Kitabı oku: «Las almas rotas»
Gracias por comprar este ebook. Esperamos que disfrute de la lectura.
LAS ALMAS ROTAS
Patricia Gibney
Libro 7 de la inspectora Lottie Parker
Traducción de Luz Achával para Principal Noir

Contenido
Portada
Página de créditos
Sobre este libro
Dedicatoria
Prólogo
Introducción
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Capítulo 63
Capítulo 64
Capítulo 65
Capítulo 66
Capítulo 67
Capítulo 68
Carta al lector
Agradecimientos
Sobre la autora
Página de créditos
Las almas rotas
V.1: diciembre de 2020
Título original: Broken Souls
© Patricia Gibney, 2019
© de la traducción, Luz Achával Barral, 2020
© de esta edición, Futurbox Project S.L., 2020
Todos los derechos reservados.
Publicado mediante acuerdo con Rights People, Londres.
Diseño de cubierta: Taller de los Libros
Imagen de cubierta: Maria Heyens - Arcangel | Jan Lambert Photography - Shutterstock
Publicado por Principal de los Libros
C/ Aragó, 287, 2º 1ª
08009 Barcelona
info@principaldeloslibros.com
www.principaldeloslibros.com
ISBN: 978-84-18216-07-7
THEMA: FH
Conversión a ebook: Taller de los Libros
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.
LAS ALMAS ROTAS
Dos muertes, una desaparición y un secreto que pondrá a todos en peligro
Una mañana de diciembre, Cara Dunne aparece colgada en su cuarto de baño. Va vestida de novia y todo apunta a que se trata de un suicidio, pero esa misma tarde la policía encuentra otro cuerpo, el de la enfermera Fiona Heffernan, frente al hospital del pueblo de Ballydoon. Fiona iba a casarse al día siguiente y también llevaba un vestido de novia en el momento de su muerte.
La inspectora Lottie Parker intuye que estas muertes no son meros suicidios y, al comenzar la investigación, descubre otra pieza del inquietante puzle: la hija de ocho años de Fiona ha desaparecido. A partir de ese momento, Lottie se embarca en una búsqueda frenética por encontrar al asesino y salvar a la niña. Sin embargo, los habitantes de Ballydoon guardan un peligroso secreto, y cualquiera podría ser el culpable.
«Con más de un millón y medio de ejemplares vendidos, Gibney es uno de los mayores fenómenos literarios del año.»
The Times
El nuevo fenómeno del thriller internacional
Más de un millón y medio de ejemplares vendidos
Best seller del Wall Street Journal y del USA Today
A Marie Brennan, por todo.
Prólogo
El pequeño de cuatro años arrancó el papel y se metió el caramelo en la boca. El tofe se le adhirió a los dientes de leche. Trató de sacarlo con un dedo, pero se le quedó pegado y comenzó a llorar.
El golpe de la regla en los nudillos lo cogió por sorpresa y, durante un momento, el llanto cesó. Cuando sintió el dolor que le subía por la mano, gritó.
—¡Quiero irme a casa!
—Cállate, no digas ni una palabra más. Molestas a los demás. Mira a tu alrededor. Eres un niño malo y, si no paras, te quedarás fuera bajo la lluvia. Ya sabes que hay gente malvada, y esa gente viene a llevarse a los niños que se portan mal. ¿Quieres que te pase a ti?
El pequeño sorbió, contuvo las lágrimas y se mordió el labio; aún tenía el caramelo pegado en el diente.
—Te he hecho una pregunta, contéstame. —Otro golpe de regla, esta vez sobre el pupitre.
—No. —Sacudió la cabeza vigorosamente. No quería sentir la regla en la mano de nuevo o en ninguna otra parte. Sería un niño bueno.
—Tira ese papel en la papelera y abre el silabario.
El pequeño no tenía ni idea de cuál era su silabario.
—¡Ven aquí!
Mientras avanzaba hacia el frente de la clase, trató sin éxito de despegarse el papel del caramelo de la mano.
—Está pegado. —Con el trozo de papel adherido a sus dedos palpitantes, miró a la profesora.
Una vez más, la regla cayó con fuerza sobre su mano.
—Vuelve a tu silla.
Su primer día de colegio era incluso peor que la vida en casa. Mientras regresaba al pupitre, sintió que algo cálido le goteaba por la pierna y se encharcaba en su calcetín blanco. Sin duda, la regla volvería a visitarlo muchas veces, hoy y en los días venideros. No quería quedarse allí a esperarla. Pero ¿dónde más podía ir?
Se pasó la mañana sentado sobre los pantalones mojados; ni siquiera salió al patio cuando los demás niños se marcharon al recreo. Permaneció en el pupitre, abrió la fiambrera y mordisqueó el plátano maduro. La profesora estaba en su escritorio a la cabeza del aula; sus ojos parpadeaban con cada movimiento de la mandíbula del pequeño.
—Ven aquí —ordenó cuando regresaron los demás.
El niño levantó la vista con temor; el plátano se le atascó en la garganta.
No quería sentir de nuevo la madera de la regla, así que dejó la fruta y fue hacia la profesora. Cuando llegó al escritorio, tan alto que casi no veía por encima del borde, la mujer se inclinó hacia delante y lo agarró del pelo. El pequeño chilló al ver las largas tijeras que tenía en la mano.
—Tienes el pelo demasiado largo, casi no ves nada. Necesitas un corte.
Intentó decir que no, pero las palabras se le pegaron al paladar como el caramelo a los dedos. Le encantaba su pelo, largo hasta los hombros. Le recordaba a la foto de su madre. Tenían la misma melena.
La profesora agitó las tijeras frente a él antes de tirarle del flequillo. Lo miró triunfante mientras sostenía un mechón de pelo en la mano.
—Ahora puedo ver tu horrible carita.
En silencio, el pequeño deseó que el día llegara a su fin.
Noviembre
¿Existe un buen día para morir?
En silencio, el hombre respondió que no a su propia pregunta. El cielo tenía un color azul grisáceo. Tenebroso. Las nubes en el horizonte advertían que se acercaba un chaparrón. Aparte de eso, el día no estaba mal.
Se movió lentamente y avanzó por el bosque que bordeaba la carretera que, a su vez, rodeaba el lago. Quería ver el agua antes de hacer lo que tenía que hacer. Era tarde, casi de noche, y estaba seguro de que los pescadores se habrían marchado. No es que en noviembre hubiera mucho que pescar, pensó con ironía.
El follaje del suelo del bosque era verde, frondoso y oloroso. Sobre su cabeza, las ramas estaban desnudas. Bajo sus pies, crujían ramitas rotas y helechos. ¿Había pasado alguien por ese mismo camino hacía poco? Su cerebro estaba abarrotado de tantas preguntas sin respuesta que parecía una burbuja a la espera de que la pincharan. Además, sabía que no había nadie en el mundo a quien le importase; nadie que de verdad se preocupara por él. Estaba completamente solo; desolado como las ramas, en paz consigo mismo. Casi.
Una rama nudosa se le enredó en el pelo mientras se adentraba aún más en el denso bosque, hacia una zona más oscura y húmeda. Se detuvo y escuchó los sonidos de los animales invisibles que se escabullían entre la hierba alta. «Ya no tengo miedo —pensó—. Ya no tengo miedo a nada».
Se agachó y se abrió paso entre espinas y zarzas, prácticamente a gatas. El ruido del agua llegó a sus oídos. El graznido de los cisnes cortó el aire.
Se detuvo una vez más y prestó atención. Siguió el sonido.
Llegó a un claro y encontró la fuente del agua. No era el lago, sino un montón de piedras de entre las que brotaba agua fresca por una grieta. El hombre se inclinó hacia delante, tomó un trago y se deleitó con el sabor. Tomó una decisión. Iba a luchar.
Fue entonces cuando escuchó otro sonido.
Al girar la cabeza, una mano le tapó la boca y otra le apretó la garganta con fuerza. Su último pensamiento fue: «Es un buen día para morir».
Diciembre
1
Miércoles
En diciembre, Ragmullin se descubría como un lugar hermoso. Desde la distancia.
Lottie contemplaba el cielo de la madrugada al otro lado de la ventana. Ni una pizca de azul, solo gris. Incluso la nieve parecía plomiza. El muñeco de nieve que su hijo Sean había hecho para su nieto Louis, de quince meses, estaba en el jardín, duro como una roca.
Era demasiado temprano para ir a trabajar. Se obligó a llenar la lavadora y el lavavajillas. Fue hasta el recibidor y se detuvo a escuchar al pie de la escalera. No se oía ningún ruido en el piso de arriba, así que regresó a la cocina y encendió el hervidor.
Esos días prefería un té al café. Un exceso de cafeína la ponía nerviosa. Mientras esperaba a que el agua hirviera, dobló distraída una pila de ropa limpia y la separó en tres montones para sus tres hijos. Las chicas ya eran oficialmente adultas. Habían celebrado el decimoctavo cumpleaños de Chloe hacía unas semanas. Katie, que tenía veintiún años, y Sean, de quince, habían organizado la fiesta. Sean ya era más alto que Lottie y poseía los mismos ojos de ese azul deslumbrante que había tenido su padre. Por un momento, Lottie se vio catapultada a la época anterior a la muerte de Adam, cinco años atrás. Cáncer. Demasiado joven, demasiado rápido. Demasiado difícil de creer. Demasiado tiempo llorándolo hasta que Mark Boyd le había pedido que se casara con él. Titubeó durante un tiempo, sin estar segura de qué hacer, pero sabía que lo amaba. La noche de la fiesta de Chloe le había dicho que sí, aunque aún tenían que concretar los detalles, como fijar una fecha y contárselo a la gente. De momento, era su secreto. Decisión de Lottie.
El hervidor silbó. La inspectora cogió una taza y metió una rebanada de pan caducado en la tostadora. Anotó pan en la lista de la compra en la pizarra que colgaba en la nevera. Con suerte, Katie iría a la tienda más tarde. «Ya sería suerte», se dijo a sí misma, y tomó una foto de la lista en caso de que tuviera que ir ella después del trabajo.
Cuando la tostadora saltó, cogió el pan y lo mordió. Estaba seco. El té sabía a serrín. A la mierda. Decidió que pasaría por el McDonald’s de camino al trabajo a por un café, y al diablo con los nervios.
Se puso la chaqueta, se recogió el pelo desgreñado en una coleta y lo colocó bajo la capucha. Mientras salía de casa, se preguntó de qué humor estaría Boyd ese día.
* * *
Mark Boyd se ajustó el nudo de la corbata y evaluó el resultado en el diminuto espejo del baño. La imagen que le devolvió la mirada no lo entusiasmó. Su pelo, muy corto, era ahora más gris que negro, y sus ojos delataban que había bebido de la noche anterior. Las mejillas demacradas enfatizaban los pómulos. Sabía que, a su edad, la piel del cuello no debería colgarle. Le convendría salir un poco con la bici, pero hacía demasiado frío para hacer deporte al aire libre, pensó, e ignoró el hecho de que tenía una bicicleta estática plegada en una esquina de la pequeña cocina. No, tenía que hacerse cargo de los problemas tangibles en su vida. Para eso había pedido medio día libre en el trabajo. Esperaba que Lottie lo aprobara, de lo contrario, tendría que ausentarse sin permiso.
En el salón del apartamento de una sola habitación oyó a su amigo Larry Kirby que roncaba con fuerza tirado en el sofá con los pies sobre la abarrotada mesita de café. Latas de cerveza y botellas ocupaban toda la superficie disponible. Boyd sintió que le crujían los huesos y se le erizaba la piel. Odiaba el desorden. Recogió las latas y botellas y las metió en una bolsa para reciclar.
Kirby se removió y se incorporó con dificultad.
—¿Dónde diablos estoy? —Miró a su alrededor, amodorrado, y se pasó la mano por la mata de pelo despeinado—. Oh, Boyd, eres tú. Menuda farra la de anoche. ¿Dónde está McKeown?
Boyd se encogió de hombros y pensó un momento. Habían abandonado a Sam McKeown, el miembro más nuevo del equipo, en el pub Cafferty cuando se habían ido a las… Mierda, no tenía ni idea de a qué hora había sido.
—Solo Dios sabe dónde habrá acabado. —Dejó la bolsa del reciclaje en el suelo junto a la bicicleta estática—. ¿Te apetece tomar un café? Hay una toalla limpia en el armario de la caldera por si quieres darte una ducha. —Encontró un blíster de paracetamol y se tragó dos pastillas.
Kirby se olisqueó los sobacos.
—Imagino que no tendrás una camisa que me pueda poner.
Boyd sonrió con sorna. Kirby era el doble de ancho que él.
—¿Tú qué crees?
—Bueno, me tomaré ese café.
Mientras Boyd preparaba el café, Kirby preguntó:
—¿Estás bien?
—Aparte de tener una resaca tremenda, estoy estupendamente.
—Anoche estuviste muy intenso; todo sensiblero y deprimido.
—Según tú, siempre estoy igual. —Boyd se preguntó qué habría dicho hacia el final de la noche.
Kirby bostezó sonoramente.
—La mitad de las palabras que te salían de la boca eran Lottie esto y Lottie aquello. Dios, no sé qué habrá pensado McKeown de ti.
Boyd llevó dos tazas de café al salón y se sentó frente a Kirby.
—¿Tan mal estuve?
—Peor.
—Mierda.
—¿Por qué no le pides ya que se case contigo? Cualquiera con ojos en la cara ve que estáis hechos el uno para el otro.
Boyd sintió el calor que le subía a las mejillas. Se había puesto contentísimo cuando Lottie había accedido a casarse con él, pero habían decidido —no, pensó, ella había decidido— no contar nada todavía, ya que trabajar juntos lo hacía incómodo. Aunque eso había sido antes de todo lo demás.
—No sé qué hacer —admitió.
—Todavía tengo un anillo de compromiso, si lo quieres. —Kirby rio, y luego hizo un gesto de dolor.
—Lo puedo comprar yo mismo cuando lo necesite, gracias. Si es que lo necesito. —Boyd cerró los ojos y se pasó la mano por la frente palpitante. El paracetamol tardaba en hacer efecto.
—Como quieras. —Kirby dejó la taza sobre la mesa. Metió las manos entre las rodillas y se quedó con la mirada perdida—. A mí ya no me sirve para nada ahora que Gilly… Ya sabes…
—Lo sé, es muy duro. Date tiempo para llorarla. —Boyd pensó en la garda Gilly O’Donoghue, que había sido asesinada durante el verano. Gilly fue la primera mujer de la que Larry Kirby se había enamorado desde su divorcio.
—Eso es lo que me dice todo el mundo. —Kirby se levantó, acompañado del crujir de sus rodillas y una tos áspera, resultado de demasiados cigarros—. Joder, huelo fatal. Te veo en la oficina. ¿Qué hora es?
—Las seis y media.
—Ah, por el amor de Dios. ¿Por qué me has hecho levantar a una hora tan intempestiva? Tengo tiempo de echar una cabezadita antes del trabajo. Me voy; te veo luego.
Mientras Boyd bebía su café lentamente, descubrió una botella de whisky tirada bajo el sofá. Se puso de rodillas y la recogió; sacudió la cabeza y fue a buscar su Dyson.
2
Los cerdos hacían un ruido infernal en los cobertizos. El viento agitaba las ventanas con violencia mientras la nieve atravesaba el patio en diagonal, empujada por otra ventisca.
Beth Clarke cogió una taza del armario de la cocina y abrió el grifo. Nada. Lo probó de nuevo, con el mismo resultado.
—¡Papá! —gritó en dirección al salón, donde su padre apretaba con furia las teclas de una calculadora anticuada—. ¿Qué pasa con el agua?
—Se han congelado las tuberías, seguro. —El golpeteo casi ahogaba su voz.
—¿Qué vas a hacer al respecto? —Beth dejó la taza en el fregadero con un golpe y comprobó si había suficiente agua en el hervidor para que su padre se preparara el té más tarde. Probablemente. Apenas.
—Por el amor de Dios —gruñó el hombre.
Beth se volvió y lo encontró de pie en la puerta, con la calculadora en una mano y en la otra, un fajo de papeles llenos de columnas torcidas de números escritos a mano. Todavía llevaba la ropa del día anterior.
—¿Has estado despierto toda la noche?
—Sí, por desgracia. No consigo que cuadre la declaración de IVA. Supongo que no podrás hacerla con el portátil, ¿verdad? —Una tos le cortó la voz y el hombre se dobló, resollando.
—Supones bien. —Beth se agachó, recogió la mochila de debajo de la mesa y se la colocó en la espalda. Se alisó las perneras de los estrechos tejanos negros y ató un cordón de las botas rojas brillantes—. Me voy a trabajar.
—¿A trabajar? No esperarán que vayas con este tiempo.
—Tengo que ir al encendido de las luces de Navidad esta tarde. Pero primero debo visitar los mercadillos navideños en la ciudad. —Sintió emoción. Le encantaba escribir artículos para el periódico local.
—No puedes conducir por la carretera con este tiempo. Son casi quince kilómetros.
—Como si no lo supiera —repuso entre dientes.
—Deja que me ponga el abrigo. Te dejaré en la ciudad.
—No me pasará nada. —Beth cogió el plumífero negro del respaldo de la silla y se lo puso antes de darse cuenta de que no se había quitado la mochila—. Maldita sea.
Mientras se arreglaba, oyó el sonido de los pies descalzos de su padre, que se dirigía a la oficina improvisada en la esquina del salón. «Es un caso perdido», pensó.
Al abrir la puerta trasera, se vio asaltada de inmediato por el gruñido agudo de los cerdos.
—No te olvides de dar de comer a los animales —gritó. El viento se llevó sus palabras.
Con cuidado, cruzó el patio hacia el Volkswagen Golf azul brillante. Su madre lo había comprado poco antes de largarse a un lugar donde nunca nevaba. Hacía cinco años, cuando Beth tenía solo diecinueve. Se detuvo. Había oído que su madre había regresado a Ragmullin, pero no sentía ningún deseo de buscarla.
La puerta del coche estaba congelada. Echó el aliento en la manecilla con la esperanza de descongelar la cerradura. No hubo suerte. Tendría que usar la última gota de agua del hervidor. Tal vez su padre cuando le resultara imposible hacerse una taza de té, encontraría la motivación para arreglar unas cuantas cosas en la granja.
Dios, cómo odiaba vivir en el pueblo de Ballydoon.
Estaba absolutamente convencida de que era el culo del mundo.
* * *
Pasaron siete minutos enteros antes de que Christy escuchara a Beth alejarse conduciendo despacio por la carretera helada.
—Desde luego, esa chica se parece a su madre —masculló para sí mismo. Su mujer (o exmujer, si quería ser pedante) siempre había tenido una mirada diabólica, y hacía lo que quería cuando se le antojaba. Rogaba a Dios que Beth no lo dejara también.
Un vistazo al libro de cuentas confirmó que no había la más mínima esperanza de cuadrar las cifras. Intentar mantener la granja en marcha era demasiado para él. Había cerrado el garaje que tenía en el pueblo, aunque no por voluntad propia. Maldijo el trato que había hecho, a pesar de que era necesario. Aun así, no conseguía arreglárselas. Dejó caer las facturas y fue a la cocina a preparar el desayuno.
Agitó el hervidor. Vacío. Abrió el grifo. Nada. Las cañerías se habían congelado durante la noche.
—Que se vaya todo al infierno —masculló.
Tomó la leche de la nevera y se la sirvió en un vaso. Mientras tragaba el líquido frío, estudió el patio a través de la ventana. Los cerdos estaban inusitadamente ruidosos esa mañana. Christy Clarke se puso las katiuskas mientras sentía el peso del mundo sobre sus hombros de sesenta y cinco años. Descolgó el abrigo del gancho de detrás de la puerta y salió a comprobar el estado de las cañerías.
—Cerrad el pico, capullos —gritó a los cerdos al pasar frente a la puerta del cobertizo.
* * *
Las escaleras siempre podían con ella. No era la cantidad; había veintiún escalones. No, era su por estrechez y la falta de profundidad. Se golpeaba los dedos escalón sí, escalón no, y en un par de ocasiones, aunque se encontraba sobria, había subido los últimos tres a cuatro patas. Hoy, como el ascensor volvía a estar averiado, se lo tomó con calma, sentía todo el peso de su vida en las plantas de los pies.
Al llegar a su apartamento, Cara Dunne metió la llave en la cerradura. Una vez dentro, se apoyó contra la puerta y observó el vaho de su aliento que flotaba en el aire. Se deshizo de los zapatos mojados y sacudió el abrigo antes de colgarlo. Pasó por delante del baño de camino al salón. Un lado estaba iluminado y el otro, donde no había ventana, a oscuras; solo una pared verde con un cuadro anodino.
Dejó el gorro sobre el radiador y se dio cuenta de que estaba helado. Maldición. Comprobó el termostato; estaba al máximo. Algo no funcionaba. Tenía que pasar justo hoy.
Se sentó en el sillón y desbloqueó el teléfono para localizar el número del encargado. No recordaba su nombre. Mills o Wills, algo así. Tenía el cerebro adormecido por el dolor que había experimentado los últimos meses. Y debía reconocer que la mayor parte de ese dolor estaba en su corazón, a pesar de que se había metamorfoseado en un cáncer metastásico, que la sacudía con espasmos sin previo aviso. Había solicitado la baja en el trabajo. Tenía que volver la próxima semana, pero no podía. Todavía no. Nada se había resuelto. Y él todavía seguía ahí fuera, se partía de risa y contaba mentiras sobre ella. Sintió otra punzada de dolor en el pecho y trató de controlar la respiración.
Su mirada se vio atraída hacia la vieja maleta marrón encajada en la estantería bajo el televisor. Una maleta con los recuerdos de otra persona. Una maleta que había ido con ella a todas partes desde que se había marchado a Dublín a estudiar para ser profesora. Una maleta maltrecha y rota. Como ella misma. «Dios —pensó—, soy un cliché».
Fue hasta el dormitorio, se quitó los vaqueros mojados y los colocó sobre el radiador. Frío. Ah, el encargado.
Al abrir el armario vio el vestido, bajo el plástico transparente, al final de la barra. Se burlaba de ella. ¿Por qué lo había guardado si nunca se lo pondría? Ya no sabía nada. Él había robado hasta el último pensamiento original de su cerebro y, luego, la había abandonado con una carcajada. Sintió el ácido alojarse en su garganta y pensó que iba a vomitar, pero se lo tragó, como tendría que tragarse el orgullo para enfrentarse a sus amigos y colegas. Algún día. Pronto. ¿O nunca?
Desechó ese pensamiento y sacó la percha con el vestido cubierto por el plástico. Se lo probaría una última vez y, luego, lo pondría a la venta en eBay.
Sonó un crujido en algún lugar del apartamento.
Se detuvo; el vestido le pesaba en el brazo. ¿Qué había oído? Prestó atención. Nada. Serían los radiadores.
—Ahora sí que me estoy volviendo loca —dijo en voz alta.
Dejó el vestido sobre la cama y se quitó la camisa. Bajó la cremallera de la funda de plástico y sacó la prenda de satén salpicado de diamantes. Sus ojos se llenaron de lágrimas por el día que nunca llegaría. Sostuvo el vestido y se lo puso. La tela fría le cubrió el cuerpo como una segunda piel mientras se lo colocaba con delicadeza sobre los hombros y se estiraba para subir la cremallera del costado.
Ahí estaba otra vez. Un crujido. Una puerta que se abría.
Había cerrado la puerta de entrada, ¿verdad? Aparte de su dormitorio, la única otra puerta que había en el apartamento de un solo ambiente era la del baño. En el espejo del armario vio su rostro palidecer y su boca abrirse; tenía un grito ahogado atascado en la garganta.
Avanzó lentamente hasta el salón, el vestido se le enredaba a los pies.
—¿Hay alguien ahí? —preguntó, esperando que nadie contestara.
Nada. Nadie.
Miró en la pequeña cocina. Estaba vacía.
Otro crujido, y la puerta del baño se abrió.
Retrocedió contra el radiador helado.
Había alguien en el apartamento.
3
Lottie estaba sentada delante de la pantalla llena de hojas de cálculo, volviéndose loca. Las devoluciones de presupuesto de fin de año eran inminentes. Ni siquiera había completado las hojas de rendimiento de noviembre. Odiaba los números. Odiaba los informes, los archivos y los ordenadores. Pero también sabía que era una parte integral de su trabajo como inspectora de la ciudad de Ragmullin, algo que el comisario en funciones David McMahon le recordaba constantemente.
—Concéntrate —se dijo, con la esperanza de que su propia voz consiguiera infundir motivación y convicción en su cerebro.
—¿Otra vez estás hablando sola? —El sargento Mark Boyd estaba de pie en la puerta del cuchitril que era su despacho.
—Buenos días. —Lottie apartó el teclado—. Parece que anoche te bebiste hasta el agua de los floreros.
—Deberías ver cómo está Kirby. —Boyd se apoyó contra el marco de la puerta.
Lottie tenía que admitir que no presentaba muy mal aspecto, pero era lo bastante astuta como para atisbar los círculos oscuros bajo sus ojos.
—¿Qué le ha pasado?
—Nada que no se cure con una cerveza más.
La inspectora miró por encima del hombro de Boyd hacia la oficina principal.
—Aún no ha llegado. No habrá encontrado un pub abierto a estas horas de la mañana, ¿verdad?
La zona donde trabajaba Kirby estaba desbordada de papeles, carpetas y envoltorios de comida, pero no había ni rastro del detective. La detective Maria Lynch estaría de baja por maternidad como mínimo hasta enero, así que habían transferido al detective Sam McKeown desde Athlone. El hombretón de cabeza afeitada estaba sentado en su escritorio y aporreaba el teclado. A Lottie le gustaba Sam, aunque todavía tenía que averiguar más cosas sobre él. Esperaba que permaneciera en el equipo cuando Maria regresara al trabajo.
—Diría que está de camino —comentó Boyd—. Esta mañana se ha ido de mi casa antes que yo.
—Entonces habrá sido una buena juerga. —Una punzada de celos se coló en la voz de Lottie. No la habían invitado a salir. Pero ¿por qué deberían hacerlo? Ella era la jefa y, tal vez, querían una noche de chicos. De todos modos, se sintió molesta.
—¿A qué viene ese mal humor? —Boyd cruzó los brazos y apoyó un pie contra la pared.
—Será de verte ahí plantado sin hacer nada.
—¡Ja! Es porque no te invitamos a venir con nosotros, ¿verdad?
—¡No, no lo es! —replicó Lottie, pero sonrió. Boyd siempre le leía el pensamiento y, aunque sorprendente, también era un poco inquietante.
—Fuimos a Cafferty a ver un partido, y ya sabes cómo es, una pinta llevó a otra y luego a otra…
—Recuerdo muy bien esos días —interrumpió, rememorando los años posteriores a la muerte de Adam en que se había dado a la bebida. Había tardado un tiempo, pero ahora estaba sobria. Casi. Solo tenía que mantener el control para cuidar y proteger a su familia.
—¿Qué tenemos hoy? —preguntó el detective.
—Vamos atrasados con los informes de noviembre.
—Yo ya he enviado el mío —respondió Boyd, con una sonrisa de suficiencia.
—Por supuesto que sí. —Si tuviera la mitad de la capacidad de organización de Boyd, a esas alturas ya sería comisaria jefe.
—¿Quieres que te eche una mano? —El detective separó los brazos y avanzó hacia el escritorio de Lottie.
—No, gracias.
—Puedo terminarlos el doble de rápido. Deja que te ayude.
—Me las arreglo sola, muchas gracias. —Su intención no era sonar tan brusca, pero algunos días no podía evitarlo. Se disponía a añadir algo más cuando sonó el teléfono.
Al terminar la llamada, se levantó y se puso la chaqueta.
—Coge tu abrigo —indicó.
—¿Adónde vamos?
—Ha habido otro suicidio.
—¿Para qué nos necesitan?
—Este es el segundo en tres semanas, Boyd. Tal vez ocurre algo extraño.
—Donde ocurre algo es en ese cerebro tuyo. Ahora crees en teorías conspiratorias.
—No te preocupes. Me llevaré a McKeown. —Lottie cogió el bolso y se lo colgó del hombro.
—Vale, vale —dijo Boyd—. Iré contigo.
—Bien, pero será mejor que dejes los comentarios de listillo.
Lottie pasó junto a él y captó el brillo en su mirada cuando sus manos se rozaron. Ella lo había sentido y él, también. La súbita emoción provocada por el contacto físico. No importaba que fuera fugaz y casual. Estaba allí. Y a Lottie, tenía que admitirlo, le encantaba.
* * *
Kirby metió la bolsa bajo la mesa y trató de aplastar su pelo rebelde con los dedos temblorosos. La ducha de los vestuarios solo escupía agua fría, y ni siquiera eso había conseguido aplacar demasiado sus tripas revueltas ni el dolor que le atenazaba la cabeza. Miró a McKeown para comprobar si había oído los ruidos que su estómago profería. Pero tenía la cabeza gacha y parecía no haber escuchado nada. Bien.
Apoyó un pie sobre la bolsa y al sentir el dolor subirle por el otro, esperó que los excesos de la noche anterior no hubieran despertado su gota. Era un condenado dolor de muelas; o, mejor dicho, de pies.
—¿Dónde está la jefa? —Esperó a que McKeown levantara la cabeza para mirar por encima del ordenador. Dios, se lo veía lozano, y ahí estaba el propio Kirby, con aspecto de algo pasado que hay que tirar a la basura.
—Ha salido.
—Ya lo suponía. ¿A dónde?
—Ha mencionado un suicidio.
—¿No trabajaste en un suicidio hace unas semanas? —Kirby entrecerró los ojos, e hizo memoria del caso.
—Así es. Nada sospechoso.
—¿De quién se trata esta vez?
McKeown dejó lo que estaba haciendo y se puso en pie. Se inclinó sobre el escritorio de Kirby y respondió:
—No sé quién es porque no me lo han dicho y, para que lo sepas, tengo una pila de informes que llega hasta el techo que me mantienen más que ocupado, sin necesidad de que me involucre en asuntos en los que no se me requiere.
Tomó asiento. Kirby cambió de opinión; su colega, como él mismo, estaba en plena resaca.
4
Los bloques de apartamentos de Hill Point se construyeron durante lo que se conoció como los años del boom del Tigre Celta. Había sido un proyecto excitante para la ciudad de Ragmullin, en la región central de Irlanda. Sin embargo, una vez el complejo estuvo construido y pese al hecho de que ofrecía muchas viviendas, se hizo evidente que a Ragmullin no le hacía falta esa mancha en el paisaje. Lo salvaba el hecho de ser el único rascacielos de la ciudad, si no se contaba la catedral de 1930 con los dos capiteles que arrojaban su sombra en todas direcciones, visible estuvieras donde estuvieras.
El bloque que buscaban era fácil de encontrar, con dos coches de policía y una ambulancia estacionados delante de cualquier manera.
Boyd aparcó el coche. Lottie salió de un salto y se adelantó. Dentro, se encontró con que el ascensor no funcionaba, y subió por las escaleras de cemento hasta el tercer piso.
En el estrecho pasillo, dos paramédicos redundantes estaban apoyados contra una pared con una camilla plegada entre ellos. Un policía se encontraba frente a la puerta del apartamento.
—Buenos días, garda Thornton. Ponme al tanto —pidió Lottie en cuanto hubo recuperado el aliento. Se puso los guantes y patucos protectores.
—Buenos días, inspectora. —El garda no necesitó consultar sus notas; era lo que Lottie llamaba un perro viejo del cuerpo—. La vecina del piso contiguo a la izquierda ha denunciado el suceso. La he enviado de regreso a su apartamento con un agente. He echado un vistazo dentro y hay algo extraño.
—¿Extraño?
—Cuando entre, usted misma lo verá.
—¿Habéis llamado a los forenses?
—He pensado que querría evaluarlo usted primero. A estas alturas, ya ha pasado todo quisqui por aquí. Quizá sea un simple suicidio, pero… no lo sé. La difunta se llama Cara Dunne. El cuerpo está en el baño.
—¿Ha venido un médico?
—Ya se ha marchado.
—¿Lo has interrogado?
—Sí. Afirma que la mujer está muerta.
Lottie esperó a que Boyd llegara. Estaba sin aliento, cosa inusual en él ya que era un adicto al deporte. Mientras su compañero se ponía los guantes, la inspectora empujó la puerta. Al primer vistazo, notó que era un apartamento pequeño. Un abrigo azul marino colgaba de un gancho en el estrecho pasillo. Pasó la mano por la prenda. Estaba húmeda.
Entró. Postergando lo inevitable, pasó por delante del baño, donde se encontraba el cadáver, y se quedó quieta sobre un trozo cuadrado de moqueta marrón que designaba un salón sin paredes interiores, con una pequeña cocina americana a la derecha. Abrió la puerta más cercana y echó un vistazo. Una habitación compacta. La cama estaba hecha con pulcritud y un camisón de algodón estaba doblado sobre la almohada. Una mesita de noche y un armario. Las persianas venecianas oscurecían la ventana. Sobre el radiador había un par de vaqueros, y habían arrojado una camisa roja sobre la cama. En el suelo vio, arrugado, un plástico de los que se usan para proteger la ropa.
Regresó al baño. La puerta estaba entreabierta. La empujó con la punta del dedo y se movió solo un poco. Espió a través de la rendija. Una bañera de cerámica blanca con una alcachofa de ducha oxidada, un retrete y un lavabo. Las baldosas color crema del suelo estaban mojadas. Aparte de eso, nada parecía fuera de lugar. Pero… el olor. Lottie retrocedió al notar el olor ácido de la orina.
—No veo el cuerpo —dijo.
—Detrás de la puerta —indicó Boyd.
Rodeó la puerta medio abierta y entró en el reducido espacio. Al girar, se quedó inmóvil. Se llevó la mano a la boca y sintió que se le aflojaban las rodillas. Un grito ahogado escapó entre sus dedos.
Detrás de la puerta, colgado por el cuello de un cinturón de cuero negro, estaba el cuerpo de la mujer. Tenía la boca abierta, al igual que los ojos, inyectados en sangre. En el cuello se veían arañazos intermitentes donde el cinturón le había cortado la piel. Los brazos colgaban a los costados; los puños habían quedado apretados al morir. Lottie había visto las cosas inimaginables que la muerte puede hacer al cuerpo humano, pero esto era grotesco. Se sacudió para mantener la profesionalidad.
Estimar la edad de la difunta no era fácil; no obstante, para su mirada experta, Cara Dunne parecía tener poco más de treinta y cinco años.
Un vestido de satén blanco, salpicado de diamantes que brillaban bajo la luz, envolvía la figura como un sudario. Le llegaba hasta los tobillos, donde asomaban los pies descalzos. Por el charco en el suelo, era evidente que Cara Dunne se había orinado mientras agonizaba.
Lottie estudió el vestido. Era un vestido de novia. Nuevo, sin usar. Hasta ahora. De la cremallera bajo el brazo de la víctima colgaba la etiqueta con el precio. Quería tocarlo, sentir la suavidad de la tela entre los dedos, pero no movió ni un músculo. Solo permitió que sus sentidos especularan qué habría ocurrido en ese baño pequeño y anodino, donde el moho negro se expandía por los azulejos sobre la bañera.
El olor a muerte era tan intenso en el diminuto recinto que Lottie lo notaba en la lengua. Examinó el rostro de Cara Dunne. La piel era suave, sin arrugas. ¿Era producto de la muerte o su piel había sido siempre así? Tenía el pelo rubio, corto y liso. Mientras subía la mirada, Lottie se fijó en que el otro extremo del cinturón estaba fuertemente atado a una válvula cromada que sobresalía de la pared encima de la puerta, a la derecha. Un taburete de tres patas de quince centímetros de altura yacía de costado en la esquina detrás de la misma.
Una pregunta ardía en el cerebro de Lottie. ¿Era posible que la mujer se hubiera colgado? A primera vista, parecía probable. ¿La habían dejado plantada? ¿O había cambiado de opinión y decidido que esta era la única manera de escapar de la boda? Lottie tenía la sospecha de que no todo era lo que parecía. El garda Thornton tenía razón. Había algo extraño.
Se oyó un golpe en la puerta y Boyd dijo:
—¿Puedo entrar?
—No hay espacio, espera a que salga. Llama a los forenses. Pregunta por Jim McGlynn.
Con dificultad, salió al pasillo. Mientras Boyd hacía la llamada, echó otro vistazo al salón en busca de señales de pelea, pero no encontró nada fuera de lugar. Sobre el radiador había un gorro, como si lo hubieran dejado allí para que se secara. Puso la mano sobre el aparato; descubrió que estaba apagado y sintió el frío en el aire. Sobre el respaldo de la silla colgaba una manta y en el asiento, encontró un teléfono móvil. Sin cogerlo, apretó el botón de inicio. No hacía falta pin. La pantalla mostraba una aplicación para contactos e iconos para llamadas y mensajes. Nada más. A Lottie le pareció un poco extraño. Toda la gente que conocía tenía varias aplicaciones, incluso su madre usaba el correo electrónico en el móvil.
El único otro mueble era una televisión sobre una mesita, bajo la cual descansaba una vieja maleta marrón. En la cocina todo estaba limpio y ordenado. No había platos en el fregadero ni en el escurridor. El frigorífico estaba bien abastecido. El cartón de leche no estaba caducado, ni tampoco la bandeja de filetes de pollo.
—No encuentro ninguna nota de suicidio —anunció—. Tendré que echar otro vistazo al dormitorio.
Boyd la siguió.
En la mesita de noche había un volumen forrado en cuero negro que parecía una Biblia. Al abrirlo, Lottie descubrió que era un libro de oraciones. Las páginas eran suaves y livianas al tacto, como plumas, y sintió que pasarlas era reconfortante. Dejó el libro y abrió el cajón. Contenía una botella de pastillas para dormir y un paquete de paracetamol. Si Cara había querido suicidarse, ¿por qué no se había tomado las pastillas? Habría sido mucho más fácil.
Fue hasta el armario, que tenía la puerta abierta. El olor a lavanda flotaba en el aire. De la barra colgaban vaqueros, camisas y blusas. En el suelo había un par de zapatillas Nike. La funda de plástico sería del vestido, pensó.
Boyd se arrodilló, levantó la colcha de la cama de patas de acero y buscó debajo.
—Aquí no hay nada.
Lottie regresó al salón y abrió la hoja lateral de la ventana. Los sonidos llenaron de vida la habitación. Abajo, el canal estaba congelado. Un tren salió de la estación con fuertes chirridos. Junto al puente había un bote amarrado, en algún lugar a su derecha se oía un claxon y escuchaba el ruido característico de los albañiles que trabajaban cerca de allí. Aspiró el frescor de la mañana.
—Si hubiera querido suicidarme sin una sobredosis, habría saltado por la ventana. ¿Qué opinas?
—No te gustan las alturas —apuntó Boyd, con los brazos cruzados—, así que no lo habrías hecho.
—No me dan miedo las alturas.
—Estoy hablando hipotéticamente. Pensaba que tú también.
—Estamos en una tercera planta… Oh, bueno, no importa. —Cerró la ventana y se volvió hacia Boyd—. ¿Has llamado a McGlynn?
—Está de camino. —El sargento bostezó y separó los brazos—. ¿Hace falta avisar a la patóloga forense?
Lottie pensó un momento. ¿Necesitaban a Jane Dore? Pese a que todo indicaba que había sido un suicidio, la ausencia de nota le molestaba, al igual que los arañazos en el cuello de Cara.
—Llama a su asistente. Si mi intuición falla, me haré cargo de las consecuencias.
—La puerta no ha sido forzada. ¿Crees que dejó entrar a alguien?
—Si lo hizo, entonces tal vez conocía a la persona que la mató.
Boyd suspiró.
—Eso es si alguien la mató.
Lottie sacudió la cabeza y pasó junto a él.
—Voy a charlar con la vecina. Comprueba si puedes encontrar algo que indique una muerte sospechosa… y trata de quitarte la resaca de encima, te está volviendo lento. ¿De acuerdo?
Lo dejó allí, con la boca abierta, en el reducido y abarrotado pasillo, con una mujer vestida de novia colgada detrás de la puerta.
5
Aunque en la oficina hacía tanto calor como de costumbre, Beth no tenía permitido apagar el radiador. Su superior, el jefe de redacción Nick Downes, estaba sentado con una bufanda al cuello y el abrigo sobre los hombros. «Ese hombre siempre tiene frío», criticó.
Escribir el informe sobre la inauguración oficial de los mercados navideños le había llevado cinco minutos. Tendría que inventarse algo para llenar las cuatro columnas de la página principal. A menos que Ryan hubiera sacado una foto decente, estaba jodida. ¿Qué más podía escribir? Distraída, miró el móvil. Más le valía acordarse de llevar un par de botellas de agua a casa, por si su padre no había arreglado las tuberías congeladas.
Cuando estaba a punto de redactar una nota, recibió un mensaje en el teléfono. Lo leyó y miró a su alrededor en busca de Ryan. Sus miradas se encontraron cuando el fotógrafo entraba por la puerta.
—Déjate el abrigo puesto y coge la cámara —indicó Beth.
—¿Por qué?
—Tenemos trabajo. —Se volvió hacia el editor—. Nick, hay un posible suicidio. ¿Te parece bien si vamos a echar un vistazo y tal vez sacar algunas fotos?
Nick giró su silla mientras chupaba ruidosamente el extremo de un bolígrafo. La barba ocultaba sus labios delgados.
—No creo que tenga mucho que ver con el espíritu navideño violar la privacidad de la familia de una víctima de suicidio, ¿no te parece?
Beth se quedó pasmada en medio de la atestada oficina, con las mangas de la chaqueta a medio poner y el bolso entre las piernas.
—¿Qué?
—Ya me has oído. Ten un poco de compasión.
¿De qué diablos hablaba?
—Es el segundo en tres semanas. Tal vez esté ocurriendo algo sospechoso.
—¿Segundo qué?
Beligerante era una palabra que Beth usaba a menudo para describir a su padre, y ahora su jefe se estaba ganando la misma distinción.
—El segundo suicidio —explicó.
—Ya causaste bastante revuelo con el artículo sobre el primero hace unas semanas. No debería haberte dado el visto bueno —arguyó Nick—. ¿Y quién te ha dicho que ha habido otro?
Beth se subió la cremallera de la chaqueta, evitando su mirada, y contuvo la réplica malsonante que quería lanzarle mientras consideraba su situación. Tenía un contrato renovable de seis meses. Necesitaba el trabajo y no podía permitirse cagarla por enfadar al jefe. Pero no podía decir que había sido un mensaje anónimo.
—Lo he visto en Twitter —mintió.
—Enséñamelo.
Buscó en su teléfono.
—Oh, lo han quitado.
—¿Qué quieres decir con «quitado»?
Era un dinosaurio.
—A veces los administradores de Twitter borran contenido inapropiado. Ya sabes, si alguien pone una queja.
—¡Ajá! Ves, y tú querías difundir contenido inapropiado en la primera página de nuestra próxima edición. Quítate el abrigo y siéntate. Termina el artículo sobre los mercadillos navideños. Eso es lo que quieren nuestros lectores, una historia alegre en la primera página. No olvides que más tarde tienes que cubrir el encendido de las luces.
Beth hizo lo que le mandaban.
—¿Nos vamos o no? —preguntó Ryan, y se pasó la tira de la cámara sobre el hombro.
—Cierra el pico y siéntate —respondieron Beth y Nick al unísono.
* * *
Ryan Slevin metió su chaqueta enrollada bajo el escritorio, tratando de disimular su irritación, y dio un empujoncito al ratón para encender el ordenador. Tras conectar la cámara a la consola, esperó y observó la pantalla mientras se cargaban las fotos de los mercadillos navideños que había sacado antes.
Evaluó las imágenes mientras se mordía el labio, y decidió que tendría que usar Photoshop para que fueran dignas del periódico. La mayoría estaban oscuras y llenas de sombras, sacadas bajo los toldos que colgaban sobre las casetas colocadas a lo largo de la calle. Revisó el resto de las fotografías. Al menos había capturado a algunos niños en ellas: Nick siempre decía que los niños vendían periódicos. Ryan esperaba que usar sus nombres no supusiera un problema. La mayoría de ellos estaban de camino a la biblioteca. Sin el permiso de los padres, tendría que improvisar. El profesor había dicho que no pasaba nada, así que qué diablos. Los niños vendían periódicos.
Sintió una sombra junto a su hombro mientras trabajaba. Luego revoloteó sobre el escritorio y oscureció la pantalla.
—¿Buscas niños en pelotas, Ryan?
Slevin activó automáticamente el salvapantallas antes de levantar la vista hacia Beth, con su enorme sonrisa, ojos centelleantes y pelo negro y brillante.
—Pírate —respondió Ryan.
—Necesito una foto bastante grande, o tal vez un montaje con cuatro o cinco, para cubrir cuatro columnas en la portada. —Se sentó en el borde del escritorio. El fotógrafo sintió como si violara su espacio personal.
—¿Por qué?
—Porque no tengo qué coño escribir. Además, los niños venden…
—Periódicos. —Ryan rio—. Déjamelo a mí. —Cuando Beth regresó a su escritorio, añadió—: ¿Ya has escrito el artículo?
—¿Qué se puede escribir? Un tío vestido de Santa Claus que canta «Rudolph» desafinando mientras enciende un interruptor de mentira para iluminar las casetas. Por la mañana. Por el amor de Dios.
—Estaba bastante oscuro. —Sabía que era un argumento patético.
—Sonrisas anchas en rostros felices, Ryan. Es todo lo que necesitamos para que el jefe esté contento.
Ryan encendió la pantalla y revisó las fotos. Entonces fue cuando lo vio. En una fotografía. Hizo clic con el ratón y amplió la imagen. No podía ser. ¿O sí?
—Mierda.
—¿Qué? —dijo Beth.
—Nada.
—No las estropees.
—Llevo aquí mucho más tiempo que tú, así que no me des órdenes. —Solo bromeaba a medias, y fijó de nuevo la vista en la pantalla.
Mientras golpeaba nerviosamente el suelo con el pie, pensó en la instantánea que había sacado, y un escalofrío le recorrió la columna.
6
El contraste entre el apartamento de Eve Clarke y el de Cara Dunne era notable. La pintura en intensos colores primarios de los llamativos muebles le daba un aire moderno. Eve sirvió dos tazas de café de una jarra. El aroma no cubría un olor que Lottie reconoció como alcohol y cigarrillos. Se sentó en una silla de color amarillo chillón con cojines rojos y cogió la taza que la mujer le ofrecía.
—Lo de Cara es horrible —comentó Eve mientras se sentaba frente a ella.
El café estaba bueno. Lottie sintió que le calentaba los dedos de los pies. Eve la miraba fijamente, con los ojos muy abiertos tras unas gafas con montura dorada. Sus vaqueros negros estaban planchados, su camisa blanca inmaculada, con dos botones abiertos a la altura del cuello que no ocultaban un anillo de arrugas. Era delgada como un palo, y tendría unos cincuenta y cinco años. Las manos también la delataban. Una quebrada de manchas provocadas por el sol salpicaba su piel.
—¿La conocía bien?
—Solo de vista. —El rostro de Eve no denotaba expresión alguna. No había lágrimas por su vecina muerta.
—Pero sospechó que le había ocurrido algo. ¿Por qué?
—Las paredes en estos apartamentos son como de papel. Si el bebé de mi vecina del otro lado llora, lo oigo. Esos son los Cullen. Nunca escucho nada del lado de Cara. Ni siquiera la televisión.
—Entonces, ¿qué la alertó?
—Oí voces y, luego, nada durante diez minutos. Hasta que escuché un portazo.
—¿Era inusual que Cara tuviera visitas?
—En los últimos meses, sí.
—¿Y usted está en casa todo el día, cada día?
Eve se sonrojó.
—Solía trabajar, pero entonces mi matrimonio se fue a pique. Me fui al extranjero durante unos años. Desde que regresé a Ragmullin, no he conseguido un trabajo.
—¿Cuánto lleva viviendo aquí? —Lottie recorrió con la mirada el ordenado apartamento.
—Casi un año.
—¿Y Cara ha vivido en el piso contiguo todo ese tiempo?
—Estaba aquí antes de que yo llegara.
—¿Vive usted sola? —Lottie pensó que, por el aspecto del apartamento, parecía que nadie viviera allí. Aunque, pensándolo mejor, el olor rancio indicaba lo contrario.
—Sí.
—¿Puede decirme cómo era Cara?
—Inspectora, ¿es esto realmente necesario? Yo solo encontré su cuerpo, no le hice nada.
—Al comienzo de una investigación necesito toda la información posible.
—¿Investigación? Entonces, ¿cree que la han asesinado?
—Yo no he dicho eso. ¿Cara tenía familia?
—No lo sé.
—Bien. —Lottie sentía que la conversación no iba a ninguna parte. Dejó su taza en la mesita de café—. ¿Había estado alguna vez en el apartamento de su vecina antes de esta mañana?
—Nunca.
—¿Y cómo entró?
—Cara llamó a mi puerta unas semanas después de que me mudara. Me preguntó si podía guardarle una llave de repuesto en caso de que se quedase fuera. Acepté. Después de eso, solo hablábamos en el pasillo cuando nos cruzábamos.
—A ver si lo he entendido. Oyó voces y un portazo, así que fue a investigar. ¿Qué hizo exactamente?
—Llamé a la puerta, pero no respondió. Pensé que tal vez había salido. Regresé aquí y fue entonces cuando caí en que había oído dos voces. Me pareció extraño, sabe, porque normalmente no escucho nada.
—¿Qué pasó en ese momento?
—Cogí las llaves y volví a su puerta. Como seguía sin contestar, me convencí a mí misma de que no había nada que perder. Abrí la puerta y la llamé por su nombre. Entonces vi el abrigo colgado en el pasillo. Con este tiempo, nadie sale sin abrigo. Me fijé en que la puerta del baño estaba entreabierta. Pensé, ¿y si se ha caído en la ducha? Decidí echar un vistazo rápido. Fue entonces cuando… Ya sabe… —La mujer soltó un largo suspiro al terminar su discurso.
Lottie estimó que sonaba preparado. Como si Eve hubiera pasado la última hora recitándolo frente al espejo. Por ahora, lo dejaría pasar.
—¿Qué hizo a continuación?
—Volví corriendo, cogí el teléfono y llamé al número de emergencias.
—¿Comprobó si estaba muerta?
El rostro de Eve se cerró aún más.
—Recordé que hay una consulta médica en la planta baja. Bajé deprisa las escaleras y le pedí al doctor que subiera. La revisó y sugirió que esperáramos a la ambulancia y la policía.
Más ADN y huellas, rumió Lottie, si se convertía en una investigación de asesinato.
—De acuerdo —acotó, con un tono de voz neutral.
—¿He hecho algo mal?
—No hay bien o mal. Hizo lo correcto al avisar al médico antes de que llegaran los servicios de emergencia.
Eve exhaló, y una arruga apareció en su frente
—Parecía muerta. Está muerta, ¿no?
—Sí.
—Oh, gracias a Dios. —Eve se sonrojó—. No me refiero a que esté muerta, sino a que no dejé a una mujer moribunda ahí colgada.
—Sé lo que quiere decir. —Lottie se puso en pie—. ¿Cara tenía trabajo?
—Por lo que sé, era profesora.
—¿En qué escuela?
—No tengo ni idea. Como he dicho, no la conocía mucho.
—Una cosa más. Su abrigo y su gorro estaban mojados. ¿Sabe dónde estuvo esta mañana temprano?
—En misa, probablemente. Creo que iba cada mañana.
—¿Era religiosa?
Eve dejó la taza y se levantó para acompañar a Lottie a la puerta.
—¿No lo sabe?
—¿Saber qué?
—Cara estaba prometida, pero lo último que supe es que la boda se había cancelado. Desde entonces, no había vuelto al trabajo e iba a misa cada día. Creo que rezaba para que él regresara.
—¿Quién?
—Su exprometido.
—¿Quién era?
Eve titubeó.
—No tengo ni idea.
—¿Está segura?
La mujer parecía incómoda al asentir. Y Lottie supo que mentía.
* * *
Fuera, en el pasillo, un Jim McGlynn de aspecto furioso confrontó a Lottie.
—En mi opinión, es una pérdida de tiempo llamar a los forenses para un suicidio. Ya tenemos suficiente trabajo. —Estaba vestido acorde a la tarea que le esperaba. Por encima de la mascarilla, un par de ojos esmeralda taladraban a Lottie.
La inspectora ignoró las quejas y dijo:
—¿Has echado un vistazo?
—Acabo de llegar. ¿Me das un momento?
—Cuando lo hayas examinado, quiero ver el cinturón que Cara tiene al cuello. —Se hizo a un lado para dejarlo pasar justo cuando otro hombre aparecía por las escaleras.
El desconocido le tendió la mano.
—Usted debe de ser la inspectora Lottie Parker.
—Así es. —Lottie le devolvió el saludo—. ¿Y usted es…?
—Tim Jones, asistente de la patóloga forense. Creo que tiene una muerte sospechosa a la que quiere que eche un vistazo.
Tras comprobar su identificación, Lottie le señaló la puerta abierta del apartamento.
—Cara Dunne. Colgada de un cinturón atado a una válvula sobre la puerta del baño. He evaluado la escena y no estoy segura de que pueda haberlo hecho ella misma. Necesitamos su opinión de experto.
—Yo me encargo de ella —dijo Jones, y entró en el apartamento detrás de McGlynn.
Lottie intercambió una mirada con Boyd, que estaba de pie junto a la salida de emergencia en el extremo opuesto del pasillo. El sargento se encogió de hombros.
—Una frase poco afortunada —comentó, y se puso a su lado.
—Nada que no te haya oído decir antes —sonrió burlón.
Lottie señaló hacia la puerta.
—¿Ya has salido?
—Te estaba esperando. —El sargento empujó hacia abajo la barra de metal y la puerta se abrió. Unas escaleras de cemento llevaban hacia los pisos superiores e inferiores—. Aunque diría que estoy de acuerdo contigo.
—¿Respecto a qué? —Lottie subió por las escaleras detrás de su compañero.
—Que la muerte parece sospechosa. Si tenemos en cuenta la corta estatura de la víctima y que el taburete era bajo, la cosa no cuadra. Creo que alguien la mató. —Salieron a la azotea del edificio, asegurándose de dejar la puerta entreabierta.
Lottie se apoyó sobre la barandilla metálica y contempló el canal helado y los raíles del ferrocarril. Un tren cambió de vía al entrar en la estación; una estela de vapor quedó flotando a su paso.
—Era profesora. Tenemos que averiguar dónde daba clases, hablar con sus compañeros y localizar a sus amigos.
—De acuerdo.
—Estaba prometida, habían roto hacía poco.
—Interesante. Arroja una luz nueva sobre el hecho de que fuera vestida de novia.
—Y pone a su exprometido en el punto de mira.
Lottie apartó las manos de la barandilla, se quitó los guantes de látex y se echó el aliento en las manos en un intento de transferir algo de calor a sus dedos. Se fijó en una escalera de metal oxidada que bajaba desde el techo por el lateral del edificio. La fuerte nevada había cubierto cualquier huella que pudiera haber.
—¿Sabe la vecina quién es el prometido? —Boyd metió las manos en las profundidades de sus bolsillos mientras la nieve, llevada por el viento, formaba remolinos a su alrededor.
—No. Asegura que no conocía demasiado a Cara Dunne.
—Pero pudo entrar en el apartamento.
Lottie suspiró.
—Tenía una llave de repuesto para emergencias. Entró porque oyó gritos. Tenemos que interrogar al médico de la planta baja.
—Yo me encargo.
—Y tómale las huellas y una muestra de ADN, para descartarlo de la investigación.
—Así lo haré —convino Boyd.
Lottie estudió la línea dura de su mandíbula.
—¿Va todo bien?
—¿Qué quieres decir?
—Pareces distante.
El detective rio.
—Solo estoy cansado de anoche.
—Ah, vale. —Lottie fue hasta la puerta abierta—. Si Cara fue asesinada, su atacante podría haber usado esta salida de emergencia para escapar.
—No hay manera de entrar en el edificio a menos que se deje la puerta abierta, así que o bien el asesino entró por la puerta principal o vive en el edificio.
—O alguien la dejó abierta y le permitió entrar por la puerta de emergencia.
—Les diré a los forenses que busquen huellas —dijo Boyd—, y empezaré con los interrogatorios puerta a puerta. —Pasó junto a Lottie, adelantándola.
Lottie dejó atrás el aire frío para entrar en la relativa calidez del pasillo, pero un escalofrío recorrió su piel. A Boyd le pasaba algo, y sentía que iba más allá del mal humor provocado por la resaca.
—Pueden trasladar el cuerpo a la morgue. —Tim Jones se había quitado el traje protector y lo metía en una bolsa marrón de pruebas. El garda Tom Thornton anotó los detalles en la bolsa con un rotulador y la selló.
—¿Puede decirnos algo, doctor Jones? ¿Cree que se trata de un asesinato? —quiso saber Lottie, contenta de hablar de trabajo en vez de sentimientos.
—Parece sospechoso.
—¿En qué sentido?
—En muchos, pero, para empezar, no sé cómo una mujer de constitución tan delgada habría atado el cinturón a esa altura con tanta fuerza. Aunque se hubiera puesto de pie en el taburete, sigue siendo demasiado baja, y necesitaría más fuerza en la parte superior del cuerpo.
—¿Algo más? —inquirió Lottie.
—Tiene arañazos en el cuello. Hay que practicarle la autopsia.
—¿Hora de la muerte? —La inspectora presionó en un intento de conseguir más información.
—Diría que ha fallecido en las últimas seis horas. De momento no puedo ser más concreto.
—¿Se encargará Jane Dore del post mortem? —indagó Lottie.
—Estoy seguro de que sí, si considero que la muerte es sospechosa. —Jones fue hacia las escaleras.
—Bueno, tenía razón —dijo Boyd.
—¿Sobre qué?
—No es posible que la víctima se haya colgado.
—Cosas más raras han ocurrido. —Pero Lottie estaba de acuerdo con él—. No he visto ningún otro objeto relacionado con la boda en el apartamento, aparte del vestido. Tú interroga al médico, y luego tenemos que conseguir más información sobre la señorita Cara Dunne.
7
Fiona Heffernan acabó sus rondas en el pabellón y recorrió apresuradamente el largo pasillo hasta los vestuarios, en la parte más antigua de la abadía. Sentía que la emoción aumentaba y comenzaba a ganar terreno al miedo. Mañana su vida cambiaría para siempre. Mañana iba a ser el primer día del resto de su vida. Mañana sería libre.
Hizo una pequeña danza, descalza sobre el frío suelo de piedra, antes de librarse de los pantalones de algodón azul marino y quitarse la túnica blanca. Colgó los pantalones en una percha de alambre y dobló la túnica sobre el suelo del vestuario. Un escalofrío erizó su piel y los pelitos negros de sus brazos se pusieron de punta mientras cogía una toalla y miraba por encima del hombro. Pese a que no había nadie más, tenía la desagradable sensación de que la observaban. El miedo regresó con toda su potencia y le sacudió la piel como una tormenta ártica.
Rodeó la fila de taquillas maltrechas, con la toalla esponjosa y blanca contra el pecho, y echó un vistazo. Estaba vacío. A su derecha había dos compartimentos estrechos con viejas duchas que goteaban sin cesar. Caminó de puntillas. El cambio en el sonido del goteo del agua de una de las duchas la hizo saltar. La cortina de plástico hacía mucho que se había desintegrado, y el óxido había convertido el blanco de los azulejos en amarillo ocre. Metió la mano y probó a girar el grifo en un intento de detener el goteo del agua. No cedía. Hizo lo mismo con la otra ducha, sin éxito.
Hacía un frío polar en la habitación, y Fiona sintió que había cosas más apetecibles en la vida que una ducha gélida al final de un turno. Decidió dársela más tarde.
Apretó los labios con determinación. Estaba a punto de vestirse cuando, por el rabillo del ojo, un destello blanco llamó su atención. Se quedó inmóvil, con el cuerpo en alerta máxima. Mientras aún agarraba la toalla con fuerza y se cubría la ropa interior, intentó escuchar.
Ahí estaba otra vez. Un aleteo y un nuevo destello blanco, a la derecha de donde se encontraba su taquilla de metal en la hilera de cinco. Saltó cuando el viento hizo temblar la única ventana de la habitación y los seis paneles de cristal cubiertos de escarcha vibraron en sus marcos; el viento agitaba la nieve formando patrones.
Fiona contuvo el aliento, evitó respirar el aire rancio, y dio un paso hacia delante.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —soltó patéticamente.
Otro paso.
—¿Hola? ¿Quién anda ahí? ¿Hola?
Llegó al final de las taquillas y esperó junto a la última. Se esforzaba por contener el aliento, al tiempo que sus manos se agitaban de forma descontrolada por los temblores que sacudían su cuerpo. Asomó la cabeza por el costado del estrecho armario. Allí no había nadie.
Suspiró con alivio. Hasta que sintió un suave soplo de aire en la base de la nuca.
* * *
Mientras Boyd ponía el coche en reposo en la cola de tráfico sobre el puente, Lottie miraba por la ventanilla. Algunas secciones del canal estaban completamente congeladas. Las gallinulas hundían la cabeza entre los juncos, patinando sobre el hielo, buscando en vano algo de comer. Se fijó en una vieja barcaza atada a una pila de neumáticos en la orilla.
—¿Crees que alguien vive allí? —preguntó.
Boyd dio una calada a su cigarrillo electrónico y se encogió de hombros.
—No tengo ni idea. Tal vez también quieras investigarlo.
—No hace falta que te hagas el listillo. Ya tenemos suficiente trabajo. —Lottie se fijó en un hombre con un saco de dormir sobre los hombros que zigzagueaba entre los vehículos parados. Las luces de Navidad, aún sin encender, se extendían a lo ancho de la calle principal. El tráfico se movió lentamente.
—¿Te apetecen unas patatas fritas? —dijo Boyd, y señaló con la cabeza el Café Malloca.
—Es una idea genial. Mira, un sitio para aparcar. No, allí.
Con un gruñido, Boyd metió el coche en el diminuto espacio y apagó el motor.
—Con mucho vinagre —agregó la inspectora.
—Muy bien. —El sargento salió del coche y esperó a cruzar la calle.
Lottie golpeó la ventanilla.
—Será mejor que traigas un par de bolsas para Kirby y McKeown. Y salsa de curry. Es buena para la resaca.
Sonrió para sí misma mientras Boyd rezongaba ruidosamente y se abría paso entre los coches atascados. Lottie apoyó la cabeza contra el cristal. La calle se veía muy aburrida con las luces apagadas. Fue entonces cuando recordó que tenía que llevar a su nieto a ver la ceremonia oficial de encendido aquella tarde. ¡Mierda! El día se le escapaba de las manos. Había llevado una eternidad precintar el apartamento de Cara Dunne y organizar a los uniformados para que hicieran los puerta a puerta; luego, Boyd había interrogado y tomado las huellas al doctor, que solo confirmó lo que Eve Clarke había dicho. Cara Dunne estaba muerta cuando accedió a su apartamento, pero no llevaba mucho tiempo así.
Se golpeó la frente con la palma de la mano. El post mortem de Cara seguramente sería sobre las cinco y debía estar presente. Pero también quería estar con su nieto, Louis, el hijo de Katie. Se enfrentaba a un dilema. Tal vez Boyd podría acudir al post mortem. Entonces, recordó que había pedido la tarde libre. Bueno, eso estaba descartado, ahora que lidiaban con una muerte sospechosa. Se preguntó para qué la necesitaría. Era muy extraño que su compañero se ausentara del trabajo, aunque últimamente era más habitual.
Mientras lo veía atravesar la calle cargado con una gran bolsa marrón en la mano, el móvil le vibró en el bolsillo. El comisario en funciones McMahon. Mierda, todavía no había terminado el informe de noviembre.
* * *
Al abrir los ojos, Fiona sacudió la cabeza y descubrió que intentar moverse era un error. Una punzada de dolor le recorrió el cerebro como una lluvia de meteoritos. Parpadeó en un esfuerzo por hacer desaparecer el caleidoscopio de estrellas.
Su mano tocó algo suave y frío. ¿Frío? Temblaba sin control, y se dio cuenta de que estaba tumbada boca arriba. Al alzarse ligeramente, algo húmedo le resbaló por la cara. Lo saboreó en la comisura de los labios. Era sangre.
Pestañeó de nuevo. Bajo los párpados pesados, miró el cielo oscuro en el que latía una nube de nieve. Se encontraba en el exterior. Pero ¿cómo? Recordó los vestuarios y a alguien detrás de ella. Un recuerdo borroso trataba de formarse en su mente. Alguien le cubrió la cabeza con brusquedad. Una tela suave contra su piel helada. Alguien la arrastró a través de la puerta, escaleras arriba. La llevaba a la azotea. ¡La azotea!
Trató de mover la mano, pero no lo consiguió. Sentía los dedos como si fueran bloques de hielo sólidos, y se preguntó por qué estaba cubierta de blanco. ¿Nieve? No, era algo más pesado.
Había algo negro junto a su cabeza. Aquello se movió y dejó una huella tras de sí. Una bota apareció en el otro lado. Sintió la aspereza de unas manos enguantadas que la agarraban por las axilas, pellizcándole la piel. Su cuerpo se alzó hasta quedar de pie. Aunque, en realidad, no estaba de pie, sino que la sostenían. La cabeza le martilleaba con un horrible dolor y no comprendía qué ocurría. Sabía que había un sitio en el que debía estar, alguien a quien tenía que llamar. Pero ¿dónde? ¿A quién?
Veía el paisaje que se extendía frente a sus ojos. El sol del atardecer se hundía como una sombra en el horizonte prácticamente cubierto por la nieve que caía. Los árboles se mecían en el viento. Y en la distancia, casi escondidas por la ventisca, estaban las estatuas. Fiona sabía dónde se encontraba con exactitud, y en ese instante supo que sus treinta y cuatro años de vida terminarían contra el suelo a sus pies.
Abrió los labios para protestar, para suplicar clemencia, porque en ese momento de claridad surrealista supo dónde tenía que estar. Que la arrastraran hasta el borde de un precipicio no estaba en sus planes ese día. No, había tenido otros planes en mente. Y todos se desintegraban en las diminutas partículas de nada oscura a la que se dirigía. Al más allá.
No podía hablar ni gritar.
Perdió la concentración y se balanceó.
Estaba condenada.
8
Cuando terminaron de comer las patatas fritas, Lottie encomendó a Kirby y McKeown el trabajo de recopilar información sobre Cara Dunne, en particular descubrir quién era su prometido, dónde vivía y trabajaba. Necesitaba interrogarlo y descartarlo de la investigación… o no.
Su instinto le decía que se enfrentaban a un asesinato, aunque tendría que esperar la confirmación de los resultados de la autopsia para saberlo con seguridad. De los dedos emanaba el olor a vinagre, incluso después de haberse lavado y frotado vigorosamente las manos con las toallitas de bebé que llevaba en el bolso.
—¿Podemos hablar un momento? —Boyd entró el despacho y cerró la puerta.
—Claro, siéntate.
—Es sobre las horas libres que pedí. Realmente tengo que irme a las cuatro y media. ¿Te parece bien?
Lottie miró el reloj en la pared.
—Boyd, por el amor de Dios. Quiero que contactes con los forenses y la patóloga. Hasta que estemos seguros de qué le ha ocurrido a Cara Dunne, debemos tratarlo como una investigación abierta.
—Todo eso ya lo sé. —El sargento se sentó y apoyó los codos sobre el escritorio de Lottie, con una mano bajo la barbilla—. Pero tengo que ir a casa, a Galway. Ya sabes que casi nunca pido horas libres y…
—¿Qué ocurre en Galway? También pasaste un día allí la semana pasada. —«Mierda», pensó. Los asuntos de Boyd no eran cosa suya, pero aun así sintió que le ocultaba un secreto. Los amigos no tienen secretos, ¿verdad? Y ella y Boyd eran más que amigos.
—Es mi madre —respondió él, y se removió incómodo en la silla—. Tiene una cita con el médico y me ha pedido que la acompañe.
—¿No puede hacerlo Grace? —Lottie había conocido a la hermana de Boyd y le caía bien.
—Ya sabes cómo es Grace, así que no, no puede.
Lottie se enfadó por el reproche implícito en su tono. Soltó un suspiro ruidoso y añadió:
—¿Qué hay del post mortem de Cara?
—Todavía no lo han programado.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque he llamado para preguntarlo. Tim Jones ha dicho que podría ser mañana antes de que Jane Dore llegue de Dublín.
—Muy bien. Supongo que no tiene sentido hacer que te quedes si vas a trabajar sin ganas.
—Dios, Lottie, no te lo tomes como algo personal. —El sargento se puso en pie.
—No lo hago. Estoy bajo presión. Tenemos mucho trabajo, Boyd, por no mencionar los informes de rendimiento de noviembre, y te quieres largar a Galway. Tengo a McMahon encima. Dios, dame fuerzas.
—Me ofrecí a ayudarte esta mañana, pero me dijiste que lo tenías bajo control.
Lottie no podía discutir eso, porque era verdad. Su estúpida cabezonería le pasaba factura.
Cuando levantó la vista, Boyd ya había regresado a la oficina principal y apagaba el ordenador mientras se ponía el abrigo. Sintió que una profunda sensación de soledad se alojaba en su pecho. La mantenía al margen de algo. ¿De qué y por qué? No tenía ni idea.
Entonces sonó el teléfono.
* * *
Trevor Toner entró en el teatro, se puso rápidamente los zapatos de danza y se enroscó una toalla de velvetón al cuello. Se puso en pie y observó el escenario durante un momento. La coreografía no iba según lo previsto.
—No, no, no —gritó, y avanzó hacia el escenario—. Otra vez desde el principio. Cinco, seis, siete, ocho…
Miró a Shelly, su asistenta, y se sentó junto a ella, preguntándose para qué se molestaba. El espectáculo tenía que estrenarse la semana siguiente, y los ensayos parecían catapultarlo hacia atrás en vez de hacia delante. Esperó mientras la joven troupe se preparaba para comenzar e hizo una señal para que sonara la música. Shelly encendió el iPhone conectado a los altavoces y Wham! empezó a cantar a pleno pulmón «Wake Me Up Before You Go-Go». Suponía que sus aprendices nunca habían oído hablar de George Michael, menos aún de Wham!, pero eso no debía perjudicar la interpretación de una simple coreografía, aunque ese día parecía que tuviesen las piernas muertas.
Miró con desesperación mientras las seis adolescentes y las dos niñas saltaban a destiempo y enterró la cara en la toalla.
—¿Qué ocurre? —Shelly se le acercó más.
—Esto es un desastre —aulló Trevor, incapaz de contener la histeria en su voz—. No estará listo a tiempo.
—Siempre llegamos a tiempo. ¿Qué ha pasado con lo de «todo saldrá bien»?
—Lo sé, lo sé. —Se volvió hacia ella—. Pero míralas, por favor.
—Que no cunda el pánico. —Shelly se soltó la coleta y dejó que el pelo le colgara suelto sobre los hombros—. Necesito un descanso y tú, calmarte. —Colocó una mano sobre su brazo y la dejó allí, antes de añadir—: Voy a buscar un poco de agua.
El coqueteo de Shelly le era indiferente. «Todavía no lo capta», pensó Trevor mientras la chica salía trotando por la puerta.
Subió al escenario de un salto y dijo:
—Esta es la última vez que os enseño la coreografía, ¿vale? —Gesticulaba salvajemente—. Bajad, mirad y aprended. De lo contrario, me iré y este espectáculo puede irse al diablo.
Hacerse el malo en público no le salía de forma natural. Sabía que parecía un maniquí al que hubieran soltado en un escaparate mientras respiraba profundamente, a la espera de que el ritmo empezara a hacer efecto y la música le subiera por las venas. Se miró los pies para asegurarse de que estaba listo. Cuando levantó la vista, vio una sombra en el palco. Alguien avanzó por la primera fila antes de bajar el asiento y sentarse. Tal vez era un cazatalentos, pensó Trevor de forma irracional. Seguro que no, a estas alturas de su vida. A los treinta y seis ya era demasiado viejo para Broadway.
Aun así, lo daría todo. Necesitaba demostrar a las niñas y a quien fuera que estuviera mirando cómo se bailaba.
9
La atmósfera era de una quietud escalofriante. Como la calma antes de una tormenta brutal. El trayecto a través del pueblo de Ballydoon había llevado a Lottie atrás en el tiempo. Una calle. Dos pubs. Una tienda solitaria que parecía vender de todo, desde un fardo de briquetas a un capuchino en un vaso de papel. Un letrero le indicó que había una escuela a la izquierda, más allá de la iglesia con el respectivo cementerio al otro lado de la calle. Una zona verde se extendía casi vacía, de no ser por una vieja bomba de agua en el centro, pintada de azul, que parecía fuera de lugar.
La ventana cubierta de polvo y mugre de un garaje anunciaba, sin lugar a dudas, que el lugar llevaba tiempo cerrado. Los surtidores de gasolina estaban en desuso. El pueblo entero parecía agonizar, pidiendo a gritos su redención.
La abadía de Ballydoon se encontraba al final de una carretera flanqueada a ambos lados por una hilera de árboles. Las ramas, cargadas de nieve, colgaban bajas sobre la traicionera avenida.
Lottie levantó la vista hacia el tejado de la abadía y se fijó en el humo que flotaba en el aire mientras salía con dificultad por una chimenea. Hasta ese momento, su día había estado lleno de muerte y hojas de cálculo. No estaba segura de cuál de las dos cosas era peor. Al menos había conseguido que Boyd retrasara su partida alrededor de una hora porque lo quería en la escena para las observaciones iniciales.
En el cordón interior, la figura boca abajo atrajo su mirada. Se fijó en el largo vestido que cubría el cuerpo. Era más blanco que la nieve medio derretida sobre la que yacía la mujer. No podía ser otra víctima vestida de novia, ¿verdad? «Mierda», pensó.
Desde donde se encontraba, vio muy poca sangre. La joven yacía sobre el vientre, con la cara hacia un costado, y Lottie se preguntó por qué no había trozos de cerebro salpicados sobre la nieve. ¿Había muerto antes de caer?
Mientras se ponía el traje protector, levantó la vista hacia el edificio. En esa zona tenía una altura de tres pisos, aunque en otras contaba solo con dos. Al lado y unida al inmueble se encontraba una pequeña capilla, con el techo de pizarra cubierto de una gruesa capa de nieve recién caída, todavía libre de las huellas de los pájaros que se acurrucaban en la veleta. Las ventanas estaban iluminadas, y una luz sobre una puerta dotaba de una tonalidad amarillenta los macabros procedimientos que se desarrollaban debajo. A su nariz llegó un inconfundible olor a comida frita, llevado por una brisa, y se preguntó si la cocina estaba cerca. Esperaba que el olor diluyera el hedor a muerte.
Jim McGlynn, el jefe del equipo forense, había llegado antes que ella. Estaba ocupado gritando órdenes a su equipo; sus ojos la seguían, y casi la desafiaba a vulnerar la escena del crimen.
—¿Es otro suicidio, Jim? —Su aliento permaneció en el aire como una niebla reticente. El forense había hecho bien en llegar tan rápido, y esperaba que hubiera dejado un equipo competente en Hill Point. Lottie conocía la importancia de la ciencia forense para establecer si se había cometido un crimen y conseguir pruebas contra un acusado. Si llegaban a ese punto.
McGlynn la miró como diciendo: «¿Crees que hago magia?», pero permaneció callado.
Boyd llegó junto a ella, se subió la cremallera del traje blanco y miró el cuerpo con ojos entrecerrados.
—¿Lleva un vestido de novia?
Lottie le lanzó la misma mirada que McGlynn le había dedicado a ella. Se dirigió al jefe del equipo forense.
—¿Puedes darle la vuelta, por favor?
—Inspectora Parker, intento hacer mi trabajo.
—Si es un suicidio, ¿cuál es el problema?
McGlynn se puso en cuclillas y observó el brazo desnudo de la víctima.
—Si es un suicidio, es el tercero en tres semanas, y el segundo en esta zona.
—Entonces, ¿lo es? —Lottie sacó partido de sus palabras. Recordaba la muerte reciente en el bosque del lago Doon, a menos de tres kilómetros del pueblo.
—No he dicho que lo sea. Y ambos sabemos que la muerte de la señorita Dunne es muy sospechosa.
La inspectora observó mientras McGlynn daba instrucciones a un asistente para que fotografiara el cuerpo in situ y a otro para que grabara sus acciones y movimientos.
—¿Qué fotografías? —preguntó.
—Sus brazos.
—Eso ya lo veo, pero lo que no veo es qué relevancia tienen. —Un viento cortante del este levantó durante un momento la tela del vestido de la víctima antes de que volviera a descansar sobre el cuerpo.
—Quizá haya señales de pelea —masculló McGlynn.
—¿Y las hay?
—No eres nada paciente.
—Lo sé.
Lottie se acercó más. Los brazos de la joven estaban extendidos. La seda del vestido sin mangas se infló una vez más. Las piernas estaban desnudas, sin zapatos ni medias. Su pelo negro azabache contrastaba contra el perfil visible de su pálido rostro.
—¿Murió a causa del impacto o ya estaba muerta?
McGlynn se inclinó sobre el cuerpo.
—Dios, dame paciencia. —Dio un largo suspiro al viento—. No hay nada evidente a simple vista, pero la patóloga podrá determinar la causa de la muerte. Aunque fíjate en esto.
Lottie se inclinó y vio un enorme corte en la frente.
—¿Traumatismo pre mortem?
McGlynn la miró con furia.
—Si así es como le llamas a recibir un golpe en la cabeza poco antes de morir, entonces sí.
—¿Se cayó o la golpearon con algo?
—Yo no hago…
—Magia. Vale. —Lottie miró la pequeña multitud que se había reunido en la nieve al otro lado del cordón—. ¿Quién encontró el cuerpo?
—¿Cómo voy a saberlo? —gruñó McGlynn.
Lottie y Boyd fueron hacia el sargento que se esforzaba por contener a los rezagados detrás de la tensa cinta de la escena del crimen.
—¿Quién fue el primero en llegar a la escena?
El hombre comprobó su libreta.
—Un enfermero. Alan Hughes.
—¿Un enfermero?
—Esto es un asilo.
—Ya lo sé.
Lottie miró a McGlynn, que ahora trabajaba bajo un trípode, montado de cualquier manera, con una luz halógena. Algunos miembros de su equipo intentaban, sin éxito, levantar una tienda sobre el cuerpo. Cada vez parecía más la escena de un crimen. La segunda muerte en solo unas horas, ambas mujeres vestidas de novia. Demasiada coincidencia, pensó Lottie mientras estudiaba la multitud. Se sorprendió al ver a su amigo, el padre Joe Burke, en medio. ¿Qué hacía allí? Antes de que fuera hacia él, un hombre se acercó. Llevaba el pelo escondido bajo un gorro negro, una tosca barba cubría su mandíbula y, por lo que Lottie veía, sus ojos eran tan oscuros como su gorro.
—Soy Alan Hughes. —Tenía la voz ronca y áspera—. Yo la encontré.
—¿Está bien? —preguntó Lottie.
—Tengo la gripe. —El hombre estornudó en un pañuelo de papel.
Lottie se volvió hacia su colega uniformado.
—Toma los datos a todo el mundo y anota cualquier información que puedas conseguir. Dónde estaban, cuándo vieron por última vez a la difunta. Ya sabes cómo va. Y asegúrate de que no contaminen la escena. Que no se marche nadie hasta que hayan interrogado a todo el mundo. Boyd, tú quédate con McGlynn y mira qué puedes averiguar. Yo voy a tener una pequeña charla con el señor Hughes.
La inspectora se deshizo del traje blanco protector y lo metió en la bolsa de papel que le ofrecían antes de pasar por debajo de la cinta. Condujo a Hughes hacia el coche de policía sin identificación. Podría haberlo llevado al interior de la abadía, pero pensó que, tal vez, el hombre hablaría con más libertad en otro lugar. A veces, alejar a los testigos de la escena del crimen los ayudaba a sincerarse. Cuando el hombre estuvo instalado en el asiento del copiloto, Lottie se sentó junto a él.
Hughes temblaba visiblemente cuando se quitó el gorro. Tenía el pelo muy corto, salpicado de canas, y sus manos eran grandes; Lottie pensó que parecía más un granjero que un enfermero. El hombre se giró en el asiento y la inspectora captó un brillo en sus ojos. ¿Miedo o tristeza? A veces le resultaba difícil diferenciar ambas emociones.
—Señor Hughes… ¿Puedo llamarlo Alan?
—Sí.
—Alan, cuéntemelo todo. Desde el principio.
—¿Qué quiere saber?
«Oh, Dios», gruñó Lottie en silencio.
—¿Conoce el nombre de la difunta?
—¿La difunta?
—Sí.
—Es Fiona Heffernan —contestó el hombre—. Trabajaba con ella.
—¿Es enfermera?
—Era enfermera.
—¿Había dejado el trabajo?
—No, se ha tirado desde el puto tejado.
Lottie golpeteó el volante con los nudillos.
—¿Fiona trabajaba hoy?
—Sí. Su turno era desde las ocho y media hasta las tres.
—¿Dónde vivía?
—No lo sé.
—¿Era del pueblo?
—¡No lo sé! —La voz del hombre subió una octava, y perdió el timbre tosco y varonil.
—¿Tiene alguna idea de qué hizo después de su turno?
—Mire, inspectora, no quiero ser grosero, pero yo acababa de llegar al trabajo. Estoy en el turno de tarde. Aparqué el coche e iba a entrar cuando la vi. Ahí tirada, como un ángel de nieve. —El hombre ahogó un sollozo.
—Esa es una buena descripción. —Lottie miró por la ventanilla, por encima del hombro de Hughes, escaneó el edificio hasta el tejado y bajó de nuevo hasta el cuerpo—. ¿Tiene alguna idea de por qué la señorita Heffernan llevaba un vestido de novia?
—No, la verdad. —Se encogió de hombros—. Al menos, no hoy.
Lottie frunció el ceño.
—¿No hoy? ¿Qué quiere decir con eso?
—Le diré lo que quiero decir. Fiona no iba a casarse hasta mañana.
* * *
Después de ordenar que extrajeran una muestra de ADN a Alan Hughes y que lo llevaran a la comisaría para tomarle las huellas y hacerle un interrogatorio formal, Lottie buscó al padre Joe. Temblaba bajo la pesada parka, con la capucha bien ajustada alrededor de la cara. Lo reconocería en cualquier parte.
—¿Qué te trae por aquí? —preguntó.
—Las visitas de la tarde. Administrar a los enfermos es parte de mis deberes como sacerdote, ya sabes.
—Pero esta no es tu parroquia —terció Lottie, y se masajeó las manos furiosamente para activar la circulación.
—El padre Curran no podía venir hoy, así que me lo pidió a mí. Él es el sacerdote en esta zona, por cierto.
—Vale. ¿Cómo te va?
—Estoy bien. Me mantengo ocupado.
Lottie sonrió y recordó todo lo que había tenido que soportar hacía dos años.
—¿Conocías a la difunta?
—No he visto el cuerpo, así que no podría jurarlo sobre la Biblia.
—Se llamaba Fiona Heffernan. Era enfermera. —Lottie habría jurado que el rostro de Joe palideció—. ¿La conocías?
—No puede ser Fiona. Es terrible. Me encontré con ella algunas veces durante mis rondas. —El padre Joe miró hacia el tejado, luego hacia el suelo, y sacudió la cabeza.
—¿Cada cuánto vienes a visitar a los enfermos?
—No muy a menudo. Creo que esta es la tercera o cuarta vez. Solo lo hago cuando el padre Curran me pide que lo sustituya. Deberías charlar con él. Vive en la casa parroquial junto a la iglesia, en el pueblo.
—Vale, gracias. —Lottie divisó a Kirby, que bajaba del coche—. Será mejor que entre y comience con la investigación. Hablamos pronto.
Joe sonrió; esa sonrisa que Lottie recordaba que le iluminaba los ojos.
—¿Lottie? —dijo el sacerdote mientras la cogía de la manga cuando ella se volvió para marcharse—. Puedes hablar conmigo en cualquier momento, sobre cualquier cosa. Ya lo sabes.
La inspectora asintió y se subió la capucha para esconder el rubor que le sonrosaba las mejillas. Tal vez debería hablar con él sobre el compromiso. O tal vez no. De todos modos, puesto que Boyd estaba divorciado, no se casaría por la iglesia. Para ella no habría vestido blanco, reflexionó mientras se alejaba.
10
El hotel Railway no era donde Steve O’Carroll había imaginado proseguir su carrera. Era como una espina del tamaño de una viga clavada en su angosto pecho. Su madre había soñado con que trabajara en un bufete, pero al final había quedado apenas en bufé. Había estudiado en King’s Inn, en Dublín, pero había suspendido los exámenes del último curso. No había sido culpa suya, de ninguna manera. Pero no podía explicar a nadie el verdadero motivo. Nadie habría creído que Steve O’Carroll había sufrido una crisis nerviosa. ¿Y ahora? Ahí estaba, dando órdenes a un imbécil tras la barra del hotel Railway en Ragmullin.
—¿Qué haces? Ya te lo he dicho: el vino blanco va a la nevera, no el tinto. ¿Por qué no me escuchas? ¿Cuánto llevas trabajando aquí?
—Dos semanas. —El barman tenía estrabismo, lo que hacía que pareciera que guiñaba el ojo constantemente. Steve ya había tenido bastante de guiños, gestos y codazos para toda su vida.
—¿Cómo te llamabas?
—Benny.
—Benny, ¿eres daltónico? Si no entiendes la diferencia entre el vino blanco y el tinto, este trabajo no es para ti. Date prisa. Tenemos un convite nupcial mañana, y todavía tienes otra caja que descargar y estanterías que reponer. Quiero un inventario completo en una hora, ¿entendido?
—Entendido.
Steve apoyó los codos en la barra y la cabeza en las manos. ¿Por qué la vida era tan cabrona? Por no mencionar a la auténtica cabrona. Pero no pensaría en ella. Ya tenía suficiente con el banquete del día siguiente. Era uno pequeño, pero sus estándares eran altos. Sabía que las valoraciones de cinco estrellas en TripAdvisor traerían más clientes. Y, quizá, de una vez por todas, le consiguieran su billete de salida de esa mierda de ciudad.
Bajó las manos y observó a Benny coger botellas de la caja para llenar el frigorífico. Era difícil encontrar a alguien con experiencia, y el currículum de Benny tenía buen aspecto. Tal vez debería haber comprobado las referencias antes de contratarlo.
Cuando se giró para asegurarse de que habían traído los manteles blancos de lino de la lavandería, vio a un garda y a un hombre alto entrar por la puerta. En su cabeza brillaban los copos de nieve, y llevaba el pelo tan corto que Steve se preguntó qué número de cuchilla debía de usar. Su propio pelo castaño estaba recogido en una pulcra coleta en la base de la nuca. Sentía que le añadía un aire de misterio. No era algo que uno esperara encontrar en la cabeza de un subgerente de hotel, aunque solo fuera el Railway.
Mientras el hombre se acercaba quitándose la chaqueta, Steve decidió que, si alguna vez se cortaba el pelo, se lo raparía por completo. Le gustaba el look. Simple y elegante.
Sonrió, enderezó los hombros y se sacudió las solapas, esperando que no se viera ningún copo de caspa.
—¿Puedo ayudarles, caballeros?
—Me gustaría hablar con Steve O’Carroll.
—Soy yo. —Señaló una mesita bajo la ventana con cuatro sillas alrededor—. Siéntense.
—Nos quedaremos de pie, si no le importa.
Al instante, Steve sintió que se le crispaban los nervios.
—¿En qué puedo ayudarles?
El hombre rapado consultó su teléfono y lo miró de nuevo.
—Usted estaba prometido con Cara Dunne, ¿es eso correcto?
—Así es. Gracias a Dios, ahora todo ha terminado.
—¿Por qué dice eso?
A Steve no le gustó su tono.
—¿Por qué están aquí? —preguntó con cautela.
—Lamento informarle que esta mañana se ha encontrado el cuerpo de Cara Dunne en su apartamento.
—¿Cara? ¿Muerta? —Steve se mordió el labio. Quería sentarse, pero permaneció de pie—. ¿Me toma el pelo?
—No tengo la costumbre de gastar bromas a gente que no conozco.
—Pero… No lo comprendo. ¿Está muerta? ¿Cómo? ¿Qué ha ocurrido?
—En este momento no puedo darle esa información, pero me gustaría hacerle algunas preguntas. Tal vez sí debamos sentarnos.
* * *
Mientras iba hacia la mesa que había bajo la ventana, McKeown mantuvo la mirada fija en Steve O’Carroll. Este, a su vez, mantuvo la barbilla alzada con un deje de arrogancia. Llevaba el pelo resplandeciente recogido en una coleta y movía su enjuta figura con soltura. Su aspecto era un poco extraño con el traje negro, la camisa blanca y la corbata azul. Había otra cosa que McKeown había notado. Desde que le habían dado la noticia de que Cara Dunne había fallecido, O’Carroll no había mostrado prácticamente ninguna emoción. Esto requeriría cierta habilidad, y McKeown estaba seguro de que era el hombre adecuado para la tarea.
Arrojó la chaqueta mojada sobre el respaldo de la silla, luego tomó aire y lo soltó por la nariz. Había tenido que esperar hasta la hora del almuerzo en la escuela para hablar con los profesores, y solo dos o tres recordaban el nombre del exprometido de Cara Dunne. Eso no favorecía a Steve O’Carroll, o tal vez simplemente había sido la conmoción.
—¿Puede decirme dónde estuvo esta mañana, digamos desde las siete hasta las diez?
—Espere un momento. Acaba de decirme que Cara está muerta. No me ha dicho cómo ni cuándo, y ahora me pregunta que dónde he estado.
—Señor O’Carroll, Steve. —McKeown se sentó, estiró sus largas piernas hacia el lateral y colocó las manos sobre la mesa—. Dígame qué ha hecho esta mañana.
—Lo haré, en cuanto me explique qué le ha ocurrido a Cara.
—Se ha encontrado el cuerpo esta mañana en su apartamento. Su muerte parece sospechosa.
—¿Lo parece o lo es?
—No parece demasiado preocupado por ella. —Estos jueguecitos le tocaban las narices a McKeown. Contuvo las ganas de agarrar a O’Carroll del cuello de la camisa y tirarle de la coleta. En vez de eso, lo miró fijamente, con los ojos entrecerrados. Surtió efecto.
O’Carroll suspiró.
—Cara y yo rompimos hace tres meses. Se lo diré, porque de todas formas lo oirá de sus colegas profesores, que no fue mutuo. Ya no siento nada por ella. El hecho de que esté muerta, bueno, es triste. Era una buena profesora, pero ya no nos hablábamos.
—¿Por qué rompieron?
—Eso es asunto mío.
—Ahora también es mío.
—Creo que llamaré a mi abogado.
—Eso solo lo hace parecer culpable.
—He estudiado abogacía y conozco mis derechos. También sé que soy la primera persona a la que tratarán de colgar el muerto.
—Curiosa elección de palabras, Steve.
—¿Qué quiere decir?
Era un cabrón desconfiado, pensó McKeown.
—Sabe lo que le ocurrió a Cara.
—¿Eso es una pregunta o una afirmación?
—Una afirmación.
—No tengo ni idea de qué le ha pasado.
—Entonces no le importará decirme dónde ha estado esta mañana.
O’Carroll profirió un largo suspiro.
—He estado en casa y luego he venido al trabajo.
—¿A qué hora?
—Sobre las diez, a la hora de siempre.
—Estoy seguro de que comprobaremos cuándo llegó. ¿Puede alguien responder sobre su paradero antes de las diez?
—No. ¿Hemos terminado?
—No, no hemos terminado. —McKeown se rascó el costado de la mandíbula e intentó encontrarle el truco a su oponente. Una cosa era segura: O’Carroll sería un excelente jugador de póker—. ¿Cuándo fue la última vez que vio a la señorita Dunne?
—¿Está sordo? Rompimos. No sé cuándo la vi por última vez. Ahora, llamaré a mi abogado. A menos que esté aquí para arrestarme, me gustaría que se marchara.
—Necesitamos sus huellas y una muestra de ADN para descartarlo de la investigación.
—Después de que haya contactado con mi abogado. —O’Carroll se puso en pie y se situó detrás de la barra, donde comenzó a meter de mala manera botellas en la nevera.
McKeown le hizo un gesto con la cabeza a su colega, que había permanecido en la entrada. Se levantó, se colocó la chaqueta y abrió la puerta, con lo que entró una ráfaga de aire helado. Sin duda, su jefa estaría interesada en O’Carroll.
—Volveré —dijo, y se sintió como Arnold Schwarzenegger. Si tan solo pudiera quitarse el olor a vinagre de los dedos…
11
En cuanto Lottie puso al día a Kirby, buscaron a Boyd y entraron en el edificio en dirección al vestuario donde uno de los empleados había visto a Fiona dirigirse después de su turno.
Los forenses ya estaban allí. Habían encontrado una pequeña área en el suelo con un rastro de sangre. «La herida en la cabeza de Fiona», consideró Lottie. Después de echar un vistazo alrededor, le dijo a Kirby que revisara las taquillas y las duchas, mientras Boyd y ella subían por las escaleras hasta el tejado. Eran de piedra. Para cuando llegaron al último escalón, a Lottie le daba vueltas la cabeza.
—No se aprecian señales de lucha en el camino —afirmó Boyd—. Eso considerando la posibilidad de que la trajeran aquí contra su voluntad.
Lottie examinó la puerta que tenía delante y giró el viejo pomo de latón. Esta se abrió hacia fuera sin resistencia. El viento le golpeó en la cara al salir. Tardó un momento en recuperar el aliento. Se había puesto los patucos y los guantes, y Boyd, todavía vestido con el traje protector, llevaba una bolsa de pruebas de papel marrón, por si hallaban algo sospechoso. Dos forenses se encontraban ya allí y sacaban fotos.
—No hay huellas —observó Boyd.
—No ha parado de nevar —comentó Lottie.
Caminaron con cuidado sobre los palés metálicos que los forenses habían colocado y llegaron a la zona donde era probable que Fiona hubiera dado sus últimos pasos.
Boyd se agachó y apartó con la mano algunos copos de nieve húmeda.
—¿A qué hora se descubrió el cadáver?
—El testigo dice que aparcó el coche después de las tres —respondió la inspectora.
—Eso fue hace más de una hora. Y como has dicho, no ha parado de nevar.
Lottie miró a los forenses.
—¿Alguna huella?
Ambos negaron con la cabeza.
—Si las había, la nieve las ha borrado —dijo uno de ellos.
Pescó a Boyd mirando el reloj mientras avanzaba hacia el borde del parapeto. Se movió hacia el extremo hasta que estuvo frente a la escena de abajo, observó la zona y luego estudió el terreno a su alrededor. Esperaba que los forenses encontraran algo.
—¿Tenemos al personal y las visitas controlados? —preguntó a Boyd.
—Los están interrogando en la cafetería. —El sargento se dirigía de nuevo hacia la puerta.
—¿Y los pacientes? —Dios, Boyd era un grano en el culo.
—La mayoría no puede levantarse de la cama. Los uniformados están cotejando cada persona con el registro. Creo que todo es una pérdida de tiempo. Es evidente que saltó.
—Yo no lo creo. Iba a casarse mañana.
—Ahí lo tienes —terció Boyd.
Lottie se encogió al oír su voz cargada de sarcasmo. Tenía tanto frío que era incapaz de encontrar una respuesta inteligente. En vez de eso, dijo:
—Fiona es la segunda persona que encontramos muerta vestida de novia en el espacio de unas horas. Es sospechoso, Boyd.
A lo lejos, cerca del horizonte, le pareció ver una luz que se movía entre los árboles.
—¿Qué hay del personal que trabaja fuera?
—¿A qué te refieres?
Lottie mantuvo la mirada fija e ignoró la ventisca que le traspasaba la chaqueta.
—¿Jardineros, mantenimiento de la zona? Me ha parecido ver a alguien, entre los árboles. ¿Qué hay allí?
—Tendré que comprobarlo.
—Si no me falla la memoria, hay unas estatuas de tamaño real que representan el viacrucis, y más allá hay parcelas o huertos. Junto al linde del bosque, corre un río que atraviesa el terreno. —Rescató, de algún lugar en los posos de un recuerdo, la imagen de su madre llevándola allí cuando era una niña, para rezar y encender velas en la capilla por su hermano desaparecido.
—¿En qué piensas, Lottie?
Sintió el calor del aliento de Boyd en el rostro cuando este le habló.
—Estoy pensando que hay alguien ahí fuera que nos observa. Vamos. —Giró sobre sí misma.
Boyd permaneció donde estaba.
—¿No vas a quedarte para buscar posibles pruebas?
—Los forenses lo tienen controlado, y, de todos modos, la nieve lo conservará… si es que hay algo aquí —dijo Lottie—. Encuentra a alguien que conozca el terreno.
—Después de eso, tengo que marcharme. Lo siento, pero es importante para mí… para mi madre.
—Vete, entonces. —Quería decir algo más, hablar con él, descubrir qué ocurría. Sin embargo, no era el momento. Más tarde. Mañana. Sí, sin duda, mañana.
Con una última mirada hacia la zona en donde había visto la luz, Lottie salió rápidamente por la puerta y bajó las escaleras, mientras sentía como si una sombra se cerniera sobre ella.
* * *
Boyd organizaba a los uniformados antes de marcharse, y Lottie cogió una linterna grande del maletero del coche. Avanzó por un estrecho sendero que partía en dos un patio cubierto de nieve. Su cerebro le decía que perdía el tiempo, pero su instinto, que Fiona Heffernan no se había suicidado. La sangre en el suelo del vestuario y el traje… Habían encontrado a dos mujeres vestidas de novia muertas, y eso eran circunstancias muy sospechosas. Tanto Cara como Fiona habían sido asesinadas; solo tenía que demostrarlo.
Llegó a una bifurcación al final del sendero. Se dirigió a la izquierda y atravesó un puente de piedra. Debajo, el agua corría furiosa, demasiado rápido como para congelarse. Al otro lado, el camino viraba hacia la derecha. Le pareció ver una luz que parpadeaba entre los árboles. Se agachó y siguió avanzando, mientras las ramas se le enganchaban en el pelo y sus botas se hundían en la gruesa nieve. La linterna arrojaba un haz frente a ella y estaba segura de que no había más huellas que el rastro que había dejado atrás. Después de algunos minutos, encontró el origen de la luz.
Entre las estatuas del viacrucis, un Jesús colgado de una enorme cruz de madera se alzaba imponente ante ella, iluminado por un foco en el pedestal. Avanzó. Debía de ser el resplandor que había visto. Aunque, por otra parte, el foco estaba fijo, y estaba segura de que la luz se había movido. ¿Habría sido el viento?
Cuando se dio la vuelta para marcharse, los árboles susurraron y la nieve empezó a caer con fuerza. Se ajustó la capucha, tomó un camino distinto y giró a la derecha hacia la abadía mientras sus ojos seguían la dirección del río. El terreno era plano donde los árboles cargados de nieve rompían filas. Detrás de ellos, había una casa y un corral. Junto al seto que rodeaba la propiedad vio a un hombre de pie con una linterna en la mano. Lottie agitó la suya a modo de saludo, aunque estaba a cincuenta pasos de distancia. El hombre no le devolvió el saludo, solo dio un paso atrás, se giró y se alejó, con pasos lentos y firmes. Luego, desapareció.
Lottie sintió como si un témpano se le deslizara por debajo de la ropa. Regresó deprisa, con la esperanza de que McGlynn tuviera noticias, porque no pensaba perder ni un minuto más en esa tierra de nadie si no se trataba de un asesinato.
* * *
Christy Clarke se limpió una gota de agua del ojo mientras regresaba caminando con cuidado a su casa. El patio era como una pista de hielo y sus katiuskas no le facilitaban las cosas. No eran lágrimas de emoción, se dijo a sí mismo. Solo era el frío.
En la cocina, volvió a abrir el grifo. Las tuberías emitieron un ruido metálico. Un chorro de agua marrón cayó ruidosamente sobre las tazas en el fregadero y salpicó su chaqueta encerada verde. Esperó. Miró por la ventana. El chorro se convirtió en un goteo y paró. Sacó la llave inglesa de su bolsillo y salió de nuevo.
La bomba de agua se encontraba en un establo junto al cobertizo de los cerdos. Ya había pasado la mayor parte del día tratando de arreglarla y, cuando había acabado, estaba seguro de que funcionaba. Sin embargo, las gotas de agua sucia decían lo contrario. Ahora, con las manos enfundadas en guantes sin dedos, se puso de nuevo a trabajar, con la esperanza de obtener éxito esta vez.
Un coche entró en el patio patinando. Oyó cómo se abría y cerraba la puerta.
—¿Qué haces ahí dentro? —preguntó Beth.
Christy no se volvió. Le recordaba demasiado a su mujer cuando la voz le cortaba el alma con ese tono.
—¿A ti qué te parece? —Apretó la llave inglesa sobre un tornillo.
—¿Todavía no has arreglado el agua? Dios, papá, me quería dar una maldita ducha.
—De momento ponte un poco de tu desodorante pijo. Hago todo lo que puedo.
—¡Muy bien! —Su voz estaba cargada de indignación—. Quizá un café me haga entrar en calor. Llenaré el hervidor.
—Que no hay agua, joder —contestó Christy. Miró por encima del hombro, pero su hija ya había entrado furiosa en la casa.
La llave inglesa resbaló y le hirió la punta del dedo índice. Se lo metió en la boca para que dejara de sangrar y se preguntó cómo iba a arreglar las cosas. Sin previo aviso, un sollozo escapó de su garganta y la ansiedad que se había estado acumulando en su pecho explotó en forma de unos temblores incontrolables. Se apoyó contra la fría pared de cemento de la caseta de la bomba y sucumbió a los atroces quejidos que le desgarraban los pulmones.
—¡Papá! —gritó Beth desde la puerta trasera—. No puedo hacer café. ¡No hay agua!
Christy se sorbió las últimas lágrimas y se inclinó sobre la bomba sin responder a su hija. Ya no podía hacer más allí. El problema debía de estar dentro.
—Apártate, niña. —Abrió la puerta del armario de debajo del fregadero.
—He tardado siglos en atravesar el pueblo. Ni siquiera he podido parar a comprar unas botellas de agua. ¿Ha pasado algo en la abadía? —Beth rebuscaba en la panera.
—Quizás estén preparando la boda de mañana.
—¿La boda de Fiona y Ryan? No puede ser. Van a celebrar una ceremonia pequeña. Mira si es pequeña que a mí solo me han invitado al banquete. Dudo que tanta actividad esté justificada. Iré a echar un vistazo. —Se quedó de pie con la taza vacía en una mano y una rebanada de pan en la otra mientras su padre hurgaba bajo el fregadero.
—Ah, joder —comentó mientras el agua caía del grifo—. Era la tubería de dentro la que estaba congelada, no la bomba.
Beth puso la taza sobre la encimera.
—Me tomaré una taza cuando vuelva.
—¿A dónde vas?
—Ya te lo he dicho. A la abadía, a echar un vistazo.
Christy vio cómo su hija apretaba los dientes y la mueca que retorció su rostro antes de darse cuenta de que la había cogido del brazo con tanta fuerza que los dedos se le habían puesto blancos.
—Quédate y tómate un té conmigo. He estado solo todo el día.
—Suéltame el brazo, papá. —Un rubor cubría la piel mortalmente pálida de la muchacha.
El hombre dejó caer la mano y dio un paso atrás.
—Lo siento, cariño. A veces no soy consciente de mi propia fuerza. —Llenó el hervidor y puso toda su atención en coger la taza de Beth y la suya y dejarlas en la mesa.
Al final, ella cedió. Colgó el abrigo y se sentó a la mesa.
—¿Qué ocurre? ¿Es la declaración del IVA? Puedo ponerla en una hoja de cálculo, si quieres.
Christy le dio la espalda. Miró por la ventana la nieve que caía en diagonal como espinas y deseó que su única hija no fuese tan curiosa. Estaba seguro de que le traería problemas. Y Christy Clarke lo sabía todo sobre los problemas.
12
Cuando terminó la coreografía, Trevor apuntó con el dedo.
—Tú, tú y tú, subid. Rápido.
Mientras esperaba que dos de las niñas más pequeñas y una de las adolescentes se le unieran en el escenario, levantó la vista. La primera fila del palco estaba vacía. Se sacudió el sentimiento angustiante de haber sido observado. Probablemente, había sido Giles, el director del teatro, propenso a merodear en la oscuridad, con su astuta mirada fija en lo que sucedía o en las niñas. Pero no estaba nada seguro de que fuera él a quien había visto. Se habían vendido todas las entradas, así que Giles no tenía que preocuparse por la noche del estreno. Podían caer bombas y, aun así, sacaría beneficio. Si no había sido el director el que estaba ahí arriba, ¿quién?
—Ya es hora de terminar. ¿Qué quiere que hagamos ahora?
La voz de una de las muchachas lo despertó de su ensueño. ¿Jasmina, Tasmania? No recordaba su nombre. Miró fijamente las pestañas perfectas de la chica, la sombra de ojos púrpura que brillaba en los párpados y el maquillaje impecable. Un ramalazo de celos le corrió por las venas y sus dedos se deslizaron de manera involuntaria por la barbilla, donde tropezaron con el acné que parecía haber olvidado que ya no era un adolescente.
Otra voz retumbó.
—¡Trevor, baja enseguida!
—Estoy ocupado, Giles. No tengo tiempo de…
—¡Ahora! Es importante. Vamos fuera.
Trevor observó a Giles girar sobre sí mismo más veloz que una bailarina y salir por la puerta.
—Ve, tranquilo —dijo Shelly—. Yo repasaré la coreografía con las chicas una vez más. De todos modos, ya casi ha terminado la sesión.
—Gracias. —Bajó del escenario de un salto, recogió su toalla y se la enrolló al cuello para secarse el sudor que se le había acumulado en la base del cuello.
El bar del teatro estaba sumido en un silencio inquietante. El olor a cerveza rancia se pegaba a la pintura desconchada de las paredes. Se dirigió a la zona de fumadores. La pesada puerta cortafuegos resistió el empuje antes de abrirse con tanta fuerza que se encontró propulsado hacia fuera, donde un taburete alto bloqueó su caída.
—Me cago en… —Se sacudió las rodillas y se encontró cara a cara con su jefe.
—Siéntate —ordenó Giles, y señaló el taburete.
El techo de plexiglás estaba hundido por el peso de la nieve, y cuando un ataque de escalofríos sacudió su cuerpo, Trevor se dio cuenta de que debería haberse puesto el cárdigan antes de aventurarse a la temperatura bajo cero del exterior.
—No tengo tiempo para juegos. ¿Qué quieres?
—He dicho que te sientes. —Una sombra oscura cruzó los ojos de Giles, así que hizo lo que le pedía.
Cuando estuvo sentado, enroscó los pies alrededor del reposapiés del taburete y esperó, sintiendo el frío. Giles apretó los puños y se mordió el labio. El estómago le colgaba por encima del cinturón, al que había hecho un agujero extra. Trevor miró cómo la barriga del director se hinchaba, y el esfuerzo se hizo patente en su rostro. Los ojos oscuros se abrieron más y separó los labios fofos y rosados.
—¿En qué andas metido?
El cuerpo de Trevor se tensó e hizo una mueca, confuso.
—No sé de qué hablas. He estado ensayando noche y día.
Giles rodeó el taburete en silencio, excepto por unos resuellos.
Trevor, sintiéndose un poco más valiente, dijo:
—Será mejor que me digas qué crees que he hecho mal, porque el suspense me está matando.
La bofetada lo golpeó en la nuca y casi se cayó del taburete. En vez de eso, se levantó de un salto; sus pies bailaban una canción silenciosa.
—¿A qué coño ha venido eso? No puedes ir por ahí golpeando a la gente. ¡Te denunciaré por acoso!
La mano que lo agarró del brazo era firme. El aliento que lo agredía olía a menta, con un toque de un cigarrillo ilícito. Giles siempre aseguraba que no fumaba, pero Trevor sabía la verdad. Sabía muchas cosas sobre su jefe que poca gente conocía.
—¡No me denunciarás por nada! —Giles le dio un empujón—. Siéntate y escúchame como un niño bueno.
Trevor tensó los músculos, listo para discutir, pero decidió abandonarse a la curiosidad. Se sentó.
—¿De qué quieres hablarme?
—Un pajarito me ha contado una cosa… ¿Qué palabra estoy buscando? —Giles parecía consultar un diccionario invisible en su mente—. Digamos que he oído algo lascivo sobre ti. Si no quieres que nadie más lo sepa, será mejor que mantengas el pico cerrado sobre ya sabes qué.
—No tengo ni idea de qué hablas.
—Eso está bien. Así no te irás de la lengua —se rio Giles.
—De verdad que no sé a qué te refieres. —Trevor contuvo el aliento mientras el director seguía caminando a su alrededor.
—Fuera de la escuela de danza puedes hacer lo que quieras, pero aquí tienes que mantener tus sucias manitas lejos de Shelly.
—¿Shelly? —Una risa estrangulada escapó de los labios de Trevor—. Creo que estás confundido.
—Tal vez, pero sé cosas. Te observo todo el tiempo. Incluso cuando no sabes que estoy ahí. Recuérdalo.
—Vale. ¿Puedo marcharme ya? —Trevor se preguntó de nuevo si había sido Giles el que lo miraba desde el palco. Probablemente, aunque el capullo nunca estaba cerca cuando debía. No sabías cuándo podía pillarte desprevenido. Cabrón baboso. Sintió un escalofrío.
Después de otra vuelta lenta alrededor del taburete, Giles se detuvo de golpe. Trevor contuvo el aliento. Un soplo de aire frío le bajó por la espalda. Divisó una urraca que picoteaba en la nieve en el muro junto a la caseta de fumadores. Sus alas negras contrastaban con fuerza con el blanco del pecho y de la nieve. Eso no era bueno. En absoluto.
—Quiero que hagas algo por mí —dijo Giles.
* * *
Ryan Slevin dejó la bolsa de la cámara sobre la mesa del recibidor.
—¿Eres tú, Ryan? —La voz de su hermana se oyó desde la cocina por encima del estrépito de sus tres sobrinos que se peleaban por algo. Olía a ajo. Mucho ajo. Ryan culpaba a todos esos programas de cocina. Mientras los chicos estaban en la escuela, Zoe pasaba la mayor parte del día delante del televisor viendo recetas exóticas. Sabía que MasterChef Australia era su favorito. De ahí que cenaran pescado día sí, día no, intercalado con crujiente panceta de cerdo. Y, por supuesto, especias y ajo. Siempre usaba ajo.
Colgó el abrigo chorreante en el abarrotado perchero, se desabrochó las botas y las colocó debajo, en el suelo.
—¿Qué has cocinado hoy? —Le dio un beso en la frente a su hermana y notó que estaba cubierta de sudor. Por el aspecto de la cocina, parecía que treinta concursantes de MasterChef hubieran pasado el día allí tratando de preparar un plato que aún no se había inventado.
—Algo nuevo —contestó ella—. Pescado cocido en su jugo con salsa de ajo. La he hecho yo misma. La salsa, no el pescado.
—Suena genial —mintió Ryan—. ¿Dónde están los chicos?
Zoe hizo un gesto con la cabeza en dirección a la mesa. Ryan levantó el borde del mantel y descubrió a sus sobrinos sentados en el suelo con las piernas cruzadas.
—¿Qué tramáis vosotros tres?
—Estamos jugando —respondió Tommy, de cinco años.
—Al escondite —añadió Josh, de cuatro.
—Sí —afirmó el pequeño Zack, de dos.
—Bueno, pues os he encontrado. Venga, al salón. Seguro que están haciendo Sam el bombero.
Los tres salieron a gatas entre las piernas de Ryan y la cocina por fin quedó en silencio.
—He recogido el traje de la tintorería —dijo Zoe—. Está colgado delante de tu armario. —Contuvo una lágrima. Unos mechones de pelo, antaño rubio, le caían sobre los ojos y ella los apartó con el codo. Tenía ambas manos cubiertas de harina.
—¿Por qué estás triste? —preguntó Ryan.
—Oh, ya sabes. —Zoe se volvió hacia el fogón—. Mañana es tu día. Qué emocionante para Fiona y para ti. Pero, al mismo tiempo, no puedo dejar de pensar en el matrimonio desastroso de nuestros padres, y ya sabes que el mío no es… —Sorbió de nuevo—. Ya hemos hablado antes sobre esto, pero ahora creo de verdad que Giles tiene una aventura. Desde que nació Zack, nunca está en casa. Ni por un momento me trago que lo necesiten en el trabajo las veinticuatro horas del día, toda la semana. —Se limpió la harina de las manos en el delantal y encorvó los hombros.
Ryan sintió que se le rompía un poco el corazón por su hermana pequeña, sin poder contener, al mismo tiempo, una sensación de enfado.
—Zoe, tengo la intención de hacer que mi matrimonio funcione. Fiona y yo somos mayores de lo que tú eras cuando te casaste. Y más sabios, espero.
—Lo sé, pero tienes que estar seguro de ella al cien por cien.
—¿A qué viene esto? Nunca me habías dicho nada así.
—Es solo… Fiona es muy posesiva y decidida. Tú no. Eres un blando, en especial en lo que a ella respecta. Ni siquiera conoces a su familia.
—Tiene una hermana en Australia. No hay ningún misterio, así que deja de intentar encontrarlo.
—Nunca habla de sus padres o de su vida antes de venir a Ballydoon. Admítelo, Ryan, Fiona es un poco rara.
—Por Dios, Zoe, solo porque no es extrovertida y…
—Lo sé, pero hay algo… Aunque no puedo decir qué.
—Pues me caso con ella mañana, así que deja de pensar en excusas para que no te guste. ¿Vale?
Zoe se giró. Ryan captó el rastro de una sonrisa en la comisura de sus labios.
—Vale.
—Voy a darme una ducha. ¿Cuándo estará listo… eso?
—¿Eso? Quiero que sepas, Ryan Slevin, que eso es mi plato estrella de la semana. Un pez directo del mar.
—¿Lo has pescado tú misma?
—Listillo. —Zoe se rio—. También te he planchado la camisa buena. Para mañana.
—Eres la mejor hermana del mundo. —Le dio un abrazo, pero no tuvo el valor de decirle que había comprado una camisa nueva especialmente para la ocasión.
Cuando se separaba de su hermana, Ryan oyó el sonido del timbre.
—¿Esperas a alguien?
—Tal vez sea Fiona.
—¿La noche antes de nuestra boda? No lo creo. Sé que queremos una boda sencilla, sin mucho lío, pero más allá de lo que pienses de ella, en el fondo Fiona es muy tradicional.
Fue a abrir la puerta.
* * *
Mientras esperaba a que abrieran, Lottie observó los alrededores de la pequeña finca en el límite del pueblo de Ballydoon. Boyd se había marchado a Galway a toda prisa. Esperaba que no le ocurriera nada en las carreteras heladas; le había pedido que le enviara un mensaje cuando llegase.
La dirección que tenía de Ryan Slevin era una casa adosada perteneciente a la familia Bannon. La habían informado de que Zoe Bannon era la hermana de Ryan.
Kirby se paseaba por el camino, con su redondo rostro sonrosado por el esfuerzo.
—Odio dar malas noticias —sentenció.
—Es parte del trabajo —le recordó Lottie.
Se escucharon los gritos de los niños antes de que se abriera la puerta, y les llegó un penetrante aroma a ajo.
La inspectora le enseñó la placa al hombre que se encontraba de pie frente a ella.
—Hola, ¿es usted Ryan Slevin?
—Así es. ¿He hecho algo que no sepa? —El rostro del hombre se iluminó con una sonrisa divertida y Lottie se fijó en que tenía una mancha de harina en el pómulo bajo el ojo. Tuvo que resistir la tentación de mojarse el dedo y limpiársela. Pese a su altura, constitución y barba, y aunque Lottie sospechaba que debía de estar en la treintena, Ryan Slevin tenía un aire adolescente.
—¿Podemos entrar, por favor?
—Debe de ser algo serio. —Lottie oyó un deje pícaro en su voz. Alrededor de las piernas del hombre aparecieron tres cabezas pelirrojas.
—¿Quién es? —preguntó el más alto.
—Calla, Tommy. Vengan por aquí, por favor.
Una mujer apareció mientras se desataba un delantal sucio y apartó a los niños del camino.
—¿Qué sucede?
—Soy la inspectora Lottie Parker, y este es mi colega, el detective Larry Kirby.
Lottie avanzó esquivando a los niños y a su madre y siguió a Ryan hasta un salón que parecía una zona de juegos.
Había juguetes desparramados por todas partes y unos ruidosos dibujos animados atronaban desde el televisor. Los niños se marcharon con su madre y Ryan recogió los juguetes, los dejó en una pila junto al televisor y lo apagó.
Se sentó en un sillón desvencijado. Lottie se apoyó en el borde del sofá, y Kirby se hundió entre los harapientos cojines junto a ella.
—Bien, ¿qué querían de mí? —inquirió Ryan.
—Me temo que tenemos malas noticias, señor Slevin —dijo Lottie.
—Llámeme Ryan. ¿Qué malas noticias? —El hombre se removió inquieto y se enderezó.
—Está prometido con Fiona Heffernan, ¿es eso correcto?
—¿Fiona? Sí, así es. ¿Le ha ocurrido algo?
—Me temo que sí.
—¿Un accidente de coche? Oh, Dios. —Hundió la cabeza entre las manos. Lottie ya no le veía la cara—. Fiona odia conducir con mal tiempo. ¿Se encuentra bien? —Se puso en pie de repente—. ¿Puedo verla? ¿Está en el hospital de Ragmullin?
—Por favor, siéntese, Ryan. —Lottie detestaba esta parte del trabajo—. Las noticias son peores. Hemos encontrado a la señorita Heffernan esta tarde. Lamento decirle que ha fallecido.
Ryan se sentó, con ojos interrogantes.
—¿Qué? ¿Cómo? ¡Oh, Dios mío!
—No ha sido un accidente de coche. —La inspectora se fijó en las expresiones cambiantes en el rostro del hombre. Confusión. Incredulidad. Horror. Parecía genuinamente consternado.
—¿Qué? ¿Qué ha pasado? No puedo creerlo. Nos casábamos mañana. Esta es su segunda oportunidad de construir una buena vida, conmigo. Oh, Dios, no…
Lottie estudió el abarrotado salón y se preguntó si era allí donde Ryan pretendía vivir con Fiona, pero era demasiado pronto para preguntas tan intrusivas. Tan solo necesitaba averiguar dónde había estado Ryan aquella tarde.
—¿Está en condiciones de continuar? ¿Quiere que su hermana…?
—No. No le diga nada a Zoe, por favor. Se lo contaré cuando se hayan marchado.
—Ha mencionado que esta era la segunda oportunidad de Fiona. ¿Había estado casada antes? ¿Se había divorciado?
—No, nada de eso. Estuvo varios años con un capullo de mierda; todavía estaban juntos cuando nos conocimos. Quedó muy herida después de esa «relación»… pero estábamos bien juntos. —Hizo una pausa y levantó la vista hacia Lottie—. Dígame, por favor, ¿qué le ha pasado?
—Se ha encontrado su cuerpo hoy alrededor de las tres de la tarde. —Lottie pensó en la mejor manera de ordenar las palabras—. Parece que ella, em… se cayó del tejado de la abadía de Ballydoon.
—Oh, Dios mío. Esto es terrible. —Ryan se pasó la mano por el pelo y luego por la barbilla cubierta de barba antes de apoyar los codos en las rodillas—. Espero que no haya sufrido.
«Extrañas palabras», pensó Lottie. Intentaba con todas sus fuerzas comprender a Ryan Slevin.
—Tendremos más información sobre lo que ha ocurrido después del examen post mortem.
La mirada de Ryan la cogió desprevenida. Era penetrante y cualquier rastro de una sonrisa había desaparecido de sus ojos.
—Ha mencionado el tejado. ¿Qué hacía allí arriba?
—Todavía estamos estudiando los hechos.
—Pero… —Fue como si de repente comprendiera, y un estallido de furia reemplazó la incredulidad—. ¿Piensan que saltó? No. De ninguna manera, Fiona no haría eso. Vamos a casarnos mañana, y adora a su pequeña. ¿Qué hay de Lily? ¿Se encuentra bien? ¿Quién cuida de ella?
Lottie se volvió con el ceño fruncido, interrogante, y miró a Kirby. Este negó con la cabeza y alzó las cejas. Era la primera vez que oían que Fiona tenía una hija.
—¿Fiona tiene una hija?
—Sí, Lily —repitió Ryan.
—¿Sabe dónde está? —preguntó Lottie con urgencia.
Ryan se levantó de un salto, apretando un puño y golpeándolo contra la otra mano.
—¿Me está diciendo que nadie ha ido a buscarla a su club extraescolar? Estará aterrorizada. —Sacó el teléfono del bolsillo y revisó furiosamente los mensajes y llamadas—. Nadie me ha llamado. Habrán intentado contactar con Fiona.
—Cogimos su bolso y móvil de la taquilla. Están registrados como pruebas —intervino Kirby.
—¿Y no visteis nada en el teléfono o en el bolso sobre su hija? —preguntó Lottie.
—No, creo que no. —Kirby consultó su libreta.
—¿Qué edad tiene Lily? —Lottie se volvió hacia Ryan, sentía cómo la ansiedad le oprimía los pulmones.
—Tiene ocho años. Va a un club extraescolar cuando Fiona está en el trabajo. Oh, Dios, ¿no sabían que tenía una hija?
—Ahora mismo nos encargamos. ¿Cómo se llama el club?
—Little People. Está en Ragmullin.
—Kirby, haz unas llamadas.
Mientras el detective salía al recibidor con el móvil, Lottie se dirigió a Ryan.
—¿Quién era la pareja de Fiona antes de que se conocieran?
—Colin Kavanagh, y yo no lo llamaría una pareja. Esa palabra significa que hay amor de por medio, y no creo que esa emoción se encuentre en el vocabulario de ese hombre, menos aún en su corazón.
—¿Dónde vive?
—En una casa grande y vieja, una granja reformada, fuera del pueblo. Está cerca del lago. —Le dio la dirección.
Lottie se preguntó si el hecho de que Fiona hubiera muerto vestida de novia era una declaración. ¿Tenía razón Boyd? ¿Era la manera de Fiona de decir a Ryan que ya no quería casarse con él? ¿Que suicidarse era mejor que la perspectiva de una vida a su lado? No, no tenía sentido. Las circunstancias le habían parecido sospechosas desde el principio y, ahora, la noticia de que Fiona era madre de una niña reafirmaba su teoría de que se trataba de un asesinato. En especial, después de que encontraran a Cara Dunne también con un vestido de novia. Esperaba que Lily estuviera bien. Probablemente, seguía en el club extraescolar. Miró hacia la puerta y oyó a Kirby, que hablaba por teléfono.
Centró su atención en Ryan y dijo:
—Lamento hacerle estas preguntas en un momento tan difícil. ¿Puede decirme dónde ha estado esta tarde?
—¿Qué quiere decir?
¿Por qué la gente respondía las preguntas con más preguntas?
—Es una cuestión rutinaria.
—Pero ha dicho que Fiona saltó…
—No, he dicho que parece que se cayó. La encontraron en el suelo. Tenemos que examinar todas las pruebas.
—Lo que quiere decir es que podrían haberla empujado, ¿no es así? —Sin esperar la respuesta, el hombre levantó la mano—. Lo sé, lo sé. Hay que esperar al post mortem. Trabajo en el periódico, entiendo la jerga.
—¿Dónde ha estado esta tarde?
El hombre se desplomó de nuevo en la silla.
—En el trabajo, en la oficina del Tribune. Trabajo de fotógrafo para el periódico.
—¿Ha estado allí toda la tarde?
—Sí. No. No lo recuerdo. Sé que he estado trabajando. He venido directo a casa. Tenía que cenar y luego escribir un pequeño discurso para mañana. Aunque ahora ya no hay mañana, ¿verdad?
Cuando su cuerpo se derrumbó y los sollozos le desgarraron la garganta, Lottie dejó que tuviese un momento de dolor. Kirby regresó negando con la cabeza.
—La niña no está en Little People —anunció—. El director dice que Lily tenía una clase a las tres de la tarde en la escuela de danza en el teatro de Ragmullin. Su madre había pedido que un miembro del personal llevara a la niña, y ella debía ir a buscarla después.
—Entonces, ¿dónde está? —gimió Ryan.
—He llamado a la escuela de danza —continuó Kirby—. Colin Kavanagh está anotado como contacto si Fiona no recoge a Lily.
Ryan se levantó con brusquedad de la silla y se encaró con Kirby.
—Kavanagh es el padre de Lily. Gracias a Dios que está a salvo.
—Siéntese, señor Slevin —dijo Kirby. Se volvió hacia Lottie—. Nadie en el teatro recuerda llamarle para que recogiera a la niña.
—Nos vamos —dijo la inspectora—. Tenemos que llamar al señor Kavanagh.
El cuerpo de Ryan pareció desinflarse.
—Avísenme cuando la encuentren. Tengo que saber que está bien. Los chicos la adoran.
—¿Y usted? ¿La quiere usted? —presionó Lottie.
—Por supuesto que sí. Como si fuera mi propia hija, por el amor de Dios.
Mientras seguía a Kirby hasta la puerta principal, Lottie se volvió en el abarrotado recibidor.
—¿Dónde iban a vivir después de la boda?
—Tengo una casita en el campo, al otro lado del pueblo. La he reformado. Era como nuestra casa de ensueño, y ahora esos sueños han quedado… destrozados.
—Tendremos que echarle un vistazo.
El hombre hurgó en su bolsillo y sacó un puñado de llaves. Desenganchó una del llavero.
—Tenga, cójala. Es la de repuesto.
La puerta de la cocina se abrió. Zoe estaba allí con un millón de preguntas en los ojos.
—¿Qué sucede, Ryan?
—Los dejaré solos —dijo Lottie, y cerró la puerta tras de sí.
Se sentó en el coche junto a Kirby, que consultó:
—Bueno, ¿y quién es este Colin Kavanagh, si se puede saber?
—No te lo vas a creer…
13
La estrecha carretera que rodeaba el lago Doon se volvía traicionera con el mal tiempo. Lottie se aferraba a la manecilla de la puerta, lista para escapar si derrapaban, pero Kirby mantuvo el coche recto.
—No puedo creer que un exitoso abogado de Dublín viva aquí, en el culo del mundo —comentó.
—Bueno, pues así es, y su reputación no es muy buena.
Las verjas, con un interfono, estaban diseñadas para mantener fuera a los extraños. Lottie se identificó, y Kirby condujo el coche por el sinuoso camino. No vieron gran cosa de la casa en la oscuridad hasta que las luces del exterior se encendieron y arrojaron sombras inquietantes por todas partes sobre la inmensa estructura con aspecto de granero.
La puerta se abrió antes de que Lottie pisara el primero de los tres escalones. Frente a ella se encontraba un hombre alto de mediana edad.
—¿Dónde está mi hija? ¿La han encontrado?
Lottie percibió un súbito movimiento en su abdomen producido por el miedo. La niña no estaba allí.
—Aún no, señor Kavanagh. ¿Podemos entrar?
El hombre alto de pelo cano abrió más la puerta y condujo a Lottie y a Kirby al interior del amplísimo recibidor. Cerró la puerta tras de sí y se quedó de espaldas a ella sin invitarlos a entrar en la casa.
—He recibido llamadas de su gente sobre Lily —dijo—. ¿Qué ha hecho Fiona con ella?
—Señor Kavanagh, ¿podemos sentarnos en algún lugar? —preguntó Lottie. Mientras lo estudiaba, el temor se le instalaba en el estómago. Si la pequeña no estaba en casa de Kavanagh, ¿dónde se encontraba?
—Podemos hablar aquí. No me gusta que los garda entren en mi casa. —Sus cejas se juntaban en el ceño fruncido. Lottie observó que no era tan mayor como su pelo blanco indicaba. Tenía el rostro largo y afilado. Los ojos eran verdes; sus iris parecían cubiertos de ramilletes de algas. Tendría alrededor de cincuenta y cinco años; unos veinte o más que Fiona, supuso.
—Lamento tener que informarle de que su expareja, Fiona Heffernan, ha sido encontrada muerta esta tarde.
—¿Está muerta? ¿Me toma el pelo? —Sus ojos fueron de Lottie a Kirby—. ¿No? ¿Está muerta?
—Eso me temo.
—Será mejor que entren.
Avanzó delante de ellos hacia una habitación oscura que Lottie solo podía describir como una biblioteca. Parecía fuera de lugar en la moderna construcción. Tres paredes estaban cubiertas del suelo al techo con estanterías llenas de libros, algunos encuadernados en piel, probablemente primeras ediciones. Dos sofás de cuero marrón y una chaise longue eran los únicos muebles aparte de las estanterías. La chimenea estaba bien nutrida de troncos, y las llamas trepaban hacia arriba. Lottie se movió hacia el calor y se quedó de pie de espaldas al fuego, para que su cuerpo entrara en calor.
Cuando Kavanagh se hubo sentado, indicó a Lottie que hiciera lo mismo.
—Si no le importa, me quedaré de pie. Fiona ha sido encontrada muerta en los terrenos de la abadía de Ballydoon esta tarde. Quizá se haya caído desde el tejado, pero estamos…
—¿Caído? ¿Qué hacía allí arriba? ¿Y Lily? La llamada que recibí era sobre mi hija.
—¿Ha recogido a la niña de la escuela de danza esta tarde?
—¿Qué? No, no lo he hecho. Nadie me ha llamado. ¡Dios santo! ¿Dónde está Lily? ¿Ha ido Fiona a recogerla? Tal vez antes de su… accidente.
—No estoy segura. —Lottie trató de digerir el hecho de que, probablemente, la niña había desaparecido. El terror que había sentido cuando sus propias hijas fueron secuestradas hacía unas escasas seis semanas asomó la cabeza y amenazó con consumirla. Pero debía mantener la profesionalidad. No tenía sentido mostrar su preocupación a Kavanagh—. Todavía tenemos que definir la secuencia de eventos. Es una investigación abierta.
—¿Me está diciendo que no sabe dónde se encuentra mi hija?
La arrogancia de Kavanagh parecía negar su preocupación. Lottie sintió cómo se le crispaban los nervios de la irritación. Si Boyd estuviera allí, tal vez llamaría capullo a Kavanagh entre dientes, y ahora mismo no se le ocurría una palabra mejor para describirlo.
—Si Lily no está con usted, ¿con quién cree que puede estar? —«Dios santo —pensó—, «haz que conozca a alguien que haya recogido a la niña.»
—Ya sé con quién. ¡Con el bastardo de Ryan Slevin! —Kavanagh se levantó de un salto de la silla, igual que había hecho Ryan hacía menos de diez minutos.
—Acabamos de ir a casa de Ryan. Lily no está allí. —Pero no había registrado la casa de la hermana de Ryan. Había asumido lógicamente que la niña se encontraba con su padre. ¡Mierda!
—¿Qué hay de la casa de campo en la que pretende vivir? —preguntó Kavanagh—. ¿La han registrado?
—He enviado a un coche patrulla. La cuestión es que usted es el único otro contacto en el club extraescolar y en la escuela de danza. ¿Dónde ha estado toda la tarde?
—En mi despacho.
—¿Puede corroborarlo alguien?
—Trabajo solo. Mi secretaria está de baja por maternidad prolongada. He hecho recortes en mi despacho, así que tan solo tengo una recepcionista tres días por semana. —Hizo una pausa para tomar aliento y continuó—: Debería preguntar a ese tipejo de Slevin dónde estaba él.
—Déjeme hacer mi trabajo, señor Kavanagh. No sabemos aún lo que le ha ocurrido a Lily, pero ¿puede pensar algún motivo por el que Fiona quisiera suicidarse?
Kavanagh se sentó y cruzó las piernas, con el tobillo apoyado sobre la rodilla. Lottie observó un temblor evidente en sus manos.
—Fiona es una persona complicada. —Su rostro enrojeció mientras hablaba—. Tendría que conocerla para entender de lo que hablo. Fiona quiere… quería a Lily de forma incondicional. También adoraba su trabajo. Creo que a mí nunca me quiso realmente. Tal vez por eso rechazó una y otra vez mis propuestas de matrimonio, y se negó a que Lily llevara mi apellido. No tengo la menor idea de qué vio en Ryan Slevin.
—¿Cuándo se separaron?
—Hace unos dos años. Mi hija tenía seis en aquel momento. Fiona cambió en cuanto nació la pequeña. Me excluía a menudo. Hasta cierto punto, puedo entenderlo, soy veinte años mayor que ella. Pero nunca comprendí que se enrollara con Slevin.
—Cuando se marchó, ¿a dónde fue? —Lottie estaba segura de que no había espacio suficiente en la casa de Zoe Bannon para Fiona. Tendría un hogar propio.
—Alquilé una casa en Ragmullin para ellas. De primera categoría, muy cara. Quería que Lily estuviera cómoda. Amo a mi hija.
Lottie anotó la dirección e hizo una llamada para que la registraran.
—¿Ve a Lily a menudo?
—Un fin de semana sí, uno no. Tiene su propio cuarto aquí.
—¿Puedo verlo?
Kavanagh se sonrojó.
—No he secuestrado a mi propia hija, inspectora.
—No he dicho eso.
—Lo ha insinuado.
Lottie comenzaba a cansarse de él.
—Si ni usted ni el señor Slevin han recogido a Lily, ¿quién cree que lo ha hecho?
Se tocó la barbilla con un dedo.
—No tengo ni idea. Pero por la mañana, pienso escribir a esa escuela de danza. Es intolerable que dejen que una niña de ocho años se marche con alguien sin comprobar debidamente sus credenciales.
—¿Cuándo fue la última vez que habló con Fiona?
—La noche del domingo. Recogió a Lily después de que pasara aquí el fin de semana.
—¿Había alguien más con ella?
—Estaba sola. Ese cabrón sabe muy bien que no debe aparecer por mi puerta.
—Una última pregunta. ¿Se le ocurre alguna razón por la que alguien quisiera hacer daño a Fiona?
—¿Qué? Era enfermera, por el amor de Dios. Todos la querían. —Se levantó y caminó hacia la puerta—. Encuentre a mi hija y tráigala a casa.
—Lo haremos.
—Fiona era una buena madre. Apostaría mi casa a que ella no se tiró de ningún tejado. O se cayó o la empujaron.
—De acuerdo. ¿Puedo ver ahora el cuarto de Lily?
Kavanagh la condujo por las escaleras de caracol hasta un altillo tipo loft. El cuarto de Lily estaba repleto de peluches, una casa de muñecas y cualquier juguete que Lottie pudiera imaginar. La cama doble tenía un cubrecama de Frozen y un dosel de tul adornado con mariposas colgaba encima.
Lottie abrió los cajones y el armario y ahogó un grito ante el despliegue de ropa.
—¿Todo esto es de Lily?
—Me gusta asegurarme de que mi hija está bien cuidada. —Kavanagh entró en el cuarto, su cabeza rozaba el techo de madera desnuda—. Está bien, ¿no es cierto? Por favor, dígame que no le ha pasado nada a mi hijita. —Cogió una fotografía del tocador y se la tendió a Lottie, con sus duros ojos llenos de lágrimas.
Lottie no tenía ni idea de dónde estaba la pequeña, pero su corazón la advertía de que no se dejara llevar por las apariencias. Echó un vistazo al rostro sonriente de la niña en la foto. El pelo largo y rubio rodeaba su cara delicada. Las pecas adornaban su nariz y tenía una sonrisa contagiosa. Dos pasadores le apartaban el pelo de los ojos azules. La niña le resultaba algo familiar. «Bobadas», pensó Lottie. Nunca había visto a Lily o a Fiona hasta hoy.
—¿Puede prestármela?
—Por supuesto.
En el baño en suite recogió un pequeño cepillo de dientes.
—Me llevaré esto para la muestra de ADN.
Sintió que los ojos de Kavanagh la taladraban mientras guardaba el cepillo en una bolsa de pruebas transparente.
—Avíseme en cuanto la encuentren.
—Lo haré, se lo prometo —respondió la inspectora, y pensó en lo fuera de lugar que se veía el hombre entre los juguetes.
En la puerta principal, le dijo:
—Muchas gracias, señor Kavanagh. Estaremos en contacto.
—Más le vale, porque estaré pisándole los talones a cada paso.
Mientras Lottie seguía a Kirby hasta el coche, no dudó en absoluto de la sinceridad en las últimas palabras de Kavanagh. En cuanto a todo lo demás, eso era otra historia.
* * *
Beth estaba tumbada en la cama y se colocó la caja sobre la rodilla. Sacó los folletos y los ojeó. Sol, sal y arena. Eso era lo que él le había prometido. Sintió una oleada de calidez subirle del abdomen hasta el pecho. Había estado enamorada, aunque sabía que él nunca la correspondería. Y le había hecho una promesa. La promesa de no hablar con nadie sobre sus planes. Pero ahora era demasiado tarde.
Dejó los papeles en la caja, ajustó la tapa y la deslizó bajo la cama. Conectó el móvil para cargarlo y encendió la pantalla. Buscó entre las aplicaciones y abrió las noticias. Nada interesante aparte del tiempo, solo oscuridad y tristeza. Entró en Facebook. Sus notificaciones se iluminaron como un árbol de Navidad. ¿Qué diablos?
Dejó caer las piernas sobre el borde de la cama, se incorporó y apretó el teléfono en la mano mientras revisaba las publicaciones. Se había encontrado un cuerpo en los terrenos de la abadía de Ballydoon. Alguien había sacado fotos y vídeos, pero estaban borrosos. Leyó los comentarios, con su antena de periodista en alerta máxima. Suicidio, decían algunos; una mujer había saltado del tejado. Otra persona aseguraba que eso había sido antes, en Hill Point. Mierda, ese era el chivatazo que había recibido, y luego el zoquete del redactor había metido las narices y le había impedido investigarlo.
Tenía que verlo por sí misma. ¿Por qué no debería aprovechar estas exclusivas? Si no tuviera un jefe tan anticuado, las cosas serían diferentes. Pensó en los periódicos nacionales. En los medios de comunicación digitales. Su blog. Sí, así podría publicar una buena historia. Hacerse un nombre. Entonces recordó la noticia en la que trabajaba en secreto y tomó una decisión.
Tendría que escabullirse sin que su padre la viera. El peso de tantas escapadas ilícitas empezaba a ser una carga demasiado pesada. Le habían dicho que no duraría mucho más. Eso es lo que le habían prometido. Es lo que la hacía seguir adelante, viviendo en el culo del mundo. Y luego todo había cambiado.
Dejó la luz encendida, se guardó el teléfono en el bolsillo y salió a hurtadillas de la casa.
14
Cuando regresó a la comisaría, Lottie lanzó una alerta nacional sobre la pequeña Lily Heffernan. El director de la escuela primaria Saint Celia le proporcionó una lista de profesores, padres y alumnos, y Lottie organizó un equipo para que contactaran con todos ellos.
Llamó al club extraescolar, pero nadie había visto a la niña desde que la habían dejado en la clase de danza. Kirby fue al teatro para comprobar la situación allí y conseguir una lista del personal y los estudiantes, mientras que Sam McKeown hizo lo mismo en el club. Ya habían establecido controles de carretera por toda la ciudad, pero Lottie sabía que era demasiado tarde. Habían perdido las dos primeras horas cruciales, que los expertos afirmaban que eran críticas en cualquier caso de secuestro de un menor. ¿O tal vez la pequeña se había escapado y aguardaba a su madre en alguna parte? Instintivamente, Lottie cruzó los dedos.
Mientras esperaba a que los detectives regresaran, se comió una chocolatina Mars y bebió un café tibio que había cogido de la cafetería. Estaba convencida de que lidiaban con dos asesinatos y una niña desaparecida. Le dolía el cerebro con todo lo que ocurría, y mientras miraba la foto de Lily, el corazón le dio un vuelco en el pecho al imaginar dónde podía estar. Esto la hizo pensar en su propia familia. Tendría que volver pronto a casa. Y Boyd. Todavía no sabía nada de la desaparición de Lily Heffernan.
Sacó el móvil y lo llamó. Colgó sin dejar ningún mensaje. El pobre ya tenía bastante con su madre. Si es que era cierto que había ido a acompañarla al médico. Mierda, ¿por qué había dudado de ese modo? Sacudió la cabeza para alejar las sospechas.
Habían pasado tres horas desde el final de la clase de danza de Lily; esa era la línea temporal que debían seguir. Tres horas desde que la pequeña había desaparecido.
No podía sentarse sin hacer nada. Tiró el café a medio beber en la papelera y fue hacia la salida, decidida a caminar hasta el teatro para despejar la cabeza.
La nieve en las aceras comenzaba a congelarse. Las luces de Navidad estaban encendidas y la calle principal se veía más brillante que nunca. La mitad de las guirnaldas de luces eran azules y hacían que la ciudad pareciera un País de las Maravillas invernal. Al girar hacia la calle Gaol, dio con la larga línea de casetas, todas ellas cerradas. La calle estaba cortada al tráfico. Las luces en el club extraescolar seguían encendidas, y delante del teatro, al final del camino, un enorme árbol de Navidad se mecía.
Al atravesar las puertas automáticas de cristal, Lottie recibió agradecida la ráfaga de calor. Divisó a Kirby junto a un pesebre de tamaño real y a dos hombres sentados en sendas sillas. Parecía que los estuviera interrogando.
—Hola —dijo—. Soy la inspectora Lottie Parker.
Olía a humedad. El teatro era un edificio viejo, construido en el emplazamiento donde la cárcel de Ragmullin había estado hacía más de cien años. Se estremeció al evocar las historias de fantasmas que caminaban por el espacio entre el techo y el tejado, se paseaban por las cámaras subterráneas, hacían tintinear sus cadenas y dejaban un rastro fétido a su paso.
Kirby se volvió hacia ella.
—He completado el registro del edificio con la ayuda de los uniformados. No hay rastro de la niña. Este es Giles Bannon, el director del teatro y de la escuela de danza. —Señaló al hombre de mayor edad.
—¿Bannon? —Lottie sintió cómo se movían las ruedecillas de su cerebro—. ¿Tiene alguna relación con Zoe Bannon?
—Es mi esposa.
—Oh, muy bien —comentó Lottie, pensando que alguien debería haberla informado de esto.
—¿Qué tiene que ver Zoe con todo esto? —Bannon levantó la vista, indignado.
Lottie hizo una pausa en un intento de organizar sus pensamientos.
—¿Sabe que estamos investigando la desaparición de Lily Heffernan, su futura sobrina?
—Así es.
—Ya sabe que la madre de Lily, Fiona, iba a casarse con el hermano de Zoe mañana.
—Por supuesto que lo sé, joder. Todo ese jaleo de que iba a ser una ceremonia pequeña y después van e invitan a veinte o treinta personas que ni siquiera conocen a un guateque en el hotel Railway. Ryan me tiene frito con el tema. —Hizo una pausa y añadió—: Este caballero me ha informado de que Fiona está muerta. Ahora no habrá boda, ¿a que no?
Al instante, Lottie sintió la necesidad de golpear al hombre en su cara de engreído. Sintió que Kirby le tiraba de la manga. De algún modo, mantuvo su temperamento bajo control.
—Estaba a punto de comenzar el interrogatorio —repuso Kirby.
—Deberíamos hacerlo en la comisaría —le dijo, y pensó que tal vez le bajaría un poco los humos a Giles Bannon. Señaló con un gesto al otro hombre—. ¿Quién es usted?
El hombre levantó la cabeza, sus ojos se movían en todas direcciones. Estaba colocado, nervioso, o aterrorizado.
—Trevor Toner —respondió—. Soy el profesor de danza.
—¿Le ha dado clase a Lily hoy?
El hombre asintió.
—Hable más alto —indicó Kirby.
—Sí, así es. Shelley y yo. Ensayábamos para el espectáculo. Es la semana que v-viene y las niñas son un d-desastre.
—¿Desastre? —Lottie no estaba segura de si el tartamudeo era permanente o si estaba cagado de miedo.
—Quiero decir que no son b-buenas. Les falta practicar.
—Y al terminar la clase, ¿quién ha recogido a Lily Heffernan?
—No lo sé. —El hombre se frotó las manos con tanta intensidad que Lottie estuvo segura de que veía escamas de piel saltando en la penumbra—. Siempre se van corriendo hacia la p-puerta. A veces ni siquiera se molestan en cambiarse los zapatos de baile.
Giles Bannon se puso en pie. Por mucho que lo intentara, Lottie no conseguía casar su imagen con la delicada figura de Zoe. El hombre estaba gordo y apestaba a sudor. ¿Era eso lo que había olido al entrar en el edificio? Tal vez no había fantasmas, después de todo.
—¿Acaso no tienen que firmar el registro las personas que vienen a traer o a recoger a los niños? —preguntó Lottie.
—Sí, por lo general —respondió Bannon—. Pero en esta época del año, con el espectáculo a la vuelta de la esquina, normalmente es un poco ad hoc. —Caminó hasta la puerta de cristal y pareció quedarse mirando el árbol de Navidad torcido.
—¿Ad hoc? ¿Qué quiere decir? —Lottie se colocó junto al hombro del director. No le gustaba hablar con la espalda de nadie.
—Las cosas pasan siempre muy deprisa. Los niños han estado todo el día en la escuela y luego en clase de danza, así que quieren irse a casa corriendo. —El hombre giró y le dio de nuevo la espalda a Lottie. Esto la molestó aún más.
—¿Me está diciendo que nadie ha firmado al llevarse a Lily?
—Eso es lo que estoy diciendo.
Trevor Toner se levantó, miró a Bannon y luego a Lottie.
—Por lo general, ayudo a Shelly cuando los niños llegan y se van, pero hoy llegué un poco tarde.
—¿Shelly qué más?
—Shelly Forde.
—¿Dónde está ahora?
—Se ha ido a casa —intervino Bannon—. Como todo el mundo. Y yo también tengo que marcharme.
—¿Puedo ver el registro? —Lottie iba a retenerlo todo el tiempo que pudiera.
Bannon se volvió y atravesó el vestíbulo. Sus zapatos con puntera de metal resonaban sobre las baldosas manchadas. Al llegar al mostrador de recepción, cogió un archivador de anillas y se lo llevó a Lottie.
La inspectora echó un vistazo a las firmas ininteligibles.
—Me lo llevaré.
—Llévese lo que quiera, la niña no está aquí. —Bannon había retomado su vigilancia junto a la puerta.
Lottie dirigió su atención a Trevor Toner.
—¿Cómo estaba Lily hoy?
El hombre se encogió de hombros.
—No me fijé mucho en ellas. A todas les faltaba práctica, así que no destacaba.
—¿La conoce bien?
El rostro ya de por sí pálido del hombre se volvió ceniciento.
—¿Qué? No. Nada de eso. Oh, Dios, no pensará que le he hecho algo, ¿verdad? Nunca le haría daño a una niña.
Un gruñido de Giles Bannon puso en alerta a Lottie. Sintió cómo se le erizaban los pelos de los brazos.
—¿Tiene algo que añadir, señor Bannon?
El hombre se volvió, tenía el rostro amoratado.
—Me gustaría que se marcharan, ahora.
—Eso no va a pasar de momento. —La inspectora se volvió hacia Kirby—. Acompáñalos a la comisaría para grabar sus declaraciones. Tengo a un equipo forense de camino. Todo el edificio está clausurado.
—¿Durante cuánto tiempo? —preguntó Bannon.
—Hasta que yo lo diga. —Lottie suspiró ruidosamente.
McKeown escogió ese momento para llegar. Su altura y corpulencia hacían parecer pequeño a Bannon, que dio un paso atrás.
—Interrógalos por separado —indicó Lottie—. Localizad a Shelly Forde. Los quiero a los tres en salas de interrogatorio para cuando vuelva.
Mientras Trevor Toner parecía encogerse en sí mismo, Giles Bannon se deleitaba con el desafío. Y, entonces, dijo las palabras que Lottie tanto odiaba.
—Quiero a mi abogado.
* * *
Los uniformados acordonaron el edificio, y un equipo comenzó a registrar el auditorio fila a fila por segunda vez. Lottie dudaba que la pequeña estuviera escondida o que la hubieran ocultado en el teatro. Era más probable que se hubiera marchado o que alguien se la hubiera llevado. Ordenó que obtuvieran las cintas de seguridad de la recepción del teatro y, ya que no había ninguna cámara en el exterior del edificio, los agentes estaban comprobando los locales de la zona. Las posibilidades de encontrar algo en las grabaciones de seguridad eran escasas, sobre todo porque la calle Gaol habría estado llena aquella tarde, cerrada al tráfico y con los mercadillos. Tendría que depender de las declaraciones de testigos, y sabía lo poco fiables que eran.
Mientras firmaba el registro al otro lado de la cinta del cordón policial, Lottie estuvo segura de que los forenses no llegarían hasta la mañana. Ya iban escasos de personal, con dos potenciales escenas del crimen resultado de las muertes de Cara Dunne y Fiona Heffernan.
La calle tenía un tono sepia bajo las luces amarillas de las farolas, salpicada de azul en algunas zonas por los destellos de las luces de Navidad. Lottie regresaba a la comisaría, consumida por una intensa preocupación. ¿Dónde estaba Lily Heffernan?
Pasó junto a los juzgados. Las reformas se habían detenido y toda la zona estaba acordonada desde la muerte de algunos trabajadores en un extraño accidente con una grúa. Había sido como un jarro de agua fría sobre la ciudad, y solo con la llegada del espíritu navideño había empezado a regresar a la normalidad. Pero ahora, con dos asesinatos y una niña desaparecida, lo anormal había vuelto a sumarse a la mezcla.
Sacudió la cabeza y siguió su camino. Su próxima tarea era poner al día al comisario en funciones, David McMahon. Una perspectiva que no la entusiasmaba en absoluto. Después de eso, iría a casa con su propia familia. Necesitaba abrazarlos y que la abrazaran.
* * *
Tanto Kirby como McKeown tenían pinta de necesitar una semana en la cama. Supuso que ella proyectaba la misma imagen sombría. Pero antes de hacer nada más, debía escuchar lo que Bannon y Toner tenían que decir.
—Hemos tenido que soltarlos —dijo Kirby—. Volverán por la mañana para prestar sus declaraciones oficiales.
—¿Por qué diantres los habéis dejado marchar?
—Llegó un abogado —respondió McKeown—. Bannon no paraba de sonreír. Era como ver a dos cerdos revolcándose en la mierda.
—Basta. Haréis que me duela la cabeza. —Lo cierto era que ya le dolía.
—Siendo justos —comentó McKeown—, estaba en su derecho de llamar a un abogado.
—¿Derecho? —Lottie echaba chispas—. Ha desaparecido una niña de ocho años y su madre está en la morgue.
—Lo siento, jefa, pero como yo lo veo…
—¿Ha informado alguien al comisario? —No estaba de humor para dar cátedra. Quería hechos.
—Está en una especie de cena de Navidad en el Castillo de Dublín —explicó Kirby mientras se sentaba. De la silla escapó un soplo de aire—. No contesta el teléfono.
—Hemos contactado con todos los profesores, padres y alumnos, sin resultado —continuó McKeown—. Hemos hecho circular la foto de Lily y dado la alerta, y hemos puesto al día al equipo nocturno.
—No podemos hacer mucho más de momento —admitió Lottie—. Id a casa y volved a las seis de la mañana. El sargento de guardia puede ponerse en contacto con nosotros si hay algún cambio.
—Si eso es lo que quieres —convino McKeown.
—¿Alguna novedad sobre Cara Dunne? ¿Ha hablado alguien con sus amigos o sus compañeros de trabajo?
—Yo he tenido una charla con su exprometido, Steve O’Carroll. Es el subgerente del hotel Railway.
—Bannon mencionó que era el hotel en que se celebraría el banquete de la boda de Fiona Heffernan —dijo Kirby.
—¿Qué ha dicho O’Carroll?
—No mucho —dijo McKeown—. He indagado un poco. Pasó cuatro años estudiando para ser abogado, suspendió los exámenes finales estrepitosamente y nunca llegó a ejercer. Ahora vive en Ragmullin. Se negó a responder ninguna pregunta. Me dio la sensación de que no lamentaba demasiado la ruptura con Cara.
—De acuerdo, gracias. Una vez el examen post mortem confirme que Cara Dunne fue asesinada, lo quiero aquí.
—De acuerdo, jefa —respondió McKeown—. Por si sirve de algo, pienso que actuaba de manera muy extraña.
—Actuar de manera extraña no quiere decir que sea culpable.
—Aun así, no parecía demasiado afectado por la muerte de Cara.
—Mañana continuaremos con el tema. Ahora vosotros dos ya no estáis de servicio. —Mientras McKeown cogía su abrigo y se marchaba, Lottie se volvió hacia Kirby—. ¿Alguna novedad del laboratorio forense con respecto al cinturón con el que colgaron a Cara?
—Estaba trabajando en ello —respondió el detective—, antes de que pasara lo de Fiona y Lily.
—Quiero un informe sobre mi mesa a primera hora de la mañana.
—Muy bien —murmuró Kirby.
La inspectora apagó la luz de su despacho, cerró la puerta y dejó a Kirby con lo que fuera que estaba haciendo. Sentía las piernas como si fueran de plomo mientras bajaba por las escaleras. Una ducha caliente le vendría bien. Y después daría el día por acabado. Llamó a Boyd una vez más. Seguía sin contestar. ¿Qué diantres le pasaba?
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