Kitabı oku: «Deportes, masculinidades y cultura de masas»

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DEPORTE, MASCULINIDADES Y CULTURA DE MASAS

Historia de las revistas deportivas chilenas, 1899-1958

Pedro Acuña Rojas


Ediciones Universidad Alberto Hurtado

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Este libro fue sometido a las tres instancias de evaluación.

ISBN libro impreso: 978-956-357-295-7

ISBN libro digital: 978-956-357-296-4

Coordinador colección Historia

Daniel Palma Alvarado

Dirección editorial

Alejandra Stevenson Valdés

Editora ejecutiva

Beatriz García-Huidobro

Diseño interior y portada

Francisca Toral

Imagen de portada: Aniversario Estadio Nacional año 1946, foto de Miguel Rubio Feliz, Fotografía patrimonial, Museo Histórico Nacional.

Diagramación digital: ebooks Patagonia

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Con las debidas licencias. Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en las leyes, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamos públicos.

A mi padre, Pedro.

A mi hijo, Baltazar.

Índice

Agradecimientos

Introducción

Capítulo I Caballeros, señoritas, y científicos: ideales socioculturales y discursos atléticos en las primeras crónicas deportivas, 1899-1917

Capítulo II ¡Formemos espartanos chilenos! Auge y caída de las revistas deportivas durante el alessandrismo e ibañismo, 1923-1931

Capítulo III Gobernar es ejercitar: de la mediatización del espectáculo de masas a la estatización de las demandas deportivas, 1933-1945

Capítulo IV El deporte como asunto de Estado: columnistas, dibujantes y fotógrafos frente a la política deportiva y la cultura de masas, 1945-1958

Conclusión

Anexo

Bibliografía

Agradecimientos

Numerosas personas e instituciones contribuyeron en la publicación de este libro. En primer lugar, agradezco a Heidi Tinsman, por su constante apoyo como profesora guía durante mis estudios doctorales en el Departamento de Historia de la Universidad de California-Irvine (UC Irvine). Gracias por confiar en mi trabajo, exigirme al máximo y abrirme las puertas en la academia estadounidense. Este libro no habría sido posible sin las precisas observaciones de mis profesores Alex Borucki, Steven Topik, Vinayak Chaturvedi y Rachel O’Toole. Gracias por compartir su entusiasmo y aportar sugerencias en las diferentes etapas de mi investigación doctoral. Agradezco a la dirección del Departamento de Historia por acogerme primero como estudiante internacional y más adelante como profesor de mi propia cátedra sobre Historia del Fútbol, en la cual tuve la oportunidad de compartir algunas ideas de este libro con estudiantes de todo el mundo.

UC Irvine se convirtió en un lugar perfecto para desarrollar mi investigación y comenzar mi carrera docente junto a brillantes académicos. Agradezco profundamente al programa interdisciplinario Humanities Core, donde me desempeñé como docente durante tres años antes de retornar a Chile. Agradezco especialmente a Rodrigo Lazo, Carol Burke y Larisa Castillo por brindarme la oportunidad de aprender sobre pedagogías colectivas y metodologías de enseñanza de composición escrita. Impartir clases de historia mundial, estudios culturales y escritura académica a estudiantes de primer año fue una experiencia que atesoraré para siempre. También agradezco a Mellon Foundation por financiar mi estadía posdoctoral en Estados Unidos, la cual me permitió concluir mi investigación para este libro. Debo también reconocer el trabajo del equipo de UC Irvine Langson Library, en particular Thelma Castro y Kevin Chang, por su colaboración en la búsqueda de recursos digitalizados y préstamos interbibliotecarios.

A lo largo de mi carrera, he tenido la fortuna de cruzar caminos con brillantes investigadores y periodistas mediante significativos encuentros e intercambios académicos. Agradezco a Brenda Elsey, Raanan Rein, Joshua Nadel, William Beezley, Rwany Sibaja, Carlos Aguirre, Jennifer Schaefer, Stephen Allen, Shunsuke Matsuo, Felipe Martínez, Roger Magazine, Alex Ovalle, Danilo Díaz, Camilo Vega, entre otros. También estoy agradecido con los panelistas con quienes compartí en International Society for the History of Physical Education ISHPES (Río de Janeiro, 2012), North American Society of Sport History NASSH (Glenwood Springs, Colorado, 2014) y Latin American Studies Association LASA (Virtual 2021), así como también con los comités editoriales de Journal of Latin American Studies, The International Journal of the History of Sport y Latin American Research Review por permitirme publicar porciones de mi investigación y darme la oportunidad de evaluar manuscritos de altísimo nivel.

En Chile, agradezco a la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo ANID (ex Conicyt) por financiar mis estudios en Estados Unidos gracias al programa Becas-Chile. También agradezco al personal de la Biblioteca Nacional de Chile, tanto en la sección de Prensa, Revistas y Salón de Investigadores como en el portal Memoria Chilena. Agradezco especialmente a la coordinadora de colecciones digitales, Daniela Schütte, quien facilitó las imágenes para este libro. A su vez, extiendo mis agradecimientos a Francisco Díaz y Sebastián Ríos Oto, quienes gentilmente autorizaron la utilización de imágenes protegidas bajo la Ley de Propiedad Intelectual vigente. En cuanto a la edición del libro, debo agradecer la confianza del comité científico y editorial de Ediciones Universidad Alberto Hurtado, en particular la excelente disposición y permanente apoyo de Beatriz García-Huidobro, Alejandra Stevenson, Daniel Palma y dos evaluadores anónimos que otorgaron relevantes aportes al manuscrito.

En el Departamento de Ciencias Históricas de la Universidad de Chile, agradezco especialmente a María Elisa Fernández por patrocinar mi proyecto de investigación Fondecyt vigente y apoyarme en la reinserción académica en Chile; al director del Departamento, Mario Matus, por brindarme un espacio para trabajar y acceso a la Biblioteca Central de la Facultad de Filosofía y Humanidades; al comité editorial de Cuadernos de Historia, en particular Sergio Grez, Isabel Farías y dos evaluadores anónimos, por guiarme en la publicación de mi artículo: “¡Formemos espartanos chilenos! Políticas y campañas deportivas durante la dictadura de Carlos Ibáñez, 1927-1931”, el cual compone una porción del segundo capítulo de este libro. En la Escuela de Historia de la Universidad Diego Portales, a mis mentores de pregrado, Hillary Hiner y Claudio Barrientos, quienes despertaron mi inquietud intelectual por la historia de las masculinidades y me formaron para construir mi propio relato historiográfico. También agradezco a la Escuela de Historia por brindarme la oportunidad de impartir el curso “Historia del Fútbol” durante el primer semestre de 2019. Al Departamento de Historia de la Universidad Alberto Hurtado y al programa de Magíster en Historia de Chile Contemporáneo, en particular Soledad Zárate y Marcos Fernández, por la oportunidad de conducir el seminario “Aproximaciones históricas sobre educación física y deportes” durante el segundo semestre de 2019, en el cual discutí aspectos teóricos y metodológicos significativos para este libro junto a un excelente grupo de estudiantes.

No puedo dejar de agradecer a quienes han estado siempre conmigo. A mis amistades tanto en Estados Unidos como en Chile, especialmente Claudio, George, Alberto, Cristóbal, Nicolás, Felipe, Hans, Juan, Eric, Pía, Valeska, Carolina, Ernesto, Alex, Juan, Álvaro, Sebastián, Daniela, Thania, Enrique, Brian y a mis compañeros futbolistas de diversos equipos, incluyendo UCI Men’s Soccer, Mighty Mixture FC, Los Charchas Jr., Sabandijas FC, y CA Independiente. Mis agradecimientos más especiales van hacia mi familia, en especial a mi padre, Pedro, a quien este trabajo está dedicado y con quien comencé a discutir este libro por primera vez. Gracias por transmitirme el amor por el deporte y por regalarme las primeras revistas deportivas con las que aprendí a leer. Estas revistas me conectan contigo pese a que ya no estás con nosotros. A mi madre, Gloria, por su apoyo incondicional y gran capacidad narrativa. Este libro también se hizo mientras conversábamos sobre el pasado familiar. A mis hermanas, Alejandra y Paola, por ser un tremendo ejemplo de lucha por un Chile más justo y feminista; a mis sobrinos Amaya, Gaspar y Colomba, quienes me alentaron a mantenerme fuerte en la distancia y me llenan de orgullo por su inteligencia y sensibilidad.

A mis suegros y cuñado, por acogerme en Curanipe, donde terminé de escribir este libro. A mi compañera de vida, Francisca, con quien he tenido la fortuna de compartir una década de aventuras y desafíos. Gracias por leer y escuchar tanto sobre este libro y discutir cada uno de mis planteamientos. Finalmente, agradezco a mi hijo Baltazar, a quien este libro también está dedicado y quien me dio la fuerza para terminarlo mientras estaba por nacer. Gracias por escogerme como padre y recordarme cada segundo qué es lo más importante en la vida. Este libro les pertenece a ambos.

Introducción

El siglo nuestro se resolvió a desenfundar el cuerpo y redescubrirlo […]. Yo creo que esta reivindicación del cuerpo es una de las normas mejores de nuestro tiempo. De ella han venido los llamados deportes y no tengo nada que decir contra estos. Pero tras los deportes ha venido la exageración de los deportes, y contra esta sí hay mucho que decir. Es uno de los vicios, de las enormidades contra la norma de nuestro tiempo, es una de sus falsificaciones. Está bien alguna dosis de fútbol. Pero ya tanto es intolerable. Y lo mismo digo de los demás deportes físicos. La prueba está en los periódicos, que por su naturaleza misma son el lugar donde más pronto y más claramente se manifiesta lo falso de cada época […]. Son ya demasiadas las columnas y las páginas que dedican a los ejercicios corporales. Los muchachos no se ocupan con fervor más que de su cuerpo y se están volviendo estúpidos1.

En 1934, el filósofo español José Ortega y Gasset describió con desconfianza y desprecio la cobertura de los deportes en la prensa escrita. Ortega entiende el deporte como una expresión revitalizadora del cuerpo, y al mismo tiempo, como un pasatiempo que fomenta la idiotez juvenil. Notoriamente ambivalente con respecto a los deportes, Ortega valora el cultivo físico del cuerpo, pero cuestiona su desbordante presencia en los medios de comunicación. El exceso de fútbol le resulta particularmente inaguantable no solo por la exaltación de comportamientos irracionales, sino más bien por desencadenar fuerzas sociales insospechadas y promover la irrupción de una masa ignorante.

A diferencia de lo que plantea Ortega, el deporte chileno estuvo lejos de constituir una experiencia irreflexiva o aislada de las transformaciones políticas y socioculturales experimentadas durante la primera mitad del siglo XX. Una de las claves para entender la ideología de la prensa escrita, más allá de la visión pesimista de Ortega, radica en una reevaluación de la cultura de masas y particularmente del periodismo especializado en deportes. Poniendo especial atención al género revisteril, este libro reconstruye la profunda politización del deporte en los medios escritos. Aunque brindando suficiente documentación sobre la historia del deporte chileno, el estudio pertenece más a la historia de la narrativa periodística que a una historia de acontecimientos deportivos. En ese sentido, no se trata de un libro sobre fútbol, hípica o tenis, sino más bien, sobre la construcción sociocultural de aquellas prácticas, es decir, sobre el conjunto de narrativas derivadas de los textos escritos y visuales en la prensa deportiva. Como tal, el libro se inclina a leer artículos y columnas periodísticas no como relatos objetivos de “lo que sucedió”, sino más bien, como representaciones subjetivas de lo que el deporte significó para cada escritor y lector bajo condiciones específicas de producción y consumo cultural. De esta manera, el libro cuenta la historia de las historias que acumulativamente narraron el deporte desde sus años formativos hasta su transformación como espectáculo de masas.

Este libro tiene lugar en la convergencia de diversos campos de investigación ya que reúne la historia del deporte con los estudios comunicacionales y los estudios culturales. Al centro de este encuentro está el importante concepto de “mediación”, la idea de que la cultura no consiste en actos y eventos puros sino en textos. Desde una óptica de historia cultural, el objetivo central del libro es demostrar que la prensa deportiva intervino activamente en el proceso histórico de constitución de lo masivo por medio de la promoción del deporte en la sociedad civil. Pese a las resistencias iniciales de las autoridades, que consideraban el deporte como un asunto de poca importancia, las revistas deportivas jugaron un importante rol mediador en la transformación del deporte como asunto de Estado y como motor de la cultura de masas. El libro concentra su análisis en las representaciones culturales y transformaciones discursivas de cada revista deportiva, especialmente aquellas que adquirieron expresiones autónomas del poder político y la cultura oficial. Además de emplearlas como fuentes documentales, sometidas a criterios de investigación histórica, las revistas se analizan como actores políticos independientes, sujetos culturales, e intelectuales colectivos2. Tal posición, hizo de las revistas una de las plataformas comunicacionales más relevantes en la discusión pública sobre políticas deportivas estatales, influyendo en la opinión de gobernantes, dirigentes, deportistas, y fundamentalmente sobre lectores y sus prácticas culturales.

Como fuentes para una historia cultural, los textos periodísticos permiten explorar acuerdos, malentendidos y desencuentros entre la cultura deportiva emergente y la cultura oficial imperante. A diferencia de los libros, la prensa escrita avanzó desde una lógica que no necesariamente era la del saber escolar o institucional, sino que desde una dinámica del entretenimiento creada por empresarios editoriales y entusiastas columnistas que establecían un dialogo con las culturas populares a las cuales también intentaban representar3. Contrariamente a las visiones liberales del siglo XIX, las campañas alfabetizadoras no robustecieron el consumo de libros, sino más bien, abastecieron de compradores al mercado de diarios y revistas4. Por otra parte, los cronistas deportivos actuaron –en lenguaje gramsciano– como “intelectuales orgánicos”, es decir, como agentes conscientes de procesos inconscientes y articuladores de una nueva hegemonía cultural5. Como plantea Ángel Rama, “la cultura letrada apareció como palanca de ascenso social, de respetabilidad pública y de incorporación a centros de poder; aunque con una relativa autonomía respecto a ellos, sostenida por la pluralidad de centros que generaba la sociedad burguesa en desarrollo”6. Pese a sus orígenes burgueses, las actividades deportivas también capturaron la imaginación de intelectuales subalternos que desafiaron y ajustaron la ideología de la prensa liberal para expresar sus propias estrategias comunicacionales. A su vez, los cronistas deportivos también difundieron versiones de nacionalismo que intensificaban divisiones de clase, estereotipos raciales y afirmaciones de género. Frente a la competencia contra periódicos y tabloides, cronistas e ilustradores elaboraron creativas narrativas en las que la identidad nacional se asociaba prototípicamente con deportistas en tanto estos últimos funcionaban como modelos de comportamiento cívico.

Estudiar las narraciones periodísticas del pasado deportivo es una forma de comprender la articulación de lo nacional, definido por Homi Bhabha, “como una continua narrativa de progreso, el narcisismo de la autogeneración”7. Bhabha alude a la gran cantidad de relatos nacionales como sistema de significación cultural, aunque sin pensar necesariamente en el deporte como uno de los textos que más contribuyen a la configuración de ficciones colectivas y fundacionales. Junto al relato de lo nacional, el libro ahonda en la construcción cultural de lo masculino, o más bien, de las masculinidades, tanto como categoría de análisis a partir de lo que los hombres piensan de sí mismos, como también sus múltiples definiciones de virilidad. A su vez, el libro busca identificar continuidades y divergencias históricas en la configuración de ideales masculinos expresados a través del deporte, sin descuidar, por cierto, la construcción paralela de feminidad en las páginas deportivas, ya que la masculinidad es relacional, por lo que requiere de la feminidad para autodefinirse en tanto implica un proceso de diferenciación8. El deporte parece ser un espacio propicio para explorar las distintas formas en que los hombres interpretaron su experiencia corpórea, no como imperativo biológico sino que como parte del paisaje social, concebido a partir de una serie de imaginarios masculinos diseñados para encajar con las demandas de la modernidad9. El libro plantea que las revistas deportivas contribuyeron en la difusión de dichos imaginarios masculinos, especialmente aquellos imbuidos de discursos médico-higiénicos provenientes de la ciencia en boga, así como también valóricos, estructurados a partir de cualidades sociales como la disciplina, autocontrol y productividad del país. La proyección de un tipo de “masculinidad hegemónica”, concepto acuñado por Raewyn Connell (antes Robert Connell) y que alude al conjunto de prácticas culturales que justifican la posición dominante de los hombres en la sociedad, sintetiza el modo en que las revistas deportivas intentaron educar a la ciudadanía proyectando ideales de hombría basados en la promoción del “patriotismo saludable”, el matrimonio y la paternidad como bases de la nación chilena. Una vez que la cultura de masas se transformó en materia de Estado, los gobiernos impulsaron políticas deportivas basadas en arquetipos de masculinidad asociados a la familia nuclear patriarcal, donde constantemente se reafirmaba al varón/padre como autoridad. El fomento de este tipo de familia fue una respuesta a la necesidad de integrar la creciente población ociosa, vistos por las autoridades como una masa peligrosa y susceptible a enfermedades sanitarias y la delincuencia10. Si bien las revistas deportivas sirvieron como plataforma narrativa para representar masculinidades hegemónicas, también funcionaron como escenarios a través del cual la dominación masculina no solamente fue impuesta o reafirmada, sino que también contestada y reformulada11.

El texto periodístico también es una fuente útil al momento de analizar el concepto de “raza”, el cual no debe entenderse como una categoría física o natural, sino más bien, como una construcción histórica ligada a narrativas nacionalistas12. Como correctamente sugiere Bernardo Subercaseaux, el inicio del deporte chileno estuvo entrelazado a lo que se denominó “raza chilena” a principios del siglo XX, planteando que la supuesta base étnica de la nación que se intentó defender por parte de algunos intelectuales nacionalistas fue precisamente una invención discursiva que carecía de fundamento objetivo13. Si bien “la defensa de la raza” se constituyó como discurso hegemónico para referirse a la necesidad de proteger a las clases trabajadoras, los cronistas deportivos no crearon taxonomías raciales rígidas basadas en supuestos rasgos físicos de chilenidad, sino más bien, como argumenta Karin Rosemblatt, el discurso oficial generalmente equiparó el concepto de “raza” al de “patria” y “pueblo”, retratando a Chile como un país de mestizos racialmente homogéneos14. Esta formulación racial del periodismo deportivo borró diferencias étnicas existentes dentro del país e inspiró críticas, estereotipos y caricaturas hacia deportistas extranjeros. Este libro sostiene que, como discurso predominante de las revistas deportivas chilenas, la “defensa de la raza” elevó las demandas del deporte a las esferas más altas del Estado al mismo tiempo que vinculó el deporte nacional con discursos patrióticos, eugenésicos y educativos. Sin embargo, a partir de 1945, los cronistas gradualmente transitaron hacia un discurso temeroso sobre la masificación del deporte, particularmente el fútbol, expresando desconfianza hacia aquellos sectores previamente excluidos de las políticas deportivas del Estado y demostrando ansiedad respecto a la movilización de masas, vista como perjudicial a la estabilidad democrática del país.

Masas, medios y deporte

El papel de los medios de comunicación en la configuración histórica de la cultura de masas es un debate inacabado. Los medios evocan un amplio grupo de instituciones sociales y productos culturales como los periódicos, revistas, radio, televisión, e Internet. Estos soportes técnicos de información y entretenimiento frecuentemente caen en la etiqueta de comunicación de masas. El término “masa”, en particular, resulta confuso ya que frecuentemente concita tres imágenes negativas: en primer lugar, entendida como una vasta audiencia que comprende millones de individuos homologados entre sí. Sin embargo, la característica más destacada de la cultura de masas, como sugiere John Thompson, “no viene dada por el número de individuos que reciben los productos sino más bien por el hecho de que los productos estén disponibles a una pluralidad de destinatarios”15. En segundo lugar, el término “masa” puede resultar difuso al presentar un grupo amorfo de sujetos pasivos y aletargados frente a productos culturales. Esta noción describe de manera imprecisa la interacción entre quienes elaboran mensajes mediáticos y quienes los reciben ya que omite cualquier tipo de capacidad crítica entre los actores del proceso comunicativo. En tercer lugar, la distinción entre “cultura popular” y “cultura masiva” puede resultar falaz ya que encasilla la primera como un conjunto de tradiciones locales producidas por sectores plebeyos en contraposición a la cultura oficial de la clase dominante, asignando a la segunda una connotación comercial que se ocupa de purificar los contenidos transgresores de la cultura popular para obtener ganancias económicas en mercados internacionales. Aquella concepción clasista de lo popular asume un carácter somnífero e inevitablemente mercantil de lo masivo, silenciando la posibilidad democratizadora de públicos heterogéneos y pensantes. Ni la cultura popular es patrimonio exclusivo de los sectores populares (clases medias pueden fomentar tradiciones como el folclore o costumbres culinarias) ni la cultura de masas constituye una conspiración capitalista para adormecer a la sociedad (la música hip-hop y deportes masivos como el fútbol pueden ser reinventados por las audiencias e incluso despertar desobediencia contra la autoridad).

Mientras algunos intelectuales leen el surgimiento de la cultura de masas como un signo de decadencia humana propio de la modernidad, otros ven allí una señal de democratización. El semiólogo italiano Umberto Eco advierte esta división en su libro Apocalípticos e integrados de 1964, caracterizando la postura apocalíptica como una corriente intelectual que enfatiza la manipulación del público; mientras que los integrados como aquellos que hacen una interpretación complaciente de las audiencias16. Equilibrando ambas posturas, este libro sigue la línea de Jesús Martín-Barbero, quien entiende la cultura de masas como “el modo como las clases populares viven las condiciones de existencia, tanto en lo que ellas tienen de opresión como en lo que las nuevas relaciones contienen de demanda y aspiraciones de democratización social”17. No obstante, es posible identificar múltiples corrientes intelectuales para conceptualizar el surgimiento y naturaleza de las masas, especialmente a partir de su relación con el deporte y los medios de comunicación: el pesimismo anti-masas; la psicología de las masas; la metafísica de las masas; el optimismo de la sociedad de masas; la teoría crítica marxista; y las diversas vertientes del estructuralismo y posestructuralismo.

El pesimismo anti-masas fue una reacción de la filosofía europea que comenzó a gestarse a partir de 1830 frente al temor burgués hacia las turbas obreras y campesinas. Los efectos de la vida industrializada y el nuevo tejido social construido por el capitalismo parecían desbordar los pilares ideológicos de la Ilustración (racionalidad, progreso, democracia) frente al creciente igualitarismo social. El historiador francés y precursor del liberalismo político, Alexis de Tocqueville, proyecta la imagen de masas como una tiranía de las mayorías compuesta por sujetos ignorantes capaces de sacrificar la libertad en aras de la igualdad social18. La ingobernabilidad de las masas también es un tema recurrente en la obra del sociólogo inglés Herbert Spencer, quien señala que la masa está constituida por un grupo de adultos desadaptados que deben someterse a un estricto sistema educativo. La gimnasia, a su juicio, resulta un mal necesario ya que, pese a ser una actividad monótona, depende de reglas establecidas, fomenta la obediencia y el espíritu competitivo entre los niños antes de que enfrenten las dificultades de la exigente vida moderna19. Aunque escéptico sobre los efectos de la educación en las masas, el filósofo alemán Friedrich Nietzsche considera que la razón por la cual los individuos se agrupan en masas es debido a la pereza. En su visión, el éxito de la prensa radica en la flojera ya que los individuos prefieren asumir la opinión grupal antes que articular cualquier pensamiento propio20.

Para la mayoría de los pensadores liberales del siglo XIX, las masas tienden a confundirse con muchedumbres exaltadas y violencia colectiva de la plebe, cuya presencia en la vida pública amenazaba el orden burgués. Atento a las contradicciones del capitalismo industrial y al surgimiento del proletariado, el teórico alemán Karl Marx constituye una excepción ya que cuestiona dichas nociones liberales, advirtiendo que una de las condiciones necesarias para sublevarse contra las clases dominantes radica en la insoportable alienación de las masas desposeídas en un mundo de cultura y riquezas21. Marx entiende alienación como una separación mental entre la clase asalariada y los bienes producidos de su propio trabajo, los cuales no le pertenecen. En el caso de la prensa, por ejemplo, un tipógrafo no es el dueño de la imprenta ni de la revista producida en el taller donde trabaja, sino que recibe un salario en compensación por su labor. De este modo, la clase revolucionaria aparece no solo por el hecho de contraponerse a otra clase, sino que como representante de toda esa masa privada de las mercancías que fabrica. Asignando un lugar preponderante a la lucha de clases en la historia, Marx también cuestiona la prensa burguesa por tildar a la masa social, como “vil muchedumbre estúpida”. Advirtiendo el potencial revolucionario de las masas al momento de constituir su consciencia de clase, Marx sostiene que “es la burguesía la que tiene que temer la estupidez de las masas mientras siguen siendo conservadoras y su consciencia en cuanto se hacen revolucionarias”22.

La experiencia insurreccional de la Comuna de París en 1871 provocó un primer intento “científico” de los intelectuales burgueses por comprender la psicología de las masas realizado por el médico francés Gustave Le Bon, quien argumenta que las masas son un fenómeno psicológico por el cual los individuos están dotados de un “alma colectiva” (o “alma de la raza”, en algunas traducciones), de carácter impulsivo e irracional que les hace comportarse de manera completamente distinta a como lo harían aisladamente. Según Le Bon, al formar un grupo uniforme desaparecen las virtudes personales hundiendo lo heterogéneo en lo homogéneo23. El sociólogo italiano Scipio Sighele desarrolla planteamientos similares al analizar huelgas y disturbios obreros. Su planteamiento contradice a Marx al atribuir una supuesta capacidad hipnótica de la prensa para avivar la vorágine del populacho contra la autoridad24.

El debate sobre la psicología de masas se enriqueció gracias al neurólogo austriaco Sigmund Freud, quien propone que el surgimiento de las masas se explica mejor desde el inconsciente de los individuos. Freud argumenta que cada ser humano forma parte de muchas masas al tener distintas construcciones del yo25. Así, el juego constituye un ejemplo de aquellas construcciones al propiciar experiencias de frustración y goce, indispensables para el hombre civilizado, que, si se reprimen, estallan de manera desastrosa. El deporte, desde esta perspectiva, cumpliría una función social positiva, de contención emocional de las masas. Como discípulo de Freud, el psiquiatra marxista austriaco Wilhelm Reich alude al inconsciente psíquico de las masas en su controversial libro La psicología de masas del fascismo, en el cual explica el ascenso nazi no desde el carisma de Hitler ni las maniobras capitalistas de la burguesía, sino que a partir del estricto modelo familiar alemán. Para Reich habría sido la represión de los instintos sexuales infantiles más profundos lo que generó individuos frustrados dispuestos a compensar su frustración obedeciendo un movimiento autoritario de masas26.

Los acontecimientos políticos del primer tercio del siglo XX condujeron a un profuso debate filosófico sobre las masas. En 1930, Ortega y Gasset publica La rebelión de las masas esquivando las influencias del marxismo y el psicoanálisis, leyendo el advenimiento de las masas como una invasión en la cual las aglomeraciones son la expresión máxima de incultura. Cuando Ortega habla de masas no se refiere a la clase obrera, sino que al “hombre-medio” que representa la antítesis del humanista culto27. Para Ortega, el acceso de las clases populares a espacios reservados de la aristocracia desnuda la ignorancia de las masas, las cuales no gustan de espectáculos refinados y buscan la satisfacción en “los juegos del cuerpo”. A diferencia de los teóricos anteriores, Ortega reconoce el rol de los deportes en la constitución de las masas al señalar que los gustos populares se escenifican mejor en los estadios de fútbol que en los museos y al entender el espíritu deportivo como una metáfora del deseo humano28. La metafísica de Ortega se basa en la obra de dos historiadores interesados en la cultura física: en primer lugar, el historiador alemán Oswald Spengler, quien considera que la manifestación más evidente de la muerte de la cultura occidental es el periódico moderno, con la uniformidad que impone por sobre la riqueza ideológica del libro. A su vez, Spengler ve en los deportes una resurrección del pan y circo romano, especialmente en las peleas de boxeo, el cine y las apuestas29. En segundo lugar, el historiador neerlandés Johan Huizinga, quien define el juego como fundamento esencial en la cultura (y no de la cultura) en su obra Homo Ludens. Huizinga plantea que el juego constituye lo más serio de la existencia humana al crear un orden lúdico distinto al orden secular del deporte moderno30.

Si para la metafísica de Ortega, Spengler y Huizinga las masas representan la decadencia cultural de occidente, para los teóricos norteamericanos la cultura de masas simboliza el ejercicio pleno de los valores democráticos. La expansión social del entretenimiento y la adaptación tecnológica a nuevas formas de producción y consumo transformaron la “masa social” en “sociedad de masas” y la “muchedumbre” en “público”. Si para Spengler el libro es sinónimo de progreso y el periódico de incultura, para los teóricos norteamericanos el libro profundiza la segregación y el periódico facilita el intercambio comunicacional entre todas las clases sociales. A su vez, varios autores coinciden en que la sociedad de masas es una sociedad de consumo (no de producción). Así, la función de la cultura de masas sería la de alimentar el mercado y su resultado depende del diálogo entre oferta y demanda. Sociólogos liberales como Edward Shils rechazan la cultura de masas por la suposición de consumidores acríticos e indiferenciados, sustituyendo aquel término por el de “culturas del gusto”, en las que los receptores obtienen la cultura que desean de acuerdo a sus preferencias y no por imposiciones del mercado31. Otros como el canadiense Marshall McLuhan enfatizan que el medio en sí mismo –no el contenido que transporta– debe ser el foco de estudio con su fórmula “el medio es el mensaje”. Más atento al deporte que sus pares estadounidenses, McLuhan plantea que la compleja red de medios que aparece en el mundo de la comercialización es más fácil de observar en el mundo del deporte32. De esta forma, los mentores de una nueva conducta cultural masiva ya no son necesariamente la familia, el trabajo o la escuela, sino que los medios, los cuales ofrecen la primera posibilidad democrática de comunicación entre los diferentes individuos que componen el colectivo social.

El optimismo norteamericano sobre la sociedad de masas encontró una respuesta pesimista en la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt, un proyecto académico surgido durante el período entreguerras que combinaba las herramientas del marxismo y el psicoanálisis. El ascenso del nazismo provocó el exilio de los filósofos Max Horkheimer y Theodor Adorno a Estados Unidos. Tanto la experiencia totalitaria en Alemania como la cultura comercial de Estados Unidos inspiraron el concepto de “industria cultural” para referirse a la producción de mercancías culturales. Películas, programas radiales y revistas de entretenimiento caben en el mismo esquema de producción diseñada para restar autonomía de las masas33. Adorno y Horkheimer vinculan la racionalidad capitalista con los dispositivos de ocio donde Hollywood o el jazz pueden ser vistos como productos fabricados en cadena. Esta línea interpretativa describe la cultura de masas como esencialmente manipuladora ya que sobredimensiona la alienación con los productos culturales que consumen las masas. El resultado es un público despolitizado, incapaz de pensar por sí mismo o de generar cualquier crítica al statu quo. Si bien el trabajo de Adorno se centra en cine y música, también se refirió a los deportes en un ensayo de 1941, señalando que “el deporte moderno intenta devolver al cuerpo parte de las funciones que le ha arrebatado la máquina. Pero lo hace con el fin de educar tanto más despiadadamente a los hombres para ponerlos al servicio de la máquina”34. En base a este planteamiento, Gerhard Vinnai ve en el fútbol una industria cultural que consolida la explotación corporal y perpetúa la alienación del proletariado35.

Durante la segunda mitad del siglo XX es posible identificar interpretaciones de la cultura de masas desde el estructuralismo, una corriente centrada en la búsqueda de mecanismos sociales y lingüísticos a través de los cuales se produce el significado dentro de una cultura. A diferencia de los aparatos represivos del Estado que funcionan mediante la coerción, Louis Althusser plantea que tanto los deportes como los medios de comunicación reprimen disimuladamente a las masas como aparatos ideológicos del Estado. Así, la prensa adiestra a través de la censura y los deportes promueven el chovinismo con la finalidad de reproducir las relaciones de producción36. A partir de esta visión, un grupo de sociólogos franceses como Jean-Marie Brohm, Regis Marbleu, y el argentino Juan José Sebreli, ven el deporte como un mecanismo de adoctrinamiento de las masas37.

Una segunda lectura estructuralista proviene del sociólogo francés Pierre Bourdieu, probablemente uno de los escritores más prolíficos al vincular la teoría social con el deporte. En su obra La distinción de 1979, Bourdieu discute cómo los deportes marcan a los grupos sociales, por ejemplo, el porqué las clases trabajadoras tienden a participar en boxeo y fútbol mientras que las clases altas tienden a jugar golf y tenis38. Bourdieu destaca las experiencias de cada clase en las cuales el deporte inculca visiones de mundo y orientaciones de consumo. Sin embargo, al igual que en Althusser, el deporte juega un rol esencialmente reproductivo en la vida social ya que refleja fuerzas históricas más grandes en lugar de impulsarlas.

En respuesta a visiones reduccionistas, un diverso grupo de intelectuales etiquetados como posestructuralistas promovió la idea de que la cultura es un asunto inestable generado a partir de una pluralidad de textos que no pueden ser anclados en un significado determinado. Este grupo señala que los liberales norteamericanos no reconocen que la elección de la “sociedad de masas” es limitada y que la “cultura del gusto” no es ideológicamente pura ya que los artefactos culturales están integrados en un conjunto complejo de relaciones de poder. Los argumentos contra los teóricos de izquierda, especialmente Adorno y Althusser, aluden a la tendencia de ambos por exagerar la manipulación de la industria cultural y simplificar la docilidad del público ante la omnipresencia de los medios. A partir de 1970, al menos tres respuestas posestructuralistas amplían el debate sobre las masas gracias a tres productivos conceptos: lo simbólico, el poder y la hegemonía.

En primer lugar, la obra del sociólogo francés Edgar Morin otorga pistas para el estudio de formas simbólicas en la cultura de masas, definida como un “conjunto de dispositivos de intercambio cotidiano entre lo real y lo imaginario”. Según Morin, para estudiar la cultura de masas “es necesario disfrutar una película en el cine, seguir partidos de fútbol en la televisión, cantar canciones de moda, e identificarse con las fiestas populares”39. Si bien admite que la cultura de masas tiende a alienar, Morin duda que el proceso industrial sea el responsable. Si una película o canción de moda funcionan en el público es porque dan respuesta a miedos y esperanzas colectivas que ni la racionalidad capitalista logró satisfacer. Ahí radica la mediación que cumplen los medios en la cultura de masas: la comunicación de lo material con lo simbólico. Morin insiste en que los intelectuales de izquierda deben reconocer que la cultura de masas no se limita a un lavado de cerebro orquestado por las corporaciones de entretenimiento. Desde la antropología, una de las obras más destacadas en esta dirección es la del estadounidense Clifford Geertz, con su ensayo “Juego profundo: notas sobre la riña de gallos en Bali” de 1973. Según Geertz, lo que los balineses aprenden en la riña de gallos es “cómo se manifiestan simultáneamente el ethos de su cultura y su sensibilidad personal cuando se vuelcan en un texto colectivo”40. Así, las peleas de gallos no son simples eventos sociales, sino que expresiones dramáticas donde se construye simbólicamente la conciencia popular e identidad local pese a que ni siquiera sus propios participantes están plenamente conscientes del proceso social en el que están implicados.

En segundo lugar, la obra del filósofo francés Michel Foucault constituye un valioso aporte a la concepción de poder. En su libro Vigilar y castigar de 1975, Foucault argumenta que la violencia en la vida medieval europea fue sostenida por un vínculo metafórico entre los cuerpos individuales y los cuerpos colectivos, donde la mutilación y humillación corporal parecían respuestas idóneas a las revueltas masivas. Sin embargo, con la expansión de valores universales como la libertad e igualdad a partir del siglo XVIII, la idea del cuerpo social como entidad protegida por el Estado comenzó a dominar la vida occidental. La era de inquisidores y torturadores pasó a ser una era de nuevas organizaciones reguladoras del cuerpo que operaron mediante la vigilancia panóptica, la disciplina corporal y la producción de nuevos estándares de normalidad: la prisión, el manicomio, la fábrica, el hospital y la escuela41. Si bien Foucault no discute gimnasios o estadios, resulta lógico agregar sitios deportivos como espacios de disciplinamiento colectivo. De todos modos, historiadores como Georges Vigarello y Richard Holt argumentan que la gimnasia en las escuelas se convirtió en un intento de imponer actividades complejas en los cuerpos para controlarlos42. Pero a diferencia de posiciones marxistas, Foucault no ve estos desarrollos históricos como consecuencia de los intereses de una clase. Por el contrario, argumenta que en las formas de gestión corporal el poder tiene una forma capilar, que fluye a través del cuerpo social sin necesariamente depender de un grupo de interés en particular. En cierto sentido, la prensa moderna también contribuyó a esa docilidad del cuerpo al constituirse como un cuarto poder ya que, según Foucault, no existe relación de poder sin la constitución de un campo de saber. El periodismo deportivo, como nueva plataforma de saberes sobre el cuerpo, también es una institución reguladora de las masas especialmente al constituir su propio régimen de verdades43.

En tercer lugar, una de las respuestas más contundentes al estructuralismo proviene de los académicos británicos de la Escuela de Birmingham, quienes inauguraron los “estudios culturales” con la intención de elaborar una comprensión más matizada de la cultura sin minimizar el poder de la agencia humana. El camino elegido es revisar la obra del filósofo italiano Antonio Gramsci y su concepto de hegemonía, entendida no como la imposición de una clase dominante sino como la capacidad que tiene un grupo social de ejercer la dirección cultural sobre la sociedad en la medida en que representa intereses que las clases subalternas también reconocen como suyos. La hegemonía es un proceso dinámico y multidireccional (no de “arriba” hacia “abajo”) que implica compromisos entre el Estado y otros grupos mediante negociaciones que pueden resultar en victorias tácticas para las clases subalternas. El concepto de hegemonía rechaza la asimilación mecánica y automatizada de la cultura de masas. En lugar de considerarla como una desviación de la consciencia de clase, estos autores enfatizan las posibilidades de resistencia que se encuentran en los medios de comunicación masivos. Un autor pionero en esta dirección es Richard Hoggart, quien traza la forma en que la clase obrera inglesa conservó gustos, creencias y cierta independencia de la influencia de la prensa. Hoggart concluye que, pese a que los editores periodísticos recurren a valores tradicionales para atraer públicos masivos, la clase obrera no asimila de un modo mecánico los productos culturales, y en ocasiones, responde con indiferencia o apatía hacia ellos; no en el sentido de pasividad, sino que en base a “una capacidad de absorber lo que se quiere dejando que el resto siga su curso”44. Advirtiendo el impacto de los medios en la cotidianeidad popular, Hoggart no se ocupa de la producción cultural sino más bien de sus efectos en la experiencia de las masas. En la misma línea, Raymond Williams analiza la recepción del mensaje mediático en las audiencias. Si bien Williams considera que la noción de masas es limitada por su asociación con lógicas de manipulación, reconoce que la cultura masiva es una combinación compleja de elementos arcaicos (lo que sobrevive del pasado como rememoración); residuales (lo formado en el pasado, pero activo en el presente); y emergentes (lo nuevo, aparecido en instituciones y prácticas)45.

El enfoque de los estudios culturales permite concebir el deporte en la prensa como un terreno en disputa por la hegemonía46. La historia del deporte moderno, como otras áreas de la cultura de masas, es una historia de lucha cultural; y esa lucha se dio simultáneamente en clubes, estadios, gimnasios, y fundamentalmente, en los medios. El deporte, como elemento novedoso a fines del siglo XIX y más claramente visible en las primeras décadas del siglo XX, se consolidó como un espacio de confrontación simbólica relevante para la configuración moderna del periodismo chileno. Más importante aún, las revistas lograron conciliar elementos residuales de la cultura popular (imaginarios colectivos, costumbres locales, aspiraciones sociales) con elementos de la emergente cultura de masas e incorporar dichos elementos dentro de la cultura política chilena que edificó el Estado a mediados del siglo XX. Gracias a su mediación cultural, las revistas deportivas no fueron simples retratos de la cultura deportiva en desarrollo, sino que se constituyeron como actores colectivos relevantes para mediar las diferencias entre grupos de interés y reconciliar los gustos por una u otra práctica deportiva; una mediación que aseguró el consentimiento activo entre clases dirigentes y subalternas. La transformación histórica del deporte en espectáculo masivo, en el cual diversos grupos sociales experimentaron nuevas formas de ocio (comprar, leer o simplemente hojear una revista deportiva), requirió de una serie de resignificaciones semánticas por parte de productores y consumidores culturales. Ajustes que pueden describirse adecuadamente como operaciones hegemónicas y relaciones de poder en las cuales las revistas no impusieron visiones dominantes, sino que más bien, desplegaron una inédita capacidad polisémica para diversas audiencias. Al evitar el rígido mecanicismo que caracteriza las posturas pesimistas y sin caer en el optimismo de las corrientes liberales, el objetivo de esta historia cultural es el de analizar tanto la especificidad de las prácticas culturales como la forma en que dichas prácticas generaron efectos en el Estado y la sociedad civil.

Historias del deporte en América Latina y Chile

Las primeras historias del deporte latinoamericano fueron escritas por periodistas deportivos a mediados del siglo XX. Construidas en base a crónicas publicadas en la prensa periódica de cada país, estas historias se enfocan principalmente en estadísticas o anécdotas del fútbol más que en interpretaciones críticas de los deportes, con la excepción del cronista Mario Rodrigues Filho, quien tempranamente advirtió las tensiones raciales del fútbol brasileño47. Durante la segunda mitad del siglo XX, la historia del deporte no constituyó una preocupación seria para las instituciones académicas. La “frivolidad” típicamente asignada al deporte y la “ligereza” de los relatos periodísticos influyeron en este sesgo. Mientras algunos cientistas sociales e historiadores en Norteamérica y Europa comenzaban a desarrollar un interés en los deportes modernos alrededor de 1970, la actividad académica en gran parte de América Latina se encontraba interrumpida por las dictaduras cívico-militares. Los estudios de Norbert Elias y Eric Dunning en el Reino Unido o Allen Guttmann y Michael Oriard en Estados Unidos demostraron que el proceso de “deportivización” de los juegos populares, lejos de ser un fenómeno trivial en las sociedades modernas, se consolidó como un fenómeno histórico tan importante como el capitalismo, digno de ser estudiado a nivel global48. Solamente a comienzos de 1980, los deportes comenzaron a capturar el interés de investigadores argentinos y brasileños a medida que esos países comenzaban a transitar gradualmente a regímenes democráticos.

Inspirados principalmente por la antropología simbólica de Geertz, los cientistas sociales latinoamericanos pusieron atención al rol que jugó el fútbol en el proceso de construcción nacional e identidad local. Visto como un ritual colectivo, los primeros estudiosos del deporte vieron en el fútbol un reflejo de identidades masculinas, carnavalescas y patrióticas. La colección de ensayos de 1982 O Universo do futebol editada por el brasileño Roberto Da Matta es considerada el primer trabajo crítico de fútbol en la región. Le siguió el antropólogo argentino Eduardo Archetti con una serie de artículos publicados en la década de 1990 sobre el deporte argentino y su celebrado libro Masculinidades: fútbol, polo y tango en Argentina donde analiza la forma en que varias prácticas deportivas construyeron nociones de virilidad y argentinidad49. Archetti también explora la centralidad de revistas deportivas como El Gráfico de Buenos Aires, la publicación más prestigiosa del continente fundada en 1919 y recientemente finalizada en 201850. Tanto para Da Matta como para Archetti, el deporte es una arena dramática donde varios actores sociales despliegan y defienden sus identidades. Da Matta y Archetti legitimaron el estudio del deporte motivando a otros investigadores latinoamericanos a explorar dinámicas de imperialismo, dependencia y modernización en el deporte, especialmente a partir de una mirada interdisciplinaria, aunque predominantemente sociológica, antropológica e histórica51.

Paralelamente, un grupo de académicos anglo-parlantes contribuyeron a la investigación histórica del deporte desde 1980. La mayoría de estos trabajos se presentan como estudios latinoamericanos pese a que mayoritariamente revisan Brasil y Argentina. Trabajos como el de Tony Mason y David Goldblatt se sustentan en base al concepto de “imperio informal”, el cual describe la potente influencia económica y cultural británica en los puertos sudamericanos, ejemplificada con la publicación de periódicos ingleses52. El problema de estos estudios es su sesgo con respecto a la evidencia escogida (periódicos angloparlantes como el Buenos Aires Herald) así como también un excesivo énfasis en los “padres-fundadores” del fútbol sudamericano: agentes imperiales o locales conectados con el mundo británico, tales como Alexander Watson en Argentina y Charles Miller en Brasil. Una de las críticas a esta literatura apunta a que el énfasis en la dominación cultural británica ignora una serie de dinámicas locales que explican porqué otros deportes como el bádminton o el críquet no fueron exitosamente propagados en el continente53.

En Chile, la primera oleada de estudios académicos sobre deporte fue liderada por periodistas, abogados e historiadores durante la década de 1990. Los ahora clásicos trabajos de Edgardo Marín, Pilar Modiano y Cristián Muñoz siguen el modelo descriptivo careciendo de argumentaciones profundas sobre el fenómeno deportivo, privilegiando el registro anecdótico, estadístico y legislativo54. Publicadas con financiamiento de la Dirección General de Deportes y Recreación (Digeder), los trabajos de Muñoz y Modiano abordan la institucionalidad deportiva del siglo XX. Escasamente interesados en la visión de la prensa, estos trabajos concentran su mirada en la fundación de clubes y las primeras asociaciones deportivas. Modiano es la primera historiadora en trazar la difusión de los deportes, aunque sin ofrecer una explicación satisfactoria sobre porqué el tenis, el atletismo y la hípica fueron mayoritariamente practicados entre las clases altas a diferencia del fútbol que rápidamente concitó atención socialmente transversal. Precisamente, el fútbol acapara la mayor atención de los autores chilenos, ubicándolo como un reflejo de las transformaciones sociales y políticas del país55. Uno de los trabajos que mejor logra entrelazar el deporte con el modelo social imperante es el de los sociólogos Ricardo Trumper y Patricia Tomic. Según ambos autores, la clasificación de Chile al Mundial de Francia 1998, la consolidación del tenista Marcelo Ríos como Número 1 del Ranking ATP y el discurso en torno al velocista Sebastián Keitel (“el blanco más rápido del mundo”) fueron presentados como resultado de las políticas de libre mercado ya que, como triunfos atléticos internacionales, simbolizaban la competitividad de los productos chilenos exportados en el extranjero personificando la modernización neoliberal56.

Uno de los escritores chilenos más importantes es el sociólogo de la comunicación Eduardo Santa Cruz, quien ha realizado una amplia investigación sobre la historia del fútbol como entretenimiento de masas. Santa Cruz argumenta que el surgimiento de espectáculos deportivos masivos obedece a un proceso más generalizado de modernización del país. En particular, sugiere que la popularización del fútbol coincidió con el proyecto desarrollista e industrializador, en el que el Estado logró educar a las clases obreras para convertirlas en actores relevantes con responsabilidades y deberes ciudadanos57. El problema con respecto a las visiones de “modernización” e “industrialización” es que estos conceptos tienden a usarse como abstracciones cuyas influencias aparentes en el deporte se consideran evidentes o como un simple reflejo de los cambios producidos por la innovación tecnológica. Sin duda, la industrialización impulsó la expansión de nuevas oportunidades laborales e inició un movimiento generalizado del campo a la ciudad. Pero este contexto no explica la “apropiación” de ciertas prácticas deportivas y la “marginación” de otras. En su obra más amplia sobre prensa y sociedad, Santa Cruz sitúa la revista Estadio (1941-1982) como un actor cultural central del proyecto desarrollista58. Aunque Santa Cruz lee la prensa deportiva como un campo de fuerzas en disputa y no como una herramienta de manipulación social, su lectura está supeditada únicamente al contenido escrito, ignorando el rol mediador de las imágenes en la masificación del deporte. Resulta curioso, además, que Santa Cruz no dialogue con la historiografía que sí ha considerado el deporte dentro del análisis cultural. Por ejemplo, el académico alemán Stefan Rinke, quien sugiere que la emergente cultura de masas logró instalar gustos estadounidenses en audiencias chilenas a partir de 1920, contribuyendo así a la “norteamericanización” de los hábitos de consumo que perduraron durante la mayor parte del siglo XX. Rinke acentúa la influencia norteamericana por sobre otras culturas nacional-populares como la mexicana o argentina que también competían en la cartelera santiaguina de cines, música y deportes al igual que las películas de Hollywood, el jazz y las peleas de boxeo59.

A comienzos del siglo XXI, la historia del deporte a nivel internacional comenzó a abandonar las visiones de “modernización” para explorar temáticas de poder, representación y hegemonía al igual que los giros experimentados por toda la disciplina histórica60. La historia del deporte se consolidó como un campo serio de investigación gracias a la proliferación de sociedades académicas, conferencias y revistas internacionales. La nueva oleada internacional de estudios del deporte también contempló mayor atención con respecto al rol de las imágenes pavimentando el terreno para un “giro visual” superando el “giro lingüístico” que había caracterizado las corrientes estructuralistas y posestructuralistas61. Pese a ser una minoría en estas sociedades internacionales, los académicos latinoamericanos no estuvieron ausentes de esta transformación y la generación de núcleos regionales e interdisciplinarios posibilitó la edición de importantes publicaciones en perspectiva comparada. El boom de publicaciones coincidió con la celebración de mega eventos deportivos como el Mundial de Brasil 2014 y los Juegos Olímpicos de Rio de Janeiro 2016 con una serie de volúmenes colectivos dedicados al surf, capoeira y a sujetos históricos previamente marginados como las mujeres y los indígenas62. Brasil continúa liderando la investigación en estudios deportivos con abundante producción académica en portugués e inglés63. Victor Andrade es probablemente el historiador brasileño más atento a la prensa deportiva de Brasil al estudiar revistas como Gazeta Esportiva de São Paulo y Jornal dos Sports de Rio de Janeiro64. Similarmente, Argentina experimentó una explosión de historia deportiva con investigaciones sobre educación física escolar, gimnasia femenina y fútbol durante la era peronista y las sucesivas dictaduras militares. Estos trabajos evidencian una fuerte influencia de Foucault en tanto su objetivo no es únicamente historizar los deportes, sino también trazar el despliegue de saberes intelectuales en torno a instituciones reguladoras del cuerpo65. Por otra parte, historiadores como Matthew Karush y Julio Frydenberg exploran el lenguaje del tabloide Crítica de Buenos Aires, que durante la década de 1920 se consolidó como el de mayor tiraje en habla hispana. Según ambos autores, sus cronistas deportivos empleaban el sarcasmo y las caricaturas para comunicarse frontalmente con sus lectores, privilegiando el comentario picaresco en vez del relato pedagógico e ilustrado de El Gráfico66.

A diferencia de las consolidadas literaturas deportivas en Brasil y Argentina, Chile no posee un núcleo de estudios cohesionado y los pocos esfuerzos existentes obedecen a una historiografía que aborda tangencialmente los deportes. Tal es el caso de Thomas Klubock, quien demuestra que los deportes ayudaron a estructurar el tiempo libre de los mineros de El Teniente proporcionando una alternativa higiénica a otras formas de recreación como beber y apostar. A medida que se organizaron clubes y ligas, el fútbol no solo se transformó en un espacio de prestigio masculino, sino que también en un sitio donde se reforzaban lazos solidarios entre los trabajadores67. La visión del deporte como instancia de organización también es relevante en la investigación de Jorge Rojas Flores sobre niños suplementeros y venta de diarios a comienzos del siglo XX. Las actividades de clubes infantiles no se limitaban a competencias recreativas ya que sus dirigentes también expresaron estrecha vinculación con sociedades obreras y partidos de izquierda68. Si bien el deporte no constituye el eje narrativo de estos trabajos, tanto Klubock como Rojas ven el fútbol como un escenario de organización colectiva fructífero cuando otros espacios de organización formal no estaban permitidos. En ese sentido, el trabajo más exhaustivo sobre los usos contra-hegemónicos del deporte es el de Brenda Elsey en el cual explora la forma en que los clubes deportivos establecieron fuertes relaciones con organizaciones sindicales y partidos políticos, negociando políticas estatales y dando forma al activismo de la clase trabajadora a lo largo del siglo XX. La perspectiva de Elsey es particularmente sólida al describir dinámicas locales en clubes barriales e inmigrantes ofreciendo luces sobre cómo el fútbol reforzó identidades de clase, estereotipos raciales y relaciones de género69.

Si bien la historiografía chilena ha avanzado notoriamente en la historia de las mujeres y de manera gradual en los estudios de género, resulta sorprendente la escasa producción académica sobre deporte y masculinidades. La historia de las masculinidades sigue siendo un terreno levemente explorado en Chile, donde trabajos sobre violencia política, sexualidad, y las nociones de honor se alzan como los tópicos más relevantes sin contemplar el espacio deportivo como un lugar prototípico para la construcción de identidades masculinas70. Esta omisión historiográfica no es casual y obedece a la construcción masculinizada tanto de la disciplina histórica como de prácticas populares como el fútbol, ambas presentadas insistentemente como “actividades de hombres”. Los diversos enfoques interdisciplinarios del feminismo junto con la introducción de miradas interseccionales en historia y ciencias sociales plantean desafíos ineludibles a quienes busquen contextualizar la elaboración de narrativas masculinas y la concomitante fabricación del patriarcado chileno, ya sea a través del deporte u otras prácticas cotidianas y masivas71.

Pese a que la segunda oleada de estudios sobre deporte chileno aporta nuevos enfoques sobre fútbol y educación física, estos trabajos no logran establecer vínculos históricos entre el deporte, la prensa y las masculinidades72. Algunos esfuerzos recientes profundizan en las principales revistas deportivas chilenas del siglo XX, asociando la construcción de identidades regionales y raciales del norte de Chile a la revista Los Sports, así como también examinan la creación de un imaginario de clase media en el periodismo deportivo de la revista Estadio73. Otros trabajos exploran espacios de encuentro y divergencia a nivel transnacional con Chile al centro de problemas latinoamericanos como el mestizaje y el populismo. Estos últimos trabajos ven la construcción del cuerpo masculino no solo como esencial para la producción de arquetipos cívicos para la nación, sino que también como la personificación de proyectos de Estado74.

Historia cultural y texto periodístico

El deporte y los medios han estado históricamente asociados de tal manera que sería difícil construir la historia del deporte chileno sin reconocer su vínculo con los medios. Ningún historiador del deporte podría prescindir de la prensa para estudiar las repercusiones sociales de los Juegos Olímpicos o un Mundial de Fútbol, y al emplearla, sabe que tiene un material que expresa modos subjetivos de interpretar la realidad75. Pese a que la noción de comunicación no puede separarse a la de representación, en tanto ambas intentan plasmar ideas ausentes por medio de palabras e imágenes, la historia de la prensa continúa siendo un esfuerzo secundario dentro de la historia cultural76. Esta carencia responde a una persistencia epistemológica que contempla la prensa simplemente como una fuente documental y rara vez como objeto de estudio en sí mismo.

Como una historia cultural del relato deportivo, el libro enfatiza la importancia del texto periodístico, definido como una serie de fragmentos lingüísticos que construyen un orden discursivo simultáneamente real y representativo. La tarea de examinar revistas deportivas no solo requiere detectar regularidades discursivas empleadas para comunicar significados e intenciones, sino que también implica identificar los principios de organización subyacente y las discontinuidades en cada texto. Ahora bien, es pertinente aclarar que el texto periodístico emerge de un proceso colectivo en el cual se conjugan simultáneamente las ideas del autor, las variaciones en la diagramación, las formas de apropiación de los lectores, junto con dispositivos políticos, estéticos y mercantiles. A su vez, el lenguaje comunicacional está codificado por directrices editoriales y una serie de jerarquizaciones temáticas, incluyendo la variación en el tamaño de los titulares, tipos de letras, selección de portadas y disposición visual de la información. Los titulares, por ejemplo, cumplen una función enunciativa relevante al anticipar el contenido en pocas palabras de gran impacto emocional. La página editorial, por su parte, se ocupa en extenso de expresar la voz del medio donde el escritor produce un lenguaje descriptivo, pero a su vez crítico y asertivo.

Es precisamente en estos terrenos discursivos donde opera la disputa por la hegemonía cultural de los deportes, donde las posibilidades de contestación a la cultura de masas se hacen más inteligibles. De hecho, la producción de lo impreso y las prácticas de lectura se encuentran ligadas a la emergencia de un espacio crítico, o como plantea Jürgen Habermas, una “esfera pública” que opera como escenario propicio para la escenificación del conflicto entre Estado y sociedad civil77. Según el lingüista neerlandés Teun Van Dijk, el análisis crítico de medios expone operaciones hegemónicas a partir del examen de tres estructuras lingüísticas del mensaje mediático: léxico (la elección de palabras puede inducir a los lectores); sintaxis (la voz pasiva en oraciones periodísticas minimiza los actores); y figuras literarias (las metáforas explican un contexto de manera disimulada)78. Para el caso del periodismo deportivo no existe un texto deportivo estándar, sino más bien una mezcla de géneros y subgéneros que encajan en la rúbrica del deporte. Dichos textos toman la forma de segmentos estructurados en boletines de noticias, columnas de opinión, entrevistas en profundidad, estadísticas, chismes, caricaturas, fotografías, y primeras planas. A diferencia de la prensa diaria, que realiza una elaboración discursiva en el ámbito de la información cotidiana, las revistas constituyen sus discursos a partir de saberes especializados que buscan entretener, emocionar y establecer pautas culturales. El semiólogo francés Roland Barthes señala la importancia del lenguaje en las revistas de moda para asociar determinadas costumbres con jerarquizaciones sociales basadas en atuendos o vestimentas. La lectura barthesiana resulta útil para comprender la producción textual de una revista como un sistema de representaciones e impresiones subjetivas79.

Pero no todas las revistas deportivas emplean el mismo tipo de lenguaje comunicacional o buscan las mismas audiencias. De acuerdo a la categorización metodológica de Giselle Munizaga, existen tres tipos de revistas80. En primer lugar, las revistas que basan su producción en sistemas de creencias o conocimientos para representar doctrinas religiosas, comunidades científicas o corrientes artísticas. Su objetivo es la divulgación de saberes, así como también apuntar a una esfera de significación cerrada, unitaria y distinguible. Aunque puedan tener una distribución mercantil, no interpelan a un público como consumidor indiferenciado en tanto buscan nutrir su campo intelectual con una suficiente gravitación social.

Un segundo tipo de revistas está constituido por aquellas que basan su producción discursiva como plataforma de una organización social o política. Su acento no está en públicos masivos ni en un objetivo ideológico a largo plazo, sino más bien en la acción inmediata. Buscan movilizar y alinear lectores para reclutar nuevos miembros y lograr apoyo comunitario suscitando una imagen favorable de la institución que representa. Estas revistas no requieren de un campo intelectual, sino que uno impulsado por intereses reivindicativos expresados en formato llamativo, pero de bajo costo. Al no ser estrictamente competitivas, su circulación es limitada ya que solo necesita movilizar a lectores que se sienten identificados con sus contenidos.

El tercer tipo de revistas incluye a aquellas que apelan a un público masivo en base a una serie de saberes cotidianos que buscan entretener y educar a los lectores. Entre estas revistas están más comúnmente las de espectáculo, cuyo discurso se sostiene en íconos producidos por el cine, la música o el deporte. El hecho de que estas publicaciones no requieran de campos intelectuales cerrados y busquen maximizar ganancias mediante la venta de ejemplares, no implica que carezcan de perfiles ideológicos o reivindicaciones políticas. Sin embargo, a diferencia del segundo tipo, requieren de una sociedad con un mínimo nivel de masificación cultural y alfabetización para constituir públicos consumidores. Requieren también de un aparato empresarial que divida las funciones, así como también de bienes de capital (talleres e imprenta, equipos fotográficos, máquinas de escribir, etc.).

El libro concentra mayoritariamente su atención en la tercera categoría. De las revistas analizadas pueden identificarse dos tipos: un primer grupo de publicaciones de corta duración y baja circulación, editadas en las primeras décadas del siglo XX por empresas independientes y en talleres de bajo costo, combinando hábilmente el perfil ideológico con la búsqueda de públicos masivos; y un segundo grupo de revistas con mayores niveles de circulación editadas durante el segundo cuarto del siglo XX por la editorial Zig-Zag, empresa que para fines de la década del cincuenta monopolizaba el mercado editorial con doce revistas de entretenimiento. El estudio culmina en 1958 ya que, como plantea Alfredo Riquelme, el período entre 1958 y 1973 corresponde a un nuevo contexto de profesionalización de la actividad periodística y una ampliación democrática en el cual la hegemonía derechista de los medios fue desafiada por un conjunto de medidas que tendieron a posibilitar un acceso más extenso a la prensa81.

En el Chile de la primera mitad del siglo XX, las revistas deportivas entraron en la disputa por las audiencias durante el surgimiento de la denominada prensa de masas, la cual, según Guillermo Sunkel, estuvo organizada en base a dos matrices culturales: una ligada a educar a los sectores populares y representar sus intereses frente al Estado, típica de periódicos panfletarios de los años cuarenta como El Siglo o Frente Popular (matriz “racional-iluminista”); y otra más rica en imágenes y sensibilidades populistas, presente en tabloides amarillistas de los cincuenta como Las Noticias Gráficas y Clarín (matriz “simbólico-dramática”). Para Sunkel, esta prensa sensacionalista, con fuerte énfasis en la cobertura de sucesos deportivos, nació precisamente como “popular” porque era accesible a públicos previamente excluidos por la cultura oficial82. La investigación de Sunkel es fundamental para comprender que las revistas deportivas oscilaron entre una matriz racionalista y una dramática al emplear la visión tradicional del periodismo “serio” simultáneamente interpelando la subjetividad de los lectores por medio de informaciones deportivas. Es por esto que fotografías, publicidad y caricaturas resultaron cruciales para representar las aspiraciones de las masas y el deporte como un espectáculo más cercano a públicos analfabetos y semialfabetos83. Por ende, existe la necesidad de analizar las formas en que las narrativas deportivas, con un significado pluralmente inteligible, se extendieron a temas más amplios que el propiamente deportivo.

Si bien la historiografía chilena sobre prensa ha avanzado considerablemente en las últimas dos décadas, reconociendo el surgimiento del segmento deportivo en la prensa diaria a inicios del siglo XX, la historia cultural tiene una deuda con las revistas deportivas84. Por un lado, es incomprensible que los estudios de medios no contemplen la aparición de la prensa moderna sin referirse a los deportes; por otro lado, es menos entendible que los estudiosos del deporte no consideren el rol de los medios como facilitadores de la masificación deportiva. En general, estos dos campos culturales están entrelazados en todos los niveles. Los propietarios de revistas deportivas a menudo organizaban eventos deportivos y muchos atletas y futbolistas se convirtieron en destacados cronistas, y lo más importante, el público para estos entretenimientos estaba compuesto por audiencias similares. Dado que la historia oral y los registros radiales no son opciones viables para este período, el libro depende ampliamente de textos escritos para trazar los debates que giraron en torno a la cultura de masas. Las secciones de “concursos para suscriptores” y “cartas al director” permiten que algunas voces de lectores y deportistas se transmitan, a pesar de que estas voces también están cuidadosamente mediadas. Finalmente, este libro no ofrece una historia cultural de todas las revistas deportivas chilenas. La producción de cultura de masas en este periodo estuvo dominada casi por completo por Santiago y ocasionalmente Valparaíso. Si bien la recepción de estos productos culturales en el norte o sur del país es un importante objeto de estudio, escapa del alcance de este libro.

Esta historia sobre revistas deportivas chilenas se organiza en cuatro capítulos, los cuales giran en torno a cuatro períodos significativos tanto para la historia política chilena como para el desarrollo del deporte nacional. El primer capítulo, “Caballeros, señoritas y científicos: ideales socioculturales y discursos atléticos en las primeras crónicas deportivas chilenas, 1899-1917”, analiza la incipiente cobertura informativa de algunos pasatiempos al aire libre y el abundante debate sobre educación física en las primeras revistas deportivas, incluyendo Chilian Sport & Pastime, el semanario misceláneo Zig-Zag, El Sport Ilustrado, El Sport y Variedades, El Sportman, Sport i Actualidades, y El Ring. El capítulo propone que los primeros cronistas elaboraron complejos relatos culturales sobre las implicancias sociales de la hípica, el fútbol, la educación física y el boxeo, con el fin de reafirmar identidades burguesas, proletarias, patrióticas, femeninas, extranjeras y fundamentalmente modernas.

El segundo capítulo, “¡Formemos espartanos chilenos! Auge y caída de las revistas deportivas durante el alessandrismo e ibañismo, 1923-1931”, explora el discurso de las revistas Los Sports y Match frente a los intentos por articular un programa nacional de educación física. El capítulo sostiene que, pese a que Arturo Alessandri (1920-1925) y Carlos Ibáñez (1927-1931) impulsaron una inédita agenda legislativa, sus administraciones no lograron materializar sus planes deportivos en la sociedad civil. El intenso reformismo de la década muestra que los deportes fueron un tema relevante para la prensa y las autoridades, especialmente para Ibáñez, quien promocionó una serie de iniciativas para centralizar la administración deportiva. Fuera de la esfera estatal, el ascenso del deporte como entretenimiento de masas abrió importantes espacios para debatir sobre la identidad mestiza de los chilenos y la idoneidad del deporte femenino.

El tercer capítulo, “Gobernar es ejercitar: de la mediatización del espectáculo de masas a la estatización de las demandas deportivas, 1933-1946”, estudia la representación del deporte chileno en un diverso grupo de revistas como Don Severo, As, y Crack, cuyos lineamientos editoriales sobrepasaban la información deportiva al mezclar periodismo deportivo, de espectáculos y análisis político. Mediante historias y relatos sencillos, la nueva generación de cronistas deportivos surgida tras la crisis del treinta construyó un espectáculo masivo sustentado en un mundo de celebridades del fútbol, tenis y otros deportes, cuyas vidas privadas se transformaron en tópicos relevantes para la modelación de comportamientos cívicos. El capítulo propone que, con la aparición de Deporte Popular y Estadio en 1941, el discurso en “defensa de la raza” alcanzó una dimensión política relevante en la esfera pública, especialmente durante los gobiernos de Pedro Aguirre Cerda (1938-1941) y Juan Antonio Ríos (1942-1946), constituyéndose como parte integral de la agenda social del Frente Popular.

El cuarto capítulo, “El deporte como asunto de Estado: columnistas, fotógrafos y dibujantes frente a la política deportiva y la cultura de masas, 1945-1958”, examina en profundidad el texto periodístico de la revista Estadio, la más duradera de la historia de Chile, poniendo especial atención al debate en torno a las políticas deportivas promovidas por el Estado y la definitiva masificación de los deportes. El capítulo afirma que Estadio progresivamente abandonó la “defensa de la raza” como discurso hegemónico para convencer a las autoridades de abogar por el bienestar de las clases trabajadoras, hacia un posicionamiento editorial más escéptico y cauteloso sobre la irrupción de las masas. Si bien Estadio veía en las concentraciones masivas de hinchas y aficionados al deporte un ejemplo de las conquistas sociales de las clases trabajadoras, los periodistas deportivos prontamente alertaron que el fervor popular del fútbol podía desencadenar fuerzas insospechadas y conducir a maniobras autoritarias por parte del Gobierno y que las masas constituían una potencial amenaza para la estabilidad democrática del país. Los cronistas deportivos objetaron la rebeldía masculina y reafirmaron un modelo social patriarcal que enfatizaba la abstinencia y los lazos domésticos, con los futbolistas y las atletas como pilar heteronormativo de este modelo.

1 José Ortega y Gasset, “Revés de almanaque”, en Obras Completas, Tomo 2 (1916-1934), Madrid, Revista de Occidente, 1963, 571.

2 Héctor Borrat, El periódico, actor político, Barcelona, Gustavo Gili, 1989.

3 Aníbal Ford, Jorge Rivera, Eduardo Romano (eds.), Medios de comunicación y cultura popular, Buenos Aires, Editorial Legasa, 1984, 72-73.

4 Sobre prensa chilena entre el siglo XIX y comienzos del XX, véase: Carlos Ossandón y Eduardo Santa Cruz, Entre las alas y el plomo: la gestación de la prensa moderna en Chile, Santiago, Lom, 2001; Ángel Soto y Rebecca Earle (eds.), Entre tintas y plumas: historias de la prensa chilena del siglo XIX, Santiago, Universidad de Los Andes, 2004; Carlos Ossandón y Eduardo Santa Cruz, El estallido de las formas. Chile en los albores de la cultura de masas, Santiago, Lom, 2005; Eduardo Santa Cruz, La prensa chilena en el siglo XIX: patricios, letrados, burgueses y plebeyos. Santiago, Universitaria, 2010; Prensa y sociedad en Chile, siglo XX, Universitaria, 2014.

5 Antonio Gramsci, La formación de los intelectuales, Grijalbo, México DF, 1963.

6 Ángel Rama, La ciudad letrada, Montevideo, Arca, 1998, 63.

7 Homi Bhabha, “Narrando la nación”, en Álvaro Fernández (comp.), La invención de la nación: lecturas de la identidad de Herder a Homi Bhabha, Buenos Aires, Manantial, 2000, 211.

8 Robert Connell, “La organización social de la masculinidad”, en Teresa Valdés y José Olavarría (eds.), Masculinidad/es. Poder y crisis, Santiago, Flacso, 1997, 32.

9 George Mosse, La imagen del hombre. La creación de la masculinidad moderna, Madrid, Talasa, 2001, 7-9.

10 José Olavarría, “De la identidad a la política: masculinidades y políticas públicas. Auge y ocaso de la familia nuclear patriarcal en el siglo XX”, en José Olavarría y Rodrigo Parrini (eds.), Masculinidad/es. Identidad, sexualidad y familia, Santiago, Flacso, 2000, 14-15.

11 Michael Messner, Power at Play. Sports and the Problem of Masculinity, Boston MA, Beacon Press, 1992, 13.

12 Peter Wade, Raza y etnicidad en Latinoamérica, Quito, Abya-Yala, 2000, 21.

13 Bernardo Subercaseaux “Raza y nación: el caso de Chile”, A Contra Corriente, 5.1, 2007, 30.

14 Karin Rosemblatt, Gendered Compromises Political Cultures and the State in Chile, 1920-1950, Chapel Hill NC, University of North Carolina Press, 2000, 41.

15 John Thompson, Los media y la modernidad: una teoría de los medios de comunicación, Buenos Aires, Paidós, 1998, 44.

16 Umberto Eco, Apocalípticos e integrados, Madrid, Lumen, 1984.

17 Jesús Martín-Barbero, De los medios a las mediaciones. Comunicación, cultura y hegemonía, Barcelona, Gustavo Gili, 1987, 135.

18 Alexis de Tocqueville, La democracia en América, México DF, FCE, 1963, 254-265.

19 Herbert Spencer, La educación intelectual, moral y física, México DF, Diario del Hogar, 1891, 348-350.

20 Friedrich Nietzsche, Schopenhauer como educador: tercera consideración intempestiva, Madrid, Valdemar, 2006, 37.

21 Karl Marx y Friedrich Engels, La ideología alemana, Barcelona, Grijalbo, 1974, 36.

22 Karl Marx, El 18 de brumario de Luis Bonaparte, Madrid, Fundación Federico Engels, 2003, 111.

23 Gustave Le Bon, Psicología de las multitudes, Granada, Comares, 2012.

24 Scipio Sighele, La muchedumbre delincuente: ensayo de psicología colectiva, Madrid, La España Moderna, 1892, 96.

25 Sigmund Freud, “Psicología de las masas y análisis del yo”, en Obras Completas, Vol. 18, Buenos Aires, Amorrortu, 1992.

26 Wilhelm Reich, La psicología de masas del fascismo, Madrid, Ayuso, 1972.

27 José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, Santiago, Andrés Bello, 1989, 55-56.

28 José Ortega y Gasset, “El origen deportivo del Estado”, en Obras Completas, 471-476.

29 Panem et circenses es una metáfora en latín acuñada por el poeta satírico Juvenal (60-218) para describir la práctica de los emperadores romanos para mantener tranquila a la población, garantizando alimento y entretenimiento a las clases plebeyas. Oswald Spengler, La decadencia de occidente, Tomo 1: Bosquejo de una morfología de la historia universal, Espasa, Madrid, 1966, 39.

30 Johan Huizinga, Homo Ludens, Madrid, Alianza, 2007.

31 Edward Shils, “Mass Society and Its Culture”, Daedalus, 89.2, 1960, 288-314.

32 Marshall McLuhan, Comprender los medios de comunicación. Las extensiones del ser humano, Barcelona, Paidós, 1996, 210.

33 Max Horkheimer y Theodor Adorno, Dialéctica del iluminismo, Buenos Aires, Sudamericana, 1971; Daniel Bell (et al.), Industria cultural y sociedad de masas, Caracas, Monte Ávila, 1992.

34 Theodor Adorno, Prismas: la crítica de la cultura y la sociedad, Barcelona, Ariel, 1962, 81.

35 Gerhard Vinnai, El fútbol como ideología, México DF, Siglo XXI, 1974.

36 Louis Althusser, Ideología y aparatos ideológicos de Estado. Freud y Lacan, Buenos Aires, Nueva Visión, 2003, 25-36.

37 Regis Marbleu, El fútbol: ¿una farsa homosexual?, Santiago, Ráfata, 1968; Jean-Marie Brohm, Sociología política del deporte, México DF, FCE, 1982; Juan José Sebreli, Fútbol y masas, Buenos Aires, Galerna, 1981; La era del fútbol, Buenos Aires, Sudamericana, 1998.

38 Pierre Bourdieu, La distinción. Criterio y bases sociales del gusto, Madrid, Taurus, 1998, 206.

39 Edgar Morin, El espíritu del tiempo: ensayo sobre la cultura de masas, Madrid, Taurus, 1966, 28.

40 Clifford Geertz, La interpretación de las culturas, Barcelona, Gedisa, 2003, 369.

41 Michel Foucault, Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión, Buenos Aires, Siglo XXI, 2002.

42 Georges Vigarello y Richard Holt, “El cuerpo cultivado: gimnastas y deportistas en el siglo XIX”, en Alain Corbain (ed.), Historia del cuerpo. Vol. 2, Madrid, Taurus, 2005, 295-354.

43 Patricia Vertinsky (ed.), Disciplining Bodies in the Gymnasium. Memory, Monument, Modernism, London, Routledge, 2004; Pirkko Markula y Richard Pringle, Foucault, Sport and Exercise: Power, Knowledge and Transforming the Self, London, Routledge, 2006; Jennifer Hargreaves y Patricia Vertinsky (eds.), Physical Culture, Power, and the Body, London, Routledge, 2007; Geneviève Rail (ed.), Sport and Postmodern Times, Albany NY, State University of New York Press, 2008.

44 Richard Hoggart, La cultura obrera en la sociedad de masas, Buenos Aires, Siglo XXI, 2013, 330.

45 Raymond Williams, Marxismo y literatura, Barcelona, Península, 1997, 143-149.

46 William Morgan, Leftist Theories of Sport: A Critique and Reconstruction, Urbana IL, University of Illinois Press, 1994; Ben Carrington (ed.), Marxism, Cultural Studies and Sport, Abingdon, Routledge, 2009.

47 Eduardo Olivera, Orígenes de los deportes británicos en el Río de la Plata, Buenos Aires, Talleres Rosso, 1932; Mario Rodrigues Filho, O negro no futebol brasileiro, Rio de Janeiro, Civilização Brasileira, 1947; Héctor Chaponick, Historia del fútbol argentino, Buenos Aires, Eiffel, 1955; Hugo Sainz Torres, El fútbol, pasión de multitudes, Santiago, Zig-Zag, 1960; Antonino Vera, El fútbol en Chile, Santiago, Quimantú, 1973.

48 Norbert Elias y Eric Dunning, Deporte y ocio en el proceso de civilización, Madrid, FCE, 1992; Michael Oriard, Reading Football: How the Popular Press Created an American Spectacle, Chapel Hill NC, University of North Carolina Press, 1993; Allen Guttmann, From Ritual to Record: The Nature of Modern Sports, New York NY, Columbia University Press, 2012.

49 Roberto Da Matta, O universo do futebol: esporte e sociedade brasileira, Rio de Janeiro, Pinakotheke, 1982; Eduardo Archetti, Masculinidades: fútbol, polo y tango en Argentina, Buenos Aires, Antropofagia, 2003; Eduardo Archetti, El potrero, la pista y el ring: las patrias del deporte argentino, Buenos Aires, FCE, 2001.

50 Eduardo Archetti, “Estilo y virtudes masculinas en El Gráfico: La creación del imaginario del fútbol argentino”, Desarrollo Económico, 139, 1995, 419-442.

51 Pablo Alabarces y María Graciela Rodríguez, Cuestión de pelotas: fútbol, deporte, sociedad, cultura, Buenos Aires, Atuel, 1996; Pablo Alabarces, Roberto Di Giano y Julio Frydenberg (comp.), Deporte y Sociedad, Buenos Aires, Eudeba, 1998; Pablo Alabarces (comp.), Peligro de gol. Estudios sobre deporte y sociedad en América Latina, Buenos Aires, Clacso, 2000; Ruben Oliven y Ariel Damo, Fútbol y cultura, Bogotá, Norma, 2001; Pablo Alabarces, Fútbol y patria. El fútbol y las narrativas de la nación en la Argentina, Buenos Aires, Prometeo, 2002.

52 Jenet Lever, Soccer Madness: Brazil’s Passion for the World’s Most Popular Sport, Chicago IL, University of Chicago Press, 1983; Allen Guttmann, Games and Empires: Modern Sports and Cultural Imperialism, New York NY, Columbia University Press, 1994; Tony Mason, Passion of the People? Football in South America, New York NY: Verso, 1995; Joseph Arbena, Sport and Society in Latin America: Diffusion, Dependency and the Rise of Mass Culture, Westport CT, Greenwood Press, 1998; David Goldblatt, The Ball is Round: A Global History of Soccer, New York NY, Riverhead Books, 2006. Rory Miller and Liz Crolley (eds.), Football in the Americas: Fútbol, Futebol, Soccer, London, Institute for the Study of the Americas, 2007.

53 Matthew Brown, “British Informal Empire and the Origins of Association Football in South America”, Soccer & Society, 16.2-3, 2015, 169-182.

54 Edgardo Marín, Centenario: Historia total del fútbol chileno, Santiago, REI, 1995; Pilar Modiano, Historia del deporte chileno: orígenes y transformaciones, 1850-1950, Santiago, Digeder, 1997; Cristián Muñoz, Historia de la Dirección General de Deportes y Recreación. Las políticas estatales de fomento al deporte, 1948-2001, Santiago, Digeder, 2001.

55 Eduardo Santa Cruz, Crónica de un encuentro: fútbol y cultura popular, Santiago, Instituto Arcos, 1991; Bernardo Guerrero, El libro de los campeones. Deporte e identidad cultural en Iquique, Iquique, Centro de Investigaciones Realidad del Norte, 1992; Eduardo Santa Cruz, Origen y futuro de una pasión: fútbol, cultura y modernidad, Santiago, Lom, 1996; Daniel Matamala, Goles y autogoles: La impropia relación entre el fútbol y el poder político, Santiago, Planeta, 2001; Jorge Iturriaga, “Proletas, limpios, cobardes y burgueses: El fútbol en 1973”, en César Albornoz y Claudio Rolle (eds.), 1973: La vida cotidiana de un año crucial, Santiago, Planeta, 2003; Sebastián Salinas, Por empuje y coraje: los albos en la época amateur 1925-1933, Santiago, Cedep, 2004; Edgardo Marín, Pilar Modiano y Sebastián Salinas, Historia del deporte chileno. Entre la ilusión y la pasión, Santiago, Cuadernos Bicentenario, 2007; Luis Ortega, “De pasión de multitudes a rito privado”, en Rafael Sagredo y Cristián Gazmuri (eds.), Historia de la vida privada en Chile, Vol. 3, Madrid, Taurus, 2007.

56 Ricardo Trumper y Patricia Tomic, “Neoliberalism, Sport and the Chilean Jaguar”, Race & Class, 40.4, 1999, 45-63.

57 Eduardo Santa Cruz y Luis Santa Cruz, Las escuelas de la identidad. La cultura y el deporte en el Chile desarollista, Santiago, Lom, 2005.

58 Eduardo Santa Cruz, “Prensa deportiva y desarrollismo en Chile. El caso de la revista Estadio”, Mapocho, 71, 2012, 261-283.

59 Stefan Rinke, Cultura de masas, reforma y nacionalismo en Chile, 1910-1931, Santiago, Dibam, 2002.

60 Susan Birrel y Mary McDonald (eds.), Reading Sport: Critical Essays on Power and Representation, Boston MA, Northeastern University Press, 2000; Murray Phillips (ed.), Deconstructing Sport History: A Postmodern Analysis, New York NY, State University of New York Press, 2006; Douglas Booth, The Field: Truth and Fiction in Sport History, New York NY, Routledge, 2005.

61 Joyce Woolridge, “Cover Stories: English Football Magazine Cover Portrait Photographs 1950–1975”, Sport in History 30.4, 2010, 523-546; Gary Osmond, “Photographs, Materiality and Sport History: Peter Norman and the 1968 Mexico City Black Power Salute”, Journal of Sport History 37.1, 2010, 119-137; Mike O’Mahony, “The Art and Artifice of Early Sports Photography”, Sport in Society 22.5, 2019, 785-802; Pedro Acuña, “Snapshots of Modernity: Reading Football Photographs of the 1930 World Cup in Uruguay”, The International Journal of the History of Sport, 36.9-10, 2019, 832-853.

62 Joshua Nadel, Fútbol. Why Soccer Matters in Latin America, Gainesville FL, University Press of Florida, 2014; Diego Armus y Stefan Rinke (eds.), Del football al fútbol/futebol: historias argentinas, brasileras y uruguayas en el siglo XX, Madrid, Iberoamericana, 2014; David Sheinin (ed.), Sports Culture in Latin American History, Pittsburgh PA, University of Pittsburgh Press, 2015; Rodrigo Soto y Omar Fernández (eds), ¿Quién raya la cancha: visiones, tensiones y nuevas perspectivas en los estudios socioculturales del deporte en Latinoamérica, Buenos Aires, Clacso, 2017; Pablo Alabarces, Historia mínima del fútbol en América Latina, México DF, El Colegio de México, 2018; Joshua Nadel y Brenda Elsey, Futbolera. A History of Women and Sports in Latin America, Austin TX, The University of Texas Press, 2019.

63 Ronaldo Helal, Passes e impasses: futebol e cultura de massa no Brasil, Petrópolis, Vozes, 1997; Maurício Drummond, Nações em jogo: esporte e propaganda política em Vargas e Perón, Rio de Janeiro, Apicuri, 2008; Roger Kittleson, The Country of Football: Soccer and the Making of Modern Brazil, Berkeley CA, University of California Press, 2014; Maurício Drumond y Victor Andrade, Brazilian Sports History, London, Routledge, 2017.

64 Victor Andrade de Melo y Bernardo Borges, O esporte na imprensa e a imprensa esportiva no Brasil, Rio de Janeiro, 7 Letras, 2012.

65 Ángela Aisenstein y Pablo Scharagrodsky, Tras las huellas de la Educación Física escolar argentina. Cuerpo, género y pedagogía, 1880-1950, Buenos Aires, Prometeo, 2006; Julio Frydenberg y Rodrigo Daskal (comp.), Fútbol, historia y política, Buenos Aires, Aurelia Rivera, 2010; Raanan Rein, Los bohemios de Villa Crespo: judíos y fútbol en la Argentina, Buenos Aires, Sudamericana, 2012; Pablo Scharagrodsky y Andrés Reggiani, Miradas médicas sobre la cultura física en Argentina: 1880-1970, Buenos Aires, Prometeo, 2014; Pablo Scharagrodsky, Mujeres en movimiento. Deporte, cultura física y feminidades: Argentina, 1870-1980, Buenos Aires, Prometeo, 2016; Gisela Kaczan, “La práctica gimnástica y el deporte, la cultura física y el cuerpo bello en la historia de las mujeres. Argentina 1900-1930”, Historia Crítica, 61, 2016, 23-34.

66 Matthew Karush, “National Identity in the Sports Pages: Football and the Mass Media in 1920s Buenos Aires”, The Americas, 60.1, 2003, 11-32; Julio Frydenberg, Historia social del fútbol. Del amateurismo a la profesionalización, Buenos Aires, Siglo XXI, 2011, 138-145.

67 Thomas Klubock, Contested Communities, Class, Gender, and Politics in Chile’s El Teniente Copper Mine, 1904-1951, Durham NC, Duke University Press, 1998, 58-59.

68 Jorge Rojas Flores, Los suplementeros: los niños y la venta de diarios. Chile, 1880-1953, Santiago, Lom, 2006, 171.

69 Brenda Elsey, Citizens and Sportsmen: Fútbol and Politics in 20 th Century Chile, Austin TX, University of Texas Press, 2011.

70 Sonia Montecino y María Elena Acuña (comp.), Diálogos sobre el género masculino en Chile, Santiago, Bravo y Allende Editores, 1996; José Olavarría, Cristina Benavente, y Patricio Mellado, Masculinidades populares: varones adultos jóvenes de Santiago, Santiago, Flacso, 1998; Gabriel Salazar y Julio Pinto, Historia contemporánea de Chile IV. Hombría y feminidad, Lom, Santiago, 2002; Florencia Mallon, “Barbudos, Warriors, and Rotos: The MIR, Masculinity and Power in the Chilean Agrarian Reform”, en Mathew Gutmann (ed.) Changing men and masculinities in Latin America, Durham NC, Duke University Press, 2003; Marcos Fernández, Prisión común, imaginario social e identidad. Chile, 1870-1920, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, Santiago, 2003; Cecilia Osorio, “Ser hombre en la pampa: aproximación hacia los rasgos de masculinidad del peón chileno en las tierras del salitre, 1860-1880”, en Colectivo Oficios Varios, Arriba quemando el sol. Estudios de historia social chilena: experiencias populares de trabajo, revuelta y autonomía (1830-1940), Santiago, Lom, 2011.

71 Sebastián Madrid, Teresa Valdés, Roberto Celedón (comp.), Masculinidades en América Latina. Veinte años de estudios y políticas para la igualdad de género, Ediciones Universidad Academia de Humanismo Cristiano, Santiago, 2020.

72 Rodrigo Herrera y José Varas (eds.), Fútbol, cultura y sociedad, Santiago, Universidad Academia de Humanismo Cristiano, 2008; Josefina Silva y Alejandra Concha, “La fuerza de la patria: educación física y ritos cívicos”, en Sol Serrano (et al.), Historia de la educación en Chile, Tomo 2, Santiago, Taurus, 2012; Karen Donoso, “Deporte y recreación para todos. Política social y cultural de la Digeder en los municipios de Santiago”, en Verónica Valdivia, Rolando Álvarez, Karen Donoso, La alcaldización de la política: los municipios en la dictadura pinochetista, Santiago, Lom, 2012; Shunsuke Matsuo, “¿Pasión de multitudes o más allá de eso? Una observación historiográfica sobre el deporte sudamericano y una revisión de la historia del deporte chileno”, SudHistoria, 8, 2014, 10-36; Álex Ovalle y Jorge Vidal, Pelota de trapo: fútbol y deporte en la historia popular, Santiago, Quimantú, 2016; Felipe Martínez, Hacia una pedagogía del cuerpo. La educación física en Chile 1890-1920, Santiago, Ministerio de Salud de Chile, 2017; Diego Vilches, De los triunfos morales al país ganador. Historia de la selección chilena de fútbol durante la dictadura militar (1973-1989), Santiago, Universidad Alberto Hurtado, 2017.

73 Bernardo Guerrero, “Deporte, nación y construcción del Norte Grande de Chile. El caso de la revista Los Sports”, Recorde, 10.2, 2017, 1-19; Jorge Vidal Bueno, “Periodistas de Estadio: Intelectuales de clase media”, Revista de Ciencias Sociales, 27.40, 2018, 144-210.

74 César Torres, “A Golden Second Place: Manuel Plaza in South America”, Journal of Sport History, 36.1, 2009, 43-72; Pedro Acuña, “Playing across the Andes: Populism and Sports Media in Argentina and Chile”, Journal of Latin American Studies, 51.3, 2019, 855-882.

75 Lawrence Wenner, Media Sport, London, Routledge, 2003; David Rowe, Sport, Culture and the Media, Maidenhead, Open University Press, 2004.

76 Para una historia de las teorías de la comunicación, véase: Armand Mattelart y Michèle Mattelart, Historia de las teorías de la comunicación, Barcelona, Paidós, 2010. Sobre la noción de representación, véase: Roger Chartier, El mundo como representación. Estudios sobre historia cultural, Barcelona, Gedisa, 1992; Stuart Hall, Representation: Cultural representations and signifying Practices, London, Sage, 1997.

77 Jürgen Habermas, Historia y crítica de la opinión pública: La transformación estructural de la vida pública, Barcelona, Gustavo Gili, 2011.

78 Teun Van Dijk, “Critical Discourse Analysis”, en Deborah Tanner, Heidi Hamilton y Deborah Schiffrin (eds.), The Handbook of Discourse Analysis, Chichester, John Wiley & Sons, 2015, 466-485.

79 Roland Barthes, El sistema de la moda y otros escritos, Paidós, 1990.

80 Giselle Munizaga, Revistas y espacio comunicativo, Santiago, Ceneca, 1984, 3-6.

81 Alfredo Riquelme, El debate ideológico acerca de la comunicación de masas en Chile, 1958-1973. Santiago, Ceneca, 1984.

82 Guillermo Sunkel, Razón y pasión en la prensa popular: un estudio sobre cultura popular, cultura de masas y cultura política, Santiago, El Buen Aire, 1985.

83 Para 1895, la población alfabeta es de 867.021 personas (31 %), una cifra que solo se equiparó en 1920, cuando el total de chilenos que sabían leer asciende a 1.891.780 (51 %). Dirección General de Estadística, Censo de Población de la República de Chile, Santiago, Universo, 1925, 303. Recién en el Censo de 1952, Chile registra 3.732.787 lectores (75 %). República de Chile, XII Censo General de Población y I de Vivienda, Santiago: Servicio Nacional de Estadística y Censos, 1952, 159.

84 Sobre prensa chilena, véase: Carlos Ossandón y Eduardo Santa Cruz, Entre las alas y el plomo: la gestación de la prensa moderna en Chile, Santiago, Lom, 2001; Ángel Soto y Rebecca Earle (eds.), Entre tintas y plumas: historias de la prensa chilena del siglo XIX, Santiago, Universidad de Los Andes, 2004; Carlos Ossandón y Eduardo Santa Cruz, El estallido de las formas. Chile en los albores de la cultura de masas, Santiago, Lom, 2005; Cecilia García-Huidobro, Mac Aulife y Paula Escobar, Una historia de las revistas chilenas, Santiago, Ediciones Universidad Diego Portales, 2012; Eduardo Santa Cruz, La prensa chilena en el siglo XIX: patricios, letrados, burgueses y plebeyos. Santiago, Universitaria, 2010; Eduardo Santa Cruz, Prensa y sociedad en Chile, siglo XX, Universitaria, 2014; Tomás Cornejo, Ciudad de voces impresas. Historia cultural de Santiago de Chile, 1880-1910, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, 2019.

Capítulo I

Caballeros, señoritas y científicos:

ideales socioculturales y discursos atléticos en las primeras crónicas deportivas, 1899-1917

Hípica y caballerosidad en los albores de la prensa deportiva

“El caballo es el ídolo del huaso, o, mejor dicho, una parte constituyente de su existencia”1. Con estas palabras del 17 de abril de 1851, el reconocido escritor y estadista argentino Domingo Sarmiento comenzaba una crónica sobre las carreras de caballo en el diario Sud América de Santiago, un periódico liberal donde comentaba aspectos de la cultura popular chilena2. Según Sarmiento, las competiciones ecuestres como las carreras y el rodeo representaban una expresión de libertad y autonomía criolla típica del campesinado. Sin embargo, estas costumbres rurales se contraponían al progreso liberal pregonado por la elite urbana que buscaba asimilarse a Europa. A través de sus comentarios en la prensa chilena, Sarmiento empujó con fuerza el conflicto ideológico entre “civilización” y “barbarie” en el cual los huasos chilenos constituían obstáculos para alcanzar una cultura moderna.

Aunque existentes desde la Colonia, las carreras de caballo y el rodeo constituían potentes instancias de notoriedad social en el campesinado chileno del siglo XIX. Los caballos, introducidos por los conquistadores españoles en el siglo XVI, fueron rápidamente domesticados por el pueblo Mapuche y la abundante población mestiza constituyendo parte central de la vida militar, económica y cultural del valle central chileno. Los españoles trajeron consigo una serie de festividades y pasatiempos con animales: rodeo, corridas de toros, peleas de gallos, caza de zorros y patos3. El rodeo representaba un aspecto importante en la vida cultural del campo, especialmente para latifundistas que deseaban demostrar su posición social a través de la habilidad y destreza sobre su ganado, logrando convocar cerca de diez mil espectadores4. La aristocracia terrateniente patrocinaba a pequeños granjeros de cada pueblo que querían participar en las competencias ecuestres, acentuando jerarquías de clase con acentos nacionalistas y paternalistas. Tanto en las carreras como en el rodeo, los jinetes espoleaban bruscamente a sus caballos para obtener velocidad y acorralar a los novillos resultando en habitual maltrato animal, despertando la oposición de un sector de la elite urbana que veía en estas prácticas una domesticación brutal del ganado5.

A fines del siglo XIX, la oligarquía urbana y sectores de la incipiente burguesía de Valparaíso buscaron aislar las entretenciones campesinas a los márgenes de la cultura popular. Para distinguirse de la elite terrateniente, la burguesía buscó relegar prácticas en las que los animales fuesen maltratados o que denotaran algún tipo de salvajismo o “barbarie”, incorporando entretenimientos británicos, considerados más sofisticados o “civilizados” como la hípica y el polo. De esta manera, el liderazgo modernizador de la burguesía eliminaba vestigios coloniales y entretenimientos bravíos a través de nuevos deportes reglamentados. Uno de los objetivos imperantes de la oligarquía era proporcionar un uso más productivo del tiempo libre para reducir el juego y el consumo de alcohol entre el nuevo proletariado industrial6. Pero también se buscó crear un sentido de lealtad e identificación con talleres y fábricas similar al que tenían los pequeños granjeros con sus patrones de la hacienda. En ese sentido, la hegemonía cultural de la oligarquía implicó establecer una complicidad con los valores culturales de las clases subalternas.

A partir de 1860, los británicos impulsaron relaciones comerciales y prácticas de entretenimiento, incluyendo una amplia gama de actividades ecuestres. Aunque los primeros deportes modernos que llegaron a Chile como el críquet y el bádminton no capturaron la atención de la población local, las competencias hípicas comenzaron a ganar popularidad en Valparaíso. Tempranamente en 1864, comerciantes ingleses organizaron la primera carrera hípica atrayendo, en palabras de Luis Soto, “gran entusiasmo, particularmente entre nuestros huasos, que no están acostumbrados a estos espectáculos y que deseosos de presenciarlos, se agruparon en derredor [sic] de los corredores hasta impedir que la carrera tuviera el éxito que se esperaba”7. Si bien organizadas por extranjeros, las competencias hípicas convocaron un importante número de curiosos locales no completamente familiarizados con la nueva forma de competir. La equitación moderna, compuesta de saltos con obstáculos, carreras en pista y persecuciones grupales, rompía con las rústicas y violentas “carreras a la chilena”.

Sin embargo, lo que realmente distinguió la hípica de los antiguos juegos rurales fue el surgimiento de una cultura letrada, destinada a un público que sabía leer, a una oligarquía urbana que intentaba legitimar su posición social a través de la práctica de deportes modernos sin la necesidad de abandonar la cultura equina. La hípica no solo se trataba de cruzar primero la meta o saltar obstáculos con mayor o menor precisión, sino que implicaba una serie de saberes específicos asociados a la cría, adiestramiento y comercialización de caballos. La participación en actividades asociadas a la equitación, incluyendo las carreras, el polo, el salto ecuestre y la crianza de sementales, constituían, ante todo, un símbolo de respetabilidad social. Al igual que en otros países, la oligarquía chilena adoptó deportes modernos para distinguirse de la muchedumbre. Al jactarse de las proezas físicas llevadas a cabo con animales vigorosos, la nueva clase ociosa reafirmó su reputación social al mismo tiempo que elaboró un discurso de superioridad sobre otros grupos sociales. La hípica constituyó una expresión masculina de caballerosidad ya que, históricamente, el caballo fue asociado a la nobleza europea como sinónimo de linaje y pureza, así como también una muestra de fortaleza y honorabilidad masculina. Por ende, no fue coincidencia que las primeras agrupaciones atléticas chilenas se configuraran en torno a los deportes ecuestres.

Establecidas desde un comienzo como iniciativas de carácter privado, las primeras instituciones deportivas reflejaron la ausencia del Estado y el profundo desinterés gubernamental por los deportes durante la República Parlamentaria (1891-1925) dominada por sectores organizados en torno al Partido Liberal. El convencimiento de la oligarquía chilena de construir un orden republicano conducente al progreso y la modernización dependiente de capitales extranjeros aspiraba a incorporar al país en el sistema económico mundial como exportador de materias primas y promovía la aplicación de políticas librecambistas con Valparaíso como motor económico de la nación8. Reflejando esta tendencia, los primeros deportes fueron practicados en clubes formados por extranjeros residentes, incluyendo el Valparaíso Cricket Club (críquet), el Valparaíso Sporting Club (hípica), el Valparaíso Football Club (fútbol) y el Viña del Mar Lawn Tennis Club (tenis).

Pese a la proliferación de clubes deportivos de origen británico a partir de 1880, los deportes ocupaban un lugar marginal en la prensa chilena de finales del siglo XIX. A medida que carreras hípicas se hacían más frecuentes en Valparaíso, los periódicos porteños comenzaron a publicar las primeras noticias relacionadas al desarrollo de actividades deportivas. La información sobre la fundación de nuevos clubes y encuentros amistosos entre equipos de diferentes escuelas privadas de origen británico comenzó a publicarse gradualmente en periódicos como The Chilian Times, una publicación editada por expatriados británicos en Valparaíso. En 1895, Robert Reid, editor del diario, convocó a un grupo de jugadores de fútbol a una reunión en el Café Pacífico para establecer la primera asociación nacional de clubes de fútbol, más tarde conocida como la Football Association of Chile. La intención de crear una asociación formal dirigida por británicos venía asomándose con fuerza desde la década de 1880, pero no logró materializarse debido a conflictos internacionales y nacionales, incluyendo la Guerra del Pacífico (1879-1884) y la Guerra Civil de 1891. Con el acto fundacional de Reid, el deporte y la prensa escrita iniciaron una relación fructífera y duradera en la que el periodismo deportivo actuó como motor para la formación de clubes y nexo entre las incipientes organizaciones deportivas.

La presencia británica impulsó la creación de la primera revista deportiva en Chile, publicada en Valparaíso el 18 de agosto de 1899. Escrita en inglés y con un precio de $ 0,20 centavos, Chilian Sport & Pastime alcanzó a lanzar solo tres ediciones con un promedio de diez páginas por número. Con evidente interés comercial, la revista estaba dirigida por un puñado de empresarios británicos residentes que buscaban anunciar reuniones deportivas entre la comunidad extranjera, así como también promocionar sus propias casas comerciales en el puerto. Las primeras planas estaban adornadas por ilustraciones sobre hípica, polo, críquet, ciclismo, fútbol, golf, tiro al blanco y esgrima, así como también incluían un listado de las principales tiendas del comercio porteño, como La Librería Inglesa, Diener & Company, Sporting and Athletic Warehouse, The English Saddlery, Whiskey Gaelic, Weir & Company, entre otros negocios de abarrotes, cigarrillos y licorerías británicas. Además de informar sobre las tarifas y horarios de vapores transatlánticos al interior de sus páginas, Chilian Sport & Pastime informaba mayoritariamente sobre hípica y fútbol, ofreciendo indumentaria deportiva importada como sillas de montar y embocaduras para cabalgatas, bicicletas, bastones de golf, balones de fútbol y bates de críquet. Los empresarios ingleses, escoceses e irlandeses que llegaron a Valparaíso promovieron sus negocios locales en las páginas de Chilian Sport & Pastime como una manifestación pública destinada a reflejar la cultura capitalista de comerciantes pequeño-burgueses que buscaban diferenciarse de las elites terratenientes más antiguas de Chile. La noción de “capitalismo impreso” resulta importante para comprender el uso del idioma inglés por parte de los expatriados británicos en Valparaíso, quienes vieron en su lengua y en sus negocios un mecanismo para solidificar su identidad9. Si bien Chilian Sport & Pastime estaba dirigida al público extranjero del puerto y a aquellos chilenos egresados de colegios británicos, los acontecimientos narrados tenían relación con sucesos deportivos protagonizados por entusiastas locales y ocurridos no solo en Valparaíso, sino que también en otras localidades con presencia extranjera como Iquique y Santiago.

Aunque la primera revista deportiva fuera británica, la cultura deportiva que surgió en las próximas revistas especializadas se desarrolló con bastante sentido localista. Algunos diarios de Santiago fundados a principios del siglo XX como El Mercurio (1900) y El Diario Ilustrado (1902) fueron los primeros periódicos capitalinos en dar cuenta de acontecimientos deportivos en las secciones de vida social. Para ese entonces, las actividades hípicas atrajeron más interesados que cualquier otro deporte. En ese contexto apareció El Sport Ilustrado, primera revista deportiva en español que circuló en Valparaíso entre 1901 y 1903. Dirigida por su propietario Rafael Zerrano, la revista se vendía por $ 0,40 centavos y alcanzó a editar 53 números como órgano oficial de los clubes rectores de la hípica chilena: Valparaíso Sporting Club, Club Hípico de Santiago, Club Hípico de Concepción, Club de Sport de Tarapacá y el Club de Talca. En su primer número, la revista publicó un perfil biográfico de Juan Jackson, presidente del Valparaíso Sporting Club, reconocido como el principal impulsor de la hípica en el puerto y aseverando que “a él se debe el reglamento, que con jeneral aplauso rije a todos los clubs de Chile […]. Con un tino y firmeza digna de aplauso ha sabido mantener las relaciones con los distintos clubs, cosa difícil en instituciones en las que en unas domina la estrictez británica y en las otras la indulgencia latina”10. Como un líder capaz de conciliar clubes de distinta procedencia, la revista retrató a Jackson como el más digno entusiasta sportsman de Chile. Según El Sport Ilustrado, otros integrantes de la familia Jackson también tuvieron un rol preponderante en la conducción de los deportes en Valparaíso. En su cuarto número, la revista publicó un retrato dibujado de Alfredo Jackson, hermano menor de Juan y “uno de los más entusiastas y universales entre los aficionados a los entrenamientos au grand air [al aire libre]”11. Enmarcado en lámparas y flores, Jackson ocupa el centro de la imagen mirando hacia el horizonte y luciendo un prominente bigote (ver figura 1.1 en página 60).

Este tipo de retratos elaborados en base a daguerrotipos funcionaban como presentación pública de los dirigentes en la emergente cultura letrada, asignándoles un estatus respetable como miembros de una elite urbana y moderna, que encarnaba los valores del deporte clásico (laureles) y del progreso iluminista (lámparas). El menor de los Jackson no solo era secretario del Valparaíso Sporting Club, sino que también presidente de la Football Association of Chile, campeón de lawn-tennis y bateador diestro del Valparaíso Cricket Club. Los hermanos Jackson lideraron un grupo de importadores chilenos de caballos ingleses conocido como el Corral Jackson, un famoso establo donde se criaban sementales para carreras.


Figura 1.1: “Don Alfredo Jackson, secretario del Valparaíso Sporting Club y presidente de las Asociaciones de Football”, El Sport Ilustrado, Valparaíso, 22/12/1901, 1.

Biblioteca Nacional de Chile. Patrimonio cultural común.

En su página de pronósticos para la jornada del domingo 30 de marzo de 1902 a disputarse en el Club Hípico de Santiago, El Sport Ilustrado enfatizó el lugar primordial de la familia Jackson: “Valparaíso, que cuenta con un regular número de sportsmen, contribuirá con su óbolo al aumento de interés de las pruebas hípicas y en la presente semana serán enviados a Santiago los pensionistas de los corrales Jackson, Anselme, Excelsior, Prodgers y Lillo, que irán a defender los colores de sus respectivos dueños”12. Exhibiendo lealtad con los propietarios ecuestres, la revista buscó consolidar el compromiso entre empleadores y empleados, instalando la idea de que el deporte organizado “entre caballeros” podía ser un medio para atenuar barreras de clase y así mitigar conflictos sociales.

La mayoría de los números de El Sport Ilustrado dedicaban páginas completas a los rectores de la hípica nacional, pertenecientes a las familias más distinguidas de Valparaíso y Santiago. Las crónicas ilustraban un sentido de pertenencia burguesa a partir de la competencia ecuestre y la posesión de equinos. Una crónica del verano de 1902 destacó la exclusividad social de la hípica: “Nuestro mundo social estaba representado por lo que Santiago y Valparaíso tiene de más distinguido y elegante y el paddock [potrero] presentaba un hermoso golpe de vista; un sinnúmero de aficionados, dueños de écurie [establos], distinguidas señoras y hermosas niñas, que seguían con entusiasmo las peripecias de las carreras del día”13. El énfasis en la hípica y la valoración de otras prácticas atléticas como signos de una identidad burguesa en formación no constituyeron un obstáculo para que El Sport Ilustrado fuera la primera revista deportiva chilena en alertar sobre la importancia sanitaria de los deportes al aire libre, argumentando en 1901 a favor del impacto higiénico de los juegos atléticos y ejercicios físicos para la salud de todas las clases sociales:

Las carreras a pie, los saltos, el cricket, el golf, el football, el lawn tennis, etc., etc., y en jeneral todos los juegos para los cuales se requiere ajilidad y destreza, deben de constituir una preocupación primordial para toda clase de personas, ya que con ello se vigoriza la salud, que es lo que, en primer término, debemos atender. Participar de algunos de estos juegos, es poner en movimiento a todo el cuerpo, desarrollar el sistema muscular y dar actividad a la circulación, causa primera y especialísima de una salud irreprochable14.

De acuerdo a El Sport Ilustrado, los deportes –excepto la hípica– tenían una misión social orientada a mejorar la salud de todos los sectores de la población chilena. La omisión de actividades ecuestres reflejaba la esfera de exclusividad social en la que se quería mantener la clase alta a medida que otros deportes comenzaban a popularizarse. Si bien el columnista no interpelaba a las autoridades estatales como responsables de fomentar las actividades físicas, sus palabras tenían directa relación con la cada vez más aceptada concepción del deporte como instrumento benéfico de saneamiento social, especialmente en las campañas contra el alcoholismo, la desnutrición, el hacinamiento insalubre y el fortalecimiento de la población infantil debido a las altas tasas de mortalidad temprana en Chile15. Aunque pionera en cuanto a discursos que apelaran a fomentar la práctica de ejercicios físicos trascendiendo barreras sociales, este tipo de mensajes no fueron formulados consistentemente durante el tiempo que circuló la revista. En sus dos años de duración y enfatizando que su objetivo era dar un empuje decisivo al turf chileno, El Sport Ilustrado priorizó la cobertura de competencias hípicas junto con consejos para la crianza, comercialización y alimentación de caballos, potros y yeguas, implicando que su público lector podía poseer o al menos acceder a distintos tipos de ejemplares equinos.

Con un promedio de 13 páginas por número, la mayor parte del contenido de El Sport Ilustrado se basaba en informaciones estadísticas: registros de apuestas por hipódromo, listas de caballos y jinetes competidores, así como también un calendario con la programación y pronóstico de las carreras. La mayoría de sus borrosas fotografías retrataban a prominentes miembros de clubes hípicos como Jorge Phillips, Carlos Cousiño, Abraham Gacitúa, Julio Subercaseaux, entre otros, vestidos con traje y sombrero de copa alta, observando las carreras desde las tribunas del Valparaíso Sporting Club. Los anuncios publicitados promocionaban empresas locales de zapaterías, barberías, tiendas de ropa, criaderos y armadurías de Valparaíso imitando el tono comercial impulsado por los empresarios británicos de Chilian Sport & Pastime. Entre las principales actividades que recibieron cobertura de la revista se encontraban la “Fiesta de la Colonia Inglesa en Viña del Mar” y el “Banquete del Club Hípico de Santiago” donde frecuentemente aparecían fotografiados ministros, parlamentarios, e inclusive el presidente Germán Riesco Errázuriz (1901-1906), asiduo asistente a estos encuentros deportivos16. La presencia de autoridades no era casualidad ya que la hípica fue la primera actividad deportiva regulada por el Estado, específicamente a través de la Ley Nº 1.528 de 1902, que reglamentaba un sistema de apuestas llevadas a cabo solo en recintos hípicos que contaran con personería jurídica y autorización gubernamental.

La nueva legislación aumentó la asistencia de público a carreras hípicas tanto en Valparaíso como Santiago fomentando la creación de nuevas revistas. Lanzada en Valparaíso el 1 de septiembre de 1907, el semanario deportivo El Sport y Variedades tenía un precio de $ 0,30 centavos con suscripciones para provincias de $ 10 pesos al año. Dirigida por el periodista español Antonio Daucet, el semanario alcanzó a publicar 18 números hasta su cierre el 4 de enero de 1908. Los lectores podían encontrar la programación hípica del Valparaíso Sporting Club y el Club Hípico de Santiago, así como también calendarios y pronósticos sobre encuentros de polo, fútbol, golf y regatas. Con amplio espacio publicitario, el semanario promocionaba diversos negocios locales pertenecientes a sectores pequeño-burgueses, incluyendo talleres de calzado, maquinaria textil, muebles para oficinas y artículos deportivos importados.

El Sport y Variedades no solo abarcaba información del fin de semana deportivo, sino que también ofrecía columnas de opinión sobre el rol de los deportes en la sociedad. Su primera editorial señaló: “No nos guía otro propósito que el de mantener siempre vivo el entusiasmo por los juegos al aire libre, que en forma tan directa cooperan a fortalecer la raza”17. El deporte constituía un alivio perfecto a las condiciones insalubres propiciadas por la urbanización e industrialización acelerada de las grandes ciudades como Santiago y Valparaíso. En otro artículo de 1907, Daucet justificó la relevancia médica de los deportes en un mundo impregnado de gérmenes y gases nocivos, alimentos adulterados con altas concentraciones metálicas y luz artificial: “¿Como contrarrestar la perniciosa influencia de la vida urbana sobre el organismo? Podemos afirmar que los ejercicios o juegos al aire libre, en pleno contacto con la naturaleza, constituyen por sí solos un factor que produce mui apreciables resultados para reforzar las enerjías del hombre de las ciudades”18. La preocupación por la degeneración racial asustaba a los primeros cronistas principalmente por la posibilidad de agotar la fuerza laboral que migraba del campo a la ciudad en busca de salarios más altos. En los ojos de Daucet, los deportes aportaban al desarrollo económico y la modernización capitalista. Es por esto que la revista se empeñó en educar a sus lectores sugiriendo que los ejercicios debían ser frecuentes, ya que no bastaba con jugar fútbol un par de horas al mes o montar un caballo una vez por semestre.

Aunque la hípica no fue considerada como método correctivo del cuerpo ya que atraía más espectadores que deportistas, los cronistas deportivos tuvieron que reconocer, con más resignación que entusiasmo, que asistir a los encuentros ecuestres era una parte innegable de la cultura deportiva local. La revista tenía amplias secciones dedicadas al desarrollo de torneos internacionales, incluyendo “Noticias Hípicas” y “Turf Extranjero”. No obstante, los cronistas de El Sport y Variedades consideraron que las carreras efectuadas durante días laborales generaban un profundo daño moral, solicitando la intervención gubernamental con el fin de suprimir los espectáculos hípicos los días lunes. En un artículo de 1907, se expuso: “Nuestro trabajo es fomentar los juegos al aire libre y dar toda clase de informaciones de carreras, pero en caso alguno estimular a que se deje de trabajar por ir a jugar en días de trabajo […]. Se ha hecho constar la protesta de los padres de familia, de los patrones de industria contra el funcionamiento de un hipódromo que da impulso a las apuestas y motivo a la ociosidad y que fomenta el culto de San Lunes, que tantos adeptos cuenta ya”19. En medio de una incipiente sociedad industrial en la cual los derechos laborales eran casi inexistentes y el concepto de vacaciones se limitaba a las clases altas, la discusión sobre la entretención del proletariado constituyó un tópico reiterado de discusión en la prensa. Antes de la legalización del descanso dominical propiciado por la Ley Nº 1.990 de 1907, cuyos alcances fueron limitados para menores de 16 años y mujeres, la práctica del “San Lunes” se hizo cada vez más frecuente entre los trabajadores.

Si bien las apuestas, el alcoholismo y el ausentismo laboral eran las principales preocupaciones asociadas a la hípica, los cronistas también extendieron estas quejas hacia los propios atletas que empleaban trampas y artimañas para ganar las carreras. Informando sobre el “Premio Jackson”, un torneo de carreras en honor a la familia de dirigentes porteños celebrado durante la primera semana de 1908, El Sport y Variedades condenó los actos cometidos por los jockeys (jinetes) en el Valparaíso Sporting Club, quienes se propinaron latigazos y piedrazos entre ellos en medio de una situación que la revista catalogó como anárquica y poco caballerosa:

De esos tiempos y de esos incidentes –de aquella época en que si no se ganaba a la buena a la mala se ganaba–, no nos queda mas que un doloroso recuerdo, pues los nuevos reglamentos y los nuevos horizontes marcados al turf, están mui de acuerdo con el progreso moderno y ahora todo se desarrolla bajo un ambiente irreprochable de legalidad y corrección. Es por esto que lamentamos lo sucedido y mucho mas que eso la poquísima enerjia –nula casi– gastada por los señores comisarios para investigar a esos profesionales –que aprovechando el momento en que el público no los puede seguir– cometen incorrecciones tanto mas censurables cuanto que van montando a animales que pertenecen a jente mui seria que en caso alguno tolerarán esos vedados procedimientos20.

Con admiración por los reglamentos deportivos modernos, El Sport y Variedades calificaba la reprochable actitud de los jinetes como una manifestación de la cultura popular más antigua de Chile, diferente a la “jente mui seria”, es decir, la elite porteña, moderna y urbana de Valparaíso. A medida que las carreras hípicas fueron atrayendo más público, la prensa deportiva manifestó un profundo quiebre entre quienes respetaban las normas y quienes no. El Sport y Variedades también denunció la inadecuada infraestructura para los asistentes a espectáculos deportivos, en los cuales el público se distraía fácilmente siendo blanco fácil de delincuentes. En paralelo a los hechos de violencia en torno a las carreras hípicas, la revista informó sobre la peligrosidad de algunas pistas de carreras que podían provocar graves lesiones a los caballos, los cuales, al quedar inutilizables, eran sacrificados. Debido a los incidentes que rodearon las carreras hípicas, la Municipalidad de Valparaíso extendió una serie de prohibiciones para la práctica de deportes en sitios públicos como el Cerro Playa Ancha. Los signos tangibles de modernidad ejemplificados con la instalación de luz eléctrica y tranvías que desde 1903 corrían por las calles del puerto contrastaban con la alarma pública que generaron algunos “imprudentes ciclistas” y “atrevidos futbolistas” de pantalón corto en los parques. Aunque carecían de la masividad y transversalidad social que tendrían en años siguientes, los deportes se mantuvieron fuertemente restringidos al privilegio de unos pocos cultores en clubes privados, principalmente vinculados a la comunidad extranjera residente del puerto. No obstante, los deportes comenzaron a adquirir una gradual consideración social tanto en los medios escritos como en la institucionalidad debido a su creciente capacidad de convocatoria, así como también por ser una eventual amenaza al orden público.

Futbolistas sin cancha y el discurso de Zig-Zag

En su afán por construir una identidad alternativa a sus pares porteños, los primeros cronistas deportivos de Santiago desempeñaron un papel decisivo en la difusión del fútbol por sobre la hípica. Uno de los primeros escritores fue Luis de la Carrera (conocido por su pseudónimo “Sporting Boy”), columnista de la revista semanal Zig-Zag, fundada en 1905 por Agustín Edwards Mac-Clure. De carácter misceláneo y con un precio de $ 0,20 centavos, la revista buscaba equilibrar modas europeas con un tono nacionalista que perduró hasta su cierre en 1964. Luego de obtener su título de médico en Londres, de la Carrera fundó la Asociación de Football de Santiago en 1903 y creó la sección de deportes de El Mercurio en 1904. Sus columnas introducían las reglas del fútbol a los lectores, quienes pertenecían a sectores de la emergente burguesía capitalina que buscaba imitar las costumbres británicas de sus homólogos porteños intentando conservar una identidad propiamente santiaguina. Preocupado por la condición física de la ciudadanía, de la Carrera veía el fútbol como una actividad saludable, alentando su práctica entre todas las clases sociales. En un artículo de 1905, el cronista argumentó:

El juego de football es seguramente uno de los sports que contribuyen más poderosamente al desarrollo físico de los jóvenes. Es difícil que la más injeniosa combinación de los juegos jimnásticos reúna con más enerjía el vigoroso movimiento de todo el cuerpo, la sana pasión que domina el organismo i la salida al aire libre, que de este sport tan infiltrado hoy día en nuestro pueblo. La elipse del parque en Santiago i la hermosa esplanada de Playa Ancha, de Valparaíso, son los centros principales en que los centenares de clubs de cada ciudad, ocupan el domingo en los mas aguerridos desafíos de que hai idea. Los muchachos de todas las clases sociales se forman robustos, sanos, vigorosos de cuerpo i espíritu, en este torneo de la fuerza y de la alegría. En buena hora ha llegado a Chile la semilla de todos estos sport que crecen ahora como plantas nacionales y contribuyen a formar jeneraciones más fuertes que las actuales21.

Asegurando que el fútbol era un deporte superior a otras formas de ejercicio que comenzaban a popularizarse en grandes centros urbanos, las palabras del cronista también tienen un carácter marcadamente integrador al sugerir que el fútbol cruzaba barreras sociales y generacionales, creando un sentido colectivo dirigido a la consagración de una identidad nacional. La falta de distinciones de clase no solo se convirtió en un elemento central para defender la legitimidad del fútbol como práctica deportiva beneficiosa para el cuerpo, sino que también en una insinuación de que el fútbol podría ser un antídoto saludable frente a la lucha de clases en un contexto de alta movilización proletaria tanto en Santiago como en Valparaíso. Si bien Zig-Zag cubría una variedad de actividades recreativas de la elite capitalina y porteña, entretenciones tan diversas como el teatro, la hípica y el fútbol comenzaban a consolidarse como secciones más estables en la revista con el fin de transmitir un sentido de pertenencia nacional, así como también un carácter distintivo de identidad burguesa. Zig-Zag adhirió al emergente reformismo social, proyectando la actividad física como una preocupación más cultural que política y sin cuestionar los fundamentos del excluyente régimen oligárquico que imperaba en el país.

Mediante crónicas cortas y pequeñas ilustraciones, Zig-Zag cubría las reuniones dominicales de fútbol intentando enseñar los reglamentos deportivos. A partir de 1905, la revista incluyó anuncios comerciales de la importadora británica Diener & Company, que traía pelotas de fútbol, zapatos, camisetas, entre otros productos deportivos. A cada comprador de una pelota de fútbol se le regalaba un libro con las reglas del juego en español22. La adquisición del libro por la compra de una pelota reflejaba el deseo de Zig-Zag por difundir una “práctica racional” a partir del estricto apego al reglamento dispuesto por la Féderation Internationale de Football Association (FIFA), entidad gobernante del fútbol internacional compuesta por las asociaciones de Francia, Bélgica, Dinamarca, Holanda, España, Suecia y Suiza establecida en 190423.

De acuerdo a Zig-Zag, la mayoría de los partidos se realizaban en terrenos utilizados para competencias hípicas, no necesariamente idóneos para la práctica de otros deportes. Entre los partidos más concurridos estaban aquellos jugados anualmente entre clubes de futbolistas chilenos contra equipos compuestos por extranjeros en el Club Hípico de Santiago24. La alta convocatoria despertó inquietud entre algunos cronistas de Zig-Zag, quienes indicaron que la falta de asientos y canchas adecuadas para el fútbol podría perjudicar el espectáculo al igual que en la hípica. En una crónica del partido entre los clubes Santiago Gutenberg y Tucapel II en 1905, de la Carrera afirmó que el encuentro no logró decidirse: “…los teams empataron sin haber colocado un solo goal. Esto se debió en gran parte al mal estado de la cancha, que con las últimas lluvias se había puesto en un estado imposible. De desear sería que la ilustre Municipalidad diera facilidades a los jóvenes que se dedican a estos higiénicos ejercicios al aire libre”25. Efectivamente, ocupar los recintos hípicos de Santiago no era ideal para la práctica del fútbol debido a los daños ocasionados por las herraduras del caballo y las violentas trifulcas entre jinetes, apostadores y policías.

Aunque las reformas urbanísticas implementadas por el intendente Benjamín Vicuña Mackenna entre 1872 y 1875 cambiaron la fisonomía de Santiago al incrementar la cantidad de parques públicos y plazas recreativas, estos espacios se hacían cada vez más difíciles de utilizar26. Entre los terrenos disponibles para la práctica dominical del fútbol se encontraban el Parque Cousiño y la Quinta Normal, los cuales, según indicó Zig-Zag a mediados de 1905, “se ven concurridísimos por centenares de jóvenes de toda condición social que se dedican con verdadero ahínco al popular juego”27. Además, la utilización del Parque Cousiño estaba limitada debido a que las tropas militares ocupaban la elipse para sus propios entrenamientos. A fines de 1905, Zig-Zag fustigó la ceguera de las autoridades: “Y así se ha visto en cortísimo tiempo crecer de tal manera el número de clubs atléticos, que ya hacen de todo punto estrechos los campos actuales de ejercicios, imponiéndose como una necesidad que no dejará de pesar en el ánimo de los ediles, la conveniencia de aumentar su cantidad y ensanchar su superficie”28. Zig-Zag insistió en la necesidad de habilitar más terrenos para la práctica futbolística asumiendo una posición más frontal hacia las autoridades. Frente al creciente número de deportistas que no contaban con un recinto adecuado o no pertenecían a un club privado, Zig-Zag sostuvo en 1909: “las autoridades se muestran impasibles y nada hacen por aprovechar este movimiento operado a favor de los juegos”29. Para la revista, la calidad de campos deportivos no cumplía con el creciente número de cultores capitalinos. Por medio de extensas columnas y caricaturas satíricas, Zig-Zag buscó alertar sobre la necesidad de contar con más terrenos e infraestructura para la práctica deportiva. Inclusive, Zig-Zag criticó la hostilidad de las autoridades contra quienes intentaban utilizar improvisadas canchas de fútbol en terrenos no habilitados (Figura 1.2).


Figura 1.2: “Por falta de terreno para el sport”, Zig-Zag, Santiago, 08/05/1909, 38. Biblioteca Nacional de Chile. Patrimonio cultural común.

Publicada el 8 de mayo de 1909, la ilustración del dibujante Emilio Álvarez representó la posibilidad de que los futbolistas podían ser detenidos por la policía al intentar jugar fútbol. No solo su presencia en parques y plazas públicas significaba una alteración al orden urbano que querían imponer las autoridades, sino que también vestir ropas ligeras y exhibir las pantorrillas en la vía pública constituían un delito a la moral y las buenas costumbres. El ficticio diálogo entre ambas partes contiene una ácida crítica a la intransigencia de las autoridades, así como también al atrevimiento social de los futbolistas: El paco. “–¿Qué andan haciendo por aquí?” / El sportman. “–Buscando cancha para jugar a la pelota”. / El paco. “–¡A la comisaría! Niñitos grandes y luciendo las pantorrillas en la vía pública”. La caricatura se mofa de la edad avanzada de los jugadores al describirlos como “niñitos grandes” así como también del “paco” que los detiene sobre los adoquines frente a un vendedor descalzo que presencia los hechos. Tanto el diálogo como la imagen simbolizan las dificultades de los primeros futbolistas aficionados por configurarse como sujetos del espacio público. Pese a las restricciones y hostilidad policial hacia los primeros entusiastas, Zig-Zag dedicó la mayor parte de su sección deportiva a celebrar las cualidades higiénicas y morales del fútbol a través de similares caricaturas o escuetas notas periodísticas sobre reuniones dominicales en Valparaíso y Santiago.

Pese a la falta de terrenos disponibles y a las posibles sanciones a las que se exponían sus cultores en la vía pública, el fútbol comenzó a sumar adeptos de manera acelerada, relegando otras prácticas deportivas a los márgenes del entretenimiento popular. Además del problema de las canchas y recintos adecuados, la administración del fútbol era liderada por personas ligadas a partidos políticos, por lo tanto, debía abrirse a dirigentes imparciales que hicieran cumplir los estatutos deportivos. De acuerdo a una opinión en Zig-Zag de 1909: “En la dirección de cualquier rama del sport no debe de existir la política, pues los cambullones [tramposos] y las malas componendas son el peor enemigo del sport. No olvidemos que uno de los fines más importantes de los juegos esportivos es la formación del carácter y el respeto a las reglas del juego, pues el que no respeta las leyes del juego, no sabrá después respetar las leyes del Estado”30. Las palabras de Zig-Zag advertían sobre la importancia del deporte para la obediencia de las normas, especialmente luego de las sucesivas negativas gubernamentales para ceder terrenos de juego. Pero Zig-Zag también criticó a jugadores que insultaban a los árbitros o que se presentaban borrachos a un encuentro deportivo. Según el criterio de los cronistas de la revista, “en todos estos casos creemos que no es suficiente una reprensión al jugador, sino que debe ser inmediatamente borrado de los registros, sin que se le admita en ninguna Asociación”31. Para asegurar un buen comportamiento, la revista consideró que los clubes inscritos jugarían siguiendo las reglas de la Football Association británica, más estricta que la FIFA en asuntos de moralidad deportiva32.

Las primeras mujeres deportistas

Las crónicas de Zig-Zag no excluyeron a las primeras chilenas interesadas en participar en actividades deportivas. Aunque incluidas en el paisaje social que rodeaba el fútbol, las pocas menciones a mujeres de clase alta aludían a su presencia como curiosas espectadoras y menos frecuentemente como participantes activas y entusiastas en el deporte. En un gesto inédito y vanguardista para la prensa de la época, Zig-Zag publicó dos fotografías de equipos de fútbol formados exclusivamente por mujeres en 1909: Team Santiago y Team Talca, ambos pertenecientes a la Escuela Normal de Talca (Figura 1.3).


Figura 1.3: “Foot-ball Femenino…”, Zig-Zag, Santiago, 05/06/1909, 15.

Biblioteca Nacional de Chile. Patrimonio cultural común.

En ambas fotografías, las jóvenes futbolistas posan frente a la cámara uniformadas, sentadas y de pie, con rostros desafiantes y en control del balón. Inclusive, se visualiza un inflador (en la primera foto sobre la mesa junto al balón y en la segunda sostenido por la futbolista sentada al centro) implicando que las deportistas retratadas tenían conocimiento técnico de los implementos deportivos. De acuerdo al cronista encargado de comentar las fotos:

NUNCA se nos hubiera ocurrido que pudiera existir en Chile un club de foot-ball formado por jóvenes pertenecientes al sexo débil y bello. Si las fotografías no mienten, he aquí dos gallardos teams formados por un grupo de beldades bastante atrayente. Las mujeres se adiestran para robar a los hombres todos sus campos, hasta los de foot-ball… y, a decir verdad, que en este terreno serán invencibles, porque, ¿quién será el valiente que se atreva a luchar contra estos grupos de gracias?33.

Contradiciendo el carácter “delicado” y “bello” del comentario escrito, ambas fotografías se oponen al paternalismo del cronista, quien, sorprendido por la conformación de clubes femeninos, demuestra ansiedad ante la participación de mujeres en reductos tradicionalmente concebidos como masculinos. Aunque Zig-Zag no cubría consistentemente partidos de fútbol femenino al no existir una liga organizada, la publicación de estas fotografías ofrecía una visión progresista al incluir a las mujeres como atletas protagonistas y no como espectadoras pasivas que buscaban legitimarse dentro del espacio público. Este tipo de fotografías, aunque publicadas con escasa regularidad y sin ofrecer mayores detalles sobre el contexto de producción de las mismas, omitían los nombres de las deportistas. Como plantea la historiadora australiana Fiona Kinsey, el retrato fotográfico de mujeres atletas simboliza una identidad propiamente moderna que mostraba a las mujeres como libres, independientes y capaces de utilizar nuevas tecnologías puestas al servicio del deporte34.

Si bien la presencia de mujeres futbolistas constituía una excepción en las páginas de Zig-Zag, las descripciones sobre atletas abundaron en crónicas sobre golf y tenis, los dos deportes más promocionados como “femeninos” a principios del siglo XX. En julio de 1905, de la Carrera sostuvo que el Valparaíso Golf Club, fundado en Viña del Mar en 1899, “ha sabido congregar a los más distinguidos sportsmen y sportswomen, cuyo número, en un principio de veinte llega hoy a más de ciento cincuenta […]. Es en verdad, un entusiasmo loco el que ha despertado el simpático y atrayente golf, el sport de las damas y de la high life”35. Similarmente, destacando las virtudes refinadas del tenis, de la Carrera afirmó: “es el juego más fino y más hermoso, cultivado con entusiasmo por la aristocracia y principalmente por las damas […]. La señorita de hoy día, educada en los principios de la vida moderna, puede darse cuenta cabal de las necesidades reales de la vida y le es permitido tomar parte activa en las hermosas entretenciones al aire libre”36. Según de la Carrera, el tenis era una entretención sofisticada e innovadora para enfrentar las dificultades de la vida moderna, que “exige seguridad, gracia y agilidad y no tiene ninguna de las brutalidades de los otros sports”37. Junto con las menciones sobre golf y tenis basadas en principios sociales y estéticos, Zig-Zag publicaba noticias sobre las últimas tendencias deportivas de Europa, incluyendo la práctica del diábolo, “un juego eminentemente aristocrático [que] nació en las cortes y de la realeza se propagó luego a la turbamulta de niñas y jóvenes aristocráticos. El nuevo sport tiene la inapreciable ventaja de ser aun apropiado para las niñas pues no necesita hacer prodigios de fuerza y agilidad”38. Para Zig-Zag, las razones de esta apertura social en que las mujeres participaban en los nuevos deportes se debían a lo “adecuado” que resultaban el golf, el tenis y el diábolo para la construcción de una feminidad refinada y delicada. Más importante aún, estos deportes no solo ofrecían un resguardo moral y físico del cuerpo femenino al ser prácticas que no requerían contacto entre oponentes, sino que también, ofrecían una custodia social hacia las mujeres aristocráticas que se aventuraban a practicar deportes sin cruzar barreras de clase.

Aunque el tenis fue uno de los primeros deportes introducidos por ciudadanos británicos en Valparaíso cerca de 1882, el deporte con raqueta no logró capturar la atención de públicos masivos más allá de una decena de familias pudientes, en su mayoría británicos residentes del puerto o chilenos de ascendencia europea. Como evento deportivo, el tenis constituyó una forma de sociabilidad asociada a la clase dirigente del país dominada por sectores oligárquicos y familias en la cúspide de la pirámide social chilena39. De este modo, el tenis emergió como una instancia de incorporación de nuevos elementos a los círculos de la elite chilena, la cual, en palabras de Manuel Vicuña, “rápidamente comprendió que para conservar el poder debía establecer nuevas redes y ampliar alianzas con sectores de la ascendentes burguesía mediante matrimonios, éxito económico y notoriedad en el plano cultural”40. En vista de la gradual declinación del salón y las tertulias como espacios de sociabilidad oligárquica, la clase dirigente buscó diversificar plataformas más amplias para reformular el universo social establecido. Los deportes progresivamente fueron ganando terreno a los tradicionales paseos al atardecer en carruaje y la concurrencia a bailes de alta sociedad al alcanzar la mayoría de edad. En torno al tenis, los socios reforzaron su identidad de grupo extranjero usando reglamentos escritos en inglés e identificándose así mismos como clubes exclusivos de caballeros o gentlemen pese a la incorporación de mujeres en este deporte. Importante fue el desarrollo que adquirió el tenis en el balneario de Zapallar, donde vecinos adinerados construyeron canchas en sus casas para organizar campeonatos de verano a los cuales acudían las mejores raquetas de Valparaíso, así como también algunas figuras políticas como el presidente Juan Luis Sanfuentes (1915-1920)41.

Asegurando que el tenis y el golf generaban un impacto estético en el cuerpo femenino, Zig-Zag desalentó ejercicios bruscos que condujesen al exceso de musculatura y a una eventual “masculinización” de la mujer chilena. Así, la revista fomentó deportes que ayudaran a mejorar la flexibilidad corporal. En una columna de 1911, Óscar García denunció la asimetría entre hombres y mujeres en el deporte: “El movimiento sportivo egoísta de estos últimos años en Chile ha olvidado completamente a la mujer y mientras el hombre corre a los campos de football, ciclismo, tiro, etc., ella queda en su hogar inactiva, vegetando en una estrechez que carece de aire, de sol y de vida”42. Para los ojos reformistas de Zig-Zag, el ciclismo, junto con el golf y el tenis, constituía un mecanismo de embellecimiento físico que debía ser fomentado entre las jóvenes para salir de la inactividad hogareña, considerada como un remanente colonial impropio para los tiempos modernos.

Virilidad y moralización proletaria

Inspirados por el discurso modernista de Zig-Zag, una nueva generación de columnistas fundó las primeras revistas netamente deportivas de Santiago. El Sportman apareció desde el domingo 28 de abril hasta el 16 de junio de 1907. Sus propietarios, Ramón Zorrilla y Baldomero Loyola, fueron también sus más destacados columnistas y el financiamiento de la revista dependía de auspiciadores locales relacionados a productos deportivos, incluyendo la importadora Diener & Company de Valparaíso y el Emporio Inglés de John Ramsey, uno de los precursores del fútbol capitalino y Tesorero de la Asociación de Football de Santiago.

El Sportman editó ocho números con información mayoritariamente sobre fútbol. A diferencia de El Sport Ilustrado, el cual celebraba la exclusividad social de la hípica, El Sportman elaboró una intensa campaña para difundir el fútbol entre las clases trabajadoras. Con un accesible precio de $ 0,10 centavos por número y una suscripción de $ 1 peso por trimestre, El Sportman buscó atraer un público proletario que quería comenzar a practicar deportes y no consumía revistas ilustradas debido a su alto precio. Si bien la revista tuvo una corta duración, sus columnas evidencian la activa presencia obrera en las múltiples asociaciones deportivas de Santiago. Los editores de El Sportman eran figuras conocidas en el mundo del deporte y en diversas imprentas: por un lado, Zorrilla era dueño de la Imprenta Aurora, encargada de distribuir folletos sindicales y tarjetas para canje de alimentos; por otra parte, Loyola, era el fundador de la primera Asociación Obrera de Football en Santiago, establecida en 1903 para diferenciarse de los clubes más pudientes de la capital, en particular la Asociación de Football de Santiago fundada por de la Carrera.

Al afirmar que los trabajadores podían organizar sus propios clubes, El Sportman recurría constantemente a códigos morales como la solidaridad de clase y a la dignidad de los equipos obreros como valores fundamentales de una sociedad democrática. Al igual que sus pares en Zig-Zag, Loyola también consideraba al fútbol como una actividad útil para controlar a la población masculina, extenuada por las obligaciones laborales que conllevaba la industrialización. En 1907, argumentó que era necesario establecer una federación centralizada del deporte:

Con el fin de que esa multitud de instituciones formadas por los más robustos i entusiastas ciudadanos de esta ya mui dejenerada raza, que en otros tiempos fue el orgullo para nuestros padres y la defensa de nuestro territorio, puedan recuperar sus fuerzas, hoy agotadas por vicios dejeneradores i entretenciones malsanas […]. A nuestros obreros, a ellos que gastan sus fuerzas morales en el taller, deben practicar el football, a fin de que robustecen sus pulmones ya debilitados por el rudo i constante trabajo de seis días. En una palabra, este sport tan sano como hijiénico, se presta maravillosamente a la juventud obrera, empleados i estudiantes; todos deben practicarlo de preferencia; pues no demanda muchos gastos al sportman, i en cambio reporta grandes beneficios a su salud i a su patria43.

Las palabras de Loyola apuntaban a corregir conductas sociales de la población masculina, vista como más susceptible de sucumbir ante el alcoholismo y la prostitución. Mezclando comentarios entusiastas sobre los beneficios higiénicos del deporte y la rectificación moral de los ciudadanos, particularmente obreros y estudiantes, Loyola sostenía que el fútbol debía ser el deporte preferido por las nuevas generaciones debido a la simplicidad de sus reglas, su falta de equipamiento y la menor probabilidad de lesiones graves en comparación con otros deportes como el rugby o el boxeo. Efectivamente, el fútbol era más barato y seguro para muchos trabajadores que no estaban dispuestos a perder un día de salario, así como también resultaba más fácil de organizar en escuelas y fábricas. Consciente de estos aspectos prácticos, El Sportman buscaba concientizar a jugadores y espectadores para educarlos en base al respeto por el deporte manteniendo un buen comportamiento durante las reuniones futbolísticas. En algunas de sus columnas, Loyola criticaba a espectadores que silbaban contra equipos rivales o cuestionaban vehementemente las decisiones arbitrales. Para el columnista, estas expresiones debían ser intolerables ya que connotaban inaceptables signos de anarquía y desorden44.

Por medio de retratos que replicaban el formato empleado por El Sport Ilustrado, las primeras planas de El Sportman buscaban proyectar modelos de masculinidad adecuados: dirigentes honrados, atletas sobrios y caballerosos que buscasen difundir los deportes entre las clases trabajadoras. En la portada del 4 de mayo de 1907, la revista dedicó unas palabras a Exequiel Reyes, presidente de la Asociación Obrera de Football, destacando su labor en el club Barcelona de Santiago, formado por obreros tipográficos de la Imprenta Barcelona45. Algunos de estos dirigentes se suscribieron a la revista para recibir sus números en la sede social de cada club y redistribuirlos entre sus operarios. El Sportman publicó una carta del dirigente Aurelio Landauro, secretario de la Asociación Obrera de Football, felicitando a los editores por “llenar un vacío que se dejaba sentir” con una lista de nuevos suscriptores pertenecientes al club Ñuñoa Atlético46. En otra portada de El Sportman, Landauro fue descrito como una de las personalidades más prestigiosas entre la colectividad deportiva obrera: “Desempeñando el puesto de presidente con tino i sangre fría ha sabido calmar las nerviosidades [sic] que se producen entre esa juventud que reboza en entusiasmo i que despliega su labor en beneficio de su salud i en ejemplo de nuestro pueblo, entregado en brazos de vicios degradantes”47. El Sportman retrató a Reyes y Landauro como verdaderos modelos de respetabilidad masculina en la batalla social de las agrupaciones proletarias por la abstinencia.

Aunque la cobertura deportiva de El Sportman carecía de la riqueza retórica de Zig-Zag, Loyola intentaba demostrar que las asociaciones deportivas eran tan útiles para el disciplinamiento de la comunidad como lo eran las escuelas. En una disputa entre dos clubes de la Asociación de Football de Santiago de 1907, Loyola celebró la sanción impuesta sobre un jugador del club Excelsior II por haber manifestado deseos de retirarse de la cancha antes de terminar el match contra el club Eleuterio Ramírez. Para Loyola, “esto debe considerarse como una falta grave i poco respeto al club con el cual se está jugando”48. Loyola también criticó algunos dictámenes que a su entender resultaban injustos. A su parecer, la amonestación del jugador Leiva (arquero de Magallanes) por uso indebido de los puños no reflejaba lo acontecido en el partido ya que no se habían sancionado a los culpables de la provocación. En su reflexión, Loyola se preguntó:

¿Por qué se toma ese temperamento tan serio i crítico con Leiva? Verdad, bien pudo no haber empleado sus manos i haber defendido perfectamente su goal sin necesidad de golpear a nadie. Leiva empleó del valor de sus manos para hacerse respetar, ¿i por qué no se castiga a otros que abusan de la contestura [sic] de su cuerpo para aplastar a los más débiles i raquíticos? […]. Tampoco es justo que el señor Barriga se dedique a dar recios estrellones a sus competidores, abusando de ser fuerte i capaz de hacer rodar por el suelo a los más débiles que él49.

Con una embrionaria noción de justicia deportiva, Loyola interpeló a los árbitros para corregir su criterio sancionatorio durante los encuentros futbolísticos. En estos comentarios, la fuerza física no reflejaba expresiones de masculinidad proletaria, como sí lo hacían, el respeto a las reglas deportivas y el juego limpio. Criticando a los jugadores individualistas o excesivamente violentos, el cronista resaltó una concepción de masculinidad que acentuaba la disciplina, el compañerismo y el trabajo en equipo. Inclusive, el mismo Loyola apareció retratado como epítome de la seriedad del deporte obrero en El Sportman, vistiendo corbata, usando pelo engominado y pronunciado bigote similar al de los dirigentes burgueses de la hípica (Figura 1.4).

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9789563572964
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