Kitabı oku: «Reparar (casi) cualquier cosa»
Reparar (casi) cualquier cosa
Reparar (casi) cualquier cosa
Cómo arreglar objetos cotidianos con la electrónica y la impresión 3D
Paolo Aliverti

Edición original publicada en italiano por Edizioni LSWR con el título: Riparare (quasi) ogni cosa, © Paolo Aliverti 2018.
Título de la edición en español:
Reparar (casi) cualquier cosa
Primera edición en español, año 2018
© 2018 MARCOMBO, S.A.
www.marcombo.com
Traducción: Sònia Llena
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El editor ha hecho todo lo posible para obtener y citar las fuentes exactas de las ilustraciones. Si en algunos casos no ha sido posible encontrar alguna con derechos de autor, está dispuesto a hacer frente a las omisiones involuntarias o errores en las referencias citadas.
ISBN: 978-84-267-2870-8
Producción del ebook: booqlab
Índice
Introducción
El libro
El autor
Advertencias
1. Reparar (casi) cualquier cosa
Aprender a reparar
¿Por qué reparar?
El Montalbano de la electrónica
Desmontar objetos
Trabajo manual y creatividad
2. Componentes electrónicos
Corriente y tensión
Resistencia
Potencia
Los componentes electrónicos en detalle
3. Medidas e instrumentos de medida
Testers y multímetros
Osciloscopio
Alimentador
Frecuencímetro
Generador de señales
Analizador lógico
Chip tester
Programador universal
Trazador de curvas
Verificar los componentes
4. Reparaciones electrónicas
Circuitos y soldadores
Soldar
Desoldar
Técnicas para extraer componentes
La búsqueda de los fallos
Reparar alimentadores
¿Dónde encontrar estos componentes?
Rediseñar
Ejemplos de reparaciones electrónicas
5. Mecanismos y dispositivos: mecánica de supervivencia
Máquinas y mecanismos
Fuerzas
Menos restricciones
Trabajo
La fricción
Máquinas simples
Motores y motorreductores
6. Reparar con una impresora 3D
Impresoras 3D
El proceso de impresión FDM
¡Escáneres 3D para todos!
Reparar con una impresora 3D
Conclusión
Introducción
«Buddha, el Dios, reside en el circuito de una calculadora o en el engranaje de una motocicleta, del mismo modo que en la cima de una montaña o en los pétalos de una flor».
Robert M. Pirsig – Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta
Reparar objetos no es fácil. Este libro no contiene ni la «solución» a todas las averías ni tampoco «reglas» sencillas aplicables de vez en cuando. Reparar objetos es todavía un arte que necesita un periodo de incubación antes de apreciar resultados evidentes. No existen recetas preparadas, aunque he intentado recoger lo que sé en un conjunto de consejos aplicables a distintos casos. Estas páginas os pueden ayudar a aprender una forma de reparar para aplicar en ciertas ocasiones. Aunque el libro está centrado en mi gran pasión, la electrónica, también trata la mecánica y la impresión 3D, pues reparar algo, actualmente, es una tarea bastante complicada.
Antes se fabricaban objetos diseñados para durar lo máximo posible y para ser reparados. Hoy en día ya no es así. Antes se utilizaba menos plástico y más metal, se usaban más tornillos y pernos y menos colas y encajes. Las cosas han cambiado mucho, y no precisamente a mejor. Estamos rodeados de objetos más bonitos, pero que duran mucho menos que antes. Los objetos que nos rodean tienen todos fecha de caducidad y están destinados a romperse en los plazos planeados por sus diseñadores. ¿Cómo es posible? Los circuitos y las piezas mecánicas están sujetos al uso. La corriente calienta los componentes, los engranajes se consumen. ¿Por qué la batidora que mi madre compró en 1971 todavía funciona y la que yo compré el año pasado ya he tenido que tirarla? Si en lugar de un engranaje de metal se coloca uno de plástico, está claro que durará poco. Si un circuito está mal diseñado o es insuficiente, está destinado a quemarse. Las empresas justifican este comportamiento porque así la economía se mueve. Si las cosas se rompen y no se pueden reparar fácilmente, se comprarán otras nuevas. Nos hemos acostumbrado a comprar electrodomésticos a precios escandalosamente bajos y, cuando se rompen, lo más normal es tirarlos a la basura con toda la tranquilidad y comprar otro de inmediato. Si un televisor nos cuesta poco más de 100
y es difícil de reparar, lo más seguro es que nos salga más a cuenta llevarlo a un punto de reciclaje que dejar que un técnico lo repare. Por otro lado, debido a esta tendencia a la baja, incluso los técnicos de reparación, literalmente, han desaparecido. De vez en cuando veo alguna tienda como las de antes con el rótulo «Reparamos TV». En su interior puede verse una mesa de trabajo de aspecto triste y abandonado y, en el escaparate, algún televisor lleno de polvo. Una verdadera lástima, pero se trata de una lucha desigual. ¿Cuánto nos puede pedir un técnico para que su reparación nos salga a cuenta? Si una lavadora cuesta 200
y la reparación necesita media jornada... ya estamos al límite para que nos salga a cuenta.
¿Y qué podemos hacer? ¿Adaptarnos y dejarnos llevar por esta oleada de consumo y reciclaje o intentar cambiar las cosas?
Las nuevas tecnologías pueden ayudarnos a cambiar esta situación. Es cierto que, en la mayoría de los casos, no podremos hacer nada y el desguace será la única alternativa, pero gracias a una impresora 3D, quizás podremos crear aquella pieza que nadie nos quiere vender porque no sale a cuenta. Volver a reparar nos devolverá las destrezas manuales que desde hace tiempo estamos perdiendo y nos permitirá apreciar el trabajo manual, en muchas ocasiones menospreciado.
Para reparar un objeto, a veces se necesitan varios intentos, pero cuando al final lo devolváis a la vida, será un gran momento y os sentiréis realmente satisfechos y agradecidos.
El libro
Este libro es casi un diario de viaje de las experiencias recogidas durante estos últimos años. Algunos temas requieren un conocimiento no básico, sino avanzado, aunque he intentado incluir unas páginas de introducción para los principiantes que quieran acercarse a la reparación. Durante años he estado buscando algún libro que explicara cómo reparar cosas, pero nunca he encontrado nada que me satisficiera. No creo que lo haya escrito yo, ese libro, pero sí espero haber aportado algo.
Quien tenga una formación estrictamente electrónica, encontrará una serie de informaciones que raramente aparecen en los libros técnicos ni se enseñan en la escuela y, sobre todo, un método para hacer frente a las reparaciones. Cada reparación es un caso único y se afronta como tal. En mi opinión, el reparador es como un Montalbano de la electrónica, que recoge indicios, hace preguntas, sigue pistas y, al final, resuelve el caso. Reparar es difícil: al principio son más los daños y las derrotas que los casos resueltos. Se requieren paciencia y determinación, cualidades que un libro, desafortunadamente, no puede enseñar.
El primer capítulo es introductorio y trata de afrontar las reparaciones desde un punto de vista más «filosófico» y conceptual que práctico. El segundo capítulo afronta la parte electrónica presente en cualquier dispositivo moderno. Es un capítulo introductorio, pero visto desde la óptica de la reparación: trata los componentes fundamentales y cómo podrían dañarse. En el tercer capítulo muestro los instrumentos necesarios para realizar reparaciones electrónicas y cómo utilizarlos para comprobar los fallos. El cuarto capítulo explica cómo utilizar estos instrumentos para reparaciones electrónicas, es decir, cómo soldar, desoldar y extraer componentes; además, muestra el proceso de una reparación. El quinto capítulo presenta conceptos teóricos de mecánica, útiles para comprender el funcionamiento de cualquier mecanismo, y, por último, el sexto explica cómo utilizar una impresora 3D para efectuar reparaciones de forma rápida y eficiente.
El autor
Este libro nace de una pasión profunda y duradera que me acompaña desde que era niño. A los diez años pasaba muchas horas en el «taller». En cuanto llegaba de la escuela bajaba al estudio de mi padre, expropiado y transformado en mi taller, y el soldador ya no se apagaba hasta la noche. El escritorio era una tabla de madera que casi nunca ordenaba: estaba literalmente cubierto de libros, revistas y componentes y yo trabajaba en un espacio reducido en el centro, que parecía un pequeño cráter. Una lámpara telescópica iluminaba aquel pequeño anfiteatro artificial. No tenía muchos instrumentos más que el soldador, un pequeño multímetro digital y un tester analógico. Me había construido un alimentador regulable y un generador de señales, pero que solo producía ondas cuadradas.
Pasaba los días experimentando. Recuperaba componentes de televisores viejos y chatarra electrónica e intentaba utilizar las piezas para construir otros circuitos. Deseaba mucho tener un osciloscopio y me habría gustado fabricarme uno digital, porque para mí era más fácil de diseñar. En una de las revistas electrónicas que compraba cada mes apareció publicado el proyecto de un osciloscopio muy básico, que en lugar de la pantalla tenía una matriz de LED, pero que para mí era suficiente. No tenía grandes pretensiones. Una de mis cruces era construir una radio UHF/VHF para escuchar a los aviones. Probé decenas y decenas de circuitos distintos, cambiando las bobinas o algún condensador, sin saber en realidad si funcionarían o no. A veces se oían susurros por los auriculares, otras parecía que se oyeran sonidos, voces perdidas entre el ruido: aquellos eran momentos inolvidables. Sin embargo, después todo desaparecía y regresaban los susurros o, peor aún, el silencio absoluto. No es fácil trabajar sin instrumentos.
Un día vino a mi laboratorio mi tío Andrea con una bolsa de plástico llena de placas electrónicas. Trabajaba en Mapei, una empresa especializada en la producción de colas y adhesivos para azulejos y construcción. Unos años atrás, la empresa había regalado a algunos clientes medidores de humedad que se colocan en el suelo antes de poner los azulejos. Creo que aquellos instrumentos servían para identificar el momento óptimo para la colocación. Mi tío conocía mi pasión y me preguntó si podía repararlos. Acepté de inmediato y me puse manos a la obra.
Creo que tenía trece o catorce años y ese fue mi primer trabajo. No fue fácil repararlos, pero los arreglé casi todos y me gané una pequeña propina, que gasté rápidamente en componentes electrónicos para algún circuito nuevo. Así empezó mi carrera de reparador electrónico.
Después, empecé a estudiar topografía porque decían que el instituto técnico más próximo a la ciudad donde yo vivía no tenía opiniones muy buenas y, por tanto, abandoné «oficialmente» la electrónica para dedicarme a casas y proyectos. Pero este paréntesis no me hizo olvidar mi pasión y, en cuanto me diplomé, me inscribí a ingeniería de telecomunicaciones en el Politécnico de Milán. Siempre elegí las materias por las que sentía curiosidad e interés, a veces incluso arrepintiéndome un poco. ¡Recuerdo una clase del quinto año en la que solo éramos cinco! Era dura pero muy interesante: «Algoritmos y circuitos para telecomunicaciones».
En cuanto me gradué, me desvié de mi camino por enésima vez. Como sabía programar empecé a trabajar como programador, después como analista y más tarde como project manager en distintas empresas. Mi último trabajo como empleado fue en una empresa de transporte ferroviario. Durante aquellos años no lo pasé nada bien porque parecía que los jefes de la empresa, en lugar de favorecer las capacidades personales y a las personas ingeniosas y motivadas, disfrutaran pisoteándolas. Los últimos meses fueron los más duros y tristes.
Finalmente, dejé mi puesto de trabajo y volví, tras varias aventuras, a seguir el camino que había empezado a los trece años. He seguido mi pasión por vías complicadas y difíciles y, al final, esta ha sido la que me ha proporcionado mayores satisfacciones. A menudo no nos damos cuenta de que tenemos en nuestras manos las cosas más preciadas y las descuidamos o, peor aún, las descartamos. He cometido muchos errores en todos estos años pero también creo que he aprendido muchas cosas, la más importante de las cuales es, sin duda, la de detenerse y escuchar las propias pasiones. Ellas sabrán dónde llevarnos, aunque se necesiten mucha paciencia y determinación. Durante estos años he desarrollado muchas actividades y tecnologías relacionadas con el mundo de los makers. He experimentado con startups y empresas, transformándolas en varias ocasiones, buscando un negocio que funcionara. En 2011, fundé la Frankenstein Garage y, más tarde, el FabLab Milano, unas de las primeras startups que se ocupó de nuevo de hardware en lugar de software y apps. Después abrí Fabb srl, dedicada sin demasiado éxito a la impresión 3D, hologramas y diseño de IoT (Internet of Things, Internet de las cosas). Hace unos meses, puse en marcha Reelco (www.reelco.it), REborn ELectronic Company, que lleva a cabo reparaciones electrónicas industriales. Cada día es un nuevo reto y trabajamos con objetos de cualquier tipo, que casi siempre reparamos con enorme satisfacción. En poco tiempo, he dejado mi ático para alquilar un pequeño taller con la ayuda de otros cinco compañeros de viaje y colaboradores. Parece ser que se trata de un negocio acertado y que, finalmente, las cosas empiezan a moverse.
He escrito algún libro, como el Manuale del Maker, algunos textos sobre la impresión 3D y otros libros que podéis encontrar en esta misma colección (Manual de Arduino y Electrónica para Makers). Podéis poneros en contacto conmigo a través de mi sitio web www.zeppelinmaker.it o por correo electrónico a la siguiente dirección: paolo@zeppelinmaker.it.
Advertencias
La corriente eléctrica puede ser muy peligrosa: es invisible y, si no se es consciente o se está seguro de lo que se está haciendo, se pueden sufrir accidentes graves o mortales. No utilicéis nunca en vuestros experimentos una tensión de red de 220 voltios. Utilizad solo pilas o baterías, prestando igualmente la máxima atención.
En este libro se describen actividades que requieren el uso de sustancias químicas que pueden ser peligrosas si se utilizan de forma inadecuada. Seguid siempre las indicaciones señaladas en las instrucciones y usad guantes, gafas y todas las protecciones necesarias.
Si no estáis seguros u os surgen dudas, preguntad a un experto, un amigo o un profesional... En Internet existen muchos sitios y grupos (también en Facebook), aunque no siempre es fácil saber si una persona es o no realmente experta en lo que escribe. Ni el editor ni yo podemos hacernos responsables de los resultados obtenidos en los experimentos descritos en este libro. No podemos dar cuenta de incidentes o daños sufridos en cosas, personas y animales que podrían ocurrir durante la realización de estos experimentos. Trabajad siempre con la máxima atención e intentad prever las consecuencias de lo que estáis haciendo.
1
Reparar (casi) cualquier cosa
¿Qué es la reparación? ¿Todavía tiene sentido reparar objetos? En este capítulo quiero explicar por qué reparar es una actividad que aún puede tener sentido y es importante. Tendréis que aprender distintas técnicas y tener mucha paciencia porque no es sencillo, más bien sería como el trabajo de un investigador de policía. Las nuevas tecnologías os pueden ayudar a crear fácilmente piezas de recambio.
«Ese genio de mi amigo, él sabría lo que hacer, él sabría lo que ajustar, con la herramienta a mano hace milagros».
Lucio Battisti – Sí, viajando
Cuando acababa de cumplir los veinte, tuve la suerte de sacarme el carné de moto. Mis padres, tal vez un poco exasperados por la gran cantidad de folletos y revistas de motos que dejaba en cualquier rincón de casa, me pagaron una parte. Aunque en mi familia no faltaban comodidades, siempre me enseñaron el valor del dinero y del trabajo. Por eso, no quería «aprovecharme» demasiado de la generosidad de mi familia e intenté arreglármelas ahorrando tanto cuanto pude: me presenté al examen sin ir a clase. Estudié mucho e hice el examen en el periodo de introducción del permiso de conducir europeo. Me encontré en una gran sala de las autoridades de tráfico de Milán, donde tuve que esperar durante horas. Mientras esperaba a que me llamaran, me enteré de que el examen para el que yo me había preparado no era escrito, sino oral: ¡un auténtico shock! Inmediatamente me puse a repasar la teoría y, finalmente, pasé tanto la prueba oral como la escrita y obtuve el carné A. Para pasar el examen práctico, me prestó la moto un primo lejano. Era una Moto Guzzi V35 II roja. Después me compré una Guzzi V35C azul: la moto más barata de aquellos tiempos. Tenía unos 50.000 kilómetros y había sido matriculada en los años 80. El chasis, de hierro, era muy pesado y robusto. Me costó un poco más de un millón de liras (unos 500
actuales).
La moto siempre llevaba algún que otro «parche» y, pensando en mis ahorros y en mi autonomía, aprendí yo solo a hacer un poco de mantenimiento. En ocasiones, las intervenciones eran «extraordinarias» y en otras, había que realizar reparaciones bastante atrevidas e improvisadamente mecánicas. Me inspiraba en libros como el de Pirsig, que de técnico tenía más bien poco, aunque quedaba ampliamente compensado por el espíritu filosófico necesario para afrontar estas reparaciones. Por aquel entonces todavía no había Internet tal como lo conocemos ahora: no había vídeos de YouTube que te explicaran con todo detalle cómo cambiar filtros y pastillas de freno. Erais tú, la moto y la llave inglesa. Una vez, cuando volvía de una reunión de motos, pasé por un bache y se rompió una pieza del chasis que sostenía el sillín y el guardabarros. Era evidente que la Guzzi necesitaba ser reparada: los paneles laterales se salían fácilmente porque estaban colocados a presión. El depósito se abría con una goma y, una vez cerradas las válvulas y desconectados los tubos del carburante, era completamente accesible. El motor simple y lineal invitaba a ser explorado. En aquella ocasión, quité el asiento y busqué un sistema para fijar el chasis roto. Conseguí una barra de hierro lisa que entrara fácilmente dentro de los tubos y, una vez colocada, procedí a la soldadura de las partes metálicas. El chasis que sostenía el motor V35 ya era de hierro. Una operación «de carnicero», si queréis, pero hecha con total autonomía y gran satisfacción.
En el garaje de mi casa de Ceriano Laghetto pasaba mucho tiempo reparando la Guzzi, pero también bicicletas y todo cuanto se me rompía. En mi familia siempre ha existido la «cultura del reparar», una actividad antes normal y cotidiana. Mis abuelos, que vivieron durante la guerra, estaban acostumbrados a cambiar y reparar las herramientas agrícolas para su trabajo. De pequeño, yo les seguía y les observaba con interés mientras llevaban a cabo sus tareas y, a menudo, reparaban cosas. Antes, las reparaciones de las herramientas era más fácil porque las cosas se fabricaban de una forma más simple y sin tanta malicia. A veces, algunas herramientas se vendían a piezas: en el consorcio agrario comprabas un mango de madera (o te hacías con una rama grande y robusta), la lama de una pala, unos clavos para fijarla y procedías al montaje. Una vez construida la herramienta, en caso de rotura, ya sabías cómo repararla. Por ejemplo, de vez en cuando era necesario añadir algún clavo para que la pala quedara bien fijada. Estas intervenciones no siempre daban como resultado objetos «bonitos», pero sin duda sí funcionales. Había personas con una atención y una capacidad especiales para crear herramientas y modificarlas.
Todo cuanto fue diseñado y fabricado antes de los años 80 es bastante «accesible», en el sentido de que dispone de tornillos «visibles» que permiten una apertura fácil del objeto. La introducción del plástico limitó mucho las posibilidades de intervención y de reparación de los objetos. Aunque sea un material que puede asumir cualquier forma y sea omnipresente, no es resistente como una pieza de metal o de aluminio. Por otro lado, la fabricación en masa no puede permitirse utilizar materiales tan preciados como el metal. El plástico es muy cómodo, rápido y económico. Los plásticos más utilizados son los termoplásticos: polímeros que pueden ser «deformados» con el calor. El proceso de deformación es reversible, pero sin los instrumentos y los trucos adecuados es difícil intervenir sobre estos objetos para repararlos. No sé cuántas veces he intentado pegar objetos de plástico con supercolas esperando resolver un problema. Mi fe en este tipo de pegado desapareció hace tiempo. Los primeros objetos creados con plástico tenían tornillos. Los tornillos valen dinero y, por tanto, para ahorrar y hacer los objetos aún más bonitos y perfectos, se eliminan a favor de encajes pensados para que no se abran nunca, sobre todo porque no habría ninguna razón para hacerlo. ¿Para qué querríamos desmontar un objeto que no funciona?
Los objetos modernos no contemplan la posibilidad de ser abiertos, inspeccionados y, aún menos, reparados. Observad vuestro nuevo smartphone: una pastilla de jabón negra y brillante con ranuras muy pequeñas, casi invisibles. El cristal de la pantalla forma un todo con el resto del objeto. La batería es interna y no se puede extraer. ¿Para qué querrías abrirlo? Pues porque, por ejemplo, durante su fabricación el cable del altavoz ha quedado «pillado» y, tras unos meses de funcionamiento, el teléfono se ha quedado inexplicablemente mudo. Esto me ha pasado de verdad y confieso que perdí una semana entera pensando que la causa podían ser el software o los posibles efectos de alguna actualización del sistema. Solo cuando el teléfono se declaró inservible tuve el valor de abrirlo. Una operación que debe llevarse a cabo con extremo cuidado, vista la delicadeza y complejidad del dispositivo. Levantando un poco el circuito impreso se notaba que uno de los cables del altavoz se movía libremente... Y ahí estaba el problema. La imposibilidad de sustituir las baterías también es desconcertante. Hasta hace pocos años, los ordenadores y los teléfonos contaban con una batería extraíble. Las baterías no duran mucho y, después de unos cientos de ciclos de recarga, se acaban gastando. Mientras que antes el dueño del objeto podía cambiar la batería por una nueva de una manera muy sencilla, hoy en día esta operación está altamente desaconsejada a favor de la sustitución del dispositivo por uno nuevo o de una intervención por parte de la asistencia técnica que nos hará pagar generosamente por llevar a cabo una operación que, hasta hace poco, todos éramos capaces de realizar.
He llegado a entender en parte la necesidad de crear objetos perfectos e inaccesibles leyendo la biografía de Steve Jobs, que no quería que los clientes abrieran sus productos o traficaran con ellos. Su primer ordenador vio la luz en un periodo muy concreto en el cual la electrónica era muy popular, la gente quedaba para hablar de sus proyectos y para explicarlos y compartirlos con otras personas, un poco como sucede actualmente con la impresión 3D. El Apple II vio la luz en este entorno y estaba rodeado de gente que sentía curiosidad por sus circuitos y deseaba manipularlos para conectarles periféricos hechos en casa. Para Steve esto era inacceptable y consiguió que el primer «Apple» comercial fuera inaccesible, se utilizaron para ello pocos tornillos con cabezas especiales y muy escondidos. Era normal que los ordenadores de aquella época tuvieran un puerto de expansión al cual conectar periféricos de distintos tipos, incluso fabricados por uno mismo, cosa que faltaba en el ordenador de Jobs, y él era plenamente consciente de ello. Jobs sabía que podía hacer un producto de óptima calidad y no quería que nadie lo manipulara. Esta posición tiene su lógica, porque así todo está bajo control. Un sistema cerrado tiene un hardware bien definido y estable, igual que el software que en él se ejecuta. Un sistema de este tipo es más controlable y, por tanto, debería funcionar mejor. De hecho, los ordenadores que fabrica Apple son ordenadores de óptima calidad. El enfoque adoptado por Microsoft e IBM se encuentra completamente en las antípodas del de Apple; ambas empresas se aliaron para crear un hardware modular y de bajo coste sobre el cual pudiera ejecutarse el sistema operativo Windows, adaptable a las distintas situaciones. Esto permitió una rápida y masiva difusión de los ordenadores de escritorio y que naciera el amor/odio por Windows, sistema operativo omnipresente que debe rendir cuentas ante miles de situaciones distintas.
Los productos de Apple fueron muy innovadores y de referencia en todo el mercado. Por esta razón, algunas decisiones tecnológicas y de diseño presentadas por Apple han sido inmediatamente adoptadas por muchos otros fabricantes. Otro ejemplo de innovación que ha marcado este paso ha sido el uso de fuentes de alimentación conmutadas, que ya existían hacía tiempo, pero introducidas por primera vez de forma masiva en un ordenador personal, a voluntad de Steve Jobs, porque el ordenador no podía distraer al usuario con el ruido del ventilador y lo único que podía funcionar sin un sistema de refrigeración era una fuente de alimentación conmutada.
Para empeorar la reparabilidad de las cosas, han surgido otras prácticas poco correctas, como insertar chips dentro de los recambios, una cosa bastante extendida en el ámbito automovilístico y en algunas maquinarias industriales, entre las cuales, las impresoras 3D. Los consumibles tienen pequeños circuitos integrados que llevan la cuenta de las horas de uso y, una vez alcanzado el límite, o bien terminado el cartucho, requieren su sustitución, que debe realizarse con cartuchos y recambios compatibles y oficiales. No es posible recargar o regenerar estas piezas. La presencia del chip está justificada porque así se tiene un mayor control de lo que ocurre. El estado de desgaste de las piezas lo lee un controlador central y, así, no hay peligro de quedarse «averiado». Incluso el Parlamento Europeo ha percibido estas prácticas al límite de la legalidad y hace unos años aprobó una ley, en el ámbito automovilístico, para limitar el uso de recambios «exclusivos» y garantizar la reparabilidad de los vehículos de motor en cualquier taller mecánico, y no solo en aquellos pertenecientes al fabricante.
Aprender a reparar
En junio de 2017 ayudé a organizar en Padua un minicurso de reparación inspirado en el Repair Café, es decir, un encuentro en el cual los participantes reparan electrodomésticos, objetos comunes, bicicletas y piezas de vestir. Se organizan de forma periódica en locales ya preparados, como pequeños talleres, con herramientas, soldadores e impresoras 3D. Un grupo de voluntarios ayuda a los participantes a llevar a cabo las reparaciones. La idea de los Repair Café fue de Martine Postma, quien, en 2009, organizó el primer evento en Amsterdam. El objetivo de estos encuentros es reducir los residuos tecnológicos, no derrochar y difundir la cultura del reparar y del reutilizar, creando puntos de agregación social. De hecho, los Repair Café tienen carácter «local» y de barrio. A partir de 2009, esta iniciativa se difundió por todo el mundo. Cualquiera puede abrir uno de estos puntos, afiliándose y aportando una pequeña contribución para poder utilizar el logo y el formato; actualmente, podemos encontrar Repair Café también en España, aunque con una representación muy reducida.
A diferencia de los encuentros oficiales, el evento en el que participé en Padua estaba organizado, en primer lugar, con una parte teórica y, después, con las actividades prácticas. La teoría sirvió para ofrecer una «pincelada tecnológica» a los participantes, con la idea de encaminarlos hacia la vía de la reparación en lugar de ofrecerles un punto de reparación en la ciudad. A pesar de la calurosa jornada y el clima ya vacacional, el centro Toselli de Padua se llenó de una docena de curiosos. Yo traté de guiarles, proponiéndoles un recorrido lo más simple posible.
El objetivo de estos encuentros no es tanto el de hallar a alguien que pueda reparar los objetos, sino más bien aprender a hacerlo uno mismo, un concepto bastante difícil de dar a entender. Sé algo de eso tras unos años de experiencia con los fablab, que seguramente se inspiran en una filosofía similar: son una especie de gimnasio superpreparado en el cual puede entrar cualquiera y, tras haber aprendido a utilizar las máquinas con seguridad, proceder a fabricar todo lo que desea. Desafortunadamente, la mayoría de las veces, los «visitantes» pretenden que alguien les ayude a fabricar algo y que les resuelva el problema, sin haber aprendido a hacerlo solos.
En el experimento de Padua, se explicó a los participantes durante tres horas la importancia de reparar y de «saber hacer», además de mostrarles técnicas básicas para crear piezas con una impresora 3D y técnicas electrónicas simples como soldar, desoldar y, sobre todo, reconocer los componentes. La tarea es realmente ardua cuando entre los participantes hay desde una ama de casa a un ingeniero, pasando por profesores, diseñadores y algún jubilado que siente curiosidad.
Para reparar algo es preciso saber cómo funciona. No se puede manipular un mecanismo o un circuito sin haberse antes familiarizado con él y, para ello, es necesario desmontarlo y observar cómo está fabricado y cómo se mueven las cosas en su interior: engranajes que giran, palancas que hacen clic, luces que se encienden, relés y otros diablos eléctricos y electrónicos. Para no sufrir daños, es importante trabajar con calma, sin prisas, para ser capaces de desmontar y volver a montar sin problemas. Para que entendieran el funcionamiento general, les propuse que reflexionaran sobre la función del objeto e intentaran esquematizar su funcionamiento, si era necesario, sobre papel. Cada participante traía un objeto propio para reparar con el cual poder realizar la práctica.
Tras haber seleccionado algunos de los objetos más interesantes y con alguna probabilidad de reparación, todos practicamos un poco aprendiendo a soldar y desoldar componentes electrónicos. Uno de los objetos a reparar era un lector de CD para DJ. Lo desmontamos porque se había caído y se había quedado un CD dentro, que no podía ser expulsado. El desmontaje no fue difícil y, tras pocos minutos, pudimos empezar a estudiar el complicado mecanismo de la bandeja del CD formado por un complejo sistema de palancas, muelles y engranajes. Nos dimos cuenta de que un pequeño diente de plástico se había roto por la caída. Este diente hacía de guía por una especie de palanca dentada que ahora salía de su espacio y bloqueaba el CD: la avería era mecánica.

Figura 1.1 – Un momento del evento Repair Café de Padua.
Con la impresora 3D intentamos imprimir unos pequeños «dientes» que pudieran mantener inmóvil la palanca. Tras unos intentos, el diente estaba en su sitio y el CD volvía a funcionar. Una intervención nada fácil, pero con un gran efecto entre los participantes, que se quedaron asombrados por la rapidez y la flexibilidad de uso de la impresora 3D.

Figura 1.2 – La reparación del CD durante el Repair Café de Padua.
¿Por qué reparar?
Hoy en día es extraño encontrar servicios de reparación. La mayor parte de los que «reparan» en realidad sustituye piezas enteras, mecanismos o placas, y no osa adentrarse en los detalles del objeto que manipula. Si enviáis un teléfono móvil o un ordenador roto a un centro de asistencia, normalmente se limitarán a abrir el objeto y sustituir en bloque la placa madre o los módulos probablemente dañados. La tarea consiste simplemente en quitar, con mucho cuidado, las piezas que pueden ser extraídas: placas de control, sensores, motores, baterías, discos, tarjetas de vídeo, módulos wifi o tarjetas de memoria. Ya casi nadie se atreve a colocar la punta del soldador sobre una de estas placas; de hecho, hay motivos muy válidos para no hacerlo.
Cuando llega el técnico de la lavadora y os la repara sustituyendo en bloque toda la placa, en realidad no ha realizado una reparación real. Sin embargo, su intervención está justificada por el hecho de que no puede dedicar a vuestra lavadora horas y horas para identificar una avería, y porque debería poseer un importante bagaje tecnológico y ser competente en bombas, corriente eléctrica, mecánica y electrónica. Su trabajo está optimizado y él es especialista solo en una determinada marca y un determinado tipo de electrodoméstico (con pocas excepciones). Si no fuera así, probablemente no llegaría a fin de mes. Más que nada porque trabajando por piezas y sustituyendo grupos enteros como la unidad, la puerta o la bomba de descarga reduce el tiempo y confina las habilidades necesarias. Si para cada caso tuviera que dedicar toda su atención, necesitaría demasiadas horas de trabajo, lo que para él sería prohibitivo. El hecho de limitar el alcance de la competencia a una única marca y a un único tipo de producto lo especializa y lo erige como «experto» de aquel tipo de objeto en concreto, del cual lo sabrá todo o casi todo. Así encuentra el equilibrio entre el tiempo que puede pasar reparando el objeto y sus gastos a fin de mes.
Las piezas que sustituye normalmente tienen un coste muy elevado, a veces desproporcionado, tanto que en caso de averías graves (o no tan graves) es casi más conveniente comprar un objeto nuevo que repararlo. Probablemente investigando más, intentando desmontar aquella bomba que hace un ruido sospechoso o sustituyendo aquel diodo quemado, la lavadora volverá a funcionar, pero estas tareas requieren mucho tiempo, cosa que nuestro técnico no se puede permitir. Para reparar la lavadora, solo debemos decidir entre «inmediatamente», con certeza, pero con un precio elevado, o «con el tiempo necesario», entre mil dificultades pero a un precio bajo. Normalmente, la decisión recae sobre la primera opción o, peor aún, se valora la posibilidad «quizás no vale la pena repararlo».
Atención a la frase «de bajo coste». ¿Qué significa? ¿Se refiere solo al precio del recambio o de la pieza sustituida? El coste de la reparación depende casi exclusivamente del tiempo empleado para resolver el problema, y el tiempo vale mucho, sobre todo si acudimos a un técnico o a un experto. Por este motivo, para la mayor parte de los electrodomésticos, no vale la pena repararlos. A menos que lo hagamos nosotros. Llegados a este punto, queda claro también el porqué los recambios son tan caros. Yo he podido ver simples interruptores de 50 céntimos venderse por el fabricante a más de 10
. El caso del interruptor es bastante extremo, pero por lo general el precio de un recambio es muy elevado. Y por varias razones. El fabricante y el distribuidor deben mantener la pieza en stock. Solo por el hecho de tenerlo en un estante ya tiene un coste, porque la pieza que quizás vale solo unos euros ha sido fabricada y, además, alguien ya habrá pagado por ella o habrá invertido solo por tenerla allí llenándose de polvo. Antes o después, quien tiene la pieza en el estante espera recuperar su inversión y, por tanto, nos hará pagar a nosotros esta «molestia».
Las piezas de recambio son normalmente difíciles de encontrar y todos sabemos que cuando un bien es escaso, su precio sube. Además, añadimos la urgencia personal. No nos podemos permitir lavar a mano la ropa y desearíamos resolver lo antes posible el problema. La urgencia hace aumentar la propensión al gasto y, por eso, abrimos la cartera sin pensarlo y pagamos 300
por algo que vale diez veces menos.
Quien repara lo suele hacer para sí mismo, principalmente por motivos económicos, para ahorrar. ¿Se os ha roto alguna vez la caldera de casa? Como ya sabemos, el técnico nos propondrá dos opciones: sustituir la caldera por una nueva, más eficiente, de bajo consumo y múltiples facilidades, o bien sustituir la placa. La placa puede costar más de 100
y habrá que pagar también la mano de obra. Y bueno, además la caldera ya no está nueva, tiene sus años y puede durar todavía un poco, pero no se sabe cuánto. Si no tenéis problemas económicos, probablemente optaréis por comprar una nueva caldera, pero si os parece una locura cambiarla después de solo cinco años, entonces sí, os decidiréis por la sustitución de la placa de control que, al final, os costará unos 100
. Es como tener que elegir entre el huevo o la gallina. Si debemos estrecharnos el cinturón, elegiremos la sustitución de la placa, mientras cruzamos los dedos para que dure el máximo posible. El técnico se llevará la placa, la cual será desechada, o bien devuelta al fabricante, donde casi seguro nadie la reparará.
Si vosotros fuerais capaces de repararla, probablemente no llamaríais al técnico y comprobaríais la placa. A veces, la causa de la avería es una tontería (aunque solo a veces). Hace unos años también a mí se me averió la caldera. Antes de llamar al técnico intenté abrirla (ya que la garantía había caducado hacía años) y curioseé por su interior entre tubos, bombas y placas varias. Encontré un fusible, que estaba intacto. En la parte inferior había una especie de tanque fijado con tornillos. Lo abrí y encontré la placa de control. Después vi otro fusible: ¡estaba quemado! Lo sustituí de inmediato y me ahorré la visita del técnico y el gasto imprevisto. Saber manipular las cosas es realmente un gran qué que ofrece enormes satisfacciones. Es una competencia que se puede aprender con paciencia y muchos «experimentos», pero recordad siempre la regla de oro:
¡No abráis nunca los objetos en garantía!
Si están en garantía, id al centro de asistencia o donde lo comprasteis.
El segundo motivo por el cual se recurre a la reparación es por no existir alternativas, por ejemplo, cuando una pieza está obsoleta y ya no se produce. En estos casos, normalmente también se suele recomendar adquirir un producto nuevo a un precio muy superior. Pero si es posible encontrar un recambio, sin duda alguna se debe intentar reparar lo que se ha roto.
El 99 % de los hombres descienden genéticamente de los monos y les gusta rodearse de objetos. A veces, se pierde el control de este aspecto y se llega a la acumulación en serie. Algunos de los objetos que tenemos pueden tener un gran valor afectivo, quizás porque nos los ha regalado alguien y no los queremos tirar. Hace unos años, a una tía mía se le rompió la máquina de escribir. Toda la vida había utilizado una Olivetti Lettera 22 e, incluso, una vez jubilada, solía escribir con su querida máquina de escribir mecánica. Como le tenía mucho afecto, para no dejarla sin un objeto tan importante para ella, le busqué una por Internet y se la compré. La suya me la dio y yo, con calma, la reparé. Ahora mi tía ya no está, pero yo continúo teniendo su máquina de escribir, que me la recuerda cada vez que la veo. A veces los objetos de este tipo ya no tienen ningún valor y quizás existen nuevos modelos que son más eficientes y actualizados, pero sí son importantes para el propietario, que estará dispuesto a cualquier cosa con tal de conseguir repararlos.
Otra causa que podría alentar a alguien a reparar algo sería por motivos más profundos y filosóficos. Si compro un objeto, cedo un dinero a cambio de su propiedad, que pasa del vendedor al comprador. En la práctica, este intercambio no es perfecto, porque aun siendo propietario de un bien adquirido, no tengo todo los conocimientos de cómo ha sido fabricado y de cómo funciona. Ahora ningún fabricante entrega ya los esquemas eléctricos y de funcionamiento y se limita solo al manual de uso. Y esto es así para proteger las propiedades intelectuales inherentes al bien adquirido. El fabricante ha invertido tiempo y dinero para crear un objeto y no desea que otros lleguen y utilicen la documentación sumistrada para convertirse en competidores.
Antes, con cierta frecuencia, venían junto al manual de uso los esquemas eléctricos. Hoy en día estos son una auténtica rareza. Existen movimientos de personas que reivindican el derecho de poder reparar los objetos y que piden a los fabricantes que se lo permitan hacer creando objetos reparables, dotados de sistemas de apertura y que proporcionen incluso las piezas de recambio para poder llevar a cabo las reparaciones. El Repair Manifesto es muy popular en Internet, sobre todo en sitios relacionados con el mundo maker1. La versión de Platform212 incluye 11 puntos:
1. ¡Alarga la vida de tus productos! Reparar ofrece a tus objetos una nueva vida. ¡No lo entierres, apedázalo! ¡No lo tires, remiéndalo! Reparar no está en contra del consumismo, está en contra de la basura inútil.
2. Los objetos deberían ser diseñados para poder ser reparados. Diseñador: crea productos reparables e informaciones claras y comprensibles. Consumidor: compra cosas que puedan ser reparadas y, si no es así, investiga por qué no lo son. Sé crítico y curioso.
3. Reparar no es sustituir. Sustitutir significa tirar la pieza rota. Este NO es el tipo de reparación que estamos tratando.
4. Lo que no destruye, refuerza. Cada vez que reparamos algo, aumentamos su potencial, su historia, su alma y su belleza intrínseca.
5. Reparar es un reto creativo. Reparar despierta la imaginación. Utilizar nuevas técnicas, nuevos instrumentos y materiales presenta nuevas posibilidades en lugar del fin de los objetos.
6. Reparar no es una moda. La reparación no tiene nada que ver con el estilo o las tendencias. No existen fechas de entrega para los objetos que se reparan.
7. Reparar es descubrir. Mientras arreglas algo, aprendes cosas maravillosas acerca de cómo funciona y no funciona.
8. ¡Reparamos incluso cuando no hay crisis! Si piensas que este manifiesto tiene algo que ver con la recesión, es que no has entendido nada. No se trata de dinero, sino de mentalidad.
9. Los objetos reparados son únicos. Incluso un objeto falso se convierte en original una vez reparado.
10. Reparar nos hace libres. No seas esclavo de la tecnología, sé maestro. Si una cosa está rota, arréglala y será mejor. Si eres maestro, enseña al resto.
11. Repara de todo, incluso bolsas de plástico... Pero te recomendamos que cojas una bolsa que dure y que la repares si es necesario.
Y, por último, el lema:
¡No recicles, repara!
Uno de los puntos del manifiesto subraya la importancia de reparar, a menudo confundida con sustituir piezas enteras de un objeto. La sustitución de la placa de la caldera rota por una nueva no es una reparación y, además, es una operación que puede realizar cualquiera. Y así debe ser por motivos económicos y prácticos. El técnico de la caldera no puede permitirse quedarse en cada casa que tenga la caldera rota intentando repararla. Vosotros moriríais de frío y él no podría garantizarse el número de intervenciones necesarias para pagarse el sueldo.
Otro problema es la ausencia de reparadores. Antes era normal llevar el televisor averiado a arreglar; hoy en día, por muchos factores, antes se opta por tirarlo. Los electrodomésticos actualmente valen muy poco dinero y esto hace que sea tan antieconómico repararlos. Si un electrodoméstico complejo, como un teléfono móvil, puede llegar a costar menos de 50
, ¿cómo puede salir a cuenta repararlo? Esta tendencia, unida al uso de tecnologías electrónicas y de fabricación cada vez más avanzadas y miniaturizadas, ha hecho desaparecer literalmente el oficio de reparador de TV y de electrodomésticos. Hoy en día, aún es posible reparar las placas incluidas en los electrodomésticos, pero solo a nivel aficionado, y casi siempre con muchas dificultades. A menudo, los fabricantes utilizan piezas casi imposibles de encontrar, eliminan el texto que habla de los componentes o revisten las placas con un recubrimiento de resina. Algunas piezas, probablemente fabricadas a medida, desaparecen del mercado «oficial» a los pocos meses de su salida y prácticamente no se pueden encontrar.
Los diseñadores de Platform21 han analizado los procesos de realización de los diseños y el papel de diseñadores y consumidores. Su manifiesto quiere hacer reflexionar al diseñador para intentar limitar la obsolescencia programada, cada vez más breve, que caracteriza todos los productos que nos rodean, acompañada por el empuje al reciclaje, siendo esto seguramente bueno, pero que nos induce a tirar los objetos más a la ligera. Desde hace unos años, en la escuela también se enseña la importancia de reciclar objetos, y no tanto de reutilizar o reparar. Reciclar significa simplemente tirar las cosas o llevarlas al punto de recogida ecológico y dejar que otras personas se ocupen de ellas, esperando que el plástico, el vidrio y los metales sean después realmente reutilizados para crear nuevos objetos para el consumo. Sospecho que el «reciclaje» que tanto nos inculcan sea un lobo con piel de oveja, un sistema ingenioso y perverso para animarnos a tirar las cosas rotas, sin siquiera considerar la posibilidad de una reparación.
Entre el reciclaje y la reparación se encuentra la reutilización, la posibilidad de dar una nueva vida a objetos para tirar. Así, hay bancos que se pueden transformar en mesas y muebles con estilo «industrial», ropa vieja que puede volver a estar de moda con pequeñas modificaciones y engranajes y mecanismos que se transforman en joyas. Una vez el objeto ha sido consumido y reutilizado, ya podemos tirarlo a la basura, aunque el sistema de reciclaje de objetos, sobre todo tecnológicos, tiene sus fallos. No sé si habréis oído hablar alguna vez del RAEE (Residuos de Aparatos Eléctricos y Electrónicos). Probablemente habréis visto este texto adicional en la factura del último electrodoméstico que hayáis comprado. Esta cuota, también denominada «ecoimpuesto», sirve para cubrir los costes de un futuro desmantelamiento del objeto, una vez se haya roto y tenga que tirarse. Se necesita un impuesto extra porque los electrodomésticos y los objetos electrónicos contienen un tipo de sustancias y metales que requieren tratamientos especiales para un correcto desguace, porque son elementos tóxicos y peligrosos para el ser humano y para el medio ambiente.
Un informe publicado en enero de 2017 por el Comité de vigilancia de residuos RAEE calcula que en 2016 se produjeron, en Italia, 283.089 toneladas de residuos especiales: casi 5 kilos por persona, aunque parece que esta estimación sea por defecto. El comité de vigilancia y control del Ministerio de Medio Ambiente indica que seis de cada diez electrodomésticos no son desmantelados correctamente y basta con dar una vuelta por cualquier calle de las afueras de nuestra ciudad para darnos cuenta de que estos datos son reales. Algunos caminos rurales parecen vertederos con auténticas montañas de electrodomésticos apilados que no siempre son abandonados por ciudadanos de a pie: a menudo, detrás de estos vertederos, están negocios ilegales y bien organizados. Otro sistema para hacer desaparecer la basura electrónica o e-waste de manera aparentemente más «limpia» es enviarla a África, donde se recoge en sitios como Agbogbloshie, suburbio de la ciudad de Accra, en Ghana, donde hay uno de los vertederos electrónicos más grandes del mundo, con 70.000 personas trabajando en la extracción manual de metales. La zona también se conoce como «Sodoma y Gomorra» y recibe millones de toneladas de residuos tecnológicos al año.
El manifiesto nace por casualidad en un periodo de crisis, en el que ciertas tendencias solo se acentúan. El problema que evidencia es que los consumidores no tienen el control de los objetos que compran. No saben cómo están hechos, no pueden abrirlos, no pueden, eventualmente, mejorarlos y, por tanto, son esclavos de ellos. Los diseñadores y las empresas tienen grandes responsabilidades en este círculo que se ha creado; el manifiesto las evidencia, alentando a los diseñadores a hacer objetos reparables y lo más «abiertos» posible, es decir, documentados y accesibles.
¿Por qué utilizar engranajes de plástico en una batidora? ¿Por qué colocar componentes sensibles al calor junto a piezas que se sobrecalientan? ¿Por qué termosellar las cubiertas y no utilizar simplemente tornillos? Muchos objetos se crean con malicia y con su fecha de caducidad ya codificada en su proyecto: se llama obsolescencia programada y dicen que tiene su origen en los tiempos de las primeras bombillas, cuando se reunieron todos los productores para constituir un acuerdo y definir la duración máxima de estos objetos en 1.000 horas, cuando algunas podían llegar incluso a las 2.500. El acuerdo tenía como objetivo uniformizar al máximo las características de los productos, entre las cuales garantizar la duración mínima, que, sin embargo, fue entendida por muchos como la duración efectiva.
Actualmente, para ningún fabricante sería admisible hacer una cosa así, aunque por varios motivos es sencillo introducir rupturas programadas. Los mismos componentes electrónicos, como los condensadores electrolíticos, tienen una duración predeterminada que puede afectar la funcionalidad de un producto. En el peor de los casos, estas averías «a tiempo» pueden ser introducidas dentro del firmware cargado en los microcontroladores omnipresentes. Es muy sencillo programar que, tras un cierto número de horas de trabajo, la placa empiece a funcionar mal o a disminuir sus prestaciones. El consumidor que desea «salvar el mundo» y al que, por tanto, le interesan fines «ecológicos» y la salvaguardia del medio ambiente, debería buscar, según el manifiesto, solo productos que se presten a ser reparados y tener un espíritu más crítico. Son conceptos muy bonitos y que encienden nuestra chispa revolucionaria, pero desgraciadamente muy difíciles de realizar. Las empresas no deberían adoptar nunca políticas de este tipo, sobre todo en periodos de crisis como el de estos últimos años.
iFixit es un sitio que desde hace años publica manuales gratuitos para la reparación de cualquier tipo de objeto. Nacido en torno al mundo Apple, está especializado en sus productos, pero actualmente hospeda cientos de miles de guías de cualquier tipo. Hace tiempo, los técnicos de iFixit compraron uno de los nuevos MacBook para analizarlo e intentar saber cómo repararlo. Desgraciadamente, el informe de reparación fue muy negativo. El nuevo MacBook con pantalla de retina ha sido definido por ellos como el portátil menos reparable que habían visto nunca. La pantalla es todo un conjunto con el cristal, las RAM están selladas directamente sobre la placa madre y no se pueden sustituir o ampliar y la batería está pegada.
Por desgracia, Apple marca el ritmo para todos los fabricantes de portátiles y, con sus ordenadores tan sutiles, traza una senda hacia la cual el resto de fabricantes se están encaminando. Por lo tanto, en un futuro, será cada vez más difícil reparar ordenadores, porque nos han acostumbrado a quererlos bonitos, sutiles y no actualizables3. A nosotros los reparadores, o aspirantes, no nos queda otra que luchar con el ingenio para reparar objetos «con caducidad», creados con materiales de baja calidad y piezas no accesibles. Será difícil difundir los ideales del manifiesto y hacerlos llegar a oídos de diseñadores y empresas, pero cabe esperar que nos pueda echar una mano la Unión Europea o algún estado más iluminado que los otros, como Suecia, donde se ha presentado una ley según la cual aquel que lleve a reparar un bien en lugar de comprar uno nuevo pagará menos impuestos.
La ley sería aplicable a cualquier tipo de objeto, sea tecnológico o no. Quien repare en vez de tirar podrá disfrutar de una reducción sobre el IVA que va del 25 al 12 %. Además, los gastos por la reparación podrán ser deducidos en la declaración de impuestos. Ignoro si la ley ha sido finalmente aprobada, pero es importante destacar que algo se está moviendo. Es cierto que, si las cosas deben cambiar, todos debemos poner de nuestra parte y no podemos esperar que la iniciativa llegue de los gobiernos. Todos podemos empezar a reparar nuestros objetos y poner nuestro grano de arena.
El Montalbano de la electrónica
Reparar no es nada fácil: os lo aseguro. Se necesita mucha paciencia y no se puede tener prisa por desenroscar y asaltar con el destornillador en mano un objeto roto. Debéis reflexionar con calma y buscar información. El modo de actuar de un reparador es similar al de un investigador de policía. El comisario Montalbano, creado por Camilleri, es un óptimo ejemplo en el cual inspirarse. Una reparación es un «caso» por resolver y requiere ingenio y paciencia. Es necesario observar y comprender para crearse el esquema de la situación y, además, como en cualquier delito, las cosas no son nunca lo que parecen. Buscad manuales y documentación sobre el objeto y preguntad a quien os lo traiga: «¿Por qué se ha roto?», «¿Cómo se estaba utilizando?», etc.
Me arrepiento cada vez que llega una placa con una avería evidente y rápidamente exclamo: «¡Ah, esta es fácil!». Incluso detrás de un fusible quemado se podría esconder cualquier otra causa. ¿Por qué se ha quemado? Una vez nos llegó una máquina para pulir metales. Era una caja azul con un motor en su interior y unas correas que mueven un brazo sobre una placa pulidora giratoria. La máquina tenía solo un diodo quemado. Lo sustituimos y volvió a funcionar. Pocos meses después, la máquina volvió a llegar con el mismo problema. Estaba claro que la parte quemada era solo el síntoma de algo más profundo. Un análisis más profundo reveló poleas y correas sueltas que producían una alta fricción. El motor debía trabajar forzado, requería más corriente y, por tanto, el componente predispuesto a su protección se quemaba.
Reparando se aprende. Cuanto más reparéis más expertos llegaréis a ser. En algunos ámbitos, es posible identificar «patrones» que se repiten y pueden facilitar las cosas. La mayor parte de los electrodomésticos se rompen porque se estropea el módulo de alimentación conmutado, que, aunque puede variar bastante entre casos distintos, tiene siempre la misma estructura. En los distintos modelos veréis que el módulo de alimentación ha sido creado utilizando uno u otro circuito de regulación, con distintos valores de resistencia y condensadores, pero el funcionamiento básico y la estructura serán siempre iguales. El reparador experto sabe reconocer estos «signos», estas «estructuras», que se definen como «patrones» y que son como un lenguaje mediante el cual se fabrican las cosas. Reparadores, médicos, mecánicos y jugadores de ajedrez se parecen un poco en lo que hacen. Daniel Kahneman, en Pensar rápido, pensar despacio, escribe: «Para ser un experto en diagnóstico, un médico necesita conocer una larga serie de nombres de dolencias, en cada uno de los cuales la idea de la enfermedad se asocia a sus síntomas, posibles antecedentes y causas, posibles evoluciones y consecuencias, y posibles intervenciones para curar o mitigar esa enfermedad. Aprender medicina consiste en parte en aprender el lenguaje de la medicina».
Tras haber trabajado en muchos casos, reconoceréis determinados problemas simplemente por el sonido que produce el dispositivo o por cómo se calienta o, incluso, por pequeñas señales casi insignificantes. No es exactamente intuición, como descubrió Herbert Simon estudiando varias muestras de ajedrez y demostrando que después de haber jugado múltiples partidas, se empezaba a percibir el tablero y las piezas de un modo distinto al del resto de jugadores «comunes». Para el experto basta con una pequeña pista para acceder a la información que ha acumulado durante la práctica y que le proporciona la respuesta. Para llegar a estos niveles, se necesitan muchas horas de trabajo. ¿Cómo debería afrontar este «entrenamiento» un aspirante a reparador? Mi enfoque personal ha evolucionado con el tiempo y he aprendido de muchos errores cometidos. Para ser rápidos y eficientes, es preciso poder ver las cosas en su conjunto, comprendiendo el funcionamiento (y el mal funcionamiento) de un objeto en su totalidad. Antes de llegar a esta visión global, se pueden cruzar varios niveles de comprensión y análisis. Desde la visión global, se puede descender a una visión modular, que podrían ser las piezas funcionales de forma individual como placas4 o mecanismos independientes, es decir, pasar a analizar las placas por separado, identificando las distintas funciones existentes (trabajando a nivel de esquema eléctrico) para llegar al componente individual. Los principiantes solo pueden empezar por el nivel más bajo e intentar ir subiendo. Frente a una placa electrónica rota, pueden empezar a buscar los componentes quemados y dañados y empezar a comprobarlos con la esperanza de que el problema se limite a esas pocas partes visibles. Por el contrario, el experto procede «bajando» desde el nivel más alto hasta aquellos cada vez más bajos, a los cuales solo recorre en casos desesperados.
Hace unos meses me pidieron que reparara un horno industrial. Las placas eran simples, con componentes dispuestos solo por una cara. La placa tenía problemas de alimentación que resolví sustituyendo los condensadores que ya estaban gastados. Así volvió a funcionar, pero las temperaturas que emitía eran 100 °C superiores respecto a la normativa. La sección dedicada a la medición de la temperatura utilizaba chips y muchos componentes electrónicos, como resistencias, condensadores y algún transistor. Empecé a razonar acerca de las señales, las sondas de temperatura, eventuales pistas rotas, etc.
Nada que hacer: la temperatura con el horno apagado era siempre de 110 °C. Entonces empecé a pensar que quizás estaba en grados Fahrenheit en lugar de Celsius, pero aun así no tenía sentido. Desesperado, empecé a desmontar cada uno de los componentes para comprobarlo. Me pareció algo estúpido porque normalmente el componente dañado, en este tipo de averías, es bastante evidente y sobre la placa no se veían «señales» útiles. Todos los componentes estaban intactos. Quedaba solo un gran condensador SMD de papel film, sin ningún texto, que no me hizo sospechar porque lo comprobé y, en efecto, devolvía un valor. Sin embargo, al extraerlo, me di cuenta de que la temperatura señalada pasaba a 0 °C. La causa de todo era aquel condensador, que se había dañado de un modo concreto perdiendo parte de su capacidad. No era evidente que estuviera dañado pero su valor era desconocido.
Fui probando, sustituyéndolo con otros condensadores que tenía en el taller hasta obtener una lectura correcta de unos 30 °C. En este caso, tuve que bajar y volver a subir los «niveles de reparación» para poder llegar a la solución.
Para completar un trabajo, se necesita mucha determinación. Normalmente se procede por intentos y se necesita más de uno antes de llegar a la solución. Si algo no funciona, se debe volver a probar y empezar de nuevo. Durante estos años, he descubierto que no conseguir reparar algo provoca mucha angustia. Os sentiréis derrotados y un poco desorientados. Si sois tenaces, en poco tiempo lo volveréis a intentar. A veces, os parecerá que estáis en un callejón sin salida: pensaréis que habéis considerado todas las posibilidades sin llegar a resolver el problema. Seguramente algo se os habrá escapado y necesitaréis un descanso para poder reconsiderar la situación. Adoptar un enfoque sistemático, sin duda, ayuda a evitar estas situaciones.
Yo acompaño todas las reparaciones con papeles, en los cuales dibujo la placa y anoto el estado de cada componente que compruebo. Así siempre sé, de un vistazo, qué he «tocado» y qué falta por comprobar. Sin embargo, a veces, es preciso saber aceptar una derrota y evitar maldecirse inútilmente, sobre todo si trabajáis como reparadores profesionales, en cuyo caso, desgraciadamente, deberéis mantener la cuenta de las horas pasadas en una reparación y de la factura que presentaréis al cliente.
Admito que es muy difícil y, a veces, incluso yo sobrepaso el límite insistiendo en algunos trabajos. En ciertas ocasiones puede valer la pena por motivos «estratégicos» o profesionales, pero debéis valorar bien cada situación. Si sabéis que resolviendo el problema podréis conseguir un nuevo cliente que os proporcionará otros trabajos, en tal caso se puede incluso arriesgar a ir más allá del límite que os deberíais haber puesto al inicio, así como en aquellos casos en que al final conseguiréis más competencias. Las horas pasadas así son una inversión en vuestra habilidad.

Figura 1.3 – Una de las placas del horno industrial junto a su hoja de trabajo y a algunos componentes desmontados.
Reparar requiere humildad para entender el trabajo que tenemos delante. Un objeto roto esconde un mundo en su interior: ha sido diseñado por un equipo de ingenieros que han trabajado en él durante meses. Han tomado decisiones que pueden haber sido dictadas por múltiples factores, sobre los cuales no podemos hacer nada. Solo podemos constatar la avería e intentar ponerle remedio. Poder acceder a los mecanismos internos nos da la oportunidad de aprender cómo están hechas las cosas, cómo funcionan y por qué se rompen. Aunque después quizás no lo consigamos, habremos aprendido algo y, cuando se aprende, hay que ser siempre humildes.
Por último, y esto lo doy por descontado, un reparador o aspirante a reparador no debe tener miedo a ensuciarse las manos, a trastear con nuevos instrumentos, a abrir y curiosear. Hay días en que llego a casa con las manos sucias y os aseguro que, mientras me las lavo, siento una gran satisfacción por mi trabajo.
Desmontar objetos
Para reparar algo, muchas veces es necesario desmontarlo. El problema normalmente está dentro, en algún mecanismo que se ha roto o atascado, o bien en alguna placa que ya no funciona. Armados con destornilladores y alguna otra herramienta, debemos abrir el envoltorio, el chasis, para descubrir el origen del problema. Mientras que antes era todo más sencillo, hoy en día abrir un objeto puede ser una auténtica misión imposible. Los objetos contemporáneos no se diseñan para ser reparados. No se prevé la posibilidad de abrirlos y hacerlo implica la posibilidad de dañarlos. Las empresas tratan de limitar el uso de tornillos: son feos estéticamente (o al menos así nos lo hacen pensar) y son un coste a eliminar. Por eso, los tornillos desaparecen para dejar sitio a superficies lisas y sin ninguna fisura, ni puntos de apoyo ni de apertura.
Precisamente en julio de 2017, sobre este tema, el Parlamento Europeo aprobó una serie de recomendaciones para las empresas fabricantes. Una recomendación es solo un consejo y, desafortunadamente, no es vinculante, pero al menos es un paso importante. Estas indicaciones solicitan que los dispositivos sean resistentes, de calidad y fácilmente reparables. Los fabricantes deberían proporcionar una extensión de la garantía si la reparación requiriera más de un mes. Los consumidores deberían poder acudir a reparadores independientes; además, los componentes vitales y perecederos de los objetos, como las baterías, deberían poder ser extraídos con facilidad y los recambios, reparables a precios asequibles.
Actualmente, para abrir algunos productos tecnológicos como teléfonos, tabletas y ordenadores se necesitan herramientas concretas que se introducen en las fisuras y liberan las lengüetas invisibles de cierre. Si os falta alguna herramienta, esperad y conseguidla o pedidla prestada. Trabajar con instrumentos improvisados conlleva un riesgo porque podríais causar daños y roturas.
Es importante adoptar un enfoque riguroso y ser ordenados. Si no os queréis olvidar el típico tornillo al finalizar el montaje, documentad todo lo que hacéis. Utilizad vuestro teléfono para sacar fotos y registrar las fases de apertura del objeto. Para cerrarlo, simplemente tendréis que seguir los pasos en sentido opuesto. En caso de duda, las fotos os ayudarán a entender y a recordar. Si hay detalles importantes, sacad fotos más detalladas. Antes de manipular una placa electrónica, la fotografío entera por delante y por detrás y, después, saco una serie de fotos de su superficie desde más cerca y ampliadas, de manera que se vean claramente todos los componentes.
Reparar es como conducir una investigación policial. Mis trabajos siempre van acompañados de un montón de hojas y apuntes. En las hojas escribo lo que he visto, siglas, piezas de recambio, trazo dibujos y esquemas sobre los cuales razonar para resolver el problema.

Figura 1.4 – Una foto tomada de una secuencia de desmontaje: los cables y las tarjetas están marcados con letras y números para reconocerlos posteriormente.
Trabajo manual y creatividad
Me estoy dando cuenta de que un capítulo como este va más allá de mis capacidades. Yo soy una persona práctica y poco «filosófica». Estudié geometría y me faltan algunas bases como latín y griego. Además en la escuela no estudié filosofía, aunque he intentado recuperar estas carencias después de mis estudios oficiales. Hay personas que, cuando afirmas no conocer estas materias, te miran horrorizadas, como si fuera un pecado. Tiempo atrás me sentía casi culpable, pero pensándolo bien, si el sistema escolar no ha previsto hacer que las estudiara, ¿qué culpa tengo yo?
El hecho es que todo nuestro sistema cultural pone como máxima ambición la graduación y desprecia el trabajo manual. En abril de 2017, Eurostat presentó un ranking en el que Italia ocupa el penúltimo lugar entre los países europeos por número de graduados con una cifra igual al 26 %, mientras que el objetivo europeo es del 40 %.
¿Pero realmente se necesitan tantos graduados? Probablemente en Europa la situación es otra y aquel que consigue graduarse tiende a obtener un trabajo mejor, bien pagado y satisfactorio. En Italia las cosas son un poco distintas y la realidad es, a menudo, degradante. Desde que me gradué, creo que he utilizado las competencias aprendidas en ingeniería como máximo un 5 %. No más. El resto lo he tenido que aprender por mí mismo y, a menudo, he tenido que hacer referencia a cosas que no requerían un grado para ser entendido y aprendido. Entre estas competencias incluyo las de gestionar proyectos y programar, cosas que he aprendido como autodidacta. En cuanto a la programación, siempre he sido un apasionado de los ordenadores y he tenido la suerte de tener profesores que en la escuela media y superior (en los años 80 y 90) me enseñaron informática utilizando el BASIC y el Pascal. Hoy en día, por desgracia, las cosas son muy distintas y la informática que se enseña en las escuelas se limita al uso del ratón y de algunos programas editores de vídeo: ¡nada que ver con programar! En recursos humanos buscan siempre, preferiblemente, personas graduadas, como si el graduado fuera una garantía o una referencia. Sin embargo, al final, siempre se acaba realizando tareas poco creativas y bastante degradantes. Mi último empleo como trabajador dependiente fue cada vez a peor con el paso del tiempo. Me llamaron de una empresa que trabajaba en el sector del transporte y acepté de inmediato porque la propuesta me pareció interesante. Tenía ganas de crecer y cambiar de trabajo. Con el tiempo me convertí en programador y tenía la posibilidad de llegar a ser project manager. La empresa formaba parte de un grupo ferroviario y se ocupaba exclusivamente de la parte IT. Me encontré trabajando en una pequeña y acogedora oficina con dos personas más, de las cuales una era mi responsable. El clima era muy relajado y amable, aunque trabajábamos mucho. Me ocupaba del mantenimiento de software ferroviario. De vez en cuando me pedían que diseñara nuevos programas y también que gestionara pequeños grupos de programadores contratados de forma temporal. Mi trabajo contaba con una parte práctica que ocupaba gran parte de mi tiempo.
Con el paso de los años, las líneas ferroviarias fueron «evolucionando»: entró una empresa pública que trajo nuevos gerentes y una visión más amplia y compleja. La empresa donde yo trabajaba decidió expandirse. Yo ansiaba una promoción pero mi trabajo no cambió ni un poco, al contrario, empeoró desde el punto de vista cualitativo. Nuestra pequeña pero eficiente oficina fue separada y se contrató a un nuevo responsable y me lo asignaron. Esa persona no era demasiado competente, incluso desde el punto de vista técnico, pero era muy hábil sobreviviendo y emergiendo en los entornos «empresariales». Cada vez se hacía menos trabajo real, al tiempo que cada vez más aumentaban el papeleo, los correos electrónicos, las reuniones, los documentos para demostrar que las cosas se habían hecho y funcionaban, y la calidad del trabajo disminuía y se producía cada vez menos software. Lo que preocupaba era escribir unos buenos correos, que pudiéramos lucirnos y escaquearnos en caso de problemas. Mi trabajo consistía en compilar largos y aburridos documentos que nunca nadie leería. Ya no podía más y me marché. Calculé que, en los últimos meses, podría haber hecho todo el trabajo de una semana en media jornada. El resto del tiempo servía para «organizarse». Una locura. En esta situación os aseguro que no sirve de nada estar graduado, incluso podría ser perjudicial. Para mí era muy frustrante reflexionar sobre mi situación laboral comparándola con mis estudios. Había estudiado robótica, inteligencia artificial, electrónica digital y sistemas numéricos complejos, y tenía que verme escribiendo documentos inútiles que cualquiera habría podido compilar con un mínimo de formación.
He trabajado en otras grandes empresas y la situación con la que me he encontrado es siempre similar a la que acabo de describir. Creo que esto es con lo que habitualmente se encuentran casi todos los graduados hoy en día. Sin limitarnos al graduado, creo que cualquier persona creativa y con ingenio tendría dificultades en encontrar su sitio en un sistema de este tipo, solo que en un cierto punto nos encontramos con responsabilidades que atender, familias que mantener, facturas que pagar y hacemos que las cosas ya nos vayan bien o nos contentamos con ellas. Una de las frases más feas que he escuchado en más de una ocasión, incluso de parte del CEO de la sociedad ferroviaria para la cual trabajaba, fue: «Fuera hay crisis y vosotros tenéis un puesto de trabajo». Una violencia perfecta.
El problema de estos «trabajos intelectuales» es que de intelectual tienen bien poco. Solo muy pocos de mis amigos tienen un trabajo en el cual pueden aplicar realmente los conocimientos adquiridos durante sus estudios. El trabajo de cuello blanco es, en realidad, pocas veces creativo y muy «impersonal». En el ambiente de la oficina predominan los celos, los arrepentimientos y los trabajos psicológicos. Las acciones de cada individuo son evaluadas, de manera objetiva, utilizando algoritmos o procedimientos poco claros y poco conocidos. ¿Cómo es posible evaluar de forma eficiente un trabajo intelectual? Cuando trabajaba en el empresa ferroviaria, cada año debía tragarme dos reuniones de evaluación con mi superior: una escena degradante y repugnante. En la primera reunión me presentaban los «objetivos» del año y en la segunda me daban la puntuación obtenida. Los puntos, aunque estaban presentados de modo «objetivo» y cuantitativo, para mí, como diseñador y project manager, eran solo subjetivos y personales, y relacionados con la simpatía entre mi superior y yo. El problema era que entre nosotros no había buena sintonía y no evitaba nunca que él lo notara. Desafortunadamente, ha sido el peor jefe que he tenido nunca en mi vida. Para tener una buena puntuación era necesario caerle bien, cosa que, en mi caso, era imposible. Después de dejar la empresa ferroviaria para dedicarme a lo mío, las cosas han cambiado. En mi nuevo trabajo de reparador, la medida del éxito es evidente: las cosas funcionan o no funcionan. Si funcionan, el cliente está feliz. No se necesitan algoritmos para evaluar un buen trabajo, porque la calidad es visible y palpable. Las cosas se pueden y se deben probar. El ambiente de trabajo del taller es sincero y simple: las competencias son evidentes y no hay necesidad de esconderse detrás de un correo electrónico o de discursos sin sentido y poco concluyentes. Quien sabe hacer las cosas las hace y quien tiene más experiencia se convierte en un punto de referencia para el resto.
En los Estados Unidos, a partir de los años 90, los pedagogos pensaron en modificar la estructura del sistema escolar para formar «trabajadores del saber», dejando a un lado aquellas materias más técnicas y prácticas. Los talleres de las escuelas profesionales se iban cerrando y eran sustituidos por aulas con ordenadores. También en Italia hubo, y hay, esta tendencia, incluso allí es peor, porque las escuelas a veces no tienen ni siquiera ordenadores. De este modo se difunde la ignorancia «manual». Los chicos ya no saben utilizar objetos, y ya no digamos «fabricarlos». Sin talleres prácticos se han perdido competencias manuales. Cuando estudiaba en la escuela media, a la hora de «educación técnica», además de dibujar con escuadra y regla, construíamos aviones de madera, circuitos eléctricos y cajas de todo tipo.
En 1999, Neil Gershenfeld, director del Centro para Bits y Átomos del MIT, se dio cuenta de estas deficiencias del sistema escolar y quiso intentar ponerles remedio con un curso especial que tituló «Cómo fabricar (casi) cualquier cosa». El curso tenía una docena de lecciones para aprender a utilizar algunas tecnologías de fabricación y de prototipado rápido. Las lecciones eran teóricas, pero también prácticas, por lo que los estudiantes podían experimentar lo que habían aprendido utilizando un taller preparado para la ocasión. Para «amueblarlo», el MIT puso a disposición unos cuantos millones de dólares. Entre las máquinas en dotación, había impresoras 3D, escáneres de rayos X, máquinas de corte láser, de plasma y de agua. El taller se denominó FabLab, un juego de palabras entre fabolous laboratory y fabrication laboratory.
Inicialmente, el FabLab solo estaba a disposición de los participantes al curso. Después, se abrió a todos los estudiantes y, más tarde, a cualquiera que deseara fabricar algo (y, al final, también a personas externas al MIT). El experimento se difundió y rápidamente los fablab se conviertieron en un fenómeno global.
Sin ir muy lejos, hace unos años, en el Politécnico de Milán, Max Romero impartió un curso de Physical Computing. El curso iba destinado a los diseñadores del instituto, a los que propuso una serie de actividades para ponerlos a prueba. Max es un profesor atípico y original que reta constantemente a los mismos estudiantes con «pruebas de realidad». Por ejemplo, en las primeras lecciones, pidió a los participantes que buscaran componentes electrónicos en sitios web de algunos proveedores reconocidos o que recuperaran viejos objetos y los desmontaran para intentar repararlos o identificar los componentes averiados. Los estudiantes están obligados a realizar actividades prácticas, a superar dificultades reales, a aprender a soldar y a construir objetos. El curso es bastante «impactante» pero, al final, todos llegan al proyecto final, que presentan con un gran orgullo.

Figura 1.5 – El profesor Romero en el aula durante el curso de Physical Computing.
Se están perdiendo la habilidad manual y, sobre todo, es evidente que los trabajos manuales han sido denigrados y etiquetados como trabajos humildes o poco importantes. Pero la realidad no es esta. Un trabajo que ensucia las manos no es un trabajo «estúpido», del mismo modo que tampoco lo es una tarea que no requiera un ordenador para ser llevada a cabo. Razonar sobre los objetos y los sistemas físicos requiere tanto ingenio como crear diseños y escribir software. El trabajador manual, además, debe desarrollar ciertas destrezas, porque tiene que saber utilizar las herramientas de forma hábil y eficiente. En un futuro, desaparecerán cada vez más trabajos: serán trabajos «funcionales» y, entre ellos, muchos de los trabajos de oficina, considerados hoy en día trabajos «intelectuales». Estos trabajadores serán sustituidos por algoritmos que ya actualmente empiezan a sacar la cabeza. Las empresas de búsqueda de personal utilizan software para revisar y seleccionar los CV más interesantes, descartando la mayor parte de los candidatos según una serie de parámetros. Esos algoritmos en los próximos años sustituirán la mayoría de las tareas intelectuales y repetitivas y la mayor parte de los trabajos de oficina, como hacer balances, llevar la contabilidad, comprobar que un proyecto siga su curso, producir informes, documentos e, incluso, generar partes de código. En un futuro, los algoritmos nos aconsejarán y trabajarán para nosotros. Los ricos podrán permitirse algoritmos más eficientes que trabajen para ellos y recopilen información más valiosa para vivir más cómodamente. Quien no pueda permitirse buenos algoritmos, tendrá que trabajar más duro y vivir con mayores dificultades. Aquel que pueda ahorrarse los algoritmos será quien desarrolle funciones específicas, trabajos especializados y no sustituibles, en los cuales máquinas e inteligencia artificial no conseguirán intervenir. Seguramente, los reparadores estarían en este grupo, así como muchos otros trabajos manuales e intelectuales realmente insustituibles.
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1 Existen varias versiones del Repair Manifesto, entre las cuales la de Fixit, una startup especializada en la venta de kits de reparación para smartphones y objetos tecnológicos.
2 Podéis encontrar una copia del manifiesto original en la siguiente dirección: http://www.1000manifestos.com/platform-21-repair-manifesto/.
3 https://www.wired.com/2012/06/opinion-apple-retina-display/.
4 Debido a mi particular predisposición «electrónica», hablo sobre todo de placas electrónicas, pero las técnicas de reparación se pueden aplicar en cualquier caso y, por tanto, también en casos mecánicos y neumáticos.
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Componentes electrónicos
Aprender las bases de los fenómenos eléctricos para entender el funcionamiento de un dispositivo electrónico. Para reparar placas electrónicas, es necesario conocer y distinguir los componentes electrónicos y saber cómo se pueden dañar.
«Ley de Sattinger – Funcionaría mejor si lo enchufara».
Arthur Bloch – La ley de Murphy
Aunque este manual ha sido escrito no solo para principiantes, he pensado añadir un capítulo de «repaso» para ayudar a quienes, sin ser expertos, deseasen intentar algunas reparaciones. Para aquellos que han comprado también mis otros libros, esta parte debería hacer de complemento para añadir algunas informaciones ausentes, que en los libros precedentes Electrónica para makers y Manual de Arduino no he tratado. En este capítulo presentaré los componentes fundamentales, con algunos detalles específicos, útiles para reparaciones.
Corriente y tensión
Para funcionar, todo circuito eléctrico debe estar alimentado con una fuente de energía. Normalmente, cuando se construyen prototipos es preferible utilizar fuentes poco peligrosas, como baterías o alimentadores. Los que están más «equipados» utilizan una fuente de alimentación de banco ajustable para establecer valores de tensión y corriente como se desee. Algunos modelos de alimentadores ofrecen más tensiones de alimentación y pueden incluso ser programados para hacer cambiar los valores en el tiempo. La corriente eléctrica es un fenómeno misterioso para el principiante y, desafortunadamente, invisible: es difícil imaginar cómo una fuerza que no se ve puede llegar a animar pequeñas piezas metálicas. Como ya sabéis, esto podría compararse al agua que circula por una tubería.

Figura 2.1 – La corriente eléctrica es comparable al agua que circula por una tubería.
Con el término «corriente» se entiende la cantidad de cargas eléctricas que cruzan la sección de un conductor (de un cable eléctrico) en un segundo. La corriente es, por tanto, comparable al flujo, es decir, a la cantidad de agua que pasa por la sección de un tubo en un segundo. La unidad de medida de la corriente es el amperio, que es también el nombre de su descubridor, el físico francés André-Marie Ampère (1775–1836). El símbolo del amperio es una “A” y, en las fórmulas, la corriente se indica normalmente con la letra “I”. Cuando las corrientes son pequeñas, se pueden expresar en miliamperios [mA] y, en el caso de que sean muy pequeñas, como las corrientes interceptadas por la radio, también en microamperios [µA]. Un miliamperio es igual a 0,001 amperios, un microamperio es igual a 0,000001 amperios. Por convención, se asume que la corriente fluye del polo positivo al polo negativo de un generador. Por norma general, el polo positivo se identifica con un signo “+” y se asocia al color rojo, mientras que el polo negativo se identifica con un signo “-” y utiliza el color negro.
La corriente que encontramos en los circuitos puede ser de tipo continua o alterna. La corriente continua tiene un valor constante en el tiempo. Es la corriente que puede suministrar una batería o un alimentador. En los textos ingleses, se indica con las siglas DC (Direct Current). La corriente alterna es una corriente que varía periódicamente en el tiempo: circula un poco en una dirección y después, brevemente, en la dirección opuesta. Si recurrimos una vez más a la analogía con el agua, es como si tuviéramos una bomba giratoria que empuja el agua, dentro de una tubería, hacia un sentido y hacia el otro. No debemos confundirnos con la corriente variable y la corriente alterna. La corriente alterna es un caso especial de corriente variable, donde la intensidad y el sentido cambian periódica y regularmente entre un valor máximo y uno mínimo; el ejemplo típico es la corriente suministrada por las tomas domésticas. Otro aspecto eléctrico muy importante y conocido es la tensión. Normalmente, cuando tenemos en nuestras manos un dispositivo eléctrico es lo único que nos preocupa. La tensión eléctrica o diferencia de potencial es equivalente al desnivel «eléctrico» que existe entre dos puntos. Volvamos a la metáfora del agua, que puede circular por una tubería solo si existe un desnivel. Por razones similares, la corriente eléctrica puede circular si hay un desnivel... o mejor dicho, una diferencia de potencial, que es como decir que dos puntos se encuentran a alturas distintas.
Imaginemos que podemos acumular un cierto número de cargas positivas en un punto determinado del espacio y que ponemos a una distancia concreta un segundo grupo de cargas negativas. Entre ambos grupos de cargas se crea un campo eléctrico, de manera que, si colocáramos una pequeña carga positiva en este campo, esta se desplazaría hacia el grupo de signo negativo, modificando su energía. Una carga eléctrica quieta en un campo eléctrico posee un cierto nivel de energía potencial, solo por el hecho de estar en un punto concreto y de permanecer allí quieta. La energía potencial depende de la posición y de nada más (por eso se parece a la altura en la cual colocamos la tubería con el agua). El voltaje se obtiene dividiendo la energía potencial entre la cantidad de energía necesaria para desplazarla. Se habla de diferencia de potencial porque es difícil realizar medidas absolutas, pero es más difícil hacer comparaciones y proporcionar medidas de diferencia de potencial. La unidad de medidad de la tensión es el voltio, por el nombre del conde y científico Alessandro Volta (1745-1827), famoso también por haber inventado la pila y haber descubierto el metano. Para medir la tensión, es preciso utilizar un voltímetro, aunque actualmente con un multímetro o tester es posible efectuar cualquier tipo de medida, incluso las de voltaje.
Normalmente los circuitos «comunes» se alimentan con tensiones de algunos voltios. Una pequeña señal puede alcanzar eventualmente algunos milivoltios de tensión. En cambio, si os encontráis con un dispositivo alimentado con una tensión de kilovoltios, os aconsejo que os mantengáis alejados, porque podría ser muy peligroso: de hecho, cuando el voltaje es muy elevado, la corriente puede circular por el espacio que la separa entre un conductor y el otro generando una descaga eléctrica, como un pequeño rayo. ¡Mejor no encontrarse cerca en estos casos!
Tensión y corriente, por tanto, van siempre juntas y originan señales. En los circuitos se encuentran aquellas señales que contienen información y pueden variar en el tiempo de un modo continuo o «discreto». La tensión de una señal que cambia constantemente entre un valor máximo y mínimo (y que, por tanto, puede asumir todos los valores posibles) es una señal analógica. Una señal que utiliza solo dos valores, uno máximo y uno mínimo, se define como digital. Actualmente, casi todos los circuitos eléctronicos contienen microcontroladores, es decir, pequeños ordenadores, y, por tanto, las señales digitales son muy habituales.
La analogía «acuática» es muy práctica para entender el funcionamiento de la mayor parte de los fenómenos, pero si se toma al pie de la letra, puede llevarnos a una serie de errores o conclusiones erróneas. En un tratamiento muy simplificado, podría pensarse que la corriente eléctrica se comporta igual que un flujo de agua o que pequeñas partículas cargadas en movimiento, pero en realidad la corriente eléctrica está generada por un flujo de cargas eléctricas, que en un primer momento se consideraron partículas o pequeñas bolas con carga positiva, pero aun así esto no basta para explicar todos los fenómenos. Para tener una explicación completa, sobre todo ante corrientes que cambian en el tiempo, debemos utilizar conceptos más modernos, pero muy complejos, donde las partículas son en realidad campos y ondas.
Un problema típico del modelo «acuático» podemos encontrarlo ya con un simple circuito formado por una batería conectada a una resistencia y después a una bombilla. La resistencia debería hacer que llegara a la bombilla la cantidad correcta de corriente y que hubiera en sus extremos la tensión justa de alimentación. Así, podríamos imaginar el flujo de partículas que sale del polo positivo de la batería para llegar a la resistencia, que debería obstaculizarle el paso. Las partículas diezmadas llegarían en menor cantidad a la bombilla, encendiéndola menos, para después volver al polo negativo de la batería. Con este sencillo modelo, si colocáramos primero la bombilla y después la resistencia, tendríamos un problema, porque podríamos pensar que la bombilla se encenderá completamente porque la corriente la alcanza a pleno rendimiento y solo a continuación es reducida por la resistencia. Como ya sabéis, las cosas no son exactamente así y la posición de la resistencia es indiferente, pues no se debe considerar el transcurso de la corriente, sino todo su conjunto.
Combinar corriente y tensión
Para que un circuito electrónico pueda funcionar correctamente, se necesitan dos condiciones: que esté alimentado por la tensión correcta y que le sea suministrada la corriente necesaria. Todo circuito recibe tensión y corriente por parte de un alimentador integrado o externo, una batería o cualquier generador de energía. La tensión suministrada por el generador y aquella que necesita el circuito deben coincidir. Es admisible que la tensión de alimentación sea ligeramente inferior a la nominal del circuito. Es imposible que un alimentador suministre exactamente la tensión «nominal»o «declarada» debido a múltiples factores y la tolerancia de los componentes, que, por ejemplo, cambia con la temperatura o las condiciones ambientales. Normalmente, los diseñadores, para evitar problemas, mantienen una tensión ligeramente inferior. Si el circuito necesita 5 voltios, el alimentador podría suministrar 4,9 o 4,5 voltios. En algunos casos, la tensión del alimentador podría ser incluso ligeramente superior y, a veces, llegar a los 5,5 voltios. Aunque es aceptable, no es bueno que sea más alta porque algunos elementos trabajarían al límite y se deteriorarían más rápido.

Figura 2.2 – La tensión de alimentación de un dispositivo debe ser siempre igual a la solicitada o, como máximo, ligeramente inferior.
Podemos trasladar la cuestión a la analogía hidráulica, imaginando que el alimentador es una pequeña cascada de agua y el circuito, un pequeño molino. Si la rueda del molino es demasiado grande, la cascada no conseguirá llenar la rueda del molino y moverla. En cambio, si la cascada es demasiado alta y la rueda del molino es demasiado pequeña, la caída del agua dañará o destruirá completamente la rueda.

Figura 2.3 – La tensión es como una cascada de agua: para no dañar la rueda del molino, su altura debe ser la adecuada.
Si la tensión del alimentador es inferior a la requerida por el circuito, este no funcionará. Si intentamos alimentar un dispositivo eléctrico que necesita tres baterías de 1,5 voltios con una única batería, el dispositivo difícilmente dará señales de vida. Si conectáramos el dispositivo a cuatro o cinco baterías, correríamos el riesgo de quemarlo.
La corriente esconde una cuestión más turbia. Por miedo a que se pueda comportar como la tensión, deberíamos evitar que superara el valor admisible que requiere el circuito. En realidad, la corriente eléctrica se comporta de diferente manera. Tener un alimentador de mucha capacidad no comporta ningún riesgo porque es el circuito «usuario» el que manda.
Si para funcionar el circuito necesita 1 amperio, bastará con conectar un alimentador capaz de suministrar esta cantidad de corriente o un valor superior. Si el alimentador puede suministrar 5 amperios, estos no serán absorbidos por el circuito «usuario» si este ha sido diseñado para necesitar solo uno. Imaginemos que nos encontramos a orillas del Po. Por el río circula una gran cantidad de agua. Sumergimos un tubo en el río y extraemos agua para hacer funcionar el ya conocido molino. ¿Qué ocurrirá? El tubo se llenará completamente de agua que, después, hará trabajar la rueda del molino. Ahora imaginemos que estamos a orillas de un pequeño y poco lleno canal de la baja Lombardía. Si los mosquitos nos lo permiten, sumergimos el tubo en el agua, el cual esta vez costará que se llene y la rueda del molino no girará.

Figura 2.4 – La corriente es comparable al flujo del agua y, por tanto, debe llenar por completo el tubo para que el molino pueda girar. Si la disponibilidad de agua es mayor, se utilizará solo aquella que se necesite para llenar el tubo.
En mi taller tengo un alimentador regulable en el cual puedo ajustar como desee la tensión o la corriente. Para poner en marcha un circuito que funciona a 5 voltios y que requiere 1 amperio de corriente, debo ajustar la regulación del voltaje exactamente a 5 voltios (o un poco menos). Si ajustara la tensión a 7 voltios, el circuito se quemaría (¡no lo hagáis!). El alimentador permite regular también la corriente.
Si la corriente se ajusta a 0 amperios, el circuito permanece apagado, aunque la tensión sea la correcta, porque no le llega corriente. Es como si hubiera colocado mi tubo en un torrente seco. Al aumentar la corriente hasta 0,5 amperios, el circuito podría empezar a ponerse en marcha. Algunos dispositivos funcionarían de forma incorrecta o podrían dañarse. Si llevamos la corriente a 1 amperio, el circuito funcionará correctamente. ¿Qué ocurriría si llevara la corriente hasta 15 amperios? ¿Explotaría todo? ¡No! Sería como si sumergiera mi tubo en el Po: el tubo se llenaría por completo y el molino tendría toda el agua que necesitaría.
Un circuito requerirá solo la cantidad de corriente necesaria para su funcionamiento. Un circuito dañado podría no absorber del todo la corriente o absorber una cantidad demasiado elevada y, por tanto, sospechosa. Para medir la corriente que circula en el circuito se necesita un amperímetro (o un multímetro utilizado como tal). Si tenéis un alimentador de laboratorio con tensión y corriente regulables, podréis leer la corriente absorbida directamente en este instrumento.
Cuando un dispositivo presenta un cortocircuito, la necesidad de corriente será muy elevada. Probablemente, habrá componentes que se sobrecalienten y algunos podrían quemarse e, incluso, explotar. Si observáis que la aguja del amperímetro salta hacia arriba, ¡apagad de inmediato el alimentador!
Resistencia
Tensión y corriente no son conceptos independientes y están vinculados por la resistencia del circuito. La resistencia, es decir, la dificultad con la cual la corriente atraviesa un material, se mide en ohmios, que se representan con la letra griega omega (“Ω”). Para designar el nombre de la unidad de medida se ha utilizado el nombre de su descubridor, el científico alemán George Simon Alfred Ohm (1789-1854). La relación entre tensión y corriente define la resistencia y está regida por la famosa ley de Ohm, según la cual:
R = V / I
Las otras formas de la ley de Ohm son:
I = V / R
y
V = I · R
Si sabemos la relación entrelas tres medidas, es posible realizar sencillos cálculos teóricos para extraer uno de los tres componentes conociendo los otros dos. Un circuito que presenta una resistencia de 100 ohmios, al que aplicamos 12 voltios, absorberá una corriente de
I = 12 / 100 = 0,12 A
O bien si sabemos que la tensión aplicada a un circuito es de 5 voltios y que la corriente que absorbe es de 100 mA, podemos extraer su resistencia:
R = 5 / 0,1 = 50 Ω
La resistencia de un conductor se indica con un número que representa las dificultades que encontrará la corriente al recorrerlo. Cuanto mayor sea el valor, más difícil será atravesarlo. También en este caso es posible encontrar una analogía hidráulica: una resistencia es comparable a un tubo con un punto más estrecho por el cual al líquido le cuesta circular. Cuanto mayor sea el valor de la resistencia, más estrecha será la conducción. Existen situaciones en las cuales es preferible tener una resistencia muy baja, como cuando es necesario llevar la corriente de un punto a otro. Ningún conductor es perfecto e incluso los mejores, como el cobre o, aún mejor, la plata, que tienen una resistencia muy baja, presentan un valor mínimo. El cobre presenta una resistividad de 0,0000000168 ohmios por metro. La plata llega a los 0,0000000162 ohmios por metro, mientras que el hierro tiene un valor unas diez veces superior, igual a 0,0000000968 ohmios por metro. El vidrio, un aislante, tiene una resistividad de unos 1.000.000.000.000.000 ohmios por metro.

Figura 2.5 – La resistencia de un conductor es comparable a un tubo que se estrecha en un punto.
La resistencia en un conductor es proporcional a la longitud del cable y, por tanto, cuanto mayor sea el cable, mayor será la resistencia total. El valor depende también del tipo de cable (trenzado o de conductor completo) y del diámetro de los conductores. Los valores que se obtienen son siempre bajos, pero no debemos descuidarlos si las corrientes son elevadas, porque podríamos encontrarnos con sorpresas inesperadas. Imaginad que estáis analizando una máquina alimentada por una batería de 12 voltios desde la cual salen unos cables de 1 metro de longitud que llegan hasta el dispositivo que deben alimentar. Si el cable, por su fabricación, presenta una resistencia de 0,1 ohmios y la corriente que atraviesa el circuito es de 10 amperios, según la ley de Ohm, observaremos que la caída de tensión en los extremos del cable será de 1 voltio y, por lo tanto, ¡el dispositivo no será alimentado a 12 voltios sino a 11! Esta situación puede parecer inverosímil y, en cambio, es muy frecuente en vehículos, que utilizan dispositivos que requieren unos cuantos amperios de corriente y donde los cables recorren largas distancias. Cuando una corriente atraviesa una resistencia o un cable, parte de la energía eléctrica se transforma en calor. Por este motivo, cualquier dispositivo y cualquier cable se caracterizan por una potencia nominal que puede soportar. Si la corriente es demasiado elevada, el elemento de sobrecalentará y podría dañarse o quemarse por completo.
Potencia
Para mover algo, es necesario suministrar energía, incluso para desplazar cosas diminutas como los electrones. El desplazamiento puede suceder en distintos tiempos: un segundo, una hora o un año. Cuanto más rápido sea el movimiento, mayor será la potencia necesaria. Mi viejo libro de física, en una página ya amarillenta, muestra una fórmula según la cual la potencia es igual a la cantidad de energía dividida entre el tiempo: una acción será más potente cuanto mayor sea la rapidez con que se realice. La potencia eléctrica se mide en vatios (con una "W" como símbolo), en honor a James Watt, quien en 1800 se deleitaba con máquinas de vapor, caballos y otras diabluras, midiendo tiempos y energías. La potencia para los circuitos eléctricos se puede calcular multiplicando la tensión medida entre los terminales de un componente por la corriente con que lo atraviesa:
P = V · I
Si un circuito está alimentado con una pila de 9 voltios y la corriente que lo atraviesa es de 200 mA, la potencia absorbida será igual a:
P = 9 · 0,2 = 1,8 W
La fórmula se comporta correctamente con las corrientes continuas, pero podría dar valores no muy fiables si la utilizáramos con corrientes alternas, para las cuales se aplica una fórmula más compleja, que podréis encontrar en cualquier libro de electrotécnica. Aunque el resultado sería aproximado, podríamos utilizar la fórmula de la potencia para extraer la corriente que absorbe un electrodoméstico. Si en la etiqueta de un secador vemos escrito 1.000 W y la alimentación es la de red a 220 voltios, podríamos extraer la corriente (aproximada) absorbida:
I = P / V = 1.000 / 220 = 4,5 A
Es posible modificar la fórmula de la potencia utilizando la ley de Ohm. Si:
V = I · R
podemos sustituir esta última expresión en la fórmula de la potencia, obteniendo:
P = V · I = I · R · R = I2 · R
La potencia se escribe aquí en función de la corriente y la resistencia. Es posible extraer también una versión de la fórmula con relación al voltaje:
P = V · I = V · V / I = V2 / R
Utilizando la relación entre corriente y resistencia, podemos calcular cuánta potencia atravesará un componente con una resistencia determinada y saber si el elemento tiene o no el tamaño correcto. Imaginemos que tenemos un circuito que absorbe 2 amperios y que presenta una resistencia de 100 ohmios. Por lo tanto, tenemos que:
P = I2 · R = 2 · 2 · 100 = 400 W
Si el circuito no es capaz de soportar dicha potencia, podría dañarse.
Los componentes electrónicos en detalle
En las siguientes páginas de este capítulo os muestro una panorámica de componentes electrónicos, indico cómo reconocerlos, describo su funcionamiento y cómo, habitualmente, podrían dañarse. Además de los clásicos componentes que se encuentran en cualquier libro de electrónica, también he incluido TRIAC, SCR e IGBT, componentes normalmente poco tratados, pero muy utilizados en los circuitos reales y que os encontraréis al reparar.
Resistores
Un resistor (coloquialmente llamado también «resistencia») es un componente que sirve para reducir el flujo de corriente o para subdividir una tensión. Su contrapartida hidráulica está representada por un tubo que se estrecha en un punto.
En realidad, las resistencias se construyen con materiales que ofrecen una resistencia determinada al paso de la corriente. Un material resistivo es, por ejemplo, el grafito, es decir, el material que se utiliza en las minas de los lápices. Un valor bajo de resistencia equivale a un tubo poco estrecho o a un material que no opone demasiada dificultad al paso de la corriente eléctrica; tenemos un valor elevado de resistencia cuando una cantidad baja de corriente consigue fluir por el material. El símbolo que se utiliza para los resistores es una línea en zigzag, que recuerda a un camino sinuoso. A veces, también pueden identificarse con un simple rectángulo.
Junto al símbolo se puede indicar también el valor de la resistencia y el nombre otorgado por el diseñador, por ejemplo, R1. En el caso en que aparezcan solo los nombres, el esquema eléctrico irá acompañado por una lista de materiales y, junto al nombre de cada uno, se indicarán las características del componente.

Figura 2.6 – Un resistor y su símbolo circuital.
Los resistores que se utilizan en los circuitos electrónicos tienen valores que van desde fracciones de ohm hasta algunos millones de ohmios. El tipo de resistor más conocido se parece a una pequeña salchicha con los extremos hinchados y con unas bandas de colores que sirven para identificar su valor. Normalmente las bandas son cuatro y una de ellas, la situada en un extremo, es de color dorado. Para leer la resistencia, mantenemos la banda dorada a nuestra derecha y leemos las otras bandas de colores de izquierda a derecha utilizando la tabla de colores que se muestra en la Tabla 2.1.

Figura 2.7 – Lectura del valor de una resistencia con los códigos de colores.
Tabla 2.1 – Códigos de color para la lectura de los resistores.
| Color | Valor |
| Negro | 0 |
| Marrón | 1 |
| Rojo | 2 |
| Naranja | 3 |
| Amarillo | 4 |
| Verde | 5 |
| Azul | 6 |
| Violeta | 7 |
| Gris | 8 |
| Blanco | 9 |
Imaginemos que tenemos en nuestras manos una resistencia con las bandas de color marrón, amarillo y oro:
1. Tomamos el componente manteniendo la banda dorada a nuestra derecha;
2. empezamos a leer las bandas de izquierda a derecha;
3. la primera banda es la de color marrón;
4. anotamos “1” en un papel;
5. la segunda banda es negra y, por tanto, escribimos “0”;
6. la tercera banda es amarilla, por lo que escribimos “4”;
7. en el papel hemos escrito “104” (¡que todavía no es el valor de la resistencia!);

Figura 2.8 – Leemos las bandas del resistor y anotamos en un papel el código correspondiente a cada color.
8. borramos la tercera cifra y la sustituimos por el número de ceros igual al valor de la cifra. Eliminamos el número “4” y escribimos en su lugar cuatro ceros: “0000”;

Figura 2.9 – Sustituimos la tercera cifra por el correspondiente número de ceros.
9. ¡y la resistencia vale 100.000 ohmios!
En lugar de escribir 100.000 ohmios, los electrónicos prefieren utilizar 100 kΩ. Los números hasta el 999 se escriben sin abreviaturas. Los números por encima del millar se escriben con una “k”, que significa kilo:
1 kΩ = 1.000 Ω
10 kΩ = 10.00 Ω
100 kΩ = 100.000 Ω
Después de los “k” tenemos los mega “M”. Si tenemos un resistor de un millón de ohmios: 1.000.000 Ω, escribiremos 1 MΩ. A veces, el símbolo “k” o “M” se utiliza también como coma. Veamos algunos ejemplos existentes:
2k2 = 2.200 Ω
4k7 = 4.700 Ω
3M3 = 3.300.000 Ω
Para los números especialmente pequeños, por ejemplo, para las capacidades de los condensadores, se adopta el mismo sistema. En este caso hablaremos de:
mil: 1 / 1.000 o 0,001
micro: 1 / 1.000 de 1 mil o 0,000001
nano: 1 / 1.000 de 1 micro o 0,000000001
pico: 1 / 1.000 de 1 nano o 0,000000000001
Volvamos a la resistencia: la última banda de color indica la precisión del valor de la resistencia. Habitualmente es siempre de color dorado, que significa que el valor puede variar más o menos de un 5 %. Si la banda es de color plata, la tolerancia es del 10 %. Existen también componentes con mayores precisiones, de un 1 o 2 %: tienen cinco bandas en lugar de cuatro y se leen con un procedimiento similar al que acabamos de ver. Una resistencia del 1 % tiene cinco bandas, por ejemplo: rojo, rojo, negro, marrón, marrón. La última banda, la marrón, indica la precisión, que en este caso es del 1 %. Las otras cuatro bandas se leen siguiendo el procedimiento habitual y el número será el 2201, que se traduce en 2.200 ohmios.
No existen resistores de todos los valores imaginables, porque se necesitarían tiendas enormes. Las resistencias, así como casi todos los componentes electrónicos, se pueden comprar solo en una serie limitada de valores. Los valores admitidos para las resistencias más comunes, es decir, para las del 5 %, respetan la siguiente serie: 1; 1,2; 1,5; 1,8; 2,2; 2,7; 3,3; 3,9; 4,7; 5,6; 6,8; 8,2; 10. Nunca encontraremos una resistencia de 20 ohmios o de 18 ohmios. No existen componentes de 500 kΩ, sino de 470 kΩ o de 560 kΩ. Los resistores más comunes son los que tienen forma de salchicha, pero existen otros de otras formas y tipos. Las resistencias de este tipo están fabricadas utilizando carbón prensado u otros materiales resistivos. Las resistencias, cuando son atravesadas por una corriente, se calientan. Si la corriente que pasa es importante, la resistencia podría calentarse mucho e, incluso, dañarse. La potencia disipada siempre debe ser menor que la máxima potencia que soporta el componente. Los resistores más comunes son los de 1/4 de vatio. También pueden encontrarse de 1/8 de vatio, un poco más grandes para potencias de 1/2, 1 o 2 vatios o también resistores blindados, con el envoltorio de cerámica para poder soportar potencias de 5, 10 e incluso más de 20 vatios.

Figura 2.10 – Distintos tipos de resistores capaces de soportar varias potencias.
Imaginad que hacéis un cálculo y obtenéis que, en una determinada resistencia, circulará una corriente igual a 0,01 amperios (10 mA). La resistencia vale 220 ohmios y es de 1/4 de vatio (0,25 vatios), es decir, el formato más común en las resistencias de agujero pasante:
P =V · I = I2 · R = 0,01 · 0,01 · 220 = 0,022 W < 0,25 W
La resistencia deberá disipar una potencia de 0,022 vatios y, por tanto, como puede soportar hasta 0,25, no tendremos ningún problema. Probablemente, se calentará pero no tendremos de qué preocuparnos. Imaginemos que aumentamos la corriente a 0,05 amperios (50 mA). En este caso, la potencia será:
P =V · I = I2 · R = 0,05 · 0,05 · 220 = 0,55 W > 0,25 W
Ahora, la potencia a disipar será mayor que la nominal que soportaría el componente y, por tanto, sí que podría surgir algún problema. El diseñador más inteligente utilizará una resistencia de almenos 1 vatio para estar «seguro» de evitar cualquier daño. No redondeéis nunca: una resistencia con una potencia nominal de 1/2 vatio trabajaría al límite y, antes o después, se acabaría dañando.

Figura 2.11 – Algunos resistores dañados por corriente excesiva.
Si la potencia a disipar es notable, se pueden utilizar también resistores equipados con aletas de refrigeración. Podemos encontrar resistores con formatos anómalos: son componentes con características físicas o eléctricas especiales y que, por tanto, no se pueden realizar con los procesos de fabricación habituales. Estos dispositivos tienen formas especiales y poco reconocibles.
La electrónica moderna está miniaturizada. Los componentes utilizados en las producciones industriales son de montaje superficial (SMD – Surface Mount Device). Estos componentes son muy pequeños, económicos, precisos y rápidos de montar. Las resistencias de este tipo parecen pequeñas baldosas con dos bandas plateadas en sus extremos. Habitualmente, en la parte superior del componente se muestra el valor. No encontraremos bandas de colores, sino directamente un número del tipo 103R para una resistencia de 10.000 ohmios. La tercera cifra indica el número de ceros.
A veces es posible encontrar también números de cuatro cifras, en el caso de resistencias de mayor precisión. En algunos casos poco corrientes, en lugar de un texto «claro», puede aparecer un código alfanumérico (EIA-96) que necesita una tabla para ser interpretado. El código utiliza dos números para indicar la línea de una tabla en la cual es posible encontrar el valor, y una letra que indica el multiplicador. Por ejemplo, una resistencia con el código 68X vale 49,9 ohmios, es decir, 499 multiplicado por 0,1.
Tabla 2.2 – Códigos para las resistencias SMD (EIA-96).

Tabla 2.3 – Listado de multiplicadores para códigos de las resistencias SMD (EIA-96).
| Código | Multiplicador |
| Z | 0,001 |
| Y o R | 0,01 |
| X o S | 0,1 |
| A | 1 |
| B o H | 10 |
| C | 100 |
| D | 1.000 |
| E | 10.000 |
| F | 100.000 |
Las resistencias SMD se utilizan mucho en el sector industrial porque se pueden soldar en máquinas y, además, son más rápidas de montar respecto a las resistencias comunes de agujero pasante (Through Hole).
Como pueden ser utilizadas por máquinas, se pueden encontrar en distintos formatos, incluso muy pequeños. Los formatos disponibles se miden en mils, es decir, en milésimas de pulgada.
1 mil = 0,0254 mm
Desde el punto de vista de las medidas dimensionales, la electrónica es un verdadero desastre. Existen múltiples «convenciones» por las que tradicionalmente unas cosas se miden en mils y otras en milímetros. ¡Se necesita tiempo para acostumbrarse a ello! La medida más utilizada para las resistencias SMD es la denominada “0603”, que significa que el componente tiene el tamaño de 6 × 3 mils. Cuando se trabaja «a mano», es preferible utilizar formatos más manejables, como el ”0805” o el “1210”. Las medidas estándar son: 0201, 0402, 0603, 0805, 1206, 1210, 1218, 2010, 2512.

Figura 2.12 – Un resistor SMD de 1 MΩ en el formato 0603.
Existen también resistencias de tipo intermedio: son de montaje superficial, pero tienen forma cilíndrica y muestran las clásicas bandas de colores. Las resistencias de este tipo se denominan MELF (Metal Electrode Leadless Face). Gracias a su proceso de fabricación, son particularmente apreciadas por su estabilidad térmica. Existen tres variantes del paquete denominadas MicroMELF, MiniMELF y MELF, que se distinguen entre sí por su tamaño.
El hecho de que este tipo de componentes, MELF y SMD, puedan soldarse en máquinas, no excluye la posibilidad de utilizarlas también «a mano». Con una buena vista o con la ayuda de una lente de aumento y simples herramientas, podremos utilizarlas sin problemas.
Condensadores
Los condensadores se fabrican con una especie de sándwich formado por dos placas de material conductivo, las carcasas, que envuelven una capa aislante o solo aire, denominada dieléctrico. El símbolo eléctrico del condensador recuerda su estructura: dos pequeñas línea paralelas a las cuales se encuentran conectados dos terminales.

Figura 2.13 – Representación de la estructura de un condensador en el cual son visibles las carcasas y el dieléctrico; el símbolo eléctrico del condensador.
No hay contacto entre las partes y, por tanto, no debería circular corriente. De hecho, esto es lo que ocurre «por norma general», cuando las corrientes son estables. En los transistores, cuando las corrientes cambian en el tiempo, los condensadores acumulan cargas eléctricas en sus carcasas, positivas por una parte y negativas por la otra. Mientras haya acumulación de carga, habrá un paso de corriente. En realidad, un condensador es, desde el punto de vista eléctrico, un componente mucho más complejo, y siempre existe una determinada corriente, muy pequeña, que lo atraviesa. Estas diferencias son más importantes cuanto mayor es la frecuencia de las señales que lo atraviesan. En frecuencias muy elevadas se debería tener en cuenta también el efecto de sus terminales, que presentan una determinada inductancia.
Algunos fabricantes suministran el valor de la resistencia «de serie» ESR (Equivalent Series Resistor), que, cuando es muy bajo, indica un componente de calidad. El ESR vale pocos ohmios o fracciones de ohmio y, en efecto, se puede medir con los instrumentos adecuados. El ESR es un indicador del estado de salud del condensador. El condensador ideal no debería disipar corriente ni, por tanto, calentarse, porque no presenta resistencia. En presencia de un valor de ESR elevado, el componente empezará a calentarse y a disipar potencia.
La capacidad de transportar cargas por las carcasas se expresa en faradios. Estos componentes tienen un intervalo de valores muy amplio que va desde los miles de microfaradios (µF) de los condensadores utilizados en grandes fuentes de alimentación o amplificadores, hasta los picofaradios (pF) de los componentes utilizados para radios y ordenadores. Un condensador se puede comparar con un vaso, capaz de almacenar pequeñas cantidades de agua. Por este motivo, cuando se analiza un circuito que utiliza condensadores, hay que estar muy atentos, sobre todo si la placa que estamos examinando es la de una fuente de alimentación.
Los alimentadores modernos de tipo conmutado utilizan un condensador de voltaje elevado para nivelar la corriente de alta tensión presente en la entrada. Este condensador recibe más de 300 voltios y, si no se ha previsto un sistema de seguridad para descargarlo, podría transportar la carga incluso mucho tiempo después de que el circuito haya sido desconectado de la tensión de red. Antes de ponerle un dedo o un destornillador encima, medid la tensión en los extremos del condensador con un multímetro. Si el condensador está cargado, descargadlo. Algunos técnicos cortocircuitan simplemente los dos terminales, pero esta operación es peligrosa y debe evitarse porque puede dañarlo. Si el condensador está muy cargado, podría generar además una fuerte descarga y vosotros daríais un bote en la silla. Para descargarlo correctamente debéis utilizar una resistencia de un millar de ohmios y algún vatio de potencia con la cual debéis tocar los dos terminales. Además de evitaros molestas y peligrosas descargas eléctricas, esta operación protegerá también vuestras herramientas. Habitualmente tendréis que descargar un condensador soldado sobre un circuito impreso: buscad dónde se encuentran soldados sus terminales y aplicad la resistencia sobre las dos placas para descargarlo.

Figura 2.14 – Para descargar un condensador de forma segura, se puede utilizar una resistencia de aproximadamente 1 kΩ.
Si aplicamos una corriente variable a un condensador, este se comportará como un resistor: al aumentar la frecuencia, su resistencia disminuirá cada vez más hasta que llegue a ser nula. Sin embargo, el término correcto no es resistencia sino reactancia, que se expresa igualmente en ohmios. La fórmula para determinar la reactancia del condensador a una determinada frecuencia es:

En la fórmula se debe indicar la frecuencia de oscilación de la corriente en Hz y el valor del condensador en faradios; la constante π vale 3,14.
Veamos cuánto vale la reactancia para un condensador de 1µF (10–6) a 50 Hz:

A una frecuencia de 1 kHz (103):

A una frecuencia de 100 kHz (105):

Los condensadores están fabricados mediante distintas tecnologías que se distinguen por el tipo de material utilizado para el dieléctrico: se utiliza cerámica, plástico, papel, líquidos y metales especiales, entre otros. Algunos tienen una polaridad que debe ser respetada si no se desea dañar el componente. Sobre él pueden leerse indicaciones útiles para conocer el valor, la máxima tensión de trabajo e identificar la polaridad. En el caso de tenerlos que sustituir, es importante respetar la tensión de trabajo máxima, porque si no, corremos el riesgo de dañar el componente perforando el dieléctrico. Es más difícil descifrar el valor de un condensador respecto al de una resistencia. Todas las tecnologías de fabricación producen condensadores con una forma típica y convenciones distintas. Respecto a las resistencias, los condensadores tienen tolerancias mucho mayores (en torno al 10 % o más) y su valor real puede ser muy distinto al valor nominal.
Los condensadores más simples de leer son los electrolíticos, que en su interior contienen un dieléctrico empapado en una solución líquida que tienen la forma de un cilindro: tensión, capacidad y polaridad se encuentran impresas en el envoltorio. Estos condensadores son baratos y bastante espaciosos, con valores de capacidades que van de fracciones de µF hasta miles de microfaradios; sin embargo, ofrecen características eléctricas peores que otros modelos de condensadores. Los condensadores electrolíticos también son los más delicados porque con el tiempo el dieléctrico tiende a secarse, lo que modifica el valor de la capacidad. Si los condensadores electrolíticos no se utilizan durante mucho tiempo, pueden dañarse. A veces, el dieléctrico puede incluso perforarse y el condensador se comporta como una resistencia o, peor aún, como un cortocircuito, lo que pone en peligro el funcionamiento del circuito.
Cuando tengáis que sustituirlos, utilizad un componente con la misma capacidad y la misma tensión de trabajo. Comprobad también el intervalo de temperatura para el cual ha sido diseñado, puesto que la temperatura también influye en el correcto funcionamiento: las altas temperaturas podrían estropearlo antes de tiempo. Si no encontráis un componente con las mismas características, utilizad uno con la tensión igual o superior (nunca inferior). Podéis utilizar un condensador con capacidad distinta comprobando dónde se inserta. Los condensadores electrolíticos están polarizados y muestran un signo que indica cuál es el terminal positivo y cuál el cátodo. Comprobad con atención la disposición de ánodo y cátodo y no la invirtáis por ningún motivo. Tened en cuenta que en el mercado existen también condensadores electrolíticos no polarizados: se trata de casos poco habituales, utilizados sobre todo en circuitos de audio de alta fidelidad.

Figura 2.15 – Condensadores de varios tipos: cerámico de disco, electrolítico, de poliéster y de tantalio. El símbolo del condensador recuerda las dos carcasas con el dieléctrico en el centro. Si el condensador está polarizado, junto a una de las carcasas se muestra un signo “+”.
En la variada familia de los condensadores, también encontramos los de tantalio. Suelen ser de tamaño reducido y con una característica forma «de gota». En la versión SMD, están empaquetados en pequeños paralelepípedos con una banda lateral que indica el cátodo. Estos condensadores también están polarizados y pueden alcanzar capacidades bastante elevadas ocupando muy poco espacio. Respecto a los electrolíticos comunes, duran más tiempo, se resienten poco de las variaciones de temperatura y son más caros. Debéis respetar siempre las polaridades y la tensión nominal de estos componentes, porque podrían explotar fácilmente.
Los condensadores más utilizados son de tipo cerámico. Los hay de capa única, de forma circular (también llamados «de disco»), con un simple dieléctrico de cerámica incluido entre las dos carcasas, o bien formado por varias capas de cerámica. Los condensadores cerámicos son muy comunes, de pequeñas dimensiones, no tienen polaridad y sus valores van de los pocos picofaradios (pF) a los cientos de miles de picofaradios. Sobre su cuerpo se muestra una sigla que indica la capacidad y la tolerancia. Si nos encontramos con el texto 102 k, significa que la capacidad es igual a 10; a este valor, debemos añadirle dos ceros, es decir, 1.000 pF, porque la capacidad siempre se expresa en picofaradios. La letra k indica que la tolerancia es del 10 %.
Tabla 2.4 – Tolerancia de los condensadores cerámicos.
| Letra | Tolerancia |
| J | 5 % |
| K | 10 % |
| M | 20 % |
| Z | 20÷80 % |
Las comas se pueden escribir con un punto, con una “P” o con la letra utilizada para indicar la tolerancia. Para salir de dudas, vale la pena contar con un multímetro que pueda medir también condensadores.
He aquí algunos ejemplos:
1 o 1P0 = 1 pF
3,3 o 3P3 = 3,3 pF
121 o n12 = 120 pf
Los condensadores plásticos tienen un dieléctrico de poliestireno, polipropileno, teflón, poliéster Mylar u otros plásticos. La película está metalizada para crear las carcasas. Normalmente tienen la forma de un pequeño paralelepípedo y los valores están escritos en la parte superior o a un lado, junto a las indicaciones del voltaje de trabajo.
Por ejemplo, el texto «334k 100v» significa que la capacidad es igual a 33 seguido de 4 ceros, es decir, 330.000 picofaradios. La letra k indica que la tolerancia es del 10 % y el voltaje máximo aplicable es de 100 voltios.
Estos componentes también utilizan una notación de dos cifras más un multiplicador, al cual deberíamos acostumbrarnos. La unidad mínima siempre es el picofaradio.
Tabla 2.5 – Tolerancia de los condensadores plásticos.
| Letra | Tolerancia |
| F | 1÷2 % |
| G | 2 % |
| J | 5 % |
| K | 10 % |
| M | 20 % |
Veamos algún ejemplo:
102 o 1n o .001 = 1.000 pF o 1 nF
334 o 330n o .33 = 330.000 pF o 330 nF
Los condensadores también están disponibles para circuitos de montaje superficial. En este caso son como pequeños ladrillos de color beige o rosado con los contactos en sus dos extremos. Son similares a las resistencias SMD en cuanto al tamaño y comparten con ellos los mismos formatos (por ejemplo, 0603, 0805...). El gran problema de los condensadores SMD es que, aun teniendo las mismas dimensiones que las resistencias, no muestran ningún texto identificativo. Esto supone un gran problema en el caso de que sufran algún daño porque es muy difícil averiguar su valor original si no es mediante comparaciones, cálculos e hipótesis. En cambio, los condensadores electrolíticos SMD tienen una forma más parecida a los de agujero pasante, aunque de tamaño más reducido. Son pequeños cilindros colocados sobre una base de plástico desde la cual salen los dos contactos. El cátodo, por norma general, se identifica con una pequeña banda de color negro trazada en la parte superior, donde habitualmente puede leerse un texto con el valor y la tensión.

Figura 2.16 – Condensadores de montaje superficial. A la izquierda, un condensador cerámico. A la derecha, un condensador electrolítico (las figuras no están a escala).
Los condensadores se pueden conectar en serie o en paralelo. Las fórmulas se asemejan, en su forma, a las de las resistencias. Para los condensadores en paralelo, se calculan simplemente sumando sus valores:
Ctot = C1 + C2 + C3 + ...
Para los condensadores en serie, utilizaremos la fórmula habitual «girada»:

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