Kitabı oku: «La confusión del unicornio»
PACO MUÑOZ BOTAS
La Confusión del Unicornio
Diseño editorial: Éride, Diseño Gráfico
Cubierta y fotografía de cubierta: Marcell Bencosme Dirección editorial: ángel jiménez
Primera edición: noviembre, 2021
La confusión del unicornio
© Paco Muñoz Botas
© Éride ediciones, 2021
Espronceda, 5
28003 Madrid
éride ediciones
ISBN: 978-84-18848-49-0
Diseño y preimpresión: Éride, Diseño Gráfico Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO
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Éride ediciones

Paco Muñoz Botas, con Tizón
Paco Muñoz Botas nació en Madrid, coincidiendo su juventud con la famosa «Movida Madrileña». Hedonista y sibarita disfrutó de esa época como pocos, introduciéndose en los ambientes más alternativos del momento. Pero no es un desconocido para los amantes de la literatura. Años atrás sorprendió a más de uno con su incursión literaria en el mundo de la novela negra. La mafia rusa, la alta sociedad madrileña y mucha acción fueron los componentes de su novela «Que Trastos»; «The provocateur's payback» en Ingles. El libro tuvo una muy buena acogida, llegándose a publicar en inglés por una prestigiosa editorial neoyorquina. Fue portada en los escaparates de las librerías más renombradas de España, llegando a optar a algún premio. También se vendió por el mundo en distintas plataformas de e-book.
Estudió en Madrid, sin terminar, la carrera de periodismo; habiendo realizado artículos de opinión para diversas revistas «malditas».
También entró en el mundo de las finanzas de la mano de su padre, que como consejero de un poderoso banco, había insistido en que el hijo siguiera la tradición familiar. Paco empezó desde abajo a familiarizarse con las reglas y el espíritu de un mundo que le era tan ajeno y que le pareció tan complicado. No duró mucho, sus inquietudes le llevaron por otros derroteros, como el viajar. Conoce los cinco continentes, y en algún país tuvo serios problemas con la policía del sátrapa de turno. De vuelta en España, su espíritu refinado le hizo girarse hacia el mundo del arte. Completó la importante colección de Artes Decorativas comenzada por sus mayores, añadiendo obras de incalculable valor. Gran parte de estas piezas las cedió recientemente a un museo de Málaga, ciudad donde reside en la actualidad, y donde son visitadas por el público diariamente.
CAPÍTULO I. Desenfreno
Atravesaba el arco de Cuchilleros clavando sobre la acera el brillante charol de sus impecables zapatos John Lobb. Alto, delgado, con un cuerpo atlético y fibroso adquirido a lo largo de sus años como deportista aficionado, paseaba el esmoquin con una naturalidad tan innata que parecía que hubiera nacido con él.
Álvaro era más que guapo; un tipo interesante con un sex appeal evidente que le ayudaba a materializar todos sus deseos. Tan admirado como envidiado, se sabía centro de atención en las múltiples fiestas de sociedad a las que acudía requerido por la jet mas exclusiva. Dotado de un ingenio extraordinario, tan culto como provocador, era capaz de dejar epatados a todos los asistentes de cualquier reunión.
Había sido un aburrimiento, una noche más viendo las mismas caras y con las mismas estúpidas conversaciones.
—Álvaro, eres un snob —comentó, sin sopesar el riesgo, Alfonso Muñiz, un abogado de moda.
—Pues no, no lo soy. Y ni siquiera sabes lo que estás diciendo. ¿Qué es para ti un snob?
—Los que imitan las maneras de los ricos y los nobles.
—Pues verás, querido Alfonso —se levantó y giró sobre sí—, lo que ves es puro y genuino, nada de imitaciones. Elegante o vulgar, bueno o malo; es lo que hay —contestó con un rictus de ironía que presagiaba que la cosa no quedaría ahí.
Por cierto —continuó—. Por si no lo sabes, la palabra snob procede de una frase latina, sine nobilitate, que se ponía en las tarjetas de los burgueses con la intención de indicar su falta de título o sangre nobiliaria.
—Caray, Álvaro, pues no lo sabía...
—Por supuesto que no lo sabías. Como tampoco sabes que el Cartier que llevas es completamente falso —le provocó, aburrido.
—No puede ser. Me lo regaló mi mujer.
—Es falso, Alfonso, pero da igual. ¿Acaso es importante la marca del reloj? Mira, yo uso un Swatch.
Estaba ocurriendo una vez más; era el centro de atención, casi a su pesar.
Pretendió dejarlo ahí, pero alguien ya veía la ocasión de vengar una afrenta pretérita.
—Que alguien busque una lupa, por favor —pidió casi a gritos Miguelito López de Teva, el condesito más cursi de todo Madrid.
—¿Una lupa? —preguntó Alfonso preocupado, ya no tan seguro de la autenticidad de su Cartier.
—¿Te atreves, o no, a que Álvaro compruebe ante todos los presentes la autenticidad de tu Cartier? —se regodeaba Miguelito.
—Vamos a dejarlo, chicos —propuso Álvaro, conciliador.
—Que no, que no, veamos ese regalazo que le han hecho a Alfonso —dijo Miguel.
Alfonso dudó, pero terminó poniendo su reloj sobre la mesa. Miguel lo cogió con avidez.
Era una situación incómoda, nadie pronunciaba palabra.
—Esa lupa, por favor...
Miguel cogió el reloj de Alfonso, acercándolo a la lupa. Le bastaron unos segundos; parecía estar detectando la pureza de un diamante.
—Efectivamente, es falso —sentenció.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo sé, como lo sabe todo el mundo que entienda de relojes, ¿a que sí, Álvaro? Son cosas que saltan a la vista. ¡Qué horterada, un Cartier falso!
—¡Basta, Miguel, se acabó! —exclamó Álvaro, harto de la escena que se le había ido de las manos.
Pero Miguel López de Teva no estaba por la labor. Había sido ridiculizado por la mujer de Alfonso tiempo atrás, y ahora tenía la oportunidad de tomarse la revancha. Una venganza «colateral».
—El Cartier, por si no lo sabes, Alfonso, tiene números romanos.
Exactamente en el VII, en la segunda barra, debe leerse la palabra Cartier. A simple vista es imperceptible, por la menudez de las letras; pero con una lupa se comprueba en el acto. Y en tu reloj, Alfonso, la palabra Cartier no aparece por ningún sitio. Es una mera imitación, puede que comprada en cualquier país de los Emiratos. Te lo digo por si te tranquiliza el hecho de que no es mantero —sonrió maliciosamente.
Alfonso cogió la lupa con rabia, paseándola obsesivamente alrededor del número VII. Buscó y rebuscó la marca escondida, pero no aparecía.
Se sintió tan incómodo que desapareció en busca de una copa.
Miguelín, triunfante, se pavoneaba como un pavo real.
—Alfonso y su mujer son unos paletos, no sé quién los ha invitado a esta fiesta.
—Pues los dueños de la casa, Miguelín. Justamente Pablo y Teresa, a los que has puesto en evidencia con tu trato al pobre Alfonso —respondió molesto Álvaro.
—Tú has empezado, con toda esa lección sobre lo snob y lo no snob...
—Mira, mejor te callas, que me tienes harto... Tú sí que eres un paleto y te aguantamos en cada reunión con estoicismo espartano...
—Sabes qué te digo...
—Miguelín, ¡calla!, ¿o quieres una guerra dialéctica donde el ingenio y el sarcasmo desenfunden sus espadas? —Al decir esto, Álvaro sintió una ligera erección. Miguel López de Teva optó por callar.
—Bueno, yo me retiro, que aún tengo cosas que hacer —se había despedido Álvaro con un gesto—, dejándoles tan fascinados como de costumbre.
Siguiendo su camino por la calle Mayor hacia uno de sus garitos favoritos, vislumbró a una pareja de enamorados besándose apasionadamente al amparo de un portal. Era primavera, hacía buen tiempo y el joven don Juan lucía una insultante lozanía. Álvaro sacó un cigarrillo avanzando hacia ellos con paso firme. Fue directo al chico, interrumpiendo con descaro la morbosa escena.
—Perdona, ¿tienes fuego?
—Sí, claro...
—¡Menuda pareja! Os auguro una noche fantástica... Te felicito, guapa, menudo maromo te has agenciado, Qué músculos tienes, tío...
¡Makinote! —exclamó bien alto desapareciendo en la oscuridad.
Acababa de interrumpir un beso y probablemente algo más. La mujer le había mirado con desdén; y el tipo, guapísimo, de pronto se sintió mucho más importante.
Siguió avanzando con paso resuelto hacia su destino. Al llegar saludó al portero del local, un fornido chico de la Europa del Este, y ya estaba adentrándose en el famoso y sórdido local de ambiente gay, cuando tropezó con un camarero nuevo para él.
—Anda, ponme un Chivas en la barra, guapetón.
—Ahora mismo, señor.
—Ja, ja, ja... Menuda formalidad, debe ser el esmoquin. Trátame de tú, hombre, que seremos casi de la misma edad. Yo tengo treinta y cinco, ¿y tú?
—Veinticuatro.
—Criaturita.
Instalado en la barra principal, captó las miradas de la poca gente que un día de diario deambulaba por la sala. Eran cerca de las tres de la madrugada y estaban a punto de cerrar. Se encontraba en la discoteca
«El Laberinto del Unicornio», conocida en todo el mundo gay por disponer del cuarto oscuro más grande de toda Europa.
—Te invitamos a una copa —le propusieron una pareja de leathers, vestidos de cuero de arriba abajo, con el pecho al descubierto y con piercings en los pezones.
—No, muchas gracias —contestó tras una mirada fugaz, atento al joven camarero.
La pareja le observó con desprecio, como diciendo «tú te lo pierdes», y desapareció entre la oscuridad del laberíntico espacio.
—¿Cómo te llamas? —preguntó al chico que venía con su bebida.
—Antonio, ¿y tú?
—Yo, Jose —mintió.
—Mucho gusto...
—El gusto es mío, y más que vamos a tener, guapito de cara —le soltó al chico, que más que guapo era atlético—. Menudos músculos te gastas, se ve que entrenas fuerte.
—Sí, es mi pasión, me paso todo el tiempo libre en el gimnasio.
—Ya lo veo, ya... —y se quitó la chaqueta del esmoquin que dejó sobre la barra.
—Mira lo que tengo para ti —se le insinuó al tiempo que se desabrochaba la camisa y dejaba al descubierto unos pectorales bien definidos.
—¡Joder!, sí que estás fuerte, no lo parecía.
—Sorpresas nos da la vida, la vida nos da sorpresas —empezó a canturrear, mientras saltaba ágilmente al otro lado de la barra.
—¿Pero qué haces? Sal de aquí, me la puedo cargar.
—No te preocupes, que conozco al dueño. Mira el regalito que tengo para ti —le provocó agarrándole la mano y llevándosela hacia su bragueta.
—Estás loco...
—Sí, y más que lo vas a estar tú. Anda, toca... Enorme, ¿verdad?...
Anda, vamos a jugar un rato. ¿Te vas a perder esto?
El chico estaba azorado, indeciso; le miraba con confusión al tiempo que se le acercaba y le huía, le huía y se le acercaba. Álvaro le mantuvo la mano pegada a su bragueta, casi a la fuerza, sin contemplaciones.
Dos enormes drags pasaron a su lado; se retiraban abandonando el local después de haber ofrecido su espectáculo de cada noche.
—Vamos al cuarto oscuro —dijo Álvaro al camarero, al que sacó casi a empujones de la barra. Antonio accedió y se adentraron a oscuras en el enorme espacio casi vacío. Empezaron rozándose con furia, los alientos mezclados al alimón y los jadeos interrumpiendo el silencio.
Álvaro lo tenía todo preparado, como siempre, muy profesional. No se detuvo en prolegómenos ni en juegos iniciales. Se gustaban y se notaba, entregados ambos a satisfacer sus apetitos.
—Vamos, baja, baja...
—Pero después bajas tú.
—Que bajes te he dicho. ¡Ahora!
Y el joven camarero obedecía como un alumno aventajado. Ni siquiera se escuchó el ruido de la cremallera. Álvaro se palpó el bolsillo de atrás del pantalón, por si las moscas. El tacto del bulto le reconfortó. No sería difícil, solo había que mantener la calma... y disfrutar...
—Bien, así, sigue, sigue...
Los jadeos de las cabinas contiguas confundirían cualquier tipo de grito.
Además, había más gente de la que supuso. ¡Guarros! Algunos parecían tomar el gigantesco cuarto oscuro como domicilio habitual.
Sentía la lengua del camarero recorrer su sexo, se iba acercando lo inevitable, no podría contenerse. La llevaba doblada en el bolsillo, sí, y la palpó de nuevo para estar seguro. Quieta. Fría. Colocó sus manos sobre la cabeza del camarero, apretándolo hacia sí en efecto vaivén. Le agarró enérgicamente de la nuca buscando el punto perfecto, inspeccionando cada vértebra para elegir el hueco perfecto.
—Más. Sigue, sigue... hasta que yo te diga.
Cerró los ojos, perdido en su propio paraíso, a punto de correrse. Era el momento justo. Buscó la navaja con su mano izquierda mientras continuaba presionando la nuca con la derecha; y al borde del orgasmo más animal que recordara, calculó hasta el segundo para clavar la navaja con saña, una sola vez, lo justo para destrozarle todo el sistema nervioso. No hubo gritos. Solo un jadeo ronco que quedó confundido con los demás suspiros, los de los otros, los vivos, mientras su camarero muerto era despegado del pene con una habilidad maestra, para eyacular en su cara. Cogió su elegante pañuelo de bolsillo para limpiarse las manos, y dobló la hoja del arma para guardarla otra vez.
Solo en ese momento percibió el olor denso de una sangre que no le produjo ninguna sensación. Le dejó tirado en el suelo. Con la oscuridad y el hedor circundante, si alguien le viera, pensaría que estaba borracho.
—Ha sido un placer —farfulló—. Ahora, descansa.
Salió del cuarto oscuro con la sensación más plena que recordaba. Se entretuvo en la barra, de donde recogió la chaqueta del esmoquin, y apuró el resto de su copa. Le pagó la consumición a un nuevo camarero.
—Hasta la próxima —dijo, guiñando un ojo—. Y sonreía.
CAPÍTULO II. Álvaro
Álvaro Pérez-Bolín era un hombre afortunado. Además de una poderosa personalidad y seguridad en sí mismo, había heredado de su padre la mayoría de las acciones del imperio familiar. La banca Reinosa era la joya de la corona; un banco mediano pero muy saneado, cotizado por otras entidades financieras de más categoría que veían en él la forma de equilibrar sus cuentas de resultados. La educación de Álvaro había seguido la tradición familiar, y tras pasar la infancia y adolescencia en un rígido internado navarro con veranos en Inglaterra, se había graduado Cum Laude en la escuela de negocios de la Universidad de Harvard. Con veintiocho años, a la muerte de su padre, tuvo que tomar las riendas del banco, al que había aupado a los primeros puestos del ranking de productividad.
Esa mañana, tras la agitada noche anterior, se había despertado como si tal cosa, sin ningún sentimiento de culpa. Meditó unos instantes entre la ducha habitual o bajar al jardín y espabilarse en la piscina. La primavera se instalaba sobre Madrid y optó por esto último, bajando los escalones de dos en dos. Cuando se acercaba a la puerta exterior, oyó la modulada voz de su madre.
—Vamos, Álvaro, que llevo un rato esperándote. Siempre llegas tarde, eres imposible. ¿Estás loco, te vas a bañar?
—No tardo nada mamá, ya estoy contigo. Tras un rápido chapuzón, se secó con intensidad, casi con violencia, y se sentó en el comedor de diario a desayunar.
—¿Dónde te metes? No hay manera de que cenes un día en casa —le inquirió la madre.
—Mira quien habla, la señora más solicitada de todo Madrid... Sobre todo, por los más bizarros golfos muertos de hambre... —comentó irónico, divertido, sin mala intención.
—Anda, anda.... Qué más quisiera yo. Tu madre está completamente demodé...
—Yaaaaa, claro.
Carlota, su madre, acostumbrada a las provocaciones del hijo adorado, le escuchaba halagada. Había enviudado joven y era muy hermosa, incluso recién levantada y sin maquillar. Conservaba la lozanía de la juventud a pesar del paso del tiempo y una dignidad propia de su clase. Retocada con acierto por los mejores cirujanos, era la anfitriona perfecta, nunca se la pillaba en un renuncio. No mostraba sus emociones, ni perdía la compostura ante situación alguna, por complicada que fuera. Tras la muerte del marido, jamás volvió a pronunciar la palabra «papá». Se refería a él como «mi marido» o «tu padre», siempre por separado, como si a ambos dos les fuera ajeno el concepto.
Madre e hijo formaban una familia independiente, aunque muy bien avenida, que vivía en un palacete de la calle Serrano de Madrid donde se mezclaba en la decoración el estilo clásico de toda la vida con los toques frívolos de la madre.
Álvaro no terminaba de independizarse. Al regreso de cada viaje por el mundo le resultaba muy cómodo el volver al conocido y confortable hogar; aunque empezaba a sentirse agobiado, anhelaba más libertad.
Compartían su residencia con dos perros galgo, Lula y Lulo, a los que habían librado del sacrificio recogiéndoles de la asociación protectora de animales «El Refugio», en la sierra de Madrid. Los animales, que habían sufrido vejaciones extremas, eran unos consentidos y señoreaban la casa a su capricho.
—¿Comerás en casa? —preguntó Carlota.
—No, ya sabes que tengo almuerzo con los franceses.
—¿Qué franceses?...
—Ay, mamá, estás en Babia, pasas de todo... Los que nos quieren comprar el banco, lo hemos discutido mil veces.
—Ahhh, sí, sí. Ya sabes que soy partidaria de venderlo.
—Pues, no, ni hablar. Mucho tendría que pagar ese francés...
—Insisto, hijo, creo recordar que era una buena oferta y nos vendría muy bien dinero cash.
—¡Mamá, por dios, no me vengas con esas!, te paso todos los meses más que suficiente... una pequeña fortuna.
—Pues no me llega para nada...
—Claro, con ese macarra que mantienes...
—¡Álvaro!, que cosas dices... no te consiento...
—¡Mamá!...
—Y de macarra, nada, es un señor; y se llama José.
—Muy señor, sí, un auténtico caballero.... Que vive a tu costa. Además, me da igual, es cosa tuya; pero lo de vender el banco de papá y del abuelo... En serio, creo que no.
—Pues yo me quiero comprar un ático en Nueva York, estoy harta de ver siempre las mismas caras.
—Bueno, ya veremos, pero no te hagas ilusiones. El banco va muy bien y sus rentas son las que hacen que vivas a todo tren...
—Vende mis acciones...
—¿Qué acciones, mamá? Si no tienes nada. El titular de las acciones del banco soy yo, me las dejó todas papá. Ya se olería lo mucho que te importa a ti el banco de su familia.
—Pues vende mi finca de Extremadura, esa me la dejó a míííí, mi padre —subrayó ofendida.
—Pero si no vale nada... y pertenece a una sociedad, es más complicado de lo que crees. Ten paciencia, veamos que pasa con el francés.
Carlota se levantó con un mohín y salió de la estancia con fingida indignación.
—No me esperes a cenar. Pasaré la tarde en «Puerta de Acero» jugando a las cartas. Y cenaré por ahí.
—Que te diviertas —contestó Álvaro, levantándose también—. Me voy al banco.
Tras afeitarse, ducharse y arreglarse con esmero, Álvaro partió hacia el trabajo en el Bentley que conducía Jesús, su chofer y guardaespaldas.
En el banco era reverenciado; sobre todo por el recuerdo que su padre había dejado en cuantos le trataron. Un señor, sí, con todas las letras.
Preocupado por todos y cada uno de sus empleados, para los que siempre tuvo una palabra amable; incluso se acordaba de sus nombres y de sus problemas. Había sido un ejemplo; también para su hijo.
Álvaro llegó tan amable y accesible como siempre. Tampoco a él le faltaba una sonrisa, y devolvía el saludo a todos los trabajadores.
Trataba con la misma cordialidad al botones que a un miembro del Consejo, y eso le hacía ser admirado por el personal.
—Buenos días, don Álvaro
—Caramba, Óscar, esas ojeras te delatan. Menuda noche habrás pasado...
—No me quejo...
—Jaleo que no te das, en el cuerpo te lo quedas —parafraseó un dicho popular—. Que tengas un buen día. Por cierto, ¿cómo van esas oposiciones?
—Estudiando, don Álvaro, estudiando...
Ya en su despacho le dio el tiempo justo para recibir al jefe de seguridad, César de la Peña, que llevaba en el banco desde la época de su padre.
—César, quiero saberlo todo sobre Olivier Knepougel, el francés que quiere comprar el banco. Quién es su mujer, cuántas casas tiene, con cuántos bancos trabaja. Si tiene amantes, hijos ilegítimos, cualquier cosa. Pregunta en los casinos, en los burdeles...
—Don Álvaro, deme tiempo...
—No tenemos mucho —le interrumpió—. Me temo que pretenda cerrar un acuerdo esta misma semana. O me encuentras algo o tendré que poner el asunto en manos de una agencia de investigación privada. Seguro que él lo sabe todo de mí, juega con ventaja.
—Intentaré conseguirle algo para mañana —dijo Cesar sin mucha convicción.
—Confío en ti, no me falles. Ahora sal y que le hagan pasar, debe estar esperando.
Olivier Knepougel era un millonario francés de dudosa reputación que pretendía comprar más de la mitad de las acciones del banco a un precio desorbitado, para así hacerse con el control de la entidad. Una OPA, ni más ni menos. Álvaro no estaba seguro de la verdadera posición económica de Knepougel. Pensaba que probablemente no se trataba de su propio patrimonio, que no tendría tanto, que podía ser un farol avalado con préstamos de terceros.
Hizo acto de presencia como una estrella de cine. Bien vestido, con un traje a medida tras el que Álvaro adivinaba un robusto y trabajado cuerpo, sobre la cuarentena.
—Buenos días —se levantó con la mano por delante el anfitrión.
—Buenos días, señor Pérez-Bolín. Parece que ha refrescado.
—No le recibimos muy bien, ¿eh? —sonrió Álvaro—. Pero tenga en cuenta que estamos en España; y Madrid, como yo, somos imprevisibles. En realidad, en la vida casi todo es cuestión de tiempo. ¿Le apetece una bebida?
—No gracias, lo siento. Lamentablemente, acabo de recibir una llamada urgente de París. Tengo una videoconferencia en media hora.
Discúlpeme, ha sido algo imprevisto —se excusó, al tiempo que observaba detenidamente a su anfitrión.
—La verdad es que lo prefiero, no he podido estudiar con detalle su oferta. Regresé antes de ayer de Dubái, un asunto de jeques, ya sabe...
Ahora el dinero ha cambiado de manos... Por cierto, las suyas son enormes, ¿me deja verlas?
Sin esperar respuesta, Álvaro cogió entre las suyas una gigantesca mano callosa y cuidada al tiempo. La retuvo lo suficiente para notar la turbación y el jadeo que experimentó el visitante.
—Usted es deportista —le espetó, sin darle tiempo a pensar—. Digo más, usted es, o ha sido, luchador. Y de los buenos. Un rival temible en el cuadrilátero...
Álvaro sufrió una erección. Echó de menos su navaja; podría habérsela clavado ahí mismo, deseaba hacerlo.
—Sí, es cierto. ¿Cómo lo sabe?
—No hay más que verle...
Y le agarró del brazo, acompañándole hasta la puerta.
—Si le parece podemos reunirnos mañana a la misma hora.
—De acuerdo —contestó incómodo, el francés—. Señor Pérez, necesito su banco. No solo me represento a mí mismo, sino a una entidad filantrópica de ámbito internacional; también a un grupo importante, discreto, de Europa del Este.
—No le prometo nada, querido amigo.
Se estrecharon las manos. Fue un apretón fuerte, en el que Álvaro retuvo la mano del extranjero más de la cuenta. Y le miró fijamente. Y le sonrió.
El resto de la jornada transcurrió sin episodios importantes, en espera del día siguiente y pendiente de la reunión. Llegó a su casa y se metió en la ducha. Todavía con la toalla en la cintura, encendió la televisión.
«El cadáver de Antonio Sánchez Espeso, camarero de la discoteca conocida como “El Laberinto del Unicornio”, fue encontrado en la noche de ayer en el llamado cuarto oscuro de la sala. El lugar, de ambiente gay, cuenta con una gran afluencia de público. Se ignoran las causas del asesinato, que fue perpetrado con un objeto punzante sobre la nuca de la víctima. Antonio Sánchez tenía veinticuatro años y llevaba pocos meses trabajando en el local».
No le preocupó la noticia; ni le sorprendió la falta de pistas. Lo había hecho tan bien que nadie podría sospechar nada. Se tumbó sobre el sofá, siendo objeto de un ataque a lametazos por parte de Lula y Lulo.
CAPÍTULO III. Reunión y desunión
Al día siguiente, Álvaro se levantó con un inesperado dolor de cabeza que le sorprendió. Siempre había gozado de una excelente salud y no recordaba siquiera una enfermedad lo suficientemente larga para interrumpir su placentera existencia. Era un hombre sano y feliz. La buena de Gregoria, criada en la casa desde hacía años, apareció solícita y se dispuso a subir las persianas como cada mañana.
—Buenos días, señor. El desayuno está servido. Parece que va a llover...
Lula y Lulo irrumpieron de repente tan ruidosos como de costumbre, galopando en busca de su dueño, al que se abalanzaron, subiéndose a su cama. Gregoria protestó.
—Lo de estos perros es un desgobierno, viven mejor que todos nosotros y nadie les echa cuentas de nada.
—Bueno, bueno... mujer, que no es para tanto —dijo Álvaro apartando a la pareja—. Anda, dile a mi madre que ya bajo, y llévate los perros.
Se entretuvo en la cama repasando la agenda del día. Tenía la entrevista con el francés, y poco más. Sabía que la reunión no sería fácil; era evidente que el representante de ese supuesto grupo «importante y discreto» venía con una firme intención: quedarse con su banco.
Se duchó con la calma de costumbre pensando en Knepougel. No estaba dispuesto, así como así, a ceder a un recién llegado del que lo ignoraba todo la mayoría de sus acciones, por mucho dinero que tuviera. Abrió el enorme armario donde se encontraban colgadas todas sus corbatas, ordenadas por colores. Se inclinó por una en tonos burdeos, y se miró al espejo. Tenía el aspecto de un hombre de éxito, el rico banquero deseado por tantos y envidiado por el resto.
—Buenos días, mamá —saludó, mientras se sentaba a la mesa.
—Buenos días, Álvaro. ¿Cómo fue la reunión de ayer?
—Bien... un personaje curioso el francés. He de invitarle algún día, creo que te gustará... —soltó para intrigarla.
—¿Ahhh, si, no me digas? ¿Cómo es?
—Un tipo guapete, con buena facha.
—Ay, Álvaro, qué cosas tienes, siempre bromeando. Nunca hablas en serio. Pero no te vayas por las ramas, ¿habéis quedado en algo?
—Mamá, por dios... ¿Te crees que se compran y venden bancos de un día para otro? Pues no —siguió sin esperar respuesta—. Son negociaciones largas con tiras y aflojas. Pero te adelanto que me parece que de lo del ático en Nueva York, por ahora, nada de nada.
—Pues que sepas que quiero ese ático —enfatizó Carlota.
Acostumbrado a las excentricidades de su madre, se quedó pensando en sus palabras. Ella no se daría por vencida, estaba habituada a salirse con la suya, desde siempre. Era una mujer exquisita cuya inteligencia iba mucho más allá de lo que aparentaba; nunca estuvo a la sombra de su marido ni ejerció de florero. Iba mucho más allá en todos los sentidos.
—Hasta la noche, mamá —se levantó sin apenas probar bocado.
—Que tengas un buen día.
Álvaro decidió rechazar el coche que le esperaba en la puerta y cogió un taxi. Desde la noche anterior, en que vio la noticia en los informativos, había sentido la necesidad de visitar «El Laberinto del Unicornio». Aunque solo fuera un momento; tal vez acercarse hasta la puerta para atisbar el panorama, solo eso, por pura curiosidad. Al fin y al cabo, se trataba de su propio espectáculo.
Se apeó del taxi una manzana antes y emprendió el camino con paso firme.
La idea de volver al «Laberinto del Unicornio» le excitaba. Pasó por delante del Monasterio de las Descalzas Reales, donde se paró y contempló el viejo palacio del Emperador Carlos, reconvertido en convento por su hija, la bellísima Infanta doña Juana. Al acercarse al «lugar de los hechos» le sorprendió la multitud que se agolpaba enfrente y los dos coches patrulla apostados a la puerta. Por un momento pensó en acercarse más, la adicción al riesgo era más fuerte que nada; pero optó por quedarse a distancia, confundido entre el gentío. La zona estaba acordonada y varios policías tomaban declaración al personal del local. Reconoció al dueño e incluso a alguno de los camareros. Uno de ellos se cruzó con su mirada y le señaló.
—Ese señor de ahí podría decirle algo. Creo recordar que estaba... sí, estoy seguro.
El camarero hablaba con un policía que resaltaba entre los demás, la pose era distinta y su seguridad, evidente. Era el comisario jefe Contreras, que se giró hacia Álvaro observándole con detenimiento, de arriba abajo, impertinente. Cuando hacía un gesto a uno de los suyos, Álvaro reaccionó y se escabulló entre la multitud. Le había parecido distinguir familiaridad en el ademán del agente; pero no se quedó a confirmarlo. Después de torcer la esquina a paso lento, aceleró el paso para perderse en la Plaza de la Opera, donde se metió en el metro y desapareció. No había sentido miedo, más bien una sensación de placer extremo, de bordear el abismo. Todo como en perspectiva, como en una película, ajeno a la realidad.
Se bajó en la parada de Banco de España y se encaminó a la sede central del banco dando un paseo. Atravesó el Paseo de Recoletos hasta llegar al comienzo del Paseo de la Castellana, donde en un antiguo palacete remodelado se ubicaba la banca Reinosa.
Estaba pletórico, no podía empezar mejor la jornada. Acababa de almacenar la fuerza suficiente como para enfrentarse a un batallón; y confiaba en que el buen hacer del viejo César le tuviera preparado un informe completo sobre Knepougel.
Ya en su despacho, le mandó llamar.
—Lo siento, don Álvaro, no he conseguido todo lo que pretendía. Solo lo más evidente. El señor Knepougel preside una organización internacional, muy influyente, cuyos intereses no están muy claros...
Mañana tengo una reunión acordada con un antiguo camarada de armas que se mueve muy bien entre los servicios de inteligencia. Espero que me aporte algún dato relevante; parece como si este señor no tuviera pasado...
—Puedes hacerlo, lo sé. Confío plenamente en ti, como siempre hizo mi padre. Activa todos nuestros contactos. Todos. No repares en nombres o entidades. Intenta averiguar por qué ha elegido precisamente este banco o si ha presentado oferta a otros más. Corre prisa, pero tómate tu tiempo.
—De acuerdo, don Álvaro, déjelo en mis manos...
Álvaro se mostraba confiado, tenía la certeza de poder manejar la situación.
También le motivaba la idea de un contrincante como Knepougel, disfrutaría de la dura negociación que adivinaba, y de la forma en que intuía, se resolvería el conflicto.
El francés apareció a la hora establecida, puntual, ni un minuto antes, ni uno después. Las doce en punto. Exhibía la apostura con la que Álvaro le recordaba. Un traje entallado que redondeaba sus formas.
Asía con firmeza un maletín negro de piel de serpiente. «Qué horterada», pensó Álvaro. Nada más atravesar la puerta, mientras se estrechaban las manos, Knepougel le soltó:
—Buenos días, señor Pérez. Le traigo una oferta que no podrá rechazar.
—Veremos, veremos —respondió Álvaro, sonriente—. Pero sentémonos. ¿Quiere tomar algo? —le propuso tras acomodarse en un confortable sofá.
—No, gracias. Como le digo vengo a por su banco.
—Relájese un poco... Le aseguro que aprecio su estilo directo; no voy a decepcionarle en ese sentido.
—Gracias, se lo agradecería.
—Si quiere podemos hablar en su idioma.
—¿En francés?
—Sí, si lo prefiere...
—No es necesario. Hablo y entiendo perfectamente el español.
—Señor Knepougel —empezó el banquero, despacio, masticando las palabras—. Voy a ser claro con usted. Creo que no llegaremos a un acuerdo. Lo que usted pretende es el control de la entidad, y eso no lo puedo permitir. Como sabrá, este banco pertenece a mi familia desde hace varias generaciones. Y usted, y esa organización misteriosa que preside, junto con ese discretíííísimo grupo del este —enfatizó con retintín—, pretenden quitarme de en medio.
—Eso es una suposición suya, señor Pérez-Bolín. Todo lo contrario, pretendemos fusionarnos con otro banco, y usted...
—La operación no va a ser negociada —le interrumpió el español—, puesto que yo me opongo. Lo que usted va a hacer no es otra cosa que subir el precio de su oferta consiguiendo el beneplácito de los accionistas. Pero el mío no lo tiene. Lo que usted pretende es lo que se llama vulgarmente una OPA hostil.
—Eso también es otra suposición suya.
—Mire, le explico, llevo toda mi vida en este banco. Lo fundó mi abuelo, recogió el testigo mi padre y ahora lo presido yo. No estoy dispuesto a venderlo, sin saber a ciencia cierta las intenciones de los compradores. Además, como le digo, es algo que viene de familia; tengo una responsabilidad para con mis mayores. Pero esto es algo que no sé si usted lo entenderá.
El francés, ofendido, mantenía la compostura. No tenía argumentos que enfrentar a los de Álvaro.
—Existen otras muchas empresas que cotizan en la bolsa de Madrid con una capitalización muy por debajo de su valor contable. Inténtelo con ellas.
—Mi asesor me ha indicado que...
—No sé lo que le habrá dicho su asesor, amigo Knepougel, pero olvídese de mi banco; le aseguro que no va a conseguir ningún paquete significativo de acciones. Mire en otra dirección.
—Pero, señor Pérez, le aseguro que es una buena oferta...
—Que no. No insista. Va usted a conseguir que deje de pensar que es usted un hombre interesante —le provocó, acercándose más de lo conveniente—. Y ni siquiera he comunicado nada a la Comisión Nacional del Mercado de Valores. Con ello le dejo muy claro la dificultad de llegar a un acuerdo rápido, que parece ser lo que usted y sus representados, pretenden.
—Necesito su banco, señor Pérez-Bolín —reincidía, una vez más.
En ese preciso instante Álvaro supo que le tenía atrapado por el cuello, pillado como una rata. Y estaba convencido de poder ganar, una vez más, otra batalla. Estaba encantado, poseído por una emoción que le alteraba. Estaba experimentando una excitación distinta, más íntima, mística. Matar a Olivier Knepougel significaba un desafío que se tomaría con calma. Hacerlo demasiado pronto sería un desperdicio, puesto que se trataba de un sujeto digno de ser acosado... Y derribado.
Elegiría el momento adecuado, sin prisas.
—Siempre gana aquel que tiene más información —le había dicho, mirándole fijamente a los ojos—. Usted tiene un aspecto inquietante, amigo mío. ¿Está libre de cualquier sospecha?... ¿Tiene antecedentes?...
El francés le mantuvo la mirada y sonrió ampliamente. Al tiempo, rozaba la negra piel de serpiente de su ostentoso maletín. Parecía darle confianza.
—Usted no puede evitar que presente una oferta de operación de compra.
—Sí que puedo. Y puedo aún en el caso de que intente hacerlo a mis espaldas. Por mi parte, no hay pacto. A partir de aquí, cualquier movimiento que haga, lo consideraré hostil.
—Espero que se lo piense, señor Pérez-Bolín. Insisto en que es una buena oferta, sería lo mejor para todos.
—¿Lo mejor para todos? Eso suena a amenaza, Knepougel.
—Quizá me he expresado mal, señor Pérez. Discúlpeme, no era mi intención; veo que mi español no es tan bueno como pensaba. Estaré todavía en Madrid cerca de un mes. Si le parece podemos seguir hablando la semana que viene, haya o no haya trato. Tengo otros asuntos que podrían interesarle.
—Ya sabe que me es muy grato el recibirle, un auténtico placer —dijo Álvaro mientras le acompañaba a la puerta de su despacho y le estrechaba la mano con fuerza.
Al quedarse solo, se dejó caer sobre una cómoda butaca Chester y estiró las piernas. Había disfrutado de la escena, del tira y afloja, de su propia actitud provocadora; pero también la sobreexcitación padecida le dejó agotado. Tras pasar unos minutos en los que dejó la mente en blanco, llamó a César.
—Es un tipo peligroso, no tengo la menor duda —le dijo—. Tienes una semana. No es mucho tiempo, pero el suficiente como para conseguir lo más evidente. Primero centrémonos en lo público, que después ya aparecerá lo privado.
—Como usted diga, don Álvaro.
César era un hombre de pocas palabras. Pronunciaba las justas en cada momento, puede que para no equivocarse. Salió sin hacer ruido; sus pasos apenas eran perceptibles, por eso se enteraba de todo.
Álvaro se dispuso a ojear la prensa diaria, donde en todos los
periódicos se publicaba una reseña sobre el asesinato del camarero en el establecimiento gay. El contenido, redactado por agencia, decía lo mismo en un medio u otro. Causas desconocidas. La policía continuaba investigando.
Se aflojó el nudo de la corbata y pensó en sus perros. Lo que más le apetecía era pasear con Lula y Lulo. La compañía de sus dos fieles mascotas le tranquilizaba, eran su punto débil. Reyes de la casa y amos de su dueño se entendían con la mirada y nadie le había recibido jamás con tanta alegría. Era esperado por ellos e incitado al paseo de tantas medias tardes en las que les soltaba en el Parque del Retiro para que corrieran a sus anchas. Como le gustaba correr a él, preso del niño que todavía llevaba dentro y del que no quería desprenderse.
CAPÍTULO IV. Informe Knepougel
César no le falló, tal y como estaba previsto. Sabía activar los contactos necesarios, por inaccesibles que fueran, y allí estaba el dossier, sobre la escribanía, como una pieza más. Por su grosor, Álvaro dedujo que el asunto sería más complicado incluso de lo que pensó.
Ese día el banquero había llegado más temprano que de costumbre, y mandó llamar a César, que acudió de inmediato.
—Es más serio de lo que suponíamos, don Álvaro. Mucho más.
—Estoy seguro de que has hecho un magnífico trabajo.
—Los informes personales suelen ir más lejos que los profesionales, y en este caso se confirma la regla.
—Necesito analizarlo con calma, punto por punto. Le dedicaré el tiempo necesario para tomar la decisión correcta. No estoy para nadie. Solo una cosa, César...
—Dígame.
—¿Ha sido muy complicado? Es decir, ¿algún dato de su trayectoria estaba oculto y has tenido que acudir a nuestro contacto del Centro Nacional de Inteligencia?
—En efecto, don Álvaro. Lo realmente curioso ha sido comprobar que el propio Knepougel contactó con Inteligencia hace unos años, y de una forma casi pueril. Inició un procedimiento de colaboración que fue desestimado por el propio Centro. El hecho hizo saltar las alarmas habituales y se informaron sobre el sujeto en cuestión, no pareciéndole a la Agencia un personaje fiable.
—No me digas, César, que pretendía ser agente del Centro Nacional de Inteligencia...
—Sus pretensiones las desconozco, pero inició un procedimiento para convertirse en informador, y el hecho está constatado. Llegó incluso a rellenar un formulario.
—Es decir, ha aspirado con anterioridad a mucho más que a un banco.
—Ha intentado por todos los medios escalar parcelas de poder; pero
hasta la fecha, lo que ha conseguido es dinero, que no es poco. Vamos, que se ha hecho rico. Pero al parecer, es ambicioso, muy ambicioso, y ahora lo que necesita es un banco. No se sabe con qué intención.
César, el hombre de pocas palabras, había dado en el clavo una vez más.
—Pero eso no es lo más relevante. Agárrese, don Álvaro. Knepougel ha estado en la cárcel, en Marsella. Fue un joven conflictivo que terminó integrándose en la mafia marsellesa, donde ha escalado hasta puestos importantes. La policía de su país le sigue los pasos; aunque no tiene nada sólido para involucrarle. Es listo. Ahora está con esa organización supuestamente filantrópica, que incluye importantes empresas multinacionales, ¡y bancos!, que le sirve de tapadera y para blanquear su pasado. En fin, don Álvaro, un angelito.
—Vaya, vaya, qué interesante... ¿y para qué querrá la Banca Reinosa?...
—Dios sabe. Solo me queda investigar a un amigo de la infancia, compinche en su juventud, que está desaparecido. Podría darnos información adicional, sabe de él más que nadie. Un tal Yves Blanchet.
Pelearon por el liderazgo de una banda callejera. Un tipo escurridizo.
—No me digas…
—Sí. Ese Blanchet tuvo una trayectoria tan osada como la de Knepougel, aunque hace tiempo que no se sabe de él. Parece ser que ahora serían enemigos irreconciliables, la mejor fuente de información.
—Yves Blanchet... —murmuró Álvaro pensativo.
—Estoy seguro de que, si pronuncia su nombre ante Knepougel, se quedará helado.
—Pues no tardaré mucho en hacerlo, César. Pero antes tenemos que localizar a ese individuo.
—Su rastro se pierde en París hace más de una década. Como si se lo hubiera tragado la tierra. Antes cumplió condena en Londres por falsificación.
—Entonces es probable que se hiciera con otra identidad.
—Quizá. Al parecer se trata del mejor falsificador que existió en la época. Llegó incluso a trabajar para organismos oficiales, les aconsejaba sobre la falsedad de pasaportes...
—¡Qué personaje!
César se retiró discretamente, como era habitual en él, a sabiendas de
que su jefe tenía material más que suficiente para reflexionar y estudiar durante horas.
Al quedarse a solas, Álvaro abrió la carpeta y se centró en un sobre abultado bajo el título de documentos gráficos. Sobre cada una de ellas constaba el lugar, la fecha y la hora concreta en que fueron tomadas, y su procedencia: una agencia de detectives francesa. Algunas, poco representativas, mostraban al francés saliendo del coche junto a personajes completamente desconocidos para él. Nada interesante.
Siguió ojeando el resto sin que ninguna llamara su atención. Cuando ya se disponía a abandonar el sobre con las fotos, se detuvo, impactado, al ver la última de todas. La imagen que apareció ante él, le provocó una sonora carcajada. Estrepitosa. Era mucho más de lo que esperaba, nunca imaginó algo así. Continuó riéndose sin pudor, no le importaba que pudieran oírle, qué regalo acababa de recibir del destino. La suerte estaba echada. Volcada en unas fotografías tan evidentes como reveladoras. Ahora pensaba en Knepougel de una manera distinta, maquinando la forma de eliminarlo. Se imaginó clavándole una navaja en la cerviz; esto le excitó.
Cuando terminó con las fotos decidió darse un respiro y tomar un refrigerio. Un refresco acompañado de queso manchego y pequeños trozos de pan. Al acabar, prosiguió con el resto de la documentación.
Más allá de las fotos se encontraba también su vida.
Olivier Knepougel había nacido en Marsella en una familia de origen humilde. Era un hombre hecho a sí mismo. Durante su juventud alternó con algunas bandas callejeras de poca monta, hasta llegar a contactar con un capo de barrio que se convirtió en su protector. Bajo su amparo se metió en el boxeo, donde empezó a hacerse un nombre, llegando incluso a conquistar algunos trofeos. Pero nunca peleó por títulos importantes. Más adelante entraría como voluntario en la legión francesa, llegando a conseguir la graduación de sargento primero.
Durante su largo período legionario, alivió la economía familiar, entregando más de la mitad de su sueldo todos los meses, sin excepción, a su familia, con la que siempre mantuvo una fuerte unión.
Su espíritu aventurero y autodidacta le condujo de forma espontánea a los negocios, en los que actuó primero como intermediario comisionista en la venta de suelo, hasta llegar al mundo de la construcción, donde
actuó como subastero. Su primera fortuna la consiguió con la fusión de dos grandes empresas en París, ciudad en la que se instala para residir en una de las mejores zonas. Poseedor de una gran habilidad comercial, se introduce en ambientes elitistas y refinados; pero su ascensión económica, pese a parecer imparable, sufre grandes altibajos debido a malas inversiones. Entonces estrecha su contacto con la organización
«la Hermandad del Unicornio», que le salva de la bancarrota y le promociona a puestos de responsabilidad. También contacta con un grupo importante de los Emiratos Árabes relacionado con novedosos negocios inmobiliarios. Ese fue su gran pelotazo. Dubái, uno de los países punteros en energía eólica, le abre las puertas a las ricas dinastías árabes, lo que le aúpa a los círculos más cerrados del poder internacional. Su fortuna, a la sombra de «la Hermandad», crece sin parar. También se introduce en la Fórmula 1 y en otros deportes elitistas. Además del francés, habla español, inglés, y árabe. Su intención es la compra de un banco en Madrid, ciudad en la que pretende instalarse.
Álvaro respiró profundamente. Cada vez le atraía más su personalidad, incluso empezaba a caerle bien. Decidió parar para ponerse un Chivas con hielo, cuando sonó el teléfono. Era César.
—Don Álvaro. Lo tenemos.
—¿A Yves Blanchet?
—Sí, al mismo.
—Te espero. No tardes.
Y colgó esbozando una sonrisa de satisfacción, convencido de tomar ventaja sobre su competidor. Continuaba sonriendo cuando apareció César con el semblante iluminado.
—Ha habido suerte, don Álvaro...
—Dime, dime —le interrumpió, ávido, el banquero.
—Creo que hemos dado con el punto débil de Knepougel, su verdadero talón de Aquiles. Tiene nombre y apellido: se llama Yves Blanchet.
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