Kitabı oku: «Un hombre para un destino»

Yazı tipi:

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UN HOMBRE PARA UN DESTINO

Contenido

Portada

Página de créditos

Sobre este libro

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Epílogo

Agradecimientos

Sobre las autoras

Página de créditos
Un hombre para un destino

V.1: Septiembre, 2020

Título original: Hate Notes

© Vi Keeland y Penelope Ward, 2018

© de la traducción, Isabel Fuentes García, 2020

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2020

Todos los derechos reservados.

Los derechos morales de las autoras han sido reconocidos.

Diseño de cubierta: Lorado | Mat Hanley | iStock

Publicado por Chic Editorial

C/ Aragó, 287, 2º 1ª

08009 Barcelona

info@principaldeloslibros.com

www.principaldeloslibros.com

ISBN: 978-84-17972-26-4

THEMA: FR

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

Un hombre para un destino
«Todo empezó con un vestido…»

Cuando entré en aquella tienda de segunda mano, allí estaba: el vestido perfecto, con plumas y… una misteriosa nota de un tal Reed Eastwood. Parecía el hombre más romántico del mundo, pero nada más lejos de la realidad. Es arrogante y cínico, y ahora, además, es mi jefe. Necesito descubrir la verdad tras esa preciosa nota y nada me detendrá.

Un relato sobre segundas oportunidades best seller del Wall Street Journal

«Keeland y Ward se unen para escribir una novela contemporánea dulce y divertida… Perfecta para evadirse.»

Publishers Weekly

«Un hombre para un destino es una lectura divertida, apasionada y emotiva; una historia de amor a fuego lento.»

Harlequin Junkie

Para Kimberly, por encontrar el hogar adecuado para Reed y Charlotte

Capítulo 1
Charlotte

Hace un año, no me habrían pillado ni muerta en un sitio así. A ver, aclaremos una cosa: no soy una esnob. De pequeña, mi madre y yo pasábamos horas en busca de conjuntos en tiendas de segunda mano. Y eso era cuando se conocían como tiendas solidarias y se encontraban, en su mayoría, en barrios de gente trabajadora. Hoy en día, la ropa de segunda mano recibe el nombre de vintage y se vende en el Upper East Side por una pequeña fortuna.

Vamos, que lo de «ligeramente usado» no era ninguna novedad para mí, ni siquiera antes de la gentrificación de Brooklyn.

No, que fuera de segunda mano no me importaba. El problema de los vestidos de novia usados son las historias que me imaginaba que tenían.

«¿Qué hacen aquí?».

Saqué un Vera Wang con escote corazón, corpiño cruzado y falda de tul en cascada del perchero. «Expectativas propias de cuentos de hadas. Divorciados al cabo de seis meses». Un delicado vestido con encaje de corte sirena diseñado por Monique Lhuillier. «El novio murió en un terrible accidente de coche». La novia que nunca llegó al altar debió de donarlo, destrozada, a la iglesia para su mercadillo anual de segunda mano. Y una compradora astuta lo encontró, lo compró por una ganga y recuperó su inversión con creces al revenderlo.

Todos los vestidos de segunda mano tienen una historia y la mía se incluía en la categoría «Resultó que era una rata que me engañaba». Suspiré y volví al mostrador, donde dos mujeres discutían en ruso.

—Es de la colección del año que viene, ¿sí? —preguntó la mujer más alta, que tenía unas cejas pintadas desiguales y extrañas.

Traté de no mirarlas, pero fui incapaz.

—Sí, es de la colección de primavera de Marchesa.

Habían estado hojeando los catálogos, aunque veinte minutos antes, al entrar, les había dicho que el vestido era de una colección que todavía no estaba a la venta. Supongo que querían hacerse una idea de los precios originales del diseñador.

—No creo que lo encuentren ahí. Mi suegra… —me corregí al momento—… Mi exsuegra está emparentada con uno de los diseñadores, o algo así.

Las mujeres me observaron un instante y retomaron su discusión.

«Vale».

—Supongo que necesitan más tiempo —murmuré.

Hacia el fondo de la tienda, encontré una sección llamada «echo a medida». Sonreí. A la madre de Todd le habría dado un infarto si la hubiera llevado a una tienda con carteles llenos de faltas de ortografía. Ya se había quedado atónita cuando fuimos a ver vestidos de novia a una tienda en la que no le sirvieron una copa de champán mientras yo me probaba los vestidos. Dios, el estilo de vida de la jet set me había nublado el juicio y había estado a punto de convertirme en una de esas zorras estiradas.

Deslicé las yemas de los dedos por los vestidos a medida con un suspiro. Probablemente, las historias de esas prendas serían más interesantes. Novias eclécticas, con un espíritu demasiado libre para sus novios o futuros maridos aburridos. Mujeres fuertes que se enfrentaban a todo, que participaban en manifestaciones políticas, que sabían lo que querían.

Me detuve frente a un vestido blanco de corte en A, bordado con rosas de color rojo sangre. El corpiño también tenía detalles bordados en rojo. «Dejó a su novio banquero por su vecino, un artista francés, y se puso este vestido para casarse con Pierre».

Estas mujeres no necesitaban vestidos de diseño, porque sabían exactamente lo que querían y no les asustaba pedirlo. Seguían el dictado de su corazón. Sí, me daban envidia. Antes, yo era una de ellas.

En el fondo, era una chica echa a medida, así, con la falta ortográfica. ¿Cuándo había perdido mi independencia y me había vuelto una conformista? No había tenido los redaños de admitir lo que sentía ante la madre de Todd y, por ello, había terminado con aquel vestido de novia elegante y aburrido entre las manos.

Al llegar al último vestido de la sección, tuve que tomarme un momento.

«¡Plumas!».

Nunca había visto unas tan hermosas. El vestido no era blanco, sino de un rosa pálido. Era el vestido perfecto. Justo el que habría escogido si hubiera elegido uno echo a medida. No era un vestido cualquiera, era el vestido. Sin tirantes, con una ligera curva en el escote, del que brotaban plumas más pequeñas y discretas. Un bordado en encaje precioso cubría el corpiño y la falda era divina, ceñida en la zona de los muslos y con vuelo a partir de las rodillas, hasta el dobladillo. Y la parte inferior era un crescendo de plumas. Este vestido cantaba. Era mágico.

Una de las mujeres del mostrador se fijó en que lo observaba.

—¿Puedo probármelo?

Asintió y me acompañó al vestidor de la parte de atrás.

Me desnudé y me puse el vestido con mucho cuidado. Por desgracia, el vestido de mis sueños era demasiado pequeño para mí. Aquel era el resultado de utilizar la comida como una vía de escape emocional.

Me limité a no subir la cremallera y a admirar mi reflejo en el espejo. Así. Así no tenía el aspecto de una mujer de veintisiete años que acababa de romper con su prometido porque este le ponía los cuernos. No parecía alguien que se veía obligada a vender su vestido de novia para dejar de comer ramen dos veces al día.

Aquel vestido me hacía sentir como si no tuviera ninguna preocupación en el mundo. No quería quitármelo, pero empezaba a sudar, y no podía estropearlo.

Antes de desvestirme, contemplé por última vez la imagen del espejo y me presenté a la persona imaginaria que admiraba a mi nuevo yo.

Permanecí de pie con los brazos en jarra, llena de confianza, y me dije: «Hola, soy Charlotte Darling». Rompí a reír porque sonaba como una presentadora de televisión.

Después de quitarme el vestido, reparé en algo de color azul en el interior. Era un trozo de papel, prendido al forro.

«Algo prestado, algo azul, algo viejo y algo nuevo». Ese era el dicho, ¿no? ¿O era al revés?

Se me ocurrió que quizá aquello fuera ese «algo azul».

Me acerqué el vestido para leer la nota. En el papel estaba grabado «De la oficina de Reed Eastwood». Acaricié las letras mientras la leía.

Para Allison:

«Ella dijo: “Perdóname por ser una soñadora”, y él le tomó la mano y respondió: “Perdóname por no estar aquí antes para soñar contigo”». (J. Iron Word)

Gracias por hacer todos mis sueños realidad.

Te quiere,

Reed

El corazón me latía con fuerza. Aquello era probablemente lo más romántico que había leído jamás. Ni siquiera podía imaginar cómo había terminado aquel vestido allí. ¿Cómo era posible que una mujer en su sano juicio renunciara a un sentimiento tan poderoso? Si antes ya me parecía que el vestido era perfecto, ahora simplemente lo era todo para mí.

Reed Eastwood la había amado. «Ay, no». Esperaba que Allison no hubiera muerto. Porque un hombre capaz de escribir algo así no deja de querer a la mujer a la que le ha declarado su amor.

La dependienta me llamó desde el otro lado de la cortina.

—¿Todo bien?

Corrí la cortina y la miré.

—Sí, sí. Es que me he enamorado de este vestido, la verdad. ¿Sabe ya cuánto podría pagarme por el Marchesa?

Negó con la cabeza.

—No damos dinero. Solo vales para otros vestidos.

«Mierda».

El dinero me hacía falta de verdad.

Señalé el vestido de plumas.

—¿Cuánto costaría este?

—Podríamos intercambiarlo por el Marchesa.

Resultaba tentador. Aquel vestido era como un tótem para mí, sentía que las palabras de la nota las podría haber escrito mi prometido perfecto. No quería imaginarme la historia del vestido. Quería vivirla, crear mi propia historia con él. Quizá no en aquel momento, pero algún día, en el futuro. Quería un hombre que me valorase, que quisiera compartir mis sueños y que me amase incondicionalmente. Quería un hombre que me escribiese una nota como aquella.

Ese vestido tenía que estar en mi armario para recordarme cada día que el amor verdadero existía.

Así que las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera cambiar de opinión.

—Me lo quedo.

Capítulo 2
Charlotte

Dos meses más tarde

Tenía que dar un buen repaso a mi currículum. Después de navegar durante dos horas en busca de ofertas de trabajo, comprendí que debía exagerar un poco mis habilidades.

El empleo temporal de mierda que acababa de terminar hoy podía convertirse en experiencia en administración. Al menos, quedaría bien sobre el papel. Abrí el documento Word de mi lamentable currículum y añadí el puesto: «Asistente jurídica».

Rath y Asociados. El nombre le iba de perlas. David Rath, el abogado para el cual acababa de trabajar durante un mes, era una mezcla de rata y de hombre. Después de teclear las fechas y la dirección, me recliné en la silla y pensé en qué más podía añadir en el apartado de experiencia. ¿Qué más había aprendido con ese imbécil?

«Veamos». Me llevé el dedo índice a la barbilla. «¿Qué he hecho durante toda la semana para la rata?». Mmm. Ayer aparté sus babosas manos de mi trasero mientras amenazaba con denunciarlo al Gremio de Abogados. Sí, eso debería aparecer en el currículum. Tecleé:

Acostumbrada a trabajar en un entorno con presión y a la multitarea.

El martes, la rata me enseñó a cambiar la fecha del sello para que Hacienda pensara que su cheque atrasado del pago de los impuestos no había llegado a tiempo y, así, evitar el recargo. «Genial». También podía utilizarlo.

Me encanta trabajar en proyectos con entregas contrarreloj.

La semana pasada, me envío a La Perla para comprar dos regalos, algo bonito para el cumpleaños de su mujer y algo sexy para una «amiga especial». Es posible que también cayera algo para mí. Dios sabe que ahora mismo no puedo permitirme un tanga de treinta y ocho dólares.

Excelente ética laboral y comprometida con los proyectos de especial importancia.

Tras añadir unas cuantas habilidades más envueltas en retórica empresarial —todo mentira—, envié el currículum a una docena de agencias de trabajo temporal y me recompensé con una copa de vino llena hasta arriba.

Qué vida más emocionante, la mía. «Soy una soltera de veintisiete años en Nueva York que va en chándal y camiseta un viernes por la noche, y apenas son las ocho de la tarde». Pero no tenía ganas de salir. Ni de gastarme los dieciséis dólares que costaría cada martini en los elegantes bares donde hombres como Todd visten trajes carísimos para ocultar que son unos depredadores. Así que, en lugar de eso, abrí Facebook y decidí curiosear las páginas de aquellos que sí tenían vidas o que, al menos, se dedicaban a exhibirlas en redes sociales.

Mi muro estaba lleno de las típicas fotos de un viernes por la noche: las sonrisas de la hora feliz, platos de comida y los bebés que algunas de mis amigas ya habían tenido. Navegué sin cesar durante un buen rato, mientras disfrutaba de la copa de vino… hasta que llegué a una fotografía que me congeló el dedo índice. Todd acababa de compartir una foto con una chica a la que agarraba del brazo, una chica que se parecía mucho a mí. Podría haber pasado por mi hermana. Era rubia, con los ojos grandes y azules, piel clara, labios carnosos y tenía esa estúpida mirada de adoración con la que yo también había mirado a Todd. Por el atuendo que llevaban, parecía que fueran a una boda. Luego leí el pie de la fotografía:

Todd Roth y Madeline Elgin anuncian su compromiso.

«¿Su compromiso?». Nuestro compromiso había terminado hacía setenta y siete días. No es que los contara, pero ¿ya le había propuesto matrimonio a otra mujer? Joder, si ni siquiera era la mujer con la que lo había pillado engañándome.

Debía de tratarse de un error. La mano me temblaba a causa de la furia mientras utilizaba el ratón para ir al perfil de Todd. Pero, por supuesto, no era un error. Había docenas de mensajes de personas que le daban la enhorabuena, e incluso había respondido a unos cuantos. También había colgado una fotografía de sus manos entrelazadas, donde se veía a la perfección el anillo de compromiso que su nueva prometida lucía. «Joder, pero si es mi anillo de compromiso», pensé. Mi ex, haciendo gala de su enorme clase como ser humano, ni siquiera se había molestado en cambiarlo después de que se lo arrojara a la cara mientras todavía se estaba subiendo la bragueta. Estoy segura de que ni siquiera se había dignado a cambiar el colchón en el que dormíamos, antes de que me mudara a su apartamento, hacía dos años. De hecho, lo más probable es que Madeline ya fuera una compradora de la cadena de almacenes Roth; que ocupara mi antigua mesa en la oficina y desempeñara las tareas de mi puesto de trabajo, el que había dejado para no tener que ver su cara de mentiroso cada puñetero día de mi vida.

Me sentí… No estoy segura de cómo me sentía. Enferma. Derrotada. Herida. Reemplazable.

Lo curioso es que no estaba celosa porque el hombre al que creía haber amado hubiera pasado página. Tan solo me resultaba terriblemente duro que me hubiera sustituido por otra, así de fácil. Aquello confirmaba que nuestra relación no había sido en absoluto especial. Después de que rompiera con él, Todd juró que me reconquistaría. Me dijo que era el amor de su vida y que nada le impediría demostrarme que estábamos hechos el uno para el otro. Dejé de recibir flores y regalos al cabo de dos semanas. Se acabaron las llamadas a la tercera. Ahora sabía por qué: había encontrado al amor de su vida, otra vez.

Para mi sorpresa, ni siquiera derramé una lágrima. Únicamente me sentía triste, muy triste. Todd no solo me había robado mi vida, mi apartamento, mi trabajo y mi dignidad; también se había llevado con él algo en lo que siempre había creído: el amor verdadero.

Me recliné en la silla, cerré los ojos e inspiré hondo varias veces para calmarme. Luego decidí que no iba a tomarme la noticia así. «Vaya mierda». No tenía elección; debía hacer algo. Así que hice lo que cualquier chica despechada de Brooklyn haría después de descubrir que su exprometido ni siquiera esperó a que se enfriara la cama para llevar a otra mujer a su casa.

Me terminé toda la botella de vino.

* * *

Así era. Estaba borracha.

Aunque no hablase arrastrando las palabras, el hecho de estar enfundada en un vestido de novia cubierto de plumas con la cremallera bajada y bebiendo directamente de la botella era una pista. Dejé caer la cabeza hacia atrás en un gesto muy poco elegante y bebí las últimas gotas de vino antes de dejar la botella encima de la mesa con un golpe firme, tanto que el portátil dio un bote y la pantalla, que estaba en modo reposo, se encendió. La feliz pareja volvió a saludarme.

—Te va a hacer lo mismo —dije con el dedo apuntando hacia la pantalla—. ¿Sabes por qué? Porque el que engaña una vez, engaña siempre.

Las malditas plumas del vestido volvieron a hacerme cosquillas en la pierna. Ya me había pasado una media docena de veces durante la última hora, y todas y cada una de ellas pensaba que era un bicho que me subía por la pierna. Cuando volví a estirar la mano para cazarlo, rocé algo y recordé qué era. «La nota azul».

Levanté el dobladillo, me acerqué el forro y volví a leerla.

Para Allison:

«Ella dijo: “Perdóname por ser una soñadora”, y él le tomó la mano y respondió: “Perdóname por no estar aquí antes para soñar contigo”». (J. Iron Word)

Gracias por hacer todos mis sueños realidad.

Te quiere,

Reed

Mi corazón exhaló un suspiro ansioso. Era tan bonito y tan romántico… ¿Qué les habría ocurrido a esos dos para que aquel vestido terminara en casa de una chica borracha, en lugar de en un armario, guardado con cariño para pasar de generación en generación? No podía resistir no ver la cara de Todd durante más tiempo y, aunque era una locura, tecleé en Facebook: Reed Eastwood.

Para mi sorpresa, solo aparecieron dos resultados en Nueva York. El primero tendría probablemente sesenta años, quizá más. Aunque el vestido era bastante sexy para una novia de su edad, me metí en su perfil. Reed Eastwood estaba casado con Madge y tenía un perro, un golden retriever llamado Clint. También tenía tres hijas y, en una fotografía, aparecía lloroso mientras acompañaba a una de ellas en el día de su boda.

Aunque una parte de mí quería entrar en el perfil de la hija de Reed para ver las fotos de su enlace y torturarme un poco más, me dirigí al perfil del segundo Reed Eastwood.

El pulso se me aceleró tanto que la borrachera desapareció de golpe cuando vi su foto de perfil en la pantalla. Este Reed Eastwood era guapo de morirse. De hecho, era tan increíblemente atractivo que pensé que alguien habría utilizado la foto de un modelo para hacer una broma o como anzuelo para un perfil falso. Sin embargo, cuando hice clic en las fotos de su muro, aquel hombre aparecía en todas ellas, y en cada una salía más guapo que en la anterior. No había muchas, pero en la última estaba junto a una mujer, se había tomado hacía ya unos años. Era una foto de compromiso: el de Reed Eastwood y Allison Baker.

Había encontrado al autor de la nota azul y al amor de su vida.

* * *

Mi teléfono móvil bailaba como un frijol saltarín en la mesita de noche. Alargué el brazo y lo cogí justo cuando saltaba el buzón de voz. Eran las once y media. Joder. Me había quedado frita. Intenté tragar saliva, pero tenía la boca más seca que el desierto. Necesitaba un vaso grande de agua, ibuprofeno, un baño y las cortinas del dormitorio echadas para bloquear esos rayos de sol despiadados que se colaban por la ventana.

Arrastré mi resaca hasta la cocina y me obligué a rehidratarme, aunque el simple hecho de beber me provocaba náuseas. Existía la posibilidad más que cierta de que el agua y los protectores estomacales viajaran de nuevo en la dirección opuesta al cabo de unos minutos. Necesitaba echarme un rato. De camino a la habitación, pasé frente al portátil, en la mesa de la cocina. Me recordó de forma desagradable la difusa noche anterior, por qué me había bebido una botella de vino entera.

«Todd está prometido».

Estaba enfadada con él porque me sentía como una mierda. Y todavía más enfadada conmigo misma por permitir que volviera a arruinar otro día de mi vida.

«Uf».

No me acordaba de nada, pero la imagen de la parejita feliz sí estaba clara y vívida en mi memoria, por supuesto. De repente, el pánico se apoderó de mí. «Ostras, espero no haber cometido alguna estupidez de la que no soy consciente». Traté de ignorar la idea, e incluso regresé a mi habitación, pero sabía que no podría descansar a causa de la incertidumbre. Me acerqué a la mesa, abrí el portátil y fui directamente a los mensajes. Suspiré de alivio al comprobar que no había escrito a Todd y, luego, me arrastré de nuevo a la cama.

Por fin, a primera hora de la tarde, volví a sentirme como un ser humano y me di una ducha. Cuando hube terminado, desconecté el teléfono del cargador y me senté a la mesa, con el pelo húmedo envuelto en una toalla y comprobé mis mensajes de texto. Había olvidado que el teléfono me había despertado hasta que vi que tenía un mensaje en el buzón de voz. Probablemente se tratase de otra empresa de trabajo temporal que quería perder el tiempo entrevistándome a pesar de no tener ninguna oferta de trabajo. Pulsé el botón para escuchar el mensaje y agarré el cepillo para peinarme el pelo mientras tanto.

Hola, señorita Darling. Soy Rebecca Shelton, de Eastwood Properties. Llamo en respuesta a su petición de visitar el ático de la torre Millenium. Hoy tenemos una jornada de puertas abiertas, a las cuatro de la tarde. El señor Eastwood estará allí, si desea visitar el piso después. ¿Alrededor de las cinco le va bien? Por favor, confírmeme por teléfono si es así. Nuestro número es…

No escuché el número porque había dejado caer el teléfono sobre la cama. «Madre mía». Se me había olvidado por completo que había estado fisgoneando el perfil del chico de la nota azul. De repente, empecé a recordar cosas entre una densa neblina. Aquel rostro. Aquel rostro tan atractivo. ¿Cómo lo había olvidado? Recordé que había repasado sus fotografías, luego, su biografía, y que eso me había llevado a una página web, Eastwood Properties. Pero luego ya no me acordaba de nada más.

Fui a mi portátil, repasé el historial de navegación y abrí la última página que había visitado.

Eastwood Properties es una de las inmobiliarias independientes más grandes del mundo. Ofrecemos las propiedades más exclusivas y prestigiosas a compradores de alto nivel y garantizamos la mayor privacidad para ambas partes. Tanto si desea comprar un ático de lujo en Nueva York con vistas al parque, una residencia en primera línea de playa en los Hamptons, un encantador refugio en las montañas, o si su intención es adquirir su propia isla privada, sus sueños empiezan en Eastwood.

Había un enlace para la búsqueda de propiedades, así que tecleé el nombre del lugar que había mencionado la mujer en el buzón de voz: torre Millenium. Apareció el ático a la venta. Por solo doce millones de dólares, podía convertirme en la propietaria de un apartamento en la avenida Columbus, con unas vistas impresionantes a Central Park. «Le firmaré un cheque ahora mismo».

Después de babear con un vídeo y media docena de fotos, cliqué en el botón para concertar una cita y visitar la propiedad. Apareció una ventana que decía: «Para proteger la privacidad y seguridad de los propietarios, todos los interesados en adquirir una propiedad deben completar una solicitud para visitarla. Solo contactaremos con los compradores que superen el proceso de revisión de sus credenciales».

Solté un bufido. «Menudo proceso de revisión, Eastwood». Ni siquiera tenía el dinero suficiente para tomar el metro y llegar a ese apartamento tan elegante, y mucho menos comprarlo. A saber qué habría escrito en el formulario para pasar el filtro.

Cerré la página. Estaba a punto de apagar el portátil y volver a la cama cuando decidí echar otro vistazo a Don Romántico en Facebook.

Madre mía, era guapísimo.

¿Y si…?

«No debería».

Las ideas que una tiene borracha nunca acaban bien.

«No sería capaz».

Pero…

Aquella cara…

Y aquella nota…

«Tan romántica. Tan bonita…».

Además, jamás había visto el interior de un ático valorado en doce millones de dólares.

No debería haberlo hecho, de verdad.

Pero… había pasado los últimos dos años haciendo todo lo que debía hacer. ¿Y adónde me había llevado eso?

Aquí, maldita sea. A esta situación, con resaca y en el paro, sentada en un apartamento asqueroso. Quizá había llegado la hora de hacer todo lo que no debía, para variar. Agarré el teléfono y mi dedo se detuvo sobre el botón de rellamada durante unos instantes.

«A la mierda».

Nadie lo sabría. Podía ser divertido vestirme como si fuera una mujer rica y fingir que venía del Upper West Side para satisfacer mi curiosidad y conocer a aquel hombre. No había nada de malo en ello.

Al menos, no se me ocurría nada. «Pero ya sabes lo que dicen de la curiosidad y el gato…».

Llamé.

—Hola. Soy Charlotte Darling. Llamo para confirmar la cita con Reed Eastwood…

Capítulo 3
Charlotte

—Puede dar una vuelta o quedarse aquí en el vestíbulo, lo que prefiera. El señor Eastwood todavía está con la cita anterior, pero no debería tardar.

Al parecer, hacía falta más de una persona para enseñar un ático de lujo. Por allí no solo estaba Reed Eastwood, sino también una azafata cuyo cometido era recibirme y entregarme un folleto de papel resplandeciente sobre la propiedad.

—Gracias —le dije, antes de que desapareciese.

Me quedé en el vestíbulo, sosteniendo mi bolso de color verde intenso de Kate Spade, que había encontrado en la sección de rebajas de T. J. Maxx, con la creciente sensación de que había cometido un grave error.

Debía recordarme por qué estaba allí. ¿Qué tenía que perder? Absolutamente nada. Mi vida era un desastre y, al menos, aquella visita satisfaría mi curiosidad por el autor de la nota azul; después, podría olvidarme de todo. Solo quería saber qué había sido de él, de los dos. Tras eso, seguiría con mi vida.

Treinta minutos después, seguía esperando. Oí una conversación apagada al otro lado del vestíbulo, pero aún no había visto salir a nadie.

Entonces me llegó a los oídos el sonido de unos pasos a lo largo del suelo de mármol.

El corazón se me aceleró y volvió a calmarse al ver a la azafata acompañando a una pareja de aspecto acomodado a través del vestíbulo, hacia la salida. Ni rastro de Reed Eastwood.

La mujer, que sostenía un perrito blanco, me sonrió antes de que los tres desaparecieran en el ascensor.

¿Dónde estaba?

Durante un instante, pensé que se había olvidado de mí por completo. El silencio reinaba en aquel lugar. ¿Habría una salida en la parte trasera? Aunque quizá debería haberme quedado en el vestíbulo, decidí pasear un poco y llegué hasta una enorme biblioteca.

Todo el espacio estaba forrado de paneles de manera oscura y masculina. Las estanterías abiertas cubrían todas las paredes, desde el suelo hasta el techo. A mis pies había una alfombra persa que probablemente costaba más de lo que yo ganaba en un año.

El olor de los libros era embriagador. Me acerqué a una de las estanterías y agarré el primero que me llamó la atención: Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain. Recordaba que me habían hablado acerca de aquel libro en el colegio, hacía mil años, pero ni por asomo me acordaba de qué iba.

—Es la primera gran novela americana, aunque depende de a quién se lo pregunte.

Mi cuerpo se estremeció al oír su voz profunda y penetrante. Era una de esas voces que te traspasan por completo.

Me llevé la mano al pecho y me volví.

—Me ha asustado.

—¿Creía que estaba sola?

Al verlo, me quedé helada por completo. Reed Eastwood era tan oscuro e intimidaba tanto como aquella habitación. Con solo una mirada suya, las rodillas empezaron a temblarme. Era incluso más alto de lo que había imaginado y llevaba lo que, sin duda, era un traje hecho a medida. De verdad. Le sentaba de muerte y envolvía su torso como un guante. También llevaba pajarita y tirantes; en cualquier otro hombre, aquello me habría parecido ridículo, pero en él, con aquellos músculos y pectorales, resultaba increíblemente sexy.

Estaba en el umbral de la biblioteca, observándome con una carpeta en la mano. Pensé que era un poco maleducado, pero lo cierto es que no tenía la menor idea de cómo debía comportarse uno en esas circunstancias. ¿No era habitual que un agente inmobiliario saludara a un cliente? ¿O que se disculpara por el retraso?

—¿Lo ha leído? —Su voz volvió a hacerme vibrar.

—¿Qué?

—El libro que tiene en la mano. Las aventuras de Huckleberry Finn.

—Oh. Vaya… Sí. Creo que sí… En la escuela, hace muchos años.

Me estremecí cuando se acercó a mí al tiempo que me observaba con escepticismo, como si supiera que le había mentido. Me sentí inquieta. Sus ojos parecían de chocolate negro, eran de un oscuro color marrón. Y mientras me escudriñaban, los pezones se me erizaron.

—¿Por qué ha cogido ese libro en concreto?

—Por el lomo —contesté, con toda franqueza.

—¿El lomo?

—Sí. Es negro y rojo y combina bien con el resto de la sala. Destaca… Me ha llamado la atención.

Su boca se curvó en una ligera sonrisa, casi cínica, aunque no rio. Parecía que me estuviera estudiando. Su intensidad hacía que tuviera ganas de echar a correr. Mi idea alocada había quedado en un segundo plano. No se parecía en nada al hombre que había imaginado, el que había escrito aquella dulce nota azul.

No había venido para aquello.

—Bueno, al menos es sincera, supongo. —Ladeó la cabeza—. ¿No?

Para entonces, ya estaba sudando.

—¿Qué?

—Sincera.

Lo dijo como si me retara.

Me aclaré la garganta.

—Sí.

Se acercó y tomó el libro de mis manos. Sus dedos rozaron los míos y el ligero contacto fue electrizante. No pude evitar comprobar si llevaba una alianza en la mano izquierda; ni rastro del anillo.

—En su época, fue un libro polémico —dijo.

—Recuérdeme por qué.

«Recuérdeme». Como si alguna vez hubiera sabido la respuesta.

Reed pasó sus largos dedos por los demás libros de la estantería sin mirarme mientras respondía.

—Es una sátira de la sociedad sureña de finales del siglo xix, pero el enfoque del autor sobre el racismo y la esclavitud se interpretó de múltiples maneras. De ahí la polémica. —Por fin me miró—. Quizá no prestó atención cuando le explicaron en el colegio de qué trataba el libro.

Tragué saliva.

Mi primer descubrimiento acerca de Reed Eastwood fue que era un imbécil condescendiente.

Un imbécil condescendiente que tenía razón; no presté atención ese día.

Colocó el libro de nuevo en su sitio y me miró.

—¿Le gusta leer?

Cada pregunta que salía de su boca parecía un desafío.

—No. Antes… Leía novela romántica. Pero dejé de hacerlo.

Enarcó una ceja con actitud burlona.

—¿Novela romántica?

—Sí.

—Entonces, dígame, señorita Darling, ¿cómo es que alguien que no lee, aparte de alguna que otra novela romántica, se interesa por un ático que tiene una biblioteca que ocupa un cuarto de los metros cuadrados totales de la propiedad?

Solté lo primero que se me ocurrió. Cualquier cosa para evitar un silencio incómodo delante de aquel hombre.

—Creo que la biblioteca le añade carácter al apartamento. Estar rodeada de libros es muy sexy… Íntimo. No sé. Es algo que me parece sugerente.

«Dios, qué respuesta más estúpida».

Continuó observándome con mucha curiosidad, como si esperara que dijese algo más. Su mirada me incomodaba muchísimo, no solo porque estaba muy serio, sino también porque era sumamente atractivo. Tenía la raya del pelo peinada a un lado y, a diferencia del resto de su persona, no lucía perfecto. Una barba de tres días le cubría la mandíbula. Reed exudaba una energía peligrosa que contrastaba con su vestimenta, más bien formal. Algo en sus ojos me decía que no le costaría nada doblarme y darme una palmada en el trasero que sentiría durante varios días. Al menos, eso era lo que mi mente imaginaba.

Estar en aquella biblioteca, en silencio, y sometida a su potente mirada, me ponía nerviosa.

Finalmente dijo:

—¿Quiere que veamos el resto del ático?

—Sí, por favor. Para eso he venido.

—Claro —murmuró.

Suspiré de alivio, agradecida por el cambio de sala. La biblioteca empezaba a parecerme una mazmorra.

De espaldas, Reed era igual de impresionante. Observé la curva de su trasero moviéndose dentro de sus pantalones hechos a medida y traté de ignorar las imágenes sexuales que aparecieron en mi cabeza.

Me guio hasta una cocina enorme.

—Suelos de madera y, como ve, es una cocina gourmet, diseñada para un chef y reformada hace poco. Las encimeras son de granito y la isla central, de mármol. Los electrodomésticos son Bosch, de acero inoxidable. Todo de primeras marcas. Los armarios están hechos a medida y lacados en blanco. ¿Cocina usted, señorita Darling?

Me alisé el vestido negro hiperceñido que llevaba y contesté:

—De vez en cuando, sí.

—Estupendo. Bueno, pues dé una vuelta y, si tiene alguna pregunta, no dude en hacérmela.

¿Había empezado a comportarse con normalidad? Mi pulso se relajó un poco.

Paseé por la gran cocina. Mis tacones repiqueteaban contra el suelo. Reed apoyó su musculoso antebrazo sobre la isla central y me siguió con la mirada mientras su cuerpo permanecía inmóvil. Al parecer, la pausa en su intensidad había sido breve, porque volvía a generar ese campo eléctrico intangible.

Me obligué a dejar de mirarlo y asentí.

—Muy bonita.

—¿Alguna pregunta?

—No.

—¿Lista para la siguiente habitación?

—Sí.

La siguiente habitación era el dormitorio principal. Estaba en penumbra, pero la gran ventana de la estancia ofrecía unas vistas espectaculares de la ciudad y compensaba la semioscuridad.

—Este es el dormitorio principal. No deje de echar un vistazo al generoso vestidor. El baño adyacente tiene ducha de vapor, bañera con jacuzzi y suelos de mármol. Y como ve, la habitación tiene las mejores vistas del apartamento.

Me tomé mi tiempo, observándolo todo en un esfuerzo desesperado por parecer una compradora seria. Me siguió de cerca, y mi cuerpo se daba cuenta. Era como si tuviera una alarma íntima que detectaba su sexualidad y no me gustaba. No era un hombre amable ni dulce. No era Reed, al menos no era el Reed con el que había fantaseado. Se suponía que mi Reed iba a darme esperanza, pero el de verdad me dejaba sin aliento, lenta e implacablemente.

En cuanto hubimos recorrido el espacio del dormitorio, me miró y dijo:

—¿Alguna pregunta o comentario?

Debía poner fin a aquello. «Di algo».

—Creo que… Quizá sea demasiado grande para mí.

Se sentó en la cama y cruzó los brazos, con la carpeta todavía en la mano.

—Demasiado grande…

—Sí, creo que sería excesivo. Yo… Trabajo mucho. Y no tendría tiempo de disfrutar de un espacio como este.

Me miró con furia, visiblemente airado.

—Ah, ya. Las clases de surf para perros.

«¿Surf para perros?».

—¿Disculpe?

Señaló la carpeta con el índice.

—Su profesión. Rellenó su solicitud e incluyó su información personal y laboral. Parece un trabajo muy exigente: «Clases de surf para perros». ¿Cómo llega uno a tener esa profesión?

«Mierda. ¿Dónde me he metido?».

Llegados a este punto, era más fácil mentir que decir la verdad.

Empecé a balbucear tonterías:

—Como dice, es algo que requiere mucho tiempo y… compromiso. Se necesita mucha dedicación. Y mucha práctica.

—¿Y cómo se hace, exactamente?

«¿Que cómo se enseña a surfear a un perro? Ni puñetera idea».

—Pues hay que colocarse de pie en la tabla, con el perro delante, y… —No sabía cómo seguir.

—Surfear —añadió él, entre risas.

—Así es.

Reed se levantó de la cama y se acercó a mí.

—¿Y se gana bien la vida con eso?

Tragué saliva y negué con la cabeza.

—No.

Acto seguido, me preguntó, rápido como si fuera una bala:

—Entonces, ¿su familia es rica?

—No.

—Si su profesión no le permite ganar mucho dinero, ¿cómo piensa pagar un apartamento como este?

—Tengo otras maneras de…

Su mirada se volvió de hielo.

—¿De verdad? Porque, según su informe crediticio, no tiene ninguna manera de pagar un apartamento como este. De hecho, dice que prácticamente no tiene donde caerse muerta, Charlotte.

Pronunció mi nombre como si fuera una grosería, sacó un documento y lo sostuvo frente a mis ojos.

—¿De dónde ha sacado eso? —susurré, y le arrebaté la hoja—. ¿Me ha investigado?

—¿De verdad cree que voy a enseñar un apartamento de doce millones de dólares a cualquiera, sin antes comprobar si puede permitírselo? —replicó, en un tono todavía más iracundo—. No puede ser tan idiota.

La humillación se apoderó de mí.

—Comprobar la información financiera de una persona sin su consentimiento es un delito.

Me miró fijamente.

—Me dio su consentimiento cuando hizo clic en la casilla para enviar su solicitud. Me sorprende que no se diera cuenta de ello.

Relajé mi tono, una concesión defensiva.

—¿Lo sabía desde el principio?

—Por supuesto que sí —espetó en un tono despectivo—. Veamos algunas cosas más que no recuerda haber incluido en su solicitud.

«Ay, no».

Reed abrió la carpeta.

—Ocupación: profesora de surf para perros. Aficiones e intereses: los perros y el surf. Empleo anterior: supervisora nocturna de Tus Huevos. —Dejó la carpeta a un lado (más bien la arrojó sobre la cama) y los papeles saltaron por los aires.

—¿Qué hace aquí?

Estaba prácticamente muerta de miedo.

—Solo quería ver…

—Ver… —dijo, y apretó sus blanquísimos dientes.

—Sí, he venido a ver… —«A verte a ti»—… y no esperaba que fuese tan cruel.

Se rio con furia.

—¿Cruel? No tiene el menor respeto por el tiempo de una persona, ha mentido sobre quién es ¿y tiene la desfachatez de decir que soy cruel? Creo que debería mirarse al espejo, Charlotte Darling. Por sorprendente que resulte, parece que ese es su verdadero nombre. Por qué mintió acerca de todo lo demás y dio su nombre real es algo que no me cabe en la cabeza, aparte de que es una idiotez. Así que no, no soy cruel; porque si fuera cruel, habría llamado a mi personal de seguridad.

«¿Seguridad?».

Perdí la paciencia.

¿Cómo se atrevía? Solo había venido para verlo a él. Para asegurarme de que estaba bien, de que los dos estaban bien. Y aunque no podía admitirlo, su actitud tan desagradable desató un torrente de furia en mí.

—Vale, ¿quiere saber la verdad? Sentía curiosidad. Curiosidad por este lugar, por lo que parecía una vida totalmente opuesta a la que he vivido en los últimos tiempos. Quería cambiar. Llevo semanas desanimada y triste, así que ayer por la noche me emborraché un poco. Topé con este anuncio navegando por la red y lo encontré a usted. Quería venir a ver esto, no por maldad ni para hacerle perder el tiempo. Solo quería un poco de esperanza, creer en la posibilidad de que, algún día, las cosas mejorarán. Quizá quería fingir que no me va tan mal. Ni siquiera recuerdo haber introducido esa ridícula información, ¿vale? Solo sé que he recibido una llamada para confirmar la cita y me he lanzado a ello, pensando que quizá era cosa del destino. Que debía venir y experimentar algo especial, por una vez en mucho tiempo.

Reed no abrió la boca, así que continué hablando.

—Y sí leo, Reed. Me daba vergüenza decirte la verdad. Sigo leyendo novela romántica, pero solo los libros que tienen escenas de sexo duro, porque llevo mucho tiempo sin follar, porque no confío en nadie lo bastante como para dejar que se acerquen a mí desde que mi prometido me engañó con otra. Así que sí, Reed. Sí que leo libros. Muchos libros. Y utilizaría esta biblioteca hasta gastarle el suelo y las estanterías, pero los libros que guardaría en ella no serían esos que le gusta enseñar a sus posibles compradores. No serían tan elegantes.

Levantó un poco la comisura de los labios.

—Y sí, también sé preparar un buen guiso, sé cocinar. Pero jamás utilizaría esa cocina, porque es demasiado. Y, en cuanto al dormitorio, eso sí que sería un sueño. Como toda esta visita, un sueño que jamás viviré. Así que si quiere, llame a seguridad. Llámeles y dígales que soy una soñadora, Eastwood.

Salí lo más rápido que pude, pero no sin antes tropezar con la alfombra.

Capítulo 4
Charlotte

—¡Maldita sea!

Había logrado contener las lágrimas hasta dar con unos baños en el vestíbulo de la torre Millenium. Hasta que me metí en uno de los cubículos, lo tenía todo bajo control. Sin embargo, al ver que no había papel higiénico, abrí el bolso y rebusqué un paquete de pañuelos de papel mientras seguía acuclillada sin sentarme en la taza. Me temblaban tanto las manos después del numerito en el ático que se me cayó el bolso al suelo y todo el contenido salió disparado. El teléfono golpeó el elegante mármol y la pantalla se hizo añicos. En ese momento, rompí a llorar.

Como ya no me importaban un comino los gérmenes, me senté en el retrete y lloré a lágrima viva. No era solo por lo que había sucedido en el ático. Lloraba por mi vida, quería desahogarme por todo lo que llevaba encima. Si mis emociones eran una montaña rusa, me encontraba en la parte exacta en que levantas los brazos y te dejas caer hacia abajo a cientos de kilómetros por hora. Por suerte, el baño estaba vacío, porque cuando estoy triste de verdad, tengo la mala costumbre de hablar conmigo misma.

—¿En qué demonios pensaba? ¿Surfeo para perros? Dios, soy una idiota. Al menos, podría haberme avergonzado delante de un hombre que no intimidara tanto, ¿no? Uno que no fuera alto, de pelo oscuro y un Adonis de pies a cabeza, con actitud de superioridad. Y hablando de hombres, ¿por qué narices los guapos siempre son los que se portan peor?

No esperaba ninguna respuesta, pero llegó una.

Una mujer me respondió desde el otro lado del cubículo.

—Cuando Dios hizo el molde para los hombres guapos, preguntó a una de sus ángeles qué debía añadir para que fueran más atractivos. El ángel no quería faltarle al respeto empleando una palabra malsonante, así que se limitó a decir: «Dales un buen palo». Por desgracia, Dios puso la pieza en la parte de atrás, así que ahora todos los hombres guapos nacen con un palo metido en salva sea la parte.

Solté una carcajada sin poder evitarlo junto a un resoplido lloroso.

—No hay papel higiénico en el retrete. ¿Podría pasarme un poco?

Una mano y un poco de papel aparecieron por debajo de la puerta del cubículo.

—Aquí tienes.

—Gracias.

Después de utilizar la mitad del papel para sonarme la nariz y secarme la cara y la otra mitad para limpiarme, inspiré profundamente y empecé a recoger el contenido de mi bolso del suelo.

—¿Sigue ahí? —pregunté.

—Sí, quería asegurarme de que estás bien. Te he oído llorar.

—Gracias, estoy bien.

La mujer estaba sentada en un banco delante de un espejo cuando por fin emergí de mi escondite. Debía de tener unos setenta años, llevaba un traje de lo más elegante y estaba acicalada a la perfección.

—¿Estás bien, querida? —me preguntó.

—Sí, estoy bien, gracias.

—No lo parece. ¿Por qué no me cuentas qué te ha ocurrido?

—No quiero molestarla con mis problemas.

—A veces resulta más fácil hablar con una desconocida.

«Supongo que es mejor que hablar sola».

—La verdad es que no sabría por dónde empezar.

La mujer hizo un gesto para que me sentara a su lado en el banco.

—Empieza por el principio, querida.

Solté un bufido.

—Estaremos aquí hasta la semana que viene.

Sonrió con calidez y dijo:

—Tengo todo el tiempo del mundo.

—¿Seguro? Parece estar a punto de asistir a una reunión importante o a una fiesta en su honor.

—Es una de las pocas ventajas de ser la jefa, que puedes escoger tu propio horario. Venga, ¿por qué no me cuentas lo del surf para perros? ¿Eso existe? Porque tengo un perro de aguas portugués que podría estar interesado.

* * *

—… y he salido corriendo. O sea, no culpo a ese hombre por enfadarse, es cierto que le he hecho perder el tiempo. Pero me ha hecho sentir como una idiota simplemente por tener sueños.

Llevaba más de una hora hablando con Iris, mi nueva amiga. Tal y como me había pedido, empecé por el principio. Le hablé de mi compromiso, de mi ruptura con Todd, de mi trabajo, de la nueva prometida de Todd, de la solicitud para visitar el ático que había enviado borracha perdida y de la escena consiguiente que me había llevado a llorar como una magdalena en el lavabo del edificio. Por alguna razón que no entendí, hasta le conté que era adoptada y que, algún día, quería buscar a mi madre biológica. No creo que eso tuviera nada que ver con todo lo que me había hecho sentir mal ese día, pero, aun así, compartí ese detalle, junto con mi triste y larga historia.

Cuando por fin terminé, se reclinó y comentó:

—Me recuerdas a alguien que conocí hace mucho tiempo, Charlotte.

—¿De verdad? ¿Así que no soy la única chica sin oficio ni beneficio que sufre una crisis nerviosa en este baño mientras usted trata de lavarse las manos?

Sonrió.

—Ahora te contaré yo una historia, si tienes tiempo.

—Lo único que tengo es tiempo.

Iris empezó a hablar.

—En 1950, una joven de diecisiete años se graduó en el instituto. Su sueño era ir a la universidad para estudiar Empresariales. Por aquel entonces, no era muy habitual que las mujeres estudiaran una carrera universitaria, y muy pocas se decidían por Ciencias Empresariales, una disciplina que se consideraba masculina. Una noche, poco después de graduarse, la joven conoció a un carpintero muy guapo. Él la cortejó y, en poco tiempo, la chica formaba parte de su mundo. Aceptó un trabajo como secretaria y atendía los pedidos de las familias para las que trabajaba el carpintero, y, por las tardes, ayudaba a su suegra a cuidar de la casa. Olvidó sus sueños de estudiar y los dejó de lado. El día de Navidad de 1951, el hombre le propuso matrimonio y la mujer aceptó. Pensaba que, al año siguiente, viviría el sueño americano y se convertiría en ama de casa. Pero tres días después de Navidad, reclutaron al hombre para alistarse en el Ejército, junto con algunos de sus amigos. Muchos de ellos se casaron con sus prometidas antes de partir; sin embargo, el carpintero no quiso hacer eso. Así que ella le prometió que esperaría a su regreso y que se dedicaría a trabajar todo el tiempo que él estuviera fuera en el negocio de carpintería de la familia. Cuando el soldado volvió a casa, cuatro años después, ella ya estaba lista para disfrutar de su cuento de hadas. Sin embargo, el primer día que la vio, él le contó que se había enamorado de una secretaria en la base a la que lo habían destinado y rompió su compromiso. Incluso tuvo la desfachatez de pedirle que le devolviera el anillo de pedida para dárselo a su nueva novia.

—Vaya —comenté—. ¿He mencionado que la nueva prometida de Todd lleva mi anillo de compromiso? Ojalá nunca se lo hubiera tirado a la cara.

Iris siguió hablando:

—Ojalá no lo hubieras hecho. Esta chica de la que te hablo se negó a devolver el anillo al carpintero y le dijo que se lo quedaba como compensación por los cuatro años de vida que había perdido. Después de un par de días lamiéndose las heridas, desempolvó su dignidad y, con la frente muy alta, vendió el anillo. Utilizó el dinero para pagarse sus primeras clases en la universidad.

—Guau, bien por ella.

—Bueno, la historia no acaba ahí. La mujer terminó la carrera, pero le costaba terriblemente encontrar un trabajo. Nadie quería contratarla para llevar una empresa, porque solo tenía experiencia laboral como secretaria para el negocio de carpintería de la familia de su exprometido. Así que se dedicó a inflar un poco su currículum profesional. En lugar de decir que había sido secretaria, escribió que había sido gerente; y en vez de decir que se encargaba de mecanografiar los presupuestos y contestar el teléfono, dijo que era la encargada de calcular los precios y negociar los contratos. Gracias a su nuevo currículum, consiguió una entrevista de trabajo en una de las empresas de gestión inmobiliaria más grandes de Nueva York.

—¿Y le dieron el trabajo?

—No. Al parecer, el director de recursos humanos de la empresa conocía a su exprometido y sabía que había mentido acerca de sus responsabilidades en la carpintería, por lo que se se burló de ella en la entrevista.

—Vaya, igual que me ha pasado a mí hoy con ese tipo arrogante.

—Exacto.

—¿Y qué sucedió después?

—A veces, la vida te guarda sorpresas. Un año más tarde, después de conseguir un puesto de trabajo y ascender en una empresa de gestión inmobiliaria rival de la otra, más pequeña, recibió el currículum del señor Locklear, el hombre que se había burlado de ella durante su primera entrevista. Lo habían degradado y buscaba otro trabajo. Así que la mujer lo llamó, con la intención de devolverle la pelota después de aquella entrevista nefasta. Pero al final se portó bien con él y lo contrató, porque estaba cualificado y, al fin y al cabo, ella había mentido en su currículum.

—Caray. ¿Y no se arrepintió de contratar al señor Locklear?

Iris sonrió.

—No, en absoluto. Después de que la mujer le diera algún rapapolvo y retirara el palo que llevaba puesto en salva sea la parte, trabajaron la mar de bien juntos. De hecho, fundaron su propia empresa de gestión inmobiliaria, y esta se convirtió en una de las más grandes del estado. Antes de morir, los dos celebraron los cuarenta años de relación laboral, treinta y ocho de los cuales estuvieron casados.

Por su sonrisa, comprendí a quién se refería.

—Supongo que usted se llama Iris Locklear.

—Así es. Y lo mejor que me ha pasado en esta vida fue que un soldado rompiera su promesa. No estaba destinada a ser ama de casa y había olvidado mis sueños. ¿Tu sueño era ser una encargada de compras en unos grandes almacenes, Charlotte?

Negué con la cabeza.

—Estudié Bellas Artes en la universidad. Soy escultora.

—¿Cuándo fue la última vez que trabajaste en una escultura?

Dejé caer los hombros.

—Hace unos años.

—Pues tienes que volver a dedicarte a eso.

—No se gana mucho dinero.

—Tal vez tengas razón, pero debes buscar una manera de disfrutar de la vida que tienes mientras trabajas para lograr la vida que quieres. Así que te aconsejo que busques un empleo que te permita pagar las facturas y que te dediques a esculpir por las noches. O durante los fines de semana. —Sonrió—. Eso evitará que navegues por internet y que rellenes solicitudes falsas para visitar áticos de lujo.

—Tiene razón.

—Todo sucede por un motivo, Charlotte. Tómate esto como una pausa para revaluar tu vida y lo que quieres hacer. Es lo que yo hice. Solo encontrarás la felicidad verdadera dentro de ti, no en los demás; no importa cuánto los quieras. Hazte feliz a ti misma y el resto ya vendrá. Te lo prometo.

Y así era, tenía toda la razón. Estaba tan ocupada regodeándome en mi miseria y lloriqueando que había olvidado las cosas que de verdad me gustaban y me hacían feliz. Las cosas que me definían. La escultura, los viajes… Sentí el impulso inaplazable de ir a casa y preparar una lista de todo lo que quería hacer.

—Muchísimas gracias, Iris —dije, y la abracé con fuerza. No me importaba que solo una hora antes aquella mujer hubiera sido una total desconocida.

—De nada, querida.

Me lavé las manos y me miré en el espejo, haciendo lo que pude por arreglarme el maquillaje. Cuando hube terminado, Iris se puso en pie.

—Me gustas, Charlotte.

Me reí.

—Pues claro, le recuerdo a usted.

Me tendió su tarjeta.

—Busco una asistente. Si quieres el puesto, es tuyo.

—¿De verdad?

—De verdad. El lunes a las nueve de la mañana. La dirección está en mi tarjeta.

Boquiabierta, contesté:

—No sé qué decir.

—No digas nada. Pero tráeme una pieza de cerámica que hagas este fin de semana.

Capítulo 5
Charlotte

Aquel lugar hacía que mi anterior oficina pareciera un vertedero.

Por la ropa que llevaba el día que la conocí y la elegante tarjeta de negocios que me había dado, con las letras estampadas en dorado, era evidente que la empresa de Iris Locklear iba bien. Pero no tenía ni idea de que fuera tan grande.

Miré a mi alrededor en la zona de la recepción con gran asombro. Los ventanales enormes, del suelo al techo, daban a Park Avenue y una lámpara gigante iluminaba todo el espacio, que era impresionante. De hecho, el vestíbulo del edificio era más grande que mi apartamento. Una morena atractiva me llamó mientras yo miraba por la ventana, anonadada. Traté de disimular mi nerviosismo al dirigirme hacia ella.

—Hola, Charlotte. Me llamo Liz Talbot. Soy la directora de recursos humanos. La señora Locklear me ha dicho que hoy es tu primer día. Ahora está reunida, pero llegará en una hora más o menos. ¿Te parece bien si te enseño la oficina y rellenamos todo el papeleo del contrato mientras tanto?

—Perfecto, sí. Gracias.

Locklear Properties ocupaba toda la planta y empleaba a más de cien personas, incluidos cuarenta administradores de la propiedad, treinta agentes inmobiliarios, un departamento de marketing de diez personas y docenas de administrativos. Iris no bromeaba al decir que había ascendido a base de trabajo duro. Después del grand tour por las oficinas, nos dirigimos al despacho de Liz, que me dio un expediente con mi nombre, lleno de papeles que cumplimentar.

—Te acompañaré a tu despacho y, luego, puedes dedicarte a rellenar la documentación. Aquí tienes el contrato de trabajo y toda la información sobre los distintos planes de seguro médico entre los que puedes escoger, sobre nuestras opciones para los planes de pensiones privados, tus formularios para Hacienda, el W-4, el I-9… Necesitaré que rellenes estos antes del miércoles. Se cobra el día uno y quince de cada mes. —Se dio unos golpecitos en el labio con el índice—. Creo que se me olvida algo, pero es lunes y solo he tomado una taza de café, así que es probable que más tarde te llame, cuando lo haya recordado.

Liz abrió un cajón de su mesa y sacó una ristra de llaves antes de acompañarme a mi puesto de trabajo. Abrió la puerta de un despacho y encendió la luz.

—Este es tu despacho. Pediré una placa con tu nombre para la puerta y te enviaré un juego de llaves adicional esta tarde.

—Ajá. Creo que me confundes con otra persona.

Frunció el ceño.

—¿Eres Charlotte Darling, verdad?

—Sí. Pero pensaba que trabajaría en algún cubículo de la planta. Esto parece un despacho para ejecutivos. Tiene hasta un sofá.

Una mirada de comprensión se pintó en su rostro.

—Vale. —Soltó una risita—. Llevo trabajando tanto tiempo aquí que se me olvida que algunas cosas de esta empresa pueden sorprender a cualquiera. La asistente ejecutiva de la señora Locklear se ocupa de todas las necesidades personales de la familia Locklear. Tendrás acceso a mucha información confidencial y personal, y la familia es muy discreta. No quieren que esa información circule por la zona de los cubículos, donde todo el mundo tenga acceso a ella.

—Oh, vale, eso tiene sentido.

No obstante, me parecía un despacho muy grande para una asistente. Pero ¿quién era yo para quejarme por tener un despacho elegante para mí sola en Park Avenue? Todo parecía demasiado bueno para ser verdad; un trabajo donde podía aprender de alguien como Iris, un salario con cobertura sanitaria y plan de pensiones, y ningún miembro de la familia Roth en el horizonte. Aunque había disfrutado de mi tiempo en la empresa de la familia de Todd, siempre tuve la sensación de que la gente pensaba que había obtenido mi puesto gracias al hombre que dormía en mi cama. Iris me había dado mucho más que un trabajo cuando nos conocimos y estaba decidida a demostrarle que no se había equivocado.

—Te dejo a solas para que te organices. Ya sabes dónde está mi despacho, si necesitas algo. Mi extensión es la 109, por si tienes cualquier duda.

—Uno, cero, nueve. De acuerdo, gracias.

Liz sonrió y se marchó hacia la puerta. Se detuvo cuando llegó al sofá y pasó la mano por encima.

—Por cierto, un aviso, de mujer a mujer. Max es un donjuán. Seguro que antes de que acabe el día te lo encuentras tirado aquí, tratando de ligar contigo. Pero es inofensivo, no dejes que te asuste.

—¿Max?

—El nieto de la señora Locklear. No viene muy a menudo, pero sí suele hacerlo los lunes. Creo que su fin de semana dura de martes a domingo. Él y su hermano se encargan de las ventas inmobiliarias del negocio. Bueno, sobre todo su hermano. La señora Locklear gestiona propiedades. Son empresas separadas, con nombres distintos, pero gran parte de los empleados, como tú y como yo, trabajan para ambas.

—Ah, vale. Gracias por avisar sobre Max.

Cuando Liz me dejó a solas, la cabeza me daba vueltas. Me tomé un minuto para tranquilizarme, inspiré profundamente varias veces y, luego, me puse manos a la obra con el papeleo. Iris y yo ni siquiera habíamos hablado del salario. Así que, por supuesto, sentía curiosidad por mi nuevo puesto y lo que iba a cobrar. Cuando lo vi, di las gracias por estar sentada. «¡Setenta y cinco mil dólares anuales!». Mucho más de lo que ganaba cuando trabajaba para los Roth. Todo me parecía un sueño.

Justo casi una hora después, la mujer que me había colocado en un nuevo camino en mi vida llamó a la puerta de mi despacho.

Me levanté.

—Iris. Eh… Señora Locklear. —Me fijé en que Liz se había referido a ella así.

—Llámame Iris, querida. ¿Qué tal estás hoy?

Pensé que quizá le preocupaba que fuera emocionalmente inestable.

—Bien. No voy a sufrir ninguna crisis aquí, se lo prometo. Por lo general, soy una persona bastante equilibrada.

Su sonrisa delataba un punto de diversión.

—Me alegra oír eso. ¿Liz te ha enseñado ya las oficinas?

—Sí. Y mi despacho es precioso.

—Gracias.

—También me ha dado toda esta documentación que tengo que rellenar. Todavía no he acabado, pero puedo terminarlo esta noche.

—Tranquila, tómate tu tiempo y, cuando acabes, pásate por mi despacho. De todos modos, tengo algunas llamadas que hacer. Te explicaré cuáles serán tus tareas. ¿Te han presentado a mis nietos ya?

—Todavía no. Las puertas de sus despachos estaban cerradas cuando hemos ido a verlos. Liz ha dicho que aún no habían llegado, pero que no tardarían en hacerlo.

—Estupendo. Ya te los presentaré después. Nos vemos en un rato.

Estaba a punto de salir cuando, de repente, recordé algo:

—¡Iris!

—¿Sí? —dijo, y se volvió hacia mí.

Abrí el cajón donde había guardado mi enorme Michael Kors y saqué un bulto envuelto en papel de periódico.

—Te hice esto el fin de semana. ¿Recuerdas que me dijiste que querías una pieza de cerámica?

Iris volvió a acercarse a mi mesa mientras yo desenvolvía el jarrón que había hecho para ella. Como hacía tiempo que no practicaba, había necesitado una docena de intentos para obtener el resultado que buscaba, pero, al final, lo había conseguido. Me había pasado todo el fin de semana en el taller al que iba, el Painted Pot. Lo había cocido y pintado, pero aún tenía que barnizarlo y pasarlo por el horno otra vez.

—Todavía no está terminado. Aún tengo que pulirlo y cocerlo, pero quería que lo vieras y supieras que lo he hecho para ti.

Iris tomó el jarrón entre sus manos. Lo había pintado con vibrantes iris de color púrpura. Me gustaba cómo había quedado, pero, de pronto, me sentí nerviosa. Sobre todo porque el despacho estaba lleno de objetos mucho más elegantes.

—Es magnífico. ¿De veras lo has hecho tú? —Giró el jarrón para observarlo mejor.

—Sí. No es mi mejor obra. Hacía mucho tiempo que no iba al taller.

Me miró.

—Entonces me muero de ganas por ver lo mejor que eres capaz de hacer, Charlotte. Esto es impresionante. Mira qué detalle, las sombras de las flores y la delicada forma… Esto no es una simple pieza de cerámica, es una obra de arte.

—Gracias. No está acabado, pero quería que supieras que había cumplido con mi palabra y que lo había hecho.

Me lo tendió de nuevo.

—Significa mucho para mí. Suelo guiarme por mis instintos y veo que no me he equivocado contigo. Creo que hoy es tu primer día de una vida llena de grandes cosas.

Después de que se marchara, seguí flotando en una nube durante un buen rato. Rellené toda la documentación que Liz me había entregado y decidí ir a por pañuelos de papel para envolver el jarrón, antes de cubrirlo de nuevo con el papel de periódico. El material todavía no estaba esmaltado y, en la parte de abajo, había una pequeña mancha de tinta, que debía de ser del periódico. No quería que volviera a pasar, así que me llevé el jarrón para intentar limpiarlo antes de guardarlo de nuevo.

Salí de mi despacho, giré a la izquierda para ir a la cocina y me percaté de que ya me había equivocado de dirección. Me detuve y giré para volver atrás. Sin embargo, lo hice sin mirar y me di de bruces con alguien.

El jarrón rebotó en mis manos cuando choqué contra un torso duro. Casi había logrado enderezarme sin que se me cayera al suelo el resultado del esfuerzo que había invertido durante todo el fin de semana. Pero, entonces, cometí el error de mirar con quién había chocado y el jarrón se me resbaló de las manos, al tiempo que me caía de culo al suelo.

«Joder…».

El hombre se acuclilló delante de mí.

—¿Está bien?

Solo pude parpadear por toda respuesta; no supe qué decir, rodeada por un montón de pedazos de cerámica.

Tenía un aspecto muy distinto sin el ceño fruncido y la expresión despectiva, tanto que llegué a preguntarme si me había equivocado de persona. Quizá solo era alguien muy parecido a… Pero, entonces, él también me reconoció. Una sonrisa lenta y casi feroz se instaló en su atractivo rostro.

No se trataba de ningún error. El hombre que me había alterado por segunda vez hasta el punto de quedarme sin aliento era…, sin duda, Reed Eastwood.

Capítulo 6
Reed

Parpadeé varias veces, pero no sirvió de nada. Seguía allí. No eran imaginaciones mías.

Era ella.

Estaba en mi oficina.

La rubia de pelo platino.

Con ojos azules como el hielo.

La Barbie nórdica del otro día, Charlotte Darling, estaba en el suelo frente a mí y parecía asustada, como si hubiera visto un fantasma. Me levanté, le tendí la mano y la ayudé a ponerse en pie.

«Si le doy tanto miedo, ¿por qué me acosa de este modo?».

No tuve mucho tiempo para pensar antes de decir:

—¿El circo ha venido a la ciudad, señorita Darling? No recuerdo haber comprado entradas para su espectáculo itinerante. ¿Qué hace aquí?

—Yo… Eh… —Sacudió la cabeza como si saliera de una neblina y se llevó la mano al pecho—. Reed… Eastwood. ¿Qué hace aquí?

«¿A qué juega?».

—¿Me está preguntando qué hago en mi propia empresa? ¿Quién la ha dejado entrar?

Azorada, miró hacia abajo y se ajustó la falda.

—Trabajo aquí.

«¿Qué?».

El corazón me latía a todo trapo.

Aunque le había permitido visitar el ático de lujo para castigarla por la pérdida de tiempo que me había supuesto, después lamenté haber sido tan duro con ella. Sin embargo, en ese momento justificaba por completo mi actitud.

—Francamente, el otro día, cuando salió corriendo de la Millenium, me dio un poco de pena. Pero venir aquí es harina de otro costal. ¿Cómo ha pasado por el control de seguridad?

Creo que fue la palabra «seguridad». La mujer que hacía unos segundos se encogía en el suelo se enderezó de pronto y me miró furiosa. Debería haber recordado que la simple mención de la palabra «seguridad» la haría perder los papeles.

Se inclinó hacia mí y levantó la voz.

—Deje de amenazar con llamar a seguridad. ¿Acaso no ha oído que trabajo aquí?

El olor de algo dulce en su aliento me desconcentró por un instante. «Dónut con azúcar, quizá». Aparté enseguida la idea de mi cabeza al ver que cerraba los ojos y empezaba a mover los dedos frenéticamente como si estuviera tecleando. De hecho, era exactamente lo que hacía: tecleaba en el aire.

Tenía que preguntar.

—¿Se puede saber qué hace?

Continuó tecleando mientras respondía:

—Tecleo todas las cosas que tengo ganas de decirle, para sacármelas de la cabeza sin tener que pronunciar las palabras. Y créame, es lo mejor para los dos. —Siguió tamborileando los dedos en el aire.

No pude evitar reírme por lo bajo.

—¿Prefiere que la confundan con una loca en lugar de decir lo que piensa?

Dejó de mover los dedos.

—Sí.

—No se olvide de pulsar la tecla «Enviar» —me burlé.

A Charlotte no pareció divertirle mi sarcasmo.

—Decirle lo que pienso no sería profesional. No quiero perder el trabajo en mi primer día.

—Veo que aprendió mucho sobre profesionalidad en Tus Huevos.

—Que le den.

—Vaya, creo que ahora necesita la tecla «Borrar».

«Joder». En realidad, me metía con ella porque disfrutaba al verla saltar. Debía recordarme a mí mismo que estaba en la oficina sin permiso.

—Vuelva a explicarme cómo ha entrado en estas oficinas, señorita Darling. Porque tengo clarísimo que no trabaja aquí. Esta es mi empresa y le aseguro que, si la hubiera contratado, lo sabría.

Mi abuela apareció y nos interrumpió:

—En realidad, es mi empresa. —Entonces, se volvió hacia Charlotte y añadió—: Te pido disculpas por el comportamiento de mi nieto, querida.

—¿Nieto? —Charlotte me señaló con el dedo índice y nos miró alternativamente a mi abuela y a mí—. ¿Este hombre es… tu nieto? ¡Este es el tipo del que te hablé en el baño el otro día! ¡El agente inmobiliario engreído y pretencioso!

—Lo siento, Charlotte. No sumé dos más dos. —A pesar de sus palabras, mi abuela no parecía sorprendida en absoluto—. Jamás habría imaginado que Reed pudiera ser el idiota condescendiente que describiste.

—¿Baño? ¿De qué habláis? —pregunté.

Charlotte empezó a explicar:

—Cuando salí corriendo del apartamento de la torre Millenium, fui al baño. Allí me encontré con Iris. Obviamente, no tenía la menor idea de que fuera tu abuela. Vio que estaba nerviosa y llorando. Le conté todo lo que había pasado durante la visita al ático. Nos quedamos allí un rato charlando y, después, me ofreció el puesto de asistente personal.

«No puede ser, joder».

«No, no, no». Aquella mujer estaba loca de atar. De ninguna manera tendría acceso a mi agenda personal ni estaría al tanto de mis idas y venidas.

—Abuela, ¿podemos hablar un momento en mi despacho, por favor?

—Por supuesto. —Sonrió antes de mirar a Charlotte, que se había inclinado para recoger los pedazos del jarrón roto—. Charlotte, ¿por qué no vuelves a tu despacho y te familiarizas con la base de datos de la empresa? Ya he pedido a Stan, del departamento de informática, que vaya a ayudarte por si tienes alguna duda. Siento que el precioso jarrón que hiciste para mí se haya roto. No hace falta que lo recojas, puedo pedirle a otra persona que se ocupe de limpiar esto.

—No pasa nada, ya tengo casi todos los pedazos. Aunque quizá haya que pasar la aspiradora, por si quedan astillas. —Se enderezó y tiró el jarrón hecho añicos en una papelera antes de volver a mirarme enfadada—. Quizá Stan pueda instalarle un chip de sensibilidad a su nieto, porque parece que le hace falta.

Chasqueé los dedos.

—Debieron de olvidarse de hacerlo cuando me instalaron el detector de mentirosas.

«Tengo que dejar de disfrutar con esto de una vez».

Charlotte me observó un instante antes de darse la vuelta y alejarse de mí. Una extraña sensación me burbujeaba en el pecho mientras contemplaba sus mechones de pelo rubio balanceándose al ritmo de sus pasos al marcharse. Sabía que era un sentimiento de culpa. Mi reacción había sido la esperada, dado que la chica estaba como un cencerro, pero, de algún modo, ahora me sentía como un completo imbécil.

Mi abuela me siguió hasta el despacho sin abrir la boca.

Tras cerrar la puerta, dije:

—Sabes que vas a tener un buen día cuando tu propia abuela te llama idiota.

—Bueno, a veces te comportas como un idiota. —Parecía divertida ante mi enfado—. Es guapa, ¿verdad?

«Claro, si te parece guapa una chica con ojos expresivos, labios carnosos y el cuerpo de una pin-up de los años cincuenta. Más bien es como la kryptonita».

La belleza física de Charlotte era innegable. Pero de ninguna manera iba a reconocerlo; su «locura» eclipsaba toda la belleza.

Hice una mueca.

—Abuela…, ¿qué estás tramando?

—Creo que sería una excelente trabajadora en tu equipo.

Señalé hacia la puerta y grité:

—¿Esa mujer? Esa mujer no tiene nada de experiencia. Por no mencionar que está loca de atar y que es una mentirosa. Deberías haber visto el montón de sandeces que escribió en su solicitud para visitar el ático de la torre Millenium.

Sonrió con actitud burlona.

—Surf de perros. Lo sé.

—¿Lo sabes y, aun así, la has contratado? —Empecé a pasearme por el despacho, con la tensión por las nubes—. Lo siento, pero entonces la que está mal de la cabeza eres tú. ¿Cómo puedes pretender darle acceso a nuestra información personal y profesional más delicada?

Mi abuela tomó asiento en el sofá que había frente a mi mesa y contestó:

—No sabía lo que hacía cuando rellenó esa solicitud; ni siquiera recordaba haberlo hecho. Estaba borracha y no fue más que una tontería. Todos hemos tenido noches así, al menos yo. No voy a contarte todo lo que hablamos, porque eso queda entre Charlotte y yo, pero tenía razones para actuar como lo hizo. Y vi algo en ella que me recordó a mí misma. Creo que tiene un espíritu fuerte y que posee el tipo de energía vibrante que necesitamos aquí.

«¿Está de broma?».

«Vibrante».

Charlotte me recordaba a la cegadora luz del sol cuando te despiertas con resaca. Vibrante, sí, tal vez; pero de lo más inoportuna.

Mi abuela era una persona amable y empática, siempre veía el lado bueno de las personas. Lo respetaba, pero me pregunté si no la estaban manipulando.

—Es una mentirosa —repetí.

—Mintió, pero no suele mentir. Hay una diferencia. Cometió un error. Charlotte se confesó conmigo, una completa desconocida. No tenía por qué hacerlo. Es una de las personas más honestas que he conocido jamás.

Me crucé de brazos y sacudí la cabeza con incredulidad.

—No puedo trabajar con ella.

—No voy a cambiar de opinión sobre su puesto de trabajo, Reed. Tienes dinero de sobra para contratar a tu propio asistente personal si no quieres compartir a la de la familia, pero no pienso despedirla.

—Tendrá acceso a mi información personal. ¿No crees que debería tener voz y voto al respecto?

—¿Por qué? ¿Tienes algo que ocultar?

—No, pero…

—¿Sabes qué creo?

—¿Qué? —respondió.

—Hace mucho tiempo que no te he visto apasionarte tanto con nada. De hecho, desde el concierto de Navidad en Carnegie Hall.

—¿Quieres hacer el favor de no recordármelo?

Le encantaba hablar de mi breve etapa en el coro infantil. Me gustaba muchísimo cantar aquellas canciones tan alegres, hasta que empecé a madurar y comprendí que el coro era un pasatiempo que solo me daría disgustos y la reputación de friki. Lo dejé, y mi abuela seguía insistiendo en que había abandonado mi vocación.

—Para bien o para mal, esa chica te saca de tus casillas —contestó.

Miré por la ventana y observé el tráfico en la calle, negándome a reconocer que hubiera el menor ápice de verdad en sus palabras. Empecé a sudar y respondí:

—No seas ridícula…

Pero mi abuela me conocía bien. En el fondo, sabía que tenía razón. La verdad era que Charlotte había despertado algo en mí. En el exterior, se manifestaba como ira, pero dentro de mí sentía una emoción indescriptible. Sí, era cierto que no me había gustado que me hiciera perder el tiempo ese día. Pero, para cuando estalló y se marchó corriendo, me había impresionado de una manera inexplicable. No había dejado de pensar en ella durante toda la noche. Me preocupaba haber sido demasiado brusco o haberle provocado una crisis nerviosa sin querer. Me la imaginaba huyendo por Manhattan, con la máscara de pestañas corrida y tropezando con sus propios pies a causa de los enormes tacones que llevaba. Al final, había dejado de pensar en ella, hasta que, literalmente, nos topamos. Y de repente, esa extraña energía brotó a la superficie de nuevo en forma de ira. Pero ¿por qué? ¿Por qué me importaba lo bastante como para sacarme de quicio?

Mi abuela interrumpió mis pensamientos.

—Sé que lo que ocurrió con Allison te afectó mucho. Que tu espíritu se apagó. Sin embargo, es hora de pasar página.

Sentí una punzada de dolor en el estómago al oír el nombre de Allison. Ojalá mi abuela no la hubiera mencionado.

Continuó:

—Necesitas un cambio de aires. Y dado que no piensas irte a ninguna parte, he pensado en traerte ese cambio de aires contratando a Charlotte. Prefiero verte discutir con ella que solo y encerrado en tu despacho.

—No puedo discutir con alguien que teclea en el aire para demostrar que tiene razón.

—¿Cómo?

—Por favor, ¿no has visto lo que hacía? —No pude evitar reírme—. Ha dicho que no quería decirme lo que pensaba para no perder el trabajo y se ha puesto a teclear lo que tenía en mente en el aire, para desahogarse. Esa es la loca a la que has contratado.

Mi abuela echó la cabeza hacia atrás y rompió a reír.

—Pues me parece una idea genial, la verdad. Algunos políticos deberían aprender de ella. No está nada mal pensar antes de hablar, aunque eso suponga teclearlo en lugar de decirlo en voz alta. A eso me refiero, es única.

Entrecerré los ojos.

—Sí, claro. Única.

Su expresión se suavizó mientras me ponía la mano en el hombro.

—Hazme un favor e intenta, al menos, hacer que se sienta bienvenida en la empresa.

—Como si tuviera elección… —dije, con un suspiro de exasperación.

—Me tomaré eso como un sí. Puedes practicar en los Hamptons mañana. Irá contigo para ayudarte con la propiedad de Bridgehampton, porque Lorena estará fuera toda la semana. Normalmente, la asistente personal la sustituye cuando ella no puede atender las visitas a las propiedades.

«Genial. Todo un día con ella».

Se levantó y se dirigió a la puerta, no sin antes volverse por última vez.

—Charlotte sabe lo que es que te rompan el corazón. Tienes más en común con ella de lo que piensas.

Siempre que mi abuela mencionaba mi relación con Allison, me irritaba. Aquello no solo no tenía nada que ver con lo que estábamos hablando, sino que también me obligaba a pensar en cosas que trataba desesperadamente de dejar atrás. Había intentado por todos los medios olvidar el dolor que me había causado el fin de esa relación.

Miré por la ventana buena parte de la siguiente media hora, sin hacer nada, mientras me mentalizaba de que ahora Charlotte trabajaba allí. Era una coincidencia de lo más extraña. Y sabía que no podríamos trabajar juntos sin llevarnos la contraria continuamente.

Decidí ir a su despacho para establecer algunas reglas básicas y explicarle qué esperaba de ella durante el día en que estaría a mis órdenes.

«A mis órdenes».

Me deshice rápidamente de la visión fugaz de su diminuto cuerpo. Eso era lo complicado de despreciar a alguien que era físicamente atractivo. La mente y el cuerpo libraban una batalla permanente que, en circunstancias normales, habría ganado el cuerpo.

Pero aquellas no eran unas circunstancias normales. Charlotte Darling estaba lejos de ser normal, y yo debía estar en guardia.

Dispuesto a decirle lo que pensaba, me encaminé por el pasillo hasta su despacho e inspiré profundamente antes de abrir la puerta sin llamar.

Me sorprendí al ver a mi hermano, Max, tumbado en el sofá, aunque no debería haberlo hecho. Aquel era el modus operandi de Max: se había presentado corriendo en el despacho de la nueva asistente para impresionarla.

—¿Puedo ayudarlo en algo, señor Eastwood? —preguntó ella con frialdad.

Max esbozó una sonrisa divertida.

—Charlotte, sé que ya os conocéis, pero deja que te presente formalmente a mi hermano mayor, es decir, el malvado dueño y señor de todo esto. Reed.

«Genial. Ken el Ligón no ha perdido ni un minuto con la Barbie nórdica».

Capítulo 7
Charlotte

El ambiente cambió por completo en cuanto Reed entró en mi despacho. Era el tipo de atmósfera que me recordaba a cuando estaba en la escuela y la profesora de repente apagaba las luces para calmarnos a todos. La diversión había llegado a su fin.

De pronto, noté que me sudaban las palmas de las manos.

Di un sorbo al macchiato de caramelo con hielo que Max me había traído del Starbucks frente a la oficina y traté de mantener la compostura, aunque sin mucho éxito. No había nada en Reed que no me intimidara: su estatura, su pajarita, sus tirantes y su profunda voz. Pero lo que me resultaba más intimidante era el hecho de que sospechaba que me odiaba. Sí, así era.

Su hermano, Max, en cambio, era todo lo contrario: encantador y cercano. Si esto fuera un instituto y no una enorme empresa, Max sería el payaso de la clase y Reed, el profesor gruñón.

Max había contribuido por un momento a que olvidara la reprimenda de Reed, pero la tregua había acabado.

Reed lanzó una mirada de reprobación a Max y dijo:

—¿Qué haces aquí?

—¿Qué crees que hago? Dar la bienvenida a nuestra nueva empleada, que es más de lo que has hecho tú.

Reed lo miró como si quisiera clavarle un puñal. Parecía todavía más molesto porque hubiera compartido con Max el incidente de antes, pero no había podido evitarlo. Max me había preguntado qué me pasaba y yo había decidido contarle la verdad. Lo que me pasaba era Reed Eastwood.

En cambio, el Eastwood más joven me había dicho que no me tomara como algo personal lo que su hermano mayor hiciera o dijese, porque, a veces, Reed también lo trataba con severidad. Me aseguró que Reed no era ni la mitad de duro de lo que parecía, pero que, por lo visto, había tenido un año horrible. Me resultaba difícil creer que fuese la misma persona que había escrito aquella dulce nota azul. Y eso me hizo pensar en Allison. ¿Lo habría dejado por su actitud? Desde luego, era una posibilidad que cada vez me parecía más plausible. Me sentí ligeramente culpable por estar al tanto de su fallido compromiso y que él no tuviera la menor idea de que había ido en su busca.

Reed hizo un gesto en dirección a su hermano.

—¿No tienes nada que hacer, Max? No sé, ir a que te abrillanten los zapatos o algo.

Max se cruzó de brazos.

—No. De hecho, tengo el día libre.

—Menuda sorpresa.

—Vamos… Ya sabes que soy el presidente del comité de bienvenida. —Max dio un sorbo a su café y se acomodó todavía más en el sofá de cuero negro.

—Resulta muy curioso lo selectivo que es ese comité. No has ido a dar la bienvenida al nuevo contable que ha empezado a trabajar hoy.

—Era mi siguiente visita en la ronda.

—Ya. —Reed lanzó una mirada de escepticismo a su hermano.

Los dos eran similares, pero con diferencias. Aunque guardaban cierto parecido y ambos eran muy guapos, Max tenía el pelo más largo y parecía más salvaje y libre, con una sonrisa que daba a entender que todo le importaba un ardite. Reed era más formal y siempre parecía enfadado. No solía sentirme atraída por ese tipo de hombre, pero había algo inalcanzable en él que me llamaba la atención. Con su constante coqueteo, Max me había dejado claro que, si quería, seguramente tenía el camino libre con él, pero, de algún modo, eso le hizo perder interés. Por contra, ni siquiera estaba segura de si Reed me odiaba o no, pero su misteriosa personalidad me cautivaba.

—Bueno, pues lo siento, pero necesito hablar con Charlotte —contestó Reed—. Sobre un asunto de trabajo de verdad, a diferencia de tu visita de ahora. Así que déjanos a solas, por favor.

* * *

Me incorporé en la silla mientras Reed cerraba la puerta tras su hermano. A diferencia de Max, no se sentó en el sofá. No, este hermano prefirió quedarse de pie con los brazos cruzados mientras me miraba con desprecio. Y no pensaba soportarlo ni un segundo más. Me levanté, me quité los zapatos de tacón y me subí a la silla.

—¿Se puede saber qué hace? —preguntó con los ojos entrecerrados.

Imitando su postura, me crucé de brazos y lo miré con desdén.

—Lo miro igual que usted a mí.

—Bájese de ahí.

—No.

—Señorita Darling, bájese de esa silla antes de que se caiga y se haga daño. Estoy seguro de que sus largos años como profesora de surf de perros le hacen creer que es capaz de aguantar incólume en una silla con ruedas, pero le aseguro que, si se cae y se rompe la crisma contra el borde de la mesa, se hará daño.

Dios, era un capullo presuntuoso.

—Si quiere que me baje, tendrá que sentarse para hablar conmigo.

—De acuerdo. Baje, por favor —respondió entre suspiros.

Decidí fingir que me caía antes de bajarme, y Reed dio un salto y se plantó a mi lado para sujetarme.

«Vaya, vaya. El señor Maligno tiene un lado caballeresco». No pude evitar sonreír.

—Lo ha hecho a propósito —comentó, enfadado.

Salté y señalé las dos sillas que había frente a mi mesa.

—¿Por qué no nos sentamos, señor Eastwood?

Murmuró algo ininteligible, pero tomó asiento.

Coloqué las manos sobre la mesa y le obsequié con una amplia sonrisa.

—Dígame, ¿de qué quiere que hablemos?

—De nuestro viaje de mañana.

Iris había mencionado que tenía que ir a enseñar una casa en el este de la ciudad mañana, pero, como no tenía ni idea de que su nieto era quien era, no había caído. «Perfecto, un día entero con un tío que me odia». Y yo que pensaba que había empezado mi nuevo trabajo con buen pie… En lugar de eso, tendría encima a un hombre que se moría de ganas de perderme de vista, como un halcón, observándome hasta que cometiera el más mínimo error.

—¿Qué información quiere darme del viaje? —pregunté, con un bolígrafo y una libreta para tomar notas.

—Para empezar, saldremos a las cinco y media en punto.

—¿De la mañana?

—Sí, Charlotte. Por lo general, a la gente le gusta visitar las propiedades grandes, con muchas hectáreas, cuando todavía hace sol.

—No hace falta que sea tan condescendiente. Tan solo soy nueva, ¿sabe?

—Sí, soy plenamente consciente de ello.

Puse los ojos en blanco y escribí «cinco y media» en mi cuaderno de notas, y añadí en mayúsculas y subrayé dos veces «en punto».

—A las cinco y media —repetí—. De acuerdo. ¿Quiere que quedemos en la estación de tren?

—Iremos en coche.

—De acuerdo.

—Tengo una llamada telefónica a las siete de la mañana con un cliente de Londres. Cuando Lorena y yo pasamos el día fuera atendiendo visitas, suelo conducir yo durante la primera hora. Cuando llegamos al final de la autopista, desayunamos y ella me releva, para que yo me ocupe de las llamadas y me ponga al día con los correos electrónicos antes de llegar a la propiedad.

—Eh… Yo no conduzco.

—¿Qué quiere decir?

—Que no tengo carnet de conducir, así que no podremos hacer turnos.

—No, si ya lo he entendido. Solo me preguntaba cómo es posible que una mujer de veintitantos años no tenga carnet de conducir.

Me encogí de hombros.

—No me ha hecho falta hasta ahora. Mucha gente que vive en la ciudad no conduce.

—¿Nunca ha intentado sacárselo?

—Está en mi lista de pendientes.

Reed exhaló otro suspiro audible y negó con la cabeza.

—De acuerdo. Conduciré yo. Envíeme por correo electrónico su dirección y la recogeré allí. Esté lista a en punto.

—No.

—¿Cómo que no?

Supuse que era un hombre que no estaba acostumbrado a oír la palabra «no» muy a menudo.

—Quedemos en la oficina, mejor.

—Es más fácil que pase a recogerla por su casa, a esa hora.

—No pasa nada. No me siento cómoda pensando que sabe dónde vivo.

Reed se frotó la cara con las manos.

—Es consciente de que puedo acceder a su dirección en la base de datos de recursos humanos en cualquier momento, ¿verdad?

—No es lo mismo. Hay una gran diferencia entre saber dónde vivo y enseñarle dónde vivo.

—¿Qué diferencia?

—Bueno… —Me recliné en la silla y señalé la ropa que llevaba puesta—. Ahora mismo, sabe que estoy desnuda debajo de toda esta ropa, pero eso no significa que tenga que enseñarle los pechos.

Sus labios se curvaron en una sonrisa traviesa mientras deslizaba los ojos por el sutil escote de mi camisa.

—No creo que se parezca en absoluto, pero como quiera.

Reed tenía la habilidad de ponerme nerviosa con una mirada. Me erguí y agarré el bolígrafo y el cuaderno de nuevo.

—¿Alguna cosa más?

—Vamos a enseñar la casa de Bridgehampton a dos familias. Es una residencia valorada en siete millones de dólares y nuestros clientes esperan discreción. Tendrá que quedarse en la puerta de la casa para evitar que nadie más entre durante la visita. Si la segunda familia llegase demasiado pronto, su cometido es llevarlos a la salita que hay en la parte delantera de la casa, justo al lado del vestíbulo principal, y procurar que se queden allí.

—De acuerdo, no hay problema.

—Asegúrese de que las mesas del catering se coloquen en esa habitación, para que pueda ofrecer un refrigerio a los clientes mientras esperan. Por supuesto, nada más llegar, debe ofrecerles algo de beber a las dos familias, pero también es una manera discreta de lograr que los clientes que llegan antes se desplacen a otro espacio, mientras yo termino con la visita en curso.

—¿Catering?

—Sí, de Citarella. Tiene todos sus datos en el directorio de proveedores. Descargue la información de contacto en su móvil, por si surgiera algún problema.

Ladeo la cabeza y pregunto:

—Y ¿por qué contratamos un catering para las visitas de Bridgehampton? El ático que fui a ver era más caro que esta mansión.

Reed sonrió con una actitud burlona.

—Porque le dije a Lorena que no le ofreciera nada, dado que ya sabía que no iba a comprar nada de nada.

—Vaya.

—Sí, vaya. Y por favor, vístase adecuadamente. Nada ceñido que pueda distraer.

Eso me ofendió. Yo siempre iba vestida de manera apropiada al trabajo.

—¿Distraer? ¿Qué quiere decir? ¿Y distraer a quién, a ver?

Reed se aclaró la garganta.

—No importa. Vístase con algo como lo que lleva puesto ahora. Es una jornada de trabajo, no una excursión a los Hamptons. Y no repita «a ver».

—¿Cómo?

—No denota una buena gramática.

Puse los ojos en blanco.

—Dios, debió de ir a un internado de esos que son solo para chicos, ¿verdad?

Reed ignoró mi comentario.

—Hay un folleto sobre la propiedad en su carpeta. Debería familiarizarse con los detalles de la residencia, por si le preguntan algo concreto y yo no estoy disponible.

—Vale, ¿algo más? —pregunté, y anoté lo que dijo.

Se metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó su móvil.

—Necesito su número de móvil, por si hubiese algún cambio de planes.

Empecé a teclear.

Nombre propio: Charlotte.

Apellido: Darling.

Empresa:… Esbocé una sonrisa interior mientras sopesaba la idea de escribir «Tus Huevos», pero luego rectifiqué. Al menos, creía haber sonreído para mis adentros.

—¿Qué hace? —preguntó Reed, y estiró el cuello para mirar la pantalla.

—Nada.

—Entonces, ¿por qué me ha parecido ver que esbozaba una sonrisa maligna?

Le tendí el móvil.

—Mi abuela siempre decía que una dama debe sonreír como un ángel y guardarse sus pensamientos malignos para sí.

Se levantó, entre gruñidos.

—No me extraña que Iris y usted se entiendan a la perfección.

Sin decir que la conversación había terminado, Reed se encaminó a la puerta.

—Por cierto, iba mirando el móvil cuando nos hemos chocado esta mañana. Mi abuela me ha dicho que llevaba un jarrón en las manos y que se le ha roto. Tráigame el recibo y le reembolsaré el importe.

Negué con la cabeza.

—No hace falta. Solo me gasté unos dólares. Lo hice yo.

Enarcó las cejas.

—¿Usted?

—Sí, soy escultora. Y hago cerámica. Bueno, lo era y lo hacía. Cuando Iris y yo nos encontramos en el baño, se lo conté y le dije que era algo que echaba de menos. Me animó a retomarlo, a recuperar la costumbre de hacer cosas que me hacen feliz. Así que pasé el fin de semana en el torno de cerámica, haciéndole ese jarrón. Era para ella. Llevaba varios años sin hacerlo y la verdad es que Iris tenía razón. Tengo que concentrarme en las cosas que me hacen feliz en lugar de lamentarme por un pasado que no puedo cambiar. Y trabajar en ese jarrón fue un primer paso en la dirección correcta.

Reed me miró con una expresión indescifrable y, luego, se giró y se marchó sin decir palabra. «Será idiota…». Un idiota guapo y arrogante que resultaba igual de atractivo de espaldas que cuando me miraba.

* * *

Más tarde, me fijé en una nota azul que había sobre mi escritorio. No supe qué hacer y, antes de cogerla, medité durante unos segundos. Era del mismo tono azul que la nota que había encontrado en el vestido de novia.

Me estremecí. Casi había olvidado aquella preciosa nota y las emociones que había experimentado al descubrirla. No podía imaginar que el hombre desagradable y distante que había conocido fuera el mismo que había escrito aquellas románticas palabras. El Reed que conocía era un hombre frío y pragmático y aquello hacía que sintiera todavía más curiosidad acerca de lo sucedido.

Suspiré.

«Una nota azul de Reed».

«Para mí».

«Es surrealista».

En la parte superior, había un membrete en relieve que leía «De la oficina de Reed Eastwood». Suspiré profundamente y leí el resto:

Charlotte:

Si tiene alguna pregunta más sobre Bridgehampton, no deje de teclearla en el aire y enviármela.

Reed

Capítulo 8
Reed

Llegué al semáforo de la esquina con quince minutos de antelación. Charlotte ya estaba allí, de pie frente al edificio. Estaba esperando a que se pusiera verde, así tenía tiempo de contemplarla desde la distancia. Echó un vistazo al reloj y, luego, a su alrededor, en la acera, antes de acercarse a una botella de agua vacía que había en el bordillo. La recogió y se puso a buscar más.

¿Qué narices hacía? ¿Buscaba botellas en las calles de Manhattan para conseguir el centavo que le daban a uno al reciclarlas? Aquella mujer estaba realmente loca. ¿Quién tenía tiempo para hacer algo así? La observé mientras se dirigía a otro objeto, lo recogía, caminaba hacia otro, hacía lo mismo… «Pero ¿qué…?».

El semáforo se puso en verde, así que giré a la derecha y me detuve en la calle de un solo sentido que había frente a nuestro edificio. Charlotte dio un cauteloso paso hacia atrás y, acto seguido, se inclinó para ver quién estaba al volante. Se había pasado todo el rato recogiendo porquería infestada de microbios de una calle de Nueva York, pero le preocupaba que el conductor de un Mercedes S560 tuviera algún problema. Bajé la ventanilla de cristal tintado y pregunté:

—¿Lista?

—Ah, sí. —Miró a la derecha, luego a la izquierda y levantó el índice antes de acercarse a mitad de la manzana—. Un segundo. —La seguí con la mirada y vi que se acercaba a una papelera y tiraba toda la basura que había recogido. «Estupendo. No solo se dedica a limpiar las calles al amanecer, sino que, cuando se inclina, esa falda le hace un culo increíble».

Abrió la puerta del asiento del copiloto y se metió en el coche.

—Buenos días.

«Y encima, está animada. Perfecto».

Señalé la guantera.

—Tengo toallitas.

Frunció la nariz, sin comprender.

—Para que se limpie las manos —añadí con un suspiro.

Volvió a esbozar aquella sonrisa traviesa. Levantó las manos y me enseñó las palmas, agitándolas frente a mí.

—¿Tiene fobia a los gérmenes?

—Límpiese las manos, por favor.

Sería un día muy largo…

Puse en marcha el motor y conduje hacia el túnel mientras Charlotte obedecía. Ninguno de los dos volvió a hablar hasta que salimos de la ciudad y llegamos a los peajes del otro lado de Manhattan.

—¿No tiene uno de esos dispositivos para pasar de forma automática? —preguntó, con la vista puesta en el enorme cartel de la cola de «solo efectivo» en la que me había colocado.

—Un teletac. Sí, pero la última vez que lo utilicé conduje con el otro coche y me lo he dejado ahí.

—¿Su otro coche es una camioneta o algo así?

—No. Es un Range Rover.

—¿Para qué necesita dos coches?

—¿Por qué hace tantas preguntas?

—Vaya, no hace falta que sea tan maleducado. Solo intentaba conversar con usted —dijo, y miró por la ventanilla.

En realidad, el Rover era de Allison. Pero no iba a mencionarla delante de aquella mujer. Había dos coches más en la cola, así que me metí la mano en el bolsillo para sacar un billete de veinte dólares y me percaté de que tenía la cartera en la guantera.

—¿Le importaría sacar mi cartera de la guantera? —le pedí.

Continuó mirando por la ventanilla.

—¿Qué tal si añade un «por favor» a esa frase?

Frustrado y con solo un coche delante en la cola, me incliné bruscamente y saqué yo mismo la cartera. Por desgracia, eso me permitió disfrutar de una espectacular vista de las piernas bronceadas y torneadas de Charlotte. Cerré la guantera de un golpe, malhumorado.

Tras pasar el peaje e incorporarnos a la autopista hacia Long Island, decidí comprobar las habilidades de nuestra nueva asistente.

—¿Cuántas habitaciones y baños tiene la casa que vamos a enseñar hoy?

—Cinco habitaciones y siete baños. Aunque no tengo ni idea de para qué necesitaría alguien siete baños.

—¿De qué material es la piscina?

—De hormigón proyectado. También está calefactada. Y tiene la forma de un lago de montaña, mármol italiano importado y una cascada.

Sí que había hecho sus deberes, pero no iba a dejar que saliera airosa tan fácilmente.

—¿Extensión?

—La casa principal tiene cuatrocientos cuarenta y un metros cuadrados. La casa de la piscina otros sesenta, y también tiene calefacción.

—¿Número de chimeneas?

—Cuatro dentro y una fuera. Todas las interiores son de gas; la exterior, de leña.

—¿Electrodomésticos?

—Viking, Gaggenau y Sub-Zero. Además hay una nevera y un congelador de la serie Pro Sub-Zero en la cocina y otra unidad combo en la casa de la piscina. Y en caso de que lo dudase, las tres neveras combinadas cuestan más que un Prius nuevo. Lo he comprobado.

«Mmm». Quería que metiera la pata, así que le pregunté algo que no aparecía en el folleto.

—¿Y quién ha sido el encargado de la decoración?

—Carolyn Applegate, de la empresa de diseño de interiores Applegate y Mason.

Libraba una batalla de lo más extraña en mi interior. Aunque mi intención era ponerla en un aprieto para que cometiese un error, una parte de mí estaba exultante por que no lo hubiera hecho.

—Y es «la encargada» —murmuró.

—¿Cómo?

—Es una mujer, por lo tanto es «la encargada».

Tuve que fingir una repentina tos para disimular mi sonrisa.

—Bien. Me alegra ver que ha hecho los deberes.

Llegamos a la residencia Bridgehampton una hora antes de la primera visita. Los encargados del catering ya estaban allí, disponiendo todo en su sitio. Tenía que hacer algunas llamadas y responder algunos correos electrónicos, así que le dije a Charlotte que diera una vuelta por la casa para familiarizarse con el terreno. Media hora después, la encontré en la sala principal, escudriñando una pintura.

Me acerqué a ella por detrás.

—La dueña es una artista. Ninguna de sus pinturas están incluidas en la venta de la casa.

—Sí, lo he leído. Es muy buena. ¿Sabía que visita residencias de ancianos para escuchar las historias de cómo la gente conoció a sus maridos y mujeres y luego pinta la imagen que ve al oír sus historias de amor? Me pregunto si esta es una de ellas. Es tan romántica…

En el cuadro se veía a una pareja cenando en un restaurante, pero la mujer parecía mirar a un hombre que estaba sentado en la mesa al lado de ella, disimulando una sonrisa.

—¿Qué parte le parece romántica? ¿La mujer que mira al hombre con el que no ha ido a cenar? ¿O la parte donde el pobre hombre al que mira no se da cuenta de que dentro de unos meses le hará lo mismo a él?

Contemplé la pintura y me compadecí del pobre hombre sentado frente a la mujer. «Confía en mí, amigo. Es mejor que descubras ahora que no te es fiel».

Charlotte se giró y me miró.

—Vaya. Es usted todo corazón.

—Soy realista.

Se llevó las manos a las caderas.

—¿De verdad? Dígame algo positivo sobre mí. Un realista ve todos los aspectos de la gente, tanto los buenos como los malos. Lo único que ve en mí es lo negativo, desde que nos conocimos.

Charlotte era bajita, incluso cuando llevaba tacones. Y con la escasa distancia que nos separaba, tenía una vista impresionante de su blusa de seda. Creo que si hubiese compartido con ella los pensamientos positivos que me venían a la cabeza en ese momento, se habría molestado. Así que di media vuelta y me alejé de ella.

—Estaré en la cocina cuando llegue la primera visita.

* * *

Incluso los idiotas saben obsequiar a la gente con algún cumplido cuando es necesario. Y quizá había sido demasiado duro con Charlotte. Pero había algo en ella que me ponía de los nervios. Transmitía cierta inocencia que yo no podía evitar querer destrozar y no estaba seguro de por qué.

—Lo ha hecho muy bien hoy —comenté al cerrar la puerta, y llevé la mano hacia delante para dejar pasar a Charlotte.

Tenía un carácter redomadamente complicado, por lo que no aceptó el elogio sin más. Se llevó la mano al oído y esbozó una sonrisa burlona.

—¿Cómo? Creo que no lo he oído bien. Tendrá que repetirlo.

—No se haga la lista conmigo. —Fuimos juntos hacia el coche. Abrí la puerta del asiento del copiloto y esperé a que se instalara para cerrarla.

Cuando salíamos de la propiedad, pregunté:

—¿Cómo sabía todo eso de Carolyn Applegate?

La primera clienta no parecía muy convencida con el diseño interior de la casa, pero Charlotte dejó caer algunos nombres de famosos que habían contratado los servicios de la diseñadora que se había ocupado de la decoración de la casa y, desde entonces, la mujer empezó a ver la finca con otros ojos. Es posible que aquella sutil acción comercial resultara crucial para la venta de la casa.

Desde luego, Charlotte no era normal, pero tenía que admitir que el instinto de mi abuela casi siempre era el correcto. No había llegado tan lejos por accidente. Iris veía el valor de la gente y parecía que no se había equivocado con Charlotte. Quizá era yo quien había permitido que mis sentimientos por otra rubia preciosa me nublaran el juicio.

—Google —contestó—. Busqué el nombre de los actuales propietarios y en la página web de la diseñadora vi que habían contratado sus servicios. Luego, investigué para qué otros clientes había trabajado. Cuando mencioné que también había decorado la casa de Christie Brinkley, a unos pocos kilómetros de distancia, la mirada de la señora Wooten se iluminó, así que busqué la página con el móvil y le mostré las fotos de la casa de Christie, donde se veía que tenía la misma tela en los cojines del sofá.

—Pues ha funcionado. Su opinión sobre la casa ha cambiado gracias a eso. Y que fingiera que le gustaba el pequeño monstruo que ha venido con la segunda pareja ha funcionado a las mil maravillas.

Frunció el ceño.

—No fingía. El niño era adorable.

—Pero si no paraba de gritar.

—Tenía tres años.

—Sea como sea, me alegro de que le hiciera callar.

Negó con la cabeza.

—Algún día se convertirá en el marido desgraciado de una pobre mujer y en el padre impaciente de algún crío.

—No, no lo haré.

—¿Ah, no? ¿Acaso se porta mejor con las mujeres con las que sale?

—No, simplemente no planeo casarme ni tener hijos. —Tenía los nudillos blancos de la fuerza con la que me aferraba al volante.

Charlotte no dijo nada, pero la expresión de su rostro me reveló que acababa de abrir una puerta hacia algo que la intrigaba y sobre lo que iba a reflexionar durante todo el viaje de regreso a casa. No podía permitirlo, así que retomé la conversación sobre el trabajo.

—Tendrá que enviar un correo electrónico de seguimiento a las dos parejas, en mi nombre. Deles les gracias por haber venido a ver la propiedad y pídales cita para una llamada telefónica la semana que viene.

—De acuerdo.

—Y llame también a Bridgestone Properties, en Florida. Pregunte por Neil Capshaw. Dígale que es mi nueva asistente y pregúntele por la venta de la casa que los Wooten tienen en Boca. Les mandamos muchos clientes, así que no tendrán inconveniente en compartir esa información con usted. Si los Wooten tienen un comprador para esa propiedad, es posible que se decidan a comprar la casa de verano de Bridgehampton más pronto que tarde.

Había sacado su móvil para tomar notas.

—Vale. Correos de seguimiento a los compradores. Llamar a Capshaw. De acuerdo.

—También tengo que reprogramar mi cita de mañana a las cuatro de la tarde. Intente pasarla a las cuatro y media.

—Entendido. ¿Con quién tiene esa cita?

—Con Iris.

Charlotte levantó la vista.

—¿Quiere que llame a Iris, su abuela, para reprogramar una cita?

—Sí. Usted es mi asistente, y eso es lo que hacen las asistentes. Reprograman citas e incluso cancelan reuniones. ¿O acaso no la han informado sobre sus funciones?

—Pero es su abuela. No todas las relaciones funcionan como si fueran laborales, aunque la cita sea para tratar algún tema de la empresa. ¿No debería llamarla en persona?

—¿Por qué?

Charlotte negó con la cabeza y exhaló un suspiro.

—No importa, lo haré.

Por suerte para mí, seguimos conduciendo en silencio durante un rato después de esa conversación. No había mucho tráfico y avanzamos por la autopista sin que Doña Perfecta me dijera cómo debía hacerlo. Me disponía a meterme en la 495 cuando Charlotte cruzó y separó las piernas en el asiento del pasajero, y aparté los ojos de la carretera un instante. No pudo haber sido mucho más. Pero, poco después, Charlotte gritaba y trataba de agarrarse a lo que fuera.

—¡Cuidado!

Instintivamente, pisé el freno incluso antes de comprender con qué narices debía tener cuidado. Todo lo que sucedió después ocurrió a cámara lenta.

Miré hacia delante.

Una criatura peluda y pequeña se apresuraba a cruzar la carretera.

El coche se detuvo de repente y vi lo que había estado a punto de atropellar.

Una ardilla.

«Joder, es una ardilla».

Me había dado un susto de muerte porque un roedor había cruzado la carretera.

Increíble. Estaba a punto de decirle exactamente lo que pensaba de su numerito cuando un enorme golpe me interrumpió. Sorprendido, tardé un poco en comprender qué había sucedido.

Un coche había chocado con nosotros por detrás.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
301 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9788417972264
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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