Kitabı oku: «Carmen Aldunate sin corazas», sayfa 3

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Entreacto

No fue mucho lo que pude avanzar en las semanas siguientes. Partía de viaje, por lo que aparte de buscar algo más de información, ordenar los temas conversados y elaborar una pauta de preguntas para nuestra tercera sesión, no hice mucho más. La llamé para despedirme y aproveché de decirle que por favor se pusiera a hurgar entre sus cosas, porque por ahí podrían aparecer cartas o fotos. Difícil, me contestó, “con el cambio de casa boté casi todo”.

Por mi parte, tenía que ir pensando la estructura que le daría a este libro. ¿Cómo lo escribiría? ¿En qué tono? ¿Con qué voz? No tenía ni idea.

Nos encantó volver a reencontrarnos. Después de un rato en el que nos pusimos al día, me comentó que tenía una caja con algunos papeles que su nana Angélica había rescatado del tacho de la basura cuando se había cambiado de casa: fotos, recortes de diario, catálogos de exposiciones, etc.

—¿Y esa bolsa chica que está en el sillón? —le pregunté.

—¡Ah!, ahí están las “cosas que me importan”.

Todo ese material era un tesoro para mí. Bendije a la Angélica y agradecí a la Carmen su confianza. ¡Quién sabe qué encontraría allí!

1 · La Toy, ¿Anastasia o Eva Braun?

Hoy día quiero que nos remontemos a tu infancia y a la relación con tus papás…

¡Feliz! Este ejercicio de memoria me hace muy bien. No sé cómo lo logras, pero me sorprendo a mí misma contándote cosas que tenía olvidadas y que, además, ahora comienzan a tomar sentido.

¿Qué sabes de la estadía de ellos en Madrid?

Para variar, muy poco. Solo que mi papá les tenía mucho cariño a los españoles. Siempre contaba que mi hermana Eliana estuvo muy grave y que el boticario le dejaba las llaves de la farmacia para que a cualquier hora de la noche pudiera sacar algún remedio. En esos tiempos no existía la penicilina y ella estuvo muy enferma, a punto de morir. No sé cuándo volvieron a Chile, pero pienso que deben haber estado allá unos dos o tres años.

Hablemos de tus primeros recuerdos…

Hay alguien que fue fundamental en mi infancia, adolescencia y en mi vida: Miss Rose, mi institutriz alemana. No sé cómo explicarte lo importante que fue para mí y todo lo loco de este cuento. Ella hablaba cinco idiomas y, por instrucción de mis padres, me habló siempre en inglés, aunque yo siempre le contestaba en castellano…

¿De dónde la trajeron?

No es que la trajeran, ella llegó a Chile desde Alemania, antes que estallara la guerra y cuando ya Hitler estaba en el poder. Nadie sabe por qué, pero un día apareció en el Hotel de Pichilemu, cuyo dueño era Agustín Ross. Era una señora muy elegante y como hablaba varios idiomas la tomaron como recepcionista. Pero a ella no le gustó ese trabajo por lo que don Agustín llamó a mi mamá y le dijo:

—Mira, tengo a esta mujer aquí, no tengo idea quién es, pero es muy agradable, educada y se ve de buena familia. ¿Tú necesitas a alguien?

Mi mamá le dijo inmediatamente que sí y estuvo con nosotros toda la vida, hasta su final. Yo le puse Toy y nadie más podía decirle así… Crio a guascazos a mis dos hermanos hombres, que ya eran grandotes, y cuando yo nací perdió la chaveta. Nada de lo que yo pudiera hacer podía estar mal. Yo era para ella una verdadera virgen, un “ser perfecto”, de lo cual siguió convencida y pregonó hasta el fin de sus 100 años. Me amó y defendió siempre y la verdad es que nunca supimos quién era: ¿Anastasia, Eva Braun? Tenía una suástica nazi de hierro auténtica, que me la regaló y me la robaron, y una bolsa con monedas de oro que me iba dando cada vez que —siendo más grande— yo necesitaba plata.


La Toy y yo

Pero, Carmen, ¿cómo no saber quién era?

Siempre fue un misterio, tanto así que muchísimo tiempo después, mi tío Andrés —a quien le decíamos el “Rojo” por lo colorín— quiso llevar a su hija Angélica a Europa y pidió “prestada” a la Toy para que la cuidara en el viaje. Pero la Toy no tenía ni nombre ni pasaporte. Para el tío Andrés, que era muy loco y en ese tiempo muy rico, ese no podía ser un problema y con gran pachorra le dijo:

—¿Cómo quiere llamarse usted?

La Toy lo pensó un poco y dijo:

—Crescencia Huber, pero me dicen Miss Rose.

¡Así que le hicieron un pasaporte y listo!

Con una naturalidad sorprendente, la Carmen sabe como nadie hacer que captemos su atención con un relato que parece guion de novela. Oye, ¡eres un baúl de sorpresas!

La Toy está presente en casi todos mis recuerdos de infancia y de vida. Cuando chica, veraneábamos en la casa de Viña del Mar, una de las tres que mi abuelo Eduardo había encargado a Suecia. Estaba en Ocho Norte, esquina Libertad, donde hoy hay una bomba de bencina. Ahí es donde yo empiezo a existir… Y, ¿sabes? Debo haber tenido 4 años y recuerdo que me dio por cambiarme de nombre. Empecé a llamarme Carmen Castro, viuda de Leiva, y no contestaba si no me decían así, con apellido y todo… Mi mamá y la Toy nunca supieron de dónde saqué a esta señora y la verdad que yo tampoco… jajaja.

¡Ay, Carmen Castro, viuda de Leiva! Con tu imaginación podrías haber sido también una gran novelista. ¿Y qué recuerdas de esos veraneos?

Bueno, en Viña todo era entretenido. Yo nunca alcancé a sentarme en el comedor de los grandes. Había uno especial para nosotros con mis primos, curiosamente en el segundo piso. Tocábamos un timbre y nos llegaba la comida por un sobrecarga. La Toy estaba siempre conmigo y se preocupaba que nada me faltara ni nadie me molestara. Me leía cuentos en la noche y tenía a raya a mis dos hermanos hombres que eran unos grandulones que no la querían nada porque hacía enormes diferencias. “Carmencita first”, era su frase permanente… Una vez, como sabía que me encantaban las empanadas de queso, llegó al comedor y cuando la empleada comenzó a servirlas, ella dijo que las había escupido… Obvio que nadie quiso y me las comí todas…

Más que tus hermanos, tus compañeros de juego eran tus primos…

¡Claro! Mis hermanos eran muy mayores y no tengo casi ningún recuerdo con ellos de esta época viñamarina. Yo jugaba con mi prima Angélica y, especialmente, con José y Felipe, quienes tenían casi mi misma edad. Piensa tú que mi hermana Eliana —casada con Guillermo Cox— tuvo guagua casi en paralelo con mi mamá. Es decir, hubo un traslape y mi sobrina casi no tiene diferencia de años conmigo.

Entonces veraneaban todos bien achoclonados…

Sí, la casa de Viña era súper grande y yo me perdía por lo espaciosa que era. Mi abuelo Eduardo tenía ahí también su taller de fotografía donde se encerraba al igual que en la casa de Catedral. Guardaba las placas de vidrio en unas cajas negras misteriosas, que ni nos atrevíamos a mirar. En las mañanas, él salía de punta en blanco a pasear por la avenida Libertad y la avenida Perú, con su bastón y su infaltable sombrero de paja.

¿En qué se entretenían ustedes?

Íbamos a la playa —siempre con la Toy cuidándome—, a las dunas, nos gustaba explorar, subirnos a los árboles, tirarnos a las olas, hacer competencia de quién se ahogaba primero, fabricábamos autos de carrera con carretillas de hilo, en fin, ¡gozábamos! A diferencia de mi prima Angélica, que la vestían llena de vuelos y parecía princesa, a mí me ponían unos mamelucos últimos de feos porque vivía embarrada con José y Felipe. ¡Ah!, y ahora que me acuerdo, mi abuela Adela me hizo una injusticia muy grande… Dos, diría yo: desde los 5 años me obligaba a pagar el dinero del culto, eso que ni tenía mesada, y la segunda, justamente en Viña, cuando nos dijo que al primer nieto que aprendiera a nadar le daría un premio, ponte tú, de cien pesos de hoy. Ella tenía mucho miedo que nos ahogáramos en la playa y bueno, José y yo aprendimos juntos y, felices, fuimos a contarle. Pero ella le dio el premio solo a José. ¡Jajaja!, ahora pienso que fue porque él era hombre…

Pero contigo era igual súper cercana…

Como era en esos tiempos. Nada de añuñues ni acurrucos. A diferencia de mi mamá que era muy cariñosa, de piel, mi abuela —como yo— era poco dada a abrazarte y mimarte, pero yo sabía que contaba con ella. Son formas de ser… En todo caso, la más cercana siempre fue la Toy… Siempre he dicho que fue mi segunda mamá.

¿Hasta qué edad veraneaste en Viña?

Hasta que murió mi abuelo Eduardo. Yo debo de haber tenido 6 o 7 años y recuerdo que lo velaron en la casa. Curiosa y metete, quise verlo, pero mi papá no me dejó. Me vino entonces una gran pataleta y Fernando Moller —mi padrino de nacimiento— me levantó y me lo mostró dentro del cajón. ¡Qué impresión y susto más grande! Me tuvo que tomar en brazos y pasearme un buen rato ya que lloraba como María Magdalena… Entre la gente que lo estaba velando, estaba el Pollo Chadwick, gran polero y buenmozo a morir, quien fue mi primer amor… Rápidamente se me olvidó mi abuelo y le pregunté a mi papá quién era ese hombre porque yo quería casarme con él. Me enamoré perdidamente y me duró harto porque, al tiempo después, le dije al papá que quería verlo de nuevo. Fue tanta mi insistencia, que me llevó a un partido de polo donde él jugaba, con tan mala suerte para mí que Chadwick se cayó del caballo y yo creí que se había muerto. Llantos de nuevo… ¡qué horror! Era tan mimada…

¡Tuviste una niñez feliz!

Sí, y muy protegida... También me acuerdo que me llevaban a visitar a la tía Marie Louise Edwards, hermana de mi abuela, que tenía una casa preciosa en el Cerro Castillo. Ella era fascinante, elegantísima y usaba una infinidad de pulseras y colgajos que yo miraba encantada. De ahí me viene esto de andar con tantos collares y leseras colgando. Más tarde, cuando salió Eduardo Frei Montalva de presidente, se armó un pequeño escándalo en la familia porque ella le prestó todas sus joyas a la Maruja de Frei cuando tuvo que ir de visita oficial a Inglaterra. Otra de las hermanas de mi abuela, la Juana, era increíblemente simpática. Para molestarla, Adela le decía “hermana poto de lana…”. Le gustaba mucho la música y cuando en algún momento vino Claudio Arrau a Chile, hubo una gran fiesta en su casa y le pidió que tocara los pollitos dicen… jajaja.

De nuevo las horas se nos pasaron volando. Habíamos avanzado un poco más y ninguna de las dos hacía amagos de estar cansada. Ambas somos nocturnas y liberadas de horarios por lo que podíamos estirar un poco más la cuerda.

2 · Mis hermanos

A estas alturas, ¿ya vivías con tus papás en la calle María Luisa Santander?

Sí, claro. Después de regresar desde España, mis papás se fueron a vivir con mis abuelos, hasta que, no sé cuándo —me imagino que por los años 44 o 46—, compraron la casa de María Luisa Santander. En esos tiempos ese sector de Providencia estaba poco urbanizado y, según mis abuelos, nos habíamos ido a vivir a pleno campo.

¿Qué recuerdas de esa casa?

Viví ahí hasta que me casé, así que la recuerdo bien. Era de dos pisos, pero no muy grande. Arriba estaba la pieza de mis papás que se conectaba con la mía y que tenía un balcón que daba a la calle. Ahí yo dormía sola. En otra ala estaba el dormitorio de la Toy y el de mis hermanos. Lo más entretenido de la casa era el baño de mi mamá, que era gigante, lleno de estantes con cajones y donde ella guardaba miles de cosas de todo tipo. Mis hijas todavía se acuerdan y me dicen: “El baño de la Nani era como ir a la calle Meiggs”. Tenía también arriba una terraza grande que se cerró para que mi mamá tuviera su taller de cerámica y pintura.

Ya hablaremos de ese taller, donde me imagino hiciste tus primeros dibujos, pero antes, entiendo que alcanzaste a vivir en esta casa con tus hermanos…

Con la Eliana no. Viví con Jorge, saliendo de la universidad, y con Luis entrando. Nunca me voy a olvidar que, sabiendo ellos que yo desde muy chica le tenía terror a todo bicho que tuviera alas, llámese pájaro, mariposa, polilla, etc., un día tuvieron la pésima idea de entrar a mi pieza mientras yo dormía y, disfrazados con unas alas enormes de papel, comenzaron a aletear al lado de mi cama haciendo unos ruidos como de ultratumba. Mis gritos de miedo y horror se escucharon hasta en la calle y la Toy y mis papás llegaron corriendo a ver qué estaba pasando. Nadie lograba calmarme, lloraba sin parar de manera absolutamente incontrolada. ¡Imagínate el reto que les llegó a esos dos! Para ellos era solo una broma, pero para mí fue como si hubiera visto al diablo en persona. No sé por qué, pero desde que tengo uso de razón le tengo pavor a todo lo que tenga alas. Tanto es así, que yo le decía a mi abuela que qué pecado podía cometer para no tener ángel de la guarda…

Ay, Carmen, eres increíble… ¿Cómo eran tus hermanos?

Jorge había estudiado en el Colegio Alemán y luego Medicina en la Universidad de Chile, donde se recibió de médico cirujano. Era realmente brillante, le gustaba mucho la investigación y creo que escribió algo sobre los iones en el intestino. ¡Imagínate! Me acuerdo que llegaba con sus compañeros de universidad a la casa y me hacía todo un show para que le diera la poca mesada que yo guardaba. Una vez llegó con una mano vendada y me dijo que necesitaba plata para comprar remedios o qué se yo… Y claro, ingenuamente se la di. Siempre fue extremadamente cariñoso conmigo. Yo era como su mascota y me llevaba a todas partes: a la piscina, al teatro, a un pícnic. Fue un gran médico, pero se involucraba tanto con los pacientes que sufría a la par que ellos. Él era bipolar, pero yo en esos tiempos no sabía nada de eso. Solo me daba cuenta que era inestable y tenía cambios súbitos de conducta. En sus momentos maníacos era capaz de comerse el mundo y sacaba toda su personalidad dicharachera. Le encantaban los caballos e ir a las carreras, pasión que heredó de mi abuelo paterno quien había tenido un haras. Con mi hermano Luis, se compraron una yegua que le pusieron “Tarjeta”. Era pésima y siempre llegaba última. Cuando en la familia alguien preguntaba “¿Cómo estás?”, quedó para siempre la frase “como la yegua Tarjeta”. Jajaja.

Te llevaba entonces al Club Hípico…

Claro que sí. Él iba todos los domingos. Todavía me acuerdo que una vez me dijo que tenía que apostarle todo lo que tenía al caballo “Campeón” porque iba a ganar de todas maneras. Bueno, yo aposté los cuatro pesos que llevaba y ganó por fallo fotográfico. Tuvimos que esperar al otro domingo para cobrar el premio. Fue muy entretenido porque con la plata ganada nos compramos una pista eléctrica de caballitos y hacíamos apuestas caseras…

¿Él se casó?

Sí, con la Nanita, la Adriana González, una mujer encantadora y muy bonita, quien le tuvo mucha paciencia. Yo debo de haber tenido 10 años cuando fui al matrimonio y, hace poco, me mandaron una foto de ese día en que estoy con él, mi abuela y mis papás.

Tuvieron cinco hijos, pero le fue difícil salir adelante ya que su bipolaridad no pudo ser controlada. En sus episodios de entusiasmo y felicidad exagerados, hacía locuras como tapizarme la casa con 20 o 30 ramos de flores o mandarme de regalo un reloj Cartier u otras joyas que yo tenía que devolver al día siguiente. Mis papás sufrieron mucho con sus altos y bajos. Pienso que al final, él ya no pudo consigo mismo y quiso morir. Fue unos años después que mi mamá, en la década del ochenta.

Nos quedamos un rato en silencio. No era el momento de ahondar, pero comencé a comprender mejor aún sus dolores familiares y algunos símbolos de su pintura…


En el matrimonio de mi hermano Jorge con mi abuela Adela y mis papás

¿Y cómo fue tu relación con Luis?

Muy buena, pero no tan cercana como con Jorge. Él era más cerruco, más para adentro, pero igual me regaloneaba. Como nació un 6 de enero, día de los Reyes Magos, mi mamá tuvo la brillante idea de bautizarlo como Luis Eduardo Melchor Gaspar y Baltazar y así quedó en su carnet… Estudió Ingeniería Comercial y se dedicó a la bolsa y negocios financieros. Se casó con la Angélica Low y tuvo dos hijos. Fue yunta con mi papá hasta el final. Mis dos hermanos fueron personas muy especiales, me quisieron mucho y se encargaron de enseñarme todo lo que no se debe hacer en la vida, es decir, todo lo que me ha servido…

¿Y qué pasaba con tu hermana Eliana?

Ella ya se había casado cuando yo nací. Nos adorábamos. Se había ido a vivir a Chillán y me encantaba cuando me llevaban a verla. Era la persona más dulce que puedas imaginar, pero de una timidez enfermiza y mucha mala suerte. A poco de estar casada se le quemó la casa entera, pero nunca levantó la voz ni se quejó de nada, pese a que tenía una pésima situación económica y seis hijos. Mis papás tuvieron que ayudarla y traérsela a Santiago, cerca de ellos. No salía a ninguna parte, cerruca como todos los Salas. Era, eso sí, de una bondad infinita, generosa con lo poco y nada que tenía y, sobre todo, siempre dispuesta a dar cariño y amor. No lo pasó bien en su matrimonio y como a los cuarenta y tantos años le vino un cáncer espantoso y murió a comienzos de los años setenta. Fue un duro golpe para mis papás. Mi mamá entró en una fuerte y larga depresión y para mí fue tremendamente doloroso no solo perder a mi querida hermana, sino ver a mi mamá destruida por la pena…

Preferimos parar aquí. Había sido una buena pero cansadora catarsis para la Carmen. Al despedirme, solo le di un gran abrazo. Era todo lo que podía hacer…

Entreacto

Durante las semanas que siguieron, revisé con atención los papeles que me había entregado. La gran mayoría, a excepción de varias fotos, pertenecían a un período posterior al que estábamos trabajando, cuando ella ya estaba casada y era una artista reconocida. Gocé con todo ese material, me surgieron mil preguntas, pero me concentré en unas postales antiguas y en aquellas imágenes que podían ayudarla a recordar momentos de su infancia, que, a mi juicio, marca toda vida futura. Armé una especie de pauta mental y un par de semanas después partí, entusiasta como siempre, a una nueva aventura.

Llegué puntual a las ocho de la noche. Ya tenemos nuestra rutina y nos apegamos felices a ella. El invierno ha sido muy frío, por lo que entrar al ambientito es un agrado. En los rincones más impensados del living y del comedor hay anteojos, cajetillas de cigarrillos y encendedores. Es que —al igual que a mí— se le acaban o se le pierden muy rápido y seguido. Todo tiene que estar a mano y así nos concentramos en lo que nos interesa.

1 · Monjas vigilantes

Hay que seguir, le digo. ¿Te parece que nos centremos en el colegio?

Entré recién a los 7 años. Mi mamá —que se había criado también con institutriz— pensaba que era una lesera que yo tuviera que levantarme temprano siendo tan chica. Era demasiado regalona, además que con la Toy ya había aprendido a leer y a escribir…

Así y todo, te matricularon en algún colegio, ¿no es así?

Creo que fue mi abuela Adela la que insistió y, sí, después de mucho me matricularon en el Universitario Inglés, colegio de monjas españolas donde lo pasé pésimo y del cual tengo los peores recuerdos. Estaba ubicado —igual que ahora— en la Costanera con Manuel Montt, y quien me iba a buscar y a dejar era la Toy.

¿Por qué lo pasaste tan mal?

Mira, de partida, porque a mi abuela se le ocurrió regalarles un enorme crucifijo de plata para la capilla, lo que significó que las monjas no encontraran nada mejor que premiarme por cualquier cosa. Yo era muy chica de porte, la más chica del colegio, y todas las semanas me cruzaban una banda de honor gigante y horrorosa que, muerta de vergüenza, tenía que ponerme. Me acuerdo que nos obligaban a ir a misa todos los días con unos velos blancos hasta el suelo, siempre vigiladas por la monja Dolores, quien no nos permitía ni pestañear. Yo le puse la monja “Castañuela”, porque con un “clap” nos teníamos que sentar, con dos “claps” pararnos muy derechitas, con tres arrodillarnos, y así sucesivamente. Un día, estando en misa, suenan los “claps” para ir a comulgar, me puse en la fila y, justo cuando me tocaba a mí, al cura se le acabaron las hostias… No supe qué hacer, estaba muerta de susto y simplemente me fui a mi asiento como si hubiera comulgado.

¿Y qué pasó?

Después de almuerzo, había una hora de estudio donde juntaban a las chicas y a las grandes y alguna monja leía el Evangelio. Pero ese día, la “Castañuela” se paró delante de todas y dijo:

—Entre ustedes hay una pecadora que tiene el diablo adentro. Que se levante Carmen Aldunate.

Me helé. Fue tal mi miedo —yo era un demonio que no había querido recibir a Dios— que quedé muda y no dije nada ni ahí ni en mi casa. Al día siguiente, amanecí con 40 grados de fiebre, la cual se mantuvo por varios días, sin que ningún doctor se explicara la razón.

Ya me imagino la preocupación de tus papás…

Fue tremendo. Nadie entendía nada, hasta que mi papá —muy asustado— me llevó a Buenos Aires a hacerme exámenes de pies a cabeza. ¡Imagínate, Buenos Aires en ese tiempo! Estuve allá como una semana, pero no me encontraron nada físico. Al final, ya de vuelta, el doctor Schwarzemberg, que era mi pediatra, les dijo a mis padres que esta era una reacción sicológica y que me sacaran del colegio.

¡Qué alivio para ti!

Claro, me sacaron y me mejoré inmediatamente. Fíjate que he borrado casi todos mis recuerdos de ese colegio, aunque ahora que me haces recordar, se me viene a la memoria que fue ahí donde me tocó hacer mi primera comunión, con esos vestidos como de novia, horribles. Fue atroz, porque el día anterior, en el recreo, alguien por casualidad me empujó, caí por una escalera y quedé con la cara toda moreteada. ¿Y qué crees tú que hicieron las monjas? Yo que estaba chocha porque por primera vez ser petisa me significaba ir primera en la fila, me escondieron metiéndome al medio para que nadie me viera…

Creo haber visto un cuadro tuyo con monjas vigilantes…

Sí, fue una etapa —al comienzo— donde pinté muchas monjas, todas bien tapadas… Hice varios cuadros relacionados con el colegio como El paseo de curso y Reunión de curso… Si te fijas, muchos de mis dibujos y pinturas de mujeres tienen algo monjil, con tocas o especies de sombreros en la cabeza y hábitos tipo corazas… También más adelante pinté al óleo una serie, “Pecados y virtudes”, en recuerdo de las clases de religión, cuando debíamos recitar como la tabla del 1, los siete pecados capitales y las siete virtudes cardinales. Los pecados los pinté en formato muy grande y las virtudes, más pequeñas…

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243 s. 72 illüstrasyon
ISBN:
9789563248289
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