Kitabı oku: «Tríptico del desamparo»
Tríptico
del desamparo
Pablo Di Marco
Tríptico del desamparo
Pablo Di Marco
COLECCIÓN
AVALANCHA
Odelia
Editora
Índice de contenido
Portada
Portadilla
Legales
Irene
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
Nicolò Marcovich
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
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Rafael
I
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VII
VIII
IX
X
Adina
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
Agradecimientos
Di Marco, Pablo Hernan
Tríptico del desamparo / Pablo Hernan Di Marco. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : María Eugenia Krauss, 2020.
Libro digital, EPUB - (Avalancha)
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-86-7037-9
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.
CDD A863
ODELIA EDITORA
facebook.com/odeliaeditora
e-mail: odeliaeditora@gmail.com
Tipografías: © Gilda Display © Roboto
Foto solapa de autor: PH Jazmín Teijeiro
Diseño gráfico de tapa e interiores:
che.ca diseño
che.ca1diseno
Copyright © 2018 Odelia editora
Copyright © 2018 Pablo Di Marco
No se permite la reproducción parcial o total de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopia, digitalización u otros medios, sin el permiso previo y escrito del editor.
Su infracción está penada por la Ley 11.723 y 25.446.
Primera edición en formato digital: diciembre de 2020
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto451
IRENE
I
Buenos Aires, enero de 1976
Querida Tina:
En pocos días deberé entregar las llaves de mi departamento. Cerré la operación en un monto bastante menor al esperado, pero la necesidad de partir es tan grande que muy poco me preocupa.
Como ya te escribí anteriormente, de la venta de los muebles se está encargando una casa de antigüedades. No te agradaría contemplar el paisaje. Los ambientes se vacían de a poco, y el piso se reduce a sábanas cubriendo canastos, vajilla y arañas descolgadas. Desde hace semanas me persigue una pesadilla tan grotesca como terrorífica: esas mismas interminables sábanas me acechan por los pasillos. Y huyo espantada, incapaz de librarme de ellas. Aprendí a resignarme a que mis últimos días en Buenos Aires transcurran entre fantasmas, querida hermana. Aun así, la pesadilla no cesa.
Decidí donar la mitad de la biblioteca, pero, como te imaginarás, tendrás que hacerme espacio para el resto. Puedo oírte: “¡Cuánto va a costarte esa locura, Irene! ¿Para qué traer miles de libros a la otra punta del mundo?”. No puedo evitarlo. Sabés que jamás podría desprenderme de ellos, los necesito a mi lado. Y, cuando ya no pueda leerlos, me bastará con acariciarlos, respirar profundo y saber que al menos sus lomos gastados permanecen cerca de mí.
Me restan tantas cosas por hacer antes de partir a Venecia… Esta semana debo desprenderme de la bóveda del cementerio y de la casa del Delta. Seguramente la habías olvidado. Yo misma creía haberla olvidado. Es extraño y triste: lo único que quedó del anhelo de Gianluca —envejecer juntos a la vera del río, ¿te acordás?— es un polvoriento título de propiedad que me hace estornudar cuando lo tengo entre las manos.
Esta tarde me encontraré con Álvaro para entregarle mi última traducción. No será sencillo, le estaremos poniendo fin a una relación de trabajo de más de treinta años. A partir de allí, solo nos quedará la complicidad y el cariño de décadas de amistad.
Álvaro —vos lo conocés— utilizó todos sus recursos para hacerme desistir de mi partida a Italia. Solo se resignó, de mala gana, tras leer el diagnóstico de Kestenbaum y pedirles una segunda y también tercera opinión a oftalmólogos conocidos suyos.
Prometió visitarme apenas tenga un respiro en la editorial. Ya lo verás: buen mozo y galante como siempre, aunque los años han comenzado a hacerle mella. ¿Pero acaso a nosotras no nos sucede lo mismo?
Desde que concluí la última traducción, me persigue un vacío de melancolía. Qué palabra poco frecuente en una mujer de mi inverosímil edad. Pero melancolía, sí. Una desazón similar me cercó al morir Gianluca. Cuando la tristeza partió con él, y junto a mí quedaron únicamente los días por venir.
En tu carta más reciente me escribís sobre volver a cuidarme como cuando éramos pequeñas y jugábamos solas en casa. Yo también recuerdo esos días de ocultarnos detrás de las máscaras de la biblioteca, de disfrazarnos con las capelinas, tules y encajes de mamá. De cuando volvías a vestirme y peinarme minutos antes de la cena. ¿Cuántos años han pasado, hermana? ¿Cuántos siglos?
Te quiere, eternamente.
Irene
II
Como siempre, durante la bajada en el ascensor me cubro el cuello con el pañuelo de seda. Don Gómez, inevitablemente en la puerta del edificio, alza la boina y aparta la manguera para dejarme pasar. Ya en la esquina de La Biela, el diariero me da El mundo y el espantoso caramelo de coco para que no le caigan mal las noticias, señora.
No aprecio esta confitería por sus ventanales con vista a un verde que ya casi no distingo, sino por su sempiterno mozo, al que no debo decirle una palabra para que me sirva el mismo pedido de cada tarde.
—Ahí andamos. ¿Vio, señora? Esperando que se largue un buen chaparrón que afloje un poco esta humedad. Porque lo que son los huesos con este tiempo…
Y esta amable sexagenaria tan distante como cortés, que cada tarde se sienta a la mesa acostumbrada, asentirá levantando las cejas por encima de los lentes oscuros, y después tomará su té con una nube de leche.
En nada me hará falta este país, inabarcable hasta la grosería para sentirlo como propio. Tampoco esta ciudad, cada día más semejante a una jovencita inmadura haciendo equilibrio sobre los tacos de su madre. La pérdida de mis rituales y la ausencia de estos ínfimos afectos a los que me aferro a falta de algo mejor, serán lo único que echaré de menos de este sitio.
—¿Soñando, ragazza? —Álvaro me besa en la frente y se sienta tras dejar su bastón a un costado de la mesa. Ha aparecido de repente, una sorpresa de las que es afecto.
Se lo ve aún más elegante que de costumbre. Un sobrio pañuelo de seda le asoma desde el bolsillo del saco, en consonancia con la corbata de rombos azules. Advierte cómo le estudio las mejillas extrañamente enrojecidas.
—Ocurre que después de la afeitada —explica—, un jovencito nuevo me mantuvo más de la cuenta bajo la toalla caliente. —Pide un café y una copa de anís, y agrega con tono burlón—: De haber sabido que me someterían a una sesión de vapor, hubiese llevado el traje de baño.
Conozco al dedillo sus ocurrencias e ironías. Ya no logran sorprenderme, pero igual las disfruto. Él lo sabe, y se deleita con mi sonrisa. Uno de nuestros tantos modos de sostenernos.
Saco de la cartera la traducción.
—Terminada —digo.
Álvaro hojea el centenar de hojas mecanografiadas, revisa un párrafo cualquiera.
—Lo leeré al llegar a la editorial. Pero no comprendo cómo lo hacés.
—¿Cómo hago qué?
—Estar cada día más bella.
Me siento una estúpida. ¿Cómo es posible que sus halagos aún logren sonrojarme?
—No te rías de mí.
—Nada más lejos de este humilde servidor. Hablo en serio. Muy en serio. Más de una jovencita anhelaría tener tu piel—. Ni que hablar de tu porte. La Valli no te llega a los talones.
—¿Semejante actriz? —digo sonriendo—. Jamás pensé que escucharía algo así… Mejor volvamos a la traducción.
—Te estás acariciando un aro.
—¿Y cuál es el problema?
—Que solo lo hacés cuando estás nerviosa.
—Mejor volvamos a la traducción —repito más decidida—. Le hice infinidad de marcas al original. No sabía que mi último trabajo también consistiría en corregir errores ortográficos.
—Ragazza, ragazza… —dice con aire sufrido, un padre reprendiendo a su bambina—. No podés trabajar por siempre con Boccaccio y Petrarca. No se encuentra un clásico bajo cada baldosa, a no ser que pretendas traducir por vigésima vez a Manzoni.
—Sería un gusto. Manzoni me haría reconsiderar mi retiro.
—Siempre exigente, mi Irene. Siempre exigente. Así serás hasta el último aliento. La autora —le da a las páginas unos golpecitos con las yemas de los dedos— es una muchachita que vende de a cientos de miles. Hay todo un mundo allá afuera buscando convencerme de su supuesto talento. No faltan quienes dicen que lo que escribe se ajusta a lo que hoy piden los lectores.
—¿Y desde cuándo te importa lo que piden los lectores?
Álvaro busca refugio en una servilleta, endereza sus pliegues y vuelve a dejarla en su sitio. Se acerca el mozo para servirle el pedido, y me informa que están cayendo las primeras gotas.
—Debió haber traído un paraguas, señora —se lamenta—. El chaparrón va a bajar la temperatura, y se puede pescar un lindo resfrío.
Álvaro espera a que se aleje.
—Ser el dueño de la editorial —dice apartando el pocillo de café sin espuma—, no me exime de sentirme, por momentos, el último empleado. Somos vestigios de otra época, Irene. Viejos bailarines. Viejos bailarines que intentan adaptarse a un compás veloz y luchan por seguir el paso sin caer en el ridículo.
Entrecierro los ojos, esfuerzo mi mirada. El mozo estaba en lo cierto: las primeras gotas rasgan los ventanales de la confitería.
—Espero que el tiempo libre te acerque nuevamente a la escritura —dice Álvaro.
—¿Volver a escribir? ¿Para qué? ¿No son elocuentes los resultados? No insistas. Acabo de jubilarme. Estás hablando con una vieja jubilada.
Se lleva la copa de anís a los labios. Reanimado, saca una cajita del bolsillo del saco y la acomoda sobre la mesa. Con un gesto enigmático me invita a que desate el moño de seda. Al abrir ese pequeño cofre, un estupendo reloj de oro blanco refulge en mis manos.
—Es mi homenaje. Tantos años de trabajo juntos.
Sujeto el Longines, me percato del modo en que las agujas giran veloces en el cuadrante.
Somos vestigios de otra época, Irene. Viejos bailarines intentando no hacer el ridículo.
Trastos caducos. Antiguallas, muebles en desuso a punto de ser cubiertos con sábanas.
Y de pronto advierto una cavidad en alguna parte de mí, un hueco ardiente en donde debería haber algo. Lo mismo les sucede a los mancos, a los mutilados. Un dolor agudo y tangible en donde ya no queda nada.
—Está… Está fuera de hora.
Álvaro sonríe con tristeza.
—Marca cuatro horas más, ragazza. La hora de Italia.
III
Por las noches busco refugio en la cocina, el único sitio intacto de todo el piso; lejos del desolado comedor, de las alfombras a medio enrollar en la recepción, de los canastos apilados en la biblioteca, de las bombitas de luz que penden de un cable en los inútiles cuartos de huéspedes.
Sentada junto a la mesita cercana al horno, con una mano llevo el tenedor a la boca, mientras con la otra hago girar el dial de la radio. Viro del inevitable desamor de un tango cualquiera, a un relator de fútbol ahogado en un insulto grotesco. Una sociedad regodeándose entre la melancolía y la violencia.
Apago la radio. El silencio zumba alrededor de mis oídos.
Trago la comida con esfuerzo: una niña obediente bajo la mirada atenta de sus padres. Deslizo los pies en el suelo hasta calzarme las pantuflas y me acerco al teléfono.
—Disculpame la hora, Álvaro. ¿Dormías?
—No, no te preocupes.
—Esta tarde olvidé comentarte algo. Decidí venderla.
—¿Qué cosa?
—La casa del Delta. ¿La habías olvidado? Debería ir hasta allá para saber en qué estado se encuentra, y pensé que podrías acompañarme. Tendríamos una hora en auto y después otro tanto en lancha.
Álvaro no responde. Escucho su respiración cansada.
—Qué te cuesta, decime. Son solo un par de horas.
—¿Al Delta? ¿Te parece, con mi bastón?
—Vamos, animate. Tomátelo como un lindo paseo.
—No, Irene. No. Con mi bastón sería más un estorbo que una ayuda. Mejor dejá que se ocupe la gente de la inmobiliaria. No es que no quiera acompañarte. Es que…
Intuyo lo que va a decir, cierro los ojos.
—Es que debiste habérmelo pedido treinta años atrás, ragazza.
Dejo caer la frente contra la pared. Me percato de la suciedad acumulada en las junturas de los azulejos. Mañana le diré a Teresa que las limpie de una vez por todas. Acerco el dedo, raspo con la uña hasta que se desprende una ínfima hebra de grasa.
—Entiendo, sí. Es que había pensado… Te entiendo, sí. No tendría sentido… De cualquier modo, te lo agradezco. Que duermas bien.
Camino hasta el baño. Dejo los lentes bajo el botiquín y me limpio las uñas. Las cerdas del cepillo me hacen sangrar. Lo suelto y me aferro a la cerámica del lavatorio.
—Debiste habérmelo pedido treinta años atrás, ragazza —murmuro sin alzar la cabeza.
El timbre. Su sonido rellena cada hueco del piso desnudo. Regreso a la cocina y levanto el auricular del portero eléctrico con cautela, como quien se palpa la cara tras recibir un golpe.
—¿Quién es?
—Quién va a ser, imbécil.
Ignacio, Dios mío.
Corro a mi dormitorio. Revuelvo un cajón, estrujo unos billetes. Me cubro con una bata y vuelvo a la cocina. El reloj señala la medianoche. La hora del lobo.
Subo al ascensor de servicio, marco la planta baja, y el motor gruñe en la quietud del edificio. El espejo me indica que olvidé los lentes en el baño. Avanzo temerosa hasta que el reflejo de mis ojos toma forma. Cada noche más opacos, más enfermos. El ascensor se detiene con un movimiento brusco.
Al abrir la puerta metálica, me enceguece el contraste de la luz del ascensor con la oscuridad del hall de entrada. Entre círculos amarillos que relampaguean dentro de mis párpados, tanteo la pared en busca del interruptor. Cuando consigo encender la araña, los billetes se me caen al piso. De rodillas palpo el mármol de los mosaicos, y levanto los billetes uno por uno. Me reincorporo, giro las trabas y entreabro el portón de madera. La difusa luz de la araña no logra alumbrar la silueta de la calle.
Silencio y oscuridad, pienso. Un milenario y sutil modo de tortura.
Apretujo la bata contra el cuerpo, como si tiritase de frío y no de pavor, y le muestro los billetes arrugados. Él los agarra, los muerde veloces con una mano áspera: una garra, una pezuña, el picotazo de un ave herida y furiosa.
—Voy a necesitar más que esto para la próxima.
Es su voz. Precisa, afilada. La adoptó hacia los catorce o quince, y desde entonces me aterroriza. Después, con los años fueron tomando cuerpo sus facciones duras, su mirada punzante.
—¿Me entendés cuando te hablo, o te hacés la idiota? ¿O aparte de no ver una mierda, ahora también sos sorda? Voy a necesitar mucho más que esto.
—¿Más? —balbuceo—. ¿Qué es más?
—Más, pelotuda. Mucho más que esta mierda.
Un auto enciende sus luces. Dos fogonazos de hielo me astillan los ojos exhaustos.
—Hay que estar de un lado —dice marchándose—. Y, siendo tu hijo, aprendí muy bien de qué lado estar.
—Ignacio, por favor.
—Conmigo no juegues a la burguesa sentimental. Juntá todo lo que puedas, ¿entendiste, pedazo de mierda? La semana que viene vuelvo por más.
IV
Me despierta un alboroto, un rumor de pasos, y la voz de Teresa que me pide permiso para entrar en el dormitorio.
—Pase… —digo desenredándome de entre las sábanas, tanteando la mesa de luz en busca de mis lentes—. ¿Qué significa todo este lío?
—Buenos días, señora Irene. Le pido mil disculpas. Son los chicos, los chicos haciéndome renegar. Usted sabe, son así.
—¿Chicos?— pregunto mientras me cubro con el déshabillé.
—Mis hijos, señora. La Yoli y el Rulo. ¿No se acuerda? Usted me pidió que se los traiga, que tenía cosas para darles. ¿Se siente bien, señora?
—No pasé una buena noche. Dígales que me aguarden en la cocina. Usted, comience con lo suyo.
Me llegan carcajadas, insultos entrecortados. Cuando abro la puerta de la cocina hacen silencio. Una amargada directora de escuela a punto de reprenderlos.
La Yoli y el Rulo. Ni siquiera logré que Teresa los nombre como es debido. Dos años sin verlos. Están tan crecidos que debo hurgar en la memoria para reconocerlos. La chica —me resisto a llamarla Yoli— me saluda con un ademán inexpresivo sin dejar de jugar con su collar de plástico naranja. A sus dieciocho años luce avejentada. “Desgastada”, sería la palabra correcta. Vicios de vieja traductora, supongo.Me sobresalto al descubrir una redondez bajo su remera: debe estar de tres meses. Ruego que los lentes oscuros disimulen mi estupor.
Junto a ella está sentado su hermano. A los catorce tiene las facciones delicadas de un angioletto de Bellini. ¿Por qué la madre insistirá en llamarlo Rulo, si tiene el pelo lacio? Desearía poder recordar su verdadero nombre.
Les ofrezco algo para desayunar. El chico emite un bufido, en tanto su hermana ni siquiera se digna a responder: displicente, se examina con desdén las uñas pintadas de un fucsia chillón.
Les acerco dos vasos de leche con vainillas y les pregunto por sus vidas. Ella, adoptando una voz maliciosa, me cuenta que su hermano dejó la escuela.
—¡No dejé tres carajos, pedazo de mogólica! —grita el angelito, la cara enrojecida—. Me pasé a la nocturna, que es otra cosa.
—¡Sí, sí, seguro! —grita ella. Lanza una risotada, y encima de la mesa sacude los pechos como en una bacanal—. ¡Y yo soy la Coca Sarli!
Aparece Teresa. Le propina al hijo un coscorrón y grita todavía más fuerte:
—¡No me hagan quedar mal frente a la señora! ¡No sean animales, que no están en casa! ¡Otra vez comiendo! ¿Quién les dio permiso para agarrar todo esto?
—¡Por favor, Teresa! No los trate así. Solo conversábamos. Hágame un favor: vaya a enrollar las alfombras, que en una hora las pasarán a retirar.
—No son malos, señora —dice yéndose, mientras esgrime una mueca entre colérica y resignada—. Son así. A mí no me hacen caso, qué sé yo a quién salieron.
Me preparo un café, preguntándome cómo establecer algún vínculo con estos chicos. Descubro que él parece haber heredado las cejas tupidas de su abuela. Se lo menciono, pero mi comentario lo incomoda.
—Tu abuela fue una mujer muy importante en mi vida —le digo acercándole más vainillas—. Comenzó a trabajar en esta casa apenas llegué de Italia, en el año treinta y ocho, hace casi cuarenta años. Yo era una jovencita.
—¿Usted, jovencita? —dice la hermana con una sonrisa de suficiencia.
—Yo era una jovencita —sigo contando, ignorando su sorna—, y ella nos ayudó sobremanera tanto a mí como a Gianluca, mi marido —el recuerdo de Lila me conmueve—. Tu abuela, aún hoy, me hace falta. Mucha falta.
—No me acuerdo nada de ella —dice el chico con la boca repleta de comida, los labios sembrados de azúcar.
—¿Y cómo mierda te vas a acordar, si se murió cuando tenías un año? —dice la hermana revolviéndose en la silla—. Yo sí me acuerdo. Muy bien me acuerdo. Por casa no se la veía nunca, se la pasaba todo el día acá encerrada.
Desearía pasar la mañana con los dos para contarles quién fue Lila. Hablarles de aquella gruesa matrona capaz de abrir sin esfuerzo los frascos que vencían a mi marido para, un suspiro después, sacudirme el cabello y susurrarme: “No me llore, m’hijita. Levánteme ese mentón, que muy prontito se me va a poder volverse a su Venecia querida”.
¿Cómo contarle a Yoli que su abuela pasaba mucho tiempo fuera de su casa porque aquí encontró un hogar? ¿Cómo explicarle que en la misma mesa donde ella ahora está desparramada, al terminar su horario de trabajo, su abuela aprendió a leer y a escribir? “Hagamos una cosa, m’hija”—me dijo una mañana mientras le sacaba el polvo a los libros del estudio—.“Yo le cuento el secreto para hacer mermelada casera, y usted agarra y me enseña a leer y a escribir”. Desde ese mismo día, se quedaba a mi lado hasta tarde en la noche balbuceando sílabas, copiando con letra infantil los títulos del diario.
Desearía que estos chicos supiesen cuán sabia fue su abuela. En toda su vida no usó más que vestidos acampanados de algodón, pero sabía indicarme cuándo mis aros no concordaban con el chal o la cartera, o si mi perfume era el adecuado para determinado encuentro. Jamás bebió otra cosa más que agua de la canilla o mate, pero le bastaba descorchar una botella para advertirle a mi marido: “Este vino está agrio para su gusto, don Gianluca. Ya le voy diciendo que no le va a gustar nada, nada”.
Al morir Gianluca, ella se quedó a vivir aquí, conmigo.
“No la voy a dejar, m’hija. Usted no se me preocupe, que yo nunca la voy a abandonar. Acá siempre va a tener un palenque donde rascarse”.
Amaba a mi hijo, sentía adoración por “el Ignacito”. Solamente le faltó amamantarlo. Con los años me recluí cada vez más en mí misma, en las traducciones y en la escritura, y fue Lila quien lo crió y lo cobijó. Eran muy compañeros. “Compinches”, decía ella. Eran capaces de pasar tardes enteras conversando y riendo.
Una noche, estando yo desvelada después de una de las tantas discusiones que tenía con mi hijo, me dijo acercándome un té a la cama: “Usted no se haga mala sangre, que el Ignacito es un buen chico. ¿Pero sabe una cosa? Él es como esos árboles cachorros que para salir derechitos necesitan de un tronco que los sostenga. Él perdió al padre. Pero usted no se me ponga mal, que entre las dos lo vamos a sostener fuerte, bien fuerte, hasta que al gurí le haga falta… ¡Ya va a ver que le va a salir fuerte el potrillo!”.
Como a toda mujer de campo, los médicos no le despertaban más que temor y desconfianza. De manera que me ocultó durante años diversos dolores, y cuando al fin accedió a dejarse revisar, le diagnosticaron cáncer de útero. Debieron internarla, y fue su hija Teresa quien se hizo cargo de las tareas de la casa. Los últimos días, Lila me rogó que la sacara del sanatorio. Deseaba volver aquí, a mi casa. A nuestro hogar. Falleció a los pocos meses, vuelta un capullo en mi propia cama.
El día de su muerte también perdí a mi hijo: sin Lila, nos volvimos dos extraños. Nuestras diferencias se volvieron más profundas, como sucede, tras morir los padres, con los hermanos que no se aman. No lo sabíamos, pero ella era el puente que unía dos regiones hostiles. ¡Ay, Lila! Si pudiese tenerla aquí conmigo, todo sería distinto. Si pudiese un solo día siquiera.
La taza de café me quema las manos. La apoyo en la pileta y saco del déshabillé un pañuelo, que deslizo bajo el marco de los lentes. Yoli me pide más vainillas. Me irrita su desinterés, la insolencia de sus modales crueles. Le señalo la dulcera, y le pido a su hermano que me acompañe.
El chico me sigue con andar abúlico por los pasillos, el cuerpo entero parece pesarle. Entro insegura y prudente en el dormitorio de Ignacio, como si aún debiese pedirle permiso. Abro las puertas de un armario repleto de calzados y abrigos, y le digo al chico que puede llevarse lo que desee. Me mira desconfiado, a la defensiva.
—Toda esta ropa era de mi hijo —insisto mientras descuelgo un pantalón de corderoy—. Hace años que no vive conmigo, ¿sabés? Y me apena que nadie la use. Podés probarte lo que quieras y llevarte lo que más te guste.
Cuando estoy por retirarme:
—Oiga…
Me pregunto por qué a su edad se muestra así de cansado, por qué razón es incapaz de expresarse en voz alta y comprensible. Se le curvan las cejas y habla casi sin mover los labios:
—Lo que contó de mi abuela.
Lo miro, interrogante. Y lo animo con un ademán.
—Fue… —dice sonrojado, como si hubiera cometido una travesura —. Fue lindo.
Me le acerco, sorprendida.
—Te agradezco enormemente —digo, inclinándome hacia él. Desearía acariciarle el pelo, pero no lo hago—. Pensé que no me habían prestado atención. Me hace feliz poder compartir los recuerdos que tengo de tu abuela. Ella está aún hoy muy presente, tanto en…
Me evita ocultando medio cuerpo dentro del armario. Oigo el chirrido de perchas deslizándose en el tubo de metal.
Lo dejo solo y regreso en busca de su hermana, cuya voz se recorta nítida en el pasillo:
—¿Viste lo que es este palacio, mamá? ¿Viste vos cómo vive esta vieja hija de puta? ¡Cagada en guita está! A ver, decime: ¿por qué no podemos vivir nosotros en un lugar así?
El movimiento de trastos envuelve de ruidos la respuesta de la madre. Vuelvo a escuchar a Yoli, más decidida:
—¿Qué miseria te garpa por hacer todo el día esta mierda? La vieja hija de puta se va a vivir a Europa, y a vos lo único que te falta es armarle la valija y cambiarle la bombacha.¿Por qué no te mirás al espejo para ver lo pelotuda que quedás con ese vestidito de sirvienta? ¡Quedate sentada esperando, si pensás que yo me voy a morir siendo una sierva como vos y la abuela!
Me detengo, apoyo el hombro contra la pared. Me cerca la imagen de una extraña invadiendo mi casa. ¿Quién es la extraña? ¿Esta pobre chica o yo misma? Quizá las dos, como cabos unidos por un mismo lazo. La joven anhelante de una riqueza que la anciana ya no tiene modo de disfrutar, que tal vez jamás haya disfrutado. Debería abrirte tantos senderos, Yoli. En otro tiempo, lo hubiese intentado, a fin de cuentas ese era mi deber. Esa mi misión. Pero ya no. No sé si he olvidado cómo hacerlo, o si ustedes me han apartado tanto que… Aunque sea desearía poder contarte, Yoli, que este palacio vacío, con sus paredes manchadas por rectángulos de polvo en lugar de mis viejos cuadros, jamás será tuyo. Pero no te enlodes en el rencor, porque ya tampoco le pertenece a esta vieja hija de puta, como gentilmente te dignás llamarme. Aunque, quién sabe, quizá deba prestarte atención. Es posible que te hayan enviado a confirmar mis presunciones: este ya no es mi lugar, de aquí también soy expulsada.
Tomando aire salgo de mi escondite y avanzo hacia el salón comedor. Teresa está agotada tras enrollar las alfombras, o acaso por tener que soportar esa andanada de rencor por parte de la hija, que ahora percibe mi llegada y gira hasta darme la espalda. Cuando le pido que me acompañe a la biblioteca, se da vuelta con lentitud y alza las cejas simulando no comprenderme.
—Vení conmigo, Yoli —repito—. Quiero hablarte.
La madre palidece y ella asiente con los brazos entrecruzados alrededor de la panza. Me sigue varios metros detrás, debo aguardarla largos segundos en la entrada de la biblioteca.
—Te podés sentar si estás cansada —digo señalando una banqueta entre los canastos llenos de libros—. No puedo ofrecerte otra cosa: hace unos días retiraron las sillas y el escritorio.
—Así estoy bien.
Me acerco a una hilera de libros.
—Al notar tu embarazo….
Me mira a los ojos, furibunda, y con las dos manos se protege el vientre.
—¿Qué está dic…?
—Al notar tu embarazo, supuse que podrían interesarte algunos de estos libros. Vení, acercate. Acá hay cuentos con ilustraciones, fábulas, novelas para adolescentes. En general, están en muy buen estado. Algunos los compré a los pocos días de quedar encinta. Embarazada, digo. Por las noches, me iba a la que sería la habitación de Ignacio y se los leía en voz baja acariciándome la panza. Ya han pasado casi treinta años.
Me escruta en guardia, contraída. Cuando su abuela llegó a esta casa, tanto su vocabulario como sus modales traslucían una vida dura, cargada de privaciones. Sin embargo, no había en Lila nada del resentimiento que ahora asfixia a esta chica. Que alguien me responda en que fallé, qué es lo que no supe transmitir, qué perdí en el camino para poder llegar a Lila pero no a su hija. Ni mucho menos a su propia nieta.
—No se preocupe, señora —dice altanera, marchándose—. A mí, de usted, no me hace falta nada.
Avanzo enseguida y la detengo de un brazo. Busca zafarse, pero la aprisiono y la traigo hacia mí. Nuestras caras casi pegadas, su aliento arde en mis mejillas. Me estremece el vientre duro presionando contra mi cuerpo. ¿Por qué deseo retener a esta chica? ¿Por qué no la dejo en paz? Aprovecha mi distracción ante la aparición de su hermano y logra librarse.
—¡Me agarré una montaña de zapatillas, Yoli! —el chico levanta un par de bolsas llenas—. ¡Hay de Adidas!
—Mirá qué bien —dice ella—. Igual hay que irnos ya.
—Gracias, señora —murmura el chico al quedarnos solos. Amaga a besarme, pero retrocede.
—No te vayas, por favor —intento recomponerme, me aliso el déshabillé.
—¿Qué quiere?
—No logro… no puedo recordar cómo te llamás.
—Rulo.
—Sí, lo sé. Me refiero a tu verdadero nombre.
—Ah… Federico —dice como quien cita a un autor desconocido.
—Es un nombre precioso. ¿Sabés una cosa? Ciertas palabras, ciertos nombres, tienen armonía. Deberías pedirle a los demás que te llamen así, Federico.
Federico asiente sin prestarme más atención y se marcha con rapidez. Ya sola, me dejo caer sobre un canasto. Restriego mis párpados tras quitarme los lentes.