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EL EVANGELIO ENCARNADO EN LA REALIDAD

El cura Brochero: autorretrato epistolar

EL EVANGELIO ENCARNADO EN LA REALIDAD

El cura Brochero: autorretrato epistolar

Pedro Trigo, sj

Índice

Portada

Portadilla

Legales

PRÓLOGO

A MODO DE PRESENTACIÓN

1. PROPEDÉUTICA Y PERSPECTIVA

1.1. Cartas sobre gestiones

1.2. Sentido de realidad y praxis trasformadora de la realidad

1.3. La objetivación en la realidad da la medida de su espiritualidad

1.4. Valoración cristiana de su entrañamiento en la realidad

1.5. Un viraje histórico radical

2. ANÁLISIS DE CARTAS SIGNIFICATIVAS

2.1. Vocación discernida y trascendente

2.2. Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios

2.3. Fraternidad presbiteral de un buen pastor

2.4. En busca de la oveja perdida

2.5. Amistad presbiteral y grandeza de alma

2.6. Autocrítica ante las reacciones a su renuncia por bloqueo interior ante lo desmesurado de las responsabilidades y la tristeza de no encontrar ayuda

2.7. Hasta en la expansión íntima, el malhumor por la contrariedad se compone con la objetividad argumental

2.8. Elogio de la madre

2.9. No vale para obispo

2.10. Un cura caminero

2.11. Una renuncia muy dolorosa

2.12. Hay que arar con los bueyes que se tienen, y con ellos ara Dios

2.13. Una renuncia sentida, pero razonable y razonada

2.14. Los demonios del orden establecido impiden la reinserción del que había sido rehabilitado de sus demonios

2.15. El que se esfuerza por rehabilitar se estrella contra la sociedad que no acepta la reinserción

2.16. Un predicador popular satisfecho del éxito de su elocuencia campesina

2.17. Pésame por la muerte de un amigo

2.18. Carta no convencional en la consagración de un obispo

2.19. Su modo de proceder

2.20. En manos de Dios cuando ya no tiene manos

2.21. De la vida activa a la vida pasiva, que es la máxima actividad

2.22. Recibir de sus feligreses da la medida de su madurez cristiana

3. BROCHERO COMO MAESTRO ESPIRITUAL

CARTAS IMPRESCINDIBLES


Trigo, PedroEl Evangelio encarnado en la realidad : el cura Brochero : autorretrato epistolar / Pedro Trigo. - 1a ed . - Córdoba : EDUCC - Editorial de la Universidad Católica de Córdoba, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descargaISBN 978-987-626-462-41. Espiritualidad. I. Título.CDD 248.46

De la presente edición:

Copyright © by Educc - Editorial de la Universidad Católica de Córdoba.

Diseño editorial, puesta en página y arte de tapa: Sofía García Castellanos.

Está prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier método

fotográfico, fotocopia, mecánico, reprográfico, óptico, magnético o electrónico, sin

la autorización expresa y por escrita de los propietarios del copyright.

I.S.B.N.: 978-987-626-462-4

Primera edición en formato digital: abril de 2021

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto 451

Crédito fotográfico: fotografía de tapa: Christian Emanuele.

La reproducción de las cartas del cura Brochero cuenta con autorización de la Conferencia Episcopal Argentina, titular de los derechos de la obra: El cura Brochero, cartas y sermones. Buenos Aires, 2013.

PRÓLOGO

Con agudeza y mucha verdad el Quijote afirmaba que “la pluma con más libertad que la lengua suele dar a entender lo que en el alma está encerrado”. Algo de esto ha intuido Pedro Trigo al abordar al Cura Brochero desde sus cartas y con la originalidad –ciertamente novedosa– de “no haber leído nada escrito por otros autores acerca de él, sin ninguna hipótesis ni imagen preconcebida”, dejando que sea el mismo Cura quien a través de sus palabras se vaya dando a conocer, vaya desvelando su mensaje y la estatura de su alma. Y si bien esto puede implicar un análisis parcial, confía –y tiene razón– en que la imagen que surge de este estudio será verídica y certera, porque justamente al leer sus cartas advierte que estamos frente a “un hombre de una sola pieza”.

Sus cartas, advierte Trigo, hablan poco de Dios y de temas espirituales; la mayoría de ellas se refieren a las necesidades de su gente, son pedidos que procuran una vida más digna para su pueblo: caminos, acequias, ferrocarriles, escuelas, iglesias, lo cual no lo hace un hombre poco espiritual, al contrario, vislumbra a un hombre “evangélico”, un olvidado de sí, con los pies tocando la realidad y con la cristianísima obsesión de que su rebaño tenga una vida más linda. Brochero escribe desde el corazón de su gente, “implicado en lo que trata, entregado a la obra, de cuerpo entero, aún en lo que puede parecer más polémico o apasionado o caprichoso”.

Lo humano en Brochero es medular y es desbordante: en sus cartas menciona agradecido a sus colaboradores y benefactores, reconoce humildemente sus yerros, se defiende a sí mismo cuando le levantan juicios falsos, así como un día Jesús preguntó al que injustamente lo golpeaba ¿por qué me pegas?, embreta sin ningún empacho a las autoridades cuando tiene que negociar beneficios para su pueblo, es implacable e irónico cuando tiene que reclamar para los suyos justicia, consuela a los heridos, anima a los desesperanzados, empuja a los pusilánimes.

Trigo recorre la variada gama de cartas del cura ponderando y describiendo el estilo de quien llama las cosas por su nombre, con una franqueza que sorprende, sin adornos ni vueltas, de quien se dirige al corazón, habla su lenguaje franco y campechano porque siente como ellos: cartas “duras”, interpelantes a las autoridades eclesiásticas y civiles, a “los que puedan hacer algo por mejorar las condiciones de vida de su gente”, cartas abiertas a los diarios para dar a conocer las riquezas de su zona, cartas de amistad, de una amistad que muchas veces iba a contramano del sentir de la sociedad, por lo tanto tienen una finalidad movilizadora, propio de lo evangélico: al malquerido Santos Guayama lo tratará de “mi amigo”, y a los presos, lacra de la sociedad en el sentir de muchos, y para quienes intenta un indulto encabeza su carta diciéndoles: “A mis queridos hijos espirituales”.

Cartas llenas de ternura y reconocimiento como la que describe a Rita, una segunda madre, a quien le agradece “los mil cariños maternales que me dispensó desde el día que me conoció… era otra madre mía que me engendró con sus bondades y virtudes”. Cartas telegráficas de mucha firmeza como se lo expresa a quien lo está proponiendo para obispo: “Agradezco voluntad suya, no felicitación. Soy idiota, sin tino, sin virtudes. Influya no aparezca en terna”.

Sea cual sea el tono y la finalidad, la opción de fondo que guía su lenguaje es la de “ser entendido por su gente”. Decía en expresión de San Agustín que prefería ser entendido, antes que pasar por erudito y que no lo entiendan.

“Todos sienten –nos dice Trigo– con una alegría vivísima que el mensaje se encarna en su mundo, como que Dios a través del cura, les habla desde su vida misma; que Dios no es el de la institución eclesiástica, evocado por palabras que nunca usan ellos, que casi no las entienden y que en todo caso les resultan lejanas, abstractas y no motivadoras. Por eso, sus expresiones ruedan de mano en mano, se festejan y se graban en la mente y corazones y actúan como levadura”.

Guiados por el autor y fieles a su intención al regalarnos estas páginas, dejémonos decir por el Cura Brochero, festejemos sus palabras y que ellas se graben en nuestros corazones. Ese será el mejor homenaje que podamos brindarle a tan grande maestro espiritual.

Ángel Rossi, sj

A MODO DE PRESENTACIÓN

Este libro no lo ha escrito el cura Brochero; lo he escrito yo. En este sentido no es una autobiografía. Pero me he atrevido a subtitularlo autobiografía epistolar porque cuando comencé a leer las cartas de Brochero no conocía nada de él y hasta el día de hoy no he leído nada escrito por otros acerca de él. Por eso, no tenía ninguna hipótesis sobre él, ninguna imagen preconcebida. Traté de ponerme en una actitud perceptiva para recibir lo que el cura Brochero iba diciendo de sí, de manera que él mismo, a través de ese dar cuenta de sí que son sus cartas, fuera componiendo su propia imagen. En este sentido, es autobiografía. Y lo es porque no he contrastado su percepción con la de otros protagonistas. Me atengo en todo caso a su propia versión de los hechos y de su persona. En este sentido, creo que bastante denso y genuino, es autorretrato epistolar.

Lo titulo “el evangelio encarnado en la realidad” porque su voluntad de realidad, su honradez con la realidad y su empeño porque la realidad dé de sí, desde sí misma, estimulando sus dinamismos más genuinos, es lo que define su espiritualidad. Y menciono al evangelio porque él y no un cuerpo doctrinal eclesiástico es el que tiene la voz cantante. En este sentido me parece que él hace en su época y circunstancia local lo equivalente de lo que Jesús hizo en la suya. Jesús se autodefine como la luz del mundo y por eso afirma que “quien me sigue no caminará en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida”. No se camina a la luz de una doctrina. Se sigue a una persona, un seguimiento espiritual: con el Espíritu de Jesús. Pues bien, la vida que sale de ese seguimiento es la que arroja luz y sentido. Lo primero es la vida en seguimiento y luego la luz: la luz sale de la vida; más aún, es la luz de la vida. Sin vida no hay luz, son puros conceptos vacíos.

El cura Brochero es un hombre de la Biblia; es muy significativo que poseía un ejemplar de la primera edición católica en castellano, y más concreto un hombre de los evangelios, por eso su insistencia en los Ejercicio Espirituales, que en su mayor parte son contemplaciones de la vida de Jesús para seguirlo. Pues bien, lo característico de él es que todo va saliendo de su seguimiento situado, de la pregunta de qué hacer para que aquellos de los que él tiene cuidado (siempre es el cura Brochero) tengan vida y vida en abundancia. La inscripción en la medalla que le dieron como homenaje cuando dejó el curato sintetiza esta tarea: evangelio, escuelas caminos. El evangelio es la inspiración de todo, su motor, un motor personal, una narración abierta, la relación con una persona que es la fuente de su identidad y de su vida. Las escuelas y los caminos, dos concreciones paradigmáticas.

Conozco a Gabriel Brochero exclusivamente a través del estudio de sus cartas. Como se verá, el que ofrezco es un análisis parcial. Sin embargo, tal como es el personaje, un hombre de una sola pieza, estimo que, aunque deje fuera muchísimos datos de su vida, la mayoría, e incluso aspectos enteros de él, este estudio sí puede darnos una imagen verídica, incluso muy significativa y fundamentalmente certera de su autor.

Hace años, estuve dictando durante casi tres lustros un curso sobre pensamiento latinoamericano en la Universidad Católica Andrés Bello, de Caracas, y continúo dictando, desde principios de la década de 1980, Historia de la Iglesia en América Latina en la Facultad de Teología; antes dediqué veinte años a crítica literaria latinoamericana, por lo que algo he podido contextualizar y sopesar las cartas.

El lector podrá notar que las cartas me han impresionado por su reciedumbre humana y densidad cristiana, y, por eso, forman parte del curso Maestros de Espiritualidad en América Latina en el postgrado de Teología Espiritual.

Espero que este trabajo sobre las cartas aproveche a quienes lo lean, como estas me han aprovechado a mí.

1. PROPEDÉUTICA Y PERSPECTIVA
1.1. Cartas sobre gestiones

Como punto previo hay que hacer notar que estas cartas cubren solo un aspecto de su actividad: lo relativo a gestiones, tanto de la parroquia a la que sirvió como cura párroco, como del colegio internado para muchachas que fundó, como, más aún, de asuntos relativos al progreso de la gente de su curato, y también de asuntos personales. Bastantes son respuestas a peticiones burocráticas hechas por las instancias pertinentes; otras muchas, gestiones suyas ante las autoridades, los políticos o gente influyente, para obtener su respaldo para las obras emprendidas o para que se emprendieran; no pocas están dirigidas a los encargados de las obras y tocan asuntos relativos a su marcha; otras son saludos, noticias y encargos a familiares o amigos. Hay muy pocas relativas a la marcha del trabajo pastoral, tanto sobre la atención al centro parroquial o a las capellanías y la visita a los enfermos, como sobre la marcha de los Ejercicios Espirituales, que tanta importancia tuvieron en su vida.

En la medalla que le entregaron en un homenaje cuando dejó el curato para ir como canónigo a Córdoba, grabaron como síntesis de su ministerio: “Evangelio-Escuelas-Caminos”. En las cartas nos asomamos a la educación y sabemos mucho sobre la construcción de caminos y carreteras y, más aún, sobre el proyecto, que no llegó a culminar, del ramal de ferrocarril; pero casi no sabemos nada sobre la pastoral y prácticamente nada sobre los Ejercicios. Sí hay un lote de cartas a los sucesivos obispos o a sus secretarios; unas tratan de asuntos administrativos, sobre todo, en relación a la construcción de una capilla, aunque bastantes se refieren a su gestión de párroco o su permanencia en la parroquia o su renuncia a ella. Pero no tratan sobre su vida interior o sobre aspectos de dirección espiritual; sobre estos puntos solo hay atisbos, aunque muy expresivos. Resulta más sorprendente aun que la mayoría de las cartas no contiene ninguna mención explícita de Dios ni de algo que pueda considerarse como evangelización explícita o espiritualidad cristiana, incluso bastantes de las dirigidas a amigos. Aunque, insistimos, las escuetas menciones son macizas y hacen ver que es un cristiano de cuerpo entero.

Por eso, importa penetrar en su talante espiritual para comprender por qué un cura rural de un pueblo perdido en la sierra de Córdoba en la provincia más tradicional de Argentina de la segunda mitad del siglo XIX y de comienzos del XX, un cura, además, del que consta que fue un cristiano integral, es tan escueto en cuanto a religión en sus expresiones epistolares.

1.2. Sentido de realidad y praxis trasformadora de la realidad

Lo más notable es que las cartas tratan de asuntos tocantes a la realidad. Y, más en concreto, a trasformaciones superadoras de la realidad. Para él, una parte fundamental de su ministerio es procurar que la gente tenga más vida y, para empezar, más elementos para vivir, que en ese caso eran caminos, carreteras y ferrocarriles, que hicieran posible sacar a las grandes ciudades los productos agrícolas perecibles, sin pérdida por el demasiado tiempo empleado y las malas condiciones del trasporte, y a bajo costo, y de este modo activar la producción y con ello el nivel de vida de la gente, ayudando a la zona a salir de su pobreza franciscana, como dice tantas veces. También, y para lo mismo, procuró acequias para riego. Y, más aún, iglesias que agruparan en sitios adecuados a una población dispersa. Otro medio para incrementar la vida en el que intervino muy activamente fue la educación, sobre todo de niñas, en la que podemos decir que fue pionero. Ocupa muchísimo tiempo y energías en hacer las diligencias para lograr todo esto, tanto en conseguir colaboradores y dirigir los trabajos y, por supuesto, recabar el dinero necesario, como en animar a la gente y sostener el entusiasmo a lo largo de los procesos.

Es muy consecuente con los colaboradores, muy agradecido. También es muy realista y en las exposiciones de motivos trata de combinar la ayuda desinteresada a los demás con la procura del beneficio del propio colaborador. Para él, el trabajo es algo muy grande y humanizador. Él conoce muy desde dentro el mundo de la producción, tanto agrícola como ganadera, y alude frecuentemente a comparaciones, sobre todo, de animales domésticos, y como realiza sus viajes en mula o caballo, se refiere muchas veces a detalles de esa cultura.

Tiene una gran tenacidad en sus objetivos y sabe ponerse en el lugar de las personas con las que trata; por eso, sus estilos epistolares son muy variados, desde lo más pintoresco a lo más formal, pasando por lo entrañablemente humano. Sin embargo, en las cartas va directo al grano, priva completamente lo denotativo, lo mostrativo y, cuando es necesario, lo descriptivo; los argumentos y los sentimientos van dirigidos también a patentizar la realidad y situarse proactivamente en ella. Aunque es gradual cuando busca comprometer a las personas. Sabe partir desde donde están, para llevarlas paso a paso a sus propuestas.

1.3. La objetivación en la realidad da la medida de su espiritualidad

En la realidad se encuentra con los demás. La determinación de moverse en la realidad lo obliga a salir de sí o, por mejor decir, a dejarse a sí mismo y entregarse con los demás a la obra de provecho común. Eso es lo que lo agiganta. Lo hace estar a la altura de la situación, lo lleva a encontrarse con las personas, a ver su lado dinámico y a estimularlo.

Esta actitud es la que le granjea la adhesión entusiasta de la gente de su curato, y la que lo saca de su pequeño reducto y lo lleva a la gente de influencia, a la prensa y hasta a los representantes del gobierno provincial y nacional. Así, llega a ser una persona literalmente importante: porque en efecto lleva en sí a todos, los intereses de todos y sus mismas personas, y los congrega para constituir un cuerpo social con los haberes de todos.

Está completamente implicado en lo que trata, por eso a veces da la impresión de que mueve a la gente como peones suyos. Creo que esto es así porque él mismo está entregado a la obra, que es de ellos, que es la obra social, la del conjunto humano que representa. La obra es para el caserío o el pueblo o la comarca o la región entera. Si él se beneficia en algo, es como un miembro más del conjunto humano al que va destinada la obra. Así lo percibe la gente. Por eso, se prestan a lo que les pide de muy buena gana. Y aceptan que los presione. Es claro que él está en lo de ellos y es de ellos. Por eso, el que tenga una estatura gigante no es para ellos motivo de recelo o envidia ni, menos aún, de sentirse disminuidos, porque su tamaño no los infantiliza ni empequeñece sino que los pone a valer. Es el significado literal de autoridad, derivado de augere, aumentar, hacer progresar.

Por eso, él publica una y otra vez los nombres de los que han colaborado pecuniariamente o dando animales o trabajo, y agradece constantemente. Una de las últimas cosas que hace cuando ya está ciego es escribir para su publicación los nombres de los que, por ayudarlo eficazmente a construir el colegio y la Casa de Ejercicios, merecen llamarse benefactores y son dignos de esta mención honrosa.

Otra muestra de su objetivación es la humildad con que reconoce sus yerros, sean por la manera áspera de decir las cosas, que puede herir, sean por error de apreciación. Muchas veces en sus cartas tiene autocríticas con toda sencillez y lealtad.

Otra muestra, mayor aún, es que cuando en una carta ha defendido algo contrario a su interlocutor con todo apasionamiento y de modo extremadamente tajante, concluye la carta diciendo que queda realmente a disposición del que a lo largo de la carta le ha estado diciendo que después de lo pasado no cuente con él. Y es verdad que queda a su disposición porque en cartas subsiguientes vemos cómo sigue a su servicio y en su amistad, como si no hubiera pasado nada.

También es muestra de objetivación la manera como se defiende cuando cree que ha sido malinterpretado, exponiendo pormenorizadamente los hechos y los argumentos, de manera que quede todo lo más claro posible.

No solo él está en la realidad sino que también se esfuerza porque en lo que lleva a cabo esté presente y en bloque toda su realidad personal y no una parte de su ser, una tendencia autonomizada. Se puede ver que en lo que hace se compromete por entero, se juega él mismo; y, por eso, se esfuerza en ser él, su persona, el que lo hace. La firma, el cura Brochero, está presente siempre, a lo largo de todo lo que escribe. Quien escribe, se relaciona, siente y actúa es el cura, es decir, un párroco, y, en sentido literal, que en este caso es el que vale, el que cuida de sus feligreses como la actividad y la actitud que lo define; pero precisamente el cura Brochero. Nada de fragmentación postmoderna: está siempre de cuerpo entero, aun en lo que puede parecer más polémico o apasionado o caprichoso.

1.4. Valoración cristiana de su entrañamiento en la realidad

Desde el espíritu del Vaticano II tenemos que recordar que lo natural no es la materia prima sobre la que se ejercita lo sobrenatural, que sería lo realmente valioso, según la doctrina y espiritualidad del proyecto de restauración de la cristiandad, vigente en tiempos de Brochero. Dios tiene un único designio: llevar la creación a la plenitud de la humanidad de su Hijo. El cristianismo no es, pues, una esfera específica de la realidad, que sería la realmente valiosa, y que relegaría a las demás a un papel secundario. Jesús se ha encarnado en la vida histórica para llevarla a la plenitud, sanándola, rehabilitándola y llevándola a la dignidad de las hijas e hijos de Dios. El Salvador no es otro que el Creador y la salvación es la creación trascendida.

Por tanto, a Dios se lo encuentra en la realidad. La encarnación de su Hijo en ella es la expresión definitiva de su compromiso absoluto con ella. Quien dé por perdido el mundo y pretenda salvarse tiene la actitud contraria a Jesús y a su Dios y Padre. Así, nunca se encontrará con ellos.

Por eso, lo propio de un párroco no es concentrarse en el templo sino, como Jesús, buscar por todos los medios que sus hermanos encomendados a él tengan vida y la tengan en abundancia. Y que la tengan en todos los niveles, empezando por los medios de vida y el trabajo; siguiendo porque lo hagan en su condición de sujetos y no de destinatarios de la dádiva de otro; prosiguiendo con la convivialidad y la cooperación; y culminando con el cultivo de la fraternidad de las hijas e hijos de Dios, ejercitando la confianza absoluta en él y la disponibilidad a sus designios, que no son otros que los dichos.

El cura Brochero, en la periferia del sistema (en las periferias existenciales, que son, según el papa Francisco, el lugar de la Iglesia y los cristianos), que es el lugar epistemológico más apto para auscultar los signos de los tiempos, fue capaz de asumir consecuentemente esta actitud y dirección vital y lo hizo con todo su ser, incluso con sus defectos, de los que fue consciente y que trató de superar o al menos de neutralizar, y a fondo.

1.5. Un viraje histórico radical

Lo más polémico, sin duda, es su paso al radicalismo, que, por eso, exige un comentario. Comencemos por su actitud previa, que fue su actitud habitual. Al entonces gobernador de Córdoba y luego presidente y siempre condiscípulo y amigo del alma, le dice que en los meses antes de la elección presidencial no había querido verlo ni escribirle porque toda Argentina sabía que él era el mayor partidario suyo. Antes le había dicho que por nada del mundo quería meterse en política, se sobreentendía que por su condición de cura. Por eso, no quería verlo para que nadie dijera que estaba haciendo política y aprovechándose de él.

Sin embargo, discretamente, al pedir ayuda a las autoridades, de cualquier rango que ellas sean, siempre alude a que el conceder lo solicitado redundaría en la buena opinión que tendrían de quien lo da y, por tanto, de su gobierno y de su prestigio como político. Es decir, que en sus relaciones con funcionarios y políticos siempre se atiene a la conveniencia objetiva de lo propuesto por él para los fines, de progreso y bienestar de los ciudadanos, proclamados por el gobierno y los partidos. Por eso, nunca aparece favoreciendo a un partido como tal, es decir, en cuanto agrupación particular, y solo se refiere y muy indirectamente a ellos en cuanto que, al cumplir sus fines, obtendrán quien los sufrague.

Sin embargo, aunque nunca aparece en nada directamente partidista, sí puede ser percibido como que frecuenta el entorno de los prohombres de la región y que, en cierto modo, pertenece a ellos.

Por eso, llama la atención que, cuando se percata de que no están interesados en el ramal de ferrocarril por Traslasierra, los abandone y se pase al radicalismo, a militar en él, aunque no tenga carnet ni ningún puesto. ¿Cómo interpretar esta doble novedad: que aparezca favoreciendo directamente intereses partidistas y precisamente los de un partido que por su radicalismo confeso era presentado como contrario a la religión y a los intereses de la Iglesia?

Creemos que forma parte de la comprensión intuitiva que llegó a alcanzar el cura Brochero de que a principios del siglo XX el cristianismo debía abandonar a las élites tradicionales, así fueran las liberales, y aliarse con fuerzas que se propusieran de modo más directo y explícito el bien del pueblo, en el sentido específico de los de abajo. Por eso, llega a escribir como apoyo de su postura que los jesuitas de Córdoba habían afirmado que lo cristiano estaba más representado en el ideario del radicalismo que en los demás partidos. Consideramos que esta es la perspectiva de fondo, y que el tema del ramal de ferrocarril no es más que el hecho concreto que lo evidencia ante sus ojos.

Ahora bien, el tema concreto del ferrocarril sí es suficientemente sintomático como para que se convirtiera en el detonante de su cambio. Sus antiguas referencias, empezando por su amigo del alma Juárez, aunque de la provincia de Córdoba, no representaban sus intereses, sino los de la burguesía agropecuaria exportadora de Buenos Aires y su provincia y los de los financistas ingleses. Precisamente Juárez, estrechamente ligado a su concuñado Roca, fue a la presidencia con el programa, que cumplió, de privatizar los ferrocarriles y muy en concreto el del Oeste. ¿Cómo iba a patrocinar la construcción del ramal que patrocinaba Brochero como locomotora del despegue de esa región relegada?

Brochero representaba a los pobres laboriosos con posibilidades, no a los grandes intereses. Eso fue lo que por fin descubrió. Por eso, repite machaconamente que ellos nunca llevarán a cabo ese ferrocarril. Y entonces, insiste repetidamente a sus destinatarios que, si no quieren salir de su pobreza, sigan apoyándolos. Él ya estaba en otra cosa, en otro lado: había pasado la página de la historia y se encaminaba al mañana.

Nos parece que un indicio fehaciente de su envergadura humana es que, a petición suya, cuando ya estaba ciego y leproso, Hipólito Yrigoyen, el líder radical, que llegaría a la presidencia dos años después de la muerte de Brochero, se entrevistara más de dos horas con él. De alguna manera, el encuentro desborda el terreno de la campaña electoral y significa el encuentro de dos hombres que pensaban luchar con todo ahínco por el bien del pueblo, en el sentido muy específico de los de abajo, lo que implicaba un ascenso sustantivo en entidad propia, visibilidad social, capacidad de decisión, conciencia de su dignidad y su valía, más allá del clientelismo habitual.

En la realidad, el radicalismo no significó más que sacar del poder a las élites tradicionales y moralizar y democratizar algo la vida política, sobre todo, con el voto secreto y universal efectivo y la escrupulosa administración pública, lo que no era desdeñable y significaba un aumento en la condición de sujeto del pueblo. Pero, además, Hipólito Yrigoyen encarnó este propósito con el apasionamiento de un apóstol de la justicia y la causa popular, que incluía a la patria y a toda América Latina, desde un vago pero sincero cristianismo. Para Brochero tuvo que resultar claro que Yrigoyen era otro hombre, completamente distinto de los políticos que él había frecuentado y mucho más acorde con su propio liderazgo. Por eso, apoyó la posible alternativa, siempre teniendo en mente la realidad de su zona y sus intereses de largo plazo.

Desde estas consideraciones de fondo, emprendamos ya el análisis de algunas cartas significativas.

2. ANÁLISIS DE CARTAS SIGNIFICATIVAS (1)
2.1. Vocación discernida y trascendente

La vocación aparece en dos cartas, digamos, oficiales, en las que pide al obispo las órdenes, respectivamente las menores y las mayores (101-104). Las cartas se escriben con cuatro años de diferencia. En la primera tiene 22 años y en la segunda, 26. En la primera asienta “que –habiéndome sentido desde mis más tiernos años inclinado al estado sacerdotal– he practicado medios conducentes a examinar mi vocación y a adquirir –en cuanto lo permitan mis fuerzas– la idoneidad que para tan santo estado se requiere” (101). En la segunda pide ordenarse porque, dice, “he examinado nuevamente mi vocación” y al hacerlo encuentra que permanece, dice, “firme en mi propósito de consagrarme al servicio de Dios Nuestro Señor y de su Santa Iglesia por medio de los órdenes mayores hasta el Presbiterado” (104).

En la primera carta el lenguaje es formal, digamos, técnico, canónico, pero no, por eso, frío o retórico. A través de él tenemos acceso a un joven voluntarioso que sabe lo que quiere y lo quiere con seriedad, desde el fondo de su corazón. Por eso, la carta no dice nada superfluo, ni tampoco deja de decir lo esencial densamente, por ejemplo, su inclinación al sacerdocio desde niño, pero también el examen de esa inclinación para ver si era de Dios y si tenía con qué llevarla adelante. Así, añade que, en cuanto ha podido, se ha entregado a preparase para llegar a ser idóneo, es decir, para adquirir la santidad y la preparación en estudio y destreza pastoral, que requiere el sacerdocio. Aparece en la carta una adolescencia unificada y dinamizada por esta determinación.

En la segunda carta es ya un hombre joven. Por eso, en la antesala de ese paso definitivo, le asegura al obispo que ha vuelto a examinar la solidez de su vocación y que se mantiene firme en su propósito de consagrarse a Dios. Pero esta vez añade dos notas que concretan la consagración: se trata de servir, y el servicio a Dios como presbítero lo llevará a cabo en la Iglesia. Dice, pues, lo esencial y de modo convincente, es decir, que se ve que hay un sujeto que lo respalda.

2.2. Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios

Las cartas al jefe de la Oficina de Estadística y al gobernador del Episcopado (había fallecido el obispo) (107-113) son muy sintomáticas de los problemas de los gobiernos latinoamericanos del siglo XIX para cumplir su cometido como Estados modernos y de la necesidad de apoyarse en la institución eclesiástica como institución consolidada, que hasta ese momento ha cumplido bastantes de esas funciones.

La autoridad nueva del Estado, levantada sobre el consenso de una ciudadanía pluralista, no puede reconocer la solvencia de la institución eclesiástica, porque él se siente representante de la voluntad general, mientras que la institución eclesiástica representa solo a una parte de la ciudadanía, así sea la abrumadora mayoría. Pero, además reconocer que la institución eclesiástica está en capacidad de llevar con solvencia lo que el Estado debe llevar y no tiene ni organización ni recursos para hacerlo, le humilla. Por eso, ordena a los párrocos, sabiendo que no tiene autoridad para hacerlo, que cumplan funciones que sabe no les competen. Sin embargo, sobre todo en el área rural, esas funciones implicaban papeleos burocráticos, y, con frecuencia, los párrocos no tenían ni el tiempo ni los medios para prestarle ese servicio al Estado.

El jefe de la Oficina de Estadística acude, pues, al párroco Brochero para que le mande la estadística de todo el movimiento poblacional en el área de su parroquia, y, al manifestarle este que no puede, se dirige al obispo para que se lo ordene. El obispo le pide que colabore en lo que pueda, y él sigue alegando que, a causa de la dispersión de la población de su parroquia y de los pésimos caminos de la sierra, no tiene tiempo. Por eso, vuelve a insistir al jefe de la oficina con la que tienen relación tanto él como el obispo, que desea cumplir sus recomendaciones, pero que, como no le es posible hacerlo, le sugiere “que el fin deseado se consigue poniendo en mi Curato un encargado, a quien daré yo con la mayor prontitud los datos que estén a mi mano, y haré que los encargados de capilla hagan otro tanto” (110). El jefe responde airado que no se meta a darle órdenes, acude al gobernador que presiona al Obispado, y el que rige la diócesis remite al cura una carta durísima exigiéndole que obedezca y colabore.

El cura responde manifestándole la penosa impresión “que mi alma ha recibido al ver consignados –en la nota de Su Señoría que contesto– conceptos bien duros que el cura de San Alberto no creía en sentido alguno haber merecido” (111). Le explica su correspondencia con el obispo fallecido a quien le propone la renuncia al curato “porque la carga que tales órdenes me imponen es insoportable y casi incompatible con los deberes del ministerio pastoral que ejerzo, atendida la topografía del curato de que estoy encargado” (id.). El obispo le había respondido que no remitiese los datos pedidos. Pero el cura no se queda tranquilo. Como comprende la utilidad para el país de las estadísticas, le había ofrecido al jefe de la oficina enviárselas anualmente. Y, como esas estadísticas pedían más datos que los consignados en los libros parroquiales, le escribió al obispo preguntándole si los incluía. El obispo no le respondió, piensa él que por haberle eximido de enviarlos. Por eso, dice al encargado de la diócesis que le dolió tanto su nota llamándole al cumplimento de su deber. La correspondencia acaba con una carta al jefe de estadísticas, que le había escrito que no recibía ordenes de quien no tenía autoridad, en la que le avisa que no respondería más notas suyas porque “si el infrascrito cura no tiene tiempo para dar el lleno a los cargos pastorales, con mayor razón no tendrá tiempo para acusar recibo a las notas del Señor jefe de la Oficina” (113).

En el modo de tratar el asunto se ve el tono libre y directo del cura, que no quiere hacer del problema un asunto personal, pero que quiere dejar sentado que lo fundamental para él es llenar el oficio de cura, aunque comprende la posición del gobierno y está dispuesto a colaborar en lo que pueda. Es decir, ante todo coloca su deber sagrado y después su colaboración patriótica, que se ve que estima en lo que se debe. Es importante que, después de asentar la distinción entre lo que es de obligación impostergable, que no está dispuesto a negociar ni siquiera con el obispo, y lo que es de devoción, intente creativamente componer ambas esferas, porque cree que la segunda no es ajena al bien de la gente, que es su objetivo como cura.

También respecto del gobernador eclesiástico el tono es de aceptar su autoridad; entonces, expresa sus motivos y justifica su conducta lo más razonablemente posible, e, incluso, expone su queja del modo más respetuoso y firme. Aparecen dos elementos mutuamente implicados: el sentido de realidad y la libertad espiritual. Están implicados porque la libertad que da el Espíritu se ejerce en la realidad y para edificarla. Aquí se trata, ante todo, de la realidad pastoral que le ha sido encomendada y, en segundo lugar, en cuanto sea compatible, de la realidad de las obligaciones del Estado y de su imposibilidad de atenderlas, y por eso la conveniencia de ser ayudado. A Brochero le cuadra la máxima de Artigas: “con libertad ni ofendo ni temo”; aunque, dada la manera autoritaria de ejercer los cargos en su época, sí podían sentirse ofendidos.

2.3. Fraternidad presbiteral de un buen pastor

El documento sobre las obligaciones del Cura Brochero con sus sacerdotes ayudantes y de estos con el cura (117-119) es importante para conocer su estilo y su corazón.

Ante todo, pone por delante el ajuste económico: les da la tercera parte de las entradas del curato, menos el derecho de casamientos y primicias, además les da el estipendio de las misas y de los óleos; pero, sobre todo, “procurará que sus cosas sean también de los Ayudantes, esto es, verá de no reservarles nada de lo de él” (118). Se compromete a tenerlos tres meses, a no ser que no puedan entenderse. Si se entienden, se arreglarán por más tiempo, quizás por muchos años.

La primera obligación de los ayudantes será avisarle “lo que les parezca mal en el trato con ellos, o con los feligreses, o con las personas particulares, para enmendarse de dicho mal o darles la razón de su proceder” (íd.). La segunda, hacer junto con él un día de retiro al mes y confesarse cada semana. “El Cura les dará ejemplo en esa línea, confesándose ya con el uno ya con el otro, según esté éste o aquel más cerca de él” (íd.). Sobre el ministerio, deben ir a las capillas que les señale el cura por el tiempo que les indique; deben ir también a confesar enfermos y ayudarán al cura a confesar a los sanos; “pueden predicar cada vez que quieran y puedan, porque oyentes tendrán siempre” (119). Respecto del trato con la gente, que son gente campesina, asienta “que cuanto sean más pecadores o más rudos o más inciviles mis feligreses, los han de tratar con más dulzura y amabilidad en el confesionario, en el púlpito y aun en el trato familiar. Y que, si encuentran algo digno de reto, se lo avisen al Cura para que él reprenda, a fin de que los feligreses no se resientan con los Ayudantes sino con el Cura, porque ya sabe él cómo los ha de retar” (118).

Lo primero de notar es el afán del cura Brochero de poner las cosas claras, tanto las económicas como los compromisos contraídos, para que las partes sepan a qué atenerse: es su afán de objetividad, de andar en la verdad, que hemos reconocido como la nota fundamental de su talante humano y espiritual. De este cuidado por no engañarse forma parte también el pedir que le digan lo que de su persona o conducta les parezca mal respecto de ellos, en el trato pastoral, y, también, en lo más personal e íntimo. Él, por su parte, se muestra dispuesto a corregirse o a explicarles los motivos de su conducta, si la cree correcta.

En los pueblos tradicionales el respeto al cura llevaba ordinariamente a resentirse y escandalizarse de lo que se consideraba no digno de su estado y a comentarlo en privado, pero era muy difícil que alguien se animara a decírselo. Por el contrario, era normal que lo alabaran y agradecieran. Este modo de relación creaba una gran separación y soledad, que fácilmente degeneraba en irrealidad y deformaciones personales. Por eso tiene tanto sentido la petición de Brochero. A esto mismo contribuye el confesarse con ellos indistintamente. No solo es un acto de humildad, sino de romper la imagen externa de autoridad que él podía proyectar; más aún, es un modo de involucrarlos en la corrección fraterna como responsabilidad contraída ante Dios, a quien representan como confesores.

También tiene que ver con el clima de claridad y libertad fraterna la anotación de que la relación proseguirá mientras “el Cura agrada a ellos y ellos agradan a él y a sus feligreses” (íd.). Expresa una gran delicadeza que lo primero sea que ellos se sientan a gusto con el cura y en segundo lugar, él con ellos, e incluso que la relación esté basada en el agrado mutuo y no en deberes o presiones morales y, menos aún, en intereses. Además, es muy elocuente de que Brochero es personalmente cura y que su función como párroco no es meramente algo profesional, el que no contemple la relación como algo que incumbe solo a los presbíteros sino que el agrado de los feligreses sea para él también parte del termómetro que mide la idoneidad de la relación.

Incluso forma parte de su sentido de realidad la preocupación de Brochero por la vida espiritual de sus curas con la prescripción del retiro mensual y la confesión semanal.

Lo segundo digno de destacar es la conciencia de su responsabilidad pastoral como cura a quien han encargado las almas de sus feligreses. Él tiene conciencia de que los curas jóvenes que vienen de la culta Córdoba pueden despreciar a sus feligreses de la sierra, tenidos como toscos, rudos y poco civilizados, y, por eso, pueden sentir la propensión a tratarlos también rudamente. En realidad, es un trato paradójico, porque el que trata así, él mismo se comporta según la condición que atribuye al otro. Por eso, y, sobre todo, por su instinto evangélico –que lo lleva a considerar a los pobres como predilectos del Señor y especialmente encomendados a los que lo representan como pastores– él los urge a que los traten con amabilidad e incluso dulzura, tanto en público como en privado, tanto en el cumplimiento de su funciones sagradas como en el trato personal. Y, más concretamente, les prohíbe que riñan a la gente y les pide que, si notan algo digno de reprensión, se lo avisen a él. Ante todo, para que él se lleve, si es caso, la odiosidad, y no ellos; pero, sobre todo, porque él, como buen pastor, los conoce por dentro y los quiere, y por eso sabe cómo decirles las cosas sin humillarlos ni ofenderlos.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
141 s. 3 illüstrasyon
ISBN:
9789876264624
Telif hakkı:
Bookwire
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