Kitabı oku: «Por encima del mundo»
Paul Bowles
POR ENCIMA DEL MUNDO

«Paul Bowles ha tenido pocos competidores en la segunda mitad del siglo XX»
GORE VIDAL
«La increíble belleza de la escritura de Bowles, su vigorosa respuesta al color y al sonido hacen de su obra una lectura obligatoria para cualquiera que busque un talento extraordinario»
SUNDAY TIMES
Publicada en su momento como La tierra caliente, Por encima del mundo reúne los atributos más preciados de la literatura de Paul Bowles. Una pareja, los Slade, están de vacaciones en un remoto paraje de Latinoamérica. En medio de su viaje tienen un encuentro con un hombre distinguido y su amante. Cortés y gentil, como al pasar él le dirá a la señora Slade: “Las cosas no son exactamente como usted piensa”.
La intimidación está implícita en la frase. Es una advertencia que profetiza los días siguientes, cuando la estadía del matrimonio se convertirá en una pertinaz pesadilla, y alude también al pasado inmediato, al incendio de un hotel y la muerte de una mujer, que quizás no haya muerto como se presume, consumida por las llamas.
Haciendo gala de la maestría que lo caracteriza, Paul Bowles describe relaciones humanas que se deterioran y que se rinden, a veces, al impulso criminal. Novela de una perspicacia psicológica sorprendente, en Por encima del mundo un entorno natural misterioso e inquietante da marco a una historia donde el amor, incluso el amor filial, es vencido por la hostilidad y la codicia.
Bowles, Paul
Por encima del mundo / Paul Bowles. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
Traducción de: Rodrigo Rey Rosa.
ISBN 978-987-628-650-3
1. Narrativa Estadounidense. 2. Novelas. I. Rey Rosa, Rodrigo, trad. II. Título.
CDD 813
Título original: Up above the world
Diseño de cubierta: Juan Pablo Cambariere
Primera edición: noviembre 2021
Edición en formato digital: diciembre de 2021
Copyright © 1966, Rodrigo Rey Rosa
All rights reserved
© de la traducción Rodrigo Rey Rosa
© de la presente edición Edhasa, 2021
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Cinco 31
Seis 32
Sobre el autor
UNO
1
Más dormidos que despiertos, los Slade se sentaron a desayunar. El barco había atracado; oyeron sus lastimeros silbidos en la oscuridad, cuando entraba en el puerto por la noche. Ahora sólo hacía falta subir abordo con el equipaje. La noche anterior, cuando regresaban de su caminata por el pueblo desamparado, antes de acostarse, el patrón del hotel les había dicho que estuvieran tranquilos; el sereno los despertaría a las cinco y media, y el desayuno sería servido a las seis en el comedor. Eran ahora las siete menos veinte. Arrodillada en el centro del cuarto una mujer de color fregaba el piso de madera, que ya estaba limpio. No se veía a nadie más, aunque un murmullo llegaba desde la región de la cocina. Supusieron que alguien preparaba el café que finalmente los convencería de que estaban vivos. Los platos de la noche anterior no habían sido recogidos de la mesa; en cada uno de los puestos había un flan comido a medias.
—Si lo perdemos, me mato —declaró ella.
—Oh, por Dios... —dijo su marido. Y luego, como para corregirse a sí mismo, añadió—: No lo perderemos.
Por la ventana se veía caer una finísima llovizna que goteaba de hoja en hoja en los bananos. El reloj de pared andaba con un tictac rápido y fuerte. “Una bomba de tiempo”, pensó el doctor Slade, mientras recorría con la mirada el verdor húmedo de los jardines del hotel.
—Trata de no ponerte nerviosa —dijo bostezando—. Tenemos tiempo de sobra.
Había una diferencia entre un bostezo ordinario, y éste, tenso y tembloroso, que subió convulsivamente desde el fondo de su estómago. Contó hasta diez y se puso en pie de un salto.
—¿Dónde demonios está ese café? —exclamó con una furia inesperada, y se volvió, buscando la puerta que daba a la cocina. Una mujer gorda y sonrosada entraba en ese momento al comedor; al acercársele, el doctor Slade se dio cuenta de sus brillantes mejillas, y se preguntó fugazmente si no sería la mujer del patrón.
—Buenos días —murmuró. Pero ella lo saludó en inglés con una amplia sonrisa. Caminó en dirección a los ruidos que venían de la cocina, y la encontró: una caverna oscura, donde un negro abanicaba el fuego humeante de la estufa.
—¡Café! ¡Café! —reclamó el doctor Slade.
El hombre señaló hacia el jardín, y el doctor salió por la puerta y anduvo por la arena gruesa y pesada. Arbustos de flor de pascua crecían bajo los jóvenes papayos; las flores parecían de papel de seda rojo, mojado. Al regresar al comedor por la puerta lateral, renegando, el doctor Slade vio el humo que salía de dos tazas de café sobre la mesa. La señora Slade había desaparecido.
La idea de tomar el café mientras aún estaba caliente, incluso con el acostumbrado suplemento de leche condensada, era demasiado atractiva para pasarla por alto. Se sentó a la mesa. “Espero que haya sido un viaje provechoso”, le diría a su mujer cuando volviera. O, “La digestión también es importante, ¿sabes?”. Un perro ladraba con furia en la calle, justo bajo la ventana, y se oían voces que gritaban acaloradamente. “Cuando uno tiene realmente prisa, hacer que cada segundo cuente es un arte. Debes simplemente saber encajar cada cosa que tengas que hacer en el instante apropiado.” Una muchacha apareció con un plato de pan.
—¿Hay mantequilla? —le preguntó el doctor Slade.
Ella se quedó mirándolo, se encogió de hombros y dijo que iría a ver. Él alzó la voz y le pidió otra taza de café, y, de soslayo, miró el reloj: doce minutos para las siete.
Desde el zaguán, a sus espaldas, un sonido de tacones se acercó rápidamente. No tuvo tiempo de soltar la taza para volverse; la señora Slade ya estaba a la mesa. Se sentó, y había en su rostro una expresión preocupada y divertida.
—Qué gracioso —dijo, más para sí misma que para él, y luego bebió un sorbo de su café, mientras él esperaba alguna explicación.
La muchacha volvió sin la mantequilla, pero con dos platos de huevos con jamón.
—¿Qué? —dijo el doctor Slade antes de comenzar a comer.
La señora, al parecer, no le había oído y, se abalanzó con gusto sobre su comida.
2
El muelle estaba al final de la calle; desde allí se veía el barco, enorme e inmóvil en el centro de la bahía circular. Una lancha de motor con toldo verde iba y venía sobre el agua que resplandecía entre el muelle y la nave mientras ellos esperaban de pie para entrar en el cobertizo de la aduana.
—Hará buen día después de todo —anunció satisfecho el doctor Slade—. La niebla era sólo decoración.
Puso el maletín en el suelo de manera que descansara contra su pierna.
—No me extrañaría que levaran ancla y se fueran mientras seguimos esperando —dijo la señora Slade tétricamente.
El doctor Slade se rió. Si tal cosa hubiera ocurrido, él se habría visto aún más contrariado que ella, pero según su experiencia el mundo era un sitio racional.
—Ojalá sepan hacer daiquiris —dijo.
Tal vez esta observación tranquilizaría por el momento a su mujer.
La lanchita de motor llegó resoplando hasta el muelle, y de ella desembarcó la corpulenta mujer de mejillas sonrosadas, con un brillo de sudor en su ancha frente. Tenía unos papeles en la mano y los agitaba ante dos hombres uniformados que estaban de pie junto a ella; los hombres señalaron hacia la aduana.
—Mira a doña Loca —dijo el doctor Slade con interés—. ¿No es extraordinaria? Ya estaba en el barco y ha regresado.
—Olvidó su carta de crédito —dijo la señora Slade.
El doctor Slade miró a su mujer.
—¿Cómo lo sabes?
—Ella me lo dijo. Viaja en el barco. No le aceptaron la carta de crédito a bordo, y piensa que si encuentra algún banco podría lograr que le den algo de dinero. Es toda una saga. Le presté diez dólares.
—¿Le has prestado dinero, a ella? —gritó el doctor Slade escandalizado.
Luego, cuando oyó su propia voz, quiso alterar el tono y, con una delicadeza que era evidentemente falsa, continuó: —¿Para qué?
—Lo va a devolver, querido. —La voz de la señora Slade era como la que se usa para calmar a un nene.
Respirando agitadamente, la mujer se acercaba a ellos. El doctor Slade apenas tuvo tiempo para decir: “No se trata de eso.”
—¡No dejen que el barco se vaya sin mí! —les gritó la mujer, agitando juguetonamente su bolsa de cuero negra.
La señora Slade sonrió.
—Oh, creo que tienes tiempo.
—Eso espero —dijo el doctor Slade en voz no muy baja. Por la inflexión, fue como si hubiera dicho: “Espero que no.”
—Díganles que tienen que esperarme —gritó ella por encima del hombro.
—Es ridícula —dijo el doctor Slade.
—Yo la encuentro encantadora —murmuró pensativamente la señora Slade, siguiendo con la vista la figura que se alejaba.
El doctor Slade no respondió. Pasó la mirada sobre la bahía silenciosa y tuvo la idea de que a veces dos personas, cercana la una a la otra, podían estar en realidad muy distantes. Su vista siguió la vaga línea de montañas selváticas que se alzaban alrededor del puerto, y la palabra encantadora cobró para él un matiz inesperado e inquietante, mientras seguía el curso de sus pensamientos.
3
El viaje a lo largo de la costa, desde La Resaca hasta Puerto Farol, duró solamente día y medio, pero la señora Slade, que no estaba segura de qué cosas se encontraban en cuál maleta, creyó necesario desempacarlo todo. El doctor Slade, sabiendo que no le sería posible evitar la operación, se retiró a la biblioteca para no tener que presenciarla. Después, por la tarde, fue en busca de su mujer, y la encontró postrada en una colchoneta cerca de la piscina, su piel brillante con aceite bronceador. Orgullosamente, se dio cuenta del interés de los otros bañistas, y se arrodilló junto a ella.
—¿Que tal la segunda etapa? —le preguntó.
—¿Qué? —Ella entreabrió los ojos y alzó la mirada.
—La segunda etapa de la Expedición de Aniversario de los Slade.
—Oh. —Estiró el cuerpo placenteramente, y esperó un momento antes de decir—: Quería contarte. Vamos a tomar unas copas con la señora Rainmantle, a las seis. En el bar.
El doctor Slade estaba confundido. “¿Por qué?”, preguntó, pero su esposa se limitó a mirarlo.
—No tienes que venir —le dijo.
Él se puso de pie.
—¿Ah, no? —respondió.
Anduvo lentamente hacia la popa del barco y se detuvo a mirar, por encima de la barandilla, la espumosa estela. En el horizonte, a lo lejos, los cúmulos descansaban en línea, como pilares torcidos. De pronto se sintió muy solo. Se quedó mirando largamente las oblicuas torres de nubes lejanas. Antes de comenzar el viaje, durante su examen médico, se había forzado a sí mismo a tocar el tema. “Podría ser mi hija. O mi nieta, incluso.” El otro médico se había reído. “No te hará daño tenerlo presente”, le dijo.
Al fin, empezó a andar de nuevo. Tomó la primera escalera que encontró y subió a cubierta, donde paseó ocho veces de una lado para otro.
La señora Rainmantle ya estaba en el bar cuando ellos llegaron, sentada en un alto taburete; vestía el mismo traje holgado de seda gris. Su pelo estaba tieso y enmarañado. “Fatal”, pensó el doctor Slade; hubiera querido sacar el pañuelo para limpiarle la grasa y el sudor de la frente. Era algo que requería atención, como la nariz de un niño que necesita que le suenen.
Cuando sus planter’s punchs fueron servidos sin contratiempo en una mesa de esquina, él frotó una gota de agua que le había caído en la solapa, y le dijo a la señora Rainmantle:
—¿Fueron serviciales en el banco? —Y notó la furiosa mirada que su mujer le lanzó.
—¡Oh, no! El viaje fue absolutamente inútil —respondió ella vivamente.
—¿O sea que estaba cerrado? —dijo el doctor Slade, entrecerrando los ojos al mirarla. Se daba cuenta de la serie de movimientos diminutos y agitados que su mujer hacía para llamarle la atención, pero no quiso mirarla.
Sonriendo vagamente, la señora Rainmantle dio un enorme trago de su vaso.
—Estaba abierto, sí. Pero no quisieron ayudarme.
—¿Qué? —exclamó él—. Tal vez si usted hubiera hablado con su cónsul, él podría haber hecho algo, ¿no? (Aunque, ¿lo haría?, pensó. Quizá no, si la mira de cerca.)
—Lo he visto —aclaró ella—. Fue muy amable. Pero no pudo asumir la responsabilidad. Yo no tenía mi tarjeta de identidad conmigo. Llevé mi pasaporte y unas cartas... —su voz se apagó al recordar los detalles de la escena de su fracaso.
La señora Slade se rió, y el doctor se sintió aliviado. “Buena chica”, pensó, atreviéndose a esperar que su enojo se hubiera mitigado. Pero, todavía riéndose, ella le lanzó una mirada, y él reconoció su error.
Bebieron otra ronda. Durante la conversación la señora Rainmantle llevó al mesero aparte, y, antes de que los Slade se dieran cuenta de lo que sucedía, ya había firmado la nota de consumo.
—Invito yo, por supuesto —dijo con pompa, y logró hacer que ambos callaran.
Se levantó.
—Voy a tomar uno de esos maravillosos baños calientes de sal. Hasta pronto.
—Ah —dijo el doctor Slade. Cuando ella se hubo retirado, se sentó—. Eso no costó diez dólares.
Después de cenar, los Slade pasearon por la cubierta; soplaba un viento tibio y la luna brillaba.
—¿Cómo puedes decir que fui grosero? —dijo el doctor—. ¿Hay alguna razón para que yo me moleste en tratar a esa mujer con guantes de seda?
Ella tenía las manos en la barandilla y miraba el trémulo resplandor sobre el agua iluminada por la luna.
—¡Sí, sí! —dijo en voz baja, pero apasionadamente—. ¡La hay! Yo siempre trato de ser amable con tus amigos.
—¿Amigos! Sí. Pero ella, ¿es tu amiga?
—Tú lo has visto. Yo estaba siendo amigable con ella.
Él no dijo nada por un momento, mientras pensaba: “Estoy exagerando.”
—¿Cómo comenzamos con todo esto? —dijo. Luego se rió, la tomó de la mano, y la apartó de la barandilla. Empezaron a andar.
—No volverá a suceder —dijo. Antes de soltarle la mano se la apretó mientras le hablaba. Más tarde, cuando bailaban, permaneció alerta, buscando con la mirada a la señora Rainmantle, para estar seguro de poder evitarla, pero ella no estaba entre la concurrencia del “Bahía Bar”.
Una llovizna finísima caía cuando el barco entró en Puerto Farol. Hacía borrosa la silueta de las montañas que se elevaban hasta desaparecer en el inmenso cielo plomizo. Aun antes de que echaran el ancla, el doctor Slade oyó el canto de las innumerables ranas en la costa. Una excursión había sido organizada para los pasajeros que estuviesen interesados en visitar las estelas de San Ignacio.
—¿Habrá algo tan físicamente deprimente como ver a un montón de gente junta en el mismo lugar? —dijo la señora Slade—. Gracias a Dios saldremos de esta arca. —Estaban de pie cerca de la baranda mirando hacia la orilla; con un leve movimiento de la cabeza, señaló a los pasajeros que estaban detrás de ellos.
—¿Hay tiburones en el agua, papi? —Una niñita con cola de macho que estaba junto al doctor Slade apuntó hacia abajo con el dedo—. Papi, ¿hay tiburones?
Nadie le hacía caso, así que el doctor Slade le dijo seriamente: “Linda, claro que los hay.”
—No le creas, cariño —dijo la señora Slade—. Bromea.
El doctor Slade se rió.
—Tírate al agua y verás —dijo.
La niña los miró, primero a uno y luego a la otra, y se alejó de la barandilla.
—¿Por qué eres así? —preguntó la señora Slade—. ¿Por qué asustar a la pobre criatura?
El doctor Slade se impacientó. “Quería información, y se la di”, dijo terminantemente. Con sus lentes de larga vista examinaba la selva de cocos a lo largo de la costa frente a ellos. Acababa de ver a la señora Rainmantle, que se acercaba por la cubierta; no quería desembarcar en la misma lancha que ella. De reojo, mientras fingía mirar por los lentes, la vio escabullirse por entre la gente hacia la barandilla de popa, y se sintió aliviado.
4
Estaban de pie, cerca del escritorio en el vestíbulo del hotel, escuchando el amplio sonido de la lluvia que caía; ahora se precipitaba con fuerza. El hombre detrás del escritorio estaba comiendo un mango. Algunas hebras cortas de la pulpa de la fruta se le habían enredado en el espeso bigote, y colgaban por encima de sus labios como gusanos diminutos.
—Pues sí, señores —continuó sin limpiarse la boca—. El tren a la capital sale a las seis y media todas las mañanas. Pero hay muchas cosas que ver aquí en Puerto Farol.
El doctor Slade miraba por la puerta abierta, a través del corredor con su amueblado de mimbre roto y más allá de la cascada de lluvia que salpicaba desde la entrada, el jardín vacío en el fondo. Un zopilote apareció de repente y se posó con torpeza en la viga desnuda que hacía de barandilla del corredor. Por un momento, el doctor pensó que el pájaro se vendría abajo. Semejante a un montón de papel periódico quemado, se tambaleó por un instante, luego se afianzó, dobló las alas, y dejó caer su cabeza desnuda y roja hacia un lado sobre el pecho.
El hombre, mientras hablaba, se hurgaba las narices con el índice.
—Hay un lugar llamado El Paraíso, a sólo treinta y dos kilómetros de aquí. Ahí están las ruinas de San Ignacio. Muy interesante. Grandes piedras en la selva, con caras. ¡Dan pesadillas! —Su risa se convirtió en una tos, y escupió desde donde estaba, siguiendo con la mirada la escupida, que cayó al suelo. Luego, como si marcara el paso de algún baile solitario detrás del escritorio, la esparció con la suela del zapato. —¿Sabe lo que son las pesadillas? —preguntó.
—Sí, sí, por supuesto —dijo el doctor Slade—. Tomaremos el tren mañana por la mañana, y necesitaremos por lo menos tres hombres para que nos ayuden con las maletas. Quería que lo supiera.
—¡Es fantástico! —exclamó la señora Slade, mirando a su marido—. Un pueblo así de grande y no hay un solo taxi.
—Un pueblo así de grande, y éste, el único hotel —replicó el doctor Slade—. La caminata no es nada. Quince minutos. Pero, por Dios, tenemos que dormir aquí. Y tenemos que comer aquí. El taxi es lo que menos me preocupa.
El hombre detrás del escritorio estaba pelando otro mango; el olor agridulce inundó la pieza.
La señora Slade hablaba poco español.
—¿Mango bueno? —le dijo al hombre.
—Regular —respondió él sin alzar la mirada.
Salieron al corredor; el zopilote no se movió. El aire olía a flores, y el constante zumbido de los insectos era un tapiz de sonidos audibles detrás del estruendo de la lluvia. Se sentaron en dos viejas mecedoras de mimbre y se quedaron mirando fijamente el mediodía gris, lloroso y deslumbrante. De vez en cuando, se oía el potente canto de un gallo en las cercanías.
—Creo que voy a cambiarme de ropa antes de almorzar —dijo la señora Slade—, me siento húmeda y sucia.
—Por lo menos conseguimos el buen cuarto —respondió el doctor Slade satisfecho.
La señora Slade se rió burlonamente; él supuso que era la idea del uso de la palabra buen.
—Nos van a dar frijoles con arroz, te lo aseguro —dijo él, y la miró con indulgencia—. Pero claro, a ti te gusta eso.
—¡Qué suerte tengo! —dijo ella. Sonrió y se meció un poco; la silla crujió de un modo peligroso.
Por la orilla de la plazuela vacía, un pequeño automóvil avanzaba evitando los charcos más profundos; se detuvo frente a ellos, al pie de las escaleras del corredor. El zopilote que estaba en la baranda sacudió las alas y descendió, para perderse de vista. La puerta del auto se abrió, y el doctor Slade vio lo que inmediatamente se dijo que había esperado ver: la roja cara y el peinado alto y gris de la señora Rainmantle, que salía del pequeño sedán. Inclinó la cabeza para saludar al conductor, cerró la puerta de golpe y subió las escaleras deprisa, empapada y jadeante. Cuando reconoció a los Slade, que estaban sentados frente a ella, su expresión preocupada se tornó en una de sorpresa y agrado. El doctor Slade se levantó lentamente y le tendió la mano.
—No me digan que perdieron los tres autobuses a San Ignacio —exclamó la señora Rainmantle—. ¿Puedo?
Se dejó caer en la silla del doctor Slade. Él la miró desde arriba con desdén y apatía, como esperando que la silla se desplomase bajo su peso, pero el mimbre era engañosamente resistente.
—Pero claro. Se me olvidaba que ustedes también desembarcaron aquí, ¿no?—. Se exprimió el pelo con ambas manos, y unos hilitos de lluvia le corrieron por la cara.
—Estás calada hasta los huesos —observó la señora Slade.
Ella se rió.
—Yo diría que hasta el alma.
La señora Slade miró el auto que se alejaba por el fango del otro lado del jardín público.
—¿Venías en taxi? —preguntó de pronto.
—Era el cónsul británico. Más problemas. Ahora no quieren dejar que desembarque mi equipaje. Tengo una cuenta pendiente en el bar. Pero no me dejen que empiece con esto.
—¡Ah! —dijo el doctor Slade, que iba y venía lentamente frente a las dos mujeres.
—Me parece muy extraño —dijo la señora Slade con cautela. Luego agregó—: ¿Entonces desembarcas aquí?
La señora Rainmantle se rió.
—Claro que voy a desembarcar aquí. El cónsul lo arreglará todo a primera hora esta tarde. Si tan sólo mi hijo hubiera podido venir a buscarme... Tan inútil —y estornudó violentamente.
La señora Slade se puso de pie.
—Estás mojada y no tienes cómo cambiarte. Eso no puede ser.
—Lo sé. La situación es imposible.
—Me pregunto... —la señora Slade parecía indecisa.
—¡Por Dios! —dijo riendo la señora Rainmantle—. ¿Una cosita como tú, con tu cintura? ¡Jamás en la vida! Seguramente no tienes nada.
La señora Slade vaciló un instante más.
—¡No! —dijo de pronto—. Sube conmigo. Tengo algo. De veras.
Después de una serie de protestas, la señora Rainmantle se dejó conducir escaleras arriba, y el doctor Slade se sentó de nuevo en la mecedora que le había cedido. La lluvia menguaba, y el sonido mecánico de los insectos en los árboles llegaba con más fuerza. Permaneció sentado mirando a lo lejos. Un gato esquelético y casi sin pelo dobló medrosamente la esquina del corredor y fue a estirarse junto a sus pies. De cuando en cuando el doctor tamborileaba en el brazo de la silla y, una vez, dijo en voz alta con un tono de incredulidad y de profundo disgusto: “Maldita sea.”
5
El doctor Slade se sentó a almorzar en un insoportable estado de tedio mezclado con resentimiento; casi le indignaba ver cómo la mala suerte puede prolongarse a extremos tan improbables. Sólo tres pasajeros más habían concluido su viaje en Puerto Farol. Todos estaban en el comedor en ese momento —tres hombres sentados en tres mesas distintas a lo largo de la pared, mirando hacia el centro, donde se habían sentado los turistas. Aquí, la señora Rainmantle, ahora muy maquillada, vestía el kimono japonés más extravagante de la señora Slade, y repartía bloody marys. Había pedido una enorme lata de jugo de tomate de la refrigeradora de la esquina, y sacó una botella de vodka de su bolso.
—No debería hacer eso antes de almuerzo —decía—. Pero a veces es necesario obedecer la llamada. Y he sentido la llamada.
—Pues, estoy contigo —la señora Slade alzó el vaso—. ¡A tu salud! ¡Que llegues a la capital mañana por la noche! ¡Con tu equipaje!
La señora Rainmantle puso cara triste.
—No puedo salir mañana. Tengo que ver al cónsul por la mañana. No puedo irme hasta pasado mañana.
—¡Qué lástima! —dijo el doctor Slade.
Podía darse cuenta, por la expresión en la cara de su mujer, de que ella comenzaba a considerar la posibilidad de retrasar su propia partida, de modo que dijo firmemente: —Nosotros salimos mañana. —Luego, con menos certeza—: Pero seguramente la veremos allá.
—¡Eso espero! —asintió la señora Slade—. Puedes llamarnos al hotel en cuanto tengas un momento.
El doctor Slade vació su vaso, y dejó de escuchar la conversación. Aun así, percibía el esquema de la historia. Una cacatúa dio dos gritos en uno de los patios interiores; era la voz de un demonio.
—¡Dios mío! —dijo la señora Rainmantle—. Hemos vuelto al manicomio.
Para entonces el doctor ya sabía que era una canadiense que vivía en Londres y solía venir aquí a visitar a su hijo. Todavía no era necesario ponerse a escuchar; los puntos culminantes de la historia eran reiterados tan a menudo que el cuadro se veía claro. Bostezó y tableteó en la mesa con los dedos, mientras miraba por la ventana las hojas mojadas y los techos de lámina.
Los tres comensales solitarios habían salido del comedor para ir a dormir la siesta. De vez en cuando, el doctor Slade le lanzaba una mirada temerosa a su mujer, para ver si se resentía por su largo silencio, pero al parecer no le daba importancia. En alguna ocasión, ella hasta le dirigió una sonrisita dulce al doctor, como si creyera que él apreciaba el interminable monólogo tanto como ella; la sonrisa que él le devolvió quería proyectar una expresión de paciencia. Ahora la lluvia había cesado, el sol resplandecía, y por la ventana se veía el vaho que surgía de la tierra.
—Siempre trato de ver algo que valga la pena cuando vengo a visitar a Grover.
Un año había ido a la región de los lagos; otro, a ver los volcanes cerca de la frontera sur de la república. Otra vez había venido por Trinidad y Georgetown, para navegar por el Mazaruni hasta Roraima.
El mesero se acercó a limpiar la mesa.
—Pregúntale si tendió las cosas de la señora cerca de la estufa, querido —dijo la señora Slade.
El doctor habló con el mesero.
—Están secas —anunció.
—¡Hurra! —exclamó la señora Rainmantle—. Ahora podremos salir. Ya me veía yo sentada aquí dentro toda la tarde, mientras ustedes iban al pueblo.
—No nos hubiéramos ido sin ti —dijo la señora Slade.
—Ido, ¿adónde? —preguntó el doctor Slade.
Su mujer le dirigió una mirada, se levantó, y siguió a la señora Rainmantle y al mesero hacia la cocina. El doctor Slade se quedó solo en el comedor, sentado a la mesa, mirando el día luminoso, preguntándose cómo sería la vida sexual de un soltero en Puerto Farol. Unas cuantas prostitutas tristes y enfermas, probablemente cerca de la estación del tren. Nada de idilios bajo las palmeras a la luz de la luna, mientras las olas van a morir a tus pies sobre la tibia arena. Esta gente no leía libros. Un pueblo de láminas de hierro, hormigón desnudo y alambre espigado. Tenía suficiente con lo que había visto por el camino del muelle al hotel.
La señora Slade le gritó desde la puerta de la cocina:
—Subimos al cuarto. Bajamos enseguida.
6
La única ventana, cerca de la puerta, daba directamente al corredor que rodeaba el segundo piso. Éste era el único lugar placentero en el edificio del Gran Hotel de la Independencia. Con el paso de los años, una vasta colección de macetas con plantas tropicales se había ido acumulando en el suelo a lo largo de las barandas; las plantas habían progresado: retoñaban frondas y espigas, y las trepadoras y las ramas se habían extendido tanto que formaban una verdadera jungla, por la que era necesario abrirse paso al cruzar la galería. En algunos claros, había mecedoras solitarias parecidas a las que estaban abajo, en la entrada. “Las hermanas mayores”, había dicho minutos antes la señora Slade al pasar a su lado.
Ahora estaban tendidos en sus camas, desvestidos a medias, con las mosquiteras prudentemente metidas debajo de los colchones. Se relajaban, e intercambiaban pensamientos truncados por encima de la tierra de nadie que mediaba entre las dos camas. El caluroso atardecer se ceñía sobre el pueblo, y lo selló con rapidez. La oscuridad aquí era tangible e íntima; palpitaba en todas partes. Por la ventana abierta entraban ráfagas con el olor de las plantas y las flores, se oía el coro incesante de insectos y ranas que venía desde lo alto de la vegetación más allá del corredor, y se veía el encenderse y apagarse de las luciérnagas que revoloteaban por encima de sus cabezas bajo el alto el techo de palma.
—Si queremos aire, tendremos que dejar abierta la ventana —dijo el doctor Slade.
—No podremos dormir si está cerrada. ¿Bajo estos pabellones?
—Debe de haber un guardián abajo. No hay peligro.
—Es como estar en una tienda de campaña —murmuró ella después.
—¿Qué dices? —preguntó él. Un minuto más y se hubiera quedado dormido.
—Este cuarto —su voz se había animado un poco—. Es como estar a la intemperie. ¡Escucha!
Un momento más tarde, él dijo:
—Música maravillosa para dormir. Ojalá no tuviéramos que levantarnos para ir a cenar.
—Mmm —respondió ella con incertidumbre.
Estuvieron callados largo rato; él entró varias veces en un sueño ligero. De vez en cuando, abría los ojos, y luego se dejaba caer cómodamente en el sueño. Ella pensaba en qué vestir para la cena, y en la increíble oscuridad del cuarto. La falta de luz lo hacía todo más difícil. Ésta era la clase de cuarto donde podía haber arañas. y uno no las vería. Decidió no desempacar nada y usar la misma ropa que vestía antes, aunque estuviese empapada en sudor. Puerto Farol tenía la culpa; en cualquier otro sitio le hubiese parecido de mal gusto vestirse con prendas húmedas.
De pronto se había hecho tarde, y unas personas se acercaban por el corredor frente a la ventana.
—Taylor, ¿qué hora es? —gritó la señora Slade.
El doctor Slade gimió. Ella se quedó esperando. Al fin, él dijo: “Las ocho y diez.”
—Has dormido un buen rato —observó ella, como si tuviera que perdonárselo.
Él se estiró voluptuosamente y bostezó. Había varias personas en el balcón, cerca de la puerta, y hacían un ruido sorprendente. Dejaron caer descuidadamente unas maletas en el suelo de madera; luego se oyó que las arrastraban. Varios hombres hablaban en español, y después, inconfundible, la aguda voz de la señora Rainmantle se mezcló con la de los otros.
—Pero... pero... —parecía decir.
—Así que consiguió sus cosas —dijo el doctor Slade mientras se incorporaba. Abrió las cortinas de la mosquitera, se levantó de la cama rápidamente, y cerró la abertura tras de sí. Tomó la precaución de ponerse las pantuflas, y arrastró los pies hacia la ventana, donde se detuvo a mirar. Un momento después regresó a la cama de su mujer y le dijo en voz baja: “La pusieron en el cuarto de al lado.”
La señora Slade produjo un cortante “Shhhh”.
Las pisadas de los mozos aún golpeaban y hacían temblar el corredor cuando los Slade se arreglaban para bajar. Él vio a su mujer sentarse en la cama, indignada, y tratar de atraer su atención a través del velo. Forcejeando, se puso su kimono, abrió la mosquitera y lo miró fijamente; se veía descompuesta y enojada, y muy deseable, pensó él. Se rió entre dientes y dijo:
—No nos puede oír, no se oye nada. Escucha —alzó la mano un segundo—. Todos esos insectos. Son como una barrera contra el sonido. A menos que uno grite.
—Yo temía que estuviera a la puerta.
Su ropa no estaba mucho más seca que cuando se la había quitado. Tenía olor a ron.
—Me pregunto si el sudor puede oler a lo que uno ha bebido —dijo.
—Claro.
Ella no puso en duda la información. Con un atomizador lleno de Tabac Blond, se puso a trabajar, para neutralizar el olor.
El doctor Slade aguardaba, mirándola.
—Se huele en todo el cuarto —observó en voz alta.
—Estoy lista —dijo ella.
Salieron. Él llevaba una pequeña linterna en la mano, para alumbrarse a través de los obstáculos de vegetación.
—Muy inteligente de tu parte traer eso contigo —le dijo ella.
La cena fue idéntica al almuerzo; estaban a solas en el oscuro comedor. Cenaron tan rápidamente como les fue posible, y rehusaron el café. Era sorprendente que la señora Rainmantle no hubiera bajado.
—Me gustaría dar una vueltecita por la plaza antes de volver al cajón —dijo el doctor Slade.
—Bueno —dijo ella sin entusiasmo—. Probablemente tendré insomnio de todas maneras.
—No, no lo tendrás— le acarició el brazo.
—¡Dios, qué calor! —dijo ella, levantándose de un salto—. Vamos.
7
En lugar de la calle principal, escogieron un callejón estrecho y bien iluminado para pasear; de pronto se vieron, ya no entre las casas y los árboles, sino en un entarimado sobre un pantano. Las luces de la calle comenzaban de nuevo mucho más adelante; aquí estaba oscuro, y sus pisadas hacían resonar la madera. Mientras avanzaban, las ranas que estaban bajo sus pies dejaban de croar, pero el sonido continuaba a su alrededor.
—Que lugar tan extraño —dijo el doctor Slade.
Si hubiera estado solo, seguramente habría dado la vuelta para volver, pero en compañía de su mujer esto le resultaba más difícil. Ella guardaría el recuerdo de su acción para usarlo algún día a su capricho como arma contra él. “Tuviste miedo, por ejemplo, de atravesar aquel pantano en Puerto Farol. Claro que tenías razón. Yo sólo quería ver hasta dónde llegabas. Pero tienes que admitir que tuviste miedo, querido”.
—¡Murciélagos! —gritó ella—. Vi murciélagos allá atrás, un poco antes de llegar al puente.
—Ya casi llegamos al final.
—¿Hay vampiros aquí?
—No sé. Probablemente... —dijo él, y un instante más tarde agregó—: Parece que han descubierto que con sólo estar en el mismo cuarto con cualquier clase de murciélago, se puede contraer rabia.
Ahora la vegetación era más alta. Estaban al final del entarimado.
—Creo que nunca ha visto tantas luciérnagas en mi vida —reflexionó él.
—¿Rabia? Eso estaba en la Time —dijo ella en tono acusatorio. Lo vi.
—Y por lo tanto no es cierto, ¿no?
El ruido de sus pasos ya no resonaba en el silencio: andaban otra vez sobre la arena. Aquí, algunas de las casas tenían techos de paja. Las hojas de los bananos parecían muy verdes bajo las luces de la calle. No se veía a nadie.
—Me están comiendo los mosquitos —dijo ella.
—¿Por qué no regresamos?
—No van a dejar de picarme porque vayamos en otra dirección.
—El alumbrado termina ahí delante —dijo él, señalando con la mano.
—Está bien.
La señora Slade giró en redondo rápidamente y empezó a andar. En el entarimado, entre el clamor de las ranas, dijo:
—Estoy muerta de miedo. Voy a contener el aliento cuando pasemos bajo ese árbol de murciélagos.
—Los mosquitos me están picando los tobillos —dijo él—. No sé por qué vinimos por aquí.
Ella se rió con su risita de niña.
—No fui yo quien escogió el camino —dijo alegremente.
Una vez en terreno firme, no tardaron en llegar a la plaza. Había una bombilla encendida en el segundo piso del hotel. Entraron en el oscuro vestíbulo, y fueron recibidos por el olor de la basura y de la comida que alguien estaba cocinando. Algo se movió al lado del doctor Slade; el dio un salto y encendió la linterna. Era la señora Rainmantle, que estaba sentada a oscuras en una mecedora.
—¡Oh, los he estado esperando! —gritó con voz quejumbrosa—. No encuentro a nadie. Tienen que darme otra habitación.
—¿Es tan mala? —preguntó la señora Slade.
—La puerta no tiene llave ni cerrojo, no hay forma de cerrarla. No puedo dormir así, sencillamente.
Había alzado la voz, como si ya estuviera presentando su queja formal.
El doctor Slade dirigió la luz de la linterna a los rincones más remotos.
—¿No hay nadie aquí abajo? Tiene que haber un guardián, o alguien.
—¡Nadie! Y la puerta principal está abierta de par en par. Encima de todo, la cama se hunde como una hamaca. ¿Qué tal están sus camas? —había olor a whisky fresco en su aliento.
—Están bien —dijo la señora Slade.
—Está acostumbrada a las incomodidades —explicó su marido rápidamente.
—Es la puerta lo que hace inaceptable el cuarto —dijo la señora Rainmantle con una voz sin vida.
Se quedaron callados.
—Bueno, mejor subimos —dijo, por fin la señora Slade—. Por lo menos arriba hay luz.
Cuando estuvieron frente a la habitación de los Slade, la señora Rainmantle siguió, gritando:
—Vengan. Quiero mostrarles el cuarto.
Los guió hasta la oscura habitación del fondo y encendió la luz. Era evidente que la pieza no era más que una bodega para muebles viejos, con una cama maltrecha arrimada a un rincón. Un calendario de hacía diez años colgaba cerca de una esquina en la pared, detrás de un escritorio.
—¡Es horrible! —gritó la señora Slade—. No me explico cómo se atreven a poner a nadie en un cuarto así.
Un angosto pasillo entre sillas amontonadas y las maletas sin desempacar de la señora Rainmantle hacía posible el acceso a la cama.
—Pero miren la puerta —exclamó la señora Rainmantle; su voz sonaba histérica de nuevo—. Me quedaré afuera en el porche. En cualquier sitio. No me importa. No voy a dormir aquí.
—Ven a nuestro cuarto —le dijo la señora Slade—. Podemos sentarnos.
Al final del corredor la luz caía sobre las tablas del piso a través de una puerta abierta. Se oía el débil sonido de voces masculinas. “Dos hombres, probablemente”, pensó el señor Slade, deteniéndose para escuchar, y luego siguió a las mujeres de un cuarto al otro; tuvo la impresión de que los hombres estaban bebiendo. Vio a su mujer que ponía la mano en el brazo de la otra al pasar por la puerta, e inmediatamente entrevió la forma en que la situación iba a resolverse. En efecto, apenas se habían sentado en las dos sillas bajo la luz, una frente a otra, la señora Slade dijo: “Tú te quedas aquí conmigo, y todo va a estar bien. Olvídalo.”
—¡Oh, no podría!
—Al doctor Slade no le importa si la puerta está cerrada o no. ¿O sí, Taylor?
—No, no me importa —dijo él lentamente.
—No le importa, de veras —insistió la señora Slade—. Y a ti sí que te importa.
—Bueno —la señora Rainmantle suspiró y miró al doctor Slade con timidez—. Sería una bendición.
—No hay problema —le aseguró él—. Sólo sugiero que hagamos el cambio ahora mismo.
Quería estar a solas cuanto antes, para que no se hiciera evidente su mal humor. Pero en vez de salir del cuarto, se dirigió al lavamanos y empezó a cepillarse los dientes.
—Discúlpenme —dijo guturalmente, y escupió en la palangana—. No quiero llevar nada al otro cuarto. ¿Necesita algo de allá, señora?
Ella salió de un breve ensueño.
—No. Tengo lo que necesito aquí en mi bolso —dijo.
—Llamaré a la puerta a las cinco y media —dijo el doctor Slade a su mujer. Ella lo miraba con tristeza, como sospechando que su traición no sería perdonada pronto. Él la miró fijamente, y, esperando que su rostro careciera de expresión, le dijo: “Buenas noches.” “Buenas noches”, le dijo también a la señora Rainmantle, y luego salió del cuarto, sin llevar consigo el pijama.
“Dormirá desnudo”, pensó la señora Slade. Oyó la puerta del cuarto vecino que se cerraba. Los hombres que estaban en el otro extremo del balcón conversaban todavía; las palabras más fuertes se dejaban oír por encima del ruido de los insectos.
La señora Rainmantle metió la mano en su bolso y sacó una botellita de whisky que había comprado por la tarde en una tienda china frente al mar. Estaba medio vacía.
—Voy a servirme un traguito antes de desvestirme —dijo con satisfacción, y se dirigió al lavamanos—. ¿Te sirvo uno?
—Una copita, antes de acostarme.
Sirvió demasiado Scotch en el vaso de la señora Slade, pero poder relajarse un momento parecía causarle tanto placer que la señora Slade no protestó.
—Tal vez esto te parezca demasiado —comenzó la señora Rainmantle, acomodándose de nuevo en su silla— pero éste es un día que no olvidaré. Y no porque haya sido placentero. Nada sucedió como debiera.
La señora Slade pensó: “¿Sucede así alguna vez?”
—Debes de estar muy cansada —dijo, segura de que la otra esperaba una demostración de lástima más elocuente. Tal vez después de beber su whisky le costaría menos esfuerzo decir palabras amables. Miró la pared, e imaginó a su marido del otro lado, incapaz de dormirse en la cama inclinada, buscando una posición tolerable, maldiciendo del aire inmóvil y del olor a polvo.
La señora Rainmantle hablaba; era un monólogo, y no era necesario escuchar con atención. Sin embargo, ella intentaba seguirle el hilo, temiendo que si no lo hacía se le cerrarían los ojos.
—Quiero que mi casa sea espaciosa —declaró la señora Rainmantle—. Quiero que todos los cuartos sean enormes.
Aunque la señora Slade había vaciado su vaso de whisky, el sentimiento de benevolencia para con su huésped no se manifestaba; lo único que quería era dormirse.
Se oyó a sí misma preguntando inexpresivamente: “¿Dónde está la casa?”
—Oh, va a estar en Hawai. Ya compré el terreno.
La señora Rainmantle se sirvió otro poco de whisky.
—Maravilloso —dijo la señora Slade.
—De veras, creo que ahí seré feliz. Después de todo, vivir en hoteles lo deshumaniza a uno.
Unos minutos más tarde, la señora Slade se puso en pie de un salto.
—Tengo que acostarme —dijo—, lo siento.
—Sí, es cierto.
A través de los borrosos dobleces de la mosquitera, vio a la señora Rainmantle que se acercaba a la pared y apagaba la luz.
—¿Puedes ver para desvestirte? —preguntó.
—Nunca tengo problemas para desvestirme —respondió alegremente la señora Rainmantle, la cabeza enredada entre sus prendas.
La señora Slade oyó la otra cama que crujía bajo el pesado cuerpo. La señora Rainmantle suspiró profundamente. “Qué delicia”, dijo, contenta.
Los insectos cantaban; en alguna parte, una puerta se cerró. La señora Slade se arrepintió de haber aceptado el whisky, su estómago lo resentía. Se esforzó por no pensar en el doctor Slade, acostado en ese horrible cuarto, pero la imagen estaba frente a ella.
8
El doctor Slade cerró la puerta y extendió su ropa sobre el polvoriento escritorio. Cuando se hubo desnudado se paró bajo la luz y ajustó el despertador de su reloj de pulsera. Luego, mirando con aprensión la cama deforme, apagó la luz. Con la linterna buscó el camino a través del caos hasta el pie de la mosquitera y se metió en la cama. Después de varios experimentos, descubrió que si se tendía en diagonal a lo largo de la superficie inclinada, podría estar razonablemente cómodo. Había dejado a propósito el pijama. Era una protesta tácita, una forma de negar la existencia del cuarto. Al amanecer, se vestiría y se marcharía del cuarto con las manos vacías, como si no hubiera pasado nada. Con el ruido de los insectos que lo rodeaban, a veces alcanzaba a oír la voz de las mujeres, sin entender sus palabras.
El aire olía a polvo, ahí dentro; el calor de su aliento volvía a su cara desde el velo de la mosquitera. La señora Rainmantle —pensaba con desagrado— no había hecho más que dar muestra de una inteligencia de animal normal al no querer dormir en este cuarto, con o sin cerrojo. Había abrigado la esperanza de dormir en la misma cama con su mujer, al menos parte de la noche. Las dos noches anteriores habían estado en el barco, donde el tamaño y la posición de los camarotes habían desalentado cualquier idea de hacer el amor. Tuvo la fantasía de que era una imprudencia dejar sola a Day con la señora Rainmantle; no tenía la certeza de que no fuera una psicópata. Quiso escuchar las voces, para adivinar qué clase de conversación mantenían, pero se estaba quedando dormido, y la constante canción de las criaturas nocturnas era todo lo que alcanzaba a oír. Sorprendido de que le resultara tan fácil, advirtió que se deslizaba por una pendiente hacia el sueño.
El primer pensamiento que tuvo cuando oyó el frenético zumbido de su despertador fue que lo había ajustado mal; había estado a punto de dormirse, pero aún no lo había conseguido. Cuando sacó la linterna de debajo de la almohada y la encendió, vio que eran las cinco y veinticinco. Ahora, los sonidos de fuera eran completamente diferentes; el fondo consistía principalmente en graznidos y chirridos aislados. En las cercanías, un ave nocturna produjo una serie de silbidos graves y claros. Luego se oyó otro pájaro, más lejano, que hacía eco a las llamadas del primero. El doctor Slade esperó un instante, y luego, con la linterna aún en la mano, se levantó de la cama e hizo girar la llave de la luz. El cuarto permaneció a oscuras.
Poco después estaba vestido y fuera, en el corredor, llamando a la otra puerta. Oyó la apagada respuesta de Day y dijo suavemente: “Cinco y media.”
—Sí —dijo ella—. Está bien.
No había señas de la aurora en el cielo. El aire estaba tibio e inmóvil. Regresó al cuarto oscuro, y, con la linterna encendida, se lavó la cara en el lavamanos y se peinó. Quería rasurarse inmediatamente antes de salir para la estación.
Apagó la linterna y se sentó al filo de la cama en la oscuridad. Ahora los gallos cantaban a lo lejos, unos perros ladraban y abajo, en el jardín, una cacatúa se puso a gritar —acaso el mismo pájaro que habían oído a la hora del almuerzo el día anterior. Los fugaces dedos de la fresca brisa que precede al alba llegaban hasta él de vez en cuando, mientras pensaba: “Ésta es la hora benigna, cuando aún brillaban las estrellas y por fin hace fresco, y no se ve nada del pueblo.”
Oyó la llave girar, y la puerta del otro cuarto que se abría. Luego, el leve sonido de las zapatillas de la señora Slade a lo largo del corredor, hacía los baños. La más débil sugestión del alba aparecía en el cielo; a cada minuto se haría más fuerte. Después de un largo rato, oyó las zapatillas que regresaban, y la puerta se cerró de nuevo.
La señora Slade había pasada una noche larga y erizada de pesadillas. Tendida sobre las sábanas, sudando bajo la mosquitera, había odiado la habitación, había odiado, incluso, la idea de la señora Rainmantle acostada con toda su gordura en la otra cama. Con la llama ácida del whisky que todavía temblaba en su estómago, se había forzado a sí misma a respirar lentamente, regularmente, pero la posibilidad de ser paralizada por su propia pesadilla nunca estuvo muy lejos. ¿Cuántas veces se había visto obligada a darse vuelta en la cama para dispersar la tormenta de sueños que se estaba formando? Al principio, en los instantes en que estuvo despierta, escuchaba atentamente para discernir, de este lado del chirrido metálico de los insectos, el sonido más cercano y suave de los ronquidos de la señora Rainmantle. En algunas ocasiones, consciente de que la ventana estaba abierta, tuvo la certeza de que había una tercera persona en el cuarto. Fijaba con la mirada un punto en la oscuridad, con los ojos muy abiertos, y, absolutamente inmóvil, trataba de respirar como alguien que duerme. Una vez, sintió que un insecto muy grande, o una lagartija, había caído en mosquitera, directamente sobre su cabeza; se quedó ahí prendido, moviendo suavemente la tela de vez en cuando. Después no hubo más que la ambigua y monstruosa oscuridad que chasqueaba y pulsaba desde su negra garganta de insecto.
No se había atrevido, ni aun con la linterna, a salir de la cama para ir a buscar las pastillas de Seconal; temía pararse en algún escorpión o en un ciempiés, de modo que se quedó allí tendida, suspendida entre la vigilia y el sueño. Cuando llamaron a la puerta, dijo: “Uh” y tomó la linterna como si hubiese sido un arma, abrió el velo bruscamente, se puso de pie, y movió el haz de luz en todas direcciones por el cuarto. En la penumbra, podía distinguir el cuerpo de la señora Rainmantle, que parecía una enorme almohada enredada entre las sábanas en la otra orilla de la cama. Alumbró a lo largo de la pared. Allí, cerca de la puerta, estaba el interruptor; cruzó el cuarto para alcanzarlo y lo hizo girar. La luz del cuarto no se encendió. Aún era de noche —la misma noche: el estómago le ardía, le dolía la cabeza. El doctor Slade llamaba a la puerta. De pronto, ella temió que la señora Rainmantle se despertara. Acercó la cara a la puerta y dijo con calma: “Sí. Está bien.” Él dejó de llamar, y ella lo oyó que volvía a su cuarto.
Poco después, salió deprisa para ir al baño, y maldijo las plantas que le rozaron el rostro en la oscuridad. Un momento antes de llegar al final del corredor, supo que no se daría una ducha. No habría dónde poner la linterna; se mojaría o caería al suelo, y ella quedaría a oscuras con el agua corriéndole encima. Entró en una de las duchas y aseguró la puerta. Hacía calor, estaba oscuro, no había aire. Entre el lavamanos y la ducha, había una mesita, donde dejó la linterna. Las paredes estaban impregnadas con un viejo olor a letrina. Más tarde, cuando el sol se hubiese levantado, se sentiría bien, lo sabía; pero ahora tenía náuseas. “Si pudiera devolver”, pensó. Pero era como querer vomitar la noche misma; la noche aún estaba ahí, y, en sus entrañas, la corrosiva acidez.
Cuando salió el aire pareció más fresco, y casi podía ver el camino por entre los helechos y las plantas sin la linterna. La encendía y la apagaba al caminar; cuando llegó frente al cuarto la encendió, entró y cerró la puerta. Para reducir al mínimo las probabilidades de despertar a la señora Rainmantle (pues no quería hablar con ella en ese momento), se vistió rápida y silenciosamente. Luego cerró sus dos maletas y alcanzó el bolso, pensando en que parecería poco amistoso de su parte partir así, sin decir adiós. “No. Tenemos que marcharnos”, se dijo a sí misma; quería salir del cuarto de una vez por todas. Lo más seguro, para lograrlo, sería guardar ella misma las cosas de Taylor, sacar todo el equipaje y dejarlo junto a la puerta. Así, habría silencio en el cuarto. Taylor no tendría que volver a entrar, y la señora Rainmantle seguiría durmiendo.
Él no había sacado casi nada de sus maletas; la señora Slade estuvo lista en un momento. Abrió la puerta. Lentamente, casi sin hacer ruido, fue sacando los bultos uno por uno. Luego, desde la puerta, recorrió rápidamente el cuarto con la linterna, y dijo adiós en voz baja a la señora Rainmantle cuando haz de la luz la tocó. La luz siguió por la pared, tocó el espejo y los ganchos de ropa.
Cerró la puerta y se quedó completamente inmóvil, esperando oír algún sonido en el cuarto; quería estar segura de lo que había visto. La señora Rainmantle estaba acostada todavía en su incómoda postura en la orilla de la cama que daba a la pared, y una de sus enormes piernas colgaba por un lado. En aquel instante de débil luz, a través del velo mosquitero, no podía estar segura, pero creyó ver que la señora Rainmantle tenía abiertos los ojos. Reaccionó cerrando la puerta aún más rápidamente. Y ahora escuchaba. Si estaba despierta, sin duda la señora Rainmantle se levantaría y abriría la puerta en ese momento.
No hubo ningún sonido en el cuarto. Quiso recobrar la imagen tal como la había visto. Ahora le pareció que los ojos estaban cerrados. Pero fue como ver un cromo de Jesús con los ojos cerrados, que de pronto se abren; los ojos estaban ahí, mirando fijamente. Giró sobre sus talones y llamó a la puerta del doctor Slade.
9
Siguiendo el ruidoso curso de un arroyo, el pequeño tren serpenteaba lentamente colina arriba. El olor de los árboles y el canto de los pájaros entraban por las ventanas abiertas. En el hotel, habían logrado tomar solamente café; el desayuno había consistido en unos plátanos que compraron desde la ventanilla del vagón antes de que el tren saliera de Puerto Farol. Un niño enfermizo, en vez de los tres hombres que el doctor Slade había solicitado, les ayudó a llevar el equipaje a la estación. Habían llegado a tiempo sólo porque dividieron la carga entre ellos; la señora Slade llevó una canasta y su neceser.
Su dolor de cabeza había desaparecido con el café, y volvió durante la carrera hacia la estación. Ahora, mientras el tren se sacudía violentamente de un lado a otro, una vibración inesperada la hizo saltar. Sacó unos anteojos oscuros de su bolso y se los puso. Poco después, volvió a meter la mano en el bolso y buscó a tientas hasta que halló el tubo de Optalidón y, disimuladamente, lo sacó. Mientras el doctor Slade se distraía mirando el paisaje, ella se metió una pastilla en la boca; pero él debió de notar, de reojo, el movimiento de su mano. Se volvió para mirarla.
—¿Dormiste bien?
—¿Y tú? —replicó ella. La noche estaba demasiado cerca; no quería discutirla—. Tu cama era horrible.
—Dormí bien —dijo él, sin dejar de mirarla—. Pude haber dormido un poco más, es cierto.
Ella quería cambiar de tema, pero no se le ocurría qué decir. Era como si su mente trabajara por sí sola dentro de su cabeza, en busca de la respuesta a una pregunta que aún no había sido formulada.
Una media hora después se encontraban en la cima de la primera cordillera, y miraban desde lo alto la planicie verde y brumosa de la costa. El viento que entraba por las ventanas se enfrió de repente. El doctor Slade se puso la chaqueta.
—¿No tienes frío? —preguntó.
—No.
Hubiera querido relajarse y decirle a Taylor qué extraño le había parecido el aspecto de la señora Rainmantle, lo que había sentido en aquel momento, al cerrar la puerta. Habría sido un alivio describir cómo, desde entonces, había seguido pensando en eso. Pero si hubiera comenzado a discutirlo, habría visto otra vez el amarillo y tenue círculo de luz correr por la pared descolorida, y el inverosímil ángulo que formaban el enorme cuerpo y la cabeza de la señora Rainmantle, con la sábana ceñida al cuello. Si hubiera llegado hasta ese punto, sabía que habría visto los ojos abiertos mirando absurda y fijamente a través del velo. Se cubrió la cara con las manos para evitar que la imagen se formara. Cuando advirtió que el doctor Slade la estaba mirando, fingió tener una basurita en el ojo. Si él hubiera sospechado que algo la preocupaba, habría terminado por enterarse de todo; él decía que las emociones negativas dejaban de existir una vez eran expuestas a la brillante luz de la razón. La forzaría a expresar sus sentimientos en palabras, y, en este caso, no eran palabras lo que ella quería, las palabras lo harían todo más real.
Hubo una parada de cuarenta minutos en un lugar llamado Tolosa, un pueblo destartalado y polvoriento, con una corta calle principal que corría paralela a la vía férrea. En compañía de otros pasajeros, caminaron hacia un miserable restaurante frente a la estación. Era evidente que los dos ancianos chinos que atendían el lugar no tenían ningún interés en la cocina.
—¿No hay nada de comida china? —dijo con una vaga esperanza el doctor Slade al que estaba de pie frente a ellos. El hombre dijo algo en un español ininteligible y les trajo lo mismo que habían comido el día antes en Puerto Farol; frijoles colorados, arroz, plátanos y huevos fritos.
—Esto hubiera escandalizado a Ruth —murmuró el doctor Slade—. Los chinos eran los únicos buenos cocineros en el mundo. Pero esto es increíble. Estos dos no comen de esta comida; tienen la suya en la cocina.
Ruth había sido la primera esposa del doctor Slade. Por mutuo y tácito acuerdo, nunca hablaban de ella. Según él, tal entendido entre ellos era producto del atavismo; había nacido por sí solo. La mención de la primera señora Slade era tan insólita que hizo que Day alzara la vista de su plato. Entonces, comprendió que él había esperado exactamente esa reacción; la había provocado a propósito para llamarle la atención y sonreírle alentadoramente. “Hace lo que puede”, pensó ella, molesta por haber dejado que su nerviosismo se notara. Como si no hubiera habido maniobra alguna de parte de su marido, sonrió suavemente.
—Por lo menos el arroz no está tan pegado —dijo, bajando la mirada otra vez a su plato—. En realidad no me molesta esta clase de mala comida. Aquí hay tan poca diferencia entre la mala y la buena, que importa poco.
Dejó de hablar y miró un momento por la ventana, la brillante luz del sol. El tren estaba allí, frente a ella, extendido a derecha e izquierda de la estación. Todo el mundo sacaba la cabeza por las ventanas de los vagones para comprar refrescos y comida. Más allá, a lo lejos, se veía el paisaje de áridas montañas, y, en las cercanías, llanuras asoladas. La sirena de una fábrica sonó tristemente. Ella siguió comiendo; el doctor Slade no dijo nada.
De vuelta en su compartimento, sin embargo, se sintieron mejor. Era un consuelo estar en el tren en vez de mirarlo desde fuera, temerosos de que partiera sin ellos. Se relajaron y durmieron un poco.
Cuando la señora Slade se despertó, ya no le dolía la cabeza; se quedó recostada en su asiento. Poco después de la caída del sol, cuando estaban a una hora escasa de la capital, entró el revisor, y ella se incorporó. El hombre salió de nuevo al corredor y cerró la puerta. Los dos seguían sin hablar, y sus cabezas oscilaban con los movimientos del tren mientras miraban el paisaje rojizo y el inminente anochecer a lo lejos. Poco después de que los ritmos del tren se apoderaran de la conciencia de la señora Slade, aunque sus ojos estaban aún abiertos, él dijo inesperadamente:
—Me pregunto si se habrá comunicado con su hijo.
Ella oyó su propia voz que decía con incertidumbre:
—No…
—¿Tú crees que no?
Ella sacudió la cabeza con impaciencia.
—No sé nada más que tú al respecto. Estaba pensando en otra cosa.
10
Después de medianoche la capital estaba desierta: las avenidas rectilíneas, escasamente iluminadas, se extendían indefinidamente hacia un planicie pedregosa. Durante una o dos horas, el frío viento nocturno sopló sobre el altiplano, y luego todo estuvo quieto. Hubo largos trechos durante la noche en que el silencio fue como una fina aguja en los oídos de la señora Slade. Pero, de vez en cuando, una locomotora silbaba a lo lejos en el campo, mientras el tren forcejeaba barranca arriba desde algún valle. O algún pájaro enjaulado en algún patio cercano daba unas notas claras. Un grillo cantó, un avión cruzó el cielo más allá de la cumbre invisible de los montes, y abajo, en la calle, un sereno hizo sonar su débil silbato; en el centro de la ciudad, el reloj de la catedral dio la hora. Con sus silencios entre un ruido y otro, pasó la noche.
Ella había pedido un cuarto separado en la recepción.
—Lo que realmente necesito es dormir —le dijo al doctor Slade—. Anoche no dormí.
Sabiendo que ya había dicho esto, estaba a punto de explicar con más detalles. Pero él habló antes:
—Claro. Naturalmente.
Cuando los botones los llevaron a la habitación de la señora Slade, ella fue hasta la ventana, la abrió y miró hacia abajo, la copa de los árboles en la oscura calle. Se puso a escuchar.
—Hay un silencio sublime —dijo.
Se acostó en la cama, sintiéndose a gusto con el aire seco y frío que entraba por la ventana. Todavía no tenía sueño; supuso que se debía a la altura. Era una delicia estar allí tendida simplemente, sin moverse, y sentirse bien. El cuarto silencioso y la cama suave la relajaban; y además era un lujo sentirse segura y estar sola. Se durmió poco antes del amanecer.
El doctor Slade se despertó y telefoneó al piso de abajo para pedir el desayuno. En el baño, se echó agua fría en la cara, alcanzó una toalla, y después de secarse vigorosamente, salió al balconcito de su ventana. La ciudad brillaba bajo la fuerte luz del sol, y las cumbres de los montes parecían absurdamente cercanas. Sus ojos bajaron por las laderas hacia las regiones cubiertas de árboles, las cumbres menores, el vasto y detallado paisaje de colinas y valles aún más abajo.
En la bandeja del desayuno había un periódico con una nota adhesiva: BUENOS DÍAS. LA DIRECCIÓN. El café era bueno, y había una jarra grande. El doctor Slade echó una mirada a los titulares y se sirvió otra taza. Luego se levantó, se afeitó, y bajó a buscar una peluquería. No la había en el hotel; el recepcionista le sugirió que tomara un taxi y fuera al centro de la ciudad.
Decidió ir a pie. Casi todo el camino era pendiente abajo. La sucia y rústica capital se salvaba de la fealdad sólo por sus árboles y sus parques. Cuando se sentó en la silla giratoria y fue cubierto con un lienzo, el barbero le dio un periódico que reconoció inmediatamente; era el mismo que le habían enviado con el desayuno. Pasó la mirada sobre la primera página de El Globo, que ya le era familiar; un artículo en la parte inferior le llamó la atención. La fecha incluía las palabras Puerto Farol. Siguió leyendo y su boca se abrió. Era el reportaje de un incendio que, la mañana anterior, poco después del amanecer, había destruido parte del “Gran Hotel de la Independencia”. El incendio había causado la muerte de uno de los huéspedes, la señora Agnes Rainmantle, una turista de nacionalidad canadiense que había llegado en el vapor Cordillera. Se describían los daños que había sufrido el edificio, y eso era todo, salvo que la noticia terminaba con las palabras “a lamentar”, las que, en cierta manera, alejaban el relato del dominio de lo serio o lo posible.
¡Ninguna otra desgracia que lamentar!
“Pobre mujer”, pensó, y su pesadumbre natural fue agravada por un pequeño sentimiento de culpa, pues había sido descortés con ella al final de su última noche.
“Day no debe ver esto”, se dijo a sí mismo. “Tengo que mantenerlo alejado de ella.”
11
La señora Slade abrió los ojos y miró su reloj: las once y cinco. “Más o menos seis horas”, pensó; en realidad no era suficiente sueño, pero se sentía muy despierta y llena de energía. Llamó abajo para pedir el desayuno y se dio una ducha rápida. Cuando llegó la camarera, le pidió que pusiera la bandeja en el balcón, y allí, bajo la calurosa luz del sol, bebió el café y comió sus tostadas. Había un periódico local en la bandeja; sin mirarlo, lo levantó y lo puso en la mesa. Cuando terminó de desayunar llamó por teléfono al doctor Slade. No hubo respuesta. “Salió a ver la ciudad”, pensó, y sintió un vago resentimiento porque había salido sin ella; aunque sabía que si él hubiera ido a su cuarto a despertarla se habría puesto furiosa. Se vistió y decidió dar un paseo ella también, mientras el olor de la mañana estaba todavía en el aire. El nerviosismo del día anterior había desaparecido.
Por fin hacía bastante fresco para usar el vestido de lino rosado que hacía tanto deseaba ponerse. El color iba con su bronceado de una manera que ella había previsto sólo parcialmente. Del espejo del armario se dirigió a la terraza y encendió un cigarrillo, mientras miraba por encima de los rojos tejados de la ciudad. Las imponentes montañas a lo lejos parecían estar más cerca que la ciudad misma, medio oculta bajo la niebla estancada. Echó las cenizas a la calle, se puso los anteojos oscuros y entró de nuevo en la habitación.
En el vestíbulo, cerca del escritorio de la recepción, había un pequeño puesto de periódicos vivamente iluminado y, enfrente, un grupo de sillones, cada uno con su lámpara de lectura. En ese momento el salón estaba vacío, excepto por un joven que leía una revista, tendido en uno de los sillones, con las piernas colgando por un lado.
En el mostrador, la señora Slade examinó la selección de periódicos de dos o tres días atrás y escogió un San Francisco Chronicle y un Nueva York Times. Un hombre salió de un cuartito para atenderla; ella le pidió una Newsweek, y le dio un billete. “Oh”, dijo él, mirándola. “Discúlpeme un minuto.” Volvió a entrar en el cuarto de donde había salido.
Ella giró lentamente sobre sus talones, se reclinó contra el mostrador con las manos atrás y recorrió el salón con la mirada. La sorprendió verlo tan vacío a esa hora de la mañana. Aunque se dijo a sí misma que en realidad no quería hacerlo, miró de nuevo al joven, y se dio cuenta de que ya se estaba formando una opinión acerca de él. Si un hombre era tan absoluta y dramáticamente bien parecido, ella buscaba un defecto en su personalidad. Según la señora Slade, un hombre con las características de éste terminaría por tomar ventaja de su apariencia.
El joven echó las cenizas del cigarrillo en un jarrón que tenía al lado, y siguió leyendo. Ella se volvió hacia el mostrador; el hombre contó el cambio en voz alta. “¿No ha incluido Newsweek?”, le preguntó ella, y pasó la mirada por el escaparate. “¿Dónde está?”
—¿Newsweek? Regrese en una media hora.
Había un pequeño jardín junto al vestíbulo, atestado de filodendros y jaulas con pericas. Ella escogió una silla bajo el sol, se puso los anteojos oscuros y estuvo allí sentada cómodamente leyendo los periódicos durante media hora exacta; esperaba que el doctor Slade apareciera de un momento a otro. Luego, segura de que el empleado no había conseguido la revista, y sin que esto le importara mucho, regresó a preguntárselo.
El joven, que seguía en el sillón, no se movió ella cuando pasó a su lado. Antes de llegar al mostrador, cuando vio la cara del empleado, supo que no se había equivocado. “¡Ya no hay Newsweek!”, exclamó el hombre con una voz innecesariamente fuerte. “Se agotó.”
Hubo un movimiento detrás de ella; al volverse, vio al joven que se le acercaba. Tenía varias revistas en la mano, y le dirigió una sonrisa, para tantearla.
—Perdón —dijo en inglés—. No pude evitar oírla. Tengo Newsweek. ¿La acepta?
El tono de su voz al responder: “No, no, gracias”, le hizo sentir que estaba siendo poco amable, así que devolvió la sonrisa y agregó:
—No la hubiera leído de todas formas, quédese con ella.
Él insistía.
—Ya la leí. No va a encontrar otra en ninguna parte. Se agota temprano.
Ella no tenía intención de aceptar la revista.
—No importa —dijo—. De verdad, la quiero. ¿No venden libros aquí en el hotel?
El empleado había vuelto a entrar en su cubículo, y el joven ofreció a la señora Salde un cigarrillo de su cajetilla. Ello lo tomó. Mientras lo encendía, él dijo:
—Sólo hay una tienda en la ciudad que venda libros en inglés. Tengo mi auto aquí fuera…
Ella se sintió tentada, pero resistió.
—Oh. ¿Sabe? —dijo—, mi marido volverá en cualquier momento—. Le pareció que era una forma poco amable de rehusar, y que no era eso lo que había querido decir.
El joven se acercó al escritorio de la recepción para preguntarle algo al encargado. Ella se quedó donde estaba, con el cigarrillo en la mano, contenta de que nadie más pudiera ver aquella equívoca escena. El joven volvió sonriendo alegremente.
—Su esposo salió a la peluquería, así que, si quiere…
El convertible, largo y descapotado, tenía un golpe en un guardabarros.
—¿Usted es americano? —dijo ella. El motor rugía y ellos avanzaban bajo la sombra de los altos árboles.
Él se rió.
—¡No! He vivido aquí tanto tiempo, que ya soy uno de ellos. Sólo soy un ciudadano irresponsable más
“Éso no es una respuesta”, pensó ella, irritada.
Las calles del centro de la ciudad eran angostas y muy transitadas.
—Esto me gusta —dijo ella.
De nuevo él dio una respuesta ambigua.
—¿Por qué no? —dijo alegremente.
Ella se apresuró a escoger tres libros en rústica, mientras él la miraba.
—Algo para hojear en la cama —dijo la señora Salde por encima del hombro mientras pagaba a la empleada.
—Conviene tener algo —respondió él, y ella se volvió aún más y lo miró. Él sonreía, pero su sonrisa no decía nada.
—Me alegra haber conocido este lugar —siguió ella—. Vendré otra vez, cuando tenga más tiempo.
—Tenemos tiempo todavía.
Ella se rió y salió a la calle delante de él.
—Es suficiente por ahora —le dijo—. De veras, estoy encantada.
El auto subía por una cuesta pronunciada, entre hileras de palmas y azaleas. En lo alto, al borde de un precipicio, había un parque rodeado por una barandilla, donde un grupo de gente se reclinaba para mirar hacia abajo: la ciudad entre la bruma.
—Comprende que tengo que ir al hotel —comenzó ella, con la intención de que sus palabras sonaran como una orden, pero inmediatamente reconoció su fracaso.
—Mire allá arriba —dijo el joven. Apuntaba a la cima de una ladera verde y empinada, donde crecían decenas de pinos muy altos; un gran edificio blanco se alzaba sobre ellos.
—Ahora le pareceré pesada —le advirtió ella—. ¿Es éste el camino del hotel?
—Es un camino —replicó el, volviéndose hacia ella y moviendo la cabeza tristemente—. ¿Se imagina lo que sería ser secuestrada? ¿Capturada por alguien que no piensa para nada en el dinero y nunca se pone en contacto con nadie, sólo la tiene ahí, para siempre? Eso sí sería como para preocuparse.
—Ya me preocuparé cuando llegue el momento —dijo ella secamente—. Quiere decir que tomamos la ruta más larga, ¿no es eso?
Él la miró de nuevo, esta vez asombrado.
—Está nerviosa, ¿cierto? Salimos hace unos veinte minutos. Estaremos de vuelta en el hotel en otros veinte. ¿Qué le parece?
—No es una tragedia. Pero usted dijo diez al principio, ¿se acuerda?
Él habló por fin, después de haber doblado la última curva, muy cerrada, del camino:
—Veinte minutos. Dieciocho ahora. Le doy mi palabra.
Habían llegado a la cima. El edificio, alto y blanco, era un residencial, y él detuvo el auto enfrente. Se bajó y dio la vuelta para abrir la otra portezuela.
—¿Qué pasó con los diecisiete minutos?
—Eso es sólo si no discute —dijo él. Abrió la portezuela.
Ella tomó su bolso y el paquete de libros y se bajó. Cuando entraron en el edificio, sintió una impresión de vidrio y metal, rocas y plantas. En el espejo del ascensor, vio que tenía deshecho el peinado.
—El viento —se quejó, tratando de arreglárselo.
—Arriba puede peinarse.
Subieron hasta el último piso. La puerta que se abrió daba a un patio donde una fuente salpicaba sobre un estanque. A la derecha había una hilera de columnas, y una escalinata descendía a un vasto salón.
—Es impresionante —dijo ella; y al mismo tiempo, su opinión acerca de él empeoró. Bajó las gradas lentamente—. Detestaría tener que mantener limpio ese lugar.
—Quería hacerle saber que le parecía poco práctico, absurdo, que un joven tuviera un apartamento tan lujoso.
Al sentarse, exclamó:
—Es todo cuero, pieles y vidrio!
—Eso no es problema —dijo él, ligeramente sorprendido—. No hay polvo en el aire aquí arriba. ¿Qué puedo ofrecerle? ¿Quiere arreglarse el pelo? Al fondo, por esa puerta. Le prepararé un trago deprisa. ¿Un vodka-martini?
Ella se rió con deliberada desgana.
—Siga adelante. No puedo detenerlo.
La pared que tenía enfrente estaba completamente cubierta por una masa de arbustos y trepadoras que llegaban hasta el techo; iluminado tenuemente desde detrás de las plantas, el lugar le hacía sentir que estaba al borde de la selva. El aire dulce de la montaña circulaba lentamente por el cuarto, y movía las ramas y las hojas más altas. Fuera, en algún lugar bajo la clara luz del día, una banda militar estaba tocando; los distantes sonidos flotaban en la brisa, más fuertes ahora, ahora más suaves. Indecisa, pasó la mano sobre la piel de vicuña que cubría el sofá donde estaba sentada. Luego se puso de pie y fue a arreglarse el pelo en el cuarto que él le había indicado.
Desde el interior del apartamento llegó la voz clara de un niño que gritaba: “¿Dónde, mami?” De pie frente al espejo, con el labio superior tirante sobre los dientes mientras se aplicaba el lápiz, se dio cuenta, con una leve sorpresa, de que no había previsto una esposa. “¿Por qué no?”, se preguntó.
Hubo sonidos en el salón.
—Aquí está su martini —llamó él.
—¡Vaya que fue rápido!
Salió del tocador. Él tenía un copa en la mano; ya había comenzado a beber. Ella tomó la suya de la bandeja; estaba muy fría.
—Vamos afuera —dijo él.
En la terraza había una pequeña gruta con un estanque dentro, y el agua bajaba serpenteando por un cauce entre los grupos de mesas y sillas. Abajo estaba la ciudad con su murmullo lejano, y en todas direcciones estaba el cielo truncado por la cresta gris de las montañas.
—¡Esto es maravilloso! —exclamó ella cuando llegaron al borde y miraron a lo lejos.
Él vació su vaso.
—Cuando se tiene el paisaje enfrente, hay que aprovechar, ¿no?
—Hay un niño aquí —dijo ella. No era un pregunta, pero el tono con que lo dijo reclamaba una respuesta—. Le oí hablar.
—En este país no se sabe nunca si es un niño o un loro —le dijo él, con expresión muy seria.
—Lo que oí sonaba como un niño. —No estaba acostumbrada a que la trataran de esa manera.
—Entonces probablemente era un niño. Hay uno aquí. Vamos. Quedan siete minutos.
Antes de llegar a la puerta, ella dirigió una última mirada a la terraza.
—Me da una sensación de libertad maravillosa —dijo, y entró.
El auto atravesó un tramo de bosque, bajaron por la falda de la montaña, y salieron al bulevar que llevaba al hotel. Esta vez, ella se sujetó el cabello con las manos. Llegaron a la entrada y él detuvo el auto.
—¿He sido exacto? —El joven miró su reloj de pulsera.
—Ya lo creo que fue exacto —dijo ella, encantada del episodio, ahora que ya estaba de vuelta y todo había terminado—. Y usted ha sido muy amable.
Bajaron del auto y se pararon en la acera bajo el sol.
—¿Qué le parece —dijo él de pronto—, nos vemos mañana? Usted y su esposo. Usted y el doctor Slade. Me gustaría que conocieran a Luchita.
—Oh —dijo ella—. Sí, bueno. Conociéndolo a usted tal vez pueda arreglarlo.
—El nombre es Soto.
Tuvo la impresión de que para él era una experiencia desagradable tener que pronunciarlo; al mismo tiempo, él irguió la cabeza y la miró en actitud desafiante.
—S-O-T-O. Fácil. Si quedamos a eso de las seis y media verán la caída del sol. Trate de convencer al doctor. Los recogeré aquí mismo. ¿Por qué no la llamo mañana, como a las diez?
—Las diez estaría bien —dijo ella.
Él subió al auto; retrocedió, sonriendo, maniobró despacio, la saludó lentamente una vez con la mano y arrancó. Ella oyó el rugido del motor mientras el auto se alejaba velozmente por el bulevar.
Al pasar por el vestíbulo, el encargado del puesto de revistas le gritó:
—¡Es un buen muchacho, el señor Soto!
Ella miró con recelo de un lado a otro del salón; estaba tan vacío como antes. “Por lo menos —pensó— si me acercara al mostrador, me hablaría más bajo”.
—¿Sí? —dijo, cuando estuvo a pocos pasos de él.
—¡Ah, sí! Una familia muy importante. Su padre es don José García Soto. Pero él no lo quiere. —Sonrió y se encogió de hombros; aparentemente ése era el final de la historia, aunque el énfasis en la palabra él hacía ambiguo el significado.
—¿Su padre no lo quiere, es eso lo que quiere decir?
—No. Él no lo quiere a él.
Como las palabras habían sido dichas precisamente de la misma manera que antes, ella no supo si interpretarlas como una corrección o como una reiteración.
—¿Por qué no? —preguntó, pensando que así saldría de dudas.
El hombre movió lentamente la cabeza de un lado a otro.
—Es joven, le gusta la fiesta. Al viejo, eso no le va, no ve las cosas igual. Así que, ¿qué le van a hacer?
El doctor Slade había tomado un taxi de vuelta al hotel. Desde una esquina silenciosa del salón, a través de una cortina de enredaderas, alcanzó a ver a la señora Slade cerca de uno de los mostradores, conversando con el empleado. Él se esmeraba siempre en darle a su esposa la mayor autonomía y libertad de movimiento. Y ahora, aunque pensó en reunirse con ella, decidió no hacerlo y continuó a través del salón hacia los ascensores. Mientras esperaba, un botones de uniforme verde encendido se le acercó corriendo y le gritó: “¡Señor!”
Siguió al muchacho de vuelta al puesto de revistas. Cuando se inclinó para besarla, ella le dijo con una sonrisa admonitoria:
—Vi que tratabas de escabullirte.
Atravesaron lentamente el salón.
—¿Te sientes mejor?
—Sí, estoy bien. Me llevaron a dar una vuelta en auto.
—¿Quién? ¿Adónde?
Ella suspiró. De pronto le pareció tedioso tener que referir la historia.
—Alguien. No sé quien era. Su nombre es Soto.
—¡Vaya! —dijo el doctor con una sonrisa, y, como siempre ella notó un destello de posesión en su mirada—. ¿Por qué no comemos? ¿Quieres subir a tu cuarto?
—No.
—Yo voy a subir un minuto —dijo él—. Vuelvo en un minuto.
Su cuarto ya estaba hecho; había un tazón con dalias vino tinto en la mesita de café. Notó con agrado que la ventana estaba abierta y las cortinas descorridas. El Globo estaba sobre el escritorio. Lo dobló y volvió a doblarlo hasta hacerlo tan pequeño como pudo. Luego salió al balcón para tirarlo por la baranda. Lo vio caer en el empedrado de la calle. Abajo, las hojas de los árboles resplandecían a la luz del mediodía.
A la hora del almuerzo el comedor estaba atestado con la elegante clase alta de la población local.
—Aquí, donde no lo necesitan, tienen aire acondicionado —hizo notar el doctor Slade. Como se sentía bien, estaba encantado con el clima.
—Fuera parece primavera.
—El clima ideal —asintió ella—. Él tenía un convertible y yo estoy muerta. Casi no dormí.
—¿Otra vez? —dijo él, frunciendo el entrecejo.
—No —corrigió ella—. Dormí un poco por lo menos. La noche anterior no dormí nada.
—Tal vez sí dormiste algo, incluso esa noche —dijo él llanamente—. Sucede a menudo durante las malas noches. Sólo que uno no lo recuerda.
Sin escucharle, ella siguió comiendo su melón.
—¿Quién es el del auto?
Contó los puntos principales del encuentro.
—Nos invitó a tomar algo con ellos mañana por la noche.
El doctor Slade volvió a fruncir el entrecejo. Ella lo conocía suficiente para estar segura de que él estaba pensando en que, antes de aceptar la invitación de una persona, era necesario someterla a un escrutinio.
—Bueno —dijo él—. Pero si tú acabas de estar en su casa, me parece que sería mejor invitarlos aquí, ¿no?
Hasta entonces, a ella no le interesó la invitación. Ahora que él parecía estar a punto de rehusarla, se dio cuenta de que, por el contrario, deseaba ir.
—Tienen un apartamento espectacular. Apenas lo vi. Paramos allí al volver de la librería. Ni siquiera la vi a ella.
Cuando terminaron de almorzar, subieron a sus habitaciones. Ella se durmió inmediatamente. A las cuatro de la tarde estaba de pie, llamando a la puerta del doctor Slade.
—Vamos a dar un paseo ahora que todavía hay sol —dijo asomando la cabeza desde el corredor.
El hotel estaba casi en las afueras de la ciudad. Desde la glorieta de un parque en una colina contemplaron el sol que se hundía detrás de las montañas, mientras el valle iba cobrando vida con las luces de la ciudad.
—La ciudad parece tan pequeña, en medio de tantas montañas, ¿no es cierto? —dijo ella pensativamente.
—Parece que hay un club nocturno bastante bueno, el Costa de Oro —le dijo él.
Nunca salían de noche sin luego discutir largamente, para convencerse de que la excursión había sido una injustificable pérdida de tiempo y dinero.
—Tal vez una noche sería divertido —dijo ella sin convicción. Luego agregó con vehemencia—: Hoy voy a dormir o no sé qué va a pasar.
El viento del anochecer, sazonado con el olor de los pinos, empezaba a moverse por el valle. Se estremecieron de frío y comenzaron a andar aprisa colina abajo; al salir del parque encontraron un taxi.
DOS
12
Lo que había ocurrido era que Luchita, increíblemente ingenua para sus diecisiete años, había cometido un serio error. Le había parecido razonable, y por lo tanto probable, que si Vero estaba dispuesto a darle cincuenta dólares a la semana y permitir que Pepito y ella vivieran en su casa, el señor Guzmán, que era un hombre maduro y mucho más complicado en sus exigencias, le daría al menos el dinero necesario para regresar a París. Así, observando lo que según ella era la mayor reserva, se había “escapado” de Vero para irse a vivir con el señor Guzmán (y ni siquiera ahora, cuando hacía tres semanas que había vuelto a casa de Vero, sabía que ellos dos habían discutido el intercambio detalladamente, antes de que a ella se le ocurriera llevarlo a cabo). Todo lo que consiguió después de tantas molestias fue tres pares de zapatos, un reloj de pulsera y un radio de transistores con grabadora, forrado con piel de lagarto; y aunque el señor Guzmán le había indicado que la suma del valor de dichos objetos era mucho mayor que los setenta y cinco dólares semanales que habían sido vagamente mencionados al principio, ella había decidido, al cabo de dos semanas, regresar a casa de Vero.
Él la aceptó de buena gana una vez más, pero estableció nuevas reglas. Pepito tendría que dormir en uno de los cuartos de servicio, y en ningún momento podría pasar más allá de la cocina, mientras que ella, en lugar de ocupar el cuarto azul grande con su baño favorito, tendría que compartir la habitación con Vero. Luchita se había opuesto resueltamente a esta condición; no porque le importara la pérdida de intimidad, pero, evidentemente, el arreglo disminuía sus posibilidades de negociar. Sea como fuere, la situación en casa del señor Guzmán se había ido haciendo insoportable; ya dos veces él había encontrado su hierba y la había tirado, con lo que ella tuvo que gastar mucho tiempo y dinero para conseguir más; y cuando Pepito lanzó su locomotora de hierro y rompió el gran espejo del comedor, el señor Guzmán le dio un golpe en la cara con el reverso de la mano, con tal fuerza que el diamante de su enorme anillo le hizo un corte en la mejilla. Más tarde, en su cuarto, mientras lloraba, Luchita había decidido que algo andaba mal con el señor Guzmán y que lo mejor sería marcharse de su casa.
El día que volvió para hablar con Vero, se había abstenido de fumar desde varias horas antes, pues quería planear el curso de la conversación que mantendrían, segura, al mismo tiempo, de que el resultado sería completamente diferente de lo que se imaginaba. Y así fue. Él se había limitado a asentir con la cabeza mientras Luchita hablaba, y luego había expuesto las nuevas reglas que serían aplicadas si quería regresar. Después alargó la mano con su pitillera, la abrió y dijo: “Los que tienen filtro.” Ella sacó una grifa gorda y la encendió. Más tarde, reflexionó que este gesto había sido lo que la había hecho aceptar las nuevas reglas, y el cambio de situación que éstas implicaban. Era imposible vivir con un hombre que sólo fumaba tabaco, que odiaba el olor a marihuana, que lo podía detectar en el aire una hora más tarde, y que se creía con derecho a registrar tus cosas en busca de reservas escondidas.
Antes de la “huída”, el régimen de Vero era tres veces por semana. Ella nunca sabía qué noches le tocaría, porque a veces él las quería una después de la otra, y otras veces dejaba noches de por medio. Ahora que iban a dormir en la misma habitación, sospechaba que no tendría noches libres.
El día de su regreso estuvieron conversando de una cama a otra.
—Quiero que seas civilizada —le decía él—. Eso significa que debes hacer exactamente lo que quieras. Pero tienes que saber que lo deseas, y saber por qué lo deseas, eso también.
—Sé lo que quiero —dijo ella parpadeando—. Quiero ir a París. Pero no soy civilizada, ¿cierto? Porque no tengo el dinero para el pasaje. ¡La plata, hombre, la plata!
—Trato de explicarte algo y tú lloriqueas por París. ¿Por qué no terminamos una cosa primero?
—¿Quieres terminar algo? —preguntó ella con furia—. Yo también quiero terminar algo. Quiero decirle adiós a este pueblucho. ¡La gente! ¡Cómo actúan! ¡Petits bourgeois! ¡Bah! —Se incorporó y quedó reclinada sobre un codo—. Si quieres que sea civilizada, sabes lo que tienes que hacer. Déjame ir a París. No me importa que sea en barco, en clase turista. Si quieres verme muerta, deja que siga aquí. Eso es todo.
Luchita había aprendido inglés en La Habana, su ciudad natal; aquí hablaba español sólo con los sirvientes, y, de vez en cuando, cuando había fumado mucho y se sentía excepcionalmente “cotorra”. Este no era el caso ahora; el efecto de las grifas de las mañana se había disipado, y, para estar lo más despierta posible durante el argumento que le aguardaba, no había fumado desde la hora del almuerzo.
—¡No escuchas! ¡No me dejas hablar! —se quejaba él. Luego bajó la voz—: ¿Sabes de qué estaba hablando? ¿Lo quieres saber?
—Sí —dijo ella suavemente, pero con cautela.
—Estaba tratando de decirte que cuando quieras ir al Embajadores o al Tahití, o a cualquier de esos lugares, no me opongo. Si en verdad quieres ir, y si sabes por qué, entonces ve. Si prefieres quedarte aquí y estar conmigo, ¡aquí estoy! —Extendió los brazos como si esperara un abrazo.
Ella sonrió.
—Eres muy bueno —dijo, hundiendo la cabeza en la almohada—. Sí que crees en mí, Vero.
—Claro que creo en ti. Casi siempre me he fiado de ti.
Ella volvió a levantar la cabeza.
—¡Vaya! ¡Gracias a Dios! —exclamó con emoción, y, lentamente, volvió a poner la cabeza en la almohada.
—No me fío de todos ellos, eso no —siguió él—. No cuando gastan cien dólares en pinturas de una sola vez. ¡Vamos! —dijo súbitamente enojado, porque ella emitía sonidos de protesta—. Lo he visto. Vi donde te ponía la mano. No me cuentes cuentos.
—Porque crees que mis pinturas son muy malas —dijo ella con amargura.
Él guardó silencio de manera teatral un momento.
—¿Cuándo dije que eran malas?
—Pero no puedes creer que le gusten a nadie.
—No tanto, ¡no! Para todo hay un límite.
—Bueno, gracias a Dios el límite de Mr Mason no es el tuyo. Así por lo menos estoy cien dólares más cerca de París.
—¿Qué pasa? ¿No puedes esperar hasta junio? ¿No me crees, o qué?
—¿Cómo voy a saber yo qué creer? —preguntó ella furiosa—. Dices que lo tendrás. Pero eso lo has dicho antes, y no lo tenías.
—Lo tendré —dijo él tranquilamente.
Ella se acostó boca abajo y agitó los pies en el aire.
—Oh, ¡si pudiera estar en verdad segura! Sabes que pasaría todas las noches contigo, y al diablo con las pinturas.
Se incorporó una vez más para mirarlo.
—¡Pero no puedo estar segura! Tengo que seguir así hasta que tenga el boleto en la mano.
—Eres libre, estás bien bronceada, y tienes diecisiete años —dijo él—. Haz exactamente lo que creas que debes hacer.
—Espera. —Se deslizó de la cama, se puso un negligée y salió hacia el cuarto de Pepito, que daba al angosto corredor más allá de la cocina.
Abrió la puerta; Pepito dormía. Tomó una cajita de metal de una estantería y la llevó de vuelta al dormitorio. (Desde detrás de las plantas de la terraza llegaba muy suavemente la música de jazz.) Se metió en la cama de Vero y sacó un cigarrillo de la cajita. Era uno de los últimos que había enrollado dos días antes en casa del señor Guzmán.
—Me estoy quedando dormida —le dijo—. Voy a fumar un poco. Puedo ir al Embajadores mañana.
Más tarde, poco antes del amanecer, murmuró: “En verdad te quiero, Vero, y Pepito también. ¿Por qué no eres bueno con nosotros? ¿Por qué? ”
Hacía mucho tiempo que se había dado cuenta de que estos intentos de persuadirlo, inoportunos o no, eran inútiles, pero la imagen seguía apareciéndosele: entraba en el apartamento con sus propias llaves, porque ella era la señora, y Pepito corría a recibirla desde la terraza, donde, desde el principio, tuvo prohibido entrar.
—Ya has oído la triste historia —dijo él bostezando—. Ni siquiera tendrías los cincuenta semanales.
—Don José García Soto —canturreó ella con desprecio— ¡El pinche burgués! ¿Acaso hablo yo del tío de mi abuelo? Era el cardenal Gonsálvez y Alcántara, y qué.
—Así que sabemos que eres de buena familia. ¡Jesús! —Guardó silencio un instante, y continuó—: ¿No comprendes que le importa un pepino quién eres? No le gustas. Así de sencillo.
—No tienes por qué hablarme de ese modo.
Sabía que no le sería posible llevar la discusión a un nuevo terreno, a regiones que no hubieran sido penetradas en ocasiones anteriores, pero el tema estaba siempre ahí, y era irresistible.
—Porque no me gusta usar pieles, como las putas de su casa.
—¡Sí! ¡Tú lo has dicho! —exclamó él—. Tu apariencia tiene mucho que ver. La otra noche tuviste tiempo de sobra para cambiarte. No tenías que venir a cenar con la cara sucia, y con esos Levis asquerosos. Eres una perrita perezosa.
Ella le dio un puñetazo en el hombro con todas sus fuerzas, saltó de la cama y se quedó allí, desnuda, mirándolo.
—Ahora te pones de su lado—susurró, como si sólo pensarlo fuera más de lo que podía soportar—. Ya sabía que eras igual a él.
—¡Agh! —dijo él, hastiado, y se dio la vuelta para dormirse.
Luchita se metió en la otra cama. Al oír los sonidos de la ciudad que despertaba, volvió a pensar en París.
13
Las noches que siguieron no fueron muy diferentes; Luchota fue varias veces a los clubs nocturnos, e incluso logró vender varias pinturas más, aunque le dijo a Vero que sólo habían sido dos. Le parecía lógico que mientras menos aparentara ganar, más generoso sería él en el momento de facilitarle el dinero para el pasaje a París. Con el correr de los días, se vio a punto de creerle cuando él le aseguró que tendría el dinero disponible. No había una sola razón para este cambio en sus sentimientos; pudo deberse a la combinación de varias cosas. De todas formas, Vero no conversaba mucho con ella, pero ahora prácticamente no le hablaba, salvo cuando estaban en la cama. Se pasaba los días tendido desnudo en la terraza, leyendo; luego se vestía y salía a cenar con sus amigos, y ella no lo veía sino hasta que volvía a casa, para acostarse. Dos veces la llevó a un parador chino, en el kilómetro 12. Ella había disfrutado el baile después de la cena, pero el resto de la clientela era lamentablemente vulgar; se lo hizo notar a Vero, y esto lo puso de mal humor.
En los últimos días, Vero había estado viendo con mayor frecuencia a Thorny, a quien ella aborrecía cada vez más.
—Odio la forma en que sonríe —le dijo a Vero—. Gracias a Dios que Pepito vive con los sirvientes. Así por lo menos no puede ver a Thorny. —Luego agregó suspicazmente: —¿Qué es lo que quiere?
—¿Querer? Que yo sepa, no quiere nada. Lo llevaré a la finca este fin de semana.
Ella lo miró, incrédula.
—Vero, estás loco —declaró—. ¿A qué lo vas a llevar?
—Está trabajando para mí. ¿Te importa tanto?
—¿Trabajar? —dijo Luchita con desprecio—. ¿Qué clase de trabajo podría hacer él? No ha trabajado en su vida.
—Sí, sí, sí. Lo sé —dijo pacientemente Vero—. Para que lo sepas, estuvo empleado una vez en Radio Nacional. De todas formas, ahora va a trabajar durante un par de semanas. Me va a instalar el sistema de sonido.
—¿Thorny?
—Va a supervisar, ¡Cristo! Verá que se cumplan mis órdenes. Si los dejo solos, lo hacen todo patas arriba. Qué diablos te importa si Thorny está en la finca o no.
—Me cae mal —dijo ella simplemente.
Él se rió.
—Tú no vas a estar allí.”
—¿Yo? ¿En San Felipe? ¡Preferiría estar en la cárcel!
Vero la miró, sombrío.
—Parecías divertirte bastante.
Ella se mostró evasiva.
—Culebras y ciempiés, y las plantas que te golpea la cara. Y aquel calor, ¡Dios mío! —Abrió la boca y suspiró, recordándolo.
—No viste una sola culebra en todo el tiempo que estuviste allá.
—Vi un ciempiés.
—La casa es vieja. Están en los cimientos.
—En este país —le dijo ella—, sólo hay una cosa peor que las montañas, y eso es la maldita tierra caliente.
Thorny llegó a las ocho el viernes por la mañana. Se fueron en la camioneta, porque antes de salir de la ciudad iban a recoger herramientas para la finca y repuestos para un generador nuevo. En cuanto Vero partió, Luchita se puso a recoger sus cosas en el dormitorio y en el baño. Había decidido dormir esas dos noches en el sofá en el cuarto de Pepito, y quería trasladar lo suyo rápidamente, antes de que Paloma, la sirvienta, la viera y la interrogara acerca de sus motivos. Cuando estaba sola, por nerviosismo, fumaba más. Pero fumar la volvía aprensiva; sabía que dormiría mejor en el cuarto de Pepito, que sola en el dormitorio grande, donde los montones de plantas y los altos enrejados la asustaban. Cuando hubo acarreado todo a través del apartamento hasta el cuarto de Pepito, se recostó en los cojines del sofá y encendió una grifa. Pepito estaba de rodillas en una silla frente a ella, y jugaba con algo sobre la mesa.
—Mami, ¿qué es esto?
Ella alzó la vista a través del humo y vio que el niño había encontrado su bolso y le mostraba unos billetes medio doblados.
—¿Cómo que qué es eso? Es dinero. Ponlo donde estaba.
—Ya sé —dijo él, cobrando de pronto una apariencia mundana—. Si tuviéramos dinero iríamos a París, ¿verdad?
Ella lo miró fijamente, con admiración; para sus cinco años, era avispado.
—¿Te acuerdas de París, de abuelita y del pájaro en la jaula? —dijo ella ilusionada.
—No.
—El pájaro verde que decía: ¡Apaga la luz, hombre! y todo el mundo se reía. Lo recuerdas.
—¡No me acuerdo! —dijo Pepito, mirándola intensamente.
—Fue sólo hace un año. —Ella se calló, para pensar en París. Luego se levantó, recogió su bolso y atravesó el cuarto.
—¿Adónde vas? —La voz del niño estaba llena de resentimiento.
—Afuera, a la terraza.
—¿Por qué no puedo ir? ¿Por qué?
—Basta. ¡Suéltame!
Sus uñitas arañaron la áspera tela de los jeans cuando se prendió de la pierna. Ella lo empujó con fuerza y él perdió el equilibrio; cayó de espaldas en el suelo. Se incorporó lentamente, sobándose la cabeza y haciendo pucheros.
En la terraza hacía calor; Luchita se acostó en un diván a la sombra de un amplio toldo, y se puso a escribirle una carta a su madre, que estaba en París. Todo estaba bien en el club nocturno donde trabajaba —le decía— y para el verano seguramente habría ahorrado suficiente dinero para volver a casa. Poco después se levantó y fue a la cocina por un vaso de agua. Vero, por supuesto, hubiera tocado el timbre, pero a ella no le gustaba dar órdenes a los sirvientes; simplemente les indicaba cuando estaba lista para comer. Con el agua fría en el estómago, regresó a la terraza y terminó de escribir la carta. Luego se recostó y soñó despierta durante un rato, deleitándose con la brisa que podía anunciar las primeras lluvias. Cuando entró a comer, los cúmulos habían avanzado desde todas direcciones, y se extendían hacia lo alto en lo que quedaba de cielo despejado.
Ella y Pepito comieron sándwiches y ensalada en la mesa del cuartito. Ella lo había acostumbrado a dormir después de comer, sobre todo porque ella misma no podía prescindir de una siesta a esa hora. Cuando el niño se hubo dormido, Luchita se sentó en el sofá y para leer unos minutos; luego se recostó y se quedó dormida.
El despertar del pesado sueño de la tarde es lento. Había visto a Pepito salir del cuarto, había oído la lluvia que salpicaba en el balcón, y luego se había vuelto a dormir, quizá durante mucho tiempo. Después, Pepito estaba hundiéndole los dedos en el cuello. “¡Mami! ¡Mami! ¡Teléfono!”
Se puso de pie y fue tambaleándose hasta la cocina.
Paloma, sentada a la enorme mesa en el centro, señaló la esquina del cuarto. Luchita caminó hacia el aparato y lo levantó. Era Vero.
—¿Qué te pasa? —dijo ella.
Le oyó reír.
—Sólo quería saludarte. Ver cómo estabas. Estamos en Mi cielo. ¿Recuerdas? La cantinita en la plaza. Llegamos hace unos quince minutos.
Conversaron un poco. Detrás de su voz, en el fondo, la campana de una iglesia había comenzado a repicar. Luchita la oyó resonar en el aire, por encima de los ruidos del bar.
—Te veo mañana por la noche, como a las ocho —dijo él, y colgó.
Ella pasó sonriendo tímidamente al lado de Paloma y siguió hacia la biblioteca, donde se quedó de pie mirando hacia afuera, la terraza cubierta de lluvia bajo el cielo oscuro. El aire más allá de las ventanas se había convertido en una extensión gris de agua que caía. “The rain is raining all around”, recordó. Estos versos le habían gustado cuando, de niña, aprendía inglés; habían convertido la lluvia en un fenómeno amigable. Aquí, no querían decir nada; ésta era una lluvia diferente, violenta y amenazadora.
En sus oídos, resonaba todavía el profundo y gutural repicar de la campana. Pero San Felipe era un pueblecito y tenía solo una pequeña iglesia, y ella conocía el sonido de su campana. Era un sonido agudo, cascado, como el que produce una tubería de metal al ser golpeada; más parecía una alarma que una campana de iglesia. Vero no estaba en San Felipe. No tenía la menor idea de dónde podría estar, pero no estaba en San Felipe Tonatán. Pensaba solamente en que le había mentido, y no sabía por qué. “Me alegra que no vaya a casarse conmigo”, se dijo a sí misma.
14
Volvió el domingo por la noche, un poco después de las siete. Luchita estaba sentada leyendo en el cuarto de Pepito, cuando le oyó llegar. Un momento después, al entrar en la cocina, él le gritó a alguien: “¡Pasa a la terraza! Salgo enseguida.” Pepito ya había corrido a la cocina para saludarlo. Ella dejó el libro y entró al baño, donde se puso a peinarse frente al espejo. “¿Cómo lo voy a mirar?”, pensó. Era como si ella hubiera mentido y no él. Luego lo oyó entrar en el cuarto, abrió la puerta y se le acercó, todavía pasándose el peine por el pelo.
—¡Hola, Chita! —exclamó Vero, y la tomó del brazo y la hizo girar para besarla. Ella, abatida, se dejó, pero evitó sus ojos.
—¿Qué tal todo? —dijo él.
Ella lo miró sin verlo.
—Bien. ¿Quién vino contigo?
—Pero dijiste que se iba a quedar en la finca.
—Regresará dentro de uno o dos días. —La soltó y ella retrocedió hasta el baño.
Desde la cocina, él gritó:
—¿Dónde diablos está todo el mundo? ¿Dónde está Manuel?
—Creí que vendrías a las ocho, y eso les dije —explicó ella. No alcanzó a entender la respuesta, pero el tono de su voz expresaba descontento. Un momento después lo oyó que ponía botellas y vasos en una bandeja.
Pepito lo estaba ayudando; gritó:
—¿Este, Vero?
—¡Pepito! —llamó ella. Cuando él asomó por la puerta, le dijo—: Ahora, al baño. Vuelvo dentro de quince minutos.
—Quiero ayudar a Vero —protestó él.
Ella lo agarró y le sacó la camisa por la cabeza. Luego comenzó a llenar la bañera. —¿A dónde vas? —le preguntó Pepito. Luchita estaba pensando otra vez en la campana de la iglesia, y no le respondió. Como era muy lento para desvestirse, le ayudó. Cuando estuvo desnudo le dio unas palmaditas en las nalgas y señaló con el dedo el reloj de la repisa.
—Quince minutos —repitió y salió del baño.
Vero cruzaba la cocina con la bandeja.
—Trae galletas y demás —le pidió.
No hacía frío en la terraza. Thorny, de pie junto a la baranda, miraba a lo lejos. El cielo nocturno estaba azul, poblado de estrellas; las montañas eran negras, y las largas líneas del alumbrado de las calles colgaban de un extremo a otro del valle, como telarañas de luz. Luchita fue a apoyarse en la baranda. “¡Hola!” dijo, dirigiendo la mirada hacia Thorny.
—Oh —dijo; vestía un suéter con una chaqueta azul encima, y estaba despeinado. Suspiró profundamente. —Hola, Luchita.
—¿Estás enfermo, o triste nada más? —inquirió ella, volviéndose y mirando hacia la terraza.
Thorny no se movió.
—¡No es eso, nena! —Su voz era honda, y tan ronca que casi era un susurro—. No, triste no. Es que me siento mal. —Se pasó la mano vagamente por el torso.
—¿Qué comiste? —preguntó ella.
Vero llegó con una bebida para Thorny.
—Esto te va a ayudar. Thorny está indispuesto, eso es todo. Atropellamos un perro en el camino, y lo oímos aullar mientras moría.
—¿Quién iba conduciendo?
Vero le lanzó una mirada, pero no había luz suficiente para que ella viera la expresión que había en su cara.
—¡Él iba conduciendo! Por eso está indispuesto —dijo Vero mordazmente.
Luchita sabía que Vero no quería seguir hablando del asunto, así que no dijo más. Pero pensó: “Cómo deja a este loco manejar la camioneta.”
Thorny se volvió hacia Luchita.
—Fue terrible, nena. Un perro, sí; lo sé. Pero era una vida, nena. ¡La vida! Con cada aullido se le iba un poco de vida. Y luego no quedó nada. Me hizo sentirme mal, no sé; pensar que la vida no es más que eso.
—Pues sí —dijo Luchita vagamente—. Quién sabe. Tal vez no siempre es tan malo. Alguna gente ni siquiera sabe que se está muriendo.
—O tal vez es peor —dijo Vero—. El perro murió en cinco segundos. ¿Quién podría pedir una muerte mejor?
—¡Eso no se puede medir! —susurro dramáticamente Thorny—. Cinco segundos, cinco años, ¡la eternidad! Lo juro, no voy a olvidarlo.
Luchita aprovecho la pausa para observar:
—¡La eternidad! No te preocupes. Tu vida no será tan larga.
Thorny estaba a punto de seguir hablando, pero Vero lo interrumpió:
—¿Qué tal tu trago? ¿Lo lleno de nuevo? —Miraba con los ojos entrecerrados el vaso de Thorny, tratando de ver el nivel.
—¿Qué te pasa? —exclamó—. ¿Por qué no estás bebiendo? Si no bebes, vas a seguir hablando de eso. —Las últimas palabras las dijo un poco más lentamente—. ¿No entiendes?
Thorny tosió, irguió la cabeza, y bebió.
—Creo que recibiste demasiado sol —le dijo Vero—. ¿Por qué no te sientas?
Thorny vació el vaso de un trago, alargó el brazo para pedir más.
Escucharon un avión que volaba muy alto; cuando el rugido se convirtió en un eco que se alejaba por el fondo del valle, Thorny dijo:
—Pon el último de Cecil Taylor.
—Dame ese vaso. —Vero volvió a llenarlo, dejó la coctelera y entró en la sala.
Luchita se puso a tararear. Luego dijo:
—¿Qué te pasa?
—Estoy cansado. Hacía demasiado un calor.
Débiles acordes musicales empezaron a llegar a través de las plantas.
Vero volvió a la terraza y llamó:
—¡Thorny! ven a sentarte. O acuéstate aquí y sube los pies.
Luchita fue a la cocina. Manuel y Paloma estaban sentados a la mesa conversando bajo la intensa luz fluorescente.
—Buenas noches —dijeron.
Pepito seguía en la bañera; estaba exprimiendo una toallita de baño para hacer espuma. Cuando Luchita quitó el tapón y el agua comenzó a escapar por la tubería, oyó el teléfono que sonaba.
—Mami, Vero, ¿vio serpientes cascabel?
—Le voy a preguntar —dijo ella.
—¿Vio iguanas?
—¿Cómo voy a saber yo lo que vio? —dijo ella, tratando de secarlo con la toalla húmeda—. Pregúntale mañana. Atropellaron un perro en el camino. Eso es todo lo que dijo.
—¡Oh! —Pepito estaba consternado.
—Thorny conducía —siguió ella rápidamente—. Vero no pudo hacer nada.
—¡Ah! —El niño parecía aliviado—. Vero no mataría un perro, ¿verdad?
Ella se arrepintió de haber mencionado el asunto.
—Fue un accidente, Pepito —le dijo—. Ponte la piyama.
Cuando por fin Pepito se acostó y dejó de hablar, Luchita volvió a la terraza. Thorny estaba tendido en una mecedora, balanceándose levemente, escuchando el jazz. Cuando ella se acercó, se puso de pie y se llevó el índice a los labios, como un conspirador. La tomó del brazo y la llevó al borde de la terraza.
—¡Escucha! No entres. Acaba de recibir malas noticias. Su madre murió.
—¿Su madre? —Luchita guardó silencio un momento. Luego, queriendo librarse de los dedos que le sujetaban el brazo, se volvió hacia Thorny y gritó:
—¿Por qué no voy a entrar? —Se apartó bruscamente y corrió unos pasos, luego caminó el resto del trayecto hasta la puerta de la biblioteca. Adentro estaba oscuro.
Vero, recostado en el diván, miraba hacia arriba, las manos detrás de la cabeza. Al principio, cuando entró en el cuarto, ella apenas podía verlo. El se volvió para mirarla.
—¿Te lo dijo Thorny?
—Sí. Lo siento, Vero. Lo siento mucho.
—Vine aquí porque quería estar solo un momento.
—Lo sé —exclamó ella, y, contra su voluntad, se inclinó hacia él, estrechó su cabeza y le besó la frente y las mejillas. Luego se irguió y sin decir más empezó a caminar hacia afuera.
—Tú y Thorny pueden cenar. Yo comeré algo más tarde.
Ahora Luchita se detuvo y giró sobre sus talones.
—Dijiste que no cenaría aquí —protestó en voz baja—. ¿Por qué no puede comer fuera?
Vero la miro de una manera que a ella no le gustaba.
—¿No puedes ver que está enfermo? Debe comer algo y acostarse. Dormirá aquí esta noche.
—¿Por qué no se va a su casa? No está tan lejos.
—Porque lo quiero aquí mañana temprano.
Ella se acercó al diván.
—No voy a comer con él —declaró, sin alzar la voz.
Él se puso en pie de un salto y la tomó por la muñeca, forzándola a permanecer inmóvil un momento.
—Pue sí vas a cenar con él. —La miró fijamente—. Y también vas a enseñarle dónde está su cama. ¡Cristo! ¿Es demasiado pedir el día que tu madre ha muerto?
Luchita cerró los ojos, los abrió.
—No quería discutir. Lo siento. Acuéstate. Lo voy a atender.
—Vuelve aquí cuando se haya acostado. Habré vuelto para entonces.
—¿Vas a salir?
—A la policía, un minuto.
—Pobre Vero —dijo ella, moviendo la cabeza.
Manuel había puesto la mesa formalmente en el comedor. Además de las candelas, la única luz venía de detrás de las plantas de bambú que ocupaban un extremo de la habitación. Mientras tomaban la sopa, oyeron a Vero que salía. Luchita . “Pobre, pobre Vero”, pensó; la atemorizaba la idea de tener cualquier clase de contacto con la policía. No se le ocurrió preguntarse por qué querrían verlo.
Thorny, a pesar de estar un poco ebrio, parecía que seguía deprimido. En cierto modo, esto era bueno, porque así se vería menos inclinado a conversar. De todas formas Luchita tenía que acompañarlo durante la cena. Cuando terminaron de comer, cayó en la cuenta de que Thorny no había mencionado el perro una sola vez, y se le ocurrió que había sido gracias a ella. Quería ayudar a Vero como le fuera posible; sentir que había logrado siquiera esto la hacía feliz.
Estaban de pie junto a la mesa.
—Bueno, buenas noches —dijo ella—. Sé que quieres irte a la cama. Yo tengo que ir a ver a Pepito.
No oyó respuesta alguna, pero se volvió y salió por la despensa hacia la cocina. Cuando regresó con su máquina de hacer cigarrillos, Thorny ya se había ido a su cuarto.
Fuera, en la terraza, seguía sonando el jazz. Luchita se dejó caer en una colchoneta cerca de la piscina y, para entretenerse, se puso a fabricar grifas. Las ranitas que Vero había puesto en el estanque pequeño del otro lado de la terraza trataron de croar, desistieron, y lo intentaron de nuevo. Cuando terminó de hacer la quinta grifa, oyó la puerta de la biblioteca que se cerraba.
—¿Vero?
Él salió y se quedó mirándola desde arriba con las manos en los bolsillos.
—Bueno, por lo menos ya salimos de eso —dijo.
Luchita se hizo a un lado y tocó la colchoneta con la mano; él se sentó.
—Espera —dijo ella. Acercó un fósforo a uno de los cigarrillos y se lo dio; luego encendió otro, y esperó a que él dijera algo. Los minutos corrían; la música sonaba y las ranas cantaban. Cuando terminó de fumar su cigarrillo, Luchita dijo:
—La policía, ¿qué querían?
Vero suspiró.
—Era sobre mi madre. Tenía que ver unas cosas. Querían que firmara unos papeles.
—¿Para qué?
—Es que murió aquí.
—¡Aquí! —Los ojos de Luchita se ensancharon. Había visto varias fotos de la formidable madre de Vero; pensar que estuviera cerca, incluso muerta, la asustó. (Cuando Luchita estaba verdaderamente sorprendida, pensó Vero, se veía más bonita que nunca. Deseó haber esperado hasta que estuvieran en la cama para decírselo.)
—Bueno. No aquí en la capital. En Puerto Farol. Fui hasta allá para recibirla. —La colilla de su cigarrillo revoloteó en el aire, formó un arco luminoso y desapareció más allá de la baranda. “Algún día vas a lastimar a alguien —le había dicho ella varias veces— y tendrás problemas”. Por un momento, ninguno de los dos habló. Luego Luchita comenzó, acaloradamente:
—Pero ¿por qué me dijiste que irías a la finca? Yo ya sabía que no estabas en San Felipe. ¿Por qué me mentiste?
Él vaciló.
—Quería darte una sorpresa” —dijo—. Ir a recibirla y traerla aquí.
“Otra mentira”, pensó ella. Él nunca le habría contado a su madre que ella existía, mucho menos iba a llevarla al apartamento mientras estaba allí.
—¿No la viste?
—No —dijo él, exasperado.
Ella aguardó un momento antes de decir:
—¿Pero qué pasó?
Con una especie de convulsión Vero se tendió boca abajo junto a ella y se quedó mirándola con expresión de agonía.
—¡Dios! ¡Hubo un incendio! ¡En el hotel! Trajeron su espejito de oro y algunas de sus joyas. Tuve que identificarlas. —Estuvo callado un rato; después se dio vuelta lentamente y se acostó de espaldas—. Me han hecho un favor.
—¿Qué favor?
—Me dejaran hacerlo aquí. Si no, ¡habría tenido que ir hasta Puerto Farol!
—Ya veo —dijo ella, sonriendo amargamente—. Por ser quien eres.
—Es un favor que agradezco —dijo él en tono defensivo.
—Sí. No hubiera sido lo mismo estar allá por segunda vez.
Él la miró.
—Debes de detestar ese lugar.
—¡Oh Dios! Detestarlo. —Se cubrió los ojos con el brazo—. Desperté hacia el atardecer, eso recuerdo, y regresamos al pueblo. Sé que fuimos a nadar. Luego se hizo demasiado tarde para ir a buscarla al Independencia. Si hubiera ido a recogerla al barco, no habría tenido que quedarse en el hotel.
—Pero, ¿qué pasó? —dijo ella con impaciencia.
—Pues estábamos tomando tragos en una de esas cantinas de mala muerte al lado del puerto. Un finquero entra. Lo he visto antes, aquí en la capital. Nos dice: Hombre, mi finca está apenas a seis minutos del pueblo, y todo eso. Bien, vamos a su finca. Queda en plena selva. Claro, no son seis minutos. Son como veinticinco, por un camino de lodo entre matorrales. ¡Horrible! Nos muestra la finca, y van apareciendo sus amigos de las fincas vecinas. Se arma una fiesta. Una fiesta larga. El barco llegó a las siete al día siguiente, y yo estaba dormido. No hubiera llegado a tiempo al barco de todas maneras, y ella ya estaba en el hotel. No podía ir a traerla y dejar que me viera en ese estado. Pensé que sería mejor esperar y verla aquí.
—Oh, Vero. No fuiste a recibirla, y después sólo te diste la vuelta y regresaste. ¡Hiciste muy mal!
—¡Ah! —dijo él, casi satisfecho—. ¿Entiendes lo que te digo, por qué me siento como me siento?
—Sí, pero no debes pensar que fue culpa tuya. Eso no es cierto, querido. —Encendió otra grifa y guardó silencio mientras fumaba—. Es una suerte que en realidad no la quisieras tanto —dijo después de reflexionar—. Piensa cuánto más te habría afectado.
—¡Dios mío! ¡Tu madre es tu madre! ¿No te das cuenta de que el golpe sería igual? No importa lo que hayas sentido por ella.
Luchita sacudió la cabeza llanamente.
—No. Sería peor. Tú no puedes saberlo. Nunca quisiste a tu madre. Tú mismo me lo has dicho.
—¿Eso qué tiene que ver? —exclamó él—. Es mucho más que eso. A tu madre la llevas dentro. Y, cuando muere, algo sucede. Así funciona la vida, eso es todo.
Luchita pensaba en su propia madre, en París.
—Claro, pero si además uno le tiene cariño, cuando muere es peor.
—No tienes cabeza —dijo Vero terminantemente.
El rimero de discos se había agotado; sólo quedaba el sonido de las ranas.
—Thorny se fue a la cama después de comer —dijo ella.
—¿Siguió hablando del perro?
—No —respondió ella con orgullo—. Comió y nada más.
Él se puso de pie y se estiró.
—Estoy rendido. El camino es muy largo. ¿Quieres prepararme un sándwich?
—No te muevas —dijo ella, contenta de sentirse útil—. Lo traigo todo.
—Tráemelo a la cama. Me voy a acostar.
15
Con Luchita no había escenas de galanteo ni desnudos voluptuosos; ella lo mantenía a distancia hasta que no estuvieran juntos en la cama. La ternura que existía entre ellos era aceptada por Luchita sólo como un producto colateral del acto de hacer el amor. A veces, él hacía la prueba simplemente mirándola con fijeza desde el otro extremo del cuarto, o mientras estaban a la mesa; ella fingía no notar nada, pero siempre terminaba por mostrar alguna reacción emocional, de modo que él sentía que, por lo menos parcialmente, había impuesto su voluntad. Sin embargo, ella aclaraba que estas tácticas le parecían injustas, una invasión a su intimidad. Y aun así, cuando llegaba el momento, no había nadie tan desenfrenada y apasionada como Luchita. Era una verdadera dicha estar con ella. Por eso Vero pesaba continuamente los inconvenientes y las ventajas. Facilitarle el viaje a París no le parecía imprudente; ella iría a enfrentarse con un grado de pobreza que aún no había conocido. Pronto estaría pidiendo a gritos unos días de vacaciones con él. Entonces decidiría si en realidad la quería de vuelta, o no; si la intimidad que tendría sacrificar en su vida diaria valía la extraordinaria calidad de la actuación de Luchita en la cama.
Normalmente no había grandes ni pequeños días en el calendario de Grove. Lo que había querido cuando conformó las varias posibilidades que definirían y sustentarían su vida presente, era un horario eternamente vacío, en el que gozaría de un máximo de libertad para tomar decisiones repentinas. Quería que la forma básica de cada día fuera tan parecida a la del día anterior como resultara posible. Los amigos y los sirvientes no presentaban problemas; su padre y Luchita, por otra parte, con completa inocencia, interferían a veces en el buen funcionamiento de sus designios personales. Era de esperar; aquél le proporcionaba el dinero; ésta, el placer. Pero como situación permanente era inaceptable. Para obtener apoyo moral, había animado a Thorny a que dejara el Canadá y se viniera a vivir a la capital. Thorny sería un desastre, y lo había sido antes, cuando estudiaron juntos, pero como era listo, intuitivo y afecto a todas las facetas de la personalidad de Grover (aunque, sin embargo, no se dejaba manejar), era natural que Grove decidiera tenerlo a mano. Debía mantenerse en segundo plano, pero cerca. Cada vez que el viejo señor Soto amenazaba con precipitar una crisis, o cuando la pelea con Luchita se hacía demasiado intensa para seguir soportándola sin una pausa, Grove buscaba a Thorny, y juntos se marchaban a alguna parte. Como los ingresos mensuales de Thorny eran apenas suficientes para pagar un apartamento barato y la simple comida que él mismo se cocinaba, estaba siempre dispuesto a aceptar una invitación; mientras más complicada y larga fuera la expedición, más dinero le quedaría cuando regresara a esperar la llegada del próximo cheque de casa. Aunque el señor Soto y Luchita casi nunca estaban de acuerdo en nada, los dos se oponían resueltamente a Thorny, y por las mismas razones. “¿No te das cuenta cuando alguien se aprovecha de ti?”, preguntaba el viejo señor Soto. Le parecía que la influencia de Thorny en la vida de Grove no era edificante. Y Luchita: “Ese vago. Cree que esto es un hotel. Y tú le das alas.”
El proyecto presente había surgido de improviso, y no era el resultado directo de las presiones domésticas. Hacía sólo unas semanas que la idea se le había ocurrido. Estaban haciendo obras en la finca de San Felipe. Le diría a Luchita que iba allá, y pero bajaría con Thorny a Puerto Farol.
El viaje tendría éxito solamente si lo emprendía en un estado de calma absoluta. Grove había ideado un medio para obtener esta tranquilidad. Era razonablemente sencillo: haciendo uso de un sistema empírico de autohipnosis, se había obligado a creer que lo presente ya había pasado, que lo que según él estaba haciendo ahora, ya lo había hecho antes, para que así la acción presente se convirtiera en una especie de repetición de la experiencia. Al deshacerse por completo de la sensación de contigüidad con respecto de lo que lo rodeaba, le era posible permanecer insensible a ello.
Sin embargo, al poner en marcha el aparato tranquilizador, se volvía taciturno. Thorny se percataba de lo que le sucedía; había notado que el funcionamiento de este mecanismo ponía a Grove silencioso y malhumorado. Era un fenómeno concomitante, sin importancia, del proceso por medio del cual Grove cobraba ciertos atributos sobrehumanos; en tales casos, no cabía duda de su infalibilidad. Sabiendo que el jefe actuaría bajo presión, Thorny se había preparado para una jornada poco placentera.
Avanzaban en el auto por la carretera bajo las orquídeas colgantes; la melodía de una mejorana se desgarraba frente a ellos en el tablero de la radio. El cielo estaba despejado; el aire era liviano. Cuando llegaron a la región de la costa, el gigantesco cielo se tornó gris. Algunos trechos del camino eran angostos y retorcidos, y la vegetación alargaba sus brazos desde ambos lados para tocar el cuerpo del auto y rayarle los costados. La espalda de la camisa de Grove estaba empapada y fría; se volvió y miró las gotas de sudor que bajaban por el forro plástico del asiento. Las aldeas calurosas y sucias, con la selva negra y putrescente entre unas y otras, iban quedando atrás.
Ahora que el viaje había terminado, estaba tendido sobre las pieles bajo la amenaza inmóvil de las plantas, las manos detrás de la cabeza, triunfante, porque hasta ahora había logrado no revisar una sola vez ninguno de los detalles. Cuando lo llamaron por teléfono de la policía, su única preocupación fue cómo comportarse ante Luchita. “Díselo —le había dicho a Thorny— pero si puedes mantenla un rato lejos de mí”. Pero no le sorprendió que ella fuera a buscarlo inmediatamente. No había tenido tiempo; había tenido que improvisar. Aun así, pensaba que no le había ido tan mal, y cuando regresó de la comisaría decidió seguir improvisando. Sentía que esa noche podría resultar realmente buena para él y Luchita; la efusión de ternura que ella sufrió al oír lo de su madre se lo había sugerido.
En la penumbra del cuarto, mientras Luchita buscaba comida en la cocina, él se acostó en la cama y observó su propio reflejo. Había instalado en la cabecera y a los pies de la cama espejos que podían moverse electrónicamente —artificios ridículos que a veces él usaba para divertir a Luchita durante sus juegos amorosos. Desde que ella había vuelto de la casa del señor Guzmán, Vero había sido lo bastante prudente para abstenerse de usarlos. ¿Esta noche?
No había misterio; para él estaba perfectamente claro, mientras seguía con la mirada la línea de sus mejillas y su mentón hacia el cuello y los hombros, por qué cualquier mujer sería feliz con él en la cama. Dirigió una sonrisa lúbrica a su imagen reflejada a los pies de la cama. Débilmente oía los ruidos de la cocina. Era su costumbre mantenerse alejado de esa parte de la casa. A pesar de los azulejos blancos y la evidente limpieza, el agrio olor a basura estaba siempre ahí, como si hubiera cáscaras de papaya podrida detrás de las puertas. Y, luego, estaba el niño.
Cuando terminó de comer, fumaron varias grifas, los tambores de los Baluba sonaron detrás de los bambúes, y los espejos se inclinaron y despidieron destellos; la noche se transformó. El Edén estaba en todas partes, y él estaba en el centro.
Aunque sabía que todo estaba bien porque yacía en la amplia cama con Luchita a su lado, apretada contra su cuerpo hasta la punta de los pies, soñaba estar acostado boca abajo en un angosto catre. Las paredes de vidrio a ambos lados de su colchón convergían en un punto a poco distancia de la almohada, donde estaba su cabeza. Era como tener una cama encajada en la proa de un barco, salvo que él estaba suspendido en el aire sobre una ciudad ilimitable, que estaba tan lejos por debajo de él, que no podía oír el ruido del tráfico que circulaba por sus calles.
Sujeto al catre por un complicado arnés metálico, había un huevo de Pascua de tamaño extraordinario, hecho de brillantes cristales de azúcar blancos y rosados, e iluminando desde dentro. Atisbó por un lente que estaba en un extremo del huevo: proyectaban un programa de televisión sobre una superficie que, gracias al extraordinario poder de aumento del minúsculo lente, resultó ser una enorme pantalla en un oscuro salón lleno de espectadores.
El programa estaba comenzando. Cuando la música empezó a sonar, él levantó ligeramente el cuerpo y miró hacia atrás. A través de las paredes de vidrio a los pies del catre, vio el mismo salón que se veía abajo; su jaula de vidrio era una entre centenares de jaulas semejantes —un panal de nichos empotrados en los muros del auditorio. Ahora que estaba sentado en el catre, sufrió un mareo. Volvió a acostarse y trató de ponerse cómodo. Antes de ajustar el ángulo del huevo a sus ojos, examinó los tres botones dispuestos verticalmente al lado del objetivo. Dejando el dedo sobre el botón superior, arregló el ángulo del huevo y volvió a mirar por el lente. La lista de reconocimientos del programa estaba pasando todavía. En cuanto apareció la primera imagen, él apretó el botón.
Inmediatamente comprendió que el huevito de azúcar era un objeto de valor incalculable. Oyó un leve zumbido, como el de un generador que se pone en marcha, y las tenues luces del auditorio se debilitaron aún más. Luego, poco a poco, fueron recobrando su intensidad original. Lo importante era que el aparato le causaba la ilusión de estar realmente en el auditorio. Se le ocurrió que sería un logro magnífico destornillar el huevo para llevárselo al salir.
Fue entonces cuando sintió terror, se incorporó y alzó la mano sobre su cabeza. Sus dedos se encontraron con el vidrio antes que pudiera estirar el brazo. Era una caja, la cámara donde yacía. Estaba encerrado; no había sistema de ventilación. Y estaba convencido de que el aire ya estaba viciándose, se hacía irrespirable; imaginó que podía detectar el mal olor de su propio aliento. Se acostó de nuevo, inmensamente deprimido, pero en ese particular estado de resignación que no combate quien sueña. Un leve pero inconfundible olor a ozono entraba como un hilo de líquido pulverizado por donde estaba el huevo. Seguía oprimiendo el primer botón. De pronto, comprendió que los botones constituían un escape; proveían una salida para casos de emergencia. Volvió a mirar dentro del huevo y de inmediato tuvo la ilusión de estar en el auditorio, de pie, en la oscuridad, al comienzo de un pasillo interminable. A lo lejos se veía la pantalla. Miró fijamente por primera vez el enorme rectángulo iluminado, y vio la cara de una actriz de edad madura, famosa y descolorida. No lograba recordar su nombre. La figura de treinta y dos pies de altura estaba ahí, triste, con el cabello desarreglado, desempeñando el patético papel de una matrona perturbada. Había un intenso tono de reproche en su voz. Advirtió que la mujer había logrado que la simple palabra sí pareciera recriminatoria.
Repelido por el personaje que representaba la mujer, pero maravillado por la calidad de su actuación, comenzó a caminar pasillo abajo. Había un asiento vacío al final de una fila. Al sentarse, se dio cuenta de cierta agitación en el público. La mujer en la pantalla señalaba con el índice; la vio, de repente, de carne y hueso, diminuta, en el extremo inferior de la pantalla, la fuerte luz de los reflectores concentrada en su cabeza. La brillante figurita alzó los brazos para dar la bienvenida al público, y él sintió una irrazonable convicción: a partir de ese momento todo iría mal. Alargó la mano con cautela y tanteó a lo largo del brazo de su asiento. El botón superior aún estaba oprimido; aguardó un instante, queriendo entender lo que decía la actriz. Era un lamento; sollozaba, sus palabras eran ininteligibles, y la inflexión de su voz iba convirtiéndose en histérica. El volumen y la intensidad dramática de la música iban en aumento. De seguir así, se vería paralizado, aun incapaz de apretar un botón. Cuidadosamente movió el dedo una media pulgada sobre la superficie del brazo del asiento, hasta tocar el segundo botón. Vaciló un instante y luego, con un golpecito seco, lo apretó.
La actriz gritó y sufrió un espasmo, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. De inmediato él supo que algo terrible estaba por suceder; había puesto en movimiento las energías erróneas. Alzó la cabeza y miró fijamente la pantalla. Mientras observaba las transformaciones que se llevaban a cabo, no sintió sorpresa alguna —sólo un sombrío horror ante lo inevitable. Las facciones de la mujer se hicieron borrosas, comenzaron a desdibujarse, se transfiguraron rápidamente y la cara cobró su verdadera identidad, la que, ahora lo comprendió, él había previsto desde el principio —la de su madre.
“Incluso aquí —pensó, abatido—. ¿Qué está haciendo aquí?” Ahora miraba la figurita amuñecada en el charco de luz color carne al pie de la pantalla, y sintió su corazón latir más rápido. Con su semblante de alegría, que a él nunca, ni aún de niño, lo había engañado, ella empezó a conversar como si hablara con las amigas de uno de sus clubs, como si sólo hubiera mujeres en la sala. Bajo la gordura jovial estaba la suprema voluntad calculadora, la presencia oscura y destructiva. No importaba qué papel interpretara (pues ella cambiaba de papel según el público), para él su expresión fundamental era siempre la misma: omnisciente y sutil, con matices de amenaza solapada, como si fuera universalmente aceptado que el hecho de ser mujer, al suponer persecución y sufrimiento, incluyera el derecho de tomar venganza.
“Vine aquí —decía ella (y él se puso tenso)— a ver a mi hijo. Pensé que estarían dándole tratamiento esta noche”. Su sonrisa era una apología por lo inconmensurable de la fragilidad humana; él miraba directamente las arrugas amplificadas en la pantalla, mientras se ponía de pie y sentía que se disolvía en medio del horror. Si trataba de regresar por el pasillo central, lo detendrían. Atravesó una hilera de asientos, escurriéndose frente a los espectadores, en dirección a una puerta de salida hacia el otro extremo de la sala. Hubo un rumor de protesta mientras empujaba para abrirse paso, pero estaba seguro de que no lo habían reconocido. Cuando llegó al pasillo lateral, abrió la puerta de golpe, y, sin pensarlo, miró a la pantalla por última vez. Los ojos de su madre estaban clavados en él. “Eso quiere decir que mira a la cámara”, se recordó a sí mismo.
—¡Grover! —Su voz era fría e imperiosa; cobró un tono despectivo al preguntar:
—¿Has terminado?
Él respondió gritando con todas sus fuerzas “¡No!” y sintió que la sala temblaba con la violencia de su grito. Comenzó a correr por los pasillos oscuros. “Ella sabe lo del cuarto de vidrio allá arriba. Ella me encerró”, pensaba.
El mundo detrás de la pantalla era un laberinto de escaleras y bodegas sucias. Aquí no había nadie, pero no sabía hacia dónde se dirigía, y creía oír un susurro de desorden entre el público. Siguió corriendo por los pasillos, subió por escaleras de caracol, bajó por escaleras de emergencia, y atravesó galerías colgantes sobre profundidades sin luz, cada vez más seguro de que huía para salvar su vida. Al levantarse de su asiento en medio del público, de alguna manera había interferido con los procedimientos institucionales. Lo capturarían y sería castigado. En ese momento Luchita tosió y pasó bruscamente la mano por el muslo de Grove.
La dulzura de la noche se arremolinaba en el cuarto. La fuente borboteaba en la terraza, las hojas susurraban con el viento, y en algún lugar una motocicleta se esforzaba por subir desde el fondo del valle. Luchita cambió de postura y siguió respirando regularmente. Él quedó perfectamente inmóvil, avergonzado de que su corazón siguiera latiendo con fuerza.
Todavía inmóvil, semidormido, quiso reconstruir el mundo de la pequeña pesadilla; era necesario comprender qué era lo que temía. ¿Incluso sabiendo que ya estaba muerta, podía ser que en el futuro no lograra mitigar el miedo que ella le causaba y que estaba aún dentro de él? Se oía el ruido de la fuente, el viento que agitaba los pinos bajo la ventana. Su corazón seguía latiendo de manera opresiva; en un esfuerzo por calmarlo, trató de respirar profunda y regularmente.
Había retrocedido para salir del garaje, sentado al volante del Cadillac, y estaba listo para arrancar, cuando apareció su madre, que ahora se inclinaba sobre la portezuela y metía la cabeza por la ventanilla para decirle: “Recuerda que en la carretera la diferencia entre el freno y el acelerador es la diferencia entre la vida y la muerte. ¿Lo recordarás, sólo por mí?” Las palabras le hicieron retorcerse. “¡Por Dios, madre!”
“Si no estuvieras siempre a la defensiva —dijo ella con pesar, y agregó como si hablara consigo misma—: Claro, no tienes padre.”
Fingiendo enojo, él había arrancado, de manera que ella casi pierde el equilibrio. El incidente no fue olvidado en mucho tiempo, pero él pensaba que había hecho lo correcto. La norma inevitable de su vida había sido explotar la enemistad entre su madre y su padre; sin embargo, en la presencia de cada uno, había demostrado siempre lo que parecía una lealtad elemental hacia el otro. Cuando regresaba a la capital después de una visita a Montreal, describía las campañas cívicas de su madre y los banquetes en el club de damas, y tenía el cuidado de incluir los detalles que enfurecían al señor Soto, quien tenía sus ideas de latino acerca del comportamiento de la mujeres; y, antes de regresar a Montreal, hacía una lista de detalles en apariencia anodinos, que dejaría caer en las conversaciones con su madre. Era necesario insinuar que la casa del señor Soto era probablemente uno de los últimos lugares en la tierra que una madre podía querer como hogar para su hijo. Sin embargo, si esto daba lugar a críticas abiertas por parte de ella, él asumía un aire molesto y le pedía suavemente: “Por favor... ¡por favor!”
El invierno en que cumplió dieciséis años, su padre intentó persuadirlo a que lo acompañara a misa los domingos; de manera improvista y dogmática, le dijo que la única forma de ser completamente libre en la vida era adherirse tan estrictamente a una ortodoxia que todo, salvo lo concerniente al espíritu, se convirtiera en actos reflejos. Grove había pensado mucho acerca de esto; le parecía una técnica aceptable, siempre que uno encontrara una ortodoxia válida. Más tarde ese mismo año expuso la teoría ante su madre.
—No vas a resultarme un fanático, ¡espero!—, gritó ella, y continuó con tristeza— No comprendo. Este gusto por los excesos no lo has sacado del lado de mi familia. Eso tiene que ver con la Iglesia. Se huele de lejos. Creía que era más equilibrado.
—Es cuestión de disciplina —dijo él.
Ella sacudió lentamente la cabeza.
—No dejes que te amarre a la Iglesia, Grove. Te lo advierto. Es fatal.
—Tú sabes que es agnóstico— dijo él tranquilamente.
—¿Eso te ha dicho?— Alzó los ojos, atónita. No hizo falta más; más tarde ese mismo día sugirió que compraran una lancha de motor y fueran a pasar el otoño en Percé.
—No necesitamos una lancha —le dijo él—. No malgastes tu dinero.
Ella compró la lancha y fueron a la costa de Gaspé. Durante estas largas vacaciones comenzó de nuevo una campaña en favor de la universidad. Ella quería que ingresara en McGill al año siguiente. Grove, sabiendo que su posición era la de un jefe de un Estado neutral, fue a pasar el invierno con su padre en la casa de Puerto Pacífico, convencido de que el verano próximo le traería algo más sustancioso que una lancha. El señor Soto concedía muy poco valor a la educación universitaria; quería que su hijo adquiriera experiencia práctica en la administración de una de sus fincas.
—Pero si quieras probar, aquí en la capital tienes una de las universidades más antiguas del mundo.
—¡Yo no quiero probar nada! —le dijo Grove—. Sólo quiero que haya paz.
—No dejes que te convenzan —le advirtió su padre.
Todas sus jugadas habían sido correctas. El verano le trajo el Cadillac, un premio por haber acordado ir a vivir con su madre y asistir a la universidad; habría sido más feliz si un camión no lo hubiera embestido una noche que lo dejó estacionado frente a un motel. No pudo dar la noticia a su madre cara a cara. Compró un pasaje a Panamá, y se fue directamente a Puerto Pacífico. Que terminara así su carrera académica no había afectado tan profundamente a su madre como el hecho de que se fuera sin decirle nada, sin darle oportunidad de decir adiós. Aunque la había visto muchas veces después de eso, ahora mismo, al recordarlo, se vio frunciendo el ceño en la oscuridad; pero el sentimiento de culpa ya no podía ser convertido en ira, porque ya no había nada que temer. Ocurrió hace mucho tiempo, se dijo a sí mismo, y, de todas formas, era algo que ella debió esperar. Cuando la luz del amanecer asomaba por la terraza, volvió a caer en el sueño.
16
Por la mañana, lo primero que Luchita oyó fue un chapoteo de agua en la piscina. Alargó la mano hasta sus pies y alcanzó la sábana para cubrirse, pues estaba desnuda. Luego buscó a tientas a Vero, palpando el colchón a su lado. Su lugar estaba vacío. Volvió a dormirse. Más tarde se despertó y lo vio que se vestía; parecía tener mucha prisa. Se acercó a la cama para decirle algo, y ella se despertó del todo. Él se había puesto un traje serio.
—¿Qué hora es? —preguntó ella.
—Ocho menos diez.
—¿Qué pasa? ¿Por qué te levantaste tan temprano?
—Tengo que salir. Vendré a la hora del almuerzo —dijo él.
—Has fumado —entrecerró los ojos para mirarlo.
—¿No sabes lo que es sentirse bien por la mañana?— Vero tiró de la sábana y se puso a hacerle cosquillas brutalmente. Ella forcejeó, hundió la cara en la almohada para ahogar sus gritos, y en vano trató de patearlo. Sintió que no podría soportarlo más, y en ese momento él se detuvo y se puso de pie.
—Quiero que estés aquí para el almuerzo —dijo, ajustándose la corbata—. Vas a ayudarme.
Luchita había recuperado la sábana y la tenía alrededor del cuello.
—¡Dios mío! —exclamó—. ¿Pero qué es lo que se traen contigo?”
—Vuelve a dormirte —le dijo él.
Regresó justo antes de que estuviera listo el almuerzo, todavía eufórico, y comenzó a pasearse ruidosamente por la cocina. Luchita salió del cuarto de Pepito. Vero estaba poniendo cubos de hielo en un tazón. Reclinada contra la refrigeradora, fumando, ella lo escuchó describir su visita a la librería. Al cabo, dijo impasiblemente:
—Esa mujer, ¿te gusta?
—No quiero llevármela a la cama, si es lo que imaginas.
Ella se encogió de hombros y regresó al dormitorio.
Durante el almuerzo, discutieron la visita de la mañana.
—Estuvo bien que no salieras —dijo él—, con esa facha. Mañana vas a conocerla. Si pudieras ponerte algo en lugar de esos Levis, te lo agradecería.
—Como quieras —dijo ella dócilmente; había decidido hacer lo posible por agradarle durante este tiempo. Aguardó; luego dijo—: ¿Dónde está Thorny?
—Se fue a Los Hermanos. No volverá hasta la noche.
—Ése es un buen lugar para él —declaró Luchita—. Ojalá se quedara allá. Yo voy a al cine con Pepito.
Después del almuerzo, en vez de dormir la siesta de costumbre, Vero se encerró en la biblioteca con un cuaderno y un montón de papeles. Hacía casi media hora que Luchita había salido cuando encendió la grabadora y se puso a escuchar. Era la preparación de una de sus discusiones con Luchita. A menudo improvisaba estas conversaciones unilaterales, las grababa, y luego hacía notas sobre los pasajes más convincentes. A partir de éstos, tramaba el curso de su proceder verbal, del que apenas se permitía desviarse cuando llegaba el verdadero momento de hablar.
“Está bien. No me conoces. No paras de decir que no tienes idea de cómo soy. Pero por lo menos sabes cómo no soy. No soy como la mayoría de la gente. Siempre quiero lo mismo, siempre. No me gustan los cambios. Eso tienes que saberlo. Lo has visto. Sabes que nunca antes traje a nadie aquí de noche, hasta que viniste tú. Te quiero aquí a mi lado al despertarme. No es tan difícil de entender, ¿verdad?
Rebobinó la cinta hasta el principio, puso el micrófono sobre la mesita de café, y comenzó a grabar sobre el monólogo de hacía un mes. Estuvo de pie un instante, mirando desde arriba los carretes que giraban lentamente.
“Day —dijo tentativamente, como si pronunciar la palabra fuera a producir algún cambio palpable en la habitación—. Espere, voy a traer un cigarrillo.”
Cuando volvió a entrar en la terraza, se acostó en el diván frente a la mesa. Habló durante un rato; su voz era suave, sin inflexiones, la voz de alguien que quiere llegar a un convenio al más bajo nivel de racionalidad. Las pausas para las hipotéticas respuestas eran breves. Encendió otro cigarrillo y lo puso cuidadosamente al borde del cenicero. El humo subía en el aire formando una línea larga y recta. Era demasiado temprano para que el viento vespertino comenzara a soplar. Miró el pequeño cilindro de papel con su delgada columna de humo azul, y pensó: “Si sucediera ahora mismo.” Ésta era una fantasía recurrente, un pasatiempo obsesivo al que Grove se abandonaba a menudo durante los periodos de tensión mental. Si se esfumara en ese instante y ellos vinieran con la intención de averiguar algo sobre él, ¿qué encontrarían? Un cigarrillo inglés humeante balanceándose al borde del cenicero, la grabadora en marcha que transmitía solamente silencio a la cinta. Podrían hablar con los sirvientes y con una joven de nacionalidad cubana y retrasada (Luchita no sabía nada acerca de él, y, de todas maneras, sería hostil con ellos) y no llegarían muy lejos. Convirtiéndose él mismo en uno de ellos por un instante, y generosamente concediéndole a éste una inteligencia parecida a la suya, pasó una mirada apreciativa por la hilera de libros más cercana. Ferien am Waldsee. Erinnerungen eines Uberlebenden. L’Enfer Organisé. Netchaiev. Cybernation and the Corporate State. L’Univers Concentrationnaire. Zeugnisse und Berichte. Aunque el hombre fuera un enemigo, pues serían enemigos todos los que vinieran a verificar su esencia después de su desaparición, el inspector se vería profundamente impresionado por la suma de la evidencia. El informe podría decir: “Esta clase de inclinación por alcanzar la perfección total no puede ser apreciada en una era de conciencia colectiva.” Imaginar su propia inexistencia nunca dejaba de estimularlo; siguió conversando, ahora en un tono todavía más reposado.
“Pero si vamos a ser amigos tienes que conocerme del todo. ¿No debe ser así siempre, para que haya comprensión? Tienes que saber quién soy en realidad, y por qué soy como soy. Si vamos a conversar, tenemos que estar en el mismo lugar psíquico, digamos. Dices que soy difícil. Soy como cualquier otro. Pero para mí la verdad tiene mucha importancia. Es difícil alcanzarla, y da problemas, pero vale la pena. ¿Estás de acuerdo?” Miró burlonamente el micrófono erecto en su trípode cromado; le hacía pensar en una ametralladora. “Ametralladora de bolsillo”, dijo para sus adentros, y sonrió. Luego se levantó y fue hasta el bar cerca de la ventana. Lanzó una mirada posesiva sobre la ciudad que brillaba con la repentina luz dorada del atardecer bajo los nubarrones, y se sirvió una copa de aguardiente de cerezas. Comenzó a hablar al volver a la mesa, a paso muy lento, manteniendo la copa a la altura de los ojos y mirando su interior.
“Somos máquinas hechas para comprender lo inconcebible, y seguimos viviendo como animales, seguimos siendo subjetivos, con gustos y preferencias personales. En la India, ¿sabes?, hay gente que asegura que el amor es obsceno a no ser que los participantes estén tan conscientes de lo que hacen —tan absolutamente conscientes de sí mismos y de su pareja durante el coito, quiero decir— que ambos puedan concentrarse en Dios hasta el momento supremo. Lo que esto significa en realidad es que hay que ser al mismo tiempo inteligente y descarado. Pero los hindúes siempre acaban siendo prácticos.”
Dio un sorbo de su copa.
“Creo que han dado con la clave. El sexo no será algo bueno hasta que no seamos libres. Lo suficientemente libres al menos como para poder concentrarnos en Dios mientras lo hacemos —se rió con cierta timidez—. Es evidente que éste podría ser un ejercicio excelente, aunque fuera sólo para mejorar la calidad de la experiencia. Lo esencial en el sexo es que sea lo mejor posible.”
Al llegar a este punto imaginó que ella decía: “¿Estábamos hablando de sexo?”
Esta mujer tenía un modo seco y autoritario de cortar una conversación; permitía que el tránsito circulara únicamente por la arteria principal. Esto era un obstáculo, pero las mujeres estúpidas son más difíciles de manejar que las listas. Y se le ocurrió que en ella había algo de directora de escuela, indicio tal vez de que sería incapaz de hacer el amor con desvergüenza.
Sería imposible, sin ser explícito, hacerle sentir la necesidad de tomar una decisión inmediata; no pretendía tal cosa. Si al terminar de hablar con ella no estaba seguro del triunfo, desistiría por completo de su proyecto sexual. Sabía exactamente en qué parte del jardín de Los Hermanos tendría lugar la conversación. Junto a la piscina circular había una amplia balaustrada, desde donde se veía la densa selva más allá de las terrazas del jardín. Un paisaje tranquilizador, voluptuoso bajo la luz de la luna.
Cayó un violento aguacero mientras Luchita y Pepito estaban en el teatro. Cuando salieron ya había pasado, pero las calles quedaron convertidas en torrentes. Antes de que Luchita encontrara un taxi, Pepito había logrado meterse al agua y mojarse hasta la cintura.
—¡Pero, Pepito! ¡Si serás tonto!
—Me gusta estar mojado —dijo él—. Se siente bien.
Cuando lo hubo vestido con ropa seca, ya casi era la hora de cenar. Fue a la terraza y se asomó a la biblioteca por la puerta. Vero estaba sentado al escritorio, bajo la luz, escribiendo. Luchita entró.
—¿Ocupado todavía? —le preguntó.
Él alzó la mirada.
—Correcto —dijo. Bostezó y estiró el cuerpo—. Terminaré más tarde, antes de acostarme.
Después de comer, regresó a la biblioteca, cerró las puertas y volvió a sus papeles. Luchita paseaba de la terraza al dormitorio y del dormitorio a la terraza. Era una de esas noches, frecuentes al final de la estación seca, cuando parece que no hay aire en ninguna parte. Se oí el distante teclear de la máquina de escribir en la biblioteca. Fue al dormitorio y se detuvo frente al espejo. No importaba lo que Vero estuviera haciendo, era mejor que pensar en su madre; además ella creía, de manera irracional, que aquel trabajo tenía alguna conexión oculta con la eventual compra del boleto a París. Encendió una grifa y fumó un poco. De pronto, se dirigió a la puerta de la biblioteca. Vaciló un instante, y luego la abrió de golpe.
—¡Tengo que poner algo de música! —exclamó—. No puedo estar aquí sentada sola y sin nada.
Él no alzó los ojos.
—Hazlo en la terraza, y ponla bajo.
Luchita se quedó de pie con la mirada fija en el escritorio resplandeciente, como si esto fuera a ayudarle a adivinar lo que estaba escrito en los papeles que él tenía enfrente. Muy despacio, fue entornando la puerta, y todavía miró una vez más por la hendidura antes de cerrarla del todo, con cuidado de que la manija no hiciera ruido al soltarla.
17
El motor rugía mientras subían por el camino de la montaña. Abajo estaba el valle casi oculto en la sombra. El doctor Slade olfateó el aire ruidosamente.
—¡Ah, si se pudiera hacer un perfume con ese olor! —exclamó. Se erguía a cada gancho del camino para mirar pendiente abajo. El día de visitas a parques y palacios había sido agotador; estaba un poco nervioso. Se sintió a gusto cuando llegaron a la cumbre y estacionaron el auto en terreno nivelado, frente al edificio de apartamentos.
Del ascensor salieron a un patio con una fuente y un estanque. Una muchacha estaba de pie bajo el arco de una puerta; era muy joven y extraordinariamente bella. Al verla con su túnica blanca, a la señora Slade le pareció que estaría apenas en la edad de escribir su primera carta de amor.
—¡Aquí está Luchita! —gritó el señor Soto—. Ésta es Luchita. La señora Slade. El doctor Slade.
—Adelante —dijo Luchita—. Por favor, pasen.
—¡Este cuarto! ¡Es una obra de arte! —La señora Slade alzó los brazos al entrar en él por segunda vez, y se volvió hacia su marido.
—Sí que lo es —asintió el doctor Slade, y se detuvo un momento para mirar a su alrededor. Luego siguió al señor Soto a través de la sala, y ambos salieron a la terraza. El aire, dentro, le había parecido sofocante; había sentido un ligero olor animal, o, si no, un olor relacionado con la vida “indígena”. No podía identificarlo, pero sabía que era sorprendente encontrar aquel olor en aquel apartamento.
—Sí, es un lugar maravilloso, señor Soto. Realmente maravilloso.
Se sintió poco sincero al pronunciar las palabras; más que un hogar le parecía un hotel abrumadoramente lujoso. Un hotel o un enorme almacén.
—Sí, es muy bonito, de verdad —continuó, y se volvió hacia la puesta de sol sobre el valle—. ¡Qué vista!
El señor Soto sonrió.
—Sí. La puesta de sol aquí arriba es espectacular. Un momento. Voy por un trago. ¿Qué quiere?
—Scotch con soda.
El doctor Slade miró al joven alejarse por la terraza. Frunció el ceño. La falsa amabilidad de su joven anfitrión le hacia sentirse incómodo; sin vacilar, la rechazó. No era posible de que fuera genuina. Y con enojo pensó que era típico que Day se dejara enredar por una pareja así. Era capaz de pasar por alto cualquier presunción y vulgaridad con sólo hallar a alguien “divertido”. Anduvo de regreso hacia la sala. Day y la muchacha estaban sentadas entre montañas de cojines forrados de piel; cada una tenía un cóctel en la mano. El señor Soto apareció con las bebidas. Se reunió con el doctor Slade junto la puerta y permanecieron ahí, conversando.
La señora Slade hacía el papel de invitada.
—¡Este apartamento es la cosa más linda que he visto!
—Yo estoy de huésped —dijo Luchita, mirando hacia abajo—. Yo vivo en París.
La señora Slade apretó los labios y se arregló la falda sobre las rodillas.
—París. Creo que no podría vivir allí. El tráfico.
—Detesto este lugar —dijo Luchita.
—¿De veras? —se rió incómodamente, y con una mirada abarcó toda la sala—. Vamos. ¿No te gusta vivir en esta increíble casa?
—Pronto me iré a París. La gentuza de estos pueblos me da asco.
—Sí, veo lo que quieres decir —comenzó ella, dudosa, pensando en la vestimenta abigarrada de la gente en el comedor del hotel—. Pero la ciudad es en verdad muy agradable. Hoy mismo hemos visitado los lugares más bonitos, así que tengo la memoria fresca.
—Sí. Supongo que a los turistas les gusta —dijo Luchita pensativamente.
—Nosotros no somos turistas —dijo la señora Slade—. Vamos a donde queremos cuando queremos. Es la única forma de viajar. Viajar en grupo es degradante. Lo que importa es ser libre. No tener que hacer planes por adelantado.
Luchita no estaba escuchando; sin embargo, oyó la última oración, y no le agradó.
—A mí me gusta hacer planes con mucha anticipación, te lo aseguro.
La señora Slade quedó desconcertada.
—Oh, bueno, claro...
Se rió sin saber bien lo que quiso decir, y después sonrió para disimular que estaba formándose una segunda opinión sobre la joven. Al mirar con cuidado los ojos de Luchita tuvo la peculiar sensación de estar ante una especie desconocida. El señor Soto y Taylor conversaban en la puerta, con el sol que se hundía tras ellos.
—¡Brilla cada vez más! —gritó la señora Slade.
El señor Soto se acercó y se puso en cuclillas frente a ella.
—Estaba leyendo unos poemas javaneses —le dijo—. Y encontré un verso que no se me olvida,
—¿Poesía javanesa?
—Correcto. “La luna es más espléndida que una doncella que te da la espalda.” ¿Le gusta?
—No estoy segura de comprenderlo —dijo ella serenamente, como si pensara que esto lo detendría.
Él se rió; la tomó del brazo y le hizo levantarse.
—Vamos afuera a ver la puesta de sol, y mientras tanto se lo explico.
Pasaron frente el doctor Slade y salieron.
—¿Quiere ver la caída del sol otra vez? —le dijo Luchita al doctor Slade con una sonrisa.
—No, creo que no.
—¿Por qué no se sienta? Venga.
Le habló de la orquesta de su padre, le contó cómo habían dejado La Habana para ir a París y, con el éxito que tuvieron, cómo había llegado a tener muchos vestidos finos. Pero después su padre había muerto y la orquesta se desintegró, y su madre tuvo que prestar dinero a los otros músicos para que pudieran regresar a La Habana, de modo que se habían vuelto muy pobres. Y por eso tenía que volver pronto a París.
—¡Ni siquiera sé si mi madre sigue viva! —exclamó.
—Comprendo que quieras volver —dijo él en tono afectuoso—. Supongo que no será muy agradable estar de vacaciones preocupándote así. Es agotador.
—Lo sé.
—Cuanto antes vuelvas, mejor —dijo él, queriendo sonar paternal; tenía la sospecha de que ella lo creía senil.
Más temprano aquella tarde Luchita había fumado bastante, y ahora estaba tan fascinada de oír su propia historia que, para ella, el otro existía sólo en calidad de oyente. “Está sobreexcitada —pensó él—, pero borracha, no”; Luchita no había tocado su vaso desde que Day salió a la terraza. De pronto, dejó de hablar y se puso de pie.
—Tengo que dar de comer a mi hijo —explicó, y salió del cuarto.
La señora Slade había estado mirando el valle que se oscurecía a lo lejos, mientras su anfitrión le aclaraba los varios significados posibles del verso; ella no tenía la menor idea de lo que le decía, porque no le estaba poniendo atención. Cuando le pareció que ya había terminado, dijo:
—La chica. Su invitada. Es algo loca, ¿no?
Él frunció el ceño.
—Sería muy difícil saber lo que es.
—¡Oh, vamos! ¡Usted debe estar en posición de decir al menos eso!
—Las cosas no son exactamente como usted piensa —protestó él.
—¡No lo quiera Dios! —exclamó ella, riéndose.
Él la miró, pero guardó silencio, y ella se sintió desairada. Después de un momento, continuó:
—Entre otras cosas, vive fumando. Marihuana, ¿sabe?
—¿No puede hacer que deje de fumar? ¿No tiene ninguna influencia sobre ella? Es demasiado joven para arruinar así su vida.
—Eso la mantiene callada —dijo él, riéndose—. Yo no me dedico a tratar de cambiar a la gente.
La señora Slade lo miró con enojo.
—Me temo que yo no podría estar con alguien que me importa, o incluso con alguien que no me importa, y ver cómo se destruye a sí mismo sin hacer el menor esfuerzo por evitarlo.
—Mire, yo no he notado ningún síntoma autodestructivo en Luchita —dijo él con gran seriedad—, así que no sé qué decir.
La señora Slade tenía de pronto un aire severo.
—Claro que esto a mí no me incumbe.
—Deje que le sirva otra —dijo él alargando la mano para tomar su copa.
Ella no la soltó y sacudió la cabeza.
—Preferiría entrar. Comienza a hacer frío aquí fuera.
Dentro, encontró al doctor Slade a solas; pasaba distraídamente los dedos por la piel de la chinchilla sobre la que está sentado.
—¡Oh! Creí que estabas hablando con —vaciló— la chica.
—Fue a darle la comida a su hijo —dijo él con un retintín, y ella le lanzó una mirada para verle la cara. En ese instante, el alzó los ojos hacia ella, y Day reconoció en ellos un fulgor acusatorio. Tenía esa expresión cuando quería recordarle que sufría por causa suya. Estaba aburrido de la muchacha y aburrido del señor Soto, y la culpa era de Day. Day atravesó el cuarto y se sentó a su lado.
—Es lindo, ¿no? —dijo, mirando la mano que acariciaba la piel.
—¿Lindo? —dijo él.
El teléfono sonó. Oyeron al señor Soto que decía en español:
—Sí. ¿Quién habla? —y continuó en inglés. Luego se rió—. Creí que eso querría. Bueno, le puedo preguntar. Pásame a Dirk.
Desde el otro extremo del cuarto gritó:
—¡Doctor Slade! ¿Podría hablar con este amigo mío? Está enfermo. Ahora se pondrá al teléfono. Le dije que estaba usted aquí.
El doctor Slade se puso de pie y cruzó rápidamente el cuarto hacia donde estaba el señor Soto con el aparato en la mano.
—Pero claro. Con mucho gusto.
Y fue así como en menos de cinco minutos se encontraba, con considerable alivio, respirando el aire oloroso a resina del anochecer mientras subían rápidamente por las curvas de la montaña hacia un valle superior, otra vez en el auto del señor Soto.
—Vamos sólo hasta Los Hermanos, si es que eso le dice algo. Un sitio a unos veinte minutos de aquí. Mi amigo va a apreciar esto más de lo que usted imagina.
—Mire, no podré hacer nada por él. Hace años que no ejerzo.
—No, pero le va a dar ánimos. Es norteamericano, después de todo, así que en verdad confía sólo en los médicos norteamericanos.
—Naturalmente —dijo el doctor Slade.
Atravesaron un desfiladero entre montañas. De pronto el aire se enfrió drásticamente. Las estrellas que brillaban en lo que quedaba del crepúsculo parecían demasiado grandes y luminosas. Luego, el camino hizo una pirueta descendente a través de un tramo de selva enmarañada, hacia un lugar donde no soplaba el viento, un valle caluroso, oprimido por la exuberante vegetación.
—Esto es Los Hermanos —dijo el señor Soto, volviéndose para mirar la reacción de su invitado ante las oscuras hileras de chozas de adobe y techos de paja que se extendían a ambos lados del camino. Desde que entraron al valle se había oído el constante croar de las ranas; podía oírse incluso en el centro del pueblo.
El doctor Slade no dio señal alguna de haber entendido estas palabras. Miraba hacia el fondo de las calles cubiertas de grama que iban cruzando. En cada una se veían dos o tres postes de luz, donde se apiñaban los niños. Más allá estaba la oscuridad de la selva. A cada bocacalle que pasaban, tenía la impresión de que esas viñetas cambiantes de luz y sombra tenían una relación íntima con alguna parte de su ser; sintió incluso que había vivido ahí durante largos periodos de tiempo. Y se le ocurrió que este pobre caserío era un pueblo modelo a los ojos del Creador; probablemente todos los hombres deberían vivir en lugares así. El ruido de las ranas pudo existir desde el principio de la vida. Otra cosa: comenzaba a darse cuenta de un malestar general: había como una tristeza dentro de él. Cerró los ojos. “Me resfrié”, pensó. En ese momento el auto salió de la carretera y entró en un camino de polvo. Ahora la selva se arqueaba sobre ellos. El señor Soto conducía despacio, y se volvía para mirar al doctor de vez en cuando. El ruido que producían los insectos y las ranas era tremendo.
Hundiéndose en su asiento, el doctor Slade miró los bejucos y las ramas por encima de su cabeza. Volvió a cerrar los ojos. Lo que había percibido era demasiado desagradable. Hacía sólo un momento que había descubierto que las ranas sabían que formaban un coro: seguían todas el mismo ritmo. Luego, durante una fracción de segundo, mientras miraba el caos de vegetación por encima de su cabeza, había visto claramente que cada junco y cada hoja palpitaba acompañando a las ranas, ajustándose con exactitud a los mismos ciclos rítmicos. Cruzó las manos sobre el pecho y suspiró.
—Para esto se necesita un jeep —dijo el señor Soto.
—Sí —respondió él, con la mirada ausente. Recobrándose por un instante, pensó: “El alcohol es peligroso en esta altitud”, y resolvió beber con más cuidado.
El auto se detuvo. Un indio en overoles, rifle en mano, abrió un portón. “Sí, señor”, dijo, y ellos entraron y cruzaron un jardín. El camino seguía entre dos hileras de palmas bajas y robustas. Había un auto frente a ellos, al lado de una oscura masa de arbustos. El señor Soto detuvo su auto junto al otro y apagó el motor. También aquí las ranas cantaban, y el ruido era tan fuerte como en la selva. Los faros se pagaron; bajo la débil luz de las estrellas, el jardín irradiaba colores inconcebibles.
“No hay otro remedio, esto hay que hacerlo”, se dijo a sí mismo el doctor Slade. Alargó la mano y presionó la manija de la portezuela, dio dos o tres pasos sobre la hierba esponjosa y alzó la cabeza. Frente a él, a menos de tres pies de distancia, había una cara —más bien un hocico, pues sin duda pertenecía a un animal— que lo miraba con terrible intensidad. Estaba inmóvil, hecho de una sustancia indefinible que goteaba constantemente. Inmóvil, y sin embargo debió de moverse, porque ahora las fauces estaban mucho más abiertas: largos tendones retorcidos surgían de sus mejillas. Él observaba, helado e incrédulo, mientras la mandíbula entera se derretía, caía y se desprendía, dejando intacta la parte superior del hocico. Los ojos brillaron de modo más salvaje que antes; le decían que tarde o temprano tendría que pagar por haber presenciado aquel instante de sufrimiento. Él dio un paso atrás y volvió a mirar. Sólo las hojas se veían, y las sombras de las hojas —no había hocico ni ojos: nada. Pero las hojas palpitaban con fuerza. En cualquier momento podían hincharse y convertirse en otra cosa.
—La puerta está por aquí —le dijo la voz de un hombre. Él se volvió y no logro ver a nadie. Se agachó lentamente y se sentó en la hierba, las rodillas en alto, los brazos alrededor de las piernas, y la cabeza inclinada hacia adelante, mirando al suelo.
—¿Se siente mal? —le preguntó la voz.
—No... —No consiguió decirlo. La canción de las ranas subía en ligado una y otra vez. Si había alguien junto a él, tenía que ser un extraño.
A tirones, el extraño le hizo ponerse de pie. Andar no era realmente más difícil que estar sentado escuchando las ranas. Una parte de su ser había quedado fuera, y con angustia trataba de reunirse con la otra, que estaba encerrada dentro, pero no había siquiera forma de pensar en ello. Orificios como agallas se abrieron a ambos lados de su garganta: podía sentirlas abrirse y cerrarse con regularidad.
—¿Estuvo mucho tiempo bajo el sol, no?
Esta era una selva roja. En los claros había alfombras y lámparas de pie; en las sombras, hileras de libros. La selva estaba habitada, pero los hombres eran todos extraños. Le acercaron a los labios un vaso de algo caliente.
—¿Puede beber esto?
—Estoy bien. —Era lo que había que decir, y lo dijo. Sin embargo, era consciente de que el mundo exterior se le escapaba, retrocedía ante el furioso ataque de la abrumadora enfermedad que brotaba en su interior. Y sabía que pronto no quedaría más que la obscena realidad de sí mismo, atrapada en las solitarias recámaras de la existencia.
18
Cuando Vero y el viejo americano se fueron, Luchita se puso a encender todas las luces del apartamento.
—A veces me gusta que haya mucha luz —explicó—. Me hace sentir que pasa algo, ¿sabes? —Regresó al sofá y se recostó sobre los cojines con las manos detrás de la cabeza.
—Sí, ya veo.
—¿No sientes a veces que no pasa nada?
La señora Slade la miró con desaprobación.
—No, creo que no.
Luchita se incorporó a medias.
—¿Quieres decir que nunca lo has sentido?”
Pero la señora Slade parecía no querer hablar de eso.
—¿Cuántos años tiene su niño? —le preguntó.
—¿Quieres verlo?
Ahora estaba más contenta.
—¡Oh, sí!
Luchita la llevó al dormitorio, donde Pepito comía con una cuchara.
—Pepito, ésta es la señora Slade.
Él sonrió y siguió comiendo.
Las dos salieron del cuarto y fueron a la biblioteca. Ya no había luz en el cielo.
—¿Cuánto crees que tardarán en volver? —preguntó la señora Slade; no se sentía a gusto a solas con esta extraña muchacha.
—No mucho. No queda muy lejos —dijo Luchita. Parte de su colaboración con Vero consistía en mantener ocupada a esta no muy amistosa mujer mientras él volvía. De nuevo, habló de París.
Repentinamente, la señora Slade la interrumpió.
—Tu marido —dijo—, ¿dónde vive?”
—Nunca he estado casada —dijo Luchita seriamente, sorprendida de que alguien pudiera pensar tal cosa—. ¡Y él no va a casarse conmigo! —se rió, para aclarar que no se hacía ilusiones.
La señora Slade guardó silencio. Luego, dijo:
—¿Quién es el padre del niño?”
—Un inglés —dijo Luchita con indiferencia.
—¿Y no te ayuda?
—Fue en Inglaterra —explicó ella—. No sé quién era. Pepito también parece inglés, un poco, ¿no crees?
La señora Slade pensó que lo decía adrede; la muchacha quería provocar una reacción. No iba a darle ese gusto.
—Entre los ingleses hay tantos tipos diferentes —dijo con desgana—. En realidad no se puede decir que alguien parezca inglés o cualquier otra cosa.
—¡Qué ocurrencia! —objetó Luchita, pensando en la Habana. Precipitadamente, continuó—: Yo viví en Inglaterra un tiempo cuando era joven.
La señora Slade se rió alegremente al recordar la primera impresión que tuvo de la muchacha, cuando la vio de pie en el patio.
—Iba a la escuela de artes. Fue allí donde decidí ser artista.
—¿Pintas? —Su voz, pero no la expresión de su cara, mostraba interés.
—Hago dibujos sobre papel. Con pasteles.
—Los pasteles son bonitos —dijo la señora Slade con voz inexpresiva.
—Si quieres te los enseño. —En ese momento, inconscientemente, Luchita aplicó un toque profesional: una larga mirada con el propósito de transmitir una idea de inocencia infantil y erótica.
La señora Slade no dio muestra de haberlo notado.
—Sí dijo—. Tráelos. Me gustaría ver algunos.
Luchita se levantó de un salto, una niñita con el último vestido de fiesta de su madre, cruzó el cuarto rápidamente hacia un armario, y sacó un portafolio.
Los dibujos eran todos del mismo tamaño. Los extendió cuidadosamente en el suelo en el centro del cuarto, en cuatro hileras, como si fueran naipes. Eran la obra de un niño listo que ha asimilado ciertas fórmulas observando historietas ilustradas. Había puestas de sol sobre el mar, estrellas de cine muy maquilladas, y algunos animales indefinibles. Luchita se puso de pie y se quedó mirándolos en actitud de afectuosa apreciación, las manos a las espaldas.
—¿Qué es eso? —preguntó la señora Slade con una voz inexpresiva, señalando una criatura anaranjada con muchos dientes, tendida bajo una gigantesca planta que podía ser un cactus.
—Oh, es un león. Casi lo vendo un día en el Embassy Club. Después el hombre se encontró con un amigo y desaparecieron. Se pasó de tragos, supongo.
—¿Los vendes? —No quería parecer incrédula.
—¡Claro! Para eso los hago. Estoy tratando de juntar dinero para volver a París.
—Pero no comprendo —comenzó—. ¿No vives aquí? En el apartamento, quiero decir.
—A veces me quedo aquí —dijo Luchita vagamente—. A veces voy a casa.
—Ya veo —dijo la señora Slade, y guardó silencio—. Y vendes los dibujos en los bares y por ahí.
—Hace unas semanas un hombre me compró veinte. Pero no siempre es así.
—¡Veinte!
—Vero cree que debería cobrar otros precios. Pero los vendo a cinco dólares cada uno.
—Me parece razonable —dijo cautelosamente la señora Slade—. Son estupendos. Espero que los vendas todos.
—¿Cuáles te gustan más?
“Aquí viene”, pensó la señora Slade.
—Oh, me gustan todos —dijo jovialmente—. Pero en mi vida he comprado una pintura. No tendría dónde ponerla.
—En París me iba bien. Ganaba unos ocho mil francos al día.
—¿Con tus pinturas, quieres decir,?
—Pintaba en las aceras, con tiza. Tenía siempre un gran gentío.
—¡En las aceras! —exclamó ella—. ¿Y has hecho lo mismo aquí?
—Vero dice que está prohibido. Pero claro que lo podría hacer.
—Será mejor que no lo intentes.
Luchita se arrodilló y estudió silenciosamente los dibujos un momento, antes de recogerlos.
“La chica es un caso”, pensó la señora Slade mientras la observaba.
Luchita trataba de poner el portafolio de vuelta en el armario, cuando la puerta de la sala se abrió.
—Siento haberme tardado tanto —dijo sonriendo el señor Soto.
La señora Slade lo miró.
—¿Dónde está Taylor?—. Y como él no respondía, dijo—: ¿Dónde está el doctor Slade?
Él se le acercó con la misma sonrisa despreocupada, como si no le hubiera oído, y se paró frente a ella, mirándola burlonamente desde arriba.
—El doctor está bien. Pero tuvo un malestar y le dije que se acostara.
Los ojos de la señora Slade se desorbitaron.
—¿Un malestar? ¿Qué le pasó?
Luchita se había hundido en un almohadón. Estaba convencida de que, una vez más, Vero mentía; y esto la alarmaba, porque no podía ver el motivo. Vero dio unas palmaditas en el hombro a la señora Slade.
—Si usted quiere, vamos allá inmediatamente, y regresamos todos juntos. O si no, yo iré a traerlo en un momento. Es igual.
—¿Qué va a hacer ella en Los Hermanos? —preguntó Luchita de repente.
Él no apartó los ojos del rostro de la señora Slade.
—Como usted quiera.
La señora Slade se quedó inmóvil un momento; luego se puso de pie.
—¿Me puede dar un vodka en las rocas?
Él dio un paso atrás y mostró desaliento.
—¿Qué tal un sándwich y un poco de ensalada? Son más de las nueve.
Ella protestaba. “No, no, no”, pero él parecía no oírle y ordenó a Luchita que corriera a la cocina.
—Sólo quiero un trago —insistió la señora Slade, pero él ya había comenzado a hablar de nuevo.
—¿No ha visto la otra terraza? Hay un estanque lleno de ranas.
Day no dijo nada, y lo siguió, irritada: él estaba usando las mismas tácticas del día anterior. Cuando cruzaron la puerta, la tomó del brazo. Fuera, se detuvieron un momento, y alzaron la vista para mirar las estrellas. No le soltaba el brazo.
—Aquí hay más intimidad —decía él—. No hay viento. Tampoco hay vista, claro, excepto los árboles.
Ahora la guió hacia la barandilla, donde se reclinaron para mirar hacia abajo, la calle, y, un poco más allá, frente a ellos, los altos pinos, negros contra el azul del cielo nocturno.
Él suspiró.
—Yo pensé que saldríamos a dar una vuelta por la ciudad esta noche. Quería enseñarles al doctor y a usted dos o tres lugarcitos a donde nunca van los turistas. —Hizo una pausa. —Tal vez mañana. Un buen sueño hoy por la noche, y mañana estará como si nada. ¿Cuántos años tiene el doctor?
—Creo que sesenta y siete —dijo ella, molesta por la pregunta, y, en cierta manera, sintiendo que debió mentir.
—De veras. Yo pensé que era mucho más joven. —Esperó un momento—. Qué dice, ¿viene conmigo? La hacienda es digna de verse. Siglo diecisiete.
—Quiero tomar algo. —Incluso en la penumbra, ella sabía que él podía ver cómo le clavaba los ojos.
—Es un lugar magnífico. Antiguo —continuó él, devolviéndole la mirada, pero reduciendo la presión de los dedos sobre su brazo.
—Un trago —dijo de nuevo, lenta y claramente, su voz vibrante con furia.
Él la soltó.
—Sí, claro—. Se volvió y se dirigió al interior.
“Tienes que calmarte”, se dijo ella a sí misma. Se acercó al estanque y separó las hojas suaves y gigantescas de una liana que colgaba de una pérgola. Una rana se tiró al estanque: el agua produjo el sonido de la palabra blip. Oyó que el señor Soto abría puertas corredizas y cerraba ruidosamente un armario. Ella no se movió.
Cuando volvió a salir, estaba calmado, casi melancólico.
—Bueno. Aquí tiene —dijo, dándole lentamente el vaso. Ella imaginó que tenía una expresión de avidez mientras la veía beber. Luego llegó Manuel con una bandeja de sándwiches y un plato para ella.
—Me alegra ver que al fin coma —le dijo él—. Hará frío en la montaña.
Ella se volvió.
—No voy a ir. Prefiero quedarme aquí, si no le importa.
—Claro, como quiera. —No trató de ocultar el descontento en su voz.
—Mire —dijo ella—. No me gusta tener que esforzarme por controlar mis nervios, eso es todo. Ir en auto de noche me pone nerviosa. Usted dice que Taylor no corre peligro, y le creo.
—Claro que no corre peligro.
Luchita estaba en el umbral.
—¿Necesitan algo? —preguntó.
—Si no me acompaña, creo que me voy ahora mismo. Estaré de vuelta dentro de una hora más o menos.
—Lo siento —dijo ella, y se sintió ligeramente avergonzada—. Le hemos causado tantas molestias.
En el umbral, él se volvió y la miró por un instante, como sorprendido.
Ya dentro, comenzó a hablar con Luchita. Day oyó sus voces apagarse cuando entraron en otro cuarto. Pasaron casi diez minutos antes de que él se fuera.
19
Aun en la terracita resguardada hacía demasiado frío; entró en el apartamento. Luchita estaba tendida sobre un montón de cojines, ocupada con los papeles de fumar. En el aire había un humo de hierba con olor felino.
—Afuera hace frío —dijo la señora Slade.
Luchita alzó los ojos.
—¿Cómo te llamas? —preguntó, como si fuera una niña hablándole a otra.
La señora Slade se detuvo.
—¿Por qué...?
—Es que oí que el doctor te decía Day. Quería saber cuál es tu verdadero nombre.
Se sintió incómoda.
—Pues era…es, quiero decir. —Se rió. —Desirée. Al doctor Slade nunca le gustó, así que comenzó a llamarme Day. De todas formas, yo también detesto Desirée. —Sintió que su explicación había sido torpe, pues la muchacha parecía no haber comprendido.
—Tienes que hacer que te llame Desirée —dijo Luchita mirando hacia adelante.
—Nunca lo haría —replicó ella con indiferencia. El doctor le había dicho que Day le quedaba bien; era él quien tenía que usar el nombre. Repentinamente, sintió un terror físico, algo que tiraba hacia abajo de cada parte de su cuerpo, y le pareció que el suelo se movía levemente. Estaba de pie, inmóvil, y su corazón palpitaba rápidamente.
—¿Hay terremotos aquí? —preguntó luego, pensando en el vacío más allá de la terraza.
Luchita fue más directa.
—Yo no sentí nada —dijo y se acurrucó, cruzando los brazos alrededor de sus piernas. —¿Tú sí?
—No sé. —Ella estaba en el centro del cuarto, indecisa, consciente de la ola de angustia que se aproximaba.
Luchita la observó con cuidado.
—Debes de estar cansada —le dijo—. ¿Por qué no te relajas?
Obedientemente, ella se acostó sobre la manta de chinchilla. Acaso sería posible deshacerse de la sensación de náusea.
—Estoy muy tensa —explicó desde donde estaba.
—Relájate —le aconsejó Luchita. Luego se levantó y bajó las luces.
Poco después la señora Slade volvió a hablar.
—La verdad es que no me siento muy bien. Pero no creo que vaya a vomitar.
Una vaporosa luz azul comenzaba a brillar en algún lugar detrás de su campo visual, y tuvo la impresión de que había una melodía interminable, una música callada pero real; recordaba las notas bajas y jadeantes de un harmonio. Si hubiera tosido, habría oído apenas ese ruido por encima de la música.
—¡Hicieron demasiadas cosas hoy! Fueron a demasiados lugares. No están acostumbrados a la altura. Es horrible. Yo la detesto —decía Luchita. Puso las hojas desmenuzadas en la maquinita para fabricar otro cigarrillo.
Ahora la señora Slade se incorporó y miró hacia el otro extremo del salón.
—Malaria. ¿Crees que puedo tener malaria? Me siento mal, de veras. —El miedo volvió a apoderarse de ella; se retorcía en sus entrañas.
—La malaria no es nada —dijo Luchita—. Te dan unas pastillas.
La señora Slade volvió a acostarse. “Es tan fuerte”, se oyó decir a sí misma cuando cerró los ojos. Y luego se dejó caer casi voluptuosamente en un mundo de cosas indistintas que aleteaban a su alrededor, donde las palabras eran silenciosas y los colores se convertían en texturas. Había florescencias y explosiones. Desde el lejano lugar al que llegó flotando a la deriva por la costa de su conciencia, dio voces.
—¡Tengo frío! —exclamó.
Luchita acudió inmediatamente. Apretó la palma de su mano contra la frente de la señora Slade.
—Malaria no es —le dijo. Luego le echó encima una colcha de piel más ligera. Tenía la idea de que si se acercaba demasiado a la señora Slade, podía transmitir la enfermedad a Pepito.
—Necesitas un médico —dijo con incertidumbre—. Sólo que hay que esperar a que Vero regrese. Él conoce uno. —Luego se rió—. ¡Estoy loca! Tu esposo, ¡es tu médico!
La señora Slade oía las palabras, pero cada una estaba separada de la otra; cada una era un punto de partida hacia una idea nueva, hacia algo completamente diferente. Una novela formidable estaba en pleno desarrollo; en el telón de fondo, reconoció una siniestra distorsión del paisaje que se veía desde el apartamento. El campo estaba poblado, pero no se veían las caras de la gente. De vez en cuando, con la regularidad de un nervio dolorido, la sobrecogía la convicción de que las caras serían las de una monstruosa raza desconocida. Estaba siendo empujada hacia un tiempo en que las caras se harían visibles.
Gimió ligeramente. Con inquietud, Luchita levantó la mirada.
—Voy a poner algo de música —dijo. Vero le había advertido: “Por favor no toques la grabadora ni el tocadiscos. Los tengo arreglados tal y como los quiero”. Sin embargo, encendió la grabadora: Tambores africanos, punzantes, con un ritmo perfecto, infinitamente repetitivos. Luchita volvió a su trabajo. Los precisos ciclos rítmicos siguieron sonando minuto tras minuto. Vero le había dicho, además, algo que le pareció raro: “Si no he regresado a medianoche, haz que la señora Slade se quede aquí. Ponla en la habitación que usabas antes”. Luchita esperaba que Vero volviera temprano. Bastante mal estaba que no pudiera usar su antiguo cuarto, pero era el colmo que tuviera que ofrecérselo a una extraña.
El paisaje se descascarillaba, se disgregaba. Day volvió a incorporarse. Luchita percibió el movimiento y alzó la mirada.
—¿Quieres tomar algo? ¿Té caliente? ¿Una Coca fría?
La señora Slade vio que la pared de enfrente vibraba y despedía una luz trémula, como la superficie de una gelatina; el cuarto se convertía en algo viscoso.
—Coca fría —repitió guturalmente, sin inflexión—. Coca fría.
Un momento después, cuando Luchita volvió de la cocina, Day estaba tendida cuan larga era. Luchita le habló, pero no hubo respuesta.
—Allí está —dijo Luchita al poner el vaso en la mesa—si la quieres.
Luego se le ocurrió que si la señora Slade estaba realmente enferma sería mejor llevarla a la cama en ese momento, antes de que se durmiera o comenzara a delirar.
Por fin logró ponerla en pie, pero no podía caminar.
—¡No puedo más! —exclamó Day desesperadamente, y miró a Luchita con ojos desorbitados, como si la viera por primera vez—. ¿Dónde está mi esposo?
“Está fingiendo”, pensó Luchita al ver la expresión frenética y desesperada de su cara. La tomó del brazo y le dijo:
—Tenemos que cruzar el patio.
La condujo zigzagueando en esa dirección. Cuando llegaron al dormitorio, la brisa empujaba las largas cortinas de seda hacia el interior.
—Aquí está el baño. —Luchita metió el brazo por el oscuro marco de una puerta y encendió la luz. De reojo, vio que la señora Slade estaba a punto de dejarse caer sobre la cama.
—¡No, no! —gritó, y corrió de vuelta para detenerla—. Siéntate aquí. —Le ayudó a sentarse en una silla y apretó furiosamente un timbre de pared. Mientras esperaba a la sirvienta, quitó el cubrecama de piel, abrió la cama y dio unas palmaditas en la almohada. Alguien llamó a la puerta; Luchita la abrió y habló un momento en voz baja con Paloma. Luego volvió al lado de la señora Slade, que se había hundido en la silla y se retorcía las manos.
—Paloma te va a ayudar. Relájate y trata de dormir.
Como la señora Slade parecía no haber oído, Luchita salió del cuarto y cerró la puerta.
Paloma miró a la extranjera con desconfianza; había visto suficientes gringas para decidir al instante que ésta estaba borracha. A la fuerza, la levantó de la silla y le quitó el vestido y la combinación. Luego sacó un camisón de seda del armario. El viento seguía soplando, entraba por las puertas que daban al balcón, y las cortinas ondulaban caprichosamente hacia el interior del cuarto. La señora tiritaba; y no dejó de temblar y agitarse descontroladamente cuando se metió a la cama con el cinto de la bata finalmente atado a la cintura. Paloma la observó por un momento, y llegó a una conclusión diferente: la señora se había drogado. Había visto películas en las que los adictos aparecían comportándose de manera muy similar a aquella. Siguió mirándola fijamente. Una expresión de disgusto se dibujó en su cara al ver las manos temblorosas de la señora Slade que agarraban desesperadamente las sábanas; estaba tratando de cubrirse. Paloma se limitó a observar. No se inclinó para ayudarla. La gringa no era una persona. “En esto vienen a parar”, se dijo a sí misma.
Las suaves sábanas de lino estaban dolorosamente frías: su contacto le lastimaba —en las altas cumbres, donde la nieve resplandecía, y en los valles, donde crujían los glaciares. Todo era doloroso; el dolor del frío era como la tortura de un nervio profundo.
Ahora que se mecía al borde del abismo, se vio preguntándose a sí misma si era posible hallarse en un estado de desintegración semejante, y al mismo tiempo darse cuenta, no sólo de todo lo que había dentro y fuera de ella, sino también del hecho de que la desintegración seguía produciéndose.
El abismo, que terminó por absorberla, desde luego, no tenía fondo. No era más que una estado de descomposición más avanzado, esta incapacidad de responder a la ley de gravedad. La caída fue lenta, casi voluptuosa. Cuando fue aumentando de velocidad, sintió vértigo, abrió los ojos. Una extraña estaba inclinada sobre ella; su cara era de luminosa cera blanca. Sus ojos la miraban desde lo alto con expresión de odio. Day dio un grito y se incorporó; estiró el brazo para alejar al demonio, que se volvió rápidamente y apagó las luces. Luego salió del cuarto y cerró la puerta.
El lejano sonido del viento que agitaba los pinos era como el rugido del mar; subía de las profundidades de vez en cuando, y entraba en el cuarto por las puertas.
Dentro, en la oscura bóveda de su conciencia, había una interminable entrada al Infierno, donde ciudades enteras se tambaleaban y caían estrepitosamente sobre ella; y ella moría despacio, una y otra vez, aprisionada en el fondo de los escombros. Y en el horizonte de fuego se erguían más y más ciudades que posponían su inminente caída hasta que ella estuviera a su alcance.
20
Sopla un viento frío a ras del suelo; hasta ahora ha sido igual en todos los cuartos. El viento viene del patio. Las puertas están cerradas, pero el aire pasa por debajo. Él lo siente en los tobillos. Anda sin zapatos, viste una bata, pero no piensa en eso. Hasta ahora, en cada cuarto ha encontrado una puerta que daba al próximo, así que no le ha sido necesario salir al patio. Fuera, hay luces tenues entre los arbustos. Los cuartos están oscuros. Esto es bueno, porque en la oscuridad se siente más seguro, aunque de vez en cuando se tropiece con algo al avanzar, mientras busca a tientas su camino.
Se pone a escuchar y oye el canto de las ranas, pero parece que están lejos. Los cuartos huelen a viejo; tienen esa quietud íntima que sólo se encuentra en las casas antiguas. Al pasar al lado de una puerta abierta que da al patio, mira hacia afuera un instante y ve columnas y arcos de piedra. Sigue avanzando, pero con cuidado tal, que incluso cuando de pronto se encuentra con algún mueble, no hace ruido al tocarlo.
No sabe adónde quiere ir; sólo quiere alejarse lo más posible de la cama. El sueño que ha dejado ahí fue tan terrible que no puede recordarlo. Pero todo esto podría ser aún parte del sueño —piensa con un escalofrío— esta interminable casa silenciosa, con hombres a la espera en algún sitio, listos para atraparlo. Si es un sueño, ¿qué importa? Golpear, destruir los muebles, gritar. Que vengan corriendo a través de los cuartos.
Contiene la respiración, escucha de nuevo. Las ranas. A lo lejos, los ladridos de un perro. Ahora sabe que quiere salir de la casa. Cuando comienza a moverse de nuevo, lo hace con menos cuidado y tropieza con una silla. Para alejarse más del patio, se acerca a la otra pared. En el fondo de alguno de los cuartos podría encontrar una puerta, y la puerta podría dar al jardín. Con la mano abierta toca una cortina, sus dedos corren por la tela hasta un extremo; tira ligeramente de la cortina y se mete detrás de los dobleces. La ventana es alta, y detrás hay una reja de hierro. Pero al ver las estrellas se siente animado. “Siguen ahí”, piensa. En ese instante, una puñalada de miedo le hace mirar alrededor; otra vez, el cuarto. Por un momento se había olvidado del miedo; no había hecho más que fijarse en su camino. Recuerda: todo comenzó con una pesadilla. Y ahora otra está por comenzar. Aguarda las señales de la transformación, y como no hay cambios ni en el silencio ni en la oscuridad del cuarto, de pronto se da cuenta de que ni el silencio ni la oscuridad son absolutos. Ahí está el sonido de las hojas movidas por una leve brisa; el brillo elemental de las estrellas que entra por una puerta, una ventana, puede, a veces, ayudar a precisar el tamaño, incluso la forma, de un escritorio, o una silla. En este momento está convencido de que está despierto, de que la planta de sus pies descalzos tocan realmente las suaves alfombras y las lozas heladas; son superficies que proporcionan sensaciones diferentes. Pero ¿qué es el mundo? —piensa—. ¿Cuántas habitaciones más puede tener?
La pared de estuco a lo largo de la que ha ido caminando a tientas termina en una suave columna de madera. Un poco más de luz entra desde el patio en el próximo cuarto, y, fuera, se oye un grillo. Hay un cambio en la cualidad de los sonidos, y él mira hacia arriba. Este cuarto es mucho más alto que los otros; en la oscuridad, se imagina ver un balcón hacia el fondo.
Esta sala no tiene puertas que lleven a otros cuartos. Con la mirada, él sigue la curva del arco de una puerta, que da al patio. Al acercarse, el dulce olor nocturno del mundo vegetal entra con un remolino de brisa, y el olor le molesta. Para escapar de su impacto, se obliga a sí mismo a dar un paso hacia adelante bajo el arco y a asomarse afuera. Un farol cuelga entre los arbustos un poco más allá de los arcos, y las hojas en movimiento bloquean su luz. A la izquierda hay una amplia escalera ascendente. No se oye más ruido que el de las ranas, que llaman en coro, desde lejos, y el chirrido más seco de unos grillos en el patio. Atraviesa apresuradamente ese rincón del corredor bajo la arcada y empieza a subir. Las gradas de piedra son lisas, y se hunden ligeramente hacia el centro, donde el uso las ha ido desgastando.
Ahora oye una voz. Parece que alguien grita de un cuarto a otro, lejos, en el otro extremo de la casa. “Sí”, dice. Luego no puede oír nada. Sigue subiendo silenciosamente. Aquí arriba el patio tiene la misma apariencia; los arcos se multiplican hacia la izquierda y hacia adelante. Las estrellas son más visibles, sin ramas que las oculten.
Se dirige rápidamente hacia la próxima puerta abierta, entra. Desde el patio, alguien podría verlo. Cree que encontrará una salida en alguno de estos cuartos. Este piso es mucho más difícil. Los cuartos están amueblados sólo en parte y hay canastas y cajas amontonadas a lo largo de las paredes. En los dos primeros hay un denso olor a polvo viejo. El tercero le hace detenerse de golpe: se siente en el aire que alguien vive ahí. Avanza con incertidumbre. De repente, hay un objeto frente a él, muy cerca de su ojo derecho. Retrocede y alza la vista. Es una escultura que se yergue en la penumbra sobre él. Siente que pierde el equilibrio, da un paso hacia un lado, y dobla exageradamente el cuerpo para eludir la estatua. Su brazo se alarga hacia adelante, y su mano golpea algo frío y muy liso, y durante un instante hay un estruendo en el cuarto.
En el silencio que sigue primero se pone a la escucha y no oye nada. Ni siquiera se ha preguntado qué ocurrió, qué provocó ese sonido. Está atento, pero no se oye nada. Mientras tanto, se da cuenta de que está de pie frente a un piano de cola, con la cabeza inclinada, mirando hacia abajo. Pero ahora oye algo. Al principio lo oye tanto como lo siente bajo sus pies, es como un golpe. Luego, en el patio, un leve revoloteo se suma al canto de los grillos y el aire que mueve las hojas.
Indiferentes al ruido que hacen sus zapatos, suben por las escaleras. Él se queda esperando. De golpe, el cuarto se ha llenado de luz, mientras él observa, como desde una gran altura, el preciso paisaje negro y blanco del teclado.
Los hombres se comportan con gran cortesía, bromeando solícitamente con él mientras lo conducen a través de la puerta y el corredor que da a las escaleras. Uno de ellos le dice y le repite que tiene fiebre y que debería estar en cama. Él replica que no es cierto, pero que de todas formas había estado esperándolos. Al parecer, le tienen respeto, pero él cree que esto se debe a su absoluta obediencia; a la primera señal de desacuerdo, en opinión o en conducta, la actitud de los hombres cambiaría. Él siempre ha sabido que el mundo es así. No hay manera de escapar. Vienen, te agarran, y te llevan en silencio. Mientras bajan por la escalera de piedra, le dicen que corre el riesgo de contraer neumonía, que debe comprender que está enfermo, que tiene que guardar cama.
Ahora están abajo, en la otra mitad del mundo. Él siente que lo conoce íntimamente: la linterna detrás de las hojas mientras avanzan bajo los arcos, la canción de los grillos, las puertas abiertas que dan a los cuartos oscuros, y las puertas cerradas, donde el viento sopla a ras del suelo.
Cuando llegan a su cuarto y ve la cama, alza los ojos para mirar a los hombres, aguardando a que le digan que se acueste. Uno de ellos le dice que irá a prepararle un té caliente, que tal vez se ha resfriado. Añade que, si no fuera por la fiebre, le daría brandy.
—¿Fiebre? —repite él con voz gutural, y sube a la cama—. ¿Fiebre?
Vuelve a un lado la cabeza, cierra los ojos y se queda inmóvil. Los dos jóvenes desconocidos tienen razón en algo: se siente muy mal.
Mucho más tarde, alguien entra, y él abre los ojos. La única luz viene de detrás de un biombo alto; la cama está en la sombra. Uno de los muchachos le lleva una taza con su platillo. Él alza los ojos desde las almohadas; no le sorprende que la cara de su aprehensor esté pintada a rayas negras y azules. Cerca de la enorme nariz, las rayas se juntan para formar un diseño más delicado; esta parte de la cara es ligeramente incandescente. Imagina haberle indicado con la mano que ponga la taza en la mesa. Se dice a sí mismo que ya esperaba esto, pero la máscara a rayas le inquieta, y no quiere ningún contacto con su dueño.
No ha hecho ninguna señal; no se ha movido. La criatura le obliga a sentarse y a beber el té, que está muy caliente y le quema los labios. Le parece que tarda mucho en beberlo, y hasta entonces no le permiten volver a acostarse. No ha vuelto a mirar la cara. El muchacho se aleja. Al salir del cuarto, se detiene un momento a la puerta, y le dice que el señor Soto estará con ellos pronto. Lo dice como quien promete algo agradable, como si también él estuviera esperando que llegara.
Cuando se queda solo a oscuras de nuevo en el cuarto, tiene la absurda idea de que estos seres son invasores extraterrestres. Nunca nadie tuvo una cara así, de eso está seguro. La había mirado de frente, y vio los dibujos en miniatura alrededor del hocico.
El visitante anunciado resulta parecido a los dos primeros, aunque es un poco más oficioso y más grande; ejerce evidentemente el mando. No tiene rayas en la cara. Al contrario, se diría que ha sido tratado con el mayor realismo posible. Es un facsímil ejecutado con el máximo esmero hasta el último detalle; es una imitación perfecta de un hombre. Y ahora que las luces están encendidas, ve que el otro ya no lleva las rayas en el rostro. “Se han apagado”, piensa.
Las manos en los bolsillos, el jefe se acerca a la cama.
—Doctor, ¿cómo vamos? ¿Algo mejor? —Inclina la cabeza hacia un lado.
—Estoy bien.
—Las pastillas ayudaron. —El jefe dice esto a manera de pregunta, con una nota de leve sorpresa.
El doctor Slade no hace más que gruñir y moverse un poco en la cama, consciente de que el jefe se le ha acercado más y está casi encima de él, moviendo objetos en la mesita junto a su almohada.
—Tal vez bajó —le oye decir, y siente la presión de la punta del termómetro contra sus labios.
Sí, reconoce que está enfermo, pero el hombre sintético no tiene la menor idea de lo que le pasa; sólo está representando el papel de médico esta noche. Alza los ojos con desconfianza para mirarlo y hace girar el termómetro bajo la lengua. Más tarde, el jefe se lo saca de la boca y lo acerca a la lámpara de mesa para leerlo; él vuelve la cara hacia la pared y cierra los ojos.
—Muy bien —dice el jefe después de un momento—. Ha bajado a treinta y nueve y medio.
Él toma una importante decisión: se obliga a sí mismo a hacer un esfuerzo por incorporarse. El jefe lo mira sorprendido, mientras él intenta levantarse.
—¿Puedo verlo? —se oye decir a sí mismo.
El jefe le da el termómetro y le dice:
—No debería hacer ningún esfuerzo.
—Yo sé leer un termómetro —responde inexpresivamente. Le cuesta mucho; quiere enfocar las rayitas pintadas y encontrar el brillo aumentado de la línea de mercurio detrás de la curva de vidrio. Lo tiene muy cerca de los ojos. La tira plateada está allí, pero luego la pierde, y ya no puede hacer el esfuerzo necesario para volver a encontrarla. Devuelve el termómetro con un gruñido, con la seguridad, al hundir la cabeza en la almohada, de que no tiene fiebre. Grita:
—¿Por qué no me dejan en paz?
El jefe ríe con indulgencia.
—Tiene que comer. Es importante que mantenga algo en el estómago.
Bebido el consomé y comido el sándwich, se acuesta de espaldas a la lámpara. Un momento después alguien entra sin hacer ruido y apaga todas las luces.
Hay algún error respecto al tiempo. Está en una casa, atrapado en el cuerpo de un hombre que guarda cama a la fuerza. La gente viene a molestarlo, luego se va. Hay puertas que se abren y se cierran. Es de día, es de noche. Hay momentos en que el viento lo atraviesa mientras vuela por el espacio. Durante largos periodos permanece prisionero en un turbio mundo submarino, consciente del cuarto que está más allá de la cama; sabe que el tiempo se escabulle, pero no puede hacer nada más que seguir ahí tendido sin moverse, adherido como un molusco a la parte inferior de la conciencia, hasta que alguien viene y lo toca, y todo vuelve a cambiar.
21
Llegó un momento en que Day se dio cuenta de que era de día y no de noche, y fue consciente de que una hora sucedía a la otra. Estaba al aire libre, acostada en una cama en la terraza. Los pájaros gorjeaban en la barandilla; el viento olía a gardenias y a pino. “Pero esto es verdad”, pensó sorprendida y, con el desesperado anhelo de que le fuera posible apropiarse de la realidad, decidió no hacer esfuerzo alguno, limitarse a observar, para ver qué sucedía.
Varias veces esa mañana la enfermera le llevó la comida y refrescos. Era lógico suponer que hubiera alguien más por ahí, pero no recordaba a nadie aparte de la enfermera. A menudo tuvo la sospecha de que no fuera una enfermera de verdad; el mal humor de aquella mujer era más bien el de una sirvienta resentida. Que la dejaran manos de alguien así había sido un serio descuido, y tenía la intención de quejarse al respecto cuando tuviera la oportunidad. Se propuso no disgustarse demasiado con la enfermera: temía que la otra lo notara y luego se desquitara indirectamente. La mujer entraba siempre deprisa, haciendo mucho ruido con sus taconcitos sobre las baldosas; con evidente desagrado hacía rápidamente lo que tenía que hacer en la terraza, y luego se marchaba otra vez, sin mirarla siquiera. Cuando la enfermera se iba y el balcón quedaba de nuevo en silencio, ella entraba en un estado de absoluta felicidad, agradecida por haber sido devuelta al mundo exterior. “La convalecencia”, se dijo a sí misma, sin molestarse siquiera en preguntarse de qué convalecía.
Al atardecer oyó un murmullo de voces en el cuarto junto a la terraza. Abrió los ojos y se quedó mirando fijamente a lo lejos, escuchando, pensando que reconocía una de las voces.
—Doctor —llamó débilmente.
El murmullo cesó; hubo silencio. Aguardó un momento, esperando que la conversación comenzara de nuevo; y como no fue así, intentó escuchar al menos el ruido de las pisadas que se alejaban. Poco después llamó de nuevo:
—¡Enfermera!
Fue como si la palabra surgiera de un valle lejano; era difícil creer ella la había pronunciado. Sin embargo, ningún sonido llegó desde el cuarto. Esperó largo rato; no acudió nadie, y las voces no se volvieron a oír. Los pájaros se habían ido, y ya era casi de noche. Herida, con resentimiento, se dejó llevar por el sueño.
Habían puesto una lámpara de pie junto a la cama. La luz le daba en la cara, y un hombre estaba mirándola desde arriba. Ella pensó que era el médico. Tras él había otro hombre, mucho más joven; a éste lo reconoció, pero no podía relacionarlo con ningún lugar específico, con ningún periodo particular de su vida.
Quiso dirigirle una sonrisa al médico, pero no estaba segura de que los músculos de su cara se hubieran movido.
—Estoy mejor —dijo.
Sin dejar de mirarla, el médico dijo al otro unas palabras en español. Luego se inclinó hacia ella, le tomó la mano, se la llevó a los labios y luego la dejó caer suavemente sobre la cubrecama. Se irguió, dio media vuelta y pasó al cuarto, seguido por el joven. Ella quiso llamarlos; pero se quedó inmóvil bajo la deslumbrante luz, escuchando las voces que iban decayendo mientras los hombres iban de un cuarto a otro, y finalmente las voces se apagaron del todo.
Un poco más tarde, oyó el sonido de pisadas que se acercaban. El joven salió a la terraza, sonriente, con las manos en los bolsillos.
—Siento haberla dejado con esa luz en los ojos —dijo, y la apagó. Había luz en una mitad de la terraza, y la otra estaba en penumbra.
—Se siente mucho mejor, ¿verdad? —Era una afirmación, y esperaba que ella la confirmara, pero no dijo nada—. ¿Ya salimos del túnel?
Ella no respondió; se imaginaba a sí misma caminando por un túnel, mirando la apertura al final. Al principio la boca del túnel estaba bastante cerca, pero luego se fue haciendo más y más pequeña. Abrió los ojos rápidamente. Él la observaba con un interés descarado.
—Es el primer día —dijo ella, preguntándose si él comprendería lo que quería decir.
Ella estaba ahí, en el suave fondo de su mundo, mientras él hablaba de síntomas, tratamiento y reacciones; de vez en cuando se preguntaba cuál sería la función de este hombre en el hospital. Todo era una única e invariable escena; él le dio fin bastante ásperamente —pensó ella— diciendo: “Buenas noches” y marchándose. La enfermera debió de llegar en cierto momento, porque más tarde, cuando se despertó, la terraza estaba a oscuras, y podían verse las estrellas en el cielo más allá de la terraza.
Al día siguiente se encontró más a gusto dentro de sí misma. Cuando el joven llegó, le dijo:
—Ya salí del túnel.
—Ya lo veo. —Vestía una camisa roja y gris a rayas y pantalones cortos. Ella miró, con los ojos muy abiertos y algo sorprendida, sus piernas desnudas.
—¿Usted no es el médico, eh?
Él sonrió, condescendiente.
—El médico la vio ayer. Ya terminó con usted. Ahora está con el doctor Slade. También por última vez. Los dos han salido de sus respectivos túneles.
Él seguía hablando, pero por un momento ella no oyó lo que decía. Había estado acostada allí todo este tiempo, y ni una sola vez la idea de Taylor había cruzado por su mente. “Si me hubiera preguntado si estoy casada, le habría dicho que no”, pensó maravillada. De pronto, las palabras huecas del otro cobraron sentido para ella, y lo interrumpió, exclamando:
—El doctor Slade, ¿está enfermo?
—Está bien. Está bien. —El joven le dio unos golpecitos en la mano—. Los dos han estado enfermos, y los dos están bien. —La miró con atención.
Ella no respondió. Si hubiera sabido quién era el joven, qué función desempeñaba en el personal —reflexionó— le habría sido más fácil conversar con él. Quería quejarse acerca del servicio y de la enfermera que le habían asignado. Pero sentía que él tenía las respuestas a todas las preguntas posibles, escritas y guardadas en algún sitio seguro, y que bajo ninguna circunstancia podría obtener de él más que una pequeña porción de la verdad. Pensando así, le parecía casi inútil preguntar; no obstante, lo hizo.
—¿Dónde está? ¿Dónde está Taylor?”
—Está en Los Hermanos, donde ha estado todo el tiempo.
Si le hubiera dicho: “Sigue recibiendo terapia gravitacional en Venus”, habría entendido lo mismo. Pero dijo, “Comprendo”, como si pudiera imaginar claramente lo que sería vivir en un sitio llamado Los Hermanos, y como si hubiera sido de esperar que su esposo viviera allí. Mientras él seguía hablándole, sin embargo, por su mente cruzó la sombra de otra pregunta que ni siquiera podía formular. La intensidad de la mirada del joven había desmentido la franqueza fingida de su respuesta.
Como ella no decía nada más, él dejó de mirarla y encendió un cigarrillo.
—Creo que puede contar con verlo mañana por la noche —dijo después—. ¿Quiere oír algo de música?
—Creo que no. En verdad, no.
Era como si en el mundo ya no hubiera nada seguro. No había más que elementos inestables; todos los vínculos estaban rotos, todo flotaba en libertad. Tenía la mente clara; era consciente de su capacidad para seguir y evaluar sus propios pensamientos. Aun así, estaba convencida de que algo, algo que no podía nombrar, algo exterior y ajeno a su propia lasitud, estaba mal. Al fortalecerse —reflexionó— este malestar sería menos perceptible, y por esa razón precisamente tomó nota mental para recordarlo al día siguiente.
El joven estuvo hablando otro rato. Ella fingía quedarse dormida de vez en cuando. Al fin, la dejó sola.
Sacó las piernas por un lado de la cama y dio unos pasos tentativos, descalza, sobre las baldosas frías. Se sentía sorprendentemente llena de energía, y se puso a caminar de un lado para otro a lo largo de la barandilla, mirando los dibujos formados aquí y allá por las luces de las calles de algún arrabal remoto del otro lado del valle.
En un extremo de la terraza había un cuartito de baño; un espejo colgaba sobre el lavamanos. En el reflejo, Day buscó signos de malestar o de fatiga, y se vio ligeramente sorprendida al no encontrar ninguno. Pero entonces una serie de preguntas sin respuesta inundó de golpe su mente. ¿Dónde estaba su bolso? ¿Dónde había puesto su ropa? ¿Qué hospital era éste? En el espejo, vio que sus ojos se abrían un poco más, y con asombro se dio cuenta de que no recordaba nada acerca de su llegada al hospital, ni a la ciudad cuyas luces había visto hacía un momento.
Bajó los ojos hacia el lavamanos, se inclinó hacia adelante, y empezó a mojarse la cara con agua fría. Comprendió que no se había recuperado del todo; quizás había sido una imprudencia levantarse a caminar, incluso así de poco. Pasara lo que pasare —y esto se lo dijo a sí misma con la mayor firmeza— lo importante era no tener miedo. Le causó placer secarse la cara con una gran toalla de baño; lo mejor sería volver a la cama y dormir.
Al amanecer, cuando se despertó, el problema seguía ahí, una cortina invisible y total entre ella y lo que estaba fuera. El frágil hilo del canto de un gallo que atravesaba la quietud del aire, al ser filtrado por la cortina, perdió significación. Ella sabía que en alguna parte los gallos cantaban, pero como no podía recordar de qué manera había llegado a esta terraza en una ciudad desconocida, la existencia misma de los gallos era inaceptable. Sintió que su corazón comenzaba a latir con gran fuerza, como algo completamente ajeno a ella. Tosiendo nerviosamente, pensó en la adrenalina, el producto del miedo. Era necesario resistir hasta que Taylor volviera. Se incorporó y miró la enorme luna, que todavía daba luz como al descuido, como un farol que queda encendido en la calle después del amanecer. Más allá de la barandilla asomaban las puntas negras y afiladas de unos pinos. No tenía otra cosa que contemplar que esa luna innecesaria, y mientras la contemplaba, la vida volvió a ponerse en movimiento, porque de pronto había recordado. El hecho de descubrir, más o menos una hora después, unas cuantas lagunas vacías en el paisaje del pasado no le molestó gran cosa; sentía que había encontrado lo esencial.
La enfermera le llevó un desayuno excelente. Se lo comió todo y quedó acostada en silencio, mirando los gorriones que llegaban y salpicaban gotas de agua desde el estanque.
Era en el barco donde la historia comenzaba a hacerse borrosa, donde los detalles se volvían inciertos. Su camarote, ¿daba a babor o a estribor? No lograba recobrar la imagen. Y luego el comedor. Creyó recordar una de las cenas: comía arroz sentada frente a Taylor; pero, ¿había sido en el barco?
A las diez y media, cuando vio venir al joven, tuvo la desagradable idea de que se trataba de un psiquiatra supervisor; se veía tan seguro de sí mismo, tan evidentemente al mando.
—Paloma dice que vuelve usted a ser la misma, según sus propias palabras —le dijo, resplandeciente de gusto—. Y sí, parece que está lista para el viaje.
—¿Viaje?
—Sí. —Él sonrió aún más intensamente, mientras se inclinaba sobre ella y ponía las manos en las perillas del pie de la cama—. Al campo.
—¿Pero qué dice? —gritó, exasperada—. ¿Al campo? ¿Para qué? ¿No me había dicho que el doctor Slade estaría aquí a la noche?
Él sacudió la cabeza, sin dejar de sonreír.
—No me entendió. No era aquí. En San Felipe.
Se puso rígida y crispada, estaba segura de que la ira se notaría en su voz.
—Mire —dijo—, yo no soy de las que reciben órdenes. Mi mecanismo no responde. Simplemente no hay reacción. —Esperó un momento y, luego, como él no contestaba, siguió—: ¿Por qué no puede venir a verme aquí mi marido? ¿Está prohibido, o qué?
El joven se irguió y la miró con sorpresa.
—Dígame —insistió ella—. Soy un poco lenta, pero ¿hay alguna razón para que el doctor Slade no pueda visitarme aquí en el hospital?
—¡Hospital! ¿No reconoce el apartamento?
Sin dejar de mirarla, el joven se sentó muy despacio en una silla. Poco después continuó con calma:
—Esto puede suceder después de la fiebre. No es nada. Ya se le pasará. —Se inclinó hacia adelante. —Tuvo una fiebre muy alta durante bastante tiempo, por si no lo sabía.
—No quiero oír nada más. —“Apartamento”, decía para sus adentros.
Él se rió.
—Es mejor así.
La enfermera llegó con un ruido de tacones, miró al joven y se detuvo. Luego bajó respetuosamente la cabeza en dirección a la cama y dijo en español:
—Muy buenos días, señora.
—La voy a dejar con Paloma. —El joven se dirigió a la puerta, donde se detuvo para decir—: Sus cosas están aquí, en el dormitorio. Creo que lo encontrará todo. Cuando se haya vestido, ¿por qué no llama por teléfono a Luchita? Marque el cuatro. Yo regresaré a la hora del almuerzo. —Se rió entre dientes—. ¿Pero de veras creyó que esto era un hospital?
Era una habitación grande y agradablemente fresca. Todas las maletas, las suyas y las de Taylor, estaban en una esquina. Entró al baño y abrió la llave del agua caliente. La bañera era un buen sitio para recostarse y pensar. Su arranque de mal humor había sido lamentable, pero él lo tomó a bien. Se sonrió al ver los dedos de sus pies asomar sobre el nivel del agua. Con todo, era una situación embarazosa, estar de huésped en casa de gente cuyos nombres ni siquiera sabía.
Cuando entró de nuevo al dormitorio, Paloma la estaba esperando para abrir las maletas. Finalmente se vistió, y aunque no tenía el menor deseo de encontrarse con su anfitriona, levantó el auricular y marcó el número cuatro. Por fortuna, fue el joven quien contestó; un minuto más tarde, estaba a la puerta, y juntos atravesaron un patio y varios cuartos, y salieron a una terraza espaciosa. “Probablemente ya he visto todo esto antes”, se dijo ella a sí misma: incluso le pareció reconocer algunos objetos, pero era como si sólo hubiera leído sobre ellos, o como si los hubiera visto en alguna película.
Estuvieron conversando en la sombra, cerca de un estanque sobre el que colgaban unas lianas; él aún no le daba clave alguna. De pronto, ella vio la ciudad que brillaba entre la niebla a lo lejos, y al darse cuenta de la gran altura, retrocedió unos pasos hacia la pared del edificio.
—¿Recuerda esta terraza? —inquirió él.
—No podría decirlo. Eso quiere decir que no, supongo.
—Vinimos aquí fuera, y hablábamos del edificio. El edificio al final del muelle. De cómo parecía que se venía abajo, ¿recuerda? Cuando usted se cayó.
Mientras él hablaba, ella bajó un poco la cabeza y se pasó la mano por los ojos. Tenía una imagen estática, en la que ella y Taylor se hallaban en un enorme cobertizo con techo de lámina lleno de polvo y sin ventanas —un infierno de ruido y calor. Los dos estaban enfermos, y, por estar enfermos, tenían miedo. Recordarlo ahora era como correr al borde de las negras llamas de un angustioso sueño de mediodía. Taylor acababa de decirle que si tan sólo pudiera llegar hasta la puerta para respirar algo de aire fresco, se sentiría bien. Y luego desplomó, y ella seguramente había corrido hacia la puerta para pedir ayuda. Ahora veía algo que parecía un anuncio, una foto en colores: una pareja de jóvenes bien parecidos, vestidos atractivamente en ropa de playa, junto a un auto deportivo bajo un cocotero. El mundo se había torcido repentinamente hacia un lado, como un avión que se inclina al virar; mientras caía, ella había visto al final del próximo muelle un edificio que se desplomaba como si un gigantesco pie le hubiera dado una patada.
—El sol quema —dijo ella—. ¿Podríamos entrar?
—Pero ¿recuerda que me dijo que el edificio parecía doblarse y desplomarse?
—Sí —dijo ella con voz débil, y siguió andando hacia la puerta—. En Puerto Farol. Estaremos siempre en deuda con usted por todo lo que ha hecho.
—Los dos estaban muy enfermos, es cierto.
Una vez dentro, ella se sentó en un montón de cojines y se cubrió los ojos.
—El sol me marea —confesó. Recordó las pieles y los vidrios y las altas plantas, y a la extraña muchacha con sus pinturas extendidas en el suelo, y el momento en que comenzó a sentir frío, y por último el lento viaje hacia la cloaca de horror que había sido la enfermedad. Guardó silencio.
—Le voy a preparar un trago —dijo él.
Entró una muchacha, y él exclamó:
—¡Ah, Luchita! —era la misma muchacha que le había mostrado las pinturas, la misma muchacha de piel reluciente de la postal del auto bajo el cocotero.
—Hola —dijo—. ¿Ya estás bien?
—Sí, estoy bien.
El joven habló desde el otro extremo de la sala:
—Todo el mundo tiene que estar en San Felipe a las siete lo más tarde. Luchita puede llevarla en la camioneta.
—Quiero una Seven-Up —anunció Luchita.
—Tendrás que ir por ella —dijo él.
La señora Slade y su anfitrión quedaron solos un momento.
—¿Cómo le dice? —preguntó ella— ¿Vero?
—La evolución de Grover, vía Grovero. Una broma, como hablar pocho al revés. —Le clavó los ojos—. Pensé que sería bueno que usted y el doctor Slade vieran algo del país antes de irse. Algo de la montaña, algo de la selva. El camino hasta San Felipe es muy bonito. —Describió con el índice una serie de curvas muy cerradas—. Si a uno le gusta mirar el paisaje.
—Sí, me gusta. Nunca me canso de verlo.
Luchita volvió a la sala con un vaso alto; los cubitos de hielo tintineaban delicadamente contra el vidrio.
—Es tierra caliente —dijo; mirando intencionadamente a la señora Slade, y él le lanzó una mirada de enojo.
—¿Es muy caliente? —quiso saber la señora Slade.
Luchita había captado la advertencia.
—No demasiado —dijo.
—No creo que sea bueno estar demasiado tiempo en un lugar muy caliente, ¿no?
—No es caliente —le dijo él—. Eso no es lo que Luchita quiso decir. Lo que aquí llamamos tierra caliente no es por fuerza caliente. A Luchita no le gusta esa zona. La finca no está en la selva. Está en la sabana, un poco más arriba de donde comienza la selva.
La bebida estaba surtiendo efecto. Después de un momento, Day dijo:
—Lo único que puedo decirles es que estoy abrumada con tantas atenciones. Hay que viajar hasta aquí para descubrir lo que es la verdadera hospitalidad.
Lo mejor era no mostrar ningún titubeo en aceptar; más tarde, cuando Taylor y ella se reunieran, podrían hacer otros planes. Almorzaron un refinado curry ; la gran mesa estaba totalmente cubierta de platillos diversos. Bebido el café, Day se sintió más animada.
—A propósito de las maletas —le dijo él—, imagino que querrá llevarlas todas. Tal vez quieran continuar el viaje desde allá, a donde sea que vayan.
Él ayudó al portero a cargar el automóvil, y dijo adiós con la mano cuando Luchita viró la camioneta para arrancar pendiente abajo. En la ciudad, cuando salieron del sector comercial, Luchita recibió una multa por conducir a la izquierda de la línea blanca del centro de la calle.
—Vero se va a enojar cuando le cuente —suspiró.
—Tendrás que encontrar el momento oportuno.
Mientras se abría camino lentamente por entre las carretas de bueyes y la multitud de peatones descalzos, Luchita se rió burlonamente. Poco después estaban en el campo.
22
Se veía el cielo, y luego los árboles que pasaban, muy cerca al principio, por encima de sus cabezas, con sus enormes hojas verdes y brillantes. Volvió a verse el cielo, y más árboles a lo lejos, sobre las faldas de una colina pedregosa, árboles grises sin una hoja, cubiertos de espinas, cientos de ellos, mientras otras partes de la colina se iban haciendo visibles. El tren traqueteaba al avanzar, y él se sacudía de un lado a otro. El aire que entraba por la ventana junto a su cabeza olía a gases de carbón. De vez en cuando una escoria de carbón le golpeaba la cara. Estuvo por mover una mano para cubrirse la frente, pero en ese instante su mente se puso en movimiento. Se le cerraron los ojos, y se quedó inmóvil. Esperaría a tener más información antes de salir de su escondite. Se le ocurrió que tal vez lo mejor sería sumergirse completamente de nuevo; si alguien lo sorprendía ahí fuera, estaría indefenso. Si comenzaba a pensar demasiado, ellos lo percibirían inmediatamente. Quería espiarlos desde el resguardo de la oscuridad.
Cuando salió de nuevo a la superficie tenía los ojos abiertos, y veía el cielo y los árboles, igual que antes. Luego se miró el cuerpo de soslayo y cerró los ojos. Estaba intacto, vestía sus pantalones grises y calzaba sandalias. Su corazón latía muy rápido y con demasiada fuerza, pero en el interior de su mente había calma.
Durmió un rato, y entre uno y otro sueño se daba cuenta de la incesante carrera del tren que cruzaba estrepitosamente los viaductos mientras el ruido de las ruedas hacía eco en las laderas.
Abrió los ojos y miró hacia el otro extremo del compartimiento. Había solamente un hombre joven, bien vestido, muy bronceado por el sol. “Sí —pensó—, lo conozco”. Era una sorpresa que estuviera solo; estaba seguro de que eran varios. Luego le pareció que el joven había estado hablándole, y que ahora le tocaba a él decir algo. Hizo el esfuerzo de enderezarse un poco y sacudió la cabeza con incertidumbre. La sensación de desamparo se hizo real; fue como amanecer en un cuarto de hotel, cuando por un momento quien se despierta no sabe dónde está. Pero esa sensación de no estar en ninguna parte siempre se disipa después de unos instantes de esfuerzo, y esto continuaba.
Estudió al joven más de cerca. Parecía una estrella de cine, y hablaba de la manera casi convincente de un personaje de película; su cara cambiaba de expresión ligera y constantemente, para acompañar las frases que pronunciaba. Era importante saber qué estaba diciendo.
—No sé —dijo, dudoso; ahora él era también un personaje, de la misma película. Estudiaba los ojos grises detrás de la elegante cara movediza.
El joven sonrió, para tranquilizarlo. Había una gran maleta de piel de cerdo en la canasta del equipaje, por encima de su cabeza; y sobre la maleta, un impermeable doblado.
Estaban juntos en un tren. Viajaba con este hombre cuyo nombre no recordaba; y envejecía. Envejecía. Ésa era la única explicación. Pero era probable que, si el otro hablaba lo suficiente, él lograra recordar. Surgiría alguna palabra que establecería el contacto, y lo despertaría por completo.
El joven miró su reloj.
—Las muchachas estarán llegando a Escobar más o menos ahora. Allí hay una especie de posada, y es probable que se detengan a tomar algo.
Lo que estaba diciendo carecía de significado.
—Tendrá que disculparme —dijo, haciendo un esfuerzo por sentarse más derecho—. Estoy un poco atolondrado. ¿Cuánto tiempo he dormido?
—No sé. Un rato.
Se hundieron en la oscuridad de un túnel, y volvieron a salir al descubierto mientras el tren forcejeaba por el contorno de una larga curva.
—¿Qué decía usted hace unos minutos? —preguntó.
El joven se rió secamente.
—No importa, era sólo un gambito. No quería asustarlo.
—¿Asustarme?
—Ya ve, yo sabía que tarde o temprano respondería, al volver en sí, y al fin lo ha hecho.
Por alguna razón, sufrió un acceso de cólera.
—¿Por qué no dice de una vez lo que quería decir? ¿Acaso he estado delirando?
El otro se inclinó hacia delante en el asiento y lo miró fijamente.
—Ahora está bien. Pero hace unos días no lo estaba. Usted sabe, es delicado cuando se trata del cerebro. Pudo haber despertado ahora mismo sin la menor idea de quién diablos es.
La palabra “cerebro” traía consigo resonancias oscuras. “Sé quién soy”, dijo torvamente, cerrando los ojos. Pero era cierto: aún estaba atolondrado. Ocupaba un pequeño centro de territorio extraño, y en torno a él todo estaba en desorden. Y eso era exactamente lo que el joven había querido decir: amnesia.
—¿Qué pasó? ¿Qué es lo que pesqué?
El joven se recostó en el asiento.
—Es muy común por aquí —dijo—. La verdad es que no se sabe exactamente cómo actúa. Un tal Newbold aisló el virus hace algunos años. Lleva su nombre. Llega como un relámpago, y desaparece de igual forma, sin dejar daño visible. Sólo que, como le digo, a veces viene esta pérdida pasajera de la memoria.
—Hmmm. —Dejó que sus ojos siguieran el dibujo de encaje en el brazo del asiento. Era igual a un compartimiento de primera clase en un tren europeo. Esto le disgustó: no quería estar en Europa.
—¿Pasajera? —dijo por fin—. ¿Cuánto dura? Le pregunto porque no recuerdo nada. Estoy perdido. —Sacudió lentamente la cabeza.
—No, no lo está. Mire. ¿Recuerda que desembarcó con Day en Puerto Farol?
Los nombres bastaron: es estableció el contacto. Una vez más, cerró los ojos. Mientras la oscuridad interior era expulsada, recordó el olor a mar en el pueblo verde y vaporoso después de la lluvia. El tren viró, dio un silbido, pasó traqueteando al filo de un despeñadero.
—¿Dónde está ella? —dijo.
—En la carretera, no muy lejos de aquí, detrás de esas montañas, en una camioneta blanca. —El joven sacó el brazo por la ventana para señalar.
Tenía otras preguntas, pero decidió no hacerlas, y se recostó por un momento. Si aguardaba hasta tener la mente clara, tal vez no tendría que preguntar nada más.
—Nosotros dos hemos venido en este artefacto porque yo quería que usted pudiera estar acostado. Además, el tren de San Felipe pasa por Los Hermanos. Era lo más fácil.
Él respondió con un gruñido y se dio cuenta de que estaba otra vez medio dormido. Luego, el joven dejó de hablar; los ruidos y los movimientos del tren continuaron.
Sintió un pinchazo en el hombro; el chirrido de los frenos inundó el vagón. Se incorporó y puso los pies en el suelo. El tren serpenteaba por una angosta garganta con paredes de roca viva a ambos lados.
—¿Es aquí? —preguntó, y el otro asintió con la cabeza. La garganta fue ensanchándose, y el tren siguió frenando, y, más adelante, apareció un pueblecito de mismo color que el polvo.
—Supongo que todas las maletas están en el auto —le dijo al joven.
—Así es. Todo.
El tren se detuvo y ellos se pusieron de pie. El joven tomó la maleta y el impermeable, y lo empujó a él hacia el pasillo.
—Pase usted, yo lo sigo.
—Esto sí que es algo —murmuró él, arrastrando los pies con dificultad—. Venir de vacaciones y terminar así...
—Ya está bien. Nada más siga adelante.
Los tres: el chofer mestizo, el joven y él viajaron en camión hacia un lugar más caluroso. El campo estaba cubierto de espinos de copa plana, sin hojas. El cielo anaranjado resplandecía frente a ellos, pero luego palideció, y el paisaje espinoso cobró el color gris de los fantasmas.
—Day también estuvo en cama, ¿sabe? —dijo de pronto el joven, y agregó—: Pero nadie lo diría. Se lo juro, ahora se ve mejor que antes. No sabía si decírselo.
—Hombre, no me venga con secretos. Day, ¿está bien?
—Como una rosa. Tuvimos un caso de Newbold aquí en la finca el año pasado. Un amigo mío, estaba de veras mal. ¡Pero fue increíble! En cinco días ya estaba en pie y corriendo por ahí, como si nada. Cuando le digo mal, quiero decir que creí que no iba a contar el cuento. Fotismo, convulsiones y demás.
—¡Dios Santo!
El camión se detuvo y ellos bajaron. En la penumbra no se veía más que un muro sin ventanas. El aire seco y caliente estaba endulzado por el olor del humo de la leña. Media docena de sirvientes salieron a recibirlos, cada uno con una linterna. Hubo saludos y apretones de mano, que continuaron camino de la casa, y luego aparecieron más sirvientes.
—Por favor, pase por aquí —dijo el joven—. Los pondré a los dos en esta ala. Nadie los molestará. La casa es bastante grande. Era un monasterio, ¿sabe? —Señaló con la mano las vigas del techo.
De una puerta que tenían enfrente salió una niña india descalza que traía un termo. Sonrió tímidamente cuando pasaron a su lado.
—Seguramente querrá comer algo ligero, en su cuarto, y acostarse.
—Cierto —dijo él, agradecido.
El joven tocó a la puerta por donde la sirvienta acababa de salir, y Day abrió.
TRES
23
El doctor Slade había terminado de desayunar. La mesa estaba bajo una sombrilla color caqui en el pequeño patio al que daba el dormitorio. Dio vuelta a su silla para mirar al otro lado del jardín.
—Han hecho todo lo que podían por nosotros —dijo.
—Han sido espléndidos, es verdad. Me sigo preguntando qué aspecto tendríamos al salir de aquella oficina de aduanas, dando tropezones. —La compañía de Taylor le había hecho regresar completamente al mundo; estaba sentada y gozaba de la intensa luz del sol de la mañana y los olores del campo—. ¡No! Sólo quería decir... No quieres quedarte aquí mucho tiempo, ¿cierto? Ellos no podrían ser más amables y generosos. —Vaciló un momento y sorbió su café—. Pero, ¿qué tenemos en común?
Ésta, desde luego, era la actitud que él había tomado originalmente ante a sus anfitriones, pero ahora se encontraba de un humor expansivo. Se estiró en la silla y bostezó. —Hablas demasiado pronto, Day. Uno nunca sabe. Este lugar podría encantarte.
—Sigues suponiendo que hay algo aquí que no me gusta. Lo estoy pasando muy bien. No quisiera estar en ningún otro sitio. Pero algo que dijiste me dio la impresión de que querías quedarte aquí una temporada, y quería averiguar, ¿cuánto tiempo?
—Ya que estamos aquí, ¿por qué no nos limitamos a disfrutarlo? Cuando quieras, nos vamos.
Ella suspiró. No era habitual en él estar relajado y sin preocupaciones cuando se trataba de hacer planes de viaje. Podía ser una señal de fatiga. A su edad —reflexionó ella—, y considerando la virulencia de la enfermedad, tuvo suerte de recuperarse así de pronto.
—Supongo que tienes razón —dijo, y sintió un repentino impulso de ternura protectora hacia él. Le parecía probable que necesitara un buen descanso, y ésta era la oportunidad. Estiró las piernas hacia adelante y se miró las sandalias—. Además, ahorraremos dinero —agregó pícaramente.
El doctor Slade produjo un gruñido.
—Al final, casi siempre es lo mismo que estar en un hotel, si de eso se trata. —El inesperado gesto de resignación de Day no se le había escapado; pero quería averiguar el motivo, de modo que aguardó.
Más tarde, cuando las sombras de la tarde eran oblicuas, guiados por el señor Soto, salieron a dar una vuelta para conocer el lugar. Luchita estaba malhumorada y silenciosa; dirigía los ojos al cielo, o al suelo junto a sus pies, cada vez que se detenían a admirar el paisaje o a examinar una planta. Vestía una camisa rota, un par de levis exageradamente sucios, y, por lo que Day podía ver, no llevaba nada debajo.
Salieron a una meseta que dominaba un valle con un río flanqueado por la selva.
—Es selva seca —dijo el anfitrión—. Como pueden ver, sólo es una franja a lo largo del río. Tenemos unos diez mil acres de buen pasto, allá, del otro lado. Aquí abajo hay algo de café. No es mucho todavía. Por ahora, cuesta más de lo que rinde.
Day miró a su alrededor y vio a Luchita sentada en una roca a cierta distancia, fumando un cigarrillo. Inhalaba con mucha parsimonia, y guardaba durante un momento el humo en los pulmones antes de exhalarlo. “Ni siquiera puede fumar como todo el mundo”, pensó Day. Entonces vio que Grove lo había notado también, y observó cómo su expresión se ensombrecía de enojo.
—¡Vamos! —gritó—. A la fábrica, antes de que oscurezca.
Los guió colina abajo por un angosto sendero entre peñascos y enormes ceibas con gruesas raíces descoloridas.
La fábrica era una enorme construcción de madera levantada en varios niveles sobre la ladera, en parte techada, en parte descubierta, un caos de cubículos y conductos inclinados. En fila india, con Grove a la cabeza, se abrieron paso por entre las montañas de granos de café y llegaron a una pequeña oficina en el extremo más oscuro del cobertizo. Un joven enjuto de piel oscura estaba sentado al escritorio.
—Éste es mi capataz, Enrique Quiroga —dijo Grove, y se dieron la mano.
La puerta de la oficina estaba abierta, y varios trabajadores se habían acercado y estaban ahí, inmóviles, mirando al interior. Grove tomó uno de los varios sombreros que colgaban de una hilera de clavos en la pared, y se lo echó a la cabeza, el ala gacha.
—¿Vamos a una fiesta de disfraces? —dijo Day.
—No exactamente. Mire.
Unos tenues rayos del sol del atardecer se filtraban por un tabique improvisado y atravesaban lo alto del oscuro interior por encima de sus cabezas.
—Piranese —dijo Grove mientras avanzaba. Nadie respondió.
—Vengan a ver esto —dijo.
Luchita estaba hablando con el capataz.
—¡Hombre! —gritó en español.
En un rincón, arriba y abajo, había docenas de telarañas como hamacas tendidas descuidadamente entre las dos paredes. En cada una había una enorme araña negra y amarilla.
—¡Dios mío! —exclamó el doctor Slade—. Son grandes como ciruelas.
Estrujando la copa del sombrero en una mano, Grove alzó el brazo, y lo bajó con un amplio ademán; las pegajosas membranas se rompieron con un chasquido. El doctor Slade se ajustó los lentes y clavó los ojos.
—¿Cuántas cogí?
—Siete, ocho.
Cuando Luchita se reunió con ellos, Grove arregló la copa del sombrero.
—Sosténmelo un momento, ¿puedes?
Obediente, ella lo tomó y avanzó unos pasos. Trepando para escaparse, uno de los insectos le tocó la mano. Luchita miró rápidamente hacia abajo, dio un grito y arrojó el sombrero.
—¡Oh! ¡Te mato —gritó—, desgraciado!¡Hijo de puta! —se lanzó contra Grove para pegarle con los puños.
—Las detesta —explicó Grove a Day por encima del hombro, y al mismo tiempo mantenía las manos de Luchita alejadas de su cara.
Detrás de la fábrica había varias hileras de chozas con techos de palma, donde se oían voces de mujeres y llantos de los niños. Se detuvieron frente a una de las chozas para mirar dentro, las paredes de barro, el piso de tierra; una vieja estaba acostada en una esquina sobre un montón de sacos de brin.
—Bastante primitivo —dijo el doctor Slade. Day captó la inflexión de crítica en su voz. Acaso también Grove lo notó. Dijo:
—Es gente primitiva. Les regalas una cama, y ellos se la dan a las gallinas. Les das dinero, y se pasan borrachos dos días.
—Aun así, a veces necesitan dinero —objetó el doctor Slade.
—No saben lo que es ahorrar. Se les paga con vales, para que compren su comida en el almacén de la compañía.
—Algo he leído acerca del sistema —dijo el doctor Slade con sequedad.
—Pues parecen más bien contentos —comenzó a decir Day en tono dubitativo. Estaba dispuesta a cualquier cosa con tal de evitar una discusión sobre el asunto: conocía a Taylor.
Junto a la fábrica, debajo de un gran árbol, se había estacionado un camión.
—Enrique nos llevará de vuelta a casa —dijo Grove.
La vereda, llena de baches, pasaba a través de chaparrales casi todo el tiempo; cuando llegaron a la casa comenzaba a oscurecer. Luchita había entablado conversación con el capataz en cuanto subieron al camión. Cuando se detuvo, Luchita saltó a tierra y desapareció.
El patio principal del antiguo monasterio, arreglado en terrazas y abierto en un extremo, se conservaba intacto. En la parte baja, más allá de las arcadas del claustro podían verse, de día, las lenguas de tierra y el sinuoso río con su franja de selva. En una esquina de la terraza más alta, unas paredes de vidrio habían sido levantadas, y la cena fue servida detrás de ellas. Las velas temblaban con la brisa. Luchita se había acicalado, y resplandecía con un vestido negro muy ceñido. Mientras comían, miraba caprichosamente hacia el río invisible, y cuando hablaba, ya insolente, ya indignada, su voz vibraba de emoción.
—No se la ha pasado el susto todavía —le dijo Day a Grove—. ¡Esas araña! ¿Por qué lo hizo?
—¿Hacer qué? —exclamó él con disgusto—. Es precisamente ese infantilismo lo que ella debería combatir.
En principio, Day estaba de acuerdo con él, pero arqueó las cejas para mostrar contrariedad. Mientras lo miraba, ufano y reluciente a la luz de las velas, pensó con cierta repugnancia: “Todos los hombres son crueles con las muchachas jóvenes. Taylor incluso.” También él se había comportado como un sádico con una niñita, ¿pero dónde había sido eso? ¿Y había sido así en realidad, o era un recuerdo falso, residuo de la enfermedad?
Durante todo el día, aquí y allá, inesperadamente, algo le había molestado, y ella había ido posponiendo la hora de examinar de qué se trataba. Y cuando por fin se encontró cara a cara con ello, en el mismo momento en que Luchita rehusaba la ensalada de la fuente que un criado sostenía frente a ella, Day se dio cuenta de que aún había un lugar vacío en el pasado.
Miró al hombre que se le acercaba con el plato de ensalada. Nada de lo que sucedía era comprensible; podría asimismo haber sido algo completamente diferente. Hasta que no supiera lo que había ocurrido antes, no podría aceptar por completo lo que sucedía en ese momento.
Por una parte, le parecía muy extraño sentir que conocía tan bien a Grove. Sobre todo su voz —era como un sonido que había conocido toda la vida. Había algo de anormal en la terrible familiaridad que sentía con sus cadencias e inflexiones. Y, luego, “¿Qué tiene contra mí?”, se preguntó, perpleja. “¿Por qué parece vibrar de hostilidad?” Varias veces durante el día se había sentido irritada por el insolente aire de triunfo que él asumía al mirarla.
De pronto se dio cuenta de que Grove y Taylor habían entablado la discusión que ella había querido evitar cuando estaban entre las chozas de los trabajadores detrás de la fábrica.
—Sí, pero ¿qué significa la frase “derechos humanos”? El concepto que los norteamericanos tienen se basa nada más en el hecho de que siempre han tenido más de lo que les corresponde. —Grove señaló al doctor Slade con el dedo—. Póngalos en la misma situación que el resto del mundo, y se darán cuenta muy pronto de que lo que han tenido hasta ahora no eran derechos, sino privilegios.
—Pero, por su propia seguridad, en un país como éste —siguió el doctor Slade tranquilamente— me parece que sería mejor reducir la zona de posible malestar, ¿no cree?
Grove se rió.
—¿Entramos a tomar un café?
Se levantaron de la mesa y dejaron las velas consumiéndose con la brisa, que comenzaba a soplar con más fuerza.
En la sala, Grove se detuvo frente al doctor Slade.
—Ya lo sé, ya lo sé —dijo con impaciencia—. Un liberal no puede decir no, porque no tiene nada a que decir sí. Pero, doctor, también en cuestiones de teoría política hay que estar al tanto de las investigaciones.
El doctor irguió airadamente la cabeza.
—Me temo que no veo el paralelo.
Fueron a sentarse junto a la mesa de café. Luchita, al ver que Grove entraba, dejó de hablar y asumió una actitud retraída.
—¡Taylor! Escucha lo que dijo Pepito. Cuéntaselo, Luchita. ¡Es genial!
Luchita miró con recelo a Grove, que parecía gozar viendo su repentina timidez.
—No sé qué le habrá picado. Por lo general no menciona el producto de sus indiscreciones infantiles —dijo.
—¿Quién es Pepito? —preguntó el doctor Slade, aún irritado por el ataque de Grove, que consideraba injustificado. Pero Luchita se había puesto de pie en silencio, con la cara transformada por la ira, y ya salía de la habitación. El sonido de sus tacones, que golpeaban las baldosas del patio, se fue apagando, y por un instante hubo silencio.
Finalmente Day dijo:
—¡Vaya!
Grove empezó a hablar acerca de las costumbres de los indios; no se hizo más referencia a la furiosa salida de Luchita. Media hora más tarde, Grove se levantó también, diciendo que tenía algo que hacer, y les dio las buenas noches.
Estuvieron sentados en la sala unos minutos más, hojeando revistas en silencio. Después, más con murmullos que con palabras, convinieron en retirarse a su cuarto. Day llevó consigo un ejemplar de Country Life y otro de Réalités. Una joven india descalza estaba en el dormitorio, abriendo las camas, y luego sacó batas y pantuflas. Les dirigió una sonrisa y salió del cuarto.
El doctor Slade, de pie junto ala ventana, miraba el patio débilmente iluminado. Day había entrado al baño, se oía correr el agua del lavamanos. Él trataba de recordar la última vez que estuvieron juntos en la cama. No tenía importancia, y, sin embargo, le molestaba no saber ni cuándo ni dónde había sido.
Al fin, ella volvió al cuarto, radiante con un negligé blanco. Se le acercó y entrelazó su brazo con el de él.
—Mi amor —dijo él, y se volvió para abrazarla. El olor de su pelo siempre le hacía recordar el viento y la luz del sol. Day no levantó la cara para verlo.
Él le puso la mano debajo de la barbilla.
—¿Qué pasa?
—Nada, nada —dijo ella sonriendo; se apartó suavemente y fue a sentarse al tocador.
Cuando él salió del baño, en pijama, ella ya estaba cubierta con la sábana, sentada en su cama, hojeando Réalités. Había dejado en la otra cama el número de Country Life. Él se acostó y estuvo mirando un momento fotografías de árboles de tejo y de salas inglesas; luego apagó la lámpara de su mesa de noche y dejó caer suavemente la revista al suelo. Un momento después, Day apagó su luz y el cuarto quedó a oscuras. Él la oyó bostezar débilmente. Luego hubo silencio, y entonces ella habló, insegura:
—Taylor.
—Hnnn —hizo él, esforzándose por despertarse de nuevo—. ¿Qué?
—Quería preguntarte. ¿Has tenido problemas al querer recordar algunas cosas? ¿Después de la enfermedad, no has notado nada raro?
—Sí, algo. —Ya estaba completamente despierto.
—Yo tengo unas lagunas enormes. Todo el viaje está borrado. Es horrible.
—Él dijo que algo así podía pasar. Pero también dijo que después lo recordaríamos todo.
—Es como si un periodo de tiempo hubiera desaparecido del todo.
—Lo sé. Me sucedió ayer —dijo él, indeciso—. Hay que tener paciencia.
—Tú, ¿no tienes lagunas? —insistió ella.
—Creo que ya desaparecieron todas.
Fabricó un bostezo; esperaba que ella captara la indirecta y se durmiera. En cuanto a su propia situación, no estaba tan contento como quería aparentar. Había sin duda una laguna en su memoria; no podía recordar nada de lo que había pasado a partir de los dos o tres primeros días en el barco que tomaron en San Francisco. Pero no tenía la menor intención de reconocerlo ante Day; la privaría de ese apoyo que ella tanto necesitaba ahora. Además, estaba seguro de que, entre los dos, les sería posible armar el rompecabezas. Día tras día, uno de los dos aportaría más detalles, hasta que el cuadro estuviera completo para ambos.
Escuchó. Ella estaba quieta: supuso que dormía.
Las palabras eran engañosas, sobre todo las cortas. Day estaba pensando en la importancia crucial de las dos palabritas que Taylor acababa de emplear: Él dijo. Dijo que el olvido se disiparía rápidamente. Dijo que era producto de algo llamado mal de Newbold. Dijo que los había atendido el mejor médico de la capital. Pero ¿recuperarían íntegramente la memoria? Taylor nunca había oído hablar del mal de Newbold. Era posible que otro doctor hubiera prescrito un tratamiento que evitara los efectos secundarios que ella estaba sufriendo. Era desmoralizador saber que todo dependía del mundo de este joven extravagante. Más que nunca, desconfiaba de él, y le molestaba no poder encontrar más argumentos específicos que le ayudaran a justificar sus sentimientos. Le parecía que el simple hecho de haberlos invitado y de haberse molestado en traerlos hasta la finca daba lugar a sospechas. Había una contradicción fundamental en su comportamiento: se empeñaba en ser hospitalario y servicial y, sin embargo, al estar con él, ella no lograba percibir el menor signo de amistad. Ofrecía su encanto y cortesía mecánicamente; era como si ella y Taylor le estuviera pagando, como si fuera un anfitrión profesional. Estaba convencida de que hacía una hora, cuando los dejó solos, había suspirado con alivio porque se deshacía de ellos, porque era libre de volver a su vida privada. Ella sólo podía imaginar cómo era su mundo personal, pero estaba segura de que en él no había rincón alguno para ella ni para Taylor; en ese mundo, ellos contaban como objetos, no como personas.
En algún momento de la noche tuvo un sueño. ¿O era posible que estuviera medio despierta y que sólo estuviera recordando un sueño? Estaba sola entre las rocas, en una costa oscura junto al mar. El agua subía y bajaba lánguidamente, y a lo lejos se oía el lento oleaje romper en una orilla arenosa. Era reconfortante encontrarse tan cerca de la superficie del océano y contemplar los detalles nocturnos de su flujo y reflujo. Y mientras escuchaba el lejano reventar de las olas que subían encorvándose hasta la playa, percibió otro sonido entrelazado con el intermitente romper de las olas: un interminable susurro horizontal que se extendía sobre la inmensidad del mar y que traía consigo una frase que se repetía incesantemente, con la regularidad del destello de un faro: Pronto amanecerá. Estuvo escuchando largo rato: una y otra vez las palabras, apenas audibles, volvieron como un susurro sobre el agua ondulante. Un gran peso estaba siendo levantado lentamente de encima de ella; poco a poco su felicidad fue haciéndose más completa, hasta que despertó. Luego estuvo maravillándose del sueño unos minutos, y volvió a quedarse dormida.
24
A la mañana siguiente, poco después del desayuno, Grove llamó a la puerta. Day, que había estado tomando el sol, se cubrió con la bata.
—Siento mucho molestarlos —dijo al entrar en el patio, donde estaban ellos—. ¿Todo bien? ¿Necesitan algo?
Mientras ambos protestaban diciendo que todos los detalles se combinaban para lograr la perfección, él se acomodó en una chaise longue y encendió un cigarrillo. El propósito de su visita se aclaró en pocos minutos: había venido a invitar al doctor Slade a que lo acompañara a ver una mina de plata en los alrededores.
—¿Una mina de plata? ¿De veras? —preguntó el doctor Slade con inflexiones de interés—. Sí, creo que me gustaría.
—¿Van a entrar en la mina? —inquirió Day, mirando fijamente a Grove.
Él sonrió.
—Sería difícil verla desde fuera.
—¡Odio los lugares subterráneos! —exclamó Day, sin apartar sus ojos de los de Grove.
—Eso es bastante normal —dijo él, con una sonrisa más afable.
Repentinamente Day sintió que Grove estaba induciéndola a hacer el ridículo, a ir más allá del límite de una retirada digna, de modo que dejó que la conversación derivara hacia otros temas. Luego, sin advertencia, preguntó:
—Esa mina, ¿es nueva?
—Es segura, si es eso lo que quiere decir. Tiene por lo menos dos siglos. Muy sólida.
Cuando el doctor Slade se levantó para marcharse con Grove y estaba por cruzar la puerta:
—Taylor, preferiría que no fueras —le dijo Day en voz baja, pero con intensidad suficiente para que le oyera.
Él se detuvo y se volvió hacia ella.
—¡A tiempo me lo dices! Tendré mucho cuidado en las escaleras y te veré a eso de las doce.
—Sí —dijo ella con voz apagada, y agitó una mano en dirección a él. Tomando esto como un gesto de despedida, el doctor Slade cerró la puerta.
Llegaron al corredor del patio principal.
—Day es muy ansiosa, ¿no es cierto? —le dijo Grove, y le lanzó una mirada.
—En absoluto. Es excepcionalmente equilibrada —dijo el doctor Slade—. Pero desde la enfermedad ha estado un poco nerviosa.
Grove sonrió con tolerancia, sacudió la cabeza.
—Bueno, doctor, es su mujer. Usted sabrá. Por otra parte, la misma intimidad entre ustedes puede impedirle ver lo que alguien que recién la ha conocido nota de inmediato. Quién sabe.
—Eso lo dudo mucho —dijo el doctor Slade con cierto énfasis.
Grove comprendió que no sería fácil manejarlo.
—¿Por qué iba a estar nerviosa? —preguntó—. Se ha recuperado por completo. Eso es evidente.
El doctor Slade se detuvo bruscamente.
—Pero ¿se habrá recuperado de verdad? Tiene el mismo problema que yo. —Se dio una palmadita en la frente. —Hay muchas cosas que no logro recordar.
Grove dio un resoplido.
—Es muy probable que todo sea imaginario. Ella sabe que estuvo inconsciente algunos días, y por eso siente que el hilo se ha roto. Ya verá que sí puede recordar si le hace las preguntas apropiadas.
Siguieron andando, despacio.
—No estoy seguro —dijo el doctor Slade—. En mi caso es algo real, no cabe duda. Hay un periodo entero que simplemente desapareció.
—¡Desapareció! —exclamó Grove.
El doctor Slade se sintió animado a hablar sobre el asunto, y durante el viaje en jeep siguió explicando a Grove la extensión del lapso, valiéndose de ciertas fechas clave y contando con los dedos los días anteriores y los días posteriores a esas fechas. Entre los dos, calcularon que el tiempo perdido comprendía un periodo de trece a quince días.
—Por el momento nada me interesa más en el mundo que recuperar esos días —dijo el doctor Slade tratando de sonreír; el viento caliente le golpeaba la cara y le cortaba la respiración.
—Volverán, con cola y todo, volverán —Grove conducía demasiado rápido, sin apartar un instante los ojos del accidentado sendero.
Day, que seguía asoleándose sola en el patio cada vez más caliente, se esforzaba por reconstruir las escenas clave, cuyos detalles podrían evocar los fragmentos del material perdido. Pero era como buscar las huellas de ayer en la playa. Culpaba a Taylor por haberse ido cuando le pidió que se quedara: su ausencia le hacía sentirse sola con su inquietud. Estaba segura de que estando juntos tendrían muchas más probabilidades de resolver los problemas.
Cuando las sirvientas llegaron para hacer el cuarto, se puso una camisa y unos pantalones, y se fue paseando por la casa hasta la puerta principal. Fuera, en el camino, parecía que hacía más fresco. Había varios senderos polvorientos que se bifurcaban en distintas direcciones; el que escogió bordeaba los muros de la casa y los jardines. Luego, el sendero descendía hacia la izquierda. Continuó despacio, a pesar del calor, y esparcía el polvo con las sandalias al andar. Poco después dio media vuelta y emprendió el regreso hacia la hacienda, caminando más rápido que antes. Una vez en el patio, oyó voces que venían de la sala, y se asomó a ver.
—Te lo perdiste—le dijo Taylor—. Había riachuelos de cianuro por todas partes.
Ella soltó una risa y tomó el coctel que Grove le ofrecía.
—Es lo que necesitaba, un buen trago de cianuro.
El comedor era un pequeño museo de arte precolombino; en las paredes había una serie de nichos con máscaras y esculturas. Grove había insistido en que comieran aquí, diciendo que afuera hacía demasiado calor. Luego se produjo una discusión con Luchita, que protestaba porque el aire acondicionado enfriaba demasiado el comedor. Al sentarse a almorzar, se quejó de nuevo.
—Y, encima, nos das vichyssoise con hielo —protestó.
—Ah, es que fumas demasiado. Hace calor aquí. —Grove miró a Day, en busca de apoyo.
—Para mí está bien —dijo ella suavemente, al mismo tiempo que juntaba las piernas, pues le parecía que hacía demasiado frío.
—Es la temperatura ideal —dijo el doctor Slade.
—Tú tienes puesta la chaqueta —le dijo Day, y se detuvo. —¿Qué dios es ése? —inquirió después, señalando una enorme imagen de piedra que se erguía en el otro extremo del cuarto.
Grove miró la escultura con respeto.
—Es Xiuloc, el dios de la fuerza vital. Lo llaman el Padre de los Furúnculos. Pesa catorce toneladas.
—Yo hubiera dicho que pesaba más —dijo el doctor Slade con desgana; le parecía absurdo rodear la mesa del comedor con caras burlonas y fauces feroces.
—Eso es —le dijo Grove—. Es piedra porosa. Se reventaban los furúnculos en ella, para que absorbiera el pus.
—Oh —dijo Day, y miró su vichyssoise.
Como quien considera la idea, el doctor Slade repitió:
—Dios de la fuerza vital.
—Todo esto, ¿cómo es que lo tiene aquí? —le preguntó Day a Grove.
—Lo hemos ido desenterrando aquí mismo, en nuestra propiedad. El Estado se ha quedado con las piezas más grandes. Pero en el estudio hay un mamut digno de verse.
—Si lo ve, en dos semanas no concilia el sueño —advirtió Luchita con gran seriedad.
—Me muero por verlo —le dijo Day a Grove—. ¿Qué es?
—Una divinidad, nada más. Pero tiene serpientes y arañas, y eso altera a Luchita.
“¿Qué estoy haciendo aquí?”, se preguntó Day a sí misma. Era absurdo estar sentada en este cuarto helado con estos dos jóvenes incoherentes; prolongar la visita no tenía sentido. Sospechaba que sería difícil incitar a Taylor a que hiciera algo. Quizá no sería necesario hacer una escena, pero estaba dispuesta a dar una si él se mostraba indeciso. Al menos tuvo la satisfacción de haber ahuyentado las dudas que tenía al respecto.
Inmediatamente después de almorzar, mientras Luchita y el doctor tomaban café en el corredor, Grove llevó a Day al cuarto donde guardaba la gran deidad de piedra. La luz caía por detrás de ella a través de una ventanas muy altas; Day tuvo la fuerte impresión de que el objeto tenía vida y estaba consciente. Era un gigantesco bloque de piedra al acecho. Que estuviera adornado con serpientes y arañas, corazones y calaveras carecía de importancia. Era la piedra misma lo que tenía vida.
Desde algún lugar por encima de sus cabezas llegó el desesperado zumbido de una mosca solitaria que daba golpes contra uno de los cristales. El aire del cuarto estaba caliente e inmóvil. Mientras más tiempo siguieran allí sin hablar, más importancia cobraría la estatua.
—Creo que Luchita y yo estamos de acuerdo —dijo Day finalmente—. Los objetos indígenas de por aquí me dan escalofríos.
—¿No le parece hermosa? —preguntó Grove.
—Me parece magnífica. Pero no me gustaría tenerla cerca todo el tiempo. No me gusta ni siquiera tocar estas cosas. —Su tono se había vuelto apologético; luego recobró su sonido natural—. Estas culturas fueron bastante terribles, ¿no?
—¿Terribles? ¿Comparadas con qué? Siéntese aquí en el diván, así puede admirarla mejor. Está equilibrada en una forma única.
Ella se rió, y se sentó para complacerlo.
—Claro, desde aquí parece más terrible todavía. Pero usted decía, ¿comparadas con qué? Bueno, con nuestra cultura cristiana, por ejemplo.
Grove se dejó caer en el diván junto a ella.
—La única cosa en que el cristianismo le ha dado una lección al mundo es en la empatía. Las palabras de Jesús son un manual sobre la técnica de ponerse uno en el lugar de otro.
—¿Sí, un manual? —Si él esperaba enojarla, lo decepcionaría.
—Su esposo se preocupa demasiado por usted —siguió Vero como si continuara con la conversación.
—¿Se preocupa por mí? —exclamó ella, asombrada.
—Supongo que le preocupan los efectos secundarios, la amnesia.
—Eso es ridículo —dijo Day, molesta al oír que habían hablado de ella—. Pero no es algo permanente, ¿verdad?
—No, no. —No dijo nada más, y luego se oyó el sonido agonizante de los intentos que la mosca hacía por escapar. Ellos no se movieron.
Por fin, el habló.
—Tiene que hacer un esfuerzo, ¿sabe? Por ejemplo, cuando estábamos en la terraza, en la capital, usted habló de cuando salían de la aduana en Puerto Farol. Por la forma en que lo describió, parecía un recuerdo nítido y detallado.
—Sí —dijo ella con incertidumbre. El cuadro, tal como lo veía ahora, no era nítido ni detallado; era más bien como el recuerdo de una fotografía que había visto alguna vez, no como el de una experiencia vivida.
—¿Sabe a qué parte me refiero? —Había un dejo de impaciencia en su voz—. ¿Cuando el costado del edificio y el anuncio parecían hundirse mientras usted caía, y el agua del puerto corría como un río? ¿Y las palmeras tumbadas en la orilla?
Day cerró los ojos por unos segundos. Cuando volvió a abrirlos, su corazón latía con violencia. Dijo no lentamente con la cabeza.
—De todas formas —siguió él—, no se trata de lo que vio o creyó ver en ese momento, sino del hecho de que esos recuerdos surgieran con claridad en medio de sus lagunas.
Day guardó silencio un momento. Con palpitaciones todavía, se levantó despacio y dijo:
—¿No podríamos regresar? —Sin mirar hacia la imagen de piedra, se dirigió a la puerta que daba al corredor.
En la sala no había señales ni de Luchita ni del doctor Slade, y ya habían retirado la bandeja del café.
—Taylor debe de haber ido a hacer la siesta —dijo ella—. Yo me voy a acostar también, si no le importa.
—Hoy hace calor —le dijo él—. Al final de la estación seca se pone así.
Taylor le había hablado del final de la estación seca en esta región del mundo, de cómo toda la naturaleza parecía estar luchando por extraer un poco de humedad del cielo, hasta que la tensión se hacía sensible en todos lados, y cómo aparecían los escorpiones y los relámpagos destellaban cada noche con más frecuencia, y se alteraban los nervios de la gente. Con la cabeza en la almohada, y con Taylor que roncaba suavemente en la otra cama, se preguntaba por qué le había desagradado tanto que Grove le hiciera recordar la llegada a Puerto Farol. Había sido como escuchar un sueño propio narrado por alguien que lo conocía mejor que a ella misma. Unos días antes, oír hablar de eso había sido molesto, pero la alusión de hoy había sido infinitamente peor. La inesperada inclusión de los detalles del agua del mar desbordándose en el puerto y las palmas destrozadas le había causado la aterradora sensación de que dependía de él, de que recordaría cualquier cosa que él dispusiera hacerle recordar. Todo esto era evidentemente absurdo. Decidió no contárselo a Taylor, que la estaba tratando ya con algo de la condescendencia con que se maneja a los inválidos.
Se puso a escuchar: el viento seco que soplaba en el patio llevaba consigo la canción de los insectos, y las largas y duras hojas de las araucarias golpeaban unas contra otras. Hubiera querido extenderse sobre el espacio entre las dos camas y tomar a Taylor del brazo. Cuando él se despertara, le diría: Quiero irme mañana temprano.
Se incorporó. No veía la posibilidad de relajarse lo suficiente para quedarse dormida y, si no podía dormir, no quería estar allí acostada. Un paseo, incluso bajo el ardiente sol de la tarde, sería preferible. Podría probar otro camino —uno que la llevara a un punto ventajoso para ver la finca entera desde lo alto.
Unos minutos después salió y se encontró con el viento. No se veía a nadie en ninguno de los senderos. Las paredes del monasterio se prolongaban a gran distancia en ambas direcciones; dobló a la derecha y siguió a lo largo del muro. Pronto llegó a una puerta abierta. Asomó la cabeza y vio unos árboles de aguacate. En la sombra había una choza. Unos pavos picoteaban el polvo. Una de las sirvientas salió de la choza, la miró, y la saludó con la mano.
Siguió andando. El simple olor de la llanura polvorienta flotaba en el aire, matizado de vez en cuando con un soplo de vida vegetal que subía desde la selva. El camino se perdía de vista más allá de la cumbre de una pequeña colina. A ambos lados había un alto seto de cactus, y cada planta estaba completamente envuelta en una espesa manta de telarañas que temblaban con el viento. El polvo del camino era denso y aterciopelado; no había huellas recientes en la superficie. Y en el laberinto de telarañas no había más que alguna ocasional ramita seca, o algún pedacito de insecto. Sin embargo, una y otra vez Day, estuvo mirando con atención el interior de ese delicado mundo de andrajos, como si en algún sitio allí dentro se escondiera algo que podría convertirse en la respuesta a una pregunta que aún no había sido formulada.
Había rocas y espinos esparcidos sobre la ladera desnuda. No había nada que admirar. Pero el simple acto de andar hacía que le fuera más fácil aceptar el hecho de que sólo estaba esperando a que Taylor se levantara de la siesta.
Desde allí arriba se veía un paisaje escabroso y desolado; los árboles sin hojas y las extensiones de color escoria le dieron ganas de cerrar los ojos. En todas partes era lo mismo: todo estaba gris y marchito —un paisaje que imitaba a la muerte. Pero cuando llegó a la cumbre, se encontró con que del otro lado se veía una curva del valle del río. Las espesas copas de los grandes árboles estaban en el fondo del precipicio, y un poco más lejos podían verse trechos del río que formaba meandros en la selva, yendo y viniendo a todo lo largo del valle. Desde donde estaba no se veían señales de presencia humana —nada más el páramo que la rodeaba, el valle en la parte baja, y, más allá, extensiones y extensiones de tierra baldía, hasta la sombra de las montañas en el horizonte más lejano. Después de estar allí un rato, emprendió el regreso. Se sentía frustrada.
En el cuarto, Taylor seguía durmiendo. Day entró en el baño, dejó la puerta entreabierta, y se dio una ducha ruidosa. Cuando salió, él comenzaba a despertarse.
—Qué suerte, poder dormir así. ¿Quieres que llame para pedir el té?
—Bueno. He estado sudando. Hace calor aquí dentro.
Diez minutos más tarde, mientras Taylor comía un éclair, ella comenzó:
—¿Sabes qué me gustaría hacer —dijo—. Hacer mis maletas a la noche y que nos fuéramos mañana mismo.
Él estaba sorprendido.
—Parece un poco precipitado, ¿no? Van a pensar que algo está mal.
Le molestó que incluyera a Luchita, como si ella tuviera alguna influencia en los asuntos domésticos de Grove.
—Hay muchas cosas que están mal, y todas tienen que ver con él. ¡Estoy que exploto!
—Day, no se puede dejar plantada así a la gente. ¿Quién sabe qué habrán planeado para nosotros?
—¡Planeado! —gimió ella.
—No podemos hacer algo así. Tenemos que avisarles con un poco de tiempo.
—Detesto este lugar, en serio —siguió ella con una vocecita patética—. Quisiera estar en un hotel.
—He empezado a conocerlo un poco esta mañana —dijo pensativamente el doctor Slade—. Es imposible no tomarle simpatía. Le ha ido bastante mal.
Ella estaba indignada.
—¡Pero qué dices! Si creció en bandeja de plata.
—¿Y eso qué tiene que ver? Hay otras cosas además del lujo y la seguridad económica.
—¿No me digas?
Él se encogió de hombros.
—Quieres ser dura con él, eso es todo. —Al volverse, vio la ansiedad en el rostro de Day. —¿Por qué no nos ponemos de acuerdo y a la hora de la cena les decimos que tenemos que irnos pasado mañana?
—Pero ¿definitivamente? ¿Pase lo que pase?
—Claro, definitivamente.
Ella guardó silencio un momento.
—Eso quiere decir que tenemos que aguantar otras cuarenta horas o más. ¡Dios mío!
—Ojalá pudieras relajarte —le dijo él.
A la hora de la cena había refrescado lo suficiente para comer en el patio, bajo las estrellas. A media comida, el doctor Slade tosió ligeramente, y ella supo que iba comenzar. —Grove —dijo—, Day y yo hemos estado discutiéndolo, y nos parece que es hora de seguir adelante. —Hubo un periodo de protesta y cumplidos mutuos; ella se daba cuenta de lo difícil que esto resultaba para Taylor, y sintió lástima por él.
Luchita, que estaba muy pálida y sofisticada, después de comer su steak encendió uno de sus olorosos cigarrillos. Su humor había mejorado esta noche; miraba burlonamente a Grove de vez en cuando, mientras él trataba de persuadir al doctor Slade a que atrasara su salida. “Zorrita impertinente”, pensó Day. Era como si Luchita estuviera diciendo en voz alta: “Eso no es lo que él me dice a mí”.
Acordaron que Grove los llevaría en el auto hasta la estación de San Felipe, para dejarlos en el tren a la capital. Cuando se dirigían a la sala, Grove agregó:
—De todas maneras, Luchita se marcha el viernes.
Rápida como una lagartija, Luchita dio media vuelta en el umbral.
—Ah, ¿sí? —se rió ásperamente. —Eso crees. ¿En el tren?
Day, que seguía observando a Luchita, se sentó en el lugar que le indicaron, mientras Grove amontonaba cojines detrás de ella.. Luego Grove se volvió hacia Luchita y le dijo de improviso:
—¿Te acuerdas de un restaurante de la Place de l’Alma que se llamaba A la Grenouille de Cantal?
Mirándola sin sonreír, Grove aguardó la respuesta. Y Day estuvo primero atónita y luego exasperada, tanto que quiso ponerse de lado de la joven. Era una pelea vergonzosamente desigual. Luchita languideció, se derritió, como si le hubieran dado un golpe invisible. Después de un momento, dijo casi sin voz:
—Sí, Vero.
Un poco más tarde, cuando tuvo la ocasión, Day le dijo en un aparte a Grove: —Parece que usted tiene todas las respuestas.
—No todas —dijo él, mirándola con recelo.
Había querido mantener oculta la aspereza de su voz, pero él la había detectado; la mirada que le lanzó fue tan rápida como penetrante. Y la sorprendió la astucia con que descubrió hostilidad que ella trataba de mantener oculta; contradecía ciertos prejuicios básicos que ella tenía respecto a él.
Cuando llegaron al dormitorio y la puerta se cerró tras ellos, Day se quedó inmóvil. —¿Ves lo que quería decirte? —dijo con voz apremiante.
—Él y la muchacha estaban de malas, eso es todo.
Parecía inútil discutir. Desde su cama, apretada contra la almohada, Day estuvo observando al doctor Slade que paseaba en bata por el cuarto arrastrando las pantuflas; luego se metió en la otra cama, se quitó el reloj y alargó el brazo para dejarlo sobre la mesa de noche.
—¿No se te ha ocurrido preguntarte —le dijo mirándolo firmemente— porqué nos ha traído aquí?
Él parecía incrédulo.
—¿Por qué? Por Dios, mi niña, quiere ser hospitalario. ¿Cómo puedes preguntar por qué?
—Puedo preguntar lo que quiera —dijo ella.
25
Eran las ocho y veinticinco. Desde su cama, Day oía la bulla de los gorriones en los arbustos del patio. El aire estaba tan quieto que podían oírse incluso los ruidos distantes de la cocina: alguien ponía que un cubo en el suelo, la cháchara de las mujeres, un portazo. Tendido de costado, Taylor dormía. “Mañana a esta hora estaré en el tren”, pensaba Day, y se preguntó cómo sobreviviría al larguísimo día de espera que tenía por delante.
En el oscuro cuarto de baño, mientras se lavaba, se dijo a sí misma que cada hora equivalía, más o menos, a un cuatro por ciento del tiempo que faltaba, o sea que cada quince minutos podía ir descontando un uno por ciento. Al principio, sus cálculos le hicieron sentir que el tiempo era finito y soportable, pero después de dirigir varias miradas a su reloj, espaciándolas deliberadamente, comprendió que quince minutos eran mucho tiempo.
Durante la mañana fue dando varias prendas a la sirvienta para que las lavara, y le explicó que debía tenerlas todas de vuelta para la noche. Se puso a hacer las maletas, y, a intervalos, tomaba el sol en el patio con Taylor. Justo antes de la hora de comer, la sirvienta le devolvió la ropa lavada, seca y planchada.
—Claro, en este clima todo se seca en dos minutos —dijo Taylor.
A la una en punto se reunieron en la sala para tomar aperitivos. Ya no había señales de fricción entre Grove y Luchita.
—Una ronda más antes de entrar en esa nevera —aconsejó Grove, y sirvió bebidas a todos menos a Luchita, que aún daba sorbos a la primera.
—Chica lista —comentó el doctor Slade—. Nunca bebes mucho, ¿verdad?
—No me cae bien— le dijo ella.
En la mesa, sentada directamente frente a Luchita, Day tuvo ocasión de examinarla de cerca. Lo que vio resultaba en extremo desagradable: por primera vez en su vida sintió que miraba un zombie. Los ojos de la joven estaban casi cerrados, y una sonrisa gigantesca y sin sentido se extendía sobre su cara. Cuando le hablaban, era como si le costara encontrar la voz para responder. Por lo menos —pensó Day— este estado beatífico auguraba una comida tranquila.
—Bueno, así que ésta es nuestra última comida juntos —dijo el doctor Slade, y tomó una cucharada de su gazpacho—. Todo ha sido tan agradable que no quisiera romper la rutina. En verdad, ésta es una parte del viaje que nunca olvidaré.
Day contuvo una risita nerviosa y enrojeció. Aparentemente, el doctor Slade no alcanzó a oírla. Pero Luchita le clavó los ojos, de pronto muy abiertos. Irguió la cabeza, y con desprecio miró desde su remoto y elevado mundo las payasadas de una bebedora de alcohol.
—Se están perdiendo un espectáculo único, ¿sabe, Day? —Grove la señaló con el cigarrillo—. Los habría llevado a San Felipe, a la fiesta del pueblo.
Day había conservado su aperitivo; ahora le dio un sorbo.
—No me cuente —suplicó—. No quiero saber lo que me estoy perdiendo.
Mientras los demás conversaban, Day se dedicaba a calcular que ya había transcurrido, más o menos, un veintidós por ciento del tiempo.
—¿Qué le parece, Day? Pueden retrasar el viaje para ir a la fiesta.
—¿No lo dice en serio?
—Sí.
—Claro que no retrasaremos nada. Salimos mañana temprano. —Se rió, tratando de parecer menos descortés, y miró a Taylor. Temía que él fuera a permitir que discutieran de nuevo la partida. No le habría sorprendido que en ese momento Grove tomara de repente la palabra para declarar que no podían irse. Luego comprendió que el peligro había pasado, que no iba a decir nada más al respecto.
Cuando se levantaron de la mesa, el doctor Slade puso la mano en el brazo de Grove.
—Si me disculpa, hoy no tomaré el café y me voy directo a la cama.
—Sí —dijo Day—. Yo también tengo sueño.
Tratando de evitar la picante luz del sol, rodearon lentamente por el corredor hacia su cuarto. Grove les gritó:
—Té a las cinco, ¿en su cuarto?
—¡Perfecto! —dijo Day. Luego murmuró—: El desayuno y la merienda son las mejores comidas de esta casa. El almuerzo se me estaba haciendo interminable.
—Prepara los benditos tragos demasiado fuertes —declaró el doctor Slade.
Las cortinas estaban corridas contra el resol del patio.
—¿Te molesta si sigo haciendo las maletas? —preguntó Day.
Él estaba poniéndose la bata de playa.
—No, sigue —dijo. Luego produjo vivamente el sonido “¡Whew!”, mientras se dejaba caer en la cama.
En la penumbra del cuarto, Day estuvo un rato llevando y trayendo objetos de un lado a otro sin ningún propósito particular. Finalmente estuvo convencida de que había empacado todo, excepto las cosas que tenían que quedar fuera hasta el último momento. El sentido común le decía que permaneciera en el cuarto, donde no corría el riesgo de encontrarse con Grove y tener que entablar conversación con él, pero la perspectiva de quedarse acostada en la penumbra durante dos o tres horas era más de lo que podía afrontar. Estaba demasiado nerviosa para leer. No había nada que hacer sino salir.
Era poco probable que Grove estuviera paseando por el jardín del servicio a esa hora. Siempre había actividad en los alrededores de la cocina, y sería reconfortante ver a la gente desempeñando tareas sencillas. Salió por el portón y siguió el camino que bordeaba el muro. Cuando llegó a la puerta del jardín, la abrió de un empujón y entró.
Inmediatamente tuvo la impresión de que no había nadie ahí. Los pavos trazaban surcos en el polvo con sus colas tiesas, y un perro ladraba en la sombra en algún lugar detrás de una de las chozas; pero no se oía ningún sonido humano.
Una larga pérgola de la que colgaban enredaderas en flor conducía de vuelta hacia la cocina. Day caminaba despacio y escuchaba, encantada, el silencio de la tarde. Al salir a de nuevo al sol vio, a sus pies, sobre una laja, los restos de una pequeña fogata. Varias hojas de papel mecanografiado habían sido parcialmente quemadas; los jirones amarillos e irregulares con las orillas negras estaban junto a uno de sus pies. Alargó un poco el cuello para ver mejor y, con la cabeza hacia un lado, miró lo que estaba escrito. La palabra “armazón” le llamó la atención. Luego se enderezó y siguió andando hacia la puerta de la cocina.
Dentro no se oía más que el constante y alegre gotear de un grifo sobre el lavaplatos lleno de agua. El cuarto estaba bien iluminado; había un tragaluz de vidrio en el techo. Pasó frente a la enorme chimenea. Era, por supuesto, la hora de la siesta, cuando todo el mundo lograba escabullirse para perder la conciencia durante una o dos horas; pero Day esperaba encontrar al menos a una sirvienta por ahí. Al continuar hacia la despensa, sus movimientos se hicieron furtivos; sentía que no tenía derecho de entrar en la cocina. Seguramente Grove consideraría una especie de transgresión. Bajo la fría bóveda del comedor el silencio alcanzaba su mayor estridencia. Lo cruzó deprisa, sin mirar las muecas sonrientes de las imágenes de piedra. No se veía a nadie en el patio. Había una hamaca tendida entre dos pilares, y en ella, un libro abierto boca abajo. El viento susurraba por entre los millares de ramitas del limonero, y los zarcillos de la enredadera colgante se agitaban para tocar a Day.
Cuando llegó al corredor que llevaba a su cuarto, vaciló un momento antes de doblar, y luego siguió derecho hacia la puerta principal. Esta vez tomó el camino que bajaba hacia el río. En el promontorio que se veía desde donde almorzaron, había unos cuantos arbustos enmarañados donde se posaban los zopilotes, y una ermita en ruinas. Era allí donde los albañiles estaban haciendo la piscina; una mitad quedaría a la sombra del el ábside, y la otra quedaría al sol. Podían verse los montones de tierra y las carretillas frente a la fachada barroca, pero no estaban los trabajadores.
Le causaba placer arrastrar los pies por el polvo espeso, para levantar una nube que se iba alargando detrás de ella por el terreno vacío. Tenía polvo en todas partes; pensó voluptuosamente en la ducha que se daría al volver. Sería más divertido hacerlo con algo visible que quitarse de encima.
Cuando la pendiente por la que bajaba se hizo demasiado abrupta, Day trepó a lo alto de unas rocas al lado del camino. Quería mirar por encima de las copas de los árboles que se alzaban más adelante, y, si era posible, ver el río. Se quedó allí contemplando el agreste panorama. Directamente debajo de ella, medio cubierto por los árboles, estaba el tejado rojo de la fábrica. La franja de selva serpenteaba lentamente por el páramo y abarcaba grandes distancias, yendo y viniendo por el valle; pero el río io se veía. “Sólo una comida más que soportar”, pensó con satisfacción.
No eran todavía las cinco menos diez cuando regresó al dormitorio. Sin embargo, Taylor ya había bebido su té, y se había dormido de nuevo. Ahí estaba la bandeja con la tetera vacía. Él solía beberlo siempre mientras estaba caliente, sin esperarla a ella, no importaba a qué hora lo sirvieran. Era Grove con quien estaba enojada. A las cinco, les había dicho. Day había sido puntual, y no había té para ella.
Taylor dormía boca arriba. Parecía una postura incómoda, pero no se le ocurrió despertarlo para hacer que la cambiara. Después de ducharse se tendió de espaldas en su cama, con la esperanza de relajarse unos minutos. Varias veces se levantó para pasear lentamente por el cuarto. A la hora del crepúsculo descorrió las cortinas y salió a la luz rosada y gris del pequeño patio. De pie, inmóvil, sentía el leve viento que pasaba.
“Cuando aparezcan las estrellas, lo despertaré”, pensó. En vista del viaje que les aguardaba, convenía que durmiera bastante. Si se cambiaba para la cena en ese momento, Taylor tendría el baño para él solo al levantarse.
Una media hora más tarde, cuando estuvo lista para los aperitivos, salió otra vez al patio y miró al cielo. El viento amainaba; se veían unas cuantas estrellas, pero la mayoría estaban cubiertas por grandes masas de cúmulos lejanos, todavía blancos con la claridad más allá del horizonte. Mientras observaba, unas lenguas de luz se movieron entre las nubes, vibraban y destellaban con el fulgor amarillo de las profundidades.
Volvió a entrar y abrió una de las maletas de Taylor para sacar una baraja. Se sentó al filo de la cama. Automáticamente, se puso a jugar una suerte de solitario que no jugaba desde que era una niña. De repente, se decidió.
—¡Taylor! —dijo. Lo miró y le pareció que respiraba más profundamente—. Vamos. Son las siete y media.
Él no abría los ojos, y tenía las manos cómodamente cruzadas sobre el pecho.
—¡Taylor! —le gritó. Lo agarró del brazo, lo sacudió bruscamente. En ese momento supo que ya nada lo despertaría. Se levantó de un salto. De pie, inclinada sobre él, mientras miraba su cabeza y le tocaba la frente, pensó: “Se muere. Esta vez se muere.”
No tardó mucho en apretar el botón de la pared para llamar a la sirvienta. Luego le buscó el pulso a Taylor, y se sentó, atenta a los insistentes latidos debajo de la yema de su dedo. Nadie llamaba a la puerta; volvió a tocar el timbre. En el baño, humedeció una toalla, y fue a ponérsela a Taylor alrededor de la cabeza. Mientras hacía presión sobre su pelo con el paño mojado y doblado, se dio cuenta de que debió exprimir la toalla con mucha más fuerza. El agua escurría sobre la cama. Si todavía no acudían en respuesta a su llamada, nadie acudiría, porque no había nadie en la casa.
Salió al corredor. Allí las luces estaban encendidas. Al llegar al otro extremo del claustro vio a Grove plantado a la puerta de la sala.
26
Estaban de pie los dos en el cuarto mirando a Taylor. Grove movía la cabeza lentamente de arriba abajo mientras estudiaba la forma inerte que yacía en la cama.
—¿No podríamos llamar a un médico? —dijo Day por fin.
—Me temo que si llamamos al doctor Solera no nos lo agradecerá. —Le dirigió una sonrisa de soslayo y agregó casi con impaciencia—: No es nada. Si no se ha repuesto a media noche, le pondré una inyección.
La llevó a la sala, donde le sirvió un vodka-martini doble.
—Esta noche soy el verdadero amo de la casa —dijo con agrado—. Di permiso a la servidumbre para ir a la fiesta. Se fueron todos.
—Noté la calma. ¿Quiere decir que estamos solos los cuatro en la casa?
—Los tres —dijo él, y se levantó para ir a tomar su cigarrera de la repisa de la chimenea—. Luchita se fue esta tarde —sonrió cándidamente—. Usted se equivocaba. Ya ve lo que pasó. Se llevó la camioneta.
Sintió que se le abrían los ojos con desaliento. Para contrarrestar la impresión que esto podía causar, una sonrisa de complacencia apareció lentamente en su cara.
—¡Así que no hay trenes para Luchita! —dijo. Intentó reír y sacudió la cabeza. De pronto, se dio cuenta de que Grove atacaba de nuevo; estudiaba los músculos de su cara mientras iba cambiando de expresión. “No debo permitir que vea que tengo miedo”, repetía para sus adentros. Sintió que él estaba esperando a que se traicionara a sí misma.
—¿Quién va a servir la comida? —dijo.
—Yo. Nosotros. Si no le importa ayudarme.
—No —dijo ella, tratando de parecer cortés.
—Le mostraré la cocina.
En su imaginación, Day vio las paredes blanqueadas, las vigas negras del techo y la enorme chimenea. “
—¿Ha instalado aparatos modernos? —preguntó—. ¿O usa la cocina antigua, como estaba antes?
—No es antigua. Está ahumada nada más. —Él la miraba de una manera extraña, tal vez como un pintor mira a una modelo que está comenzando a esbozar—. Parece vieja, lo reconozco. Es un agregado de comienzos de siglo.
Al sentir un ráfaga de viento que entró de repente en el cuarto y lo inundó con su dulce olor a selva, Day volvió la cabeza para mirar a la puerta.
—¿Qué pasa allí fuera?
—En esta época del año es caprichoso —dijo él—. Sube y baja, viene y se va.
El viento había llevado la inmensidad de la llanura al cuarto; Day estaba atenta a los sonidos que hacía en las plantas, afuera.
—Usted nunca habla acerca de sí mismo —le dijo a Grove, mientras él le daba el segundo martini doble.
—Siempre estoy hablando de mí mismo.
—De su vida, quiero decir. De cuando era niño, por ejemplo.
Él se rió con desdén, y aunque ella esperaba una respuesta, no dijo nada.
Day se levantó.
—Voy por algo para cubrirme los hombros. Estoy en plena corriente.
Él no se ofreció a acompañarla. Mientras se dirigía aprisa al dormitorio, le sorprendió haber estado allí conversando mientras Taylor yacía inconsciente. Esto ayudaba a reforzar una sospecha que había tenido hacía mucho tiempo: dos personas no podían estar realmente muy cerca la una de la otra; simplemente imaginaban estarlo. (No era una recaída, era sólo parte de la recuperación, le había dicho Grove. No había peligro.)
Buscó y encontró el chal que quería y se lo echó sobre los hombros. “No lo moleste. La cosa es dejarlo solo.” Se acercó a la cama de Taylor y le quitó la toalla mojada de la cabeza. Con una toalla limpia le secó los mechones de pelo mojado lo mejor que pudo. La respiración de Taylor era regular, lenta y profunda, y su cara no estaba ni encendida ni pálida. Parecía una crueldad dejarlo solo para ir a sentarse a la sala a sostener una conversación sin sentido.
Al doblar la esquina del claustro, miró hacia el fondo del largo corredor que se perdía en una confusión de plantas y muebles. Un hombre de camisa blanca se había detenido por una segundo en el otro extremo, antes de dar un paso y perderse de vista en la negrura del patio; no volvió a aparecer.
Grove había puesto algo de jazz y estaba tendido cuan largo era en el suelo. Day entró, y como él no se levantaba, se quedó de pie un momento. Después fue a sentarse en una silla junto a la puerta, donde la música no era tan ensordecedora. Cuando el último entrechocar de címbalos anunció el final de la pieza, Grove se levantó y apagó el aparato.
—A veces me gusta tan fuerte, que los oídos me duelen —le dijo a Day.
—Usted dijo que no había nadie en la casa —comenzó ella—. Pero hay alguien allí fuera. Acabo de verlo.
—¿Dónde? —preguntó él, mirándola fijamente, y a ella se le ocurrió que podía estar alarmado.
—En el fondo del corredor. Se metió entre los arbustos.
—Hay un guarda de turno, en la planta eléctrica. Tal vez vino a traer algo.
—Me asustó —dijo ella, poniéndose la mano en el corazón—. Estoy muy nerviosa, desde luego.
—Sí. —Era evidente que él estaba pensando en otra cosa—. Claro. —Luego se volvió hacia ella bruscamente—. Si está preocupándose por el doctor, no lo haga.
Casi llorando, ella lo miró un instante.
—¡Claro que estoy preocupada! —gritó.
—Pero usted es muy tonta... —alzó la mano— ... si insiste en viajar mañana, sin importarle cómo se sienta.
—Creo que hay que llamar a un médico ahora mismo. —Estaba segura de que podría arreglárselas con el médico: él daría permiso, y Taylor podría partir—. ¿Es tan malo?
—No es muy bueno, se lo aseguro.
—Por lo menos es un médico —replicó ella.
—¿No quiere otro martini, eh? Vamos por la comida. Podemos hablar mientras la preparamos.
La condujo a través del oscuro comedor, y ella iba diciéndose a sí misma que en cuanto cruzaran la puerta de la despensa debía comportarse como si lo estuviera viendo todo por primera vez. A medio camino, preguntó:
—¿Ésta parte es más antigua, no?
Él no la escuchaba.
—Hay unos mangos y unas papayas en la nevera; hay que cortarlos.
Estaban en la cocina; Day alzó la vista al techo abovedado.
Grove llenó de agua una olla grande y otra pequeña, las puso sobre una cocina de gas y encendió las hornillas.
—Ahora hay contacto directo —dijo entre dientes. Mientras el agua se calentaba, Day le ayudó a cortar en trozos la fruta sobre la gran mesa central. Luego se apoyó de espaldas contra el lavaplatos, y estuvo mirándolo mientras abría latas y paquetes y comenzaba a agitar silenciosamente una salsa sobre el fuego.
—¿Cree que Luchita se ha ido para siempre? —le preguntó.
Él alzó la vista sorprendido.
—¿Por qué iba a creer tal cosa? No se ha fugado.
—¿Por qué no se casa con ella, Grove? —preguntó Day suavemente.
—¿Habla en serio? —Dejó de agitar la salsa por un instante, y vio que así era—. Usted la ha visto —dijo, mientras vaciaba una caja de espaguetis en la olla de agua hirviendo.
—Pero cásese con ella, por el amor de Dios. ¿Qué le pasa?
Grove se volvió hacia la olla más pequeña, levantó la mano y dejó que un poco de salsa goteara de la cuchara al agua, observándola atentamente mientras caía.
—En este país —le dijo lentamente a Day—, dicen que es lo mismo hacer discursos políticos que dar consejos no solicitados. Nadie los escucha.
Day dejó caer su cigarrillo en el lavaplatos a sus espaldas.
—Bueno, le aseguro que nunca será feliz si no hace lo que cree que es correcto. Después de todo, de eso se trata la vida.
—¡De eso se trata la vida! —gritó él incrédulamente—. ¿De qué se trata la vida? Sí. ¿Cuál es el asunto? —Agitó la salsa—. El asunto es ver quién limpia la mierda.
—No sé de qué me está hablando —dijo ella con voz hostil.
—El trabajo hay que hacerlo. Si usted no lo quiere hacer, tiene que asegurarse de que alguien más lo haga. De eso se trata la vida. ¿O no le gusta oírlo de esa forma?
Ella vaciló.
—No comprendo. Usted parece un hombre maduro. Cómo es que no ha superado todo esto, quiero decir. Si tuviera diez años menos, no sería tan sorprendente.
Le hubiera gustado decir “tan repugnante”, pues así lo sentía, pero arriesgarse a causar una ruptura habría sido una especie de abdicación; debía quedarse con él y probar, al menos ante sí misma, que no le tenía miedo. Volviendo la cabeza para que él no viera la expresión de disgusto que, estaba segura, se había dibujado en su cara, dijo finalmente:
—¿Pero no le aburre a veces? Toda esa animosidad, año tras año, siempre odiando. ¿Cómo mantiene vivo el interés?
—La vida ayuda. Por eso no hay que preocuparse.
Ella se encogió de hombros.
—No es problema mío.
—Sólo un perfecto idiota contaría sus problemas a una mujer —dijo él de repente con cierta amargura.
—¿Problemas? —Day lo miró mientras encendía otro cigarrillo—. ¿Usted, tiene problemas?
La cara de Grove se oscureció; examinó la salsa más de cerca.
—Sí, tengo problemas.
Había dicho la palabra sin escogerla, pero ahora parecía considerar su significado.
Ella lo miró, y llegó a creerle.
—Lo siento —dijo—. Pero estoy segura de que los superará. La cosa es estar decidido.
Él pareció ponerse rígido.
—¿Cómo así?
—Quiero decir, estar decidido a superarlos.
Grove giró sobre los talones para encararla, y, con un miedo frío ella vio sus ojos, que habían estado cerrados durante los últimos segundos; al darse la vuelta, aún los tenía cerrados. Cuando los abrió, abrió también la boca y se rió una sola vez. Sonó como un cachorro tratando de ladrar.
—¡Abajo San Felipe! —gritó—. Yo no soy cocinero.
Ahora Day tuvo la impresión de que Grove se había retraído de nuevo en su interior y cerraba la compuerta.
—No tenía por qué dejarlos ir a todos —siguió él—. Me pareció una forma fácil de fortalecer las buenas relaciones entre patrón y sirvientes. Es necesario apuntarlas constantemente, ¿sabe? Se van desgastando, como un malecón. ¿Por qué no nos sentamos aquí mismo? ¿O prefiere ponerlo todo en las bandejas y llevarlo al comedor?
Ella seguía mirándolo, consciente, de pronto, de que entre los dos había un vínculo turbio. Fue en ese instante cuando por primera vez sintió el impacto frío del miedo físico. Por alguna extraña razón que Day esperaba no descubrir nunca, Grove también le tenía miedo a ella.
Se sentaron a una larga mesa de mármol cerca de la chimenea. El olor a ajo y a especias estaba en el vapor que salía de la salsa, pero ella no quiso probarla cuando él se la ofreció. No había visto el interior de sus ojos durante más que una fracción de segundo —cuando se abrieron después de estar enfocados en un mundo de tormento interior— pero eso bastó para que fuera arrastrada y quedara atrapada en su órbita. Cuando pensó: Yo soy yo, todo había terminado; pero en ese instante la diferencia entre él y ella había sido casi inexistente. Era un hecho, lo mismo que el agua que goteaba del grifo (ahora sobre un plato de cerámica), o zumbido el reloj eléctrico que colgaba sobre la nevera, o el humo que ennegrecía el manto de la chimenea.
Después de los primeros bocados se le hizo más fácil comer. Él le contó varias historias poco verosímiles sobre el abad del monasterio; ella escuchaba y lo miraba pensando en que, al menos, el tiempo corría. El problema con Grove —reflexionaba ahora que quería juzgarlo objetivamente— era que resultaba imposible estar relajada en su presencia; su manera de ser era demasiado desesperada y terminante.
—Siempre hay helado para mí en la nevera —dijo él cuando hubieron terminado—, a ver si no lo olvidaron. Se excitan con las fiestas. Puede suceder cualquier cosa.
Se levantó y fue a mirar en el congelador.
—Ahí está —anunció— ¿Quiere un poco?
Ella dejó que se lo sirviera en un tazón.
—Lo comeremos junto al fuego —dijo él.
Al recostarse en los montones de cojines en la sala, ella se sintió un poco mejor, aunque estaba ansiosa por volver a su cuarto. Grove encendió la grabadora; esta vez el jazz era una débil música de fondo.
Hablaron esporádicamente, mientras la música seguía sonando. Por último la suave cortina de jazz se había convertido en silencio; el aparato seguía dando vueltas. Ella oía los largos trinos de los insectos nocturnos en las ramas más altas del limonero en el patio. De vez en cuando sentía una lánguida brisa que entraba en la sala.
Grove se había levantado, había detenido el aparato y hacía avanzar la cinta.
—Por aquí tengo una maravillosa secuencia de sonidos grabados en la selva. Sonidos nocturnos, nada más.
Puso a andar la cinta, subió el volumen, y la seca y metálica canción de la noche en la selva lleno el cuarto.
—Es lindo —dijo ella. Después de escuchar durante un periodo de tiempo conveniente, se puso de pie.
—Él está bien. Créame —le dijo él, y se levantó también—. La cosa es dejarlo que se despierte él solo. Si tiene hambre, o si usted quiere algo, mi cuarto es el último a la derecha, al final del corredor.
—Gracias. —Estaba demasiado cansada para pensar en algo más qué decir.
27
Nada había cambiado en el cuarto: la lámpara de pie estaba encendida; las cortinas de la puerta que daba al pequeño jardín, corridas; y el camisón de dormir, doblado sobre el respaldo de cuero de vaca de la silla. El doctor Slade, sin embargo, no estaba en la cama. Ella vio la depresión en la cama y la parte aplanada de la almohada, donde había estado su cabeza. Era mucho más de lo que ella había esperado; no podía ser cierto. Deteniéndose junto a la puerta del baño, llamó suavemente:
—¿Taylor?
No hubo respuesta. Entreabrió la puerta; dentro estaba oscuro. Empujó la puerta y se quedó mirando el baño vacío. Descorrió las cortinas y salió al patio. Afuera estaba bastante oscuro, pero podía ver las paredes blanqueadas a su alrededor, y la forma negra y precisa de las plantas recortada contra ellas. No había nadie allí.
De vuelta en el cuarto, se detuvo al pie de la cama y giró lentamente, mirando una tras otra las cuatro paredes. Habría sido inútil salir y ponerse a gritar su nombre por el corredor. Sin embargo, salió un instante y exclamó: “¡Taylor!” una vez más, en dirección al patio oscuro. Poco después caminaba rápidamente bajo los arcos hacia el fondo abierto del claustro. Debajo de la última puerta había una rayita de luz. Golpeó cuatro veces, rápidamente.
Le pareció que pasaba un largo rato hasta que Grove, que vestía una bata blanca, salió del cuarto y cerró la puerta detrás de él.
Estaban en la oscuridad. Él aguardaba, así que Day habló.
—Se ha levantado. Salió del cuarto. No sé dónde buscarlo.
Él se apretó más el cincho de la bata.
—Andará por ahí. No puede estar lejos.
—Por ahí —repitió Day sin convicción—. ¿En la oscuridad? —Hizo un gesto con el brazo, indicando la vasta región no iluminada del patio—. No debería andar dando vueltas. ¿Suponga que esté delirando, o que esté caminando dormido?
Grove le dio una palmadita en el hombro.
—¿Por qué no se va a la cama? Ya regresará. Probablemente quería tomar un poco de aire.
Esto le pareció intolerable.
—¿Está loco? —gritó—. Tengo que encontrarlo.
—Adelante, búsquelo donde quiera. Los interruptores están casi siempre a la derecha de las puertas. No creo que lo encuentre. Como usted dice, no es probable que ande por ahí en la oscuridad. —Dio un paso hacia la puerta.
Hubo un largo silencio.
—Comprendo —dijo Day—. Creí que querría ayudarme.
Él no respondió, se quedó donde estaba, con la mano en el pomo de la puerta.
“Al fin se muestra tal cual es”, pensó Day. Se oía el viento en las enredaderas. No muy lejos, un gallo cantó.
—Si no está en la casa, ha salido —dijo él—. Si ha salido, ya volverá. No es un niño.
—El hecho de que haya estado enfermo, el hecho de que apenas hace una hora aún estuviera inconsciente, ¿no significa nada para usted?
Él entreabrió la puerta y comenzó a entrar.
—No, porque no quiere decir nada. Le aconsejo que vuelva a su cuarto y se acueste.
—¡Es el colmo! —dijo ella, pero su voz estaba tan tensa de ira, que dudó que la hubiera oído. Enfurecida, dio media vuelta y echó a andar muy deprisa. El sonido de sus tacones en las piedras comenzó a parecerle ridículo cuando oyó que la puerta de Grove se cerraba. En su imaginación, se veía a sí misma pegándole, arañándole la cara, dándole patadas; el odio ciego que él había despertado se extendió a la casa misma y al campo a su alrededor, y Day se vio frente a la puerta principal, la que abrió. Allí se detuvo, se quedó mirando el camino y el vaivén de los árboles bajo la luna. Repentinamente tuvo la certeza de que Taylor estaba allí fuera —no en la casa.
Primero se dirigió hacia la puerta que daba al jardín. Estaba sin llave. No se veía nada en el oscuro interior de las chozas, cuyos techos de paja estaban jaspeados con pequeñas vetas de luz de luna, que caía tamizada por los altos árboles. Con incertidumbre, dio un paso hacia la oscuridad, y luego dejó de moverse para escuchar. Lo que se oía a lo lejos era como un tambor batiendo un rápido ritmo irregular. El generador, pensó; y allí habría alguien haciendo guardia. Avanzó hacia el túnel de sombra. Después de cruzar la avenida de árboles y chozas, salió a un claro, donde encontró una escalinata descendente. Aquí el sonido era muy fuerte; podía verse una pequeña construcción entre los arbustos más abajo, pero no había luz. La luna brillaba sobre los peldaños. Cuando hubo rodeado la barraca y pasado bajo las plantas de banano que crecían frente a ésta, oyó la radio. Entonces vio a un hombre en cuclillas junto a la puerta abierta, con el transistor frente a él en el suelo. El hombre gruñó, se puso en pie de un salto y encendió la luz de la entrada; era un joven indio, la piel oscura, con una gorra con visera, y la miraba suspicazmente. Ella sonrió, pero no se le ocurrió ninguna explicación para su entrometimiento. Sin devolverle la sonrisa, el muchacho llamó:
—¡Señor Torny!
Se oyó un ruido de grandes botas que se acercaban por el otro lado de las plantas. Apareció un joven alto con uniforme de vaquero y se quedó mirándola impasiblemente durante lo que le pareció un largo rato. “Como el malo de un western”, pensó.
El muchacho indio no volvió a moverse. De pronto, el vaquero habló con una vocecita grave; y Day, sorprendida, alzó bruscamente la cabeza. Su inglés era perfecto.
—¿Buscaba algo en particular, o sólo está paseando?
—Oh. Oí el ruido y me acerqué —contestó ella, sabiendo que lo que decía era absurdo, poco convincente. Él seguía aguardando, y ella tuvo una idea—. Creo que usted tenía razón al principio. Es cierto que quiero algo.
Day esperó de nuevo.
—Sí —dijo él por fin.
—Lo que quería en realidad pero no creo que pueda conseguirlo es que alguien me lleve a San Felipe.
—¿Quiere decir esta noche, ahora?
—Eso es lo que quería.
Él se le acercó.
—Te llevaría, nena, pero el camión no es mío.
Day vaciló.
—Sólo quería conseguir un médico.
De nuevo, él se limitó a mirarla.
No sabía que reacción esperar, pero de todas formas continuó:
—Daría cien dólares por llegar allá.
—Comprendo. —Ahora él se quedó mirando el suelo. Poco después alzó los ojos. —El problema sigue siendo el mismo, pero correré el riesgo. ¿Cuándo quieres ir?
—Ahora mismo.
—Tengo que ir por las llaves. Espérame aquí —dijo, y giró sobre sus talones. El sonido de las botas en la grava se fue haciendo más débil.
Ella se quedó paseando sin rumbo, describiendo círculos por el área descubierta frente al bananal, mientras el muchacho la observaba. Varias veces sintió un fuerte impulso de regresar al dormitorio: Taylor podía estar allí, esperándola. Pero no lo creía, y no volvería a entrar en la casa hasta que el doctor Solera estuviera con ella. Oyó las pisadas del vaquero que trituraban la tierra al acercarse.
—Listo —dijo desde atrás del muro de hojas de banano.
Atravesaron el jardín y un campo baldío hacia el garaje, donde había un camión a la luz de la luna. El hombre subió y se inclinó a la derecha para abrir la otra portezuela. El asiento era duro y estaba muy elevado del suelo, y el motor hizo un ruido increíble al arrancar. Luego viraron en redondo y comenzaron a avanzar por el camino. Cuando fue por las llaves, él tomó la precaución de dejar el portón abierto; salieron casi rozándolo, y dejaron la hacienda atrás.
—¿Llevas suficiente ropa, nena? —preguntó, y se volvió hacia ella—. Hace mucho más frío allá arriba, ¿sabes?
Aun sabiendo que las calles de San Felipe estarían cubiertas de nieve, no habría pensado en volver por un abrigo. Vio a través del parabrisas el cielo lleno de estrellas.
—¿Por qué me dices nena —preguntó.
Él parecía sorprendido.
—¿Por qué digo nena? Así hablo yo, nada más. ¿Por qué? ¿No te gusta?
—No me molesta —dijo ella pensativamente.
Él se calló. El camión rugía carretera adelante; atravesaban arroyos, páramos y chaparrales. En una cañada entre dos colinas, detuvo el camión y saltó fuera dando un portazo. Cuando logró abrir su puerta, ella se bajó también. Hacía frío; él estaba detrás del camión, mirando hacia el valle que acababan de dejar atrás. Al verla, se volvió y se puso a dar puntapiés a los neumáticos.
—Los pinchazos, les tengo manía —le dijo. En el valle, a lo lejos, ella vio las luces de un auto que se aproximaba.
—¿O.K.?
Subieron al camión, cerraron las puertas y arrancaron. Al llegar a las primeras cantinas en las afueras del pueblo, él se volvió para mirarla.
—¿Quieres un doctor? Tendrá que ser Solera.
—Sí —dijo ella con impaciencia.
—Pero con esta fiesta, quién sabe. Tendremos que ir a pie.
Ahora conducía más despacio. Por la ventanilla, por encima del ruido del motor, llegaba el incesante tabletear de los cohetillos, y podían oírse dos o tres bandas que tocaban al mismo tiempo.
Se detuvieron bajo unos tamarindos cerca del mercado vacío. Había hombres tendidos al pie de los árboles y frente a los puestos oscuros. Se bajaron del camión, y él cerró las puertas con llave.
—Vamos —dijo.
—¿Sabes dónde vive?
—Claro. Aunque eso no servirá de mucho esta noche.
La bulla de marimbas, trompetas, fuegos artificiales y gritos fue arreciando mientras atravesaban el mercado; la muchedumbre estaba frente a ellos, al final de la calle. De vez en cuando un cohete zumbaba por el aire trazando una línea casi horizontal y estallaba justo sobre sus cabezas.
Day no estaba acostumbrada a ver millares de hombres y mujeres enmascarados gritándose a la cara unos a otros. Los fuegos artificiales eran sin duda peligrosos: varios de los cohetes habían ido a dar en medio del gentío. Ella quería ir más despacio, pero él no paró hasta que estuvieron en la concurrida plaza bajo las luces y las guirnaldas, rodeados por la muchedumbre. Comenzaron a luchar por abrirse paso hacia el otro extremo.
—¿Tenemos que pasar por en medio? —gritó ella.
Él parecía no oírla, y siguió empujándola hacia adelante. Sentía por todas partes los cuerpos que se apretaban y se retorcían contra ella; veía las relucientes máscaras pintadas —monos, demonios, calaveras— y comprendió el objeto de la fiesta: la intención no era celebrar la gloria de Dios, ni la del santo que le daba nombre. Era una noche de terror colectivo en la que todos, de común acuerdo, trataban de espantarse y espantar al prójimo. Se oía el pánico en sus voces chillonas. Y nadie sabía dónde iba a escupir su fuego el próximo cohete o la próxima bengala.
Al principio la presión había sido abrumadora; luego se hizo dolorosa y hasta repugnante. Estaba segura que las caras ocultas detrás de las máscaras no eran amistosas.
En el centro de la plaza había un quiosco forrado de carteles que proclamaban: REIVINDICACIÓN, REDENCIÓN, REVOLUCIÓN. Se dejó empujar hacia una cavidad en la pared del quiosco, donde quedaron parcialmente protegidos de la corriente de la multitud.
—Tenía la esperanza de que lo encontráramos aquí —le dijo él—. Los notables se sientan casi siempre allá arriba, con la banda.
—¿Es cierto que es muy mal doctor?
—No podría decirte.
Se quedaron ahí un rato, mirando a la gente; el griterío no era propicio para la conversación. Pero de repente, cuando ella se volvió a mirarlo, él ya no estaba allí, y le dio un vuelco el corazón. Se puso a buscarlo desesperadamente entre los hombres más altos que estaban a su alrededor, pensando: “No es posible que se haya ido así, sin sus cien dólares.” Convencida de que no estaba ahí, bajó la cabeza. De pronto comprendió que la había traicionado a causa de Grove. Empezó a caminar con furia, adentrándose en la multitud. “Encontraré yo misma al doctor Solera.” Apretó las mandíbulas y puso toda su fuerza en empujar hacia adelante.
Por fin se vio expulsada del eje central del tumulto, dando vueltas y traspiés, y aterrizó contra una banca de hormigón. Un grupo de muchachos se había parado sobre la banca para mirar por encima del mar de cabezas. Cuando chocó contra sus piernas, clavaron los ojos en ella, sorprendidos. Uno saltó al suelo. Sin pensarlo, ella dijo con cuidado en español:
—Buenas noches. Quisiera encontrar un hotel.
Empezaron a andar. La gente que pasaba corriendo la zarandeaba tan a menudo, que el muchacho la tomó del brazo para que no perdiera el equilibrio. Delante de ellos, un cohete descargó su fuego sobre un grupo, del que apartaron a una niña que lloraba cubriéndose la cara con las manos.
La plaza quedó atrás por fin y bajaron por unas callecitas oscuras. De tiempo en tiempo, cuando la brisa cambiaba de sentido y subía desde los pantanos, un mal olor llenaba el aire —un vasto hedor untuoso que se expandía lentamente por las calles, hasta que un nuevo viento lo dispersaba. Los indios, sentados pacíficamente en la tierra a la luz de sus velas y lámparas de gas, arreglaban hierbas y copal en pequeños diseños sobre el suelo frente a ellos, con sus miradas vacías fijas en algún punto más allá del pueblo.
Atravesaron otra plaza más pequeña, vacía salvo unos cuantos mestizos borrachos, tendidos sobre las bancas o recostados en el tronco de los árboles. Al final de una hilera de casas humildes había una puerta con un letrero encima: PENSIÓN FÉNIX. CAMAS.
Ella aguardó en silencio, escuchando el lejano alboroto, mientras el muchacho llamaba a la puerta. Pensaba que nadie abriría. Pero luego apareció una vieja, su negro rebozo bien ceñido a la cabeza; parpadeaba y arrugaba la frente al mirarlos. Él le habló un momento, y abrió más la puerta.
—A sus órdenes —dijo el muchacho en voz baja, dio media vuelta y corrió calle abajo.
Day entró en pequeño un zaguán colmado de muebles y plantas. La vieja la llevó a un cuarto donde no había más que una cama de latón, una mesa redonda y un jarrón con flores de cera cubiertas de polvo.
—El doctor Solera —comenzó—. Necesito verlo. ¿Dónde vive?
La vieja habló durante un rato; Day entendió que no sería posible hasta el día siguiente. Sin embargo, insistió. Al menos podían mostrarle la casa. Pero la vieja se ciñó con más firmeza el rebozo alrededor de la frente llena de arrugas, y comenzó a balbucear y a suspirar.
—No se puede —dijo, y salió al patio. Day la siguió.
En el centro había una jaula alta recubierta de tela metálica, donde unos pájaros brincaban de rama en rama en un árbol muerto. La vieja estaba junto a la jaula; con un gesto que podía ser de satisfacción, miraba los pájaros que se movían en la oscuridad.
Day se quedó dando pasos en el fondo del patio, esperando el momento oportuno para volver a abordarla. Sobre una mesita de mimbre cubierta con un tapete de encaje había un álbum de fotografías muy manoseado. Lo puso bajo la bombilla y lo hojeó. Las fotos eran postales viejas, todas ellas de un volcán de los alrededores. Cerró el álbum y tomó una revista. Había fotos de numerosas filas de monjas, y un retrato del Papa que ocupaba una página entera. Cuando oyó cuatro rápidos aldabonazos en la puerta principal, tuvo la certeza absoluta de que era Grove; fue casi como oír su voz. Sin moverse, dejó caer la revista a su lado y levantó la mirada a las estrellas.
CUATRO
28
Iluminada por los potentes faros del camión, la vereda parecía aún más accidentada de lo que era; cada montículo que se aproximaba sobresalía claramente contra la oscuridad del fondo. Thorny conducía tan rápido como podía, tratando de mantener a un nivel constante el rugido del motor y el traqueteo del chasis. Las variaciones de tono y volumen debilitaban el poder hipnótico del sonido que, en aquel momento, sustentaba la secuencia de sus pensamientos. No es que él viera la utilidad de reflexionar, ni menos aún de preocuparse por el lío que Grove había armado. Su parte en el asunto había concluido; había hecho exactamente lo que le ordenaron, y ahora sólo era cuestión de esperar, esta vez con más dudas que fe. Grove siempre había sido capaz de llevar a cabo lo imposible, pero no lo había hecho en esta ocasión. Queriendo imaginar cómo habría solucionado las cosas si él hubiera sido Grove, llegó a la conclusión de que todo lo que Grove hizo desde la primera noche lo había hecho mal.
Había llamado por teléfono al apartamento de Thorny para decirle que quería hablar con él abajo, en la calle, y Thorny lo había encontrado paseando rápidamente de un lado para otro frente a la mísera puerta de entrada, indiferente a las miradas de los transeúntes. Antes que nada, Grove le dio a Thorny un puñado de grifas. Encendieron una cada uno y caminaron deprisa hacia un arrabal más pobre todavía, pasado el matadero, donde las calles no estaban pavimentadas. Allí había un parquecito cubierto de maleza; a aquellas horas de la noche el sitio estaba totalmente desierto.
Se sentaron en un banco y conversaron. Thorny siempre contaba sus grifas, y fue durante la cuarta cuando Grove, con sus habituales rodeos, ofreció pagarle cien mil dólares. Grove había fumado ya antes de venir a verlo, así que Thorny creyó que estaba fantaseando. Le siguió la corriente un rato, y luego, como la conversación acerca de dinero le recordó por fuerza su precaria situación, se puso de mal humor y se quedó mirando la sombra de las hojas al pie del banco.
Mientras los pequeños autobuses destartalados con sus pálidas luces azules en el interior pasaban ruidosamente camino del valle y las aldeas cercanas, Thorny pensaba en que había algo en el hecho de ser rico que volvía sádica a la gente. Grove, que en verdad había fumado mucho, se explayaba tanto y con tal lujo de detalles que al fin Thorny lo interrumpió.
—Mira —le dijo—, el día que yo vea cien mil juntos, caigo con polio o con cáncer.
Y Grove había gritado:
—¡Cristo! ¿Todavía no sabes cuándo te hablo en serio? No me has estado escuchando.
Se habían levantado y caminaban de nuevo. El viento que caía de los árboles les daba en la cara, las luces de la calle se mecían detrás de las hojas. Una vez más, Grove expuso el proyecto. Al final Thorny, aunque estaba muy excitado, sacudió la cabeza.
—No puede ser así de fácil, niño. Nunca lo es.
Las dudas —y ahora comprendió que habían estado ahí desde el principio— fueron eclipsadas por su hábito de ciega aceptación. Un mes o así más tarde, Grove le dio un paquete de hojas escritas a máquina. “Estoy trabajando en el asunto —le dijo con modestia—. Son sólo notas dispersas, si quieres ojearlas.” Hicieron en Thorny la impresión esperada; al terminar de leerlas, anunció su deseo de colaborar en la aventura. Grove no mostró ni la sorpresa ni el placer que Thorny había esperado. Era evidente que contaba con él desde el principio.
A Thorny le había parecido bastante extraño que Grove no hubiera guardado absoluto secreto acerca de la empresa; si uno iba a hacer algo así, lo hacía uno mismo, sin decirle nada a nadie. Pero lo que le causó una gran incertidumbre, que de no haber conocido a Grove tan bien lo habría desconcertado por completo, fue la elevada suma que le había ofrecido. Cierto, era sólo una promesa, pero no dudaba de la palabra de Grove.
—Lo haré, niño. Ya lo sabes —le había dicho—. Pero no puedo dejar de preguntarme, por qué no te ahorras la plata y te haces cargo de todo tú mismo.
Grove le había clavado los ojos, espantado ante su falta de comprensión.
—¿Qué? —gritó—. ¿Amarrarme a una culpa así para el resto de mi vida? ¡Por Dios!
—Oh, entiendo —dijo Thorny—. ¿Vas a seguir con Luchita?
—En cuanto terminemos esto podré mandarla a París.
—No me vendría mal un viaje a mí también —fantaseó Thorny—. Tal vez en un carguero, uno de esos que tardan noventa días en llegar a Palembang.
La mirada de Grove había destruido toda ilusión.
—Esperarás un buen rato antes de eso. Vas a vivir de los intereses. Una fortuna así, ¿en un pueblo como éste?
Thorny asintió tristemente con la cabeza.
—Tienes razón. ¡Dios mío!, sí.
De vez en cuando, en algún gancho de la vereda el polvo levantado por las ruedas se adelantaba, envolvía al camión, y borraba las piedras y los arbustos de las orillas, pero él no tocaba la palanca de cambio ni disminuía la velocidad. En aquel momento, había aceptado la explicación de Grove. Se trataba de un deseo infantil: no quería sentirse implicado; y era muy probable que la entrega del dinero fuera el gesto caritativo que le ayudaría a creer en su propia inocencia. Pero aun reconociendo todo esto, Thorny estaba preocupado.
En una ocasión pasó la noche entera pensando en el asunto. A la mañana siguiente había llamado por teléfono a Grove. En un café frente al Correo Central, comenzó por balbucear:
—Lo he estado pensando. No creo que pueda hacerlo.
Grove lo cortó:
—Mira. No importa cómo te lo imagines, será de otra manera. Así que mejor no te imagines nada.
Después de esto, Thorny guardó silencio acerca de sus temores. El día que salieron hacia Puerto Farol, Grove le dio una cajita.
—Una ahora, y otra cada dos horas —explicó.
A medio día se encontraba en un estado de feliz indiferencia. Mientras descendían rápidamente por la falda oriental de la sierra, Thorny dijo:
—¡Qué pastillitas esas! Siento que voy entre almohadas.
—Me alegro —dijo Grove, y volvió a guardar silencio.
Thorny se relajó completamente, feliz de estar sentado junto a Grove, lo único invariable en medio de una totalidad caótica y cambiante. (Grove había recordado todos los detalles —incluso, reflexionó Thorny con admiración, los naipes.)
El bungalow estaba bajo unos cocoteros junto a la playa. La lluvia había despintado las paredes de madera oscura, y dentro había un insoportable olor a moho.
—¡Y esto es todo lo que pudo conseguir Romero! —resopló Grove—. ¡No hay quien le haga mover el culo!
—Pero está cooperando, niño. Y ahí tienes un sofá —le dijo Thorny. Luego puso todo en el auto y se dirigió al hotel. Al llegar a la plaza vio a Romero, que estaba de pie en las gradas a la luz del sol del atardecer.
—¿Hombre, cómo estás?
Las fraternales palmadas en la espalda, los dientes podridos en primerísimo plano. Arriba, en un fétido cubículo al lado de los baños, Romero se sentó al filo de la cama y escupió los pedazos del palillo que había estado masticando. Más penetrante e insidioso que el olor de las letrinas, era el olor que despedían los zapatos tenis de Romero. Siguiendo instrucciones, Thorny sólo había sacado del auto la botella de whisky. La puso en la mesa y le sirvió a Romero el primer trago.
Cenó en su cuarto. Después de la comida jugaron a los naipes. Romero ganaba y sudaba y seguía bebiendo, hasta que sus ademanes se hicieron torpes, y Thorny, teatralmente, puso la botella fuera de su alcance sobre el armario. Siguieron jugando, y oían las pisadas de los otros huéspedes que fueron pasando uno por uno por el corredor hacia los baños, para luego volver a sus cuartos y cerrar la puerta. Entonces Thorny se levantó y fue él también a la letrina. Esto le daría a Romero la oportunidad de tomar otro trago. Una vez afuera, Thorny anduvo sigilosamente por el balcón y llegó hasta el otro cuarto. La luz estaba apagada. En ese momento su corazón latía demasiado rápido, y la próxima pastilla no le tocaba hasta las doce. Al volver por el corredor, se dio contra las plantas varias veces. Romero estaba en la silla con los codos sobre la mesa cuando Thorny entró, pero había dado un buen trago; tenía los ojos llenos de lágrimas y hacía lo posible por no toser.
Thorny sacó un pequeño transistor de su valija, se sentó y comenzó a mover el dial. Las tormentas en las montañas provocaban un ruido de fondo constante y estrepitoso. Sabiendo que Romero no continuaría el juego, Thorny se limitó a esperar a que se levantara como pudiera y bajara las escaleras para ir a dormir. En vez de eso, Romero puso la cara sobre la mesa y no volvió a moverse. Thorny siguió sentado durante un rato, jugando con el dial.
29
El silbido nocturno del viento en las palmas entraba en el bungalow a través de la tela mosquitera. Grove se había permitido fumar grifas sin interrupción a partir de las once; estaba muy nervioso, y reconoció que fumar tanto sido un error. Salió del bungalow y se detuvo un momento en la arena e inhaló el aire inmóvil. Luego empezó a andar hacia la playa que se abría delante de él. Bajo los árboles, el aire estaba compacto y caliente, pero una suave brisa soplaba junto al agua. Era posible que en ese momento preciso estuviera ocurriendo; sin tener conciencia de lo que hacía, cerró firmemente los ojos y siguió avanzando. Luego los abrió. No había nadie en la playa. Anduvo un rato por la orilla, y después dio media vuelta, sintiéndose tenso e irritable todavía. Cuando llegó al bungalow, Thorny estaba a la puerta, mirando al exterior. Pasó junto a él y, ya dentro, se volvió para mirarlo.
—Se nos cambió de cuarto.
Grove no decía nada. Abrió la boca, luego la cerró.
—¿Dónde está Romero?
—Romero está bien. Prácticamente muerto. —Thorny hizo un ademán—. Yo mismo fui a ver. Era un viejo el que estaba allí. Ella se encerró en el cuarto de al lado, con la esposa del viejo. Creo que tiene antenas.
Fue como recibir un mazazo. Ella presentía algo, tenía miedo. Lo conocía a Grove. Y seguía ahí.
—¿Y tú qué haces aquí? —preguntó, con voz apremiante y áspera.
—Tenía que decírtelo, ¿no?
El tono defensivo de Thorny lo enfureció.
—¡No! ¡No tenías que decirme nada! ¡Por la sangre de Cristo, qué carajo estás haciendo aquí!
—¿Quieres que entre por la ventana? —gritó Thorny—. ¿Con la otra allí?
Grove alargó el brazo y lo cogió brutalmente por el hombro.
—Mira, Thornwald —le dijo, apretando la mano con más fuerza—. Eso es problema tuyo. Lo vas a hacer. ¿Entiendes?
Nunca había visto la cara de Grove distorsionada a tal extremo. Cuando sintió que la presión de la mano en su hombro disminuía, dio media vuelta rápidamente, salió corriendo y se metió en el auto.
De regreso en el hotel, subió por las escaleras, que recrujían. Romero se había levantado de la silla y estaba echado en la cama. Roncaba profundamente. Thorny lo empujó contra la pared y se sentó a la orilla del colchón. El tiempo corría, mientras él miraba la puerta, la ventana. Cortaron la electricidad a la una; Thorny encendió una vela y observó las sombras que proyectaba, mientras se iba preparando. Finalmente se quitó los zapatos y salió.
Las voces de la noche sirvieron para disfrazar los ruiditos que pudo hacer al entrar por la ventana. Con la jeringa en la mano, se acercó a la cama de la izquierda. Mientras inyectaba el curare en la gordura del cuello, en sus labios se formaron las palabras: “Adiós, carne vieja”. (Desde el principio ella había desaprobado su amistad con Grove.) No hubo más movimiento en la cama que el que alguien haría al darse la vuelta entre sueños. Tiró de la sábana para cubrir el cuerpo hasta la barbilla y regresó a la ventana.
30
Más tarde, ya de mañana, cuando el viejo americano y su mujer hubieron partido y mientras los sirvientes hacían ruido en la cocina, regresó al cuarto y terminó su trabajo. En el viaje de vuelta al bungalow sintió una llamarada de placer al recordar la velocidad y precisión con que había consumado la última parte de la empresa. Grove lo esperaba junto al bungalow, sentado en el tocón de una palma. Subieron al auto, y se adentraron en el mundo verde de una plantación de banano. Llegaron a la cumbre de una colina detrás del pueblo, donde se detuvieron a mirar, hasta que el incendio fue controlado. La plaza estaba negra de tanta gente. Luego cortaron a través de la selva por un camino angosto y salieron a la carretera que llevaba de la costa a la capital.
Todo estaba hecho, y hecho de la única forma posible, según Thorny, y sin embargo Grove no estaba contento; le preocupaba la norteamericana. Una y otra vez repitió que nunca estaría seguro de lo que ella pudo ver. Siguió tranquilamente su camino, sí, ¿pero cómo podía estar seguro de que no se había dado cuenta de lo sucedido (debió de ser bastante claro, si de alguna manera llegó a verlo) y, para no comprometerse, se había limitado a cerrar la puerta y marcharse, libre de contarlo todo más tarde?
—Eso hay que cambiarlo —dijo terminantemente Grove.
—Ya es un poco tarde para cambiar nada —replicó Thorny, dolido de que Grove no considerara su trabajo un éxito rotundo.
Grove no dijo nada más. Mientras tomaban una curva, Thorny lo miró furtivamente, y dedujo que se había encerrado en sí mismo. Grove iba a cometer alguna locura, sin confiárselo a él.
Sin embargo, apenas pudo creer que Grove hablaba en serio cuando, dos días después de llevarlo a Los Hermanos, le propuso el descabellado proyecto actual.
—En verdad quieres problemas, ¿eh? —dijo lentamente—. ¿Quieres andar otra vez por la cuerda floja, cuando todo está bien?
—La respuesta es sí —estalló Grove—. Te quedarás aquí unos cuantos días, eso es todo. Vienen a la noche.
No le preguntó a Grove por qué no había llevado a la mujer. Tres días más tarde, cuando lograron calmar un poco al viejo, Grove comentó:
—Es una suerte que ella responda bien al tratamiento. Si fuera como él, Paloma no hubiera podido dominarla.
Absteniéndose de criticar, ya que la crítica era inútil, Thorny se limitó a decir: “El viejo da que hacer.” Nunca habría creído a Grove capaz de un disparate tan grande. En vez de llevar una vida normal, aguardando en silencio noticias de Londres y Montreal, se había involucrado en un juego histérico y sin tregua con dos turistas americanos: les daba LSD, les inyectaba morfina y pentotal a más no poder, los ponía a dormir y luego les hacía despertar, y además, para cada fase del tratamiento programaba efectos especiales de sonido. (Esta preocupación por las grabadoras le había parecido a Thorny lo más infantil de todo. Debían mantener a oscuras la habitación de Los Hermanos, y a veces se oía un murmullo interminable y apenas audible a no ser que uno se quedara allí escuchando; luego, las frases que se repetían parecía que aumentaban de volumen y llegaban a todos los rincones.)
Aquel periodo había sido agotador; Thorny y Dirk trabajaban en tandas de cuatro horas. Tenían que observar el horario con absoluta precisión. Grove hacía tres viajes diarios de ida y vuelta a la capital; a menudo al regresar a Los Hermanos estaba de mal humor.
—Bueno —dijo Thorny la mañana que fueron a la estación y ayudó a Grove a subir al viejo en el tren a San Felipe—, pase lo que pase, hemos hecho todo lo posible.
Sabía que no debía decir: “Yo lo hice todo.” Pero Grove lo encaró con enojo.
—¿Qué quieres decir, “pase lo que pase”? —preguntó—. Las cosas no pasan. Todo depende de quién se aparezca.
—Tienes razón —asintió Thorny, y recordó el comentario poco después, en la finca. Grove lo había llamado por teléfono al día siguiente para decirle que lo necesitaba; cuando llegó, lo esperaba en la pequeña biblioteca junto a su dormitorio. Se levantó y cerró la puerta.
—Comerás aquí —le dijo—. Tu trabajo consiste en sintonizar todas las conversaciones, no importa en qué cuarto estemos, y grabarlo todo. No está siendo sincera conmigo.
—Creí que habías dicho que sí estaba respondiendo —dijo Thorny tratando de no sonreír.
—Eso no quiere decir que esté siendo sincera ahora.
Thorny escuchó las conversaciones antes, durante y después de las comidas, y estaba impresionado. Evidentemente, ninguno de los dos recordaba nada en absoluto acerca de Puerto Farol; estaban convencidos de haber visto a Grove por primera vez allí, en el muelle.
—Está ocultándome algo —se quejó Grove después de estudiar las grabaciones.
—Haz que pierda los estribos, si puedes. Cógela por sorpresa —aconsejó Thorny.
—Todavía me va a dar problemas.
Sabiendo esto, era previsible que Grove reaccionaría mal ante la noticia de la pequeña fogata; lleno de presentimientos, Thorny entró a decírselo. Más temprano ese mismo día Grove le había dado un montón de papeles para que los quemara, la mayoría de ellos notas mecanografiadas como las que solía hacer continuamente. No se habría molestado en contárselo a Grove, si no hubiera visto a la norteamericana curioseando por el jardín cerca del lugar donde los había quemado. Cuando ella entró en la casa, él se levantó de su hamaca, que colgaba detrás del bosquecito de bambú, y se acercó para verificar. Antes de irse a la fiesta, uno de los sirvientes echaría agua sobre el fuego, dedujo Thorny, pues los papeles no se habían quemado por completo. Recogió los que quedaban y los llevó a la cocina, arrancando a pellizcos por el camino las orillas chamuscadas. Se lavó las manos en el lavaplatos, y, mientras se las secaba, miró de soslayo el fragmento de encima.
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como armazón d
(nota: para terap
er día—cinta de playa en La Lib
e “Pronto amanecerá”
a cuaderno ROJO pa
Continuaba de esa manera; no había siquiera una oración completa —solamente fragmentos de frases y palabras truncadas. Sin embargo, tenía que enseñarle aquello a Grove y comunicarle lo ocurrido.
—¿Qué? —Grove saltó de la silla, le arrebató los papeles.
Thorny guardó silencio. Oía el ruido regular de un aspersor rotativo en el patio, cuyo chorro intermitente castañeaba al caer en las grandes hojas de los bananos. Después de un rato, mirándolo fijamente, Grove le dijo:
—Esto lo complica todo.
—¡Pero por Dios! ¡Si sólo pasó al lado!
Furioso, Grove alzó la voz:
—Créeme cuando te digo que las cosas se han complicado.
—Te creo. —Thorny dio unos pasos hacia la puerta.
—Quédate aquí —le dijo Grove, tajante, y comenzó a dar vueltas en el centro de la habitación. Luego habló sin parar durante casi diez minutos. Por último se tiró en el diván y se estiró cuan largo era. Dijo:
—Es como si todo el tiempo hubiera sabido que sería así. Es increíble cómo todo puede encajar.
Thorny miró al suelo.
—Todo depende de quién se aparezca. Eso dijiste, ¿no?
La mirada de Grove era fría.
—Esto me disgusta tanto como a ti. Pero así están las cosas. Date cuenta.
—Tú sabes lo que haces.
No mucho más tarde, Thorny salió al jardín y vio desde allí a la muchacha que andaba por el sendero entre las rocas; rápidamente, Grove fue por un calentador de inmersión y preparó el té para el doctor.
Un buen rato después de que oscureciera, mientras Grove y la muchacha estaban en la cocina, Thorny bajó a llamar a Pablo, que hacía guardia en el generador. (“Hay un señor que está enfermo y tengo que llevarlo a San Felipe.”) Entre los dos llevaron al viejo de la cama al camión. Thorny subió a la cabina y cerró la puerta. Luego arrancó y se alejó, solo en la oscuridad, bajando por el sendero que llevaba a Barrancas, hasta llegar al tramo peligroso a la orilla del acantilado. Con sólo que una mula apareciera por ahí, sería necesario detener el auto. De día, mucho más abajo, podían verse las copas redondas de los grandes árboles. Tuvo que hacer el resto él solo, pero no tardó más de dos minutos. Luego siguió conduciendo camino abajo más o menos una milla, hasta que llegó a un sitio donde le fue posible dar la vuelta.
Nadie bajaba nunca a esta parte de la sierra; era tierra baldía —chaparrales de mimosa y cactus al pie del acantilado, y luego feos arbustos deformes, zarzles que recordaban rollos de alambre de púas. Y todavía más abajo, la frondosa selva de árboles altos y verdes. De todas maneras, nada duraba mucho tiempo aquí, pensaba Thorny mientras recorría con la mirada las vastas extensiones de tierra iluminadas por la luna: los zopilotes, dando aletazos y tirones, y las diligentes hormigas formando interminables líneas noche y día.
—¿Por qué no te vas a la cama? —le preguntó Grove cuando volvió.
—Bueno —dijo él, y bajó al generador a ver a Pablo. Horas antes habían hecho juntos unas grifas. Ahora estaban sentados y fumaban a la luz de la luna, escuchando la radio. Antes de relajarse totalmente, pues no tenía idea de cuánto tiempo estaría allí con Pablo, hizo un esfuerzo para levantarse e ir por las llaves, que había dejado en el camión. Ya casi estaba de vuelta en el generador cuando Pablo gritó, y sufrió una sacudida al encontrarse allí con la muchacha; había imaginado que estaría con Grove. Lo único que podía hacer era subir a la casa a consultar.
Grove puso mala cara cuando Thorny se lo dijo.
—Bueno, ella quiere que sea en San Felipe, ¿eh? Está bien, llévala. ¡Es perfecto!
Explicó lo que pensaba, y le dijo a Thorny exactamente qué debía hacer.
—¡Estás completamente loco! —dijo Thorny sin querer.
Grove estaba muy sonriente.
—Te doy diez minutos de ventaja —dijo.
“Ahora quiere lucirse”, pensó Thorny mientras volvía andando pesadamente hacia el generador. Ya el asunto era bastante peligroso, sin las acrobacias. Se detuvo un momento junto a un cactus muy alto y terminó una grifa fumada a medias que tenía en el bolsillo.
Conduciendo camino arriba hacia San Felipe, sintió que había fumado de más, y la muchacha había decidido serle hostil. El desorden que había en la alameda, los fuegos artificiales y el griterío lo pusieron aún más nervioso. En cuanto vio a Grove y supo que Grove los había visto a él y a la muchacha, se escurrió entre la muchedumbre, y, sin mirar atrás, luchó hasta llegar al exterior. Pasó deprisa entre las hileras de indios sentados en silencio, y llegó a la calle sin luz donde había dejado el camión.
CINCO
31
La cara de la vieja perdió su expresión de contento; apartó la mirada de la jaula de los pájaros, frunció el entrecejo al volverse y, arrastrando los pies, se dirigió a la puerta. Y allí estaba él, de suéter blanco, afable y resplandeciente. Day lo vio tantear a la vieja y modificar su personalidad para ajustarse a las circunstancias. Asumió un aire cortés, casi deferente, y le dijo unas frases cordiales; luego pasó a su lado y entró en el patio. Le dirigió una sonrisa a Day a través de la jaula, comenzó a hablar muy deprisa.
—Reconozco que estaba loco por la dama, confesó a la policía el sospechoso después de seis horas de interrogatorio. La seguía a todas partes. Quería encontrarle el punto débil. Pero eso quiere decir que la matara.
Si por lo menos estuviera loco de veras, pensó Day, su comportamiento sería menos alarmante. Como ella no respondía y no hacía más que mirarlo, él continuó.:
—En el próximo número publican la confesión completa. ¿Pero qué estás haciendo aquí?
El tono insolente de sus últimas palabras volvió a irritar a Day.
—Voy a dormir aquí —dijo sin expresión. El frío de la noche iba aumentando.
La vieja, que aún tenía la puerta entreabierta, miraba a Grove con una admiración ligeramente atenuada por la desconfianza. Era claro que se trataba de un joven amante; parecía natural que quisiera llevarse a la muchacha a la fiesta. Le gritó a Day:
—¡Ándele, guapa! Salga un poco con su novio.
Todo esto era bastante ridículo, pero Day no podía reírse.
Grove rodeó la jaula para acercársele, le tocó el brazo.
—Yo tenía razón. Necesitaba un poco de aire fresco. Salió a caminar.
De todo corazón, ella quiso creerle; pero era difícil, y acaso dejó que su duda se mostrara.
—Está bien —dijo él con una sonrisa retorcida—. Lo secuestraron, y es probable que esté muerto. ¿Le parece mejor?
Pasando por alto la ironía, dispuesta a creerle la historia, ella siguió:
—¿Cómo está?
—Como nunca —dijo él con impaciencia—. ¿Por qué no salimos a tomar algo? Luego regresas a dormir aquí, y por la mañana yo voy por Solera y vamos a recogerla. Eso es lo que quiere, ¿no? ¿No es por eso por lo que vino a San Felipe?
Day reflexionó un momento. “Todavía cree que puede manejarme —pensó con desprecio (pero ya nada podía cambiar lo que sentía por él)—. Espera que yo oponga resistencia.” Una docilidad inesperada podría desequilibrarlo, y luego ella emprendería la ofensiva. No poder concebir su trato con él de otra manera no dejaba de asustarla, pero sobre todo la enfurecía verse obligada a trabar semejante pelea.
Ni chisporroteo de los cohetes ni el ladrido de los perros habían remitido en ningún momento. La vieja seguía ahí, una mano en la puerta, observándolos, absolutamente segura de que de un momento a otro la muchacha iba a rendirse. Y en efecto, pronto Day rodeaba mecánicamente la jaula, rozando la malla metálica con el dorso de la mano para producir un ruidito irritante, y se dirigió a la puerta. El joven la siguió rápidamente, miró la vieja con una sonrisa, y empujó a la muchacha hacia la calle. La vieja inclinó la cabeza cuando él pasó frente a ella. “Claro. Una noche de fiesta...” Cerró la puerta.
Las estrellas ardían en un cielo frío. Caminaron deprisa por las calles solitarias y dejaron atrás los ruidos de la fiesta. En las afueras del pueblo había un alto farallón que dominaba la llanura desierta. Un grupo de grandes árboles se alzaban junto a la orilla. La casa de adobe y techo plano que estaba junto a ellos parecía muy pequeña. Una música salía por la puerta abierta.
—Va a ser una noche alegre —dijo él.
Sólo la luz escarlata y naranja de una rockola iluminaba el cuarto principal. Las mesas y las sillas habían sido agrupadas alrededor del aparato, y allí estaban sentados una docena mestizos en estado de estupor.
Detrás del local había un amplio jardín sembrado de pinos altos. Las casetas de bambú entre los árboles estaban escasamente iluminadas. Había gente sentada por todas partes, y bandadas de niños corrían en la oscuridad y tiraban cohetes que explotaban entre los cactus. No fue hasta que Grove la llevó al otro extremo del jardín cuando ella comprendió por qué el café había sido construido en ese lugar. Estaba justo en el límite del pueblo; la parte trasera del jardín bordeaba el precipicio. A lo largo de la curva del parapeto había más casetas de bambú, con hilitos de luz pálida que se colaban por entre las cañas. Hasta la parte inferior del jardín la condujo, y entraron en una caseta. Había solamente un banquito; se sentaron los dos, y se quedaron mirando el paisaje sin luz más allá de la baranda. Un muchacho indígena con pantuflas de fieltro apareció a la puerta. Grove pidió un habanero; sólo había cerveza.
Day deseaba que la noche hubiera terminado ya. Irónicamente, recordó una frase de su sueño. Si amaneciera pronto de verdad, y ni el cuartito desnudo ni las horas que le esperaban en la dura cama antes de encontrarse con el doctor Solera fueran reales... El seco susurrar del viento que pasaba de vez en cuando entre los pinos hacía que los minutos parecieran mucho más largos.
Al cabo de un rato, el muchacho regresó. Traía un cubo de hielo con dos botellas de cerveza. Dejó un destapador sobre la mesa y se fue.
La luna se había movido en el cielo; allá abajo, Day podía distinguir unos desfiladeros remotos y sombríos que hacía un momento no habían sido visibles. Sentada allí, mientras dejaba que sus ojos corrieran por los contornos imprecisos, pensó en la terrible expresión que había visto en la cara de Grove en la cocina, y le pareció que las fuerzas que habían hecho inevitable la escena presente habían sido engendradas en aquel instante, y que nada había cambiado desde entonces.
Aunque el banco no era especialmente incómodo, él cambió de postura varias veces. En dos ocasiones se levantó y estuvo de pie con el vaso en la mano, mirando en silencio por encima de la baranda hacia la oscuridad.
Una familia desfiló por el jardín y salió entre carcajadas y parloteos. Luego, en otra caseta, estalló una salva de aplausos. Se oían gritos, y las mujeres exclamaban: “¡Ay, Dios!”
Finalmente, ella dijo:
—Tengo que regresar. Estoy muerta de frío.
Sintió como si su voz viniera de un fonógrafo —era un susurro irreal, bajo, íntimo.
En algún lugar del jardín, se oyó un potente cohete que hacía explosión. Lanzaron al precipicio varias hileras entrelazadas de otros, más pequeños, que echaban chispas al reventar.
Sin levantarse, él se inclinó sobre la baranda y miró hacia abajo. Sólo la oscuridad estaba ahí, y ella lo sabía tan bien como él; sin embargo, ahora ella contemplaba la misma parte del paisaje invisible. Por un instante hubo silencio suficiente en el jardín a sus espaldas para que pudiera oírse el sonido lejano y diminuto de un perro que ladraba.
En ese momento, él dijo:
—Mira, Day.
Ella esperó a que continuara, pero como no lo hizo, volvió la cara para mirarlo. Su mano, que apoyaba en el muslo, empuñaba un gran revólver negro.
SEIS
32
Haciendo maniobras al volante para pasar por el portón, Thorny se preguntó si Pablo estaría despierto todavía. Se le ocurrió que no habría nadie en la casa. Ni sirvientes, ni huéspedes, ni anfitriones —solamente el viento que hacía susurrar las hojas en el patio.
La luz del generador estaba encendida, y Pablo, sentado en el suelo, escuchaba la radio. Thorny se puso en cuclillas a su lado y entrecerró los ojos, y Pablo se levantó a apagar la luz. Sentándose de nuevo, ahora iluminado por la luna, el muchacho le tiró una grifa a Thorny.
—¡Pobrecita! ¿Quería ir al hospital para ver a su marido?
—Sí. Apaga el motor. No hay nadie en la casa.
Habían fumado casi hasta el amanecer. Cuando Thorny volvió a la casa para acostarse, el patio parecía triste a la luz pálida del alba. En su cuarto, el aire estaba caliente; se oía cantar un grillo en algún lugar detrás de las cortinas. Después de echar el cerrojo a la pesada puerta, fue al otro extremo del cuarto y dejó caer ruidosamente las persianas. Desde la almohada estuvo escuchando al grillo repetir una y otra vez su única notita cristalina.
A las dos, alguien golpeó con fuerza a la puerta. Thorny gruñó: “¡Ah, Cristo!” Se levantó y fue a abrir.
Allí estaba Grove con un termo de café. La brillante luz del sol resplandecía en las hojas detrás de él.
—Nos vamos —dijo—. Conduces tú.
No conversaron en todo el camino a la capital. La luz del atardecer teñía de rosa las grandes extensiones de arrabales, mientras el convertible descendía suavemente sobre la ciudad.
—Luchita voló a París esta mañana —dijo Grove de repente—. Telefoneó desde el aeropuerto.
Thorny hizo un ruido con la garganta.
Estaban en el apartamento de Grove, en la terraza; bebían cerveza muy fría, miraban la luz que declinaba en el cielo del oeste.
—¿Cuándo crees que cambiarán las cosas? —preguntó Thorny, sin haber sabido un instante antes que iba a decir algo.
—Ya cambiarán. Mientras tanto, tienes crédito. Hasta cierto punto.
—Hasta cien mil. —La voz de Thorny no produjo ninguna inflexión.
Grove lo miró con furia.
—Lárgate a tu casa, ¿quieres? —estalló. Su cara descompuesta y a punto de llorar recordaba la de un niño
—¡Santo Cristo! —Con un golpe, Thorny dejó el vaso en la mesa y entró en la sala. Oía a Grove que gritaba a sus espaldas, pero no se movió; esperaba que le dijera que su trabajo no había sido esencial, que no merecía ningún pago.
—¡Dije que hasta cierto punto! —Grove apareció en el umbral de la terraza, negro y sin cara contra la luz del cielo moribundo—. Reflexiona. ¿Cómo voy a dártelo si todavía no lo tengo?
Pero una nota de confusión poco familiar en su voz había tomado a Thorny por sorpresa; observó a Grove que entraba en el cuarto y se le acercaba, y vio que era el momento adecuado para establecer sus nuevas condiciones. No tener que pagar por las comidas, llegar a casa y acostarse en una cama verdaderamente cómoda; por lo pronto no se le ocurría nada más. Dio media vuelta y salió a la salita de descanso, se quedó mirando el interior del cuarto azul donde había dormido la noche que regresaron de Puerto Farol. “Mi cuarto”, pensó. Entró, se quitó la chaqueta y los zapatos y se dejó caer en la cama. Con las manos ahuecadas detrás de la cabeza, estuvo mirando el cielo raso, aguardando; Grove sabía que él aún estaba allí.
Un poco más tarde, oyó salir a Grove. Se levantó, se estiró, y fue a abrir el agua caliente de la bañera. Mientras esperaba a que estuviera llena, anduvo distraídamente hacia la cocina y les dijo a Manuel y a Paloma que le sirvieran la cena a las ocho y media. Paseando lentamente por la terraza de vuelta al dormitorio, se detuvo un momento en el camino a examinar las fuentes y los estanques; era la primera vez que los miraba realmente.
En el baño, cerró el ruidoso chorro de agua, tomó una toalla grande y esponjosa y limpió el vapor del enorme espejo de pared; tenía una amplia orilla biselada que deformaba la imagen. Movió la cabeza de un lado a otro varias veces, para observar cómo cambiaba su cara. Luego humedeció una grifa, la encendió y se desvistió a medias. Tomó unas tijeras curvas del estante y comenzó a cortarse las uñas.
Paul Bowles nació en Nueva York en 1910 y murió en Tánger en 1999. Escritor y compositor de música contemporánea, traducido a más de 25 idiomas, es un clásico de la literatura del siglo XX. En 1947 se instaló en Tánger con su esposa, Jane Bowles, también escritora. La casa de ambos fue lugar de peregrinación de Tennessee Williams, Truman Capote, Allen Ginsberg, Jack Kerouac, William Burroughs, Gore Vidal, Gregory Corso y Djuna Barnes. Entre sus libros más renombrados deben destacarse El cielo protector, Por encima del mundo, La casa de la araña y Déjala que caiga.
Con esta edición de Por encima del mundo, Edhasa continua el trabajo de rescate de algunas de sus grandes obras iniciado con la publicación de El cielo protector, La casa de la araña y Cuentos selectos, un volumen que reúne sus mejores relatos.
