Kitabı oku: «En busca del Papo», sayfa 2

Yazı tipi:

Saber que a Ninai no le iba mucho mejor en aquel desequilibrio tampoco me consolaba mucho. Obsesionada por la perfección de la prosa, me contaba cómo descuidaba los torneos amatorios, evidenciando una pasividad que solo mudaba delante de la pantalla, con la que empezaba a tener un idilio mayor que el fruto en la realidad más próxima y tangible.

Cada vez escribía más. Mejoró su redacción, ahora llena de figuras literarias. Desnudaba las metáforas con la exactitud de los amantes expertos, haciéndole el amor al hipérbaton como antes pocos eran capaces de poseerlo. El paroxismo creativo que la hizo digna del parnaso fue conducido a través del uso preciso de la aliteración. De repente, se sentía tan orgiásticamente eufórica como una habitante de los pueblos de Sodoma y Gomorra antes de su destrucción. Pero más allá del excelente análisis formal, cualquier lector acostumbrado a la literatura erótica sería capaz de apreciar de manera inmediata que tan bella prosa afectaba a la obra. Cualquier suscriptor de Penthouse —si sus escritos se hubieran publicado en tan afamada revista— se sentiría decepcionado al comprobar cómo en cada párrafo se desdibujaba la esperanza de disfrutar de uno de los artículos que tanta fama le dieron a la revista.

Releí los textos y, con justicia, me pronuncié a favor de su calidad intrínseca. Aun estando por detrás de El cantar de los cantares, su calidad sí superaba, por poco, a Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox.

Recibía mensajes suyos, cada vez con más asiduidad. Su relación estaba empeorando por momentos y, por ende, afectaba a la mía. Apenas tenía ya relaciones con su pareja, lo que parecía suponer un motivo de conflicto. Me inquietaba comprobar cómo en sus correos subía el voltaje. Paradójicamente, de esa electricidad serpenteante carecían los textos de su blog. Tenía la sensación de que quería seducirme y, aunque no tengo excusa, me dejé llevar.

La obsesión de Ninai por la creación literaria había transformado su manera de abordar el coito. El barroquismo que imprimía en los preliminares resultaba inexplicable en una pareja acostumbrada a la acción. Aquel novio, que no dejaba de ser un ente desconocido, nunca percibió la riqueza de una rima, las distintas acepciones florales de un perfume, ni el lenguaje cromático de su lencería de raso. Su contacto amatorio, que antes parecía el impacto de dos carneros, quedaba revestido ahora de un nuevo componente, imperceptible para su pareja, más bien acostumbrado a la inercia.

Insatisfecha, Ninai finalmente se decidió a acercarse a mí. Sería injusto no reconocer que me sentí halagado y el conflicto que esta situación provocaba incrementó mi desequilibrio.

Un día, un desubicado escribió un comentario en su blog mofándose de su estilo barroco. Me sentí ofendido. El autor del hiriente escrito era incapaz de apreciar mis esfuerzos por reconducir un estilo inicialmente tosco. ¿No era preferible explorar los eufemismos catalogables como pueriles que mantener el naturalismo de sus inicios? Tuve que defenderla. En ese momento me di cuenta de mi atribulada situación. Empecé a comprender la satisfacción que obtenía al leer cada uno de sus correos, en los que se detectaba cómo se alejaba progresivamente de su pareja. No fue tan grato sorprenderme con los ojos cerrados amando a mi mujer. Como en los versos de Girondo, mi imaginación volaba hacia Ninai. Llegaba a palpar su lecho a través de la ventana y, bajo las sedosas sábanas, bailábamos al unísono en una cópula perfecta. Mi deseo me transportaba al rayar del alba, cuando los primeros rayos de sol nos sorprendían desnudos.

Antes de la aurora, era capaz de volver, con dificultad abrupta, del mundo onírico a la realidad, para terminar los deberes conyugales. La inteligencia, la intuición y el discernimiento —triunvirato femenino— detectaron la ausencia de mi espíritu. Mi mujer no dijo nada, lo cual fue peor que cualquier reconvención. Sin mediar palabra, empezamos a construir el silencio. Como era de esperar, me rechazó varias noches y, entonces, tuve que callar yo. Me sentí un miserable. Intenté no empeorar la situación y me refugié en la pantalla. Me deleitaba leyendo a Ninai y comentándole mi impresión. Los dos reconocíamos haber menguado nuestras vidas sexuales de forma alarmante y no nos importaba. Nuestras fantasías etéreas, brumosas, hacían temblar hasta los más fuertes fundamentos de cualquier Kamasutra.

Un día, sin avisar, mi mujer decidió marcharse con su madre, a la que un día fue la casa de su infancia, con la excusa de cuidar a unos padres que no necesitaban ningún tipo de atención especial. Noté un gran vacío. Encima del mueble había dejado una nota manuscrita en la que se justificaba por haberse llevado sus cosas y, al mismo tiempo, me pedía un tiempo indefinido para reflexionar. Es justo confesar que, en parte, me sentí inquietamente liberado. Afortunadamente, mi temor ante una presumible venganza contra el ordenador era infundado: el sistema informático no había sufrido ningún tipo de daño, por lo que se conservaban todos los archivos donde guardaba los diálogos fructíferos y unas fotografías altamente sugerentes que Ninai me había enviado motu proprio tras haberme ganado su confianza y que no hará falta decir excitaban y atormentaban mis sueños de posesión. Tranquilizado por el mantenimiento hermético del secreto, me alegró leer que mi mujer achacaba la ruptura de nuestra relación, y cito textualmente, a que «lo nuestro ya no funciona».

Poco después, la relación con Ninai también se terminó. Una vez libre, quien piense que nuestras pasiones largamente contenidas se consumaron se equivoca. Nuestro éxtasis continuó proviniendo de lo que podríamos llamar el comentario de texto. Nos pasábamos las tardes y las noches razonando fecundos discernimientos sobre las sinécdoques y la musicalidad de las esdrújulas. En los momentos álgidos de sus descripciones, percibíamos una atracción animal junto a lo que considerábamos sus frutos más jugosos: unos escritos de excelsa calidad que, apenas salidos del horno de la creación, se subían a la red de redes. Recuerdo aquellas madrugadas, a solas en mi cama, imaginando sus contornos repletos de porosas figuras literarias, las curvas turgentes de sus labios colmándome de besos rimados y la piel erizada por culpa de sus manos expertas. Conseguía que mis sueños finalizaran, despiertos, en el sincopado movimiento de dos cuerpos que anhelan escribir un alfa y omega en cada uno de sus encuentros.

Sentí una emoción repleta de dualidad. Quería verla. Deseaba imperiosamente el contacto carnal, pero una inseguridad pruriginosa me hacía buscar excusas para aplazar el encuentro. Me daba pánico la posibilidad de fragmentación de aquel frágil encaprichamiento. Parecía que ella tenía las mismas dudas, mostrando así cierta armonía con mis miedos. Lo confirmaba la comodidad que mostraba con la nueva situación. A pesar de las dudas y después de insistir mucho, un día accedió a venir a cenar a mi casa.

Lo preparé todo minuciosamente. Hice una selección musical acorde a cada momento: el Requiem de Brahms, las Variaciones Goldberg de Bach, una selección de Barry White y el tema más conocido de Status Quo. La verdad es que no recuerdo el orden del repertorio, pero sí qué piezas sonaron. Me levanté temprano para poder comprar las mejores materias primas del mercado. El menú estaba lleno de ingredientes afrodisíacos: una ensalada de ahumados y caviar de esturión aderezada con un vinagre de Módena madurado durante veinticinco años y un magret de pato con guarnición de cebolla caramelizada y compota de frutos rojos. Lo que me resultó más difícil de escoger fue el postre, debido a mis nulas capacidades con la repostería. Al final, opté por un banana split, al que con atrevimiento añadí un crujiente de almendra tan fino como una capa de carpaccio. El vino elegido para la ocasión fue un shiraz Misiones de Rengo, dulce caldo chileno que había leído recomendar en un suplemento dominical.

Sonó el timbre en el mismo momento en el que el reloj marcaba la hora a la que habíamos quedado. No puedo describir con palabras el intenso deseo que me despertó. Estaba maravillosa, en las antípodas del glamour que Carmen Maura emanaba en Mujeres al borde de un ataque de nervios. Me acompañó hasta la cocina donde conversábamos mientras yo preparaba los platos. Limamos las últimas preocupaciones y desconfianzas. Pusimos juntos la mesa y nos sentamos. Disfrutamos de la cena y, complacidos por los suculentos aromas y sabores, decidimos relajarnos estirándonos en el sofá, mientras disfrutábamos de un Oporto vintage. No pude evitar fijarme en que tenía dos pequeños pegotes de nata en el escote, a lo que respondimos con una sonrisa violenta. Pero no dejé pasar la oportunidad y rocé su piel con mis dedos para limpiar la nata. Ella retuvo mi juego de palma en su escote. La presión que ejercí, víctima de la pasión, provocó un efecto no deseado. La simetría estética de sus protuberancias no era consecuencia de una buena añada genética sino de Perforación Termotétrica. Tengo que reconocer que los cirujanos hicieron un buen trabajo. No había ninguna objeción en cuanto al tamaño y la forma. El tacto era otra cosa, cómo llamarlo, de bote y volea. Seamos sinceros: aquella minucia poco importó en el fragor de la batalla y proseguimos. En el primer beso, exploré una firme silicona, así que llegué a plantearme si valía la pena continuar la incursión y terminar cerciorándome de todo el reajuste corporal. Pero pronto se me olvidaron esas tonterías. Su mirada penetrante de ojos azul turquesa, cielo subyugador donde mirarse al espejo, se convirtió en el más común marrón hispano cuando, al cambiar de posición, le di un codazo sin querer haciendo que le saltara una de las lentillas. Molesto, continué acariciando los cabellos de un castaño que, en la raíz, se descubrían de un negro intercalado en marfil.

Decidido a continuar el reconocimiento, más que nada por curiosidad, me relajé. Iba a acostarme con la versión femenina de Robocop, pero el punto de no retorno se había quedado muy atrás. No añadiré nada sobre lo que ocurrió; en ciertos momentos, la mala memoria es la mayor de las virtudes. Eso sí, pensé que, aunque fuera de manera velada, haría alguna referencia en su blog a mis dotes amatorias o a alguna de las escenas vividas mientras yo examinaba la posible presencia de alguna parte primigenia en su cuerpo. Pronto se hizo patente que nada de esto la preocupaba. Se quedó plácidamente dormida justo cuando, sutilmente, intenté comenzar una conversación sobre el uso de artificios al que nos ha acostumbrado la sociedad actual. Me planteé hacia dónde nos llevaría esa relación. Sin divisar demasiado futuro, pensé en proponerle quedar de nuevo. Como dicen los árabes: está todo escrito. Su creación nunca llegaría al cénit de Crimen y castigo, pero siempre intentaría, de manera infructuosa, superar a Marguerite Yourcenar.

2. Lo que ocurrió en realidad con Ninai

Ninai, dentro de un libro de relatos breves titulado Pandemonium, ganó el Premio Miquel Adlert de Narrativa, otorgado por el Ateneo Cultural de Paterna en el año 2006. Lo que ocurrió en realidad con Ninai, y que más tarde Homero Gac y un servidor trasladamos al plano de la ficción, fue el fruto de un descubrimiento casual.

Un día, como cualquier otro, Homero me invitó a leer un comentario en la pantalla de su ordenador. La autora, como no hace falta decir, era la verdadera Ninai, muy diferente a la que se describe en el relato anterior. Su entrada —continúo negándome a usar la palabra post— hacía referencia a una tórrida aventura sexual.

—¿Has visto qué mal escribe? —me interpeló Homero—. ¿Lo dejamos pasar o le escribimos alguna cosita?

La oferta era demasiado tentadora para oponer resistencia, así que me puse a pensar en qué podía escribirle. Expresiones como «coño chorreante» o «ubres» nos generaban repulsa y un sentimiento antagónico al que pretendía la autora. Dubitativo al no encontrar las palabras adecuadas, pregunté a Homero con una sonrisa cómplice:

—Ya has escrito alguna respuesta, ¿no?

Los momentos cruciales muestran la verdadera dimensión de las personas.

—Lo estoy haciendo en este momento —respondió con seguridad—. He iniciado la caza y captura de la víctima.

Sin prácticamente dejar de hablar, le dio al botón y aceptó la publicación de un comentario ácido y despiadado. Reconozco que ya con el primer párrafo me reí de tanto sarcasmo reconcentrado y, al terminar de leerlo, a mis primeras dudas se añadió la compulsiva necesidad de escribir también unas líneas. Miré a Homero. Su respuesta fue un gesto solemne y afirmativo.

Imbuido por su mordacidad, influenciado por sus admirados Bernard Shaw y, el ya tres veces mencionado, Thomas de Quincey —otros autores también merecen ser nombrados, pero no quiero aburrirles con un listado de mis preferencias literarias—, comencé mi alegato en una retórica que intentaba ser pedagógica sin caer en la pedantería: «Querida Ninai: La buena literatura erótica solo está al alcance de unos pocos privilegiados. Catulo, Bocaccio, Chaucer, Petronio y pocos más. De hecho, el premio La Sonrisa Vertical ha dejado de otorgarse debido a la baja calidad de los trabajos presentados y a una nefasta confusión entre erotismo y pornografía». Contuve una carcajada y continué: «No puedo ayudarte a conseguir el nivel de esos autores, pero sí puedo recomendarte unos principios fundamentales: sustituye ubres por majestuosas pagodas y coño chorreante por esponja sinuosa».

Con una abierta risotada, junto a la que brotaban algunas lágrimas por el descojone, terminé firmando como «Wenceslao Domecq, Santillana del Mar». Esta no tan inocente travesura provocó algunos de los momentos más divertidos de mi vida y cambió mi manera de actuar durante meses. Tras enviar el comentario, Homero y yo simplemente retomamos nuestras tareas habituales hasta terminar la jornada.

Al día siguiente, el gusanillo de la curiosidad recorría mi cuerpo. Tan pronto terminé de organizar mis tareas, entré en el blog de Ninai y miré si nuestros comentarios habían provocado alguna polémica —no hay broma más frustrante que la ignorada—. Afortunadamente, mi deseo se había cumplido. Otro visitante, captando rápidamente la sorna del comentario, se unía a la fiesta añadiendo: «Estoy totalmente de acuerdo con mi coterráneo cántabro y aprovecho la ocasión para sugerirte otros eufemismos como vibra ígnea y explorador de los orígenes. Saludos». Llamé a Homero y nos reímos juntos. Aquello fue el principio del fin de aquel blog. La autora, tocada en la línea de flotación de su autoestima, argumentó vagamente una defensa inconsistente. Esto dio paso a una gran polémica en la que, dado que nuestro objetivo ya se había cumplido, decidimos no intervenir. Ninai publicaba cada vez menos entradas, pero a su vez los comentarios críticos estaban cada vez más presentes; hasta que finalmente desapareció. Cierto es que tuvo algún defensor que clamaba con hostilidad contra los críticos, pero no sirvió de nada. Habíamos conseguido nuestra primera victoria que, no hace falta decir, fue el estímulo que hizo iniciar nuestra cruzada y que nos mantuvo ocupados los dos últimos años de nuestra estancia toledana, parte final del periodo en el que adquirí mi especialización clínica.

Junto a Homero, dedicamos aquel tiempo a sitiar tantas víctimas como nos encontramos y, sin saberlo, cavamos los cimientos para construir esta novela.

PRIMERA PARTE

SOBRE EL ARTE DE

LA DESMITIFICACIÓN

3. La introducción iniciática

a la náutica cibernética

Toda impericia requiere de una iniciación y este particular quijotismo no es una de las excepciones. En mi caso, este aprendizaje comenzó con Ninai. Hasta ese momento, nunca había leído un blog. Tampoco era muy aficionado a lo que, con una excesiva pedantería, se conoce como «navegar por la red». Mis inquietudes eran otras, pero la vida es puro dinamismo y, justo es reconocerlo, todo tiene un principio y un final.

En este devenir, el maestro es un elemento imprescindible. En mi caso, el guía respondía al nombre de Homero, apelativo más que apropiado. Ave noctámbula, se dedicaba a husmear por la blogosfera y, como todo ser imbuido en una misión superior, atacaba sin piedad a los blogs de peor calidad para, imitando el personaje cervantino, quemar lo deleznable para que la bella pureza de los Tirant lo Blanch, Amadís de Gaula y La Araucana reluciera en todo su natural esplendor.

Finiquitada la acción en el blog de Ninai, Homero se sentó a mi lado. Desde aquella mañana, cuando lo vi por primera vez, hasta las últimas horas del día, momento en el que nos habíamos vuelto a sentar, había sufrido una metamorfosis. Lo envolvía un aura de regia majestad, como el caballero Guillem de Varoich, dispuesto a instruirme en los secretos herméticos de la Muy Honorable y Perpetua que no Real pero demócrata y republicana Orden de los Trolls Literatos, la cual, como verá el lector si avanza en la lectura de este relato, se convirtió en la Sociedad Pinkerton Internacional, también conocida años más tarde como del Marciano Verde. Nombre con el que nos bautizó quien llegó a ser el máximo inspirador de la orden, Corazón Vallranc.

Homero me miró con la paciencia solemne que tan noble acto requería y comenzó la lección magistral, a través de la cual recibía al neófito en aquel selecto grupo de plumas irónicas. Abrió los labios, mirando con tierna tutela, y empezó a hablar:

—Querido aspirante, la gente considera al troll literario como a un apátrida desocupado, un ser separado de la sociedad en la que le ha tocado vivir, un inadaptado dedicado compulsivamente a ofender. Nada más lejos de la realidad. Detrás de la oscura capa de la nocturnidad no se esconde la alevosa felonía del desbaratado, sino la firme defensa de la buena literatura. Cruzada con normas definidas, las cuales se me transmitieron en su día y que ahora te voy a revelar para que te incorpores a esta lucha. Escucha atento.

»Tus acciones parecerán presuntuosas. Evita la altanería y sé humilde al argumentar. Despréndete de la altivez. No te dejes tentar por la vanidad. Estas cualidades de los erróneamente considerados escritores han dado lugar a un único fruto: la obra mediocre.

»Aprovecha estos pecados capitales, sí, hermano mío, para hostilizar conmigo en estos días a los malos escritores. Quien proceda de esta manera será mi hermano. Somos pocos en esta lucha, felizmente pocos, nosotros, una banda de hermanos. Sea cual sea tu origen, provenga de donde provenga, de una o de cien mil raleas, quien combata conmigo será mi hermano y el día que comienza su lucha, y todos los días que la lleve a cabo, ennoblecerán su condición.

»Que nunca falle en ti la caridad, la lealtad y la justicia. Muestra la caridad en el literato que empieza y necesita esquilmar de sus textos la morosidad del bisoño. Ofrece lealtad a los buenos escritores que, por uno u otro motivo —normalmente la modestia y la incompetencia voluntaria para moverse socialmente en las camarillas en las que se cuecen los premios—, quedan relegados y postergados a un segundo plano, a pesar de la validez de su legado. Nunca dejes caer en el olvido su tarea y conseguirás que, más pronto que tarde, se abran las alamedas por las que una sociedad mejor reconozca el mérito que no les fue concedido en vida.

»Sé justo. Nunca permitas que este principio que debe guiarte en tus pasos se extravíe. Bien seas jurado de un premio, de los que tantos se prodigan ahora por la red; bien te pidan una crítica de un autor que se inicia o que ya está consagrado. Sé fiel siempre a tu razonamiento y criterio. No dejes que la hipócrita condescendencia o las mal llamadas correcciones políticas conduzcan a la cima a aquellos que deberían estar en la base y viceversa.

»A veces, tu manera de proceder facilitará enemistades. No tengas miedo de ellas. Si se producen, es porque estas supuestas amistades no eran sinceras. La nobleza de tu espíritu tiene que dictar los actos más allá de amores y desamores, más allá de temores y menosprecios. No los temas. La verdad siempre sale a flote y prevalece sobre las falsas acusaciones.

»No lo olvides, nuevo custodio de los verdaderos huérfanos de la luz, rezarás y lucharás para que sus óperas, primas o no, gocen del privilegio de ser distribuidas al público.

»Hoy serás nombrado caballero. Dejas atrás al escudero que ya se ha iniciado y luce de ahora en adelante la brillante armadura y el flamante estandarte de quien ha hecho del verbo profesión de fe. Son muchos los que han querido llegar hasta aquí y no han podido, considerando maldita su valentía y sus de dotes de vate. Eres tú, y por eso debes estar atento, quien vela las armas que ahora se ofrecen con franqueza. Formas ahora, caballero, parte de una legión silenciosa pero constante, egregia en los fines y desdeñada en los modos por quienes no reciben positivamente los mensajes que no consideran favorables.

»El animal sobre el que cabalgas no precisa de grupa. Es el motor de búsqueda, la velocidad y potencia que te permitirá llegar a lugares lejanos en tiempos inverosímiles.

»Descubre —en el buscador de la verdad siempre habita el ansia de descubrimiento— a los autores que tienes que denunciar, siendo favorable, las menos, o censor, la mayor parte de las veces.

»Mima a este motor con una buena conexión inalámbrica que te permita acceder desde cualquier lugar a un buen precio. Nunca descuides la economía, porque si cicatero es el apelativo del roñoso, malversador es el apelativo del que malgasta sin conocimiento. No sigas el ejemplo de buena parte de nuestros desafortunados políticos.

»Tu escudo de caballero debe protegerte contra aquellos que intenten devolverte los golpes con malas artes. Siempre habrá un malnacido que, incapaz de digerir tu esfuerzo argumentativo, intente contaminar tu herramienta de trabajo con un virus, un troyano, un gusano que es como deberíamos llamar correctamente a los worms, o cualquier otro elemento nocivo con la finalidad de castigar a tu ordenador. Protégete con una buena adarga contra software, malware y cualquier otro tipo de ware letal que pueda darte por saco, porque de lo contrario, seguro que lo hará. El escudo simboliza desde tiempos pretéritos la defensa de tus creencias, en este caso, literarias.

»Ten siempre presente que la rodela no es solo un arma defensiva con la que puedes pegar algún que otro coscorrón en nombre del léxico o de la sintaxis. Si crees que tienes que hacerlo, hazlo, pero nunca dejes de pegar un buen cachete por una falsa conmiseración, con la que condenarás al que teóricamente se libra de tu dardo y, con la misma omisión, te condenarás a ti mismo. No caigas en este error que tanto daño ha hecho y que ha generado demasiada literatura de consumo y autoayuda.

»Tu loriga se tejerá con las fibras firmes del pasotismo hacia el rechazo social al que serás sometido. Esta armadura protectora del cuerpo representa al centinela constante de tu cometido y viene refrendada con la capacidad de cambiar de IP o de apodo para evitar el celo paranoico del objeto de tu crítica.

»Tu yelmo es el símbolo de entrada en combate. Nada debes temer cuando lo lleves puesto. Como el rey Jaime, esta pieza te protegerá de las flechas, envenenadas o no, que seguro que recibes. Tu yelmo particular será la patria del blog personal que crees, bitácora desde la que continuar dando la lata cuando te expulsen de aquellas páginas en las que los autores hayan podido bloquearte completamente. Desde aquí los parodiarás para escarnio de su desconcierto y usarás el nombre de Benjamin Franklin Pinkerton, como homenaje a aquellos que no se arrepienten así los maten y, bajo el paraguas de nuestra autoproclamada orden, mostrarás nuestro poder universal y nuestra consagrada labor en beneficio de la buena prosa.

»Los antebrazos, manoplas y guardabrazos son el símbolo protector de tus argumentos, los adjetivos, los sustantivos y los verbos exactos con los que formularlos contra el poder nigromántico de los defensores de la burda, cuando no onanística, autocontemplación. Ve con cuidado, porque estos pretendidos próceres siempre cautivan a un número, afortunadamente reducido pero militante, de cargantes que vendrán a tu refugio a amonestarte por tu beligerancia contra el sofista.

»Ten la paciencia, no exenta de sátira, de Sócrates, para desviar las trayectorias de los misiles que te puedan lanzar.

»Tu arnés de piernas que protege tu generación de vida, encarnado en el fecundo razonamiento, debe evitar que esos infieles a la calidad sean capaces de penetrar en el seno de nuestra orden armoniosa, llegando a esterilizarla. Siempre habrá quien quiera, imitando a los griegos, penetrar en la fortaleza de nuestra Troya para minarla desde dentro. No hay golpeo infraumbilical más doloroso que el provocado por aquellos que tienes más cerca y que consideras más próximos, porque serán ellos, y solo ellos, de los que más difícilmente puedas deshacerte. Para evitarlo, sé selecto y honrado a la hora de sugerir nuevos valores para nuestra regla.

»Cumplidas aquellas armas de uso defensivo, será conveniente que seas introducido en el uso de las ofensivas, pues su buen uso garantizan su buen fin.

»Cerciórate antes de actuar. Recuerda, amigo mío, que la historia es cabezona y está llena de metidas de pata que han manchado de tarquín hasta el corvejón y, en ocasiones, más arriba. Sé prudente, pues la paciencia te hará cauto y la cautela te evitará errores innecesarios. No obstante, cuando de madrugada se te presente la ocasión de actuar, emplea todo el arsenal que desde hoy ponemos a tu disposición, sin restricción alguna.

»La lanza, arponera o no, es el bastión con el que resquebrajar las defensas de la reflexión carente. Entra con sazón y consistencia. Características que alargarán la longitud de tu pica, al tiempo que la defenderán de astillas y maleabilidades.

»Con el teclado, símbolo de la alabarda de los nuevos tiempos, tienes todas las letras con las que articular tu raciocinio. Úsalo como si hubieras decidido bombardear un lugar para evitar las nefastas consecuencias de la dilación.

»La espada tiene una mayor carga simbólica. Sirve para cerner, a través de su hoja, lo bueno de lo malo. No seas sanguinario con su uso y sustantiva con valor, pero también con ecuanimidad. No dilapides su poder. Recuerda siempre que quien hoy es autor de una fechoría, mañana será capaz de subir a lo más alto del ingenio humano. Si tienes la tentación de olvidar este sabio consejo, vuelve a ver Whiplash, si me permites el anacronismo en homenaje a Rostand.

»Tu acero actual es tu pantalla, donde con ventanas puedes delimitar el yin del yang. Toda espada tiene una correa que la sujeta en la funda ceñida y una empuñadura de la que agarrarla, cuando se ha blandir con valor y hacerla triunfar contra el mar. No hace falta que revisiones El hombre que pudo reinar para entender la grandeza del que sabe que, con el florete en la mano, se enfrenta a la última carga castrense de su vida. Hazte merecedor de buscar esta gloria, más que por ti individualmente, por el colectivo que representamos. Recuerda la infinitud esplendorosa de su grandeza. Tienes que saber luchar hasta el final con la defensa incólume de tus principios, aunque tu vitalidad sea ya exangüe.

»Si en cualquier momento te tienta la duda, que lo hará, recuerda que encima de la empuñadura está la cruz, símbolo de los principios que estás jurando defender.

»Acuérdate de que, ya miembro de esta corporación gremial, el caballo representa al pueblo, y tu ordenador la manera de acercarte a él, ofreciendo la verdad descarnada de quien viene al mundo no a denunciar a dementes, inocentes y orates y sí a farsantes, quienes, en nombre de las letras, publicitan la ignorancia en lugar del saber. Para eso tienes otra arma con la que agitar las conciencias, los espolones, con forma de redes sociales. Usa Facebook, Twitter, WhatsApp, Telegram, lo que te venga en gana, pero úsalos para agitar los espíritus más quietos y anodinos. Conviértelos en adeptos fieles a nuestra causa. Piensa, en positivo, en los espolones agitando a los cuatro caballos que llevan no al apocalipsis —no te excedas en las metas—, sino al nuevo orden, donde destaque la excelencia y la búsqueda de la perfección por encima de la mezquindad y del adocenamiento.

Aquí calló el venerable maestro Homero. Miré hacia arriba, terminando todavía de organizar mentalmente todas aquellas herramientas, las cuales utilizaría en el futuro para servir a tan noble causa. Cruzó su mirada con la mía y dijo:

—Por hoy ya está bien.

Asentí con la cabeza, me levanté y volví a casa. Esa noche leí El Cid de Corneille y juraría que lo puse en el saco de lo malo antes que en el de buena literatura. No lo recuerdo bien, nunca me ha seducido su relectura. Solo recordar aquello de «corazón traspasado por el dardo imprevisto de un destino fatal»; me quita las ganas de rebuscar el volumen.

4. El profesor Mongoig, la segunda víctima

A veces los inicios parecen fáciles y generan una falsa impresión de infalibilidad sobre el universo. Entonces, la realidad nos vuelve a mostrar nuestras limitaciones. Carentes, por la inactividad narrativa de Ninai, de un referente al que hostilizar, nos comportamos como dignas muestras de la depredadora naturaleza humana y buscamos una nueva víctima. Encontramos al profesor Mongoig, antiguo docente de periodismo en una universidad peruana, que se dedicaba a mantener activo un blog de aspiraciones sociopolíticas, en el que evidenciamos una clara animadversión contra todo elemento judío o chileno.

₺392,69

Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Hacim:
450 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9788411142588
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi: