Kitabı oku: «El alegre canto de la perdiz»

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EL ALEGRE CANTO DE LA PERDIZ

COLECCIÓN ÁFRICA

EL ALEGRE CANTO DE LA PERDIZ

TÍTULO DE LA EDICIÓN ORIGINAL

O ALEGRE CANTO DA PERDIZ

by arrangement with Literarische Agentur Mertin

Inh. Nicole Witt e. K., Frankfurt am Main, Germany

Primera edición, 2020

D.R. © 2018 Rodolfo Alpízar Castillo, por la traducción y notas

D.R. © 2008, Paulina Chiziane

Director de la colección: Emiliano Becerril Silva

Diseño de portada: Ana Bellido

Fotografía: Alberto Anaya a.k.a. Mándaro

Modelo: Laiza Dorcé

Formación: Lucero Vázquez

D.R. © 2020, Elefanta del Sur, S.A. de C.V.

Tamaulipas 104 interior 3,

Col. Hipódromo de la Condesa

C.P. 06170, México, D.F.

imailiano@gmail.com

www.elefantaeditorial.com

@ElefantaEditor

ISBN LIBRO IMPRESO: 978-607-9321-50-5

ISBN EBOOK: 978-607-8749-09-6

Todos los Derechos Reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, la fotocopia o la grabación, sin la previa autorización por escrito de los editores.

EL ALEGRE CANTO DE LA PERDIZ

PAULINA CHIZIANE

TRADUCCIÓN Y NOTAS DE RODOLFO ALPÍZAR

A mi Domingos, mi primogénito, mi fuente de inspiración.

A Adérito Leonardo Chiziane, hijo del suelo sagrado de los montes Namuli.

Entre las piernas de la mujer corren

los caminos del mundo.

Dya Kasembe, escritora angolana

Índice de contenidos

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UN GRITO COLECTIVO. UN ESTRIBILLO.

Hay una mujer desnuda en las márgenes del río Licungo.1 Del lado de los hombres.

—¿Eh?

Hay una mujer en la soledad de las aguas del río. Parece que escucha el silencio de los peces. Una mujer joven. Bella y reluciente como una escultura maconde.2 Con los ojos colgados del cielo, hasta parece que espera algún misterio.

—¿Quién es ella?

Una mujer negra, tan negra como las esculturas de ébano. Negra pura, tatuada en el vientre, en los muslos, en los hombros. Desnuda, así, completa. Caderas. Cintura. Ombligo. Vientre. Pezones. Hombros. Todo a la vista.

—¿De dónde vino?

En el cielo de la villa la noticia corre como las ondas de la radio. En esta minúscula ciudad tranquila casi nada sucede, y todo es noticia. Se habla del extranjero que llegó y que partió. De la mujer del administrador que se embarazó y parió. Se habla de la lluvia que cayó y de las semillas que brotaron. Del marido que no cumplió con los deberes conyugales la noche pasada. Una mujer desnuda es noticia de primera plana. Y todos salen de sus rincones en procesión. Van a ver para creer.

—¿Quién es esa mujer que tiene el valor de bañarse en la parte privada de nuestros hombres, quebrando todas las normas del lugar?, ¿quién es?

La mujer desnuda mira el horizonte. El horizonte es una cortina de palmeras. Ve una mancha. Es un enjambre. ¿De abejas? No, debe de ser de avispas. O de gallinas atontadas acosadas por la caída de un grano de maíz del techo del granero. Pero la mancha va ganando altura, forma y movimiento de fantasmas. Una mancha que levanta una nube de polvo, como una manada furiosa pisando suelo seco. De la mancha parlante ella oye sonidos demoledores como dragones subterráneos dirigiendo temblores de tierra. Sonidos que le decían cosas. Cosas que ella entendía. Otras que no entendía. Siente olor de leche. Oye el llanto de un niño —ah, a fin de cuentas es un bando de mujeres iracundas. No comprendía por qué estaban allí. No comprendía aquella procesión, ni aquel disgusto. ¿Qué querrían ellas? ¿Matarla?

El grupo de mujeres furiosas se precipita sobre ella como aves de rapiña ávidas de sangre. Un grupo numeroso. Era el instinto de defensa encabezando la marcha. Intranquilidad. En las mentes asustadas, los mitos surgen como la verdad única, para explicar lo inexplicable. Imaginaban las plantas secándose y la lluvia cayendo y arrasando todas las sementeras. El ganado enflaqueciendo. Los gallos esterilizándose, las gallinas sin empollar ni huevos ni pollos. Aquella presencia era el vaticinio de la desaparición de la especie de los gallináceos. En las curvas de la mujer desnuda, mensajes de desesperación.

—Hey, ¿qué haces ahí?

La multitud ve a la mujer desnuda sentada en un trono de barro, a la orilla del río. En la posición de loto, colocando su intimidad en la frescura del río. Le ve el interior desabrochado, como un anturio rojo con rebordes de barro. Le ve los tatuajes en el vientre de mujer madura. Le ve el cuerpo delgado, pequeño, relleno por el frente, relleno por detrás, esculpido por inspiración divina. Le ve la piel suave, de café tostado. Los labios gordos como tuétano, llenos de sangre, llenos de carne. Ojos de gata. Le ve el cabello y las cejas suaves y henchidas como ovillos de seda, con gotas de agua que se deslizan sobre la espalda, como cuentas de lágrimas en la guirnalda de una novia.

—Indecente, sal ya de ahí.

Los pies de la mujer desnuda contaron ya muchas piedras en el camino. Recorrieron varios destinos en busca de un tesoro, como una condenada a caminar la vida entera. Le tiraron piedras en todos los lugares por donde pasó. La expulsaron con palos y piedras, como a un animal extraño que invadía propiedades ajenas. Las voces querían que ella desapareciera. ¿Pero desaparecer hacia dónde, si no tenía adónde ir? Compara las personas con los chacales, con los buitres. No ve la diferencia. Hay una persona en el abismo que pide ayuda. La sociedad humana se apresura a tirar palos y piedras, a pisar la mano con que te expresas para tu último deseo.

La mujer desnuda levantó la cabeza. Balanceaba los ojos entre el cielo y el horizonte en la visión clarividente de los poetas.

—Hey, ¿qué haces ahí? —grita una de las mujeres.

—¿Quién eres tú?

Ella mira hacia la multitud con los ojos en el limbo. Debe de estar oyendo la música del amor. Debe de estar viviendo pasiones secretas que le vienen del otro lado del mundo. Tal vez vea imágenes en movimiento. O sombras parlantes. Dentro de ella debe de haber sentimientos, pensamientos, voces, sueños, historias, canciones de cuna, que se presentan en una amalgama y le provocan confusión en la mente.

—¿De dónde viniste?

Ella es solitaria. Exiliada. Extranjera. Apareció de la nada en la soledad de las aguas del río. Viniendo de ningún lugar. Sus pies parecen haber recorrido todo el universo polo a polo. Parece que nació allí, gemela de las aguas, de las hierbas, del maíz y de los árboles de los manglares. La vegetación parió un ser.

Rabia y asombro en el mismo sentimiento. Bienaventurados

los ojos ciegos, que jamás verán el color del terror inspirado por esta mujer desnuda. Algunas mujeres protegen los ojos de la inmoralidad. De la infamia. Miran hacia el suelo. Las profanas sueltan maldiciones en gruesas palabrotas. Las puritanas se santiguan y colocan la palma de la mano sobre el rostro como un abanico. Hacen de cuenta que no ven lo que logran ver por los intersticios de los dedos.

—¿De dónde viniste tú?

Las mujeres preparan el sermón del momento, hecho de moral y amenazas. Ella escucha. Supera las amenazas con una sonrisa.

—¿Quién eres tú? —insistían las mujeres furiosas.

A las personas les gustan mucho las identidades. Llegan a exigir un certificado de nacimiento para una persona presente. ¿Habrá mejor testimonio que la presencia para confirmar que nací?

—¿Por qué estás desnuda?

La mujer desnuda está demasiado cansada para responder. Demasiado sorda para oír. Se desespera. ¿Cuántas fuerzas una mujer debe tener para cargar la tortura, la ansiedad y la esperanza?, ¿cuántas palabras tendrá la oración de la eterna clemencia a un dios desconocido, cuya respuesta no vendrá jamás?

—Usa tu ropa, desconocida.

La ropa de ella esta allí, mojada. Cubriendo los arbustos verdes como un quitasol.

—Anda, ¡vístete ya, mujer!

—Mujer, ¿no tienes vergüenza en la cara? ¿Dónde vendiste tu vergüenza? ¿No tienes pena de nuestros niños, que van a quedar ciegos con tu desnudez? ¿No tienes miedo de los hombres? ¿No sabes que te pueden usar y abusar? ¡Mujer, acaba de vestir tu ropa, que tu desnudez mata y ciega!

Ella responde con el lenguaje de los peces del río. Sonríe. Mira hacia el suelo. Hacia el cielo. Con mansedumbre. Con candor. Los ojos emanan mucha luz y una miríada de colores. Ella es simpática. Ella es agradable. Tiene dientes muy blancos. Completos. Ella es bonita. Tiene sonrisa de ángel. ¿Qué es lo que ella ve, más allá del horizonte?

—Esconde tu desvergüenza, mujer.

La imagen de Maria desvirtúa el sentido mágico de la desnudez de las sirenas. Parece traer el presagio de la tempestad a flor de piel. Los corazones se dilatan de piedad. De miedo. Hay mensajes de peligro escondidos en las líneas desnudas del cuerpo. En los granos de arena. En la Vía Láctea. En las barbas del Sol. En los párpados de la Luna. En las pisadas de un pescador cualquiera a la orilla del río. En las ráfagas de viento. Esta mujer no vino por casualidad. Mensajera del destino malo.

—Oye, mujer, si no te vistes a las buenas, vas a vestirte a las malas.

La amenazaron. Acaso así tuviera miedo y se vistiera. Pero ella se acomodaba todavía más en su espacio, sirena reina en trono de barro. Ella ve los ojos de la multitud. Más oscuros que la noche, los rayos del poniente habitan en aquellos rostros. Ojos de lágrimas y de angustias. Los rostros de las adversarias. Les ve los pies sembrados en el suelo como si el suelo hubiera parido sombras. Sombras ambulantes. Sombras en movimiento.

—¡Mujer, vístete!

Pero el ejército de mujeres estaba con las manos desnudas. Confiaban en el arma de la lengua. De la persuasión. De la negociación. Era un ejército pacífico. Una de las mujeres suelta un grito para despertarla. Otra busca una piedra para lanzársela. Otra busca un palo para moralizarla. Se genera una ola de violencia en el escenario de las aguas. No hay palos ni piedras. Solo arena mojada, barro, la multitud empuña como arma contra la mujer indefensa.

Las voces de la multitud ululan furiosas como una ola. Era la superstición y el miedo aliándose como hilos de la misma cuerda. Puñados de arena caen en el cuerpo de la mujer desnuda como lluvia de granizo. El pecho se le hincha con la fuerza del miedo. Espira el aire caliente que el viento impulsa hacia el infinito. Y se sumerge en el río y navega con el impulso de las aguas, como una ninfa rodando en las olas. Se sumerge hacia lo profundo y hacia la superficie en un vaivén de luna y nube en el juego del escondite. El agua suelta anillos de arco iris en una miríada de olas. Ya lejos, la mujer desnuda sibila una risa venenosa, que cae como espada sobre las lanzas del enemigo. Y celebra su triunfo sobre la multitud.

Allí estaba la heroína del día. Protegida en la fortaleza del río. En un trono de agua. Que venció un ejército de mujeres y puso desorden en la moral pública. Que desafió los hábitos de la tierra y mancilló el santuario de los hombres.


Cuando la multitud parte, la loca regresa al mismo punto. Quiere oír voces perdidas en las aguas del río. El mensaje llegaría, tenía la seguridad. A la misma hora en que la emitía. Por telepatía.

Maria das Dores es su nombre. Debe de ser el nombre de una santa o una blanca, porque a las negras les gustan los nombres simples. Joana. Lucrécia. Carlota. Maria das Dores es un nombre bellísimo, pero triste. Refleja la cotidianidad de las mujeres y de los negros.

Ah, madre, heme aquí a la orilla del camino. Al lado del viento amigo. En la margen de un río desconocido. Perseguida por mujeres tristes. En aquellos gritos oí también tu grito, madre mía. Madre, ¿estabas en aquel grupo? ¿Por qué será que no te vi? ¿Por qué no me mostraste tu rostro, madre? Eras tú, sí, en aquel grupo de fantasmas; lanzaban zumbidos en mis oídos como un enjambre de avispas. Eras tú y tu grupo de fantasmas, queriendo alcanzarme, lastimarme, escondidas para descargar sobre mí sus golpes de rabia, pero no lo lograron, fui protegida por las aguas. Porque soy hija del agua. ¿Será que estoy desnuda, madre? La desnudez que ellas veían no es la mía, es la de ellas. Dicen que no veo nada y se equivocan. Ciegas son ellas. Gritan sobre mí su propia desgracia y me llaman loca. Pero locas son ellas, prisioneras, cubiertas de mil piezas de ropa como cáscaras de una cebolla. Con el calor que hace.

Ya no sé bien de dónde vine, ni hacia dónde voy. A veces siento que nunca nací. ¿Estaré todavía en tu vientre, madre mía? Todos preguntan de dónde vengo. Quieren saber lo que soy, porque nada soy.

Yo tengo el destino del viento, y tengo la vida aprisionada en las telarañas de una esperanza desconocida. La rosa de los vientos. Tengo el destino de los pájaros. Volando, volando, hasta la caída final. Tengo destino de agua. Siempre corriendo en todas las formas, unas veces manantial, otras veces río. Otras veces sudor y otras lágrimas. Diluvio. Gota de rocío en la garganta de un pajarito. Soy vapor calentado por la vida. Soy hielo y nieve en la cámara de un congelador. Pero siempre agua, el movimiento es mi eternidad. Soy un animal herido por todas las cosas. Por el canto de los pajaritos, por el rojo de los anturios, por la floración de las violetas. Herida por el sueño, por la ilusión. Por la esperanza y por la añoranza.

¿Quién soy yo? Una estatua de barro, en medio de la lluvia. Odio las ropas que me limitan el vuelo. Odio las paredes de las casas que no me dejan escuchar la música del viento. Yo soy Maria das Dores. Aquella que desafía la vida y la muerte en busca de su tesoro. Yo soy Maria das Dores, y sé que el llanto de una mujer tiene la fuerza de un manantial. Sé con cuántos pasos de mujer se recorre el perímetro del mundo. Con cuántos dolores se hace una vida, con cuántas espinas se hace una herida. Pero no tengo nombre. Ni sombra. Ni existencia. Soy una mariposa incolora, deforme. De las palabras conozco las injurias, y de los gestos las agresiones. Tengo el corazón quebrado. El silencio y la soledad me habitan. Yo soy Maria das Dores, aquella que nadie ve.


Las mujeres abandonan el río y corren veloces a la casa del régulo para buscar la solución del enigma. Van a la casa del régulo, pero él no está, fue a la taberna a tomar el trago vespertino en la asamblea de los hombres. Su vieja esposa abandonó sus quehaceres para socorrer a la multitud asustada. Los ojos de terror convergen sobre ella. Ojos anémicos, incrédulos. Y las voces hablaban todas al mismo tiempo. Deliraban. La vieja señora no lograba siquiera oír lo que decían. Lo que querían. Sabía solo que tenían hambre en el espíritu. Tuvo que dar palmadas y soltar un grito para imponer silencio.

—¿Qué hubo? ¿Qué las trajo aquí?

—Usted, que conoce los secretos de este y del otro mundo, los caminos del más allá, los detalles del misterio del horizonte, auxílienos.

—¿Por qué?

—Aquella mujer desnuda en las márgenes del río. Parecía una diosa, ¡o un demonio!

—¿Cuál mujer?

—Una desconocida —grita una de ellas como una posesa—.

¿Por qué es que ella vino y se alojó exactamente del lado de los hombres? Ella es leve, ella nada como un pez. ¿Será humana?

¿Sirena? ¿Ninfa? ¿Fantasma? La señora, que lo ve todo, díganos

qué desgracia vendrá a ser esta: ¿habrá lluvia? ¿Sequía? ¿Enfermedades en los rebaños? ¿Conflictos peores que la guerra?

Las voces de las mujeres eran banderas de miedo que ondulaban en la tempestad. No vieron nada real. Vieron al hombre del saco. Por eso producen ruido y discursos confusos.

Proyecciones fantásticas de las historias contadas alrededor de la hoguera: las muchachas bonitas, bondadosas, obedientes, trabajadoras, se casan con príncipes azules, tienen muchos hijos y viven felices para siempre. Las muchachas traviesas, mentirosas, desobedientes y perezosas, al final de la historia, son castigadas: no consiguieron marido, ni hijos, viven solteronas e infelices para siempre, y acaban enloqueciendo. Creencias. De dádivas y destinos. Maldiciones. Profecías. Castigos.

—Dijo que se llama Maria —explica una de las mujeres.

—¿Ese será en verdad su nombre? —pregunta la mujer del régulo—. Toda Maria tiene otro nombre, porque Maria no es nombre, es sinónimo de mujer. Pero, díganme: ¿cómo era ella?

—Ella tiene forma de persona pero no es persona. Parecía ángel del mal. Mensajera de desgracias. Parecía un fantasma, un ser de otro mundo —dice una.

—Ella traía en las alas los vientos de las mareas bravas —decía otra. La mujer del régulo reconoce rápidamente las razones del disgusto colectivo y responde con un arco iris. Historias de vida se sueltan de los archivos de la memoria como files de una computadora. Cada uno tiene su trayecto, cada uno tiene su historia. La presencia de esa alma en pena tenía una razón obvia. El mundo está al revés, disoluto. La humanidad es expulsada a una veloci

dad que asusta, y las personas se volvían salvajes, caníbales.

—Calma, criaturas. No hubo ningún presagio en la guerra que pasó, pero murió gente. No hubo anuncio en la sequía que terminó, pero hubo tormenta. No hubo profecías misteriosas antes de la plaga de langostas que asoló los campos y nos mató de hambre.

La voz de la mujer del régulo era lluvia fresca. Tenía el poder de serenar multitudes. Era el poder de las olas tranquilas arrullando las embarcaciones en el vals de la brisa.

—¡Ah, señora! ¡Si viera la forma misteriosa como ella vino! La insultamos y nos respondió con burla en el rostro. Lanzamos piedras y ella escapó como un pez. No era persona de este mundo, no.

—La pobre, no pasaba de un ratón buscando un escondrijo. O una yuca. Era un ser solitario en busca de sus semejantes. ¿Por qué la expulsaron?

La multitud comienza a arrepentirse. Ella tenía forma humana, lo vieron. Que había nacido del vientre femenino, como ellas, como los sapos, los peces, las algas de los pantanos. Que la mujer tenía su historia, sus marcas, sus cicatrices. En ella se reflejaba como en un espejo la fragilidad de la existencia. La multiplicidad de los caminos. Enfermedades, amarguras, lágrimas. Sueños arruinados, ansiedad, desesperación. Solo Dios sabe de dónde vino. Solo Dios sabe las lágrimas que lloró. Solo ella puede contar las alegrías que el corazón recogió. Los caminos que recorrió. Solo Dios sabe cómo es que llegó aquí. Acaso navegando en el lomo de las tortugas. En el caparazón de los cocodrilos. En la boca de los peces, en el encaje de las algas. En la corriente de la brisa.

—Ella traía una buena nueva escrita al revés —garantiza la mujer del régulo—. Mensaje de fertilidad. Esa chiflada era la verdadera mensajera de la libertad, mis buenas gentes.

La multitud se asombra y la mujer del régulo sonríe. De la boca melosa ella suelta los mejores acordes. De los brazos pequeños se abre un manto confortable como las alas de un águila, donde la multitud de mujeres se anida como prole de pájaros. De su pecho escapa un soplo de valentía que la brisa transporta hacia cada uno. La multitud oye su voz penetrando. La sonrisa soltándose. La mente vagabundeando en el paisaje de los comienzos. El miedo escapando. Los ánimos calmándose. El espíritu serenando. Al inicio la voz se oía cerca. Después lejos. Más lejos todavía como alguien hablando de amor en el más profundo de los sueños. Era una canción que recordaba a las más jóvenes todas las cosas antiguas, de los comienzos de los comienzos, en el cuento del matriarcado.

Había una vez...

En el principio de todo, hombres y mujeres vivían en mundos separados por los montes Namuli.3 Las mujeres usaban tecnologías avanzadas, hasta tenían barcos de pesca. Dominaban los misterios de la naturaleza y todo..., eran tan puras, más puras que los niños en una guardería. Eran poderosas. Dominaban el fuego y el trueno. Habían descubierto ya el fuego. Los hombres todavía eran salvajes, comían carne cruda y se alimentaban de raíces. Eran caníbales e infelices. Un día, un hombre joven intentó atravesar el río Licungo para saber lo que había. Ya casi se ahogaba cuando apareció la linda joven, su salvadora, que metió al hombre en su barco. Como había frío, la joven intentó reanimar al moribundo con el calor de su cuerpo. El hombre miró hacia el cuerpo de ella, completamente abierto, un anturio rojo con rebordes de barro. Allí residía el templo maravilloso donde se escondían todos los misterios de la creación.

Y después...

La vieja señora era una eximia contadora de historias. Ella sabe las circunstancias exactas en que se debe usar una imagen y otra. Lo que debe ser omitido y lo que debe ser dicho. Los momentos que marcan y los momentos de pausa. La belleza de la historia depende del tono de la voz, de los gestos de la contadora. Contar una historia significa llevar las mentes en el vuelo de la imaginación y traerlas de vuelta al mundo de la reflexión. Por eso impone una pausa. Y suspenso.

—¿Por qué me miran? ¿Qué quieren de mí? ¿Que me ponga aquí a decir indecencias en presencia de los niños que traen a la espalda? No, no digo nada más; además, ustedes ya saben lo que viene a continuación. Ahora, vuelvan a casa, para cuidar de los niños. ¡Regresen!

Las mujeres se ríen, la tranquilidad ya se conquistó. Aquella historia encierra dentro de sí mundos maravillosos. Por eso quieren oír aquello que ya saben hace decenas de años. Las escenas de amor y traición. De libertad y lucha. De atracción y rechazo. Absorber la dulzura de las palabras que emanan de aquella boca y soñar como los niños.

—¡Ah, madre grande, cuenta, termina ese cuento tan bonito!

—Listo, ya que me lo piden, termino. Los hombres invadieron nuestro mundo —decía ella—, nos robaron el fuego y el maíz, y nos situaron en un lugar de sumisión. Nos engañaron con aquel lenguaje de amor y de pasión, pero usurparon el poder que era nuestro. ¿Una mujer desnuda en la parte de los hombres? Ah, amigas, ella vino de un reino antiguo para rescatar nuestro poder usurpado. Traía de nuevo el sueño de la libertad. No debían haberla maltratado, ni expulsado a pedradas.

Algunas mujeres recuerdan el cuento y sonríen de esperanza. La mujer del régulo reconoce que la fantasía de sus palabras surtió efecto. Aquella loca simboliza el mundo nuevo de la guerra, de las enfermedades, de la exclusión social, al cual todos se encuentran sujetos.

—¡Ah! Pero, entonces, ¿de dónde habrá venido?

—¿Y nosotros de dónde vinimos? —pregunta la mujer del régulo.

—De lejos —responden al mismo tiempo.

—¿Y dónde queda lo lejos?

Todas buscan la respuesta en silencio. Los ojos flotan en el horizonte, en silencio. La mujer del régulo sugiere algunas respuestas.

Lejos es la distancia entre tu recorrido y tu cordón umbilical. Lejos es el útero de tu madre, de donde fuiste expulsado para nunca más volver. Es la distancia hacia tu propio íntimo donde no siempre logras llegar. Lejos es el lugar de esperanza y de añoranza. Lugar para soñar y recordar. Lejos es el más allá hacia donde muchos parten y dejan eternas añoranzas. Lo lejos es gemelo de lo cerca, tal como el principio es gemelo del final. Porque todo cambia en la hora de la meta. El allí será aquí a la hora de la llegada. El futuro será presente. El mañana será hoy.

—¿De dónde vinimos nosotros? —aguarda la respuesta que no viene, y afirma—. Éramos de Monomotapa, de Changamire, de Makombe, de Kupula,4 en las viejas auroras. El poder era nuestro. ¿Se acuerdan de esos tiempos, buenas gentes? No, no lo conocen, a nadie se le ocurrió contarles, ustedes son jóvenes todavía.

Nos unimos a los changanes, a los ngunis, a los ndaus, nhanjas, senas.5 Guerreamos y nos reconciliamos. Nos invadieron los árabes. Nos hicieron guerra holandeses, portugueses. Luchamos. Las guerras de los portugueses fueron más fuertes y corrimos de un lado a otro, mientras los barcos de los negreros transportaban esclavos hacia las cuatro esquinas del mundo. Vinieron nuevas guerras. De negros contra blancos, y negros contra negros. Durante el día, los invasores lo mataban todo, pero hacían el amor en la pausa de los combates. Venían con los corazones llenos de odio. Pero bebían agua de coco y quedaban mansos y el odio se transformaba en amor. Las mujeres se parecen al coco, ¿no les parece? Las mujeres violadas lloraban los dolores del infortunio con semillas en el vientre, y trajeron a la luz una nueva nación. Los invasores destruyeron nuestros templos, nuestros dioses, nuestra lengua. Pero con ellos construimos una nueva lengua, una nueva raza. Esa raza somos nosotros.

Fue así como vinimos.De lejosDe aquel lugar de donde partimosPara nunca más volver

Somos de diferentes gestas. Diferentes vientres. Diferentes lugares. Unos naciendo en los cañaverales, otros en la carretera. Unos en alta mar. Otros en camas dora-das de los príncipes. Unos huyeron de casas de luto cubiertas de fuego. Fuego puesto por demonios. Demonios que incendian las aguas de los ríos. Otros nacieron de la soledad de los guerreros, soledad de héroes. Héroes vencedores y vencidos. Somos héroes del Atlántico, héroes de la travesía de los mares bravíos hacia la esclavitud en Guinea, Angola y São Tomé. Tenemos la sangre de los franceses, brasileños, indios de Goa, Damón y Diu, desterrados en los palmares de Zambézia.6 Vinimos de la nobleza y de la pobreza. Vinimos en pasos silenciosos de fugitivos, en pasos agresivos de conquistadores. Nacemos diferentes veces con diferentes formas. Morimos varias veces, silenciosamente, como los montes en la corrosión de los vientos.

El pensamiento colectivo viaja hacia lo lejos, hacia allá donde no se puede volver nunca más. Hacia el tiempo de las luchas sangrientas, tiempo de sufrimiento. Con montones de gente corriendo hacia acá y hacia allá. Matándose. Odiándose de día, a la hora del combate. Amándose de noche, en la pausa del fuego, y dejando marcas de paso. El odio generando amor en la muerte del sol.

Cada uno recuerda su propio recorrido. Las piedras del camino. Trayectos alegres, tristes, desesperados, espinosos. Y comienzan a pensar con mansedumbre en la loca del río.

—Regresen a sus casas y olviden a la loca que fue con las olas. Recuerden que somos todos hijos de lo lejos, como esa Maria que vieron en las márgenes del río. Recuerden siempre que la desnudez es expresión de pureza, imagen de la antigua aurora. Todos fuimos esculpidos con el barro del Namuli. Barro negro con sangre roja.

Notas al pie

1 Uno de los ríos más importantes de Mozambique.

2 Grupo etnolingüístico que se extiende a ambos lados del río Rovuma, que sirve de límite entre el sur de Tanzania y Mozambique (provincia de Cabo Delgado). Sus esculturas en ébano son famosas en el mundo entero debido a su singular belleza. Hasta los años veinte del siglo pasado no tuvieron contacto con los europeos

3 Elevación situada en la provincia de Zambézia, en la región montañosa de Gurué; alcanza una altura de 2 419 metros sobre el nivel del mar. Es la segunda mayor altura de Mozambique, después del monte Binga. Cuenta con numerosas plantaciones de té. Según la mitología macua, el primer hombre fue creado en la cima del monte Namuli.

4 Monomotapa y Changamire fueron reinos existentes en el territorio de las actuales repúblicas de Zimbabwe y Mozambique entre los siglos XIV y XIX. Remanentes de ellos persistieron hasta comienzos del siglo XX. Makombe fue un poderoso jefe que encabezó una rebelión exitosa entre 1917 y 1918, aunque duró poco tiempo por haber quedado limitado a uno o dos reinos. Kupula fue otro jefe importante.

5 Changanes (changanas): Grupo etnolingüístico extendido por Gaza y Maputo. Ngunis: grupo étnico procedente de la región de Natal, que alrededor de 1800 comenzó a establecerse en el territorio de Mozambique. Ndaus: Grupo etnolingüístico predominante en Sofala. Nhanjas: Grupo etnolingüístico predominante en los territorios de Niassa y de Tete. Senas: Grupo etnolingüístico distribuido por las provincias de Zambézia, Manica, Sofala y Tete.

6 Provincia situada en el centro-norte de Mozambique; limita con las provincias de Nambula y Niassa al norte; con la provincia de Sofala, al sur; al oeste, con la provincia de Tete y la república de Malawi, y por el este la baña el canal de Mozambique en el océano Índico. Tiene una población aproximada de cuatro millones de habitantes. La capital provincial es la ciudad de Quelimane (unos 1 600 km al norte de Maputo, la capital del país). Es el lugar donde se desarrolla la acción de la novela. Se ha afirmado que hasta 1850 Cuba fue el principal destino de los esclavos procedentes de Zambézia (ver nota 12).

2

LA LOCA DEL RÍO MIRA HACIA LA IGLESIA EN LO ALTO DE la sierra, que le abre los caminos de la memoria. Parece que ya estuve aquí. Pero,

¿cuándo? ¿En qué circunstancias? En esta iglesia yo entré, yo recé, en algún momento de mi infancia. ¿Qué lugar es este?

Años de memorias confluyen en su mente. En pequeños pedazos, como gotas de agua formando un río. Las imágenes oscurecidas por el tiempo se revelan una a una, recortadas y confundidas como las piezas de un puzzle. Como si un arqueólogo de memorias excavara fotografías antiguas. Siento que ya estuve aquí, pero,

¿cuándo?

Mira hacia el paisaje con más atención. La cordillera. La cabeza del monte alto cubierta con el sombrero de nubes. Un manantial, un río, creciendo hacia lo desconocido. Ya escalé aquel monte.

¿Qué buscaba yo?

De repente se acuerda de José, su padre, hablando de la vida en los montes. Y recuerda que partió hacia el gran viaje, había recorrido todo el perímetro de la tierra y había regresado al punto de partida. Todo comenzó la mañana en que salió de casa con los tres pequeños cargados. Hace muchos años. Y parece que todo sucedió ayer, como si la pesadilla de veinticinco años de peregrinación no pasara de pesadilla de veinticinco horas. En los cuentos de hadas la bella durmiente durmió cien años que no pasan de cien segundos.

El tiempo corrió, sí. Cuando partió, no tenía callos en los pies. Ni cabellos blancos. Ni imágenes tenebrosas en los archivos de la memoria. Cuando partió no conocía tantos caminos ni paisajes ni personas. No conocía todavía los terrores de la vida. El tiempo pasó, sí.

¿Cómo es que todo comenzó? ¿Comenzó o terminó? En la vida nada es principio, nada es fin. Todo es continuidad. Pero todo comenzó el día en que el padre negro partió para no regresar más. Todo comenzó cuando el padre blanco amó a su madre. Todo comenzó cuando nació su hermana mulata. Todo comenzó cuando su madre vendió su virginidad para mejorar el negocio de pan. Todo comenzó con una relación que involucraba sexo y amargura. Hijos y fuga. Adormecimiento y ausencia. Escalamiento de una montaña. Soldados blancos en defensa del imperio de Portugal. Dinero y virginidad. Magia. Fortuna.

Se acuerda de todo, de la tierra y del mundo. Donde la cultura dicta normas sobre hombres y mujeres. Donde el dinero vale más que la vida. Donde el mulato vale más que el negro y el blanco vale más que todos ellos. Donde el color y el sexo determinan el estatuto de un ser humano. Donde el amor es abstracción poética y la vida se teje con mallas de odio.

La imagen del marido es la fórmula de la amargura, no quiere recordarla. La madre es la fórmula de la traición, no quiere revivirla. La familia era una constelación de negros, blancos, mulatos entremezclados, basada en jerarquías y falsas grandezas. Por eso huyó de todo y aprendió los secretos de la soledad. La brisa sonriendo. Conversar con el viento y besar las estrellas.


Se siente atraída por aquel lugar y decide quedarse allí para reposar del cansancio de todas las caminatas. Sin saber que en aquel momento escribía el prefacio para la nueva vida.

Mira hacia el mundo de encima. Las casas ricas de la pequeña ciudad, las casuchas. El humo de las cocinas subiendo en espirales en el aire, como hongos gigantes, pilastras que sostienen el techo del cielo. Colinas. Árboles vaporosos que se disuelven en el espacio. Está presente y ausente. Mirada de seducción de gata brava que mata ratones en la noche cerrada. Absorbe todos los aromas de la naturaleza. El olor del río. De las aguas detenidas de los charcos. De la frescura de las algas y de las piedras. Olor de las flores de nenúfar. Olor de la verdura fresca de los arrozales.

La mujer del régulo busca la frescura del atardecer en las callejuelas de la villa. Tal vez venga a buscar la soledad y la inspiración traídas por la brisa de la tarde. Acaso a contemplar la puesta del Sol. Encuentra a Maria, flotando en la margen del río, completamente desnuda. Una onda magnética se abate sobre las dos mujeres. ¿Qué palabras pueden traer de vuelta a una loca en la más profunda ausencia? ¿Qué utilidad puede tener su presencia ante un caso perdido?

—Hola, Maria. La tarde está caliente, ¿verdad?

—Sí.

—Dime una cosa, Maria, ¿qué fue lo que te hicieron para que andes así, moviéndote sin ruido por las calles, sin rumbo, sin nombre, sin techo? ¿Qué haces por los caminos, prendida al suelo como una babosa, vegetando, despertando sentimientos de piedad, repulsa, infamia, de asco y de rabia ante tu imagen desnuda?

¿Qué destino es el tuyo, que alimenta indignaciones, tiranías, llevando palazos y pedradas de cualquier persona, compitiendo por pedazos de alimento con perros, ratones, gatos, en las latas de cualquier esquina? ¿Qué vida es la tuya, que se alarga sucesivamente en una lucha permanente contra las tinieblas, contra las fieras animales y humanas, contra los reptiles traicioneros de los caminos? Dime, Maria, ¿de dónde vienes? ¿Qué comes? ¿Quién te mata?, ¿quién te tortura?

Gotas de luz se encienden tímidas en el rostro de Maria. La voz de la mujer del régulo es el remedio dulce que lava las heridas de la soledad. Respondió a todas las preguntas con una sonrisa.

—¿Dónde duermes, Maria?

—¿Yo?

Ella debe de dormir al relente, en el abandono total de los desposeídos de tierra. Debe de tener la mente poblada de dragones, dinosaurios, paisajes pavorosos. Debe de sufrir pesadillas terribles que la destruyen y acaban por transformarse en esto. Últimamente han aparecido muchos dementes desfilando en la villa. Abandonados en la tranquilidad del día. En el entumecimiento de los sonidos y de las músicas a la orilla de los mercados. Les gusta frecuentar lugares públicos, caminando solos entre la multitud. Las sociedades modernas producen cada vez más locos y marginales como productos de lujo. Las familias acomodadas prefieren, cada día más, ofrecer una muñeca de peluche al hijo y no un hermano de verdad. Prefieren tener en casa perros y gatos como compañeros de soledad. Porque el gato y el perro no protestan. Y prefieren apartar cada vez más a los humanos hacia la locura y la marginalidad.

—Dime, Maria. ¿Dónde reposas el cuerpo cuando el sol duerme? ¿Comiste algo hoy, Mariita? ¿No quieres venir conmigo para una merienda?

—No tengo hambre ninguna —responde la loca con voz distante.

La mujer del régulo lee el perfil de Maria. Parece una mujer con dignidad. Con buenos hábitos. De buena cuna. Ella baja los ojos cuando habla, timidez típica de las mujeres educadas. Habla bajo. Y habla buen portugués. Parece venir de las aldeas. Del interior, los tatuajes en el cuerpo son cosa del campo. Del interior ella no viene, pueden creerlo. Debe de venir de la ciudad. De la gran ciudad. Es muy aseada, no come en la mano. Pide limosna. Pide pan con quesito. Con mantequillita. Tiene el paladar fino de las personas de la ciudad. Cuando tiene hambre abandona las márgenes del río y va hasta las calles de la villa a pedir, a mendigar la supervivencia. Educadamente. Arrodillándose para recibir la limosna de los hombres. Baja la cabeza en una venia para recibir la limosna de las mujeres. Y lanza miradas de ternura a los niños de pecho. ¿Dónde estará su tierra? Nadie conoce el vientre que la parió. Ni las manos firmes que la elevaron al cielo en la ceremonia de la luna.7 Nadie, a no ser el viento solitario que susurra en la brisa.

—Vamos a conversar, Maria. Háblame de ti, de los tuyos. Dime todo que te apetezca, que estoy aquí para oírte. ¿Tienes familia?

La confusión de razas en su mente de niño, debajo del mismo techo, en una mezcla difícil de mezclar, como leche y limón en la misma taza.

—¿Y por qué es que estás aquí? ¿Dónde está tu familia? ¿Cómo es que te separaste de ellos hasta llegar aquí?

—El día en que el padre negro partió, mi madre no lloró. Se emborrachó. El día en que mi padre blanco partió, la madre lloró y se desmayó.

—¿Y cómo era tu madre?

—Muy bonita. Amaba a los blancos. Ella quería ser blanca. En la referencia a la madre, un indicio de odio y de traición. La mujer del régulo trata de dibujar imágenes de la madre de

la loca. No hay gente buena en este mundo. Ni mala. La vida es un permanente riesgo en busca de oportunidad. El asesino pensó que era mejor matar. El ladrón pensó que era bueno robar. La madre de Maria pensó que era bueno lanzarla al abismo. ¿De quién es la verdad?

La mujer del régulo la mira. Ella es un alga. Medusa. Flor de nenúfar. Sus ojos parecen luna que se muestra, que se esconde, que va y vuelve. Ella sufre de la enfermedad de la luna. La luna estaba dentro de ella. La luna es ella misma. La luz de sus ojos se expande en las curvas de las colinas. En el camino de los pájaros que vuelan cruzando espacios en el cielo. Su domicilio es el infinito nublado y coloreado. Parece un estandarte del barco de vela triunfando sobre las aguas. Su real enfermedad parece ser la ansiedad extrema. Quiera Dios que ella encuentre en el mundo todo lo que busca, para que su alma se sosiegue.

—Tienes lindos tatuajes en el vientre. ¿Puedo verlos? ¿Quién los hizo?

La vieja arqueó las cejas mirando hacia el vientre de Maria con interés redoblado.

Los tatuajes bellos, geométricos, parecían una telaraña, malla, cinto de encaje bordado a mano, cubriendo apenas el vientre. Analiza los relieves. Los salientes. Concavidades. Descifra el mensaje de cada símbolo y reconoce los orígenes de Maria. Son tatuajes lómwè.8 Ella es oriunda de las montañas, y por aquellas venas corre la sangre sagrada de las piedras. Era la hija de la tierra, regresando del gran viaje, llamada por los espíritus. Para curarse en las aguas del Licungo o para escalar el monte del reposo eterno.

Los tatuajes remontan al tiempo del esclavismo, la vieja lo sabe. Los pueblos africanos tuvieron que estampar los cuerpos con marcas de identidad. Cada tatuaje es único. Es marca de nacimiento. En el cuerpo, dibujándose, el mapa de la tierra. De la aldea. Del linaje. En cada trazo un mensaje. Árbol genealógico. El tatuaje ayudó a la reunificación de los miembros de la familia, en São Tomé. En América. En el Caribe. En las islas Comores, en Madagascar, en las Mauricio y otros lugares del mundo. Cambiaron los tiempos, los africanos ya no necesitan tatuajes, terminó el tiempo de la esclavitud.

La mujer del régulo sabía ahora el origen de Maria. Pero nada podía hacer para ayudarla. La vieja señora concretiza la ilusión de la existencia al ver la corrosión y la muerte del edificio tenido por perenne. Las familias estaban destruidas, estaban dispersas, a causa de las guerras, de las migraciones. En los nuevos tiempos la sociedad se autocorroía en nombre de una modernidad que arrastra centenares de semejantes a la marginalidad y la locura. El mundo adoptó nuevos desafíos y combate nuevos enemigos.

Mira de nuevo hacia el rostro de Maria. Viste una sonrisa virginal, fulgurante. De mirada fija en la luna o en algún lugar. La vieja señora le extiende la mano. Para abrazarla y darle algún cariño. Pero Maria se esquiva.

—Maria, dime el nombre de por lo menos uno de tus antepasados.

—No me acuerdo.

—¿De dónde viniste?

—De lejos.

—¿Qué buscas tú?

—Los hijos que perdí.

La mujer del régulo busca dentro de sí una palabra, una respuesta. Conoció muchas historias, pero ninguna igual a aquella. Maria debe de haber sido casada y repudiada. Por esterilidad. La obsesiva idea de la mujer madre aparta a la mujer estéril de la categoría humana.

Las locas crean fantasías y proyectan en el espacio historias inverosímiles. ¿Puede una madre recordar el rostro de los hijos perdidos hace más de veinte años? ¿Cuánto tiempo dura una memoria? ¿Pueden los pies humanos recorrer el perímetro del mundo? ¿Cuántos pasos se recorren, en más de veinte años? Perder un hijo es un dolor que mata. Perder tres es algo que sepulta en lo más profundo de los infiernos. No, esta historia no puede ser verdadera. ¿Será que reside en la fantasía de ella?

—Ah, Maria, brava mujer, que camina sola y enfrenta cualquier peligro en busca del tesoro perdido en el tiempo. Niña que manos malvadas lanzaron al desierto. Las mujeres del mundo entero se enorgullecerán de tu heroísmo.

—¿Le parece?

—¡Claro! Ahora, Maria, ponte tu ropa, aquí las noches son frías. Estás en las montañas, muy cerca de Dios. Tienes que vestirte.

La mujer del régulo da la razón a Maria. En Zambézia todavía hay gente que no conoce algodón ni seda. Ni artificios. Adultos en tangas y niños de trasero al aire. La mujer del régulo se acuerda de las ropas de las esposas de los antiguos administradores. Sayas anchas de mil faralaes, en el intenso calor de los trópicos. Y consideraban inmoralidad la desnudez y la libertad de las personas de la tierra. Los tiempos cambiaron mucho. Hasta los sacerdotes aprendieron de los negros a dar desnudos una zambullida en la orilla del mar. Las mujeres blancas aprendieron de las negras a andar en tangas, las que llaman minifaldas, estrechas. Ahora son esos europeos quienes gustan de andar por ahí en tangas mientras el pueblo viste, con rigor, las ropas antiguas.

—Maria, tienes que vestirte.

—¿Para qué?

—Para que te protejas y seas igual a las otras mujeres.

La desnudez de Maria era el regreso al estado de pureza. De la transparencia. Las mujeres quedan escandalizadas, porque el desnudo de una se refleja en el cuerpo de la otra.

—¡Ah!

En las ciudades humanas la libertad está prohibida. El ser humano tiene que andar siempre vestido, documentado, calzado. Por andar sin rumbo, la policía prende por vagabundeo, como si alguien conociera realmente el rumbo de cada paso. ¿Por qué se tiene que andar en un rumbo exacto si todos los lugares son lugares para andar? ¿Por qué tengo que caminar a horas exactas, si todas las horas son horas para caminar?

—Debías esconder el cuerpo.

—¿Para qué?

¿Para qué, si no tiene nada que esconder debajo de las ropas? Ella no tiene nada que esconder, sí. Es hija de una gota de agua del río desbordado. Nació de las algas. De los pantanos. De los peces voladores que desovan en las piedras de los montes. Nació en los cañaverales y en los campos de arroz. Nació en el desierto caliente, sin sudor ni humedad. Por eso le gusta el agua. Es amante del agua. Ella vino como espuma en las olas del río. Ella vino de ninguna parte.

—¿Cuándo es que regresas a casa, Maria?

—¿Regresar? Nunca. Estoy muy bien aquí.

Ella tiene razón. Todo lugar es bueno para nacer. Y morir. El vientre de la madre es el único punto de partida hacia todos los caminos del mundo.

Notas al pie

7 Al nacer el niño se celebra un rito, la ceremonia de la luna, para ponerlo bajo su protección; después, durante los primeros años, cada luna nueva se le administra al niño un medicamento tradicional para protegerlo contra enfermedades y otros males.

8 Los lómwès son uno de los principales grupos etnolingüísticos de la Zambézia, que también está presente en la provincia de Nampula, así como en la república de Malawi.

3

LA CIUDAD DE GÚRUÈ9 SE VOLVIÓ UN LUGAR DE PEREgrinación. Cada día llega gente nueva, interesante. Este año llegaron el padre Benedito y el doctor Fernando. Dicen que son hermanos. Desde que la guerra terminó, las llegadas aumentaron. Con la construcción de la carretera asfaltada, Gúruè quedó todavía más cerca del mundo.

Hay muchos forasteros que llegan a la ciudad desde las montañas cubiertas de anturios rojos con rebordes de barro. La belleza de la tierra y de los campos de té atrae a muchos inmigrantes. Aquellos dos no parecen románticos, y mucho menos buscadores de oro. Ellos vinieron, sí, por razones diferentes. Vinieron de lejos, como quien regresa triunfante a la tierra madre.

El pueblo venera al padre Benedito y teje mitos a su alrededor. Dicen que es mágico. Solo su mirada cura todas las amarguras, por eso el pueblo entero desfila frente a él para ser tomado en el punto de mira de los ojos milagrosos. Él es un hombre de ternura, de pasiones profundas, de humildad extrema. De sonrisa abierta y el pecho cerrado. Durante la misa, sorbe las propias pala-bras con la voracidad de un declamador. Y decía cosas bellas. De fe. De poesía. Cuando habla de la familia, del padre o de la madre, llora. Quizás recuerde momentos de la crueldad de este mundo. Tal vez le haya fallecido el padre en algún combate. Acaso la familia haya perecido en una masacre. Algo grave sucedió en su vida. O no sucedió nada. Hasta puede haber sido instruido así. Las iglesias modernas explotan las emociones de los creyentes en actos teatrales.

Conocieron antes sacerdotes viejos y blancos. Sacerdote negro y joven es cosa de los tiempos de la independencia. Para aquel pueblo, la procreación es la esencia de la vida y la vida sexual es tan vital como la gota de agua. Ser sacerdote es importante, reconocen, pero más importante todavía es engendrar un heredero para seguridad social en los momentos difíciles. Murieron muchos hombres en la guerra civil y hay muchas viudas por consolar, muchas solteras esperando amor, es un crimen grave que un hombre duerma solo, sean cuales sean las motivaciones de su creencia. Causaba dolor ver a las jóvenes vivarachas frente a aquella santa presencia, tratando de acercar al macho hacia las cosas de la tierra, para que terminaran frustradas como abejas que golpeaban contra los vidrios fríos de una ventana.

No había nada de anormal en el comportamiento de las mujeres. Las nuevas creencias son las extrañas, contradictorias. Los dioses bantúes ordenan la virilidad y la fertilidad. En el sexo, la trascendencia. Los dioses celestes ordenaban también la fertilidad y la multiplicación, pero alcanzan la pureza del cuerpo en el celibato. Por eso las familias negras no aceptan de buen grado que un hijo sea ordenado. Todo hombre bello debe echar semillas al suelo. Y germinar. Henchir la tierra como las estrellas del cielo, porque la eternidad es hija de la fecundidad. Por eso las mujeres preguntaban los orígenes de aquel joven padre.

—Señor padre Benedito, ¿usted es de aquí?

—La tierra es de Dios. Como las golondrinas, yo soy de aquí, de allí, de cualquier lugar.

—¡Ah! Padre Benedito, ¿usted es de verdad hombre?

Él sonreía. Y comparaba aquel parloteo al alegre canto de las alondras que saludan el amanecer. Expresión de la libertad. Aquellas mujeres hablaban como quien juega, pero ambos sabían que el mejor veneno tiene gusto a miel.

—No sé. Soy hijo de una piedra. ¿Qué es lo que piensan de mí?

—¿Usted nunca se enamoró?

—Ya.

—¿Y entonces? Quien prueba de este vino nunca más duerme solo.

—Yo no bebo, ustedes lo saben.

—¡Qué pena, señor padre!

Las mujeres trataban de liberar las tensiones en el corazón enrejado de aquel sacerdote, asediándole la carne débil, joven y fresca. Las más atrevidas se abrían diciendo con toda libertad lo que les iba en el alma.

—Vamos, señor padre. Haga al menos un pecadito, uno solo de vez en cuando, no hace ningún mal. Hasta puede ser conmigo si quisiera; ¡vamos, señor padre!...

—Dios tiene ojos grandes, lo ve todo.

Las mujeres quieren probar que ellas existen y su presencia es más importante que todas las creencias y juramentos de este mundo para que el sacerdote conozca la real dimensión de las necesidades del cuerpo. Hay parcelas del organismo que no se alimentan de arroz, ni de remedios y palabras divinas.

—Señor padre, ¿escogió esa vida así por propia voluntad?

—Fue el destino. El llamado.

—¡Ah, qué pena, señor padre! ¡Qué desperdicio! ¿Tanta belleza solo para servir a Dios? No, no debía ser así. Es una tentación. Debía estar prohibido ordenar sacerdotes tan bonitos —porque perturban a las monjas, a las doncellas y a las mujeres casadas.

¡Ah, señor padre! ¡Usted debía ser más caritativo y matar la sed del mujerío suelto por la ciudad!

El doctor Fernando, hermano menor del sacerdote, aparentaba unos treinta años. Contrastaba con la élite burguesa de la pequeña ciudad, que se socorría de las futilidades de este mundo, exhibiendo carros de última moda y joyas grotescas de nuevos ricos, en la afirmación de grandezas imaginarias. Andaba siempre de jeans. En zapatillas y camisa de mangas cortas. A pie o en bicicleta como un campesino cualquiera. No ostentaba nada. Ni un anillo de oro en el dedo. Ni palabras complicadas en la boca. Accesible y transparente como las aguas del Licurgo, que nace en lo alto del monte. Quien lo quiere lo tiene. Solo su saber y la fuerza, porque el corazón vive en una fortaleza inaccesible.

El médico creía en la magia de los montes. En los mitos que se cuentan de lo sagrado y de lo profano, de lo mágico. Por eso escalaba, regularmente, para inspirarse en lo fantástico que reside en el pico del Namuli. Creía también en la magia de amor, y trataba a los enfermos con la terapia de amor y medicina. El pueblo venera al médico y dice que tiene manos mágicas. Basta ser tocado por él para ser curado. Las mujeres se le acercaban llenas de deseo. Apretaban el cerco.

—Doctorcito lindo, ¿usted tiene esposa?

—No, soy soltero.

—¿Tiene novia?

—No, no tengo ninguna.

—¿Por qué, doctor?

Ellos asombraban al mundo. No se puede vivir sin una gota de agua. Aquellos dos vivían en el mar seco, en un desierto sin alma hembra que espantara las pesadillas de las noches. El pueblo busca explicaciones y teje fantasías sobre mordeduras de conejos, causadoras de impotencia sexual, condenando a hombres y mujeres a noches de eterna infancia. Hace condenaciones imaginarias de los padres de ambos por haber criado conejos en la pubertad de la muchachada, acabando por destruir el brillante futuro de las criaturas. El pueblo crea fantasías en las cuales no deposita fe ninguna, y por eso las mujeres no se rinden.

—¿Pero el señor doctor es de verdad hombre?

—Soy de la familia de los ángeles, no tengo sexo.

—Ah, nosotros podíamos conseguir una doncella para que usted pruebe. O yo misma, si me quisiera, claro está. Aquí el frío es inmenso, doctor.

—Los ángeles no sienten frío.

—Usted y su hermano son tan atractivos. Encantadores. Tienen brazos que alcanzan para envolver a una mujer hasta que se sienta dentro de una concha. Ah, si yo pudiera ser llevada en las olas de esos brazos. Doctorcito lindo, ¡el día que usted quiera!...

En la cacería del amor las mujeres saben que es necesario esperar las noches de frío intenso y sin hogueras encendidas. Es necesario esperar que la fe decante y el deseo resurja nítido, con la levedad del aceite en el vaso de agua. Es necesario esperar que el bicho hombre se revire y domine todo el raciocinio. En ese tiempo, el padrecito y el doctorcito se doblegarán, porque ningún hombre sale victorioso en la lucha contra las leyes de la creación. Cuando ese momento llegue, ellos buscarán el resguardo, la sombra para serenar su furia de lobos. Y los hijos nacerán, aunque ellos no los quieran. Afortunadas serán las mujeres que estén cerca en ese instante.

Aquellos dos hermanos están desnudos de sentimientos mundanos, de poses, de bellezas de mujeres y vanidades cotidianas, son gente sana, que inspira la moral de todos los habitantes. De ojos que flotan buscando algo que vuela, que alivia, que saca la mente de las nubes y fija los pies en el suelo. Tienen un aura de ausencia, de levedad, parece que les falta algo indescriptible para completar la existencia. Tal vez el lado femenino, que completa el masculino, no el cuerpo, sino el lado sagrado, trascendente, que hace a cualquiera sentir aquella alegría de vivir, hasta en el vestir, en el sonreír. Parecen frágiles como niños crecidos en la orfandad. Ellos se acercan a las mujeres, ofrecen sonrisas y flores. En el gesto de oferta parecen buscar una reliquia perdida en los ojos de esas mujeres. Ellos soñaban con las mujeres, sí, pero mujeres de otra naturaleza, otro pensamiento. Acaso una madre o una hermana. Tal vez un útero donde se pudieran proteger de los azotes de la vida.

Están siempre uno al lado del otro, uniéndose en una especie de resistencia contra el tiempo. Protegiéndose mutuamente para que la separación no se produzca. Siempre juntos, viendo la puesta del Sol al final de cada jornada. Conversando cosas de sus orígenes y de un mundo que solo a ellos pertenece. Ellos dicen que son de allí, pero nada saben de la geografía de la tierra ni de la historia ni de los linajes. Deben de ser hijos de familias acomodadas, familias antiguas, que emigraron. Algo se sabría si el cocinero del sacerdote no fuera mudo y el curandero no fuera tan prudente, que nada dejaba transpirar. Podían al menos espiar las sábanas para confirmar si ellos eran hombres o solo santos. Algunas personas se juntan de nuevo y corren hacia la casa del régulo en busca de una respuesta.

—Señora esposa de nuestro régulo, madre de todas las madres, que conoce la historia de este pueblo desde la creación del mundo, díganos algo sobre estos jóvenes. ¿De dónde vinieron ellos?

—¿Otra vez la misma pregunta? ¿No entendieron mi explicación? ¿Quieren saber de dónde vienen ellos? Y nosotros, ¿de dónde venimos? Está bien, les digo una vez más. Es aquí, en los montes Namuli, la cuna de la Zambézia entera. Ellos vinieron, sí, para recordarnos tiempos en que la tierra era nuestra y las montañas parían vida. Aunque muchos digan que nacimos en un edén distante y de una pareja extranjera, vinieron estos para recordarnos la muerte lenta de nuestros mitos. De los tiempos en que no había hambre, cuando el paraíso original vivía en el vientre de nuestro monte y era aquí la cuna de la humanidad y de todas las especies del planeta. Vinieron para hacernos renacer. Para reunirnos en comunión con el gran espíritu y reposar en el suelo sagrado de los montes, porque aquí todo comienza y todo termina. ¿Zambézia tiene fronteras? No, porque aquí es el centro del cosmos. Todo el planeta tierra se llama Zambézia. Los montes Namuli son el vientre del mundo, el ombligo del cielo.

Nota

9 Distrito situado al norte de la provincia de Zambézia en la región de Alta Zambézia, y donde se encuentra el monte Namuli. Linda al norte con las provincias de Nampula y Niassa; al este, con los distritos de Alto Molocué y de Ile; al sur, con el distrito de Namarroi, y al oeste, con el distrito de Milange. Es la zona más elevada de la Zambézia, y en ella se cultiva el té. Posee un importante parque de reserva forestal.

4

DELFINA ESTÁ ACUCLILLADA ANTE LAS AGUAS, EN LA confluencia entre el río Bons Sinais y el mar Índico. Tratando de descifrar los misterios de la noche en el agitarse de las olas. Había despertado con el canto del primer gallo y hacia allí se había dirigido para ver el sol naciendo e iluminar su mente. Trae la expresión concentrada y la mente llena de inquietudes. En sus sueños de los últimos tiempos un paisaje de montes se revela con todo su poder, y para los macuas, lómwès, chuabos,10 soñar con los montes Namuli es soñar con el destino. Es una llamada de llegada o de partida. Principio o fin. Porque los montes Namuli son magia. Poesía. Profecía. En el corazón de Delfina el suspiro de ansiedad. Llegó mi hora, del principio y del fin. ¿Será hoy? ¿Será ahora?

Permanece allí hasta mucho después de nacido el Sol, como un monumento en la plaza. Mendiga postrada en la esquina de una calle, esperando la sentencia del destino. Exhausta de tanto marchar por los caminos del desierto. Aprendió con cuántas espinas se hace un dolor. Conoce el tamaño del rostro por las lágrimas que caen de los ojos a la boca. Conoce la partitura de la música del llanto. La dimensión de un grito, por el número de veces que clamó por Maria das Dores vagando en los confines del universo. O en lo profundo de la tierra. Conoce el número de granos de sal en cada lágrima. ¿Sabores? Conoce solo el amargo vinagre y el alcohol. El viejo corazón de borracha sueña con alegrías sin fin el día en que Maria vuelva.

Hace años que espera el regreso de Maria en el lomo de las olas. Contando el tiempo que vivirá entre el limbo y la añoranza. Pero la cura de sus congojas reside más allá del horizonte, y para alcanzarla tendrá que vencer el tumulto de las olas mansas que brillan al sol como espejos. Piensa en partir hacia Gúruè, ciudad de los montes Namuli cubiertos de anturios. La carretera es buena. El viaje es largo, trescientos cincuenta kilómetros, para dialogar con los dioses de los montes, en directo, sobre el paradero de la hija perdida. Delira.

“Yo tenía una hija. O tengo, ya no sé. Era una muchacha, linda. Nació en 1953, pero parece que todavía ayer jugaba a ser mamá cuidando de los hermanos más pequeños como si fueran muñecas. Partió en 1974, como una nube, y se esfumó en el inmenso palmar, ya no la encuentro. La busqué palmo a palmo. Cotejé las multitudes, una a una.

”Ah, Maria das Dores, te busqué. En la cresta de las olas. En las colinas e islas celestes vagando en la atmósfera. En los granos de arena. No te encontré. Me fuiste arrebatada por el pico de una cigüeña, hacia lo alto de los montes, no te encuentro. Hoy, vísperas del nuevo siglo, todavía estoy aquí, clamando por ti.

”Quiero saber de ti. Hacia dónde partiste. Hace veinticinco años que sueño contigo y te veo en toda la gente que pasa. Te veo jugando. Creciendo. Con uniforme escolar. Me acuerdo de los días en que mirabas hacia la luna, mientras peinabas tus cabellos abundantes como ovillos de seda.

”Mis noches están cubiertas de montes últimamente. Siento

que estaré contigo pronto, en el más allá o en este mundo. Estoy cansada de oír mi historia, fosilizada en moldes de barro por las coplas del pueblo. Estoy cansada de la justicia popular que me acusa y me condena continuamente.

”Soy de las que hibernan de día, para cantar con los murciélagos la sinfonía de la noche, soy hechicera. Tuve todos los hombres del mundo. Dos maridos, muchos amantes, cuatro hijos, un prostíbulo y mucho dinero. José, tu padre negro, fue la institución conyugal con que me afirmé a los ojos de la sociedad. Soares, tu padrastro blanco, fue mi institución financiera. Simba, ese bello negro, fue mi institución sexual, mi otro yo de grandezas imaginarias, que me dejó para ser tu marido.

”Reiné. Aterroricé. El único tormento que sufrí en esta vida maldita fue el dolor de haberte perdido. Me vengué de todo. Robé el amor de los hombres, dejando frío en las camas de las otras mujeres. Destruí familias. Arrastré muchas vírgenes al abismo e hice fortuna en mi prostíbulo. Tomé todas las pociones mágicas contra la pobreza y aparté todas las arrugas de mi rostro. Bailé desnuda en las noches de luna e hipnoticé a los hombres de la tierra entera, cumpliendo mi supremo destino. Soy yo, tu madre, quien te colocó en las manos una herencia de espinas, y erigí una horca contra mi cuello.

”Por culpa de mi madre, que me hizo negra y me educó en aceptar la tiranía como destino de pobres y a mirar con desprecio a mi propia raza. Por culpa de Simba, mi amante y tu marido, que me alimentó de embrujos y fantasías destructivas. Por culpa de la naturaleza que me dio belleza sobre todas las mujeres. Por culpa de José, pobre y negro, que me alimentaba de harina y pescado seco, mientras yo, Delfina, quería bacalao y aceitunas. La culpa es de Soares, que me elevó a los cielos y me soltó en el aire. La culpa fue mía, por haber deseado ser lo que jamás podría ser. La culpa es del mundo, que me enseñó a odiar.

”Ah, Dios mío, trae de vuelta a mi Maria das Dores. ¡Dioses míos, mis espíritus protectores, llévenme al Namuli, mi monte, mi cuna, vientre de mi madre!”

Nota

10 Macuas y chuabos son grupos étnicos de Mozambique, distribuidos principalmente por los territorios de las provincias Cabo Delgado, Niassa y Zambézia. Los macuas son uno de los grupos más extendidos. Se ha afirmado que muchos macuas llegaron a Cuba como esclavos.

5

LA TARDE ERA PLACENTERA. HASTA LAS PERDICES REPOsaban las voces, después del almuerzo del mediodía. Los hombres y las boas en el natural gesto de pereza, rodando en las sombras para digerir el alimento del día.

El médico hace el mayor esfuerzo del mundo y da un paseo digestivo camino a la clínica donde los enfermos lo esperan. Ve a Maria das Dores sentada a la orilla de la carretera. En cuclillas. Ausente. Un sentimiento de envidia lo asuela. Un suspiro mudo se suelta: quién pudiera ser como ella. A la deriva y sin compromiso. Dormir y despertar sin nadie que la espere. Eternamente parada en el reloj del tiempo. ¿No será eso la felicidad?

—Buenas tardes, Maria.

—Buenos días.

—Ya no es buenos días. Pasa del mediodía.

—El día tiene veinticuatro horas, doctor. ¡Buenos días!

—Ah, sí, tienes toda la razón; pero, incluso así, buenas tardes, Maria.

Una respuesta mecánica. Natural y auténtica. Sin aquellas venias ni zalemas hipócritas con que el pueblo saluda a un doctor. El médico queda sorprendido. Se detiene un instante, porque las palabras de la loca se revisten de algún misterio. Provocan interrogaciones y exigen respuestas, y el médico no tiene tiempo para conversar. La invita a seguirlo.

—¿Qué haces tú ahí?

—¡Nada!

—¿No quieres venir conmigo?

—¿A dónde?

—Acompáñame en este paseo hasta a la clínica. No es lejos. Es allí, en aquella subida.

Maria no se hace de rogar. Se levanta y camina al lado del médico, en el recorrido del desconocido. En aquella pequeña ciudad todo es cerca. En pocos minutos alcanzan la clínica y se sientan uno frente al otro. Sin barreras ni formalidades. Las imágenes de la vida se fijan cuando no se espera. Solo suceden. Basta que los ojos registren en el objetivo imágenes olvidadas en el tiempo. Hablando de nada o de algo. Inconscientes de la importancia de aquel encuentro en las vidas de él y de ella.

—Dime tu nombre, Maria.

—¿Mi nombre?

Ella queda en silencio. La máscara de las sombras juega en aquellos ojos, porque la mente viajó hacia otras galaxias. Para que ella se reencuentre en un todo tendrá que subir a lo alto de los cielos, caminando muchos años-luz hasta allá, con muletas de bambú y escaleras de palo.

—Pero yo soy Maria.

—¿Solamente?

—Sí.

—Maria es nombre de mujer, nombre de madre.

¿Qué siente un hombre delante de un ser andrajoso, misterioso y totalmente loco? ¿Curiosidad? ¿Asco? ¿Piedad? El médico mira hacia Maria. ¿Qué mundo existirá dentro de ella? ¿Qué imágenes, que pesadillas, existirán dentro de ella? ¿Qué corrientes la llevaron hacia esta existencia sombría?

—¿Para qué quieres tú mi nombre?

—Para conocerte.

—¿Para qué?

—Para que seamos amigos. Para acercarme a ti y poder llamarte siempre que te encuentre. Para llevarte a casa de la mano, cuando la noche caiga. No es bueno que una mujer ande sola en la penumbra apartada de los caminos, y tú andas siempre sola.

¿No tienes miedo de los hombres malos, Maria? ¿No tienes miedo de las fieras? ¿Ni de los violadores de mujeres?

Maria oye la voz del muchacho saliendo de un lugar distante. Una mano que hace eco en el lugar más sagrado de su yo. Una voz que surge del sueño antiguo, rena-ciendo de un lugar distante.

—Dime entonces dónde habitas. Quiero saber dónde queda tu casa.

—¿Para qué?

—Para poder visitarte.

—¿Visitarme?

—Sí. Y llevarte un poco de leña para tu hoguera y apartar la neblina en las noches de frío. Para traerte una sopa caliente y una frazada. Para que no agarres artritis, ni sinusitis ni gripe.

El médico se esfuerza por reconocer los trazos de humanidad donde los otros la consideran perdida, como un muchachito pobre, en el montón de basura, tratando de rescatar los desperdicios, los restos de alimento para el propio bienestar. Porque él sabe que reconfortar al otro es reconfortarse. Es dormir con el corazón feliz, por haber ayudado a alguien a ser alguien.

Maria era una peregrina en busca de una voz distante.

—¿De dónde vienes, Maria?

—¿Yo?

—Sí. Tú.

Pregunta típica del primer encuentro. Porque las personas son como los árboles, tienen raíz. Las personas son en verdad árboles. Alegres y frescas como flores del campo. Unas son árboles en tierras áridas. Como ella. Otras, sedientas, sin hojas ni humedad, de ramas desnudas como manos que ruegan a los cielos.

—Vengo de lejos.

—¿Lejos?

—Sí. De un lugar sin nombre.

—¡Ah!

Él quiere decir algo, pero no lo logra. Porque es difícil que alguien hable de sí mismo. Quien habla de sí siempre miente. Colocando palabras dulces sobre momentos amargos. Colocando flores y velas en lugares oscuros, para esconder las espinas del recorrido.

—Háblame de tu historia.

—No tengo historia ninguna —responde Maria.

—Ah, mientes. Cada cual tiene su historia —insiste el médico—, cada día tiene su historia. Ah, Maria, tú tienes tu historia.

Las verdaderas historias están en las telenovelas. Están también en los libros, dice Maria, para despistar la curiosidad del médico.

Maria siente vértigos en la mente. Los médicos son gemelos de los sacerdotes. Curiosos. Quieren saber todo lo que los demás hacen. En el consultorio. En el confesionario. Unos usan palabras para las enfermedades del alma y otros usan medicinas para las enfermedades del cuerpo.

—Háblame un poco de tu infancia.

—¿De mi infancia?

Maria retrocede en el tiempo y celebra la infancia. Del vientre materno fue la primogénita. Ella era el orgullo, el delirio, en los brazos de la madre. Era la flor, la fiesta en el corazón del padre, que la levantaba hacia lo alto, en el saludo a la luna, gritando triunfante a pleno pulmón: ¡eres mi hija, mi reina, alma de mi madre!

—Háblame de tu nacimiento.

—¿¡Ah?!

De los orígenes guarda las más dulces memorias. Dice que no es una negra cualquiera. No nació en el matorral ni en el cañaveral. Ni al gusto de la casualidad ni por accidente. Ella fue deseada, esperada, su nacimiento celebrado. Vino al mundo en las manos de una partera blanca, en el hospital de los blancos. Fue criada con leche, miel, besos y mucho cariño. Creció en cuna de oro y en cesta de encajes. Engendrada por un negro, criada por un padre blanco. Un día el padre negro partió, el padre blanco llegó, y la vida cambió.

—¿Y la casa de tu niñez?

—Ah, mi casa.

Recuerda la casa del padre negro. De forma cónica, como un hongo de los cuentos de Alicia en el País de las Maravillas. Árboles frondosos y un verde muy verde. Mosquitos. Comida en abundancia. Risas y sueños. Felicidad pura. La casa del padre blanco, muy bella. En el barrio de los blancos. Con ventanas anchas y vidrio oscuro. Y jardín con muchas flores. Electricidad. Muebles más altos que las personas, que a la noche se confundían con los fantasmas. Comida buena, y mucha tristeza.

—¿Y tu madre?

—¡Ah, mi madre!

Maria cuenta que ella era sorda. No oía los llantos de los niños ni los reclamos del mundo. Pero oía el tintinear de las monedas cayendo en el suelo a kilómetros de distancia. Oía el entrechocar de las pulseras y de los pendientes de oro que tintineaban en los brazos, en las orejas y en los tobillos. Y oía la orden de la propia mente. Era ciega. Veía su imagen en el espejo. Y nada más. Era muy bella su madre.

—¿Y tu padre?

—Tuve dos padres. El padre negro era un hombre de valor. Arrebató a la madre de los brazos de un blanco, en una batalla mortal. El hombre blanco era un hombre de envergadura. Recuperó a mi madre de los brazos de mi padre negro. Mi padre negro era muy alto y muy bello. Mi padre blanco era muy dulce y muy tierno, bajo y redondo, como un barril de vino tinto.

—¿Dos padres y una madre?

—Sí.

—¿Cómo fue posible?

Una historia trascendente. Con redes de seducción y de traición. Maria cuenta esa historia. Sin muchos detalles, porque ella no los conoce. Todo sucedió hace mucho, mucho tiempo. Mucho antes de que el padre durmiera con la madre para que ella naciera. Érase una vez.

El negro y el blanco amaban locamente a la misma mujer. Pusieron en el desafío nombres como honra, virilidad, para enmascarar la codicia, y ambos la disputaban como un trofeo. Ella es mi muchacha, mi prieta, decía el blanco, eternamente mía. El negro replicaba yo soy Adán y ella mi costilla generadora de la vida, será mi esposa, eternamente mía. Marcaron el duelo para una noche de luna, sin padrinos ni testigos. Antes del combate ambos juraron victoria, usando las mismas palabras: por esa negra mataré o moriré. Por esa negra viviré, venceré. Fue así. Lucharon. El blanco con puños de rabia y el negro con puños de hierro. Hicieron piruetas en el dorso de la tierra, en la danza de la muerte. Desalojando las hierbas de su nido. Revolcándose en los charcos de lodo, reduciéndose a nada, cumpliendo antiguas profecías. Eres barro y lodo. Del polvo vienes, al polvo volverás. Los dos en el suelo ganando el color del polvo y del barro, en un acto de regreso a los orígenes. Tal vez para nacer otra vez. En la primera generación éramos del color de la tierra: todos negros. Con el tiempo, las razas se modificaron: por el clima, por la comida, por las formas de vida, la humanidad se diversificó. Por eso hoy estamos aquí, en una ensalada de razas.

El combate se prolongó hasta el canto de los gallos. En los puñetazos del blanco, la ceguera del amor. En los puñetazos del negro, los celos, la rabia contra la raza de los marineros, el odio por la colonización, por la esclavitud, por el látigo de los capataces. La luna se detuvo para asistir al milagro de la noche. Un negro zurrando a un blanco en un duelo de amor. Inédito. Increíble. ¡Bravo! El nombre José dos Montes será registrado en la memo-ria de Zambézia como un productor de la Historia.

Cuando la madrugada llegó el blanco estaba molido como un puré de zanahoria. Cansados de tanta lucha, se sentaron lado a lado. Por amar a la misma mujer los dos hombres se hermanan, abrazándose como solo la fraternidad sabe abrazar. Susurrando uno al otro pala-bras cansadas. El blanco, aplastado de dolores, suspiraba: ¿puede un hombre conquistar el amor por la fuerza de los puños? Ah, Dios mío, ¿por qué me trajiste al Edén? ¿Por qué me pusiste delante de los ojos la fruta más apetitosa de la existencia, si ni la puedo agarrar?

Desde lo alto, la Estrella del Alba viene e ilumina sus mentes. Se miran. Reconocieron en ellos a dos miserables, cazadores de mariposas. Arriesgándose a matar y a morir por algo que ni se palpa. Se dieron las manos y sellaron un pacto, prometiendo guardar secreto sobre aquella lucha. No vale la pena tanta guerra. En las cosas del amor, todas las razas son iguales. Corazón negro, corazón blanco, la misma locura, la misma fantasía, y en las venas la misma sangre roja. ¿Por qué luchamos? ¿Por qué nos maltratamos tanto así?, se rendía el blanco. Quédate con ella, si quieres, pero no me mates. Dejemos que sea ella la que decida con quién se queda. Ella me escogerá a mí, argumentó el negro. Conozco aquella mariposa, mozo, dijo el blanco a manera de profecía. Es un insecto volador. Sangre de piraña. Puede escogerte hoy. ¿Por cuánto tiempo?

Las previsiones del blanco se concretizarían más tarde. Los dos se sucedieron alternadamente en el corazón y en el cuerpo de ella. Al blanco amante sucedió el negro como primer marido. A quien sucedió el blanco como segundo marido. Y de nuevo el negro como amigo, amante, marido, o cualquier cosa indefinida. Los dos amándola hasta el infinito. Por ella sufriendo hasta el abismo. De tan amada, ella terminó abandonada, cumpliendo el dicho popular: ¡quien de sentimientos mata, de sentimientos muere!

Al final de la lucha se apoyaron el uno en el otro y se levantaron como buenos enemigos, y caminaron a la pata coja, como gemelos siameses ligados por el amor.

Ambos sabían que la mujer de verdad es la que camina con las piernas cerradas. Guarda el amor en el cofre del pecho. Toma la mano de su hombre y lo apoya en la construcción del mundo. Sabían, lo sabían todo. Sabían también que eran víctimas de los poderes mágicos de una sirena negra. Y vivieron todo su camino como héroes en la danza del negro y del blanco.

—¡Qué historia, Maria!

—Fue así como todo sucedió, doctor. Fue así mismo.

—¡Interesante!

El médico esperaba oír una historia de amor que comienza con flores del jardín y acaba con espinas y tormentos, porque es en la pasión donde reside la locura de la mayoría de las mujeres. Esperaba oír historias de príncipes y princesas, de castillos y sueños. Pero se equivocó redondamente. Maria habla de las historias de otros, pero no de la suya. Comienza a interesarse por aquel relato. En la familia de la loca reside la raíz del problema.

—¿Cómo llegaste a este punto?

—¡Ah, doctorcito bondadoso!

La loca retrocede en el tiempo. Recuerda aquel atardecer de fin y de principio. De los brazos del hombre de su madre, que sería, a fin de cuentas, el hombre de su vida. De sus ojos nacen lágrimas que corren como dos caudales abundantes hasta las puertas de la eternidad. Era la gestación del Licungo y del Malema,11 ríos gemelos de caminos opuestos, hijos de los montes Namuli. Que encierran mitos sagrados de lo femenino y de lo masculino, muy anteriores a la creación humana.

Ante las lágrimas, el médico se enternece. Y dibuja un mapa de probables diagnósticos. Esta mujer debe de ser de Quelimane,12 donde las sirenas se baten por la posesión de un hombre blanco para recoger el semen, engendrar un hijo y llenar el mundo con el colorido de la nueva raza.

—¿Qué vientos malos te arrastraron hacia este camino? — insiste el médico con redoblado interés.

—Ah, cosas de la vida.

—¿Qué es la vida?

—¿De verdad quiere saber?

—¡Claro!

—La vida es amar y sufrir. Recorrer como la gallinita ciega los laberintos del mundo. Andar y desandar carreteras, calles, caminos. Es ver rostros humanos, rostros vivos, muertos, inanimados y abortados.

El médico aprende los contrastes del mundo. La mujer que a la distancia parecía loca de remate de cerca se reconoce respetable

y humana. Con palabras coherentes e ideas claras. Contrastando

con los individuos que a lo lejos parecen lúcidos y de cerca se revelan locos y tiranos.

—Antes incluso de entender las cosas de este mundo —dice la

loca—, las luces se apagaron en mi camino.

—¿Por qué?

—Las luces del escenario no iluminan el día entero. Cayó la luz, cayó el telón. Caí yo.

—¿Y qué buscas en los caminos, Maria?

—Todo lo que nunca tuve. Todo lo que gané y perdí.

—Yo también, Maria. Yo también. En ese punto todos nosotros somos iguales, ¿no lo somos?

El médico se siente delante de una eremita y no de una loca.

Somos todos peregrinos en la eterna búsqueda. Siguiendo los senderos del azar hasta el ocaso de nuestras vidas. Al final de un

camino, el inicio de otro. Cuerpo y alma emparejándose, divorciándose, reconciliándose, imitando el amor del sol y de la luna.

—Sabía que yo iba vivir así.

—¿Quién?

—Mi madre.

Advirtió que el rostro de Maria cambiaba de expresión. Le sube a la mente una ola de turbulencia que le altera todo. Los

gestos en movimiento ascendente. Los ojos de quien busca algo en lo profundo de la memoria. Vio la mente transmigrando hacia

otro espacio, otro tiempo. La loca entra en trance. Matoa. Madjini. Mandiqui.13 O simplemente epilepsia. Suelta una voz chillada, como del lobo de las cavernas, y grita:

—Fue aquí.

—¿Qué cosa?

—Fue de esta sala de donde yo partí.

—¿Hacia dónde?

La loca había vencido la barrera del tiempo. Estaba en las márgenes de un pasado lejano, cumpliendo los dictados de soles muertos. El médico entra en pánico. Metempsicosis es terreno de curandero. La loca identificaba aquel lugar, y allí buscaba algo que tuvo y perdió. Tal vez haya sido de allí de donde partió hacia los caminos de la luna.

—¿Dónde están ellos?

—¿Quiénes?

—Mis niñitos.

—Aquí estamos solo dos. Nadie más.

Maria abandona la silla y recorre el corredor del hospital. El médico la persigue. Recorren los cuartos. Los cuneros. Los consultorios. De repente la loca se detiene y reclama:

—¿Dónde está el doctor?

—Soy yo.

—No, no lo eres, vamos, dime la verdad, muchachito negro. No está bien mentir. Robar es peor todavía. Yo también jugué de doctora y de enfermera y hasta de cocinera. Las personas juegan así cuando son pequeñas. Estás crecidito, no puedes mentir, dime,

¿dónde está el doctor?

—¿Cuál doctor?

—El blanco. El viejo. El calvo. El portugués. Se decía también que era sacerdote.

—¡Ah!

Hay un momento de lucidez en la mente de Maria. Recuerda. Había soldados en ese tiempo. Estaba en el corazón de una guerra. Negros y blancos en el mismo ejército, acosados por soldados invisibles, que aparecían de noche y solo atacaban de sorpresa. Libertadores o terroristas. Guerrilleros o guerreros. Se acuerda de ser transportada por soldados blancos hacia aquel hospital donde médicos y enfermeros eran blancos.

—¿De dónde sacaste esa bata blanca, muchacho negro? Sal ya de ahí, tu lugar no es ese. Tu lugar es a la entrada, en el corredor, trasportando camillas, limpiando el suelo y cambiando las sábanas malolientes de los enfermos. Tu lugar es en la lavandería, en la cocina. Ahora dime: ¿dónde está aquel médico blanco?

¿Y la monja blanca?

El joven médico recuerda. En el pasado, los empleos obedecían a las jerarquías raciales. La memoria de la mujer encalló como un navío en la arena del tiempo. No sabe que la guerra terminó, los blancos partieron y se cambió la bandera. No sabe que todavía hubo una nueva guerra y una nueva paz debajo de la nueva bandera.

—El doctor blanco partió y no vuelve más, Maria.

—¿Hacia dónde?

—Hacia su tierra.

—¿Dónde?

—En ultramar.

—¿Ultra qué?

—Ultramar. Del otro lado del mar, allá en el norte del ecuador. Somos ahora independientes. Nuestra tierra ya está en el mapa del mundo.

Los blancos estaban aquí, al lado de los negros. Amándose y odiándose como marido y mujer dentro de una casa. Pero la desavenencia y el divorcio sucumbieron al milagro del tiempo: el odio de ayer se transforma en un nuevo amor y la añoranza en el surgimiento de una nueva unión. ¿Dónde está mi blanco? ¿Dónde está mi negra? Él estuvo aquí. Ella estuvo aquí. Antes de aquel tiempo. Después de aquel tiempo. ¿Dónde está?

—Voy ahora mismo hasta allá. A pie.

—¡Es lejos! Para llegar allá tendrás que vencer el mar.

—Dónde hay un deseo, hay un camino. Llegaré. Mi vida será esa a partir de hoy. El descubrimiento del camino para allá llegar.

—¿Descubrimiento? ¿Por qué?

—Ellos se llevaron todo mi tesoro.

—¿Tesoro?

—Sí. Mis tres niñitos. Y los sustituyeron por otros que no lloran ni maman. ¿Cuánto tiempo hace que ellos se fueron?

—Hace treinta y un años. Yo soy el médico y tengo la edad de

la nueva nación.

—¿Treinta y un años? ¿Solo? ¿Le parece que fue mucho tiempo? El médico trata de mirar hacia el tiempo, su tiempo. Distante y nublado. Noche densa, compacta, sin puntitos en el cielo. El doctorcito todavía no sabe cómo se miden las distancias del tiempo. Ni de la vida. Conoce apenas el largo recorrido de la infancia de los orfanatos. La sopa de calabaza de los colegios. El frijol insípido siempre surtido de larvas y de gorgojos. La papa uniformada de las residencias universitarias, que se cuece y se sirve siempre vestida, para preservar el pudor y la virginidad de los nutrientes. Los discos voladores de las rebanadas de pan, sirviendo de guijarros para las hondas, y que hicieron memorables cacerías de pájaros. De la distancia recuerda el café maquillado con leche ácida. El aceite amargo, vistiendo las zanahorias con paladar de jabón. Del tiempo recuerda las lechugas vanidosas, con aretes de aceituna, pulseras de tomate y anillos de cebolla. Nada más que eso. Ni tierra natal, ni difunto, ni antepasado. Ni padre ni madre. En una vida hecha de libros y misas. Estudiando todas las líneas y párrafos para no desaprobar y mantener el lugar en el colegio. Para tener siempre dónde comer un plato de sopa. Tener una cama y una frazada. Y tener amigos. Y la protección de la monja, su madrina. Del pasado ellos tienen apenas una memoria.

Fueron traídos al mundo en el pico de una cigüeña.

—Ah, niñito bueno, niñito dulce. Eres el más inteligente de todos los que conocí. Niñito bonito, vaya, júrame por tus antepasados, tus santos: ¿no mataste al blanco?

—¿Yo? Algunos fueron muertos por la Historia. Por mí no, lo juro.

—¡Lindo niñito! No se puede matar a un hombre, aunque sea un blanco. ¡Nunca!

—No, no maté. Ni mataré. Cuando partieron yo todavía era un muchachito. Lo juro.

—¿No volverán?

—No, nunca más.

—Evita la palabra nunca, niñito. El sol que va después vuelve. La noche también. Hasta los muertos renacen en nuevas encarnaciones. La palabra nunca cierra las puertas del cielo, niñito, evítala.

—¿Por qué?

Maria explica. El asesino encarna el espíritu de su víctima. El negro que mató al blanco partirá de rodillas hacia la tierra del blanco. Para pagar la deuda de sangre en el árbol de los antepasados del muerto. Los blancos que mataron volverán. Para arrodillarse y pedir el perdón de nuestros antepasados. Y serán recibidos en nuestras chozas como hermanos. La sangre derramada hermana, hace un nudo, y ni la muerte lo puede separar.

—¿Tienes la seguridad, Maria?

—¡Absoluta! Así fue siempre, desde el principio del mundo. La loca persigue voces de fantasmas perdidas en el silencio

del tiempo. Grita. De miedo. De rabia contra el tiempo que se fue y no vuelve más. Lanza toda su desesperación en los corredores del hospital y el médico corrobora: Fue de aquella clínica de donde ella partió hacia el infinito. La loca se levanta. Corre. El médico corre detrás de ella, sin saber que corría atrás del propio destino. Logra agarrar a la loca que huye, sin saber que agarra en las manos el propio destino. Se ocupa de ella hasta que se serena completamente.

El médico comprende. La loca es una mujer de bien, que trata de enfrentar el mundo con manos de mujer. Caída en la miseria, pero enfrentando el fardo con valor. Sola. En la luna. Recorrer los caminos sin ton ni son no significa locura. Es una mujer hasta culta, que vive exiliada del mundo. Transmigrando hacia otros caminos, hacia otras estrellas. En nombre de la felicidad la mataron. Quebraron por dentro la balanza del tiempo, de la mente. Las agujas ya no señalan el Norte. Por eso camina lentamente, a la deriva, para alcanzar las puertas del paraíso. Sube las escaleras del templo y encuentra ruinas y desolación. Hundiéndose en los escombros de las ruinas antiguas.

Se genera un instante mágico entre la loca y el médico. El

mundo suelta misterios y los deja suspensos en la gravedad. Maria ve y oye: la voz del doctorcito es tan dulce que despierta los sentimientos adormecidos en la mente. Sus ojos, farolitos de encanto. Su sonrisa, luna llena, límpida, fresca, romántica, carita de bebé. Ay, si pudiera sostenerlo en mis abrazos, amamantarlo, como mi niñito. Ve en él una máscara de tristeza, el enigma. Soledad de un hijo sin madre. En los ojos del médico, la imagen de una mujer tierra, donde asientan todos los árboles y todas las raíces. Árboles con flores, sin flores, arbustos, hierbas, frutos. Sueña. Cuerpo de mujer. Sobre ti. Sol y sonrisa. Río y sangre. Amargura. Flores en arco iris. El principio, el fin, el universo entero.

Una vez más el médico asiste al sufrimiento humano ante el silencio del mundo. Aquella pobre mujer, fustigada por todos como una coruja, no pasaba de un pajarito perdido en el camino. ¡La pobre! Cuida de Maria como cuidaría de la propia madre, si la tuviera. Voy a darle una camiseta y una capulana14 a esta loca. Todos somos árboles con raíz al desnudo. Víctimas de la tempestad que se llama vida.


Día de Pascua. Madres e hijos están engalanados en torno del santo bautismo. La iglesia huele a leche, huele a pañales. Huele a resina y a incienso. Huele a perfume barato. La loca del río observa por la puerta. Aguza los oídos hacia las palabras que la penetran como gotas de lluvia, como si aquel sacerdote entrara en su íntimo y olfateara el dolor que la corroe.

Aquella misa era un poema de alabanza a la madre. Y el padre Benedito predicaba y cautivaba.

—Me gustan mucho los bautizos —dice el sacer-dote—. Cuando veo niños en el regazo de las madres, muero de envidia. Cuando veo un niño desobediente, me pongo triste: yo no tuve a quien obedecer. Cuando veo un hijo maltratando a la madre, sufro infinitamente: no tuve madre que me cuidara. Aprendí, por la carencia, la importancia de una madre. Me gustaría tener una madre, para alegrar mi existencia y llenar este vacío, esta ausencia. Que me transmitiera la sabiduría de las cosas terrenas y de las cosas pequeñas. Que me ofreciera una sonrisa, una flor y mucha ternura.

La loca escucha a aquel sacerdote y se asusta: ¿quién habrá sido la madre que engendró este hijo y lo perdió? ¿Cómo puede una madre separarse de un hijo tan maravilloso? Recuerda con añoranza las pequeñas nadas. Colocar el bebé en el pecho. Sonreírle. Cambiarle los pañales. Acariciarlo. Acostarlo suavemente en la cuna y verlo quedarse dormido. Hablar de él con orgullo a los amigos, parientes, a toda la gente que pasa. Él es llorón. Simpático. Comilón. Dormilón. El llanto de ayer era de angustia, pero el de hoy es una cancioncilla, un capricho, para fortalecer los pulmones. La loca quería gritar, yo también soy madre con las manos vacías. Mis hijos fueron llevados por el viento, por la tierra o por el mundo y la añoranza es mi única locura.

Ahora el sacerdote habla de amor y de cosas celestes.

La loca escucha y reacciona. No, padre, no me hable de amor, que el odio llenó todo mi recorrido. Hábleme mejor de las noches negras y sin luna. Hábleme de madres como la mía, que transforman el cuerpo de las hijas en granero y dinero.

El sacerdote vuelve a hablar de la madre. Dice que cada madre conoce el nombre de las estrellas, porque ella es también una estrella. Ella es sueño, invocación, poesía. Mira hacia la loca del río que observa por la ventana. Se emociona. Esta pobre mujer quizás haya sido madre. Tal vez haya perdido todos los hijos en los caminos de la vida.

Maria se estremece, grita. Tal vez la inspire la vergüenza de no haber logrado sostener los hijos en los brazos, como las madres delante del altar. Siente el alivio de un abrazo cayéndole en los hombros. Era el médico que la sostenía para librarla de aquella agonía. Cuando la misa terminó, la loca se sintió rodeada de atenciones de los fieles. El padre Benedito le dedica una oración breve y la invita a las misas, alentando a los creyentes a convivir con ella, porque es tan humana como los demás. Locos son parientes, decía él, pueden ser hijos, nietos, padres, hermanos, cualquiera puede enloquecer. Dice que todo ser humano es loco, y la tierra un planeta de locura. Dice también que la loca no perdió el juicio, que nada perdió. Solo partió lejos, dejando este mundo de vanidad, de maldad, para habitar paraísos distantes. Por eso ella vive en aquel mundo de pureza, en lo alto, en el trono de la libertad.

Notas al pie

11 Distrito de la provincia de Nampula y nombre de un río.

12 Capital de la provincia de Zambézia, situada en la costa del Índico, junto al río Bons Sinais (así nombrado por Vasco da Gama). Importante puerto de cabotaje y de la industria pesquera.

13 Nombres de espíritus malignos. Si bien la epilepsia se puede tratar con médicos, según la creencia popular, tratar con medicina no tradicional el mal provocado por estos espíritus ocasiona la muerte.

14 Tela de algodón con que las mujeres se cubren el cuerpo. Puede ponerse, incluso, por encima de otras ropas. Suele ser una prenda elegante. También es usada por hombres en actos solemnes o de cierta formalidad; por ejemplo, el hechicero viste una capulana a modo de manto cuando oficia.

6

JOSÉ DOS MONTES NO CONTARÍA ESTA HISTORIA SI ESTUviera aquí. No, no la contaría. Ningún hombre cuenta con placer la historia de la propia derrota. Cuando se es prisionero, una muralla aprieta la garganta y las cuerdas vocales se callan. Las amarguras forman nubes negras, que terminan en lluvia de lágrimas.

La historia de José comienza así. Que no es la mejor manera de comenzar. Porque comienza en otro lugar.

Había una vez unos navegantes que se hicieron a la mar. Iban camino a la India, en busca de pimienta y piripiri,15 para mejorar el paladar de sus comidas de bacalao y sardina. Cuando pasaban por el océano Índico, comenzaron a sentir ganas. De reposar. O de orinar. De pisar tierra firme y mirar hacia el mar. Tal vez. O fueron atraídos por el maravilloso canto de las sirenas. Atracaron.

Descubrieron que la tierra era inmensa, con hipopótamos, cocodrilos, elefantes y muchos negros. La tierra tenía once sirenas. O’hipiti, que llamaron isla de Mozambique. Nampula. Inhambane. Cabo Delgado.Zambézia. Maputo. Niasa. Tete. Gaza. Sofala. Manica.16 De todas las sirenas, Zambézia era la más bella. Los marineros la invadieron y la amaron furiosamente, como solo se invade a la mujer amada. La Zambézia bella, encantada, gritaba en orgasmo pleno: ven, marinero, ámame, yo te daré un hijo. Yo y tú, siempre juntos, creando una nueva raza. Por todas partes dejaremos marcas de nuestro amor. ¡Dejaremos un mulato en cada grano de arena, para celebrar tu paso por este mundo!

En el comienzo de todo, los pueblos de la tierra creían en Zuze, el dios del mar. Consideraban que en lo hondo del mar residían todas las maravillas de la tierra prometida. Creían que el mar era la residencia de todos los espíritus buenos. Fue por eso que miraron a los navegantes como fieles mensajeros del Gran Espíritu, porque tenían el color claro de algunos peces de aguas profundas.

Entonces los reyes vistieron sus mejores galas para recibir debidamente a los mensajeros de los dioses. Con toques de tambor, bailes y todo. Pusieron a las doncellas más lindas a contonearse en la danza del tufo y del nhambarro.17 Por otro lado, los súbditos del reino desfi-laban con gallinas, cocos, bananas, papayas, oro y marfil para ofrecer a los visitantes de lo hondo del mar. Quédense aquí, marineros, y fecunden a estas doncellas, rogaban los reyes, suelten algunas de sus semillas en estas tierras para la eterna celebración de su paso por estos trópicos.

Llevaron a los visitantes a los corrales, con venias y zalamerías, implorando: ¡escoja un novillo, marinero, escoge una cabra manchada, un carnero blanco, para que sean sacrificados en tu honor! Prepararon pociones mágicas a base de coco y dieron a los marineros. Cualquier visitante que beba de esa poción olvida el camino de regreso. Hicieron todo para que los visitantes no salieran de allí. Pero los obstinados marineros partieron sin despedida. Brujería de negro no hace efecto en el blanco, comentaron amargamente. ¡Qué equivocados estaban! Poco después los marineros regresaron, desbordados por una pasión dorada. Con cañones, fusiles, látigo y mucho vino, para hacer la limpieza de la tierra y sofocar los inconvenientes. Habían encontrado la tierra prometida.

Los navegantes corrieron de aldea en aldea, derramando sangre, profanando tumbas, pervirtiendo la historia, haciendo lo impensable. La Zambézia abrió su cuerpo de mujer y se embarazó de espinas y hiel. En nombre de ese amor se conocieron momentos de eterno tormento y las lágrimas se volvieron un río inagotable en el rostro de las mujeres. Los dolores de parto se volvieron eternos, los hijos nacían solo para morir, eran carne de cañón. El pueblo intentó, inútilmente, transformar los corazones en piedra para escapar al dolor, a la muerte, a la opresión.

Había lógica en todo aquello. El hombre apasionado lo arrasa todo para poseer a la mujer amada. Es la vida. Primero el placer del amor, en la gestación del dolor. Con náuseas y vómitos para condimentar la gravidez. El cuerpo transformado, rasgado, herido. La sangre fluyendo, en el parto de la nueva nación.

Fue así como comenzó la historia de José muchos siglos antes de su nacimiento. Es por eso que está allí, sentado en las dunas, hablando con los barcos, con el mar y con las olas. Recordando cosas de su infancia. Preguntando. ¿El tirachinas escondido detrás del granero todavía existe? Mi gatito negro, regalo de la abuela, ¿existirá? ¿Y el gallo bravo que servía al gallinero de la casa y al de la vecindad? ¿Y mi madre? ¿Estará viva mi madre? Nadie le responde. Bosteza y suspira. Ah, que añoranzas de mi monte, mi cuna, de los brazos de mi madre.

Sueña.

Con construir una casita en lo alto del monte y casarse con una dama cocinera de buenos manjares, adobados con coco, clavo y canela. Con pimienta y piripiri traídos por los marineros. Una dama bien rellena de cuerpo, a quien colocará abalorios coloridos en la cintura y en los tobillos. Que se bañe en el río y tenga sabor a algas y a la flora de los ríos. Se imagina en el umbral de la puerta, viendo la luna llegar, romántica, redonda. Encender una hoguera e iluminar la casa. Comer con afrodisíaco. Prepararse para el amor. Verla acostándose desnuda, en la estera de juncos, muy cerquita de la hoguera suave, e iniciar la danza de la serpiente, con primores ensayados en la escuela de sexo. Después acostarse al lado de ella, penetrar despacio en la casa de todos los misterios, apagar la hoguera del deseo con la lluvia de su carne. Y sembrarse. Sueña en tener un hijo mujer. Porque las mujeres nacen con una mina de oro dentro de ellas y cazan el sustento en el sudor de los hombres. No desea un hijo hombre, que nace esclavo, que es deportado, que caza el sustento en los peligros de las selvas, se vuelve ladrón y engruesa la población de las prisiones. El hombre nació para sufrir y muere lejos, por eso no lo desea.

Un escozor recorre la palma de la mano, y José masajea con la punta de una uña. El masaje llega al corazón despertando dulzuras en la mente —señal de suerte. Sonríe. Los nervios humanos tienen el poder mágico de detectar las mareas de la bonanza y de la tormenta. Es una señal, piensa él, de buena suerte, según dicen. Hoy tendré noticias. El sol no caerá antes de que yo reciba mi buena sorpresa. ¿Pero qué buenas noticias pueden suceder en la vida de un condenado?

Tal vez sea el mensaje del futuro flotando en el aire, llegándole a las neuronas como olas maravillosas. Se enciende en la mente el sueño de libertad.


José quiere quedarse allí sentado hasta que caiga la noche. Para ver la luna llegar, desde las aguas del mar. Quiere contar con cuántas estrellas se hace el manto de la noche. Quiere elegir la estrella que lo llevará a los caminos de la libertad. Ama el agitarse de las olas en la oscuridad. Ama ver las gaviotas dibujando carreteras geométricas, saludando a la noche que viene. Una voz de sirena se oye desde las aguas profundas. Aguza el oído. Era el murmullo suave de una ola suicidándose en el casco anclado de un barco muerto.

—Hola, condenado.

Vuelve la cabeza lentamente en dirección a la voz y no ve a nadie. Se frota los ojos y los lanza nuevamente al graznar intenso de las gaviotas.

—¡Hey, condenado!

Una mujer surge de la nada como una diosa. Trae en los ojos una flecha de tormenta para fulminar el corazón de los hombres.

¡Dios mío, qué linda es! Toda ella tejida de dulzura. Seguramente fue traída por Cupido. Debe de ser la Santa Valentina de los Desesperados. Dios mío, ¡qué bella es, cómo brilla!

—¿Por qué no me respondes, condenado?

José miró. Mostró desdén. Aquel tipo de mujer no era de confiar. Son las eternas cazadoras de pan en el sudor de los hombres. El sudor de los blancos y de los negros asimilados tiene sabor a dinero, pero el sudor del condenado es mal olor. Catinga de negro.

—¡Condenado!

En aquella voz, tentación y súplica, como un pájaro sediento que llora por una gota de agua. José se tapa los oídos.

— ¡Habla conmigo, condenado!

Al principio, la voz de ella era suave. Después se irritó, y finalmente se volvió agresiva. Esta vez José se vio obligado a responder.

—¿Qué quieres de mí, si nunca te vi?

—¡Ah, condenado! Entonces veme.

—¿Qué quieres que vea en ti, si no te conozco?

—Entonces conóceme.

—¿Para qué?

—Para que seamos amigos. Para que conversemos de vez en cuando. Andas siempre solo, condenado. ¿No te hace falta mujer?

—Vete, mariposa, ve y posa ese cuerpo inmundo en los brazos de los marineros.

José comprendió. Por los gestos. Por la mirada. Por las curvas del cuerpo, balanceándose como hojas de palmeras. Era una invitación para el amor de un instante, que arde como un penacho y enseguida se disuelve en ceniza y polvo. Un tumulto, una zambullida y después nada. Aquel tipo de mujer tenía amor para vender y no para dar. Él no tenía dinero para pagar.

—Tienes los pies llenos de fango, condenado.

José se mira. Los pies y las manos tienen el color de la tierra.

—¿Y qué? ¿qué tienes tú que ver con eso?

—Ven conmigo, que te daré un baño.

Entonces oye la voz de la soledad y de la desesperación. Y descubre que tiene cuerpo y no está muerto. A fin de cuentas la mujer es esto. Manta de fuego en la noche de frío. Sal de la vida. Gota de agua en el infierno del mundo. Astilla de fuego en el corazón desierto.

—No. No me gustan las mujeres como tú.

—¡Ah, condenado!

—No me gustan las mujeres de tu especie.

—¿No te gusto? ¡Pobre negro! ¡Castrado! ¡Esclavo! ¡Bruto! José la mira con mucha rabia. Y siente en el cuerpo el incubar

de una tormenta que lo hará estallar en todas las direcciones como las aguas furiosas del río y derribar todas las compuertas.

—¿Por qué me provocas?

—Porque eres cobarde. Castrado. Tienes miedo de enfrentar a una mujer. No eres hombre, condenado.

La muchacha había lanzado un trapo rojo a los ojos del toro bravo. José suelta fuego por las narices. Y entra en el ruedo. Miró hacia todas partes y no vio señales de gente, la noche caía. La agarró furiosamente y se clavó en ella como una lanza de guerra, transfiriendo toda la electricidad hacia aquel cuerpo. Gemía. En pleno orgasmo, José suspira la palabra madre, único ser que lo liga al mundo. El padre desapareció, como él, por los caminos del mundo.

No, no era amor lo que él hacía. Era guerra. Atizando sobre ella una lanza de fuego, como un violador de la floresta desierta. Y ella descubre en aquel instante que encontró el hombre que le apagaría el fuego de la ansiedad. Que le haría olvidar la existencia de otros hombres en la superficie de la tierra. Descubrió también que el hombre ideal es un tesoro inalcanzable. Descubrir uno es suerte de pocos y ella logró esa suerte.

José emergió de las aguas como un náufrago. Un toque mágico lo trasportó hacia la vida nueva. Porque el amor es exactamente esto. Secreto como la raíz de una brisa. Germinando en cualquier lugar, floreciendo en cualquier matorral y muriendo en cualquier espacio. Porque es gemelo de la luna que se esconde en las nubes y juega con los corazones románticos el juego de la gallinita ciega, va y viene al gusto de las mareas, tatuando en los corazones las marcas de su paso. Cuando el instante de amor sucede, toda la vida se renueva.

—¿De dónde vienes, condenado?

—¿Yo?

En la mente de José recordaciones del paisaje de la infancia, con el canto de las perdices saludando el amanecer. Añoranzas del toque de las marimbas a la luz de la luna, imitando el canto de las alondras. ¡Ah, mi tierra, mi monte, brazos de mi madre!

—¿De dónde vine?

—Sí, ¿de dónde vienes?

Su recorrido es igual al de todos los condenados. Fue cazado y encadenado como un criminal, sin saber el mal que había hecho. Viviendo en el campamento de los condenados, esos andrajos humanos habitados por la soledad, que olvidan la idea de regreso cuando la noche cae, enroscados alrededor de una hoguera en bohemias de desesperación, sin neones ni mujeres baratas. Solo fuego y alcohol. Y olor a tabaco virgen. Y marihuana. Y beben sura,18 mucha sura, para enseguida enroscarse en danzas embriagadas, rugiendo como locos desorbitados, abatiendo los pies sobre la tierra que levanta densas nubes de polvo, rogando plegarias a dioses imaginarios, liberando sudores que les curan la eterna tristeza. Todos ellos fueron arrastrados por la misma corriente hacia estas tierras. Para reventar peñascos y plantar cocos como zombis de la historia.

—Estás silencioso, ¿en qué piensas tú?

—¿Yo?

Nada tiene de presente. Ni de futuro. Solo un pasado de tristeza enredado en la memoria. No sabe en qué año nació. No sabrá. Ni si existe o si alguna vez existió. Es un grano de arena bailando al viento. Arrastrado a pie en la marcha más larga de su vida, caminando descalzo, durante años. Gúruè, Mocuba, Lugela, Ile, Macuse, Milange, Quelimane,19 lugares y gentes desconocidas. Descubrió que la tierra era un lugar inmenso, mucho mayor que la mirada de los mortales. Que el horizonte se renueva a medida que se alcanza. Que el punto de llegada es siempre un punto de partida. Que el dolor vuelve al hombre más duro, que la añoranza no mata, solo hiere.

—¿Cuántos años tienes?

—¿Eh? ¿Cuántos años?

¿Cuántos? ¿Cuántos pasos marcan los pies descalzos en toda la existencia? ¿Cuántos sueños caben en la cabeza de un hombre vivo? ¿Cuántas lágrimas existen en los ojos de una mujer? ¿Cuántas injurias puede un corazón sufrir? ¿Cuántas gotas de sangre caben en el cuerpo humano? ¿Cuántos años él tiene? ¿Cuántos años tuvo de libertad y cuántos fue prisionero? No sabe y ni quiere saber. Son tantos. Cuando salió de la tierra natal era impúber, pero hoy tiene las muelas del juicio y mucha barba. Ya comió mucha harina podrida y recibió muchas buenas zurras.

—¿Cómo te llamas?

—¿Yo?

Ah, qué largos son los caminos del mar. Cuán árida es la travesía del desierto. Cuán distante es el más allá de nuestros antepasados. Cuán bella es la tierra que nos vio nacer. Cuán confortable es el útero de una madre.

—¿Cuánto tiempo hace que estás aquí?

—¿Yo? ¿Cuánto tiempo?

Él no responde, porque ella lo sabía todo, ella sabía. Ella es chuabo y nació en medio de un palmar. El grito de su nacimiento se fundió con el grito de muerte de los condenados, azotados en los troncos hasta perecer. Nació en medio del sufrimiento y por eso sabe de todo, sabe que un condenado no tiene nombre ni patria. Los marineros civilizaban al pueblo arrancándole los ojos de la cara. Cristianizaban fornicando a las mujeres en los montes. Construyeron el nuevo mundo con espadas, cañones y látigo. Pacificaron la tierra arrancando la lengua de la boca. El jefe de los marineros gritaba a los cuatro vientos: ese es ladrón, préndanlo. Ese es fuerte, encadénenlo, véndanlo. Ese es obstinado, mátenlo. Esos son venenosos, son lúcidos, piensan, conspiran, alcoholícenlos. Son todos vanidosos, perezosos, vagos, mentirosos, esclavícenlos.

—¿Cuándo volveré a verte, condenado?

—¿Cuándo? ¿Por qué?

¿Volver? Él quería, sí, volver al tiempo de la infancia. A los tiempos de los mitos, en que creía que en lo profundo del mar florecía la vida, y que el Dios mayor había montado en las profundidades del mar un trono de diamante. A los tiempos en que todo lo que venía del mar era bendito. El pez. La tormenta. Las nubes. Que el mar era el centro de la creación divina, donde la tierra terminaba y las nubes se formaban. Él quería tanto volver a los tiempos en que el mar era camino, paraíso, secreto y misterio.

—Gusto en conocerte, condenado.

—¿Eh?

Ella se levanta. Da dos pasos y trata de partir. José vuelve a derribarla, como una azada hendiendo la tierra. Le remueve el cuerpo con manos de plantador. Y el cuerpo de ella gana la suavidad porosa de la tierra fértil, por donde el río de la vida pasa. Él era barco y marinero y ella alta mar. Y navegan suavemente. Remueven los obstáculos del camino y vuelan más allá de las estrellas. José libera todos los acordes de la canción de amor sin saber que iría a recorrer los mismos sonidos en la canción del dolor.

Despiertan del sueño y miran hacia el mundo. La luna huye en despedida, el sol está cerca. Se separan sin palabras ni besos. Tenían la seguridad de que se encontrarían, como dos prisioneros que habitan la misma jaula.

Notas al pie

15 Ají muy picante; mojo o condimento hecho con este ají.

16 Nombres de las provincias en que se divide administrativamente la República de Mozambique.

17 Nombre de dos bailes tradicionales de Zambézia.

18 Vino de palma; jugo fermentado de ciertas palmeras.

19 Distritos de la provincia de Zambézia.

7

FUE UNA TARDE DE ESAS. MOYO ESTABA EN SU CHOZA, ROdeado de frascos grandes y pequeños, de plástico, de esmalte, de vidrio, que iba llenando de sabidurías y de misterios. Preparaba las hierbas y raíces que usaría al día siguiente, para ayudar a los innumerables clientes que buscaban la salud del cuerpo y del alma. La choza olía a savia fresca. Iba haciendo súplicas para que no se le apareciera ningún cliente nocturno, el día había sido demasiado agotador.

José dos Montes apareció en una breve visita para ver de aquella boca el fluir de la sabiduría milenaria de los patriarcas y proyectar sobre él la imagen del padre que nunca tuvo. Si mi padre estuviera vivo, sería así tan bondadoso como Moyo, suspiraba en silencio.

Moyo es una piedra angular de muchas vidas. Hombre pequeño. Rechoncho. Que maneja los objetos mágicos con las manos de un artista, sin prisa, como si fuera suyo todo el tiempo del mundo. Con varitas mágicas tejiendo el encaje de vidas y almas de gente que viene de todos los ángulos para depositarle en los oídos las más increíbles confidencias. Siempre despeinado, estilo rastafari. Una mirada que da masaje de frescura a cualquier corazón en llamas. Un hombre que tiene para todos una sonrisa de muchacho, una palabra de ternura.

—¡Buenas tardes, Moyo!

—¿Tú aquí?

La amistad entre José y Moyo no ocurrió por casualidad. Pasaron por aquellas manos muchas generaciones de esclavos, de condenados. A todos ofreció de regalo una palabra de esperanza. Era muy respetado por el pueblo y temido por el sistema. Dos veces las manos de Moyo trajeron a José a rastras del más allá hacia este mundo. La primera cuando fue mordido por una serpiente espantosa. La segunda cuando sufrió el castigo de vergajazos en el tronco, por haber intentado huir del campamento. Su cuerpo estaba transformado en un puré de sangre, que Moyo devolvió a la vida solo con magia. Lo cuidó pacientemente, como una mujer vieja bordando en punto de cruz. Y arrullándole el alma con historias de encantamientos, de hombres, animales, monstruos y todo, como si se tratara de un niño. José dos Montes le debe la vida a aquel hombre. Que lo trajo del más allá a este mundo. Que reconoció en él un niño sin padre ni madre, sin dónde caerse muerto, ni esperanza. Lo había alimentado durante meses sin nunca pedir nada a cambio.

—¿Por dónde has andado, José dos Montes?

—Por ahí.

—Andas distraído, en la luna. ¿Estás enamorado?

—¿Yo?

Las palabras de Moyo caen como el martillo de la justicia y hacen eco en su pecho. Penetran en lo íntimo con la facilidad de quien descascara una naranja. Los ojos de José huyen de la sentencia y se esconden en el vacío. Protege la añoranza que siente de aquel amor de un instante. Porque estaba enamorado, sí. Por un sueño o por un espejismo. La imagen de aquella mujer le llenaba la memoria.

—Estoy enamorado, sí.

—¡Qué maravilla! Cuéntame esa historia.

—¡Yo amo a esa mujer!

—¿Qué sabes tú del amor?

—Solo lo que siento.

—Dime dónde la encontraste, que te diré tu destino. ¿En el trabajo? Tu futuro será de labor y abundancia. ¿En la iglesia? Tu vida será de austeridad y moral. ¿En el puerto? Putas, contrabando, marineros, vicios y desesperación. ¿Cómo se llama?

—No sé. Ni me acuerdo del rostro de ella.

—¿Cómo es ella?

—Muy bonita. Se parece a la Luna. Mar. Brisa. Estrella del cielo.

—¡Ah!

—Ella es el naciente, el poniente. Un suspiro escondido en las entrañas.

—Comprendo. Amas una imagen, un volumen, un fantasma.

Amas un espejismo, una sombra, una forma indefinida. ¿Dónde la conociste?

—Cerca del puerto.

—¿A qué hora?

—Al anochecer.

—Ella convive con los murciélagos. Luciérnagas. Vampiros, ¡ah! El amor se presenta con muchos ropajes. A veces se aman las formas. A veces los gestos, los actos. En nombre del amor se atrae la gracia o la desgracia. Porque el amor es una trampa para ratones. Por amor se recoge la víbora en un baúl de oro y se coloca en un trono dentro de una casa. En nombre del amor se atrae la miseria que nos hará caer de vergüenza ante los ojos del mundo. Puede ser un ladrón, asesino o endrogado. Con que tenga bellas formas y diga te amo, eso basta para que te enternezcas y te olvides de todos los crímenes. En nombre del amor el león viste la

piel de cordero.

Yo amo a esa mujer, Moyo.

No se ama lo desconocido. ¿Dónde está ella?

No sé, se perdió. ¡Ayúdame a buscarla, Moyo!

—Escucha la voz de la experiencia, muchacho. La escultura

más bella puede traer en el pecho un nido de avispas. El mejor seno no siempre es el más bello, sino el que produce buena leche.

Moyo reposa la mirada en el horizonte, se concentra. La verdadera adivinación no necesita de caracoles ni de conchas. Es un radar que capta señales del futuro que emana de las nubes o de otro planeta. Basta con que haya luz del Sol o de la Luna.

—La veo. Es muy bella, muy linda; es aquella nube blanca,

¿no ves? Y viene a tu encuentro, sonriendo, caminando descalza en el campo de flores. Ahora te veo al lado de ella, tu imagen es blanca, pero tiene mudanzas rápidas. Pareces un monte, un altiplano, un abismo. Oscureces como la tempestad de los siglos, eres lluvia y tormenta. Tu voz fúnebre se oye en un abismo insalvable. ¿Por qué? Tu imagen desaparece en lo oscuro. La mujer danza desnuda, al sol y a la luna. La veo. Y me veo. ¿Qué hago yo en tu camino?

Las rodillas de Moyo tiemblan. En el rostro el cambio de humor y una pregunta de horror:

—José dos Montes, ¿quién eres tú?

—¿Yo?

—¿Qué suerte me traes tú, qué destino?

—¿Qué?

Moyo se estremece. Olvida el presente y viaja en los caminos del futuro.

—¿Qué es lo que estás viendo, Moyo?

—Me veo en tu senda, soltando aullidos fúnebres, a los que no respondes. Te veo llamándome, extiendo mi mano, pero no te alcanzo. ¿Qué buscas en mí?

—¿Yo? Nada, ¡qué sé yo!

—Cállate, no me puedes respondes ahora. Solo en el futuro,

¿entiendes?

—¿Futuro?

—Ahora vete, déjame solo con mis pensamientos.

—¿Me estás expulsando?

—No. Nada de eso.

—No me expulses, Moyo. ¿Podré volver?

—Volverás. El agua nunca olvida su camino.

8

DELFINA HACE SU PASEO MATINAL. SE SIENTA A LA ORILLA del mar, sin pensar en nada. O en una cosa. Ve barcos y piraguas. Gaviotas. Lanza los ojos hacia el infinito. El mismo paisaje original, visto desde la infancia. Cuando abrió los ojos a la vida, el mundo ya era así. Un filme sin enredo. Negros que eran castigados. Carga. Descarga. Azote. Huelgas y muertes. Imágenes que le inspiran melancolía y tristeza. Camina por las carreteras asfaltadas con ligereza. Admiraba las casonas coloniales. Apartamentos. Edificios. Hoteles. La vida de los blancos es fantástica. Ellos mataron los árboles, mataron los bichos y construyeron ciudades luminosas. Los fascina la electricidad, que hace las noches siempre iluminadas a pesar de eclipsar el brillo de la luna. La imagen de las casonas antiguas proyecta un futuro de grandezas en su mente y ella jura: tendré la grandeza de las sinhás20 y de las donas, ¡a pesar de ser negra!

Ella tenía la seguridad de que sí la tendría. Convicción nacida de la intuición, de presentimientos infundados, de una estrella eléctrica o de la vela del farol distante. De la nada. De un oráculo cualquiera. Un día tendré una casa de estas, lo juro. En esta vida, yo seré alguien. El corazón de Delfina construye ciudades de neón. Con mucha comida y mucho vino. En su sueño es señora y habita una ciudad de piedra. Con vestidos de encaje. Criados tan negros como ella, que tratará como esclavos. Un marido blanco e hijas mulatas, a quienes peinará los cabellos lacios y los amarrará con cordoncillos de seda. Tendrá la grandeza de las sinhás y de las donas, a pesar de ser negra. Ella lo siente. Recibirá favores del régimen. Las mujeres negras que se casan con blancos suben en la vida. Comen bacalao y aceitunas, toman té con azúcar, comen pan con mantequilla y mermelada.

Mira hacia las calles. Muchachas de su edad, hijas de los negros asimilados,21 van hacia la escuela, orgullosas. Calzadas. Aprenden cosas que también podría aprender si el padre aceptara cambiar de vida. Pero la puerta de la escuela se cerró. Porque es negra y es bella. Virgen. Mucharilla, según los cotorreos bellacos de los hombres, porque la muchacha brilla como una lamparilla. La propia monja la perseguía, y terminó por expulsarla de la escuela de la misión. Porque era rellena, bonita, y entorpecía la concentración de los jóvenes. En la iglesia se quedaba en el banco de atrás. La monja la expulsó de nuevo. Distraía la atención de los fieles y henchía a los sacerdotes de deseos pecaminosos. La monja sabía de sus secretos y se erizaba de miedo a la contaminación por lo demoníaco y prohibido. Todo por culpa de aquel día en que la madre la lanzó como una gacela en la jaula de un carnívoro. El viejo blanco estaba en el cuarto oscuro esperando por ella. La agarró. La toqueteó. La chupó. La madre sonreía allá fuera, tomando un vaso de vino y esperando por ella. Fue un momento de conflicto intenso, en que no lograba entender la alegría de la madre ante el pecado original.

Le pidió al padre que se hiciera asimilado, a fin de tener acceso a la escuela oficial, donde las profesoras eran mujeres normales y no monjas esquizofrénicas. Pero el padre dijo que no. Porque los asimilados eran asesinos. El padre de Delfina dijo no a la asimilación, sin saber que la liberación de la patria sería en la lengua de los blancos, y sin imaginar todavía que los hijos de los asimilados asumirían el protagonismo de la Historia.

Delfina enfebrecía de inconformidad: ¿por qué es que los padres interferían en los sueños de las hijas? Unas veces es para casarlas temprano, otras para hacerlas trabajar en los campos, y en el caso de ella fue para ser inaugurada por un viejo blanco a cambio de un vaso de vino.

Se cansa de pasear en la ciudad y desciende las calles de los suburbios, de regreso a la casa. Sonidos pálidos le llegaban a los oídos como el ladrido de perros a distancia. Eran niños que repetían tonadas enseñadas por los adultos, inspiradas por corazones amargados por la vida, enfurecidos por el hambre. Su paso por las calles inspiraba sarcasmos, palabras sucias, poemas, para las canciones de rueda.

Ciempiés, ciempiésNo digas a mi madreQue dormí con Sosa, el blancoA causa del azúcar y del té

En la ciudad alta, eran silbidos pícaros de los marineros. En el suburbio, las coplas de escarnio. Siente un odio repentino por los niños que le flagelaban los oídos, por las mujeres con ojos apresados en el ombligo y en la vida ajena. La diferencia residía allí. El rico coloca el látigo en la mano, el pobre coloca el látigo en la lengua. Todo duele.

Ciempiés, ciempiésNo digas a mi madre

Furiosa, Delfina subía a la montaña de la vida, miraba a los niños desde arriba y escupía sobre el mundo. Porque era célebre.

Era ella el motivo de las conversaciones de bar y de las discusiones entre las parejas. Era ella la negra más bella, mejor vestida, más apetecible. Siempre con saya corta. Blusa apretada y pelo postizo. Con tacones altos picoteando el suelo de barro. Una cartera de charol, que balancea ora en la mano izquierda, ora en la mano derecha. Contoneadora. Sensual. Una abeja juntando su polen.

Mariposa, mariposaNo digas a mi madre

Eran niños descalzos, a la deriva. Sin dónde caerse muertos. Sin pasado ni futuro. Tal vez sin padre y sin nombre, levantando nubes de polvo hasta que las cuerdas vocales quedaran tupidas de tanto tragar el polvo de la tierra. Los oídos de Delfina se cansan de palabrotas y el pecho se le llena de rabia. Estalla.

—Digan también que no dormí con los maridos de sus madres porque son negros apestosos, no se bañan, huelen a tabaco y a catinga, vamos, canten. ¿Saben lo que ustedes sienten? Envidia de mi belleza, de mi libertad. Las madres de ustedes duermen en esteras frías y yo, Delfina Borboleta,22 tengo a mis pies a todos los hombres del mundo. Vamos, canten más alto, ¡canten!

Gaviota, gaviotaDi entonces a mi madre

Los niños son malvados, sí. Con su inocencia logran urdir la tortura de los adultos. Voces violentas que muerden los tímpanos como zumbidos de avispas. Delfina se lanza contra ellos con la intención de darles una zurra, pero ellos huyen en desbandada como gaviotas del muelle, para continuar con los insultos desde las ramas más altas. ¿Qué es lo que ellos cantan? ¿Las palabras que repiten? ¿Y los gestos que hacen? Pornografía en el sonido y en la palabra. Y también en el gesto. A veces los niños son horribles e inmorales. Logran transformar en horror la paz de un adulto. Suelta una lágrima y continúa la marcha, entristecida.

Se sumerge en un murmullo plañidero y monologa con su destino. Ustedes no saben lo que significa una vida igual a la mía. Un cuerpo sin secretos, que se pega, que se paga, que se monta y se desmonta. Si el cuerpo de la mujer se gastara yo ya no tendría nada allá dentro, de tanto vender en busca de sustento. Qué imbécil es esta gente. Debían mirar hacia su propio ombligo, pero miran hacia mí, como si yo tuviera alguna relación con su desgracia. ¿Mi vida es fácil? Dios mío, esta gente no sabe lo que dice. Finjo, por orgullo, que soy feliz. Es por orgullo que lanzo al mundo esta mirada de reina. Cada hombre que se sube encima de mí es una palada de tierra que me cubre. Cada moneda que recibo es una picada en el alma, duele. No se puede ser buena moza en un mundo de injusticia. En una lucha desigual, vale más la pena la rendición que la resistencia. ¿Qué quieren ellos de mí? ¿Que me levante con el canto del gallo para ir a sembrar arroz? ¿Que me entregue en las plantaciones de palmeras como esclava, para recibir al fin del cansancio una taza de sal? ¡No! Prefiero ofrecer las dulzuras de mi cuerpo a los marineros y ganar monedas para alimentar la ilusión de cada día. La naturaleza me dio un granero en lo hondo de mi cuerpo. Una mina de oro. Para explotarla con trabajo duro, ¿piensan que no trabajo? ¿Piensan que es fácil la vida que yo llevo? No es fácil soportar el gemido convulsivo de cualquiera sobre mi cuerpo, expulsándose, renovándose, liberándose. No quiero morir encerrada en la oscuridad, prefiero de lejos esta vida de ilusión. La culpa de todo fue de mi padre, que dijo no a la asimilación y no me quiso liberar de esta humillación. La culpa es de mi madre, que me inició en los secretos de la almohada cuando yo todavía soñaba en conquistar mi diploma de profesora en una escuela nativa cualquiera.

Regresó a casa con mucho dolor en el pecho. Amargura en la boca. Desánimo. Lanzó la cartera al regazo de la madre como quien lanza un haz de leña sobre el suelo, para aliviar el cansancio del cuerpo. Serafina se sorprende.

—Estás nerviosa, ¿qué pasa?

—Estoy cansada, madre.

—¿De qué?

Delfina lanza un suspiro hondo, que más parece un soplo de humo de la leña fresca al inicio de la combustión. Para oxigenar los pulmones y ganar ligereza en el habla.

—Yo nada soy, madre. Nada de lo que hago tiene sentido. No pude estudiar. No puedo soñar. Y cuando hago algo para mejorar la vida, el mundo entero se burla de mí y me trata como una criminal. Las hijas de los asimilados son tratadas con más respeto.

—¿Piensas que no sé lo que sufres, Delfina? Ah, si yo pudiera abrir mi pecho y mostrar la herida que tengo por dentro. Ser negra es doloroso. El negro no tiene dios ni patria.

—Estoy cansada de ser insultada en la calle, madre.

—Ignora las bocas del pueblo; no llores, hija mía.

Momentos de dolor y de rebeldía. La ceguera de la mente trastorna colores en los sueños de los niños. La congoja mata. Las lágrimas curan. Congoja y lágrimas se abrazan en la manifestación del sufrimiento. Cuando la congoja es honda, las lágrimas corren para lavar la tristeza. Los momentos tempestuosos de la vida arrastran hacia lo hondo del valle. Solo sale del abismo quien sabe volar. Las madres debían iniciar a los hijos en navegar en el vuelo del espíritu, dejar la mente vagar en las nubes. Mirar el mundo desde el punto más alto de la fantasía y jurar: ¡he de llegar al pico del mundo!

—Un día voy a cambiar mi destino, usted va a ver. Esos pobres negros me verán surgir de las cenizas coronada de oro. Con el mundo en la palma de mi mano, engastado de diamantes. La madre verá ese día, ¡yo lo juro!

El silencio se impone ante la extraña revelación. Un fuerte estremecimiento recorre a Serafina. Soñar alto es cosa de loco, las personas normales no vuelan, la hija fue poseída por un demonio y está enloqueciendo. Suspende la respiración para no ser ahogada por el asombro. Y permanece mucho tiempo así. Solo a duras penas logra respirar otra vez. Lleva las manos al vientre. Para medir con los dedos la dimensión del sueño que se incubaba en su cuerpo, a fin de cuentas demasiado pequeño para tamaño sueño. Delfina es un ser extraño, un ser nuevo que se revela, no salió de mí. Tal vez haya encarnado el alma de grandeza de los reyes muertos, de las donas y sinhás, de tantos espíritus errantes que vagan por Zambézia. Clava los ojos en la imagen de la hija. La mide. Ella está con el cuerpo en tierra pero la cabeza habita universos desconocidos. ¿Diamantes? Los sueños de una mujer no alcanzan el brillo de los diamantes. Diamantes son estrellas. Y la mujer no tiene alas, nunca logra trasponer la frontera entre el cielo y la tierra. Solo los locos.

La gestación une a la madre y al hijo por el cordón umbilical en un cuerpo solo. El parto los separa y se vuelven dos. Dos caminos, dos destinos, dos mundos. Delfina seguía su senda.

—No sueñes alto que te lastimas. ¡Ah, Delfina! Para nosotras, las negras, soñar alto está prohibido.

—Lo que yo digo es verdad, ¿usted no me cree?

Serafina se convence. La hija en el vientre era préstamo. La tuvo en los brazos por préstamo. Después la tierra la lleva en su regazo por lugares desconocidos, hacia el horizonte, y por fin la engulle.

Delfina cree en ese día. Y escribe con palabras amargas todas las marcas de su recorrido.

—Madre, ¿por qué me hizo así tan oscura?

—Oh, naciste de mí.

Serafina siente una angustia en el pecho. Miedo de ver a su hija en caída libre después de un sueño maravilloso. Siente un nudo en el pecho y pide a Dios que le dé larga vida para amortiguar la caída de la hija en caso de que la suerte no la acompañe.

—Conozco muchas personas que soñaron alto y cayeron hondo. Refrena tus ambiciones, Delfina.

—He de vencer, madre.

Los seres humanos recorren el suelo al lado de las serpientes. No nacieron para la libertad, por eso envidian la libertad de los pájaros. Solo tienen los ojos para sumergirse en la ausencia distante. Vuelan hacia el cielo con los pies en la tierra, y el mejor vuelo se hace cuando los ojos se cierran. Es por eso que los amantes se besan con los ojos cerrados. Las brujas y los magos flotan en alfombras voladoras, paraguas y escobas mágicas. La trascendencia humana es hija de la fantasía.

—¿Por qué no me hiciste con un blanco, madre? Felices son las mulatas y las blancas, que nacieron con diamantes en el cuerpo.

—¿Para qué esa tortura? Eres negra y menos mal. ¡Los marineros blancos son excéntricos, son depredadores de lo exótico y tú eres linda! No faltará un blanco que muera de amor por ti, hija mía.

Notas al pie

20 Aunque los equivalentes en español del portugués dona son “dueña”, “señora” y “doña”, y sinhá (pronunciación: “siñá”) es apócope de “señora”, en el texto se refiere en específico a “señora de un prazo”, por ello se ha preferido dejar sin traducir la forma del original (ver nota 43, sobre prazeiro).

21 Africano negro o mulato que, por conveniencia, asume como propia la cultura del colono; ello implica romper con cualquier manifestación de la africana (ritos, lengua, nombre...), y le garantiza goce de determinados privilegios en relación con el resto de la población.

22 O sea: Delfina Mariposa.

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