Kitabı oku: «Apóstoles de la unidad»

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Apóstoles de la unidad

Pedro Langa Aguilar


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ISBN: 9788428563956

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A don Julián García Hernando, amigo y maestro,

de cuyo apostolado en la unidad tanto aprendí.

Nota del editor

La Editorial San Pablo siente especial satisfacción al poner en manos de los lectores una obra esencial en el rico patrimonio teológico del agustino Pedro Langa Aguilar, «uno de los más distinguidos ecumenistas de España». Profesor desde muy joven en universidades de Roma y Madrid y escritor en no menos de veinticinco revistas, cuenta en su haber con más de doscientos cincuenta artículos dedicados al tema. Su erudición y fina sensibilidad por san Agustín y los padres de la Iglesia, las otras facetas de su saber doctoral, hacen que estas páginas adquieran el valor inestimable de una obra, que, ante la pulcritud del análisis y la copiosa aportación de datos, acabará por volverse de obligada consulta para el buen uso de los saberes ecuménicos. Apóstoles de la unidad reúne por primera vez una treintena larga de insignes figuras comprometidas en el apasionante y fecundo quehacer evangélico de la reconciliación cristiana. La contextura y rigor del libro permiten ver con claridad que no solo se trata de un gran elenco de nombres altamente significativos en el ámbito eclesial sino que es, además, sugerente y fiel reflejo de vivencias íntimas, contadas a menudo por ahí sin el detalle ni la objetividad que ofrecen ahora estas páginas gracias a la profunda experiencia y al dilatado conocimiento del autor.

La Editorial San Pablo, dentro de la Colección Monumenta, publicó de Pedro Langa, ya en 2011, Voces de sabiduría patrística, obra muy bien recibida por la crítica y que sigue gozando de señalado favor entre los lectores. A ella viene a sumarse con análoga maestría en lo conciso Apóstoles de la unidad, que ve la luz en reconocido homenaje al empeño ecuménico de la Iglesia católica por el cincuentenario de la clausura del concilio Vaticano II, del recíproco levantamiento de los anatemas Roma-Constantinopla, y de la promulgación de las declaraciones Nostra aetate y Dignitatis humanae, cuya importancia en estos días de tanta persecución contra los cristianos queda más que justificada. Del protagonismo que otorguemos al diálogo y a la restauración de la unidad entre las Iglesias dependen, para el mundo en general, el disfrute de una paz duradera y bien concertada; y para los humanos todos, en definitiva, la vivencia íntima de nuestra fe.

El editor

Octubre de 2015

Introducción

Apóstoles de la unidad pretende rendir homenaje a un puñado de hombres y mujeres cuyas vidas estuvieron marcadas por la solemne plegaria de Jesús al Padre en la última Cena. El sintagma Ut unum sint de Juan 17,21, santo y seña de los ecumenistas, fue vida y trabajo frecuente del grupo aquí seleccionado, que supo sacarlo adelante bajo el signo de la renovación y de la perfección. Ya de forma individual a menudo, ya también de mancomunado modo alternativo en casos puntuales, el grupo en todo caso acertó a caminar siempre de la mano de Dios y descorriendo en cada amanecer la cortina de la esperanza.

Naturalmente que no están todos los que son. ¿Quién podría incluirlos a todos, cuando tantos y tantos han sido y el hecho mismo de afirmarlo así depende a la postre de gustos? Como contrapartida, espero que nadie cuestione que sí son todos los que están. Va de suyo que la lista podría dilatarse, de acuerdo, pero la que en estas páginas se ofrece discurre condicionada por criterios a los que en todo momento procuré atenerme, ajenos algunos, bien es cierto, a mi voluntad. Quiero con ello decir que no he procedido al azar, ni por capricho, ni desconociendo tampoco la carga subjetiva que dicha lista soporta. Incluso se me alcanza que la mayoría de los Apóstoles de estas páginas todavía carezcan de biografías rigurosas capaces de ofrecernos la verdadera esencia de su personalidad. Habrá que dar, pues, tiempo al tiempo.

Cosa cierta y sabida es que el autor de un libro ha de atenerse a un número de páginas prefijado por los editores, los cuales, a su vez, proceden con arreglo a normas de marketing. Es decir, que ni ellos son libres por completo para determinar la magnitud del volumen. Otro de los criterios que guiaron mi pluma lo constituye el obituario: los hombres y mujeres de este estudio están ya en la casa del Padre, adonde fueron a parar después de haber trabajado duro y firme, de sol a sol, en esa viña fértil del Señor que es la causa de la unidad.

Por descontado que en este pequeño retablo de grandes nombres esplenden figuras de todos los colores eclesiales. No cometeré yo aquí la avilantez de distinguir, como se hace por ejemplo en manuales de patrología con los padres y doctores de la Iglesia, entre mayores y menores, orientales y occidentales. Quede un entretenimiento así para el lector, que yo no curo mucho de ello. Prefiero limitarme a destacar las notas que distinguen y acuerdan el compromiso ecuménico de cada uno. Con ello habré conseguido practicar la regla de oro en la causa de la unidad: facilitar lo que une.

A propósito del título, he prescindido del artículo masculino de plural determinado los. Hubiera sido pretencioso por mi parte, bien lo sé, y craso error por cierto, titular Los apóstoles de la unidad. El epígrafe estaría indicando, en tal supuesto, que son tales únicamente los aquí seleccionados, cuando resulta que no es así. Su modus operandi queda muy lejos de conformar un grupo cerrado de obreros ecumenistas. La gramática dice que el artículo es, en definitiva, un accidente que transforma el sustantivo clasificador en sustantivo identificador. La que presento en estas páginas, por tanto, no es lista cerrada sino, más bien, abierta a ulteriores enriquecimientos. También aquí cabe ilustrar con el ecumenismo lo que digo: cuando los que trabajan en él utilizan actitudes excluyentes, marginadoras, radicales, la conclusión de tal premisa no admite vuelta de hoja: esos tales tienen más de sectarios que de ecumenistas.

Si algo hay –y hay mucho– que brille con esplendorosa claridad en quienes conforman la lista de este libro es que su comportamiento en pro de la unión de la Iglesia resulta en todo momento conciliador y fraternal. No se pelearon, no riñeron, no se dejaron llevar de la descalificación ni del insulto; al contrario, cada uno a su manera, desde sus respectivas circunstancias y el afán unionista por bandera, salieron al encuentro del otro con ánimo cordial y compartido. Y esto que de modo general es posible decir de quienes integran la lista, se percibe más nítido aún en aquellos que, bien por moverse en lugares comunes, bien debido a cercanía de los años y de los quehaceres, llegaron incluso a conocerse personalmente y en algunos casos hasta cartearse.

Apóstoles de la unidad, por otra parte, responde a trabajadores del ecumenismo moderno, esto es, a figuras cuyo paradigma ecuménico data del espíritu que nace en la escocesa Edimburgo de 1910, cuando la Conferencia Internacional de Misiones. Parece lógico que la biografía de algunos pertenezca a fechas inmediatamente anteriores, y que tampoco falten los que se incorporan en el período de entreguerras, ni, por supuesto, quienes se vuelcan de lleno por los años del Vaticano II, inclusive durante lustros ya posconciliares. Pero todos, todos, pese a lo dicho, son obreros entusiastas del llamado ecumenismo moderno, aquel que al principio tanto le costó admitir a la Iglesia católica y hoy, en cambio, es por ella considerado camino irreversible.

Las atrocidades perpetradas contra los cristianos en Oriente Medio han inducido al papa Francisco a pronunciarse repetidas veces, dentro ya del 2015, sobre lo que él denomina ecumenismo de la sangre. Si no fuera por la virulencia de los recientes acontecimientos, cabría decir que no estamos ante nada nuevo. Ya durante la II Guerra mundial, por ejemplo, se dieron, sobre todo en campos de exterminio, circunstancias en que fue necesario probar lo que representa el ecumenismo de la sangre, del dolor, del sufrimiento, y llegar a la certidumbre de cuánto bien puede reportar el que los hermanos, aunque sean de confesiones distintas, vivan unidos.

En Apóstoles de la unidad queda patente que muchos, por no decir todos, soportaron incomprensiones, críticas, desconfianzas y contratiempos. De ninguno cabe decir que llegó la sangre de la degollina al río –como no sea del pobre hermano Roger–, es cierto, pero tampoco se vieron exentos, buena parte por lo menos, del frío garfio de la persecución intelectual, del envidioso acíbar de las insidias, del turbio desdén correligionario. La unidad del ecumenismo fue en todos, más en unos que en otros por supuesto, pero en todos a la postre, causa de sufrimiento. Y de mérito, desde luego. La beata María Gabriela Sagheddu, pongo por caso, es, desde su enfermedad gozosamente abrazada en pro de la causa ecuménica, buena prueba de lo que afirmo.

Así como el papa Francisco, ante los veintiún cristianos coptos asesinados por el Estado Islámico en Libia, recordaba al Moderador de la Iglesia Reformada de Escocia que «la sangre de nuestros hermanos cristianos es un testimonio que grita –sean católicos, ortodoxos, coptos, luteranos, no interesa–: son cristianos. Y la sangre es la misma, la sangre confiesa a Cristo, pues los mártires son de todos los cristianos»[1], de igual modo cabe decir que los sufrimientos de estos Apóstoles de la unidad reflejan actitudes humillantes soportadas con entereza y en silencio, convencidos de que, en el fondo, eran de la Iglesia. Pienso en la incomprensión de que fue víctima el beato Newman por defender principios hoy comunes al ecumenismo; en los duros exilios del cardenal Congar; en las acerbas críticas al patriarca Atenágoras por abrazarse con el beato Pablo VI. El lector, en fin, tendrá ocasión de espigar más casos leyendo estos capítulos.

Otro punto a destacar es que todos vivieron la unidad de la Iglesia como una vocación o especial llamada de Dios, como reto ante el que no caben nunca las medianías. El ecumenismo, por eso, es sinónimo de conversión permanente. Cuando se vive con explicitud, plenitud y juventud de corazón, conduce de modo inevitable a quienes así lo practican a respirar en atmósfera de Iglesia una y única, la que Cristo fundó y por la que al Padre rogó en la oración sacerdotal de la última Cena. El decreto de ecumenismo lo proclama de manera inequívoca: «El Espíritu Santo, que habita en los creyentes y llena y gobierna a toda la Iglesia, realiza esa admirable unión de los fieles y tan estrechamente une a todos en Cristo, que es el Principio de la unidad de la Iglesia»[2].

Y claro es que también en este orden de cosas cumple admitir un pluralismo de actitudes. Unos lo hicieron desde primera hora. Otros, en cambio, después de años dedicados a distintos menesteres. Los hay que vivieron su vocación de modo preferente. Y no faltan, por el contrario, quienes la compaginaron con actividades eclesiales de otra índole. Algunos sintieron su voz meditando profusa y profundamente la oración sacerdotal de Jesús que recoge Juan 17,21, el cardenal Congar, por ejemplo. Sin que deje de haber –Juan Bosch, v.gr.–, quien lo hizo leyendo precisamente a Congar. Al cardenal Bea le llegó con incoercible empuje a través de sus estudios de Sagrada Escritura –donde están inspirados los textos del Vaticano II sobre el movimiento ecuménico (UR) y la actitud de la Iglesia en relación con el judaísmo (NA, 4), mientras que en el cardenal Willebrands, presidente desde muy joven de la Asociación San Willibrordo, dicha llamada tomó forma definitiva con su nombramiento, por parte de san Juan XXIII, para secretario del Secretariado de la Unidad. Es más, según propia confesión, fue a partir de 1964, al ser ordenado obispo por el beato Pablo VI con la específica misión de trabajar por la unidad de los cristianos, cuando él consideró esta actividad «como mi vocación definitiva»[3]. De nuevo nos echa aquí una mano la definición con que se denomina el ecumenismo en cuanto movimiento de la unidad en la pluralidad. La vocación ecuménica es en ellos llamada común a trabajar por la unidad, pero luego, al practicarla, adquiere en cada uno modos distintos y comportamientos diferentes: católicos, protestantes, ortodoxos, anglicanos. ¡Y qué verdad es eso de que en la variedad está la belleza!

Tampoco he de pasar por alto que el dedicarse a la unidad en estos Apóstoles avivó de manera incesante su amor a la Iglesia. Aunque para algunos –san Juan Pablo II, la beata Teresa de Calcuta, el cardenal König y la venerable Chiara Lubich pueden servir de muestra–, el fervor unionista se hizo extensivo a lo que hoy llamamos diálogo interreligioso, lo primario, sin embargo, lo primordial de su actuación ecuménica –escritos, conferencias, discursos, encuentros, diálogos, viajes, etc.– fue siempre su amor a la Iglesia, la cual es, sin duda, imprescindible pilar del ecumenismo.

Algunos ni siquiera llegaron a los apasionantes aledaños del diálogo teológico, más que nada por ser tarea de especialistas en materia, y luego también por no haber alcanzado sus biografías a saborear el tiempo posconciliar de tales coloquios. Ello, sin embargo, no impide afirmar que en cada uno cundió lo que el metropolita Melitón de Calcedonia puso de relieve durante su famoso discurso a la Conferencia panortodoxa en Patras, al arrancarse –genial inspiración la suya, por cierto– con el feliz sintagma diálogo de la caridad, vía infalible, la mejor, para engolfarse y llegar a vivir según la unidad y unicidad de la Iglesia. Es más, el comportamiento de estos esforzados obreros de la unidad resultó a menudo paradigma de conducta en no pocos ecumenistas llegados más tarde y que hoy, por fortuna, se esfuerzan, y ahí continúan de firme, pisando caminos rectos en la ruta de ambos diálogos.

Dijo el cardenal Willebrands en 1991 al V Congreso ecuménico europeo en Santiago de Compostela algo que me parece clave para extraer luz de este pensamiento altamente dialógico: «Debemos proseguir el diálogo de la caridad y el diálogo teológico. Son inseparables. El solo hecho de que después de siglos de alienación hayamos comenzado el diálogo, que estudiemos juntos cuestiones esenciales que tocan a la fe, constituye un progreso sustancial en nuestras relaciones, un progreso en la comunión. Los intercambios comunes son nuestro testimonio. No podemos retroceder. El Señor nos indica el objetivo: para que el mundo crea. Aquí actuamos realmente según su palabra. Hay que buscar y realizar las posibilidades y no debe asustarnos el que los métodos y los medios de trabajo sean a menudo diferentes en nuestras Iglesias y Comunidades»[4].

Su ardiente amor a la Iglesia, pues, no podía transigir con el llamado escándalo de la división. Tampoco el concilio Vaticano II, sin duda. De hecho, ya en el proemio puntualiza que «esta división contradice abiertamente a la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y daña a la causa santísima de la predicación del Evangelio a todos los hombres», pero un poco más adelante recuerda que «muchos hombres en todas partes han sido movidos por esta gracia» [del arrepentimiento y deseo de la unión], para concluir luego que «este Concilio, por tanto, mira con alegría todas estas aspiraciones; y, después de haber expuesto la doctrina acerca de la Iglesia, movido por el deseo de restablecer la unidad entre todos los discípulos de Cristo, quiere proponer a todos los católicos los medios, los caminos y las formas con los que puedan responder a esta vocación y gracia divinas»[5]. La relación, por tanto, entre eclesiología y ecumenismo es evidente. Por de pronto, quien ame de veras a la Iglesia no podrá quedarse desinteresado ante divisiones tales. Y en Apóstoles de la unidad no podía ser de otra manera.

Muy distinta cuestión es que tal amor tenga que alcanzar en todos idéntica temperatura, irradiar los mismos resplandores y emitir iguales sonidos. La idiosincrasia, la cultura, la geografía, las formas expresivas, las costumbres y cien factores más que pudieran ahora traerse juegan distinto papel en unos y en otros. Cada quien –suele decirse– es hijo de su tiempo. Y es verdad. Pero, aunque suene a tópico, eso mismo se puede afirmar de la cultura, de la teología, de la incidencia de la Sagrada Escritura, de la liturgia, de los ritos. Aquí, al igual que en casos anteriores, cumple también aplicar el principio incontestable de la unidad en la pluralidad como elemento explicativo de lo que expongo. Amantes de la Iglesia unos y otros, sí, pero no todos de la misma manera, con los mismos argumentos, en iguales circunstancias. Y por amantes de la Iglesia, todos, asimismo, contrarios a sus divisiones.

Apóstoles de la unidad es obra concebida para ser aplicada directamente al gran público, ese que, sin estar necesariamente especializado ni familiarizado en el tema, se profesa, no obstante, sensible a la Iglesia y, en consecuencia, deseoso de conocer mejor qué implique y qué pueda reportar a quien hoy se lo proponga un conocimiento más profundo del movimiento ecuménico a través de algunas ilustres figuras de los últimos tiempos. En modo alguno quiere ser manual del ecumenismo, con las rigideces académicas de semejante disciplina. Más bien, si acaso, cabría entenderse como una monografía compuesta al desgaire de la unidad de la Iglesia según fue defendida y vivida por un montón de ilustres personalidades contemporáneas.

En lo que a normas de redacción incumbe, he procurado seguir un orden estrictamente alfabético de los apellidos y una extensión análoga de la materia para cada autor. Comprendo que por importancia, y hasta por el interés que pudieran despertar, exigiría conceder mayor amplitud a unos que a otros, pero la obra, tal y como está programada, exige un criterio uniforme, el mismo para todos, máxime teniendo en cuenta que trata de un solo argumento –el ecumenismo– que demanda dicha uniformidad. De ahí que me ciña solo al asunto ecuménico, y que los otros posibles dentro de la exposición, de más o menos holgada envergadura dentro de la biografía o la semblanza, cumplan aquí únicamente el secundario papel de ayudar a comprender mejor la citada faceta en el autor objeto de estudio. Para ello he estructurado la obra con idéntica regla metodológica en cada uno.

Primeramente, pues, adelanto un breve marco biográfico del autor donde tengan cabida los hitos salientes de su vida, comprendido a veces un circunstancial elenco de escritos, si los tuviere, relacionados con la unidad de la Iglesia. A este breve apunte biográfico sigue la exposición –en cuatro epígrafes no más– de aquellas facetas que tienen directamente que ver con el tema central de la obra, que es siempre la unidad. Es decir, el objeto base del ecumenismo; no tanto, pues, lo que hoy denominamos diálogo interreligioso. En aras de la sencillez y la brevedad, sacrifico, como es lógico, muchos detalles. Porque no se trata de escribir aquí la biografía ecuménica de un autor determinado, sino de resaltar, de manera sencilla y didáctica, las cualidades ecuménicas que adornaron a cada uno, y de hacerlo yendo siempre a la base, de modo que lo publicado cumpla satisfactoriamente con los fines que desde el principio me propuse al iniciar la redacción.

En cuanto a la bibliografía, he preferido llevarla toda al final, precedida por supuesto de un amplio aparato de siglas y abreviaturas, que, aparte el ahorro de espacio que ello supone, puede también evitar el incurrir en monótonas y a veces incluso enojosas repeticiones de nombres y títulos, sobre todo en una obra como esta, donde forzosamente piden ser tenidos en cuenta organismos y publicaciones cuyo solo rótulo puede resultar –de citarse completo–, extenso en demasía. El repertorio que sigue, en español la mayor parte, no pretende ser exhaustivo, pero sí tener la capacidad de encuadrar la figura respectiva dentro de su justa dimensión y, a la vez, de introducir al lector, si se lo propone, a consultas de mayor alcance. Ello explica que haya echado mano también, en algunos casos, de la webgrafía y de los portales electrónicos. En cuanto a la escritura, he procurado, dentro de lo posible desde luego, seguir la Ortografía de la lengua española de la Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española[6].

Me hago a mar abierta en este 2015 de memorables eventos celebrativos, entre ellos precisamente el cincuentenario de la NA y de la clausura del concilio Vaticano II. Obsérvese también que solo el día antes de aquel inolvidable 8 de diciembre de 1965, tenía lugar a la misma hora en la basílica de San Pedro y en la iglesia patriarcal de San Jorge en el Fanar la abolición de las excomuniones del 1054, a las que en esta obra se hace referencia. Pablo VI en Roma con los Padres conciliares, y Atenágo-

ras I en Estambul, escribían así, en efecto, otra página para la historia en ese libro de oro del ecumenismo que ellos mismos habían abierto meses atrás con el fraterno abrazo en Jerusalén. Es también 2015 Un año para sentir Taizé[7], por cumplirse el 75º aniversario de fundación, el centenario natalicio de Roger y el 10º de su asesinato. Dos esclarecidos miembros suyos surcan las aguas de esta provechosa travesía. Precisamente con más de cincuenta años en el oficio ecuménico, recuerdo con gusto que ya durante el Concilio escribía yo ingenuo de Athos y de Taizé[8].

Por último, no me queda sino agradecer a Ediciones San Pablo, prestigiosa editorial católica al servicio de la comunicación y de la verdad que, fiel al carisma fundacional, ni en publicaciones ni en ansias difusoras conoce hoy fronteras, la benevolente acogida que siempre me dispensa. Cuando me puse a redactar este estudio procuré hacer mío el sabio consejo del beato Pablo VI a monseñor Ramón Torrella, en trance de iniciar su andadura oficial por el dicasterio del ecumenismo: «Ponga en su nuevo trabajo para la unión de los cristianos mucho amor y gran dosis de paciencia»[9].

Ojalá el lector pueda, por su parte, hacer también suyas, a propósito del libro que tiene entre manos, las palabras del ilustre profesor Óscar Cullmann sobre el mismo Papa: «Cada año la conversación de una media hora con Pablo VI es, para mí, una ayuda en mi vida cristiana»[10]. Indican, cuando menos, la cordialidad que entre ambos siempre reinó, viajeros uno y otro en esta fascinante singladura. Hay más, por fortuna y a Dios gracias muchos más. Forman todos con decisión y entusiasmo, también con mucha armonía y melodía, un admirable coro polifónico, el cual, por decirlo con frase maestra de san Agustín, entona al Señor y a la unidad de su Iglesia «con las voces, los corazones, las bocas, las costumbres, un cántico nuevo»[11].

Pedro Langa Aguilar, OSA

Siglas y abreviaturas

AAS Acta Apostolicae Sedis (CV).

Aceprensa http://www.aceprensa.com.

ACJ Asociaciones cristianas de jóvenes.

AER American Ecclesiastical Review.

AG Concilio Vaticano II, Decreto Ad gentes.

ARCIC I-II Anglican-Roman Catholic International Comission I-II

(Comisión Internacional Anglicano-Católica I-II).

BAC Biblioteca de Autores Cristianos (Madrid).

BAC 345 Al encuentro de la unidad. Documentación de las relaciones entre la Santa Sede y el Patriarcado de Constantinopla 1958-1972 (BAC 345, Madrid 1973).

BEM Documento de Lima 1982, Bautismo, Eucaristía y Ministerio.

C Concilium (ed. española).

CCEE Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa.

CEE Conferencia Episcopal Española.

CEI Consejo Ecuménico de las Iglesias (= CMI; WCC).

CEMU Centro Ecuménico Misioneras de la Unidad (Madrid).

CERI Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales de la CEE.

CLIE Editorial CLIE, Santandreu Editor.

CNE Città Nuova Editrice (= NC; CN).

CM Congregación de la Misión.

CMF Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, Claretianos.

CMI Consejo Mundial de Iglesias (= CEI; WCC).

CEMU Centro Ecuménico Misioneras de la Unidad (Madrid).

CN Editorial Ciudad Nueva (= NC; CNE).

CSP Congregación de San Pablo.

CTSA Centro Teológico San Agustín (Madrid).

CV Ciudad del Vaticano (= Città del Vaticano).

DE Diálogo Ecuménico (Salamanca).

DH Concilio Vaticano II, Declaración Dignitatis humanae.

DIE Bosch J., Diccionario de ecumenismo, Ed.Verbo Divino, Estella (Navarra) 1998.

Directorio Pcpuc, Directorio para la aplicación de los principios y normas sobre el ecumenismo. Comisión episcopal de relaciones interconfesionales, Madrid 1993.

DTTC Bosch J., Diccionario de teólogos/as contemporáneos, Editorial Monte Carmelo, Burgos 2004.

DV Concilio Vaticano II, Constitución Dei Verbum.

EES Equipo Ecuménico Sabiñánigo (http://equipoecumenicosabinnanigo.blogspot.com.es/).

EFE Agencia EFE.

Enchiridion González Montes A. (ed.), Enchiridion Oecumenicum, Bibliotheca Oecumenica Salmanticensis 12. Universidad Pontificia de Salamanca 1986 (I); Bibliotheca Oecumenica Salmanticensis 19. Salamanca 1993 (II).

FC Movimiento Fe y Constitución (= Fede e Costituzione).

FLM Federación Luterana Mundial.

FUCI Federación Universitaria Católica Italiana.

FUMEC Federación universal de movimientos estudiantiles cristianos.

GER Gran Enciclopedia Rialp.

GMT Grupo Mixto de Trabajo de la Iglesia Católica Romana y el Consejo Mundial de Iglesias. Octava Relación 1999-2005, WCC Publications Geneva, Ginebra-Roma 2005.

GS Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et spes.

ICR Iglesia Católica Romana.

JMJ Jornada Mundial de la Juventud.

KEK Konferenz Europäischer Kirchen (= Conferencia de Iglesias Europeas).

KGB Comité para la Seguridad del Estado (policía secreta de la Unión Soviética).

KLM Koninklijke Luchtvaart Maatschappij, principal aerolínea de Países Bajos.

LAC La Civiltà Cattolica (Roma).

LEV Libreria Editrice Vaticana.

LG Concilio Vaticano II, Constitución Lumen gentium.

MAS Muslim American Society (= Sociedad Americana musulmana).

MC Misioneros de la Caridad.

MD La Maison-Dieu: cahiers de pastorale liturgique.

NA Concilio Vaticano II, Declaración Nostra aetate.

NC Nouvelle Cité (= CN; NC; CNE).

NCE New Catholic Encyclopedia.

OCSO Orden Cisterciense de la Estricta Observancia.

OP Orden de Predicadores.

OR L’Osservatore Romano (Città del Vaticano).

OSA Orden de San Agustín.

OSB Orden de San Benito.

PC Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis.

PCPUC Pontificio Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos (= SUC).

PE Pastoral Ecuménica (Madrid).

PIO Pontificio Istituto Orientale (Roma).

PO Concilio Vaticano II, Decreto Presbyterorum ordinis.

POC Proche Orient Chrétien (Jerusalén).

PPC Promoción Popular Cristiana (= PPC Editorial).

RA Revista Agustiniana (Madrid).

RAE Revista Agustiniana de Espiritualidad (= RA).

RAI Radiotelevisione Italiana.

RF Razón y Fe (Madrid).

RHE Revue d´histoire ecclésiastique (Lovaina).

RC Religión y Cultura (Madrid).

RV Radio Vaticano (= Radio Vaticana).

SC Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum concilium.

SCJ Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús (= Dehonianos).

SJ Societas Jesu (= Compañía de Jesús; Jesuitas).

ST Sal Terrae (Santander).

SUC Secretariado para la unión de los cristianos (= PCPUC).

TER The Ecumenical Review (revista de WCC).

TS Theological Studies (Baltimore).

Unesco Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.

UR Concilio Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio.

UUS Juan Pablo II, Encíclica Ut unum sint (a. 1995).

VIS Vatican Information Service (Oficina de Prensa de la Santa Sede).

VN Vida Nueva (Madrid).

VP Vida Pastoral, San Pablo (www.san-pablo.com.ar/vidapastoral).

VR Vida Religiosa (Madrid).

WCC World Council of Churches (= CEI; CMI).

YMCA Young Men’s, Christian Association (Asociación Cristiana de Jóvenes).

Z Zenit.org.

ATENÁGORAS I (1886-1972)

Atenágoras de Constantinopla nació el 25 de marzo de 1886 en Tsaraplanà (Epiro), hoy Vasilikòn, cerca de Joannina[12]. Matthew, su padre, era médico del lugar. Su madre, Eleni, murió cuando él tenía solo trece años. Cursada teología en Halki (Turquía), de donde salió graduado en 1910, recibe en ese año la tonsura de monje, adopta el nombre de Atenágoras en honor del afamado apologista del siglo II y se ordena de diácono para Pelagonia, con sede en Monastir (Macedonia). Secretario general en marzo de 1919 del arzobispo de Atenas, Meletios Metaxakis, el 16 de diciembre de 1922 es ordenado presbítero en la catedral de Atenas, y el 23 de obispo para la diócesis de Kerkyra y Paxos.

A principios de 1923 llega como nuevo obispo a Corfú, donde permanece siete años promoviendo cultura religiosa, intensa acción social y ecumenismo práctico. «La Iglesia, madre de todos los creyentes –dice al tomar posesión–, ha olvidado a menudo todo esto, ha emprendido batallas, ha atizado odios, ha abierto abismos y suscitado persecuciones, ha escandalizado la conciencia de los fieles, ha olvidado a los pobres, ha abandonado a los enfermos y no ha visitado a quienes estaban en prisión»[13]. Famoso por el gobierno de aquellas dilatadísimas comunidades, por él elevadas a muy alto nivel disciplinar y religioso, fue voz común desde entonces su gran apertura fraternal, maduro fruto de la paterna bondad que de por vida atesoró. Sus viajes, trato con las más diversas denominaciones cristianas y contactos con la Iglesia católica alentaron en él un sincero deseo de diálogo entre los cristianos de Oriente y Occidente. Entre finales del 29 y junio del 30 participa en la conferencia interortodoxa del monte Athos (Vatopedi: 8-30 de junio de 1930) y en la anglicana en Lambeth.

El 24 de febrero de 1931 llega a los Estados Unidos y dos días más tarde toma posesión como nuevo arzobispo ortodoxo de Nueva York, con jurisdicción sobre los ortodoxos griegos de América y rango de metropolita para el entero continente. Con ciudadanía estadounidense en 1938, pasa allí la II Guerra mundial y los mandatos de Roosevelt y Truman. El 1 de octubre de 1948 (año de los Derechos Humanos y de la fundación del CEI) es elegido patriarca de Constantinopla. Para su entronización, enero del 49, voló desde los Estados Unidos a Estambul en el avión personal de su amigo el presidente Truman. Activo colaborador con el CEI, mejoró también las relaciones con Roma. Acarició y fomentó la esperanza de llegar a la unión de los cristianos entre las comunidades bizantino-eslavas: prueba de ello son sus frecuentes contactos con las jerarquías ortodoxas y la promoción de asambleas panortodoxas[14].

Su amistad con Juan XXIII venía de los años de este en Turquía y Grecia. Saludó su elección papal como la de un enviado de Dios. Las relaciones entre cristianos no hicieron desde entonces sino crecer[15]. Se entrevistó con Pablo VI en Jerusalén, Turquía y Roma, y el 7 de diciembre de 1965, víspera de la clausura del Vaticano II, presidió en el Fanar (Estambul) –a la misma hora que Pablo VI en Roma con los Padres conciliares–, la ceremonia de abolición de las excomuniones de 1054, gran paso hacia la comunión Roma-Constantinopla[16]. No todos los ortodoxos, sin embargo, lo acogieron con alegría: el metropolita ruso en el exterior, Filaret, por citar solo un nombre, tuvo el atrevimiento de escribirle una carta descalificando sus esfuerzos unionistas con Roma.

Su actividad patriarcal giró sobre dos polos: uno, que los cristianos separados no lo están del todo, pues perduran lazos dignos de ulterior desarrollo como vía de retorno a la unidad; otro, que la realización de esta no es fácil, porque hay implicadas cuestiones no solo disciplinares sino dogmáticas. Ahora bien, sin desconocer este extremo, se pueden utilizar gestos y actitudes que faciliten la mutua comprensión[17]. Hospitalizado el 6 de julio de 1972 por fractura de cadera (¿fémur?), murió, no obstante, de insuficiencia renal a las 22:00h del día siguiente en Estambul. Contaba 86 años de edad[18]. Fue el 268º sucesor de san Andrés y Patriarca ecuménico desde 1948 hasta su muerte. Descansa en el Monasterio de la Madre de Dios Fuente Balikli (en el mismo Estambul)[19].

1. Atenágoras I visto por Pablo VI.

Entre los innumerables elogios, prefiero el de Pablo VI[20] durante el Ángelus del 9 de julio de 1972, unas horas después del deceso: «Todo el mundo ha hablado de él con la admiración y la reverencia debidas a los hombres superiores que personifican una idea que incide en los destinos de la historia y aspira a interpretar el pensamiento de Dios: Atenágoras; de su figura exterior, majestuosa y sacerdotal, se transparentaba su dignidad interior, y su conversación grave y sencilla tenía acentos de simple bondad evangélica. Infundía reverencia y simpatía. También Nos nos encontramos entre los que lo han admirado y amado en mayor medida; él demostró hacia Nos una amistad y una confianza que siempre nos han emocionado, y cuyo recuerdo incrementa ahora nuestro llanto y nuestra esperanza de considerarlo todavía hermano próximo a Nos en la comunión de los santos». Hecho el retrato del finado, Pablo VI agregaba seguidamente el de su ecumenismo, un ecumenismo, por cierto, sin fisuras ni medianías:

«Sabéis por qué encomendamos este gran hombre de una Iglesia venerable, pero no totalmente unida a nuestra Iglesia católica, a vuestro recuerdo y a vuestros sufragios: porque él fue un favorecedor constante y apóstol de la reunificación de la Iglesia griego-ortodoxa con la Iglesia de Roma, e incluso con otras Iglesias y comunidades cristianas no integradas todavía en la única comunión del Cuerpo místico de Cristo. En tres ocasiones tuvimos la suerte de encontrarnos personalmente con él y han sido innumerables las veces que nos hemos dirigido correspondencia escrita, intercambiando siempre recíprocamente votos y promesas de hacer toda clase de esfuerzos para restablecer entre nosotros una perfecta unidad en la fe y en el amor de Cristo, y siempre resumía sus sentimientos en una sola y suprema esperanza: la de poder “beber en el mismo cáliz” con Nos; es decir, poder celebrar juntos el sacrificio eucarístico, síntesis y corona de la común identificación eclesial con Cristo. Nos también lo hemos deseado ardientemente. Ahora este deseo no logrado debe seguir siempre su herencia y nuestro compromiso»[21].

La fundadora de los Focolares, Chiara Lubich, muy unida al difunto, con quien llegó a entrevistarse no menos de 25 veces, escribió en aquellas horas a los jóvenes del Movimiento: «Desde que supe que falleció, me resuena una pregunta en el alma: “¿Por qué buscan entre los muertos a Aquel que vive?” (Lc 24,5). Sí, vive y nosotros lo sentimos»[22]. Y el 13 de enero evocaba en el Avvenire a «una de las personalidades más grandes del mundo religioso del siglo XX […] que pertenece ya a la historia y a la Iglesia […]. Fue este interés común el que lo impulsó un día a llamarme a Estambul, sabiendo que trabajaba con el Movimiento de los Focolares en el ecumenismo. Era el 13 de junio de 1967. Me recibió como si me conociera desde siempre. “¡La esperaba!”, exclamó, y dijo que le narrara los contactos del Movimiento con los luteranos y con los anglicanos. “¡Es una gran cosa conocerse –comentó– hemos vivido aislados, sin tener hermanos, sin tener hermanas, durante muchos siglos, como huérfanos! Los primeros diez siglos del cristianismo fueron sobre los dogmas y sobre la organización de la Iglesia. En los diez siguientes hemos sufrido cismas, la división. La tercera época es esta, es la del amor”»[23].

Precisamente al hilo de otra conversación, citaba también como dicho por Atenágoras esto: «Los tres encuentros ocurridos con Pablo VI: en Jerusalén el 5 de enero de 1964; el de aquí en Estambul el 25 de enero de 1967 y el de Roma el 26 de octubre de 1967, constituyen el signo sorprendente y glorioso del triunfo del amor de Cristo y de la grandeza del Papa, y estos encuentros nos han puesto definitivamente, con firme fe y esperanza en el camino bendito para la realización de la voluntad de Cristo, es decir, el encuentro de nuevo en el mismo cáliz de su sangre y de su cuerpo»[24]. Juicios estos de un hombre santo, verdadero apóstol de la unidad. No extrañe que Chiara Lubich lo defina como «un gran carismático, el más grande que yo haya conocido fuera de la Iglesia católica»[25]. ¡Lástima que ciertos sectores radicales de la Iglesia ortodoxa, empezando por el Monte Athos, no lo vean así![26].

2. Fuerza de la verdad en el diálogo de la unidad.

«Si la verdad es la verdad, no hay que tener miedo por ella, vamos a darle, a compartir, a mostrar en su plenitud, la bienvenida a todo lo que hay de luz y amor en la experiencia de nuestros hermanos. Si continuamos en esta actitud, entonces la verdad se pondrá de manifiesto por sí misma, será conquistar todas las limitaciones e insuficiencias desde dentro, sobre la base del misterio común de la Iglesia»[27]. «Dios nos perdona, y nos permite perdonar, porque Él renueva el tiempo, incluso el pasado. Este es el misterio del arrepentimiento. En cuanto al futuro, […] sabemos que en nuestra vida, como en la historia, la Resurrección será la última palabra. Por eso no tenemos miedo, volvemos nuestros ojos a Dios y confiamos plenamente en él para los eventos del futuro […]. Estoy en las manos de Dios. En el sufrimiento y en los problemas, siempre nos queda la fe desnuda en que Dios nos ama con un amor infinito. Nos queda siempre la sangre de Cristo, y la ternura de su Madre santísima»[28]. «La unidad de los cristianos debe ser el fermento de la unidad humana. La unificación de la humanidad es a la vez la expresión y la búsqueda de nuestra unidad perfecta en Cristo, donde todos somos miembros los unos de los otros. Hay una sola Iglesia, la Iglesia de Cristo, y solo una teología, el anuncio de Cristo resucitado de entre los muertos, que nos eleva y nos da la fuerza para amar»[29]. «Dios es quien nos sostiene y nos llena de su presencia en proporción a la humildad y el amor. Solo por dar y compartir y sacrificarse uno puede glorificar al Dios que, para salvarnos, se sacrificó y fue a la muerte de cruz»[30].

Al sorprendente anuncio de un concilio ecuménico Atenágoras correspondió, con gesto insólito, enviando a Roma para reunirse con Juan XXIII al arzobispo Iakovos. El encuentro tuvo lugar el 17 de marzo de 1959, y fue el primero desde mayo de 1547 entre un representante del Patriarcado ecuménico y el obispo de Roma[31]. Un mes más tarde, el Papa correspondía enviando el suyo a Constantinopla[32]. En 1963, el recién elegido Pablo VI le dirigió una carta manuscrita, la primera desde 1584, cuando Gregorio XIII informó a Jeremías II de la reforma del calendario. Y a finales de 1963 llegó el anuncio de visitar Tierra Santa a principios de 1964. Atenágoras declaró que sería un acto de la divina providencia si los jefes de las Iglesias pudieran reunirse en Jerusalén para rezar juntos en los Santos Lugares. Y así fue. El 5 de enero de 1964 Atenágoras I y Pablo VI se abrazaron en el Monte de los Olivos[33]. La foto es histórica.

Juan Pablo II aplaudió a menudo este momento. «Se ha convertido

–dijo, por ejemplo, durante el Ángelus del 40º aniversario– en símbolo de la deseada reconciliación entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas, así como profecía de esperanza en el camino hacia la plena unidad entre todos los cristianos»[34]. En el intercambio de regalos incluyó su medalla conmemorativa. Antes, había dicho:

«¡Qué providencial fue para la vida de la Iglesia aquel encuentro, valiente y gozoso al mismo tiempo! Impulsados por la confianza y por el amor a Dios, nuestros iluminados predecesores supieron superar prejuicios e incomprensiones seculares y ofrecieron un ejemplo admirable de pastores y guías del pueblo de Dios»[35].

Camino ya irreversible, pues. Claramente lo dijo también Benedicto XVI: «Recordando el aniversario del concilio Vaticano II, creo que es justo rememorar la figura y la actividad del inolvidable patriarca ecuménico Atenágoras [...] que junto con el beato Juan XXIII y el siervo de Dios Pablo VI, animados por la pasión por la unidad de la Iglesia, que nace de la fe en Cristo el Señor, promovieron valerosas iniciativas que allanaron el camino a relaciones renovadas entre el Patriarcado ecuménico y la Iglesia católica»[36]. Creo que merece la pena insistir un poco más en aquella histórica entrevista celebrada en los lugares emblemáticos de la pasión del Señor.

3. La entrevista de Pablo VI y Atenágoras en Jerusalén.

Sobre dicho encuentro han corrido ríos de tinta. A raíz de la muerte de Atenágoras en 1972, diversos medios divulgaron la indiscreta grabación de la RAI, convertida andando el tiempo en verdadero tesoro intereclesial[37]. Convencidos ambos de estar en la presencia de Dios, viviendo con indecible emoción aquel momento, salta la cortesía del Papa: «¿Tiene Su Santidad alguna idea, algún deseo, al cual yo pudiera corresponder?». Y Atenágoras: «Tenemos el mismo deseo. No bien leí en los diarios que Ud. había decidido visitar este país, inmediatamente se me ocurrió que nos encontrásemos aquí y estaba seguro que recibiría de Su Santidad la respuesta... (Pablo VI: afirmativa) afirmativa, ya que confío en Su Santidad. Yo lo veo, sin querer adularlo, en los Hechos de los apóstoles, yo lo veo en las Cartas de San Pablo, de quien Ud. toma su nombre, yo lo veo aquí. Sí, yo lo veo».

«Le hablo como hermano –prosigue Pablo VI–: sepa que tengo la misma confianza en Ud. Pienso que la Providencia lo eligió a Ud. para continuar esta historia». Y Atenágoras: «Pienso que la Providencia lo eligió a Ud. para abrir el camino de su predecesor». De nuevo Pablo VI: «La Providencia nos eligió para que nos entendiésemos». Y nueva réplica de Atenágoras: «Los siglos lo esperaban, para este día, este gran día... qué alegría... en esta pequeña estancia. Qué alegría había en el Sepulcro, qué alegría había en el Gólgota, qué alegría en el camino que Ud. hizo ayer [el Vía crucis]». A lo cual, Pablo VI, en tono confidencial: «Estoy de tal manera rebosante de impresiones que hará falta mucho tiempo para dejar que se calmen (sonrisa) e interpretar toda esta riqueza de emociones que tengo en mi espíritu. Pero quiero aprovechar este momento para expresarle la lealtad absoluta con la cual siempre trataré con Ud.». «Digo lo mismo», repuso Atenágoras.

La conversación deriva luego al ámbito de Dios: «Nunca le ocultaré la verdad. Siempre tendré confianza. No tengo ningún deseo de decepcionarlo, de abusar de su buena voluntad. No deseo otra cosa que seguir el camino de Dios» (P).

«Tengo una confianza absoluta en Su Santidad. Absoluta, absoluta. Siempre tendré confianza, siempre estaré de su lado. Sepa Su Santidad que rezaré todos los días por ella y por las intenciones que tenemos en común para el bien de la Iglesia. Dado que tenemos este gran momento, estaremos juntos. Caminaremos juntos... Ver a Su Santidad, a su Gran Santidad enviada por Dios, sí, el papa de gran corazón. ¿Ud. sabe cómo lo llamo? megalo-kardos, el papa de gran corazón» (A).

Avanza luego Pablo VI que ambos son «pequeños instrumentos […] cuanto más pequeños, mejores instrumentos, es decir, que la acción de Dios debe prevalecer (Atenágoras: «prevalecer») y ser la dueña de todas nuestras acciones, «por mi parte –prosigue–, vivo en la docilidad, en el deseo de ser lo más obediente a la voluntad de Dios, y de ser hacia Ud., Santidad, hacia sus hermanos, hacia su medio, lo más comprensivo posible […] pero también con una gran rectitud y el deseo de amar a Dios, de servir a la causa de Jesucristo». A lo que Atenágoras replica: «En esto tengo confianza, juntos, juntos...».

El Papa entonces introduce el discurso eclesial: «Me gustaría conocer cuál es la idea de Su Santidad, de su Iglesia sobre la constitución de la Iglesia. Es el primer paso». Atenágoras acto seguido: «Seguiremos sus opiniones». Pablo VI, no obstante, puntualiza: «Le diré lo que creo, qué es lo exacto, lo que deriva del Evangelio y de la voluntad de Dios y de la auténtica tradición. Le diré. Si hay puntos que no coinciden con su idea de la constitución de la Iglesia...». «Lo mismo de mi parte» (A). «Discutiremos, buscaremos encontrar la verdad» (P). «Lo mismo de nuestra parte y estoy seguro que siempre estaremos juntos» (A).

El diálogo cobra tonalidades sublimes que, pasados los años, se han revelado de gran realismo: «Hay dos o tres puntos de doctrina en los que hemos evolucionado ya que se ha progresado en su estudio y cuyo porqué querría explicar –a su criterio si le parece– a sus teólogos, sin poner en esto nada de artificial ni accidental sino lo que creemos que es el pensamiento auténtico (Atenágoras: “en el amor de Jesucristo”). Y otra cosa que parece secundario pero que tiene su importancia: todo lo referente a la disciplina, los honores, las prerrogativas, estoy bien dispuesto a escuchar lo que Su Santidad crea lo mejor». Obtenido el plácet: «Lo mismo de mi parte» (A), el Papa prosigue: «Ninguna cuestión de prestigio, de primacía que no sea la que ha sido fijada por Cristo; pero en lo que hace a honores, privilegios, nada de eso. Veamos lo que Cristo nos pide y que cada uno tome su posición pero no con parámetros humanos de prioridad, de elogios, de ventajas, sino de servicio». La conclusión de Atenágoras es deliciosa: «¡Cómo me es Ud. querido en lo más profundo de mi corazón!»[38]. Un encuentro, como se ve, de subida belleza, de sincera confianza, de gran caridad, de patrística eclesiología de servicio. El lector dirá si, a la vuelta de cincuenta años, dicha sinceridad se ha visto correspondida.

4. Repercusiones de la entrevista de Pablo VI y Atenágoras en Jerusalén.

Con el abrazo y la plegaria de Pablo VI y Atenágoras en Jerusalén se abrió en el tema de la unidad un camino largo y arduo pero lleno de esperanzas: el del ecumenismo. Desconocemos cuándo y cómo llegará la unión. Es lo cierto, sin embargo, que hombres como Juan XXIII, Pablo VI, Atenágoras, o Juan Pablo II emprendieron el rumbo esperanzador y adecuado al que no hemos de renunciar. Es un camino de cruz, porque solo levantado de la tierra atraeré a todos los hombres a mí[39]. Lo de Jerusalén trajo cola y sigue siendo paradigma.

El presidente Lyndon B. Johnson hizo llegar al Fanar el 24 de enero de 1964[40] este oportuno y breve mensaje: «Los estadounidenses de todas las religiones han quedado profundamente impresionados por el espíritu de hermandad demostrado en sus reuniones históricas con el papa Pablo». La respuesta tuvo su desahogo:

«Ha sido de lo más gratificante y alentador comprobar su interés por la reunión entre su santidad el papa Pablo VI y yo mismo. Creo que puedo decir que nos quedamos ambos igualmente conmovidos por esta reunión y la aprobación con que la ha recibido todo el mundo. Esto muestra cuán profundamente arraigado está el espíritu de hermandad, una señal alentadora para todos los que se dedican a la promoción de la moral en las relaciones entre los hombres y los pueblos»[41].

El abrazo de Jerusalén no era bastante. Había que poner fin a los 900 años de cisma[42]. Y llegó, como paso previo, la abolición de las excomuniones por ambas partes, de cuyo alcance da cuenta este párrafo de la declaración conjunta: «El papa Pablo VI y el patriarca Atenágoras I con su Sínodo son conscientes de que este gesto de justicia y de perdón recíproco no basta para poner fin a las diferencias que subsisten […]. Sin embargo, esperan que este gesto será agradable a Dios, pronto a perdonarnos cuando nos perdonamos unos a otros, y apreciado por todo el mundo cristiano»[43].

¿Qué diría hoy Atenágoras ante los progresos de la Comisión Mixta Internacional? Sería el suyo, sin duda, puro gozo al comprobar cuán grande es el amor y cuánto están dando de sí aquel abrazo y aquella supresión de anatemas[44]. De lo dicho sale que Atenágoras soñaba –en el mejor sentido de esta sencilla palabra– con llegar más lejos todavía en la intercomunión. En una de sus últimas cartas a Pablo VI se puede leer: «Os escribimos desde Oriente poco antes de la pasión del Señor. La mesa está preparada en la habitación de arriba y nuestro Señor quiere comer la pascua con nosotros. ¿Rehusaremos?»[45]. Más claro, pues, verde y con asas.

Sigue uno, la verdad, echando en falta en el ecumenismo figuras de la talla de este hombre de Dios. Los testimonios de Pablo VI y Chiara Lubich reflejan el parecer de tantos, católicos lo mismo que protestantes y ortodoxos, que saben descubrir en el ser y hacer de aquel venerable anciano con luenga barba bíblica y bondadosa mirada el estilo mismo del Evangelio, es decir, la raíz de la santidad. Mientras este hombre singular siga en la penumbra intereclesial, será difícil que el ecumenismo prospere. El día, en cambio, que los cristianos en general acierten a desterrar prejuicios anti-ecuménicos, se darán cuenta de la extraordinaria altura moral y religiosa de este dignísimo apóstol de la unidad.

AGUSTÍN BEA (1881-1968)

El cardenal Agustín Bea nació el 28 de mayo de 1881 en Riedböhringen, pequeña villa alemana de la región «Baar», altiplano de la Selva Negra, a unos diez kilómetros de las fuentes del Danubio. El sábado 9 de abril de 1893, ya con doce años, recibe en la iglesia parroquial de su pueblo la primera comunión. Y en el también sábado 9 de mayo de 1896, la confirmación. Aunque de niño parecía tirarle la vida benedictina, es lo cierto que en 1902 ingresó en la Compañía de Jesús y el 25 de agosto de 1912 sería ordenado sacerdote. Desde entonces hasta 1918 completó estudios en teología y Sagrada Escritura. El 28 de abril de 1913 salía rumbo a Berlín, en cuya Universidad comenzó el aprendizaje de las lenguas orientales.

Un año después estalla la I Guerra mundial y empieza él a explicar introducción a la Sagrada Escritura, primero en Valkenburg (Holanda), y desde agosto del 14 hasta enero del 17 en una residencia de guerra de Aquisgrán. Vuelve en febrero del 17 a Valkenburg, donde permanece como profesor del Antiguo Testamento hasta el verano del 21. Desde entonces será superior provincial de la Provincia Alemana del sur hasta que en 1924 pasa a Roma, donde pronto es nombrado rector de los jesuitas dedicados a estudios superiores.

Larga y fecunda etapa romana la suya. De total actividad intelectual y espiritual: rector, director de Bíblica, profesor, estudioso, escritor y pastor, pues también predicaba retiros y ejercicios espirituales con ayuda siempre de su vasta sabiduría bíblica. Recuérdese el influjo de la Divino afflante Spiritu en la DV. Y todo ello con ánimo apostólico. En los primeros meses del 49 cesa de rector y pasa a consultor del Santo Oficio, donde habría de prestar por años y años su rica experiencia de estudioso, profesor, y especialista en Sagrada Escritura. Son, por otra parte, los años como confesor de Pío XII.

Creado cardenal-diácono de san Sabas por Juan XXIII en el consistorio del 14 de diciembre de 1959, el 19 de abril de 1962, Jueves Santo, sería consagrado obispo por el mismo Papa junto a otros once cardenales diáconos. Profesor en el Bíblico hasta el 5 de diciembre de 1959, al día siguiente de la Inmaculada fijó su residencia en el Pontificio Collegio Pio Brasiliano, donde permaneció hasta la semana de su muerte. Activísimo como co-presidente –junto al cardenal Ottaviani–, de una comisión mixta, reformada a raíz de quedar varado el Esquema de las Fuentes de la Revelación. Es de veras increíble que no hubiese figurado en la primera quien por todos era tenido como el autor material de la Divino afflante Spiritu de Pío XII y durante tantos años profesor de Sagrada Escritura en el Pontificio Instituto Bíblico. Encauzadas las aguas, desempeñó un papel eficaz en la redacción final de la DV y sacando adelante el decreto Orientalium Ecclesiarum. Providencial asimismo resultó en UR; clarividente, en la DH; decisivo, en la NA; y profético, en fin, para cuanto la Comisión del diálogo con el Pueblo judío puso entonces en marcha.

El paladín y alma de la NA, como digo, el que hubo de bregar hasta la extenuación para llevarla a seguro puerto, no fue otro que el cardenal Agustín Bea. Lo atestigua su eminencia Walter Kasper cuando afirma: «El papa Juan XXIII tuvo la suerte de contar con un compañero de trabajo muy capaz, un alemán estudioso del Antiguo Testamento, y que, al mismo tiempo, era una persona que conocía la Curia y cómo manejarse en ella; un hombre dotado de una sabiduría, prudencia y coraje, con una sensibilidad humana y una mente muy despierta y espiritual, el cardenal Bea»[46]. De igual modo que en la Pacem in terris con Pavan, así en la NA con Bea fue primero Juan XXIII el que empezó abriendo marcha, es verdad. Pero luego, insisto, Bea tuvo que vérselas frente a tirios y troyanos para sacar a flote la Declaración. Su biógrafo es elocuente citando esta frase de Su Eminencia, después de promulgado el documento: «Si hubiera sabido antes todas las dificultades con que me habría de encontrar, no sé si habría tenido el coraje de iniciar este camino»[47]. Después de una gestión cardenalicia tan corta de cronología como fecunda de espíritu, en la madrugada del sábado 16 de noviembre de 1968, por fin, con 87 años de edad, se extinguía plácidamente en la clínica romana «Villa Stuart», de las Esclavas del Espíritu Santo, en el Monte Mario, la preciosa, fecunda y armoniosa vida del cardenal Agustín Bea, primer presidente del SUC, hoy PCPUC[48].

1. El ecumenismo del Vaticano II y Bea.

Conocidos el 5 de junio de 1960, fiesta de Pentecostés, los secretariados y comisiones conciliares con el Motu proprio Superno Dei nutu, de Juan XXIII, y sabidos, a las pocas horas, los nombres de sus respectivos presidentes, el Papa encomendó la guía del SUC a su eminencia Bea. Líder durante el Concilio, más que Suenens y Montini, del ala progresista, su actividad no se redujo, bien es cierto, al ecumenismo, aunque este sí terminó acaparando sus principales energías durante la preparación y luego celebración del Vaticano II.

Al asumir la presidencia del SUC muchos ecumenistas recelaron de su persona: no faltaban quienes habían sido repuestos en sus cátedras solo meses antes de abrirse la magna cumbre, ni tampoco quien llegó a ser nombrado perito, consultor y oficial de la misma. Notorios son los casos de Karl Rahner, Yves Congar (que había padecido tres exilios: Oxford, Jerusalén y Roma) y Henri de Lubac. Como del Santo Oficio habían llegado a menudo a estos y a otros profesores admoniciones, sanciones, censuras de libros, y entre sus oficiales estaba el jesuita Bea, o sea, uno de los que habrían tenido que ver en tan duras medidas, de ahí la sospecha. Claro que tampoco se les despintaba que Bea no hubiera pasado de oficial: solo consultor, y las votaciones, secretas siempre, nunca son de uno solo.

Asumida la presidencia del SUC, probó enseguida a engrasar aquella pesada máquina, una de cuyas piezas faltaba entonces: el nombramiento de un secretario. Que recayó, cómo no, en el profesor holandés Willebrands. El biógrafo jesuita Schmidt supone que este debía de estar al tanto desde semanas antes, pues la vigilia de los santos apóstoles Pedro y Pablo, mientras Bea y su secretario iban a la función de primeras Vísperas en San Pedro, les llegó el OR con los nombres de los secretarios de las Comisiones y con el del profesor Willebrands para el SUC. El 7 de julio Schmidt acudió a recibirle con el automóvil del Cardenal al aeropuerto de Ciampino, donde Willebrands aterrizó en un Super Constellation de las líneas holandesas KLM. Los trabajos empezaron al día siguiente y duraron seis mañanas, entre el 8 y el 20. El nombramiento de Willebrands, concluye certero Schmidt, fue providencial por todo lo que había venido trabajando en este campo desde años atrás.

Bea puso alas en su corazón para llegarse a los más apartados rincones del planeta. Dijérase que se convirtió en trovador del Vaticano II desde que este había sido apenas un proyecto hasta que, ya celebrado, prosiguió luego como el irrepetible Pentecostés del siglo XX. Y empezó a ser, sobre todo, el caballero andante de la unidad: conferencias, artículos, libros, intervenciones radiofónicas, visitas de cortesía a líderes religiosos de Iglesias y religiones. Se reveló, en la santa causa del ecumenismo, como gran políglota y hábil conferenciante. Viajó sin darse tregua por casi todos los países orientales, Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, Alemania, Suiza, Francia, España, etc.[49]. Y sirviéndole de señorial cortejo en todo momento su creciente prestigio entre católicos y acatólicos. Lo cual contribuyó para hacer, si cabe, menos difícil la senda de UR. Cuando Bea tomaba la palabra, lo recordó más de una vez el profesor Óscar Cullmann después del Concilio, era como escuchar hablando a la misma Sagrada Escritura.

Emplazados ya en los años del Concilio, es preciso indagar acerca del protagonismo de Bea en la organización del SUC. Su conocimiento de los teólogos y primeras figuras del CEI, y en particular las vías empleadas para conseguirlo, rebasan un espacio como este. Ya lo reflejé, por lo demás, en un artículo sobre los teólogos y el decreto UR[50]. No es de extrañar, pues, que empezaran a lloverle infinidad de solicitudes pidiendo entrevistas, conferencias e intervenciones en radio, televisión y medios escritos de diversos países. Por descontado que se hacía imposible contentar a todos. Cuenta su biógrafo que solo en los primeros nueve meses de 1962 concedió 25 entrevistas. Se comprende que en este ambiente no tardasen en llegar también invitaciones a pronunciar conferencias públicas sobre problemas ecuménicos: primero, claro es, en tierras italianas, y luego también fuera, y a menudo incluso en foros habilitados para la pieza oratoria que terminaban resultando pequeños.

2. Cardenal de la unidad.

Entre las más destacables cabe citar la tenida al Congreso de los estudiantes de los «seminarios menores» franceses, a la que acudieron también belgas, holandeses, alemanes y suizos. Fueron unos 1.700 y el último día, 22 de septiembre de 1961, les habló de El sacerdote, ministro de la unión de los cristianos. Todo un reclamo para que el obispo de Basilea, monseñor Franz von Streng, le invitase a tener dos más, una en la capital federal Berna, y otra en Basilea. La primera fue el 18 de septiembre y tuvo por título El Concilio y la unión de los cristianos. El 20 lo hizo ante 2.400 personas en Berna: primera vez después de cinco siglos que allí tomaba la palabra un cardenal. Tornó dos meses más tarde a Suiza, esta vez para dictar dos lecciones doctorales, una al selecto público de la Universidad de Friburgo, y la otra en el Palacio de Congresos de Zurich a más de 2.300 personas, nuevamente sobre El Concilio y la unión de los cristianos.

Gran manifestación en pro de la unidad constituyó la de París en el marco de la Semana de oración por la unidad de los cristianos de 1962, año en que estaba prevista la solemne apertura del Concilio. Disertó sobre su acostumbrado tema delante de un auditorio de más de 4.000 personas, entre ellas dos de mucho relieve: una, el pastor Roger Schutz de Taizé; la otra, el pastor Marc Boegner, presidente honorario de la Federación Protestante de Francia y uno de los presidentes del CEI.

Las invitaciones que fueron llegando más tarde desde Alemania, su patria, no cedían en importancia, ni por tema ni por lugares. Las dos primeras fueron: una en la Universidad de Heildelberg y la segunda en Tubinga. De esta suministra detalles interesantes con su estilo desenfadado Hans Küng[51]. «No fue, ciertamente –dice–, una conferencia sensacional, pero sí era sensacional el que la pronunciaba: un cardenal de la Curia Romana, y además no uno cualquiera sino el influyente presidente del SUC, a quien, como es sabido, escucha el papa y que, aparentemente, tiene el mayor respeto por la piedad y la búsqueda de la verdad protestantes. Por lo demás, se trata de un príncipe de la Iglesia que no se presenta hierocráticamente, sino como un erudito modesto, amablemente sonriente, esbelto y algo encorvado por el peso de los años. Por eso, el entusiasta aplauso final seguro que es más para el orador que para su discurso»[52].

Siguió la dirigida al gran público en Essen. Especial relieve revistió su encuentro con el obispo evangélico Otto Dibelius en Berlín-Brandenburgo, y el mantenido con el presidente de la Iglesia Evangélica de Alemania, Dr. Kurt Scharf, en este caso tratando ya de cerca el tema de posibles observadores al Concilio. Dos días después, el 24 de mayo, acude con su tema a la Universidad de Viena. La tercera, tenida el 26 de mayo de 1962 en Innsbruck.

El anciano purpurado jesuita no se daba descanso, insisto, de modo que, llegados los meses del verano, tocó el turno a Inglaterra. Primero con su participación en el Convenio ecuménico para sacerdotes de Inglaterra y Gales, organizado por el arzobispo de Liverpool, monseñor John Carmel Heenan, miembro del SUC. Fue, a sus 81 años, la primera conferencia en inglés, preludio ella y puerta, digamos, para las que un año más tarde habría de pronunciar por Estados Unidos. La lista completa sería interminable. Lo que permite concluir este recuento que antecede no es sino que su eminencia Bea andaba por los caminos del mundo revestido de una dignidad, de un señorío, de una actividad, de una humildad y de una transparencia en el decir y en el hablar, fruto, claro está, de su piedad y de su ciencia, que le hacían, si cabe, más cercano y respetado entre católicos y acatólicos.

Ya en los años 50, por ejemplo, Hans Harms, miembro del personal de la Comisión FC en Ginebra, había visitado con regularidad en Roma a su compatriota alemán el jesuita padre Agustín Bea, confesor de Pío XII. Harms vino proporcionando al Secretario General del CEI confidencial información de cambios curiales. Con el tiempo, pues, Visser‘t Hooft reaccionó sobre su actitud hacia el Vaticano. Hizo consultas, en holandés, al encargado del SUC, Johannes Willebrands, compatriota suyo y necesitado ahora de su asesoramiento para invitar a otras Iglesias a asistir a las reuniones del Concilio. Un aire, por tanto, de familiaridad y cercanía lo fue envolviendo todo por aquellos meses.

3. Bea y el CEI.

Quedémonos primero con Willem Adolf Visser’t Hooft, primer secretario general del CEI desde 1948. Cuando Juan XXIII anunció la creación de un «concilio de la unidad» con objeto de llegar a los «hermanos separados», Visser‘t Hooft pensó al principio que se estaba repitiendo la invitación a «volver a la Iglesia madre». ¡Tantas veces la Iglesia católica se había negado a cooperar con el CEI! Pasado un tiempo, sin embargo, cayó en la cuenta de que el Vaticano II se proponía, más bien, lograr una renovación radical y la aceptación del ecumenismo. Fuera las alarmas, pues. Además, no todo era negativo desde 1948 entre católicos y el CEI.

Del primer encuentro entre Bea y Visser’t Hooft, mantenido en secreto durante seis años, refirió muchos años después Willebrands que el secretario general del CEI le había informado en su momento y le había dejado esta elogiosa definición del sabio jesuita: «Verdaderamente, este hombre (Bea) no solo ha leído y estudiado el Antiguo Testamento, sino que ha hecho suya también la sabiduría de los hombres del Antiguo Testamento». El ecumenismo y la Sagrada Escritura son, en efecto, las dos alas con las que Bea voló señorial y majestuoso. Todavía vivimos de su herencia, de lo que hizo e interpretó y promovió en ambos campos. El Vaticano II no podrá interpretarse adecuadamente prescindiendo de su figura, y los mencionados documentos, de puro llevar su impronta, exigirán para el estudioso del futuro un capítulo dedicado a este hombre que decidió descansar para siempre, junto a sus padres en su amado pueblo natal, revestido del simple hábito de jesuita.

En cuanto a sus visitas oficiales al CEI en Ginebra, y al Patriarcado ecuménico en Constantinopla, justo es decir que ambas fueron fundamentales en la construcción de las nuevas relaciones, por una parte con las Iglesias ortodoxas, y por otra con el CEI, «concreta encarnación –apostilla el secretario del Cardenal, padre Stjepan Schmidt– del moderno movimiento ecuménico, en el cual estaban unidas tanto las Iglesias orientales cuanto las Iglesias y Comunidades eclesiales de la Reforma»[53].

La cumbre de Enugu, Nigeria, fue determinante para conocer la voz de África en el CEI[54]. En cuanto a la Iglesia católica y el CEI, el Comité central reunido en Enugu avanzó, tras consultar al Vaticano, la propuesta formal de un GMT. Y entre los objetivos pertinentes, «la actuación de iniciativas prácticas en el sector de la filantropía, y en el de los asuntos sociales e internacionales»[55]. El Cardenal aceptó complacido la propuesta de crear ese GMT[56].

Concluye Lukas Vischer: «Desde aquel momento las relaciones entre la cristiandad católica y el Consejo ecuménico entraron en una fase nueva. Dando vida al GMT, entrambas partes habían afirmado públicamente su disponibilidad a permanecer en sostenido contacto y a profundizar, por cuanto les fuera posible, la solidaridad ecuménica, y ya entonces se podía empezar a actuar. No se hubiera podido llegar a la oficialidad de las relaciones arriba mencionadas –añade el citado autor, observador del CEI en el Vaticano II de 1962 a 1965–, si no se hubiesen dado múltiples y simultáneos contactos entre las dos partes y muchos otros sectores. El primer anuncio del Concilio y más todavía la efervescencia innovadora de la primera sesión conciliar habían influido ya lo suyo para la puesta en acto de tales contactos, que llegaron a ser siempre más numerosos e intensos a medida que se desarrollaba la vicisitud conciliar. El mensaje del diálogo se había luego difundido tan largamente que muchos católicos no esperaron a la promulgación del decreto sobre el ecumenismo, sino que lo anticiparon estableciendo por su cuenta relaciones con los otros hermanos cristianos»[57].

Hasta dónde se haya llegado en la marcha que entonces empezó, puede colegirse por la historia posconciliar del CEI. Prueba de lo dicho son, por ejemplo, los institutos ecuménicos de Bossey (junto a Ginebra), y el de Tantur (Jerusalén), cuyo director en su día, padre Thomas Stransky CSP, resume, con la gratitud de sus componentes, en La Historia del Grupo Mixto de Trabajo[58]. Solidaridad ecuménica, en fin, imaginativa para encontrar fórmulas en la misión de revelar a Cristo al mundo haciendo la verdad juntos para manifestar su luz.

4. El Cardenal del diálogo.

«Era Bea –dice Congar– la simplicidad en persona. Se podía dialogar con él como con un amigo […] en las reuniones del Secretariado impresionaba siempre por su claridad perfecta, el orden, la sobriedad y la precisión con la cual, en el latín que parecía fluir de una fuente, el cardenal pronunciaba –sin leerla– su Prolusio». De sus intervenciones en el Aula, apostilla de nuevo Congar:

«Se expresaba con calma, con una voz dulce y sin pasión. Este modo de hablar tenía más eficacia que una palabra apasionada o imperiosa, que produce una reacción de defensa. Lo noté a menudo. Me parecía también que jugaba un gran papel la confianza en ciertas personas. ¿No fue así en los antiguos concilios? ¿Qué parte tuvo en Nicea el prestigio de Osio?, ¿en Calcedonia el de León? ¡En el Vaticano II fue incontestablemente Juan XXIII el que desempeñó este papel, lo mismo ausente que presente! También el cardenal Bea gozaba de notable estima. Había sido confesor de Pío XII, director del Pontificio Instituto Bíblico (sus intervenciones contenían observaciones críticas sobre el uso de los textos escriturísticos en textos a debate). Presidía el SUC, que Juan XXIII había elevado al rango de Comisión, con derecho a presentar esquemas en nombre propio. Ideas y términos fueron a menudo preferidos o rechazados en el Vaticano II según pudiesen favorecer o ser contrarios al ecumenismo. Se escuchaba al cardenal Bea. Con Máximos IV y otros de los que se me consentirá no suministrar un elenco que no podría sino ser subjetivo, incompleto y discutible, fue una de las grandes figuras del Concilio»[59].

Por primera vez en la historia el duelo católico a la muerte de un Papa fue compartido por los judíos durante aquellos inolvidables días de abril de 2005. Estrictamente hablando no fue, sin embargo, san Juan Pablo II quien empezó a reparar la enconada herida del antijudaísmo católico. Corresponde el mérito, más bien, a san Juan XXIII, quien, ya en 1962, encargó al cardenal Bea la redacción de un documento sobre las «religiones no cristianas», poniendo especial énfasis en la judía. «El problema bimilenario, tan viejo como la Iglesia misma, de las relaciones de la Iglesia con el pueblo hebreo, llegó a escribir el purpurado jesuita corriendo 1968 en La Chiesa e il popolo ebraico, se había vuelto más agudo y reclamaba la atención del concilio ecuménico Vaticano II, sobre todo a raíz del espantoso exterminio de millones de judíos por parte del régimen nazi en Alemania». Junto al documento sobre las religiones no cristianas y el judaísmo, daría juego asimismo, por ejemplo, recordar también cuánto trabajó por sacar adelante las declaraciones DH y NA, sobre la libertad religiosa y religiones respectivamente, temas hoy más actuales que nunca[60].

Pero no siempre las aguas fluyeron serenas para el Cardenal de la Unidad, tachado, igual que san Juan XXIII y el beato Pablo VI, de «hereje modernista»; incluso de «masón». Ya en el Concilio, durante las reuniones de la Comisión Teológica, el polémico arzobispo Lefebvre tuvo tiempo para enredar y quejarse por la presencia de sujetos no católicos e individuos, decía él, de dudosa doctrina, como –y cito su lista– Hans Küng, Joseph Ratzinger, Karl Rahner, Yves Congar y Edward Schillebeeckx. Por lo que, junto con los monseñores Casimiro Morcillo González, arzobispo de Madrid; Antonio de Castro Mayer, obispo de Campos, Río de Janeiro, Brasil; Geraldo de Proença Sigaud, arzobispo de Diamantina, Minas Gerais, Brasil, y 250 miembros más, integró un ala tradicionalista en el Concilio –Coetus Internationalis Patrum–, que trató de parar la influencia del ala renovadora y progresista encabezada por el cardenal Agustín Bea[61]. Como entre los nombres de dudosa doctrina está Joseph Ratzinger, posteriormente Benedicto XVI, habrá que reconocer en el rebelde prelado francés, graves carencias proféticas y acusada miopía eclesiológica.

Al cumplirse el 25º de su muerte, Willebrands precisaba: «Numerosos Padres conciliares, los observadores-delegados y muchos fieles lo consideraban “la conciencia del Concilio”»[62]. Justamente el mismo día del deceso, tenía que haber sido investido doctor honoris causa por la Universidad de Oxford. En 1989 el cardenal Ratzinger, entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, recibió en Roma el Premio Agustín Bea. Se dice que las intervenciones de Bea dentro y fuera del Aula siempre fueron ponderadas, ecuánimes, justas, llenas de caridad. Eso precisamente brilló en su vida. Sencilla vida la suya, plena, de inicial y responsable ecumenismo conciliar, la de un verdadero apóstol de la unidad.

LAMBERT BEAUDUIN (1873-1960)

Dom Lambert Beauduin, OSB –de pila Octavio–, nació en Rosouxlez-Waremme, cerca de Lieja, Bélgica, el 5 de agosto de 1873, de familia burguesa, liberal en política y profundamente católica[63]. Estudió en el seminario mayor de la ciudad, donde tuvo como profesor de Teología moral a don Pottier, fundador de la democracia cristiana en Bélgica, y fue ordenado sacerdote el 25 de abril de 1897 por el obispo de Lieja, monseñor Doutreloux, cuyo comentario a la Rerum novarum de León XIII era por este considerado el mejor. Docente en el seminario menor de Saint-Trond, en 1899 se ofreció de voluntario para el servicio de capellán del Trabajo, cuyo objetivo era promover la doctrina social del Papa. Al cabo de un tiempo, sin embargo, dejó aquello y, tras un período de reflexión espiritual, entró el 1 de julio de 1906 en el monasterio benedictino Mont César (Lovaina), donde emitió sus votos monásticos el 5 de octubre de 1907.

Vivió sus primeros años en Mont César bajo la tutela del hoy beato dom Columba Marmion (1858-1923), prior del monasterio. La doctrina Marmion y la liturgia del monasterio le abrieron a las auténticas riquezas interiores de la Iglesia, que no cesó de comunicar de por vida: su intervención a favor del uso del misal por parte de los fieles y de su activa participación en el culto, según normas de san Pío X, es considerada como el alumbramiento de una nueva época en el movimiento litúrgico: la de la pastoral[64]. Todas las naciones europeas son más o menos deudoras del movimiento Beauduin.

En diciembre de 1925 funda el monasterio de Amay, cuyo fin y orientación expone de modo magistral en el opúsculo Una obra monástica para la unión de las Iglesias. Al año siguiente, toca el turno a Irénikon, única revista católica de ecumenismo durante muchos años. Amay abrió desde el principio sus puertas no solo a la liturgia oriental y a los ortodoxos, sino, con no leve escándalo de algunos, a los protestantes todos. Obra e ideas tan nuevas provocaron suspicacias incluso en los círculos más elevados. De ahí que, a raíz de un proyecto para reanudar las conferencias de Malinas, Beauduin, denunciado al Santo Oficio, tuviera que abandonar su monasterio de 1931 a 1951.

El destierro, no obstante, le facilita la difusión de sus ideas. Primero, dos años en la abadía En-Calcat, Francia (1932-34). Del 34 al 38, capellán de las monjas oblatas de Corneilles-en-Parisis, futura rama femenina de la actual abadía del Bec-Hellouin, a la que logra sensibilizar en el ecumenismo. Tras breve permanencia en la comunidad de Hermanas en Chalivoy, pasa dos lustros largos (1940-51) como capellán de las Hermanas del Buen Pastor en Chatou, alrededores de París, lo que le permite participar con los dominicos en la fundación del Centro de Pastoral Litúrgica de París y entrar en contacto con célebres centros unionistas: Istina, San Sergio, etc., prodigándose en numerosas reuniones, conferencias y retiros espirituales. Vuelve, por fin, en 1951 y vive un retiro activo pese a su artritis reumatoide en Chevetogne, donde fallece el 11 de enero de 1960.

Con motivo de sus 80 años y del IX Centenario del Cisma de Oriente se le dedican los dos excelentes volúmenes sobre L’Église et les Églises. Uno de sus últimos consuelos fue el anuncio del Concilio por Juan XXIII, con quien le unía estrecha amistad y comunión de ideales. Precursor del movimiento social católico, iniciador del movimiento de pastoral litúrgica, pionero del ecumenismo católico, llegó a resumir de sí mismo: «He sido social con León XIII, litúrgico con Pío X, y ecuménico con Pío XI»[65], calificativos a relacionar respectivamente con la encíclica Rerum novarum de León XIII (1891), el motu proprio Tra le sollecitudini de Pío X (1903), y la carta apostólica Equidem verba de Pío XI (1924). Aunque no haya rotura sino más bien continuidad, aquí me limitaré a su faceta ecuménica. No alcanzó a ver al arzobispo anglicano de Canterbury visitando al papa ni al patriarca ecuménico en 1960, pero Beauduin, la verdad, fue a la hora de su muerte, según acertada frase de alguno de sus biógrafos, «un profeta vindicado»[66].

1. En la línea de León XIII.

El Papa de la Rerum novarum impulsó también el ecumenismo de su época, especialmente con los orientales, cuya reunificación pretendía vivamente. Ahí están, si no, en 1879 el fin de los cismas caldeo y armenio, en 1880 la encíclica Grande munus christiani nominis propagandi sobre los apóstoles eslavos Cirilo y Metodio, y en 1881 el decreto Orientalium ecclesiarum ritus restableciendo en el monasterio de Grottaferrata el rito bizantino. Piezas literarias, nótese bien, resonantes en el Vaticano II y en la encíclica Slavorum Apostoli del papa Wojtyla. Pero tal vez sea de más peso aún la carta apostólica Orientalium dignitas (30-11-1894).

Si la Rerum novarum fue recordada por Pío XI (Quadragesimo anno), san Juan XXIII (Mater et Magistra), el beato Pablo VI (Octogesima adveniens) y san Juan Pablo II (Centesimus annus), al centenario de la Orientalium dignitas decidió sumarse de igual modo este último con la Orientale lumen, cuya remota finalidad es alcanzar la reconciliación; y la próxima, lo que el subtítulo canta, algo que ya León XIII había ejercido con los alumnos de colegios y seminarios orientales por él fundados en Roma y Oriente Próximo. Y la guinda, en fin, el rechazo a identificar unidad con uniformidad de la Iglesia latina.

Entendió León XIII perfectamente que la unidad a la que la Iglesia debe tender procede de Jesucristo, verdadero autor de la unidad: lo demostró hasta desterrando de su vocabulario el apelativo de cismáticos, sustituido por el de hermanos separados o disidentes. Con los orientales, en suma, se condujo, en acertada frase del cardenal Lercaro, «con una grandeza de alma y una lealtad que honra su clarividencia». Su modo de ser, su forma de pensar, su actitud con la disidencia insinúan lo que en el actual ecumenismo se conoce como purificación de la memoria. De ahí su afán por seguir recorriendo a ritmo creciente este camino de reconciliación y esperanza que es el ecumenismo.

El 19 de marzo de 1895, en efecto, crea la Comisión cardenalicia encargada de promover la reconciliación entre los alejados y la Iglesia, medida comparable, en cierta manera, claro es, a la de san Juan XXIII creando el SUC. Muchos de sus proyectos –el de San Anselmo de Roma para el retorno de los griegos disidentes, por ejemplo–, cristalizarán años después: Benedicto XV funda el 15 de octubre de 1917 el Pontificio Instituto Oriental, confiado a los jesuitas, y nuestro joven benedictino Beauduin, recalando en Chevetogne con la revista Irénikon, reanuda el proyecto leonino con esta máxima: «Trabajar por la unión sin pretender latinizar». Dom Lambert sirve así de providencial eslabón en la cadena que une los tiempos de León XIII y el momento actual, con ser tan distintos. Influyó mucho en dos hombres famosos el tiempo corriendo, a saber: Paul Couturier y Angelo Giuseppe Roncalli, futuro Juan XXIII.

No rodaron igual las cosas, es cierto, en lo de las ordenaciones anglicanas. Nunca los temas del movimiento ecuménico fueron rectilíneos: casi siempre han discurrido en zigzag. Las relaciones Roma-Canterbury, por eso, están aún menesterosas de estudios serios donde figuras como el Papa de marras o el beato cardenal Newman, amén de movimientos como el de Oxford, reciban más luminoso análisis. Algo que avanzó en su día el cardenal Willebrands. Entre los pontificados de León XIII y san Pío X puede haber tanta distancia como entre las figuras cardenalicias del beato Newman y Merry del Val. Pero la esencia del asunto será siempre la unidad de la Iglesia, eso que llamamos ecumenismo, divina gracia y movimiento saludable por el que tanto trabajó ya en sus días el genial León XIII, estrella refulgente de la Iglesia, vivo por siempre en la Historia[67]. Y luego dom Lambert Beauduin.

En 1921 nuestro benemérito monje es nombrado profesor en el Colegio internacional benedictino de Roma. Allí empieza su vocación ecuménica. Corren los tiempos de la primera emigración rusa. Beauduin, a quien Mercier ya ha pedido sumarse a las Conversaciones de Malinas, se hallaba particularmente abierto al mundo oriental por sus conocimientos litúrgicos. Así que, cuando Pío XI decide confiar a la Orden de san Benito la acción unionista en favor de los rusos, encuentra en él al hombre que la Divina Providencia, siempre puntual y pródiga y señaladamente remuneradora, coloca en el camino para que se entregue sin reservas ni condiciones al nuevo apostolado.

2. La actividad ecuménica de Amay-Chevetogne.

El 21 de marzo de 1924, Pío XI dirige la carta apostólica Equidem verba al Abad primado de los benedictinos pidiendo que oren y actúen en pro de la unión de las Iglesias. Dom Lambert –se dice– es el inspirador de dicho documento, aunque sus miras iban más lejos aún: abarcaban el Oriente todo entero, incluso la atención dada al movimiento de aproximación entre las Iglesias orientales, de una parte, y el anglicanismo y el protestantismo, de la otra. Los monjes de Amay-Chevetogne vieron en Equidem verba –con sobrado motivo y no sin discreción– la carta fundacional de su monasterio. La consigna era «orar a Dios con insistencia» e «iniciar actividades» en vista de la unidad de las Iglesias. Para ello sería preciso estudiar lengua, historia, instituciones, psicología, teología y liturgia de los pueblos orientales. Pensaba el Papa especialmente en los rusos, cuyos refugiados afluían masivamente a Occidente. Comprendía que los monjes son las personas idóneas para este tipo de trabajo. Incluso se debería elegir en cada país –era pensamiento común– una abadía para congregar a las personas competentes encargadas de poner manos a la obra.

De modo que, fundado en noviembre de 1925, ya en abril del 26 Chevetogne tenía una revista, Irénikon, portadora de un mensaje de paz, que pretendió ser desde el principio «el órgano de un gran movimiento para la unión de las Iglesias». El eximio benedictino deja pronto claro que la unión de las Iglesias concierne a todos. Y así debería discurrir Irénikon. Dicha revista, de hecho, publicó muchos artículos de fondo sobre historia, eclesiología, liturgia, teología y espiritualidad ya de los católicos, ya de los ortodoxos, bien de los anglicanos, bien de los protestantes, dado que la información tenía que ser recíproca. Los nombres de los autores de tales artículos (Arseniew, Congar, Von Allmen, etc.) reflejan los diversos horizontes confesionales de su procedencia, y ponen al propio tiempo de relieve la corriente de pensamiento cuya voz Irénikon portaba dentro del catolicismo.

La tibia acogida del documento pudo beneficiar a dom Lambert Beauduin, el cual pensó en la fundación de un monasterio cuya organización le había sido encomendada al inicio de 1925. En su opúsculo Un’opera monastica per l’Unione delle Chiese, figuran directrices al respecto: quiere ir más lejos de Rusia; aspira a que los monjes de la Unión vivan firmemente adheridos a la Iglesia, «fruto de una fuerte y sana formación teológica y patrística». Luego, deberán acostumbrarse a conocer bien «los sentimientos, las inspiraciones, las esperanzas, los amores y los odios» de los pueblos orientales. Al cabo, los monjes occidentales «no son extranjeros para el Oriente», y «el monaquismo es una institución común a las dos Iglesias, anterior a la separación y en posesión de un patrimonio común». Su lema reza: «Hagámonos bizantinos con los bizantinos y latinos con los latinos». Doble propósito el suyo: está la obra ecuménica, sí, pero también la monástica, pues si el monaquismo es el lugar favorable para promover la unión de las Iglesias, el ecumenismo, de su parte, permite volver a las fuentes comunes del monaquismo occidental y oriental. Tan es así, que dom Lambert pensará incluso en liberarse del nombre de benedictino para contentarse con el de monje sin más.

Esta idea fue concebida en el cuadro de las Conversaciones de Malinas, y contribuyó también a crearle problemas al pobre dom Lambert. La proverbial hospitalidad respecto de los orientales y el paso de los occidentales por Oriente podrán, en fin, contribuir en gran manera a un más profundo conocimiento mutuo. «Ningún proselitismo, ni individual, ni colectivo; ni hoy, ni mañana, ni en modo discreto ni en modo indiscreto, ni con tal método o con algún otro...». En tal sentido aboga por un conocimiento bilateral cada vez más profundo, más lleno de convivencia y familiaridad, que interese incluso los ámbitos de la vida de los estudiantes en seminarios y ateneos. Algo que, durante la última década de san Juan Pablo II sobre todo, intentó, quizá con más voluntad que resultados, sacar adelante el cardenal Walter Kasper, presidente del PCPUC, abriendo algunos ateneos de Roma a seminaristas de la Iglesia ortodoxa rusa.

Habrá que retroceder hasta las fuentes comunes, emplear métodos científicos para dicho análisis, interesarse –y aquí el campo se alarga– por el movimiento de reacercamiento entre Iglesias separadas entre sí, como los ortodoxos y anglicanos. Tampoco se trata de beneficencia. Debiera existir interpuesto un muro entre las obras de beneficencia para sostener a los pobres emigrados, de un lado, y la misma acción de la unidad, de otro. Y por supuesto, planteamientos imperialistas, ni por asomo.

3. Claves patrísticas en el ecumenismo y monaquismo de dom Beauduin.

En cuanto a las claves del librito Un’opera monastica per l’Unione delle Chiese, no estará de más destacar su índole patrística. El monje, el liturgista, el teólogo se dieron la mano para recoger juntos la sapientia cordis de los Padres de la Iglesia y ponerla al servicio de Cristo, de su Iglesia y, en última instancia, de la unión de su Iglesia, o sea del ecumenismo. Dom Lambert pone buen cuidado en destacar lo más granado de la patrología trabajándolo al servicio de la santa causa de la unidad.

En primer lugar la oración, la gran oración de la Iglesia, la liturgia cotidiana, alma de la vida monástica. Será así eco siempre prolongado de la sacerdotal del divino Maestro: ut unum sint (Jn 17,21). Los monjes entonces no solo rezarán y harán que los cristianos se acostumbren a rezar por la unidad, sino que «aprenderán los ritos orientales y serán capaces de celebrarlos». Habrá que difundir entre el público una vasta información acerca de los hermanos separados y la obra de la unión, de suerte que se logre crear una corriente de simpatía y confianza. Los estudios serán de imprescindible ayuda en esta información: análisis profundo de la teología de las Iglesias separadas, de los escritos de los Padres orientales, de los textos litúrgicos, de las actas conciliares. «Existe una sola doctrina según la cual podemos pensar el concepto de unión de las Iglesias, si lo queremos pensar en toda la profundidad y riqueza que le esperan: se trata de la doctrina de la Iglesia como cuerpo místico de Cristo. Ahí es donde procede adentrarse y actuar». Tal es justamente el corazón del concepto que dom Lambert tenía respecto de la obra por la unión de las Iglesias. Era su concepto, el suyo, primero el de Amay, después el de Chevetogne, y, en resumidas cuentas, el de Amay-Chevetogne. Y cumple decir con gozo que se mantuvo firme pese a dificultades múltiples.

Claro que semejante amplitud de miras no podía dejar de acarrearle problemas al autor. De hecho, en ese mismo 1928 sale la encíclica Mortalium animos que acaba con la participación católica en el movimiento ecuménico, pone fin a la erección canónica de la comunidad de Amay, y fuerza las dimisiones de su prior. Dom Lambert será de allí a poco excluido de la propia obra (1931): luego conocerá durante veinte años el exilio fuera de Bélgica. De allí se le permitirá volver con los suyos, ya en el crepúsculo de su vida (1951-60). La sonrisa volverá a florecer en sus labios y la alegría iluminará otra vez su rostro con el pontificado de Juan XXIII, viejo amigo, su clara y fiel luz, y el jubiloso anuncio del Vaticano II. Dirá entonces a los monjes de Amay-Chevetogne: «Debemos por ahora dejar cualquier otro trabajo y concentrarnos en el Concilio».

En frase lapidaria, dom Lambert escribía a dom Olivier Rousseau en 1924: «Único principio ascético...: ut unum sint: el Cuerpo místico... Y el Cristo triunfante, el gran Rey». Citaciones, recuérdese, que describen el espíritu con que los monjes de Amay-Chevetogne tratan de vivir el ut unum sint. El único medio, el cuerpo de Cristo, la Iglesia: primero su Cabeza, o sea Cristo individual y encarnado, glorioso y resucitado, el único Cristo cual está ahora y por siempre a la derecha del Padre. Cristo glorioso y resucitado es, pues, por excelencia el Cristo de Amay. Y después, todos sus miembros, cuantos son llamados a retornar a la casa del Padre, o sea, la entera nueva humanidad, la Sociedad de los Santos: en suma, la Iglesia. E inmediatamente el alma, dominada por esta doctrina, toma la altitud fundamental y característica de los monjes de Amay, una altura ecuménica. Esta, de hecho, forma parte de esa doctrina donde todo es universal, católico, ecuménico: universalismo por la unidad que anida en el seno del Padre; a través de la unidad descubierta en Cristo resucitado; y en resumen, por la unidad hallada en la nueva humanidad.

Sus contactos con los anglicanos durante la I Guerra mundial despertaron el interés y la participación, por correspondencia, en las Conversaciones de Malinas. La oposición a su simpatía por el anglicanismo y a su trabajo en Amay, tanto de los superiores benedictinos como de los funcionarios de la Curia, no hizo sino redoblar los esfuerzos unionistas en el incansable Lambert. Pronto la unidad dominó su vida entera. Su compromiso con la renovación litúrgica fue parte de esta pasión. En la liturgia, los fieles estaban unidos entre sí, eran la congregación de la Iglesia y de la Iglesia de Cristo. Por otra parte, Beauduin era consciente de que el propósito de la encarnación, muerte, resurrección y ascensión de Cristo y la venida del Espíritu se centró en este sublime fin: conducir a la humanidad hacia el Padre.

4. Conversaciones de Malinas.

Se celebraron en la sede episcopal primada belga de Malinas entre 1921 y 1927, en gran medida gracias al firme apoyo del cardenal Désiré-Joseph Mercier, pero con el tácito plácet del Vaticano, del arzobispo de Canterbury y del arzobispo de York. El número de participantes varió según encuentros. Del lado anglicano participaron el futuro lord Halifax, los obispos Frere y Gore y Joseph Armitage Robinson (deán de Wells). Por parte de la Iglesia católica, el mismo cardenal Mercier, Batiffol, Hemmer, Portal, y el sucesor de Mercier, Van Roey, que en 1927 acabó con ellas. Y bien, de entre los documentos que sobre tales conversaciones vieron la luz, destaca el artículo de dom Lambert Beauduin L’église anglicane unie, mais no absorbée (1925)[68].

Menos favorable a la idea de la unidad que su predecesor y, junto a los cardenales Francis Bourne, arzobispo de Westminster, y Francis Aidan Gasquet, curial, Van Roey instó al Vaticano a retirar su apoyo en consonancia con la bula de León XIII Apostolicae curae (1896), que había negado validez a las ordenaciones anglicanas, y con Mortalium animos (1928) de Pío XI. Aunque los debates tenían la bendición de Randall Davidson, arzobispo de Canterbury, muchos de los anglicanos evangélicos se sintieron alarmados por ellas. En última instancia, provocó su fracaso la firme oposición de los ultramontanos. Un efecto de estas pudo haber sido el despertar de la oposición a revisar el libro de oración anglicano. Con todo, y a pesar de su impuesta clausura, algunos estudiosos entienden que el suyo fue un paso crucial en la historia del ecumenismo moderno. No pocas de las cuestiones entonces debatidas (primacía de honor, presencia real, Eucaristía, obispos, etc.) prepararon los debates de más tarde entre anglicanos y católicos, reinstaurados después del concilio Vaticano II a impulso del beato papa Pablo VI y del arzobispo de Canterbury Michael Ramsey, y que por fortuna continúan hoy con los buenos documentos elaborados respectivamente por las comisiones ARCIC-I y ARCIC-II[69]. Lástima que los últimos pasos de Lambeth con las ordenaciones femeninas y otras iniciativas unilaterales hayan rebajado el optimismo primero.

La unidad con Cristo en la liturgia, por tanto, sirve para llevar a la humanidad más cerca de aquel a quien Cristo llamó Abba. La contribución de Beauduin a la vida de la Iglesia fue sustancial. Varias de las revistas por él fundadas perduran hoy entre los grandes medios para la investigación y la comunicación. Chevetogne sigue siendo testigo de la unidad eclesial-Beauduin. Recuérdense también las Semanas de Estudio de Chevetogne, iniciadas en 1942, y que desde entonces concitan casi todos los años a teólogos venidos de múltiples procedencias confesionales para estudiar un tema de actualidad, v.gr. el Concilio, la Iglesia local, la infalibilidad de la Iglesia... en la época del Vaticano II. O también, en los años 1991-92, las Iglesias orientales y el ecumenismo, después del renacimiento del así llamado «uniatismo» que siguió a la caída de los gobiernos comunistas de la ex Unión Soviética. Intercambios tales contribuyeron a enriquecerse mutuamente dentro de un clima fraterno, y permitieron medir el camino recorrido, y lo que todavía nos espera. Quería dom Lambert que los monjes aprendieran a vivir en su vida cotidiana la diversidad, y por ella descubriesen la unidad. Entendía el ecumenismo como un liberarse de los particularismos locales para subir hasta los universales, e ir más allá de una diversidad superficial y conseguir así la unidad esencial. Gustosamente solía repetir con san Pablo: «Ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gál 3,28).

El triple universalismo antes contemplado, vivido y amado redundará en bien de la unidad. Porque Amay es, sobre todo, obra ecuménica. Equivale a decir dom Beauduin, el fervoroso monje del apostolado social; el sacerdote de integérrima vida litúrgica; el obrero de horas sin fin en la viña de la unidad. Benedictino célebre, sufrió en propia carne, igual que antes y después de él tantos otros, los duros zarpazos de la incomprensión y del hostigamiento. Fue profeta de la Iglesia del Vaticano II, quizás quien mejor supo armonizar y complementar monaquismo y ecumenismo[70], hasta convertir la vida monástica en estratégico trampolín para dar a conocer las excelencias de la Ecúmene. De ahí su puesto entre los Apóstoles de la unidad.

MARC OEGNER (1881-1970)

El pastor Marc Boegner (1881-1970)[71], figura estelar de la Iglesia Reformada de Francia, nació el 21 de febrero de 1881 en Épinal, región de Lorena, en el seno de una familia protestante, republicana y patriota. Hijo de Paul Boegner, prefecto de los Vosgos –su madre se llamaba Jenny Fallot–, pasó la infancia en el pueblo hasta instalarse con los suyos en Orleans, donde trabó amistad con Charles Péguy. Terminados los estudios secundarios en la escuela alsaciana de París, se alistó en la clase preparatoria de Naval en el liceo Lakanal. Muy marcado por la influencia de su tío el pastor Tommy Fallot (1844-1904) y tras su renuncia por principio de miopía a la carrera de marino, resolvió, después de lo que él mismo llamaría «conversión» y una vez obtenida la licenciatura en Derecho, ingresar en la Facultad de Teología Protestante de París.

Interrumpidos los estudios por el servicio militar (1901-02), defendida en julio de 1905 la tesis doctoral sobre «Los Catecismos de Calvino» –estudio de historia y de catequética–, es nombrado a raíz de su consagración pastor de Aouste-sur-Sye (Drôme), parroquia rural donde su tío Tommy Fallot había ejercido de tal nueve años. Inaugura allí un ministerio basado en la humildad, la escucha y la reunión de los hombres y las ideas en una misma fe[72]. Deja en 1911 el cargo por una cátedra en la Facultad de Teología de la Sociedad de Misiones Extranjeras de París, donde repara en la necesidad de relacionar misión y unidad de la Iglesia. En 1912, conoce a John Mott (1855-1965), fundador de la Federación Universal de las Asociaciones Estudiantiles Cristianas, futuro Nobel de la Paz (1946) e iniciador del movimiento ecuménico. Nombrado en octubre de 1918 párroco de la Anunciación París Passy, allí vivirá treinta y seis años entregado a gente dividida entre distintas sensibilidades teológicas y políticas. Traba contacto en 1934 con el pastor Pierre Maury, hombre cálido, teólogo notable, su amigo, hermano y confidente de cuantas preocupaciones parroquiales le salieron al camino en su actividad pastoral.

Todo su afán de 1928 se cifra en lograr la unidad del protestantismo: establecer un marco donde las Iglesias reformadas, luteranos, evangélicos, puedan compartir la misma fe, pese a posiciones teológicas y eclesiales diferentes. En 1929 se le llama a presidir la Federación Protestante de Francia (1929-61). En la Asamblea de Lyon, mayo del 38, la unidad se consigue sobre la base de una declaración común de fe y Marc Boegner es elegido presidente del Consejo nacional de la Iglesia Reformada de Francia. Ensayista y doctor en teología, desempeña entonces, además, dos de los más altos cargos en el protestantismo francés. Decisivo papel el suyo, en definitiva, federando las distintas corrientes del mundo protestante galo.

El Consejo nacional creado por el Mariscal Pétain, donde, según Boegner, había que practicar «la política de la presencia», le pidió en el 41 su apoyo como representante de las Iglesias protestantes. Sus intervenciones estuvieron a menudo precedidas de encuentros con el cardenal Gerlier y el Gran Rabino Schwartz. Miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas desde 1946, se asoció a los esfuerzos del movimiento ecuménico y fue, desde 1948 hasta 1954, el primer presidente del CEI. El patriarca Atenágoras le impuso en enero del 68 la «Cruz del Milenario del Monte Athos». Elegido en el 62 para la Academia Francesa, era gran oficial de la Legión de Honor, doctor honoris causa de siete universidades extranjeras y autor de numerosas obras[73].

Personalidad la más representativa del protestantismo francés, Marc Boegner falleció en la madrugada del 18 de diciembre de 1970 en París, a la edad de 89 años. Excepcional pastor carismático, el arzobispo de París, cardenal Marty, llegó a declarar: «Nos ha dejado el ejemplo de un amplio espíritu ecuménico, que no cesó de manifestarse durante su ministerio, ya en tiempos de mi predecesor, el cardenal Verdier. Boegner quedará para nosotros como un gran predicador del Evangelio. Su palabra prestaba especial atención al drama del hombre, al que no cesaba de aportar el mensaje de Jesucristo»[74].

1. Justo entre las naciones.

En 1940, a raíz del armisticio, la Federación Protestante desea que su presidente fije la residencia en zona libre. Marc Boegner se instala en Nîmes, donde la tradición reformada sigue fuerte. No ha de extrañar, por eso, que en enero del 41 se le llame al Consejo nacional creado por el mariscal Pétain para representar a las Iglesias protestantes. Boegner es respetado en Vichy como figura de prestigio internacional: sus palabras no pueden ser ignoradas. Se multiplica el movimiento y las intervenciones del gobierno de Vichy en favor de los desplazados a los campos de internamiento de Drancy o Gurs (Pirineos atlánticos), y pronto para los judíos. Interviene, sin éxito, ante Pierre Laval pidiéndole que renuncie a incluir a los niños judíos menores de 16 años en los convoyes de deportación.

A menudo estas protestas van precedidas de reuniones con el cardenal Gerlier, arzobispo de Lyon, e intercambios con el Gran Rabino de Francia, Isaïe Schwartz. También por cartas dirigidas directamente al mariscal Pétain, leídas casi siempre desde el púlpito durante el culto dominical. Al Gran Rabino le dice: «Nuestra Iglesia, que ha conocido el sufrimiento y la persecución en el pasado, tiene una ardiente simpatía por sus comunidades, que han visto su libertad de adoración comprometida en ciertos lugares y cuyos miembros han sido tan bruscamente golpeados por la desgracia. Hemos realizado y seguiremos desplegando esfuerzos para lograr los cambios necesarios en la ley anti-judía». No era una broma: su oposición a las medidas raciales y a las deportaciones le costó nada menos que ser detenido por los nazis[75].

Todavía en los meses anteriores a la liberación interviene, vez tras vez, pidiendo la libertad de los pastores Trocmé, Theiss, de Pury, Roulet, prisioneros por resistir o asistir a judíos perseguidos. Después de la Guerra, con el acuerdo de la Federación Protestante de Francia, accede a ser llamado por la defensa y declarar en el juicio instruido contra el mariscal Pétain[76]. Ello explica que entre los muchos nombramientos y cargos –presidente del Consejo nacional de la Iglesia Reformada de Francia (1938-50); de la Sociedad de misiones evangélicas de Francia (1945-68); del Movimiento ecuménico de las Iglesias cristianas (1948-54); miembro de la Academia de Ciencias morales y políticas (1946); de la Academia Francesa (1962) y Gran oficial de la Legión de honor– descuelle a mayor mérito y reconocimiento el de Justo entre las naciones (1988).

Promotor en la reunificación de las tres sociedades bíblicas, apoyó la creación de la Alianza bíblica francesa en 1947 y ocupó su presidencia hasta 1969. Preparó entonces los espíritus en pro de una colaboración duradera con la Iglesia católica respecto a traducción y difusión de la Biblia[77]. Convencido de su importancia para el testimonio común de las Iglesias «en un mundo donde enormes masas humanas no entienden una sola palabra religiosa, donde el lenguaje de la Biblia, el lenguaje cristiano parece totalmente incomprensible para hombres cuyos parientes, bisabuelos, han roto por completo con cualquier forma de convicciones cristianas, las que sea […], allí donde se pone la Biblia, hay un cartucho de dinamita que, un día, hará estallar lo que debe estallar, lo mismo en el hombre personal que en la institución eclesiástica»[78]. En las mismas razones aducidas, así como en la oposición del protestantismo a las disposiciones antijudías durante la II Guerra mundial, latía de fondo un sentido de herencia bíblica común con los judíos.

Desde el comienzo de su ministerio sufrió por el escándalo de la competencia misionera, del que ya se habían hecho eco especialistas de la unidad en Edimburgo 1910, y sintió suyo el deber de reconciliación entre los cristianos[79]. Era el del ecumenismo, en él, un sentimiento profundo y como tal se hizo sentir a lo largo de su vida remecida de merecimientos. De igual manera le llegaba muy adentro el antisemitismo lampante que por aquellas fechas iba a más y que, presa de mentes enfermizas, acabaría urdiendo en media Europa los siniestros campos de exterminio. De ahí su interés por salir en defensa de algunos rabinos cuestionados durante el conflicto. Y de ahí también su gozo cuando sonó la hora de mantener el histórico encuentro con su eminencia el cardenal Agustín Bea, providencial arquitecto de la declaración NA y de los subsiguientes pasos de Roma a favor de los judíos.

2. Adelantado del ecumenismo.

Trabajador infatigable de la causa ecuménica, fue uno de los seis primeros co-presidentes del CEI en 1948, cuyas asambleas preparatorias tanto supo cuidar. La Conferencia de Utrecht, reunida el 9 de mayo de 1938, decidió que la representación en el Comité central tenía que ser designada con arreglo al sistema regional, a diferencia del confesional. Se creó un Comité provisorio de transición antes de Ámsterdam-1948, cuyos miembros no fueron otros que: el arzobispo Temple de York, presidente; el arzobispo Germanos de Tiatira, los doctores John R. Polilla y Marc Boegner, vicepresidentes; el Dr. W. A. Visser’t Hooft, secretario general; y los doctores William Platon y Henry Smith Leiper, secretarios generales asociados. La segunda reunión de dicho comité (enero-1939) acordó celebrar la primera asamblea general del CMI en agosto del 41. En realidad lo fue en Ámsterdam el 22 de agosto de 1948. En las asambleas generales de Evanston (EE.UU., 1954) y Nueva Delhi (India, 1961), participó Boegner, siempre a favor de la causa de la unidad entre las Iglesias miembros y de un mayor intercambio para profundizar en la investigación teológica.

Del 6 al 8 de marzo de 2012 se tuvo el coloquio anual del Instituto Superior de Estudios ecuménicos, bajo el patrocinio conjunto del Theologicum de l’Institut catholique, del Instituto protestante de teología –Facultad de París–, y del Instituto de teología ortodoxa San Sergio, esta vez sobre la evaluación de las diversas recepciones del último Concilio, no ya solo en la Iglesia que lo había convocado en 1962, sino también en las otras representadas con delegados. «Lo que hace la ecumenicidad de un Concilio –dijo en la presentación el director Jacques-Noël Pérès– no es declararse tal, sino la recepción que de él hagan las Iglesias». De Marc Boegner fue recordada entonces esta frase: «Juan XXIII comenzó lo que Pablo VI no hubiera jamás comenzado y Pablo VI concluyó lo que Juan XXIII no hubiera jamás concluido»[80].

Poco antes del Vaticano II escribía sobre los obstáculos de la mariología y del culto mariano «a una reunión visible de las Iglesias cristianas. Sin embargo –añadía–, la exigencia de la unidad retumba con una potencia más imperiosa que nunca en el corazón de un inmenso número de cristianos»[81]. Por otra parte, durante una conferencia sobre La Chiesa Romana all’avvicinarsi del Concilio del Vaticano, después de haber dicho que «lo que une a los católicos y los protestante es mucho más importante de lo que los divide», expresaba la esperanza de ver al Concilio preocuparse de los obstáculos que se interponen entre protestantes y católicos. En su alabada conferencia de París, el cardenal Bea puso justamente de relieve que «sin sacrificar nada de la verdad revelada, el Concilio podría eficazmente ayudar a conocer más claramente la verdad toda entera», y en cuanto a los prejuicios: «Quien conoce la situación no sabe bien cuán falsas concepciones de la doctrina católica, cuántos malentendidos obstruyen el camino de la unidad»[82].

El interés despertado por el famoso coloquio entre el pastor Marc Boegner y el cardenal Agustín Bea respondía no solo a la natural curiosidad de poder conocer el contenido de semejante debate, evidentemente coloquio ecuménico, sino al hecho mismo de ver en directo, en un acto público, a dos personajes de talla mundial. Boegner era también una personalidad descollante dentro del mundo reformado, presidente honorario, a la sazón, de la Alianza Reformada de Francia y uno de los fundadores del CEI. El mismo Visser’t Hooft no duda en colocarlo entre los arquitectos que «buscaron dar forma más precisa al movimiento ecuménico» junto a los nombres de William Temple, J. H. Oldham, William Adams Brown, del arzobispo de Tiatira Germán, del obispo de Chichester, Goerge Bell, de Alphons Koechlin y de William Paton[83].

Precisamente en una obra suya editada tres años después del citado coloquio, dejó escrita esta significativa frase autobiográfica: «Hace más de sesenta años, la exigencia ecuménica se impuso en mi pensamiento y en mi alma con una fuerza que ha repercutido en toda mi vida»[84]. Ello explica la personalidad soberana de excepcional ecumenista y esclarecido teólogo del mundo reformado que fue nuestro benemérito Boegner.

3. En el concilio Vaticano II.

Asistió al Vaticano II como invitado personal de Juan XXIII y fue recibido por Pablo VI en junio de 1967, ocasión aprovechada para declararse convencido de que «el camino de la unidad es irreversible». Participó en calidad de observador en las sesiones III y IV. El considerable trabajo de los teólogos de las religiones se verá compartido por todos como exigencia cristiana ecuménica para la que se trabaja tan duro[85]. Admirador del Concilio y de Juan XXIII, quiso hacer de él una cumplida alabanza en el acto de recepción en la Academia Francesa. Su discurso de entrada estuvo lógicamente dedicado al ecumenismo. Una vez expuesto el ambiente de luchas religiosas en Francia, así proseguía: «Será necesario intensificar el movimiento ecuménico y su inspiración profética en todas las Iglesias cristianas primero, y después en la Iglesia católica –bajo el decisivo impulso del papa Juan XXIII– para que la fidelidad a la verdad esté en adelante unida indisolublemente al amor que los cristianos, de la confesión que sean, han recibido como mandato de su común Señor: la exigencia de amarse unos a otros»[86].

Presente más de medio siglo en iniciativas francesas de unión intercristiana y personalidad ilustre del protestantismo transpirenaico, la Academia Francesa le abrió sus puertas en 1962. Sucedió entre los inmortales a Albert François Buisson, antiguo canciller del Instituto. Elegido por unanimidad en primera votación, el cardenal Tisserant, también académico, dejó por unas horas las sesiones conciliares para estar presente en la votación y posterior recepción, detalle que Boegner comentó con gratitud:

«Sigo con inmenso interés los trabajos del Concilio. Está naciendo una gran esperanza en cuanto al nacimiento de un clima totalmente nuevo entre la Iglesia católica y las Iglesias cristianas. Acaso algunos de mis nuevos colegas, al darme su voto, han pensado particularmente en mi actividad ecuménica de medio siglo a esta parte».

El ecumenismo fue, en verdad, la gran pasión de su vida[87]. Dice Congar que «se imponía con autoridad indiscutible: la que venía de su nobleza natural, de la dignidad de su porte, de su palabra, de su rostro (mezcla de los rasgos del mariscal Pétain y de Juan Rostand…), de su decisión equilibrada y lúcida, pero sobre todo de aquella fe en forma de esperanza que lo habitaba». Y prosigue luego: «Representó a su Iglesia en el movimiento ecuménico. Minoritario, aunque vivo e importante, el protestantismo francés se hizo oír en las instancias ecuménicas gracias a hombres como Wilfred Monod al principio, Pierre Maury y sus hijos después de él, Roger Mehl, Suzanne de Dietrich y Madeleine Barot, pero sobre todo gracias a Marc Boegner»[88].

Ya en 1894-95 un jovencísimo Boegner escribía:

«Es justamente la vieja Iglesia católica la que se renovará para recibir a sus hijos desde hace mucho tiempo separados, y es sobre ella donde desde ahora en adelante debe proyectarse nuestro afecto. Su evolución nos concierne[89]. Si no podemos actuar sobre ella directamente, ayudémosla al menos con toda la energía de nuestra simpatía a apresurar el día en que nuestros hijos adorarán delante de sus altares».

Y esto: «Me considero al presente como un católico evangélico separado de la voluntad del Jefe al servicio de la Iglesia Reformada de Francia»[90]. Y, en fin, este parecido con Karl Rahner sobre el futuro del cristianismo místico: «La Iglesia será católica o no será. El cristianismo será protestante o no será»[91].

Voz calvinista la suya que testimoniaba por una libertad onerosamente mantenida a través de los dramas de la historia. Voz francesa, elocuente y lógica, elegante y sobria, entusiasta y mesurada. En el seno de la comunidad protestante francesa Marc Boegner fue un artífice de unidad. Amó y sostuvo Taizé, «profecía de la unidad restaurada», conferenciante convencido de la Semana de oración por la unidad de los cristianos. Congar y Boegner dialogaron largo y tendido durante el Concilio (sesiones III y IV). Pablo VI dejó dicho en su mensaje de condolencia que probaba una simpatía espontánea por la «vida ejemplar de este pionero de la unidad de los cristianos». Era la suya, en San Pedro, figura erecta y digna, sensible a todos los acontecimientos del procedimiento conciliar, ya penosos, ya alegres, ya oscuros, ya luminosos. La de un auténtico apóstol de la unidad acogido también al regazo de estas páginas.

4. En diálogo con el cardenal Bea.

El «coloquio» público entre el cardenal Bea, de visita al CEI en Ginebra, y el pastor Boegner, presidente otrora del mismo CEI, se desarrolló –muy significativo– en la «Sala de la Reforma», que no bastó para contener a tanto asistente[92]. Había sido construida en el siglo XIX pero en Ginebra, llamada en su tiempo «la Roma de la Reforma». El marco del coloquio estuvo preparado muy cuidadosamente: cantos, primero separados, después unidos, de dos coros, uno protestante y otro católico, y conclusión con el rezo del padrenuestro. Abrió marcha Bea dando los resultados obtenidos en el movimiento ecuménico desde la institución del Secretariado en adelante, y sobre todo en el Concilio. Delineó los principales temas del futuro diálogo: de una parte, el problema de la Iglesia, a estudiar a la luz de la Sagrada Escritura, de los Padres y de la liturgia; de otra, varios problemas prácticos. Tras la postura del interlocutor, el Cardenal replicó más en particular con las cuestiones de la diferencia entre la Tradición apostólica y la subapostólica, los problemas concernientes a la mariología y el de la unidad de la Iglesia[93].

Merece la pena conocer al respecto dos declaraciones de los protagonistas. Decía Bea introduciendo el coloquio: «¿Quién hubiera osado, solo dos o tres años atrás, imaginar este coloquio público del cardenal presidente del SUC, aquí en Ginebra, con el presidente honorario de la Alianza Reformada de Francia y expresidente del CEI? Por siglos hemos hablado los unos de los otros no de modo fraterno, más aún, demasiado a menudo los unos contra los otros»[94]. Las palabras de Boegner fueron también emotivas y memorables, dignas del bronce:

«Grandes son estas horas que vivimos no solo usted y yo, sino aquellos que pudieron asistir a los momentos de ayer en el Consejo ecuménico, tan desconcertantes –quiero repetirlo–, a causa de la expectativa que sentimos presente en esta multitud venida para escuchar a usted y también a mí, que soy por muchos aspectos un poco ginebrino. Qué alegría dar gracias juntos a Dios por el acontecimiento que nos ha concedido vivir, por la gracia que nos viene dada»[95].

Algunos círculos católicos llegaron a decir que la prensa había ofrecido el acto como una derrota del Cardenal. Su secretario Schmidt, con abundantísimo material a mano en el archivo de Su Eminencia, puntualiza no haber encontrado nada del género. «Naturalmente –agrega–, Boegner brillaba más porque hablaba en su propia lengua, mientras el Cardenal debía expresarse fatigosamente en una lengua no propia y a menudo teniendo que improvisar»[96]. «En verdad que si no creyese en el milagro del Espíritu Santo –precisó Boegner–, diría que estoy soñando, porque el viejo un poco más anciano que usted, Eminencia, o un poco menos joven (tres meses, si no me equivoco), el viejo que se dirige a usted, hoy, y a esta asamblea, puede decir que en el curso de los sesenta años en que ha estudiado el problema ecuménico y, de modo especial, la cuestión de las relaciones entre el catolicismo y el protestantismo, el Espíritu Santo no ha cesado jamás de actuar en nuestras diversas Confesiones, en nuestras diversas Iglesias»[97]. La verdad es que volvió a insistir en que la visita «marcaba casi el inicio de una nueva época de la historia contemporánea del ecumenismo»[98].

El Cardenal, por su parte, declaraba días más tarde:

«Puedo decir sobre todo que la importancia del encuentro estriba en primer lugar en el hecho de que este marca el notable punto de llegada de un largo camino, desde los primeros inicios que se remontan a casi medio siglo atrás, hasta toda una serie de contactos de orden privado y confidencial tenidos después de la providencial institución del Secretariado por parte de Juan XXIII»[99].

No es un encuentro momentáneo, sino del «inicio importante y prometedor de una cooperación entre dos máximos organismos en el campo ecuménico, y constituye, en consecuencia, una importantísima etapa en el camino de los cristianos hacia la hora escondida en los secretos designios de Dios, cuando todos los creyentes en Cristo serán uno, como Cristo es uno con el Padre y el Padre con él»[100]. Marc Boegner, en fin, todo un incansable apóstol de la unidad.

JUAN BOSCH NAVARRO (1939-2006)

El ecumenista Juan Bosch Navarro nace en Valencia (España) el 1 de abril de 1939. Estudia en el Colegio de los Dominicos de la localidad y allí mismo ingresa en la Orden de Frailes Predicadores, emitiendo su primera profesión religiosa el 10 de octubre de 1956. Completada la formación eclesiástica en el Estudio General de Valencia, se ordena de sacerdote el 30 de junio de 1963, y unos meses más tarde marcha destinado a Suiza (1964), desde donde años después pasará a Francia (1971-72). Licenciado en teología por la Universidad de Friburgo y diplomado en ecumenismo en el Instituto Católico de París, obtiene el doctorado en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. Profesor varios años del seminario menor dominicano en Manacor (Baleares: 1965-67), recibe seguidamente destino para el Colegio San Vicente Ferrer de Valencia, desde donde, a partir del 15 de septiembre de 1975, se incorpora al convento de Predicadores de la ciudad.

Impartió clases de Ecumenismo, Teología protestante, Historia de la teología contemporánea y Teología de los ministerios en la Facultad de Teología de Valencia. También, durante el segundo semestre de varios cursos, de Ecumenismo y Nuevos movimientos religiosos en el Centro Teológico Santo Tomás (Santo Domingo-República Dominicana). Y de Teología, en fin, en Guatemala, Puerto Rico, Cuba y Colombia, así como en numerosas ciudades españolas. Desde 1975 trabajó pastoralmente durante bastantes veranos europeos en la Parroquia Our Lady of Lourdes, de Nueva York.

Delegado episcopal de Ecumenismo de la archidiócesis de Valencia (1981-92), promotor de Formación permanente de su Provincia dominicana de la Antigua Corona de Aragón (1991-95), titular igualmente de diversas responsabilidades en las comunidades a las que estuvo asignado, dirigió las revistas Cultura Religiosa y Teología Espiritual (1996-2002), animó la asociación Amistad judeo-cristiana de Valencia, y fundó-dirigió en los duros años del apartheid en Sudáfrica el Grupo Soweto Anti-apartheid de Valencia (1987-92). También fundó y dirigió el Centro Padre Congar de Documentación Ecuménica de Valencia en 1988, y el Centre P. Congar de Documentació Ecuménica de Barcelona en 2002[101]. Fue de igual modo uno de los impulsores de la Cátedra Tres Religiones, de la Universitad civil de Valencia, amén de Miembro del Consejo Asesor del IV Parlamento mundial de las Religiones (Barcelona 2004). Asignado al Convento de Santa Catalina (Barcelona), ejerció desde julio de 2002 como profesor invitado en la Facultat de Teologia de Catalunya y miembro de la Junta del Centre Ecuménic de Catalunya. Teólogo de proyección internacional, sus focos de interés apuntaron al ecumenismo, las sectas, los nuevos movimientos religiosos, la vida y obra del también dominico y cardenal Congar, y el diálogo interreligioso, temas todos ellos fronterizos, como se ve. De ahí que desde la Santa Sede se le vigilase de cerca, algo que él supo aceptar porque amaba profundamente a la Iglesia. Le gustaba la música de jazz, los black spirituals[102] y el cine. Dominico a carta cabal, gran comunicador, amigo de sus amigos, era sobremanera hermano de todos.

Colaborador habitual en Vida Nueva, Saó, Cultura Religiosa y Pastoral Ecuménica, publicó numerosos artículos también en otras revistas españolas y extranjeras. Entre sus libros –algunos con varias ediciones y traducidos a otros idiomas–, sobresalen Iglesias, sectas y nuevos cultos (1981), James H. Cone, teólogo de la negritud (1985), La Iglesia Negra. Eclesiología militante de James H. Cone (1986), Para comprender el Ecumenismo (1991), Para conocer las sectas (1993), A la escucha del cardenal Congar (1994), Diccionario de Ecumenismo (1998), Panorama de la Teología Española (1999), Nuestras iglesias hermanas (2003), y Diccionario de Teólogos/as contemporáneos (2004). También fue coordinador de Hacia el Tercer Milenio (1996), Culturas y religiones (1997), Dominicos que dejaron huella (2000), Panorama de la Teología Latinoamericana (2001), y 100 fichas sobre Ecumenismo (2004)[103]. Falleció en Barcelona el 7 de abril de 2006, recién cumplidos los 67. Según propia confesión, de su padre había heredado el amor a la verdad; de su madre, el calor de la fe.

1. El teólogo.

Sintió desde muy joven la vocación teológica, que habría de constituir su vida toda y en la que llegó a brillar con luz propia. Vocación de servicio a la teología, a la Iglesia, al ser humano, al Reino, a Dios. Vocación, por otra parte, que había nacido a la sombra de la Suma de santo Tomás de Aquino –años del Concilio– en las aulas del Estudio General Dominicano de Valencia, escuchando absorto las explicaciones del maestro Sauras.

Fomentada luego en Friburgo, cuando aún se oían los ecos de Marín Sola y Santiago Ramírez, siguió creciendo más tarde en el Instituto Católico de París a la escucha del padre Congar, el maestro por excelencia que marcaría su vida en teología ecuménica. Decantado por la teología de la negritud, fue, en efecto, uno de los primeros teólogos españoles que se acercó a la teología negra de la liberación elaborada entre las minorías negras de EE.UU. contra la discriminación racial, y en Suráfrica contra el apartheid, especialmente sensible en todo momento a sus desafíos: superar el eurocentrismo cultural e ideológico y construir teologías y comunidades cristianas en clave intercultural e interétnica. Su mayor imperativo se pintó siempre tendente al reconocimiento de la diferencia cultural y religiosa como riqueza de la humanidad y de las religiones. Una de sus obras más representativas de esta nueva sensibilidad es La Iglesia Negra. Eclesiología militante de James H. Cone (1986).

Maduro teólogo sin fronteras, la muerte, sin embargo, vino a cortar su creciente proyección internacional en el heteróclito mundo del ecumenismo, de las sectas y de los nuevos movimientos. Vocación teológica la suya, por cierto, con ventanas abiertas a Friburgo, París y Nueva York, pero a la vez esclareciéndose más y más «a través de esas conversaciones que son más ricas que cien Departamentos de cualquier Facultad» con colegas entrañables, empezando por los más cercanos para él en Valencia: Sebastián Fuster, Roberto Ortuño, Juan A. Tudela, Antonio Sanchís, Gerardo Sánchez y Ximo García Roca. «Ellos han significado –puntualiza en un texto que se me hace puramente autobiográfico– la apuesta decidida por una teología que queriendo ser rigurosa, leal y “servidora”, se quiere, a la vez, alejada de los “centros de poder”, donde la pequeñez humana –que a todos nos tienta– ofrece mil razones (¡mil sinrazones!) para buscar el aplauso, los primeros puestos, la escalada en una carrera que no tiene sentido alguno desde el evangelio de Jesús y (por la) que, además, hay que pagar un precio demasiado caro: la pleitesía, el doble lenguaje, el equilibrio imposible en el que al final se pierde lo más importante de uno mismo: la propia dignidad»[104].

Juan Bosch cita otros dos focos de influencia en su quehacer teológico. Uno, el «alumnado –digo bien, un alumnado– durante mi docencia en el Centro Teológico de Santo Tomás en la ciudad de Santo Domingo, República Dominicana. Aquellos alumnos, especialmente aquellas alumnas caribeñas, me hicieron ver más claro que hasta entonces, la necesidad de que la teología sea significativa para el hombre y la mujer marginados y oprimidos»[105]. Otro, su nueva tierra Cataluña, y de modo particular la Facultat de Teologia de Catalunya, que oportunamente le cursó invitación para enriquecerse con su magisterio entre licenciandos y doctorandos, de la mano de Joan Busquets y Evangelista Vilanova, sus amigos.

Salta a la vista que su teología, que vivió y practicó sin renuncia ninguna, por supuesto, a las bases hondas y sólidas de santo Tomás y de la Tradición, estuvo imbuida de frescura, solidez y exigencias marcadas por el magisterio del Vaticano II, durante cuya celebración había dado él los primeros pasos en tan difícil y apasionante disciplina, pero al propio tiempo, sobre todo ya en época posconciliar, por los grandes nombres teológicos del posconcilio, bien los de primera hora, aquellos que se arrancaron con la revista Concilium –Rahner, Congar, Schillebeeckx, Hans Küng, etc.–, bien igualmente los de primera hora, pero con un giro a la línea de los anteriores en la revista Communio: los Von Balthasar, Henri de Lubac, Joseph Ratzinger, Jerôme Hamer, y tantos otros. La de Juan Bosch, a la postre, no fue sino teología rigurosa y a la vez sencilla, puesta siempre al servicio y aprendizaje del pueblo cristiano. El suyo por eso, lejos de ser ecumenismo del montón, brilló más bien por el cultivo de una causa de la unidad basada siempre en las hondas raíces de la teología más sana y actual, fiel lectora y siempre consonante con los signos de los tiempos. De ahí su amor a Congar.

2. Especialista y seguidor de Congar.

Él mismo solía confesar los dos encuentros decisivos en su caso. El primero con Tomás de Aquino, el segundo con Yves Congar. Ambos maestros –tan distantes en el tiempo y tan cercanos en su manera inquisitiva de mirar la realidad humana y divina–, «me acercaron a la teología y me hicieron quererla. Tuve la suerte de estudiar a santo Tomás en sus mismos textos y aunque todavía mis maestros del Estudio General Dominicano de Valencia no se habían abierto al método tomista de Le Saulchoir, el estudio directo de la Summa, artículo tras artículo, desentrañando el rigor de su pensamiento y el contenido de su arquitectura, me abrieron al gusto por llegar a la verdad»[106].

En Tomás de Aquino aprendió, además del rigor de las ideas, sus ansias de búsqueda del aspecto formal de cada cuestión. Más todavía: su inquebrantable servidumbre a la verdad, estuviese donde estuviese, la presentase quien la presentase. Tal vez su producción teológica hubiera sido de recorrido corto si en vez de estudiar a Tomás de Aquino, hubiese tenido que meterse en los clásicos manuales de teología, tan en boga por los años de sus estudios institucionales. Tomás se había hecho traducir textos de autores judíos, musulmanes, averroístas, agustinianos, etcétera. «¡Y con qué respeto trata a esos autores, aunque no esté, en ocasiones, de acuerdo con ellos! Tomás de Aquino, ¡qué distinto al que quisieron meter en las 24 tesis tomistas y qué lejano del juramento anti-modernista posterior!», declara él mismo[107].

El encuentro con Yves Congar se inicia en los lejanos años del estudiantado con la lectura de sus libros Verdaderas y falsas reformas en la Iglesia y Cristianos desunidos. Precisa:

«La lectura de ambos, con el expreso permiso del Regente de estudios me dirigió decisivamente a la teología ecuménica. En Congar encontré al maestro de hoy. Hombre enraizado en la Tradición y hombre abierto al mundo de los “otros”. Antes de llegar a París, donde todavía pude escucharlo en clases del Instituto Católico, y encontrarme con él en Le Saulchoir, ya había saboreado buena parte de sus libros y me había identificado con su “existencia teológica”. Su amor al trabajo era un programa de vida para muchos de nosotros, sus estudios de las tradiciones ortodoxas, protestantes y anglicanas eran caminos hechos y transitados por él y que para nosotros eran ya caminos cómodos. Pero reconociendo que era Congar quien primero había transitado por ellos, “haciendo camino al andar”. Pionero del ecumenismo doctrinal, de él recibía ahora lo que ya había bebido en Tomás de Aquino: el amor a la verdad, pero no a la verdad abstracta, sino a esa a la que solo los humanos podemos acceder, la verdad metida en la historia y que se transmite muchas veces a través del “otro”, y que no está encerrada exclusivamente en ninguna tradición eclesial»[108].

De Congar aprendió que decir la verdad, incluso dentro de la Iglesia, es siempre un riesgo, que la comunidad eclesial –nuestra Madre y Maestra– no siempre es amable con sus hijos, y que solo el evangelio de Jesucristo invita a la conversión y a la reforma no solo de los individuos sino sobre todo de las Iglesias. Su contribución al Concilio, tan decisiva, fue también invitación a leer en profundidad los textos conciliares que iban a reportarle un cambio en su comprensión de la eclesiología y en el mirar a los «otros». Textos conciliares en línea divergente de lo que él había estudiado en sus años de formación.

La más reciente lectura de Congar, Diario de un teólogo (1946-56), acabó definitivamente con el vendaje en los ojos, que le impedía ver a dónde puede llegar la perversidad del viejo (y nuevo) sistema romano de arreglar las cosas. Es triste –decía– comprobar que el poder, el honor y la dignidad de la Curia Romana se ponen muchas veces, según el dominico francés, por encima de todos aquellos valores que brotan del evangelio de Jesús. Su homenaje a Congar se tradujo en libro: A la escucha del cardenal Congar (Madrid 1994). Y su gratitud, en la creación del Centro P. Congar de Documentación Ecuménica, vinculado a la Facultad de Teología de Valencia, con el propósito no solo de ofrecer un servicio ecuménico a pastores, teólogos y laicos interesados en cuestiones ecuménicas, sino de dar a conocer mejor la vida y obra de un teólogo apasionado por la verdad y que sufrió injustamente por presiones de la institución eclesiástica.

3. Ecumenista de vocación y de acción.

Juan Bosch fue ante todo un teólogo ecuménico que tomó pronto conciencia de lo que se jugaba el cristianismo con la división y el enfrentamiento entre las Iglesias, esto es, un ecumenista leal y consecuente con lo que Juan 17,21 entraña. De seguir por los caminos de la separación de los hermanos y hermanas cristianos –decía–, Cristo no puede ser «luz de las gentes», ni la Iglesia «sacramento de la unidad del género humano». Todo lo contrario: serán anti-signo. Acierta de lleno, pues, José Luis Díez al afirmar en su necrológica de Pastoral Ecuménica que «el P. Juan Bosch fue un hombre para el ecumenismo. Un ecumenismo –añade– lleno de frescor como toda su teología, profundo, comprometido, seguro, fértil»[109].

No buscaba el ecumenismo de nuestro inquieto Juan Bosch la uniformidad doctrinal o la eliminación de las diferencias ideológicas. Tan crédulo como para defender la consecución de tales metas a corto plazo no era. Él aspiraba, más bien, a la unidad dentro de un escrupuloso respeto al pluralismo, entendido como valor en sí, y en cuanto riqueza de las comunidades y de las Iglesias cristianas. Se trata, por eso, de un ecumenismo que tiene su lugar de encuentro en la praxis liberadora. Juan Bosch contribuyó a que las Iglesias cristianas pasaran –según el título del libro de Roger Garaudy–, del «anatema al diálogo», o por decirlo con los actuales jugadores de cartas: del as de bastos al de oros. Predicó con el ejemplo, pues era dialogante y tolerante; era cristiano ecuménico. Sus libros más representativos al respecto son: Para comprender el Ecumenismo y Diccionario de ecumenismo. En mis encuentros con él, amigos como éramos, nunca descubrí el más leve atisbo de rencor.

Tampoco se paraba en barras, sin embargo. De ahí que su esfuerzo teológico pretendiese ante todo avizorar en el horizonte la riqueza inabarcable del diálogo interreligioso. Es esta, después de todo, la deriva lógica del itinerario teológico de Bosch, quien tomó buena nota de la oportuna observación de Raimon Panikkar: «Sin diálogo el ser humano se asfixia y las religiones se anquilosan»[110]. De nuevo aparece aquí una teología múltiplemente inculturada, que comprende el movimiento ecuménico, el movimiento antirracista, el diálogo interreligioso, las teologías feministas y la sensibilidad ecológica. La ética interreligiosa común al análisis y reflexión de Bosch registra estas cuatro prioridades: trabajo por la paz, lucha por la justicia, defensa de la naturaleza e igualdad entre los hombres y las mujeres. Un libro-referencia de esta nueva perspectiva ético-teológica es Culturas y religiones, escrito en colaboración con Juan Antonio Tudela.

Ni siquiera le fue ajeno el mundo de las sectas. Recurrente, más bien, en sus investigaciones, fue prioritario de su reflexión teológica y sociológica durante los tres últimos lustros. Se le hacía uno de los fenómenos más preocupantes por sus negativas consecuencias para la psique y para la convivencia. Un mundo, el sectario, que él estudiaba desde la racionalidad y siempre al margen de la visceralidad. Ahí están para corroborarlo su libro Para comprender las sectas, manual de similar formato al homólogo Para comprender el Ecumenismo, editados uno y otro en Verbo Divino, y clara prueba los dos del rico legado ecuménico que su vida y trayectoria nos dejan.

«¿Cómo ve el ecumenismo hoy?». Es la pregunta que Narcís de Batlle le hizo en el curso de una entrevista para Cristianismo Protestante, ya casi un año antes de su muerte. La respuesta no admite dudas: «He de ser sincero, no lo veo con optimismo ingenuo, pero sí con esperanza cristiana. Si el ecumenismo fuera cosa de los hombres no tendría futuro; pero como es cosa de Dios, tiene futuro. Todo comenzó con Juan 17,21 y ese imperativo de Jesús es la raíz y la meta del movimiento ecuménico. Está clara la razón de mi esperanza. Hay diferentes niveles en el movimiento ecuménico. Creo mucho en el ecumenismo de base, creo mucho en la labor de los teólogos; tengo mis suspicacias en que los jerarcas de todas las Iglesias apuesten claramente por el movimiento ecuménico. Espero con ilusión que se vayan resolviendo problemas como la aceptación mutua de ministerios, la hospitalidad eucarística, el problema del ministerio de la unidad, etc.»[111]. El ecumenismo para él, en definitiva, empezaba siendo aventura del Espíritu[112]. Las suspicacias, ya se ve dónde las colocaba sin perderlas nunca de vista.

4. Autor del Diccionario de teólogos/as contemporáneos.

Salió a las librerías en la primavera de 2004. Desde el primer momento se reveló una de sus obras emblemáticas por múltiples razones. El autor del prólogo, Evangelista Vilanova, monje de Montserrat, también ya en la casa del Padre, era uno de los historiadores más relevantes de la teología cristiana. Su conclusión del prólogo se pinta sumamente reveladora, porque habla de cómo las teologías son el inicio de una aventura de resultado incierto, un viaje para descubrir ideas y acciones, en el ámbito de un misterio que nos invita. Y a continuación esto: «La condición de teólogo es la humildad, fecundada por la curiosidad y la fantasía hacia el reino de Dios. Ojalá, el Diccionario de teólogos/as contemporáneos de Juan Bosch, el primero en lengua castellana de su género, ayude a seguir los pasos de esos hombres y mujeres que se empeñaron en dar razón de su esperanza…»[113].

Este lúcido planteamiento viene a coincidir con el no menos clarividente y esperanzador del propio Bosch, que, en un segundo prólogo, asegura de los teólogos y teólogas actuales, «que están dedicando lo mejor de sus vidas a dar razón de su esperanza y a proclamar la racionalidad de la fe cristiana a nuestros contemporáneos». También se refiere nuestro joven dominico a esa teología «que se quiere alejada de los centros de poder». Y recuerda a tantos alumnos que le hicieron ver más claro «la necesidad de que la teología sea significativa para el hombre y la mujer marginados y oprimidos»[114].

Su prematura desaparición hace que este diccionario, llamado a tener ulteriores reediciones, quede como denso y apretado libro que él mismo se habría encargado, a buen seguro, de continuar y enriquecer. Lo mismo que el segundo Centro ecuménico P. Congar, en Barcelona, y hasta un tercero incluso en las Islas Baleares. Es de esperar, así y todo, que «este inolvidable ecumenista y teólogo del ecumenismo se convertirá en uno de los principales referentes de la labor teológica y práctica de la búsqueda de la unión de los cristianos en España»[115]. Merecimientos para ello le sobran.

En la citada entrevista desvela un poco la génesis de la obra y lo que le costó:

«Fue una invitación de la editorial Monte Carmelo de Burgos y esta invitación significó tres años de mi vida a tiempo completo. Soy profesor de Teología Contemporánea en Valencia y yo ya tenía material. Es un diccionario que recoge las grandes figuras teológicas del siglo XX. En él están teólogos católicos, ortodoxos, anglicanos y protestantes. Creo, según me dicen, que tiene buena aceptación. He intentado ser muy objetivo y ecuménico. Son 241 teólogos que aparecen y el diccionario tiene 1.014 páginas. Es una obra de consulta para estudiantes de teología en los seminarios y facultades».

Al hilo de lo cual, me place recordar que esa fue exactamente la meta que se propuso, según propia confidencia, con tales páginas. Y es que el hecho de incluir mi nombre entre los 241 teólogos implicó el lógico intercambio de correos que, aparte del suministro de matices esclarecedores, me permitieron conocer todavía mejor al «incondicional amigo», amén de no pocos detalles del diccionario.

«Mi única intención, lo he dicho ya varias veces, ha sido y es proporcionar una ayuda a quienes se inician hoy en una de las dimensiones más bellas de la Iglesia: dar razón de nuestra esperanza, es decir, ofrecer el servicio de la teología. He trabajado duro, con rigor, durante más de dos años, intentando que cada teólogo de los 241 que aparecen en el diccionario estuviese correctamente presentado. Esta fue la razón de ponerme en contacto con muchos de vosotros para perfilar, para escucharos, para que las bibliografías fuesen lo más exhaustivas posibles […]. Creo que ahí hay un servicio que hasta ahora no existía, sobre todo pensando en teólogos españoles. ¿Sabes, Pedro, lo que he intentado también? Reivindicar la tarea del teólogo, devolverle su puesto en nuestra sociedad. Y es que, como el teólogo no es figura mediática en la sociedad consumista de hoy, no aparece en TV, luego “no existe”. Ojalá volvamos a sentirnos orgullosos de este don que Dios nos ha dado»[116].

Apóstoles de la unidad, por supuesto, se honra en contar con la juvenil figura teológico-ecuménica de Juan Bosch, llamado a ocupar con pleno merecimiento un puesto de honor en ese gran retablo de elegidos, seguramente contentos de tenerlo junto a sí.

CHARLES BRENT (1862-1929)

Charles Henry Brent nace en Newcastle, Ontario, Canadá, el 9 de abril de 1862 y muere en Lausana, Suiza, el 27 de marzo de 1929. Licenciado brillantemente en estudios clásicos en el Trinity College de la Universidad de Toronto (1884), desde el 85 hasta el 87 desempeñó las funciones de Undermaster en el Trinity College School, de Port Hope. La ordenación de diácono llega con el 86, y la de sacerdote al año siguiente. Corren los meses del 91 y él, ciudadano americano, se va a una parroquia de un barrio pobre de Boston, donde sirve durante una década como asistente del rector de St. Stephen. En 1902, después de que las Filipinas fueran adquiridas por los Estados Unidos a raíz de la Guerra hispano-estadounidense, la Iglesia episcopal designó a Brent primer obispo misionero de Filipinas, a donde llegó en el mismo barco que el gobernador William Howard Taft portando consigo el prestigio, no oficial, no, pero sí muy real, del establishment norteamericano[117].

Vigoroso ministerio evangelizador el suyo entre la población no cristiana, de modo particular gente china de Manila, igorrotes incivilizados de Luzón, y moros hostiles del archipiélago de Sulu. Fundó varias escuelas y un hospital de caridad en la capital filipina. Ante la devastación moral y física de los adictos al opio, Brent se convierte en inquebrantable defensor de una lucha sin cuartel contra las drogas, llegando a formar parte de varias comisiones internacionales para detener el narcotráfico. Nombrado por el Gobierno filipino para investigar el uso de opio, sirvió desde 1902 al 14 como miembro de un comité ejecutivo a tales efectos. También de comisario jefe para EE.UU. y presidente de la Comisión del Opio internacional en Shanghai (1908-19) y, presidente de la delegación de EE.UU. para la Conferencia del Opio en La Haya (1911-12), cuya presidencia ocupó en 1912. De entonces data su publicación de tres libros importantes. Fue durante la I Guerra mundial capellán superior de las Fuerzas Armadas estadounidenses en Europa. En 1919, por fin, acepta su elección para obispo de la Diócesis del Oeste de Nueva York: tres designaciones anteriores había declinado durante su tiempo en el Archipiélago.

Ya en 1926 se le encomienda el ministerio pastoral de las iglesias episcopales estadounidenses en Europa (dos en París, y las de Niza, Florencia, Roma, Dresde, Múnich, Ginebra y Lucerna), cargo en el que se mantiene hasta que es hospitalizado de un mal grave en noviembre de 1927. Durante su última aparición pública representó a la Iglesia Episcopal en los EE.UU. Uno de los hitos importantes de su fecunda biografía tiene lugar en Lausana, Suiza, cuya primera Conferencia mundial sobre FC organizó y presidió en 1927. De su protagonismo en dicha cumbre William Temple llegó a escribir: «Era claro que constituía el fulcro de la conferencia y que su dirección de las discusiones, tranquila, firme y a menudo veteada de humor, fue la más eficiente posible»[118].

Brilló en Lausana con él todo un líder mundial: mermadas ya las fuerzas físicas, es cierto, su alma, no obstante, parecía más radiante. Persuasivo de principio a fin, logró que las rivalidades cedieran, las disputas se olvidaran, y cundiese por doquier el amor fraternal. Alcanzó así su ansiada meta, pues aquel encuentro registró el mayor avance de las Iglesias, en el sentido de mejor comprensión y de un espíritu más fino de la cortesía y de la buena voluntad.

Sus restos descansan en el Cementerio de Bois de Vaux. Parte de su legado se puede ver hoy en el CEI y en la Iglesia Episcopal de Filipinas. El historiador James Thayer Addison lo calificó como «un santo de vigor mental disciplinado, a quien los soldados se sentían orgullosos de saludar y con quien los niños eran felices de jugar, que podría dominar a un parlamento. Sacerdote y obispo, se vanagloriaba de la herencia de su Iglesia y, sin embargo, estaba de pie entre los hermanos cristianos como el que sirve. En todas partes, embajador de Cristo»[119]. Su conmemoración en la Iglesia Episcopal recurrió por un tiempo el 27 de marzo. Sin embargo, como ese día suele caer en Cuaresma o Semana Santa, la diócesis central de Filipinas de la Iglesia Episcopal de Filipinas, en su convención diocesana del 2008, aprobó para celebrarla el 25 de agosto, fecha de su llegada al Archipiélago[120].

1. Brent y el movimiento ecuménico.

Aunque firme en su cruzada contra las drogas asistiendo a conferencias y desde su nombramiento por el presidente Warren G. Harding en 1923 para la Comisión Consultiva de Estupefacientes de la Liga de las Naciones, Brent giró su atención preferente hacia el movimiento ecuménico. La verdad es que podría haberse reducido al funcionariado estadounidense y otras destacadas personas en las Islas, incluso a convertir a católicos romanos tanto de españoles como de ascendencia filipina, a quienes el Gobierno anterior había dejado atrás. Sus experiencias en el Archipiélago filipino, sin embargo, acabaron por despertar en él una fuerte preocupación por la causa de la unidad visible de los cristianos.

El mundo va a ir cojeando mientras la oración de Cristo pidiendo al Padre que todos sean una cosa se vea contestada. Debemos tener unidad no a cualquier precio, por supuesto, sino pese a todos los riesgos. La siguiente oración, por él escrita, es ampliamente utilizada hoy en día. Se trata de una oración por la misión de la Iglesia, que ha sido incluida en el Libro de Oración Común y dice así:

«Señor Jesucristo, tú extendiste tus brazos amorosos sobre la dura madera de la cruz, que todo el mundo pueda estar al alcance de tu abrazo amoroso. Así nos vestimos con tu Espíritu para que nosotros, extendiendo nuestras manos en amor, llevemos a los que no te conocen al conocimiento y amor de ti, por el honor de tu Nombre»[121].

No menos rica de aroma ecuménico resulta esta otra de su entorno, que incluye al mismo Charles Brent:

«Padre Celestial, tu Hijo oró para que todos sean uno. Líbranos, te suplicamos, de la arrogancia y del prejuicio, y danos la sabiduría y la paciencia, que, según tu siervo Charles Henry Brent, haga que podamos estar unidos en una familia con todos los que confiesan el nombre de tu Hijo Cristo Jesús, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, ahora y por siempre»[122].

Su poema La nave expresa no pocos de sus íntimos sentimientos al respecto[123]. Entre sus oraciones, esta vez eucarísticas, he aquí otra:

«Cristo de la Pasión, que en la última Cena nos has legado a la Iglesia un memorial perpetuo del sacrificio de la cruz, ayúdanos en este santo sacramento espiritual a contemplar tu amor redentor, que nunca podrá tener en cuenta el precio con el cual tú nos has comprado, que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo, siempre un solo Dios sin fin. Amén»[124].

Brent fue también hombre de oración. Al trabajar para la reunión de la cristiandad resolvió no tolerar atajos que, en todo caso, impedirían el logro de lo que vivamente él anhelaba. La paciencia debe existir en medio de cualesquiera desalientos y desilusiones, sin duda, aunque también la paciencia tenga un precio. Insistió en que la plataforma original del movimiento se debe mantener; en particular, dos puntos de vista bien concretos. Uno: lo que realmente debe tener como objetivo el movimiento ecuménico es la reconciliación de toda la cristiandad, sin exclusiones de ningún género y admitiendo siempre la soberanía y jefatura viva de Jesucristo. Dos: el trabajo inmediato de sus promotores y de las reuniones en su nombre, es la Conferencia, mediante la apertura franca y explicando las dificultades, no las diferencias. Las relaciones amistosas deben preceder y preparar para la unión. De ahí que la paciencia y firmeza en la presentación de las verdades y reclamaciones sea siempre necesaria. Como lo es también la caridad.

Después de asistir a la escocesa Conferencia Misionera mundial de Edimburgo-1910, Brent estuvo en vanguardia de los esfuerzos ecuménicos de la Iglesia Episcopal. El movimiento culminaría con la primera Conferencia mundial de FC, celebrada en Lausana, Suiza, por él presidida. Este significativo encuentro ecuménico, por lo demás, ayudó a sentar las bases para el CEI. Ningún problema era demasiado grande, ningún muro divisorio lo bastante alto, ningún lenguaje, en fin, tan desconocido, de fondo tan confuso y oscuro, como para impedirle o detenerle a él en su afanosa búsqueda de una mejor comprensión y realización de los fines de la unidad y de la paz. Ni una sola vez en todos sus contactos con diversas escuelas de pensamiento olvidó su trabajo y su oficio. Tampoco, desde luego, menguaron su devoción, ni su amor, ni su lealtad a la Iglesia.

2. Apremiante necesidad de la unidad cristiana.

La unidad cristiana no es un hermoso sueño ni un lujo, sino apremiante requisito para el despertar de la pasión de Cristo. En algunos países la Iglesia es poco más que un vasallo del Estado en vez de un poder de conversión. Mientras las Iglesias no se unan, seremos incapaces de persuadir a las gentes a que anden bajo la luz del reino de Dios. Hay una alegría austera en estar a solas con la verdad. Los que miran lo suficientemente lejos saben discurrir con alma profética y no con el confuso vaivén del ecumenista nefelibata. Bajo la disciplina de la soledad hay libertad y exuberancia de alegría junto a la cual todos los premios menores son nada[125].

«San Pablo –llegó a escribir el propio Brent– golpea en la cara al sectarismo de todo tiempo calificando de carnales a las divisiones. La división, según este hombre profundamente serio, es fatal para la vida de la Iglesia»[126]. Pero es que Brent se reveló siempre hombre profundamente serio y, a la vez, de inflamada personalidad. No en vano llegó a ser, de hecho, figura destacada de la Iglesia Episcopal en la escena mundial durante dos décadas. Había sentido muy hondo la sacudida de la gran conferencia mundial misionera de Edimburgo 1910. De ahí que el foco central de su vida y de su ministerio fuese la causa de la unidad cristiana. Condujo a la Iglesia Episcopal, ya digo, por el movimiento unionista que culminó en la primera Conferencia mundial de FC, celebrada en Lausana, Suiza, en 1927, y que él presidió[127].

Discurrir ecuménicamente según el espíritu que tantas veces el obispo Brent demostró, implicará un cierto estudio y mucha oración. Lo mismo que, por lo que a su influencia concierne, insistir en que el movimiento se mantenga firme, con generoso corazón y leal reconocimiento de la labor de otras comuniones, así como en sus dificultades, pero sin ningún tipo de pérdida de los principios de la fe y proponiéndonos, como meta, llegar a una Iglesia reunificada. Difícil sería decir aquí y ahora en cuál de los tres aspectos del ministerio cristiano sobresalió más. Tan variadas eran sus espléndidas cualidades de mente y corazón que, en todo lo que hacía, una inteligencia fina, un celo absorbente y una plena consagración hicieron de su oficio ministerial un magnífico paradigma. Probablemente a nadie de nuestra generación se le hayan dado más variadas tareas que las impuestas a este hijo fiel de la Iglesia llamado Brent. El suyo era, en el mejor sentido, un ministerio católico, es decir, universal. No podía pensarlo en términos de algún área restringida. Tampoco podía entender la vida, ya del Occidente, ya del Oriente, como algo ajeno a su amor y servicio. Con el poeta latino Terencio podía gustosamente repetir: «Hombre soy; nada humano me es ajeno»[128]. Y es que jamás ambicionó la alabanza y el honor de los hombres. Sabía de aquel lugar secreto donde la virtud es su propia recompensa, y comprendía que el trabajo bien hecho obtiene allí su más profunda satisfacción y su compensación más duradera.

Entre los múltiples aspectos de su ministerio destacaban dos: uno, su insistente y urgente apelación a una mejor comprensión del mundo, para el logro del orden mundial armónico y de la paz universal y duradera; otro, su inagotable y tenaz esfuerzo por acabar con la babel de confusas y contradictorias y alborotadoras voces, implantando en su lugar esa unidad que debe cumplir el anhelo de quien dio su vida en rescate por muchos. Estos son los supremos fines por los que apostó y luchó siempre sin bajar la guardia.

La unidad cristiana centró por décadas su vida y su ministerio. Debemos tener unidad –era su lema predilecto–, no a cualquier precio, desde luego, sino pese a todos los riesgos posibles. El éxito de las misiones está inextricablemente ligado a la unidad. En el futuro, el progreso misionero va a depender sobremanera de la unidad de la Iglesia: las conversiones nacionales pueden llevarse a cabo sin ninguna otra influencia. Incluso pudiera darse el caso de que hasta el presente una Iglesia dividida haya sido usada por Dios para la extensión de su Reino entre los hombres, mas no tenemos garantía ninguna de que vaya a continuar haciéndolo. De hecho, existen indicios de que la Iglesia dividida haya llegado y rebasado el cenit del poder tal como lo ha tenido, y que a partir de ese punto esté disminuyendo hacia la desolación.

3. Fe y Constitución.

Ocupó en este organismo un lugar de indiscutible poder e influencia. Podrán los hombres diferir por sus métodos; no, sin embargo, cuando se trata de resistir con su espíritu. Aparte de lo que hizo y dijo, emanaba de su persona una sutil influencia capaz de mover a los hombres a seguirlo pese a sus propias conclusiones. Obispo de las Filipinas y de la Diócesis del Oeste de Nueva York, fue bien aceptado por el público en general, lo mismo de Oriente que de Occidente, como defensor de todo lo bueno y noble y de laudable nombre. Lo cual, así dicho, es más que mucho si se tiene en cuenta que acabó por hacer de la suya una eminente personalidad, a colocar hoy con todo merecimiento entre los líderes cristianos de todo el orbe.

El espíritu de Brent está llamando a la acción en la santa causa de la unidad: ninguna concesión ha de hacerse, ningún retiro abrir, hasta que el Crucificado haya sido exaltado y reconocido como emblema poderoso en el mundo de la salvación y de la paz. Indigno y cobarde ante su Maestro se hará quien pretenda seguirlo sin ser capaz de adelantar la causa que consumió su alma con pasión. Con igual celo y determinación, con renovado ardor y entusiasmo, debemos actuar frente a nosotros mismos en la gran tarea de presionar las altas demandas de la unidad.

La Iglesia cristiana, en definitiva, tiene que admitir la locura de sus polémicas, la esterilidad de sus rivalidades y el sinsentido de sus divisiones. Como quiera que la paz de la Iglesia y la del mundo van juntas, nuestras infelices divisiones deben acabar cuanto antes. Los que tenemos fe cristiana y creemos en el Hijo de Dios, debemos alcanzar un punto de acuerdo, como requisito necesario para la concordia. La comunidad de los bienaventurados implica confianza mutua y compañerismo de las personas que se arrodillan de modo humilde ante el Salvador de la humanidad. Para acelerar el cumplimiento glorioso de aquel anhelo de la oración de Cristo por su Iglesia, Brent trabajó de manera incansable y multiplicó a diario sus esfuerzos unionistas, sintió al vivo, y en verdad, el tirón de la unidad[129].

El desorden en la Iglesia es, a su juicio, más terrible que las peleas en la familia y que la guerra civil en el Estado. Si la guerra es un mal en la vida nacional, mil veces peor lo es en la de la Iglesia. Desaparecida de nuestro alcance la unidad, ello es falta común del cristianismo. Recuperarla, pues, ha de ser la acción concertada, provechosa más que otra ninguna, de la cristiandad bien avenida. Cada sección ha cooperado en demoler o atacar la unidad. Cada sección, en consecuencia, debe participar también en el esfuerzo por su restauración.

Es ridículo pensar en una predicación de la Iglesia metida en guerra de guerrillas cuando lo que necesitamos es un mundo en paz. Y no hay una lección que las Iglesias estén aprendiendo, y sea ella mucho más importante, que la de la impotencia de nuestro cristianismo dividido. Es, además, absurdo aspirar a una humanidad unida, incluso a una civilización cristiana unida, y a la vez contentarse con la Iglesia dividida. Una Iglesia confundidora, o sea, dividida, será un poderoso factor en el mantenimiento y prosecución de un mundo confuso[130]. Charles Henry Brent fue convencido paladín del movimiento ecuménico moderno. Su mayor logro no fue sino vivir la unidad de la Iglesia. Por eso inspiró y fundó el movimiento FC y presidió la primera Conferencia mundial en Lausana, Suiza, en 1927[131], grandes méritos ambos en su haber.

Para hacerse una idea de la copiosa cosecha de FC, con cuya fundación y primeros pasos tanto tuvo que ver –según acabo de decir– nuestro eclesiástico personaje Brent, podría valer la consulta, a título meramente informativo, de las Relaciones 1999-2005, relaciones bilaterales entre el CEI y el PCPUC, que se recogen en el Grupo Mixto de Trabajo de la ICR y el CMI[132]. Bien estará recordar que la Iglesia católica, aunque no es oficialmente miembro del CMI, está, no obstante, representada en la Comisión FC con doce miembros de pleno derecho, provenientes de diferentes regiones del mundo. Ese importante dato puede que baste, incluso que sobre, para probar por qué a estas alturas Brent debe figurar con paladina aceptación en el austero retablo de los Apóstoles de la unidad elencados en este libro.

4. La unidad es la base de todo el pensamiento cristiano.

Notoria cosa es que FC surgió a comienzos del siglo XX como uno de tantos otros movimientos entonces propuestos para promover el restablecimiento de la unidad entre las comunidades cristianas divididas. La intervención de nuestro bienamado obispo protestante episcopal y misionero en Filipinas, Charles Brent, en la Conferencia misionera mundial de Edimburgo en 1910, suele considerarse como el principio de este movimiento. Su propósito se centró en sacar a flote dicha cumbre para tomar conciencia de las cuestiones de fe y constitución relativas a la unidad de los cristianos. Su propuesta acabaría por cuajar un tiempo después, en la Conferencia de Lausana, celebrada del 2 al 21 de agosto de 1927. Este magno encuentro adoptó por unanimidad un informe titulado La llamada a la unidad, y tomó el pulso a otras seis relaciones referidas principalmente a la Iglesia, su mensaje, su naturaleza, sus sacramentos y su ministerio. En 1937 la segunda Conferencia mundial de FC puso mayor énfasis en temas de la Reforma: v.gr., «La gracia de nuestro Señor Jesucristo» y «Fidelidad a Cristo». Decidió entonces unirse al movimiento Vida y Acción, promotor de la acción cristiana común por la paz y la justicia, formando así el CEI.

Entre los éxitos más resonantes de FC destaca la clarificación gradual del objetivo del movimiento ecuménico. Las declaraciones sobre la unidad orgánica de la Iglesia (adoptadas por la asamblea general del CEI en Nueva Delhi en 1961) y sobre la misma Iglesia en cuanto unión conciliar de Iglesias (adoptadas en la Asamblea General del CEI en Nairobi en 1975) se han convertido con el paso de los años en puntos referenciales para las discusiones ecuménicas sobre unidad. El más saludable fruto de FC no es otro que el famoso documento de Lima de 1982: BEM. Provocó una respuesta oficial de casi doscientas Iglesias y en él intervino también la Iglesia católica. FC es el ejemplo más elocuente de diálogo internacional y multilateral. La V Conferencia mundial de FC celebrada en Santiago de Compostela en 1993, resumió la tarea de sus últimos treinta años bajo el tema Hacia la koinonía en la fe, en la vida y en el testimonio[133].

El ecumenismo se define como la tendencia o movimiento que intenta la restauración de la unidad entre todas las Iglesias cristianas. Se trata, pues, de un movimiento específico del mundo cristiano y nace en el momento preciso en que las Sociedades misioneras, especialmente inglesas y francesas, fundan la Alianza Bíblica, al darse cuenta de que malgastan energías compitiendo entre ellas al ir tras los ejércitos colonizadores europeos.

Surgieron movimientos en muchas regiones. Según la idea que se hacían de la meta por alcanzar, se preguntaban si era preciso invitar a la Iglesia católica, dado que esta mantenía su propia idea de la unidad, muy diferente en tantos aspectos a la de las otras Iglesias. A fin de cuentas, más que reintegrarse, a lo que aspiraban era a servir al pueblo de Dios conjuntamente. La encíclica Mortalium animos de Pío XI acabó por confirmar que, en efecto, era absurdo esperarse entonces cualquier cooperación entre Roma y el movimiento ecuménico. Celebrada la Conferencia mundial de misiones en Edimburgo (1910), sonó en 1914 la hora de fundar el movimiento FC, entre cuyas principales figuras destacan Charles Brent y Robert Gardiner[134].

Cuando Brent llegó a Edimburgo en 1910, la unidad cristiana ya era un interés dominante en su espíritu. «No puedo entender –así dijo él entonces– a la gente que se muestra indiferente o desganada en la causa (ecuménica): esta es la base de toda la vida y de todo el pensamiento cristiano»[135]. Sus experiencias misioneras habían determinado que la unidad de la Iglesia cristiana tuviese el primer puesto en su pensamiento, porque «nosotros, misioneros –son de nuevo sus palabras–, tenemos momentos de profunda depresión cuando nos sacude la reflexión de que es más bien absurdo querer portar en la Iglesia de Cristo las grandes naciones del Extremo Oriente, hasta tanto no consigamos presentar un frente sin divisiones»[136]. Pero él no cejó en el empeño. De ahí que sus esfuerzos sean hoy sus mejores cartas credenciales para ocupar un puesto relevante entre los Apóstoles de la unidad agrupados en este libro.

YVES CONGAR (1904-1995)

Yves Marie-Joseph Congar nació en Sedán (Francia) el 13 de abril de 1904 y murió en París el 22 de junio de 1995. Densa biografía teológica y apóstol insigne de la unidad, fue discípulo del filósofo del personalismo, Jacques Maritain, y estudió en el Instituto Católico de París (1921-24). Entre 1924-25 hace el servicio militar en Sant-Cyr y en Birgelen (Alemania). Aquí le asalta la duda de si hacerse monje benedictino o fraile dominico, pese a conocer ya la obra de santo Tomás de Aquino y la Vida de santo Domingo, del padre Lacordaire. Toma en 1925, por fin, el hábito dominicano en el noviciado de Amiens (1925-26) y cursa teología en el Estudio General de Le Saulchoir (Kain-la-Tombe; Bélgica: 1926-30). Ordenado sacerdote en 1930, su tesis de lector en teología un año más tarde versará sobre La unidad de la Iglesia.

Largo y doloroso cautiverio el suyo durante la II Guerra mundial en los campos de concentración nazis de Mainz, Berlín, Colditz y Lübeck (1939-45). Su oposición al nacionalsocialismo le acarreó especial dureza de trato, lo que no fue óbice para desplegar en tan lóbregos lugares, peores que otro ninguno, cierta actividad intelectual mediante conferencias ante sus camaradas. Entre la publicación de Cristianos desunidos en 1937, año en que comienza a dirigir la colección Unam Sanctam, y Verdadera y falsa Reforma en la Iglesia (1950), se convierte para Francia, junto con M. D. Chenu, J. Daniélou y H. de Lubac, «en la encarnación […] de una nueva teología» (nouvelle théologie) que busca «volver a las fuentes del pensamiento contemporáneo».

No menos duro fue el acoso de tipo, digamos, doctrinal a que se vio sometido en su dilatada y fecunda carrera teológica. Solía recordarlo al término de su vida. En este párrafo, por ejemplo: «Desde los primeros días de 1947 hasta fines de 1956 fui objeto o sujeto de una serie ininterrumpida de denuncias, avisos, medidas restrictivas o discriminatorias, de intervenciones cargadas de desconfianza»[137]. Y todo, que ya es deplorable, por malentendidos sobre sus libros en general, en especial Cristianos desunidos (1937), Verdadera y falsa reforma en la Iglesia (1950), y Jalones para una teología del laicado (1953). En adelante, deberá someter a Roma cuanto publique. Y en lo relativo a relaciones pancristianas, el Santo Oficio se opondrá en redondo a que asista en Ámsterdam a la fundación del CEI (1948), acto para el que había sido invitado expresamente. Peor aún: a partir de 1954, él y otros colegas son destituidos de sus cátedras y deben salir de Le Saulchoir.

Pasada la guerra, y después de haber sufrido no uno sino tres exilios (Jerusalén-Roma-Cambridge), san Juan XXIII requiere sus servicios para consultor de la Comisión preparatoria del Vaticano II (1959-62), miembro de la Comisión teológica, y experto de monseñor Garrone durante las tres últimas sesiones conciliares (1963-65). Fruto de su magnífica labor allí, serán los dos volúmenes póstumos de su Diario del concilio, los cuales libros, unidos a Diario de un teólogo, forman actualmente una trilogía imprescindible para quien pretenda conocer los avances teológico-patrísticos del siglo XX.

Nombrado maestro en teología por la Orden de Predicadores (1964), miembro de la Comisión católica para el Diálogo con la FLM (1965), y de la Comisión Teológica Internacional (1969-74-79), a partir de 1984 pasa el resto de su vida, aquejado de una enfermedad neuronal, físicamente impedido –con parálisis progresiva, si bien muy lúcido de cabeza–, en el Hospital de los Inválidos de París. El 26 de noviembre de 1994 es creado cardenal de la Iglesia en reconocimiento a su teología y a su aportación en el Vaticano II. C’est trop tard, trop tard, dicen que exclamó al conocer la noticia[138]. Él mismo quiso puntualizar que, según su fuente [P. Tucci, también cardenal andando el tiempo], ya Pablo VI había barajado el nombramiento, «pero su propuesta suscitó [entonces] tales discusiones que se le aconsejó sobreseerla»[139]. Le acercó la birreta hasta el hospital parisino su gran amigo y colega en lides ecuménicas cardenal Johannes Willebrands. Pleno de sabiduría y prestigio en todo el mundo, como envuelto por el aura mística del misterio y rodeado de una enorme dignidad, fallece el 22 de junio de 1995. No faltan quienes han querido ver en su caso un reflejo del hoy beato cardenal John Henry Newman[140].

1. Pionero del ecumenismo.

Precoz vocación ecuménica la suya. Se le afianza y consolida al ordenarse de sacerdote en 1930. «Nació –son sus palabras– prácticamente en 1928 o 1929. En esta época, me apareció con toda claridad el hecho de que tal vocación se había preparado desde mi niñez. Tuve muy pronto amigos protestantes y judíos, hijos de amigos de mis padres…»[141]. Era su ecumenismo de entonces, por otra parte, un poco el fruto, si se quiere, de la controversia, bien que amistosa ella, irénica sobre todo. Durante los preparativos para la ordenación sacerdotal, dicha llamada, como digo, tomó de veras cuerpo. Eligió al efecto una serie de lecturas que facilitaron el proceso: «El evangelio de san Juan que había estudiado con el P. Lagrange, el comentario de santo Tomás. Fue meditando particularmente el capítulo 17 de san Juan cuando me fue claramente revelada mi vocación ecuménica»[142].

Contribuyó lo suyo también el cercano trato a diferentes profesores: W. Monod, A. Lecerf, L. Bouyer, J. de Saussure, N. Bardiev, S. Bulgákov, K. Barth, entre otros. Asimismo a personalidades que desde la Iglesia católica iniciarían antes o después un caminar ecuménico algo silencioso tal vez y sin respaldo jerárquico, pero firme, como A. Gratieux, L. Beauduin, C. Lialine, P. Couturier, etc. Tampoco son de omitir, en fin, sus visitas a lugares luteranos en Alemania, su predicación en semanas de la unidad, sus frecuentes misas votivas por la unidad cristiana y, ante todo, aquel deseo suyo de ofrecer un servicio doctrinal a dicha causa en forma de verdadera teología ecuménica.

Respondiendo a Giancarlo Zizola en la que será una de sus últimas entrevistas, aclaró de su primera publicación cuanto sigue:

«He de precisar que mi primer libro sobre ecumenismo, publicado en 1937 con el título Cristianos desunidos, no fue a parar al Índice. Solo en OR se publicó una crítica del P. Cordovani, dominico como yo. Pero de prohibiciones, nada. Este libro lo escribí en 1930. El texto de Jn 17,21 que todos sean uno, me hizo sentir la necesidad de trabajar más por la unidad de los cristianos. Mis superiores, lejos de objetarme nada, me permitieron continuar los cursos en la Facultad protestante de París»[143].

Las siete páginas manuscritas de su retiro en Downside, re-copiadas en Diario de un teólogo, recogen al respecto un testimonio muy útil para entender lo de su vocación ecuménica. Afirma él al respecto que esta quedó sacudida por su actitud antinazi, su cansancio ante las mismas cosas que había que decir una y otra vez y, sobre todo, «el obstáculo sistemático y total –precisa– con el que me encontré, después de la Guerra, por parte de Roma y de todo lo que afecta a sus pretensiones en materia ecuménica. Llegué a la idea de que la mejor manera de servir al ecumenismo era, para mí, no hablar de él, no hacer nada». Ya es triste verse sometido a semejante acoso.

Y un poco más adelante, insiste: «Pero el inmenso problema de la desunión y de la llamada a la unidad sigue en pie. Lo que yo he dicho a este respecto es lo que creo. Creo que el gran movimiento actual responde a una voluntad de Dios y a una moción de su Espíritu Santo. Es algo inmenso. Una causa inmensa. […] Tendría que rezar mucho más de lo que lo he hecho desde veinte años atrás por las inmensas necesidades de la causa ecuménica. Misa; breviario; oraciones ocasionales. Llevar estos pesos en mi alma y en mi cuerpo. Entrar en esta parte de la redención»[144]. Autor material de tantos números en el decreto UR, a fe que lo consiguió cumplidamente.

Relativo al mismo asunto, he aquí el largo texto con que abre Diario de un teólogo: «Mi vocación eclesiológica y ecuménica surgió en 1929 y 1930, durante el año de mi preparación al sacerdocio. En la medida en que lo puedo precisar ahora, a partir de 1929. Leyendo el evangelio de san Juan en la perspectiva de mi preparación al sacerdocio, concebí un gran amor por la unidad de la Iglesia y de los cristianos. Al meditar el capítulo 17 de san Juan, recibí o concebí esta vocación de consagrarme a la unidad y a la reunificación. Desde el invierno 1929-30, tal vez incluso antes, mi espiritualidad estaba ya orientada en este sentido; había surgido en mí una gran devoción a los capítulos de la oración sacerdotal»[145]. No hace falta, en fin, insistir con más citas para comprender la firmeza de sus convicciones ecuménicas en la viña del Señor, de cuya realidad dan cumplida cuenta su vida y sus escritos de ecumenista insigne y de eclesiólogo genial.

2. Verdadera y falsa reforma en la Iglesia.

Publicado en 1950, este libro desencadenó la tormenta y acarreó al autor críticas muy severas. Habían pasado pocos meses desde la encíclica Humani generis de Pío XII, «una especie de Syllabus moderno». La Iglesia francesa se hallaba en el ojo del huracán a causa de los sacerdotes obreros, de los cuales Congar –con Chenu– era consejero, y, sobre todo, por el reformismo que alentaba en aquella Iglesia piloto a la que este libro del ilustre dominico prestaba su voz. Era entonces nuncio en Francia monseñor Roncalli, futuro Juan XXIII.

A la vuelta de tantos años, anciano él en París, su memoria seguía intacta:

«Me prohibieron reeditar ese libro y traducirlo a otras lenguas. Esto ocasionó algunas dificultades al editor que había firmado ya algunos contratos. A partir de 1952, se me sometió a una censura previa y las medidas se hicieron drásticas en 1954. El grupo de teólogos de la escuela dominicana de Le Saulchoir fue dispersado. El P. Chenu fue a parar a Rouen, yo a Israel –Jerusalén– y después a Gran Bretaña – Cambridge–. Fíjese: cada sufrimiento tiene su lado positivo: en Jerusalén, la explanada del templo me sugirió el libro El misterio del templo, en el que evocaba el misterio de la presencia de Dios desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Para este libro, se nombró a siete censores y se me acusó de negar la importancia de la jerarquía. He aquí por qué la obra no se publicó sino cuatro años más tarde, en 1958»[146].

A la pregunta sobre cómo veía él aquellos sufrimientos desde la airosa cumbre de su magisterio teológico al término de sus días, el director de Unam Sanctam y autor de una de las mejores eclesiologías modernas de san Agustín no pudo por menos de enfatizar que la Iglesia es santa, no en sí misma, pues su santidad no es una cualidad propia de cada uno de sus miembros, sino que deriva de ser, en medio del pecado, ámbito de la presencia de Dios que se acerca a la miseria humana presente en la comunidad eclesial. En la Iglesia se participa de la vida divina de modo gratuito (gracia) y no por mérito por parte de la jerarquía o de los fieles que gozan de ella. En lo que a catolicidad concierne, ha de consistir esta en la capacidad de la Iglesia de asimilar y desarrollar los valores auténticamente humanos y la diversidad cultural de la humanidad. Busca hacer hincapié en el papel de los laicos. Estos, a juicio del autor de Jalones para una teología del laicado, tienen una vocación de compromiso con las causas justas de la humanidad. La salvación cristiana asume y engloba la liberación social, política, económica, cultural y personal, dándole profundidad y plenitud en la trascendencia. El compromiso se asume y acomete desde la vivencia de la fe que conduce a un imperativo nítidamente cristiano, orientador y radical, pero este rumbo permite que las opciones del creyente sean opinables y falibles y, consiguientemente, que haya de respetarse el pluralismo.

Le preocupa el papel de la jerarquía en la Iglesia y no escatima críticas sinceras, y severas. Entiende que los obispos están por completo encorvados, serviles a Roma. Defiende, frente a ello, un concepto radical y profundo de obediencia que nada tiene que ver con el consabido e insincero simplismo autoridad-súbdito. Aunque nunca llegó a escribir el tratado de eclesiología total soñado de joven, fue Congar siempre, en realidad, un eclesiólogo de la mejor escuela, capaz de revalorizar carismas y ministerios, de apostar por el papel del magisterio en cuanto servicio (san Agustín), y no como poder, amén de la colegialidad episcopal. Y todo ello antes incluso de que llegara el Vaticano II.

Sobre las reacciones a raíz de la muerte de esta primerísima figura teológica del siglo XX ha corrido mucha tinta. Qué hubiera dicho de sí mismo, ni se sabe. Quizás algo similar a cuanto comentó sobre el final de su gran amigo el P. Chenu, otra figura relevante de la teología del siglo XX metida en la negra lista del Santo Oficio. «Cuando supe que el opúsculo del P. Chenu, Le Saulchoir, una escuela de teología, había sido incluido en el Índice, yo me encontraba prisionero en Alemania. La cosa me pareció estúpida. Cuando el P. Chenu murió (11-2-1990), se celebraron unos funerales en Nôtre-Dame de París a los que asistieron el cardenal, numerosos obispos y centenares de sacerdotes. El Papa [Juan Pablo II] envió un telegrama de quince o veinte líneas. ¡Increíble!»[147]. Palabras, como se ve, de premonitoria carga autobiográfica[148]. Porque a la muerte del cardenal Congar tampoco faltaron homenajes y ponderaciones en las más altas instancias de la Iglesia. Pasa siempre.

3. Uno de los artífices intelectuales del Vaticano II.

Por imprevisto y extraño que parezca, Juan XXIII le encomendó trabajar en los documentos más importantes del Vaticano II, junto a otros teólogos entonces considerados avanzados, como Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) o Henri de Lubac, o en avanzadilla siempre, como Karl Rahner, Edward Schillebeeckx y Hans Küng. Hombre, sin duda, del Vaticano II, sus palabras no admiten vuelta de hoja: «en primer lugar, he participado en los trabajos de la Comisión teológica, cuya labor fue sumamente seria. A ella se deben las dos importantísimas Constituciones, la LG, sobre la Iglesia, y la DV, sobre la divina revelación y la tradición. Después, he trabajado en la comisión del clero para la redacción de PO, sobre los sacerdotes. Luego he trabajado en la secretaría para la libertad religiosa y para el decreto sobre el ecumenismo; también mucho sobre el tema de las misiones para la redacción del decreto AG y en torno al esquema trece, que terminó siendo la famosa Constitución pastoral GS, sobre la Iglesia en el mundo actual. En resumen, he trabajado en muchas cosas y creo que durante las cuatro sesiones del Concilio no he tenido más de diez a doce horas de vacaciones durante todos los períodos puestos conjuntamente»[149].

Es significativa la respuesta a Giancarlo Zizola cuando este le pregunta qué recuerda de cuando Juan XXIII lo nombró experto del Concilio. «De entrada –dice–, dudé de si aceptar o no. Me preguntaba si no me convertiría un poco en rehén de la Curia. Después me dije que, bien mirado, no arriesgaba nada y que en el caso de que la situación se hiciese inaguantable, siempre podía dimitir. En realidad, la cosa fue muy bien. Participé en cinco comisiones, incluida la doctrinal, la más importante, en la que colaboré con Ratzinger, con el que era muy agradable trabajar». En cuanto a si cree que el teólogo del Concilio Josef Ratzinger era distinto del cardenal Ratzinger, prefecto del ex-Santo Oficio y teórico de la restauración, tampoco le va a la zaga: «Muy distinto. Y es normal: llamado a otras responsabilidades adopta otras posiciones». De Pablo VI aclara: «Nos teníamos un profundo afecto. Tres veces me recibió en audiencia privada en su despacho. Creo que en su vida alentaba una santidad auténtica». Y sobre Juan Pablo II matiza:

«En su discurso inaugural afirmó que su política era el Concilio. Después tal vez ha tenido una posición más autoritaria, pues lo es todo en la Iglesia. Creo que hay que dejar constancia de una marcha atrás por el hecho de que el movimiento conciliar ha sido sustituido por la centralización. Esto puede ser muy grave. Juan Pablo II habla a menudo de la próxima unión con los ortodoxos. Pero esta resulta del todo imposible si el Pontífice romano no respeta completamente las Iglesias particulares, las instituciones patriarcales, con todos sus derechos. El poder del Papa se sitúa en la comunión de la Iglesia. Esto hay que entenderlo bien»[150].

La víspera de la clausura del Vaticano II Congar se hubiera quedado en casa de no haber tenido lugar esa mañana la ceremonia de abolición de las excomuniones entre Roma y Constantinopla. Tan fuerte impulso no se podía desaprovechar. ¡Y acudió! Sus comentarios en Diario del concilio son sabrosísimos. Gran prudencia la suya, por cierto, ordenando publicarlos después del 2000, por lo que dice y por cómo lo dice: «Viendo las cosas objetivamente, yo hice mucho por preparar el concilio, elaborar, razonar las ideas que el concilio ha consagrado. En el mismo concilio, yo trabajé mucho. Casi podría decir. Plus ómnibus laboravi [he trabajado más que todos ellos] (1Cor 15,10), pero no sería sin duda verdad: piénsese en Philips, por ejemplo. Al principio, fui demasiado tímido. Salía de un largo período de sospecha y de dificultades». Suyos son: de la LG, la primera redacción de los números del c.1: 9, 13, 16, 17; y del 2, algunos pasajes particulares. Del De Revelatione: en el c. 2, el n. 21. En UR, proemium y conclusión. En la Declaración sobre las religiones no cristianas, ídem. Del Esquema trece, c.1, IV. De las Misiones, c.1, con préstamos de Ratzinger para el n. 8. De la libertad religiosa, cooperó en todo, y muy particularmente en la parte teológica, y en el proemium, «que es de mi mano». De Presbyteris, es redacción a tres bandas Lécuyer-Onclin-Congar: números 2-3 del proemium, primera redacción de 4-6, así como revisión de 7-9, 12-14, y aliños en la conclusión. El final de esta página es típico del ilustre dominico: Servi inutiles sumus [somos siervos inútiles] (Lc 17,10)[151]. Reparos aparte, hay que reconocer que su nombre brilla con especial refulgencia en lo que se refiere a la eclesiología conciliar y posconciliar del siglo XX.

4. De tres exilios a cardenal de la santa Iglesia.

En febrero de 1954, Congar es apartado de la enseñanza y enviado a Jerusalén, exilio al que seguirá el de Roma, adonde se le convoca urgentemente a las pocas semanas de su regreso de la Ciudad Santa. Todavía tendrá que pasar, en 1956, una estancia de casi un año en Cambridge, que no es propiamente convento, sino simple casa con efectivos más reducidos. Durante diez años, en resumen, vive lejos de la enseñanza, sancionado, marginado de toda actividad pública y víctima de tres exilios, él, cuya obra teológica, que se cuenta entre las más señaladas del siglo XX, estará dedicada a la eclesiología y el ecumenismo.

En Le Saulchoir recibe influencias del reformador alemán Lutero, siente predilección por Karl Barth, cree haber recibido mucho de las obras anglicanas de exégesis o de historia. También la Ortodoxia influye en su pensamiento teológico y en su ecumenismo. Impresiona su comentario al provincial que le comunica el traslado a Cambridge:

«Le vuelvo a decir lo que ya le había dicho: que un hombre, ay, puede ser destruido, y que están a punto de destruirme así; porque, digo, un hombre no se reduce a la superficie de su piel; está hecho de sus actividades, de sus afectos, relaciones, compromisos, y también de su reputación. Todo esto, sin embargo, se está triturando en mí por tercera vez y, además, sin que pueda adivinarse el fin. Porque el único fin posible es la muerte»[152].

Con las matizaciones que se quiera, frases de este cariz dan fe, en todo caso, de cuánto tuvo que sufrir por la Iglesia, madre amantísima, un religioso que había consagrado existencia y estudio teológico precisamente a ella, a la Iglesia. La carta a su madre desde Cambridge (10 de septiembre de 1956) en el 80º aniversario de esta, contándole cuitas y problemas, sobrecoge por su carga dolorosa y por su fuerza emocional. Perseguido, acosado, incomprendido, al teólogo dominico no le queda más alternativa que refugiarse en el cálido regazo de su madre terrenal, quizás para mejor entender el de la Madre del cielo. Le dice en confidencia:

«Tú eres con mucho la que has comprendido mejor lo que podía representar para mí mi exilio actual. Yo no he dicho casi nada, pero tú has adivinado mucho. Mucho más que un buen número de mis hermanos y amigos, menos habitados por el sufrimiento y por el amor. Muchas veces, tus cartas han respondido, con una precisión sorprendente, a la profundidad y casi a los matices exactos de mi dolor. También esto me ha sostenido: haber sido adivinado, comprendido y amado de esta manera. Muchos otros, muchos, han pasado a mi lado, comenzando por mis superiores, Provincial y General, de los que he recibido signos exteriores de bondad, pero nada más; y, en cualquier caso, nunca justicia»[153].

Poco antes, sobre la decisión de Roma en su exilio, le ha dicho:

«Me han destruido prácticamente. En la medida de su capacidad, me han destruido. Se me ha desprovisto de todo aquello en lo que he creído y a lo que me he entregado: ecumenismo, enseñanza, conferencias, actividad con los sacerdotes […]. No han tocado mi cuerpo; en principio, no han tocado mi alma; nada se me ha pedido. Pero la persona de un hombre no se limita a su piel y a su alma. Sobre todo, cuando este hombre es un apóstol doctrinal, él es su actividad, es su amigo, sus relaciones, es su irradiación normal»[154].

El reconocimiento de los errores y el arrepentimiento son, según Tertio millennio adveniente, las condiciones de la reforma de la Iglesia. Al nombrar cardenal a Yves Congar, esta reconoció el error que con él se había cometido en los años cincuenta. Su caso, por lo demás, prueba también esta vez que nada grande se hace en la vida sin dolor. Tampoco habrá ecumenismo de mucho recorrido si no median primero terribles y conturbadoras pruebas como las que Congar refiere en tantas páginas de sus Diarios.

En el fondo, todo apóstol de la unidad, antes o después, acaba experimentando en carne propia la cercanía entre el ut unum sint del Cenáculo y el por qué me has abandonado del Gólgota. Había pasado con Newman y volvió a suceder con él. Alejada y alojada ya la tormenta en la historia, Congar es hoy, sin duda, estrella de primera magnitud en la teología del siglo XX, pieza clave en la eclesiología del Vaticano II y personalidad la más eminente de la Iglesia católica en el ecumenismo internacional.

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