Kitabı oku: «Las lecciones de la poesía»

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Pedro Lastra

Selección y prólogo
de Marcelo Pellegrini
LAS
LECCIONES
DE LA
POESÍA
diecisiete conversaciones escritas


Lastra, Pedro

Las lecciones de la poesía / Pedro Lastra

Santiago de Chile: Catalonia, 2021

ISBN digital: 978-956-324-929-3

Historia social y cultural

NHTB

Diseño de portada: Amalia Ruizs

Diseño y diagramación eBook: Sebastián Valdebenito M. Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco

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Primera edición: diciembre, 2021

Registro de propiedad intelectual: 249.177

ISBN digital: 978-956-324-929-3

© Pedro Lastra, 2021

© Editorial Catalonia Ltda., 2022

Santa Isabel 1235, Providencia

Santiago de Chile

www.catalonia.cl – @catalonialibros

Índice de contenido

Portada

Créditos

Índice

La conversación escrita

Las luengas peregrinaciones, ¿hacen a los hombres discretos?

Algunas respuestas de Pedro Lastra

Pedro Lastra, el escrilector

Pedro Lastra y la pasión americanista

Las lecciones de la poesía y la amistad

Del espejo a la multiplicación de las voces

Pedro Lastra: el poeta chileno que regresa de Estados Unidos

En diálogo con Pedro Lastra

Pedro Lastra: la restricción de la palabra

Enrique Lihn, el poeta sin pergaminos

Carlos Germán Belli, un poeta fundamental de nuestra lengua

Cuestionario sobre Fernando Pessoa

Lector de todas las horas

Grecia revisitada

Al fin del libro, o las buenas trampas de la memoria

Lastra en el verso (in)exacto

Pedro Lastra y su amistosa invitación a la lectura

Notas

A la querida memoria de Patricia Isabel Lastra Muñoz (1957-2021)

Nota a esta edición

En el año 2014, la Editorial Pfeiffer publicó una primera edición de este libro con el título de Nostalgia del silencio. Diálogos con Pedro Lastra. Esa edición contenía quince entrevistas a este poeta y ensayista chileno, uno de los más señeros de la generación del 50 en su país y cuya figuración e importancia se han extendido por los ámbitos literarios más diversos de América Latina, así como por los recintos académicos más prestigiosos del hispanismo norteamericano, en donde trabajó por más de treinta años. Ahora, la Editorial Catalonia ha tomado la decisión de darle una nueva vida a ese libro, ampliándolo con dos entrevistas más y otorgándole un nuevo título: Las lecciones de la poesía. Esperamos que esta nueva entrega y ese nuevo título sean tan invitadores para el público como lo fue la primera. La conversación y el diálogo continúan, y por ello se hace necesario difundir sus renovadas lecciones cada cierto tiempo para provecho de las nuevas generaciones de lectores.

Marcelo Pellegrini

La conversación escrita

Se reúnen en este libro diecisiete entrevistas al poeta Pedro Lastra, sostenidas con diversos interlocutores a lo largo y ancho del tiempo y la geografía. A pesar de ser considerado un conversador privilegiado en las artes de la buena memoria, las entrevistas con Lastra no se habían reunido hasta ahora en forma de libro. Así, con esta compilación intentamos remediar, aunque sea en parte, esa falta, para goce de los lectores y provecho de los especialistas, que encontrarán aquí las reflexiones de nuestro autor sobre los temas que siempre lo han desvelado y que, al ser objeto de sus reflexiones, nos han iluminado: la poesía, la amistad, los viajes, el oficio poético frente al ejercicio académico, los autores de su predilección (destacan en este libro Enrique Lihn, Carlos Germán Belli y Fernando Pessoa), la posibilidad del decir frente al silencio y la apasionada acumulación del saber, que en Lastra llega a transformarse en fructífera “erudición compartida”, como dijo de él el escritor peruano Tomás Escajadillo. Un libro para celebrar, entonces, y para compartir con la comunidad de lectores que ve en nuestro autor un emblema del buen decir y de las buenas costumbres literarias.

A pesar de que algunas de estas conversaciones y entrevistas aparecieron originalmente en diarios y otros medios periodísticos, conviene aclarar desde ya que difieren de la mayoría de las que encontramos en ese tipo de publicaciones. La diferencia más importante radica en un hecho crucial: Pedro Lastra ha ido, al mismo tiempo, conversando y escribiendo estos diálogos. Su forma final no es producto de la transcripción de lo que quedó grabado en una cinta magnetofónica o de la elaboración de las notas tomadas por el entrevistador. Lastra solicitó a sus interlocutores una primera versión del documento en papel, y luego se dedicó a reelaborar por escrito sus respuestas para darles forma definitiva. De ese modo, estas conversaciones oscilan entre lo oral y lo escrito, entre lo dicho al calor de una conversación y lo meditado en la mesa de trabajo. Así, estamos nada menos que ante una particular forma del ensayo lastriano. Al origen erudito de los ensayos de nuestro autor contenidos en libros tan señeros como Relecturas hispanoamericanas (1987), Leído y anotado (2000), Sala de lectura (2012) y Una vida entre libros: letras de América(2016) se le opone un origen memorioso estimulado por la conversación. La fuente de ambos tipos de ensayo, sin embargo, sigue siendo la misma: la convicción de que la literatura tiene el poder de transfigurar tanto el tema sobre el que trata como el lenguaje que utiliza. Tan importante ha sido esto en la elaboración de Las lecciones de la poesía, que se llegó a constituir en el criterio más importante para su inclusión; nuestro autor ha dado en innumerables ocasiones entrevistas para medios periodísticos cuyas versiones finales no han pasado por su escrutinio, siendo esa la razón, precisamente, para no considerarlas aquí.

Por supuesto que este tipo de traspasos de la palabra hablada a la escrita tiene destacados antecedentes. Pensemos en dos de los más ilustres: La vida de Samuel Johnson, de Boswell (1791) y Conversaciones con Goethe, de Eckermann (los dos primeros volúmenes publicados en 1836 y el tercero en 1848). Sin embargo, esos libros son las transcripciones de los diálogos que sus autores sostuvieron con sus maestros, hechas al finalizar un día de laboriosos intercambios. Lo mismo sucedió con un libro mucho más cercano para nosotros en el tiempo: Borges, de Adolfo Bioy Casares, en donde el autor de La invención de Morel transcribió los diálogos con su maestro y amigo también al finalizar el día y de un modo que sacaba provecho de los recursos del estilo indirecto libre. Para encontrar un verdadero antecedente del libro que el lector tiene ahora en sus manos, no tenemos más remedio que pensar en otro cuya autoría es del mismo Pedro Lastra: las Conversaciones con Enrique Lihn, publicado originalmente en 1980 y con reediciones ampliadas en 1990, 2009, 2014 y 2021. Fue en aquel libro que Lastra dio por primera vez con ese verdadero género literario que es la conversación escrita, creando, de paso, una imagen de Lihn que perdura entre nosotros y que ha sido formativa para muchos: la del poeta de los desplazamientos que, bajo el alero de lo que él llamo “poesía situada”, va posicionándose como autor de una obra proteica en el centro dinámico de un lenguaje que acumula los “residuos de la memoria”, como el mismo Lihn señaló, no con el afán de construir un yo unívoco sino múltiple, gozosamente perdido en los paisajes urbanos que ejercen sobre él una fascinación casi infinita. Lastra y Lihn, reunidos en numerosas ocasiones y lugares, fueron conversando/escribiendo esos diálogos, creando para sí mismos y para nosotros un antecedente literario que todavía debemos aquilatar. Propongo, entonces, que veamos las conversaciones aquí reunidas como una extensión de ese género practicado con eficacia por Lastra al conversar con Lihn. Las mismas reflexiones que encontramos en los ensayos de nuestro autor las vemos acá, las mismas exploraciones de los temas que lo obsesionan y que dan origen a sus poemas, pero con una diferencia: que en las conversaciones los argumentos obedecen a un riguroso intercambio de opiniones, y no, como en los ensayos, a la persuasión, que en Lastra es también, por supuesto, en extremo rigurosa.

Si, como dijo el poeta portugués Alberto Lacerda en un texto dedicado a Jorge Guillén, “conversar es divino”, en Pedro Lastra esa divinidad humana de la conversación ha encontrado una de sus expresiones más altas en nuestras letras. Celebremos entonces estos diálogos, que han inventado para nosotros un género literario casi inimitable del que todavía tenemos mucho que aprender.

Marcelo Pellegrini*

Las luengas peregrinaciones, ¿hacen a los hombres discretos?

Enrique Lihn

—Llega el momento en que, después de una semioculta estadía en este país, pareces estar con el pie en el estribo, listo para retomar tu trabajo en la Universidad de New York, en Stony Brook. Bueno sería que hicieras un balance de tu permanencia aquí. Empecemos por lo más obvio y lo más difícil. ¿En qué sentido dirías tú que ha cambiado el panorama cultural de Chile en los últimos años?

—Semioculta estadía, dices tú, y ahora veo que fue así, tal vez porque el medio propicia estos y otros ocultamientos. No es que uno tenga interés en ocultarse; lo que pasa es que no se dan las condiciones para ser visto: ¿Dónde y para qué? Seguramente estoy contestando a tu pregunta en forma indirecta.

—Sí: me parece que esa es una respuesta suficiente. Olvidemos la comunicación en el dominio privado; me consta que has recibido la visita de los pocos amigos de otro tiempo que todavía viven en Chile, y también la de quienes, a título personal, se mueven por entre las líneas fronterizas de la nueva cartografía. En Utopía la Universidad, en tanto «alma mater», recibiría a sus hijuelos peregrinos, aunque más no fuera para preguntarles cómo les ha ido por el mundo. Aquí, como si nada. ¿O es que ya no tienes conocidos en la Universidad?

—Uno que otro. Por ejemplo, he visitado a menudo a uno de mis maestros, don Antonio Doddis; pero él es la única presencia que me remite a la Universidad por donde circulé como Pedro por su casa durante diecisiete años, como estudiante y luego como profesor e investigador.

—¿Qué diferenciaba esos tiempos de estos?

—Eran los tiempos del diálogo, y si ahora puedo hacer algo de algún interés, profesionalmente, lo debo a esos fervores y libertades que permitían y estimulaban la confrontación de todo con todo, desde el minucioso rastreo bibliográfico hasta las divergencias en la interpretación, siempre tan productivas, como se sabe. Y esto, porque es consustancial al trabajo cultural el reconocimiento del otro en su alteridad, lo que implica la aceptación activa de las diferencias. La Universidad es el lugar donde se producen ideas y no hay otra manera de producirlas si no es mediante esa dinámica que puede entenderse como la suma de los principios y de las leyes del diálogo. Mis extrañezas presentes se explican entonces porque yo vengo de aquellas lejanías, que por suerte recupero parcialmente en mi sitio actual de trabajo.

—Sí, yo mismo enseñé episódicamente en U.S.A. En 1976 me desplazaba desde la isla de Balboa hasta el campus de la Universidad de California en Irvine, en un bus donde los jóvenes herederos de los discípulos de Marcuse leían a Marx. En ese país, pues, los universitarios que no insisten en desmandarse pueden pensarlo todo y se entiende que esa libertad no pone en peligro el sistema, no es un lujo ni un trabajo clandestino. Hay algo problemático, por otra parte, en el hecho de que el investigador y el creador latinoamericanos encuentren finalmente en los Estados Unidos el reconocimiento que merecen, el sueldo apropiado y los materiales necesarios para su investigación. ¿No lo piensas así?

—Es problemático porque pone en evidencia la precariedad latinoamericana y porque es una situación que suele enajenar a las mismas personas que estarían en condiciones óptimas para contribuir a la superación de esa precariedad. ¿Pero cómo ignorar que esta lástima se origina y se perpetúa por una aberración del orden y el predominio de la irracionalidad? Es algo de lo que hemos hablado más de una vez, aquí y allá.

—Latinoamérica produce de todo en el campo profesional, desde el maestro Chasquilla hasta el más sofisticado discípulo de Einstein, pero no puede consumir lo que produce en materia de artes y oficios, o en otros casos no quiere hacerlo. A esto se le llama «fuga de cerebros» cuando se pone el acento en el agente exterior —el imperialismo—; pero desde ese punto de vista se olvida que esta anomalía tiene también poderosos agentes internos. Dicho de otro modo: las circunstancias exteriores son ocasiones y no única y exclusivamente causas. Me gustaría ilustrar todo esto con un caso concreto: el tuyo. ¿Cómo y por qué te fuiste a los Estados Unidos? ¿Qué te hacía falta en ese momento?

—Vamos por partes. Yo empezaría, eso sí, por anotar esta facilidad que ofrece el apotegma cervantino: «las luengas peregrinaciones hacen a los hombres discretos». Puede que uno alimente la esperanza, tantas veces ilusoria, de adquirir la discreción al precio de sus peregrinaciones, sobre todo cuando ellas solucionan —se diría que en forma estable— las necesidades que ellas mismas crean. Mi primer contrato en los Estados Unidos me permitía iniciar la compra de una casa como esta, lo que mis trabajos en Chile hacía inalcanzable.

—Yo pago por esta casa más de un tercio de mi sueldo, y nunca podré iniciar la compra de una casa en Chile a menos que me vaya a vivir al extranjero.

—Ya se ve que el intelectual latinoamericano reside en la paradoja, que empieza por la casa que no tiene y que solo puede adquirir «in absentia»; pasa por las bibliotecas nacionales, que nunca están completas sino en otra parte (tú recordarás que pudiste terminar tu propio curriculum en la biblioteca de Stony Brook, que no es de las mejor provistas de los Estados Unidos); sigue en lo que se refiere a las publicaciones, congresos y diálogos, a veces muy germinativos: el sexagésimo aniversario de la impresión de dos libros importantes del poeta chileno Vicente Huidobro —y trigésimo aniversario de su muerte— fue celebrado en Chicago. La edición de los varios trabajos que se leyeron entonces también ocurrió allá, y solo unos pocos lectores de aquí tendrán oportunidad de leer algo que les concierne harto más que a los norteamericanos. Bueno, pero como para mí lo que importa es la averiguación de lo latinoamericano parece que no tengo más remedio que estar fuera de Latinoamérica. Es lamentable que sea así, porque nadie debería abandonar su país o el espacio mayor de su cultura si estos le ofrecieran la opción de encontrarse realmente con ellos, in situ. En ese sentido, es evidente que el tiempo pasado fue mejor: el de Andrés Bello, por ejemplo, cuyo discurso de instalación de la Universidad de Chile yo releo ahora como una pieza de ciencia ficción o de la literatura de Utopía. Del mismo modo suelo recordar el decreto llamado de «libre comercio» de 1811, que declaraba exentos de derechos «los libros, […] las imprentas, los instrumentos y máquinas de física y matemáticas». En esa época, en la que haber nacido en otro país latinoamericano no era motivo de rechazo para los vecinos, tal vez yo me hubiera resistido a la mera idea de exilio, por muy voluntario que este sea. Hasta los exilios del siglo XIX —los que determinaba la barbarie denunciada por Sarmiento— acaso pudieron verse como cambios de habitación en una misma casa, en la que siempre hubo algún quehacer de interés para el peregrino. Y esto se ilustra inmejorablemente con el caso del mismo Sarmiento; pero estos de ahora tienen otro signo: incluyen un borrador junto con la despedida

—A pesar de todo lo que dices, ¿hasta qué punto el exilio —voluntario en tu caso, anterior y totalmente distinto al que emprendieron otros chilenos el 73— no es un trasplante que afecte de algún modo la percepción de lo real y el sentido de una obra? Personalmente, creo que hay algo de casual en el hecho de irse o de quedarse, pero esta no decisión puede tomar en el desarrollo de una obra un carácter de finalidad, en la medida en que, por ominosa que sea —o por eso mismo— la situación se inscribe en la obra y viceversa. ¿Puede ocurrir lo mismo en un país del que no se forma parte y donde uno gira en el círculo del transtierro?

—París, situación irregular, es el título de uno de tus últimos libros. Yo debería haber titulado el mío de manera parecida, cambiando lo que hay que cambiar porque mi afuera no es el afuera del tránsito. Doble irregularidad entonces, que instaura en uno la sensación paradójica de ser un sedentario-nómade. Pero yo trabajo allí en un departamento de español en el cual existe un clima de profesionalismo jerarquizado en virtud de méritos efectivos, y en el que mi jefe es nada menos que Elias Rivers, que ocupa ese sitio después de una larga y muy solvente trayectoria académica. Esta parte tan estimable de la cuestión genera sin embargo un desasosiego, cuando esa realidad es proyectada sobre el deseo, trasponiendo esas suficiencias a estas carencias.

Un desajuste de otra naturaleza surge del hecho de que yo enseño literatura hispanoamericana en un medio en el que esa materia no siempre puede ser asumida por todos mis interlocutores como cultura del reconocimiento, aunque sea para todos motivo de un buen aprendizaje erudito. Estos desasosiegos se inscriben inevitablemente en todo lo que uno hace. No sabría precisarlo con respecto a mis escritos poéticos, pero siento sus efectos en otros planos. Por ejemplo (y ahora mismo) no es ajeno a esto que mi percepción de lo que se suele llamar la realidad nacional sea cada día menos complaciente y más sensible a los deterioros de la palabra en el discurso cotidiano de mis compatriotas. Me recuerda demasiado la «neohabla» de Oceanía en 1984 de George Orwell: «La guerra es paz»; «la escasez es abundancia», etc. O la perversión de los principios en su granja famosa: «Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros».

—¿Lees los periódicos; eres televidente?

—El mínimum indispensable como para corroborar lo anterior. Así es como me he enterado de la flexibilidad desorbitada de ciertos conceptos y palabras, de los que se abusa sin el menor sentido del ridículo: jugadas históricas en el estadio Santa Laura; goles trascendentales; memorables inauguraciones de quioscos, etc., etc. Pero yo soy lector de libros, no de diarios; los sucesos notables son realmente muy pocos y no ocurren todos los días, ni siquiera todos los años. Creer y aceptar lo contrario, como dice Borges, es una superstición.

—Como lo diría El Mercurio, mi lectura cotidiana y mi papel de envolver: «La elasticidad de las palabras tiene un límite y pretender que la sola resolución anterior no violenta el principio que se dice mantener incólume, es un rasgo de humor negro».

—El Mercurio dice lo que hace. Tal vez debería leerlo; pero de ese peligro me salva el exilio.

—Tú fuiste asesor literario de la Editorial Universitaria, desde 1966 hasta 1973, e hiciste publicar muy buenos libros hispanoamericanos en la colección «Letras de América». ¿Qué sabes del libro en Chile, ahora?

—Sé que padece un impuesto leonino, que no existía en 1811. Nascimento continúa su antigua tradición, artesanal y solitaria; pero es una golondrina que no hace el verano del libro. En lo demás, mucha papelería oficiosa y una respuesta crítica que con escasas y esporádicas excepciones se sitúa a la misma altura. He visto una sección —sin duda redactada por irresponsables— que se llama algo así como «Mesón Literario», y que contamina con un tufillo de cocinería todo el «espacio cultural». En poco tiempo más tendremos que recurrir otra vez al silabario Matte.

—Sin ser optimista, creo que el pesimismo es un texto que brota de los resquicios de las papelerías oficiosas. ¿No crees tú en esa posibilidad?

—Sí, es una buena posibilidad, que empieza por ser escritura latente. Cuando se manifieste dará cuenta de la situación.

—Es como si viraras un viejo traje de etiqueta, develando la impronta de un cuerpo contrahecho entre los costurones y los parches.

—La imagen que no se quiere ver, pero cuya verdad habrá que asumir alguna vez.

—Por último, si tú también partieras a la búsqueda del tiempo perdido, ¿te encontrarías en el camino con los Estados Unidos?

—Por cierto. Tendría que hacer varios reconocimientos: en ese país he vivido una larga estación en lo que quiero entender como proceso de integración del sujeto que uno desearía ser, como posibilidad y como conducta. Dentro de ese proceso he descubierto —por lo mismo que soy un extranjero— las bondades del robinsonismo y la claustrofilia: he desarrollado en efecto un gran amor por el encierro. Hay otras cosas: la increíble comprobación de ser estimado por mi trabajo en un medio donde ser profesor y escritor es un mérito (y no solo para los universitarios) en lugar de ser un estigma. Si me exiliara en Chile echaría también mucho de menos la relación respetuosa y abierta con el prójimo que allí se practica. Seguiría visitando además, en sueños, museos y bibliotecas: tratando de avanzar por la espiral del Guggenheim o de leer alguna página de un raro libro en la biblioteca de Harvard.

Santiago de Chile, julio de 1979*

Algunas respuestas de Pedro Lastra

Rigas Kappatos

—Tú eres un poeta chileno que vive en los Estados Unidos: ¿cómo dirías que opera este distanciamiento de tu tierra en tu poesía?

—Los efectos de este distanciamiento son, sin duda, múltiples y yo creo que comprometen de un modo u otro todo mi trabajo literario. En primer lugar, ocurre que yo enseño aquí literatura hispanoamericana, lo que me mantiene en una permanente pero vicaria relación de contacto con el mundo propio: cada texto hispanoamericano que debo leer o releer para mis clases vuelve siempre a suscitarme y a hacerme presente —como si pudiera olvidarse alguna vez— el sentimiento de pertenencia a un determinado espacio geográfico y humano (yo preferiría hablar de una determinada pasión). Luego, habría que considerar el papel que juega el recuerdo como fundamento del mundo que cada poema despliega e incluso como mecanismo que lo constituye: esos rumores se originan siempre en otra parte.

La lejanía hace, pues, más intenso el sentimiento de descolocación con respecto a un centro deseado. Y ya que uno escribe tal vez por eso, por descolocación y lejanía, la escritura quiere propiciar o ser el encuentro con ese lugar del cual el sujeto solo puede hablar, fragmentariamente.

Supongo que esas impresiones cobran, con los años, una cierta corporeidad o solidez en «la tierra de la memoria» de que hablaba Felisberto Hernández. Acaso mis poemas buscan registrar o meramente dibujar la lenta vegetación que allí se produce: esos cactus o arbustos despojados, como una flora desértica. ¿No será esta una explicación de la sequedad o brevedad de mis poemas, de esos últimos en particular, que me pareció natural reunir bajo el título de Noticias del extranjero?

— Tú eres profesor de literatura. Esta condición de profesor, ¿la consideras como una ventaja o como una desventaja para tu creación poética?

—A veces de una forma y a veces de otra. Intentaré explicarme: leer y escribir son para mí aspectos de una misma operación, y sobre esto dije algunas cosas en el prólogo a Noticias del extranjero. Señalé allí la importancia que atribuyo a la lectura de poesía —pero aquí me refiero a toda lectura literaria— y traté de definirme sobre todo como lector. Tú habrás observado que cuanto he escrito hasta ahora cabría bien en unos pocos cuadernos de escolar, incluyendo mis poemas y mis notas de lectura (me niego a la noción de «crítica» para lo que me propongo en estos casos); pero la recensión de lo que he leído y releído requeriría de varios de esos cuadernos. En ninguna otra actividad me siento más cerca de lo que posiblemente soy como en la lectura. Lo que escribo está siempre penetrado muy directa y obviamente por lo que leo, y por eso mis poemas son «literarios» en un sentido que algunos críticos parecen juzgar como un desvío culpable: como si mi poesía, por esa continua remisión a otros textos y en la misma medida en que se acerca a ellos se alejara de la llamada vida o de la llamada realidad (palabras cuya sola e inabarcable extensión relativiza por otra parte cualquier pronunciamiento acerca de la validez o invalidez de esos juicios).

Como profesor de literatura, entonces, he tratado de situarme en un espacio en el cual esas dos actividades —leer y escribir, y su producto derivado que es el hablar de lo que se lee y escribe— pudieran coexistir sin mayores discordias. No sé hasta dónde la profesión de la enseñanza me es indispensable, como no sea para subsistir; pero la práctica que supone hablar de una manera más o menos cuidadosa sobre literatura me ha llevado a una autoexigencia de afinamiento en la lectura de los textos que me importan. Y agudizar las posibilidades de la lectura es algo que yo considero como una conquista para quien desearía ver sus escritos siempre gobernados por una especie de ley de la necesidad. Ver palabras que sobran en los poemas que leo, y tener que señalar tal exceso o tal gratuidad en alguna clase, por ejemplo, me ayuda a intensificar mis esfuerzos porque no sobren demasiadas en los míos. Aprecio en mi trabajo de profesor esa lección continua que me procura, aunque dudo (y hasta descreo decididamente) de que pueda «enseñarse literatura»: yo solo deseo, o espero, transmitir cierto fervor, proponer algunas indicaciones/invitaciones productivas para ese auditor obligado que es el alumno. Pero esto último me indica también la consideración de una desventaja, acaso de un equívoco, en esta práctica: el profesor de literatura debe leer y hacer leer textos programados que pueden no responder ya ni a urgencias ni a intereses reales del sujeto que escribe, sistematizar asuntos cuyo poder de incitación es menor o nulo para él. Es algo que sucede con frecuencia en el estrecho camino por el que discurre el «especialista» de esto o de aquello. De ahí que yo tenga una relación ambigua, de simpatía y de rechazo al mismo tiempo, con mi propia actividad. A menudo pienso que razonan bien quienes sugieren para el escritor —o lector— un oficio algo menos propenso a las contaminaciones y a las deformaciones de la especialización. Mis relaciones con el gremio académico son por eso muy distantes: suele ser un mundo de opiniones no siempre fundadas en un saber auténtico, o sostenidas en aspectos accesorios —pero glorificados— del saber, o un mundo del saber sin opiniones estimulantes ni de ninguna especie. Mi experiencia de más de veinte años en esos medios me ha mostrado lo poco que un poeta tiene que ver con un espacio en el que se ignora o parece o cree ignorarse la incertidumbre y se opta por la seguridad. ¿Seguridad de qué? Pregunta retórica, por cierto, cuya respuesta solo podría ser igualmente retórica.

—¿Cuán presente está la influencia de la poesía de Pablo Neruda en la poesía chilena actual?

—Como se sabe, en todo escritor joven hay un «parricida» latente. Su paso de la potencia al acto es sin duda una necesidad del crecimiento, por lo que a menudo después del segundo libro tiende a rechazar este o aquel parecido: quiere que se le reconozca en su individualidad, y esto es más fuerte en la medida en que como escritor empieza a estar más consciente de lo que significa su tradición.

Los poetas actuales no son nerudianos en el sentido en que fue influido por los modos y tonos de esa escritura —de manera muy directa— un sector considerable de la generación que seguía a la suya: una generación en la que sobrevivieron los dos o tres poetas cuya voluntad parricida se manifestó concretamente. No hay nerudianos de aquel tipo en la poesía chilena de hoy. Pero la presencia de Neruda es un hecho incuestionable: ¿cómo podría no serlo? Su obra es central en ese espacio y en gran parte lo constituye. «Textos de la pasión», dijo Paz de la poesía de Neruda, y creo que la frase es una buena síntesis de las muchas, incesantes líneas de tal territorio poético, y hasta describe bien sus regiones más deprimidas, por así decirlo: aquellas donde la pasión no fue configurada verbalmente con la misma eficacia.

Yo soy ahora un visitante parcial del «país Neruda», aunque asiduo de ciertas estaciones: las Residencias, Alturas de Macchu Picchu, Donde nace la lluvia. Por muchas de las otras he pasado o sigo pasando de largo. Pero ese recorrido nos importa, incluso para el distanciamiento que aquí es parte del asunto: el sentido común diría que si nadie quiere ser nerudiano es porque todos sienten que Neruda es suficiente. Es seguro entonces que su primera lección ha debido ser esta: no repetirlo. Pero después de Neruda, Huidobro, la Mistral, todo escritor chileno tiene que cuidar su palabra. Como los poetas peruanos después de Vallejo, o los nicaragüenses después de Darío. Es algo sobre lo que tuvimos una buena conversación con Ernesto Mejía Sánchez cuando coincidimos en un congreso dedicado al Modernismo en la Universidad de Florida, en Gainesville, a comienzos de 1977: el compromiso que imponen esas presencias y que más allá del fervor o del entusiasmo propios nos hace, consciente o inconscientemente (o debiera hacernos) pensarlo todo dos veces. Estuvimos de acuerdo en que ha sido un privilegio para nosotros asistir a algunos de estos episodios fundadores de esa tradición que es la nuestra.

—¿Quiénes son los poetas contemporáneos que más te interesan?

—Te he mencionado ya mis inclinaciones por la lectura de poesía (algo que viene de lejos); pero de la que se escribe hoy en lengua española me interesa cada vez más la de Enrique Lihn, la de Carlos Germán Belli y la de Oscar Hahn. La constante relectura de los libros de estos poetas acrecienta un interés que en mi caso se confunde con la admiración (palabra que siguiendo las lecciones de Alfonso Reyes yo he tratado de no dilapidar), y se manifiesta en ciertos proyectos que podrían cumplirse a largo plazo. Me conformaría con escribir sobre ellos algunas páginas que no pasaran a sinonimia (en el sentido en que los entomólogos emplean ese término para descalificar descripciones hechas con anterioridad y ya incorporadas a los repertorios científicos). Es un plan que inicié con el libro Conversaciones con Enrique Lihn. Esas conversaciones me han sugerido otros temas posibles. Pienso intentar trabajos parecidos con Belli y con Hahn. Se trata, entonces, de una preocupación cuyo origen situaría en el instante mismo de las primeras lecturas de sus poemas, y ahora suficientemente confirmada como para saber que durará todo lo necesario. No imagino mejor destino que ese para mis futuras tareas de lector.

¿Por qué me interesan estos poetas más que otros que también estimo? Es lo que explicaré en esas notas, o registros, o reflexiones (que podrían llegar a ser un libro, no sé todavía si orgánico o fragmentario). Pero si tuviera que adelantar algunas consideraciones acerca de ese interés, tal vez advertiría que lo que me atrae en ellos es una «conducta poética» revelada en y por sus textos, y una facultad para corroborar rigurosamente en los poemas una idea de la poesía, desde ciertas operaciones verbales transvaluadoras hasta la elaboración de un código abierto a varias dimensiones significativas.

Hay otra cosa además: sus obras se han ido imponiendo, después de muchos años, por sí mismas y sin apoyo exterior de aparatos publicitarios prestigiosos o dadores de prestigio. He apreciado desde siempre como ejemplar la actitud sabiamente distanciada de Emilio Adolfo Westphalen: veo algo parecido en estos tres poetas, y como tal concordancia entre la persona y su palabra también está escrita de algún modo en sus poemas, no quiero dejarla al margen de mi lectura.*

Pedro Lastra, el escrilector

Mario A. Rojas

—A propósito de la publicación de Peruvian Literature: a Bibliography of Secondary Sources, dice el crítico peruano Tomás Escajadillo: «Ya no es un juego de palabras, es una cruel ironía: para estudiar la literatura peruana hay que ir a los Estados Unidos». En otro contexto, cuando se le pregunta a García Márquez dónde se ha escrito lo mejor sobre Cien años de soledad, responde «en los Estados Unidos». Esta crítica que se hace en los Estados Unidos no solo proviene de hispanoamericanistas estadounidenses, sino en especial de latinoamericanos que por decisión propia o por la fuerza se han radicado en este país. Si pensamos solo en los chilenos que hay en los Estados Unidos ejerciendo la docencia, podemos hacer una larga lista, entre los que figurarían, por ejemplo, Fernando Alegría, Jaime Concha, Cedomil Goic, Félix Martínez Bonati, Juan Loveluck, Jaime Giordano. Según tu propia experiencia, ¿cómo explicarías este problema de trasplante?

—Primero, cuando García Márquez dice lo que citas se refiere a los críticos norteamericanos quienes, según él, son los que mejor han entendido su obra. Con respecto a lo señalado por Escajadillo, no solo es aplicable a la literatura peruana, sino a la hispanoamericana en general. Este fenómeno obedece, creo, a razones académicas y económicas. Las bibliotecas norteamericanas son completísimas, especialmente en colecciones de revistas. Por esta razón, hay trabajos que solo pueden hacerse en los Estados Unidos. En el caso de Chile, es muy difícil encontrar revistas que son fuentes de consulta indispensables. Dispositio, por ejemplo, si llega a encontrarse es en una biblioteca privada. Estoy seguro de que las colecciones de Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, Texto Crítico y Revista Iberoamericana no están completas ni en la Biblioteca Nacional ni en la Universidad de Chile, que son las más importantes del país. En otros países, como en Centroamérica, la situación es aún más grave. Desde hace años las bibliotecas norteamericanas se han empeñado en completar sus repositorios de publicaciones, que mantienen cuidadosamente al día. Por ejemplo, la Universidad de Nueva York, Stony Brook, que es donde yo trabajo, tiene una de las mejores colecciones sobre Neruda, lo que permite realizar ciertos trabajos de investigación sobre este poeta con mayor facilidad que en Chile.

Con respecto a la presencia de profesores hispanoamericanos en los Estados Unidos: esta es una situación que tiene también larga data. Por la década del cuarenta, el éxodo de chilenos fue voluntario, pero en los últimos años han llegado muchos exiliados que han despoblado las universidades chilenas en beneficio de las norteamericanas. Este beneficio es, sin embargo, recíproco, porque estos investigadores han sabido aprovechar los recursos de este país no solo para mejorar su propia investigación, sino también para contribuir a la calidad de la enseñanza en los departamentos de español.

¿Qué es lo que me hizo venir a los Estados Unidos? Cuando Enrique Lihn me hizo una pregunta similar en una entrevista le contesté que yo empezaría por anotar el apotegma cervantino: ‘las luengas peregrinaciones hacen a los hombres discretos’. Puede que uno alimente la esperanza, tantas veces ilusoria, de adquirir la discreción al precio de sus peregrinaciones; sobre todo cuando ellas solucionan —se diría que en forma estable— las necesidades que ellas mismas crean». Las facilidades de trabajo, el tiempo libre, los estímulos que encontré aquí en mis primeras estadías de profesor visitante y que me posibilitaron el desarrollo de proyectos propios se convirtieron en una necesidad. Recién me refería a los excelentes recursos de las bibliotecas; ahora añadiría también su eficiente catalogación. Acabo de terminar un estudio sobre Alvar Núñez, referente a los Comentarios y a Pero Hernández. Gracias a esta catalogación, di con otra edición de ese escrito, publicada en 1906, que seguramente debe estar en la Biblioteca de la Universidad de Chile, pero solo el azar me hubiera llevado al encuentro del volumen preciso. Aquí en los Estados Unidos lo único que se necesita es seguir el camino natural que proponen los catálogos que llevan a esas lecturas concéntricas, como las llamaba Ricardo Latcham.

—En más de una oportunidad te has referido a Ricardo Latcham con gran admiración, ¿podrías hablarnos de este maestro, de cómo influyó en tu vida personal y académica?

—Le debo mucho a este maestro. Yo me declaro un discípulo de Ricardo Latcham. Empecé a estudiar con él el año 1957, pero mis estudios regulares bajo su dirección no fueron muchos, porque fue designado embajador de Chile en Montevideo en 1959. Allí lo reencontré cuando fui becario del Consejo Inter-Universitario Regional que daba becas para cursos de verano en países vecinos. Allí se acrecentó y afirmó una relación que duraría hasta su muerte; lo vi frecuentemente junto con otros escritores y políticos, entre ellos Carlos Martínez Moreno y Juan José Arévalo. A su regreso a Santiago, don Ricardo empezó a visitar asiduamente el Instituto de Literatura Chilena, del que yo era miembro, y nuestras charlas se hicieron más intensas. Yo fui un auditor fascinado y atento de sus reflexiones y sugestiones. Aprendí de él, sobre todo, una actitud hacia la literatura. El no pretendía enseñar nada a nadie. Su relación personal era distinta a la que debía asumir en el diario La Nación donde sí estaba obligado a emitir un juicio. En sus conversaciones en cambio, siempre era un invitador: «Lea usted esto con filosofía», me repetía cada vez que me regalaba paquetes de libros, ejemplares repetidos que le llegaban. Sí, era un invitador. Nunca sentí que me estuviera imponiendo una opinión. A estas reuniones se agregó después Alfonso Calderón. A fines de 1964 Alfonso y yo decidimos hacerle un homenaje reuniendo sus artículos más importantes. La idea lo entusiasmó pero solo alcanzó a ver pruebas del texto que titulamos Crónica de varia lección. Ese era don Ricardo, el de las lecturas concéntricas que llevan de un libro a otro en una interminable cadena. Esto puede llegar a convertirse en un vicio, pero con mesura es una actividad muy productiva.

—En el año 1977 aparece en Chile el Diccionario de la Literatura Chilena de Efraín Szmulewicz con prólogo de Roque Esteban Scarpa. Este volumen ha sido duramente criticado por su falta de rigor académico, ¿es esto representativo de lo que ahora se publica en Chile o se trata más bien de una excepción?

—Me gustaría que fuera una excepción. Pero, desgraciadamente, pienso que es el reflejo de un deterioro todavía mayor. Llama la atención que Scarpa, Director de la Academia Chilena de la Lengua, haya aceptado escribir el prólogo de un libro tan desdichado. En un comentario aparecido en Revista de Crítica Literaria Latinoamericana se lo califica de «verdadera astracanada». Precisamente es eso. Se trata de una especie de guía telefónica en la que se dedica más espacio a figuras del régimen —lo cual no sorprende, pues se trata de una publicación amparada por organismos oficiales— que a Neruda y a Gabriela Mistral juntos.

Allí no se dice nada que en realidad valga la pena. Son datos tomados generalmente de la prensa y de manuales ligeros, acumulados con una insolvencia increíble. A mi parecer este es uno de los libros más torpes de la historia literaria chilena. Que no es una excepción lo prueban otras obras del mismo autor, esas biografías que él llama «emotivas», como una dedicada a Neruda, creo, y otra a Huidobro que ha sido publicada por la Editorial Universitaria: otra irresponsabilidad si se considera el prestigio que esta editorial tenía en el exterior, pero que lamentablemente va perdiendo por estas u otras publicaciones, como es la antología de poesía chilena y española preparada por Eduardo Anguita. Anguita es poeta muy apreciable, pero en este caso su criterio de selección (por llamarlo de algún modo) ha fallado seriamente, porque aunque no es la astracanada del mentado diccionario, no está muy lejos de serlo. Es un libro que se ha impuesto como texto de enseñanza y tiene ya dos ediciones. Basta ver su índice para apreciar la indiscriminada selección, en la cual versificadores de segunda y tercera categoría tienen más presencia que Darío, por ejemplo, o que los poetas del Siglo de Oro.

Otra antología ha sido publicada por la editorial Andrés Bello, y en ella se mezcla a escritores como José Donoso con simples ciudadanos como Enrique Campos Menéndez y Mariana Callejas, a la vez que no figura Claudio Giaconi: un descriterio total. Esta pérdida de rigor y de exigencia mínima lo ha contaminado todo. No, lamentablemente, lo repito, el diccionario de Szmulewicz no es una excepción, sino que forma parte de un sistema: el sistema del deterioro.

—Peter G. Earle ha publicado en Taurus —en una colección que está bajo la dirección general de Ricardo Gullón, en la que tú mismo has colaborado con una edición sobre Cortázar— un conjunto de estudios sobre García Márquez en que se seleccionan varios artículos de 9 asedios a García Márquez, que publicara la Editorial Universitaria de Chile en la época en que tú dirigías Letras de América. ¿Podrías hablarnos un poco sobre tu trabajo de editor de esta colección que alcanzó un gran prestigio por su seriedad académica?

—Esta es una época que recuerdo con mucha nostalgia, porque fue un periodo de gran productividad.

Yo empecé a trabajar como asesor literario de la Editorial Universitaria en 1966 junto a Eduardo Castro y Carlos Orellana, e iniciamos entonces una serie llamada Cormorán, que estaría destinada a libros económicos, pero cuidadosamente seleccionados y presentados. Entre las colecciones de esta serie yo me hice cargo hasta 1973 de Letras de América, donde aparecieron cincuenta y tres títulos. Paralelamente a Cormorán había otras series destinadas más bien al mundo académico, entre ellas la colección de Teoría literaria en que se publicaron traducciones como La corriente de la conciencia en la novela moderna de Robert Humphrey, La poética del decadentismo de Walter Binni, Las formas simples de André Jolles y La estructura de la novela de Edwin Muir. Otros textos importantes de esta colección fueron La partida inconclusa de Alberto Escobar y La novela chilena de Cedomil Goic. Por su libro, Escobar recibió un Premio Nacional de Educación en el Perú. En Cormorán se siguieron editando algunos títulos, pero desde 1983 se han cambiado los formatos y el sello Cormorán ha desaparecido.

—Tu mención de Alberto Escobar me ha hecho recordar la gran amistad que tienes con críticos y escritores peruanos que, me atrevería a decir, es mucho más intensa que la que mantienes con chilenos. Prueba de este aprecio es, por ejemplo, tu designación como Profesor Honorario de la Universidad de San Marcos en 1973, honor que compartes con un grupo muy selecto de intelectuales hispanoamericanos. ¿Cómo es que lograste establecer esta amistad tan especial con los peruanos?

—Esta relación tiene un origen y este es José María Arguedas, de quien me hice muy amigo cuando participaba en el encuentro de escritores hispanoamericanos que Gonzalo Rojas organizó en la Universidad de Concepción en 1962. Cuando José María fue nombrado Director de la Casa de la Cultura me extendió una invitación para viajar al Perú en noviembre de 1964. Permanecí allí por dos meses, en los que viví en un museo de arte popular, propiedad de la cuñada de José María, Alicia Bustamante Vernal. Durante este tiempo pasé mis noches rodeado de una colección de cerámicas en lo que era la más importante colección de artesanía popular.

Tan pronto llegué a Lima, José María me presentó a sus amigos, entre ellos Alberto Escobar, Carlos Germán Belli, Washington Delgado, Jorge Puccinelli y muchos más, con los que sostuve largas y fructíferas conversaciones. A otros peruanos los encontré después. A Antonio Cornejo Polar, por ejemplo, lo conocí cuando ocurrió el suicidio de José María. Apenas supe esa noticia, viajé al Perú. Todos sus amigos se reunieron, y allí estaba Antonio quien dirigía en ese tiempo la Casa de la Cultura.

Al grupo Ruray me liga una reciente amistad: todos los poetas de este grupo son muy jóvenes. Mantengo una relación muy cercana con Edgar O’Hara que vino como becario Fulbright a Stony Brook en 1978. En esa época yo estaba trabajando con Enrique Lihn en las Conversaciones. En el prólogo a Siete poetas chilenos, O’Hara hace mención de esas horas que Lihn, él y yo pasamos en Stony Brook. Este espacio peruano significa, pues, mucho para mí.

—En uno de estos días grabarás en la Biblioteca del Congreso —donde se han registrado las voces de poetas chilenos como Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Nicanor Parra, Enrique Lihn, Gonzalo Rojas y muchos otros— una selección de tus poemas. De esta selección, ¿cuáles serían los poemas que tú colocarías primero en una lista de preferencias?

—Creo que según mi estado de ánimo cada vez elegiría poemas distintos. Hoy podría seleccionar aquellos en los que, me parece, he logrado configurar una cierta experiencia, una imagen o situación. Uno de ellos sería «Ya hablaremos de nuestra juventud», que fue publicado primero en 1969 en Y éramos inmortales y después, en 1979, en Noticias del extranjero. Otro poema que registraría en este momento es «Caperucita 1975». Podría haber un tercero: «Espacios de Alvar Núñez», incluido en Cuaderno de la doble vida, que acaba de aparecer en Chile con un prólogo de Enrique Lihn y que contiene una selección de veintiocho poemas de Noticias del extranjero y dos nuevos poemas, el de Alvar Núñez y otro intitulado «Duermevela». La nota con que Lihn presenta el libro tiene como título el verso final del poema, una frase textual que aparece en Naufragios: «una sonaja de oro entre las redes».

En el poema no hay nada que no esté en el texto de Alvar Núñez que refiere su llegada a una población abandonada por los indios. Lo que a mí me movió a disponerlo de esta manera fue sorprender, de pronto, que la frase «una sonaja de oro entre las redes» era un perfecto endecasílabo. Al examinar más aún el fraseo me di cuenta de que con mínimos cortes y redisposiciones podía proponer una imagen de Alvar Núñez llegando a la aldea. En verdad no he cambiado nada. Este es un poema escrito por Alvar Núñez y que yo ahora simplemente estoy dando a conocer.

—Este es un ejemplo de esos constantes reflejos intertextuales que se pueden apreciar en muchos de tus poemas y me recuerda el modo en que Hernán Lavín Cerda, otro poeta chileno ahora en México, define la escritura. Dice Lavín Cerda: «Yo entiendo…la escritura como una infinita red de intertextualidad. Nuestros textos, todos los textos del mundo establecen coordenadas y dialogan entre sí». ¿Podrías tú ahondar más en este concepto y el modo de cómo lo asumes en tu labor de poeta y de crítico?

—La formulación de Hernán resume bien las ideas que la crítica, especialmente a partir de Kristeva y Sollers, ha elaborado en torno a esta noción. Este es un concepto que yo no solo he aplicado sino que, más aún, constituye un presupuesto de mi trabajo. En verdad, si yo tuviera que reunir mis notas críticas —las que salvo del derrumbe— lo haría al amparo de esta noción. Por ejemplo, cuando escribí esa nota «La tragedia como fundamento estructural de La hojarasca», aunque no conocía la noción de intertextualidad está allí presente como práctica. En ese momento yo trabajaba más cerca de la noción de fuente, pero ya con la sospecha de que esta noción era limitada e insuficiente, que se circunscribía a ser el registro o el eco de un texto en otro, sin atender a una puntualización fundamental de Sollers, quien sostiene que el nuevo texto vale en la medida en que él se establece como una diferencia y que la noción de intertextualidad es mucho más vasta que la remisión de un texto a otro, más bien una red infinita, lo cual nos lleva ineludiblemente a la conclusión de que todo es texto, a la amplia noción del «mundo como texto». Otro de mis artículos, «Un caso de elaboración narrativa de experiencias concretas en La ciudad y los perros», también se sustenta en el concepto de intertextualidad.

—¿Cuál fue el propósito que te llevó a incluir como introducción a Noticias del extranjero el texto «Una experiencia literaria en su contexto»? ¿Debe entenderse como la formulación de una poética personal?

—Este es un texto que leí en el Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Chicago en el año 1977, en un recital organizado por René de Costa, y que posteriormente incluí como prólogo en Noticias del extranjero. La palabra «poética» me asusta un poco. Se trata más bien, diría yo, de una aproximación, un intento de definición de un sujeto que tiene varios lados, que por una parte es seducido por la escritura, pero que también es un empedernido lector y, por añadidura, profesor universitario. De estas tres actividades, la que más privilegio es la de lector. He tenido una gran apetencia de lectura desde que era niño y siempre he considerado que mi vocación principal es la de aprender. Recuerdo en este momento la visita de Ezequiel Martínez Estrada a Chile en 1959 para dar un curso en una Escuela de Invierno de la Universidad: al ser presentado a los estudiantes y al público como «un maestro», contestó que él estaba allí no como maestro sino como una persona que venía a aprender de aquellos que creían saber menos que él. Posiblemente a eso responde también mi apetencia por la lectura. Usando una «palabra-maleta», a las que es aficionado mi amigo Enrique Lihn, me definiría como un ‘escrilector’. Esta autodefinición me complace más, porque escribo en la medida en que leo: la escritura como continuación, como resultado de actos de lectura. Lo que hago con verdadera felicidad es leer, consciente de que mi escritura resulta siempre insatisfactoria. Soy un escritor que se desdobla en ‘escrilector’. En la actualidad yo sigo manteniendo lo sostenido en ese texto, aunque sean afirmaciones temerarias. Cuando lo incluí como prólogo en Noticias del extranjero lo hice pensando en que el libro necesitaba este tipo de apoyatura, como una presentación personal, como una autopresentación. En Cuaderno de la doble vida incluyo poemas de Noticias del extranjero, pero he sacado ese texto, aunque probablemente lo volveré a publicar, porque en verdad lo siento como un testimonio autorrevelador. Sí, creo que podría ser una especie de poética, pero del lector.

—En tus Conversaciones con Enrique Lihn se presentan algunos antecedentes sobre el contexto histórico-político-artístico en que se desenvolvió la generación de poetas en la que estarían Enrique Lihn, Armando Uribe, Efraín Barquero, Alberto Rubio, Jorge Teillier, Hernán Valdés, tú, y otros. ¿Podrías referirte ahora a la gestación de esta promoción de poetas presentada desde tu propia perspectiva?

—De alguna manera ocupó su espacio en lo que fueron los «Juegos de Poesía», cuya animadora en ese tiempo era Ester Matte. En 1955 se celebraron los primeros, pero yo no participé en ellos. En esa oportunidad recibió el primer premio Hernán Valdés con su libro Salmos, que era un texto bastante maduro para un poeta joven. Al año siguiente participaron Enrique Lihn, Efraín Barquero, Jorge Teillier, Armando Uribe —nombro solo algunos de los que han seguido figurando en las letras chilenas. El más sobresaliente en este encuentro fue Enrique Lihn. Al escuchar la lectura de sus «Monólogos» nos dimos cuenta de que estábamos frente a un gran poeta. A nadie le cupo duda de que merecía el primer premio, y así fue. El segundo lo recibió Raquel Señoret por algunos poemas que luego recogió en su libro Sin título, algo tributario de Huidobro. Yo también leí algunos textos. No recibí ninguna mención, lo cual estaba bien porque eran poemas muy precarios. Yo había publicado ya mi primer librito con el abracadabrante título de La sangre en alto, que refleja una filiación retórica, la búsqueda de una imagen o palabra llamativas, vicios que todavía padecían esos poemas que leí en los «Segundos Juegos». Un libro de esos que constituyen la prehistoria de un poeta, y del que uno quisiera olvidarse; pero después de todo, esto es parte de una realidad vivida, de una etapa de iniciación. No todas las iniciaciones son tan seguras como la de Enrique Lihn con su primer libro Nada se escurre, en 1949.

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