Kitabı oku: «El tiempo de los regalos. Entre los bosques y el agua»

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Título original: A Time of Gifts. On Foot to Constantinople: from the Hook of Holland to the Middle Danube / Between the Woods and the Water. On foot to Constantinople: from the Middle Danube to the Iron Gates

© Patrick Leigh Fermor, 1977 (A Time of Gifts)

© Patrick Leigh Fermor, 1986 (Between the Woods and the Water)

© del prólogo: Jacinto Antón, 2011

© de la traducción: Jordi Fibla Fleito, 2001 (A Time of Gifts), Inés Belaustegui Trías, 2004 (Between the Woods and the Water).

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO386

ISBN: 978-84-9006-859-5

Composición digital: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Prólogo

EL TIEMPO DE LOS REGALOS

Cita

Mapa

Carta proemial a Xan Fielding

1. Los países bajos

2. Remontando el rin

3. Por la alta alemania

4. «Winterreise»

5. El danubio: estaciones y castillos

6. El danubio: aproximación a la kaiserstadt

7. Viena

8. El borde del mundo eslavo

9. Praga bajo la nieve

10. Eslovaquia: por fin un paso adelante

11. La raya de hungría

ENTRE LOS BOSQUES Y EL AGUA

Dedicatoria

Cita

Mapa

Carta proemial a Xan Fielding

1. El paso del puente

2. Budapest

3. La gran llanura húngara

4. Las marcas de transilvania

5. Por el bosque

6. Triple fuga

7. Las tierras altas de los cárpatos

8. El confín de europa central

Apéndice. Reflexiones ante una mesa de café entre el Kazán y las Puertas de Hierro

Notas

PRÓLOGO

HÚSARES, ROSAS

Y OROPÉNDOLAS DORADAS

por

JACINTO ANTÓN

Hay viajes en los que permanecemos toda la vida. Este, el de El tiempo de los regalos y su continuación Entre los bosques y el agua, es uno de ellos. Una parte de mí no ha abandonado, ni lo hará nunca, un punto del trayecto, el puente sobre el Danubio que conduce a la ciudad de Esztergom y a su rutilante promesa de húsares de aterciopelados dolmanes, cigüeñas, cimitarras y dorado vino Tokay. El propio autor, de alguna manera, sigue también ahí, en el camino.

Pese a que hablando en sentido estricto concluyó ¡hace casi ochenta años!, el periplo juvenil de Patrick Leigh Fermor a pie desde Holanda hasta Constantinopla —como él llamaba a Estambul— nunca quedará ya del todo cerrado para nosotros sus lectores. Lo que tienen ahora en sus manos son únicamente —¡pero cuánto cabe en ese únicamente!— dos de las tres etapas de ese maravilloso trayecto de año y medio de experiencias, bellezas y aventuras, también peligros, a través de una Europa, la de principios de los años treinta desaparecida poco después en la gran catástrofe de la Segunda Guerra Mundial.

Leigh Fermor —Paddy, como dejaba que le llamaran los amigos, entre los que se contaban gentes de alcurnia, literatos, viajeros, valientes soldados, aventureros y también yo: lo único que tengo en común con la duquesa de Devonshire— no empezó a escribir su viaje hasta muchos años después de haberlo realizado. Partió en diciembre de 1933, con dieciocho años, y llegó a su meta el 1 de enero de 1935. Pero El tiempo de los regalos, el primero de los tres libros en que decidió contar el viaje, apareció en 1977, casi medio siglo tras su último paso del trayecto; el segundo, Entre los bosques y el agua, en 1986, y el tercero y conclusivo, el volumen que había de cerrar la trilogía y consumar el itinerario, no ha llegado a publicarlo.

Paddy, como sabrán, falleció el pasado 10 de junio a los noventa y seis años de edad, con los deberes por hacer. Desde hacía años aseguraba que estaba escribiendo esa tercera entrega del gran viaje. Todos los que lo conocíamos, a él y a su lenta y meticulosa, preciosa forma de escribir —había también algo de bloqueo literario, probablemente relacionado con sentimientos vinculados a esa tercera etapa—, dudábamos de que llegara a cerrar el recorrido, más aún a la vista de los achaques que iban minando inexorablemente su salud. Sin embargo, a la vez albergábamos la supersticiosa esperanza de que mientras el escritor no pusiera el punto final de su viaje el destino no tendría la indelicadeza de arrebatárnoslo. Pero así ha sido. En el momento de escribir estas líneas no está claro si lo que van a leer ahora, los dos libros que se presentan juntos, tendrá una continuación. Lo que sí parece seguro es que lo que Paddy llegó a escribir no es en absoluto, ¡ay!, un tercer libro completo…

El último recuerdo físico que tengo de Patrick Leigh Fermor es la imagen de su espalda, muy recta pese a la edad, mientras el escritor se marchaba después de comer juntos en Beccofino —con examen de latín incluido— y visitar luego una librería londinense en la que me compró como obsequio (yo le había regalado un ensayo sobre los guerreros germanos) una primera edición de Ill Met by Moonlight, el libro de su camarada el capitán Bill Stanley Moss en el que se relata la gran aventura de ambos en la Segunda Guerra Mundial: el osado secuestro del comandante de las tropas alemanas en la Creta ocupada, general Kreipe, peripecia de la que se hizo una película en la que a Paddy lo interpretaba no muy convincentemente Dick Bogarde. Me parece una bonita y adecuada estampa final de un gran escritor viajero, esa espalda, la del hombre siempre en tránsito, alejándose, ansioso de recorrer tierras nuevas y de conocer a otras gentes.

Luego hubo cartas, una correspondencia sumamente generosa por su parte, en la que me iluminó sobre diversas cuestiones que le planteaba —personajes de la resistencia griega, las heroicidades y el carácter de John Pendlebury, libros de viajes y clásicos—. Lucían siempre esas misivas los evocadores membretes de «The Mill House», la mansión de Worcesterhire donde residía en Inglaterra, o de «Kardamyli, Messenia, Grecia», la localización de su amada casa en el sur del Peloponeso, donde moran las nereidas.

Sería interminable detallar la asombrosa biografía de Patrick Leigh Fermor, un hombre arrebatadoramente romántico, guapo y gentleman. El hombre que uno hubiera querido ser, si hubiera tenido suficiente coraje para ello. Pero déjenme apuntar algunas cosas para situarles al irrepetible personaje. Nacido en Londres el 11 de febrero de 1915, era el único hijo varón de sir Lewis Leigh Fermor, un prestigioso naturalista y geólogo que trabajaba en la India, y Aileen Taaffe Ambler, mujer sobresaliente que escribía obras de teatro, tocaba el piano y quiso aprender a volar en un biplano Moth (como el del conde Almásy). Expulsado de numerosas escuelas —en una ocasión por pillarle con una chica: sí, Paddy era también un conquistador— y definido de joven como una mezcla de temeridad y sofisticación, que ya es descripción, parecía destinado a una carrera militar en Sandhurst, pero se dio a la vida bohemia y despertó en él la ambición de ser un escritor. Ante la inapelable constatación de que no tenía nada de qué escribir, decidió vivir una aventura vital que le proporcionara un tema y ni corto ni perezoso se lanzó a caminar hacia Constantinopla —lo que dio lugar a los dos libros objeto de estas líneas.

Acabado el iniciático viaje, los plateados caminos de la juventud, pasó su veinte cumpleaños en el monte Athos, participó un mes después como espontáneo en una carga de caballería contra las tropas de Venizelos y se enamoró de una princesa rumana. Con ella, Balasha Cantacuceno, ocho años mayor y divorciada, vivió una preciosa historia de amor de tres años en Moldavia sobre el telón de fondo del inicio de la incineración de Europa.

Al estallar la Segunda Guerra Mundial regresó a su país para alistarse, lo incorporaron al servicio de Inteligencia y lo destinaron como oficial de enlace con el ejército griego por su conocimiento de la zona y el idioma. Tras diversas aventuras, fue reclutado por el Special Operations Executive (SOE) —los especialistas en operaciones especiales británicos— y protagonizó arriesgadas misiones (aparte de farras inenarrables en El Cairo). La que más, de las misiones, la organización de la resistencia cretense contra la ocupación nazi, tarea a la que se entregó con el celo, el sentido épico y poético, el amor a lo heleno y la extravagancia de un Lord Byron. Fue entonces cuando secuestró en un alarde de valor al general Kreipe. Es característico de su humor que señalara al recordar el episodio que para los cretenses, acostumbrados a secuestrar novias, secuestrar a un general alemán les parecía el colmo de la diversión…

Tras la guerra, Paddy, un hombre cuyo genio para las lenguas, los conocimientos humanísticos y la escritura eran directamente proporcionales a su total y confesa ineptitud para las matemáticas, se colocó en el Instituto Británico de Atenas y conoció a la que se convertiría en su mujer, Joan Rayner, la hija del vizconde Monsell, un primer lord del Almirantazgo. En 1949 la pareja, a la que toda la alta sociedad se rifaba por su prestancia y simpatía (por no hablar de las historias que explicaba él, héroe de guerra), viajó a las Antillas y allí Leigh Fermor cobró el material para su primer libro, The Traveller’s Tree (1950). La buena aceptación le confirmó en su viejo deseo de ser escritor. Con su mujer viajaron largamente por Grecia y de ahí nacieron sus dos libros Mani y Roumeli. En 1963, la pareja se instaló en Kardamyli y Paddy consideró llegado el momento de escribir aquel viaje de muchacho por Europa en los años treinta.

Mucho de lo que les he explicado sobre su vida, como el secuestro de Kreipe o el episodio romántico con la Cantacuceno, lo cuenta el propio Leigh Fermor en El tiempo de los regalos —lo primero— y Entre los bosques y el agua —lo segundo—, como disgresiones (los libros están llenos de ellas, siempre fascinantes) del relato estricto del viaje. La perspectiva del autor da para eso y mucho más. Y es que, al cabo, quien narra la aventura es un hombre adulto y experimentado, veterano de guerra, culto y vivido, en gran medida sabio. Es precisamente la combinación de los dos puntos de vista sin que pierda fuerza ninguno de ellos, el del adulto y el del adolescente, lo que reviste a los dos libros de su inigualable tono, tan conmovedoramente nostálgico y evocador. En ese sentido, recuerdan al Huckleberry Finn de Mark Twain o El vino del estío de Ray Bradbury.

Hay mucho de inocencia en ese viaje transeuropeo de Paddy, inocencia de la juventud reflejada desde la madurez e iluminada y cimentada por la reflexión y el conocimiento. La melancolía que impregna las páginas es no solo la del hombre que describe el momento señero de su juventud —siempre con el artificio ¡que asumimos plenamente los lectores! de que es el chico el que habla—, sino la de un mundo que se encuentra al borde del abismo y pronto (de hecho ya cuando se escriben las páginas) habrá de desaparecer en la mayor orgía de violencia de la historia.

Ese sentido crepuscular del viaje se mezcla con la contagiosa vitalidad y curiosidad del joven Leigh Fermor precipitado, como la Dorothy de El mago de Oz, en su quest de algo que narrar, sorprendido por la novedad que descubre en cada rincón de la vieja Europa, conmocionado por las revelaciones culturales y estéticas que recibe en cada etapa, deslumbrado por la arquitectura, entusiasmado con la historia, obsesionado con el lenguaje, fascinado con las gentes y sus costumbres. Durante el viaje, Europa cambia, el joven Paddy cambia, y cambiamos nosotros. Tan irremediablemente como se pasa de la adolescencia a la madurez. Quizá por eso Leigh Fermor no podía acabar el relato de su viaje, para conservar abierta —y lo hizo hasta la muerte— la conexión con su perdida juventud.

En fin, embárquense con Paddy, cargado de sueños de caballero errante, wandervögel, peregrino o estudiante medieval tipo Paseo por el amor y la muerte, en esta bellísima jornada a través una Europa perdida. Compartan su vagabundeo extasiado de ciudad en ciudad, pueblo en pueblo, monumento en monumento, frontera en frontera. Duerman con él en posadas, pajares, campamentos cíngaros, schlosses, kastelys y palacios —el chico llevaba recomendaciones para amigos aristócratas de sus padres y aquellos, a la vista de tan extraordinario muchacho, hambriento de conocimientos e historias, se lo iban enviando unos a otros, barones a condes (¡los Trautmannsdorffs de Pottenbrunn!, ¡los Esterházy!) en un jalonamiento de simpático asombro—. Observen las esvásticas flameando con su promesa de vileza en todas las ciudades de Alemania —tan hospitalaria, sin embargo, con el joven e inofensivo trotamundos, der englische Globetrotter (¡que luego les secuestrará un general!)—; los oropeles de los viejos terratenientes húngaros, tocados con plumas de garceta, águila y grulla y que dejan sus cimitarras en el asiento del Bugatti; los caftanes negros de los rabinos rumanos, las oropéndolas doradas, los abejarucos y abubillas y el vino color ámbar de Transilvania, sus rosas. Visiten el campo de batalla de Mohács, el bastión de Hunyadi, el castillo de Vlad Dracul; troten sobre el rocío y la hierba nueva a lomos de un buen caballo por la puszta, espantando a las alondras; achíspense con el alcohol y los instrumentos de cuerda de los cíngaros. Un mundo pleno de leyendas —¡ay del que beba agua de lluvia en la huella de un oso!— y hermosura —¡los húsares de Honvéd!

Allá vamos, envueltos en un viejo abrigo militar, calzados con botas de clavos, cargando un saco de dormir y una mochila en la que reposan una baqueteada edición del Oxford Book of English Verse y el volumen I del Horacio de Loeb —con una anotación materna en la solapa, un verso de Petronio: «Deja tu hogar, oh joven, y busca costas extranjeras»—. Adelante, pues no ha pasado el tiempo de los regalos, los chicos no han crecido, la nieve no se ha fundido —ni siquiera allá arriba en el Soracte— y los amigos no han muerto, ni morirán nunca mientras dure su recuerdo en nosotros.

Barcelona, 27 de junio de 2011

EL TIEMPO DE LOS REGALOS

Linque tuas sedes alienaque litora quaere,

o juvenis: major rerum tibi nascitur ordo.

Ne succumbe malis: te noverit ultimus Hister,

te Boreas gelidus securaque regna Canopi,

quique renascentem Phoebum cernuntque cadentem

major in externas fit qui descendit harenas.

TITO PETRONIO ARBITER

I struck the board and cry’d: «No more;

I will abroad».

What, shall I ever sigh and pine?

My life and lines are free; free as the road,

Loose as the wind.

GEORGE HERBERT

For now the time of gifts is gone—

O boys that grow, O snows that melt,

O bathos that the years must fill—

Here is dull earth to build upon

Undecorated; we have reached

Twelfth Night or what you will... you will.

LOUIS MACNEICE

Abandona tu hogar, y busca costas extranjeras, oh joven: para ti nacerá un estado más grande de las cosas. No cedas al infortunio: el lejano Danubio te conocerá, el frío viento boreal y los tranquilos reinos de Canopo y quien contempla el renacer de Febo y su ocaso haga que, más grande, descienda en arenas extrañas.

TITO PETRONIO ARBITER

Golpeé la mesa y grité: «Basta, / me iré al extranjero». /¿Es que siempre voy a suspirar y languidecer? / Libres son mi vida y mis versos, libres como el camino, / desatados como el viento.

GEORGE HERBERT

Ya ha pasado el tiempo de los regalos... / oh, muchachos que crecen, oh, nieve que se funde, / oh, desengaño que taparán los años... / He aquí la insulsa tierra sobre la que edificar. / Sin adornos; hemos llegado / a la Noche de Reyes o lo que queráis... lo que queráis.

LOUIS MANEICE[1]


CARTA PROEMIAL A XAN FIELDING

Querido Xan:

Puesto que acabo de componer el relato de estos viajes, la época de la que me he ocupado está muy fresca en mi memoria, y los acontecimientos posteriores parecen incluso más recientes. Por ello me resulta difícil creer que han pasado más de tres décadas desde que nos conocimos en Creta, aquel año de 1942, ambos enturbantados, con botas y faja negras, dagas de plata y marfil, blancos mantos de pelo de cabra y cubiertos de mugre. Muchas reuniones y aventuras siguieron a nuestro primer encuentro en las laderas del monte Kedros y, por suerte, la clase de guerra irregular que librábamos nos concedía largos períodos de inactividad en las montañas que nos cobijaban. Casi siempre a alturas propicias para la nidificación de las águilas, con ramas o constelaciones por encima de nuestras cabezas o, en invierno, con estalactitas goteantes, yacíamos entre las rocas y hablábamos de nuestras vidas antes de la guerra.

Ciertamente, la indiferencia a la sordidez de las cuevas y la celeridad cuando se aproximaba el peligro podrían haber parecido las cualidades más idóneas para vivir en la Creta ocupada, pero una circunstancia inesperada, tratándose de una guerra moderna, fue lo que realmente nos llevó a los roquedales calizos: nuestra obsoleta elección de la lengua griega en la escuela secundaria. Con una perspicacia en otro tiempo considerada excepcional, el ejército comprendió que la lengua antigua, por muy imperfecto que fuese su dominio, era un atajo para aprender la moderna, y de ahí que aparecieran de súbito no pocas figuras extrañas entre los peñascos escarpados tanto en el continente como en las islas. Y digo extrañas porque el griego, desde mucho tiempo atrás, había dejado de ser obligatorio en los centros docentes donde todavía se enseñaba: no era más que la ilusionada elección, sospecho que estimulada inconscientemente por haber escuchado en la infancia la lectura de Los héroes de Kingsley, de una minoría perversa y excéntrica, cuyos tempranos anhelos imprimieron un sello vago pero simpático a todos aquellos improvisados habitantes de las cavernas.

Resultó que nuestros respectivos estudios no habían seguido su curso normal: los tuyos quedaron bruscamente interrumpidos por un percance familiar, los míos porque me expulsaron de la escuela, y ambos tuvimos que arreglárnoslas solos a una edad más temprana que la mayoría de nuestros coetáneos. Esas primeras peregrinaciones, sin blanca, útiles para no criar moho, desaprobadas por nuestras familias y tan agradables, habían seguido unos cauces muy similares, y mientras reconstruíamos nuestras vidas de preguerra para entretenimiento mutuo, pronto convinimos en que los desastres que nos habían puesto en camino no fueron en absoluto tales desastres, sino más bien fantásticos golpes de buena suerte.

Esta obra es un intento de completar y poner en orden, con tanto detalle como sea capaz de rememorar, el más temprano de aquellos viajes contados de manera inconexa. El relato, que debería finalizar en Constantinopla, se ha alargado más de lo que había esperado. Lo he dividido en dos partes, y este primer volumen se interrumpe en medio de un puente, importante pero arbitrario, que se extiende sobre el curso medio del Danubio. El resto seguirá... Había pensado dedicártelo desde el principio, y así lo hago ahora con placer y algo de esa formalidad del torero que lanza su montera a un amigo antes de la corrida. ¿Puedo aprovechar la oportunidad y convertir esta carta en una especie de introducción? En cuanto comience el relato, me propongo entrar en materia sin entretenerme mucho en dar explicaciones, pero creo que es necesario presentar un breve esbozo de las motivaciones de estos viajes.

Debemos retroceder un poco.

En el segundo año de la Primera Guerra Mundial, meses después de que yo naciera, mi madre y mi hermana viajaron a la India (donde mi padre era funcionario del gobierno), y me dejaron en casa, a fin de que uno de nosotros sobreviviera si un submarino enemigo hundía el barco. Alguien me llevaría allá cuando los océanos fuesen más seguros y, de no ser así, permanecería en Inglaterra hasta el final rápido y victorioso de la guerra. Pero el conflicto se prolongaba y los barcos eran escasos. Transcurrieron cuatro años, y durante ese intervalo, en una situación provisional que se alargaría forzosamente, estuve al cuidado de una familia muy amable y sencilla. Este período de separación fue todo lo contrario de la penosa experiencia que describe Kipling en «La oveja negra». Me permitían hacer cuanto me venía en gana. Nunca me veía ante el dilema de desobedecer las órdenes o no, puesto que no me daban ninguna, y tampoco me dirigían jamás una palabra severa ni acompañaban una advertencia con un cachete. Esta nueva familia, y un entorno con granero, almiares y cardenchas, lleno de matorrales, lomas onduladas y tierras aradas, fueron las primeras cosas en las que recuerdo haberme fijado, y pasé esos años importantes, de los que se dice que son tan formativos, más o menos como el hijo pequeño asilvestrado de un agricultor. El poso que han dejado en mi memoria es de una felicidad pura y completa. Pero cuando mi madre y mi hermana por fin regresaron, eché a correr por los campos y repelí su avance con el áspero acento de Northamptonshire. Ellas se percataron de que tenían a un pequeño salvaje entre las manos, y no precisamente amistoso; la alegría del encuentro quedó aguada por la consternación. Sin embargo, lo cierto era que en secreto me sentía atraído por aquellas hermosas desconocidas que se hallaban desmedidamente más allá de cuanto yo era capaz de conjeturar. Me fascinaban los zapatos de piel de cocodrilo que calzaba una y el vestido marinero de la otra, cuatro años mayor que yo: la falda plisada, las tres franjas blancas en el cuello azul, el pañuelo de seda negra, que tenía estampados un cabo y un silbato en blanco, y el gorro con una cinta y las letras doradas, para mí todavía indescifrables, H. M. S. Victory. Entre las dos, un pequinés negro, cuyas patas parecían polainas cortas, caminaba con tropiezos y daba saltos por la alta hierba, sacando la lengua como un lunático.

Parece ser que aquellos años tan espléndidamente anárquicos acabaron por completo con mi tolerancia a cualquier clase de sujeción, por mínima que fuese. Mi madre, haciendo gala de tacto, encanto y habilidad, apoyada por mi repentina traición, por Londres, Peter Pan, Donde termina el arco iris y Chu Chin Chow, logró un cambio completo de mis inclinaciones, así como domarme, más o menos, para la vida familiar. Pero mis tempranas experiencias escolares, primero en el jardín de infancia, luego en la escuela de mi hermana, que también aceptaba alumnos varones, y finalmente en una horrible escuela preparatoria cerca de Maidenhead, a la que habían puesto el nombre de un santo celta, acabaron todas ellas en una catástrofe similar. Parecía un muchacho inofensivo, era más presentable que antes y mis modales tenían una desenvoltura placentera, todo lo cual me valía al principio unas opiniones sobre mí excelentes. Pero en cuanto empezaban a revelarse las influencias anteriores, aquellas efímeras virtudes debían de parecer un cruel barniz de Fauntleroy, adoptado con cinismo para enmascarar al desalmado personaje de Charles Addams que acechaba debajo. Coloreaban con una tonalidad todavía más oscura la suma de fechorías que pronto empezaron a acumularse. Hoy en día, cuando tengo un atisbo de algún niño parecido al que fui, experimento un sentimiento de afinidad y de pavor.

Primero causaba aturdimiento y luego desesperación. Hacia los diez años, mi fracaso escolar era muy preocupante, y me llevaron a dos psiquiatras. He leído emocionado, en una biografía reciente, que el primero y más simpático había atendido a Virginia Woolf, y por un momento pensé que tal vez había visto a la autora delante de mí, en la sala de espera. Por desgracia, esas visitas tuvieron lugar antes de que yo naciera. El segundo, de aspecto más severo, recomendó que me matricularan en una escuela mixta y muy avanzada para niños difíciles, cerca de Bury Saint Edmunds.

Salsham Hall, en Salsham-le-Sallows, era una casa solariega inclasificable pero cautivadora, rodeada de bosque y con un lago de aguas a menudo encrespadas en las cercanías de Suffolk, donde ancho era el cielo y abundantes los campanarios. El director era un hombre de cabello gris y mirada huraña a quien llamaban Comandante Veraz, y cuando divisé dos barbas (muy infrecuentes en aquel entonces) entre el personal variopinto y de aspecto excéntrico, los pesados brazaletes, el ámbar, las borlas y el tejido de confección casera, y conocí a mis condiscípulos, unos treinta chicos y chicas desde los cuatro años de edad hasta casi los veinte, todos con chaquetas marrones y sandalias: a los músicos, casi geniales, pero que sufrían ataques esporádicos; al sobrino del millonario que, armado de un palo, perseguía los automóviles por las carreteras rurales; a la hija del almirante, guapa y un tanto cleptómana; al hijo del persevante, que sufría pesadillas y tenía una pasión heredada y contagiosa por la heráldica; a los atrasados, a los sonámbulos, a los mitómanos (me refiero a quienes tienen una capacidad inventiva más pronunciada que los demás, lo cual era totalmente inocuo, puesto que nadie nos creía) y, por último, a los pilluelos como yo que tan solo eran muy traviesos... Sabía que aquello iba a gustarme. Al principio la euritmia en adoración de la naturaleza que se realizaba en un granero y los bailes rurales en los que el comandante dirigía tanto al personal como a los niños eran un poco desconcertantes, porque todo el mundo iba desnudo. Ágil y seriamente, con el ritmo marcado por un piano y un fonógrafo, ejecutábamos velozmente las figuras de «recolectar guisantes», la «ronda de Sellinger», la «recogida de palos» y el «viejo topo».

Mediaba el verano. Cerca de nosotros había jardines vallados, con grosellas silvestres gigantes, rojas y doradas; y las redes que cubrían los arbustos cuajados de grosellas engañaban a los estorninos, pero no a nosotros. Más allá, en las pendientes, árboles y agua descendían en tenues y atractivas perspectivas. Comprendí en seguida lo que significa el paisaje, la vida bajo el árbol del bosque frondoso. Elegir a una mujer corpulenta y una banda, hacer que las chicas tejan metros de tela verde oliva en los telares terapéuticos, y entonces confeccionar rudas capuchas con cuellos almenados, tallar arcos y colocarles las cuerdas, recoger tallos de frambueso para utilizarlos como flechas y echarse al bosque fue cuestión de días. Nadie nos detuvo: Fais ce que voudras era toda su ley. En cuanto las escuelas inglesas se apartan de la senda convencional, se convierten en oasis de novedad y diversión, y quedarse en ellas resulta tentador. Pero cierta incorrección vagamente adivinada entre los miembros del personal y los chicos mayores o tanto en unos como en otros (cosas de las que sabíamos poco en nuestras guaridas del bosque) ocasionaron la disolución del centro, y pronto me vi de regreso, para tener «una segunda oportunidad», un exiliado del bosque entre los cinturones de piel de serpiente y el jarabe de palo de la horrible escuela preparatoria. Pero, como era predecible tras haber disfrutado de aquella embriagadora libertad, no fue por mucho tiempo.

Mi madre tenía que hacer frente a esos trastornos. Yo me presentaba a mediados de curso: una vez, en nuestra casa de campo en Dodford, una aldea de casas con tejado de paja, al pie de un empinado monte cuajado de digitales y muy visitado por los zorros, con un arroyo a modo de única calle, donde ella se dedicaba simultáneamente a escribir obras teatrales y aprender a pilotar un biplano Moth en un aeródromo situado a sesenta kilómetros de distancia; en otra ocasión en los estudios de Primrose Hill, cerca de Regent’s Park, desde donde se oían de noche los rugidos de los leones del zoo. Allí ella había persuadido a Arthur Rackham, un vecino de aquel claustro, para que pintara unas escenas asombrosas (nidos de ave capaces de navegar impulsados por un viento tormentoso, transacciones entre trasgos bajo raíces sobresalientes y ratones que usaban bellotas como recipientes para beber) en la superficie interior de una puerta. Y más de una vez me presenté en el número 213 de Piccadilly, adonde nos mudamos más adelante. Una escalera muy empinada llevaba a un piso que parecía una maravillosa cueva de Aladino, desde cuyas ventanas se veían largas líneas de farolas callejeras y los letreros acrobáticos de la plaza en lo alto de los edificios. Aguardaba a que abrieran la puerta, intimidado en el felpudo de la entrada, con un profesor a mi lado que tenía una deprimente historia que contar. Aunque enfadada, mi madre estaba dotada de una imaginación y un humor desbordantes como para abandonarse durante demasiado tiempo al abatimiento. Sin embargo, esos contratiempos me llenaban durante cierto tiempo de una desesperación suicida.

Pero este desastre en particular coincidió casualmente con una de las infrecuentes vacaciones que, como director de la Geological Survey of India, concedían a mi padre. Por entonces mis padres se habían separado, y puesto que esos permisos solo llegaban cada tres años, apenas nos conocíamos. De repente, como si hubieran agitado una varita mágica, me encontré a gran altura por encima del lago Mayor y luego del Como, tratando de ir a su paso, aunque daba unas zancadas gigantescas, por las montañas cubiertas de genciana. Mi padre era todo un naturalista, y podía enorgullecerse con razón de ser miembro de la Royal Society. Incluso había descubierto en la India un mineral al que pusieron su nombre, un gusano con ocho cerdas en el lomo y, ¡quebradizo hallazgo!, una formación peculiar de copo de nieve. (Mucho más adelante, cuando los copos blancos remolineaban en los Alpes, los Andes o el Himalaya, me preguntaba si alguno de ellos era el suyo.) Era muy alto y delgado, vestía chaqueta de Norfolk de color sal y pimienta y pantalones bombachos, e iba por el monte cargado de cachivaches. Yo llevaba sus gemelos de campaña y su red cazamariposas, y retenía el aliento mientras él golpeaba con un martillito el cuarzo y la hornablenda en las laderas de monte Rosa, y abría una lente de bolsillo para inspeccionar los fósiles e insectos en el monte della Croce. En tales momentos su voz era al mismo tiempo cavernosa y entusiasta. Plantaba con sumo cuidado, en una caja de lata forrada de musgo, flores silvestres para su clasificación posterior, y a veces hacía un alto para trazar un boceto, las acuarelas en equilibrio sobre una roca. Yo reflexionaba en el cambio radical, desde los elefantes y la jungla llena de monos y tigres que imaginaba, no del todo erróneamente, como su medio habitual de transporte y su residencia. En tierra llana, recorrí con él la mitad de las pinacotecas del norte de Italia.

Siguieron tres años apacibles. Gilbert y Phyllis Scott-Malden, con tres hijos y media docena de chicos a los que preparaban para el examen de ingreso, vivían en Surrey, en una amplia casa con un jardín enmarañado. (No puedo pensar en ellos, como tampoco en Josephine Wilkinson, la hermana de la señora Scott-Malden, quien más adelante, y por separado, ejerció sobre mí una profunda influencia, sin la mayor gratitud y afecto.) Gilbert era un excelente estudioso de los clásicos, un maestro versátil, amable y paciente, y ella revestía el firme armazón de su marido con un gran amor a la literatura, la poesía y la pintura. Yo seguía siendo un fastidio, aunque ahora de manera intermitente, pero empecé a llevar una existencia más sosegada y me entregué con entusiasmo a las asignaturas que me interesaban, es decir, todas, con excepción de las matemáticas, para las que mi ineptitud parecía rayana en la imbecilidad. Componíamos obras teatrales, representábamos escenas de Shakespeare, nos tendíamos en la hierba, bajo una encina, con un plato de ciruelas, y escuchábamos al señor Scott-Malden que nos leía la traducción que Gilbert Murray había hecho de Las ranas. Pasaba al original para darnos explicaciones y resaltar los pasajes cómicos y las onomatopeyas. Habíamos construido una choza en un enorme nogal, con escalas de cuerda que llegaban a medio camino, mientras que el resto era preciso recorrerlo mano sobre mano, y me permitieron dormir en aquel lugar durante el último verano que pasé allí. A pesar de las matemáticas, logré aprobar el examen de ingreso y aguardé la vida que me esperaba en la escuela privada con una confianza infundada.

Las abundantes lecturas sobre la Alta y la Baja Edad Media habían coloreado vivamente mi visión del pasado, y la King’s School de Canterbury despertó en mí unas emociones muy opuestas a las de Somerset Maugham en el mismo entorno, más próximas a las de Walter Pater setenta años atrás, y me gustaba pensar que probablemente idénticas a las de Christopher Marlowe todavía antes. No podía olvidar que la escuela se fundó a comienzos del cristianismo anglosajón, es decir, antes de que finalizara el siglo VI: las astillas de las imágenes de Thor y Woden apenas habían dejado de arder en los bosques de Kent, y vistas desde ese ángulo las partes más antiguas de los edificios eran modernas, pues solo databan de unas pocas décadas después del desembarco normando. Sumirse en esa antigüedad producía la embriagadora sensación que se experimenta en un sótano penumbroso y con telarañas, una atmósfera noble y oscura que convertía a las sedes del aprendizaje, fundadas ochocientos o mil años después, en una especie de hongos llamativos, y parecía dotar a esos recintos más venerables, así como a las grandes extensiones de césped más allá de ellos, a los olmos enormes, el «portal oscuro», a los arcos en ruinas y a los claustros (y, ya que estaba en ello, a los pináculos resonantes y llenos de cornejas de la misma catedral angevina, al fantasma de santo Tomás Becket y a los huesos del Príncipe Negro) de un aura de mito casi prehistórico.

Aunque a la postre resultó un amor unilateral, durante cierto tiempo las cosas fueron bien. Me gustaba casi todo el mundo, del director y el profesor encargado de mi clase abajo, y progresé de una manera errática en el estudio de las lenguas vivas y muertas, de la historia y la geografía; todo, una vez más, excepto las matemáticas. Mi mente divagaba mientras me entregaba a los deportes. El boxeo me encantaba y lo practicaba con destreza, y en verano, tras haber preferido el remo al críquet, me tendía apaciblemente al lado del Stour, río arriba y lejos del ruido de los remos y las exhortaciones, leía Lily Christine y la obra de Gibbon y chismorreaba con soñadores afines bajo las ramas de los sauces. Segregaba versos como si fuesen ectoplasma, de imitación y malos, pero de todos modos publicados en las revistas escolares. Escribía y leía intensamente, cantaba, intervenía en debates, dibujaba y pintaba. Coseché pequeños éxitos como actor, director teatral y diseñador de decorados, y trabé amistad con muchachos dotados y emprendedores. Uno de ellos, un año mayor que yo, era Alan Watts, brillante estudioso de la cultura clásica, uno de cuyos aspectos más notables fue que escribió y publicó un importante libro sobre el budismo zen años antes de que la secta se pusiera de moda, y cuando todavía estudiaba en la escuela. (En su autobiografía In My Own Way, publicada poco antes de su muerte prematura, hace pocos años, se refiere con cierta extensión a mis problemas escolares, y en especial a su brusco fin, con el afectuoso espíritu de un defensor; y si en uno o dos lugares revela que no acaba de comprenderme, no es por su culpa.)

¿Qué fue lo que salió mal? Creo que ahora lo sé. El intento libresco de forzar la vida para que tuviera un mayor parecido con la literatura fue instigado, irremediablemente, por la resaca de la anarquía anterior: transformar las ideas con la mayor rapidez posible en acciones me impedía por completo pensar en el castigo o el peligro, y puesto que mi actividad e inquietud eran desmesuradas, el caos era la consecuencia inevitable. Esta situación me desorientaba y dejaba perplejos a los demás. «¡Estás loco!», exclamaban prefectos y monitores, mirándome ceñudos y furibundos, a medida que salían a la luz nuevas fechorías. Los frecuentes confinamientos en el centro docente se sumaban a las ingentes cantidades de hexámetros latinos cuya copia me imponían como castigo, y conflictos menores llenaban las lagunas entre las riñas más serias: distracción, olvido y confusión acerca del lugar donde debería estar, y pérdidas constantes: «olvido de los libros de texto bajo los arcos» eran una causa recurrente. Hubo algunas peleas muy violentas, y un comportamiento errático que fue interpretado, tal vez acertadamente, como tendencia a alardear. A esto solían denominarlo «cualquier cosa para hacer reír» e, incluso cuando lo lograba, decían que «intentaba ser divertido». ¡Siempre aguaban mis logros rebajándolos a la categoría de simple intento! Los monitores, ediles y lictores que portaban las fasces, guardianes de un código inflexible, me censuraban a menudo. Toda infracción era objeto de rápidas y flexibles sanciones que llegaban silbando a la altura del hombro, a través de gabinetes con las paredes forradas de madera, y golpeaban con una fuerza considerable. Pero, por muy espectaculares que fuesen los resultados, dejaban la psique indemne, y a pesar de que eran desagradables y, en este caso, de una frecuencia que superaba todos los récords, no parecían surtir efecto desde los puntos de vista clínico y moral. Si la víctima se muestra en esas reuniones premeditadamente imperturbable, empieza a rodearle una fama oscura y malsana, y al final se convierte en un fastidio insoportable. Todo iba mal, y el penúltimo informe del profesor encargado de mi clase, durante el tercer curso, tenía un tono amenazante. Decía que había hecho «... algunos intentos de mejora, pero sobre todo para evitar que le descubran. Es una mezcla peligrosa de sofisticación y temeridad que le hace a uno temer por su influencia sobre los demás muchachos».

Las circunstancias evitaron la catástrofe durante unos meses. Como creían que me había lesionado cuando esquiaba en la Oberland de Berna, poco antes de que cumpliera los dieciséis años, me eximieron temporalmente de los deportes, y así, cuando todos salían en tropel con las pelotas oblongas bajo el brazo, yo podía recorrer Kent en bicicleta, visitar las iglesias normandas en Patrixbourne o Barfrestone y explorar los lugares más remotos de Canterbury. Este regalo inesperado de ocio y libertad no tardó en coincidir con una época en que todas las buenas impresiones se desmoronaron a causa de una última serie de infracciones. Una persona más profética habría visto que la paciencia en las alturas por fin se había terminado y que cualquier otro problema sería acogido como la liberación pendiente desde hacía largo tiempo.

Las relaciones amorosas entre alumnos surgen y prosperan en los centros docentes, pero cierta exótica chiripa psicológica dirigió mi mirada más allá de los muros escolares y, una vez más, fuera de los límites permisibles. Era esa época en la que uno se enamora locamente y a menudo, y mis nociones estéticas, formadas en su totalidad por los cuentos de hadas ilustrados de Andrew Lang, se habían decantado años atrás por las muchachas prerrafaelitas, de cuello longilíneo y grandes ojos que aparecen en las ilustraciones de Henry Ford, toda una gama permutable de hijas de reyes, patinadoras en hielo, cuidadoras de gansos y espíritus fluviales, y mis últimos vagabundeos me habían llevado, al final de una cueva verde y bienoliente, penumbrosa y adornada con flores, frutas multicolores y verduras (es decir, la frutería de su padre en la que ella trabajaba), al encuentro con uno de tales seres. El efecto fue instantáneo. Tenía veinticuatro años, era una belleza arrebatadora e inspiradora de sonetos, y todavía puedo verla y oír ese acento tierno y profundo de Kent. Mi súbita e incongruente adoración podría haber sido un incordio para ella, pero era demasiado generosa para mostrarlo, y tal vez le desconcertaban los versos que recibía sin cesar. Yo sabía que semejante asociación en la ciudad, por inocente que fuese, atentaba contra una serie de tabúes demasiado bien arraigados y comprendidos para que hubiera necesidad de cualquier veto explícito. No obstante, cada vez que tenía ocasión de salir, me dirigía a la tienda que estaba más allá del mercado de ganado, pero el uniforme negro que llevábamos, aquel rígido cuello doblado y el ancho y moteado sombrero de paja con las cintas azul y blanca era tan patente como esas anchas puntas de flecha indicadoras de que algo es propiedad del gobierno británico. Seguían discretamente mis pasos, conocían mis estratagemas, y al cabo de una semana me sorprendieron con las manos en la masa: tomando la mano de Nellie, que es lo más lejos que llegó jamás ese galanteo. Estábamos sentados en la trastienda, sobre cestos de manzanas puestos del revés... y mi época escolar había terminado.

El capitán Grimes estaba en lo cierto. Unos meses después de que sufriera ese revés escolar, la idea de seguir una carrera militar, que desde hacía algún tiempo flotaba nebulosamente en la atmósfera, empezó a tomar cuerpo, y la perspectiva de ingresar en Sandhurst apareció como un obstáculo lejano que debería vencer. Pero ¿qué decir de mi expulsión? Cuando recurrieron a él, el encargado de la subdivisión escolar a la que había pertenecido mi clase, un hombre extraño y brillante, redactó y envió la necesaria carta de recomendación, y, como la del capitán, fue una carta excelente. (No me guardaba rencor. Las autoridades del centro no solo se habían sentido aliviadas por mi marcha, sino también decepcionadas. Pero les estaba agradecido porque habían basado mi expulsión en motivos más confesables que la acusación de que era un estorbo intolerable. El auténtico pretexto se podía amañar de manera que pareciese fogoso y romántico.)

Aún no me había presentado al examen para obtener el certificado escolar, el cual, debido a las matemáticas, con toda seguridad habría suspendido, y como era indispensable para los aspirantes a cadete, no tardé en hallarme en Londres, a los diecisiete años, estudiando apresuradamente para someterme a un examen de convalidación que me facilitaría el llamado «certificado de Londres». Pasé la mayor parte de los dos años siguientes en Lancaster Gate y luego en Ladbroke Grove, con habitaciones propias desde las que veía las copas de los árboles, bajo la égida tolerante y amistosa de Denys Prideaux, quien me enseñaba matemáticas, francés, inglés y geografía. Lawrence Goodman, por su parte (un hombre nada convencional, un poeta que me llevaba a ver todas las obras de Shakespeare que se representaban), me daba clases de latín, griego, inglés e historia, a menudo en sillas extensibles en los jardines de Kensington. Durante el primer año llevé una vida bastante juiciosa, hice varios amigos, me invitaron a estancias en el campo, me dediqué a actividades rurales y leí más libros que nunca en un período de tiempo similar. Aprobé el examen para el certificado de Londres, con unas notas respetables en la mayor parte de las asignaturas y ni siquiera de una manera vergonzante en las que eran temibles para mí.

Pero aún tenía por delante un largo interregno.

Uno de los primeros capítulos de este libro se ocupa con cierta extensión de los cambios que empezaron a producirse en mi vida: cómo pasé de la compañía bastante predecible de los camaradas que aspiraban a ser cadetes a unos círculos cuyos miembros eran de más edad y, al mismo tiempo, más mundanos, más bohemios y disolutos, más o menos el resto del grupo llamado «Jóvenes Alegres», pero diez años y veinte mil whiskies dobles después de su mejor época, y a quienes su régimen de vida parecía darles muy buen aspecto. Ese mundo nuevo y cautivador parecía brillante y bastante perverso. Yo era el más joven, y gozaba de ello, sobre todo durante los disipados vagabundeos nocturnos que tenían lugar a diario. («¿Qué es lo que trama ese muchacho tan bullicioso? No hay razón para que no le llevemos».) Había llegado a una etapa en la que los cambios son muy rápidos: un solo año contiene un centenar de vicisitudes, y mientras estos cambios pasaban velozmente como en un caleidoscopio, la idea de mi ineptitud para ser soldado en tiempo de paz había empezado a causar efecto. Más importante todavía era que la aceptación de dos poemas y la publicación de uno de ellos (cierto que solo trataba de la caza del zorro) me habían hecho acariciar la posibilidad de dedicarme a la literatura.

A fines del verano de 1933, con permiso del señor Prideaux, cometí la imprudencia de instalarme en una casa vieja y algo inclinada de Shepherd Market, donde varios amigos ya habían fijado su residencia. Aquel rincón tranquilo con arcadas, tiendecitas y tabernas georgianas y victorianas tenía el encanto, hoy evaporado por completo, de un villorrio aislado en los esplendores todavía intactos de Mayfair. Al mudarme allí, me imaginaba escribiendo con una tenacidad y diligencia casi trollopianas. Sin embargo, sucedió algo que acabaría por ser perjudicial pero que de momento era placentero: la casa se convirtió en el escenario de continuas fiestas desenfrenadas. No pagábamos casi nada por el alojamiento a la señorita Beatrice Stewart, nuestra amable casera, y siempre lo hacíamos con retraso. A ella no le importaba, pero nos rogaba una y otra vez que no hiciéramos tanto ruido a altas horas de la noche. Había sido amiga y modelo de famosos pintores y escultores, y estaba acostumbrada a la bohemia más decorosa de generaciones anteriores. Había posado para Sargent, Sickert, Shannon, Steer, Tonks y Augustus John, y las paredes de su casa estaban llenas de recuerdos de aquellos años. Pero la pérdida de una pierna en un accidente de tráfico había reducido cruelmente su movilidad. Mucho más adelante, un amigo me dijo que la señora Stewart había sido la modelo de la estatua de bronce de Adrian Jones, que representa la paz, en la cuadriga del arco de Wellington, obra de Decimus Burton. Y desde entonces nunca puedo pasar por Constitution Hill sin pensar en ella y contemplar a la diosa con alas y guirnalda que surca el cielo, la cual se hallaba en línea recta a menos de un minuto desde el alféizar de su ventana.

Mi proyecto no estaba saliendo bien. Aquella imprevista huida de las habitaciones, las comidas y todo lo que las acompañaba en casa de mi tutor habían reducido mis fondos a una libra por semana y, tal como iban las cosas, parecía que la opulencia gracias a la escritura se retrasaría algún tiempo. Me las arreglaba de alguna manera, pero a comienzos del invierno empecé a sentirme desalentado y perplejo. Hasta entonces mi vida había estado marcada por promesas que aparecían a intervalos, apuros y trastornos, y todavía continuaban, pero ahora tenía la sensación de que flotaba hacia la desintegración en una maraña de arrecifes sumergidos y mal señalizados. El panorama era cada vez más oscuro, con más nubarrones. Al final de un húmedo día de noviembre, cuando los relámpagos surcaban el cielo, contemplaba taciturno las páginas manoseadas sobre mi mesa de escritura y luego, a través de los cristales, los trémulos reflejos de Shepherd Market, pensando, mientras Night and Day sucedía a Stormy Weather en el gramófono de la habitación de abajo, que Lazybones no podía estar muy lejos, cuando casi con la brusquedad de los versos de Herbert al comienzo de estas páginas, tuve una inspiración. Un plan se desplegó con la rapidez y la integridad de una flor de papel japonés en un vaso.

Cambiar de escenario, ¡abandonar Londres e Inglaterra y recorrer Europa como un vagabundo o, como me decía a mí mismo de una manera tan característica, como un peregrino o un palmero, un sabio errante, un caballero arruinado o el héroe de The Cloister and the Hearth! De repente, eso no era tan solo lo que se imponía con toda evidencia, sino lo único que podía hacer. Viajaría a pie, durante el verano dormiría en almiares, cuando lloviera o nevara me refugiaría en graneros y solo me relacionaría con campesinos y vagabundos. Si me mantenía a base de pan, queso y manzanas, y pasaba con cincuenta libras al año, como lord Durham eliminando algunos ceros, incluso me quedaría algún dinero para papel, lápices y una jarra de cerveza de vez en cuando. ¡Una nueva vida! ¡Libertad! ¡Algo sobre lo que escribir!

Incluso antes de que mirase un mapa, dos grandes ríos habían trazado ya el itinerario en mi mente: el Rin se extendía por aquel espacio, los Alpes se alzaban y entonces aparecían las vertientes de los Cárpatos, donde mora el lobo, y las cordilleras de los Balcanes. Y allí, en el extremo de los meandros del Danubio, el mar Negro empezaba a extender su forma misteriosa y asimétrica. Ni por un instante dudé de cuál era mi destino principal: la silueta levitante de Constantinopla erizada con gavillas de delgados cilindros y semiesferas que emergían de la niebla. Más allá se cernía el monte Athos, y el archipiélago griego, todas aquellas islas esparcidas por el Egeo, como los papelitos que señalan el camino en cierto juego. (Estas certezas se debían a la lectura de los libros de Robert Byron. Vislumbraba la Bizancio verde dragón, donde anidaban las serpientes y se oía el sonido de los gongs. Incluso, por un momento, me encontré con el autor en un club nocturno en cuya oscuridad, semejante a la del Tártaro, vibraban las notas de un saxofón.)

Al principio me pregunté si debería buscar un compañero de viaje, pero sabía que la empresa debía ser solitaria y la ruptura completa. Quería pensar, escribir, quedarme o seguir adelante a mi ritmo y libre de trabas, contemplar las cosas con una mirada distinta, escuchar nuevas lenguas que no estuvieran manchadas por una sola palabra conocida. Con un poco de suerte, las humildes circunstancias del viaje no ofrecerían oportunidades para que me topara con el inglés o el francés. Bandadas de sílabas desconocidas penetrarían pronto en unos oídos purificados y atentos.

De entrada, la idea tropezó con obstáculos: ¿por qué no esperaba hasta la primavera? (Por entonces Londres se estremecía bajo las cortinas de la lluvia de diciembre.) Pero cuando comprendieron que todo estaba decidido, la mayoría de los objetores se convirtieron en aliados. Tras su renuencia inicial, el señor Prideaux se encariñó con el proyecto y escribió a la India, presentando mi empresa bajo una luz favorable. Me proponía anunciar el fait accompli por carta cuando estuviese en camino y no pudieran detenerme, tal vez desde Colonia... Entonces planeábamos el envío de aquellas libras semanales (cada vez, a ser posible, cuando hubieran ascendido a un total mensual de cuatro) por medio de cartas certificadas dirigidas a postes restantes convenientemente espaciadas. (Múnich sería la primera. Desde allí comunicaría por carta cuál podría ser la segunda.) A continuación tomé quince libras prestadas por el padre de un compañero de la escuela, en parte para comprar equipo y en parte para disponer de algún dinero cuando iniciara el viaje. Telefoneé a mi hermana Vanessa, quien había regresado de la India unos años atrás y se había casado y establecido en Gloucestershire. Al principio mi madre estaba llena de aprensión. Examinamos juntos el atlas y, poco a poco, las posibilidades cómicas empezaron a desplegarse en escenas imaginarias absurdas, hasta que nos desternillábamos de risa. Y a la mañana siguiente, cuando tomé el tren de Londres, ella se había contagiado de mi entusiasmo.

Durante los últimos días me apresuré a reunir mi equipo. En su mayor parte procedía de la tienda de excedentes militares de Millet, en el Strand: un viejo abrigo militar, varios jerséis, camisas de franela gris y un par de ellas blancas para vestir, una cazadora de cuero flexible, polainas, botas claveteadas, un saco de dormir (que perdería al cabo de un mes y ni lo echaría en falta ni lo sustituiría), cuadernos de notas y blocs de dibujo, gomas de borrar, un cilindro de aluminio lleno de lápices Venus y Golden Sovereign, un viejo libro de poemas ingleses editado en Oxford (también lo perdí y, para mi sorpresa, pues había sido una especie de Biblia, no lo añoré mucho más que el saco de dormir). La otra mitad de mi muy convencional biblioteca de viaje era el Horacio, volumen I, de Loeb, que mi madre, tras preguntarme qué deseaba, había comprado y enviado por correo desde Guildford. (Había anotado la traducción de un breve poema de Petronio en la guarda. Más adelante me dijo que la había encontrado por casualidad en otro volumen del mismo estante y la había copiado: «Abandona tu hogar y busca costas extranjeras, oh joven... No cedas al infortunio: el lejano Danubio te conocerá, el frío viento boreal y los tranquilos reinos de Canopo y quien contempla el renacer de Febo y su ocaso...». Era una gran lectora, pero la poesía de Petronio no entraba en sus preferencias habituales, y hacía poco que figuraba entre las mías. Estaba impresionado y conmovido.) Finalmente adquirí un pasaje en un pequeño vapor que cubría la ruta entre el puente de la Torre y la costa holandesa. Todo esto consumió buena parte del dinero que me habían prestado, pero todavía me quedaba un fajo de billetes.

Por fin llegó el gran día y, con cierto dolor de cabeza tras una fiesta de despedida, me levanté de la cama, me puse mi nuevo atuendo y eché a andar hacia el sudoeste bajo un cielo encapotado. Tenía una inexplicable sensación de ligereza, como si ya estuviera lejos y flotara cual genio escapado de su lámpara a través de la atmósfera deslumbrante mientras Europa se desplegaba ante mí. Pero las chirriantes suelas claveteadas no me llevaron más lejos de la plaza Cliveden, donde recogí una mochila que me había dejado allí Mark Ogilvie-Grant, el cual, al inspeccionar mi equipo, sintió lástima al ver la que yo había comprado. (La suya, una espléndida Bergen que descansaba sobre un semicírculo metálico lumbar, y se apoyaba en un armazón triangular, le había acompañado, aunque admitía que, en general, cargada en un mulo, por el monte Athos, en compañía de Robert Byron y David Talbot-Rice, cuando escribían The Station. Curtida y desvaída por el sol de Macedonia, estaba repleta de mana.) Entonces compré, por nueve peniques, en el estanco que se hallaba en la esquina de Sloane Square, un bastón de fresno bien equilibrado y encaminé mis pasos por Victoria Street y Petty France para recoger mi nuevo pasaporte. El día anterior, mientras rellenaba el impreso (nacido en Londres, el 11 de febrero de 1915; altura: 1,80; ojos: marrones; cabello: castaño; rasgos distintivos: ninguno), tuve que dejar en blanco el espacio superior, pues no sabía qué poner. ¿Profesión? «Bueno, ¿qué diremos?», me preguntó el funcionario de la oficina de pasaportes, señalando la casilla, pero mi mente permaneció en blanco. Unos años antes había sido muy popular una canción de azotacalles americanos titulada Halleluja, I’m a Dum («¡Aleluya, soy un vagabundo!») Durante los últimos días, esa tonada había acudido a mi mente como un leitmotiv particular, y sin darme cuenta debía de haberla tarareado mientras reflexionaba, pues el funcionario se echó a reír. «Me temo que no puedes poner eso», me dijo, y al cabo de un momento añadió: «Yo me limitaría a poner “estudiante”», y así lo hice. Con el nuevo y rígido documento en el bolsillo, que ahora tenía estampada la fecha «8 de diciembre de 1933», me dirigí al norte a través del Green Park, bajo una acumulación de nubes oscuras. Cuando, tras cruzar Piccadilly, entré en la sinuosa sima de White Horse Street, cayeron unas gotas dispersas y vi que, en el extremo de la calle, Shepherd Market relucía en la atmósfera húmeda. Tenía el tiempo justo para una comida de despedida con la señorita Stewart y tres amigos, dos inquilinos, como yo, y una joven. Luego me iría. La lluvia arreciaba.

El siguiente paso que di fue mi primer acto independiente y, con una racha de suerte, resultó ser el primer acto juicioso. El resto, querido Xan, lo conoces de una manera inconexa, por lo que aquí te lo cuento de nuevo, tratando de ser coherente. Espero que las menciones de Creta te recuerden con tanta lucidez como a mí los bosques de encinas, las cuevas y los rediles donde intercambiamos por primera vez nuestras experiencias más tempranas.

P.

Kardamyli, 1977

1

LOS PAÍSES BAJOS

—¡Una tarde espléndida para partir! —exclamó uno de los amigos que habían acudido a despedirme, mientras miraba la lluvia y subía la ventanilla.

Los otros dos se mostraron de acuerdo. Refugiados en el arco de Shepherd Market que daba a Curzon Street, por fin habíamos encontrado un taxi. Por Half Moon Street todos los transeúntes llevaban alzado el cuello del abrigo. En Piccadilly, un millar de paraguas relucientes estaban ladeados sobre un millar de bombines. Las tiendas de Jermyn Street, distorsionadas por la lluvia torrencial, se habían convertido en una galería submarina, y los miembros de los clubes de Pall Mall, pensando en el té chino y las tostadas con anchoas, subían a toda prisa los escalones de sus clubes. El viento incidía lateralmente en los surtidores de Trafalgar Square, que se agitaban como cabelleras desgreñadas, y nuestro taxi, tras sufrir un retraso en Charing Cross a causa de una multitud de viajeros que iban precipitadamente de un lado a otro bajo el aguacero, llegó por fin al Strand y avanzó despacio entre el tráfico. Pasamos chapoteando por Ludgate Hill y la cúpula de San Pablo se hundió más en sus hombros apoyados por columnas. Los neumáticos giraron, alejándose de la catedral que se ahogaba, y al cabo de un minuto la silueta del Monumento se reveló a través de la cortina de lluvia. Parecía haber perdido la perpendicularidad, licuado de una manera tan convincente que la calle ladeada podría haber estado a cuarenta brazas de profundidad. El taxista, mientras giraba, alzando un abanico de agua lateral, para enfilar Upper Thames Street, volvió la cabeza y comentó: «Un tiempo estupendo para los patitos».

Percibí por un instante olor a pescado. Las campanas de Saint Magnus the Martyr y Saint Dunstans-in-the-East daban la hora, ordenando que nos apresurásemos. Entonces se alzaron cortinas de agua desde las ruedas delanteras, mientras el taxi vadeaba entre The Mint y la Torre de Londres. Las oscuras construcciones almenadas, las torrecillas y las copas de los árboles formaban una masa débilmente iluminada a un lado, y delante se alzaban los pináculos y las parábolas metálicas del puente de la Torre. Nos detuvimos en el puente poco antes de llegar a la primera barbacana, y el taxista indicó el tramo de escalones de piedra que llevaban al muelle de Irongate. Bajamos en seguida, y más allá de los adoquines y los noráis, con la húmeda bandera tricolor holandesa que ondeaba en la popa y emitiendo un irregular abanico de humo que se extendía sobre el río, el Stadthouder Willem cabeceaba al ancla. En el extremo de varias brazas de cadena, la marea remolineante había alzado la embarcación hasta dejarla casi al nivel de las losas: reluciente bajo la lluvia mientras soltaba todo el vapor lista para zarpar, flotaba rodeada de gaviotas chillonas. La prisa y el mal tiempo abreviaron la despedida y los abrazos, y me apresuré por la plancha de portalón, aferrando la mochila y el bastón, mientras los demás volvían raudos a los escalones, cuatro perneras de pantalón empapadas y dos tacones altos que saltaban por encima de los charcos, y los subían hacia el taxi que aguardaba. Al cabo de medio minuto estaban allá arriba, en la barandilla del puente, estirando el cuello y agitando los brazos desde las cuatrifolias de hierro forjado. Para protegerse el cabello de la lluvia, la portadora de los tacones altos llevaba en la cabeza una capucha impermeable que le daba el aspecto de un carbonero. Yo les respondía agitando el brazo con frenesí, mientras soltaban las estachas y embarcaban la plancha de portalón. Entonces se marcharon. La cadena del ancla matraqueó a través de las portas y, con un gemido de la sirena, el barco avanzó por la corriente. Mientras me refugiaba en el pequeño salón, sintiéndome de improviso abandonado, pero solo por un momento, ¡qué extraño me parecía partir desde el corazón de Londres! Nada de riscos que se proyectan en el aire, ningún roce de guijos arnoldianos. Podría dirigirme a Richmond, o a cenar gambas y boquerones en Gravesend, en vez de ir a Bizancio. El camarero comentó que solo los barcos holandeses de mayor calado atracaban en Harwich, mientras que las naves más pequeñas, como el Stadthouder siempre anclaban en las inmediaciones: barcos del Zuider Zee habían descargado anguilas entre el puente de Londres y la Torre desde el reinado de la reina Isabel.

Tras diluviar implacablemente durante varias horas, cuando cesó la lluvia fue como si se hubiera producido un milagro. Por encima de las nubes de humo tuve un atisbo, que se desvaneció en seguida, de palomas inquietas, algunas cúpulas, numerosos chapiteles y unos cuantos campanarios al estilo de Palladio, de color blanco hueso y que, azotados por la lluvia, se recortaban contra el cielo broncíneo, plateado y cobrizo deslucido. Los durmientes elevados enmarcaban la forma cada vez más oscura del puente de Londres; más arriba, los espectros de Southwark y Blackfriars cruzaban las caudalosas aguas del río. Entretanto, el St. Katharine Dock se deslizaba entre bastidores y río arriba, y a continuación Execution Dock, las antiguas escaleras de Wapping y la perspectiva de Whitby, y para cuando tuvimos esos hitos a popa, el sol se ponía con rapidez y las fisuras entre los bancos de nubes en el oeste pasaban del carmesí oscuro al violeta.

En los abismos salvados por pasarelas entre los almacenes también se iba concentrando la noche, y las hileras de aberturas de carga bostezaban como cavernas. De las paredes sobresalían elevadores sobre goznes, de los que pendían cadenas y cables lastrados con plomo, y las gigantescas letras blancas que formaban los nombres de los fieles de muelle, tiznadas por el hollín de un siglo, eran menos descifrables a cada segundo que pasaba. Olía a barro, algas, légamo, sal, humo, escoria y desechos indeterminados, mientras que las gabarras semihundidas y las palizadas anegadas emitían un olor general a madera putrefacta. ¿Notaba una vaharada de especias? Era demasiado tarde para corroborarlo, pues el barco se apartaba de la orilla, adquiría velocidad y los detalles, aparte de la creciente anchura del río y el revoloteo de las gaviotas, se difuminaban cada vez más. Rotherhithe, Millwall, Limehouse Reach, los muelles de la West India, Deptford y la isla de los Perros iban quedando atrás, reducidos a masas oscuras. Chimeneas y grúas se sucedían en las orillas, pero el número de campanarios disminuía. Una guirnalda de luces parpadeaba en una colina. Era Greenwich. El observatorio estaba suspendido en la oscuridad, y el Stadthouder avanzaba vibrando inaudiblemente y cruzaba el meridiano cero.

Las luces de la orilla reflejadas depositaban espirales y zigzags en el agua, desbaratados de vez en cuando por las siluetas de los portillos iluminados de los barcos que pasaban, las formas fúnebres de las gabarras que se distinguían por sus luces a babor y estribor y las lanchas de la policía fluvial que cortaban las olas con la resolución y la celeridad de lucios. Cedimos el paso a un buque de línea que se alzó del agua como un festivo bloque de pisos. Mientras se deslizaba por nuestro lado, el camarero dijo que procedía de Hong Kong, mientras las distintas notas de las sirenas mugían río arriba y abajo como si los mastodontes todavía merodeasen por las marismas del Támesis.

Sonó un gong y el camarero me condujo al salón. Yo era el único pasajero.

—Tenemos muy pocos en diciembre —me dijo—. Ahora hay mucha tranquilidad.

Cuando el hombre se marchó, saqué de la mochila un diario nuevo y muy bien encuadernado, lo abrí sobre el tapete verde, bajo una lámpara de pantalla rosada, y efectué la primera anotación mientras las vinagreras y la botella de vino tintineaban sin cesar en sus salvillas. Entonces salí a cubierta. Las luces de cada manga habían disminuido, pero solo se distinguía la iluminación tenue de otros barcos y las poblaciones del estuario que la distancia había reducido a leves constelaciones. Había varias boyas luminosas diseminadas y el haz escudriñador de un faro. Londres, precintada ahora más allá de una veintena de meandros, se había desvanecido y una tenue y difusa luminosidad era la única indicación de su paradero.

Me pregunté cuándo regresaría. Estaba demasiado excitado para poder conciliar el sueño, y me parecía que aquella noche tenía una importancia capital. (Y en muchos aspectos, así resultó ser. Finalizaba el 9 de diciembre de 1933, y no regresé hasta enero de 1937, al cabo de toda una vida, me pareció entonces. Me sentía como Ulises, plein d’usage et de raison, y, para bien o para mal, totalmente cambiado por mis viajes.)

Pero debí de adormilarme, a pesar de esas emociones, pues cuando desperté no se vislumbraba nada más que nuestro propio reflejo en el oleaje. El reino se había deslizado al oeste, sumiéndose en la oscuridad. Un fuerte viento sacudía el aparejo y el continente europeo se encontraba a menos de la mitad de la noche.

Aún faltaba un par de horas hasta el amanecer cuando anclamos en la costa de Holanda. Todo estaba cubierto de nieve y los copos volaban lateralmente a través de los conos luminosos de las lámparas, difuminando los círculos brillantes espaciados en el muelle sin transitar. No sabía que Rotterdam se encontraba a varios kilómetros tierra adentro. También en el tren era el único pasajero, y mi entrada solitaria, en plena noche y cuando la nieve amortiguaba todos los sonidos, me hacía experimentar la ilusión de que me estaba deslizando por Rotterdam y Europa a través de una puerta secreta.

Deambulé, exultante, por los callejones silenciosos. Los edificios de pisos voladizos casi se unían en la parte superior; entonces los aleros se separaban y los canales congelados discurrían a través de una serie de puentes jibosos. La nieve se amontonaba sobre los hombros de una estatua de Erasmo. Había grupos de árboles y mástiles dispersos, y la torre poligonal de un enorme y recargado campanario gótico se alzaba sobre los tejados en pendiente. Mientras lo contemplaba, dieron lentamente las cinco.

Los callejones desembocaban en el Boomjes, un largo muelle bordeado de árboles y cabrestantes, que a su vez cedía el paso a un ancho brazo del Maas y una infinidad de barcos cuyas siluetas se distinguían vagamente. Las gaviotas chillaban, volaban en círculos, se lanzaban en picado bajo la luz de las farolas, esparcían las pequeñas huellas de sus patas por los adoquines nevados y, al posarse en los aparejos de los barcos anclados, causaban leves explosiones de nieve. Los cafés y las tabernas de marineros, al otro lado del muelle, estaban todos cerrados con excepción de uno que mostraba una prometedora línea de luz. Se alzó una persiana y un hombre robusto, calzado con zuecos, abrió una puerta de vidrio, depositó un gato atigrado en la nieve, regresó al interior y se puso a encender una estufa. El gato volvió a entrar en seguida. Lo seguí, pedí por señas algo de comer y los huevos fritos y el café que me sirvieron fueron los mejores que he tomado en mi vida. Efectué una segunda y larga anotación en mi diario, tarea que me apasionaba cada vez más, y mientras el patrón abrillantaba las copas y tazas y las disponía en hileras relucientes, amaneció y vi que la nieve seguía cayendo contra el fondo de un cielo cada vez más claro. Me puse el abrigo, me colgué la mochila a la espalda, tomé el bastón y me encaminé a la puerta. El patrón me preguntó adónde iba, y cuando le dije que a Constantinopla enarcó las cejas y me hizo una seña para que esperase. Entonces puso sobre el mostrador dos vasitos y los llenó con el líquido transparente de una larga botella de loza. Brindamos, él vació su vaso de un trago y le imité. Con sus deseos de buena suerte resonando en mis oídos, una hoguera de Bols en las entrañas y una mano dolorida por su apretón de despedida, me puse en marcha. Aquel era el comienzo formal del viaje.

No había ido muy lejos antes de que las puertas abiertas de la Groote Kirk, la catedral que tenía aquel enorme campanario, me invitaran a entrar. La primera y tenue luz de la mañana penetraba en la concavidad de sillería gris y muros encalados, cuyos arcos puntiagudos convergían a gran altura, y el suelo de la larga nave formaba un tablero de ajedrez de losas blancas y negras.

El ámbito del templo coincidía de una manera tan convincente con una veintena de cuadros flamencos semiolvidados, que al instante poblé el vacío con aquellos grupos del siglo XVII que deberían haber estado sentados o paseando por allí: burgueses de rubias barbas en punta, a cuyos pies permanecían desobedientes perros de aguas que se negaban a quedarse en el exterior, conversando seriamente con sus esposas e hijos, inmóviles como fichas de ajedrez, vestidos de velarte negro y con idénticas gorgueras en forma de panal bajo las enormes columnas con escudos de armas. Al cabo de pocos años, la hermosa ciudad sería bombardeada hasta dejarla reducida a fragmentos, y solo se salvaría aquella iglesia. De haberlo sabido, me habría quedado allí más tiempo.

Apenas había transcurrido una hora cuando mis briosas pisadas hacían crujir las gélidas rodadas de una carretera a lo largo de un dique, y las afueras de Rotterdam ya se habían desvanecido bajo la nieve. La carretera, elevada y bordeada de sauces, se extendía en una perfecta línea recta hasta donde alcanzaba la vista, pero no tan lejos como se podía ver con buen tiempo, pues los sauces que me escoltaban pronto se volvieron espectrales a ambos lados, hasta que terminaron por diluirse en la palidez circundante. De vez en cuando aparecía un ciclista con zuecos, gorra de visera y negras orejeras circulares para no congelarse los apéndices auditivos, y en ocasiones su cigarro dejaba en el aire una vaharada flotante de tabaco de Java o Sumatra, mucho después de que el fumador hubiera desaparecido. La mochila pendía equilibrada y cómoda a mi espalda, y el cuello subido del gabán de segunda mano, sujeto con una pieza que se podía desprender parcialmente y que acababa de descubrir, formaba un túnel acogedor. Con mis viejos pantalones de pana, sus trabillas flexibilizadas por el largo uso, las polainas grises y las pesadas botas con chapas de hierro en las suelas, mis piernas y pies estaban protegidos tras una armadura impenetrable con grebas, canilleras y calzado, sin la menor abertura por donde pudiera penetrar el gélido viento. Pronto la parte superior de mi cuerpo estuvo cubierta de nieve y empezaron a escocerme las orejas, pero estaba decidido a no rebajarme jamás hasta el punto de usar aquellas terribles orejeras.

Cuando dejó de nevar, la brillante luz de la mañana reveló una espléndida geometría plana de canales, pólderes y sauces. Las aspas de innumerables molinos giraban impulsadas por un viento que también movía las nubes... y no solo las nubes y los molinos, pues pronto los patinadores en los canales, ocultos hasta entonces por la nevada, se diseminaron de súbito mientras un prodigio transportado por el viento acortaba velozmente la distancia y pasaba entre ellos como un dragón alado. Era un «yate del hielo», una balsa sobre cuatro ruedas con neumáticos de caucho y una tensa vela triangular, y estaba tripulada por tres muchachos temerarios. El artilugio viajaba literalmente a la velocidad del viento, mientras uno de ellos halaba la vela y otro pilotaba con una barra. El tercero apoyaba todo su peso en un freno parecido a una mandíbula de tiburón que despedía rociadas de fragmentos. Pasó zumbando, entre gritos desaforados, mordiendo el hielo y con un sonido como el de un centenar de camisas de algodón rasgadas, que se multiplicó por diez cuando la balsa giró en brusco ángulo recto para tomar un canal secundario. Al cabo de un minuto era una mota lejana y el paisaje silencioso, con sus patinadores brueghelianos que giraban lentamente en los canales y los pólderes, pareció más domesticado tras su paso. Una capa destellante de nieve cubría el paisaje y la tonalidad gris pizarra del hielo solo era visible allí donde los arabescos circulares de los patinadores la dejaban al descubierto. Las líneas de sauces, a lo largo de los blancos paralelogramos, se empequeñecían a lo lejos, insustanciales como emanaciones de vapor. La brisa que impelía a las nubes apresuradas no topaba con ningún obstáculo en una extensión de mil seiscientos kilómetros, y el viajero que recorriera a pie el lomo porcino de un dique, por encima de las sombras de las nubes y la campiña lisa, experimentaría una intensa sensación de espacio ilimitado.

Mi estado de ánimo, que ya era bueno, no hacía más que mejorar a medida que caminaba. Apenas podía creer que estaba allí de veras, solo y en marcha, adentrándome en Europa, rodeado por el vacío y el cambio, con un millar de maravillas esperándome. Tal vez por ello mis acciones durante los días siguientes emergen del resplandor general de una manera inconexa y azarosa. Hice un alto junto a un poste indicador para comer un trozo de pan con una cuña de queso amarillo que un tendero de pueblo había cortado de una bala de cañón roja. Un travesaño del poste indicador señalaba Ámsterdam y Utrecht, el otro Dordrecht, Breda y Amberes, y obedecí a este último. La carretera se extendía paralela a un río de corriente demasiado rápida para que se formara hielo, en cuyas orillas crecía una tupida vegetación de zarzas, avellanos y juncos. Desde un puente contemplé una ristra de gabarras que se deslizaban río abajo, siguiendo a un remolcador estertoroso que se dirigía a Rotterdam, y poco después vi una isla delgada como una lanzadera de telar que dividía la corriente en medio del río. Parecía un soto flotante festoneado de carrizos. De la maraña que formaban las ramas emergía románticamente un pequeño castillo con tejado de ripia, de vertientes muy pronunciadas, y torrecillas rematadas en conos. Había campanarios de altura asombrosa diseminados al azar por el paisaje. Eran visibles durante largo trecho y, al anochecer, elegí uno de ellos como hito y objetivo.

Había oscurecido cuando me hallé lo bastante cerca para ver la torre, y la ciudad de Dordrecht, agrupada a su alrededor, estaba en la otra orilla de un ancho río. No había visto el puente, pero un transbordador me dejó en la ribera opuesta poco después de que oscureciera. Bajo las cornejas del campanario se extendía una bulliciosa ciudad antigua, cuyos edificios eran de ladrillo desgastado, coronados por aguilones, ménsulas y tejas cargadas de nieve, y si los canales la fragmentaban, los puentes volvían a unirla. Una multitud de gabarras ancladas y cargadas de maderos constituían una endeble extensión de los muelles y se balanceaban de un extremo a otro cuando las agitaban las olas formadas por las rodas de los barcos que pasaban. Tras cenar en un bar del puerto, me quedé dormido entre las jarras de cerveza, y al despertarme no sabía dónde estaba. ¿Quiénes eran aquellos gabarreros con jersey, botas de agua y gorra de visera? Jugaban a las cartas, a un juego parecido al whist, envueltos por el humo de sus cigarros baratos. Las cartas, bastante deterioradas, estaban adornadas con copas, espadas y palos; las reinas lucían coronas con púas y los reyes e infantes de la sota vestían prendas acuchilladas y usaban plumas de avestruz, como Francisco I y el emperador Maximiliano. Debí de haber cerrado de nuevo los ojos, pues al final alguien me despertó, me llevó arriba como si fuese un sonámbulo y me hizo entrar en un dormitorio de techo bajo e inclinado, con un edredón que parecía un merengue gigantesco y que no tardó en cubrirme. Antes de apagar la vela me fijé en una oleografía de la reina Guillermina en la cabecera de la cama y un grabado del sínodo de Dort en el pie.

El golpeteo de los zuecos en los adoquines, un sonido desconcertante hasta que miré por la ventana, me despertó a la mañana siguiente. La amable patrona del local aceptó el pago de la cena, pero no el de la habitación. Al ver que estaba fatigado, habían tenido la amabilidad de cobijarme. Ese fue el primer ejemplo maravilloso de una amabilidad y hospitalidad que se repetirían una y otra vez en mis viajes.

Aparte del paisaje nevado, las nubes y las aguas bordeadas de árboles del Merwede, de los días que siguieron recuerdo poco más que los nombres de las ciudades en las que dormí. Debí de salir tarde de Dordrecht: Sliedrecht, mi próxima parada, solo está a unos pocos kilómetros, y Gorinchen, la siguiente, no se encuentra mucho más lejos. Conservo en la memoria algunos muros antiguos, calles adoquinadas, una barbacana y gabarras amarradas a lo largo del río, pero lo que recuerdo con más nitidez es el calabozo del pueblo. Alguien me había dicho que, en Holanda, los viajeros humildes podían pasar la noche en las comisarías de policía, y era cierto. Sin decir palabra, un guardia me hizo entrar en una celda y dormí allí, tapado hasta las orejas con la manta, sobre una tabla de madera fijada en la pared con unos goznes y asegurada por medio de dos cadenas bajo un bosque de vulgares dibujos e inscripciones. Incluso me dieron un tazón de café con leche y una rebanada de pan antes de partir. Menos mal que puse «estudiante» en mi pasaporte: era un amuleto y un «Ábrete, Sésamo». De acuerdo con la tradición europea, esa palabra evocaba a un personaje juvenil, necesitado y serio, espoleado a lo largo de las carreteras de Óccidente por la sed de aprendizaje, y así, a pesar de su ánimo exaltado y la tendencia a entonar canciones de borrachos en latín macarrónico, un firme candidato a recibir auxilio.

Durante esos primeros tres días nunca estuve lejos de un camino de sirga, pero tan numerosas y confusas eran las vías acuáticas que, sin darme cuenta, cambié tres veces de río: el Noorwede fue el primero de ellos, siguió el Merwede y luego el Waal, y en Gorinchen a este último se le unió el Maas. Por la mañana vi el ancho Maas que serpenteaba en la llanura hacia esa cita. Había nacido en Francia, con el nombre más conocido de Mosa, y recorrido la totalidad de Bélgica. Ocupaba el segundo lugar después del imponente Waal, de cuyas riberas no me aparté durante el resto de mi viaje por Holanda. El Waal es un río enorme, lo cual no tiene nada de extraño, pues se trata ni más ni menos que del Rin. En Holanda, el Rijn, el río de la población donde nació Rembrandt, es una rama menor septentrional del río principal, y se subdivide una y otra vez, se pierde en el delta y finalmente desemboca en el mar del Norte a través de un canal de drenaje, mientras que el Waal, alimentado con las nieves alpinas, las aguas del lago Constanza, la Selva Negra y la aportación de mil arroyos renanos, avanza hacia el mar con una magnificencia regia y usurpada. Entretanto, entre esa maraña de ríos, cuyas deserciones y reuniones encerraban islas tan grandes como condados ingleses, se mantenía firme el despotismo geométrico del canal, el pólder y el molino de viento. Aquellas aspas giratorias servían para el drenaje, no para moler grano.

Todo el territorio holandés que había recorrido hasta entonces se encontraba por debajo del nivel del mar, y sin esa disciplina, que restablecía continuamente el equilibrio entre el elemento sólido y el líquido, la región entera habría sido mar turbulento o un desierto salobre, inundado y pantanoso. Cuando uno miraba abajo desde un dique, la infinidad de pólderes y canales y los meandros de los numerosos ríos eran patentes. Desde un lugar más bajo, solo las aguas más cercanas eran discernibles. Pero al nivel del suelo todas desaparecían. Estaba sentado en una piedra de molino, fumando, junto a un granero cerca de la antigua población de Zaltbommel, cuando me alertó el gemido de una sirena. En el campo, a cuatrocientos metros de distancia, entre una iglesia y unos árboles, flotando serena pero invisiblemente en el Maas oculto, un gran barco blanco lleno de gallardetes parecía avanzar, mugiendo, por los prados, bajo una nube de gaviotas.

El Maas avanzaba y retrocedía a lo largo de la jornada, y al anochecer se desvaneció en dirección al sur. Cuando lo perdí de vista, su ancho cauce ascendió por los invisibles declives de Brabante y Limburg, hacia la lejana región carolingia más allá de las Ardenas.

Oscureció mientras caminaba por un sendero interminable al lado del Waal. Estaba bordeado de árboles esqueléticos. La superficie sólida de los charcos helados crujía bajo los clavos de mis botas, y, más allá del ramaje, la Osa Mayor y un séquito de constelaciones invernales brillaban en el cielo claro y frío. Por fin las luces lejanas de Tiel, encaramada en la primera colina que veía en Holanda, se encendieron en la otra orilla. Un puente oportuno me llevó allá, y poco después de las diez llegué a la plaza del mercado, como un sonámbulo, muerto de fatiga, después de haber atravesado una amplia extensión del país. No recuerdo bajo qué edredón montañoso o en qué celda húmeda dormí aquella noche.

En el terreno se produjo un cambio. Al día siguiente, por primera vez, el suelo estaba por encima del nivel del mar y a cada paso el equilibrio de los elementos se inclinaba con más decisión en favor de la tierra seca. Un paisaje suave y ondulante, de prados fácilmente inundables, tierra de labor y brezales, con trechos nevados aquí y allá, se extendía hacia el norte a través de la provincia de Guelderland y al sur por Brabante. Las cruces de piedra a los lados de los caminos y el parpadeo de las lamparillas ante los sagrarios en las iglesias me indicaban que había cruzado una línea de nivel no solo cartográfica, sino también religiosa. Había granjas rodeadas de olmos, castaños y abedules, así como avenidas semejantes a las que pintara Meindert Hobbema, flanqueadas por árboles desnudos en invierno, que terminaban en los portales de casas de aspecto solariego y, por lo menos en ello confiaba, eran las moradas de una apacible aristocracia. Tenían gabletes en semicírculo y, en los ángulos rectos que formaban los muros, la superficie de ladrillo desgastado por la intemperie estaba bordeada de piedra blanca. En los tejados había palomares y la brisa hacía girar las veletas doradas. Al anochecer, cuando se iluminaban las ventanas de cristales emplomados, exploraba los interiores con la imaginación. Las baldosas negras y blancas se teñían de un adecuado claroscuro; había mesas macizas de patas bulbosas cubiertas con tapetes de Turquía; espejos convexos distorsionaban los reflejos; desvaídos mapas murales colgaban de las paredes; globos, clavicordios y laúdes taraceados estaban diseminados con elegancia por la sala, y hacendados de Guelderland, con patillas canosas, o sus esposas con prietos gorros y gorgueras rizadas, alzaban vasos de vino delgados como agujas para juzgar el color a la luz de los candelabros de brazos y globulares fijados por medio de cadenas a las vigas y los techos artesonados.

Unos interiores imaginarios... ¡No era de extrañar que tomaran forma como pinturas! Desde aquellas primeras horas en Rotterdam, una Holanda tridimensional había surgido constantemente a mi alrededor, expandiéndose a lo lejos en armonía con otra Holanda que ya existía con todos sus detalles, pues si hay un paisaje extranjero con el que los ingleses estén familiarizados por medio de representaciones pictóricas es este. Cuando ven el original, un centenar de mañanas y tardes pasadas en museos y galerías de arte y casas de campo han causado su efecto. Estas confrontaciones y escenas de reconocimiento aportaban al viaje emociones y placer. La misma naturaleza del paisaje, el color, la luz, el cielo, la carencia de obstáculos, la extensión y los detalles de las ciudades y los pueblos se unen para producir un hechizo que tiene un impacto de lo más beneficioso sobre el ánimo. Exorcizan la melancolía y ahuyentan el caos, a los que sustituye el bienestar y un brioso optimismo. En mi caso, la relación entre el paisaje familiar y la realidad me llevó a una serie de reflexiones.

En Inglaterra hay otra clase de paisaje, el italiano, casi tan bien conocido como el holandés, y por la misma razón: las visitas a las galerías de arte. ¡Cuán familiares nos resultan esas plazas y arcadas! Las torres y las cúpulas acanaladas ceden el paso a los puentes en los meandros de un río, y los ríos serpentean por la tierra de color pardo oscuro, entre colinas coronadas por castillos y ciudades amuralladas. Hay chozas de pastores y cavernas, siguen los bosques, como un cobertor de lana, y el panorama se diluye en las montañas onduladas, unas veces apenas visibles y otras relucientes bajo unos cielos sin más nubes que una guirnalda decorativa de vapor blanco. Pero todo esto no es más que el telón de fondo de unos ángeles portadores de lirios que descienden aleteando a la tierra o tocan violines y laúdes en la escena de la Natividad. Ante ese telón de fondo tienen lugar martirios, ocurren milagros, se celebran matrimonios místicos, hay escenas de tortura, crucifixiones, funerales y resurrecciones; serpentean las procesiones, ejércitos rivales se traban en un punto muerto de lanzas listadas, un asceta de barba gris se golpea el pecho con una piedra o escribe en un atril mientras un león dormita a sus pies; un mozalbete santo es acribillado con dardos de ballesta y prelados enguantados caen al suelo con los ojos hacia arriba y espadas empotradas en sus tonsuras.

Ahora bien, todas estas imágenes tienen un impacto monopolizador en quien las contempla. Durante más de cinco siglos, en millares de marcos, han robado la escena, y cuando faltan las extrañas acciones, el reconocimiento es mucho más lento que en los Países Bajos, donde la precedencia está invertida. En Holanda el paisaje es el protagonista, y los simples acontecimientos humanos (incluso uno tan extraordinario como la caída en picado de Ícaro hacia el mar porque se ha fundido la cera de sus alas artificiales) son detalles secundarios: al lado del campo arado, los árboles, la embarcación de vela y el campesino de Brueghel, el aeronauta caído es insignificante. Tan convincente es la identidad de pintura y realidad que mientras caminaba iba reviviendo las innumerables tardes que había pasado haraganeando en los museos. Cada paso las confirmaba, cada escena evocaba su eco. Los mástiles, muelles y aguilones de un puerto fluvial, el patio trasero con una escoba de retama apoyada en una pared de ladrillo, los suelos de las iglesias en forma de tablero de damas: todo estaba allí, la gama entera de los temas holandeses, y finalizaban en las tabernas donde había esperado encontrar rústicos de juerga, y los encontraba. Y en cada caso, como por arte de magia, recordaba simultáneamente el nombre del pintor. Los sauces, los tejados de los campanarios, las vacas que pacían tímidamente en los prados, en primer plano... no había necesidad de preguntar de quiénes eran los caballetes que estaban esperando mientras el ganado rumiaba.

Estas vagas reflexiones me llevaron, debía de ser en algún lugar entre Tiel y Nimega, al pie de uno de aquellos campanarios de altura vertiginosa que eran tan diáfanos en la distancia y tan macizos vistos de cerca. Entré, subí en un minuto media docena de escalerillas y miré a través de las lumbreras con telarañas. Todo el reino se extendía bajo mi mirada. Los dos grandes ríos discurrían remolones por su superficie, salpicados de embarcaciones y procesiones de gabarras, y con los afluentes que acudían a su encuentro. Allí estaban los pólderes y los diques, los largos canales bordeados de árboles, los brezales, las tierras de labor y los pastos con reses inmóviles y expectantes, molinos de viento, granjas y campanarios, árboles desnudos donde anidaban las cornejas, los graznidos de cuyas manchitas revoloteantes llegaban tenuemente a mis oídos, y uno o dos castillos, medio ocultos entre la espesura de los árboles. Allí la nieve se había fundido, o había sido más ligera. Azul, verde, peltre, bermejo y plata eran los colores del enorme panorama de césped, agua y cielo. Hacia el este había una hilera de colinas bajas, y por doquier el brillo del agua invasora e incluso un leve destello a lo lejos, al norte, del Zuider Zee. Envuelta en una luz extraña, la tierra apacible y armoniosa se deslizaba hacia el infinito bajo las nubes apresuradas.

Cuando me disponía a salir, en la cámara inferior se había reunido un octeto de campaneros con zuecos, los cuales se escupían en las palmas antes de agarrar las cuerdas, y el estrepitoso repique de las campanas, amortiguado por la distancia hasta reducirse a un tenue y melancólico sonido, me acompañó a lo largo de los kilómetros siguientes, mientras anochecía y el frío se iba intensificando.

Había oscurecido mucho antes de que llegara a los muelles de Nimega. Entonces, por primera vez en varios días, me encontré con una elevación del terreno. Los barcos se apretujaban a lo largo del muelle, y desde el mismo borde de este ascendían tramos de escaleras. Entre la luz de las farolas y la oscuridad, se cernían altas torres y fachadas en zigzag. Las farolas del muelle formaban una ristra que se perdía a lo lejos, junto a la corriente oscura del Waal, y río arriba un gran puente de hierro se extendía hacia el norte y se prolongaba varios kilómetros más allá del río. Cené y, tras escribir en el diario, recorrí el barrio de los muelles en busca de un alojamiento de marineros que fuera barato, y acabé en una habitación encima de una herrería.

Sabía que aquella era mi última noche en Holanda, y estaba asombrado de la rapidez con que había cruzado el país. Era como si tuviera alas en los talones. También me había asombrado la belleza impresionante y la variedad de aquellas tierras, la luz sorprendente, la manera en que su encanto se ganaba todas tus simpatías y te procuraba una sensación de bienestar. ¡No era de extrañar que hubieran producido tantos pintores! ¿Y los mismos holandeses? Aunque tanto ellos como yo nos cohibíamos al hablar, el contacto no fue tan fácil como sin duda dan a entender estas páginas. Cuando se viaja a pie, a diferencia de cuando se utilizan otras formas de transporte, es imposible no tener contacto con la gente; y nuestros intercambios fueron suficientes, durante el breve viaje, para dejar un poso de agrado y admiración que se ha mantenido desde entonces.

Me dormí tan rápida, profundamente y sin sueños que a las seis de la mañana siguiente, cuando me desperté, me pareció como si la noche solo hubiera durado unos pocos minutos. Los martillazos del herrero, bajo las tablas del suelo, era lo que me había despertado. Permanecí tendido, como en un trance, escuchando la alternancia de breves silencios y resonantes sonidos metálicos cuando el martillo golpeaba la herradura sobre el yunque, y al cesar el golpeteo rítmico, oí el jadeo del fuelle, el siseo del vapor y el movimiento inquieto de los cascos. Pronto percibí el olor a cuerno quemado que se filtraba por las grietas del suelo, al que siguieron nuevos golpes y, por último, el rechinar de una lima. Mi anfitrión estaba herrando un voluminoso y rubio caballo de tiro, cuyas crines y cola parecían de lino enmarañado. Cuando entré en la herrería, me saludó agitando una mano y musitó buenos días a través de los clavos de herradura que le sobresalían de la boca.

Estaba nevando. Por encima del puente, un poste indicador señalaba Arnhem, pero me mantuve en la orilla meridional y seguí la dirección de la frontera alemana. Al cabo de un rato la carretera se desvió del río y, unos kilómetros más adelante, vi dos figuras a lo lejos: aparte de la frontera, fueron las últimas personas que vi en Holanda. Resultaron ser dos monjas de San Vicente de Paúl que esperaban un autobús rural. Calzaban zuecos, unos chales de lana negros les cubrían los hombros y el viento hacía ondear sus hábitos de tela azul con numerosos frunces, sujetos por el centro. Sostenían rosarios de boj, y llevaban al cinto crucifijos como si fuesen dagas, pero sus dos paraguas no les servían de nada y la nieve ladeada les invadía las tocas y se amontonaba en las anchas alas triangulares.

Los funcionarios de la frontera alemana me devolvieron el pasaporte, debidamente estampado, y pronto crucé los últimos metros de la tierra de nadie, viendo cada vez más cerca, a través de la nieve, el puesto fronterizo alemán. La barrera que cerraba la carretera estaba pintada de negro, blanco y rojo, y pronto distinguí la bandera escarlata con el disco blanco y la negra cruz gamada. Esa bandera ondeaba en toda Alemania desde hacía diez meses. Más allá de ella se alzaban los árboles cargados de nieve y los primeros campos nevados de Westfalia.

2

REMONTANDO EL RIN

No he conservado nada de aquel primer día en Alemania salvo un recuerdo confuso de bosques, nieve y pueblos diseminados en el sombrío paisaje de Westfalia y los pálidos rayos del sol amortiguado por las nubes. El primer lugar destacado es la población de Goch, a la que llegué de noche, y allí, en un pequeño estanco, la niebla empieza a disiparse. No tuve ningún problema para comunicar mi intención de comprar tabaco, pero cuando el estanquero me preguntó: «Wollen Sie einen Stocknagel?» («¿Quiere una insignia para el bastón?»), me sentí perdido. De un cajón, donde las guardaba en una pulcra hilera, sacó una plaquita curva de aluminio, de unos dos centímetros y medio de largo, que tenía grabada en relieve una panorámica del pueblo y su nombre. Me dijo que costaba un Pfennig. Tomó mi bastón, insertó una tachuela en el orificio que había en cada extremo del pequeño medallón y lo fijó a la madera. Cada localidad de Alemania posee su propia placa, y al cabo de un mes, cuando perdí el bastón, ya tenía adheridas veintisiete de esas placas y brillaba como una vara de plata.

En el pueblo ondeaban banderas nacionalsocialistas, y en el escaparate de una camisería que estaba al lado del estanco había un surtido de equipo del partido: brazaletes con la cruz gamada, dagas de las Juventudes Hitlerianas, blusas para las Doncellas de Hitler y camisas pardas para miembros adultos de las SA. Flores para el ojal en forma de cruz gamada estaban dispuestas en forma de letras que decían HEIL HITLER, y un maniquí de cera andrógino y de sonrisa perlina vestía el uniforme completo de un Sturmabteilungsmann («soldado de asalto»). Identifiqué los rostros de algunas de las fotografías expuestas, y lo que decían otras personas que miraban el escaparate me informó de los nombres restantes.

—Mira, ahí está Roehm —dijo alguien, señalando al jefe de las SA que estrechaba la mano de quien lo sometería a una purga el próximo mes de junio—, ¡dando la mano al Führer!

Baldur von Schirach recibía el saludo de un desfile de Hitlerjugend; Goebbels estaba sentado ante su mesa de despacho, y Goering aparecía en uniforme de las SA; de uniforme blanco; con unos voluminosos pantalones cortos de cuero; acariciando a un cachorro de león; de chaqué y con corbata blanca de lazo y vestido con cuello de piel y sombrero de caza adornado con una pluma, apuntando con una escopeta de caza. Pero las de Hitler como camisa parda y la cabeza descubierta, o enfundado en un impermeable con cinturón o uniforme de chaqueta cruzada y gorra de plato, o dando palmaditas en la cabeza de una niñita de rubias trenzas y espacios entre los dientes que le ofrecía un ramo de margaritas superaban en número a todas las demás.

—«Ein sehr schöner Mann!» («Un hombre muy guapo») —dijo una mujer. Su compañera se mostró de acuerdo con un suspiro y añadió que tenía unos ojos preciosos.

En una calle lateral sonaban el crujido de pisadas regulares y el ritmo de una canción de marcha. Encabezados por un portaestandarte, una columna de las SA entró en la plaza. A la canción a cuyo ritmo marchaban, Volk, ans Gewehr! («Pueblo, a las armas»), que oiría con frecuencia durante las semanas siguientes, sucedió el ritmo belicoso de la Horst Wessel Lied («Canción del nido de Wessel»): una vez oída, jamás se olvidaba, y al finalizar los cantores recibieron la orden de hacer alto en una plaza cerrada por tres costados, donde permanecieron en posición de descanso. Había oscurecido y, a la luz de las farolas, se veía los gruesos copos de la nieve que había empezado a caer. Los hombres de las SA llevaban calzones, botas y rígidas gorras de esquí pardas, con los barboquejos bajo el mentón, como si fuesen motoristas, y cintos con pistolera. Sus camisas, con un brazalete rojo en la manga izquierda, parecían de papel marrón, pero mientras escuchaban las palabras de su jefe tenían un aspecto amenazador y resuelto. El jefe estaba en medio del cuarto lado, abierto, de la plaza y la aspereza de su discurso, aunque uno no entendiera su significado, producía escalofríos. Espaciaba unos crescendos irónicos con pausas apropiadas para la risa, y cada acceso de risa estaba precedido por un descenso de tono grave y admonitorio. Cuando finalizó la perorata, el orador se llevó la mano izquierda a la hebilla del cinto, extendió el brazo derecho y un bosque de brazos respondieron al unísono con un triple Heil! a su seco Sieg! preliminar. Entonces rompieron filas y se diseminaron por la plaza, sacudiendo las gorras para desprender la nieve y ajustando de nuevo los barboquejos, mientras el portaestandarte enrollaba su emblema escarlata y se alejaba con el asta sobre el hombro.

Creo que la hostería donde encontré albergue se llamaba Zum Schwarzen Adler. Hasta tal punto era el prototipo de tantas otras en las que acabé alojándome al finalizar la marcha de la jornada, que he de esforzarme por reconstruirla.

Las espirales opacas de los cristales emplomados ocultaban la nieve y los automóviles que transitaban por la calle, salpicando aguanieve, y una cortina de cuero que pendía de una barra semicircular por encima del umbral impedía que penetraran las frías ráfagas de viento. Alrededor de las mesas de roble macizo había bancos y sillas cuyos respaldos estaban horadados con corazones y rombos. Una gran estufa de cerámica se alzaba hasta las vigas, los troncos formaban altos rimeros y había serrín esparcido por las baldosas de color bermejo. A lo largo de unos estantes, colocadas por orden de altura, se exhibían unas jarras de cerveza con tapaderas de peltre. De la pared colgaba una lámina en color enmarcada que mostraba a Federico el Grande, con tricornio ladeado, montado en un inquieto caballo de batalla. Bismarck, con bolsas bajo los ojos, vestido de blanco y provisto de peto y un casco que lucía un águila en lo alto, se proyectaba al lado: Hindenburg, las manos cruzadas sobre la empuñadura de la espada, tenía la pesada reciedumbre de un hipopótamo, y desde un cuarto marco, el mismo Hitler nos miraba con un frunce en el ceño que daba una sensación de gran malevolencia. Unos carteles con corazones escarlata anunciaban el Kaffee Hag. Fijados en rígidas varillas, una docena de periódicos colgaban en hilera. Y a lo largo de las paredes estaban pintados unos alegres versos en enérgicos y negros caracteres góticos:

Wer liebt nicht Wein, Weib und Gesang,

Der bleibt ein Narr sein Leben lang!

(«¡Quien no ama el canto, las mujeres y el vino

durante toda su vida es un cretino!»)[2]

La cerveza, la semilla de alcaravea, la cera de abeja, el café, los troncos de pino y la nieve en fusión se combinaban con el humo de gruesos y cortos cigarros que impregnaban la atmósfera de un grato aroma en el que de vez en cuando se percibía el fantasma del Sauerkraut.

Hice sitio entre el expendedor de Pretzels, la botella de salsa Maggi y mi jarra con tapa sobre un posavasos redondo con el águila estampada y me puse a trabajar. Estaba terminando de anotar las impresiones de la jornada con una espectacular descripción del desfile cuando una docena de miembros de las SA entraron y tomaron asiento ante una larga mesa. Sin sus horribles gorras, parecían menos feroces. Uno o dos de ellos, que llevaban gafas, podrían haber sido empleados o estudiantes. Al cabo de un rato se pusieron a cantar:

Im Wald, im grünen Walde

Da steht ein Försterhaus...

(«En el bosque, en el verde bosque

allí está la casa del guarda...»)

La letra, referente a la guapa hija de un guardabosque, avanzó alegremente y finalizó con un coro estrepitoso y bruscamente sincopado. Lore, Lore, Lore, como se titulaba la canción, hacía furor en Alemania aquel año. La siguió de inmediato otra que se haría igualmente familiar y obsesiva. Como tantas canciones alemanas, hablaba del amor bajo los tilos:

Darum wink, mein Mädel, wink! wink! wink!

(«Por eso, haz señas mocita mía, ¡señas!, ¡señas!, ¡señas!»)

El verso que rimaba con este era «Sitz ein kleiner Fink, Fink, Fink» («Está sentado un pequeño pinzón, pinzón, pinzón»). (Tardé semanas en enterarme de que Fink significaba «pinzón», y que estaba posado en una de aquellas ramas de tilo.) Los golpes sobre la mesa acentuaban el ritmo. El sonido habría recordado a un club de rugby después de un partido si los cantores no hubieran sido tan diestros. Más tarde disminuyó el volumen, cesaron los golpes, el canto se hizo más suave, armonías y contrapuntos empezaron a trazar unas pautas más complejas. Alemania posee una rica antología de canciones regionales, y creo que aquellas eran soñadoras celebraciones de los bosques y las llanuras de Westfalia, largos suspiros de añoranza del hogar transportados musicalmente. Era encantador, y ese encanto hacía que entonces resultara imposible relacionar a los cantores con la matonería organizada, la destrucción de escaparates de tiendas judías y las quemas nocturnas de libros en hogueras.

Las planicies de Westfalia, verdes campos interrumpidos por zonas boscosas a intervalos, aparecieron al día siguiente con atisbos de marjales helados y un cielo en el que se cernía la amenaza de más nevadas. Un grupo de hombres con gorros a lo Robin Hood avanzaban cantando por un camino lateral con sus palas marcialmente al hombro. Un grupo similar, desplegado en hilera, cavaba briosamente y casi de una manera mecánica en un campo de nabos. Un campesino me dijo que pertenecían al Arbeitsdienst o Cuerpo de Trabajo. El hombre calzaba esos zuecos que siempre he relacionado con los holandeses, pero lo cierto era que se trataba del calzado habitual en el campo alemán hasta mucho más al sur. (Todavía recordaba unas pocas frases alemanas que había aprendido durante las vacaciones de invierno en Suiza, por lo que mis dificultades para comunicarme en Alemania no eran tan grandes como en Holanda. Puesto que no hablaría más que alemán en los meses siguientes, esos restos florecieron con mucha rapidez y adquirí una fluidez en absoluto gramatical. Es casi imposible reflejar en estas páginas, en cualquier momento determinado, mi paulatina soltura con la lengua.)

Aquella noche me detuve en la pequeña población de Kevelaer, que permanece alojada en mi memoria como una capilla lateral gótica cuajada de exvotos. Una imagen del siglo XVII de Nuestra Señora de Kevelaer destellaba en su hornacina, ataviada espléndidamente para Adviento con un manto de terciopelo morado cubierto de encaje de oro, una pesada corona y un halo de múltiples rayos detrás de la cabeza. Tenía la cara pintada como la de una infanta. Muchos peregrinos de Westfalia acudían a su capilla en otras estaciones del año, y sus milagros eran abundantes. A la mañana siguiente, una imagen de esa Virgen decoraba mi segundo Stocknagel.

Un poste indicador señalaba Kleve, de donde procedía Anna de Cleves, y otro Aachen: de haberme dado cuenta de que esta última ciudad era Aix-la-Chapelle o Aquisgrán y ese nombre tan solo el de la capital de Carlomagno en alemán, me habría encaminado allí a toda prisa. Lo cierto es que seguí la carretera de Colonia a través de la planicie. Sin nada digno de recordar, sin rasgos distintivos, se extendió hasta que en los bordes del Ruhr apareció una lejana empalizada de chimeneas industriales a lo largo del horizonte cuyos humos se unían en una franja uniforme que cubría el cielo.

¡Alemania!... Apenas podría creer que estaba allí.

Para alguien nacido en el segundo año de la Primera Guerra Mundial, esa palabra estaba cargada con más de un significado. Incluso mientras caminaba a través del país, tempranas nociones inconscientes, como la confusión inicial entre Germans y gérmenes y la certeza de que ambas cosas eran malas, seguían emitiendo vaharadas. Unas vaharadas, además, que en los años posteriores se habían expandido y condensado en nubes tan oscuras y ominosas como el humo del Ruhr a lo largo del horizonte, y aún lo bastante potentes para desatar sobre el paisaje un ánimo de... ¿de qué? Algo demasiado evasivo para apresarlo y proceder a su análisis con rapidez.

Debo remontarme catorce años atrás, al primer acontecimiento completo del que guardo memoria. Margaret, la hija de la familia que cuidaba de mí (véase la carta introductoria), me llevaba de la mano por los campos de Northamptonshire, al caer la tarde del 18 de junio de 1919. Era el día de la Paz, ella tenía doce años, según creo, y yo cuatro. En uno de los prados húmedos, una multitud de lugareños se habían reunido alrededor de un gran montón de leña al que solo le faltaba aplicar una cerilla, y encima, preparados para arder, había muñecos del káiser y el príncipe coronado.

El káiser llevaba un casco alemán con una púa en lo alto y una careta de trapo con enormes patillas. El pequeño Guille estaba equipado con un monóculo de cartón y un morrión de húsar confeccionado con una estera de chimenea, y ambos calzaban auténticas botas alemanas. Todos estaban tendidos en la hierba, cantando It’s a Long, Long Trail A-winding, The Only Girl in the World y Keep the Home Fires Burning, a las que siguieron Good-byee, Don’t Cryee y K-K-K-Katie. Estábamos esperando a que oscureciera lo suficiente para encender el fuego. (Recuerdo un detalle inoportuno: cuando casi había anochecido, un hombre llamado Thatcher Brown gritó: «¡Un momento!» y, aplicando una escala al montón de leña, trepó y descalzó a los muñecos, dejando unos haces de paja que sobresalían por debajo de las rodillas. Se alzaron protestas, a las que él replicó: «Estas botas son demasiado buenas para desperdiciarlas.») Por fin alguien prendió fuego a la retama de la parte inferior y se alzaron grandes llamaradas. Todos los presentes se cogieron de las manos y danzaron alrededor de la fogata, cantando Mademoiselle from Armentières y Pack Up Your Troubles in Your Old Kitbag. El campo entero se iluminó, y cuando las llamas alcanzaron a los dos muñecos, hubo una serie de explosiones irregulares: debían de haberlos rellenado de fuegos artificiales. Los cañutos de papel llenos de pólvora salieron disparados y la noche se llenó de estrellas. Todo el mundo aplaudía y lanzaba vítores y gritos de: «¡Allá va el káiser Guille!». Para los niños como yo, subidos a los hombros de los mayores, fue un momento de éxtasis y terror. Iluminadas por las llamas, las figuras de los bailarines que se habían detenido lanzaban rayos concéntricos de sombra sobre la hierba. Los dos muñecos que estaban en lo alto empezaban a derrumbarse como fantasmales espantapájaros de ceniza roja. Los muchachos corrían, agitaban bengalas, gritaban, lanzaban petardos, entraban y salían del círculo de espectadores... cuando el griterío cambió de registro. Se oyeron chillidos y, a continuación, frenéticas llamadas de auxilio. Todo el mundo acudió a un solo lugar, y miraron algo que estaba en el suelo. Margaret fue con ellos y regresó a toda prisa a mi lado. Me puso las manos en los ojos, y echamos a correr. Cuando estábamos a cierta distancia, me subió sobre sus hombros, diciéndome: «¡No mires atrás!». Cruzó los campos oscuros, entre los almiares y saltando por encima de los muros bajos, tan rápido como se lo permitían las piernas. Pero de todos modos volví la cabeza un momento y observé que la hoguera abandonada iluminaba a la muchedumbre que se había reunido bajo los sauces. Aunque no distinguía lo que estaba ocurriendo, todo daba una sensación de desastre y desventura. Cuando llegamos a casa, Margaret subió corriendo las escaleras, me desvistió, me metió en su cama y se tendió a mi lado, abrazándome contra su camisón de franela. Sollozaba y temblaba, pero no quería responder a ninguna pregunta. Al cabo de varios días, y solo después de un asedio interminable, me contó lo que había sucedido. Uno de los chicos del pueblo bailaba en la hierba con la cabeza echada atrás y una vela en la boca. Un petardo se le deslizó entre los dientes y le bajó por la garganta. Lo llevaron al arroyo en estado grave («escupiendo estrellas», decían), pero ya era demasiado tarde...

Fue un comienzo espeluznante. Algún tiempo después, Margaret me llevó a presenciar el desfile de camiones llenos de prisioneros alemanes que se marchaban. Luego, a ver Los cuatro jinetes del Apocalipsis, una película que me dejó una impresión confusa de obuses que estallaban, cadáveres en alambradas y una orgía de oficiales prusianos en un castillo. Mucho después, viejos ejemplares de Punch y Queen’s Mary Gift Book, así como álbumes con caricaturas de la época bélica, apoyaron la mística siniestra con una nueva serie de utilería teatral: relatos de atrocidades, granjas incendiadas, catedrales francesas en ruinas, zepelines y el paso de la oca; ulanos galopando a través de los bosques otoñales, húsares con la enseña de la calavera, oficiales encorsetados con cruces de hierro, cicatrices causadas por la práctica de la esgrima, monóculos y risas entrecortadas... (¡Qué diferentes de nuestros propios subalternos, con su aire despreocupado, en ilustraciones similares! Fox terriers, polainas de piel de zorro, crema para el cabello Anzora y cigarrillos Abdullah. ¡Y el bueno de Guille encendiendo su pipa bajo las bengalas de estrella!) Las figuras militares alemanas tenían cierto atractivo aterrador, pero no así los civiles. El colérico padre de familia, su esposa con la chaqueta bien abrochada, los hijos con gafas y de aspecto pedantesco y el detestable perro pachón, recitando el Himno del Odio entre las salchichas y las jarras de cerveza... No había nada que suavizara la foránea peculiaridad de esas imágenes. Más adelante, los malos de los libros (cuando no eran chinos) eran siempre alemanes, espías o científicos megalómanos que pretenden dominar el mundo. (¿Cuándo sustituyeron esas imágenes al estereotipo de comienzos del siglo XIX, en el que Alemania era un conjunto de principados poblados exclusivamente, con la excepción de Prusia, por filósofos, compositores, músicos, campesinos y estudiantes que bebían y cantaban en armonía? Tal vez después de la guerra francoprusiana.) En fecha más reciente había aparecido Sin novedad en el frente, poco después se publicaron relatos sobre la vida nocturna de Berlín... No hubo mucho más hasta que los nazis llegaron al poder.

¿Qué aspecto tenían los alemanes, ahora que me encontraba entre ellos?

Ninguna nación podría mantenerse fiel a una imagen tan melodramática. De una manera decepcionante pero predecible, muy pronto observé que me gustaban. En Alemania existe una tradición de benevolencia hacia el joven errante: la misma humildad de mi condición actuaba como un «Ábrete, Sésamo» de la amabilidad y la hospitalidad. Me sorprendía no poco que el hecho de ser inglés pareciera ayudarme: era un pájaro raro y objeto de curiosidad. Pero aunque los aspectos agradables hubieran sido menores, habría sentido afecto hacia ellos. Por fin estaba en el extranjero, lejos de mi hábitat familiar, separado por el mar de las marañas del pasado, y todo esto, combinado con la euforia creciente y sin trabas del viaje, lo recubría todo de un brillo dorado.

Incluso el cielo plomizo y el austero paisaje alrededor de Krefeld se transformaban en una región misteriosa y encantadora, aunque esa gran ciudad industrial solo sobrevive como un hito en el camino donde hallar refugio por una noche. ¡Pero al final de la jornada siguiente, la animación crepuscular de Düsseldorf significaba que me hallaba de nuevo en el Rin! Allí, una vez más, fluía el gran río entre terraplenes, sus aguas surcadas por gabarras y con las orillas enlazadas por un puente enorme y moderno (llamado, un tanto ofensivamente, el Skagerrakbrücke («Puente del Calvo»), por la batalla de Jutlandia) no parecía más estrecho que cuando nos separamos. Había grandes avenidas cuya perspectiva disminuía en la otra orilla, jardines, un castillo y un lago ornamental donde el juego de los cisnes, estático e inevitablemente narcisista, se reflejaba en el agua de los redondeles cortados para ellos en el hielo. Pero no recuerdo que hubiera ningún cisne negro, como el de Thomas Mann en la misma extensión acuática.

Pregunté a un policía dónde estaba el asilo. Tras una hora de camino, llegué a un barrio escasamente iluminado. Almacenes, fábricas y patios silenciosos yacían bajo una espesa capa de nieve intacta. Pulsé el timbre y un franciscano barbudo y calzado con chanclos abrió la puerta y me condujo a un dormitorio en el que se alineaban camastros de madera con jergones de paja. El aire estaba muy viciado, y se oían susurros dispersos. La luz de una farola de la calle que se filtraba a través de las ventanas revelaba que todas las camas situadas cerca de la estufa estaban ocupadas. Me quité las botas y, una vez acostado, me puse a fumar, a modo de defensa propia. No había dormido en una sala con tanta gente desde que abandoné la escuela. Algunos de mis condiscípulos seguirían allí, al final de su último curso, y, cuando estaba a punto de dormirme, pensé que en aquel mismo momento estarían bien cómodos en sus cubículos con cortinas verdes mucho después de las rondas del profesor encargado de su sección, con las luces apagadas, la campana Harry dando la hora y la voz del vigilante nocturno que anunciaría una noche tranquila en el recinto.[3]

Una nota larga, estertorosa, y una variación de tono gutural en la cama vecina me despertaron con un sobresalto. La estufa se había apagado. Ronquidos, gemidos y suspiros formaban un coro. Aunque todos estaban profundamente dormidos, de vez en cuando se oían fragmentos de frases, alguna risa, azarosas explosiones de sonido. Alguien entonaba unos compases de cierta canción y se interrumpía de repente. Las pesadillas de Renania, que habían aguardado agazapadas en las vigas, se abatían contra los durmientes.

El patio estaba a oscuras y nevaba todavía cuando el monje de turno nos dio hachas y sierras y, a la luz de un farol, nos pusimos a trabajar en un montón de troncos. Una vez cortados, pasamos ante un segundo monje silencioso, el cual nos dio a cada uno un tazón metálico de café a cambio de nuestras herramientas. Otro monje distribuyó rebanadas de pan negro y, una vez repartidos los tazones, el muchacho con el que había formado equipo para aserrar los troncos rompió los carámbanos que obturaban el caño de la bomba de agua y movimos la palanca por turno para quitarnos el sueño de la cara. Entonces abrieron las puertas.

Mi compañero de equipo era un sajón de Brunswick que se dirigía a Aachen, donde, tras haber obtenido resultados nulos en Colonia, Duisburg, Essen y Düsseldorf, y recorrido todo el Ruhr, esperaba encontrar trabajo en una fábrica de alfileres y agujas. «Gar kein Glück!» («Nada de suerte!»), me dijo. Encorvó los hombros bajo la chaqueta de leñador y se bajó las orejeras del gorro. Ya había algunos transeúntes, encorvados como nosotros para protegerse de los copos de nieve. Esta se amontonaba en salientes y alféizares, y cubría las aceras de alfombras blancas que no habían sido holladas. Pasó por nuestro lado un tranvía estrepitoso con las luces todavía encendidas, aunque empezaba a ser de día, y cuando llegamos al centro de la ciudad, los impecables jardines blancos y los árboles cubiertos de hielo se extendían alrededor de la estatua de un elector, uno de aquellos príncipes alemanes que tenían derecho a elegir al emperador del Sacro Imperio Romano. Pregunté a mi compañero por el gobierno: ¿servían para algo? «Ach Quatsch!» («¡Todo podrido!»), respondió, y se encogió de hombros, como si fuese un tema demasiado fatigoso para hablar de él con mis escasos conocimientos del idioma. Se había visto en apuros, y no tenía ninguna esperanza de que las cosas fuesen a mejorar... La oscuridad del cielo se iba disolviendo y una luz amarillo limón se filtraba a través de las brechas en las nubes cargadas de nieve cuando cruzamos el puente Skagerrak. El sonido de una sirena río abajo indicaba que un barco de mucho calado estaba anclando. En el cruce de caminos, al otro lado del puente, encendimos los dos últimos cigarros de un paquete que había comprado en el Stadthouder. Él exhaló una humareda y se echó a reír: «Man wird mich für einen Grafen halten!», comentó («¡Me tomarán por un conde!»). Cuando había dado unos pasos, se volvió, agitó el brazo y me gritó: «Gute Reise, Kamerad!» («¡Buen viaje, compañero!»). Entonces reanudó su camino hacia Aachen. Yo partí al sur y río arriba, en dirección a Colonia.

Tras un primer atisbo a lo lejos, las dos famosas torres catedralicias fueron ganando en altura a medida que se iban reduciendo los kilómetros que nos separaban. Por fin dominaron la llanura bajo el cielo encapotado, como deben hacerlo las torres de una catedral, desapareciendo cuando las afueras de la ciudad se interponían, y alzándose de nuevo en el crepúsculo ante mí, cuando dirigí mi mirada a todos aquellos santos apretujados en las tres arcadas góticas. Una vez en el interior, ya estaba demasiado oscuro para ver los colores de los vitrales, pero sabía que me hallaba en la mayor de las catedrales góticas que posee la Europa septentrional. Aparte de la pequeña constelación de cirios que ardían en la penumbra de una capilla lateral, todo estaba oscuro. Había mujeres arrodilladas, mezcladas con monjas, y el murmullo de la segunda mitad del «Gegrüsset seist Du, Maria» («Ave, María»), se alzaba como un coro que respondía al solo inicial del sacerdote. Era audible el discreto tintineo de los rosarios que llevaban la cuenta de las plegarias acumuladas. Uno comprendía que en templos con torres abiertas como la catedral de Colonia los fieles creyeran que sus oraciones partían con más ventaja que las dichas bajo una cúpula donde las sílabas podían revolotear durante horas. En los chapiteles seguían la trayectoria ascendente de los arcos apuntados y se encaminaban de inmediato a su destino.

En los escaparates de las tiendas había oropel, estrellas, y en las calles pancartas suspendidas que decían FRÖHLICHE WEIHNACHT! («¡Feliz Navidad»!). Lugareños con chanclos y mujeres con botas de goma forradas de vellón resbalaban en las aceras heladas, lanzaban exclamaciones y grititos y esparcían alrededor su carga de paquetes. La nieve se amontonaba donde podía, y el aire frío y las luces daban a la ciudad una auténtica atmósfera de postal navideña. ¡Por fin había llegado! Faltaban solo días para la Navidad. En los muros de ladrillo antiguo se abrían pórticos de estilo renacentista, los pisos superiores se prolongaban en salientes de madera tallada y vidrio, triángulos de lados escalonados bordeaban los empinados gabletes, águilas, leones y cisnes se balanceaban desde curvas abrazaderas de hierro a lo largo de un laberinto de callejones. Cada vez que sonaba la hora, las torres incrustadas de santos se desafiaban mutuamente a través de la nieve, y la rivalidad de aquellas grandes campanas dejaba una vibración en el aire.

Más allá de la catedral y directamente debajo de los contrafuertes del ábside, una calle bajaba en pronunciada pendiente hacia los muelles. Vapores sin línea regular, remolcadores, gabarras y barcos de considerable tonelaje estaban anclados bajo los tramos de los puentes, y en los bares y cafés sonaba música estridente. Había acariciado la idea, si encontraba los amigos apropiados, de pedir que me dejaran embarcar en una gabarra y navegar río arriba en la forma debida durante algún tiempo.

Hice amigos, desde luego. Lo contrario habría sido imposible. El primer lugar era un garito de marineros y tripulantes de gabarras calzados con altas botas náuticas que les llegaban a las rodillas, forradas de fieltro y con gruesas suelas de madera. Engullían briosamente un vaso de schnapps tras otro. Después de cada trago de licor tomaban un sorbo de cerveza, y empecé a hacer lo mismo. Las chicas que entraban y salían del local eran bonitas pero bastas, y había una corpulenta, con un jersey de marinero ceñido y una gorra de gabarrero ladeada sobre la cabellera que parecía de algodón de azúcar, llamada Maggi (otra forma de decir Magda), la cual saludaba a cada recién llegado gritando: «¡Hola, Bubi!», al tiempo que le daba un pellizco fuerte, astutamente retorcido y muy doloroso en la mejilla. El sitio me gustó, sobre todo después de haber tomado varios schnapps, y pronto trabé amistad con dos sonrientes gabarreros cuyo acento bajo alemán, incluso estando sobrios, rehuiría la comprensión del lingüista más experto. Se llamaban Uli y Peter. «No nos trates de Sie —insistió Uli, cejijunto y apuntándome con un índice tembloroso—, basta con Du.» Entonces celebramos este avance del usted a la mayor intimidad del tú tomando Brüderschaft. Vasos en mano, rodeándonos con los brazos derechos como las tres Gracias en una fuente pública parisiense, bebimos al mismo tiempo y luego nos rodeamos con los brazos izquierdos, antes de formar una trinidad con las mejillas, maniobra tan compleja como la de ser armados caballeros o investidos con el Toisón de Oro. La primera mitad de la ceremonia transcurrió sin tropiezo, pero una pérdida de equilibrio en la segunda, mientras aún teníamos los antebrazos entrelazados, nos hizo acabar a los tres en el suelo cubierto de serrín, como borrachines que no se tienen en pie. Luego, con la inestabilidad de quien lleva encima una buena tajada, se internaron dando tumbos en la noche, tras dejar a su nuevo compañero de fraternidad bailando con una chica que se había unido a nuestro tambaleante grupo. Pensé que los clavos de mis botas no podían ser más nocivos para sus relucientes zapatos de baile que las botas náuticas que pisoteaban el suelo a nuestro alrededor. Era muy bonita, pero le faltaban dos dientes delanteros. Me dijo que se los habían roto la semana anterior durante una trifulca.

Me desperté en la vivienda de un gabarrero, por encima de un bosquecillo de mástiles, y decidí quedarme un día más en aquella maravillosa ciudad.

Se me había ocurrido que podría aprender el alemán con más rapidez si leía a Shakespeare en la famosa traducción alemana. El joven dependiente de la librería hablaba un poco de inglés, y le pregunté si esa versión era realmente tan buena. Él se mostró entusiasmado y afirmó que la versión de Schlegel y Tieck era casi tan buena como el original, por lo que compré Hamlet, Prinz von Dänemark en edición de bolsillo. El muchacho era tan servicial que le pregunté si habría alguna manera de navegar río arriba en gabarra, y él llamó a un amigo, que tenía más fluidez en el manejo del inglés, para consultarle. Le expliqué que era estudiante, que viajaba a Constantinopla a pie y sin mucho dinero, y que no me importaban las incomodidades. El recién llegado me preguntó qué estudiaba. Literatura, respondí. Quería escribir un libro. «¡Ah! ¿Viajas por Europa como Childe Harold?», inquirió. «¡Sí, sí! ¡Exactamente como Childe Harold!». Quisieron saber dónde me alojaba, se lo dije y soltaron un bufido, horrorizados y, al mismo tiempo, divertidos. Ambos eran encantadores, y al final me pidieron que me alojara en casa de uno de ellos. Nos encontraríamos por la noche.

Pasé el día explorando iglesias y galerías de arte, y contemplando viejos edificios, con ayuda de una guía prestada.

Hans, mi anfitrión, había sido condiscípulo de Karl, el librero, en la Universidad de Colonia. Durante la cena me dijo que había arreglado las cosas para que, al día siguiente, me admitieran gratis en la ristra de gabarras que zarparían río arriba y, si lo deseaba, podrían llevarme hasta la Selva Negra. Tomamos delicioso vino del Rin y hablamos de literatura inglesa. Colegí que los autores esenciales en Alemania eran Shakespeare, Byron, Poe, Galsworthy, Wilde, Maugham, Virginia Woolf, Charles Morgan y, muy recientemente, Rosamund Lehmann. Les pregunté si conocían a Priestley y The Good Companions... ¿Y La historia de San Michele?

Era la primera vez que visitaba una casa alemana. Tenía mobiliario victoriano, cortinas que se mecían tenuemente, una estufa con baldosas de porcelana verde y muchos libros que presentaban las características encuadernaciones alemanas. La alegre casera de Hans, viuda de un catedrático de la universidad, se reunió con nosotros para tomar té perfumado con coñac. Respondí a muchas de las preguntas sobre Inglaterra que me formulaban con sincero interés: ¡cuán afortunado y digno de envidia era, me dijeron, al pertenecer a ese reino dichoso donde todo era tan razonable y sensato! La ocupación aliada de Renania había finalizado menos de diez años atrás, y la mujer dijo que los británicos habían causado una impresión excelente. La vida que me describió giraba en torno del fútbol, los combates de boxeo, las cacerías de zorros y el teatro. Los tommies, como se conoce a los soldados rasos ingleses, se emborrachaban, por supuesto, y se peleaban entre ellos en las calles (la casera alzó las manos e hizo el gesto de ponerse en guardia), pero rara vez agredían a las gentes del lugar. En cuanto al coronel que se había alojado durante años en su casa, fumador de pipa y poseedor de varios fox terriers... ¡qué caballero! ¡Qué amabilidad, tacto y sentido del humor! «Ein Gentleman durch und durch!» («¡Un caballero de los pies a la cabeza!»). Y su joven ordenanza —¡un ángel!— se había casado con una muchacha alemana. Ese mundo idílico de tommies joviales y coroneles Bramble parecía casi demasiado bueno para ser cierto, y su resplandor me alcanzaba indirectamente. Todos convinieron en que las cosas habían sido muy distintas con los franceses. Hubo, al parecer, mucha fricción, incluso derramamiento de sangre, y el rencor todavía perduraba. Se debía sobre todo a la presencia de unidades senegalesas entre las tropas de ocupación, pues el hecho de que hubieran incluido a esos hombres se había interpretado como un acto de venganza calculado. Hablamos del derrumbre del Reichsmark y de las reparaciones. Hitler salió a relucir. La viuda del profesor no lo tragaba: ¡una cara de expresión tan malévola! «So ein gemeines Gesicht!» («¡Una cara tan vulgar!»), ¡y esa voz! Los otros dos también estaban en contra del Führer y el movimiento nazi: no era ninguna solución para los problemas de Alemania, y, sin causa alguna, la conversación se deslizó por un cauce deprimente. (Adiviné que ese tema era objeto de constantes discusiones y que todos estaban en contra, pero de maneras diferentes y por distintas razones. Era una época en que se producían rupturas de familias y amistades en toda Alemania.) La conversación se animó al abordar la literatura alemana: aparte de Remarque, el único libro alemán que yo había leído era una traducción del Zaratustra. A ninguno de ellos les interesaba mucho Nietzsche, «pero nos entendió a los alemanes», dijo Hans en un tono ambiguo. Hablamos entonces de la pronunciación erasmiana del latín, y a continuación recitamos pasajes rivales de las lenguas antiguas: un alarde inocente sin tiempo para que ninguno de nosotros se quedara seco. Nos fuimos acalorando, armamos jaleo y nuestra anfitriona estaba encantada. ¡Cuánto le habría gustado a su marido! La velada finalizó con una tercera ronda de apretones de manos. (La primera había tenido lugar a mi llegada y la segunda al comienzo de la cena, cuando pronunciaron ritualmente la palabra Mahlzeit [«Buen provecho»]. Las jornadas en Alemania transcurren en medio de una serie de tales formalidades.)

Al final de la velada me esperaba la delicia de un baño, el primero desde que partí de Londres. Me pregunté si habrían encendido la alta caldera de cobre a consecuencia de mi animada descripción de la noche que había pasado en el asilo, de donde podría haber salido cargado de parásitos...

—El despacho de mi marido —me había dicho mi anfitriona, con un suspiro, cuando me mostró mi habitación.

Y allí, bajo otro de aquellos edredones que parecían de merengue, me tendí por fin entre sábanas limpias en un enorme sofá de piel, con una lámpara al lado bajo una hilera tras otra de clásicos griegos y latinos. Las obras de Mommsen, Kant, Ranke, Niebuhr y Gregorovius se alzaban hasta un techo decorativamente estarcido con esfinges y musas. Había bustos en yeso de Pericles y Cicerón, una panorámica victoriana de la bahía de Nápoles detrás de un escritorio macizo y, en la paredes, en los claros entre los volúmenes, desvaídas y ampliadas, enormes fotografías de Paestum, Siracusa, Agrigento, Selinunte y Segesta. Empecé a comprender que la vida de la clase media alemana tenía unos encantos de los que nunca había oído hablar.

Los frontones de los muelles del Rin se deslizaban con rapidez y, cuando adquiríamos velocidad y pasábamos por debajo de uno de los tramos del primer puente, todas las luces de Colonia se encendieron al mismo tiempo. En un instante la ciudad desvaída surgió de la oscuridad y se expandió en una infinidad geométrica de bombillas eléctricas. Esqueletos decrecientes de puntos luminosos aparecieron en las orillas y unieron sus manos por encima del cauce fluvial en una secuencia de puentes bordeados de farolillos. Colonia se deslizaba a popa. Las torres de la catedral fueron los últimos hitos de la ciudad que quedaron, y cuando empezaron a reducirse un sol rojo oscuro se puso a través de franjas ambarinas, en una vaga Abendland que se alejaba rielante hacia las Ardenas. Contemplé la escena crepuscular desde la proa de la gabarra que iba en cabeza. La nueva placa fijada a mi bastón conmemoraba a los tres Reyes Magos, cuyos huesos había traído de la cruzada Federico Barbarroja, y la leyenda de santa Úrsula y su acompañamiento de once mil vírgenes.[4]

Las gabarras transportaban cemento a Karlsruhe, donde cargarían madera de la Selva Negra y zarparían de nuevo río abajo, probablemente hacia Holanda. Aquellas embarcaciones eran, ya de entrada, muy bajas en el agua, y los sacos de cemento estaban atados bajo tela alquitranada para impedir que un aguacero convirtiera el cemento en piedra. Cerca de la popa de la primera gabarra, la chimenea emitía un volumen de humo de diésel maloliente, y precisamente detrás de esa nociva humareda estaba el timón, parecido a una viga y pintado de color vivo.

¡Los tripulantes eran los amigos que había hecho en el bar! Fui el primero en darme cuenta de ello. Los otros lo hicieron más lentamente, con acongojados gritos de reconocimiento a medida que todo volvía gradual y dolorosamente a su memoria. Cuatro literas en desorden se alineaban en las paredes del camarote, y en medio había un brasero. En las tablas de aquellas madrigueras estaban fijadas con chinchetas postales de Anny Ondra, Lilian Harvey, Brigitte Helm y Marlene Dietrich; allí estaba Max Schmeling, con los guantes de boxeo alzados, agachado para golpear, y dos chimpancés montados en una jirafa. Uli, Peter y el maquinista del motor diésel eran todos ellos de Hamburgo. Nos sentamos en las literas inferiores y comimos patatas fritas mezcladas con Speck («tocino»), trozos de grasa de cerdo fría que me pareció lo peor que había comido jamás. Yo aporté una salchicha con ajo y una botella de schnapps («aguardiente»), (regalos de despedida que me habían hecho en Colonia) y, al ver la botella, Uli aulló como un perro herido. Todos ellos habían pasado en Colonia un período difícil y eran presa de una resaca colectiva, pero de todos modos la botella no tardó en quedar vacía. Luego Peter sacó una armónica primorosa. Cantamos Stille Nacht («Noche de paz») y aprendí la letra de Lore, Lore, Lore («Leonor, Leonor, Leonor») y Muss i denn, muss i denn zum Städtele ‘naus («Entonces debo, entonces debo marcharme de la ciudad»), y me dijeron que esta canción había sido el equivalente, en tiempo de guerra, de Tipperary. Siguió una canción sobre Sankt Pauli und die Reeperbahn («San Pablo y el tranvía»). Uli se hizo caer sobre la frente un mechón de pelo, se puso el extremo de un peine bajo la nariz para simular un bigote en forma de cepillo de dientes e imitó a Hitler pronunciando un discurso.

La noche era clara y estrellada, pero muy fría, y me dijeron que moriría congelado sobre los sacos de cemento. Había querido meterme en el saco de dormir y permanecer allí tendido contemplando las estrellas. Así pues, me acomodé en una de las literas, y de vez en cuando me levantaba para fumar un cigarrillo con quienquiera que estuviese de turno al timón.

Cada gabarra tenía una luz a babor y otra a estribor. Cuando otra hilera de gabarras se deslizaba río abajo, ambas flotillas hacían señales con faroles, las dos largas filas indias pasaban una al lado de la otra, y durante un minuto o dos cada una se mecía en la estela que había dejado la otra. En un momento determinado adelantamos a un transbordador que arrastraba nueve gabarras, la longitud de cada una de las cuales era el doble de la nuestra; y más adelante la mota brillante de un vapor centelleó a lo lejos. Se expandió mientras avanzaba hasta que lo tuvimos al lado, muy alto por encima de nosotros, y entonces se fue empequeñeciendo y desapareció. En las riberas, entre los pueblos iluminados por las estrellas que se sucedían río abajo, se veían los huecos de profundas canteras. A lo largo y ancho de la llanura brillaban tenuemente pueblos y aldeas. Aunque navegábamos contra la corriente, nos movíamos con más lentitud de la debida, pues al maquinista no le gustaba el sonido del motor: si se averiaba del todo, nuestra pequeña procesión flotaría caóticamente hacia atrás y río abajo. Hileras de barcazas nos adelantaban una y otra vez. Amanecía y sacudíamos las cabezas para desperezarnos cuando atracamos en los muelles de Bonn.

El cielo estaba encapotado y los edificios clásicos, los jardines públicos y los árboles sin hojas tenían un aspecto deslustrado contra la nieve, pero no me atrevía a alejarme demasiado, por si de repente estábamos preparados para zarpar. Cada vez que regresaba a la embarcación, veía a mis compañeros más manchados de combustible de motor diésel; el motor estaba desmontado en la cubierta, entre llaves de tuerca y sierras para cortar metales, en un caos cada vez más irreparable, y cuando anocheció su salvación parecía imposible. Cenamos cerca del río y Uli, Peter y yo dejamos al maquinista con su soplete y fuimos a ver una película de Laurel y Hardy, a la que habíamos echado el ojo nada más llegar, y nos desternillamos de risa hasta que cayó el telón.

¡Al amanecer todo se había solucionado! El sonido del motor tenía una nota nueva y briosa. El campo fue deslizándose río abajo a gran velocidad, la Siebengebirge y la Drachenfels, visitada por Siegfried, empezaron a ascender bajo la brillante mañana. Los picos serrados de esas montañas vertían alternativamente rayos de sol y franjas de sombra sobre el agua. Navegábamos entre islotes cubiertos de árboles. El Rin serpenteaba a nuestro alrededor, la corriente era más rápida, las proas de las embarcaciones arrugaban la superficie del agua con líneas en forma de flecha y cada hélice trazaba su propio surco entre esas líneas en expansión. En cada popa ondeaba una bandera tricolor, y la roja, blanca y azul holandesa era casi tan frecuente como la negra, blanca y roja alemana. Unas pocas banderas con los mismos colores que la holandesa pero con las franjas perpendiculares en vez de horizontales, ondeaban en los barcos franceses de poco calado procedentes de los muelles de Estrasburgo. Los colores más excepcionales eran el negro, amarillo y rojo de Bélgica. Esos barcos, tripulados por valones de Lieja, habían llegado al gran río desde el Mosa, por debajo de Gorinchen. (¡Qué lejos parecían ahora de la pequeña población, una lejanía tanto espacial como temporal!) Una suma formalidad gobernaba todo aquel ir y venir. Mucho antes de cruzarnos o adelantarnos, desde cada embarcación se agitaban las banderas adecuadas el número de veces prescrito, y a estos intercambios les seguían largos toques de sirena. Una nota respondía a la otra, y estos saludos, respuestas y colores recíprocamente ondeados expandían una encantadora atmósfera de ceremonia sobre el tráfico fluvial, como los sombrerazos entre nobles. En ocasiones un Schleppzug («tren de gabarras») estaba tan hundido bajo su carga, que la ola en espiral producida por la proa ocultaba por turnos las embarcaciones, como si se hundieran una tras otra y entonces emergieran durante unos segundos mientras la ola caía, solo para desvanecerse la próxima vez que el agua se alzaba, y así a lo largo de toda la línea. Las gaviotas seguían rozando el agua, se lanzaban en picado, se cernían aleteando, en busca de restos arrojados al río, o se posaban en los baluartes y permanecían allí, inmóviles y melancólicas, durante uno o dos minutos. Yo contemplaba todo esto desde el nido que me había hecho entre los sacos, con una taza de café de Uli en una mano y una rebanada de pan en la otra.

¡Qué estimulante era aquel alejamiento de la llanura! A cada minuto que pasaba, las montañas ascendían con más firmeza. Los puentes unían las pequeñas ciudades de una a otra orilla, y la corriente rodeaba los machones a cada lado mientras avanzábamos río arriba. Los hoteles, cerrados en invierno, se alzaban por encima de los tejados, y los embarcaderos para los vapores de pasaje se proyectaban en el agua. Bad Godesberg, que aún no era el lugar afamado que llegaría a ser, se deslizó velozmente. En las cimas había castillos en ruinas, alzándose como las torretas del Caballero Verde ante sir Gawain. Uno de ellos, según decía en mi mapa fluvial plegable, podría haber sido construido por Roldán. El siguiente castillo se relacionaba con Carlomagno. Los palacios de electores, príncipes y arzobispos amantes del placer, que sobresalían entre los altos árboles, reflejaban el sol de numerosas ventanas. El castillo de los príncipes de Wied salió de entre bastidores, se deslizó hasta el centro y abandonó lentamente el escenario. ¿Fue aquí donde creció Mpret de Albania, cuyo reinado duró tan poco? ¿Fueron algunos de esos castillos las moradas de aquellos nobles de nombres románticos, Rheingrafen y Wildgrafen, es decir, condes del Rin o condes del bosque, o de las tierras vírgenes o de los ciervos? Me dije que, de haber tenido que ser alemán, no me habría importado ser un Wildgrave o un Rhinegrave... Un grito desde el camarote interrumpió estos pensamientos: Uli me ofreció un plato de deliciosas judías cocidas y guarnecidas con el espantoso Speck, el cual me apresuré a ocultar y arrojé al Rheingold cuando nadie me veía.

En los pliegues en forma de concertina de mi mapa las riberas anotadas parecían una obstrucción del tráfico histórico. Avanzábamos resoplando a lo largo del limes de César con los francos. «César tendió un puente sobre el Rin...» Sí, pero ¿dónde?[5] Más adelante los emperadores trasladaron la frontera hacia el este, hasta las montañas que se alzaban mucho más allá de la orilla izquierda, donde, según decían, el bosque herciniano, hogar de los unicornios, era demasiado denso para permitir el despliegue de una cohorte, y no digamos una legión. (¡No hay más que ver lo que les sucedió a las legiones de Quintilio Varo a ciento sesenta kilómetros al noreste! Eran aquellas unas regiones inciertas, en absoluto similares a las riberas del brillante Rin: la Frigund del mito alemán, una espesura que proseguía al cabo de dos meses de viaje y el acoso, cuando los unicornios desaparecieron para ocupar su lugar en la fábula, de lobos, alces, renos y bisontes europeos. Cuando llegó la Edad Media no encontró luces que extinguir, pues ninguna había brillado jamás allí.) Hacia el oeste, el mapa indicaba los contornos del reino de Lotario tras la disolución del imperio carolingio. Las fragmentaciones estaban ilustradas heráldicamente por medio de numerosas espadas cruzadas, báculos y escudos con coronas cerradas, coronas pequeñas y mitras en lo alto, así como gorros de elector que, doblados hacia arriba, mostraban el forro de armiño. A veces los sombreros de los cardenales levitaban sobre sus pirámides gemelas de borlas, y un fárrago de penachos surgía de los cascos de los caballeros bandidos. Cada uno de esos emblemas simbolizaba una pieza en un rompecabezas de Estados feudales minúsculos pero audazmente soberanos que solo habían rendido tributo al sacro emperador romano. Cada uno de ellos cobraba tributo a las desdichadas embarcaciones que navegaban bajo sus murallas almenadas, y cuando el avance de Napoleón exorcizó el persistente espectro del reino de Carlomagno, sobrevivieron, y siguen en pie, formando un confeti de mediatizaciones. En la terraza de un Schloss al lado del río, un descendiente enfundado en una chaqueta de estilo Norfolk, iba de un lado a otro al tiempo que encendía el puro de media mañana.

La asombrosa procesión se prolongó durante todo el día.

Nos estábamos acercando a la ciudad amurallada de Andernach. El maquinista roncaba en su litera, Peter, al timón, fumaba y yo tomaba el sol sobre el techado del camarote mientras de la armónica de Uli brotaba una cascada de floreos y notas de adorno. Tras dejar atrás dos o tres puentes y otra media docena de castillos, avanzando durante una hora más o menos entre pendientes cubiertas de nieve, perdimos velocidad al socaire de la Ehrenbreitstein. Esta moderna fortaleza, de tamaño colosal y con un aspecto de gran actividad, era un acantilado de mampostería erizado de casamatas y provisto de troneras. La ciudad de Coblenza se alzaba en la otra orilla, trazando una noble curva.

Escoramos hacia el muelle de la ribera occidental, poco a poco, para impedir que las gabarras chocaran entre sí o se acumularan al perder velocidad. Hicieron toda esa maniobra por mí, pues los demás tenían que seguir adelante sin pérdida de tiempo. Fue una despedida triste: «Du kommst nicht mit?» («¿No vienes con nosotros?»), gritaron. Cuando estábamos muy cerca del malecón y la velocidad era mínima, salté a tierra. Agitamos las manos mientras ellos regresaban al centro del río, y Uli hizo ulular lastimeramente la sirena varias veces antes de producir un largo sonido de despedida que resonó de un modo asombroso a lo largo de los riscos de Coblenza. Entonces la hilera de gabarras se enderezó, pasó bajo un puente y navegó velozmente hacia el sur.

Un promontorio parecido a una plancha de hierro se internaba en el río, y en la punta, sobre un pedestal, se alzaba la colosal estatua de bronce del káiser Guillermo I, remontándose en el aire entre los gorriones y las gaviotas. Aquella proyección de roca y mampostería fue en otro tiempo un establecimiento meridional aislado de los caballeros teutónicos, cosa que me sorprendió, pues siempre había imaginado a esos guerreros descargando sus espadas contra los moscovitas, bajo una tormenta interminable, en las orillas del Báltico o los lagos de Masuren. La Guerra de los Treinta Años se libró en ese lugar. Metternich nació muy cerca de allí. Pero una cronología más antigua, más cósmica, la había singularizado. Dos grandes ríos, que se precipitaban impetuosos por sus cañones convergentes, se encuentran bajo el extremo de la plancha, y el flujo enmarañado de la corriente se encrespa y disminuye río abajo hasta que el gran volumen legamoso del Rin somete al flujo más claro del recién llegado. ¡El Mosela! Yo sabía que aquel meandro que viraba bruscamente bajo los puentes y se perdía de vista era el último tramo de un largo valle de la mayor importancia y belleza. Una gaviota que volara río arriba vería a lo largo de muchos kilómetros serpenteantes terrazas de viñedos y, si lo deseara, descendería para penetrar por las grandes puertas negras romanas de Trier, sobrevolaría el anfiteatro y cruzaría la frontera con la región francesa de Lorena. Rozando las veletas de la antigua ciudad merovingia de Metz, se instalaría entre las rocas de los Vosgos, donde nace el río. Por un momento sentí la tentación de seguir esa ruta, pero entonces iría hacia el oeste, y así jamás llegaría a Constantinopla. Ausonio, si lo hubiera leído entonces, podría haber inclinado la balanza.

Coblenza ocupa una pendiente. Todas las calles eran empinadas y siempre tenía ante mis ojos torres y chimeneas y, allá abajo, los dos corredores montañosos que conducían las corrientes fluviales a su encuentro. Cuando el cielo estaba despejado, era una ciudad animada, el aire vibrante susurraba que las planicies quedaban muy lejos y el sol arrancaba destellos de la nieve. Había cruzado otras dos líneas más invisibles e importantes: el acento había cambiado y las bodegas habían sustituido a las cervecerías. En lugar de aquellas jarras grises y mastodónticas, las copas de vino relucían sobre los mostradores de roble. (Bajo un panorama de viejos barriles en una Weinstube, me acomodé para escribir en mi diario hasta la hora de acostarme.) Eran copas sencillas, de pie esbelto o formados por pequeños globos de mayor a menor tamaño que parecían pagodas, y ambas clases de pie estaban coloreadas: verde oscuro para el Mosela y un dorado pardo, ahumado, casi ambarino, para el vino del Rin. Cuando las alzaban las manos callosas, emitían su mensaje de color bajo la luz de las lámparas. Cuando tomas una copa en esas fondas y bodegas de nombres encantadores, es imposible no beber más de la cuenta. Tienen un aspecto inocente, pero son engañosas y traidoras, pues contienen casi media botella, y basta llevarse una a los labios para explorar los dos grandes ríos allá abajo, el Danubio y toda Suabia, así como Franconia por poderes, y los valles de Imhof y las lejanas cuestas de Würzburg; viajando en el tiempo de un año a otro, con caldos tan fríos como el agua de un pozo profundo y cuyos nítidos colores varían del dorado oscuro al plateado pálido y que huelen a claro de bosque, prados y flores. Aún había ostentosas inscripciones góticas en las paredes, pero allí eran inocuas y estaban libres de la adustez que imponían aquellas exhortaciones a marcar el paso escritas en letras negras en las paredes de las cervecerías norteñas. Y el estilo era mejor, menos enfático, más lúcido y lacónico, consolador y, al mismo tiempo, de contenido profundo, o así me lo parecía mientras las horas iban transcurriendo. GLAUB, WAS WAHR IST, prescribía un mensaje en lo alto de una pared decorada con cornamentas de ciervo, LIEB, WAS RAR IST; TRINK, WAS KLAR IST.[6] Solo cuando me encaminé tambaleándome a la cama me di cuenta de la docilidad con que había obedecido esa orden.

Era el día más corto del año y las señales de la estación se afianzaban a cada hora que pasaba. Todo transeúnte con el que me cruzaba en las calles se dirigía a casa con un alto y recién cortado abeto al hombro, y al día siguiente entré en la Liebfrauenkirche bajo una tupida red de decoraciones navideñas. La nave románica estaba llena de fieles, y de los sitiales góticos del coro se alzaba un himno dotado de gran esplendor coral, mientras el incensario en forma de coliflor acompañaba el canto llano con sus emanaciones, que ascendían por los haces inclinados de luz solar. Un dominico con gafas de montura metálica pronunció un brioso sermón. Varios camisas pardas, de los que, momentáneamente, me había olvidado por completo, estaban diseminados entre la congregación, los ojos bajos y las gorras en la mano. Parecían bastante fuera de lugar. Deberían estar en el bosque, bailando alrededor de Odín y Thor, o tal vez de Loki.

Coblenza y su gran fortaleza quedaron atrás y las montañas dieron otro paso adelante. Apretadas hileras de viñedos cubrían ahora las riberas del río, trepando tanto como podían hasta encontrar un asidero. Reforzadas cuidadosamente con mampostería, las repisas se alzaban una sobre otra en fluidas y serpenteantes extensiones. Podados al máximo, los oscuros sarmientos sobresalían de la nieve en hileras de puños esqueléticos que se reducían hasta formar tresbolillos de comas negras a lo largo de los nevados contornos de los viñedos que ascendían, hasta que las empinadas oleadas de salientes y nuevos entrantes se extinguían en lo alto entre las rocas desnudas. Entre las montañas que sobresalían por encima de esos salientes ondulantes apenas había un pico sin un castillo. En Stolzenfels, donde hice un alto para comer algo, una torre neogótica subía al cielo por una escalera de viñedos, y en la otra ribera, en Oberlahnstein, se alzaba, como una réplica, otro castillo. Seguían otros: ruina tras ruina, viñedo tras viñedo... Parecían girar mientras se extendían río abajo, y entonces se cernían. Finalmente un meandro del río se los llevaba hasta que la oscuridad vespertina los difuminaba y las luces de la orilla empezaban a parpadear entre sus reflejos oscurecidos. Poco después de que se hiciera de noche, me detuve en Boppard. Estaba situada a cierta altura, en la ladera de la montaña, y a la mañana siguiente un nuevo trecho del río se extendió hacia el sur, mientras las campanas, en la mañana dominical, respondían a las nuestras en medio del río.

Cuando los riscos eran demasiado verticales para que la nieve pudiera depositarse en ellos, los salientes de pizarra estaban bordeados de matorrales, y los abanicos vegetales dividían los rayos solares en una infinidad de hilos. Todavía a mayor altura, las indefectibles torres almenadas, cubiertas de árboles y hiedra, trazaban en el aire unos ángulos que seguían el impulso de los riscos en los que estaban encaramadas, y, de la manera más apropiada, sus nombres en alemán terminaban siempre con la palabra alemana que significa «ángulo», «roca», «risco» o «torre»: Hoheneck, Reichenstein, Stolzenfels, Falkenburg... Cada meandro del río revelaba una nueva serie de bastidores teatrales y, en ocasiones, un grupo de isletas que la acometida perpetua del río había erosionado, moldeando su contorno hasta darles la misma curvatura que trazaba el brusco desvío de la corriente. Parecían flotar allí, bajo una maraña de ramas desnudas y una carga de ruinas monásticas o laicas. Algunas de esas isletas constituían las bases de torres desde las que se podía cerrar el río tendiendo cadenas de una orilla a otra, obligando así a los barcos a detenerse para cobrarles peaje o rescate. Esta circunstancia originó una abundancia de relatos misteriosos.[7]

Murallas fragmentarias, en las que se abrían antiguos portales, ceñían la mayor parte de las pequeñas poblaciones. Me detuve en muchas de ellas para tomar vino en una de aquellas copas de pie coloreado, junto con una rebanada de pan negro untado de mantequilla. Bebía y comía al lado de la estufa, y a intervalos de cada pocos minutos se desprendía de mis botas goteantes otro grueso trozo de nieve endurecida con las marcas de los clavos. Entretanto, el río se estrechaba con rapidez, las laderas se empinaban cada vez más, hasta que apenas quedaba espacio para la carretera. Un enorme contrafuerte se alzaba en la otra orilla, y en su cima, con la ayuda del dueño del hostal, distinguí vagamente el parecido de la Lorelei que dio a la roca su nombre. El río, tras estrecharse de una manera tan repentina, alcanza ahí una gran profundidad y sus aguas, que se agitan y remolinean, prestan suficiente veracidad a los relatos de barcos y marineros que, obedientes a las llamadas que les hacían, se precipitaron hacia su destrucción. Sonó la sirena de una gabarra, cuyo eco reverberó en las paredes montañosas, y tras detenerme varias veces a lo largo de la carretera, llegué a Bingen cuando oscurecía.

Entré en una pequeña Gasthof y me desprendí de la mochila. Era el único cliente. Las guapas hijas del hostelero, de edades comprendidas entre tres y quince años, estaban subidas en sillas y ayudaban a su padre a decorar un árbol navideño: colgaban bolas, tendían oropel, fijaban velas en las ramas y una espléndida estrella en la punta. Solicitaron mi ayuda, y cuando casi habíamos terminado, el padre, un hombre alto y que parecía muy considerado, descorchó una delgada botella de vino procedente del viñedo Rüdesheim, al otro lado del río. Bebimos juntos y casi habíamos apurado una segunda botella cuando dimos los últimos toques al árbol navideño. Entonces la familia lo rodeó y se pusieron a cantar. La única luz era la de las velas, y los semblantes de las niñas iluminados por las pequeñas llamas, así como sus hermosas y claras voces, convirtieron en memorable la solemne y encantadora ceremonia. No dejó de sorprenderme que no cantaran Stille Nacht, que con tanta frecuencia había oído en los últimos días, pero esa canción es un himno luterano, y creo que los habitantes de aquella ribera del Rin eran mayoritariamente católicos. Dos de los villancicos que cantaron han permanecido en mi memoria: O Du Heilige («Oh tú santo») y Es ist ein Ros entsprungen («Ha brotado una rosa»): ambos eran fascinantes, sobre todo el segundo, el cual, según me dijeron, era muy antiguo. Finalmente fui con ellos a la iglesia y pasé la noche en vela. En plena noche, cuando todos los habitantes de Bingen intercambiaban felicitaciones ante la iglesia, se puso a nevar pausadamente. A la mañana siguiente los miembros de la familia se abrazaron, se estrecharon las manos y se desearon unos a otros una feliz Navidad. La más pequeña de las hijas me dio una mandarina y un paquete de cigarrillos en una bella envoltura de papel de plata y oropel. Me hubiera gustado tener algo con que obsequiarle, bien empaquetado, la cinta decorada con un dibujo de acebo. Luego pensé en mi plumier de aluminio, que contenía un lápiz Venus o un Royal Sovereign nuevos y envueltos en papel cebolla, pero ya era demasiado tarde. El tiempo de los regalos.[8]

El Rin no tarda en trazar una curva cerrada hacia el este, y las paredes del valle vuelven a alejarse. Crucé el río, llegué a Rüdesheim, tomé un vaso de Hock bajo el famoso viñedo y seguí adelante. La nieve era espesa y crujiente, y estaba nivelada. Mientras caminaba bajo la ligera nevada, me pregunté si había acertado al marcharme de Bingen. Mis amables benefactores me habían pedido repetidas veces que me quedara, pero estaban esperando la visita de unos familiares y me pareció que, después de su hospitalidad y a pesar de su insistencia, una cara desconocida en su fiesta familiar sería demasiado. Allí estaba, pues, en una soleada mañana navideña, pisoteando una capa de nieve recién caída. Ningún barco navegaba por el Rin, apenas pasaba algún coche, no había nadie fuera de su casa y, en las pequeñas poblaciones, nada se movía. Todo el mundo estaba bajo techo. Me sentía solo, empezaba a lamentar mi huida, y me pregunté qué estarían haciendo mis familiares y amigos. Pelé la mandarina y me la comí con bastante melancolía. La monda, que cayó cerca del margen helado, se convirtió en el blanco de una repentina congregación de gaviotas del Rin. Mientras las veía abatirse, abrí el paquete de tabaco que me habían dado como regalo navideño, encendí un cigarrillo y me sentí mejor.

En el hostal donde me detuve a mediodía (¿dónde estaba?, ¿Geisenheim, Winkel, Östrich, Hattenheim?) había una larga mesa espléndidamente dispuesta para un banquete, y las luces de un árbol navideño parpadeaban en un extremo. Unas treinta personas se estaban acomodando con jovial alboroto, cuando algún alma caritativa debió de fijarse en el jovencito que estaba en el bar vacío. No opuse la menor resistencia cuando hicieron que me incorporase al festín. A partir de ese momento, mientras las botellas de Johannisberger y Markobrunner se sucedían, las cosas empiezan a difuminarse en mi memoria.

Un grupito sediento y ruidoso, en el extremo de la mesa, seguía bebiendo todavía a la puesta del sol. Suceden a esa imagen la de un automóvil atestado, un breve viaje, una gran sala llena de gente y las aguas del Rin titilantes allá abajo. Tal vez estábamos en un castillo... Algo más adelante cambia la escena: hay otro viajecito, esta vez en la oscuridad, las luces se multiplican y la nieve bajo los neumáticos está medio derretida. Entonces más rostros ascienden a la superficie, hay música, baile y vasos que se llenan, se vacían, se derraman.

A la mañana siguiente me desperté aturdido en el sofá de alguien. Más allá de las cortinas de encaje, y abajo, en la calle, la nieve a cada lado de las vías del tranvía tenía un aspecto en absoluto apropiado a la época, aplastada y sucia para la festividad de san Esteban.

3

POR LA ALTA ALEMANIA

Dejando de lado ese atisbo de raíles de tranvía y aguanieve, las brumas de la Nibelungenlied podrían haberse alzado del Rin y envuelto la ciudad. Y no solo Maguncia, sino que las espirales de los mismos vapores de olvido habían subido río arriba, envolviendo en su trayecto a Oppenheim, Worms y Mannheim. Pasé una noche en cada una de esas ciudades, de las que no recuerdo más que unos pocos fragmentos dispersos: una o dos torres, una hilera de gárgolas, algunos puentes, pináculos, contrafuertes y la perspectiva de una arcada que menguaba en las sombras. Hay una estatua de Lutero que solo puede pertenecer a Worms, pero también hay claustros y las páginas impresas de una Biblia de Gutenberg, un cuadro de san Bonifacio y una rotonda de columnas jesuíticas. La luz de unas lámparas brilla a través de paneles de vidrio de color carmesí decoradas con medias lunas doradas perfiladas en plomo, pero el arco que los enmarcaba ha desaparecido. Y hay rostros perdidos: un deshollinador de chimeneas, un mostacho de morsa, el largo cabello rubio de una niña bajo una gorra escocesa. Es como reconstruir un brontosaurio a partir de media órbita ocular y un cesto lleno de huesos. La nube se dispersa por fin en medio del puente de Ludwigshafen-Mannheim.

Tras haber seguido el curso del Rin desde que desembarqué, y de una manera irregular, ahora me disponía a abandonarlo definitivamente. Después de Bingen el valle se había ensanchado y abierto a la campiña nevada de Hesse. Las montañas seguían manteniéndose a distancia mientras el río serpenteaba hacia el sur y se perdía de vista. Pero el mapa del Rin que desplegué sobre la barandilla indicaba su trayectoria corriente arriba a lo largo de centenares de kilómetros desde donde me hallaba. Después de Spires y Estrasburgo, la Selva Negra miraba ceñuda, desde el otro lado del río, a la línea azulada de los Vosgos. Me habían dicho que, en inviernos duros como aquel, los lobos bajaban desde los bosques de coníferas y trotaban por las calles. Friburgo era la siguiente ciudad, luego vendrían la frontera Suiza y las cataratas de Schaffhausen, donde se vertía el río desde el lago Constanza. Más allá, el mapa terminaba en un definitivo y continuo caos blanco de glaciares.

Llegué al extremo del puente y abandoné el Rin para seguir su afluente, y tras varios kilómetros de camino a lo largo del Neckar, vi las luces elevadas de Heidelberg. Había oscurecido cuando recorrí la calle principal y pronto los cristales de colores suavemente iluminados, bajo la muestra colgante de un Buey Rojo, me atrajeron al interior del local. Con las mejillas heladas y el cabello apelmazado por la nieve, entré en un refugio encantador de vigas de roble, tallas en la madera, huecos en las paredes y distintos niveles en el suelo. Una jungla de objetos recubría el interior, jarras, botellas, copas y cornamentas de ciervo (la inocente acumulación durante años, no los accesorios teatrales propios de una sociabilidad forzada), y todo el local tenía una pátina añeja. Era más bien como una sala de un castillo y, con excepción de un gato dormido ante la estufa, estaba vacía.

Ese era el momento que ansiaba a diario. Acomodado ante una mesa de madera maciza en una hostería, mientras el frío que había aterido mi cuerpo desaparecía, sustituido por un grato cosquilleo, con vino, pan y queso a mano y rodeado por mis papeles, mis libros y el diario. Anotaba los hechos de la jornada, buscaba palabras en el diccionario, dibujaba, me esforzaba por versificar o simplemente me sumía en un trance vacío y satisfecho mientras la nieve endurecida se desprendía de mis botas. Una señora mayor bajó la escalera y se sentó a coser al lado de la estufa. Al ver mi bastón, la mochila y el charco de nieve fundida, me dijo sonriente: «Wer reitet so spät durch Nacht und Wind?» («¿Quién cabalga tan tarde a través de la noche y el viento?»). Mis conocimientos de alemán, iniciados quince días atrás, bastaron para que entendiera: «¿Quién viaja tan tarde, de noche y bajo el viento?» Pero la palabra reitet me eludía. (¿Cómo iba a saber que se trataba de la primera línea del famoso Erlkönig de Goethe, cuya fama aumentó todavía más gracias a la música de Schubert?) «¿Qué, un extranjero?» Yo sabía cómo responder al llegar a ese punto, y lo hice como si recitara un papel: «Englisher Student... zu Fuss nach Konstantinopel...» («Estudiante inglés... a pie hacia Constantinopla»). Por entonces lo decía de carrerilla. «Konstantinopel? —dijo ella—. Oh Weh!» («¡Caramba!»). «¡Ay, Jesús! ¡Tan lejos!» Y, además, en pleno invierno. Me preguntó dónde estaría al día siguiente, el de Nochevieja, y respondí que en camino, por la carretera. «¡No puedes vagar por la nieve en la Sylvesterabend! —exclamó—. ¿Y dónde vas a pasar esta noche, eh?» Aún no había pensado en ello. Su marido había entrado un poco antes y acertó a oír nuestra conversación. «Quédate con nosotros —me dijo—. Debes ser nuestro invitado.»

Eran el propietario del local y su señora, y se llamaban Herr y Frau Spengel. Una vez en la habitación que me asignaron, y siguiendo las órdenes de mi anfitriona, saqué prendas para lavar (mi primera colada desde que salí de Londres) y se las di a la doncella, preguntándome, al hacerlo, qué tal le iría en Oxford a un alemán que se presentara en The Mitre una noche nevada de diciembre.

Uno de los escudos heráldicos que adornaban los vitrales presentaba el zigzag en diagonal de Franken. Esa antigua plaza fuerte de los francos salios hoy forma parte de la Baviera septentrional, y la hostería El Buey Rojo era el cuartel general de la liga estudiantil de Franconia. Todas las viejas hosterías de Heidelberg contaban con esas asociaciones regionales, y la más exaltada de ellas, la Saxo-Borussia, era la Bullingdon de Heidelberg, y sus miembros los más altivos de Prusia y Sajonia. Celebraban sus sesiones al lado de Seppl’s, cuyas paredes estaban llenas de daguerrotipos desvaídos, imágenes de vástagos de la Hochjunkertum, con prendas de vestir acuchilladas e incipientes patillas, en actitud desafiante, calzados con botas altas y provistos de fajas tricolor. Sus guanteletes aferraban sables que tenían empuñadura con taza. Colocados oblicuamente en las cabezas desvaídas, unos sombreros de pequeño tamaño, como quepis caídos, estaban ladeados para mostrar la inicial del cuerpo bordada en la copa, un retorcido monograma gótico y un signo de admiración, todo ello resaltado con hilo de oro. Importuné a Fritz Spengel, el hijo de mis anfitriones, haciéndole una pregunta tras otra sobre la vida estudiantil: canciones, ritual de la bebida y, sobre todo, el duelo, que no consistía en tal duelo, por supuesto, sino en una escarificación tribal. Esas vistosas cicatrices constituían unos vínculos escolares que no se podría borrar jamás, el emblema y el sello del cultivo de las humanidades durante diez años.[9] Fritz descolgó un sable de la pared para mostrarme la postura y la forma de sujetarlo. Me describió cómo iban equipados los participantes, con guanteletes, gola y gafas protectoras, de modo que cada vena y arteria vulnerables, cada centímetro de tejido insustituible, estaba acolchado para no sufrir daño. Se medía la distancia y se cruzaban los sables en el extremo de los brazos extendidos. Solo se movían las muñecas; echarse atrás era un oprobio, y las hojas entrechocaban de una manera mecánica, hasta que las puntas afiladas como navajas de afeitar hacían cortes en los que restregaban sal, y que eran lo bastante profundos para que las cicatrices durasen toda la vida.

Yo había observado esos estigmas académicos en los semblantes provistos de gafas de médicos y abogados. La frente, la mejilla o el mentón, y a veces esas tres partes del cuerpo, presentaban las señales de una cirujía tan azarosa, unas líneas fruncidas o brillantes que desentonaban de una manera curiosa con las arrugas que la edad mediana había inscrito allí. Creo que Fritz, un muchacho benévolo, considerado y civilizado, algunos años mayor que yo, despreciaba esa antigua costumbre, y respondió a mi pregunta con una amistosa conmiseración. Conocía muy bien el oscuro atractivo que el Mensur, el duelo entre estudiantes, ejercía en los extranjeros.

El encanto más bien triste de una universidad en vacaciones imperaba en la hermosa ciudad. Exploramos los edificios académicos, las bibliotecas y los museos, y recorrimos las iglesias. En el pasado, Heidelberg fue una plaza fuerte de la Reforma, y ahora alberga a los credos rivales en apacible yuxtaposición. Los domingos, el canto gregoriano llano se filtra a través de las puertas de una iglesia y los acordes luteranos de Ein’ feste Burg lo hacen a través de la siguiente.

Aquella tarde, con Fritz y un amigo, subí a través del bosque para ver las ruinas del palacio que se alza por encima de la ciudad: un enorme complejo de piedra rojo oscuro que se vuelve rosa, bermejo o violeta según los caprichos de la luz y la hora. La parte más antigua es medieval, pero el estilo renacentista surge una y otra vez en portales, patios y galerías, y se expande en la delicada talla del siglo XVI. Una tropa de estatuas asumen posturas en sus nichos festoneados. El asedio y las explosiones lo destruyeron en parte cuando los franceses asolaron la región. ¿Cuándo? En la Guerra de los Treinta Años; debería haberlo supuesto... Pero ¿quién lo erigió? ¿No lo sabía? Die Kurfürsten von der Pfalz! Los electores palatinos... Estábamos en la antigua capital del Palatinado...

Unas campanas lejanas, cuyo sonido llegaba desde remotas aulas inglesas, intentaban transmitir un mensaje olvidado, pero no servía de nada.

—¡Adivina cómo se llama este portal! —me dijo Fritz, al tiempo que daba una palmada a una columna roja—. ¡La puerta Isabel, o Inglesa! Es el nombre de la princesa inglesa.

¡Naturalmente! ¡Por fin me encontraba allí! ¡La Reina del Invierno! ¡Isabel, la animosa hija de Jacobo I, electora palatina y, durante un año, reina de Bohemia! Mis compañeros me dijeron que llegó allí para casarse a los diecisiete años, y durante los cinco años de su reinado hubo una sucesión de mascaradas, jaranas y bailes como no se había visto jamás en Heidelberg. Pero pronto, cuando se perdieron el Palatinado y Bohemia, decapitaron a su hermano y la Commonwealth la redujo al exilio y la pobreza, fue exaltada como la Reina de Corazones por una galaxia de paladines. Su sobrina nieta, la reina Ana, puso fin al reinado de la línea de los Estuardo, y el nieto de Isabel, Jorge I, subió al trono, donde todavía se sienta su descendiente. Mis compañeros sabían mucho más que yo de todo esto.[10]

A pesar de la belleza del parque, en aquel momento su ambiente era frío y gris. El invierno había sorprendido a los desolados rosales sin que hubieran tomado con ellos las necesarias precauciones, y sobresalían de la capa de nieve que cubría los bancales. En estos no había más huellas que las de nuestras pisadas y las minúsculas en forma de flecha de un petirrojo. Debajo de la última balaustrada se arracimaban los tejados de la ciudad, y más allá fluía el Neckar, luego el Rin, y se alzaban las montañas Haardt. La fronda del bosque palatino murmuraba más lejos todavía. El sol, como un enorme globo carmesí, estaba a punto de hundirse en el pálido paisaje. Me evocaba, y aún sigue haciéndolo, la primera vez que vi ese portento invernal. Vestía un trajecito de marinero, con el letrero H. M. S. Indomitable en la cinta de la gorra, y, a través de Regent’s Park, me apresuraban hacia casa para tomar el té, mientras los guardianes avisaban al público que era hora de cerrar. Vivíamos tan cerca del zoo que de noche oíamos rugir a los leones.

Aquel sol palatino fue el pabilo moribundo de 1933, el último vestigio de ese resto sin dueño de las estaciones que se extiende desde el solsticio de invierno al Año Nuevo. «Es la medianoche del año... la vitalidad del mundo se ha debilitado.» En el camino de regreso pasamos ante un grupo de jóvenes que estaban sentados en un muro bajo y entrechocaban los tacones mientras silbaban la Horst Wessel Lied entre dientes. «Me parece haber oído antes esa tonada...», dijo Fritz.

Aquella noche, en la hostería, vi que un joven cuyo cabello parecía de lino y que fijaba en mí sus ojos de mirada glacial. Con excepción de los ojos azul claro, tan separados que parecían los de una liebre, podría haber sido albino. Se levantó de improviso y se me acercó tambaleándose.

—So? Ein Engländer? («¿Cómo? ¿Un inglés?») —me dijo con una sonrisa sardónica—. Wunderbar! («¡Extraordinario!»).

Entonces su semblante sufrió un cambio, se transformó en una máscara de odio. ¿Por qué habíamos robado las colonias de Alemania? ¿Por qué Alemania no debía tener una flota y un ejército apropiados? ¿Creía yo que Alemania iba a obedecer las órdenes de un país gobernado por los judíos? Siguió un catálogo de acusaciones, que no expresó en voz demasiado alta, pero sí con claridad y vehemencia. Su cara estaba muy cerca de la mía, y el aliento le olía a schnapps.

—Adolf Hitler cambiará todo eso —concluyó—. ¿Has oído por casualidad ese nombre?

Fritz cerró los ojos, emitió un gruñido de hastío y murmuró: «Um Gottes willen!» («¡Si Dios quiere!»). Entonces le tomó del codo, diciéndole: «Komm, Franzi!» («¡Ven, Fran!»), y, de una manera bastante sorprendente, mi acusador se dejó conducir a la puerta. Fritz volvió a sentarse y me dijo: «Lo siento, ya ves cómo están las cosas». Por suerte, ninguno de los clientes sentados a las otras mesas se había dado cuenta de nada, y el detestable momento fue pronto sustituido por el jolgorio, la conversación, el vino y, más tarde, por canciones anunciadoras de la vigilia de san Silvestre. Cuando las primeras campanadas de 1934 sonaban en el exterior, todo se había mezclado en una luminosa confusión de música, brindis y felicitaciones.

Frau Spengel insistió en que era absurdo que me pusiera en marcha el día de Año Nuevo, y por ello me pasé otras veinticuatro horas deambulando por la ciudad y el castillo, leyendo, escribiendo y conversando con aquella familia amable y civilizada. (Mi estancia en El Buey Rojo, constituiría uno de mis recuerdos mejor arraigados, que se mantendría incólume a pesar de que los posteriores acontecimientos bélicos desalojarían tantas cosas de mi memoria. Con frecuencia pensaba en aquellos días.)

—No te olvides de tu treuer Wanderstab («fiel cayado»)—me dijo Frau Spengel el 2 de enero, tendiéndome mi reluciente bastón mientras me preparaba para partir.

Fritz me acompañó hasta el límite del pueblo. Mi mochila contenía ropa interior limpia y planchada, así como un gran paquete de Gebäck, unas tortas parecidas al shortbread inglés,[11] y fui mordisqueando una de ellas mientras avanzaba por la nieve. Todas las perspectivas eran brillantes, pues ya había decidido de antemano el próximo lugar donde pararía (Bruchsal, a considerable distancia). Antes de salir de Londres, un amigo que había estado allí el verano anterior y navegado por el Neckar en Faltboot con uno de los hijos de la familia, me había dado una carta de presentación para el alcalde. Fritz había telefoneado, y al anochecer estaba sentado con el doctor Arnold y sus familiares, tomando té perfumado con coñac en una de las enormes salas barrocas del Schloss Bruchsal. No me cansaba de contemplar el magnífico entorno. Bruchsal es uno de los palacios barrocos más hermosos de toda Alemania. Lo construyeron en el siglo XVIII los príncipes obispos de Spires, y no recuerdo cuándo dejaron de ocuparlo sus sucesores, tal vez cuando se disolvió su soberanía secular. Pero durante muchas décadas fue la morada de los burgomaestres de Bruchsal. Me alojé allí dos noches y dormí en la habitación de un hijo ausente. Tras darme un baño prolongado, exploré su colección de ediciones de Tauchnitz, encontré exactamente lo que deseaba leer en la cama, Dejádselo a Psmith, y poco después ya no estaba en un castillo alemán, sino en un asiento de un vagón de primera clase en el tren de las 3.45 que iba de Paddington a Market Blandings, con destino a un castillo diferente.

Era la primera vez que veía semejante arquitectura. Me pasé todo el día siguiente deambulando por el edificio. Titubeaba tras subir la mitad de unas escaleras bajas, cuyas barandillas formaban magníficos diseños ramificados de hierro forjado. Cruzaba puertas dobles que comunicaban una majestuosa sala con otra no menos majestuosa, y mi inculta mirada recorría las perspectivas cruzadas por los rayos inclinados, y cada vez más reducidos, del sol invernal. Unas escenas pastorales en alegres colores se desplegaban en los techos rodeados por una alcorza cuidadosamente asimétrica de volutas y haces; conchas, guirnaldas, follaje y cintas mostraban unos mitos lo bastante extravagantes para detener en sus pasos al observador desprevenido. La sensación de espacio interior invernal pero radiante, la frescura de las níveas circunvoluciones, las curvaturas del follaje metálico y el dorado de los arabescos eran todavía más vigorosos gracias a los reflejos de la nieve que yacía virgen en el exterior, unos reflejos que penetraban a través de los cristales y difundían una luminosidad serena y amortiguada. Años después pensé que era una variante nórdica de la titilación reflejada que los canales venecianos, a la hora de la siesta, envían de un lado a otro de las apoteosis transportadas por las nubes y los raptos que cubren los techos. Solo las estatuas y los árboles esqueléticos interrumpían la blancura exterior, ellos y una colonia de grajos.

En Inglaterra, el burgomaestre, canoso y con mostacho, el porte erecto y vestido de tweed gris, podría haber sido coronel de un buen regimiento. Después de cenar, insertó el extremo de un cigarro en una boquilla hecha con un cono de cartón y una pluma de ave, se cambió de gafas y, tras buscar entre un rimero de partituras que estaban sobre el piano, se sentó y atacó la sonata de Waldstein con destreza y brío. Al placer de la música se sumaba el gozo evidente que experimentaba el intérprete por su capacidad para dominar la pieza. Su expresión de deleite mientras miraba las notas a través de la humareda de su cigarro y la ceniza que se desprendía, estaba reñida con la seriedad de la música. Fue una sorpresa, tan diferente era de una velada pasada con su supuesto equivalente inglés. Y cuando sonó el último acorde, se levantó del taburete con una sonrisa de goce juvenil, casi extasiado, entre los festivos aplausos de sus familiares. Siguió un torrente de valoraciones y una acalorada discusión sobre las posibles interpretaciones alternativas. Al día siguiente pensé que era indudable: me había equivocado de ruta. En vez de llegar a Pforzheim hacia la puesta de sol, estaba caminando por campos abiertos, nevaba y la noche se aproximaba con rapidez. Mi nuevo objetivo era una luz que pronto resultó ser la ventana de una granja en el lindero de un bosque. Un perro había empezado a ladrar. Cuando llegué a la puerta, apareció la silueta de un hombre en el umbral, ordenó al perro que guardara silencio y gritó: «Wer ist da?» («¿Quién está ahí?»). Llegó a la conclusión de que yo era inofensivo y me franqueó la entrada.

Una docena de rostros me miraron sorprendidos, las cucharas detenidas en el aire, y sus facciones, iluminadas desde abajo por un farol que estaba sobre la mesa, eran tan nudosas y veteadas como la misma superficie de madera. Ocultaban sus zuecos bajo la mesa, y el resto de la estancia, excepto el crucifijo que colgaba de la pared, estaba sumido en la penumbra. Lo inesperado de la irrupción rompió el hechizo. ¡Un forastero de Ausland! La hospitalidad de aquellas gentes tímidas y sorprendidas sustituyó sus temores previos, y pronto estuve sentado entre ellos en el banco y provisto también de una cuchara.

Mis progresos en la comprensión y el habla del alemán habían sufrido un retroceso en los últimos días, debido a otro cambio en el acento y el dialecto. Aquellas frases campesinas estaban casi por completo fuera de mi alcance, pero allí había alguna otra cosa que me resultaba enigmáticamente familiar. Los nudillos despellejados de unas manos enormes, todavía semicerradas después de haber aferrado arados, palas y podaderas, yacían entre las cebollas cortadas, las jarras desportilladas y una hogaza de pan moreno partida. El humo había ennegrecido la sopera de barro y la luz incidía en su asa de peltre y hacía resaltar los rostros curtidos y las mejillas rojizas de los jóvenes gigantes de cabello rubio pajizo... Una anciana menuda que se tocaba con una cofia plisada estaba sentada a la cabecera de la mesa, los ojos brillantes y timoratos en las profundas cuencas, y un solo pabilo encendido ponía en relieve desde debajo todas aquellas facciones. ¿La cena en Emaús o Betania? ¿Y pintada por quién?

Muertos de cansancio tras el trabajo en los campos, en cuanto terminaron de cenar los miembros de la familia se estiraron, se levantaron de la mesa y fueron a sus habitaciones arrastrando los zuecos. Un nieto se disculpó porque no había ningún cuarto disponible, se echó una almohada y dos mantas al hombro, tomó el farol y me condujo al patio. En el establo que se encontraba en el otro lado vislumbré rastras, rejas de arado, guadañas y cedazos, y más allá, atados a un pesebre que ocupaba toda la longitud del establo, cuernos, frentes desgreñadas y ojos líquidos brillaban a la luz del farol. La cabeza de un caballo de tiro, de crines y cola claras y con las orejas erguidas al percibir nuestra llegada, casi tocaba las vigas.

Al quedarme a solas me tendí en un lecho de heno segado, como un cruzado en su tumba, cómodamente arropado en un gabán y las mantas, con las piernas cruzadas, enfundadas todavía en las polainas y los zapatos bastos. Los sonidos de dos búhos llegaban a mis oídos. La mezcla de olores, a nieve, madera, polvo, telarañas, remolacha forrajera, raíz de remolacha, pienso, estiércol y la respiración de las vacas, se mezclaba con el acre aroma amoniacal de los orines que de vez en cuando caían al suelo con un chapoteo y rompían el ritmo de la rumia y el ruido ligero de los cuernos al rozar las maderas. Se oía el rechinar ocasional de los ronzales a través de las argollas de hierro, un mugido de vez en cuando o una herradura enorme que rozaba o golpeaba los adoquines. ¡No se podía pedir más!

A la mañana siguiente vi que de los aleros pendían carámbanos. Todos habían ido al trabajo, y en la cocina solo estaba la anciana de la cofia, la cual me ofreció un tazón de café con leche hirviente en el que había desmenuzado un trozo de pan moreno. Me pregunté si metería la pata al preguntar cuánto debía, y al final, vacilante, propuse el pago. La mujer no se ofendió, pero rechazó de plano la oferta: «Nee, nee!» («¡No, no!»), exclamó, dándome unas palmaditas con su mano casi translúcida. Su sonrisa, que revelaba unas encías totalmente desprovistas de dientes, tenía la inocencia de la de una criatura. «Gar nix!» («¡Ná, de ná!») Cuando ya nos habíamos despedido, me llamó con un grito agudo y me puso en la mano una enorme rebanada de pan negro untado con mantequilla. Fui comiendo el gigantesco y delicioso Butterbrot mientras caminaba, y al cabo de un trecho vi a los demás. Me saludaron agitando los brazos y me gritaron: «Gute Reise!» («¡Buen viaje!») Estaban golpeando con zapapicos la hierba congelada, cavando en un campo que, por su aspecto y los sonidos de los instrumentos al golpear el suelo, parecía duro como el hierro.

El fetichismo de las plaquitas fijadas al bastón me llevó a Mühlacker, desviándome tres kilómetros de mi ruta, a fin de conseguir el Stocknagel local, el número diecisiete. Eso se estaba convirtiendo para mí en una obsesión.

De la ciudad de Pforzheim, donde pasé la noche siguiente, no recuerdo nada. Pero a la noche que siguió a esta me encontraba en el centro de Stuttgart, a la hora en que encendían las farolas, único cliente en un café situado frente a la masa cubista del hotel Graf Zeppelin. Solo unos pocos transeúntes apresurados y dos muchachos que agitaban tenazmente sus cajas de colecta se aventuraban a caminar bajo la nieve, la cellisca y el viento cortante. Ahora los chicos también habían desaparecido, y el dueño del café y yo éramos las únicas personas visibles en toda la capital de Württemberg. Estaba anotando las andanzas de la jornada, preguntándome vagamente dónde me alojaría, cuando entraron dos muchachas alegres y, con toda evidencia, bien educadas, las cuales empezaron a comprar artículos en el mostrador. Vestían de una manera graciosa, con capuchas de esquimal, botas lanudas y manoplas que parecían zarpas de oso gris, y daban palmadas para disipar el frío. Cuánto me habría gustado conocerlas... La cellisca, convertida en granizo, golpeaba la ventana como metralla. Una de las chicas, que llevaba gafas con montura de carey, al ver mi diccionario de alemán-inglés, dijo atrevidamente: «How do you do, Mister Brown?» («¿Qué tal, Señor Brown?»). (Esta era la única frase de una canción estúpida y hoy piadosamente olvidada, repetida ad infinítum, como Lloyd George Knew my Father; se había difundido por todo el mundo un par de años atrás.) Entonces la muchacha se echó a reír, confusa por su audacia, bajo la mirada un tanto reprobadora de su compañera. Me puse en pie y les imploré que tomaran un café o cualquier otra cosa... ellas se volvieron de repente más reservadas: «Nein, nein, besten Dank, aber wir müssen weg!» («¡No, no muchísimas gracias pero debemos marcharnos!»). Sin duda les parecí alicaído, y después de preguntarse una a otra «Warum nicht?» («¡¿Por qué no?!»), consintieron en quedarse cinco minutos, pero rechazaron el café.

La frase de la canción casi compendiaba todos sus conocimientos de inglés. Mi primera interlocutora, quien se había quitado las gafas, me preguntó mi edad. «Diecinueve», respondí, aunque faltaba un mes y una semana para mi cumpleaños. «¡Nosotras también! —dijeron—. ¿Y a qué te dedicas?». «Soy estudiante.» «¡Nosotras también! Wunderbar!» Se llamaban Elizabeth-Charlotte, abreviado a Liselotte o Lise, y Annie. Lise era de Donaueschingen, donde nace el Danubio, en la Selva Negra, pero vivía en casa de los padres de Annie en Stuttgart, y estudiaba música. Ambas eran bonitas. Lise tenía el cabello castaño, indócil, y en su rostro, vivaz y cautivador, la sonrisa nunca estaba ausente demasiado rato. Sin las gafas se desenfocaba la mirada de sus grandes ojos, que reflejaban confianza. Annie llevaba recogido el cabello rubio en unas trenzas redondas que parecían auriculares, una moda que siempre he detestado, pero armonizaban con su palidez y el largo cuello, y le daban el aspecto de una efigie gótica en el portal de una abadía. Me dijeron que habían comprado comestibles y bebidas para una reunión de jóvenes que celebrarían la Dreikönigsfest («Fiesta de los Tres Reyes»). Era la Epifanía, el 6 de enero, festividad de los Reyes Magos. Tras una confabulación susurrada, decidieron apiadarse de mí y llevarme con ellas. La emprendedora Lise sugirió que podíamos inventar un vínculo con su familia: «Falls sie fragen, wo wir Sie aufgegabelt haben» («Por si preguntan de dónde te hemos sacado»). Pronto, en el cómodo cuarto de baño de los padres ausentes de Annie (él era gerente de un banco y ambos habían ido a Basilea en viaje de negocios), traté de acicalarme hasta parecer lo más presentable posible: me peiné y me puse la camisa limpia y los pantalones de franela que había sacado de la mochila antes de pedirle al dueño del café que me la guardara. Cuando me reuní con ellas, comentamos que aún no había resuelto dónde iba a pasar la noche. Ellas dijeron que no era ortodoxo y sería incómodo, pero ¿me gustaría dormir en el sofá? «¡No, no, no!», exclamé, era una molestia excesiva para ellas, después de lo amables que habían sido conmigo... pero no insistí demasiado. «¡No digas que te alojas aquí! —me pidió Annie—. Ya sabes lo tonta que es la gente.» Todo esto tenía un aire de secreto y connivencia, como hacer planes para una fiesta en plena noche. Su propia temeridad emocionaba a las chicas. Yo no estaba menos emocionado.

La connivencia pareció fracasar cuando llegamos a la fiesta.

—¿Puedo presentarle a...? —empezó a decir Annie—. Darf ich Ihnen vorstellen... —Frunció el ceño, alarmada, pues no habíamos intercambiado los apellidos.

—El señor Brown, un amigo de la familia —se apresuró a intervenir Lise.

Podría haber sido un capitán de húsares, cambiando la suerte de una batalla por medio de una brillante acometida. Más tarde cortaron ceremoniosamente una tarta y pusieron a una muchacha una corona de cartón dorada. Entonaron canciones en honor de la Epifanía y los Magos, unas al unísono y otras en solitario. Me preguntaron si había canciones inglesas similares (como había esperado que lo hicieran, para demostrar a Lise y Annie que no era un bárbaro impío), y canté We Three Kings of Orient Are. Una armonía compleja caracterizó a la siguiente canción de los jóvenes alemanes, que alababa el valle del Neckar y Suabia. No recuerdo la letra en su totalidad, pero la primera parte permanece desde entonces en mi memoria. La incluyo aquí, pues nunca he encontrado a nadie que la conozca.

Kennt Ihr das Land in deutschen Gauen,

Das schönste dort am Neckarstrand?

Die grünen Rebenhügel schauen

Ins Tal von hoher Felsenwand.

Es ist das Land, das mich gebar,

Wo meiner Väter Wiege stand.

Drum sing ich heut’ und immerdar:

Das schöne Schwaben ist mein Heimatland!

(«¿Conoce las tierras que hay en las marcas alemanas,

el lugar más hermoso en Neckarstrand?

Las vidas de las colinas resplandecen

hasta el valle desde la alta ladera del risco.

Es la tierra en que vi la luz,

donde se encuentra la cuna de un padre

Por eso canto ahora y siempre:

¡la bella Suabia es mi patria!»)

Entonces alguien puso Couchés dans le foin en el gramófono, y Sentimental Journey, y todos nos pusimos a bailar.

Estuvimos levantados hasta altas horas de la noche, charlando y tomando el vino del padre de Annie, y cuando me desperté, bastante tarde, en el sofá no tenía idea de dónde me encontraba, un fenómeno frecuente durante este viaje. Pero cuando observé mis manos embozadas como las de un Pierrot en las mangas de seda escarlata del pijama del padre de Annie, lo recordé todo. Aquel hombre debía de ser un gigante (así lo confirmaba una fotografía que estaba sobre el piano, de un trío bien parecido, con botas de esquí, en la nieve: mi anfitrión con los brazos alrededor de su esposa e hija). Las cortinas estaban todavía corridas, y las dos muchachas, en camisa de dormir, se movían de puntillas en la penumbra. Cuando se dieron cuenta de que por fin me había despertado, intercambiamos saludos y descorrieron las cortinas. La habitación apenas se iluminó un poco. «¡Mira! —me dijo Lise—. ¡No es un día para caminar!» Era cierto: el aguacero azotaba implacable el panorama de tejados. Hacía un tiempo de perros. «Armer Kerl!» («¡Pobre chico!») —añadió—, tendrás que ser nuestro prisionero hasta mañana». Puso otro leño en el fuego y Annie entró con café. Estábamos en medio del desayuno, cuando las campanas rompieron el silencio de la mañana dominical, desafiándose entre ellas de un campanario a otro. Era como si estuviéramos en un submarino entre catedrales sumergidas. «O Weh! —exclamó Lise—. ¡Debería estar en la iglesia!», y mirando los cristales por los que se deslizaban riachuelos de lluvia, añadió: «Ya es demasiado tarde». «Zum Beichten, quizá» («Para confesarse»), dijo Annie. (Beichten significa «confesión».) «¿Por qué?» «Por recoger a desconocidos.» (Lise era católica y Annie protestante, y ambas solían chancearse de sus confesiones respectivas.) Les dije que los dos credos hacían hincapié en la necesidad de dar cobijo al necesitado, vestir al desnudo (la ondulación de una manga carmesí subrayó mis palabras) y dar de comer al hambriento. Por encima del estrépito de las campanas se alzó la música maravillosa de un carillón, que constituye uno de los elementos más famosos de Stuttgart. Prestamos atención hasta que finalizaron las complicadas notas.

La noche presentaba un problema por anticipado. Las muchachas se habían comprometido a asistir a la cena que daba un conocido del padre de Annie, y si bien aquel hombre de negocios no les hacía ni pizca de gracia, no tenían ninguna posibilidad de eludir la invitación. Pero ¿qué iba a ser de mí? Finalmente, haciendo acopio de valor, Annie telefoneó y habló con la esposa: ¿podían llevar a un joven amigo inglés de la familia de Lise... vestido de manera informal, porque estaba haciendo un viaje de invierno, a pie, por Europa? (La excusa parecía bastante endeble.) Se oyó un gorjeo de asentimiento en el otro extremo de la línea, y la muchacha colgó con una expresión de triunfo en el semblante. La esposa parecía muy amable, y él era un industrial steinreich, es decir, forrado de dinero.

—¡Podrás comer y beber todo cuanto quieras!

Annie dijo que el hombre era un gran admirador de Lise.

—¡No, no! —exclamó Lise—. ¡De Annie!

—¡Es terrible! ¡Ya lo verás! Tendrás que defendernos a las dos.

Estaríamos a salvo hasta las diez de la mañana siguiente, cuando regresara la doncella que había ido a su pueblo de Suabia para celebrar la Dreikönigsfest. Corrimos las cortinas, de modo que no viéramos el diluvio, y encendimos las luces (era mejor imaginar que al otro lado de las ventanas no estaba aquel deprimente escenario sino la noche), y nos pasamos la mañana en bata, charlando delante de la chimenea. Puse discos, St. Louis Blues, Stormy Weather, Night and Day, mientras las chicas rehusaban ocuparse de los vestidos que se pondrían para la cena y la mañana submarina avanzaba con rapidez, hasta que Annie y yo tuvimos que enfrentarnos al mal tiempo, ella porque tenía que comer en casa de unos parientes, una obligación semanal, y yo para recoger mis cosas y comprar unos huevos con los que hacer una tortilla. En el exterior, y a pesar de alguna pausa momentánea, la lluvia era intensa y hostil, y el viento todavía peor. Cuando Annie regresó, alrededor de las cinco, yo estaba haciendo un boceto de Lise. Entonces intenté hacer el de Annie, y finalmente les enseñé un juego infantil inglés en el que intervenían la cabeza, el cuerpo y las piernas. Ellas pusieron en el juego un interés febril y lo practicamos hasta que el repique de las campanas nos recordó lo tarde que era. Por mi parte, había hecho todo lo que se puede conseguir con una plancha, un cepillo y un peine, pero las chicas salieron de sus habitaciones como dos cisnes espléndidos. Sonó el timbre de la puerta, la primera señal del mundo exterior desde mi invasión, y un tanto amenazante.

—¡Es el coche! Siempre lo envía. ¡Todo a lo grande!

En la calle, un chófer con polainas mantenía la gorra alzada mientras abría la portezuela de un largo Mercedes. Una vez acomodados en los asientos, nos envolvió con una piel de oso de cintura para abajo.

—¿Lo ves? —dijeron las chicas—. ¡El gran mundo!

Cruzamos la ciudad azotada por la lluvia, subimos por las boscosas colinas y nos detuvimos ante una gran finca de cemento armado y vidrio cilindrado. Nuestro anfitrión era un hombre rubio y corpulento, con los ojos inyectados en sangre y una cicatriz en la frente. Saludó a mis compañeras galantemente, mientras conmigo mostraba una actitud mucho más reservada. Vestía de esmoquin, lo cual hizo que me sintiera como un pelagatos. (Esas cuestiones de la apariencia me preocupaban mucho, pero el hecho de que me llamaran Michael Brown,[12] un nombre que ahora debíamos mantener, me producía una consoladora sensación de incorporeidad.) Tal vez para explicar mi humilde indumentaria entre aquellos personajes enjoyados, me presentó a las damas como «el trotamundos inglés», cosa que no me hizo mucha gracia. Los invitados que no se conocían circulaban por la sala a la manera alemana, estrechando manos y anunciando recíprocamente sus apellidos. Yo hice lo mismo: «¡Muller!» «¡Brown!» «¡Ströbel!» «¡Brown!» «¡Tschudi!» «¡Brown!» «¡Röder!» «¡Brown!» «¡Altmeier!» «¡Brown!» «¡Von Schröder!» «¡Brown!»... Un anciano, creo que profesor de Tubinga, con gafas de gruesa montura y barba, estaba hablando con Lise. Nos dimos la mano, diciendo «¡Braun!» y «¡Brown!» simultáneamente. ¡Vaya por Dios! Evité las miradas de las chicas.

Excepto por el panorama de las luces de Stuttgart que se filtraba a través del vidrio cilindrado, la casa era horrenda: flamante, próspera, reluciente y deprimente. Maderas claras y plásticos se mezclaban con un gusto rancio y pretencioso, y las sillas parecían guantes de boxeo satinados y tuberías de níquel. Todas las botellas del bar ovalado tenían tapones en forma de enanos de nariz roja, y bailarinas de vidrio hacían piruetas en los ceniceros de ágata con pies de cromo colocados sobre las alfombras beige. Había pinturas, o fotografías coloreadas, de los Alpes cuando se pone el sol y de bebés desnudos a horcajadas de mastines daneses. Sin embargo, tras haber tomado un par de Damas Blancas, de la bandeja que sujetaba un mayordomo con guantes blancos, me pareció que todo tenía mejor aspecto. Fumé cigarrillos procedentes de un volumen de Dante encuadernado en vitela, con las páginas pegadas y ahuecadas, el único libro a la vista. A lo largo de la mesa, al lado de las servilletas que eran mitad mitras y mitad turbantes de Rajput, relucía un prometedor arsenal de copas, y cuando las hubimos utilizado varias veces la escena parecía deliciosamente difuminada. Durante la cena, de vez en cuando interceptaba el escrutinio de sabueso intrigado a que me sometía el anfitrión desde la cabecera de la mesa. Era evidente que para él constituía un interrogante; tal vez le parecía un tanto canalla, alguien que no se proponía nada bueno. «Apuesto a que es un nazi de tomo y lomo», me dije. Luego se lo pregunté a las chicas, y ambas exclamaron: «Und wie!» («¡Cómo se te ocurre!»). Creo que le parecía sospechoso que sus renuentes favoritas y yo nos tratáramos de Du, mientras que él aún se veía reducido al Sie. (Nos habíamos ofrecido el tú bebiendo por partida triple en típica Brüderschaft, y la noche anterior nos habíamos abrazado al estilo de Colonia.) Cuando regresamos al salón, los hombres provistos de cigarros gruesos como porras y haciendo girar el coñac en copas que parecían balones de fútbol transparentes, la reunión empezó a perder coherencia. El anfitrión intentó animarla con una risa discordante, incluso más estrepitosa que la música incesante del gramófono, y trató de maniobrar para llevarse primero a Lise y luego a Annie a una ventana salediza, pero cada una se libró de él como joviales ninfas de Arcadia que rechazaran el acoso de Pan. Yo las observaba mientras mi tocayo, el doctor Braun, un vejestorio culto y encantador, me hablaba de los suevos, los alemanes, los Hohenstaufen y Eberhardt el Barbudo. Cuando finalizó la velada y Lise y Annie estuvieron de regreso en el coche, nuestro anfitrión se apoyó en la parte superior de la portezuela y les dijo la idiotez de que parecían dos Gracias. Me agaché para pasar por debajo de su brazo y me senté entre las dos chicas. «¡Ahora somos las tres!», dijo Lise. El hombre me miró con desaprobación.

—¡Ah! ¿Y dónde le digo al chófer que le deje, junger Mann?

—En el Graf Zeppelin, por favor.

Noté un temblor de admiración a cada uno de mis lados: ni siquiera Lise podría haberlo hecho mejor.

—Ach so? —La opinión que tenía de mí había mejorado—. ¿Y qué le parece nuestro mejor hotel?

—Es limpio, cómodo y tranquilo.

—Si tiene alguna queja, dígaselo al gerente. Es un buen amigo mío.

—¡Así lo haré! Y muchísimas gracias.

Como el chófer se enteraba de todo, debíamos tener cuidado con lo que decíamos. Al cabo de unos minutos, el hombre abrió la portezuela, haciendo un gesto ceremonioso con la gorra en la que lucía una escarapela, ante la entrada del hotel, y, tras una falsa despedida, crucé el vestíbulo del Graf Zeppelin para dar una última calada al enorme cigarro. Cuando me cercioré de que no había moros en la costa, corrí por las calles, entré en el ascensor y subí al piso. Las muchachas me esperaban con la puerta abierta, y nos pusimos a bailar.

Nos despedimos a las nueve y media de la mañana siguiente. Por la calle circulaba el denso tráfico del día laborable. Volvía la cabeza una y otra vez, miraba arriba y alzaba mi bastón reluciente, chocando con atareados transeúntes, hasta que perdí de vista a las chicas que se habían ido empequeñeciendo al tiempo que me saludaban agitando frenéticamente los brazos desde la ventana de un séptimo piso. Me sentía como debió de sentirse Ulises, mirando a popa mientras una isla donde su estancia había sido feliz desaparecía bajo el horizonte.

Seguí las riberas del Neckar, lo crucé, y al final lo abandoné definitivamente. De repente, cuando era demasiado tarde, recordé el museo del Kitsch de Stuttgart, es decir, un museo de mal gusto alemán e internacional que, según las chicas, no debía perderme. (La decoración de la noche anterior, pues al hablar de eso había salido a relucir el tema, podría haber sido incorporada tal como estaba a ese museo.) Pernocté en Göppingen, y con la ayuda del diccionario intenté escribir tres cartas en alemán, a Heidelberg, Bruchsal y Stuttgart. Más adelante recibí una divertida respuesta conjunta de Lise y Annie. Cuando regresaron los padres de Annie hubo jaleo, no porque yo me hubiera alojado en el piso, pues eso permaneció en secreto, pero resultó que las botellas que habíamos vaciado con tanta imprudencia eran las últimas de una cosecha exquisita y muy difícil de obtener, y el padre de Annie aguardaba ilusionado la ocasión de tomar aquel vino. Solo Dios sabe qué Spätlese («cosecha añeja») de las riberas del Mosela superior conservado como un tesoro, un néctar incomparable. Las chicas habían tenido la prudencia de culparme de la elección. Finalmente la indignación se había mitigado, reduciéndose a las palabras: «Bueno, tu sediento amigo debe de entender mucho de vinos». (Totalmente falso.) «Espero que lo haya disfrutado.» (Sí, en efecto.) Pasarían años antes de que comprendiera la verdadera enormidad de nuestro saqueo.

Ahora la ruta se extendía en dirección sursudeste a través de Suabia. Aparecieron coníferas dispersas, y a veces los bosques sombreaban la carretera a lo largo de centenares de metros. Eran puestos de avanzada que surgían de improviso, separados por leguas de pastos y tierras de labor de la gran masa oscura que era la Selva Negra, hacia el sudoeste. Más allá el terreno se ondulaba en dirección a los Alpes.

En los tramos rectos, donde el cambio de escenario era lento, cantar me ayudaba con frecuencia a superar la monotonía, y cuando se me terminaba mi repertorio de canciones recurría a la poesía. En casa, en mis diversas escuelas y entre las personas que me acogieron tras mis fracasos escolares, siempre se había leído mucho en voz alta. (Mi madre estaba muy bien dotada para esa fatigosa habilidad, y en la elección de los textos se mostraba imaginativa y muy abierta; también solíamos cantar con acompañamiento del piano.) En la escuela aprender ciertos textos de memoria era obligatorio, aunque no tedioso. Pero a menudo este aprendizaje se revelaba insuficiente, como les sucede siempre a quienes necesitan la poesía, y lo completaba una antología particular, tanto de los autores absorbidos de una manera automática como de poemas elegidos ex profeso y memorizados como si uno hiciera acopio de material para sobrevivir en una isla desierta o para un período de confinamiento en solitario. (Estaba en la edad en que la memoria para la poesía o los idiomas, para cualquier cosa, en realidad, recibe las impresiones como si fuese de cera y, hasta cierto punto, dura como el mármol.)

La gama es bastante predecible y muy reveladora del alcance, los entusiasmos y las limitaciones, examinados en el hito de los dieciocho años, de una clase determinada de educación. Había muchos fragmentos de Shakespeare, numerosos discursos, la mayor parte de los coros de Enrique V, largas citas de El sueño de una noche de verano (absorbidas de manera inconsciente y solo entendidas a medias, porque había actuado como Starveling, el papel más breve de la obra, a los seis años); varios sonetos, muchos fragmentos separados, y, en general, una familiaridad bastante amplia. Seguían varios discursos de Marlowe y trozos de Prothalamion y Epithalamion de Spenser; la mayor parte de las odas de Keats, las piezas habituales de Tennyson, Browning y Coleridge, muy poco Shelley y nada de Byron. (Hoy me resulta asombroso que apenas le considerase poeta.) Nada del siglo XVIII excepto la Elegía de Gray y parte de The Rape of the Lock de Pope; algo de Blake; The Burial of sir John Moore; trozos de The Scholar Gipsy; algo de Scott, fragmentos de Swinburne, casi todo Rossetti, quien me inspiró una larga pasión no del todo desvanecida; algo de Francis Thompson y de Dowson; un soneto de Wordsworth, algo de Hopkins y, como todos los ingleses con algún vínculo irlandés, la traducción que hizo Rolleston de The Dead at Clonmacnoise; mucho Kipling y algunos versos de Hassan. Pasemos ahora a las adquisiciones recientes: pasajes de Donne, Herrick y Quarles, un poema de Raleigh, otro de sir Thomas Wyatt, uno de Herbert, dos de Marvell, unas pocas baladas de Border; A. E. Housman en abundancia, algunos trozos inapropiados de Chaucer (dominados sobre todo para adquirir popularidad en la escuela); mucho Carroll y Lear. Ni Chesterton ni Belloc, salvo fragmentos de Cautionary Tales. De hecho, aparte de los mencionados, muy poco del siglo XX. Nada de Yeats posterior a la paráfrasis de Ronsard, Innisfree y Down by the Salley Gardens; pero esto era más cantable que recitativo; ni una palabra de Pound o Eliot, ni aprendida ni leída; y de poetas más jóvenes, hoy venerables, nada. Si alguien me hubiera preguntado a quemarropa quiénes eran mis poetas contemporáneos preferidos, habría respondido que Sacheverell, Edith y Osbert Sitwell, por ese orden. (Dr. Donne and Gargantua y The Hundred and One Harlequins habían aparecido cuando estaba en la escuela, y tras leerlos tuve la sensación de haber entrado en un nuevo y deslumbrante territorio.) Los autores en prosa habrían sido Aldous Huxley, Norman Douglas y Evelyn Waugh. Este es el final de la sección breve; pero si la carretera se extendía hasta el punto de parecer interminable, saldrían a la superficie piezas más largas: todo Horacio y gran parte de Lake Regillus, robustos supervivientes de un capricho anterior; Grantchester y el Rubaiyat de Omar Khayyam, entonces intactos y ahora un montón de fragmentos que sería difícil reunir de nuevo. A partir de aquí, las obras de autoridad reconocida caen en picado: mientras avanzaba pesadamente, quintillas jocosas cubrían el planeta, desde Siberia hasta el cabo de Hornos, de actos indecorosos e imaginativos, y cuando terminaban, unos temas similares florecían en una variedad de metros distintos. Es un campo en el que Inglaterra puede enfrentarse a cuantos quieran desafiarla.

Mi cabeza de puente en poesía francesa no llegaba muy lejos: unos pocos poemas infantiles, un poema de Theodore de Banville, dos de Baudelaire, parte de uno de Verlaine, el original del soneto de Ronsard que conocía en la versión de Yeats y otro de Du Bellay. Por último, más que todo el resto junto, una gran cantidad de poemas de Villon (era un descubrimiento muy reciente y una pasión. Yo había traducido al verso inglés varias baladas y letrillas del Grand Testament, y el resultado había sido más respetable que cualesquiera de mis restantes intentos similares). La mayor parte de la aportación latina es tan predecible como el resto: sobre todo pasajes de Virgilio, pero no en exclusiva, asimilados gracias a la escritura de versos en la escuela: la tarea era más rápida si uno se sabía el texto de memoria. Como a nadie parecía importarle quién los había escrito mientras fuesen hexámetros, durante cierto tiempo utilicé la Farsalia de Lucano, pues sus versos parecían tener la facundia que yo necesitaba; pero pronto volvía a Virgilio, convencido con razón de que sus versos serían más duraderos: buscaba sobre todo en los libros II y VI de la Eneida, y hacía incursiones en las Geórgicas y las Églogas. Los otros autores romanos principales eran Catulo y Horacio. Del primero una docena de poemas breves y fragmentos del Atis, porque los jóvenes tienden (por lo menos a mí me ocurría) a identificarse con él cuando se sentían enojados, solos, mal comprendidos, embrutecidos, malhadados o víctimas de un desengaño amoroso. En mi caso, probablemente adoraba a Horacio por la razón contraria, y así aprendí varias odas y traduje algunas de ellas en torpes versos ingleses sáficos y alcaicos. Aparte de sus demás encantos, eran infalibles para cambiar el estado de ánimo. (Uno de ellos —oda I, IX Ad Thaliarchum— acudiría en mi ayuda al cabo de unos años en extrañas circunstancias. Los azares de la guerra me depositaron entre los riscos de la Creta ocupada con una partida de guerrilleros cretenses y un general alemán cautivo al que habíamos detenido y llevado a las montañas tres días atrás. La guarnición alemana de la isla nos perseguía, pero por suerte de momento seguían una ruta equivocada. Era aquella una época de inquietud y peligro, y para nuestro prisionero de penalidades y congoja. Durante un intervalo en la persecución, nos despertamos entre las rocas cuando se iniciaba un amanecer brillante por encima del monte Ida. Lo habíamos coronado con dificultad, hollando la nieve y luego bajo la lluvia durante los dos últimos días. Al mirar por encima del valle el pico montañoso destellante, el general musitó:

Vides ut alta stet nive candidum

Soracte...

«Ya ves cómo la alta nieve blanquea

el Soracte...»

¡Era uno de los poemas que yo conocía! Seguí desde el punto en que él se había interrumpido:

nec jam sustineant onus

Silvae laborantes, geluque

Flumina constiterint acuto,

«y soportan el peso

los cansados bosques y el hielo

áspero constriñe los ríos»

Y así sucesivamente, todas las estrofas restantes hasta el final. Los ojos azules del general se habían apartado de la cima del monte para fijarse en los míos, y cuando terminé, tras un largo silencio, dijo: «Ach so, Herr Major!» («¡Ah!, señor comandante»). Fue algo muy extraño, como si, durante un largo momento, la guerra hubiera dejado de existir. Ambos habíamos bebido en las mismas fuentes mucho tiempo atrás, y durante el resto del tiempo que permanecimos juntos las cosas fueron distintas entre nosotros.

Inmediatamente después de Horacio estaban los versos de Adriano a su alma (el The Oxford Book of Latin Verse era casi la única recompensa que obtuve en la escuela) y, para contrarrestarlos, los diez versos de Petronio, que giraban en torno al maravilloso: «sed sic, sic, sine fine feriati» («pero así, así, festejad sin fin»); luego algunos pasajes del Pervigilium Veneris. A continuación, con un cambio de tono, uno o dos himnos y cánticos latinos tempranos, seguidos por el Dies Irae y el Stabat Mater. (De los poetas latinos en los dos siglos entre los clásicos y el cristianismo, apenas conocía siquiera los nombres; era una región que invadiría y exploraría a solas, y mucho más tarde, con gran placer.) Por último, tenía unas nociones superficiales de la lírica latina medieval profana, procedente en gran parte del monasterio de Benediktbeuern.[13] En la breve coda griega a todo esto, el sonido chirriante se hace más intenso. Comienza con el movimiento inicial de la Odisea, como le sucede a cualquiera que se haya ocupado superficialmente de la lengua, seguido por fragmentos de la huida de Ulises de la caverna de Polifemo; la falta de Heráclito es inesperada; no hay nada de los autores de tragedias (demasiado difíciles); trozos de Aristófanes, unos pocos epitafios de Simónides, dos poemas a la luna de Safo, y luego silencio.

Una colección reveladora. Cubre el período de trece años entre los cinco y los dieciocho, pues en los meses anteriores a mi partida el ritmo de vida que llevaba, las noches sin dormir y los días dedicados necesariamente al descanso, habían ido reduciendo mis lecturas hasta interrumpirlas por completo. Gran parte de esas lecturas procede de los estrechos límites de Oxford Books, y es una mezcla de romanticismo bastante manoseado, con hechos heroicos y violencia, así como rastros de obsesión religiosa, temporalmente en suspenso, languidez prerrafaelita y medievalismo de Wardour Street, ligeramente corregidos, o, en cualquier caso, alterados, por una veta de tosquedad y una propensión a los bajos fondos. En definitiva, un retrato bastante preciso de mi bagaje intelectual: dirigido al pasado, azaroso, poco erudito y, sobre todo en griego, marcado con el baldón de haberlo abandonado prematuramente. (Desde entonces he intentado ponerme al día, con unos resultados irregulares.) Pero hay uno o dos rayos de esperanza, y me siento obligado a decir en legítima defensa que Shakespeare, tanto en cantidad como en adicción, eclipsaba el resto de ese material de acarreo. Mucho es lo que se ha herrumbrado por falta de uso, y algo queda. Hay algunas adiciones, pero escasas, por la triste razón de que la capacidad de aprender de memoria disminuye. La cera se endurece y el estilo raspa en vano.

Vuelvo a la carretera de Suabia.

En Alemania se canta mucho, y oírme cantar no molestaba a nadie. Las canciones que entonaba durante la marcha (Shuffle off to Buffalo; Bye, Bye, Blackbird; Shenandoah o The Raggle Taggle Gypsies) no provocaban más que sonrisas tolerantes. Pero con los poemas era distinto. Murmurar en la carretera hacía que la gente enarcara las cejas y me dirigieran miradas de inquieta conmiseración. Régulo apartando al populacho dilatorio cuando se encaminaba hacia el verdugo cartaginés, como si se dirigiera al Tarento lacedemonio o a los campos venafrianos, requería una retórica bastante suave; pero apremiar al grupo de asalto en Harfleur para que cerrase la muralla con los muertos ingleses exigía, de manera automática, una elevación del tono de voz y un mayor brío de los gestos, lo cual duplicaba mi embarazo si alguien me sorprendía. En tales casos procuraba disimular tosiendo o envolvía las palabras en un tarareo desentonado y reducía todos los gestos a fingir que me arreglaba el cabello. Pero algunos pasajes exigen antes de soltarse un camino intransitado hasta donde alcanza la vista. El terrible combate de boxeo, por ejemplo, en los juegos fúnebres de Anquises, cuando Estellus hace que Dares se tambalee y escupa sangre y dientes en la orilla siciliana («ore ejectantem mixtosque in sanguine dentes»; «escupiendo por la boca dientes mezclados con sangre»), y entonces, con el puño envuelto en tirillas de cuero, golpea a un ciervo entre los cuernos y esparce los sesos... eso requiere tomar precauciones. En cuanto a la estocada en la cabeza de puente que arroja al gran señor de Luna entre los augures como un roble del monte Alvernus... nunca hay que reproducir los gritos, los bastonazos, la andadura tambaleante y la agitación de brazos si hay alguien en kilómetros a la redonda. Para un espectador ocasional, quien se comporta así está borracho o es un lunático.

Así me sucedió aquel día. Me hallaba en ese mismo momento de crescendo y culminación, cuando una anciana salió con paso vacilante de un bosquecillo donde había estado recogiendo leña. Al verme, dejó caer su carga y puso pies en polvorosa. Hubiera querido que la tierra me tragara, o que me llevaran a las nubes en volandas.

Herrick habría sido más seguro; Valéry, si yo le hubiera conocido, perfecto: Calme...

La lluvia había derretido a medias la nieve y luego el viento procedente de las montañas la había congelado. El hielo que cubría la carretera estaba lleno de hoyos y surcos. Los copos de nieve dispersos acarreados por el viento habían sido un aviso, y ahora volvía a nevar intensamente. Los copos ocultaban el paisaje y se acumulaban en un costado del viajero, formando una costra blanca en su cabeza y enmarañando sus pestañas con pegajosas escamas. La carretera seguía la ondulación de un cerro escarpado, donde no había refugio alguno, y tan pronto parecía que el viento me ponía su mano en el pecho, impidiéndome avanzar, como cambiaba súbitamente de dirección y hacía que me tambaleara y diese tumbos. No había ningún pueblo a la vista, incluso después de esta acometida. Apenas pasaba algún coche. Desdeñaba el autoestop, y tenía una clara actitud al respecto: evitarlo rigurosamente hasta que fuera intolerable seguir andando, y entonces no viajar más lejos de la distancia que cubriría un día de marcha. (Me atenía a esta norma.) Pero ahora no se acercaba un vehículo, no había más que nieve y viento... hasta que por fin apareció una forma oscura que emitía un sonido metálico y que, cuando llegó a mi lado, se detuvo con un chirrido. Resultó ser un pesado camión diésel con cadenas en las ruedas y una carga de vigas. El conductor abrió la portezuela y extendió el brazo para ayudarme al tiempo que decía: «Spring hinein!» («¡Salta adentro!»). Cuando estuve a su lado en la vaporosa cabina, exclamó: «Du bist ein Schneemann!» («Eres un muñeco de nieve»), un muñeco de nieve. Y así era. Nos pusimos en marcha con estrépito. El conductor señaló los copos de nieve que se adherían al parabrisas con tanta rapidez como los eliminaba el limpiaparabrisas, y comentó: «Schlimm, niet?» («Qué mal, ¿verdad?»). Me ofreció una botella de schnapps y tomé un largo trago. ¡La alegría del viajero! «Wohin gehst Du?» («¿Adónde te diriges?»), le pregunté. (Creo que fue más o menos en ese momento del viaje cuando empecé a darme cuenta del cambio en esa pregunta: «¿Adónde vas?». En el norte, en la Baja Alemania, todo el mundo había dicho: «Wohin laufen Sie?» y «Warum laufen Sie zu Fuss?» [«¿Por qué vas a pie?»]. Recientemente el verbo había cambiado a gehen, pues laufen, en el sur, significa «correr», y probablemente procede de la misma raíz que el verbo inglés lope. También el acento se había alterado con rapidez. En Suabia, el cambio más notable era la sustitución de -le al final de un sustantivo, como diminutivo, en vez de -chen; Häusle y Hundle, en lugar de Häuschen y Hündchen, «casita» y «perrito», respectivamente. Tuve la sensación de que estaba adelantando, tanto en el aspecto lingüístico como el geográfico, sumiéndome cada vez más en el corazón de la Alta Alemania... El Du del conductor era una señal de compañerismo entre la clase trabajadora con la que me había encontrado varias veces. Significaba una aceptación amistosa y camaradería.)

Cuando el camionero me dejó en los gélidos adoquines de Ulm, supe que había llegado a un hito importante en mi viaje. Pues allí, al socaire de las almenas, oscuras bajo los copos de nieve y ya descolorido por el légamo, fluía el Danubio.

Fue un encuentro trascendental. Un gran puente se extendía sobre el río, y el hielo avanzaba desde cada orilla y acababa por reunirse en medio de la corriente. Desde la muralla paralela al río se extendía una maraña de tejados demasiado empinados para que la nieve cuajara en ellos. Los copos se amontonaban, resbalaban y caían a los callejones con un ruido silbante. En el corazón de aquella madriguera se alzaba la catedral de Ulm, ceñida por un octágono de casas que se encumbraba en el extremo occidental de la enorme nave, con la torre más alta del mundo, cuya aguja transparente desaparecía en un deshilachado edredón de nubes.

Finalizaba un día de mercado. Estaban quitando la nieve de los toldos alquitranados y formando columnas con los cestos encajados unos en otros. Habían cargado los restos de verduras en las carretas, muchos de cuyos caballos tenían aquellas hermosas crines y colas muy rubias, y los carreteros maldecían mientras los hacían retroceder entre las lanzas de las carretas. Mujeres de mejillas coloreadas, procedentes de una veintena de pueblos, llevaban cofias almidonadas y provistas de cintas negras que debían de haber sido terribles receptáculos de nieve. Se congregaban en torno a los braseros y pisoteaban el suelo con unas botas extraordinarias como no las había visto antes ni las he vuelto a ver desde entonces: unos cilindros inmensos, anchos como el calzado de los postillones del siglo XVII, forradas de fieltro y rellenas de paja. Incomprensibles gritos dialectales se mezclaban con los bufidos y relinchos. Las aves de corral estaban agitadas, los cerdos chillaban, los ganaderos azuzaban a las reses para que salieran de los corrales medio desmontados a medida que colocaban las vallas. Aldeanos con sombreros de ala ancha, chalecos rojos y látigos en las manos charlaban en las columnatas y en el tramo de escalones bajos. Un estridente y jocoso murmullo de confabulación se mezclaba con el humo entre las macizas columnas, y las bóvedas que sostenían aquellas columnas eran los suelos de edificios medievales tan grandes y macizos como antiguos tithe barns ingleses.

La famosa ciudad tenía una atmósfera medieval tardía. La vigorosa interpretación teutónica del Renacimiento se plasmaba en los voladizos y los parteluces de las ventanas sobresalientes, y proliferaban los umbrales redondeados. En el extremo de cada alto edificio público había un zigzag de triángulos isósceles, y buhardillas y gabletes planos alzaban sus agallas a lo largo de los tejados enormes cuyas tejas parecían escamas de pangolín. De las paredes sobresalían escudos tallados en altorrelieve, y muchos de ellos presentaban el águila bicéfala. Esa ave era emblemática de la categoría de la plaza como ciudad imperial: significaba que Ulm, al contrario que las poblaciones y provincias vecinas, que habían sido feudos de soberanos menos importantes, solo estaba sometida al emperador. Era una Reichstadt.

Un tramo de escaleras conducía a la parte inferior de la ciudad. Allí los pisos se proyectaban y casi se tocaban, y en uno de los callejones más anchos había numerosas carpinterías, talabarterías, herrerías y talleres cavernosos. Hacia el centro, visible a través de algunas aberturas, se extendía un río, cubierto por un caparazón de hielo sobre el que había una colcha de nieve, que pasaba bajo una sucesión de puentes estrechos, y se bifurcaba alrededor de una isla donde un sauce llorón extendía sus ramas hasta los aleros de los que pendían carámbanos, y entonces la corriente se unía de nuevo junto a un molino de agua, tan obturado por el hielo que parecía como si nunca fuese a moler de nuevo, y proseguía veloz su curso para verterse en el Danubio.

Aquella parte de la ciudad no contenía nada posterior a la Edad Media, o así lo parecía. Una amable anciana, que estaba ante el taller de un guarnicionero, me vio mirar a través de un agujero en el hielo. «¡Está lleno de Forellen!», me dijo. ¿Truchas? «Ja, Forellen! Voll, voll davon» («Sí, truchas. Repleto, allá abajo»). ¿Cómo se las arreglaban bajo aquella gruesa capa de hielo? ¿Se cernían suspendidas en la oscuridad? ¿O nadaban veloces como el rayo, siguiendo sus trayectorias schubertianas, ocultas y temerarias? ¿Estaban en temporada? De ser así, decidí arruinarme y tomar una para cenar junto con una botella de vino de Franconia. Entretanto, oscurecía con rapidez. Desde alguna torre, bajo la nevada, una campana empezó a repicar lentamente. Funera plango («¡Doblo a muerto!»), una nota profunda y solemne. Fulgura frango! («¡Estallo en relámpagos!») Era como si doblara por la muerte de un emperador, por la guerra, el asedio, la revuelta, la peste, la excomunión, un decreto de interdicción o el fin del mundo: Excito lentis! Dissipo ventos! Paco cruentos! («¡Pongo en marcha a los lentos! ¡Disperso los vientos! ¡Subyugo a los crueles!»).

En cuanto abrieron la catedral, subí con dificultad, el corazón latiéndome con fuerza, los escalones del campanario por encima del lugar donde estaban ubicadas las campanas. Vistos a través de los vértices de un tresbolillo y el aleteo de las cornejas y uno o dos grajos a los que mi ascensión había desalojado, los tejados escorzados de la ciudad formaban un laberinto rastrero. Ulm es el punto navegable más alto del Danubio, e hileras de gabarras estaban ancladas en sus aguas. Si el hielo hubiera avanzado durante la noche, ¿adónde habría arrastrado las gabarras? El agua es el único elemento que se expande al congelarse en vez de contraerse, y un descenso súbito de la temperatura aplasta a las embarcaciones desprevenidas como si fuesen cáscaras de huevo. Al sur del río, la campiña era una inmensa extensión blanca que se curvaba hacia el Jura suabo. El borde oriental de la Selva Negra difuminaba los montes, que luego se alzaban y fusionaban con las estribaciones de los Alpes, y en algún lugar entre ellos, invisible en una depresión, estaba el lago Constanza, al que fluía el Rin desde el sur para emerger de nuevo por el norte. Claramente discernible, y elevándose en una cima tras otra, el cataclismo telúrico de Suiza brillaba bajo el pálido sol.

Era una visión asombrosa. Pocos lugares de Europa central han sido escenario de tanta historia. ¿Detrás de qué vertiente estaba el puerto de montaña por donde los elefantes de Aníbal se deslizaron cuesta abajo? La frontera del Imperio Romano había empezado a solo unos pocos kilómetros de allí. En la espesura de aquellos bosques míticos que se reflejaban en el río durante muchos días de marcha, las tribus germanas, Némesis de Roma, habían aguardado su hora para atacar. El limes romano seguía la orilla meridional del río hasta el mar Negro. El mismo valle, actuando en sentido contrario, encauzó a la mitad de los bárbaros de Asia hacia Europa central, y justo por debajo del nido de águilas donde me encontraba, río arriba, los hunos penetraron y se marcharon, antes de hacer que sus caballos cruzaran el Rin a nado (o que trotaran sobre el hielo) hasta que, frustrados por milagro, tiraron de las riendas poco antes de llegar a París. Carlomagno acechaba desde el otro lado de aquel rincón de su imperio para destruir a los ávaros en Panonia, y a unas pocas leguas al sudoeste todavía se alzaban las ruinas de Hohenstaufen, sede de la familia que había fomentado venganzas entre emperadores y papas durante siglos. Una y otra vez, ejércitos de mercenarios provistos de máquinas de asedio y escalas pululaban por aquel mapa. La Guerra de los Treinta Años, la peor de todas ellas, se estaba convirtiendo en una obsesión para mí: un conflicto de creencias y dinastías triste, ruinoso, predestinado, inútil e irremediable, con unos principios en mutación constante y unos actores a los que barajaban y repartían una y otra vez. Y es que, aparte de los acontecimientos (las defenestraciones, las batallas campales y los asedios históricos, la carnicería, la hambruna y las epidemias), aleteaban en las sombras ciertos portentos astrológicos y el rumor de canibalismo y brujería. Los capitanes políglotas de las brutales huestes que hablaban diversas lenguas atraen nuestra mirada de buen o mal grado, con las serias expresiones de sus ojos y sus mostachos velazqueños, y pueblan la mitad de las galerías de arte europeas. A lomos de caballos caracoleantes, vestidos con sus mejores galas, contra un fondo de tiendas de campaña y escuadrones que chocan, ¡qué serenidad la suya al señalar con sus bastones de mando o, magnánimamente destocados y de pie en un bosque de lanzas, aceptan las llaves de la rendición o una espada! Los bucles ondean y los encajes o los cuellos almidonados resaltan sobre la armadura negra y las incrustaciones de oro. Miran desde sus marcos con una melancolía altiva y altamente espiritual que resulta inquietante y enigmática: Tilly, Wallenstein, Mansfeld, Bethlen, Brunswick, Spinola, Maximiliano, Gustavo Adolfo, Bernard de Saxe-Weimar, Piccolomini, Arnim, Königsmarck, Wrangel, Pappenheim, el cardenal-infante de los Países Bajos españoles, Le Grand Condé. Los estandartes de la destrucción se mueven por el paisaje como banderas en un mapa de campaña, las águilas dobles aureoladas del emperador, los rombos azules y blancos del Palatinado y Baviera, el león rampante de Bohemia, las franjas negra y dorada de Sajonia, las tres coronas de los Vasa de Suecia, los cuadrados blancos y negros de Brandenburgo, los leones y castillos de Castilla y Aragón, los lirios franceses azules y dorados. Desde aquel entonces, la distribución en forma de rompecabezas de católicos y protestantes se ha mantenido tal como quedó tras la Paz de Westfalia. Cada enclave ensamblado dependía de la fe de su soberano y, en ocasiones, por un capricho de la sucesión, un príncipe de la fe alternativa reinaba tan apaciblemente como el musulmán Nizam sobre sus súbditos hindúes en Hyderabad. Si el paisaje fuese realmente un mapa, estaría salpicado de esas pequeñas espadas cruzadas que indican batallas. El pueblo de Blenheim[14] estaba a un solo día de marcha a lo largo de la misma ribera, y Napoleón derrotó al ejército austríaco en la orilla que se hallaba muy cerca de la barbacana. Los cañones se hundían en los campos inundados mientras que la corriente se llevaba a los artilleros, los avantrenes de cureña y las yuntas de animales que tiraban de ellos. Miré abajo y vi, ondeando en uno de los callejones, una bandera escarlata con la cruz gamada en su disco blanco. Aquella bandera daba a entender que aún habría dificultades en el futuro. Al verla, alguien versado en profecía y el significado de los símbolos podría haber predicho que las tres cuartas partes de la ciudad vieja sería bombardeada y destruida por las llamas pocos años después, y que volvería a alzarse con una geometría de bloques de hormigón cuya altura sería de vértigo.

¡La primera visión del Danubio! Una panorámica impresionante. El Volga es el único río europeo que le supera en longitud. Si uno de los grajos que se agitaban entre los ornamentos en forma de hojas y flores por debajo de donde me hallaba hubiera volado a mi próximo punto de encuentro con el río, habría aterrizado a trescientos kilómetros al este de aquella torre. Las ráfagas de viento silbaban más fuerte a través de la piedra perforada de la aguja y las nubes avanzaban con rapidez.

La nave desierta, a la que tan solo iluminaba la luz maravillosa que se filtraba a través de los vitrales de intensas tonalidades, se hallaba en la penumbra por contraste. Un organista estaba absorto en sus improvisaciones, tocaba los registros y producía unos sonidos retumbantes en su alto nido iluminado por una lámpara, bajo una serie de gigantescas zampoñas. Las columnas arracimadas, que parecían esbeltas en un lugar tan enorme, dividían la nave en cinco pasillos y se alzaban hasta una red de aristas de encuentro, nervaduras y nervios secundarios, que una ligera contracción arquitectónica habría convertido en tracería decorativa de bóveda de abanico. Pero eran las sillas del coro lo que le hacía a uno detenerse. Un audaz arranque humanista tridimensional se había plasmado en los florones de las sillas de coro, que representaban torsos en tamaño natural, en madera oscura, de las sibilas, es decir, unas damas con cofias, tocas y mangas acuchilladas, tocadas con sombreros picudos como el de la duquesa de Alicia en el País de las Maravillas. Estiraban los cuellos, anhelantes, mirando a través del presbiterio hacia Platón y Aristóteles y una academia de filósofos paganos que les respondían, vestidos como burgomaestres y encabezados por un Tolomeo con aspecto de burgrave que sostenía un astrolabio de madera. El hexágono abovedado bajo la aguja se utilizaba como capilla conmemorativa. Los colores en seda y con guirnalda de laurel de los regimientos de Württemberg y Baden de 1914 a 1918 pendían allí en hileras: unos estandartes con cruces negras sobre fondo blanco. Las distinciones en combate inscritas en oro sobre las cintas ondulantes (el Somme, Vimy, Verdún y Passchendaele) eran muy familiares.

La luz de los vitrales coloreados desapareció como fuegos extinguidos. Las nubes habían vuelto a cernerse y el cielo presagiaba nieve.

En aquellos días frecuentaba catedrales. Tan solo unas pocas horas antes había visitado otra, y en uno de los cruceros comí pan con queso y una cebolla. El día de marcha había sido una repetición del anterior: había cruzado el puente sobre el Danubio; unas nubes de mal aspecto me perseguían con intenciones inquietantes, hasta que se abrieron y el viento del este, que volvía a difuminarlo todo con un torbellino de copos de nieve, prácticamente me impidió avanzar. Entonces un benefactor acudió en mi ayuda y, a última hora de la mañana, me dejó en Augsburgo, adonde no había esperado llegar, en el mejor de los casos, hasta después de que hubiera oscurecido.

En aquella sillería del coro de Augsburgo se desenfrenaban unas tallas exentas, muy pulimentadas, que representan escenas bíblicas con derramamiento de sangre. En cuanto a realismo e inmediatez, dejaban muy atrás a las tallas de Ulm. En la primera, Jael, con mangas colgantes y un sombrero de margrave, empuñaba un martillo y clavaba una escarpia de hierro entre los rizos de la dormida Sisera. Judit, vestida igualmente a la lujosa moda de los Plantagenet, sostenía la cabeza cortada de Holofernes mientras con la otra mano le hundía una espada en la espalda. Caín, con un hacha en vez de la tradicional quijada de burro, abría la cabeza de Abel, y David, agachado sobre un Goliat con armadura de acero, casi le había cortado la cabeza. Estos dúos de madera solo eran ligeramente grotescos. Flamencos y borgoñones compiten con los alemanes en la talla de madera, pero no pueden alcanzar ese realismo contundente. En sepulcros y lápidas, los príncipes-obispos y los landgraves mitrados que en el pasado rigieron aquella belicosa sede superaban en número a las figuras de legos de alta cuna, hombres de rostros anchos y duros con armadura completa y el cabello cortado en flequillo. Algunos vestían cota de mallas y otros casulla; y las manos de piedra unidas en oración estaban enfundadas en guanteletes o llevaban guantes episcopales con gemas en forma de rombos para señalar los lugares de los estigmas. Tonsurados y sobre almohadas o con el cabello muy corto en forma de casco, los rostros rectangulares mostraban similares frunces que daban una impresión de dominio, y lanzas y báculos eran intercambiables a sus costados. Bajo un prelado con pesados ornamentos pontificales yacía una efigie de su esqueleto cuando los gusanos habían terminado con él. Más adelante, de una mandíbula colgante bajo la mejilla hundida y las cuencas oculares de un fanático aquilino, era casi audible el estertor agónico.

Severos recordatorios. Pero, a modo de compensación, cuatro escenas cautivadoras de la vida de la Virgen pendían detrás de unos altares laterales. HANS HOLBEIN, decía la placa de latón, pero por la indumentaria y la ambientación eran más propios de Memling, de fecha muy anterior a la de la realeza, los embajadores y magnates que todos conocemos. Resultó que eran del padre y tocayo del Holbein más conocido, patriarca de toda una dinastía de pintores de Augsburgo.

Debo resistir la tentación de extenderme sobre la fascinante ciudad, su abundancia de edificios magníficos, la fachada decorada con frescos de la casa Fugger, los pozos con un dosel de hierro forjado. Mientras masticaba, perseguía una presa más general: nada menos que el ambiente y el carácter globales de las ciudades prebarrocas alemanas. Hemos visto varias de ellas, y habrá más. Una teoría estaba tomando forma, y algunas torpes notas de afinamiento han sonado en páginas precedentes. Creo, pues, que estoy en condiciones de exponerla de una vez.

Las características a las que me refiero, aunque desde luego desconocía los detalles, se extienden más allá de la Alemania meridional: avanzan por el Danubio, cruzan Austria y penetran en Bohemia, por las montañas del Tirol hasta el borde de Lombardía y a través de los Alpes suizos, por el Rin superior, hasta llegar a Alsacia; y el verdadero secreto de la arquitectura de esas ciudades consiste en que su estructura es medieval y renacentista (o la interpretación teutónica del Renacimiento) solo en detalle. Una gran ola se formó en Lombardía y el Véneto, ascendió, adquirió velocidad y, finalmente, se precipitó hacia el norte, rebasó los puertos de montaña y bajó a la planicie para romper sobre la masa medieval alemana con grandes abanicos de rocío desintegrador. Las curvas como hendiduras del violín empezaron a complicar y suavizar los zigzags de los gabletes y, desde aquella abundancia creciente de salientes escalonados, no tardaron en emerger ornamentados florones y trabajados obeliscos. Desde el ángulo estructural, las nuevas arcadas eran todavía claustros medievales, pero los detalles que proliferaban en ellas las convertían en primorosos pórticos que ofrecían cobijo a un laicado próspero. Los tejados medievales, como los de un establo, se mantuvieron, pero, desde la arcada hasta los aleros, unos miradores saledizos se alzaron en hileras de parteluces y vidrio con motivos heráldicos tan ornados como popas de galeones. Incluso sobresalían en polígonos de forma espiral y cilindros en las esquinas de las calles, su extravagancia ayudada por las marañas de piedra y madera talladas. La misma tendencia exuberante se manifestaba por doquier...

¡Había buscado torpemente un símbolo que pudiera describir con acierto esa idiosincrasia, y de repente lo había encontrado! En el piso de las muchachas en Stuttgart, cuando pasaba las páginas de un libro ilustrado de historia alemana, me detuve ante una lámina en color con tres personajes imponentes. El pie de la ilustración decía: «Lansquenetes en la época del emperador Maximiliano I». Eran tres gigantes rubios. Lucían unos mostachos exuberantes sobre el resalto de las barbas pobladas. Llevaban los sombreros flexibles con una inclinación garbosa y, bajo las plumas de avestruz, las alas segmentadas se extendían tan incongruentes como los pétalos de una vincapervinca. Dos de ellos sostenían picas de hojas trabajadas con esmero, y el tercero iba armado de un mosquete; sus manos en las empuñaduras de las espadas anchas alzaban las vainas a sus espaldas. Los jubones acuchillados aumentaban la anchura de sus hombros y las mangas acolchadas les hinchaban los brazos como zepelines, pero encima de todo ello unas cintas anchas les cubrían los torsos en diagonal, atadas en el otro lado con una hilera de lazos poco apretados, y unas cintas brillantes ondeaban fijadas a sus brazos ya voluminosos con unas espirales igualmente contradictorias, escarlata, bermellón, naranja, amarillo canario, azul de Prusia, verde hierba, violeta y ocre. Desde las nalgas y el alzapón hasta la rodilla, las piernas presentaban una abundancia similar de cintas y, con astuta asimetría, las brillantes cintas estaban dispuestas con un sesgo distinto en cada pierna. Al entrecruzarse formaban jaulas de color, como mayos a punto de desplegarse. Las medias, rayadas y abigarradas, terminaban sumidas en unos zapatos anchos, acuchillados en las puntas, en forma de pico de pato, rayados y abigarrados. Un soldado, con peto sobre sus galas, había prescindido de todas las cintas por debajo de la entrepierna, y se adornaba las piernas con hileras de orlas hasta mediada la pantorrilla, unas trencillas de extremo cuadrado que brotaban como los anillos umbelíferos de follaje de esas plantas de marisma llamadas cola de caballo.

Eran las suyas unas prendas fanfarronas, exuberantes y ridículas, pero sus portadores no tenían nada de fatuos: bajo el aleteo de aquel deslumbrante muestrario de mercería, eran severos soldados teutones, aún medievales. Todas aquellas aberturas, que se enganchaban continuamente, eran un elemento teutón. Comenzaron a fines del siglo XV, cuando cortaron leguas de seda robada para remendar los andrajos de algunos mercenarios afortunados: estos perdieron los estribos entre las balas de tela, y entonces, fuera de sí, empezaron a sacar la tela blanca a través de las aberturas y a inflarla. Una vez lanzada, la moda se extendió a las cortes de los Valois, Tudor y Estuardos, y tuvieron finalmente su máxima floración en el campo del Paño de Oro.[15] Pero los lansquenetes eran objeto de temor. Juraban y se abrían paso a mandobles a través de todas las guerras religiosas y dinásticas del imperio, y, mientras ellos manejaban sus picas, se estaban levantando edificios. En 1519, cuando Carlos V sucedió a Maximiliano, el esplendor meridiano de los lansquenetes coincidió con una generación gloriosa como el Sacro Imperio Romano no había visto desde Carlomagno y jamás volvería a ver. Por medio de la herencia, la conquista, el matrimonio y el descubrimiento, el imperio de Carlos llegó al norte, a los asentamientos de los caballeros teutónicos en el Báltico, al viejo mundo hanseático y a los Países Bajos. Se extendía por el sur hasta incluir el ducado de Milán y engullía los puestos de avanzada que eran los reinos de Nápoles y Sicilia; avanzaba con Turquía por el Danubio medio y se extendía a la Borgoña occidental, y entonces, prescindiendo de Francia, cuyo rey, sin embargo, era prisionero del emperador en Madrid, saltaba el Atlántico desde los Pirineos hasta la costa del Perú en el Pacífico.

¡Una vez me hice con la fórmula de los lansquenetes (solidez medieval adornada con una jungla de detalles renacentistas inorgánicos) ya no hubo manera de detenerme! Adondequiera que dirigiese la mirada, allí estaba: no solo en gabletes, pozos, miradores y arcadas, no solo en los gigantes del bosque pintados al temple que luchaban sobre quince metros de fachada, sino en todo. En la heráldica, elemento constante en todas las ciudades alemanas, era omnipresente. Los escudos de armas incrustados en las paredes de la Alemania meridional eran antes tan sencillos como planchas puestas del revés con cestos invertidos encima: gracias a la nueva fórmula, cada escudo florecía en la mitad inferior de un violonchelo horizontal dividido en dos partes, con vistosas hendiduras para una lanza ladeada, bajo un despliegue repetido veinte veces de cascos con rejilla y un penacho de hojas de fresa, cada yelmo más abultado en la parte superior por los cuernos, las alas o las plumas de avestruz o pavo real, y todos ellos rodeados por un follaje tan tortuoso y agitado como hojas espatuladas en un torbellino. Las alas de las águilas se abrían y mostraban la doble serie de negras plumas, las colas se bifurcaban en múltiples espiguillas, las lenguas surgían de picos y entre colmillos como llamas; en los blasones aparecían nervaduras, estrías, abocinamientos y arabescos embutidos. Todo tenía una suave ondulación. ¿Era el principio de los lansquenetes extendido a la tipografía, que contorsionaba las letras mayúsculas, hacía que los trazos terminales pirueteasen alrededor del texto de letras góticas posgutenbergianas, aquellos floreos negros temerarios, refluentes, interminables, como cintas a las que un mago mantiene en movimiento en las puntas de unas varitas? Tipografía, ex libris, portadas, títulos, grabados en madera, láminas... Durero, encastillado en la Núremberg medieval a su regreso de la Venecia renacentista, lo estimuló. El perfil duro del arte alemán, el amor a la complejidad... ¿Y Holbein? (Cranach no. Por la mañana había examinado sus cuadros en el museo.) Inspirándose, tal vez de una manera inconsciente, en aquellos soldados, albañiles, herreros y ebanistas deben de haber conspirado; cuanto podía bifurcarse, ramificarse, serpentear, ondear, plegarse o abrirse paso a través de sí mismo, entró de repente en acción. Relojes, llaves, goznes, cenefas de puertas, empuñaduras y guardamontes... ¡suave movimiento centrífugo y retroceso! El principio sigue activo.

Hemos inventado una edad dorada medio falsa que nos abriga cuando comemos y bebemos lejos de casa. A juzgar por las tabernas, eso está representado en Inglaterra por el reinado de Isabel, seguido de cerca por la Regencia. El territorio gastronómico soñado de Francia es el Telémaco de Rabelais y el mundo de la cazuela de pollo de Enrique IV; y el paraíso perdido de la Alemania meridional cubre aproximadamente la misma época, un tiempo que en realidad es el de los lansquenetes. Sus ejércitos emprendían marchas y contramarchas, pero aquel no era solamente un tiempo de triunfo militar y territorial. Se oía el estimulante repiqueteo de la Reforma. La Contrarreforma hacía ejercicios de calentamiento para volver por sus fueros. Lutero tronaba contra la Iglesia de Roma, Erasmo, Reuchlin, Melanchthon y Paracelso se encorvaban ante sus escritorios; los pintores más grandes de Alemania estaban atareados en sus estudios; circulaban los libros y las ideas. Entonces estalló la Guerra de los Treinta Años y los años amortiguadores se convirtieron en décadas, todas las construcciones cesaron y artistas y escritores volvieron a eclipsarse. Pronto el imperio se sumiría en la senectud entre las cenizas. La época gloriosa de los lansquenetes había terminado. El penúltimo resplandor de María Teresa fue solo un alivio temporal, y las perversas y cerebrales maravillas del barroco, que florecieron entre los príncipes como una primavera en otoño, se desvanecieron demasiado pronto. (La muerte llegó con la revolución, y la única esperanza de restauración del mundo teutónico se hallaba muy lejos, al norte: era la estrella ascendente de la Marca de Brandenburgo. Pero los alemanes meridionales y los austríacos nunca se interesaron por Prusia.) No es de extrañar por ello que los reinados de Maximiliano y Carlos V siguieran siendo el mundo de ensueño de los países de habla alemana. (No el Valhala ni Asgard, que siempre les hacían descarrilar.) Bodegas, tabernas, cervecerías, cafés... centenares de locales auténticos seguían intactos, y los nuevos los imitaban automáticamente. Así pues, no es el ballestero vomitador de tiempos pasados quien frecuenta tales locales, y todavía menos el borrachín introspectivo tras la Guerra de los Treinta Años. Ese personaje con peluca empolvada y recogida en la nuca aguardaba de mal talante que las pastorales pintorescas se cohesionaran entre los zarcillos de yeso en los techos y a que los cuartetos de cuerda empezaran a afinar.

No. Es el bebedor barbudo con su atuendo de arlequín, reclutado en Suabia, quien se enrosca las guías del bigote y pide a gritos otra botella. Es el epítome ambulante, y su influencia se nota por doquier, en los globos de color ahusados que forman los pies de las copas de vino, en las etiquetas de las botellas verde y ámbar, en los letreros metálicos colgantes que chirrían en montantes de hierro forjado; en el despliegue de ménsulas talladas y el embrollo férreo de las barandillas, en los pliegues de los artesonados y los floreos caligráficos de los lemas murales, en el denso tumulto báquico de la hiedra de madera labrada que se entrelaza con los pámpanos, las hojas y los racimos. Está presente en la perforación de los respaldos de los bancos, en los tirantes de las mesas y en la madera y el encofrado de yeso de los techos; las hileras de remates, los goznes y las asas de las jarras de cerveza de loza, las adujas de plomo que unen el panal de cristales circulares de las ventanas, las baldosas de las estufas saqueadas en el Flandes español, las mismas tapas de las cazoletas de las pipas de porcelana... todo es suyo. Es el detalle corroborador del mundo de ensueño.

Y, durante algún tiempo, también fue un mundo de ensueño para mí. Me sentía cómodo entre esos obstáculos, con serrín bajo los pies y oculto en una nube de humo de cigarro barato, mientras vertía tales ideas en mi diario. ¡La piedra de toque lansquenete! (Supongo que es una noticia añeja, como casi siempre lo son tales descubrimientos.) Pero en el crucero de la catedral la idea se formó de súbito en mi mente, detonó en mi cabeza y salió disparada hasta el triforio, como un signo de interrogación gigantesco en una tira cómica.

4

«WINTERREISE»

Quemante y afanoso, el aire se hace sentir astutamente y la nieve y el viento han borrado todos los detalles del viaje a Múnich. Sigue cayendo una copiosa nevada cuando la escena se aclara al atardecer.

En el mostrador de la lista de correos de la Hauptpost me entregaron un sobre certificado con una gran equis en tiza azul; contenía cuatro billetes de una libra, nuevos y tersos. ¡Llegaban a tiempo! Muy animado, me encaminé al Jugendherberge, uno de los poquísimos hostales juveniles que aún sobrevivían, donde la palabra mágica «estudiante» me facilitó una cama en un largo dormitorio vacío. Acababa de dejar la mochila y pegar en ella un distintivo que me identificaba como su poseedor cuando entró un muchacho con granos en la cara y de aspecto deprimente y se instaló en la cama vecina, un gesto irritante, puesto que todas las demás estaban libres. Peor aún, se sentó y empezó a hablar, cuando yo ansiaba ir a ver la ciudad, con un objetivo especial. Le di una excusa y bajé a toda prisa las escaleras.

Al cabo de un rato caminaba con dificultad por una avenida de anchura enorme que parecía extenderse hacia el infinito a través de la ciudad con más corrientes de aire del mundo. Un arco de triunfo se discernía vagamente entre los copos, me fui acercando a él lentamente, pasé por su lado y lo dejé atrás. Estaba aterido, los dientes me castañeteaban, y cuando por fin apareció ante mi vista una acogedora hilera de bares, entré en el primero y me tomé un vaso de schnapps.

—¿Cuánto falta para la Hofbräuhaus? —pregunté.

Los parroquianos se echaron a reír: había recorrido unos tres kilómetros en la dirección contraria, y me encontraba en un suburbio llamado Schwabing. Me tomé otros dos schnapps, desanduve en tranvía el camino a lo largo de la Friedrichstrasse y me apeé cerca de un monumento en el que un rey bávaro montaba un caballo de metal delante de otro arco de tamaño colosal tendido por encima de la calzada llena de tráfico.

Había esperado encontrarme con una ciudad distinta, más parecida a Núremberg, tal vez, o Rothenburg. La arquitectura neoclásica con aquel tiempo boreal y borrascoso, los gigantescos bulevares, la pompa insípida, todo daba una sensación de frialdad. La proporción de milicianos nazis y miembros de las SS en las calles era mucho más elevada que en las demás ciudades que había visitado y seguía en aumento, y el saludo nazi se repetía en las aceras como un tic douloureux. En el exterior de la Feldherrnhalle, con su placa conmemorativa de los dieciséis nazis muertos durante una refriega que tuvo lugar en 1923 en una calle cercana, dos centinelas de las SS con bayoneta calada y casco negro montaban guardia como figuras de hierro colado, y todos los transeúntes, al pasar por allí, alzaban el brazo derecho como por reflejo al recibir un rayo eléctrico. Era peligroso contemplar ese homenaje, pues corrían rumores de que algunos extranjeros desprevenidos habían sido agredidos físicamente por los fanáticos. Entonces las vías públicas empezaron a estrecharse. Al fondo de un callejón tuve un atisbo de sillería gótica, arcos apuntados y contrafuertes, y más adelante vi unas cúpulas de cobre cernidas sobre circunvoluciones barrocas. Una Virgen en una columna presidía una plaza en declive, en uno de cuyos lados había un alto edificio gótico victoriano, cuya gran bóveda inferior arqueada daba acceso a una maraña de callejuelas, en el centro de las cuales se alzaba un imponente edificio, mi objetivo, la Hofbräuhaus. De una gran puerta en forma de arco salía a la nieve pisoteada un grupo estridente de camisas pardas tambaleantes.

Volvía a hallarme en territorio cervecero. A mitad de la escalera abovedada, un camisa parda gimiente, apoyado en la pared sobre un brazo decorado con la cruz gamada, estaba soltando, en un chorro continuo que se deslizaba por los escalones, la ingestión prolongada durante varias horas. Trabajos de amor perdidos. En cada nuevo piso había grandes salas dedicadas a la bebida. En una de las cámaras, un grupo de SA reunidos en torno a una mesa cantaban con entusiasmo Lore, Lore, Lore, llevaban el compás golpeando la mesa con las jarras y hacían correr las sílabas a paso ligero, como los vagones de un exprés: «UND — KOMMT — DER — FRÜHLingindastal! GRÜSS — MIR — DIE — LORenocheinmal» («¡Y — llega — la — primavera al valle! Me — saluda — el — Loira de nuevo»). Pero ciertos civiles que se estaban dando un banquete eran quienes atraían la mirada del recién llegado, sin que pudiera apartarla de ellos.

Es preciso viajar hacia el este a lo largo de doscientos noventa kilómetros desde el Rin superior y ciento doce desde la vertiente alpina para hacerse una idea de la transformación que la cerveza, en connivencia con una ingestión de alimento casi ininterrumpida (comidas seguidas tan de cerca durante la vigilia que apenas existe un momento en que no se coma algo), puede llevar a cabo en el cuerpo humano. La lucha intestina y la pugna sin tregua de la ingestión y la digestión destroza muchos caracteres alemanes, hace que aparezcan frunces en el ceño y se exterioriza en palabras y acciones duras.

Los troncos de aquellos ciudadanos que se estaban dando un atracón eran tan anchos como barriles. El espacio que ocupaban sus nalgas sobre los bancos de roble no era inferior a un metro. Sus muslos tenían la anchura de los torsos de muchachos de diez años y los brazos, de la misma escala, tensaban la sarga que los confinaba. El mentón y el pecho formaban una sola columna, y cada nuca rolliza presentaba tres sonrisas engañosas. Los cráneos eran protuberantes y estaban completamente afeitados. Excepto cuando las cinco de la tarde las velaba con sombras, las superficies, pulimentadas como huevos de avestruz, reflejaban la luz de las lámparas. Las mujeres llevaban recogido hacia arriba el cabello rizado, revelando el cuello escarlata, sujeto con pasadores y tocado con sombreros bávaros de paño verde, y se cubrían los enormes hombros con una pequeña estola de piel de zorro. El más joven del grupo, que parecía un ídolo del público bajo un hechizo cruel, era el más voluminoso. Bajo unos rizos desordenados, sus ojos azules, como de porcelana, sobresalían en unas mejillas que podrían haber sido hinchadas con una bomba de bicicleta, y los labios de color cereza entreabiertos revelaban la clase de dientes que hacen chillar a los niños. No había rastro de turbiedad o aturdimiento en sus ojos. Si la carnosidad que los rodeaba había reducido su tamaño, en cambio había dotado de mayor concentración a sus miradas. Las manos como manojos de salchichas se movían ágiles, y los tenedores que empuñaban transportaban continuamente a las bocas jamón, salami, Frankfurter, Krenwurst y Blutwurst, y alzaban las jarras de loza para tomar largos tragos de líquido que volvía a aparecer instantáneamente en carrillos y frentes. Podrían haberse sometido a una competición cronometrada, y sus voces, solo en parte estorbadas por los buenos alimentos que estaban devorando, iban en aumento mientras las risas desaforadas estremecían con frecuencia la atmósfera. El pan negro de centeno con semillas de alcaravea, los panecillos anisados y los Pretzels entretenían la espera entre platos, pero siempre llegaban nuevas hornadas de comida antes de que amenazara con instalarse una auténtica calma. Depositaban enormes platos ovales, cargados de Schweinebraten, patatas, Sauerkraut, col roja y una especie de albóndigas de sémola delante de cada comensal. Les seguían unos trozos colosales de carne asada, porciones inclasificables que, una vez rebañadas, dejaban osamentas brillantes, como pelvis de ternera o huesos de elefante. Camareras con el físico de levantadores de pesas y practicantes de lucha libre distribuían esta comida, y las facciones de los comensales goteaban grasa y brillaban como los rostros en el banquete de un ogro. Muy pronto la mesa volvía a ser un osario, la conversación vacilaba, una expresión de desconsuelo nublaba los ojillos y flotaba brevemente en la atmósfera un indicio de pesadumbre, pero los refuerzos nunca tardaban en llegar: veloces tarascas acudían en ayuda de los necesitados con nuevas jarras y fuentes de alimento, y las húmedas frentes lestrigonianas volvían a alisarse al tiempo que se iniciaba una feliz renovación del jolgorio y la ingestión.

Entré por error en una sala llena de oficiales de las SS, Gruppen y Sturmbannführers, enfundados en negro desde los cuellos adornados con rayos hasta el bosque de botas altas debajo de la mesa. En el alféizar de la ventana se amontonaban las gorras con la calavera y las tibias cruzadas. Aún no había encontrado la parte de aquella Bastilla que estaba buscando, pero por fin un ruido como el de la corriente de un río me guió de nuevo escaleras abajo hacia el final de mi viaje.

Las bóvedas de la gran cámara se difuminaban hacia el infinito a través de los estratos de humo azul. Las suelas claveteadas raspaban el suelo, las jarras entrechocaban y el olor combinado de la cerveza, los cuerpos, la ropa vieja y los corrales de granja asaltaban al recién llegado. Me instalé apretadamente en una mesa llena de campesinos y no tardé en llevarme una de aquellas Masskrugs a los labios. Era más pesada que unas pesas de hierro, pero la cerveza rubia que contenían estaba fría y era deliciosa, un litro cilíndrico y espumoso de mito teutónico. Ese era el combustible que había convertido en zepelines a los frenéticos comensales de la planta superior, llevándolos a unas alturas tan inconvenientes para el prójimo. Los cilindros, cuyo color era el del metal de artillería, tenían grabada una combinación de las letras HB bajo una corona de Baviera, como la marca de la fundición en los cañones. Yo veía las mesas como baterías, donde cada artillero atendía una silenciosa pieza sin retroceso, la cual, apuntada hacia sí mismo, le machacaba sometiéndole a un asedio constante. ¡El fuego en masa de la Masskrug! Aquí y allá, en las mesas, con las cabezas en charcos de cerveza, cabos artilleros aislados habían sido abatidos en sus emplazamientos. Las bóvedas reverberaban con el estrépito de una barrera de fuego rasante. ¡Debía de haber más de un millar de piezas en acción! Grandes Berthas, la pálida camada de Krupp, una batería tras otra disparando al azar o en salvas mientras las manos ajustaban la elevación y el movimiento lateral y entonces aferraban el guardamonte de loza. Sostenido por sus camaradas, el herido caminaba con paso vacilante bajo el humo de la batalla y un nuevo artillero ocupaba el lugar vacío.

Mi propio cañón había disparado su último proyectil, y deseaba cambiar a un explosivo de tonalidad más oscura. Pronto una nueva Mass quedó delante de mí tras haber golpeado la madera de la mesa. En armonía con su color, produjo en seguida una nota más oscura, un largo acorde wagneriano de semibreves en caligrafía gótica: Nacht und Nebel! Ondulantes hectáreas de paisaje bávaro se formaron en el paisaje interior de mi mente, desplegándose en perspectivas de postes que formaban pirámides, con el lúpulo holgazaneando encima, cargado de flores con el color sombrío de ciertas amapolas.

Los campesinos, granjeros y artesanos de Múnich que ocupaban las mesas eran mucho más agradables que los ciudadanos que comían en el piso superior. En comparación con los pocos soldados elegantes y adiestrados que había allí, los milicianos nazis parecían paquetes de papel marrón atados con cordel. Incluso había un marinero con dos cintas que le caían sobre el cuello desde detrás de la gorra, en cuya parte delantera decía en letras doradas UNTERSEEBOOT («Submarino»). ¿Qué hacía allí aquel tripulante hanseático de submarino, tan tierra adentro desde Kiel y el Báltico? Mis compañeros de mesa eran del campo, hombres corpulentos, de manos callosas, y había una o dos esposas entre ellos. Algunos de los hombres de más edad vestían gruesas chaquetas de lana gris, con botones de hueso y cerdas de cola de tejón o plumas de gallo lira fijadas a la cinta del sombrero. Las boquillas de hueso de las largas pipas de cerezo se perdían entre las barbas, y en las cazoletas de porcelana vidriada estaban pintados castillos, claros en pinares y gamuzas, que brillaban alegremente mientras el humo de la picadura surgía a través de las perforaciones de sus tapas metálicas. Algunos de ellos, nudosos y momificados, aspiraban el humo de cigarros baratos en cuyas puntas habían insertado pajitas para que tirasen mejor. Me dieron uno y aporté, entre toses, mi tributo a la nube que nos envolvía. El acento había cambiado de nuevo, y solo comprendía el significado de las frases más sencillas. A muchas palabras les quitaban las consonantes finales. Por ejemplo, Bursch, «mozo», se convertía en «bua»; «A» pasaba a «O», «Ö» se pronunciaba «E», y todas las oes y ues parecían tener una O detrás, lo cual las convertía en bisílabos. La consecuencia de todo esto era una especie de mugido generalizado, frenéticamente distorsionado por la resonancia y el eco, pues esos millones de vocales, prolongados, doblados hasta formar bumeranes, rebotaban y volaban a través de la bruma para aumentar el fragor del oleaje. Esta resonancia, esta sensación de fluidez, el rebote de los sonidos y las sílabas, y los toneles de líquido acre que remolineaba sobre las mesas y empapaba el serrín del suelo, debían de ser la explicación del nombre que tenía el enorme establecimiento, el Schwemme, o «abrevadero de caballos». La oquedad de aquellas altas jarras aumentaba el volumen del ruido como las ánforas que los griegos empotraban en la sillería para incrementar la resonancia de sus cantos. Mi propia nota, a medida que la jarra iba vaciándose, se deslizaba a do mayor.

Las columnas gigantescas tenían su base en las baldosas y el serrín, los arcos trazaban anchos semicírculos de un capitel a otro, se cruzaban en diagonal y formaban aristas de encuentro para las bóvedas de cañón que pendían vagamente por encima del humo. El local debería haber sido iluminado con antorchas de pino en montantes. Estaba empezando a cambiar, ahora se convertía, bajo mi mirada turbia, en el escenario de alguna saga germánica terrible, donde la nieve se evaporaba bajo el aliento de dragones cuya sangre al rojo vivo fundía las hojas de las espadas como si fuesen carámbanos. Era un lugar para combatir con hachas y derramar sangre, para representar las últimas páginas del Cantar de los Nibelungos, cuando la capital del país de los hunos está envuelta en llamas y todos los habitantes del castillo son pasados por las armas. Todo se volvía rápidamente más oscuro y más fluido; el eco, el chapoteo, el retumbo y el rugido de las veloces corrientes sumían a aquella cervecería bajo el lecho del Rin, se convertía en una caverna que contenía más dragones, desgraciados guardianes de un enorme tesoro, o tal vez la temible morada donde Beowulf, tras arrancarle el brazo a Grendel, siguió sus manchas de sangre por la nieve y, al llegar al borde del agua, se zambulló y descendió muchas brazas para matar a su repulsiva madre, la bruja acuática, entre espirales de sangre cada vez más oscura.

O así me lo parecía cuando llegó la tercera jarra.

¿Estaba seguro de que no había visto antes aquella oleografía? La Virgen María, rodeada por el halo de estrellas, ascendía por el cielo a través de aros de nubes rosadas y querubines, y debajo, con letras doradas, estaban escritas las palabras MARIÄ HIMMELFAHRT («La Asunción de María»). ¿Y aquellos armazones y patas de silla, el gato atigrado en un nido de virutas y el tornillo de banco? Cepillos de carpintero, mazos, escoplos, taladros y brocas llenaban la sala. Flotaba un olor a pegamento, y la luz de la mañana mediada revelaba gruesas capas de serrín retenidas por las telarañas. Un hombre alto pulimentaba con papel de lija los listones del respaldo de una silla, y una mujer se desplazaba de puntillas entre las virutas con una cafetera y un plato de pan con mantequilla, y al dejarlos al lado del sofá donde yo yacía abrigado con una manta, me preguntó con una sonrisa qué tal iba mi Katzenjammer («resaca»). No nos conocíamos de nada.

Esa palabra significa resaca; me la habían enseñado aquellas muchachas de Stuttgart.

Mientras tomaba el café y escuchaba, sus facciones acudieron poco a poco a mi mente. En un momento determinado, emulando sin querer a las bajas en las que había reparado con desdén, me di de bruces sobre la mesa de la Hogbräuhaus («cervecería»), presa de un estupor invencible. Gracias a Dios, no vomité; no me había ocurrido nada peor que una insensibilidad total, y el fornido samaritano que estaba a mi lado en el banco me levantó, me cargó en su carretilla de mano, que estaba llena de patas de silla torneadas, y entonces, cubriéndome con mi abrigo para resguardarme de la nieve, cruzamos Múnich y me depositó en el sofá antes de que yo hubiera abierto la boca para decir algo. La calamidad de que era objeto debía de haberme sobrevenido a causa de la mezcla de cerveza con el schnapps que había tomado en Schwabing. Me había olvidado de comer algo, excepto una manzana, desde el desayuno. El carpintero me dijo que en las cervecerías de Praga había caballos que enganchaban a una especie de ataúdes de mimbre con ruedas, y que servían para llevar a las víctimas a sus casas, a cuenta del establecimiento... Al tiempo que abría una alacena, añadió que tan solo necesitaba un Schluck «trago») de schnapps para recuperarme. Salí al patio y puse la cabeza bajo la bomba de agua. Luego, peinado y externamente respetable, di las gracias a mis salvadores y no tardé en recorrer a grandes zancadas aquellas calles de las afueras, con un sentimiento de culpa.

Me sentía muy mal. A menudo había estado bebido, y la animación me había impulsado a hacer cosas temerarias, pero era la primera vez que me sumía en semejante vergonzosa catalepsia.

Sobre la cama del Jugendherberge que no había utilizado no estaba mi mochila. El encargado buscó en vano en un armario y llamó a la asistenta. La mujer dijo que la única mochila que había en el edificio salió a primera hora de la mañana cargada en la espalda del único huésped que había pasado allí la noche... ¡Cómo! ¿Era un joven con granos? Complementé mi alemán inadecuado dándome unos toques con un dedo en la cara. Sí, era bastante granujiento: «un pickeliger Bua» («un mushasho lleno de granos»).

Me quedé estupefacto. Lo que aquello significaba era excesivo para absorberlo en seguida. De momento, la pérdida del diario desalojaba a todos los demás pensamientos. ¡Aquellos millares de líneas, las descripciones floridas, pensées, los vuelos filosóficos, los bocetos y los versos! Todo había desaparecido. Mi aflicción se contagió al encargado y la asistenta, quienes me acompañaron a la comisaría, donde un Schupo («polizonte») comprensivo anotó todos los detalles al tiempo que chascaba la lengua. «Schlimm! Schlimm!» («¡Horrible, horrible!»). Malo... y lo era, desde luego, pero había algo peor. Cuando me pidió el pasaporte, busqué en el bolsillo de mi chaquetón: allí no estaba el familiar cuadernito de tapas azules con una ranura, y, presa de un nuevo acceso de desesperación, recordé que, por primera vez durante mi viaje, lo había guardado en uno de los bolsillos de la mochila. El policía se puso serio, y sin duda mi semblante lo estaba todavía más, pues dentro del pasaporte, por temor a perderlo o gastar demasiado, había doblado el sobre con las cuatro libras nuevas. Eso significaba que solo tenía tres marcos y veinticinco Pfennigs, y el próximo suministro vital tardaría un mes en llegarme. Por otro lado, no se me ocultaba que deambular sin documentación por Alemania era una infracción grave. El agente telefoneó a la Dirección General de Policía y me dijo: «Debemos ir al consulado británico». Tomamos un tranvía traqueteante, y fui dando brincos a su lado. El policía tenía un aspecto formidable, con el gabán, el arma portátil al cinto y un chacó lacado en negro y con barboquejo. Pasó por mi mente la posibilidad de que me enviaran a casa, como súbdito británico en apuros que era, o me condujeran hasta la frontera en calidad de extranjero indeseable, y tuve la sensación de que la juerga de la noche anterior estaba impresa en mi frente. Era como si hubiera retrocedido un par de años y me aproximara, sintiéndome culpable, a la puerta de un temido despacho.

El empleado del consulado estaba informado de todo. El Hauptpolizeiamt («Jefe de policía») le había telefoneado.

El cónsul, sentado ante un escritorio enorme en un cómodo despacho, de cuyas paredes pendían retratos del rey Jorge V y la reina María, era un personaje austero, con gafas de montura de carey que le daban aspecto de intelectual. Me preguntó en voz cansada cuál era el motivo de aquella agitación.

Sentado en el borde de un sillón de cuero, se lo dije. Le hice un breve resumen de mi plan de viajar a Constantinopla y mi idea de escribir un libro. Entonces, presa de un acceso de verbosidad, me embarqué en una especie de autobiografía digresiva, prudentemente censurada. Cuando terminé, me preguntó dónde estaba mi padre, y le dije que en la India. El asintió, y hubo una discreta pausa. Entonces echó el cuerpo atrás, juntó las puntas de los dedos, miró vagamente al techo y me preguntó: «¿Tienes una fotografía?». Me quedé un tanto perplejo: «¿De mi padre? Me temo que no». Él se echó a reír y dijo: «No, tuya», y me di cuenta de que las cosas iban por buen camino. El empleado y el policía me llevaron a una tienda que estaba en la esquina, donde había un fotomatón. Tras pagar las fotos me quedaron solo unos pocos Pfennigs. Entonces firmé los documentos que esperaban en la sala general y el cónsul me llamó de nuevo a su despacho. Me preguntó cómo me las iba a arreglar sin dinero. Aún no lo había pensado, y repliqué que quizá encontraría trabajos ocasionales en las granjas. Caminaría a días alternos, hasta que hubiera acumulado suficiente metálico...

—¡Bien! —dijo él—. El gobierno de Su Majestad te prestará cinco libras. Devuélvelas cuando no estés tan apurado.

Le di las gracias, asombrado, y entonces el cónsul quiso saber cómo había dejado mi equipaje desprotegido en el Jugendherberge. Se lo conté todo, y la narración le hizo sonreír de nuevo. Cuando entró el empleado con el pasaporte, el cónsul general lo firmó, aplicó cuidadosamente el secante, sacó unos billetes de un cajón, los colocó entre las páginas y lo empujó hacia mí sobre la superficie del escritorio.

—Aquí tienes. Procura no perderlo esta vez.

(Ahora lo tengo ante mí, desvaído, desgarrado, con las puntas de las páginas dobladas y manchado, lleno de visados de reinos desaparecidos y sellos de entrada y salida en caracteres latinos, griegos y cirílicos. La cara de la instantánea descolorida tiene una expresión disoluta y bastante impertinente. El sello consular presenta en diagonal la palabra gratis, y firma D. St. Clair Gainer.)

—¿Conoces a alguien en Múnich? —me preguntó el señor Gainer, al tiempo que se levantaba.

Le dije que sí, en fin, no los conocía exactamente, pero me habían recomendado a una familia.

—Ponte en contacto con ellos. Procura no meterte en líos y la próxima vez evita la cerveza y el schnapps con el estómago vacío. Esperaré la publicación del libro.[16]

Salí a la Prannerstrasse nevada como un malhechor al que han pospuesto su condena.

Por suerte, había enviado la carta de presentación unos días antes, pero recordaba el nombre: barón Rheinhard von Liphart-Ratshoff, y llamé por teléfono. Me dijeron que me quedara, y aquella misma noche, en Gräfelfing, en las afueras de Múnich, me encontré ante una mesa iluminada por una lámpara con una familia encantadora y amable. Parecía un milagro que un día que había empezado de una manera tan amenazadora pudiera terminar tan felizmente.

Los Liphart eran una familia de rusos blancos, en concreto de Estonia, y, como muchos terratenientes bálticos, habían huido a través de Suecia y Dinamarca tras la pérdida de sus fincas al final de la guerra. En el castillo de Estonia donde vivieron —¿se llamaba Ratshoff? («Castillo de ratas»)— habían instalado un museo nacional. La familia se aposentó en Múnich, y carecía por completo de la austeridad que uno tendería a asociar con descendientes de los caballeros teutónicos. En realidad, no tenían nada de teutónicos, y el cambio visual del físico corpulento a aquellos rostros de fina osamenta y aspecto latino era muy agradable. Todos los miembros de la familia eran bien parecidos, tenían cierto aire de personajes de El Greco, y sobrellevaban con despreocupación su cambio de fortuna.

Karl, el hijo mayor, era pintor, unos quince años mayor que yo, y como necesitaba modelo durante los pocos días de mi estancia, le resulté útil. Íbamos a Múnich cada mañana y pasábamos apacibles horas de charla en su estudio. Me contaba anécdotas, escándalos y relatos divertidos sobre Baviera, mientras la nieve se amontonaba en la claraboya y el cuadro rápidamente iba tomando forma.[17] Cuando empezaba a oscurecer, entrábamos en un café para esperar a Arvid, el hermano menor de Karl, que trabajaba en una librería. Allí nos codeábamos con sus amigos durante una o dos horas, o íbamos a tomar algo a casa de alguien. Un día en que no posaba para el cuadro, me dediqué a explorar todas las iglesias barrocas y los teatros que pude, y me pasé una mañana entera en la Pinakothek. Por la noche tomamos el tren de regreso a Gräfelfing.

Sus padres eran unos cautivadores supervivientes de las décadas en que París, el sur de Francia, Roma y Venecia rebosaban de nobles nórdicos que buscaban refugio, tras haber huido de sus innumerables hectáreas blancas de abedules, coníferas y gélidos lagos. Los veía en la imaginación, iluminados por los racimos de globos de los candelabros de gas en los escalones de los teatros de ópera, y avanzando garbosamente por avenidas bordeadas de tilos, detrás de unos caballos tordos emparejados con esmero... casi podía ver el destello de los radios escarlata y amarillo canario de las ruedas.

Cabalgarían a paso largo entre las tumbas de la Vía Apia o se deslizarían de un palacio a otro, con espléndidos atuendos, bajo un laberinto de puentes. El padre de Karl había pasado gran parte de su vida en estudios de pintores y escritores, y la casa estaba llena de libros en media docena de lenguas. En mi dormitorio había una vieja fotografía que me interesó mucho. Mostraba a mi anfitrión en su juventud, con una indumentaria espléndida, montado en un hermoso caballo y en medio de una jauría de perros zorreros. Más allá de las chisteras y los coches reunidos de sus invitados se alzaba el castillo perdido. El robo de mi mochila, que conté ahora como una anécdota divertida, me valió al instante sus simpatías. ¡Cómo! ¿Lo había perdido todo? Dije que la situación no era tan mala, gracias a las cinco libras que me había dado el señor Gainer.

—¡Mi querido muchacho, necesitarás hasta el último penique! —exclamó el barón—. ¡Espera un momento! ¡Karl, Arvid! Después de la cena tenemos que buscar en el desván.

En el desván y diversos armarios encontraron una mochila estupenda, así como un jersey, camisas, calcetines, un pijama... una pequeña montaña de prendas. Llevaron a cabo la operación con rapidez y no poco jolgorio, y al cabo de diez minutos estaba prácticamente equipado. (Al día siguiente adquirí en Múnich los pocos artículos necesarios que me faltaban por bastante menos de una libra.) Fue un día de milagros. Estaba aturdido por aquella generosidad inmediata y desbordante, pero su carácter amistoso y bohemio me hizo superar la renuencia que debería haber sentido.

Me quedé allí cinco días. Cuando llegó el momento de mi partida, fue como si se marchara un hijo de la casa. El barón desplegó mapas y señaló ciudades, montañas y monasterios, así como la situación de las casas de campo de amigos suyos a los que escribiría, de modo que pudiera pasar una noche cómodamente y darme un baño de vez en cuando.

—¡Vamos a ver! ¡Nando Arco en San Martín! ¡Y mi viejo amigo Botho Coreth, en Hochschatten! ¡Los Trautmannsdorff, en Pottenbrunn!

(Escribió a todos ellos, y esto aportó una nueva dimensión al viaje.) Al barón y su esposa les preocupaba Bulgaria.

—Aquello está lleno de ladrones y comitadjis («bandoleros»). ¡Debes tener cuidado! Es una gente terrible. ¿Y qué decir de los turcos?

La naturaleza de la amenaza que daban a entender no estaba clara.

Dedicaban las tardes a la conversación y los libros. El barón se explayaba sobre la influencia de Don Juan en Evgeni Onegin, la decadencia de la literatura alemana y las variaciones del gusto en Francia: ¿aún se leía mucho a Paul Bourget? ¿A Henri de Regnier? ¿A Maurice Barrès? Me habría gustado haber sido capaz de responderle. El único libro que tenía ahora era la traducción alemana de Hamlet, salvado de la pérdida general porque me lo había guardado en un bolsillo en lugar de la mochila. ¿Hasta qué punto era cierta la pretensión alemana de que se trataba de una obra tan buena como el original?

—¡Eso no es cierto en absoluto! —exclamó el barón—. Ahora bien, es mejor que las traducciones a cualquier otra lengua. ¡Escucha!

Tomó cuatro libros de las estanterías y leyó el discurso de Marco Antonio en ruso, francés, italiano y alemán. El ruso, como siempre, tenía un timbre espléndido. El francés sonaba bastante insustancial y el italiano altisonante. De una manera injusta, pero divertida, el barón exageraba los estilos al leer. Sin embargo, el alemán tenía una solidez totalmente distinta de cuanto había oído durante mi viaje: lento, reflexivo, claro y musical, despojado de su dureza, su énfasis excesivo, su efusión; y en aquellos minutos, mientras la luz de la lámpara incidía en el cabello canoso del lector, las cejas y el poblado bigote blanco, y centelleaba en el anillo de sello que lucía la mano con que sujetaba el volumen, comprendí por primera vez qué magnífico lenguaje podía ser.

La coronación de todas estas amabilidades fue deslumbrante. Les había dicho que, después del diario, mis libros eran lo que más lamentaba haber perdido. Por entonces debería haber sabido que mencionar una pérdida bajo aquel techo solo podía tener un resultado... ¿Qué libros? Yo los había nombrado, y cuando llegó el momento de la despedida, el barón dijo: «No podemos conseguirte los otros, pero aquí tienes a Horacio», y me puso en la mano un pequeño volumen en duodécimo. Contenía las Odas y los Epodos, y había sido bellamente impreso en papel delgado en Ámsterdam, a mediados del siglo XVII, encuadernado en piel dura de color verde con las letras doradas. La piel del lomo se había desvaído, pero los lados brillaban tanto como la hierba después de la lluvia, y el librito se abría y cerraba de una manera tan compacta como un cofrecillo chino. Las páginas tenían los bordes dorados y un registro de seda escarlata desvaída, en diagonal sobre las largas eses del texto y las encantadoras viñetas grabadas: cornucopias, liras, zampoñas, guirnaldas de olivo, laurel y mirto. Unos pequeños grabados a buril mostraban el Foro, el Capitolio e imaginarios paisajes sabinos: Tibur, Lucretilis, el manantial bandusiano, Soracte, Venusia... Fingí rechazar un tesoro que tan poco armonizaba con la aspereza de los viajes que me esperaban. Pero vi con alivio que se me habían adelantado con la inscripción: «A nuestro joven amigo», etc., en la página contigua a un enigmático ex libris con el nombre de su almenado hogar junto al Báltico. Aquí y allá, entre las páginas, una hoja seca evocaba aquellos bosques perdidos.

Ese libro se convirtió en un fetiche. Durante los días siguientes observé que ejercía en todo el mundo un efecto similar al que a mí me había causado. En la segunda noche (la primera la pasé en Rosenheim), el libro colocado junto al nuevo diario, que abrí por primera vez resueltamente, en seguida me hizo parecer más eminente que el vagabundo que en realidad era. «¡Qué preciosidad de libro!», decían con admiración. Dedos callosos pasaban con reverencia las páginas. «Lateinish? Bien, bien...» Y me rodeaba un aura espuria de erudición y respetabilidad.

Recordé el consejo que me había dado el alcalde de Bruchsal, y en cuanto llegué a aquel pueblecito busqué al Bürgermeister («burgomaestre»). Le encontré en el Gemeindeamt («oficina municipal»), donde redactó una nota. La presenté en la hostería: me daba derecho a una cena y una jarra de cerveza, una cama para pasar la noche, pan y un tazón de café por la mañana, todo ello a cuenta de la parroquia. Ahora me parece asombroso, pero tal era el trato que me daban, y nunca lo hacían rezongando; siempre era objeto de una bienvenida amistosa. No sé cuántas veces me aproveché de esa costumbre generosa y, al parecer, muy antigua, que se mantenía en Alemania y Austria, tal vez superviviente de una añeja prestación caritativa de ayuda a estudiantes errantes y peregrinos, ahora extendida a todos los viajeros pobres.

La Gastwirtschaft («fonda») era un chalet de tejado voladizo, con troncos amontonados hasta los aleros. Un balcón de madera tallada y calada lo rodeaba por completo, y una capa de nieve de sesenta centímetros de grosor, como el algodón en rama que envuelve un tesoro frágil, cubría las vertientes suavemente inclinadas del tejado de enormes aleros.

No recuerdo nada del pueblo bajo la oscuridad y la nieve. Pero al contrario que los tres altos siguientes para pernoctar (Riedering, Söllhuben y Röttau), por lo menos está señalado en los mapas.

Al rememorarlos, cada uno de esos villorrios sin marcar parece más pequeño y más remoto que los otros dos, más sumido en las colinas, la nieve y el dialecto. Me han dejado una impresión de mujeres que esparcen grano en el corral para las gallinas que corretean, de niños encapuchados que regresan de la escuela con zurrones velludos y orejeras: gnomos que vuelven a casa, deslizándose por los senderos con unos esquíes tan cortos y anchos como duelas de barril, e impulsándose con ramas de avellano, sin ningún aro en el extremo. Cuando nos cruzábamos, ellos me saludaban cortésmente a coro, gritando: «Grüss Gott!» («Salud a Dios»). Uno o dos estaban semiamordazados por los bocados de pan negro con mantequilla que daban a largas rebanadas.

Todo estaba helado, y era de lo más grato pisotear los charcos endurecidos. Los grises discos y vainas de hielo crujían bajo las suelas claveteadas y emitían un misterioso suspiro de aire cautivo: entonces se agrietaban, formando estrellas, y emblanquecían a medida que las fisuras parecidas a telarañas se expandían. En las afueras de los pueblos el cable del telégrafo era una línea de nieve interrumpida por los pájaros que se posaban, y yo seguía el sendero que discurría debajo, rompía la corteza nueva y centelleante y me hundía en la profunda nieve en polvo. Avanzaba por veredas, saltaba muros bajos, atravesaba campos y recorría carreteras rurales que se internaban en oscuros bosques y emergían de nuevo en tierras de labor y pastos totalmente blancos. Los valles estaban salpicados de pueblos acurrucados alrededor de la iglesia con tejado de ripia, cuyos campanarios se ahusaban y volvían a ensancharse convertidos en cúpulas negras con nervaduras. Esas cúpulas en forma de cebolla tenían un fugaz aire ruso. Por lo demás, sobre todo cuando las coníferas sustituían a los bosques de madera dura, el decorado pertenecía a los cuentos de hadas de los hermanos Grimm. «Érase una vez una anciana que vivía con su hermosa hija en el borde de un oscuro bosque...» Era esa clase de región. Casitas de campo que parecían tan inocentes como relojes de cuco se convertían en moradas de brujas al hacerse de noche. La nieve, espesa y bien aferrada, inclinaba con su peso las ramas de las coníferas hasta el suelo. Cuando las tocaba con la punta de mi nuevo bastón de paseo, saltaban hacia arriba con relucientes explosiones níveas. Cuervos, grajos y urracas eran las únicas aves en las inmediaciones, y las huellas de sus pisadas en forma de flecha estaban a veces cruzadas por las ranuras más profundas que dejaban las patas de las liebres. De vez en cuando tropezaba con una liebre que parecía enorme, sola e inmóvil en un campo. Obstaculizada por la nieve, iba torpemente en busca de refugio, pues el blanco elemento le impedía correr, era el causante de una lentitud generalizada, sobre todo cuando cubría las vallas y los postes al lado del camino. Las únicas personas que veía fuera de los pueblos eran leñadores. Mucho antes de que aparecieran, señalaba su presencia los surcos gemelos de sus trineos tirados por caballos, con las huellas de las herraduras grabadas profundamente entre ellos. Entonces los veía en un claro o en el borde de un bosquecillo, y los hachazos y el chirrido de las sierras manejadas entre dos hombres llegaba a mis oídos un segundo después de que hubiera percibido la caída vertical o el deslizamiento horizontal de las hojas. Si, cuando llegaba a su lado, un alto árbol estaba a punto de caer, descubría que era imposible seguir adelante. Los caballos, con carámbanos en los espolones y los hocicos sumidos en los morrales, estaban cubiertos de arpillera, y yo pisoteaba el suelo para conservar el calor mientras los miraba. Armados con mazos, aquellos hombretones que trabajaban rodeados de astillas, serrín y nieve pisoteada, golpeaban las cuñas hasta colocarlas en su sitio. Eran hombres rudos y amistosos, y siempre alguno de ellos, con el pretexto de que estaba presente un recién llegado y haciendo un guiño de connivencia, sacaba una botella de schnapps. Bebíamos y el aliento aromatizado por el potente licor formaba chorros de vapor en el aire helado. Una o dos veces manejé la sierra, torpemente, hasta que le cogí el tino, incapaz de apartarme hasta que por fin el árbol se derrumbaba con estrépito. En una ocasión, cuando llegué al lugar en el mismo momento en que habían terminado de cargar los pedazos del árbol desmembrado, conseguí que me llevaran en el trineo, el cual silbaba detrás de aquellos dos colosales zainos de crines y cola rubias y colleras recargadas y tintineantes. El viaje terminó con más schnapps en una Gastwirtschaft, y mi marcha apresurada por las despedidas en dialecto. Cruzó por mi mente la idea de que si más adelante volvía a estar en apuros, podría unirme a uno de aquellos equipos de leñadores, como había sugerido medio en broma uno de ellos, y ganarme la vida cortando árboles.

Por lo demás, con excepción de los pájaros, la mayor parte de aquellos paisajes blancos estaban desiertos, y pisoteaba la nieve añadiendo las huellas de mis suelas claveteadas a la red intrincada que formaban sus pequeños tridentes. Estimulado por el ejemplo del barón, intenté aprender de memoria los pasajes de Hamlet, Prinz von Dänemark (Hamlet, principe de Dinamarca), en la traducción de Schlegel y Tieck, que ya me sabía en inglés. «¿Qué es más noble para el espíritu...?» resonaba sobre la nieve de esta nueva guisa:

Ob’s edler im Gemüt, die Pfeil’ und Schleudern

Des wütenden Geschicks erdulden, oder,

Sich waffnend gegen eine See von Plagen,

Durch Widerstand sie enden

(«¿Qué es más noble para el espíritu, sufrir los dardos y las ofensas

de los golpes de la Fortuna, o

levantarse en armas contra el océano de infortunios

y oponiéndose hacer que cesen?»)

hasta que llegué a «si no fuera por temor de un algo después de la muerte, esa ignorada región cuyos confines no vuelve a traspasar viajero alguno»:

Nur dass die Furcht vor etwas nach dem Tod—

Das unentdeckte Land, von des Bezirk

Kein Wandrer wiederkehrt

Una vez más, alguien que hubiera tropezado conmigo, como la anciana en la carretera de Ulm, me habría tomado por borracho, y en un sentido literario habría tenido razón.

Más o menos cada kilómetro y medio, representaciones en madera de la Crucifixión, talladas y pintadas con rústicas veleidades barrocas, se alzaban oblicuas junto al camino. Las enjutas figuras estaban laceradas, con heridas de las que brotaba abundante sangre, y la intemperie las había alabeado o se habían abierto a lo largo de las vetas; las frentes estaban rudamente coronadas con trenzados de espinas auténticas, y protegía al conjunto unos cabrios cargados de nieve. Podrían haber sido las sustitutas directas, cambiadas a intervalos de pocas generaciones, de los primeros emblemas cristianos, que san Bonifacio, recién llegado desde Devonshire, había establecido en Alemania. Convirtió el país cien años después de que san Agustín hubiera llegado a Kent, y no mucho más de dos siglos después de que Hengist y Horsa hubieran desembarcado en Gran Bretaña mientras sus parientes alemanes irrumpían en la Galia y en aquellos bosques más allá del Danubio. Este santo de Devonshire no fue el único inglés que colaboró en la expulsión de los dioses antiguos: monjes del sudeste de Inglaterra, el West Country y los Shires pronto ocuparon todas las primeras sedes episcopales de Alemania.

En un tiempo así florecen las especulaciones vagas. El mundo está amortiguado bajo el manto blanco, las carreteras y los postes de telégrafo se desvanecen, algunos castillos aparecen a media distancia, todo retrocede centenares de años. Los detalles del paisaje, los árboles sin hojas, los cobertizos, los campanarios, las aves y los mamíferos, los trineos y los leñadores, los almiares y, en ocasiones, los vaqueros conductores de un rebaño que avanza torpemente de un establo a otro... todo esto resalta aislado contra la nieve, nítido e importante, porque es la única realidad en el desierto blanco. Los objetos se expanden o encogen y el cambio hace que el escenario se asemeje a los primitivos grabados en madera del mundo rural en invierno. A veces el paisaje retrocede todavía más en el tiempo y adquieren forma imágenes de manuscritos iluminados, se convierten en las escenas que los antiguos breviarios y libros de horas encerraban en la O de Orate, fratres. Cae la nieve, es un tiempo carolingio... Encauzado por mi pasión villoniana, el año anterior había descubierto y devorado Mediaeval Latin Lyrics y Wandering Scholars de Helen Waddell, y me había apropiado del Archipoeta y las Carmina Burana; y, en las circunstancias actuales, no tardé en identificarme con uno de aquellos clérigos itinerantes medievales. En una hostería o un establo para vacas, cuando por la mañana raspaba los filamentos de hielo que parecían helechos adheridos a los cristales de la ventana y la escena invernal se ensanchaba, la ilusión era completa:

Nec lympha caret alveus,

nec prata virent herbida,

sol nostra fugit aureus

confinia;

est inde dies niveus,

nox frigida.

(«Ni el arroyo carece de agua

ni los prados se cubren de verde,

el dorado sol huye

de nuestros confines;

por eso el día se hace níveo,

la noche, fría.»)

¡Era el mundo que me rodeaba! De ramis cadunt folia... habían caído mucho tiempo atrás. Modo frigescit quidquid est... carámbanos que impedían ver el escenario exterior goteaban desde los aleros y lo confirmaban.

Había algo meditativo y consolador en la estación mortecina, excepto hacia el atardecer, cuando el sol, invisible a través de las nubes, reducido a un borrón plateado o expandido cual globo anaranjado, como una cereza invernal, empezaba a ponerse. Entonces callaban los grajos, el rosado resplandor crepuscular desaparecía de las lejanas cumbres, disminuía la luz en los campos grises, y la vida declinaba con un estremecimiento, como el alma que abandona el cuerpo. De repente todo estaba silencioso y espectral, y yo anhelaba el primer atisbo de luz eléctrica derramándose a través de las ventanas del pueblo al que me dirigía. De vez en cuando me extraviaba, por haber entendido mal la dirección en una granja o una casa de campo; a veces el dialecto, la falta de dientes o el viento enmarañaban las palabras de mis interlocutores. En el crepúsculo, cuando me encaminaba a uno de los tres villorrios que no figuraban en el mapa, tuve un momento de pánico. Hacía mucho rato que había pasado ante el último poste indicador, que señalaba hacia Pfaffenbichl y Marwang... Recuerdo esos nombres porque el primero era ridículo y el segundo bastante siniestro. De repente había oscurecido y nevaba copiosamente. Palpaba una valla de madera cuando esta desapareció y caí en un amontonamiento de nieve. Me desplacé en círculo, pero no daba con la valla. Debía de haberme metido en un campo. Por suerte, encontré un establo abandonado y, a tientas, llegué a la puerta. Encendí una cerilla, aparté la nieve de un rincón, junto con la vieja bosta de vaca y los excrementos de búho, me puse toda la ropa que llevaba en la mochila y me resigné a pasar allí la noche hasta que amaneciera. El sol acababa de ponerse.

Normalmente contaba con una manzana, un trozo de pan y un frasco de bolsillo, pero no era así en esta ocasión. No había luz para leer ni leña seca para encender una fogata, el frío era cada vez más intenso y el viento introducía nieve a través de una veintena de brechas. Me acurruqué, con los brazos alrededor de las rodillas, y a intervalos de pocos minutos me levantaba para pisotear el suelo y agitar los brazos. Pensé melodramáticamente que la región era demasiado baja para que hubiera lobos... ¿o acaso me equivocaba? Al cabo de un rato interrumpí la canción con la que intentaba pasar las horas interminables. No podía hacer más que permanecer sentado y temblando en aquella postura de entierro prehistórico, y escuchar el castañeteo de mis dientes. De vez en cuando parecía caer en una especie de catalepsia. Pero de repente... ¿era medianoche o la una de la madrugada? ¿O tal vez más tarde?... el viento cesó y oí voces, muy cerca de mí, así que me levanté y salí a toda prisa, dando gritos. Se hizo el silencio, y entonces alguien me respondió. Distinguí dos bultos borrosos. Eran lugareños que regresaban a casa. ¿Qué estaba haciendo allí, en semejante noche? Se lo dije. Der arme Bua! Se mostraron totalmente solidarios, pero eran solo las ocho y media y el pueblo no estaba más que a doscientos o trescientos metros de distancia, al rodear el extremo de la colina... Y al cabo de cinco minutos aparecieron los tejados, el campanario y el portal iluminado. La alfombra de luz de farolas se extendía por la nieve y los copos que caían ante las ventanas se convertían en lentejuelas. Dentro de la hostería, los campesinos estaban sentados alrededor de una mesa, velados por el humo de sus pipas con tapa en la cazoleta, y rezongaban omitiendo vocales entre uno y otro trago de sus jarras. No hubiera servido de nada que intentara darles una explicación.

—Hans.

—¿Qué?

—¿Puedes verme?

—No.

—Bueno, hay suficientes albondiguillas.

La esposa del hostalero, que era de Múnich, me ilustró sobre las dificultades del dialecto por medio de una conversación imaginaria entre dos campesinos bávaros. Están sentados uno a cada lado de la mesa, sirviéndose de una enorme fuente de Knödel, y solo cuando el plato de uno de ellos está tan lleno de albóndigas de sémola que le impiden ver, se detiene. En alemán corriente, este diálogo sería así: «Hans!» «Was?» «Siehst Du mich?» «Nein». «Also, die Knödel sind genug». Pero en el dialecto de la baja Baviera, con tanta precisión como lo recuerdo, resulta: «Schani!» «Woas?» «Siahst Du ma?» «Na». «Nacha, siang die Kniadel knua». Tales sonidos mugían y retumbaban en el ambiente a lo largo de la trabajosa marcha a través de Baviera.

Las hosterías de aquellas aldeas remotas e incomunicadas por la nieve eran cálidas y acogedoras. Solía haber un retrato de Hitler y uno o dos carteles obligatorios, pero eran mucho más abundantes los símbolos religiosos y unos recuerdos más venerables. Tal vez por mi condición de extranjero, cuando participaba en una conversación no solían hablar de política, lo cual no dejaba de ser sorprendente, dada la proximidad de aquellas aldeas al lugar donde se originó el Partido. (En las ciudades era diferente.) Las charlas en las hosterías, cuando concernían a las peculiaridades regionales de Baviera, estaban llenas de prejuicios semihumorísticos. Incluso entonces, muchas décadas después de que Bismarck incorporase el reino de Baviera al imperio alemán, Prusia era el blanco principal de sus bromas. Un frecuente objeto de burlas en esos relatos era un hipotético prusiano que visita la provincia. Disciplinado, con anteojeras, terco, de voz aguda y con una manera de hablar que presentaba las vocales débiles y las consonantes desnudas (cada sch convertida en s y cada g dura en y), ese personaje ridículo era presa infalible de los plácidos pero astutos bávaros. Aún persistía el afecto hacia la antigua familia dirigente. Los orígenes remotos y el dominio durante mil años por parte de los Wittelsbach se recordaban con orgullo, y habían olvidado las locuras que cometieron en el pasado. Aquellas gentes inferían que una dinastía tan augusta, dotada y hermosa tenía todo el derecho a estar un poco chiflada de vez en cuando. A menudo ensalzaban el proceder discreto del príncipe Ruprecht, el pretendiente actual al trono, quien fue también el último pretendiente Estuardo al trono británico. Era un distinguido doctor de Múnich, y le tenían en gran estima. Todo esto reflejaba nostalgia de un pasado ahora alejado por partida doble y muy oscurecido por la historia reciente. Esas viejas lealtades hacían que me cayeran simpáticos. La verdad es que los bávaros no agradan a todo el mundo: su fama varía, tanto dentro como fuera de Alemania, y uno oye contar acerca de ellos relatos teñidos de una agresividad implacable. Parecen una raza más tosca que los civilizados renanos o los diligentes y llanos suabos. Tal vez su aspecto era más áspero y sus modales más intransigentes. Y además, ¡detalle trivial!, conservo la impresión, tal vez equivocada, de que su cabello era más oscuro. Pero aquellos granjeros, guardabosques y leñadores con los que pasaba las noches no tenían nada de siniestro. Me han dejado un recuerdo de patillas, arrugas y órbitas de los ojos hundidas, de su manera de hablar comiéndose sílabas, de su cálida amistad y su amabilidad hospitalaria. La madera tallada era omnipresente en todos los detalles de sus viviendas, pues desde los fiordos noruegos hasta Nepal, por encima de ciertas líneas de nivel, el resultado de los largos inviernos, la llegada temprana de la noche, la madera blanda y los cuchillos afilados es el mismo. Asciende hasta alcanzar un cenit febril en Suiza, donde cada invierno se engendra millones de relojes de cuco, gamuzas, enanos y osos pardos.

En una de esas noches, un acordeonista hacía que todo el mundo entonara canciones tirolesas. Ahora no las soporto, pero entonces las escuchaba arrobado. En el último de aquellos villorrios me encontré rodando por el suelo, durante un combate de lucha amistoso con un chico más o menos de mi edad. Terminó en empate, después de trabarnos en un abrazo inextricable, del que nos alzamos cubiertos de sudor y serrín, y avanzamos renqueando, en medio de las aclamaciones, hacia las jarras de cerveza que nos harían revivir.

Para mostrar mi agradecimiento por el albergue en las granjas, o las residencias que me había destinado la parroquia, bosquejaba a los granjeros, los hostaleros y sus esposas, les regalaba los dibujos y ellos, por cortesía o simplicidad, parecían satisfechos. Más adelante me referiré a los méritos de esa producción, pues en un momento determinado desempeña un papel importante en este relato.

En las ciudades era diferente.

En todas aquellas conversaciones que tenían lugar en cafés, cervecerías y bodegas revelaba una penosa incapacidad. Debo tratar de transmitir hasta qué punto era incapaz, aunque retarde en un par de páginas la continuidad de este relato.

«Una mezcla peligrosa de sofisticación y temeridad...» Estas palabras que constaban en el informe del encargado de mi clase habrían sido más exactas si en lugar de «desenvoltura» hubiera dicho «precocidad más torpeza». En todo caso, la mezcla no había producido nada que se pareciera, ni tan solo ligeramente, a la comprensión de la política, y me veo obligado a confesar que, aparte de unos pocos prejuicios predecibles y casi subconscientes, la política me importaba un bledo. Todavía era posible que la gente se conociera bien sin que cada uno tuviera la menor idea de las opiniones del otro, y en la King’s School de Canterbury se tocaban apasionadamente todos los temas menos ese. Ni que decir tiene, en una pequeña escuela privada que era un nido de tradiciones, de una antigüedad tan increíble, fundada unas pocas décadas después de que Justiniano clausurase la academia pagana de Atenas, la atmósfera sería con toda probabilidad conservadora. Lo era, en efecto, aunque se trataba de un conservadurismo no explícito, nada agresivo, porque nadie le ponía reparos... por lo menos cuando yo tenía dieciséis años y medio, la edad en que desaparecí de la escena, pero de todos modos estaba muy enraizado. Corrían rumores de una heterodoxia esporádica en los cursos superiores, pero eran pocos, en absoluto impetuosos, y ninguna agitación como la jacquerie de solo dos hombres que formaron Esmond Romilly y Philip Toynbee había irrumpido jamás para repartir manifiestos y alejarse en un vehículo cargado de jóvenes con sombrero de paja. En semejante entorno, el comunismo evocaba todavía las barbas, los gorros de piel y las bombas humeantes de ciertas caricaturas anticuadas; era un concepto casi demasiado exótico para someterlo a conjeturas. A los pocos chicos con inclinaciones socialistas se les consideraba inofensivos, pero un poco raros, y si un par de años después podrían parecer arrojados, ahora daban una impresión de cortedad. El socialismo parecía gris y sin encanto, y uno imaginaba a los miembros del Parlamento laboristas con gafas de montura metálica, prendas de vestir de confección doméstica, cacao y torta de semillas aromáticas y caras largas de aguafiestas, empeñados en desmantelar... ¿qué? Una curiosa mezcla de objetivos se intercambiaban en las clases de quinto curso. ¿Con qué querían acabar de veras? ¡Hombre, con el imperio, para empezar! ¡La flota! ¡El ejército! La religión establecida, «excepto las capillas metodistas», Gibraltar, los lores, las pelucas de los jueces, las faldas escocesas, las alfombras de piel de oso, las escuelas privadas (¡no, alto ahí!), el latín y el griego, Oxford y Cambridge —«las regatas también, con toda probabilidad», «el críquet de los condados con certeza»—, las carreras de obstáculos, el tiro al blanco, la caza de zorros, las carreras de caballos sin vallas, el Derby, las apuestas, la vida rural, la agricultura («¡apuesto a que lo arrancarán todo con el arado para plantar nabos de Suecia y remolacha!»). ¿Y qué decir de Londres? Vamos, el Palladium y el Aldwych serían convertidos en salones de lectura o en condenadas cantinas sin bebidas alcohólicas. (Las ideas precedentes eran de importación, más que formadas sobre el terreno, fragmentos sobrantes de arranques y lamentos en casa. Es posible que el nivel fuese superior, pero creo que esta reconstrucción es más o menos exacta.) La conversación languidecía y la atmósfera se volvía melancólica. Entonces alguien decía: «Es una lástima que no pueda hacerse nada por esa pobre gente que vive del subsidio de paro», y la melancolía se intensificaba. Y al cabo de un rato: «Qué mala suerte tienen esos mineros». El incómodo silencio se prolongaba mientras esos pensamientos liberales revoloteaban en el aire. Entonces alguien obraba con tacto y ponía en el gramófono Rhapsody in Blue o Ain’t Misbehavin’ y encarrilaba la conversación hacia unos canales más alegres: comedias musicales, escándalos domésticos, Tallulah Bankhead (intérprete de la obra teatral basada en la novela más famosa de Arlen,[18] The Green Hat), los bolos o los pasajes rápidos de Juvenal.

Durante mis primeros tiempos en Londres avancé poco en ese aspecto; más bien retrocedí. Los compañeros, procedentes de otros centros, que se preparaban apresuradamente para examinarse y con los que me alojé al principio me llevaban, en general, un año o más, y lo que les había hecho dejar pronto la escuela era su cortedad más que un comportamiento inaceptable. Eran unos muchachos de ojos grandes, mejillas rosadas, bien peinados e inocentes, portaestandartes y abanderados en la fase larval, que empollaban con gran esfuerzo para pasar los exámenes y ansiaban dominar cuanto antes las costumbres de sus futuros regimientos. Preferían los trajes completos a los pantalones de franela y se asfixiaban felices bajo corbatas que eran autobiografías de seda anudadas en cuellos muy almidonados. Lock les encasquetó sombreros rígidos hasta que Goodwood trajo el alivio de un cambio de moda. Brigg, o bien Swaine & Adeney, los equipó con unos paraguas que ningún aguacero podría averiar jamás y (¡ah, qué envidiable!) Lobb, Peel y Maxwell los proveían de robustos y relucientes zapatos que cargaban a la cuenta de sus padres. Con el entrecejo fruncido, ponían todo su empeño en no acarrear paquetes por Londres, fumar cigarrillos turcos o egipcios en vez de tabaco barato (aun cuando no les apeteciera fumarlos en absoluto) y prescindir de la vieja lista negra de vocablos condenados por las tradiciones del regimiento. Charlaban animadamente, pero su conversación giraba en torno a sastres, armeros, forjadores de espuelas, peluqueros y sus lociones y la rivalidad, por la noche, entre claveles y gardenias. ¡Inquietudes propias de los personajes de Arlen! Eran absurdos y bastante encantadores. Este dandismo juvenil me deslumbraba, parecía la cúspide de la madurez mundana, y hacía lo posible por mantenerme a su altura. En tiendas tan silenciosas como cavernas palaciegas en el fondo del mar, y tras recibir consejo experto sobre el dibujo y el corte de la tela, reflexionaba eclécticamente, y las facturas se acumulaban. En la plenitud de los tiempos, hubo una trifulca entre la localidad india de Simla y Londres por esta circunstancia, con asombro más que enojo en el extremo de Simla. ¿Cómo podía yo ser tan necio? Algunas de las facturas permanecieron pendientes de pago hasta años después de que finalizaran estos viajes. Las decorosas cabalgatas d’orsayescas bajo los plátanos con aquellos nuevos amigos, sobre todo cuando Hyde Park estaba aún cubierto de rocío, parecían la manera perfecta de comenzar la jornada, y en invierno corría por el campo a lomos de caballos prestados. Ellos se mostraban muy amables conmigo, porque era el más joven y porque la temeridad auténtica, unida a una especie de exhibicionismo bufonesco, cuyo secreto había aprendido mucho tiempo atrás y cultivado asiduamente, siempre me valía una dudosa popularidad. Incluso me perdonaban, tras haberme zambullido en un estanque durante un baile, por recordar solo después de haber salido cubierto de légamo y lentejas de agua que mi esmoquin era prestado.

Fue por entonces cuando empezaron las primeras dudas acerca del servicio militar en tiempo de paz. Cantos de sirena, el mundo de la literatura y el arte, me llamaban en secreto. Mis amigos, por mucho que les hiciera gruñir la escasez de metálico, tendrían suficiente para animar la vida militar con todas las actividades rurales que les gustaban; además, les sobraría para irse de parranda en Londres, y con un estilo más esmerado y decoroso del que permitían nuestras toscas juergas de fin de semana. Estas comenzaban entre el latón, los bancos largos ocultos por cortinas de bayeta y las paredes cubiertas de grabados del restaurante Stone’s, especializado en carne, en Panton Street (una ilustración de Leach para Surtees, destruido en la guerra relámpago), y terminaron dos veces en Vine Street: «¿Te lo pasaste bien anoche, Richard?» «Perfecto, tía Kitty. Exactamente lo que deseaba: una vomitona y un roce con la policía.» Además, si se cansaban del ejército, podían abandonarlo. Pero ¿y si uno debía vivir de su paga, como sería mi caso? De haberme sentido total y exclusivamente consagrado a la vida militar, podría haber sido una salida eficaz. Pero de repente parecía haber concebido la idea faute de mieux, y, con toda claridad, estaba tan mal dotado para la frugalidad en presencia de la tentación como lo estaba para la disciplina. ¿Cómo me las arreglaría, un año tras otro, sin una guerra a la vista, y tal vez sin ir nunca al extranjero? Resultó que solo un miembro del pequeño grupo fue destinado a infantería. Armado en todas partes con los misteriosos vetos de los footguards, era el más estricto, con una voz que apenas empezaba a ser de adulto, acerca de los usos y la indumentaria. Pero la lealtad dinástica había consagrado a los demás, prácticamente desde su nacimiento, a regimientos de caballería paternales, y de vez en cuando les deprimía la idea de que, aunque llegasen a ser húsares y lanceros, el cuerpo de caballería se estaba motorizando con celeridad. Ruedas, blindajes, tuercas, tornillos y orugas se acercaban, y pronto, aparte de la Household Cavalry[19] y los dos primeros regimientos de pesados dragones, no se oiría un relincho excepto los procedentes de sus propios establos. Pero sus anhelos se mantenían fieles a las botas y la silla de montar, y esos sentimientos eran contagiosos. Sus ansias ecuestres se me habían contagiado, y en ciertos momentos de esperanza me preguntaba: «¿Por qué no voy a la India? Allí hay muchos caballos». Y con la paga extra, ¿por qué no?

Después de esto, a intervalos regulares, estimulados por mi relación de oídas con la India, alimentados por una larga contemplación de fotos desvaídas, y casi del todo sin contacto con la realidad, se formaban unos sueños inconfesables, intoxicantes y huidizos. Con faja y charreteras de cota de mallas, una bufanda atada alrededor de un gorro cónico multaní, la cola con fleco ondeante durante la carga veloz, avanzaría por un desfiladero con el sable extendido, mientras un escuadrón de legionarios a caballo, sus lanzas con estandartes apuntando hacia abajo, atronarían a mis espaldas. Entretanto las balas del enemigo, que errarían el blanco una y otra vez, silbarían junto a nuestros oídos. En otra escena de esa camera obscura secreta me promovían como a Strickland Sahib, gracias al fácil dominio de una docena de lenguas nativas y sus dialectos, para realizar tareas especiales: irreconocible bajo mis harapos, desaparecía durante meses en los callejones y bazares de agitadas ciudades fronterizas. El escenario de la siguiente diapositiva estaba situado más allá del Himalaya: ¿cuántas semanas de marcha de Yarkandia a Urumchi? Allí, protegido de las ventiscas del Pamir bajo el negro toldo cubierto de nieve, los ojos entrecerrados mientras aspiraba el narguile e indistinguible de los hirsutos cabecillas cruzados de piernas que me rodeaban, terminaba el último período del Gran Juego... Invariablemente, mientras se disolvían, estas secretas y deletéreas escenas cedían espacio para una última imagen de la linterna mágica más convincente que todas las demás y mucho más nítida. Los gritos de la instrucción estaban al llegar, los reclutas formaban de a cuatro con un triple sonido discordante, tocaba una corneta y, en kilómetros a la redonda, la llovizna de Hampshire empapaba la aulaga y los pinos y azotaba las ventanas de Aldershot. Entretanto, el ayudante, señalando con fatiga las facturas de la comida y los cheques sobre su mesa, decía: «¿Se da usted cuenta de que esto no puede continuar? El coronel quiere verle ahora mismo. Le está esperando».

Una vez abandoné la idea de hacerme soldado, me esclavizaron las voces de sirena que hasta entonces, primero suavemente y luego no tanto, me habían pedido que renunciara a aquellos amistosos cornetas de caballería. El mundo de la literatura y el arte... No lo encontraba, pero gracias a mis nuevos amigos y el hotel Cavendish tenía la sensación de haber atravesado un espejo para deambular por una región nueva y vigorizante. En aquel clima jovial, posterior a la época de Strachey, se sostenía de una manera alegre y explícita que la vida, el pensamiento y el arte ingleses eran provincianos sin remisión, un latazo, y el hecho de que me hubieran expulsado de la escuela resultó, para mi sorpresa, una hazaña muy loable. No haber podido alistarme en el ejército era todavía mejor: «¡El ejército! Espero no tener que habérmelas jamás con eso. Tan solo pensarlo me da grima!». Intenté explicar que no había considerado por razones ideológicas el servicio al rey como un deber pesado de sobrellevar, pero prescindieron jovialmente de mi puntualización, y la próxima vez que salió el tema a relucir guardé un silencio traidor. Aquel nuevo mundo estaba iluminado por un brillo exótico de fuegos artificiales, recorrido por chispas sulfúricas, y era una extensión en la vida real de media docena de libros que acababa de leer. Las opiniones de izquierda que oía de vez en cuando tan solo parecían una parte menor de una emancipación más general. Se componían de contraseñas y símbolos eclécticos, una amplia información sobre la pintura moderna, por ejemplo, o la familiaridad con las nuevas tendencias musicales; algo que no era ni más ni menos importante que el conocimiento de la vida nocturna de París y Berlín y unas nociones de las lenguas que se hablaban en esas ciudades. El ambiente estaba muy alejado del cacao y el metodismo, los principios jamás obstaculizaban un exigente hedonismo (prendas de vestir caras y corbatas elegantes) y las únicas inclinaciones proletarias que observaba probablemente se debían más a la necesidad psicológica de tener compañeros duros que al dogma. ¡Con qué brillantez el autor de «Where Engels fears to tread» («Donde Engels teme pisar»)[20] retrata al protagonista de ese aspecto particular del Londres de los años treinta! Se alza de la página como el genio de una lámpara maravillosa, y los símbolos que deja al evaporarse no son hoces y martillos sino algunas joyas esparcidas y la pluma caudal de un pájaro lira. No era de extrañar que el «ala izquierda» y el «comunismo» parecieran poco más que piezas ligeras de artillería de sitio dirigidas contra la estrechez de miras del sistema antiguo. Ese era el blanco, y las descargas eran las tácticas ante la fachada del café Ritz Royal-Gargoyle y una serie considerable de casas solariegas. Desde luego, yo sabía que esos destellos eran los síntomas frívolos de un movimiento político enorme, pero no tenía idea de la inmensurable influencia que estaba a punto de ejercer sobre la gente de mi edad y ni un solo atisbo del ardor incondicional y las palinodias desilusionadas que aguardaban a la mayoría de mis nuevos amigos. Jamás había escuchado una proposición o argumentación seria del comunismo. Tal vez estaba demasiado absorto en mis propias disipaciones, y al final resultó ser una manera de pensar de la que me vi privado o salvado por una chiripa geográfica. Desde el final de estos viajes hasta la guerra, viví, con un solo año de interrupción, en Europa oriental, entre amigos a los que debo llamar liberales anticuados. Odiaban a la Alemania nazi, pero era imposible mirar al este en busca de inspiración y esperanza, tal como sus equivalentes occidentales, quienes miraban desde lejos e inquietos por la pesadilla de una sola clase de totalitarismo, se sentían capaces de hacer. Y es que Rusia comenzaba a unos pocos campos de distancia, al otro lado de un río, y allí, como sabían todos sus vecinos, se estaban cometiendo grandes tropelías y había un peligro terrible. Todos sus temores resultaron fundados. Al vivir entre ellos compartí esos temores, los cuales hicieron el suelo pedregoso para que pudieran fructificar ciertas semillas.

Los párrafos precedentes son una larga monserga, pero muestran lo mal preparado que estaba para cualquier clase de discusión política. A ese respecto, podría haber sido un sonámbulo.

Aquellas conversaciones en las hosterías bávaras reflejaban unas opiniones que oscilaban desde la convicción absoluta de los miembros del partido hasta la oposición total de sus adversarios y víctimas, con la diferencia de que los primeros eran ruidosos y locuaces mientras que los segundos guardaban silencio o se mostraban evasivos hasta que estaban a solas con un único interlocutor. Mi condición de inglés influía en ello, pues aunque la actitud de los alemanes hacia Inglaterra variaba, nunca era indiferente. Unos pocos, como aquel hombre casi albino de Heidelberg, vertían odio a raudales. Era inevitable que saliera a relucir la guerra: se tomaban a mal que hubiéramos estado en el lado vencedor, pero no parecían echarnos la culpa... siempre con la salvedad de que Alemania nunca habría perdido de no haber sido apuñalada por la espalda; y admiraban a Inglaterra, en cierta medida por razones que ya no solían oírse en los círculos ingleses respetables, por las conquistas del pasado y la extensión de las colonias, por el poder del imperio, que en apariencia se mantenía intacto. Al llegar a ese punto, yo insistía en que cuando, gracias a la educación y la práctica, las colonias se gobernaran por sí solas, obtendrían la independencia. No en seguida, por supuesto, sino que requeriría tiempo... (Esa era la teoría que nos habían inculcado en la escuela.) La respuesta invariable consistía en miradas de admiración, en parte pesarosas y en parte irónicas, ante el tamaño de lo que ellos consideraban una mentira y la extensión de su hipocresía.

Durante estas conversaciones me entorpecía la ignorancia y el afán de ocultarla, y mi alemán limitado, aunque con frecuencia era un obstáculo, a menudo me ayudaba a ocultar su auténtica profundidad. ¡Cuánto ansiaba estar mejor equipado! Cuando me preguntaban, y siempre lo hacían, qué pensábamos los ingleses del nacionalsocialismo, me atenía una y otra vez a tres objeciones principales: la quema de libros, de la que fotografías espeluznantes habían llenado los periódicos; los campos de concentración, abiertos pocos meses antes, y la persecución de los judíos. Me percataba de que esta postura era irritante, pero no del todo ineficaz. En cualquier caso, las reacciones y discusiones son demasiado familiares para repetirlas.

En todas estas conversaciones había un momento que me causaba temor en especial: ¿era yo inglés? Sí. ¿Estudiante? Sí. De Oxford, ¿no? No. Al llegar ahí sabía en qué territorio nos estábamos metiendo.

El verano anterior, el Sindicato de Oxford había votado que «bajo ninguna circunstancia lucharían por el rey y la patria», y colegí que la sensación que esto causó en Inglaterra no era nada comparado con el efecto que había tenido en Alemania. Yo no sabía gran cosa del asunto. En mi explicación, pues siempre me presionaban para que la diera, me limitaba a considerarlo como un acto más de desafío contra la generación anterior. El mismo planteamiento de la moción, «luchar por el rey y la patria», era un cliché anticuado extraído de un viejo cartel de reclutamiento: nadie, ni siquiera el patriota más ardiente, lo usaría ahora para denotar un sentimiento enraizado. «¿Por qué no?», querían saber mis interlocutores. «Für König und Vaterland» («Por el rey y la patria») les sonaba diferente a los oídos alemanes: era un toque de corneta que no había perdido en absoluto su resonancia. ¿Qué significaba exactamente? Yo respondía, vacilante, que con toda probabilidad la moción era pour épater les bourgeois. Entonces alguien que hablaba un poco de francés intentaba ayudarme. «Um die Bürger zu erstaunen? Ach, so!» («¿Para escandalizar a los burgueses? ¡Ah, claro!»). Seguía una pausa. «Es una especie de broma, creedme», les decía. «Ein Scherz?» («¿Un chiste?»), inquirían. «Ein Spass? Ein Witz?» («¿Una broma? ¿Una burla?») Quienes se sentaban a mi alrededor me miraban furibundos, mostrando los dientes. Alguien se encogía de hombros y soltaba una risa entrecortada, como tres muescas en una matraca de vigilante nocturno. Percibía en sus ojos un destello de desdeñosa conmiseración y triunfo, el cual declaraba sin ambages su certeza de que, si yo decía la verdad, Inglaterra estaba demasiado sumida en la degeneración y la frivolidad para que presentara problema alguno. Pero la congoja que detectaba en el semblante de un adversario silencioso del régimen era aún más difícil de soportar: daba a entender que la voluntad o la capacidad de salvar a la civilización faltaba precisamente donde podría haberse esperado que estuviera. Los veteranos de la Gran Guerra mostraban una especie de tristeza imparcial por ese declive, un sentimiento que procedía de la ambigua mezcla de amor y odio hacia Inglaterra que sentían muchos alemanes. Recordaban las trincheras y las tenaces cualidades combativas de die Tommies; entonces las comparaban con los votantes pacifistas del Sindicato y sacudían la cabeza. Había en todo esto una horaciana nota de pesar. No de tales progenitores, parecían decir aquellos veteranos, han salido los jóvenes que tiñeron de rojo el mar con sangre púnica y derrotaron a Pirro, el poderoso Antíoco y el torvo Aníbal.

Aquellos estudiantes habían puesto en un apuro a sus compatriotas errantes. Maldije su voto; y ni siquiera era cierto, como demostrarían los acontecimientos. Pero me escocía aún más la inferencia tácita e injusta de que lo había estimulado la falta de valor. Insistí en que siempre había existido entre los ingleses una vena antimilitarista en tiempo de paz, pero cuando el estrépito de la guerra sonaba en sus oídos, imitaban la acción del tigre, sus tendones se ponían rígidos, les hervía la sangre y disfrazaban su naturaleza amable con un furor difícilmente conseguido, etc. No resultaba muy convincente.

Lo sucedido desde la llegada de Hitler al poder diez meses atrás era espantoso, pero el horror aún no se había revelado en su totalidad. El estado de ánimo que imperaba en el país era de pasmo y aceptación, y a veces llegaba al fanatismo. A menudo, cuando nadie podía oírlo, se manifestaba con pesimismo, desconfianza y presentimientos, y en ocasiones con vergüenza y temor, pero solo en privado. Los rumores sobre los campos de concentración no pasaban todavía de murmullos, pero daban a entender una infinidad de tragedias inconfesables.

En una de aquellas poblaciones perdidas de Renania, no recuerdo cuál de ellas, tuve un atisbo de lo rápido que había sido el cambio de situación para muchos alemanes. En un bar de obreros, a altas horas de la noche, trabé amistad con varios operarios enfundados en monos de faena, que habían terminado su turno de noche. Tenían más o menos mi edad, y uno de ellos, un muchacho divertido, bufonesco, me preguntó por qué no dormía en su casa, en el catre de campaña de su hermano. Cuando subimos al desván, este se reveló como un santuario de objetos hitlerianos. Las paredes estaban cubiertas de banderas, fotografías, carteles, eslóganes y emblemas. Él me explicó este culto con entusiasmo fetichista, y dejó para el final el objeto más importante de su colección. Era una pistola automática, creo que una Luger Parabellum, cuidadosamente engrasada y envuelta en tela impermeable, acompañada por un montón de cajas verdes llenas de balas. Desmontó el arma y la volvió a montar, cargó un peine de balas, lo cerró con un clic y un instante después lo extrajo, se puso un cinturón con pistolera, metió y sacó la pistola como un vaquero, la lanzó al aire y la recogió, la hizo girar sosteniéndola por el guardamonte y fue de un lado a otro por la habitación, haciendo los movimientos de apuntar y disparar con sonoros chasquidos de la lengua... Cuando le dije que debía de tener una sensación de claustrofobia con tantas cosas en las paredes, se echó a reír y, sentándose en su cama, dijo: «Mensch! ¡Si lo hubieras visto el año pasado! ¡Te habrías reído! Entonces todo eran banderas rojas, estrellas, hoces y martillos, fotos de Lenin, Stalin y “¡Trabajadores del mundo, uníos!”. ¡Daba un coscorrón a cualquiera que cantara la Horst Wessel Lied! ¡Entonces no toleraba más canciones que Bandera Roja y La Internacional! ¡No solo era Sozi (“sociata”), sino Kommi, ein echter Bolschewik (“¡ojo, un verdadero bolchevique!”)». Hizo un saludo con el puño cerrado. «¡Tendrías que haberme visto! ¡Las peleas callejeras! Zurrábamos a los nazis, y ellos a nosotros. Nos mondábamos de risa... Man hat sich totgelacht (“Se moría uno de la risa”). Entonces, de repente, cuando Hitler llegó al poder, comprendí que todo eso eran tonterías y mentiras, me di cuenta de que Adolf era mi hombre. ¡De repente! —chasqueó los dedos—. ¡Y aquí me tienes!. Le pregunté por sus antiguos compañeros. «¡También ellos cambiaron! Todos esos chicos del bar. ¡Cada uno de ellos! Ahora todos son de las SA.» Entonces ¿mucha gente había hecho lo mismo? ¿Mucha gente? Abrió los ojos de par en par. «¡Millones! ¡Créeme, me sorprendió la facilidad con que todo el mundo cambió de bando!» Sacudió la cabeza, momentáneamente dubitativo. Entonces una sonrisa ancha y serena le dividió el rostro, mientras derramaba las balas, como cuentas de rosario, entre los dedos, de una mano a la palma de la otra. «Sakra Haxen noch amal!» (“¡Patas sagradas otra vez!”) ¡Apenas nos quedan Sozis o Kommis a los que atacar!» Se echó a reír alegremente. ¿Qué pensaban sus padres de todo ello? Los había conocido antes de subir, un matrimonio mayor, simpáticos y de aspecto andrajoso, que escuchaba la radio en la cocina. El muchacho se encogió de hombros y pareció deprimido. «Mensch! No entienden nada. Mi padre es anticuado: solo piensa en el káiser, Bismarck y el viejo Hindenburg, quien ahora también está muerto... ¡y, en cualquier caso, ayudó al Führer a llegar donde está! Y mi madre no sabe nada de política. Lo único que le interesa es ir a la iglesia. También está anticuada.»

En la carretera que iba al este desde mi último alto en tierras bávaras, en Traunstein, el repentino tiempo claro me mostró lo cerca que estaba de los Alpes. Las nubes se habían desvanecido, y la gran cordillera se alzaba de la planicie con tanta brusquedad como un muro se alza en un campo. Las montañas cubiertas de nieve se elevaban brillantes, sus vertientes recorridas por largas sombras azules; serpenteantes hileras de abetos oscuros y los picos de los Alpes de Kitzbühl y el Tirol oriental se superponían en el cielo sobre una trama profunda de valles umbríos. Un poste indicador señalaba el sur y un valle en cuyo extremo se encontraba Bad Reichenhall. Por encima, en un resalto, estaba encaramado Berchtesgaden, solo conocido todavía por la abadía, el castillo y la panorámica de las anchas tierras bajas de Baviera.

Pero me encaminé al este y llegué a orillas del Salzach cuando anochecía. Un poste rojo, blanco y negro cerraba el paso. De una pared, dentro del edificio de la aduana, colgaba una foto del Führer. Las mangas de uniforme estaban rodeadas por los últimos brazaletes con la cruz gamada, y al cabo de pocos minutos, al lado de una barrera con franjas rojas y blancas, un funcionario austríaco selló mi pasaporte: 24 de enero de 1934.

Era de noche cuando contemplaba las estatuas y paseaba bajo las columnatas barrocas de Salzburgo, en busca de un café. Las ventanas, cuando encontré uno, daban a un surtidor adornado con pétreos caballos en estampida de los que pendían carámbanos como estalactitas en una cueva.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
14 kasım 2024
Hacim:
861 s. 3 illüstrasyon
ISBN:
9788490068595
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Telif hakkı:
Bookwire
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