Kitabı oku: «Los ángeles sepultados»
Gracias por comprar este ebook. Esperamos que disfrute de la lectura.
LOS ÁNGELES SEPULTADOS
Patricia Gibney
Libro 8 de la inspectora Lottie Parker
Traducción de Luz Achával para Principal Noir

Contenido
Portada
Página de créditos
Sobre este libro
Dedicatoria
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Capítulo 63
Capítulo 64
Capítulo 65
Capítulo 66
Capítulo 67
Capítulo 68
Capítulo 69
Capítulo 70
Capítulo 71
Capítulo 72
Capítulo 73
Capítulo 74
Capítulo 75
Capítulo 76
Epílogo
Carta al lector
Agradecimientos
Sobre la autora
Página de créditos
Los ángeles sepultados
V.1: junio de 2021
Título original: Buried Angels
© Patricia Gibney, 2020
© de la traducción, Luz Achával Barral, 2021
© de esta edición, Futurbox Project S.L., 2021
Todos los derechos reservados.
Publicado mediante acuerdo con Rights People, Londres.
Diseño de cubierta: Taller de los Libros
Imagen de cubierta: Robsonphoto | Shutterstock - Fyletto | Istockphoto
Corrección: Raquel Bahamonde
Publicado por Principal de los Libros
C/ Aragó, 287, 2º 1ª
08009 Barcelona
info@principaldeloslibros.com
www.principaldeloslibros.com
ISBN: 978-84-18216-21-3
THEMA: FH
Conversión a ebook: Taller de los Libros
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.
Los ángeles sepultados
¿Puede construirse una familia a partir de mentiras?
Cuando Faye Baker descubre el cráneo de un niño tras las paredes de su nueva casa, la policía asigna la investigación a la inspectora Lottie Parker. La casa pertenece a la familia de Jeff, el novio de Faye, pero el joven se muestra reacio a colaborar, y Lottie se pregunta qué oculta. Al día siguiente, la inspectora descubre que Faye ha desaparecido, y poco después encuentran su cuerpo sin vida en el maletero de su coche. Sin embargo, Jeff, el principal sospechoso, tiene una coartada sólida. Por si fuera poco, esa misma semana unos niños encuentran en las vías del tren unos huesos humanos relacionados con el caso.
La caza por el asesino de Faye acaba de empezar y el reloj corre en contra de Lottie. ¿Quiénes son las víctimas? ¿Qué relación guardan con Faye? ¿Podrá Lottie atrapar al asesino antes de que muera alguien más?
«Con más de un millón y medio de ejemplares vendidos, Gibney es uno de los mayores fenómenos literarios del año.»
The Times
El nuevo fenómeno del thriller internacional
Más de un millón y medio de ejemplares vendidos
Best seller del Wall Street Journal y del USA Today
Para Lily Gibney,
la madre de Aidan y una suegra maravillosa.
Prólogo
Tiempo después, el policía diría que nunca había visto nada parecido en todos sus años en el cuerpo.
—Atrás. —Estiró el brazo para impedir que entrara el joven garda—. Yo echaré un vistazo primero, tú espera fuera.
—Pero…
—Pero nada. Si no quieres que tu desayuno acabe mezclado con la sangre del suelo, harás lo que te digo, ¿entendido?
—Sí, señor.
Cuando se hubo librado de su subordinado, el policía cerró la puerta tras él. Un olor acre se había apoderado del aire. Se limpió la boca con el dorso de la mano, tomó una buena bocanada de aire, se tapó la nariz con el pulgar y el índice, y atravesó la cocina sin prestar atención a los armarios de formica naranja ni a los platos rotos en el suelo. Los trozos de loza crujían bajo sus botas. Salió de la cocina al pasillo. Era pequeño y compacto. Había varios abrigos amontonados en el pasamanos; la puerta de la despensa bajo la escalera colgaba de los goznes, y las baldosas estaban cubiertas de huellas de sangre. Con un dedo enguantado, empujó la puerta a su izquierda y entró.
El sofá estaba volcado. Un pie desnudo sobresalía por detrás, cubierto por un cojín chato marrón. El policía tragó saliva para deshacer el nudo agrio que se le había formado en la garganta y avanzó con cuidado, rodeando los muebles, sin tocar nada. Al mirar a la mujer que yacía en el suelo, no pudo evitar llevarse la mano a la boca. La sangre se había secado sobre el rostro y la garganta, y había formado un charco que se había convertido en una mancha marrón sobre la alfombra. Calculó que hacía al menos veinticuatro horas que cualquier intento de reanimarla sería inútil. El aire fétido le obstruía las narinas y le cerraba la garganta, pero, aun así, sintió el sabor de la putrefacción en la lengua.
Salió de la habitación y se dirigió al pasillo. Lo único que rompía el silencio era el sonido de su respiración. Levantó la vista al escuchar el goteo de un grifo en algún lugar sobre su cabeza.
El primer escalón crujió bajo su peso. Cuando alcanzó el último, este también crujió. Se detuvo en el pequeño rellano cuadrangular. Cuatro puertas, todas cerradas. El corazón le latía con tanta fuerza contra las costillas, que estaba seguro de que intentaba escapar de su prisión ósea. Tenía la boca seca y la nariz taponada, y le resultaba difícil respirar pese al fragor en su pecho.
La puerta era vieja. Picaporte de latón, bisagras de acero, clavos sueltos. Giró el pomo que tenía más cerca y empujó la puerta.
El baño.
Baldosas verdes y una bañera amarilleada. El inodoro y el lavabo eran de cerámica blanca. Un revoltijo de colores. No había sangre, pero sí un suave olor a lejía. Exhaló lentamente y salió del cuarto. Olfateó el aire viciado del descansillo antes de girar el pomo de la siguiente puerta, que repiqueteó al abrirse.
El cambio en el olor fue radical. Una peste insoportable asaltó sus ya resentidas vías respiratorias. Cerró los ojos para evitar observar la escena que tenía delante, pero no sirvió de nada. Desde ese momento, cada vez que apoyara la cabeza sobre una almohada, la imagen indeleble que se le aparecería sería la de un matadero bañado en sangre humana. Sus sueños se convertirían en pesadillas, y nunca más volvería a dormir en paz.
Niñas.
Unas chiquillas preadolescentes, pensó. ¿Quién sería capaz de hacer algo así?
Dos niñas vestidas con pijamas desparejados de color rosa y amarillo. Una de ellas tenía un pie descalzo y el otro enfundado en un calcetín de franela, a medio quitar. Vio su pierna estirada, como si hubiera intentado huir. La segunda niña estaba cerca de la ventana, con la mano extendida de manera similar, buscando escapar, y la boca paralizada en un grito mudo. Las cortinas ocultaban la ventana de guillotina, que estaba cerrada.
Permaneció inmóvil. No tenía sentido avanzar más. No quería alterar la escena del crimen. Ya hacía mucho que el asesino había llevado a cabo su despiadado ataque y huido. A menos que…
El policía se quedó paralizado. ¿Se escondería el asesino tras otra de las puertas?
Salió del cuarto, se volvió hacia la tercera puerta y levantó la mano muy despacio hasta la cartuchera que llevaba en el hombro. La idea de matar al autor de semejante crueldad lo llenaba de adrenalina.
—Voy a entrar —advirtió, aunque no estaba seguro de haberlo dicho lo bastante alto como para alertar a cualquiera que pudiera estar dentro.
La habitación era otro dormitorio. En el suelo había ropa de cama de varios colores y dos almohadas. La sábana que había en la cama tenía un charco húmedo en el centro. Obviamente, no era sangre. Lo más probable era que quien hubiera dormido allí, hubiera mojado la cama. ¿Una de las niñas? ¿Las había despertado el ruido del intruso? ¿Era ese el dormitorio principal? Las preguntas se agolpaban en su mente mientras su reflejo lívido le devolvía la mirada desde el espejo situado en la puerta del armario.
La ventana estaba abierta y la cortina ondeaba hacia el interior, impulsada por la brisa. Sabía que no debería adentrarse más, pero tenía que asegurarse. Se arrodilló y miró bajo la cama. Una maleta polvorienta y un par de zapatillas de ante. Al ponerse en pie, se fijó en una puerta que había a su derecha. ¿Un baño en suite? Se acercó lentamente, sin saber muy bien por qué temía hacer ruido. Había anunciado su presencia. Tenía un arma en la mano. ¿Qué podía temer?
La puerta colgaba de dos de los goznes, el tercero estaba roto. Tras ella, había una ducha con una cortina de plástico anticuada y un pequeño inodoro. La habitación estaba vacía.
Tres cuerpos. ¿Madre e hijas? ¿Había un padre, marido o pareja? Si era así, ¿dónde estaba? ¿Había llevado a cabo ese ataque brutal contra su familia antes de escapar?
Salió del cuarto y echó un vistazo al último dormitorio. Una cama individual. Un armario contra una pared, una pequeña mesita de noche con la lámpara apagada junto a la cama. Una ventana estrecha con finas cortinas de algodón y estampado de flores. La luz se colaba a través de la rendija, formando un cono de motas de polvo en el centro de la pequeña habitación.
Bajó las escaleras a toda prisa y salió disparado por la puerta. Se dobló y apoyó las manos en las rodillas, aspiró el aire fresco e intentó mantener el desayuno en el estómago.
—¿Qué has encontrado? —le preguntó su compañero uniformado.
—Una madre y dos niñas. Muertas, todas muertas. —Jadeó mientras intentaba tomar aire y trataba desesperadamente de librarse del hedor a muerte y de las imágenes que se habían grabado para siempre tras sus ojos.
—¿Dos niñas?
—Sí. No he encontrado al padre. Todavía. Hijo de puta.
—¿Has dicho dos niñas?
—Me cago en la leche, ¿estás sordo o qué, joder? ¿Por qué no paras de repetirlo?
—No estoy seguro… Creía que el informe decía… —El garda rebuscó en el bolsillo de la chaqueta y sacó la libreta. Pasó las páginas—. Debería haber tres niños.
El policía se incorporó y se frotó la frente con dedos temblorosos. Mientras buscaba el tabaco en el bolsillo, dijo:
—Entonces, ¿dónde diablos está el tercero?
Veinte años después
Extraer los productos congelados requería fuerza bruta y, por supuesto, guantes.
Encontré un par en una caja, bajo un conglomerado de herramientas de jardín, bolsas de basura, repelente para babosas y herbicida. Medité sobre posibles usos del herbicida, pero, al final, volví a dejarlo donde estaba. En una caja de herramientas localicé un rollo de cinta de embalar. Salí del cobertizo y regresé al lugar donde llevaría a cabo mi tarea.
Corté con las tenazas el candado del primero de los tres arcones congelador. Sentí cómo la expectación hacía vibrar el aire. Levanté la tapa y me puse manos a la obra, empezando por sacar la carne congelada. Dos piernas de cordero y media res. Era el señuelo, por si alguien venía a husmear. Una vez retirado el falso fondo, apareció el elemento conflictivo, congelado y pegado a las paredes.
Levantarlo requirió de cierto esfuerzo. El plástico que lo envolvía se rasgó en algunas partes. Cuando por fin estuvo completamente desenterrado, parte del plástico quedó en el congelador. Ya no podía hacer nada al respecto. Sin prestar demasiada atención al trozo de carne (a falta de una descripción mejor), lo dejé caer al suelo. La verdad es que no quería mirarlo. Ya sabía lo que era. Lo había visto antes de que estuviera congelado.
Las bolsas de basura resultaron ser de utilidad. Las corté y las coloqué sobre el suelo, y luego enrollé el trozo de carne con ellas. La carne congelada, que estaba arrugada y había adquirido un tono amarillento, se veía a través del envoltorio rasgado.
Cuando estuvo completamente cubierto por las bolsas y envuelto con cinta de embalar, volví a colocar el falso fondo en el congelador, seguido del señuelo. El trabajo estaba casi terminado. Ahora solo faltaba transportar la carga al abrigo de la oscuridad y deshacerse de ella. Ya había cambiado de sitio antes. Esta sería la última vez.
Tenía dos congeladores más que vaciar. Trabajé metódicamente.
Había mucho que hacer antes de que saliera el sol.
1
Domingo
Bajaron el ataúd lentamente para introducirlo en la tierra blanda.
Un grito, más bien un suspiro melancólico, se elevó en el aire. Lottie Parker miró hacia su derecha. Grace Boyd, con los ojos vidriosos, tenía la vista fija al frente y el rostro cubierto de lágrimas. Se mordía las uñas. Las gotas que le caían por la nariz reposaban sobre su labio superior, y Lottie sintió deseos de coger un pañuelo y limpiárselas. Pero permaneció inmóvil, rígida.
Pese a que era la última semana de mayo, el océano Atlántico envió un tornado de aire frío hacia la costa oeste que atravesó la liviana chaqueta veraniega de Lottie. El cementerio, en lo alto de la colina, estaba a merced de los elementos. Sus altas cruces célticas lucían motas de musgo verde, y una incluso tenía conchas incrustadas en su punto más alto. Los escasos árboles se inclinaban suplicantes ante el viento. Los arbustos de brezo púrpura frotaban sus hojas contra los morros de las cabras, que acariciaban con el hocico la hierba algodonera. Habría sido una escena idílica de no ser por la tristeza.
El cura roció agua bendita sobre el agujero de dos metros donde ahora reposaba el ataúd. Indicó a los parientes más cercanos que hicieran lo mismo. Lottie se quedó sola unos instantes mientras los demás avanzaban. Cogieron un puñado de tierra con la pala y la dejaron caer sobre la caja de madera con su cruz de latón. Grace se rezagó, y entonces cogió un lirio de la corona de flores y lo arrojó en las profundidades de la tierra abierta. Sus pétalos blancos iluminaron la oscuridad del fondo.
Desde el mar llegó otra brisa cortante. Lottie se estremeció. Los recuerdos del entierro de su marido Adam reaparecían desnudos y descarnados. El potente olor de los lirios le obstruía las vías respiratorias, y se llevó la mano a la boca y se cubrió la nariz. Pero no derramó ni una lágrima. Demasiadas lágrimas habían brotado de las profundidades de su ser durante años, y ya no le quedaban más para compartir.
—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo… —El cura finalizó las plegarias, y Lottie dio un paso atrás para permitir que el flujo constante de vecinos ofreciera sus condolencias a la familia.
De pie, junto a la zarzamora espinosa que marcaba el borde del acantilado, dejó que la brisa del océano le azotara el rostro y recibió agradecida la caricia de la naturaleza. No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba allí cuando escuchó unos pasos de alguien que se acercaba caminando por la hierba suave. No se volvió. Tenía los ojos fijos en la inmensidad del agua y el horizonte difuso en la distancia. Por un instante, deseó poder viajar en silencio sobre la espuma blanca de la cresta de una ola que la llevara a algún lugar lejos de allí.
Cuando sintió una mano acariciar la suya y apretarle los dedos, se giró. Boyd apoyó la cabeza sobre el hombro de Lottie, mientras rodeaba con fuerza los hombros de su hermana con el brazo que le quedaba libre.
—Le hemos dado una despedida muy bonita a mamá —dijo él—. Ya se ha acabado, Lottie.
Ella le rozó la frente con los labios, y depositó un tierno beso.
—No, Boyd, esto solo acaba de empezar.
* * *
Grace Boyd estaba acurrucada en el rincón del saloncillo del pub. Estaba desolada, anormalmente callada, y seguía mordiéndose las uñas.
—No sé qué hacer con Grace —susurró Boyd a Lottie cuando esta apareció con dos vasos de agua con gas. El sargento cogió uno antes de que la multitud creciente del pub empujara el codo de Lottie.
—Vamos fuera —dijo ella.
Ya en la calle, bajo la luz del sol, inspiró el fresco aire marino.
—Leenane es hermoso. Aquí es donde grabaron El prado, ¿no?
—Sí. Mamá tiene…, tenía la fotografía de Richard Harris colgada en la pared del salón.
—No sé qué decir, Boyd. —Pese a haber sufrido tanto dolor en su propia vida, Lottie descubrió que no tenía ni idea de cómo reaccionar ante el de otra persona.
—Dime qué hacer con Grace.
La inspectora acercó una silla desde una mesa de madera salpicada de excrementos de pájaro y le indicó a Boyd que se sentara. Ella se apoyó contra la mesa mientras él limpiaba la silla con la mano.
—Es difícil —dijo Lottie—. Grace siempre ha vivido con vuestra madre. Quedarse sola será un gran cambio para ella.
—Esa es la cuestión. —Boyd bebió un sorbo de su pinta—. No creo que pueda vivir sola.
Lottie se fijó en su vaso.
—¿De dónde has sacado eso?
—Estamos en un bar, Lottie.
—No deberías beber durante el tratamiento.
Hacía cerca de seis meses, a Boyd le habían diagnosticado un tipo de leucemia crónica, y aunque estaba mejorando y le habían reducido el tratamiento, su salud era una preocupación constante. Tenía el sistema inmunológico débil, y era susceptible a las infecciones. A Lottie le inquietaba que el estrés de la muerte de su madre perjudicara su recuperación.
—El médico me dijo que podía tomarme una de vez en cuando —dijo el sargento con petulancia—. Deja de preocuparte. —Bajó la cabeza—. Grace trata de ser independiente, pero sabemos que no se la puede dejar sola. Necesita que alguien cuide de ella.
Lottie extendió la mano y le levantó la barbilla para mirar sus tristes ojos avellana.
—Tu madre era genial, y la echaremos mucho de menos. Ha sido un shock para vosotros. Especialmente para Grace. —Y entonces, pronunció las palabras que sabía que Boyd quería oír—. Tal vez deberías llevártela contigo a Ragmullin.
—Tendré que echar a Kirby. —Boyd sonrió con tristeza.
—De todos modos, ya va siendo hora de que se busque algo, y si mi hermanastro Leo consigue el dinero de Farranstown House, podemos comprar una casa juntos, y Grace puede vivir con nosotros.
Pensó en la pugna constante con los abogados sobre los documentos legales que no comprendía. Ella solo quería firmar y conseguir el dinero, pero las cosas nunca eran tan simples. Leo Belfield había aparecido en su vida después de un caso difícil en el que su verdadera ascendencia familiar había salido a la luz. Todavía intentaba asimilarlo.
Boyd la miró por encima de su pinta.
—¿Harías eso por mí?
—Sabes que haría cualquier cosa por ti.
—Pareces un personaje de una novela romántica.
—Sí que te las conoces, ¿eh?
—Listilla —dijo él con una sonrisa. Era la primera vez en mucho tiempo que veía esa chispa de picardía en sus ojos.
Dejó el vaso y la tomó de la mano. Lottie sintió que el calor de su caricia se le filtraba hasta la sangre. Recorrió con la mirada el agua centelleante de la bahía hasta llegar a la frondosa vegetación en las laderas de las montañas que custodiaban la ensenada.
—Ya sé que estás enfermo, Boyd, pero me haces muy muy feliz.
En el interior del pub oyeron un estruendo y el tintineo del cristal al romperse. El murmullo de la charla se detuvo durante un segundo de aturdido silencio antes de que un grito perforase el aire.
—Esa es Grace —dijo Boyd mientras se levantaba de la silla, pero Lottie ya había entrado en el bar, donde reinaba el caos.
Había un semicírculo de cuerpos sudorosos en un rincón del sofocante pub. Se abrió paso a codazos entre las hileras de mirones. Hecha un ovillo sobre el banco, con las rodillas pegadas al pecho, Grace Boyd lloraba y sollozaba, con el pelo revuelto y los brazos arañados.
—Alejaos de mí, todos —gruñó apretando los dientes.
—Eh, Grace, ¿por qué no vamos fuera? —propuso Lottie mientras se acercaba a la desolada y desgreñada joven.
—Solo le he preguntado dónde vivía —dijo un hombre—. Se le ha ido la olla cuando…
—Déjala en paz —lo interrumpió otro.
Lottie ya había oído bastante. Tenía que rescatar a Grace de aquella confusión y hacerlo con calma.
—Echaos atrás, dejad que respire. Que alguien traiga un vaso de agua. —Miró fijamente a la multitud—. Ahora.
Por fin, el grupo se dispersó, y alguien le puso una pinta llena de agua en la mano. Se sentó junto a Grace.
—Bebe un poco. Te ayudará a tranquilizarte.
Se sorprendió al verla coger el vaso y beber un buen trago sin levantar la vista.
—No hagas caso de lo que dicen. Qué sabrán los hombres del dolor, ¿eh?
Grace comenzó a hipar.
—Despacio. Solo sorbitos. Venga.
—No soy una niña. —Los ojos de la joven refulgieron de rabia.
—¿Quieres ir fuera? Mark está allí. Tal vez puedas contarle qué pasa.
—Él no me entiende, Lottie. Nadie me entiende. Ni siquiera tú. —Grace se limpió la nariz con el dorso de la mano, como una niña.
—Tengo bastante experiencia, ¿por qué no lo intentas?
Grace sacudió la cabeza y le devolvió el vaso.
—Quiero irme a casa. ¿Puedes llevarme?
—Claro. —Lottie le pasó una servilleta de la mesa—. Sécate los ojos y vámonos de aquí.
Grace se puso en pie y se limpió la cara. Arrugó la servilleta y se la guardó en el bolso.
—Me caes bien, Lottie, y me alegro de que estés con mi hermano.
—Eso es muy amable por tu parte, pero escúchame. Estoy aquí para lo que necesites.
—Pero mi madre… La echaré tanto de menos… ¿Lo entiendes?
—Perdí a mi marido, así que sí, lo entiendo mejor de lo que puedas imaginar. Ahora, larguémonos de aquí.
—Me apetece mucho un plato de bacon y repollo. ¿Podrías cocinarme eso?
Lottie gruñó para sus adentros. La pericia culinaria no estaba en su lista de talentos. Grace quería algo que su madre solía preparar. Algo para mantenerla viva en su memoria.
—¿Cuál era el pub favorito de tu madre?
—El Twelve Pins.
—Bien, entonces allí es a donde vamos.
—Eres muy buena, Lottie. —Grace sorbió por la nariz—. Gracias.
El nudo en la garganta de Lottie se hizo más grande. Le resultaba difícil ser tan empática con sus propios hijos, así que ¿cómo es que podía hacer de madre de aquella mujer de treinta y tantos años? Incapaz de encontrar la respuesta, fue hacia Boyd, que estaba junto a la puerta.
—¿Sabes cómo llegar?
—Sí, jefa. —Guiñó un ojo a Grace, y el rostro de la joven se quebró en una sonrisa triste.
—Y luego tengo que volver a Ragmullin —dijo Lottie. Bajó la voz y susurró al oído de Boyd—: Contigo o sin ti.
2
Lunes
La casa de tres dormitorios de los años cincuenta, con un cuadrado de césped demasiado crecido y un camino agrietado que conducía a la puerta principal, era la segunda en una hilera de diez viviendas. Alguien había construido una rampa y una barandilla junto a los dos escalones de la entrada. Hacía dos años que la tía de Jeff, Patsy Cole, había muerto allí, en la cama, a los sesenta años. Pero eso no preocupaba a Faye. No creía en espíritus ni en fantasmas. Estaba feliz. Por fin tenía una casa que podía considerar suya. Una vez la hubieran reformado y decorado, podría escapar de su diminuto apartamento. Se pasó la mano sobre la camisa blanca de algodón y acarició emocionada el bulto todavía invisible que se ocultaba debajo.
La llave giró con facilidad en la cerradura. Empujó la puerta para abrirla y pisó el linóleo gris, que exhibía líneas descoloridas a ambos lados producidas por la silla de ruedas de Patsy. Tendrían que quitarlo, pensó mientras avanzaba hacia el salón.
La chimenea estaba en la pared que tenía enfrente. Los azulejos con motivo de piel de tigre revestían el hogar, y el papel pintado de flores estaba manchado de humo. Jeff ya había llevado gran parte de los muebles al centro de reciclaje, y casi toda la basura había ido a parar al vertedero. Ni siquiera había algo digno de llevar a una tienda solidaria. Los únicos muebles que quedaban en ese cuarto eran un viejo sillón y la harapienta alfombra naranja.
Faye se detuvo junto a la ventana. Volvió a tocarse la barriga y sonrió. Su propia casa. Miró a su alrededor y decidió que lo primero que quitaría sería el papel pintado. Era estridente y estaba desvaído, ennegrecido y roto, y hacía que la habitación pareciera más pequeña de lo que era en realidad. Tenían planeado tirar la pared que separaba el salón de la cocina. Trató de imaginarse una zona abierta, pero allí, de pie, con el susurro de la lámpara de tres bombillas sobre su cabeza, se preguntó si funcionaría. La verdad es que era un espacio muy reducido.
Sacó una rasqueta de un limitado juego de herramientas. En la cocina, llenó una palangana de plástico con agua amarillenta del grifo, y comenzó a humedecer el papel del rincón junto a la ventana. Al principio avanzó con lentitud, temerosa de hacer muescas en el enyesado, pero entonces, sintió una inyección de adrenalina que la obligó a liberar todas las paredes del horrible papel, y en solo una hora había llegado a la chimenea. Tenía los pies rodeados de pedazos de papel húmedo y mohoso que se le pegaban a los vaqueros y a las Converse blancas. No le importaba.
El papel a la izquierda de la chimenea salía con más facilidad que en ninguna otra zona. Tiró de él con los dedos y se despegó en una sola tira. Golpeó la superficie con la rasqueta. Sonaba hueco. Golpeó en el lado derecho. Sólido.
Dio un paso atrás y contempló la pared. El enyesado de las dos secciones tenía un aspecto diferente. Uno era más fresco que el otro. Se preguntó a qué se debería. Entonces, recordó que Jeff le había dicho que antes tenían un fogón en ese cuarto, pero que su tío lo había sacado y había instalado una chimenea antes de construir la cocina de atrás. Pensó que tendrían que librarse de la ampliación: el techo era plano y tenía goteras.
Suspiró pensando en todo el trabajo que tenían por delante. Habían acordado realizar la reforma ellos mismos. «Será más barato», había dicho Jeff, «y no tenemos prisa». Pero ella sí tenía prisa. Quería mudarse antes de que llegara el bebé. Eso les dejaba menos de seis meses. Pensó que, si tiraban esa parte, tendrían una preciosa hornacina. Podría comprar una estantería en IKEA. Quedaría bien con la estufa de leña que ya había elegido. Un cosquilleo de emoción le llenó el pecho.
En la cocina, encontró la caja de herramientas de Jeff, que era más grande. Cogió la maza y volvió al salón. «Ahora o nunca», pensó, y golpeó con el martillo en medio de la pared. Enseguida quedó cubierta de porquería, y una oleada de motas de polvo flotó frente a sus ojos. Debería haberse puesto las gafas protectoras. Dio un paso atrás para admirar su trabajo y suspiró. Solo había hecho un agujerito, pese a que tenía la sensación de llevar horas golpeando.
Tiró de la placa de escayola con las manos para apartarla de la pared. Finalmente, consiguió arrancarla. Un agujero más grande se abrió junto a la vieja chimenea alicatada. Quizá los tíos de Jeff habían dejado allí dentro una cápsula del tiempo, pensó. Eso sería emocionante.
De repente, los pelillos de la nuca se le erizaron bajo la coleta. Tal vez no debía tirar esa pared.
Para librarse de la extraña sensación que la oprimía, volvió a coger la maza y golpeó de nuevo con todas sus fuerzas. El yeso se quebró, se rompió y se derrumbó. Agitó las manos a su alrededor, mientras tosía y farfullaba, intentando aclarar el aire, rezando para que el polvo no dañara al bebé que crecía en su vientre.
Cuando las últimas motas hubieron desaparecido, dio un paso hacia delante y miró con los ojos entrecerrados al interior del espacio oscuro. Un tsunami de terror sacudió su cuerpo, le castañetearon los dientes y unas gotas de sudor frío le bajaron por la columna.
Había algo en el agujero.
Ahogó un grito y saltó hacia atrás cuando la cosa en la pared se estrelló contra el suelo, aterrizando a sus pies. Dos ojos ciegos la miraban.
Entonces, finalmente, chilló.
3
Lottie se despertó con su nieto profundamente dormido a su lado. La noche anterior, cuando había regresado de Galway, el pequeño estaba llorando en los brazos de Katie.
—Estoy hecha polvo, mamá —había dicho Katie, con la voz tan fatigada como los sollozos del pequeño—. No sé qué le pasa.
—Puede que le estén saliendo las muelas. —Lottie dejó el bolso de viaje detrás del sofá y cogió a Louis de los brazos de su hija—. ¿Qué te pasa, hombrecito? ¿Echas de menos a tu abuela?
Como recompensa, obtuvo más lloros desesperados.
—Le he dado una cucharada de jarabe hace media hora —dijo Katie—, pero no ha servido de nada.
—Debes tener paciencia. —Lottie acunó al pequeño en su regazo y lo tranquilizó besándole su suave cabellera—. Vete a la cama, yo me encargaré de él.
—Mañana por la mañana trabajas. No quiero que me eches la culpa si te tiene despierta media noche.
—No te echaré la culpa —le aseguró Lottie.
Ahora estaba despierta, le dolía la cabeza e iba a llegar tarde al trabajo. Salió con cuidado de debajo del cálido edredón y se dio una ducha rápida. Se puso los vaqueros negros y una camiseta blanca de manga larga. Le ahorraría tener que ponerse crema solar si el trabajo la obligaba a estar fuera.
Louis dio unas vueltas, se volvió y siguió durmiendo profundamente con el pulgar en la boca. Tendría que despertar a Katie. Atravesó el descansillo de puntillas, llamó a la puerta y asomó la cabeza. El cabello largo y negro de su hija estaba desparramado por la almohada, que se movía cada vez que respiraba.
—Katie, cariño, tienes que despertarte. —Apoyó los dedos sobre el hombro desnudo de su hija y, con delicadeza, la sacudió.
—¿Eh? ¿Qué? ¿Qué hora es?
—Pronto, pero llego tarde al trabajo.
—Sabía que me echarías la culpa.
—No he dicho nada de ti. Louis está dormido en mi cama, ve y acuéstate con él. Parece que ha descansado. Creo que simplemente le están saliendo los dientes.
—Vale, vale. —Katie apartó el edredón y fue hacia el dormitorio de Lottie haciendo ruido al caminar.
Al llegar a la puerta de Sean, llamó con más fuerza.
—Sean. Hora de ir a clase.
—Vale, vale —respondió su hijo de dieciséis años, calcando las palabras de Katie de hacía un momento—. Estoy despierto.
Dudó ante la tercera puerta. Chloe, de dieciocho años, había dejado los estudios. Sus intentos de convencerla, sobornarla y las peleas no habían servido de nada, y entre lidiar con la enfermedad de Boyd y el mal humor de Sean, Lottie se había rendido. Chloe trabajaba a jornada completa en el pub Fallon, y parecía irle bien. Pero Lottie era inflexible: cuando llegara septiembre, su hija iba a completar su educación.
Se alejó sin llamar, y bajó por las escaleras a pescar una tostada y comérsela en el coche.
Esperaba que fuera una semana tranquila.
4
El dron era divertidísimo. Pasaba zumbando a tanta velocidad, que a los chicos les costaba seguirlo. Jack Sheridan estaba encantado con las imágenes que aparecían en su móvil, conectado al mando. Eran más nítidas que el mar Mediterráneo en plena época estival. Él sabía mucho de eso porque había ido a Mallorca de vacaciones el año anterior. Sin embargo, su amigo Gavin Robinson solo había ido a Connemara.
—¿De verdad que tu madre cree que estamos usando el dron para un trabajo de clase? —preguntó Gavin.
—Pues claro. Mi madre se cree todo lo que le digo. ¿La tuya no?
—¿Estás de broma? Cada mañana me fríe a preguntas, me siento como un huevo.
Jack rio.
—Mientras no le digas dónde vamos antes del cole, todo irá bien.
Desde el puente sobre las vías del tren, Jack giró la cabeza y miró hacia la ciudad que se extendía a su espalda, en una pendiente. Los chapiteles de la catedral parecían montar guardia, como si protegieran Ragmullin de monstruos malignos. Jack había oído a su padre hablar sobre monstruos malignos, y le habían advertido muchas veces que no hablara con extraños. ¿Qué se creían, que tenía cinco años o algo así? Los monstruos solo eran producto de la imaginación.
El sol se elevaba rápidamente en el cielo, y Jack supo que el día sería tan cálido como el anterior. Se quitó la chaqueta y la metió hecha una bola en la mochila, antes de echársela a la espalda. Luego volvió su atención a las vías que descansaban a sus pies.
—¿Qué hacemos, el canal o las vías del tren? —preguntó.
Gavin ya bajaba por los empinados escalones hacia el lateral del puente.
—Al canal fuimos el otro día. Pensaba que habíamos acordado que hoy iríamos a las vías.
—Sí, pero no quiero que el puñetero cercanías atropelle a Jedi. —Había organizado una competición entre sus amigos para ponerle nombre al dron. Ahora que lo pensaba, no había sido realmente una competición, porque no había premio, y, de todos modos, él mismo había escogido el nombre.
—El primer tren ha pasado hace rato —dijo Gavin—, y el próximo no llega hasta dentro de una hora. Vamos.
Jack bajó los escalones detrás de su amigo. Tenía que admitir que, para tener once años, a veces Gavin hablaba como un adulto. Le ponía de los nervios, y a menudo pensaba en buscarse un nuevo mejor amigo, pero Gavin sabía cosas que él no, como el horario de los trenes, así que era bueno tenerlo cerca.
Se aseguró de que la cámara del dron funcionara, comprobó que la tarjeta SD estuviera en su sitio para grabar, estabilizó el mando y envió a Jedi a recorrer las vías.
—¡No dejes que gire por esa curva! —rugió Gavin—. Detenlo, capullo. Va a desaparecer. No lo encontraremos.
—Estoy mirándolo en la pantalla del móvil, idiota. —Jack adelantó a su amigo, con un ojo puesto en la pantalla y el otro en Jedi, mientras el dron rodeaba una zarza y desaparecía de su vista.
Cuando Gavin lo alcanzó, Jack redujo la velocidad y avanzó unos pasos, asegurándose de dejar medio metro de distancia entre él y las vías, solo por si Gavin se había confundido con el horario. No era probable, pero nunca se sabía lo que podía pasar. No quería que el tren de Ragmullin a Dublín se los llevara por delante y los hiciera picadillo. Puaj.
—¿Qué es eso? —dijo Gavin, señalando la pantalla.
—¿Qué es qué?
—Haz retroceder a Jedi. Que vuelva sobre esa parte de la vía.
Jack miró a Gavin y se fijó en que los ojos de su amigo se movían frenéticamente.
—Me ha parecido ver algo entre dos traviesas —chilló Gavin—. ¿Estás grabando?
—Pues claro. —Jack hizo que el dron volviera sobre sus pasos y estudió la pantalla.
—Sobrevuélalo. Sigue grabando.
—No soy idiota —dijo Jack. Dejó de caminar y observó con atención.
—¿Jack? —A Gavin le temblaba la voz—. ¿Qué es eso que hay en las vías?
Jack no tenía ni idea, pero le recordaba a uno de esos monstruos que se suponía que eran producto de la imaginación.
—Parece un zombi. Como algo a lo que se enfrentaría Spiderman.
—Parece un cadáver sin cabeza —añadió Gavin.
Jack amplió la imagen en la pantalla, mientras el dron sobrevolaba la cosa de la vía, y entonces observó horrorizado a Gavin vomitarse encima del uniforme escolar.
5
Por fin, Faye se calmó lo suficiente como para coger el teléfono y llamar a Jeff. Quince minutos después, estaba a su lado.
—Pensaba que te habían asesinado o algo —dijo mientras la sentaba en el apestoso sillón de su tía.
—No le quites hierro al asunto, Jeff. Esa…, esa cosa me ha aterrorizado. —Se limpió la frente con el pañuelo que Jeff le había puesto en la mano—. ¿Qué es? Dime que no es de verdad.
—Probablemente sea falsa. Alguna broma.
—Pero ha estado escondida detrás del enyesado de la pared desde Dios sabe cuándo. No creo que nadie fuera a poner una calavera falsa ahí, ¿no te parece?
—A mí me parece que alguien lo hizo. —Se sentó en el suelo junto a ella—. De todos modos, ¿por qué tirabas la pared?
—Estaba arrancando el papel y me he fijado en que el enyesado era diferente.
—¿Cómo que diferente? —La voz de Jeff sonaba comedida, pero Faye pensó que había cierta crispación en ella. Intentó tranquilizarse admirando su rostro alargado, con la línea recta de su mandíbula y la suavidad de su mentón. Sus ojos azules la embelesaban en la semipenumbra. Quería que la abrazara fuerte para poder frotarse la nariz contra el suave algodón de su camisa, pero Jeff permaneció sentado en el suelo como un monje, con las largas piernas cruzadas a la altura de los tobillos. Él tenía veintinueve, y ella, a sus veinticinco, estaba perdidamente enamorada de él.
—Esa sección era más reciente. —Señaló el agujero en la pared—. Y cuando la he golpeado con la rasqueta, ha sonado hueco.
—Y has tenido que liarte a martillazos con ella. ¿Por qué?
Faye se encogió de hombros, cansada.
—Lo siento. Pensaba que si había un espacio ahí, podríamos meter una estantería. —Su voz había recuperado un tono normal, aunque todavía le dolía la garganta de gritar—. Una baratita. Ya sé que no te gusta que me gaste el dinero que no tenemos.
—No deberías haberte puesto a demoler la pared. ¿Ha venido alguno de los vecinos a investigar qué era el ruido?
Ella sacudió la cabeza.
—No. Supongo que la mayoría deben de estar en el trabajo.
—Probablemente. —Jeff se levantó y se acercó a examinar el trabajo de demolición. Luego estudió la calavera que yacía en el suelo. Le dio un golpecito con el zapato—. A mí me parece falsa.
—En ese momento, me ha parecido muy real. Es diminuta. Me ha pegado un susto de muerte.
Haciendo gala de su metro ochenta de altura, Jeff comenzó a pasear en círculos.
—¿Necesitas ir al médico?
—¿Por qué lo dices?
—Por el bebé. Has sufrido una conmoción y…
—Jeff, el bebé está bien. Y yo también. —Se preguntó cómo conseguiría librarse de la imagen de la calavera aterrizando a sus pies—. Creo que deberíamos llamar a la policía.
Jeff detuvo su ansioso paseo.
—No, ni hablar. Menudo espectáculo montaríamos —rio antes de cogerle la mano y mirarla a los ojos con seriedad—. Es falsa. Probablemente, sea un resto de un Halloween de hace años. No hay que hacer perder el precioso tiempo de la policía por algo así.
—Pero ¿quién la puso ahí, y por qué? —Faye sintió los dedos de Jeff masajearle la mano cubierta de polvo—. ¿Sabías que había un rincón secreto?
Jeff la soltó y dio un paso atrás, con las manos en las caderas.
—No. Puede que ya estuviera ahí antes de que mis tíos compraran la casa, pero sé que en algún momento quitaron un fogón.
—¿Podrías averiguarlo?
—¿Averiguar qué?
Faye suspiró. Jeff estaba insoportable.
—Averiguar cuándo enyesaron la pared y cuándo pudieron dejar allí la calavera.
—No se lo puedo preguntar a nadie. Mis padres y el tío Noel murieron hace años, y la tía Patsy también está muerta.
—Tiene que haber alguien más.
—Yo soy el único que queda, y tienes que dejar de pensar en esa calavera. Voy a tirarla a la basura. Olvidémonos de todo esto. Vámonos a la ciudad a tomar un capuchino y un cruasán calentito.
Faye se puso en pie de un salto y exclamó:
—¿Cómo puedes pensar en comida cuando esa cosa que está tirada en nuestro salón podría ser la cabeza de alguien?
No había pretendido levantar la voz, pero todas las células de su cuerpo le decían a gritos que esto era algo malo y que debían tomárselo en serio. El polvo se le metió en la garganta y comenzó a toser. Los ojos se le llenaron de lágrimas y trastabilló. Jeff la agarró del brazo con fuerza, y ella se tambaleó contra él.
—Qué melodramática eres, Faye. Mírame. Te estoy diciendo que nos olvidemos del tema. Hablo en serio.
Inmóvil, apoyada contra la pared para mantener el equilibrio, la joven observó cómo Jeff recogía la pequeña calavera.
—¿Tenemos bolsas de basura en alguna parte? —Giró la calavera en la mano y metió los dedos en las cuencas de los ojos.
—No creo que…
—Ah, joder, Faye, ya basta. —Jeff respiró hondo y la miró—. Lo siento, siento haberte hablado así. Es horrible…, a mí también me ha afectado. Quédate aquí. Yo me encargo de buscar las bolsas de basura.
Salió del cuarto con la calavera todavía en la mano, y Faye lo oyó abrir cajones en la pequeña cocina. Miró por la ventana para ver cómo el mundo seguía con su apresurada rutina. Los coches circulaban por la calle. Dos adolescentes se reían a carcajadas mientras se perseguían por la acera. Probablemente, estuvieran haciendo novillos, pensó. Un pájaro se posó en el cerezo del jardincito delantero. Lo observó muy concentrada, mientras el ave movía la cabeza. Lo que fuera con tal de no pensar en el cráneo sin ojos que había rodado a sus pies.
En ese preciso instante, lo sintió por primera vez. Un aleteo, como una mariposa atrapada revoloteando en su barriga. Un ser diminuto creado por ella y por Jeff.
Pero, por alguna razón, no le produjo alegría.
6
El detective Larry Kirby aparcó el coche de policía camuflado en el arcén junto al puente. Siempre había pensado que era un nombre muy poco apropiado, porque todos los niños y chorizos de la ciudad reconocían un coche camuflado a un kilómetro de distancia.
Los agentes uniformados habían establecido un sentido único de circulación, e indicaban a los conductores furiosos que volvieran a bajar por la estrecha colina. Se habían detenido todos los trenes, lo que había provocado el caos en la estación, y habían tenido que contratar autobuses para transportar a los pasajeros. Kirby se colocó un puro apagado en la comisura de la boca, salió del coche y esperó a la detective Maria Lynch. Debía admitir que tenía un aspecto saludable y parecía muy en forma después de la baja de maternidad.
—¿Y el diablillo duerme toda la noche? —preguntó el detective mientras mordisqueaba el extremo del puro.
—Se porta mucho mejor que los otros dos. Huelga decir que Ben está encantado, porque no tendremos que compartir la juerga nocturna de salir de la cama con el biberón.
—Bien, bien —comentó Kirby, buscando el mechero en el bolsillo. No sabía nada de bebés ni de juergas nocturnas. A menos que se tratara de juergas alcohólicas, claro. No tenía hijos, y no parecía que fuera a tenerlos, considerando que estaba divorciado y que habían asesinado a su novia había sido asesinada en acto de servicio. El marido de Lynch, Ben, podía quedarse con sus hijos.
Por fin consiguió encender el puro, mientras Lynch intercambiaba unas palabras con uno de los agentes.
—Apaga eso, Kirby —dijo ella—. Todavía nos queda un paseo después de bajar a la orilla. Debería haberme puesto los pantalones. —La detective comenzó a bajar las escaleras ubicadas en el lateral del puente.
Los dos muchachos que habían hecho el nefasto descubrimiento estaban en medio de un grupo de uniformados.
—Primero deberíamos hablar con los chavales —sugirió Kirby.
—Ya se están encargando de ellos. Tengo los detalles. Vamos, holgazán.
Si esas palabras las hubiera dicho cualquier otra persona, se las habría tomado como un insulto, pero había trabajado mucho tiempo con Lynch, así que rio para sus adentros y comenzó a seguirla. Tal vez las cosas podrían volver a la normalidad, ahora que la agente había vuelto al trabajo. Y esperaba que Sam McKeown se largara de vuelta a Athlone. McKeown había sido una buena incorporación al equipo como sustituto Lynch, pero tenía la costumbre de sacar de quicio a Kirby sin motivo.
—¿Está muy lejos? —le gritó a Lynch mientras esta avanzaba por el borde cubierto de césped junto a las vías del tren.
—Solo es un kilómetro. —El viento cálido de la mañana le hizo llegar la voz de su compañera.
—¿Solo? —masculló Kirby. Encontró un pañuelo mugriento en el bolsillo y se secó el sudor que le goteaba por los pliegues de la piel del cuello.
Al doblar la siguiente esquina, aparecieron los forenses vestidos con sus trajes blancos. Kirby correteó tras Lynch. La detective ya casi había terminado de ponerse el traje cuando él se unió al grupo de gente apiñada. Cogió un traje, pero antes de intentar ponérselo, se vio obligado a doblarse y colocar las manos en las rodillas.
—¿Estás bien? —dijo Lynch.
—Solo necesito recuperar el aliento.
—Tal vez deberías apuntarte al gimnasio.
—No tengo energía para eso. —Levantó la cabeza y observó a su compañera. Lynch había perdido casi todo el peso que había ganado durante el embarazo, y tenía la cara más delgada de lo que recordaba. Se llevó un dedo a sus fofos carrillos y pensó que tal vez la detective tuviera razón.
—Ponte el traje y date prisa, por Dios —dijo esta.
Se embutió en el estrecho traje forense, y se puso el gorro, los patucos y los guantes. Olió lo que les esperaba incluso antes de entrar en la cálida tienda. Se subió la mascarilla para cubrirse la nariz, pero, aun así, le dieron arcadas.
—No es un espectáculo agradable —comentó Jim McGlynn, jefe del equipo forense. Kirby sabía que al hombre le gustaba picarse con la jefa, la inspectora Lottie Parker, aunque ni ella ni McGlynn lo admitirían jamás.
—Oh, Dios mío —exclamó Lynch, y su frente palideció bajo el corto mechón de pelo rubio que se le había escapado de la capucha.
—Joder, Jim, ¿qué es eso? —Kirby se quedó en la entrada de la tienda. Se sentía mareado. ¿Sería por el calor o por el puro? Tal vez el gimnasio no fuera tan mala idea. No, ni hablar. No podía permitírselo.
—¿Quieres darme un momento? —McGlynn sonaba irritado.
Una vez hubo recuperado el equilibrio, Kirby espió por encima del hombro de Lynch para ver mejor. Había un cuerpo, mejor dicho, parte de un cuerpo, encajado entre dos traviesas. Un torso descabezado. Le habían cortado las piernas a la altura de las caderas, y los brazos a la de los hombros. Era difícil determinar el sexo. Y era muy muy pequeño. La piel estaba putrefacta y rezumaba en algunos sitios, y en otros parecía estar…
Se rascó la cabeza.
—¿Estaba congelado?
—Sí. Por el aspecto que tiene, lleva unas cuantas horas descongelándose. Puede que lo hayan congelado poco después de morir, así que tal vez tengamos suerte.
—¿Suerte? —Kirby se moría de ganas de salir de aquella tienda del demonio.
—Sí, detective Kirby. Congelar un cuerpo poco después de la hora de la muerte preserva el ADN y fibras. Puede que consigamos muestras para analizar, y, posiblemente, nos indique la causa del fallecimiento.
—Bien, bien —dijo Kirby—. ¿Y la hora de la muerte?
—No sabremos nada hasta que la patóloga forense haga su trabajo. ¿Dónde está? —McGlynn le lanzó una mirada acusadora.
—Comprobaré si está de camino. ¿Crees que el torso es de una mujer?
—Por el momento, sí.
—¿Cuándo crees que la asesinaron?
—Mi apellido no es Dios, así que ni idea. ¿Me dejas seguir trabajando o qué?
Kirby aprovechó la oportunidad para escapar al aire fresco, y Lynch lo siguió rápidamente. Tenía la cara verde cuando se quitó la mascarilla. Se puso a hablar con un agente uniformado en la entrada de la tienda mientras se despojaba del traje y lo metía en una bolsa de pruebas marrón. Kirby se acercó a ella.
—¿Te encuentras bien? —preguntó.
—Sí —contestó su compañera con brusquedad—. Jane Dore debería llegar en una hora. —Se soltó le pelo y lo sacudió, como si quisiera evitar que su cabello quedase impregnado del hedor que inundaba el lugar—. ¿Qué diantre es eso de ahí dentro, Kirby?
—No estoy seguro, pero diría que es el cuerpo de una niña.
7
Lottie, de pie frente a su nueva comisaria, no se sentía muy contenta. Ella misma había sido candidata para el ascenso después de que el comisario Corrigan se retirase oficialmente por motivos de salud. La última vez la habían pasado por alto en favor de David McMahon, que había ocupado el puesto de manera temporal, pero en esta ocasión, ni siquiera se había molestado en presentar su candidatura. McMahon había armado una gorda, y después de que lo suspendieran, pasaba el tiempo pateando guijarros en la playa de Dollymount mientras Asuntos Internos sacaba a la luz sus trapos sucios. Por lo que Lottie había oído, tenían suficiente como para llenar dos lavadoras. El karma, pensó. Con todo, seguía cobrando el sueldo, a la espera de la vista de su caso.
Hasta el momento no había tenido mucho contacto con Deborah Farrell, que había ido escalando puestos rápidamente. Lottie se alegraba de que una mujer hubiera conseguido el puesto, pero no estaba segura de querer estar a las órdenes de esta en concreto. No se hablaba mucho de ella, así que su información dependía de las fuentes oficiales, que no abrían el pico.
Deborah Farrell había llegado a Ragmullin hacía dos meses con un expediente intachable. Ambas tenían cuarenta y cinco años, pero Lottie le sacaba unos buenos ocho centímetros. Al menos era algo, se decía a sí misma. Aunque no es que fuera a servirle de mucho durante una entrevista en la que debía estar sentada. Los ojos de Farrell eran de color gris oscuro, y el pelo, de un marrón insípido, lo llevaba recogido en un apretado moño en la base de la nuca. No había ni un mechón suelto. Ni siquiera su cabello toleraba la insubordinación. Pero la camisa blanca del uniforme necesitaba un buen planchado, una de las charreteras del hombro se le había soltado y la corbata descansaba sobre el escritorio, hecha un nudo.
La comisaria se pasó un dedo despojado de anillos por el cuello abierto de la camisa.
—Inspectora Parker. —Era una afirmación, no una pregunta.
—Esa soy yo, comisaria Farrell. —Lottie se irguió en la silla.
—Podemos dejar las formalidades. ¿Te importa si te llamo Lottie?
—En absoluto.
—Al otro lado de esa puerta soy la comisaria Farrell, pero entre nosotras, soy Deborah.
—Por mí, de acuerdo. —Lottie no tenía ni idea de cómo acabaría todo eso, y confundida por el tono acogedor de la comisaria, no sabía si sentirse aliviada o preocuparse.
—El sargento Boyd está de baja por enfermedad, pero tengo aquí una solicitud de reincorporación a tiempo parcial.
—¿De verdad? —Lottie se inclinó hacia delante. Primera noticia.
—Me gustaría saber tu opinión al respecto. Tengo entendido que Boyd y tú sois… íntimos.
Lottie sintió el calor que le afloraba bajo la piel, y no pudo evitar el rubor. ¿Cómo podía gestionar la situación? Supuso que lo mejor sería contar la verdad.
—Estamos prometidos, comisa… Deborah. —Dios, qué raro resultaba dirigirse a su jefa con esa informalidad—. No llevo el anillo. No me parece apropiado, ¿sabes? Porque soy viuda y todo eso. —¿Por qué se estaba excusando?—. A Boyd le diagnosticaron una leucemia el diciembre pasado. El tratamiento le ha afectado bastante, pero los últimos resultados muestran una mejoría.
—¿Qué quieres decir con eso? —Farrell se pasó una mano por la barbilla, en un gesto casi masculino.
—Ha respondido bien al tratamiento. Según su oncólogo, es lo mejor que podían esperar en esta etapa.
—He oído que su madre ha muerto hace poco. —Farrell inclinó la cabeza hacia Lottie, bajó la mano de la barbilla y colocó ambos codos sobre el escritorio.
—Sí —confirmó Lottie—. La enterraron ayer.
—¿Cómo le ha afectado?
Lottie reflexionó sobre la pregunta mientras se toqueteaba los puños de la camiseta desaliñada. La voz de Farrell era suave y tranquilizadora. Un tono estupendo para obtener información, tanto de testigos como de sospechosos. ¿En cuál de las dos categorías entraba Lottie? ¿Y por qué estaba allí, respondiendo preguntas sobre Boyd? Farrell podría haberlo hecho venir e interrogarlo, si le parecía necesario.
—Sinceramente, está bien. —La inspectora se revolvió en su asiento, inquieta.
—¿Crees que está en condiciones de volver al trabajo? —insistió Farrell.
«Maldita sea», pensó Lottie. Ahora la estaba poniendo en una posición incómoda. Boyd había mencionado de pasada que había consultado con su especialista si podía reincorporarse a tiempo parcial, pero la verdad era que no le había prestado atención. Pensaba que sería bueno para su estado mental y emocional hacer de nuevo algo significativo, pero ¿estaba físicamente capacitado? ¿Cómo afectaría al equipo? Maria Lynch había regresado después de la baja de maternidad, y a Sam McKeown todavía no lo habían reasignado a Athlone. No quería perturbar el equilibrio. Pero, por otra parte, no soportaba ver sufrir a Boyd. La quimioterapia había producido algunos efectos secundarios. ¿Cómo podía ser diplomática?
—Creo que esa pregunta debería ser para sus médicos —dijo al fin, haciendo un agujero en la fina manga de algodón. Los ojos de Farrell eran como dos balas a punto de alcanzarla.
—Hm. Me interesaba la opinión de alguien cercano, pero ya veo que no quieres comentar el asunto por tu implicación emocional. Lo comprendo, y…
—No, no es eso, de verdad —se apresuró a decir Lottie—. Lo cierto es que quiero dejar los asuntos personales a un lado y mirarlo de manera profesional.
—Empiezo a dudarlo. —La actitud amistosa de Farrell desapareció, y su boca se comprimió y formó una línea recta.
—¿Disculpa? —dijo Lottie.
—No creo que esto vaya a funcionar.
—¿Qué es lo que no va a funcionar? —Ahora estaba perdida, con las manos sobre el escritorio, casi rogando, porque sabía exactamente lo que iba a salir de los labios de Farrell a continuación.
—El sargento Boyd y tú trabajando juntos. Estoy intentando darte una salida, pero no lo pillas.
Lottie sacudió la cabeza. ¿Se había perdido algo de la conversación?
—No estoy segura de entenderla, comisaria —dijo, dejando de lado esa chorrada de Deborah.
—Pensaba que eras más inteligente. Me decepcionas.
—Será mejor que me explique qué quiere decir —replicó Lottie, desafiante.
Farrell cogió la corbata del escritorio y se la colocó en el cuello de la camisa. Sus dedos hábiles tardaron exactamente cuatro segundos en anudarla en su sitio, encogiendo con eficacia el cuello.
—Puedes decirme que Boyd no está listo para volver al trabajo, ni siquiera a tiempo parcial; si no, o él o tú tendréis que cambiar de distrito. En este trabajo no hay lugar para las emociones. ¿Y bien?
Lottie se puso en pie, resistiendo la tentación de decirle a Farrell que tenía la charretera desabrochada, y deslizó la silla bajo el escritorio. No pensaba caer en la trampa.
—Creo que eso es algo que debe decidir usted. —Apoyó las manos sobre el respaldo acolchado, para intentar aquietar sus dedos temblorosos, y añadió—: ¿Algo más?
—Eso es todo.
La inspectora escapó por la puerta y se apoyó contra la pared. Cerró los ojos y esperó a que su respiración se normalizara.
—¿Estás bien, jefa? —Kirby se acercó hacia ella con sus andares de pato.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Lottie.
—La comisaria ha pedido el informe sobre el cuerpo del dron.
—¿Qué es el cuerpo del dron?
—Mierda, lo siento. Había olvidado que no sabías nada del tema. ¿Te pongo al día antes de hablar con…? —Señaló la puerta con la cabeza.
Lottie lo agarró del codo con fuerza y lo arrastró por el pasillo.
—Sí, más te vale que me pongas al día.
8
La primera tarea autoimpuesta del día para Kevin O’Keeffe era retirar los materiales reciclables y la basura del lavadero, y llevarlos a los contenedores de fuera. Se puso manos a la obra con ganas.
Con unos guantes desechables puestos, levantó la tapa de la primera papelera y sacó la bolsa de plástico transparente. Golpeó el costado con suavidad para hacerla girar en la mano mientras observaba lo que había en el interior. Todo correcto. Restos de comida envueltos de cualquier manera en papel de periódico. La compañía de gestión de residuos todavía tenía que proporcionarles cubos marrones para los restos orgánicos, y por mucho que le doliera hacerlo, salió por la puerta de atrás y depositó la bolsa en el contenedor negro de basura. Cuando levantó la tapa, un olor a lejía emanó de su interior. Mantenía los contenedores impolutos, limpiándolos por dentro y por fuera con una manguera después de cada recogida.
A continuación, abrió el pequeño cubo de reciclaje de dentro de la casa. Estaba vacío. Qué extraño. Sin duda, debería haber cartones, envases de comida y envoltorios de plástico de las bandejas de verduras. ¿Qué andaría tramando Marianne?
De nuevo bajo el sol de la mañana, abrió la tapa del contenedor azul y percibió una vez más el aroma de la lejía. Allí estaba la bolsa que había esperado encontrar en la casa. Mientras la volvía a llevar al interior, se fijó en que algo goteaba y dejaba un rastro de líquido marrón a su paso. Volcó la bolsa y desparramó el contenido sobre el suelo de la cocina. Entre los papeles triturados y las cajas aplastadas, encontró el elemento conflictivo: una lata de Coca-Cola mal vaciada, aunque, para ser justos, sí que la habían aplastado.
—¡Marianne! —aulló.
—Aquí. —La voz venía del salón, donde la mujer se había montado un pequeño despacho.
—¿Qué significa esto? —Kevin sostuvo la lata en alto.
Marianne lo miró por encima del hombro, sentada frente a su escritorio. El sol entraba por la ventana e iluminaba su pelo castaño. Parecía más brillante de lo normal. Kevin se preguntó si se lo habría teñido sin pedirle permiso.
—No tengo ni idea de qué hablas. —Lo miró con su media sonrisa, esa que siempre le hacía dudar de si se burlaba de él o lo admiraba.
El hombre estampó la lata sobre el artículo en el que Marianne estaba trabajando, giró la silla hasta quedar detrás de ella y le colocó una mano enguantada en la base de la nuca. Apenas la rozaba, pero sintió cómo ella se apartaba y agachaba la cabeza, para quedar fuera de su alcance. Le pellizcó la piel con más fuerza y le tiró de los pelillos del cuello.
—Yo me encargo del reciclaje, no tú, y este es el motivo. —Dio un golpecito a la lata que goteaba.
—Kevin, no seas ridículo. La bolsa estaba llena, así que la he sacado fuera.
Él sintió el calor subirle por el cuello y abrasarle las orejas, como si se hubiera quemado con el sol. Apretó los puños. Le sudaba la piel bajo los guantes sintéticos. La voz de Marianne le crispaba los nervios. Sonaba como un piano desafinado. Aguda. Antinatural. Estridente.
—¿Hay algo ahí dentro que quieras ocultarme? —preguntó—. ¿Algo que estés escribiendo que no quieres que vea? ¿Por eso lo trituras todo?
—Por supuesto que no. Estás siendo irracional.
Kevin conocía muy bien las señales. Marianne pretendía mangonearlo, pero se estaba acobardando. Sonrió con suficiencia y le apretó el cuello más fuerte. Desde la base, deslizó sus dedos entre el pelo de Marianne y le giró la cabeza, obligándola a mirarlo.
—Ya sabes que nunca soy irracional, cariño.
—Por favor, Kevin. Me haces daño.
Él sonrió. Sabía que no le hacía daño, pero si quisiera, podría.
Se inclinó y señaló la página.
—¿De qué va?
—Es algo en lo que estoy trabajando, ya lo sabes. Por eso tengo que triturar las páginas. No quiero que lo lea nadie antes de que esté terminado.
—¿Estás escribiendo sobre mí? —No le extrañaría que se estuviera inventando mentiras asquerosas.
—Como sabes, escribo ficción.
—Eso no te impediría convertirme en alguna especie de monstruo, ¿verdad? —Rio nervioso. No debería preocuparlo de esa manera con los sinsentidos que escribía.
—Sabes que no haría eso. Basta, Kevin. Ahora me estás haciendo daño.
Él retiró la mano. Marianne dejó caer la cabeza y se llevó la mano al cuello. Dedos largos con las uñas pintadas de rojo brillante.
Kevin dio un paso al frente y le agarró la mano.
—¿Para quién es esto?
—¿Pero de qué diablos hablas…? ¡Au!
La había abofeteado sin darse cuenta. Ella tenía la culpa.
—Quítate esas uñas. —Se alejó de ella sin disculparse. Cuando consiguió respirar con normalidad y que su voz no sonara chirriante, añadió—: En el futuro, vacía las latas y los tetrabriks, y lávalos antes de aplastarlos. Yo me encargo de sacar la basura y del reciclaje.
—No pensaba…
—Nunca piensas, ¿no es cierto? A menos que sea para inventarte un argumento de mierda para un libro que nunca se publicará. Déjalo ya. —Caminó hacia la puerta, y luego se volvió y la miró fijamente hasta que ella le devolvió la mirada—. Te lo digo en serio, Marianne. Ya es hora de que vendas ese portátil en eBay y te olvides de esas ideas estúpidas. Nunca serás escritora.
Regresó al lavadero para terminar su tarea matutina. No pudo evitar sentirse satisfecho consigo mismo. No le había dejado pasar ni una lata mal vaciada. Con suerte, eso sería un buen augurio para el resto del día.
9
Cuando Jim McGlynn concluyó el examen alrededor del cuerpo desmembrado, y la patóloga forense Jane Dore pudo echar un vistazo al mismo en la escena, trasladaron el torso a la morgue del hospital de Tullamore. La patóloga había dicho que tendría que esperar a que se descongelara del todo en el depósito, en condiciones estériles. Kirby puso a Lottie al día sobre los sucesos de primera hora, y la dejó leyendo las declaraciones de los dos chicos.
En la sede central, abrió una lata de bebida energética y dijo:
—Nos llamarán cuando la patóloga esté lista para comenzar con la autopsia.
—¿Dónde están los dos testigos? —preguntó Lynch mientras se desplomaba en la silla y se descalzaba bajo el escritorio.
—Han prestado declaración y sus madres se los han llevado a casa. La grabación del dron está en la sala de pruebas.
—Pobres niños.
—No tan pobres. Tenían un dron, es un juguete caro.
—Ya sabes lo que quiero decir. —Lynch se cruzó de brazos.
—Puede que esto te ponga de mejor humor. —Kirby aporreó el teclado con sus dedos regordetes—. He conseguido que los del equipo técnico pongan la tarjeta SD del dron en un USB. Está listo para echarle un ojo.
—¿No podías hacerlo tú mismo?
—Ya sabes cómo soy con la tecnología. ¿Quieres verlo o no?
—Claro. —Lynch se acercó rodando sobre su silla y metió las piernas bajo el escritorio de su compañero.
De repente, Kirby se sintió cohibido por su olor corporal, y deseó haberse escapado a los vestuarios para echarse un poco de desodorante. Ya no tenía sentido preocuparse, pensó, y abrió el enlace en su ordenador.
—Tienes que darle al play.
—¿Quieres darme un momento?
—Hablas como McGlynn.
—Entonces, todo ha vuelto a la normalidad —rio Kirby.
Las imágenes eran sorprendentemente claras. Kirby siguió la línea de las vías desde el aire, e imaginó a los chicos corriendo detrás del dron mientras miraban la pantalla del móvil, ajenos al horror que estaban a punto de descubrir.
—Páralo ahí. —Lynch señaló la pantalla y Kirby se arrepintió de no haber dejado que se encargara ella. Encontró la tecla correcta y apretó pausa.
—Esto es a unos cien metros de donde se halló el cuerpo —dijo él.
—Lo sé, estoy tratando de familiarizarme con el terreno. ¿Cómo pudo alguien llevar un cuerpo, un cuerpo congelado, tan lejos? No hay carretera. Es básicamente una vía de tren que atraviesa el campo.
—Si lo miras desde aquí, el canal está a la izquierda, y hay un camino de sirga para los paseantes. Tal vez transportó el cuerpo por el camino, o en barca.
—Una barca es una posibilidad factible —reflexionó Lynch—. De esa manera, no dejaría rastro. ¿Y si lo tiró desde un tren en marcha?
—¿Qué pasa, demasiadas hormonas del embarazo?
—Ese comentario me ofende.
—Oh, lo siento. —Mierda, ¿había dicho algo políticamente incorrecto?
Maria Lynch rio y se recogió el pelo con una horquilla.
—Te estoy tomando el pelo. Pero tienes razón, es imposible que alguien pudiera ocultar un cuerpo congelado en un tren antes de tirarlo por la ventana.
—Qué pequeño es. Joder, Lynch, estoy seguro de que es una criatura.
—Siento curiosidad, ¿cuánto tiempo estaría ahí tirado? —comentó ella mientras un agente uniformado repartía carpetas por los escritorios de los detectives—. Esta mañana han pasado dos trenes antes de que los chicos lo descubrieran. He ordenado que interroguen a los maquinistas, para averiguar si vieron algo en las vías. También tendremos que hablar con los pasajeros.
Kirby hojeó el expediente que acababan de dejar sobre su escritorio. Parecía que lo hubiera redactado uno de los nuevos asistentes a toda prisa. Las cosas estaban cambiando tan rápido como podía autorizarlas su nueva comisaria.
—Los dos muchachos han declarado que hoy era el primer día que hacían volar el dron sobre las vías del tren en vez del canal. ¿Crees que el cuerpo podría estar allí desde hacía tiempo?
—Lo dudo. —Lynch negó con la cabeza—. Estoy segura de que un maquinista se habría fijado si hubiera un torso dentro de un enorme bloque de hielo.
—Pero esa es la cuestión, ¿no te parece? Si llevara tiempo allí, el hielo habría estado más derretido. La patóloga forense debería poder darnos una buena aproximación de la fecha en que lo dejaron junto a las vías, según el tiempo que tarda en derretirse un cuerpo congelado con este clima. Sigamos con el vídeo, a ver si vemos algo.
Apretó una tecla y observó la grabación detenidamente, mientras el dron sobrevolaba la vía.
—Es una pena que no vuele más cerca del suelo —dijo el detective—. Podríamos descubrir algunas pistas.
Lynch no pronunció ni una palabra. Eso lo inquietó. Trató de concentrarse en la pantalla, pero le rugía el estómago, y el dolor de cabeza comenzó a palpitarle tras los ojos.
—No sé cómo lo hacen los chavales para estar todo el día mirando pantallas. No llevo ni cinco minutos aquí y ya…
—Para —dijo Lynch.
—Yo solo…
—La película. El vídeo o lo que sea. Detenlo. Retrocede. ¿Lo ves?
Kirby se acercó más a la imagen borrosa.
—¿Qué?
—¿No te parece que todas las piedras entre las traviesas tienen un aspecto muy homogéneo?
Kirby se encogió de hombros. No tenía ni idea de qué hablaba Lynch.
—¡Tienes que verlo! Acerca más la imagen.
—¿Cómo lo hago?
—¿Me tomas el pelo? —La detective lo miró fijamente.
Kirby clicó con el ratón un par de veces. La imagen se volvió más borrosa y pixelada, pero al fin vio lo que su compañera había descubierto.
—Eso no es una piedra —dijo—. ¿Qué es?
—No estoy segura, pero podría ser… —Lynch volvió a sentarse en la silla, con el ceño fruncido.
—¿Lynch?
—Tenemos que volver a las vías ahora mismo.
—¿Qué es? —repitió el agente.
Ella volvió a acercarse, con los ojos entrecerrados.
—Joder, Kirby, es una puta mano.
10
El negocio de los seguros no era lo que Kevin O’Keeffe habría escogido, pero en la vida, las cosas no siempre salen como uno quiere. La aseguradora A2Z estaba ubicada en una calle comercial, y sus vecinos de la parte de atrás tenían un desguace. Había ruido tanto dentro, en la oficina diáfana, como fuera, gracias al estruendo de la maquinaria.
—¡Llegas tarde!
—Lo siento. —Kevin arrojó la bolsa del portátil bajo el escritorio y cogió los auriculares—. He vuelto a tener un problemilla con Marianne. —Se llevó la mano a la boca como si estuviera bebiendo. Era su excusa predilecta. Todos en la oficina creían que su mujer era una alcohólica empedernida, y esto le granjeaba la simpatía de sus colegas, aunque se preguntaba si su jefe, Shane Courtney, sospechaba la verdad. Courtney era más joven que él. Tenía treinta y pocos años, y llevaba la arrogancia tatuada en su boca remilgada y su mirada de acero. Kevin sintió la irritación en la piel cuando su jefe se dirigió hacia él a través del laberinto de escritorios.
—Tiene que ver a alguien. Está afectando a tu rendimiento, Kevin. ¿No crees que quizá necesite ir a rehabilitación?
Kevin asintió, mordiéndose las mejillas por dentro para evitar contestar.
—Probablemente tengas razón, pero ¿has visto lo que cuestan esos sitios? Ni siquiera con tu sueldo podría permitírmelo.
—No tienes ni idea de lo que cobro y, de todos modos, no soy yo quien necesita desintoxicarse. Has llegado tarde cinco veces este mes. Es inaceptable. Pon tu vida familiar en orden o no tendrás ningún salario.
—Vale, vale…, perdona.
Mientras regresaba a su despacho, Courtney dijo por encima del hombro:
—Y todavía te queda mucho para alcanzar los objetivos del mes. Ponte las pilas.
Mientras respiraba aliviado, Kevin notó el silencio a su alrededor. Sintió que le ardían las mejillas. Maldito Courtney. ¿Por qué tenía que echarle la bronca delante del resto del personal? Sacudió la cabeza e introdujo la contraseña en el ordenador.
—¿Estás bien, Kevin?
Miró por encima de la mampara del cubículo hacia Karen Tierney. La chica estaba en la veintena, y su belleza era poco memorable. Llevaba el cabello rubio recogido de cualquier manera en lo alto de la cabeza. La combinación de vaqueros azules, blusa roja y maquillaje pálido la hacía parecer la bandera de Estados Unidos. Y a veces, como ese día, podía ser una cotilla insoportable.
—Estoy bien —masculló—. Tengo que ponerme a trabajar. —Aporreó el teclado con la esperanza de que su compañera captara el mensaje.
—Vi a Marianne en el supermercado el fin de semana. No tiene buen aspecto, para nada. La verdad es que deberías hacer lo que ha sugerido el señor Courtney.
—¿Karen?
—¿Qué?
—Deberías ocuparte de tus asuntos.
La cabeza de la joven desapareció tras la mampara y Kevin se puso a trabajar, mientras deseaba estar en cualquier sitio que no fuera atrapado en aquel antro plagado de fisgones. En cuanto accedió a la pantalla de inicio del ordenador, se colocó los auriculares y echó un vistazo a la aplicación de noticias nacionales. Eran útiles como tema de conversación cuando tenía un cliente difícil al teléfono. Los titulares de las noticias más recientes llamaron su atención y clicó.
—Me cago en todo —dijo.
—¿Qué pasa? —Karen volvió a asomar la cabeza por encima de la mampara, asiéndose al borde azul y enseñando sus uñas con diamantes engastados, tan falsos como sus pestañas.
Le indicó con un gesto que lo dejara en paz y siguió leyendo que habían sobre el torso encontrado en las vías. El pitido de los auriculares anunció una llamada entrante. Se la transfirió a Karen. Mejor mantenerla ocupada mientras él leía las noticias.
* * *
El Bank, una de las cafeterías más nuevas de Ragmullin, estaba bastante vacía. Faye esperaba sentada en un rincón mientras Jeff pedía las bebidas. Regresó con dos cafés y cruasanes tostados rellenos de jamón y queso. A la joven se le revolvió el estómago.
—No me entra nada.
—Tienes que comer algo para sobreponerte al shock. —Jeff abrió unos sobrecitos de azúcar y los vació en la taza humeante—. Bebe.
—De verdad que no puedo. —Faye se recostó en la silla, que era demasiado blanda y baja. Las rodillas le quedaban por encima del ombligo. Tenía ganas de vomitar—. ¿Qué has hecho con ella?
—¿Con qué?
Faye lo observó mientras se metía trozos de cruasán en la boca y el queso derretido se le pegaba al labio inferior.
—Con la calavera —susurró.
Jeff sopló el café antes de beber un trago.
—Podría ser de un cuerpo. ¿Dónde está el resto?
—Por favor, Faye, olvídalo.
Ella se inclinó hacia delante y levantó su taza. El estómago se le revolvió una vez más cuando el aroma de los granos de café triturados le alcanzó la nariz. Se levantó.
—Voy al baño.
Empezó a ver unos puntos negros, y sintió que Jeff alargaba la mano para sostenerla. Faye lo apartó de un manotazo y fue hacia el baño de mujeres, donde la iluminación brillaba por su ausencia.
Se inclinó sobre el lavabo de cerámica, respirando profundamente. Al mirarse al espejo, retrocedió, espantada por su aspecto. La piel, demasiado pálida, estaba perlada de sudor. El pelo claro estaba enredado y lleno de polvo; incluso las manos seguían cubiertas por una capa brillante de finas partículas de yeso. «Un fantasma», pensó, «parezco un maldito fantasma».
Abrió el grifo para que corriera el agua, apretó apurada el dispensador de jabón y se lavó las manos. Luego, se sacudió el polvo del pelo. Sostuvo un poco de papel bajo el chorro borboteante y se limpió la frente y las mejillas con el papel humedecido.
Después de hacer pis y volver a lavarse las manos, seguía encontrándose mal. Todavía notaba el aleteo en el vientre, y se preguntó cómo iba a lidiar con una personita en su vida cuando ni siquiera podía enfrentarse al hecho de que, probablemente, había encontrado un muerto en la casa que intentaba convertir en su hogar.
Un ser humano muerto.
—¿De verdad? —le preguntó a su reflejo. «Olvídalo», había dicho Jeff, pero Faye no era una persona que olvidara las cosas solo porque alguien se lo dijera. Ni hablar. Cerró el grifo y echó los hombros atrás. Iba a averiguar si la calavera era real o no. Primero tenía que descubrir dónde la había puesto Jeff.
Al abrir la puerta del lavabo de señoras, una sombra se cernió sobre ella. Levantó la vista.
—¿Jeff?
—Has tardado una eternidad. Estaba preocupado. ¿Estás bien? ¿Está bien el bebé?
—Hazme un favor y deja de tratarme como si fuera un cachorrillo enfermo, ¿vale? He sufrido una conmoción, pero ahora estoy bien. Tienes que volver al trabajo. Llévame primero a casa. Ese papel pintado no va a quitarse solo de la pared.
11
Lottie llegó al lugar que Lynch había localizado en el vídeo del dron. Enfundada en el traje protector, se agachó junto a las traviesas del tren.
A su lado, Kirby no dejaba de resoplar.
—Está a unos cien metros de donde encontramos el cuerpo.
La inspectora observó el ajetreo desde la distancia. Un pequeño ejército de forenses, que parecían hormigas blancas, peinaba la zona donde se había hallado el cuerpo. Miró a su alrededor. Una zarza espesa sobresalía del seto cercano. Al otro lado de las vías, había unos escalones de madera que subían hasta la amplia orilla del canal. Seguramente sería una zona de pesca, pensó la inspectora.
—Tal vez transportaron el cuerpo por el canal —explicó Kirby—, y quienquiera que lo llevase, salió desde allí hacia las vías. Puede que la mano se le haya caído de camino al lugar donde planeaba dejar el cadáver.
Lottie escudriñó la zona. Era probable que Kirby tuviera razón. Pero ¿dónde estaba el resto del cuerpo?
—Sin duda es una mano —dijo la inspectora mientras examinaba la carne congelada sin tocarla—. Habrá que revisar minuciosamente toda la línea del ferrocarril.
—¿Toda la línea? —preguntó Kirby—. ¿De Sligo a Dublín?
—No, me refiero desde la ciudad hasta donde se encontró el torso, y un poco más allá.
—Sigue siendo mucha mano de obra. —El detective se rascó la cabeza—. Podríamos sobrevolar las vías con un dron.
Lottie sonrió detrás de la mascarilla.
—Kirby, eso es lo más sensato que te he oído decir en mucho tiempo.
—¿Eso es un cumplido, jefa?
—Puedes tomártelo así. De todos modos, tal vez sería mejor pedir apoyo aéreo, y necesitaremos gente en tierra igualmente. Organízalo.
Lottie se puso en pie y miró hacia los setos, donde había trozos de papel y plástico enganchados en las ramas. El terraplén junto a las vías también estaba salpicado de basura. Seguro que el camino de sirga del canal ofrecía el mismo aspecto.
—También quiero que registren a fondo los alrededores. Me parece que la persona que se deshizo del cuerpo no tuvo mucho cuidado, si es que no fue intencional. —Se sumió en sus cavilaciones—. Tal vez tirara algo que pueda ayudarnos a incriminarlo. ¿Dónde está Lynch?
Lottie observó a Maria Lynch mientras esta se peleaba con la cremallera del traje protector.
—Está atascada. Y no digas que es porque he engordado con el embarazo, porque no es verdad.
—Estás estupenda, Maria, y no dejes que nadie te diga lo contrario. No se puede decir lo mismo de Kirby. ¿Qué le pasa? —Siguió con la mirada al corpulento detective mientras este deambulaba hacia un costado con el móvil en la mano.
—Qué no le pasa, querrás decir. —Por fin, la cremallera de Lynch subió hasta su sitio.
—Has hecho un buen trabajo al descubrir la mano. Si no, los animales se habrían dado un banquete. —Lottie vio a dos forenses que se acercaban hacia ellas.
Lynch estaba agachada junto a la mano, mirándola fijamente.
—Parece que haya estado envuelta en plástico. ¿Crees que es parte del torso?
—Eso espero, de lo contrario, nos enfrentamos a dos cadáveres. —Lottie se agachó junto a Lynch—. Tenemos el torso y una mano. Me gustaría saber dónde está el resto del cuerpo.
—Si tenemos una mano, la otra debería andar cerca. ¿Quién en su sano juicio dejaría caer una sola mano? —dijo Lynch con seriedad.
—Puede que se le haya caído por accidente. No nos enfrentamos a alguien en su sano juicio —señaló Lottie.
McGlynn llegó junto a ellas.
—Como de costumbre, estás interfiriendo en mi escena del crimen, inspectora Parker.
—Solo miro, sin tocar. Estoy aprendiendo —dijo Lottie.
—Bien —contestó él a regañadientes—. ¿Cómo está el joven Boyd?
—Boyd está bien, gracias. —Lottie sonrió al anciano de inquisitivos ojos verdes. Era como un arbusto espinoso: entre las espinas tenía que haber algunas rosas, aunque, de momento, no había sido capaz de encontrarlas.
—Dios santo, dentro de nada os tendré de nuevo a los dos pisoteando mis escenas del crimen. Señor, dame paciencia. Y ahora, fuera de mi camino hasta que haya visto lo que tenemos aquí.
—¿Podré sacar huellas de la mano? —preguntó Lottie.
—Tú no, pero tal vez yo sí. Te avisaré cuando lo sepa.
—Jim, ¿de verdad es el cadáver de una criatura?
—Eso creo.
Dejó al forense con su trabajo, y ella y Lynch caminaron hasta Kirby.
—Tenemos que revisar todos los expedientes de desapariciones —dijo—. Aunque solo tengamos partes de un cuerpo, era un ser humano, una criatura, y alguien ahí fuera echa de menos a un ser querido.
12
Faye vio a Jeff alejarse con el coche. Soltó la cortina, que olía a rancio, y miró a su alrededor. El joven se había negado a decirle dónde había puesto la calavera, y había insistido en que no se rompiera más la cabeza con aquello. «No pilla la ironía», pensó cansada.
Tenía que estar en algún lugar de la casa.
Revisó el cubo de la basura en la cocina. Buscó en cada alacena, espantando moscas y arañas, sin miedo, pero con cuidado. Si veía una sola caquita de ratón, adiós, muy buenas.
En algún momento tendrían que deshacerse de la vajilla, caviló mientras movía tazas y platos, y la cubertería manchada tenía que desaparecer. Habían tirado toda la comida mohosa hacía siglos, por miedo a que atrajera a los roedores. Faye se estremeció. No había muchas cosas que la asustaran, pero esas alimañas eran lo único que la hacían salir corriendo.
La nevera, que le llegaba al pecho, dejó escapar un zumbido al abrirse. La luz inundó la cocina e iluminó las puertas laminadas de los armarios. Había hielo y escarcha pegados al fondo del congelador, y el cajón parecía completamente congelado. Tiró de él, pero no cedió, así que era lógico pensar que Jeff no había metido ahí la calavera. Paseó la vista por la cocina. Se moría de ganas de echarla abajo. Colores estridentes, polvo y suciedad. Cuando se pusieran a ello, necesitarían otro contenedor de escombros. La emoción le llenó el pecho mientras imaginaba la apariencia que tendría la casa tras la reforma.
Jeff no llevaba la calavera encima en la cafetería, así que ¿dónde la habría puesto? Recordó que había ido al baño. Subió las escaleras con lentitud. Era la parte de la casa que más odiaba. Le producía una sensación siniestra que le recorría el espacio entre los omoplatos. Al llegar al descansillo, se detuvo y escuchó. El corazón le martilleaba en el pecho y su inocente bebé revoloteaba en su tripa. Las cuatro puertas estaban ligeramente entreabiertas. Tres dormitorios y un baño. Estiró un dedo y empujó la puerta del lavabo.
El goteo del grifo de la bañera dejaba un rastro marrón cobrizo que llegaba hasta el desagüe. Las partes metálicas estaban oxidadas, y una manguera de goma agrietada seguía enganchada a uno de los grifos. Los hongos se extendían por toda la superficie de la cortina de ducha, que colgaba flácida. El inodoro olía como si nadie hubiera tirado de la cadena en años, pero Jeff lo había usado, ¿no?
Con un ojo cerrado, Faye espió el interior del inodoro. El agua estaba limpia. De todos modos, tiró de la cadena. Error. Las tuberías del ático rugieron y repiquetearon cuando el agua se filtró ruidosamente del tanque a la cisterna. Faye sintió como si toda la habitación temblara tanto como lo hacía ella. Dio marcha atrás y cerró la puerta.
Habían acordado que el cuartito pequeño sería para el bebé, y ellos usarían la habitación más grande porque daba a la calle, en la fachada principal de la casa. El tercer dormitorio, al fondo, tenía vistas al descuidado jardín para el que no había presupuesto.
Al avanzar hacia el cuarto más amplio, le pareció oír un ruido procedente de la habitación pequeña. Se detuvo y contuvo el aliento mientras el corazón le latía con fuerza. No, solo eran las tuberías del ático. Dio otro paso más y volvió a oírlo. Se llevó una mano a la boca y otra al vientre. La bilis le subió por la garganta, y los puntos negros le nublaron la vista otra vez.
—¿Hay alguien ahí? —dijo cuando recuperó la voz.
Silencio.
¿Qué era lo que había oído? ¿El ruido de una pisada? «No seas tonta», pensó.
—¿Hola? —repitió vacilante.
¿Debería salir corriendo o quedarse? Alargó la mano y empujó la puerta del cuartito para abrirla. No podía haber nadie allí. Solo Jeff y ella tenían las llaves, y habían estado entrando y saliendo día sí, día también, durante los últimos meses.
Entró en el cuarto y gritó.
El animal se abalanzó sobre ella y le arañó la cara con un zarpazo cruel. Las garras se le enredaron en el pelo y ella sacudió los brazos, tratando de desengancharlas. Y entonces, tan de repente como había aparecido, el animal huyó, y Faye se dejó caer contra la pared mientras todo su cuerpo temblaba. ¿Cómo había acabado un gato atrapado ahí dentro? La habitación estaba vacía, excepto por el viejo armario de madera prensada en el rincón. Había bromeado con Jeff diciéndole que, si lo ponían de costado, no cabría nada más en la habitación. Ahora parecía mirarla amenazante, con una de las puertas dobles ligeramente entreabierta. ¿Era ahí donde había estado el gato? Tal vez tenía gatitos y solo quería protegerlos. ¿Tal vez por eso la había atacado?
Lo cierto era que no quería permanecer sola en la casa ni un minuto más, pero todavía sentía la comezón de una inquietud bajo la piel que le erizaba el vello de los brazos. Y quería encontrar la calavera.
Agachada contra la pared, esperó, escuchando.
Solo oía el repiqueteo de las tuberías sobre su cabeza y el goteo del grifo en el baño. Nada más aparte de su propia respiración.
Se puso en pie y avanzó hacia el armario. La puerta entreabierta parecía desafiarla a mirar. Tiró rápido, demasiado rápido. El pomo se despegó y el clavo que lo sostenía en su sitio le atravesó la mano.
—¡Mierda! —Miró la sangre que le brotaba de la mano. Ahora seguro que necesitaría la vacuna antitetánica. Estaba a punto de darse la vuelta y bajar por las escaleras, para salir al aire fresco, cuando algo dentro del viejo armario atrajo su mirada hacia el estante que había a la altura de sus ojos.
La pequeña calavera.
Las cuencas vacías la miraron fijamente.
Se dio la vuelta y huyó.
13
—De verdad que odio el colegio, ¿tú no? —Sean Parker se apoyó contra el muro de la orilla del canal y le dio una patada a la mochila. El canal rodeaba Ragmullin, y le gustaba ese tramo porque no se podía ver desde la escuela, al final de la calle.
Por debajo del flequillo demasiado largo, miró a su amiga, Ruby O’Keeffe. Tenía un cigarrillo en la boca y un mechero en la mano, y trataba de parecer guay, cosa difícil vestida con el uniforme. Su cabello oscuro lucía un corte bob por encima de los hombros, y tenía unas cuantas marcas de acné en las mejillas, pero Sean suponía que era guapa. Le gustaba, pero no de esa manera. Compartían el interés por los videojuegos, y se habían hecho buenos amigos al final del año pasado, cuando el colegio de Sean comenzó a aceptar chicas.
—¿Quieres uno? —dijo Ruby, ofreciéndole el paquete.
El chico negó con la cabeza mientras la miraba. Ruby era alta, pero le faltaba mucho para alcanzar a Sean, que medía casi metro ochenta. Había cumplido dieciséis años en abril, aunque su madre aún lo trataba como a un niño.
—Ya sabes que los odio. Mi padre murió de cáncer, y ahora, el amigo de mi madre, su novio, tiene leucemia. —Sean bajó la vista hacia la hierba que había a sus pies para esquivar la mirada penetrante de Ruby.
—¿Tu padre fumaba? —La chica se ató la fina chaqueta alrededor de la cintura. Sean sabía que le acomplejaba su peso, pero a él le parecía que estaba bien.
—No.
—Si no lo mataron los pitis, relájate un poco. —Ruby encendió el cigarrillo.
Sean la observó echar humo por la comisura de la boca, lejos de él.
—Boyd, el novio de mi madre, sí que fuma.
—¿Sigue fumando a pesar de tener cáncer?
—Tiene un cigarrillo electrónico, pero lo he visto fumar a escondidas un par de veces.
—¿Te cae bien?
—Sí.
—¿No crees que está intentando…, ya sabes…, ocupar el lugar de tu padre?
Sean no sabía por qué, pero ese comentario le molestaba más que el hecho de que Ruby fumara.
—Nadie podría ocupar nunca el lugar de mi padre. Boyd lo sabe. Es un buen tío. Trata bien a mi madre, y a mí también. Me ve. ¿Lo entiendes?
—Sí, lo entiendo. ¿Sabes?, eso es bueno; no debe de ser fácil vivir en una casa llena de chicas —dijo Ruby con una sonrisa pícara.
—Y que lo digas. —Sean tomó una bocanada de aire fresco que capturó el aroma del humo del cigarrillo. Sus dos hermanas mayores lo estaban arrinconando poco a poco, consiguiendo echarlo de casa. Incluso su sobrinito Louis podía ser un grano en el culo a veces, sobre todo ahora que había empezado a caminar y a sacarlo todo de los armarios.
—En algún momento vendrá a vivir con nosotros —dijo.
—¿Quién?
—Boyd.
—¿Tenéis una habitación para él?
Sean había pensado mucho en eso, y no estaba seguro de que le gustase demasiado.
—Probablemente comparta habitación con mi madre.
—Qué asco. Es como… faltarle al respeto a tu padre o algo.
Ahora Ruby sí que lo había molestado, porque ese pensamiento lo había perseguido durante los últimos meses. Pese a todo, sintió que tenía que salir en defensa de Boyd.
—Ya han pasado cinco años desde que mi padre murió. Creo que mi madre tiene derecho a ser feliz —dijo a la defensiva—. Sea como sea, la casa en la que vivíamos con papá se quemó, y ahora vivimos en una de alquiler. Todas nuestras cosas se quemaron, las cosas de papá y…
—¡Eh! Solo lo decía.
—Ya, y todos van a decir lo mismo, pero me da igual. Me gusta Boyd.
—Pero… ¿se va a morir también? —Ruby tiró la colilla y la aplastó con el zapato.
—Cállate. Venga, que vamos a llegar tarde a clase.
—Ya llegamos tarde —respondió ella—. Deberíamos habernos quedado en Pizzaland.
—La pizza era un asco. Vamos, ahora tengo informática y no quiero perderme la clase. —Sean recogió la mochila y se la colgó del hombro. Las palabras de Ruby rebotaban en su cerebro, chocando contra las paredes de su cráneo. Le había hecho la única pregunta que le aterrorizaba contestar.
La muerte.
¿Cuándo volvería a llamar a su puerta?
* * *
Marianne O’Keeffe cerró el portátil. Escribir dos mil palabras no estaba mal, aunque fueran una basura. Había escuchado que era algo universal, que los primeros borradores siempre eran terribles. Al menos, los suyos lo eran. Tal vez por eso todavía no le habían publicado ningún libro.
El hombre llegaría en cualquier momento. Habían fijado la cita hacía semanas, pero tenía que asegurarse de que Kevin estaría en el trabajo, así que había llamado a la oficina hacía media hora para confirmar que la visita podía seguir adelante.
Se echó un poco de su perfume más caro detrás de las orejas, Million. «Como nunca vas a ganar un millón…», le había dicho Kevin las últimas Navidades, al entregarle el caro perfume en un cofre de regalo.
—Lo ganaré si me salgo con la mía —masculló mientras se rociaba el pelo y las piernas, por si acaso. Hizo una mueca frente al espejo al pensar que Kevin ni siquiera había pagado el precio total. El muy roñoso. Había encontrado la etiqueta de «Descuento de 50 por ciento» en la parte de atrás de la caja. Estaba segura de que la había dejado ahí a propósito.
Sonó el timbre y comprobó su aspecto una vez más. Blusa blanca de algodón con una camisola roja de seda por debajo, pantalones apretados de cuero negro, y sus botines negros con un tacón de cinco centímetros. En sus diecisiete años de matrimonio, Kevin casi nunca la había halagado por su aspecto o estilo. Pero ella sabía que era guapa, así que podía irse a la mierda.
Corrió a abrir la puerta.
—Hola —dijo el joven—. ¿La señora O’Keeffe?
Traje azul oscuro y zapatos marrones. Cómo odiaba esa combinación, pero suponía que era la moda.
—Llámeme Marianne. Entre.
El hombre llevaba la tarjeta con su nombre colgada al cuello con un cordón. Aaron Mohan. Tenía que admitir que el nombre le sentaba bien. Seguro que a su paso se mojaban muchas cosas.
—La cocina es el lugar más cómodo para hablar —comentó ella mientras lo guiaba por el estrecho pasillo hasta la amplia estancia con electrodomésticos incorporados. La verdad es que sospechaba que Kevin había puesto micrófonos en el cuarto donde trabajaba. ¿Paranoia? Tal vez.
—¿Té, café?
—Un vaso de agua fría me iría bien. La cafeína me pone hiperactivo —rio Aaron. Marianne pensó que sonaba un poco nervioso.
—¿Del grifo está bien?
—Sí, gracias.
Marianne llenó un vaso. Kevin no permitía que compraran agua embotellada. «Demasiado plástico arruina el ecosistema», repetía una y otra vez. Como si lo supiera todo sobre el tema. Kevin no sabía una mierda de nada, pero le gustaba aparentar que era un experto en todo.
—Aquí, siéntese. —Condujo a Aaron hasta el módulo central de la cocina, y el joven le ofreció una silla. Qué encanto.
—Tiene una casa preciosa. Las ventanas en voladizo extragrandes de la fachada son muy elegantes —dijo—. ¿Es de nueva construcción?
—Tiene unos dieciocho o diecinueve años. Yo diseñé la mayor parte, con la ayuda de mi padre. —Pero omitió que el dinero también era de su padre—. La pinté y redecoré el año pasado.
El joven miró la pared.
—Vaya. ¿Es de sesenta y dos pulgadas?
Marianne miró el televisor de pantalla plana.
—No tengo ni idea —rio.
Aaron pasó la mano por la encimera.
—¿Granito?
—Cuarzo —respondió ella, consciente de que estaba impresionado.
—Puedo comenzar de inmediato —dijo el joven mientras se aflojaba el nudo de la corbata y se desabrochaba el último botón de la camisa blanca. ¿Lo estaba haciendo sentir incómodo? Marianne esperaba que no.
—¿Hace mucho que trabaja para la empresa? —Un poco de charla insustancial.
—Eh…, entré después de terminar la universidad, hace años, cuando tenía veinticuatro.
No parecía lo bastante mayor para haber terminado la secundaria, menos aún la universidad, pero Marianne supuso que debía de estar en la treintena.
—¿Le gusta el trabajo?
—No está mal —dijo, y bebió un poco de agua—. El sueldo es decente. Pero me gradué en Historia y Lengua. Me gustaría dar clases en algún momento.
—¿Por qué no lo hace?
El joven se removió incómodo en el taburete.
—Envié mi currículum a varios colegios, pero como nadie me llamó ni para hacerme una entrevista, tenía que ganarme la vida de alguna manera. Así que aquí estoy, tasando inmuebles para la agencia inmobiliaria de mi padre.
—¿Por qué no le hicieron ninguna entrevista?
—No se puede ser profesor sin experiencia, y no se puede conseguir experiencia sin un trabajo.
—Un círculo vicioso.
—Supongo.
Señor, pero qué tierno era. Marianne se inclinó hacia él y le apretó la mano. Algo parecido al terror cruzó los ojos del joven. ¿De verdad era tan vieja y horrenda? Por el amor de Dios, solo tenía treinta y ocho años. Se apartó y señaló la carpeta sobre la mesa.
Aaron se levantó y deslizó una tarjeta de visita sobre la encimera de cuarzo.
—Le dejaré esto. Bien, ¿por dónde quiere empezar?
Exacto, ¿por dónde? Marianne sonrió para sí misma. Esto iba a ser divertido.
* * *
Lo observó trabajar durante unos veinte minutos, midiendo de pared a pared en cada habitación, con una aplicación del móvil y un aparatito en la mano que emitía pitidos. Reservó su cuarto para el final.
Lo condujo hacia su habitación, caminando sobre la alfombra peluda, y anunció:
—Y este es el dormitorio principal. Disculpe el desorden.
No había desorden. Nunca había desorden en su lujosa casa. Y sí, era su casa, aunque a Kevin le gustaba aparentar ante cualquiera que quisiera oírlo que era suya. Las escrituras estaban a nombre de Marianne. Era su única victoria frente a él. Puede que pensara que controlaba todo en su vida, y tenía que admitir que a veces la aterrorizaba, pero resultaba útil dejarle creer que podía pisotearla.
—Bonita habitación. Es muy grande —comentó Aaron, y su maquinita volvió a pitar—. La casa es impresionante. Vale una suma considerable. Lo verá cuando tenga calculada la tasación. Pero no tendrá problemas para venderla, si es lo que quiere.
Se había quitado la chaqueta en el piso de abajo y se había remangado la camisa. Habían adoptado una amistosa rutina mientras iban de habitación en habitación. Ella se había ofrecido a ayudarlo, y él le había dicho que no hacía falta. Vio cómo le temblaban las manos mientras sostenía los dos aparatos y hablaba en la grabadora del móvil. Comprobó una y otra vez que todo estuviera correcto. Las gafas de diseño con montura metálica se le resbalaban un poco en la nariz, y le habían salido unas manchas de sudor bajo los sobacos, pero lo único que Marianne olía era una colonia amaderada.
—Me gusta pensar que esta casa es como una obra de arte —dijo—. Como he mencionado, yo misma la diseñé, aunque a mi marido le gusta pensar que tuvo alguna influencia. ¿Ve ese horrible armario de caoba? —Aaron asintió—. Insistió en que tenía que estar en nuestro dormitorio. Era de su madre. ¿Se lo imagina, despertar cada mañana y ver el viejo armario de tu suegra?
—Supongo que es un poco extraño —comentó él.
Ella lo miró y vio su sonrisa en la comisura del labio.
—Más bien bastante —rio.
—¿Por qué conservarlo si lo odia?
—No lo sé. —Pero sí lo sabía. Lo conservaba para hacer creer a Kevin que había conseguido una victoria sobre ella.
—Es muy grande.
—Es útil para guardar sábanas y almohadas. —Ahora lamentaba haberlo mencionado—. Hay un baño en suite, con grifos chapados en oro. ¿Quiere medirlo?
—Eh…, echaré un vistazo.
El joven desapareció, y Marianne se alisó las arrugas de la blusa. Una mirada en el espejo le dijo que el contorno de su camisola roja de encaje era visible. Bien.
Se sentó en la cama, cruzó las piernas y esperó.
Cuando el joven salió del baño, la mujer dio unos golpecitos sobre la cama.
—Siéntese un momento, Aaron. Estoy cansada de tanto deambular por la casa.
—Será mejor que me vaya, señora O’Keeffe. Tengo que regresar a la oficina. Es…
—Shhh. Siéntate.
Se sorprendió cuando Aaron hizo lo que le había pedido. La colonia resultaba más penetrante ahora que lo tenía cerca. Alargó el brazo y le cogió la mano. El joven se levantó de un salto.
—De verdad que me tengo que ir. Le pido disculpas si le he dado una impresión equivocada. Este es mi trabajo y…
Marianne se puso en pie y le cogió la mano para tirar de él. Luego lo besó en los labios, bloqueando sus palabras.
El joven se soltó de un tirón.
—¿Ha perdido la cabeza?
Ella ahogó sus palabras con otro beso cuando le aplastó la boca con la suya y lo empujó otra vez hacia la cama. El calor la hacía temblar, y se deshizo de todas sus inhibiciones. Eso era lo que quería. Un hombre atractivo retorciéndose bajo su cuerpo.
De repente, Aaron dejó de moverse. Marianne separó la boca de la suya y lo miró a los ojos. ¿Estaba muerto?
Cayó de espaldas cuando el joven la apartó de un empujón, saltó de la cama y huyó del dormitorio. Oyó sus pasos por las escaleras, el ruido de la cerradura y el suave golpe de la puerta al cerrarse.
—Mierda.
* * *
Aaron Mohan caminó en círculos por la ciudad durante kilómetros, hasta el puente de Dublín y de vuelta hasta el puente del ferrocarril. Estaba nervioso, aunque no por esa mujer, O’Keeffe. Qué tía tan asquerosa. ¿Quién se creía que era? No, tenía un montón de cosas mucho más importantes en la cabeza, y no quería volver a la oficina.
Como si fuera un niño, se puso a patear piedras al agua turbia y verdosa del canal, observando las ondas extenderse por el cieno. Las cañas crujieron, y le pareció ver una rata trepando a toda prisa por la orilla opuesta. Se estremeció y siguió caminando.
Debería ir a casa, cambiarse de ropa, y luego reunirse con ellos y decirles que se olvidaran de todo. Le sonó el móvil y leyó el mensaje.
¿HAS VISTO LAS NOTICIAS HOY?
No, no las había visto. Abrió la aplicación de noticias, fue a las locales y comenzó a bajar. Habían encontrado un torso en las vías del tren de Ragmullin, en la parte de la ciudad más cercana a Dublín. El lado opuesto a donde se encontraba él. Aun así, miró a su alrededor como loco.
Volvió a meterse el móvil en el bolsillo y siguió caminando, ahora más rápido, pateando piedras mientras avanzaba. Algo en las noticias le había puesto la piel de gallina. No, no tenía nada que ver con lo que había descubierto.
Volvió a sonarle el móvil.
¿LO HAS LEÍDO?
Todo en mayúsculas. ¿Por qué? Respondió.
Sí. No tiene nada que ver conmigo.
¿ESTÁS SEGURO?
Sí. No me toques los cojones.
LOS MUERTOS HAN DESPERTADO.
¿Qué clase de mierda era aquella? Se aflojó la corbata, como si eso pudiera impedir que el sentimiento de terror lo asfixiara hasta matarlo. Miró a su alrededor, desquiciado, volviendo la cabeza como un idiota. No había nadie más en el camino, solo él, y los patos y las ratas y los peces en el agua. Entonces, ¿por qué sentía como si alguien lo estuviera observando?
«A tomar por culo», pensó, y echó a correr.
14
Lottie echaba de menos tener a Boyd en la oficina. Su presencia tenía un efecto tranquilizador en todos ellos. Tampoco les irían mal sus dotes de organización, pensó mientras observaba el desorden en la mesa de Kirby.
—Bien, hasta que tengamos noticias de la patóloga forense, no sabremos a qué nos enfrentamos. Dado que el cuerpo ha sido descuartizado y congelado, es una muerte sospechosa.
McKeown entró con un polo en la mano.
—Podrías haber traído para todos —se quejó Kirby.
—Que te den. —McKeown se dejó caer frente al escritorio de Boyd, ahora que Lynch había reclamado el suyo.
—¿Podemos trasladar la reunión a la sala del caso y ponernos serios? —dijo Lynch.
—Lo haremos —respondió Lottie—, pero cuando tengamos más detalles. ¿Cuáles son las últimas noticias?
—Tenemos a los de Irish Rail encima —anunció Lynch—. Quieren saber cuándo podrán reactivar la circulación de los trenes.
—No será hasta que estemos seguros de que no hay más partes del cadáver a lo largo de las vías. ¿Han interrogado a los maquinistas?
—Esta mañana han salido dos trenes. El de las 6:05, y el de las 7:55. Ninguno de los conductores ha visto nada en las vías, pero la cabina es alta, y el torso estaba entre dos traviesas, así que eso no nos sirve de nada. —Lynch comprobó sus notas—. También he contactado con los maquinistas de ayer. Nadie vio nada.
—¿A qué hora pasó el último tren ayer por la noche?
—Llegó a Ragmullin desde Sligo a las 20:20 de la tarde. Hemos interrogado al maquinista, dice que tampoco vio nada.
—He solicitado apoyo aéreo —dijo Kirby—. No había drones, pero el helicóptero ya debería estar sobrevolando la zona.
—Bien. También hay que determinar cómo colocaron o dejaron caer el cuerpo en las vías, y cuándo. Dile al piloto que también revise el canal. —Lottie se rascó la frente, tratando de pensar con rapidez. Todavía sentía el peso de las emociones del funeral del fin de semana—. ¿Quién interrogó a los dos niños? ¿Cómo se llaman?
Kirby pasó las páginas de su libreta, pero McKeown obtuvo la respuesta después de pulsar un botón en su dispositivo.
—Jack Sheridan y Gavin Robinson. Ya se les ha tomado declaración, todos los detalles están aquí.
Lottie gimió. Percibía la hostilidad en el aire como si fuera un objeto tangible. Habría problemas entre los dos detectives.
—Imprímelos, por favor. —Prefería trabajar en papel—. Los llamaré más tarde. —Al apoyarse sobre la pared con entramado de madera oyó un crujido, y rezó para que no fueran sus rodillas—. Y quiero informes puntuales del equipo aéreo.
El iPad de McKeown pitó.
—Qué rapidez —dijo.
—¿Qué pasa?
—Los del helicóptero han visto algo en el agua. En el canal, a doscientos metros de donde se encontró el torso.
—¿Quién va a llamar a los de Irish Rail? —preguntó Lynch.
—Hazlo tú. De momento, los trenes no podrán circular. Vamos.
Lottie cogió el bolso y se metió el móvil en el bolsillo de los vaqueros. Sabía que era un cliché universal, pero solo podía pensar en que el caso había dado otro giro macabro.
* * *
Mientras caminaba por la orilla tan rápido como se lo permitía el sotobosque, Lottie miró por encima del hombro para asegurarse de que Kirby le seguía el ritmo.
—¿Qué crees que está pasando? —preguntó la inspectora.
—No entiendo por qué tiraron el cuerpo en las vías, donde era fácil que alguien lo encontrara.
—Si lo hicieron durante la noche, es posible que creyeran que estaban más lejos de la ciudad.
—No contaban con dos niños y un dron, ¿verdad?
Lottie llegó al lugar y levantó la vista hacia el helicóptero que sobrevolaba la zona, agitando las cañas con sus rotores. McKeown ya estaba allí, y llamó por radio al equipo aéreo para que continuaran la búsqueda. El aparato dio un último giro en el aire y regresó siguiendo el canal.
La inspectora escudriñó la maraña caótica en el medio del agua.
—¿Es una pierna?
—Eso parece —dijo McKeown—. El envoltorio se ha desintegrado. La piel está blanqueada por el agua. Es difícil saber cuánto tiempo lleva aquí.
—¿Dónde está McGlynn?
—Sigue donde encontramos el torso.
—Pensaba que lo habían llevado a la morgue.
—Sí, pero está registrando la zona en busca de pruebas.
—Necesitaremos buzos para recuperar esta parte del cuerpo —dijo Lottie.
—Yo puedo hacerlo. —McKeown sonaba como un chiquillo demasiado entusiasta que quisiera complacer a su profesora—. Pero aun así, necesitaremos a los buzos para continuar con la búsqueda, en caso de que haya más restos. Está muy oscuro y sucio.
—No te metas —dijo Lynch—. Espera a que vengan los buzos con el equipo adecuado. Puedes pillar leptospirosis.
Lottie miró a Lynch y a McKeown, y se preguntó cómo habían conseguido estar en sintonía tan rápido.
—Levanta un cordón de inmediato, de lo contrario, tendremos a la puñetera Cynthia Rhodes husmeando por aquí. —Miró por encima del hombro, como si haber mencionado a la periodista pudiera hacerla aparecer. Pero sabía que era imposible. Después de una exclusiva reciente, Cynthia había escalado puestos, y había pasado de hacer reportajes de dos minutos en las noticias a conseguir un trabajo en televisión en horario de máxima audiencia. No tardarían en enviar una nueva plaga a Ragmullin, de eso no había duda.
—Enseguida —dijo McKeown. Comenzó a desenrollar la cinta policial. Mientras Lynch lo ayudaba, Lottie se quedó junto a Kirby y observó fijamente el trozo de pierna que sobresalía en el agua estancada.
—Parece de un niño —comentó en voz baja, y exhaló un suspiro de preocupación.
—Es verdad. —Kirby se sentó en la orilla y se quitó los zapatos y los calcetines.
—No puedes meterte en el agua. Como ha dicho Lynch, es…
—No podemos dejar que siga ahí. Alguien tiene que sacarla. —Se quitó la chaqueta y se remangó los pantalones hasta las rodillas.
—Hay más profundidad que hasta las rodillas, espera a los buzos —dijo Lottie, aunque entendía lo que motivaba a Kirby. No estaba bien dejar una parte de un niño en semejante lodazal.
—Voy a meterme.
La inspectora observó a Kirby adentrarse en el agua sucia. Las cañas susurraron mientras se movía, y una forma oscura se alejó nadando de la pierna y cruzó a la otra orilla. Algo lamió los tobillos de Lottie, y se encogió. Solo eran las cañas ásperas que se agitaban junto a sus pies con la suave brisa.
Dio un paso atrás.
—McKeown, pide a los forenses que se den prisa con la lona.
—¿Debería haberme puesto guantes? —gritó Kirby.
—Ahora no importa. Solo sal de ahí, rápido. Vas a pillar un resfriado… o cualquier otra cosa.
Contuvo el aliento cuando el agua alcanzó el pecho del detective. Este se detuvo y, luego, levantó la extremidad con cuidado y regresó por el agua hasta la orilla. Lottie entró en acción, e indicó a los forenses que llegaban dónde dejar la sábana de plástico, y observó con impotencia mientras uno de ellos se hacía cargo de la pierna y la dejaba con respeto sobre el plástico. Se le formó un nudo en la garganta. «Maldita sea», pensó. Desde el diagnóstico de Boyd, le resultaba difícil controlar sus emociones. Sacudió la cabeza para recuperar la actitud profesional.
—Que alguien le traiga una toalla a Kirby.
—Joder, me estoy congelando.
McKeown se encogió de hombros.
—Deberías haberlo pensado antes de emular a Superman.
Lynch rio disimuladamente.
—Gracias, Kirby —dijo Lottie.
El forense abrió una maleta grande de metal y ofreció a Kirby una toalla negra y un traje forense para que se cambiara.
—Tengo una muda de ropa en el coche, gracias.
Lottie se fijó en la pierna. La habían cortado a la altura de la rodilla, y las uñas del piececito estaban negras y amoratadas. Alrededor del tobillo se veían los restos de un calcetín, con una cinta raída de nailon rosa que en su momento debió de estar atada en un pulcro lazo.
Sintió que se le encogían el corazón y la garganta. La visión de los restos del calcetín le produjo más angustia y náuseas que el olor a putrefacción y las marcas de los dientes de roedores en la carne endurecida.
—Es la pierna de una niña —dijo.
Corrió hacia los matorrales, esforzándose por no vomitar. Respiró por la nariz una y otra vez mientras parpadeaba furiosamente. A través de los arbustos veía las vías del tren, que discurrían paralelas al canal. La corriente de agua conducía a Dublín en una dirección y a Sligo en la otra. No sabía mucho sobre el canal, pero era consciente de que su profundidad variaba a lo largo de la ruta.
—¿Habrá alguna esclusa cerca? —preguntó cuando regresó junto al grupo, que permanecía en silencio.
—Sí, a unos ocho kilómetros en esa dirección. —El forense señaló hacia el este.
—¿Qué piensas? —preguntó Kirby, mientras desdoblaba una de las perneras empapadas del pantalón.
—Que tal vez arrojaron los restos en la cámara de una esclusa y, al abrirse, la corriente los empujó.
—Eso no explica cómo llegaron a las vías del tren el torso y la mano —dijo McKeown.
—Lo sé. No he llegado tan lejos. —Típico de McKeown, pensó, frustrar sus intentos de encontrar la lógica en un escenario ilógico—. Contacta por radio con el equipo aéreo. Diles que sobrevuelen las esclusas para examinarlas.
Mientras McKeown hacía lo que le había pedido, Lottie vio a Lynch inclinarse sobre el borde del plástico para observar la pequeña pierna y el pie.
—¿Estás bien, Lynch?
La detective negó con la cabeza.
—La verdad es que no. ¿Quién le haría esto a una pobre niña?
Por fin, Lottie consiguió respirar con normalidad.
—Sea quien sea, pienso encontrar al culpable antes de que pueda hacérselo a otra.
15
Jack Sheridan se sirvió un vaso de agua del grifo y bebió un poco, pero todavía estaba temblando. Se había librado de ir a clase por lo que había descubierto con Gavin, pero eso no compensaba el trauma que le revolvía el estómago. Bebió un poco más, intentando calmar el malestar que sentía.
—¡Jack! ¿Cómo se te ocurre hacer novillos?
El sonido de la voz de su padre lo tomó por sorpresa. Dejó caer el vaso en el fregadero y el agua salpicó por todas partes. Su padre estaba de baja por enfermedad, aunque Jack no estaba seguro de qué le pasaba. Normalmente, era su madre quien repartía los castigos, sobre todo cuando estaba estresada después de un turno largo en el hospital.
Su hermana pequeña, Maggie, gateó entre sus piernas y se acomodó bajo la mesa para comerse las migas pan que había en el suelo. Su hermano Tyrone, de nueve años, estaba sentado en una silla, con la cabeza gacha. Después de que Jack declarase en la comisaría, su madre había decidido recoger a Tyrone de la escuela y llevarlos a ambos a casa.
—No estaba haciendo novillos —se defendió Jack—. Gavin y yo estábamos pilotando el dron antes de ir a clase.
—Pero ahora no estás en clase, ¿verdad?
—He tenido que ir a comisaría. La policía quería hacerme unas preguntas.
—Cierto —dijo su padre con voz más suave—. ¿Estás bien?
—La verdad es que no.
—Ya lo estarás, pero sabía que ese dron iba a causar problemas. Eres demasiado joven para ese aparato. ¿Dónde lo has metido? —Su padre comenzó a rebuscar en su mochila del colegio, tirando libros y bolígrafos al suelo—. No me importa cuánto cueste, va a ir directo a la basura.
—No está ahí, papá. Se lo han quedado los policías. Dicen que es una prueba o algo. —Jack necesitaba llorar, salir corriendo, vomitar, pero tampoco quería que su padre lo viera como un debilucho.
—Déjalo en paz, Charlie. Ha sufrido un shock terrible. Sube a tu cuarto, Jack. Te llevaré una taza de té caliente en un momento. —La madre de Jack entró desde el tendedero y arrojó la cesta de la colada bajo la mesa. Maggie chilló—. Oh, lo siento, Mags. ¿Te he asustado? ¿Qué haces ahí abajo? —Cogió en brazos a la pequeña de dos años y le quitó unas migas pegajosas del pelo.
—No quiero té —dijo Jack.
—Por supuesto que sí. Con azúcar, para que se te pase el susto.
Jack sabía que eso eran tonterías. El té con azúcar solo servía para que pensara en otra cosa. Volvió a meter los libros en la mochila y salió de la cocina. Ya nadie lo escuchaba. Solo Gavin. Estaba seguro de que la madre de Gavin no le hacía beberse un té con azúcar que no quería.
—Deja de arrastrar la mochila —dijo su padre—. Estás arañando el parqué. Tardé dos semanas en sacarle brillo.
A veces, Jack pensaba que a su padre le importaba más el suelo que él.
* * *
Mientras avanzaban hacia la zona acordonada cerca del puente, donde estaba aparcado el coche, Lottie señaló una casa al otro lado de los campos.
—¿Hemos interrogado ya a los propietarios de los alrededores?
Kirby siguió la dirección de su mano, mientras los pies le chapoteaban dentro de los zapatos.
—Estamos en ello. Ahí vive Jack Sheridan, uno de los chicos que encontró el torso. Lo he interrogado esta mañana en comisaría, con su madre.
—¿Se le ha asignado un agente de enlace a la familia?
—La madre ha dicho que estaban bien, que no necesitaban a nadie. Vamos cortos de personal, así que no he insistido.
—Espero que no nos pase factura. La comisaria Farrell se va a poner las botas hoy. —Lottie se preguntó cómo lidiaría Farrell con la atención de la prensa. Probablemente, mejor que ella—. Vamos a hacerles una visita.
—Supongo que no pretenderás atravesar el canal a nado, ¿verdad?
—Reconozco que soy un poco inconformista, Kirby, pero todavía no he llegado a ese nivel. Iremos en coche. ¿Te parece bien?
Para cuando llegaron al coche, Kirby jadeaba y resoplaba. Se sentó en la parte de atrás, se quitó la ropa con olor a rancio y se vistió con unos vaqueros holgados y una camisa blanca. Encontró un par de zapatillas y unos calcetines enrollados en el maletero y se los puso. Después se acomodó en el asiento del conductor y cogió un puro del salpicadero.
—Ni se te ocurra —le advirtió Lottie.
El detective se alejó de la zona acordonada y, finalmente, giró por una calle estrecha que corría paralela al canal, en la que crecía una línea de hierba en el centro.
—¿Sabes a dónde estás yendo?
—Tengo la dirección. —Señaló la aplicación Google Maps en el móvil.
—Deberíamos haber cogido uno de los coches patrulla con navegación por satélite incorporada —dijo Lottie, echando una ojeada a la pantalla rota del móvil. Tenía calor y estaba sudando, y eso la ponía de mal humor. Si hubiera sido Boyd quien conducía, le habría hecho algún comentario inteligente, y ella habría intentado no sonreír, o habría sonreído con la cara hacia la ventana, para que él no pudiera verla. Sí, echaba de menos sus comentarios repelentes. Pese al calor, se estremeció. La preocupación por la salud de Boyd se filtraba hasta lo más profundo de su ser, silenciosa como un fantasma.
Kirby giró, alejándose del canal, y condujo por un camino aún más estrecho.
—Debería estar por aquí.
No había verja de entrada, solo unos setos descuidados y matorrales salvajes que arañaron los laterales del coche. Tal vez era mejor que estuvieran en ese vehículo maltrecho y no en uno de los más nuevos.
La casa era una granja gris de dos plantas, con ventanas de PVC blanco que el clima aún no había conseguido amarillear, y una puerta que había visto demasiados inviernos crueles. Los visillos en las ventanas estaban descorridos.
Lottie salió del coche, y sus zapatos de suela blanda crujieron sobre la gravilla afilada. Llamó al viejo timbre. Mientras esperaba a que abrieran la puerta, echó un vistazo a los alrededores. Hacía mucho tiempo que nadie se dedicaba a la agricultura en aquel sitio. La zanja que rodeaba la casa estaba descuidada, y los escaramujos crecían salvajes por todos lados. En uno de los laterales se alzaban una serie de cobertizos y establos destartalados, con los techos galvanizados rotos y hundidos.
—Pueden permitirse un dron, pero no un cortacésped —comentó Kirby en voz demasiado alta, justo cuando se abría la puerta.
El hombre que se encontraba frente a ellos era alto y enjuto, y su rostro lucía un tono grisáceo. El pelo le caía hasta los hombros e iba sin afeitar. Lottie supuso que rondaría los cuarenta. Iba vestido de manera informal, con unos vaqueros y una camiseta con una imagen icónica del cantante irlandés Hozier.
—Supongo que son los policías que han interrogado a mi hijo —comentó mientras los guiaba por la casa.
—El detective Kirby es quien lo ha interrogado. Yo soy la inspectora Lottie Parker. ¿Y usted es…?
—Charlie Sheridan. Esta es mi mujer, Lisa.
Señaló a la mujer sentada a la mesa con una taza en las manos. Tenía una niñita sobre las rodillas. La cocina era moderna, pero estaba sin acabar, como si se hubieran quedado sin dinero. Lottie supuso que los muebles podían describirse como descuidadamente elegantes, aunque, a decir verdad, se veían más descuidados que elegantes.
—Hola, Lisa —dijo la inspectora—. ¿Qué tal está Jack?
La mujer levantó la vista y la miró con sus ojos marrones en los que brillaban unas manchitas claras bajo la luz del sol que se colaba por la ventana. El cabello rubio le colgaba lacio sobre los hombros, como si no hubiera tenido tiempo de lavárselo. Llevaba un blusón blanco y unos pantalones de vestir azul marino.
—Está bien, aunque bastante afectado. No ha ido a clase después de… eso.
Charlie acercó una silla.
—Disculpe mis modales. Siéntese.
—Gracias. —Lottie tomó asiento frente a la mesa—. ¿Dónde está Jack?
—En su cuarto —respondió Charlie, acercándose a la encimera—. ¿Alguien quiere té? El agua está caliente.
—No, gracias. —Lottie se preguntó por qué Charlie no estaba en el trabajo—. ¿Se han tomado el día libre para cuidar de Jack?
—Yo llevo un par de semanas de baja —dijo Charlie—. No he estado muy bien. Lisa es enfermera, trabaja en el hospital.
Lisa enroscaba los bucles de su hija con el dedo, distraída.
—Por supuesto, después de la llamada de la policía cambié mi turno.
—¿Cómo podemos ayudarles? —preguntó Charlie, apoyando la espalda contra la pared del patio, que estaba manchada con huellas de manitas.
La cocina estaba desordenada. Había ropa sobre casi todas las superficies: algunas prendas estaban dobladas; otras, tiradas sobre los respaldos de las sillas. En el pasillo que acababan de cruzar había botas y zapatos alineados contra la pared, y había abrigos y chaquetas colgados frente a ellos.
—Solo estamos procediendo con la investigación. Me gustaría charlar un poco con Jack, pero también querría hacerles algunas preguntas a ustedes, si les parece bien.
—Claro —dijo Lisa. La pequeña seguía en su regazo, y tenía una taza con boquilla llena de zumo pegada a la boca—. ¿Por qué no se sienta? —le indicó a Kirby.
Lottie levantó un montón de ropa y lo colocó sobre la mesa, y Kirby se sentó a su lado. Se fijó en que Charlie permanecía de pie, con las manos en los bolsillos del pantalón. Parecía exhausto.
—Como ya saben —comenzó la inspectora—, esta mañana, Jack y su amigo ha encontrado parte de un cadáver en las vías del tren, mientras jugaban con el dron de su hijo.
—Jack no ha hecho nada malo —dijo Charlie, y se cruzó de brazos.
—Por supuesto que no. Su casa da al canal y las vías del tren. Me preguntaba si alguno de ustedes ha visto algo inusual últimamente. ¿Tal vez luces por la noche? ¿Embarcaciones en el agua? —Miró sus rostros impasibles, tratando de leerlos.
—Todavía no hay embarcaciones. Es un poco pronto para eso —dijo Lisa—. Para ser sincera, a veces solo vemos cinco o seis en todo el verano.
—Es como ha dicho mi mujer —añadió Charlie—. Solo vemos algunas durante el verano, y solo durante el día. No he visto ni un barco en todo el tiempo que llevo de baja.
Lottie lo miró pensativa.
—¿Pueden verse las luces de las embarcaciones por la noche?
—Se puede, pero este año no he visto ninguna. —Charlie se volvió hacia su esposa—. Lisa, ¿tú has notado algo fuera de lo común?
—Trabajo tanto como Dios me lo permite. Tengo que volver esta noche porque he cambiado el turno esta mañana. Charlie estaba cuidando de Maggie.
—Entonces, ¿no ha visto nada?
—No, nada. —Lisa clavó los ojos en su té, sobre el que se había formado una película de grasa.
La puerta de la cocina se abrió y un muchacho entró corriendo, con el rostro surcado de lágrimas.
—Jack me ha pegado. Yo solo quería que me prestara el otro mando y no me lo quería dar. ¡Mamá! Dile que me lo dé.
—¡Tyrone! Tenemos visita —dijo Charlie—. Vuelve a tu habitación.
El niño salió corriendo y, cuando la cocina estuvo de nuevo en silencio, Lisa habló:
—He ido al colegio a dejar a Jack, pero tenía mala cara, así que he recogido a Tyrone y me los he traído a ambos. Así me ahorro tener que ir a buscarlo luego.
Había algo raro en la pequeña familia. Lottie notó que una sensación extraña invadía el ambiente. ¿Era la impresión de que su hijo hubiera encontrado un torso en las vías del tren o había algo más?
—¿Va todo bien? —preguntó.
Charlie se apartó de la puerta del patio y se colocó detrás de su esposa. Le puso una mano en el hombro.
—Estamos todos conmocionados. El pobre Jack está muy afectado. Ya les ha dicho todo lo que sabe en la declaración. ¿Qué más quieren de nosotros?
—Se lo agradezco mucho. Es solo que hemos hecho otros descubrimientos desde esta mañana, y estoy investigando cualquier cosa que pueda ayudarnos a averiguar quién ha arrojado partes de un cuerpo en el canal.
—¿Partes de un cuerpo? —preguntó Lisa. Su rostro palideció notablemente, y lanzó una mirada a Charlie antes de volverse hacia Lottie—. Dios, eso es horrible. ¡Y tenemos que vivir aquí! ¿Qué más han descubierto?
—No puedo decirlo, pero tendré que visitar todas las casas de esta ruta.
—No encontrarán más casas en unos cuantos kilómetros —dijo Charlie—. La siguiente está junto a las esclusas. Hace siglos que nadie vive allí.
Lottie asintió.
—De acuerdo, gracias. ¿Me permitirían charlar unos instantes con Jack?
—Puede que lo traumatice aún más —comentó Lisa.
—Sería de gran ayuda —insistió Kirby.
—Tal vez le siente bien hablar, Lisa —dijo Charlie, e inclinó su figura enjuta hacia su mujer, apretándole el hombro con delicadeza.
Lisa se encogió y, como si hubiera percibido el malestar de su madre, la pequeña dejó caer la taza y comenzó a llorar. Charlie quedó empapado de zumo de naranja. Lottie observó atentamente su reacción, pero el hombre no hizo más que sonreír, coger a la pequeña de los brazos de Lisa y acurrucarla contra su pecho. Paternal, pensó la inspectora.
Hubo un estruendo y un golpe en el pasillo, y la puerta chocó contra la pared al abrirse. Un chico, Lottie supuso que debía de ser Jack, entró tambaleándose y agarrando a su hermano del pelo. Ambos chillaban. El chico parecía alto para tener once años, y tenía el mismo pelo claro de su madre. Llevaba la camisa del uniforme desabrochada, y su hermano le tiraba del dobladillo.
—¡Es mío! ¡Devuélvemelo, idiota! —gritó Jack.
—Eres un abusón —lloriqueó Tyrone, y trató de soltarse.
—¡Niños, basta! —Charlie le devolvió la pequeña a Lisa y fue a separar a sus hijos—. Ya es suficiente. Estas personas son policías, y si no os portáis bien, os encerrarán.
Las palabras de su padre lograron el efecto deseado. Jack soltó a su hermano y miró fijamente a Kirby, con ojos aterrorizados.
—No he hecho nada malo. Fue el dron. No es culpa mía. Fue Gavin quien quiso hacerlo, no yo. Lo juro, papá. No he hecho nada malo.
—Nadie ha dicho eso, Jack —lo tranquilizó Lisa—. Por favor, para de pelear con tu hermano. Las vacaciones de verano empiezan en un par de semanas… Solo Dios sabe cómo las pasaremos, con vosotros dos en casa. —Se le escaparon unas lágrimas por las comisuras de los ojos y asió la taza con fuerza.
—Bueno, creo que por hoy ya tienen bastante lío —dijo Lottie, con la esperanza de no estar tirando la toalla demasiado pronto—. Esta es mi tarjeta. Por favor, llámenme si recuerdan cualquier cosa que pueda ayudarnos. No importa lo intrascendente que les parezca.
—Por supuesto. —Charlie agarró a Tyrone por el brazo y lo empujó hacia la puerta—. Vosotros dos, arriba, y en un momento hablaremos sobre mandos. —Se volvió hacia Lottie y Kirby—. Los acompañaré a la puerta.
Lottie dejó su tarjeta sobre la mesa y la deslizó hacia Lisa.
—Lo digo de verdad, Lisa. Si hay algo que la preocupa, llámeme.
La mujer siguió con los ojos clavados en su taza de té frío y grasiento.
16
Kirby condujo lentamente por el camino de la granja. Lottie movió el retrovisor para ver cómo desaparecía la casa a sus espaldas.
Charlie estaba delante de la puerta abierta, con su hija en brazos, viendo cómo se marchaban.
—¿Qué sacas de todo eso? —preguntó Kirby. Cogió el puro, luego se lo pensó mejor y lo metió en el hueco de la puerta, que ya estaba a reventar.
Lottie se quedó callada hasta que el coche llegó a la carretera más ancha y la casa desapareció por completo.
—No sé qué pensar. Le estoy dando vueltas.
—A mí me parece que son unos bichos raros.
—No te he preguntado qué te parecen, he dicho que estaba pensando.
Se acercaron a la zona del puente donde se estaba desarrollando la investigación.
—Parecían culpables de algo —dijo Kirby, y puso el motor en punto muerto.
—No creo que fuera culpa.
—Entonces, estaban asustados.
Lottie reflexionó un momento.
—Esta mañana, su hijo ha encontrado un torso en las vías. Es una experiencia bastante terrorífica para cualquier familia.
—Tal vez no les guste que la policía llame a su puerta —propuso Kirby.
—Es la conmoción. Vayamos a la casa del otro chico.
—Gavin Robinson vive al otro lado del puente —dijo Kirby, y olisqueó—. De verdad que necesito darme una ducha, y pronto. Huelo fatal.
—Eso no es ninguna novedad —Lottie bromeó solo a medias. Ella también necesitaba darse una ducha.
* * *
Gavin Robinson vivía en Canal Lane, una nueva urbanización unos cien metros más allá del puente. Kirby condujo por las calles en forma de herradura. Pasaron junto a una zona rodeada de vallas y algunas casas sin terminar que la constructora había abandonado cuando llegó la crisis económica. Gavin vivía en un edificio de tres pisos. En el primero, las viviendas eran de una planta, pero en los otros dos, había dúplex.
—¿Cuál es? —preguntó Lottie.
Kirby consultó su libreta y le indicó el camino.
La inspectora subió por las escaleras hasta el primer piso y llamó con ganas a la puerta. Después de llamar una segunda vez, abrieron.
—¿Están tu mamá o tu papá en casa? —preguntó al muchacho que se encontraba delante de ella.
—Mi padre está muerto, pero sí, mamá está en su… eh… despacho. Arriba.
—Hola, Gavin —lo saludó Kirby—. ¿Puedes pedirle que baje?
Lottie echó un vistazo al interior. El pasillo era estrecho y estaba lleno de cosas, con una puerta a la derecha y otra abierta justo delante de ella. Gavin se echó atrás para dejarlos entrar. Se quedó de pie en el último peldaño de la escalera. Pese a tener la misma edad que Jack Sheridan, era pequeño y delgado.
—Está haciendo una historia, un vídeo, y me ha dicho que no quería que la molestara. Dice que ya la he molestado bastante hoy —expresó con un mohín de enfado.
—Esto es importante. Necesito hablar contigo, y tiene que acompañarte un adulto responsable. ¿Puedes pedirle que baje?
Mientras Gavin subía ruidosamente por las escaleras de madera sin moqueta, Lottie abrió la puerta que tenía al lado y entró. Era un salón, pero todos los asientos estaban ocupados con pilas de cajas y bolsas.
—¿Qué es todo esto?
Una mujer joven bajó corriendo por las escaleras.
—¡Eh! ¿Quién le ha dicho que podía entrar ahí? —dijo con brusquedad, y se recompuso de inmediato—. Lo siento, está todo muy desordenado ahí dentro. ¿Por qué no me acompañan a la cocina? Por cierto, soy Tamara Robinson, la madre de Gavin.
Lottie echó una última mirada a la habitación. Estaba repleta de cajas de cosméticos y productos para el pelo. Tamara esperó hasta que estuvieron todos en el pasillo para conducirlos hacia la otra puerta.
Al pasar junto a la joven, Lottie se fijó en que Tamara era alta, rubia, e iba vestida como si fuera a hacer una audición para un papel en Supermodelo, con una blusa de gasa azul cielo atada a la cintura y unos vaqueros blancos ajustados. Contrastaba fuertemente con Lisa Sheridan, pálida y cansada en su uniforme de enfermera.
La cocina era luminosa y moderna, como de revista de decoración. Lottie recordó que el sábado, Boyd y ella iban a visitar una casa, y cruzó brevemente los dedos deseando que su hermanastro Leo apareciera con el dinero de Farranstown House lo antes posible.
—Tiene una casa muy bonita —comentó.
—Me la he ganado. —Tamara hizo entrar a su hijo en la cocina detrás de Lottie y Kirby, y, de repente, con tantas personas, el espacio resultaba demasiado pequeño. Tendría que recordarlo cuando fueran a ver casas. Su familia era numerosa y formada por adultos, a excepción de Sean y Louis, aunque Sean era el más alto de todos. Y luego estaba la hermana de Boyd, Grace. Dios, iban a ser como la tribu de los Brady.
—¿A qué se dedica, Tamara? —preguntó la inspectora.
—Soy influencer.
—¿Qué es eso? —indagó Kirby.
—Instagram. —Tamara puso los ojos en blanco—. No lo entendería, y sería largo de explicar.
—Estaba grabando un vídeo, ¿cierto? —dijo Kirby.
—Para mis historias, y ahora tengo que empezar de nuevo. Tú —dijo y señaló a Gavin—, te dije que no me interrumpieras, que te tumbaras en la cama y descansaras.
—Tenemos que hablar con Gavin y con usted, señora Robinson.
—Puede llamarme Tamara, todo el mundo lo hace —dijo, como si fuera un motivo de orgullo. Lottie se preguntó si sería su nombre real. Se fijó en su pelo rubio y sedoso, el rostro perfectamente maquillado y las pestañas demasiado largas, y sospechó que era el nombre que le habían puesto sus padres, y que había pasado toda la vida asegurándose de que todo el mundo lo recordara.
—Sé que Gavin ya ha hecho una declaración —dijo Lottie—, pero quería hacerle un par de preguntas más.
—No estoy segura de que deba hablar más del tema. No va a poder dormir esta noche.
—Bueno, en cierto modo me alegro de que no quiera que hable del tema. Es una investigación abierta. Tenemos que controlar la información hasta que hayamos detenido a un sospechoso.
—¡Entonces ha sido un asesinato! —Tamara se tapó la boca con las manos.
—Todavía no sabemos a qué nos enfrentamos. —«Pues claro que es un asesinato, joder», pensó Lottie, y apartó la mirada del rostro de muñeca de Tamara para centrar su atención en Gavin—. ¿Jack y tú usáis el dron todas las mañanas?
—Solo algunas, no siempre. —Gavin parecía avergonzado de su madre, y miraba por la ventana de la cocina, manteniendo los ojos fijos en algún punto que había fuera. Llevaba el pelo rapado en un lado y largo en el otro. Iba vestido con una camiseta de fútbol y pantalones de chándal.
—¿De qué equipo eres? —preguntó Kirby.
Lottie sonrió cuando el chico puso los ojos en blanco igual que su madre y señaló el escudo de la camiseta.
—Del Mánchester.
—Me parece que son buenos.
Lottie intervino antes de que Kirby hiciera más el ridículo.
—¿Esta mañana no has tenido miedo de que pasara un tren de repente?
—Me sé los horarios. Tengo una aplicación en el móvil. Me dice cuándo pasa el próximo tren. Me interesan ese tipo de cosas.
—Deberías haber ido directo a clase. Tal vez sea mejor que no veas a Jack durante una temporada. —Tamara se volvió hacia Lottie—. Estos dos son como uña y carne. Dios sabe en qué líos se meten.
—Pero Jack es mi amigo —gimoteó Gavin—. Mi único amigo.
—Me tienes a mí, ¿no?
—¡Mamá! Qué asco.
—Tal vez debería haberte llevado al colegio después de que declarases. Pero me has dicho que estabas demasiado afectado y no podías ir.
La falta de empatía era casi palpable. Tamara era una egocéntrica redomada. Lottie quería explicarle al niño que era normal sentirse mal. En vez de eso, dijo:
—Dime, Gavin, al bajar a las vías, ¿qué habéis hecho?
El muchacho tiró del escudo de la camiseta.
—Ha sido todo idea de Jack. Yo no quería ir a las vías, pero es su dron, así que lo he seguido. —No era capaz de mirar a Lottie a los ojos, y la inspectora pensó que tal vez mentía.
—¿Cuántas veces te he dicho que no te acerques a las vías? —dijo Tamara—. Y deja de jugar con la camiseta, la vas a romper, y me costó casi cien euros.
—No es verdad —rezongó Gavin—. Te la dieron gratis cuando me grabaste para una de tus historias de Instagram.
—Mire, Tamara —interrumpió Lottie—. Solo quiero saber lo que han hecho los chicos esta mañana. Puede regañarlo más tarde, ¿de acuerdo?
—Ya, pero estoy ocupada.
Lottie se contuvo para no responder.
—Gavin, ¿sabías que ibas a encontrar algo en las vías esta mañana?
—¿Qué clase de pregunta es esa? —Los ojos de Tamara refulgieron más que su pelo superhidratado. Lottie tuvo que reconocer que era rápida.
—Solo estoy determinando los hechos.
—Está tratando de incriminar a mi hijo.
—No pasa nada, mamá. —Gavin se volvió hacia Lottie con las mejillas coloradas—. Yo lo he visto primero, en la pantalla del móvil conectada a Jedi. Así es como llamamos al dron. He visto ese bulto en las vías. Ya sabe, como un saco de carbón, pero no era un saco de carbón. La verdad es que daba miedo. Jack se ha vomitado encima.
—¿Qué habéis hecho después? —Lottie había leído el informe, y sabía que era Gavin el que había vomitado.
—Parecía un zombi sin cabeza. Hemos vuelto corriendo hasta el puente y he llamado a la policía. Eso es todo. Esperamos a que llegaran los gardaí, y luego nos han llevado a la comisaría, y hemos esperado a que nuestras madres nos vinieran a buscar y hemos declarado.
Lottie notó que Tamara había palidecido bajo la capa de bronceador.
—¿Por qué le está haciendo revivir eso? —preguntó Tamara.
—Estoy bien. —Gavin le apartó la mano.
—¿Jack y tú jugáis con el dron todas las mañanas? —Lottie volvió a repetir la pregunta.
—Casi todas.
—¿Y por las tardes?
—No mucho, solo a veces.
—¿Has visto a alguien más por allí esta mañana, o tal vez ayer? —preguntó Lottie—. ¿Crees que quizá interrumpisteis a alguien?
El chico se puso pálido.
—¿Quiere decir que podríamos haber visto al asesino? ¿O haber acabado muertos?
—En absoluto. Solo intento establecer una línea temporal de los hechos de esta mañana y los días anteriores.
—No he visto a nadie. A menos que haya algo más en la cámara de Jedi. Ustedes la tienen, compruébenlo.
—Lo haremos —afirmó Kirby.
—Esta es una zona tranquila —explicó Tamara—. No lo parece, pero la mayoría de los vecinos trabajan en Dublín. Se marchan a primera hora, vuelven tarde y están en casa toda la noche. Una zona muy tranquila.
—Este es mi número —dijo Lottie mientras le tendía su tarjeta a la mujer—. Si Gavin recuerda algo, lo que sea, por favor, llámeme.
—Por supuesto. —Tamara cogió la tarjeta con sus largas garras rojas.
—¿Jack está bien? —preguntó Gavin.
—Igual que tú, sigue conmocionado —dijo Lottie.
Tamara los acompañó a la puerta.
—Lo siento por lo de antes. Por ser una borde y todo eso. Soy muy protectora con Gavin. Su padre murió cuando era un bebé, de un ataque al corazón. Soy lo único que tiene.
—Lamento mucho su pérdida. —Lottie sabía lo difícil que era criar a los hijos sola.
—Cuide de él —dijo Kirby.
—¿Creen que está en peligro por lo que ha encontrado?
—No lo creo —respondió Lottie—, pero le agradeceríamos que estuviese más alerta que de costumbre. Y llámeme si ve algo inusual o si recuerda alguna otra cosa.
—Lo haré. Y todo eso de ahí dentro… —Tamara señaló con la cabeza hacia el salón—. Son regalos. Solo en caso de que pensaran que lo he robado.
—Por supuesto —dijo Kirby, y Lottie lo empujó para que saliera por la puerta.
17
Ya en comisaría, Lottie no tuvo tiempo de sumergirse en el papeleo. Jane Dore llamó para contarle que había terminado el examen preliminar del torso. Lottie cogió el coche y voló por la autopista hasta el hospital de Tullamore, donde se encontraba la morgue.
Aparcó en el primer espacio libre que encontró y pensó de inmediato en Boyd. Pasaba varias horas a la semana en aquel hospital, ya que era donde recibía tratamiento. Cerró el coche, angustiada. Ya no estaba segura de si creía en Dios, pero rezó en silencio pidiendo que Boyd mejorara. Con Adam, sus ruegos no habían sido escuchados.
—Me debes una —susurró al cielo.
La morgue estaba al final de un pasillo serpenteante, y el olor era más intenso a medida que avanzaba. Pensaba que, a esas alturas, ya se habría acostumbrado, pero ese aroma se aferraba a su garganta, así que cogió una mascarilla de un armario de material. Al depósito lo llamaban la Casa de los Muertos. El nombre le iba que ni pintado, aunque lo habían modernizado hacía diez años.
Lottie se quedó de pie en el despacho de Jane mientras la patóloga estudiaba sus notas.
—Sin duda, el torso de las vías es de sexo femenino.
—Eso ya lo sé —replicó Lottie con impaciencia.
—Te estoy haciendo un favor —dijo Jane—. No hace falta que te pongas borde.
—Lo siento. —No tenía sentido ponerse en contra a la patóloga —. Es solo que se está haciendo tarde y tengo que asegurarme de que Sean hace los deberes. Tiene exámenes, y estoy segura de que va muy atrasado con los trabajos del colegio —estaba divagando porque no quería pensar en la niña mutilada que yacía en la sala de autopsias.
—¿Cómo está Sean? —preguntó Jane.
—Tiene sus momentos de bajón, pero está bien, teniendo en cuenta todo lo que ha pasado en los últimos años.
—¿Y el sargento Boyd? ¿El tratamiento funciona?
—Eso espero. Él quiere curarse de un día para otro, pero tú y yo sabemos que eso no va a pasar. Es tan impaciente que resulta molesto.
Jane sonrió.
—¿Qué? —Lottie alzó una ceja inquisitivamente.
—Tú y Boyd —dijo Jane—. Sois tan parecidos. ¿Cuándo vas a darme una excusa para comprarme un sombrero?
—No puedo imaginarte con un sombrero que no sea la capucha de un traje forense.
—Entonces es que no me conoces en absoluto —sentenció Jane mientras ojeaba sus notas.
—Sí que tenemos que encontrar un momento para ese café, ¿verdad?
—Sí, pero a mí no me importa esperar unos años más.
Lottie suspiró, pensando que ya no tenía amigos de verdad. Entre estar pendiente de sus hijos y mantenerse al día con el trabajo, nunca parecía tener tiempo para nadie más. Aparte de Boyd, claro. ¿O también había relegado a Boyd a los puestos más bajos de su lista de prioridades? Ese no era el momento de considerar las implicaciones de esa suposición.
—¿Qué te parece el sábado? —dijo, rogando que Jane dijera que no.
—El sábado no puedo, tengo una cita.
—¿El mismo tío?
—¿Alguna vez me has visto salir con el mismo tío dos veces?
Lottie no estaba segura de cómo contestar. La verdad es que no sabía casi nada de la vida privada de la patóloga.
—Continuemos con el informe, ¿te parece? —sugirió Jane.
—Por supuesto.
—Como decía, la víctima es una niña. Calculo que debía de tener entre siete y doce años.
Lottie sintió que el estómago le daba un vuelco. No soportaba la idea de que alguien mutilara a niña de un modo tan salvaje.
—Oh, pobre angelito… Es terrible.
—El torso estaba casi descongelado cuando llegó aquí, gracias al calor inusual de los últimos días. He enviado muestras al laboratorio.
—¿Cómo murió? —Lottie no estaba segura de querer oír la respuesta. Sentía cómo la sangre le abandonaba el rostro.
—Es duro. Con los niños siempre lo es —dijo Jane—. Trata de distanciarte.
—Imposible. —Lottie tragó saliva, le temblaba la voz—. Alguien mató a esa niña, la cortó en pedazos y tiró su cuerpo. Parte de su cuerpo.
—Van a enviarme las otras partes que han encontrado, así que sabré más cuando las reciba. Todavía no tenemos la cabeza, pero las lesiones en los huesos del cuello me llevan a pensar que la estrangularon antes de decapitarla.
—¿Puedes saber eso aunque le hayan serrado la cabeza?
—No la serraron, pero sí, puedo. Queda lo suficiente del hueso hioides para demostrar que hubo estrangulamiento.
—Si no fue con una sierra, ¿entonces cómo?
—De un solo corte, con un hacha o alguna hoja similar.
Lottie sintió que se le revolvía el estómago.
—Por favor, dime que para entonces ya estaba muerta.
Jane asintió con la cabeza, sin responder.
—¿Cuánto tiempo lleva muerta?
—La respuesta corta es que no lo sé. —Jane consultó sus notas—. De momento, solo he realizado los análisis preliminares. Todavía tengo que hacer un montón de pruebas, así que no me presiones, o puede que te dé un diagnóstico incorrecto.
—No puedes diagnosticar a un muerto.
Jane rio.
—Pues sí que estás despierta.
—Lo siento. —Lottie sabía que la patóloga la había pillado bostezando—. Ha sido un fin de semana largo y difícil.
—Eso es que Boyd se encuentra mejor —dijo Jane, guiñándole un ojo.
—Su madre ha muerto. He estado fuera, en Galway, para el entierro. Regresé anoche, bastante tarde. —Estaba dispuesta a hablar sobre cualquier cosa con tal de no pensar en la niña asesinada.
—Dale mi pésame a Boyd. No lo sabía.
—No pasa nada. Murió de repente, un ataque al corazón. Aunque deja a Boyd en un compromiso con respecto a su hermana.
—¿Por qué? Ya es adulta, ¿no?
—Sí, pero es una larga historia. Te la contaré cuando nos tomemos ese café —dijo Lottie, preguntándose si alguna vez conseguirían encontrar un hueco—. ¿Puedes decirme algo más sobre el cuerpo?
—He enviado a analizar el contenido del estómago. No había gran cosa. El cuerpo fue desmembrado y congelado poco después del asesinato. Falta una tira de piel de la parte baja de la espalda. Lo más probable es que todavía esté en el congelador donde la guardaron.
—¿Por qué? No te sigo.
—Tienes congelador, ¿verdad?
Lottie asintió.
—Si pones carne cruda a congelar y la dejas ahí durante meses, o incluso años, se quedará adherida a la superficie del congelador. Cuando intentes sacarla, es posible que parte de la capa exterior se quede pegada.
—¿Crees que ha estado congelada durante años?
—Sí. —Jane cogió una bolsita de plástico de una bandeja y se la pasó a Lottie.
—¿Qué es esto? —Lottie hizo girar la bolsa en la mano. Dentro había una tira de papel con unas marcas de tinta ilegibles.
—Parece una de esas etiquetas con la fecha que se pegan en una caja o una bolsa de congelación. Me imagino que el cuerpo estaba al fondo del congelador, y que fueron colocando recipientes encima. Probablemente no los movieron hasta que retiraron el cadáver. Puede darte una idea de cuánto tiempo llevaba en un congelador concreto, pero también podría ser que la hubieran movido a otro. Es una posibilidad remota.
Lottie coincidía con el razonamiento de Jane.
—No consigo descifrarla.
—La he mirado en el microscopio. Está escrita con tinta negra, probablemente con bolígrafo. Haré que la analicen, aunque no puedo prometerte nada.
—¿Y eso nos dirá la fecha?
—No, pero he podido leerla en el microscopio.
—Dime.
—El 12 de junio de 1997.
—Dios, en ese caso, lleva muerta más de veinte años.
Jane negó con la cabeza.
—Lo único que nos dice es que había algo con esa fecha en el congelador. Y que metieron el cuerpo en el congelador antes o después de ese día.
—¿Dónde has encontrado la etiqueta?
—Justo por encima de las nalgas.
Lottie miró fijamente el trozo de papel.
—Es posible que no tenga nada que ver con el momento de la muerte de la niña.
—Así es, pero, por ahora, es todo lo que tienes. He sacado algunas fibras que he enviado al laboratorio. Podrían ser de la ropa que llevaba cuando fue asesinada.
—O podrían ser del asesino.
—O podrían ser de una alfombra. Mejor no especular. También he tomado una muestra para comparar el ADN. Y hay algo interesante…
—¿Sí?
—Había unas manchas de pintura sobre el torso y en las traviesas de la vía. McGlynn hizo un buen trabajo.
—¿De verdad? —Lottie sentía curiosidad—. ¿Y qué importancia tienen unas manchas de pintura en un cuerpo que tal vez lleve congelado más de veinte años? Serían de algo que había en las vías.
—No lo creo —dijo Jane—. Son unas manchitas azules, tres en total. Una en el cuerpo, dos en la traviesa.
Lottie se mordió el interior de la mejilla, pensando.
—¿Alguna idea de qué podrían ser?
—No. De todos modos, lo he enviado a analizar, ¿vale?
—Por supuesto. Avísame en cuanto tengas los resultados.
Mientras observaba cómo la patóloga repasaba el informe, Lottie se sintió agradecida por la meticulosidad de McGlynn y la profesionalidad de Jane. No creía que fuera capaz de soportarlo si tuviera que diseccionar el cuerpo de una criatura. Eso la hizo pensar en qué tipo de persona podía asesinar y desmembrar a una niña. Era demasiado horrible como para planteárselo. Devolvió la prueba y se giró para marcharse.
—Si tuviéramos la cabeza nos ayudaría a identificarla —dijo Jane—. Y hay una cosa más…
Lottie se detuvo junto a la puerta. Esperaba que fueran buenas noticias.
—No te va a gustar.
—Adelante.
—La mano que habéis traído…, no pertenece al torso. Es de un hombre adulto.
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