Kitabı oku: «Por encima del mundo»
Paul Bowles
POR ENCIMA DEL MUNDO

«Paul Bowles ha tenido pocos competidores en la segunda mitad del siglo XX»
GORE VIDAL
«La increíble belleza de la escritura de Bowles, su vigorosa respuesta al color y al sonido hacen de su obra una lectura obligatoria para cualquiera que busque un talento extraordinario»
SUNDAY TIMES
Publicada en su momento como La tierra caliente, Por encima del mundo reúne los atributos más preciados de la literatura de Paul Bowles. Una pareja, los Slade, están de vacaciones en un remoto paraje de Latinoamérica. En medio de su viaje tienen un encuentro con un hombre distinguido y su amante. Cortés y gentil, como al pasar él le dirá a la señora Slade: “Las cosas no son exactamente como usted piensa”.
La intimidación está implícita en la frase. Es una advertencia que profetiza los días siguientes, cuando la estadía del matrimonio se convertirá en una pertinaz pesadilla, y alude también al pasado inmediato, al incendio de un hotel y la muerte de una mujer, que quizás no haya muerto como se presume, consumida por las llamas.
Haciendo gala de la maestría que lo caracteriza, Paul Bowles describe relaciones humanas que se deterioran y que se rinden, a veces, al impulso criminal. Novela de una perspicacia psicológica sorprendente, en Por encima del mundo un entorno natural misterioso e inquietante da marco a una historia donde el amor, incluso el amor filial, es vencido por la hostilidad y la codicia.
Bowles, Paul
Por encima del mundo / Paul Bowles. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
Traducción de: Rodrigo Rey Rosa.
ISBN 978-987-628-650-3
1. Narrativa Estadounidense. 2. Novelas. I. Rey Rosa, Rodrigo, trad. II. Título.
CDD 813
Título original: Up above the world
Diseño de cubierta: Juan Pablo Cambariere
Primera edición: noviembre 2021
Edición en formato digital: diciembre de 2021
Copyright © 1966, Rodrigo Rey Rosa
All rights reserved
© de la traducción Rodrigo Rey Rosa
© de la presente edición Edhasa, 2021
Avda. Córdoba 744, 2º piso C
C1054AAT Capital Federal
Tel. (11) 50 327 069
Argentina
E-mail: info@edhasa.com.ar
http://www.edhasa.com.ar
Diputación, 262, 2º 1ª, 08007, Barcelona
E-mail: info@edhasa.es
http://www.edhasa.es
ISBN 978-987-628-650-3
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.
Conversión a formato digital: Libresque
Índice
Cubierta
Portada
Sobre este libro
Créditos
Uno 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11
Dos 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22
Tres 23 24 25 26 27
Cuatro 28 29 30
Cinco 31
Seis 32
Sobre el autor
UNO
1
Más dormidos que despiertos, los Slade se sentaron a desayunar. El barco había atracado; oyeron sus lastimeros silbidos en la oscuridad, cuando entraba en el puerto por la noche. Ahora sólo hacía falta subir abordo con el equipaje. La noche anterior, cuando regresaban de su caminata por el pueblo desamparado, antes de acostarse, el patrón del hotel les había dicho que estuvieran tranquilos; el sereno los despertaría a las cinco y media, y el desayuno sería servido a las seis en el comedor. Eran ahora las siete menos veinte. Arrodillada en el centro del cuarto una mujer de color fregaba el piso de madera, que ya estaba limpio. No se veía a nadie más, aunque un murmullo llegaba desde la región de la cocina. Supusieron que alguien preparaba el café que finalmente los convencería de que estaban vivos. Los platos de la noche anterior no habían sido recogidos de la mesa; en cada uno de los puestos había un flan comido a medias.
—Si lo perdemos, me mato —declaró ella.
—Oh, por Dios... —dijo su marido. Y luego, como para corregirse a sí mismo, añadió—: No lo perderemos.
Por la ventana se veía caer una finísima llovizna que goteaba de hoja en hoja en los bananos. El reloj de pared andaba con un tictac rápido y fuerte. “Una bomba de tiempo”, pensó el doctor Slade, mientras recorría con la mirada el verdor húmedo de los jardines del hotel.
—Trata de no ponerte nerviosa —dijo bostezando—. Tenemos tiempo de sobra.
Había una diferencia entre un bostezo ordinario, y éste, tenso y tembloroso, que subió convulsivamente desde el fondo de su estómago. Contó hasta diez y se puso en pie de un salto.
—¿Dónde demonios está ese café? —exclamó con una furia inesperada, y se volvió, buscando la puerta que daba a la cocina. Una mujer gorda y sonrosada entraba en ese momento al comedor; al acercársele, el doctor Slade se dio cuenta de sus brillantes mejillas, y se preguntó fugazmente si no sería la mujer del patrón.
—Buenos días —murmuró. Pero ella lo saludó en inglés con una amplia sonrisa. Caminó en dirección a los ruidos que venían de la cocina, y la encontró: una caverna oscura, donde un negro abanicaba el fuego humeante de la estufa.
—¡Café! ¡Café! —reclamó el doctor Slade.
El hombre señaló hacia el jardín, y el doctor salió por la puerta y anduvo por la arena gruesa y pesada. Arbustos de flor de pascua crecían bajo los jóvenes papayos; las flores parecían de papel de seda rojo, mojado. Al regresar al comedor por la puerta lateral, renegando, el doctor Slade vio el humo que salía de dos tazas de café sobre la mesa. La señora Slade había desaparecido.
La idea de tomar el café mientras aún estaba caliente, incluso con el acostumbrado suplemento de leche condensada, era demasiado atractiva para pasarla por alto. Se sentó a la mesa. “Espero que haya sido un viaje provechoso”, le diría a su mujer cuando volviera. O, “La digestión también es importante, ¿sabes?”. Un perro ladraba con furia en la calle, justo bajo la ventana, y se oían voces que gritaban acaloradamente. “Cuando uno tiene realmente prisa, hacer que cada segundo cuente es un arte. Debes simplemente saber encajar cada cosa que tengas que hacer en el instante apropiado.” Una muchacha apareció con un plato de pan.
—¿Hay mantequilla? —le preguntó el doctor Slade.
Ella se quedó mirándolo, se encogió de hombros y dijo que iría a ver. Él alzó la voz y le pidió otra taza de café, y, de soslayo, miró el reloj: doce minutos para las siete.
Desde el zaguán, a sus espaldas, un sonido de tacones se acercó rápidamente. No tuvo tiempo de soltar la taza para volverse; la señora Slade ya estaba a la mesa. Se sentó, y había en su rostro una expresión preocupada y divertida.
—Qué gracioso —dijo, más para sí misma que para él, y luego bebió un sorbo de su café, mientras él esperaba alguna explicación.
La muchacha volvió sin la mantequilla, pero con dos platos de huevos con jamón.
—¿Qué? —dijo el doctor Slade antes de comenzar a comer.
La señora, al parecer, no le había oído y, se abalanzó con gusto sobre su comida.
2
El muelle estaba al final de la calle; desde allí se veía el barco, enorme e inmóvil en el centro de la bahía circular. Una lancha de motor con toldo verde iba y venía sobre el agua que resplandecía entre el muelle y la nave mientras ellos esperaban de pie para entrar en el cobertizo de la aduana.
—Hará buen día después de todo —anunció satisfecho el doctor Slade—. La niebla era sólo decoración.
Puso el maletín en el suelo de manera que descansara contra su pierna.
—No me extrañaría que levaran ancla y se fueran mientras seguimos esperando —dijo la señora Slade tétricamente.
El doctor Slade se rió. Si tal cosa hubiera ocurrido, él se habría visto aún más contrariado que ella, pero según su experiencia el mundo era un sitio racional.
—Ojalá sepan hacer daiquiris —dijo.
Tal vez esta observación tranquilizaría por el momento a su mujer.
La lanchita de motor llegó resoplando hasta el muelle, y de ella desembarcó la corpulenta mujer de mejillas sonrosadas, con un brillo de sudor en su ancha frente. Tenía unos papeles en la mano y los agitaba ante dos hombres uniformados que estaban de pie junto a ella; los hombres señalaron hacia la aduana.
—Mira a doña Loca —dijo el doctor Slade con interés—. ¿No es extraordinaria? Ya estaba en el barco y ha regresado.
—Olvidó su carta de crédito —dijo la señora Slade.
El doctor Slade miró a su mujer.
—¿Cómo lo sabes?
—Ella me lo dijo. Viaja en el barco. No le aceptaron la carta de crédito a bordo, y piensa que si encuentra algún banco podría lograr que le den algo de dinero. Es toda una saga. Le presté diez dólares.
—¿Le has prestado dinero, a ella? —gritó el doctor Slade escandalizado.
Luego, cuando oyó su propia voz, quiso alterar el tono y, con una delicadeza que era evidentemente falsa, continuó: —¿Para qué?
—Lo va a devolver, querido. —La voz de la señora Slade era como la que se usa para calmar a un nene.
Respirando agitadamente, la mujer se acercaba a ellos. El doctor Slade apenas tuvo tiempo para decir: “No se trata de eso.”
—¡No dejen que el barco se vaya sin mí! —les gritó la mujer, agitando juguetonamente su bolsa de cuero negra.
La señora Slade sonrió.
—Oh, creo que tienes tiempo.
—Eso espero —dijo el doctor Slade en voz no muy baja. Por la inflexión, fue como si hubiera dicho: “Espero que no.”
—Díganles que tienen que esperarme —gritó ella por encima del hombro.
—Es ridícula —dijo el doctor Slade.
—Yo la encuentro encantadora —murmuró pensativamente la señora Slade, siguiendo con la vista la figura que se alejaba.
El doctor Slade no respondió. Pasó la mirada sobre la bahía silenciosa y tuvo la idea de que a veces dos personas, cercana la una a la otra, podían estar en realidad muy distantes. Su vista siguió la vaga línea de montañas selváticas que se alzaban alrededor del puerto, y la palabra encantadora cobró para él un matiz inesperado e inquietante, mientras seguía el curso de sus pensamientos.
3
El viaje a lo largo de la costa, desde La Resaca hasta Puerto Farol, duró solamente día y medio, pero la señora Slade, que no estaba segura de qué cosas se encontraban en cuál maleta, creyó necesario desempacarlo todo. El doctor Slade, sabiendo que no le sería posible evitar la operación, se retiró a la biblioteca para no tener que presenciarla. Después, por la tarde, fue en busca de su mujer, y la encontró postrada en una colchoneta cerca de la piscina, su piel brillante con aceite bronceador. Orgullosamente, se dio cuenta del interés de los otros bañistas, y se arrodilló junto a ella.
—¿Que tal la segunda etapa? —le preguntó.
—¿Qué? —Ella entreabrió los ojos y alzó la mirada.
—La segunda etapa de la Expedición de Aniversario de los Slade.
—Oh. —Estiró el cuerpo placenteramente, y esperó un momento antes de decir—: Quería contarte. Vamos a tomar unas copas con la señora Rainmantle, a las seis. En el bar.
El doctor Slade estaba confundido. “¿Por qué?”, preguntó, pero su esposa se limitó a mirarlo.
—No tienes que venir —le dijo.
Él se puso de pie.
—¿Ah, no? —respondió.
Anduvo lentamente hacia la popa del barco y se detuvo a mirar, por encima de la barandilla, la espumosa estela. En el horizonte, a lo lejos, los cúmulos descansaban en línea, como pilares torcidos. De pronto se sintió muy solo. Se quedó mirando largamente las oblicuas torres de nubes lejanas. Antes de comenzar el viaje, durante su examen médico, se había forzado a sí mismo a tocar el tema. “Podría ser mi hija. O mi nieta, incluso.” El otro médico se había reído. “No te hará daño tenerlo presente”, le dijo.
Al fin, empezó a andar de nuevo. Tomó la primera escalera que encontró y subió a cubierta, donde paseó ocho veces de una lado para otro.
La señora Rainmantle ya estaba en el bar cuando ellos llegaron, sentada en un alto taburete; vestía el mismo traje holgado de seda gris. Su pelo estaba tieso y enmarañado. “Fatal”, pensó el doctor Slade; hubiera querido sacar el pañuelo para limpiarle la grasa y el sudor de la frente. Era algo que requería atención, como la nariz de un niño que necesita que le suenen.
Cuando sus planter’s punchs fueron servidos sin contratiempo en una mesa de esquina, él frotó una gota de agua que le había caído en la solapa, y le dijo a la señora Rainmantle:
—¿Fueron serviciales en el banco? —Y notó la furiosa mirada que su mujer le lanzó.
—¡Oh, no! El viaje fue absolutamente inútil —respondió ella vivamente.
—¿O sea que estaba cerrado? —dijo el doctor Slade, entrecerrando los ojos al mirarla. Se daba cuenta de la serie de movimientos diminutos y agitados que su mujer hacía para llamarle la atención, pero no quiso mirarla.
Sonriendo vagamente, la señora Rainmantle dio un enorme trago de su vaso.
—Estaba abierto, sí. Pero no quisieron ayudarme.
—¿Qué? —exclamó él—. Tal vez si usted hubiera hablado con su cónsul, él podría haber hecho algo, ¿no? (Aunque, ¿lo haría?, pensó. Quizá no, si la mira de cerca.)
—Lo he visto —aclaró ella—. Fue muy amable. Pero no pudo asumir la responsabilidad. Yo no tenía mi tarjeta de identidad conmigo. Llevé mi pasaporte y unas cartas... —su voz se apagó al recordar los detalles de la escena de su fracaso.
La señora Slade se rió, y el doctor se sintió aliviado. “Buena chica”, pensó, atreviéndose a esperar que su enojo se hubiera mitigado. Pero, todavía riéndose, ella le lanzó una mirada, y él reconoció su error.
Bebieron otra ronda. Durante la conversación la señora Rainmantle llevó al mesero aparte, y, antes de que los Slade se dieran cuenta de lo que sucedía, ya había firmado la nota de consumo.
—Invito yo, por supuesto —dijo con pompa, y logró hacer que ambos callaran.
Se levantó.
—Voy a tomar uno de esos maravillosos baños calientes de sal. Hasta pronto.
—Ah —dijo el doctor Slade. Cuando ella se hubo retirado, se sentó—. Eso no costó diez dólares.
Después de cenar, los Slade pasearon por la cubierta; soplaba un viento tibio y la luna brillaba.
—¿Cómo puedes decir que fui grosero? —dijo el doctor—. ¿Hay alguna razón para que yo me moleste en tratar a esa mujer con guantes de seda?
Ella tenía las manos en la barandilla y miraba el trémulo resplandor sobre el agua iluminada por la luna.
—¡Sí, sí! —dijo en voz baja, pero apasionadamente—. ¡La hay! Yo siempre trato de ser amable con tus amigos.
—¿Amigos! Sí. Pero ella, ¿es tu amiga?
—Tú lo has visto. Yo estaba siendo amigable con ella.
Él no dijo nada por un momento, mientras pensaba: “Estoy exagerando.”
—¿Cómo comenzamos con todo esto? —dijo. Luego se rió, la tomó de la mano, y la apartó de la barandilla. Empezaron a andar.
—No volverá a suceder —dijo. Antes de soltarle la mano se la apretó mientras le hablaba. Más tarde, cuando bailaban, permaneció alerta, buscando con la mirada a la señora Rainmantle, para estar seguro de poder evitarla, pero ella no estaba entre la concurrencia del “Bahía Bar”.
Una llovizna finísima caía cuando el barco entró en Puerto Farol. Hacía borrosa la silueta de las montañas que se elevaban hasta desaparecer en el inmenso cielo plomizo. Aun antes de que echaran el ancla, el doctor Slade oyó el canto de las innumerables ranas en la costa. Una excursión había sido organizada para los pasajeros que estuviesen interesados en visitar las estelas de San Ignacio.
—¿Habrá algo tan físicamente deprimente como ver a un montón de gente junta en el mismo lugar? —dijo la señora Slade—. Gracias a Dios saldremos de esta arca. —Estaban de pie cerca de la baranda mirando hacia la orilla; con un leve movimiento de la cabeza, señaló a los pasajeros que estaban detrás de ellos.
—¿Hay tiburones en el agua, papi? —Una niñita con cola de macho que estaba junto al doctor Slade apuntó hacia abajo con el dedo—. Papi, ¿hay tiburones?
Nadie le hacía caso, así que el doctor Slade le dijo seriamente: “Linda, claro que los hay.”
—No le creas, cariño —dijo la señora Slade—. Bromea.
El doctor Slade se rió.
—Tírate al agua y verás —dijo.
La niña los miró, primero a uno y luego a la otra, y se alejó de la barandilla.
—¿Por qué eres así? —preguntó la señora Slade—. ¿Por qué asustar a la pobre criatura?
El doctor Slade se impacientó. “Quería información, y se la di”, dijo terminantemente. Con sus lentes de larga vista examinaba la selva de cocos a lo largo de la costa frente a ellos. Acababa de ver a la señora Rainmantle, que se acercaba por la cubierta; no quería desembarcar en la misma lancha que ella. De reojo, mientras fingía mirar por los lentes, la vio escabullirse por entre la gente hacia la barandilla de popa, y se sintió aliviado.
4
Estaban de pie, cerca del escritorio en el vestíbulo del hotel, escuchando el amplio sonido de la lluvia que caía; ahora se precipitaba con fuerza. El hombre detrás del escritorio estaba comiendo un mango. Algunas hebras cortas de la pulpa de la fruta se le habían enredado en el espeso bigote, y colgaban por encima de sus labios como gusanos diminutos.
—Pues sí, señores —continuó sin limpiarse la boca—. El tren a la capital sale a las seis y media todas las mañanas. Pero hay muchas cosas que ver aquí en Puerto Farol.
El doctor Slade miraba por la puerta abierta, a través del corredor con su amueblado de mimbre roto y más allá de la cascada de lluvia que salpicaba desde la entrada, el jardín vacío en el fondo. Un zopilote apareció de repente y se posó con torpeza en la viga desnuda que hacía de barandilla del corredor. Por un momento, el doctor pensó que el pájaro se vendría abajo. Semejante a un montón de papel periódico quemado, se tambaleó por un instante, luego se afianzó, dobló las alas, y dejó caer su cabeza desnuda y roja hacia un lado sobre el pecho.
El hombre, mientras hablaba, se hurgaba las narices con el índice.
—Hay un lugar llamado El Paraíso, a sólo treinta y dos kilómetros de aquí. Ahí están las ruinas de San Ignacio. Muy interesante. Grandes piedras en la selva, con caras. ¡Dan pesadillas! —Su risa se convirtió en una tos, y escupió desde donde estaba, siguiendo con la mirada la escupida, que cayó al suelo. Luego, como si marcara el paso de algún baile solitario detrás del escritorio, la esparció con la suela del zapato. —¿Sabe lo que son las pesadillas? —preguntó.
—Sí, sí, por supuesto —dijo el doctor Slade—. Tomaremos el tren mañana por la mañana, y necesitaremos por lo menos tres hombres para que nos ayuden con las maletas. Quería que lo supiera.
—¡Es fantástico! —exclamó la señora Slade, mirando a su marido—. Un pueblo así de grande y no hay un solo taxi.
—Un pueblo así de grande, y éste, el único hotel —replicó el doctor Slade—. La caminata no es nada. Quince minutos. Pero, por Dios, tenemos que dormir aquí. Y tenemos que comer aquí. El taxi es lo que menos me preocupa.
El hombre detrás del escritorio estaba pelando otro mango; el olor agridulce inundó la pieza.
La señora Slade hablaba poco español.
—¿Mango bueno? —le dijo al hombre.
—Regular —respondió él sin alzar la mirada.
Salieron al corredor; el zopilote no se movió. El aire olía a flores, y el constante zumbido de los insectos era un tapiz de sonidos audibles detrás del estruendo de la lluvia. Se sentaron en dos viejas mecedoras de mimbre y se quedaron mirando fijamente el mediodía gris, lloroso y deslumbrante. De vez en cuando, se oía el potente canto de un gallo en las cercanías.
—Creo que voy a cambiarme de ropa antes de almorzar —dijo la señora Slade—, me siento húmeda y sucia.
—Por lo menos conseguimos el buen cuarto —respondió el doctor Slade satisfecho.
La señora Slade se rió burlonamente; él supuso que era la idea del uso de la palabra buen.
—Nos van a dar frijoles con arroz, te lo aseguro —dijo él, y la miró con indulgencia—. Pero claro, a ti te gusta eso.
—¡Qué suerte tengo! —dijo ella. Sonrió y se meció un poco; la silla crujió de un modo peligroso.
Por la orilla de la plazuela vacía, un pequeño automóvil avanzaba evitando los charcos más profundos; se detuvo frente a ellos, al pie de las escaleras del corredor. El zopilote que estaba en la baranda sacudió las alas y descendió, para perderse de vista. La puerta del auto se abrió, y el doctor Slade vio lo que inmediatamente se dijo que había esperado ver: la roja cara y el peinado alto y gris de la señora Rainmantle, que salía del pequeño sedán. Inclinó la cabeza para saludar al conductor, cerró la puerta de golpe y subió las escaleras deprisa, empapada y jadeante. Cuando reconoció a los Slade, que estaban sentados frente a ella, su expresión preocupada se tornó en una de sorpresa y agrado. El doctor Slade se levantó lentamente y le tendió la mano.
—No me digan que perdieron los tres autobuses a San Ignacio —exclamó la señora Rainmantle—. ¿Puedo?
Se dejó caer en la silla del doctor Slade. Él la miró desde arriba con desdén y apatía, como esperando que la silla se desplomase bajo su peso, pero el mimbre era engañosamente resistente.
—Pero claro. Se me olvidaba que ustedes también desembarcaron aquí, ¿no?—. Se exprimió el pelo con ambas manos, y unos hilitos de lluvia le corrieron por la cara.
—Estás calada hasta los huesos —observó la señora Slade.
Ella se rió.
—Yo diría que hasta el alma.
La señora Slade miró el auto que se alejaba por el fango del otro lado del jardín público.
—¿Venías en taxi? —preguntó de pronto.
—Era el cónsul británico. Más problemas. Ahora no quieren dejar que desembarque mi equipaje. Tengo una cuenta pendiente en el bar. Pero no me dejen que empiece con esto.
—¡Ah! —dijo el doctor Slade, que iba y venía lentamente frente a las dos mujeres.
—Me parece muy extraño —dijo la señora Slade con cautela. Luego agregó—: ¿Entonces desembarcas aquí?
La señora Rainmantle se rió.
—Claro que voy a desembarcar aquí. El cónsul lo arreglará todo a primera hora esta tarde. Si tan sólo mi hijo hubiera podido venir a buscarme... Tan inútil —y estornudó violentamente.
La señora Slade se puso de pie.
—Estás mojada y no tienes cómo cambiarte. Eso no puede ser.
—Lo sé. La situación es imposible.
—Me pregunto... —la señora Slade parecía indecisa.
—¡Por Dios! —dijo riendo la señora Rainmantle—. ¿Una cosita como tú, con tu cintura? ¡Jamás en la vida! Seguramente no tienes nada.
La señora Slade vaciló un instante más.
—¡No! —dijo de pronto—. Sube conmigo. Tengo algo. De veras.
Después de una serie de protestas, la señora Rainmantle se dejó conducir escaleras arriba, y el doctor Slade se sentó de nuevo en la mecedora que le había cedido. La lluvia menguaba, y el sonido mecánico de los insectos en los árboles llegaba con más fuerza. Permaneció sentado mirando a lo lejos. Un gato esquelético y casi sin pelo dobló medrosamente la esquina del corredor y fue a estirarse junto a sus pies. De cuando en cuando el doctor tamborileaba en el brazo de la silla y, una vez, dijo en voz alta con un tono de incredulidad y de profundo disgusto: “Maldita sea.”