Kitabı oku: «Sufrimiento»
“No tenemos que salir a buscarlo. Vendrá y nos encontrará. Tarde o temprano, el sufrimiento a un nivel catastrófico arruinará nuestras vidas. Paul Tripp entiende esto personalmente. Él también entiende personalmente el evangelio. Su nuevo libro no trivializa nuestros sufrimientos con fórmulas simplistas. Este sabio libro nos lleva más profundamente al evangelio de la cruz y más cerca del mismo Varón de Dolores”.
Ray Ortlund, Pastor Principal, Immanuel Church, Nashville, Tennessee
“Este libro es un bálsamo para el alma que tomarás y no podrás soltar; también se convertirá en un amigo querido a donde volver en los próximos años y sabiduría confiable para dar a otros peregrinos cansados“.
Ann Voskamp, autora de bestsellers del New York Times, Quebrantamiento: Atrévete a entrar en la vida abundante
“Escribiendo después de la conmoción de perder inesperadamente su salud y lidiar con sufrimiento continuo, Paul Tripp ofrece consejos muy prácticos. En particular, sus reflexiones sobre las “trampas” comunes que a menudo son enfrentadas por las personas que sufren, será útil a muchos que se encuentran siendo sacudidos por las tormentas de la vida”.
Kelly M. Kapic, autora, Embodied Hope [Esperanza encarnada]; Profesora de Estudios Teológicos, Covenant College
“Tratando diariamente con cuadriplejia y dolor crónico (y habiendo luchado contra cáncer en etapa III), sé algo sobre el sufrimiento y, para ser sincera, difícilmente hay un libro sobre el tema que no haya leído. Pero el que Paul David Tripp ofrezca sus ideas sobre nuestras aflicciones, llama mi atención. Y este libro no decepciona. Sí, Paul ofrece un oído empático y consuelo sólido, pero llena estas páginas con consejos prácticos y sensatos sobre cómo ir a través y más allá del sufrimiento hacia una esperanza fresca y viva. Yo recomiendo altamente esta nueva notable obra”.
Joni Eareckson Tada , Fundadora y directora ejecutiva de Joni and Friends International Disability Center
“He leído innumerables libros sobre el sufrimiento, pero pocos me han inspirado a reevaluar mi propia adversidad como lo ha hecho Sufrimiento . La voluntad de Paul Tripp para desglosar su propio dolor, compartiendo con franqueza el conocimiento que ha adquirido, es un regalo indescriptible. Su historia personal es a la vez fascinante y tranquilizadora mientras nos señala la inquebrantable esperanza que tenemos en Cristo, incluso en circunstancias inimaginables. Este libro es una obra maestra. No puedo recomendarlo lo suficiente”.
Vaneetha Rendall Risner , autora, The Scars That Have Shaped Me: How God Meets Us in Suffering [Las cicatrices que me han formado: Cómo Dios nos encuentra en el sufrimiento]
“Honesto. Convincente. Lleno de gracia. Este libro es un regalo. Paul Tripp nos habla no como un teórico, sino como un compañero que sufre. Su consejo esta iluminado por experiencias personales, informadas por la verdad bíblica e infundidas con esperanza del evangelio. Con compasión y empatía, nos fortalece contra las tentaciones comunes que enfrentamos cuando sufrimos y nos ayuda a ver que nuestro sufrimiento, por grande que sea, nunca estuvo destinado a definirnos. Lo más importante, es que nos señala al Salvador quien ha sufrido en nuestro lugar para que podamos estar siempre confiados en Su amor, Su sabiduría y Sus buenos propósitos para nuestras vidas”.
Bob Kauflin , Director, Sovereign Grace Music
“Una vez más, Paul Tripp ha tomado la verdad de Dios y la ha aplicado a nuestras almas de una manera que es a la vez desafiante y reconfortante. Él entiende los pozos profundos del sufrimiento por su propia experiencia y las de otros a quienes aconseja. Identifica claramente las trampas tentadoras que tan frecuentemente atraen al corazón del que sufre, y entonces lo invita a encontrar descanso en Dios. Este libro será mi predilecto para darlo a aquellos que buscan entender la buena obra del sufrimiento de Dios en nuestras vidas. Lamento mucho el sufrimiento de Tripp, ¡pero estoy muy agradecido por este libro!”.
Connie Dever , autora, He Will Hold Me Fast [El me sostendrá]; Escritora de Currículo y Música, The Praise Factory
“Paul Tripp escribe este libro con una honestidad y humildad que nos invita a ver la obra íntima de Dios en su corazón a través de las noches oscuras. Lo que él encontró, y lo que tú encontrarás si lees este libro, es que el evangelio de Jesucristo nos trae esperanza incluso en los momentos más confusos y dolorosos de la vida. Ya sea que estés sufriendo hoy o no, lee este libro y prepárate a ti mismo para los días siguientes”.
Dave Furman , Pastor principal de la Redeemer Church of Dubai; autor, Kiss the Wave y Being There
“Paul Tripp siempre escribe con honestidad, autenticidad y cordura del Evangelio. Pero en este nuevo libro, Paul nos regala una vulnerabilidad que es rara, liberadora y acogedora. Mientras relata su propio viaje a través de una enfermedad que amenazaba su vida, Tripp nos ayuda a entender la diferencia entre la esperanza y la exageración, entre la confusión espiritual y confiar en nuestro Padre cuando nuestro control, dignidad y certeza están bajo ataque. Este es uno de los libros más oportunos, valientes, y útiles sobre el sufrimiento que jamás haya leído”.
Scotty Ward Smith , Pastor Emérito, Christ Community Church, Franklin, Tennessee; Maestro en Residencia, West End Community Church, Nashville, Tennessee
Publicado por:
Publicaciones Faro de Gracia P.O. Box 1043 Graham, NC 27253 www.farodegracia.org ISBN 978-1-629462-21-9
Originally published in English under the title: Suffering © 2018 by Paul David Tripp. 1300 Crescent Street, Wheaton, IL 68187 U.S.A. This edition published by arrangement with CROSSWAY. All rights reserved.
©2019 Publicaciones Faro de Gracia. Traducción al español realizada por Pamela Espinosa; edición de texto Francisco Hernandes Aceves diseño de la portada y las páginas por Patricia Caycedo. Todos los Derechos Reservados.
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada en un sistema de recuperación de datos o transmitida en cualquier forma o por cualquier medio—electrónico, mecánico, fotocopiado, grabación o cualquier otro—excepto por breves citas en revistas impresas, sin permiso previo del editor.
©Las citas bíblicas son tomadas de la Versión Reina-Valera ©1960, Sociedades Bíblicas en América Latina. © renovada 1988, Sociedades Bíblicas Unidas, a menos que sea notado como otra versión. Utilizado con permiso.
Impreso en los EEUU, 2019
Contenido
Introducción
1 El día que mi vida cambió
2 El sufrimiento nunca es neutral
3 La trampa de la conciencia
4 La trampa del temor
5 La trampa de la envidia
6 La trampa de la duda
7 La trampa del temor
8 La trampa del desánimo
9 El consuelo de la gracia de Dios
10 El consuelo de la presencia de Dios
11 El consuelo de la soberanía de Dios
12 El consuelo del propósito de Dios
13 El consuelo del pueblo de Dios
14 El consuelo de un corazón en reposo
A todos aquellos quienes han caminado
el camino rocoso y retorcido del sufrimiento,
este libro es para ustedes.
Introducción
Fue una visita sorpresa de un visitante no deseado, como lo es para muchos quienes sufren. Ese día no sabía que el Sr. Dificultad llamaría a mi puerta, irrumpiría y entraría y tomaría residencia en las habitaciones más íntimas de mi vida. Y no tenía ni idea de cómo su presencia cambiaría fundamentalmente tantas cosas a la larga. Lo vi ir de habitación en habitación a través de mi vida reorganizando todo, preguntándome cómo serían las cosas si y cuando finalmente se fuera. Si hubiera podido, habría desalojado a este extraño no deseado, pero fallé en todos mis intentos de expulsarlo por la puerta o en negar que se hubiera instalado en mi vida. Gasté demasiado tiempo tratando de averiguar por qué había golpeado mi puerta y por qué había elegido este momento en particular, pero nunca obtuve respuestas claras a mis preguntas.
Una vez que me di cuenta de que no podía sacar al Sr. Dificultad de mi vida, me entregué a tratar de entender cómo vivir con él o alrededor de él. Su presencia me hacía sentir como un actor en un drama donde todos tenían un libreto menos yo. Me sentía desprevenido e incapaz, no solo el día en que entró, sino día tras día. Claro, yo sabía que el Sr. Dificultad estaba allí, y yo había escuchado las historias de cómo había entrado por las puertas de otras personas, pero de alguna manera no pensé que me pasaría a mí. La vergüenza me inundaba mientras pensaba en las absurdas trivialidades y respuestas vacías que casualmente les había dado a las personas cuando habían quedado atrapadas en el confuso drama en el que yo estaba ahora. Y pensé en cuan tonto había sido en pensar que este desconocido no deseado quien, de alguna manera u otra, entra por la puerta de todos, por alguna razón omitiría la mía.
Ya que no tenía el poder ni el control para hacer al Sr. Dificultades salir, corrí al lugar donde siempre he encontrado sabiduría, esperanza y reposo de corazón. Corrí al evangelio de Cristo Jesús, y al hacerlo, corrí a los brazos de mi Salvador. Al zambullirme en la narración del evangelio, que es el mensaje central de la Palabra de Dios, me di cuenta de algo profundamente importante y maravillosamente reconfortante: no estaba desprevenido después de todo. El mensaje del control soberano de Dios sobre mí y mi mundo, la honestidad del evangelio sobre la vida en este mundo caído, el consuelo de la presencia y la gracia del Salvador aquí y ahora, y el entendimiento de la guerra espiritual que brama en mi corazón me habían preparado bien para la entrada y presencia de este extraño indeseable.
Ya no estoy enojado ni desanimado de que el Sr. Dificultad haya entrado por mi puerta inesperadamente ese día. Aunque sigo luchando con el dolor y la debilidad que me ha dejado, sé que estoy mejor por su presencia. No, no me gusta la aflicción del dolor o la pérdida más que a ti, pero en mi sufrimiento, sucedió algo milagroso: el Sr. Dificultad se convirtió en una herramienta de mi Salvador para producir cosas muy buenas en mí, cosas de las que estoy seguro no podrían haber sido producidas de otra manera.
Claro, hay veces que me canso y deseo que se levante y se vaya, pero no me desanimo. Sé que no he sido ignorado o abandonado, porque mucho antes de que el Sr. Dificultad entrara por la puerta, mi Salvador había tomado residencia permanente en mi vida. Esto significa que, a través de todo este drama, no he sido abandonado para lidiar con el Sr. Dificultad por mi cuenta. Mi Salvador ha estado conmigo, por mí, y en mí, y Él trabaja para tomar cosas muy malas y producir a través de ellas cosas muy, muy buenas. Él ha hecho esto por mí, y lo seguirá haciendo.
Así que escribo este libro para aquellos que también han sido invadidos de pronto por el mismo desconocido indeseado. Escribo para que tú también te sientas amado, preparado y agradecido, no, no por el dolor, sino por Aquel quien está contigo en tu dolor. Él es Aquel quien no solo te consuela, sino que produce cosas hermosas en ti y por medio de ti a través de lo que no invitaste a tu vida y realmente no quieres en tu vida y de aquello que no parece bueno en lo absoluto.
1
El día que mi vida cambió
El 19 de octubre de 2014 es un día que nunca olvidaré, porque es el día que mi vida cambió. No quería que mi vida cambiara, no había planeado que mi vida cambiara, pero mi vida cambió. Fue inesperado y no deseado, repentino y fuera de mi control. No lo vi venir. A veces los grandes cambios vienen con advertencias. A veces puedes ver las nubes oscuras en el horizonte. A veces es un sentimiento extraño o un pensamiento ansioso que te alerta que algo viene a la vuelta de la esquina. Pero estaba totalmente sorprendido y completamente desprevenido para lo que estaba a punto de ser puesto en mi plato.
Estaba fuera en un viaje de ministerio y comencé a tener algunos síntomas menores, pero eran lo suficientemente mínimos como para tener alguna pista de lo que estaba por venir. Pero porque ya no soy un recién egresado de la universidad y estoy en la edad en que es importante prestar atención a los mensajes que te da tu cuerpo, llamé a mi médico inmediatamente cuando llegué a casa. Él sugirió que, ya que vivo en Center City, Filadelfia, a solo un par de cuadras de un gran hospital, que fuera allí a que me revisaran. Él me aseguró que no sonaba como algo por lo que preocuparme y que probablemente me examinarían y me enviarían a casa.
El día siguiente era domingo, así que el plan era que Luella, mi esposa, y yo fuéramos a la iglesia, fuéramos a comer algo después, y luego caminaríamos hacia el hospital. Estábamos tan relajados sobre el asunto entero que nos detuvimos en el Starbucks del vecindario en el camino. Nos registramos en la sala de emergencias del Hospital Jefferson, sabiendo que tendríamos una larga espera, y nos acomodamos para ver a las Águilas de Filadelfia. Me senté allí más impaciente por ser visto por un médico, que ansioso por lo que me dirían. Finalmente me llamaron y me pidieron que describiera mis síntomas, mientras que tomaban mis signos vitales.
No pasó mucho tiempo antes de que hubiera cuatro médicos de diferentes departamentos en la pequeña sala de emergencias. Pregunté qué estaba pasando, pero nunca obtuve una respuesta directa. A mi izquierda escuche a dos de los doctores hablando sobre diálisis. No tenía sentido para mí; Pensé, ¿De qué están hablando? No parecía posible que yo estuviera tan enfermo. No me sentía enfermo. Yo había hecho mi carrera diaria de diez millas en bicicleta esa semana. Acababa de predicar por seis horas durante el fin de semana con toda la energía que siempre tengo. Pensé debían tener el expediente equivocado, que debían estar mirando los síntomas equivocados. Pero esos doctores no estaban en la sala de exámenes equivocada. En un instante, me estaban realizando procedimientos dolorosos, y en poco tiempo, fui admitido para lo que se convertiría en una estancia de diez días. Era confuso y desconcertante, por decir lo menos. No entendía lo que estaba pasando; todo lo que sabía con seguridad era que una tarde tranquila se había vuelto repentinamente muy seria y muy dolorosa. Pero no estaba preparado para lo que estaba por suceder a continuación.
Casi inmediatamente después de llegar a mi habitación del hospital, entre en un espasmo de cuerpo completo. Nunca podré describírtelo adecuadamente. Este era un dolor que nunca supe que existía, y durante los espasmos el dolor se centraba en la zona de la ingle, donde sentía como si alguien me hubiera pegado con un cuchillo. Los espasmos llegaban con ferocidad cada dos o tres minutos, y cuando venían, gritaba. Cuando tienes miedo, algunas veces gritas buscando ayuda porque esperas que alguien escuche y venga al rescate. Estos no eran ese tipo de grito. El dolor era tan intolerable que gritos involuntarios simplemente salían de mí. Y en el medio mis gritos clamaba en desesperación, “¡Dios, ayúdame! ¡Dios ayúdame!” Fue aterrador pasar eso. No tenía miedo del día siguiente; me aterrorizaban los siguientes cinco minutos y la tortura que los espasmos traerían.
Grité durante treinta y seis horas, y mientras gritaba, no podía entender por qué alguien en el hospital no me ayudaba. No podía entender por qué no hacían algo para aliviar mi dolor. Una enfermera me dijo que no dejara que mi cuerpo se tensara cuando llegaran los espasmos porque eso los hacia peores. Ella bien podría haberme dicho que saltara sobre la luna. Cuando llegaban los espasmos, perdía toda capacidad de controlar mis respuestas físicas. Después de un espasmo particularmente horrible y más largo de lo normal, con lágrimas, miré a Luella y le dije que me quería morir. Solo quería que la tortura se detuviera, y parecía imposible que alguien no pudiera hacer algo para ayudarme con mi dolor.
Para agravar mi dolor había confusión. No tenía idea de que me estaba pasando. No tenía idea de cómo había salido de un relajante chai con Luella en Starbucks esa tarde a esta horrible escena. No tenía idea de lo que estaba pasando en mi cuerpo que de alguna manera hiciera sentido de todo esto. Y no tenía idea de qué estaban haciendo los doctores entre bastidores para lidiar con lo que fuera que estaba pasando dentro de mí. Lo repentino y lo irracional de todo simplemente hacia más difícil lo que estaba experimentando. Yo quería que todo parara, y no me importaba cómo.
En uno de esos momentos en los que gritaba, preguntándome por qué nadie estaba haciendo nada para aliviar mi dolor, mi hijo Ethan dijo: “Papá, ahora no están preocupados por tu dolor; están preocupados por salvar tu vida. Cuando estés estable te darán algo para tu dolor”. Esas palabras fueron enormemente útiles. Y llegó un momento en que me dieron algo para aliviar el dolor de esos espasmos.
Lo que pensé que sería un chequeo se convirtió en una estancia en el hospital de diez días. Y durante los primeros días no sabía con lo que estaba lidiando. Sabía que algo estaba terriblemente mal, y así Steve, quien maneja mi vida ministerial, comenzó a cancelar los próximos eventos ministeriales. Yacía en la cama, agotado y desanimado y en constante incomodidad. Habían insertado un catéter, y sangré por el catéter durante los diez días enteros, a veces dolorosamente pasando coágulos de sangre bastante grandes.
¿Cómo me había enfermado tan rápido? ¿Que estaba mal, y cómo se arreglaría? ¿Estaba en las manos médicas adecuadas? ¿Cuánto tiempo estaría en el hospital? ¿Cómo podría todo esto alterar mi vida? ¿Qué impacto tendría en mi ministerio? ¿Qué significaría para Luella y mis hijos? ¿Qué era lo que Dios estaba obrando? Estas eran algunas de las preguntas que resonaban en mi cerebro mientras yacía en esa cama sangrando en una bolsa.
Aproximadamente al tercer día, el médico nefrólogo que había sido asignado a mi caso entró y me informó que mis riñones habían sido dañados significativamente. Me enteraría más tarde que cuando llegué al hospital, tenía una insuficiencia renal aguda. Si hubiera esperado de siete a diez días más, mis riñones habrían muerto, y yo no estaría aquí escribiendo este libro. Fue impactante e irreal escucharlo. Había entrado en el hospital con la identidad de un hombre sano. Había hecho mi rutina de ejercicio esa semana. No me había sentido mal. Pero yo era un hombre muy enfermo con un diagnóstico muy serio que cambiaría mi vida para siempre.
En formas que nunca antes había experimentado, me sentía vulnerable y pequeño. Estaba obsesionado con la idea de que podría haber otras cosas sucediendo en mi cuerpo y que no conocía. No había pensado en la muerte hasta ahora, pero ese pensamiento estaba ahora conmigo todo el tiempo. Nunca había pensado en vivir con una enfermedad a largo plazo o los efectos de un daño significativo a un sistema de gran importancia en mi cuerpo. Me preguntaba si podría continuar haciendo a lo que Dios me había llamado a hacer, y, si no podía, ¿qué haríamos? ¿cómo viviríamos? Clamé por la ayuda de Dios, con esas palabras exactas, porque estaba demasiado conmocionado y confundido para saber por qué orar. Tomé sus promesas. Intenté predicarme a mí mismo de Su presencia, pero fue difícil. En el medio de la noche era difícil cuando la enfermera venía a cambiar mi bolsa, mientras permanecía despierto en la oscuridad para controlar mis pensamientos. Luella dormía en la silla a mi lado, y yo le tomaba la mano y lloraba. Ni siquiera sabía por qué estaba llorando; las lágrimas simplemente salían.
Cuando finalmente me dieron de alta del hospital, todavía era un hombre muy enfermo. Salí del hospital con un catéter y una bolsa sujeta a mi pierna. El aparato me hacía sentir incómodo al sentarme, dormir, o caminar. No estaba acostumbrado al aparato, así que hice repugnantes líos. Todo era mortificante y un poco deshumanizante. Pero creo que Dios es bueno, e hice todo lo que pude para correr hacia Su bondad y no alejarme de ella. Al irme poniendo más fuerte viajé a conferencias para hablar con la bolsa sujetada a mi pierna y el miedo cada vez de que no tendría la fuerza para atravesar todo el fin de semana.
Durante la primera cita posterior al alta hospitalaria con mi médico, me informaron de la gravedad de mi daño renal y me dirigieron con el nefrólogo que se encargaría de mi seguimiento médico. Cuando vi a mi médico especialista en riñones me dijo que había perdido 65 por ciento de mi función renal y que el daño no podría ser revertido. Salí de esa cita agobiado por la larga lista de efectos transformadores del daño renal. Poco sabía que no estaba al final de mi aflicción física, sino al comienzo.
Poco después, me informaron que necesitaba una cirugía mayor. Viniendo a los pocos meses de haber salido del hospital, fue un golpe. Acababa de empezar a escalar mi camino de vuelta físicamente y en mi vida de ministerio, y estaba a punto de ser derribado físicamente otra vez y tener mi vida de ministerio interrumpida otra vez. No puedes pasar por cosas como esta sin preguntarte qué es lo que está haciendo Dios y sin al menos ser tentado a dudar de Su sabiduría, bondad y amor. Enfrenté esas tentaciones, pero no dejaría que mi corazón fuera allí. Me aferré a las promesas de Dios incluso en medio de la decepción y la confusión. Pero fue muy desalentador. Lidié con la aparente irracionalidad de todo eso; ¿Cómo tenía sentido que, en este momento de mi mayor influencia en el ministerio, me debilitaría mas de lo que nunca había estado?
Después de la cirugía, una vez más pensé que estaba en el camino hacia la recuperación de mi vida normal, pero la recuperación no era el plan. Aproximadamente tres meses después de mi cirugía y segunda hospitalización, me informaron que necesitaría otra cirugía. Se había desarrollado tejido cicatrizal que ponía en riesgo mis riñones, y como no quedaba mucho riñón, la cirugía era esencial. El día de mi segunda cirugía me despertaron a las cuatro y media de la mañana para dirigirnos al hospital para ser preparado. Estaba ansioso por la cirugía, pero desanimado ante las perspectivas de sus efectos. Yo sabía que sería un revés físicamente y tendría que comenzar el proceso de recuperación de nuevo. Sabía que mi vida y mi ministerio serían puestos en espera de nuevo. Y sabía que no tenía poder en lo absoluto para evitar que todo eso sucediera.
El sufrimiento físico expone el engaño de la autonomía personal y la autosuficiencia. Si tú y yo tuviéramos el tipo de control que creemos tener, ninguno de nosotros pasaría a través de alguna situación difícil. Ninguno de nosotros elegiría estar enfermo. Ninguno de nosotros elegiría experimentar el dolor físico. A ninguno de nosotros le gusta la perspectiva de estar físicamente débil y deshabilitado. A ninguno de nosotros le gusta que nuestras vidas se pongan en pausa. El sufrimiento físico te obliga a enfrentar la realidad de que tu vida está en manos de otro. Te recuerda que eres pequeño y dependiente, que cualquier pequeña parte de poder y control que tienes puedes ser quitada en un instante. La independencia es un engaño que es rápidamente expuesto por el sufrimiento.
Descubrí que lo que estaba pasando no solo era desalentador en muchos sentidos, sino también profundamente humillante. Mi debilidad me habilitó para ver y admitir cosas a las que nunca antes me había enfrentado. Mi enfermedad redefinió quién yo pensaba que era y lo qué pensaba de mi caminar con Dios. Permíteme explicar. Durante estos meses me enfrenté a la realidad de que gran parte de lo que pensaba que era fe en Cristo era en realidad confianza en mi condición física y orgullo en mi capacidad de producir. Siempre había tenido mucha energía y estaba en bastante buen estado físico para mi edad. No recuerdo jamás haber estado muy cansado, nunca requería de mucho sueño, y era siempre capaz de ser productivo. Solía decir con orgullo que dormir era una interrupción necesaria para un día de lo contrario productivo. El sufrimiento tiene el poder de exponer aquello en lo que has estado confiando todo el tiempo. Si pierdes tu esperanza cuando tu cuerpo físico falla, tal vez tu esperanza no estaba realmente en tu Salvador después de todo. Era humillante confesar que lo que yo pensaba que era fe, era en realidad autosuficiencia.
Pero Dios todavía no había terminado conmigo. Contrario de lo que esperaba y habría planeado, no había terminado con cirugías o estancias en el hospital y la vida interrumpida que seguiría. Casi cuatro meses después, con un cuerpo que aún no se había recuperado completamente, me encontré siendo conducido en silla de ruedas a una cirugía nuevamente. Más tejido cicatrizal se había desarrollado, creando más obstrucciones y poniendo mis riñones en riesgo una vez más. Cada cirugía era seguida por el cateterismo y esa bolsa sujetada a mi pierna. Cada cirugía resultaba en mucho dolor, profunda debilidad y noches de insomnio. Cada cirugía era acompañada por la batalla espiritual del corazón y la mente. Cada cirugía era seguida por todas las tentaciones que saludan a todos los que sufren en este mundo caído. Cada vez, me era recordado que el sufrimiento es una guerra espiritual.
La mejor manera de caracterizar mi desánimo en ese momento es con algo que le dije con lágrimas a Luella más de una vez: “¡Todo lo que quiero es que Paul vuelva de nuevo!” El viejo Paul es lo que anhelaba, el que tenía una energía infinita y un cuerpo que funcionaba sin asistencia médica. Quería el viejo Paul que podía lidiar con un horario ridículamente ocupado y que nunca se sentía estresado o cansado. Odiaba estar enfermo, débil y cansado, y odiaba el hecho de no poder liberarme del ciclo de cirugías en las que estaba atrapado. No odiaba a Dios, no deseche mi teología y no lleve a Dios ante la corte de mi juicio para cuestionar Su sabiduría y amor, pero sí luchaba con aceptar lo que había puesto en mi plato. No me veía bien, no me sentía bien y tenía poca energía para hacer las cosas que Dios me había llamado a hacer. Tenía la intención de gastar algunas horas escribiendo, pero muchos de esos días me levantaba con tan poca energía de cuerpo y mente que todo lo que podía hacer era sentarme en una silla.
Terminaba el día tomando siestas, algo que nunca antes había hecho. Solía burlarme de las personas que no podían sobrevivir sin su siesta diaria. Ahora esperaba mi siesta. Esto era todo muy desorientador y desalentador. No reconocía a la persona en la que me había convertido y no podía relacionarme con el nivel de incapacidad que sentía. A medida que todo esto me inundaba, recibí más malas noticias: necesitaría otra cirugía. Acortaré la historia aquí. Seguí necesitando cirugía tras cirugía hasta que había tenido ¡Seis cirugías en dos años! Mi cuerpo nunca tuvo suficiente tiempo para recuperarse. Debilidad construida sobre debilidad, síntomas acumulados sobre síntomas, y la guerra dentro de mi bramaba. El cuerpo de nadie puede tolerar cirugía tras cirugía en la misma área anatómica. Me preguntaba si en el intento de salvar mis riñones, otras partes de mi cuerpo estaban siendo dañadas irreparablemente.
Mi sexta cirugía fue la más grande y la más difícil hasta entonces. Mi cirujano había evitado hacer esta cirugía porque era muy invasiva y dolorosa y sería seguida por un largo y difícil período de recuperación. Pero estaba claro que tenía que hacerse. Era muy difícil y dolorosa y me dejó esencialmente confinado en casa dos meses.
Todavía no sé a qué me estoy enfrentando físicamente. Han pasado seis meses desde la última gran cirugía, y mis síntomas son tan manejables como sea posible en este punto, pero me han dejado como un hombre físicamente dañado Nunca más podré ejercer el ministerio de la manera lo había hecho durante años. Nunca volveré a tener la energía que una vez tuve. Siempre estaré limitado por los resultados de daños mayores a un órgano esencial. Y ya que mi ministerio era financiado en gran parte por conferencias de fin de semana, mi sufrimiento físico ha traído con él un estrés financiero para mí y para mi equipo de ministerio. Hemos tenido que tomar decisiones difíciles, decisiones que ninguno de nosotros quería tomar. Hemos tenido que hacer preguntas difíciles que nunca pensamos que necesitaríamos hacer. Hemos tenido que confesar nuestra dependencia de Dios en formas más profundas de lo que nunca lo habíamos confesado antes. Y hemos tenido que agradecer a Dios por un nuevo estándar que nunca habríamos elegido para nosotros mismos.
¿Por qué comenzar este libro con mi historia?
El sufrimiento nunca es abstracto, teórico o impersonal. El sufrimiento es real, tangible, personal y específico. La Biblia nunca presenta el sufrimiento como una idea o concepto, sino lo pone ante nosotros en el drama de sangre y entrañas de experiencias humanas reales. Cuando se trata del sufrimiento, la Escritura nunca es evasiva o cosmética en su enfoque. La Biblia nunca minimiza las experiencias duras de la vida en este mundo terriblemente roto, y al hacerlo, la Biblia nos obliga a salir de nuestra negación e ir hacia la honestidad humilde. De hecho, la Biblia es tan honesta sobre el sufrimiento que relata historias que son tan raras y oscuras que si fueran un vídeo de Netflix probablemente no lo verías.
La Escritura nunca menosprecia al que sufre, nunca se burla de su dolor, nunca da oídos sordos a sus clamores, y nunca lo condena por su lucha. Le presenta al que sufre un Dios que entiende, a Quien le importa, Quien nos invita a acudir a Él en busca de ayuda, y quien promete un día acabar con todo sufrimiento de cualquier tipo una vez y para siempre. Debido a esto, la Biblia, mientras está siendo dramáticamente honesta sobre el sufrimiento, está al mismo tiempo gloriosamente llena de esperanza. Y no es solo que la Biblia cuenta la historia del sufrimiento honesta y auténticamente; también nos da esperanza concreta y real.
No tenía ningún interés en escribir un libro que esencialmente estableciera una teología teórica del sufrimiento, porque creo que eso habría sido un manejo no bíblico de lo que la Biblia tiene que decir sobre el sufrimiento. Toda discusión del sufrimiento se hace a nivel de calle donde el barro y la sangre del sufrimiento salpican y en alguna manera nos mancha a todos. Por eso te he contado mi historia, una historia que todavía estoy viviendo cada día. La semana pasada pasó sin una sola noche de sueño real. La debilidad se apoderó de mí, y fui recordado que mi aflicción no ha terminado porque algunos sistemas en mi cuerpo están rotos irreparablemente. Quiero que este libro viva mientras los que sufren vivan, para hablar a los clamores de los que sufren, y abordar de forma práctica aquello con lo que cada víctima lidia.
Así que este libro colocará la teología hermosa, honesta y esperanzadora del sufrimiento, que es un tema central de la historia de la redención, en el contexto de la historia de alguien real que sufre. Hermosas verdades serán presentadas y entendidas en relación con el dolor humano real y la lucha. Recuerda que la teología del sufrimiento en las Escrituras nunca es, un fin en sí misma, sino que está diseñada como un medio para el fin del consuelo real, la dirección real, la protección real, la convicción real y la esperanza real. Esta forma concreta de tratar con lo que la Escritura nos enseña nos obliga a alejarnos de trivialidades y negaciones e ir hacia el entendimiento concreto y la franqueza.
Si estás sufriendo ahora, te invito a emprender este viaje conmigo; mi esperanza es que te daré palabras a tu lucha y descanso en medio de tu dolor. Si no estás sufriendo ahora, mira a tu alrededor, porque hay alguien cerca de ti que sí está sufriendo, y este libro te pondrá dentro de su experiencia y te ayudara a saber que es amarlos, caminar con ellos, y ayudarlos a soportar esa carga. Y si tú no estás sufriendo ahora, algún día lo harás. De alguna manera, en alguna forma, el sufrimiento entra por la puerta de todos. A veces lo ves venir, y otras veces te ciega, pero vendrá porque somos personas imperfectas que se infligen sufrimiento unos a otros, y todos nosotros somos incapaces de escapar por completo del quebrantamiento del mundo, que es nuestra dirección actual.
Debido a la asombrosa sabiduría práctica de la Palabra de Dios, la gloria de la presencia y el poder de Dios, y la realidad de las misericordias que son nuevas cada mañana, no tenemos que huir de este tema. Podemos mirarlo a la cara con corazones abiertos y expectantes. Recuerda que la esperanza de redención no solo está reservada para la eternidad, sino que es una esperanza real, viva, presente. Esta esperanza está arraigada en el hecho de que tu Señor está en ti, Él está contigo, y Él está por ti aquí mismo, ahora mismo. Y esta verdad cambia radicalmente como entendemos, experimentamos y respondemos al sufrimiento que esta o seguramente vendrá en nuestro camino. Así que con el valor del evangelio sigue leyendo, sabiendo que no hay un valle de sufrimiento tan profundo que la gracia en Jesús no sea más profunda.
REVISA Y REFLEXIONA
1. ¿Cómo puedes ver la providencia del Señor en la crisis de salud de Paul Tripp?
2. Paul habla de aferrarse a las promesas de Dios y clamar buscando Su ayuda. ¿Cómo ayuda tener un entendimiento y confianza en Dios en tiempos de sufrimiento?
3. Paul Tripp afirma que “la Escritura nunca menosprecia al que sufre” (p. 21). ¿Cómo te anima esto?
4. ¿Alguna vez has considerado que, en su núcleo, el sufrimiento es una guerra espiritual?
5. Cuando oras para que tu esperanza esté “arraigada en el hecho de que tu Señor está en ti, Él está contigo, y Él está por ti aquí mismo, ahora mismo” (p. 22), ¿cómo puedes ver el sufrimiento de manera diferente?
REAJUSTE DEL CORAZÓN
Salmo 13:1–6; 27:1–14 Isaías 43:1
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El sufrimiento nunca es neutral
Desearía poder decir que mi experiencia de sufrimiento fue neutral, pero no lo fue, y tampoco lo es para nadie más. Esto es lo que todo aquel que sufre tiene que entender: nunca sufres solo aquello por lo que estás sufriendo, sino siempre sufres la manera en la que lo estás sufriendo. Tú y yo nunca venimos a nuestro sufrimiento con las manos vacías. Siempre arrastramos una bolsa llena de experiencias, expectativas, suposiciones, perspectivas, deseos, intenciones, y decisiones a nuestro sufrimiento. Así que nuestras vidas están conformadas no solo por lo que sufrimos sino por lo que traemos a nuestro sufrimiento. Lo que piensas de ti mismo, la vida, Dios y los demás afectarán profundamente la forma en que piensas, interactúas y respondes a la dificultad que se te presente.
Es humillante admitirlo, pero había dos cosas que no sabía que estaba llevando a mi aflicción física que dieron forma a como caminé a través de la experiencia. Primero fue el orgullo. Yo estaba inconsciente que había mucho orgullo en mí, orgullo en la salud física y logros. Unos tres años antes de que me enfermara, perdí 40 libras, cambié mi relación entera con la comida, y comencé a ejercitarme más agresivamente. Funcionó. Conservé el peso que había logrado y me sentía más joven y con más energía de lo que me había sentido en años. Estaba orgulloso de mi condición física y confiado en la salud de mi cuerpo. Estaba también orgulloso que, ya que físicamente estaba fuerte, podía ser productivo. Viajaba cada fin de semana a conferencias en todo el mundo y escribía libro tras libro entre conferencias. Miro hacia atrás y ahora veo que vivía con apreciaciones de invencibilidad. No era un hombre joven, pero me sentía como si estuviera en la cima de mi juego. La salud y el éxito son intoxicantes, pero también vulnerables.
Cuando me di cuenta que estaba muy enfermo y que la debilidad y fatiga estarían conmigo por el resto de mi vida, el golpe no fue solo físico, sino también emocional y espiritual. Honestamente, no solo sufrí dolor físico, sino también el dolor aún más profundo de la muerte de mi ilusión de invencibilidad y el orgullo de la productividad. Estos son problemas de identidad sutiles, pero profundamente arraigados. Te habría dicho que mi identidad estaba firmemente arraigada en Cristo, y hay maneras significativas en las que lo estaba, pero debajo eran artefactos de la autosuficiencia.
Ahora, esto es lo que sucede en tiempos de sufrimiento. Cuando aquello en lo que has estado confiando (ya sea que lo supieras o no) es establecido como desperdicio, no sufres solo la pérdida de eso; también sufres la pérdida de la identidad y seguridad que te brindaba. Puede que esto no tenga sentido para ti si en este momento estás pasando por algo que no habrías planeado para ti mismo, pero la debilidad que ahora es parte de mi vida regular ha sido un gran instrumento de la gracia de Dios (ver 2 Cor. 12: 9). Ha hecho dos cosas para mí. Primero, ha expuesto un ídolo del yo que no conocía que estaba allí. El orgullo en mi salud física y mi capacidad de producir me hicieron tomar crédito por lo que no podría haber producido en mí mismo. Dios creó y controla mi cuerpo físico, y Dios me ha dado los dones que yo empleo todos los días. La salud física y la productividad deben producir gratitud y adoración más profundas, no autosuficiencia y orgullo en la productividad. Estoy agradecido por lo que mi debilidad ha expuesto y de ser liberado por gracia de tener que demostrar por más tiempo que soy lo que creo que soy.
Pero hay una segunda cosa que ha sido maravilloso entender. Quizás maldecimos la debilidad física porque nos sentimos incómodos con depositar nuestra confianza en Dios. Permíteme explicar. La debilidad simplemente demuestra lo que siempre ha sido verdad: Somos completamente dependientes de Dios para la vida y aliento y todo lo demás. La debilidad no fue el final para mí, sino un nuevo principio, porque la debilidad proporciona el contexto en el que se encuentra la fuerza verdadera. Pablo dice en 2 Corintios 12:9 que se va a gloriar en su debilidad. Suena raro y loco cuando primero lo lees, pero no lo es. Él ha llegado a conocer que el poder de Dios “se perfecciona” en su debilidad. Verás, la debilidad no es lo que tú y yo deberíamos temer. Debemos temer nuestra ilusión de fuerza. Las personas fuertes tienden a no pedir ayuda, porque ellos piensan que no la necesitan. Cuando has sido probado débil, aprovechas los recursos infinitos del poder divino que son tuyos en Cristo. En mi debilidad he conocido la fuerza que nunca había conocido.
La segunda cosa que moldeó la forma en que sufrí físicamente fueron las expectativas poco realistas. El sufrimiento no debería sorprendernos, pero casi siempre lo hace, y sin duda me sorprendió. Ahora es humillante admitir esto porque escribí un libro sobre cómo vivir con la realidad de la caída a la vista. Entré en mi enfermedad con mi teología en el lugar correcto. Yo creía que vivía en un mundo gimiendo que clama por la redención, pero estaba luchando con algo más dentro de mí. Estaba esta expectativa de que siempre sería como había sido, es decir, que siempre estaría fuerte y sano. Había poco espacio en mi vida, familia y planes de ministerio para la debilidad dentro o problemas fuera. De hecho, no había lugar para ninguna interrupción en lo absoluto. Gran parte del camino que pensaba y planificaba sobre mí estaba basado en la expectativa poco realista de que continuaría escapando de la interrupción regular de la vida de uno y los planes que suceden en un mundo que no opera como Dios lo diseñó para operar.
No fui destacado; Dios no me había olvidado ni me había dado Su espalda. No estaba siendo castigado por mis elecciones, y no estaba recibiendo las consecuencias esperadas por las malas decisiones. Mi historia es sobre las cosas normales que nos suceden a todos porque vivimos en un mundo que ha sido dañado dramáticamente por el pecado. En este mundo viven las enfermedades y dolencias, y nuestros cuerpos se descomponen o no funcionan correctamente. En este mundo el dolor, a veces crónico y a veces agudo, nos asalta y hace que la vida sea casi imposible de vivir. Vivimos en un mundo roto donde la gente muere, la comida decae, guerras braman, los gobiernos son corruptos, las personas toman lo que no es suyo e infligen violencia unas a otras, los esposos actúan con odio unos hacia otros, los niños son abusados en lugar de ser protegidos, las personas mueren lentamente de inanición o mueren repentinamente de enfermedad, vive la confusión sexual y de género, las drogas causan adicción y destruyen, el chisme destruye reputaciones, la lujuria y codicia controlan corazones, la amargura crece como un cáncer, y la lista podría seguir y seguir.
La Biblia no se refrena. A cada paso, nos informa y advierte sobre la naturaleza del mundo, que es la dirección donde todos vivimos. Ya sea una narrativa dramática de la vida, o una doctrina que informa, o un principio de sabiduría sobre cómo vivir bien, la Escritura obra para prepararnos, no para que vivamos en temor, sino para que estemos listos para las cosas que todos enfrentaremos. Dios nos da todo lo que necesitamos para que vivamos con expectativas realistas y para que los momentos de dificultad no estén llenos de conmoción, temor y pánico, sino sean experimentados con fe, calma y decisiones confiadas.
Aunque tenía la teología correcta en su lugar, de alguna manera, a nivel de calle, mis expectativas eran poco realistas, y las expectativas no realistas siempre hacen más difícil el sufrimiento. Mi punto es que soy un ejemplo vivo de la verdad de que tú y yo nunca sufrimos solo aquello que estamos sufriendo, sino también sufrimos la manera en la que estamos sufriéndolo. Cada uno de nosotros trae a nuestro sufrimiento las cosas que moldean la manera en que sufrimos. Todos sufrimos, pero no sufrimos de la misma manera, porque nuestro sufrimiento está formado por lo que llevamos a las dificultades que se nos presentan.
Esto es lo que es tan importante de entender, y lo que puede ser la principal contribución de este libro: tu sufrimiento está más poderosamente formado por lo que está en tu corazón que por lo que está en tu cuerpo o en el mundo que te rodea. Ahora no malinterpretes los que estoy diciendo. Mi sufrimiento era real, la disfunción en mi cuerpo era real, el daño a mis riñones es real, el dolor por el que pasé fue horriblemente real, y la debilidad que es ahora mi vida normal es real. Pero la forma en que experimenté todas esas duras realidades fue moldeada por los pensamientos, deseos, sueños, expectativas, antojos, miedos y suposiciones de mi corazón. Lo mismo es cierto para ti. Tus respuestas a las situaciones en tu vida ya sean físicas, relacionales o circunstanciales, siempre están más determinadas por lo que está dentro de ti (tu corazón) que por las cosas que estas enfrentando. Es por esto que las personas tienen respuestas dramáticamente diferentes a las mismas situaciones de dificultad. Esta es la razón por la que el escritor de Proverbios dice:
Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; Porque de él mana la vida. (Proverbios. 4:23)
Como una corriente, tus actitudes, elecciones, reacciones, decisiones, y respuestas a lo que estás enfrentando están fluyendo de tu corazón. El corazón es el centro de tu personalidad. El corazón es tu núcleo causal, al igual que el suelo seco absorbe el líquido de una corriente. El sufrimiento extrae los verdaderos pensamientos, actitudes, suposiciones y deseos de tu corazón. Así que es útil considerar el tipo de cosas que traemos a nuestro sufrimiento que nos causan problemas a nuestra propia dificultad.
¿Qué traes a tu sufrimiento?
A continuación, hay una lista sugerente, no exhaustiva, de los tipos de cosas que traemos a los momentos de sufrimiento que profundizan el dolor de lo doloroso a lo que nos enfrentamos.
1. Teología deficiente
Recuerda que todo ser humano piensa y vive teológicamente. Ya sea que lo sepas o no, llevas contigo una cosmovisión personal bien desarrollada que da forma a tu manera de interpretar y lidiar con todo lo que se te presenta. Esta cosmovisión da algún tipo de respuesta a preguntas como: ¿Quién es Dios? ¿Qué está haciendo? ¿Por qué está haciendo lo que está haciendo? ¿Quién soy? ¿Cuál es la razón de mi vida? ¿Cómo luce el vivir una vida exitosa? ¿Qué es lo correcto y lo incorrecto? ¿Por qué suceden ciertas cosas? ¿Dónde se encuentran la esperanza, el propósito y la motivación? Otra vez, esta no es una lista exhaustiva sino representativa de los tipos de preguntas que todo el mundo hace y de alguna manera responde. Ya que tus pensamientos siempre preceden y determinan tus acciones, la teología que llevas a los tiempos de sufrimiento y prueba es muy, muy importante. Permíteme darte dos ejemplos de cómo la mala teología empeora tu experiencia de sufrimiento.
El primero va así: Estoy sufriendo porque Dios me está castigando por mi pecado.
Sue tenía que lidiar no solo con una enfermedad muy grave que había invadido su cuerpo, sino también con culpa y vergüenza paralizantes. ¿Por qué?, puedes preguntar. Porque Sue estaba convencida de que su enfermedad era el castigo de Dios por las malas decisiones y elecciones que ella había tomado. En un momento en el que ella necesitaba correr hacia Dios, hizo lo mejor que pudo para esconderse de Él y esconderse de Su pueblo. Ella razonaba que su deber era soportar el castigo que merecía.
Claramente, el pensar como Sue está arraigado en una teología muy mala. El mensaje de la Escritura es que cada pieza de la culpa, la vergüenza y el castigo por nuestro pecado fue completamente y de una vez por todas llevado por Cristo. Esto significa que no hay más condenación para aquellos en Cristo Jesús (ver Romanos 8:1–4). Entonces nuestro sufrimiento no es punitivo, es decir, no es un castigo directo por los pecados que hemos cometido.
Que desalentador no solo pasar por circunstancias duras y tal vez incluso transformadoras, sino también pensar que estas pasando a través de esas cosas porque no has alcanzado el estándar de Dios. Es difícil acudir a Dios en busca de ayuda, descansar en Su cuidado, estar seguro de Su amor, y creer que Sus misericordias están constantemente disponibles y son nuevas cada día cuando estás convencido de que estás siendo castigado por Él. Y es difícil alcanzar la gracia de Dios cuando crees que te está dando lo que mereces. La Biblia nunca interpreta nuestro sufrimiento de esta manera; de hecho, enseña lo contrario. En lugar de que el sufrimiento esté conectado con las cosas malas que hemos hecho, la Escritura conectan las pruebas y dificultad con las cosas buenas que Dios quiere para nosotros y está obrando para producir en nosotros (ver Santiago 1:2–4).
El segundo ejemplo se deriva de una mala comprensión de Romanos 8:28, que dice: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados”. Lamentablemente, este versículo ha sido interpretado por muchos como una promesa de que todo lo que pase se convertirá en algo bueno al final. Esta interpretación lleva a las personas a abrigar expectativas poco realistas de un final feliz de algo que están sufriendo y al hacerlo, les hace pensar que Dios ha fallado en cumplir lo que prometió cuando el sufrimiento continúa o los deja con vidas que alteradas para siempre.
Jim estaba seguro, por lo que se le habían enseñado que Romanos 8:28 prometía, que lo que había perdido seguramente le sería devuelto. Debido a un fraude de alguien en quien confiaba, Jim había perdido todo por lo que había trabajado. Pasó de ser un rico ejecutivo a un obrero por hora, y durante los primeros años él era motivado por el pensamiento de que todo terminaría para lo mejor. Pero a medida que transcurría año tras año, Jim se tornaba más desanimado y enojado. Se alejó de su grupo pequeño de estudio y finalmente dejó de ir a la iglesia por completo. La amargura hacia Dios vino de entender erróneamente las expectativas, y esas expectativas al final tuvieron un impacto mucho mayor en la vida de Jim que la terrible pérdida que él había sufrido.
Cuando las personas toman Romanos 8:28 fuera de su contexto inmediato, entienden que significa algo que no significa. La manera de entender cualquier pasaje de la Biblia es recordar que la Escritura interpreta la Escritura. La clave para entender la verdadera esperanza de este pasaje es entender el “bien” del que Pablo está escribiendo. Los versículos 29 y 30 nos lo dicen. El “bien” que está garantizado en este pasaje es nuestra redención. Incluso antes de que Él creara el mundo, Dios tomó la decisión de que su obra en nosotros sería completada sin importar qué. Esto significa que la gracia a la que tú y yo nos extendemos en nuestros tiempos de dificultad nunca es inestable o está en riesgo; es una expresión presente de un plan que se estableció antes de que comenzara este mundo. Es tan bueno saber que cuando las cosas en ti y alrededor de ti han sido dañadas o afectadas, nada puede dañar, interrumpir, o detener tu verdadera seguridad, que se encuentra en Dios y Su gracia derramada para ti. Este entendimiento correcto de este maravilloso pasaje da esperanza incluso cuando miras a tu alrededor y no tienes esperanza.
Te he dado solo dos ejemplos de la poderosa influencia que la teología deficiente tendrá en la forma en que sufres lo que ya es duro por sí solo. Sue y Jim no solo estaban sufriendo sino también eran víctimas de la mala teología que trajeron a esa dificultad.
2. Dudar de Dios
El sufrimiento no cambia tanto tu corazón como expone lo que ha estado en tu corazón todo este tiempo. La dificultad tiene una habilidad asombrosa para revelar lo que hay dentro de nosotros. Las pruebas revelan tus verdaderos pensamientos y deseos, donde has estado buscando vida, donde has estado buscando sentido, y donde has mirado para darte esperanza. El sufrimiento siempre expondrá la verdadera naturaleza de tu relación y comunión con Dios. No diré mucho aquí, porque un capítulo posterior está dedicado a este tema, pero tu sufrimiento será aún más doloroso si cuestionas la presencia, las promesas, bondad, o fidelidad de Dios.
3. Expectativas poco realistas de la vida
Escribí en este primer capítulo sobre mis expectativas poco realistas, pero quiero poner este tema de expectativas poco realistas en dos categorías que creo que permanecen sin ser reconocidas y sin ser abordadas por muchos. Primero está la expectativa de que lo que es, siempre será. En Romanos 8:21 leemos que el mundo en el que vivimos ahora está en “esclavitud de corrupción”. Pablo quiere decir que la decadencia es una realidad siempre presente. Nada permanece igual. Los cuerpos envejecen, las amistades se deterioran, los matrimonios se vuelven distantes, las iglesias caen en dificultades, los gobiernos se tambalean en corrupción. De alguna manera, de alguna forma, todas las cosas buenas a nuestro alrededor están bajo ataque constante. El cambio es una realidad constante. Pero todos tendemos a pensar que lo que tenemos hoy estará con nosotros mañana y las mañanas que sigan.
Lo segundo con respecto a las expectativas es que tendemos a no tomar en serio el dramático quebrantamiento del mundo en que vivimos. Romanos 8:22 nos dice que vivimos en un mundo que “gime”. Tú gimes cuando te sientes débil. Gimes cuando tienes dolor. Gimes cuando algo ha sido dañado. Gimes cuando estás desanimado. Gimes cuando te preguntas si lo que ha causado tu gemir nunca terminará. Gimes cuando no puedes encontrar palabras para expresar tus clamores. Si no tomas en serio la condición gimiente de nuestro mundo, vivirás con expectativas ingenuas de lo que será tu vida, no estarás preparado para los problemas que se te presenten, y serás susceptible a la miríada de tentaciones que vengan en tu camino.
4. Expectativas poco realistas de otros
Olvidamos que todos a nuestro alrededor son pecadores, que nadie tiene pensamientos consistentemente correctos, deseos completamente puros, o motivaciones regularmente puras. Incluso si estás rodeado de creyentes, es importante recordar que, aunque el poder dominante del pecado se ha roto en ellos, la presencia del pecado aún permanece, a pesar de que está siendo erradicado progresivamente por la gracia de Dios. Eso significa que todos pecan en nuestra contra, y todos pecamos contra otros. Todos nosotros lidiamos con malentendidos relacionales, conflictos, dolor, malos juicios, y rechazo.
Nunca funciona convertir a una persona en tu mesías personal. Nunca funciona el mirar a otro buscando tu identidad. Nunca funciona pedirle a las personas que te den sentido y propósito. No es realista mirar a alguien buscando paz interior. Las cosas nunca van bien cuando le pides a otro ser humano defectuoso que sea la fuente de tu felicidad. Hay un Mesías siempre fiel, y nadie alrededor ti es capaz de tomar Su lugar y hacer por ti lo que solo Él puede hacer.
El sufrimiento se intensifica cuando elevamos a las personas demasiado alto en nuestros corazones y luego nos fallan.
5. Orgullo
Por orgullo aquí, me refiero no al orgullo de la arrogancia sino al orgullo de la autosuficiencia. Hay muchas personas que, como yo, confunden la confianza en sí mismos con fe en Cristo. Estamos orgullosos de nuestra fuerza física y salud, nuestras mentes agudas, nuestras habilidades sociales, nuestra capacidad para liderar y controlar, y nuestros éxitos. De esta manera tendemos a tomar crédito de cosas que nunca podríamos producir o lograr por nuestra cuenta propia. Olvidamos que cada célula de nuestro cuerpo y cada neurona en nuestro cerebro depende de Dios. Olvidamos que todo el éxito que hemos logrado ha dependido de fuerzas que nunca podríamos controlar y olvidamos que todas nuestras habilidades naturales son dones de Dios. Tomar demasiado crédito siempre lleva a confiar demasiado en ti mismo.
Cuando vives autosuficientemente, y se te presenta lo inesperado, lo no planeado, lo no deseado, o lo doloroso. Entras en pánico porque de repente te enfrentas a tu pequeñez, tu debilidad, y vulnerabilidad. Entras en pánico porque te sientes desprevenido e incapaz. Entras en pánico porque las cosas están fuera de tu control. Entras en pánico porque no puedes entender o no puedes darle sentido a lo que está pasando Entras en pánico porque la salida no está clara. Entras en pánico porque simplemente no sabes qué hacer. El sufrimiento expone el peligro de la autosuficiencia. Nos recuerda que no fuimos diseñados para vivir independientemente sino en dependencia de Dios y otros.
Esto es verdad no solo porque el pecado ha entrado en el mundo; fue verdad de Adán y Eva en un mundo perfecto, porque así es como Dios diseñó a las personas para vivir.
6. Materialismo
Esta palabra pide definición. Por materialismo, no quiero decir que estás persiguiendo el ídolo de las cosas materiales, que siempre estás anhelando la siguiente cosa física. Estoy pensando aquí en nuestra tendencia a poner demasiado de nuestra seguridad y esperanza en las cosas físicas, en nuestra casa y las posesiones o la salud de nuestro cuerpo o en nuestro trabajo, cuenta bancaria o plan de jubilación. Todo ser humano busca su seguridad en algo. Cuando miras las cosas físicas buscando tu seguridad, y esas cosas te fallan o te son quitadas, pierdes esa sensación fundamental de bienestar que todos anhelan. No puedo decirte cuántas personas a las que he aconsejado que se perdieron a sí mismos cuando perdieron su trabajo.
El único lugar seguro para buscar bienestar de corazón robusto es el Creador. Las cosas materiales que Dios creó nunca pueden hacer por ti lo que solo Dios puede hacer. Cuando le has estado pidiendo a las cosas materiales que te den lo que nunca estuvieron destinadas para dar, la pérdida de esas cosas será un golpe aún más aplastante que la pérdida física.
7. Egoísmo
Como he dicho y escrito antes, el ADN del pecado es el egoísmo (ver 2 Corintios 5:15). El pecado nos hace pegarnos al centro de nuestro mundo y hacer que la vida se trate toda sobre nosotros. Nos hace reducir el campo de nuestras preocupaciones diarias a la pequeña agenda de nuestros deseos, nuestras necesidades, y nuestros sentimientos. El pecado nos hace ser impulsados por deseos egoístas, un espíritu de derecho, y una silenciosa lista de demandas. El pecado nos hace querer nuestro propio camino, querer la soberanía sobre cosas que no fuimos diseñados para controlar, y querer coaccionar a otros al servicio de nuestra agenda. Ninguno de nosotros, en este lado de la eternidad, es capaz de escapar completamente del egoísmo del pecado. Esta tendencia del corazón hacia el egoísmo funcional siempre hace más difícil el sufrimiento.
El sufrimiento nos confronta con el hecho de que la vida no se trata de nosotros sino de Dios. No se trata de nuestra gloria sino de la Suya. No es primero sobre nuestro placer sino sobre el suyo. No se trata de nuestros planes para nosotros sino de Su voluntad para nosotros. No se trata de nuestro control sino del Suyo. No de nuestros pequeños reinos, sino de los Suyos. No se trata de nuestros éxitos, sino sobre el despliegue de Su majestad. Si la vida fuera sobre nosotros y fuera controlada por nosotros, veríamos que hacer para nunca sufrir. La crisis de fe que a menudo acompaña el sufrimiento es el resultado de una colisión entre nuestra voluntad y la voluntad de Dios y nuestra gloria y Su gloria. En nuestro egoísmo nosotros no podemos ver el sufrimiento de ningún tipo como algo bueno, así que empezamos a cuestionar si Dios, quien lo ha permitido en nuestras vidas, es bueno. Ponerte a ti mismo en el centro hará que los problemas que enfrentes sean tanto más problemáticos.
Sara estaba enfrentando cosas muy duras. Su marido había conspirado en su contra y la había abandonado, ella había perdido la custodia de sus hijos, y había quedado financieramente indigente. Lo que le habían hecho era algo horrible, pero su devastación emocional y espiritual era el resultado no solo de las terribles injusticias que se le habían hecho, sino también de creencias críticas que ella había llevado a esos agravios. Sara era creyente, pero en términos reales, Dios no era ni la fuente de su seguridad ni de su esperanza. Se había casado con la riqueza y el lujo; ella tenía una hermosa casa y un gran círculo de amigos. Era la buena vida, no el evangelio, que la levantaba cada mañana. Eran todas las cosas a su alrededor y todas las cosas que experimentaba que la hacían feliz. El evangelio de Jesucristo era su teología, pero no proporcionaba seguridad a su corazón o conducía la manera en que ella vivía. Ella entendía que había sido perdonada por gracia y que pasaría una eternidad con el Señor, pero había una enorme brecha en medio de su comprensión del evangelio. Así que su vida se convirtió en su mesías personal, dándole lo que nunca fue destinada para dar.
Cuando Henry salió para nunca volver y tomó literalmente todo con él, Sara no perdió solo a Henry, la casa, y los niños, ella se perdió a sí misma. Mientras escuchaba a Sara hablar, me di cuenta de que lo que hizo que este horrible pecado contra ella fuera aún más devastador, fue que al perder todas estas cosas, Sara perdió a su salvador funcional, y al perder a su salvador funcional, ella perdió su voluntad de continuar. Y fue cuando Sara se apoderó de esta verdad que su corazón comenzó a elevarse, su esperanza comenzó a volver, y ella decidió vivir de nuevo. Realmente es cierto que nunca llegamos con las manos vacías a ninguna experiencia. Y seguramente siempre arrastramos algo al sufrimiento que entra por nuestra puerta. ¿Qué de ti? ¿Que llevas cargando que tiene el poder de causarte problemas en tus propios problemas? ¿Qué tiene el poder para permitirte olvidar que sin importar lo doloroso que sea lo que estés soportando, como hijo de Dios te es imposible soportarlo todo por ti mismo? El que creó este mundo y lo gobierna con sabiduría, justicia y amor está en ti, contigo y por ti, y nada tiene el poder para separarte de Su amor.
REVISA Y REFLEXIONA
1. ¿Cómo se conectan la confianza y la identidad? ¿En qué otra cosa has puesto tu confianza aparte de Dios?
2. Paul Tripp escribe: “Debemos temer nuestra ilusión de fuerza” (p. 27). Teniendo en cuenta el capítulo en su totalidad, ¿qué significa esto?
3. “La Escritura trabaja para prepararnos, no para que vivamos en temor, sino para que estemos listos para las cosas que todos enfrentaremos” (p. 28). Identifica algunos pasajes o historias bíblicas a los cuales puedes aferrarte en momentos de sufrimiento.
4. ¿Has cuestionado a Dios por tu sufrimiento porque pensabas que era un castigo? ¿Qué versículos de la Escritura refutan esta creencia?
5. Considera las cosas que se pueden traer a tu sufrimiento (teología deficiente, dudar de Dios, expectativas poco realistas de la vida y de los demás, orgullo, materialismo y egoísmo). Ora para que el Señor exponga tu debilidad y dependencia y te muestre Su cuidado.
REAJUSTE DEL CORAZÓN
Romanos 8:1–4 1 Corintios 12:9 Santiago 1:2–4
1 Paul David Tripp, Broken-Down House: Living Productively in a World Gone Bad (Wapwallopen, PA: Shepherd Press, 2009).
3
La trampa de la conciencia
El sufrimiento es real. El dolor es real. Los clamores en busca de alivio son normales. Esto es lo que estaba en la mente de Shirley todo el tiempo. Ella se preguntaba si las personas realmente entendían lo real que era todo. El auto que golpeó a Shirley mientras cruzaba la calle en el paseo de compras de verano era real. Las lesiones que sufrió fueron reales y los efectos paralizantes en su vida cotidiana eran tanto reales como ineludibles. Su dolor crónico no era una idea; era un verdadero trauma que la saludaba cada mañana y la seguía a lo largo de su día. Hacía que dormir fuera difícil y mantenerse despierta fuera arduo.
Cuando Shirley compartía su aflicción con otros, se alejaba pensando que solo escuchaban palabras, conceptos sin mucha realidad. Sentía una y otra vez que personas bien intencionadas pensaban que podían “arreglarla” con palabras. Ella había escuchado cada cliché cristiano y no tan cristiano. Ella no sabía qué hacer con el hecho de que lo que era muy real para ella parecía irreal para las personas a su alrededor.
Hay miles y miles de Shirleys. Quizás tú eres uno de ellos. Estás muy consciente de que lo que es normal para ti está mucho más allá de lo que es normal para las personas a tu alrededor, que lo que son realidades cotidianas para ti son solo conceptos para ellos, y lo que te dicen nunca tiene el poder de quitar aquello de lo que te gustaría deshacerte, de tu dolor. Sabes que no lo dicen en serio, pero parece que siempre terminan minimizando la gravedad de tu experiencia. Quieren ayudar, ellos creen que han ayudado, pero no lo han hecho. Y estás frustrado que no puedes expresar tu aflicción en palabras que, de una vez por todas, todos entiendan. La distancia entre su comprensión y tu realidad es una de las adiciones dolorosas a lo que ya estás sufriendo.
Aquí está mi experiencia. Cuando las personas me preguntan cómo estoy, no sé cómo responder. Cuando digo que estoy mejor, me escuchan decir que estoy bien cuando en realidad no estoy bien. Viviré por siempre con las implicaciones y resultados del daño renal que he sufrido. Si alguien con conocimiento de mis problemas médicos me pregunta si me estoy enfrentando a otra cirugía, y digo que no, piensan que mis problemas físicos han sido resueltos, y que he seguido adelante. Es difícil saber qué comunicar que le dé a las personas un sentido de aquello con lo que sigo lidiando sin sonar demasiado dramático. Estoy agradecido de no estar frente a otra cirugía en este punto. Estoy agradecido de que me siento mejor, pero también estoy muy consciente de los límites con los que viviré por el resto de mi vida y el hecho de que los que me rodean realmente no entienden la dificultad de vivir con esos límites.
El sufrimiento es real y sus efectos físicos, espirituales y relacionales son reales. Todos debemos consolarnos en el hecho de que la Biblia nunca trata el sufrimiento como algo menos que una experiencia humana real, significativa y, a menudo, que cambia la vida. El contenido de la Biblia está una y otra vez salpicado de historias de sufrimiento. La Escritura registra las aflicciones reales de personas reales. Enfermedad, violación, debilidad, asesinato, gobiernos corruptos, racismo, hambre, violencia doméstica, injusticia, guerra, tortura, traición, pobreza y muerte son algunas de las cosas que la Biblia presenta como el sufrimiento real de personas reales.
No solo la Escritura registra la historia de quienes sufren, sino que también una gran parte de la Escritura está dedicada a dar voz a sus clamores. Siempre he pensado que los Salmos están en la Biblia para mantenernos honestos sobre la naturaleza desordenada de la fe en este mundo quebrantado. El mayor cuerpo de contenido en los salmos es dado al lamento, en el que el salmista “se lamenta” o llora por la situación en la que él está adentro y la angustia que enfrenta. Hay unos sesenta y siete Salmos de lamento. Eso significa que aproximadamente el 44 por ciento del contenido de los Salmos es dado a los salmos de sufrimiento y de dolor. La Biblia no solo no minimiza nuestro sufrimiento, sino que también da mucho espacio para la expresión de nuestros clamores. De una manera real los salmos graban el drama emocional y espiritual de todos aquellos quienes alguna vez han sufrido.
Pero la Biblia hace aún más que eso, nos presenta un Salvador sufriente. No hubo alivio para la aflicción de Jesús. Comenzó con las condiciones ignominiosas de Su nacimiento, a tener que huir inmediatamente por Su vida con Sus padres, a estar esencialmente sin hogar, a ser despreciados y rechazados, a enfrentar injusticias crueles mientras era traicionado y abandonado por los más cercanos a Él, a enfrentar tortura y la crucifixión y, finalmente, la máxima tortura de tener al Padre dándole la espalda. Ninguno de nosotros estaría dispuesto a intercambiar nuestra vida, sin importar lo difícil que haya sido, por la vida de Jesús mientras estuvo aquí en la tierra. No sufrió solo de una manera, sino en todas las maneras, y sufrió no solo por un período de tiempo, sino durante toda Su vida. Aquel a quien clamamos cuando gritamos de dolor conoce nuestro dolor porque el sufrimiento de algún tipo fue Su experiencia desde el momento de Su nacimiento hasta Su último aliento.
La Guerra Bajo la Batalla
La razón por la que me he tomado el tiempo aquí para escribir sobre cómo el sufrimiento es una experiencia real que la Escritura de ninguna manera minimiza es porque este libro no se centrará, principalmente, en los aspectos físicos del sufrimiento sino en la guerra espiritual debajo de él. Al hacer esto, no quiero que pienses que estoy minimizando tu dolor. Mi suposición es que el dolor, a veces dolor indescriptible, nos inflige a todos nosotros de alguna manera. Quiero que pienses y finalmente encuentres consuelo en el hecho de que nuestra experiencia de sufrimiento nunca es solo física. El dolor que nos detiene en nuestro camino, que nos hace querer poner las cobijas sobre nuestra cabeza y no enfrentar el día, y en momentos nos hace desear que pudiéramos morir, nunca es solo físico.
Esto es lo que es tan importante entender: el sufrimiento es una guerra espiritual. Cuando estás sufriendo, es vital saber que no solo estás luchando por la salud de tu cuerpo, o por una relación, o contra el racismo o la injusticia, o por tu matrimonio, o por tu reputación, o por tu trabajo. Mientras luchas por estas cosas, también debes luchar por tu corazón. El sufrimiento siempre pone tu corazón bajo ataque. El sufrimiento nos hace a todos susceptibles a las tentaciones que, de lo contrario, no habrían tenido tal poder sobre nosotros. El sufrimiento nunca es solo una cuestión del cuerpo, sino que es también siempre un asunto del corazón. Nunca es solo una agresión a nuestra situación, sino también un ataque a nuestra alma. El sufrimiento nos lleva a los límites de nuestra fe. Nos lleva a pensar en cosas sobre las que nunca habíamos pensado antes y tal vez incluso cuestionar las cosas que pensábamos que estaban resueltas en nuestros corazones. Demasiados de nosotros, mientras luchamos contra la causa de nuestro sufrimiento, olvidamos luchar por nuestros corazones.
El propósito de este libro es ayudarte con la guerra debajo de la batalla, alertarte sobre lugares donde tienes que luchar por tu propio corazón y ayudarte a ver las asombrosas formas en que tu Salvador se encuentra contigo en tu batalla.
¿Por qué sufrir es una guerra espiritual? La respuesta es que tú no eres una máquina. Si algo falla en una máquina, la máquina no siente tristeza, no está tentada a preocuparse, no cuestiona creencias de mucho tiempo, no desea la vida de otra máquina, y no tiene ninguna preocupación por lo que depare el futuro. Pero tú y yo no somos así. No vivimos mecánicamente o por instinto. Nosotros pensamos, nos maravillamos, deseamos, sentimos, reflexionamos, soñamos, interpretamos, percibimos, anhelamos, proyectamos, etc. Hacemos realidad nuestros corazones (Proverbios 4:23; Marcos 7:14–23; y Lucas 6:43–45), y nuestros corazones son una fuente continua de interactividad. Tu y yo nunca dejamos nuestras vidas solas. Traemos un mundo interior rico y multifacético de pensamientos, deseos, y emociones a cada experiencia. Nunca dejamos solos cualquier cosa que pase a nosotros o a nuestro alrededor. Empujamos todo en nuestras vidas a través de nuestra red conceptual, emocional, espiritual (CEE). Sea que estés consciente de ello o no traes, tu CEE particular a todo en tu vida. Esto significa que no solo eres moldeado por tus experiencias, sino que también le das forma a esas experiencias. Tú y yo nunca somos solo influenciados por lo que sufrimos, sino nuestro CEE influye la forma en que sufrimos.
El CEE que traes a tu sufrimiento da forma a la manera en que lo ves y lo entiendes, y el impacto a corto y largo plazo que tiene en ti. Es por esto que dos personas en la misma situación difícil tendrán experiencias y respuestas dramáticamente diferentes a ella. Ambos Juan y Jorge perdieron mucho dinero cuando la bolsa de valores se desplomó hace algunos años, pero lo sufrieron de maneras muy diferentes. Para Juan, la riqueza física era una gran fuente de seguridad personal, por lo que cuando perdió una gran parte de su riqueza, no solo perdió dinero; perdió su seguridad y quedo paralizado por la ansiedad y la ira. Jorge sabía que tenía que ser un buen mayordomo del dinero que Dios había provisto, pero nunca lo vio como fuente de seguridad; le frustraba haber perdido tanto, pero tuvo poco impacto en su vida cotidiana.
Permíteme repetir algo de lo que he hablado y escrito antes. Como personas creadas a la imagen de Dios, ninguno de nosotros vive la vida basada en los hechos crudos de nuestras experiencias. Todos vivimos basados en nuestra interpretación particular de esos hechos. De esta manera, el campo de batalla central del sufrimiento no es físico, financiero, circunstancial, o relacional. El impacto del sufrimiento en todas esas cosas es real, a menudo a largo plazo y, a veces, increíblemente difícil. Pero las dificultades físicas siempre se convierten en dificultades del corazón. El sufrimiento físico pronto se convierte en una guerra de pensamientos y deseos. El sufrimiento nos quita las preguntas y anhelos más profundos.
Esto nos obliga a examinar y considerar las cosas de una manera nueva o por primera vez. Nos hace preguntarnos de maneras que nunca nos hemos preguntado, nos hace dudar de lo que asumimos anteriormente, anhelar lo que nunca hemos deseado, y pensar en formas que nunca hemos pensado.
El sufrimiento expone elementos de nuestro CEE que no sabíamos que estaban allí. Desafía las antiguas suposiciones, a menudo reemplazándolas con nuevas preguntas. Nos tienta a querer respuestas donde Dios ha estado en silencio, a querer más de Dios de lo que ya se nos ha dicho. El sufrimiento es emocionalmente agotador y espiritualmente gravoso. Nos hace vulnerables en lugares que pensábamos éramos fuertes. El sufrimiento nunca es solo físico, sino siempre se convierte en sufrimiento del corazón. Esta batalla más profunda es la razón para este libro.
Ojalá pudiera decir que como he sufrido en maneras que nunca pensé que lo haría, he sufrido con un corazón en completa y constante paz y descanso, pero no puedo. Mi corazón también ha sido agredido con el llanto y la confusión que trae el sufrimiento. Las suposiciones que había llevado cargadas durante años empeoraron mi aflicción, y los anhelos han hecho la carga más pesada. He examinado cosas que no tienen sentido en lo absoluto. He hecho preguntas que no prometen una respuesta. He enfrentado tentaciones que nunca antes había enfrentado. No he huido o rechazado a mi Señor, pero mi sufrimiento no ha sido solo corporal; ha sido también una batalla de mi corazón.
Lo que la mayoría de nosotros fallamos en entender es que el impacto en lo que nuestro corazón hace con lo que sufrimos, es tan poderoso como aquello que estamos sufriendo. Tú y yo nunca somos personas que sufren pasivas, y el dolor que experimentamos nunca es solo físico o emocional. El sufrimiento es una experiencia hondamente teológica y profundamente espiritual. Tiende a agredir creencias profundamente arraigadas y a fortalecer dudas de mucho tiempo. Pero hay otro elemento que pide discusión. Como todo lo demás en nuestras vidas, la Biblia no aborda el sufrimiento solamente respecto a nosotros. No somos individuos aislados, tratando de dar sentido y de hacer frente a la vida por nuestra cuenta.
De hecho, nunca estamos solos en nada. Sufrimos como criaturas de Dios. Sufrimos como súbditos del gobierno soberano de Dios. Sufrimos como hijos redimidos de Dios.
Esto significa que Dios está inextricablemente conectado e íntimamente involucrado en nuestro sufrimiento. Como todo lo demás que enfrentamos, el sufrimiento tiene lugar bajo Su gobierno soberano, y sucede en el medio de Su plan redentor. Ahora, aquí está el punto que quiero establecer sobre esto: la manera en que entiendas la participación de Dios o la no participación en tu sufrimiento, la manera en que comprendas Su propósito para, o distancia en tu sufrimiento, y las conclusiones que hagas acerca de Su cuidado y capacidad para ayudar tendrán una gran influencia en tu experiencia de sufrimiento. Diré mucho más al respecto más adelante sobre cómo la Biblia conecta a Dios con las cosas que sufrimos, pero primero quiero compartir dos historias contigo.
Sufrimiento: Trampas y Consuelos
Juan perdió a su esposa, y él estaba enojado. Ella era la mujer de sus sueños. La conoció en un picnic de la empresa y rápidamente quedó enamorado. No podía creer que ella le prestaría atención, pero ella lo hizo. Al florecer su romance, Juan se sentía como el hombre más afortunado en la tierra. Ella compartía muchos de sus intereses y, lo más importante de todo, su fe. Mientras iba sentado en el avión con Jeannie, en camino a su luna de miel, Juan no podía creer que ella se hubiera casado con él. No podía comprender que en realidad pasarían el resto de su vida juntos. Los primeros cuatro años de matrimonio fueron maravillosos, solo ellos dos disfrutando de lo que cada uno siempre disfrutaba, pero ahora podían disfrutar juntos.
A los cinco años de matrimonio llegó el primer bebé y dos años después otro. Y aunque su hijo y su hija trajeron el caos típico a sus vidas, lo que John pensaba que era tan bueno estaba por ponerse aún mejor. El negocio de Juan estaba prosperando, Jeannie era una madre competente y satisfecha, y su iglesia era un lugar donde se sentían felices y bien alimentados. En el día del decimoséptimo cumpleaños de su hijo, Jeannie sintió náuseas y debilidad, pero ella siguió adelante. En los días que siguieron, se sintió aún peor, y por insistencia de Juan hizo una cita con su médico. Ella podía darse cuenta de que su médico estaba preocupado, pero cuando la mando a hacerse más exámenes, le dijo que no se preocupara, sino que esperara los resultados.
Los estudios estuvieron listos, y la noticia no era buena. Jeannie tenía una forma virulenta de cáncer que ya estaba bastante avanzada. Juan lloró con ella, pero luego dijo: “Vamos a luchar contra esto en cualquier forma que podamos”. Y lucharon, de clínica en clínica y de un medicamento experimental tras otro, pero la condición de Jeannie empeoró, y después de seis meses murió. Juan no podía haber imaginado un mayor horror. Estaba paralizado de dolor. Se sentaba en la sala de su casa esperando escuchar la voz de Jeannie en la cocina o esperaba entrar en el dormitorio y verla de pie frente a su armario tratando de decidir qué ponerse. Los pequeños detalles de la vida de Jeannie estaban a su alrededor, pero ella no estaba allí. Parecía imposible, una broma horriblemente cruel.
El amor de la familia y la iglesia sostuvieron a Juan a través de los días antes del funeral y en ese oscuro día del entierro de Jeannie, pero luego todos volvieron a sus vidas normales, y Juan se quedó solo con dos adolescentes. Cuanto más Juan pensaba en lo maravillosa pero corta que había sido su vida juntos, más deprimido y enojado se ponía. “¿Por qué darme esto hermoso y luego quitármelo sin ninguna razón?”, pensaba. “¿Por qué jugar con mi felicidad? ¿Qué hice para merecer este castigo?” ¿Que se supone que debo hacer ahora?” “¿En qué condición estoy yo para cuidar de mis hijos?” “¿Por qué hacerles esto a ellos?” Él no podía parecer apagar las preguntas, y cada pregunta sin respuesta solo lo hacía enojarse más. No podía soportar ir a la iglesia. No podía lidiar con todas las preguntas y las cosas absurdas, pero con buenas intenciones que la gente decía. Y no podía cantar canciones llenas de promesas que sentía habían sido rotas en su vida.
Estar solo hacía que Juan se enojara. Ser padre soltero lo hacía enojarse. Ver familias felices juntas lo hacía enojarse. Tener que pasar por el correo de Jeannie lo hacía enojarse. Su carencia total de habilidades domésticas lo hacía enojarse. Las personas que dijeron que estarían allí para él, pero no estuvieron lo hacían enojarse. Las mañanas solitarias y noches sin dormir lo hacían enojarse. Las constantes necesidades de sus adolescentes y sus preguntas interminables lo hacían enojarse. A todas partes que Juan miraba, algo parecía estimular su ira. Y su ira no era solo por personas y cosas. Juan estaba enojado con Dios. Algunas veces pensaba que Dios le había hecho esto sin razón alguna. Otras veces pensaba que tal vez lo que él había creído era una mentira; tal vez no había Dios, o si había uno, estaba demasiado lejos, era demasiado indiferente, o demasiado pequeño como para hacer una diferencia.
Las verdades en las que Juan había descansado alguna vez, ahora las odiaba. Una noche en un ataque de desesperación airada, Juan tomó la Biblia junto a la cama y con todas sus fuerzas la arrojó contra la pared. Esa Biblia estuvo arrugada en el suelo durante semanas, un símbolo de lo que estaba sucediendo en el corazón de Juan. Juan se aisló de sus amigos y renunció a la mayoría de sus actividades. Calentaba comidas preparadas para sus hijos, pero él comía solo y pasaba la mayor parte de sus tardes en su habitación viendo la televisión.
No pasó mucho tiempo antes de que la ira de Juan se derramara sobre sus hijos y sus compañeros de trabajo. Estallaba en su casa por cosas intrascendentes, y en el trabajo se estaba ganando una reputación de ser desagradable. Tanto sus hijos como sus compañeros lo evitaban lo mejor que podían, pero aun así soportaban lo abrasador de su ira. Una noche, Juan calmó su ira con un par de shots de whisky, y no pasó mucho tiempo antes de que esto se convirtiera en un patrón, y el patrón se convirtiera en una adicción. La mayoría de las noches se iba a dormir borracho y se despertaba con resaca. Sus hijos veían las botellas vacías y los cambios masivos en su padre, pero le tenían demasiado miedo como para decir algo. Ambos estaban solamente contando el tiempo hasta que pudieran salir de ese lío y lejos de su papá.
La primera infracción fue una señal de advertencia, pero Juan prestó poca atención. Sin embargo, su jefe prestó atención y le dijo que necesitaba conseguir ayuda. Pero la ira y el alcohol cegaron a Juan de verse a si mismo con exactitud. Se decía a él mismo que lo que realmente necesitaba era hacer que el reloj retrocediera tres años y entonces estaría bien.
Finalmente, después de perder su trabajo y a sus hijos, Juan fue obligado a obtener consejería, y él hizo una cita conmigo. Fue entonces, que comenzó el largo proceso de cambio.
Freda siempre había sido un poco solitaria. Ella nunca pensaba en sí misma como físicamente atractiva, y siempre se sentía más cómoda con libros que con personas. Pensó que quedaría soltera y llenaría su vida con su carrera e iglesia. Freda era una académica estrella, así que consiguió una beca completa para una gran universidad y otra beca completa para la escuela de posgrado. Parecía que ella estaba en lo correcto: su mundo era el laboratorio, donde era investigadora estrella, y encontró una familia con sus colegas y amigos y sus amigos en su grupo pequeño de estudio de la iglesia. Freda estaba satisfecha en su trabajo y había hecho las paces con su soltería. A veces se sentía sola por las noches, pero Jack, su terrier, saltaba sobre su regazo, y los sentimientos se desvanecían.
Cuando Freda fue ascendida a un nuevo y prestigioso grupo de investigación, pensó que el trabajo y las personas involucradas proporcionarían una nueva compañía y una realización más profunda, pero le esperaba una sorpresa. Freda nunca olvidaría el día que conoció a Ezequiel. A ella y a Zeke se les dio un proyecto para administrar, y ellos congeniaron inmediatamente. Sus personalidades eran complementarias, y sus intereses y entrenamientos coincidían. Freda caminó a casa después su primera cena juntos encontrando difícil creer que había conocido a un hombre que no solo le gustaba, sino que la entendía. Pronto su relación comenzó a florecer, y en poco tiempo estaban hablando seriamente sobre su futuro. Freda nunca había estado más feliz, y la discusión sobre el matrimonio se convirtió en un acontecimiento regular cuando ella pasaba tiempo con Zeke.
Entonces sucedió lo inimaginable. Ezequiel fue informado de que sería transferido a un grupo de investigación en el extranjero por no menos de tres años. Fue devastador, pero Freda se dijo a si misma que podría hacer que funcionara. A medida que se acercaba la ida de Zeke, Freda podía darse cuenta de que él estaba luchando. Entonces la bomba cayó. En un conversación tensa, dramática y llena de lágrimas, Ezequiel le dijo a Freda que él simplemente no podía hacerlo. No podía manejar una relación a larga distancia por tres años. Él no podría lidiar con la distracción masiva que sería para el mundo que amaba. Zeke le dijo cuánto él se preocupaba por ella y cuánto lo lamentaba, pero su decisión era firme.
Mientras Freda escuchaba, sentía que se iba a desmayar. Eso era como un sueño inimaginablemente malo. Las lágrimas que fluían por su cara mientras estaban con Zeke se convirtieron en sollozos incontrolables para el momento en que llegó a casa. Los siguientes días fueron borrosos. Freda tomó días de vacaciones que tenía atrasados, pero no tuvo nada cercano a unas vacaciones. Sentía que habían jugado con ella y que había sido traicionada emocionalmente. No podía creer que Zeke pudiera alejarse tan fácilmente de ella y del amor que ella pensaba que tenían. Comenzó a tener miedo de la ira y la depresión invasiva que había tomado el control de su corazón. Estaba consciente de la amargura que la perseguía cuando pensaba con qué facilidad le había dicho Ezequiel que habían terminado. Freda sabía que estaba en un lugar muy malo. Ella sabía que no podía vivir de esta manera. Así que decidió correr. Ella no iba a huir de su vida y hacer que un momento horrible fuera aún peor. En su sufrimiento, ella no iba a permitirse caer más profundamente en la ira y la desesperación. Y no iba a permitir que su corazón corriera a donde sea que quisiera ir.
Freda sabía que tenía que correr hacia Dios. Ella sabía que no podía manejar por sí misma la situación que estaba enfrentando y sintiendo. Sabía que las mentiras eran demasiado frecuentes y las tentaciones demasiado seductoras. Ella sabía que había trampas en su camino cada día, trampas de duda, miedo, enojo y desesperación. Pero también sabía profundamente en su quebrantado corazón que no estaba sola. Así que decidió que correría a su Redentor. Correría a los consuelos de Su presencia, Su poder, Sus promesas y Su gracia. Recordó que Dios da la bienvenida a los abatidos y quebrantados de corazón que van a Él.
Así que Freda se sumergió en la Palabra de Dios como nunca antes lo había hecho. Corrió a su grupo pequeño de estudio, les contó su historia y confesó que necesitaba ayuda. Se reunió con su pastor para obtener guía y consuelo. Ella encendía la música cristiana en el momento en que comenzaba a luchar contra la oscuridad del corazón que la saludaba cada mañana. Ella luchó contra el impulso de huir de Dios y Su pueblo. Determinó que, en vez de acusar a Dios, ella confiaría en Él. Ella consumía todo y cualquier cosa que la señalara hacia la bendición de conocer a Dios y ser objeto de Su amor y gracia.
Al hacer todas estas cosas, se convencía cada vez más que Zeke podía quitarle su amor, pero él no podía quitarle la vida. Pero algo más comenzó a suceder: Freda estaba pensando en las personas que la rodeaban. Ella veía a las personas con ojos nuevos y un corazón diferente. Ella sabía que no era la única persona enfrentando una aplastante desilusión. Cuanto más miraba y escuchaba, tanto más se daba cuenta de que no estaba sola en su sufrimiento, y cuanto más se daba cuenta de que no estaba sola, un deseo de ayudar crecía en su corazón. Freda quería que otros obtuvieran la ayuda que ella había recibido y experimentaran la luz del consuelo que brillaba en los momentos de su desesperación más oscura. Ella había experimentado el consuelo de Dios, y ahora Freda se había convertido en un instrumento de ese mismo consuelo en la vida de los demás.
Juan y Freda, dos personas enfrentando lo no deseado, lo no planeado, lo impensable, pero con experiencias muy diferentes. Para Juan, el sufrimiento era el contexto de su confianza en Dios en términos simples y para Freda, el sufrimiento se convirtió en el contexto de la profundizando y maduración de su fe. Así es con el sufrimiento; nunca te deja igual. Te topas con las trampas de la tentación que saludan a todos los que sufren y te quedas con una cruel cosecha en tu corazón y relaciones, o corres hacia los consuelos de la gracia, que resplandecen más brillantemente en la oscuridad del sufrimiento, y recoges una cosecha de bendición. Sí, puedes seguir sufriendo, o sus efectos pueden permanecer, pero ahora vives con un corazón cambiado, una fe más robusta, y un gozo que el sufrimiento no puede quitar.
Debido a que hay trampas de tentación que saludan a todos los que sufren, y consuelos de gracia disponibles para todos los que gimen de dolor por la pérdida, enfermedad, traición y decepción, y porque las trampas en las que caes o los consuelos que abrazas determinarán cómo sufres, quiero invertir el resto de este libro en examinar ambos contigo.
El sufrimiento es peligroso porque expone tu corazón a las tentaciones como nunca antes, pero también es un taller de gracia. Este libro trata sobre cómo, en el sufrimiento, identificar y defenderte a ti mismo contra los peligros mientras celebras y buscas los consuelos de la gracia de Dios. Que el resultado sea cada vez más personas cuyo sufrimiento no produzca un legado duradero de debilidad y desilusión sino mayor fuerza y mayor gozo.
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