y llegó a Texas. A El Paso, su lugar de nacimiento. Cruzó la frontera. Y se detuvo en Ciudad Juárez. Donde se encontró con su idioma primigenio. Donde atisbó a mujeres de rostros morenos, cabello negro y largo y ojos que no se achantaban ni ante el mismo diablo. «Y todas expresándose en la lengua de mi infancia; esa lengua que dejé de hablar a los siete años, cuando el capitán insistió en que no aprenderíamos inglés hasta que no dejásemos de hablar español; una lengua de vocales suaves y consonantes elásticas, siempre con esas “erres” de tracción rápida para amenazar o engatusar; una lengua para noches de luna bajo tormentas tropicales, para noches estrelladas en desiertos pardos y para hacer declaraciones de guerra en cimas de montañas nevadas; una lengua perfecta hasta en el último detalle para gente que se toma en serio la vida y a la que solo le preocupa la muerte en lo que tiene de alusión al último día de estancia en la tierra».

De su paso por Ciudad Juárez salió renovado. Sí, estuvo borracho perdido por las calles, se acostó con prostitutas generosas y lo metieron a la cárcel. De la que no pudo salir porque no tenía ningún documento que lo acreditara como abogado. El fenómeno del exilio fronterizo a la inversa. En lugar del mexicano en Estados Unidos de ilegal, el moreno sin id al que nadie le cree que sea gringo por mucho que chapucee el inglés. Pero sufrió un satori. Salió transformado en Zeta. El abogado que defendería la causa chicana. Y abandonaría la causa chicana, El Poder Pardo. Más peligroso que los mismísimos Panteras Negras. Para combatir «La batalla de Los Ángeles», como dirían décadas después Rage Against the Machine. Periplo en el que se inspiraría para crear La revuelta del pueblo cucaracha. Porque además de todas sus habilidades, el Búfalo Pardo era escritor. Y qué pedazo de escritor. Afirmó al final de su segunda novela: «voy a escribir mis memorias antes de que me vuelva totalmente loco. O totalmente clandestino». Gracias al lsd que lo hizo antes de evaporarse. En cuanto a lo de volverse clandestino, fue un material que les heredó a los avezados que aseguran que lo vieron con vida en Calcuta o donde les plazca con un arma y un paquete de heroína como despensa para un fin de semana. Esta es la historia de un hombre que en el intento por escapar de sus úlceras fue al encuentro de sí mismo.

Este libro se lo dedico a Neil Herring,

a Simon Rosenthal y a mis hermanas

Annie, Martha y Stella.

AGRADECIMIENTOS

El título se lo robé a Mangas, el Jefe del Partido de los Búfalos Pardos.

Mis mentores han sido Doc Jennings, Mark Harris y Douglas Empringham.

Recibí ayuda y consuelo de Barbara Burgower, además de algunas ideas.

Mi fotógrafa oficial es Annie Leibovitz.

Mi hijo, Marco, y su madre, Betty, bebedora empedernida de Pepsi Cola, vivieron parte de esta locura.

Los editores originales que abordaron por primera vez los temas centrales de esta obra de arte son los batos locos de East l.a. que sacaron la revista Con Safos.

Mi esposa, Socorro, esperó mientras yo le contaba al mundo las peripecias de mis amigos y sus múltiples problemas.

Y, por supuesto, nada de toda esta locura se habría publicado de no haber sido por el trabajo y el buen criterio de mi editor, Alan Rinzler.

Óscar Zeta Acosta

Abogado chicano

Ziquitaro, Michoacán

México

Mayo, 1972

Introducción
Hunter S. Thompson

Óscar era un chico salvaje. Irrumpía a zancadas allá donde fuera y mucha gente le temía. Su fecha de nacimiento no consta en ninguna parte y su muerte apenas tuvo repercusión. Pero el hueco que dejó fue enorme y nadie ha intentado rellenarlo. Fue todo un personaje. Era Enorme. Y cuando llegaba bramando a tu casa al caer la noche sabías que te esperaba una buena, quisieras o no.

Nunca me ha gustado escribir sobre él porque me hace pensar demasiado y nunca acierto a encontrar las palabras apropiadas para explicar la terrible alegría que siempre llevaba consigo allá donde fuese. Tenías que estar ahí, supongo, y entender que nunca se encontraba a gusto a no ser que estuviese en compañía de gente aún más loca que él.

Cuando murió escribí un epitafio y no me apetece rehacerlo, así que esto es lo que sentí entonces. Res Ipsa Loquitor1.

***

Lo cierto es que Óscar Zeta Acosta (por mucho que pese a quienes opinan lo contrario) fue un rufián peligroso que vivió cada día de su vida proclamando que un hombre que codicia la Verdad no puede esperar piedad ni concederla…

Cuando llegue la hora de que el Gran Arquitecto se manifieste a propósito de Óscar, una de las primeras y escasas líneas de su Gran Libro Mayor destacará que, por lo general, careció del coraje que manifestó en sus monstruosas convicciones. Había más compasión, locura, dignidad y generosidad en el agotado cuerpo moreno y con sobrepeso de aquella siempre excesiva bala de cañón humana, de lo que la mayoría de nosotros llegaremos a ver en cualquier persona incluso tres veces más corpulenta que Óscar en el curso de nuestras vidas; características que están enflaqueciendo notablemente desde que aquel gordo hispano corrompido desapareció del mapa.

En la época en que lo conocí, en el verano de 1967, hacía ya tiempo que había dejado atrás lo que él llamaba su «idilio de amor juvenil con La Ley». Lo mismo había ocurrido con su temprano celo misionero y, tras el primer año de trabajo para la asistencia social en el «centro legal para la pobreza» de East Oakland, estaba listo para librarse del academicismo de Holmes y Brandeis y asimilar un estilo más Huey Newton y Pantera Negra a la hora de tratar con las leyes y los tribunales de Estados Unidos.

Cuando entraba retumbante en aquel bar llamado Daisy Duck de Aspen y anunciaba que él era la mosca cojonera que todos estábamos aguardando, se hallaba ya inmerso en la política de la confrontación; y en todos los frentes: en los bares, en los tribunales e incluso en las calles si era necesario.

Óscar no se metía en peleas callejeras, pero era como el infierno sobre ruedas cuando estallaba una pelea en un bar. Cualquier combinación de un mexicano de ciento catorce kilos con lsd-25 constituye una amenaza potencialmente mortífera para todo lo que se ponga a su alcance; pero si resulta que además el susodicho mexicano es un abogado chicano profundamente cabreado que no manifiesta el menor temor ante nada que camine con menos de tres piernas, y con la convicción suicida de facto de que va a morir a los treinta y tres años (como Jesucristo), sabes que tienes entre manos un cóctel explosivo. Sobre todo si el muy bastardo ya hace seis meses que cumplió los treinta y tres, va hasta el culo de ácido Sandoz, luce una Magnum 357 cargada en el cinturón y cuenta en todo momento con un guardaespaldas chicano que maneja un hacha, aparte del hábito desconcertante del vómito-proyectil, verdaderos géiseres de pura sangre roja arrojados contra vuestra puerta cada treinta o cuarenta minutos, o cada vez que su úlcera maligna rechaza la ingesta de más tequila a palo seco.

Este era el Búfalo Pardo en plena flor demente de su apogeo, un hombre, en verdad, que no se perdía una. Y fue de hecho en algún momento, ya cumplidos los treinta y tres, cuando vino a Colorado (con su fiel guardaespaldas Frank) para descansar un tiempo tras su agotadora campaña como candidato para sheriff del condado de Los Ángeles, que perdió por más o menos un millón de votos. Pero en la derrota Óscar se las ingenió para crear una base política para sí mismo en el inmenso barrio chicano de East l.a.; donde hasta los más conservadores «mexicano-americanos» de la vieja guardia, de repente, se estaban denominando a sí mismos «chicanos» y degustando por primera vez el sabor del gas lacrimógeno en las manifestaciones de «La Raza», que Óscar no tardó en aprender a utilizar como foro incendiario para darse a conocer como el principal portavoz de un vertiginoso e incipiente movimiento de «Poder Pardo» que el departamento de policía de Los Ángeles llegaría a considerar más peligroso que el de los Panteras Negras.

Las habladurías que circularon a propósito de las últimas apariciones del Búfalo Pardo fueron muchas, a cada cual más estrambótica. Sería visto, al menos una vez, en Calcuta, comprando niñas de nueve años en las jaulas del Mercado Blanco de Esclavos… y también en Houston, al frente de la barra de un restaurante de carretera de South Main que una vez fue el Blue Fox… o quizá, de nuevo, huyendo a Bimini a medianoche: alzándose, con todo lo largo que era, sobre sus cuartos traseros a bordo de una lancha negra de quince metros con una Uzi plateada en una mano y un kilo de heroína en la otra, a ciento cincuenta kilómetros por hora, sin luces y soltando a voz en grito –lo máximo que le permitían sus pulmones sangrantes– galimatías entresacados del Viejo Testamento…

Hasta podía llegar a presentarse de pronto en mi porche en Woody Creek, una noche sin luna, cuando los pavos reales andaban chillando con lujuria… Podía ocurrir y siempre sería un fantasma bienvenido en mi casa, aunque se presentase hasta el culo de ácido y con una cadena hecha de larvas alrededor del cuello.

Sí, ese es él, amigos; mi colega, mi hermano, mi compinche en tantísimos crímenes. Óscar Zeta Acosta. Prepárate. Ya no está entre nosotros, pero incluso su memoria provoca torbellinos que acaban alzando de la carretera coches bastante pesados. Fue un monstruo, un auténtico hijo de su siglo (más veloz que Bo Jackson y más loco que Neal Cassady)… Cuando el Búfalo Pardo desapareció, todos perdimos una de esas melodías que ya jamás volveremos a escuchar. Óscar fue uno de los prototipos de Dios (una especie de mutante de gran potencia que jamás se consideró para la producción en masa). Fue demasiado raro para vivir y demasiado extraordinario para morir…

Hunter S. Thompson

Marzo 1989

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1Frase latina que significa «los hechos hablan por sí solos». (N. del E.)

Autobiografía de un búfalo pardo
Óscar Zeta Acosta
1

Estoy desnudo frente al espejo. No ha habido ni una sola mañana en toda mi vida en que no me haya enfrentado desde todos los ángulos posibles a esta panza morena. Que yo recuerde, no ha cambiado. Siempre fui un niño gordo. Meto tripa y saco pecho, y ahí están: dos buenas tetazas pardas. Tal vez haya perdido algún gramillo por algún lado. Me llevo las manos a las caderas sacando los codos curtidos hacia fuera a modo de alas y me pongo de perfil para examinar mi reflejo de cuerpo entero. Me tenso, tomo aire y recuerdo que Charles Atlas no era más que un piltrafilla de cuarenta y cinco kilos de nada cuando el abusón de playa le arrojó arena en la cara a su preciosa novia. Lo mismo mi anciana madre tenía razón. Debí renunciar a aquellas chocolatinas Snicker, a todos aquellos sándwiches de salchicha de hígado rebosantes de mayonesa y a los malditos helados inundados en caramelo y nueces. Pero mirad, si meto tripa un poquito más, si empujo el ombligo hacia dentro; ¿podéis imaginaros lo que sin duda pasaría si os libraseis de toda esa carne de más? Solo pensad en la cantidad de tías que podríais llegar a tener si rebajaseis vuestro peso hasta unos confortables noventa kilos.

Contengo la respiración más de la cuenta. La sangre se me sube a la cabeza y se me enrojecen las orejas; es lo único perfecto que tiene mi cuerpo, las orejas. Sucesión de gruñidos y convulsiones en la boca de mi estómago vacío. Entro al cuarto de baño y me cuesta llegar al retrete. Afianzo con cuidado mis enormes manos de campesino en el borde blanco del retrete y poso en el suelo mis sufridas rodillas. Fijo la mirada en el receptáculo de todo lo inmundo y aguardo a que brote la bilis verdosa con el rostro tostado por el sol reposando en el lugar donde pronto aposentaré mi enorme culo moreno.

Me fuerzo a vomitar, impulsando hacia arriba el diafragma con un control tan completo del vientre como el que pueda tener cualquier experto clarinetista… pero lo único que logro expulsar son unas sonoras convulsiones gorgoteantes por los bajos fondos.

–¡Vomita, hijo de puta! –ordeno–. ¿Acaso no eres el campeón mundial de los potadores?

Pienso en basura, en retretes sucios, en whisky y en salsas espesas, pero nada sucede… un eructo insignificante y un pedo silencioso es lo único que obtengo a cambio de mis esfuerzos en este primero de julio de 1967.

–¡Por Dios, ya ni siquiera mi cuerpo me obedece!

Me siento en la taza y me miro en el espejo que hay sobre el lavabo. Un rostro terriblemente enfurecido me observa y me río ante el espectáculo del Búfalo Pardo sentado en su trono. Pero, ¿quién lo sabe a ciencia cierta? ¿Quién puede asegurar lo que provoca las úlceras? A la edad de veintiún años, seis (6) médicos distintos me mostraron fotografías de lo que, según ellos, eran agujeros en mi estómago. Quizá se trate en verdad de una cosa física. Eso sí, me dijeron que dejase la bebida, el picante y las salsas especiadas.

Fijo la mirada en el espejo buscando una respuesta. ¿Ven a ese hombre de insignificantes ojos huidizos que aprieta los labios? Ese afable hijo de puta es el mismísimo Rey de los Molones. Sí, el viejo Bogey… Y ahora, con el labio superior plegado hacia dentro mostrando una hilera de dientes blancos, ¿a que no sabéis quién es? ¿Veis cómo mueve la cabeza, sacudiéndola de un lado a otro como en un estremecimiento de ira incontrolable? ¡Exacto! ¡James Cagney, esquiroles de mierda! Y si aflojas un poco, inflas ligeramente esas gruesas mejillas que te gastas y hablas desde lo más profundo de tu garganta con el cigarrillo mordisqueado apuntándote a la cara… me llamo Edward G. Robinson y no quiero que me toquéis los cojones, ¿entendido?

–¿Estreñimiento? ¿Cómo coño voy a estar estreñido teniendo tanto que ofrecer? –les pregunto a los tres tratando de no perder la calma.

Analizo mi estado de salud. Es cierto que rechacé el consejo de los seis médicos. ¡Por amor de Dios, solo tenía veintiún años! ¿Qué valor tiene una vida sin alcohol y sin comida mexicana? ¿Podéis imaginarme bebiendo medio litro de leche a diario durante lo que me resta de vida? Ellos dijeron: «Nada caliente ni frío, nada picante y absolutamente nada de alcohol». Mierda, no podría ser un sosaina semejante ni aunque mi vida dependiera de ello.

Me esfuerzo, lucho y le doy mil vueltas al asunto. «¿Pero a cuento de qué?». Exijo una explicación. «¿Pudo haber sido la tarta de piña de quince centavos? ¿Envenenamiento por lata de Sopa Campbell? ¿El Doctor Pepper con cacahuetes flotando en la superficie?».

En el espejo ninguno de mis tres héroes tiene respuesta para mí. Dudo que se tomen en serio mis graznidos. Saben que puedo arreglármelas.

–Puede que haya sido el pastel de frijoles con salsa de judías negras que me comí anoche donde Wing Lee.

Y desde no sé dónde irrumpe la voz debilucha del doctor Serbin, mi comecocos judío.

–¿No me irá a decir que se cree todas esas pamplinas de que los chinos aprovechan las sobras?

–¡Yo no he dicho eso! –le grito. Últimamente al doctor Serbin le ha dado por seguirme a todas partes. Pero, desde luego, jamás culparía al flacucho anciano chino de larga barba puntiaguda de mis achaques. Dios, asistí a la facultad de derecho solo porque Wing Lee me servía rollitos calientes de cerdo y pollo junto a un cuenco de té todas las mañanas por veinticinco centavos en la esquina de las calles Hyde y Jackson, donde he vivido los últimos cinco años. Así que solo puedo decir cosas buenas a propósito de ese anciano e inescrutable caballero cuya voz solo oí aquella vez que dijo: «Hoy no lollo celdo. Hoy pollo».

–¿Pasó algo inusual ayer? –me pregunta el buen psiquiatra mientras me limpio el culo con papel perfumado.

–Oh, no empiece con eso. ¡Estoy estreñido! ¿No lo ve? ¡Es una puta cosa física!

–Pero seguro que existe un motivo –me apuñala con su sobriedad fingida–. Debe estar ocultando algo.

–¡Menuda gilipollez!

–¿Qué es lo que le parece una gilipollez?

–¡Todo es una gilipollez! Usted y sus acusaciones. Todas ellas… no son más que cuentos chinos judíos.

Me río y sacudo la cabeza delante de sus narices. Pero no reacciona. Ese famélico judío con su abrigo de tweed y respuestas para todo no tiene el menor sentido del humor. Puto bastardo intelectual larguirucho, ni siquiera se sabe reír cuando se le suelta un chiste cojonudo.

Entonces, sin previo aviso, las ondulaciones de mis generosas tripas grasientas evacuan una oscura deposición líquida. Sonrío con serenidad.

–¿Ve? No es para tanto –me burlo del comecocos–. No es más que la dieta excesiva de un chaval con úlceras, tal y como le he estado diciendo todo el rato.

Encaja un Kool extralargo en su boquilla de marfil, prende su mechero de oro con un chasquido, se recuesta, cruza las piernas y me echa encima el humo blanco.

–Así que ha venido a mi consulta para tratarse las úlceras. ¿Es eso lo que me está diciendo?

Me niego a continuar la conversación con este bastardo de pelo negro salido de la Ivy League1. Este comecocos judío que me ha caído en suerte está siendo injusto. Se aprovecha de mi estado. No se atrevería a hablarme así en la calle. Si estuviéramos en mi territorio podrías apostar tu culo a que no me acosaría como lo hace en este consultorio tan de puta madre que se ha montado mientras me tiene tendido en su diván. No puedo apelar. No hay tribunal de última instancia cuando yaces estampado en un diván de cuero negro contándole todas esas sucias historias que sabes condenadamente bien que luego le repetirá a las enfermeras pintarrajeadas de Pacific Heights en medio de cócteles y canapés de mierda con salchichón de North Beach.

No señor, el comecocos es el árbitro definitivo. Es quien ríe el último mientras le sigues pagando sus honorarios, un asuntillo que llevo seis meses pasando por alto. Así es, me he negado a pagarle y a hablarle durante una temporada. Descubrí que mi única salvación radica en el silencio. Permanecer en un perfecto mutismo, con el dedo índice sobre los labios. Sin decir ni mu. Que sea él quien pise en falso. Tú callado como un cabrón. Y no importa cuántas veces te amenace con echarte, ni cuán arrogantes se vuelvan sus pequeñas anotaciones analíticas, por mucho que las subraye una y otra vez con tinta roja, no importa el modo en que suspire al final de cada hora de silencio, porque sabes que la única esperanza consiste en ignorarle.

Pero incluso eso ha dejado de funcionar. Desde que le dio por seguirme, me resulta cada vez más difícil ignorarle. Es como tener un mono en la chepa. Cuando me niego a hablar se pone a indagar en mi mente caleidoscópica con su juego de química. Revolotea sobre mí, me saca a rastras de mi asiento y me arrincona con sus putas pastillas eléctricas. Interrumpe conversaciones como un paleto. Cuando entrevisto clientes, cuando presento demandas a jueces del Tribunal Supremo, cuando me siento a soplarme unos cuantos escoceses con mis amigos en el Trader JJ’s, incluso entonces ese marica delgaducho sin carácter se entromete y lo echa todo a perder.

¿Puedes entender lo que se siente al despertarse en mitad de la noche con el estruendo de los tranvías de la calle Hyde y las sirenas de niebla del Aquatic Park? Ahí estás, mirando el techo con ojos fogosos, la bestia en tu mano ansiosa, sudando en la oscuridad en medio de una fantasía turbadora, una mujer de ensueño a la que se la quieres clavar hasta el fondo antes de que se desvanezca y, de repente, le oyes respirar quedamente a tu lado, observándote desde su silla y diciéndote alguna lindeza tipo: «¿Quién crees que es ella?», dando a entender, por supuesto, que él sabe perfectamente quién es, pero quiere darte antes la oportunidad de descubrirlo. Odio a la gente que se las da de entendida. Todo el mundo debería tener acceso libre a la sabiduría sin los obstáculos que anteponen los sabiondos. Así que incorporo uno o dos detalles, añado dramatismo al sueño, incluyo un poco más de acción por aquí y por allí. Luego sonrío cuando él interpreta toda esa mierda.

Disfruto particularmente cuando me suelta: «En realidad, a la que estrangulaste en la bañera no era Alice. Era su novio, Ted».

¡Dios mío! Y pensar que al final se lleva veinticinco pavos por cada hora (más bien por cuarenta y cinco minutos) de sandeces. Así que lo que suelo hacer cuando lo pillo en mi habitación interrumpiendo mis fantasías es simplemente coger otra de esas gasas empapadas en cloroformo, me acuesto y espero a que avancen las manecillas del reloj.

Pero ahora que mis tripas se han aliviado, me levanto de mi sitio2 y entro en mi lugar favorito: la ducha. Tengo la costumbre de asearme cada mañana. En mi casa siempre hay jabón. Esté donde esté e independientemente del tiempo que haga ahí fuera, siempre encuentro un momento para ducharme. Dejo correr el agua caliente, fría nunca, y observo cómo el vapor produce gotitas sobre mis largos brazos morenos. Como soy un hombre lampiño y de piel suave el vapor me quema más de lo normal. Pero rechino los dientes y separo los labios como el viejo Bogart, el único hombre que jamás me ha fallado. Aprieto los puños y endurezco el cuerpo en el momento en que el vapor comienza a quemarme el pecho.

–Mierda, puedo aguantar lo que sea –digo en espera de la aprobación de mi héroe–. ¡Nunca me harán hablar!

Él se inclina el ala de su sombrero de gángster y dice:

–Claro, chaval. Sé fuerte.

Y cuando los taimados japos con sus uniformes caqui y sus gorritas se percatan de que prefiero morir antes que hablar, cierran de golpe el vapor hirviente y abren el grifo de agua helada.

–¡Dios! ¿Van en serio? –No muestro el menor cambio emocional. No me inmuto. No me sacarán nada. Miro al frente. Todo mi cuerpo, mi rostro y mis pensamientos permanecen estáticos. Hasta Tojo me habría admirado. Cualquier tortura que pueda concebir el hombre, a mí me resbala. Estoy resignado. Soy un estoico… el existencialismo en persona.

Bogey me da unas palmaditas en la espalda.

–Muy bien, chaval. Hiciste un buen trabajo. Ahora acaba el trabajo.

Rápidamente, equilibro el agua caliente con la fría y me apresuro a darme placer antes de que ella desaparezca. Con agua templada y la espuma del bote verde de Palmolive, la pequeña bestia se agranda, se engrosa y se expande ante mis propios ojos. Y, milagro de milagros, continúa creciendo mientras me agacho para mirar por el ojo de la cerradura.

¡Mirad eso! Se está quitando el vestido. Le está costando bajarse la cremallera de la espalda. En esta casa no hay nadie más que yo. Sé que no tardará en llamar a alguien para que le ayude… Me limito a esperar, se me van a salir los ojos. Ni siquiera tengo que tocármela. ¿Observáis cómo cambio el efecto rocío por un único y contundente chorro que se estrella contra mi prominencia parda? ¿No se trata de un acto de extremada candidez? ¿Qué culpa tengo yo? ¿Acaso le pedí yo que dejara ese pequeño agujero libre? ¿Conjuré intencionadamente esa imagen? ¿Qué tengo que ver yo con su apuro? Si ella tuviese brazos más largos, si hubiesen fabricado esos uniformes blancos con la cremallera por delante, si se le hubiese ocurrido colgar una toalla en el picaporte, nada de esto habría sucedido. Pero, en lugar de eso, ella se inclina para quitarse esas medias de seda falsa que utilizan ahora desde que Tojo suspendió la exportación de seda japonesa.

El niño irrumpe en el cuarto de baño.

–¿Me has llamado?

–Llamé a tu padre, ¡malcriado! –replica ella furiosa.

–Pero papá está en Okinawa –aboga el niño con una lógica incontestable.

–Tienes razón. Lo había olvidado.

–La carta decía que no sabía cuándo iba a terminar la guerra. Y en el periódico pone que Tojo sigue vivo.

La mujer suspira, inclina la cabeza. Quizá le caiga una lágrima.

–Muy bien. Puedes ayudarme con la cremallera.

Le da la espalda y el niño destraba el enganche y baja lentamente la cremallera hasta su cintura.

Y sin perder ni un segundo, antes de que el agua se enfríe, recurro a Alice, la mujer de mi amigo, la de pelo rubio y corto y labios plateados. ¿Le importaría ser infiel solo por una vez?

–Pero Óscar, ¿qué diría Ted?

Ella posee una voz aguda y nasal carente de convicción. Sé que se muere de ganas por meterse en la ducha conmigo. Se lo noto por el modo en que siempre me pregunta si tengo hambre cuando les visito antes de ir a ver al comecocos. Cien veces (mientras el marinero seboso de Brooklyn con acento irlandés se toca), un millón de veces he visto las piernas largas y hermosas de esta nena sueca de Minnesota contoneándose por la cocina, meneando ese imponente trasero frente a mí para sacarme de la depresión. Eso es lo que ella dice. Pero yo sé que, secretamente, en lo más hondo, lo que de verdad quiere es que la agarre de su elegante cuello, le retuerza esos largos y suaves brazos y la fuerce a meterse en la ducha para que pueda mordisquearle sus exquisitos y delicados pechos de carne blanca y cálida que ahora chupeteo mientras el gigante moreno entra en erupción.

El puto comecocos se mete en la ducha y me dice:

–¿Alguna vez se ha parado a pensar que podría tratarse de una simple forma de narcisismo?

Está tan dispuesto a no soltarme que lo más probable es que me pase la factura de la tintorería.

–Dios, se inventa excusas mejores que yo.

Lo aparto de mi camino y comienzo a prepararme para mis clientes. Termino de asearme. Me aplico unos toques de Old Spice, me rocío la entrepierna con un poco de Right Guard por si me topo con alguna hembra y, como cada mañana, me tomo mis pastillas para afrontar la jornada laboral. Acto seguido, me lanzo al tráfico al volante de mi fiel Plymouth verde, el coche que me regaló mi padre, el mes que viene hará un año, cuando me licencié en Derecho.

2

Me alejo de mi apartamento del distrito de Polk y penetro en el túnel que atraviesa Russian Hill hacia Broadway, donde las aceras están cubiertas de hormigas enfundadas en trajes de Brooks Brothers, hombres de negocios con ordenadores en sencillos maletines negros, paraguas sofisticados y viejos mocasines impecables para recorrer Montgomery a pie, la calle más opulenta de la Costa Oeste. Desvío la mirada un par de veces hacia los anuncios gigantescos de chicas mullidas con tetazas de silicona, Carol Doda y El Cordero Persa3, la que prefirió encadenarse al Golden Gate antes que dejar a su marido; imágenes que me asaltan desde las fachadas de las trampas para turistas, antros de topless con gordos voceros filipinos a sus puertas dedicados en cuerpo y alma a meter a rastras a los clientes para que echen un polvo o, al menos, para que se les ponga dura.

La chicas llevan pantalones de cuero, botas negras y cabello largo. ¡Dios!, ¿qué pasó con la cultura de los años cincuenta? ¿Acaso estas mujercitas tontas de Toledo no saben que estamos en San Francisco? Antes llevaban guantes y encantadores sombreritos comprados en Saks. Siempre podías contar con que fuesen conjuntadas con bonitas gorras de terciopelo negro hechas a medida con sencillas sartas de perlas que habrían adquirido, como mínimo, en Joseph Magnin. ¡Pero miradlas ahora! Todas quieren dar la impresión de que son condenadamente libres. Se van de compras a Sausalito y a la calle Grant, ahora que los de narcóticos y los italianos engominados que se ganan la vida con trapicheos han echado a los beatniks. Y no es que me haya identificado nunca con esos borrachuzos de cara amoratada, por amor de Dios, lo que pasa es que me resultaba muy fácil ganarles al ajedrez por el mero hecho de poder beber más vino Red Mountain que ellos.

Hablo como historiador, como cronista aquejado de ardor de estómago. No siento el menor aprecio por el pasado. Ginsberg y aquellas cafeterías rebosantes de guitarristas muertos de hambre siempre me la sudaron bastante. Nunca se tomaron en serio lo de beber. Y lo cierto es que se agarraron a lo que les cayó encima. Era su mala suerte lo que les llevaba a salir corriendo para toparse en la carretera con zánganos del calibre de Kerouac, para regresar años después con el pelo más largo y puestos de puta marihuana hasta el culo al grito de Paz, Amor y Mota. Igual de arruinados que siempre.

No señor, yo me he concentrado en cosas como el gran reloj de números romanos que hay en lo alto del edificio Ferry, y en los coches y camiones cargados de grava que cruzan el Bay Bridge y zumban mientras yo avanzo en mi Plymouth de confianza, customizado para que parezca el coche de un agente antinarcóticos. Cables, cemento y congestión, ¡esas son las cosas que importan! Así que no me vengáis con la mariconada esa del «Bagdad de la Bahía».

Justo ahora el estómago me hace pensar en los clientes sentados en la sórdida sala de espera de la Sociedad de Ayuda Legal situada en la esquina de la calle Catorce con Fruitvale, en los barrios bajos de East Oakland. Ya son las nueve menos cuarto. Ya estarán esperándome para devorarme, como todos los días de los últimos doce meses.

Le piso fuerte pero soy extremadamente precavido. En los veinte años que llevo frente al volante (tengo treinta y tres, la misma edad de Cristo al morir) nunca he tenido un accidente. De acuerdo, es verdad que he volcado tres coches en tres ocasiones distintas, pero fueron casos de fuerza mayor, como solemos decir los abogados. Y además, estaba borracho. Seguro que nadie podría responsabilizarme por lo que una sustancia ajena es capaz de provocar en mi cuerpo. Os digo que tengo úlceras. ¿Podéis entenderlo? Sea como fuere, no seré yo quien se culpe a sí mismo.

Pongo la radio a todo trapo… «It’s Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band». Los chavales han conseguido por fin un exitazo. Pero no puedo distinguir la letra entre tanto ruido de bocinas, frenazos, derrapes, nervios a flor de piel y una tripa rebosante de gases. Me pregunto si será un problema lingüístico. ¿O será más bien auditivo? Pero, en caso de que se oyese bien ¿qué cojones habría que entender?

–Es pura mierda –me consuelo–. Se ponen a soltar todas esas sandeces intencionadamente para dárselas de poetas y que nadie pueda reprocharles nada.

Mi comecocos va y me suelta:

–¿Y le pasa lo mismo cuando escucha una canción nueva en español?

–Joder, no he escuchado una canción en español desde que era niño.

–Oh, ¿no le gusta la música mexicana? –el tío no duda en clavármela.

Pero ahora mismo no tengo tiempo para esa basura racial. En los diez años que llevo de terapia, lo único que este cabrón ha querido es chismorrear sobre mi madre y mis antepasados.

–Sexo y raza. El mismo complejo.

No parece querer entender que mis úlceras no se presentaron hasta que rondé los dieciocho años. Está obsesionado con la historia antigua. En realidad, lo que le pone es Moisés y Freud.

Le pago al guardia lánguido y corpulento los veinticinco centavos del peaje. Ensayo en voz alta las preguntas que le formularé a mi cliente, la señora Willey, cuando esta tarde le consiga la anulación. Lo he estado posponiendo todo lo posible, pero ya ha llegado el momento. Se presentó en mi oficina hace seis meses, una anciana de largos cabellos pelirrojos y unas uñas rosas afiladas con esmero. La señora Willey me dijo que quería anular su matrimonio. No quería esperar el año que le quedaba para obtener el divorcio.

–¿Y a qué viene tanta prisa? ¿Quiere volverse a casar de inmediato?

–No señor. Lo que pasa es que…, bueno, aquí Sheila quiere que…

Miré los largos dedos de Sheila. Ella me sonrió.

–¿Qué tiene ella que ver con su matrimonio? –le pregunté.

Las dos mujeres intercambiaron una mirada. Estaban claramente avergonzadas.

Sheila se expresó con una buena voz de tenor.

–Verá, señor Acosta, quiero operarme. Ya he hablado con un médico.

Agité la mano.

–Un momento. Esperen… ¿Y qué tiene que ver eso con la señora Willey? ¿No es ella la que quiere el divorcio?

–Bueno, lo queremos las dos… Yo soy su marido –me soltó Sheila.

Resultó que Sheila era transexual. Me explicó con gran detalle la diferencia entre un travesti y un transexual. Incluso me dejó material de lectura sobre el tema. Y ya lo tenía todo arreglado para deshacerse de su pene. Hablé con su médico y me lo confirmó. Así es que hoy, primero de julio de 1967, voy a conseguir la anulación de su matrimonio alegando fraude: «Eso es, su señoría, a la señora Harriet Willey se le hizo creer que se estaba casando con un hombre. Pero resulta que ahora ese hombre no es realmente un hombre… No señor, tampoco una mujer. Además, su señoría, el motivo por el que no podemos solicitar el divorcio… así es, señor. La señora Willey es católica. Si se anula el matrimonio, podrá volver a casarse».

Por suerte, yo sabía que este mes el juez Kassabian iba a presidir el estrado del Departamento de Relaciones Domésticas del Tribunal Supremo del condado de Alameda. Tenía una mano jodida, polio; y había leído que su hijo era un insumiso de Berkeley. Seguro que un hombre así no se molestaría por una mentirijilla. ¿Qué más daba que la señora Willey no fuese católica? Se trataba de un asunto incontestable. Un pleito con un único litigante. Nadie se daría cuenta. Nadie la iba a interrogar.

Estos asuntos irrebatibles vienen siendo mi especialidad desde hace un año. Cuento con más de cien clientes en procedimiento de divorcio por mutuo acuerdo. Son todos iguales. Una serie de diez preguntas seguida de una serie de diez respuestas, todo previa y perfectamente ensayado. El proceso fluye sin la menor complicación. Los jueces se limitan a esperar a que plantee mi última pregunta al testigo.

–Y usted vio al señor Jones golpear a la señora Jones, ¿es cierto? Una vez que la mentira se formula ante el Tribunal, el divorcio está garantizado. Así de fácil. He ganado hasta el último caso. Y ahora la pobre anciana del bastón podrá solicitar asistencia social para sus hijos… que es lo que quería desde el principio. Lleva cinco años sin ver a su marido, pero el asistente social le dijo que no podía solicitar la ayuda a menos que concluyese los trámites del divorcio. Yo ya no lucho contra la lógica del asistente social. Al principio, recién aprobados los exámenes finales, intenté cumplir la ley. Pero eso fue hace doce meses. Ahora me limito a hacer unas cuantas preguntas y mi secretaria se ocupa del resto.

Y aun así me duele la tripa y siento que se me achicharra el corazón a diario cada vez que aparco en la parte posterior del edificio gris y sombrío que alberga las numerosas oficinas del Programa contra la Pobreza del Centro de Servicios de Fruitvale. Estamos en el corazón de la zona asignada al Programa contra la Pobreza de Oakland, donde los supuestos organizadores y los cabronazos de los consejeros jurídicos como yo mismo estamos ayudando a los pobres, a los oprimidos y a los marginados. Contamos con oficinas de empleo incapaces de encontrar puestos de trabajo para los pobres infelices; con programas de formación para la denominada gente negra y morena que sabe condenadamente bien que jamás obtendrá un sueldo superior a los dos pavos por hora que le da durante el curso de formación. Hasta ayudamos a la gente con problemas de inmigración. A mexicanos que llevan aquí más tiempo que el mismísimo lbj4. Pero solo si los casos no son demasiado complicados porque, después de todo, no somos especialistas. Solo somos unos abogados sobrecargados de trabajo, evasivos y cagones, que no tendrían ni la más remota idea de qué cojones hacer ante un caso de verdad ni aunque nuestras licencias dependiesen de ello. No me malinterpreten, tenemos motivos legítimos. No somos malas personas. Tenemos buen fondo. Lo que pasa es que somos unos incompetentes. No tenemos los huevos que se precisan para llevar tales casos. De hecho, no somos abogados, somos simplemente consejeros de ancianas. Escuchamos sus historias por orden del Congreso… aparte de por un salario bastante atractivo.

Al entrar en el edificio ruinoso las veo en la fría sala de espera con suelo de linóleo: cinco mujeres desaliñadas con narices ensangrentadas y ojos a la funerala, obsequio de la borrachera de fin de semana de sus respectivos esposos. Están sentadas, muy tiesas, haciendo como que leen un ejemplar de Life o de Time. En este momento, son solo clientes potenciales. Candidatas. Primero tendrán que demostrarme satisfactoriamente que no pueden permitirse los honorarios de un abogado privado, sea cual sea su problema. Las directrices del gobierno especifican con claridad meridiana los requisitos para la obtención de mi asesoría legal gratuita. Si formas parte de una familia de cuatro miembros y ganas más de cuatrocientos dólares, lbj dice que te tienes que buscar tu propio abogado.

Puedes estar seguro de que el viejo lbj no va a quitarles la pasta a los miembros del Colegio de Abogados. ¿Por qué iban a ir por ahí presentando demandas de gente que no les cae bien si no van a gozar de ciertas condiciones? Y así, cuando nosotros, los abogados de oficio, no queremos ocuparnos de un caso determinado, cuando se trata de un problema con el que no estamos acostumbrados a lidiar, si es algo que tengamos realmente que estudiar y por lo que nos veremos obligados a litigar, bueno, pues no sabe cómo lo lamento señora, pero no soy yo quien pone las reglas, yo solo trabajo aquí… Comprendo que se halle en bancarrota pero, aun así, con lo que saca de la asistencia social y el sueldo de su marido, sus ingresos son demasiado altos para poder acceder a nuestros servicios… ¡Siguiente!

–Pero si tuviera dinero no estaría intentando conseguir un descargo por insolvencia –exclaman.

Y las señoras de las lágrimas y los moratones me suplican que las ayude a deshacerse de sus maridos.

–Ya le pedí a dos abogados que me consiguieran una tro5. pero en ambos casos me exigieron trescientos dólares antes incluso de acudir a los tribunales.

–¿Pero no le dijeron esos abogados que el tribunal ordenará a su marido que corra con los gastos? –les respondo a gritos con el corazón acelerado.

–Sí señor. Pero el señor Morgan dijo que una orden del tribunal no va a pagarme el alquiler… ¿No podría hacerme el favor de conseguirme una pequeña orden de alejamiento para que él deje de molestarnos a mí y a mis hijos?

Dominan la jerga del tribunal de relaciones domésticas tanto como los ex-presidiarios conocen el derecho penal. La primera vez que una vieja gorda me pidió que le consiguiera una tro pensé que se trataba de un eufemismo del gueto para referirse a una compresa. Mi secretaria tuvo que explicarme que significaba orden de alejamiento temporal.

Y es así que cada lunes por la mañana, como hoy, me asaltan a voz en grito con sus cabellos enmarañados, las tetas caídas y sus niños felices y mugrientos patinando por el suelo de linóleo. Ajenas a mis dolores de estómago y al ácido que rezuma en mi pecho.

–¿Cómo, en nombre de Dios, esperan que pueda pensar? –le pregunto siempre a mi secretaria, que ha sido la encargada de pensar por mí a lo largo de estos doce meses.

Cuando el edificio está abarrotado y todos nos hallamos inmersos en la lucha diaria contra la pobreza de la zona que nos ha sido asignada, yo me dirijo a Pauline en busca de sabiduría. Es una dulce dama de cincuenta y siete años con problemas «femeninos» y bajo permanente atención médica, la mujer más amable y comprensiva que he conocido en toda mi vida, con excepción de mi Güelita. Desde el primer día que entré en este edificio dispuesto a enfrentarme al enemigo que nuestro presidente describió con tanta claridad en su primer discurso del Estado de la Unión, desde el principio ella me ha mimado, me ha dado palmaditas en la espalda para que eructe, me ha protegido y me ha evitado el trabajo serio: la investigación pura y dura para la que jamás he encontrado la ocasión.

Fue Pauline la que me consiguió un mapa en el que trazó una línea que iba desde la esquina de la calle Catorce con Fruitvale hasta la puerta frontal del Palacio de Justicia. Me dijo dónde aparcar, cómo rellenar mi comprobante de gastos, cómo preparar una demanda de divorcio, quiénes eran los jueces amistosos, a qué empleado se le podían pedir favores y, lo más importante, qué reglas podían violarse. Y, por encima de todo, es la que les dice a las clientes potenciales: «Lo siento, querida, pero el señor Acosta está demasiado ocupado para ayudarla con la orden de alejamiento. ¿Por qué no le pide a su hermano que hable con su marido? O dígale a su marido que me llame la próxima vez que se acerque a su casa. Le diré lo que pienso».

Lo que la mayoría de la gente no entiende con respecto a los abogados es que todos se cagan de miedo a la hora de enfrentarse entre sí. Verán, una orden de alejamiento, a diferencia de un divorcio no sujeto a litigio, requiere la presencia de la parte contraria. A no ser que el borracho esté frente al juez, en una audiencia pública, no tiene mucho sentido ordenarle que se mantenga alejado de la casa y que deje de golpear a su señora. Si le pillan, bastará con que diga: «No lo sabía. Nadie me dijo que ya no podía volver a mi casa».

Así que, en términos prácticos, esto significa que es muy probable que el marido se presente ante el tribunal con algún abogado particular. Sí, uno de esos ricachones con despachos en el centro de la ciudad, no muy lejos del Palacio de Justicia. Les encanta echarle la zarpa a los abogados de oficio de corbata negra que nos compramos nuestros trajes azules en Macy’s. ¿Pueden imaginarme discutiendo con uno de esos tipos? Nunca me enseñaron a interrogar, ni siquiera a un testigo hostil, en la sórdida escuela nocturna a la que asistí. ¿Y se creen que los jueces de cabellos plateados nos echarán un cable? Una mierda, ellos también son miembros del Colegio de Abogados local. Nos desprecian igual que cualquiera. Somos basura socialista, incompetentes que no tienen ni puta idea de lo que es un dólar ganado con esfuerzo. Por amor de Dios, ofrecemos asesoría legal por la cara.

De vez en cuando, a alguno de nosotros le da por discutir, alguno les presenta batalla. En realidad lo que presentamos son Contestaciones a Demandas, ¿se lo pueden imaginar? Y los abogados particulares, enfundados en sus trajes azules de seda, con sus mocasines primorosamente lustrados, sus plumas Schaeffer de oro, sus chicos de los recados y todos los servicios de mensajería a su disposición, nos gritan, nos hacen esperar en la cola hasta que terminan de dar carpetazo a alguna reclamación de seguros millonaria y, solo entonces, advierten cáusticamente al pusilánime comunista de Ayuda Legal que ha venido a darles la tabarra: «Andarse con rodeos no le va a servir de nada a Billy Joe».

Siempre se refieren a los clientes por su nombre de pila.

–¿A cuento de qué presentan una contestación? Va a tener que pagar esos muebles, de lo contrario…

–De lo contrario, ¿qué? –le pregunto sin perder la calma.

–Me veré en la obligación de llevarle ante los tribunales –exclama.

–Lo sé. Por eso mismo presentamos la contestación.

–Pero, ¿en qué coño se basa su defensa?

–Ni puta idea. Ya se me ocurrirá algo. Pasarán dos años antes de que nos llegue el turno en la lista de causas pendientes.

–¡A eso mismo me refiero! Lo único que hace es marear la perdiz.

–Es posible. Pero tengo que hacer algo por él. ¡Es mi cliente, por amor de Dios! Además, lo mismo para cuando lleguemos ante el tribunal él ya haya reunido la pasta para liquidar el saldo.

Su voz cambia. Como si yo fuese su hermano, en plan confidencia, va y me dice:

–Por Dios, Acosta. Tendremos que prepararnos para el juicio. ¿Para qué quieres pasar por todo ese fangal?

–Tío, es mi trabajo. Me pagan por hacerlo.

Si quieren saber la pura verdad, lbj se fue al carajo gracias a hombres como yo. Jodimos bien a esos bufetes privados hasta que ya no pudieron soportarlo. Una vez que el Colegio de Abogados dejó a Lyndon en la estacada, todo se acabó para él. Lo odiaban a muerte por haberme pagado un salario.

Hoy es lunes por la mañana. Repaso a las cinco mujeres. Sé que son de las que vienen a por una orden de alejamiento. Y sé, salta a la vista, que las cinco están por debajo del nivel de pobreza. El modo en que aguardan sentadas en silencio, sin dirigirse la palabra, con el pensamiento perdido en las palizas que les han metido sus maridos el fin de semana. Poseen el aura de clientes serias. Pauline no será capaz de deshacerse de todas. ¿Y cómo seré yo capaz de inventarme cinco excusas consecutivas? Se darán cuenta de que me las estoy inventando. Me quedaré con el culo al aire antes del almuerzo. Imposible evitarlo.

Pero no puedo presentarme ante ellas. Hoy no. Doblo la esquina y me precipito por el pasillo que conduce a los servicios antes de que nadie me vea.

El dolor de tripa, el desgarro en el cuello, la confusión turbulenta dentro de mi pobre cabeza, todo se salió de madre este fin de semana. Me fui a la cama el viernes a las siete de la tarde y permanecí calentito entre las sábanas con los ojos fijos en mi reloj Zenith azul hasta esta misma mañana cuando eché a patadas de la ducha al doctor Serbin. Me levanté solo para engullir hamburguesas quemadas y tambalearme hasta el restaurante de Wing Lee para llevarme a casa un chow mein de ternera y tomate que me zampé con ayuda de una botella de Pepsi. Solo de vez en cuando me asomé al ventanal, entre las cortinas de terciopelo rojo, para mirar los tejados de los antiguos apartamentos victorianos del distrito de Polk. Desde mi cama se puede ver el Golden Gate, esa extensión anaranjada con las hileras amarillas de los faros antinieblas y el agua verde del Pacífico bajo su vientre; así me he pasado horas. He escrito toneladas de galimatías lamentables, poemas de amor a antiguas novias que jamás llegaré a meter en el buzón, cartas enfurecidas al Chronicle que seguirán inéditas, relatos que solo sabrán apreciar los camareros, todo ello inspirado por esas vistas fantásticas. Yo y mi vieja Olympia llevamos años haciéndolo. Pero últimamente no. No este fin de semana. Este fin de semana me limité a quedarme en la cama, sufriendo como el demonio, a la espera de que sonara el teléfono, a la espera de recibir una carta, un mensaje, una invitación a un baile… cualquier cosa que pusiese fin a la angustia.

Y no es que haya sido un fin de semana inusual. Simplemente fue más de lo mismo. Pero el efecto acumulativo empieza a afectarme. Desde hace doce meses, lo único que he hecho ha sido engullir hasta casi reventar, vomitar horribles collages en la taza del váter, tragarme a palo seco mil tranquilizantes, mirar la caja tonta, abandonarme a los excesos y ver cómo crecen las serpientes dentro de mi cabeza mientras espero a que giren las manecillas del reloj. Desde hace doce meses, desde que me estrené en el ejercicio de la ley, desde que me convertí en abogado, un hombre que habla en nombre de otros, un asesor legal con el poder de dirigirse al tribunal, en efecto, un gran hombre, una persona madura que ayuda a quienes se encuentran en apuros; durante cerca de trescientos sesenta y cinco días, el tiempo no ha sido más que una experiencia interminable que me sale al encuentro cada mañana justo donde la había dejado la noche anterior. Ya no soy el matemático de mente clara de mis años en la facultad. Entonces solía tener todas las respuestas; y de no tenerlas siempre podía recurrir a la parte posterior del libro o preguntárselo al profesor Blackburn en la clase de álgebra avanzada de los miércoles por la mañana.

Desde hace un año, mis únicas preocupaciones conscientes han sido mi dolor de estómago, las broncas del doctor Serbin y los horarios de los programas de la tele. Me los sé al dedillo. Puedo citar cada puñetero programa de los canales 2, 4, 5, 7 y, no os lo vais a creer, incluso de la emisora educativa, el Canal 9. Soy la única Guía Televisiva viviente del mundo, en realidad no soy más que eso.

¡Y aun así quieren que les asesore!

No, hoy no. En estas condiciones no puedo enfrentarme a esas cinco gordas Órdenes de Alejamiento Temporal. «Pauline tendrá que ocuparse de ellas», me digo en susurros al tiempo que me zambullo en los servicios. Solo con verme aumentarían sus expectativas. Y esas pobres idiotas ya tienen las cosas bastante chungas sin necesidad de tener que venir a llorarme.

El doctor Serbin se cuela conmigo en el reducido baño de paredes verdes.

–Oh, por supuesto, no puede darles falsas esperanzas. Al fin y al cabo no es usted más que un muchachito mexicano de piel parda.

Le ignoro. Echo el pestillo. Me planto frente a la familiar taza blanca.

–Dios, ¿por qué no tendremos un teléfono aquí? –Inclino la cabeza por tercera vez en lo que va de mañana–. Si pudiera llamarla desde aquí, Pauline las despacharía con viento fresco. Podrían volver mañana, en el turno de Burt Danziger.

Lucho, empujo con el diafragma ante la negativa de mi tripa. Pero solo sale un aire caliente y rancio… ¡arcadas! Me arde el estómago por culpa del ácido, la salsa picante, las hamburguesas insípidas, el curry chino, las guerras y los rumores de guerras.

Aprieto el puño y me golpeo la barriga… esta vez sí que sale. Los diseños de leche cuajada y huevos revueltos bañados con ketchup son dignos de verse, la obra de un genio. Valoro los dibujos fluidos de mis descomposiciones y considero su potencial artístico. Dalí seguro que podría hacer algo con esto. Lo mismo debería escribirle.

Pero un momento.

–¡Dios Santo, si no me eché ketchup!

Me obligo a vomitar de nuevo. Quiero estar seguro. Del todo. En efecto, ahí está otra vez. Se me ocurre tomar una muestra. Quizá podría poner una o dos gotas en el frasco de pastillas que tengo en el bolsillo. ¿Pero para qué molestarse? Sé que no es ketchup.

–¡Es sangre, me cago en la puta! Sangre, ¿me oye? –le suelto a gritos al comecocos. Pero, por supuesto, cuando dispongo de una prueba indudable, de una evidencia tan directa como esta, mi psiquiatra está ocupado con algún otro chiflado.

–¡Míralo, judío bastardo! ¡Y vuelve a decirme ahora que todo está en mi cabeza!

Escupo de nuevo, solo por si acaso. La sangre flota sobre el revoltijo como en una receta de huevos benedictinos. Me quedo un buen rato mirándolo. Es la mejor prueba que he tenido en años y no quiero olvidarla. Ahora, cuando mis amigos me pregunten, puedo decirles cuál es la fuente de mis problemas. Estoy harto de decirles: «Oh, ya sabéis, problemas personales». Dios, si tuviera una fotografía en color de este momento podría corroborar mi testimonio. Pero ¡al carajo!, tendrán que fiarse de mi palabra. Lo fijaré para siempre en mi retina y, acto seguido, iré corriendo a mi despacho por detrás.

Nadie advierte mi llegada. Palpitaciones. El sabor amargo de la bilis verde en la boca. Cierro la puerta a mis espaldas y me sorprende encontrarme con el despacho a oscuras. Pauline siempre enciende la luz y pone la calefacción o el aire acondicionado al traerme la taza de café caliente antes de que yo llegue. Una ojeada a mi enorme y desordenada mesa me basta para saber que algo anda mal. Pauline siempre me prepara con antelación los papeles, me pone las carpetas con los expedientes de las citas del día en la esquina superior derecha. Y la estrambótica taza que me regaló, la de los diseños chinos de color rojo, sigue con un dedo del café frío del pasado viernes. La recojo para comprobar la temperatura. No cabe duda, ni siquiera la han enjuagado.

–¡Pauline!

La puerta que separa ambos despachos está cerrada.

–¡Pauline! –la llamó con desesperación dirigiéndome al picaporte. Abro la puerta y mi corazón palpitante se detiene en seco al toparme con una sala vacía y oscura. Solo están las máquinas de escribir y los archivadores grises con toda nuestra información secreta sobre los maridos de las órdenes de alejamiento.

–Pauline, ¿anda por ahí? –me dirijo al vacío. En doce meses, esta señora de pelo gris con sus medias elásticas marrones para las varices, jamás me ha dejado tirado. Siempre cuadra sus citas con el médico para que coincidan con mis días libres. Siempre se toma sus vacaciones cuando yo me tomo las mías. Y ahora, cuando más la necesito, resulta que no está.

Me abalanzo al despacho del otro extremo. Un estudiante de derecho de Boat Hall de cabello largo está enfrascado en mi penoso trabajo de investigación.

–¿Sabes dónde está Pauline? –le suelto muy alterado.

Me mira con lánguidos ojos azules.

–¿No te has enterado?

–¿Enterado de qué? ¿Qué pasa? –le grito, en realidad, se lo reprocho.

Parece abatido, sumerge el rostro en los libros que tiene delante.

–Ella… eh, ha fallecido.

–¿Qué quieres decir?

–Ha muerto. El sábado. De cáncer.

–¿Cáncer? ¿Qué dices? Ella tenía… me dijo que tenía problemas femeninos. –Me apoyo en la mesa para no derribarme. Me está estallando la cabeza. Las pastillas eléctricas se encargan de detonar la dinamita.

–El funeral es esta tarde. Fike le dejó un mensaje.

Me tiende un cuaderno rosa. El director de la Sociedad de Ayuda Legal del condado de Alameda, Tom Fike, me informa de su muerte y del funeral, y me sugiere que cancele mis compromisos de hoy en los tribunales. Toqueteo cuidadosamente el papel, compruebo la firma y leo la nota tres veces.

En voz baja le digo al estudiante de derecho:

–Hazme un favor, ve a decirle a esas mujeres que están esperando ahí fuera…

–Ya lo he hecho.

–¿Qué? ¿Y entonces por qué siguen ahí?

–Dijeron que esperarían a ver si algún otro abogado podía ayudarlas –dice débilmente.

–¡Pero los otros no vendrán hasta esta tarde! –exclamo.

–Lo sé, eso mismo les dije –dice con sangre fría–. Dijeron que de todas formas esperarían. Todas quieren una orden de alejamiento.

–¡Joder! ¡Lo sabía!

En cuanto me dispongo a salir, me pregunta:

–¿Quiere un café?

–Por Dios, necesitaré mucho más que eso –y salgo a trompicones por la puerta.

Estoy de nuevo en mi flamante despacho, sentado ante el enorme escritorio marrón. Con la barbilla apoyada en mis manos ahuecadas, mis insignificantes ojos de cerdo inspeccionan las paredes de libros, boletines, revistas jurídicas y archivadores color café que contienen los historiales de los casos de mis innumerables clientes, todo bajo un flujo apagado de luz blanca fluorescente. Tengo el estómago revuelto y el pecho me arde. Me echo al coleto tres Rolaids. Mi cuerpo descomunal es un colosal nervio tembloroso que se agita dentro de un traje azul oscuro de Macy’s que también me regaló mi padre cuando me gradué en la facultad de derecho el año pasado.

Suena el teléfono verde. ¡Quince líneas y tiene que ser la mía la que se encienda! Me electrocuto. Otro rrrring. «Probablemente sea la señora Willey», pienso. De nuevo rrrrrring. Traumatizado. Me quedo mirándolo. ¡Y otra vez! ¡Detesto esta máquina verde! La reto a que siga sonando. Rrrrrrrrrrring. «¡Tú sigue, hija de puta!». Siete veces suena la muy lesbiana y siete veces la desafío. Cuando se calla tomo conciencia de mi singular presencia en la habitación de alfombras púrpuras y paredes teñidas de color nogal. Es la primera vez en toda mi vida que me he negado a coger un teléfono que está sonando. Incluso he llegado a atender llamadas estando encima de una mujer. Siempre que llaman a mi puerta, abro. No importa la hora que sea. Escribidme una carta o telefoneadme, podéis estar seguros de que ahí estaré. Siempre me ha preocupado que algún día me llame un locutor de radio inteligente para ofrecerme un millón de dólares y yo no esté. Así que fue la primera vez que no descolgué. Yo, que soy tan puntual, que jamás llego tarde; yo, que no me falté ni un solo día a clase cuando iba al colegio, que me presenté a todos los exámenes, que acudí a todas mis citas, ahora desconecto el teléfono y disfruto de mi autocomplacencia.

Mi comecocos toma asiento en la silla acolchada del rincón, bajo la licencia enmarcada del Colegio de Abogados.

–No se preocupe, se las arreglarán sin usted.

–¡Ah, váyase a la mierda! Usted no lo entiende.

Meto la mano en el cajón de mi mesa con cubierta de vidrio y saco mis pastillas de reserva. Guardo los comprimidos azules, el Stelazine, en el cuarto de baño de mi apartamento. En el dormitorio, cerca de la cama, junto al mirador, suelo tener otro buen puñado. Por si pudiera darse el caso de sufrir un accidente en la carretera, naturalmente llevo un frasco de Valium en la guantera. Y, por supuesto, siempre me meto un puñado en el bolsillo y guardo una cajita de clips con los dos tipos de pastillas en mi escritorio. No sé por qué voy a tener que correr riesgos innecesarios. Los ataques de ansiedad irrumpen en lugares y momentos de lo más singulares.

Me trago dos, una de cada. Un estimulante y un tranquilizante para equilibrar el subidón y el bajonazo. Mi comecocos observa:

–Es el mismo problema. Usted no se siente a gusto con su enorme tamaño.

–¡Ah, váyase a la mierda!

Continúa bullendo y cotorreando con su rollo psiquiátrico, pero ya no le escucho. Oscurece rápidamente. Masculla y refunfuña, pero por un oído me entra y por el otro me sale.

Llevó sentándome ante este pulido escritorio doce meses. Doce meses de divorcios, órdenes de alejamiento, embargos salariales, bancarrotas, coches y muebles confiscados, desahucios y beneficiarios de asistencia social. ¿Cuántas veces se han sentado frente a mí esas caras negras, esas piernas morenas, esos acentos de paleto, mirando mi máquina de escribir ibm roja de quinientos sesenta y siete dólares?

¿Quiénes son esos rostros cetrinos de dientes podridos, pelo ensortijado y pañuelos alrededor de la barbilla que se sientan en mi lujoso y florido despacho con todos los libros del mundo a mi disposición? ¿Y por qué tienen docenas y docenas de esos niños tan ruidosos y aparentemente felices? ¿Acaso siempre poseen buenos motivos para no pagar a Sears o al Beneficial Finance? ¿Por una vez no pueden reconocer que se lo gastan todo en bebercio? ¿Verdaderamente esperan que yo me crea que una familia de cuatro miembros puede vivir con doscientos sesenta y ocho dólares al mes el año en que los Beatles ganaron un millón? ¿No sabe lbj que Watts se incendió en el 65? ¿Que los disturbios de Detroit estallaron en el 66? ¿Que los Panteras empezaron a llevar armas en el 67? ¿Se supone que tengo que evitar todo esto con una copia de papel carbón de una orden judicial que obliga a un conserje negro a pagar la manutención de sus nueve hijos? ¿De verdad se cree alguien seriamente que puedo batallar con el gobernador Reagan y su Departamento de Asistencia Social aun contando con mi sofisticado ibm rojo de quinientos sesenta y siete dólares? ¿Piensan que nuestra máquina Xerox salvará a Sammy del reclutamiento? ¿O que nuestra nueva colección de libros jurídicos Witkin ayudará de verdad a cambiar el curso de nuestra guerra contra la pobreza, la leche en polvo y los cheques sin fondos?

Sí, durante doce meses he estado viendo esos ojos asustados, esa mirada de desesperación que solo la gente con hambre lleva al despacho de su abogado. Algunas incluso traen a sus bebés en brazos y se sacan la teta delante de mí para amamantarles mientras voy tomando nota de toda la información relevante. Y después de contarme sus tristes historias y de mostrarme los contratos andrajosos con manchas de café, mientras permanecen sentadas, suspirando y con la mirada perdida en el morado oscuro de mis alfombras, telefoneo a los puercos acreedores del Crédito para el Hogar y les digo que represento a la señora Sánchez, que pertenezco a la Sociedad de Ayuda Legal.

Captan el mensaje enseguida. Saben que dispongo de tiempo para lidiar con ellos. Se ríen de mí solo por haber sugerido que le restablezcan el préstamo a la señora o que llamen al alguacil para que suspenda el desalojo. Y cuando insisto me maldicen por sugerir que a ella le va a resultar imposible cumplir con los pagos atrasados porque tuvo que utilizar ese dinero para arreglar el retrete que se le había desbordado y le había inundado el parqué de su casa de dos habitaciones para nueve niños y tres adultos… «¿Que por qué no le pidió al casero que lo arreglara? Bueno, porque debe el alquiler; en cualquier caso, él quiere echarla… ¿y en tal caso por qué no se muda? ¿Por qué no hace que la gente de la Asistencia Social le proporcione una ayuda complementaria?… Bueno, verán, su asistente social está cabreado con ella… parece ser que descubrieron que vivía con un hombre y le han suspendido la ayuda hasta que retribuya el pago que recibió en los dos meses que estuvo conviviendo con él… no, tío, no es una prostituta. Resulta que el tipo es un primo de México, sin papeles. Sí, un espalda mojada que no puede conseguir un empleo… ¿Le quitarán el coche?… ¿Se olvidarán de los pagos retrasados?… Oh, ¿luego venderán el coche y ella solo deberá el déficit?… Pero, mientras tanto ¿qué hará para conseguir un coche? ¿Cómo llevará a sus hijos al colegio? Tiene que llevar a su primo para que encuentre trabajo… Ya sé que no es usted asistente social. Ya sé que no está en esto por caridad. ¡Maldita sea! Pero ella no podrá arreglárselas sin su coche. ¿No puede entenderlo…? ¿Señor? ¿Hola?»

Me han colgado. Los muy cabrones siempre me dejan con un palmo de narices porque saben que podría pasarme toda la tarde suplicando. Esto es lo que tengo que regurgitar durante una hora antes de que la señora Sánchez se marche con el bulto del niño de cabellos negros dormido en sus brazos. Pero lo peor es el horror que detecto en sus ojos cuando permanece sentada en silencio y yo estoy rogando que le concedan una prórroga. Lo que me ha provocado numerosas noches de insomnio, dolor de piernas, tensión en el cuello… sin duda, lo peor de todo es la mirada aletargada pero entendida que me dedica cuando hablo por teléfono, el modo en que se fija en mi máquina de escribir roja ibm de quinientos sesenta y siete pavos sobre la mesa de caoba… eso es insoportable.

El Valium y el Stelanize empiezan a surtir efecto. El débil zumbido en la base del cuello comienza a manifestarse.

En mi pared cuelga el mayor trofeo de todos. Un pergamino con una caligrafía muy elaborada. Firmado por el Presidente del Tribunal Supremo en persona. Se trata del talismán que me autoriza a asesorar a esta gente agotada y dejada de la mano de Dios. Es lo que me confiere el poder de cobrar cheques bastante cuantiosos por los servicios prestados, de tener un salario fijo. El emblema de mi título es: ¡Abogado y Asesor Legal! Sí, con ese número exhibido en la pared puedo dirigirme al tribunal desde la mesa de la defensa. Se me escuchará, bajo mandato del Presidente del Tribunal Supremo, ¿queda claro? Con ese trozo de papel quebradizo puedo presentar mociones, solicitudes e incluso demandas al Tribunal Supremo.

Ni siquiera en este instante, mientras entierran a Pauline, me detengo a pensar en su muerte, lo que hago es sumergirme en la penumbra que reina en mi mente. No soy un hipócrita. Sé que en el fondo no la apreciaba. En la Navidad de 1966, el año pasado, ni siquiera le hice un regalo. Nunca le dije cuánto la estimaba, lo mucho que dependía de ella ni lo bien que me caía. Pero ya es demasiado tarde. No me uniré al concierto de lágrimas por la muerta, ellos ya tienen suficientes problemas sin tener que andar preocupándose por mi dolor de tripa. Y la verdad es que la muerte me parece un misterio. No tengo opinión al respecto.

Solo sé que no puedo seguir. Lo improbable se ha convertido ahora en imposible. Sin la señora que me rellena la taza y cierra la puerta a las mujeres que vienen a por sus órdenes de alejamiento, no puedo seguir haciéndome pasar por abogado. En este momento ya debéis tener claro que soy un mero farsante. Simplemente, ya no me importan sus narices ensangrentadas.

Me levanto de la mesa. Me dirijo a la pared. Miro por última vez mi diploma enmarcado. El gordo de Charlie Fisher, un amigo artista del Trader JJ’s, fabricó el marco tintado de nogal después de mi graduación. Como suspendí el examen la primera vez en el verano de 1965, todos mis amigos estaban esperando con gran expectación los resultados del segundo examen en junio de 1966. Se sintieron profundamente decepcionados cuando llevé la prueba de mi éxito al bar. Le pedí a Sal (el astuto siciliano propietario del garito situado en la esquina de las calles Polk y Jackson donde había estado preparándome para mis exámenes acompañado de jarras de cerveza) que la colgara detrás de la barra, encima de la caja registradora. Se negó y me dijo que debería estar orgulloso.

–¿Cuántos tipos como tú conoces que sean abogados? –me preguntó con uno de esos puritos Toscana entre los dientes.

–¿Qué quieres decir con eso de «como yo»?

–Vamos, no te hagas el listillo. Sabes perfectamente a lo que me refiero. Joder, tu viejo te patearía el culo si te comportases así, Osc.

Charlie le echó una minuciosa ojeada, me trajo una bebida y me dijo:

–Oye, Osc, si quieres te la enmarco. Quedará genial.

Y eso hizo. El artista gordinflón de Bimidji, que seguía hablando con el argot que estuvo de moda en los años cincuenta (en cualquier caso, igual de bien que el hijo de un banquero republicano) enmarcó la licencia sin cobrarme y lo celebramos con un atracón de pollo frito y costillas a la barbacoa en el restaurante de Wing Lee.

Pero ha llovido mucho desde entonces. Ahora ha llegado el momento de que revele mis auténticos sentimientos. Un hombre debe exponerse por completo, airear todas sus vergüenzas, si pretende acceder a la verdadera gloria. La verdad es que me importa un bledo el juramento de mi cargo. Me paso por los huevos el código deontológico. Voy a dejar en la estacada a mis ciento cincuenta clientes en trámites de divorcio sin pestañear. La señora Willey, simplemente, tendrá que buscarse otro experto en transexuales. Mi única y máxima preocupación en este momento es librarme de las putas hormigas que corretean por mi estómago.

Descuelgo el diploma y le doy un beso de despedida… Lo tiro a la papelera y comienza mi fuga.

Agarro el teléfono y marco el número del Tribunal Supremo del Condado de Alameda. El señor Simpson, el enano bastante corpulento e inválido de una pierna que me enseñó cómo funcionaban las cosas en el Departamento de Relaciones Domésticas cuando comencé en esto, responde a mi llamada.

–Señor Acosta, ¿cómo le va? Veo que le toca comparecer esta tarde.

–Por eso mismo le llamo –digo.

–¿Sucede algo?

–¿Podría hacerme el favor de decirle al juez Kassabian que retire el caso Willey del orden del día?

–Por supuesto, pero…

–No se preocupe, Fred. Es un asunto no sujeto a litigio. Ya se retomará.

–Desde luego pero… ¿está usted enfermo?

–Estoy bien. Se trata de mi secretaria.

–¿Pauline?

–Sí… Murió esta mañana.

Cuelgo y telefoneo inmediatamente a la oficina principal de la Sociedad de Ayuda Legal del Condado de Alameda.

–¿Tom? Soy yo, Óscar. –Tom es mi jefe, un irlandés católico que se pensaba que me estaba haciendo un gran favor cuando me ofreció mi primer trabajo de abogado.

–Sí, hombre. ¿Recibiste mi nota? –habla como un portador de féretros.

–He cancelado mis citas y mis comparecencias ante el tribunal.

–No lograste llegar al funeral, ¿verdad?

–Me largo ahora mismo.

–Ya ha terminado todo, hombre. La enterramos a las diez.

–No. Mire, me largo del despacho.

–¿Qué quieres decir? ¿Quieres un día libre?

–No, tío. Me piro. Dígale a Burt que tendrá que hacerse cargo de todos mis casos.

–Oye, espera un momento… escucha, ¿por que no te pasas por aquí y lo hablamos? Comamos. –Su voz se asemeja a la de una jovencita a la que han dejado plantada.

–¿Que comamos? ¿Está usted de broma?

Se le escapa una risa antes de responderme:

–De acuerdo, hombre. Te libero.

–¡Dios! Limítese a decirle a Burt que se haga cargo.

–¡Oye, Óscar! –Y entonces puso voz de barítono, de jefe–. No te puedes largar así como así. El Colegio de Abogados desaprueba que se abandone un caso a la mitad.

–Bueno, pues que les jodan. Dígales que ya no soy abogado. Que se metan mi licencia por donde les quepa. La encontrarán en mi papelera.

Le cuelgo sin darle tiempo a responder. Una vez más, la primera vez que hago algo así. He aguantado carros y carretas: cuando las mujeres se cagaban en todos mis muertos, cuando venía esa escoria indecente de los acreedores a comerme el tarro, cuando los abogados recién saliditos de Harvard o Hastings, unos auténticos hachas, me doblegaban con su superioridad de conocimientos… Nunca le había colgado el teléfono a nadie hasta hoy.

El doctor Serbin está junto a la estantería y me dice:

–Quizá sea un signo de madurez.

–O de grosería –le respondo.

Ya he despejado el camino y no hay moros en la costa. Rápidamente vierto el contenido del cajón central en mi maletín negro. Lápices y rotuladores, invitaciones de partidos políticos, solicitudes para ser miembro de la Asociación Nacional de Abogados, cartas sin responder y mensajes telefónicos de cuya existencia me entero ahora que soy libre, más siete paquetes de Juicy Fruit (siempre me ha preocupado el mal aliento, masco chicle como un descosido antes de dirigirme a un cliente y a veces he llegado a meterme un paquete entero en la boca antes de presentarme en la mesa de la defensa ante el tribunal).

Agarro la cajita de clips llena de Stelazine y la toqueteo. Cuando empecé mis sesiones con el doctor William Serbin, él era solo un joven médico residente del hospital Monte Sión, cerca de Divisadero, en lo que antes era el distrito de Fillmore, donde vivían los negratas hasta que los echaron para hacer sitio a los blancos, a la Iglesia Católica y a algunos japoneses ricos. Una chica de St. Louis me sugirió que me pasara por el Monte Sión para ver si podían curarme las úlceras. Cuando me presenté me dijeron que no estaba lo bastante grave para meterme en su lista de emergencias y, en su lugar, me proporcionaron una lista con los nombres de varios psiquiatras privados de San Francisco.

Fui a ver al doctor Rubenstein tres veces por veinticinco pavos la consulta y me pasé todo el tiempo discutiendo sus honorarios. Volví al Monte Sión en otoño de 1957. En esta ocasión les dije que tenía un impulso inexplicable de matar a mi madre con los mismos ganchos de hielo con los que ella acostumbraba a pegarme cuando tenía siete años. Me enviaron de inmediato a ver a uno de sus jóvenes médicos residentes y le conté (era el doctor Serbin) que tenía un problemilla con lo de pagar en efectivo por el consejo de un médico. Me dijo que no era de su incumbencia. Que ese era un asunto que yo tendría que tratar con las chicas de abajo, en la oficina de administración. No les llegué a pagar un solo centavo.

El doctor Serbin me interrumpe.

–Se habrá dado cuenta de que eso fue en 1958, no en el 57. Ahora me dedico a la práctica privada.

–Vamos, por amor de Dios. Solo piense en la mención honorífica que obtendrá en los numerosos libros que se escribirán sobre mí cuando sea famoso.

En cualquier caso, en 1958 me ordenó que me tomase una pastilla al día. Al año siguiente ya le estaba pidiendo al farmacéutico que pusiera en la etiqueta: «Tomar cuando se requiera». En la actualidad, unos diez años más tarde, observo una dieta firme de lo que ese rubiales gigantesco que es Larry Otterness, un psiquiatra amigo de Charlie, me ha dicho que son simple y llanamente «pastillas para descerebrados». Añadió: «Solo se las administro a los pacientes que están verdaderamente locos». Estos médicos sí que saben hacer que un tipo se sienta bien. Sí, tomo Stelazine, lo más potente que hay, cinco miligramos por píldora, y ando todo el día chupándolas como si fuesen caramelos. Y aun así me sigue doliendo la tripa.

Le escribo una nota a mi compañero Burt, el calvo:

«B. Me abro. Puedes quedarte con todas mis cosas. Te dejo esta cajita llena de ayudantes. Si continúas trabajando aquí mucho tiempo, los necesitarás.»

3

Me escapo por detrás y me sumerjo en el tráfico sin cruzarme con nadie. Pongo la radio a todo trapo. Un teclado escandaloso emite una especie de himno religioso espeluznante… ¿«A Whiter Shade Of Pale»? Estoy atrapado en una niebla, voy hasta arriba de pastillas para descerebrados. El tipo canta algo acerca de vírgenes bienaventuradas y ruedas de carros por el suelo. ¿Estoy escuchando esta letra de verdad? Admito que no entiendo ni jota. ¿Pero en serio está diciendo esas cosas? Dios mío, lo mismo me he excedido.

–Y, por supuesto, hay que tener en cuenta lo de Pauline –me dice el comecocos desde el asiento de atrás.

–Oh, que le jodan. Esto es grave –le digo en mi tono más serio mientras mi caja torácica se ve amarrada con sogas ardientes. Me esfuerzo en escuchar hasta la última palabra de lo que, según me suelta Moose desde la emisora kya, es un tema interpretado por un misterio insondable que responde al nombre de Procol Harum. La canción me conmueve en lo más hondo. Me recuerda al «Castillo fuerte es nuestro Dios» de Lutero. No puedo decir que yo sea una persona religiosa, pero con el Stelazine y la imagen de mi sangre en el retrete supongo que cualquiera puede entender que en estos momentos me sienta un poco espiritual.

Levanto la vista justo antes de que el Plymouth verde pase zumbando muy cerca de un enorme poste de hormigón. La niebla y la llovizna de la bahía humedecen el límite de Broadway y giro el volante haciendo un derrape. La parte de atrás del coche brinca como en un paso de tango. Regreso al carril y cuando enderezo la marcha me doy cuenta de que he estado un buen rato en trance. No recuerdo haber pagado el peaje ni haber cruzado el puente de la bahía.

–¡Válgame Dios! ¿Qué es esto?

Mi comecocos dice:

–¿El qué? ¿Se refiere a la autohipnosis? Es bastante común.

Naturalmente, no hay nada raro en mi estado. La humanidad viene padeciendo esos síntomas desde hace muchos años. Se niega a concederme la satisfacción de la singularidad. Miro por el espejo retrovisor. Los ojos me centellean enrojecidos. ¡Santa María, Madre de Dios! ¿Pues no va y me guiña un ojo? ¿Lo visteis? El muy bastardo degenerado me ha guiñado el ojo. ¿Qué mierda es esta?

Me detengo delante de esa licorería de toda la vida que está frente a la librería City Lights, un antro para intelectuales llorones y adolescentes prófugos que quieren echar un polvo. En cuanto regreso al coche le doy un buen trago a la botella de Old Fitzgerald. Casi siempre bebo escocés, pero si lo que uno pretende es beber en serio hay que dar el salto y darle a una mierda más potente, y que le den a la puta resaca. El aguardiente saca a relucir la verdadera bravura de este búfalo.

Piso a fondo y cruzo zumbando el túnel que atraviesa la colina. Los azulejos amarillos que cubren el interior de la galería subterránea hacen que se pierda la señal de la radio. Tendrían que pasar aún dos años para que Herb Caen6 se pudiese permitir la instalación eléctrica que le posibilitase escuchar a Russ Hodges decir su famoso «Bye-bye baby»7 desde aquel túnel de tres manzanas de largo. El 1 de julio de 1967 yo sigo teniendo que sufrir junto el resto de desinformados. Y al salir por el extremo occidental del túnel la radio vuelve a rugir con los acordes de «A Whiter Shade Of Pale».

–Acabo de atravesar un puto túnel del tiempo. –Golpeo el volante con el puño y me río con el abandono de la locura. Le doy otro buen trago al whisky de primera clase y sacudo la cabeza–. No es suficiente. Necesito algo más fuerte. –Hablo conmigo mismo de manera bien audible.

El doctor Serbin me lo plantea:

–¿Quiere decir que no va a ir a casa a ver la tele? Sabe que Edge of Night empieza a eso de las 2:30.

–Mierda, ¿quién necesita la televisión? Estoy desatado, ¿es que no lo ve?

Deambulo por el distrito de Polk donde mujeres chinas con medias marrones van dando pasitos hacia los mercados y maricas emperifollados venden flores en las esquinas a jovencitas con ponchos de cuero y ganchillo. Recuerdo que Charlie me dijo que su hermana Cynthia le había dicho que Ted Casey, el marinero gordo de Brooklyn, se dedicaba ahora a vender drogas.

–Justo lo que necesito –le digo a nadie mientras subo por la calle Sutter hacia su apartamento. Llevo sin ver a Ted y a su mujer Alice cerca de un año…

Hace tres años, en el otoño de 1964, tuve mononucleosis, una afección de la sangre que te deja tirado sobre tu trasero durante meses. Es una enfermedad de estudiante que se presenta en las temporadas de hastío, cuando no hay ningún lugar al que ir. Me pasé cinco semanas completamente inmóvil en mi apartamento de la calle Hyde mirando el Golden Gate por el ventanal. Nadie, ni una sola persona, fue a visitarme. Desesperado por escuchar una voz que no fuese la de mi comecocos, llamé por teléfono a Charlie Fisher. Después de la cháchara habitual me dijo que su hermana Cynthia se había mudado a San Francisco. Que se había cansado de Minnesota y se había dedicado durante un tiempo a despilfarrar su fondo fiduciario por Europa.

A la mañana siguiente pude por fin levantarme, hice acopio de fuerzas y me encaminé pasito a pasito, como las ancianas chinas, hasta la esquina a por un tazón de sopa won-ton en el restaurante de Wing Lee. Al volver a mi apartamento en el 1515 de la calle Hyde, miré inútilmente en el buzón. Advertí que había un nuevo nombre en el buzón contiguo al mío: C.K. Fisher. Unos días antes me pareció haber escuchado a alguien que se mudaba al bloque. Y la inicial intermedia de Charlie era una K. Pero, sin duda, se trataba de una coincidencia. Charlie y su mujer Donna vivían tres manzanas calle abajo, en frente del Trader JJ’s. Pero, ¿qué demonios?, ya tenía una excusa para iniciar una conversación: cinco semanas sin compañía afectan hasta al más fuerte. Arrastré mis pies por las escaleras y llamé a la puerta.

Una joven rubia de pelo corto con vaqueros ajustados y una sencilla camiseta abrió la puerta.

–Oye, ¿no serás la hermana de Charlie? –pregunté inocentemente.

–¿Cómo lo has sabido? –habló con el acento nasal del medio oeste.

–¿En serio? Dios, estaba de coña.

Como Charlie era republicano, hijo de un banquero podrido de pasta, un artista sin pretensiones de grandeza al que simplemente le gustaba pintar desnudos de mujeres rellenitas y conejos rosas de rostros acuchillados con mandíbulas chorreantes de sangre, di por supuesto que Cynthia sería tan retrógrada como él. A los cinco minutos de haber entrado en su apartamento (era un duplicado del mío, con una sola estancia, pero sin vistas a la bahía) percibí un olor que nunca había olido hasta entonces. Tenía un toque pecaminoso, una fragancia almizclada y sensual que supe que no podía proceder de algo comestible.

Fumé marihuana por primera vez con Cynthia. Ella también era artista. Pero estaba mucho más pirada que Charlie. Mientras zozobraba en la niebla de mi primer porro en aquella tarde nublada de San Francisco, me mostró dibujos de egipcios con cuerpo de perro que rodaban sobre patines por pirámides de helado de chocolate. Se me resquebrajó la cabeza intentando «comprender» su arte. Pero lo único que fui capaz de decir, armándome de valor, fue:

–Dios mío, ¿qué es esto?

–Si de verdad quieres pillarlo… ¿por qué no pruebas una de estas?

Me senté en el sillón y me puse a contemplar sus preciosas tetillas, los ojos azules de aquella muchachita indecente que me estaba ofreciendo una cápsula blanca. Por supuesto que quería follármela allí mismo y en aquel mismo instante. Pero era la hermana de Charlie, por amor de Dios.

–¿Qué es? –le pregunté.

En aquel entonces lo que yo sabía acerca de las drogas cabía en un dedal.

–LSD –me dijo.

–¿Qué efecto tiene?

–Es tremendo. Lo he tomado en dos ocasiones.

–Sí, pero ¿qué efecto tiene?

–Bueno…, te ayuda a comprender. A ver las cosas. Mierda, tú solo pruébalo… a no ser que te acojone –me retó.

Treinta minutos después de ingerir la cápsula con ayuda de un trago de soda, mi cuello era presa del dolor más intenso que haya experimentado en la vida. El demonio me agarró por la nuca y me hizo regresar a mi quinto cumpleaños, le pedí a mi madre, que estaba sentada donde antes estaba Cynthia, que me sirviera otra bola de helado de fresa. Me caí al suelo cuando mis piernas de bebé se vencieron, de repente tenía dos años. Mi madre me dijo que no me preocupase. Me acurruqué en posición fetal y clamé por el pecho de mi madre, pero no tenía tetas. «Lo superarás, Óscar. Tranquilo, no te resistas», me dijo.

Cuando dejé de ver la luz debido a la oscuridad que reinaba en su útero, me puse a dar sacudidas y me arrastré hasta una nave espacial, salí disparado de las tinieblas y le pregunté a Cynthia si quería darse un garbeo.

–Dios mío, Óscar. Me has tenido metida en tu viaje más de dos horas. No seas tan egoísta.

De repente, alcé la mirada y todo me pareció perfectamente natural. Le dije:

–¿Te creerás que ahora entiendo todo lo que hay que saber sobre el cubismo? Picasso me lo acaba de explicar al detalle. Y tus dibujos son de puta madre.

Ella se sentó frente a mí al otro extremo de la habitación y nos pusimos a beber civilizadamente el té irlandés que había preparado con miel y canela. Con los brazos apoyados sobre ese silla verde que consiguió en el Ejército de Salvación, en la calle Geary, Jackie Kennedy me dijo que había llegado a la ciudad en compañía de dos amigas de Minnesota para unirse a la iglesia zen del barrio japonés, pero que aún no se había pasado por allí porque había recibido una postal de Bob Dylan, un compañero del cole. No me impresionó mucho porque iba puesto de ácido y también porque por aquel entonces no tenía ni puta idea de quién era ese tal Bob Dylan. Ella me enseñó un cartel en el que se anunciaba un concierto que iba a dar ese invierno en el Masonic Auditorium. El tal Dylan había garabateado una nota en el póster, una invitación para verse después de la actuación del domingo por la noche. En la posdata le decía: «Marca el número que pegué arriba con cinta adhesiva. Buen rollito, tontita».

Cuando me miré en el espejo de cuerpo entero de la puerta de su armario me sorprendió ver que la droga había hecho que en mis brazos lampiños me creciese un pelo largo y verde.

–Mira, Cynthia. Soy el hombre lobo –bromeé. Luego me giré para toparme con Teddy Roosevelt ascendiendo a lomos de su caballo la colina de San Juan.

–¿Eso que tienes en la boca es una zanahoria o un porro? –me preguntó.

Volví a mirar mi reflejo en el espejo y comprobé que el pelo verde me seguía brotando lentamente, como un flujo creciente de hierbajos. Tenía la cara completamente cubierta de pelo. No solo la barba, maldita sea; en serio, me refiero a todo el cuerpo, un hombre lobo verde, el bueno del viejo Lon Chaney, ese hijo de puta verde que hacía que me cagase de miedo en las películas de los sábados por la noche.

Fue más o menos en ese momento cuando escuché que alguien llamaba a la puerta. Miedo instantáneo. ¿La pasma? ¿Matasanos con batas blancas? ¿Otro enfrentamiento entre bandas rivales de las Guerras Tong? ¿A quién, en nombre de Dios, se le ocurre venir de visita en este momento, justo cuando estoy a punto de ponerme a hablar seriamente de sexo con Debbie Reynolds?

Una chica pelirroja de cabello corto, Mary. Una rubia de hermosas piernas largas, Alice. Un gorila de más de dos metros llamado Hewey que me rompió todos los huesos de la mano. Dicen que una vez fue campeón de los pesos pesados en Irlanda y que solía entrenar con Joe Louis. Un tipo bajito, regordete y huraño, con un abrigo sport de pelo de camello adquirido en Hong Kong.

Cynthia me dijo que el pequeñín se llamaba Ted Casey y desde el primer momento insistió en saber quién era yo. Y qué cojones estaba haciendo drogándome si tenía intención de ser abogado. No le presté mucha atención porque estaba más concentrado en la contemplación del maravilloso culo de Alice que se balanceaba como un barco al ritmo de «Like a Rolling Stone» de Dylan. En cualquier caso, Ted y Hewey eran marineros de Brooklyn en espera de un barco. Las chicas los habían recogido en algún bar por la zona de Embarcadero el día anterior y limitándome a aguardar mi momento, tendría a las tres para mí solito durante todo el fin de semana.

Las chicas prometieron traerme sopa picante y otras chucherías para sobrellevar el bajón. Ni siquiera me despedí de los dos brutos cuando volví a mi cama junto a la ventana que daba a la bahía. Después de aquel día solo volví a fumar marihuana muy de vez en cuando en los tres años siguientes y juré que nunca volvería a transformarme en el hombre lobo verde. Acabé haciéndome muy amigo de Alice y Cynthia cuando me di cuenta de que jamás iba a lograr que la muy bastarda se me pusiera dura para tirarme a unas chicas que me habían tratado con tanta amabilidad durante el mes que estuve con la mononucleosis.

A lo largo de los dos años siguientes me encontré de vez en cuando con Ted y Alice en casa de Cynthia, y después adquirí el hábito de pasarme por su apartamento de la calle Sutter cuando iba camino del consultorio del doctor Serbin.

–¿Para qué cojones quieres ir a ver a ese tío? –me soltaba a la cara el irlandés rechoncho y de tez oscura de Brooklyn cada vez que me dejaba caer. Comprimía los músculos, metía la barriga para dentro e imitaba a Rocky Marciano–. ¿Ves esto?

Se agarraba la polla y se sopesaba los huevos hasta que Alice decía algo así como:

–Oye, Ted, vas a arrugarte los pantalones y acabo de recogerlos de la tintorería.

Siempre hablaban con exasperación. Mientras yo me quedaba sentado y sufría las malditas consecuencias de la visita al come-cocos por anticipado, ellos discutían sobre asuntos cruciales como por qué él no había sacado aún la basura o por qué ella tenía que asistir a ese curso nocturno de la universidad estatal de San Francisco. Y cada vez que yo trataba de explicarle a Ted lo que le iba a contar al doctor Serbin, él lo mejoraba con un relato acerca de una tía que se folló una vez en Hong Kong o Bangkok o Tokio. El hombre de Brooklyn había visto mundo, ¿y qué puto sentido tenía ir a la universidad y obtener títulos de manos de unos gilipollas que jamás habían visto a una mujer meterse una botella de sake de medio litro en el coño? Apenas se rió cuando le dije que me gustaba jfk. Y al tratar de explicarle que en realidad no quería ser abogado, que iba a la facultad de derecho porque pensaba que cualquier cosa era mejor que seguir siendo el chico de las fotocopias del S.F. Examiner, se limitó a largarse de la habitación. En pocas palabras, Ted no estaba interesado en la situación personal de nadie. Y mucho menos en los apuros de un Búfalo Pardo que le insinuaba que, durante su travesía a Bangkok, había deseado secreta y ardientemente a su amiguita.

Un año antes de que me pusiera a vomitar sangre en el retrete, le pregunté a Ted si decía en serio lo de su indiferencia con respecto a los asuntos que pudiera tener Alice por ahí.

–Pues claro, tío. Siempre que no me corte las pelotas. Ella puede hacer lo que quiera –me dijo con la fanfarronería característica de los irlandeses de Brooklyn, que te escupen las palabras como si tuviesen un horario que cumplir.

–¿Me estás diciendo que no te molestaría que me tirase a tu novia? –Le estaba provocando. Por supuesto, sabía que me estaba mintiendo descaradamente. Mierda, si alguien se follase a mi novia, en el caso de tenerla, no tardaría ni un segundo en rebanarle la garganta al muy bastardo…

–¿Tú? Por supuesto, Osc. Si ella quiere, tú mismo.

Le dediqué mi mejor puta sonrisa de Boogie, todo afabilidad.

–Ya lo hemos hecho.

Se rió. Yo tenía que largarme rápido para no llegar tarde a mi cita con el doctor Serbin, así que no profundizamos mucho en el tema. Tres semanas más tarde, Charlie me contó que Ted había dicho que me iba a cortar los huevos como volviese a pillarme en su casa, por lo que dejé de ir a verles. En su lugar, me dedico a citarme con Alice, de vez en cuando, en mi ducha…

Llamo al timbre de Ted Casey una y otra vez pero no responde nadie. Probablemente sabe que soy yo y no me quiere abrir, puto freak seboso. Justo cuando más necesito hablar con alguien, que me den ideas, un poco de eso que llaman «feedback», ¡justo en el momento en que más necesito consejo sobre la mejor manera de darle boleto al comecocos, el muy cabrón va y no me abre la puerta! ¡A tomar por culo! De todas formas, puedo hacerlo sin necesidad de esa droga tan brumosa. ¿Quién te necesita, Ted Casey? Si en verdad quieres que te sea sincero: respeto a Alice. Pero, claro, un irlandés como tú jamás entendería una cosa así.

Para cuando llego a la consulta de mi comecocos, un lugar lujoso y rosa, ya me he ventilado la botella de Old Fitzgerald. Sé que está atendiendo a otro paciente. Es un médico muy prestigioso; con su Jaguar xke y toda la pesca. Pero no me importa. Se lo voy a soltar de sopetón. De todos modos, no tiene recepcionista. En la sala de espera solo hay alfombras rojas y flores de plástico. Las revistas os las podéis meter por el culo. No pienso esperar.

Golpeo la puerta. Me imagino la pinta de su paciente. En diez años no le he dirigido la palabra a nadie en la sala de espera, en realidad a nadie en todo este edificio que alberga las consultas de cinco putos comecocos. Solo al doctor Serbin. La puerta se entorna ligeramente. Solo puedo ver su rostro cadavérico y su chaqueta de tweed. Me estiro para mirar por encima de su hombro, para hacerme una idea de qué aspecto tienen los pirados que se recuestan en ese puto diván.

–He venido a decirle que me largo –le suelto.

–En este momento estoy atendiendo a una persona –me responde con su mejor tono súper-tranquilo.

–Ya me lo imaginaba. Solo quería decirle que lo dejo.

–¿Podría regresar en un par de horas?

Este tío de verdad tiene clase. Nada le perturba. Ni siquiera cuando sufrí mis dos crisis nerviosas y me metieron en el pabellón psiquiátrico del hospital del condado que hay en Potrero, ni siquiera entonces pestañeó.

–¿Dos horas? Y una mierda. Solo quiero que sepa que le ha llegado el turno al síndrome de abstinencia.

Mi cabeza está a punto de levantar el vuelo.

–Mire, señor Acosta, ¿por qué no se sienta y espera en el vestíbulo? Podré estar con usted en… media hora.

Y aquí estoy, apestando a whisky y con los ojos rojos, y lo único que quiere hacer este bastardo alto y flaco es hablar. Meneo la cabeza con saña y muy a propósito, le suelto:

–Yo solo quería… ¡que le den por culo!

Me doy la vuelta y me alejo. Después de diez años, le doy la espalda a ese judío acomplejado con su historia antigua. Me meto en el coche. No puedo controlarme. La risa de la locura se aferra a mi garganta. Las lágrimas se me escurren por mis gruesas mejillas, su humedad es cálida. Siento escalofríos fantasmales en la espalda. Pero me siento bien. Me lo sacudo de encima y me dispongo a ir a por otra botella de ese ron del demonio. Ya no hay nada que me detenga. He saldado todas mis deudas, he cumplido con todos mis deberes y ahora solo queda la alegría de la locura. Otro indio loco fuera de control.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
10 temmuz 2025
Hacim:
311 s. 3 illüstrasyon
ISBN:
9788419288042
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