Kitabı oku: «El mediterráneo medieval y Valencia»
EL MEDITERRÁNEO MEDIEVAL Y VALENCIA
ECONOMÍA, SOCIEDAD, HISTORIA
EL MEDITERRÁNEO MEDIEVAL Y VALENCIA
ECONOMÍA, SOCIEDAD, HISTORIA
Paulino Iradiel
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.
Esta publicación forma parte del Proyecto I+D+i «Identidades urbanas Corona de Aragón- Italia: redes económicas, estructuras institucionales, funciones políticas», referencia HAR 2011-28861, financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación.
© Paulino Iradiel, 2017
© De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2017
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es
Ilustración de la cubierta:
Anónimo mallorquín atribuible al taller de Gabriel de Vallseca (ca 1439).
Biblioteca Nazionale Centrale, Florencia
Maquetación: Textual IM
Corrección: Communico-Letras y Píxelex, S. L.
ISBN: 978-84-9134-119-2
ÍNDICE
«PAULINO IRADIEL, HISTORIADOR CRÍTICO DEL MEDIEVALISMO», Germán Navarro y David Igual
PRESENTACIÓN
I. HISTORIOGRAFÍA, METODOLOGÍA Y FUENTES
1. Definir y medir el crecimiento económico medieval
2. La transición y los aspectos del desarrollo comercial y manufacturero en la Europa bajomedieval y moderna
3. Antes de la identidad, las identidades. Reflexiones desde la periferia
4. Economía y sociedad feudo-señorial: cuestiones de método y de historiografía medieval
5. Medievalismo histórico e historiográfico
6. Fuentes de derecho privado: protocolos notariales e historia económica
II. EL MEDITERRÁNEO MEDIEVAL Y LA CORONA DE ARAGÓN
7. La idea de Europa y la cultura de las élites mercantiles
8. Metrópolis y hombres de negocios (siglos XIV y XV)
9. Nápoles en el mercado mediterráneo de la Corona de Aragón
10. La economía de la Corona de Aragón a finales de la Edad Media
III. CORPORACIONES, INDUSTRIA Y COMERCIO
11. En el Mediterráneo occidental peninsular: dominantes y periferias dominadas en la baja Edad Media
12. Corporaciones de oficio, acción política y sociedad civil en Valencia
13. Consecuencias económicas y demográficas de las epidemias del siglo XV en la Corona de Aragón
14. El siglo de oro del comercio valenciano
15. El comercio en el Mediterráneo entre 1490 y 1530
PAULINO IRADIEL, HISTORIADOR CRÍTICO DEL MEDIEVALISMO
Germán Navarro Espinach Universidad de Zaragoza
David Igual Luis Universidad de Castilla-La Mancha
La cercanía que tenemos con el autor de este libro, nuestro querido maestro y amigo el profesor Paulino Iradiel, condiciona sin duda el análisis de su trayectoria historiográfica. Por eso hemos concentrado la atención en la letra de sus publicaciones más que en nuestras conversaciones con él durante tantos años, citando sus propias palabras cuando ha sido posible para ilustrar en primera persona las pinceladas que componen este intento de biografía académica. Para mayor complejidad y como se aprecia por su propio bagaje personal, Iradiel pertenece al clan de los historiadores migrantes e itinerantes cuya mente está habituada a la percepción de múltiples espacios historiográficos. Navarro de nacimiento (Miranda de Arga, 1945), se licenció en la Universidad de Salamanca, de la que luego fue profesor, y obtuvo el doctorado por la Università degli Studi di Bologna, para terminar como catedrático del Departament d’Història Medieval de la Universitat de València hasta su jubilación en calidad de profesor emérito en el curso 2015-2016. Además ha sido director del departamento de Valencia y de su Revista d’Història Medieval, desempeñando también el cargo de decano de la Facultat de Geografia i Història. Y si hubiera que destacar uno entre sus muchos méritos académicos, ese sería sin duda el de formar parte del prestigioso Comité Científico y de la Junta Directiva del Istituto Internazionale di Storia Economica Francesco Datini de Prato (Italia).
Aparte de haber tenido una trayectoria académica excelente, el profesor Iradiel deviene toda una singularidad historiográfica. Siempre se ha caracterizado por escribir ensayos y libros de tono interpretativo profundo en los que ha vertido propuestas innovadoras y alegatos firmes en defensa de la reflexión epistemológica, metodológica y conceptual para los temas tratados. Su compromiso social explícito como docente e investigador –que no ha dejado de expresar en todo momento– le ha acabado convirtiendo en un historiador crítico del medievalismo. Y es que con Iradiel estamos ante una de las voces mejor formadas y más potentes de la historia medieval española de los últimos cincuenta años. Sus escritos no dejan indiferente a nadie y hay que leérselos varias veces para exprimir todo el jugo que rezuman bajo el paraguas de una prosa que resulta tan compleja y contundente como los mismísimos pensamientos que transmite. Véase a título ilustrativo la introducción que ha redactado para justificar esta obra de título sugerente: El Mediterráneo medieval y Valencia.
En las conclusiones de un libro que acabamos de coeditar juntos sobre Identidades urbanas Corona de Aragón - Italia (Iradiel, Navarro, Igual y Villanueva, 2016) dice que está «al final de mucho, o de casi todo», más dispuesto a dar consejos y la penúltima lección (Iradiel, 2016: 327). Sin embargo, la lectura de esas mismas conclusiones o de algunos de los trabajos más recientes que constituyen este libro demuestran que, en verdad, sigue estando a la vanguardia de todo más que al final de mucho o, si se prefiere, ante «la continuidad de mucho» como planteamos también para cerrar la presentación de otro libro colectivo que le hemos dedicado quienes fuimos sus doctorandos (Igual y Navarro, eds. 2017). Nuestro maestro sigue siendo un referente académico vigente porque al día de hoy va por delante en el camino del conocimiento en busca de ideas con las que innovar, profundizar, avanzar, provocar.
El perfil historiográfico que reflejan los artículos que componen la presente obra es el de un especialista en la historia económica y social del mundo urbano de la Corona de Aragón, pero sus publicaciones a lo largo de más de cuarenta años de recorrido trascienden bastante esa etiqueta. Él mismo justifica en el texto introductorio por qué motivos ha elegido esos trabajos y no otros para componer este libro y «hasta qué punto los temas tratados han logrado imponerse como trayectoria de investigación coherente pese a la diversidad de argumentos y de enfoques». Tal vez ha pensado más en los temas que le han ocupado últimamente sobre el mundo mediterráneo medieval desde el observatorio valenciano. También es muy probable que haya querido reflejar sus últimas posturas historiográficas. El hecho es que del conjunto de 15 artículos que ha reunido solo hay cuatro de los años 1986-1993. La mayoría absoluta se publicó desde el año 2000 hasta hoy, incluyendo uno inédito. Por ello creemos que es importante aquí y ahora dibujar algunas líneas en retrospectiva viajando al «principio de mucho» para reivindicar que sin aquellos comienzos no se entienden estas aportaciones.
Vaya por delante, pues, la idea de que en su trayectoria no van a percibirse movimientos de péndulo contundentes como el que hemos visto en otros grandes medievalistas viajando entre opciones temáticas y metodológicas a veces muy distantes. Servirían en ese sentido el caso de Georges Duby, que empezó con Economía rural y vida campesina para derivar, con el paso del tiempo, en Los tres órdenes o lo imaginario del feudalismo; o el de Jacques Le Goff, cuya cuantiosa producción le ha permitido columpiarse sin solución de continuidad entre Mercaderes y banqueros y El Dios de la Edad Media. En el caso de Iradiel no hay tentativas de esa magnitud pero sí que se observan ciertos golpes de timón, que lo han llevado al cabo de los años desde la historia económica marxista de referente italiano a la nueva historia económica anglosajona, pasando de la historia de la industria, la propiedad agraria y el feudalismo al estudio de las élites, la idea de Europa y las identidades urbanas. Como es lógico dichos cambios de ruta no son inocentes o incoherentes. Algunas de esas novedades llevaban una maduración larga en su mente y por fin se han manifestado. Para entenderlo tendremos que acudir a los orígenes de su vida académica, sin salirnos nunca de la materia prima fundamental que utilizaremos y que, como hemos anunciado, es la letra de sus publicaciones.
La obra clave por la que es más conocido es sin duda su Evolución de la industria textil castellana (Iradiel, 1974). Más de cuarenta años después sigue vigente como el primer día tanto como modelo de investigación impecable a la que los jóvenes medievalistas deberían aspirar, como por tratarse de un diagnóstico tan profundo y certero del desarrollo industrial castellano que solo ha sido matizado levemente por otros autores e incluso por él mismo al cabo del tiempo. Es la edición de su memoria o tesis de licenciatura de la Universidad de Salamanca. En ella demostró ser un perfecto conocedor de las manufacturas laneras de Cuenca, pero no se limitó a describir el proceso técnico, sino que pasó a interpretarlo siempre desde la perspectiva de un materialismo histórico depurado, integrándolo en la realidad de la economía europea medieval. Como recuerda en el prólogo su director José Luis Martín, el estudio lo inició antes de conocer al que sería uno de los grandes referentes en la vida académica de Paulino Iradiel, el profesor Federigo Melis, promotor de aquella segunda Settimana di Studi de Prato sobre producción, comercio y consumo de paños de lana. Es cierto, pero conviene apuntar que para llevarlo a cabo estuvo aconsejado desde el principio por el profesor Felipe Ruiz Martín, el cual fue quien le sugirió la documentación de Cuenca. Por añadidura, a finales de los años sesenta Iradiel fue alumno de profesores de la talla de Miguel Artola o José Ángel García de Cortázar, por aquel tiempo docentes en la Universidad de Salamanca. Ambos le influyeron notablemente en su concepción de la historia y en sus perspectivas de interpretación.
Así narra sus comienzos el propio Iradiel en una entrevista bastante posterior:
Yo empecé en el tardofranquismo, pero ya en un momento muy de transición y en un lugar un poco privilegiado. Era el final de la década de los años 60 y principios de los 70, la cosa ya empezaba a cambiar. Y en un lugar privilegiado porque estudié en Salamanca y realmente Salamanca en aquella época era un poco excepcional. Había inquietud, había ya aires bastante europeos, había una excelente Facultad de Historia y, respecto a otras universidades, tenía ciertas ventajas. Sí, se notaba la cerrazón, el nacionalismo un poco insano y fuerte, y el retraso respecto a historiografías europeas, pero no era tanto como en otras universidades españolas. Por ejemplo, yo vine a Valencia en 1981 y todavía encontré un poso de historiografía y de visión que no acababa de lanzarse plenamente hacia una renovación total. Estaba como estábamos en Salamanca 10 años antes. Pero bueno, en los inicios de los años 70 el franquismo se notaba y mucho (Cerdà, 2008).
Su argumento incidía en el hecho de que en Salamanca se comenzaba ya a hablar de marxismo, renovación o Annales en esos momentos. Y no era problema hacerlo respecto a épocas como la Edad Media, por el contrario a las dificultades que ello suponía cuando se pretendía aplicar a la historia del siglo XX, por ejemplo. En ese sentido, Iradiel no reconoce haber tenido una vocación concreta por la Edad Media o por otra época, aunque es cierto que le gustaban más las sociedades anteriores a lo contemporáneo, pero su dedicación al medievalismo fue casi por casualidad. Podría haber sido modernista o historiador de la economía. En verdad también lo es. En suma, lo suyo era vocación de historiador y punto.
Su toma de contacto con Federigo Melis aconteció en 1970. El profesor Antoni Riera describe así sus primeros pasos en la querida Italia:
Paulino Iradiel –recien licenciado– con las sugerentes figuras de Federigo Melis, en el Instituto Internazionale di Storia Economica Francesco Datini de Prato, y de Ovidio Capitani, en la Universidad de Bolonia, había reforzado su opción por la historia social y económica. Con un sólido bagaje teórico, el profesor Iradiel reinició su actividad investigadora en los archivos mediterráneos ibéricos, cuya riqueza en documentación privada le permitió ampliar considerablemente su horizonte temático (Riera, 2001: 14-15).
En efecto, Italia y el Mediterráneo lo atraparon para siempre en el mejor de los sentidos. Su estancia como becario del Colegio de España en Bolonia (1970-1971) le permitió concretar su tesis doctoral sobre la propiedad agraria de esa misma institución que le acogía a él como colegial «albornociano». Y sí, es cierto, el tema visto así suena a cuestión española, pero en la práctica lo convertía de facto en historiador de la economía rural del norte de Italia. Era un medievalista castellano que se transmutaba en italianista. Cuando un extranjero investiga la historia de España lo llamamos hispanista, pues bien españoles como Iradiel lo han hecho acerca de otros países. En su caso bajo la batuta de uno de los mejores maestros del medievalismo italiano, el profesor Ovidio Capitani.
La publicación de la tesis doctoral (Iradiel, 1978) constituye una segunda obra maestra después de la edición de su Evolución de la industria textil castellana cuatro años antes. Sinceramente, más que una memoria de licenciatura y una tesis de doctorado lo que escribió al final fueron dos tesis doctorales. La segunda, la tesis reconocida como tal, ostenta un título extremadamente potente: Progreso agrario, desequilibrio social y agricultura de transición. Fue pensada en Italia –como dice su autor en la presentación– con el apoyo de otro gran historiador del medievalismo italiano, el profesor Antonio Ivan Pini, pero reelaborada sin embargo en el Departamento de Historia Medieval de la Universidad de Salamanca, quedando claro que fue en ámbito castellano donde había nacido antes su interés por el mundo agrario (Iradiel, 1978: 10).
En el corazón del libro Progreso agrario estaba la idea de que el modelo social es el envolvente del modelo económico, y en ese punto la diferente relación con la tierra que generaba cada familia campesina en su modo de reproducción social es un aspecto fundamental para entender el lugar que ocupaba en la tipología social. De hecho, la delimitación, todo lo más precisa que sea posible, de la empresa agraria, esto es, la individualización del tipo de unidad productiva predominante en dicho territorio durante los siglos XIV-XV, constituye uno de los elementos más fuertes de su trabajo. La primera tarea debe ser reconocer la ubicación y la composición de las unidades de producción. La historia social del campesinado ha de partir siempre de un análisis de las formas de explotación de la tierra aludiendo al medio físico y los recursos naturales disponibles, la demografía y la organización del espacio, y, en suma, las características fundamentales de la economía agropecuaria. Por ese motivo es necesario centrar el campo de investigación en los límites precisos de un área geográfico-económica bien delimitada o de unidades autónomas y perfectamente conocidas de producción.
Entre las ideas importantes que subyacen de la tesis de Iradiel está la de que el análisis de la producción implica la investigación de las formas específicas que reviste la organización de todo el proceso de trabajo social. En todo intento de real convergencia entre análisis económico y conocimiento histórico es fundamental una investigación tendente a identificar con exactitud las relaciones de producción y la concreta estructura económico-social en la que ellas se insertan. Cuando hoy trabajamos en novedosos programas de investigación como ERMO («Empresas Rurales en el Mediterráneo Occidental»), liderado por la Casa de Velázquez de Madrid, debemos releer esta tesis que tiene casi cuarenta años. En ella ya se planteaba una historia de la economía rural en la que el primado de la producción es el elemento prioritario y que lleva consigo también una reorientación en la búsqueda de la documentación más idónea y unos métodos nuevos.
Al año siguiente de la publicación de Progreso agrario, Paulino Iradiel hablaba ya del «modelo del Colegio de España de Bolonia» para análisis futuros sobre estructuras de producción y consumo de productos agrarios en los siglos XIV y XV (Iradiel, 1979), tomándolo como referente él mismo para estudiar las bases económicas del hospital de Santiago en Cuenca (Iradiel, 1981). Esas dos grandes experiencias investigadoras sobre la industria textil castellana, primero, y sobre las estructuras agrarias boloñesas, después, constituyeron la base de dos artículos sucesivos para la revista del Departamento de Historia Medieval de la Universidad de Salamanca (Iradiel, 1983a y 1984). Con el primero de ellos introdujo el debate sobre la protoindustrialización en el medievalismo español comparando los esquemas de referencia de la industria castellana con la de otros países europeos. Su planteamiento era conectar industrias urbanas e industrias rurales y debatir sobre los modelos de articulación agro-urbana. Y dejó bien claro que la clave de explicación del desarrollo industrial en ámbito rural reside siempre en el sistema agrícola, en el contexto agrario (Iradiel, 1983a).
En el segundo artículo de la revista de Salamanca, Paulino Iradiel recogía ya los comentarios de autores como Moreta o Fontana sobre su Evolución de la industrial textil castellana, aludiendo a las conclusiones más polémicas a las que había llegado, a la vez que abordaba una problemática más general entonces ampliamente debatida, a saber, las realidades feudales o señoriales y las relaciones campo-ciudad en la Baja Edad Media. La relectura que hace del propio Marx –planteando hasta tres formas distintas de comprenderlo– y de los debates posteriores suscitados muestran con claridad a un historiador marxista preocupado por depurar al máximo el uso futuro del materialismo histórico en un sentido innovador y prudente, que se aleje del marxismo leninista-moscovita, del dogmatismo vulgar que se niega a revisar con autocrítica sus propios planteamientos: «aun a costa y con plena conciencia de tocar temas muy debatidos y polémicos, es necesario volver sobre cuestiones viejas, y nunca resueltas, como “feudalismo” y periodización histórica, o si se prefiere, “transición”» (Iradiel, 1984: 62).
Ni en Evolución de la industria textil ni en Progreso agrario Paulino Iradiel había lanzado al aire una pregunta semejante a la que se hizo a sí mismo Pierre Vilar en el prólogo a la primera edición castellana del año 1978 que tuvo su Historia de España: ¿acaso he querido escribir un libro marxista? Vilar contestaba lo siguiente: «Nunca he escondido... mi elección metodológica (que no quiere decir ideológica)... Espero tan solo que mis análisis, en la medida en que su condensación podía permitirlo, se hayan realizado en el espíritu de las exigencias marxistas». También la elección metodológica marxista de Paulino Iradiel viene implícita desde el principio de su trayectoria y comenzaría a hacerse más latente tras su cambio de destino académico. Y es que antes de publicarse esos dos artículos de Salamanca, Paulino Iradiel ya se había incorporado en 1981 a la cátedra de Historia Medieval de Valencia. De hecho, sus primeras publicaciones en ámbito valenciano fueron a la par que las de Salamanca y se editaron en un mismo número de la revista Debats.
El primero de ellos era un estado de la cuestión sobre el feudalismo mediterráneo en el que integraba ya el observatorio valenciano (Iradiel, 1983b). El otro artículo servía para introducir un dosier sobre el conocido debate Brenner, uno de los foros de discusión más fecundos entonces en el seno de la historiografía marxista y fuera de ella (Iradiel, 1983c). El propio Iradiel sería tiempo después uno de los traductores españoles del libro The Brenner Debate, editado por T. H. Aston y C. H. E. Philpin. Su síntesis sobre la Corona de Castilla para el manual de historia medieval de España de la editorial Cátedra constituye la última publicación en la que tratará monográficamente el mundo medieval castellano (Iradiel, Moreta y Sarasa, 1989). Se cerraba así de forma consolidada su visión sobre la historia castellana en perspectiva general. No ha vuelto a entrar en ella, si descontamos ocasiones puntuales como un estudio posterior sobre las ciudades castellanas, la incursión que hizo para la historia de Zamora o su análisis acerca de Fernando III y el Mediterráneo (Iradiel, 1991b, 1995a y 2003c).
A mediados de los años ochenta del siglo pasado, el profesor García de Cortázar ya valoraba positivamente su planteamiento sobre qué era el feudalismo con una alusión directa:
Las respuestas españolas a la pregunta, en cierto modo, las han sintetizado sobre todo tres autores: Julio Valdeón, Luis García de Valdeavellano y Paulino Iradiel. De ellos, en especial, del tercero, podemos deducir unas dosis de sano realismo que nos ilustren en un campo especialmente propenso a la «desorientación e indefinición de especialistas y no especialistas» (García de Cortazar y otros, 1985: 27).
En efecto, el posicionamiento marxista de Iradiel pasaría a reflejarse con claridad en dos grandes campos de reflexión, a saber, el feudalismo peninsular y la crisis bajomedieval –con todo lo que esta última tenía que ver con el gran debate de la transición al capitalismo–. No dedicó más atención a estas cuestiones de forma directa después de inicios de los años noventa. Estamos hablando de aquel breve manual poco conocido, pero muy útil por su tono de divulgación, que se llamó Las claves del feudalismo 860-1500 (Iradiel, 1991a). Una versión ampliada de las ideas esenciales de este la elaboró en su lenguaje académico complejo como ponencia para el congreso Señorío y feudalismo en la Península Ibérica (Iradiel, 1993b).
Quedaba claro en ambas publicaciones que entendía el feudalismo como un conjunto coherente de estructuras más amplias que las simples relaciones de producción, como forma de gobierno, de organización de la sociedad y del Estado en relación con las características económicas que presenta el modo de producción. Una concepción más comprensiva y global desde la que se puede hablar del feudalismo como un sistema de relaciones que integra una particular estructura económica y otros elementos de naturaleza diversa muy cambiantes en el tiempo en la larga duración y no dominados o determinados por ninguna instancia económica, ideológica, social o política. La teoría económica del sistema feudal de Kula (1962), el feudalismo como horizonte teórico de Alain Guerreau (1980) o la obra de Guy Bois sobre la mutación del año mil (1989) eran algunas de las principales fuentes de inspiración de Iradiel para su concepción del feudalismo. Eso sí, teniendo siempre como telón de fondo el pensamiento del antropólogo mar-xista-estructuralista Maurice Godelier, la obra cumbre del cual fue por aquel entonces Lo ideal y lo material, cuya edición francesa original es de 1984 (Iradiel, 1993a: 278, n. 47; 1993b: 37, n. 27).
Escribe en esos años: «En la situación actual, cualquier medievalismo que pretenda inspirarse conscientemente y con provecho en el materialismo histórico deberá necesariamente acentuar los aspectos de metodología crítica, tanto más crítica cuanto más se persiga ser “sistémico” y totalizante o globalizante» (Iradiel, 1993b: 35, n. 24). Insistía así en la fecundidad y en la eficacia del método de análisis propuesto por Marx para el avance de la historia económica. Su ensayo concreto sobre la formación del territorio y de la sociedad del reino de Valencia en el siglo XIII constituía el último eslabón de esta cadena de trabajos sobre el sistema feudal (Iradiel, 1990a), si exceptuamos aquella ponencia de la Semana de Estudios Medievales de Estella sobre señoríos jurisdiccionales y poderes públicos a finales de la Edad Media en la que insistió en que el escenario de base, más que el Estado o los aparatos de este, es la interpretación del sistema político bajomedieval como «una pluralidad de cuerpos, grupos y centros políticos», que no expresa un ordenamiento centrado solo en la monarquía sino también en otras formas políticas complementarias como ciudades, señoríos, corporaciones, órdenes y grupos sociales (Iradiel, 1997b: 84). Idea que tiene mucho que ver con la propuesta de Giovanni Tabacco sobre el Medievo como un mundo de estructuras políticas inestables y cambiantes.
Respecto a la crisis bajomedieval y su contribución como tema de estudio al debate de la transición del feudalismo al capitalismo, cabe observar que el segundo artículo de Iradiel para la revista Debats –el de introducción al debate Brenner– encontró continuidad en el ensayo que redactó para la obra Cien años después de Marx (Iradiel, 1986c). Sus planteamientos teóricos se trasladaron después al terreno empírico con su balance peninsular sobre la crisis, que contó con uno de sus trabajos de síntesis más importantes mediante un extenso capítulo para la Historia de España de la editorial Planeta, dirigida por Antonio Domínguez Ortiz (Iradiel, 1988). El estado de la cuestión que hizo sobre la evolución económica del siglo XV en la Història del País Valencià de Edicions 62 (Iradiel, 1989) se integra coherentemente en esa síntesis interpretativa de ámbito peninsular que había publicado antes. También en este tema de la crisis bajomedieval solo ha vuelto a adentrarse a través de una única publicación derivada de una ponencia que presentó para una Semana de Estudios Medievales de Nájera (Iradiel, 2004b).
A principios de los años ochenta, la incorporación de Paulino Iradiel a la Universitat de València como nuevo catedrático supuso el diseño de un ambicioso plan de investigación cuyo alcance ha llegado hasta su jubilación y más allá como profesor emérito. Su preferencia por la historia de la economía y de la sociedad bajomedievales era evidente. Un amplio conjunto de becarios y doctorandos se interesaron por sus directrices y el maestro creó escuela. Contribuyeron a ello las tesis doctorales que supervisó, especialmente sobre historia rural valenciana (Furió, Guinot, García-Oliver, Viciano, Rabassa) y sobre el mundo urbano (Narbona, Ruzafa, los hermanos Cruselles y nosotros mismos). El profesor Riera habla del «núcleo de Valencia» como un auténtico grupo de investigación, cohesionado por unos objetivos y una metodología comunes en el que destaca el recurso a la técnica prosopográfica para el estudio del mundo urbano: «Es de justicia reconocer que el equipo coordinado por el profesor Iradiel ha sido el introductor de esta técnica en el medievalismo hispano y el que mejor partido le ha sacado» (Riera, 2001: 15). También lo han reconocido hace años José Ángel Sesma y Carlos Laliena desde el Grupo de Investigación Consolidado CEMA (Centro de Estudios Medievales de Aragón) de la Universidad de Zaragoza, insistiendo en la influencia que el equipo de Valencia, dirigido por Iradiel, tuvo para el uso del método prosopográfico respecto a las sociedades urbanas del Aragón bajomedieval (Sesma, Laliena y Navarro, 2006: 9).
Precisamente, el propio Iradiel reconocía en un seminario de la Universidad de Zaragoza, celebrado los días 5 y 6 de mayo de 2005, sobre La prosopografía como método de investigación sobre la Edad Media, que su acercamiento a este método de investigación no fue teórico sino práctico, como resultado de un interés manifiesto por la historia social para superar las diferentes clasificaciones bipolares que se utilizaban hasta entonces en las interpretaciones: señores y campesinos, artesanos y mercaderes, pobres y ricos. Además, ante la magnitud inabarcable de la documentación heterogénea conservada en los archivos valencianos esta era la única forma de poner un mínimo de orden en la búsqueda. La elaboración de bases de datos prosopográficas nos ha permitido incluso ensayos de historia cuantitativa, mediante la comparación de campos y series de resultados. También ha sido una buena forma de abordar los grupos sociales que aparecen en movilidad continua por los territorios urbanos y sus adyacentes o incluso que emigraban de ciudad en ciudad, o de la ciudad al campo y viceversa, perdiéndose la pista de sus trayectorias. En el fondo, vistas individualmente, las prosopografías reflejan estilos de vida insignificantes a los ojos del historiador, pero puestas en conjunto plantean un panorama importante de resultados que permite, como decimos, el estudio estadístico, analítico y cuantitativo. En suma, la prosopografía podría definirse como un instrumento de relación indispensable para agrupar fuentes fragmentarias y dispersas que son abundantes. De hecho, no existen fuentes específicas, todas son válidas para la prosopografía.
De los primeros trabajos de investigación de Iradiel sobre Valencia surgieron sus aportaciones iniciales sobre la industria textil valenciana en el conocido artículo de la revista Áreas (Iradiel, 1986a), donde se posicionó con rotundidad en el debate en torno a economías dominantes y periféricas; o el brillante trabajo acerca de la familia y la función económica de la mujer en actividades no agrarias (Iradiel, 1986d), completado con otro estudio reeditado varias veces sobre los paradigmas de la belleza femenina –que es lo más cerca que ha estado nunca de la historia de la vida cotidiana y las mentalidades en una publicación específica (Iradiel, 1986b, 1986c y 1987)–. Fue entonces cuando editó el manifiesto historiográfico que abrió el programa de estudio de la sociedad urbana valenciana en Millars, la revista del entonces Col·legi Universitari de Castelló, ahora Universitat Jaume I (Iradiel, 1990b). En este artículo aludía a los resultados de investigación que las primeras tesis de Rafael Narbona (patriciado urbano) y Manuel Ruzafa (mudéjares) ya habían proporcionado a finales de los ochenta. Todo ello unido a los numerosos materiales recogidos en forma de fichas escritas a mano por unos y por otros investigadores del equipo, resumiendo documentos notariales de los archivos del Reino y del Patriarca para los proyectos iniciales. Se estaba preparando el terreno para las otras tesis que vinieron en los años noventa: José María Cruselles (notarios), Germán Navarro (artesanos), David Igual (mercaderes italianos) y Enrique Cruselles (mercaderes locales). La ciudad de Valencia se convertía así en el laboratorio predilecto de Iradiel para contemplar desde una atalaya firme ese mundo económico del Mediterráneo occidental en el que la Corona de Aragón extendía sus dominios.
Parte del grupo de investigación publicamos con él un libro sobre oficios artesanales y comercio en Castelló de la Plana (1371-1517) que constituye uno de los ejemplos más claros del modelo prosopográfico de investigación con fuentes heterogéneas (Iradiel, Igual, Navarro y Aparici, 1995). Por aquel entonces también vieron la luz algunos trabajos en equipo sobre el negocio sedero (Iradiel y Navarro, 1996 y 1998), el entorno de los Borja (Iradiel y Cruselles, 2000 y 2005) o el comercio portugués en el Mediterráneo (Iradiel e Igual, 2001). Es en esas fechas cuando escribe el prólogo del libro L’univers dels prohoms (Perfils socials a la València baix-medieval del año 1995. La lectura de nuevas tesis doctorales bajo el paraguas de otros proyectos financiados por el Ministerio y el cúmulo de investigaciones de gran calado en marcha saturan de informaciones al maestro y consolidan el peso específico del grupo de Valencia en los estudios e investigaciones sobre la Corona de Aragón y el Mediterráneo en los últimos veinte años del siglo XX (Iradiel, Navarro e Igual, 2002)
Sin embargo, a esas alturas ya se estaba produciendo un leve cambio de ruta en el periplo historiográfico de la nave valenciana que capitaneaba Iradiel. El libro An Island for Itself de Stephan Epstein sobre Sicilia (1992) fue valorado muy positivamente por nuestro maestro. Tanto es así que se promovió un debate sobre este en la revista que dirigía (Iradiel, 1994). La edición castellana del otro gran libro de Epstein, Freedom and Growth (2000), por parte del Servei de Publicacions de la Universitat de València en 2009, con prólogo de Antoni Furió, demuestra la influencia de Epstein en la escuela de medievalistas valencianos con el núcleo fuerte de su teoría acerca de que la creación de los estados territoriales en Europa fue una precondición para el desarrollo de los mercados y, con ellos, para el crecimiento económico. Propuesta dinámica, atenta a la longue durée, que conecta el estudio de la sociedad y de las estructuras económicas regionales con los cambios institucionales, la historia económica y social con el análisis de las formas de poder. Son las nuevas orientaciones que asume Iradiel desde entonces y que confiesa en el primer párrafo del último trabajo inédito que publica en este libro sobre cómo definir y medir el crecimiento económico medieval: «La perspectiva es fundamentalmente anglosajona pero la argumentación es general para muchos historiadores de la época preindustrial y refleja ya desarrollos comunes de la historiografía europea».
De modo simultáneo, las publicaciones del Grupo Interuniversitario per la Storia dell’Europa Mediterranea de Pisa (Rossetti, Grohmann, Petralia, entre otros) –que se remontan al año 1984– habían influido con fuerza en la mente de Iradiel para poner en marcha los nuevos proyectos de investigación de los últimos tiempos sobre migraciones, elites, estructuras institucionales, redes económicas y funciones políticas. Se ha transitado en ese sentido desde cuál ha sido la contribución de los hombres de negocios a la idea de Europa en el Mediterráneo occidental durante la Baja Edad Media (Iradiel, 1995b y 2000), hasta el mundo de las elites y las identidades urbanas en la Corona de Aragón entre la Península Ibérica e Italia (Iradiel, 1995c, 1997a, 1998, 1999, 2001, 2003b, 2003c, 2004a, 2007b, 2007c, 2011b, 2012a, 2012b, 2012c y 2016). Su fascinación por la documentación notarial ha acabado convirtiéndole con el paso de los años en un gran experto en la materia, pues no solo ha publicado abundantes documentos notariales para apoyar sus argumentos en diversos trabajos, sino que ha elevado este tipo de fuente de derecho privado al rango de materia de primer orden para el futuro de la historia económica, siempre y cuando se contrasten sus informaciones con otros tipos documentales diferentes (Iradiel, 2011a).
Las últimas síntesis que ha elaborado sobre la economía de los países de la Corona de Aragón en la Baja Edad Media (Iradiel, 1996, 2004c, 2006a y 2007e) y los trabajos específicos sobre Valencia y el País Valenciano, centrados especialmente en el siglo XV, una especie de «edad de oro» (Iradiel, 2006b, 2007a, 2007d, 2009, 2010 y 2015) constituyen sin lugar a dudas todo un «modelo o marca Iradiel». Lo escribía hace poco Carlos Laliena intentando matizar esa visión optimista de la Corona de Aragón a finales de la Edad Media que proporcionan los estudios valencianos hasta el punto de preguntarse: ¿una edad de oro de su historia?: «... el mérito de haber renovado por completo el cuestionario historiográfico y, como consecuencia, el modo en que concebimos la evolución económica de la Corona de Aragón en la etapa bajomedieval, corresponde a Paulino Iradiel desde principios de los años ochenta del siglo pasado, en Valencia». Más adelante dice también: «La influencia de Iradiel no se limitó al círculo departamental valenciano, sino que se expandió a universidades italianas; a Zaragoza; en menor medida, a Barcelona; y, sobre todo, reverberó en el resto de la historiografía española, lo que constituye un logro notable...» (Laliena, 2016: 20-21).
Si se puede definir en pocas palabras en qué consiste el «modelo Iradiel», según Laliena, radicaría en reconocer la preeminencia de la reordenación de los sistemas agrarios y de la jerarquización de las redes urbanas como factores clave en la estructura económica de la Corona de Aragón presentando una evolución clara:
la Corona de Aragón atravesó una etapa de enormes dificultades a mediados del siglo XIV, que tuvo como aspecto más dramático la caída demográfica. Pero la recuperación se inició en los años finales del siglo y se prolongó con diferencias regionales durante el Cuatrocientos, apoyada en el dinamismo urbano de las grandes y medianas ciudades que participaron en procesos de integración económica tanto a escala regional como internacional (Laliena, 2016: 31).
Esa dinámica general es de amplio consenso entre los historiadores de la Corona y constituye uno de los principales resultados generales obtenidos del grupo de trabajo de Iradiel que él prefiere llamar «quizás mejor escuela valenciana para el estudio de la sociedad y de la estructura económica regional» (Iradiel, 2011a).
Al final de uno de los trabajos sobre la peste que también se incluye en este libro lo recalca en comparación con los otros países de la Corona de Aragón:
En el caso valenciano, la situación parece mucho más optimista: pese al impacto del morbo y de sus consecuencias demográficas, económicas e institucionales, la imagen de una economía expansiva y de una sociedad proyectada hacia una mítica «edad de oro» resulta ponderadamente confirmada por los estudios de historia de la población, de los mercados, del comercio o de la actividad productiva (Iradiel, 2006a).
Las fórmulas que lo explican pueden ser varias desde la integración en la economía-mundo, pasando por el crecimiento polinuclear diverso pero complementario, hasta llegar a la idea fundamental de que «el elemento político e institucional jugó un papel determinante», tal y como se lee al final de una de las síntesis interpretativas sobre la economía de la Corona que también se vuelve a editar en el compendio de artículos que es este libro (Iradiel, 2004c).
Se comprenderá ahora por qué dijimos al principio de este escrito que el profesor Paulino Iradiel constituye una singularidad historiográfica. A la vista está que su vida académica ha sido de naturaleza internacional, porque se ha formado y vivido entre España e Italia, con un bagaje mediterráneo de primera magnitud. Pero tiene un mérito igual de importante si cabe. Es un navarro que estudió y ejerció como profesor universitario en Castilla para acabar dedicando su vida en Valencia a la historia de la Corona de Aragón. Deben de haber muy pocos medievalistas que hayan investigado las dos coronas y además vengan de un tercer territorio histórico diferente como es el antiguo Reino de Navarra. Acostumbrados como estamos a que continúe el diálogo de sordos que practican entre sí las historiografías de los reinos hispánicos o ibéricos o como quieran llamarse, resulta evidente que es todo un lujo esa amplitud de miras, con esa consciencia profunda que le hace entrar en debate continuo. La historia para él debe ofrecer respuestas complejas a problemas profundos, hipótesis e interpretaciones que nos ayuden a avanzar sobre ingentes masas de documentos de todo tipo. Un consejo suyo nos lo recuerda de nuevo:
convendría que las generaciones de historiadores más jóvenes, aunque no se sientan obligados a ningún tipo de observancia (marxista, idealista, positivista o de cualquier otro género), mantuvieran vivo el interés por la identificación de las estructuras y de sus correlaciones inestables que dan vida al equilibrio dinámico de las formaciones históricas (Iradiel, 2003a: 22).
En fin, sacamos a colación la última cita para consolidar más si cabe la idea central del presente ensayo: Paulino Iradiel, historiador crítico del medievalismo. Preguntaba Díaz de Durana a García de Cortázar en su entrevista cómo eran los medievalistas españoles a su juicio. Apoyado en una opinión dada en su día por Juan Ignacio Ruiz de la Peña sobre el predominio de publicaciones excesivamente localistas, de factura rápida y repetitiva, carentes de originalidad metodológica o teórica, contestaba así:
Si a esta opinión del profesor Ruiz de la Peña agregamos otras que, cito de memoria, proceden de Paulino Iradiel o de mí mismo y se refieren a una cierta indefinición, cuando no evidente debilidad, de las bases conceptuales de la investigación y de los desarrollos metodológicos de la misma y una cierta oscuridad a la hora de precisar los objetivos, argumento y conclusiones de cada trabajo, como si no fuera necesario realizarlo, tendremos más bien una imagen negativa del ejercicio de nuestra actividad (Díaz de Durana, 2008: 83).
El diagnóstico era realista. Lo grave es que sigue vigente. Solo cabe esperar que esas llamadas de atención no caigan en saco roto, que no sean voces en el desierto. Paulino Iradiel ha dedicado toda su vida académica a paliar esa situación. Tal vez por ello y a pesar de los años su obra sigue siendo tan actual en los tiempos que corren.
Albacete, Valencia y Zaragoza, octubre de 2016
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
CERDÀ, H. (2008): «Entrevista a Paulino Iradiel Murugarren, Catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Valencia», en Técnica Industrial, 274, pp. 1-4.
DÍAZ DE DURANA, J. R. (2008): Pasión por la Edad Media. Entrevista a José Ángel García de Cortázar, Valencia, Publicacions de la Universitat de València.
GARCÍA DE CORTÁZAR, J. Á. y otros (1985): La organización social del espacio en la España medieval. La Corona de Castilla en los siglos VIII a XV, Barcelona, Ariel.
IGUAL, D. y G. NAVARRO (eds.) (2017): El País Valenciano en la Baja Edad Media. Estudios dedicados al profesor Paulino Iradiel, Universitat de València.
IRADIEL, P. (1974): Evolución de la industria textil castellana en los siglos XIII-XVI. Factores de desarrollo, organización y costes de la producción manufacturera en Cuenca, Universidad de Salamanca.
— (1978): Progreso agrario, desequilibrio social y agricultura de transición: la propiedad del Colegio de España en Bolonia (siglos XIV y XV), Bolonia, Publicaciones del Real Colegio de España.
— (1979): «Estructuras de producción y de consumo de productos agrarios en los siglos XIV y XV. El modelo del Colegio Español de Bolonia», en E. Verdera (ed.), El cardenal Albornoz y el Colegio de España, Bolonia, pp. 429-468.
— (1981): «Bases económicas del hospital de Santiago en Cuenca: tendencia del desarrollo económico y estructura de la propiedad agraria», en Anuario de Estudios Medievales, 11, pp. 181-246.
— (1983a): «Estructuras agrarias y modelos de organización industrial precapitalista en Castilla», en Studia Historica. Historia Medieval, 1, pp. 87-112.
— (1983b): «Feudalisme mediterrani: un estat de la qüestió», en Debats, 5, pp. 8-21.
— (1983c): «Marxismo y desarrollo económico en la Europa preindustrial», en Debats, 5, pp. 61-68.
— (1984): «Feudalismo agrario y artesanado corporativo», en Studia Historica. Historia Medieval, 2, pp. 55-88.
— (1986a): «En el Mediterráneo occidental peninsular: dominantes y periferias dominadas en la Baja Edad Media», en Áreas. Revista de Ciencias Sociales, pp. 64-77.
— (1986b): «Tenir cura del cos, tenir cura de la imatge: els paradigmes de la bellesa femenina a la València de la Baixa Edat Mitjana», en Debats, 16, pp. 4-19.
IRADIEL, P. (1986c): «Tenir cura del cos, tenir cura de la imatge», en Ullal, 9, pp. 53-66.
— (1986d): «Familia y función económica de la mujer en actividades no agrarias», en La condición de la mujer en la Edad Media, Madrid, Universidad Complutense, pp. 223-259.
— (1986e): «La transición y los aspectos del desarrollo comercial y manufacturero en la Europa bajomedieval y moderna», en R. Reyes (coord.), Cien años después de Marx, Madrid, pp. 420-425.
— (1987): «Cuidar el cuerpo, cuidar la imagen: los paradigmas de la belleza femenina en la Valencia bajomedieval», en D. Menjot (ed.), Les soins de beauté. Moyen Âge – Début des Temps Modernes, Niza, pp. 61-86.
— (1988): «La crisis medieval», en A. Domínguez (dir.), Historia de España, Barcelona, Planeta, tomo 4, pp. 9-296.
— (1989): «L’evolució econòmica (segle XV)», en Història del País Valencià, Barcelona, Edicions 62, tomo 2, pp. 267-324.
— (1990a): «Cristianos feudales en Valencia. Aspectos sobre la formación del territorio y de la sociedad», en F. Maíllo (ed.), España. Al-Andalus. Sefarad. Síntesis y nuevas perspectivas, Salamanca, pp. 49-67.
— (1990b): «El mundo urbano: propuestas y perspectivas de la investigación medieval», en Millars, 13, pp. 57-66.
— (1991a): Las claves del feudalismo 860-1500, Barcelona, Planeta.
— (1991b): «Formas del poder y de organización de la sociedad en las ciudades castellanas de la Baja Edad Media», en Estructuras y formas de poder en la historia, Universidad de Salamanca, pp. 23-50.
— (1993a): «Corporaciones de oficio, acción política y sociedad civil en Valencia», en Cofradías, gremios, solidaridades en la Europa medieval, 19.ª Semana de Estudios Medievales de Estella, Pamplona, Gobierno de Navarra, pp. 253-284.
— (1993b): «Economía y sociedad feudo-señorial: cuestiones de método y de la historiografía medieval», en E. Serrano y E. Sarasa (coords.), Señorío y feudalismo en la Península Ibérica (ss. XII-XIX), Zaragoza, Institución Fernando el Católico, pp. 17-50.
— (1994): «An Island for Itself y el Mediterráneo de S. R. Epstein», en Revista d’Història Medieval, 5, pp. 133-136.
— (1995a): «El desarrollo del comercio y de la industria: mercados, mercaderes y artesanos», en Historia de Zamora. I: De los orígenes al final del Medievo, Diputación de Zamora, vol. 1, pp. 505-541.
— (1995b): «El Mediterráneo medieval y la idea de Europa. Introducción», en Revista d’Història Medieval, 6, pp. 7-17.
— (1995c): «El Puerto de Santa María y los genoveses en el Mediterráneo occidental», en El Puerto de Santa María entre los siglos XIII y XVI. Estudios en homenaje a Hipólito Sancho de Sopranis en el centenario de su nacimiento, Ayuntamiento del Puerto de Santa María, pp. 5-36.
— (1996): «L’economia: produir i comerciar», en Història, política, societat i cultura dels Països Catalans, vol. 3 (La forja dels Països Catalans. Segles XIII-XV), Barcelona, Enciclopèdia Catalana, pp. 96-115.
— (1997a): «Valencia y la expansión mediterránea de la Corona de Aragón» en D. Abulafia y B. Garí (eds.), En las costas del Mediterráneo occidental. Las ciudades de la Península Ibérica y del reino de Mallorca en la Edad Media, Barcelona, Omega, pp. 155-170.
— (1997b): «Señoríos jurisdiccionales y poderes públicos a finales de la Edad Media», en Poderes públicos en la Europa medieval: principados, reinos y coronas, 23.ª Semana de Estudios Medievales de Estella, Pamplona, Gobierno de Navarra, pp. 69-116.
— (1998): «De mercaderes a caballeros», en Revista d’Història Medieval, 9, pp. 249-260.
— (1999): «Ciudades, comercio y economía artesana», en La historia medieval en España. Un balance historiográfico (1968-1998), 25.ª Semana de Estudios Medievales de Estella, Pamplona, Gobierno de Navarra, pp. 603-658.
— (2000): «La idea de Europa y la cultura de las élites mercantiles», en Sociedad, cultura e ideologías en la España bajomedieval, Universidad de Zaragoza, pp. 115-132.
— (2001): «El comercio en el Mediterráneo entre 1490 y 1530», en E. Belenguer (coord.), De la Unión de las Coronas al Imperio de Carlos V, Madrid, vol. 1, pp. 85-116.
— (2003a): «Medievalismo histórico e historiográfico», en F. Sabaté y J. Farré (coords.), Medievalisme: noves perspectives, Lleida, Pagès Editors, pp. 19-31.
— (2003b): «Metrópolis y hombres de negocios», en Las sociedades urbanas en la España medieval, 29.ª Semana de Estudios Medievales de Estella, Pamplona, Gobierno de Navarra, pp. 277-310.
— (2003c): «Fernando III y el Mediterráneo», en Fernando III y su tiempo (1201-1252), León, Fundación Sánchez-Albornoz, pp. 157-181.
— (2004a): «Nápoles en el mercado mediterráneo de la Corona de Aragón», en El reino de Nápoles y la monarquía de España entre agregación y conquista (1485-1535), Madrid-Roma, Academia de España, pp. 265-289.
— (2004b): «La crisis bajomedieval, un tiempo de conflictos», en Conflictos sociales, políticos e intelectuales en la España de los siglos XIV y XV, Logroño, Instituto de Estudios Riojanos, pp. 13-48.
IRADIEL, P. (2004c): «La economía de la Corona de Aragón a finales de la Edad Media», en Los Reyes Católicos y la Monarquía de España, Madrid, pp. 125-136.
— (2006a): «Consecuencias demográficas y económicas de las epidemias del siglo XV en la Corona de Aragón», en A. Leone y G. Sangermano (eds.), Le epidemie nei secoli XIV-XVII, Salerno, pp. 159-188.
— (2006b): «El siglo de oro del comercio valenciano», en I. Aguilar (coord.), El comercio y el Mediterráneo. Valencia y la cultura del mar, Valencia, Generalitat Valenciana, pp. 111-133.
— (2007a): «Mercado inmobiliario, crédito y crecimiento urbano medieval en Valencia», en Mercado inmobiliario y paisajes urbanos en el Occidente europeo (siglos XI-XV), 33.ª Semana de Estudios Medievales de Estella, Pamplona, Gobierno de Navarra, pp. 377-415.
— (2007b): «El comercio de Valencia con Italia entre la Edad Media y la Moderna», en L. M. Enciso y J. M. Sánchez (coords.), Reino y ciudad: Valencia en su historia, Valencia, pp. 109-124.
— (2007c): «El comercio en el Mediterráneo catalano-aragonés: espacios y redes», en H. Casado y A. García-Baquero (eds.), Comercio y hombres de negocios en Castilla y Europa en tiempos de Isabel la Católica, Madrid, pp. 123-150.
— (2007d): «Un reino de ciudades y villas», en E. Guinot (ed.), La Gran Història de la Comunitat Valenciana, vol. 3, pp. 146-163.
— (2007e): «El segle XV: expansió i crisi en la perspectiva econòmica», en E. Belenguer (dir.), Història de la Corona d’Aragó, Edicions 62, vol. 1, pp. 305-349.
— (2009): «La organización empresarial y financiera», en J. Hermosilla (coord.), La ciudad de Valencia: historia, geografía y arte, Valencia, vol. 1, pp. 221-226.
— (2010): «Ego... considerans me devenisse ad maximam penuriam et inopiam: mecanismos de promoción y pobreza de la burguesía urbana», en Ricos y pobres: opulencia y desarraigo en el Occidente medieval, 36.ª Semana de Estudios Medievales de Estella, Pamplona, Gobierno de Navarra, pp. 275-306.
— (2011a): «Fuentes de derecho privado: protocolos notariales e historia económica», en Dove va la storia economica? Metodi e prospettive. Secc. XIII-XVIII, Atti 42.ª Settimana Datini, Firenze University Press, pp. 225-247.
— (2011b): «Elites y patriciado en la Corona de Aragón. Perspectiva comparada (siglo XIII)», en D. Balestracci (ed.), Uomini, paesaggi, storia: studi di storia medievali per Giovanni Cherubini, Siena, vol. 1, pp. 115-130.
— (2012a): «Mercanti nel triangulo Valencia, Italia ed Africa mediterranea», en Atti della IV Settimana di Studi Medievali, Roma, pp. 197-202.
— (2012b): «El estudio como inversión. Estudiantes valencianos en Italia y banca internacional», en A. de Vicentiis (ed.), Roma e il Papato nel Medioevo: studi in onore di Massimo Miglio, Roma, vol. 1, pp. 403-418.
— (2012c): «Les funcions econòmiques del patriciat urbà en el segle XIII», en R. Narbona (coord.), Jaume I i el seu temps 800 anys després, Valencia, pp. 207-226.
— (2015): «Consideraciones conclusivas», en I paesaggi agrari d’Europa (secoli XIII-XV). Atti 24º Convegno Internazionale di Studi, Pistoia, pp. 627-639.
— (2016): «Al final de mucho. Conclusiones sobre identidades urbanas e historia medieval», en P. Iradiel y otros (eds.), Identidades urbanas Corona de Aragón - Italia. Redes económicas, estructuras institucionales, funciones políticas (siglos XIV-XV), Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, pp. 327-342.
IRADIEL, P. y J. M. CRUSELLES (2000): «El entorno eclesiástico de Alejandro VI. Nota sobre la formación de la clientela política borgiana (1429-1503)», en M. Chiabò y otros (eds.), Roma di fronte all’Europa al tempo d’Alessandro VI, Roma, pp. 27-58.
— (eds.) (2005): De València a Roma a través dels Borja, Actes del Congrés Conmemoratiu del 500 Aniversari de l’Any Jubilar d’Alexandre VIè, Valencia, Generalitat Valenciana.
IRADIEL, P. y D. IGUAL (2001): «Del Mediterráneo al Atlántico. Mercaderes, productos y empresas italianas entre Valencia y Portugal (1450-1520)», en L. A. Fonseca y M. E. Cadeddu (eds.), Portogallo mediterraneo, Cagliari, CNRS, pp. 143-194.
IRADIEL, P., D. IGUAL, G. NAVARRO y J. APARICI (1995): Oficios artesanales y comercio en Castelló de la Plana (1371-1527), Castellón, Fundación Dávalos-Fletcher.
IRADIEL, P., S. MORETA y E. SARASA (1989): Historia medieval de la España cristiana. Madrid, Ediciones Cátedra.
IRADIEL, P. y G. NAVARRO (1996): «La seda en Valencia en la Edad Media», en España y Portugal de las rutas de la seda. Diez siglos de producción y comercio entre Oriente y Occidente, Universitat de Barcelona, pp. 183-200.
— (1998): «Silk in Valencia in the Middle Ages», en Spain and Portugal in the Silk Routes. Ten centuries of production and trade between East and West, Universitat de Barcelona, pp. 101-110.
IRADIEL, P., G. NAVARRO y D. IGUAL (2002): «Ricerche valenzane sul mondo urbano dell’Europa mediterranea (secoli XIV-XVI)», en Medioevo. Saggi e Rassegne, 25, pp. 111-141.
IRADIEL, P., G. NAVARRO, D. IGUAL y C. VILLANUEVA (eds.) (2016): Identidades urbanas Corona de Aragón - Italia. Redes económicas, estructuras institucionales, funciones políticas (siglos XIV-XV), Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza.
LALIENA, C. (2016): «¿Una edad de oro? Transformaciones económicas en la Corona de Aragón en el siglo XV», en P. Iradiel y otros (eds.), Identidades urbanas Corona de Aragón - Italia. Redes económicas, estructuras institucionales, funciones políticas (siglos XIV-XV), Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, pp. 17-43.
RIERA, A. (2001): «Prólogo» del libro de E. Cruselles, Los mercaderes de Valencia en la Edad Media (1380-1450), Lleida, Editorial Milenio, pp. 11-21.
SESMA, J. A., C. LALIENA y G. NAVARRO (2006): «Prosopografía de las sociedades urbanas de Aragón durante los siglos XIV y XV. Un balance provisional», en La prosopografía como método de investigación sobre la Edad Media, Universidad de Zaragoza, pp. 7-19.
PRESENTACIÓN
Un autor no reedita sus trabajos del pasado sin una cierta sensación de decepción y de mala conciencia, a la par que de fuerte dosis de indecisión y de riesgo. No sería honesto eliminar las afirmaciones que uno ha hecho o pensado hace diez o veinte años y sustituirlas o argumentarlas con reflexiones de 2016. Las bibliografías pueden ser actualizadas, puestas al día, pero las interpretaciones de cada momento también tienen su historia, y las intenciones que las inspiraron necesitan ser mantenidas para ver si las ocasiones fueron bien elegidas y si los objetivos propuestos han sido realizados. Siempre he pensado que la historia, o mejor la cultura histórica, es, en buena parte, historiografía más o menos renovada del pasado.
Esta recopilación de trabajos es manifestación parcial –y elección subjetiva– de una trayectoria de actividad investigadora desarrollada en Valencia desde mi llegada a la cátedra de Historia Medieval en 1981 hasta la actualidad. Pero también es un testimonio crítico de un discurso historiográfico intuido y progresivamente definido respecto al desarrollo general de la práctica de la historia medieval y de la cultura académica tal como se ha desarrollado y configurado, sobre todo en la España mediterránea, durante las últimas décadas. Si Valencia era el ámbito historiable –y conscientemente elegido– de implicación obligada, el Mediterráneo medieval fue descubriéndose poco a poco hasta alcanzar su propia consistencia y autonomía de estudio. Tanta como para determinar, al menos, la ambición de horizontes geográficos amplios y de metodologías nuevas, de intuiciones prometedoras, de planteamientos originales que han animado –y espero que continúen animando– una revisión historiográfica iniciada en los años ochenta y, ciertamente, no acabada todavía como seña de identidad de nuestra cultura histórica. El subtítulo de este libro (economía, sociedad, historia) quizá recoge mejor las tensiones generales –no carentes de angustiosos y desconcertantes vaivenes– que han afectado a nuestro oficio de historiadores en las últimas décadas, desde que el subtítulo de una famosa revista (économie, société, civilisation) ha ido cambiando en tormentosas mutaciones que llamamos tournants critiques, y que no han sido resueltas todavía. Cambios y mutaciones no se sabe muy bien de a qué cosa: ciertamente, no de comprensión (ni del pasado ni de nuestras realidades actuales), de reflexión o de actualización del trabajo del historiador. Manifestaciones de crisis de la historia, dirán algunos. Es verdad. Y asumir la crisis es una de las vías maestras para recuperar el sentido de nuestro trabajo, para lo que no valen esquematizaciones, caminos erráticos ni imponentes monumentos de microanálisis descriptivo.
Fruto de estas incertidumbres, la investigación medieval sobre el Mediterráneo se ha convertido últimamente en un correcalles, donde nadie parece querer estar ausente y que lo mismo sirve para proclamar relaciones interculturales algo ficticias, identidades territoriales o étnicas «imaginadas» que para destacar un esencialismo de pertenencia unitaria indiferenciada, especialmente con respecto al norte europeo. Pero tampoco es cuestión de abrumar al lector con una sobredosis –muy al uso– de identidades mediterráneas o con permanentes crisis de la historia. Sobre todo porque los trabajos que aquí se recogen, circunstanciales e intencionales al momento que los inspiraron, tampoco ofrecen una solución definitiva a problemas tan complejos como la integración regional (económica, técnica, cultural) en una entidad euromediterránea superior. Frente a interpretaciones pasajeras es necesario rescatar otras perspectivas que susciten una actitud crítica y únicamente el trabajo histórico es capaz de prepararnos para ello: ni las economías, ni las sociedades, ni los modelos pueden situarse fuera del estudio de los hombres en sus precisas coordenadas de espacio y tiempo.
La distribución de los capítulos de este libro no sigue una secuencia cronológica conforme a su redacción originaria. La primera parte agrupa una serie de reflexiones metodológicas y de historiografía que, sean todavía necesarias o parezcan ya lejanas y superadas, no dejan nunca de ser útiles. Esta parte se abre con dos capítulos, inéditos, que inician la recopilación. El primero, «Definir y medir el crecimiento económico» medieval viene a ser, en cierta manera, el resultado final de este primer apartado que entiende la historia como problema, más que como agregación de resultados parciales, y la actividad historiográfica como plataforma de discusión más que como narración que describe mucho pero explica poco. Al mismo tiempo, el capítulo retoma implícitamente viejas discusiones entre historiadores y economistas a propósito de la cuantificación a largo plazo de los factores productivos o de la aplicación de conceptos y modelos actuales a las sociedades preindustriales –tan diferentes a las nuestras en sus estructuras y en sus mecanismos– o del manejo de las fuentes antiguas y su cotejo con las realidades actuales por parte de los historiadores de la economía. Pero también expresa claramente el convencimiento de que, para medir el crecimiento o comparar las crisis del pasado con las actuales –tan de moda hoy en día sin que logremos comprender muy bien ni las actuales ni las pasadas–, es necesario que las ideas, los conceptos y las interpretaciones –los paradigmas se dice actualmente– sean actualizados tanto o más que las bibliografías al uso. El siguiente capítulo inédito –las identidades– sigue la misma línea crítica sobre un tema que en las dos últimas décadas abruma por su excesiva proliferación programática y variadas habilidades investigadoras. Bajo influencia de Marc Bloch, nos creíamos historiadores de los sistemas sociales y pensábamos que la historia social englobaba la totalidad orgánica de relaciones (económicas, políticas, institucionales, culturales) y que la disciplina funcionaba eficazmente como anillo de conjunción entre economía y política. Ahora se nos dice –con un extraño lenguaje de política actual– que esto es «la vieja historia social» y que la nueva, las identidades, se ofrece «como remedio a la crisis de las categorías sociales clásicas». Con la mirada puesta en esta típica manifestación de «historia líquida» –a mi juicio y parafraseando a Zygmunt Bauman–, este capítulo propone, en el fondo, una pausa en la sobredosis identitaria y un inicio de reflexión sobre una práctica historiográfica tan omnipresente como desconcertante por su evidente dispersión temática y metodológica.
Los capítulos 2, 4 y 5 son fundamentalmente discusiones críticas sobre algunos de los desarrollos recientes (en su época) del medievalismo peninsular, planteados con ocasión de balances en congresos y seminarios, sea a propósito de los debates sobre «La transición» (1986) o sobre la naturaleza feudal y señorial de la sociedad medieval (1993). Desentrañar las relaciones de la práctica histórica con la precedente tradición de estudios, destacar las líneas de tendencia y metodologías dominantes o descubrir las implicaciones y los condicionamientos ideológicos constituyen elementos tan necesarios para el conocimiento de los diversos temas afrontados como las aportaciones de las investigaciones documentales. Diez años más tarde, en el capítulo «Medievalismo histórico e historiográfico» (2003), los interlocutores cambian y el foco del problema se actualiza conforme a las reorientaciones de la investigación, pero permanece la reflexión y la crítica que mira a descifrar el planteamiento mental y los presupuestos teóricos más o menos implícitos que condicionan el concepto y la práctica de un medievalismo «feudal» y «feudalizador» de todo lo que encuentra. La distinción entre «histórico» e «historiográfico» nace de la exigencia de verificar la pertinencia conceptual de esta tendencia historiográfica, de confrontarla con la eficacia heurística de la práctica, y de la necesidad de reconducir cualquier investigación de tema o de ámbito geográfico y cronológico particular a una comprensión global del Medievo histórico. Para conseguir este objetivo, no hace falta señalar el uso prioritario que, personalmente y como grupo de investigación, hemos realizado de los protocolos notariales (capítulo 6). Además de constituir un método indispensable para la historia social, de las técnicas y de los factores de producción, las aportaciones prosopográficas que proporcionan los protocolos como fuente histórica han demostrado su eficacia como instrumento de análisis que hace posible construir racionalmente todo estudio particular. Por encima de los debates –y ha habido muchos y variados– sobre la naturaleza del método o su solidez teórica, lo que cuenta para el progreso de la ciencia histórica es la aplicación del instrumento al caso, no el instrumento en sí mismo.
La segunda parte comprende estudios con un orden cronológico y temático más preciso: cuatro artículos escritos entre 2000 y 2004 donde la ciudad y la economía urbana ocupan un lugar central. La euforia conmemorativa –y la bonanza económica, financiadora, todo hay que decirlo– de los primeros años del siglo propiciaron una serie de celebraciones en las que el Mediterráneo alcanzó, tras los escarceos anteriores, auténtica carta de naturaleza y la valoración positiva de los mercaderes, de la empresa, de los hombres de negocios y del mercado –reflejo quizá del entusiasmo «desarrollista» del momento y de la necesidad de buscar actores/ejemplo del pasado para el momento presente– los convirtió en presencia historiográfica dominante. Que todo ello fuera, en parte, una reacción (o compensación) al asfixiante «agrarismo» historiográfico anterior, me parece evidente. Pero también era clara la intención de desdramatizar la pretendida particularidad rural de la historia peninsular y de contextualizar mejor su economía con sorprendentes paralelismos de escala europea. A ello responde el capítulo «La idea de Europa» y la práctica económica de las élites mercantiles, que se afianza como un verdadero proceso, no ideal o «simbólico» sino real, de construcción integradora supranacional por parte de una «república internacional del dinero» y que acaba constituyéndose en un auténtico topos identitario mediante la fides al mercado y la pertenencia, de mil maneras, al bien común de la civitas. Un modelo plural de integración vigente, al menos, hasta la uniformización cultural, política e identitaria de los estados-nación. Es probable que de ahí derive, en parte, la formación de un imaginario europeo de unidad y de coherencia de acción todavía inacabado en la actualidad y constantemente proclamado por el argumentario historiográfico y por una contundente propaganda política europeísta.
En esta dirección de connotaciones económico-identitarias plurales se inscriben los restantes capítulos 9 y 10 (2004), que tratan de poner a prueba, en el contexto mediterráneo y de los territorios ibéricos e italianos de la Corona de Aragón, las interrelaciones entre la coyuntura y las políticas económicas activadas durante el siglo XV con atención particular al mercado interno, a la localización de las producciones manufactureras, al papel de los mercaderes internacionales y a la singular elaboración de una particular concepción de lo político al servicio de la economía. A finales del siglo pasado, la relación entre economía e instituciones había recibido ya una renovada atención, sobre todo en lo concerniente a los estados regionales italianos de la Corona de Aragón, por parte de los historiadores de la economía. En «Nápoles en el mercado mediterráneo de la Corona de Aragón» se indaga cómo esta ciudad consolidó su posición hegemónica gracias a la presencia masiva de mercaderes, oficiales y banqueros de corte y a costa de un drenaje de recursos fiscales y financieros provenientes de los otros territorios de la monarquía, mientras que en el conjunto de la economía de la Corona se agudizaba el persistente policentrismo económico y político y una tendencial división y especialización productiva entre las ciudades. El resultado sería la imposible bisectorialidad económica que propugnaba el programa político del Magnánimo y la formación de un «mercado entre regiones» más que un «mercado común catalano-aragonés» (como denominó en su día Mario Del Treppo al monárquico proyecto económico), a pesar de la resistencia y de las protestas de las ciudades ibéricas y de la polarización productiva en que se iban articulando los distintos territorios de la Corona.
Ya en la tercera parte, los cinco capítulos finales exploran un escenario distinto y concreto y representan etapas de una reflexión que recorre desde sus inicios, como no podía ser menos, toda la trayectoria investigadora. «Valencia en el Mediterráneo medieval» es el referente indiscutible de estos capítulos y de este proceso a través del estudio de la producción manufacturera, de las redes de comercio, de las catástrofes demográficas y de los mercaderes en el contexto de las corporaciones urbanas de oficios y de la organización política municipal. El análisis del comercio y de la función de los mercaderes no constituye una novedad desde el punto de vista historiográfico –ni ahora ni siquiera en la segunda mitad del siglo pasado–, tratándose de uno de los focos temáticos tradicionales de la historiografía urbana valenciana. Pero lo que aquí se pretendía poner de relieve era la evolución de las producciones mercantiles (las mercancías) y las connotaciones político-institucionales con respecto a la producción y organización artesanal, sobre todo textil, y en general la eficacia de las intervenciones de las políticas económicas implementadas, aspectos que están lejos de haber recibido un tratamiento completo en lo que respecta al área valenciana bajomedieval. «Ciudad mercantil», «burguesía», «mercaderes-empresarios» y, últimamente, «artesanos emprendedores» son conceptos clásicos o que han irrumpido con fuerza en este proceso. En torno a ellos se concreta también una auténtica pugna de definiciones e interpretaciones que provocan incertidumbres debido a la pluralidad de elementos manejados. En este sentido, organización del trabajo dentro y fuera de las corporaciones, movilidad social o profesional y movimientos demográficos medidos a través de epidemias y crisis catastróficas son realidades que van de la mano, pero que también producen diversidad de alineamientos coyunturales que contrastan con la unidireccionalidad –sea de crisis o de «edad de oro» de la economía– con la que habitualmente viene interpretándose este período. En la valoración comparativa de la fisonomía de las ciudades, la consideración del ordenamiento corporativo y de la consistencia demográfica presenta una función ambigua. Si, por una parte, predomina el trabajo libre no corporativo y con poca sujeción a normas y a competencias técnicas reguladas, por otra, los historiadores de la economía tienden actualmente a considerar el factor demográfico como una variable que no está ligada a procesos económicos, necesariamente causales, de crecimiento o de crisis.
El recorrido que acabo de exponer permite entrever hasta qué punto los temas tratados han logrado imponerse como trayectoria de investigación coherente pese a la diversidad de argumentos y de enfoques. Prioritariamente, la historia «razonada» del Mediterráneo y el diálogo con la producción historiográfica local se imponían per se como objetivo, pero también el esfuerzo debía dirigirse hacia la consideración de lo que los autores representativos de la disciplina habían producido. La aportación crítica, en definitiva, consistía en destacar algunos elementos relevantes que pudieran dar cuenta de una visión de conjunto indicando tendencias y sugiriendo posibles desarrollos futuros. Soy consciente de que, en nuestra profesión de historiadores, las posibilidades de éxito en este intento son reducidas debido a la existencia de algunos peligros, sobre todo evidentes cuando se trata de la intersección entre economía e historia. Por una parte, hay que evitar un recetario de explicaciones demasiado generales aplicables solo a lugares «imaginarios» o a situaciones teóricas. Por otra, hay que evitar igualmente que la historia económica pueda aparecer como una simple yuxtaposición de descripciones empíricas donde cada historiador procura contraponer, frente a cualquier esquema teórico, su verdad, su experiencia de investigaciones concretas y, por tanto, limitadas. Ni modelos únicos, ni simple «expresión geográfica» local, ni barra libre para que cada uno pueda «decir la suya». En realidad, habría que proporcionar a los estudios de esta materia que llamamos «historia social y económica del Mediterráneo medieval» una curiosidad y una sensibilidad que son condiciones de una buena elección de temas, de fuentes y de métodos con respecto a tres aspectos fundamentales de la común materia de estudio: 1) el factor tiempo, o mejor los hombres en el tiempo, según la conocida expresión de Marc Bloch, como salvaguarda de todo inmovilismo, de presentismos infundados o de modelos demasiado teóricos para situaciones «imaginarias»; 2) la desigualdad de desarrollos que, a través de los desequilibrios que se establecen entre los diversos grupos sociales, se combina con coyunturas, ciclos y divergencias («gran divergencia» o «pequeña divergencia») entre países y ciudades; 3) la interacción continua entre todos los factores que determinan el funcionamiento de las sociedades y sus transformaciones lentas o brutales, factores que no son solo de orden económico sino también culturales, políticos, técnicos e institucionales.
Este libro no habría sido posible sin los diálogos esporádicos, fructíferos intercambios de ideas y encuentros constantes –no necesariamente siempre físicos– con Mario Del Treppo, Marco Tangheroni, Stephan Epstein, Giampiero Nigro, Alberto Grohmann, Giovanni Cherubini, Gabriella Piccinni, Giuliano Pinto, Rinaldo Comba, David Abulafia y Giacomo Todeschini. Nadie como ellos para surcar estelas mediterráneas, aprender en seminarios de estudio, sentir el estímulo para descifrar los comportamientos económicos medievales sin esquemas preconcebidos. Otros acompañantes de debates y andaduras profesionales también deben ser recordados, en especial los que algunos han llamado «la generación de Estella»: José Ángel García de Cortázar, Juan Carrasco, Ángel Sesma, Nacho Ruiz de la Peña, Toni Riera, Manolo González, López de Coca, Ruiz Domènec y tantos otros de los que renuncio a citar nombres porque son muchos, españoles y extranjeros, con quienes hemos compartido durante décadas mesa (de ponencias, primero, se entiende) y mantel. Los compañeros del Departamento de Historia Medieval de Valencia y los alumnos de «historia económica» me han aguantado durante treinta y cinco años y me enseñaron mucho más de lo que yo les haya podido proporcionar. Los primeros «doctorandos» tras mi llegada a Valencia, Enric Guinot, firme apoyo como director en la actualidad del departamento, y Toni Furió, excelente continuador de trayectorias económicas y mediterráneas, me animaron, más de lo que creen, a la realización de esta publicación. Quiero agradecer especialmente la colaboración de Germán Navarro y David Igual por el entusiasmo que siempre han demostrado en la programación de seminarios y homenajes y en la selección y discusión –probablemente con un criterio mejor que el mío– de esta recopilación. Toñi, Miguel y Javier son completamente ajenos a los contenidos y a la «materia» de estos trabajos, pero me ayudaron y me acompañaron siempre, desde las proximidades del Cabo de la Nao en Jávea, a descubrir el horizonte mediterráneo –en este caso físico y material, además de mental–, me enseñaron las cosas importantes que no siempre coinciden con el trabajo habitual y a ellos va dedicado este libro.
PAULINO IRADIEL
Valencia, octubre de 2016
Referencias bibliográficas de los capítulos
1. «Definir y medir el crecimiento económico medieval». Inédito. Ponencia presentada en La crescita economica dell’occidente medievale. Un tema storico non ancora esaurito. XXV Convegno Internazionale di Studi (Pistoia, mayo 2015). Aparecerá, en versión italiana, en las Actas del Congreso.
2. «La transición y los aspectos del desarrollo comercial y manufacturero en la Europa bajomedieval y moderna», en R. Reyes (ed.), Cien años después de Marx, Madrid, Akal, 1986, pp. 420-425.
3. «Antes de la identidad, las identidades. Reflexiones desde la periferia». Inédito. Aparecerá en el Homenaje a Pablo Fernández Albadalejo que preparan los compañeros de Historia Moderna de la Universidad Autónoma de Madrid.
4. «Economía y sociedad feudo-señorial: cuestiones de método y de historiografía», en E. Sarasa y E. Serrano (eds.), Señorío y feudalismo en la Península Ibérica (ss. XII-XIX), Zaragoza, 1993, vol. I, pp. 17-50.
5. «Medievalismo histórico e historiográfico», en F. Sabaté y J. Farré (coords.), Medievalisme: noves perspectives, Lleida, Pagès Editors, pp. 19-31.
6. «Fuentes de derecho privado: protocolos notariales e historia económica», en F. Ammannati (ed.), Dove va la storia economica? Metodi e prospettive. Secc. XIII-XVIII, Florencia, Firenze University Press, 2011, pp. 225-248.
7. «La idea de Europa y la cultura de las elites mercantiles», en Sociedad, cultura e Ideologías en la España bajomedieval, Zaragoza, 2000, pp. 115-132.
8. «Metrópolis y hombres de negocios», en Las sociedades urbanas en la España Medieval, Pamplona, Gobierno de Navarra, 2003, pp. 277-310.
9. «Nápoles en el mercado mediterráneo de la Corona de Aragón», en El reino de Nápoles y la monarquía de España entre agregación y conquista (1485-1535), Madrid-Roma, Academia de España, 2004, pp. 265-289.
10. «La economía de la Corona de Aragón a finales de la Edad Media», en Los Reyes Católicos y la monarquía de España, Madrid, 2004, pp. 125-136.
11. «En el Mediterráneo occidental peninsular», en Áreas. Revista de ciencias sociales, Murcia, 1986, pp. 64-77.
12. «Corporaciones de oficio, acción política y sociedad civil en Valencia», en Cofradías, gremios y solidaridades en la Europa medieval, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1993, pp. 253-284.
13. «Consecuencias económicas y demográficas de las epidemias del siglo XV», en A. Leone y G. Sangermano (eds.), Le epidemie nei secoli XIV-XVII, Salerno, 2006, pp. 159-188.
14. «El siglo de oro del comercio valenciano», en I. Aguilar (coord.), El comercio y el Mediterráneo. Valencia y la cultura del mar, Valencia, Generalitat Valenciana, 2006, pp. 111-133.
15. «El comercio en el Mediterráneo entre 1490 y 1530», en E. Belenguer (coord.), De la unión de las Coronas al imperio de Carlos V, Madrid, 2001, I, pp. 85-116.
I.
HISTORIOGRAFÍA, METODOLOGÍA Y FUENTES
1. DEFINIR Y MEDIR EL CRECIMIENTO ECONÓMICO MEDIEVAL
Creo ser objetivo si afirmo que resulta demasiado optimista y ambicioso proponer el desarrollo de un argumento tan complejo como este. En el estudio de las economías preindustriales, definir y medir un proceso de media o larga duración nunca es fácil, y mucho menos el crecimiento económico medieval. Guiado más por la voluntad que por las posibilidades racionales, he adoptado un enfoque interpretativo que, sin olvidar las aportaciones de las diversas historiografías, esté más atento a los problemas de método, de causalidad, de léxico y de teoría económica que a la simple descripción de los fenómenos particulares. Lo que pretendo es ofrecer una perspectiva general de lo que considero nuevas orientaciones en el análisis del crecimiento económico medieval y de la primera edad moderna, un intento de síntesis de los aspectos más actuales y novedosos de la práctica histórica, con atención tanto a los elementos estructurales como a los movimientos y temporalidades propias de cada realidad de la economía medieval. La perspectiva es fundamentalmente anglosajona pero la argumentación es general para muchos historiadores de la época preindustrial y refleja ya desarrollos comunes de la historiografía europea.
Durante la segunda mitad del siglo pasado, la economía y la sociedad preindustrial han sido observadas y analizadas bajo el prisma de la longue durée braudeliana, un término acuñado en los años cincuenta, que sintetizaba una visión particular de la historia y de la economía precapitalista «casi inmóvil, lenta a transformarse, hecha no pocas veces de insistentes reiteraciones y de ciclos incesantemente reiniciados».1 El concepto, elevado a categoría de paradigma y escala de análisis por varias generaciones de historiadores del momento y posteriores (entre otros muchos, Michael Postan, Wilhelm Abel, Ernest Labrousse y en cierto sentido Emmanuel Le Roy Ladurie y hasta el propio Jacques Le Goff), nacía en un contexto de crisis de las relaciones entre la historia y las ciencias sociales y trataba de defender, frente al estructuralismo y la antropología, la función articuladora de la historia y, frente al marxismo, la historicidad esencial de los hechos sociales. Se trataba también de una definición en negativo (la no industrialización) y de una visión que subrayaba una cierta estaticidad de las estructuras económicas y destacados elementos de homogeneidad y de continuidad de estas estructuras en Europa desde la Edad Media hasta el inicio de la industrialización moderna.
En el curso de los últimos años, y en una situación de «crisis de la historia» muy similar a la de los años cincuenta del siglo pasado, una nueva concepción más optimista (un enésimo tournant historiográfico) de la longue durée ha reaparecido inesperadamente en el panorama de la investigación histórica tras el olvido de toda una generación de historiadores.2 Las razones y el contexto de este retorno, muy diferentes a las de su primera formulación braudeliana, obedecen a una serie de motivaciones técnicas, instrumentos de investigación y enfoques metodológicos que guían, o deberían guiar, la práctica de una disciplina cada vez más rica y compleja, si queremos recuperar la relevancia social de la profesión que practicamos.3 De este «retorno» conviene destacar tres grandes innovaciones metodológicas:
En primer lugar, se mantiene la atención a los marcos temporales largos que reafirman el carácter estructuralmente unitario de una fase histórica plurisecular que va del año 1200 al 1800, pero se tiende a destacar los aspectos económicamente más dinámicos del período y una flexibilidad de factores culturales, institucionales, normativos o el carácter contingente del mercado que el anterior modelo no tenía. La imagen que emerge ahora es una concepción positiva de transformación y evolución de complejos procesos histórico-económicos de las sociedades preindustriales, que las describen, en su conjunto, como un período de desarrollo económico cíclico o, al menos, que permiten la identificación de factores y reconversiones de crecimiento.4 Al mismo tiempo, se tiende a superar la tradicional separación entre Edad Media y Moderna, a unificar el análisis en un único período y a salir de los límites de las historias nacionales para estudiar la formación de conjuntos más amplios con temporalidades seculares e incluso milenarias.5 Es evidente que la escala supranacional requiere la utilización del método comparativo basado en una confrontación sistemática entre regiones, países y sistemas económicos nacionales, lo que obliga a formalizar claramente los presupuestos teóricos y analíticos que conforman la investigación.
En segundo lugar, la nueva longue durée se caracteriza también por la recuperación de la economía (o de lo económico) en la historia –aspecto que ha sido olvidado durante mucho tiempo debido a las mutaciones de las ciencias sociales– y por la convicción de que toda investigación de naturaleza histórico-económica debe mantener un estrecho diálogo interdisciplinar y hacer un uso preciso de las metodologías, conceptos y categorías de análisis propios de la teoría económica moderna. Otra cosa es que, para ello, y con un cierto retraso respecto a la aplicación de algunos temas de la sociología y de la antropología cultural en la historia económica preindustrial, se hayan tomado en préstamo de otras ciencias sociales modelos indiscriminados: la teoría de los juegos (game theory), la teoría de la opción racional (rational choice theory), el conocido «dilema del prisionero» o modelos matemáticos que, con frecuencia, y a pesar de usar técnicas analíticas muy refinadas, producen resultados de absoluta banalidad y reducen la capacidad explicativa a lo individual o a lo simple en detrimento de lo colectivo y de lo complejo. Mayor capacidad explicativa proporcionan, sin embargo, otros métodos y modelos, como la aplicación de la «teoría de la regulación», que centra su interés en las negociaciones, consensos e intermediaciones que rigen el mundo económico; la teoría de redes; la economía del conocimiento (la teoría de los sistemas de conocimiento); la historia del consumo o los estudios de género. En muchos de estos cambios ocurridos en el ámbito de la historia económica no son ajenas interpretaciones marxistas (un marxismo analítico de matriz anglófona que recupera el enfoque, perdido en los grandes debates marxistas del siglo pasado, del desarrollo tendencial de las fuerzas productivas y de los factores de producción)6 ni una perspectiva que propone la reconstrucción de las dinámicas de crecimiento a través del cálculo del rédito nacional.
En tercer lugar, los estudios comparativos, basados en la confrontación sistemática entre regiones, países y sistemas económicos, han provocado un retorno espectacular de la cuantificación y de la mensuración de algunos factores que aclaran el crecimiento económico –o la recesión– y las mutaciones estructurales que se derivan. De esta manera se han introducido perspectivas temporales de muy larga duración, pluriseculares, en temas como el movimiento de los salarios y de los precios, el estudio de las rentas familiares, las pautas de consumo y los niveles de vida e incluso los análisis relativos a las desigualdades sociales.7 Estas tendencias cuantitativas están relacionadas con la disponibilidad de una masa impresionante de datos archivísticos y de técnicas de análisis muy refinadas que permiten analizarlos, pero también plantean importantes problemas en cuanto a la posibilidad de utilizarlos en la corta o en la larga duración y en cuanto a la pertinencia de aplicar los métodos a otros campos de investigación, como las condiciones y motivaciones que determinan las decisiones de los actores económicos y que obedecen, con frecuencia, a factores de tipo político y cultural. Recordando los dos enfoques que caracterizan la teoría económica clásica (el macro y el microanálisis) podemos decir que, en los trabajos recientes de los historiadores de la economía, coexisten dos perspectivas diferentes: una, dominante y más atenta a la medición del crecimiento económico de las sociedades preindustriales, y otra más débil y más preocupada por analizar los mecanismos internos del crecimiento mediante el estudio del funcionamiento específico de los distintos sistemas sociales e institucionales.8
DEFINIR
Todos los historiadores están de acuerdo: la economía europea medieval experimenta un movimiento de crecimiento de una extensión y de una duración excepcional que se inicia en los años 800-900 y que se acelera después del año 1000. Solo comparable al momento expansivo del siglo XVIII, este movimiento estableció los caracteres distintivos de la Europa moderna y los fundamentos de su hegemonía y de la primera «gran divergencia» sobre el resto del mundo. Más allá de las discusiones sobre su inicio y cronología, ciclos, comportamientos específicos de los diversos sectores y de las distintas regiones económicas, las definiciones son similares: revolución económica (Bloch), recuperación (Pirenne o Sabatino Lopez), expansión (Cipolla), crecimiento (Fourquin), revolución (Fossier), despegue (Duby), primera expansión (Palermo-Cortonesi), transformación multiforme (Feller), etc.9 El crecimiento económico medieval, admite Guy Bois, ha sido descrito muchas veces, pero no ha encontrado ninguna explicación satisfactoria.10 Continúa siendo un enigma, un misterio o, como decía Alain Guerreau, una aporía de la historia.11 Ante la imposibilidad de definir el misterio, concluía Guy Bois, «es preferible una aproximación analítica, ligada al examen sucesivo de las diferentes facetas del crecimiento y de sus influencias recíprocas».12
Si las causas constituyen un enigma, las manifestaciones son, en cambio, universalmente descritas y aceptadas: aumento demográfico, ampliación de la cantidad de tierra puesta en cultivo, incremento de la producción y de los niveles de consumo, compleja reformulación de los intercambios comerciales e incluso de la acumulación y de la inversión de capitales monetarios, mercantiles e industriales junto a la paralela expansión de los mercados locales y de las ferias regionales. Todo ello con una concepción fundamentalmente dinámica de los equilibrios económicos lentamente construidos: oferta y demanda, crecimiento e inversión, progreso técnico y de la productividad y aumento de los capitales disponibles. Guy Fourquin interpretaba este proceso como una especie de «carrera de velocidad» entre crecimiento demográfico y progreso técnico, donde la tasa de crecimiento de una economía y la oferta de bienes a disposición de cada individuo era resultado del incremento del volumen de inversiones en función, a su vez, de los sacrificios sobre el consumo.13 Ante el dilema eterno (¿consumir o invertir?), concluía Guy Fourquin, la vía del crecimiento habría sido el aumento de la inversión y la acumulación de capital (inmuebles, instrumentos, energía) que favorecería el progreso técnico y, al mismo tiempo, haría crecer el poder adquisitivo de los salarios y las rentas de la población, dinámica que sería aplicable, al menos en parte, al período después del año 1000.
En suma, y con terminología de la teoría económica clásica, el crecimiento era entendido como un proceso constante e ininterrumpido –movimiento de larga duración ritmado por ciclos y coyunturas de breve o medio término– de incremento cuantitativo en la cantidad de factores que intervienen en el proceso productivo (en particular, la cantidad de bienes capitales disponibles per capita o por unidad productiva) y de los niveles de productividad del sistema observada por el grado de división del trabajo.14 Dejando aparte el aumento de la población –quizá el más fuerte de toda la historia europea– y la coyuntura demográfica, que no sabemos dónde colocar si antes, durante o después del crecimiento, se trata de una concepción puramente cuantitativa del desarrollo –extensivo y no autosostenido según repiten constantemente los estudios dedicados a los siglos XI-XIII–condicionado por la intensidad de utilización de los factores productivos, especialmente tierra, y por la variación cuantitativa de la fuerza trabajo que era, en última instancia, el elemento decisivo. A todo esto se suele añadir, como explicación más o menos causal, los modos en que se estructuran e integran las relaciones sociales de producción y de distribución, es decir, los criterios de distribución de los bienes producidos y de la riqueza bajo la forma de renta, beneficio y salario.
En consonancia con esta perspectiva, Mathieu Arnoux ha propuesto recientemente la hipótesis de un aumento masivo y duradero de la oferta de trabajo campesino como motor de un crecimiento medieval sin cambios en las condiciones técnicas de producción. Observado desde este punto de vista, el problema se traslada a la comprensión de las motivaciones de los actores económicos y obliga a reconstruir el contexto que hace que los campesinos tengan que intensificar sus esfuerzos y aumentar la cantidad de trabajo.15 Frente a la visión tradicional que hace hincapié en incitaciones externas, como la violencia señorial y la presión fiscal, Arnoux entiende que el aumento de la oferta de trabajo es una decisión voluntaria y colectiva de los propios actores tal como, bajo la fórmula de «revolución industriosa», la describe Jan de Vries para explicar el crecimiento económico de los Países Bajos antes de la Revolución Industrial.16 Esta interpretación, sin embargo, tendría que integrarse con una explicación de los procesos de constitución del trabajo libre en la sociedad feudal y con otros factores como la retribución del trabajo, aspectos que permiten un alza duradera del nivel de vida en términos de consumo, lo que coloca las transformaciones del señorío, del consumo y del mercado como puntos centrales del debate.
Lo expuesto hasta ahora ha abierto una serie de nuevas perspectivas de gran interés y de estrecha colaboración entre economistas e historiadores que trabajan en historia económica. Una de las más importantes se refiere a la posibilidad de analizar el crecimiento en todas las economías preindustriales y comprender los cambios, emergencias, transformaciones y «divergencias» en una escala temporal amplia de larga duración. Este objetivo exige la revisión del concepto pesimista de histoire inmobile del período premoderno y del proceso de discontinuidad, que desde el punto de vista económico era descrito como la transición de un mundo de rendimientos decrecientes (Ricardo) y de aumentos incontrolados de la población (Malthus) a un mundo diverso inaugurado por la Revolución Industrial.17 Este modelo remarcaba también el comportamiento tradicional del campesino que no produce para el mercado porque tiene una mentalidad conservadora distinta, que no es capaz de controlar el aumento de la población y que no puede superar el estancamiento secular de la tecnología. Como resultado, el modelo preindustrial así concebido era incapaz de generar procesos de crecimiento económico duradero y autosostenido porque sus estructuras premodernas obedecían a leyes diversas a las de la economía moderna y, por tanto, no podían ser analizadas con los instrumentos de los economistas modernos.
Desde hace algunas décadas, esta idea tradicional está en fuerte crisis teórica y metodológica y la interpretación del sistema económico europeo está cambiando. Análisis micro y macroeconómicos muy detallados y metodologías más refinadas han puesto en duda el modelo y han permitido la identificación de factores y procesos de crecimiento respecto a la productividad de la tierra y del trabajo y a otros muchos aspectos de la vida económica preindustrial, especialmente los sectores guía de la especialización productiva, los niveles de consumo e inversión o la eficacia institucional de los estados nacientes en los procesos de integración de los intercambios y del mercado. Un «retorno» positivo de los estudios de historia económica se está reorientando, de manera creciente, al análisis del funcionamiento específico de los distintos sistemas sociales e institucionales y al modo en que estos influencian las decisiones personales de los agentes económicos.18 El redescubrimiento de las instituciones y del mercado y la aplicación de la economía política al análisis histórico-económico es el campo donde actualmente se están produciendo algunos de los avances más importantes. Se trata de un enfoque que no aísla el mercado como algo distinto de lo político sino que lo considera como integración de formas institucionales, de estructuras de poder, de «economía moral» y de organización de las transacciones. Al mismo tiempo está emergiendo una teoría de los poderes (estatales, señoriales, eclesiásticos, de mercado) como instrumentos de coerción económica, pero también de emancipación de los individuos, basada en el análisis de los procesos histórico-económicos de larga duración.19 De todo ello se ha derivado la necesidad de separar el estudio de los mercados y el estudio de la idea general de los principios «del mercado» y, al mismo tiempo, cuestionar la aplicación mecanicista de los postulados neoclásicos a las realidades de la economía premoderna.20
El análisis de los mecanismos internos del funcionamiento del mercado mediante instrumentos estadísticos y la valoración de la importancia que tuvo en las economías del pasado supone una reorientación importante en la metodología y en la investigación histórica de los últimos años, centrada en estudiar, por primera vez y de forma sistemática, la formación y el uso institucional de los mercados y los consecuentes procesos de comercialización. En todas partes se va descubriendo que estos campesinos medievales «autárquicos» producían en realidad, y de modo habitual, para el mercado, intercambiaban y acumulaban. Aunque no todo estaba organizado sobre bases competitivas, eran capaces de hacerse una idea del cálculo del valor de la producción y trataban de proteger y de estabilizar el sistema del rédito familiar ligado a la comercialización de las cosechas a través del precio de mercado.21 En vez de contraponer economías sin mercado y economías de mercado, la interpretación generalizada actualmente es que, tanto en el pasado como en épocas más cercanas, el mercado y los intercambios experimentan progresos y recesiones parecidas y que sus fluctuaciones responden a motivaciones más complejas de tipo social, cultural y político. Probablemente ha sido Stephan Epstein el autor que más ha insistido sobre el papel de las estructuras institucionales para generar incentivos de participación de los individuos en el mercado,22 superando tanto la interpretación clásica de Pirenne como la más reciente teoría anglosajona de la «comercialización» de la economía medieval que tanta difusión ha tenido en nuestra historiografía actual y que Epstein critica, correctamente, por tautológica.23
Estas tesis, recogidas más adelante en la propuesta comparativa sobre las instituciones del comercio medieval por Avner Greif,24 manifiestan el fuerte impacto del cuestionario neoinstitucionalista y de sus derivados entre los historiadores de la economía premoderna. Cuando vinculamos el desarrollo del mercado a una dinámica que tiene su origen en el plano social y político, entendemos mejor cómo los productores aumentaron efectivamente la cuota comercial de la producción y tendieron a mejorar la especialización productiva, única vía posible para el desarrollo económico preindustrial. No hay que sorprenderse si la multiplicación de los mercados en los siglos de expansión económica medieval comienza a ser vista como un aspecto esencial de la estructura señorial.25 Y no es extraño que el campesino aparezca ahora como representación positiva del sistema económico y tecnológico o que una lectura nueva del señorío lo presente más bien como una estructura proveedora de servicios en beneficio de la comunidad rural, lo que hace del señorío y del consumo familiar campesino habilitado por esta estructura el gozne sobre el que pivota la extraordinaria difusión de los mercados en época medieval.26 Esto favorece la idea de que la relación entre poder señorial y derechos de mercado constituya, al mismo tiempo, un elemento económico fuertemente liberador pero también cargado de consecuencias sociales conflictivas en las que predominan los «enfrentamientos de clase» (los famosos «movimientos antiseñoriales» de la historiografía bipolar tradicional) aunque estos aparecen ahora subordinados a los conflictos individuales o locales y a una «lógica situacional».27
Además de la reafirmación del Estado y del papel de los poderes públicos y de las instituciones en el funcionamiento de los mercados, temas importantes del actual debate historiográfico sobre la definición del crecimiento económico son los relativos al enfoque multidimensional de los comportamientos humanos y a los cambios del pensamiento económico medieval. Ambas perspectivas están construyendo ya un nuevo marco de reflexión sobre las nociones de tiempo y de trabajo, las actividades productivas, las opciones personales y las transacciones de mercado. Sobre las opciones productivas y económicas de un campesino, artesano o mercader, influían factores complejos (institucionales, jurídicos, fiscales, sicológicos, redes familiares o sociales, etc.) conforme a comportamientos y trayectorias regionales distintas en los países europeos.28 En realidad, para poder intercambiar es necesario superar problemas de información y de seguridad en los contratos, considerar el riesgo como factor clave para explicar los procesos decisionales de los agentes económicos, conocer el modo en que los individuos son capaces de crear circuitos de confianza y prácticas de intercambio informal fuera del control de las instituciones públicas y la importancia decisiva de los altos costes de información y de transacción.29
Por otra parte, y para completar la definición de crecimiento y para entender mejor el funcionamiento del mercado y los comportamientos económicos efectivos, una nueva reflexión sobre el pensamiento económico medieval, particularmente la teología económica mendicante, ha introducido la centralidad de las nociones de ética-moralidad, pobreza y desigualdad social, fenómenos que acompañan el crecimiento económico general.30 No es posible definir el desarrollo de la economía medieval y del mercado sin comprender cómo fueron determinados por el sistema social, cultural, teológico y ético. El punto clave es que los mercados de época preindustrial son complejos e imperfectos y que la integración jurisdiccional de los mercados y de los intercambios no es lineal y los beneficios son limitados. Esto implica la necesidad de profundizar en los conceptos de «utilidad» y «capacidad» económica –tan propios del pensamiento económico medieval como ha puesto de relieve tantas veces Giacomo Todeschini– sustrayéndolos a la clásica visión neoliberal que ha impuesto durante años una lectura de la historia económica anacrónicamente funcionalista.
Siempre en perspectiva política y de los poderes públicos, Douglass North puso de relieve hace tiempo el papel decisivo de las instituciones y del Estado en el desarrollo económico medieval y moderno en términos de la diversa «capacidad» para establecer y proteger los derechos de propiedad: sin derechos de propiedad bien definidos faltarían los incentivos reales para la producción, el intercambio y la innovación.31 Es posible que en este punto se hayan exagerado las consecuencias de las estructuras jurídicas y legales europeas sobre la economía y que se magnifique la confrontación explicativa entre los dos modelos de crecimiento económico (inglés y francés) de la época premoderna. Stephan Epstein ha demostrado que la seguridad de los derechos de propiedad era sustancialmente uniforme en toda Europa pese a sus diversos regímenes constitucionales (città-stato, monarquía territorial fragmentada, regímenes absolutistas o republicanos y parlamentarios), que la teoría que hace depender los incentivos económicos positivos de la libertad política y del sistema parlamentario es probablemente incorrecta y que la fuente más importante de la ineficacia institucional premoderna era la parcelación prácticamente universal de la soberanía.32 Estudios recientes de especialistas como Bruce Campbell, Robert Allen, George Grantham o Philip Hoffman no solo confirman que los derechos de propiedad no eran fundamentales para el desarrollo agrícola sino que descartan también la contraposición de los dos modelos de crecimiento, Inglaterra frente a Francia, cuando en ambos existían por igual propietarios urbanos o campesinos propietarios innovadores y conservadores.33 Parece más bien que los niveles más altos de innovación, de inversión y de intercambios comerciales eran consecuencia de la reducción creciente de los costes de transacción y de los riesgos que determinaban los costes de oportunidad y la «utilidad» de la inversión y de la especialización productiva.
Por otro lado, este enfoque, además de considerar el Estado y la soberanía indivisa como precondición indispensable de la integración de los mercados y del crecimiento, interpreta la sucesión de los diversos tipos de ordenamiento institucional (città-stato, federación urbana, monarquía absoluta o compuesta...) como sistemas complejos de coordinación territorial sin subscribir ninguna opción teleológica como forma «óptima» de organización política. Basta con pensar en los problemas que encuentra la «globalización» (la Global History) aplicada a la época premoderna, en la «divergencia» (pequeña, media o grande) entre países o sistemas económicos europeos, en las emergencias o desapariciones de liderazgos urbanos en el Mediterráneo occidental, en el cambio de escalas historiográficas que representan las denominadas «historias conectadas»34 o en la sucesión de regiones económicas «guía» de la historia europea entre 1200 y 1800, con diversos equilibrios económicos más o menos «eficientes» respecto al nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, o en el porqué ciertas regiones no se han desarrollado como las otras. Un análisis convincente de lo que significa «desarrollo» entre los siglos XIII-XV y de los mecanismos que han puesto en vigor el «crecimiento» en Europa a finales de la Edad Media obliga a pensar y medir el proceso de una manera diferente. Confrontar espacios geográficos más amplios y una mayor escala historiográfica obliga a una «globalización» de los objetos de estudio que integre los niveles macro y microeconómicos con nuevas cuestiones y otros modos de interpretación.
MEDIR Y CUANTIFICAR
La pasión por medir no es propia de los hombres del Medioevo pero comienza a ser una práctica habitual de los historiadores medievalistas.35 Cuando se trata de cuantificar los factores de crecimiento, o declive, de la economía premoderna o contemporánea, la pasión por utilizar sofisticadas técnicas matemáticas puede convertirse en obsesión y en afirmación de una especie de imperialismo metodológico de la nueva historia económica.36 Por el contrario, no son pocos los medievalistas que, como John Hatcher y Mark Bailey, cuando analizan la historia económica de la Inglaterra medieval, privilegian el trabajo descriptivo más que la formulación de hipótesis interpretativas basadas en la evidencia ambigua de las cifras y de las series estadísticas, o sostienen abiertamente que el enfoque empírico y cuantitativo está condenado al fracaso.37 A pesar de estas reticencias, medir y cuantificar el crecimiento de las economías preindustriales es quizá el campo donde se han registrado más progresos en los últimos años. Una larga serie de historiadores de la economía (Herman van der Wee, Paolo Malanima, Bruce Campbell, Bas van Bavel, Robert Allen, Philip Hofman, Jan Luiten van Zanden y otros muchos) han comenzado a plantearse el problema de las dimensiones y de los métodos de cuantificación del crecimiento económico y de sus transformaciones estructurales mediante la difícil tarea de calcular la renta nacional, o al menos el PIB (producto interior bruto) por habitante, de las economías preindustriales durante un período largo que va del 1000-1200 al 1800. Con este propósito, Bruce Campbell, Jan L. van Zanden y Robert Allen han elaborado un método que utiliza la evolución de los salarios reales para cuantificar el PIB de algunos países europeos,38 combinando este factor –como también hace Paolo Malanima para el caso del desarrollo económico italiano–39 con otros indicadores de la vida económica, como el movimiento de los precios, las estimaciones sobre la estructura de la población activa y del empleo, las tasas de urbanización, el volumen de la producción agraria y el producto total y combinando estas estimaciones con hipótesis más o menos verificadas de la productividad sectorial.
Aplicado el modelo al período medieval desde 1300 en adelante40 e incorporando, para la etapa anterior, las estimaciones del PIB por habitante de Bruce Campbell para el caso inglés entre 1086 y 1300, con incrementos entre el 10 y el 20% en dicho período,41 Van Zanden realiza una serie de «adivinoestimaciones» (la expresión es suya) para la Europa del año 1000 con estos resultados: en esta fecha, el porcentaje de la fuerza de trabajo dedicada a la agricultura representaba entre el 85-95% del total –con tendencia a bajar hasta el 70% en 1300–, los salarios reales no eran muy distintos –entre el 25% por encima y el 25% por debajo– a los de principios del siglo XIV, y el PIB por habitante en Europa rondaba el 40% del nivel inglés de 1800.42 Paolo Malanima obtiene resultados aún más sorprendentes para el centro y norte de Italia: en estas regiones, el PIB por habitante aumentó un 61% y su población casi se triplicó durante el período 1000-1300.43 Muy significativos resultan los cálculos sobre el crecimiento de la producción agrícola (obtenido a través del consumo de alimentos per capita) y de la productividad del trabajo agrícola (resultado de la división del índice de producción agraria por el número de población agrícola). Las series de Italia y de Inglaterra, que comienzan en 1300, muestran que la producción global italiana cayó un 40% entre 1300 y 1400, mientras que la inglesa disminuyó un 44%, datos que se invierten si los convertimos en producción per capita (agricultural product per caput) que aumentó un 12% en Inglaterra y un 16% en Italia.44 Crecimiento por habitante que se explica por un aumento de la productividad de la tierra –en función principalmente de las cantidades relativas del factor trabajo– y por las pequeñas inversiones técnicas en los sistemas de cultivo y en la ganadería.45
Estos aumentos están en consonancia con el movimiento de los precios en la baja Edad Media y principios de la Moderna, que, dependiendo de su expresión en moneda metálica poco elástica y de los cambios demográficos, presentan un carácter estacionario o variaciones muy modestas antes de 1800. Las series de precios relativas a Italia e Inglaterra analizadas por Malanima muestran tendencias similares: una fase de aumento hasta aproximadamente 1380; una de estabilidad o disminución desde finales del siglo XIV hasta mediados del XV y una nueva fase de inflación hasta 1600 seguida de estabilidad o descenso hasta mediados del siglo XVIII.46 Teniendo en cuenta que los cambios en el consumo de productos de primera necesidad fueron relativamente modestos, el crecimiento cuantitativo de bienes agrícolas por habitante, por tanto, fue la única forma que pudo motivar a los productores a la acumulación y a destinar cuotas cada vez más importantes de ahorro y de bienes capitales hacia la inversión o hacia una futura comercialización.
Las conclusiones de estos cálculos para la época medieval son sorprendentes: la mayor parte del crecimiento económico premoderno, hasta 1800, es anterior a 1450, con economías prósperas especialmente en los países mediterráneos (Italia y España). Desde mediados del siglo XV, la economía europea, con algunas excepciones como Inglaterra y Países Bajos, que comienzan a experimentar los procesos más intensos de crecimiento económico y de comercialización, se estanca durante 350 años, con práctica estabilización del PIB por habitante entre 1450 y 1800, el output de la fuerza de trabajo disminuye y los salarios reales se estabilizan en Italia y España. El crecimiento anterior a 1450 parece responder a dos motivos y dos etapas: en la primera, entre 1180 y 1330, la revolución comercial y urbana se caracterizó tanto por la expansión de la población como del PIB por habitante; en la segunda fase (1348-1450), el PIB per capita mejora, pero la población experimenta un descenso impresionante como también el volumen total de la producción aunque en menor medida que la población. El fuerte aumento de los salarios reales, gran indicador de las macromagnitudes de la estructura económica y espejo de los flujos de los ingresos familiares, favoreció el aumento de los niveles del rédito global entre 1350 y 1450, una mejora de la capacidad de consumo de bienes no necesarios para la subsistencia –teniendo en cuenta que la composición de los gastos ordinarios no cambió mucho– y una reducción de la participación de la agricultura en el empleo: 70% en 1450 con tendencia a disminuir en toda Europa.47
Parecidos criterios de cuantificación y resultados similares a los que obtienen Paolo Malanima y Robert Allen son los que proponen Carlos Álvarez-Nogal y Leandro Prados para el caso español, aunque con interpretaciones más discutibles al basarse en apreciaciones cualitativas más que en datos cuantitativos de salarios, consumo, rentas familiares, niveles de producción (agraria e industrial) o tasas de urbanización.48 La aplicación del método y de las categorías macroeconómicas de contabilidad, que es casi una moda de imitación para muchos historiadores de la economía, sirve a estos dos autores para proponer como hipótesis un crecimiento de la economía española y del rédito por habitante hasta 1340, que, tras una breve interrupción en la segunda mitad del siglo XIV, se mantendría hasta finales del XVI, momento en el que, aunque creció y alcanzó el nivel de ingresos per capita anterior a 1350, se estanca en un nivel bajo, que no aumentaría significativamente hasta 1820. El comportamiento de los factores y la dinámica económica a largo plazo es muy similar, por tanto, al modelo de Campbell-Allen-Malanima, pero habría que considerar las características regionales en lo que concierne a los circuitos del rédito, la utilización de los factores productivos, la difusión del crédito o el movimiento de los salarios reales, variables muy distintas según regiones y que tuvieron una importancia decisiva en el resultado final.
A largo plazo, las comparaciones entre los distintos países pueden resultar equívocas. Parece que la catástrofe de 1348 condujese a Europa, especialmente el sur europeo que era la zona que más había crecido durante los tres siglos anteriores, hacia una «trampa de equilibrio de alto nivel» que permanece hasta 1800,49 pero la «trampa» es difícil pensar que representara una crisis económica general. Según los cálculos de Malanima, la Italia centro-septentrional, aunque había reducido el PIB por habitante un 3,4% y el producto agrario global un 8% entre 1310-1340, presentaba los niveles más elevados de PIB por habitante durante la baja Edad Media: es posible que su nivel de renta se doblara entre el 1000 y el 1400 y que el PIB por habitante a inicios de 1300 (o circa 1420) fuera casi tan elevado como el de Inglaterra en 1800.50 Por su parte, Robert Allen, combinando las estimaciones del empleo con las fluctuaciones de la productividad del trabajo, ha calificado a Italia y España como las economías más prósperas, con un grado de urbanización y salarios reales más altos hasta 1500.51 Solo después de esta fecha la situación se habría invertido y, como señala Van Zanden siguiendo los conocidos esquemas de Kenneth Pomeranz, se habría producido una «pequeña divergencia» a favor de los países que bordean el Mar del Norte, que desarrollaron una economía más próspera y dinámica que los países meridionales del continente, gracias esencialmente a los cambios institucionales inducidos por el papel destacado de los parlamentos y por una mejor formación del capital humano.52
Los mismos argumentos (evolución de los salarios reales, volumen del producto agrícola, comportamiento de los precios y distribución de la población rural o urbana) han servido a los historiadores de la economía para introducir un nuevo, y particularmente interesante, indicador posible de los múltiples factores que acompañan el crecimiento cuantitativo, o la recesión, como son el movimiento y las tasas de urbanización de las diversas sociedades europeas desde el año 1000 en adelante. Respecto a la medición del crecimiento, el interés inmediato es diferenciar entre la cuota de personas dedicadas a actividades industriales o comerciales y aquellas empleadas en la agricultura dividiendo las estructuras ocupacionales de población en tres categorías: urbana, agrícola y rural no agrícola.53 Las informaciones indirectas sugieren un modesto aumento de la tasa de urbanización a partir del siglo X y conocemos bien que los niveles más altos se registran en torno a 1300, especialmente en el sur (Italia y España), seguido de un declive en el siglo XIV y de un progreso lento, estabilización más que aumento excluyendo Inglaterra, en el largo período de 1600 a 1800.54
El más complejo y fluctuante es el período 1300-1600. Paolo Malanima, revisando las series y datos de Bairoch y De Vries, muy optimistas y positivos para el siglo XIV, ofrece los siguientes resultados:55 la urbanización europea en su conjunto y el porcentaje de población urbana revelan un declive entre 1300 y 1400, especialmente sensible en Italia y España donde las epidemias golpean sobre todo las grandes ciudades densamente pobladas, seguido de un crecimiento considerable en los siglos XV y XVI. Para comprender mejor esta situación, sería conveniente separar el desarrollo urbano en sus componentes básicos e implícitos en los procesos de crecimiento o de recesión: el aumento interno de la población en los centros ya existentes en 1300, la amplitud de las redes urbanas y el aumento del número de ciudades, especialmente aquellas de tamaño medio. Stephan Epstein realizó hace algunos años un replanteamiento de la dinámica de urbanización y de las jerarquías urbanas en Italia entre finales del siglo XIV y principios del XVI.56 Constatando, como hace Malanima, un descenso neto de la urbanización para este período, Epstein argumenta que las jerarquías urbanas se hicieron más pronunciadas y polarizadas y que, si bien el número de grandes ciudades en el año 1500 era inferior al del año 1300, aumentó el de ciudades medias entre 5.000 y 10.000 habitantes. Para ambos autores, las conclusiones son concordantes: el mantenimiento o leve recuperación de las tasas de urbanización a finales del siglo XV es más fruto de la variación del número de ciudades grandes, y aumento de las menores, que del crecimiento de los centros urbanos ya existentes antes de la crisis.
Las tasas de urbanización y la estructura ocupacional de la población son indicadores representativos de muchos factores señalados en la definición del crecimiento o de la recesión y, a su vez, explican el carácter histórico de algunas magnitudes macroeconómicas. No solo muestran la proporción de actividades industriales y comerciales respecto a las agrícolas sino que también condicionan los distintos niveles de productividad del trabajo, el desarrollo de nuevos sectores económicos, los movimientos migratorios de población y la evolución de los salarios reales, la constitución de redes comerciales y, por supuesto, el papel de las instituciones y del estado en la especialización de las ciudades como «lugares centrales» del ordenamiento territorial. Según Robert Allen, en 1500, cuando alrededor de las tres cuartas partes de la fuerza de trabajo europea estaba empleada en la agricultura, los Países Bajos, Bélgica, Italia y España, con una población agrícola del 56, 58, 62 y 69%, respectivamente, tenían tasas de urbanización mayores que el resto de países. Italia y España eran también países con fuerte presencia de actividades industriales en el campo durante la Edad Media, aunque no desarrollaran significativos procesos de protoindustrialización a partir de 1500.57 Este elevado grado de urbanización bajomedieval pudo haber sido provocado por un diferencial salarial entre ocupaciones urbanas y rurales que también se corresponde con el diferencial de productividad ciudad-campo. Igualmente, una red urbana más densa, como la que tiene lugar con el aumento de ciudades menores, implica mayores cuotas de actividades industriales y comerciales, mejor integración de mercados, formación de redes comerciales más eficaces, mayor especialización del trabajo, fuerte inmigración a la ciudad y, por tanto, más amplias posibilidades de creación de rédito para el consumo.
Una contribución importante al estudio de las diversas vías del crecimiento económico de las sociedades preindustriales puede venir de la historia de la energía, en muchos aspectos conectada a la biología, a la historia ecológica y del medio ambiente y a la historia del clima. «Historia global» como ninguna otra, el actual retour de la longue durée ha hecho de la cuestión ambiental una de las claves de la reinterpretación histórica del desarrollo emplazando los acontecimientos humanos en un contexto más amplio de historia de la naturaleza.58 La orientación ecológico-económica busca la explicación de la base material y la cuantificación de la disponibilidad de energía (medio físico, agua, animales, viento, molinos) con el objetivo de reconstruir los consumos energéticos, replantear la relación entre población y recursos y analizar las formas de utilización y de reproducción de las fuentes energéticas.59 La conexión con los flujos del valor añadido del PIB por habitante, con el incremento de la productividad de la fuerza de trabajo y con la diversificación de las economías familiares y de mercado es evidente, especialmente cuando se trata de explicar el funcionamiento de las economías agrarias de las sociedades preindustriales que, paradójicamente, podían conseguir una notable eficiencia energética a pesar de las carencias de energía primaria.60 Todos los grandes cambios económicos, e incluso los diversos modelos de crecimiento, han ido ligados al consumo de energía, al descubrimiento de nuevas fuentes o a su explotación más eficiente hasta el punto de que Edward A. Wriley ha propuesto distinguir las sociedades en función del tipo de recursos energéticos empleados, lo que no significa que para comprender el crecimiento económico en la larga duración se pueda prescindir de los factores institucionales, sociales, culturales y políticos.
En esta misma dirección de distinguir entre crecimiento económico y desarrollo humano, el análisis de los niveles de vida y de las desigualdades sociales se está mostrando muy fecundo, tanto por la consistencia de los datos aportados como por los aspectos marcadamente «micro» investigados o por la relevancia teórica del enfoque.61 Con frecuencia se trata de métodos de aproximación muy refinados y de enfoques multidireccionales, que van desde los más clásicos que miden los flujos de la renta, la capacidad adquisitiva de los salarios y los precios reales, el crédito o la circulación monetaria hasta los más recientes, que miden el consumo de los individuos a través del mercado informal o del intercambio de objetos de segunda mano.62 También en las aportaciones más específicas de los arqueólogos e historiadores de la cultura material, el problema del crecimiento y la medición del desarrollo de los niveles de vida es cuestión de números, sea mediante indicadores de los índices nutricionales y antropométricos –como la longitud de los huesos y la talla de las personas o animales–, sea a través de la morfología y riqueza habitacional o de la calidad del mobiliario y de la vajilla doméstica. Aunque la convergencia de la historia económica con estas disciplinas es reciente y todavía débil, las orientaciones de la «revolución industriosa» de Jan de Vries han abierto perspectivas muy valiosas sobre las formas y bienes de consumo y sobre el papel del trabajo y de la familia en la formación y evolución de los gustos.
Las estimaciones del volumen de los salarios reales y su contribución para calcular el PIB por habitante, la estructura de la población y la productividad sectorial son más fáciles de leer a la luz de los cambios en los niveles de vida. Sabemos que los salarios reales eran bastante similares en toda Europa hasta 1500 y que los precios reales aumentaron. Christopher Dyer ha calculado que el coste de la vida se cuadruplicó en Inglaterra entre 1150 y 1325,63 de donde se puede deducir que la velocidad de la circulación monetaria aumentó más rápidamente que el volumen de bienes y servicios y que la capacidad de acumular rentas –y particularmente beneficios–, junto a la concentración del ahorro, constituía el fundamento de la demanda efectiva tanto de bienes de consumo como de bienes de inversión.64 Sabemos también, sin embargo, que los cambios en los niveles del coste de la vida y en los consumos durante la baja Edad Media y en el crecimiento premoderno fueron relativamente modestos en comparación con los más recientes, y que la composición del gasto corriente de la gran masa de población no cambió mucho de un siglo a otro.65 Carlo Maria Cipolla, Federigo Melis, Frederic Lane y otros historiadores hablan de un eventual aumento de la demanda de moneda por habitante tras la crisis de mitad de 1300, cuando la disminución del número total de personas fue compensado por una cierta estabilidad de la demanda global, por el mayor poder adquisitivo de los salarios y por la mejor calidad de vida de los supervivientes, además de por una mejora en todo lo que respecta a la evolución de los sistemas crediticios y mercantiles.
Resulta interesante señalar que capacidad –es decir, el derecho, capacidad legal o conjunto de oportunidades que tiene el individuo para aprovechar los recursos de subsistencia– es el término clave usado por Giacomo Todeschini, recordando el entitlement approach de Amartya Sen, para remarcar la amplitud de opciones y derechos de sostenibilidad material de las personas. La distinción entre crecimiento económico y desarrollo humano implica una ampliación de la capacidad de obtener los recursos necesarios para la subsistencia, desde los más inmediatos (sistemas naturales, familia o comunidad) hasta los más lejanos (como el mercado y el Estado).66 El hambre y las carestías pueden medir las variaciones coyunturales de breve duración, es decir, las crisis agrícolas estacionales llamadas «crisis de tipo antiguo» que se integraban con la dinámica estructural de larga duración, y sirven para entender las modificaciones de la demanda en el breve período.67 Pero es difícil que las carestías sirvan para caracterizar un discurso historiográfico de crisis o de recesión y tampoco estaban en condiciones de modificar el proceso de larga duración del crecimiento –o de posterior estabilización económica– del sistema en su conjunto.68 Y, como señala Amartya Sen, aunque las carestías pueden ser vistas también como casos extremos de no satisfacción de las necesidades humanas elementales, la carencia extrema que caracteriza la pobreza verdadera, en cambio, aparece realmente solo cuando se rompen al mismo tiempo todos los elementos de la cadena de sostenibilidad para el desarrollo humano y desaparece la «capacidad» (o el derecho) de opciones de las personas al acceso a los recursos económicos impidiendo la sustitución del apoyo familiar o comunitario por la sostenibilidad que proporciona el mercado o las instituciones públicas,69 lo que está directamente relacionado con los movimientos, a medio o largo plazo, de aumento de las desigualdades sociales.
Sin necesidad de recurrir a Thomas Piketty, cuando afirma que la desigualdad crece cuando la tasa de remuneración del capital es mayor que la tasa de crecimiento de la economía, podemos preguntarnos hasta qué punto las desigualdades que provocan un aumento exponencial de la pobreza han podido obstaculizar, o no, una fase larga de crecimiento.70 Capacidad, sostenibilidad y desigualdad, no incluidos en la contabilidad del PIB por parte de ningún modelo histórico-económico, son tres pilares que ponen en duda los conocidos indicadores cuantitativos –y sobre todo los sofisticados cálculos matemáticos– para medir el bienestar social. El medievalista Todeschini repite incansablemente que el verdadero desarrollo –o la ausencia del mismo– debería medirse mediante la evaluación a largo plazo de las condiciones de quienes están en situación de pobreza, exclusión o privación (gente comune, gente qualunque, malviventi, persone sospette son los títulos de sus trabajos) y mediante el incremento, o no incremento, de las desigualdades.
ALGUNAS CONSIDERACIONES FINALES
De lo anteriormente expuesto emergen una serie de conclusiones sobre la historia económica como disciplina y su aplicación al estudio de las sociedades preindustriales. Ciertos «retornos» del interés por lo económico en la investigación y por la «larga duración» como escala temporal más apropiada, incluso en perspectiva de «historia mundo», privilegian de forma clara argumentos relativos a la naturaleza y cuantificación del crecimiento y al análisis de los mecanismos internos de su funcionamiento. Una investigación común parece interesar a diversas regiones y a muchos historiadores por los niveles de ingresos, de renta o de producto interior bruto (PIB) por habitante. Con informaciones y abundantes datos sobre salarios reales, estructuras de empleo de la población, tasas de urbanización y, sobre todo, la productividad agraria y la producción total se pueden identificar situaciones muy distantes del mundo ricardo-maltusiano que hemos descrito durante años. A los estudios pioneros de los historiadores anglosajones (Bruce Campbell, Robert Allen, Jan Luiten van Zanden y otros) se añaden ahora trabajos relativos a la Europa meridional,71 todos ellos especialmente fecundos en nuevas estimaciones de posibles incrementos de la productividad agrícola basada en pequeñas innovaciones tecnológicas y en sistemas financieros, comerciales y de mercado más eficaces.
Es posible, como escribía Alain Guerreau, que «un productivismo un poco simple sea el cuadro general de esta reflexión»72 y, en muchos casos, los resultados obtenidos confirman tendencias ya descritas con datos cualitativos y estimaciones menos sistemáticas. Parece que las nuevas temáticas, metodologías y planteamientos de la historia económica hayan convertido la investigación en algo menos «histórico» y más «económico», un aspecto destacado ya por muchos historiadores que sienten la necesidad de correcciones y de una mayor crítica interna de los datos.73 Las cuestiones más polémicas se refieren al uso de las categorías de la contabilidad actual, a la aplicación en las sociedades preindustriales de recientes teorizaciones de economistas puros y a los cálculos del rédito nacional o del producto nacional bruto, familiar o por habitante, basados en el salario real. En realidad, el salario representa solo una parte del rédito familiar en estas sociedades y va siempre acompañado de otras formas de remuneración no ligadas al mercado, sobre todo las aportaciones del trabajo femenino o infantil y los ingresos provenientes de sistemas informales de retribución. Por otra parte, hasta la misma noción de «crecimiento» o de «crisis» –sobre todo la crisis bajomedieval– resulta variable e incluso limitada. Si bien el crecimiento supone un aumento de la capacidad productiva y una mejora de los sistemas de distribución y consumo, un fenómeno de incremento del rédito por habitante, resultado de una recesión demográfica más profunda que el descenso de la producción agraria, no debería ser considerado un signo de desarrollo económico. Con todo, de estos estudios emergen dos elementos básicos de gran utilidad. En primer lugar, pueden ser el fundamento para un estudio comparativo de las variables de producción, productividad y consumo entre las diversas áreas europeas, única forma de interpretar estas economías en un contexto global. En segundo lugar, constatan la existencia de aumentos significativos de larga duración en algunas regiones clave de la Europa medieval derivados de mejoras organizativas, de la intensificación del trabajo y de cambios en los sistemas productivos.
Procesos similares parecen haber tenido lugar también en el sector industrial. Stephan Epstein señaló hace años los puntos más importantes sobre este tema. En primer lugar, el rechazo del presunto carácter obstruccionista de las corporaciones artesanales –una idea muy discutida actualmente– en lo que respecta a los procesos de innovación tecnológica y al análisis del papel de los oficios en la formación de trabajadores especializados.74 Epstein remarcaba la necesidad de distinguir entre diferentes tipos de conocimiento y las diversas formas de «transmisión de saberes»,75 o de conocimientos técnicos, a través de mediaciones sociales y culturales como las migraciones de artesanos o las culturas prácticas tradicionales con vistas a la difusión de un know-how profesional. El segundo tema es el de la protoindustria, que desde hace tiempo está siendo estudiada como fenómeno de larguísima duración, que va del 1200 al 1800. El logro más interesante de las investigaciones recientes es el descubrimiento de que la protoindustrialización, es decir, la difusión de industrias en el medio rural, era un fenómeno generalizado y cíclico más que de expansión continua y que debe considerarse una respuesta a la reordenación de la población y de las economías familiares (la famosa «revolución industriosa» de Jan de Vries) más que un signo de crecimiento económico. Como es lógico suponer, no escapa a estos procesos la incidencia de los sistemas financieros y comerciales que, en virtud de una conexión más integrada entre mercados, conocen en el siglo XIII un extraordinario desarrollo de nuevas técnicas. Paolo Malanima se preguntaba si el declive de la urbanización entre 1350 y 1450 y el aumento de ciudades de tamaño medio no habría estado determinado, al menos en parte, por un aumento de las actividades manufactureras fuera de las murallas de las grandes ciudades.76 Muchos medievalistas responderían afirmativamente, lo que explica las dos fases de expansión «protoindustrial» –y sus distintos protagonistas y hasta la «pequeña divergencia» entre la Europa meridional y septentrional– que siguieron a las dos crisis de la baja Edad Media y del siglo XVII: la primera fase, propiamente medieval y que afectó en gran medida a los países meridionales (Italia, España), y la segunda, más dinámica y tardía, de los países norteuropeos.
Soy consciente de haber marginado algunos temas muy frecuentados por la historia económica de los últimos años, entre otros, la formación y función del capital humano, la circulación de modelos y de conocimientos tecnológicos (economía del saber o del conocimiento), los comportamientos y procesos decisionales de los actores económicos o una reflexión más amplia de los cambios institucionales. Todo lo que podría ser considerado «micro» para el análisis de los mecanismos internos del crecimiento y muy útil para «definir» las sociedades preindustriales, pero analíticamente diferente de las variables «macro» más idóneas para «medir y cuantificar» los cambios económicos. Al final de estas reflexiones, siento la necesidad de reafirmar que podemos, y debemos, evitar el peligro de convertir la historia económica en historia del crecimiento en vez de centrarnos en el funcionamiento de las economías del pasado: «el gran desafío del futuro –decía Bartolomé Yun– es estudiar el pasado tratando de interpretar las sociedades preindustriales en sus componentes y no solo en su mayor o menor predisposición al crecimiento».77 En el fondo, el actor principal de los hechos económicos es siempre el hombre («los hombres en el tiempo», decía Marc Bloch), que no puede ser reducido a números abstractos, con sus ansias, sistemas de valores y su propia cultura que cambian en el curso del tiempo.
1 F. Braudel, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, Mé-xico-Madrid-Buenos Aires (Prólogo a la primera edición francesa de 1949), 1976, p. 17; íd., «Histoire et sciences sociales. La longue durée», en Annales ESC, 13/4, 1958, pp. 725-753 (traducción castellana en F. Braudel, La historia y las ciencias sociales, Madrid, 1970, pp. 60-106).
2 Aunque es posible encontrar formulaciones más o menos explícitas de este return desde hace diez o quince años en la investigación histórica (por ejemplo, M. Aymard, «La longue durée aujourd’hui. Bilan d’un demi-siècle (1958-2008)», en D. R. Curto et al. (dirs.), From Florence to the Mediterranean and beyond: essays in honour of Anthony Molho, Florencia, 2009, vol. 2, pp. 559-580), la explosión de este ha tenido lugar recientemente con la publicación del dosier «La longue durée en débat» de la revista Annales HSS, 70/2, 2015, que contiene el artículo-manifiesto de D. Armitage y J. Guldi, «Le retour de la longue durée: une perspective anglo-américaine», pp. 289-318. Véase también, de estos autores, The History Manifesto, Cambridge, 2014; disponible en línea: <http://historymanifesto.cambridge.org/>. Conviene subrayarlo: si en 1958 el motivo era «la crisis general de las ciencias humanas» (Braudel), en 2015 es la explosión incontrolada de saberes parciales, la superabundancia de datos, la incertidumbre de las fronteras de las disciplinas, el fracaso de la cooperación interdisciplinar, las recriminaciones contra un humanismo retrógrado e insidioso... (Armitage-Guldi). Siempre la familiar y permanente «crisis de la historia».
3 Retorno que los responsables editoriales de la revista rechazan explícitamente cuando dicen «les Annales ne partagent pas leur conception de la longue durée», lo que se entiende perfectamente vista la deriva y la dispersión temática de la revista en las últimas décadas, pero lo que no se comprende tanto es la elección de los comentaristas críticos analistas que intervienen en el debate, ni mucho menos los términos algo desagradables de algunas críticas. Véase la respuesta de D. Armitage y J. Guldi, «Pour une “histoire ambitieuse”. Une réponse à nos critiques», en Annales HSS, 70/2, 2015, pp. 367-378, a quienes hay que agradecer, al menos, la claridad de su propuesta: «nuestra concepción de la larga duración no es la de Braudel [...] para nosotros no es una “prisión” ni un ciclo sin fin, mucho menos un paisaje presuntamente inmóvil o un decorado estático ante el cual se desarrollan los acontecimientos del mundo. Al contrario, entendemos la larga duración como un instrumento dinámico, flexible y, sobre todo, crítico con las historias establecidas y con las instituciones vigentes» (p. 378).
4 L. Palermo, Sviluppo economico e società preindustriali. Cicli, strutture e congiunture in Europa dal medioevo alla prima età moderna, Roma, 1997, pp. 60 y ss.; A. Cortonesi y L. Palermo, La prima espansione economica europea. Secoli XI-XV, Roma, 2009.
5 D. Armitage y J. Guldi, «Le retour de la longue durée», cit., p. 292.
6 C. Wickham, «Memories of underdevelopment: What has marxism done for medieval history, and what can it still do?», en C. Wickham (ed.), Marxist history writing for the twenty-first Century, Oxford, 2007, pp. 32-48 (traducción castellana en Anales de historia antigua, medieval y moderna, 41, 2009, pp. 85-100).
7 Y no es que, con anterioridad, no hubiera existido una práctica histórica bastante extendida de observar regularidades en el tiempo y sobre todo de cuantificarlas, pero la crítica posmoderna a la formulación modélico-matemática y econométrica propia de las facultades y de la enseñanza anglosajona, la desconfianza –sobre todo por parte de la microhistoria– frente a los modelos explicativos globales y el cuestionamiento de la capacidad de la cifra para explicar un hecho o una evolución asentaron un duro golpe al uso y significado de los datos numéricos en el trabajo del historiador. Las nuevas tendencias que incorporan los análisis cuantitativos practican ya un mayor acercamiento y diálogo entre historiadores, economistas y el resto de ciencias sociales, donde conviene destacar la aparición de revistas como Histoire et Mesure (desde 1984), dedicada a la reflexión y a una práctica histórica fundamentada en el uso de cifras, estadísticas y modelos cuantitativos. Véase B. Lepetit, «L’histoire quantitative: deux ou trois choses que je sais d’elle», en Histoire et mesure, 4/3-4, 1989, pp. 191-199; G. Béaur, «Âge critique ou âge de raison? Les dix ans d’Histoire et Mesure», en Histoire et mesure, 11/1-2, 1996, pp. 7-17. Sobre la permanente necesidad de la cuantificación, su actual renovación y el uso imprescindible de las estadísticas véase el dosier Où va l’histoire économique? de la revista Historiens et Géographes, 378 (mayo de 2002), con intervención de J. Y. Grenier, y 380 (octubre 2002), con intervenciones de P. C. Hautcoeur y J. F. Eck.
8 B. Yun Casalilla, «Misurazioni e decisioni. La storia economica dell’Europa preindustriale oggi», en Studi Storici, 50/3, 2009, pp. 581-605, 585.
9 Inútil referenciar las obras, sobradamente conocidas, de estos autores. Una visión más detallada puede verse en L. Palermo, Sviluppo economico e società preindustriali, cit., pp. 164 y ss., y especialmente M. Arnoux, Le temps des laboureurs. Travail, ordre social et croissance en Europe (XIe-XIVe siècle), París, 2012, capítulo 1, quien realiza un repaso de los principales autores, enfoques y obras francesas sobre el argumento.
10 G. Bois, La gran depresión medieval: siglos XIV-XV. El precedente de una crisis sistémica, Valencia, 2011, p. 15.
11 A. Guerreau, El feudalismo, un horizonte teórico, Barcelona, 1984, pp. 30 y ss., quien también realiza un amplio repaso de autores y enfoques de la historiografía francesa sobre el tema.
12 G. Bois, La gran depresión, cit., p. 17. Parecidas expresiones son las que recoge M. Arnoux, Le temps des laboureurs, cit., pp. 19-20, «simple cliché que no merece la pena cuestionar y ni siquiera examinar», «argumento lógico más que hecho establecido», etc.
13 G. Fourquin, Histoire économique de l’occident médiéval, París, 1969, pp. 137-141.
14 P. Vilar, Crecimiento y desarrollo. Economía e historia: reflexiones sobre el caso español, Barcelona, 1964; A. Cortonesi y L. Palermo, La prima espansione economica, cit.
15 M. Arnoux, Le temps des laboureurs, cit., pp. 13-14 y 35.
16 J. de Vries, «The Industrial Revolution and the Industrious Revolution», en Journal of Economic History, 54, 1994, pp. 249-270, y The Industrious Revolution. Consumer Behaviour and the Household Economy, 1650 to the Present, Cambridge, 2008 (traducción castellana: La revolución industriosa: consumo y economía doméstica desde 1650 hasta el presente, Barcelona, 2009).
17 S. R. Epstein, Freedom and Growth. The rise of states and markets in Europe, 1300-1750, Londres, 2000 (traducción castellana: Libertad y crecimiento. El desarrollo de los estados y de los mercados en Europa, 1300-1750, Valencia, 2009), que utiliza el término premoderno para referirse al período que se extiende entre 1200 y 1800, entendido como un todo, algo ya generalizado entre los historiadores de la economía y que también empleamos en este trabajo.
18 B. Yun Casalilla, «Misurazioni e decisioni», cit., p. 584; P. F. Luna, «¿A dónde va la historia económica “a la francesa”?», en América latina en la historia económica, 22, 2004, pp. 29-52; G. Calafat y É. Monnet, «Le retour de l’histoire économique?», en La Vie des idées, 5 de enero de 2016. Disponible en línea: <http://www.laviedesidees.fr/Le-retour-de-l-histoire-economique.html>.
19 L. Fontaine, Le marché. Histoire et usages d’une conquête sociale, París, 2014, pero véase también su anterior libro L’économie morale. Pauvreté, crédit et confiance dans l’Europe préindustrielle, París, 2008, y la severa crítica de A. Skornicki, «Le marché, entre domination et émancipation», en La Vie des idées, 16 de enero de 2015. Disponible en línea: <http://www.laviedesidees.fr/ Le-marche-entre-domination-et-emancipation/html>.
20 De donde se deduce que existen, por lo menos, dos economías de mercado. Véase A. Guerreau, «Avant le marché, les marchés: en Europe, XIIIe-XVIIIe siècle», en Annales HSS, 56/6, 2001, pp. 1129-1175.
21 M. Arnoux, Le temps des laboureurs, cit., pp. 257-290; I. Theiller, «Prix du marché, marché du grain et crédit au début du XIIIe siècle: autour d’un dossier rouennais», en Le Moyen Âge, CXV/2, 2009, pp. 252-276.
22 S. R. Epstein, Libertad y crecimiento, cit.; íd., An island for itself: economic development and social change in late medieval Sicily, Cambridge, 1992 (traducción italiana: Potere e mercati in Sicilia. Secoli XIII-XVI, Turín, 1996).
23 Una apreciación similar a la que expresa M. Arnoux en Le temps des laboureurs, cit., p. 262, cuando afirma que «la hipótesis de la comercialización creciente de la sociedad europea es más un progreso en la descripción que en la explicación», a propósito de los conocidos trabajos de R. H. Britnell, The commercialisation of english society (1000-1500), Cambridge, 1993 y de J. Hatcher y M. Bailey, Modelling the Middle Âges. The history and theory of England’s economic development, Cambridge, 2001, libro que Ch. Wickham, «Memorias del subdesarrollo», cit., p. 87, critica por contener un poco de todo (maltusianismo, marxismo y teoría de la comercialización). Véase también una reseña global en Ch. Dyer y Ph. Schofield, «Estudios recientes sobre la historia agraria y rural medieval británica», en I. Alfonso (ed.), La historia rural de las sociedades medievales europeas, Valencia, 2008. Sorprende el entusiasmo por la «comercialización» de la reciente publicación Dynamiques du monde rural dans la conjoncture de 1300. Échanges, prélèvements et consommation en Méditerranée occidentale, études réunies par M. Bourin, F. Menant et Ll. To, École française de Rome, 2014, que constituye un excelente ejemplo de este tipo de razonamiento económico subyacente al estudio de estos temas y que, en el fondo como diría Arnoux, «es más un progreso en la descripción que en la explicación».
24 A. Greif, Institutions and the path to the modern economy: lessons from medieval trade, Cambridge-New York, 2006; A. Greif, L. Kiesling y J. V. C. Nye (eds.), Institutions, innovation and industrialization: essays in economic history and development, Princeton, 2015.
25 G. Bois, La gran depresión, cit., pp. 49-62.
26 L. Feller, «Histoire du Moyen Âge et histoire économique (Xe-XVe siècle) en France», en F. Ammannati (ed.), Dove va la storia economica? Metodi e prospettive, secc. XIII-XVIII (Atti della Quarantaduesima Settimana di Studi. Prato 18-22 aprile 2010), Florencia, 2011, pp. 39-60; íd., Campesinos y señores en la Edad Media, Valencia, 2015; L. Feller (ed.), Calculs et rationalités dans la seigneurie médiévale: les conversions de redevances entre XIe et XVe siècles, París, 2009.
27 G. Béaur, «L’histoire économique des campagnes», en Historiens et géographes, 378 (2002), p. 86; L. Fontaine, «Les enjeux politiques et sociaux du marché dans l’Europe moderne», en La vie des idées, 19 janvier 2016. Disponible en línea: <http://www.laviedesidees.fr/Les-enjeux-politiques-et-sociaux-du-marche-dans-l-Europe-moderne.html>.
28 Lo que está haciendo aparecer nuevos recursos analíticos como la historia de las emociones, la historia cognitiva, la sicología experimental, la llamada «teoría de perspectivas», etc., que influencian un retorno a la microeconomía y una ambición por integrar los sentimientos y las creencias en las explicaciones tradicionales de los comportamientos económicos.
29 B. Yun Casalilla, «Misurazioni e decisioni», cit., p. 589; L. Palermo, Sviluppo economico, cit., pp. 95 y ss.; S. R. Epstein, Libertad y crecimiento, cit. Para un marco más general, véase J. H. Munro, «The “New Institutional Economics” and the Changing Fortunes of Fairs in Medieval and early Modern Europe: the Textile Trades, Warfare and Transaction Costs», en S. Cavaciocchi (ed.), Fiere e mercati nella integrazione delle economie europee secc. XIII-XVIII (Atti della Trentaduesima Settimana di Studi. Prato 8-12 maggio 2000), Florencia, 2001, pp. 405-451.
30 P. Prodi, Settimo non rubare. Furto e mercato nella storia d’Occidente, Bolonia, 2009, y especialmente las últimas obras de G. Todeschini, Ricchezza francescana. Dalla povertà volontaria alla società di mercato, Bolonia, 2004; Come Giuda. La gente commune e i giochi dell’economia all’inizio dell’epoca moderna, Bolonia, 2011; La banca e il ghetto. Una storia italiana, Roma-Bari, 2016; «Servitude et travail à la fin du Moyen Âge. La dévalorisation des salariés et les pauvres peu “méritants”», en Annales HSS, 70/1, 2015, pp. 81-89.
31 D. C. North, Structure and change in economic history, Nueva York, 1981.
32 S. R. Epstein, Libertad y crecimiento, cit., especialmente capítulo 2 «Libertad, libertades y crecimiento».
33 G. Béaur (ed.), Property rights, land in market and economic gowth, Turnhout, 2014; G. W. Grantham, «Divisions of labour: agricultural productivity and occupational specialization in pre-industrial France», en The Economic History Review, 46/3, 1993, pp. 478-502; P. T. Hoffman, Growth in a traditional society. The French countryside 1450-1815, Princeton, 1996.
34 K. Pomeranz, The great divergente: China, Europe and the making of the modern World economy, Princeton, 2000; J. Abu-Lughod, Before European hegemony: the World system A.D. 1250-1350, Oxford, 1991; P. Boucheron (dir.), Histoire du monde au XVe siècle, París, 2009; P. Kyle Crossley, What is global history?, Cambridge, 2008; J. Goody, The theft of history, Cambridge, 2006 (traducción castellana: El robo de la historia, Madrid, 2011); C. Douki y Ph. Minard, «Histoire globale, histories connectées: un changement d’échelle historiographique?», en Revue d’histoire moderne et contemporaine, 54/4bis, 2007, pp. 7-21.
35 Mesure et histoire médiévale (XLIII Congrés de la SHMESP. Tours, 31 mai-2 juin 2012), París, 2013 (especialmente las ponencias de A. Guerreau, «La mesure au Moyen Âge: quelques directions de recherche», pp. 17-38, y M. Borin y E. Zadora-Rio, «La mesure au Moyen Âge et les mesures des médiévistes: remarques en forme de conclusión», pp. 375-396), además de recordar las páginas iniciales de este trabajo.
36 N. Coquery, F. Menant y Fl. Weber (dirs.), Écrire, compter, mesurer. Vers une histoire des rationalités pratiques, París, 2006, quienes señalan las dificultades del diálogo entre historiadores y la ciencia económica contemporánea.
37 J. Hatcher y M. Bailey, Modelling the Middle Âges, cit. Una actitud similar en M. Arnoux, Le temps des laboureurs, cit., quien, para abordar el crecimiento medieval, afirma que no tendrá en cuenta «ni donnée chiffrée ni tableau statistique» (p. 10).
38 B. M. S. Campbell, «National Incomes and economic growth in pre-industrial Europe: Insights from recent research», en Kings in captivity. Macroeconomy. Economic growth, Varsovia, 2014, pp. 167-196; J. L. van Zanden, «Una estimación del crecimiento económico en la Edad Moderna», en Investigaciones de historia económica, 2, 2005, pp. 9-38; J. L. van Zanden y B. van Leeuwen, «Persistent but not consistent: the growth of national income in Holland 1347-1807», en Explorations in economic history, 49, 2012, pp. 119-130; R. Allen, «Economic structure and agricultural productivity in Europe, 1300-1800», en European Review of Economic History, 3, 2000, pp. 1-25 (utilizo la traducción castellana de este artículo en R. Allen, Revolución en los campos. La reinterpretación de la Revolución Agrícola inglesa, Zaragoza, 2004, pp. 213-240).
39 P. Malanima, L’economia italiana. Dalla crescita medievale alla crescita contemporanea, Bolonia, 2002; íd., «Measuring the italian economy, 1300-1861», en Rivista di storia economica, 19/3, 2003, pp. 265-295; íd., «Wages, productivity and working time in Italy, 1270-1913», en Journal of European economic history, 36, 2007, pp. 127-171.
40 Datos de Allen para la estructura del empleo en Europa en 1400, De Vries y Malanima para la evolución de las tasas de urbanización estimadas según los salarios y la fuerza de trabajo dedicada a la agricultura entre 1300 y 1400. Van Bavel y Van Zanden para el caso holandés entre 1400 y 1500.
41 Lo que significa que el PIB por habitante inglés en 1086 equivalía a algo menos del 37% del nivel de 1800. Véase B. M. S. Campbell, English seigniorial agriculture, 1250-1450, Cambridge, 2000, pp. 406-411.
42 J. L. van Zanden, «Una estimación del crecimiento», cit., p. 24.
43 P. Malanima, L’economia italiana, cit., p. 450.
44 R. Allen, «Estructura económica», cit., pp. 234-235, y sobre todo G. Federico y P. Malanima, «Progress, decline, growth: product and productivity in Italian agriculture, 10002000», en Economic History Review, LVII/3, 2004, pp. 437-464, que rectifican y completan algunos datos de Robert Allen.
45 M. Overton y B. M. S. Campbell, «Production et productivité dans l’agriculture anglaise, 1086-1871», en Histoire et mesure, XI/3-4, 1996, pp. 255-297; J.-M. Chevet y G. Béaur (eds.), Measuring agricultural growth. Land and labour productivity in Western Europe from the Middle Âges to the Twentieth Century (England, France and Spain), Turnhout, 2014.
46 P. Malanima, «I prezzi delle cose. Ieri e oggi. Prolusione», en I prezzi delle cose nell’età preindustriale (48 Settimana di studi. Prato, 8-11 maggio 2016) (en prensa).
47 R. Allen, «Estructura económica», cit., p. 216.
48 C. Álvarez-Nogal y L. Prados de la Escosura, «The rise and fall of Spain (12701850)», en The Economic History Review, 66/1, 2013, pp. 1-37, modelo español que, en substancia y para estos autores, se sustenta sobre la base de factores externos como la mayor disponibilidad de tierra o el comercio internacional de la lana, pero que no cuenta con estudios suficientes sobre el consumo, la productividad del trabajo, la economía urbana o los niveles de vida.
49 Expresión de J. L. van Zanden, «Una estimación», cit., p. 25.
50 P. Malanima, «Measuring the Italian economy», cit., pp. 289-291.
51 R. Allen, «Estructura económica», cit., pp. 216-217.
52 J. L. van Zanden, The Long Road to the Industrial Revolution: the European economy in a global perspective, 1000-1800, Leiden-Boston, 2009. Si no tan frecuente como la «gran divergencia» Europa-China, la comparación y «pequeña divergencia» Italia (o Europa meridional)-norte Europa es usual en historia económica bajomedieval. Véase E. Crouzet-Pavan y É. Lecuppre-Desjardin (dirs.), Villes de Flandre et d’Italie (XIIIe-XVIe siècle). Les enseignements d’une comparación, Turnhout, 2008.
53 R. Allen, «Estructura económica», cit., pp. 217-228.
54 P. Malanima, «Crescita o declino? Città e campagne in Europa dal XIV al XVI secolo», en Annali del Dipartimento di Storia (Roma), 4, 2008, pp. 13-48; íd., «Italian cities, 1300-1800. A quantitative approach», en Rivista di storia economica, XIV, 1998, pp. 91-126; P. Bairoch, Cities and economic development from the dawn of history to the present, Chicago, 1988; J. de Vries, European urbanization 1500-1800, Londres, 1984 (traducción castellana: La urbanización de Europa 1500-1800, Barcelona, 1987). Naturalmente subyace el problema de definir y categorizar qué es una ciudad tanto desde el punto de vista de las actividades económicas de sus habitantes como del número de su población. Malanima entiende ciudad como «el asentamiento estable de población dedicada preferentemente a actividades secundarias y terciarias» y coloca el límite en 5.000 habitantes, lo que, desde el punto de vista económico, parece bastante correcto, aunque para algunas regiones la cifra debería ser inferior.
55 Discute la cronología bajomedieval de la urbanización europea en P. Malanima, «Urbanisation and the Italian economy during the last millenium», en European Review of Economic History, 9, 2005, pp. 97-122.
56 S. R. Epstein, «Nuevas aproximaciones a la historia urbana de Italia: el renacimiento temprano», en Hispania, LVIII/2, 1998, pp. 417-438.
57 R. Allen, «Estructura económica», cit., pp. 220, 226 y 228.
58 D. Armitage y J. Guldi, «Le retour de la longue durée», cit., pp. 310 y 314; J. Burnouf y otros, «Sociétés, milieux, ressources: un nouveau paradigme pour les médiévistes», en Être historien du Moyen Âge au XXIe siècle (XXXVIIIe Congrès de la SHMESP. 31 mai-3 juin 2007), París, 2008, pp. 95-132, que propugnan la vuelta a una perspectiva global y ecológica como la del trabajo ya clásico de A. W. Crosby, Ecological imperialism: the biological expansion of Europe, 900-1900, Cambridge-New York, 1986; pero véase también S. Cavaciocchi (ed.), Economia e energia secc. XIII-XVIII (Atti della trentaquatressima Settimana di Studi. Prato 15-19 abril 2002), Florencia, 2003, y el volumen de S. Cavaciocchi (ed), Le interazioni fra economia e ambiente biologico nell’Europa preindustriale secc. XIII-XVIII. Economic and Biological Interactions in Pre-industrial Europe, from the 13th to the 18th Centuries (Atti della quarantunessima Settimana di Studi. Prato 26-30 aprile 2009), Florencia, 2010.
59 P. Malanima, Energia e crescita nell’Europa pre-industriale, Roma, 1996; íd., Uomini, risorse, tecniche nell’economia europea dal X al XIX secolo, Milán, 2003; íd., «Energy, power and growth in the High Middle Âges», en Kings in captivity. Macroeconomy. Economic growth, Varsovia, 2014, pp. 197-216; íd., «Energy and population in Europe: the medieval growth», en Europas aufstieg. Eine spurensuche im spätten Mittelalter, 2013, pp. 201-220.
60 E. A. Wrigley, People, cities and wealth. The transformation of traditional society, Oxford, 1987 (traducción castellana: Gentes, ciudades y riqueza: la transformación de la sociedad tradicional, Barcelona, 1992); íd., Poverty, progress and population, Cambridge, 2004. Una exposición amplia del tema en E. Tello, «Nuovi problemi, approcci e metodi per la storia economica ambientale delle società preindustriali e in via di industrializzazione», en Studi storici, 50/3, 2009, pp. 607-631.
61 Orientaciones y abundante bibliografía sobre el tema puede verse en R. C. Allen, T. Bengtsson y M. Dribe (eds.), Living standards in the past. New perspectives on well-being in Asia and Europe, Oxford, 2005.
62 Il commercio al minuto. Domanda e offerta tra economia formale e informale secc. XIII-XVIII (Atti delle Settimane di studi. Prato 2014), Florencia, 2015.
63 Ch. Dyer, Standards of living in te later Middle Âges: social change in England c.1200-1520, Cambridge, 1990 (traducción castellana: Niveles de vida en la baja Edad Media: cambios sociales en Inglaterra, c. 1200-1500, Barcelona, 1991); íd., Making a living in the middle ages: the people of Britain 850-1520, New Haven, 2002; íd., An Âge of Transition? Economy and society in England in the later Middle Âges, Oxford, 2005.
64 L. Palermo, Sviluppo economico, cit., pp. 134 y 203-204.
65 P. Malanima, «I prezzi delle cose», cit.
66 A. K. Sen, Development of freedom, Oxford, 1999; A. K. Sen y M. Nussbaum (eds.), The quality of life, Oxford, 1993. Para Giacomo Todeshini, véase nota 30 anterior.
67 L. Palermo, Sviluppo economico e società preindustriali, cit., pp. 139-143 y 228-230; J. M. Salrach, El hambre en el mundo: pasado y presente, Valencia, 2012; M. Bourin, J. Drendel y F. Menant (dirs.), Les disettes dans la conjoncture de 1300 en Méditerranée occidentale, Roma, 2011; M. Bourin, S. Carocci, F. Menant y Ll. To Figueras, «Les campagnes de la Méditerranée occidentale autour de 1300: tensions destructives, tensions novatrices», en Annales HSS, 66/3, 2011, pp. 663-704.
68 Véanse los diversos coloquios sobre carestías y crisis alimentarias en época preindustrial en H. R. Oliva Herrer y P. Benito i Monclús (eds.), Crisis de subsistencia y crisis agrarias en la Edad Media, Sevilla, 2007 (especialmente la intervención de F. Menant, «Crisis de subsistencia y crisis agrarias en la Edad Media: algunas reflexiones previas»); P. Benito i Monclús (ed.), Crisis alimentarias en la Edad Media. Modelos, explicaciones y representaciones, Lleida, 2013; P. Benito i Monclús y A. Riera i Melis (eds.), Guerra y carestía en la Europa medieval, Lleida, 2014.
69 A. K. Sen, Poverty and famines. An essay on entitlement and deprivation, Oxford, 1981.
70 Además de la referencia obligada a T. Piketty, Le capital au XXIe siècle, París, 2013, véase el monográfico Lire Le capital de Thomas Piketty en la revista Annales HSS, 70/1, 2015, especialmente el artículo de G. Todeschini, «Servitude et travail à la fin du Moyen Âge», cit., pp. 81-89, y el coloquio «Cittadinanza e disuguaglianze economiche: le origini storiche di un problema europeo (XIII-XVI secolo)» publicado en Mélanges de l’Êcole française de Rome. Moyen Âge, 125/2, 2013.
71 Además de los estudios ya citados de Paolo Malanima y C. Álvarez-Nogal y L. Prados de la Escosura, «The rise and fall of Spain (1270-1850)», cit., véase A. Carreras, «Problemi di stima del PIL nell’Europa moderna. Il caso spagnolo», en Studi storici, 50/3, 2009, pp. 653-694; B. Yun Casalilla, Marte contra Minerva. El precio del imperio español c. 1450-1600, Barcelona, 2004.
72 A. Guerreau, «L’étude de l’économie médiévale. Genèse et problèmes actuels», en J. le Goff y G. Lobrichon (eds.), Le Moyen Âge aujourd’hui. Actes de la recontre de Cerisy-la-Salle, en Cahiers du Léopard d’or, 7, 1997, pp. 31-82: 45-46.
73 Véase, por ejemplo, A. Grohmann, «Vecchie e nuove sensibilità nella storiografia economica italiana», en Dove va la storia economica?, cit., pp. 25-37, y las intervenciones de G. Nigro y A. Grohmann en el debate del congreso Le interazioni fra economia e ambiente biologico, cit., pp. 607-609, donde ambos, afirmando la utilidad de los bancos de datos para el trabajo histórico, insisten tanto en los mecanismos correctivos del planteamiento teórico del cuantitativismo como en las cuestiones que tienen que ver con la utilización de los datos de archivo y de las fuentes primarias.
74 Entre los muchos trabajos del autor sobre el tema, véase su escrito póstumo: S. R. Epstein, «Trasferimento di conoscenza tecnologica e innovazione in Europa (1200-1800)», en Studi storici, 50/3, 2009, pp. 717-746, que representa una síntesis global de sus ideas. Para un contexto más amplio véanse las Actas del reciente Congreso sobre Gremios y corporaciones laborales en la transición del feudalismo al capitalismo publicado en Áreas. Revista internacional de ciencias sociales, 34, 2015.
75 La trasmissione dei saperi nel medioevo (secoli XII-XV) (Diciannovesimo convegno internazionale di studi. Pistoia, 16-19 maggio 2003), Pistoia, 2005.
76 P. Malanima, «Crescita o declino?», cit., p. 25.
77 B. Yun Casalilla, «Misurazioni e decisioni», cit., 605.
2. LA TRANSICIÓN Y LOS ASPECTOS DEL DESARROLLO COMERCIAL Y MANUFACTURERO EN LA EUROPA BAJOMEDIEVAL Y MODERNA
Volver a plantear, y hacerlo en área peninsular, el clásico tema de la transición produce cierta seducción por las viejas batallas historiográficas nunca concluidas y cierto grado también de incomodidad. Volver al tema significa preguntarse si todavía mantiene, y en qué medida, su operatividad heurística, es decir, su capacidad de integrar unos hechos en y para la investigación histórica y un valor de estímulo a la concepción crítica de la historia. Pero replantear el debate teórico desarrollado en los años cincuenta y sesenta sobre la transición al capitalismo, incluso en la visión más actualizada de Robert Brenner y sus críticos, no deja de producir cierta frustración tanto por los «olvidos» o marginaciones teóricas y explicaciones unicausales como por el reduccionismo geográfico que privilegia la comparación entre el desarrollo de Francia e Inglaterra y margina el área mediterránea. Y es claro que en ambos procesos de selección ni se ha enriquecido el debate teórico ni ha ganado mucho la historia como tal.
Como ocurre a menudo en debates similares, se trata en primer lugar de definir los términos, proceso que no resulta fácil ni siquiera desde la perspectiva del marxismo. Se ponga el acento en la servidumbre y en la organización de la producción sobre la base de la propiedad señorial (Maurice Dobb), en el desarrollo del comercio y de la producción para el mercado, en la aparición de nuevas necesidades de consumo y en el reforzamiento de las economías urbanas (Paul Sweezy), o en la original articulación entre productores directos y propietarios agrarios que controlan a su vez los señoríos rurales (Takahashi y más recientemente, a propósito del caso de Normandía, Guy Bois), la particular evolución de la economía peninsular no entra, o entra solo en parte, en los límites del modelo.
Por regla general, lo que los historiadores proponen es dirigir la atención, más que a las causas externas, a las razones internas que provocaron la inversión de tendencia. Sería inútil, sin embargo, especular con las diversas interpretaciones, las cuales se muestran tanto más contradictorias cuanto más tratan de conciliar la diversidad y multiplicidad de los aspectos del real histórico con modelos y teorías generales de explicación. ¿Se trata, por tanto, de un problema verdadero o falso? Todos los análisis acaban, en definitiva, con la aceptación de una correspondencia (presupuesta más que verdaderamente establecida) entre el cambio del modo de producción y el paso de la sociedad rural a la sociedad industrial. La primera es descrita como destinada al estancamiento o al crecimiento sin futuro; la segunda, nacida bajo el signo de una doble revolución de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción. Sin embargo, las dificultades aumentan cuando se trata de encontrar a toda costa una lógica universal en el funcionamiento del sistema precedente (feudal o precapitalista) y de las condiciones que han precedido la transición, y por el deseo de integrar las diferencias en una explicación lineal centro y norteuropea.
Con planteamientos de este género, los historiadores de hoy día continúan dividiéndose en varios posicionamientos que podemos reagrupar en tres tipos fundamentales y hasta en tres maneras o formas distintas de leer a Marx:
a) Los que, basándose en un criterio de «permanencias feudales» o de un «sistema esencialmente feudal», minimizan las transformaciones habidas entre los siglos XIII y XVI. Estas transformaciones, en vez de poner en crisis las estructuras esenciales de una sociedad básicamente rural, habrían provocado en cierta medida su consolidación. De ahí la rigidez aplastante de ese «bloque feudal» de larga duración y los paralelos procesos de feu-dalización-refeudalización, descomercialización, desindustrialización, etc., que duran hasta el siglo XIX, cuando no hasta nuestros días. Esta lógica «feudal» se basa en la estaticidad de los rendimientos agrícolas y de las técnicas de cultivo, de las relaciones sociales de producción y en los cuadros generales de la vida material que confirmarían la permanencia de las estructuras económicas y sociales.
b) Los que, en una posición más matizada, pero bastante cercana a la anterior, ponen el acento en la desigual distribución geográfica de las transformaciones en la economía y en la sociedad. La expansión bajomedieval es considerada como un período de profundos cambios en las estructuras económicas y sociales en el que, sin embargo, no se superan los límites impuestos por los elementos de carácter feudal todavía dominantes. La baja Edad Media y los primeros siglos de la Moderna son considerados como «época de transición». La expansión medieval sería, por tanto, solo un crecimiento producido por la coyuntura. Las estructuras profundas de la economía permanecerían todavía feudales e incluso los ciclos sucesivos de decadencia o recesión aparecerían explicados como procesos de refeudalización.
c) La tercera posición, recientemente definida por Wallerstein, coloca la transición en un cuadro cronológico y espacial diferente. En vez de confundirse con el paso de la sociedad rural a la sociedad industrial, la transición se efectúa en dos etapas sucesivas. La primera corresponde a la génesis, en torno a 1450, de una nueva economía que es una economía mundial y de dirección capitalista. La segunda corresponde a la Revolución Industrial propiamente dicha, que comienza tardíamente a partir de 1780. Los tres siglos anteriores aparecen dominados no tanto por la mayor o menor rapidez del proceso de transición en los países de la Europa Occidental cuanto por las transformaciones o modificaciones que tienen lugar en la estructura interna de esta economía-mundo, dominada por la oposición entre centro, periferia y semiperiferia.
De los posicionamientos anteriores, y de las críticas dirigidas a la obra de Wallerstein, se deduce que para superar la crisis abierta para el final de la «leyenda de la burguesía y del comercio» se descubre el feudalismo como carácter sustantivo de la historia europea del siglo XIII al XVIII. Para suplir el concepto de capitalismo bajomedieval y moderno, que carecía de toda especificidad histórica, se corre el riesgo de proponer una nueva «leyenda del feudalismo» no menos carente de cualquier especificidad histórica. Y si el intento de encontrar una causalidad económica unilineal que fundamente el concepto de transición parecía poco consistente, también parece problemática una interpretación satisfactoria de larga duración válida para la Europa de los siglos XIII al XVIII y capaz de integrar los trends económicos con los mecanismos del modo de producción precapitalista.
El cuestionamiento de una propuesta de continuidad, de permanencias feudales y de procesos anárquicos de feudalización-aristocratización, donde el concepto de feudalismo acabe por perder toda especificidad y por transformarse en una especie de categoría residual, me lleva también a rebajar el contenido del concepto de «transición del Feudalismo al Capitalismo». Este puede ser entendido si se trata de la identificación, en sectores económicos históricamente definidos, de una dinámica real de transición. Pero si se trata de un proceso plurisecular, el problema de la transición me parece más un problema de historiografía que de historia. Es decir, creo que las discusiones en torno a este concepto están destinadas a permanecer esencialmente como testimonio de un intento de actualización o puesta al día crítico, de un esfuerzo llevado a cabo por los historiadores para superar las dificultades que inevitablemente se presentan cuando se considera el feudalismo como un modo de producción definido una vez por todas y que habría caracterizado un bloque de diez o quince siglos de la historia económica y social europea.
Uno de los rasgos característicos de la Europa bajomedieval y moderna es la coexistencia de dos principales formas de organización productiva y social, feudalismo y capitalismo, uno y otro con caracteres diversos de sus respectivos modelos, medieval y contemporáneo. Hay que reconocer, sin embargo, que los análisis corrientes de los diversos modos de producción no agotan de ninguna manera las exigencias de la investigación histórica de los fenómenos concretos. Existen formaciones económico-sociales que resulta problemático definir con exactitud. Esto que probablemente es verdad para numerosas regiones europeas, lo es más aún para las sociedades meridionales de la baja Edad Media y principios de la Moderna en que el planteamiento quizá más satisfactorio sea la individualización de formas de transición cuyos elementos característicos, tanto a nivel económico como social, resultan compuestos de diversos modos de producción.
Naturalmente, en este contexto, se trata de indagar los mecanismos internos, las reglas de funcionamiento de estas formaciones. Los trabajos más recientes, algunos de ellos ya señalados, proporcionan ciertos elementos válidos y estimulantes para la discusión y la investigación de los que conviene destacar dos propuestas a mi modo de ver importantes:
La propuesta del «modelo mercantil» y de la expansión comercial de la economía europea a partir de mitad del siglo XIII-XV, que ha sido considerada, quizá apresuradamente, como elemento externo y puramente accidental al sistema productivo y de relaciones dominantes. En la formulación más reciente de Wallerstein, las formaciones sociales periféricas son vistas como distintos modos de producción precapitalistas. Esto contradice la visión, ampliamente constatada por los historiadores de la Edad Moderna, según la cual la formación de fuertes desequilibrios regionales era inevitable y consecuencia estructural del intercambio no equivalente y del desarrollo desigual del capitalismo. Pero también es verdad que esta constatación, por sí misma, no proporciona la solución al problema que debe buscarse tanto en los condicionamientos internacionales y en las relaciones económicas entre los diversos países, como en las estructuras internas y en los modos de su evolución. La explicación del porqué unas zonas avanzaron y otras, en cambio, entraron en una fase de regresión o decadencia debe tener en cuenta uno y otro tipo de factores.
Este es uno de los temas más complejos y discutidos de la historia europea del siglo XVII. Los términos periferia o semiperiferia usados por Wallerstein para indicar las zonas de atraso económico no son aceptables porque soslayan la constatación de que las áreas que permanecieron marginadas fueron aquellas en las que en el siglo XVII se mantuvieron más rígidamente las estructuras de tipo feudal y donde la acción del Estado o la iniciativa de las fuerzas sociales no logró limitar sustancialmente las formas tradicionales de dominio de los grupos privilegiados. Sin embargo, la fórmula de Brenner, esto es, la causalidad de las relaciones internas de clase y de «extracción de excedente», también ofrece una imagen parcial de la realidad, puesto que no tiene en cuenta el proceso de acumulación capitalista que tiene como terreno de desarrollo el «mercado mundial», proceso metodológica y marxianamente distinto de la acumulación originaria, ni los cambios cualitativos que el inicio de la acumulación capitalista introduce en las relaciones entre formaciones sociales diferentes. Historiadores de diverso signo han insistido abundantemente sobre estas cuestiones: su necesaria complementariedad y la arbitrariedad de separar y relegar cualquiera de estos procesos básicos en la génesis y desarrollo del capitalismo.
Aparentemente, una de las pruebas más convincentes para mostrar la escasa incidencia de elementos «burgueses» y mercantiles, y para testimoniar el mantenimiento de formas feudales en una situación todavía tradicional, consiste en documentar el limitado impacto cuantitativo de los aspectos innovadores y, en nuestro caso, de las ciudades y sobre todo de las actividades comerciales e industriales. En buena medida, en el debate sobre la transición, y el reciente intento de Brenner es una clara muestra, falta la ciudad en sus articulaciones internas, como mercado de productos agrarios, como lugar en que los propietarios realizan la renta, como área de inmigración de la población campesina y como estructura industrial y de transformación de los productos de la agricultura. La reacción contra una óptica neoclásica, que ve en la división del trabajo entre ciudad y campo un elemento decisivo para incrementar el grado de productividad del sistema y las ventajas comparativas tanto de la ciudad como del campo, no ayuda a comprender por qué en el modelo de Brenner las variables ciudad y acumulación mercantil son marginadas. Sobre todo cuando en otros modelos, especialmente en el modelo de la protoindustria rural, adquieren una importancia decisiva en la explicación de las estructuras económicas y sociales.
El modelo protoindustrial rural elaborado por Hans Medick y otros es suficientemente concreto y coherente al relacionar prácticas agrícolas, actividades industriales, estructuras familiares y trends demográficos como para constituir ya una contribución de excepcional valor a la teoría de la transición del feudalismo al capitalismo. El modelo supone la combinación estructural de una industria rural, modelada sobre el viejo concepto de industria a domicilio (verlagssystem) rural y doméstica, y una organización capitalista del mercado. Este sistema productivo supone la existencia, por una parte, de una sobrepoblación campesina pobre y subocupada, con poca tierra y obligada a una oferta de trabajo en el sector industrial que compense la insuficiencia del crédito agrícola y, por otra, la existencia de mercaderes capitalistas, distribuidores de materias primas, que aseguran la distribución de productos en mercados lejanos e incluso de características internacionales.
El modelo, que evita la simplificación analítica o seudoexplicativa de los planteamientos demográficos y el formalismo de las exposiciones empíricas, tiene el gran mérito de abordar directamente el proceso de reproducción del sistema económico en la última fase del feudalismo y del primer capitalismo, integrando los temas clave de la transición que, en la exposición de Brenner, por ejemplo, habían quedado obviados o marginados: las investigaciones cuantitativas, tanto demográficas como económicas, que ponen en relación las estructuras agrarias con las innovaciones del sector secundario y terciario; la existencia en el campo de estructuras y de relaciones de producción favorables al desarrollo de actividades industriales; la descomposición de las sociedades campesinas tradicionales y de las propias estructuras productivas urbanas, y la aparición de una demanda externa, incluso colonial, vinculada a la formación de un sistema económico mundial. Ello, unido al papel fundamental que juegan las relaciones de producción y de propiedad y la ventaja de incorporar aspectos microanalíticos de la antropología, de las estructuras de poder y de las relaciones familiares, si bien no constituye aún una modelística completa para elaborar una teoría de la transición al capitalismo industrial, no cabe duda de que ofrece una de las líneas más atractivas que presenta la historiografía marxista de los últimos años.
En esta perspectiva es posible ir proponiendo líneas de investigación e ir definiendo un modelo original de desarrollo, o diversos modelos, fundado no solo en el contraste entre población y subsistencias, entre producción campesina y exacciones señoriales, sino también sobre una doble relación de organización y aprovechamiento del espacio, relación reforzada por la depresión demográfica de los siglos XIV y XV: por una parte, a nivel local y regional, la que concierne a la relación campo-ciudad, y, por otra, a nivel internacional, la relación que une las zonas exportadoras de materias primas agrícolas a las metrópolis comerciales e industriales o manufactureras.
De esta manera, el papel decisivo de la coyuntura, de las pulsaciones lentas de las economías locales, y las oscilaciones seculares de la demanda internacional de materias primas ritman el funcionamiento histórico de un sistema original –que al final podremos denominar feudal– pero distinto del modelo polaco de Witold Kula y del modelo noroccidental clásico recientemente formalizado por Guy Bois.
También es evidente que estas propuestas de estudio insisten no tanto en las supervivencias feudales –no utiliza el concepto «feudalismo» como categoría residual ni recurre a conceptos como refeudalización, descomercialización o desindustrialización– cuanto en las estructuras nuevas puestas en vigor entre los siglos XIII y XVI durante el primer impulso de desarrollo económico europeo. Si estas pautas de interpretación parecen aceptables en líneas generales, otra cuestión más discutible es discernir si la razón última de la decadencia o «transición abortada» reside en la paralización de los elementos nuevos puestos en vigor en la fase inicial de la expansión económica bajomedieval o, más bien, en la continuidad de su funcionamiento en fases sucesivas sin que se produjeran variaciones cualitativas importantes.
3. ANTES DE LA IDENTIDAD, LAS IDENTIDADES. REFLEXIONES DESDE LA PERIFERIA
Decía el autor al que va dedicado este homenaje que «la identidad se ha convertido en una de las grandes cuestiones de nuestro tiempo» y dejaba entrever que la construcción de la primera identidad política española, iniciada en la década de 1540, debía rastrearse mediante una reflexión historiográfica profunda de las relaciones recíprocas entre cultura política, memoria y realidad comunitaria.1 Siempre he pensado que la historia, o mejor la práctica histórica, es en buena parte historiografía del pasado. Pero no es menos cierto que, previamente a su formación como materia nacional –española o cualquier otra–, la construcción de identidades múltiples anteriores y de ámbito más restringido requiere la explicación de las grandes modificaciones estructurales bajomedievales y de la temprana edad moderna, que son resultado de la adecuación constante de los desarrollos institucionales, políticos y culturales de una época con la dinámica de los grupos sociales y de sus prácticas económicas, lo que coloca el estudio de las identidades premodernas en una situación más indefinida conceptualmente, pero también más abierta para una reflexión «desde la periferia».2
No es extraño que, apoyado en esta indefinición de origen, el estudio de las identidades se haya convertido en un «fantasma» («correcalles» y «auténtico laberinto» dice Pablo Fernández Albadalejo) que recorre el medievalismo español –y la edad moderna– en multitud de congresos, seminarios, proyectos o másteres sin que nadie se sustraiga a decir la suya. Sin una distinción precisa entre colectivas o individuales, políticas o sociales, alteridad o sujeto, integración o rechazo, el concepto se ha convertido en una fórmula inofensiva y ambigua, de escasa capacidad explicativa –pero sí de mucha descripción– y válida para casi todo.3 Por influencia de sociólogos, antropólogos e intereses académicos o mediáticos varios, estamos aplicando la cuestión identitaria a cualquier realidad del pasado con la esperanza de hacer frente a la crisis de las identidades actuales –olvidando el poso de las tradicionales– o de encontrar la mística de una historia más humana y global como alternativa a la vieja historia. Por ello, la categoría histórica de identidad puede resultar peligrosa y hay que manejarla con cuidado, dándonos cuenta de que requiere una fuerte reflexión crítica, una adecuada lectura de las fuentes y de las aportaciones historiográficas y una serena discusión y contraste de los resultados. Sobre todo si abordamos las cuestiones ligadas a los complejos problemas de los orígenes, de la memoria del pasado o de la naturaleza civil y política de la comunidad. Porque ¿de qué raíces se trata y cuáles son los elementos o la época que mejor define la formación de la identidad colectiva de una comunidad? No es extraño que los antropólogos Francesco Remotti y Marco Aime sugieran que es mejor abandonar completamente la noción de identidad en sentido marcadamente personal o individual y asumirla con carácter relacional, es decir, como «identidades variables» que muestren las relaciones internas de sociedades determinadas,4 lo que significa preguntarnos cuáles son los motivos por los que identificamos las «raíces» (los orígenes) históricas de una sociedad en una época más que en otra.
CIVITAS, IDENTIDAD, CIUDADANÍA
La perspectiva «variable» nos puede llevar a una casuística extrema y a la proliferación de modelos que sirvan para remarcar la incidencia de las realidades locales o particulares sin tener en cuenta los marcos más amplios e importantes. Sin embargo, existen una serie de componentes básicos que definen las identidades colectivas y sobre los cuales se ha logrado cierto consenso. El primero de ellos es la conexión entre identidad y comunidad. En este sentido, la civitas concebida como estructura maestra del vivir civil representa el sistema de valores y los parámetros de identidad capaces de dar solidez a la comunidad política.5 Formar parte de un grupo implica necesariamente compartir algunos rasgos constituyentes de la acción política y civil de sus miembros que justifican la existencia del grupo. Frente al papel unificador del estado, lo que caracteriza a las identidades colectivas, tal como las define Paolo Prodi, es «el vínculo de pertenencia, dinámico aunque dotado de cierta estabilidad, que se transmite de una generación a otra, de un individuo a un determinado grupo social, mediante la coparticipación de valores, normas y representaciones y, por tanto, de ideologías y de símbolos»,6 es decir, la percepción de semejanzas y diferencias entre un grupo social y otro. Porque, como nos ha advertido más de una vez Amartya Sen, con esto de las identidades se pueden cometer dos errores graves: no reconocer que son fuertemente plurales, en un contexto donde la importancia de una identidad no disminuye la importancia de las demás, y atribuir un valor desmesurado a una de ellas hasta provocar un conflicto con las restantes.7
El segundo componente se refiere a las conexiones entre la construcción de la identidad y la pertenencia a una colectividad. El discurso político franciscano en la Corona de Aragón, especialmente los tratados de Francesc Eiximenis, recalcan que el único lugar donde podía construirse la identidad era la ciudad y que el vehículo activo era la ciudadanía, la pertenencia ciudadana.8 Hacerse civis no es simplemente formar parte de una comunidad familiar o genéricamente social, es una pertenencia civil y política que confiere un estatuto de honorabilidad y de civilidad virtuosa. Por esta primacía civil, afirma Eiximenis, incluso los nobles quieren hacerse ciudadanos adquiriendo un nivel de prestigio que no les venía por su estado de nobleza de sangre.
El primado de la civitas y del vivir virtuoso de los hombres que viven en ella lleva consigo el fortalecimiento de la identidad política y de la capacidad civil de cada ciudadano. El resultado más evidente es la dimensión humanista y «republicana» que la reflexión franciscana atribuye a quien vive virtuosamente en la ciudad. Emerge entonces la identidad política de la ciudadanía y el vínculo que la configura es un contrato jurídico y de gobierno, casi constitucional y de acuerdo pactado entre quienes forman la comunidad, quieren vivir bajo unas mismas leyes y ser gobernados por los mismos regidores.9 Las identidades colectivas «variables», que se moldean continuamente en la dialéctica entre poder y consenso, presentan una forma contractual, resultado de pactos y convenciones, de consentimientos tácitos o expresos entre todos los miembros de la civitas. Así se construye una comunidad civil y política de leyes y de normas consuetudinarias –que son al mismo tiempo memoria y narración de la identidad comunitaria– y de ahí nace la ciudadanía como sujeto colectivo y las «regalías» concedidas al príncipe, los oficios instituidos en beneficio público, los flujos móviles de la cultura y las estructuras más permanentes de la representación y de la pertenencia que constituyen el esqueleto de toda formación política.
Al mismo tiempo, sin embargo, la pertenencia no puede manifestarse si no es a través de la diferencia, la alteridad y la exclusión. Una identidad construida como representación de una comunidad introduce inevitablemente un proceso de coherencia del tejido social, de continuidad en el tiempo y, al mismo tiempo, de reducción de la multiplicidad y de exclusión. Para aumentar la particularidad, condición de la identidad, es necesario tener en cuenta a «los otros». Cierto que la incorporación de la alteridad es siempre problemática para la reconstrucción de la propia particularidad identitaria porque «el otro» puede ser totalmente excluido, marginalizado o definido como anticomunitario, pero tales problemas son siempre consecuencia de la necesidad de identificar mejor la propia identidad. El civis honorable y virtuoso implica necesariamente que hay otros que no lo son y que ni siquiera son cives.10 A este respecto y frente a la fidelidad a la res publica y a sus valores, que caracterizan la bondad y la función positiva de la civitas, los judíos representan un papel típicamente incívico y antiidentitario. Eiximenis insiste frecuentemente en su extraña condición mediante el ejemplo de la rusticitas de los judíos, una categoría propia de los pageses que viven en los espacios exteriores de la civitas, y en su incapacidad de amar la cosa pública. Esta exclusión que los asimila a los rústicos no es una condición estrictamente económica o «técnica» sino que es de raíz cultural y civil: como los pageses, son inadecuados porque resultan incompatibles con la fides y ajenos a los negocios de tipo contractual y monetario de los cives.
Expertos en el manejo del crédito y del dinero, los judíos, al igual que los prestamistas cristianos que practican la usura, nos colocan en la difícil tesitura de discernir si ciertas actividades económicas eran compatibles o no con el estatuto de honorabilidad cívica y, por tanto, con la identidad ciudadana.11 Su exclusión de la comunidad urbana no responde explícitamente a sus diferencias étnicas ni vale una definición de raza o de «identidad étnica» diversa,12 aunque su incompatibilidad con los valores de la fe cristiana y con el cristianismo cívico del pensamiento escolástico sea determinante. En el fondo, su exclusión deriva de su incapacidad para entender las formas de organización política y económica de la civitas, es decir, la condición de ciudadano que permite a los particulares interesarse por el bien público, el bonum commune, que es uno de los elementos fundadores de la ciudad y de la credibilidad de la res publica que obliga a realizar las actividades económicas en beneficio de la comunidad.
Es sorprendente que para desarrollar estos planteamientos –y una práctica más sólida de la historia económica–, los historiadores de la economía estén tomando como punto de partida las investigaciones de los medievalistas Giacomo Todeschini y sus discípulos sobre la concepción franciscana de la riqueza y de la ciudadanía como fundamento de la identidad política y cívica. Y con ello salta a primer plano el análisis del mercado entendido como estructura comunitaria fundada en la confianza (la fides) recíproca entre los ciudadanos, obligados a la pertenencia y llamados a la participación para la consecución del «bien común».13 En la intelección del bonum commune lo importante no es el bien, que es el resultado, sino el «común», que es el fundamento de la identidad de los cives. Este derecho-deber no excluye la jerarquía interna ni las desigualdades económicas14 –difícil concebir un orden político-social en la Edad Media que no se funde en la jerarquía y en la desigualdad–, pero tampoco admite el despotismo del poder ni la negación del principio contractual de la comunidad como sujeto colectivo. La identidad política y social se construye mediante la credibilidad y la reciprocidad fiduciaria, es decir, en una relación de equilibrio –y también de tensiones continuas– entre la fides a la ciudad y la fides al mercado.
SÍMBOLOS DE IDENTIDAD DE LA COMUNIDAD
En torno a estos argumentos se concretan una serie de valores y contravalores que caracterizan la calidad ética de la ciudadanía y su pertenencia a la sociedad civil: favorecer y acrecentar el «bien común», el deber de conservar la ley y la justicia, practicar el uso honesto y la circulación fructífera del dinero, o combatir toda forma de especulación y de inmovilización de las riquezas para que no puedan ser sustraídas a las inversiones productivas o al crecimiento económico y bienestar de la res publica. Particularmente nocivos y anticívicos son los comportamientos definidos como avaros, usurarios, no caritativos o antisolidarios. Para la identidad cívica, el deber de solidaridad no equivale al ejercicio de la filantropía que se realiza en el terreno de las relaciones naturales o familiares que constituyen los elementos primarios de la cadena de sostenibilidad material de las personas. La solidaridad es política porque atañe exclusivamente a quienes forman parte de la civitas, y es económica por la obligación que tienen los ciudadanos de acrecentar los bienes materiales para que retornen al «bien común» con el fin de saldar las deudas y cubrir las necesidades y las carencias que cada civis encuentra al entrar en la comunidad.
Así concebida, la identidad contractual urbana, fundada en la sólida relación de reciprocidad tal como se va construyendo a finales de la Edad Media y principios de la Moderna, estableció también las bases de un escenario de equilibrio –y también de relaciones ambiguas– entre la ciudad, la mercatura y el mercado.15 Haciendo suya la interpretación aristotélica que convierte la comunidad política en comunidad de intercambio, una larga tradición textual de área franciscana y catalana desde Ramón Llull y Arnau de Vilanova en adelante comenzó a otorgar un papel relevante a los mercatores, considerados el mejor ejemplo de civilitas y de ciudadanía. En territorio valenciano, la tradición franciscana culmina en Eiximenis, que realiza una verdadera apología civilizadora del comercio y de los mercaderes considerados el fundamento de la organización civil y los principales artífices de la consecución del «bien común» al servicio de la cosa pública. En ningún caso, sin embargo, se elimina una valoración negativa sobre los vicios o la ambivalencia del comercio y del préstamo monetario que eran los dos componentes menos dóciles para un diseño de estabilidad y de armonía social y, en definitiva, el principal peligro potencial del cual podía temerse un asalto a la jerarquía y a las identidades establecidas.
Son muchos los ejemplos y el camino tortuoso de cómo la mercatura fue progresivamente asimilada, apreciada, protegida y justificada (y también condenada con viejas y nuevas reservas mentales, religiosas, jurídicas y sociales) hasta alcanzar la plena legitimidad y autonomía con la mercantilización de la primera edad moderna. Cuando afrontamos el problema de la utilidad social de los mercaderes y su contribución a la creación de identidades urbanas, nos vienen in mente tanto los argumentos favorables como los negativos sobre sus actividades. La desconfianza cívica es particularmente crítica respecto a los mercaderes extranjeros y explica los frecuentes intentos de expulsarlos de la ciudad, es decir, de la identidad comunitaria, justificados por los desórdenes que provoca el préstamo del dinero con usura, la manipulación de la moneda y la incompatibilidad del comercio especulativo con la honorabilidad del ciudadano honrado y del «bien común».16 De hecho, las tradiciones del pensamiento político europeo eran dispares. El papel asignado por Tomás de Aquino a los mercaderes en la comunidad política era difícil de encajar con la construcción identitaria urbana de los franciscanos. El dominico veía en los negotiatores –sobre todo si eran extranjeros– un peligro objetivo para la ciudad perfecta, una subversión de las costumbres comunitarias y una perturbación del vivir cívico. Aunque admitía que eran necesarios para la supervivencia de los cives, consideraba que el arte de la mercadería suponía una actividad proclive a los vicios de la avaricia, del acaparamiento y de la ganancia especulativa cuando no a los intercambios fraudulentos. Muy distintas son las apreciaciones de Eiximenis, que asigna a los mercaderes la función capaz de mejorar la convivencia civil y, en virtud de su pericia contractual y de las técnicas de negociación que requieren la fiducia entre partes, les suponía las personas más idóneas para ocupar los cargos públicos y asegurar la estabilidad de la comunidad concebida como red de relaciones fiduciarias.
El punto más importante de diferenciación con Tomás de Aquino aparece cuando Eiximenis se presenta como el principal valedor del ars mercandi y defensor a ultranza de los privilegios y gracias que la comunidad debe conceder a los mercaderes extranjeros por su contribución al bien común de la cosa pública. En este sentido, la gestación de la sociedad mercantil europea –la llamada «república internacional del dinero»– y de su sistema de valores sería el rasgo más profundamente definitorio de una nueva identidad supralocal de Europa, aunque todavía no es la identidad unificadora del estado-nación posterior.17 Pero sí representa la aparición de un sistema de relaciones nuevo caracterizado por la movilidad de los hombres de negocios y de cultura y por la circulación de ideas y mercancías a gran escala, que crea una estructura englobante por encima de los estados pero que continúa asentándose en la ciudad y en los principios de la ética comunitaria. Lo que define la identidad honorable del mercader es la pertenencia, no la diferencia o el éxito empresarial individual, y en parte la integración en un grupo cívico dotado de significado (social, profesional, institucional y simbólico) y de legitimidad jurídica. Que esto se manifieste a través de la dignidad pública, de la condición interna de ciudadanía (la identidad que confiere el estatuto de civis), de la pertenencia a un grupo de probada fiducia y riqueza o de la participación reconocible al «bien común» no es más que el resultado o puesta en práctica de la honorabilidad. Pero la pertenencia funciona también eficazmente como miedo a la exclusión. Lo que teme el mercader diariamente es que las malas –o erróneas– prácticas económicas lo proscriban al grupo de gente sospechosa, los irredimibles, los fuera-comunitarios, que son todos aquellos que –como Judas, dirá Giacomo Todeschini–18 no utilizan correctamente sus propias riquezas, que no siguen honestamente las reglas del mercado y que no buscan en sus acciones el «bien común» de la ciudad.
UNA PERSPECTIVA DE LARGA DURACIÓN
En el enfoque actual de las ciencias sociales –y por tanto en el estudio de la cultura cívica y de las identidades–, el concepto longue durée, aunque sea en una orientación muy distinta a la originaria de Fernand Braudel y practicada por la escuela francesa de Annales, está adquiriendo una relevancia excepcional.19 En la «materia» que nos ocupa, la larga duración constituye un elemento extremadamente eficaz para comprender no la identidad en sí, sino algunas manifestaciones de la historia intelectual o de las expresiones doctrinales de la identidad. En sustancia, el análisis diacrónico en un tiempo largo permite visualizar algunas tendencias de la reflexión teórica y observar remodelaciones en contextos políticos y sociales diferenciados. Lo que interesa plantear ahora es cómo ese ius mercatorum, esa imagen contradictoria y ambivalente de la mercadería que se transmite y concilia con la política, con la función civil del mercado y con la dimensión «republicana» de la comunidad durante la baja Edad Media y principios de la moderna.20 Dicho de otro modo, cómo se compagina la génesis de la racionalidad económica y la comunidad cívica con las identidades sociales, las percepciones y los comportamientos colectivos.
En esta perspectiva, Eiximenis aparece como el principal impulsor de una idea de identidad que se construye sobre la base de relaciones contractuales y de intercambio, un modelo que no solo funciona en los territorios de la corona catalano-aragonesa sino que recoge matrices del pensamiento político europeo, sobre todo del mundo mediterráneo, respecto a la civilitas y la res publica, y especialmente en lo que concierne a la exaltación del papel de la riqueza, de la moneda y del mercado urbano como elementos identificadores del desarrollo de la comunidad. El paradigma es suficientemente fuerte como para construir una medieval urban identity.21 Quien maneja debidamente estas realidades puede constituirse en civis, formar parte de la civitas y compartir una serie de rasgos constituyentes de la identidad urbana: una específica moralidad en los negocios, el enriquecimiento personal que favorece el desarrollo económico de la comunidad, la participación al buen gobierno y al bonum commune, la competencia virtuosa, el crédito honesto y la circulación de la moneda como medio de certificación de la auctoritas de la comunidad.
El paradigma político-identitario se acopla a una extensa área de Europa y a un período concreto de la baja Edad Media e inicios de la modernidad, un momento histórico en el que los contornos de las identidades cívicas estaban bien definidos y que desaparecerán con el desarrollo de las identidades uniformes del Estado-nación de los siglos posteriores, cuando la nueva opción absolutista del poder y las soberanías monocráticas se impongan sobre la comunidad eliminando las identidades, necesariamente múltiples y cívicas, de la primera edad moderna.22 Es el momento también en el que comienza a gestarse una concepción de la política como materia de gobierno, pero no de un gobierno civil de ciudadanos sino «Político Catholico Christiano», más católico incluso que cristiano tras la escisión confesional de la Reforma.23 Antes católicos que ciudadanos es una ruptura con los experimentos cívicos y republicanos de la baja Edad Media –pero también con el cristianismo cívico y virtuoso franciscano y con la conciliación entre los principios evangélicos y la filosofía práctico-cívica de Eiximenis- y una reivindicación profunda de una ancestral identidad hispana. La ciudadanía deja de formar parte de la vida activa política y, con ello, desaparece el vínculo indisoluble entre ejercicio activo de la vida en comunidad y los comportamientos éticos del buen civis que constituían el fundamento de la identidad civil urbana. Hasta el «bien común» acabará por ser marginado en la consideración de las virtudes ciudadanas para situarse exclusivamente en el terreno de competencias de los gobernantes y en la definición de la calidad de los modernos regímenes políticos.
Sin embargo, algunos rasgos y matrices del pensamiento político se mantendrán durante largo tiempo, incluso hasta el siglo XIX, en lo que Pablo Fernández Albadalejo ha denominado «cristianismo cívico» (a propósito de la obra de Martínez Marina) o de las diversas manifestaciones de un modelo contrapuesto al diseño absolutista y construido «desde abajo», desde la comunidad como sujeto político corporativo (a propósito del lenguaje constitucional de La lex regia aragonensium o de la comunidad regnícola de Pere Antoni Beuter).24 Pero es sobre todo la obra de Martínez Marina la que recupera planteamientos identitarios tradicionales, alternativas al despotismo y críticas a la noción vigente de soberanía. Con el miedo a los republicanos franceses de por medio, no era poco reivindicar la condición de «ciudadano» como sujeto con derecho a la honorabilidad cívica y a la participación en el Gobierno. Más relevante era con seguridad la defensa del «bien público», del municipalismo (en este caso, las municipalidades castellanas) y cierta idea de monarquía –o del poder político– contractual y res-publicana. Remontándose a idearios del pensamiento político medieval, en los inicios del siglo XIX, Martínez Marina recordaba que la ciudadanía representaba las señas tradicionales de identidad y que el poderío de la monarquía era resultado de pactos y convenciones y del consentimiento tácito o expreso de la comunidad, un convenio que daba paso al siguiente estadio, el de la «sociedad civil». Con todo, son muchos más los textos que, como el propio Fernández Albadalejo analiza, reafirman un pasado (más o menos forzado, mítico, ideológico o teológico) continuamente revisado en clave de autodefinición y exclusivismo nacional, propio de una entidad que está por encima de los grupos que se autoperciben como distintos en torno a prácticas de pertenencia y de participación comunitaria.
La perspectiva de larga duración sirve para entender lo que de nuestro pasado ha sido eliminado o se reaviva en el presente y las enseñanzas que el período histórico que estudiamos puede mostrarnos para el futuro. Un período en el que las formas de identidades cívicas acabarán por paralizarse, bloqueadas ante los instrumentos de los estados nacionales donde serán marginadas durante siglos. No será ya la circulación de hombres y culturas, la comunicación, el mercado cívico y con «honorabilidad» y la pluriidentidad los vectores que guíen a la sociedad civil, sino el predominio de lo político, la centralidad del Estado-nación, las identidades uniformes y la confrontación de los estados nacionales territoriales, terreno resistente hasta la crisis actual y en el que parecen naufragar tanto las corrientes federalistas como los principios culturales y espirituales de la tolerancia.
Por eso resulta tan difícil hablar de multiculturalismo y de globalización en los tiempos que corren, excepto por la dictadura de los mercados globales (con poco «honor» y menos civilitas) y por la debilidad del control estatal sobre estos, cuando las identidades múltiples permanecen amenazadas y confundidas sobre la base de la realidad estatal y son interpretadas especialmente, aparte de su construcción funcionalista, como principal elemento de diferenciación y de oposición de género, clase y nación.25 Y con la confrontación hemos perdido la confianza (la fides) convertida en algo limitado y revocable, y hasta el «bien común», otro valor liquidado por la crisis y el estado-nación.26 No es extraño que Manuel Cruz abogue por más responsabilidad y menos identidad o que Zygmun Bauman, cuando analiza la actual crisis del estado nacional, lo que quiere decir es que no existen ya territorios homogéneos, que las identidades nacionales no pueden dar soluciones a las necesidades de la sociedad y que toda sociedad es una sucesión de diásporas aunque los individuos no quieran prescindir de sus raíces.27 La gran cuestión actual es el colapso de la confianza porque la conexión entre identidad y política se ha roto y aparece la contradicción entre identidad tribal y el concepto de ciudadanía como pertenencia o como integración.
1 P. Fernández Albadalejo, Materia de España. Cultura política e identidad en la España moderna, Madrid, 2007. Prólogo.
2 Y entiendo «periferia» –o periférico– como medievalista e historiador del área mediterránea.
3 De una bibliografía que podría ser interminable, destaco solo algunas obras de ámbito urbano, como F. Sabaté (ed.), Identitats, Lleida, 2012; F. R. Fernandes (ed.), Identidades e fronteiras no medioevo iberico, Curitiba, 2013; J. Acebrón, I. Grifoll y F. Sabaté (eds.), La construcció d’identitats imaginades. Literatura medieval i ideologia, Lleida, 2015; F. Sabaté y Ch. Guilleré (eds.), Morphologie et identité sociale dans la ville médiévale hispanique, Chambéry, 2012; J. A. Jara Fuente, G. Martín e I. Alfonso (eds.), Construir la identidad en la Edad Media. Poder y memoria en la Castilla de los siglos VII a XV, Cuenca, 2010; J. A. Jara Fuente (ed.), Ante su identidad. La ciudad hispánica en la baja Edad Media, Cuenca, 2013; O. Rey Castelao y T. Mantecón Movellán (eds.), Identidades urbanas en la monarquía hispánica (siglos XVI-XVIII), Santiago de Compostela, 2015.
4 F. Remotti, Contro l’identità, Roma-Bari, 1996; íd., L’ossesione identitaria, Roma-Bari, 2010; M. Aime, Eccessi di culture, Turín, 2004.
5 P. Evangelisti, «Misura la città, chi è la comunità, chi è il suggetto, chi è nella citta...», en P. Prodi, M. G. Muzzarelli y S. Simonetta (eds.), Identità cittadina e comportamenti socio-economici tra medioevo ed età moderna, Bolonia, 2007, pp. 19-52, y la bibliografía citada en nota 2.
6 P. Prodi, «Introduzione: evoluzione e metamorfosi delle identità collettive», en P. Prodi y W. Reinhard (eds.), Identità collettive tra medioevo ed età moderna, Bolonia, 2002, p. 11.
7 A. Sen, Identitat i conflicte: qui té interés a convertir la identitat en un conflicte?, Barcelona, 2009.
8 Estas y otras referencias siguientes al fraile de Girona, muy abundantes, en F. Eiximenis, Dotzè Llibre del Crestià, Xavier Renedo (ed.), Girona, 2005; F. Eiximenis, Regiment de la cosa pública, Daniel de Molins (ed.), Barcelona, 1927 (reed. 1980).
9 P. Evangelisti, «Construir una identidad: Francesc Eiximenis y una idea europea de civilitas», en La construcció d’identitats, cit., pp. 125-165; íd., «Ad invicem participancium. Un modello di cittadinanza proposto da Francesc Eiximenis, frate franciscano», en Cittadinanza e disuguaglianze economiche: le origini storiche di un problema europeo (XIII-XVI secolo), Mélanges de l’École française de Rome. Moyen Âge, 125/2, 2013, disponible en línea: <http://mefrm.revues.org/1466>, y, más ampliamente, íd., I francescani e la costruzione di uno Stato. Linguaggi politici, valori identitari, progetti di governo in area catalano-aragonese, Padova, 2006.
10 G. Todeschini, «Fiducia e potere. La cittadinanza difficile», en P. Prodi (ed.), La fiducia secondo i linguaggi del potere, Bolonia, 2007, pp. 15-26.
11 G. Todeschini, La banca e il ghetto. Una storia italiana (secoli XIV-XVI), Roma-Bari, 2016.
12 Concepto equívoco. Véase U. Fabietti, L’identità etnica. Storia e critica di un concetto equivoco, Roma, 1995; A. P. Smyth (ed.), Medieval europeans: studies in ethnic identity and national perspectives in medieval Europe, Londres, 1998.
13 G. Todeschini, «Mercato medievale e razionalità economica moderna», en Reti Medievali Rivista, VII, 2006/2, disponible en línea <http://www.dssg.unifi.it/_RM/rivista/saggi/Todeschini.htm>; P. Evangelisti, «Mercato e moneta nella costruzione francescana dell’identità politica. Il caso catalano-aragonese», en Reti Medievali Rivista, VII, 2006/1, disponible en línea <http://www.dssg.unifi.it/_RM/rivista/saggi/Evangelisti.htm>; G. Todeschini, «Participer au Bien Commune», en E. Lecuppre-Desjardin y A. L. van Bruaene (eds.), De bono communi: the discourse and practice of the common good in the european city (13th-16th c.), Turnhout, 2010; S. Zamagni, Por una economía del bien común, Madrid, 2012.
14 Cittadinanza e disuguaglianze economiche: le origini storiche di un problema europeo (XIII-XVI secolo), cit.
15 M. Boone, A la recherche d’une modernité civique. La société urbaine des anciens Pays-Bas au bas Moyen Âge, Bruselas, 2010; F. Migliorino, «Immagini della mercatura. Costruzione di una identità sociale», en P. Prodi (ed.), La fiducia secondo i linguaggi del potere, cit., pp. 359-378.
16 G. Albertani e I. Checcoli, «Il denaro, il nome e l’onore. Sulle tracce dei prestatori bolognesi (secc. XIII-XIV)», en P. Prodi, M. G. Muzzarelli y S. Simonetta, Identità cittadina, cit., pp. 113-132.
17 P. Iradiel, «La idea de Europa y la cultura de las élites mercantiles», en Sociedad, culturas e ideologías en la España bajomedieval, Zaragoza, 2000, pp. 115-132 (en este volumen, pp. 165-184); R. Greci (ed.), Itinerari medievali e identità europea, Bolonia, 1999. Naturalmente la referencia es A. de Maddalena y H. Kellenbenz (eds.), La Repubblica internazionale del denaro tra XV e XVII secolo, Bolonia, 1986.
18 G. Todeschini, Come Giuda. La gente comune e i giochi dell’economia all’inizio dell’epoca moderna, Bolonia, 2011. Véase también íd., «Theological Roots of the Medieval/Modern Merchants’ Self-Representation», en M. C. Jacob y C. Secretan (eds.), The Self-Perception of early modern ‘Capitalist’, New York, 2008, pp. 17-46.
19 Imposible referenciar, en un texto breve como este, la tradición y debates sobre «la larga duración» braudeliana, pero véase el reciente dosier La longue durée en débat, en Annales HSS, 70/2, 2015, que contiene el artículo-manifiesto de D. Armitage y J. Guldi «Le retour de la longue durée: une perspective anglo-américaine», pp. 289-318. Véase también, de estos autores, The History Manifesto, Cambridge, 2014, disponible en línea: <http://historymanifesto.cambridge.org/>, y de D. Armitage, «What’s the Big Idea? Intellectual History and the Longue durée», en History of European Ideas, 38, 2012, pp. 493-507.
20 P. Prodi, «Il mercato come sede di giudizio sul valore delle cose e degli uomini», en P. Prodi, La fiducia, cit., pp. 157-178; C. Petit, «“Mercatura” y “ius mercatorum”. Materiales para una antropología del comerciante premoderno», en íd., Del ‘ius mercatorum’ al derecho mercantil, Madrid, 1997.
21 F. Sabaté (ed.), Medieval Urban Identity: Health, Economy and Regulation, Cambridge Scholars Publishing, 2015.
22 B. B. Diefendorf y C. Hesse (eds.), Culture and identity in early modern Europe. Essays in honor of Natalie Zemon Davis, Ann Arbor, 1993.
23 P. Fernández Albadalejo, «Católicos antes que ciudadanos: gestación de una “política española” en los comienzos de la Edad Moderna», en J. I. Fortea (ed), Imágenes de la diversidad. El mundo urbano en la Corona de Castilla (s. XVI-XVIII), Santander, 1997, pp. 103-127.
24 P. Fernández Albadalejo, «El cristianismo cívico de Francisco Martínez Marina», y «Lex Regia Aragonensium. Monarquía compuesta e identidad de reinos en el reinado de Felipe III», en íd., Materia de España, cit., pp. 323-350 y 65-91, respectivamente.
25 J. Fontana, «Histories and Identities», en F. Sabaté (ed.), Hybrid Identities, vol. 2, Berna, 2014, pp. 15-28; íd., La construcció de la identitat. Reflexions sobre el passat i sobre el present, Barcelona, 2005.
26 L. Bruni, Le nuove virtù del mercato: nell’era dei beni comuni, Roma, 2012.
27 M. Cruz, Hacerse cargo. Por una responsabilidad fuerte y unas identidades débiles, Barcelona, 2015; Z. Bauman y C. Bordoni, Estado de crisis, Barcelona, 2016.
4. ECONOMÍA Y SOCIEDAD FEUDO-SEÑORIAL: CUESTIONES DE MÉTODO Y DE HISTORIOGRAFÍA MEDIEVAL
Si los ritmos de las economías feudales fueran como los de las convocatorias a reflexionar sobre el feudalismo, deberíamos admitir que el «ciclo decenal» tiene una tipicidad e importancia decisiva y que las crisis de identidad de la cultura histórica, como ciertas formas de las crisis del Antiguo Régimen, comienzan a manifestarse en otoño. Y es que los debates de Zaragoza sobre «señorío y feudalismo» que abrimos hoy, en otoño de 1989, inevitablemente nos recuerdan los coloquios de Toulouse de 1968 y el de Roma de 1978. Y quizá fuera bueno comenzar también con las advertencias del Coloquio de Roma: evitar las ociosas discusiones terminológicas y, admitiendo como necesario e inevitable el usadísimo y ambiguo término de feudalismo, centrar la reflexión en los elementos y mecanismos de un sistema social que, en el más amplio sentido del término, caracterizó la Península Ibérica durante la época medieval y moderna. Observaciones no intrascendentes que si, por una parte, denotaban, y continúan denotando, cierta incapacidad para lograr un lenguaje historiográfico uniformado y de validez universal, por otra, constituían una seria llamada de atención al señalar que determinadas cuestiones no pueden ser circunscritas al ámbito de la terminología histórica.1
Con estas advertencias, desiderata también de los organizadores de este congreso como quedaba reflejado en el esbozo inicial del programa, he de admitir cierta incomodidad personal por volver a plantear cuestiones ya tratadas en otras ocasiones y por volver a cuestionar −con no demasiada eficacia, por lo visto− lugares comunes y esquematizaciones abusivas que son moneda corriente de la actual coyuntura historiográfica peninsular sobre el feudalismo: una fase milenaria, asentada en la permanencia de relaciones feudales y señoriales, que parece no modificarse nunca si hasta la esfera de los intercambios y del mercado es considerada elemento «externo»; un fenómeno urbano que resulta, más que integrado en el «feudalismo», asimilado al régimen señorial y unos poderes urbanos sometidos a las reglas del juego aristocrático-feudales; una voluntad de remarcar la inconsistencia de los grupos urbanos y rurales medios que, junto al tema del «bloque histórico hegemónico», lleva a allanar los fenómenos de ruptura (descom-posición-recomposición del sistema, acumulación-desacumulación) en procesos de aristocratización-señorialización (también llamados con frecuencia «re-feudalización», como si un sistema se pudiera «re-sistematizar») y de un continuum feudal explicado por el solo juego de las contradicciones del modo de producción (es decir, de las relaciones de explotación) y de la lucha de clases; un predominio de la visión estructural cerrada de la economía agrícola, también en este caso aplicada a un «bloque de quince siglos», donde la dependencia del campesinado y los impedimentos a la libre propiedad y circulación de la tierra, con un paralelismo casi total en la economía artesanal y en la sociedad corporativa, no deja percibir la acción subjetiva específica de los agentes económicos y su real autonomía en la esfera de la producción y de los intercambios.2
Inevitablemente, toda esta serie de consideraciones me ha llevado a proponer el tema de mi intervención en términos de «economía y sociedad feu-do-señorial», donde los nombres indican la concreción y los elementos del sistema sobre los que pretendo reflexionar y el adjetivo, aparentemente polémico, sobreentiende el distanciamiento tanto de cualquier interpretación ideológica del modo de producción precapitalista como del reduccionismo a la estructura señorial dominante que le caracterizó. «Feudo-señorial» hace referencia al sistema social que utilizó fidelidades, feudos, señoríos, jurisdicciones vinculadas al dominio de la tierra, jerarquías feudales y costumbres vasalláticas con un significado específico.3 Expresa, por ello, un «conjunto de estructuras», en el que todas esas realidades estaban presentes, según tiempos e intensidades diferentes, tanto a nivel terminológico como a nivel conceptual, tanto en el ejercicio del poder público como del poder privado de los castillos, tanto en la actividad económica y en la estratificación social como en el ordenamiento político. El objetivo que me propongo, por tanto, es reflexionar sobre la dimensión económica, y algunas derivaciones sociales, del sistema que, por comodidad, hemos denominado «feudo-se-ñorial», con una presuposición clara a modo de conclusión anticipada: que mientras no se profundice y se aclare más la dinámica del feudalismo en su dimensión de sistema económico, no se avanzará sustancialmente en la comprensión de las sociedades preindustriales ni se superarán las estériles polémicas terminológicas y conceptuales.
Una última advertencia preliminar: el peligro de examinar los problemas desde una perspectiva teórica que rehúyo por ineficacia, o cansancio heurístico, y porque considero más importantes las cuestiones de historia del sistema que de teoría del sistema. Desideratum probablemente vano. Las implicaciones conceptuales de los problemas están ahí y afloran a cada momento. ¿Cómo intentar una reflexión de método y de historiografía que no sea abiertamente una reflexión teórica sobre el tema? Y, colocados en el otro extremo de la cuestión, ¿cómo acercarnos a la historia del sistema si no es a través de una larguísima reseña de publicaciones y encuentros congresuales de agitada y contradictoria renovación que la cultura histórica contemporánea nos ofrece? Con el fin de atenerme al título y asumiendo el riesgo de simplificaciones inevitables o de pasar por alto cuestiones clave, me limitaré a los dos apartados siguientes: 1) algunas consideraciones sobre la panorámica historiográfica más reciente, resaltando especialmente los puntos de bloqueo o de impasse que ofrece una base común y generalizada de conocimientos consensuados; 2) las actualizaciones obligadas sobre algunos puntos de método, de concepción y de explicación de procesos históricos reales −reflexiones de historiografía comparada, por ello−, evitando tanto la pretensión de nuevas construcciones teóricas como la propuesta indiscriminada de modelos.
CUESTIONES DE HISTORIOGRAFÍA
Para quien pretenda reconstruir los cambios de paradigmas y las tendencias evolutivas de la historiografía medieval peninsular, el tema de las relaciones entre economía señorial y sistema social feudal ofrece perspectivas de reflexión privilegiada. A grandes rasgos, y aceptando el riesgo que conlleva toda exposición esquemática, creo que es posible distinguir tres interpretaciones principales del orden feudal o tres formas de abordar los contenidos socioeconómicos de las sociedades preindustriales («feu-do-señoriales» si nos atenemos al título de la ponencia). Aduciremos que mientras que cada una contiene elementos fundamentales y aborda aspectos significativos de este período histórico, todas ellas evidencian límites específicos en el tipo de explicación necesaria que bloquean las virtualidades de un planteamiento global del problema. Inútil resulta advertir, me parece, que no se trata de escuelas historiográficas precisas4 y, mucho menos, de un ejercicio académico gratuito por encuadrar a determinados autores en una u otra visión, sino de actitudes −en algunos casos coyunturales− o de formas de acercamiento al tema de las relaciones entre economía y desarrollo de un modelo de sociedad y, particularmente, de las relaciones entre grupos dirigentes y estructuras económico-sociales. Tampoco se trata de una reseña de historiografía de los señoríos o del feudalismo peninsular: por una parte, cierta crisis de los historicismos ha dejado a las teorías de la historia, y a los cuadros nacionales comúnmente utilizados para describir y analizar las sociedades peninsulares, con fronteras poco precisas;5 por otra parte, los diversos congresos y encuentros celebrados recientemente para hacer balance de la producción historiográfica de los últimos diez, veinte o cincuenta años, convertidos a veces en celebración-conmemoración de resultados regionales o locales más que en ocasión para elaborar una propuesta o conjunto de nociones articuladas, hace innecesario −y probablemente imposible− cualquier nuevo intento individual.6
1. Los límites de las interpretaciones clásicas
Entiendo por clásicas las interpretaciones más al uso, herederas en cierta forma de un sentido común historiográfico y de una intelección global de las sociedades europeas que, desde principios del siglo XIX al menos y presentadas siempre de manera antagónica, han caracterizado la reflexión histórica hasta épocas bien recientes. Aunque formal e intrínsecamente sean muy dispares entre ellas, englobo tanto la concepción jurídico-institucional del feudalismo como la más amplia concepción socioeconómica, caracterizadas ambas, en lo esencial, por una perspectiva de análisis que hunde sus raíces en el siglo XVIII y por una buena dosis de empirismo en los planteamientos y en los resultados obtenidos.7
La primera, la concepción jurídico-institucional personalizada en la obra de Sánchez Albornoz, centró durante las largas décadas de posguerra la polémica sobre el feudalismo peninsular, arrinconando la trayectoria alternativa de investigación de las «supervivencias feudales» que se planteó en la península durante el siglo XIX y principios del XX. Se caracterizaba por el sumo cuidado que se ponía en diferenciar el «régimen feudal» del «régimen señorial», radicalizando la distinción de Marc Bloch pero sin recoger el carácter de subsistemas (señorío y «feudalidad») que presentaba la propuesta del autor francés. Cada parte del sistema era válido para la comprensión de una parte de la sociedad, pero no de la economía o de la sociedad en su conjunto y menos de las correlaciones entre los fenómenos más diversos que van de lo económico a lo político-institucional. Si el régimen señorial recogía las relaciones de dependencia de los campesinos respecto a la aristocracia propietaria de la tierra, la sociedad feudal solamente podía ser definida como una sociedad organizada en torno al feudo, lo que derivaba en conclusiones radicales como «la inmadurez del feudalismo español», la fragmentación interpretativa de los elementos y de la geografía del feudalismo y la marginalidad castellana, «islote de hombres libres en la Europa feudal», en el contexto de las feudalizadas sociedades europeas.
La otra interpretación, la concepción socio-económica que irrumpe con fuerza en la década de los años setenta impulsada por los estudios de historia moderna, se mostraba más abierta a una renovación de la problemática. Como reacción a la anterior visión, se trataba de eliminar la pretendida diferenciación entre régimen feudal y régimen señorial. Más que integrar los aspectos estrictamente feudo-vasalláticos y los señoriales en un conjunto orgánico de estructuras que constituye todo el sistema social, se remarcaba la función del «señorío» y se hacía de una noción de historia económica y social, definida por un cierto tipo de relación entre señores y campesinos y por un sistema de producción basado en la propiedad de la tierra, el eje de toda interpretación del feudalismo. Los fundamentos agrarios del régimen señorial, medidos a través de la renta y de la propiedad de la tierra, servían para poner de relieve el soporte social del entramado jurisdiccional del sistema feudal, la noción dominante −por no decir exclusiva− del Antiguo Régimen y la propia naturaleza de los enfrentamientos o compromisos entre grupos dominantes, guías del ciclo revolucionario que pondría fin al sistema. De esta forma se igualaba el feudalismo atacado por la Revolución Francesa y el feudalismo medieval y se transmitía una imagen del sistema social de la Edad Media del todo similar a la sociedad rural y a las jerarquías sociales del siglo XVIII. Cuando se hablaba de «régimen señorial» se añadía la coletilla «o feudal si se prefiere la terminología marxista», difusamente utilizada en su momento y en los años siguientes, que intentaba ser un seguro antiambigüedad y de posicionamiento en la relativa confusión conceptual que caracterizó la coyuntura historiográfica de los años setenta.8
No vamos a negar la función «normalizadora» que la incorporación de un «feudalismo en sentido amplio» supuso en el mundo académico ni el valor de muchos estudios empíricos que lo sustentaban, renovando, al mismo tiempo, teorías y métodos de la historiografía peninsular.9 Pero lo que faltaba, en una y otra interpretación (cara y cruz, en este sentido, de una misma dinámica de la investigación histórica), era cualquier intento de identificación, más allá de la simple relación de explotación, del conjunto de estructuras, mecanismos específicos y lógica de funcionamiento del sistema. Faltaba el interés por privilegiar las correlaciones entre los fenómenos y sobraba la excesiva dedicación al objeto señorial en sí mismo. Faltaba, especialmente, la sutil capacidad para distinguir las novedades, la dinámica de los sistemas sociales y la racionalidad de los procesos que transforman las sociedades. Al incidir en la continuidad que, por lo que se refiere a ciertas estructuras de base, existe entre los tiempos medievales y los de la Edad Moderna, los historiadores no medievalistas mostraban cierta incapacidad contextual para liberarse de categorías historiográficas que, por su consolidada simplicidad, resultaban muy cómodas para interpretar los desarrollos de la época moderna. De esta forma, como señala Alain Guerreau, se desembocó en una situación paradójica compleja: un esquema que definía el feudalismo como fase general de la evolución de las sociedades, presente ya en Voltaire y asumido enérgicamente durante el siglo XIX por la ideología burguesa positivista, iba a acabar identificándose con el marxismo, asimilándose a una concepción materialista de la historia guiada por el concepto de modo de producción.10
Críticas como estas constituyen en realidad el índice de limitaciones más generales: la escasa comprensión de la noción de síntesis y la convicción de que el análisis de la estructura esencial de una sociedad es suficiente también para explicar su dinámica en la larga duración. Y no habría que olvidar el contexto de relaciones entre coyunturas académicas, retos sociales y transferencias científicas o ideológicas de la historiografía del momento que las explican. Pese a algunos esbozos programáticos para pensar las sociedades precapitalistas diferenciadas y abordar el mayor número posible de elementos de integración, la historiografía española estaba en aquella época demasiado vinculada a la francesa, donde predominaba la acusada tendencia de los medievalistas galos a encerrarse en la esfera urbana, comercial o rural, pero como compartimentos estancos y con escasas posibilidades de lograr una interacción entre ellos. Y es conocido que la influencia, dominante y casi única, vino de los especialistas en historia agraria, en aquellos momentos fragmentada en cuanto disciplina original y unitaria como la reivindicaba M. Bloch.11
Los efectos de esta división artificial pueden verse en los trabajos de la época, dedicados preferentemente a señoríos laicos o eclesiásticos y a los dominios monásticos (sin entrar en el valor de tales estudios ni en los aspectos renovadores que, sin duda, tuvieron en el panorama historiográfico del momento) o en las escasas y tardías monografías de historia urbana, comercial o industrial. Las limitaciones fueron menos sensibles en algunas conocidas obras de ámbito regional (García Sanz, Fernández Albadalejo, Fernández de Pinedo, Fortea) que abandonaban el tema del señorío rural. Aunque seguían utilizando un concepto amplio de feudalismo en su acepción socio-económica, se mostraban más atentos a la profundización de la especificidad y los cambios de las realidades económicas. Ello era debido, en parte, a las fuentes (aumento y diversificación), pero sobre todo a la evidencia de vínculos muy estrechos entre economía campesina y economía señorial, producción e intercambios internos-externos, ciudad y mundo rural, economía y política y, especialmente, entre estructura agraria y desarrollo de actividades protoindustriales.
2. Los límites de la historiografía «señorializante»
Toda una corriente historiográfica, que en lo esencial también toma cuerpo de la reflexión decimonónica sobre el sistema feudal y que se ha reactivado en los últimos cincuenta años, ha privilegiado un proceso general, simultáneo en casi toda la península, de reforzamiento ininterrumpido de la nobleza y de los señoríos laicos y eclesiásticos. Este proceso, amplia y fácilmente documentado en sus líneas básicas y en el ámbito político-social o económico, ha acuñado fórmulas cómodas como «señorialización», «reacción señorial», «refeudalización» y otras semejantes que, pese a su endeblez teórica, han encontrado consensos desconcertantes convertidos en convicciones profundas. Tales restauraciones feudales, reconstrucciones de progresivas feudalizaciones señorializantes, presentan limitaciones y bloqueos similares a los que ofrecía en sus orígenes la reflexión liberal y burguesa sobre el sistema feudal: la asunción de la ubicuidad y el polimorfismo (no discriminante en cuanto a «tipos», «modos» y «relaciones sociales») de esta estructura económica; las negativas connotaciones productivas de los grandes dominios, unidas en lo social y en lo político a la «anarquía feudal», frente a las potencialidades de desarrollo agrícola de las propiedades de tamaño medio; los impedimentos al desarrollo económico y al enriquecimiento de las «naciones», medidos por las actitudes de los señorespropietarios que frenan e impiden estructuralmente cualquier progreso del comercio o de la industria.
No conviene olvidar esta impronta de origen, vinculada −como recordaba hace poco Alain Guerreau−12 a una concepción liberal y racionalista de la historia pero también, bajo diversas variantes, a la ideología burguesa que impregna la sociedad europea en sus diversas coyunturas. Y no conviene olvidarlo porque explica su reactualización como necesaria retrocesión a un único «modo de producción feudal» o como rechazo explícito a este, según las acrobacias dialécticas de cada momento. De hecho, en las últimas décadas, esta interpretación ha ido consolidándose en buena medida como complemento a una parte de la interpretación clásica anterior, aquella que no admitía la madurez del feudalismo peninsular, equilibrando en el terreno social lo que no se admitía en el terreno institucional o político y, probablemente, al menos en algunos momentos o fechas más recientes, con el objetivo implícito de no dejar abandonado un campo que pudiera ser ocupado en exclusividad por historiadores marxistas. Lo ilustraré con dos ejemplos a mi modo de ver bien significativos (Sánchez Albornoz y Salvador de Moxó) y un caso particular: el repoblamiento andaluz, objeto en los últimos años de una discusión historiográfica compleja que afecta a dos cuestiones: una, los caracteres del repoblamiento mismo y el peso que tuvo en él la gran propiedad nobiliar o eclesiástica, especialmente en relación con el problema de los orígenes del latifundio andaluz; dos, los efectos de la expansión hacia el sur sobre la economía, la demografía y el desarrollo en su conjunto de la sociedad castellana. Aparte de los matices diversos y temáticas de estudio diferenciadas, las dos cuestiones, respecto al tema de la «señorialización», presentan perspectivas coincidentes.
Hemos recordado antes la posición de Sánchez Albornoz sobre el feudalismo hispano, pero la tesis de «inmadurez feudal», de libertades castellanas y de vitalidad económica hasta el año 1200 tenía su reverso. La prosecución de las conquistas territoriales hacia el sur iba a desencadenar una larga serie de efectos negativos sobre los precarios equilibrios (sociales, económicos e institucionales) entre población y recursos, entre inflación y crisis, entre gobernantes y gobernados, entre mentalidades y prácticas productivas. El resultado de más largo alcance de tales desequilibrios sería la fallida génesis de una burguesía análoga a la europea y el beneficio exclusivo de la nueva situación territorial y económica en favor de la aristocracia, sofocando gradualmente las originarias posibilidades de desarrollo de la sociedad civil. La frontera, así, había pasado de factor originario de la incompleta afirmación del feudalismo a «tumba de las libertades castellanas», una tesis que, por los años sesenta, coincidía con la visión de Santiago Sobrequés sobre la Andalucía «latifundista» y cuasi-feudal nacida tras la conquista. Una tesis también global, la de la progresiva aristocratización de la sociedad castellana fundada en la hipótesis «continuista» (repartimien-tos-sucesiva señorialización-latifundio moderno), que sería remachada por Reyna Pastor y, posteriormente, encontraría apoyos contradictorios y determinismos catastrofistas por parte de Teófilo Ruiz.13 Aunque los trabajos de estos dos últimos autores contenían, en su momento, observaciones estimulantes y planteamientos en muchos aspectos novedosos, la funcionalidad del esquema interpretativo respecto al reforzamiento político y económico de la nobleza castellana y a la paralela desagregación del tejido social venía confirmada e incluso realzada. La deserción del grupo de campesinos y ganaderos enriquecidos y libres (kulaks y yeomens), su fallida defensa como clase social y económica autónoma evidenciada en el ascenso de la Mesta, dominada por la gran nobleza laica y eclesiástica, y el predominio de los valores guerreros y caballerescos venían a sustentar, en definitiva, las tesis de Sánchez Albornoz y a sentenciar la dependencia de la entera sociedad a la aristocracia, convertida en árbitro y protagonista de los destinos del país. Nacían, así, «los comienzos de una economía deformada» y de la anómala situación castellana producida por la carencia de grupos medios, en particular de un artesanado significativo y de pequeños o medios propietarios agrarios.
Aquí encuentra también ubicación la posición de Salvador de Moxó, el historiador que más ha estudiado la nobleza y el régimen señorial de la Edad Media. En el terreno teórico, la publicación de la gran obra de Marc Bloch le sirvió para tratar de buscar una vía intermedia a la interpretación del feudalismo entre la concepción materialista y la jurídico-institucional y situarla metodológicamente en el plano social. En la práctica, sin embargo, distanciaba lo feudo-señorial de lo económico («la ordenación de la producción») y contribuía eficazmente a crear la imagen «señorializadora» de la sociedad castellana, especialmente tras el ascenso de los Trastámaras, reducida por añadidura a las formas, la mentalidad, las costumbres y las expresiones culturales de las capas dirigentes, es decir, de la nobleza militar.14 A similares conclusiones, incluso con una indicativa correspondencia cronológica de planteamientos, llegaba García de Valdeavellano al considerar el feudalismo como una «forma de sociedad», como un sistema de organización de la sociedad política y no como un «sistema social».15 Y no deja de ser importante recordar que, en ambos autores, la recuperación de lo social llevaba consigo el rechazo explícito a los estudios marxistas que comenzaban a alterar el concepto predominante de feudalismo. En su concepción, lo que resaltaba la interpretación marxista ya venía suficientemente recogido en el estudio del «régimen señorial», mientras que la interpretación global, alejada de cualquier determinismo o exclusivismo, era reenviada al marco socio-político de la nobleza.
Conviene detenerse un momento en esa extraña situación historiográfica: por una parte, una señorialización-feudalización que relacionada con lo económico no es nada («rudimentaria economía», simple «fórmula de explotación agraria con ausencia total de perspectivas de desarrollo económico diversas a las perseguidas por la nobleza») o casi nada, si incluimos la expansión ganadera y mercantil lanera en beneficio de los grandes; por otra parte, vinculada a lo social lo es todo, hasta el punto de potenciar otro de los paradigmas explicativos más al uso de la historiografía peninsular, el del enfrentamiento nobleza-monarquía como clave de comprensión de toda la época bajomedieval (anarquía feudal, ordenamiento público, formas de Estado, vicisitudes políticas, etc.,) y de los desenlaces posteriores.16
Y es este todo lo que preocupa y constituye el problema fundamental, porque la visión que proporciona la reciente historiografía andaluza y parte de la castellana es bien distinta, especialmente en lo que se refiere a la movilidad de la tierra, más amplia y menos rígidamente predeterminada por constricciones señoriales, y a los equilibrios sociales, cambiantes tanto en la cúspide como en la base campesina por procesos dialécticos de enriquecimiento y empobrecimiento. Uno de los elementos que favorecen precisamente la movilidad social y de la tierra reside en la estructura y morfología de la institución señorial, caracterizada, sobre todo en Andalucía, por la escisión entre jurisdicción y propiedad y en el carácter incompleto y elástico del señorío respecto a la hipotética aniquilación de la pequeña y media propiedad agraria.17 No se trata tan solo de una modificación intelectiva de la trama misma del tejido económico y social sino también de las explicaciones posibles de su dinámica, donde hay que contemplar el objetivo reforzamiento de los sectores y grupos locales y la creciente importancia y riqueza del aparato administrativo regional y local que no se pueden identificar sin más con el ascenso de la más potente aristocracia castellana. Y en ambos casos resulta imprescindible incluir las progresivas posibilidades de comercialización de la producción motivada por el impulso económico, político y financiero-mercantil de las ciudades de tamaño medio y grande.
3. Los límites de las interpretaciones marxistas
No resulta fácil, ni probablemente necesario, proceder a una revisión detallada de los trabajos que, de una u otra forma, se vinculan al marxismo −entre otras razones por la elasticidad del término y por la ambigüedad de las adscripciones personales− para constatar que la historiografía marxista ha afrontado el problema de manera incompleta. La dificultad intrínseca ha residido siempre en desarrollar, y por tanto integrar, un conjunto estructurado de relaciones y algunas realidades económicas básicas (división del trabajo, producción, mercado, intercambios, ciudad) en un único «modo de producción feudal». Uno de los primeros en intentarlo fue Maurice Dobb quien, en los Estudios, trataba de establecer una acepción del concepto que fuera, al mismo tiempo, precisa desde el punto de vista del mecanismo productivo y de la apropiación del excedente, y suficientemente elástica como para incluir las múltiples formas de dependencia personal o económica. Con ambos objetivos, de resultados parciales y débiles, lo que se consiguió en realidad fue una coincidencia básica entre feudalismo y servidumbre y el poner el acento en la organización de la producción sobre la base de la propiedad señorial marginando el complejo fenómeno urbano y mercantil, motivo de las críticas de Paul Sweezy en la célebre polémica sobre La transición. Si recordamos la época, lo que recogió la historiografía peninsular de la polémica y del debate fue la descalificación de la esfera del comercio y de los intercambios, perdida en una fraseología inútil de factores «inter-nos-externos» o de «motores», y una caricatura de «feudalismo marxista» sin matices en función de convicciones políticas y de presiones ideológicas externas al campo de la investigación, algo explicable por las circunstancias historiográficas del momento.
Algo parecido podríamos decir de la Teoría económica de Witold Kula, un intento mucho más sistemático y remarcable, que tuvo una buena acogida «moral» y un seguimiento y comprensión prácticamente nulos. Pese a las propuestas renovadoras (la combinación entre microanálisis y macroanálisis, la profunda unidad entre historia y ciencias sociales, la admisión de la distinta racionalidad de los diversos sistemas económicos precapitalistas, la mercantilización de la producción, etc.) y a las críticas positivas contra las carencias historiográficas del marxismo, sus análisis sobre la ciudad y la economía urbana resultaban sorprendentemente discretos. Además, de las dos tendencias de larga duración que Kula destacaba en el «Sistema económico feudal» (la tendencia a reducir la tenencia campesina por debajo del mínimo suficiente para alimentar una familia y reproducir las fuerzas de producción, y la tendencia contraria de los campesinos a incrementar la producción y establecer un contacto permanente con el mercado), solamente fue asumida y atendida la primera, más acorde −se pensaba− con la dinámica de los grandes dominios y con el «coeficiente de opresión» que caracterizó a la clase señorial de la península.18
No creo, por tanto, que haya muchas dificultades para admitir que, en la cuestión de la «primacía», es decir, en la determinación de las fuerzas motrices de las sociedades feudales, y en el correspondiente debate, más bien sobreentendido, sobre la prioridad atribuible al desarrollo de las fuerzas productivas o, por el contrario, a las relaciones de producción y a los conflictos de clase, ha prevalecido la atención a estas y estos últimos.19 Hace unos años, Julio Valdeón, al intentar definir los rasgos básicos del feudalismo peninsular, admitía que «los estudiosos han puesto particularmente el acento en la esfera de las relaciones de producción considerándola como el elemento clave para la definición del sistema».20 De ello se habría derivado la dominante predilección por los temas de la renta feudal, la generalización de las relaciones de dependencia a todos los niveles (Barbero y Vigil), la propiedad territorial feudal que articula la propiedad eminente de la tierra y los derechos específicamente señoriales (Clavero) y el antagonismo señores-campesinos como contradicción por excelencia de la sociedad feudal (el propio Valdeón).
Lo importante no es discutir estas cuestiones en términos abstractos de teoría del materialismo histórico sino comprender el porqué de estas opciones y concretar los eventuales puntos de divergencia, cuando no de contradicción, que bloquean la explicación del proceso histórico real. Personalmente estos bloqueos los veo localizados en el plano de la práctica histórica y en el plano de la teoría.
a) En el plano de la práctica histórica y a la hora de buscar los fundamentos de la racionalidad económica y de la transformación social del sistema, la aproximación marxista se ha visto en cierta forma fosilizada ante los problemas relacionados estrictamente con la organización de la producción y la división del trabajo, el progreso técnico y los comportamientos demográficos específicos del campesinado medieval.
No menores han sido los problemas, ni menos ambiguas las tomas de posición, respecto a la integración plena de la dinámica de «la pequeña explotación campesina» en el sistema feudal. El concepto se ha mantenido e incorporado como elemento clave de las relaciones de producción, pero no se ha desarrollado como núcleo básico de la organización del trabajo campesino y de la unidad productiva familiar, es decir, la hegemonía de la pequeña producción doméstica o «sistema de pequeños productores independientes» según la fórmula de Maurice Dobb. No es suficiente introducir el concepto para, desde el punto de vista social, reafirmar la generalización progresiva del campesinado dependiente y la eficacia constrictiva de mayores cotas de poder, riqueza y ejercicio de una auténtica extorsión «señorial» sobre la clase social dominada. La pequeña explotación, en cuanto base económica del sistema, lo que resalta es la posesión efectiva, aunque raramente la propiedad, de la tierra cultivada por parte de la familia campesina, la organización autónoma del trabajo, la iniciativa del productor directo en el proceso de producción y el crecimiento de la pequeña mercantilización. Y todo ello −dentro de un sistema global caracterizado también por un tipo de explotación− animado por una fuerza expansiva, sometido a un desarrollo desigual (interno en el seno del campesinado y externo en el marco de una «economía-mundo»), agitado por coyunturas y fluctuaciones específicas (en las que las dimensiones políticas son tan fuertes como las económicas) y minado por contradicciones estructurales, especialmente por la estabilidad técnica y el bloqueo latente de las fuerzas productivas.21
Menos fácil de explicar es la atención dominante concedida a las cuestiones agrarias y la inevitable exclusividad interpretativa de la sociedad rural. Justificaciones basadas en el hecho de que las sociedades feudales eran esencialmente rurales y que el peso demográfico y productivo del sector primario era ampliamente mayoritario no son suficientes, sobre todo si los estudios vienen predeterminados por una perspectiva comparativista y por un imperialismo historiográfico externo, al menos subyacente.22 En otras ocasiones hemos insistido sobre la incongruencia, en la práctica histórica, de este «feudalismo agrario» y, recientemente, Alain Guerreau ha recordado «que Marx, evocando la sociedad anterior al sistema capitalista, ha examinado siempre y sistemáticamente el campo y las ciudades, y que, cuantitativamente, sus textos sobre el artesanado, el capital usurario y el capital mercantil son mucho más abundantes que los consagrados a la renta y a las cuestiones rurales».23 Y, en este sentido, lo más grave ha sido el derivado bloqueo de la esfera de los intercambios y del fenómeno urbano (las «pequeñas villas de mercado» de Hilton y la gran economía urbana) en el desarrollo del sistema feudal. No en cuanto estas se opusieran o fueran incompatibles con el feudalismo (cosa que nadie sostenía, incluso desde el mismo Pirenne, ni podría atribuirse alegremente a la célebre frase que hacía de las ciudades «islas no feudales en un mar feudal»), sino en la medida que no servían para explicar los procesos de reproducción (estructuración y desestructuración) del sistema feudal que, con demasiada vaguedad, se juzgaban internos a la dinámica de la gran explotación y a las relaciones de producción que estas generan. En este punto, y situados un tanto a la defensiva, se ha tendido a asimilar estos elementos a la realidad señorial −enten dida en el más amplio sentido, es decir, aquella que genera cualquier forma de subordinación (económica, institucional o política) sobre una parte de la población− o se ha procurado marginarlos cuando no descalificarlos.
b) En el plano de la teoría, las dificultades mayores provienen de la concepción que normalmente se tiene del concepto «modo de producción», «una combinación o equilibrio dialéctico entre fuerzas productivas y relaciones de producción». No creo que haya problemas en admitir la validez de esta definición como primer esbozo, pero la mayoría de los historiadores marxistas han puesto de manifiesto sus limitaciones.24 Guy Bois, por ejemplo, declaraba hace poco que «se trata de una visión incompleta, inacabada y peligrosa en tanto que inacabada. Una visión que no tiene en cuenta que a cada uno de los modos de producción le corresponde un sistema social y económico propio, dotado de mecanismos específicos y de leyes particulares de funcionamiento».25 El concepto degeneró todavía más cuando se vinculó, en el marco de un debate no específicamente marxista sobre el evolucionismo social, a la «teoría de los estadios» y su necesaria sucesión dogmática. Transformado en un cuadro formal −la dominación económica que individualiza y distingue el sistema esclavista, el feudal y el capitalista−, se le privó de toda substancia y de todo valor explicativo para el movimiento de las sociedades consideradas. La dificultad de fondo en el uso del modo de producción feudal es que, a diferencia del modo de producción capitalista, no es definible sobre la base de connotaciones necesariamente económicas, sino que reenvía siempre a una dialéctica entre formas económicas y formas de dominio político o institucional. Y esta dialéctica es sustancialmente diversa en las distintas fases de la Edad Media y Moderna y escapa a una connotación unitaria.26 Esto ha conducido al «bloqueo de los malabarismos» −la frase es también de Guy Bois− que en estas circunstancias se ven obligados a hacer algunos historiadores marxistas con las relaciones de producción y sus derivados (renta feudal, propiedad feudal, extracción del sobreproducto campesino con una racionalidad unidireccional atribuida a la gran propiedad, coerción extraeconómica, generalizada falta de libertad, etc.). En la mayor parte de los casos (excepciones notables de Dobb, Kula y Finley) se rechaza implícita o explícitamente la noción de sistema social feudal y se evita tomar en consideración «la existencia de sistemas precapitalistas con una dimensión económica propia»: unas veces debido a la recepción dogmática del materialismo histórico atribuible, más que al mismo Marx o Engels, a la herencia leninista-moscovita del marxismo; otras, por reacción instintiva al economicismo o por inseguridad intelectual y cultural para moverse en parcelas positivistas, malthusianas, funcionalistas o de cualquier otro tipo con el peligro de quedarse fuera de los definidos márgenes de la ortodoxia. La última manifestación de esta ortodoxia, rápidamente erigida en principio de autoridad, la encontramos en Robert Brenner, mucho más entusiásticamente recibido que Dobb, Kula o Finley. Si no se acepta la existencia del feudalismo en su dimensión de sistema económico, no hay más opción que atribuir el motor del cambio a los conflictos sociales y, se quiera o no, colocarse más o menos cerca de Brenner para explicar todos los procesos históricos en términos de lucha de clases, es decir, en términos políticos.
CUESTIONES DE MÉTODO
Comencemos por una observación −de principio y de método− preliminar. Cuando hablamos de dinámica o de funcionamiento de la economía feudal en la Edad Media convendría no olvidar que las categorías aplicadas a la sociedad medieval pueden generar innumerables contrasentidos. No me refiero solo a lo que algunos llaman «los abusos del lenguaje» (la denominación de feudal a lo que es señorial) o a la confusión principal de los diversos aspectos que vulgarmente solemos denominar lo económico, lo político y lo religioso. El problema es que categorías como estructuras señoriales, economía campesina, producción y reproducción, ciudad, mercado o estado no son reconducibles a una relación única y puramente económica de dominación con funciones inmutables, sino que requiere un enfoque pluridimensional de las formas de dominación y de las relaciones sociales. Un programa de trabajo preliminar podría ser el indicado por Alain Guerreau, siguiendo la propuesta de Maurice Godelier, de distinguir entre «instancias» (o instituciones) y «funciones» que permiten captar la dialéctica estructura-evolución del proceso histórico con un mínimo de capacidad de abstracción.27 Ello evitaría el empobrecimiento de la investigación histórica y sobre todo el caer en banalidades, especialmente las derivadas de un sentido común historiográfico que hace pasar alegremente de los problemas planteados en las indispensables monografías a la síntesis y el de atribuir demasiado rápidamente una dimensión general a las observaciones particulares.
Sin embargo, cuando se trata de considerar «la existencia de sistemas precapitalistas con una dimensión económica propia», con una dinámica y lógica de funcionamiento específicas, la dificultad mayor reside en que la reflexión ha avanzado poco y en que los escasos intentos realizados para situar la noción de «sistema social» corno elemento primordial de análisis (Witold Kula, Maurice Aymard, Guy Bois, Jerzy Topolski...) no han progresado lo suficiente. Y ello debido probablemente a dos razones: la primera, atribuible a las condiciones de la investigación histórica de los últimos años, se debe a la descalificación institucional del concepto, al triste espectáculo del empirismo efectivo y del esquematismo conceptual que apenas deja lugar a su investigación ni a su discusión; la segunda reside en el carácter localizado y poco universal de los modelos y en la utilización de un bagaje conceptual menos uniformado y aparentemente menos ortodoxo que el de la «feudalización-señorialización».28
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.