Kitabı oku: «El canto de las gaviotas»

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Primera edición: agosto de 2021

© Copyright de la obra: Osvaldo Reyes

© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions

Código ISBN: 978-84-123754-2-8

Código ISBN digital: 978-84-123754-3-5

Depósito legal: B-8426-2021

Ilustración portada: Celia Valero

Corrección: Juan Carlos Martín

Maquetación: Cristina Lamata

Edición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez

©Angels Fortune Editions www.angelsfortuneditions.com

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PRIMERA PARTE

MAREA ALTA

El sufrimiento más intolerable es el que produce

la prolongación del placer más intenso.

George Bernard Shaw

Debe haber algo extrañamente sagrado en la sal:

está en nuestras lágrimas y en el mar.

Khalil Gibran

Capítulo 1

⎯¿Por qué? ⎯preguntó por quinta vez.

El hombre no respondió. Su única respuesta fue empujarla con el cañón de la escopeta. La joven se enredó con sus propios pies y cayó de bruces. Su bello rostro, pintado por decenas de minúsculas pecas de color crema, golpeó la arena con fuerza. Sintió los granos enterrarse en su piel e invadir sus fosas nasales. Apoyó las manos sobre la suave superficie y tosió varias veces.

Su mano derecha se cerró, acumulando un puñado de arena dentro de ella.

El hombre presionó la escopeta sobre su nuca y acompañó el gesto con un suave chasquido. Un aviso de no intentar nada valiente ni tonto.

La joven abrió la mano y dejó caer la única arma a su alcance en la soledad de esa playa.

Levantó la mirada. El sol apenas se asomaba sobre la línea en azul oscuro, que separaba el imponente océano de la inmensidad del cielo. El viento proveniente del mar sacudió sus cabellos y liberó algunos de los granos de arena adheridos a sus rubias hebras.

⎯Tengo sed ⎯dijo con voz ahogada.

El hombre no se inmutó en responder. Se quedó de pie, esperando.

La playa se extendía como una sábana gris desplegada para su evaluación. Algunas rocas pulidas como gemas primitivas ante el embate de las olas y el viento adornaban el lienzo de cristales sobre el cual había caminado tantas veces.

Adoraba el mar. Era irónico, una cruel parodia generada en algún universo paralelo, que sus últimas horas de sufrimiento y dolor en esta tierra las viviera en un lugar que para ella significaba descanso y paz.

No más. No después de ese día. No si lograba salir con vida.

Los aros de frío metal se apoyaron sobre su piel, justo por debajo de la línea del cabello. El contacto descargó una corriente eléctrica que recorrió toda su espalda.

El delicado beso de la muerte.

Un segundo toque, más insistente, le indicó que esperaba que se levantara. No quería, pero conocía el castigo por no obedecer órdenes. Cualquier cosa menos eso.

Se alzó con lentitud. Sus rodillas estaban llenas de arena, al igual que gran parte de sus piernas. Llevaba una camisa de un color que alguna vez fue blanco. Ahora estaba manchada de sudor y sangre, cubriéndola hasta la mitad de los muslos. Un regalo del hombre de la escopeta.

Nunca lo reconocería en voz alta, pero estaba agradecida por ese pequeño detalle. Algo tan sencillo como la dignidad nunca era tan valorada como cuando era arrebatada con fuerza y violencia. Esa sencilla vestimenta era lo único que la cubría. Lo único que le dejó llevar en esa última caminata por la orilla de la playa.

Sus pies sintieron el roce del agua que subía con las olas. La huella que su pie había dejado segundos antes desapareció en un remolino de espuma.

Pasaron al lado de un árbol sepultado en la arena. La playa se extendía en línea recta varios metros a partir de ese punto. Cuando vio el sitio al cual la llevaba, su corazón se detuvo dos latidos.

⎯No ⎯murmuró.

Sus pies rehusaron avanzar. La presión de la escopeta sobre su espalda aumentó en intensidad, pero ella no podía moverse. La pesadilla aún no había terminado.

⎯No ⎯dijo en un tono más alto. Luego gritó.

El golpe en la cabeza la tiró al suelo. Sintió una mano agarrarla por los cabellos y arrastrarla por la arena la corta distancia que la separaba de su destino final. Trató de defenderse, pero le faltaban las fuerzas.

En el forcejeo pudo girar la cabeza y ver su rostro. Llevaba una máscara translúcida, pintada con las facciones de una de las caretas que decoran las entradas de los teatros.

La cara de la alegría.

Lo último que vio, con la espalda tirada sobre la arena, fue el hoyo cavado en el suelo. El hombre se le acercó y con un rápido movimiento la golpeó en la cabeza con la culata de su escopeta.

Antes de que la oscuridad llenara su mente, y le diera el misericordioso regalo del olvido, escuchó el graznido de varias gaviotas que volaban cerca buscando alimentos.

Casi sonaban como si le estuvieran cantando.



Capítulo 2

⎯¿Dónde estabas? ⎯preguntó el detective secándose el sudor de la frente.

Su compañero señaló un punto a su derecha. Varias personas se movían por el área y los dos se dirigieron en esa dirección.

Podía sentir el sudor deslizarse por la espalda y la tela de su camisa pegarse a su piel. Iba a ser un día muy caluroso y la ausencia de sombras en esa parte de la playa no era de ayuda. No soplaba una sola corriente de viento, a pesar de estar a orillas del mar. Hacía una hora que la marea alta había pasado y tanto el viento como las olas parecían haberse retirado a las profundidades del océano.

Con un movimiento rápido, se separó la tela de la piel.

⎯Cuando atrapemos al culpable ⎯dijo su compañero⎯quiero cinco minutos con él en un cuarto. No solo por lo que hizo, sino por obligarnos a caminar por esta playa a esta hora y con este maldito sol encima.

Se llevó una mano a la frente para hacer sombra sobre su rostro. Con la otra señaló hacia un punto en la lejanía.

El punto que parecía interesarle era un segmento mucho más allá del lugar al cual se encaminaban, casi al final de la playa. Unas pocas palmeras, inmóviles como estatuas por la falta de viento, creaban una sombra estrellada sobre el suelo.

⎯¿Por qué no lo pudo hacer allí? Por lo menos nuestro trabajo sería un poco más fácil. No. Eso sería mucho pedir. Tenía que hacerlo aquí, lejos de…

⎯Para lo que tenía planeado ⎯le interrumpió el detective Palmer⎯escogió el lugar ideal. Le dio la oportunidad de escapar, después de todo.

⎯Estoy de acuerdo ⎯dijo el detective Rosas exasperado⎯, pero no cambia mi opinión. Si vas a cometer un crimen, y no te importa un bledo la vida humana, al menos ten consideración por los que van a tener que limpiar tu basura.

Palmer agachó la cabeza y siguió caminando.

⎯Mauricio ⎯dijo Rosas después de unos segundos de silencio, las olas en retirada como música de fondo⎯. ¿Puedo preguntarte qué mosca te picó?

Palmer clavó sus penetrantes ojos color terracota en su compañero.

⎯¿A qué te refieres?

⎯Llevo más de seis años de conocerte y soy consciente de que no eres la persona más conversadora del mundo, pero hoy estás más taciturno que de costumbre.

Palmer levantó las cejas y Rosas sonrió.

⎯Sí, esa es la palabra del día de hoy. Taciturno. Significa…

⎯Sé lo que significa.

⎯La de ayer no la conocías.

⎯Nadie en su sano juicio lo sabría.

⎯Bueno, entonces hoy eres un poco más sabio que ayer.

Ya habían llegado al centro de actividad. El detective Palmer puso la mano en el hombro de la persona más cercana: un joven de cabellos claros y piel cuyo tono solo podía conseguirse con una exposición masiva a rayos ultravioleta.

⎯Detective Palmer ⎯dijo al darse la vuelta y reconocer al dueño de la mano⎯. Detective Rosas. Los esperábamos.

⎯Roberto, ¿sabes qué significa la palabra ergástula?

El joven se le quedó mirando con expresión vacua.

⎯Erga… ¿qué?

⎯Ergástula.

⎯No tengo la más mínima idea de qué habla ⎯dijo riendo.

Palmer miró por encima del hombro a su compañero.

⎯Ves. Nadie sabe qué significa.

⎯Un miembro de la Real Academia Española lo sabría.

⎯Sí. Usando un diccionario.

⎯Ergástula era el lugar donde vivían hacinados los esclavos sujetos a condena ⎯le aclaró Rosas a Roberto, que solo movía la cabeza de un detective al siguiente, como siguiendo la pelota de un partido de tenis⎯. Ahora ya lo sabes.

Roberto lo miró y luego a Palmer.

⎯¿Gracias? ⎯fue todo lo que pudo decir.

⎯Alguien que aprecia el enriquecimiento de su idioma ⎯dijo Rosas satisfecho y enfocando su atención en la arena. Eso le impidió ver como Palmer torcía los ojos, mientras sacudía la cabeza. Luego, recordando por qué estaban allí, bajó la mirada.

Un agujero de unos dos metros de profundidad perforaba la uniforme superficie de la arena húmeda. Una figura vestida de azul revisaba cada centímetro del fondo del agujero con milimétrico cuidado. Otra realizaba el mismo examen en los alrededores y recogía todo lo que le parecía de interés.

⎯¿Aquí la encontraron? ⎯preguntó Palmer.

⎯Sí ⎯dijo Roberto⎯. Estaba enterrada hasta el cuello en la arena. Costó mucho trabajo sacarla.

Palmer giró en redondo estudiando los dos extremos de la playa. El océano azul se extendía delante de ellos como un paño.

⎯Estamos en toda la mitad ⎯dijo Rosas, vocalizando lo obvio⎯. Me imagino que para tener tiempo de ver si alguien se acercaba.

⎯Conozco esta parte de la costa ⎯dijo Roberto⎯y en marea alta es casi intransitable. Las aguas cubren toda la sección, por lo menos 50 centímetros.

⎯Más que suficiente para cubrir una cabeza ⎯murmuró Palmer⎯. ¿Qué tan alta fue la marea de hoy?

⎯16 pies. A las 6:04 am.

Rosas silbó por lo bajo.

⎯Es la marea más alta del año, ¿cierto?

⎯No ⎯corrigió Roberto⎯, pero está entre los primeros lugares. Si quería estar seguro de que la cabeza quedara sumergida bajo el agua, no pudo escoger mejor día ni lugar.

⎯Si lo que dices es cierto ⎯dijo Palmer levantando la mirada hacia la empinada pendiente a sus espaldas⎯, el agujero lo tuvo que hacer en horas de la noche.

⎯¿Cómo puede estar tan seguro? ⎯preguntó Roberto arrugando los ojos.

⎯La marea alta anterior tuvo que ser alrededor de la misma hora, en la tarde. Si toda esta sección de playa queda cubierta por el mar, el responsable tuvo que cavar este agujero al empezar a bajar la marea. Eso le deja unas doce horas para hacer el trabajo. Menos, si consideras las horas que se necesitan para que el mar se retire.

Roberto asintió, un leve tinte carmín cubriendo sus pómulos. Era evidente que se sentía avergonzado de la pregunta, pues sonaba obvio una vez escuchada la explicación.

Palmer, como leyendo sus pensamientos, le dio una palmada en el hombro.

⎯Tranquilo, muchacho. Estás comenzando. Pronto aprenderás que lo obvio puede pasar desapercibido, hasta para el más avezado.

Se dio la vuelta y le dijo a su compañero.

⎯¿Te sabes esa palabra?

⎯Por supuesto. Respétame. Si vas a retarme, esfuérzate un poco.

⎯Bueno ⎯dijo Roberto⎯, hasta los mejores planes tienen sus fallas. Tenemos cuatro testigos de los hechos. Algo debe salir…

⎯¿Cuatro? ⎯exclamó Palmer en un tono que hizo que varios de los oficiales en la playa giraran la cabeza en su dirección⎯. ¿Hay cuatro testigos? Me habían dicho que eran dos.

⎯Te dije que eran dos grupos de testigos, pero hoy no escuchas bien. Una pareja de novios que caminaba por la playa fue uno. El otro grupo fue un par de pescadores, padre e hijo, que venían llegando de vuelta al puerto. Les había ido tan bien que venían más temprano de lo habitual. Ellos vieron el revuelo y bajaron a ayudar.

⎯Cuatro testigos ⎯murmuró Palmer⎯. Dime que alguien vio o escuchó algo útil.

⎯La joven ⎯dijo Roberto sacando una libreta de su bolsillo⎯. Se llama Marina Rosco. Asegura haber visto una sombra escalando la pendiente, cuando ellos llegaron a este punto. Sin embargo, estaba casi al nivel de la carretera y pronto desapareció.

Palmer suspiró hondo y levantó la mirada hacia la cima de la empinada pendiente de tierra y roca que se extendía hacia el cielo a sus espaldas. Por lo menos unos 50 metros de altura. Largas tiras de hierbas y plantas de colores amarillos y verde caña crecían sobre la ladera, hasta la carretera que se deslizaba en las alturas. Detrás de una pequeña baranda de color plata, que trataba de separar, sin mucho éxito, el asfalto del vacío, decenas de personas no perdían de vista el trabajo de la policía.

Por lo menos dos tenían cámaras fotográficas. Los demás, celulares.

⎯Hay que hacer algo al respecto ⎯dijo Palmer señalando a la multitud⎯. Estoy seguro de que vamos a ver la escena del crimen en la primera plana del periódico vespertino. A controlar la fuga de información a partir de este momento.

Roberto asintió y se alejó, sacando mientras caminaba un teléfono de su bolsillo.

⎯¿Qué tipo de loco haría esto? ⎯preguntó Rosas contemplando el profundo agujero en la arena.

Palmer no respondió, sus ojos aún enfocados en los rostros de las personas. Luego, bajó la mirada hacia su compañero.

⎯Ni idea, pero tengo un mal presentimiento.

⎯No empieces ⎯dijo Rosas hablando con voz queda⎯. En esta relación, tú eres el cerebro y yo soy el de toda la personalidad. Es mi prerrogativa ser el pesimista y aguafiestas por excelencia. Tus corazonadas nunca traen buenas noticias.

Palmer no tuvo tiempo de responder. El agudo sonido de unas campanillas repicó desde algún lugar en las ropas de su compañero. Tras dos movimientos rápidos de palpación general, encontró lo que buscaba y sacó un celular.

El oficial que revisaba el fondo del agujero llamó a su compañero para que lo ayudara a salir. En la mano llevaba tres pequeñas bolsas de plástico transparente, que empezó a rotular de acuerdo al protocolo habitual.

⎯Era Ash ⎯dijo Rosas después de una corta conversación y pasando a su lado sin insistir más en el tema⎯. Nos están esperando.

Ambos empezaron a caminar alejándose del oscuro agujero en la arena. A los pocos minutos llegaron a una escalera de cemento que, en tres líneas en zigzag, llevaba a la parte alta. Cuando Palmer pisó el asfalto, lo primero que vio fue la ambulancia a su izquierda. El sudor se deslizaba por su espalda como una cascada y sintió el escozor de las saladas gotas caer sobre sus ojos. Rosas, a su otro lado, trataba de mantenerse erguido, pero era evidente que le costaba trabajo respirar. El calor estaba cobrando su precio.

⎯Lo prometo ⎯murmuró entre profundas aspiraciones⎯. Mañana me pongo a dieta, si alguien apaga el sol por unas horas.

Tras unos cortos segundos que se dieron para recuperarse empezaron a caminar. Iban llegando a la ambulancia cuando un paramédico salió del interior.

⎯Tendrán que dejarlo para otro momento ⎯dijo marchando a paso rápido hacia la puerta del lado del conductor⎯. Está hemodinámicamente inestable. Debemos llevarla al hospital y rápido. No sé si logrará sobrevivir, pero no será por no intentarlo.

El sonido de las sirenas ahogó el crujir de la arena y piedras bajo el giro de los neumáticos al alejarse a toda velocidad.

⎯No por menospreciar tus presentimientos ⎯dijo Rosas regresando sobre sus pisadas en dirección a su propio auto⎯, pero dejar a la víctima viva sigue siendo, en mi libro, un error monumental del responsable y algo bueno para nosotros. Nada como un testigo para cerrar un caso.

Mauricio Palmer lo siguió en silencio. Presentía que este caso le iba a causar más de un dolor de cabeza.

Como si no tuviera suficientes problemas.

***

La máscara de la alegría reposaba en el fondo del maletín que ocupaba el asiento del pasajero. Allí tendría que permanecer hasta que pudiera utilizarla de nuevo y, considerando el desastre mayúsculo que se cernía sobre su vida en ese momento, presentía que sería por mucho tiempo.

Era irónico, pensó con tristeza, que tuviera que usar una máscara. Cuando la tenía puesta, todas las inhibiciones desaparecían. Se sentía vivo. La vida era hermosa y con un propósito.

Sin ella, regresaba a ser la persona que los demás pensaban que era.

A través de la ventana del auto siguió estudiando los eventos que se desarrollaban en la playa, en los cuales había tenido íntima participación. A pesar de ser una persona calmada por naturaleza, en ese momento no pudo evitar sentir la sangre recorrer su rostro y su corazón acelerarse al reconocer su equivocación.

Nunca debió dejar con vida a la joven. Su única excusa era que los hechos se dieron demasiado rápido y su usual capacidad de raciocinio lo abandonó. Sintió miedo y cometió un error estúpido.

Dejó a un testigo con vida.

Sabía que no podía reconocerlo gracias a la máscara, una medida de precaución que había resultado ser más útil de lo que esperaba. Sin embargo, para una criatura de hábitos, el más mínimo cambio de escenario era un evento mayor. Considerando lo que se dedicaba a hacer en su tiempo libre, no era menos que un cataclismo.

Se acomodó mejor en su asiento. Una ola de calor recorrió su espalda al pensar en la joven.

Andrea era su nombre. Piel blanca, cabellos dorados. Natural, no químico. Eso era importante para él.

Sus ojos se detuvieron en el grupo de personas que estudiaban el pozo en la arena de donde habían rescatado a Andrea. Parecía imposible que lo hubieran logrado, pero alguna fuerza sobrenatural la protegía.

No lo suficiente, por supuesto. De ser así, no hubieran cruzado caminos en primer lugar.

Deslizó la yema de los dedos sobre el disco y el foco de su campo de visión mejoró. La imagen proyectada a través de los binoculares tomó claridad y pudo distinguir a algunas de las figuras en la playa. A Roberto, con su exagerado bronceado. A Rosas, sudando a torrentes, pero sin cesar de hablar. A Palmer, mirando toda la escena con su clásica expresión de permanente preocupación.

Y pensar que horas antes la cabeza de Andrea, sepultada hasta el cuello en la arena, empezó a sentir las olas del mar acariciar su rostro… Los primeros ribetes de espuma coquetearon con sus labios en un delicado juego, trayéndola de vuelta al presente. Cuando la superficie del océano deslizó sus salados dominios sobre su nariz, sus ojos reaccionaron llenos de sorpresa. Luego, de incertidumbre.

Al final, miedo.

Una sonrisa se dibujó en sus labios al recordar la escena. Las gotas salpicando al tratar de hablar. El sonido que escapó de su garganta, un quejido que le recordó, por algún motivo, a las gaviotas que levantaron el vuelo al irse acercando al agujero. Las olas cayendo sobre ella una y otra vez, como un inexorable martillo. Su cabellera empezando a flotar y a bailar por delante de su rostro con el vaivén de las olas.

Y en ese momento, ellos decidieron interrumpirlo. Fue algo fortuito e inesperado, sobre lo cual no tuvo control. En cuestión de segundos, al verlos aparecer en la distancia, decidió escapar de la escena, antes de que pudieran identificarlo. Escaló la pendiente impulsado por la pura adrenalina del temor a la captura, con la esperanza de que el mar cobrara su sacrificio como siempre lo había hecho.

No miró hacia atrás. Sobrepasó la cerca, atravesó la carretera y corrió hacia su auto. Una vez en su interior, el constante resonar de las corrientes de aire marino silenciadas, pudo sentir su corazón disminuir su ritmo y su cerebro empezar a funcionar como debía.

El auto estaba oculto en el estacionamiento de una de las tantas casas de playas desocupadas en esa época del año. Sería cuestión de minutos, antes de que la conmoción del descubrimiento se regara por todo el pueblo y los curiosos empezaran a llegar. Decidió esperar media hora antes de salir de su escondite y regresar al punto por el cual había escalado.

Lo primero que vio congeló su corazón. La joven apoyada contra la pendiente. Un grupo de personas ayudándola. Unos pocos con las manos en los oídos, se imaginó llamando por el celular. Andrea ejecutó un delicado movimiento y alejó unos pocos cabellos mojados de su frente. Al ver este sencillo gesto comprendió que su vida se acababa de complicar a otro nivel.

Suspiró hondo y, casi de forma inconsciente, estiró la mano y la colocó sobre la máscara oculta en el maletín. El asunto había caído en manos de la policía y a partir de ese punto era cuestión de suerte. Suerte y planificación.

Se había equivocado, pero era un ejemplo viviente de los principios de Darwin. No podía cambiar el pasado, pero sí podía empezar a planear cómo limitar el daño. Con algo de tiempo encontraría la manera de corregir el error cometido. No le gustaba dejar cabos sueltos y la joven era un pedazo de soga atado a su pie.

Adaptarse o morir. Tan sencillo como eso.



Capítulo 3

⎯¿Sobrevivirá? ⎯preguntó el detective Rosas a la solitaria figura que salía de la habitación. Al escuchar la voz se dio la vuelta para encontrarse con un rostro joven con lentes de aro cuadrado y una barba bien cuidada, recortada en forma de candado.

El doctor lo miró por encima de los anteojos con curiosidad.

⎯¿Usted es? ⎯preguntó con calma. Sus ojos saltaron de un detective al otro.

⎯Soy el detective Rosas ⎯dijo extendiendo su mano. La del doctor se cerró con fuerza sobre sus dedos. Se esperaba una piel suave y dedos delicados. En su lugar, una verdadera pinza de hierro lo atrapó por sorpresa.

Rosas introdujo a su compañero y, aprovechando que la atención del doctor se enfocaba en su colega, se sacudió la mano, tratando de recuperar algo de circulación. El gesto no le pasó desapercibido a Palmer, quien al estar preparado no fue tomado fuera de base.

⎯Ahora, me imagino que se refiere a la joven que trajeron de la playa ⎯dijo después de presentarse como el doctor Baker. Una placa en su bolsillo lo identificaba de forma más explícita como Félix Baker, médico de urgencias.

⎯Sí ⎯confirmó Palmer con seriedad⎯. Somos los encargados del caso. ¿Conoce los detalles de… las circunstancias en que fue encontrada?

Baker miró por encima de su hombro hacia la puerta blanca de la habitación. Un letrero encima ponía «Consultorio 02». Cuando sus ojos se tornaron de vuelta hacia los detectives, una sombra oscura parecía bailar en su rostro.

⎯Se me informó que la encontraron enterrada en arena hasta el cuello y que casi se ahoga. Eso es lo mínimo que necesitaba saber para estabilizarla. Su cuerpo… bueno, cuenta el resto de la historia. Su presencia aquí solo confirma mis sospechas iniciales.

⎯¿Su cuerpo? ⎯preguntó Rosas algo sorprendido⎯. ¿Le importaría explicarse?

Baker giró sobre sus talones y con un gesto los invitó a seguirlo.

⎯Seguro, pero no aquí.

Después de unos veinte pasos llegaron a otro juego de puertas. Estas eran de igual color, pero un pequeño vidrio cuadrado ocupaba cual ventanal el medio de las mismas. Baker las empujó, dándoles paso a una pequeña cocineta. Sobre una plancha de fórmica veteada en gris y negro reposaba un microondas de mediano tamaño y una cafetera.

El aire estaba saturado del aroma a café recién hecho. Una pequeña luz de color rojo brillante anunciaba que el líquido estaba caliente.

Baker sacó una taza con el logo del hospital de una despensa encima del microondas y se sirvió una porción considerable del oscuro líquido.

⎯Si quieren café ⎯dijo señalando unas tazas de poliespan al lado de la cafetera ⎯sírvanse. Creo que lo necesitan más que yo.

Rosas no necesitó más indicaciones. Palmer ya había notado cómo se pasaba la lengua por los labios al entrar en la cocineta. Era casi adicto a la cafeína en todas sus formas y el simple olor lo había puesto a salivar como en el experimento de Pavlov. Al recibir el permiso que exigían las buenas costumbres tomó una de las copas y se sirvió lo que quedaba. Palmer negó con la cabeza la invitación. Su médico de cabecera le había limitado la ingesta de café a una taza al día, luego de que un episodio súbito de palpitaciones hacía unos meses lo obligara a buscar ayuda profesional. Se esforzaba por seguir las indicaciones, pero no podía negar que el doctor Baker tenía razón.

Necesitaba el café más que él.

Con Rosas parado a su lado, la humeante taza recordándole a solo unos metros lo que tenía prohibido so pena de un nuevo susto, Palmer sacó una libreta de su bolsillo.

⎯Me parece justo que maneje la información correcta ⎯dijo mirándolo a los ojos⎯. Unos jóvenes la encontraron enterrada en la arena. La marea ya había subido y casi le cubría la nariz. Fue un milagro que pasaran por allí en ese momento, pues asustaron al responsable y, con la ayuda de unos pescadores que iban regresando en ese momento de sus labores diarias, lograron sacarla antes de que muriera ahogada.

⎯No pudo ser fácil sacarla de la arena húmeda ⎯dijo Baker pensativo⎯. Llevo trabajando en este cuarto de urgencias mi buen par de años y todos los veranos escuchamos de alguien que queda atrapado en la arena, después de lo que piensan es un juego inocente. El año pasado un joven murió asfixiado cuando la arena lo sepultó. Un grupo de surfistas que estaba cerca demoró más de una hora en sacarlo.

⎯A ella la sacaron en unos treinta minutos ⎯dijo Rosas sorbiendo un poco de su café. La expresión de incredulidad en el rostro del doctor fue tan evidente que Palmer decidió aclarar los hechos.

⎯Uno de los jóvenes que la encontró tenía un tubo de esnórquel. Gracias al mismo pudo seguir respirando con dificultad. El peso de la arena casi termina de hacer el trabajo, pero logró soportar lo suficiente. Si no hubiera sido por eso, estaríamos teniendo esta misma conversación con un patólogo en lugar de con usted y mi compañero no se estaría tomando su tercera taza del día.

⎯¡Eh! ⎯dijo Rosas vaciando la mitad del contenido de la taza en su garganta⎯. Las otras dos fueron de apenas unos dedos de café. No es el número, sino el volumen lo que cuenta.

Baker pareció estar inclinado a hacer algún comentario al respecto, pero la expresión en el rostro de Rosas lo hizo desistir. Reconocía cuando no perder demasiada saliva con una persona.

⎯Así que es una investigación de intento de homicidio ⎯prefirió decir en su lugar.

⎯Por ahora ⎯dijo Rosas⎯, lo que me lleva de vuelta a la pregunta que le hice hace poco. ¿Sobrevivirá?

Baker ordenó sus ideas en silencio antes de responder.

⎯Está estable, pero apenas. Está recibiendo una transfusión de sangre en este momento y lo más probable es que va a necesitar varias más. Sin embargo, la estamos preparando para llevarla al salón de operaciones. Después de la cirugía sabremos más de su pronóstico.

⎯¿Cirugía? ⎯preguntó Rosas sorprendido⎯. ¿Qué tienen que operar en un caso de ahogamiento?

⎯Por esa parte, nada. Lo malo es que no creo que la joven lo haya pasado muy bien los últimos días.

Su mirada se perdió en el vacío. Ambos detectives se miraron, pero prefirieron guardar silencio. No todo el mundo estaba preparado para lidiar con la maldad del ser humano. El doctor encontraría su voz cuando estuviera listo.

⎯Cuando la trajeron su presión era apenas perceptible. Había señales de sangre en sus piernas… me imagino que era mucho más, pero la arena y el agua del mar se encargaron de limpiar una gran parte. En fin, mi fuerte no es la ginecología y sin embargo solo era necesario tener dos dedos de frente para ver que algo muy malo había pasado.

Tomó un sorbo de café y dejó el borde de la taza cerca de su rostro, como si el calor del líquido de alguna forma fuera capaz de alejar la frialdad que llenaba su corazón, al recordar el examen de la joven.

⎯He visto mi par de laceraciones. Partos en casa, de niños muy grandes en las peores condiciones. La única forma que se me ocurre para describir lo que vi es… un estallido vaginal.

Rosas alzó las cejas y miró a su compañero, quien no le regresó la mirada.

⎯¿Un estallido vaginal? ⎯se atrevió a preguntar.

⎯Toda la entrada de la vagina estaba inflamada y conté no menos de diez laceraciones de diferente tamaño y tiempo de cicatrización, en todas las caras del canal vaginal y la vulva. Encontré dos más a nivel anal. Estas últimas no parecían estar sangrando, así que las dejé tranquilas. Las vaginales eran otra historia. Cuando removí los coágulos que encontré, empezó a sangrar. En ese momento decidí llamar al ginecólogo de turno, quien le echó una mirada rápida, taponó todo con una gasa e indicó que tenía que ir a la sala de operaciones.

⎯¿Está sugiriendo que tuvo un parto reciente? ⎯preguntó Rosas tras lanzar a un basurero cercano la taza de poliespan. La puerta de la cocineta se abrió y un enfermero vestido de azul oscuro se dirigió a la cafetera. Al encontrarla vacía emitió un gruñido de frustración y salió del lugar, no sin antes dirigirle una mirada molesta al detective Rosas. ⎯La gente del cuarto de urgencias ⎯aclaró Baker al retirarse el enfermero⎯es muy territorial con su café. Me imagino que voy a tener que escuchar muchas quejas e insinuaciones la semana que viene. En cuanto a su pregunta detective Rosas… la respuesta es no. Puse el ejemplo del parto, porque es la situación donde he visto ese tipo de lesiones. El doctor London, así se llama el ginecólogo encargado, me confirmó que no hay señal alguna que sugiera un parto reciente y ella, en los pocos minutos de lucidez que tuvo cuando empezamos la transfusión de sangre, lo confirmó. Según London solo hay una explicación para ese tipo de lesiones.

⎯¿Les dijo su nombre? ⎯preguntó Palmer, quien no necesitaba ahondar en la causa de las lesiones. Todos en esa habitación lo sabían, aunque ninguno vocalizara la razón.

⎯Sí. Se llama Andrea. Andrea Sposito… o algo así. No tiene ninguna identificación encima, así que tendrán que confirmar la información ustedes mismos.

⎯Disculpe doctor ⎯dijo Rosas con un tono de voz más apagado de lo habitual⎯. Usted mencionó que las lesiones tenían diferentes tiempos de cicatrización. ¿Entendí bien?

⎯Algunas lesiones son muy recientes. Me atrevería a decir, aunque no me citen al respecto, que algunas son de hace un par de horas a lo sumo. Debieron sangrar bastante y creo que son la causa de su inestabilidad hemodinámica. Su control de hemoglobina reportó 3,4 gramos por decilitro. Lo normal en una mujer es 12. Es un milagro que esté viva. En fin, otras lesiones estaban curando y tres, por lo menos, ya habían cicatrizado. A esas les daría unos siete u ocho días desde el momento en que fueron infligidas.

⎯¿Una semana? ⎯murmuró Palmer⎯. ¿Está seguro?

⎯Sumen o resten un par de días si quieren, pero prefiero que le pregunten al doctor London ⎯en voz más baja agregó⎯. Después de la cirugía.

Miró hacia los cuadros de vidrio en las puertas y señaló con cautela ⎯Es un excelente médico, pero se cree el regalo de Dios a la humanidad. Si lo interrogan ahora es capaz de pasarse toda la mañana demostrando lo mucho que sabe y no creo que sea buena idea para la salud de Andrea.

Como conjurado por estas palabras, una voz femenina resonó en algún lugar en las profundidades del aire de la cocineta. Ambos detectives levantaron la mirada hacia los altavoces instalados en el techo.

⎯Código Azul. Código Azul. Consultorio 2 ⎯dijo la voz con calma, pero la reacción de Baker distó mucho de ser controlada. Casi tiró la taza sobre el microondas y salió sin decir palabra.

Se miraron entre sí y salieron detrás del doctor, que ya iba llegando a la puerta del consultorio mencionado en el mensaje. Detrás de él, dos médicos portaban un carrito con un curioso aparato encima. Llevaban suficiente tiempo en la policía como para reconocer un desfibrilador y lo que eso sugería para la joven que esperaba en su interior.

Solo les quedaba esperar para saber si su caso acababa de ser elevado al nivel de una investigación por asesinato.



CAPÍTULO 4

VERANO DE 1982

El muchacho se detuvo a unos pasos de la extraña criatura.

Desde que tenía uso de memoria recordaba haber vivido a orillas del mar. Conocía cada curva y roca de la costa, en varios kilómetros a la redonda. Había visto peces de todo tipo y el canto de las aves marinas formaba una melodía en su cerebro que no podía desligar de su personalidad, aunque hiciera el esfuerzo. No era raro encontrarse con el cadáver en descomposición de algún animal, por lo general, peces y aves y, de vez en cuando, un mamífero terrestre.

Era la primera vez que veía a esa criatura, que aún se movía tratando de deslizarse sobre la arena.

Era de un color amarillo brillante con manchas negras. La punta terminaba en lo que parecía una aleta. Le tomó solo un minuto definir en su cabeza qué se había encontrado.

Una serpiente marina.

Se agachó, pero mantuvo la distancia. Sabía que las serpientes eran peligrosas y su madre le había contado alguna vez que las serpientes marinas eran las más terribles del mundo. Nunca le dijo qué hacer de encontrarse con una, pero no tenía necesidad.

Sentido común.

Tomó una rama cercana, de un buen largo, y empujó el cuerpo de la serpiente. Movió la cola una vez y trató de girar sin éxito. Siendo una criatura marina, el estar fuera de su elemento le quitaba toda la peligrosidad, mientras no cometiera la estupidez de ponerse a su alcance.

La empujó dos veces más y se levantó. Lanzó la rama lejos de él y se quedó observando la serpiente un segundo más, antes de tomar una decisión.

Miró alrededor suyo sin mover los pies, hasta que vio lo que buscaba.

Se alejó del animal. A una corta distancia había una piedra de mediano tamaño. Parecía estar enterrada en la arena, pero para su fortuna estaba apenas colocada encima de ella. Era pesada, pero no demasiado para él.

Con la roca en las manos se acercó a la serpiente. Mantuvo la distancia, pero para hacer lo que quería tenía que correr un pequeño riesgo. Fue su primera lección en dichos menesteres.

Sin riesgos no hay recompensa.

A dos pasos de la criatura levantó la roca y la dejó caer sobre su cabeza.

Nunca supo cuánto tiempo se siguió moviendo la serpiente. Presentía que habían sido solo unos minutos, pero en su memoria se sentía como horas.

Cuando la cola dejó de golpear la arena se alejó del lugar.

En sus delicados labios, una sonrisa de oreja a oreja.

***

Una voz la empujaba hacia la superficie de la conciencia, pero ella no quería ir.

Sentía los párpados pesados y casi podía sentir la fuerza física que tenía que ejercer para apenas abrirlos. Era mucho más cómodo mantener los ojos cerrados y seguir durmiendo.

Descansar. Olvidar. Todas esas opciones eran mejor que recordar. No quería recordar. No sabía la razón, pero presentía en lo más profundo de su ser que el olvido era mejor.

La voz se elevó en intensidad. Abrió los ojos y una línea de luz blanca llenó su cerebro. Parpadeó varias veces y logró invocar la fuerza de voluntad necesaria para mantenerlos abiertos.

Lo primero que invadió todo su cuerpo fue el dolor.

La descarga eléctrica fue tan repentina que casi se refugia en el olvido para no sentirlo, pero la voz, al ver que abría los ojos, volvió a sonar trayéndola de vuelta.

Dos figuras se materializaron delante de ella. Una voz seguía llamándola.

⎯Estoy viendo doble ⎯pensó sumergida en un sopor etéreo.

Para su sorpresa, una de las sombras se movió independiente de la otra y se colocó por delante de su campo de visión.

⎯Estoy viendo doble y ahora alucino. Mejor me voy a dormir de nuevo.

⎯Andrea ⎯insistió la voz. Los bordes difusos de la sombra principal fueron tomando definición, como si alguien estuviera moviendo el botón de contraste al editar una foto. La luz blanca fue bajando en intensidad y la sombra se convirtió en una figura masculina vestida de negro.

Un destello y recordó otro lugar. Un espacio abierto, antiguo, que olía a polvo y a otra cosa. Una visión surgió de sus recuerdos y se imaginó la figura parada delante de ella con una máscara en el rostro.

Se empujó en la cama hacia atrás, una explosión de energía alimentando sus músculos a punta de puro miedo. Un grito trató de salir de sus labios, pero todo lo que escapó fue un quejido animal.

⎯Tranquila ⎯dijo la voz. Andrea sacudió la cabeza, rehusando aceptar que la pesadilla no había terminado. Debería estar muerta.

⎯Señorita ⎯dijo alguien más⎯. Está en el hospital. Está a salvo.

Trató de enfocar y pudo distinguir cada una de las facciones de las personas que le hablaban. Uno era un hombre de unos 50 años, de cabello gris y ojos de un curioso color tierra. La otra sombra también se había movido y pudo ver que no estaba alucinando. Era bajo y macizo, de pequeños ojos negros y expresión preocupada. Se mantuvo detrás de la primera, cómodo de no tener que llevar la voz cantante.

⎯Somos de la policía ⎯dijo el hombre del cabello gris⎯. Soy el detective Palmer. Mi compañero, el detective Rosas. Solo queremos hacerle unas preguntas cortas.

⎯¿No estoy muerta? ⎯quiso preguntar, pero ninguna voz salió de sus labios. Lo intentó dos veces más sin éxito y luego desistió. Sus esfuerzos por hablar debieron dar la impresión equivocada, pues el hombre que se hizo llamar Rosas dijo ⎯Como le dije, no se preocupe. Está a salvo.

⎯¿A salvo? ⎯pensó. Los recuerdos empezaron a brillar en las profundidades del presente y su corazón se aceleró. Seguía sin poder precisar el motivo, pero sospechaba que nunca más estaría a salvo.

⎯Señorita ⎯insistió el otro detective⎯. Podemos regresar otro día, pero sería de gran ayuda que pudiera responder algunas preguntas hoy.

Sentía la boca pegajosa. La lengua pegada al paladar.

⎯Agua ⎯fue la primera palabra coherente que logró pronunciar. Para sus oídos sonó como un suave susurro, pero debió ser suficiente. El detective Palmer se dio la vuelta y miró alrededor suyo buscando algo. Cuando encontró lo que buscaba desapareció de su campo de visión. Regresó poco después con un vaso de agua.

⎯¿No deberías preguntarle al doctor primero? ⎯escuchó decir al detective Rosas.

⎯No le pregunten. Quiero agua ⎯Respiró hondo y el aroma de sus propios cabellos llegó a sus fosas nasales. Un apenas perceptible olor a vainilla.

⎯¡Quítenme ese olor de encima! ⎯gritó en su mente. El rítmico sonido de una campana electrónica que, hasta ese momento se había percatado de que sonaba en el fondo, se aceleró con su corazón.

El detective Palmer se detuvo en seco. El vaso con agua, apenas a unos metros, brillaba bajo las luces fluorescentes. El sonido de una puerta a lo lejos cortó el rítmico sonido de las campanas.

⎯Les pedí que no la agotaran ⎯dijo una voz que había escuchado antes. Poco después la cara de un señor mayor. Cabello blanco y poblada barba del mismo color. Ojos negros casi ocultos bajo unas gruesas cejas. Le parecía recordar que se llamaba London.

⎯Nos pidió agua ⎯fue todo lo que dijo Palmer⎯. No sé si es buena idea.

El doctor London pareció pensarlo por un segundo.

⎯Bueno, ya han pasado más de 8 horas desde la cirugía. La reparación de los desgarros no fue nada fácil y aún está algo débil por la pérdida de sangre, pero un poco de agua no le hará daño.

El doctor le quitó el vaso al detective y se acercó a la cama. Sintió como se elevaba con desquiciante lentitud, un zumbido apenas audible surgiendo debajo de ella. Luego, la vítrea y pulida superficie rozó sus labios.

Las primeras gotas de agua fueron las más deliciosas que saboreó en su vida.

⎯Mejor, ¿verdad? ⎯dijo el doctor, retirando el vaso tras un pequeño sorbo⎯. Sin embargo, no debemos abusar. Un poco a la vez, ¿está bien?

Ella asintió. Después de un segundo sorbo se dejó caer sobre el colchón.

⎯Gracias ⎯logró decir. Esta simple palabra le sacó una sonrisa al viejo doctor.

⎯En poco tiempo estarás como nueva. Eres una joven afortunada.

El detective Rosas, a su espalda, levantó los ojos hacia el cielo ante la elección de palabras. El doctor London no se percató de lo inapropiado de la frase, considerando las circunstancias. Andrea compartía la opinión del detective.

No se sentía afortunada en lo más mínimo.

⎯Tu corazón se detuvo por un minuto ⎯seguía diciendo ignorante de sus pensamientos⎯. La causa fue la pérdida de sangre, así que tan pronto te pusimos un poco más te recuperaste. Estuvo cerca, pero solucionamos el problema a tiempo. A partir de aquí solo te queda mejorar. Ahora, antes de que te deje seguir hablando con los detectives aquí presentes, dime si te duele algo. ¿Alguna molestia?

⎯El olor ⎯dijo en un quejido⎯. El olor a vainilla.

El doctor la miró con extrañeza. Sus ojos buscaron los del detective Palmer, que se acercó.

⎯¿Qué olor? ¿Dónde?

⎯En mis cabellos. La vainilla… él la puso allí. Quiten ese olor, por favor.

Pudo ver como el otro detective sacaba una libreta y apuntaba algo en sus hojas. En ese momento una ola de dolor le pegó y su rostro se torció en una mueca que debió alarmar al viejo doctor. Le puso la mano en la muñeca, mientras le preguntaba dónde le dolía.

El dolor era una constante en todo su cuerpo desde que había abierto los ojos. Sin embargo, algunas partes molestaban más que otras.

⎯Aquí ⎯dijo señalando un punto por debajo de su ombligo, a la izquierda.

El doctor soltó su muñeca y colocó la mano sobre el abdomen. La simple presión de su mano se sintió como si le estuvieran enterrando un cuchillo en las entrañas. La expresión en la cara del doctor no fue tranquilizadora.

Dos veces más presionó el mismo punto. Con la última logró sacarle un grito.

El sonido de la puerta abriéndose. No logró distinguir la voz del nuevo visitante, pero la siguiente vez que logró ver al doctor London tenía un pedazo de papel en la mano. Sus cejas se habían inclinado y se conectaban en el medio de su frente con una profunda arruga.

⎯Esto no puede estar bien ⎯murmuró a la otra persona.

⎯Por eso pensé que debía verlo de inmediato. Después de cuatro unidades de sangre su hemoglobina sigue bajando. Considerando…

⎯Sé lo que significa, Baker ⎯dijo con seriedad. Andrea no entendía el motivo de preocupación.

Una nueva ola de dolor surcó su abdomen.

⎯Eso es todo ⎯dijo London al ver su cara. Se dio la vuelta y se dirigió primero a los detectives⎯. Ustedes fuera de aquí. Baker, llama de vuelta a la sala de operaciones. Diles que voy con una paciente.

⎯¿No prefiere que le hagamos un ultrasonido primero? ⎯preguntó Baker, pero casi de inmediato lamentó sus palabras. La expresión en los ojos de London decía a gritos lo que pensaba de la sugerencia.

Las náuseas la hicieron arquear con fuerza. El simple movimiento llenó su cabeza de una nube de oscuridad y su visión se inundó de miles de pequeñas luces de colores.

⎯Me siento mal ⎯fue todo lo que logró decir. Las luces de la habitación disminuyeron en intensidad y un silbido retumbó en sus oídos. El sonido de las campanas se redujo notablemente.

Le pareció escuchar al doctor London gritar una orden, mas nunca pudo saberlo. La oscuridad volvió a tomar el control de su mente y el dolor desapareció.

El olvido era un mejor refugio.



CAPÍTULO 5

⎯¡Muy bien! ¡Suficiente!

Giró el volante y el coche se salió de la carretera, pasando por encima de la cuneta y deteniéndose, envuelto en una nube de polvo, a un costado de los matorrales que tapizaban ese lado de la vía. Cuando sintió que su cuerpo no rebotaba más, Palmer soltó la mano del asidero en el techo y empujó a su compañero contra la puerta.

⎯¡Casi nos matas! ¿Qué demonios fue eso?

⎯Todo fue calculado a la perfección ⎯dijo separando la mano de Palmer con un movimiento indiferente⎯. Y tú tienes la culpa.

⎯¿Yo? Ahora sí comiste demasiadas tortillas y se te llenó el cerebro de grasa.

⎯No te metas con mis tortillas ⎯dijo Rosas acomodándose en su asiento y arrancando el auto⎯. Además, sabes a qué me refiero. Te lo pregunté en la playa y esquivaste la pregunta como toda una anguila. ¿Qué rayos te pasa hoy?

⎯Nada ⎯dijo Palmer agachando la cabeza y recuperando su compostura⎯. Imaginas cosas.

⎯Llevo siendo tu compañero más tiempo de lo que se pueden jactar muchos matrimonios.

⎯No sabía que te importaba tanto. Me siento halagado.

⎯Deja el sarcasmo y no trates de desviar el tema. Tienes una mirada perdida, que solo he visto en drogadictos entrando en un síndrome de abstinencia. Llevo tratando de entablar una simple conversación desde que salimos del hospital y tus respuestas monosilábicas me terminaron agotando. Está bien que tenemos un caso de los mil demonios entre las manos, que la única testigo tiene todos los boletos necesarios para un viaje al más allá y todas las estadísticas del mundo en su contra, pero no puedes hacer nada al respecto. Además, puedo ver a leguas que algo te come y tú insistes…

⎯Dana está embarazada ⎯lo interrumpió Palmer.

Estas palabras parecieron tomarlo por sorpresa, pues el resto de la frase se le congeló en los labios y las dos veces que trató de responder tuvo que tragar saliva.

⎯¿Dana está…? ¿Cómo?

⎯Pensé que tu papá había tenido esa conversación contigo. En fin, cuando un hombre y una mujer se aman mucho, el papá deja su semillita en…

⎯No me refiero a eso ⎯dijo Rosas sonriendo a pesar de todo⎯. Siempre dijiste que no querías hijos. No me lo esperaba, eso es todo. ¿Cuándo cambiaste de opinión?

⎯No he cambiado de opinión ⎯dijo mirando por la ventana. Un solitario árbol en medio de un potrero se deslizó delante de ellos. Varias vacas, chocolates y blancas, pastaban bajo su sombra.

⎯Si no cambiaste, entonces ¿qué? ¿Un accidente?

⎯Las píldoras son 99,7 % seguras. Dana tiene el dudoso honor de pertenecer al 0,3 %.

Rosas lo miró de reojo, pero guardó silencio.

⎯Ayer regresé de trabajar. Dana me esperaba con la cena lista. Bistec a la pimienta, papas asadas con salsa agria y plátanos en tentación. Mi comida favorita.

⎯¿Sobró algo? Tengo hambre.

⎯Después de terminar ⎯siguió Palmer ignorando el comentario⎯me dio la noticia. Estaba… radiante. No recuerdo haberla visto así de feliz en mucho tiempo.

⎯Dime, por favor, que no la miraste con la cara que tienes ahora.

⎯¿Estás loco? No quiero niños, pero no soy un desalmado. No iba a arruinar todo el esfuerzo que puso en querer darme la sorpresa.

⎯¿Y es buena idea? ¿A su edad me refiero? Dana tiene como 40 años. Tú no te has jubilado, porque eres un necio que disfruta demasiado su trabajo. ¿Qué pasa si viene enfermo o algo así?

⎯Creo que Dana prefiere evitar pensar en eso, por ahora. Ella siempre quiso salir embarazada. Yo no estaba de acuerdo, pero lo intentamos un par de años. Al llegar a los 35 se resignó y se enfocó en su trabajo. Recibir esta noticia, cuando ya se había despedido de la posibilidad de ser madre, es un milagro. Nada dañará ese momento. No por ahora.

⎯De repente no pasa nada ⎯dijo su compañero con una tímida sonrisa⎯. Además, creo que un hijo es lo que necesitas.

Palmer dejó de mirar hacia afuera.

⎯¿Recuerdas el caso que tuvimos cuando regresaste de vacaciones? ¿El hijo de los Parker? ¿Juan?

⎯Eso no es justo. Es un caso aislado.

⎯Uno que vemos a cada rato ⎯le recordó sin misericordia.

⎯Somos policías. Viene con la descripción del puesto de trabajo.

⎯No recuerdo haber leído en el manual, que tendríamos que recoger el cuerpo de un niño de dos años del interior de una olla de miel hirviendo.

Rosas sintió un escalofrío. Comprendía a su colega. Una escena propia del infierno de Dante.

⎯¿Cómo está la mamá?

⎯Lo último que supe ⎯dijo con un soplido de resignación⎯fue que estaba recluida en un hospital psiquiátrico bajo sedación permanente. Cada vez que recupera la conciencia empieza a gritar.

⎯No la puedo culpar ⎯dijo disminuyendo la velocidad al ir entrando al pueblo ⎯. Dejar a tu hijo a cargo de tu hermano y que este lo mate solo porque no lo dejaba escuchar el juego de béisbol. ¿A dónde hemos ido a parar?

⎯A un lugar donde es mejor no tener hijos.

⎯No todos los hijos tienen problemas. Nosotros fuimos niños alguna vez y aquí estamos.

⎯Sí… Trata de decirle eso a la mamá de Juan.

Rosas lo miró de soslayo y siguió manejando sin decir palabra hacia la estación de policía. Siendo día de semana las calles estaban atestadas de coches, por lo que en poco tiempo quedaron reducidos a un suave progreso.

⎯¿Ya pensaste en un nombre? ⎯preguntó Rosas.

⎯¿Cómo? ⎯. Su compañero se dio la vuelta en su asiento.

⎯¿Un nombre? ¿Para el niño?

Palmer arrugó la frente, pero con el pasar de los segundos se fue relajando y sin saber de dónde salía la sensación empezó a reír.

⎯Eres un maldito demente ⎯le dijo cuando logró controlarse lo suficiente, secándose las lágrimas de los ojos con la palma de la mano.

⎯Soy realista ⎯le dijo avanzando dos metros y deteniéndose. Ya podían ver la estación de policía a unos cien metros, pero a la velocidad que avanzaban bien podía estar en otro planeta⎯. Que tú tengas ciertos problemas con la idea de traer un niño al mundo, no cambia el hecho de que el pedido ya está hecho. El paquete va a llegar en… ¿cuánto tiempo de embarazo tiene Dana?

⎯Tres meses ⎯dijo, no pudiendo evitar el tono de resignación en su voz.

⎯¿Tanto? ¿Y no te habías dado cuenta? Se supone que eres un detective. Deberías ser más observador.

⎯Muy gracioso. Ya veré cuando llegue tu turno.

⎯No soy muy bueno en matemáticas ⎯dijo aprovechando un espacio en el compacto tráfico para acelerar un par de metros, antes de verse obligado a detenerse de nuevo⎯, pero tú mismo dijiste que la tasa de falla de las pastillas es del 0,3 %. ¿Cuáles son las posibilidades de que a las esposas de dos compañeros de trabajo les pase lo mismo?

⎯No me lo puedo imaginar, pero te recuerdo que tú y Evelyn aún no se casan.

⎯Semántica. No cambies el tema. Mi punto sigue siendo el mismo ⎯aceleró y esquivando dos autos logró llegar a la entrada de la estación de policía. Con la música de fondo del rechinar de llantas se detuvo en un espacio cerca de la entrada principal⎯. Lo siento mucho hermano, pero lo que te pasó me protege mejor que cualquier pastilla. No puedes vencer a las estadísticas.

Apagó el auto y en el silencio que acompañó el movimiento escucharon el sonido de un celular. Palmer metió la mano en su bolsillo y se llevó el aparato al oído.

⎯Detective Palmer ⎯dijo por saludo.

Se quedó en silencio durante casi un minuto. Unas cuantas preguntas muy generales interrumpieron el silencio, pero ninguna que sugiriera el motivo de la llamada. Cuando Palmer cerró el celular su expresión facial era inescrutable.

⎯Era del hospital. Andrea Sposito sobrevivirá después de todo. Está delicada, pero saldrá adelante.

Abrió la puerta del auto. Antes de salir dijo por encima de su hombro ⎯Andrea tenía las estadísticas en su contra, ¿recuerdas?

Empezó a caminar hacia la entrada del recinto. Cuando puso la mano sobre la puerta de vidrio escuchó a su compañero preguntar a sus espaldas ⎯¿Qué marca de anticonceptivo usaba Dana?

***

⎯Espero que no estés hablando en serio ⎯dijo el detective jefe Ratner, levantando la mirada del grupo de papeles que tapizaban la mesa.

Palmer, a quien el comentario iba dirigido, no respondió. Su rostro parecía esculpido en piedra.

⎯No estás bromeando ⎯dijo Ratner después de unos segundos⎯. ¿En serio?

Palmer tomó aire para luego dejarlo salir por la nariz con lentitud. Cuando terminó dijo con absoluta calma ⎯Tenemos a un individuo que secuestra a una simpática joven. No quiero saber por lo que habrá pasado, pero creo que todos podemos hacernos una idea bastante acertada. Luego, la obliga a caminar por esa linda playa al amanecer y la entierra hasta el cuello en un profundo hoyo en la arena, el cual por cierto él mismo cavó la noche anterior, y la deja para que la marea se encargue de ella. Ese nivel de sadismo y dedicación no es fruto de una mala semana. Se cultiva con el tiempo.

⎯Me disculpas Mauricio, pero no recuerdo un solo caso similar en todo el tiempo que llevo detrás de este escritorio.

⎯Por supuesto. El agujero en la arena es solo una forma más de tortura. Yo tampoco recuerdo ni un solo caso en todo el tiempo que llevo en la fuerza y una cabeza en la arena no puede pasar desapercibida por mucho tiempo. No. Este personaje disfruta cada segundo de dolor, pero una vez la víctima muere, la desentierra y dispone del cuerpo de otra forma.

⎯Estás asumiendo.

⎯No. Pura lógica. Ahora ⎯dijo levantando la mano y deteniendo las palabras que venían a continuación⎯, acepto que puedo estar equivocado si es la primera vez de este individuo, pero no me lo trago. Creo que lo ha hecho antes y la única razón por la que sabemos de su existencia es porque cometió un error. No pudo terminar su ritual.

⎯Si fuera verdad, debería ser fácil atraparlo. No pudo limpiar la escena del crimen. Nos dejó toda la evidencia que no pudo recoger.

⎯Si dejó algo de interés, Poseidón se lo llevó a las profundidades del océano. No se haga muchas ilusiones, jefe.

Ratner se le quedó mirando por cinco segundos completos. Luego, giró la cabeza y clavó sus ojos en Rosas.

⎯¿Piensas igual?

⎯Es la primera vez que escucho esa teoría ⎯respondió el aludido torciendo los labios. Mauricio lo había tomado por sorpresa con la descabellada idea y le molestaba que no se lo hubiera comentado primero. Pensó hacerlo sufrir un rato, pero recordó los problemas personales que le habían caído encima a su amigo y decidió ser compasivo por esa ocasión. Con una sonrisa triste agregó⎯. Mi respuesta inmediata sería que no. Lo malo es que ¿cuántas veces se han equivocado las corazonadas de Mauricio?

⎯Ha pasado ⎯le recordó su jefe, aunque su voz revelaba lo poco convencido que estaba de su propia aseveración.

⎯Sí. Mi pregunta es, ¿quiere ir en contra de las estadísticas?

⎯Tú y tus estadísticas ⎯murmuró Palmer. En su rostro Rosas pudo ver una sonrisa, que le confirmó que había hecho lo correcto en apoyarlo.

Ratner ignoró el comentario. Después de unos segundos de silencio terminó asintiendo con lentitud.

⎯Me caes bien Mauricio ⎯dijo echándose hacia atrás en su asiento⎯, pero te juro que quiero que esta vez estés equivocado.

⎯Somos dos ⎯dijo él.

Ratner recogió los papeles de la mesa y los empezó a ordenar en dos pilas. Mientras arreglaba la información dijo ⎯¿Qué sabemos de la víctima?

Rosas sacó una libreta de su bolsillo. Pasó varias páginas hasta que encontró lo que buscaba. Palmer se apoyó contra la pared y se cruzó de brazos. Con la cabeza baja escuchó los datos que se conocía de memoria.

⎯Andrea Sposito ⎯dijo Rosas leyendo en voz alta⎯24 años, sin hijos. Estudiante de Turismo en la Universidad de Panamá. Se hospedaba con unos amigos en el hotel White Orca. Llegaron hace dos semanas… el 16 de febrero. Planeaban quedarse cuatro días.

⎯¿El White Orca? Eso está a casi una hora de aquí. ¿Cuándo ocurrió el secuestro? ⎯preguntó Ratner. Una línea vertical entre las dos cejas se marcó en su piel.

⎯El 17 de febrero, en horas de la madrugada. Estuvieron todo el día en los predios del hotel, cenaron y vieron el espectáculo nocturno, uno de esos programas de variedades. Al terminar el show, según los empleados fue como a las 11:00 pm, decidieron irse de paseo a una playa cercana.

⎯¿Están en un hotel en la playa y se van a otra? ⎯preguntó Ratner sorprendido. Rosas solo alzó los hombros, como si las explicaciones sobraran.

⎯Según pudimos establecer ⎯intervino Palmer sin levantar la mirada ⎯era un grupo de ocho jóvenes. Llegaron a la playa alrededor de la media noche. Iban en dos carros.

⎯Luz de luna, aire marino, cervezas ⎯dijo Rosas embelesado⎯. ¿Qué más se puede pedir?

⎯Que un loco no te secuestre en la oscuridad ⎯murmuró Ratner.

Un silencio incómodo llenó la oficina. Rosas siguió leyendo de su libreta, pero las palabras se le habían quedado atascadas en la garganta. Su compañero acudió al rescate.

⎯Nuestro trabajo comienza cuando las pesadillas de otros terminan. Gajes del oficio.

⎯Según sus compañeros ⎯siguió Rosas más tranquilo⎯se bajaron de los autos y armaron una fogata. Bailaron y tomaron. Cuando llegó la hora de irse, sería como a las 3 de la mañana, se dieron cuenta de que uno de los carros había desaparecido. Un RAV-4 color plata. El carro aún no aparece. Según una de las muchachas del grupo, Andrea dijo sentirse indispuesta y le dieron la llave del auto para que descansara. Fue la última vez que la vieron.

⎯Eso es imposible ⎯dijo Ratner⎯. No pretenderás que crea que nadie la vio desaparecer. ¿Nadie escuchó el auto arrancar? ¿Ocho personas dijiste? Esos son 16 ojos y 16 orejas.

⎯Le está predicando al cura ⎯dijo Palmer frotándose la frente con las yemas de los dedos⎯. Parece increíble, pero eso fue lo que pasó. Debe recordar que hablamos de ocho jóvenes embriagados y con más hormonas que sentido común. Todos reconocen que en algún momento se alejaron de la fogata para caminar por la playa y quemar el exceso de etanol. Andrea se fue caminando al auto sola y nadie se preocupó por ella hasta que llegó la hora de irse.

⎯Me imagino que los pasaron por un tamiz fino. Uno de ellos pudo ser el responsable.

⎯Lo dudo jefe ⎯dijo Palmer⎯. Cuando se dieron cuenta de la desaparición regresaron al hotel. El dueño del auto estaba furioso, así que la buscaron apenas llegaron. En recepción les confirmaron que Andrea no había regresado. Allí empezaron a preocuparse de verdad, su mayor temor era que se hubiera estrellado en el camino de vuelta. Avisaron a la policía y se pusieron a peinar el área de forma exhaustiva. A la mañana siguiente seguía sin aparecer. Pusieron anuncios en los medios, fueron de puerta en puerta por todas las casas ocupadas, pero Andrea desapareció sin dejar rastro.

⎯¿Y su familia?

⎯Andrea es hija única. Sus padres murieron en un accidente automovilístico hace cuatro años. No tiene familia a quien avisar. Algunos conocidos y amigos, pero hasta allí. Su núcleo cercano estaba con ella en el hotel ese día.

⎯En vista de lo cual ⎯intervino Rosas⎯se empezó a barajar la posibilidad de que Andrea desapareciera por voluntad propia. Después de todo, no había una sola señal que sugiriera la intervención de una mano criminal. Tal vez tenía algún problema y huir fue la solución.

⎯Recuerdo los anuncios sociales en la televisión ⎯comentó Ratner entrecerrando los ojos⎯. No había hecho la conexión hasta ahora. Sin embargo, sigo sin entender por qué no piensas que alguno o varios de ellos fueron los responsables.

⎯Porque al acabar el fin de semana regresaron a la ciudad. Todos tienen coartadas para la mayoría de los días que siguieron. La evidencia por el momento sugiere ataques sexuales a repetición. Las lesiones presentes en Andrea se encontraban en diferentes momentos del proceso de cicatrización, lo que indica que los ataques se dieron a lo largo de varios días. No hay forma de que ellos lo hicieran. El responsable se quedó cerca de ella, haciéndole compañía.

⎯Si no hubiera cometido el error de dejarla con vida, su desaparición hubiera quedado como un caso sin resolver ⎯dijo Ratner.

⎯Exacto ⎯respondió Rosas cerrando su libreta⎯. Si Mauricio tiene razón, después de morir en el agujero pudo desenterrarla, tirarla al mar y aunque su cuerpo hubiera aparecido después, la muerte se hubiera atribuido al día de la fiesta en la playa. Una joven borracha se escapa en un auto ajeno, conduce hasta otra playa y se mete al mar, ahogándose. Un trágico accidente provocado por el exceso de alcohol.

⎯¿Cuándo nuestras playas se convirtieron en la antesala del infierno? ⎯masculló Ratner antes de agregar⎯. ¿Qué pasó con la vainilla? Mencionaron algo de eso en el informe.

⎯Andrea logró decirnos en la primera entrevista que el culpable le untó vainilla o alguna loción con vainilla en el cabello y en el cuerpo ⎯dijo Rosas⎯. No pensé que fuera importante, pero el olor era evidente a corta distancia.

Ratner miró a Palmer: ⎯¿Qué piensas? ¿Es importante?

El detective lo pensó un segundo antes de decir: ⎯Creo que sí. Un simple violador no se toma tanto trabajo ni prepara a la víctima de esa forma. El comportamiento suena casi… ritual. Una especie de firma.

Ratner levantó la mirada y clavó sus ojos en Palmer, quien al sentir el peso de la mirada alzó la cabeza.

⎯Odio que siempre tengas la razón ⎯dijo sacudiendo la cabeza.

⎯Aún no sabemos… ⎯trató de protestar, pero su jefe cortó las palabras con un gesto de su mano.

⎯Tú y yo llevamos suficiente tiempo en este miserable trabajo para saber que todo esto suena demasiado ensayado para ser un ataque al azar. El violador la tuvo que seguir desde el hotel, esperar con paciencia infinita una oportunidad apropiada en la playa, incapacitarla y llevársela del lugar sin que ninguno de sus compañeros se diera cuenta. Por supuesto, pudo ser un crimen de oportunidad, pero no le resta importancia al resto del acto.

⎯Si le sirve de algo, me hubiera gustado estar equivocado.

⎯Sí, sí, sí ⎯dijo con un tono de cansancio que no era frecuente escuchar en su voz⎯. Me imagino que pidieron el listado de los huéspedes del hotel para ese fin de semana.

⎯Clarines ⎯dijo Rosas⎯. Tenemos que pasarlo a buscar esta tarde. Primero iremos al hospital a hablar con el doctor London.

⎯Ojalá sean buenas noticias ⎯dijo Ratner⎯. Las necesitamos.

Levantó la mano y señaló en dirección de Palmer.

⎯Y tú, deja de ser tan pesimista y disfruta la vida. No todos pueden ser padres.

Palmer se dio la vuelta. La intensidad de su mirada fue tan profunda que Rosas casi la pudo sentir atravesándolo.

⎯¡Eh! No me mires así ⎯dijo levantando las manos en señal de protesta⎯. Yo no dije nada.

⎯¿Entonces cómo…?

⎯Me encontré a Dana en el supermercado esta mañana ⎯dijo Ratner con una sonrisa cómplice⎯. Me contó del encargo. Parece estar muy feliz.

⎯Sí, lo está. Gracias.

⎯De nada. Ahora, dejemos el sentimentalismo. A trabajar.

⎯Ese es el jefe que recordamos y queremos ⎯dijo Rosas levantándose y saliendo de la oficina. Palmer iba dos pasos detrás. Llegando a la puerta agregó⎯. Por un segundo pensé que lo habían secuestrado los alienígenas y…

El resto del comentario se perdió en el bullicio del pasillo de la estación de policía.

La sonrisa que Ratner aún sostenía desapareció al cerrarse la puerta de la oficina.

Extendió la mano y levantó la foto de Andrea que Palmer había dejado sobre su escritorio. La joven se veía radiante en ella. Sus ojos de un color verde jade brillaban como joyas en una máscara de marfil.

⎯Demonios ⎯pensó con tristeza⎯. ¿Por qué ahora?



CAPÍTULO 6

VERANO DE 1982

El muchacho nunca dijo lo que le pasó con la serpiente.

Su madre le preguntó qué le pasaba. Él respondió que se sentía bien. Ella lo miró como si no entendiera a qué se refería, pero no insistió sobre el tema.

Su padre, como siempre, ni cuenta se dio del cambio.

Él mismo no entendía qué pasó el día de la serpiente. Había despertado con la sensación de pesadez e incertidumbre que caracterizaba su vida desde que tenía uso de memoria. El diario pasó por la vida sin el más mínimo interés en nada, excepto la llegada de la noche para poder irse a dormir y sentir el delicado abrazo de la oscuridad.

Después de dejar caer la roca sobre la extraña criatura en negro y amarillo, fue como si un gigantesco peso hubiera sido levantado de algún punto en todo el centro de su ser. Al golpear la arena y ver desaparecer la cabeza, una corriente eléctrica recorrió todo su cuerpo. Sintió el corazón acelerarse y los segundos que vinieron después quedaron impresos en su memoria como una película.

Para ser vistos y disfrutados una y otra vez.

Sus pasos esa mañana lo llevaron a una playa que nunca había visitado. La marea estaba bajando y la arena húmeda se hundía con cada pisada. El aire marino era una caricia acuosa en su piel. Fresca y purificante.

Se detuvo al lado de una pequeña roca y su mirada se perdió en la inmensidad del océano que se extendía delante de él. Hubiera vendido su alma por poder atravesarlo y desaparecer con su madre a un lugar donde nadie los conociera.

Lejos de su padre. No importaba donde, con tal de que fuera muy lejos de él.

Sintió que algo tocaba los dedos de su pie. Bajó la mirada sin moverse un centímetro. Un cangrejo de colores rojo y azul rodeaba la roca. Una de sus pequeñas patas lo había rozado sacándolo de su estado de sopor.

Sin pensarlo siquiera dobló las rodillas agachándose. Su mano envolvió con fuerza al cangrejo. Una de sus gruesas pinzas se abrió y se cerró sobre el borde de la piel de su mano. Sintió como si le hubieran clavado un cuchillo y un grito de dolor escapó de sus labios, pero no lo soltó. Estaba acostumbrado al dolor.

Con la otra mano tomó la pata con la pinza y comenzó a torcerla hasta que la sintió ceder. Un crujido resonó en el silencio de la playa, que le recordó una papita partiéndose en decenas de pedazos. La otra pinza se extendió tratando de alcanzarlo, sin éxito.

El punto donde la pinza presionó su piel quedó marcado como una línea irregular de color morado rojizo. El dolor que surgía del mismo era como una insistente pulsación que no cesaba de vibrar.

El muchacho hizo lo que siempre hacía con el dolor. Lo concentró en su mente, como si fuera un manojo de fibras que se agrupan en una firme y resistente soga. Lo enfocó en un solo punto en el exterior. Algunas veces eran botellas o ramas de árboles. Otras veces insectos.

Esta vez lo único que pudo ver fue el cangrejo, con sus patas moviéndose en el aire.

Con lentitud movió la mano y agarró una de las mismas. La giró con total calma, hasta sentirla separarse del cuerpo. La dejó caer y prosiguió con la siguiente.

En menos de dos minutos pudo soltar la presión que ejercía con la mano lastimada y se inclinó para colocar el cangrejo sobre la roca. Lo que quedaba de sus patas trataba de empujarlo sin éxito. Era como ver un pescado fuera del agua.

Hizo un puño con la mano, levantó el brazo por encima de su cabeza y lo dejó caer con fuerza. Sintió un líquido correr bajo sus dedos, entre los pedazos irregulares del fragmentado caparazón. No lo levantó, sino que presionó aún más. Pudo sentir los movimientos extinguirse bajo su piel y una sensación de paz, muy similar a la que había sentido al dejar caer la roca sobre la serpiente, lo invadió.

La sonrisa en sus labios desapareció al escuchar la voz a sus espaldas.

⎯¿Qué estás haciendo?

***

⎯Se los advertí ⎯dijo Baker metiéndose en la boca uno de los bollos de queso blanco.

⎯Sí, lo sé ⎯dijo Rosas con la taza de café en la mano. Le pareció una idea saludable traer una bolsa de café de regalo y varios bollos y roscas de pan para el personal de urgencias. Ya solo quedaba Baker en la cocineta, pero las caras de agradecimiento de todos los que se aprovecharon, incluyendo el enfermero que le gruñó, le confirmó que había sido una sabia decisión.

⎯El doctor London habló sin parar por casi treinta minutos ⎯dijo Palmer⎯y al final sentí ganas de abrazarlo y darle las gracias por tener el privilegio de respirar el mismo aire. Si el ego se pudiera vender por libras, el doctor London sería multimillonario.

⎯Es cierto ⎯aceptó Baker⎯. Espero acepten las disculpas de todo el personal del hospital. ¿Les quedó alguna duda?

⎯Como mil ⎯dijo Rosas con sinceridad. Después del primer minuto de conversación estaba tan mareado por los términos médicos y los procedimientos salvadores de vida en manos del doctor London, que su cerebro decidió apagarse por el resto de la entrevista.

Palmer lo miró con cara de desaprobación. Rosas alzó los hombros y se tomó su café.

⎯Bueno, la versión resumida es la siguiente ⎯dijo Baker deslizando una mano sobre la otra para remover cualquier fragmento de maíz o queso⎯. Andrea sobrevivirá, pero estuvo cerca. En la primera cirugía London logró reparar todos los desgarros vaginales que encontró, pero el trauma fue mucho más severo de lo que aparentaba. Tenía un hematoma en la pelvis que empezó a sangrar y ese fue el motivo de la segunda cirugía. London trató de reparar el daño, pero fue imposible. Tuvo que realizarle una histerectomía.

⎯¿Una histerectomía? ⎯preguntó Palmer con seriedad⎯. ¿Eso no es...?

⎯Sí. Le tuvo que sacar el útero. Y un ovario, además. Nunca podrá tener hijos, pero por lo menos está viva. Si he de ser franco, no pensé que lo lograría.

⎯¿Ya salió de peligro?

⎯Aún no. El grado de hemorragia fue mayúsculo. No estaba orinando y encontramos evidencia de una falla renal. Con las pérdidas de sangre, sus riñones dejaron de funcionar. Esperamos que sea algo temporal, pero no estaremos seguros por algún tiempo. Permanecerá en la Unidad de Cuidados Intensivos para diálisis y vigilancia.

⎯¿Cuánto tiempo? ⎯preguntó Rosas. Su taza de café estaba vacía, pero no parecía dispuesto a soltarla por el momento.

⎯Yo diría que unas 48 horas más. Si todo va bien para entonces, podrán hablar con ella.

Palmer suspiró con fuerza. Dos días más de espera para saber que tanto recordaba. Podía ser que nada o podía recordar cada segundo vivido desde el momento del secuestro.

Detalles que hacían toda la diferencia.

***

Dana se miró en el espejo una vez más.

Tenía levantado el suéter de color gris a nivel de las costillas. En su abdomen apenas era perceptible el pequeño bulto que indicaba el crecimiento de un nuevo ser en su interior.

Un hijo de ella y Mauricio.

O dos, si tenía suerte.

Sonrió ante la posibilidad. Esa tarde se haría su primer ultrasonido para saber cómo iba todo. No se lo había dicho a Mauricio, pero le aterraba que saliera algo malo. Lo amaría, de eso estaba segura, pero rezaba para que viniera sano. Su esposo había tratado de evitar acompañarla aludiendo exceso de trabajo, pero ella sabía cómo girar sus tuercas para que hiciera lo que ella quería. En el fondo presentía que su reticencia no era más que miedo. El mismo terror que la invadía cada vez que se tocaba la panza. No le gustaba forzarlo, pero era necesario. En unos meses sería padre, quisiera o no, y si el médico les daba alguna mala noticia, no quería estar sola.

Se deslizó la mano por la barriga y sonrió.

⎯No es que papi no te quiera ⎯le dijo con ternura⎯. Es que tiene miedo. De lo desconocido y de lo que pueda pasar en el futuro. Papi ve cosas muy feas todos los días. Tiene miedo de que algo así te pueda pasar.

Sabía que era muy temprano para eso, pero juraría haber sentido una patada.

⎯Es por eso ⎯continuó diciéndole⎯que será el mejor papi del mundo. Porque hará hasta lo imposible para mantenerte a salvo de todo el mal que hay en la tierra.

Se agachó como si quisiera decirle un secreto.

⎯Además, tiene permiso para portar armas. Lo siento mucho por tus futuros novios.

En su mente y en su corazón sentía que era una niña. Mauricio pensaba que era una tontería, aunque nunca se atrevería a enunciarlo en voz alta, pero ella estaba segura. Era algo tan cierto para ella como el amor de su esposo.

⎯No te preocupes pequeña ⎯dijo bajándose el suéter⎯. Papi quiere un hijo. El problema es que todavía no lo sabe. Tú te encargarás de hacerlo entender. Ya verás.

El repicar del teléfono la hizo salir de sus elucubraciones mentales. Aún parada delante del espejo estiró la mano y tomó el auricular.

⎯¡Omar! ⎯dijo al escuchar la voz del que, a estas alturas, era un miembro más de la familia⎯. ¿Cómo está mi segundo detective favorito?

Escuchó el mensaje y la alegría en su rostro se convirtió en una expresión de incertidumbre.

⎯No entendí. ¿Me repites todo de nuevo?

Dana caminó con el teléfono hasta una cómoda cercana y en una pequeña libreta apuntó el mensaje. Se sintió tentada a preguntar, pero al final prefirió esperar.

Ya obtendría las respuestas de su esposo.



CAPÍTULO 7

El oficial Cameron se acercó el vaso a los labios y sorbió una pequeña porción del caliente líquido. El aroma a cebolla era apenas perceptible a esa distancia. La sopa recorrió su garganta, infundiendo de renovadas energías a su abatido cuerpo.

Levantó la mirada hacia el reloj de pared a unos cuantos metros. Eran las dos de la mañana. Aún faltaban cuatro horas más para que llegara su relevo.

Era nuevo en el puesto. En realidad, era el más joven de todo el departamento, así que sabía cómo serían las cosas por un par de años. Los trabajos más glamurosos le tocarían a él. Meter la cabeza en polvorientos archivos buscando el informe que solo aparecería después de que terminara de buscar y tras un violento ataque de alergia. El interrogar a la viejita que tiene que gritar porque no escucha y que cada vez que habla parece un rociador humano de saliva.

El tener que estar a las dos de la mañana haciendo de niñera.

Su compañero no le había contado mucho. Que era testigo de un crimen y que debían vigilarla hasta que pudiera decir lo que sabía. Era su primera noche fuera de la Unidad de Cuidados Intensivos y, si todo iba bien, los detectives encargados del caso podrían interrogarla a primera hora de la mañana. Le hubiera gustado saber más. Algún detalle que le sirviera de estímulo, pero eso sería mucho pedir.

⎯Algún día ⎯pensó sorbiendo un poco más de la sopa de cebolla que había conseguido de la máquina del pasillo⎯. Algún día.

Un ruido de pisadas a su derecha lo hizo enderezarse en la silla. Giró la cabeza, pero la tensión que empezaba a preparar su cuerpo para una eventualidad se disipó como por arte de magia al ver el origen del sonido. Un médico de por lo menos un metro noventa y con una larga bata blanca que le llegaba a los tobillos se acercaba en su dirección. Llevaba una gorra de cirujano de color azul e iba con la cabeza agachada, leyendo mientras caminaba una revista de color verde oscuro. Casi seguro una de esas publicaciones médicas con artículos que no tenían el más mínimo sentido para él. Su novia era estudiante de medicina y la única vez que le dio por ojear una se sintió tan ignorante que nunca más repitió la experiencia.

Si no levantaba la mirada pronto se iba a chocar con él. En el poco tiempo que llevaba de policía había visto su buen número de accidentes por descuidos de ese tipo. Tal vez era hora de que alguien sacara al joven doctor de la dimensión desconocida, por la seguridad de todos.

⎯Doctor ⎯dijo en su tono de voz más autoritario⎯. Tenga cuidado. No debe leer y cami…

No terminó la frase. El doctor levantó la mirada de la revista y en ese momento se percató de que llevaba una máscara de cirujano que le cubría la mitad del rostro. Sobre los ojos un par de lentes oscuros.

⎯¿Lentes oscuros? ¿Una mascarilla? ⎯llegó a pensar⎯. ¿Para qué necesita eso ahora?

El doctor, que ya estaba a menos de dos pasos de su silla, dejó caer la revista al piso. El oficial Cameron siguió el movimiento del bloque de páginas en vuelo, hasta que chocaron con las baldosas en blanco y negro. Cuando levantó la mirada ya era muy tarde.

La jeringuilla se enterró en su cuello y pudo sentir el líquido entrar en su torrente sanguíneo.

No tuvo tiempo de empezar a quejarse por los trabajos glamorosos que siempre le tocaban. Una marea de oscuridad llenó su mente y se derrumbó. La taza de plástico con la sopa rodó por el piso, dejando un riachuelo de color crema claro en su camino.

El hombre disfrazado de médico tomó al oficial Cameron por las axilas y lo levantó. Lo acomodó en la silla de tal forma que parecía estar dormido. Recogió la taza del piso y la tiró en un basurero cercano. Luego escondió la jeringuilla en el bolsillo de la bata y se acercó a la puerta de madera.

Giró el pomo con suavidad. Andrea estaba muy delicada, por lo que no esperaba resistencia de ella, pero no pensaba cometer el error de subestimarla.

Le hubiera gustado traer puesta su máscara de la Alegría. Ver sus ojos al reconocer a la sombra de la muerte reclamar lo que era suyo.

En fin, no todo podía ser perfecto. C’est la vie.

***

⎯Amor ⎯dijo la voz de Dana desde las escaleras⎯. ¿Qué haces despierto?

Mauricio presionó el botón de pausa y colocó el mando a distancia sobre sus rodillas.

⎯Pensaba un poco. Eso es todo.

Dana estudió la pantalla del televisor y sonrió a pesar de la hora. La escena de una carretera bajo el sol de un dorado atardecer. Un auto de color rojo vino rodeado de dos autos más, en negro y amarillo. Una curva a lo lejos que se perdía en un bosque de verdes pinos.

⎯Eres el único hombre ⎯dijo acercándose a él⎯que para pensar tiene que conducir un auto virtual.

⎯Eso no es cierto ⎯dijo él girando la vista de vuelta hacia el televisor⎯. No soy el único. Es la adrenalina. Simple fisiología.

Dana se sentó a su lado, sobre el brazo del sofá. Mauricio no la engañaba ni un segundo. Se veía cansado y preocupado a la vez. Su esposo era de los que se llevaban el trabajo a casa oculto en el cerebro. Podía no tener la intención de trabajar una vez llegaba a casa, pero su espíritu tenía una forma muy masoquista de ver el mundo.

Le pasó la mano por el cabello para luego deslizarlo por el cuello. Sintió como si dos cables de acero atravesaran su espalda.

⎯Estás tenso a otro nivel ⎯dijo ella levantándose. Se paró a sus espaldas y empezó a masajear con suavidad sus hombros⎯. ¿Algo en lo que pueda ayudar?

Mauricio no respondió. Colocó el control de la consola de videojuegos en el espacio que hacía poco había ocupado su esposa sobre el brazo del sofá y agachó la cabeza. Se lo podía imaginar con los ojos cerrados y, poco a poco, la tensión fue desvaneciéndose.

⎯¿Te he dicho alguna vez ⎯dijo con una voz apagada⎯que eres una experta dando masajes?

⎯Sí, pero puedes decírmelo una vez más. Yo no me pongo brava.

Mauricio giró la cabeza para verla a los ojos. Una sonrisa cansada temblaba en sus labios.

⎯Te conozco demasiado bien ⎯dijo Dana soltando sus hombros y sentándose en sus piernas⎯. Algo te está comiendo. ¿Qué?

⎯Es el caso en que estoy trabajando. Eso es todo.

⎯¿Seguro? ¿No hay nada más?

Estas palabras las acompañó tomando su mano y llevando la punta de sus dedos a un punto por debajo del ombligo. Mauricio sintió la esfera que Dana quería que palpara.

El útero. Donde crecía su hijo.

⎯No es lo que piensas… ⎯empezó a decir, pero ella le puso un dedo sobre los labios para silenciarlo.

⎯Lo sé. Ves cosas terribles todos los días. Tienes miedo y casos como el que estás trabajando solo sirven para recordártelo, ¿verdad?

Mauricio no respondió. Solo bajó la cabeza y la apoyó sobre su pecho. Tras unos segundos de silencio, Dana dijo ⎯¿Quieres mi opinión? Creo que vas a ser el mejor papá del mundo.

Le plantó un beso en la frente y susurró con los labios apoyados sobre su piel ⎯Porque conoces la cara del mal y de ninguna forma dejarás que la sorprenda.

Mauricio se alejó un poco y la miró con cuidado.

⎯¿La? ¿Ella?

⎯Aún no lo sé ⎯le respondió quitándole el flequillo de cabellos que le caía sobre los ojos⎯. Tal vez se deje ver en el próximo ultrasonido. Veremos.

Se levantó y extendió la mano.

⎯¿Vienes?

Mauricio se la tomó, pero no hizo ademán de levantarse.

⎯En un segundo. Tengo que pensar un poco.

Dana solo asintió, se agachó y le dio un nuevo beso en la frente.

⎯No te demores.

Cuando iba llegando al umbral de la escalera, la voz de su esposo la hizo detenerse.

⎯Si te pido que hables con ella, ¿lo harías?

No necesitó especificar a quién se refería.

⎯Depende. Si me pides que le brinde apoyo psicológico, por supuesto. Si quieres que la ayude a recordar, tendrás que convencerme.

⎯Estoy tratando de atrapar a un asesino ⎯dijo Mauricio y su voz tomó un tono metálico que era muy poco frecuente en sus conversaciones. Dana no se dejó alterar por el mismo.

⎯Y yo pienso en su salud mental. Si su cerebro no quiere recordar, por algo será. No quiero abrir una puerta que luego deje entrar toda una horda de demonios. Encuentra otra forma o un muy buen motivo.

⎯Pero…

⎯Pero nada ⎯dijo⎯. Eres inteligente. Ya encontrarás la forma. Por ahora, estoy dispuesta a hablar con ella. Solo eso.

Empezaba a darse la vuelta para empezar a subir la escalera, cuando recordó la llamada de su compañero.

⎯Ah, por cierto. Te llamó Omar. Me dio un mensaje bastante críptico para ti.

Mauricio, que ya había vuelto a tomar el control del videojuego, y se disponía a acelerar a toda velocidad por las carreteras virtuales, la miró con curiosidad.

⎯Me dijo que te recordara que no te preocuparas tanto. Que al morir todo lo que dejamos en este mundo es la… prosapia. ¿Sabes qué quiere decir?

Mauricio pareció dispuesto a ignorar la pregunta, pero la curiosidad lo venció al final. Se levantó de su sofá y se acercó a un librero de madera oscura que ocupaba una pared a su derecha. Sacó un grueso volumen de color blanco y lo abrió en las últimas páginas.

⎯Prosapia ⎯dijo en voz alta⎯. Significa… linaje, generación.

Cerró el diccionario de la Real Academia Española y lo volvió a colocar en su lugar.

⎯Maldito Omar ⎯masculló⎯. Entre sus estadísticas y sus palabras rebuscadas me volverá loco.

⎯¿Más de lo que ya estás? ⎯dijo su esposa subiendo la escalera hacia su habitación y dejándolo con las ganas de responder de una forma adecuada al comentario.

***

La enfermera Murillo aceleró el paso. Sus suelas de goma chirriaron con tal estruendo que por momentos temió despertar a todos los pacientes del hospital. El eco rebotó contra las paredes, prolongando el agudo sonido como un quejido en la soledad de las horas de la madrugada.

Apretó el folder que llevaba en las manos contra el pecho. Ya había terminado la ronda de medicamentos y por fin tenía unas horas para ponerse al día en las tareas de la maestría. Si no aprovechaba esos segundos de liberación, el trabajo se acumulaba y lo pagaría con creces en las semanas siguientes.

La sinfonía de chillidos la acompañó hasta dar la vuelta en el pasillo. La escena que apareció delante de sus ojos era esperada, pero algo en su interior la hizo detenerse a pesar de la prisa que llevaba.

El policía que vigilaba la habitación de la pobre Andrea se encontraba durmiendo. La cabeza apoyada sobre el pecho, la espalda contra la pared a un lado de la puerta. Por un segundo sintió envidia del joven policía, que podía darse el lujo de echarse una siesta en medio del trabajo. Luego recordó los rumores que circulaban sobre el calvario que había vivido la joven rescatada de un agujero en la playa y su natural calma se desvaneció. Si ella había sufrido tanto, y seguía luchando, lo menos que se merecía era la completa atención de todos los que debían velar por su seguridad. Eso incluía al joven oficial de policía que roncaba con suavidad.

Con la determinación de no hacer un espectáculo y dispuesta a poner todo en su esperado curso se acercó a la silla. Sus zapatos resonaron con aún más fuerza, cual sinfónica de grillos histéricos, pero ni siquiera esa cacofonía logró que la inmóvil figura se despertara.

⎯Disculpe, oficial ⎯dijo acercándose con cautela. Algo seguía gritando en lo más profundo de su ser que tuviera cuidado⎯. ¿Se siente bien?

Tres pasos más la colocaron a la par de la silla, pero el cuarto la hizo perder el equilibrio. Su suela se deslizó y cayó sentada a los pies del hombre. Apoyó su mano al caer sobre su rodilla y se disponía a pedir disculpas por la invasión de espacio personal, cuando la figura se desplomó hacia su izquierda como un árbol talado. El golpe contra el piso debió doler considerando la altura, pero no hizo el más mínimo intento de frenar su caída ni se quejó después. Su mano terminó sobre un charco, lo que explicaba por qué se había resbalado.

El líquido tenía un peculiar olor a cebolla.

La enfermera Murillo, veterana de mil urgencias, solo pudo levantar la mirada hacia la puerta de la habitación de Andrea. Su sentido común procesó la imagen del oficial caído con lo que podía estar pasando dentro de ese cuarto y las posibilidades se redujeron a una sola opción.

Sus ojos se entrecerraron, un plan formulándose en su cabeza.

Nadie le haría daño a esa joven en su turno.

***

«Alegría» se paró a su lado y no pudo resistir inclinarse y aspirar el aroma de sus cabellos. La sensación no era igual llevando un par de guantes de látex, pero al deslizarlos entre sus dedos la fragancia se elevó cual perfume.

Los dejó caer y observó a la joven que dormía. Sus signos vitales, reflejados en un monitor encima de su cabeza en cifras de color verde, permanecían estables. Ya lo peor había pasado, así que no podía confiar que la naturaleza terminaría de hacer su trabajo. Era hora de finiquitar su error de una vez por todas.

Se metió la mano en el bolsillo de la bata y sacó otra jeringuilla. En ella, una dosis masiva de cloruro de potasio. Unos cuantos mililitros del líquido y su corazón dejaría de funcionar. Hubiera preferido hacerlo sin dejar huellas y que le achacaran su muerte a una causa natural, pero el guardia en la puerta lo hizo imposible. Era la única forma de actuar y se estaba quedando sin opciones.

Quitó la tapa y la aguja brilló con un destello metálico bajo la luz fluorescente de una lámpara de pared. Empujó el émbolo y una gota de líquido claro se deslizó por la plateada superficie del estilete.

Una voz resonó desde un altoparlante en el techo. El mensaje lo tomó desprevenido.

⎯Código Azul ⎯dijo una voz femenina⎯. Habitación 15. Código Azul.

⎯¿Habitación 15? ⎯pensó «Alegría» mirando el disco de color negro en el techo ⎯. Yo estoy en la habitación 15.

***

Los muros se cerraban sobre ella. Eran de color verde oscuro con afilados dientes. Una picante esencia saturaba el aire y sentía cómo se le pegaba a la piel, casi como una entidad física y viviente. Sombras se movían a su alrededor, oscuras garras que trataban de atraparla y succionarle la vida. El mundo empezó a dar vueltas. La máscara de la Alegría hacía su aparición como una roca que se asomaba de las escarpadas olas de un mar tormentoso…

Andrea percibió el movimiento casi como una onda tergiversando la realidad en la periferia de su conciencia. Sus ojos apenas se abrieron y a través de la luz que penetró en ellos pudo ver la figura que, parada a solo unos metros, sostenía una jeringuilla en la mano.

⎯Estoy soñando ⎯pensó. Se negaba a procesar la información que sus ojos le planteaban como una realidad⎯. Estoy en una pesadilla. Todo lo que tengo que hacer es despertar. Despierta, Andrea. ¡Despierta!

Recuerdos de días anteriores lucharon por surgir. Aun cuando su cerebro había tomado la sabia decisión de olvidar, un sexto sentido tomó el control. La figura le resultó familiar. Si fue su aroma, su pose o esa calmada parsimonia que parecía dirigir todos sus movimientos, Andrea no lo supo decir. Sus ojos se abrieron por completo al ponerle nombre al visitante.

El hombre que simplemente conocía como Alegría había venido a terminar el trabajo.

Su despertar fue enmascarado por una voz que, desde lo alto del techo, avisaba de un Código Azul en alguna parte del hospital. Alegría levantó la mirada al escuchar el anuncio. La jeringuilla sostenida con delicadeza entre los dedos.

Su padre, durante todos los años de su adolescencia, insistió que ella era una rebelde por naturaleza. Su madre la calificó de insufrible. El tiempo se encargó de demostrar que todos eran unos exagerados.

Era una luchadora y no le gustaba perder.

Al primer descuido de «Alegría» trató de escapar. Cometió el error de subestimar a su oponente y lo pagó con creces. Cuando aún no sabía que iba a morir enterrada en la arena, se prometió no volver a ser impulsiva. Se convenció de que, si quería sobrevivir, tenía que ser inteligente y elegir bien sus batallas. Aceptó el sufrimiento con la esperanza de sobrevivir. Dejó de combatir y casi le costó la vida.

El precio a pagar por no seguir su primer impulso. Siempre era mejor morir luchando.

Su pulso se aceleró y en cuestión de segundos tomó una decisión.

***

El policía afuera había logrado dar la voz de alerta o alguien lo había descubierto. Independiente de la causa, venían a por él.

Un golpe en la mano le hizo soltar la jeringuilla. Al bajar la mirada, sus ojos se encontraron con los de Andrea.

Fue un instante de puro reconocimiento. La liebre y la zorra estudiándose en los dos extremos de una pradera, midiendo distancias y haciendo cálculos. Ella sabía por qué estaba allí y él captó que ella no estaba dispuesta a irse sin luchar.

La aguja rebotó contra las baldosas del piso y se perdió en las oscuras penumbras debajo de la cama.

No tenía tiempo para recuperarla y no podía perder un solo segundo más.

Abrió la bata y sacó un cilindro de su bolsillo.

***

Todo el personal médico de turno empezó a llegar al escuchar el código que indicaba un paro cardíaco. Los dos primeros en apersonarse fueron auxiliares del cuarto de urgencias y detrás de ellos un doctor de apellido Hawkins.

⎯¿Qué ocurre? ⎯preguntó al ver a la enfermera Murillo⎯. ¿Por qué no tienes el carro de paro listo? ¿Dónde…?

⎯No hay ningún paro ⎯replicó con calma. Levantó la mano y señaló hacia el guardia tirado en el piso⎯, pero alguien hizo eso y no pienso arriesgarme.

Como conjurado por estas palabras la puerta de la habitación se abrió y una figura vestida con una larga bata blanca salió de su interior. Llevaba una gorra de cirujano, lentes oscuros sobre los ojos y una máscara que le cubría la mitad de la cara.

⎯¿Quién es? ⎯logró preguntar uno de los auxiliares antes de que la figura alzara la mano en su dirección. Sostenía un cilindro con un largo embudo que apuntaba hacia ellos.

La enfermera Murillo no tuvo tiempo de gritar. Una nube de gas salió disparada a toda presión y en lo encasillado del corredor los golpeó y envolvió como una ameba a su alimento.

Sintió que sus ojos se prendían en llamas y, cada vez que respiraba, el aire que entraba en sus pulmones eran mil agujas clavándose en todas partes. A través de la película de lágrimas que difuminó su visión pudo apenas distinguir la figura alejarse del lugar en dirección contraria, atravesar una puerta en el otro extremo del pasillo y fusionarse con las sombras para desaparecer por completo.



CAPÍTULO 8

⎯¿Está bien? ⎯preguntó Palmer al bajarse del auto.

⎯De puro milagro ⎯respondió Rosas⎯. Tenemos que preguntarle el nombre del santo de su devoción porque, sea quien sea, sabe hacer su trabajo.

⎯Omar ⎯dijo poniéndole la mano en el hombro⎯. Son las cuatro de la mañana. A esta hora no. Solo dime qué pasó.

⎯Vale. Alguien vestido de médico incapacitó a Cameron y logró entrar en la habitación de Andrea.

⎯¿Cameron está vivo?

⎯Gracias al cielo. Le inyectó algo en el cuello, pero no era mortal. Solo lo sacó de comisión. Lo tienen en observación en el cuarto de urgencias y piensan que se recuperará sin mayores complicaciones.

⎯Bien. ¿Y Andrea?

⎯Esa es otra historia. Ella despertó al escuchar la voz del altoparlante y vio a una persona con el rostro cubierto y una jeringuilla en la mano. No supo precisar la razón, pero dice que lo reconoció en el acto como el hombre que la enterró en la arena. Lo llamó «Alegría».

⎯¿«Alegría»? ¿Altoparlante? ¿Quieres poner las ideas en orden y asumir que no sé de qué estás hablando?

⎯Una de las enfermeras de turno descubrió el cuerpo de Cameron. Creo que se tropezó con él y al verlo irse al piso sumó dos y dos. Tiene un buen cerebro en su cabeza. Corrió y usó el intercomunicador interno para decir que había un paro en la habitación de Andrea. Sabía que eso provocaría una respuesta inmediata de ayuda.

⎯¿Había un altoparlante también dentro de la habitación?

⎯Claro. Eso fue lo que despertó a Andrea y al ver a la persona que llamó «Alegría» sacó las pocas reservas de energía que le quedaban y logró sacarle la jeringuilla de la mano. La encontramos debajo de la cama y antes de que preguntes, sí… ya lo mandamos a analizar. Lo que te puedo asegurar es que dudo que sea agua de manantial.

⎯Eso aclara lo del altoparlante. Ahora, explícame lo de «Alegría».

⎯Eso ⎯dijo abriendo la puerta de entrada al hospital. Se podía palpar la tensión en el aire⎯prefiero que ella misma te lo diga.

Caminaron por el pasillo, pasando al lado de médicos y enfermeras. Todos se veían alertas y hablaban entre ellos en voz baja. El evento sería noticia en horas de la mañana. Ese tipo de información era imposible de detener, cuando involucraba a tantas personas.

Al llegar a una puerta de vidrio, Rosas lo detuvo colocándole la mano en el pecho.

⎯Ponte una de estas ⎯dijo pasándole una máscara antigás⎯. Vamos a entrar en una zona de guerra.

Palmer no preguntó y se calzó la máscara sobre el rostro. Al abrir la puerta vio que todo el personal de policía presente llevaba una igual.

Rosas lo guió por el pasillo, pero no se detuvieron en la puerta de la habitación 15. Siguieron avanzando hasta un ascensor. Una vez dentro, Rosas presionó el botón con el número cinco. La puerta se cerró y ambos se quitaron las máscaras.

⎯Olvidaba lo claustrofóbicas que se sentían ⎯murmuró Rosas colgándola de su brazo⎯. En fin, movimos a Andrea de su habitación y la recluimos de vuelta en la Unidad de Cuidados Intensivos. Una sola entrada y salida, mucha vigilancia y cámaras de seguridad filmando la entrada las 24 horas del día. Es el lugar más seguro del hospital. Además, no podemos dejarla encerrada en una nube de gas pimienta.

⎯¿Eso era? ¿Gas pimienta?

⎯O algo similar. El sujeto escuchó el aviso de Código Azul y Andrea le quitó su arma de la mano cuando estaba distraído. Me imagino que decidió que el peligro era demasiado, desistió de matarla por el momento y ejecutó un plan de escape. Salió al pasillo y disparó una descarga en dirección de los que iban llegando.

⎯¿Alguien pudo describirlo?

La puerta del ascensor se abrió y ambos se bajaron casi al mismo tiempo. Dos guardias armados vigilaban la entrada de vidrio que, en letras blancas de molde, anunciaban la Unidad de Cuidados Intensivos. Palmer vio las dos cámaras que, desde el techo, filmaban la entrada.

Rosas no exageró con respecto a la seguridad.

⎯Lo único que me pudieron decir ⎯continuó Rosas saludando a los oficiales armados en la puerta⎯fue que era alto y delgado. Llevaba una bata blanca que lo cubría hasta las rodillas. Vestía todo de azul oscuro y traía una gorra y una máscara de cirujano. Lentes oscuros para completar el disfraz. Además ⎯señaló una habitación a su derecha. El número 10 encima de la puerta⎯, en defensa de la enfermera Murillo, la visión del cilindro y la nube de gas fueron más que suficiente. Por la descripción diría que era uno de esos equipos para dispersar multitudes.

⎯Si mi memoria no me falla, tienen un rango efectivo de unos 100 o 150 metros.

⎯No te falla. El sujeto disparó a solo unos 30 metros. Te imaginarás el efecto.

⎯La enfermera y los médicos que llegaron, ¿salieron heridos?

⎯No más que un grupo de protestantes en una reyerta política. Ojos y nariz irritados por un par de días. El peor librado fue un doctor de apellido Hawkins. Es asmático y casi se muere. Me dijeron que ya está mejor.

⎯Tenemos que atraparlo y rápido.

⎯Lo que no entiendo es por qué no la mató. Si hubiera traído un arma, la historia sería muy diferente. Cameron, Andrea y tal vez algunos de los médicos estarían bajo una sábana esperando ser llevados a la morgue. El resultado más sangriento, sin duda, pero habría conseguido su objetivo.

⎯Me estás pidiendo que piense como un asesino. No tengo idea de los demonios que lo impulsan a actuar ⎯dijo Palmer tocando con suavidad sobre la superficie de madera de la puerta antes de abrirla⎯. Lo único que sí puedo decirte es que para atreverse a hacer todo esto tiene que estar desesperado. Andrea es más importante de lo que ella misma piensa.

⎯Oh, amigo mío ⎯dijo Rosas justo detrás de él. En una solitaria cama en medio de la habitación, Andrea los miraba con expresión cansada⎯. No tienes idea.

***

Por segunda vez Andrea vio llegar a los dos oficiales que estaban a cargo de su caso. La primera vez, casi se murió. Solo esperaba que no fuera un hábito.

Había logrado cruzar unas cuantas palabras con el más pequeño de los dos. Apellido Rosas. Cuando escuchó que se refirió al atacante como «Alegría» sus ojos refulgieron con un brillo curioso. Al escuchar la explicación, casi parecía estar parado sobre una plancha eléctrica.

Por segunda vez esa noche tendría que hablar de su pesadilla personal. Acción que tomaría con gusto un millón de veces, con tal de que la policía le pusiera las manos encima al sádico que trató de matarla.

⎯Andrea ⎯dijo Rosas acercándose por el lado izquierdo de su cama⎯. Hablamos hace poco. Soy el detective Rosas. Mi compañero, el detective Palmer.

⎯Lo recuerdo ⎯dijo y a sus propios oídos le pareció que su voz sonaba apagada⎯. A los dos.

⎯Bien ⎯dijo él mirando a Palmer y luego regresándola en su dirección⎯. Quiero que nos cuentes sobre «Alegría».

Andrea sintió un escalofrío recorrer su piel ante la mención del nombre que ella misma había acuñado. Era apropiado, considerando que siempre que estuvo en su presencia llevaba la misma máscara. Era como lo recordaba.

Los segundos que se mantuvo en silencio fueron interpretados por el detective Palmer como señal de miedo, pues prefirió abordar el problema desde otro ángulo.

⎯Empecemos desde el principio. Tal vez eso te facilite las cosas. ¿Te parece?

Ella asintió, por lo que él continuó hablando ⎯¿Recuerdas el día del secuestro?

Andrea pareció pensarlo un momento antes de decir ⎯Estábamos en la playa. Mis amigos y yo. Nos encontramos en el hotel y decidimos irnos de paseo a una playa cercana.

Palmer asintió. Rosas, libreta en mano, apuntaba todo. Andrea pudo ver que en el bolsillo traía una pequeña grabadora. No estaban dejando un solo detalle al azar.

⎯Cuando llegamos nos pusimos a hablar y a tomar. Cantamos y bailamos. Luego nos fuimos separando en pequeños grupos. Yo me sentía algo cansada y les dije que pensaba recostarme. Me dieron la llave de uno de los autos y, como nadie estaba apurado en irse, me resigné a dormir un rato.

Levantó la mirada hacia el techo, sus ojos perdidos en alguna oscura remembranza.

⎯Recuerdo que vi el auto y saqué las llaves de mi bolsillo. Quité la alarma y las luces traseras del auto brillaron. Sentí un escalofrío en la base de la nuca, pero asumí que era mi imaginación. No le di importancia, ¿sabe? Ahora quisiera haberle hecho caso a mis instintos… En fin, ya iba llegando a la puerta cuando… fue como un relámpago. Sentí un brazo rodear mi cuello y una mano taparme la boca. Traté de gritar, pero el mundo desapareció delante de mis ojos.

Bajó la mirada y clavó sus ojos en Palmer.

⎯Lo siguiente que recuerdo es el olor.

***

Cuando Andrea abrió los ojos, un penetrante aroma llenó sus fosas nasales. Fue casi como si tuviera la nariz pegada a una botella de citronela. Picante y cítrico al mismo tiempo. Le recordaba el olor de algo más, pero en ese momento sintió que el mundo le daba vueltas. Trató de detenerlo, pero el giro estaba fuera de su control.

Intentó levantarse. Sus tobillos y muñecas rehusaban avanzar, a pesar de sentirlos moverse. Volteó la cabeza, con lo que una nueva ola de náuseas la invadió. Cerró los ojos y respiró de forma pausada y rítmica, hasta que pudo enfocar sus alrededores.

Sus pies y manos estaban atados con cinchos de plástico transparente a una mesa, sobre la cual estaba acostada. Alguien le había quitado casi toda la ropa, dejándola en sus interiores de color negro.

Las implicaciones pusieron su piel de gallina y empezó a forcejear con las ataduras. Podía sentir su circulación cortándose, al irse apretando cada vez más contra su piel.

⎯Yo no haría eso si fuera tú ⎯dijo una voz fuera de su campo de visión. Sus movimientos cesaron casi en el acto⎯. Mientras más te muevas, más se apretarán las ligaduras. Hay animales que son capaces de devorar su propia extremidad con tal de escapar de una trampa, pero te puedo asegurar que pasarán días antes de que tu mano se gangrene lo suficiente como para que puedas escapar. Además, la infección o el dolor se harán cargo de ti primero. No es una buena forma de morir.

Su voz era apacible, como la de un profesor dando clases.

⎯Ahora, voy a cortar los cinchos y luego los cambiaré por unos nuevos. Me gustas tal y como te ves. Con tus dos manos y sus pies en su lugar. Te sugiero que cooperes.

El sonido de pasos se fue acercando. Su rostro se materializó delante de sus ojos, pero fue como una continuación de la pesadilla. Esperaba poder ver un rostro humano. Alguien con quien negociar o a quien rogarle.

El hombre llevaba una máscara sobre el rostro. La cara de la Alegría.

Sin mediar otra advertencia, sacó un cuchillo de su bolsillo y empezó a cortar el plástico de su muñeca izquierda. En el segundo que sintió la circulación regresar como una corriente de dolor a los dedos de su mano, actuó.

Lanzó el puño con fuerza en dirección a su garganta y lo alcanzó directo en la tráquea. Lo escuchó toser y jadear por aire al irse doblando, pero Andrea no se confió del golpe. Logró quitarle el cuchillo y cortó el resto de sus ataduras.

Sin mirar hacia atrás saltó de la mesa y empezó a correr.

Estaba en una especie de selva. Plantas de largas hojas verdes cubrían cada esquina, formando un laberinto viviente. El penetrante olor estaba en todas partes y en pocos segundos se dio cuenta de que no sabía para donde correr.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
10 kasım 2025
Hacim:
276 s. 27 illüstrasyon
ISBN:
9788412375435
Editör:
Telif hakkı:
Bookwire
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