Kitabı oku: «Metazoos»
La evolución de la vida y el nacimiento de la consciencia
Traducción de Joandomènec Ros i Aragonès

Metazoos
Título original: Metazoa
© 2020 by Peter Godfrey-Smith
Todos los derechos reservados
Traducción: Joandomènec Ros i Aragonès
© 2021, de esta edición, Shackleton Books, S.L.




@Shackletonbooks
www.shackletonbooks.com
Realización editorial: Bonalletra Alcompas, S.L.
Diseño de cubierta: Pau Taverna
Diseño: Kira Riera
Maquetación (edición papel): Manel López (GRAFCO)
Composición ebook: Iglú ebooks
Ilustración de cubierta: Shutterstock
ISBN: 978-84-1361-110-5
Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento y su distribución mediante alquiler o préstamo públicos.
Dedicado a las personas que perdieron la vida en los incendios forestales australianos de 2019-2020, y a las que los combatieron.
Y en este punto, dejadme amonestaros de modo conmovedor, ¡oh armadores de Nantucket! ¡Cuidado con alistar en vuestras vigilantes pesquerías a ningún muchacho de frente descarnada y mirada profunda, dado a tan inoportuna meditatividad! […]
–Vamos, tú, mono»—decía un arponero a uno de esos muchachos—: «llevamos más ya sus buenos años de travesía, y todavía no has señalado una ballena. Mientras tú estás ahí arriba, las ballenas son tan escasas como los dientes de gallina.
Quizá era así o quizá podían haber estado en manadas en el remoto horizonte; pero este distraído joven está adormecido en tal desatención drogada de ensueño vacío e inconsciente, por la cadencia mezclada de las olas y los pensamientos, que finalmente pierde su identidad; toma el místico océano a sus pies por la imagen visible de esa profunda alma azul y sin fondo que penetra la humanidad y la naturaleza; y cualquier cosa extraña, medio vista, elusiva y hermosa, que se le escapa, cualquier aleta que asoma, confusamente percibida, de alguna forma indiscernible, le parece la encarnación de esos elusivos pensamientos que sólo pueblan el alma volando continuamente a través de ella. En este encantado estado de ánimo, tu espíritu refluye al lugar de donde vino, se difunde a través del tiempo y el espacio, como las dispersas cenizas panteístas de Wickliff, formando al menos una parte de todas las orillas en torno al globo.
HERMAN MELVILLE, Moby Dick(traducción de José María Valverde)
PROTOZOOS
Descendiendo por los peldaños
Desciendes diez peldaños de unas escaleras labradas en las rocas de un rompeolas y llegas directamente al agua, que está llana y mansa, en la pleamar. El sonido retrocede junto con la gravedad y la luz se reduce hasta un verde tenue a medida que me hundo bajo la superficie. Todo lo que puedes oír es tu respiración.
Pronto te encuentras en un jardín de esponjas, en una mezcolanza de formas y colores. Algunas esponjas tienen forma de bulbos o de abanico, y crecen hacia arriba desde el fondo marino. Otras se extienden lateralmente sobre cualquier cosa que encuentran, en una capa irregular y envolvente. Entre las esponjas se perciben lo que parecen helechos y flores, y también ascidias, estructuras en forma de pitorro de color rosa pálido, en cuyo interior hay adornos de esmalte. Los pitorros se parecen a los respiraderos que hay en la cubierta de los barcos, dirigidos hacia abajo, aunque estos pitorros señalan en todas direcciones. Están recubiertos por todo tipo de organismos enmarañados, a menudo tan incrustados que parecen formar parte del paisaje físico en el que viven los organismos más que ser organismos por derecho propio.
Pero las ascidias efectúan pequeños movimientos, como si estuvieran dormidas y solo notaran a medias mi presencia cuando paso cerca de ellas. A veces, y siempre me sobresalta un poco, el cuerpo de una ascidia se desploma parcialmente sin moverse de sitio y expele visiblemente el agua que había dentro del animal, como si se encogiera y suspirara. El paisaje cobra vida y efectúa su propio comentario a medida que me desplazo por él.
Entre las ascidias hay anémonas y corales blandos. Algunos de estos adoptan la forma de un racimo de manos diminutas. Cada mano tiene la regularidad de una flor, pero de una flor que intenta agarrar el agua que la rodea. Se contraen y vuelven a abrirse lentamente.
Estoy nadando entre algo parecido a un bosque, rodeado de vida. Pero en un bosque, la mayor parte de lo que se encuentra es el producto de una ruta evolutiva diferente: la ruta de las plantas. En el jardín de esponjas, la mayoría de lo que veo son animales. La mayoría de estos animales (todos, excepto las propias esponjas) poseen un sistema nervioso, hilos electrificados que se extienden por su cuerpo. Este cambia y estornuda, se extiende y duda. Algunos de estos animales reaccionan bruscamente cuando me acerco. Los gusanos serpúlidos parecen penachos de plumas anaranjadas fijados al arrecife, pero las plumas tienen una fila de ojos, y desaparecen si me acerco demasiado. Podría imaginar que me encuentro en un bosque verde, y que los árboles estornudan y tosen, extienden manos y me vislumbran con ojos invisibles.
Esta lenta natación que me aleja del litoral me muestra restos y parientes de formas primitivas de acción animal. No estoy nadando en el pasado: las esponjas, las ascidias y los corales son todos animales actuales, producto del mismo periodo de tiempo evolutivo que produjo a los humanos. No me hallo entre antepasados, sino entre primos muy lejanos, parientes vivos distantes. El jardín que me rodea está hecho de la parte superior de las ramas de un único árbol familiar.
Más alejada y bajo una cornisa hay una maraña de antenas y pinzas: un camarón de bandas. Su cuerpo, en parte transparente, solo tiene unos pocos centímetros de longitud, pero las antenas y otros apéndices extienden su presencia al menos tres veces más. Este animal es el primero de los que he mencionado que puede verme como un objeto y no como ondas de luz y una masa amenazadora. Después, todavía un poco más lejos, sobre el arrecife, hay un pulpo tendido como un gato (un gato muy camuflado), con algunos brazos extendidos y otros enrollados. Este animal también me mira, de manera más patente que el camarón, y levanta la cabeza con atención cuando paso a su lado.
Materia, vida y mente
En 1857, el buque británico Cyclops dragó algo de las profundidades del Atlántico Norte. La muestra parecía fango del fondo marino. Se conservó en alcohol y se envió al biólogo inglés T. H. Huxley.1
La muestra se envió a Huxley no porque pareciera especialmente insólita, sino porque en aquella época existía un interés, tanto científico como práctico, por los fondos marinos. El interés práctico respondía al proyecto de tender cables de telégrafo en el mar profundo. El primer cable que cruzaba el Atlántico para transmitir mensajes se completó en 1858, aunque solo estuvo operativo durante tres semanas, ya que el aislamiento falló y la corriente que transportaba la señal se perdió en el mar.
Huxley observó el fango, percibió algunos organismos unicelulares así como enigmáticos cuerpos redondeados, y guardó la muestra durante unos diez años. Volvió entonces a examinarla con un microscopio más avanzado. Esta vez vio discos y esferas de origen desconocido, y también una sustancia con aspecto de limo, una «materia gelatinosa transparente», que los rodeaba. Huxley sugirió que había encontrado una nueva clase de organismo, de una forma excepcionalmente simple. Su cauta interpretación fue que los discos y esferas eran partes duras producidas por la propia materia de aspecto gelatinoso, que estaba viva. Huxley bautizó el nuevo organismo en honor de Ernst Haeckel, un biólogo, ilustrador y filósofo alemán. La nueva forma de vida se llamaría Bathybius Haeckelii.
Haeckel estaba encantado tanto con el descubrimiento como con la elección del nombre. Había estado argumentando que tenía que existir algo parecido a aquello. al igual que Huxley, estaba totalmente convencido de la teoría de la evolución de Darwin, desvelada en El origen de las especies, de 1859. Huxley y Haeckel eran los principales defensores del darwinismo en sus respectivos países. Ambos estaban también dispuestos a plantear preguntas sobre las que Darwin se había demostrado reticente a especular, más allá de unas breves frases: el origen de la vida y los inicios del proceso evolutivo. ¿Había surgido la vida en la Tierra únicamente una vez, o lo había hecho varias veces? Haeckel estaba convencido de que la generación espontánea de la vida a partir de materiales inanimados era posible, y que podía estar produciéndose de manera continua. Recibió con los brazos abiertos el Bathybius como una forma fundamental de vida, que podía extenderse sobre grandes áreas del fondo marino profundo; lo consideraba como un puente o eslabón entre el reino de la vida y el reino de la materia muerta e inanimada.
La concepción tradicional de cómo se organiza la vida, una imagen establecida por los antiguos griegos, reconocía solo dos tipos de seres vivos: animales y plantas. Todo lo vivo tenía que integrarse en una de las dos categorías. Cuando el botánico sueco Carl von Linné2concibió un nuevo plan de clasificación en el siglo XVIII, colocó el reino de las plantas y el de los animales junto a un tercer reino inanimado, el «reino de las rocas», o Lapides. Esta triple distinción todavía se conserva en la pregunta recurrente «¿animal, vegetal o mineral?».
En la época de Linné ya se habían observado organismos microscópicos, quizá por primera vez en la década de 1670, por parte del pañero holandés Antonie van Leeuwenhoek, que había fabricado los más potentes de los primeros microscopios. En su clasificación de seres vivos, Linné incluyó un número notable de organismos minúsculos observados al microscopio, y los colocó en la categoría de «gusanos». (Concluyó la décima edición de su Systema Naturae, la edición que inició la clasificación de los animales, así como de las plantas, con un grupo que denominó Mona: «su cuerpo es un simple punto»). A medida que la biología avanzaba, empezaron a aparecer casos enigmáticos, especialmente en la escala microscópica. La tendencia fue intentar incluirlos o bien con las plantas (algas) o bien con los animales (protozoos), a un lado u otro de la frontera. Pero a menudo era difícil decidir dónde se integraba un nuevo organismo, y era natural tener la sensación de que la clasificación estándar cedía ante presiones nuevas.
En 1860, el naturalista británico John Hogg adujo que lo sensato era dejar de hacer entrar con calzador elementos en categorías fijas y añadir un cuarto reino para los organismos pequeños, que cada vez se reconocían más como unicelulares, y que no son ni plantas ni animales. Los denominó Protoctista, y los situó en un Regnum Primigenum, o «reino primitivo», que acompañaba a los reinos de los animales, las plantas y los minerales. (Protoctista, el término de Hogg, lo acortó posteriormente Haeckel a Protista, más moderno). al parecer de Hogg, las fronteras entre los reinos vivos eran vagas, pero la frontera entre el reino mineral y los reinos vivos era nítida.
La discusión sobre categorías que he descrito se ha ocupado hasta ahora de la vida, no de la mente. Pero parece que la vida y la mente han estado conectadas de alguna manera desde hace mucho tiempo, aunque la relación que se ha percibido entre ellas no ha sido estable. En el sistema de Aristóteles, desarrollado unos dos milenios antes, alma unifica lo vivo y lo mental. El alma, para Aristóteles, es una especie de forma interna que dirige las actividades corporales, y existe en diferentes niveles o grados en diferentes seres vivos. Las plantas absorben nutrientes para mantenerse vivas; esto muestra un tipo de alma. Los animales también, y además pueden sentir su entorno y responder al mismo; este es otro tipo de alma. Los humanos pueden razonar, además de las otras dos capacidades, de modo que poseen un tercer tipo de alma. Para Aristóteles, incluso los objetos inanimados que carecen de alma suelen comportarse a veces con propósitos u objetivos, orientándose hacia su lugar natural.
El ataque al cuadro trazado por Aristóteles que se produjo durante la «Revolución Científica» del siglo XVII incluyó un nuevo trazado de estas relaciones. La nueva versión implicaba una concepción fortalecida de lo físico (la reivindicación de una visión mecánica, de acción y reacción, de la materia, con poco papel, o ninguno, para la intencionalidad) y un abandono o eterealización del alma. El alma, esencial en toda la naturaleza viva según Aristóteles, se convirtió en un asunto más intelectual y depurado. Las almas pueden también ser salvadas por la voluntad divina, lo que permite un tipo de vida eterna.
Para René Descartes, una figura especialmente influyente en el siglo XVII, existe una división clara entre lo físico y lo mental, y nosotros, los humanos, somos una combinación de ambas cosas; somos seres a la vez físicos y mentales. Conseguimos ser ambas cosas porque los dos ámbitos entran en contacto en un pequeño órgano de nuestro cerebro. He aquí el «dualismo» de Descartes. Los otros animales, para Descartes, carecen de alma y son puramente mecánicos: un perro carece de sentimientos, no importa lo que se le haga. El alma que hace especiales a los humanos ya no está presente, ni siquiera en forma vaga, ni en los animales ni en las plantas.
En el siglo XIX, la época de Darwin, Haeckel y Huxley, los avances en biología y otras ciencias hicieron que el dualismo del tipo defendido por Descartes fuera cada vez menos viable. La obra de Darwin sugería un panorama en el que la divisoria entre los humanos y los demás animales no estaba tan definida. Diferentes formas de vida junto a diferentes poderes mentales podrían surgir mediante procesos graduales de evolución, especialmente por adaptación a las circunstancias y por las ramificaciones que originan las especies. Esto debería bastar para explicar tanto el cuerpo como la mente… siempre y cuando se lograra activar el proceso.
Lo cual era una condición muy exigente. Haeckel, Huxley y otros se enfrentaron a esta parte del problema de la manera siguiente. Pensaban que tenía que haber una sustancia, presente en los seres vivos, que permitiera tanto la vida como los inicios de una mente. Dicha sustancia sería física, no sobrenatural, pero muy distinta de la materia ordinaria. Si pudiéramos aislarla, podríamos tomar una cucharada de ella y, en nuestra cuchara, seguiría siendo una sustancia especial. La denominaron «protoplasma».
Este enfoque puede parecer extraño, pero estaba motivado en parte por la inspección detallada de células y de organismos simples. Cuando se observaba el interior de las células, parecía que no había allí suficiente organización (no había suficientes partes que fueran diferentes de otras partes) para que las células hicieran todo lo que era evidente que hacían. Lo que veían parecía ser simplemente una sustancia, transparente y blanda. El fisiólogo inglés William Benjamin Carpenter dejó consignada por escrito en 1862 su maravilla ante lo que los organismos unicelulares podían conseguir: las «operaciones vitales» que se ven «efectuadas por un aparato complicado» en un animal las realiza «una pequeña partícula de gelatina aparentemente homogénea». Se ve a dicha partícula de gelatina «atrapando su alimento sin miembros, tragándolo sin boca, digiriéndolo sin estómago» y «desplazándose de un lugar a otro sin músculos». Esto condujo a Huxley, y a otros, a pensar que no podía ser una organización intrincada de materia ordinaria lo que explicara la actividad de lo vivo, sino un ingrediente diferente, inherentemente vivo: «la organización es el resultado de la vida, no la vida el resultado de la organización».
En este contexto, Bathybius parecía extraordinariamente prometedor. Se veía como una muestra pura de la sustancia de la vida, sustancia que quizá surgiera espontáneamente sin cesar, formando una alfombra orgánica continuamente renovada en el fondo del mar. Se examinaron otras muestras. Se describió que Bathybius, obtenido del mar Cantábrico, era capaz de movimiento. Sin embargo, otros biólogos no estaban tan seguros de esta supuesta forma de vida primordial, y de la creciente especulación sobre la misma. ¿Cómo podía Bathybius permanecer vivo allá abajo? ¿Qué podía comer?
Después tuvo lugar la expedición del Challenger, un proyecto de cuatro años organizado por la Royal Society de Londres en la década de 1870, que tomó muestras de cientos de localizaciones del fondo del mar de todo el mundo. El objetivo era crear el primer inventario amplio de la vida en las aguas más profundas. El jefe científico de la expedición, Charles Wyville Thomson, estaba dispuesto a trabajar en la cuestión de Bathybius, aunque no las tenía todas. El Challenger no encontró muestras frescas, y dos de los científicos a bordo del buque empezaron a sospechar, después de trastear un poco, que Bathybius no era un ser vivo ni nada que se le pareciera. Con una serie de experimentos demostraron que Bathybius parecía no ser más que el producto de una reacción química entre el agua de mar y el alcohol empleado para conservar las muestras, incluida la antigua muestra de Huxley procedente del HMS Cyclops.
Bathybius estaba muerto. Huxley reconoció su error inmediatamente. Haeckel, más comprometido con la idea de Bathybius como eslabón perdido, se siguió aferrando a ella, lamentablemente, durante casi diez años. Pero el puente había caído.
Durante un tiempo, algunos aún conservaron la esperanza de encontrar un puente aproximadamente del mismo tipo: una sustancia especial que conectara la vida con la materia. Pero en los años que siguieron, las hipótesis de este tipo perdieron fuelle. Quedaron desfasadas por el producto de un lento proceso de descubrimiento, un proceso que acabaría por hacer que la actividad de los seres vivos dejara de ser misteriosa. La explicación de la vida resultante tomó el rumbo preciso que Huxley y Haeckel no habían podido asumir: en términos de la organización oculta de la materia ordinaria.
Dicha materia no es «ordinaria» en todos los sentidos, como veremos, pero es ordinaria en su composición básica. Los sistemas vivos están constituidos por los mismos elementos químicos que forman el resto del universo, según principios físicos que se extienden también por el reino inanimado. En la actualidad no sabemos cómo se originó la vida, pero su origen ya no es un misterio de un tipo que pudiera hacernos creer que alguna sustancia adicional genera el mundo vivo.
se trata del triunfo de una concepción materialista de la vida: una visión que no permite intrusiones sobrenaturales. Ha sido también el triunfo de una concepción que ve el propio mundo físico unificado en sus constituyentes básicos. La actividad de la vida no se explica por un ingrediente misterioso, sino por una estructura intrincada a una escala minúscula. Dicha escala es casi inconcebible. Por presentar un único ejemplo, los ribosomas son partes importantes de las células (las estaciones en las que se ensamblan las moléculas de las proteínas), y poseen una estructura propia bastante compleja. Pero más de 100 millones de ribosomas podrían caber en el punto impreso al final de esta frase.
Así pues, la vida empieza a encajar en un esquema. En el caso de la mente, se ha resuelto mucho menos.
La brecha
Desde finales del siglo XIX, a medida que la revolución darwinista adquiría fuerza, parecía difícil mantener una concepción dualista de la mente como la de Descartes. El dualismo tiene un cierto sentido dentro de un panorama general que sitúa a los humanos como una parte única y especial de la naturaleza, de algún modo cercana a Dios. Todo lo demás, vivo o muerto, puede ser puramente material, mientras que nosotros tenemos un ingrediente añadido. Una perspectiva evolutiva de la humanidad, que busque la continuidad entre nosotros y otros animales, hace que el dualismo sea difícil de mantener, aunque no imposible. Esto motiva el intento de desarrollar una concepción materialista de la mente, que explique el pensamiento, la experiencia y los sentimientos según procesos físicos y químicos. El hecho de que la propia vida sucumbiera a un tratamiento materialista de este tipo es alentador, pero no está claro que realmente sea de gran ayuda; no está claro qué relación tiene el éxito del materialismo en biología con las incógnitas de la mente.
Si consideramos de nuevo la historia, podemos distinguir dos rutas alternativas que continúan hasta llegar al presente. Aristóteles, como vimos, reconocía diferentes grados de alma, que conectaban las plantas, los animales y a nosotros. Lo que denominamos «mente» se ve como una extensión, o versión, natural de la actividad de la vida. La concepción de Aristóteles no era evolutiva, pero no es demasiado difícil reestructurar esta concepción en términos evolutivos. La evolución de la vida compleja origina la mente de manera natural, mediante el crecimiento de la acción intencional y de la sensibilidad al ambiente.
Descartes, en cambio, consideraba la vida como una cosa y la mente como otra completamente distinta. No hay razón ninguna, en esta segunda concepción, para pensar que el progreso en la comprensión de la vida será muy relevante para los problemas relacionados con la mente.
A lo largo del siglo pasado, aproximadamente, la mayor parte de las ideas en este campo han sido materialistas, pero en un aspecto se han acercado a Descartes. Desde mediados del siglo XX, los teóricos fueron dejando de ver conexiones estrechas entre la naturaleza de la vida y la mente. Este cambio se vio favorecido por el progreso de los ordenadores. La tecnología informática, a medida que se desarrollaba desde las décadas centrales del siglo pasado, prometía un puente diferente entre lo mental y lo físico, un puente hecho de lógica en lugar de vida. La nueva mecanización del razonamiento y la memoria (la computación) parecía un mejor camino para avanzar. A medida que se desarrollaron los sistemas de inteligencia artificial (IA), algunos de ellos empezaron a parecer un poco inteligentes, pero había pocas razones para pensar en ellos como vivos. El cuerpo animal no parecía importar mucho; de hecho, llegó a percibirse como totalmente opcional. El software era el meollo del asunto. El cerebro acciona un programa, y dicho programa puede funcionar asimismo en otras máquinas (o en cosas que no sean máquinas).
Aquellos años vieron también una agudización del problema de lo mental y lo físico. «La mente» como misterio fue sustituida por un enigma más específico. La nueva concepción afirma que parte de la mente puede explicarse de manera relativamente fácil en términos materiales, mientras que otro aspecto es más resistente. El lado resistente es la experiencia subjetiva, o consciencia. Considérese la memoria, por ejemplo. Podríamos descubrir que varias especies de animales poseen memoria; en su cerebro crean trazas del pasado, y posteriormente usan dichas trazas para decidir qué hacer. No es demasiado difícil imaginar cómo puede lograr esto el cerebro. Gran parte de este problema sigue sin resolverse, pero ciertamente parece soluble; tendríamos que ser capaces de descubrir plenamente cómo funciona este aspecto de la memoria. Ahora bien, al menos en los humanos, algunos tipos de memoria también se sienten como algo. Tal como lo planteó Thomas Nagel en 1974, existe algo que es como (algo que se siente como) tener una mente. Existe un tipo de recuerdo que se siente, como recordar una buena experiencia, o una mala. El aspecto de la memoria que es «procesamiento de información», la capacidad de almacenar y recuperar información útil, podría estar acompañado, o no, de este rasgo adicional. La parte difícil del problema mente-cuerpo es explicar este otro aspecto de nuestras vidas mentales, explicar desde una perspectiva biológica, física o de base informática cómo la experiencia sentida puede existir en el mundo.
Este problema se suele enfocar todavía hoy mediante una gama de opciones clásicas. En la divisoria principal se oponen enfoques materialistas (o «físicas») y dualistas. También se plantean posibilidades más radicales. El panpsiquismo sostiene que toda la materia, incluida la materia de objetos como mesas, tiene un aspecto mental. No se trata de la idea de que el universo entero esté hecho de experiencia: esto es idealismo. En cambio, un panpsiquista acepta la naturaleza física del mundo tal como se presenta, pero añade que el material que constituye dicho mundo siempre tiene un aspecto ligeramente mental. Este aspecto de tipo mental de la materia da origen a la experiencia y la consciencia, una vez que parte de esta materia se organiza en los cerebros. A pesar de su aparente extravagancia, el panpsiquismo tiene serios defensores. Thomas Nagel, al que acabo de mencionar, argumenta que debe mantenerse al panpsiquismo sobre la mesa como una opción, porque todos los enfoques presentan inconvenientes significativos, y los del panpsiquismo no son peores que los de los otros. Ernst Haeckel, en los años que siguieron a Bathybius, también se sintió atraído por el panpsiquismo. Huxley se sentía atraído por otra idea poco ortodoxa. Sospechaba que la experiencia consciente podría ser un efecto de procesos materiales, pero nunca una causa de ellos. Este es un tipo insólito de dualismo, y también tiene sus defensores en la actualidad.
Un aspecto vívido en la amplia extensión de estas concepciones alternativas del universo, y que también aparece en discusiones más mundanas, es una enorme diversidad en las ideas acerca de dónde se encuentra la mente. Para algunos, la mente se halla en todas partes, o casi. Para otros, es específica de los humanos y quizá de unos pocos animales similares a nosotros. Alguien observará un paramecio, un organismo unicelular, mientras nada vigorosamente a través de una película de agua y dirá: «Lo que ocurre en este organismo es suficiente para que tenga sensaciones y emociones». El paramecio es receptivo, y tiene objetivos. A una escala minúscula, tiene experiencia. Otra persona no solo descartará al paramecio, sino que contemplará un animal complejo, como un pez, y dirá: «aquí no debe de haber ninguna sensación, en absoluto». El pez tiene muchos reflejos e instintos, y una actividad cerebral bastante complicada, pero toda esta actividad se produce «a oscuras». Si esta segunda persona está equivocada, ¿por qué lo está? Si el panpsiquismo también es erróneo y no hay ni pizca de sensaciones en un grano de arena, ¿por qué es erróneo? ¿Podrían ser así las cosas? A menudo parece haber una especie de arbitrariedad en la situación. La gente puede decir lo que le plazca. Si tuviera que adivinar la opinión de la mayoría de las personas sobre si los seres vivos de nuestro entorno tienen experiencias, conjeturaría que una respuesta común sería «sí» para mamíferos y aves, «quizá» para peces y reptiles, y «no» para todo lo demás. Pero si se insiste en ir más allá (hasta las hormigas, las plantas y los paramecios) o más acá (solo los mamíferos), la discusión pronto se desmadra. ¿Cómo podemos averiguar quién tiene razón?
Esta sensación de arbitrariedad está relacionada con algo que el filósofo Joseph Levine ha denominado «la brecha explicativa». Incluso si llegamos a convencernos de que la mente tiene una base puramente física, sin nada añadido, también querremos saber por qué esta configuración física produce este tipo de experiencia, en lugar de alguna otra cosa. ¿Por qué se experimenta esta sensación de tener un cerebro como el que tenemos y que efectúa los procesos que está efectuando ahora mismo? Incluso si las dificultades con las que topan otras concepciones nos convencen de que el materialismo ha de ser cierto, es difícil ver cómo lo es, cómo las cosas podrían ser de esta manera.
Este es el conglomerado de problemas que quiero afrontar en este libro. El propósito no es dar respuesta a la pregunta de Levine sobre experiencias particulares: qué actividades del cerebro se hallan implicadas en la visión de los colores o la percepción del dolor. Esta es una tarea de la neurociencia. En cambio, el propósito es comprender por qué se experimenta como algo el hecho de ser un ser material del tipo que nosotros somos. a este «nosotros» se le da un alcance bastante amplio; mi objetivo principal no son las complejidades de la consciencia humana, sino la experiencia en general, algo que se podría extender a otros muchos animales. Quiero abordar estas cuestiones acerca de la experiencia de una manera que reduzca el grado de arbitrariedad que describí anteriormente: la sensación de que podemos decir «sí» a las bacterias, «no» a las aves, según se nos antoje.
El enfoque que yo sigo para el problema mente-cuerpo es biológico, y encaja en una visión materialista del mundo. Para mucha gente, el término materialismo sugiere una concepción obstinada y recalcitrante: el mundo es más pequeño de lo que se creía, menos especial o menos sagrado, solo átomos que entrechocan. Los átomos que entrechocan son, ciertamente, muy importantes, pero no quiero que el relato que ofreceré esté envuelto de un aire de obstinación y restricción. El mundo «físico» o «material» es más que un mundo de colisiones frontales o de estructura seca. Es un mundo de energía y campos e influencias ocultas. Debemos estar preparados para descubrir sorpresas continuas acerca de lo que contiene.
El enfoque que se toma en este libro es un materialismo biológico, pero en muchos aspectos el meollo de mi perspectiva es una posición más amplia, que a veces se ha denominado monismo. El monismo es un compromiso con una unidad subyacente de la naturaleza, una unidad a los niveles más básicos. El materialismo es un tipo de monismo, pues acepta la idea de que los fenómenos mentales, incluida la experiencia subjetiva, son manifestaciones de actividades más básicas que se describen en biología, química y física. El idealismo, la idea de que todo es mental, es otro tipo de monismo: es una afirmación diferente de unidad. (Un idealista tiene que explicar por qué lo que parecen ser objetos y sucesos físicos son en realidad manifestaciones de la mente o el espíritu). Pero otra manera de ser monista es pensar que tanto lo que llamamos lo «físico» como lo que llamamos lo «mental» son manifestaciones de otra cosa que es básica; a esta concepción se la denomina monismo neutro. En lugar de explicar lo mental a partir de lo físico o de explicar lo físico a partir de lo mental, explicamos tanto lo físico como lo mental a partir de alguna otra cosa. Esta «alguna otra cosa» tiende a permanecer bastante misteriosa. Si yo no fuera materialista, sería un monista neutro, pero para mí esto es una posibilidad remota. mi planteamiento parte de la vida (entendida de manera materialista) e intenta mostrar cómo el desarrollo evolutivo de los sistemas vivos puede dar origen a la mente. Quiero cerrar, al menos parcialmente, la brecha explicativa entre lo mental y lo físico.
Sin embargo, antes de proseguir, echemos un vistazo más detallado al aspecto mental del enigma, y a las palabras que empleamos para describirlo. El lado de la mente que Nagel intentaba indicar al decir «existe algo que es como…» se suele denominar ahora consciencia. (El propio Nagel lo llama así). Somos conscientes, en este sentido, si existe algo que sentimos como si fuéramos nosotros. Pero aquí el término «consciencia» suele ser equívoco, pues tiende a sugerir algo muy refinado. Se supone que la expresión «algo que es como…» incluye la presencia de sensaciones de cualquier tipo. Hay algo que es como ser yo (o un pez, o una polilla) si las estelas más vagas y tenues de sensación son parte de mi vida. El hecho de que la palabra «consciencia» sugiera más que esto suele causar problemas.
Por ejemplo, los neurocientíficos suelen decir que la consciencia depende de la corteza cerebral, la capa más externa y llena de pliegues de nuestro cerebro, algo que se encuentra solo en mamíferos y algún otro vertebrado. He aquí una cita del médico y ensayista Oliver Sacks, cuando se refería a un paciente que, como resultado de una infección en el cerebro, había perdido toda capacidad de conservar nuevos hechos en la memoria. Sacks preguntaba: «¿Cuál es la relación entre las pautas de acción y los recuerdos procedimentales, que se asocian con partes relativamente primitivas del sistema nervioso, y la consciencia y la sensibilidad, que dependen de la corteza cerebral?». Aquí Sacks plantea una pregunta, pero también declara una suposición: que la consciencia y la sensibilidad dependen de la corteza cerebral. ¿Acaso Sacks quiere decir que, si alguien o algo carece de corteza cerebral, carecerá también de una conciencia profunda sobre sus vivencias, pero que todavía tendrá algunas sensaciones? ¿O acaso piensa que sin una corteza las luces están totalmente apagadas, y que un ser sin ella no tendría ningún tipo de experiencia, pese a que pudiera gestionar algunos comportamientos? La mayoría de animales, especialmente la mayoría de los animales que aparecen en este libro, carecen de corteza cerebral. ¿Acaso tienen una experiencia de un tipo diferente de la nuestra, o carecen totalmente de experiencia?
Hay quien piensa, en efecto, que sin corteza cerebral no puede haber experiencia en absoluto. Quizá al final nos veremos impelidos a una concepción como esta, pero lo dudo. Hemos de mantenernos continuamente en guardia frente al hábito de pensar que todas las formas de experiencia han de ser como las de los humanos en diversos aspectos. Cuando se emplea el término «consciencia» para la idea muy amplia de experiencia sentida, es fácil extraviarse. Pero en la actualidad hay muchas personas que emplean el término «consciencia», o alguna modificación del mismo («consciencia fenomenológica») en este mismo aspecto muy amplio. No voy a ser quisquilloso con las palabras, y no existe ninguna terminología que sea perfecta. En muchos aspectos, «sentiencia»3es un término adecuado para el concepto más amplio. Podemos preguntar: «¿Qué animales son sentientes?» Esto es diferente, o podría serlo, de preguntar cuáles son conscientes. Ahora bien, «sentiencia» se suele usar para tipos particulares de experiencia: para placer, dolor y experiencias relacionadas que incluyen una valoración, buena o mala. Ciertamente, dichas experiencias son relevantes, y es probable que tenga sentido pensar que pueden existir sin tipos muy elaborados de consciencia. Pero tal vez estos no sean los únicos tipos de experiencia básica o simple. En un capitulo posterior consideraré la posibilidad de que los aspectos sensorial y evaluador de la experiencia sean un tanto distintos: registrar lo que sucede podría ser distinto de evaluar si es bueno o malo. «Sentiencia» no se suele emplear para el aspecto sensorial de esta distinción.
Otro término es el poco manejable «experiencia subjetiva». Parece redundante (¿acaso existe otro tipo de experiencia?) y no tiene un adjetivo fácil, como «consciente» o «sentiente». Pero «experiencia subjetiva» señala en una buena dirección, al plantear la idea de un sujeto.4En ciertos aspectos, este libro trata de la evolución de la subjetividad: qué es la subjetividad y cómo llegó a construirse. Los sujetos son el hogar de la experiencia, allí donde vive la experiencia.
También trataré a veces simplemente de la mente, pues creo que esto es lo que acabaremos por comprender mediante este relato: la evolución de la mente y cómo encaja en el mundo. Me desplazaré entre terminologías sin establecer una norma definitiva. Nuestro conocimiento actual no es lo bastante bueno para ceñirse a un lenguaje o a otro.
El proyecto que intento sacar adelante puede describirse de varias maneras diferentes, pero es difícil lo miremos como lo miremos. Este proyecto consiste en mostrar que, de alguna manera, un universo de procesos que no son en sí mismos mentales, o conscientes, puede organizarse de una manera que da origen a la experiencia sentida. De alguna forma, una parte de la actividad del mundo que suele ser ajena a la mente se plegó sobre sí misma en mentes.
El dualismo y el panpsiquismo y otras diversas concepciones piensan que esto no puede ocurrir; no se puede producir una mente (no del todo, en cualquier caso) a partir de otra cosa, a partir de ingredientes totalmente no mentales. La mente ha de estar presente en todo, o bien ha de añadirse «encima» (no literalmente encima, sino añadida a un sistema físico que, en principio, sería completo sin ella). En cambio, yo creo que se puede (o la evolución puede) construir una mente a partir de alguna otra cosa. Dadas unas determinadas disposiciones de cosas que no son mentales, acaba por existir una mente. Las mentes son resultados evolutivos, que se producen por la organización de otros ingredientes, no mentales, de la naturaleza. Este surgimiento es el tema del libro.
Dije que la mente es un resultado evolutivo y algo construido, pero quiero impedir desde ahora que surja un equívoco común. Una concepción materialista no sostiene que la mente sea un efecto de procesos físicos en nuestro cerebro, una consecuencia o producto de ellos. (Parece que Huxley sí lo creía). lo que en realidad se afirma es que las experiencias y otras actividades mentales son procesos biológicos, y por tanto físicos, de un determinado tipo. Nuestras mentes son disposiciones y actividades en materia y energía. Tales disposiciones son productos evolutivos; nacen lentamente. Pero dichas disposiciones, una vez ya existen, no son causas de la mente; son la mente. Los procesos cerebrales no son causas de pensamientos y de experiencias; son pensamientos y experiencias.
Este es el proyecto materialista biológico tal como yo lo veo: mostrar que esta posición tiene sentido y que, con mucha probabilidad, es así como son realmente las cosas. El propósito de este libro es recorrer dicho camino todo lo lejos que se pueda. No creo que se revele de un plumazo una solución al problema, en un movimiento que extraiga un conejo de una chistera. Será algo más acumulativo. A medida que este libro avance, desarrollaré una concepción positiva, un esbozo de una solución que combina aproximadamente tres elementos en un panorama que creo que tiene sentido. Pero no se dará respuesta a todas las preguntas, y quedarán muchas incógnitas. La manera en que pienso que las cosas sucederán queda vívidamente expresada en un pasaje que, durante años de borradores, mantuve como epígrafe de este libro. El fragmento es de Alexander Grothendieck, un matemático.
El mar avanza insensiblemente y en silencio, nada parece ocurrir y nada es perturbado… Pero finalmente rodea la refractaria sustancia, que poco a poco se convierte en una península, después en una isla, después un islote, que queda sumergido, como si se hubiera disuelto en el océano, que se extiende a lo lejos, hasta donde la vista alcanza.
Grothendieck trabajaba en problemas muy abstractos (abstractos incluso para los estándares de la matemática pura). La cita describe su enfoque de problemas de su campo. Afrontamos un misterio que parece resistirse a los métodos usuales. Nuestra reacción debe ser construir conocimiento a su alrededor, esperando que mientras lo hacemos, el misterio se transforme y desaparezca. La situación se remodela y acaba por hacerse comprensible. La imagen que Grothendieck empleó para este proceso es el hundimiento de un objeto, una masa, en el agua.
Esta imagen ha permanecido en mi mente durante mucho tiempo. A diferencia de algunos filósofos, no creo que los misterios en esta área sean meras ilusiones que podemos superar solo con que modifiquemos un poco nuestro modo de hablar. Hay que adquirir conocimientos nuevos. Pero mientras los adquirimos, el propio problema cambia de forma y se desvanece.
La imagen de Grothendieck parecía tan adecuada que una vez la utilicé para encabezar el libro. Pero la imagen tiene ahora nuevas connotaciones, en una época en la que la fusión del hielo polar de una Tierra que se calienta rápidamente está conduciendo a la pérdida de preciosas islas del Pacífico. Dadas estas nuevas asociaciones, parecía un error iniciar el libro de esta manera. Sin embargo, la metáfora de Grothendieck guía todavía mi pensamiento, y la perspectiva que expresa guía la manera en que el libro funcionará. Metazoos aborda los enigmas de la mente y del cuerpo mediante la exploración de la naturaleza de la vida, la historia de los animales y las diferentes maneras de ser un animal que nos rodean en la actualidad. Al explorar la vida animal, construimos alrededor del problema y vemos cómo se transforma y remite.
Este libro es una continuación de un proyecto que se inició en otro, llamado Other Minds.5Aquel libro era una exploración de la evolución y la mente guiada por un grupo concreto de animales: los cefalópodos, el grupo que incluye los pulpos. Other Minds se iniciaba con encuentros con estos animales en el agua, en inmersión con oxígeno o a pulmón libre. Encontrarlos allí, en su diversa complejidad y cromatismo variable, condujo a un intento de comprender qué es lo que podía estar ocurriendo en su interior. Esto llevó, a su vez, a seguir su ruta evolutiva, una ruta que nos llevó a un acontecimiento crucial en la historia de los animales, una antigua bifurcación en el árbol genealógico. Aquella bifurcación, de hace aproximadamente quinientos millones de años, condujo por una rama hasta los pulpos (entre otros animales) y por la otra rama a nosotros.
En aquel libro se esbozaron algunas ideas sobre mentes, cuerpos y experiencias, guiadas por los animales a los que yo seguía. En este, aquellas ideas se desarrollan y se aumentan. Dicho desarrollo procede de una observación más detallada del aspecto filosófico, una exploración de un mayor número de ramas del árbol, y de horas en el agua pasadas con más parientes animales nuestros. Mientras que en Other Minds me remitía constantemente a los pulpos, mi propósito en este libro es avanzar junto con muchas especies de animales, tanto más cercanos como más alejados de nosotros en el árbol evolutivo. Para algunos de dichos animales, yo también era un ser que podían observar y encontrar; para otros, una presencia en algo que no llegaba a un sueño. Hacia el final del libro, empezamos a aproximarnos a parientes más cercanos, que tienen un cuerpo y una mente más parecidos a los nuestros. Pero el relato histórico se pondera con las fases evolutivas más antiguas, y su objetivo es dar sentido a cómo pudo nacer la experiencia en la Tierra, primero en sus aguas, y después en tierra.
He aquí, pues, la ruta de este libro. Caminaremos (nos arrastraremos, creceremos, nadaremos) por el relato de la vida animal desde sus inicios, guiados por un conjunto de animales actuales. Aprenderemos de cada uno de ellos: a partir de su cuerpo, cómo siente y actúa, cómo se relaciona con el mundo. Con su ayuda, intentaremos discernir no solo la historia, sino las diferentes formas de subjetividad actuales. Mi objetivo no es enciclopédico, no pretendo abarcar todas las variedades de animales. Me concentraré en los que señalan transiciones en la evolución de la mente, especialmente en las fases que nos originaron. La mayoría son animales marinos, habitantes del mar. Descendamos por los peldaños.
LA ESPONJA DE VIDRIO
Torres
Un jardín de esponjas suele empezar justo por debajo de las capas de agua en las que la luz solar penetra bien, especialmente en lugares donde fluyen corrientes. Allí, a medida que la luz se reduce, podemos encontrar un paisaje de cuerpos animales inmóviles. Tienen el aspecto de tazas, bulbos, cálices o árboles ramificados. A veces parecen manos enfundadas en gruesas manoplas, como si algo enorme bajo el lecho marino intentara extenderse hacia arriba con miembros blandos y a medio hacer.
Mientras nos hallamos en esta zona somera, observemos e imaginemos un mar mucho más frío, la escena ahora completamente oscura con una débil caída de partículas desde arriba. En el fondo del océano, a 900 metros bajo la superficie, una torre pálida, cilíndrica y de aproximadamente 30 centímetros de alto, se encuentra en el interior de un cúmulo de otras torres, cada una de ellas sujeta al fondo y un poco más ancha, parcialmente abierta en su parte superior. Dentro de su exterior blando hay un entramado de minúsculas partes duras. Las más pequeñas de estas son estrellas, ganchos o cruces finas, con ángulos torcidos para que se tejan en esta forma de torre. Las torres están sujetas al fondo marino mediante anclas delicadas. Anclas y cruces están hechas de dióxido de silicio, el principal constituyente del vidrio.
Una esponja, en un arrecife templado o en un paisaje lunar del océano profundo, parece muerta e inerte, pero si la observamos detenidamente, no lo está. Es un surtidor silencioso, una bomba que hace pasar agua a su través. Al mismo tiempo, siente y reacciona. La torre del mar profundo, la esponja de vidrio, tiene un cuerpo que también conduce la luz y la electricidad, como una bombilla de luz eléctrica (¡imagina!) en el fondo del mar.
Célula y tormenta
El contexto de la evolución de la mente es la propia vida; no todo lo que tiene que ver con la vida, no el ADN y su funcionamiento, sino otras características. El inicio es la célula.
La vida primitiva, anterior a los animales y a las plantas, era unicelular. Animales y plantas son enormes colaboraciones de células. Antes de que surgieran dichas colaboraciones, es probable que las células no fueran totalmente solitarias, sino que con frecuencia vivieran en colonias y grupos. Aun así, entonces una célula era un diminuto yo independiente.
Las células están delimitadas, con una parte interior y una exterior. La frontera es una membrana; esta sella parcialmente la célula, pero tiene incrustados canales y puertos. A través de dicha frontera hay un paso continuo de un lado a otro, y en el interior hay un frenesí de actividad.
Una célula está compuesta de materia, de una serie de moléculas. No sé exactamente qué aparece en la cabeza del lector cuando digo «materia», pero este término suele traer a la mente un modo inerte y pesado de ser, en el que los objetos necesitan que se les empuje para que se pongan en movimiento. Esta imagen de la materia es consecuencia de cómo funcionan las cosas en tierra firme y a la escala de objetos de tamaño medio, como mesas y sillas. Sin embargo, cuando nos referimos al material de una célula, tenemos que pensar de otro modo.
En el interior de una célula, todo ocurre en la nanoescala, la escala en la que los objetos se miden en millonésimas de milímetro, y el medio en el que ocurren las cosas es el acuático. En este medio la materia se comporta de forma diferente a lo que ocurre en nuestro mundo de tamaño medio y de tierra emergida. A dicha escala, la actividad surge de manera espontánea, sin que sea necesario hacer que suceda. En expresión del biofísico Peter Hoffmann, en el seno de cualquier célula se produce una «tormenta molecular», una agitación incesante de colisiones, atracciones y repulsiones.
Si imaginamos una célula llena de aparatos intrincados, partes con tareas asignadas, dichos dispositivos se hallan bombardeados continuamente por moléculas de agua. Un objeto en una célula recibe la colisión por parte de una molécula de agua aproximadamente cada diez billonésimas de segundo. No se trata de un error tipográfico; es casi imposible pensarlo de una manera intuitiva. Estas colisiones no son triviales; cada una de ellas posee una fuerza que deja en una nimiedad las fuerzas que los dispositivos pueden ejercer. Lo que puede hacer el aparato del interior de una célula es impulsar los acontecimientos en una dirección en lugar de hacerlo en otra, lo que confiere una cierta coherencia a la tormenta.
El medio acuoso es importante a la hora de mantener la tormenta. A esta escala espacial, muchos objetos se adherirían entre sí y se aglomerarían si se hallaran en tierra firme, pero en el agua no se aglomeran; lo que hacen, en cambio, es mantenerse en movimiento, por lo que la célula es un ámbito de actividad autogenerada. Solemos pensar en la «materia» como algo inactivo e inerte, dije antes. Pero el problema con el que han de habérselas las células no es hacer que ocurran cosas, sino crear orden, establecer un cierto sentido en el flujo espontáneo de acontecimientos. En tales circunstancias, la materia no se encuentra estática y sin hacer nada, sino que corre el peligro de hacer demasiado; el problema es obtener organización a partir del caos.
Casi todas las asociaciones que habitualmente concebimos cuando pensamos en la materia son equívocas al considerar la vida y cómo pudo surgir. Si la vida hubiera tenido que evolucionar en tierra firme y a partir de ingredientes del tamaño de mesas y sillas, no habría podido surgir. Pero la vida no tuvo que pasar por aquí; evolucionó en el agua (quizá en finas películas de agua sobre una superficie, pero en el agua) mediante la aparición de orden en una tormenta molecular.
El origen de la vida se produjo en un momento relativamente temprano en la historia de la Tierra, quizá hace unos 3800 millones de años, en un planeta que ahora tiene unos 4500 millones de años. La primera vida tal vez no tuviera forma celular, pero debió de haber un modo inicial de que un conjunto especial de procesos químicos estuviera contenido y delimitado, de manera que no pudiera difundirse y desaparecer. Después, en alguna fase, hubo células, al principio presumiblemente permeables y endebles, pero que finalmente llegaron a ser algo parecido a las bacterias, células que mantienen su constitución de manera permanente y se reproducen.
A medida que las células adquirieron la energía para mantenerse activas (transformando materiales, creando orden, imponiendo método a la locura), un logro central fue obtener el control sobre la carga.
La doma de la carga
La doma de la carga eléctrica fue un acontecimiento fundamental en la historia humana reciente. En el siglo XIX, la electricidad pasó de ser una fuerza misteriosa, a menudo peligrosa (que se encontraba del modo más directo en los relámpagos), a ser un elemento de las tecnologías que pronto formaron el mundo moderno. Si usted está leyendo este libro bajo luz eléctrica o en un ordenador, la lectura es posible gracias a la electricidad. Este progreso eléctrico modernizador fue el segundo de dos. La carga eléctrica fue domada también miles de millones de años antes, durante los primeros estadios de la evolución de la vida. En las células y los organismos, la electricidad es el medio que posibilita gran parte de lo que ocurre. Es la base de la actividad cerebral (nuestros cerebros son sistemas eléctricos) y también de muchas más cosas.
¿Qué es la electricidad? incluso muchos físicos encuentran vaga esta pregunta. La carga eléctrica es una característica básica de la materia. La carga puede ser positiva o negativa. Los objetos con la misma carga (positiva y positiva, por ejemplo) se repelen, y los que tienen cargas distintas (positiva y negativa) se atraen. La materia de los objetos ordinarios contiene ambas cargas. Cualquier átomo es una combinación de partículas todavía más pequeñas, algunas de las cuales son positivas (protones), otras son negativas (electrones) y en la mayor parte de los casos, otras partículas (neutrones) carecen de carga. Por lo general, un átomo contiene el mismo número de electrones que de protones, de modo que el propio átomo no tendrá una carga neta, pues las cargas positivas y negativas del mismo se encuentran equilibradas de manera exacta.
La tendencia eléctrica a atraerse y repelerse es fuerte. He aquí qué dice el inimitable Richard Feynman en sus Lectures on Physics:
La materia es una mezcla de protones positivos y electrones negativos que se atraen y se repelen con su gran fuerza. Sin embargo, el equilibrio es tan perfecto que, cuando nos hallamos cerca de otra persona, no notamos ninguna fuerza en absoluto. Si hubiera siquiera una pizca de desequilibrio lo notaríamos. Si nos encontráramos a la distancia de un brazo de alguien y cada uno de nosotros tuviéramos un uno por ciento más de electrones que de protones, la fuerza de repulsión sería increíble. ¿Cuán grande sería? ¿Suficiente para levantar el Empire State Building? ¡No! ¿Para levantar el monte Everest? ¡No! ¡La repulsión sería suficiente para elevar un «peso» igual al de toda la Tierra!
En la mezcla de partes cargadas que comprende la materia ordinaria, los electrones, las partículas negativas, se hallan en el exterior de los átomos, mientras que los protones (junto con los neutrones) se hallan en su interior. A veces los electrones del exterior pueden ganarse o perderse, lo que resulta en un ion. Un ion es un átomo (o a veces una molécula que combina unos pocos átomos) que ha desequilibrado sus partes cargadas mediante dicha pérdida o ganancia, y que por ello tiene una carga total propia. Cuando muchas sustancias químicas se disuelven en agua, producen iones que entonces se dispersan. El agua salada es agua con iones disueltos. Cualquier gotita de agua de mar contiene innumerables iones que interactúan entre sí y con las moléculas de agua, atrayéndose y repeliéndose.
Una corriente eléctrica es un movimiento de partículas cargadas, ya sean positivas o negativas. En un cable metálico, una corriente toma la forma de un movimiento de electrones, mientras que los restantes átomos que constituyen el cable permanecen en su lugar. Las corrientes eléctricas que se usan en tecnología (luces, motores, ordenadores) funcionan en su mayor parte de esta manera. Pero una corriente puede ser también un movimiento de iones enteros. Por ejemplo, si se puede inducir en algunos iones positivos o negativos movimiento en una dirección consistente, esto es una corriente eléctrica. No hace que una corriente fluya: es una corriente. Cualquier contenedor de agua salada puede contener una corriente de este tipo, si de alguna manera podemos conseguir que se produzca una pauta general de movimiento de iones del tipo adecuado. En los sistemas vivos, a diferencia de los inventos humanos, la mayoría de las corrientes adoptan esta forma.
La carga eléctrica no es como la vida ni es mental en sí misma. Produce mucho de lo que ocurre en el mundo inanimado, así como en el animado. Pero la actividad vital funciona a base de carga eléctrica, en especial por el agrupamiento, el bombeo, el traslado conjunto y la liberación de iones.
La membrana celular mantiene muchas cosas o bien fuera o bien dentro, pero contiene canales que permiten selectivamente que algunos materiales la atraviesen. Muchos de estos son canales iónicos. A veces un canal permite pasivamente que los iones pasen de un lado al otro, quizá bajo circunstancias específicas; en otros casos, la célula bombea los iones a través de la membrana.
Los canales iónicos son compartidos, con variaciones, en todo tipo de vida celular, incluidas las bacterias. No suelen ser totalmente claras las razones por las que las bacterias forman complejos puertos y pasadizos para los iones. Inicialmente, los canales pudieron surgir solo para permitir que las células ajustaran su carga total en relación con el exterior: afinando su carga al tiempo que la domaban. Pero siempre que hay tráfico a través de las fronteras de un sistema vivo, este tiende a adoptar más roles. Por ejemplo, un flujo de iones puede funcionar como una forma mínima de sentido: supongamos que el contacto con una sustancia química externa concreta abre un canal y permite entrar iones. Aquellas partículas cargadas pueden favorecer nuevos acontecimientos en la célula en movimiento.
La siguiente consecuencia de estos flujos de iones está relacionada con este tráfico de entrada y salida, pero es un cambio mayor, más global para la célula. Este paso siguiente es la excitabilidad. Los canales controlan el flujo de partículas cargadas, y estos canales pueden ser controlados: pueden abrirse o cerrarse. Estos movimientos pueden producirse mediante química, o impacto físico, pero también pueden implicar la misma carga eléctrica. Los canales iónicos regulados mediante voltaje son canales que se abren en respuesta a acontecimientos eléctricos a los que se hallan expuestos. Esto hace posible una reacción en cadena; un flujo de corriente crea un flujo de corriente mayor, que se extiende por toda la membrana celular.
Podría parecer que este no es un paso decisivo, y su utilidad resulta menos evidente que la descripción que describí anteriormente, en que el flujo de iones es sensible a las sustancias químicas que la célula encuentra en sus desplazamientos. Pero los canales iónicos regulados mediante voltaje son la base de otra innovación, el potencial de acción. Se trata de una reacción en cadena de cambios en la membrana de una célula, especialmente en nuestro cerebro. En un punto fluyen al interior de la célula iones positivos, lo que afecta a los canales iónicos en puntos adyacentes, que se abren y permiten que entren más iones, y así sucesivamente. Una oleada de disrupción eléctrica viaja a lo largo de la membrana como una pulsación. Un potencial de acción es el acontecimiento instantáneo que se describe al decir que una célula del cerebro «dispara». Este acto instantáneo tiene lugar por medio de canales iónicos regulados mediante voltaje.
En un canal iónico regulado mediante voltaje, un controlador de la corriente es afectado por las cargas eléctricas a las que se halla expuesto; el flujo de la corriente es controlado eléctricamente. Este es el principio de un transistor. Al principio de esta sección mencioné los avances del siglo XIX que llevaron la electricidad al ámbito de la tecnología humana. Otro avance de este tipo tuvo lugar en el siglo XX, con la invención del transistor. Los chips de silicio en los ordenadores y teléfonos inteligentes son conjuntos de minúsculos interruptores eléctricos de este tipo. El transistor fue inventado hacia 1947 en los Laboratorios Bell, en los Estados Unidos, o en cualquier caso ese año. El primer transistor de los Laboratorios bell tenía aproximadamente tres centímetros de tamaño, y desde entonces se ha ido refinando y reduciendo. El mismo dispositivo fue inventado miles de millones de años antes en la evolución de las bacterias.
Si las bacterias inventaron los transistores, ¿qué hacían con ellos? ¿Por qué necesitaban controlar la electricidad con electricidad? Que yo sepa, no hay un consenso general sobre la respuesta a esta pregunta. Las bacterias podrían haberlos usado como parte del mantenimiento electroquímico de la célula. Podrían haberlos usado en el control del nado. Los canales que perciben sustancias químicas externas pueden ser incidentalmente sensibles a la carga eléctrica, y las bacterias que forman colonias en «biofilms» emiten señales de célula a célula utilizando iones. Pero las bacterias carecen de potenciales de acción (las reacciones en cadena instantáneas en nuestro cerebro) y la situación me parece muy extraña. Hace varios miles de millones de años, la naturaleza inventó el dispositivo fundamental de soporte físico en tecnología informática (una tecnología por lo demás complicada y cara) y lo hizo en las bacterias, pero no parece que las bacterias hayan realizado mucha actividad informática con él.
Con independencia de por qué apareció, el canal iónico regulado mediante voltaje fue un hito en la doma de la carga. Estos canales no tienen un único uso evidente, dije anteriormente. En determinado sentido, tampoco lo tiene un transistor, y en ambos casos esto es un aspecto de su relevancia. Un transistor es un medio general de control, un dispositivo para hacer que acontecimientos producidos aquí afecten a acontecimientos allí de una manera rápida y fiable. Los hechos controlados pueden ser variopintos, cualquier cosa que sea útil. Cuando permiten potenciales de acción, los canales iónicos regulados mediante voltaje también hacen posible que la actividad celular tenga una cualidad «digital»; una neurona se activa o no, sí o no. No todos los animales poseen neuronas con estas activaciones instantáneas, y hay sistemas nerviosos que pueden funcionar con formas de excitabilidad más suaves, pero esta característica digital es ciertamente útil. Es notable que este dispositivo de control se inventara tan atrás en el tiempo, cuando la mayoría de los usos que ahora tiene no eran ni siquiera destellos a ojos de la evolución.
En esta época de ordenadores omnipresentes y de IA es natural, casi inevitable, reflexionar acerca de las relaciones entre los sistemas vivos y estos artefactos. ¿Acaso organismos y ordenadores hacen esencialmente la misma cosa con materiales diferentes? Se perciben, efectivamente, semejanzas entre ambos, a veces de forma inesperada, pero también es importante reconocer desemejanzas. Una diferencia es que gran parte de lo que hace una célula, su actividad principal, es algo que un ordenador nunca tiene que hacer. Una gran parte de la actividad de una célula se ocupa de mantenerse a sí misma, hacer que siga entrando energía, mantener activa una pauta de actividad a pesar de la degradación y sustitución de materiales. En los sistemas vivos, las actividades que se parecen a las cosas que también hacen los ordenadores (intercambio eléctrico y «procesamiento de información») están siempre integrados en un mar, una miniecología u otros procesos químicos. En las células, todo lo que ocurre tiene lugar en un medio líquido, sometido a las vicisitudes de la tormenta molecular y a todas las digresiones químicas en las que participan los sistemas vivos. Cuando construimos un ordenador, construimos algo cuya operación es más regular y uniforme; construimos algo que se verá distraído tan poco como sea posible por las reflexiones no dirigidas e indirectas de su química.
Esto está relacionado con una cuestión más amplia. A menudo, en estos primeros capítulos, intento describir una maraña de partes y procesos en el seno de las células y de organismos sencillos. Un término que se presenta de modo natural en muchos momentos es «maquinaria»: consideramos la maquinaria de los sentidos, la maquinaria de la excitabilidad. Escribo la palabra «maquinaria» y siempre me pregunto si debo borrarla. En un sentido amplio del término, sí, los canales iónicos regulados mediante voltaje son fragmentos de maquinaria, y también lo son los nervios y los cerebros. Negarlo es desplazarse hacia concepciones dualistas (alma + cuerpo) o vitalistas («fuerza vital»). De modo que me digo: no borres esta palabra. Pero los contrastes entre máquinas y sistemas vivos también son grandes. En las células, los procesos de la vida implican impartir orden sobre una tormenta molecular y la agregación imperfecta de iones. Esto no se parece en nada a lo que ocurre en el seno de una máquina que hayamos construido. Por lo general, construimos máquinas para que sean predecibles y restringidas en sus actividades, aunque después podamos usarlas para simular funcionamientos más caóticos. Describir los intrincados materiales de las células como «maquinaria» es correcto en algunos aspectos, pero erróneo en otros.
Hay todavía otra cosa que quiero destacar en este inventario de características de la vida existentes antes de los animales. Ya la he mencionado unas cuantas veces, pero ahora quiero darle por un momento un papel protagonista. La característica es el tráfico, un ir de aquí para allá entre sistemas vivos y su entorno. Este tráfico incluye el flujo de iones que se ha descrito anteriormente, y también el ingreso de materiales en bruto y la eliminación de desechos. Las células están limitadas, pero no están cerradas al mundo. Lo que destaco aquí es la característica posesión de ventanas de la vida celular.
Dicho tráfico tiene un aspecto metabólico (ue implica obtener energía y usarla para mantener la vida) y también un aspecto informacional. Algunas influencias entrantes son importantes por derecho propio (como el alimento, por ejemplo), mientras que otras son importantes por lo que predicen y presagian, por lo que indican más allá de sí mismas. El aspecto metabólico de este ir de aquí para allá es inevitable si la vida ha de continuar. La misma actividad vital es una pauta que existe insertada en un flujo energético, flujo que se inicia y termina fuera del organismo. Mi colega Maureen O’Malley lo expresó bien; combinando algo de jerga química con una imagen de otra fuente, dijo que estar vivo requiere aprender cómo existir «en una montaña rusa redox, dando y recibiendo perpetuamente». (Una reacción o redox implica una transferencia de electrones entre dos moléculas). Una consecuencia de ello, y parte de lo que O’Malley quería destacar, es que los sistemas vivos son intrínsecamente sensibles a los cambios y hechos que tienen lugar en el exterior. No tienen la opción de carecer de ventanas, sino que están abiertos al mundo debido a la necesidad energética. Una vez abiertos al mundo de esta manera, se verán afectados por lo que ocurra. Y una vez se vean afectados por estos intercambios, la evolución tenderá a que esta sensibilidad tenga un uso: el organismo encontrará a menudo una manera de reaccionar a los hechos de modo que ello mejore sus proyectos, por sencillos que estos puedan ser. Toda la vida celular conocida, incluidas las minúsculas bacterias, tiene cierta capacidad de sentir el mundo y de responder a él. Esta capacidad, al menos en su forma más básica, es muy antigua y se halla en todas partes.
Metazoos
Estas ideas completan uno de los dos temas de este capítulo. Las células vivas son objetos físicos, pero distintas de cualquier otro objeto con el que estemos familiarizados. Construyen membranas para contener y modelar tormentas de actividad. Están limitadas, pero dependen para siempre del tráfico a través de dichas fronteras. Autolimitadas, automantenidas, las células son yoes. El siguiente paso en el relato nos conduce a un nuevo tipo de unidad, un nuevo tipo de yo: los animales.
Cuando pensamos en animales, solemos pensar primero en animales como nosotros: otros mamíferos, perros y gatos, quizá aves. Pero los animales se extienden mucho más allá. Los animales (los Metazoos) forman una gran rama del árbol total de la vida, la red genealógica que conecta toda la vida en la Tierra. El término «Metazoos» lo introdujo a finales del siglo XIX Ernst Haeckel, el biólogo alemán del que hablamos en el primer capítulo. Haeckel mostraba la diferencia entre los Metazoos, animales multicelulares, y los Protozoos, animales unicelulares (zoo procede del griego zoa, y aparece también en «zoología» y «zoológico» o «zoo»). El prefijo meta, también de origen griego, tenía originalmente significados como ‘después’ y ‘además’, y posteriormente adoptó la connotación de ‘superior’, y ahora suele significar ‘acerca’: mirar desde lo alto. Probablemente Haeckel pensaba en alguna mezcla de superior y posterior. Pero ya no se considera que los protozoos sean animales, de modo que la parte «zoo» de su nombre es engañosa. Hoy, los animales son solo los Metazoos.
Los animales están compuestos por muchas células que viven como una unidad; a partir de aquí, viven en una enorme variedad de maneras. Incluyen tanto corales como jirafas, avispas más pequeñas que algunas células únicas, así como ballenas de cincuenta toneladas. Algunos tienen el aspecto de plantas. En la biología actual, el término «animal» se refiere a cualquier organismo que se encuentre en una determinada rama del árbol genealógico, con independencia de cómo viva o de qué aspecto tenga. Un coral es tan animal como lo es un lobo. Esta no es la única manera significativa en que puede usarse el término «animal», pero es inequívoca y es clara, a diferencia de otros varios usos.
Los animales no forman una escala desde los «inferiores» a los «superiores», aunque parece difícil erradicar la costumbre de hablar de ellos de esta manera. En el árbol genealógico, algunos animales se encuentran más abajo en el sentido de que son anteriores, pero los insectos que viven en la actualidad no son inferiores a nosotros; todo lo que vive hoy se halla en la cima del árbol. De modo que no tiene sentido hablar de una «escala» o «escalera» evolutiva; la vida animal tiene una forma distinta. Algunos animales son más complejos que otros, de diversas maneras (más partes, una gama de comportamientos más extensa, un ciclo biológico más complicado, etcétera), pero la biología no plantea una escala general de inferior a superior, del tipo que parecía natural antes de Darwin.
La red genealógica de la que los animales forman parte (el «árbol de la vida») no siempre tiene forma de árbol; en muchos lugares está más enmarañado. Por simplicidad, seguiré refiriéndome a él como «árbol». Dicho árbol conecta toda la vida conocida sobre la Tierra mediante relaciones de linaje y ascendencia. Ahora es viejo, pero continúa creciendo. Este crecimiento tiene lugar mediante procesos evolutivos que operan a lo largo de enormes espacios de tiempo. Ocasionalmente, hay poblaciones o especies que se dividen en dos. Entonces cada parte evoluciona siguiendo su propia ruta y adquiere sus propias peculiaridades. La extinción siempre es probable, pero cualquier segmento (una nueva especie) que no se extinga puede más adelante volverse a dividir. A partir de una horcadura inicial y sencilla, surgen después varias ramas, cada una de ellas con un conjunto de especies en lugar de solo una.
Hace muchos años, cuando el árbol era más joven y más pequeño, apareció un brote: una nueva ramita. La ramita sobrevivió, se ramificó repetidamente y se hizo particularmente larga y diversa. Los organismos de aquella parte del árbol genealógico son los animales. La evolución es abierta, y no podemos decir hasta dónde se extenderán las ramas futuras, tanto dentro como fuera de la parte animal del árbol. Pero, aunque los animales han vivido en una gran variedad de maneras, existe un estilo general de vida que se advierte en los animales, un tipo de vida inventado en la rama animal del árbol.
Los animales surgieron de un tipo particular de organismos unicelulares, mayores e internamente más complejos que las bacterias. Estas células, los eucariotas, poseen dispositivos especiales para manejar la energía (las mitocondrias) y un esqueleto interno complejo (el citoesqueleto). Se trata de una red interna de filamentos y tubos que pueden moverse unos con relación a los otros, lo que permite que la célula controle su forma y movimiento.
Mucho antes de que aparecieran los animales, el citoesqueleto había iniciado un nuevo régimen de movilidad en los organismos unicelulares, que incluía la caza activa. Este aparato hizo posible un cambio desde una existencia basada principalmente en el procesamiento químico, tal como se ve en las bacterias, a una basada en el comportamiento: movimiento y manipulación. Todo esto hace pensar en características animales, pero seguimos hablando de organismos unicelulares: protistas. Algunos de ellos han alcanzado un gran tamaño. Los miembros del género Chaos, por ejemplo, cazan no solo bacterias sino, en algunos casos, pequeños animales invertebrados.
Las plantas son otra rama del árbol genealógico, otro experimento multicelular a largo plazo, y también son conjuntos de células eucarióticas. También lo son los hongos. Un tema recurrente en evolución es la formación de unidades nuevas y grandes mediante la colaboración de otras menores. La propia célula eucariótica apareció de esta manera, mediante la captación de una célula más sencilla por otra. La célula tragada originó las mitocondrias que los eucariotas usan como centrales energéticas.
Entre los hechos que dieron origen, por separado, a animales y plantas, tuvo lugar otro tipo de unión, en este caso no de captación, sino de yuxtaposición. Supongamos que una célula única se divide, y que en lugar de ir cada una por su lado, las dos células hijas siguen unidas, como resultado de una mutación que afecta su química. Cuando estas células se dividan, sus hijas también quedarán unidas. El resultado inicial es simplemente un objeto vivo mayor. Este objeto no puede actuar como un todo, y no tiene una manera evidente de reproducirse, mientras que sí la tiene de crecer. Pero este es un paso hacia un nuevo tipo de vida.
Seres multicelulares de este tipo han evolucionado repetidamente a partir de formas unicelulares. En la línea animal, esto pudo ocurrir hace unos 800 millones de años (con unos buenos 100 millones de años de incertidumbre). No existen fósiles de las formas más antiguas, pero podemos imaginar las primeras fases: una bola de células en el mar, formada por una sucesión de células que rehúsan separarse de sus hermanas.
¿Y desde aquí hasta dónde? Una tradición especulativa imagina una taza, o una esfera hueca con una abertura, como una nueva fase probable. La bola de células se pliega sobre sí misma y se torna hueca. Esta posibilidad también la esbozó Ernst Haeckel antes que nadie.
Una razón por la que la hipótesis de la taza es tentadora es que esta forma se ve en los primeros estadios del desarrollo individual (desarrollo desde el huevo hasta el adulto) en una amplia gama de animales. La forma hueca es una gástrula. Es un error pensar que algo que se ve en los inicios del desarrollo individual tuvo también que existir en los inicios de la evolución (tal como suponía Haeckel), pero la forma de taza parece tan antigua y extendida que podría ser una pista. Haeckel bautizó a este animal hipotético como «gastrea».
El asunto del Bathybius del primer capítulo no fue el gran momento de Haeckel; la gastrea fue mejor. Sigue siendo una posibilidad viva para una forma animal muy primitiva. La esfera abierta podría haber sido el inicio de un intestino; el primer animal pudo surgir al formarse alrededor de su estómago. En este ambiente cerrado, podía captar alimento y liberar enzimas digestivos, sin que estos se perdieran.
Un intestino humano atrapa nuestro alimento. Además, nuestras tripas contienen incontables bacterias vivas, de las que nos beneficiamos muchísimo mientras las cosas permanezcan equilibradas. Este tipo de colaboración es muy común en los animales. También pudo formar parte de las primeras fases de la evolución de los animales. Esta idea no estaba incluida en la versión original de Haeckel del asunto, ni en las hipótesis sobre la cuestión planteadas desde entonces. Es una idea más reciente, surgida de la constatación de que el cuerpo normal de los animales es el hogar de gran número de bacterias que los ayudan a procesar el alimento, y que también desempeñan otros papeles. El reconocimiento de las asociaciones generalizadas y estrechas entre nuestro cuerpo y los microbios acompañantes ha transformado la concepción de la vida animal entre los biólogos, y quizá estas asociaciones se remonten a muy atrás en el tiempo. Recordemos también el fenómeno de la captación en la historia de las células, el hecho que produjo las mitocondrias, y también los cloroplastos en las plantas. En aquellos encuentros, un aliado metabólico fue introducido en una célula (o primero captado y después domado). Aquí, en cambio, construimos un hogar para microorganismos colaboradores sin hacerlos entrar en las células de nuestro cuerpo; en cambio, les construimos un redil. Una ecología digestiva diversa podría hallarse en el origen de la vida animal.
Esta idea de la esfera abierta, con o sin microbios colaboradores en su interior, es como una segunda iteración de la evolución de las células. En el primer caso, teníamos la formación de una frontera, atravesada por canales, que formaba una unidad controladora de las reacciones químicas. Aquí, tenemos muchas células que forman una esfera hueca, otro objeto con una parte interior y una exterior. Ahora las células individuales son, cada una de ellas, piezas de la esfera, y controlan el tráfico hacia el interior y el exterior de esta unidad mayor.
Desde aquí (o desde alguna otra fase), el cuerpo de los primeros animales ganó más forma. Para los que intentan dilucidar las fases siguientes, el registro fósil sigue siendo desalentadoramente silencioso mientras escribo estas líneas. Pero algunos animales actuales nos proporcionan pistas. Es fácil interpretar mal dichas pistas; los animales actuales no son antepasados conservados, sino primos distantes. Han pasado por tantos años de evolución como nosotros. Pero algunos de ellos podrían haber permanecido en una forma que se parezca, de algún modo, a las formas antiguas, o que al menos indique algo acerca de estas.
Los animales que contienen dichas pistas son un trío: esponjas, ctenóforos y placozoos. Son muy diferentes. Una esponja, una vez se ha asentado, no se mueve cuando es adulta. Vive fija en un lugar, como una planta. Algunas esponjas alcanzan tamaños muy grandes. Los placozoos, en cambio, son animales diminutos, planos y que se arrastran, con una forma poco definida. Es necesario un microscopio para verlos claramente. Ni esponjas ni placozoos poseen sistema nervioso. Los ctenóforos se parecen a medusas, pero pueden hallarse a una considerable distancia evolutiva de ellas. Poseen sistema nervioso, y nadan empleando cilios, diminutos pelos situados a lo largo del lado exterior del cuerpo que baten rítmicamente. De manera que, de estas pistas, una es una pieza de mobiliario submarino inmóvil, otra se arrastra sin nervios y de forma microscópica y una tercera es transparente y nada.
¿Por qué son estos, entre todos los animales, las pistas para las formas primitivas? Primero, son simples de diversas maneras. Tienen pocas partes y no muchos tipos de células. Segundo, están muy alejados de nosotros desde el punto de vista genético. En el árbol genealógico, se encuentran en linajes que se apartaron del nuestro en época muy temprana.
Vale la pena detenernos brevemente para pensar acerca de esta combinación de características: son simples y están alejados de nosotros. No existe una razón general por la que ambas deberían asociarse. Podríamos haber encontrado actualmente en la Tierra un animal extremadamente complicado cuya ruta evolutiva se hubiera separado de la nuestra en fecha muy temprana. Todo el tiempo que hemos tenido para que nuestro cuerpo y cerebro complejos hayan evolucionado es tiempo que este otro animal también habría tenido. El mejor ejemplo parcial de esta combinación (complicado y alejado de nosotros) es el pulpo, que nos espera en un capítulo posterior del libro. Pero los pulpos no están tan alejados de nosotros como las esponjas y los otros animales de los que estamos hablando ahora.
A menudo ha sido tentador contar un relato en el que algunos de nuestros antepasados animales más antiguos se parecían a una esponja, después ancestros posteriores se parecían a una medusa, y así sucesivamente. Esta secuencia no es imposible, pero no puede deducirse del árbol evolutivo. Hacerlo equivaldría a tratar a una serie de primos como si fueran abuelos… o a tratar a primos distantes como si se parecieran más a los abuelos que otros primos. Una vez que planteamos la cuestión en términos de primos y abuelos, es evidente que este razonamiento no tendría sentido. Sin embargo, puede haber otras razones por las que algunos primos distantes concretos podrían contener pistas.
En nuestro cuerpo poseemos varios inventos evolutivos (cerebro, corazón, columna vertebral, etcétera) que de alguna manera tuvieron que aparecer. Esponjas y medusas viven sin estos inventos, aunque comparten antepasados con nosotros. De modo que estos animales muestran, ante todo, cómo seríamos si tuviéramos que vivir sin dichos inventos. Además, estos animales no pertenecen a linajes evolutivos que poseyeran estas características en alguna fase y después las perdieran; está muy claro que nunca las tuvieron. Además, los inventos de los que carecen incluyen más que meros accesorios. Nuestra disposición corporal derecha-izquierda es un invento. Los intrincados pliegues de tejido que constituyen nuestros órganos internos son un invento. Considerando los animales distantes que carecen de estos inventos, junto con la evidencia genética y los fósiles, podemos empezar a tener un atisbo de qué aspecto podían tener antepasados situados muy por debajo de nosotros en el árbol.
Luz a través de vidrio
Históricamente, se ha visto a las esponjas como las principales pistas vivas para remitirse a los animales muy primitivos. Las esponjas tienen un registro fósil suficiente y son las mejor conocidas. De modo que, sin hacer suposiciones acerca de si las esponjas que ahora me rodean tienen un aspecto muy parecido a alguno de nuestros antepasados, aproximémonos a ellas interesados en sus insólitos yoes, y observémoslas más detenidamente.
Las esponjas se extienden en gran número por los mares, desde dedos y árboles en aguas templadas y enormes embudos en arrecifes tropicales hasta las heladas torres del fondo marino que encabezan este capítulo. Algunas se incrustan sobre otros organismos en lugar de tener una forma propia. En muchos casos su modus vivendi es el siguiente: absorben agua por sus partes inferiores, el agua asciende a través del cuerpo y sale por la parte superior. El alimento, principalmente bacterias, se toma del agua a medida que esta atraviesa el organismo. Unas pocas esponjas tienen una dieta más ambiciosa; el fondo marino posee algunas esponjas depredadoras que atrapan y consumen pequeños animales.
Una esponja tiene un cuerpo, pero un cuerpo con enormes diferencias con respecto a cuerpos como el nuestro. La mayoría de sus células se hallan en contacto directo con el agua que la atraviesa. El cuerpo de la esponja es un laberinto de finos pasadizos, tapizados de socios microbianos, y el ambiente baña dicho cuerpo.
Una esponja no tiene cerebro ni ningún otro sistema nervioso. Las larvas (formas inmaduras), que parecen diminutos cigarros rechonchos, pueden nadar, y tienen algunas estructuras sensoriales que parecen partes de un sistema nervioso. Dichos mecanismos sensoriales se dirigen al exterior, al mundo, no hacia otras células del mismo cuerpo. La larva se instala y el adulto crece en aquel lugar. Aunque una esponja carece de sistema nervioso, no es inerte. Dentro de cada célula hay la tormenta que se describió al principio del capítulo. En conjunto, una esponja parece muy tranquila, pero tiene un cierto aspecto activo.
El agua que se desplaza a través del cuerpo de la esponja es bombeada activamente mediante células que disponen de pequeñas colas (flagelos). Este bombeo puede modificarse o detenerse, especialmente si el agua es sucia y existe el riesgo de que los canales de la esponja queden obstruidos. Para un conjunto de células que carece de sistema nervioso, no es fácil conseguirlo. Parece que existen células sensoriales especializadas a lo largo de las chimeneas por las que pasa el agua, y estas células emiten señales a otras. Que una célula influya sobre otra es una tarea significativa. La manera usual de lograrlo es mediante la liberación de pequeñas moléculas por parte de una célula, que son absorbidas por otras. Como resultado, se contraen y se estrechan los canales. Este proceso es lento, pero no hay necesidad de que sea rápido. En algunos casos, la esponja se expande un poco al principio y después se contrae, en un «estornudo» adormilado e invisible.
Todo esto es un recordatorio de las oportunidades y las dificultades de la vida multicelular. Una célula del interior de una esponja corre escaso riesgo de ser comida por una célula mayor, como ocurriría si flotara libremente en el agua. Pero si la célula estuviera simplemente encajada en su lugar con otras, podría fácilmente morir de hambre. En una esponja, una filigrana de canales y chimeneas mantiene a la mayoría de las células en contacto con el agua. Ahora bien, si se precisa efectuar una acción, es difícil conseguir la coordinación, en especial el movimiento coordinado. En resumen, el resultado se parece bastante a una planta. La mayoría de las esponjas se contentan con eso, y han estado haciendo lo que hacen durante muchísimos más años que nosotros. Aun así, algunas intentaron algo diferente.
Los hexactinélidos, o esponjas de vidrio, exploran en su cuerpo, y de una manera única, los temas de este capítulo, unidad e individualidad. Una esponja de vidrio es un organismo multicelular, como otros animales, pero a medida que crece, la mayor parte de sus células se fusionan y pierden sus fronteras. No abandonan las fronteras con el mundo exterior, sino con las células vecinas. El cuerpo termina por formar una única red conectada, que a menudo se ha descrito como una «telaraña tridimensional», colocada sobre elementos más duros que la sostienen.
Estos elementos más duros están hechos de vidrio.6adoptan formas diversas según la especie, y pueden parecerse a dagas, estrellas o copos de nieve. Estos elementos se agrupan formando flores, racimos como de uvas y, finalmente, en combinación, el esqueleto que mantiene la torre (figura 1).
Al igual que otras esponjas, los hexactinélidos viven en ricas asociaciones con otros tipos de seres vivos. La canasta de Venus o regadera de Filipinas7es una esponja de vidrio que por lo general da cobijo a una pareja de pequeñas gambas en el interior de su cuerpo. Estas gambitas entran en la esponja cuando son muy pequeñas, y crecen allí, sin abandonar nunca su hogar. Al final, se hacen demasiado grandes para escaparse a través de cualquier abertura. Las gambas acaban reproduciéndose juntas. Mantienen la esponja limpia y se benefician a su vez tanto de la protección del esqueleto de la esponja como del alimento del agua que la esponja capta a través de su cuerpo.
Las esponjas de vidrio no tienen sistema nervioso, pero no son inertes eléctricamente, y aquí la doma de la carga adopta una forma insólita. Con esta fina telaraña viva que envuelve un esqueleto, los hexactinélidos, un caso único entre las esponjas, emiten señales eléctricas y tienen una especie de «potencial de acción». Una esponja de vidrio suele mover agua a través del cuerpo en un flujo continuo. Pero en respuesta a algunos estímulos, como arrancar un único elemento de vidrio de su cuerpo, el bombeo cesa rápidamente. Esto se hace al enviar una pulsión eléctrica a través del cuerpo. Desde el punto de vista eléctrico, una esponja de vidrio se comporta como una única célula enorme; una pulsión puede recorrer de forma ininterrumpida todo el animal. Una esponja de vidrio consigue la coordinación no coordinando señales entre células, sino por ser, en gran parte, postcelular. Es un producto de la ruta evolutiva del animal, pero una ruta que ha abandonado parcialmente la forma de vida multicelular, y que vive mediante un tipo diferente de unidad.

Figura 1. Las ilustraciones de estas diminutas espículas, que ha dibujado Rebecca Gelernter, reproducen grabados realizados a partir de especímenes recolectados en la expedición del Challenger, en el siglo XIX, el viaje que dio al traste con la idea del Bathybius de Huxley.
He estado hablando de carga eléctrica, comunicación y coordinación en estas criaturas. Pero también se trata de animales constituidos en gran parte de vidrio: no la telaraña conductora de electricidad, sino el esqueleto que hay debajo. Una característica notable del vidrio, desde luego, es cómo maneja la luz. Partes del esqueleto de algunas esponjas de vidrio se parecen a cables de fibra óptica, a lo largo de los cuales la luz es conducida y filtrada.
¿Acaso está haciendo la esponja algo significativo con la luz desde el punto de vista biológico, o esta conducción es solo una consecuencia de emplear vidrio como material de construcción? La luz, ¿se usa o solo se canaliza por casualidad? Una amplia gama de posibilidades, bastante portentosas, se ha planteado y discutido para diferentes especies de esponjas. La luz, que, excepto en las situaciones más superficiales procederá principalmente de bioluminiscencia de un tipo u otro, podría ser un medio adicional de comunicación dentro del animal. También podría estar alimentando a algunos de los microorganismos del interior de la esponja: diminutas diatomeas y otros organismos que viven de la luz se apiñan en lo profundo del interior de algunas esponjas, quizá tan profundamente que no podrían obtener luz suficiente para permanecer vivos si la esponja no canalizara hasta ellos los rayos luminosos. En estos casos, la luz es conducida incluso un poco dentro del propio lecho marino. La canasta de Venus emite luz al agua circundante, quizá como una débil lámpara en el océano que atrae a las gambas que acabarán viviendo en su interior. Estas posibilidades no están aclaradas, y algunos biólogos creen que la luz en las esponjas y a su alrededor es demasiado débil como para poder hacer demasiadas cosas. Ya sea por diseño o por accidente, una esponja de vidrio es una recolectora y conservadora de la luz biológica.
EL ASCENSO DEL CORAL BLANDO
Ascenso
En una bahía situada al norte de Sídney, Australia, a poca distancia de las escaleras por las que descendimos en el capítulo 1, hay una llanura submarina arenosa. La bahía se ha formado allí donde desemboca en el Pacífico un río que serpentea entre bosques de eucaliptos tierra adentro.
La llanura submarina experimenta una fuerte corriente de marea. El agua penetra con fuerza río arriba desde el océano cuando la marea sube, y retorna al mar cuando esta baja. Ese flujo de agua atrae a una abundante variedad de animales, pero también supone que el área solo puede ser visitada por buceadores durante un par de horas al día, cuando el flujo de agua se detiene al cambiar la marea. En cada pausa hay aproximadamente una hora de reposo. Hacemos inmersión en el máximo de la pleamar, hasta que el agua empieza a correr.
El cambio de la marea se produce en un instante: un tirón y nos estamos moviendo. Pronto ya no es posible nadar a contracorriente. Si permanecemos demasiado tiempo, podemos ser arrastrados de inmediato hacia el mar.
Unas cuantas áreas de la llanura tienen campos de coral púrpura y blanco. Este coral es blando y plumoso, no es recortado y mineralizado como los corales tropicales «duros». Los corales constituyen árboles que tienen forma de coliflor, aunque la comparación con la coliflor no les hace justicia en absoluto. Vistos desde la distancia parecen aglomeraciones de nubes blancas y púrpura; de cerca se pueden ver delicadas venas y filamentos, con cauríes y cangrejos que viven entre las ramas.
Si nos acercamos impulsados por una ligera corriente, quizá arrastrados por el final de la marea entrante, es como avanzar en un planeador silencioso hacia las nubes, y descubrir que estas crecen desde el suelo sobre robustos tallos pálidos. Estos árboles de coral no son organismos únicos, sino colonias de muchos animales pequeños, pólipos coralinos. Desde el capítulo 2 sabemos que existe un frenesí sin fin de actividad microscópica en su interior. Pero los corales parecen estar inmóviles mientras que animales más activos se arrastran entre sus ramas.
Hace unos pocos años, un buceador e investigador local, Tom Davis, que había buceado muchísimas veces en la bahía con la calma de la marea alta, se preguntó: ¿Qué hacen los corales blandos cuando nadie los está observando? Durante la mayor parte de cualquier día el flujo de marea es demasiado fuerte para que un buceador esté allá abajo con ellos, pero Tom podía instalar cámaras que, a intervalos de tiempo, tomaran fotografías de lo que ocurre cuando el agua es rápida y no hay humanos que puedan verlos.
Buceando con su esposa, Nicola, instaló cámaras en varios lugares donde se encuentra el coral. Cuando recuperaron las cámaras y observaron los resultados, vieron que, al adquirir las aguas velocidad con cada cambio de marea, los corales blandos se levantaban lentamente, hinchando su cuerpo, hasta alcanzar un tamaño tres veces superior al que tenían en las aguas en reposo. Es probable que se extendieran para captar el alimento adicional arrastrado por el flujo mareal. Los corales redujeron su tamaño cuando las aguas pasaron a moverse más lentamente, y se abatieron durante la hora aproximada en que los humanos podrían volver.
En busca de las primeras acciones animales
Los corales son cnidarios, el grupo de animales que incluye también las medusas y las anémonas. Este grupo divergió de nuestro linaje evolutivo en una época todavía temprana en la historia de la vida animal. Un coral pudo compartir por última vez un ancestro con nosotros hace entre 650 y 700 millones de años. La fecha no está clara, pero con certeza fue más recientemente que la época en que compartimos por última vez un antepasado con una esponja.
El cuerpo de un cnidario es blando, radial en organización (está dispuesto alrededor de un disco o taza) y suele estar bordeado con tentáculos. Estos pueden ser largas cintas o cortos dedos. Dentro del cuerpo hay músculo, y los hilos electrificados de un sistema nervioso.
Muchos cnidarios tienen un ciclo de vida complicado, al pasar por una serie de diferentes formas corporales. Estas transiciones se parecen a la metamorfosis, como el paso de oruga a mariposa, pero no son exactamente iguales, pues el cuerpo no solo se transforma, sino que se multiplica en más de una fase; es como si una oruga produjera muchas mariposas o una mariposa, muchas orugas. Las dos formas adultas que un cnidario puede tener son el pólipo y la medusa. Por lo general, un pólipo está fijo a una superficie, y a menudo tiene la forma de una copa. La forma medusa es el cuerpo familiar de las medusas o aguamalas, que nadan en las columnas de agua con los tentáculos extendidos. Muchos cnidarios ciclan entre estos dos cuerpos. Corales y anémonas viven solo como pólipos.
A corta distancia de los árboles parecidos a nubes de la llanura, vive otro tipo de coral blando en un arrecife enmarañado. Estos corales forman arbustos a veces, pero también se agrupan en masas irregulares. Cada pólipo parece una flor blanca con ocho largos tentáculos semejantes a dedos. Cada dedo, a su vez, tiene rayos más pequeños que se extienden desde sus lados. Se denominan pínulas. Dedos sobre dedos. Una colonia de coral suele estar cubierta parcialmente por una esponja anaranjada, que crece como una manta y permite que las partes parecidas a flores de los pólipos la atraviesen.
Al tener ocho de tales tentáculos digitiformes, a estos animales se los denomina «octocorales» (figura 2). Una masa de muchos de ellos juntos forma un bosque de diminutas manos. Mientras observamos, si somos pacientes, a menudo veremos una lenta abertura de un pólipo, como si tuviera la intención de alcanzar algo, o un cierre de los dedos, como si quisiera apretarlo.

Figura 2. Pólipos de octocorales.
Ocasionalmente, un único tentáculo se enroscará y cerrará mientras los demás permanecen extendidos. En otros momentos será toda la mano la que se cierre. A una escala mayor, se puede llegar a zonas o afloramientos donde todas las manos están cerradas, mientras que en una zona vecina la mayor parte de las manos están abiertas. Parece como si estuvieran extendiéndose y agarrando cosas, pero durante un tiempo no fue evidente qué era lo que atrapaban, si es que atrapaban algo. John Lewis, un biólogo canadiense, estudió treinta especies de octocorales y encontró que algunas de ellas, en efecto, atrapaban no solo plancton, sino también minúsculos animales invertebrados. Este vocabulario de «alcanzar» y «atrapar» sugiere una acción momentánea que una persona podría hacer, pero en general el proceso consiste en un movimiento lento y grácil: más rápido que el de una planta, pero más lento que la escala de comportamientos animales familiares y constantes. En estos despliegues y contracciones, hay atisbos, indicadores, ecos de los inicios y las formas más simples de la acción animal.
¿Por qué podría ser así? Primero, los cnidarios son formas animales antiguas, con diseños corporales que quizá forman parte de nuestro pasado. No está claro que cualquier cnidario actual (anémona, coral, medusa) se asemeje mucho a un antepasado nuestro, aunque es probable que esta disposición radial se parezca a la disposición de algunos de nuestros predecesores.
En segundo lugar, pueden actuar. La acción en sí no la inventaron los cnidarios. Muchos organismos unicelulares pueden nadar, con flagelos parecidos a hélices o con cilios semejantes a pelos. Algunos pueden envolver a la presa y transformar su propia forma. Inicios del movimiento pueden verse en todos los candidatos de formas animales primitivas. En el capítulo anterior vimos el bombeo controlado de agua a través de las esponjas. Esto es similar a una acción y podría ser muy antiguo.
La evolución está llena de zonas grises y de casos parciales: lo primero de algo, rara vez es muy definido. También, en ocasiones, la evolución redescubre algo antiguo a un nuevo nivel o escala. En la vida unicelular existe la acción; hay nado, captura y absorción. Estas acciones pueden haber sido un acicate de primer orden para la evolución de la propia multicelularidad. En el mundo anterior a los animales había depredadores y presas unicelulares, y una opción para los que desean terminar siendo presas es hacerse lo bastante grandes para envolver confortablemente a otras presas. Entonces, cuando las células se han unido para producir animales, la acción ha de reinventarse en la escala mayor. Se necesitan nuevos tipos de coordinación. Las inestables esponjas se hallan al límite de este redescubrimiento, son un caso parcial. En los cnidarios, la acción reaparece de manera nada ambigua, con movimiento y reorganizaciones en la gran escala del cuerpo animal.
Estas extensiones y capturas no son todo lo que los cnidarios pueden hacer. Otra capacidad importante, una acción antigua de un tipo diferente, es el disparo de sus células urticantes, los nematocitos. Todos los cnidarios, o prácticamente todos, poseen células urticantes. Algunos de los aguijones,8especialmente en las anémonas, son tan débiles que las personas apenas los notan. Otros, como los de las cubomedusas, pueden matarnos de inmediato. Los aguijones varían, pero son lo bastante similares en la forma para intuir que quizá proceden de un único invento temprano en la parte del árbol de los cnidarios, y que después se transmitió a muchas ramas.
En los casos espectaculares y a veces peligrosos, hay un arpón enrollado en el interior de una célula. Las células con arpones están rodeadas por células sensoriales y otros controladores en una «batería» (esto parece una metáfora de artillería, y muy adecuada). El arpón, cuando se dispara, alcanza aceleraciones extraordinarias y grandes velocidades en una distancia muy reducida. En la liberación de un arpón, el propio comportamiento (el movimiento ejecutado) lo realiza una única célula. Dicha célula tiene asistentes a su alrededor, sensoriales y otras, pero para el acto propiamente dicho no se necesita coordinación entre las células. Compárese esto con la extensión del coral blando. Esta no es la acción de una célula, sino una combinación de incontables contracciones realizadas por células diferentes, movimientos que tienen que ocurrir juntos de una manera concertada. Lo que destaco aquí, señalándolo como un invento especial, es una acción que implica coordinación a lo largo de enormes escalas desde el punto de vista de una célula. El origen de este fenómeno es lo que encontramos repetido en la extensión del coral blando.
Incluso si los comportamientos de estos cnidarios son ecos de acciones de animales primitivos, ¿por qué elegí este? ¿Qué hay del nado coordinado de una medusa? La fase de medusa se suele ver como una adición posterior al modo de vida de los cnidarios, después de la evolución de la fase pólipo. Pero más allá de que si una medusa nade y un coral blando extienda los tentáculos de los pólipos, estos movimientos, en cierto sentido, son los mismos. Ya sea que nade o agarre, en una campana o una copa, ambos movimientos implican contracciones alrededor de una forma radial. Un pólipo y una medusa pueden tener un aspecto muy diferente, pero en su disposición básica, una medusa es un pólipo invertido. En la medusa, una contracción radial se traduce en movimiento de nado; en un pólipo, el animal es estacionario y el resultado es un agarre.
Si estamos buscando las «primeras acciones», otra pregunta es por qué tendríamos que centrarnos en el movimiento, y no en la principal acción de los organismos vivos, que es producir sustancias químicas. Mover partes del cuerpo y elaborar sustancias químicas son maneras de conseguir efectos que contribuyen a abrirse camino. Esto es cierto, pero la aparición de movimiento controlado a la escala del cuerpo animal sigue siendo un hito. Aunque la acción no la inventaron los cnidarios desde cero, vemos en estos animales acción de un tipo diferente y a una escala diferente. El cuerpo que permite estas acciones fue un nuevo tipo de objeto en el mundo, y un nuevo factor en los procesos.
La senda animal
El brote del árbol de la vida que se convirtió en los animales acumuló de manera relativamente rápida toda una serie de innovaciones. Quizá la más importante fue el sistema nervioso.
De los animales que hemos observado hasta ahora, existe un sistema nervioso en cnidarios y ctenóforos, pero no lo hay en esponjas o placozoos. Los sistemas nerviosos evolucionaron pronto, quizá solo una o dos veces. La base para lo que hacen los sistemas nerviosos fue un par de características que estaban presentes mucho antes de los animales. Se trata de la «excitabilidad» eléctrica de las células (la capacidad de un cambio rápido de las propiedades eléctricas, que comentamos en el capítulo 2) y la emisión de señales químicas de una célula a otra. Los sistemas nerviosos unieron estas dos capacidades antiguas. Cuando una célula se excita (un cambio súbito en sus propiedades eléctricas), este acontecimiento suele estar confinado a aquella célula concreta. Se halla restringido por las fronteras que delimitan la célula como una unidad. Pero una cosa que tal espasmo puede hacer es desencadenar la liberación de una sustancia química en la frontera de la célula, que otra célula cercana puede captar. A su vez, esto quizás haga que la otra célula tenga más (o menos) probabilidades de pasar por sus propios cambios eléctricos. La emisión conjunta de señales con excitabilidad es fundamental para determinar cómo funciona un sistema nervioso.
Los sistemas nerviosos están llenos de células que se especializan en esta suerte de interacciones. Dichas células tienen forma de árbol, y presentan extensiones finas que hacen que una célula se halle en contacto químico con un grupo selecto de otras células. Por lo general, se dice que los sistemas nerviosos se encuentran únicamente en animales (y en la mayoría de ellos, no en todos), aunque células con una combinación de excitabilidad y de emisión de señales químicas se encuentran asimismo en otros organismos. Lo que hace especiales a los sistemas nerviosos en el sentido animal completo son estas células con la forma ramificada: las neuronas. Solo se encuentran en los animales. Poseer dichas células cambia la manera en que la influencia funciona dentro de un cuerpo. Permiten interacciones rápidas y dirigidas, en contraste con patrones de influencia más difusos en los que una célula envía sustancias químicas a voleo. Un sistema nervioso ata el cuerpo de maneras nuevas. Lars Chittka, un biólogo que estudia las abejas, tiene una manera efectiva de ilustrar su poder. Una abeja, dice, tiene un cerebro de un milímetro cúbico de tamaño. Esto parece minúsculo. Pero, añade, una única neurona de la abeja puede tener la complejidad de un roble adulto, con respecto a su ramificación. Cada neurona puede conectar con otras diez mil.
El sistema nervioso es una reelaboración de capacidades que se ven en gran parte de la vida, pero en los animales dichas capacidades se han extendido y se han hecho inmensamente más potentes. Un recordatorio útil de lo mucho que estos sistemas hacen por nosotros se ve en el hecho de que las «toxinas nerviosas» son el principal tipo de toxina de acción rápida, sea en animales como las serpientes o en fechorías humanas: armas tristemente célebres como el sarín, VX y Novichok son toxinas nerviosas. Cuando de joven oí hablar por primera vez de toxinas nerviosas, pensé: «¿Te impiden sentir algo? ¿Te quedas adormecido? ¿No puedes pensar?». Pero las toxinas nerviosas tienen un efecto aún más cancelador. La muerte se produce a menudo por asfixia o paro cardíaco. Nuestra vulnerabilidad a estas sustancias químicas (que no son intrínsecamente destructivas, que no devastan los tejidos, pero que en cambio interfieren con minúsculos lugares de interacción entre células) indica cómo un sistema nervioso mantiene unido el cuerpo del animal. Una manera de matar este cuerpo es ir a por los mensajeros, es decir, ir a por la coordinación de las partes.
Otra característica estrechamente asociada con el sistema nervioso en el aspecto evolutivo es la musculatura. Las acciones de un cnidario, a diferencia de los movimientos más leves de una esponja, se basan en la musculatura. En el capítulo anterior señalamos la invención del citoesqueleto, un esqueleto interno de filamentos móviles del interior de algunos organismos unicelulares. En los animales, la coordinación de estos esqueletos internos a través de muchas células conectadas genera la innovación del músculo. Permite la contracción coordinada, y la relajación, de enormes capas de células.
Los animales consiguen algo de acción sin músculos. En los ctenóforos, el cuerpo está tapizado con bandas de cilios como pelos que también se ven en muchos organismos unicelulares. Los cilios están alineados verticalmente en lo que parece un peine (de ahí el nombre del grupo).9Sus movimientos permiten nadar al ctenóforo, al igual que a sus equivalentes unicelulares. (Los ctenóforos también tienen músculos, que emplean para navegar). muchos otros animales emplean los cilios para efectuar movimientos a pequeña escala. Pero todos los movimientos más extensos (el agarre de los octocorales, el nado de las medusas y otros movimientos que veremos) se logran mediante los músculos.
Al comentar las innovaciones que permitieron que los animales desempeñaran un papel tan insólito en la Tierra, he destacado nuevas capacidades en el ámbito de la acción. Otra característica animal, de la que no he hablado mucho en este capítulo, es la sensibilidad. La sensibilidad está siempre presente, no solo en los animales sino en toda la vida celular conocida. Pero algunas de las pistas que tenemos sugieren que, en estas fases iniciales de la evolución animal, la innovación principal y sin precedentes fue la creación de la acción a una nueva escala. Este fue el factor transformador.
En la actualidad, los cnidarios poseen una gama de sentidos, y lo mismo sucede en animales ancestrales que quizás han existido en todas las fases históricas. Pero los cnidarios son «más escasos», por así decirlo, en el lado sensorial que en el lado de la acción. En corales y anémonas no se encuentran ojos, en absoluto, y en la mayoría de otros cnidarios solo hay ojos rudimentarios. (Se cree que la gran excepción, los ojos de las cubomedusas, son un producto posterior). La extensión de un pólipo en busca de alimento, el ascenso y descenso de una colonia, y el disparo de células urticantes están todos relacionados con estímulos de diversos tipos, y probablemente los cnidarios también inventaron un sentido de equilibrio, o sentido de gravedad. Una medusa se orienta en el agua mediante órganos que contienen pequeños cristales, denominados estatocistos. Los cristales son más pesados que el agua, y cuando se mueven en respuesta a un cambio en la posición del animal, estos movimientos son detectables. Hay también otras formas de sentidos más sutiles, pero en los cnidarios los sentidos no son su «riqueza particular», su paso hacia lo desconocido, lo que hacen de manera diferente. En cambio, la innovación fue un nuevo tipo de acción: movimiento a gran escala y controlado muscularmente.
Teniendo presente esta transformación de la vida animal, pensemos por un momento en el problema mente-cuerpo como trasfondo. Las maneras habituales de pensar nos proporcionan varios conceptos que nos ayudan a tratar lo que hacen las mentes. Uno es el concepto de subjetividad. Este concepto llega en una pareja complementaria con otro: voluntad. La subjetividad es una cuestión de apariencia, de «ser para mí». Señala hacia la experiencia como algo que le ocurre a una persona. La voluntad es una cuestión de hacer, de probar, de iniciar. La voluntad es «ser por mí»; es ser una fuente de acción y sus efectos. Apunta a las cosas que una persona hace que ocurran. Resulta interesante que el término «sujeto» (aunque no «subjetividad») tiene también otro conjunto de connotaciones, en las que un sujeto es un ejecutor o iniciador; sujeto en oposición a objeto.10
En tanto que conceptos cotidianos, «subjetividad» y «voluntad» señalan hacia aspectos diferentes de una persona o un animal, un lado más sensorial y un lado más activo. Sin embargo, desde un punto de vista evolutivo, están estrechamente ligados. La razón de ser de la sensibilidad es el control de la acción. Desde el punto de vista biológico, nada se gana captando información que no se utilizará. La evolución de la mente incluye la evolución emparejada de voluntad y subjetividad. Pero no todo tiene que desarrollarse al unísono. Podría haber, en alguna fase, un avance en el ámbito particular de la acción. Podría surgir un nuevo tipo de voluntad junto a capacidades sensoriales más sencillas.
En toda esta parte del libro me ha influido el pensamiento del psicólogo y filósofo holandés Fred Keijzer, y su énfasis en el modelado de la acción como un asunto central en la evolución inicial de los sistemas nerviosos. La exposición en este capítulo de la formación de la acción a una escala multicelular, la envergadura y la importancia de este logro, y su relación con el cuerpo animal se han visto todos influidos por Fred. En el ámbito de las relaciones entre sensibilidad y acción en animales muy primitivos, Keijzer ofrece una propuesta interesante. Piensa que algunos nuevos tipos de sensibilidad pueden aparecer «gratis», o casi gratis, como consecuencia del modelado de acción compleja. Supongamos que construimos un sistema complejo para producir algún tipo de movimiento coordinado, coreografiado. A menudo, para lograrlo, necesitaremos que algunas partes del sistema sean sensibles a lo que están haciendo otras partes del mismo sistema. Pero si algo externo afecta al sistema, en especial por contacto, este hecho se registrará automáticamente en cierta medida, pues alterará la pauta de actividad que estas partes efectuaban. La sensación interna dentro del sistema registrará (o podría hacerlo fácilmente) que algo externo ha ocurrido. Incluso si un sistema nervioso estuviera observando totalmente hacia el interior (Keijzer no sugiere que las cosas sean siempre así, pero si lo fueran), dicho sistema respondería a cosas que ocurren en el exterior. Un sistema de este tipo no puede evitar ver hacia afuera, en buena parte. Acciones nuevas y expansivas traen con ellas una expansión de la sensibilidad.
La aparición de una asimetría entre acción compleja y sensibilidad más simple en alguna fase temprana de la evolución animal podría ser toda una ilusión. La sensibilidad compleja quizás estaría muy oculta. Pero cuando se piensa acerca de las primeras formas de experiencia, o acerca de lo que existe en los animales antes de la experiencia, es interesante imaginar un animal cuyos movimientos superen a sus sentidos, y preguntarnos si, tal como piensa Keijzer, la sensibilidad tendería automáticamente a corregir la desigualdad.
Dejemos estas especulaciones y volvamos a los temas principales que surgen en esta fase de la historia. Todos los seres vivos hacen cosas. Ajustan sus actividades y afectan a lo que hay a su alrededor. Pero en los animales esto adoptó una nueva forma. En el brote animal del árbol de la vida se produjo un yo multicelular. Además, la evolución de los animales originó acción multicelular, acción lograda mediante capas de células que se contraen, se retuercen y agarran. Esto lo hicieron posible nervios y músculos; una esponja no hace nada parecido. La acción de este tipo fue un invento transformador en la evolución; lo cambió todo.
Lo cambió todo… al final. ¿Cuándo empezó esta transformación, y qué tipo de animal puso las cosas en marcha? ¿Fue un animal que tenía aspecto de cnidario, o bien otra cosa, más antigua? Como veremos a continuación, el motor de la acción animal, este ingeniero de la Tierra, tuvo quizás un inicio irregular.
De Ávalon a Nama
En el capítulo anterior buscamos pistas acerca de las formas tempranas de vida animal, principalmente fijándonos en animales que están hoy vivos, pero alejados de nosotros. Las ramas externas de la parte animal del árbol de la vida, desde nuestro punto de vista, son muy confusas. Las cosas se aclaran unos pocos pasos más cerca de nosotros. Si se dibujan líneas evolutivas con el tiempo ascendiendo por la página, la forma de algunas de las relaciones se parece a lo que se ve en la figura 3.
Los sistemas nerviosos aparecieron por evolución en algún punto por debajo de la bifurcación a la derecha que conduce hacia los mamíferos y los cefalópodos a un lado, y hacia los cnidarios al otro. Pudieron evolucionar dos veces; esto depende de cuestiones no resueltas acerca del árbol, que se indican mediante líneas discontinuas en la figura 3.

Figura 3. Posibles relaciones entre grandes grupos de animales.
Todas las ramificaciones e inventos evolutivos que hemos comentado hasta ahora tuvieron lugar antes de que aparezca ningún registro fósil de animales. El primer periodo de tiempo del que tenemos evidencia fósil segura de animales es el periodo Ediacarense, que se inició hace unos 635 millones de años. La lenta abertura de la cortina sobre un registro fósil animal revela una escena muy diferente de la vida que nos rodea en la actualidad.
El escenario es el fondo marino, a veces somero, a veces más profundo, poblado por varios organismos de cuerpo blando, algunos diminutos, otros de más de un metro o dos. A pesar de su cuerpo blando, varios de ellos dejaron trazas. Dichas trazas muestran formas enigmáticas: diseños parecidos a flores, círculos y discos, espirales y ramificaciones fractales.
¿Qué razones hay para creer que eran animales? En muchos casos es en realidad dudoso, y algunos restos pueden representar un experimento multicelular —o experimentos multicelulares—, perdido por completo y alejado de los animales. Pero, al menos en algunos casos, se trata de animales. Esto lo confirmó en 2018 un estudiante llamado Ilya Bobrovskiy, mientras bajaba haciendo rápel por un acantilado en una parte remota de Rusia donde se encuentran restos grandes y bien conservados de un famoso organismo del Ediacarense, Dickinsonia. Tal como Bobrovskiy sospechaba, las rocas contenían no solo fósiles ordinarios, sino también restos que se habían momificado y conservado de forma natural durante más de quinientos millones de años. Los cuerpos momificados contienen colesterol, una sustancia química que solo producen los animales. Dickinsonia era plana, vivía casi con toda seguridad en el fondo marino, y parece una esterilla de baño, de hasta un metro de longitud. No tiene indicios de ojos, extremidades u otras partes animales conocidas, que es lo que ocurre con los ediacarenses. Suelen tener formas corporales definidas (frondes y ruedas, de tres y de cinco lados), pero sin patas, ni aletas ni garras, y sin señal alguna de sentidos complejos, como ojos.
Tampoco se conocen en el Ediacarense casos claros de cnidarios o esponjas, los animales que he tratado como pistas. Pero en cada caso hay posibilidades. Algunos organismos del Ediacarense se parecen bastante a las «plumas de mar» actuales. Estos organismos, de nombre muy adecuado, se encuentran en el mismo grupo de los corales blandos que visitamos al inicio de este capítulo. Pero en lugar de árboles, cada uno parece una pluma de escribir antigua con penacho, con su punta clavada en el fondo marino y plumas que surgen de un eje superior.
Sigue siendo motivo de debate si algunos de los organismos del Ediacarense están estrechamente emparentados con las plumas de mar, pues si se observa detenidamente aparecen diferencias. Otros organismos del Ediacarense poseen frondes ramificados que también sugieren formas de cnidarios, pero estas semejanzas quizá son engañosas. Reg Sprigg, que fue el primero que descubrió fósiles del Ediacarense mientras inspeccionaba minas abandonadas en el sur de Australia en 1946, denominó inicialmente «medusas» a muchos organismos ediacarenses. En nuestro tiempo, la mayoría de dichos fósiles ha sido interpretada de manera diferente, aunque es muy probable que en posiciones superiores del agua hubiera medusas verdaderas, cuyo cuerpo habría quedado apretujado al caer al fondo hasta hacerlos irreconocibles.
En la imaginación biológica, el Ediacarense se ha presentado, con frecuencia, como una época tranquila y plácida, un periodo con poca interacción entre organismos. Prácticamente no hay señales de depredación (no hay individuos medio comidos, no hay indicios de armas integradas, ni ofensivas ni defensivas, que ahora los animales suelen tener). No hay garras ni espinas. Tampoco existen señales de especialización sexual, aunque esto es algo difícil de decir, y ningún ediacarense se ha adjudicado nunca a uno u otro sexo. Es casi seguro que el sexo estaba presente, aunque probablemente coexistía con varios tipos de reproducción asexual (como hoy ocurre con cnidarios y esponjas). Las densidades solían ser elevadas: pueden verse losas con un revoltijo de docenas o cientos de organismos de varias especies. Pero incluso en estas escenas parecidas a las del bosco, no es evidente que los animales tengan mucho que ver unos con otros. Si bien quizás hubo interacciones ocultas mediante partes blandas que se perdieron, no debió existir gran parte de los habituales dispositivos de contacto entre animales.
Esta imagen plácida de la época es coherente hasta cierto punto. Sin embargo, en los últimos años se han descubierto nuevos detalles y el apacible Ediacarense ha empezado a convertirse en algo un poco más dramático, y ciertamente con transiciones y cambios.

Figura 4. Algunos organismos del Ediacarense.
Según se nos muestra ahora, hubo tres fases. Así las distinguió un joven biólogo, Ben Waggoner, hace unos veinte años, y han conservado su validez a medida que aparecían más datos. Las fases tienen nombres encantadores (gracias a Waggoner, con ayuda de la geografía). Yo hablo de «fases», pero técnicamente cada una es un «conjunto» (un término no tan encantador); un conjunto es una colección de especies como fósiles, todas ellas depositadas casi al mismo tiempo.
El primero de tales conjuntos es el Ávalon, que data de hace unos 575 millones de años. Incluso esta primera fase es relativamente tardía en el Ediacarense en su globalidad. Este periodo está limitado en su extremo más alejado, hace unos 635 millones de años, por la atenuación de una edad del hielo, una glaciación generalizada que pudo cubrir de hielo toda la Tierra. Las condiciones fueron tranquilas durante un tiempo, transcurrió otra edad del hielo y poco después aparecieron los fósiles. Los niveles de oxígeno pudieron aumentar de manera importante después de esta segunda edad del hielo. Sin embargo, a lo largo de estas primeras fases, debemos imaginar un mundo con poco oxígeno. Esto habría limitado la actividad animal, si es que era factible la existencia de alguna actividad.
El conjunto de Ávalon, nombre que corresponde a un lugar del Canadá, presenta lo que parecen ser organismos estacionarios, similares a plantas, con frondes. (En una afortunada confluencia etimológica, «ávalon» en galés antiguo significa «la isla de árboles frutales»). Muchos de estos organismos tienen el aspecto superficial de una única hoja grande, o de un grupo de hojas, clavadas en el fondo marino. Si se inspecciona detenidamente, cada hoja es un manojo de intrincados elementos ramificados.
El conjunto de Ávalon tiene también una posible esponja: cónica, con el tipo de forma adecuado, aunque no se asemeja a ningún grupo moderno de esponjas. En general, las esponjas son enigmáticas. La evidencia química combinada con la genética sugiere que las esponjas se hallaban presentes, e incluso que eran comunes, en esta época, pero hasta ahora los fósiles solo nos proporcionan este único candidato cónico y una posibilidad posterior, descubierta hace poco que parece una vieja antena de televisión invertida, con delgadas varillas que surgen de su centro.
A lo que parece, los organismos de Ávalon vivieron en mares relativamente profundos, demasiado oscuros para la fotosíntesis, a cientos y quizá miles de metros de profundidad. Ahora esta es una zona poco poblada y exigente, aunque por aquel entonces pudo ser una cuna de vida lenta e innovadora. Aquellos animales quizá vivieron de minúsculas partículas de carbono orgánico disueltas: su diseño de ramificaciones sobre ramificaciones tiene una organización «fractal» que maximiza el área superficial, lo que permite la absorción continuada de esta neblina orgánica, junto con oxígeno para quemarla.
Después hubo lo que parece un cambio. El conjunto del Mar Blanco, nombre que deriva de una región marina en Rusia, data de hace unos 560 millones de años. Estos fósiles muestran planes corporales más diversos. Todavía no aparecen aletas ni patas, y en unos pocos casos el plan corporal y los rastros fósiles sugieren con claridad que los animales podían desplazarse.
Las criaturas del Mar Blanco vivían en fondos marinos someros, no en fondos profundos como los de Ávalon. Se trata de fondos marinos que, en un cierto sentido, estaban vivos. A veces se les denomina «tapetes microbianos», pero Mary Droser, de la Universidad de California en Riverside, que se ha convertido en una investigadora fundamental en el trabajo en esta fase, las llama «superficies orgánicas con texturas». Dichas superficies contenían más que bacterias y sus afines, y probablemente incluían organismos parecidos a algas y pequeños animales incrustados. El registro fósil conserva las propias texturas («laminación ondulada y arrugada, texturas como de la piel de un elefante…»). Una maraña de organismos vivos y muertos a diferentes escalas que constituían una superficie en su mayor parte bidimensional, una planicie en el mar.
En este entorno, se ven nuevos cuerpos y estilos de vida. Todavía hay organismos estacionarios, erectos y parecidos a plumas de mar, y también una gama de formas más planas, orientadas para ramonear en el tapete. Algunas de ellas podían desplazarse. Dickinsonia (con su colesterol ruso momificado) parecía ramonear en un lugar y después desplazarse, dejando tras de sí una serie de leves huellas de todo el cuerpo. Al parecer, otras dos especies eran más activas. Se considera que Kimberella es un probable pariente de los moluscos. Parecía un macarrón que se arrastraba, capaz de rascar la superficie del tapete con una parte extensible similar a una pala.

Figura 5. Tres fases del Ediacarense. Los organismos son: A, Charnia; B, Thectardis (¿una esponja?); C, Fractofusus; D, Dickinsonia; E, Arborea; F, Coroncollina (¿también una esponja?); G, Spriggina; H, Helminthoidichnites; I, Kimberella; J, Swarpuntia; K, Cloudina; L, Rangea. Charnia y Rangea son algunos de los organismos que se han comparado a plumas de mar.
También hay un enigma, denominado Helminthoidichnites. Este fósil, bautizado con tal nombre, increíblemente difícil en el siglo XIX, se había encontrado inicialmente en rocas menos antiguas, y se había interpretado como las huellas de un pequeño animal excavador, quizá un gusano o un crustáceo. Rastros similares acabaron por descubrirse en las rocas del Ediacarense, y ahora han sido analizados en detalle por Mary Droser y Jim Gehling, en Australia del Sur, cerca de donde se encontraron los primeros fósiles ediacarenses.
Este trabajo ha empleado un nuevo tipo de excavación, que permite estudiar en su totalidad la parte inferior de enormes losas de roca. Escudriñadas en detalle, algunas losas muestran trazas de complejas pautas de movimiento. El animal vivo se desplazaba a través de diferentes capas del tapete submarino, y al hacerlo amontonaba diques. Las huellas se dirigen hacia el cuerpo de otros animales, entre ellos Dickinsonia. Esta es la primera evidencia fósil de carroñeo, de un animal que consume a otro muerto. También es la primera traza física de movimiento orientado, movimiento dirigido a un objetivo que es sentido. Inicialmente los objetivos eran cadáveres, pero el carroñeo tiene transiciones naturales a la depredación, en especial cuando la presa es estacionaria o lenta.
Dije que Helminthoidichnites era un enigma. Todos los organismos del Ediacarense son enigmáticos en cierto grado, pero en este caso el enigma es extremo. Durante mucho tiempo, lo único que teníamos era el rastro, y ningún resto del propio animal. Justo cuando estaba acabando de preparar este libro apareció un candidato, un minúsculo animal con forma de habichuela que podría ser el productor de los rastros de Helminthoidichnites. Se encontró en Australia del Sur, el hogar original del Ediacarense.
Así pues, el periodo de los fósiles del Mar Blanco está marcado por un cambio: nuevos cuerpos, nuevas capacidades de comportamiento, un ambiente diferente. Un par de otros animales de este periodo también parece que fueron móviles. Spriggina tiene un cuerpo con el movimiento escrito sobre su forma, que tiene la apariencia de un trilobites que se escabulle. No hay trazas conocidas del movimiento de Spriggina, pero esto no es una sorpresa, pues un animal ha de excavar o rascar para dejar una marca. Si solo se desliza sobre la parte superior del tapete, ninguna traza llegará hasta nosotros, muchos millones de años más tarde.
Esta era una época en la que los niveles de oxígeno continuaron aumentando, de forma lenta y errática. Quizá la secuencia es algo así: con más oxígeno, se desarrollaron superficies vivas texturizadas. Se convirtieron en un recurso para el ramoneo, lo que fomentó el movimiento lento a lo largo del tapete. Ramonear conduce a una concentración de recursos en el cuerpo de los animales, que después mueren. Esto hace que el ambiente sea más heterogéneo: hay mucho alimento aquí, menos allí. El movimiento se hace más valioso, al igual que la capacidad de seguir olores en el mar, de rastrear cosas.
La tercera fase, después de Ávalon y Mar Blanco, se denomina «Nama», por una localidad en Namibia, África. Esta es la fase más reciente, que conduce al fin del Ediacarense. Dado lo que ha ido sucediendo hasta ahora, cabría esperar que la fase Nama tuviera más de esta complejidad de arrastrarse. Pero, en cambio, las rocas son más tranquilas. Sorprendentemente, las formas que se arrastran han desaparecido. Las trazas de Helminthoidichnites están todavía allí, y una interpretación de este periodo, a la que se ha llamado «Mundo de gusanos», sostiene que una profusión de pequeños excavadores de madrigueras y túneles fueron los principales actores en esta tercera fase. Aun así, parece que aquellos animales grandes y móviles, cuyo aspecto es al menos ligeramente reminiscente de moluscos y afines, han desaparecido. Además de los excavadores, la vida en Nama volvió a las formas de frondes oscilantes (aunque con frondes en su mayoría distintos de los de antes). Nadie sabe por qué ocurrió esto. Y el conjunto de Nama quizá represente la fase que conduce al fin del Ediacarense.
¿Cómo encaja esto con los temas de este capítulo, con el intento de discernir pistas acerca de la evolución de la acción animal? Tenemos una fase en la que hay formas con aspecto de plantas y estacionarias (Ávalon, en el mar profundo) y después una transición a animales móviles en mares más someros. La evidencia genética sugiere que los sistemas nerviosos evolucionaron antes de que ninguno de estos fósiles se depositara, o quizá durante la primera fase; la datación genética es aproximada. Después parece haber los inicios de un régimen en el que se incorporan a la fila nuevos tipos de sentir y de actuar: Mar Blanco. En Nama, esto parece desvanecerse.
Si los avalonienses que conocemos eran animales con sistemas nerviosos (sin contar la posible esponja), ¿qué hacían con ellos? Resulta tentador decir que podrían haber coordinado la extensión y el agarre, como en los corales blandos actuales. Pero en algunos casos en los que estos organismos dejaron fósiles insólitamente detallados, no se ha hallado evidencia alguna de aberturas corporales: a diferencia de un coral blando, no hay boca a la que llevar comida. En lugar de ello, toda la superficie de su cuerpo pudo absorber alimento; de nuevo, esto tendría sentido en un diseño corporal que maximizara el área superficial.
Los organismos con aspecto de frondes del Avaloniense podían no ser animales en absoluto. Aun así, quizás existían sistemas nerviosos en alguna forma antes de los animales reptantes que se vieron más tarde en el Ediacarense. Hay buena evidencia de que hubo sistemas nerviosos que evolucionaron en un cuerpo con algo parecido a un diseño radial. Podrían haber estado ocultos en algunos de los cuerpos en forma de flor, y también es probable que tengamos que mirar hacia arriba.
Me he centrado en estas formas del fondo marino porque es ahí donde quedó la evidencia fósil. Pero en la columna de agua pudo existir todo tipo de vida adicional: nadadores de cuerpo blando, semejantes a medusas y ctenóforos. Algunas fases tempranas de la evolución de los sistemas nerviosos pudieron haberse dado allá arriba. Los primeros nadadores diáfanos son a menudo invisibles para la paleontología, porque es improbable que sus cuerpos delicados se fosilicen en formas visibles cuando mueren. Se ha sugerido que los primeros animales reptantes pudieron evolucionar a partir de una larva (una forma inmadura) de un animal parecido a un cnidario, una larva que alcanza el fondo marino y empieza a moverse por el mismo. A partir de aquí se puede imaginar una secuencia desde ramoneo de tapete y movimiento hasta comportamiento dirigido hacia otros animales.
Los debates sobre el Ediacarense parecen mostrar a veces una comprensible tendencia a incluir en el relato únicamente el elenco de actores presente en los fósiles, y que por lo tanto vivían en el fondo marino. A menudo me pregunto si, con relación a la evolución del comportamiento y la interacción entre los animales, la escena del fondo marino no es más que la punta de un iceberg, y que mucho de lo que importa tuvo lugar en la columna de agua, con animales que dejaron pocas trazas o ninguna. Si esto es así, es difícil descubrir cómo podrían encontrarse las piezas del rompecabezas que faltan. Pero en biología evolutiva es notable la frecuencia con que lo aparentemente incognoscible se torna cognoscible, como resultado de un repentino avance técnico, una Dickinsonia momificada o una nueva idea teórica.
Estas conjeturas sobre una transición desde el nado al arrastre también saca a colación una fase que hasta ahora ha pasado inadvertida, aunque es un desarrollo digno de toda nuestra atención. Si miramos hacia atrás, a la niebla submarina de aquella época, uno de los hechos que tuvo enormes consecuencias posteriores fue la evolución de un nuevo tipo de cuerpo, el bilateral, es decir, simétrico bilateralmente. Se trata de cuerpos con un eje derecha-izquierda, así como un eje arriba-abajo. Nuestro cuerpo es bilateral, como lo es el cuerpo de las hormigas, los caracoles y los caballitos de mar. Tenemos brazos y piernas a cada lado, y también ojos y orejas; existe un emparejamiento derecha-izquierda de muchas de las partes del cuerpo. En la actualidad, la mayoría de los animales son bilaterales (sea como sea que se calcule esta «mayoría»). También lo son algunos animales antiguos: Kimberella, Spriggina y otros. Los cnidarios, como los corales y las medusas, no lo son, y tampoco los ctenóforos, las esponjas y los placozoos.
Esta forma corporal evolucionó antes de la fase del Mar Blanco del Ediacarense. Tuvo que ser en un momento tan temprano, porque alguna forma de este diseño tenía que estar a punto antes de las ramificaciones que enviaron a diferentes animales bilaterales a lo largo de sus variadas sendas, y hay al menos un puñado de bilaterales diferentes en el Mar Blanco. El último antepasado común entre nosotros y una mariposa, y también el último antepasado común entre nosotros y un pulpo, vivió hace al menos todo este tiempo.
Tracción
El cuerpo bilateral, con su simetría derecha-izquierda, fue una innovación sobre todo en el ámbito de la acción. El cuerpo bilateral está organizado para ir a algún lugar. No existe ningún animal no bilateral en tierra firme: no hay medusas que se arrastren o anden, no hay anémonas con sus dedos en el aire (aunque algunas viven en la zona intermareal). Los cuerpos bilaterales parecen haberse iniciado en una versión marina de la tierra: el fondo del mar. Se trata de cuerpos hechos para arrastrarse sobre superficies, con dirección y tracción.
Los primeros bilaterales eran probablemente más simples que los ediacarenses que se fosilizaron en el Mar Blanco, y posiblemente pequeños, pero no sabemos mucho más que eso. También aquí hay una pista actual, que podría recordar formas antiguas. La pista en este caso son los platelmintos, o gusanos planos. Se trata de animales pequeños y simples cuyo nombre expresa a la perfección su aspecto.
¿Cuán útiles como pista son los platelmintos? Quizá no demasiado útiles. Los platelmintos actuales, con independencia de lo simples que sean, hace muchísimo tiempo que se afanan en este mundo. La forma corporal de los platelmintos parece haber surgido, aproximadamente, en un par de ocasiones distintas, y tiene sentido que así haya sido. Hoy muchos platelmintos son parásitos de otros organismos, y el parasitismo suele conducir a la simplicidad. Por eso los gusanos planos pueden no ser modelos demasiado buenos de los primeros bilaterales. Pero mientras tenemos en cuenta todo esto, considerémoslos con mayor detenimiento, como animales por derecho propio y como ecos posibles de algo más antiguo.
Podemos encontrar platelmintos marinos en arrecifes y en campos de detritos subacuáticos. Los que son visibles con facilidad no son los más sencillos (los platelmintos acelos, que han sido considerados como la mejor pista para una forma bilateral temprana), sino otro tipo, los platelmintos políclados.
Su aspecto es simple. Tienen alrededor de un centímetro de longitud en muchos casos, aunque a veces son bastante mayores o relativamente menores. Suelen tener forma oval, son planos con bordes ondulados, y muy delgados. Parecen un pedazo de pañuelo desechable.
Pero si nos detenemos a pensarlo, al momento resulta evidente que hace mucho tiempo que están ahí. Se desplazan con mayor rapidez que muchos otros animales de las profundidades marinas. Algunos platelmintos nadan, pero incluso los que se arrastran suelen hacerlo con energía y propósito. «Puedo parecer un pedazo de pañuelo desechable, pero ahora mismo tengo algo que hacer, de verdad.»
Su cuerpo consigue mucho con poco. No hay un «intestino de paso»: lo que entra por un extremo, sale por el mismo extremo; y no hay sistema circulatorio. A veces hay un grupo de ojos como de cíclope situados en medio del dorso, y también otros ojos de un tipo muy sencillo, parecen surgir casi en cualquier sitio de estos animales, incluso en diminutos pellizcos del cuerpo parecido a un pañuelo, un poco elevados sobre el plano del resto.
La vida sexual de los platelmintos es más complicada de lo que cabría esperar. En general, son hermafroditas, y algunos se enzarzan en lo que se ha denominado «esgrima de penes», porque todos intentan inyectar esperma en el cuerpo del otro. También resulta sorprendente que con frecuencia sean animales relativamente exquisitos, con patrones de colores vivos. En principio, no es en absoluto evidente por qué sucede esto; no pueden verse unos a otros con sus ojos simples. Pero hay bastantes platelmintos que son imitadores, en especial de otros pequeños animales que se arrastran, llamados nudibranquios.
Los nudibranquios son babosas; por lo tanto, moluscos. Están estrechamente emparentados con las babosas y los caracoles terrestres, pero pueden ser muy hermosos, con una gama infinita de colores y patrones. A menudo comen alimentos peligrosos desde el punto de vista químico, como esponjas, lo que los hace inadecuados para ser ingeridos por peces y otros depredadores. Quizá los colores vivos advierten de ello.
Dos de los principales grupos de nudibranquios son los dóridos y los eólidos. Los primeros tienen forma de babosa, lo que resulta útil desde el punto de vista de un platelminto que intenta la imitación, mientras que los segundos recibieron su nombre por los apéndices que poseen sobre todo el cuerpo y que parecen banderines, que no paran de moverse bajo el agua como si los impeliera una brisa. (En la mitología griega, Eolo era el guardián de los vientos). Cada primavera, en un arrecife cercano al lugar en que se inició este capítulo, aparecen diminutos eólidos. Suelen encontrarse sobre briozoos, animales parecidos a pequeños arbustos constituidos por marañas de hilos. Los eólidos son casi imposibles de ver sobre los briozoos. Son como diminutos pájaros enjoyados, de milímetros de longitud, en árboles con ramas similares a fino pelo.
Cerca de los eólidos en el árbol evolutivo se encuentra Tritonia. Pertenece a un grupo de especies con animales grandes y bien estudiados, pero también con una forma elusiva que vive en los corales blandos y las esponjas de este capítulo. Son muy pequeños, de color blanco perla, con excrecencias que parecen chapiteles puntiagudos. Sobre estas excrecencias extendidas hay otras, chapiteles sobre chapiteles. Es como si hubieran sido diseñadas por un arquitecto en miniatura, un diminuto Antoni Gaudí.
Estas Tritonia blancas son difíciles de ver, dije, y ello se debe en parte a que se confunden con los pólipos de los corales blandos, con sus extensiones de chapiteles sobre chapiteles de color blanco perla. Me llevó un tiempo darme cuenta de que también esto es un ejemplo plausible de mimetismo. Una vez vi una Tritonia que se desplazaba con lentitud cerca de una colonia de coral blando. Por alguna razón, me encontré pensando no en mimetismo o camuflaje, sino en homenaje. Los dos organismos habían adoptado la misma forma y se encontraban uno junto a otro en una especie de armonía de forma, con el coral extendiendo sus tentáculos y la Tritonia que parecía hacer lo mismo. No costaba imaginar que decía: «Mi cuerpo rinde homenaje a las primeras acciones de los animales».
EL CAMARÓN MANCO
Probablemente un cangrejo se indignaría si pudiera oírnos clasificarlo sin más preámbulo ni disculpas como un crustáceo, y despacharlo de esta manera. «No soy tal cosa», diría; «yo soy YO MISMO, solo YO MISMO».
WILLIAM JAMES, The Varieties of Religious Experience
Maestro
Alejándonos un poco de la escena que abrió el capítulo anterior (la llanura arenosa, las mareas rápidas y el ascenso del coral blando), una tubería delgada y vieja recorre el fondo marino, desde la costa hasta la bahía. Un batiburrillo de vida ha crecido alrededor de la tubería semienterrada. A medida que nadas a lo largo de ella, ves esponjas que ajustan de manera imperceptible el flujo de agua a través de su cuerpo y corales blandos que despliegan sus tentáculos digitiformes. Te desplazas a lo largo de formas antiguas y lentas de acción animal. Y entonces, bajo una cornisa, algo muy diferente: un movimiento de antenas. El alboroto de muchas patas. Y atención, orientadas hacia ti, a medida que te acercas.
Los camarones limpiadores bandeados o gambas boxeadoras tienen el cuerpo con franjas rojas y blancas como los antiguos postes de las barberías. Son crustáceos, como las langostas y los cangrejos. El término «camarón» es vago y no se refiere a una sola rama del árbol evolutivo; los animales a los que se denomina comúnmente «camarón»11se encuentran en varias ramas cercanas. Los crustáceos, de hecho, tampoco son una rama única. Pero todos estos animales son artrópodos, y esta es una rama del árbol, grande e importante. El camarón limpiador (de nombre científico Stenopus hispidus) tiene un cuerpo de algunos centímetros de largo, dos brazos grandes con garras impresionantes y varias antenas largas y blancas, más largas que el cuerpo. Vi un par de estos animales juntos en un lugar concreto, y meses más tarde, cuando estaba cerca, fui a comprobar si ellos, u otros como ellos, estaban todavía allí.
Me planté allí y vi un camarón limpiador bandeado posado sobre el pitorro de una ascidia. Este camarón había perdido uno de sus grandes brazos con garras. Esta pérdida no lo había afectado demasiado, pues poseía una profusión de otras patas, incluidas varias garras menores que acompañaban a la enorme que le quedaba.
El camarón pasó algún tiempo posado frente a un pequeño tiburón que dormitaba bajo una cornisa rocosa, aparentemente dándole golpecitos. El tiburón se movió un poco y prestó poca atención. De repente, el camarón trepó bajo la cornisa y debió de quedar colgado boca abajo, porque todo cuanto se veía de él eran unas pocas antenas largas, como los bigotes de un gato, que pendían hacia abajo.
Pensé: ¿por qué no tocarlas? Podría asustar al camarón, pero este, si quería, podía huir adentrándose más bajo la cornisa. Parecía que no le preocupaba en absoluto el tiburón. De modo que extendí la mano y toqué levemente una antena, con una caricia. Para mi gran sorpresa, el camarón descendió directamente y me miró.
Yo estaba encantado. Después de años siguiendo a pulpos, ya me he hecho a la idea de un cierto grado de contacto con animales inverosímiles, pero me dejó atónito la mirada de hito en hito que este camarón me dirigía.
Volvió a moverse. ¿Qué estaba ocurriendo en su interior? El camarón me contemplaba y me permitió que le diera unos toques más. Permanecía con un único brazo levantado como un director de orquesta, un maestro diminuto, frente al tiburón adormilado.
De los animales que he descrito hasta ahora en el presente libro, este es el primero que puede ver un objeto como nosotros, el primero con ojos que pueden distinguir objetos (aunque algunas medusas raras que mencioné anteriormente, como las cubomedusas, poseen ojos que se aproximan a los de este tipo). Este es también el primer animal que he descrito que puede moverse con velocidad. Puede trepar rápidamente, hacia ti o alejarse. Puede manipular cosas. Puede dirigir acciones sobre objetos, así como dirigir su mirada. Es un animal que mantiene una relación diferente con su entorno, un modo de ser diferente de los que hemos comentado hasta aquí. ¿Cómo ha llegado a existir?
El Cámbrico
Animales de este tipo son un producto del Cámbrico, otra época fundamental en la historia de la vida animal. En el capítulo anterior vimos el periodo inmediatamente anterior al Cámbrico, el Ediacarense, la época de los primeros animales fósiles conocidos. Este periodo va de animales inmóviles como las flores a animales que se arrastraban y excavaban. El Cámbrico, que se inició hace unos 540 millones de años, parece asistir a un cambio súbito, casi una ruptura. Entre sus fósiles existen animales con partes duras, patas y conchas, y ojos conspicuos. Los pioneros eran parientes antiguos de este camarón.
Todavía se debate si la aparición de un cambio súbito es algo engañoso (y «súbito» implicaría todavía una escala temporal de millones de años). Existen diversas teorías acerca de por qué en esta época apareció una gama de animales muy diferente, aunque dichas teorías suelen invocar factores que pueden operar en conjunto. Las condiciones ambientales habían cambiado, con más oxígeno disponible. La química oceánica se estaba volviendo más favorable para la vida animal. Sin embargo también quizá posibilitado por el oxígeno pero más allá de un simple efecto químico, en la propia evolución se inició un nuevo régimen.
Volviendo al Ediacarense, en la fase del Mar Blanco vimos animales que comenzaban a arrastrarse sobre superficies y a excavar un poco en el pantano submarino. También vimos la aparición de carroñeros. Se hace visible una ruta evolutiva, que empieza con movimientos lentos hacia la comida, y después con otros no tan lentos, pues otros podrían alcanzarla primero. El siguiente paso es que el carroñeo se transforme en depredación. Esto produce una «carrera armamentista». Cuando hay animales que intentan comerte, que rastrean tu olor y lo siguen, sale a cuenta mejorar tus propios sentidos y medios de movimiento. La evolución de los ojos pudo tener un papel especial en este proceso, pero pronto afectó a muchas facetas de la sensibilidad y el comportamiento.
El cuadro fósil más claro de este proceso podría incluir los restos de ediacarenses superados, vapuleados por los recién llegados. En realidad, no existe un registro fósil de una sustitución activa, pues los ediacarenses habían desaparecido, por lo que sabemos, para cuando surgieron los animales del Cámbrico. Parece como si, sencillamente, hubieran abandonado el escenario y hubieran sido sustituidos por un reparto diferente.
Parece que los artrópodos marcaron el camino. En la actualidad, este grupo incluye un enorme número de insectos; se trata de animales que llegaron más tarde, y a su debido tiempo hablaremos de ellos. Las formas más antiguas suelen ser reconocibles como crustáceos, aunque los más conspicuos, los trilobites, pueden estar más estrechamente emparentados con las arañas. Parece que en esta época los artrópodos inventaron una nueva manera de ser un animal, con un esqueleto que sostiene y organiza acciones complejas. También inventaron las garras y, junto a ellas, ojos que forman imágenes.
El camarón limpiador es un ejemplo de este nuevo tipo de animal; es la esencia misma de un artrópodo, y sintetiza su manera de ser. En medio del movimiento inquieto de todas las patas, me costó un poco descubrir qué había allí. Básicamente, hay dos garras12grandes en largos brazos (excepto en el individuo al que estaba visitando, que había perdido una). Hay dos pares de garras menores o pinzas, con dispositivos para agarrar en su extremo. Esto son cuatro garras adicionales. Después hay algunas patas, varias cosas que parecen peines extendidos, y otras partes menores. Mirando las fotos del animal, la caja de herramientas que suele usar es algo así como seis quelas, cuatro patas, seis antenas y otros dos fragmentos de parafernalia parecidos a peines. Esto suma, por lo menos, dieciocho extremidades y protuberancias. Un cuerpo como una navaja del ejército suizo.
No es fácil hacer el seguimiento de este cuerpo. En cierto punto de los acontecimientos descritos anteriormente, una de las grandes garras del camarón empezó a agarrar una de sus propias patas, y rápidamente desistió, liberando así la pata locomotora. El crustáceo utilizaba varios de estos apéndices, especialmente las garras pequeñas, para rebuscar y agarrar fragmentos de comida. Estas acciones se alejan mucho del lento despliegue del coral blando y del silencioso bombeo de la esponja.

Figura 6. Una escena del Cámbrico. Los animales son: A, Anomalocaris (un depredador, no el noble gigante que se menciona en el texto, que apareció más tarde); B, Pikaea, al que volveremos a encontrar en el capítulo 7; C, Opabinia, otro depredador emparentado con los artrópodos; D, Cheirurus, un trilobites.
Este aspecto de caja de herramientas vaciada es relativamente típico de los artrópodos. Si construimos un cangrejo ermitaño, ¿por qué no colocar algunas cosas que parecen espátulas sobre la cara? ¿Por qué no? Esta es la manera de evolucionar de los artrópodos: cuando se tengan dudas, añádanse algunas patas. Añade algunas espátulas a tu cabeza. Mi camarón manco pertenece a una especie que normalmente tiene una garra pequeña y una enorme, extragrande, como si el animal la hubiera comprado por internet a altas horas de la noche.
La evolución de los artrópodos ha sido imparable durante quinientos millones de años. El mayor artrópodo que se haya encontrado es un anomalocárido gigante. Este grupo, que apareció primero en el Cámbrico, presentaba formas nadadoras y depredadoras. Pero la mayor, de más de dos metros de longitud, era un pacífico comedor de plancton, algo así como una ballena barbada.
Hoy en día no hay tantos artrópodos nadadores: su competencia en aguas abiertas ha sido diferente, y formidable, durante mucho tiempo. Los nadadores actuales suelen ser de pequeño tamaño, con formas a menudo delicadas y bellas. Buceando en el estrecho de Lembeh, Indonesia, vi nadando un camarón de las anémonas del género Periclimenes (nombre que se le dio, según creo, por un nieto proteico de Poseidón, el dios griego del mar, aunque muchas especies se están pasando ahora al género Ancyclomenes, nombre que procede del término griego que significa «curvado» y que suena como un antibiótico). Estos camarones son limpiadores de otros animales, pero viven entre las anémonas para protegerse. Son diminutos, casi transparentes, con unas pocas manchas y bandas de color vivo. Cuando se pusieron a zumbar alrededor de su anémona, parecían un feliz grupo de ángeles.
En estos animales, que tienen unos buenos ojos y unas garras bien diseñadas, existe relación con los objetos externos, tanto en el aspecto sensorial como en el activo. Pueden ver objetos y manipularlos. Aunque el camarón limpiador que visité había perdido un brazo, era el único animal de aquella escena con algo parecido a brazos o garras. A su alrededor había moluscos y gusanos, también el tiburón, y ninguno de ellos estaba bien dotado en lo que a medios de manipulación se refiere. (Aquel día no había pulpos por los alrededores). El artrópodo podía actuar sobre los objetos de maneras que ningún otro animal allá abajo podía igualar: realmente un maestro. Así es como eran las cosas allá por el Cámbrico y, a diferencia del tiburón adormilado, ningún animal de aquella época tenía dientes. En el país de los que carecen de extremidades, el camarón manco es el rey.
Sensibilidad animal
En el capítulo 3 consideramos la historia temprana de la acción animal. Ahora, bajo los atentos ojos del camarón, nos dirigimos a algunos episodios en la historia de la sensibilidad.
Los animales no inventaron sentir, igual que actuar; una capacidad de sentir de algún tipo se ve en toda la vida celular conocida. Los organismos unicelulares pueden seguir pistas táctiles, sustancias químicas, la luz e incluso el campo magnético de la Tierra. Pero en los animales la sensibilidad experimentó una transición; de hecho, varias transiciones.
En el capítulo anterior estudiamos acciones que implican la coordinación de muchas partes, organizadas en el espacio. El mismo tipo de cambio tuvo lugar con la sensibilidad. Los animales desarrollaron superficies, matrices y pantallas que son sensibles, que pueden captar una impresión o una imagen. La retina de uno de nuestros ojos, por ejemplo, es una capa de células organizada en la que la luz que incide forma una pauta. La pauta o imagen no es vista por el cerebro, pero su disposición espacial (qué fragmentos están junto a qué otros) tiene efectos posteriores, sobre las neuronas conectadas al mismo. Los sensores de nuestra piel que detectan el tacto son parecidos, y detectan la forma de una impresión o la textura de un objeto.
Anteriormente planteé la idea de que la evolución de la acción «precedía» un poco a la evolución de la sensibilidad. Era una conjetura. No sabemos qué tipo de ordenación hubo entre la evolución de nuevos tipos de sensibilidad y de nuevos tipos de acción. Y una vez que estamos en el Cámbrico, ambos avanzaron rápidamente. En cualquier caso, al igual que los animales se convirtieron en nuevos tipos de objetos cuando desarrollaron acción multicelular, también lo hicieron cuando desarrollaron sensibilidad multicelular, al promover que partes de su cuerpo se convirtieran en mapas o reflejos de fragmentos de su entorno.
Los ojos son un caso paradigmático, y a principios del Cámbrico adquirieron mayor complejidad. Los ojos de los artrópodos están «compuestos» en la mayoría de los casos, de muchas partes pequeñas cada una de las cuales posee su propia lente. En cambio, nuestros ojos poseen cada uno una lente o cristalino y una retina; este es el diseño de tipo «cámara». Algunas arañas son casos especiales entre los artrópodos, pues poseen ojos más parecidos a los nuestros (y algunas tienen asimismo insertada una lente de teleobjetivo). Pero los ojos de artrópodos más complejos, y según algunos criterios los ojos más complejos de cualquier animal, son los de las gambas mantis.
Las gambas mantis, o estomatópodos, se cuentan entre los artrópodos marinos más activos que hay hoy vivos. No son muy grandes, pero en algunos aspectos recuerdan los años del Cámbrico de dominancia de los artrópodos. Seguí a una de ellas durante un rato, también en el estrecho de Lembeh, en Indonesia. Tenía unos quince centímetros de longitud, parecía una langosta compacta y, al estilo de los verdaderos artrópodos, tenía la cabeza engalanada con palos de golf y luces de fiesta.
Se alejó rápidamente por el fondo marino. La seguí, no demasiado deprisa, pero de manera persistente. Siguió moviéndose y, de vez en cuando, se detenía de golpe y miraba hacia atrás. Imaginé que cada vez decía «¿QUÉ? ¿QUÉ?», una interrogación que le causaba irritación. (Una interpretación más precisa podría ser «mira… mira…»). Normalmente cabría esperar que un animal que hiciera esto girara hacia atrás su cabeza o su cuerpo para mirar, pero los ojos de un estomatópodo son dos esferas sobre pedúnculos que pueden girar libremente y hacerlo con independencia uno del otro. Podía hacer su irritada inspección sin girarse.
Los estomatópodos pueden mirar el mismo objeto con partes diferentes de un ojo, y por lo tanto ver la profundidad con este ojo único. Sus ojos tienen del orden de una docena de diferentes receptores del color, en comparación con los nuestros, que son normalmente tres. Estos animales poseen también un arsenal complejo. El armamento de que disponen consiste básicamente en martillos y picas, organizados con «muelles, pestillos y brazos de palanca» (cito de un artículo uno de cuyos autores es Roy Caldwell, el biólogo de Berkeley y encantador de estomatópodos que ha hecho más que nadie para discernir qué es lo que pueden hacer estos animales). Cuando se dispara un martillo desde este aparato, su movimiento alcanza, por un momento, velocidades extraordinarias y puede vaporizar el agua.
Un camarón limpiador tiene un comportamiento más pacífico. En mis encuentros con ellos, cuando salieron para observarme, tuve la impresión inicial de que su respuesta era de curiosidad. Más tarde comprendí la base biológica del fenómeno. Estos camarones, como los diminutos que vi en Indonesia, son limpiadores de animales mayores. Comen los parásitos del cuerpo de otros animales: peces, anguilas y tortugas. El camarón que me dio la bienvenida en las primeras páginas de este capítulo estaba probablemente comprobando si yo era un candidato para ser limpiado, un cliente.
Ahora tenemos a punto tanto la acción como la sensibilidad en una escala multicelular. Esto no es simplemente un aumento de complejidad de ambos aspectos, un par de mejoras complementarias. La combinación proporciona una nueva forma a las relaciones entre estas dos capacidades antiguas, sentir y actuar.
Un ejemplo ideal con el que introducir este tema son las antenas del camarón limpiador. Son largas, miden varias veces la longitud del propio cuerpo. Son activas, ondean en todas las direcciones, y también sensitivas. Si extiendo mi dedo y una antena lo toca, el animal suele responder de inmediato. Sin embargo estos animales vagan con frecuencia por el entorno de una cornisa confinada. Sus antenas deben de chocar con objetos todo el tiempo, como consecuencia de las acciones del animal. El mismo contacto puede tener causas diferentes, siendo sus propias acciones una de tales causas. El camarón parece ser capaz de registrar qué contactos se deben simplemente a su deambular, y cuáles se deben a las acciones de otro, como yo.
No conozco investigaciones sobre el uso de estas antenas, ni de cómo el camarón limpiador gestiona la relación entre hechos causados por él y los causados por otros en este caso. Pero se ha demostrado que animales de este tipo general (cangrejos de río y moscas) poseen sistemas que modulan la interpretación de información sensorial por parte del registro que el animal efectúa de lo que está haciendo en cada momento. Esta capacidad es una característica general de los animales; no de todos, pero sí de muchísimos, entre ellos algunos con sistemas nerviosos más simples que los de los artrópodos. Es una forma de coordinación entre las partes de un animal que perciben y las partes que actúan. Deduces qué cambios sensoriales cabe esperar encontrar como consecuencia de lo que estás haciendo en este momento (según si te estás moviendo o te estás quieto, etcétera), y buscas cambios sensoriales añadidos a esos. Los cambios «añadidos» son señales de que algo sucede fuera de ti, como que alguien extienda la mano y te toque la antena.
Si un animal no hace algo parecido, sus propios movimientos confundirán su intento de comprender qué es lo que ocurre. Si un animal sí que lo hace, está sintiendo el mundo de una manera que rastrea la división entre yo y otro, entre el propio animal y todo lo demás. A veces, este rastreo puede conseguirlo un sistema nervioso de una manera muy sencilla, pero se haga como se haga, el animal está haciendo ahora cosas dirigidas a referir algunos hechos a sucesos externos y otros hechos a sí mismo. Está tratando con el mundo de una manera nueva, sensible a la distinción entre mundo externo y yo.
Hay mucha literatura que define esta capacidad como el tratamiento de un problema al que se enfrentan los animales. Lo he mostrado así más arriba. El neurocientífico Björn Merker plantea las cosas de esta manera en un artículo influyente. Moverse es bueno, dice Merker, pero moverse tiene costes u «obligaciones», y uno de los costes es que el mundo se hace más desconcertante. Pero existe otra manera de considerar esta situación. El hecho de que las acciones afecten a los sentidos no es solo un problema; también es una oportunidad. Mediante la acción se puede sondear el mundo y dar lugar a nuevos estímulos. Es posible tocar e interferir y hacer que el mundo responda. Las antenas del camarón lo dejan claro. La acción aporta a los sentidos una combinación de dificultades y percepciones, sencillas o complejas en función de cuánto se pueda hacer y cuánto se pueda percibir.
Este tipo de sensibilidad que marca la relación entre el yo y lo otro es una característica importante del modo de vida animal. Da origen a una nueva manera de ser en el mundo. Implica el establecimiento de un punto de vista, una perspectiva, en un nuevo sentido.
Hasta aquí he estado hablando de manera general acerca de la «sensibilidad», pero este fenómeno difiere mucho de un sentido a otro. En la vista y el tacto, las acciones tienen efectos inmediatos y fuertes sobre lo que se percibe. Un ligero movimiento de la cabeza cambia todo el campo visual, y esto produciría mucha confusión si no se tuviera noticia de ese movimiento. Lo mismo se aplica al tacto. Pero el oído es muy diferente: los efectos de las acciones sobre lo que se oye son ciertamente reales, pero suelen ser más leves. Si movemos la cabeza mientras oímos, hay consecuencias, pero el mundo auditivo no cambia de manera espectacular. Movimientos pequeños tienen efectos menos marcados sobre lo que se oye. El olfato y el gusto, los sentidos químicos, también son diferentes; se encuentran quizá entre los dos extremos mencionados.
Con todas las incertidumbres de los fósiles, no está claro cuándo se iniciaron estas nuevas maneras de percibir el mundo. No parece probable que nada de esto surgiera de golpe. Probablemente el Cámbrico tuvo un papel especial, porque tanto los ojos como las nuevas maneras de moverse parecen datar de esta época. Algunos trilobites del Cámbrico tenían también antenas. De nuevo, el camarón limpiador es un ejemplo en tales cuestiones. Estos camarones son objetos muy tridimensionales, con sus antenas y pinzas manipuladoras sobre largos brazos. Ocupan mucho espacio; su cuerpo tiene mucha presencia en el espacio. El camarón es el origen y el centro de muchas de las exploraciones y manipulaciones de los objetos circundantes. Creo que la experiencia de un camarón es de un mundo muy espacializado, incluyendo una distinción entre exactamente qué es eso y qué no es eso; recuérdese, de antes, el agarre momentáneo y la liberación de su propia pata.
Los animales limpiadores, por cierto, tienden a distinguirse en este ámbito. Los limpiadores tienen una relación matizada con su entorno, pues tratan con el más complejo de todos los factores ambientales: otros agentes. La «prueba del espejo» es una prueba que se utiliza para dilucidar si un animal puede reconocerse en un espejo como él mismo, por ejemplo, acicalando o limpiando un punto de su cuerpo que solo pueda verse en el espejo. Poquísimos animales superan esta prueba. El único animal del que, hasta ahora, se ha informado que ha superado alguna de sus versiones sin ser un mamífero o un ave (y solo unos pocos de estos la superan) es un pez limpiador.
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