Kitabı oku: «Segunda chance»

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Dar el salto.

Amar sin pedir permiso.

Que el pasado sea un paso.

Buscar hasta el milagro.

Tener fe en lo que vendrá.

Revelarse hasta el infinito.

Tener coraje aun cuando no se tenga.

Romper tu papel o plegarlo: esa es la cuestión.

Que la tentación no señale tu destino.

En tu intuición anida tu memoria.

No todos son acantilados.

Amar es tu éxito.

Talento para vivir.




vera.romantica


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Dedicado a quienes anhelan una segunda chance de amar.


PRIMERA PARTE
Quítame el aliento



CAPÍTULO 1

Preikestolen, Noruega

Dalia Ruiz. Su nombre era todo lo que ella sabía de verdad de sí misma.

No comprendía por qué había llegado hasta ahí sin poder detenerse en el camino, no sabía por qué desde hacía tres semanas tenía que hacer un esfuerzo para apretar la garganta y no echarse a llorar delante de cualquiera y entre los brazos de nadie.

Dalia Ruiz, nada más.

En ese momento, el resto de los detalles parecía aleatorio: la edad, el lugar de nacimiento, el lugar de residencia, los amores pasados, los amores perdidos, Damián Gorsky y hasta la Colombina, la marioneta preferida de su padre, a la cual se le había rajado su carita de porcelana por un tonto accidente al guardarla en lo alto del armario. Cómo había llegado hasta el sitio más escarpado y tal vez más peligroso de Noruega y del mundo, era una pregunta que solo Ricciardi podía responder. Augusto Ricciardi (hijo), su agente y representante desde el comienzo de su carrera como actriz.

Como siempre, le habían puesto una zanahoria delante de sus narices y ella no pudo decir que no. Y la zanahoria no era el dinero, ni siquiera la posibilidad de “inmortalizar” su rostro en una publicidad de fragancias internacionales; la tentación era la posibilidad de desaparecer por un tiempo de la ciudad, del país, y poner una distancia entre sus sentimientos y todo aquello que había pasado con su exesposo, Damián. Ya no quería volver a pensar en él por un buen tiempo.

Habían contratado a Dalia Ruiz para filmar el comercial de un perfume, una nueva fragancia, la Selva Essence, de Selva Fragrances, una empresa a medias catalana, a medias francesa, que quería salir a competir y a matar en el mercado de la perfumería. A Selva Fragrances la patrocinaba Selva Moré, la hija de un pintor poco conocido de la Costa Brava española, y ella estaba convencida de que su marca pasaría por encima de la que consideraba su competencia más fuerte: Paloma Picasso.

Selva se había enamorado del rostro de Dalia, era una de esas mezclas propias de la América inmigrante, con la paleta de colores que el continente americano pintaba a sus gentes. Algunas pecas que logró suavizar con mucha constancia durante la adolescencia –usando agua de rosas y limón–, y un par de lunares gitanos. Selva Moré había visto el rostro de casualidad, haciendo zapping una noche de insomnio en París, en un canal latino en el que pasaban telenovelas argentinas. Miraba esos programas debido al interés sentimental que la unía al padre de Ricciardi, a quien había conocido hacía poco tiempo. Inmediatamente se comunicó con su jefe de prensa, y cuando le informaron que Dalia Ruiz pertenecía a la agencia Ricciardi de representación artística, Selva soltó un grito de alegría. No sabía si la agencia del hijo de Ricciardi era muy buena o no, pero de cualquier manera ella no iba a contratar a una actriz extranjera de otra agencia que no fuera la de Ricciardi (hijo). Porque podía ser una empresaria, pero también tenía corazón. Y Ricciardi (padre) había conquistado el suyo. Así fue como Dalia Ruiz llegaría a ser el rostro de Selva Essence.

El cachet era muy bueno y la comisión de Ricciardi era por demás sabrosa –se lo había comentado él al pasar, cosa que a Dalia le era por completo indiferente–. El trabajo incluía el viaje a Noruega y la estadía de una semana. Ya estaba cansada –al menos por ese año– de hacer el papel de villana en la telenovela de las nueve de la noche. Toda su trayectoria como actriz se estaba desmoronando. Durante su carrera televisiva había representado en infinidad de oportunidades el papel de rival de la protagonista: si la heroína era inocente y cándida, ella era malvada y sensual. Incluso había trabajado como la mala de la película en una telenovela en la que le tocó hacer un desnudo o dos. En aquel momento le divirtió saber que todos los hombres tenían fantasías con ella. Sin embargo, en este momento de su vida, Dalia Ruiz no haría un desnudo completo o erótico ni que le pagaran una fortuna. Para aceptar hacer esta publicidad había puesto un montón de condiciones respecto de cuánto se vería de su cuerpo, y sabía que estos requisitos crispaban los nervios de su agente. “Lo más interesante que puede pasarte si vislumbran un centímetro más de tu piel del que quieres mostrar, es que te dé un resfriado”, le había dicho Ricciardi (hijo), provocándola.

Como fuera, ella iba a aceptar hacer la publicidad; eso de las telenovelas no iba más y no se sentía con energías para volver al negocio del cine. La televisión le había mostrado su doble filo y se había vuelto ingrata. “Hay un tiempo para cada cosa”, sentencia el rey Salomón en la Biblia, además el tiempo pasa para todos, como dice el dicho, y Dalia había dejado de ser la rival de la protagonista para convertirse en la madrastra malévola o la suegra. Todavía le faltaban tres años para los cincuenta y, aunque se veía bastante bien para el mercado televisivo, habían dejado de contratarla como contrafigura. No tenía ganas de hacerse una cirugía estética para dar con el perfil que la televisión quería para ella.

Ya no daba la talla para el personaje que había soñado toda su vida. Ya no había oportunidad para cumplir su sueño de volver a enamorarse locamente. ¿A qué santo debía rezar y pedirle una segunda chance para que sus anhelos se realizaran? Primero, actuar había sido solo un sueño… Después, paso a paso, había ido convirtiéndose en un trabajo. Y, de a poco, ese trabajo se transformó en su mayor placer y en su mayor esclavitud.

Sin embargo, ahora era una realidad que debía aceptar: no podía volver el tiempo atrás y convertirse en la protagonista buena de los melodramas para los que no la habían llamado nunca. En los comienzos de su carrera como actriz había hecho miles de audiciones, había presionado a su agente y, en varias ocasiones, la habían rechazado porque era demasiado alta y sus partenaires –los galanes– más bajos que ella, y aún no estaba de moda eso de que el amor se hace con amor y no con un asunto de estatura. Estaba convencida de que debería haber emigrado a tiempo a Inglaterra, donde viven –según estadísticas– las mujeres más altas del mundo y donde ella no sería una excepción. Pero no lo hizo, se aferró a su país.

Por ese mismo tiempo también la rechazaban porque querían una protagonista más empática, más latina, y los rasgos de Dalia se asemejaban un poco a los de Catherine Deneuve y no evocaban el cariño, la calidez y la ingenuidad de una protagonista que pudiera ganarse el fervor de la pantalla. Dalia y su agente siguieron luchando por ese rol, hasta que el tiempo pasó, que es lo mejor que sabe hacer el tiempo: pasar.

Fue entonces cuando llegó el ofrecimiento para Hollywood y ningún lifting ni ningún refreshing podrían hacer volver el tiempo atrás, cuando aparecieron los primeros defectos de la edad, siete años atrás. Un poquito de papada, un par de patas de gallo a los costados de los ojos y esos rollitos que no se disimulaban ni con una faja de lycra. Ella se negó rotundamente a realizarse una intervención quirúrgica. Entonces comenzaron a ofrecerle otros papeles secundarios: la cuñada, la divorciada rompehogares, y después la madre, y luego la suegra. ¿Había sido lo suyo mala suerte?

Había estado en Hollywood y había abandonado Hollywood, decepcionada. Sin embargo, esa breve pasada por el mundo de la fama internacional le había dado el suficiente impulso para crecer económicamente. Al menos, por un tiempo. De allí provenían los ingresos económicos con los que ella vivía y con los que, muchas veces, ayudaba a sostener el teatro de Damián, porque el teatro no lograba reunir fondos para sostenerse solo. Por más que ella diera clases en algunas ocasiones, su presencia no atraía lo suficiente para salvar los gastos de la sala. A veces, el mantenimiento del teatro y el ritmo de vida de su carrera como actriz era exigente –ir a fiestas de gala en las que no podía repetir un vestido de alta costura, por ejemplo, y tenía que correr a buscarlo su personal shopper, quien desde hacía unos pocos años era su sobrina Laurita, a comprarlo a las grandes tiendas–. De manera que para sostener ese nivel de vida había acabado por sugerirle a su agente que de vez en cuando le consiguiera actuar en alguna publicidad que pagara bien su presencia allí, tal vez fragancias importadas, relojes suizos, o nuevas líneas de autos.

Alguien había escrito que cuando el oficio se convierte en un verdadero arte, es también un látigo con el cual el artista se flagela a sí mismo para lograr la excelencia. En ese sentido, Dalia había sido exigente consigo misma: sus clases de yoga eran para lograr la plasticidad necesaria sobre el plató o sobre el escenario; sus clases de canto –aunque no cantaba bien e incluso desafinaba– tenían el objetivo de hacerla proyectar la voz para que pudieran oírla sin micrófono desde las últimas filas de un teatro; la meditación que practicaba en los ratos libres –y últimamente lo hacía gracias a una aplicación del teléfono celular– era sencillamente para fomentar su memoria y concentración a la hora de aprenderse un texto. Los teatrales solían ser extensos –¿por qué los dramaturgos escribían tan largo?–, y a veces en el set de una película no tenía la oportunidad de aprendérselos hasta cinco minutos antes del rodaje, porque los productores no se los facilitaban con anterioridad. Toda su vida giraba en torno a la actuación; esa era la verdad, y ahora le resultaba difícil conformarse con hacer de mala en una telenovela, o en las series de dieciséis capítulos para pagar las cuentas. Ella hubiese querido ser una actriz tan talentosa como Meryl Streep o como Olivia Colman o como Octavia Spencer.

Dalia recordaba una larga conversación que había tenido una vez con Rita Tubal, la gran actriz que había protagonizado las mejores telenovelas de los ochenta, y en esa oportunidad Tubal le había dado un consejo: “A ser protagonista se llega muy joven. No se sabe bien por qué, pero tienes que tener carisma con el público. La gente que te mira en la pantalla debe adorarte. No a cualquiera le resulta y después, encima, pasan los años. Si no lo logras de joven, mejor planear otra cosa para cuando seas mayor. Otra clase de papeles, como actriz de carácter, u otra clase de escenarios, el teatro, por ejemplo”.

Dalia Ruiz había seguido el consejo de Rita Tubal.

Dalia escuchaba con atención a todas las actrices que admiraba.

Dalia Ruiz tenía que hacer un cambio drástico, lo sabía.

Ya no podría volver sobre sus pasos y aspirar a ser la protagonista de una telenovela romántica. Debía pensar para hacer ese cambio, y por eso le vino como anillo al dedo la propuesta de la publicidad para Selva. Jamás había viajado a Noruega, ni siquiera cuando estudiaban teatro con Damián, y eso que le habían dicho y repetido mil veces que Ibsen, el mayor dramaturgo y revolucionario del teatro moderno, había nacido allí y allí había compuesto todas sus obras. En realidad, con Damián no había viajado a ningún país al que no se pudiera llegar por tierra o por barco; él tenía terror a viajar en avión. Dalia había estado demasiado ocupada en su vida personal, con Damián primero, y luego de que Damián la traicionara, ocupada en vengarse de él y llorar sobre la almohada hasta que la vencía el sueño. Además, habían tenido que internar a su padre, Aníbal Ruiz, porque el Alzheimer estaba afectando su memoria cada vez más. El año en que perdió a Damián se consoló trabajando codo a codo con las enfermeras, a veces organizando pequeñas funciones de teatro para los ancianos del hogar: monólogos, recitados, algún espectáculo de narración oral en el cual contaba historias de amor. “La casada infiel” de García Lorca, aquel poema del Romancero gitano que empezaba con:

Y que yo me la llevé al río

creyendo que era mozuela,

pero tenía marido.

¡Ay, García Lorca, García Lorca!, ¿qué desgracia no le había traído?

Las ancianas recordaban a Dalia de cuando ella representaba los papeles de malvada que la hicieron tan famosa. A los ancianos les encantaba, y pedían más, aunque a veces ella no podía, se quebraba en la mitad de algo, de un verso, atragantada.

Vestida con mantos negros

piensa que el mundo es chiquito

y el corazón es inmenso.

Y después pasaba a otros poetas, a Neruda o a Miguel Hernández o los que fuera que su padre amaba, otros poetas que no le recordaran que su corazón inmenso se había quedado como una casa vacía, como un teatro sin público.

Así fue ese año de duelo de Damián, su esposo y su gran amor. En realidad, el orden había sido exactamente el contrario: su gran amor primero y su esposo después. Había pasado un año desde que se separaron y tres meses que habían firmado el divorcio.

Ahora, al borde del Preikestolen todo ese pasado parecía desvanecerse en el aire del mismo modo en el que lo hizo su velo dorado, agitado por los vientos que venían del Lysefjord. Dalia había pedido un velo oscuro, opalino, azul eléctrico, azul francia; pero la directora de la publicidad le informó que Selva Moré tenía prohibido el uso del color azul en sus publicidades y en la marca.

Había seiscientos metros en caída libre desde la última roca del acantilado, un sitio sin mallas de protección porque el gobierno noruego apelaba a la conducta responsable de las personas para no ponerse en riesgo. Los científicos habían predicho que tarde o temprano esa roca se desplomaría en el fiordo; no sabían con exactitud cuándo sucedería eso, y era de esperar que antes diera signos geológicos de advertencia. La leyenda decía que la roca caería el día que cinco hermanos se casaran con cinco hermanas; no obstante, dado el bajo índice de natalidad escandinavo podía suponerse que ese día tardaría mucho en llegar.

La publicidad consistía en que Dalia debía correr una decena de metros, apenas cubierta por un velo de gasa dorada y, al llegar al borde del acantilado, mecerse con un viento imaginario que haría volar el pañuelo. Para eso, el equipo de dirección había provisto un ventilador eficiente. Debajo del velo estaba desnuda y a Dalia le daba pudor que los camarógrafos vieran sus partes íntimas y sus imperfecciones; cicatrices del paso del tiempo y de la vida en su cuerpo. Quiso expresar su prurito a la directora de la publicidad, que la escuchó atentamente, le sonrió y no dijo una palabra al respecto. Dalia Ruiz hablaba muy mal el idioma inglés, un gran tema pendiente en su carrera como actriz.

El asistente de la directora, Arvid, un muchacho de piel trigueña, intentó escribir una frase en el traductor de Google para que Dalia comprendiera las indicaciones. Tal vez el inglés por escrito les resultara más fácil a los dos. La señal de internet en ese lugar era muy mala; Arvid le indicó con las manos, y usando el dedo índice y el mayor como dos pequeñas piernas, que ella debía correr con paso alto, de gacela, veloz. Nadie entendía el castellano arriba del Preikestolen excepto Selva Moré que, de hecho, no estaba allí para asistirla de intérprete. Selva se había quedado haciendo negocios en Stavanger, la población más cercana al Preikestolen. La razón por la cual no la acompañó era que Selva padecía de vértigo y había sido esa misma fobia a las alturas la que la impulsó a imaginar un aviso en un lugar que diera una imagen de estar en peligro todo el tiempo.

Oportunamente, Dalia le había preguntado:

–¿Por qué, Selva, si tienes pánico a las alturas decides filmar un comercial allí?

Selva sonrió.

–¿Por qué? Porque si una artista, una creativa, quiere triunfar en la vida –le explicó a Dalia– debe hacer siempre aquello que teme.

–¿Tanto como filmar en un abismo?

–Tanto y más –respondió Selva y le recalcó–: Ojo, en la vida quiere decir además de en los negocios.

Con estas palabras y dos besos, uno en cada mejilla, había despedido a Dalia en el hotel boutique de Stavanger, y la dejó marchar cuesta arriba con el equipo de filmación.

Aquí y ahora, pensó con las puntas de sus pies clavadas a diez centímetros del final de la roca, solo soy Dalia Ruiz.


CAPÍTULO 2

San Telmo, Ciudad de Buenos Aires

Veinticuatro años atrás

Dalia estaba barriendo la acera del teatro de títeres que tenía su padre, cuando lo vio a Damián caminando hacia ella. Su primer impulso fue entrar al teatro, trabar la puerta y encerrarse. Hacer como si no lo hubiera visto, que al fin y al cabo era lo que quería: no volver a verlo jamás. Pero la sorpresa la dejó estática, tiesa, con la escoba en la mano, igual que una bruja indecisa que no supiera si subirse y salir volando o ponerse a bailar con la escoba.

–Dalia –dijo él como todo saludo.

Había pasado un año desde la última vez que se habían visto, cuando él le confesó que su padre no le permitía romper su compromiso con Débora Medel, su novia desde los catorce años, para salir con Dalia. Él amaba a Dalia, lo juraba por Dios, pero respetaba la palabra de su padre. Rompió con ella durante la última función de Bodas de sangre en el club Brisas del Sud, del vecindario de Mataderos, donde ambos habían debutado como actores.

Habían salido durante dos meses sin revelar a nadie que eran novios porque el director, don Lirio Cappeletti, no permitía que los actores de su compañía noviaran entre ellos. Lo hacían a escondidas: él la pasaba a buscar por San Telmo y se iban a ver películas a los cines del centro, sobre todo a los cines arte. Filmes de los estilos nouvelle vague francesa y del neorrealismo italiano, películas en las que ellos adoraban a Marcello Mastroianni y a Anna Magnani. Por esos años estaba de moda el nuevo estilo escandinavo de El dogma, pero ninguno de ellos se sentía partidario de un cine que hacía sufrir gratuitamente a personajes y a actores.

Luego de ver los estrenos, iban a las pizzerías de la avenida Corrientes a debatir sobre las películas. Luego de los debates venían los besos ¡y vaya si valía la pena haber ido al cine para besarse después así! Él la tomaba de la nuca cuando la besaba, y la acariciaba hasta hacerla estremecer. La primera vez, esa sensación nueva y extraña le dio risa y cierta incomodidad, pero después esa sensación bajó y se instaló en su vientre, y entonces Dalia supo que eso era lo que se llamaba deseo, que era aquello que interpretaba –o anhelaba interpretar– cuando hacía de Blanche DuBois, la de Un tranvía llamado deseo, en las clases de teatro en el Brisas del Sud.

Al principio, cuando llevaban un par de semanas saliendo, ella dudó acerca de si presentárselo a su padre como novio oficial. Tenía miedo de que ocurriera lo típico en esos casos: que Aníbal Ruiz se encariñara o se enquistara con Damián, y después la relación no perdurara en el tiempo. Había juntado valor, incluso, para hablar del tema con Damián, cuando él la interrumpió y le comentó que su familia era judía y que tal vez conservaban la ilusión de que su novia y futura esposa fuera de la misma religión, por eso quería esperar un poco más para confesarle a sus padres acerca de la relación entre ellos.

Durante ocho funciones habían soñado un porvenir juntos, los dos. Un porvenir pequeño: seguir estudiando actuación, entrar a trabajar en el elenco estable de algún teatro del centro, escribir juntos un drama. Dalia no lloró cuando él le dijo que ya no la vería, solo le comentó que no lo suponía tan cobarde a la hora de defender lo que sentía. Él no se justificó, nada más bajó la cabeza y le dio la razón. Entonces ella, tragándose las lágrimas, también se tragó aquel secreto que tenía que confesarle. Había pasado un año desde aquel día, el del último adiós.

–No pensaba verte por acá. ¿Estás buscando algún adorno antiguo para tu hogar? Todos los que vienen por estas calles vienen a comprar antigüedades.

–No, no especialmente. No creo que a mi madre le agrade que le lleve una antigüedad de San Telmo para la casa. Ella es fanática de la decoración moderna…

–¿Entonces?

–Rompí con Débora. Fue todo un escándalo, pero pude hacerlo. Hice a un lado el compromiso que tenía con ella y, por supuesto, no me casé. Sigo trabajando con mi padre en la inmobiliaria; le pedí que me dé un poco más de tiempo para asistir a la universidad y estudiar, pero la realidad es que no quiero estudiar. Quiero volver a hacer teatro, quiero ser actor.

–¿Debo decirte palabras de consuelo, Damián?

–No.

–¿Y por qué debo creerte?

–No sé. ¿Porque es la verdad? En primer lugar, vengo a pedirte perdón por haberte dejado de esa manera en la última función que hicimos. Antes de venir aquí, te estuve buscando por el Brisas del Sud, pero nadie quería darme noticias tuyas. Me costó muchísimo llegar a encontrarte; alguien de aquí… tu hermano, tal vez, me comentó que estabas haciendo funciones en el norte argentino, de García Lorca también.

–Sí, me va muy bien con el teatro y me gusta mucho –respondió Dalia, altiva. Era una mentira que había hecho circular acerca de sus actividades en el norte argentino; al principio, sí había actuado; luego, pasados unos meses, dejó de hacerlo.

–Me asusté, pensé: ¿Qué pasará si se enamora de otro, si se entrega a otro, si se casa con otro? ¿Cómo viviré sin ella?

–Tampoco hay que exagerar, ya ves que yo pude seguir viviendo.

–¿Estás enojada conmigo?

–No, nada de eso.

Pero Damián, aunque era joven, ya sabía que cuando las mujeres dicen que no están enojadas es cuando más lo están. Ella rehuía mirarlo de frente, de modo que él la tomó por el mentón y la hizo enfrentarlo.

–Me alegro de encontrarte porque quería decírtelo en persona.

–Ya me lo comentaste, gracias.

–Te pido perdón, Dalia.

–No hay nada que perdonar, no te preocupes.

Los ojos de él, de ese verde que Dalia nunca había visto en ninguna otra persona, y con los cuales soñaba despierta, le produjeron vértigo; tuvo que apoyarse con fuerza en la escoba para no caer.

–Todos cometemos errores, supongo –dijo Damián.

–Así es.

–No voy a cometer el error de invitarte a salir y que me rechaces.

–Es cierto, no es una buena idea.

–Entonces quiero pedirte que te cases conmigo.

Dalia le hizo una media sonrisa; estaba convencida de que era un truco o una burla. Por aquel tiempo estaban de moda las cámaras ocultas, y aunque ella no lo creía a Damián tan perverso como para jugar de esa manera con sus sentimientos, temió que durante el año que no se habían visto, él se hubiera vuelto capaz de hacerlo.

–¿No piensas responderme, Dalia?

–Ah, ¿estás muy urgido por la respuesta? ¿Hay alguna otra por la cual salir corriendo a pedir matrimonio si yo me demoro en darte el sí?

–No, no hay ninguna otra.

En ese momento, una vecina pasó por la acera y saludó a Dalia con la cabeza; cuando ella le devolvió el saludo, la mujer le guiñó un ojo y le hizo un signo de aprobación juntando el pulgar y el índice, dando a entender que Damián era guapo. Dalia se ruborizó.

–Si no me crees, entonces lo haré a la manera de las películas.

–¿Qué? ¿Qué harás?

Damián puso una rodilla en el suelo y del bolsillo de su pantalón extrajo un estuche que abrió delante de los ojos de Dalia. Era un anillo, un solitario de oro blanco con una piedra azul; dentro estaba grabado el nombre de ella y el día que habían hecho el amor por primera vez, el 17 de noviembre de 1996. A Dalia se le hizo un nudo en la garganta; Damián se puso de pie y le colocó el anillo en el anular izquierdo a la par que le explicaba:

–El anillo es de oro blanco y tiene engarzado un zafiro. Los zafiros contienen un mineral que se llama corindón, lo mismo que el rubí, y la gran y obvia diferencia entre los dos es que el rubí es rojo y el zafiro no. La composición química del zafiro es AI203, y aunque esta no es una clase de química, te cuento que el corindón hace que los zafiros y rubíes sean de las piedras más fuertes de la tierra. Por eso se las usa para representar la fortaleza en una unión. Lo elegí azul, aunque también hay zafiros blancos y zafiros amarillos, porque ese color simboliza la fidelidad.

Dalia lo miraba, sorprendida.

Damián cerró los ojos en el momento de pronunciar las siguientes palabras:

–Yo te pido en matrimonio y te juro fidelidad por el resto de mi vida. ¿Me sigues queriendo, Dalia?

–Sí, Damián, te amo.


CAPÍTULO 3

Constitución, Ciudad de Buenos Aires

Veinticuatro años atrás

Poco antes de que Damián regresara a buscarla, Dalia había juntado valor y había contratado a un representante de artistas. Se llamaba Augusto Ricciardi y compartía la oficina con la de su padre, también llamado Augusto Ricciardi, que era un financista e inversor en la Bolsa de Comercio. Por cierto, Dalia era la primera clienta de Ricciardi (hijo), y aunque ella le tenía poca fe, tal vez por ser la primera de su cartera de clientes, intuía que él se esforzaría para conseguirle algún contrato.

Y Augusto se esforzó. A los pocos meses, la convocaron para una audición en uno de los principales canales de televisión. Debía anunciar el estado del tiempo para el día siguiente. Dalia iba a ser “la chica del tiempo” en el programa de noticias de la medianoche. Se trataba del último segmento del programa y con eso se cerraba la emisión. En la prueba de cámara tuvo que pronunciar expresiones difíciles como “cambios meteorológicos”, “vientos del sudoeste”, “oscilación térmica”, “visibilidad variable”; todo esto a la par que señalaba en el mapa dónde se producirían las tormentas y chubascos, las altas temperaturas, las alertas rojas por la ola de calor, etcétera. La dicción de Dalia, entrenada por su maestro, don Lirio Cappeletti, era perfecta. Los productores no lo dudaron dos veces a la hora de contratarla; pronunciaba bien, tenía una figura esbelta y dos lunares que volvían aún más atractivo su bonito rostro. La paga era bastante buena, en gran parte debido a la garra que Ricciardi puso para pelearla; luego él con su comisión del 15 % redecoró su oficina. Colocó unos espejos venecianos longitudinales que iban desde el cielorraso hasta el suelo, y se compró un traje italiano que usaba todos los días para atender allí. Hasta su padre, al verlo ir y venir a la oficina tan elegante, se quedó admirado. Poco tiempo después, dos artistas de variedades se acercaron para que él los representara en el mundillo artístico.

El primer pronóstico del tiempo que informó Dalia fue “mejorando hacia la noche” respecto del día siguiente, y ella lo consideró un signo de buen agüero. En la pantalla, el zafiro azul de su anillo de compromiso destellaba. Aunque Damián no veía con buenos ojos lo corto de la minifalda con la que debía aparecer en el programa, decidió hacer sus celos a un lado y ver la parte positiva del asunto. Con lo que Dalia cobraba por ser “la chica del tiempo” más el ínfimo sueldo que él ganaba como corredor en la inmobiliaria de su padre, pudieron mudarse juntos a un pequeño apartamento en el corazón del popular vecindario de Constitución. El canal de televisión quedaba a pocas cuadras del apartamento y Dalia las hacía caminando. Todas las noches, Damián la esperaba asomado a la ventana y veía cómo los chicos de la universidad cercana la reconocían y se volvían a admirarla cuando ella pasaba por la acera de enfrente.

Al terminar el año, Damián –que había regresado al taller de teatro en el club Brisas del Sud– subió a escena con una segunda obra de Federico García Lorca, Mariana Pineda, una historia emblemática sobre la libertad y la justicia, liderada por una mujer. A él le tocó el papel de don Pedro Sotomayor, el enamorado de Mariana, al que ella ayuda a huir. Don Lirio le ofreció el protagónico a Dalia, pero el horario era incompatible con el del programa de noticias. Representaron la obra durante todo el verano y Damián se lució tanto en su papel que don Lirio le dio la venia, “el bastón de mando”, por decir así, para que él abriera una academia de teatro en el centro de la ciudad. En esa época había muchos jóvenes que querían actuar y representar obras en el estilo personal que impartía don Lirio y que no tenían modo de desplazarse con comodidad hasta el vecindario de Mataderos. Era hora de que esos jóvenes contaran con un lugar en el cual poder expresar sus deseos de actuación.

Damián, contento por la confianza de don Lirio, fundó una escuela de teatro y su socia fue nada menos que Dalia. La llamaron Compañía de teatro El Farolito, en honor al teatrillo de títeres del padre de Dalia. Alquilaron unas oficinas en el pasaje Carabelas, a dos cuadras del emblemático Obelisco, y se dedicaron todo el tiempo que pasó entre el verano y el otoño para convertirlo en una sala de teatro, con dos aulas y una barra para socializar y tomar café. Dalia y Damián eran felices: estaban juntos, vivían juntos, tenían su propio teatro, iban camino a la fama y, ¿por qué no?, a la gloria. ¿Qué más podían pedir?

Solo que, a veces, Dalia, especialmente los días en que le bajaba la regla, se sentía muy triste y no quería salir de la cama hasta la hora de ir al canal de televisión. Damián pensaba que era una depresión o algo relacionado con el síndrome premenstrual, una cosa muy femenina. O tal vez, suponía, Dalia se entristecía porque cada mes, ese día anunciaba que no serían padres. Como muchos hombres en ese momento, sus nociones acerca de cómo funcionaban las hormonas en el cuerpo femenino eran muy rudimentarias. Había conseguido leer un libro sobre anatomía humana, pero le aclaró desde un punto de vista biológico, y no desde el aspecto de la vida cotidiana, los efectos del ciclo menstrual de las mujeres, y las diferencias que solía haber entre unas y otras.

Pocos meses después, Damián decidió adelantar la fecha de casamiento.

Le gustara a quien le gustara, se casaron al mes siguiente.


CAPÍTULO 4

San Nicolás, Ciudad de Buenos Aires

Veintitrés años atrás

El casamiento fue prácticamente secreto. Ambas familias se opusieron a la unión entre Damián y Dalia. Los Gorsky no tanto porque la joven fuera católica –no eran tan cerrados–, sino porque Simón, el padre de Damián, no le perdonaba la ruptura con Débora y lo mal que lo había hecho quedar con los Medel después de toda una vida de amistad; ahora ni siquiera se daban el saludo. Tampoco Aníbal Ruiz estaba de acuerdo con el enlace; por más que el muchacho más o menos siguiera los pasos que él había seguido en la vida –dejar la seguridad de una vida burguesa, por decir así, o una vida normal–, Damián no le caía bien. Tal vez era precisamente porque seguía sus mismos pasos y sabía cuánto un artista de teatro independiente debe esforzarse para poner un plato de comida todos los días sobre la mesa. Probablemente, en el fondo de su corazón, el padre de Dalia esperaba para ella un mejor partido, un hombre con una profesión que le asegurara un próspero porvenir. La cuestión es que ni el padre de Dalia ni los de Damián estuvieron en el casamiento, en el Registro Civil de la calle Uruguay, una de las más antiguas y concurridas, que latía en el corazón de Buenos Aires.

Acudieron en calidad de testigos don Lirio Cappeletti y Romina Reyes, la esposa de Pedro, el hermano de Dalia. Por suerte, Pedro no veía con malos ojos el casamiento de su hermana; también él estaba reñido con su padre, y en este caso no era porque Pedro siguiera los pasos de su progenitor sino justamente por todo lo contrario; Pedro Ruiz estudiaba Administración de Empresas.

El vestido de bodas fue un problema, hasta que una de sus compañeras de teatro en el club Brisas del Sud le propuso arreglar el vestuario de Bodas de sangre. La obra terminaba con ella, la Novia, con su vestido blanco manchado de la sangre de sus heridas, y Gracielita Martínez le propuso coser y agregar unos velos rosados en la zona en la que estaban las manchas, para que Dalia se luciera a la hora de dar el sí. Gracielita Martínez no le guardaba ningún rencor por lo sucedido en las audiciones para Bodas de sangre; o no le guardaba rencor porque era una persona bondadosa, o porque no se había enterado aún de la tramoya que había hecho Dalia para quedarse con el protagónico. Romina, antes de entrar al despacho del juez que los casaría, repartió entre los concurrentes –todos los compañeros actores, y los de la sección policiales del programa de noticias, que le habían tomado cariño a la pareja– bolsitas con arroz para arrojarles después a los recién casados, como es costumbre. Damián había comprado unas alianzas finas como un hilo, y estaba seguro de que nos les durarían demasiado, por más que el oro fuera de dieciocho quilates y el metal más noble y querido por los hombres desde que el mundo era mundo. El dinero no le había alcanzado para algo mejor: pagaban dos alquileres –el del apartamento y el del teatro– y todavía no tenían alumnos en cantidad suficiente como para ponerse al día con las deudas contraídas con el carpintero que elaboró el escenario, o con la empresa de iluminación en donde compraron los reflectores, por ejemplo. Es más, el dinero de las alianzas se lo había prestado Augusto Ricciardi (hijo), que estaba sentado en segunda fila, y quien había pagado, como regalo, el opíparo festejo que vino después: pizza libre para todos en un tradicional local de la avenida Corrientes.

El discurso del juez fue corto y dio comienzo a la ceremonia leyendo el acta.

–Estamos aquí para unir en matrimonio a Damián y Dalia. En primer lugar, voy a proceder a dar lectura al acta matrimonial: Siendo las doce horas del día 21 de septiembre de 1998, comparecen quienes acreditan ser Damián Aarón Gorsky y Dalia Catalina Ruiz, con el objeto de contraer matrimonio civil en virtud de autorización recaída en el expediente número 230.860.

Ambos asintieron y oyeron un sollozo que provenía de la derecha: era Romina, que estaba emocionada. El juez carraspeó y continuó:

–Los esposos se comprometen a desarrollar un proyecto de vida en común basado en la cooperación, la convivencia y el deber moral de fidelidad. Deben prestarse asistencia mutua.

A continuación, hizo pasar a Dalia y a Damián para firmar el acta de matrimonio y pronunció las palabras más caras para ellos dos:

–Damián Aarón Gorsky, ¿acepta por esposa a Dalia Catalina Ruiz?

–Sí, acepto.

–Bien. Dalia Catalina Ruiz, ¿acepta por esposo a Damián Aarón Gorsky?

Dalia pensó que ese era el momento ideal para contarle su secreto. Era darle a elegir cómo seguir en la relación, de qué modo, cuánto la perdonaba y cuánto aceptaba del pasado de ella. Sin embargo, a la hora de hablar se atragantó con saliva (y ella pensó, de puro supersticiosa, que atragantarse con saliva significaba disgusto). Pero el público presente rio porque se lo adjudicaron al nerviosismo de la novia. Damián, que la tenía tomada de la mano, la apretó para insuflarle valor y confianza. Ya está, ya había pasado como una ráfaga el momento de poner su vida patas para arriba. Así que con la voz ya más clara soltó:

–Sí, acepto.

–Los declaro esposo y esposa.

Después intercambiaron las alianzas. La mano de ella temblaba tanto que a Damián le costó poner el anillito en su anular, ahora y para siempre –al menos hasta que se les rompiera– debajo del solitario de compromiso. Apenas dieron un paso fuera del Registro Civil les cayó encima la lluvia de arroz comandada por Romina.

En ese momento, alguien tomó una fotografía. Esa fue la foto que ambos hicieron enmarcar y llevaron y colgaron de casa en casa en las que vivieron juntos. El cronista de policiales se acercó a ellos y les regaló, de parte de todo el programa y la producción, un voucher para pasar la noche de bodas en el hotel más caro de Buenos Aires, justo enfrente de la Embajada de Francia. En los días siguientes, los conocidos de ambos les contaron que habían visto la foto del casamiento en el programa de noticias de la medianoche, a la par que los periodistas y conductores les expresaban sus buenos deseos. Solo Débora Medel lloró a moco tendido cuando vio la fotografía en la pantalla del televisor.


CAPÍTULO 5

Cadaqués, España

Unos días atrás

Su secretaria le informó que la actriz argentina, Dalia Ruiz, había aceptado hacer la publicidad. Por el tipo de cambio euro/peso argentino resultaba rentable contratarla y no arrojaba saldos desfavorables. Habían averiguado cuánto cobraría Cindy Crawford por la publicidad, y la cuestión se ponía bastante más onerosa no solo por los honorarios, sino también por los requisitos.

–Le dices a Cindy Crawford que de ninguna manera estoy dispuesta a tolerar sus condiciones –ordenó a su secretaria.

–¿La argentina, entonces?

–Sí.

–¿Está segura? ¿Cree que su rostro puede impactar? Cerramos publicidad en el canal de la RAI y el Canal + de Francia.

–Montse, ¿tengo que darte explicaciones de qué quiero hacer yo con mi empresa?

–Nada más digo que podríamos haber pensado dos veces en Maria Grazia Cucinotta. También tiene el rango de edad que usted buscaba para el Selva Essence…

–Si llegas a mencionar la palabra menopausia te despido en este instante.

–No me refería a…

–Te despido y no lograrás que ningún maldito abogado laboral me saque un euro para indemnizarte. Montse, este no es un perfume para menopáusicas. Es una fragancia para mujeres que pueden elegir hacer el amor en el sentido más amplio, y hacerlo bien, tocar las estrellas con el amor, porque para ello han recaudado toda su vida, toda la experiencia. Y Maria Grazia Cucinotta, aunque Italia la adore de pie, está muy robusta.

–¿Salma Hayek? Hubiera sido una entrada en el mercado norteamericano.

–No me gustan las modelos que usan talla 105 de sujetador y muestran sus pechos como melones en la feria.

–Como usted diga, Selva.

–Me alegro, Montse. Para eso te pago.

Así que Selva Moré dio órdenes a su secretaria para que emitiera el contrato y lo enviara a la agencia Ricciardi. Había que contratar a Dalia Ruiz antes de que cambiara de opinión y antes de que los noruegos se arrepintieran de rentarle el Preikestolen.

Estaba segura de que esa fragancia llegaría al mercado deseado. En realidad no estaba segura, pero no tenía ningún sentido demostrarle su inseguridad a nadie. En la industria del perfume ya todos sabían que anhelaba destronar a Paloma Picasso. Los gerentes de las grandes tiendas solían reír entre dientes cuando oían el rumor. Otros apostaban a que Selva Moré se convertiría en líder de la industria de perfumes; no se trataba solo de fragancias que combinaban el sándalo y el azafrán sino de la garra que ella ponía en el marketing.

Selva se asomó a la ventana de la oficina, vio pasar por las callecitas empinadas docenas de turistas, algunos que simplemente iban a tomar sol y pasar un día de playa; otros que eran adoradores de Salvador Dalí. Cadaqués había sido el hogar del conocido pintor durante un largo tiempo; el azul del mar había inspirado los azules de su pintura, así clamaba la leyenda. Había sido un genio y había elevado la pintura española por esos años, junto a Picasso, para posicionarla entre los primeros lugares del mundo. La humanidad recordará al siglo xx como el siglo de Dalí y de Picasso. También Miró, por supuesto, también Joan Miró. Esto que ella repetía, convencida, solía decirlo su padre, Cayetano Aguilar y Moré, en su taller y en algunas entrevistas que le hicieron en el periódico La Vanguardia. Cayetano Aguilar y Moré había sido catalán, había pintado y admirado hasta la locura a Dalí, y había pintado sus cuadritos también. Él los llamaba así: “sus cuadritos”; los bodegones con sardinas, la sombra de una mujer en la arena. En la actualidad, ya no se pintan más cuadros sobre bodegones y naturalezas muertas, pasaron de moda en el arte pictórico, reflexionó Selva, sin embargo, se les toma una foto con el teléfono a la comida que uno tiene en el plato y se la sube a Instagram, o a Twitter o a Pinterest, alguna de esas redes sociales, al paso, que cuentan tu vida o que te cuentan tu vida a ti mismo, como la voz de la conciencia. Todo el mundo sube continuamente los platos exóticos o coloridos, o los tradicionales que nos sirven y nos servimos. Nos gusta comer, es la gran pasión de los humanos, tal vez el resto de las cosas existen para entretenernos y alejar nuestra mente de la comida. Ella había comprendido esto en 1990 cuando abrió la empresa Selva Fragrances y comenzó a trabajar con aromas de alimentos para los perfumes: limón era un clásico, pero ¿pera, jengibre, cacao? Sus fragancias inspiradas en alimentos generaron una vanguardia en la industria del perfume.

Había aprendido a pintar gracias a su padre. Había aprendido a oler gracias a la cocina de su madre.

Cayetano Aguilar y Moré no había rendido culto monogámico a su esposa, pero tampoco había sido un adicto al sexo como Pablo Picasso. Cayetano Aguilar y Moré tuvo cuatro hijos, de los que estaba muy orgulloso, porque tres de ellos se dedicaban al arte y enseñaban en las mejores universidades europeas, y el cuarto era diplomático en Londres.

A la quinta hija no la había reconocido como suya, no la quería. Había nacido de una amante a la que visitó con frecuencia hacia el final de la década de los cincuenta, Lucía Arroyo –Cayetano había pintado algunas desmañadas acuarelas con Lucía posando desnuda–, y ya habían roto la relación –escándalo mediante que le armara la esposa legal, quien pertenecía a la alta burguesía catalana y no podía permitir que su esposo anduviera en amores con una tabernera–, cuando Lucía le informó que estaba esperando un hijo. Una hija fue, Selva Moré, a la que pidió conocer cuando estaba medio ciego y ya en su lecho de muerte. Pero Selva no estaba disponible ese día para visitar a su padre. Estaba en prisión pagando una condena por estafa y falsificación.

Por cierto, Selva Moré no existió nunca. Nació como Silvia Arroyo, tal era el apellido de su madre. Selva Moré fue el nombre más poético y sonoro que se le ocurrió. Y el que tomó con prepotencia de su padre, sin pruebas de paternidad de por medio, y porque Moré es un apellido que existe y suena como cualquier otro.

Silvia Arroyo, o sea, su nombre verdadero, desde siempre supo quién era su padre, aunque él renegara de ella y ninguno de sus medio hermanos hubiera detenido su paso en la calle para hablarle un instante cuando ella les suplicaba.

–Alberto, detente un momento…

Y nada.

–Carlos, tenme piedad un minuto que te hablo, soy tu hermana…

Y el hombre seguía de largo.

–Abel, que soy la hija de Lucía Arroyo, y tú sabes que ella es la mujer escondida de tu padre, nuestro padre…

Pero tampoco Abel detenía su paso para volverse y hablarle.

–Gonzalo, que eres mi última esperanza. El hermano más pequeño de todos los Aguilar y Moré sin corazón. Me conoces, date la vuelta y mírame, por favor. Háblame; soy tu hermana, Silvia, la que tu padre tuvo con Lucía, su amante con la que vivió en Hostalric. A quien pintó desnuda y cuyos retratos colgó en el Gerona. ¡Gonzalo, que eres mi sangre!

A Gonzalo poco le importaba qué cosas había hecho su padre, en dónde se había bajado los pantalones y en dónde se los había subido.

De modo que Selva Moré se hizo a sí misma y a despecho de sus medio hermanos, que no la querían; estudió en el Conservatorio de las Artes de Barcelona y se graduó con una tesis sobre el significado del duelo en el uso del color azul en Pablo Picasso. Pero resultó que tenía mejor pincel que capacidad para retener el estudio, y había empezado, solo por diversión, a imitar a Picasso. Mil veces la interrogaron después acerca de cuál había sido su intención cuando empezó a copiar a Picasso.

–Ninguna, matar el tiempo –respondía Selva cada vez.

Primero lo hizo pintando detalles del cuadro La cerveza: un bebedor sentado, en soledad absoluta, frente a un jarro de cerveza. Con una mano, el bebedor de cerveza toca el vaso; con la otra sostiene su rostro. La mirada está perdida en algo cercano, que él contempla con indiferencia. Es invierno, porque el modelo tiene un abrigo azul marino y un suéter oscuro. Apenas lo vio –en reproducciones de libros y en una muestra itinerante en Madrid–, Selva se sintió identificada con el bebedor. ¿Cuántos años tenía ella entonces? ¿Veintiséis, veintisiete? Compró una tela y unos cuantos pomos de óleo que diluyó en un producto que le hacía arder los ojos. Se concentró en la boca y el mentón del modelo de Picasso y pintó. Fijó su atención en cada pincelada. La boca del bebedor de cerveza había quedado idéntica. Ni siquiera un erudito maestro de arte hubiera podido distinguir el original de la copia; si su padre no la hubiese rechazado, habría estado orgulloso de Selva. Ella, en verdad, era quien había heredado la sangre artística paterna.

Por aquellos días, Selva –aún Silvia– había tenido la idea de hacer una muestra. Conocía algunas galerías de arte y algunos marchantes que podrían estar interesados en exhibir sus versiones de Picasso azul… La idea le dio vueltas unas semanas, hasta que el diablo metió la cola. El diablo tenía la forma de un profesor de la universidad, una eminencia, Santiago Alba, que la sedujo al instante por todo su saber en historia del arte y por el arte que ponía para hacerle el amor en la cama. Antes de él, Selva no había hecho el amor con nadie. ¡Había llegado virgen casi a los treinta años y solamente porque el tiempo se había empeñado en pasar mientras ella estaba entretenida pidiéndoles a sus hermanastros que le prestaran atención! El día que tuvo sexo por primera vez estaba muerta de miedo, pero llena de ganas. Es así, pensó, como se debe hacer el amor. El profesor, que se creía más vigoroso y potente de lo que después resultó, le sugirió que pusiera una toalla sobre las sábanas, así no las manchaba con sangre por la pérdida de la virginidad y la rotura de su himen en aquella estrecha camita de soltera. Selva le hizo caso igual que si hubiera sido un mandato de Dios en persona, aunque luego resultó que la mancha era mínima, redonda, del tamaño de una moneda de cobre de cinco céntimos, una “perra chica”, como se le decían por ese entonces. Una perra chica de cobre. Ni siquiera un reguero de sangre como para tener algo que contar de aquel que, ella supuso al principio, era su gran amor. Guardó el color lacre de esa sangre en su retina. Y usaba ese color en el moño de seda que ponía a cada uno de los recipientes de las Selva Fragrances.

Durante tres semanas el profesor fue su estrella guía, y ella bebía y comía de su mano; fue muchos años después, reflexionando entre asfixiantes cuatro paredes, cuando comprendió que el amor había sido un mero ejercicio del profesor para ablandarla. Al cabo de tres semanas, y mientras ella abordaba la segunda imitación de Picasso de Mujer en camisa, fue cuando recibió la propuesta que cambiaría su vida. Su amado profesor universitario tenía una visión menos ideal del arte: “Debía servir para esquilmar gilipollas”, tal fue su expresión exacta. El maestro le propuso falsificar La cerveza y Mujer en camisa; él tenía conocidos ladrones de guante blanco que se dedicaban a vaciar los museos de sus obras verdaderas y reemplazarlas por reproducciones. Si el delito estaba bien hecho, podían pasar meses hasta que notaran la diferencia. Si ella se sentía capaz de hacerlo, ese era el momento de actuar, los cuadros del período azul de Picasso estarían por un mes en una muestra itinerante en Bilbao. Los contactos se encargarían del trabajo sucio de meter y sacar las obras del museo y estos contactos pagaban millones de pesetas.

Acto seguido, en el invierno más oscuro de su vida, Silvia Arroyo y cinco secuaces fueron condenados por falsificación y fraude. Los “contactos” no habían sabido desconectar con suficiente eficiencia una cámara de vigilancia que los incriminó. Los “contactos” tampoco habían sabido guardar el silencio respecto de quién era ella y la delataron. No fue el dolor mayor; el mayor, el puñetazo en el pecho fue cuando el tribunal de justicia organizó el careo entre ella y el profesor. Y a él, el fiscal que defendía al Estado le preguntó:

–¿Es su nombre Santiago Alba?

–Sí, su señoría.

–¿Conoce a Silvia María de la Concepción Arroyo?

–Sí, su señoría.

–¿Le encargó usted que copiara los cuadros de Picasso La cerveza y Mujer en camisa?

–Sí, su señoría.

–¿Ha tenido usted relaciones románticas con la susodicha Silvia María de la Concepción Arroyo?

–No, su señoría.

–La susodicha aquí presente dice que usted, Santiago Alba, la sedujo sexualmente y luego la convenció del delito.

–Jamás. Ella no es mi tipo de mujer.

–La susodicha afirma tener testigos de que usted entró en su habitación…

–A encargarle los trabajos por los que me están juzgando.

–Que entró varias veces en su habitación y que no se iba de allí hasta el amanecer.

–Esa mujer en el estrado no me gusta; no me gustan las mujeres feas.

A ella le dieron ocho años de cárcel, sin libertad bajo fianza, en el Centre Penitenciari Brians II en Cataluña.

Cuando cumplió su condena, salió sin mirar atrás.

Cambió su nombre y empezó un nuevo camino.

Juró nunca más enamorarse de nadie.

Le quedaba de su antigua vida un odio acérrimo a Pablo Picasso, incomprensible.

Y uno al color azul, aún más incomprensible.


CAPÍTULO 6

Preikestolen

Tuvo que repetir la toma cinco veces, correr esos diez metros y detenerse diez centímetros antes del final de la roca. La primera era de prueba; en la segunda estuvo bien, pero un pájaro lejano aleteaba y entró en el plano de la cámara. En la tercera se tambaleó demasiado rápido; en la cuarta la luz reflejo se había apagado. En la quinta la cuestión pareció estar bastante aceptable, pero la directora de la publicidad quiso grabar una sexta, por las dudas. No tendrían otra oportunidad cercana para volver al Preikestolen, ni a la región de Ryfylke, donde podrían filmar tantos paisajes parecidos y hacerlos pasar por buenos; el invierno estaba llegando a paso acelerado. Por otra parte, al gobierno noruego le había costado otorgar el permiso; oscilaban entre darlo o no. Selva tuvo que empeñar una fortuna y poner en garantía algunas propiedades para conseguirlo; no podrían entonces volver sobre el asunto para un segundo permiso. Los noruegos tenían una ley que acogía de buena gana a los cineastas y los alentaba a filmar en sus escarpados paisajes, siempre y cuando los cineastas fueran los propios noruegos o bien de Escandinavia.

Las series escandinavas estaban teniendo repercusión en todo el mundo, y Netflix había producido unas cuantas. Noruega y Suecia se vendían al resto del planeta como sitios en los que se podía vivir bien, sin los altibajos inflacionarios y el desempleo que asolan a los países del tercer mundo, por no mencionar las luchas religiosas. No obstante, eran más renuentes a dar su permiso de filmación a producciones extranjeras porque ya habían tenido un dolor de cabeza de madre y padre cuando permitieron a la Paramount filmar esas benditas secuencias de persecución de Misión Imposible 6. Tenerlo a Tom Cruise viviendo y durmiendo en Stavanger, interpretando al agente Ethan Hunt, había hecho delirar de deseo a muchas mujeres y no pocos hombres noruegos. Habían arribado turistas de toda Europa para verlo, y las arcas de la provincia de Rogaland, en materia de turismo, crecieron de una manera descomunal. El plato fuerte de la escena en el Preikestolen era Tom Cruise colgado del altísimo despeñadero; incluso el divo twitteó una foto esa misma tarde, haciéndolo y contando que se encontraba “muy excitado por ver qué le parecía a la gente esa toma”. Después de que se estrenó la película, el gobierno provincial tuvo que doblar la cantidad de guardaparques, que fueron testigos de no pocos accidentes; la gente se emocionaba intentando imitar a Tom Cruise. Un cartel de advertencia se puso por primera vez ese año: “manténgase siempre a una distancia prudencial del abismo”. El letrero duró seis meses enclavado en la piedra, hasta que un viento invernal lo dobló y lo arruinó. Las autoridades mandaron sacarlo y a los del equipo de dirección de Selva Essence no les pareció una advertencia necesaria. Todo lo contrario. Por estas razones y algunas más, tampoco al gobernador de Rogaland le había gustado en lo más mínimo la idea de una publicidad con una mujer prácticamente desnuda corriendo por el filo de la roca.

Dalia suspiró, harta del jueguito de la publicidad. A cada nueva toma, otra vez maquillaje, otra vez alfileres en otros sitios del velo. La directora le había pedido que se borrara con láser sus dos lunares. Habían intercambiado correos y mensajes de WhatsApp sobre el asunto –traducción mediante–, y en todas las ocasiones Dalia se negó. Cuando pisó Oslo, ella creía que la directora la había comprendido. Sin embargo, al encontrarse en la capital de Noruega volvió a insistirle, con Selva Moré de por medio. “Es una operación láser que te hace un mago del tatuaje aquí, que no dura ni un segundo y no duele nada”, había insistido la directora. Dalia dijo que no: sus lunares eran un recuerdo sentimental. No podía explicarlo, pero para ella eran las marcas en el cuerpo que daban cuenta de que había tenido una madre, que la dejó muy joven, y esa madre poseía los mismos lunares. Dos, uno junto a la aleta de la nariz y otro encima del labio, ambos del lado izquierdo. La directora se resignó a filmarla siempre del perfil derecho.

Fue para esa sexta secuencia que Dalia tuvo la idea. Una idea definitiva. La producción había puesto una valla para que los turistas no se acercaran a curiosear o hicieran sombras sobre el granito del Preikestolen. A cada toma, por fallida que estuviera, ese público espontáneo la aplaudía. Gritaban palabras en noruego que la desconcentraban, a pesar de tantos años de oficio. Por lo pronto, deseaba que ninguna de esas palabras que cesaban cuando sonaba la claqueta marcando: “¡Acción!” fuera un insulto o uno de esos piropos admirativos que parecen más una amenaza emitida por un violador en ciernes.

Intuyó que la directora lanzó al set la frase: “¡Grabamos de nuevo!”. Todos asintieron y se dispusieron en sus lugares.

La sexta vez sería la última; Dalia estaba segura.

El sol había cambiado y la luz ya no reflejaba el dorado de sus velos.

Arvid tuvo que ubicarse más cerca, sosteniendo una mampara de papel de plata, para que la luz impactara sobre el cuerpo de la actriz. Estaba tan cerca que podía oler el perfume de Dalia, a pesar de los vientos del Lysefjord y del sudor que empapaba sus axilas. Transpiraba de puro nervios y tiritaba de frío. Esta carrera de actriz y de modelo, a sus años, podía volver loca a cualquiera. Estaba embebida en la fragancia que iban a publicitar: la Selva Essence. Así lo había pedido a los del estudio de publicidad en Stavanger, delante mismo de Selva Moré, que no sabía si calificar a Dalia Ruiz de obsecuente o de simple lamebotas. Igual le sonrió por pura cortesía y la dejó hacer lo que se le dio la gana. Ella, Selva Moré, se cuidaba mucho de usar perfumes. Nada, ninguno; oliendo al jabón más ordinario que hubiera, si era necesario, y limpia. Eso sí, limpia.

Los del equipo de producción, el vestuarista y la coreógrafa, estaban convencidos de que los requisitos de la actriz argentina eran pura cábala de actores. La discusión en la oficina de Oslo había sido reñida. Dalia les había porfiado que lo haría para entrar en papel:

–Lo haré por eso de la búsqueda del personaje –había pronunciado en un español inútil que solo comprendía Selva–. Es un modo emotivo para la actuación y que la hace más verídica; se lo inventó Konstantin Stanislavski, un ruso, y al mismo método de trabajo, en Estados Unidos lo mejoró o lo complicó Lee Strasberg: lo que llamamos el Método Strasberg. Seguro que oyeron de él; todo el mundo en algún momento oyó hablar del Método Strasberg, con el cual se formaron Marlon Brando y Marilyn Monroe. ¿No? ¿Nunca escucharon que Marilyn Monroe tenía de entrenadora personal a la hija de Lee? ¿Tampoco? ¿Nunca oyeron hablar de él?

Selva sonrió y tradujo algunas partes de la conversación.

–Querida, no te agobies; nuestro equipo está compuesto un 85 % por millenials, no entienden de qué les estás hablando. Tal vez podrías probar de utilizar metáforas sobre las aplicaciones de Google Play o algo sobre el iPhone.

Como fuera, ahora en el Preikestolen Dalia estaba empapada en Selva Essence y había comprobado que el dulzor inicial se volvía acritud con el uso o en una piel tensa, como la suya en ese instante, por el frío y la jornada de trabajo.

¿Cuántas veces más tendría que hacer algo así? ¿Trabajar rodeada de gente que no entendía ni pizca del arte? ¿Trabajar en medio de senderistas que habían ido a deleitarse con la vista de una piedra de granito? ¿Sabían ellos, o sabía ese público abucheador, que el arte del actor es el más efímero que hay? ¿Y que el actor de teatro –que lo había sido ella hasta que saltó a la televisión– es un trabajador duro y cuya recompensa es una mera limosna? ¿Que un actor construye personajes que harán reír o llorar a los espectadores y que ese trabajo tiene una fecha de vencimiento? ¿Que los actores son algo así como yogures humanos, porque no mediando el cine o el registro audiovisual nadie recordará sus rostros jamás, sus voces, la plasticidad de sus cuerpos? Los actores nacen, viven, actúan, mueren, desaparecen; no acaban en una estantería de la Biblioteca Nacional ni tampoco las generaciones posteriores se dedicarán a leerlos y saber de ellos.

Oyó “acción” y salió despedida hacia delante.

La sexta toma y la última, por fin.

Fue entonces cuando en su carrera hacia el borde del abismo vio desprenderse la tira fluorescente de la valla, que separaba artistas del público, la vio pasar delante de ella, como una bandera de la revolución a la que había que seguir en pro de la igualdad y la fraternidad y todo eso, y si no fuera por Arvid, que se abalanzó a sujetarla poniendo en riesgo hasta su propia vida, hoy Dalia Ruiz sería un recuerdo del pasado.


CAPÍTULO 7

Nordelta, provincia de Buenos Aires

Ricciardi (hijo) sospechaba que algo malo iba a pasar en Noruega; era un sexto sentido que tenía, aunque era un sexto sentido que no le servía para nada. Lo sospechó el día que su padre le habló por primera vez de Selva Moré, la empresaria de perfumes, y le comentó que quería hacer negocios con los Ricciardi, con el catálogo de actrices de la agencia de Ricciardi, con Diana Ruiz, Dalia Ruiz o Dora Ruiz, o como fuera que se llamara.

Este sexto sentido inútil lo había tenido con Fabricio Sánchez cuando catapultó su carrera como galancito y Sánchez la desperdició para dedicarse a las drogas; lo había tenido con la hija de la actriz más lacrimógena de los noventa y lo había tenido también cuando se casó con Celia. Con la primera Celia no, con la segunda. Algo, como un apretujón en el músculo cardíaco, le dijo que no tenía que casarse con la segunda Celia. Cómo fue que él, Augusto Ricciardi, había tenido dos esposas con el mismo nombre era harina de otro costal; que si una era la versión corregida y amplificada –de caderas, amplificada, sobre todo–, de la otra, o que si la primera fue la versión embrionaria de la segunda, era la clase de especulación que le dejaba a sus representados para que fantasearan en la salita de espera de su despacho. Incluso él las llamaba así cuando hablaba con su secretaria o con algún conocido: Celia 1 y Celia 2. Fuera del nombre no se parecían en nada; físicamente, no. La primera era tan alta que aun habiendo estudiado ballet toda la vida, no pudo bailar debido a su estatura. En el ballet clásico pueden cambiarte los pechos, las caderas, hacerte morir de hambre para semejar una sílfide, obligarte a bailar siempre en puntas para alcanzar más estatura, pero no pueden rebajar tu altura. Así que Celia 1 se limitó a poner una academia de ballet allí, adonde él ahora tenía su oficina. Tal vez por esa época los pálpitos de Ricciardi no tenían la firmeza que tienen ahora, y entonces no le vino una sombra de duda de las dotes de Celia 1 para enseñar ballet a las niñas. Al parecer, con las jóvenes y adultas tenía más paciencia –incluso unas cuantas de sus primeras actrices representadas, Dalia Ruiz, por ejemplo, había tomado clases con Celia 1 para adquirir un porte más esbelto–, pero las niñas la sacaban de quicio. Los métodos pedagógicos de Celia 1 pasaron de un grito de vez en cuando, un insulto leve a una chica un poco torpe, a tras una exhaustiva jornada de ensayos para una muestra del Cascanueces en un colegio, tomar de los pelos y apretar el cuello de una niña de nueve años hasta casi estrangularla. Celia 1 fue detenida y procesada, debió pagar una alta multa por daños y perjuicios a los padres de la chica, que aseguraron quedó traumatizada de por vida e incapacitada para bailar danzas clásicas, del pánico que le había quedado después del ataque. Celia 1 tuvo lo que hoy Ricciardi llamaba generosidad y deferencia de desaparecer del mapa yéndose a vivir a una casita en Traslasierra, en la provincia de Córdoba, y perderse allí entre hortalizas orgánicas. Al menos, si estrangulaba un tomate o una berenjena, ninguno de los dos iba a demandarla judicialmente.

Entonces entró en juego Celia 2.

Luego de la primera noche que estuvieron juntos, Celia 2 apareció con un test de embarazo en la mano. Con un resultado positivo, por supuesto. Como en su largo matrimonio con Celia 1, Ricciardi intuyó que alguno de los dos tenía problemas de esterilidad, Celia 2 había llegado a su vida para traerle la alegría de convertirse en padre. Era una asignatura pendiente en el seno familiar; cuando Ricciardi (padre) supo que iba a ser abuelo, invirtió una gran cantidad de dinero en la agencia de artistas de su hijo. Con eso, Ricciardi (hijo) estableció contacto con representantes internacionales para traer al país a las más reconocidas figuras de la actuación y de la música.

A Ricciardi le fue bien. Nació el primogénito varón, y el abuelo sintió que tocaba el cielo con las manos. Antes del año, sin entender de dónde había salido tanta fertilidad junta, Celia 2 quedó embarazada de su segundo hijo. También fue un varón, y Celia 2, más por malicia que por verdadero homenaje, lo bautizó con el nombre del suegro que también era el del esposo. A partir de esto, el suegro adoró a Celia 2, la quería más que a sus propios hijos; todo lo consultaba con ella: en qué tienda comprar ropa de hombre elegante, adónde invertir la ganancia de los seguros –fue gracias a Celia 2 que viajó a las islas Seychelles a abrirse una cuenta bancaria–, adónde irse de vacaciones. Celia 2 premió a su suegro con su tercer nieto –el mayorcito recién tenía tres años y medio–, y cuando quedó del cuarto insistió a Ricciardi en que debían casarse legalmente.

Entonces envió a los tres varones a la casa de su madre y preparó para él una cena a la luz de las velas. Decoró la casa con rosas rojas; perfumó con aromatizante de nardo y fresa, que propiciaba –según la publicidad de Selva Fragrances– el erotismo y el sexo desenfrenado. Celia 2 había encargado una langosta Thermidor en la pescadería Antonino e Hijos, a pesar de que ella jamás había probado una, e incluso la intimidaba eso de las tenazas y los bigotes del animal. Le habían dicho que era un plato de alta cocina, y se convenció de la idea porque Antonino y todos los hijos le aseguraron que hubiera sido bastante difícil conseguirle ostras en esa época del año, en el Río de la Plata, y que además estuvieran frescas.

Cuando Augusto (hijo) llegó, lo sorprendió el escenario. Había hecho de la salita comedor, habitualmente una especie de juguetería infantil, un antro de Eros: cubertería de plata, copas de cristal y un champagne rosado en un recipiente con hielo.

–No será para anunciarme que estás embarazada, porque ya lo sé, Celia.

–¿Sí, Gogo?

–Sí, me lo dijiste esta mañana cuando te hiciste el test.

–Ah, sí.

–¿Lo habías olvidado?

–No.

–¿Entonces para qué esta parafernalia, Celia? Esa langosta debió costarte una fortuna, una…

–Hay algo especial que quiero comunicarte, Gogo.

–No será que son mellizos, ni trillizos. Aún no puedes saberlo, por un simple test…

Celia 2 puso una rodilla en el suelo y extrajo un estuche de entre sus hinchados pechos. Augusto se asustó porque pensó que Celia 2 se sentía mal o se había caído o algo así. Quiso levantarla enseguida, pero ella le hizo señas de que no lo hiciera. Celia 2 tenía un plan y debía ejecutarlo. Era una mujer valiente y emprendedora, así la había criado una madre ruda, que había enviudado siendo muy joven, y así habría aprendido a abrirse camino. Amaba a Augusto y quería formar una familia con él, con libreta de casamiento y anillo, como habían sido las de todas las mujeres de su familia, a la antigua; y para ello estaba dispuesta a todo.

–Déjame –dijo Celia 2 y abrió el estuche; allí anidaban las alianzas de matrimonio–. No es lo usual, lo sé. Lo usual es un anillo de compromiso, con una piedra… Aunque eso es cuando el hombre le pide matrimonio a la mujer, y no cuando la mujer le pide matrimonio al hombre…

–Celia, ¿me estás pidiendo matrimonio?

–Sí, Gogo.

–Celia, ¿para qué?

–Por amor.

–Ya sabes que te quiero, que no hace falta que…

–Gogo –dijo ella con un nudo de emoción en la garganta–, ¿aceptas casarte conmigo?

Augusto Ricciardi (hijo) estalló en carcajadas.

–Sí, Celia. Claro que sí.

Ella se levantó y lo besó.

–Lo que no acepto de ninguna manera es comer esta porquería que compraste, así que mejor pidamos una pizza en Los Modernos, y ya que es una noche especial espero que no me lleves la contra y encarguemos una con doble anchoas.

Celia 2 brillaba de alegría.

La realidad, sin embargo, de lo que Augusto (hijo) dijo e hizo esa noche era muy diferente. Ricciardi no tenía el menor deseo de casarse y sí tenía un muy mal pálpito; pero fue tanta la presión que le puso su propio padre que no tuvo más remedio que aceptar.

Augusto (padre) obligó a Augusto (hijo) a divorciarse de la primera esposa y casarse, por fin, con la adorada Celia 2.

El día que obtuvo el divorcio de Celia 1, Augusto (hijo) tuvo la noche de sexo más ardiente de toda su vida con Celia 2. Él nunca había pensado que Celia 2 podía ser tan ardiente y menos estando embarazada. Fue entonces cuando Augusto Ricciardi (hijo) sospechó que pudiera tratarse de una beba y no de un varoncito. Tal vez las bebas, ya desde que se hacían en el vientre de la madre, venían pidiendo más amor. En ninguno de los tres embarazos anteriores había querido que él la tocara, ni siquiera que se le acercara, pero esta vez le hizo pasarle la lengua por todo el cuerpo, primero a ella, y luego ella a él, hasta hacerlo gritar de placer de un modo que despertó a los tres chicos.

Finalmente Ricciardi (hijo) se casó con Celia 2. Ya habían cortado el pastel de tres pisos cuando su padre se acercó y en voz muy baja pronunció:

–Esto que te pasa a ti, pronto me pasará a mí.

Ricciardi (hijo) creía que Ricciardi (padre) también estaba con el nivel de azúcar alto y temía la diabetes.

–Hay que cuidarse, papá –le respondió.

–Es una buena mujer. No tengo por qué cuidarme de ella.

–¿Celia 2, papá?

–Selva Moré, la empresaria de perfumes.

Ricciardi pensó que su padre estaba borracho. Lo había visto tomar una copa de vino y dos de champagne, y después ya no lo vio más; Augusto (padre) se había ido al recibidor a hablar por teléfono. Es verdad que en ese instante Ricciardi (hijo) pensó lo importunos que eran los agentes bancarios para hablarle de negocios un sábado a la noche. Debían ser agentes bancarios, porque el padre volvió sonriente y con las mejillas sonrojadas, eso quería decir que había ganado dinero. Cuando perdía o bajaban las acciones que tenía invertidas, quedaba pálido como un muerto y farfullaba en vez de hablar. Ahora comprendía que tal vez había estado hablando con una mujer.

–Tengo una amante –susurró el padre al oído de su hijo.

–Papá, ¿tú…? ¿A ti te parece que…?

–Tengo sesenta y siete años y hacía ocho que no me acostaba con una mujer.

–Papá, ten cuidado, mira que el corazón…

–De alguna manera la conoces, hizo negocios contigo. Enseguida te darás cuenta de quién te hablo.

–¿Quién?

–Mi amante.

–¿Quién? ¿Cómo?

–Celia me la presentó. Tu Celia. La divina Celia. Siempre quiso que yo conociera a alguna dama, pero me resistía. Timidez, claro, timidez, a mi edad. Celia logra que uno sea compatible con la compañía que ella consigue, sabe hacerlo bien, tiene un verdadero talento para hacer sentir cómodas a las personas. Pero yo no quise entrar en el club… y ella entonces me advirtió: “Augusto, cuando tenga una clienta interesada que valga la pena en serio, te la presento y no vas a poder decirme que no”.

–¿Qué club, papá?

–¿Eres estúpido, Augusto? El club que maneja tu mujer.

–¿Celia?

–¿De quién estamos hablando? Hoy pareces tonto. El club de encuentros que ella coordina, donde las personas pueden conocerse y quererse, si es que tienen ganas de quererse.

–¿Un club de personas solas?

Augusto Ricciardi (padre) resopló.

–Sí, Rocío de miel.

A Ricciardi (hijo) se le cayó la porción de pastel al suelo. Y no pudo reaccionar porque Celia 2 lo llamó a los gritos: acababa de romper bolsa antes de tiempo, y debieron correr de emergencia a la maternidad.


CAPÍTULO 8

Preikestolen

Aunque Dalia estaba prácticamente desmayada, Arvid la arrastró hasta bien lejos del borde de la roca. La filmación se detuvo y por unos momentos todo fue un pandemónium. La directora de la publicidad dio aviso al servicio de guardaparques, y desde allí enviaron un médico para que constatara si Dalia Ruiz tenía un simple desmayo, una descompostura de frío, si había sido un regular intento de suicidio o si ya estaba del todo muerta.

El doctor llegó al instante; grande y sonrosado, estaba emocionado de, por fin, vivir una aventura en su trabajo. Le tomó el pulso a Dalia, que seguía recostada sobre el regazo de Arvid, y comprobó que estaba viva. A esta altura, aunque ella se había recuperado y su corazón latía como un caballo, no sabía si darse por sana y salva o fingir el desmayo un rato más. Tenía miedo de levantarse y de que la directora anunciara que debían rehacer la toma seis y, por las dudas, agregar una séptima toma. El médico del Preikestolen balbuceaba en inglés un diagnóstico que ella no entendió y no tuvo mejor idea que darle de beber aguardiente de una petaca. Dalia tosió, atragantada, y el público de senderistas, que no había quitado un ojo de todo el asunto, aplaudió. No esperaban divertirse tanto en el Preikestolen desde aquella vez en que Tom Cruise tuvo el ataque de pánico y se puso a dar gritos histéricos pidiendo que le subieran la paga por el tema del seguro. Luego de que Dalia reaccionara, el doctor, un poco entre risas, le dio una palmadita en el hombro y le aconsejó regresar a Stavanger sin perder tiempo y que subiera a uno de los barcos del Fjord Tours que la dejarían justo en el muelle y a horario para la cena. ¡Menos mal, gracias a Dios!, pensó Dalia. Arvid seguía doblado debajo de ella y había comenzado a mirarla de manera melosa. Pero no era nada de eso, sino que le pidió que se levantara porque le hormigueaban las piernas. Dalia se incorporó antes de que él volviera a hacer la seña indicando el excesivo peso de ella sobre las rodillas de él.

La directora de la publicidad mandó terminar con la filmación y despejó la zona. Les indicó a todos que podían irse, ya fuera en la camioneta que los había traído y que tardaba dos horas en llegar a Stavanger, o en el barco que navegaba por el Lysefjord como recomendara el médico del parque. Dalia se puso sus jeans y un jersey violeta muy grueso, con cuello alto, para que le devolviera un poco de calor a sus pulmones y a sus cuerdas vocales. Era raro el clima en ese país, pero no se debía especialmente al cambio climático. Oslo estaba en el mapa más hacia el continente, mientras que Ryfylke formaba parte de la escarpada costa; sin embargo, en Oslo en invierno hacía cuarenta grados bajo cero, mientras que en Ryfylke no bajaba de cero grados. Dalia estaba segura de que esta falta de lógica del clima había acabado por enloquecer a los noruegos; todos eran completamente normales hasta que se ponían a hablar del clima. Los únicos dos temas que les arrancaban refunfuños eran el clima y los suecos; a los suecos no los podían ni ver. La directora le ordenó a Arvid que acompañara a la actriz en el viaje en barco hasta Stavanger. Después se volvió de espaldas a Dalia y se fue sin despedirse.


CAPÍTULO 9

Viaje a Lima, Perú

Veinte años atrás

Ese viaje había sido un suplicio: mientras que el resto del elenco tomó un vuelo directo a Lima, Dalia, por amor a Damián, lo acompañó haciendo el viaje por tierra, debido al pánico que tenía él de subirse a un avión. Hasta último momento, Damián no creía en las propiedades mágicas del amuleto que alguna vez le regalara su maestro de actuación, Lirio Cappeletti, a la hora de salir a escena. Las conversaciones con Damián en ese viaje empezaron siendo interesantes, luego un poco aburridas y finalmente secantes.

–Creo que el mejor director de escena que existe en la actualidad es Peter Brook –fue el primer diálogo de Damián, más o menos cuando estaban por la altura de la ciudad de Córdoba.

–Puede ser, no vi demasiado de él como para afirmarlo, Damián.

Entonces él se explayó en toda la teoría del espacio vacío y qué significaba eso en el escenario, y habrá durado como cuarenta y cinco minutos o más, tal vez hasta dos horas, en las que Dalia se quedó profundamente dormida. Al llegar a la localidad de Cafayate, ya en la provincia de Salta, Dalia prefirió seguir haciéndose la dormida, en lugar de bajar al parador y cenar. No, tenía terror de que Damián la atacara con alguna conversación teatral de tipo intelectual; cosa que hizo apenas tuvo oportunidad, cuando pasaron por Antofagasta, en Chile.

–¿Sabías, no, que los escenarios de Arthur Miller no son lugares realistas sino lugares de la mente de Arthur Miller?

–Vi una sola obra de Arthur Miller, La muerte de un viajante.

–Pero en todas las obras las escenas suceden en su mente. Podríamos pensar en Las brujas de Salem, por ejemplo –comenzó él–; cualquiera diría que es su obra más realista, pero, ¿lo es? Es el Salem que es Salem, en Massachusetts o es…

–Damián, tengo calor y estoy cansada. Me cuesta seguirte.

–Pero es importante, puede cambiar tu visión de un texto teatral, y si uno cambia la visión que tiene sobre un texto, cambia el modo de enfocar su actuación sobre el escenario. Si es expresionista es una cosa y si es…

–Damián, te lo pido por favor. El desierto de Chile me está matando.

–Por eso, solo escúchame, así te distraes.

–No. Ya no me hables más hasta Arica, no me hables más hasta Tacna, no me hables más hasta Nazca, no me dirijas siquiera la palabra para decirme ni hola, ni buen día ni buenas noches, nada, ni hasta Palpa, ni hasta Pueblo Nuevo, ni hasta Lima. Recién en Lima quiero volver a oír tu voz.

–Pensé que te habías casado conmigo porque me amabas.

–Hago este viaje de mil horas en autobús porque te amo. Y porque también nos permitirá saldar las deudas del teatro y de ser posible comprarlo. Tener nuestro propio teatro la propiedad, la escritura que diga que somos dueños de El Farolito.

–Creí que sabías que destilo el pánico hablando de teatro y creo que el teatro…

–Y cuando el teatro sea completamente nuestro, no volverás a poner los pies en la inmobiliaria de tu padre. Trabajarás como actor y profesor de actuación a tiempo completo.

–Entonces es bueno que te hable del teatro universal –comentó Damián sin darle demasiada importancia a lo que ella acababa de decir– así asiento mejor mis conocimientos.

–Damián, no te quedó claro. No me interesa ni Arthur Miller ni Peter Brook ni quien sea, y no quiero saber de ellos ni en Pisco, ni en Chincha Baja ni en Pucusana…

–No sé cómo pudiste aprenderte toda la ruta Panamericana de memoria, Dalita, y tanto te cuesta la letra cuando se trata de Lady Macbeth. Y conste que Lady Macbeth no dice demasiadas líneas, porque lo que Shakespeare quería demostrar con esa contención textual de Lady Macbeth era que…

–¡basta, damián gorsky, basta, por el amor de dios!

Semejante alarido de Dalia mantuvo a su esposo callado hasta Uyuni, la salina boliviana que atravesó el autobús. Fue extraño porque no estaban seguros de que el pasaje que habían comprado marcara Uyuni en el recorrido, pero no podían bajar y quedarse en medio de la nada, del desierto de sal. Ella se removió en su asiento, incómoda, acalorada. Delante de ella viajaba una mujer que llevaba dos pollos en una canasta, y el olor a pluma y a excremento de pájaro le dio náuseas. Dalia contuvo una arcada.

–No estarás embarazada, ¿no? –preguntó él, entre chistoso y preocupado.

Ella negó con la cabeza.

–Jamás –dijo.

Entonces él metió su mano derecha entre la cintura y el jean de ella.

–Lo tienes demasiado ajustado. Desabróchatelo.

–No es aire lo que me falta, es…

–Desabotónate el jean, bájate un poco el cierre.

–Ay, Damián –suspiró ella cuando sintió los dedos hábiles de él separar su sexo.

Él también cerró los ojos.

–Puedo imaginarlo todo –murmuró–, pero te avisé que hubiera sido mucho más cómodo que vistieras una falda en este viaje. Entonces habría podido todo. Ahora solo me queda tocarte e intentar que….

Dalia separó las piernas.

–¿Me quieres adentro? –preguntó Damián.

–Sí.

–Me calma el pánico tocarte, tu calor…

–No me metas los dedos, solo frótalos.

Damián la friccionaba con más fuerza que lo que ella hubiera hecho consigo misma. Pero era su esposo, era el hombre que amaba y quería regalarle su goce.

–¿Estás por llegar? –le preguntó él al oído.

–Sí, mi amor.

–Dámelo, dámelo, Dalia.

Dalia no pudo contenerse y se mordió los labios hasta hacerlos sangrar.

Un chillido escapó igual de su boca y los horribles pollos en el asiento de adelante lo percibieron. Uno cacareó muy fuerte y Damián y Dalia rieron. Eran otra vez aquellos adolescentes que se deseaban todo el tiempo, pero que habían hecho el amor con locura una sola vez, una sola, debajo del escenario.


CAPÍTULO 10

Cannes, Francia

Quince años atrás

Ahora, desde el Festival de Cine de Cannes, todo parecía muy sencillo de ver mirando hacia el pasado. Dalia iba del brazo del afamado director, Eduardo Anderson, que le había dado el rol protagónico en su séptima película La guerrera. El film había sido elegido entre los mejores extranjeros, y Anderson no quería perder la oportunidad de pasearse por Cannes y hacer los negocios necesarios para filmar la próxima. Tal vez no en la Argentina, tal vez una coproducción francesa. ¿Qué mejor que llevar a sus dos protagonistas, Dalia Ruiz y Pablo Campos, enemigos primero y amantes después, en una tierra distópica –tal era el argumento de La guerrera–? Eran el sumun de la representatividad de su estética. Los dos eran bellos, glamorosos; los dos habían conseguido que los vistieran los mejores modistos. Dalia se lucía con un vestido Gianni Versace de seda negra, que había sido diseñado especialmente para la actriz sueca Vendela Kirsebom y que ella usó solo una vez. Como Vendela Kirsebom tenía más o menos las mismas medidas que Dalia y el director era pariente de ella, se lo prestó. El vestido se adhería al cuerpo de manera que realzaba las curvas a la vez que estilizaba la figura. Cuando Vendela se lo prestó le encomendó cuidarlo como a un hijo y agregó:

–Cuando ya no pueda usarlo, donaré este vestido a un museo de mi país, porque de verdad creo que es una obra de arte. Te habrás dado cuenta de que es una obra de arte.

Dalia estaba muy elegante, pero sentía la ausencia de Damián a su lado. Le había suplicado que la acompañara en la gira de la película por los festivales de cine europeos; –luego de Cannes venía Venecia, luego Trieste–, pero él se negó de plano. No podía subirse a un avión, su miedo era más poderoso que él y ni yendo a terapia podía manejar la fobia que lo atacaba. Tuvieron serias discusiones sobre el asunto; en ocasiones, Dalia descreía que fuera cierto lo de la fobia al avión y entonces las peleas se extremaban al punto en que lo amenazaba con el divorcio si él no viajaba con ella. Finalmente, se reconciliaban y Dalia cedía; Damián se quedaba en Buenos Aires, dando clases en El Farolito. Era su vocación, le había explicado, dar clases a gente joven, o no tan joven, que ansiaba actuar y subirse al escenario.

La ductilidad de Dalia como “chica del tiempo” hizo que apenas empezó Ricciardi (hijo) pudiera conseguirle un papel menor en una telenovela en la que seis jóvenes, tres chicos y tres chicas, constituían una banda alrededor de un coche de colección y se iniciaban en sus primeras relaciones amorosas. Dalia hacía de hermana mayor de una de las protagonistas, Ema Rey. En la ficción debían pelearse y abofetearse, y el método Stanislavski de Dalia, potente y pleno de memoria emotiva, la llevó a enemistarse con Ema Rey, que recién comenzaba a estudiar arte dramático. Luego de ese episodio, Ema Rey se sentía ofendida –o se hacía la ofendida– por tener que trabajar con Dalia hasta que un día la pelea entre las colegas llegó a mayores. Ema Rey dejó el set de un portazo y rompió su contrato con el programa. Dalia, entonces, pasó a primer plano; los guionistas rápidamente crearon una excusa para el alejamiento de Ema y escribieron que su personaje había sido secuestrado y luego asesinado a pesar del rescate ofrecido por su querida hermana. La hermana, Dalia, terminaba enamorándose del novio de Ema, y compartieron tórridas escenas de pasión delante de cámara. Así subió Dalia a la pasarela de la popularidad.

Damián no había tenido la suerte de Dalia en la actuación, ni había llegado a la fama como ella. Él se dedicó a estudiar y formarse en teatro, pero además era demasiado terco y demasiado orgulloso para aceptar un representante. Tampoco le gustaban las fiestas de la farándula, entrar por la puerta trasera a un restaurante exclusivo para comer sushi con champán, como estaba de moda por esos años. Detestaba el sushi, y el champán le producía acidez, así que prefería quedarse en casa viendo una buena película en el cable o por DVD, alguna en la que actuara su amado Al Pacino o Robert De Niro o Dustin Hoffman, la tríada de actores hollywoodenses que él adoraba; para Damián cada película era una clase de actuación. Dalia había aprendido a celebrar sola las fiestas de final de rodaje, o los cumpleaños de las divas nacionales que la invitaban a sus fincas en José Ignacio o Punta del Este, en Uruguay, como si se tratara de desplazarse en taxi cuatro cuadras más abajo. Luego de esos viajes, ella llegaba cargada de regalos y anécdotas para Damián, y se sentaba junto a él a comer pizza de mozzarella barata, a medianoche, en El Farolito. Ya no vivían en el minúsculo apartamento sino en el residencial vecindario de Belgrano, en una casona que imitaba un palacio indio, con leones de mármol en la puerta. Era un hogar muy grande para los dos y además estaba lleno de ecos. Dalia no se sentía a gusto allí, pero en la casona sí podía recibir a los periodistas o dar alguna pequeña fiesta. Por eso, el lugar para intimar con Damián era el teatro. Una que otra noche, él colocaba un edredón de patchwork sobre el escenario y allí hacían el amor. Les gustaba ser amantes, a ella le encantaba la manera en que él la acariciaba, que supiera a la perfección cuáles eran sus puntos débiles y que la dejara hacer, elegir las posiciones, los días que tenía más ganas y los que solo quería abrazarlo.

A veces, Dalia trataba de tentarlo para que entrara al mundo de la televisión y del cine, deseaba compartir con Damián eso también.

–Hay un papel en Si bemol que puede gustarte hacer. Me dijeron que podía ofrecértelo.

–Supongo que estás hablando de un programa de televisión, Dalita.

–Sí, mi amor. El personaje es un pianista que enseña a los chicos a solfear y formar una banda de música que…

–Gracias, paso.

–Damián…

–No.

–Podrías intentarlo.

–Ya sabes que no me gusta la televisión ni el cine.

–En toda tu vida fuiste a dos filmaciones para hacer un papel casi de extra.

–Fue lo más parecido a la tortura que experimenté. Diez horas en un plató, vestido de juez cuáquero, con peluquita blanca de rizos, agitando un mazo y chillando: “¡Silencio o levanto la sesión!”.

–La película fue todo un éxito, sobre el escándalo de…

–Y el director no daba con el ángulo que quería filmar y entonces tuvimos que repetir más de veinte veces la toma. Creí que iba a volverme loco.

–El cine es así, Damián. Eres buen actor de teatro; ya sabes, los buenos actores de teatro son buenos actores en todos los rubros, el cine y la televisión. Es una premisa que decía don Lirio y en la que creen muchos maestros de...

–Parpadeaba mucho me dijo el director. “Los jueces no deben parpadear”, recalcó. La maquilladora me había llenado de rímel para realzar mi mirada ¡y ese estúpido esperaba que no parpadeara a la hora de gritar “Silencio o levanto la sesión”!

Dalia rio. No pudo convencerlo de hacer televisión ni cine, tampoco de viajar en avión. Además, si se ponía insistente, él sacaba como fuera un tema recurrente.

–¿Quieres que intente ser actor de televisión? Muy bien, lo haré. ¿Cuál es el programa basura en el que quieres que trabaje? Trabajaré, pero tú me harás el favor de detenerte este año para que tengamos un hijo.

Esa misma frase le había dicho justo antes de que Dalia viajara al Festival de Cannes.

–Viajo, aunque me desmaye, si me prometes que a la vuelta tenemos un hijo.

–Todavía no estoy preparada –respondió ella.

–Dalia, hay algo que se llama “reloj biológico”.

–Ahora la maternidad se extiende hasta mucho más allá de los cuarenta años. No seas anticuado. Damián se retiró de la habitación dando un portazo y ahí se terminó la discusión.

Así fue como Dalia viajó al Festival de Cannes, y lució esa pieza única de seda negra de Versace, y se llevaron el premio del jurado del Festival. Por la noche, el director de la película, algunos invitados, la dueña del vestido de Versace y los actores fueron al Charly’s Bar, un sitio exclusivo para festejar. Alguien puso un tango, más por bromear que por halagarlos, y Dalia y Pablo Campos, su compañero de rodaje, feliz y tanto o más alcoholizado que la propia Dalia, lo bailaron muy apretado. En una de las vueltas, Dalia rasgó el vestido casi provocando un ataque cardíaco a la dueña y dejando el inicio de sus nalgas al desnudo; inmediatamente Pablo tapó la zona poniendo su mano sobre el coxis, para evitar que los fotógrafos registraran esa zona. Al día siguiente, las revistas especializadas titulaban: “Anderson se lleva el premio del jurado del Festival de Cannes. ¿Dalia y Pablo tienen una aventura caliente?”.

Cuando Dalia regresó, Damián le armó un escándalo.


CAPÍTULO 11

Belgrano, Ciudad de Buenos Aires

Quince años atrás

–Necesitamos un cambio de aire –dijo Dalia.

–Necesitamos hacer nuevos acuerdos –respondió Damián.

La conversación empezó a las ocho de la noche cuando descorcharon un pinot noir en la cama, en la que acababan de reconciliarse, y terminó a las siete de la mañana, luego de haber hecho el amor dos veces con gran satisfacción para ambos. El arreglo principal lo planteó Dalia: el 90 % de los ahorros lo utilizarían para comprar un apartamento en el piso 32 de la Torre Brunetta, en el vecindario de Retiro, y decorarlo. De esa manera, las fiestas podrían darlas en la casa y él no tendría que acudir a la residencia de otros artistas con quienes no tenía afinidades. Al menos, de esa manera, se solucionarían dos cosas: la primera, Damián podría encerrarse en el dormitorio cuando tuviera ganas de estar solo; la segunda, él curaría su miedo a las alturas. ¡Viviendo en el piso 32 no era para menos! Damián no sabía de nadie que se hubiera curado una fobia viviendo en un piso alto, pero bien podría ser la solución. Retiro era uno de los vecindarios más caros de Buenos Aires y tal vez no el que más le gustaba a él, pero podría acostumbrarse. Había cafés elegantes y tranquilos, y podía hacer largas caminatas hasta el cementerio más antiguo de la ciudad para meditar sobre los ejercicios de actuación que les haría hacer a sus alumnos o pensando en cómo montaría tal o cual pieza; de hecho, la puesta que dirigió Damián de Salomé de Oscar Wilde en su teatro fue enteramente ideada en uno de esos paseos. A él le gustaba trasladarse a pie y El Farolito quedaba a poco más de diez cuadras de la Torre Brunetta; cada vez se dedicaba más al teatro y menos a la inmobiliaria de su padre. Pronto acabaría por independizarse por completo. ¿Dalia quería sentirse glamorosa?; él le daría todo el glamour que ella necesitaba.

Entonces Damián accedió de buena gana a comprar y mudarse al piso 32 de la Torre Brunetta. Solo puso una condición: comprarían el teatro El Farolito. Amaba el pasaje Carabelas y disfrutaba mucho de salir y caminar apenas media cuadra para encontrarse con el símbolo más emblemático de Buenos Aires: el Obelisco. Lo pagarían con los dólares que ella había ganado trabajando para la productora El Sur, y lo podrían a nombre de los dos. Hasta ese momento, todo el dinero que entraba de El Farolito servía para la subsistencia del teatro y la economía cotidiana de la pareja. Además, Dalia ofrecía clases magistrales de actuación, no porque fuera un as en el tema, sino porque esos años meteóricos de brillante experiencia frente a la cámara la habían convertido en una celebridad de quien muchos alumnos querían aprender. Las clases con Dalia Ruiz eran costosas. Se llamaban “El secreto de mi éxito”, duraban una hora y media y las ofrecía una vez por mes. Si se decidía a hacerlo quincenalmente, duplicarían las ganancias. Dalia aceptó al instante, y así fue que se dio la segunda vez que hicieron el amor hasta quedar exhaustos.

Compraron el apartamento al día siguiente; fue la operación más veloz que hiciera una notaría jamás en su historia. Luego, Dalia contrató un decorador de las “estrellas”. En el comedor puso una mesa inglesa con sillas de diseño moderno en hierro y madera, y a un costado un sillón de dos cuerpos –en el que podría caber sentado todo el cuerpo de infantería del Ejército, si vamos al caso– tapizado en bull blanco. Las bibliotecas elegidas eran bajas, y en el techo instalaron una lámpara con caja de hierro negro. Hubo algo que Dalia encargó especialmente al decorador y era un regalo dedicado a Damián, para la hora en que él quería sentarse frente al DVD a mirar películas en blanco y negro: la poltrona Millenium de la casa Michael Thonet, un asiento de sesenta y cinco centímetros de profundidad. ¿Quién no podría estar cómodo embutido ahí dentro? En el dormitorio, la cama doble fue vestida con sábanas de lino, con guardas de visón, y cojines al tono, y a falta de respaldo una témpera abstracta de Cristiano Parini que sumó color.

Cuando Damián pisó por primera vez su nueva residencia, además de sentir vértigo, pronunció:

–Se siente raro estar acá.

–Es nuestra casa.

–Se siente como la de otra persona.

–Pero es la tuya, mi amor. Sobre todo esa poltrona frente al televisor.

Damián sonrió.

Para que Damián se tranquilizara respecto de los cambios que implicaba remodelar y adquirir estilo, con el dinero que le habían pagado por la película que ganó el premio del jurado de Cannes, Dalia le regaló sesenta sillas modelo Tolix creadas por el diseñador Xavier Pauchard hacía medio siglo. Estaban pintadas de rojo y le daban una estética vintage al teatro, sumadas a unas lámparas Tom Dixon de última generación; todo el asunto de Cannes y del glamour de Dalia atrajo nuevos alumnos que fueron capaces de pagar una cuota más alta para estudiar teatro con ellos, y al fin, la propiedad de El Farolito quedó en sus manos mucho antes de los veinticuatro meses pactados con el propietario, quien siempre había sido reacio a venderlo.

–¿Qué se siente tener teatro propio? –le preguntó Dalia a Damián.

–Casi la felicidad completa.

–¿Y qué la haría completa?

–Un hijo contigo –respondió él.

Dalia se quedó un instante en silencio y después le sirvió un Martini dry, el trago favorito de ambos.


CAPÍTULO 12

Lysefjord, Noruega

El barco del Fjord Tours se había detenido en el muelle y un robusto marinero la alentaba a subir.

Dalia y Arvid embarcaron; el muchacho buscó unos asientos desde donde pudieran contemplar el paisaje inolvidable del más bello fiordo del sur de Noruega, y ella se lo agradeció apretando sin querer el muslo de él con su mano, en un gesto de cariño. Ahora Arvid tenía señal de internet, así que escribió en el traductor de su teléfono:

¿No es acaso el paisaje más bello del mundo?

Ella miró la pantalla y asintió, pero en su fuero interno ya empezaba a cansarse de las montañas de piedra y los lagos azules. Dalia era incapaz de sentirse asombrada demasiado tiempo por algo; tal vez había un componente genético, un cromosoma, una hormona o el solo hecho de pertenecer a la Generación X, que hacía que no pudiera prestar atención tanto como ella hubiera querido. En ocasiones, cuando notaba que los demás necesitaban que ella fuera profunda, se limitaba a actuar una “profundidad” imaginaria: fruncía los ojos y las cejas, suspiraba y dirigía la mirada al ángulo superior izquierdo. Permanecía en esa actitud hasta que enarcaba las cejas y resoplaba algo ininteligible. Después de esa pequeña actuación improvisada de mujer reflexiva, nadie volvía a preguntarle nada. Tal vez, en el fondo, pensaban que era tonta. Arvid le insistió:

Dalia, ¿acaso no estoy acompañado por la mujer más hermosa del mundo?

En un principio, Dalia creyó que en el crucero viajaba una Miss Universo o algo por el estilo, pero enseguida comprendió que era una especie de elogio, exagerado, y entonces volvió a asentir, y esta vez hizo una sonrisa más lánguida, estilo La Gioconda, que el muchacho podría interpretar como él quisiera. Apoyó su cabeza en el hombro de Arvid y se quedó profundamente dormida hasta que llegaron a Stavanger. Al igual que a los bebés, el movimiento le producía sueño; en el avión, en el tren, en el bus, y ahora en el barco. Sin embargo, si el día de mañana alguien en una entrevista o en una reunión social le preguntara qué le había parecido el Lysefjord, ella respondería, sin dudarlo: “El agua más hermosa de toda el planeta, ¿o acaso me equivoco?”.


CAPÍTULO 13

San Telmo

Dieciocho meses antes

Un día, Aníbal Ruiz, el padre de Dalia, se cayó de la cama. Por ese tiempo vivía con su hijo Pedro; su nuera, Romina; y las dos hijas de la pareja, Lisa y Laurita, que eran mellizas o gemelas. Aníbal Ruiz no sabría decir cuál era la diferencia entre un tipo de concepción y la otra, o cuáles eran las diferencias entre las dos nietas. A veces pensaba que debería haberles prestado más atención a las chiquillas, pero tenía la cabeza puesta siempre en otra parte. Cuando era el teatro, en el teatro; y cuando ya no lo tenía, en escaparse con su Juancito y con alguna otra marioneta y hacer espectáculos que él titulaba Pimienta y sal.

Vivían en una vieja casa en el vecindario de San Telmo, que había comprado Aníbal cuando se ganó la lotería. Eso había ocurrido como mil años atrás, en un pasado que ya era muy lejano.

Pero El Farolito ya no existía más, y para que su padre estuviera más o menos contento, Pedro le había construido un taller de títeres en el altillo de la casa. Las mellizas, mientras fueron chicas, se divertían con él, y el abuelo solía arreglarles los juguetes y las muñecas que se rompían. Pero un día Aníbal se cayó y se golpeó la sien. Fue una caída de poca importancia, sin embargo, a los pocos días empezó a afirmar que veía deambular por la casa a su esposa fallecida muchos años atrás. Pedro quiso hacer la vista gorda al suceso y pensar que el padre estaba reparando su dolor y la ausencia con el delirio, pero después empezaron a faltarle las palabras; un día, entre insultos atroces, atacó a Lisa y la amenazó con un destornillador en el cuello. Romina, la nuera de Aníbal, obligó a su esposo a sacar al anciano de la casa. Si él no lo hacía, amenazó, lo haría ella por la fuerza policial, en cuanto ocurriera otro hecho peligroso. Suegro y nuera nunca se habían apreciado; Romina lo consideraba un vago, un hombre que nunca había sabido lo que era un trabajo de verdad, ocho horas metido en una fábrica o en una oficina. Para ella, que alguien trabajara arreglando juguetes en la semana y haciendo funciones de títeres era cosa de bohemios, de holgazanes. Además, la relación de Romina con sus hijas, que habían heredado la vocación artística del abuelo, era tirante. En secreto, Dalia se burlaba de la tosquedad de Romina e incluso había imitado gestos suyos, expresiones e inflexiones de voz, para construir los personajes de las malas de las telenovelas que interpretaba.

Sin embargo, Pedro, Dalia y las mellizas temieron la amenaza de Romina de sacar a Aníbal de la casona por la fuerza y lo ingresaron en un hogar de ancianos. Habían elegido uno en el vecindario de La Boca, no demasiado lejos de la casa de San Telmo, así podrían visitarlo con frecuencia o concurrir con rapidez ante cualquier emergencia. Los hijos estaban pendientes de él, sobre todo al principio, porque temían que no se adaptara y se marchitara allí dentro. Poco tiempo después se enteraron de que don Aníbal, como lo llamaban, contaba chistes subidos de tono a las enfermeras y las hacía reír aun cuando ya estaban agotadas del turno.


CAPÍTULO 14

San Telmo

Cincuenta años atrás

Esas cosas que no le pasan a nadie, un día le pasaron a Aníbal: se hizo millonario de la noche a la mañana. No recordaba cómo había empezado a jugar, en esa época había varios juegos de azar disponibles y las apuestas se hacían en agencias oficiales, que controlaba el Estado. Aníbal jugaba a todo, pero fundamentalmente a la quiniela. En este juego cada número tiene un significado; por ejemplo: se debe jugar al 47 si se soñó con un muerto, pero si en el sueño el muerto hablaba, se juega al 48. Cada agencia de juego exhibe un cartel enorme con los significados del 0 al 99, que informa a qué número hay que apostar según el sueño o deseo.

–Lo que quiero es conocer una niña bonita –pedía Aníbal Ruiz al empleado que lo atendía. A la niña bonita le corresponde el número 15, porque una quinceañera siempre es bonita.

Y él le aconsejaba:

–Debes jugarle al 15, no menos de quince pesos.

–Y quiero enamorarme de ella y que ella se enamore de mí.

–Entonces juega al 93, el enamorado.

–¿Cuánto?

–Doce pesos, monedas, más monedas menos… ¿Te quieres casar con ella también?

–Sí. Si conozco a la niña bonita que quiero conocer, sí.

–El 63, el matrimonio.

Fue una víspera de Nochebuena, cuando el empleado de la agencia le ofreció una fracción del billete de lotería, llamado el Gordo de Navidad. Pagó cinco pesos de entonces y se guardó el papel en el bolsillo del pantalón; desde el comienzo consideró que eran cinco pesos tirados a la basura.

Era diciembre de 1967 cuando los niños cantores, que son quienes anuncian los números ganadores, sacaron su número, el 63, y lo cantaron. Un locutor festejó con algarabía e hizo un chiste acerca de convertirse en un afortunado, en un mimado de la suerte y de la diosa Fortuna, quien tuviera en su poder el billete con el 63. Aníbal estaba solo, sentado ante una mesa en el bar Mi tío, mirando la transmisión del programa de la lotería. Comía un bocadillo y bebía un vaso de vino. No tenía ni padre ni madre, era un huérfano criado en un hospicio; lo torturaba la llegada de las fiestas, porque nunca tenía con quién pasarlas. En la pensión en la que vivía todos los pensionistas se volvían a sus provincias. Alguien detrás de él pidió que subieran el volumen del programa de televisión. Fue entonces cuando Aníbal recordó que tenía el billete en el bolsillo trasero del pantalón. Lo extrajo y leyó el número ganador: coincidía. Volvió a leerlo: coincidía. Buscó cuál era el fallo, en qué detalle el empleado de la lotería lo había estafado. Pidió ayuda al camarero, que estaba atento a espantar las moscas que se querían amparar en la campana de los bocadillos. El camarero gritó, se acercó otro cliente del bar, uno que tenía un billete que no ganó ni un premio consuelo y también gritó. Aníbal se cercioró de que era el dichoso ganador del Gordo de Navidad del año 1967, entonces pidió una ronda de vino para todos.

El primer día hábil siguiente, cuando en la agencia le confirmaron el premio y tramitaron su cheque, él corrió a casa de Aura y la pidió en matrimonio a sus padres.

Cómo Aníbal había conocido a Aura era todo un cuento: la había visto por primera vez en la plazoleta Castelao, una tarde en la que ya no quedaba nadie, no había más niños y estaba fresco. Aura estaba allí, sentada en un banco, luego se puso de pie, miró a un lado y miró al otro, y sigilosamente se lanzó tobogán abajo. Aníbal se quedó escondido entre la arboleda. Ella comprobó que nadie la veía; no había descubierto a Aníbal aún. Así que se lanzó por segunda vez del tobogán y por tercera y por cuarta, repleta de felicidad. La felicidad era una cosa que se le veía a una legua, en los hoyuelos de las mejillas y en las puntillas de la enagua.

Despacio, temeroso de asustarla a esa hora, Aníbal salió de detrás de los árboles.

–Permiso –pronunció.

Ella era la niña bonita que andaba buscando.

¿Había jugado al 15 ese día? Si lo había jugado seguro que salía, y él se volvería millonario por un día y podría invitarla a tomar un refresco, o un chocolate, o la golosina que quisiera una chica de su edad.

–No se asuste. Me llamo Aníbal Ruiz y soy titiritero.

Aura se deslizó tan rápido como pudo del tobogán y hubiera salido corriendo si no fuera que se le enganchó la falda en el borde de una arista.

–No tenga miedo, la vi tan linda en el tobogán. Me pareció un hada que…

–Tengo diecisiete años y no tengo ni alas ni varita.

–Me doy cuenta. Y seré curioso, ¿tiene novio?

–Tengo que terminar el bachillerato, mi padre dice que si no lo hago me gradúo primero de burra.

–¿Le gustan los juegos de la plaza?

–Vengo de la misa de ahí, en la Parroquia de la Inmaculada Concepción. La última misa, que es a las siete. Cumplo con Dios y después vengo a divertirme un poco.

–¿Sabe quién soy?

–Me parece que el Lobo Feroz no es.

–Tal vez alguna vez me vio.

–Al Lobo Feroz lo distinguiría enseguida; es mucho más peludo.

–Me paseo por la Feria de San Telmo, los domingos. Tengo una marioneta, Juancito. Él canta canciones y hace chistes.

–Me gustan las canciones y los chistes.

–A ver, señorita. Usted tiene padre, usted será bachillera, usted concurre a misa, usted escucha canciones y ama lanzarse en el tobogán de esta plaza. Pero no me dijo si tiene novio.

–No. Y tampoco le diré mi nombre.

Y así fue el primer encuentro con Aura, el amor de su vida, la niña bonita y quien después se convertiría en su esposa. Por cierto, ese día, después de conocerla, él volvió a jugar el 15 a la quiniela. Pero esa vez no salió; después de todo, ella no tenía quince años y ya lo afirma el dicho: “Afortunado en el juego, desafortunado en el amor”.

Cuando Aníbal ganó el Gordo de Navidad, a Aura le faltaba un mes para cumplir los dieciocho y ambos estaban enamorados. El padre de Aura le concedió la mano de su hija; antes hubiera tenido que pasar por sobre su cadáver para permitir que su Aurita se casara con un artista de variedades y titiritero andariego. ¿Qué clase de vida hubiera sido esa para la niña de sus ojos? Pero ahora la situación había cambiado, porque el audaz titiritero tenía suficiente dinero para los próximos setenta años. O eso creía el padre de Aura, el único abuelo que conoció Dalia. Aníbal se dirigió con la joven soñada a la primera propiedad con el cartel “En venta” colgando de la pared y la compró. Se casaron al mes siguiente, se fueron de vacaciones a Piriápolis, en Uruguay, sintiendo un gusto similar al de los grandes burgueses que vacacionaban en el extranjero, o así lo sentían ellos. Al año de casados nació Pedrito y cinco años después, Dalia. El nombre del hijo varón lo eligió la madre, como ameritaba la tradición en su familia, y el de la hija, el padre. La llamó Dalia porque cuando nació, la niña tenía el rostro sonrosado y con hoyuelos, y parecía que sonreía como una dalia en flor.

La alegría no le duró a Aníbal Ruiz mucho tiempo y menos todavía el dinero. Habían invertido una gran cantidad de la pequeña fortuna en una empresa financiera que en pocos meses se fundió por algunos movimientos fraudulentos. Por suerte, habían armado un pequeño teatro en el vecindario, para hacer funciones para niños y obras de títeres. Lo llamaron El Farolito de color, por un farolito rojo que había en la puerta, pero después el nombre quedó abreviado en El Farolito; para todo el mundo era El Farolito a secas, así lo conocían en el vecindario y así lo llamaban los críticos. Lo compraron originalmente como una inversión y para darse el gusto de representar alguna obra de vez en cuando, para el cumpleaños de Pedro o para la comunión de Dalia. Ahora tendrían que vivir de él. Entonces Aníbal Ruiz buscó en la trastienda del teatro su vieja maleta con los muñecos. Antes de su matrimonio y de ganar la lotería, él hacía funciones en las instituciones para chicos huérfanos o en los hospitales de niños y escuelas. Ese julio de 1967, cuando todavía era un pobre artista callejero, había dado una función a beneficio de los futuros niños astronautas, quienes también deseaban, como Armstrong y Aldrin, pisar la luna. Pero el dinero recaudado no fue a parar a una “escuela de astronautas”, sino a un grupito de niños soñadores que, como él, fabricaban algunos títeres y marionetas, y querían aprender el arte del teatro.

Lo primero que Aníbal les enseñó a los niños es que cada titiritero tiene su marioneta favorita a la que cuida como a un amigo. En tiempos pasados, había títeres famosos como el de Renart el Zorro, que era un zorro francés muy pícaro y que en castellano cambió su nombre por Don Juan el Zorro. Había también Arlequines y Colombinas enamoradas, Polichinela, el Diablo que siempre metía la cola, el Soldado, el Príncipe, la Bruja, el Hada Madrina que algunos preferían denominar el Hada Azul, y Pinocho. Pinocho era la alma mater de todos los títeres. El de Aníbal se llamaba Juancito, y era un muñeco de unos cuarenta centímetros de alto, con el cabello anaranjado, los ojos redondos y oscuros como dos escarabajos, y las pestañas largas. Vestía una ancha camisa verde y un pantaloncito negro, con zapatos lustrosos. A Aníbal le gustaba mucho hacer la voz de Juancito, pausada, tranquila pero aguda cuando se ponía nervioso o tenía un berrinche. A su pequeño público le divertía mucho ver a Juancito en medio de una rabieta.

La lotería había sido un regalo del destino; había existido y había pasado y ahora toda la familia tendría que ponerse a trabajar en el teatro. Dalia seguía a su padre por todo el taller, arreglando los muñecos, los vestiditos de las princesas, trenzando cabellos y pintando con un marcador negro largas pestañas a cada uno. El Farolito de color, bajo la dirección de Aníbal Ruiz y familia, abrió sus puertas al comienzo de unas vacaciones de invierno. Dalia, a los nueve años recién cumplidos, debutó manipulando la Colombina de carita de porcelana y vestido de tules. El teatrillo había hecho soñar a la familia y había dado su sustento; las vocaciones de Dalia y de Pedro nacieron bajo ese techo. Con el tiempo, los hermanos hicieron caminos diferentes: Pedro se dedicó a vender muñecas antiguas para coleccionistas en el Mercado de San Telmo, y Dalia se hizo a la mar como actriz. Si no hubieran tenido el teatrillo y las funciones los fines de semana, tal vez Dalia y Pedro nunca hubieran superado la muerte de Aura. En cambio, allí estuvieron entretenidos, cobijados, y además ganaban dinero para sus gastos.

Pero Aníbal Ruiz nunca superó la muerte de su esposa.

Ni con teatrillo ni sin teatrillo.


CAPÍTULO 15

Stavanger, Noruega

La primera sorpresa en Stavanger fue que Selva se había marchado del hotel boutique y de la ciudad; había dejado un recado en conserjería para Dalia y eso fue todo. Esperaba verla en Oslo, adelantarle su cheque y conversar de cosas sin importancia. En un sobre del hotel había metido su ticket de vuelo a Oslo, que sería el lunes a primera hora. La nota que le entregó el conserje estaba escrita en un castellano sobrio –una letra cuidadosa–, y parecía haber sido hecha con esmero. Tal vez Selva había planeado no quedarse todo el fin de semana a esperar el resultado de la filmación, sino que tenía previsto partir a ocuparse de sus negocios y obligaciones y dejarla sola a vivir el loco fin de semana de esa ciudad en apariencia tan saludable, repleta de senderistas de mejillas encendidas, que parecían celebrar la alegría de estar vivos caminando sobre piedras.

Dalia miró con consternación a Arvid. Él se limitó a encogerse de hombros y escribir en la pantalla de su teléfono:

Yo tampoco soy de Ryfylke, vivo en la capital. Puedo quedarme contigo el fin de semana.

Dalia negó con la cabeza, eso sería una locura; seguro a él lo esperaba su familia o sus amigos. Esta vez a Arvid le tocó hacer que no con la cabeza y escribió con sus dedos largos y gráciles de niño educado entre computadoras:

Mi familia vive lejos, en Suecia. Nadie me espera a mí; comparto vivienda con amigotes.

Dalia rio, ¿Arvid habría querido poner “amigos” y el traductor lo interpretó así?

Le consultaron al conserje si había habitaciones singles disponibles; por supuesto que había, era abril y la temporada de turismo recién comenzaba. Habría que reservar una a nombre de Arvid, pensó Dalia, pero por alguna razón no lo hizo en ese instante. Más adelante sospechó que, como bien dice el refrán, la mano es más rápida que el ojo y el deseo más rápido que el ojo y que la mano. Arvid le propuso que fueran al puerto de Stavanger y cenaran allí. La especialidad era el bacalao y las sardinas, pero también había platos más tradicionales, como ensaladas y alimentos de bajas calorías. Lo aclaró porque ella era actriz y las actrices están siempre cuidando su silueta, dijo entre señas. A Dalia no le hizo mucha gracia, iba a quitarse todos los escalofríos que había sufrido filmando el comercial comiendo un gran plato de bacalao con patatas y crema. O lo que fuera; tomó su teléfono para escribir en el traductor: “Por suerte tengo un metabolismo buenísimo y no necesito hacer dieta”, lo cual era una flagrante mentira, pero tampoco tenía por qué revelarle la verdad a un asistente de dirección al que acababa de conocer hacía diez minutos, o diez horas, y que había salvado su vida de caer en el abismo desde el Preikestolen. No obstante, algún ser de bondad que flotaba entre ambos impidió que Dalia escribiera su mentira, porque la página web del traductor de su teléfono se bloqueó. No era muy buen equipo y había sido una idea de su sobrina Laura –Laurita, como la llamaban todos– comprarlo canjeando puntos y aprovechando una promoción del Día de la Madre, para que le vendieran como una oportunidad un teléfono que debía tener unos circuitos del siglo pasado y no servían para conectar con nada ni con nadie.

Laurita era un tema aparte; trabajaba como su asistente desde que Dalia se había separado de Damián. Había infinidad de cuestiones prácticas y del oficio que resolvía su exesposo, y después de la violenta separación, Dalia tuvo que rehacerse en ese sentido. Laurita acababa de regresar de un largo viaje por Latinoamérica, y Pedro temía que su hija volviera a irse de mochilera por el mundo. Quería que sentara cabeza y qué mejor que Dalia la contratara como asistente. Laurita era despierta, Laurita era alegre, Laurita adoraba a su tía desde el día en que nació. Y Dalia la contrató. Laurita tenía una gran habilidad para salir de los líos en que se metía, odiaba las drogas y quemaba el dinero tan rápido como su tía se lo ponía en la mano. Se había convertido en su confidente y en su mejor amiga, y aunque a Dalia le parecía extraño que un vínculo así pudiera existir, la realidad del cariño entre Laurita y ella le ganó al prejuicio. Había puesto todo de sí para viajar a Noruega con Dalia, pero fue Pedro quien le pidió a escondidas a su hermana que no la llevara. Se lo rogó como un encarecido favor porque no quería ver realizados sus peores temores: 1) Laurita escapaba de la filmación del comercial y se dedicaba a vagabundear por los países nórdicos sin dar señales de vida más que una vez por mes; 2) Laurita convencía a Dalia y ambas se dedicaban a vagabundear por los países nórdicos sin dar señales de vida y vaciando los ahorros de toda la vida de Dalia –o lo que había quedado de ellos después de la separación–; 3) Laurita había tenido una experiencia triste en la Extremadura española, que nunca comentó abiertamente con nadie –no con su padre, al menos– y Pedro temía que se tratara de algo muy grave, tal vez había sido víctima de un hecho violento y no se animaba a hablar de ello aún. Bajo ningún concepto Pedro quería que su hija volviera a alejarse de su lado; la sobreprotegía. Dalia aceptó las razones de su hermano.

Ante la dificultad de abrir la aplicación de Google, Dalia soltó un insulto por lo bajo y Arvid sonrió. Estaban muy cerca uno de otro, acodados en el mostrador de la conserjería, y por primera vez ella se preguntó cuál sería el origen del asistente. ¿Sería Arvid su nombre verdadero, o lo había cambiado para habitar en los países escandinavos? En Noruega había un Arvid a cada paso. Estaba lleno de Ivers y de Evens y Olafes. La edad de Arvid también la intrigaba; si era pasante en una productora cinematográfica, no debía tener ni treinta años. No cabía duda de que era bastante mayor de edad, tal vez rondaba los treinta. Dalia cruzaba los dedos deseando que tuviera más de treinta años y no menos. Arvid, de quien no sabía su apellido, juntaba en sí mismo el aplomo de una persona de cuarenta y el arrebato de una de ¿veinticinco? No, por lo menos tenía treinta y algo. En la productora no hubieran contratado a un joven pasante con tan poca experiencia laboral. Veinticinco no, definitivamente. O mejor dicho, calculó Dalia Ruiz, por favor, que por lo menos este joven atractivo de piel trigueña tenga treinta años.

Mientras Dalia se extraviaba en una larga cadena de pensamientos acerca de su acompañante, Arvid acercó sus labios al oído de ella y susurró su nombre, “Dalia”, y algunas palabras más que ella no comprendió. Una corriente eléctrica la sacudió al instante. Turbada, lo miró a los ojos. Él bajó los suyos y murmuró en el mal castellano aprendido en poco tiempo:

–Ir a cenar al puerto, los dos, tú y yo.

Dalia sonrió apretando los labios y entrelazó su brazo con el de Arvid.

–Salgamos –le dijo.

¿Nos besaremos?, pensó Dalia. ¿O pasará algo más?

Eso fue todo lo que se le cruzó por la cabeza junto a Arvid.


CAPÍTULO 16

Oslo, Noruega

No pudo esperar un minuto más en Stavanger al regreso de Dalia Ruiz. Un hormigueo le subía por los pies y la hacía ir y venir, inquieta. Le escribió una nota a la actriz comunicándole que la esperaba en el hotel Norlandia, en Oslo, así le pagaba sus honorarios como habían acordado. A Selva le gustaba el Norlandia, ubicado frente a la pista de patinaje sobre hielo y contiguo al Parlamento.

No era la primera vez que estaba en Noruega, pero había decidido hacer algo que hasta el momento había evitado por precaución emocional. No quería volver a sufrir haciendo aquello que tanto había amado desde niña, pero esta vez lo haría. Aunque fuera como cuando una mujer abandonada toca a la puerta del seductor cuando él ya tiene una nueva esposa y cuatro hijos y apenas si la recuerda. Pero ella lo recordaba, tal vez para Selva el sentido de volver a sufrir una y otra vez el mismo dolor era comprender que seguía viva y que sentía.

Selva pidió un auto en Stavanger y le mandaron uno que conducía un chofer indio que hablaba dos o tres palabras en inglés, nada de castellano, y era probable que ni siquiera lo hiciera en noruego. Selva Moré durmió todo el camino y cuando abrió los ojos, en las afueras de Oslo, tenía unos treinta y cinco mensajes de WhatsApp titilando en su teléfono. Miró con avidez, había unos cuantos de su secretaria en Barcelona, dos o tres del laboratorio en el que estaban dando los últimos toques al Selva Essence antes de salir al mercado; por supuesto, unos cuantos de Dalia Ruiz en los que le informaba que ya estaba llegando a Stavanger, que llegó a Stavanger y que no la halló en Stavanger, y finalmente una docena de mensajes de amor de Augusto, con fotografías del casamiento del hijo y la nuera. Selva contempló esas fotografías con amor y curiosidad. La gravidez de la novia, el rostro abotagado del hijo –Augusto (hijo)–, los nietos corriendo por el salón y un video de uno de ellos –Franco, Augustito o Luca, no recordaba los nombres– ronroneando: “Eres el mejor abuelo del mundo”. Una foto de un bebé apenas distinguible, diminuto, en una incubadora y abajo el mensaje:

La María en miniatura que vino de repente y nació hace un rato.

O sea que la nuera había dado a luz antes de lo previsto. Selva sonrió y se salteó los siguientes mensajes con videos: llegó al final, a los mensajes de amor y eróticos dirigidos a ella, en los cuales el abuelo era bastante más que un abuelo, y en los que le dedicaba deseos de hacerle cosas en la cama, que, si se las hacía, tal vez después tuvieran que llamar a los paramédicos.


CAPÍTULO 17

Agrigento, Sicilia, Italia

Un año atrás

La primera noche que pasaron juntos había sido un tema aparte. La que regentaba Rocío de miel no era otra que la nuera de Augusto.

Sí, debía admitirlo, después de su primera cita con Martin, el inglés que trabajaba en las islas Filipinas, Selva no tenía buenas expectativas. Esperaba encontrarse con un anciano, uno de esos hombres cargados de espalda y que ponen el peso sobre las rodillas, que no usan bastón por coquetería y a quienes les salen pelos para todos lados de la nariz y de las orejas. O un empresario –sabía que era rico sin ser multimillonario– distante y frío a quien en la comisura irritada de su boca vería el desprecio de estar frente a una mujer de sesenta años a la que le habría sentado mejor el color azul, pero que por cábala y por odio se contentaba con el castaño y el dorado.

La cita era en la trattoria Osteria Ex Panificio, Piazza Pirandello, Agrigento. A media cuadra tenían reservado un hostal, en la Via Garibaldi 61; esta vez Selva había pedido que reservaran dos habitaciones, por si cada uno prefería dormir solo. Los desvelos del deseo sin amor son peores juntos que en soledad.

Ella había llegado antes y había pedido un lemoncello. Comenzaba a aburrirse y pensó que tal vez debería haber llevado un libro. De pronto vio entrar un hombre muy alto, enfundado en un traje gris de seda, con barba cortada de tres días, cabello ralo, rostro fuerte, boca fina, nariz aguileña y ojos de color ámbar. Tamborileó dos dedos en el aire y Selva pensó que se dirigía apresuradamente al toilette. Tal vez ya estaba en esa época incontinente.

–Dame solo medio minuto y estaré contigo.

Pero no, no se metió en el toilette; no corrió al baño como un niño.

Pudo oler unas gotas de Jazz de Yves Saint Laurent, 1988; a él le gustaban los clásicos.

En el mostrador dijo unas palabras a la cajera, que elevó los brazos como si no entendiera el idioma o no entendiera el pedido. Pero después la mujer se dirigió hacia atrás y gritó algo a una persona en la trastienda. Él permaneció de pie, junto al mostrador, hasta que sonó la música, indistinguible al principio, y después una voz femenina que cantaba en italiano: Come ti vorrei.

–Iva Zanicchi –dijo él cuando se sentó junto a Selva–. Mi favorita.

–No sé qué dice la letra.

–Ah, es una lírica muy sencilla, muy particular.

–No entiendo italiano. Me parece que les entiendo todo cuando los escucho en el cine. En realidad, cuando veo las viejas películas en blanco y negro del neorrealismo italiano, ¿no? Ahí, cuando habla Marcello Mastroianni y Sophia Loren o Anna Magnani, todo, les entiendo todo. Pero después estoy aquí y les pregunto, por ejemplo, dónde queda tal o cual calle y me quedo en blanco, no… no les comprendo. Y ellos, tan solícitos siempre los italianos, me quieren acompañar para enseñarme el camino.

Él, su cita, rio con la boca abierta de buena gana.

Era atractivo cuando reía; se notaba que lo hacía en serio.

–La canción que estamos escuchando dice: “Cómo me gusta / Cómo te quiero, deseo, quiero. / Me gustaría que vinieras conmigo…”.

Selva soltó una risita complaciente.

–“Pasará, todo pasará. / Pero ¿por qué te dejé ir? / Cómo te quiero, deseo, quiero. / Me gustaría que vinieras conmigo…” –siguió traduciendo él.

–Bonita canción, pero como declaración es un poco apresurada, ¿no?

–No sé. En estos asuntos nunca se sabe cuándo es pronto y cuándo es mucho.

–Quizás, quizás, quizás… –coqueteó Selva.

–Quizás tú estés más entrenada que yo en estos temas. Este es mi primer encuentro.

–Este es mi segundo encuentro, y en el primero no me fue muy bien.

–Lo lamento.

–Gracias.

–En realidad, no lo lamento tanto. Si te hubiera ido muy bien, hoy no estarías aquí conmigo.

–Es probable, aunque tampoco se trata de encontrar el gran amor de la vida en medio de una cita casual.

–Pero podrías encontrarlo, ¿verdad? ¿Podríamos encontrarlo?

–¿Por qué no? –sonrió Selva.

–A propósito, me llamo Augusto Ricciardi.

–Tengo entendido que, por norma, no debemos revelar nuestros nombres.

–¿Quieres que me invente uno?

–No se trata de eso, sino…

–Gerardo, puedes llamarme Gerardo. Siempre me gustó ese nombre.

–Como lo prefieras, si quieres Gerardo, yo no tengo ningún problema.

–Está bien, pero me llamo Augusto. Hace mucho, mucho ya que me llamo Augusto. ¿Me dirás tu nombre o puedo elegirlo yo?

–¿Cómo me llamarías? –coqueteó Selva.

–Gina. Gina, como la Lollobrigida.

–Selva es mi nombre real –se presentó ella y pasó su mano con extremo cuidado para no derramar su vaso de lemoncello por encima de la mesita para estrechar la de él.

–Bueno, ya estamos sabiendo quiénes somos. Ahora viene lo peor: tengo sesenta y ocho años, y hace ocho que no hago el amor con una mujer.

–Qué raro.

–No, un poco de timidez y otro poco exceso de trabajo.

–Igual, tampoco es tan poco –observó Selva, muy seria.

–¿Te parece que no? Creo que no tuve suerte o no encontré a la indicada. A veces esas cosas pasan, a veces… mi madre decía que es cuestión de suerte y que cuando depende de Dios que se dé, depende de Dios y punto.

–Yo solamente hice el amor de jovencita. Después ya no pude.

–Oh, ¿una enfermedad te lo impidió o…? Perdón si soy indiscreto.

–Una enfermedad, sí. Un profesor universitario que me engañó con vileza.

–¿Tiene nombre esa enfermedad?

–Está en las historias clínicas de la policía hoy día.

–¡Una chica de temer, Selva!

–Pero las enfermedades tienen cura.

–Ojalá que sí.

–Estoy segura de que sí. Si no, no estaría acá.

–¿Podría tener mi nombre la cura de tu enfermedad?

–Quién sabe. ¿Por qué no?

–¿Pedimos pasta?

–Por supuesto, Augusto.

–Pero prométeme que en cuanto empiecen con las mandolinas nos marchamos.

–Claro, a la primera mandolina desafinada nos vamos.

–Siempre están desafinadas –sonrió Augusto.


CAPÍTULO 18

Oslo

Al entrar a la ciudad, el chofer que conducía le preguntó a Selva, en un inglés apenas comprensible, si la llevaba directo al hotel. Luego de verificar la hora, ella respondió que no. Le ordenó que llevara el equipaje –apenas una maleta– al hotel y que a ella la dejara en la puerta de la Galería Nacional de Noruega porque tenía algo urgente que hacer. El chofer le hizo repetir dos veces el sitio al que quería ir, y al fin, ya desesperado, tomó su teléfono conectado al auto y le hizo escribir allí, a Selva, el nombre del lugar. Después dejó que el GPS en hindi guiara sus movimientos.

Selva se plantó delante de la puerta de la Galería; todavía quedaba una hora antes del cierre para entrar y recorrer el museo hasta llegar al cuadro, porque ella quería ver una sola pintura, una sola obra. Conocía toda la historia del cuadro, aunque ya no recordaba al pie de la letra la historia del pintor y de la obra pictórica; había dejado de ser una estudiante de Bellas Artes mucho tiempo atrás en su juventud. Desde el día en que salió de la cárcel, Selva no había abierto un solo libro más sobre pintura y arte visual, huía de ellos como de la peste. Si le tocaba ir a una librería evitaba, como si fuera un virus altamente contagioso, el sector artístico. Si por una de esas casualidades le llegaba una invitación a una muestra de arte, ponía una excusa cualquiera, pero una excusa que fuera irrebatible. Por ejemplo: “Estoy esperando la fecha de una biopsia y la tendré recién ese día; me temo que mis nervios no estarán en ocasiones de asistir a tu muestra”. O: “Te deseo todo el éxito en la galería, justo ese día es la inauguración de una de mis tiendas en Wuhan y por razones de Estado deberé quedar confinada catorce días en China antes de volver. Iré a mi regreso”. O: “Gracias por tu invitación; iré pronto a verla”, promesa que Selva nunca cumpliría.

No podían impedirle ingresar al museo, nadie tiene escrito su pasado en la frente, como Caín traía la palabra “maldito”. Entró y se abrió paso, apartando turistas de manera rotunda, hasta encontrar el cuadro tal como deseaba verlo. Se trataba de El grito, de Edvard Munch, pintado en 1893. En primer plano, un hombre se toma la cabeza calva y expresa un grito, mientras las líneas de todos los objetos se curvan y parecen desvanecerse. Representaba el dolor, el horror, el pánico y la soledad. Selva abrió mucho los ojos, para absorberlo, y después bajó los párpados; si el salón hubiera estado en silencio hubiese podido oírse el latido dentro de su pecho, ansioso. Estaba delante del cuadro como si estuviera delante de un amigo o, tal vez, delante de un espejo.

Tenía una relación especial con esa obra, se preguntó si alguien vivía la pintura como ella la sentía. No era solo amor, era parte del cuadro. Estaba allí, gritando, pero por dentro. Era la primera vez que veía la obra “en carne y hueso”, hasta entonces solo la había visto en reproducciones en libros, cuando era estudiante. Un año antes de salir de la cárcel, Selva supo que El grito que ahora estaba contemplando había sido robado. Un muchacho había colocado una escalera en la pared exterior del museo, había roto los vidrios de la ventana y había robado el cuadro. Todo en cincuenta segundos. Un tiempo después, la policía lo atrapó y fue condenado a prisión; quince años más tarde, el ladrón de cuadros había empezado a pintar en el encierro e inauguró su primera muestra de arte. El ladrón se convirtió en artista.

¿Qué había aprendido ella en la cárcel?

¿Acaso había intentado alguna vez volver a pintar?

¿Y si no lo había intentado no quería decir que nunca tuvo la vocación? ¿Que había llegado al arte nada más que para hacerse reconocer por su padre?

Abrió el bolso y extrajo un pañuelo de papel para enjugarse las lágrimas.

Todavía hoy veía un cuadro y lloraba desconsoladamente por lo que no había podido ser.

El teléfono en su bolsillo vibró; leyó el mensaje:

Augusto: Mi amor, la preciosa de mi vida, ¿está por aquí?

Augusto le escribía lleno de afecto después de la fiesta de su hijo. Selva ahogó un sollozo; le hubiera gustado que ese hombre al que había conocido en una cita de sexo concertada en Sicilia estuviera ahora cerca, tan cerca como para abrazarlo y llorar sobre su hombro y desahogarse. Aunque no estaba segura de si lo amaba o estaba enamorada de él, confiaba en Augusto Ricciardi como en un mejor amigo, él la hacía sentirse protegida. Si no hubiese sido por el casamiento del hijo, tal vez Augusto habría viajado a Oslo y ahora estaría junto a Selva mirando también la obra de Munch. Entonces ella le hubiera revelado entre lágrimas su más grande dolor: “Augusto, mi nombre es Silvia Arroyo y yo no quería ser yo, quería ser una pintora”.


CAPÍTULO 19

Stavanger

Dalia y Arvid se dirigieron al Straen Fiskerestaurante; fiskerestaurante significaba “restaurante de pescado”. Era la especialidad del país y, por supuesto, de Stavanger. La ciudad no tenía mucho movimiento, estaba preparándose para un festival de jazz que hacían todos los años y para el torneo de voleibol, y había afiches pegados en los postes de luz, invitando a los lugareños a inscribirse. Arvid le comentó que él tocaba el clarinete, o al menos eso fue lo que ella entendió, que era un instrumento de viento y le pareció oír la palabra clarinet. Dalia lo vio mover sus dedos con una agilidad malsana, porque enseguida los imaginó encima de su cuerpo. Los pensamientos eróticos volvieron con rapidez a su mente, y nunca como hasta ese entonces comprendió con tanta nitidez cómo era tener fantasías sexuales, deseos, y no poder sacarse esos pensamientos por nada del mundo. Lo que le hubiera gustado sacarse era la ropa, ahí mismo, y frotarse contra la piel desnuda de Arvid, y un minuto después esa idea le sonaba como lanzarse en picada al abismo para vivir un rechazo del que nunca se repondría.

Ella no tocaba nada, ningún instrumento. Cuando comenzó a actuar sabía que interpretar un instrumento o saber bailar la beneficiaría. Pero no tenía oído para la música, ni la paciencia suficiente para aprender. Siendo muy pequeña, su madre la había enviado a estudiar baile flamenco y le compró unas castañuelas que fueron un tema durante toda su infancia. ¡Habían costado mucho dinero! Sin embargo, el flamenco fue un absoluto fracaso, Dalia no entraba en ritmo, cuando se volvía de pronto terminaba pateando a la bailarina de al lado, o le pisaba la cola del vestido español. Todas las niñas de seis años bailaban flamenco por el placer de ponerse un vestido rojo a lunares y largo hasta el suelo. Cuando pasaron los años, su madre solía contar que el baile flamenco fue la primera decepción que le prodigó su hija. La vida no le dio tiempo para nuevas decepciones: falleció antes de ver a su hija subida a un escenario, representando a un personaje de Federico García Lorca, la protagonista, la Novia en Bodas de sangre y canturreando un cante jondo tan desafinado que el director de la obra, para que no se notara, hacía tapar con un redoble de zapateo flamenco que hacía una vieja viuda que asistía a la escuela de teatro solamente para olvidar que era vieja y que era viuda.

Fue en esa obra en la que conoció a Damián. Nunca lo olvidaría: fue en Bodas de sangre; él interpretaba a Leonardo, el que abandona a su esposa para fugarse con la Novia. Tal vez García Lorca había querido advertirle de la capacidad de Damián para fugarse y abandonarlo todo por una pasión desconocida. Pero estuvieron los besos, ¡los besos de los dos! Fueron los besos, se enamoraron de los besos que se daban en escena, y de la absoluta indiferencia que practicaban abajo del escenario. Y sabían cómo sabían porque los habían “ensayado” muchas veces en el cine y al entrar y salir de las pizzerías a las que iban a cenar luego de ver películas. Por lo menos al principio, hasta el día en que se quemaron del todo. Don Lirio Cappeletti, un director estricto al antiguo estilo, tenía prohibido a la troupe salir entre ellos en plan de novios o de romance hasta que bajara la obra de escena. Semejante restricción le daba un marco de seriedad al asunto: no se trataba de estar haciendo teatro con un aficionado, sino con alguien que tenía experiencia en emociones y en pasar esas emociones por el cuerpo, y en pasar esas emociones por el cuerpo para generar un artificio: que es lo que se llama actuación. Tal vez si no hubiera sido por esa prohibición, Damián y ella no se hubieran enamorado, nunca habrían pasado más allá de unos encuentros fortuitos y luego el olvido.

Con Arvid entraron primero por el Gamle, el casco antiguo, todo de casas blancas de madera, más o menos conservadas como habían sido un siglo atrás. Aunque los noruegos llamaban a Stavanger “la ciudad cosmopolita”, a esa hora del atardecer la melancolía se adueñaba de ella y desaparecía el bullicio. Evidentemente era la hora en la que los senderistas arribaban a sus hoteles allí o en la ciudad contigua, Bergen, y se sumían en el silencio. Arvid pateó un pedregullo que rodó y rodó e hizo que Dalia subiera la visión de la pantorrilla a la del muslo, embutido en un jean claro, y otra vez la mordió el deseo imprimiendo imágenes eróticas. ¿Tendría Arvid fantasías sexuales con ella? Cuando una mujer fantasea tener sexo con un hombre, y su fantasía es tan fuerte y nítida que hace salivar a la portadora de ese deseo, ¿el hombre la percibe? ¿Huelen las feromonas o los estrógenos que el cuerpo femenino libera en pos de “quiero contigo ya”? ¿Las eminencias de la neurociencia descubrieron ya si el deseo es mutuo?

La luz empezó a menguar; eran las seis de la tarde y entraron al Straen con mucho apetito. Arvid señaló las ilustraciones de la carta e intentó explicarle cómo se preparaban los platos típicos. Aunque Dalia no le entendió ni una palabra, le agradeció todo el interés que él se tomaba por ella. Era un gesto de amor y Dalia así lo valoraba. Le hizo un corazón con los dedos. (Por dentro pensó: Me estoy volviendo loca. Estoy hecha una adolescente. Por fuera, no pensó). Pidieron dos cervezas Dahls y dos platos de salmón con salsa de crema de leche. Arvid le explicó al camarero que los atendía que su deliciosa acompañante se llamaba como la cerveza, Dalia. El camarero le hizo señas de que esperara un minuto, anotó una comanda de otra mesa, la llevó a la cocina, regresó y se sentó con Dalia y Arvid.

–Soy sueco –dijo en un inglés lento que a duras penas Dalia pudo comprender–. En Suecia la dalia es nuestra flor favorita. Hubo un naturalista que la vio por primera vez en 1797, o por esos años, y la clasificó. Como él se llamaba Andreas Dahl, le puso Dalia a la dalia, en honor suyo; suena un poco ególatra, pero parece que los científicos obran así. Los astrónomos también obran así: descubren una estrella o un cometa, y dicen: “Ay, qué buena onda. Ahora le voy a poner a la estrella fugaz, al cometa, al asteroide y a todo aquello que flota por el espacio, mi propio nombre”. También hay una provincia que lleva el nombre Dalia. Conclusión: los suecos amamos a las dalias.

–No estoy muy segura de cuáles son las dalias –observó Dalia, seguramente afectada por el alcohol o por el desconocimiento del idioma inglés, porque había visto dalias a rabiar durante toda su vida; la que vivió con sus padres, por lo menos. Su fiesta de quince estuvo repleta de centros de mesa de dalias, ramos de dalias, souvenirs de dalias. El padre de Dalia había llenado todo de dalias, en honor de la amada esposa, la amada madre de Dalia, que había fallecido cinco años atrás, para que viera desde el cielo tantas flores para la hijita.

–Yo también soy sueco –afirmó Arvid. Cuando el camarero partió, el muchacho le comentó a Dalia–: Tal vez tu lugar sea Suecia.

–¿Suecia?

–¿Te gusta el cine sueco?

–Sí. No. Un poco, no sé. Vi algunos filmes de Ingmar Bergman; es muy bueno, lo sé. Pero siempre acababan por deprimirme. Todos, todos sus filmes.

Arvid rio.

–¿Dije algo muy iconoclasta?

–¿Icono…? –la interrogó él. Era una palabra muy difícil, quería significar que se derribaba un ícono. Era casi imposible explicárselo a Arvid con sus pocos conocimientos del inglés–. No importa –agregó viendo sus esfuerzos denodados por entender.

Cuando terminaron de cenar, el camarero apareció con lo que aparentemente era el menú obligado de sobremesa de los viajeros. Dos shots de aquavit Linie, el tradicional licor aromatizado con eneldo, y un platito con paté de reno.

–¿Reno? –inquirió Dalia–. ¿Un reno como el que jala del trineo de Santa Claus?

–Acá es legal cazar renos. Hay muchos; de hecho, hay más renos que vacas –aclaró el camarero.

–What? –preguntó Arvid, desconcertado–. Are you allergic?

–No –respondió Dalia y pronunció–: Is this an animal who work with Santa Claus?

–Ay, Santa Claus –gimoteó el camarero entre risas–. Todos creemos en Santa Claus, ¿han pensado que es el primer transgénero que conocen? Si no lo fuera, ¿por qué se hace llamar “santa”? ¿No debería ser “santo” Claus, “san” Claus? No aprendí tanto del castellano para saber exactamente cómo se pronuncia el san de un santo, pero hay santo y hay santa. Y él es “santa”.

Todos rieron.

El aquavit Linie es una bebida amarilla a la cual los antiguos vikingos llamaban “agua de fuego” por el alto contenido de alcohol. Dalia bebió el shot de un trago y sintió cómo el líquido bajaba por su garganta como una llamarada de fuego produciéndole un ataque de tos que hizo aplaudir a todos los comensales, festejándola. Era una costumbre en el Straen aplaudir por cualquier cosa anómala: un ataque de tos, un plato que se le caía a un camarero, una novia enojada que pegaba una bofetada a su novio. Arvid escribió “aquavit” en el buscador de su teléfono. Entonces Dalia se enteró de que en latín significa “agua de la vida”; también leyó que el Linie reposaba cuatro meses en barricas que antes habían sido utilizadas para hacer jerez. Pasado ese tiempo, las barricas empezaban un largo viaje en barco en el que debían cumplir sí o sí un requisito: pasar al menos dos veces por la línea del Ecuador –de ahí el origen de su nombre,Linie–.

Dalia bebió un segundo shot, con lentitud esta vez, temiendo salir del Straen a los tumbos o viendo doble. Arvid escribió en la pantalla del traductor:

¿Crees que cruzarás otra vez el Ecuador para beber conmigo un agua de la vida?

Ella tuvo que acercar la pantalla para leer; no podía decodificar bien las letras escritas. ¿Sería presbicia, estaría necesitando lentes de lectura, o simplemente estaba embriagada?

La primera vez que había bebido fue cuando era una niña, tras una función de Don Juan el Zorro, un espectáculo de títeres que su padre dio para un grupo de diplomáticos latinoamericanos. Gracias al ministro de Cultura de entonces, que era amante de los títeres, lo habían contratado para hacer la puesta de la obra. Al terminar la función, se sirvieron unos bocadillos y una gran variedad de aguardientes de diversos orígenes –los había bolivianos, peruanos y mexicanos–. Los diplomáticos disertaban sobre política, estaban bastante apasionados sobre el asunto, y el padre de Dalia, a quien a esa altura de la vida ya no le hacía perder el sueño la derecha o la izquierda política, sino que se pudiera vivir en paz y que hubiera cada vez menos gente pobre, les sonreía. Apenas quedaban pequeños restos de la bebida en los vasos cuando Aníbal le ordenó a su hija:

–Dalia, retira los vasos y llévalos para que tu madre los lave.

La niña obedeció, sin embargo, mientras iba hacia la cocina pensó que si tanto se tambaleaba la bandeja con los vasitos, todo podría caerse al suelo y sería un bochorno. Su padre no se lo perdonaría nunca. Por eso, antes de acomodar cada uno de los vasos en la bandeja, con mucho disimulo se tomó los restos de licor que habían dejado a medio beber los diplomáticos.

A los pocos minutos ya estaba cantando la clásica canción infantil En el bosque de la China en su versión más procaz, y la madre tuvo que actuar con rapidez para evitar males mayores –que los diplomáticos la oyeran y nunca más contrataran a su esposo para dar una función de títeres–. La puso, vestida como estaba, debajo de la ducha con agua fría. Y Dalia lloró bajo el agua helada mientras seguía cantando a los gritos.

–Creo que estoy borracha –susurró en el oído de Arvid, quien seguía concentrado en el traductor del celular.

–Really?

–Yes.

Cuando levantó los ojos del teléfono, Arvid la besó.

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9789877478099
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