Kitabı oku: «Narrativas de vida, dolor y utopías»


Galvis Díaz, Pablo Iván
Narrativas de vida, dolor y utopías : jóvenes y conflicto armado en Colombia / Pablo Iván Galvis Díaz. -- Bogotá :
Ediciones Unisalle, 2014.
142 p. : il., fotos ; 14 × 21 cm.
Incluye tabla de contenido.
ISBN 978-958-8844-28-2
1. Jóvenes - Aspectos sociales - Colombia 2. Violencia - Colombia 3. Conflicto armado - Colombia 4. Paz - Colombia
I. Tít.
303.6 cd 21 ed.
A1437
CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango
ISBN: 978-958-8844-28-2
Primera edición, marzo de 2014
ISBN:
© Derechos reservados, Universidad de La Salle
Edición:
Oficina de Publicaciones
Cra. 5 N.° 59A-44 Edificio Administrativo, 3er piso
PBX: (571) 348 8000 Extensión: 1224
Directo: (571) 348 8047 Fax: (571) 217 0885
Correo electrónico: publicaciones@lasalle.edu.co
Dirección general
Hno. Carlos Enrique Carvajal Costa, fsc
Dirección editorial
Guillermo Alberto González Triana
Coordinación editorial
Marcela Garzón Gualteros
Corrección de estilo
Nathalie De la Cuadra N.
Diagramación
Margoth de Olivos S.A.S.
Diseño de portada
Andrea Julieth Castellanos Leal
Fotografías de cubierta
Hno. Juan Carlos Blanco, fsc
Diseño de ePub
Hipertexto
Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier procedimiento, conforme a lo dispuesto por la ley.
Contenido
Presentación
Introducción
El escenario etnográfico: ¡Utopía, un proyecto que sirve para empezar a caminar!
La inmersión en el campo
Relatos de vida y diarios de campo: un aporte desde la subjetividad a la investigación social
El trabajo etnográfico: una experiencia de frontera
Relatos de vida. Narrativas de ensueño, nostalgia y muerte
Andy: “me persigue una guerra que no es mía”
Cubi: nostalgia llanera, de olor a sabana y a bosta de ganado
Juandro: en el claroscuro de la guerra
Las narrativas del conflicto armado en los relatos de vida
El conflicto armado en la vida cotidiana
Experiencias de la muerte como práctica cotidiana
El conflicto armado como estrategia de poder
El conflicto armado y las formas de influencia en la identificación de los sujetos
Representaciones: lenguajes y símbolos del conflicto armado
Amistad y enemistad en el conflicto armado
Conclusiones
Bibliografía
A Dios, por su infinita misericordia.
A mis padres, Pedro y Conchita, por regalarme el don de la vida, por su amor incondicional, y porque son quienes inspiran mi diario vivir.
A la Universidad de La Salle, por la apertura de espacios de investigación y por la formación recibida como pedagogo.
Al hermano Carlos Gómez, por su cercanía, su consejo y su capacidad de inspirar nuevas formas de pensar.
A la profesora Miriam Jimeno, mi maestra en el campo de la etnografía, por su cariño, su acompañamiento y exigencia en el desarrollo del presente texto.
A los hermanos del Distrito Lasallista de Bogotá, por su apoyo y confianza en mi quehacer como maestro.
A Juandro, Cubi y Andy, porque a partir de sus historias y de sus recuerdos abrieron la posibilidad de la amistad y la investigación en mi vida.
Presentación
Hace seis años, en 2008, pensando en los inmensos desafíos que la realidad colombiana presentaba a nuestras instituciones y a la sociedad entera, empezamos a pensar en la posibilidad de que desde la Universidad de La Salle pudiéramos ofrecer una propuesta educativa novedosa para apoyar el desarrollo rural del país y, sobre todo, abrir posibilidades para que algunos jóvenes de procedencia rural pudieran encontrar en nuestra institución un espacio de crecimiento personal y de cristalización de sus sueños.
No se veía una empresa fácil porque cualquier idea novedosa conlleva muchas dificultades: problemas de financiación, demanda de infraestructura, generación de nuevas aproximaciones didácticas y pedagógicas, voces que al unísono gritan “no se puede” y que llevan a dudar de tal manera que pueden asfixiar y arruinar las mejores intenciones.
No puedo negar que nací en una generación soñadora y utópica que invitaba a sobrepasar las capacidades humanas y a lanzarse apasionadamente a la novedad, a los caminos no transitados, a vencer los gigantes que cual molinos de viento se atravesaban en las búsquedas. No solo era posible soñar, sino que era un ejercicio cotidiano que nos convocaba, nos ilusionaba y nos lanzaba a la acción. La praxis era casi el signo de nuestro quehacer: reflexionar y actuar y volver a pensar sobre lo actuado y lo reflexionado. Leímos con fruición en esos días sobre sociología y política; devorábamos las novelas del realismo mágico; poníamos un toque existencialista al cotidiano y, en nuestro caso, la Teología de la liberación nos daba elementos para diseñar mundos posibles y proyectos alternativos desde la inspiración cristiana. Cómo no recordar en estas páginas el desafiante capítulo que Gustavo Gutiérrez (1977) dedicó a la “Fe, utopía y acción política”, hasta el punto de decir que “la fe y la acción política no entran en relación correcta y fecunda sino a través del proyecto de creación de un nuevo tipo de hombre en una sociedad distinta, a través de la utopía” (p. 316). También en su inolvidable Obra, dedicó unas páginas a hablar de la Esperanza y a invitarnos a asumirla como una virtud que bien podría ser combustible en el camino, así “la fe, la caridad y la esperanza, para quien vive de ellas, son un factor radical de libertad espiritual, y de creación e iniciativas históricas” (p. 320).
En 1973, Paulo VI publicó su Exhortación Octogesima Adveniens, documento inspirador del pensamiento social de la Iglesia que señaló que se
… asiste al renacimiento de lo que se ha convenido en llamar “utopías”, las cuales pretenden resolver el problema político de las sociedades modernas mejor que las ideologías. Sería peligroso no reconocerlo. La apelación a la utopía es con frecuencia un cómodo pretexto para quien desea rehuir las tareas concretas refugiándose en un mundo imaginario. Vivir en un futuro hipotético es una coartada fácil para deponer responsabilidades inmediatas. Pero, sin embargo, hay que reconocerlo, esta forma de crítica de la sociedad establecida provoca con frecuencia la imaginación prospectiva para percibir a la vez en el presente lo posiblemente ignorado que se encuentra inscrito en él y para orientar hacia un futuro mejor; sostiene además la dinámica social por la confianza que da a las fuerzas inventivas del espíritu y del corazón humano; y, finalmente, si se mantiene abierto a toda la realidad, puede también encontrar nuevamente el llamamiento cristiano (p. 37).
Obviamente estos textos recogían una tradición de la filosofía política y literaria que ha creado utopías y distopías en muchos momentos de la historia, que fue reflexionado nuevamente con fuerza en las creativas décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado. De hecho, ya en la Antigüedad el pensamiento utópico no era ajeno ni a las mitologías clásicas ni al pensamiento de los filósofos y teólogos, aunque fue Tomás Moro quien acuñó el concepto y lo desarrolló en su célebre obra Utopía, que imaginó la ínsula ideal y con humor agudo produjo, al mismo tiempo, la más demoledora crítica a la Inglaterra de Enrique VIII. Desde entonces, la utopía ha estado presente en la historia humana, a veces inspirando gestas y construyendo proyectos convergentes, a veces apoyando conflictos e insuflando unanimismos impuestos y violentos.
Con este trasfondo de historias remotas y sueños de juventud nació el proyecto Utopía en 2010, como un aporte de la Universidad de La Salle al desarrollo rural del país y a la construcción de la paz. Lejos estábamos, entonces, de imaginar que para estos tiempos en Colombia existiera tanta esperanza en torno a la finalización del conflicto armado y la construcción de la paz. Sabemos todos que no son procesos fáciles y que tomarán tiempo, exigirán esfuerzos, demandarán creatividad, e invitarán a todos los compatriotas a aportar algo desde su especificidad y posibilidades para hacer posible un mejor país. Apostar por la Colombia rural se nos presenta como una realidad ineludible y de justicia para con tantos colombianos que han vivido de cerca la violencia y que hoy buscan oportunidades para desarrollar estos lugares de la Patria, para generar en ellos las mejores condiciones para hacer sostenible la paz.
Esta es la utopía que sirve de escenario a Pablo Iván Galvis Díaz para el desarrollo de su tesis de Maestría en Antropología, cursada en la Universidad Nacional de Colombia, y que da origen al texto que presentamos. Como su subtítulo lo manifiesta, es una aproximación etnográfica que da cuenta de “Jóvenes y conflicto armado en Colombia”. Pablo Iván se encontró con historias de dolor y tragedia entre los estudiantes que iniciaron en Utopía su caminar de hacerse ingenieros agrónomos. Si bien son tres historias particulares de personas reales que han crecido y vivido en medio de las vicisitudes del conflicto, también podrían ser las historias de muchos otros jóvenes que en la Colombia profunda han padecido los rigores de la guerra.
Estas narrativas expresadas con palabra fluida y prosa impecable nos llevan por los itinerarios de jóvenes que, pese a la desventura, se resisten a convertirla en su modus vivendi. Más aún, truecan el dolor en esperanza y ponen sus anhelos en un horizonte diferente que permite subvertir el sufrimiento para sublimarlo en la generación de vida y desarrollo personal. Quizás sea este el principal aporte de Pablo, que con ojos de sociólogo, con corazón de humanista y palabra de poeta nos expresa que hay esperanza, que es posible la reconciliación y que la tan esquiva búsqueda de la paz es una utopía que va haciéndose realidad porque existen jóvenes —hombres y mujeres— que frente a la oportunidad deciden dar el paso de convertirse en constructores y avanzar, empujando consigo hacia adelante a comunidades veredales y a las familias golpeadas hacia mejores días y fértiles tiempos.
Pero si bien Pablo nos logra introducir en la historia de la violencia en Colombia a través de la historia de tres jóvenes y sus representaciones de la guerra, la muerte, el enlistamiento, la ilegalidad, el amor, el odio y las relaciones de poder, también nos permite ver que no se puede pasar por esta experiencia y salir igual. Así, también desnuda su corazón para hacerse una autocrítica valiente y tan desafiante como poderosas son las narrativas de los jóvenes que dieron origen a su estudio. ¡Qué lección! Aquí se aprende que el contacto con la realidad y el dolor humano son quizás el único medio posible para abrir los ojos, calentar el corazón y transformar la vida.
Apreciado lector, estoy convencido de que no es posible leer estas páginas y salir ileso. Algún silbido de artillería rozará su piel; pero, de la misma manera, una chispa de esperanza arderá en su corazón cuando descubra que es factible la paz, posibles los sueños, necesarias las utopías y, más importante, que hay con quien construirlas. Resulta inspirador aquí recordar el poema de Eduardo Galeano:
Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se aleja diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía entonces?... Para eso sirve, para caminar.
Carlos G. Gómez Restrepo, fsc
Introducción
La presente investigación tiene como eje central las narrativas del conflicto armado en los estudiantes del proyecto Utopía de la Universidad de La Salle, temática desarrollada a través de la construcción y análisis de relatos de vida. La investigación le da mucha importancia al acontecimiento, al recuerdo, a lo subjetivo, y le asigna a la experiencia personal el papel protagónico dentro de la construcción de los relatos de vida y desde allí son identificados los imponderables en las relaciones tejidas entre los sujetos de investigación y las experiencias del conflicto armado. A partir de la pregunta por las representaciones de estos jóvenes sobre el conflicto armado en Colombia, me limito a proponer reflexiones de las prácticas cotidianas, las imágenes —actores, situaciones—, las formas como narran sus experiencias y la elaboración que hacen de las mismas.
Este texto tiene una intención propia: dejar registrado el hecho de que los relatos de vida construidos desde un profundo trabajo de campo son en sí mismos el medio metodológico y la elaboración teórica de la acción antropológica. Que aunque el relato es descriptivo, toda descripción es más que un acto de fijación, es un acto culturalmente creador; por lo tanto, la descripción de las narrativas de vida de los estudiantes manifiesta un poder distributivo y una fuerza performativa: hacer lo que dice. En este sentido, se comprenden las narrativas como acciones fundadoras de espacios, de sentidos y de prácticas, que en el caso particular de los estudiantes del proyecto Utopía permiten la visualización del conflicto armado desde una mirada subjetiva, local y afectiva. Esta dimensión transforma los relatos de vida de instrumentos de registro o de memoria en acciones que generan interpretación constante y pluralidad de significaciones, y así se llega a constituir en teoría de análisis para el campo disciplinar (De Certeau, 1996, p. 175).
El cuerpo del libro se constituye en tres capítulos: el primero trata sobre los elementos de la metodología de la investigación y desarrolla una descripción detallada de la población investigada; asimismo, presenta el trabajo de campo, la importancia de los métodos y herramientas etnográficas para la construcción de los relatos de vida, sobre todo de la importancia del “estar allí” y la construcción y uso de los diarios de campo. Por último, muestra cómo la disciplina antropológica se convirtió en el fundamento para alcanzar un registro subjetivo del conflicto y en el medio para describir una realidad analizable.
El segundo capítulo es una apuesta por el sujeto, por la creación de texto a partir de la realidad vista desde quien describe, narra y recuerda. Es un capítulo de suma importancia, pues en él se recopila todo el trabajo de campo: las entrevistas semiestructuradas, los diarios de campo, los imponderables vistos a partir del diario vivir, los escritos de los estudiantes, sus motivaciones, e incluso las limitaciones, posibilidades y sentimientos que como investigador viví en el desarrollo del trabajo. Uno de los logros en este capítulo fue mostrar cómo los relatos tienen el poder de transformar el ver en un creer y de fabricar lo real con las apariencias (De Certeau, 1996, p. 202). Este capítulo muestra la historia de vida de tres jóvenes atravesada por el conflicto armado colombiano, Andy, Cubi y Juandro, y su relación directa con las historias regionales de donde provienen: los departamentos de Cesar, Casanare y Caquetá. Son tres relatos que describen múltiples experiencias y representaciones del conflicto armado, pero sobre todo son tres registros que encarnan una realidad que se vive en Colombia: que todo poder se traza primero sobre la espalda de sus sujetos. Por ello, dichos relatos se constituyen en metáforas del cuerpo dominado (De Certeau, 1996, p. 153). En este sentido, no solo las regiones y los territorios son marcados por la realidad del conflicto armado, sino que, de manera particular, los sujetos construyen representaciones, experiencias y aprendizajes de su contacto con los grupos armados, lo que convierte sus narrativas de vida en complemento vital de la memoria en nuestro país. Es una memoria no solo objetivada en cifras, eventos y versiones oficiales, sino enriquecida por recuerdos, afectos y sentidos dados por la subjetividad de la experiencia.
Cada relato de vida fue construido desde una estructura diferente, según los datos que arrojaba el trabajo de campo. Por ejemplo, el relato de Andy es construido desde la dinámica de la escucha de una narrativa pensada y construida por el sujeto, con la intención de ser reconocida y valorada, desde su posición de víctima. El escrito de Cubi, a diferencia del anterior, fue redactado en un contexto de espontaneidad y de cercanía, con la intención de crear una identidad propia, enraizada en las costumbres llaneras, y de asignarle al protagonista un valor agregado: la valentía y el riesgo del hombre casanareño. El discurso de Juandro, inmerso en las zonas grises dentro del conflicto en el Caquetá, es registrado desde la necesidad de dejar claridad sobre sus posturas ideológicas, al menos las que son “políticamente correctas” en el contexto de la Universidad de La Salle, de allí que su relato de vida se convierta en una maraña por desenredar por parte del investigador.
En el tercer capítulo se presentan los análisis de las narrativas de vida de una manera comparativa; en él se realiza el estudio de los relatos de cada uno de los sujetos de la investigación a través de cinco categorías: en primer lugar, la cotidianidad (entendida como la realidad del diario vivir, con pluralidad de sentidos y significados) como eje central de la experiencia del conflicto armado. Desde allí es analizada la naturalización de las fuerzas encontradas -confrontación armada- y los extrañamientos y deseos de desterrar dichas experiencias de vida. En segundo lugar, está la identidad marcada en cada uno de los sujetos (entendiendo la identidad como las formas de ser y hacer, y como parte del reconocerse adscrito a algo), como huella del paso de la confrontación armada por cada uno de los sujetos investigados. Por otro lado, están los símbolos y representaciones que ellos hacen en sus narrativas sobre elementos constitutivos del conflicto, como por ejemplo la muerte, las armas, los lenguajes, las maneras de vestir, de hablar, de hacer, etc. En cuarto lugar, están las relaciones de poder (como posibilidad de encontrar sumisión y obediencia en una población) que se tejen dentro de la pluralidad de discursos en los cuales se entrecruza la vida de estos jóvenes con las experiencias de la guerra. Por último, está la construcción de las relaciones subjetivas de amistad y enemistad (categorías tomadas de Karl Schmitt), donde se hace alusión a las construcciones sociales de cercanía y distancia, con intereses específicos que realiza cada sujeto en medio de la confrontación armada.
La investigación termina con unas conclusiones abiertas que tienen como eje articulador los aprendizajes y valoraciones de la etnografía dentro de la investigación social: las apuestas metodológicas, sus alcances y alternativas. A través de la reflexión sobre el quehacer antropológico, se presentan algunas conclusiones acerca de las representaciones del conflicto armado en los jóvenes, sobre los símbolos más importantes que ellos emplean en su narrativa sobre la realidad de violencia que vivieron y sobre la identidad marcada en sus cuerpos y relatos a partir del contacto cotidiano con el conflicto armado en sus vidas.
El escenario etnográfico: ¡Utopía 1 , un proyecto que sirve para empezar a caminar!
La inmersión en el campo
En agosto de 2009 me desempeñaba como docente de la Universidad de La Salle y recibí una llamada del hermano Carlos Gómez (rector de la Universidad de La Salle) para invitarme a ser parte de un proyecto nuevo que la institución venía construyendo: Utopía. Esa misma noche viajé a Yopal (Casanare) y me reuní con el hermano Carlos y un grupo de maestros para ultimar los detalles de la selección de la primera cohorte de universitarios. Allí fue donde escuché sobre la formación de jóvenes campesinos como ingenieros agronómicos: “Utopía es un concepto único que integra la generación de oportunidades educativas y productivas para jóvenes de sectores rurales, de escasos recursos económicos, y que han sido afectados por la violencia. Se trata de convertirlos en líderes capaces de lograr la transformación social, política y productiva del país” (Dinero.com, marzo de 2011).
En noviembre de ese mismo año iniciamos la convocatoria del primer grupo de estudiantes del proyecto; Arauca, Tame, Paz de Ariporo, Tauramena, San Luis de Palenque, Orocué y San Vicente del Caguán fueron los primeros municipios que visitamos. De este grupo fueron seleccionados sesenta y cuatro jóvenes que ingresaron en mayo de 2010 al proyecto. Ya para diciembre de ese año el proyecto empezaba a difundirse por los medios de comunicación: “Aportar a un tema de vieja data es la misión del proyecto. Evitar que los jóvenes campesinos abandonen el campo y sean captados ya sea por la guerrilla, los paramilitares, el narcotráfico, la delincuencia o cualquier otro tipo de violencia” (Portafolio.co, diciembre de 2009).
En mayo de 2010 se inauguró el proyecto Utopía con el ingreso de 64 jóvenes; ese día se realizó una ceremonia religiosa a la cual asistieron algunos padres de familia de los estudiantes, docentes y directivos de la universidad, directivos de la Congregación de La Salle y autoridades eclesiásticas locales. En las palabras de inauguración hechas por el rector de la universidad se puede entender mejor la población objetivo del proyecto: “Estos jóvenes han sufrido directamente la violencia, proceden de la Colombia profunda donde las oportunidades son prácticamente inexistentes, la pobreza es cotidiana, y tienen la presión o la tentación de los grupos armados para engrosar sus filas”2.
En la inauguración del proyecto empezó a rondarme la idea de desarrollar una investigación sobre Utopía. Al encontrar a este grupo de jóvenes, con sus características específicas y las zonas de donde provenían, me pareció pertinente hacer un aporte a la Universidad de La Salle y al proyecto desde la construcción de los relatos de vida de estos jóvenes. Particularmente, porque tanto el día de la inauguración, como en otras oportunidades, los estudiantes compartían espontáneamente sus experiencias de vida marcadas por el conflicto armado. Narrativas que delimitaban las vivencias a planos homogéneos de destrucción, dolor, desplazamiento y muerte, que generaban la única interpretación e identificación de los sujetos como víctimas. La búsqueda de otras significaciones y del registro pleno, no solo parcial de las historias de estos jóvenes, me llevó a cambiar la población del estudio.
Para acercarme más al proyecto, propuse a las directivas de la universidad dos semanas de refuerzo en lectoescritura y matemáticas con el primer grupo de estudiantes. La propuesta fue aceptada y se desarrolló en julio del mismo año. Junto a un grupo de compañeros de la Universidad Nacional viajé el 8 de julio de 2010 a Yopal, para desarrollar el proyecto de refuerzo académico. Del 9 al 21 de julio de 2010 conviví con los 64 estudiantes durante dos semanas: convivencia que abarcó las 24 horas del día, ya que el proyecto Utopía incluye el vivir dentro del campus universitario. La jornada arrancaba a las 5:00 a.m. con el trabajo de producción agrícola, en el cual los jóvenes cultivaban los productos que se consumían en el campus (yuca, plátano, piña, badea, maracuyá, cacao, etc.) y realizaban sus proyectos de investigación en cultivos experimentales. Luego acompañé las clases de 9:00 a 12:00 m. y de 2:00 a 5:00 p.m.; en horas de la noche compartía momentos de diálogo, deporte, estudio, intercambio cultural —mitos, bailes típicos, contrapunteos, tradiciones etc.— y recreación.
Planeé mi primera incursión en campo del sábado 16 al domingo 24 de octubre de 2010, con la intención de adelantar un trabajo de entrevistas, observación directa y registro de narrativas sobre el conflicto armado:
17 de octubre de 2010. En el viaje del terminal de Yopal a la finca, el coordinador del programa me habló de los estudiantes, de sus proyectos, de los cultivos…, yo le aclaré sobre los objetivos de la investigación y quedamos en que tomaría las clases del lunes para presentarle el proyecto a los estudiantes: de 10:00 a.m. a 12:00 m con el grupo de 1:00 y de 2:00 p.m. a 4:00 p.m. con el grupo 2.
Esa semana presenté el proyecto a los estudiantes, de los cuales 29 me dijeron que querían participar; adelanté entrevistas semiestructuradas3 y continué la inmersión en el campo compartiendo la cotidianidad con los estudiantes:
19 de octubre de 2010. A las 5:00 a.m. me encontré con una estudiante del proyecto, Mayra, y ambos nos dirigimos al cultivo de pepinos, a podarlos y a recoger cosecha; luego ayudé a cargar tres ahuyamas de 12 kg. A las 8:00 a.m. desayuné e inmediatamente inicié con las entrevistas programadas. En la tarde no pude realizar las entrevistas, así que me fui con Ángela y Edison a la biblioteca. A las 6:30 p.m. cené con Diego, quién me renovó la invitación para ir a Maní a verlo colear. En la noche pedí prestada la biblioteca y entrevisté a Edison; esa fue mi primera entrevista formal. Creo que su relato se puede profundizar indagando más sobre los momentos en los que compartió con los paramilitares en el sur de Tauramena.
Del 13 al 19 de enero de 2011 realicé mi segundo trabajo de campo en Utopía; durante esa semana escogí a los cuatro candidatos para escribir sus relatos de vida: Andy, Cubi, Juandro y Jhon (como alternativa por si algo no resultaba con los otros candidatos). Las características de cada uno de los primeros relatos encontrados en las entrevistas con estos estudiantes me presentaron un panorama por confrontar dentro de la investigación: la pluralidad de miradas sobre los grupos armados y la vivencia del conflicto; unos estudiantes con narrativas muy cercanas a las estructuras del paramilitarismo o de la guerrilla (Cubi y Juandro), otros distanciados totalmente, identificados como víctimas (Andy y Jhon).
En este trabajo de campo me involucré más con las realidades del proyecto y con las necesidades de los estudiantes, y aporté a la construcción del sistema de convivencia:
17 de enero de 2011, 10:00 a.m. Me reuní con 53 estudiantes del proyecto para revisar el sistema de convivencia y los comités; escuché acerca de las principales dificultades dentro del campus. A las 11:00 a.m. se reunieron por comités para revisar si funcionaban o no; se proyectaron como mediadores de los conflictos y las situaciones anormales con los docentes y directivos del campus. Había un grupo de 10 estudiantes (hombres) que no se vinculaba a ningún comité, y que no demostraba interés en el tema. A las12:00 m. les hablé de la importancia de ser universitarios, autónomos, con representación, con libertad y posibilidad de decisión. Se propuso hacer una elección de representantes, así como estar en diálogo constante con los representantes estudiantiles de Bogotá.
Aunque en este segundo trabajo de campo no profundicé mucho en entrevistas, sí pude acercarme a las realidades de los estudiantes y ganarme su confianza, hecho que me abrió las puertas a la intimidad de muchos de ellos y a la posibilidad de cerrar brechas entre el investigador y el investigado, y a ocupar un lugar dentro del grupo de los estudiantes, como persona grata y de confianza. Trabajé arduamente en el proyecto de convivencia y organicé los comités y a los representantes de sede. Este fue un trabajo que me abrió las puertas a la vida de los estudiantes, a sus necesidades reales, a sus sueños y frustraciones en el proyecto Utopía:
19 de enero de 2011, 5:00 a.m. Me encontraba con un estudiante para dialogar sobre la reunión que tendrá el jueves con los profesores y el hermano. Mientras recogíamos ahuyamas, fuimos dialogando de lo importante que es representar a los compañeros, de lo político de su cargo, del cuidado que se debe tener de no exponerse a persecuciones, de escuchar a los compañeros, y de hablar con las instancias que toman decisiones y tener participación en ellas. Le recordé al estudiante el reglamento de la universidad, en el cual las peticiones se deben hacer por escrito; hablamos de lo importante que es tener contacto con la sede de Bogotá, con sus representantes. Me comprometí a buscarlos y a darles su número.
En mayo de 2011 ingresó un nuevo grupo de estudiantes, y de esta manera el proyecto llegó a tener cien jóvenes (454 de la primera cohorte y 55 de la segunda5), 20 mujeres y 80 hombres, entre 18 y 25 años de edad. De julio a diciembre de 2011 viví dentro del campus universitario mientras desarrollaba mi trabajo de campo: participé en las actividades cotidianas de los estudiantes y trabajé en el proyecto desarrollando la cátedra de Cultura y sociedad y en el acompañamiento del sistema de convivencia. Fueron cinco meses de trabajo permanente con Juandro, Cubi y Andy, en los que organizamos un horario semanal para hacer las entrevistas (un espacio de dos horas, los martes, jueves y sábados). De igual manera, fue un tiempo en el que aproveché cualquier espacio para compartir con los jóvenes: con Andy, en las largas conversaciones en el comedor; con Juandro, en las jornadas de trabajo en los cultivos, y con Cubi, en las múltiples invitaciones a compartir momentos significativos de su vida (con su familia, con su novia, en el estudio, en el deporte, etc.). Igualmente, la inmersión en el campo coincidió con dos espacios de vacaciones de los estudiantes, donde pude acompañarlos a sus regiones: en agosto viajé a Arauca, donde vive la familia de Andy y a Carupana, en Casanare junto a Cubi. En diciembre viajé con Juandro a Betania, Caquetá.
El tiempo vivido dentro del campus junto con las experiencias cercanas a los estudiantes facilitaron el rapport que me llevó a profundidades no solo en la vida de los jóvenes, sino en la implementación del proyecto Utopía en su primera fase; descubrí un proyecto con múltiples matices, con variantes no conocidas y con realidades que solo los que permanecen un tiempo prolongado dentro del campus pueden descubrir. Del mismo modo, el trabajo de campo profundo, descrito en los diarios de campo y entrevistas realizadas, abrió el camino metodológico y conceptual de la investigación.
Relatos de vida y diarios de campo: un aporte desde la subjetividad a la investigación social
La investigación tiene un fuerte énfasis cualitativo, específicamente en la construcción de relatos de vida, porque son considerados como fuentes multidimensionales que hablan de una experiencia que sobrepasa al sujeto que relata. Como evocación, transmiten la dimensión subjetiva e interpretativa del sujeto y como reflexión, contienen el análisis sobre la experiencia vivida (Lulle, 1998, p. 84). En este sentido, se usaron los relatos de vida por cuanto son expresiones subjetivas únicas, que resultan de la forma como el sujeto define culturalmente su mundo y de este modo arrojan información sobre la visión que este sujeto tiene de sí mismo, sobre su situación en la vida y la versión del mundo que este tiene en su momento particular (Jimeno, 2006, p. 39).
Un ejemplo de esta subjetividad del relato, que se proyecta sobre el mundo social, se vivió con Juan Alejandro, porque su participación en el proyecto investigativo surgió de una necesidad personal y de una situación delicada respecto a su relación con grupos armados al margen de la ley:
11 de julio de 2011. En la tarde se me acercó Juandro, para que dialogáramos un momento, y me comentó que estaban preguntando sobre su relación con grupos al margen de la ley. Porque según escuchó, un profesor “sí sabe dónde pone la tórtola”. A Juandro le preocupa que salga del proyecto por ser cercano a los “muchachos”; me confesó que él sí es un poco cercano, pero solo como “razonero”, ya que en Betania a todos les toca esa labor. Quedamos en hablar el jueves para iniciar su relato de vida, yo quedé en colaborarle y en hacer visible su historia con dos propósitos: aclarar su situación frente a los “muchachos” y dejar memoria de una relación demarcada por la cotidianidad de la violencia en su tierra.
Como uno de los objetivos de esta investigación es interpretar las representaciones del conflicto armado en los jóvenes de Utopía, se hizo uso de la herramienta de los relatos de vida, por cuanto contienen informaciones, evocaciones y reflexiones que sintetizan la singularidad del sujeto, sus interpretaciones e intereses, y permiten la interacción entre investigador y colaborador. Este tipo de trabajo de campo es llamativo como elemento de recolección de información, porque posibilita el hacer de esta una referencia objetiva y afectiva que trasciende al sujeto y transmite informaciones sobre lo social (Jimeno, 2006, p. 49). Por ello, fue posible construir una interacción, emocional e íntima, que afectó directamente la comunicación entre sujeto e investigador y la interpretación. Estas relaciones incluyeron tres dimensiones: los textos (entendidos como las prácticas culturales en tiempo y lugar específico), las interacciones (las comunicaciones y sus participantes) y el compromiso emocional (asistencia y nivel emocional) (Abadía, 2006, p. 81). En este trabajo investigativo, el texto que relaciona las tres historias de vida es la experiencia del conflicto armado y los significados que cada joven construye del mismo; las interacciones se enmarcan en la relación docente-estudiante dentro del campus universitario, y cómo esa relación se va transformando poco a poco con cada sujeto de manera particular; y el compromiso emocional, generado a partir de las interacciones afectivas que fueron dándose paso a través del tiempo de inmersión en el campo.
Esa interacción con los estudiantes llevó a situaciones a veces confusas, pero que permitieron el acercamiento de manera profunda a las identidades de los sujetos investigados; es el caso de Edison Cubillos, con quien hubo momentos en los que no era posible reconocer qué tipo de relación se estaba construyendo:
18 de agosto de 2011. En la tarde nos montamos al tanque de la escuela […] miramos todo Carupa, fue un momento significativo en la investigación. Hoy con Cubi empezó mi gusto fuerte por el Llano, por sus identidades, por sus costumbres, por sus personajes. Él me sembró la extrañeza de la amistad con alguien, y la confusión con mi rol de docente en la universidad. ¡Ya empiezo a cuestionarme!
En este punto aparece una contradicción, porque mientras con Cubi la cercanía en el método ayudaba a encontrar la profundidad del relato, con Andy la reacción era inversa, pues la relación se hacía con el paso del tiempo más distante:
21 de agosto de 2011. Mientras con Andy lo cotidiano era como programado, con Cubi la relación era de afecto, de cercanía, de “parcería”; tanto que en un momento le solté la cámara y él fue quien decidió qué y cómo registrar. Igualmente pasó con el diario de campo para que registrara algunos refranes y pensamientos. Mientras Andy me presentaba como el profe que llega para hacer una investigación, a entrevistar y a escribir sobre la vida de los demás, Cubi me presentaba como el “parcero”: por ejemplo, las personas se nos hacían alrededor en el juego de tejo, y apostaban por alguno de los dos.
6 de septiembre de 2011. Andy sigue construyendo su historia con los medios de comunicación; en esta oportunidad el canal Caracol lo está entrevistando y haciendo un filme para presentarlo la próxima semana.
Los relatos de vida como metodología desarrollaron variadas dimensiones y consecuencias sociales, pues su uso en este tipo de investigación responde a necesidades concretas. Por un lado, a tener en cuenta la invisibilidad de la vida cotidiana, pues lo cotidiano a menudo se escapa porque nos es familiar y presenta contradicciones que son difíciles de enfrentar; por otro lado, a comprender situaciones particulares a través de documentaciones basadas sobre detalles concretos de la práctica (Lulle et al., 1998, p. 307). De allí que en la investigación lo analítico y lo afectivo se entrelacen, enriquezcan los resultados y creen dilemas. Mucha de la información encontrada no pudo ser registrada en los relatos, por salvaguardar la intimidad del estudiante o por la seguridad del mismo y su continuidad en el proyecto de la universidad.
16 de agosto de 2011. 6:00 a.m. Me desperté con el cacarear de las gallinas, con el ruido de los niños y con el dolor en el pecho que sentí toda la noche por haber decidido viajar a la vereda Antillas6 a llevar un encargo. Lo pensé toda la noche para ir… Los comentarios sobre el riesgo del viaje y de las imágenes de soldados requisando la maleta. A pesar de todo esto, me alisté y salimos en la moto rumbo a Antillas. Un dolorcito en el estómago me acompañaba todo el viaje, y un sentimiento de culpa y de temor que no me dejaban hablar tranquilamente.
En el trabajo etnográfico se quiso conservar la narrativa de las personas con quienes se dialogó, pues era indispensable el respeto absoluto por el lenguaje de la gente. Ese lenguaje, esa riqueza, ese colorido, era superior a la carga teórica de cualquier escrito; era más rico e iba más directamente al centro de los problemas, de la vida y de la historia (Lulle, 1998, p. 42). En otras palabras, se utilizó el lenguaje de la gente, el lenguaje directo como gran instrumento de análisis (Lulle, 1998, p. 104). El objetivo de dicha distinción fue obtener una visión del conflicto desde adentro, contada en las propias palabras de jóvenes que pertenecen a una cultura específica, con el ánimo de rescatar el valor subjetivo asociado a los eventos relatados (Jimeno, 2006, p. 36).
Esta intención no fue muy desarrollada, o al menos no tan profundamente como se habría querido, por los incontables problemas que se presentaron para registrar los encuentros más relevantes, ya que los diálogos más profundos se daban en una cafetería, en una moto, o en un largo trayecto en canoa por el río. Además, porque fui yo el sujeto constructor e hilador de las historias contadas en diversos escenarios:
21 de septiembre de 2011. Me molesta mucho no alcanzar nunca a grabar, ni a escribir en notas […] Cubi es tan espontáneo que no da tiempo de nada, y solo me quedo con la memoria y el sentimiento del llano a flor de piel. Nos sentamos en las mecedoras, donde le gusta mucho estar, y después de la tormenta empieza con unas historias realmente fascinantes, que me hacen respirar sabana nuevamente. Por ejemplo, los relatos sobre sus primeros amores, o sobre las jornadas de robo de ganado; las travesías llano adentro […], los juegos entre sus amigos, etc.
Otro ejemplo de la dificultad para registrar y ser fiel al lenguaje de los estudiantes es el siguiente: “11 de octubre de 2011. No entiendo mi diario de campo, pues Juandro siempre llega en el momento menos pensado, y no tengo ni grabadora, ni diario, ni elementos de registro […] entonces, corro y en cualquier hoja me toca improvisar”.
También surgió otro interés al emplear esta metodología, pues las narrativas se constituyeron en una fuente de análisis rica, al crear una temporalidad más profunda que el recuento de eventos sucesivos. Los relatos de los estudiantes sobre su vida diaria o su experiencia desarrollaron perspectivas mayores sobre el significado que tiene su vida para las personas y para ellos mismos, en la medida en que evitaron caer en la generalización y el esquematismo, y conservaron toda la tensión y el suspenso de su percepción individual (Jimeno, 2006, p. 39). Esas tensiones y suspensos se dieron explícitamente durante el trabajo de campo fuera de la universidad, en cada una de las regiones de origen de los estudiantes. Las realidades y relaciones cambiaban y afloraban sus intimidades, sus puntos de vista más profundos, sus sentimientos encontrados y sus misterios guardados.
En el caso particular de Juan, está lo siguiente:
15 de diciembre de 2011. Los claroscuros de Juandro me permiten reconocer una historia pasada por momentos difíciles…, como los cuatro años de encierro, de no comunicación, de soledad, de los cuales salió solo por indicaciones de ‘los guerros’.
O con Cubi:
25 de noviembre de 2011. Anécdotas personales: el perro que le mordió la cara; las novias en Tauramena, sus encuentros íntimos; sus amigos de andanzas. Las mujeres de su vida: Julieth, una mujer mayor. El internado en Carupa, las fiestas, los amores y desamores con Sandra (su mejor amiga). Y todo lo oculto que hay allí.
En esta misma dirección, a través del trabajo investigativo se pudo comprender que los relatos de vida también permiten ver omisiones, reinterpretaciones, desplazamiento de sucesos, la dramatización de ciertos incidentes y el silencio de otros (Jimeno, 2006, p. 39), así como aprender a otorgarle atención a lo dicho, pero también a lo que se suprime, a lo implícito, a lo que se da por sentado y finalmente a las expresiones más espontáneas del discurso: “9 de octubre de 2011. Cubi puede ser un buen relato, pero me faltan en este los imponderables, su amistad, su cercanía, su postura, sus intenciones ocultas, sus miradas, sus silencios”.
Uno de los objetivos implícitos al usar esta metodología fue abrirle camino a la investigación subjetiva a través de los relatos de vida, limitando el campo de acción puramente objetivo para ir buscando campos más emocionales de trabajo. La metodología permitió reivindicar una estructura emocional en su conjunto, y colocó así en primer plano los sentimientos de la gente, y buscó entre sus colores y no entre el plano frío de la elaboración intelectual, puramente teórica, las representaciones propias que sirven para la investigación (Jimeno, 2006, p. 43). Este objetivo se logró de maneras distintas en los tres relatos, pues cada sujeto de investigación abría un camino diferente para adentrarse en su vida, en sus historias y en su intimidad.
25 de noviembre de 2011. Juandro: sigue el acompañamiento con Teresa, a nivel médico. Tiene una situación médica muy delicada…, espero ser prudente y ayudarlo antes de que haga pactos con el más allá. Me preocupa su estado de ánimo, espero que en Bogotá pueda ir a la cita médica y empezar el tratamiento. No sé cómo iniciar la vida de Juandro, hay unas etapas tan difíciles, tan conmovedoras, tan oscuras, que no sé cómo trabajarlas […], me hundo en la desolación de esta historia, en sus silencios, en sus secretos, en sus dolores, sus sueños, sus distinciones, su manera de ver la vida. Es tan distinta y tan frustrante… Me siento totalmente involucrado.
4 de octubre de 2011. Me preocupan Andy y Lida, luego de que salieran en el noticiero Caracol diciendo lo de su relación con la violencia y los grupos al margen de la ley, y al saber que pueden correr riesgo sus familias. Intenté hablar con Andy sobre el tema, pero esquivó la situación, como si no fuera importante. Eso me ha quitado el sueño.
En síntesis, se busca dejar constancia de lo importante que ha sido para la experiencia emplear la metodología de los relatos de vida. Primero, porque despertó en mí el interés lejano por la investigación etnográfica. Segundo, porque realmente la cercanía con los sujetos de investigación, el compartir sus cotidianidades, la escucha permanente de sus historias, el registro de los diarios de campo (tarea que exige disciplina, constancia y paciencia) y la redacción de los relatos de vida constituyeron una tarea épica en mi vida personal y profesional. Encierro todos los sentimientos experimentados en esta metodología con el siguiente texto de los diarios:
16 de diciembre de 2011. Fue un viaje maravilloso que me permitió reconocer las falencias y las maravillas del trabajo etnográfico. Logré una profundidad con los entrevistados, una complicidad, una intimidad que no debo omitir en mis informes finales. No tengo ni idea de cómo voy a escribir esta historia de vida.
El trabajo etnográfico: una experiencia de frontera
La antropología no es sólo una ciencia,
es también un estado de ánimo.
M. Delgado
El trabajo etnográfico —observar, registrar y analizar— se constituyó en el centro de mi experiencia antropológica a través del encuentro humano, del contacto cara a cara durante un largo tiempo con los estudiantes de la Universidad de La Salle. Este contacto cotidiano facilitó el rapport que aumentó las posibilidades de encontrar las expresiones más íntimas de la vida de los sujetos de investigación (Geertz y Clifford, 2003, p. 125). Aunque la estadía durante cinco meses en el campus universitario facilitó en gran medida el trabajo de investigación, fueron los viajes que realicé a los lugares de origen con los estudiantes los que ampliaron y profundizaron la investigación. Viajes que fueron concertados con los sujetos de estudio, teniendo en cuenta la disponibilidad de tiempo y de dinero. Con Andy y Cubi se planearon los viajes a sus regiones en las vacaciones de agosto de 2011 (10 días de viaje entre Pueblo Viejo y Carupa). Con Juandro el viaje se posponía, incluso llegué a pensar que no deseaba que viajara; de todas maneras, en las vacaciones de diciembre de 2011, pisé nuevamente las tierras del Caguán.
15 de diciembre de 2011. Los paisajes del Caquetá me recuerdan las historias de caminos y de carreteras. Sus llanos semimontañosos, sus verdes únicos, su olor a paraíso y la nostalgia de los amores imposibles…, junto a la inquietud de la violencia, del encuentro con guerrilleros, de militares por la vía, de temores, de bombas, de tomas; eso es el Caguán para mí.
Poco a poco el encuentro con la realidad de las regiones de donde provenían los estudiantes y el contacto permanente con ellos develaron el derrotero del proceso de investigación etnográfico, al tiempo que permitieron encontrar inconsistencias y rupturas importantes en los relatos. En esta investigación las rupturas se definían mediante las diversas apreciaciones sobre los grupos armados en la vida personal y regional:
10 de agosto de 2011. Hoy, tanto en el desayuno como en la cena, algunos de los estudiantes de Tame me han dicho que tenga mucho cuidado, que si al fin voy a viajar a Pueblo Nuevo, donde Andy, pues Tame está muy “caliente” y hay enfrentamientos; incluso, la zona de Pueblo Nuevo es zona roja. Usted pasa una cerca y tiene al ELN, al otro lado a las FARC, y por todas partes los a “paracos”. Tenga mucho cuidado. Las miradas de sorpresa y de temor de los estudiantes me han hecho pensar un poco lo de viajar hasta Pueblo Nuevo, o solo quedarme en Tame. De todas maneras, Andy se me acercó en la noche y me animó a viajar juntos. Que ya tiene la moto, que nos va a llevar hasta su vereda, y que su familia me está esperando.
Esas diferentes rupturas se fueron volviendo coherentes solo dentro del trabajo de campo, donde pude identificar una real cotidianidad del conflicto armado en el diario vivir de las poblaciones visitadas:
15 de agosto de 2011. Andy comenta que la noche anterior hubo muerto en Tame, a las afueras, que parece ser un joven […], y Reynel (celador de la Villa Olímpica) le contesta: “Aquí lo que pasa es que uno pregunta por fulano y le responden: ¡A ese lo enterraron ayer!”
Conforme nos adentrábamos en la región los imponderables se iban haciendo más evidentes, y el tema del conflicto armado pasaba de ser una narrativa ajena y exterior, a ser parte de la intimidad de vida cotidiana:
15 de agosto 15 2011. El lunes en la mañana salimos para Pueblo Viejo en un taxi. Al pasar por Toyes, un caserío, me comentó Andy sobre el día que fueron a desyerbar el colegio de allí, y que se encontraron con una mina quiebra patas. Igualmente el comentario de que el caserío de Flor Naranja fue muy golpeado por la violencia. En San Francisco me preguntó que si había escuchado de la bomba que habían lanzado los de la Fuerza Aérea Colombiana (FAC) contra un grupo de civiles: hubo 17 muertos. Fue en ese caserío.
Ya en el corazón del viaje con Andy, se hizo evidente la presencia y el control de los grupos armados. Y es mediante la metodología del “estar allí” como percibí el fenómeno del conflicto con mayor claridad y encontré tácitamente la relación entre vida cotidiana y grupos al margen de la ley:
16 de agosto de 2011. Al entrar a la vereda La Pedrera se leen en las paredes de las casa y en vayas diferentes textos alusivos a la presencia de las FARC en la vereda: “Aunque el gobierno no lo asepté [sic], somos una oposición política en busca de un cambio social”, X frente de las FARC./“Camarada Manuel Marulanda Vélez, estamos cumpliendo”, X FARC./“Comandante Che Guevara, siempre vivo”, X frente FARC./En la entrada a la vereda las Filipinas encuentro un pendón a la entrada que dice: “Con Bolívar, por la paz y la soveranía [sic] nacional”, FARC-EP.
Uno de los aprendizajes más significativos fue en uno de los viajes, en el momento cuando sentimos la cercanía del conflicto—no como elemento de análisis sino como experiencia inmediata, no como teoría crítica, sino como aproximación subjetiva—que facilitó el conocimiento de la proximidad de la violencia desde adentro (Guber, 2004, p. 216):
17 de agosto de 2011. En la noche el sobrevuelo de los helicópteros despertó en mí sentimientos de miedo, de muerte, de reacción (meterme debajo de la cama, colocar la maleta encima para protegerme de posibles proyectiles). Esperar a que la tropa atravesara la calle, o entrara a la casa…, sin saber cómo reaccionar o cómo defenderme. Esos son sentimientos que hace rato me habían abandonado. Mientras tanto, Andy, muy tranquilo, me grita desde el cuarto contiguo: tranquilo profe, eso no pasa nada, uno se acostumbra.
Estar en los lugares de origen de los estudiantes permitió desarrollar en la investigación dos de los puntos clave para la elaboración de sus relatos de vida: la triangulación de la información (que se realizó con familiares y amigos) y el descubrimiento de lo imprevisible de la vida cotidiana:
12 de diciembre de 2011. Entre silencios, historias de robos, y de anécdotas, paisajes verdes, azules, cánticos, encunetadas y sacadas de barro, llegamos a la 1 p.m. del 11 de diciembre a Betania. Todo el pueblo nos mira, nos observa, murmuran […] se miran, se extrañan, no disimulan […], se siente una presión fuerte.
Imponderables también respecto a las convenciones que enmarcan la vida y la historia de sus habitantes:
12 de diciembre de 2011. Betania, un pueblo con historia guerrillera, cocalera, de calles destapadas, de casas de madera y zinc, de colores fuertes, de gente bebedora, de billares, cantinas, iglesias cristianas, caballos, niños jugando en los árboles, de puerto silencioso, de garceros de ensueño, del río grande, de los militares en sus calles, de marinos armados, de gnósticos arreglando bicicletas.
13 de diciembre de 2011. La noche bajo la lluvia se hace larga… En la madrugada, nos despertamos y al puerto…, a viajar tres horas maravillosas por el río Caguán, viendo los cultivos de coca, los platanales, las garzas en bandadas despertando al día; las águilas tomando los primeros rayos de sol…, y en medio de todo este paisaje, un diálogo inconcluso sobre la vida de Juandro.
Los imaginarios sobre las regiones y sobre las personas variaron en cada uno de los viajes realizados. Por ejemplo, el viaje que hice junto a Juan a la región del Caguán se vio marcado por una relación directa de este con los grupos guerrilleros:
16 de diciembre de 2011. A la salida de Cartagena del Chairá un cabo del Ejército le dice a Juandro: ¿qué pasa por allá en Betania? Él le responde que están solo los de la Marina, que va a Florencia a arreglar lo del servicio militar y que los jóvenes ya no se ven en el pueblo. El cabo le dice: ¡chino, es mejor pasar en el Ejército 18 meses, y no jubilarse en la guerrilla! Juandro no disimula su incomodidad.
Una de las grandes experiencias en este trabajo de campo tuvo como eje central la búsqueda de marcas de significado en cada una de las narrativas del conflicto armado elaboradas en los relatos de vida, las cuales solo fueron percibidas al revisar con detalle los diarios que hice durante mis recorridos con cada uno de los estudiantes. Es decir, fue en el trabajo de campo donde entendí que la etnografía no es ni subjetiva ni objetiva, sino interpretativa y media entre dos mundos (los jóvenes y la realidad del conflicto armado) a través de un tercero (el investigador):
16 de diciembre de 2011. El viaje: Bogotá-San Vicente del Caguán-Campo Hermoso-Puerto Betania-Cartagena del Chairá-Florencia-San Vicente del Caguán-Bogotá, fue una travesía esperada, anhelada, con sus más y sus menos… No pude grabar mucho, pero el compartir cotidiano me llevó a profundidades no esperadas.
El trabajo etnográfico: la inmersión en campo, la construcción de los relatos de vida, las entrevistas, la vivencia cotidiana, los viajes, las cercanías y divergencias con los estudiantes y la escritura de los diarios me llevaron a entender que todas estas metodologías y técnicas empleadas no eran solo medios de obtención de información, sino el proceso mismo de producción de conocimiento (Guber, 2004, p. 209). Así pues, no deseo cerrar este capítulo sin expresar lo que sentí el día que terminó mi inmersión en campo:
6 de diciembre de 2011. Acaba una de las experiencias más maravillosas y difíciles de mi vida…, no creí que fuera tan importante mi estadía en el campus junto a los universitarios. Ellos son la razón más fuerte para continuar el camino. No tengo palabras para agradecerles todo lo que han hecho por mí, por Utopía, por el grupo…, nada es igual a partir de este momento. Si se pudiera prolongar la experiencia o si pudiera volver en el tiempo, no cambiaría nada.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.