Kitabı oku: «Tan cerca que no se mira»

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Primera edición 2021

Cuidado de la edición

Edna Portillo

Diseño de portada

Jonathan Boarini

Diseño de interiores

María Fernanda Angulo

Coordinación gráfica

Michelle Orozco Blanco

Gerente de producción editorial

Daniel Esteban Cacia

Directora

Irene Piedrasanta

Sobre la obra:

© 2021 Patricia Sorg

© 2021 Editorial Piedrasanta

5.a calle 7-55 zona 1 Guatemala ciudad

PBX: (592) 2422-7676

ISBN Imrpeso 978-9929-562-53-0

ISBN Digital 978-9929-562-59-2

www.piedrasanta.com

EditorialPiedraSanta

@editorialpiedrasanta

Prohibida la reproducción parcial o total de este libro por cualquier método, digital, fotográfico, fotomecánico, sin la autorización de Editorial Piedrasanta


Esta es una obra de ficción para entretenimiento del lector. Nombres, personajes, negocios, lugares, pueblos, ciudades, eventos, dialectos e incidentes son producto de mi imaginación y utilizados de manera ficticia. He tomado mi tierra natal como inspiración artística únicamente.

Patricia Sorg

Dedicado a mi amado esposo, Michael, mi mejor amigo y mayor apoyo en mi carrera artística.

Prólogo

Era la primera vez que se volvían a juntar los tres ancianos en aquella majestuosa mansión, desde que habían muerto. ¡Qué inolvidables recuerdos de cuando jugaban juntos! Gratas memorias de cuando vivían… ¡Ah, qué vida tan intensa la que habían tenido! La mesita donde tomarían el té estaba lista, todo servido en la vieja y primorosa vajilla de porcelana. No faltaban las rosas rojas que Juan Ignacio le había llevado a Sara, y que el viejo trataba de arreglar con dificultad dentro del florero, pero sus temblorosas manos apenas podían sostenerlas.

—¡Si sumáramos la cantidad de años de los tres! —dijo riendo.

—¡Centenares! —contestó Sara.

La tierna mirada de sus ojos azules dejaba entrever la gentileza de siempre y aún mantenía el esplendor que Sara tanto amaba. Además de su elegancia campestre, como ella lo definía, seguramente por su alta estatura, aunque últimamente caminaba muy encorvado e inclusive le costaba permanecer parado.

—Estas piernas —se quejó—. ¡Siempre me dan problemas!

—Siéntate —insistió ella.

Se sentó con dificultad. Sara observó sus manos finas y avejentadas que revelaban no haber hecho muchos trabajos pesados durante su vida. Ese hombre había sido siempre su gran amor.

—Estás hermosa, como siempre —le susurró al oído.

—¿Acaba de temblar? —entró preguntando Rogelio con algo de alboroto y observando el candelabro barroco de hierro forjado moverse de un lado a otro.

—Suavemente —le respondió Sara—, nada del otro mundo.

—Ahora todo es del otro mundo. ¡Nosotros tres somos del otro mundo! Hay que abrir bien las cortinas para ver el panorama —observó extendiendo más el cortinaje hacia los extremos de la ventana.

Rogelio se adentró en la sala, se acercó a la chimenea frotando sus manos para calentarse y ponerse cómodo. Había sido siempre el mejor amigo de Sara y Juancho. Mantenía la misma apariencia campesina de cuando niño: baja estatura, sombrero de paja raído, sonrisa de dientes disparejos y una piel curtida por el trabajo de campo que dejaba marca a manera de profundos surcos. Tenía un caminar muy lento y encorvado.

—Es para ver el internado y el campanario desde aquí. Además, el atardecer está bellísimo. Miren cómo se ven las siluetas de los volcanes en ese cielo de magentas y naranjas.

—¿Té? —les ofreció ella sin dejar de mirar hacia afuera de la ventana. Los dos viejos observaban las temblorosas manos de Sara, deleitados por sus precarias habilidades para sostener la tetera china.

—¡Cómo saltábamos como borregos cuando éramos niños! ¡Siempre felices, inocentes y maravillados!

—Lindos recuerdos —dijo Juan Ignacio sonriendo y meneando la cabeza con deleite.

—Bueno —interrumpió Rogelio, frotándose las manos con excitación e impaciencia—, ¿vamos a contar la historia, sí o no?

—Claro —dijo Sara—, ahora que la tenemos reciente en la memoria. ¿Qué dicen?, ¿La recapitulamos?

—¿Por dónde empezamos? ¿En el convento? ¿En la ciudad? ¿En el internado? —preguntó Rogelio.

—Lo mejor será narrarla como ella misma lo haría, ¿no creen? Al fin y al cabo, es ella quien la vivió en carne propia —concluyó Sara.

Capítulo I

La decisión entre otra copa o un Alka-Seltzer era fácil: la copa. No quedaba mucho en aquella botella y la jaqueca que venía era inminente. La puerta se abrió y alguien entró. Intenté poner la copa sobre la mesa, pero me quedé corta, cayó al suelo y se rompió. Sonia entró en ese momento a mi apartamento.

—Perdón, la puerta estaba abierta.

Me miró, vio los vidrios rotos en el suelo, y me miró nuevamente en silencio con una gran interrogante, mientras yo intentaba incorporarme.

—Voy por una escoba —logré decir antes de trastabillar. El dolor de cabeza me pegó como un rayo despiadado.

—Solo tomé unas copas —me excusé, tratando de minimizar aquella escena embarazosa.

En ese momento vi las rosas casi marchitas que traía en las manos.

—¿Me perdí de algo? —Asintió preocupada y sorprendida por mi pregunta.

—El funeral, el funeral del gerente de la empresa PROE S. A., donde trabajamos, ¿te acuerdas?

No lo podía creer, se me había olvidado. Traté de excusarme.

—Mira, estoy de negro.

—Tú siempre estás de negro.

—¡Mierda! —dije en voz baja, sin poder excusarme.

—Soy una idiota. ¿No te dijo el ahora difunto que yo era una chica muy manipulable y un montón de otras cosas que no hablaban muy bien de mí?

—Brisa, ¿qué pasa contigo? Esa es una pésima excusa.

Miró alrededor para entender mejor la escena.

—¿Has comido algo? —preguntó abriendo el refrigerador de mi minúsculo apartamento.

—¿Vodka, vino y cerveza? ¿Qué es esto? ¿Es esta tu vida?

Mientras tanto, yo me preparaba un Alka-Seltzer. Me miró incrédula.

—¡No fuiste al funeral! ¡No fuiste al entierro de la última persona en la empresa que, a pesar de todo, confiaba en ti! ¿Lo haces a propósito para sabotearte? ¡Te estás destruyendo!

—Ya está muerto, ¿qué más da? Todos se mueren, se van, desaparecen, ¡puff! —dije satíricamente, pero a ella no le pareció gracioso.

—No lo puedo creer, todo este año me has parecido como otra persona.

Se sentó en la mesa de la cocina tirando la toalla ante la situación.

—Brisa, tú sabes que nadie más que yo agradezco lo que me ayudaste cuando realmente necesitaba un amigo. Estuviste conmigo en cada momento. Sin embargo, has estado actuando tan extrañamente en los últimos meses. Mi deber es hacértelo saber.

Me le quedé mirando pensativa. En realidad, Sonia tenía razón. No sé qué pasaba por mi mente. Era como si mi reciente separación de Mariano me hubiera llevado a un rincón sin salida, en donde solo pensaba en vengarme. Sin explicar más, decidí seguir con mi actitud sarcástica.

—¿Y qué? ¿Les hice mucha falta?

—Ángela estuvo preguntando todo el tiempo por ti, Brisa. Te llamamos muchas veces. Siempre nos tiraba a buzón.

Ambas nos quedamos viendo el buqué de rosas casi marchitas que ella todavía sostenía.

—Estas son las flores que me habías pedido. Supongo que eran para el funeral —dijo tirándolas sobre la mesa.

—¿Qué querrá Ángela? ¿Despedirme? —pregunté reaccionando un poco.

—Espero que no, Brisa, pero la cosa no luce bien —

suspiró.

—Dice que quiere verte.

—¿Cuándo? ¿Mañana?

—Sí, a las nueve de la mañana.

Me senté y me recosté sobre la mesa tapándome la cara y rascándome la cabeza.

—¡Maldita sea!

—Tienes que bañarte y acostarte.

Se quedó viéndome a la cabeza con curiosidad.

—¿Tú te tiñes el pelo? ¿Eres rubia? Tienes una gran raíz de pelo claro.

—Sí, porque me lo pinto —respondí de inmediato.

—No creo que a las rubias las respeten igual en el trabajo, a las castañas las perciben con más autoridad.

—Brisa, tú sabes que el color del pelo no tiene nada que ver. Tus prioridades están patas arriba. ¡Y yo que siempre te he envidiado! Eres bonita, tienes no sé cuántas especialidades, todo te ha venido fácil. ¿Qué estás haciendo con tu vida?

—¿Fácil? ¿Tú qué sabes? —refunfuñé abriendo la puerta del baño.

Se quedó viendo el pequeño dormitorio y notó que había una cuna de bebé.

—No sabía que… y, viéndome a los ojos, se quedó analizando por un momento.

—¿Qué estás haciendo con tu vida?

Tomé fuerzas, tomé otra botella de vino empezada y me serví otra copa.

—Sonia, siempre has sido metiche. ¡Dedícate a lo tuyo! Siempre estás pendiente de las desavenencias entre Mariano y yo, que si a él le gusta esta o aquella, lo que opinó mengano...

—Solo te quería apoyar durante el divor...

—¡Anulación! —interrumpí—. Él anuló el matrimonio, ¿recuerdas?

—Porque tú...

—¡Ya para, Sonia! —me levanté y, aún con la copa en la mano, grité—, ¡Sal de este apartamento! ¡Sal de mi vida! ¡No te aparezcas más en mi horizonte!

Me vio indignada, cogió las rosas y salió hacia el pasillo.

—¡Nadie estará en tu horizonte, Brisa! ¡Nadie! Ese es tu problema, ya espantaste a todos de tu vida. Lo que te sucede es que solo miras la parte vacía de tu vaso… de alcohol, dijo mirando mi copa con desdén. Tu perspectiva de la vida está patas arriba. ¿No que eres arquitecta? ¡Hay tantas oportunidades esperándote! ¿Es que las tienes tan cerca que ya ni tú misma las ves?

Me enseñó el dedo erecto, tiró las flores en el basurero del pasillo y se alejó.

—¡A las nueve con Ángela!

La cabeza me estallaba. ¿Cómo podía explicarle a Sonia la desesperación que sentía? Desde mi separación había terminado mi vida personal y también la profesional.

Yo me alejé de mi carrera para dedicarme al hogar, dejándole a Mariano todos mis proyectos en la empresa.

Como pude, recogí las desmanteladas rosas, entré a la cocina y traté de revivirlas poniéndolas en agua. ¡Si tan siquiera pudiera revivirlas un poco! Toqué sus delicados pétalos y pensé cuán frágiles eran. Las arreglé lo mejor que pude, pero estaban muy decaídas, tal como me sentía yo.

Me dirigí al baño a pintar mi cabello de café oscuro, con mi copa de licor en la mano. El tinte me quemaba el cuero cabelludo y empeoraba mi jaqueca, pero tenía que estar presentable para el día siguiente. Me dirigía a la cocina para tomar un segundo Alka-Seltzer cuando casualmente miré las rosas rojas. Lucían hermosas y renovadas, pero podía ser únicamente mi percepción por el efecto del alcohol. Últimamente no confiaba ni en lo que veían mis ojos. No confiaba en nada ni en nadie.

Al día siguiente me dirigí nerviosamente hacia la oficina. Subí jadeando las gradas de la entrada. El rótulo “PROE S. A., Constructora” se erguía imponente sobre mí, intimidándome aún más. Este podría ser el último día que entraba por esa puerta.

Subí al segundo piso, directo a la percoladora de café, y me vi en el espejo del pasillo. Estaba ojeruda, enfermiza, temblorosa. Sonia pasó a mi lado y me vio sin decir nada. Esa era su manera de decir las cosas. Podía ver que estaba muy molesta conmigo, lo que no ocurría muy a menudo, pues yo siempre había sido paciente con ella, especialmente durante sus problemas y sus enfermedades previas.

Sonia era guapa, de constitución algo gruesa, simpática y siempre estaba sonriente. Era muy llevadera con las demás personas, pero yo le caía muy mal esa mañana.

Entré a mi oficina primero, observé las pocas cosas personales que tenía ahí: fotos, diplomas… Vi mi nombre sobre el escritorio: “Brisa Murillo. Arquitectura e Ingeniería Civil”. Metí todas las cosas en una caja y las dejé listas para recogerlas a mi regreso de la reunión. Vi los últimos planos que había ejecutado y les di una mirada. Era el proyecto “Cumbres de Antaño” que había preparado hacía unos meses, tanto en el diseño como en el cálculo estructural. Sentí nostalgia de pensar en que ya no lo construiría. Me consoló la idea de que al fin y al cabo yo no quería pasar tanto tiempo lejos de la capital, específicamente no quería vivir en Antaño, donde sería la urbanización.

Vi la espalda de un hombre que pasó frente a mi oficina. Era Mariano, mi ex. Fingió que no me había visto.

Salí al pasillo y volteé a verlo, sacándole discretamente el dedo del medio. No era la persona que deseaba ver esa mañana.

Titubeé frente a la oficina de Ángela, respiré profundo, me apliqué un toque de espray de aliento y, finalmente, entré.

—Pasa, Brisa.

—Siento mucho lo que le pasó al ingeniero López. Era un gran director ejecutivo y persona —me anticipé, temiendo dejarla hablar.

—Yo más. Siéntate, quiero hablarte de algo serio.

—Ya, entiendo Ángela, y quiero que sepas que estoy agradecida por…

No me dejó seguir, me enseñó unos planos y preguntó:

—Estos planos los elaboraste tú, ¿verdad?

Eran mis planos del proyecto Cumbres de Antaño.

—Los arquitectónicos y estructurales —respondí con manos temblorosas y pestañando nerviosamente, pues no entendía a qué venía la pregunta.

—Veo que estás nerviosa. Iré al grano, Brisa. Quiero darte el proyecto de Antaño, el de la finca Herradura. Quiero que tú lo ejecutes.

—¿Perdón? —me temblaba la voz.

—¿Es en serio?

La secretaria entró y le entregó unos documentos y yo la vi con incredulidad. ¡Era un contrato!

—Creo que el difunto ingeniero López estaba pensando dártelo a ti.

—Pero él ya no está.

—Mira cómo es la cosa, Brisa: Mariano, tu exmarido, quiere el contrato, pero yo creo que tú debes hacerlo. Él ha estado trabajando duro para lograrlo durante todo este tiempo que te ausentaste, mientras se divorciaban y todo eso.

—Fue una anulación —la corregí.

—Pues eso, lo que sea. Creo que tú puedes y debes hacerlo. “Cumbres de Antaño” es tu diseño, tú debes ejecutarlo. Eso sí, es muchísimo trabajo, exige una gran devoción, tiempo y dedicación. Hubo un corto silencio en el que ella me analizaba minuciosamente.

—¿Te extraña mi propuesta?

—Por un lado, francamente sí—, logré comentar— pero por otro… bueno… —titubeé— al fin y al cabo, fui que yo quien elaboró los planos.

—Pero no has estado en la jugada últimamente. Simplemente no has estado. Ya ni vienes a la empresa, con eso de que te ibas a dedicar a la casa y a los hijos.

—Eso ya pasó —interrumpí.

Tomé un gran sorbo de agua y quise sacar un cigarrillo tratando de evitar que notara cuánto me temblaban las manos. La miré, reaccioné y lo guardé de inmediato. Obviamente, en PROE S. A. no se fumaba.

—Ángela, yo pensé…

—¿Que te iba a despedir? Créeme que lo pensé. Quiero darte una oportunidad, pero debes dedicarte al proyecto en cuerpo y alma. Con la muerte del ingeniero, me toca decidir a mí y este proyecto tiene urgencia. Es ahora o nunca.

—No entiendo, Ángela. ¿Cuál es la prisa?

—La UNESCO está por declarar Patrimonio de la Humanidad a la ciudad Antaño, por su obvio valor histórico colonial. Por lo tanto, este proyecto se debe llevar a cabo antes. Tendrás que vivir allá temporalmente mientras dure la construcción.

Dudé. Tenía razones personales para no querer vivir en esa pequeña ciudad.

—¿Puedo pensarlo?

—¿De verdad tienes alguna objeción? —preguntó con un tono casi burlón. —¿Cuál puede ser? ¡No dejas de sorprenderme, Brisa!

—Es que… —tenía que decirlo—, yo nací en Antaño y, después de hacer estos planos, me prometí no volver nunca más a ese lugar. Además, es un pueblo muy atrasado —me excusé.

—¿De verdad naciste ahí? ¡Yo también! ¡Qué coincidencia! Todos jurábamos que eras mexicana porque ahí te contratamos y ahí te especializaste.

No dije nada.

—¿Cuál es el problema? —preguntó viéndome a los ojos—. ¿Realmente vas a dejar ir esta oportunidad y regalarle el proyecto de Cumbres a tu ex?

Me levanté de la silla viendo hacia las otras oficinas de aquel ancho pasillo lleno de empleados y me serví un café aun con las manos fuera de control. Vi salir a Mariano de su despacho con una arquitecta que le hablaba muy confianzudamente, envolviéndolo con su coqueteo. ¿Sería ella la ‘otra’?

—No quiero parecer malagradecida, Ángela. —Miré titubeando para todos lados mientras ella tenía los ojos fijos en mí. Tomé los planos y los vi detenidamente.

—Sí, Ángela, por supuesto que acepto. Gracias.

—Perfecto —agregó satisfecha mientras ojeaba unos documentos.

La secretaria entró de nuevo.

—El señor alcalde de Antaño, Don Pablo Mencos, ya está aquí.

—Cinco minutos —respondió Ángela.

Volteó a verme y notó mis manos temblorosas que sostenían el vaso de agua.

—Brisa, tú puedes con este proyecto, yo confío en ti. Pero eso sí, tienes que dejar la bebida para hacer esto como Dios manda.

—¿Cómo sabías que yo…

—Brisa, todos lo saben. Pero no te sientas mal por eso. ¿Crees poder dejarla?

Me tomó un momento responder adecuadamente.

—Tengo suficiente fuerza de voluntad —dije viendo hacia abajo. Hubo un silencio incómodo mientras llegaba el alcalde.

—Pasa Pablo —dijo sonriente.

—Ella es la arquitecta Brisa Murillo. ¿Se conocen?

Él me tendió la mano.

—Pablo Mencos.

—Sí, nos conocimos en Antaño, cuando estábamos midiendo los terrenos.

—Siéntate, Pablo. Brisa está a bordo del proyecto. ¿Tienes alguna novedad?

—Solo faltan dos permisos. Son licencias locales fáciles de obtener con el Consejo Nacional para la Protección de Antaño. ¿Usted está al tanto de las demoliciones que hay que hacer? —preguntó mirándome.

—Sí.

—Pues la escuela que está junto a las ruinas del convento se va también, lo que era el internado de señoritas.

—¿Y la mansión vieja de la entrada? Es una casa colonial hermosa. Como ustedes sabrán yo había propuesto conservar las ruinas españolas para eventos sociales, bodas, etcétera. ¡La mansión sería perfecta para un salón de eventos y la casa club del residencial! Hice el estudio estructural, los edificios están en perfectas condiciones; además, eso le daría el toque colonial a Cumbres.

—¡Es un cúmulo de ladrillos viejos!— exclamó Ángela—. Eso también se va. Los temblores han destruido la parte de arriba, pero por el momento el primer piso nos sirve de oficina. Es una casa muy antigua, sí, pero no colonial. Ahora, demoler el resto del convento quizá nos traiga un poco más de problemas. Eso sí podría ser considerado patrimonio colonial porque todavía existe parte de las ruinas. Sin embargo, está dentro de nuestros terrenos y lo estamos resolviendo. ¿No es así, Pablo?

El alcalde se sentó y le preguntó a Ángela:

—¿La arquitecta ya conoce todos los obstáculos?

Los miré intrigada.

—Sí —dijo Ángela—. No es nada del otro mundo, pero hay un obstáculo. Un pariente de apellido Herradura resultó con demandas sobre los derechos adquiridos por PROE S. A., pero ya el departamento legal se está encargando. Recuerda que aquí tenemos un gran equipo de asesores. Brisa, tú supervisarás la demolición de los edificios existentes después de los movimientos de tierra y la nivelación del terreno, para luego proceder a la construcción de tus planos. ¿Le puedes explicar a Pablo más detalles del proyecto?

Dudé un poco en contestar.

—Bueno, si no hay otros cambios, trabajaremos los primeros seis meses en la demolición de los edificios de la entrada y de todo el caserío abandonado que existe en los terrenos de abajo, por la hondonada. Se hizo un presupuesto de una demolición mecánica y como ustedes saben, son casas viejísimas abandonadas que aparentemente pertenecieron a los trabajadores de cuando esa finca estaba funcionando. Luego tenemos que hacer los movimientos de tierra y nivelar el terreno. Hablamos de seis meses antes de comenzar la edificación. A partir de este momento entramos a la construcción de las calles para el acceso del material.

—No tiene problema con demoler un viejo convento de monjas, ¿verdad, Brisa? —preguntó el alcalde—. ¿Es religiosa?

—Absolutamente no. Quisiera insistir en salvar la mansión y las ruinas por estética arquitectónica. Con el derribo de lo que fue el internado no tengo ninguna objeción. Yo se lo sugerí a la empresa de demolición que hizo la planificación previa y el estudio técnico de las características de los edificios. Es muy fácil excluir la mansión y las ruinas. Les sugiero reconsideren mi propuesta completa.

—Luego veremos eso con detenimiento —interrumpió Ángela sin ponerle mucha atención a mi iniciativa.

—Yo soy de botar todo y hacer un proyecto cien por ciento nuevo —bromeó Pablo—. No me gustan los edificios viejos llenos de moho. Es irónico que con tanto temblor que hay en las tierras de Antaño se tenga que hacer tanta demolición. ¡Ojalá viniera uno fuerte que nos ayudara a salir de todas esas ruinas de una vez! Pero bueno, ¡manos a la obra!

—dijo sonriendo y dándome una palmada en el hombro.

—¡Tú puedes! —afirmó Ángela.

—No los defraudaré —aseguré, forzando una compostura que no tenía.

—Por lo que entiendo, vivirá usted allá —dijo él sonriente—, así que la veré a menudo.

—Gracias, señor alcalde.

—Pablo —insistió él.

—Brisa, Pablo es socio principal de la empresa. Claro, indirectamente, a través de una sociedad anónima, ya que el ser alcalde lo inhabilita legalmente. —Apenas pude contener mi sorpresa. Mucho había cambiado desde que había diseñado el proyecto.

—Cuando esta urbanización termine, consideraremos la posibilidad de asociarte a la empresa, ¿te parece?

—Te prometo que nada se interpondrá en el éxito de este proyecto. Nada ni nadie.

—¡Bienvenida de nuevo a PROE S. A. y al proyecto ‘Cumbres de Antaño’! —comentó Ángela. Los dos se levantaron y me dieron la mano.

Salí de la oficina pensando en Ángela. No la conocía muy bien y tenía que asegurarme de que ella no conociera más de cerca mi frágil estado emocional. No le podía dar ninguna muestra de inseguridad. Ella siempre había sido un enigma para mí. Era licenciada en administración de empresas, y ahora, con la muerte del ingeniero López, ella quedaba como directora administrativa. No éramos muy cercanas, es más, yo hubiera jurado que no le agradaba. Ella era una mujer un poco mayor que yo, seis u ocho años tal vez, morena, de ojos verdes, complexión huesuda, pómulos altos y boca delgada. Era exótica, diría yo, atractiva, ambiciosa y con mucho liderazgo. Parecía muy culta, aunque de vez en cuando se le dejaba entrever un gesto pueblerino, a pesar de sus intentos por ocultarlo.

Yo estaba confundida y excitada, con una gran resaca que se hacía cada vez más punzante. Volteé nuevamente para verme en el espejo que estaba al final del pasillo y me vi desmejorada y frágil.

—¿Podrás, Brisa? —le pregunté a mi reflejo.

Subí al elevador, me dirigí a una de las tiendas de abajo, compré media botella de vodka y la metí cuidadosamente dentro de mi cartera, temerosa de que me vieran. Junto a la entrada de la oficina estaba una cafetería bistró con un minibar muy ecléctico y urbano. Me senté en la esquina de la barra frente a un hombre que no me quitaba la mirada de encima; no se perdía ninguno de mis movimientos.

—Un whiskey sour —dije de manera automática, para luego corregirme—. Quise decir, un jugo de naranja.

Miré de reojo a aquel alto, hosco, ceñudo y guapo hombre que estaba frente a mí. Tenía la cabeza medio agachada y sus ojos café avellana clavados en mí con una mirada intensa que hacía que todo mi cuerpo reaccionara. No sé qué me preguntaba, no sé qué me decía, pero sus ojos penetraban todo mi ser casi sin parpadear. Llevaba el cabello peinado muy al descuido, alborotado, una camisa arrugada y un sombrero vaquero levantado que lo hacían ver como finquero, ganadero o… qué se yo; lo que sí era obvio es que se veía fuera de lugar en este bistró tan de la gran ciudad.

Una mano me jaló para atrás sacándome de mi estupor.

—¡Nunca, nunca harás ese proyecto! —gritó Mariano con los ojos llenos de rabia.

Era mi momento de triunfo, de mostrarle cómo le había ganado, de ver su mirada de derrota. Me le quedé viendo con un gesto de victoria y noté, para mi sorpresa, que ya no sentía nada por ese hombre, ciertamente ni amor ni odio.

—Una cerveza —le pidió al cantinero antes de sentarse en la barra.

El enigmático hombre de la esquina puso su mano impidiendo con autoridad que Mariano tomara la cerveza que el cantinero le acababa de servir.

—Vete —logré decir soltándome.

—La señorita le está pidiendo que la deje en paz —dijo mirándolo fijamente.

Mariano lo vio lleno de rabia, pero no iba a pelear, no de esa manera.

—¡Me las pagarás! —me dijo amenazante, y salió abruptamente del establecimiento.

El desconocido pidió su cuenta y antes de pagar se inclinó hacia mí, muy, muy cerca:

—Parece que tiene usted muchos enemigos, señorita. Soy Sebastián Salguero —dijo extendiendo la mano y sin dejar de mirarme.

—Brisa Murillo —logré decir con nerviosismo.

—Cuídese mucho, buenas noches —dijo tocándose el sombrero como ademán de despedida, como si fuera el dueño de aquel recinto.

Lo vi salir sin voltear y suspiré con alivio.

—¡Qué día! —le dije al cantinero.

—La cuenta por favor.

—Ya la pagó su nuevo amigo —me dijo sonriente.

Capítulo II

—¡Has regalado casi todo! —exclamó Sonia al entrar a mi departamento.

Sonó el timbre.

—Es el arquitecto Calderón que viene por nosotros.

—Veo que has estado haciendo tu tarea —observó al ver las revistas y los libros históricos y turísticos de la pequeña ciudad de Antaño, que tenía sobre la mesa—. Es un lugar encantador para los turistas, pero aburrido para vivir. Será interesante trabajar juntas, Brisa. Este es un proyecto enorme, tanto para ti en la construcción, ¡como para mí en su venta!

Miró al vacío imaginándose: “Sonia Paz, Gerente de Mercadeo”.

—El nombre de Antaño tiene su gracia, es un concepto que puede vender el lanzamiento de un proyecto. Una remota ciudad dominada desde el principio por la familia Herradura —concluyó circunspecta.

—¿Herradura? —pregunté—. No había sido un detalle relevante durante la etapa de cálculos.

—Sí, la ciudad colonial fue fundada por el famoso Francisco de Herradura, y su familia ha continuado siendo relevante hasta la fecha. Yo diría que es un pueblo congelado en el tiempo, aunque ahora lo llamen ciudad.

—Al menos tiene muchas ruinas coloniales interesantes.

—Ruinas, escombros, gente anticuada y leyendas de espantos. Lo bueno es que eso vende y podré usarlo para el proyecto de lanzamiento. A los turistas les fascinan todas esas cosas.

—Gracias por el consuelo.

Sonia me vio consternada.

—Brisa, éste puede ser un nuevo comienzo para ti. ¿Te acuerdas cuando tú me ayudaste a mí a empezar de nuevo? ¡Yo siempre lo recuerdo!

—No necesito un nuevo comienzo —me defendí—. Y de ser así, ¿por qué comenzar en el lugar de donde vengo?

—¿Tú eres de Antaño? —preguntó extrañada—. Pensé que eras mexicana. He visto fotos de tus padres y de tu vida en México, tus diplomas de especialización son de México; allí conociste a Mariano…

—Pues ya ves —dije sin dar mayor explicación.

Bajamos las gradas hacia la calle y el arquitecto nos abrió las puertas del auto.

—Suban —se presentó—. Arquitecto Carlos Calderón, pero en Antaño me dicen Carlitos, allí todo es más familiar —sonrió.

—Interesante. Gracias, Carlitos —dije—. ¿Y el auto que te dio la compañía? —me preguntó Sonia.

—En el taller.

—Va a necesitar un buen auto, arquitecta —dijo él.

—Brisa —lo corregí—. Trabajaremos juntos un buen tiempo, así que deberíamos llamarnos por nuestro nombre. Yo lo voy a llamar Carlitos.

—El terreno donde haremos el proyecto es muy quebrado y desnivelado —continuó—, y todas las calles del pueblo son empedradas. Ya verá cómo arruinan los autos, sobre todo en el invierno.

—Lo sé, tengo un auto adecuado, pero todavía está en reparación. Gracias por llevarnos.

La carretera hacia Antaño era espectacular, rodeada de hermosos valles y volcanes y, a medida que nos acercábamos a la pequeña ciudad, se podían ver rosales silvestres que invadían los campos con un encantador tono rosa escarlata.

—Hay grandes invernaderos que se dedican a cultivar la rosa de estas montañas específicamente para exportar a Holanda. Como usted sabe, este tipo de rosales son únicos, pues crecen como enredaderas escaladoras, esto los hace únicos en su especie.

—Los códigos de construcción se han puesto más estrictos desde que la UNESCO se interesó por Antaño, ¿no es cierto? —pregunté adentrándome al tema de trabajo.

—Sí, y le han cambiado el nombre también. El nombre oficial siempre ha sido Antaño de Herradura, pero ahora será simplemente Antaño.

—Antaño. Su nombre hace alusión a un lugar muy pequeño y remoto. ¡Y pensar que si bajamos de allí en línea recta sin detenernos llegaríamos al mar! —comentó Sonia embelesada.

—Usted nació ahí, ¿verdad?

—Sí, soy antañense. Vivir ahí es como regresar en el tiempo, lo noto cada vez que regreso de la ciudad capital.

—El equipo de demolición ya se está instalando, arquitecta —continuó, volviendo al tema de trabajo.

—Por favor, Carlitos, llámeme Brisa —insistí.

—Brisa —se corrigió tímidamente. —La empresa mexicana de demolición para la asistencia técnica empezó su trabajo y ya tenemos a un ingeniero de planta. Creo que usted fue quien la recomendó. Tiene profesionales altamente calificados. ¿Sabe quién hizo los cálculos?

—Yo hice los planos arquitectónicos y estructurales.

—¿Así que también es ingeniera especialista en estructuras antisísmicas?

Asentí.

—Vamos bien con los permisos de construcción, ¿verdad?

—Faltan algunas cosas. Es mucha burocracia. Como usted informó en su correo, si empezamos por la demolición de abajo y nivelamos terreno vamos ganando tiempo, mientras tanto salen los permisos que faltan. Con respecto de su oficina, usted me dirá qué espacio quiere al ver las instalaciones—. Se notaba que era muy conocedor del proyecto. Yo tenía mucho que absorber. Durante varios kilómetros trate de visualizar mi nueva incursión en Cumbres de Antaño.

Volteé a ver a Sonia.

—Espero que me hayas disculpado por lo de la otra tarde —dije apenada.

—Olvídalo, Brisa. Ya te has disculpado varias veces. No hay problema, ¡Ya eres la Brisa que conozco! Sentí alivio de que Sonia no me resintiera.

Seguimos nuestro recorrido en silencio por un buen rato.

—Esto es un pueblo en realidad, un pueblo donde tiembla la tierra. Aunque me han dicho que con el tiempo ya no se sienten los temblores. —Comentó él repentinamente obviamente tratando de parecer ameno.

—Uno se acostumbra —respondió Carlitos—. ¡Si tan solo uno supiera cuándo va a temblar la tierra! Bueno, Brisa, usted debe saber, ¿no? Digo, por su especialidad.

—No se puede saber, Carlitos, sólo se trata de tomar medidas al ejecutar los cálculos estructurales

—¿Usted se especializó en México?

—Sí.

—Brisa —intervino Sonia—, en la empresa me dijeron que hubo una tal Madre Rosa en un antiguo convento que se encuentra dentro de nuestros terrenos. Dicen que es muy conocida en el lugar. Se podría aprovechar su notoriedad para cuando se promueva el proyecto.

—¿Una monja? No la he oído mencionar —miré curiosamente a Carlitos— lo que sé es que hay ruinas de un convento y una escuela vieja que vamos a demoler, un internado que no es colonial. De una monja no sé nada.

—Se refiere a nuestra beata Madre Rosa —explicó Carlitos.

—¿Beata?

—Sí, terminología del Vaticano, es cuando se va a canonizar a una persona. Mucha gente piensa que es leyenda, pero realmente existió. Los creyentes como yo la consideramos la santa patrona del pueblo, pero para los turistas es sólo un objeto de curiosidad. Se venden souvenirs de ella.

Sonia y yo nos miramos sorprendidas por su fervor. Él observó nuestro escepticismo y agregó, sin tratar de ocultar su devoción:

—A mí me ha hecho milagros.

Carlitos era un arquitecto local de Antaño, graduado de la pequeña universidad del lugar, y estaba expuesto a las muchas supersticiones de una ciudad tan pequeña.

—¡“Los Arcos”! ¡Ya llegamos! —exclamó Sonia con emoción—. Esa es la posada “Los Arcos”, será tu casa por un tiempo, Brisa, y yo misma me quedaré ahí algunos días. Aparentemente, pasaré mucho tiempo aquí también —suspiró no muy emocionada—.

Carlitos asintió con la cabeza.

—Yo me bajo de una vez —dijo ella.

La posada era de lo más pintoresca, estilo colonial y rodeada de flores, especialmente de rosales rojos que justamente escalaban los muros de la construcción.

—Yo seguiré al proyecto con usted, Carlitos. Te veo al rato, Sonia.

Llegamos a los terrenos donde se encontraba el proyecto, ya en su fase de inicio: la limpieza del terreno. Allí estaba aquella mansión que tanto me había impresionado, una construcción muy antigua, aunque no colonial, que, para mi sorpresa y desilusión, ahora estaba destinada a ser demolida junto con los otros edificios para la obra.

—Va a ser una lástima derrumbarla —dijo él, como si pudiera leerme la mente.

Me quedé viendo el edificio hipnotizada. Un señor muy viejo rondaba la puerta principal. Parecía ser un campesino o un peón. Me sonrió tímidamente, dejando ver su torcida dentadura, y se levantó el sombrero levemente en señal de saludo.

—Bienvenida, arquitecta.

Pude sentir su aliento a alcohol. Busqué la mirada de Carlitos para ver su reacción con respecto a aquel hombre, pero él ya se había adelantado; no parecía haberse percatado de su estado de embriaguez, pero yo sí, yo era una experta. Me inquietó mucho el encuentro con esta persona. ¿Cómo podía trabajar en el proyecto, cómo podía estar en planilla? No quise preguntarle a Carlitos en ese momento. No quería criticar a ningún trabajador así, de entrada. Me abstuve de comentar.

Esa noche nos propusimos no acostarnos tarde, cosa que era difícil con Sonia, a quien le encantaba charlar hasta deshoras. Yo quería amanecer descansada y salir temprano de la pensión hacia el proyecto.

—Primera aventura —dijo Sonia al día siguiente cuando llegamos al proyecto y nos bajamos de aquel mini taxi, un carruaje pequeño de madera halado por un caballo, la forma más fácil de moverse en Antaño sobre las estrechas calles empedradas.

—Llegan temprano —saludó Carlitos cuando salió a recibirnos—. ¿Les gustó la experiencia de nuestros taxis? Son pintorescos, ¿verdad?

—Pintorescos sí —dije mientras me estiraba un poco y reacomodaba mi ropa—. Pero veníamos rebotando por esas calles de piedra.

—Pasen adelante, aquí está nuestro centro de trabajo, les mostraré cómo ubicamos las oficinas provisionales. Usted me dirá, Brisa, los cambios que quisiera hacer más adelante.

Entramos al gran vestíbulo y de inmediato noté que sobre nosotros guindaba un bello y majestuoso candelabro de hierro forjado

—Ese es nuestro sismógrafo —señaló él sonriendo.

—¿Su sismógrafo? —preguntó Sonia.

—Nuestro propio medidor de sismos —dije uniéndome a la broma.

El vestíbulo se conectaba con unas gradas señoriales que subían al segundo piso, y los grandes ventanales con arcos dejaban entrar la luz de una forma que lo hacía ver muy misterioso, pero fascinante. El lugar estaba en muy mal estado, las gradas desgastadas y las paredes descascaradas y con hendiduras. Carlitos señaló hacia lo que parecía haber sido el comedor y la biblioteca, ahora oficinas con los primeros empleados. En el fondo se lograba ver una gran sala con una hermosa chimenea, vacía con excepción de unos cuantos muebles antiguos apilados en una esquina, por lo que, a medida que avanzamos en el recorrido, podíamos oír el eco de nuestras pisadas.

—Puede disponer de toda el área vacía, hemos ubicado a los empleados en los espacios más pequeños —comenzó a señalar—. Allá se encuentran temporalmente los arquitectos auxiliares, ésta es la sala de planos, al fondo en aquel espacio está la oficina del departamento de demolición… Habrá más personal conforme nos acerquemos a la construcción. Usted dirá qué desea hacer, podemos contratar un tráiler cómodo para que sea su oficina temporal.

Caminé hacia las salas vacías. Una cúpula sobre grandes ventanales dejaba ver en la distancia los volcanes circundantes, las ruinas de una iglesia con su viejo campanario. La vista era maravillosa, pero no dejaba de ser siniestra. Pensé en cuánta gente había residido allí y me pregunté cómo habría sido su vida personal. De mucha riqueza y abolengo, eso sí era obvio.

—Hay rajaduras en el techo —me hizo notar Sonia.

—No son estructurales —comenté.

—¿Aquí no espantan, Carlitos? —preguntó Sonia en tono de broma. Podía notar que a ella le incomodaba la casona.

—Bueno, como ya sabrán, estamos rodeados de campos electromagnéticos —respondió él sonriendo—. Dicen que la gente confunde esos fenómenos con espantos. Usted tal vez sabrá más de eso, Brisa.

—No es mi campo de experticia —expliqué—, pero cuando un ambiente está permeado de estos campos, se pueden presentar energías que alteran ciertas realidades cotidianas y la gente se confunde. Lo cierto es que los fantasmas no existen, Sonia —dije mirándola burlonamente.

Una joven, casi niña, pasó ofreciéndonos una taza de café.

—¿Gusta, seño?

—Gracias, Selena —dijo Carlitos tomando las tazas— . Selena nos ayuda con la limpieza —me explicó.

—Gracias, Selena. Espero que en la tarde me presente a todos los empleados y colegas, Carlitos —sonreí—. Recuerde también que necesitaremos una sala de conferencias para juntas corporativas. Puede ser aquí en esta área donde está la chimenea, a la par de mi oficina. Desde aquí puedo ver a los trabajadores y tengo un hermoso paisaje enfrente —dije con un recién adquirido entusiasmo que a mí misma me sorprendió.

—¡Veamos qué hay arriba! —dijo Sonia—. ¿Por qué pusieron esta cinta amarilla de precaución?

—Porque las estructuras pueden estar frágiles —contestó Carlitos.

—Es verdad, mira todo esto descascarado y rajado —notó ella mientras subíamos—, ya veo por qué nadie sube al segundo piso.

—No es estructural —aclaré luego de analizar las grietas—. Eso se soluciona repellándolas, es cosmético. Es más, yo podría dormir aquí —comenté con cierta fascinación al entrar a una de las habitaciones. Era la alcoba principal de la casona. Sentí una inmediata fascinación por aquella habitación, casi como si siempre la hubiese conocido.

—¿Podría dormir aquí? —repitió Carlitos, incrédulo de mi comentario.

—Claro que sí.

—Bueno, podría comprarle muebles nuevos en el centro del pueblo —titubeó—, ahora cooperando con mi idea.

—Estos están perfectos, sólo necesitaría una cama nueva que combine con esa cabecera antigua.

—Podemos subir los cables de luz —continuó él, y tener listo el lugar, pronto.

Nos acercamos a la ventana desde donde se veían la escuela, las ruinas de la iglesia y el inmenso campanario.

—Es una lástima que esta vista no la tendrá por mucho más tiempo —dijo él.

De pronto el campanario empezó a sonar. ¡Ding, dong!

—Ese campanario está vacío, ¿verdad? —pregunté confundida.

—Sí, está abandonado —se dio cuenta de mi confusión y me aclaró—. Son palomas, les encantan los edificios viejos.

—Estás muy callada, Sonia.

—Es que tú tienes que estar loca de remate, Brisa. No te puedes quedar a vivir aquí. Esto es… ¡El castillo de Drácula! —concluyó bromeando, muy inquieta.

—Miremos los otros dormitorios —dije adentrándome al pasillo atraída por unos ruidos que provenían del fondo. —¿Qué será ese sonido? ¿Será que hay alguien aquí?

—No, está prohibido subir hasta aquí.

—Yo siento como si alguien nos observara

—susurró Sonia.

Nos adentramos hacia el fondo del pasillo.

Los demás dormitorios estaban llenos de polvo y telarañas, había muebles antiguos esparcidos por todos lados y las paredes aún sostenían viejas pinturas y fotografías decoloradas y con los vidrios rotos. Era como regresar en el tiempo a la era de las familias de los primeros privilegiados colonos españoles. Una fotografía en blanco y negro de una mujer mayor llamó mi atención, tenía un aspecto siniestro, casi fantasmagórico.

—Es doña Delfina Herradura. Ésta ha sido la casa de los Herradura por más de un siglo, creo que ella fue la última que vivió aquí. Tiene mala fama la señora, parece que no era muy buena.

—Puede haber ratones en estos cuartos tan abandonados —dijo Sonia asqueada.

—Fumigaremos hoy mismo —se apresuró a decir Carlitos. Se oyen ruidos porque aquí todo truena, la casa se asienta con los cambios de temperatura, solo le hace falta una buena limpieza.

—Brisa, tengo escalofríos en la espina dorsal ¿Cómo te vas a quedar aquí, Brisa? ¿No que te dan ataques de pánico? Era obvio que Sonia le había cogido aversión a la mansión.

—No, ninguna construcción me asusta; además, amo los edificios viejos como buena arquitecta, eso va con mi profesión.

—Sí, pero no como para vivir en ellos —agregó, viendo sigilosamente a su alrededor— ¿Sabes qué? Mejor volteemos el retrato de esta señora, tiene la mirada oscura y rostro de pocos amigos. Te juro que siento como si alguien nos observara, ha de ser esa anciana. Vivir aquí es una pésima decisión.

Se alejó por el pasillo para bajar de una sola vez. Carlitos y yo seguimos inspeccionando los antiguos dormitorios.

—Se lo tendré listo en unos días —me dijo él en voz baja para que no oyera Sonia.

Desde la mitad de las gradas se podía observar la majestuosa chimenea de la gran sala de abajo.

—Amo ese tipo de chimeneas —le dije a Sonia cuando llegué a la sala—, de estilo barroco que de verdad calentaban, no como las de ahora. Ingeniosa ingeniería la de entonces.

Sonia me miró incrédula meneando la cabeza en desaprobación.

—Los espero afuera —se alejó acelerando el paso—, necesito aire fresco.

Salí detrás de ella y me puse a caminar alrededor mientras Sonia y Carlitos hablaban con los jóvenes profesionales. Yo quería conocerlos en una junta más oficial. Encontré nuevamente al anciano con peste a alcohol y se me acercó nuevamente.

—Estos son los terrenos de nuestra santa Madre Rosa —dijo mirando hacia el viejo campanario y señalando las ruinas del convento.

Lo miré con algo de desconfianza, no entendía cómo permitían a alguien ebrio en el proyecto, habría que comenzar por evaluar al personal, pensé. No quería hablar con él, me desagradaba su presencia. Carlitos se nos acercó y decidí mejor preguntar por la popular monja.

—Así que va a ser canonizada la madre… ¿Cómo es que se llama? —me dirigí a Carlitos, ignorando a don Rogelio.

—Pues así dicen. Cuentan que durante un temblor se abrirá su féretro y, cuando la encuentren, ella estará intacta, incorrupta, con muchas rosas rojas; ese será el inicio de la reforma de sus enseñanzas que han sido olvidadas por el tiempo. Para nosotros ella es la santa Madre Rosa y se veneramos sobre todo en las aldeas de alrededor.

—Gracias por la explicación —dije sin mirar al anciano, quien parecía esperar entrar en la conversación.

—Usted no es creyente, ¿verdad? —preguntó Carlitos al ver mi cara.

—No —dije sonriendo pues no quería ser pesada.

—¿No cree en nada de Dios o del más allá?

—No, ni en milagros, ni religión, ni muertos. En realidad, no creo ni en los vivos —dije con sarcasmo mientras entrábamos de nuevo a la mansión que muy pronto sería mi casa.

—Pues aquí dicen que ella se aparece por el área y no faltará quien le haga el comentario de fantasmas y muertos que asustan, son cosas de pueblos, por eso yo vivo en el centro, allí no hay fantasmas —dijo bromeando—. Si gusta le presento a los que trabajan en la oficina — añadió cambiando el tema.

—En la tarde, Carlitos. Organice una junta de presentación para después del almuerzo.

—Mire, Brisa —me dijo serio—, antes de que se me olvide y ya que tal vez no debe esperar, al internado viene una persona que no trabaja con nosotros, parece que es una delegada del Ministerio de Cultura, siempre visita el edificio sin permiso. Yo le he explicado que ya no puede entrar, que esto ahora es propiedad de PROE S. A., pero ella no me hace caso, tal vez usted podría lidiar con ella, se llama Marta y lleva el uniforme y el gafete del Ministerio de Cultura.

—¿Es ella? —pregunté al ver a una pequeña mujer que abría la puerta del internado.

—¡Mire qué casualidad! Sí, es ella. Mire qué casualidad. Bueno, pero por ahora, volvamos a su nueva casa —dijo sonriente señalándome la misteriosa residencia.

Capítulo III

Aquella pequeña mujer no paraba de hablar, yo pretendía escucharla, pero mi atención estaba totalmente dirigida a convencerla de que el edificio del internado era propiedad privada, que ya tenía que conocer al personal de la oficina e iniciar mi trabajo. Aparentemente esta señora estaba dando molestias a los empleados con sus constantes visitas a la vieja escuela. Así que entré con ella y le expliqué la política de la empresa en cuanto a las edificaciones por derribarse. Ella muy campantemente me ignoró y actuó como si me estuviera dando un requerido tour.

—Ésta es la recepción —dijo ignorando mis comentarios y con una sonrisita nerviosa que dejaba ver un par de dientes de oro.

Llevaba un apretado uniforme azul. Su apariencia era muy fuera de época, especialmente por su anticuada permanente de cabello.

—¿Quiere verlo por dentro? —me preguntó con cierta picardía infantil mientras sorteaba un montón de llaves que parecían abrumar su pequeña estatura.

—Está bien. —Yo estaba decidida a llevarle la corriente hasta convencerla.

—Éstas serán las últimas visitas antes de que todo sea demolido —suspiró con tristeza.

Reaccionó rápidamente con una recobrada sonrisa y abrió un portón de madera que hacía un gran rugido.

—Como ve arquitecta, éstas no son ruinas coloniales, es sólo un edificio viejo de los años sesenta que solía albergar un internado. Del otro lado de los restos de esa iglesia que se ve allí, donde está aquel campanario, hay verdaderas ruinas coloniales españolas de lo que fuera el convento de monjas original.

Vi los largos y solitarios pasillos que daban a un patio común a través de unos grandes arcos. El jardín estaba totalmente abandonado, lleno de ripio, escombros, maleza y rosas salvajes que se habían apoderado del edificio como si fueran buganvilias.

—Pronto la ciudad será llamada: “Antaño, Patrimonio de la Humanidad”. Yo creo que lo hacen por plata —continuó—. ¡Imagínese! Aquí todo es plata, arquitecta, todo es para que vengan los turistas. La UNESCO nos tiene dando vueltas con eso de preservar las ruinas. Quedan pocas edificaciones coloniales auténticas, de las que guardan tanta historia y leyendas. —Suspiró de nuevo—. Ciudad Antaño De Herradura.

—Yo prefiero Antaño —comenté, pensando en el romanticismo que encerraba aquel nombre y tratando de participar en la conversación.

—Es que Herradura tiene abolengo —continuó—. Era un apellido de mucha clase. ¿Sabe que hoy en día en España dicen que ya casi no hay gente con ese apellido? ¡Y menos con los dos, usted sabe, primero y segundo! Habrá cuando mucho un centenar en todo el mundo. Búsquelo en internet y verá, incluso parece que desapareció el escudo de armas, el escudo familiar, ya no hay rastro de él.

—No sabía —contesté sin interés.

—Bueno, por aquí quedaron todavía unos cuántos con ese apellido, aunque no es gente de mi gusto, si he de decirlo, pero a mí nadie me pregunta.

Marta siguió dando información como una pequeña enciclopedia de la ciudad.

—Marta, siento interrumpirla, pero necesito ver su permiso para venir aquí.

Ella seguía caminando, adentrándose hacia aquellos pasillos misteriosos con olor a mustio y sabor a historia y vidas pasadas. Huellas de antaño. Los corredores contenían nichos con estatuillas de piedra desquebrajadas, algunas decapitadas por los continuos temblores, aunque el último y devastador había sido más de medio siglo atrás.

Marta no contestó y siguió con su monólogo:

—Si aquí tiembla tanto, ¿para qué van a venir los demoledores? Que se esperen un poquito más y el mismo temblor se los lleva —bromeó.

Oí unas voces de lejos y por el eco parecían acercarse. A ratos se desvanecían y luego volvían. Decidí escuchar con atención exactamente de dónde venían.

—¿Oyó usted eso? —le pregunté confundida y sorprendida.

—¿Qué cosa, arquitecta? —respondió extrañada.

—Nada —comenté—. Obviamente Marta no había oído nada.

—Llámeme Brisa—. Decidí no comentar sobre lo que había escuchado.

Seguimos caminando y ella abrió la puerta de una gran sala oscura de grandes ventanales y puertas de madera, cuyo techo era una inmensa cúpula rajada por todos lados.

—Ésta era la biblioteca de las alumnas del internado. Mire cuánto libro viejo hay tirado por todos lados —explicó.

Pasamos a lo que había sido la oficina. Allí había muchas cosas regadas por todos lados. Todo estaba cundido de polvo, había muchos muebles viejos cubiertos con papelería amarillenta, basura y telarañas.

—Yo no soy la indicada para limpiar, ¿sabe? —me aclaró como si yo fuera a pedirle cuentas. Siguió caminando, sonando sus tacones.

—¿Usted tiene su oficina en la casona, arquitecta?

—Sí, es una bella mansión.

—¿Le gusta? Es siniestra.

—Perfecta para vivir —comenté compartiendo sin querer mis intenciones.

—Usted no se quedará a vivir en esa casona, ¿verdad?

No contesté. Tomé algunos libros viejos para hojearlos.

—Hasta aquí llegamos. Veía ahora su celular.

—¿Qué hay detrás de aquel pasillo?

—Nada, pasillos viejos, pero de todas formas no tengo esa llave—. Caminaba hacia el pasillo, buscando alguna que pudiera funcionar. Volví a escuchar las voces, esta vez provenientes de aquel corredor. A ratos parecían cantos, y otras, gritos de niños jugando.

—¿Marta, oye usted lo que yo oigo?

Ella había estado observando mi reacción y pude notar que sí escuchaba.

—Marta —repetí—, ¿oye usted a esos niños?

—¡Niñas! —me corrigió—. Mejor dicho, jovencitas adolescentes. No todos las oyen, ¿sabe? Usted tiene el don.

La miré asustada.

—Son ecos, no se asuste.

—¿Ecos? —pregunté sorprendida y en desacuerdo.

—Ecos del pasado —explicó ahora hablando como chica traviesa—. Es el eco que se queda atrapado a través de los años. A mí me explicaron que es una manifestación acústica repetitiva, energía aferrada a los edificios abandonados a través del tiempo.

—¡Tonterías! Es cierto que en las cúpulas se pueden experimentan fenómenos acústicos inusuales, pero de gente que está en el mismo cuarto en el momento, no del pasado.

—De verdad, arquitecta, dicen que donde han pasado muchos eventos dramáticos queda una energía residual dando vueltas y vueltas como un círculo vicioso —ahora señalaba el círculo del alto techo—. Ahora hasta programas hacen de estos fenómenos, búsquelo en Google y verá que hasta tiene un nombre científico.

—Eso no es científico—. Noté que mi tono era burlón —, es un montón de charlatanería.

Marta me miró ofendida.

—Deben ser niños afuera —comenté para dejar el tema de una sola vez.

En realidad, yo no tenía ninguna otra explicación. Probablemente llegaban los sonidos de niños jugando en los barrios aledaños. Pero Marta no se pudo quedar callada:

—Ah, porque usted es arquitecta con un montón de especialidades según dicen, cree saber hasta de los muertos. Pues yo también soy profesional, trabajo para el Ministerio de Cultura del país, soy empleada gubernamental.

—No quise ofenderla, Marta, es solo que creo que en esta pequeña ciudad abundan las supersticiones. —Ahora mi tono era conciliador.

Hice una pausa para regresar al punto de la visita.

—El hecho es que usted ya no puede entrar al proyecto sin un permiso. Las reglas de la empresa lo prohíben.

—Bueno, ya me voy, tengo que salir a firmar unos documentos —me dijo mientras hablaba al mismo tiempo por celular.

—Yo me quedaré unos minutos más.

Se despidió con una seña y siguió hablando en su celular mientras se alejaba.

Me quedé viendo aquel portón hasta que volvió el silencio, pero un fuerte campanazo retumbó en el lugar haciéndome salir del edificio.

¡Ding!

Cuando llegué afuera, Marta estaba hablando con un muchacho.

—¿Por qué suena la campana? —la interrumpí curiosa y pensativa.

—Son los pájaros. Hay sanates y palomas que hacen su nido ahí. Era obvio que trataba de minimizar su importancia. —Debemos apurarnos.

Me quedé viendo al campanario.

¡Dong! —volvió a sonar.

Vi la hora en mi celular, eran las doce del mediodía.

—¿Ya se fueron todos a almorzar? —me preguntó Sonia, que entraba a la oficina.

Asentí.

—Solo quedamos Carlitos, tú y yo.

—Me parece que tenemos un buen equipo de profesionales. —observó.

La casona vacía se veía misteriosa y siniestra, pero majestuosa. Su encanto era obvio para mí. La señora de aquella fotografía ciertamente no me daba la bienvenida, pero la casa sí; emanaba un magnetismo que me atraía.

—Brisa, por favor, no te quedes a vivir aquí, tú estás muy vulnerable en esta casa, vente a la posada. ¿No te da miedo vivir así? ¿No te dan miedo los… fantasmas?

—Me dan más miedo los vivos. ¿Qué te pueden hacer los muertos? Los vivos sí te pueden hacer mucho daño. Además, hay algo de esta casa que me llama, me atrae, no lo puedo explicar.

Sonia miró alrededor y rodó los ojos para arriba cediendo a la discusión.

—Bueno, si es lo que quieres —dijo rascándose la cabeza—.

Quédate aquí hasta que lleguen con la bola de derribo y tumben estos viejos ladrillos.

—Voy a luchar para que no la derriben, Sonia. Conservarla va en beneficio de la empresa. Será un proyecto muy rentable para PROE S. A. Antaño lo merece —le aseguré.

—Ya veo que no piensas defraudar a Ángela.

—Claro que no. ¡Dormiré en la posada hasta que me alisten el lugar, que será máximo en una semana, ¿no es así, Carlitos?

Asintió.

—Ah, me olvidaba, ¿quién es el anciano que ronda los alrededores? ¿Qué trabajo hace? ¿Es algún trabajador o peón? —Omití mencionar que estaba ebrio.

—No sé de quién me habla. ¿Por qué? ¿Necesitaba algo?

—Olvídelo, no es importante.

Nos subimos al auto y Carlitos nos dejó en la posada para almorzar.

En la tarde conocí oficialmente al resto del personal. Contábamos con algunos jóvenes arquitectos que hacían interinatos y ayudaban con los planos de las calles. También como parte del equipo estaba José Peña, ingeniero civil de PROE S. A. y coordinador las demoliciones. Era un hombre callado e introvertido. La sección de contabilidad estaba muy bien situada en lo que hubiera sido el comedor de la mansión. La cocina y el área de servicio eran para el uso común.

Al cabo de unos días, la mansión se encontraba lista para recibirme y me mudé. Carlitos había limpiado y adaptado el segundo piso como mi apartamento. Se improvisó un sistema de luz eléctrica que iba desde el primer piso, ya que los conductos para la electricidad estaban completamente inservibles. En el primer piso había siempre mucho tráfico de trabajadores, pero al subir, era como entrar a otro mundo, a otro tiempo. Si bien es cierto que la mansión podía ser siniestra, también era enigmática, tan señorial. Dejé en mi habitación algunas de las pinturas antiguas originales. Lo único que pasé al último cuarto, el cual designamos como bodega, fue aquel cuadro funesto de la señora Delfina de Herradura. No quería aquella presencia en mi habitación.

Las noches eran muy ruidosas porque la madera de la casa tronaba continuamente y había pequeñas ventanas rotas que dejaban entrar el chiflón por distintos lados. Me tomó toda una semana acostumbrarme a los distintos ruidos, pero para mi sorpresa, y a pesar de todas las advertencias de Sonia, no había visto ningún fantasma o nada sobrenatural. Tenía que admitir que muchas veces oí pasos nocturnos como si alguien bajara las gradas y otras bajé a indagar si había alguien, pero todo estaba siempre muy bien cerrado y con llave. Tenía siempre en cuenta la cantidad de microsismos que experimentábamos diariamente en el área con tanta falla sismológica. Yo no era una persona que me iba a dejar influir por ese tipo de tonterías y, como nadie de la oficina tenía acceso al segundo piso, tenía toda el área para mí sola y cada día me sentía más como en mi propia casa.

Luego de dos semanas de vivir en aquella mansión, tuve que volver a la ciudad. Todos los lunes a partir de ese día tendríamos nuestra reunión semanal en la oficina para que el equipo completo estuviera al día del avance del proyecto y resolver problemas que se presentaban durante la operación.

La sesión de ese primer lunes fue bastante corta y me decidí a estar de regreso en Antaño antes del almuerzo. Era la primera vez que iba a conducir sola de la ciudad al proyecto en mi propio auto, pero, por alguna razón que no entendía, estaba muy contenta de volver a mi trabajo y a mi vida en la casona.

Capítulo IV

El retorno de la capital a Antaño se estaba complicando por un montón de pequeños desvíos y un tráfico apabullante. Luego de un par de horas de recorrido, recibí una video llamada de Ángela.

—La reunión de hoy se alargó mucho y no dio tiempo de hablar del otro proyecto que quieres proponer que reevaluemos. El de no demoler todos los edificios. Brisa, habrá que dejarlo para después. Por otro lado, no me convenzo de que vivas en esa vieja casa, yo sé que te encanta, pero tenemos que hablar de eso. Por cierto, no quise preguntarte delante de la gente, pero ¿cómo vas con lo demás? ¿Has estado bien? —Yo sabía a lo que se refería. Me sentí abochornada por su pregunta, pero logré responder con cierta confianza.

—Sí, Ángela, súper bien, despreocúpate. Te dejo, ya voy por el desvío mayor.

—Está bien. Chao.

El tráfico estaba muy confuso, así que me puse a dictar unos correos por celular e hice mis citas del día, cuando entró una llamada de Sonia.

—¿Diga? —contesté desganada pensando que necesitaba un descanso de ella.

—Veo que ya no me necesitas porque ya te entregaron tu auto.

—Así es, Sonia, pero agradezco que me hayas acompañado en las otras visitas.

—¿Para qué vas a Antaño? Este fin de semana es feriado, no habrá trabajo. No quiero parecer metiche, pero...

—Sí eres metiche. —Bromeé. “A veces imprudente”, pensé, pero no lo comenté—. Quiero conocer más Antaño yo sola, sentir el alma de la pequeña ciudad. Hablamos después.

Colgué y apagué mi celular.

Desaceleré y bajé la ventanilla para preguntarle a alguien que pasaba por ahí por qué había tanto tráfico.

—Pavimentaron una gran parte de la autopista y no se puede pasar —me informó un extraño.

—¿Qué camino tomo ahora? —le pregunté a un policía de tránsito que daba instrucciones.

—Vaya hacia la derecha y después del desvío encontrará unas cuestas, unas bajan a la costa y las otras siguen hasta Antaño y otros pueblos de las montañas —me contestó apresurado—. Siga el tráfico.

Los autos levantaban el polvo y vetaban la visibilidad de un estrecho camino de tierra donde buses y camiones pesados pasaban en ambas direcciones a gran velocidad. Me empezaron a sudar las manos, mi respiración se fue haciendo más rápida y el corazón me comenzó a palpitar cada vez más fuerte mientras recorría subidas y bajadas repentinas que aparecían de la nada.

Seguí así un par de horas, y de un momento a otro me di cuenta de que yo era la única viajera que quedaba en esa carretera de curvas y polvo. Bajé una empinada cuesta a toda velocidad, no por decisión propia sino porque el carro no me obedecía, ya no podía controlarlo. Traté de frenar desesperadamente, el polvo no me dejaba ver prácticamente nada y, para empeorar las cosas, ahora el día se había puesto gris y nublado. Supe que iba inevitablemente hacia abajo, hacia un abismo. Cerré los ojos y, de pronto, todo se detuvo, como si hubiera bajado y luego subido una montaña rusa. Pero una montaña de arena. Sentí cómo me soterraba en un paredón de tierra en medio de un silencio total y me quedé inmóvil.

Trataba de respirar, de recobrar el ritmo en mi respiración, abrí los ojos y mi jadeante aliento fue normalizándose muy lentamente. No podía ver nada, todo era blanco. De repente, un toquido somató mi ventana. Era un bulto blanco. ¿Será un hombre? Un fuerte golpe rompió el vidrio y me encorvé para cubrirme la cara.

—¿Está bien, señora?

—Sí.

—¡Cami —le gritó a alguien que estaba en otro carro—, no te salgas del auto!

Pude ver a un hombre que ondeaba los brazos hacia la carretera pidiendo ayuda, pero no había nadie más. No venían más autos.

—¡Señora! —gritaba el hombre mientras abría la puerta de mi auto con fuerza y me desabrochaba el cinturón de seguridad.

Abrí los ojos.

—¿Está usted bien? —me preguntó con el celular en la mano y casi al mismo tiempo comentó—. ¡Mierda! Para variar no hay señal.

Yo estaba anonadada, no podía entender qué estaba pasando.

El hombre se me acercó más.

—¿Está usted bien? —repitió mientras me revisaba.

Asentí con la cabeza.

Él estaba todo cubierto de polvo, escupía arena y tosía sin parar. Yo me incorporé y respiré profundo, aunque en vez de aire, sólo respiraba arena.

—Estoy bien, creo que solamente me dio un ataque de pánico. No podía ver nada y tomé el desvío equivocado, la pendiente se hizo imposible y el auto no me respondió.

—Estoy tratando de pedir una ambulancia, pero no hay señal en esta parte de la montaña.

—¡Mi celular! —estiré la mano dentro del auto—. ¡Tengo que llamar a la oficina!

—Ya le dije que aquí no hay señal.

—Pero tengo que avisarle a mi jefe o al arquitecto Calderón —miraba confundida la empinada en donde me había atascado—. Miré hacia arriba y pensé: ¡Gracias a Dios me topé con esa montaña de tierra.

—Es para los buses y camiones que pierden los frenos. Es una rampa de emergencia, ésta no es una ruta para cualquiera. Venga y la llevo.

Con la ayuda de él, me subí a su auto. Estaba sucio y lleno de polvo, pero no por el momento, pues era un Jeep de trabajo.

— Siéntese atrás —me ordenó.

—Camelia —se dirigio a la niña que estaba en el asiento delantero—, la señora vendrá con nosotros.

—Me llamo Brisa —dije forzando una sonrisa, todavía sin aliento.

—Si no fuera por esta rampa de emergencia estaría usted muerta. La llevaré a un centro de salud.

—No se preocupe, estoy bien. ¿Estamos lejos de Antaño?

—Realmente no, éste es un desvío usado solo por locales, es una bajada muy empinada y peligrosa para quienes no conocen el lugar.

El auto tenía una radio y el hombre hablaba por ahí con autoridad, como dando órdenes. Pidió que alguien viniera a recoger a la niña y explicó que se le había presentado un imprevisto.

—Voy a tener que mandar a recoger su auto —me informó—, seguramente perdió los frenos.

Se quitó el sombrero, se sacudió el polvo de su pelo liso, alborotado, tomó un poco de agua y la escupió afuera, limpió sus lentes de sol y dejó ver unos increíbles ojos avellanados y expresivos. Me pareció familiar. Se hizo para atrás para abrir mi ventana y logré sentir su aliento muy de cerca.

—¿Disculpe, quiere? —preguntó extendiéndome su botella de agua.

—Sí, muchas gracias por ayudarme —le dije mientras él me veía por el retrovisor.

Su mirada me empezó a parecer más familiar, era como un déjà vu.

Guardé silencio unos minutos. ¿Conocía a aquel hombre? Mi mente no discernía mucho en ese momento. Me sentía aturdida.

Cada minuto que pasaba, revisaba si mi teléfono tenía señal para llamar a Ángela, pero nada, era imposible. Miraba por la ventana mientras nos íbamos acercando a Antaño y, cada vez que movía la vista, los ojos de ese hombre se cruzaban accidentalmente con los míos a través del retrovisor.

—Yo la conozco —dijo él finalmente.

—Yo también creo lo mismo.

—La conocí una vez en la capital en una cafetería cuando un hombre le hacía muchos reclamos. ¿Venía hoy huyendo de alguna amenaza como aquel día en el café? —preguntó con ironía, aunque su intención parecía ser cortés.

—No —sonreí—, solamente me desubiqué. Y por favor, ya puedes tutearme.

—¿A dónde vas en Antaño?

—A la posada “Los Arcos”, ¿sabes dónde es?

—Sí, allí nos quedamos Cami y yo cuando andamos por aquí, por esta ciudad.

—Ah, ¿es que no son de aquí?

—Vivimos en la Finca “Camelia” —dijo la niña. —Se llama “Camelia” como yo, aunque todos me dicen Cami. Eso queda en el pueblo de Palmas Rojas. ¡Tenemos muchos caballos! —añadió entusiasmada.

—¿De verdad? Cuéntame más —trataba de ser condescendiente con aquella niña como de siete u ocho años, aunque para decir verdad, yo nunca había sido muy buena con los chiquillos.

El hombre nos miró con seriedad y nos pidió que nos abrocháramos bien los cinturones.

—¿Sabe usted que en Antaño espantan? —me preguntó la niña cambiando de tema—. Lenguaje para una niña de 7 u 8 años? “Dicen que los conquistadores españoles, las monjas y los padres que vivían en los conventos espantan. En el día no salen para no dar miedo a los turistas, pero en la noche sus almas caminan por las calles.

—Disculpe —dijo el hombre al escuchar lo que la niña decía. Mi nombre es Sebastián Salguero.

—Brisa Murillo.

—¿Como Brisa de mar? —preguntó Cami.

—Sí —dije sonriendo.

—¡Tenemos muchos caballos en la finca para montar! Mi yegua se llama Princesa. ¿Le gusta montar?

—¡Me encanta! —dije un poco más cómoda de tener algo en común de qué hablar con una nena. Ella volvió a ver a su papá y le dijo con excitación:

—¡Tenemos que llevar un día a Brisa a montar mi yegua!

—Ya veremos, Cami —contestó pacientemente.

Ella continuó charlando.

—Bueno, Brisa, si bajamos por aquel camino en una hora estamos en el mar, pero si seguimos hacia las cumbres, en una hora estamos en México. ¿Verdad, papá?

—Sí, Cami, Antaño está muy cerca de la frontera.

—Si usted es turista, le va a encantar Antaño. ¿Ve aquella gran roca que esta allá casi en la entrada de la ciudad? Pues esa es la monja Madre Rosa, ¿verdad, papá?

—Es solo una roca, Cami.

—Dicen que ella va a ser la santa del pueblo —continuó—, y que cuando eso suceda la encontrarán como dormida llena de rosas al abrir su féretro. Lo que no sé es por qué lo van a abrir.

—Dicen que se abrirá con un temblor, pero es sólo una leyenda, Cami, ya te lo expliqué.

—Pero hay gente que de veras le reza y le lleva rosas. Nanita le pide milagros porque ahora es “beyata”.

—Beata —corrigió él—. Respira, Cami, hablas muy rápido.

Asentí a su explicación, pensativa y ya un tanto más interesada. Era una historia intrigante para los turistas, como decía Sonia, tal vez era buena idea aprovecharla en el lanzamiento del proyecto. Pensé que ya iba siendo tiempo de que le pusiera más atención a la historia de esta monja, la Madre Rosa. Por lo visto los locales y gente de los alrededores la honraban vehementemente. En el fondo los envidiaba. ¡Cómo me hubiera gustado creer en algo o en alguien ‘divino’ para defenderme mejor de mis inseguridades y mis momentos de desgracia, para sentirme que no estaba tan sola! ¡Cómo hubiera deseado tener fe! Lastimosamente estaba convencida que eran tonterías de pueblo.

—¡Papi, enséñale a Brisa cómo la cuesta lo engaña a uno! ¡Vas a ver que espantan, Brisa! —volteó a decirme.

Él hizo una mueca de impaciencia y me miró casi disculpándose.

—¡Para el auto! —gritó la niña emocionada.

Él obedeció, puso el freno de mano y el auto comenzó a retroceder para arriba en plena bajada.

Yo palidecí. Era como si hubiésemos entrado a otra dimensión. Cami me miraba emocionada esperando mi reacción.

—¿Viste que sí espantan? —dijo riendo—. Papá dice que son fuerzas electrométricas.

—Electromagnéticas —la corrigió.

Seguimos nuestro camino en medio de aquellos rosales silvestres de color rojo rubí, escuchando a la niña hablar casi sin respirar.

Al fin llegamos a la posada, entramos al lobby y nos pidieron esperar en el jardín.

—Te compraré un helado, Cami. ¿Usted quiere una cerveza? —preguntó Sebastián.

—Sí, gra… No, mejor una soda—. Él hizo la orden y se sentó a mi lado mientras Cami jugaba en los columpios.

Yo estaba inmóvil, pero muy inquieta por dentro. Me perturbaba la presencia de aquel hombre. No podía creer lo que estaba sintiendo por dentro. Aparentemente me gustaba, y mucho.

El sentimiento me tomó por sorpresa; nunca había vivido esa sensación de reaccionar ante otro ser humano como si lo conociera desde siempre. Sus ojos tenían algo y ahora parecían haber cambiado de color, se veían un poco más café. ¿Cambiaban de color? Él me miraba con seriedad mientras bebía su cerveza, y yo sentía que seguía en el auto en esa bajada estrepitosa que desafiaba la gravedad. Era como si su mirada me mandara por una caída libre vertiginosa, pero al mismo tiempo me impulsara hacia arriba al punto más alto. ¡Qué tontería de emociones y que cursilería me traicionaban últimamente! Me sentía tan vulnerable que no confiaba en nada de lo que sentía. Sebastián hablaba con el mecánico y arreglaba que fueran a recoger el carro a la carretera.

Me dio un nombre y un teléfono.

—Traerán tu carro aquí, ponte de acuerdo con ellos.

—De veras no sé cómo agradecerte.

—¿Trabajas cerca de ese bar en el que ese hombre te llegó a molestar?

—Sí, en una oficina muy cerca, ¿y tú?

—No, yo no soy citadino. Hay una firma de abogados por allí cerca y en Palmas Rojas, de donde vengo, no puedo hacer mis cosas legales. En mi pueblo sólo hay campo, plantaciones y ganado.

De repente, sentí que alguien me tocaba la espalda.

—¡Sonia! ¿Qué haces aquí? ¿No dijimos que te quedarías en la ciudad? ¿Cómo llegaste a Antaño antes que yo?

—Decidí sorprenderte porque estaba aburrida en la ciudad. ¿Por qué tardaste tanto?

—Tuve un pequeño percance. Él es Sebastián, me dio un aventón porque se me quedó el carro en una pendiente.

Ella lo vio y lo saludó con una sonrisa. Él condescendió cordialmente.

Se levantó para despedirse.

—¡Cami, nos vamos! —dijo él algo incómodo. Se notaba que era algo torpe socialmente.

—Muchísimas gracias de nuevo, no sé cómo agradecerte.

Él sonrió por compromiso y con aires de tener prisa.

—¿Papi, podemos llevar a Brisa un día a la finca a conocer mis caballos?

—Tal vez —dijo él por salir del paso y se alejó colocándose de nuevo su sombrero.

—¡Qué papasote! —exclamó Sonia viéndolos salir—. ¡Es guapísimo, hosco y muy masculino! Un poco serio, eso sí.

Sonia ya lo había analizado y yo quería cambiar la conversación.

—Tenía la camisa muy arrugada, el pobre no ha de tener quien se la planche. ¿Te gusta planchar Brisa? —bromeó.

Meneé la cabeza un poco disgustada por sus bromas.

—¿Viste cómo te miraba? Hablando de la atracción electromagnética que tanto mencionan aquí, ¿sabes cómo se veían?

No contesté porque sabía que ella continuaría.

—Como si entre ustedes hubiera una verdadera y estrecha relación, una cosa como entre electricidad y magnetismo, una fuerza que altera la realidad, el sentido común. ¿Qué te parece mi analogía científica? Yo lo investigué y, ¡vaya que esta tierra es extraña!

—Estás hablando tonterías, Sonia.

Me miró sonriente y me hizo bajar la guardia.

—Perdona, tienes tus cosas simpáticas, pero la situación vivida me dejó con las piernas flaqueando.

—Será el haber conocido al mango ese —volvió a bromear como si adivinara mis pensamientos.

—Creo que necesito una copa de vino.

Sonia me miró con sorpresa y reproche.

—Bueno, me voy a casa, necesito descansar.

—Aquí estaré si necesitas compañía, Brisa. Llámame si no puedes dormir en la casa de los espantos.

Tomé un mini taxi hasta la casa. No puede evitar observar aquel hermoso caballo que jalaba el pequeño carruaje. Pensé en la conversación con Cami sobre su yegua. ¡Yo amaba los caballos desde muy niña! Me instalé inmediatamente en mi cuarto y traté de encender la chimenea, pero el humo se regresaba hacia afuera, a la sala. ¿Cómo podía ser? Estas chimeneas tipo español eran siempre muy eficientes. Esparcí los leños y la apagué. Desistí de hacer un fuego en mi cuarto. Miré hacia el convento y al campanario tratando de procesar tan caótico día hasta que sonó mi teléfono. Era Sonia de nuevo.

—Dime.

—¿Te llegó el auto?

—Todavía no, voy a descansar ahora, ¿OK?

—¿Quieres que te lo lleve el guapo ese? —preguntó ella ajena a mi queja.

—Ya Sonia, déjalo. Ni siquiera me pidió mi teléfono.

—¡A mí sí! —dijo traviesa.

—¿A ti?

—Tu número, no el mío. Y no me lo pidió él, sino la niña. Dijo que te quiere enseñar unos libros y una colección de rosarios que tiene de la Madre Rosa.

—Adiós Sonia.

Bajé a la oficina, saqué la media botella de licor que llevaba en el bolso y la puse en la mesa momentáneamente. Necesitaba un trago, sólo uno para relajarme. Miré la botella debatiendo mi próximo paso. No lo podía hacer, no podía hacerme eso ahora a mí misma. No podía fallar en mi trabajo. Me levanté, tratando de pensar en otra cosa. Tomé la botella y me quedé viendo a la gran chimenea de la sala. Su construcción era muy interesante, masiva por fuera, pero el ingreso al hogar y cenicero disfrazaban su tamaño real. No se veía usada como la de mi habitación. ¿Será que no funciona? Orillé la ceniza con un cepillo y metí la mano hacia los ductos, palpé la vieja pared y noté que la cámara que daba al conducto de humo era diferente: la campana tenía poco hollín, un ángulo poco usual y unas denticiones que parecían peldaños que subían. No podía ver bien, estaba muy oscuro. Jalé mi botella y me dispuse a esconderla ahí donde nadie la viera, pero que al mismo tiempo tuviera fácil acceso.

—Aquí estarás bien resguardada y a la mano —le dije a la botella como si se tratara de una amiga o de mi oso de peluche.

Subí la mano para colocarla en la primera hendidura que encontrara. “¡Al fin!” La empujé un poquito, pero para mi sorpresa se cayó para atrás. Oí el eco del vidrio descendiendo en algún lado, lejos de donde yo estaba… pero ¿dónde? ¡Con razón no funcionaba la chimenea! Iluminé el conducto de humos con mi teléfono y le tomé unas fotos. Estaba abierta la compuerta reguladora del tiro. Tal vez podría componerla. ¡Era una chimenea tan señorial! Ameritaba el trabajo.

Tomé más fotos del hogar y del pecho frontal en el exterior para examinarla después. De pronto, el timbre del celular interrumpió mi aventura. Era un número de teléfono desconocido.

—¿Aló?

—Brisa, es Cami. En la finca tengo un rosario que usé para mi primera comunión y unos recortes y unas leyendas de la Madre Rosa. ¿Te acuerdas de la monja dormida? Cuando vengas a la posada o a la finca… además, tengo estampas de caballos de to…

—Disculpa, Rocío —la interrumpió su papá, quitándole el teléfono—, pero Cami ha insistido…

—Brisa —corregí.

—Cami es muy entusiasta —se disculpó.

—No, está bien, la nena me puede llamar cuando quiera —mentí. Era una niña muy carismática, pero yo necesitaba terminar el día.

—¡Camelia, deja descansar a la señorita! —le dijo a la niña antes de volver a mí—. ¿Te llegó tu carro?

—Todavía no.

—Bueno, ya que Cami llamó, aprovecho para decirte que no le vayas a pagar al mecánico, yo ya le pagué. Es solo un comentario para que no cobren de nuevo.

—¿De verdad? ¡Qué pena! ¿Cómo y cuándo podré devolverte el dinero?

—No hay pena, algún día será, si no, es cortesía de “Finca Camelia”.

—Pero… —traté de seguir la conversación, pero él ya había colgado.

Me quedé pensando sobre los extraños encuentros que había tenido con aquel desconocido y decidí solamente descansar en lo que quedaba del día. Había sido una jornada muy aparatosa. Al día siguiente repondría mi botella.

Capítulo V

Me puse mi casco, mis botas de trabajo y el cinturón de cuero donde llevaba mis herramientas de uso diario para dar mi ronda de las mañanas. Tenía muchos trabajadores y equipo pesado despejando las áreas de acceso y sacando ripio del terreno de allá abajo, de la hondonada. Ya se había derribado el cincuenta por ciento de las pequeñas viviendas. Los que manejaban las grúas movían la tierra y el ripio desde muy temprano en la mañana. Durante mi recorrido, encontré a don Rogelio, el anciano que había visto antes, con unas cabras.

—Las subí para acá, seño, porque por allá abajo ya están moviendo las tierras, pero si usted no lo permite…

—Está bien —interrumpí distraída.

—La vieja iglesia del convento —se remonta a los tiempos de la Madre Rosa.

—¡Otra vez este anciano!

—¿Usted siempre ha trabajado aquí? —pregunté algo molesta pensando en delatarlo de una vez por todas.

—Sí, seño, yo nací aquí, aquí mismo en esta tierra —dijo con una sonrisa orgullosa. —Mi padre fue el capataz de la finca hace mucho tiempo, cuando yo era pequeño. Vivimos aquí hasta que murió el buen patrón y doña Delfina ya no nos quiso y nos mandó para abajo, al caserío aquel donde vivían los peones, el que acaban de demoler las grúas.

—¿Doña Delfina?

—Sí, doña Delfina de Herradura, la que quedó al mando de todo esto cuando se murió el patrón. Era una señora muy mala.

La recordé en aquel horrible retrato de mujer que tuve que remover de mi habitación. La última ocupante de la mansión. Lo miré interesada, pero sin decir nada. No le quería dar confianza ni mucha plática.

—Era la abuelastra del niño Juancho y niña Lucía. Jugábamos juntos y me trataban como un amigo igual a ellos. Sara también jugaba con nosotros y a ella también la trataban como igual.

No parecía estar tomado. Desistí de mi idea de delatarlo en la oficina.

—Ya que usted es de aquí, seguramente sabrá decirme qué hay con todas esas entradas a subterráneos tapados. ¿A dónde van? —sin darme cuenta yo había prolongado la conversación.

—A todos y a ningún lado, eran pasadizos secretos. Esta pequeña ciudad está construida sobre otra subterránea, hay muchos sitios coloniales bajo tierra, hemos vivido muchos terremotos.

—¿Aquí todos saben que usted bebe? —le pregunté curiosa sorprendiéndolo.

Miró hacia abajo.

—Mire, seño, cuando uno tiene un problema con la bebida todos lo saben, el último en darse cuenta de eso es uno mismo —me lo decía sin mirarme.

Volví a ver hacia las entradas subterráneas. Él siguió con sus comentarios y preguntas.

—¿Van a desaparecer las entradas a las catacumbas, seño? ¿Las van a dinamitar?

—No, estos pasadizos no estorban, no interfieren con la nueva construcción. En esta área no habrá mayores edificios, es la entrada de la urbanización y la garita —le dije mientras me imaginaba cómo quedaría todo aquello cuando ya fuera un hecho: Cumbres de Antaño. Pensé en cómo le daría el uso adecuado a la mansión y las ruinas coloniales.

¡Cómo me gustaría llevar a cabo mi proyecto! Salvar los edificios…

—¿Allá abajo habrá más demoliciones?

—No habrá mayor excavación de la que ya se hizo allá en esas casas donde usted vivía, aquí en el internado y tal vez el viejo convento. La verdad, espero que se salve gran parte.

¿Por qué le estaba dando explicaciones? Descubrí que tenía sentimientos encontrados con respecto de aquel señor. Por ratos yo respondía a su charla, por ratos me molestaba. Claro, yo tenía últimamente sentimientos polarizados con casi todo. No sabía ni lo que quería ni qué buscaba; de momento, lo único concreto en mi vida era Cumbres de Antaño. Era lo único que sabía con seguridad. Eso lo podía controlar.

Me apresuré y me dirigí hacia la casona, pero él me siguió con su charla.

—Quedarán soterrados muchos secretos, ya no tendrá por dónde deambular la seño Sara.

—¿Sara? —No me quedaba más que conformarme con la conversación. Era la segunda vez que mencionaba aquel nombre. —Ya que tiene tantas ganas de hablar, don Rogelio, cuénteme de ella.

—Era una joven que vivió aquí hace muchos años. Yo creo que la Madre Rosa sí le concedió su milagro a ella, así que yo estoy esperando el mío. No se debe perder la fe.

Lo miré curiosa.

—Que me quite la bebida, seño…

—Don Rogelio —dije tratando de sonar paciente. Su presencia me inquietaba, pero igual le ponía atención—. ¿A usted quién lo contrató?

—Cuando quiera saber más de quienes vivieron en esta casa, le cuento todo, seño —dijo ignorando mi pregunta.

—Con permiso, seño —dijo alejándose de allí.

—Brisa —me llamó Carlitos a unos cuantos metros—, al ingeniero Peña le urge que mire estas fechas y que evalúe estas gráficas. Ya empezamos a sacar el ripio de allá abajo del río con la pala excavadora y los camiones. La demolición de las casitas ya va viento en popa.

—Está bien, bajaré tan pronto pueda.

—Le da lástima, ¿verdad? —preguntó Carlitos, de la nada.

—¿Qué cosa?

—Demoler todas esas ruinas.

—Usted es un sentimental —bromeé—. Revisaré todas las ruinas para evaluar los niveles de precaución que debemos tener y crearé un protocolo de grietas. Ya debemos ir cercando el área.

—Bueno, tenga cuidado.

—¿Con las ruinas?

—No, con los rosales y las espinas que andan regadas por todos lados. Los rosales secos dejan muchas espinas alborotadas. Por si no lo sabe, éste es el área donde más rosas crecen en todo Antaño, específicamente por aquí por las ruinas. Dicen que porque aquí está enterrado gran parte del convento original de la Madre Rosa. Además, porque aquí mismito murió y se le enterró.

Caminé por las ruinas y vi que la iglesia y el campanario conservaban gran parte de su estructura intacta, e incluso mantenían la gran campana original de bronce. Era definitivamente barroca. Los cimientos eran enormes, había muchos arcos erguidos sin paredes, y era difícil creer que unos temblores hubiesen sido capaces de derribar aquellas monumentales paredes. Tenían que haber sido sismos de más de ocho grados para haber sacudido tremendas construcciones. Esperaba que no se repitiese algo así durante mi estadía en Antaño.

Unos gritos me sacaron de mi contemplación y, al mismo tiempo, recibí un mensaje de texto de Carlitos: Accidente en una de las grúas. La necesitamos.

Bajé corriendo lo más rápido que pude, pero el lugar del accidente no estaba tan accesible. Al fin logré llegar al sitio unos diez minutos después. Una retroexcavadora se había dado vuelta y un trabajador estaba mal herido.

Llamé inmediatamente a una ambulancia; ya los trabajadores se estaban aglomerando para ayudar al herido mientras los socorristas se aparecían. Pude ver de lejos que una mujer desconocida que parecía religiosa le sostenía la cabeza mientras los demás le daban primeros auxilios. Para entonces ya se acumulaba mucha gente alrededor del herido. En cuanto llegué al lugar empecé a dispersarlos para que le dejaran espacio y no estorbaran.

Finalmente se aparecieron los paramédicos y nos informaron que se trataba de una situación delicada. Busqué a la religiosa que lo había estado ayudando para que hablara con los socorristas, pero no había rastro de ella por ningún lado. Vi cómo lo levantaban en una camilla, lo colocaban sobre una pila de ladrillos cercana y le ponían una capa de pétalos de rosas rojas sobre las heridas supurantes.

—Va a estar bien —dijo Carlitos—, ya se lo encomendaron a la Madre Rosa.

Miré alrededor tratando de entender lo acontecido.

—¿Conoce usted a la mujer que lo atendió?

—¿Mujer? Usted es la única mujer en el área.

No había tiempo para más preguntas. Todos andábamos alterados por lo ocurrido. Volteé a ver esas ruinas guardianas de secretos y me di cuenta de que se me iba a hacer sumamente difícil derribarlas; mi única esperanza era que me aprobaran el anteproyecto de salvaguardar la mansión y las ruinas.

Un número desconocido llamó a mi celular y por un momento pensé que podía tratarse de Sebastián. Fue un pensamiento muy tonto, era Peña.

—Voy para allá ingeniero, deme unos minutos.

José lamentó el imprevisto con un tono muy reservado, propio de su personalidad, y me pidió que recorriéramos el terreno. Evaluamos las etapas de la demolición y me explicó que, para el momento, ya habíamos concluido la fase número uno de las casitas de abajo. Era una demolición mecánica bastante fácil.

—Los topógrafos están listos para entrar en cuanto se limpie todo el ripio y nivelemos. Creo que les daré un reentrenamiento a los de las grúas.

—De acuerdo. Urge revisar los protocolos de cautela. No podemos tener otro accidente. Al nomás terminar el reentrenamiento podemos empezar a canalizar la segunda etapa. Ya sabe que no vamos a tocar las ruinas, ¿verdad? Estoy haciendo un protocolo de grietas y daños en ellas así que prohíba el paso hacia allá, por favor. Estoy tratando de salvar lo que queda para usarlo como salón de eventos y bodas campestres. Me aseguré de llevar conmigo un mini equipo básico de herramientas de arqueología, en mi cinturón.

Él me miró interesado.

—Qué bueno saberlo. Me habían dicho que se botaría todo.

—Me voy a la oficina, me esperan para unas firmas —concluí.

—La acompaño —En ese momento sonó de nuevo la campana de la iglesia. Lo miré curiosa.

—Suena sola —comenté con una inquieta sonrisa.

Él no comentó. Aparentemente no se había percatado.

Entramos a la casona juntos y, justo en ese momento, hubo un pequeño temblor y pasó rápido, pero luego vino uno muy fuerte que hizo mecer el candelabro como un columpio.

—Pareciera que la casa hablara, ¿no cree, ingeniera? —me preguntó viendo mi reacción al temblor.

Y agregó bromeando:

—Pareciera decir “Váyanse de aquí”. Por eso para mí es blanco de demolición, esa es mi profesión así que no me ponga nada enfrente porque lo derribo. De hecho, hasta el mismo alcalde dice no querer ningún vestigio de estas construcciones en el área.

—Eso está en discusión —le recordé.

—¿Está segura de que esta casa tiene buenos parámetros de construcción estructural? —preguntó con la vista fija en el candelabro. Tengo la impresión de que podemos llegar a conocer lo que es un verdadero terremoto durante nuestra estadía aquí. Ojalá esté equivocado.

—Pues mire usted todos los años que ha aguantado —respondí admirando la construcción.

Capítulo VI

Pablo, el alcalde, iba al proyecto por lo menos tres veces por semana. Tenía un porte muy varonil, aunque no cuidaba bien su figura ni poseía una buena postura, era atractivo, pero yo nunca podía poner el punto en qué era lo que me desagradaba un tanto de él. No pasaba de los cuarenta años. Tal vez no era su físico, lo que no me gustaba, pues era alto, de cabello crespo y ojos negros grandes risueños. Su piel era morena bronceada. Tenía un aire muy pueblerino que a veces pareciera que deseara esconder bajo vestimenta urbana que siempre dejaba ver la marca de las prendas. Sin embargo, su ostentoso reloj dorado y la cadena gruesa de oro que siempre llevaba en el pecho contradecían su esmero por parecer más sofisticado. Su sonrisa era amplia y chabacana, sobre todo cuando fanfarroneaba. Era un entusiasta del complejo y de las demoliciones, le gustaba estar al tanto de cada pequeño detalle como niño con juguete nuevo y a veces hasta daba la impresión de que su trabajo en la alcaldía no requiriera de tanta atención.

Salimos de la mansión, de una junta de trabajo Pablo, Carlitos y yo.

—Cada vez se está haciendo más pesado el asunto con el dizque heredero de la familia Herradura. El tipo está pidiendo la custodia de Juancho Herradura, dice que es su tío —se quejó Carlitos.

—¿Custodia de qué? No entiendo por qué el señor Herradura necesita custodia y qué tiene que ver eso con nosotros. Sé que no es mi problema, pero me gustaría que me lo explicaran.

—Es una larga historia Brisa —dijo el alcalde.

—Son pequeñas, pero molestas complicaciones, gajes del oficio. Es un viejo parapléjico con algún tipo de senilidad, pero su guardián legal estaba de acuerdo con invertir todas estas tierras en el proyecto.

El detalle es que dicho guardián ya falleció y, aunque dejó todo firmado y en orden, ahora se presentó otro familiar reclamando la representación legal y quiere cambiar los acuerdos firmados anteriormente. De plano ese hombre lo que tiene es interés en la plata del tío. Usted sabe cómo son las familias ricas y los herederos que aparecen de última hora.

—Es un tema delicado. Además, eso me lleva a otra cosa que quiero preguntarle directamente, Pablo: ¿ya tenemos el permiso de la ciudad para disponer de estas ruinas?

—¡Claro, yo soy la ciudad! —aseguró bromeando y acercándoseme demasiado como si flirteara conmigo. Carlitos no se dio por enterado, era muy discreto.

—Mira, Brisa, tú sigue con lo planificado, que vas muy bien. Ángela se encargará de todos los problemas legales con los abogados de la ciudad.

—Bueno, si alguien conoce este tipo de líos eres tú —

Caminé hacia el internado y de pronto vi a Marta acercarse al edificio con prisa.

—¡Marta, no puede entrar más a la escuela, ya se lo he dicho! ¡Se están haciendo las señalizaciones para la demolición y no se le permite entrar a ningún trabajador!

—Lo siento, arquitecta, yo tengo órdenes del Ministerio de Cultura, de preparar mi reporte. Necesitamos ubicar claramente los sitios arqueológicos y, aunque la escuela no sea sitio arqueológico, puede salvaguardar objetos antiguos o reliquias que pertenecen a la ciudad.

—¿El alcalde sabe todo eso que usted me dice? Voy a llamarle a constatar.

—Por supuesto, mi oficina en la alcaldía está cerca de la de él, aunque yo doy cuentas directamente al ministerio, no a la municipalidad.

—Pero es solo una escuela vieja de los años sesenta, no es colonial —dije señalando el viejo edificio—, ¿qué puede haber de interés ahí?

—Mire, arquitecta, esta situación es delicada y usted es fuereña. Hay que establecer qué queda de las ruinas coloniales porque, aunque el alcalde dice que son propiedad privada, el ministerio tiene que establecer si la ciudad tendría que reclamarlas y, de ser así, dejar claro que no pertenecen al terreno, ni a los Herradura, ni mucho menos a su empresa.

—¿Al alcalde no le preocupa eso?

—Él actúa por su cuenta.

—Necesita un casco, ¿recuerda? —le dije dándole uno —. Son reglas de la construcción.

—¿Va a entrar conmigo?

—Solo así puede pasar, ya que no puede entrar sola. Y sepa usted que el señor alcalde tiene todo bajo control.

—Eso cree él —dijo ella casi hablándose a sí misma.Mire, aquí hay dos historias: una dice que hay un convento muy antiguo soterrado por los terremotos que sólo se puede desvelar excavando. De encontrarlo, sería importante para la pequeña ciudad.

Otra es que en esta escuela, y mucho más recientemente en el internado de señoritas, pasaron muchas atrocidades que han quedado en el olvido. Ya no hay mucha gente a la que le importe eso, pero todavía existimos personas conscientes de que lo que pasó aquí fue atroz. Cosas que quedaron en el olvido.

—Y así seguirán, Marta, a menos que usted se lo impida al alcalde —dije enfática. Sin embargo, debía aceptar que su información no dejaba de despertar cierta curiosidad en mí.

Marta se calló por un momento.

Llegamos a una habitación que lucía como una desusada biblioteca decorada con una antigua pintura de lo que parecía ser una monja en una de las paredes.

—¿Es ella? ¿La Madre?

Marta asintió.

El cuadro estaba muy ennegrecido, casi no se podía ver la figura.

—Esta pintura se le entregará al señor Obispo. Esto sí es una reliquia, era del convento.

—¿El que la dichosa Madre Rosa fundó? —mi comentario era nuevamente algo burlón. No pude evitarlo

—Así es, aunque le parezca gracioso —dijo orgullosamente. —Ya está documentada y pronto la recogerán.

Apenas se dejaba ver la silueta de una religiosa con una leve y lejana sonrisa. El lienzo estaba todo cubierto de manchas de moho y polvo.

—Hay que restaurarla —comenté.

Observé a aquel místico y misterioso personaje vestido de hábito y túnica color marrón rojizo, velo y escapulario blancos y un lazo corriente enrollado alrededor de la túnica por la cintura. En una mano un rosario con una rosa de plata grabada en donde comenzaba el primer misterio y en la otra una libreta marrón. Yo lo sabía desde que había hecho mi primera comunión cuando era una niña.

—Es su libreta de enseñanzas —continuó Marta—. Era una incansable peregrina y construyó el convento hace varios siglos. Su doctrina escrita se ha perdido con el tiempo, no quedan más que tradiciones orales. Su idea era que fuera un centro para muchachas abusadas, sufridas por el machismo, abandonadas y madres solteras. Ella les daba cobijo y educación, pero eso hace unos siglos, hasta que hace más o menos unos cincuenta años doña Delfina Herradura cambiara todo el rumbo benévolo del convento y se volviera protectora y mayor beneficiaria de la congregación. Ella alteró muchas cosas, no para bien, y desvirtuó la maravillosa labor que hizo la santa Madre.

En fin, aquí puede haber todavía documentos o reliquias coloniales que pertenecieron a la Madre y que las monjas de doña Delfina hayan tirado por ahí.

Me le quedé viendo pensativa y sorprendentemente interesada.

—O sea que la Madre Rosa fue una santa que existió hace siglos. Lo que usted me dice de la señora Delfina de Herradura es una historia mucho más reciente, de hace unas decenas de años, en los sesenta.

—Así es. Una mujer muy buena y otra muy mala —resumió.

—Aquí ha vivido el bien y el mal, la divinidad y la maldad —concluyó solemnemente.

No hice mayor comentario para que ella no pensara que me burlaba. Yo no sabía qué pensar ni me interesaba mucho. ‘Así que aquí vivió una mujer santa hace mucho tiempo y en el siglo pasado vivió otra señora muy mala, la que fuera dueña también de la mansión: doña Delfina’ ¿Y cuál era la relevancia de eso? No pregunté para no perturbarla con mi escepticismo. Ella continuó:

—Ahora, en cuanto a las atrocidades que después supuestamente se cometieron aquí, pues eso quedará en la conciencia de los Herradura involucrados, estén muertos o vivos, yo solo hago mi trabajo y tengo autoridades que me apoyan.

—Sí, Marta, pero aquí hay reglas también. Recuerde que esta tierra ya está negociada con PROE S. A. y todo eso que usted dice es agua bajo el puente. Lo siento, sé que es importante para usted, pero este terreno es ahora de mi empresa.

—Pues yo vendré por aquí hasta el día de la demolición, ni el mismo alcalde puede pararme.

—Pero, ¿qué busca, Marta? No es normal que usted venga tanto. Aquí solo hay basura regada por todos lados. ¿Por qué no vienen otras entidades a verificar lo que usted insinúa?

—¿No es cierto que hay una situación legal de alguien que se está interponiendo en su proyecto? —preguntó desafiante.

—No puedo discutir eso con usted, son cosas legales de la empresa. Marta, realmente tengo que pedirle las llaves del portón, de la entrada y de la escuela.

—No puedo darle las llaves —dijo mientras caminaba hacia la puerta e intentaba cerrarla.

Yo le puse el pie a la puerta para que no se pudiera cerrar y ella se retiró molesta. Me fui detrás de ella, pero camino a la mansión, donde Ángela me esperaba.

Ella no venía muy a menudo a Antaño, las sesiones semanales de trabajo las llevábamos a cabo en las oficinas de PROE S. A., pero últimamente llegaba más a menudo. Yo la sentía más ansiosa en cuanto a las fechas del proyecto.

—Te tengo nuevas, Brisa. La buena primero: solo falta una firma del alcalde y tenemos el último permiso. Lo tuyo va según calendario, así como lo proyectado para el mes entrante, así que en eso vamos bien. La liquidez anda por lo esperado.

—¿Cuál es la mala?

—El proyecto se encuentra temporalmente bajo amenaza.

—¿Legal?

—No es nada del otro mundo —explicó Ángela—, pero con el otro Herradura que apareció, nuestros abogados han estado bailando en un pie.

—¿Por qué tanto lío con esa familia, Ángela? Yo pensé que ya todo estaba listo para arrancar el proyecto de lleno.

—Es que aquí le hacen mucha bulla a esa familia, pero ya ha perdido su poder.

—Yo oí que estas tierras pertenecieron a los Herradura desde la fundación de Antaño en 1525, eran grandes heraldos de España.

—¡Ay, me estallan! Yo no deseo hablar de ellos, cambiemos el tema. Ya los quitaremos del panorama. Dice Sonia que te has encariñado con estas viejas paredes, que te aferras a los edificios abandonados.

—No me aferro, me gustan.

—Pues que según ella tienes un “complejo de abandono…”

—¿Sonia dijo eso? De verdad que es una metiche. ¡Ahora psicoanalizándome!

—Brisa, —dijo con una sonrisa de sorna— acuérdate que hizo un curso de “psicología del consumidor”.

—Ella habla mucho Ángela, la verdad es que yo solo miro números y ganancias para PROE S. A., salvar la mansión y las ruinas para eventos de bodas sería beneficioso para el proyecto. Ese es todo mi interés.

No quería que me percibiera como una sentimental. Además, yo creía vehementemente que el salvaguardar los edificios era en beneficio de la empresa.

Ella sonrió con cierta incredulidad.

—Ya no estoy tan segura de eso, Brisa. Además, a Pablo no le gustará la idea, él quiere demoler. Quiere una construcción totalmente nueva. Recuerda que él es socio y miembro de la junta directiva.

—Ya los haré cambiar de opinión —dije convencida—. Tú encárgate de que miren el anteproyecto y contemplen la posibilidad.

Aproveché para preguntar nuevamente sobre la sociedad de Pablo en Cumbres. Dudaba de la legalidad de su participación, aunque no era directamente un problema para mí.

—Ángela, ¿es legal que Pablo sea socio de PROE S. A.? Sé que no es de mi incumbencia, pero…

—Él no aparece como tal, ya te expliqué una vez. Es una empresa anónima suya. Únicamente lo sabemos los que estamos a la cabeza de la empresa. Despreocúpate.

Traté de despojarme de los pensamientos que me inquietaban. Al fin y al cabo, yo no era socia, pero la curiosidad sobre el convento y las historias que me contó Marta me dejaron sin sosiego. Decidí dar un paseo por aquel viejo edificio lleno de cuartos con puertas semiabiertas y ventanas rotas. No entendía por qué Marta no había mandado a limpiar aquel lugar si tanto le preocupaba, porque, en lo que a mí respectaba, era únicamente basura que se iría con el ripio de la demolición. Sin embargo, era un lugar muy interesante.

Por ratos podía casi imaginar a aquellas chicas deambulando por los pasillos y jugueteando en los patios. Pensé en aquellas voces. ¿Serían un residuo de ondas sónicas atrapadas físicamente? Pero, ¿qué tonterías se me estaban ocurriendo?

Me acerqué a la biblioteca y recogí varios libros del suelo: “Don Quijote”, biblias, y obras clásicas rotas, incompletas y apolilladas. En una esquina de una vieja estantería encontré una libreta antigua escondida entre un montón de papeles y revistas viejas. Me le quedé viendo a un libro en particular: “Vida y milagros de la Madre Rosa, Fundadora de la congregación de las Servidoras de la Corona de Espinas”.

No parecía una libreta de muchos siglos atrás, pero antigua sí era. Me pareció raro que Marta no lo hubiese encontrado, así que la metí en mi cinturón de trabajo. Lo guardaría para ella. Tal vez le agradaría el hallazgo. Luego, entré a lo que parecía haber sido una oficina por los muchos escritorios viejos que se encontraban arrimados en las paredes. Había papeles tirados en el suelo y unas ratas decidieron hacer su aparición, así que decidí regresar después, pero, antes de salir, noté que algunas paredes tenían rejillas cerca del rodapié. ¿Sería algún tipo de ventilación? Aunque parecía obvio que proveían aire fresco de afuera hacia algún lugar. Estaban selladas.

Esto solo era lógico si hubiera otras habitaciones del otro lado. Golpeé la pared suavemente con un pequeño martillo y descubrí un sonido hueco. Si había algo debajo del piso, ciertamente no tenía acceso por donde yo estaba. Tomé fotos con mi teléfono y me dirigí al pasillo. Observé una puerta abierta hasta el mero final.

Me intrigaban muchos aspectos y recovecos de la construcción. Seguí avanzando y llegué a la vieja cocina del internado, llena de inservibles y retorcidos sartenes que colgaban sobre lo que debió ser una inmensa estufa de gas. Vi mi reloj, se me había hecho tarde. Tenía que regresar a la oficina antes de que se fueran los jóvenes arquitectos. Camino hacia la salida principal, pasé nuevamente frente a la antigua oficina y decidí entrar de nuevo. Sacudí el suelo e hice bruscos movimientos para asustar a las ratas, antes de que me asustaran a mí.

Ojeé algunos de los viejos cuadernos empastados que contenían información contable obsoleta y datos que parecían rutinarios fechados en 1962. Tomé más fotos, ahora de los archivos encuadernados, la mayoría casi destruidos, y los dejé nuevamente en su lugar. Había un silencio inquietante en el ambiente. En aquel misterioso y silencioso edificio oía multiplicados por el eco hasta los chasquidos del papel que yo ojeaba, y los tacones de mis botas resonaban hasta el final del corredor. De repente escuché voces de allí, del final del pasillo y salí caminando de puntillas a ver quién estaba ahí, pero no había nadie. Llegué de nuevo hasta la vieja cocina, pero no había nadie más que yo. Me dirigí, muerta de hambre, a la mansión, con la mente puesta en aquel antiquísimo convento y sus historias, en el enigma de la santa religiosa, la famosa monja, y en “la malvada” de doña Delfina de Herradura con su misterioso manejo de aquel internado para chicas de la alta sociedad.

De camino me encontré con don Rogelio.

—Estoy sobrio, seño —dijo como si yo estuviera pendiente de su estado. —Que tenga buena tarde.

No respondí. Decidí que no lo iba a delatar con el jefe de Recursos Humanos, pero de ahora en adelante lo iba a ignorar. La vieja campana sonó de pronto.

Son las seis. Ahora conversaba conmigo misma. Cada vez que comentaba que la campana sonaba sola a las 12 y a las 6 de la tarde, nadie parecía darse cuenta. Observé que don Rogelio sí la notaba. Regresé a ‘casa’ como le recien decía a la mansión cuando ya el personal se había retirado por el día. Era una noche perfecta para leer un libro y encender la chimenea. Comí algo liviano y dispuse ir a acostarme. Al llegar a mi cama encontré una rosa. ¿Quién me la llevaría? Por un momento pensé en Sebastián. Traté de borrar ese pensamiento inmediatamente de mi mente. Caí dormida con la chimenea encendida. Afuera caía una fuerte lluvia.

Me despertó el ruido de alguien subiendo por las gradas. Siempre que oía aquel ruido y me levantaba, no había nadie. Lo ignoré y seguí tratando de dormir. Noté ya la luz del día. Ya había amanecido y yo apenas recordaba cómo había llegado a la cama. El día estaba gris y noté cuán lúgubre se veía mi habitación en un día nublado. Ya no pude conciliar el sueño. Oí los pasos que se acercaron, de nuevo. La vieja madera de la casa hacía todo tipo de ruidos a causa de los años y los frecuentes microsismos que ya para mí eran apenas perceptibles. Me estaba acostumbrando a los continuos y pequeños temblores. De repente, se abrió la puerta de mi recámara.

—¿Selena? —pregunté un tanto desconcertada pensando en la muchacha de la limpieza.

—Hola, Brisa —dijo una vocecita

—¡Sonia!, ¿cómo entraste?, ¿acaso dejé la puerta abierta anoche?

Ella volteó a ver al pasillo.

—¡Qué pasillo más escalofriante! —comentó sin decir buenos días ni explicar cómo había entrado.

Se le quedó viendo a uno de los cuartos vacíos y un pequeño estruendo la hizo entrar corriendo a mi habitación. Tenía la cara pálida como una hoja de papel blanco.

—Vi una sombra blanca, Brisa. Yo sé, no hay sombras blancas, las sombras son oscuras, pero… ¡Te juro que la vi pasar! Uyuyuy, ¡aquí espantan!

Jadeaba en vez de respirar. Traté de tranquilizarla, pero había logrado inquietarme.

—Bajemos, Sonia —dije buscando calmarla, —preparemos un café.

En ese justo momento creí ver algo yo también. Fugaz, muy fugazmente, vi pasar una luz blanca cuando volteé a ver hacia arriba mientras bajábamos las gradas. Fue tan rápido que cuando sentí aquello, lo que fuera había desaparecido dentro de la chimenea de la sala en el primer piso. Se me aflojaron las piernas. Volteé a ver a Sonia. Ella venía viendo hacia abajo apresurándose. Podía ser un efecto de luz, algún rayo de luz que entraba por una de las ventanas y se percibía como si se moviera. Seguro había una explicación. No lo comenté en el momento. Solo cuando ya estábamos abajo, Sonia habló de nuevo.

—Brisa, te juro que vi una cosa blanca, como una mujer.

—Te creo, Sonia —le confesé algo sorprendida, pero sin contarle lo que yo había visto.

—Yo sé que no me crees —insistió—. No me gusta que estés aquí sola. ¿No puede quedarse alguien contigo?

—Tranquila, Sonia —ya llegábamos a la cocina—, Carlitos ya le dijo a Selena y ella se quedará aquí abajo en las noches en un cuarto de servicio. Tal vez hasta se quedó anoche y por eso encontraste la puerta de la entrada abierta, o quizás entró muy temprano hoy.

—Este fin de semana vas a desayunar conmigo a la posada —exigió Sonia—. Es más, deberías quedarte unos días en mi cuarto mientras yo esté en la ciudad. ¡Te voy a sacar de aquí, aunque sea por un día! Tienes que distraerte.

—Mira, ya está el café.

—Solo te venía a avisar eso, que te sacaré de esta casa. Quería que fuera una sorpresa, pero la sorpresa me la llevé yo… ¡Qué miedo! Me voy —dijo atragantándose el café—. Nos vemos mañana.

Asentí y salí a despedirla. La miré a los ojos.

—Sí te creo, Sonia, que viste pasar una luz. Debe haber una explicación.

Ella se apresuró hacia su coche, sin decir más.

Afuera, a la par de la puerta, estaba don Rogelio dormido ¿Lo vería Sonia? Pude oler el alcohol saliendo de sus poros y su respiración. Lo cubrí con una cobija, movida por la lástima, aunque con un gesto de sumo desagrado. Entré a la casa con el pensamiento inquietante de aquella luz que habíamos presenciado Sonia y yo. Recorrí toda la mansión con curiosidad. Era extraño, con toda mi vulnerabilidad y, sobre todo, con mi diaria lucha contra el deseo de tomar un trago, y más aun padeciendo de severos ataques de pánico, que no me asustaran ni aquellas pisadas que a veces escuchaba por las noches, ni aquella fugaz aparición.

Sin embargo me aterraba lo que la gente pensara de mí, el que alguien dejara de quererme, que me abandonaran. Me asustaba la traición de algunos, me daba pánico la indiferencia de otros, pero no me atemorizaban tanto las cosas fuera de este mundo. ¿Sería posible que simplemente no creyera en ellas, o que pensara que no podrían dañarme? Por primera vez, le di cabida en mis pensamientos a la probabilidad de que existiera algo más allá, fuera de este mundo. ¿Acaso era que yo no confiaba ni siquiera en lo que yo misma veía? Definitivamente no creía en mí misma. Estaba segura de una sola cosa: de mis números, mis cálculos y mis diseños. Esos tangibles y yo los podía manejar bien.

Capítulo VII

Llegó el fin de semana y me arreglé para desayunar en la posada. Había mucha bulla en la calle para ser tan temprano, y me arrepentí de haber llevado mi auto. Como lo sospeché, Sonia aún no había llegado de la ciudad capital. La esperé viendo el noticiero en la televisión del pequeño y acogedor restaurante y, de repente, una voz me habló.

—¿Se acuerda de mí?

Era Sebastián. No me lo esperaba. Sin embargo, no era demasiada casualidad. Él me había contado que frecuentaba la pensión cuando venía a Antaño. Lucía algo desaliñado como siempre, pero esta vez lo noté más alto de como yo lo recordaba.

—¿Vino de nuevo a pasar el fin semana en Antaño?

—¿Puedo? —al mismo tiempo que se sentaba—. ¿Qué tomas? —dijo tuteándome nuevamente.

A este hombre se le olvidaba desde mi nombre hasta cómo tratarme.

—Un expreso.

—Yo también.

Pidió dos expresos al mesero.

—¿Cuándo regresas a la capital? ¿Hoy? —prosiguió con una actitud muy ligera y casi sociable.

—No, me estoy quedando en Antaño.

—Lo digo porque hoy es día de feria aquí en el centro y muchísima gente viene de la ciudad mayor a ver las celebraciones.

—¿De veras? Con razón tanto bullicio en la calle y tantos autos estacionados en las aceras.

—¿Estás sola?

—Estoy esperando a mi amiga, desayunaremos juntas. Tú la conociste una vez.

Sonia llegó en ese justo momento y él se levantó inmediatamente dejando su café, la saludó con el sombrero y dijo:

—No quiero molestar —viéndome a mí, — solo quería decirte que tuve que estacionar frente a tu auto porque el parqueo está lleno. Si vas a salir, tendrás que pedirle mis llaves al señor del parqueo. Nos vemos, señora —le dijo a Sonia tocándose el sombrero y con una precaria sonrisa.

—¿Señora? —Resopló Sonia cuando él se alejó con la quijada hasta abajo—.

—¡Qué insulto! ¡Señora! —repitió incrédula—. Lo perdono por guapo. Con que el papasote despeinado de nuevo… ¿acaso son novios? Lo vi el otro día preguntando por ti en la recepción del edificio de PROE S. A., en la capital.

La miré incrédula.

—¿Por mí?

—Sí. Bueno, preguntaba por la señorita Rocío Murillo, pero obviamente le dijeron que ella no trabajaba ahí, así que sacó un recibo de un taller de autos para ver bien el nombre y se corrigió. “Brisa Murillo”. La recepcionista no quiso dar ninguna información y yo iba a intervenir cuando me llamaron por celular.

—¿Estás segura de que era él? Debe haberme buscado para cobrarme lo del mecánico.

—Sí, era él con la misma camisa mal planchada. Cuéntame qué ha pasado entre ustedes.

—Absolutamente nada, no lo había vuelto a ver desde el accidente…. hasta hoy.

—Mmmm, está bien. Cambiando de tema, ¿podemos ir a dar una vuelta por la feria?

—La verdad, no quiero, mejor desayunemos para poder irme de vuelta a la casa, hoy necesito silencio y leer un buen libro en mis pijamas.

—¡Vamos, Brisa! —alegó—. Hay muchísima gente y turistas, hay juegos…

—Precisamente por eso —la interrumpí—, yo quiero silencio.

—¿Te vas a regresar a esa escalofriante casa tan pronto?

—Sonia, estuve viendo cómo se comporta la luz que entra a la casona a ciertas horas por los vidrios rotos de arriba. La luz rebota en ciertos lados de la casa, y cuando las nubes se mueven, la luz…

—¿No me crees verdad? —me interrumpió

—Sí te creo, yo también vi una luz fugaz—la calmé. No quería que Sonia hiciera tanto escándalo de la casa. Con lo habladora que era, sería la de nunca acabar.

—¡Tú piensa lo que quieras —me reprochó—, ¡yo vi esa cosa y poco faltó para que me hablara!

Terminamos de comer sin comentar más, después de quedar en juntarnos en otro momento del fin de semana. Me apresuré al parqueo. El auto de Sebastián seguía bloqueando al mío y el encargado de las llaves se tardó en llegar.

—¿No me dejaron unas llaves con usted? —le pregunté apurada.

—¿Don Sebastián? No, se le debe haber olvidado, pero él debe estar por aquí cerca. Siempre deja su auto aquí y sale a dar vueltas a caballo con su nena. Dijo que no tardaba.

Yo no quería esperar, prefería irme en mini taxi a casa, ver televisión en mi cuarto y haraganear, pero no había ninguno a la vista.

Comencé a caminar hacia la mansión y vi cómo decoraban las ventanas con macetas de rosas y adornos de papel, y las calles empedradas con alfombras de aserrín. Había mucha gente a caballo pues ya no cabían los carros en la calle, el pueblo estaba lleno de locales y turistas enfiestados.

—¡Brisa! —oí la voz de Sebastián que se acercaba cabalgando un bello garañón—, te anduve buscando. Disculpa que me atrasé y para más se me olvidó dejar las llaves en el parqueo y tuve que llevar a Cami a donde su mamá. ¿Vamos a tu auto ahora?

—Gracias, pero ya avancé mucho, puedo llegar a casa caminando y buscar el auto después.

—Te llevo entonces.

—¿A caballo? —pregunté dudosa.

Él me miró sonriendo.

—Okey —dije indecisa viendo aquel bello animal. Yo amaba los caballos, seguramente igual que su hija Cami.

Él se bajó para ayudarme.

—Pon el pie aquí en el estribo. Yo te levanto.

—¿Atrás o adelante?

—Adelante.

—Tengo mucho tiempo de no montar —dije inquieta.

—¿Todavía quieres pasar un rato en un lugar muy pero muy tranquilo?

—Sí, no me gustan las moloteras de gente. ¿A qué lugar?

—Será una sorpresa. Por ahora disfruta la cabalgata.

Durante el recorrido, saludó a algunas personas que le hacían gestos desde las aceras. Yo no conocía a nadie y estaba sorprendida de que no siendo de Antaño lo saludara tanta gente. Yo me recostaba en su pecho y me inquietaba su roce con mi piel al ritmo del galope. Todo me parecía borroso, lo único en lo que podía pensar era en su respiración detrás de mí, en su aliento, en sus brazos que me rozaban mientras maniobraba las riendas y me rodeaban completamente cuando reposaba las manos en el fuste de la silla. Por un momento sentí como si cabalgáramos entrelazados por aquel camino empedrado. No sabía a dónde íbamos, pero deseaba que el camino fuera muy largo.

Llegamos a lo que parecía un terreno baldío con su entrada, un portón viejo y una cerca bastante descuidada. Él bajó primero y luego me ayudó a mí.

—¿Qué hay aquí? —pregunté algo sorprendida—. Es un terreno baldío. ¿Es de tu propiedad?

—Sí —comentó mientras amarraba el caballo a un poste.

—Pero en este lugar no hay nada —titubeé.

—Ya lo verás. Sígueme.

Llegamos a un montículo de tierra donde había un portón muy bajito. Apenas se miraba qué era, pues lo cubría una sobrecrecida maleza y los matorrales. Era una pequeña protuberancia con una entrada secreta solapada por ramas secas, buganvilias y rosales silvestres. Nadie podría imaginar que un terreno común y corriente como ese encubriera un acceso así.

—Cuidado con las espinas.

Sebastián empujó la maltrecha puerta de madera y vi unas gradas que bajaban al subsuelo.

—¿Una catacumba? —pregunté. Él asintió.

—Es un pasadizo muy antiguo.

Caminamos hacia adentro con la linterna de su celular a lo largo de un corredor muy estrecho en el que Sebastián apenas cabía, por su estatura. Yo era muy menuda, así que cabía parada y todavía quedaba espacio entre mi cabeza y el techo abovedado. El pasadizo se convirtió de pronto en un más alto y prolongado pasillo cubierto de nichos y estatuas españolas desquebrajadas en los laterales. Entraba un poco de claridad por unos tragaluces lejanos colocados en lugares estratégicos, como si hubiera sido diseñado por ingenieros especialistas en iluminación moderna. El lugar no podía ser más maravilloso. Me encantaba estar allí y estar sola con él. Yo no sabía cómo debía reaccionar. Decidí actuar profesionalmente para parecer más impersonal y no mostrar la incomodidad que sentía de andar en una catacumba con un desconocido. Un atractivo desconocido. Me sentía perturbadoramente exaltada.

—Impresionante ingeniería —miré interesada las estructuras, observando los grandes cimientos—. ¿Van a monasterios y conventos de la conquista?

—Y a las casas de los heraldos de la época, de las familias acomodadas ¿Ves esos nichos en la pared? Son tumbas de los nobles de entonces. También hay unos pozos para osarios comunales, usualmente de reos que ya nunca vieron la luz.

—Sí, he leído que los arquitectos medievales construían pozos para proteger la edificación de los movimientos telúricos. En ese entonces también existía la idea errónea de que las construcciones bajo el suelo eran más seguras contra los terremotos.

—Veo que sabes del tema.

—Soy arquitecta…

Asintió sin parecer impresionado.

Había una gran tensión entre nosotros. Mejor dicho, una gran tensión sexual. De hecho, era una gran atracción. Seguro de parte mía, pero yo sospechaba que era él quien la provocaba hacia mí a sabiendas, con intención. Irónicamente, al mismo tiempo, los dos tratábamos de solapar un poco esa tremenda atracción. Decidí hacer preguntas para evitar un silencio incómodo.

—¿Es cierto que los primeros monasterios y conventos se comunicaban secretamente por pasillos? Ya sabes, el viejo cliché de que las monjas se comunicaban con los curas secretamente.

—Cliché —secundó él como escueta respuesta.

Seguimos caminando y nuestros pasos y voces se repetían en un eco. Era un ambiente sorprendente e inquietantemente desolado y faltaba un poco el aire, no sé si por las catacumbas en sí o por mis propios nervios. Seguí hablando en tono inquieto.

—De veras que Antaño está lleno de secretos. Eso dice un anciano que vive por mi casa.

—Los ancianos son los que más conocen de esos secretos. Cuando era chico, siempre eran los que nos contaban las leyendas y mitos de esta pequeña ciudad a la que antes llamamos pueblo. Él hablaba de su infancia y yo hubiese querido saber más. Lo escuché con interés, pero pude observar como él se esforzó por dejar el tema allí. Se quedó callado mientras yo pensaba cómo seguir conversando para disipar mi ansiedad.

—¿Y esto? —señalé una gran bóveda con un agujero de entrada.

—Es un refrigerador de la época colonial. Los monasterios ponían sacos de hielo adentro para conservar las cosas congeladas. Aquí debe haber existido una puerta de madera. Tenían métodos estratégicos para refrigerar los alimentos.

Yo sentía que él oscilaba entre una conducta formal y seria a un flirteo solapado cuando me rozaba o nuestros cuerpos se tocaban casualmente. ¿Sería yo capaz de imaginar su interés por mí? Yo ya no sabía ni qué pensar.

Entramos a un espacio muy amplio.

—Aquí, al subir las gradas, está la cocina. En este nicho ponían la leña y por aquí entraba la luz del exterior.

Observé que en la parte de arriba había rejillas que servían de ventiladores. El aire era más amable en esa habitación.

—Despensa y estufa de leña —señaló. —¿Sientes ese aire seco?

—¡Tenían su propio sistema de aislamiento! —comenté impresionada.

Él retomó una actitud más personal nuevamente.

—Así que arquitecta…

—Así es, ¿y tú?

—Arqueólogo —bromeó—. Aficionado. Lo mío es la tierra y el ganado. Me llevo mejor con el ganado y los caballos que con la gente.

Su tono de voz y su cercanía me ponían extremadamente nerviosa, así que me decidí por hablar de temas comunes, nada personal.

—¿Tú crees en una monja, la Madre Rosa de la que todos hablan?

—No, pero hay que respetar a la gente —me miró el cabello. —Eres rubia ¿verdad?—, me preguntó de la nada, sorprendiéndome mientras miraba el crecimiento de mi pelo y volviendo a tomar una actitud más personal e íntima.

No contesté y él no dejaba de mirarme.

—¿Ya puedes respirar?

—No mucho —logré decir con el corazón sobresaltado.

La verdad es que me faltaba el aire de los puros nervios.

—Me voy a sentar un momento.

—Este espacio es cómodo —me señaló un nicho horizontal, como el de un espacio para poner leña.

Puso su chaqueta de cuero para que me acomodara y no me sentara sobre el ladrillo helado y no supe ni cómo ni cuándo me empezó a besar. ¡Esto era una locura! Me costaba creer lo que estaba viviendo. Para mi sorpresa, respondí a sus besos inmediatamente y sin ningún razonamiento u objeción. Sentía que los latidos de mi corazón se oían a lo largo de la catacumba y que el eco los hacía más recios y los multiplicaba.

Todo me daba vueltas, me contradecía por segundos, sabía que no podía permitirme esto, no me podía dar el lujo de una aventura amorosa. ¿Tendría otra decepción? Y luego mi temor se convirtió en excitación. Sebastián no paraba de acariciarme. Por momentos se detenía para clavar sus bellos ojos en mí y luego volvía a besarme una y otra vez. Sus ojos pasaban de un tono café a ámbar. Yo nunca había visto algo así. Sus manos se deslizaron por mi blusa y sin darnos cuenta quedamos desnudos sin importar el frío de aquel lugar. Hicimos el amor un largo rato llenando los pasillos con gemidos que sonaban como ruidos extraños y misteriosos a lo largo de aquella catacumba. Yo temía parar y tener que enfrentar el dejarme llevar. Temía reprocharme por este desliz tan inesperado, pero me encontré aferrándome más y más a él.

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