Kitabı oku: «El incendio del templo de San Antonio en Ciudad Cuauhtémoc, Chihuahua en 1961»



El incendio del Templo de San Antonio en Ciudad Cuauhtémoc, Chihuahua en 1961:
crónica de una infamia
Primera edición en papel, enero 2021
Eidicón ePub, febrero 2021
De la presente edición:
D.R. © Pedro Castro
ISBN 978-607-8781-24-9 (Bonilla Artigas Editores)
ISBN digital 978-607-8781-25-6 (Bonilla Artigas Editores)
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Dedico este libro a quienes sufrieron los ataques
del anticomunismo eclesiástico, entre los que estuvieron
mi padre y otras personas, perseguidos en Ciudad Cuauhtémoc, Chihuahua, y las víctimas del linchamiento ocurrido
en San Miguel Canoa, Puebla en octubre de 1968.
“Sucede hoy (1961) que ni en la lucha por la Independencia, ni en la Reforma, ni en la Revolución de 1910, se habían confabulado las fuerzas y las oligarquías dominantes con las del clero político y las del imperialismo norteamericano, como sucede hoy…” General y expresidente Lázaro Cárdenas, citado en Cárdenas, Cuauhtémoc, Cárdenas por Cárdenas, México, Penguin Random House, 2016.
Los mitos nacen para satisfacer una necesidad emotiva o psicológica de los hombres. Estos se resisten a reconocer que el mal está en ellos mismos, en toda la humanidad. La mayor parte parece tener la necesidad de encerrar las fuerzas del mal en una sola figura. El cristianismo las personifica en el diablo. Él es responsable de todo lo malo. Pero, según ha progresado la civilización hay más y más gente a quien ya no satisface esta invisible y un poco cómica figura. Muchos han encontrado un sustituto más palpable: el comunismo. Para ellos esta fuerza maligna es la responsable de todo lo malo que hay en el mundo. Hay que combatirlo, cueste lo que cueste, donde quiera que aparezca o pueda aparecer. Los así obsesionados encuentran conspiraciones comunistas por doquier. Suelen incluso imputar criptocomunismo en quienes no comparten su obsesión…Adrián Lajous Martínez, Mi Cuarto a Espadas, México, EDAMEX, 1986.

A principios de los años sesenta del siglo pasado dos fantasmas recorrían México: uno, de estructura semi-corporativa y mineral, de feroz verbo anticomunista; y el otro, imaginario, un fantástico y poderoso comunismo soviético-chino-cubano, listo para arrebatar la libertad, la fe, la propiedad y hasta la vida. En las más altas esferas el anticomunismo criollo se tejió la alianza entre Washington, el Vaticano y los sectores más reaccionarios de la sociedad, tanto al interior como fuera del gobierno, en una construcción político-ideológica de explosiva efectividad. Muchos medios –periódicos, televisoras, radiodifusoras– se unieron a esa Santa Alianza, de tal manera que se logró crear una “tormenta perfecta”, arrasando con todo lo que fuera, supiera, oliera o pareciera “comunista”. Nadie mejor que el expresidente Lázaro Cárdenas, cabeza de la defensa de Cuba frente a las agresiones de los Estados Unidos a la isla, conocía el alcance de esta alianza: la sinrazón más evidente de esta alianza fueron los “avances” del comunismo, de la Unión Soviética, China y más recientemente Cuba como “puntas de lanza por el dominio del mundo.” A la consigna que coreaba la izquierda ¡Cuba sí, Yanquis no!, la derecha opuso la de “¡Cristianismo sí, comunismo no!” Así, dos polos en conflicto recorrían México de cabo a rabo a principios de los años sesentas. Más allá de las fronteras nacionales, existía una campaña de largo alcance contra el Estado cubano, en alianza con los grupos más reaccionarios del continente: los Estados Unidos se encontraban al timón del barco del anticomunismo mundial, con presidentes, sus Departamento de Estado, la CIA y el FBI, pasando por los restos del macartismo, y la constelación de fuerzas en torno a la Iglesia Católica de este país, con sus adlátares entre los que figuraban –por supuesto– el poderoso Cardenal Francis Joseph Spellman, arzobispo de Nueva York entre 1939 y 1967. Este activísimo prelado, amigo personal de los presidentes Roosevelt, Truman, Eisenhower, Kennedy y Nixon, además de J. Edgar Hoover (director del FBI) y el Senador Joseph McCarthy, fue el arquitecto de la unión entre la Iglesia Católica norteamericana y mexicana, y los sectores más conservadores y anticomunistas de Estados Unidos en la Casa Blanca y fuera de ella. Actualmente defenestrado por indecencia y abuso de menores y casi borrado de la historia eclesiástica como consecuencia de lo anterior, fue un cruzado infatigable del anticomunismo. Y a partir de aquí el ambiente general del continente americano, merced en buena parte a las maniobras de los medios de comunicación, se encontraba entonces contaminado por los efluvios paranoicos contra la Unión Soviética, China y Cuba, “creaciones demoníacas” a destruir. Sería difícil aunque no imposible, por la fuerza de las circunstancias que también son evidencia, encontrar el punto de encuentro de esfuerzos coordinados entre el Vaticano (penetrado hasta la médula por la doctrina de Pío XII), el gobierno de los Estados Unidos y la Iglesia Católica Mexicana.
Para entender mejor el ambiente que rodeó esta situación es necesario ver atrás. Así recomiendo la lectura de este libro, pero quien así lo desee puede empezar con la segunda parte, la que tiene que ver con el anticomunismo en acción en Ciudad Cuauhtémoc, Chihuahua, y al confluir, regresar a la primera parte. Cuando yo tenía siete años –en 1961– se hablaba cada vez más, en un estilo de alto volumen, de “Fidel Castro”, “el comunismo”, “Moscú”, en un sentido muy negativo. Pero nada para preocuparse, ya que la Unión Soviética y La Habana se encontraban bastante lejos de esta población, más allá del mar, un mar lejanísimo para esta población, pero mi padre y otras personas pronto iban a estar contra la pared en una disputa seudoideológica contra su voluntad y de manera inopinada, de la que iban a ser víctimas inermes de un ataque masivo con los agravantes tradicionales de la premeditación, alevosía y ventaja. Antes del siniestro del incendio del Templo Parroquial de San Antonio, pocos hablaban de Cuba o del comunismo más que de una manera remota, y mucho menos de los peligros que significaban para sus vidas. Para cualquier mexicano Cuba se asociaba con la música y sus espectaculares rumberas, con el exotismo tropical de muchas películas que se filmaron en este lugar. La mayoría de los cuauhtemenses, estoy seguro, ni siquiera sabía ubicar fácilmente esta isla, ni los puntos del mapamundi donde se encontraban la Unión Soviética o China. Las llamas que destruyeron el Templo Parroquial de San Antonio se alimentaron con un hálito histérico de anticomunismo al que el país no escapaba. Este siniestro envenenó las mentes de los pobladores, en la certeza de que había sido producto de un plan malévolo urdido en Moscú, Pekín o La Habana. De este incendio del templo se pasó a otra quemazón simbólica, la del tejido social merced a la indignación popular nutrida desde varias partes. Conviene remontarse al activismo político de la Iglesia Católica Mexicana y sus aliados, principalmente el Partido Acción Nacional (PAN) y a algunos personajes ultracatólicos que gozaban –y gozan sus descendientes– de privilegios, poder e influencia. Esta derecha había abrazado el anticomunismo y antisovietismo primero, y el anticastrismo después. Siguiendo el ejemplo estadounidense, la Iglesia abrazó una doctrina patética contra el llamado “comunismo”, y echando una red al agua y que igual atrapaba a un masón que a un ateo, a un liberal, a un protestante, a un comunista del partido o a un simpatizante de la Revolución Cubana, a algún católico despistado, o a cualquiera que se apartara de la línea del “mandato divino” tal como lo instruían los obispos y sacerdotes. Según ellos los “enemigos de la fe” pretendían acabar con las “sagradas creencias” del pueblo mexicano “en Dios y en su Iglesia.” La catástrofe que apenas se vislumbraba –si no se hacía algo al respecto– causó el efecto deseado: paranoia e histeria colectiva en muchos católicos, sobre todo entre los más pobres y adoctrinados (e ignorantes) de otros sectores de la sociedad, a los que la Iglesia llamó a una virtual “guerra santa”. La Iglesia Católica cumplía un doble papel: ser la administradora por excelencia de la homilía anticomunista, y constituirse en la clave del éxito de la lucha “contra los comunistas”. Toda la reserva de “paz armada” de la Iglesia salió a relucir. El anticomunismo eclesiástico declaró, en sermones aterciopelados y trufados con alusiones divinas, una guerra sin cuartel contra los enemigos de Dios. La Iglesia insinuaba que la violencia era un riesgo que podían tomar las personas y no se debía negar a ningún país el derecho a la legítima defensa contra las amenazas exteriores. La Iglesia priorizó su idea de la justicia sobre su idea de la paz; en otras palabras, un manejo torcido del argumento de la “legítima defensa” de Santo Tomás hizo trizas, en el plano doctrinario, la paz, una necesidad de las sociedades para poder vivir y desarrollarse. Su agresividad fue desatada por un plan discurrido por la CIA, de acuerdo a su “experiencia” en Guatemala en 1954. En México tanto la CIA como la Embajada de los Estados Unidos dispusieron de un amplio poder y autonomía, y un generoso presupuesto para actuar. De manera similar a Guatemala con la llamada “Operación Éxito”, el “plan de guerra” se encauzó con la ayuda indispensable de la Iglesia Católica, ésta siguiendo orientaciones del Vaticano y en pleno entendimiento con la CIA afincada en México. Su discurso básico hablaba de la maldad intrínseca de los comunistas, que quemaban templos y etc., con la idea de acabar con la religión y la iglesia de Dios. El anticomunismo eclesiástico y de sus aliados desempeñaron su papel de una manera más que inapreciable. Se logró convencer a muchos de que la URSS y China, aliados a Cuba revolucionaria, se iban a posesionar del país en cualquier momento, con la colaboración de los “comunistas” nativos. La Iglesia dijo defender la fe y las tradiciones de México, contra éstos que tenían un plan bien trazado para trastornar la República.

El anticomunismo, una ideología “exótica” importada de los EU
Un propósito de este trabajo se refiere a los motivos, propósitos y circunstancias de esta Santa Alianza en México. Aunque el uso del término comunista con fines políticos se remonta al menos a la Revolución Bolchevique, o incluso antes, es hasta la Guerra Fría cuando toma el mayor y definitivo impulso. No hay que olvidar, sin embargo, que tanto los presidentes Woodrow Wilson (1913 a 1921) Warren G. Harding (1921-1923) y Calvin Coolidge (1923-1929) levantaron la voz contra el “bolchevismo” y los “bolcheviques.” Entre los acusados estaban ni más ni menos que el presidente Plutarco Elías Calles. El secretario de Estado de Calvin Coolidge, Frank B. Kellog, sometió al Senado de los Estados Unidos un memorándum titulado “Metas y políticas bolcheviques en México y Latinoamérica.” 1 Muchos años después, con Harry Truman en la Presidencia (1945-1953) y la extendida percepción de sectores de la sociedad de este país –sintetizado en el macartismo y el fundamentalismo católico y protestante– se instituyó el terror al “comunismo”, un término que igual se nutría de su indefinición conceptual como de su proyección emocional. De la amistad derivada de la victoria compartida entre los estadounidenses y los soviéticos contra los nazis en la guerra, promovida por su antecesor el presidente Franklin Delano Roosevelt, se pasó a la franca hostilidad a partir de Truman. De la política estadounidense de containment (contención) del secretario Dean Acheson, que sostenía la imposibilidad de “recuperar” los territorios “perdidos” en Europa, se pasaría a la de la acción para “recuperarlos”, sobre todo de la mano de los hermanos John Foster Dulles (Secretario de Estado) y Allan Dulles (su hermano, a cargo de la CIA). La Iglesia Católica, por su parte, de aliada de Mussolini y tolerante hacia los nazis durante la guerra, y envenenada por su odio a la Unión Soviética y al marxismo, pasó a ser un instrumento de Washington para impedir la llegada de los comunistas al poder en los países europeos, particularmente en Italia, y estorbó las posibilidades de sus similares en otras partes. A la guerra psicológica que Estados Unidos puso en práctica con éxito, se sumó la ideología católica a través de la religión. La Iglesia Católica percibía también un mundo que se le volvía más pequeño y difícil, ya que donde no tenía conflictos con los regímenes comunistas establecidos intuía que tarde que temprano se vería mermada en su poder político y económico. La alianza Estados Unidos-Iglesia Católica llegó como una consecuencia natural de la Guerra Fría, a la que en varios países se sumaron las oligarquías locales, y desde luego el gran capital norteamericano, con fuertes intereses en todo el mundo. El exitoso involucramiento del Vaticano en las elecciones italianas de la posguerra dejó una lección que parecía infalible: si en Italia la fórmula había funcionado, funcionaría en otros sitios, donde la influencia de la Iglesia fuera notable, en países como México, con una mayoría de la población creyente pero mal informada, ignorante, fanatizada, y de escasa o nula educación, y por tanto manipulable. Era difícil que la ideología anticomunista, “exótica” e importada de los Estados Unidos, pudiera ser convincente para sus vecinos –México y los países que se encontraban más al sur– si no se contaba con la Iglesia Católica y su amplio sistema corporativo movido desde la alta jerarquía eclesiástica. Nos referimos al Partido Acción Nacional (PAN), la Unión Nacional Sinarquista (UNS), organizaciones de seglares (Acción Católica, AC, Los Caballeros de Colón), medios de expresión propios, y desde luego, los púlpitos de los templos a lo largo y ancho del territorio, cuyo parloteo narrativo era infinito. La alianza anticomunista se prendió y tomó cuerpo con la Revolución Cubana de 1959 y su impacto en México, sobre todo entre los jóvenes, quienes la vieron con mucha simpatía e idealmente la consideraron como un ejemplo que podía replicarse en su suelo. Un sector oligárquico mexicano de carácter privado y público, formado a la sombra de la Revolución Mexicana que había perdido gran parte de su atractivo, y por añadidura católico de golpes de pecho, prendió sus alarmas frente a la posibilidad (remota por cierto) de que la experiencia en la isla incendiara al país. A todo lo anterior habría que sumar el hecho de que el presidente en turno Adolfo López Mateos, era un mandatario vacilante, contradictorio, irresoluto y enfermo por añadidura, de vergonzantes posturas pro-estadounidenses como resultado de sus temores respecto a las reacciones en su contra por Washington. El círculo se cerró con los medios masivos de entonces, sobre todo radio, periódicos y la naciente televisión. Todos ellos, de orientación ultraderechista, se sumaron a la Santa Alianza contra “los comunistas”, de manera tal que la información independiente era inexistente. El plan era no dejar un solo espacio político y social sin cubrir, realizar una guerra total en la que no podía haber errores, después de lo que había ocurrido sobre todo en países de Europa Oriental y Cuba.
A nivel de piso en México, por decirlo así, anticomunismo real y comunismo imaginario fueron los actores de un juego de espejos. Como dijimos antes, el primero era impulsado por la Iglesia Católica y sus aliados, y el otro, que formaba un amasijo de límites imprecisos y cuyos integrantes fueron etiquetados como “comunistas”, cuyas “malévolas acciones” estaban bajo el lente de la vigilancia eclesiástica, de los simples párrocos hasta las oficinas del Vaticano. Para la “guerra contra el comunismo” emprendida por la Iglesia, como todas las guerras, y específicamente a las que se configuran como terrorismo religioso, hay que inventar enemigos, si es que aún no se tienen, un “malvado enemigo”, uno al que pueda enfrentarse y sobre el que se espera triunfar. Dicho simplemente, no es posible hacer una guerra sin enemigos. El clero desató contra el “comunismo” encarnado por individuos, una persecución simbólica y también real, según lo demandara la situación, sobre todo a partir de grupos de creyentes fanatizados, no siempre controlables por los mismos eclesiásticos. Y si el comunismo era diabólico, como los clérigos lo dijeron tantas veces, entonces quienes “profesaban” esta ideología quedaban instantáneamente “satanizados”. La invención de los “seres satánicos” no era nada difícil, tal y como lo demuestra la historia de la Santa Inquisición. Finalmente, están los fenómenos de la “despersonalización” – es decir, situar a los individuos perseguidos en una categoría moralmente inferior a la de los perseguidores, así como el de la “deshumanización”. Como la mayoría de los judíos sabe, por experiencia de siglos de estar en el punto de mira del antisemitismo, es mucho más fácil estereotipar y categorizar a un grupo o pueblo entero como enemigo colectivo que odiar a individuos en lo particular; es decir, en estos casos a los “comunistas”, los “malvados a combatir.” Yves Simón ha sintetizado acertadamente su situación: 1) Los indiciados son o pertenecen a una minoría; 2) Se magnifica su supuesta peligrosidad aunque no se den evidencias de los supuestos daños que causan; 3) Se les considera como integrantes de un movimiento de conspiradores obedientes a los dictados de influencias o potencias extranjeras; 4) Poseen una religión, creencias u orientaciones políticas “extrañas” a una supuesta mayoría, ésta a su vez manipulada por poderes que actúan tras bambalinas; 5) El efecto inmediato, y a menudo permanente, es la criminalización, satanización y deshumanización de los acusados, y la degradación de sus personas y familias, tanto de manera física como simbólica, a menudo llamándoles animales, ratas, perros, hienas, burros, bueyes, cucarachas, buitres, etc.; 6) La pasividad de la sociedad circundante, por su conformidad o por miedo, hace que muchas personas volteen hacia otro lado ante las injusticias y la ignominia sufrida por quienes han sido sus amigos, vecinos, médicos, clientes o hasta parientes. La información de lo que vieron se remite al silencio cómplice. Hablar del tema se hace en discretos corrillos y se evita de antemano cualquier sospecha de amistad o simpatía hacia las víctimas. Desde el lado de los agresores habría que agregar: 1) Están motivados para aceptar cuentas que se ajusten a sus convicciones preexistentes; 2) Se muestran dispuestos a pagar un precio muy alto para preservar sus ideas, aunque resulten equivocadas; 3) Comparten la hipocresía moral de la naturaleza humana: la tendencia a juzgar a los demás con más dureza por alguna infracción moral de lo que nos juzgamos a nosotros mismos; 4) El pensamiento grupal conduce a muchos problemas de toma de decisiones erradas, por el análisis incompleto de alternativas y objetivos, la falta de examen de los riesgos de la elección preferida, la posesión de información deficiente y el sesgo selectivo en el procesamiento de información. 5) Las declaraciones de sus líderes hacen que los individuos construyan una historia coherente en su mente, sin que necesariamente ella sea verdadera; 6) Ciertas creencias son tan relevantes para un grupo que se convierten en su identidad; 7) Las “verdades” establecidas en sus mentes con frecuencia no están preparadas para ser cambiadas por la simple evidencia.2
El objetivo y la motivación principal de mi esfuerzo es investigar con detalle, analizar, exhibir evidencias, sacar conclusiones, respecto al ataque eclesiástico sufrido por mi padre Pedro Castro Guzmán y un grupo de personas a partir del 19 de marzo de 1961, cuando yo contaba con ocho años. El motivo esgrimido es que ellos quemaron el Templo de San Antonio –hoy Catedral– con el objetivo de acabar con la fe católica, como inicio de un plan “comunista” de mayor alcance. Aunque el tiempo ha pasado –sesenta años ha– mucho es lo que se recupera gracias a la operación de los métodos y herramientas de la historia, profesión a la que he dedicado mi vida tanto en el magisterio como en la investigación. En el mismo temor afirmo que, aunque el tiempo ha pasado, han quedado sueltas e insustanciales las acusaciones que materializaron en un ataque a personas, sus familias, su buen nombre, en hechos que adquirieron una relevancia desproporcionada. Y huelga decir, contra los “comunistas culpables” que como el caso de don Pedro, se actuó con saña inaudita. El amable lector advertirá que en el señalamiento de “culpables”, una vez que el incendio fue rápidamente declarado intencional, pasó por una especie de evolución hasta que su responsabilidad se ancló principalmente en don Pedro, supuesto cabecilla de “los comunistas”. No es nuestra intención abundar en la Iglesia, sino de concentrarnos en lo que se refiere a su actuación en contra de los “comunistas mexicanos” en una época determinada. En tanto que soy una víctima lateral de acciones de personas de carne y hueso, más allá de su adscripción religiosa o política, he asumido plenamente mi deber, primero, de indagar las causas de la psicosis reinante en el cuerpo eclesiástico y seglar que tanto daño nos hizo, y segundo, como consecuencia del anterior, procurar una reparación histórica y moral del daño infringido por el párroco Jesús Esquivel Molinar (a quien continuamente llamaré Jesús Terrenal, para distinguirlo de Jesucristo, el de los cielos, en tanto su supuesto representado) y sus contubernios, a sesenta años de los acontecimientos ocurridos en Ciudad Cuauhtémoc. Este señor actuó desde las sombras, y movilizó a multitudes fanáticas, sin aparecer públicamente para evitar responsabilidades y consecuencias de su conducta criminal. En el caso de Cuauhtémoc, quemar un templo –no descarto la posibilidad de que el mismo Esquivel haya sido responsable de este siniestro, aunque no puedo probarlo– tenía un altísimo valor simbólico para los creyentes, y garantizó una respuesta violenta por necesidad en contra de inocentes, que ni la debían ni la temían. En el entorno político de la época hacían mucho ruido los furiosos ataques eclesiásticos anticomunistas, que ya parecen alejados de la memoria de las últimas generaciones con excepción, claro está, de quienes los padecimos en carne propia. Quedan solamente una “leyenda negra” y los estigmas sobre mi padre, al que no conocieron más que de oídas –estigmas, claro está, que no son como las de Jesucristo. Con una narrativa embustera y chantajista, que partía de los niveles más elevados de la jerarquía eclesiástica y caía como hiel hirviente hasta las infanterías parroquiales, y de ahí a los ingenuos feligreses, el acontecimiento fue presentado ante el público ¡como parte de una intentona del comunismo internacional por apoderarse de nuestro país! Una advertencia es pertinente en este punto: que no se crea que el episodio fue un hecho aislado, con móviles exclusivamente locales y personajes desvinculados de un entorno más amplio. Pelaremos la cebolla capa por capa, por decirlo así, y nos encontraremos muchos acontecimientos ocurridos en México y más allá, concatenados por la violencia eclesiástica anticomunista. Convencidos de su propio fanatismo y falsedad, los prelados no alcanzaron a ver que si en otras partes del mundo comunistas propiamente dichos estaban en el poder o aspiraban a él, de México difícilmente podría afirmarse, que estaba en la antesala de una situación semejante. Pero su perversidad levantó su espada flamígera contra personas y grupos a quienes señaló como enemigos de Dios, la fe y la Patria. Difícilmente se puede hablar de una confrontación ideológica, porque para que tal cosa tuviera sustancia, no eran dos antagonistas en conflicto por un bien deseado. Y los comunistas imaginarios no tenían, ni de lejos, ni los medios, ni las intenciones, ni la organización, de tomar el poder político, ni acabar con la Iglesia, ni con el Catolicismo, ni con nada. El anticomunismo eclesiástico tampoco no se planteó acceder al gobierno, sino impugnar creencias –liberalismo, comunismo, laicismo– que los prelados consideraban nefastas e inconvenientes para sus intereses. En el marco de su papel en la Guerra Fría, el conflicto entre la Iglesia Católica de Cuba y el nuevo Estado castrista puso a aquélla al punto de la histeria. Pensar solamente que la experiencia podría repetirse en México espantaba el sueño a la jerarquía eclesiástica, y en general, a los sacerdotes que se nutrían de lo que les daba su iglesia. No es mi propósito señalar todas las motivaciones de quienes agredieron y hostilizaron a mi padre, porque las desconozco, pero sí acaso las imagino con muy buenas razones. No obstante, no evado el reto que significa plantear las posibilidades en torno a tales motivaciones. Es deseable que quienes se sientan agraviados por mis argumentos salgan a la palestra, respondan y muestren los que en su defensa convenga. Y también que quienes tengan información sobre este acontecimiento lo hagan del conocimiento público. La mayoría de los agresores ya murió, pero de sus obras perdura su huella, y en este sentido siguen vivos. Es un punto central tratar de explicar el hecho inexplicable de que la culpabilidad sobre un incendio probablemente intencional haya recaído en este pequeño grupo, pequeño, débil, con muchas ideas pero pocos recursos para encender una Revolución ni comunista, ni capitalista, ni islámica. ¿Cómo se dio el salto para que personas de estas características, tan comunes y corrientes como las demás, tan buenos o malos ciudadanos como cualquiera, fueran víctimas de un día para otro de la imposición de responsabilidades a las que eran ajenas? La única respuesta es que fue producto de las circunstancias, donde intereses, tanto locales como nacionales e internacionales estaban en juego. Había que atacar a estas personas, como a otras en otras partes de la república, para darle sustancia a “la lucha contra el comunismo” en la que la Iglesia Católica se vio involucrada. Afirmamos que la Iglesia tuvo intereses propios para actuar como lo hizo, de la manera menos cristiana concebible, pero también que tuvo ventajas de otro tipo, muy materiales. Afortunadamente existen algunas evidencias, más que circunstanciales, de que la Iglesia y la CIA se enredaron con recursos financieros de por medio, a favor de la primera. Y que la Iglesia mexicana siguió las consignas dogmáticas de El Vaticano, ya expresadas por papas anteriores a Pío XII y Juan XXIII, en contra del “comunismo”, y que el conflicto entre la Iglesia de Cuba y el régimen revolucionario de Fidel Castro –que se decidió a favor de este último– fue un baldón que la institución en su conjunto no pudo resistir. Hemos cedido a la tentación de conocer más este último episodio, porque en México la conflictiva Iglesia siempre se ha salido con la suya, a pesar de las jeremiadas por las supuestas persecuciones de que ha sido objeto.
Notas del capítulo
1 Dulles, John W. Foster, Ayer en México, Fondo de Cultura Económica, 1977, p. 295. Aunque el autor, hijo de John Foster Dulles no señala la fecha, calculamos que fue en 1926.
2 Kinzer, Stephen. The Brothers: John Foster Dulles, Allen Dulles, and their secret world war, New York, Henry Holt and Company, 2013, p. 347.

Razón y sinrazón de la Iglesia Católica
Cuerpo político y económico de la mayor antigüedad, la Iglesia hoy supera la cifra de mil millones de fieles. Una de las claves de su riqueza y poder es que jamás deja sus asuntos a la suerte o las circunstancias fortuitas, o en las manos de Dios. Su arquitectura administrativa y operativa es el mejor ejemplo de una empresa destinada a perdurar hasta el fin de los tiempos. En su historial se incluyen hechos que nada tienen de espirituales o piadosos, como la destrucción de “los herejes”, la Inquisición para enviar a otro mundo a los judíos y otros, las guerras y rebeliones que patrocinó de las Cruzadas en adelante, en las que participó con frecuencia, hasta dar cobijo a abusadores de menores. Es de llamar la atención que sus estructuras medievales permanezcan, en las que un individuo proclamado infalible concentre el poder absoluto hasta la raíz misma de la venerable institución. Es heredera del paganismo romano vestido con ropajes diferentes. Más allá de sus celestes alcances, su vocación más sagrada ha sido la obtención y custodia de bienes terrenales, en un mundo en el que la mayoría de su feligresía es pobre e ignorante, que hace uso de obras de caridad, a la postre golpes de pecho para aliviar su conciencia. Como es natural, a este gigantesco poderío, parasitario más allá de toda medida humana y sobrenatural, se le agrega su conservadurismo, su acomodo al mundo de los poderosos y oposición a los procesos históricos novedosos a los que invariablemente los percibe como amenazantes. En el desarrollo de la ciencia (siempre desafiante de los dogmas de la religión católica), en las revoluciones liberales, marxistas, anticoloniales, nacionalistas o de índole semejante, y en los cambios de las costumbres la institución eclesiástica raras veces las ha asumido con un mínimo de apertura, sino todo lo contrario. En lo ideológico, se ha visto corta en originalidad, invención y lucidez, por lo que acusa una precariedad argumentativa y la repetición ad infinitum de dogmas, frente a las formas de pensamiento laico y avances científico de los siglos XIX y XX. Su militancia reaccionaria, su verbo filoso, hasta sus armas físicas, raíces de su poder, han convertido a la Iglesia en enemiga formidable de los cambios que para bien o para mal experimenta el mundo en que vivimos. Al encontrar respuestas con fuerza semejante por parte de entidades estatales o de cualquier otra parte, recurre a su socorrido expediente de las “persecuciones” de las que se dice eterna víctima, y no se queda con los brazos cruzados.
Tanta energía desplegada por la venerable institución tuvo un antecedente notable en 1937 cuando el Papa Pío XI condenó al marxismo y al “comunismo ateo” en su Encíclica Divini Redemptoris, y atacó duramente la doctrina de los “sin Dios” –es decir, la de los ateos, agnósticos, masones, bolcheviques y otros de etiquetas semejantes. Su estafeta anticomunista, antiliberal, antimasónica y antilaica le fue heredada y a su vez pasada a sus sucesores. Este siervo de Dios cargó con un fardo que la historia no le ha quitado de encima, que fue su alianza política con dictadores, como Benito Mussolini. A pesar de sus muchas diferencias –quizás no eran tantas– los dos autócratas compartían su hostilidad al comunismo, al que veían como amenaza a la dominación ideológico-religiosa y al imperio fascista en Italia. No eran tan extraños compañeros de cama: compartían más de lo imaginable su odio hacia todo lo que estaba a su izquierda. Los privilegios obtenidos por la Iglesia a través del Tratado de Letrán y otros, aunque no siempre fueron respetados por el gobierno italiano, aportaron considerables ventajas, en particular durante la Segunda Guerra Mundial.1 Comunismo se refería no solamente a la Unión Soviética, sino a sus partidos aliados en Europa, particularmente en Italia, donde los comunistas italianos estuvieron a la cabeza del movimiento partisano contra el nazi-fascismo, saliendo fortalecidos y con un gran prestigio después de la derrota de Italia en la Segunda Guerra Mundial. Algo parecido aunque de distintas proporciones ocurrió en Francia, donde el maquis contaba con un cantidad sobresaliente de comunistas poseedores de una aureola de entrega y heroísmo en la defensa de su país.
Desde que el comunismo era más bien marginal en Europa en el siglo XIX, el Vaticano lo repudió por considerarlo una doctrina todavía más radical que el liberalismo que tanto le afectó desde la Revolución Francesa. En México, sus liberales eran una punzada en su mollera, y fue en este país donde se escribió un largo capítulo en que la Iglesia jugó uno de los papeles más cuestionables, siendo señalado una y otra vez con buenas razones como uno de los responsables de su atraso endémico. La pelea de la Iglesia Católica en periodos largos ha sido por la supuesta defensa contra imaginarias conspiraciones internacionales. Esta tendencia se remonta a muchos años atrás, y en ocasiones el observador se encuentra con que en la narrativa de ataque –del siglo XIX, por ejemplo– se pueden cambiar ciertos nombres o sustantivos, se mantienen los predicados, y ya está, como por ensalmo aparece una “nueva” narrativa. Con todo y que la violencia verbal de los Sumos Pontífices se expresó con fingida delicadeza, fue menos el crudo discurso de sus subordinados, desde los cardenales y arzobispos hasta los simples sacerdotes parroquiales que la emprendieron contra los “enemigos de Dios.” Pese a lo pedestre de sus prédicas, sorprende que los ejercicios retóricos de los prelados ejerzan un efecto hipnótico en las mentes que, en principio y según la biología, están hechas para pensar. En rigor su lenguaje artificioso, incomprensible y críptico las más veces –sin olvidar que en épocas no tan remotas las misas se llevaban a cabo en latín– ha imposibilitado una comunicación genuina con los creyentes, los únicos vínculos se construyen través de la autoridad carismática del eclesiástico y sus efluvios dramáticos, así como a las evocaciones a un mundo sobrenatural poblado de santos, ángeles y querubines, y en su caso, de demonios. Y en una tierra con masones, judíos, liberales y comunistas prestos a acabar con las creencias religiosas, hay mucha tela de donde cortar, por decirlo así. La oposición católica en muchas partes al liberalismo y laicismo, “el ateísmo y el materialismo”, cuyas raíces se remontan a la Ilustración y a la Revolución Francesa, fue frenética por desesperada en países como México, donde a lo largo de un siglo el activismo clerical fue el combustible de guerras intestinas y una invasión extranjera. Así, a mediados del decenio de 1880 el papa León XIII inició un nuevo combate contra la masonería italiana, y aunque él no incluyó la propaganda antisemita, delegó esta tarea en otros. En particular, los jesuitas relacionados con La civilitá cattolica intentaron desacreditar a la masonería al asociarla con una supuesta “conspiración mundial judía”. Dos de estos religiosos, R. Ballerini y F. S. Rondina, lanzaron una campaña según la cual todos los “males modernos”, desde la Revolución Francesa hasta las últimas quiebras italianas, eran frutos de una conspiración judía de dos mil años, renovada en la masonería. La civilitá cattolica pintaba a Italia como un país sumido en la violencia, la inmoralidad y el caos general gracias a los judíos, y hablaba del judaísmo en los términos que utilizaría Hitler: como un pulpo gigante que asfixiaba al mundo.2
El Vaticano en la Europa de fines del siglo XIX también tenía sus alarmas puestas frente a la “probable amenaza del comunismo, esa herida fatal que se insinúa en el meollo de la sociedad humana sólo para provocar su ruina”. (León XIII)3 El comunismo amenazaba el poder material y el imperio ideológico-religioso de la Iglesia, que esgrimía buenas razones para creerlo así: la pobreza y explotación de los trabajadores en cuyos hombros se sostenía el poderío industrial de Alemania, la Gran Bretaña o Francia favorecía el ascenso de las fuerzas anticapitalistas. Fiel a su naturaleza, la Iglesia Católica en el siglo XX hizo armas sin vacilar contra “el comunismo ateo” –una redundancia, ya que por definición el marxismo calificaba a la religión como el opio de los pueblos. En la visión apocalíptica cuasi-paranoica de los católicos fue fácil asociar una pretendida conspiración judía a la del “bolchevismo”. A título de ejemplo, el católico jerarca nazi Joseph Goebbels dijo en 1936 que el bolchevismo era un absurdo patológico y criminal inventado y organizado por los judíos con el fin de destruir a las naciones europeas y establecer la dominación del mundo sobre sus ruinas.4 Expresiones tan absurdas como ésta daban cuerpo, adaptadas a los tiempos modernos, a una fantasiosa alianza judía-masónica-atea-comunista para apoderarse del mundo, nada menos. A partir de Pío XII el discurso la Iglesia dejó ver la existencia de una conjura comunista en marcha, en la que supuestamente subyacía una judía, aunque pasada la guerra el término “judío” pasó a retiro forzoso, sobre todo después de las barbaridades sobre esta población en Europa por los nazi-fascistas y que dejó raspado al Santo Padre. Para cerrar con broche de oro su pontificado, Por su parte Pío XI apoyó sin reservas a la Iglesia Católica Nacional de España y a la sublevación de Francisco Franco; obispos y sacerdotes bendijeron las armas de los alzados, e intervinieron de distintas maneras en el conflicto contra la República, incluso con armas en la mano. La complicidad del clero con el terror militar y fascista de Franco y los suyos durante y después de la guerra fue absoluta. Desde el Arzobispo Gomá, Primado de España, hasta el cura del pueblo más apartado, a pesar de conocer el sufrimiento de los republicanos en las garras de sus enemigos, advertían los disparos, atestiguaban los fusilamientos y masacres, confesaban a los que iban a morir, veían como se llevaban a la gente “a paseo”, prestando oídos sordos a los familiares que imploraban piedad y clemencia para los presos en espera de su hora final. La actitud predominante fue el silencio, por convicción propia o por orden de sus superiores, cuando no la acusación o la delación, y el apoyo irrestricto al llamado nacionalcatolicismo español.5 Con la victoria franquista los prelados pasaron a ocupar la primera fila del régimen dictatorial, haciéndose cómplices de la brutal represión contra los derrotados. Pocas horas después de anunciar que el ejército de los rojos estaba vencido y desarmado, Franco recibió un telegrama de Pío XII, recién elegido Papa el 2 de marzo de 1939, que rezaba: “Levantando nuestro corazón al Señor, agradecemos sinceramente, con V. E., deseada victoria católica España. Hacemos votos porque este queridísimo país, alcanzada la paz, emprenda con nuevo vigor sus antiguas y cristianas tradiciones que tan grande la hicieron.”6 El 16 de abril siguiente el mismo papa dirigió un radiomensaje a la “católica España” en el que se congratulaba “por el don de la paz y de la victoria, confirmaba el carácter religioso de la guerra, recordaba a los obispos, sacerdotes, religiosos y fieles que en tan elevado número han sellado con sangre su fe en Jesucristo y su amor a la Religión católica”, y pedía “seguir los principios inculcados por la Iglesia y proclamados con tanta nobleza por el Generalísimo (Franco) de justicia para el crimen y de benévola generosidad para con los equivocados (itálicas mías)”.7 Con todo y lo anterior, Pío XII –como también lo había hecho Pío XI– no pronunció, ni entonces, ni antes ni después, una sola palabra de misericordia o compasión para las víctimas, muchas de ellas católicas. Apenas el 12 de abril de ese 1939 tuvo lugar en Roma “un tedéum y recepción por el final victorioso de la guerra”, organizado jubilosamente por el cardenal Giovanni Battista Montini, futuro Pablo VI, en la iglesia jesuíta de Gesú, a donde asistieron el Colegio Cardenalicio y de la Secretaría de Estado del Vaticano.8
El 23 de junio de 1949 Pío XII excomulgó a los comunistas italianos, y posteriormente al presidente argentino Juan Domingo Perón –a quienes acusó de “conductas perversas”–, absteniéndose de condenar eclesiásticamente a Benito Mussolini y Adolfo Hitler –cuyos pecados “no eran tan graves.” En alianza inconfesable con los Estados Unidos Pío XII dio todo su apoyo al Partido Demócrata Cristiano contra el Partido Comunista por el gobierno de Italia. Este Papa, en su “Discurso a los Párrocos y Predicadores Cuaresmales”, al mismo tiempo que declaraba que los hombres de la Iglesia debían dejarse a otros el cuidado de “examinar y resolver técnicamente” los problemas económicos y otras cuestiones de orden temporal, daba orientaciones concretas relativas a las elecciones que iban a tener lugar en Italia. El valor y el aspecto concreto de estas consignas no podía escapar a nadie, dada la campaña comunista desencadenada en Italia (Disc. De Pío XII a los Predicadores Curesmales, 10-3-48).9 Aprovechando su nueva influencia como campeona de la Guerra Fría la Iglesia pidió clemencia para los criminales nazis de guerra, buscando que se conmutaran sus penas impuestas en los juicios de Nuremberg. De suma gravedad, una historia muy conocida es que Pío XII no condenó el Holocausto del que ya estaba bien enterado, para no poner en peligro su amistad con los nazis y los fascistas. Por su parte, la CIA aportó 10 millones de dólares para apoyar a partidos favorables a los Estados Unidos como la Democracia Cristiana, reclutando sacerdotes y obispos católicos que propagaron el miedo de los creyentes a la “amenaza” comunista”, e inundando al país de cartas, panfletos y libros advirtiendo sobre los “peligros” que se avecinaban si ganaban los comunistas en las elecciones. La campaña patrocinada por la CIA resultó en un éxito inesperado para los demócrata-cristianos en las urnas. Con la victoria de la Democracia Cristiana en 1948 y con el empleo de gángsters corsos para romper una huelga dirigida por un sindicato comunista en el puerto de Marsella, la organización tuvo un poderoso aliento de la Presidencia de los Estados Unidos para continuar.10
La historia del Catolicismo carga con el fardo antisemita desde sus orígenes. Los católicos habían tachado a los judíos de parias, de contaminar la tierra, de perpetrar como raza el mayor crimen jamás conocido por el hombre, es decir, matar a Dios (itálicas mías). Es decir, eran deicidas. Los cristianos fueron los que concibieron la idea de desposeer a los judíos de sus hogares, sus tierras, sus sinagogas y cementerios, forzándoles a emigrar y a vivir confinados en lugares insalubres. Los extremos genocidas de los nazis y los fascistas habían alarmado a Pío XI –fallecido en 1939– quien supuestamente escribió una encíclica condenatoria que con su muerte quedó sin dar a conocer. Cuando Mussolini empezó a hostilizar a los judíos, el Sumo Pontífice mantuvo pegados sus labios. Hacia finales de 1941, las tres cuartas partes de los judíos italianos habían perdido sus medios de existencia, y tanto en Italia como en el Tercer Reich, la persecución antisemita alcanzaba alturas inauditas. Ni una palabra del Vaticano al respecto, tan rápido para condenar al comunismo y la más pequeña desviación de la fe, o de la moral sexual. A Alemania e Italia se sumaban los demás países ocupados o aliados por los nazis. Francia contribuyó con un capítulo de la historia de esa infamia, a partir de la redada del Velódromo de Invierno (16 al 17 de julio de 1942), ensañada en los niños judíos. El nuncio en París, Valerio Valeri, informó al cardenal secretario de Estado Miglione que los niños deportados de Francia eran conducidos a Polonia a los campos de concentración, mientras que Myron C. Taylor, diplomático estadounidense, facilitó detalles al mismo cardenal sobre los exterminios masivos de judíos en este lugar. Para cubrir las apariencias, la jerarquía eclesiástica francesa “ejerció lo que se puede describir como una protesta platónica” ante el gobierno de Vichy (con el mariscal Philippe Pétain a la cabeza), pero Pierre Laval –segundo a bordo– le comentó a Suhard, cardenal de París, que debería mantenerse al margen de la política y guardar silencio como Su Santidad lo hacía. Harold Tilman, otro diplomático estadounidense comentó que Pío XII evitó el tema de los judíos, que sería motivo especial de su visita, sino que éste se limitó a expresarle su preocupación “por las pequeñas células comunistas esparcidas en torno de Roma.” El Papa sabía, porque le fue avisado oportunamente por el jefe de los SS en Roma, que era inminente la matanza de las Cuevas Ardeantinas, donde murieron 335 personas, la mayoría judíos. En el momento en que ocurría este trágico acontecimiento, Pío XII se hallaba en audiencia con los cardenales del Santo Oficio y los de la Congregación de Ritos, y se preparaba para los ejercicios de Cuaresma. Como sostuvo el historiador Robert Katz en su libro Death in Rome: “no se necesitaba un milagro para salvar a las 335 personas condenadas a morir en las cuevas Ardeantinas. Existió una persona que podía, que debía y debe tenerse en cuenta por no haber actuado como mínimo para demorar la matanza alemana. Era el Papa Pío XII.” Una pregunta ha quedado sin responder en la historia vaticana: “¿Cómo en la llamada Europa cristiana pudo ocurrir el asesinato de un pueblo entero sin que la más alta autoridad moral sobre esta tierra dijese algo sobre ello? …” La narrativa antisemita de la Iglesia no desapareció con el fin de la guerra y la desaparición física de Pío XII. Su sucesor, Paulo VI expuso en un sermón que predicó el Domingo de Pasión de 1965. “Los judíos –dijo– estaban predestinados a recibir al Mesías y estuvieron esperándole miles de años. Cuando Cristo vino, el pueblo judío no sólo no lo reconoció, sino que se opuso a Él, le infamó y finalmente lo mató.”11 Por muchos años más, este anatema antijudío la sostuvo la Iglesia, al grado de que los católicos del mundo calificaron de deicidas a los judíos.
Notas del capítulo
1 “Tratado de Letrán”, Historia Mundial del Siglo XX, Vol. 2, Barcelona, Editorial Vergara, 1972, p. 456.
2 Cohn, Norman, El mito de la conspiración judía mundial, Colección Raíces, Buenos Aires, Proyectos Editoriales, 1988, p. 47.
3 <file:///C:/Users/Pedro/Downloads/Dialnet-ElGiroDelConcilio-3915380%20(7).pdf>.
4 Cohn, op. cit., p. 224.
5 Casanova, Julián, La Iglesia de Franco, Madrid, Ediciones Temas de Hoy, 2001, p. 51.
6 Ibid., p. 225.
7 Ibid., p. 226.
8 Ibid., p. 227.
9 Orbe y Urquiza, Pbro. Jesús de, Acción Católica, apostolado seglar organizado, México, Editorial Patria, 1950, p. 494.
10 Kinzer, op. cit., p. 102.
11 De Rosa, Peter, Vicarios de Cristo, la cara oculta del Papado, México: Ediciones Martínez Roca, 1992, pp. 224-225 y 227-230.

El virus estadounidense del anticomunismo
Al año de terminar la Primera Guerra Mundial en noviembre de 1918, Estados Unidos entró en una turbulencia producto de las nuevas circunstancias posbélicas, con depresión económica, inflación galopante, desempleo, huelgas, asesinatos y atentados. Rebasados por los problemas de todo tipo, líderes populistas optaron por la más expedita salida de tangente: echar mano del truco del grupo maldito. Convenía culpar a supuestos conspiradores y saboteadores, extranjeros o no, como “bolcheviques”, un término que designaba enemigos fantasmagóricos, movidos por “fuerzas enemigas” que dictaban instrucciones desde la Unión Soviética. Aquí se incluían, sobre todo, a individuos y grupos progresistas de origen intelectual, político o laboral. En febrero y marzo de 1919, un subcomité del Senado presidido por Lee Overman llevó a cabo investigaciones para averiguar el alcance de la influencia bolchevique en los Estados Unidos, tema que mencionamos antes. A pesar de sus pocos logros y muchos fracasos consecuentes este senador creó el modelo persecutorio de supuestos comunistas, basado en embustes e invenciones, que dio la pauta de otra comisión parlamentaria, el presidido años después por Eugene McCarthy.1 La llamada alarma roja creada por el senador Overman se liquidó a principios de 1920, pero el anticomunismo permaneció como un virus dentro del cuerpo de la opinión pública norteamericana. “Cuando Norteamérica mejoraba su salud, parecía que los virus quedaban bajo control. Cuando el país se debilitaba por las crisis, la fiebre anticomunista afloraba de nuevo”. Masones, judíos, extranjeros, anarquistas y comunistas –tan distintos y carentes de relaciones entre ellos– constituían el grupo maldito contra la que debían dirigirse las baterías anticomunistas.2
En agosto de 1945 terminó la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos había librado la guerra más difícil de su historia, contra dos poderosos y casi invencibles potencias de los grandes mares, Alemania y Japón. En principio, esta victoria debía traer una sensación de paz y seguridad en el país, más cuando era la única potencia nuclear probada. El arquitecto de tal victoria, Franklin Delano Roosevelt, que a lo largo de doce años sacó adelante a su país, y cuyo pensamiento y obra prometían un mundo sin guerra y sin conflictos mayores, estaba en la cúspide de su éxito político. Sin ser excesivamente entusiasta de sus aliados soviéticos con los que derrotó a enemigos formidables, al menos estableció las bases de un prometedor entendimiento. Pero falleció antes de que tal cosa ocurriera y fue sustituido por un mandatario de mucho menor calado, provinciano e ignorante, Harry Truman.3 Los problemas internos se le presentaron casi de inmediato: inflación, desempleo y recesión. Se sucedieron los conflictos entre grupos económicos, huelgas y de tipo racial. Era la hora de culpar a alguien, a un grupo maldito, de tendencias supuestas o reales comunistas, aunque en rigor los miembros del partido en Estados Unidos eran muy pocos, por lo que hubo la necesidad de abrir el espectro de los presuntos enemigos “vendepatrias” del país. Por otro lado, los desacuerdos, malentendidos y fantasías hacia la Unión Soviética fueron el piso firme para las hostilidades hacia los disidentes al interior.4 Truman se orientó hacia la hostilidad “autodefensiva” en la política exterior, tendencia que dio origen y permaneció por décadas, y que tomó el nombre de Guerra Fría. Dos mitos eran los que se imponían en esta coyuntura: uno, la teoría del dominó, consistente en que si un país caía en manos de los comunistas los vecinos caerían uno a uno. El otro era que el comunismo constituía un cuerpo monolítico: todos los comunistas eran iguales y obedientes a Moscú. Sobre estos dos equívocos los Estados Unidos emprendieron acciones en el exterior que costaron muchas vidas y pérdidas materiales. No pudieron entender que para que una nación tomara un rumbo, el que fuera, dependía más de las condiciones internas que las externas, si bien las intervenciones foráneas podían jugar algún papel. Las hostilidades entre la Unión Soviética y los Estados Unidos empezaron en abril de 1945, en el mismo momento en que Truman tomó el poder, pero la Guerra Fría no se declaró abiertamente hasta dos años después. El pretexto para ello fue Grecia, donde las guerrillas luchaban contra un gobierno impuesto por los británicos. La mayoría de las guerrillas no eran comunistas, y menos aún estaban apoyadas por los soviéticos.5 Sin embargo Truman decidió que la guerra civil griega formaba parte del plan de expansión soviético y que si Grecia caía, otros países de Europa, Asia y América también sucumbirían. De manera inmediata no solo estaba interesado por Grecia, sino también en Turquía, puente entre Europa y Asia, pivote del paso del Mar Negro al Mediterráneo. Grecia y Turquía controlaban también el tráfico marítimo en torno al Medio Oriente, fuente de petróleo para Estados Unidos. Truman decidió intervenir en la guerra civil griega y ayudar al mismo tiempo a los turcos. El 12 de marzo de 1947 convocó a una sesión conjunta del Congreso para solicitar 400 millones de dólares en ayuda económica y militar a Grecia y Turquía y una autorización para enviar consejeros militares y civiles a ambos países. La línea fundamental de la alocución de Truman fue: “Creo que la política de los Estados Unidos debe consistir en apoyar a los pueblos libres que resisten frente a los intentos de dominación por parte de minorías armadas o presiones exteriores.” Esto es lo que se conoce por Doctrina Truman, un compromiso contra las revoluciones donde surgiesen, asumiendo que los soviéticos y después los chinos por principio las apoyaban para instaurar regímenes títeres similares a los suyos.6 Con esta lógica Truman resolvió apoyar a Francia en Vietnam en vez de apoyar al movimiento de independencia dirigido por Ho Chi Minh. Ignorando a Ho, en 1950 Estados Unidos resolvió de esta manera, abriendo el camino para la larga y costosísima guerra de Vietnam, de donde el país tuvo que retirarse derrotado. En Europa la ayuda a Grecia y Turquía, fue seguida por el Plan Marshall, programa de ayuda económica a fin de que no cayese en manos comunistas, luego por la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).7
Dos hermanos iban a ser emblemáticos de la Guerra Fría: John Foster y Allan Dulles. Foster sería investido como poderoso Secretario de Estado en la administración Eisenhower, mientras que Allan fue el primer director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), con Truman, luego con Eisenhower y finalmente con Kennedy. Para Foster la guerra civil en Grecia y la imposición de regimenes prosoviéticos en Polonia, Rumania and Bulgaria eran evidencias palpables de que Stalin llevaba a cabo una estrategia agresiva de expansión dirigida a “erradicar a los tipos de sociedad no-soviéticas,” y que si los Estados Unidos no contra-atacaban, una “fe extranjera nos aislaría y presionaría a la punto de que nos derrotaría o daría inicio a nueva guerra.” Acusó a la Unión Soviética no solamente de continuar las metas estratégicas propias del crecimiento territorial de la fenecida Rusia Imperial, sino proyectar su poder en todo el mundo. Para él representaba no solamente una amenaza para Occidente, sino un “desafío a la civilización establecida, del que solamente ocurre una vez en siglos.” Haciendo gala de conocimientos históricos menos que elementales escribió que “en el siglo X después de Cristo el llamado mundo cristiano fue desafiado por una fe extraña…La marea del Islam partió de Arabia y arrasó mucho de la Cristiandad…Ahora han transcurrido diez siglos y la civilización acumulada en todo este tiempo se enfrenta a otro desafío. Ahora es el momento del comunismo soviético.” Esta retórica sobrepasaba a cualquier crítica hecha al nazismo, al que vio como una ideología que condujo a grandes crímenes, pero al menos poseía una identidad occidental, cristiana y capitalista. El comunismo no tenía estas características, por lo que ningún compromiso sería posible con él. Por increíble que parezca, de aquí se derivaría una idea muy extendida, de origen religioso, en el sentido de que el mundo se dividía entre las fuerzas celestiales y las fuerzas demoníacas.8
Al poco tiempo de terminar la Segunda Guerra Mundial, el gobierno de los Estados Unidos consideró necesario crear un servicio secreto de inteligencia, resultado de su frustración derivada del hecho de que el comunismo soviético parecía lograr victorias en el mundo mientras la primera potencia se limitaba a contemplarlas sin ofrecer las respuestas adecuadas. La toma del poder por grupos comunistas en Europa Oriental y la emergencia de movimientos nacionalistas en Asia, África y América Latina significaban para muchos solamente la marcha de un proyecto soviético para conquistar el mundo. En esta circunstancia, Allen Dulles convenció al presidente Eisenhower de crear una agencia en tiempos de paz con capacidades operativas mayores a la de cualquier otra en el mundo occidental.9 A los seis meses de fundada la CIA tuvo lugar el golpe pro-soviético contra el presidente Masaryk en Checoslovaquia, lo que le llevó a actuar urgentemente en las elecciones que tendrían lugar en Italia, donde el Partido Comunista llevaba la delantera.10 El 4 de abril de 1948, mientras el secretario de Estado asistía a la Novena Conferencia Interamericana en Bogotá, fue asesinado uno de los políticos colombianos más populares, José Eliécer Gaitán del Partido Liberal, en plena campaña por la Presidencia de la República. De aquí se desataron sangrientos disturbios donde murieron miles de personas, en un episodio conocido como el Bogotazo. Washington no lo consideró resultado de las circunstancias internas de Colombia, sino como parte de un complot del Kremlin para causar problemas en ese país y en América Latina para intervenir posteriormente.11 En otra parte, en 1949 los comunistas chinos bajo el liderazgo de Mao Zedong conquistaron el poder, frente a los nacionalistas encabezados por Chiang Kai-shek, un viejo amigo de los Dulles, al igual que el dictador de Corea del Sur, Syngman Rhee. Ellos no solamente eran anticomunistas sino cristianos, lo que hizo que Foster fuera especialmente decidido al actuar en su favor. Si bien Rhee duró hasta 1960 en la presidencia, no fue el caso de Chiang Kai-shek, quien no tuvo otra salida que huir con su ejército a Formosa, donde se atrincheró y lo convirtió en un nuevo país, la China Nacionalista o República de China, quedando con el nombre definitivo de Taiwán. Una vez más Estados Unidos vio acusadoramente a Moscú como la responsable de los acontecimientos en China.12
El primer blanco de los ataques de la CIA fue Guatemala en 1954, donde el gobierno de Jacobo Árbenz llevó a cabo una reforma agraria en las tierras ociosas de la United Fruit Company, la mayor latifundista del país, la gigantesca bananera con la que Allan Dulles tenía vínculos a través de la firma Sullivan & Cromwell. Guatemala fue un país para hacer experimentos después de los sonados fracasos de la CIA en su plan de “hacer retroceder a los soviéticos”, tanto en Europa Oriental como en el Extremo Oriente. Era un país débil y atrasado, y aunque poseía instituciones democráticas y abiertas, las tibias tareas de transformación por Árbenz no iban a resistir los embates de sus poderosos enemigos. Fue presa fácil para las maquinaciones de la CIA. Con él cooperaba un pequeño grupo de comunistas que se exhibió como la “mejor prueba” de la naturaleza del régimen. A través de una embustera e intensa campaña de prensa –viejo artilugio del amarillismo inventado por el zar periodístico Hearst en otras épocas– se emprendió una guerra psicológica y de adoctrinamiento social con el argumento de que Guatemala estaba a punto de caer en manos de los soviéticos, y que a partir de aquí se expandiría por el continente americano. En su cosmogonía de la Guerra Fría, se convirtió en el lugar donde la conspiración global de Moscú estaría más cerca de las costas estadounidenses, encabezado por un títere soviético disfrazado de nacionalista. Mientras se armaba el golpe contra Árbenz se tejía una red intervencionista en la que participarían militares apoyados por Honduras, Nicaragua, la República Dominicana y El Salvador, con el apoyo material y la supervisión de la CIA. En esta trama no hubo una “participación directa” del gobierno de Eisenhower.13 El derrocamiento de Árbenz fue abordado por el laureado escritor Mario Vargas Llosa en su novela Tiempos Recios, quien combinó magistralmente la ficción con elementos relevantes de la operación de la CIA. Muy cerca en el tiempo se dio el correspondiente al presidente Mossadegh de Irán, quien acababa de nacionalizar la industria petrolera en manos de los británicos y los estadounidenses. En esta operación contra el gobierno de Irán se siguió el modelo aplicado en Guatemala: atracción del ejército, creación de problemas económicos y señalamiento de Mossadegh como comunista y títere de Moscú. Al igual que en Guatemala con el encumbramiento de un oscuro general apellidado Castillo Armas, en Irán se elevó Mohammad Reza Pahlevi, que tomaría el nombre de Sha de Irán, evocando los tiempos la Persia Imperial. El derrocamiento de Mossadegh, en la perspectiva de Allen Dulles, significó la necesidad “públicamente compartida de que era una ‘ganancia’ del ‘mundo libre’ contra el comunismo.”14 Desde fines de los cuarentas y a lo largo de los cincuentas y sesentas a muchos estadounidenses se les presentaron las peores imágenes de los imaginarios propósitos soviéticos de dominación mundial, así como sus supuestos medios para asegurarse la victoria, que significaría el fin de la civilización occidental y cristiana, y que por lo tanto se debían resistir la amenaza con todos los recursos disponibles. El gobierno de los Estados Unidos, CIA incluida, y los sectores más reaccionarios de la sociedad blanca y conservadora del país conocieron en esos años de Guerra Fría la utilidad de la religión para sus propósitos, específicamente para nutrir la descremada ideología anticomunista que era su apoyo indispensable, tanto al interior como al exterior.15 La mente, demostrado está, es presa en mayor o menor medida –con excepciones por supuesto– del pensamiento y las creencias religiosas, que pueden dominarla hasta los niveles más profundos e insólitos. Ellas encuentran su camino en las emociones, se hospedan en las celdas del pensamiento mágico, no pueden procesarse a través del raciocinio, de aquí la persistencia del fenómeno y su contradicción irresoluble con la ciencia. Para el anticomunismo, la ocasión era propicia para agitar los cerebros de los más ignorantes, crédulos y fantasiosos. El éxito en este sentido a partir de los años cincuenta fue total y sin igual en la historia de los Estados Unidos. El ascenso de John Foster Dulles, un decano de la Iglesia Presbiteriana que con frecuencia señalaba al comunismo como una “fe extranjera”, fue apenas un reflejo de un ascenso general de la religiosidad. La asistencia a las iglesias obtuvo números cada vez mayores. El presidente Eisenhower, que provenía de una familia de menonitas y testigos de Jehová, aceptó su bautismo presbiteriano al poco tiempo de tomar posesión de su cargo, y en un discurso televisado a la nación avaló el “Regreso a Dios” de las campañas de la Legión Americana, agregando que “sin Dios, no podría haber forma estadounidense ni forma alguna de gobierno o modo de vida”. Su gabinete iniciaba sus reuniones diarias con una oración, y una nueva versión de la Biblia se imprimió en 1953, con la increíble distribución de 26 millones de ejemplares. Suerte parecida tuvo el libro de autoayuda de Norman Vicent Peale, titulado El Poder del Pensamiento Positivo. Peale llegó a afirmar que “ninguno tiene más desprecio por el comunismo del que yo tengo”, y aconsejó “la compañía de Jesucristo” como la mejor defensa. Un evangelista, Billy Graham, que predicaba en el radio nacional cada domingo y escribía una columna sindicada en 125 periódicos, declaró que el comunismo estaba “inspirado, dirigido y motivado por el mismo demonio, quien la había declarado la guerra a Dios Todopoderoso”. El Congreso aprobó una ley que agregaba la frase “bajo Dios” al Juramento a la Bandera y dispuso que “En Dios Confiamos” fuese la frase nacional. Desde que eran niños los hermanos Dulles estaban empapados de religión, y como adultos vieron qué tan profundamente permeaba la vida y la actividad política. Por otro lado, puesto que ninguna institución en Guatemala tenía una liga tan directa con la gente como la Iglesia Católica, Allen decidió aprovechar su poder. La CIA no tenía un canal directo con el arzobispo de Guatemala Mariano Rossell y Arellano, pero su canal indirecto era ideal. El Cardenal de Nueva York Francis Spellman, no solamente era un fervoroso anticomunista, sino también un astuto broker político global con muchos contactos en América Latina. Entre sus amigos estaban tres dictadores –Batista, Trujillo y Somoza–, quienes detestaban a Árbenz. Tenía un interés especial en Guatemala, no solamente porque el Arzobispo Rossell y Arellano compartía sus visiones políticas—él admiraba a Francisco Franco y consideraba la reforma agraria “completamente comunista” —, sino también por razones de historia de Guatemala. En los setentas del siglo XIX Guatemala fue uno de los primeros países latinoamericanos en abrazar los principios del anticlericalismo: educación laica, matrimonio civil, límites en el número de sacerdotes extranjeros, y la prohibición de la actividad política del clero.16 “Un funcionario de la CIA se acercó a Spellman en 1954 con una solicitud muy simple”, escribió uno de sus biógrafos. “El agente quería arreglar un ‘contacto clandestino’ entre la agencia y el Arzobispo de Guatemala Mariano Rossell y Arellano.… Así, como durante las elecciones italianas, la Iglesia y el gobierno de Estados Unidos unieron fuerzas. Spellman decidió ayudar a los hermanos Dulles a derrocar al gobierno de Árbenz y actuó con rapidez. Así, Monseñor Rossell emitió su célebre Carta Pastoral del 9 de abril de 1954 que se leyó en todas las iglesias guatemaltecas. Esta carta era una obra maestra de la propaganda, impregnada de fe, miedo y patriotismo: “En este momento, una vez más levantamos la voz para alertar a los católicos de que la peor doctrina atea de todos los tiempos, el comunismo anticristiano, continúa su avance descarado en nuestro país, disfrazado como un movimiento de reforma social para las clases necesitadas...La honorable nación guatemalteca debe oponerse a aquellos que están sofocando nuestra libertad, personas sin una nación, la escoria de la tierra, que han pagado la generosa hospitalidad de Guatemala predicando el odio de clase con el objetivo de completar el saqueo y la destrucción de nuestro país. Estas palabras de su pastor son para llevar a los católicos a una campaña nacional justa y digna contra el comunismo. El pueblo de Guatemala debe levantarse como un solo hombre contra este enemigo de Dios y la nación... ¿Quién puede arrancarlo de nuestra tierra? La gracia de Dios puede hacer cualquier cosa, si ustedes son católicos, estén donde estén, por todos los medios que nos han dado como seres libres, en un hemisferio que aún no está sujeto a la dictadura soviética, y con la sagrada libertad que nos dio el Hijo de Dios, luchen contra este evangelio que amenaza nuestra religión y a Guatemala. Recuerden que el comunismo es ateísmo y el ateísmo es antipatriótico... Todo católico debe luchar contra el comunismo por la simple razón de que es católico. La vida cristiana está en el corazón de nuestra campaña y nuestra cruzada.” Esta pastoral, que fue reimpresa a la mañana siguiente en los periódicos guatemaltecos, tuvo un profundo impacto. La gente común que hasta entonces había admirado a Árbenz escuchó por primera vez que él era su enemigo a partir de la boca del arzobispo. Lo más importante, la advertencia vino de sus pastores, a quienes muchos consideraban verdaderos mensajeros de Dios. Lleno de alegría por este éxito, los agentes de la CIA en Opa Locka (Operación Éxito) ordenaron a su equipo de Guatemala que usara propaganda religiosa con excitativas como éstas: “(la invasión soviética estaba) en una escala continua y en rápido aumento”; “subrayen el temor de que los comunistas interfieran con la instrucción religiosa en las escuelas”; “despierten la repulsión popular contra el comunismo ... describiendo gráficamente cómo la iglesia local se convertiría en una sala de reuniones para ‘guerreros sin Dios”’; “cómo sus hijos tendrían que pasar su tiempo con los ‘Pioneros Rojos”; “cómo las imágenes de Lenin, Stalin y Malenkov reemplazarían las imágenes de los santos en cada hogar, y cosas así.”17 Árbenz se había desplazado hacia la izquierda durante su mandato presidencial, pero estaba distante de cualquier país o modelo, quizás con la excepción de México con su Revolución. El 18 de junio de 1954 Castillo Armas encabezó una banda de 150 “rebeldes” provenientes de Honduras contra Guatemala, y por esta acción, Jacobo Árbenz fue derrocado, el día 27 del mismo mes y año.18 Monseñor Rossell, por su parte, procedió a la Coronación de la imagen de la Inmaculada del Templo de San Francisco, en acción de gracias por la “liberación nacional”. Con el golpe y el nuevo aliento a la Iglesia Católica y sus intereses, Guatemala retrocedió un siglo. Una vez completada la tarea, el gobierno de los Estados Unidos y su “brazo inteligente”, la CIA, dirigieron sus miradas a Ho Chi Minh, el líder vietnamita. Vio a China como un peón de la Unión Soviética, y a Ho como un títere de ambos. Decidieron entonces que el próximo golpe contra el “comunismo internacional” sería contra él.19 Un individuo llamado Tom Dooley proporcionaría una narrativa calculada para mover las buenas conciencias estadounidenses: los cristianos en una tierra extranjera estaban siendo brutalizados por los comunistas; estos comunistas también deseaban dañar a los estadounidenses; por lo tanto, los Estados Unidos debían actuar. “La prensa estadounidense informó sobre la migración de millones de personas como si fuera un rechazo espontáneo del comunismo y la manifestación de un anhelo natural de las personas por la libertad “, según un estudio. “Los medios de comunicación retrataron al típico refugiado como un católico devoto que solamente deseaba practicar su religión con libertad. Noticieros exhibían buques navales estadounidenses repletos de humildes y hambrientas masas acurrucadas, siendo transportadas a la libertad por hombres fornidos bondadosos y de uniforme blanco de la Marina estadounidense. Las fotos mostraban a campesinos vietnamitas pequeños, encorvados, sucios, asustados y desaliñados encontrando seguridad en los brazos de sus salvadores estadounidenses...Sin embargo, lo que no se le dijo al público estadounidense es que gran parte de lo que estaban viendo y escuchando fue el resultado de una propaganda instigada por la CIA, una campaña diseñada para asustar a los católicos en el norte de Vietnam y para provocar la compasión en los Estados Unidos.20 Dooley era un graduado de la Universidad de Notre Dame que se había convertido en médico, alistado en la marina y lanzado a la “noble misión” de rescatar cristianos de las garras del malvado tío Ho. Rápidamente se convirtió en un héroe popular en los Estados Unidos. Los estadounidenses admiraban a Dooley porque los reflejaba como creían que eran. En su libro más vendido, Deliver Us from Evil, Dooley describió a Ho como “un títere de Moscú” que había lanzado su revolución “al destripar más de 1,000 mujeres nativas en Hanoi.” Afortunadamente para los vietnamitas, “Nuestro amor y ayuda estaban disponibles, solamente porque estábamos en los uniformes de la Marina de los Estados Unidos.” La prensa estadounidense presentó la migración de millones de personas como si fuera un rechazo espontáneo del comunismo y la manifestación de un anhelo natural de las personas por la libertad. La historia de Tom Dooley fue un golpe maestro de Allen y la CIA. Su figura apenas se empañó cuando fue expulsado de la Marina por su homosexualidad, pero los hechos fueron silenciados. Una encuesta a fines de la década de 1950 lo encontró como una de las diez personas más admiradas en los Estados Unidos. Durante un tiempo después de su muerte en 1961, la Iglesia Católica consideró beatificarlo. “Como agente clave en la primera campaña de desinformación de la Guerra de Vietnam”, escribió un estudioso sobre Dooley, “realizó la propaganda crucial para que el pueblo estadounidense conociera y estuviera dispuesto a luchar contra el comunismo en el sudeste asiático.”21 Pero una nueva figura surgió en el escenario mundial durante el mandato de Eisenhower que atormentaría y obsesionaría a los líderes estadounidenses durante décadas: Fidel Castro Ruz. El 1 de enero de 1959 este revolucionario tomó el poder en Cuba tras derrocar al dictador Fulgencio Batista, quien por años había sido un corrupto títere de los Estados Unidos. Durante sus inicios en el poder Fidel se abstuvo de la confrontación directa, y en algún momento hizo una visita a Estados Unidos. La visita de once días de Castro fue sensacional. Joven, barbudo, de pelo largo y apuesto, se hospedó en el legendario Hotel Theresa en Harlem, asistió a un partido de béisbol en el Yankee Stadium, visitó el Central Park Zoo, comió hot dogs y hamburguesas, y fue besado por una reina de belleza. “Vino, vio, conquistó”, informó el Daily News. Seguramente aconsejado por Allan Dulles, el presidente Eisenhower asignó la tarea de reunirse con Castro al vicepresidente Nixon. Los dos hombres hablaron por tres horas En su informe, Nixon escribió que Castro “tiene esas cualidades indefinibles que lo convierten en un líder de hombres”, y le preocupaba que los Estados Unidos pudieran no ser capaces de “orientarlo en la dirección correcta.” Después de regresar a casa, Castro pronunció un discurso caracterizando al vicepresidente Nixon como “un discípulo impenitente del sombrío y obstinado Foster Dulles.” En los meses posteriores a su regreso de Nueva York, Castro decretó una reforma agraria radical, prohibió la propiedad por extranjeros y firmó un acuerdo comercial con la Unión Soviética. Poco después confiscó cientos de millones de dólares en inversiones estadounidenses, así como propiedades y casinos de gángsters como Lucky Luciano y Meyer Lansky. Encarceló a miles de sospechosos contrarrevolucionarios, incluidos a algunos con vínculos estrechos con los Estados Unidos, y ejecutó a varios cientos. Time acusó de que “el hombre fuerte con barba” estaba consolidando su “caótica dictadura” con ayuda de comunistas extranjeros y dinero incautado de cubanos ricos. El desprecio a los Estados Unidos rompió todos los límites de la diplomacia, e incluso la cordura: ‘Nadie sabe a dónde Castro irá con su locura.” El terror anticastrista comenzó poco después de la revolución. Una tienda departamental de La Habana se incendió, un barco en el puerto explotó muriendo más de cien personas, se quemaron plantaciones de caña de azúcar, y aviones de Florida arrojaron bombas y desaparecieron rápidamente. Algunos de los primeros ataques pueden haber sido llevados a cabo por exiliados, pero pronto Allen tomó el control de la campaña de terror.22 Uno de los camaradas más cercanos de Castro, el guerrillero argentino Che Guevara, había estado en Guatemala en 1954 y presenciado el golpe contra Árbenz. Convenció a Castro de que el presidente guatemalteco torpemente había tolerado una sociedad abierta, que la CIA penetró y subvirtió, y también preservó el ejército existente, que pronto se sometió a los dictados de los Estados Unidos. Con una lucidez política asombrosa y temeraria, Castro acordó que un régimen revolucionario en Cuba debía evitar esos errores. Tomando el poder, reprimió la disidencia y purgó al ejército. Muchos de los cubanos apoyaron su régimen y estaban listos para defenderlo. Todo esto echó por tierra la posibilidad de derrocarlo.23 Entonces un frustrado Estados Unidos desató una campaña “contra el comunismo” sin precedentes ni límites, perturbando la marcha pacífica de países y robando la tranquilidad de los ciudadanos, poniendo a la Unión Soviética, China y desde luego Cuba como tres jinetes del Apocalipsis. En América Latina se impusieron las políticas más represivas y sanguinarias de la Guerra Fría como reacción desaforada a la experiencia cubana, con el entrenamiento de gobiernos militares al estilo del de Castillo Armas en Guatemala. Los hermanos John Foster y Allen Dulles guiaron a su país por el mundo montado en uno de sus extremos. El paso del tiempo y el fin de la Guerra Fría dificultaron la comprensión del miedo que se apoderó de muchos estadounidenses durante la década de 1950. Estudiosos pudieron acceder a archivos secretos de países anteriormente comunistas para indagar, entre muchas otras cosas, los supuestos planes globales de los soviéticos para apoderarse del mundo. En 1996 la historiadora Melvyn Leffler obtuvo información suficiente para llegar a conclusiones muy distintas a las de John Foster y Allen: “Los líderes soviéticos no estaban enfocados en promover la revolución mundial. Se preocupaban principalmente por proteger la periferia inmediata de su país, garantizar su seguridad y preservar su gobierno. Al gobernar una tierra devastada por dos guerras mundiales, temían el resurgimiento de la fuerza alemana y japonesa. Se sintieron amenazados por los Estados Unidos, ahora más ricos y armados con la bomba atómica. Los funcionarios soviéticos no tenían planes preconcebidos para hacer comunista a Europa del Este, para apoyar a los comunistas chinos o hacer la guerra en Corea...Las palabras y los hechos de los Estados Unidos aumentaron enormemente la inseguridad global y posteriormente contribuyeron a la carrera armamentista y la expansión de la Guerra Fría al Tercer Mundo...Los estadounidenses actuaron con prudencia en los primeros años de la Guerra Fría, pero sus acciones aumentaron la desconfianza, exacerbaron las fricciones y elevaron los riesgos. Posteriormente, su implacable búsqueda de una política de fuerza y guerra contrarrevolucionaria puede haber hecho más daño que bien a los rusos y a los demás pueblos de la antigua Unión Soviética, así como a los europeos del este, los coreanos y los vietnamitas. Muchos de los nuevos libros y artículos sugieren que las políticas estadounidenses dificultaron que los reformadores dentro del Kremlin ganaran terreno... A los sucesores de Stalin les hubiera gustado estabilizar la relación y reducir la competencia con Occidente, pero la sensación de amenaza proveniente de los Estados Unidos los detuvo.”24 La exageración de las amenazas de los hermanos Dulles tampoco era algo nuevo en la historia americana. Las teorías conspirativas la acompañan. La mayoría de ellos postulan una camarilla secreta: judíos, musulmanes, masones, anarquistas, banqueros, etc., que traman la revolución mundial. Ellos así vieron tal camarilla durante la década de 1950: “El comunismo internacional es una conspiración compuesta de cierto número de personas, cuyos nombres no conozco, y muchos de los cuales supongo son secretos “, dijo Foster a un comité del Congreso. “Han conseguido control de un gobierno tras otro.”25 Un historiador ha llamado al paradigma de la Guerra Fría “una de las narrativas nacionales más poderosamente desarrolladas en la historia registrada”. Se apoderó de los estadounidenses en una época aterradora, ha escrito otro, porque ofrecía “una forma integral de entender el mundo...El miedo sirvió como el pegamento emocional que mantenía unido a este mundo: miedo al expansionismo soviético, a la subversión comunista en el hogar, a la energía nuclear, a la guerra.”26 Agregaríamos que la Guerra Fría fue una de las equivocaciones monumentales de la historia, que solamente perturbó al mundo y causó infinidad de daños a las sociedades y al medio ambiente común.
Notas del capítulo
1 Strauss, Roberta Feuerlicht, Joe McCarthy y el McCarthismo, el odio que trastornó a Norteamérica, Barcelona, Ediciones Grijalbo, 1976, p. 45.
2 Ibid., p. 46.
3 Ibid., p. 53.
4 Ibid., p. 54.
5 Ibid., p. 55.
6 Ibid., p. 56.
7 Ibid., p. 57.
8 Kinzer, op. cit., p. 96.
9 Ibid., p. 99.
10 Ibid., p. 101.
11 Ibid., p. 102.
12 Ibid., p. 107.
13 Ibid., p. 115.
14 Ibid., p. 116.
15 Ibid., p. 127.
16 Ibid., p. 183.
17 Ibid., p. 185.
18 Ibid., p. 187.
19 Ibid., p. 192.
20 Ibid., p. 213.
21 Ibid., p. 214.
22 Ibid., p. 312.
23 Ibid., p. 315.
24 Citada por Kinzer, Ibid., p. 341.
25 Ibid., p. 349.
26 Ibid., p. 350.

Las andanzas de la CIA en México (y otras partes)
A principios de los sesentas el ascenso del anticomunismo en México nos refiere al jefe de la estación de la CIA Winston (“Win”), y al embajador de los Estados Unidos, Thomas Mann. “Win” y Allan Dulles se conocieron en Londres y fueron buenos amigos durante los siguientes veinticinco años después del final de la guerra, a la par de que la CIA se convertía en un emporio mundial de violencia, propaganda, influencia y poder.1 Personajes de sólidas afinidades, a pesar de que Dulles era de origen aristócrata y Scott hijo de un granjero pobre, trabajaron juntos para lograr que el gobierno de los Estados Unidos transformara a la CIA de mera recolectora de información anodina a una agencia con capacidad para llevar a cabo operaciones secretas contra las fuerzas comunistas en todo el mundo. Una convicción también era compartida por estos dos personajes, y que se ligaban a la filosofía de dicha agencia: combatir al comunismo, hacerle retroceder, y de ser posible, ganarle espacios. Estos propósitos eran quiméricos y carentes de lógica, pero sin embargo se mantuvieron a lo largo de muchos años de operación, y cargaban con un historial de fracasos; a pesar de lo anterior, se mantuvieron como una oportunidad ante la carencia de proyectos imaginativos que le sustituyeran. La agenda de agresivas operaciones secretas de la agencia contra la Unión Soviética y sus aliados de Europa Oriental, que Allen venía empujando desde 1948, había chocado con duras realidades. Los servicios secretos británico y francés no tenían mucha paciencia con la retórica sobre “hacer retroceder” (hay en el discurso anticomunista mexicano la idea semejante de “hacer retroceder”, dados los “avances” del comunismo en el país) al comunismo en Europa Oriental. No podían tomar en serio a los estadounidenses porque todo parecía indicar que los comunistas habían llegado al poder para quedarse indefinidamente en Varsovia, Praga, Budapest y Bucarest, y no sería posible revertir procesos que ya estaban muy consolidados. La CIA carecía de la experiencia del M16, con una ya larga historia de espionaje en condiciones difíciles. Aquella frecuentemente se equivocaba al escoger a sus socios, normalmente exiliados en quienes depositaban su confianza en sus informes y sugerencias, que además de ser inexactos resultaron un atractivo negocio para ellos, por lo que lo más importante eran llenar hojas de papel con invenciones, que por supuesto, eran inútiles y un despilfarro.2 Si Europa tenía sus dificultades, mucho menores eran las de, por ejemplo, Guatemala, que como ya se vio antes, fue pan comido para la agencia debido a la debilidad del gobierno de Árbenz, pero para la CIA cumplía dos propósitos: justificar su existencia burocrática y recibir oxígeno, ya que se le cuestionaban constantemente sus funciones por otras ramas del gobierno. Todo el proyecto fue una falsedad de principio a fin, con resultados sumamente costosos para la sociedad guatemalteca, con el encumbramiento de militares muy represivos –apoyados por los Estados Unidos– y una prolongada guerra civil que ocasionó miles de asesinatos, sobre todo de los más pobres. Los Estados Unidos se vanagloriaron de que –por fin– obtuvieron una victoria en la Guerra Fría, al hacer “retroceder a los soviéticos de América.”3
“Win” era un hombre simpático, rústico y elemental, formado en los oscuros pasillos del terrorismo y conocedor de las operaciones ilegales de la CIA en varias partes del mundo. Su conocimiento del idioma español, aunado a la confianza que le tenía Allen Dulles, le convirtieron en jefe de la agencia en México. Este nombramiento llegó precisamente cuando la CIA creyó que México sería la siguiente ficha por ganar por la Unión Soviética, ya que arbitrariamente extrapoló las condiciones materiales y emocionales de Cuba a las aparentemente semejantes en ese país. El impacto del Castrismo había sido muy grande en muchos lados, sobre todo en la juventud y en fuerzas políticas variopintas que tenían en común ser antiimperialistas y progresistas, no necesariamente comunistas. Para el caso, todas entraban en el mismo caldero, y como tales habían que ser tratadas, porque la Guerra Fría no estaba para distinguir las sutilezas de tales personas, las enemigas de la democracia y la fe. Eran comunistas, y punto. Y había que anularlas hasta el exterminio –de ser posible– aunque fuera en un país extranjero, como México.4
La CIA estaba autorizada por sus superiores a echar mano de cualquier medio para “combatir el comunismo”: robo o compra de documentos confidenciales, corrupción de funcionarios públicos de distintos niveles o de autoridades de la Iglesia, tal como ocurrió en Hungría, Guatemala, Cuba y Polonia; provisión de fondos a opositores y sus medios de expresión, fueran locutores, editorialistas o simples reporteros; sobornos a militares desafectos y operaciones de “guerra psicológica” para crear y atraer opositores en general a determinados gobiernos, acciones terroristas llevadas a cabo por ellas mismas o por otras personas; sabotaje para debilitar a gobiernos contrarios a los Estados Unidos, sin detenerse ante los asesinatos e intentos de desaparecer físicamente al líder.5
Haciendo mancuerna con Scott como “nuestro hombre en México” estaba también el embajador estadounidense Thomas Clifton Mann. Entre sus credenciales figuraba que en 1954 fue destacado como consejero de la embajada norteamericana en Guatemala, en los momentos en que ya se gestaba el golpe militar de Castillo Armas contra el régimen constitucional de Jacobo Árbenz.6 La tarea de “Win” estaba bien definida por su cuartel general: combatir al comunismo. A este tío no le resultó tan difícil, por ejemplo, transitar en los vericuetos del poder, apoyado en su representación legal y de su arrolladora simpatía rural. Gobernaba el Partido Revolucionario Institucional (PRI), y el presidente de la república en turno. Para quien no estaba compenetrado en la realidad mexicana daba la impresión de que era progresista, pero hasta un ciego pronto advertía su autoritarismo y corrupción. Sospechoso era que la élite política vivía en un mundo aparte, con pragmáticos que habían escalado en un contexto caracterizado por la indiferencia y hasta rechazo de los jóvenes, y desde luego una distribución del ingreso que hacía que unos pocos concentraran la mayor parte de la riqueza, y la mayoría del campo y la ciudad se encontraran en condiciones sumamente precarias. Los gobernantes priístas se cuidaban de parecer nacionalistas y hasta anti-estadounidenses si la ocasión lo ameritaba, pero en las sombras no tenían ningún empacho en mantener acuerdos discretos con los criticados vecinos del norte. En su política externa, de manera contradictoria jugaban con posiciones conservadoras y avanzadas, según las circunstancias del momento. En los foros interamericanos, por ejemplo, en repetidas ocasiones México se plantaba con una política exterior independiente de Estados Unidos, al igual que en las relaciones con varios países de América Latina. El discurso antiestadounidense se oía con frecuencia, si bien su emisión era parte de un acuerdo básico con su vecino del Norte: en cuestiones secundarias para éste no había problema, pero sí lo habría si trasgredía los límites impuestos por la “prudencia política.” Una situación los hacía coincidir sin reservas: la repetición de los acontecimientos cubanos, incluidos la entrada de los soviéticos en el continente, y a partir de aquí, su expansión por más territorios. Desgraciadamente para su paso por la historia, jerarcas mexicanos se hicieron, ni más ni menos…agentes de la CIA. Adolfo López Mateos, el presidente en aquel tiempo, era socio en la agencia con el alias de LITENSOR, mientras que el secretario de Gobernación y sucesor también había sido atraído por el espionaje estadounidense. La cercanía de “Win” con López Mateos y Díaz Ordaz fue legendaria, al igual que con el subsecretario de Gobernación Luis Echeverría Álvarez (LITEMPO 8), quien sucedería a este último en el puesto en 1970. También se incluyeron el jefe de la policía política, el capitán Fernando Gutiérrez Barrios (LITEMPO 4), y Miguel Nazar Haro, de la Dirección Federal de Seguridad, los mayores represores al servicio de los presidentes en turno.7 La influencia de Cuba pronto fue percibida como un enorme problema político para los Estados Unidos en México. Para muchos jóvenes, la victoria de Castro –así como las posteriores victorias cubanas sobre el enorme poder estadounidense– hicieron pensar que “si él lo hizo, ¿por qué nosotros no?” Frente a los agravios infligidos por Estados Unidos contra México desde sus inicios como país independiente, incluyendo invasiones y la ocupación del territorio del Norte, la oportunidad casi había llegado como una venganza poética. El ejemplo ahí estaba para seguirlo. Pero, como bien sabemos, repetir experiencias históricas es imposible, pero los Estados Unidos, su oportuna y fructífera aliada, la Iglesia Católica, y la oligarquía mexicana que también era parte de esta Santa Alianza, el asunto no era para tomarse a la ligera. Ellos cerraron filas frente a la “amenaza” común, y prefirieron pagar más por los excesos que por su inacción.
Notas del capítulo
1 Morley, Jefferson, Nuestro Hombre en México: Winston Scott y la historia oculta de la CIA, México, Santillana Editores, 2008, p. 122.
2 Ibid., p. 95.
3 Ibid., 106.
4 Ibid, p. 122.
5 Pimentel Aguilar, Ramón, Espionaje Norteamericano en México, Colección Duda Semanal, Editorial Posada. 1975, p. 6.
6 Ibid., p. 19.
7 Morley, op. cit., p. 130.

Un presidente entre Escila y Caribdis
El presidente Adolfo López Mateos, a pesar de su manifiesta frivolidad, trató de sujetar el timón del país en condiciones difíciles. Para ello fue necesario un modelo de prestidigitación política para mantener los equilibrios que a su manera de ver debían imperar en las circunstancias en las que gobernó. La Santa Alianza mantuvo una fuerte presión sobre los “comunistas”, una táctica de guerra psicológica ya probada por Estados Unidos en otras partes. México ofrecía ventajas únicas: la población en su mayoría, en su pobreza e ignorancia, era incondicionalmente católica, susceptible a extremos fanáticos sin importar regiones –norte, sur o centro eran lo mismo–, y resultaba fácilmente manipulable por la Iglesia. Poseedor de un indiscutible carisma, de un hombre bondadoso, López Mateos sin embargo reprimió una huelga ferrocarrilera histórica, con cientos de sus líderes encarcelados, y también sobre personas de alta nombradía como el pintor estalinista David Alfaro Siqueiros, hechos que permiten suponer que eran sus “ofrendas” al altar de “comunistas” sacrificados. Era una manera de decir que si bien era “de extrema izquierda…dentro de la Constitución”, tenía una inocultable casta anticomunista. Con sus componendas neutralizó una campaña clerical contra su gobierno en ocasión del Libro de Texto Gratuito, que la Iglesia y sus organizaciones afines despectivamente llamaron “texto único y obligatorio”, a su decir de adoctrinamiento de los niños en el laicismo, de identificación con personajes como Benito Juárez, y en general en ideas “extranjeras” como el “comunismo.” ¿Por ventura el catolicismo no era una religión extranjera, importada con la Conquista? Poco después del ascenso del presidente López Mateos la Secretaria de Educación Pública (SEP), bajo el mando de Jaime Torres Bodet, lanzó el Plan Nacional de Expansión y Mejoramiento de la Enseñanza Primaria, mejor conocido como el Plan de Once Años. Y en febrero de 1959 se creó la Comisión Nacional de Libros de Texto (CONALITEC), bajo la dirección del célebre escritor Martín Luis Guzmán, cuya función sería elaborar libros gratuitos para el nivel de la primaria.1 El Libro de Texto Gratuito tenía la finalidad de ayudar a los niños de escasos recursos que no podían adquirir los ejemplares que los profesores requerían para enseñar. Por supuesto era de carácter laico, y su objetivo, –entre otros– era enseñar la historia y fomentar valores cívicos y éticos, de modo que aquel niño que estudiara sus líneas acrecentaría su amor a la patria. El Libro de Texto Gratuito buscaba promover la integración nacional de una manera homogénea; fue la primera vez que se hacía un libro para toda la educación a nivel primaria del país. Con estas medidas se fortalecía la rectoría del Estado en la educación y se proporcionaban los recursos para materializar los objetivos del artículo tercero constitucional.”2 Como respuesta a esta política educativa que la Iglesia de inmediato tildó de “comunista”, la institución lanzó una activa campaña en su contra. Las medidas implementadas por el presidente Adolfo López Mateos fueron mal vistas por el sector más conservador de la sociedad, sobre la base de que vulneraban la libertad educativa, “derecho natural” de los niños acorde con un dogma largamente preconizado. La Iglesia tenía buenas razones para actuar de este modo, ya que el control educativo que detentaba se le podía ir de las manos, y el adoctrinamiento de los infantes se vería debilitado. A este respecto, Octavio Rodriguez Araujo acierta: “siempre insistente en moldear y controlar la conciencia de los niños desde la familia y la escuela, (la Iglesia) vio en los libros de texto gratuito una amenaza, además de la supuesta expansión del comunismo.”3 El vehículo por excelencia del lavado de cerebro –por decirlo así– de miles de mexicanos desde sus primeros años era la educación católica, donde se ha proclamado el abstracto amor a Dios y a la humanidad y el repudio a los “enemigos” de la religión. El temor a resultar seriamente afectado el control sobre la educación por parte de la Iglesia, en la parte que a ella tocaba, era exagerado. A pesar de las políticas restrictivas de las leyes mexicanas desde el siglo XIX, la verdad era que no se había visto seriamente limitada en su expansión educativa, con escuelas “parroquiales” (de paga, por supuesto), donde sacerdotes y monjas enseñaban a los infantes las primeras letras y también los rudimentos de la religión, los mismos de sus padres o abuelos. Por si no bastara, el lavado de cerebros se extendía a la llamada asistencia “a la doctrina”, a las misas y rezos obligados por sus preceptores con el consentimiento de sus padres. Tampoco contamos las “escuelas laicas” de mero nombre, capillas enmascaradas, semejantes en lo esencial a las confesionales. Así pues la Iglesia ha concentrado sus baterías en la educación en la mayor medida posible, desde la de párvulos hasta la universitaria. Con esta embestida eclesiástica contra la educación pública, la Iglesia enseñó el cobre al mostrarse como una influyente corporación con intereses propios. La protesta más ruidosa en contra del Libro de Texto Gratuito fue llevada a cabo por la Unión Nacional de Padres de Familia (UNPF). Nunca hubo, huelga decir, ningún argumento que debatiera o cuestionara los contenidos específicos de los libros en cualquiera de las materias. Era pues una postura dogmática que escondía los intereses de la Iglesia en el sentido ya expresado. El jefe del “comunismo” en la sección del “libro único” era Martín Luis Guzmán, liberal sin reservas, defensor de la Reforma y de la Constitución de 1917, empresario incansable de la cultura, librero, editor y autor de obras en la cumbre de las letras mexicanas, como El Águila y la Serpiente, las Memorias de Pancho Villa, y La Sombra del Caudillo. Éste último fue una ficción dramática inspirada en hechos reales ocurridos en 1927, y que fue llevado a la pantalla en una película del mismo nombre, dirigida por Julio Bracho, quizás la más importante de la cinematografía mexicana hasta el día de hoy. Pues sí, Martín Luis Guzmán, con toda su gloria política y literaria, recibió la visita de una muchedumbre encabezada por la Acción Católica y otras del mismo jaez, para apedrearle su casa, afortunadamente sin consecuencias mayores. Los instigadores –con la Iglesia Católica tras bambalinas, ya que la Acción Católica no se manda sola– no se salieron con la suya, porque el espíritu de Martín era de granito. Faltaba más. Pero el presidente López Mateos acabó cediendo a la presión de la Iglesia y los laicos respecto al Libro de Texto Gratuito. Aunque sus contenidos no fueron modificados, ni había tanto por modificar, dado que esta obra estaba en su fase inicial, su puesta en operación sufrió cambios. Un enésimo capítulo del modus vivendi entre la Iglesia y el Estado se iniciaba. Los Libros de Texto Gratuito, en la vía de los hechos, perdieron su obligatoriedad en las escuelas parroquiales así como en otras de carácter privado. No había manera de sancionar la simulación de los libros en los mesabancos y las mesas, que eran exclusivamente para mostrárselos a los inspectores escolares, y en cuanto éstos abandonaban las aulas, se volvía a los textos habituales. El laicismo nunca se reforzó, dando manga ancha a los sacerdotes y monjas que ejercían como docentes a obligar a los alumnos a rezar al menos cuatro veces al día, asistir a misas y a pláticas por el estilo. La Iglesia acabó complacida, pero tardó un tiempo considerable para reconocer el gesto positivo del gobierno al que en más de una ocasión tildó de comunista, el necesario para darse cuenta de que la contraparte cumplía con su palabra. La Iglesia respondió a través de la declaración del obispo Antonio Guízar en la cuaresma de 1962, regodeándose de su victoria frente a la institución estatal:
No desconocemos los adelantos en la técnica de la educación ni los laudables esfuerzos de nuestro Gobierno por extender la educación a un mayor número de mexicanos. Pero el Gobierno es incapaz de resolver con sus propios recursos el grave problema de la educación. La cooperación de la iniciativa privada es indispensable en éste como en otros campos de la vida pública. Todo el que coopera a que se abra una escuela más, sirve a México y merece respeto y aliento de parte de las autoridades. De la Secretaría de Educación es de esperarse un reconocimiento leal y sincero del esfuerzo que hacen tantos padres de familia por abrir y sostener escuelas particulares para sus hijos.4
La otra parte de la “contribución” de Adolfo López Mateos y su secretario de Gobernación, el conservador oaxaco-poblano Gustavo Díaz Ordaz, fue hacerse de la vista gorda ante la virulenta ofensiva anticomunista llevada a cabo por la Iglesia, haciendo su parte en la estrategia de la CIA, ocasionando un clima de desazón y enfrentamiento artificial, sin que el Estado pusiera límites, como era su obligación. Pero México no era Guatemala ni contaba con un prelado carismático y arrojado como el Arzobispo Mariano Rossell y Arellano, un conspirador iluminado y orador furibundo con todo y su pastoral contundente y decisiva. La Iglesia mexicana puso en práctica una guerra de baja intensidad –en ocasiones fue de alta– que tuvo sus víctimas, sobre todo en poblaciones pequeñas y alejadas, poniendo en riesgo a los elementos perseguidos acusados de “comunistas”, en una intención que años después llevaría a la tragedia de San Miguel Canoa, Puebla, en 1968, cuando una muchedumbre enloquecida mató a varias personas e hirió a otras, incitada tras bambalinas por el párroco local. La Iglesia cuenta con un instrumento milenario más que probado: incitar a sus creyentes a atacar vidas y bienes de quienes son el objeto de su odio, como lo vivieron en distintas épocas, por ejemplo, los judíos europeos, quienes “causaban pestes, adoraban al diablo o sacrificaban o comían niños.” En México la Iglesia provocó que sus rebaños de Dios realizaran actos peligrosos y nocivos, manteniendo oculto su liderazgo real, como lo hizo, por ejemplo, con la Cristiada, que tantas vidas cobró. A principios de los sesentas la Iglesia contaba con un liderazgo viejo, autoritario, artrítico, obeso y obediente al Vaticano y a Estados Unidos, con poco gratas experiencias de confrontaciones con el Estado, y espantado con la Revolución Cubana. El cuerpo eclesiástico de México se sintió profundamente agraviado con el gobierno de Fidel Castro a causa de las medidas tomadas contra el clero local. Para la Iglesia en su conjunto, y para la mexicana en particular, este choque con el Castrismo fue la piedra de toque que definiría las estrategias y tácticas de los (inventados) “comunistas” del suelo nacional.
La preocupación de la CIA respecto al papel “tolerante” mostrado por el gobierno de México hacia la Revolución Cubana había obligado al director mismo a hablar con la más alta autoridad presidencial sobre el tema. El 14 de enero de 1961 “Win” y Allan Dulles visitaron la Residencia Oficial de Los Pinos, donde éste obsequió a su anfitrión una pistola miniatura. Con “Win” como intérprete, afirmó de inicio que “Castro ahora es definitivamente comunista y es un problema para toda Latinoamérica así como para los Estados Unidos.” Los estadounidenses esperaban que México ayudara a destituir a Castro, pero contra sus esperanzas López Mateos respondió que México no intervenía en los asuntos de otros países. “Espero que los cubanos puedan deshacerse de Castro y el comunismo y arreglen ellos mismos sus problemas”, dijo, agregando “que no sentía que los cubanos pudiesen tolerar las penurias y ser disciplinados como, digamos, los chinos”, agregando que los mexicanos podían vivir durante diez años comiendo hierbas y aún así luchar por su revolución. “Los cubanos carecen de este tipo de fibra”. Dijo además que era fácil para los Estados Unidos ver el problema cubano como si fuera de carácter internacional porque no había oído que el Castrismo tuviese efectos internos. “México, en cambio, debe considerar la posibilidad de que se presenten problemas de seguridad interna” debido a la influencia de la Revolución Cubana. “Hay muchos simpatizantes de Castro y de su revolución en México. Debo sopesar este factor en todas las acciones con respecto a Cuba. Por esta razón, México no puede realizar acciones manifiestas,” Pero disminuyendo la aspereza de sus expresiones, López Mateos dijo que las acciones encubiertas “eran otro cuento.” Se ofreció a pensar en cualquier acción que Dulles sugiriera, y analizaría con “Win” cualquier propuesta para determinar si podía participar. “Debe haber muchas cosas que podamos hacer por debajo de la mesa”, concedió. Pero en este punto Dulles ya había perdido la compostura y fue más enfático en su expresión: “La iniciativa privada en los Estados Unidos tiene miedo, o al menos preocupación, por la pérdida de casi cien mil millones de dólares en Cuba, que tal vez nunca recobrarán”, y, “francamente, algunos empresarios desconfían de ciertas declaraciones y acciones incluso en México.”5 A pesar de ciertas expresiones favorables de López Mateos a Castro, ubicó a su administración como un gobierno solidario, aunque no comunista. Recordó que el gobierno mexicano estaba en “la extrema izquierda dentro de la Constitución”. Pero había sido frecuentemente malinterpretado por la prensa, que omitía las últimas palabras ‘dentro de la Constitución’, haciéndolo aparecer como “si yo hubiese hablado meramente de un gobierno de extrema izquierda y, por lo tanto, comunista.” Dijo que sus problemas políticos nacionales eran verdaderos, incluyendo un Congreso Latinoamericano por la Paz auspiciado por los “comunistas”, las negociaciones con los ferrocarriles y otras cosas. Dulles bruscamente interrumpió al presidente mexicano: “¿Por qué no pudieron prevenir que este congreso de paz se realizara aquí?”. López Mateos citó la Constitución mexicana, apresurándose a añadir que haría lo que pudiese para ayudar a la CIA a perturbar y dificultar el congreso. Dulles, empecinado y fuera de sí, contestó que “nuestro nuevo gobierno en Washington (Kennedy) y los empresarios estadounidenses no entienden por qué México permitiría que estos comunistas se reúnan en México y ataques a los Estados Unidos.” López Mateos le aseguró la lealtad mexicana: “Quiero que sepa que estoy con los Estados Unidos... hay un dicho mexicano: ‘cada quien tiene su modo de matar las pulgas’. Algunas veces mis métodos para matarlas serán diferentes a los suyos”. “Siempre y cuando las matemos” Dulles dijo para terminar abruptamente la conversación. No le hizo gracia la alusión a las pulgas e ignoró la postura que sincera y solidariamente se le ofrecía a los Estados Unidos, pero no era posible seguir el guión como lo marcaba la CIA, en cuyo nombre pareció hablar su gobierno.6
El presidente López Mateos había definido a su gobierno como “de extrema izquierda” en estos términos:
La línea de política a la derecha o a la izquierda, debe ser tomada desde el punto de vista de cuál es el centro. En realidad ustedes conocen cuál es el origen de nuestra Constitución, que emanó de una revolución típicamente popular y revolucionaria, que aspiraba a otorgar a los mexicanos garantías para tener mejores niveles de vida en todos los órdenes, a una mejor educación, a la salubridad, a la dignidad humana. En este sentido nuestra Constitución es de hecho una Constitución de origen popular de izquierda, en el sentido que se le quiere dar a la palabra izquierda en México. Ahora, mi gobierno es, dentro de la Constitución, de extrema izquierda.7
Esta declaración fue la primera en la que el gobierno de López Mateos intentó disipar las acusaciones que se le hacían sobre “lo comunista” de su gobierno. En forma gradual tuvo que replegarse: se enfrentó al general Lázaro Cárdenas, defensor de Cuba, invitó a John F. Kennedy a visitar México en 1962.
Como se ha dicho antes, López Mateos navegó en la tormenta provocada por las presiones de los Estados Unidos manteniendo la “corrección política”, aunque no lo logró. En su afán de aparecer en la situación imposible de neutralidad, respeto a la independencia de Cuba, no intervención de México y la complacencia de los Estados Unidos, tropezó en varios momentos víctima de sus propias vacilaciones políticas. El 28 de marzo de 1961 declaró que del régimen político cubano “los mexicanos tenemos la peor impresión”, y al mismo tiempo reconoció que “tuvimos mucha simpatía al principio de la Revolución Cubana.” Así habló el Primer Mandatario Mexicano al entonces redactor del diario Le Figaro de Paris, Raymond Aron: “Hemos visto en ella tres reformas fundamentales llevadas a cabo después de largo tiempo nuestra propia revolución, y las cuales no podemos menos que suscribir: la Reforma Agraria; la recuperación, en provecho de la nación, de las riquezas poseídas por los extranjeros; la autonomía de la política comercial. El siglo XIX fue el de la liberación política. El siglo XX es el de la liberación económica. Otros países de la América Latina tienen necesidad de una reforma agraria, si no es que todos. En cuanto a las inversiones extranjeras no les somos hostiles por principio, visto que los beneficios no son repartidos en cantidades demasiado grandes. En cuanto al régimen político (de Cuba) ya es otra cosa; tenemos de él la peor impresión (itálicas mías). Nosotros los mexicanos nos hemos hecho solos, nuestra revolución, por nosotros y para nosotros. No podríamos decir otro tanto de la Revolución Cubana. Es verdad que la situación internacional era entonces muy otra; era el tiempo de la primera guerra y el mundo no se ocupaba de nuestros asuntos. Usted me pregunta por qué la Revolución Cubana ha tomado, políticamente, una mala ruta. Uno tiene dos interpretaciones. Unos dicen que Cuba era como un hombre que no podía salir del agua y que recibía un golpe en la cabeza cada vez que emergía y trataba de acercarse a la orilla. Puede ser también que los norteamericanos hayan abandonado rápidamente la partida. Según otra teoría, los compañeros de Castro fueron, desde su origen, de tendencias comunistas. Personalmente –concluyó el Presidente– no he elegido entre estas dos interpretaciones.”8
El gobierno de López Mateos desde un principio padeció los efectos de la empecinada política de Estados Unidos contra el régimen revolucionario castrista, con la doble vertiente de la presión para cooperar para debilitarlo y los temores infundados pero de consecuencias funestas del gobierno de Washington de que la “experiencia” pudiese repetirse en México, “por las deficiencias “parecidas” a las de Cuba. En rigor, el curso de la Revolución Cubana no era asunto de la competencia de los mexicanos, pero los estadounidenses acabaron convenciéndolos de lo contrario, y debían pasar a engrosar “las filas del mundo libre.” Fue en la Organización de Estados Americanos (OEA) donde se jugó la política mexicana frente a los Estados Unidos por el tema cubano, acción por demás acertada porque le permitió al gobierno ganar el tiempo suficiente para que se dieran los ajustes de la manera más tersa posible. Difícilmente puede aceptarse, sin embargo, la afirmación de que la política de López Mateos tuvo que procurar equilibrios entre distintos grupos del país y en sus relaciones con Estados Unidos, ya que la izquierda del momento en general no estaba en buenos términos con él, ni tenía la fuerza suficiente para hacer sentir su presencia en la balanza de fuerzas políticas. Para establecer con mayor precisión la postura de López Mateos en este sentido conviene observar desde un principio la relación del gobierno de este presidente con el nuevo régimen revolucionario cubano. Gilberto Bosques, el embajador de México en La Habana, dueño de una notable experiencia diplomática y testigo de la caída de Batista y el ascenso de Castro, aconsejó que el presidente Dorticós fuese recibido en visita oficial para refrendar las buenas relaciones históricas entre los dos países. Más que producto de alguna presión al interior del grupo gobernante –como sería la del general. Lázaro Cárdenas, como a veces se afirma– México en un inicio vio con buenos ojos la posibilidad de contar con un posible aliado confiable, después del congelamiento de sus vínculos con Batista. Aunque es difícil conocer qué tan genuina fue la calidez con la que fue recibido Dorticós en México, lo cierto es que López Mateos cultivó su imagen de “amigo de Cuba” cuando el gobierno protestó en 1961 en la ONU por la invasión de la Bahía de Cochinos, cuando se opuso a la imposición de sanciones económicas interamericanas contra Cuba y cuando en 1964 fue el único miembro de la OEA que rechazó romper relaciones con La Habana.
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