Kitabı oku: «Consejería de la persona: Restaurar desde la comunidad cristiana»
| EDITORIAL CLIE C/Ferrocarril 8 08232 VILADECAVALLS (Barcelona) ESPAÑA E-mail: libros@clie.es http://www.clie.es | © Pedro Álamo Carrasco «Culquier forma de reproducción, distrinución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos. www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra» © Editorial CLIE |
| CONSEJERÍA DE LA PERSONA Restaurar desde la comunidad cristiana ISBN: 978-84-8267-693-7 Clasifíquese: 0450 - CONSEJERÍA PASTORAL CTC: 01-05-0450-27 Referencia: 224752 | |
A nuestro Dios,
Restaurador de todas las cosas.
“Si te convirtieres, yo te restauraré,
Y delante de mí estarás” (Jer 15.19).
CAPÍTULO 1
Introducción
No es fácil hablar de restauración debido a nuestras propias limitaciones personales, a que tenemos experiencias de fracaso, visiones parciales de la vida, obstáculos psicológicos que nos impiden comprender la verdadera dimensión de lo que Dios es capaz de hacer en medio de su pueblo.
Podemos conocer muchas teorías; incluso, intentar aplicarlas. Pero, al tratarse de personas, nos damos cuenta de que no hay una constante universal aplicable a todos los seres
humanos.
Cada uno de nosotros es único, tiene un bagaje, un trasfondo, unos condicionantes particulares, tanto familiares como personales y sociales que nos predisponen para pensar y actuar de formas radicalmente distintas a como lo harían otros e, incluso, a como lo haríamos nosotros mismos en otras circunstancias y momentos de la vida.
Dicho de otra forma, lo personal (físico, mental y espiritual) y lo social (ya sea la familia u otras personas con las que nos relacionamos) se afectan mutuamente estableciendo unas coordenadas que configurarán las respuestas que damos frente a las presiones a que nos vemos sometidos. Cambiando uno de esos parámetros (estado de ánimo, circunstancias familiares o laborales, enfermedad física...), puede verse afectada toda la cadena de respuestas que somos capaces de dar y esto se produce de manera inconsciente.
Para ilustrarlo de alguna forma, en la industria gráfica moderna, la impresión digital trabaja a partir de cuatro colores (CMYK); si queremos conseguir un color plano, como por ejemplo, el naranja, siempre tenemos que hacerlo a partir de la mezcla de los cuatro colores y cualquier variación en uno de ellos, aunque sea leve, afecta al resultado final. De la misma manera, la personalidad de un individuo se forma a partir de un gran número de parámetros y cualquier variación en uno de ellos afecta al resultado final; por eso todos somos tan diferentes, incluso dentro de una misma familia.
Por ello, será necesario recurrir a la Palabra de Dios para vislumbrar lo que el Creador nos propone tratando de no desvirtuar su legado.
Ahora bien, nadie que se atreva a hablar de restauración puede hacerlo desde una actitud prepotente, como si nunca hubiera descendido a las puertas del infierno. Solo se puede hablar de restauración desde la experiencia de pecado, con la conciencia alerta para no olvidar lo que todos nosotros somos: pecadores en proceso de restauración por la gracia de Dios. En este sentido, merecería la pena recordar las veces que hemos caído y qué proceso hemos seguido para volvernos a levantar y caminar con dignidad, como hijos de Dios.
Por ejemplo, ¿qué posibilitó que David, en cuyos salmos nos deleitamos, fuera restaurado por el Señor y continuara reinando después de haber adulterado, mentido y asesinado a uno de sus leales súbditos? ¿Cómo pudo Pedro escribir las cartas del Nuevo Testamento que llevan su nombre después de haber negado a Jesús y fuera señalado por Pablo como un hipócrita diciendo que era digno de condenar?
Israel vivió experiencias amargas en el desierto después de ser liberado de Egipto. Dios tuvo que batallar con un pueblo duro de cerviz. El desierto se convirtió en una experiencia vital para el pueblo de Dios, donde aprendió quién era el Señor y qué esperaba de los suyos. Allí, en el desierto, el alma podía ser muy fértil y el espíritu se mantenía despierto, expectante, para contemplar la gloria de Dios guiando a su pueblo hacia el reposo prometido.
Así las cosas, desierto y tierra prometida no se pueden separar, como tampoco se puede entender la liberación sin la esclavitud... De igual manera, ¿cómo podremos concebir la restauración sin la caída?
¡Si la Iglesia fuera capaz de comprender la verdadera dimensión de la restauración cristiana! Si la Iglesia tomara conciencia de que no está para juzgar a los demás, sino para ejercer misericordia, la restauración sería posible. La humildad es la mejor compañera de la restauración ya que, a partir de ahí, nos acercamos al otro con la actitud correcta, dispuestos a socorrerle en momentos de debilidad, incluso de rebeldía y, por qué no, de pecado.
Ahora bien, ¿quién ha de ser restaurado? ¿Quién ha de restaurar? ¿Qué procesos podemos establecer? ¿Hay principios activos en la Escritura que nos puedan orientar hacia este ministerio tan olvidado? ¿Qué síntomas nos permiten atisbar posibilidades de recuperación espiritual? ¿Qué impide la restauración eficaz?
Fijémonos que estamos hablando de la restauración de las personas, no de las cosas. Esto significa que entran en juego un sinfín de elementos que, en ocasiones, son difíciles de controlar. Además, presuponemos que puede haber avances y retrocesos en ese proceso de rehabilitación en el que todos estamos involucrados y que los errores que podamos cometer pueden dejar una huella muy penetrante en nuestra memoria personal y colectiva.
¡Cuántas personas se han distanciado de la Iglesia por haberse aplicado un procedimiento equivocado, una medicina incorrecta! Por supuesto, no estamos dudando de la buena intención de los miembros de la iglesia y de los pastores; pero, cuando alguien abandona, hemos de preguntarnos: ¿habremos hecho algo mal?, ¿podríamos haber actuado de otra forma?, ¿hemos sido lo suficientemente flexibles en esta situación?, ¿hemos tenido la paciencia necesaria y adecuada?, ¿hemos evidenciado el amor suficiente?...
En estos momentos, solo puedo acordarme de los años en que yo mismo desarrollé pautas y procesos equivocados en el ministerio pastoral que condujeron a resultados negativos en la restauración de algunas personas. La inexperiencia, la ignorancia, la falta de humildad, las presiones religiosas, los prejuicios... ¡Cuántas veces he lamentado esto! Pero aun así, nos ha de consolar pensar que, allí donde nosotros no lleguemos, allí donde nosotros nos equivoquemos, estará la buena mano de nuestro Dios que es capaz de arreglar lo que hemos estropeado. No obstante, sabedores de nuestras limitaciones, hemos de esforzarnos en poner todo el esmero y diligencia para servir a los demás con la mayor eficacia, con el mejor de los cuidados, no sea que cometamos un error y sea casi irreparable.
Pensemos en la vulnerabilidad de un enfermo. Depende enteramente de lo que el médico le indique. Un error en el diagnóstico, o en la medicación o en el proceso de recuperación, puede ser dramático. Aquí no caben improvisaciones; los descuidos se pagan muy caros.
Lo mismo ocurre en la vida espiritual. La negligencia puede acarrear grandes pérdidas personales y eclesiales. Por ello, vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio, al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor.[1]
[1] 2 Pedro 1.5-7.
CAPÍTULO 2
¿Qué es la restauración espiritual?
Preliminares
La palabra restauración viene del latín restaurare, y significa reparar, renovar o volver a poner una cosa en aquel estado o estimación que antes tenía;[1] incluso tiene la acepción de recuperar.
En este sentido, podemos ya plantear que la restauración tiene que ver con una situación previa que existía y que ha sido modificada o cambiada. Lo que no incluye, a priori, esta definición es que el estado previo era mejor que el actual. Pongamos, por ejemplo, la restauración de una pintura de Velázquez que se ha deteriorado con el paso del tiempo, el grado de humedad que hay en el museo, la temperatura, las fotografías que se han realizado con luz artificial, la iluminación indebida, el polvo... La acción de restaurar tiene que ver con recuperar la belleza anterior de que disfrutaba ese lienzo. Lo mismo podríamos decir de un fresco de Miguel Ángel o una escultura de la época romana.
Esto nos permite hablar de un proceso que podríamos representar de forma esquemática de la siguiente manera:
Situación inicial → Deterioro → Situación final
Aun así, el diagrama no estaría completo si no incorporamos los procesos intermedios que han dado lugar al cambio de situación. Por ejemplo, los agentes que han provocado la variación de la situación inicial y que han generado un deterioro y, también, los agentes que han permitido el cambio desde la situación de deterioro hasta la de restauración.
Así, podríamos completar nuestro esquema de la siguiente forma:

Identificar la situación inicial, la intermedia (deterioro) y la situación final no es demasiado difícil; lo más complicado está en determinar cuáles han sido los agentes que han provocado los cambios, tanto hacia el deterioro como hacia la restauración, ya que intervienen muchos factores, tanto internos como externos.
Todavía hay una cosa más en nuestro esquema. Podríamos preguntarnos si la situación final es igual a la inicial; es decir, una vez desarrollados los agentes que provocan el cambio de la situación de deterioro a la de restauración, el estado final es igual o es solo similar al inicial.
Si se trata de un objeto, es posible que, externamente, no podamos apreciar la diferencia y nos parezca que ha quedado igual. No obstante, si preguntamos a un experto, nos dirá que hay diferencias sustanciales que requerirán cuidados especiales. Por ejemplo, volviendo a la restauración de una obra de arte, los recursos con los que actualmente cuentan los especialistas para desarrollar su trabajo son extraordinarios, pero se ha producido un cambio que ha afectado para siempre a dicha obra. Su esencia no será la misma.
Cuando hablamos de la restauración de una persona, los análisis son todavía más complicados porque los factores que entran en juego son muy variados. Pongamos un ejemplo. La vida de una persona puede verse truncada por experiencias traumáticas que desemboquen en el refugio del alcohol. No vamos a discutir aquí los procesos intermedios que inducen a la persona a beber, ya que no es motivo de este estudio. Nos basta con recordar que el alcohol es uno de los más potentes ansiolíticos con los que contamos en nuestros días y es de consumo libre.
La persona de nuestro ejemplo se refugia en el alcohol y, en un momento determinado, se produce el salto que le impide desarrollar su vida cotidiana sin el consumo necesario de la droga. Su dependencia es cada vez mayor y su deterioro también. He conocido personas muy respetables, y les he oído compartir su experiencia de alcoholismo; realmente dramático. Antes de tocar fondo, habían destrozado sus relaciones familiares, laborales, sociales; su habilidad para la mentira era compulsiva, casi instintiva. Buscaban botellas en los
contenedores de basura deseando encontrar unas gotas que aliviaran su dolor...
Después, se han convertido en personas que están en proceso de rehabilitación, pero son conscientes de que, en su organismo, se ha producido un cambio y que es irreparable. Se han reconocido como enfermos alcohólicos y tendrán siempre ese estigma.[2]

Los cambios producidos en el cerebro de un enfermo alcohólico son permanentes. Puede desarrollar una vida totalmente normal mientras no consuma ni una sola gota de alcohol. Ese será su signo de identidad a partir del momento de la rehabilitación.[3]
¿Qué quiero decir con todo esto? Varias cosas:
En segundo lugar, cada persona es diferente. Por ejemplo, el alcohol afecta de manera diferente a cada individuo; unos terminan en alcoholismo y otros no.
En tercer lugar, los agentes de cambio negativos son innumerables, difíciles de conocer y detectar. Ahora podemos intuir algunos de ellos, pero son diferentes en cada persona.
En cuarto lugar, el estado final de la persona es diferente al estado inicial.
Restauración espiritual: generalidades
Hasta aquí, hemos planteado algunos conceptos de la restauración general de la persona, pero no hemos entrado a discutir, todavía, la restauración espiritual, que tiene unos paralelismos muy significativos con la recuperación física, pero no es exactamente igual, como veremos.
Cuando hablamos de restauración espiritual, incorporamos un nuevo componente que va más allá de las leyes físicas. Estamos hablando de una nueva dimensión que trasciende lo que somos capaces de ver y analizar en nuestro mundo material. Revisemos una vez más nuestro esquema matizado con componentes espirituales:

La persona es criatura de Dios. Esto es lo que podemos leer en Génesis 1-2. Además, la Escritura nos dice que vio Dios que era bueno en gran manera (Gn 1.31). Por añadidura, el texto bíblico nos permite identificar una diferenciación entre todo lo demás que fue creado y el ser humano. Precisamente esa diferenciación tiene que ver con la imagen y semejanza: creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó (Gn 1.27). Además, tiene una posición de preeminencia sobre todo lo demás que ha sido creado, posición que fue identificada tanto para el varón como para la mujer, pues se les dijo a ambos que señoreasen sobre la tierra
(Gn 1.28).
Ahora bien, Génesis 3 nos habla de la caída. No entraremos a ver los mecanismos que produjeron el cambio sustancial que afectó a toda la creación. Basta recordar que las consecuencias fueron dramáticas: la unidad que debía existir entre el ser humano y Dios quedó afectada; los desequilibrios que aparecieron en la persona fueron manifiestos; el distanciamiento que se produjo entre el varón y la mujer quedó patente; y la tensión que se generó entre el ser humano y la creación fue evidente. Todo quedó afectado por el pecado.
El siguiente diagrama nos indica los diferentes tipos de problemas que afectan al ser humano: espirituales, psicológicos, sociológicos y ecológicos. Además, propone el camino para salvar al hombre de su angustia existencial: la vuelta a Dios, la conversión, el arrepentimiento. Veámoslo gráficamente:[4]

A partir de ahí, el hombre nace a una nueva existencia. Aquí no se trata de restauración, sino de nueva vida. La Escritura nos dice que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas (2 Cor 5.17).
Este texto introduce la diferenciación que señalábamos anteriormente al hablar de los procesos de restauración físicos y los espirituales. Mientras que lo físico genera un estado diferente al inicial (por lo general, inferior), lo espiritual genera un estado nuevo (por lo tanto, superior). No es tanto renovación o restauración, sino transformación.
Cuando Dios salva a una persona de su estado de condenación, la hace nacer de nuevo a una nueva vida; se convierte en una nueva criatura. No es una reparación, es una nueva creación. Esto tiene unas connotaciones extraordinarias. No obstante, seguimos viendo debilidades, tropiezos, retrocesos..., en nuestra propia existencia como creyentes. ¿Por qué?
Me atrevería a decir que, aunque somos una nueva creación, existe un proceso de rehabilitación que va en progreso hasta llegar a su punto culminante en la Venida del Señor Jesucristo. Entonces se producirá el cambio definitivo, permanente, eterno. Dejaremos las limitaciones de esta existencia y nos abriremos a la eternidad. El apóstol Pablo apuntaba hacia esto cuando escribió: para que sean afirmados vuestros corazones, irreprensibles en santidad delante de Dios nuestro Padre, en la venida de nuestro Señor Jesucristo (1 Ts 3.13). Notemos que se relaciona irreprensible con la Venida.
Más adelante añade: Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para (literalmente en) la venida de nuestro Señor Jesucristo (1 Ts 5.23). Resaltemos, una vez más, que se identifica la santificación completa y lo irreprensible con la Venida (
) de Jesucristo.
Mientras tanto, vamos experimentando la restauración progresiva, el proceso de rehabilitación que nos permite introducirnos a una nueva vida no exenta de obstáculos y limitaciones. Recuperemos el texto de 2 Corintios 5.17: todas las cosas son hechas nuevas (
). El verbo
es un perfecto de indicativo del verbo
que significa llegar a ser. El tiempo perfecto de indicativo expresa el resultado de una acción acabada, por lo que, muchas veces, puede ser traducido por un presente.[5]
Esto significa que todas las cosas ya son hechas nuevas. Ha habido un proceso, pero ya ha sido finalizado.
También Bruno Corsani y otros indican que el perfecto expresa una acción realizada en el pasado cuyos efectos duran todavía en el presente.[6]
No obstante, reiteramos que nuestra experiencia cotidiana nos indica que no todas las cosas han sido hechas nuevas aquí y ahora. Me da la impresión de que el apóstol nos está situando en otra dimensión; en Cristo somos una nueva creación. En realidad, ahora estamos en el proceso de que las cosas sean hechas nuevas, pero cuando venga el Mesías, todo será completado. Ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es (1 Jn 3.2).
Por otro lado, el texto dice que todas las cosas son hechas nuevas (
), que significa nuevo no desde el punto de vista temporal (
), sino cualitativo, de diferente naturaleza.[7] Los LXX traducen con
el hebreo hädäsh, para indicar aquello que es nuevo y que antes no existía. Para la reflexión que nos ocupa, este término en la Septuaginta es interesante por el sentido escatológico de los profetas que anuncian una nueva intervención salvadora de Dios para el futuro a través de una nueva alianza (Jer 31).[8]
Esto concuerda con el planteamiento que hacíamos más arriba; en Cristo se inaugura una nueva era, un nuevo amanecer, una nueva humanidad, un nuevo modo de vivir, una nueva forma de ser, una nueva manera de sentir..., que culminará con su Venida en poder y gloria.
Recuperando el ejemplo de un enfermo alcohólico. Cuando conoce el evangelio, su vida se verá transformada a una nueva existencia, pero los efectos de su enfermedad continuarán hasta la Venida del Señor. Todas las cosas son hechas nuevas. Ahora está en proceso de rehabilitación, pero cuando venga el Salvador, será semejante a él, ya no estará sujeto a padecimiento, sino que la liberación operará en todas las dimensiones de la vida.
Restauración espiritual: particularidades
Hasta aquí hemos estado planteando el tema de la restauración de una persona en términos generales para que pueda pasar de la condenación a la salvación eterna. Ahora bien, ¿los mismos principios y procesos se aplican al creyente en su existencia cotidiana? Es decir, ahora que somos una nueva creación, ¿cómo se restaura cuando hay tropiezos?
El pueblo de Israel tuvo que ser continuamente amonestado para volverse a Dios. Los profetas desarrollaron este ministerio de confrontación con el pueblo. Solo tenemos que repasar el libro del profeta Jeremías o los profetas menores para detectar el trabajo incansable de los siervos de Dios. El devenir de la historia coincidía a lo largo de los siglos: el pueblo desobedecía y Dios les enviaba uno de sus profetas; si el pueblo escuchaba y se volvía a Dios, había bendición; de lo contrario, las consecuencias serían perniciosas. No obstante, siempre había una nota de esperanza en el mensaje profético que se fundamentaba en la misericordia de Dios.
Cuando nos acercamos al Nuevo Testamento, ocurre algo similar, pero es más personalizado en la vida de las comunidades cristianas que tenían que recibir amplia enseñanza y amonestación de los apóstoles, ya que, en muchos casos, su manera de vivir no correspondía a la nueva creación. Habían nacido de nuevo, pero no habían comprendido, todavía, que tenía que haber una coherencia entre la nueva vida y la conducta que corresponde a los hijos de Dios. Solo tenemos que leer las cartas del Nuevo Testamento para ver lo que ocurría.
En otras ocasiones, la amonestación es más personalizada. Por ejemplo, el apóstol Pablo escribe a los corintios por un caso de inmoralidad (1 Cor 5). Hay, incluso, casos de confrontación, como el del apóstol Pedro por parte de Pablo (Gal 2.11) o el de Diótrefes (3 Jn 9) del que se dice que le gusta tener el primer lugar.
En definitiva, a pesar de que formamos parte de la nueva creación, la amonestación parece necesaria en el pueblo de Dios, tanto en tiempos pasados, como en los momentos presentes.
El otro concepto que planteábamos antes, también es pertinente aquí: las consecuencias negativas de nuestros actos, ¿dejan una huella permanente en el creyente cuando es restaurado?
A priori, podemos decir que las consecuencias negativas de nuestros actos permanecen, pero pueden ser atenuadas por la acción misericordiosa de Dios y de la Comunidad Cristiana.
Pongamos un ejemplo que, además, se menciona en el Nuevo Testamento. El apóstol Pablo escribe: El que hurtaba (
, participio presente) no hurte (
, imperativo presente) más (Ef 4.28). Da la impresión que esa situación se daba en los inicios de la Iglesia. Si un miembro de la Comunidad hurta, es confrontado y restaurado, ¿dejará alguna huella en él mismo y en las relaciones con los demás miembros de la iglesia? Una respuesta improvisada nos empujaría a decir que sí, sin ningún tipo de duda. Una mente reflexiva, seguramente, nos ayudará a matizar esa respuesta. Las relaciones quedan dañadas, pero, como nos enseña la Escritura, el amor cubre (
, presente de indicativo) multitud de pecados (1 P 4.8). Santiago (5.20) expresa algo similar en futuro (
, futuro indicativo). Estableciendo un paralelismo entre la vida física y la espiritual, cuando hay daño (una herida), queda una cicatriz y eso significa que ha habido sanidad, curación, restauración.
A todo lo anterior, tendríamos que sumar la práctica del perdón en la Iglesia que es consecuencia del arrepentimiento y la confesión. Solo tenemos que pensar cómo nos trata Dios a pesar de nuestros pecados: No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados (Sal 103.10).
Definición descriptiva
Dicho todo esto, estamos en condiciones de proponer que la restauración tiene que ver con un proceso que, primeramente, permite a una persona superar una situación de deterioro y recuperar un estado anterior que es reconocido como mejor que el actual y, posteriormente, le habilita para seguir desarrollándose como Hijo de Dios, con toda dignidad, hasta la Venida del Salvador. Las marcas de las heridas permanecerán, pero serán atenuadas por la práctica del perdón y la misericordia de la Comunidad Cristiana que refleja el amor de Dios hacia los suyos.
En el proceso de restauración ha de tenerse en cuenta tanto el origen del problema como las metas que se desean conseguir, tratando de analizar las causas que han provocado los cambios tanto negativos como positivos con el fin de instaurar una nueva pauta de conducta que permita a la persona el control de las diferentes situaciones que se le presenten. No es extraño en terapia de conducta con toxicómanos o alcohólicos enseñar y ensayar pautas de conducta que permitan aprender a rechazar las ofertas de consumo cuando vuelvan a su vida cotidiana.
No podemos olvidar que los procesos de cambio son siempre lentos y que, en cada persona, son diferentes. Aquí la comprensión, la paciencia, la tolerancia y el amor tendrán que ser los compañeros de viaje si deseamos una restauración eficaz.
La restauración tiene que tener como principio vital ayudar a las personas a recuperar su dignidad y a potenciar el estado de libertad en todos los sentidos de la existencia. La labor de los psicoterapeutas, los psiquiatras, los asistentes sociales, los psicólogos, los pastores, los maestros, los educadores..., tiene que ver con ayudar a los demás a que recuperen su autoestima, a que se valoren, a que puedan caminar con la cabeza alta a pesar de lo que haya ocurrido en el pasado, a que puedan encontrar sendas de liberación...
Terminamos esta sección planteando que el Dios de la Biblia es un Dios restaurador, que da nuevas oportunidades a sus hijos y les enseña el camino de la libertad permitiendo que recuperen la dignidad que les concede el ser hijos de Dios.
[1] Diccionario de la Real Academia Española.
[2] El estigma era una marca impuesta con hierro candente, bien como pena infamante, bien como signo de esclavitud.
[3] Recomendamos el libro de Josep. P. Carreté, Alcohol. Adorno y tragedia (Terrassa, Clie, 1998).
[4] Para más detalles, ver mi libro La Iglesia como comunidad terapéutica (Terrassa: Clie, 2005).
[5] Dana y Mantey dicen: su significación básica es el progreso de un acto o estado hasta un punto de culminación y la existencia de unos resultados completados… Implica un proceso, pero mira a ese proceso como habiendo alcanzado su consumación y existiendo en un estado de finalización. Gramática griega del Nuevo Testamento (Buenos Aires: Casa Bautista de Publicaciones, 1979), p. 193.
[6] Bruno Corsani y otros, Guía para el estudio del griego del Nuevo Testamento (Madrid: Sociedad Bíblica, 1994), p. 152.
[7] Vine, Nuevo, Diccionario expositivo de palabras del Nuevo Testamento (Terrassa: Clie, 1986), III:69.
[8] H. Haarbeck, Nuevo, Diccionario teológico del Nuevo Testamento (Salamanca: Sígueme, 1982), III:179.
CAPÍTULO 3
Agentes de restauración: la persona afectada
Son varios los agentes que intervienen en el proceso de restauración, desde el Espíritu Santo hasta los miembros de la Comunidad. No obstante, la persona afectada es la más interesada en todo este proceso y, necesariamente, en ella está la clave de su progreso. De forma paralela hemos de situar la acción sanadora del Espíritu Santo, la labor de acompañamiento pastoral y la edificación de los miembros de la Comunidad. Todo ello configura la misión de la Iglesia que se articula en la práctica de la tolerancia, el perdón y el amor de los unos a los otros.
Por motivos didácticos vamos a considerar cada uno de los agentes involucrados de forma separada; pero, como hemos indicado antes, se trata de acciones paralelas, muchas veces simultáneas, para que se pueda experimentar sanidad y restauración integral en el seno de la Comunidad.
De poco serviría una acción pastoral dirigida a la persona afectada y descuidar la parte que le corresponde a la iglesia. Cuántas veces hemos visto a los pastores desarrollar estrategias de recuperación y la iglesia no les ha acompañado en ese proceso; y, por el contrario, cuántas veces los pastores han mostrado actitudes inflexibles que han impedido la recuperación de los que han caído y la iglesia ha dado muestras de madurez, tolerancia y misericordia. Por ello, insisto en la necesidad de que todos los agentes de restauración actúen de forma concomitante.
En mi opinión, la evolución favorable del proceso de restauración dependerá, en gran medida, de las actitudes y de las acciones que llevará a cabo la persona afectada después de haber tocado fondo.
Consideraciones
Primero, cada persona sigue un proceso particular de deterioro que puede ir desde unos minutos hasta algunos meses. Esto significa que cada caso es diferente y lo que ha pasado a alguien no tiene por qué ocurrir a otros necesariamente.
En segundo lugar, cada persona tiene sus fortalezas y sus debilidades. Es decir, hay un umbral de vulnerabilidad que puede ser más o menos consciente. Esto nos tiene que ayudar a evitar el juicio apresurado cuando alguien ha caído en aquello que nos parece inverosímil e indigno en un creyente. En la medida en que seamos conscientes de nuestra propia debilidad, nos permitirá desarrollar actitudes de solidaridad y misericordia con el hermano que ha tropezado.
En tercer lugar, cada persona tiene una medida diferente sobre tocar fondo y esa medida escapa a la razón. Para unos puede ser haber destruido a la propia familia; para otros, la pérdida del empleo; para otros, verse esclavizado por el
alcohol; para otros, el desasosiego que producen los complejos de culpa al llevar una doble vida...
En definitiva, tocar fondo significa llegar a un punto de inflexión que permite a la persona tomar conciencia de su propia situación y querer cambiar el curso de su existencia buscando la ayuda y soporte necesarios.
En cuarto lugar, tenemos que hablar de las actitudes. Una actitud[1] es una predisposición para actuar, aprendida, dirigida hacia un objeto, persona o situación que incluye dimensiones:
- Cognitivas: creencias, opiniones y pensamientos.
- Afectivas: sentimientos, evaluaciones positivas y negativas.
- Conductuales: intenciones y acciones de la persona.
Esta definición no es compartida por la totalidad de los especialistas, pero incorpora conceptos que son muy interesantes a la hora de valorar la conducta de una persona en una situación determinada y que la distingue de otra en la misma situación.
Cuando un cristiano ha caído, toca fondo y desea reaccionar, ¿cuáles son sus actitudes? Es decir, ¿qué piensa, siente y decide sobre lo que ha ocurrido, sobre sí mismo, sobre los demás, sobre las consecuencias de sus actos, sobre la iglesia, sobre Dios...? Esto es muy importante, porque nos dará una visión real de lo que puede pasar desde este momento en adelante.
No se trata de desear cambios pensando solo en los demás, por presiones externas sino, primeramente, en uno mismo. Seguro que este enfoque será más positivo, traerá mejores resultados y los cambios serán más duraderos.
Pongamos un ejemplo. Un miembro de la Comunidad tiene problemas con el juego y se da cuenta, con el paso del
tiempo, de que las cosas están empeorando, que está perdiendo el control, que está malgastando los recursos de su familia, que esta situación le ha generado unas deudas elevadísimas que no sabe cómo va a saldar...
Esta persona tiene que reaccionar no solo por temor a ser descubierto por su familia y amigos o por la vergüenza que supondrá ser sorprendido en la propia Comunidad Cristiana. Lo importante será ayudarle a analizar sus actitudes: qué piensa, siente y decide respecto a sí mismo, primeramente. El segundo paso es analizar lo que piensa, siente y decide respecto a su familia, amigos, iglesia... y, por supuesto, respecto a Dios. Las actitudes que desarrolle serán un buen baremo para anticipar lo que puede resultar en el futuro.
Al hablar de las actitudes de la persona que ha caído, tenemos que incorporar el ingrediente espiritual. Es decir, la persona, ¿está arrepentida?, ¿es consciente de que su vida está deshecha?, ¿comprende el perjuicio que se ha causado a sí mismo y a los que le rodean?, ¿hay muestras de quebrantamiento? Estas preguntas parecen triviales, pero nos ofrecen pistas claras que permitirán realizar un diagnóstico preciso sobre la toma de conciencia de la persona en conflicto.
Desear y querer
Tenemos que incorporar un elemento más en nuestra reflexión. Hemos hablado de qué piensa, siente y decide la persona que necesita ser restaurada. Enrique Rojas desarrolla un excelente ensayo en el que distingue el deseo del querer.[2]
Podríamos decir que el deseo tiene que ver con la inmediatez, mientras que el querer afecta a lo duradero. El deseo es fugaz, el querer es permanente. Aplicando estos conceptos a nuestra reflexión, cuando una persona cae, tropieza, peca... (podemos expresarlo de diferentes formas), no solo ha de desear que se opere un cambio, sino que ha de quererlo. Esta matización es significativa, pues nos preservará de actos heroicos, impulsos internos que terminan en frustración. Una persona puede desear cambios en su propia existencia, pero tendrá que aplicar voluntad (querer) para llegar a la meta propuesta; de lo contrario, la persona puede ser tentada a coger atajos que no harán sino desviar la atención y engañar al corazón; siguiendo ese camino, los cambios serán aparentes, no duraderos y, por lo tanto, la restauración verdadera quedará desdibujada e impedida.
Ahora bien, insisto en que la restauración eficaz tiene que tener integrados los componentes que afectan al pensamiento, al sentimiento, a las intenciones y a la voluntad; todo ello constituye el ser personal y todo ello ha de ser considerado en el proceso de restauración. No estamos hablando solo del nivel espiritual sino, también, del emocional.
Es posible que, en el tropiezo, haya primado más el sentimiento (el impulso o el deseo) que la razón; a veces los impulsos (pasiones internas) son incontrolables. En la restauración, no podemos cometer el error de aplicar exclusivamente voluntad sin tratar los sentimientos o la emotividad de la persona, sus necesidades (carencias), sus metas, sus ideales... Una vez más nos encontramos con la exigencia de tratar al ser humano como una unidad, de forma integral, sin parcelas. A Dios le interesa toda la persona, no solo su espíritu.
Por todo ello, es imprescindible que la persona afectada y necesitada de restauración se involucre con todo su ser personal, deseando y queriendo cambios que estén orientados a la estabilidad y a la permanencia. Es decir, en una sociedad en la que prima lo superficial y externo, toda persona ha de luchar desde su interior y hacia su interior para poner orden en su propia vida.[3] El apóstol Pablo oraba por los creyentes en estos términos: para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu (Ef 3.16).
El apóstol Pablo anima a cada creyente a examinarse antes de participar de la Cena del Señor (1 Cor 11.28). La palabra usada y traducida como pruébese (
) significa hacer un examen. La misma palabra se usa en Gálatas 6.4, en el contexto de la restauración (6.1) para animar a cada persona a someter a prueba su propia obra. La versión griega del Antiguo Testamento traduce con
el hebreo bähan, que es probar la autenticidad de algo mediante el crisol.[4]
La Escritura va todavía más allá cuando el salmista solicita: Examíname (
, en los LXX), oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno (Sal 139.23-24). Esta oración refleja una clara conciencia de la propia fortaleza que una persona puede encontrar en Dios y, a la vez, de la sutil debilidad que anida en el corazón humano.
Este salmo es un canto al conocimiento que el Señor tiene de los que son suyos, incluso, desde antes de nacer. El salmista proclama que aborrece a los impíos que no aman a Dios; por el contrario, solicita que sea Él mismo quien le examine para que compruebe lo que verdaderamente hay en su interior. El examen del Señor será completo, imparcial, justo, verdadero; a Él no se le puede engañar dando una imagen falsa de lo que no hay en nuestro interior. Así, es necesario que la persona afectada se presente ante Dios para solicitar su ayuda, porque sabe todas las cosas; se trata de abrir el corazón a quien es capaz de socorrer en momentos difíciles.
Para que alguien pueda ser ayudado eficazmente, ha de reconocer su debilidad y abrir su corazón. Solo a partir de esa catarsis, podrá iniciar el camino de la restauración.
A partir de ahí, es imprescindible reconocer la necesidad de ayuda y asumir que habrá un proceso de rehabilitación. Por ejemplo, imaginemos una operación de rodilla en la que hay que reparar un ligamento roto. Actualmente, con las nuevas técnicas de intervención, se puede hacer casi todo, pero el proceso de recuperación es lento, de seis a siete meses. A la persona que ha sido intervenida no tienen que decirle que vaya con cuidado cuando empiece a apoyar el pie en el suelo y dé los primeros pasos. Ya es consciente de su necesidad (debilidad) e irá siendo guiado por un fisioterapeuta que le ayudará en los ejercicios físicos para su completa recuperación. En la vida espiritual ocurre algo similar. La persona que es consciente de que ha caído, no actúa como si nada hubiera pasado; es consciente de su tropiezo y de su debilidad, sabe que hay un proceso de recuperación y acepta que necesita ayuda. Una vez más, estas serán pistas que manifestarán la verdadera actitud de la persona en cuestión y determinarán en gran medida su propio desarrollo espiritual.
Reiteramos aquí que la persona afectada ha de ser la primera interesada en iniciar su proceso de restauración y, para ello, ha de asumir su problema, pensar, desear y querer un cambio (arrepentimiento) y, desde su quebrantamiento, edificar una nueva vida llena de esperanza, con nuevas ilusiones, caminando hacia la dignidad que ha de recuperar y que corresponde a los hijos de Dios.
[1] Florencio Jiménez Burillo, Psicología social (Madrid: UNED, 1990), II:11.
[2] Enrique Rojas, Los lenguajes del deseo (Madrid: Temas de hoy, 2004).
[3] Recomendamos el libro de Gordon MacDonald, Ponga orden en su mundo interior (Miami: Betania, 1989).
[4] H. Haarbeck, Prueba, Diccionario teológico del Nuevo Testamento, III:436.
Recordemos que el crisol es un recipiente hecho de material refractario, que se emplea
para fundir alguna materia a temperatura muy elevada; en el proceso se eliminan los
materiales impuros.
CAPÍTULO 4
Agentes de restauración: Dios
De manera simultánea o paralela a la acción de la propia persona en el proceso de restauración, está la obra de Dios. La pregunta que hemos de plantearnos en estos momentos es: ¿cómo actúa Dios hacia sus hijos cuando tropiezan?
En la Escritura, vemos que Dios confronta a la persona con su propia realidad y lo hace con misericordia y benevolencia. A la vez, encontramos textos que nos hablan de la disciplina divina hacia aquellos que ama. Así que, tenemos, por un lado, la bondad de Dios (que no nos paga conforme a lo que merecemos) y, por otro, su disciplina (castiga al pecador). Insistimos en que hay textos que nos hablan de la severidad de Dios y pasajes que expresan su gracia y misericordia. ¿Cómo se pueden conjugar estos dos extremos? ¿De qué depende que Dios actúe de una forma y/o de otra? ¿Son excluyentes?
Todavía podemos ser más incisivos: el Dios del Antiguo Testamento, dicen algunos, es severo y vengativo, mientras que el del Nuevo Testamento es amor, misericordia, Padre... Es evidente que esta es una lectura simplista, ya que lo que observamos en los evangelios es una manifestación de la severa justicia de Dios que no se puede separar de su profundo amor por la humanidad: alguien paga por el pecado de los hombres, Jesús, en la cruz del Calvario. Eso es justicia, pero también es amor, y tiene que ver con la coherencia de todo el Consejo de Dios; si solo nos quedamos con la misericordia de Dios, a expensas de la justicia, o viceversa, estaríamos mutilando a Dios.
Hay un par de pasajes que hilvanan de una manera magistral estos conceptos: Génesis 18.16-33. Abraham intercede por Sodoma. Abraham indica a Dios que no puede destruir al justo con el impío y que el justo no puede ser tratado como el impío (v. 25). La respuesta de Dios es: Si hallare en Sodoma cincuenta justos dentro de la ciudad, perdonaré a todo este lugar por amor a ellos (v. 26). Este pasaje nos indica lo que hay en el corazón de Dios: misericordia, pues es capaz de perdonar la destrucción de una ciudad populosa si encontrara a uno que fuera justo, y eso lo hace por amor. Aquí la escena acabó en destrucción.
El otro pasaje nos informa de otra situación similar, que no termina en tragedia: la historia de Jonás. Dios anuncia la destrucción de Nínive y envía al profeta Jonás a anunciar el mensaje de Dios; el pueblo se arrepiente y es perdonado. El único que se molesta ante la misericordia del Señor es el profeta, el siervo de Dios.
Así que vemos cómo en el Antiguo Testamento se va entretejiendo la misericordia de Dios con su justicia.
Vamos a ir por partes para tener una perspectiva general sobre la acción de Dios en el proceso de restauración.
Dios fortalece al creyente
Antes hemos mencionado el texto de Efesios 3.16: para que os de... el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu. Este pasaje está insertado en un contexto muy llamativo, pues habla del amor de Dios. Es conocida la madurez de la iglesia de Éfeso y, por lo tanto, podríamos pensar que este texto no debería ser considerado aquí, pues estamos hablando de aquellos que caen. No obstante, recordemos que es en esta epístola en la que Pablo habla de el que hurtaba no hurte más (4.28), ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca (4.29), quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia (4.31)... Seguramente estas circunstancias se estaban dando en la iglesia y Pablo tiene que enseñar la excelencia del camino del Señor. Por tanto, creo que es pertinente hablar aquí de que podemos guiarnos unos a otros por esa senda gracias a la obra del Espíritu Santo.
El texto nos habla del deseo del apóstol: que los creyentes sean fortalecidos con poder (
). La palabra fortalecer (
) está relacionada con
, que significa fortaleza. A partir de Homero, significaba fuerza, vigor y poder y pertenecía al tratamiento de los reyes. Llegó a significar autoridad y victoria.[1]
El apóstol es reiterativo e insistente, ya que desea que los creyentes sean fortalecidos con poder (
). Esta palabra, en la Septuaginta, traduce vocablos hebreos que designan al ejército y se refiere habitualmente al poder de Dios, manifiesto a través de su Espíritu (Miq 3.8). El Nuevo Testamento sigue esta misma idea, tanto en los evangelios como en las paulinas, lo que asegura la realización de los planes divinos en el acontecer escatológico. Así que, en nuestro texto, se habla de la autoridad y poder de Dios para fortalecer al creyente a través de la acción del Espíritu.
También nos habla de la esfera en la que tiene que operarse: el hombre interior. Se refiere a la persona transformada, renovada, nacida de nuevo. Tiene que ver con la mente, el espíritu y el alma del creyente. Tener conquistas en este terreno permitirá afrontar otras batallas que podrían hacernos sucumbir de una manera implacable.
Aplicando estos conceptos a nuestro tema, podemos decir que es necesario que la persona comience su proceso de transformación a partir de su vida interior, lo que permitirá progresar en las demás áreas de su existencia (social, cultural, física...). El apóstol Pablo, en otro texto, escribe transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento (Ro 12.2); el efecto de esto será comprobar que la voluntad de Dios es agradable y perfecta.
Por último nos habla de la persona que va a llevar a cabo la acción de fortalecer con poder: por su Espíritu (
). La preposición
cuando acompaña al caso genitivo, como ocurre aquí, significa por medio de o a través de. Esto es importante por el hecho de que Jesús enseñó a sus discípulos que no los dejaría huérfanos y añadió: os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; más si me fuere, os lo enviaré (Jn 16.7). Además, el texto siguiente habla de convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio (Jn 16.8). Lo que Juan nos indica es que el Espíritu Santo comienza su labor con los que no son creyentes para convencerles de pecado; es decir, les muestra la realidad de su vida, de su propia esencia, contaminada por el pecado al vivir de espaldas a Dios y les revela su incapacidad para salir de esa situación por ellos mismos. El apóstol Pablo nos enseña que el Espíritu Santo continúa su labor con los que han nacido de nuevo, guiando, confrontando, consolando y convenciendo de la necesidad que tienen de volver a Dios cuando caen.
El texto de Efesios indica que la meta de la obra del Espíritu Santo es la madurez espiritual: hacer que los creyentes sean capaces de comprender y conocer el amor de Dios que excede a todo conocimiento (3.18-19): su anchura, longitud, profundidad y altura. Es decir, conocer el amor de Dios en toda su dimensionalidad. No en vano enseña la Escritura, según hemos citado antes, que el amor cubrirá multitud de pecados (1 P 4.8). Todos estamos aquí identificados al necesitar progresar en el proceso de maduración personal (espiritual).
Todavía el apóstol Pablo va más allá, pues nos habla de Aquel que es poderoso (
) para hacer las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa (
) en nosotros (Ef 3.20). Lo que el texto nos indica es que ese poder de Dios está actuando ya en nosotros.[2] Es decir, nos energetiza, nos llena de energía.
A la luz de todo esto, podemos concluir que el Espíritu Santo está operando en nuestro interior activándonos o llenándonos de energía para fortalecernos en el proceso de maduración (rehabilitación).
La acción del Consolador
Hay textos de la Escritura que nos hablan del Consolador (Jn 14.16, 26; 15.26; 16.7, 13). El profeta Isaías recuerda a Israel que Dios es su Consolador (Is 51.12).
La palabra usada en Juan para Consolador es
. Este término significa uno que es llamado al lado de otro para defenderle. En el griego profano, el vocablo había que entenderlo en la esfera jurídica y se refería al abogado.[3] El Nuevo Testamento va más allá de la concepción jurídica, pues el
no es tanto el llamado, sino el enviado, es el don de Dios a sus hijos para su auxilio.
Vamos a ver la obra del Espíritu Santo en los textos que hemos recogido del evangelio de Juan:
En primer lugar, el evangelio asegura la presencia del Espíritu (Jn 14.16). El texto dice para que esté con vosotros para siempre. La construcción
(preposición seguida de genitivo) indica compañía, al lado de, y eso será para siempre (
). En el proceso de rehabilitación o restauración es imprescindible que comprendamos, sepamos y aceptemos que el Espíritu Santo ha sido enviado a nuestro lado para que nos ayude en nuestra debilidad (Ro 8.26) y eso será para siempre.
En segundo lugar, el evangelio enseña que es el Espíritu de Verdad (
, Jn 14.17). La palabra verdad (
), en su sentido primario significaba lo que no está oculto (a-, privativo, sin y
, estar escondido). En el evangelio esto es muy importante, ya que, según nos indica el prólogo de Juan, el Logos ha venido a hacer clara distinción entre la luz y las tinieblas, para mostrarnos la realidad de las cosas. En términos platónicos, ya no vemos las sombras, sino que contemplamos la realidad.[4] El Consolador es Espíritu de Verdad (realidad) que continúa con la labor del Mesías para aclarar todas las cosas.
El texto dice literalmente Espíritu de la Verdad para que no haya lugar a dudas. En un mundo dominado por el relativismo y la multitud de verdades, la Escritura nos habla del Espíritu de la Verdad. Hoy parece que todos tienen razón. Enrique Rojas dice:
Nos deslizamos así hacia el relativismo; pensamiento débil, convicciones sin firmeza, asepsia en los compromisos, indiferencia hacia la curiosidad y ganas de saber, pero sin creer en casi nada, porque vale todo y no vale nada. Dicho de otro modo: el relativismo es la ética de la tolerancia ilimitada, que lleva a la indiferencia pura... Del relativismo al escepticismo no hay más que un paso.[5]
Insistimos en la importancia que esto tiene para la persona que está en proceso de restauración; el Espíritu Santo no le guiará por sendas oscuras, sino por el camino de la verdad, y no vale cualquier verdad, sino la verdad de Dios. Esta, en ocasiones, puede ser dolorosa, pero el fruto que producirá será agradable y duradero. Mientras que la Escritura nos recuerda que engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso (Jer 17.9), el Consolador es Espíritu de Verdad. Así que hemos de estar vigilantes para no ser guiados por nuestros propios deseos, impulsos o intereses, que nos pueden hacer desviar del camino de Dios. El Espíritu Santo siempre nos guiará por sendas de verdad.
Un texto muy significativo que corrobora esta idea es Efesios 5.9: Porque el fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad. Es decir, aquello que se desarrolla en la esfera de la bondad, la justicia y la verdad generará un gran beneficio y eso es fruto del Espíritu. Así también, el Reino de Dios es justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo (Ro 14.17); es decir, cuando uno es guiado por el Espíritu de Dios, generará justicia, paz y gozo.
En tercer lugar, el evangelio muestra que la obra del Espíritu consistirá en enseñar (Jn 14.26). El Consolador desarrollará una labor pedagógica en dos vertientes: por un lado, enseñará (
) todas las cosas y, por otro, recordará (
) las enseñanzas del Maestro a los discípulos. Hay quien ha interpretado estas palabras en un sentido estricto para referirse a la labor del Espíritu de guiar a los discípulos cuando tuvieran que poner por escrito lo que habían escuchado de Jesús. No obstante, desde mi punto de vista, estos textos contienen una enseñanza más general y da a entender que el Espíritu Santo desarrollará una labor didáctica hacia los creyentes, recordándoles aquello que hemos leído de la Palabra, lo que hemos meditado, estudiado o aprendido.
Este texto está enmarcado entre dos conceptos muy importantes y vitales para la vida de la Comunidad: por un lado, el amor (vs. 23-24) y, por otro, la paz (v. 27). La secuencia es: guardar la Palabra de Dios que tiene que ver con el amor, lo cual será recordado por el Espíritu Santo como la esencia de la verdad del evangelio (tema típico en Juan), y esto posibilitará experimentar la paz de Dios como ausencia de turbación, y todo ello ha de ser vivido desde la Comunidad Cristiana. El capítulo 15 habla de la Vid verdadera y vuelve a insistir en el tema del amor (vs. 12, 17) reforzando lo comentado previamente por Jesús. El evangelio de Juan tiene un razonamiento circular y va entrelazando los temas una y otra vez mientras los enriquece progresivamente.
Dicho esto, podemos sostener que, en el proceso de restauración de la persona, la enseñanza del Espíritu Santo tendrá que ver con recordar la importancia del amor cristiano para experimentar la paz del Señor. Y esto no se lo recordará solo a la persona que ha caído, sino a la Comunidad a la que pertenece. ¿Acaso no es sanador y restaurador considerar cómo nos ama Dios en todo momento y a pesar de lo que hagamos? ¿No haríamos bien en imitar a nuestro Dios para que en la Comunidad Cristiana se pueda experimentar la paz del Señor como ausencia de turbación? Me temo que, en muchas ocasiones, en la Iglesia no se experimenta mayor sanidad o bienestar
espiritual y emocional porque los cristianos no están a la altura del amor de Dios para socorrer, en su debilidad, al que tropieza y ayudarle en su proceso de rehabilitación. ¡Qué diferente era el Maestro que, normalmente, estaba cerca de los pecadores, los necesitados, marginados..., para socorrerles y enseñarles el camino de salvación!
En cuarto lugar, el evangelio manifiesta que el Espíritu Santo guiará a los creyentes en la verdad (Jn 16.13). El texto original dice: 
(guiará a vosotros en la verdad toda). La preposición
significa originariamente dentro y puede ser entendida como locativo o como instrumental. Como locativo, significaría os guiará en toda verdad y como instrumental, os guiará con toda verdad. No vamos a entrar en estas disquisiciones exegéticas por muy enriquecedoras que sean para los estudiosos.[6] Para nuestro propósito, ya sea locativo o instrumental, lo importante tiene que ver con la guía del Espíritu Santo en (o con) toda la verdad.
La palabra usada para guiar es
, relacionada con
, que significa camino. En la literatura griega aparece, a menudo, la imagen de los dos caminos y el ser humano tiene que decidir continuamente cuál elegir; uno es el de la virtud y el otro el de la maldad.[7] El verbo aparece muchas veces en los LXX para referirse a Dios guiando la propia vida; también se usa en sentido figurado para enseñar e instruir.[8]
Así que Dios, el Espíritu de Verdad, guiará (orientará, ayudará a decidir, enseñará, instruirá...) a sus hijos y a su pueblo en toda verdad. Una vez más, a nivel hermenéutico, tenemos que preguntarnos si este texto es restrictivo y solo se refiere a los discípulos o, por el contrario, hemos de entenderlo en sentido amplio. En mi opinión, igual que con el concepto anterior, tiene una intencionalidad original para los discípulos, pero encierra un principio general de la obra del Espíritu Santo en la vida de los creyentes. El problema mayor lo tenemos al tratar de distinguir lo que es la guía del Espíritu de lo que son nuestros propios intereses o interpretaciones.
En cierta ocasión, tuvimos que tomar una decisión en nuestra iglesia respecto a un caso aparentemente claro de disciplina. Decidimos volver a estudiar lo que la Escritura decía al respecto y, para sorpresa nuestra, se había sostenido como principio eclesial algo que era ajeno a la enseñanza de las Escrituras. Habíamos dado por supuesto que lo que nosotros pensábamos y se había sostenido durante mucho tiempo era la verdad de Dios, pero, afortunadamente, estuvimos a tiempo de dejarnos guiar por el Espíritu de Verdad para que nos guiara en toda verdad. Esto evitó dañar a una persona y a la Comunidad. Por supuesto, requiere una alta dosis de apertura mental y espiritual, elementos de los que, muchas veces, carecemos en las iglesias cristianas. El problema es que no nos atrevemos a replantear las cosas por temor a los cambios. La Reforma protestante nos enseñó que la iglesia reformada siempre debía estar reformándose. Esto no es una amenaza para el cristianismo, sino todo lo contrario, una esperanza que permite revitalizar la Iglesia y hacerla más fuerte.
La intercesión del Espíritu
El Espíritu Santo también desarrolla la labor de restauración a través de la intercesión. El apóstol Pablo escribe: El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles (Ro 8.26). Varios aspectos significativos en este texto:
Primeramente, el apóstol reconoce nuestra condición: debilidad (
). Esta palabra, literalmente, significa sin fuerza.[9] La misma palabra se usa en Mateo 26.41 cuando Jesús dice que el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil. El término abarca las dimensiones de la incapacidad física, social, económica y finalmente espiritual.[10] El contexto no aclara mucho a cuál de estos aspectos se refiere, pero me da la impresión que tiene que ver con un concepto genérico de la debilidad humana en todos los órdenes de su existencia; en ocasiones esa debilidad se materializará en el aspecto emocional, otras veces, en el físico, otras en el espiritual... El ser humano tiene limitaciones, conflictos, flaquezas...; de ahí que necesite tan desesperadamente a Dios. Además, en la medida en que es consciente de su debilidad, está en mejores condiciones de encontrar salida a los desórdenes personales. De ahí que el apóstol nos recuerde: El que se cree ser algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña (Gal 6.3). Posiblemente, uno de los grandes problemas de las sociedades tecnológicas es que piensan mucho en sus logros y poco en sus fracasos. De ahí que el ser humano no vea la necesidad de Dios como una opción válida, sino como una negación de su propio poder. Sin embargo, allí donde la debilidad humana se hace más patente, Dios es tenido más en cuenta.
Ahora podemos preguntarnos, ¿en qué sentido es débil la persona de nuestros días? Solo tenemos que mirar la fragilidad de un enfermo, el miedo o la ansiedad que experimentamos en las sociedades modernas, el temor al fracaso, la angustia de la violencia de género, la inseguridad ante la pérdida de un empleo...
El cristiano no está exento de todo esto; la Escritura no tiene interés en crear superhombres, o supermujeres, inmunes al dolor o al sufrimiento. Todo lo contrario, muestra de una forma descarnada la debilidad humana, ya sea de un rey, un vasallo o un discípulo de Jesús. La verdadera fortaleza no está en creer que no necesitamos a nadie, sino en aceptar que estamos vacíos sin Dios. Por eso, lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte (1 Cor 1.27); y cuando el apóstol Pablo corría el peligro de exaltarse demasiado, le fue dado un aguijón en la carne sobre lo cual rogó que desapareciera y se le respondió bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad (
) (2 Cor 12.9) y cuando soy débil (
), entonces soy fuerte (v. 10). Santiago nos recuerda que Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes (
) a las nuestras (Stg 5.17).[11] Los griegos usaban
(palabra que se traduce por pasión y que, primariamente, alude a lo que uno sufre) para referirse tanto a los deseos buenos como a los malos, aunque en el Nuevo Testamento, señala Vine, siempre se usa de los malos.[12], [13] Sin embargo, la oración de Elías fue contestada a pesar de sus pasiones y, yo diría, por su debilidad; entre otras cosas, porque si no fuera débil no necesitaría la oración.
En segundo lugar, el Espíritu Santo ayuda al creyente (
) (Ro 8.26). Una pregunta asalta rápidamente nuestra mente: ¿cómo nos ayuda el Espíritu Santo en nuestra debilidad? De manera especial, esta pregunta es manifiesta cuando pasamos por dificultades y no vemos muchos recursos a nuestro alcance. Juan Calvino comenta sobre este verbo:
Aquí la palabra griega utilizada por el apóstol, sunantilambánetai, tiene gran fuerza para expresar esta ayuda y expresa mucho más que la palabra auxilio, pues significa que el Espíritu, tomando sobre sí nuestra carga, no solamente nos ayuda y socorre, sino que nos alienta y alivia ni más ni menos que si llevase con nosotros todo el peso.[14]
En efecto, la palabra griega significa tomar en lugar de y juntamente con. Es decir, el Espíritu Santo toma sobre sí todo el peso, pero al mismo tiempo lo hace juntamente con nosotros. Esto no solamente aligera la carga, sino que alivia el corazón. Pongamos un ejemplo. Imaginemos un padre de familia que solicita a su hijo pequeño de 5 años que le ayude a mover un mueble. Todo el peso lo lleva el padre, pero el hijo es involucrado en esta acción y se siente partícipe. El padre toma en lugar de su hijo todo el peso, pero lo lleva juntamente con él. La fragilidad del hijo es manifiesta, pero se supera con la fortaleza de su padre que le ayuda en su debilidad.
Dicho esto, todavía el apóstol Pablo nos muestra algo más respecto a la ayuda del Espíritu diciendo que intercede por nosotros (
) con gemidos indecibles. La palabra
solo aparece aquí en todo el Nuevo Testamento, y se compone de
, que significa a favor de y
, que significa primariamente encontrarse con a fin de conversar; luego hacer petición y, especialmente, interceder, rogar a alguien, bien a favor o en contra de otros.[15]
El apóstol no solo nos indica lo que hace el Espíritu, sino cómo lo lleva a cabo: con gemidos indecibles.
La palabra gemidos (
) se usa varias veces en los LXX para referirse al dolor que causa la opresión (Ex 2.24; 6.5), o el parto (Gen 3.16), o la prisión (Sal 101.21), o el desgaste de los años (Sal 31.10), o la falta de descanso que conlleva el sufrimiento (Jer 51.33). Todavía el apóstol es más gráfico, pues nos dice que esos gemidos son indecibles (
), es decir, aquello que no se puede expresar con palabras. Esto quiere decir que el Espíritu Santo se identifica con nuestra debilidad y sufre juntamente con nosotros gimiendo en nuestra angustia y dolor.
Todavía hay más. El apóstol, en el verso 26, introduce una frase que, aparentemente, se aparta del fluir del texto, pero no. Dice: Pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede... Si terminara aquí el texto, nos quedaríamos un poco despistados, pero Pablo añade en el verso siguiente: conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos (v. 27). ¿Qué quiere decir todo esto? Cuando una persona atraviesa profunda necesidad y requiere auxilio, su dolor y gemir es tan fuerte que puede llegar al desvarío. Es víctima de la desesperación. Ahí es donde actúa el Espíritu Santo, pues, mientras que esa persona no sabe pedir como conviene, el Espíritu intercede conforme a la voluntad de Dios, por lo que se asegura la aceptación de la oración. De ahí que los versos 28 en adelante sean un deleite de esperanza para el creyente y suenan como una dulce melodía para el alma abatida.
José María Martínez, en su exposición sobre la oración, nos dice lo siguiente:
El cristiano tiene el privilegio de orar a Dios. Instruido por su Palabra y guiado por su Espíritu, procurará orar conforme a la voluntad divina. Y lo hará con humildad, fervor y sinceridad. Pese a ello, su oración siempre será imperfecta; sus peticiones adolecerán de un cierto desconocimiento de los propósitos de Dios. ¿Será todo ello impedimento para que la oración sea oída y contestada? En modo alguno. El Espíritu Santo recoge, por así decirlo, esa oración y la corrige ajustándola perfectamente a la voluntad de Dios. De este modo, corregida, purificada de error, divinamente reformada, es elevada por él mismo al Padre.[16]
Oscar Cullmann concluye: Es el Espíritu Santo el que habla en la oración.[17] No obstante, Cullmann, más adelante, indica que el apóstol se está refiriendo, aunque no exclusivamente, a la glosolalia.[18] Tenemos que discrepar de Cullmann, ya que no hay nada en el contexto de Romanos 8.26 que nos remita a los dones espirituales, en general, o al de las lenguas, en particular. Además, ni siquiera en el capítulo 12 el apóstol trata el tema de las lenguas, mientras que sí que habla de profecía, servicio, enseñanza, exhortación...[19]
Creo que el sentido más amplio es preferible aquí para insistir en el socorro que recibe el creyente cuando está en medio de la angustia o la adversidad e inicia el proceso de rehabilitación. Es necesario, entonces, saber que el Espíritu Santo le ayudará con gemidos indecibles, transformando su propia oración, queja o lamentación para que alcance el trono de la gracia. Solo así se garantiza el poder de lo alto para ser más que vencedores (Ro 8.37) teniendo claro que nada ni nadie nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús, Señor nuestro (Ro 8.38-39). Es en este contexto que el apóstol culmina su exposición diciendo: Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien (Ro 8.28).
La acción de la Palabra
Dios restaura al que cae a través de la acción de la Palabra (2 Tm 3.16-17). Estamos ante uno de los textos más importantes de la teología bíblica en relación a la autoridad de la Palabra de Dios en la vida del creyente, por lo que será conveniente detenernos y desgranarlo poco a poco.
El verso anterior habla del efecto que pueden causar las Escrituras desde la niñez permitiendo adquirir sabiduría al creyente: te pueden hacer sabio para salvación por la fe (v. 15). Timoteo había sido instruido desde pequeño en los caminos del Señor. Pablo mismo recuerda que su abuela Loida tenía fe, y su madre Eunice también. Estas supieron transmitirle la Palabra de Dios desde el principio, por lo que la fe que Timoteo tenía no era fingida (2 Tm 1.5). Pablo usa aquí la palabra
, que significa sin hipocresía.
A continuación viene el texto objeto de nuestra consideración.
En primer lugar, el apóstol dice que toda la Escritura tiene un origen divino: (
). ¿Qué tenía en mente Pablo cuando hablaba de toda la Escritura? Mucho se ha escrito sobre todo esto, pero podríamos concluir que el apóstol se está refiriendo a las Escrituras reconocidas por el pueblo de Dios hasta la fecha. Recordemos que el verso anterior habla de que Timoteo sabía las Sagradas Escrituras desde pequeño; es evidente que se trata de la Ley, los profetas y los salmos (Escritos), ya que ninguna parte del Nuevo Testamento estaba escrita durante la infancia de Timoteo. Dicho esto, también podemos apuntar que hay otros textos y aseveraciones claras en el Nuevo Testamento que permiten concluir que también han de ser considerados Escritura Sagrada los Evangelios, Hechos, cartas de Pablo... y fueron reconocidos por la Iglesia como escritos con autoritativos.
Aquí tenemos que introducir el tema de la inspiración. Nuestro texto dice que toda Escritura es inspirada (
) por Dios. Esta palabra viene de
(Dios) y
(soplar, respirar) y se trata de un hápax legomena. Literalmente: Dios-soplada. Esto es muy trascendente, ya que nos indica el origen de la Escritura: Dios.
Hay otro texto clave en relación a este tema: 2 Pedro 1.21, los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo. Aquí, Pedro no usa la misma palabra que Pablo, sino
, que significa llevar o traer; también impulsar.
¿A dónde queremos ir a parar? Pablo nos habla del origen de la Escritura (Dios, lo que representa la dimensión divina de la inspiración) y Pedro nos indica la manera en que se llevó a cabo (hombres impulsados por el Espíritu de Dios, lo que representa la dimensión humana de la inspiración). Estos dos textos nos permiten concluir que Dios se valió de personas (dimensión humana) para que pusieran por escrito su Palabra (dimensión divina) con el fin de que sirviera de guía para la humanidad en general y para la Iglesia en particular. En este sentido, es clave descubrir los principios eternos (dimensión divina) y entresacarlos del contexto sociocultural (dimensión humana) en que fueron escritos, lo que representará una norma objetiva, una instrucción para la vida que no dependa de intereses personales, partidistas, religiosos, políticos o económicos.
Decíamos antes que esto era muy importante porque es la base sobre la que sustentaremos lo que viene a continuación; es decir, la utilidad de la Palabra de Dios. Dicho de otra forma, si la Biblia no viene de Dios, ¿cómo podemos estar seguros de que es beneficiosa para nosotros?
En segundo lugar, el apóstol manifiesta que toda la Escritura es útil (
). La Palabra de Dios no tiene que ver, solamente, con un compendio de filosofía metafísica, sino con un mensaje vital para el ser humano, aquí y ahora, dando respuesta a las grandes preguntas de la existencia. La palabra usada en este texto indica aquello que es provechoso. Se usa en 1 Timoteo 4.8, donde se dice que el ejercicio corporal para poco aprovecha en comparación con la piedad que es provechosa para todo; el apóstol añade, pues tiene promesa de esta vida presente y de la venidera. Así que lo provechoso tiene que ver con resultados positivos a corto y a largo plazo. En este sentido, toda la Escritura es provechosa, beneficiosa, ya que producirá efectos positivos en la vida de aquellos que se dejen guiar por ella. No es extraño releer algunos textos que, en su momento, nos decían poco y, en una situación determinada, parece que cobran vida; en este sentido, nuestro estado de ánimo, experiencia personal..., tendrán mucho que ver en cuanto a nuestra percepción de la Palabra de Dios y su significado para nosotros.
En tercer lugar, los beneficios de la Escritura tienen que ver con cuatro aspectos: enseñar, redargüir, corregir e instruir. Veamos cada uno de ellos:
Enseñar (
): la forma verbal,
, significa la acción repetida una y otra vez (por la reduplicación del presente: di-) de tender (sufijo incoativo: -sko) la mano para posibilitar la acción de recibir.[20] Esto es muy descriptivo, pues lo que Pablo indica es que la Palabra de Dios tiende la mano repetidamente, para posibilitar que la persona reciba lo que tiene que ofrecerle. En las cartas pastorales es como un término técnico para designar la doctrina (1 Tm 1.10; 4.16; 6.1, 3; 2 Tm 3.10; Tit 2.1). La Palabra de Dios es útil para que la persona que ha caído pueda conocer la sana doctrina.
Redargüir (
): esta palabra significa probar por demostración, convencer y puede llegar a indicar reprensión. La Palabra de Dios es útil para convencer a la persona de su error. Esto es importante, porque en un momento de tropiezo, todo queda trastocado en la vida de la persona, por lo que necesita ser confrontada con una base objetiva: la Palabra de Dios. La persona verá reflejada, como en un espejo, su propia condición y eso le ayudará a reaccionar.
Corregir (
): literalmente, significa restauración a un estado recto o correcto.[21] La Palabra de Dios es útil para provocar corrección y un estado de mejora en la vida, ya sea personal o comunitaria. Un término similar se usa en Lucas 13.13 al hablarnos de una mujer que tenía una enfermedad y andaba encorvada; el texto es enfático cuando dice y de ninguna manera se podía enderezar (v. 11). El verso 13 añade: Puso las manos sobre ella; y ella se enderezó (
) luego, y glorificaba a Dios. Es interesante ver cómo, en este texto, el efecto de enderezar genera reconocimiento de la gloria de Dios. La idea es la de enderezar aquello que está torcido, corregir lo que es defectuoso... Esto, por un lado, nos da la idea de esfuerzo (pensemos lo que cuesta enderezar algo que está torcido) y de proceso (no es algo instantáneo, sino que implica tiempo, desarrollo, progreso..., a no ser que sea un milagro como el de la mujer encorvada de Lucas).
Instruir (
). La forma verbal significa, primariamente, instruir niños llegando a denotar el concepto de educación. También puede significar disciplinar, bien por medio de la corrección o exhortación o por el castigo.[22]
, en la Septuaginta, aparece 41 veces como traducción del hebreo yäsar, que significa castigar, disciplinar, corregir.[23] El sustantivo
, en los LXX, aparece 37 veces traduciendo a müsär, que significa castigo, disciplina. Los términos hebreos, señala Fürst, designan, primeramente, el castigo que el padre ha de aplicar al hijo (Dt 21.18; Prov 13.24) y el castigo que Dios ha consentido que caiga sobre su siervo por la salvación de su pueblo (Is 53.5). Dios castiga a causa del pecado (Lv 26.18, 28), pero con medida (Jer 10.24; 46.28).[24] No en vano, el texto de Pablo a Timoteo añade en justicia. Esto es interesante, ya que muchas de nuestras medidas disciplinarias puede que no se ajusten a este parámetro, sino que estén más interesadas en la aplicación radical de un legalismo falto de vida, carente de amor y víctima de la tiranía.
Estos cuatro términos parecen dar a entender un proceso que va, in crescendo, de lo superficial o mecánico (acción de repetir) a lo más profundo (educación). Es decir, la formación de una persona y su desarrollo espiritual se inicia por la enseñanza (doctrina), sigue con la reprensión (convencer del error), continúa con la corrección y termina con la disciplina (parte importante de la educación de una persona). Para todo este proceso es necesaria la Palabra de Dios.
Pongamos un ejemplo: imaginemos que estamos enseñando a un niño acerca del amor de Dios y le indicamos que es mediante el amor de Dios que nosotros podemos tener vida eterna (doctrina). Si el niño se comporta con agresión y violencia hacia otro niño, de forma injusta, podemos pasar al siguiente nivel en su educación, que es la reprensión, indicándole que no está bien lo que está haciendo y convencerle de su error. En su formación, todavía tenemos que dar un paso más y es el de la corrección, mostrándole lo que hubiera sido una conducta correcta ante el otro niño y modificar el daño causado (enderezar lo torcido). Por último, tenemos que dar el paso con el niño de la disciplina, ya que todas las conductas negativas tienen unas consecuencias que hay que saber asumir.
Si aplicamos este proceso a cualquier persona, el resultado más probable será positivo y fructífero; de manera especial, en aquellos que han caído: enseñar, reprender, corregir, disciplinar. Dicho esto, merecería la pena concluir que quien desarrolla todo este proceso es la Palabra de Dios, no tanto nosotros. Todo ello ha de estar orientado hacia la meta final que nos enseña la Escritura en el siguiente verso y que tratamos a continuación.
En cuarto lugar, el origen (Dios-soplada) y la utilidad de la Escritura (provechosa para...) llevan al creyente hacia una meta final: la maduración. A fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra (2 Tm 3.17).
La palabra perfecto es
. Esta palabra designa aquello que es recto, proporcionado, propio, idóneo, adecuado. No conlleva tanto la idea de perfecto, sino que se refiere a una persona que está totalmente equipada. Schippers dice que esta palabra no tiene tanto un significado cualitativo, sino funcional.[25] Dios tiene interés en preparar, equipar a los creyentes para que puedan desarrollarse como personas; esto es interesante, ya que no se trata tanto de acumular conocimientos teóricos sobre las Escrituras, sino de integrarlos en la vida cotidiana, en la vida personal, en la relación con los demás, en el mundo de los negocios, en la familia, en la iglesia, en el vecindario...
La palabra perfecto que acabamos de considerar está asociada y relacionada con un participio perfecto pasivo (
), enteramente preparado. Esta palabra significa, básicamente, equipar, con lo que estaríamos ante una frase redundante. El apóstol Pablo nos está indicando que el hombre de Dios ha sido equipado a partir de la acción de la Palabra de Dios. Dicho de otra forma, la Palabra de Dios es provechosa para equipar al creyente y prepararle para las buenas obras.
En el proceso de restauración o rehabilitación de la persona que ha caído, la meta ha de ser la maduración espiritual y esto solo se puede conseguir a partir de la acción de la Palabra de Dios. No hay otro medio de renovación. Es la Escritura la que nos equipa adecuadamente para desarrollarnos como creyentes y como personas. No interesa tanto quién haya caído, ni cómo, ni dónde, ni cuándo, ni por qué. Lo importante es que la Palabra de Dios puede actuar provechosamente y producir unos efectos maravillosos en la vida de cualquier persona y en medio de las más diversas circunstancias.
El autor de la carta a los Hebreos nos dice que la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón (Heb 4.12). Las palabras viva y eficaz son muy ilustrativas. La palabra viva (
) es un participio presente que indica continuidad y podríamos traducirla como revitalizante, vivificante. Eficaz (
) significa algo así como energética. El texto, además, añade: y discierne (
), que significa con capacidad para juzgar.[26]
Este texto nos indica que el poder de la Palabra de Dios en la vida de una persona es inmenso, pues es capaz de llegar a lo más profundo de nuestro ser, derrumbar argumentos y presentarnos a nosotros mismos tal y como somos, pecadores. Pero no termina ahí su acción; su poder trasciende lo humano y permite nuestra recuperación espiritual revigorizando nuestra alma a pesar de la caída; es como si nos llenara de nueva energía para seguir avanzando en nuestro caminar diario. Es evidente, entonces, que la Palabra de Dios es la fuente a la que hemos de acudir en el proceso de recuperación espiritual de aquellos que caen.
La disciplina divina
Dios restaura al creyente que tropieza a través de la disciplina (Heb 12.5 y ss.). Aquí nos encontramos con uno de los textos más apasionantes sobre la relación que se establece entre Dios y el creyente. En todo proceso educativo, la disciplina es una pieza fundamental. La tenemos en la escuela, en la familia, en el trabajo, en la sociedad...
Antes de ver lo que nos enseña este pasaje, vamos a detenernos en la terminología usada por el autor de la carta a los Hebreos. Veamos la siguiente tabla en la que podemos contemplar los términos usados en el texto original y la traducción que aparece en la Versión Reina-Valera de 1960:
| Texto | Reina-Valera 60 | Texto griego |
| Verso 5 | Disciplina del Señor Reprendido por él | |
| Verso 6 | Al que ama disciplina Azota... hijo. | |
| Verso 7 | Soportáis la disciplina ...padre no disciplina? | |
| Verso 8 | Deja sin disciplina... | |
| Verso 9 | Padres terrenales nos disciplinaban | |
| Verso 10 | Aquellos... nos disciplinaban | |
| Verso 11 | Ninguna disciplina... | |
Todas las veces que aparece la palabra disciplina, traduce el griego
o su forma verbal
. Este término ya lo hemos comentado más arriba cuando hablábamos de la utilidad de la Palabra de Dios para instruir en justicia.
Ahora bien, parece que aquí la traducción de disciplinar en lugar de instruir es preferible porque el contexto así lo aconseja. Podemos hacer varias observaciones a esta tabla que acabamos de ver:
Primeramente, la disciplina es del Señor y no ha de ser menospreciada. Este pasaje recoge unas palabras del libro de Proverbios (Prov 3.11-12). En el texto de Proverbios, se relaciona el castigo con la corrección. Además, el sustrato teológico es claro aquí a la luz de la Torá, ya que la bendición es consecuencia de la obediencia y la maldición es resultado de la desobediencia (Dt 28). Esto lo tuvo que aprender Israel a lo largo de los siglos. Detrás de los acontecimientos políticos y sociales del pueblo de Dios está la mano del Señor guiándoles hacia la santidad.
En segundo lugar, la disciplina se identifica con el amor. La relación es de padre-hijo y es una relación de amor que no puede estar exenta de disciplina, ya que lo que motiva al Padre es la corrección de sus hijos. Proverbios 3.12 insiste: porque Jehová al que ama castiga (
). Esta palabra (castigar) se traduce por reprender (Job 6.25; Prov 30.6), reprochar (Job 13.10), castigar (Sal 94.10; Prov 3.12), reprobar (Is 11.3). La palabra amar (
), cuando se refiere a Dios en relación a su pueblo, está vinculada, a menudo, al hecho de haberlo escogido como pueblo propio siendo una elección soberana (Os 11.1; Dt 4.37; 7.7 y ss.; Jer 31.3).
En tercer lugar, la disciplina de Dios se compara con la acción de un padre hacia sus hijos. Cualquier padre disciplina a su hijo porque desea lo mejor para él y ha de corregir aquellas tendencias innatas que lo apartan del buen camino. Basta repasar el libro de Proverbios para verificar la responsabilidad de dirección y corrección que tienen los padres sobre sus hijos y esto tiene como motivación y fundamento la acción de Dios hacia los suyos.
En cuarto lugar, la disciplina se relaciona con la reprensión y el azote. Parece como si esto solo tuviera que ver con la violencia, pero la disciplina que aquí se está ejemplificando se aleja de ello y promueve la santidad y el provecho de la persona disciplinada. Este aspecto lo desarrollaremos más adelante.
Pasemos ahora a considerar el texto objeto de nuestra atención y a relacionarlo con el proceso de restauración de la persona que cae.
Primeramente vamos a considerar que mientras que la disciplina es del Señor, la actitud de sus hijos ha de ser la de no menospreciarla (Heb 12.5). La palabra usada aquí es
, que significa pensar ligeramente, desacreditar, menospreciar, hacer pequeña cuenta o tenerla en poco.
Hay varias reacciones posibles ante la disciplina. Por un lado, estaría el menosprecio y el desprecio, signos de prepotencia y orgullo; por otro, el enfrentamiento y la rebeldía como consecuencia del rechazo de la disciplina; por último, el desfallecimiento y el desaliento al pensar que es injusta y no la merecemos. El autor de la carta a los Hebreos nos anima a no reaccionar negativamente ante la instrucción y corrección del Señor, y lo hace tratando de motivarnos al mostrarnos cómo es el Señor y lo que pretende con ella. Ante todo es una medida de amor hacia sus hijos.
En segundo lugar, la disciplina demuestra el interés que Dios tiene por los suyos (Heb 12.6-8). Lo que nos muestran estos textos es el hecho de que la disciplina es una prueba de que somos hijos de Dios. Supongo que todos conoceremos a alguien cuyos hijos han estado faltos de dirección y disciplina. El efecto que producen es rechazo, ya que se han convertido en personas egoístas, déspotas, autoritarias, ligeras de mente, maleducadas, consentidas...; en una palabra, insoportables.
Hay un texto del Antiguo Testamento que ilustra la falta de disciplina de un padre hacia sus hijos. El sacerdote Elí tenía dos hijos, Ofni y Finees, cuya conducta se apartaba de los caminos del Señor porque eran hombres impíos y no tenían conocimiento de Jehová (1 Sam 2.12), a pesar de haber crecido en una casa sacerdotal. El capítulo 2 de 1 Samuel describe el pecado de los hijos de Elí y el castigo del Señor sobre ellos. El capítulo 3 trata del llamamiento de Samuel y el mensaje de Dios respecto a Elí; lo dramático de esta situación es que el sacerdote Elí no había cumplido con su responsabilidad de padre, ya que no había desarrollado ninguna disciplina a pesar de la mala conducta de sus hijos: Y le mostraré que yo juzgaré su casa para siempre, por la iniquidad que él sabe; porque sus hijos han blasfemado a Dios, y él no los ha estorbado (1 Sam 3.13). ¿Amaba Elí a sus hijos? Yo no me atrevo a decir que no; seguramente era un amor equivocado.
La mejor muestra de amor de un padre hacia sus hijos tiene que ver con la orientación y la corrección; siempre es doloroso para un padre la disciplina de sus hijos, pero es una medida de amor corregirlos cuando se desvían del camino correcto. Hay que limar el mal carácter, reorientar las tendencias innatas, superar el egoísmo, corregir las malas conductas..., aspectos que se manifiestan desde la más temprana infancia. Dice la Escritura: Instruye al niño en su camino, y aún cuando fuere viejo, no se apartará de él (Prov 22.6). Una traducción quizás más adecuada sería instruye al niño en la boca de su camino...; es decir, en los inicios de su vida. Lo podríamos comparar con un árbol; si se tuerce, es fácil enderezarlo cuando es pequeño; pero, si han pasado los años y se ha hecho robusto, no podremos corregir su inclinación.
Otro detalle interesante es que el texto nos dice que todos han sido participantes de la disciplina (Heb 12.8). Cuando un hijo ve que su padre es severo con él pero condescendiente con sus hermanos, produce un efecto negativo en su propia vida y en la relación que se establece entre los dos. Sin embargo, el texto nos indica que todos somos participantes de la disciplina del Señor; es decir, Dios ha dejado su Palabra para todos, en la cual somos instruidos y estamos llamados a seguir sus caminos con el ejemplo máximo de su propio hijo Jesús. Por eso es tan importante conocer bien la Palabra de Dios, lo que genera responsabilidad ante el Señor.
En tercer lugar, el resultado de la obediencia a Dios es la vida (Heb 12.9). Los hijos bien instruidos y disciplinados respetan a sus padres. Esto es corroborado por el texto que nos ocupa cuando dice y los venerábamos (
). El autor de la carta a los Hebreos hace una triple comparación en este texto. Veámoslo en la siguiente tabla:
| Padre | Educación | Efecto |
| Terrenal | Disciplina | Veneración |
| Espiritual | Obediencia | Vida |
Dios nos ha dejado su Palabra que, al igual que la Torá, es una instrucción para la vida. El Antiguo Testamento está lleno de expresiones como estas: Apártate del mal, y haz el bien y vivirás para siempre (Sal 37.27), Guarda mis mandamientos y vivirás (Prov 4.4; 7.2), Guarda sus estatutos..., para que te vaya bien a ti y a tus hijos... (Dt 4.40; 5.16, 29, 33). El efecto que producirá aprender y vivir de acuerdo a las instrucciones de Dios es la vida, y no solo se está refiriendo a vida eterna, sino también a la calidad de vida que ahora podemos desarrollar, caracterizada por la paz, el sosiego, el bienestar, la salud... En definitiva, obedecer la Palabra de Dios es saludable.
En cuarto lugar, la disciplina divina es provechosa y promueve la santidad (Heb 12.10). De nuevo vuelve a insistir en la comparación con los padres terrenales, que disciplinaban como a ellos les parecía. Los padres no somos perfectos, hacemos lo que podemos, según nos parece lo mejor; pero eso no es una garantía de hacer lo correcto, ya que hay muchos aspectos que influyen en nosotros mismos: el estado de ánimo en un momento determinado, nuestra familia de origen, las circunstancias que pasamos en la vida, nuestra propia personalidad y carácter, las presiones sociales... Dios no está sujeto a estas limitaciones. Por eso, su disciplina (instrucción y corrección) es provechosa (
) y promueve la santidad. La misma palabra se usa en 1 Corintios 6.12 y 10.23, cuando el apóstol dice: Todas las cosas son lícitas, mas no todas convienen, todo me es lícito, pero no todo conviene. Se refiere a aquello que es beneficioso para la persona. Hay cosas que no son malas en sí mismas, pero no son de provecho, no edifican o no promueven el bien común, aunque tampoco destruyen. Esto tiene que ver con un alto principio de la convivencia y la comunidad. Por ello, la Palabra de Dios nos orienta a hacer aquello que es provechoso para uno mismo y para los demás, a seleccionar lo excelente por encima de lo bueno.
Esto es lo que hará que podamos participar de la santidad del Señor. En la medida en que nos apartamos de aquello que desagrada a Dios, del pecado y aprendemos a seleccionar lo que es provechoso para el Reino de los Cielos, estamos participando de su santidad.
Esto será muy importante para la persona que ha caído, ya que deseará recuperar la dignidad que tiene como hijo de Dios y volver a participar de la santidad del Señor, que proveerá vida abundante. Solo hay un camino: el de la guía de la Palabra de Dios y su disciplina. Ello implica dominio propio y renuncia no solo del pecado, sino de todo aquello que obstaculiza la buena comunión con Dios. Por ello, el autor de la carta a los Hebreos comienza este capítulo diciendo: Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante (12.1). La ilustración que usa el autor de Hebreos es pertinente, ya que está pensando en un atleta y en la carrera que tiene que correr. Por eso indica que tiene que abstenerse de aquello que es perjudicial (no provechoso) para la tarea que tiene por delante. Habrá cosas que las tendrá prohibidas y otras que representarán un obstáculo (peso) y le impedirán correr bien. Por ejemplo, no podrá correr bien si su alimentación no ha sido la adecuada, o si no tiene el vestido y el calzado apropiados... Se trata de cosas triviales, llenas de sentido común para un atleta. De la misma forma, el creyente que desea avanzar en la vida cristiana y cumplir con los planes de Dios, tendrá que seguir sus instrucciones, mantener una disciplina vital y renunciar a ciertas cosas que, siendo legítimas, le estorbarán para llegar a la meta. De manera especial, la persona que ha caído deberá seguir un proceso estricto de rehabilitación para recuperar la autoestima y volver a ser un siervo del Señor, útil, lleno de vida y participante de la santidad de Dios.
Por último, el resultado final de la disciplina divina es la paz y la justicia (Heb 12.11). El autor de la carta a los Hebreos, lleno de realismo, indica la reacción humana ante cualquier medida disciplinaria: no causa gozo, sino tristeza. Pensemos en nuestros propios hijos, cuando tenemos que decirles que no a algo, porque sabemos que no es lo mejor para ellos. Su reacción natural es de tristeza, frustración, enfado, rechazo... Los padres solemos recurrir a la frase aprendida de nuestros antepasados: cuando seas padre lo comprenderás. Cuando éramos hijos no lo entendíamos, pero cuando nos convertimos en padres suspiramos ¡cuánta razón tenían mis padres!
¿Cuál es el resultado final de la disciplina divina? El autor de la carta a los Hebreos nos dice: fruto apacible de justicia a los que en ella (la disciplina) han sido ejercitados. Aquí hay mucha sabiduría.
La disciplina, por sí sola y de manera aislada, no produce fruto. Es necesario ser ejercitado en ella. Esto nos habla de constancia, de perseverancia, de resistencia. ¡Cuántos padres hay que claudican ante la insistencia de sus hijos y les causan un daño emocional difícil de reparar! Por ejemplo, en psicología se habla de los refuerzos positivos y negativos. Imaginemos una madre que va a comprar con sus hijos y en el supermercado el niño le pide unas golosinas. La madre le dice que no, ya que falta poco tiempo para la comida. El niño insiste. La madre se reafirma. El niño empieza a alzar la voz y a ponerse impertinente exigiendo lo que desea con un volumen que va in crescendo. La madre, con tal de no oír más a su hijo y evitar el escándalo, le da lo que pide (refuerzo positivo que potenciará en el futuro la misma conducta del niño al asociar que el lloro y el pataleo le permiten obtener lo que desea). El niño, feliz, da un beso a su madre y las lágrimas se convierten en sonrisa. ¿Quién ha ganado la batalla? Y no solo esto, ¿qué ha aprendido el niño? La madre que ha claudicado ha enseñado a su hijo que cada vez que llore y amenace con un escándalo público, podrá salirse con la suya y le darán lo que pide. Los niños son así de inteligentes. Aprenden rápido. Por ello, es necesaria e imprescindible la firmeza en todo proceso disciplinario, y hay que tener claro qué es lo más beneficioso y provechoso para nuestras vidas y las de los que nos rodean. En el ejemplo de la madre, haber dicho que no a su hijo primeramente y haber terminado dándole lo que pedía, ¿produce fruto apacible de justicia? La respuesta es obvia, pero los padres siguen sin aprender esta lección tan importante y básica. El resultado será un niño caprichoso que volverá a manipular a sus padres cuando lo desee.
Sin embargo, la verdadera disciplina provee fruto apacible de justicia. Este será el efecto más visible de una buena disciplina. Es decir, por un lado se ha corregido aquello que era defectuoso o pernicioso (justicia) y, por otro, se puede experimentar bienestar, sosiego, al haber superado el pasado y abrir una ventana de aire fresco que orienta positivamente hacia el futuro (paz). El verso 1 del capítulo 12 de la carta a los Hebreos se iniciaba con una carrera, y el verso 11 termina con otra referencia a la vida del atleta: ser ejercitado. Una persona poco entrenada no podrá participar adecuadamente en una competición, pero si ha sido ejercitada en la disciplina, será capaz de enfrentarse a sus competidores y obtener el triunfo que premiará su esfuerzo y habrá merecido la pena. Por ello, la renuncia y la abstinencia de lo que no conviene tendrá como efecto la alegría y la gloria del triunfo (fruto apacible de justicia).
Para la persona que ha caído, la instrucción y corrección del Señor generará fruto apacible de justicia si es ejercitado en la disciplina divina, ya que aprenderá que Dios no pasa por alto el pecado (justicia) y al ser rehabilitado y recuperar su dignidad como hijo de Dios, estará en condiciones de socorrer a otros que pasen por circunstancias similares, lo que hará que se sienta bien consigo mismo y con los demás (paz, sosiego, bienestar).
[1] G. Braumann, Fuerza, Diccionario teológico del Nuevo Testamento (Salamanca: Sígueme, 1980), II:224.
[2] La palabra
es un participio presente del verbo
.
[3] G. Braumann, Intercesor, Diccionario teológico del Nuevo Testamento, (Salamanca: Sígueme, 1980), II:353.
[4] Animamos al lector a repasar el famoso mito de la caverna de Platón.
[5] Rojas, op.cit., p. 86.
[6] Yo me inclino más bien por el uso locativo, no tanto el instrumental.
[7] G. Ebel, Camino, Diccionario teológico del Nuevo Testamento (Salamanca: Sígueme, 1980), I:210.
[8] Ebel, op.cit., p. 211.
[9] Vine, Débil, Diccionario expositivo de palabras del Nuevo Testamento (Terrassa: Clie, 1984), I:381.
[10] Link, Debilidad, Diccionario teológico del Nuevo Testamento (Salamanca: Sígueme, 1980), II:9.
[11] La misma palabra se usa en Hechos 14.15 cuando Bernabé y Pablo señalan que son hombres semejantes a vosotros.
[12] Vine, Pasión, Diccionario expositivo, III:142.
[13] Ver Romanos 1.26; 7.5; Gálatas 5.24; Colosenses 3.5; Santiago 4.1; 1 Tesalonicenses 4.5...
[14] Juan Calvino, Epístola a los Romanos (Grand Rapids: SLC, 1977), p. 216.
[15] Vine, Interceder, Diccionario expositivo, II:260.
[16] José María Martínez y Pablo Martínez Vila, Abba, Padre (Terrassa: Clie-Andamio, 1990), p. 69.
[17] Oscar Cullmann, La oración en el Nuevo Testamento (Salamanca: Sígueme, 1999), p. 129.
[18] Cullmann, op.cit., p. 137.
[19] Romanos 12.6-8.
[20] K. Wegenast, Enseñanza, Diccionario teológico, op.cit., II:79.
[21] Joseph Henry Thayer, A Greek-English Lexicon of the New Testament (Grand Rapids: Zondervan Publishing House, 1981), p. 228.
[22] 35 Vine, Castigar, Diccionario expositivo, I:240.
[23] 36 D. Fürst, Educar, Diccionario teológico del Nuevo Testamento, II:59.
[24] Ibid.
[25] R. Schippers, Perfecto, Diccionario teológico del Nuevo Testamento, III:347.
[26] De esta palabra viene nuestro castellano crítica.
CAPÍTULO 5
Agentes de restauración: los pastores
Hasta aquí hemos visto que para una restauración eficaz, la persona afectada ha de ser la principal interesada en el proceso de recuperación; de forma simultánea o paralela está la acción de Dios que fortalece al creyente, y le ayuda a través de la obra del Espíritu Santo y a través de la Palabra, instruyéndole y disciplinándole para corregir aquello que no está de acuerdo a su voluntad.
Ahora nos vamos a centrar en la obra pastoral. El Señor, normalmente, se ha servido de personas para desarrollar su obra. Ya en tiempos antiguos, Moisés tuvo que escoger a un grupo de personas para que le ayudaran en el trabajo diario, ya que la carga era excesiva para él solo. El texto bíblico refiere primeramente las cualidades especiales que tenían que tener esas personas (Ex 18.21: varones de virtud, temerosos de Dios, varones de verdad, que aborrezcan la avaricia) para pasar a puntualizar el trabajo que tenían que desarrollar (Ex 18.22: Ellos juzgarán al pueblo en todo tiempo; y todo asunto grave lo traerán a ti, y ellos juzgarán todo asunto pequeño).
En la historia de Israel, hubo un momento en que había que elegir a una persona que sustituyera al rey Saúl. Samuel siguió un proceso de selección pero, sensible a la voz de Dios, no encontró al elegido en los que tenían una imponente fortaleza física, sino en el que poseía un buen corazón (1 Sam 16.7).
Así, una y otra vez observamos que hay una sintonía entre las cualidades personales y la labor que Dios encomienda a sus siervos.
Me voy a permitir ampliar un artículo que publiqué hace unos años en relación al ministerio cristiano, y que representaba un esbozo sintético que pudiera servir como marco de referencia para un posterior desarrollo y estudio.[1]
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