Kitabı oku: «El norte de Jalisco»

Colección Monografías del Centro Universitario de Tonalá


Índice
Agradecimientos
Introducción
Capítulo 1. La visita de Calleja
Capítulo 2. Región, frontera y honor
Capítulo 3. El pasado y el presente en la descripción de la región
Capítulo 4. El contexto etnográfico de la ganadería
Consideraciones finales
Referencias
Para Antonio y Ana María
Agradecimientos
El presente libro es el resultado de algunas preguntas interesantes que surgieron durante la defensa de mi tesis de maestría, especialmente aquellas sobre la formación y el cambio de la Región Norte en momentos de las reformas borbónica y neoliberal. A lo largo del camino he descubierto nuevas líneas de trabajo, todas fascinantes, al pensar en la región como herramienta metodológica. La investigación no hubiera sido posible sin el apoyo de dos instituciones y su contribución a través de becas: el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (2005-2006) y El Colegio de San Luis (2007).
Durante el proceso de investigación varias personas me leyeron, escucharon, recomendaron lecturas, ideas y modificaciones al texto, realizaron sugerencias, críticas y preguntas para mejorar este libro. Quiero expresar mi agradecimiento a Andrés Fábregas Puig por compartir sus conocimientos, su amistad y la lectura cuidadosa del texto en diversas ocasiones; sus recomendaciones fueron invaluables. Además, Neyra Patricia Alvarado Solís y Andrew Roth estuvieron dispuestos a discutir conmigo extensamente sobre la región, la frontera y la ecología cultural. Isabel Mora y Javier Maisterrena realizaron observaciones y recomendaron lecturas importantes sobre pastores y sistemas productivos ganaderos. Elizabeth Pérez Márquez, Hugo Cotonieto Santeliz y Diana Sofía Sánchez Hernández leyeron y escucharon varias versiones del manuscrito y aportaron sugerencias valiosas. Los dictaminadores de este libro hicieron recomendaciones importantes para una lectura más grata.
En ciesas Occidente tuve la oportunidad de repensar la región en el Seminario de Región con Pablo Mateos, Julia Preciado y Humberto González; no menos importante fue la reflexión con los alumnos del Doctorado en Ciencias Sociales, generación 2016-2020.
En el norte de Jalisco, en particular en Colotlán, Mezquitic y Villa Guerrero, muchísimas personas tuvieron la confianza de compartirme un trozo de su vida, y con algunos de ellos sostengo una amistad que nos une desde entonces. Espero que este libro contribuya a conocer un poco más esta región, su historia y su gente.
Agradezco a mi familia por su apoyo y afecto. Israel y Andrés me regalaron su tiempo, su aliento y su amor para que yo lo dedicara a la finalización del libro.
Introducción
La presente investigación es sobre la Región Norte del estado de Jalisco, que ha estado marginada del interés académico y del desarrollo económico. Es un ámbito espacial en donde se encuentran una sociedad de rancheros mestizos y el pueblo wixárika. El objetivo consiste en explicar la transformación de una región fronteriza en el periodo colonial, que se consolidó como una sociedad de rancheros en nuestra actualidad. Esta investigación busca tender un puente entre el pasado y el presente para comprender la realidad regional actual del norte de Jalisco. La mirada histórica, de largo alcance, otorga profundidad a los problemas contemporáneos, y por ello este trabajo se inscribe dentro de la etnohistoria, disciplina antropológica que conjuga la historia y la antropología. Se entiende la etnohistoria como la “aplicación de la antropología al examen del pasado”, tomando en cuenta la realización de trabajo de campo, la etnografía y la reflexión antropológica para hacer etnohistoria y explicar el pasado (Fábregas, 2003: 63). El análisis de la etnografía histórica (que se encuentra en la lectura cuidadosa de los documentos de archivo, las relaciones de viajeros, los informes de párrocos y militares, entre otros) y la etnografía actual aportan los elementos necesarios para entender la dinámica de las regiones: las continuidades y las rupturas.1
El hilo conductor es la ganadería, una de las principales actividades económicas en la actualidad, pero que tiene una tradición añeja que se remonta al periodo colonial. Los actores regionales a través de la práctica ganadera han abastecido las exigencias del mercado, gracias al cambio en la tecnología. Para visualizar los cambios regionales realicé trabajo de campo en cinco de los diez municipios que comprenden el norte de Jalisco, y comparé los hallazgos con la descripción del gobierno de las Fronteras de San Luis Colotlán, efectuada por Félix María Calleja hacia 1790.
Por ende, este libro se inscribe en la tradición de los estudios regionales, que en México fueron innovadores en la década de 1970. Los equipos interdisciplinarios de las universidades y centros de investigación hacían posible la tarea, por lo que las investigaciones fueron prolíficas. Sin embargo, la tendencia a realizar este tipo de estudios ha ido en declive. Mi formación en historia, posteriormente en antropología, y la experiencia de trabajo con un grupo interdisciplinario interesado en el análisis de las regiones me llevaron a conocer el norte de Jalisco y a preguntarme por la conformación de la región desde una perspectiva histórica y con preguntas elaboradas en el presente, sin olvidar que las regiones están insertas en dinámicas locales y globales, pero sus características y las respuestas de sus habitantes frente a presiones económicas y políticas externas los llevan a utilizar su experiencia y su pasado para enfrentar los retos que se avecinan. Los estudios regionales invitan a reflexionar sobre fenómenos contemporáneos con la mirada puesta en el pasado.
La Región Norte de Jalisco durante el siglo xix fue el octavo cantón, y en el periodo colonial se denominó gobierno de las Fronteras de San Luis Colotlán. Su colonización y fundación estuvieron ligadas al avance fronterizo de la dominación española; ahí radicaba la importancia de Colotlán como lugar de expansión de la frontera, de seguridad para los viajeros y de protección de los caminos. En el siglo xvi, Colotlán contaba con un presidio, lo cual le otorgaba cierta autonomía de la administración colonial. De igual manera, su erección estuvo vinculada con los descubrimientos de yacimientos mineros en Zacatecas, por lo cual era necesario el control del espacio. La cualidad fronteriza de Colotlán se afianzó al final del siglo xvi con la creación del gobierno de las Fronteras de San Luis Colotlán, una región independiente con respecto a la administración colonial, baluarte del avance colonizador y, posteriormente, región minera.
Una piedra angular en este libro es el informe de Félix Calleja que leí por primera vez en el año 2000. El general Calleja, por órdenes del virrey Revillagigedo, visitó las Fronteras de San Luis Colotlán en 1790. El expediente fue encontrado en el Archivo General de Simancas y es una pieza rica en información cartográfica, estadística, militar y de la vida cotidiana, razón por la cual consideré la posibilidad de contrastar la visita de Calleja con la realidad etnográfica y tratar el tema de la dinámica regional.
El documento de Calleja da pauta, debido a la calidad de la información (cuantitativa y cualitativa), para establecer comparaciones entre el pasado que refleja una situación fronteriza de interacción entre dos sociedades diferentes (colonizados y colonizadores), con ecologías culturales distintas, y que permiten hablar de la formación histórica de una región. Lo que me interesa es analizar la formación de una región y sus transformaciones. Así, el documento de Calleja adquiere sentido al verlo desde el presente.
En congruencia, me planteé comprender la formación histórica de la región a través de la relación sociedad–naturaleza, es decir, de la ecología cultural. El documento de Calleja me indicaba la dirección de los cambios en la ecología cultural, la reorganización espacial y los proyectos de territorialidad. Un enfoque importante del libro son las prácticas de territorialidad de mestizos e indígenas vistas, a través del reporte de Calleja a finales de la Colonia y de la etnografía a principios de siglo xxi. La primera gran transformación en términos de ecología cultural en la región fue la introducción de ganado, así como nuevas técnicas agrícolas. La llegada de los tlaxcaltecas a la región originó un tipo diferente de agricultura y se introdujeron otros rasgos culturales.
La ecología cultural es un método de trabajo que señala la importancia de estudiar el medio ambiente adaptado a las necesidades del ser humano. Además, se puede distinguir la ecología cultural política, la cual trata de los factores económicos y políticos, intereses de poder que mueven a los individuos y a las sociedades a seleccionar una o varias estrategias de adaptación. Dentro de la ecología cultural existen dos grandes corrientes. La primera pone énfasis en medir la energía invertida en la adaptación. Esta corriente fue fundada por Leslie White. Richard Adams es el antropólogo contemporáneo que ha seguido dicha línea, usó las leyes de la termodinámica y la misma fórmula de White, bajo la idea de que la evolución es igual a la eficiencia en la extracción de energía del medio ambiente. La segunda corriente pone énfasis en una dinámica de innovación tecnológica para lograr la adaptación; esa corriente fue fundada por Julian Steward y hace hincapié en la exploración histórica.2 Steward planteó que la ecología cultural estudiaría la interacción entre cultura y medio ambiente, esto es la adaptación de las diferentes culturas al medio ambiente (Boehm, 2005: 73).3 Esta corriente es la que mayores seguidores tiene dentro de la ecología cultural contemporánea. También se encuentran las investigaciones que incluyen el estudio del simbolismo; en estos el símbolo es un elemento adaptativo, es parte de la apropiación del medio ambiente (véase Descola, 1988). Asimismo, las configuraciones de una región están relacionadas con el poder, y este con el control al acceso de los recursos naturales y culturales, es decir, una ecología cultural política.
En la visita de Calleja es posible reconocer dos proyectos de territorialidad: el de los indígenas y el de los españoles. En la etnografía encontré dos subregiones diferenciadas con ecologías culturales distintas: una constituida por los huicholes y otra por los rancheros descendientes de los colonos españoles y tlaxcaltecas, que se especializaron en la cría de ganado mayor. El contraste entre ambos proyectos radica en la organización de la práctica ganadera. Los huicholes tienen una economía regional, mientras que la región ranchera posee una economía nacional y transnacional. Así, el documento de Calleja, en el contexto de las reformas borbónicas, es contrastado con la etnografía de una región ganadera en proceso de transnacionalización en el contexto de reformas neoliberales.
Mi hipótesis es que no estamos ante una región homogénea, sino que convergen dos subregiones, tanto en el documento de Calleja como en la actualidad. La frontera natural es la Sierra Madre Occidental: al oeste están los huicholes y al este los rancheros. Asimismo, existe una frontera cultural (que es histórica) entre ambos. Es decir, estamos ante dos regiones con identidades culturales distintas, siendo la de mi interés la mestiza, la ganadera, la de los rancheros de estirpe española llegados a la región en el siglo xvi. Este estudio se centrará en el análisis de la sociedad ranchera, aunque tendré a la sociedad huichola como referente opuesto de los rancheros; referente que se usa para construir y exaltar una identidad diferenciada.
Por lo tanto, podemos encontrar los límites de las fronteras culturales en la medida en que estudiemos las relaciones sociales de comunidades humanas a lo largo de la historia. Así, la formación de la región está relacionada con la frontera, es decir, los límites que se vayan estableciendo van conformando una región con características propias.
El actual norte de Jalisco, por lo menos desde la perspectiva administrativa estatal, comprende diez municipios: Bolaños, Colotlán, Chimaltitán, Huejúcar, Huejuquilla el Alto, Mezquitic, San Martín de Bolaños, Santa María de los Ángeles, Totatiche y Villa Guerrero. El trabajo de campo fue realizado en Colotlán, Huejúcar, Huejuquilla el Alto, Mezquitic y Villa Guerrero durante dos estancias de campo de tres meses cada una en 2005 y 2006. La selección de los lugares responde a fines representativos: los municipios elegidos tienen población indígena y mestiza, son los sitios con mayor movilidad económica y son característicos de la vida regional, como lo indican los estudios bibliográficos y documentales que se consultaron previo a la elección. Mezquitic y Bolaños son los municipios con mayor población huichola en el estado de Jalisco; por otro lado, Colotlán es el centro regional. En Villa Guerrero se están gestando nuevas dinámicas de asociación entre ganaderos para competir por el mercado que ha dominado Colotlán, por ello constituye un ejemplo atractivo. Huejúcar y Santa María de los Ángeles son municipios pequeños que permiten comprender la dinámica regional en sitios con poca población y su articulación a nivel local y nacional.
El trabajo de campo consistió, en primer lugar, en recorrer los municipios elegidos y observar las actividades económicas, el paisaje y la dinámica cotidiana en las cabeceras municipales. Este acercamiento tenía como objetivo establecer la relación entre paisaje y sociedad, así como contrastar los hallazgos con los datos del informe de Calleja. Posteriormente, me enfoqué en el trabajo como elemento de análisis tanto en el pasado como en el presente etnográfico. En cada municipio me acerqué a las presidencias municipales, las oficinas de la Sagarpa y las asociaciones ganaderas para recoger datos sobre la ganadería y la agricultura. Las asociaciones ganaderas fueron un lugar propicio para encontrar ganaderos de todos los estratos sociales, pero cuestionaban mi presencia y no entendían por qué una mujer se interesaba por asuntos que “atañen sólo a los hombres”, pues la ganadería y la agricultura son actividades eminentemente masculinas. En la etapa inicial, mi relación con los agroganaderos se restringió a las oficinas de las asociaciones ganaderas, en donde una secretaria es la encargada de atender las demandas de los asociados y suele ser hija de alguno de ellos. Gracias a la amistad que entablé con las secretarias pude ganar la confianza de los hombres, además las oficinas de la asociación funcionaban como un lugar neutral para los hombres, en el cual, como mujer, no transgredía su espacio.
Una vez establecido un vínculo cercano con las secretarias, me dieron acceso al mundo ganadero. Tanto ellas como sus mamás me presentaron con rancheros de diversos estratos sociales, con los que realicé entrevistas,4 recorridos en sus ranchos e historias de vida, y participé en algunas fiestas familiares.
Con la etnografía el propósito es identificar aspectos geográficos y culturales de la región, a qué actividades se dedican sus pobladores, señalar si hay agricultura extensiva o sólo para el autoabasto, cuántas tierras se cultivan, en qué estado se encuentra el campo, en qué medida se dedican a la cría de ganado, a dónde van los productos, con qué lugares tienen comercio, o bien, relaciones de parentesco que les permitan otro tipo de nexos. Asimismo, los datos de población son relevantes en la conformación territorial. En general, me interesa observar las continuidades y discontinuidades en la ecología cultural regional. El trabajo etnográfico está concentrado en las cabeceras municipales, las cuales reflejan las dos subregiones que encuentro plasmadas en el informe de Calleja y permiten contrastar dos realidades que comparten un mismo espacio y vínculos ecológicos. Las subregiones encontradas en Calleja son una geográficamente menos accesible, más periférica, más indígena y menos agroganadera; y otra central, agroganadera y ranchera.
A partir de la información obtenida en el trabajo de campo y del análisis del documento de Calleja, llegué a algunas reflexiones sobre la formación de la región, que se encuentran plasmadas en los cuatro capítulos de este libro. En el capítulo 1 presento el contexto histórico de la formación del gobierno de las Fronteras de San Luis Colotlán y de la visita de Calleja. También resalto la subdivisión regional propuesta por Calleja: las Fronteras de San Luis Colotlán y sus pueblos, y la provincia de Nayarit. Finalmente, reviso las propuestas de Calleja para reformar el gobierno de Colotlán, enmarcadas en el contexto de las reformas borbónicas.
En el capítulo 2 siento las bases teóricas del libro, al analizar los conceptos de región, frontera y honor, que son los articuladores de la discusión en el tema de la formación histórica de Colotlán como lugar de frontera y, posteriormente, como región de rancheros, donde el honor es un aspecto primordial en la organización social local y columna vertebral del reconocimiento social.
El capítulo 3 aborda el contrapunto entre el pasado y el presente a través del análisis de la visita de Calleja y su contraste con la etnografía, sin olvidar el contexto en el cual se elaboraron. La información fue sistematizada en dos subregiones: la huichola y la de Colotlán. De cada subregión se presentan elementos geográficos, económicos y sociales. La subregión de Colotlán incluye los cinco municipios en los cuales se realizó trabajo de campo.
El capítulo 4 describe el contexto etnográfico de las actividades de los ganaderos y comprende las labores anuales del ciclo agrícola y ganadero, la organización del trabajo, el tipo de empleados encontrados en las unidades productivas, la tenencia de la tierra y sus implicaciones sociales, el mercado de la venta de ganado, los avances tecnológicos en la cría de ganado asociados con las constricciones del mercado y el juego de relaciones de poder entre rancheros para adquirir reconocimiento social. El argumento etnográfico recae en que estamos en una región ranchera en proceso de transnacionalización.
1 En el número 7 de la revista Desacatos (otoño de 2001), dedicado a la etnohistoria, se puede encontrar una serie de artículos relativos a la labor del etnohistoriador, los problemas y desafíos de esta disciplina, así como el encuentro con otras ciencias, especialmente la historia y la antropología. Para mayor referencia, véanse los trabajos de Bernard S. Cohn y María de los Ángeles Romero de la revista aquí mencionada.
2 En México, Roberto Varela ha seguido la primera línea de ecología cultural que he mencionado; mientras que la segunda corriente fue desarrollada por Ángel Palerm y consolidada por Eric Wolf, William Sanders, Bárbara Price, Brigitte Boehm y Andrés Fábregas.
3 El planteamiento teórico de Steward fue el evolucionismo multilineal y el método de la ecología cultural.
4 Con el fin de conservar el anonimato de los entrevistados, he omitido la mención de los nombres, en su lugar se utiliza la primera letra del nombre y la primera letra del apellido cada vez que son citados.
capítulo 1
La visita de Calleja
El informe de Félix María Calleja, escrito en 1790, es una pieza cardinal en la presente investigación, pues me permitió tener un contrapunto para analizar las transformaciones históricas de una región particular: la del gobierno de las Fronteras de San Luis Colotlán. Es indispensable conocer el contexto en el cual el documento fue escrito, ya que es el punto de partida del estudio. Cómo apareció Calleja, quién era, bajo qué circunstancias se generó el documento y cómo se formó el gobierno de las Fronteras de San Luis Colotlán son algunas de las preguntas a responder para conocer la transformación del espacio a través del tiempo. Con el fin de lograr un mejor entendimiento del contexto en el que fue generado el documento, partiré de la biografía de Calleja y de las razones por las cuales se le encomendó la tarea de visitar y dar cuenta del estado de esa región. Posteriormente, analizaré sus recomendaciones y los cambios jurisdiccionales del estado de Jalisco en los siglos xix y xx.
El gobierno de las Fronteras de San Luis Colotlán
En 1550 se dio el choque más violento y prolongado entre españoles e indígenas en el septentrión novohispano, conocido como la Guerra Chichimeca. Philip Powell (1977), en su libro La guerra chichimeca (1550-1600), la enmarca en un periodo de 50 años. Sin embargo, el lapso de esta guerra es más amplio, y así ha sido demostrado por Alberto Carrillo Cázares, quien ubica el inicio de las hostilidades con la entrada de Nuño de Guzmán en la Nueva Galicia, es decir, desde 1533 aproximadamente, fecha que coincide con las primeras fundaciones españolas, y lo cual provocó un continuo enfrentamiento con los pueblos originarios, teniendo uno de los puntos más álgidos en la batalla librada en el cerro del Mixtón (1541-1542). Al respecto, Carrillo señala una “relación de continuidad entre la rebelión del Mixtón y los sucesos de la guerra chichimeca” (Carrillo, 2000: 42), porque los mutuos ataques entre españoles e indígenas se multiplicaron hasta que la guerra chichimeca fue vista desde otra dimensión, cuando los colonizadores encontraron minas que querían explotar y por lo tanto necesitaban transitar por los caminos que unían “Zacatecas, México, Guadalajara y Michoacán” (Carrillo, 2000: 43), y eran continuamente amenazados por los indígenas. La Guerra Chichimeca, como hecho histórico, comúnmente se le ubica de 1550 a 1600; sin embargo, fue una batalla que terminó hasta entrado el siglo xvii. A lo largo de este periodo se emprendieron varias acciones para terminar con la guerra, por ejemplo, la creación de presidios y fuertes para proteger los caminos o la fundación de pueblos.
En Colotlán se estableció un presidio en 1589. Este era una ocupación militar y civil, rodeada de campos de cultivo, por lo tanto, la colonización era de campesinos militarizados. La fundación de los presidios fue iniciativa del virrey Enríquez para proteger y dar albergue a los viajeros.
Los presidios se establecían en puntos estratégicos a lo largo de los caminos principales y cerca de la costa; los primeros aparecieron en la Nueva España y en la Nueva Galicia en la última mitad del siglo xvi y avanzaron rumbo al norte con la línea del dominio español. […] Todos los gobiernos tardíos de la frontera norte, empezando por Colotlán, surgieron a partir de presidios (Gerhard, 1996: 29).
Los presidios eran sitios pequeños, y eventualmente fueron creciendo debido al aumento de campesinos que se inscribían como militares para resguardar dichos fuertes. Los presidios crecieron tanto que llegaron a tener capacidad para resguardar cerca de 200 bestias, por lo que demandaban espacio para almacenar alimento y caballerizas para albergar animales (Calderón, 1988: 208). Según Moorhead, debido a su crecimiento, el presidio se convirtió en el centro de un pueblo con habitantes de distintos contextos étnicos (Moorhead, 1991: 4). Para la Corona española era importante controlar el territorio a medida que la colonización iba avanzando hacia el norte. La línea de dominio debía expandirse con los nuevos descubrimientos de yacimientos mineros, para lo cual era necesaria la “pacificación” de los naturales por los lugares donde iba extendiéndose la frontera; de ahí la necesidad de los presidios.
El carácter de los campesinos militarizados que poblaron los presidios fue característico de dichos lugares a lo largo del periodo colonial; existen referencias a “rancheros” que se dedicaban a resguardar la frontera, cultivar sus tierras y cuidar ganado.
A pesar de la erección de los presidios, las medidas no fueron suficientes y el conflicto continuó.
En realidad el fin de la Guerra Chichimeca no se obtendría sino gradualmente en la última década del siglo XVI y las primeras del siglo XVII en el territorio de la Nueva Galicia y la Nueva España, pero hay que tener en cuenta que la frontera de guerra se iría moviendo hacia el norte y hacia algunas regiones aisladas de la misma Nueva Galicia, como fue el caso de los coras (también grupo semisedentario, cazador-colector y, por tanto, chichimeca). Las últimas rebeliones de “chichimecas” —ya entonces identificados con otros nombres, como seris, ópatas, yaquis, apaches— ocurrieron durante el siglo XIX, incluso en sus décadas finales (Carrillo, 2000: 62).
Una de las medidas que se utilizaron en tiempos de don Luis de Velasco para la pacificación de una franja de terreno fue la creación del gobierno de las Fronteras de San Luis Colotlán y la introducción de familias tlaxcaltecas por un largo corredor, bordeando la ruta de la plata, para que estas llevaran sus costumbres, creencias, agricultura, lengua, etcétera, a la región y de esa manera pacificar a la nación chichimeca, nombre genérico que incluía tepeques, zacatecos, guachichiles, caxcanes, cocas, tecuexes, guamares, macolias, pames, otomíes, entre otros (Carrillo, 2000: 28-31).
[…] de la frontera de Colotlán no hay más noticia en sus archivos que la de estar ya formado el presidio de Colotlán, en el año de mil quinientos noventa y tres, y establecidos algunos yndios [sic] que de Tlaxcala vinieron a poblarla, y servir de barrera a los de la nación Chichimeca, mucha parte de ella en aquel tiempo por conquistar; el capitán Caldera por superior determinación continuó la conquista sirviéndose más de la persuasión y el halago que de las armas de dicho año al de diez y ocho han mandado a estos yndios [sic] capitanes protectores nombrados por los excelentísimos señores Virreyes con la jurisdicción civil y militar, y con solo apelación a ellos; estos pobladores, los nuevos conquistadores y quantos [sic] vecinos se han establecido y establecen en ella, han gozado, y gozan desde entonces el fuero militar, no han pagado tributo y han mantenido y actualmente mantiene cada pueblo otra compañía de yndios [sic] flecheros; […] estas compañías han servido con utilidad en la conquista del Nayarit; y se han opuesto en varias ocasiones a sus sublevaciones (AGS: 7050-1, cuaderno 2, fs. 10f-v).
Para que los tlaxcaltecas aceptaran trasladarse se les otorgaron privilegios contenidos en las capitulaciones; algunas de las prerrogativas eran exención del pago de tributos, derecho de portar armas, permiso para montar a caballo, vestir como hidalgos, etcétera (Martínez, 1998: 159-165). La fundación de barrios tlaxcaltecas también tuvo fines de comercio, pues los españoles necesitaban víveres para continuar con el trabajo en las minas. Después, los asentamientos tlaxcaltecas sirvieron de control estratégico y expansión, ya que orillaron a los pueblos originarios de esta región a lugares más alejados. Alrededor de 50 familias aliadas se establecieron en el valle de Huacasco, quedando Colotlán en el orden espiritual a cargo de un religioso franciscano. El asentamiento de tlaxcaltecas proporcionaba protección en los caminos, aseguraba el abastecimiento de granos en la ruta de la plata a los mineros, además de ayudar a la pacificación y enseñanza de “mejores costumbres” a diversos pueblos indígenas. Los indígenas de esta región, al igual que los tlaxcaltecas, gozaban de ciertos privilegios, por lo cual muchos mestizos y otras castas se refugiaban allí para disfrutar del fuero militar.
Los indígenas de Colotlán y pueblos aledaños, pasada la pacificación y colonización tlaxcalteca, fueron llamados colotecos, nombre genérico que incluía a los indígenas de Huejuquilla, San Nicolás, Soledad, Tenzompa, Mesquitic, Nostic, San Sebastián, Santa Catarina, San Andrés Cohamiata, Nueva Tlaxcala, Chalchihuites, Camotlán, Hostoco, Apozolco, Mamatla y Tepisuaque. Asimismo, se distinguían tres etnias: huichol/cora, tepehuan/tepecano y mexicaneros (Shadow, 1991: 60-61). Además, otorgaban servicio militar en pro de la Corona al formar las compañías de flecheros. Los colotecos estaban a cargo de un capitán protector nombrado por el virrey, que generalmente era un militar con atribuciones de orden civil: “gubernativas, administrativas y aun jurisdiccionales” (Capdequí, 1965: 60).
Para gobernarlos se estableció de inmemorial tiempo una persona con el carácter de capitán protector, a quien reconocían por juez, en sus primeras instancias civiles, y criminales cuyo gobierno era político y militar, siempre sujeto en las apelaciones a esta capitanía general, pues como fronterizos y en continua acción contra los mismos bárbaros insultantes, se les concedió el fuero militar, bajo cuyo sistema se alistaban todos sin excepción como soldados desde sus tierras. Años constituyéndose defensores de la frontera con dirección de su capitán protector; pero era el dolor que no siempre le obedecían, pues cuando algo determinaba contra sus gustos, se le revelaban, y solía ser víctima sacrificada a la insolencia; y al furor de sus flechas. […] El gobierno de los capitanes protectores duró cerca de doscientos años, sin más efecto que desórdenes, y calamidades que notaría a fuerzas para hacerse respetar; ni podía proteger a los curas doctrineros, ni a los oprimidos contra sus opresores (AGS: 7050-1, cuaderno 4, fs. 1v-2f, 4f).
El contexto en el ocaso decimonónico
La puesta en marcha de las reformas borbónicas, la nueva administración territorial y económica en las colonias americanas, y la llegada de Revillagigedo5 en 1789 al virreinato, lo impulsaron a pedir información sobre el gobierno de las Fronteras de San Luis Colotlán, debido a un conflicto jurisdiccional entre Nueva Galicia y Nueva España por el control del gobierno de Colotlán y la falta de recaudación fiscal en dicho territorio. En ese tenor, Revillagigedo decidió enviar a Félix María Calleja del Rey a revisar el “estado de las fronteras”, pues existían informes (BPEJ, ARA: Ramo Civil, 173-2-1932; y AGS: Guerra, legajo 7014, exp. 1) en donde se mencionaba que los pobladores de Colotlán aprovechaban su situación de fronterizos para no pagar las cargas económicas que la burocracia española mandaba a todos los pueblos de indios, y usaban libremente caballos y armas. Además, los habitantes de las Fronteras de Colotlán manifestaban sus desacuerdos por la falta de atención de la Corona, expulsando a sus autoridades e incluso atentando contra la vida de clérigos, misioneros o funcionarios castrenses, a causa de los maltratos que recibían (BPEJ, ARA: Ramo Civil, 238-13-3156, fs. 2f-4f; y Berthe, Calvo y Jiménez, 2000: 338-345).
Las autoridades virreinales señalaban que los indígenas se habían vuelto “turbulentos”, que colindaban con los “serranos nayaritas y […] los taraumares y tepeguanes de la Nueva Vizcaya, estos últimos estaban acusados gravemente de infidelidad y aún de coligación con los apaches y por último que había principios de iguales sospechas contra los referidos colotlanes” (AGS: 7050-1, no. 769, s.f.), por lo tanto, era necesaria una descripción minuciosa que permitiera tener un panorama amplio del gobierno fronterizo y emitir una recomendación para su mejor administración. De ahí que se buscara un militar para hacer el informe del estado de las Fronteras de Colotlán. Debía ser alguien de confianza para el virrey, pues era una tarea delicada; se trataba de un gobierno en donde mantener la calma significaba tener resguardada la ruta comercial de la plata y, asimismo, conservar libre de rebeliones una región en donde las alianzas, incluso con indios alejados de Colotlán, podían materializarse en cualquier momento, y con ello desestabilizar la economía regional: el trabajo en las minas, el intercambio comercial y la producción agroganadera.
Calleja llegó a la Nueva España, junto con Revillagigedo, con el título de capitán agregado al regimiento de infantería fijo de Puebla. Hacia 1788 el virrey buscaba un “oficial de guerra instruido en su profesión, buen matemático y de acreditado talento, eficacia, prudencia y conducta”, para llevar a cabo el análisis de la situación que vivían las Fronteras de Colotlán, específicamente en el sentido militar, pues se mantenía una compañía de indios flecheros resguardando los límites. La trayectoria de Calleja en el servicio castrense era excepcional, tenía experiencia en el reclutamiento y organización de varias compañías presidiales antes de visitar Colotlán, por lo que conocía lugares fronterizos y su funcionamiento.6 No es gratuito que Revillagigedo decidiera enviar a Calleja a una zona con un fuerte sello militar. En el oficio que se le extendió dice lo siguiente:
Como en usted concurren las circunstancias de talento, conducta, amor al servicio y deseos de acreditarlo; tengo por conveniente confiarle el reconocimiento prolixo [sic] de las milicias, pueblos y misiones de yndios [sic] de las fronteras de Colotlán; y provincia del Nayarit en los términos que previene la instrucción adjunta (AGS: 7050-1, cuaderno 1, fj. 16v., 21 de abril de 1790).
El objetivo de enviar a Calleja era para recabar información sobre las milicias de indios flecheros y su posible sustitución por compañías de dragones, es decir, de mestizos armados con el fin de desarticular las compañías de flecheros y quitarles sus prerrogativas como indios fronterizos, lo cual los llevaba a tener un estatus social inferior y, entre otras cosas, los obligaba a pagar tributo. En esos momentos la recaudación era un tema de sumo interés para la Corona española. También se le pidió que indagara sobre la vida cotidiana, las condiciones sociales y materiales de los pueblos, con el propósito de “desarmar a los indios”, de acercarlos a la fe católica, de contribuir a la tranquilidad de los pueblos estableciendo algunas familias españolas y de anexar sus pueblos a las jurisdicciones cercanas (AGS: 7050-1, cuaderno 1, fj. 19f).
La intención del virrey consistía en eliminar el carácter de frontera del gobierno coloteco y convertirlo en una jurisdicción más, lo cual daría nuevas obligaciones a sus habitantes; la más clara era pagar tributo. Sin embargo, no era una tarea sencilla debido a que fue creado para salvaguardar la seguridad de la Corona y apaciguar un espacio donde se libró un sangriento encuentro entre colonizadores y colonizados: la Guerra Chichimeca. Finalmente, la creación del gobierno fue una solución en donde unos y otros llegaron a un acuerdo para mantener la paz de un espacio que permitía el avance de los europeos hacia territorios norteños, otorgando a los colotecos privilegios que pueblos indígenas de otras latitudes no gozaban.
La petición de Revillagigedo del informe del gobierno fronterizo no es única: en 1783 se recopilaron noticias de autoridades civiles, eclesiásticas y militares acerca de los pobladores de Colotlán, sus ocupaciones, costumbres, forma de gobierno, número de habitantes, etc. Una compilación de dichos testimonios se encuentra en Colotlán doble frontera contra los bárbaros (Velázquez, 1961), y se hicieron con el fin de saber si podían cesar las excepciones con las que habían vivido los colotlecos y disgregar el gobierno para que formara parte de las diversas alcaldías que lo circundaban.
La compilación está constituida por una serie de informes redactados en 1783 a petición del virrey Matías de Gálvez, además contiene un estudio introductorio realizado por María del Carmen Velázquez. La autora señala que el territorio sobre el que el virrey pedía informes era “desde tiempos prehispánicos, el lindero de los pueblos civilizados con los bárbaros del Norte” (Velázquez, 1961: 7). La región de Colotlán constituyó la frontera de avance español hacia el norte, formada gracias a las alianzas entre distintos pueblos indígenas y españoles. Coincido con Velázquez al afirmar que las Fronteras de San Luis Colotlán formaban “una especie de baluarte contra los enemigos del gobierno colonial: indios bárbaros, rebeldes y malhechores” (Velázquez, 1961: 10). Las Fronteras de Colotlán no eran sólo una línea divisoria entre “indios bárbaros” e indios aliados a la Corona española. El gobierno fronterizo tenía características muy específicas, con una sociedad que reunía en su seno grupos de origen racial diverso; ser indio fronterizo significaba no pagar tributos, “se traducía en independencia de la burocracia administrativa, libertad de cargas económicas y conciencia de ser importantes en la república dominada por los españoles”, y se constituyó en una forma de vida (Velázquez, 1961: 19). Ser colotleco implicaba una identidad sociocultural, designaba el lugar de origen y la fuerte organización comunitaria para defender su autonomía y rechazar el control colonial.7 En el aspecto económico era una región que satisfacía sus propias necesidades; los pobladores sembraban maíz, tenían huertas, ganado mayor y menor, y otros completaban su sustento con el comercio de sal, madera, mezcal y el trabajo en las minas y haciendas cercanas.
El objetivo de los informes recopilados por Velázquez y el de aquel realizado por Calleja era el mismo: reformar el gobierno de las Fronteras de Colotlán; y se vincula con dos eventos: conflictos jurisdiccionales entre Nueva Galicia y Nueva España con respecto a la administración y control de Colotlán, y la implementación de las reformas borbónicas8 con motivo de la ascensión de los Borbones al trono, que, inspirados en la Ilustración, proponían, entre otras cosas, la división del territorio en intendencias.9
El entorno económico
Con el descubrimiento de las minas zacatecanas, el abastecimiento de granos y carne era necesario para mantener a los trabajadores y continuar con la extracción de minerales. Las haciendas agroganaderas, ubicadas alrededor de las minas se fueron multiplicando paulatinamente, convirtiéndose en unidades de producción redituables; si bien producían menos ganancias que las minas, su ingreso era constante. Gracias a las extensas zonas de pastizales la ganadería se consolidó como una de las principales actividades en el septentrión novohispano. Las haciendas agroganaderas proveyeron de alimentos, mulas y cueros a las minas y, cuando estas se agotaron, persistieron como empresas rentables (Calderón, 1988: 202). Actualmente, la ganadería continúa siendo una actividad primordial en la región, surtiendo el mercado de carne de varias ciudades de la república mexicana e incluso de algunas ciudades estadounidenses.
La dinámica del gobierno de las Fronteras de Colotlán estuvo relacionada con las bonanzas de los minerales cercanos. Colotlán se convirtió en un lugar necesario para conservar la seguridad de los caminos e impedir los asaltos y saqueos de los viajeros. Por lo tanto, el establecimiento de familias tlaxcaltecas, españolas y criollas otorgó una personalidad particular a la región. En los siglos XVI y XVII el gobierno fronterizo se fue consolidando como un importante bastión español para las exploraciones y conquistas al norte del río Santiago. Su triunfo se debe en parte a la labor de las familias tlaxcaltecas en cuanto a la introducción de nuevas técnicas agrícolas y la sedentarización de los pobladores.
Primero las estancias de ganado y después las haciendas agroganaderas dieron una composición distinta a la sociedad colonial, articulaban lugares cercanos y distantes en torno a una economía centrada en los auges y descensos de la minería. El establecimiento de haciendas dedicadas a la agricultura y la ganadería inició aproximadamente en el siglo XVII, pero fue en la decimoctava centuria cuando se consolidaron las haciendas de mayor poder económico. Las haciendas eran propiedades rurales de base mixta (combinaban agricultura y ganadería basándose en la última, por lo tanto, el uso de la tierra era extensivo), que estaban en manos de criollos o españoles. Su producción estaba dirigida básicamente a los centros mineros de Bolaños, Fresnillo, Sombrerete y Zacatecas.
En el siglo XVII hubo expansión del ganado: se introdujeron algunas especies que no tuvieron mayor problema en adaptarse al terreno y al clima, reproduciéndose y multiplicándose rápidamente. Con la ayuda de la ganadería se colonizó el norte, se establecieron grandes estancias ganaderas en donde las condiciones naturales hacían fácil la reproducción del ganado. Las estancias ganaderas ubicadas al norte de la Nueva Galicia abastecían de ganado a la Nueva España. “A principios del siglo XIX, la Intendencia de Guadalajara producía entre 300 000 y 350 000 reses al año, mientras que el censo vacuno de la región llegaba a más de dos millones de cabezas” (Fujigaki, 2004: 95-96).
La rápida multiplicación del ganado provocó su invasión en terrenos comunales; al respecto, las autoridades coloniales se preocuparon por dar solución al problema, enviando visitadores para que hicieran justicia a los indígenas. Tal irrupción en tierras indígenas era a causa de la trashumancia, es decir, del cambio de ganado de los pastos invernales a los de verano; una práctica común en aquellos días y que hoy se mantiene, la cual tiene su origen en la ganadería española.
Las haciendas ubicadas en las inmediaciones del gobierno fronterizo ocuparon la mano de obra de los indígenas intermitentemente; existía una relación de simbiosis entre unos y otros. Los indígenas hablaban de explotación proveniente de los vecinos “de razón”. Los indígenas que anteponían sus raíces tlaxcaltecas se defendieron de los abusos de los vecinos “de razón”, utilizando argumentos legales para defender su uso de la tierra y los privilegios que les fueron otorgados en las capitulaciones a las primeras familias provenientes del centro de México para poblar el septentrión novohispano. Por su parte, los hacendados señalaban frecuentes robos de ganado. La relación entre indígenas y terratenientes era necesaria para la subsistencia de ambos, ya que sin la mano de obra proporcionada por las comunidades las cosechas se hubieran perdido, en cambio las comunidades necesitaban el trabajo en las haciendas para completar su subsistencia (véase Ultreras, 2005).
En lo que respecta a la minería, en la segunda mitad del siglo XVIII el real de Bolaños repuntó económicamente. A pesar de algunas crisis en la extracción argentífera, las minas de Bolaños tuvieron su primer auge hacia 1740, seguido de retrocesos y ascensos económicos hasta el fin del siglo XVIII (Carbajal, 2002). La articulación de la minería en torno a Bolaños otorgó un nuevo carácter a la economía regional, los habitantes de los pueblos circunvecinos eran contratados en los periodos de mayor extracción argentífera, mientras que las haciendas y los poblados cercanos abastecían de víveres a las minas bolañenses. La frontera parecía consolidada para estos momentos y sus habitantes estaban concentrados en la búsqueda y extracción de mineral, así como en el cultivo de la tierra y la reproducción del ganado.
El recorrido de Félix María Calleja10
El viaje del capitán Calleja comenzó en la Ciudad de México, de donde partió el 12 de mayo de 1790 con rumbo a Querétaro. Pasó por León, Lagos, Aguascalientes, Nochistlán, Juchipila, Jerez, Fresnillo y entró al gobierno de las Fronteras de Colotlán por Huejúcar el 21 de junio del mismo año. La instrucción que recibió Félix María Calleja indica que debía revisar los pueblos de las Fronteras de Colotlán y su estado. El expediente formado con la documentación del informe de Calleja está dividido en seis cuadernos: el primero contiene la instrucción emitida a Calleja, el recorrido del viaje y el resumen de la travesía de Calleja. No es sino hasta el segundo cuaderno donde inicia su diario, describiendo cada lugar que visita; asimismo, informa sobre los resultados de la revisión de milicias de las Fronteras de Colotlán. En el tercer cuaderno señala el estado de la provincia de Nayarit. El cuarto cuaderno es un informe del gobernador de Colotlán, Simón de Herrera, sobre el estado de las Fronteras de Colotlán y la Sierra del Nayar. El quinto cuaderno trata sobre los resultados de la visita de Calleja y sus propuestas para mejorar la frontera con una renovación de las milicias. El sexto y último cuaderno es el reglamento para la formación del nuevo cuerpo de dragones de Colotlán y restructuración de las milicias. Calleja realizó sus informes en tres ocasiones: el 28 de septiembre y el 13 de octubre de 1790, así como el 17 de enero de 1791.
Los pueblos fronterizos
La extensión de la provincia era de “65 leguas de norte a sur y 76 de este a oeste” (AGS: 7050-1, no. 3, s.f.); por el norte colindaba con las jurisdicciones de Fresnillo, Sombrerete y Zacatecas, por el sur con la de Guadalajara y la subdelegación de Hostotipaquillo, por el este con la de Juchipila y parte de la de Jerez, y por el oeste con la provincia de Nayarit y con “el río grande que llaman del Nayarit”. En cuanto a los vecinos “de razón” que tenían haciendas cercanas a los pueblos que conformaban las Fronteras de Colotlán, estos dependían de las jurisdicciones más próximas. En el centro, como una suerte de isla, estaba situado el real de Bolaños, compuesto por los pueblos de Chimaltitán, Gilacatitán, Pochotitán y Goaquasco (AGS: 7050-1, cuaderno 2, fs. 10v-11f).
El gobierno fronterizo, según datos de Calleja, comprendía veintisiete pueblos, aunque dependiendo de la fuente consultada se contabilizan más o menos lugares. Estaban situados en una extensión de 329.75 leguas cuadradas de terreno, de las cuales 51.25 eran de pan llevar,11 105.25 de pasto y 173.25 de sierra perteneciente al rey por ser terrenos realengos. Los pueblos estaban asentados en las márgenes de los ríos o arroyos. Contaban con cuatro ríos “bastante caudalosos […] [que] desaguan en la mar del sur” y trece arroyos con agua corriente todo el año. El río Chapalagana dividía los límites entre Colotlán y Nayarit. En los meses de junio a septiembre se registraba el temporal de lluvias y los ríos crecían tanto que no era posible cruzarlos hasta que bajara el nivel del agua, hacia fines de octubre (AGS: 7050-1, cuaderno 1, fs. 35f y cuaderno 2, fj. 11v).
Las mediciones que realizó Calleja ubicaban al gobierno de las Fronteras de Colotlán en los 22º 15’ de latitud boreal y 273º de longitud. Se encontró con varios climas a causa de la diversidad de altitudes, además de algunas “cañadas anchas, poco profundas, y que sus inmediatas montañas no impiden la entrada en los vientos”, con bastante calor en ciertas zonas, mientras que en los lugares altos de las sierras “se hielan de frío los ganados” (AGS: 7050-1, cuaderno 2, fs. 11f-v).
| Tabla 1. Pueblos que formaban las Fronteras de San Luis Colotlán, 1790 | |||
| Real de Bolaños, gobernador | Colotlán, un teniente general | Huejuquilla, un teniente particular | Nueva Tlaxcala, un teniente particular |
| Ascapulco*+Tepisuaque*+Mamata*+Aposolco*+Ascaltlán*+San Sebastián*+Camotlán*+Ostoco*+HuilacatitánPochotitánChimaltitánCocoasco | Colotlán*+Soyotatitán (barrio de Colotlán)+Tochopa (barrio de Colotlán)+Santiago*+Santa María*+Talcosagua*+Huejúcar*+Temastián*+Totatiche*+ | Huejuquilla*+San Nicolás*+Soledad*+Tensompa*+Nostic*+Mezquitique*+ | Nueva Tlaxcala*+San Andrés del Teúl*+Santa Catalina*+San Andrés Coamiata*+ |
| *Pueblos con bienes comunes (AGS: 7050-1, cuaderno 2, fj. 50).+Pueblos en los que se manifiesta el número de curatos del gobierno de Colotlán (AGS: 7050-1, cuaderno 2, cuadro número 4) y el número de familias indias y “de razón” (AGS: 7050-1, cuaderno 2, cuadro número 3). | |||
Fuente: elaboración propia con base en el informe de Calleja (AGS: 7050-1, relación número 3, s.f.).
| Tabla 2. Distancias a los pueblos de las Fronteras de Colotlán y las jurisdicciones inmediatas, 1790 | ||
| Nombres de los pueblos | Distancias a Colotlán (en leguas) | Distancias a las cabeceras de las jurisdicciones inmediatas |
| A Jerez | ||
| San Luis de Colotlán | - | 16 |
| Santiago | 1 | 15 |
| Santa María de los Ángeles | 2 | 14 |
| San Diego Tlalcosagua | 6 | 10 |
| Huejúcar | 7 | 9 |
| Mezquitic | 18 | A Fresnillo |
| 35 | ||
| Nostic | 20 | 37 |
| Huejuquilla | 30 | 32 |
| San Nicolás | 31 | 33 |
| La Soledad | 31 | 37 |
| Tensompa | 33 | 39 |
| San Andrés del Teúl | 50 | A Sombrerete |
| 12 | ||
| Nueva Tlaxcala12 | 55 | 10 |
| San Sebastián | 55 | A la primera misión de Nayarit (Mesa del Tonati) |
| 22 | ||
| Santa Catalina | 55 | 22 |
| San Andrés Coamiata | 65 | 12 |
| Santiago Totatiche | 8 | A Tlaltenango |
| 9 | ||
| Temastián | 10 | 11 |
| Acaspulco | 12 | 13 |
| Asqueltán | 20 | A Bolaños |
| 12 | ||
| Tepisoac | 36 | 20 |
| Mamata | 40 | 16 |
| Aposolco | 45 | 22 |
| Camotlán | 55 | 23 |
| Ostoco | 55 | A Hostotipaquillo |
| 25 | ||
Fuente: elaboración propia con base en el informe de Calleja (AGS: 7050-1, cuaderno 1, número 4, fs. 23f-v).
Naturaleza y trabajo
Los pueblos del gobierno fronterizo se ubicaban en diversas altitudes, y así lo informaron las autoridades y visitadores coloniales. En los informes se subraya la fertilidad de las tierras, la variedad de frutos que se podían cosechar, “frutas de tierra caliente, […] de tierra fría y de la mejor especie”, sin olvidar que el maíz y el frijol eran los principales cultivos. Asimismo, se cosechaba trigo en modestas cantidades y existían abundantes pastos. El paisaje en las barrancas y las ásperas sierras se cubría de pinos y mezquites. En los lugares de tierra caliente se criaban animales ponzoñosos, especialmente víboras y alacranes con un veneno extraordinario.
En las sierras se habían encontrado yacimientos mineros, existían muchas minas abiertas, pero pocas contaban con la suficiente cantidad de plata para cubrir los costos de extracción. Calleja indica que poco se había excavado en los yacimientos encontrados por la falta de recursos económicos para hacer perforaciones más profundas, aunado al temor de que los indígenas impidieran las labores (AGS: 7050-1, cuaderno 2, fs. 12f-v).
Otra actividad económica importante era la elaboración y comercialización de “mezcal” de frutas de la región, que se consumía y transportaba a los reales de Bolaños, Fresnillo, Sombrerete y Zacatecas. La noción de Calleja sobre naturaleza y trabajo contrasta con lo que observó en su visita. Para Calleja la tierra era fértil “para todo género de siembras”, y a pesar de la cantidad de frutos que ofrecían aquellos parajes, los indígenas vivían en la “mayor miseria” (AGS: 7050-1, cuaderno 2, fj. 12f), ya que no cultivaban ni comerciaban los frutos de las cosechas que podían venderse a buenos precios en los reales mineros cercanos. Sólo sembraban
poco maíz y […] tienen muy corta cría de ganado mayor y lo mucho robado en las inmediatas haciendas de europeos […],13 un terreno que si se cultivara según se debe, y a que será utilísimo animarlos serían sus producciones muy estimables, pero es la lástima que todo se halla inculto por la suma flojedad y desidia de aquellos naturales, tan amantes del ocio y del vicio, contentándose con mantenerse la mayor parte del año a expensas de las frutas y hierbas silvestres que la naturaleza concede a tan fértiles campos (AGS: 7050-1, cuaderno 4, fj. 1f, 653-4).
Calleja, así como otros visitadores (cfr. Velázquez, 1961), aseguraban que los indígenas poseían gran cantidad de terrenos de buena calidad y excelente pasto, y sólo era aprovechado para criar ganado vacuno y caballar, pues en las 22 cofradías que Calleja contabilizó en las Fronteras de Colotlán, había 1 052 cabezas de ganado vacuno y 3 240 de ganado caballar administrados por los párrocos e invertidos en las fiestas. Así, la cría de ganado era una de las principales actividades.
El carácter de los indios
Los indígenas son descritos como insolentes, inquietos, ebrios, indolentes, tumultuosos, guerreros a su modo, crueles, asesinos y tenían completa libertad de viajar por las demarcaciones del gobierno fronterizo gracias al fuero que disfrutaban (AGS: 7050-1, cuaderno 2, fs. 38v-39f, 29v-30f). Las autoridades coloniales decidieron conservar los privilegios de los indígenas, mismos que mantenían desde 1590, con el fin de obtener su auxilio en el control de insurrecciones de pueblos vecinos.
El carácter de los yndios [sic] en general tímido y cobarde pero vengativo y cruel, cuando se hayan con fuerzas superiores, es en apariencia blando y sumiso, pero siempre con un secreto designio de venganza. Es desconfiado, indolente, perezoso al exceso y adicto a sus costumbres; aman la libertad desordenada y unen los vicios de los pueblos salvajes a los de los civilizados, son por naturaleza hipócritas y ejercitan con tanto fruto esta detestable ficción en lo moral y civil que apenas hay jefe o prelado eclesiástico a quien no compadezca e interese la visita de un hombre desnudo y miserable en que aparece ultrajada toda la misma naturaleza y que se presenta en actitud humilde con semblante compuesto y al parecer sencilla. A pesar de este mal carácter distingue a estos yndios [sic] un respeto y veneración sin límites por el nombre del Rey que, aunque sea aparente bien manejada puede producir ventajas (AGS: 7050-1, cuaderno 2, fj. 50f).
Provincia de Nayarit
Existieron varios intentos de colonizar y evangelizar la provincia de Nayarit. En el siglo XVII, tras diversas incursiones por los laberintos serranos, los franciscanos no habían logrado evangelizar completamente la sierra nayarita. Hacia 1722 las autoridades coloniales solicitaron los servicios de los jesuitas para evangelizar a los nayaritas. Los jesuitas tomaron las riendas de la evangelización y se establecieron en los pueblos de Santa Teresa, Mesa del Tonati, Santa Gertrudis, Nuestra Señora de Guadalupe, Guaynamota, San Juan Bautista, San Pedro Ixcatán, entre otros (De la Torre, 2001: 267). Cuando los jesuitas fueron expulsados, los franciscanos retomaron la administración de las misiones.
En este contexto y con las innumerables quejas que el virrey recibía de los abusos cometidos por los religiosos en la provincia de Nayarit, colindante con el gobierno de las Fronteras de Colotlán, envió a Calleja para revisar la zona y tener una idea general de quiénes eran los nayaritas y cómo vivían. Asimismo, se pidió la recomendación de Calleja sobre la posibilidad de incorporar la provincia de Nayarit al gobierno colotlense.
La provincia de Nayarit estaba ubicada en una porción de la escarpada Sierra Madre, colindando con los tarahumaras al norte y noroeste, “distantes 40 a 160 leguas, teniendo que atravesar para venir a esta la intendencia de Durango, Mesquital de la sierra”; por el este confinaba con la provincia de Colotlán, demarcada por numerosos milicianos; por el oeste con las costas del mar del Sur; por el sur con la intendencia de Guadalajara y la jurisdicción de Tepic (AGS: 7050-1, cuaderno 3, fj. 11f). Comprendía ocho misiones y seis pueblos de visita divididos como se muestra en la tabla 3.
| Tabla 3. Misiones del Nayar y sus pueblos | |
| Misiones | Pueblos de visita |
| Mesa del Tonati | - |
| Jesús María | San Francisco |
| San Juan Peyotán | Santa Rosa |
| Santa Teresa | Los Dolores |
| San Pedro Yscatán | - |
| El Rosario | San Juan Coropa |
| San Ignacio Guainamota | - |
| Santa Fe | San Diego y San Juan Buenavista |
Fuente: elaboración propia con información obtenida de AGS (7050-1, cuaderno 3, fj. 22f, 24f).
Naturaleza y trabajo
Las características del terreno, según el informe de Calleja, indicaban cultivos abundantes de maíz, frijol, chile, cacao y vainilla; los últimos eran ingredientes apreciados en la gastronomía europea, por ende, desde la óptica de nuestro relator, se podía hacer buen comercio con ellos. A pesar de que el cultivo de esos productos era posible, su comercialización era complicada debido a los malos caminos y las largas distancias entre los pueblos de Nayarit y las jurisdicciones más cercanas, lo cual aumentaba el precio de los productos al momento de su comercialización, poniéndolos en desventaja.
En los lugares escarpados y de mayor altitud de la inexpugnable sierra sobresalía la producción de madera de pino y palo de Brasil, mientras que la caña dulce y el tabaco “silvestre” se cultivaban en pequeñas cantidades, solamente para el consumo local (AGS: 7050-1, cuaderno 3, fs. 14v-15f).
Calleja subrayaba la abundancia de minerales de plata que no se explotaban, “más de 50 descubiertos […] y no hay ningún cerro que no contenga ley de plata”, pero no se puede aseverar que la información fuera exacta. Le sorprendía la “miseria y abatimiento” en la que vivían los indígenas a la vista de la cantidad de minerales sin explotar, porque como todos “los de su especie […] indolentes y perezosos al exceso, nada aprecian el dinero ni las cosas que lo vale” (AGS: 7050-1, cuaderno 3, fj. 11f, 15f). Esta afirmación parece más un juicio de valor sobre el carácter de los indígenas, fundado en la noción de naturaleza, productividad y explotación de los colonizadores.
Para reforzar su argumento sobre el carácter poco industrioso de los indígenas, Calleja señalaba que mientras estos no tenían más de 500 reses, los vecinos “de razón” poseían alrededor de 4 000 cabezas de ganado y completaban su sustento con la siembra y “el trafico de arriería” (AGS: 7050-1, cuaderno 3, fj. 4f). Desde la perspectiva emprendedora y “civilizada” de los visitadores, los indígenas se conformaban con poco, es decir, no aprovechaban al máximo los recursos que tenían al alcance, solamente extraían de la naturaleza lo básico para subsistir. En cambio, los europeos mantenían un espíritu más resuelto en cuanto a la puesta en marcha de nuevos proyectos para acrecentar sus ingresos y elevar su estatus social. Para los colonizadores la vasta extensión de montes, sierras y bosques, aunado a los diversos ríos y arroyos, era propicia para la ganadería extensiva. Pero los indígenas tenían una práctica distinta del uso de los recursos naturales, comunal y en apariencia aunada al ciclo religioso, de acuerdo con el reporte de Calleja sobre bienes de cofradías: 22 cofradías con 1 052 cabezas de ganado vacuno y 3 240 de ganado caballar; mientras que la organización española y mestiza giraba en torno a la propiedad privada y el comercio. Lo anterior es muestra de los distintos proyectos y prácticas de territorialidad.
El carácter de los indios
El carácter de los indios era “el de la suma desidia […], pusilanimidad y la suma obediencia en quanto [sic] se les manda” (AGS: 7050-1, cuaderno 3, fj. 3v). En comparación con lo que se describe de los pobladores de las Fronteras de Colotlán, a los nayaritas se les reconocía su buen comportamiento, mejores costumbres y “aborrecen el robo, vicio tan dominante en todas las naciones que pueblan la superficie de la tierra”. A causa de su odio a robar dejaban sus casas abiertas cuando salían de sus pueblos, y al regreso encontraban sus pertenencias justo como las habían dejado, sin que nada hiciera falta; si se encontraban algo que no fuera de ellos, lo llevaban con el misionero.
De ellos se decía que eran muy propensos a la “idolatría”, pero Calleja los percibió devotos a la Iglesia, asistiendo a la confesión anual, presentando sus hijos al bautismo y pidiendo los santos óleos cuando su vida corría peligro (AGS: 7050-1, cuaderno 3, fj. 3v). Incluso en los testimonios que Calleja recopiló de los moradores de estas latitudes, menciona que después de hablar con algunos “del tiempo de la conquista” habían manifestado satisfacción en profesar la religión católica.
Las propuestas político-administrativas
Después de revisar los pueblos que componían las Fronteras de Colotlán y la provincia de Nayarit, Calleja señaló algunos puntos que creía conveniente reformar para un mejor control del gobierno fronterizo.
En su opinión, no era prudente agregar algunos pueblos a las jurisdicciones cercanas porque los indígenas perderían su fuero militar, el cual apreciaban. Tampoco creía que se podrían hacer visitas frecuentes en la región debido a la accidentada geografía, por lo tanto, consideró necesario nombrar a un comandante en jefe de un cuerpo de milicias al mando del gobierno y a las órdenes del virrey. “En caso de sublevación en esta provincia, la del Nayarit, o la de la Tarahumara alta, inmediatas a ambas conviene haya a la vista una persona militar con fuerzas suficientes para cortarla en su origen” (AGS: 7050-1, cuaderno2, fj. 37v).
Aprobó la incorporación de los partidos de Bolaños y Nayarit al gobierno de las Fronteras de San Luis Colotlán y la formación de nueve compañías de dragones para el resguardo de la frontera, así como la extinción de las compañías de indios flecheros. Decidió reducir el número de compañías de dragones de 24 a 9, con un total de 630 hombres que serían de gente a caballo y, por lo tanto, se podrían reunir de manera ágil.
Sugirió el repartimiento de solares a familias españolas. Esta medida obedecía a la mezcla de los tlaxcaltecas con otras castas, como negros, mulatos, coyotes, etc., llevándolos a “corrompidas costumbres que los dispone a inobediencias y a mirar con repugnancia cuanto les priva de una vida licenciosa”. De ahí que propusiera la introducción de familias españolas, para hacerlos “de trato más dócil y de mejores sentimientos religiosos” (AGS: 7050-1, no. 117, s.f.).
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