Kitabı oku: «El Sacro Imperio Romano Germánico»
«Hay que felicitar a Peter Wilson por escribir el único trabajo que abarca el imperio de principio a fin y sobre la base de una asombrosa erudición».
Brendan Simms, The Times
«Magistral».
The Economist
«Un relato que nos ayuda a entender los problemas actuales de Europa. Interesante y provocador, hace comprensible el entramado».
Christopher Kissane, The Guardian
«Un estudio definitivo del Estado amorfo que duró mil años. El Sacro Imperio Romano Germánico merece ser aclamado como una obra maestra».
Tom Holland, Daily Telegraph
«Un libro notable, una visión panorámica de la Europa premoderna que se expande desde los vastos y variados paisajes del Reich. Aunque entraña un gran repaso, los trazos de su narrativa son muy finos».
Len Scales, The Times Literary Supplement
«Pocos son los historiadores que pueden transmitir una historia tan larga y compleja de manera tan efectiva: para una explicación de las ideas, instituciones y hechos que dieron forma al imperio medieval y moderno, este libro no tiene, y seguramente no seguirá teniendo, rival».
Bridget Heal, History Today
«Enormemente impresionante, no podía haber un libro más bienvenido o más oportuno que este».
John Adamson, Literary Review


El Sacro Imperio Romano Germánico
Wilson, Peter H.
El Sacro Imperio Romano Germánico / Wilson, Peter H. [traducción de Javier Romero Muñoz].
Madrid: Desperta Ferro Ediciones, 2020 – 896 p., 16 p. de lám. il; p. ; 23,5 cm – (Otros títulos) – 1.ª ed.
D.L: M-9021-2020
ISBN: 978-84-121053-2-2
94(4)”04/18” 342.36
EL SACRO IMPERIO ROMANO GERMÁNICO
Mil años de historia de Europa
Peter H. Wilson
Título original:
The Holy Roman Empire
Original English language edition first published by Penguin Books Ltd., London
All rights reserved
Primera edicion original en ingles publicada por Penguin Books Ltd., Londres
Todos los derechos reservados
© Peter H. Wilson, 2016
The author has asserted his moral rights
ISBN: 978-0-141-04747-8
© de esta edición:
El Sacro Imperio Romano Germánico
Desperta Ferro Ediciones SLNE
Paseo del Prado, 12, 1.° dcha.
28014 Madrid
www.despertaferro-ediciones.com
ISBN: 978-84-122212-1-3
Traducción: Javier Romero Muñoz
Diseño y maquetación: Raúl Clavijo Hernández
Coordinación editorial: Mónica Santos del Hierro y Carlos Núñez del Pino
Revisión: Isabel López-Ayllón Martínez
Producción del ebook: booqlab
Todas las imágenes son de dominio público o tienen licencia Creative Commons excepto número 10 (Ignacio Gavira/CC BY 2.5), 20 (colección particular), 33 (Bundesarchiv, Bild 183-H08447/CC-BY-SA 3.0) y 35 (Fb78/F. Bucher/CC-BY-SA 3.0)
Primera edición: noviembre 2020
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Para Janine Marret
Índice

Agradecimientos
Mapas
Árboles genealógicos
1. Carolingios
2. Otonianos
3. Salios
4. Hohenstaufen y Güelfos
5. Luxemburgo
6. Habsburgo (Parte 1)
7. Habsburgo (Parte 2)
Introducción
PARTE I. IDEAL
Capítulo 1. Dos Espadas
Capítulo 2. Cristiandad
Capítulo 3. Soberanía
PARTE II. PERTENENCIA
Capítulo 4. Tierras
Capítulo 5. Identidades
Capítulo 6. Nación
PARTE III. GOBERNANZA
Capítulo 7. Regencia
Capítulo 8. Territorio
Capítulo 9. Dinastía
PARTE IV. SOCIEDAD
Capítulo 10. Autoridad
Capítulo 11. Asociación
Capítulo 12. Justicia
Capítulo 13. Vida tras la muerte
Glosario
Apéndice 1: emperadores 800-1806
Apéndice 2: reyes de Alemania hasta 1519
Apéndice 3: reyes de Italia 774-962
Cronología
Bibliografía
Imágenes
Agradecimientos

El presente libro no habría sido posible sin la amable ayuda de mucha buena gente. Estoy agradecido en particular a Barbara Stollberg-Rilinger y a Gerd Althoff por su gentil hospitalidad y su animado comentario de mis ideas durante el tiempo que pasé como investigador visitante del Excellence Cluster de la Universität Münster. Mis colegas Julian Haseldine y Colin Veach, así como Simon Winder de Penguin, leyeron y comentaron todo el libro y me hicieron un sinnúmero de inteligentes apreciaciones y sugerencias. También he sacado un gran provecho de mis largas conversaciones acerca de los elementos que conformarían todo o parte del presente libro con Thomas Biskup, Tim Blanning, Karin Friedrich, Georg Schmidt, Hamish Scott, Siegfried Westphal y Jo Whaley. Virginia Aksan, Leopold Auer, Henry Cohn, Suzanne Friedrich, Karl Härter, Beat Kümin, Graham Loud y Theo Riches me proporcionaron con gran amabilidad material de utilidad o me señalaron libros que había pasado por alto. Rudi Wurzel y Liz Monaghan del Centre of European Union Studies de la University of Hull me dieron la ocasión de poner a prueba mis ideas ante una audiencia multidisciplinar, una experiencia que me ayudó a dar forma al capítulo de conclusiones. Algunos elementos de la introducción y de la conclusión fueron presentados en una conferencia en torno al Reichstag leída en la Universität Regensburg, lo que debo agradecer a Harriet Rudolph en particular.
La University of Hull me concedió un semestre sabático, durante el cual este libro conformó sus líneas generales. El personal de la Brynmor Jones Library obró milagros y logró localizar los oscuros volúmenes que necesitaba utilizar. Cecilia Mackay buscó las imágenes que le solicité con su acostumbrada eficiencia y Jeff Edwards transformó mis garabatos en mapas de bella factura. Richard Duguid supervisó con gran pericia la producción del libro. Richard Mason me evitó, gracias a su vista de lince para la edición, innumerables errores y Stephen Ryan y Michael Page hicieron un trabajo de revisión de inestimable valor. También estoy agradecido a Kathleen McDermott y al personal de Harvard University Press por producir este libro en EE. UU. Como siempre, Eliane, Alec, Tom y Nina han contribuido a mi trabajo en muchos aspectos que desconocen, algo por lo que les estoy eternamente agradecido.
Mapas


























Árboles genealógicos

ÁRBOL 1: CAROLINGIOS

ÁRBOL 2: OTONIANOS

ÁRBOL 3: SALIOS

ÁRBOL 4: HOHENSTAUFEN Y GÜELFOS

ÁRBOL 5: LUXEMBURGO

ÁRBOL 6: HABSBURGO (Parte 1)

ÁRBOL 7: HABSBURGO (Parte 2)

Introducción

La historia del Sacro Imperio Romano asienta sus reales en el corazón mismo de la experiencia europea. La comprensión de esa historia explica cómo se desarrolló buena parte de dicho continente desde la Edad Media temprana hasta el siglo XIX. Nos revela importantes aspectos que han quedado ocultos por la historia por separado, más conocida, de los Estados nación europeos. El imperio perduró más de un milenio, más del doble que la misma Roma imperial, y abarcó gran parte del continente. Además de la actual Alemania, incluyó, en parte o en conjunto, otros diez países contemporáneos: Austria, Bélgica, República Checa, Dinamarca, Francia, Italia, Luxemburgo, Países Bajos, Polonia y Suiza. Otros países como Hungría, España y Suecia también estuvieron vinculados al imperio, o se involucraron en su historia de forma, a menudo, olvidada, como por ejemplo Inglaterra, que dio un rey a Alemania (Ricardo de Cornualles, 1257-1272). Aún más fundamental es el hecho de que las tensiones de Europa, tanto este-oeste como norte-sur, se entrecruzan en el antiguo corazón imperial, entre los ríos Rin, Elba y Óder y los Alpes. Tales tensiones quedan en evidencia por la fluidez de las fronteras del imperio y el mosaico fragmentario de sus subdivisiones internas. En suma: la historia del imperio no es una mera serie de numerosas y diferenciadas historias nacionales, sino que conforma el núcleo del desarrollo general del continente. Pero no es así como suele narrarse su historia. En 1787, mientras se preparaba para el Congreso Continental que proporcionó a su país su constitución, el futuro presidente estadounidense James Madison examinó los Estados presentes y pasados de Europa para reforzar sus argumentos a favor de una unión federal fuerte. Al examinar el Sacro Imperio Romano, que por aquel entonces seguía siendo uno de los mayores Estados europeos, concluyó que era «un cuerpo inerme; incapaz de regular a sus propios miembros; inseguro contra los peligros externos; y agitado por la incesante fermentación de sus intestinos». Su historia no era más que un catálogo «de libertinaje de los fuertes y de opresión de los débiles […] de estulticia, confusión y miseria generalizadas».1
Madison no era, en absoluto, el único que opinaba así. El filósofo del siglo XVII Samuel Pufendorf describió al imperio, en una frase por todos conocida, como una «monstruosidad», pues este había degenerado al pasar de ser una monarquía «regular» a un «organismo irregular». Un siglo más tarde, Voltaire ironizó con que no era ni Sacro, ni Romano, ni Imperio.2 Esta visión negativa la consolidó el poco glorioso fin del imperio, disuelto por el emperador Francisco II el 6 de agosto de 1806 para impedir que Napoleón Bonaparte lo usurpase. No obstante, este acto final, por sí mismo, nos muestra que el imperio, incluso en sus últimas horas, seguía teniendo cierto valor, dado que los austríacos empeñaron considerables esfuerzos para impedir que los franceses se hicieran con la dignidad imperial. Al escribir las historias de sus propias naciones, las generaciones posteriores se sirvieron del imperio, al que presentaban de forma positiva o negativa en función de las circunstancias y propósitos del autor. Esta tendencia se agudizó más a partir de finales del siglo XX, cuando algunos autores proclamaron que el imperio había sido el primer Estado nación germano, o incluso un modelo para una mayor integración europea.
La caída del imperio coincidió con la emergencia del nacionalismo moderno como fenómeno popular, así como con el establecimiento del método histórico occidental, institucionalizado por profesionales como Leopold von Ranke, que ejercían cargos universitarios financiados por el Estado. Su misión era recopilar su historia nacional. A tal fin, elaboraron relatos lineales basados en la centralización del poder político o en la emancipación de su pueblo de la dominación extranjera. El imperio no tenía lugar en un mundo en el que se suponía que cada nación debía tener su propio Estado. Su historia quedó reducida a la de la Alemania medieval y, en muchos aspectos, su mayor influencia póstuma radica en que la crítica de sus estructuras dio lugar a la disciplina de la historia moderna.
En la década de 1850, Ranke sentó el marco básico que otros, Heinrich von Treitschke en particular, popularizaron durante el siglo siguiente. El rey franco Carlomagno, coronado primer emperador del Sacro Imperio el día de Navidad del año 800, recibe en esta historia el germánico nombre de Karl der Große, no el francófono Charlemagne. La partición de su reino, en 843, está considerada como el nacimiento de Francia, Italia y Alemania. El imperio, a partir de ese momento, se interpreta como una serie de intentos fracasados de construir una monarquía nacional germana factible. Los monarcas son ensalzados o condenados de acuerdo con una anacrónica escala de «intereses alemanes». En lugar de fijar el título imperial en la propia Alemania, que sirviera de base de una monarquía sólida y centralizada, muchos de esos monarcas buscaron el sueño inútil de recrear el Imperio romano. En su búsqueda de apoyos, se les acusa de dispersar el poder central por medio de concesiones debilitantes a sus señores, los cuales acabaron siendo príncipes virtualmente independientes. Tras siglos de esfuerzos heroicos y fracasos gloriosos, hacia 1250, este proyecto sucumbió al fin en el choque titánico entre la Kultur germánica y la pérfida civilización italianizante encarnada por el papado. «Alemania» quedaba así condenada a la debilidad, dividida por el dualismo entre un emperador inerme y unos príncipes mezquinos. Para muchos, en especial para los autores protestantes, los Habsburgo austríacos desperdiciaron su oportunidad después de 1438. Tras obtener un monopolio casi permanente del título imperial, los Habsburgo volvieron a tratar de hacer realidad el sueño de un imperio trasnacional, en lugar de fundar un Estado alemán poderoso. Tan solo los Hohenzollern de Prusia, surgidos en las marcas nororientales del imperio, gestionaron cuidadosamente sus recursos en preparación de su «misión germánica», esto es, unir el país en un Estado nación fuerte y centralizado. Este relato, aunque despojado de sus excesos más nacionalistas, siguió siendo el basso continuo de la percepción y producción histórica germana, en buena medida porque da una semblanza de sentido a un pasado que resulta profundamente confuso.3
El imperio, por tanto, fue considerado el culpable de que Alemania fuera una «nación postergada» que durante el siglo XVIII recibió el «premio de consolación» de convertirse en una nación cultural. Alemania tuvo que esperar hasta 1871, año en que la unificación liderada por Prusia le convirtió, al fin, en una nación política.4 Para muchos observadores, esto tuvo consecuencias fatales, pues encauzó su desarrollo histórico hacia una «vía especial» (Sonderweg), una vía anormal que alejaba a Alemania de la civilización occidental y la democracia liberal y la encaminaba hacia el autoritarismo y el Holocausto.5 Fue necesario que dos guerras mundiales desacreditasen la glorificación del Estado nación militarizado para que comenzase a surgir una concepción histórica más positiva del imperio. El capítulo final del presente libro retornará a este tema, dentro del contexto de cómo la historia imperial está siendo empleada para comentar y orientar el debate acerca del futuro inmediato de Europa.
Antes de proseguir, es menester clarificar el término «imperio». El imperio carecía de un título establecido. Aun así, siempre se le calificó con el adjetivo imperial, incluso durante los prolongados periodos en los que lo dirigía un rey en vez de un emperador. A partir del siglo XIII, el término latino imperium fue desplazado de forma gradual por el germánico Reich. Como adjetivo, la palabra Reich significa «rico», mientras que como sustantivo significa tanto «imperio» como «dominio», pues está presente en los términos Kaiserreich (imperio) y Königreich (reino).6 No existe una definición aceptada de manera universal de qué es un imperio, aunque la mayoría de interpretaciones tiene tres elementos en común.7 El criterio menos útil es el tamaño. Canadá abarca casi 10 millones de kilómetros cuadrados, más de 4 millones más que el antiguo Imperio persa o que el de Alejandro Magno, pero pocos defenderían que se trata de un Estado imperial. Los emperadores y sus súbditos han carecido, por lo general, de la obsesión de los sociólogos por la cuantificación. Por tanto, una característica definitoria más significativa de un imperio sería su absoluto rechazo a definir límites, tanto a su extensión física como a sus ambiciones de poder.8
La longevidad es un segundo factor. Según este, los imperios son considerados «de importancia mundial» si superan «el umbral de Augusto», término derivado de la transformación de la República romana en un Imperio estable llevada a término por el emperador Augusto.9 Esta interpretación tiene el mérito de centrarse en las causas por las que algunos imperios sobrevivieron a sus fundadores, pero debe aceptarse que muchos de los que no lo hicieron, como los de Alejandro o Napoleón, también dejaron importantes legados.
La hegemonía es el tercer elemento y, tal vez, el de mayor carga ideológica. Ciertos debates de la idea de imperio reducen a este al dominio de un único pueblo sobre otros.10 En función de la perspectiva, la historia imperial deviene un relato de conquista o de resistencia. Los imperios traen opresión y explotación, mientras que la resistencia se asocia, por lo general, a autodeterminación y democracia. Es indudable que este enfoque tiene sentido dentro de ciertos contextos.11 No obstante, a menudo no logra explicar por qué los imperios se expanden y perviven, en especial cuando estos procesos son, al menos en parte, pacíficos. También tiende a concebir los imperios como entidades compuestas de un pueblo o territorio «central» de razonable estabilidad, que ejerce su dominio sobre una serie de regiones periféricas. Aquí –para utilizar otra metáfora común–, el dominio imperial se convierte en «una rueda sin llanta» en la que las periferias están conectadas al centro, pero no entre sí. Esto permite al centro imperial gobernar por medio del divide et impera, pues mantiene separadas entre sí a las poblaciones periféricas y les impide sumar fuerzas contra el centro, que está en inferioridad numérica. Un sistema como este se apoya, sobre todo, en la mediación de las élites locales, que ejercen el papel de intermediarios entre el centro y cada una de las periferias. La dominación no tiene por qué ser abiertamente opresiva, dado que los mediadores pueden ser incorporados al sistema y transmitir a la población periférica algunos de los beneficios de la dominación imperial. No obstante, el dominio imperial está asociado a numerosos pactos locales que hacen difícil movilizar recursos de importancia para propósitos comunes, debido a que el centro tiene que negociar por separado con cada grupo de mediadores.12 El modelo centro-periferia es útil para explicar cómo un grupo de personas relativamente reducido puede gobernar grandes áreas. Si bien la mediación ha sido un elemento constituyente de la expansión y consolidación de la mayoría de Estados, esta, por sí misma, no es necesariamente «imperial».
Una de las principales causas del relativo abandono académico del estudio del imperio es que su historia es sumamente difícil de narrar. Carecía de los aspectos que definen la historia nacional convencional: un núcleo territorial estable, una capital, instituciones políticas centralizadas y, quizá lo más fundamental, una única «nación». También fue muy extenso y perduró mucho tiempo. Un enfoque cronológico convencional sería inviablemente largo, o correría el riesgo de transmitir una falsa idea de desarrollo lineal, lo cual reduciría la historia del imperio a un relato de alta política. Por tanto, quiero hacer hincapié en los múltiples caminos, desvíos y vías muertas del desarrollo imperial y dar al lector una idea clara de qué era, cómo funcionaba, por qué es importante y cuál es su legado para el momento presente. Tras los apéndices, he incluido una extensa cronología que facilite una orientación general. El resto del libro se divide en doce capítulos, agrupados en cuatro partes iguales, que examinan el imperio por temas: ideales, pertenencia, gobernanza y sociedad. Para darle una progresión natural, los temas se han agrupado de forma que el lector pueda abarcar el material como si fuera un águila que sobrevolase el imperio. Los trazos básicos se harán visibles en la Parte I, mientras que los demás detalles se harán haciendo más claros a medida que los lectores se acerquen a tierra en la Parte IV.
Tiene sentido examinar cómo legitimó el imperio su existencia y cómo se definió a sí mismo en relación con los foráneos. Esta es la misión de la Parte I, que se inicia con un estudio de la base del Sacro Imperio Romano como brazo secular de la cristiandad occidental. Desde la perspectiva histórica, el desarrollo europeo se ha caracterizado por tres niveles de organización: el nivel universal de ideales trascendentes que proporcionan un sentido de unidad y vínculos comunes (esto es, cristiandad, derecho romano); el nivel particular y local de la acción cotidiana (extracción de recursos, cumplimiento de las leyes); y el nivel intermedio del Estado soberano.13 El imperio se caracterizó, durante la mayor parte de su existencia, tan solo por dos de esos niveles. La emergencia del tercero, a partir del siglo XIII, fue un factor de gran importancia para su posterior desaparición. No obstante, el progreso evolutivo imaginado por los historiadores de otro tiempo, que culmina en una Europa de Estados nación rivales, ha dejado de ser el punto final del desarrollo de la historia política, lo cual explica el reciente y renovado interés en el imperio y las comparaciones entre este y la Unión Europea.
El Capítulo 1 abre con las circunstancias de la fundación del imperio, surgido de un acuerdo entre Carlomagno y el papado, que expresaba la creencia en que la cristiandad constituía un orden singular con la doble dirección de emperador y papa. Esta idea confería una misión imperial duradera, basada en la premisa de que el emperador era el monarca cristiano preeminente, dentro de un orden común que abarcaba a los monarcas de menor rango. Las misiones del emperador eran el liderazgo moral y la protección de la Iglesia, no el dominio directo, hegemónico, sobre el continente. Al igual que otros imperios, esta idea impartía «un sentido de misión cuasi religioso» que trascendía los intereses particulares más inmediatos.14 La creencia de que el imperio era mucho más grande que su monarca y que trascendía a quien quiera que fuese el emperador se asentó en fecha muy temprana, lo cual explica por qué tantos emperadores trataron de cumplir esa misión en lugar de conformarse con lo que, visto a posteriori, parecía ser una opción más realista, la monarquía nacional. El resto del capítulo examina los elementos sacros, romanos e imperiales de esta misión y explica la relación, a menudo difícil, entre imperio y papado hasta principios de la Era Moderna.15
Esta dimensión religiosa específica se explora en el Capítulo 2, que narra cómo el imperio asumió la distinción, típicamente «imperial», entre una civilización única y todos los extranjeros, considerados «bárbaros».16 La cristiandad y el antiguo legado romano imperial, encarnado por el imperio después del año 800, era lo que definía la civilización. Pero, por otra parte, los tratos imperiales con los outsiders no siempre eran violentos, pues su expansión hacia el norte y el este de Europa durante la Alta Edad Media se logró, en parte, gracias a la asimilación. El Capítulo 3 muestra cómo el concepto de civilización única impidió que el imperio tratase con otros Estados de igual a igual. Esto fue resultando cada vez más problemático a medida que la Europa cristiano-latina se fue dividiendo en Estados soberanos diferenciados con más claridad, cada uno de los cuales regido por monarcas que afirmaban ser «emperadores de sus propios reinos».
La Parte II busca trascender el desmembramiento tradicional del imperio, obra de historiadores nacionalistas y regionalistas, y estudiar cómo se relacionaban con este sus muchas tierras y pueblos. El imperio carecía de un núcleo estable, a diferencia de los núcleos de los Estados nacionales inglés y francés, basados en el valle del Támesis o en la Île de France. Nunca tuvo una capital permanente ni un santo patrón único, una lengua o cultura comunes. La identidad era siempre múltiple y superpuesta, como refleja la presencia imperial en numerosos pueblos y lugares. El número de capas superpuestas creció con el tiempo, a la vez que evolucionaba una jerarquía política más compleja y matizada para dar apoyo a la gobernanza imperial. El núcleo general recayó, a mediados del siglo X, en el reino germano, si bien la monarquía imperial siguió siendo itinerante hasta el XIV. Hacia la década de 1030 había surgido una jerarquía estable. Fuera quien fuese el rey alemán también gobernaba sobre los otros dos reinos principales del imperio, los de Italia y Borgoña, y era el único candidato digno del título imperial. El Capítulo 4 explora la conformación de esos reinos y de sus territorios constituyentes, así como la relación del imperio con otros pueblos europeos. La importancia relativa de etnicidad, organización social e identidades se aborda en el Capítulo 5. El Capítulo 6 examina cómo los conceptos de nación surgidos en el siglo XIII, reforzaron, más que debilitaron, la identificación de numerosos habitantes con el imperio. Alemania se tenía a sí misma como una nación política mucho antes de la unificación de 1871, pues consideraba al imperio su hogar natural. Pero este nunca exigió la lealtad absoluta y exclusiva que esperarían los nacionalistas posteriores. Esto reducía su capacidad de movilizar recursos y obtener apoyos activos, pero también permitió la coexistencia de comunidades heterogéneas, cada una de las cuales consideraba que su propio hecho diferencial quedaba salvaguardado por el hecho de pertenecer a un hogar común.
La Parte III explica cómo se gobernaba el imperio sin una gran infraestructura centralizada. Durante mucho tiempo, los historiadores han esperado y deseado que los reyes fueran «hacedores de Estados» o, cuando menos, que tuvieran planes consistentes y a largo plazo. Los Estados se juzgan conforme a un modelo singular, que el sociólogo Max Weber resume de forma muy sucinta como «el monopolio del uso legitimado de la fuerza física dentro de un territorio concreto».17 La historia nacional se convierte así en la historia de la creación de una infraestructura para centralizar y ejercer autoridad soberana exclusiva y de la articulación de argumentos que legitimen tal proceso. Estos argumentos también deben deslegitimar las aspiraciones de sus rivales, tanto del interior (las de nobles o regiones con aspiraciones de autonomía), como de outsiders que buscan imponer su hegemonía sobre el territorio «nacional». Cuando se utiliza esta vara de medir no resulta apenas sorprendente que la historia imperial quede reducida a un ciclo repetitivo y caótico que se prolonga, como mínimo, hasta el siglo XV. Cada nuevo rey asumía el trono tras ser reconocido por sus iguales entre la alta nobleza. Acto seguido, recorría el reino germano para recibir homenaje, con lo que da oportunidad a sus rivales a denegárselo y rebelarse. La mayoría de reyes lograba afirmar su autoridad, si bien hubo prolongados periodos en los que hubo monarcas rivales e incluso guerra civil, en particular en 1077-1106, 1198-1214 y 1314-1325. Muchos reyes se enfrentaron, hasta el siglo X, a incursiones externas e invasiones de vikingos, eslavos o magiares. Una vez consolidados en el trono, estos reyes solían hacer una expedición a Roma (Romzug) para hacerse coronar emperador por el papa. Aquellos que se entretenían demasiado en Italia se arriesgaban a nuevas rebeliones al norte de los Alpes, lo cual precipitaba un retorno anticipado. Otros necesitaron varias marchas para imponer un mínimo de autoridad imperial en Italia. Estos últimos morían de forma prematura de malaria en campaña; o, agotados, se apresuraban a retornar a algún lugar apropiado de Alemania donde poder tener «una buena muerte». Entonces, el cansino ciclo comienza de nuevo y prosiguió una y otra vez hasta que los Habsburgo establecieron, al fin, a principios del siglo XVI, su dominio territorial dinástico, que se superponía, en parte, con el del imperio.
Este relato descansa sobre la influyente concepción de Ranke del imperio como historia del fracaso de una construcción nacional. La mayor parte de comentaristas siguió sus pautas, pues argumentaban que el «declive» de la autoridad central fue inversamente proporcional a la conversión de los príncipes en dirigentes semiindependientes. Este argumento ha quedado fijado por siglo y medio de historias nacionales y regionales, que describen los devenires separados de países modernos como Bélgica o República Checa, así como de regiones de la Alemania y de la Italia modernas, como Baviera o Toscana. Cada una de tales historias es tan persuasiva porque se edifica sobre el desarrollo de la autoridad política centralizada y de su identidad asociada, enfocada en exclusiva en su territorio concreto. La conclusión general, a menudo, es que el imperio era una especie de sistema federal que surgió tras la muerte de Carlomagno, en 814, o tras la Paz de Westfalia, en 1648.18 Las enormes diferencias entre ambas fechas son indicativas de los problemas de fijar en el tiempo tales estructuras. Aun así, es una idea atractiva y no solo porque, como veremos, algunos de los habitantes del imperio afirmaban que este era una confederación, sino también porque esta definición permite, cuando menos, encajarlo dentro de la taxonomía al uso de los sistemas políticos. Fue este aspecto el que atrajo la atención de Madison y su conclusión de que era una «unión débil y precaria», conclusión que buscaba llevar a sus compatriotas a dotarse de un gobierno federal más fuerte.19
Los sistemas federales no son unitarios, en el sentido de que tienen dos o más niveles de gobierno en lugar de una única autoridad central. Además, combinan elementos de soberanía compartida mediante instituciones comunes, con autogobierno regional para sus segmentos territoriales constituyentes.20 Tales elementos estaban ciertamente presentes en el imperio después de que la «reforma imperial» de finales del siglo XV y principios del XVI diera a la constitución del imperio su forma definitiva de comienzos de la Edad Moderna. No obstante, el concepto federalismo requiere un manejo cuidadoso, pues puede fácilmente confundir más que clarificar. Definir el imperio como federal perpetúa la estrecha y dualista visión de que su desarrollo histórico fue definido en exclusiva por la pugna entre emperadores y príncipes, enfrentamiento en que estos últimos lograron imponerse en 1806 con el establecimiento de principados y reinos de plena soberanía. Aún peor, es muy difícil no asociar el término a su uso político moderno, en particular en las repúblicas federales de Alemania y de Austria, así como en Suiza y otros Estados contemporáneos, entre los que se incluye Estados Unidos. En todos estos casos, los elementos constituyentes interactúan como iguales y comparten un estatus común como miembros de una unión política. Las diferencias son genuinamente dualistas: sus dinámicas se definen según el grado de reparto de los poderes clave por medio de instituciones centrales comunes y hasta qué grado estos se retornan a sus unidades constituyentes en forma de «derechos de los estados». Por último, los Estados federales modernos actúan de forma directa sobre todos sus ciudadanos por igual. Cada ciudadano ha de tener la misma participación en su propio Estado y en la unión en su conjunto. Todos están obligados por las mismas leyes federales, incluso en algunos aspectos de la vida que son cubiertos por disposiciones específicas de cada Estado miembro. Tales formas de igualdad eran completa y fundamentalmente ajenas al imperio, que siempre contó con un núcleo político dominante, aunque cambiante, y que siempre gobernó a su población por medio de una compleja jerarquía definida por el estatus sociojurídico.
La Parte III examina la evolución de esta jerarquía. Cada uno de los tres capítulos que van del 7 al 9 cubre un cambio fundamental de la base de la gobernanza imperial. El dominio carolingio estableció un marco básico legal y político para el imperio, pero esto no se desarrolló más e incluso desapareció, en parte, hacia el año 900. La ausencia de instituciones formales, no obstante, no debe considerarse una falta de gobernanza efectiva. El presente libro sigue el enfoque que remarca los aspectos informales de una cultura política basada en la presencia personal más que en una normativa formalizada y puesta por escrito.21 Símbolos y rituales constituían una porción tan importante de la política como las instituciones formales. De hecho, las instituciones formales no pueden funcionar sin las primeras, incluso a pesar de que su papel, con frecuencia, deja de ser aceptado de forma abierta durante la Era Moderna. Toda organización es, en cierto modo, «ficticia» en tanto en cuanto depende de la convicción de todos los que tratan con ella de su verdadera existencia. La organización se sostiene porque cada individuo actúa con el convencimiento de que los otros se comportarán del mismo modo. Símbolos y rituales proporcionan señales a los participantes y ayudan a sostener la creencia en la existencia continuada de la organización, la cual se ve amenazada si sus símbolos pierden su significado, o si son desafiados, como ocurrió durante la iconoclastia de la Reforma protestante. De igual modo, una organización se arriesga a que se la considere ficticia si deja de cumplir las expectativas comunes, por ejemplo si la represión que se espera no tiene lugar, o si se muestra débil cuando un gobierno es desafiado abiertamente.
La gobernanza imperial implica el fomento de un consenso entre la élite política del imperio para asegurar, al menos, un cumplimiento mínimo de la política consensuada, lo cual permitía al emperador ahorrarse la pesada tarea de imponer la cooperación y dirigir de forma directa al grueso de la población.22 El consenso no significa de forma necesaria armonía o estabilidad, pero alcanzaba la «ruda simplicidad» del dominio imperial, que permitía al emperador y a las élites imponer políticas sin necesidad de una transformación radical en las sociedades que gobernaban.23 Esto aplicaba limitaciones a lo que los emperadores podían hacer. Necesitaban sostener la legitimidad del gobierno imperial por medio de actos demostrativos, tales como castigar a patentes malhechores; pero los emperadores también debían evitar los fracasos personales, pues estos socavaban su aura de poder y podían interpretarse como una pérdida del favor divino.
Una característica clave de la gobernanza imperial era que el desarrollo institucional tenía como necesidad primordial el fomento y sostenimiento del consenso, más que los intentos del centro de llegar de forma directa a periferias y localidades. Durante el siglo X, el linaje real otónida gobernó por medio de una jerarquía relativamente simple de altos señores legos y espirituales. Los salios, sus sucesores a partir de 1024, cambiaron el estilo de mando sin romper la pauta establecida. Una serie de cambios generales socioeconómicos permitió el mantenimiento de una jerarquía señorial más larga y compleja, que redujo el tamaño medio de cada jurisdicción al tiempo que multiplicaba su número. La familia Staufen, que gobernó tras 1138, respondió con la formalización de la jerarquía señorial, pues creó una élite principesca más diferenciada, estratificada internamente por los rangos asociados a cada título, pero unida por su común inmediatez con respecto al emperador. Los señores de menor rango y los súbditos quedaban así «mediados» de una forma más clara, en el sentido de que su relación con el emperador y el imperio pasaba por, al menos, un nivel intermedio de autoridad. Esta jerarquía cristalizó en torno a 1200 y consolidó la división complementaria de responsabilidades en el seno del imperio. El emperador continuó empeñado en su misión imperial asistido por la élite principesca más cercana, que, mientras tanto, asumió nuevas funciones en sus propias jurisdicciones, entre las que se incluían la pacificación, resolución de conflictos y movilización de recursos. Tales jurisdicciones quedaron «territorializadas» por medio de la necesidad de demarcar áreas de responsabilidad. La caída de los Staufen, en torno a 1250, fue un defecto personal, no estructural, dado que la pauta básica de gobernanza imperial continuó este patrón evolutivo hasta entrado el siglo XIV.
El siguiente cambio llegó con la casa de Luxemburgo (1347-1437) que trasladó el énfasis de las prerrogativas imperiales a las posesiones dinásticas hereditarias como base material sobre la que sostener la gobernanza imperial. Los nuevos métodos fueron perfeccionados después de 1438 por los Habsburgo, quienes no solo amasaron la mayor cantidad de tierra hereditaria del imperio, sino que también se hicieron con un imperio dinástico separado, que, en un principio, incluía España y el Nuevo Mundo. La transición al dominio Habsburgo tuvo lugar entre nuevos desafíos internos y externos, que provocaron el periodo de reformas imperiales que se intensificó en torno a 1480-1520. Las reformas encauzaron las pautas establecidas de búsqueda de consenso hacia nuevas instituciones formales y consolidó la distribución complementaria de responsabilidades entre las estructuras imperiales y los territorios principescos y cívicos.
El desarrollo de la gobernanza imperial por medio de una extensa jerarquía señorial parece alejar al imperio de sus súbditos. Ciertamente, así es como la mayor parte de relatos han presentado esta historia: alta política, muy alejada de la vida cotidiana. Esto ha tenido la desgraciada consecuencia de ayudar a difundir la idea de la irrelevancia del imperio, en particular de la mano de los historiadores de la sociedad y de la economía, que siguieron a sus homólogos de la historia política y estudiaron la evolución del tamaño de la población o la producción económica dentro de fronteras nacionales anacrónicas. La Parte IV rectifica esta cuestión y argumenta que tanto la gobernanza como las pautas de identidad en el seno del imperio estaban estrechamente entrelazadas con las cuestiones socioeconómicas, más concretamente con la emergencia de una estructura social corporativa que combina por igual elementos jerárquico-autoritarios y de asociación horizontal. Esta estructura se replicaba –con variantes– a todos los niveles del orden sociopolítico del imperio.
Una historia social completa del imperio queda fuera del alcance del presente libro, si bien el Capítulo 10 traza la emergencia del orden social corporativo y muestra cómo lo asumieron tanto señores como pueblo llano y cómo arraigó en las comunidades rurales y urbanas con grados diversos, pero por lo general amplios, de autogobernanza. Tales aspectos asociativos se exploran con más detalle en el Capítulo 11, donde se demuestra la importancia del estatus corporativo en todas las ligas y organizaciones comunales surgidas desde la Alta Edad Media en adelante, desde el gremio más pequeño a agrupaciones que plantearon importantes desafíos al gobierno imperial, como la Liga Lombarda o la Confederación Suiza. Al igual que las jurisdicciones, las identidades corporativas y los derechos eran locales, específicos y asociados al estatus. Estas reflejaban la creencia en un orden sociopolítico idealizado, que daba la mayor importancia a la preservación de la paz por medio del consenso y no por medio de conceptos de justicia absolutos y abstractos. Las consecuencias de todo ello se analizan en el Capítulo 12, que muestra cómo la resolución de conflictos siguió siendo abierta, al igual que la generalidad de los procesos políticos del imperio. Las instituciones imperiales podían juzgar, castigar e imponer pero, por lo general, solían arbitrar acuerdos, entendidos como compromisos razonables más que como juicios definitivos basados en conceptos absolutos de lo correcto y lo incorrecto.
El imperio fomentó así un ideal, profundamente enraizado y conservador, de libertad entendida como local y particular, ideal que era compartido por grupos corporativos y comunidades. Eran libertades locales y particulares, no una Libertad abstracta compartida por todos los habitantes. El presente libro ofrece una explicación alternativa para la cuestión, muy debatida, de la «génesis del conservadurismo alemán», aunque sin sostener, bajo ningún concepto, que este conservadurismo perdure más allá de mediados del siglo XIX. El autoritarismo de la Alemania del XIX y principios del XX se atribuye, en general, al desarrollo político supuestamente dual previo a la desaparición del imperio en 1806.24 Los intentos de lograr una genuina libertad igualitaria se atribuyen únicamente «al pueblo» que es aplastado «por los príncipes», en concreto en la sangrienta guerra campesina de 1524-1526. Mientras tanto, los príncipes usurparon el ideal de libertad para sí mismos para legitimar su posición de privilegio como gobernantes autónomos. La «libertad alemana» queda reducida a la defensa de la autonomía principesca contra la potencial «tiranía» imperial. Así, como gobiernos «reales» del imperio, los príncipes introdujeron supuestamente el gobierno de la ley, que protegía el derecho a la propiedad de sus súbditos, al tiempo que les denegaban cualquier representación política significativa. La libertad quedó de este modo asociada al estado burocrático y se trasladó al gobierno nacional cuando este fue creado más tarde, en el siglo XIX.
Este hilo argumental nunca logró explicar por qué los centroeuropeos siguieron siendo tan poco receptivos al liberalismo decimonónico. Tal vez estaban demasiado acobardados por el represivo estado policial, o puede que engañados por una ingenua fe en la benevolencia de los príncipes y su profundo sentido de subordinación.25 Pero los liberales descubrieron que el pueblo llano rechazaba su versión de la libertad, pues la igualdad uniforme entraba en conflicto con unos derechos corporativos guardados con gran celo, que les parecían una salvaguardia contra la explotación del mercado capitalista.26 Los problemas del futuro surgieron, al menos en parte, del rápido desmantelamiento de estos derechos corporativos por la rápida industrialización y urbanización posterior a la década de 1840. Tales cuestiones quedan fuera del ámbito del presente libro.
La pertenencia a las identidades y derechos gremiales ayuda a explicar por qué el imperio resistió a pesar de las tensiones internas y sus desigualdades marcadas. No obstante, no fue ni una bucólica y armoniosa utopía del viejo mundo, ni un primer esbozo de la Unión Europea.27 Al final del Capítulo 12 abordaremos la cuestión de la viabilidad imperial de larga duración a finales del siglo XVIII. Por ahora, nos limitaremos a observar un importante factor de cambio del imperio a largo plazo: el cambio de una cultura de presencia personal y comunicación oral a una basada en la comunicación por escrito. Esta transición, común a toda Europa y uno de los indicadores generales de la transición hacia la modernidad, tuvo consecuencias particulares en el imperio, dada la importancia crucial que se daba en este a la búsqueda de consenso y a la delineación de poder, derechos y responsabilidades con arreglo a una jerarquía de estatus.
La comunicación oral y la cultura escrita coexistieron a lo largo de toda la vida del imperio, por lo que la transición se dio de forma gradual, no por cambios absolutos. Dado que el cristianismo es una religión del libro, tanto las autoridades eclesiásticas como las seculares emplearon normativas y comunicación escritas (vid. Capítulo 7, págs. 318-320 y Capítulo 12, págs. 599-605). Pero, aun así, los mensajes no adquirían plena significación a no ser que fueran entregados en persona por alguien de rango apropiado. La teología de principios del Medievo consideraba que las intenciones de Dios eran transparentes y que las acciones de los individuos no hacían sino mostrar la voluntad divina. Por lo general, era necesario el contacto cara a cara para lograr acuerdos vinculantes. Por otra parte, la escritura era un buen método para fijar tales decisiones y evitar posibles ambigüedades y malentendidos. Al igual que ocurre con la reciente revolución de los medios de comunicación, más reciente y, ciertamente, más rápida, las nuevas formas de comunicación escrita desconcertaron a los contemporáneos. Sin embargo, también se dieron cuenta de sus ventajas. En los siglos XI y XII se desarrollaron técnicas complementarias, tales como el uso de sellos y ciertas formas de tratamiento y estilos de redacción para convencer a los receptores de cartas de que representaban la auténtica voz del autor, pues dotaban al texto de una autoridad permanente.28 El uso de papel en lugar del pergamino facilitó un significativo crecimiento de la cultura escrita a partir de mediados del siglo XIV, mientras que la invención de la imprenta, un siglo más tarde, cambió tanto su volumen como su uso.
Por desgracia, la escritura también hace más obvias las discrepancias, como el papado ya había descubierto durante el siglo XII, cuando comenzó a recibir críticas por impartir dictámenes marcadamente contradictorios. Un rastro documental también puede demostrar cómo se transmite el conocimiento, lo cual hace que a las autoridades les resulte más difícil alegar que ignoraba que estaban haciendo algo mal. Teólogos y teóricos de la política respondieron con la elaboración de una jerarquía de comunicación. La idea de que las intenciones divinas se manifestaban de forma directa en la acción humana amenazaba con reducir a Dios a la categoría de siervo de su propia creación. Esto llevó a desarrollar la idea de un Dios misterioso cuyos designios quedaban fuera del alcance de la comprensión de los simples mortales. Para elevarse a sí mismo sobre sus súbditos, se atribuyó a las autoridades seculares la exclusiva capacidad de comprender «los misterios del Estado» que dejaron perplejos al pueblo llano. Los que detentaban el poder ajustaron su gama de palabras e imágenes en función de la audiencia específica a la que se dirigían. La comunicación buscaba así mostrar la superioridad de las autoridades sobre sus súbditos, tanto –o tal vez más– que transmitir mensajes.29
El lenguaje mistérico del Estado empleado en otros puntos de Europa para promover la centralización se ajustaba mal a una gobernanza imperial basada en el consenso, no en el ordeno y mando, y donde la alta política continuó empleando la comunicación cara a cara. Aunque en el transcurso del siglo XVI los príncipes adoptaron un estilo de gobierno más exaltado, estos continuaron unidos por un marco común, que exponía sus acciones y pronunciamientos a audiencias que no podían controlar. Aunque la cancillería imperial fue pionera en el uso de la cultura escrita, optó por emplearla para dejar constancia y fijar el estatus y los privilegios de aquellos con derecho a participar en el proceso político. Dentro de los territorios que conformaban el imperio, tuvieron lugar procesos, similares en cierto modo, en los que los derechos comunales y corporativos quedaron consagrados en cartas y otros documentos legales. Cada vez más, las instituciones imperiales tuvieron que intervenir para arbitrar disputas en la interpretación de tales derechos. Aunque el sistema mantuvo cierta flexibilidad, los contemporáneos eran cada vez más conscientes de sus discrepancias: dado que los acuerdos se basaban en el compromiso y la improvisación, era casi inevitable que contravinieran algunas reglas formales. A finales del siglo XVIII, la brecha entre estatus formal y poder material se hizo evidente al nivel político más alto con el ascenso de Austria y Prusia a la categoría de potencias europeas de pleno derecho. Si bien la renuencia a abandonar prácticas consagradas daba al imperio cierta coherencia, esto mismo también hacía imposible que sus habitantes concibieran ninguna estructura alternativa. La reforma quedó reducida al mero retoque de estructuras ya existentes y, en último término, se mostró incapaz de soportar el impacto arrollador de las guerras de la Revolución francesa, lo cual forzó la decisión de Francisco II de disolver el imperio.
NOTAS
1 Escrito de Madison, J., 8 de diciembre de 1787, The Federalist 19, en Scott, E. H. (ed.), 1888, 103-108, 105. Para una lectura crítica, vid. Neuhaus, H., «The federal principle and the Holy Roman Empire», en Wellenreuther, H. (ed.), 1990, 27-49. Para una comparación más positiva entre el imperio y Estados Unidos, véase también Burgdorf, W., 23 mayo 2014, [http://www.focus.de/wissen/experten/burgdorf].
2 Pufendorf, S., 1994. Es evidente que Madison leyó esto, pues hace referencia a «las deformidades de este monstruo político»: Scott, E. H. (ed.), ibid., 106. El comentario de Voltaire apareció en 1761, vid. Voltaire, 1963, I, 683.
3 Schneidmüller, B., 2005, 225-246, 236-238. Para ejemplos recientes de su persistencia, vid. Winkler, H. A., 2006-2007 y Myers, H., 1982, 120-121. Para un debate más detallado, vid. Wolgast, E., «Die Sicht des Alten Reiches bei Treitschke und Erdmannsdörffer», en Schnettger, M. (ed.), 2002, 169-188.
4 Este punto de vista sigue estando profundamente arraigado en la literatura generalista y en la especializada: Plessner, H., 1959; Meinecke, F., 1908, El término «premio de consolación» procede del esclarecedor ensayo de Len Scales, «Late medieval Germany: An under-Stated nation?», en Scales, L. y Zimmer, O. (eds.), 2005, 166-191, 167.
5 Un ejemplo influyente de este enfoque es Barraclough, G., 1946. Proporciona información adicional Hagen, W. W., 2012, 6-20 y 1991, 24-50; Reuter, T., «The origins of the German Sonderweg? The Empire and its rulers in the high Middle Ages», en Duggan, A. J. (ed.), 1993, 179-211.
6 Frensdorff, F., 1910, 1-43; Schubert, E., 1979, 245-254.
7 La literatura acerca de esto tiene un conveniente ámbito imperial. Entre las contribuciones más útiles están las de Münkler, H., 2007; Eisenstadt, S. N., 1963; Burbank, J. y Cooper, F., 2010, 1-22.
8 Por ejemplo: el imperio original de Carlomagno, con 1,2 millones de km2, apenas entra dentro de la lista de imperios principales, pero después desaparece de la lista, pues queda por debajo del mínimo arbitrario de 1 millón de km2: Turchin, P., 2009, 191-217.
9 Doyle, M. W., 1986.
10 Ferguson, N., 2003. Para una crítica, vid. Nexon, D. H. y Wright, T., 2007, 253-271.
11 Mazower, M., 2008.
12 Nexon, D. H., 2009; Motyl, A. J., «Thinking about empire», en Barkey, K. y von Hagen, M. (eds.), 1997, 19-29; Kettering, S., 1988, 419-447.
13 Debo esta apreciación al estimulante ensayo: Burkhardt, J., 1997, 509-574.
14 Münkler, H., op. cit., 85.
15 La periodización de la historia es otro de los campos en disputa. Por una cuestión de conveniencia, el presente libro emplea la convención de que la Antigüedad tardía duró hasta mediados del siglo VII. Luego vino la Edad Media inicial, hasta el año 1000, aproximadamente; la Alta Edad Media, hasta 1200; y la Edad Media tardía, hasta 1400. A continuación, la «Edad Moderna», que se prolongó hasta finales del siglo XVIII.
16 Bowden, B., 2009.
17 Cit. de Gerth, H. H. y Wright Mills, C. (eds.), 1948, 78; Reynolds, S., 2003, 550-555 presenta datos adicionales de utilidad.
18 Los ejemplos más notables incluyen Rokkan, S., 1999, 209-211; Benecke, G., 1974; Schmidt, G., 1999; Umbach, M. (ed.), 2002; Whaley, J., 2012. Crítica en Kohler, A., «Das Heilige Römische Reich-ein Föderativsystem?», en Fröschl, T. (ed.), 1994, 119-126. Para un debate de la idea federal en los autores de la Edad Moderna, vid. Eulau, H. H. F., 1941, 643-664.
19 Scott, E. H. (ed.), op. cit., 106.
20 Watts, R. L., 1999, en particular 6-9. Para esto, vid. la comparación, extremadamente interesante, entre el imperio y Estados Unidos de Binkley, R. C., «The Holy Roman Empire versus the United States», en C. Read (ed.), 1968, 271-284.
21 Buena parte de esta bibliografía se cita en el Capítulo 7. Véase también la introducción de Barbara Stollberg-Rilinger en Stollberg-Rilinger, B. (ed.), 2001, 11-23; Rohe, K., 1990, 32-346.
22 Schneidmüller, B., «Konsensuale Herrschaft», en Heinig, P.-J. et al. (eds.), 2000, 53-87 y 2002, 193-224; Althoff, G., 2003b.
23 Tilly, C., «How empires end», en Barkey, K. y von Hagen, M. (eds.), op. cit., 1-11, 4. En esta obra, el imperio es similar a otros, por ejemplo China, donde la efectividad de la autoridad imperial, «dependía de la minimización de la intervención gubernamental formal en los asuntos de las comunidades locales»: Kapp, R. A., 1973, 2.
24 Epstein, K., 1966; Krieger, L., 1957; Blickle, P., 1997.
25 Lüdtke, A., 1989; Wehler, H.-U., 2008. Información adicional en Langewiesche, D., 2000.
26 Wegert, K. H., 1992.
27 Según afirma Hartmann, P. C., 2005, 163-214. Más debate en torno a esta cuestión en págs. 674-680.
28 Bedos-Rezak, B. M., 2000, 1489-1533.
29 Algunos han interpretado esto como el origen del «matiz»: Wakefield, A., 2009, 9-13, 136-138; Para una visión general, vid. Gestrich, A., 1994, 34-56.
PARTE I
Ideal


CAPÍTULO 1
Dos Espadas

SACRO
Los problemas para definir el imperio son evidentes en la misma confusión acerca de su título. Durante la mayor parte de su existencia, fue simplemente «el imperio». Las palabras Sacro, Imperio y Romano no aparecieron juntas por primera vez, como Sacrum Romanum Imperium, hasta junio de 1180. Y, aunque a partir de 1254 fue utilizado con más frecuencia, nunca apareció de forma regular en los documentos oficiales.1 Aun así, los tres términos constituyen elementos clave del ideal imperial presente desde la misma fundación del imperio. Este capítulo examina cada uno de estos, para luego pasar a investigar la turbulenta relación entre imperio y papado.
El elemento sacro era parte integral de la misión fundamental del imperio: proporcionar un orden político estable a todos los cristianos y defenderlos de herejes e infieles. A tal fin, el emperador debía actuar en calidad de principal defensor, o guardián, del papa, cabeza de la Iglesia cristiana única y universal. Dado que tal cosa era considerada misión divina, confiada por Dios, esto abría la posibilidad de que el emperador y el imperio fueran sacros. Al igual que el elemento romano y el imperial, el carácter sacro del imperio tenía sus raíces en la fase posterior, cristiana, del antiguo Imperio romano, no en el pasado pagano de los primeros césares o de la República romana.
La Roma cristiana
Después de más de tres siglos de persecución contra los cristianos, en el año 391 d. C. Roma adoptó el cristianismo como única religión oficial. Este paso desacralizó en parte la dignidad imperial: el Dios único cristiano no toleraría un rival. El emperador dejó de considerarse divino y tuvo que aceptar el desarrollo de la Iglesia como institución separada en el seno de su imperio. Tales cambios fueron facilitados por la adopción, por parte de la Iglesia, de una jerarquía clerical basada en el modelo de la infraestructura imperial romana. Los obispos cristianos residían en las capitales locales, desde donde ejercían jurisdicciones espirituales (diócesis) que, por lo general, coincidían con las fronteras políticas de las provincias del imperio. No obstante, aunque el emperador ya no era considerado un dios, este seguía teniendo un rol sacro de mediador entre el cielo y la tierra. La Pax Romana continuó siendo una misión imperial, pero pasó de proporcionar un paraíso en la tierra a convertir el cristianismo en la única vía hacia la salvación.
El Imperio romano tardío se enfrentó a tensiones internas y presiones externas. Ya en 284, algunas de sus regiones habían quedado controladas por coemperadores, una práctica que se retomó tras la breve reunificación de Constantino I, quien, en la década de 330, revivió la antigua localidad griega de Bizancio y la convirtió en su capital, renombrándola, sin falsa modestia, Constantinopla. La brecha entre los imperios oriental y occidental se hizo permanente en 395. Ambas mitades sobrevivieron mediante la asimilación de guerreros invasores, en especial el de Occidente, que fue absorbiendo sucesivas oleadas de invasores germánicos, en particular godos y más tarde vándalos. Estos cazadores furtivos, convertidos en guardabosques gracias a los atractivos de la cultura romana y de la vida sedentaria, abandonaron sus incursiones para servir como guardias fronterizos del imperio. Se romanizaron en parte e incluso adoptaron algunas variantes del cristianismo.
Su lealtad a Roma dependió siempre de que los beneficios de la subordinación pesaran más que el atractivo de la independencia. Este equilibro se inclinó en contra del Imperio de Occidente durante los siglos IV y V. En 410, los visigodos saquearon Roma y en 418 se establecieron en el sur de la Galia, para, posteriormente, asentarse en Hispania de forma paulatina. Los francos –otra tribu de la que no tardaremos en volver a hablar– asumieron el control del norte de la Galia hacia 420, después de 170 años de alternar el combate y el servicio a los defensores romanos de la región.2 El Imperio, aliado con los visigodos, pudo rechazar a los hunos a mediados del siglo, pero en 476 un hérulo, Odoacro, derrocó al último emperador de occidente, que respondía al adecuado nombre de Augustulus, «el pequeño Augusto».
Este hecho no fue considerado «la caída del Imperio romano» hasta pasado un tiempo. Para los contemporáneos, Roma había quedado reducida a su mitad oriental con base en Constantinopla, la cual seguía considerándose a sí misma la continuación directa de la antigua Roma. Pero los hechos de 476 no dejan de ser significativos. La ciudad de Roma había dejado de ser la capital del mundo conocido y se había convertido en un precario puesto avanzado en la periferia occidental de un imperio cuyos principales intereses se centraban ahora en los Balcanes, Tierra Santa y el norte de África, y cuya cultura, hacia el siglo VII, era sobre todo griega, no latina. Bizancio experimentó resurgimientos periódicos, pero estaba escaso de recursos humanos, en especial después de las costosas guerras contra los árabes islámicos que se convirtieron en el nuevo enemigo principal después de invadir Palestina y el norte de África hacia 640.
Bizancio tuvo que confiar en los ostrogodos para asegurar el control de Roma. Los ostrogodos eran otra tribu desplazada por la irrupción de los hunos en Europa central durante el siglo V. Conforme a la práctica habitual, Bizancio ofreció estatus y legitimidad a cambio de subordinación política y servicio militar. El líder ostrogodo, Teodorico, educado en Constantinopla, combinaba la cultura romana con los valores del guerrero gótico. Tras derrocar a Odoacro, Bizancio le reconoció como soberano de Italia en 497. La cooperación se rompió durante el reinado del emperador Justiniano, quien aprovechó su reconquista temporal del norte de África para tratar de imponer un control más directo sobre Italia. La subsiguiente Guerra Gótica (535-562) se saldó con la derrota de los ostrogodos y el establecimiento de una presencia bizantina permanente en Italia. Esta presencia, el exarcado, tenía su base política y militar en el norte, en Rávena. El resto de la península quedó dividida en provincias, cada una de las cuales subordinada a un comandante militar, un dux, origen tanto de la palabra «duque» como del título duce adoptado por Benito Mussolini.
El éxito fue temporal, pues los lombardos, otra tribu germánica que había servido como auxiliar de los bizantinos en el conflicto anterior, desencadenaron su propia invasión de Italia en 568. No consiguieron tomar Roma, ni el nuevo puesto avanzado bizantino de Rávena, pero a pesar de ello, establecieron su propio reino, con capital primero en Milán y, a partir de 616, en Pavía.3 Italia quedó dividida en tres. El nuevo reino de los invasores, Langobardia, se extendía a lo largo del valle del Po y dio a esa región su nombre moderno, Lombardía. Los reyes lombardos ejercían un control laxo sobre el sur de Italia, que constituía el ducado lombardo de Benevento. El resto era conocido como la Romaña, o territorio «romano» perteneciente a Bizancio, término que ha sobrevivido hasta nuestros días para dar nombre a la región en la que se encuentra Rávena.
El surgimiento del papado
La influencia creciente del papado, con sede en Roma, dio lugar al surgimiento de un cuarto factor político. Los papas remontaban sus orígenes al «padre» (papa) de la Iglesia por medio de la «sucesión apostólica» desde san Pedro, aunque tan solo tuvieron verdadera libertad de actuación después de que la antigua Roma tolerase el cristianismo. Roma era tan solo uno de los cinco centros cristianos principales, pero la pérdida de Jerusalén, Antioquía y Alejandría a manos de los árabes (638-642) aumentó su importancia, así como la de Constantinopla. La relevancia de Roma como ciudad imperial le proporcionaba prestigio adicional, así como su significación emotiva y espiritual en el desarrollo del cristianismo primigenio. A partir de la ejecución de san Pedro y san Pablo, en el año 64, los 30 obispos previos al Edicto de tolerancia de Milán (313) fueron elevados por la Iglesia a la condición de santos y mártires.4
El que la evolución del papado romano fuera diferente a la del patriarcado oriental de Constantinopla fue importante para el futuro Sacro Imperio Romano. Bizancio retuvo la estructura centralizada imperial, con una cultura de subordinación jerárquica y administración escrita que descendía directamente de la antigua Roma. Esto le proporcionó dos características de las que la Iglesia occidental carecía casi por completo. El patriarca continuó subordinado al emperador y la pretensión de fijar la doctrina teológica por escrito hizo que las diferencias doctrinales fueran mucho más pronunciadas que en la Iglesia occidental, más descentralizada y mucho menos interesada en la comunicación escrita. La Iglesia oriental se distanció de la variante del cristianismo denominada arrianismo, que contaba con numerosos seguidores entre los lombardos, y la disputa en torno a los aspectos humano y divino de la naturaleza de Cristo provocó el surgimiento de una Iglesia copta independiente en Siria y Egipto cuando estas regiones todavía eran provincias bizantinas.
La ausencia de estructuras imperiales duraderas privó a los papas romanos del fuerte apoyo político de que gozaba el patriarca oriental. La autoridad papal se basaba en el liderazgo moral, no administrativo, de la Iglesia occidental, que siguió siendo un conglomerado laxo de diócesis e iglesias. Desde el siglo V, los papas emplearon el argumento de la sucesión apostólica para reclamar el derecho a pronunciarse sobre la doctrina sin contar con el respaldo de ninguna autoridad política. Esto se amplió al derecho a juzgar si los candidatos escogidos por los reyes y nobles cristianos bárbaros eran adecuados para convertirse en obispos o arzobispos. La autoridad se simbolizaba por medio de la práctica de la investidura papal, desarrollada en el siglo VII; un arzobispo no podía asumir su cargo sin recibir del papa una vestidura, el llamado pallium. A su vez, los papas encargaban a los arzobispos la tarea de revisar las credenciales de los obispos de su archidiócesis, con lo que, de forma indirecta, extendían la influencia papal a las provincias. Wynfrith, un monje anglosajón que llegó a ser más tarde conocido como san Bonifacio (fue el primer arzobispo de Maguncia y una figura clave en la historia de la Iglesia del imperio), recibió en 752 a modo de pallium una tela que había yacido sobre la tumba de san Pedro. El mensaje era diáfano: oponerse al papa venía a ser lo mismo que desobedecer a san Pedro.
Los papas de comienzos de la Edad Media hubieran preferido un emperador fuerte que pudiera protegerlos, para poder así dedicarse a su misión espiritual. Roma fue uno de los ducados militares establecidos en Italia tras la Guerra Gótica, pero el poder bizantino se apagaba: Bizancio tenía que hacer frente a sus propios problemas. Como obispos de Roma, los papas estaban ligados a la sociedad local por medio de la ley canónica. Se trataba de la ley consuetudinaria, todavía no codificada, que regía el gobierno de la Iglesia y de sus miembros. Los obispos tenían que ser elegidos por el clero y por los habitantes de su diócesis. Se solía preferir a hombres jóvenes de la región: 13 de los 15 papas de la centuria que precedió al año 654 fueron romanos que, a menudo, tenían una relación incómoda con los clanes o familias prominentes locales, que ostentaban la mayor parte de la riqueza y el poder local. El más importante de estos pontífices fue Gregorio I. Descendiente de una familia de senadores romanos, logró que el papado ocupase el vacío dejado por el poder bizantino en retirada. En menos de un siglo, sus sucesores habían asumido autoridad ducal sobre la ciudad y su hinterland, el llamado patrimonio de san Pedro (Patrimonium Petri), una franja costera a uno y otro lado del Tíber.5 Con el tiempo, este territorio se convirtió en la base material de las aspiraciones papales de supremacía sobre la Iglesia occidental. Los papas se apropiaron de forma sistemática de los símbolos y aspiraciones de los emperadores bizantinos, al tiempo que oscurecían o minimizaban, de forma deliberada, sus vínculos con Constantinopla. Así, por ejemplo, a finales del siglo VIII, los papas pusieron en circulación su propia moneda y databan sus pontificados de forma similar a los reinados de los reyes.6 Su influencia espiritual creció al tiempo que la autoridad política bizantina se reducía. Gregorio I y sus sucesores enviaron misioneros a cristianizar Gran Bretaña y Alemania, áreas que hacía mucho que habían quedado fuera de la órbita imperial romana. Los papas, no obstante, no siguieron el ejemplo de los líderes islámicos del siglo VII, pues no crearon su propio Estado imperial. La cristiandad latina, por sí misma, no era suficiente para reunir a los reinos y principados surgidos del antiguo Imperio romano de Occidente. El papado todavía seguía necesitando un protector, pero Bizancio cada vez era menos útil. En 662-668, Constante II hizo un último esfuerzo por expulsar a los lombardos del sur de Italia y fue el último emperador bizantino que visitó Roma, pero el tiempo que pasó allí lo empleó en enviar antiguos tesoros a Constantinopla. Los roces aumentaron a partir de 717 a causa de las exigencias de tributo de los bizantinos y de sus interferencias en las prácticas de los cristianos occidentales. Los lombardos aprovecharon la ocasión para tomar Rávena en 751, con lo que, prácticamente, extinguieron la influencia bizantina. El pontífice se quedó solo ante los lombardos, los cuales reclamaban ahora para sí antiguos derechos bizantinos, incluida la jurisdicción secular sobre Roma y, por tanto, sobre el papa.
Los francos
El papa buscó en el noroeste un protector alternativo: los francos. Al igual que muchos de los pueblos de la Europa occidental posrromana, los francos eran una confederación de tribus. En su caso, provenían del noroeste de Alemania, de la región del Weser-Rin conocida en aquella época como Austrasia y, más tarde, con el nombre genérico de Franconia. Al contrario que sus vecinos del sur, los alamanes de Suabia, los francos asimilaron mucho de Roma a medida que se expandieron hacia el oeste y se adentraron en la Galia a partir de 250.7 Hacia el año 500, acaudillados por el gran guerrero Clodoveo, controlaban toda la Galia. Este unificó todas las tribus francas y fue proclamado rey. Clodoveo recibió bautismo de la Iglesia de Roma, en lugar de hacerse arriano, como era habitual entre los germanos; sus sucesores cooperaron con los misioneros papales, en particular con las actividades de san Bonifacio en los confines orientales y septentrionales de su reino.
Es probable que esos factores influyeran en la decisión del papa, si bien también fue importante la extensión y proximidad del reino franco. En torno a 750, este se extendía más allá de la Galia y del noroeste de Alemania hasta incluir Suabia y –algo crucial– Borgoña, que abarcaba el oeste de Suiza y el sudeste de la actual Francia, por lo que controlaba el acceso a Lombardía a través de los Alpes. Estos enormes territorios, conocidos como Francia, eran regidos por los merovingios, descendientes de Clodoveo. Los merovingios, injustamente criticados por los historiadores galos posteriores, que los denominaron les rois fainéants («los reyes holgazanes») habían logrado mucho, pero padecían a causa de la endogamia y de la costumbre franca de dividir la propiedad entre los hijos, lo que provocó repetidas guerras civiles durante el siglo VII y principios del VIII. El poder acabó en manos de la familia carolingia, que ostentaba el cargo de «mayordomo de palacio» que controlaba el patrimonio real.8
En consecuencia, el papa no dirigió su primera solicitud al rey merovingio, sino a su mayordomo Carlos, llamado Martel («martillo») tras su victoria contra los moros en Poitiers, en 732. La cooperación se fustró menos de un año después a causa de la muerte de Carlos, que fue seguida por una nueva contienda civil franca. El deterioro de la situación del pontífice a causa de la caída de Rávena le llevó a elegir la osada medida de adoptar la estrategia romano-bizantina de ofrecer estatus a un líder «bárbaro» a cambio de lealtad y apoyo. Por mediación de Bonifacio, el papa Zacarías coronó en 751 al hijo de Martel, Pipino el Breve, como rey de los francos, lo que daba así validez al derrocamiento de los merovingios. Pipino mostró su subordinación al papa en dos reuniones, en 753 y en 754. En ambas, se postró, besó el estribo papal y ayudó al pontífice a descabalgar. Como era de esperar, las crónicas francas posteriores no dejan constancia de este «servicio de palafrenero», que asumió una considerable significación en las relaciones posteriores entre papado e imperio, como forma de visualizar su superioridad.9 Por lo demás, en 754-756, Pipino invadió Lombardía y capturó Rávena, con lo que alivió la presión sobre Roma, pero no por completo.
La alianza franco-papal la renovó en 773 Carlomagno, primogénito de Pipino, el cual acudió numerosas veces en ayuda del papado, pues los lombardos trataban de volver a imponer jurisdicción secular sobre Roma. El futuro emperador, de 1,80 m de estatura, se alzaba a considerable altura sobre sus contemporáneos (también tenía un vientre prominente a causa de comer en exceso). Aunque Carlomagno detestaba la embriaguez y vestía con modestia, es indudable que disfrutaba siendo el centro de atención.10 Los recientes intentos de desacreditarlo como jefe militar son poco convincentes.11 Los francos eran, simple y llanamente, el reino posrromano mejor organizado para la guerra, como Carlomagno demostró de sobra en su campaña de 773-774 para rescatar al papa (vid. Lámina 4). Carlomagno asedió Pavía durante un año; su captura, en junio de 774, puso fin a doscientos años de reinado lombardo. De acuerdo con la costumbre franca, Lombardía no fue anexionada de forma directa, sino que siguió siendo un reino separado con Carlomagno. Tras suprimir una rebelión en 776, Carlomagno reemplazó la mayor parte de la élite lombarda con francos leales y empleó las tres décadas siguientes en consolidar de forma despiadada su autoridad por toda Francia y en extender su influencia con nuevas conquistas en Baviera y Sajonia.
Fundación del imperio
El Sacro Imperio Romano debe su fundación a la decisión del papa de dignificar la expansión del reino franco con la concesión del título imperial a Carlomagno. El motivo de esta medida sigue sin estar clara, pero puede reconstruirse con razonable grado de certeza. Parece probable que el pontífice considerase a Carlomagno un segundo Teodorico, el caudillo ostrogodo del siglo V que hizo de gobernador bizantino de Italia. Un rey bárbaro, domesticado pero útil, no el sustituto del emperador bizantino. Sin embargo, el fracaso de la expedición bizantina de 788, que no logró expulsar a los francos de Benevento, recién conquistado por estos, parecía confirmar la nueva correlación de fuerzas. En diciembre de 785, León III notificó a Carlomagno su elección como papa, un favor reservado normalmente al emperador bizantino. No obstante, fue la improvisación, no la planificación sistemática, lo que caracterizó los quince años que transcurrieron hasta la coronación de Carlomagno.12
Destacan tres aspectos. Primero, el imperio fue una creación conjunta de Carlomagno y de León III, «uno de los ocupantes más taimados del trono de san Pedro».13 Acusado de perjuro y de adúltero, León no logró imponer su autoridad sobre los clanes romanos, los cuales orquestaron una turba que le atacó en abril de 799 y estuvo a punto de cortarle la lengua y los ojos… mutilaciones que hacían que la víctima no fuera digna del cargo. En el momento de su ascensión al trono de san Pedro, León había enviado a Carlomagno un estandarte y las llaves del sepulcro de san Pedro, con lo que, de manera simbólica, colocaba al papado bajo la protección de los francos. Carlomagno era reacio a asumir esta responsabilidad, que podía requerir tener que juzgar e incluso destituir a algún pontífice descarriado.14
La crónica del franco Einhard, escrita una generación después, afirma que, cuando Carlomagno visitó por fin Roma en noviembre de 800, León dejó caer por sorpresa la idea de una coronación imperial. No debemos dejarnos engañar por este típico recurso hagiográfico que destaca la supuesta modestia y falta de ambiciones mundanas de Carlomagno.15 En realidad, los detalles fueron acordados de antemano y coreografiados con sumo cuidado. Los participantes eran plenamente conscientes de que estaban dando un paso importante. León cabalgó 18 km desde Roma para acudir al encuentro de Carlomagno, distancia que duplicaba la que se concedía a un simple rey. El embajador del patriarcado de Jerusalén estaba presente para hacer entrega de las llaves del Santo Sepulcro. Aunque el lugar santo estaba en posesión de los árabes desde 636, este acto simbolizaba la asunción por parte de Carlomagno de la antigua misión romana de proteger el cristianismo. Por último, también fue deliberada la fecha elegida para la coronación, Navidad de 800. No solo era una significativa fiesta cristiana, sino que ese día cayó en domingo, exactamente 7000 años después del supuesto día de la Creación.16
Tampoco queda claro qué creía Carlomagno que estaba haciendo, pues –al igual que todos los emperadores medievales, prácticamente– no dejó testimonio escrito de sus causas. Es improbable que su único motivo fuera la preocupación inmediata de convencer a los sajones, reacios a aceptar su reinado.17 Los francos se consideraban a sí mismos, desde hacía mucho tiempo, los soberanos legítimos de los sajones y de otras tribus germanas que no se habían constituido en monarquías formales. Por el contrario, es más probable que Carlomagno considerase que su ascensión al trono era una forma de consolidar su dominio sobre toda Italia, dado que el antiguo reino lombardo tan solo abarcaba el norte, mientras que la idea del Imperio romano tenía mayor renombre por toda la península.18 Además, al aceptar los símbolos religiosos, Carlomagno sancionó su asociación con el pontífice para el liderazgo conjunto de la cristiandad.19
El tercer factor, además de la creación conjunta y la cuidada coreografía, es la alta probabilidad de que Carlomagno creyera estar siendo nombrado emperador romano. El trono bizantino estaba técnicamente vacante desde 796, año en que el emperador Constantino VI fue depuesto y cegado por su madre Irene, la cual asumió el poder en persona. En calidad de primera mujer que reinaba abiertamente sobre Bizancio, su autoridad estaba muy cuestionada y sus adversarios inmediatos afirmaban que el trono estaba vacante para así legitimar su propio golpe de Estado, que la derrocó en 802.20 Esto tuvo una significación duradera. Para sus partidarios, el imperio no era una creación nueva e inferior, sino una continuación directa del antiguo Imperio romano, cuyo título León estaba simplemente «trasladando» (transfiriendo) de Bizancio a Carlomagno y sus sucesores.
Autoridad secular y autoridad espiritual
No obstante, pendía sobre el nacimiento del imperio un halo de falta de legitimidad. Era discutible que el cuestionado León tuviera la autoridad de transferir el título imperial a un caudillo franco, dado que, al acudir a recibirlo en las afueras de Roma, el papa se había sometido de manera simbólica a Carlomagno. Estos problemas específicos ponen de relieve las profundas dificultades a las que se enfrentaban los contemporáneos con respecto a la relación entre la autoridad secular y espiritual.21 Dos pasajes de la Biblia sirven de ejemplo. La respuesta de Jesús a Poncio Pilatos a la pregunta «¿eres tú el rey de los judíos?» era potencialmente revolucionaria: «Mi reino no pertenece a este mundo […] mi reino no es de aquí» (Juan, 18:33, 36). Esta oposición a la autoridad secular tenía sentido durante el tiempo de la persecución de los cristianos a manos de los romanos y quedaba fijada por la doctrina del segundo advenimiento de Cristo, que sugería que el mundo secular tenía poca importancia. Sin embargo, la tardanza del retorno del Mesías hizo inevitable llegar a un acuerdo con la autoridad secular, como ejemplifica la respuesta de san Pablo a los romanos: «Sométase toda persona a las autoridades superiores porque no hay autoridad que no provenga de Dios; y las que hay, por Dios han sido constituidas. Así que, el que se opone a la autoridad se opone a lo constituido por Dios» (Romanos 13:1-2). Los cristianos le debían obediencia a toda autoridad, pero su deber hacia Dios estaba por encima del poder secular. Resultaba imposible ponerse de acuerdo en si debían soportar a los tiranos, como prueba de fe, o si tenían derecho a oponerse a estos en tanto que soberanos «impíos». Para resolver estas diferencias también se recurría a las Sagradas Escrituras, en particular al pasaje de Cristo con los fariseos: «Dad al César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios» (Marcos, 12:17). El pensamiento cristiano pronto trató de diferenciar entre esferas separadas: el regnum, el reino de lo político; y el sacerdotium, el mundo espiritual de la Iglesia.
La delineación de esferas separadas solo sirvió para plantear el nuevo problema de su relación mutua. San Agustín no albergaba duda alguna acerca de la superioridad del sacerdotium sobre el regnum.22 En su respuesta a los intelectuales romanos que atribuían el saqueo godo de su ciudad en 410 a la ira de sus antiguos dioses paganos, Agustín argumentó que el saqueo tan solo demostraba la transitoriedad de la existencia temporal en comparación con el carácter eterno de la «ciudad de Dios» de los cielos. Esta distinción fue desarrollada después por los teólogos latinos para censurar la continuidad en Bizancio de la condición semidivina del emperador. El papa Gelasio I recurrió a la poderosa metáfora de Dos Espadas, las dos proporcionadas por Dios (vid. Lámina 1). La Iglesia recibió la espada de la autoridad espiritual (auctoritas), que simboliza la responsabilidad de guiar a la humanidad a la salvación por mediación de la gracia divina; mientras que el Estado recibió la espada del poder secular (potestas), para mantener el orden y proporcionar las condiciones físicas que permitieran a la Iglesia cumplir su papel. La cristiandad tenía dos líderes. Tanto el papa como el emperador eran considerados esenciales para el orden adecuado de las cosas. Ninguno de los dos podía ignorar al otro sin negar su propia posición.23 Los dos continuaron abrazados en una danza que ambos trataban de dirigir, pero en la que ninguno estaba dispuesto a dejar ir a su pareja de baile y continuar solo.
Los desacuerdos quedaban plasmados en textos de los cuales tan solo circulaban un puñado de copias manuscritas que hoy son mucho más conocidas que en su época. Se trataba de declaraciones de principios para su uso en un debate oral, no para la propaganda de masas.24 Su impacto sobre la vida diaria era limitado. El clero y los legos solían trabajar juntos y las autoridades espiritual y secular tendían a reforzarse mutuamente, no a entrar en conflicto. Aunque los problemas seguían siendo bastante evidentes. El poder secular era inconcebible sin un referente de autoridad divina y el clero no podía vivir sin el mundo material, a pesar de las oleadas de entusiasmo de aquellos que buscaban «liberarse» de las limitaciones terrenales haciéndose monjes o eremitas. En 754, los francos entregaron Rávena al papa por medio de la Donación de Pipino, que presentaron como una restitución de la ciudad al Patrimonium. No obstante, conservaron la jurisdicción secular sobre toda la zona, de acuerdo con reivindicaciones no muy diferentes a las de los lombardos que acababan de expulsar.
El problema de la autoridad fue obvio desde el mismo nacimiento del imperio. La obsequiosidad pública del papa León le llevó incluso –si hemos de creer las crónicas francas– a postrarse ante el recién coronado emperador. Pero este, momentos antes, había colocado la corona sobre la testa de Carlomagno en una ceremonia inventada para la ocasión, pues los emperadores bizantinos no emplearon corona antes del siglo X. La coronación permitió a ambas partes reclamar una posición de autoridad. A Carlomagno no le interesaba enfrentarse de forma directa a las pretensiones papales, dado que el proceso de trasladar su título imperial de oriente a occidente necesitaba un pontífice de amplia autoridad. Así, los francos no cuestionaron seriamente las invenciones de los papas anteriores, en particular la de Símaco, que había afirmado en 502, según precedentes dudosos, que ningún poder secular podía juzgar a un pontífice. Y tampoco pusieron en duda la Donación de Constantino, datada, supuestamente, en 317 pero que es probable que fuera redactada hacia 760, la cual afirmaba que el papa era el señor temporal del Imperio de Occidente, además de ser cabeza de la Iglesia.25
De reinado sacralizado a Sacro Imperio
Existían otros argumentos a favor de la supremacía imperial. La idea de la espada secular elevó al emperador por encima de otros reyes dada su condición de «defensor de la Iglesia» (defensor ecclesiae) y extendió la misión evangelizadora de los francos, ya existente, a la defensa contra la amenaza externa de árabes, magiares y vikingos. El concepto de defensa también podía implicar combatir enemigos internos, entre ellos a un clero corrupto o herético, lo cual indicaría una misión no solo político-militar sino también espiritual. Petrus Damiani, quien no tardó en convertirse en uno de los críticos más destacados del imperio, le denominó en 1055 sanctum imperium. Para entonces, muchos habían llegado al extremo de sostener que el emperador no era meramente santificado, sino que era intrínsecamente sacro (sacrum).26
Los emperadores de la antigua Roma eran considerados semidioses y César fue divinizado por el Senado a título póstumo. La idea continuó con sus sucesores, pero la necesidad de respetar las tradiciones republicanas de Roma, todavía poderosas, impidieron que el imperio se acabase convirtiendo en un reino teocrático de pleno. La conversión al cristianismo de principios del siglo IV lo hizo aún más difícil. Mientras en Bizancio se mantuvieron las prácticas antiguas, el Imperio de Occidente se basó en ideas posrromanas que consideraban la piedad como guía de conducta pública.
El hijo y sucesor de Carlomagno, Luis I, es conocido en Alemania como el Piadoso, pero en Francia se le conoce como le Débonnaire [cortés, gentil]; ambos sobrenombres recogen aspectos de su conducta. Era lo bastante pecador como para necesitar durante su reinado tres ritos de penitencia, pero también lo bastante devoto como para cumplirlos. Sus pecados más graves incluyeron enclaustrar a sus familiares en 814 para eliminarlos como candidatos al trono, cegar y herir de muerte a su sobrino por rebelarse, incumplir un tratado juramentado con sus hijos y dejar que su matrimonio se deteriorase hasta el punto de que su esposa acabó teniendo una aventura con un cortesano. Existe controversia de si los obispos carolingios le consideraban un miembro descarriado de su grey o si utilizaban los ritos de penitencia como juicios espectáculo con los que desacreditarlo políticamente.27 De uno u otro modo, Luis salía reforzado en último término, si bien nunca logró acallar a sus oponentes.
La ventaja de los actos de contrición era que permitían hacer maldades y salir indemne. Por ejemplo, el emperador del siglo X Otón III caminó descalzo de Roma a Benevento, donde vivió dos semanas como un ermitaño tras haber aplastado una rebelión en 996.28 La piedad llegó a su cúspide con Enrique III, quien, en 1043, expulsó a los músicos que buscaban tocar en su boda y que, a menudo, vestía ropas de penitente y llegó incluso a pedir perdón después de su victoria sobre los húngaros en Ménfő en 1044, cuando lo habitual era rezar antes de entrar en batalla.29 Sin embargo, como muestra la controversia en torno a la conducta de Luis, la penitencia podía parecer con facilidad una humillación, como veremos más adelante con la experiencia de Enrique IV en Canosa (vid. págs. 53-54).
La piedad continuó siendo importante, en particular tras el inicio de la primera cruzada, en 1095. Pero, por otra parte, se mantendría menos politizada hasta el surgimiento del catolicismo barroco en el siglo XVII; en esta época, los emperadores encabezaban con regularidad procesiones religiosas y dedicaban recargados monumentos para dar gracias por las victorias obtenidas o por haber evitado un peligro. Durante la existencia del imperio, la rutina de la corte imperial siguió siendo regulada por el calendario cristiano y por la presencia de la familia imperial, muy visible, en los principales servicios religiosos.30
La noción de que los emperadores eran sacros, no meramente piadosos, se asentó durante el siglo X. Su expresión más visible era la práctica de presentarse acompañados por doce obispos en actos públicos tales como la consagración de nuevas catedrales. Sus coetáneos veían en esto una clara imitatio Christi con los apóstoles. La Renovatio de Otón I, o renovación del imperio, durante la década de 960, hizo énfasis en su papel como vicario de Cristo (vicarius Christi) que reinaba por mandato divino.31 Es necesaria cierta cautela para interpretar tales actos, en no menor medida porque la principal prueba son los textos litúrgicos. Los emperadores de comienzos de la Edad Media siguieron siendo guerreros. Entre estos se incluía Enrique II, que fue canonizado posteriormente en 1146 y que presentaba al imperio, de forma consciente, como la Casa de Dios. No obstante, el lapso entre 960 y 1050 fue testigo de un estilo de reinado más sacro (regale sacerdotium) con el fin de manifestar su misión imperial divina por medio de actos públicos. El más destacado de dichos actos fue el gran tour de Otón III en el milenio, en el año 1000, que tomó forma de peregrinaje. Tras recorrer Roma y Gniezno, culminó en Aquisgrán, donde el joven emperador abrió en persona la tumba de Carlomagno. Al encontrar a su predecesor sentado recto, «como si estuviera vivo», Otón, «le cubrió allí mismo de ropajes blancos, le cortó las uñas y [sustituyó su nariz corrompida] por oro, tomó un diente de boca de Carlos, tapió la entrada a la cámara y se volvió a retirar».32 Tratar el imperial cadáver como una santa reliquia era un primer paso hacia la canonización; este proyecto, interrumpido por la muerte de Otón acontecida poco tiempo después, la completó Federico I Barbarroja en 1165.
Al igual que sus predecesores romanos, los gobernantes del imperio no llegaron a asumir condición de sacerdotes, si bien, hacia mediados del siglo X, su ritual de coronación se asemejaba al ordenamiento de un obispo, pues incluía ungimiento y recepción de vestiduras y de objetos que simbolizaban autoridad tanto espiritual como secular.33 En los dos siglos posteriores a Carlomagno, los emperadores siguieron el ejemplo de Constantino de 325 y convocaron sínodos eclesiásticos para debatir de doctrina y gobierno de la Iglesia. Otón II introdujo nuevas imágenes en monedas, sellos y textos litúrgicos iluminados que le mostraban en un trono elevado y recibiendo su corona directamente de Dios, al tiempo que las insignias reales cada vez se trataban más como reliquias sacras.34 Otón y sus tres sucesores siguientes asumieron puestos de canónigos catedralicios y abaciales, con lo que combinaban roles seculares y eclesiásticos, aunque no en los cargos más altos del clero.35
Esta tendencia fue interrumpida por el choque sísmico con el papado, la llamada querella de las investiduras (vid. págs. 50-53), en la que Enrique IV sufrió la humillación de ser excomulgado por el papa en 1076. Tras este golpe resultaba difícil creer que el emperador fuera santo, ni siquiera pío; el énfasis en la divinidad de su misión imperial sonaba cada vez más discordante. A los reyes les resultaba imposible estar a la altura del ideal de Cristo en sus vidas personales y en sus actos públicos. Es más, tal y como observó Gottschalk, notario de Enrique IV, las pretensiones de sacralidad del emperador dependían del ungimiento por parte del papa, con lo que corría el riesgo de reconocer la superioridad del pontífice.36 El imperio no aspiraba a la monarquía sacra como la de Inglaterra o la de Francia, donde los reyes afirmaban tener el poder taumatúrgico del Toque Real.37 Esto explica, probablemente, por qué el culto a san Carlomagno arraigó con más firmeza en Francia, donde se celebró con un día festivo desde 1475 hasta la revolución de 1789.38 Ni Carlomagno, ni Enrique II y su esposa Cunegunda (los dos canonizados, en 1146 y en 1200, respectivamente) acabaron convirtiéndose en santos reales nacionales del imperio, al contrario que Venceslao de Bohemia (desde 985), Esteban de Hungría (1083), Canuto de Dinamarca (1100), Eduardo el Confesor de Inglaterra (1165) o Luis IX de Francia (1297).
El rebrote de la tensión papado-imperio de mediados del siglo XII (vid. págs. 59-63) confirmó la imposibilidad de legitimar el poder del imperio por medio de un reinado sacro. La familia Hohenstaufen, en el poder a partir de 1138, trasladó el énfasis del monarca a un imperio sacro y transpersonal al emplear por vez primera el título Sacrum Imperium en marzo de 1157.39 El imperio quedaba santificado por su misión divina, de modo que ya no necesitaba la aprobación papal. Esta idea poderosa sobrevivió a la eliminación política de los Hohenstaufen en 1250 y persistió más adelante, incluso durante los largos periodos en los que no se coronó emperador a ningún rey alemán.
ROMANO
El legado de Roma
El legado romano tenía un atractivo poderoso, pero difícil de asimilar en el nuevo imperio. El conocimiento de la antigua Roma era imperfecto, si bien en el siglo IX mejoró gracias a un movimiento intelectual y literario, el llamado renacimiento carolingio.40 La Biblia y las fuentes clásicas presentaban a Roma como la última y más grande de una sucesión de imperios mundiales. Tanto la palabra germana káiser (Kaiser) como el ruso zar (tsar) derivan de Caesar (césar) y el nombre Augusto (Augustus) es también sinónimo de «emperador». Carlomagno era representado en las monedas vestido de emperador romano y coronado con hojas de roble.41 Pero Carlomagno no tardó en dejar de usar el título Imperator Romanorum impuesto por León III, tal vez para evitar provocar a Bizancio, que seguía considerándose a sí mismo el Imperio romano (vid. págs. 137-143). Otra razón era que el adjetivo «romano» no era considerado necesario, pues no había necesidad de emplear dicho calificativo en una época en la que no se tenía por «imperial» a ninguna otra potencia.
También existían presiones domésticas contrarias a la unión con Roma. Carlomagno era soberano de su propio reino, lo cual estimuló imitaciones: tanto el polaco król, como el checo král y el ruso korol, que significan «rey», derivan de «Carlos». Los francos no estaban dispuestos a renunciar a su identidad y entremezclarse con los pueblos recién conquistados y convertirse en un único grupo de ciudadanos romanos. Pues, aunque los francos estaban romanizados, el centro de su poder se hallaba en y más allá del Limes, las fronteras del antiguo Imperio romano. Perduraba el recuerdo, como las conocidas historias que explicaban cómo César en persona había puesto los cimientos de varios edificios de importancia. No obstante, la mayoría de asentamientos romanos habían perdido importancia o estaban abandonados por completo. Las instituciones romanas influían en la gobernanza merovingia, pero también habían sido modificadas en profundidad o reemplazadas por métodos completamente nuevos.42 En Italia la situación era diferente, pues allí tres cuartas partes de las antiguas ciudades seguían siendo centros económicos y de población en el siglo X y, a menudo, conservaban su trazado urbano original.43 El control franco de Italia era muy reciente, se remontaba a 774 y fue desbaratado por la partición del imperio carolingio en 843. Italia y el título imperial fueron reunidos con los antiguos territorios francos orientales en 962, pero en ese momento estaban bajo soberanía de la dinastía otónida de Sajonia, región que nunca había formado parte del Imperio romano.
Para ganar el favor de las tierras al norte de los Alpes los otónidas adoptaron las tradiciones francas con gran ostentación. Otón I vestía como un noble franco y se presentó en Aquisgrán como continuador directo de la soberanía carolingia, no de la romana. El cronista de su corte, Viduquindo de Corvey, ignora en su historia la espléndida coronación imperial en Roma (962) y presenta a Otón en 955, después de su victoria sobre los magiares en Lechfeld, como «padre de la Patria, amo del mundo y emperador».44 Aun así, las tradiciones romanas fueron relevantes para Otón I y sus sucesores. Es improbable que la adopción en 998 por parte de Otón III del lema Renovatio imperii Romanorum formase parte de un plan coherente, pero la ulterior controversia histórica sirve para revelar la importancia dual de Roma, como centro imperial secular y como ciudad de los apóstoles y madre de la Iglesia cristiana.45
En su origen, el título imperator quería decir «comandante militar». Adquirió un sentido político con César, pero sobre todo con su sucesor e hijo adoptivo, Octavio, que asumió el nombre de Augusto y reinó como primer emperador pleno a partir de 27 a. C. El título evitaba herir la identidad romana, basada en la expulsión de los reyes originales a finales del siglo VI a. C. y disfrazaba la transición del gobierno republicano a gobierno monárquico. El que los soldados aclamasen emperador a un general victorioso indicaba elección por mérito y capacidad, no una sucesión hereditaria, lo cual podía ser reconciliado con la continuación del Senado romano, que daba respaldo formal a la decisión de la tropa.46 Este método podía adaptarse con facilidad a las tradiciones francas y cristianas. La monarquía germánica también se basaba en el concepto de aclamación del monarca por sus guerreros, lo cual permitió que la élite franca aceptase la coronación de Carlomagno en 800. La victoria era considerada señal del favor divino y la ficción de que todos los presentes aclamaban su consenso unánime se interpretaba como la expresión directa de la voluntad de Dios.47
Las tradiciones romanas podían adaptarse, pero la ciudad de Roma era otra cuestión. En 754, el papa había otorgado a Pipino el título de patricio romano, lo cual indicaba la concesión de cierta tutela sobre la ciudad. Pero los nobles francos eran guerreros terratenientes que no tenían la menor intención de residir en Roma como senadores. Algunos emperadores posteriores también aceptaron el título de patricio, es probable que porque esperaban que este les permitiera influir en las elecciones papales, pero no estaban dispuestos a recibir su dignidad imperial de los romanos. La mejor oportunidad para forjar vínculos más estrechos con los habitantes de Roma llegó en la década de 1140, cuando el Senado resurgió para cuestionar el control papal sobre la ciudad. A pesar de su problemática relación con el pontífice, los Hohenstaufen rechazaron a las delegaciones romanas que vinieron a ofrecerles el título imperial en 1149 y 1154. El papa no dejaba de ser la cabeza de la Iglesia universal, mientras que los senadores eran los meros gobernantes de una gran ciudad italiana. Los romanos se sintieron traicionados; en 1155, los caballeros de Federico Barbarroja tuvieron que impedir que una turba furiosa interrumpiera su coronación, oficiada por el papa Adriano IV. Tan solo Luis IV aceptó una invitación romana, en enero de 1328, pero con la circunstancia especial de un cisma papal y solo después de haber sido excomulgado por Juan XXII. Cuatro meses más tarde, una vez su posición hubo mejorado, se hizo coronar por su dócil pontífice, Nicolás V. La última oferta vino de Cola di Rienzo, que se había hecho con el control de Roma en 1347, en una fase posterior de ese mismo cisma. Su llegada a Praga provocó una situación embarazosa para el rey Carlos IV, el cual le hizo arrestar y enviar de regreso a su ciudad, donde fue asesinado por adversarios locales.48
¿Un imperio sin Roma?
En el año 800, Roma solo la habitaban unas 50 000 personas. A pesar de alguna reconstrucción carolingia, las abundantes ruinas antiguas indicaban el mucho tiempo transcurrido desde que la ciudad había sido capital del mundo conocido. Seguía siendo grande conforme a los estándares de la época, pero no lo bastante como para albergar al papa y al emperador. En 843, tras la partición del imperio carolingio en tres reinos (Francia occidental, Francia oriental y Lotaringia) el título imperial recayó de forma habitual en los reyes francos de Italia hasta 924, pero estos eran relativamente débiles, en particular tras 870, y solían residir en la vieja capital lombarda de Pavía o en la antigua sede bizantina de Rávena. Aunque las coronaciones imperiales solían necesitar años de planificación, los emperadores posteriores rara vez permanecían mucho tiempo en Roma. Otón III construyó un nuevo palacio imperial, pero, tras su coronación, él también retornó a Aquisgrán e inició allí nuevas obras.
Los romanos, aunque algunas veces quisieron despojar al papa de su papel de hacedor de emperadores, compartían con el pontífice su hostilidad hacia una presencia imperial prolongada. Los emperadores podían ser festejados con opulentos banquetes e incluso ser aclamados por destituir a papas impopulares, pero no debían permanecer más tiempo del requerido. Roma, en todo caso, estaba demasiado lejos de Alemania, que, a partir de 962, se convirtió en el centro principal del poder imperial. Las expediciones francas a Italia de 754-756 y de 773-774, lideradas por Pipino y Carlomagno, respectivamente, se atrajeron sólidos apoyos de los nobles carolingios, los cuales recibían de buena gana cualquier excusa para saquear a los lombardos. Pero tales oportunidades declinaron una vez que Italia fue incorporada al reino de Carlomagno. Aún cabía la posibilidad del saqueo si el emperador se lanzaba a una expedición de castigo contra los rebeldes italianos, a deponer a un papa o a hacer valer su dominio sobre la parte sur de la península, que continuaba siendo prácticamente independiente. Sin embargo, una presencia prolongada requería métodos más pacíficos, lo cual eliminaba el incentivo que impelía a cooperar a la mayor parte de norteños, cuyo apoyo solía trocarse con rapidez en acusaciones de abandono de sus súbditos del norte de los Alpes.
La posibilidad de desprenderse de Roma fue más fuerte a principios de la era carolingia. Tras la primavera de 801, Carlomagno nunca regresó a Italia y pasaron 22 años antes de que otro emperador visitase Roma; los papas habían franqueado los Alpes en tres ocasiones, entre ellas la coronación del hijo y sucesor de Carlomagno, Luis I, en Reims (816). Luis ya había sido coronado coemperador en 813 sin participación papal (antes de la muerte de su padre, que acontecería al año siguiente). Cuatro años más tarde, su hijo mayor, Lotario, también fue coronado sin intervención del pontífice. Aquisgrán fue sede de un importante palacio desde 765, ciudad que desde antes de la coronación de Carlomagno ya era conocida como nova Roma y Roma secunda. La capilla de Aquisgrán siguió el modelo de la del palacio bizantino de San Vital de Rávena e incorporó antiguas columnas y estatuas que se creía que representaban a Teodorico. Con esto, se simbolizaba el vínculo tanto con el glorioso pasado gótico como con el romano.49 No obstante, las turbulencias de la política carolingia, a partir de la década de 820, hizo imperativa la participación del papa en la legitimización del título imperial y redujo los incentivos para que este cruzase los Alpes para complacer a los francos. Se considera que la decisión de Lotario de hacer coronar coemperador a su hijo Luis II, en 850, fue lo que estableció el uso de coronar en Roma al emperador. Después de eso, resultó difícil romper lo que aparentaba ser una tradición.
Si bien se hizo imposible convertirse en emperador sin ser coronado por el papa, la participación de este no era necesaria para gobernar el imperio. Los llamados «interregnos» son engañosos. El imperio tuvo una sucesión casi ininterrumpida de reyes; sucedió que no todos ellos fueron coronados emperadores por el papa (vid. Tabla 1 y Apéndices 1 y 2). Otón I estableció la norma de que el rey alemán era automáticamente imperator futurus o, como afirmó Conrado II en 1026 antes de su coronación, «elegido para la corona de emperador de romanos».50 Sin embargo, para la ulterior historia del imperio fue fundamental el que Otón no fusionara el título real germano con el título imperial. A pesar de ser proclamado emperador en Lechfeld por su ejército victorioso, esperó hasta su coronación, en 962, antes de presentarse a sí mismo como tal. Otón y sus sucesores, al contrario que los historiadores nacionalistas posteriores, nunca consideraron el imperio como un Estado nación alemán. Desde su punto de vista, lo que les hacía dignos de llamarse emperadores era el hecho de reinar sobre territorios muy extensos. A principios del siglo XI era ya un hecho aceptado que quienquiera que fuese el rey alemán también lo era de Italia y de Borgoña, incluso sin que hubiera coronación por separado. El título de rey de romanos (Romanorum rex) se añadió a partir de 1110 para afirmar su autoridad sobre Roma y reforzar la pretensión de que tan solo el rey germano podía ser emperador.51
Tabla 1. Reinados imperiales y reyes germanos

Translatio imperii
Las pretensiones germanas surgieron en respuesta a la dificultad de tratar con el papado, más que por el rechazo a la tradición imperial romana. De hecho, la idea de una continuidad ininterrumpida fue fortalecida por la difusión de la nueva idea de la «traslación imperial» promulgada en 800 por León III y Carlomagno. Como ocurría con todas las ideas medievales poderosas, esta también se basaba en la Biblia. El libro de Daniel (2:31) narra la respuesta del profeta del Antiguo Testamento cuando se le pide que interprete el sueño de Nabucodonosor acerca del futuro de su imperio. Gracias a la influyente lectura de san Jerónimo (siglo IV), en la Edad Media se consideró que este sueño describe una sucesión de cuatro «monarquías mundiales»: Babilonia, Persia, Macedonia y Roma. La noción de «imperio» era singular y exclusiva. Los imperios no podían coexistir, sino que se sucedían unos a otros en una estricta secuencia que conformaban eras, definidas por la transferencia del mandato divino y la responsabilidad sobre la humanidad, no por meros cambios de monarca o de dinastía. El Imperio romano debía continuar, dado que la aparición de una quinta monarquía invalidaría la profecía de Daniel y contradeciría el plan de Dios.52
Tales creencias obstaculizaron cualquier aspiración de reconocimiento mutuo entre Bizancio y el imperio (vid. págs. 137-143) y son una de las razones por las cuales carolingios y otónidas no revelaban si estaban continuando el Imperio romano de forma directa o si se limitaban a revivir un poder que Bizancio había dejado extinguirse. En torno al año 1100, el estado de ánimo cambió en respuesta a la querella de las investiduras y al interés escolástico por la historia clásica. Frutolf de Michelsberg compiló una lista de 87 emperadores desde Augusto en la que sugería que Carlomagno había sucedido al Imperio romano original, en lugar de limitarse a revivirlo.53 La ideología de la traslación se hizo cada vez más flexible a medida que otros autores presentaron el cambio de Roma a Constantinopla (siglo IV), a Carlomagno (800), de ahí a sus sucesores carolingios en Italia (843) y, finalmente, al rey germano (962) como una mera sucesión de gloriosas dinastías que regían un mismo imperio. El papado se vio obligado a respaldar tales argumentos, dado que quería preservar su rol como agente en cada «traslación» del título imperial.
La creencia en que el Imperio romano era la última monarquía incluía la idea de que este era el Katechon, o impedimento, que aseguraba el cumplimiento del plan divino y evitaba la destrucción prematura del mundo por obra del anticristo. Las interpretaciones bizantinas del Apocalipsis dieron lugar a la noción de un «último emperador mundial» que uniría a todos los cristianos, derrotaría a los enemigos de Cristo y viajaría a Jerusalén, donde haría entrega a Dios del poder terrenal. Este concepto, una vez se difundió por Europa occidental, se prestaba con facilidad a elevar a Carlomagno. En la década de 970, eran muchos los que creían que este descansaba en Jerusalén, adonde, supuestamente, había peregrinado al final de su reinado.54 El abad Adso desarrolló ideas similares en su Libro del anticristo, escrito hacia 950 a petición de Gerberga, hermana de Otón I. Tanto Otón III como Enrique II poseían capas ceremoniales bordadas con símbolos cósmicos y es posible que se consideraran a sí mismos el emperador del fin de los tiempos. Se sabe que Federico Barbarroja presenció en 1160 una obra teatral acerca del anticristo y los emperadores se apoyaban en argumentos apocalípticos para deponer a «falsos» papas, que podrían ser el anticristo.55
Como ocurre con toda futurología, tales ideas llevaban al pueblo a asociar hechos reales con predicciones. Una de sus principales preocupaciones era diferenciar el bien del mal, esto es, poder distinguir entre el último emperador mundial y el anticristo maligno, pues los dos se asociaban a Jerusalén y a un imperio en expansión. Se creía que el imperio alcanzaría su perfección más elevada con el primero, como un paraíso terrenal, y que cualquier signo de decadencia sería portento del segundo. Ya en el siglo XI, el monje Rodolfus Glaber lo reconoció en el surgimiento de reinos cristianos separados.56 El autor más influyente fue Joaquín de Fiore (1135-1202), un abad cisterciense que afirmó que el mundo finalizaría 42 generaciones después de Cristo y predijo que el día del Juicio acaecería entre 1200 y 1260, justo en un momento de conflicto renovado entre papado e imperio. Muchas personas ansiaban la llegada del fin, pues esperaban que este diera inicio a una era dorada de justicia social y abriese a Dios a todos los corazones humanos. Tales nociones arraigaron entre los franciscanos, valdenses y otros grupos radicales que florecieron a partir de 1200, los cuales fueron condenados de inmediato por herejía por la nomenclatura eclesiástica, que, en 1215, retractó su aceptación inicial de los postulados de Joaquín.57
En 1229, el emperador Federico II recuperó Jerusalén. Esto intensificó el debate, pues Federico había actuado fuera del movimiento cruzado oficial y además había sido excomulgado por el papa. Su muerte, en 1250, reforzó su posición en la cronología joaquinista, pues no tardó en correr el rumor de que seguía vivo. Esto provocó la aparición de diversos impostores, uno de los cuales emitió por breve tiempo sus propios decretos en Renania por medio de un sello imperial falso. Hacia 1290, el rumor se había transformado, de forma similar a los mitos de Carlomagno: el emperador solo estaba descansando y retornaría con el fin de los tiempos. Aunque en un principio se dijo que Federico había desaparecido en el interior del Etna, alrededor de 1421 se creía que dormitaba bajo la abrupta montaña de Kyffhäuser, cerca de Nordhausen, en la región de Harz. Las expectativas irreales que acompañaron al ascenso al trono de Carlos V, en 1519, provocaron un último florecimiento de la fantasía joaquinista. Para entonces, a Federico II se le confundía con su abuelo, Federico Barbarroja. Es probable que esto se debiera a que las frecuentes visitas de Barbarroja a las montañas del Harz habían hecho que pasara a formar parte de la memoria local. También a que su muerte en la cruzada y la carencia de tumba encajaban mejor con el relato.58
IMPERIO
Singular y Universal
La creencia en la traslación imperial podría parecerle a los lectores modernos algo muy alejado de la realidad del imperio, en especial tras la caída de los Hohenstaufen, acaecida hacia 1250. Pero, de todos los Estados europeos latinos, el imperio fue el único que desarrolló un ideal consistente, plenamente imperial (contrapuesto a uno únicamente monárquico-soberano) antes de la nueva era de imperios marítimos globales del siglo XVI.59 Entre 1245 y 1415, tan solo pasaron 25 años sin un emperador coronado. Aun así, el monarca del imperio continuó siendo considerado algo más que un simple rey.
Los apologetas del imperio se daban perfecta cuenta de que el territorio imperial era mucho más pequeño que la extensión del mundo conocido (vid. Mapa 1). Al igual que los antiguos romanos, estos distinguían entre el territorio real del imperio y su misión imperial divina, que consideraban que carecía de límites. Los reyes de Francia, España y otros países occidentales ponían un énfasis creciente en su autoridad real soberana, pero esto no podía contrarrestar el argumento de que el emperador seguía siendo superior. Incluso cuando reconocían los límites prácticos de la autoridad imperial, la mayoría de autores seguía creyendo en la conveniencia de un único líder cristiano secular.60
Se consideraba que el imperio era indivisible, dado que la teoría de la traslación imperial dictaminaba que solo podía haber un imperio a la vez. El clero presionó a los francos para que abandonasen su práctica de repartir la herencia. No está claro hasta qué punto Carlomagno aceptó cambiar, dado que dos de sus hijos fallecieron antes que él, con lo que en 814 tan solo quedaba un único heredero, Luis I.61 Este declaró al imperio indivisible en 817 debido a su condición de don divino. Pero el concepto de imperio que se impuso fue el de los francos, esto es, un liderazgo imperial de reinos subordinados, no un Estado unitario y centralizado. Así, Luis asignó a sus hijos menores Aquitania (el sur de Francia) y Baviera; así como cedió la mayor parte de las tierras al mayor, Lotario I, en calidad de emperador. Su sobrino Bernardo continuó siendo rey de Italia.62 Estas disposiciones fueron desbaratadas por las disputas familiares, que, a partir de 829, desembocaron en una guerra civil y después del Tratado de Verdún de 843 en una serie de particiones (vid. Mapa 2). Aun así, los carolingios continuaron considerando sus tierras parte de un conjunto más amplio. Entre 843 y 877, se celebraron un mínimo de 70 reuniones en la cumbre.63 Es la convención histórica posterior la única que ve en esas particiones la creación de Estados nación diferenciados. Esa misma convención subraya la discontinuidad, en especial al ignorar a los emperadores con sede en Italia entre 843 y 924, e interpreta la asunción del título en 962 por parte de Otón I como la fundación de un nuevo imperio «germano».64 Aunque la Francia oriental y la Francia occidental no se separaron de forma definitiva hasta 887, ninguno de los reyes carolingios con sede en París reclamó nunca para sí el título imperial. La singularidad del imperio estaba demasiado arraigada en el pensamiento político cristiano. Solo podía haber un emperador, del mismo modo que tan solo había un Dios en el cielo.
La política pragmática reforzó esta idea. Durante la mayor parte del Medievo, el imperio siguió siendo su propio mundo político. Durante los cuatro primeros siglos de su existencia, Bizancio y Francia fueron los únicos outsiders de importancia y la segunda quedó bajo la soberanía de reyes carolingios hasta 987, fecha en que se extinguió el linaje regio franco-carolingio de occidente. No hubo amenazas externas de importancia contra el imperio desde la derrota de los magiares en Lechfeld en 955 hasta la llegada de los mongoles en torno a 1240… y estos últimos, por fortuna, dieron media vuelta antes de poder causar daños significativos. Todos los demás gobernantes podían ser considerados periféricos tanto respecto al imperio como respecto a la cristiandad en general. Incluso cuando el territorio imperial se redujo, seguía siendo mucho más extenso que el de ningún otro monarca latino (vid. Capítulo 4).
Los conceptos francos dotaron al imperio de características importantes y le proporcionaron una fuerte continuidad ideológica, que, en último término, contribuyó a su incapacidad de adaptarse a las nuevas ideas políticas surgidas en Europa hacia el siglo XVIII. Aunque diferente en muchos aspectos, la antigua Roma tenía un aspecto sorprendentemente moderno. Los romanos consideraban su imperio un Estado unitario habitado por un pueblo común que había subsumido identidades previas por medio de la aceptación de una ciudadanía común. Por el contrario, los francos y sus sucesores imperiales eran más parecidos a otros emperadores premodernos como los de Persia, India, China y Etiopía, que se consideraban a sí mismos «rey de reyes», que gobernaban imperios compuestos de reinos diversos habitados por pueblos diferentes.
Esta era una fuente de gran fortaleza para los francos y para sus sucesores. Significaba que el título imperial seguía teniendo prestigio y suponía un objetivo mucho más realista que tratar de establecer la hegemonía directa sobre los súbditos de otros gobernantes. Pueblos y tierras solo estaban sometidos de forma indirecta al emperador, cuya autoridad se ejercía por mediación de una serie de señores de categoría inferior. Esta jerarquía se hizo más extensiva, en particular con los Hohenstaufen, y, con el tiempo, más compleja y rígida una vez comenzó a fijarse a partir del siglo XV por medio de una copiosa documentación escrita e impresa. Este aspecto, si bien en último término obstaculizó la adaptación al cambio, lo cierto es que proporcionó coherencia, pues estatus y derechos dependían de que cada señor o comunidad continuase perteneciendo al imperio. También hacía indeseable la creación de una monarquía nacional, pues el imperio se definía como una unión de muchos reinos, no un único reino.
Paz
Al igual que en otros imperios, se esperaba del emperador que preservase la paz. Carlomagno, al presentar la paz como el fruto de la justicia, fundió los ideales de merovingios y tardorromanos. Los Hohenstaufen y los salios impusieron un estilo de reinado más activo y revirtieron el argumento de la Iglesia de que una buena gobernanza era condición necesaria para la fe y la justicia.65 Este cambio no debe confundirse con una medida deliberada para la construcción del Estado. Hasta el siglo XVIII, los europeos no asumieron la noción moderna de progreso, que consideraba al futuro una versión mejorada del presente, algo que fomentaba tanto la creación de nuevas utopías como la expectativa de que la política pudiera construirlas.66 Hasta entonces, la gente solía concebir el futuro en términos de salvación y de ideales seculares de fama y reputación póstuma. Podían quejarse de problemas del presente, tales como desorden, enfermedades y mal gobierno, pero los consideraban desviaciones con respecto a un orden idealizado y esencialmente estático. La discrepancia entre ideal y realidad no era demasiado problemática, dado que se consideraba expresión de la imperfección de la existencia humana y terrenal. Se esperaba del gobernante que fuera la encarnación de la armonía idealizada (concordia) y que lo manifestase por medio de acciones cargadas de simbolismo.
El énfasis en el consenso continuó siendo fundamental en la política del imperio hasta 1806, pero sería erróneo reemplazar el relato anterior que retrata a los emperadores como constructores fracasados de Estados por otro que les presente como honestos mediadores de paz.67 Casi todos los hombres que gobernaron el imperio antes del siglo XVI fueron guerreros victoriosos y muchos de ellos debían su posición a haberse impuesto sobre rivales domésticos.
Libertad
De igual modo, no debemos confundir las apreciadas libertades del imperio con el ideal moderno y democrático de Libertad. Este último deriva su inspiración de la Roma republicana y de las antiguas ciudades-Estado griegas, ninguna de las cuales desempeñó un papel de importancia en el legado clásico que asumió el imperio. Por el contrario, la cultura guerrera de los francos poseía un ideario notoriamente premoderno de libertades locales y particulares, que comenzó a conformar el imperio como una jerarquía de estatus y distribuía el capital político y social de forma desigual entre la sociedad. La coronación y la misión del emperador lo elevaban por encima de otros señores, pero estos todavía conservaban un papel en su ascenso al trono real. El éxito conquistador de los francos nutrió una cultura de poder aristocrático de la que los monarcas carolingios nunca pudieron escapar. Ningún rey podía permitirse ignorar por mucho tiempo a sus nobles principales. Por otra parte, estos raramente trataban de deponer al rey o establecer su propio reino independiente. Como veremos en el Capítulo 7, la aristocracia carolingia y la otónida dejaron pasar reiteradas oportunidades de desmembrar el imperio en algunas fases de gobierno real débil. Las rebeliones buscaban la influencia individual, no formas alternativas de gobierno.
La libertad más importante era el derecho de los señores a participar en las grandes cuestiones imperiales y a tener voz en la formación del consenso político. La historia política del imperio, más que como una batalla constante entre centralismo e independencia principesca, se comprende mejor como el largo proceso de delineación, fijación y precisión de tales derechos. Como explicaremos con mayor detalle en el Capítulo 8, estas graduaciones se hicieron más pronunciadas a partir de finales del siglo XII, cuando se da la distinción fundamental entre aquellos que están «en inmediatez imperial» y aquellos cuya relación con el emperador la mediatizaban uno o más niveles intermedios de jerarquía señorial. Durante los cinco siglos siguientes, la inmediatez quedó firmemente asociada con el reinado sobre territorios cada vez más diferenciados, así como sobre sus súbditos mediados. Mientras tanto, aquellos que disponían de inmediatez compartían derechos políticos comunes que, a partir de finales del siglo XV, empezaron a ejercerse a través de instituciones formales.
Libertades y estatus eran corporativos, en el sentido de que eran compartidos por los miembros de un grupo social legalmente reconocido, como por ejemplo el clero. También eran locales y específicas y variaban de un lugar a otro del imperio, incluso entre aquellos que tenían, en teoría, el mismo rango social. Pero, en lo fundamental, estas libertades y estatus relacionaban de un modo u otro a todos los habitantes con el imperio, que constituía la fuente última de las libertades individuales o comunales. La jerarquía imperial no era una cadena de mando, sino una estructura de múltiples estratos que permitía a individuos y grupos desobedecer una autoridad al tiempo que seguían profesando lealtad mutua. Ejemplo de esto fue la negativa de los condes Frederick y Anselm a unirse a la rebelión de su inmediato señor, el duque Ernesto II de Suabia, contra Conrado II en 1026: «Si fuéramos esclavos de nuestro rey y emperador, y sujetos por él a vuestra jurisdicción, no se nos estaría permitido separarnos de vos. Pero ahora, dado que somos libres y consideramos a nuestro rey y emperador el defensor supremo de nuestra libertad sobre la tierra, tan pronto como le abandonemos, perdemos nuestra libertad, que ningún hombre de bien, como dijo alguien, pierde si no es con la vida».68
Poder
El dominio imperial no era hegemónico, a pesar de los avances periódicos hacia una monarquía de autoridad directa, en particular con los salios, pero se caracterizaba más por mediaciones y negociación. Esto funcionó porque los principales protagonistas tenían más que ganar con la preservación del orden imperial que con su reversión o fragmentación. Los carolingios establecieron en todo su reino un sistema de gobernanza general, que consolidaron mediante la adaptación de las especificidades del gobierno a las circunstancias locales (vid. págs. 330-347). El imperio estaba dividido en ducados que formaban distritos militares y subdividido en condados para el mantenimiento del orden público. Al oeste del Rin los ducados seguían, sobre todo, la estructura de diócesis, mientras que al este de dicho río coincidían con las áreas tribales, menos numerosas pero más extensas. La tierra se concedía en forma de feudos o rentas para que duques y condes pudieran tener fuentes de subsistencia y poder cumplir sus funciones, así como ayudar a obispos y abades a establecer una infraestructura eclesiástica más extensiva y densa (vid. págs. 79-88 y 323-328).
En capítulos posteriores se explorará hasta qué punto tales instituciones proporcionaban continuidad política. Por el momento, es importante observar que los carolingios ya distinguían entre reino (regnum) y rey (rex) y que el primero seguía existiendo incluso cuando lo regían varios monarcas.69 En 919, el paso de los carolingios a los otónidas en el trono real germano fue considerado un hecho significativo por sus coetáneos. Al igual que ocurría con la asunción del título imperial por parte de Otón I en 962, no se ponían de acuerdo en el grado de ruptura con el pasado que esto significaba, pero en torno al siglo XII la mayoría enfatizaba la continuidad, incluso cuando no todos aceptaban las pretensiones de traslación imperial.70
La continuidad persistió a pesar de los cambios de familia regia que vinieron después y de los largos periodos sin un emperador coronado. La historia enumera a los reyes como miembros de otras tantas dinastías y no cabe duda de que esta práctica es útil. Pero el verdadero dinasticismo no surgió hasta el siglo XIV. De hecho, lo único que hizo fue reforzar la noción, ya existente, de que todo gobernante podía reivindicar a sus ilustres predecesores. En palabras de Wipo de Borgoña, «los estribos de Carlomagno penden de la silla de Conrado [II]».71 La mayoría de reyes medievales trató, al menos una vez durante su reinado, de sentarse en el trono pétreo de Carlomagno, preservado en Aquisgrán con gran cuidado. Federico I renovó los palacios carolingios de Ingelheim y Nimwegen. Con el paso del tiempo, Carlomagno se convirtió en un modelo de conducta ideal. Incluso los otónidas, que, siendo sajones, provenían de un pueblo que había sido derrotado por Carlomagno, podían celebrar que les hubiera traído el cristianismo.72
La continuidad sugería que el poder era transpersonal y que estaba por encima de la vida de cada monarca. Esta idea, desarrollada en Francia, Inglaterra y Bohemia en torno a 1150, articuló la noción de que la corona simbolizaba el reino, considerado como la suma de propiedad y de derechos regios inalienables. La lealtad que todos los súbditos debían a la corona se transfería de un rey al siguiente de forma automática. Pero en el imperio no se consolidó esta idea, pese a tener la corona de Europa de uso continuado más antigua.73 Aunque el gobierno regio mantuvo su continuidad en el imperio, hasta 1530 las coronaciones imperiales habían dependido de la cooperación papal. En consecuencia, era el imperio en sí el que era considerado una abstracción transpersonal, como demostró la célebre respuesta de Conrado II a una delegación de Pavía que pretendía demoler el palacio imperial de la ciudad con el argumento de que su predecesor, Enrique II, había fallecido. Furioso, Conrado dijo: «Aunque el rey haya muerto, el reino permanece, del mismo modo que permanece la nave cuyo timonel cae. Estos son edificios estatales, no privados. Se rigen por otras leyes, no por las vuestras».74
Esta abstracción del imperio ayudó a divorciar los conceptos de continuidad política y territorio específico, al contrario que las monarquías de Europa occidental, donde el poder se asociaba cada vez más a gobernar un lugar y un pueblo concreto.75 El carácter sacro de la misión imperial reforzó esta idea. La continuidad del imperio se enfrentó a un desafío serio con los cambios en la percepción de la historia surgidos del Humanismo renacentista, más dispuesto a disputar afirmaciones que no estuvieran basadas en fuentes escritas verificables. La Reforma protestante planteó un segundo reto, dado que la continuidad con la antigua Roma la cuestionaban aquellos que rechazaban la supremacía papal sobre su Iglesia. Con los Habsburgo, los cambios políticos se hicieron más obvios. La gobernanza imperial pasó a depender de la posesión de tierras controladas directamente por el emperador, que, en el siglo XVI, durante el reinado de Carlos V, incluía parte del Nuevo Mundo. Pero hasta 1641 nadie publicó una crítica seria de la idea de la traslación imperial y la cultura política del imperio continuó rindiendo homenaje a aspectos del pasado del Sacro Imperio hasta el mismo año de 1806, como por ejemplo la creencia en la sucesión imperial ininterrumpida desde Carlomagno.76
EL PAPA Y EL EMPERADOR HASTA 1250
El papado y los carolingios
La relación entre autoridad espiritual y autoridad secular siguió, a grandes rasgos, la tendencia europea generalizada, según la cual el poder se hizo menos personal y más institucional. Dado que hacía tiempo que la política institucionalizada se asociaba a progreso, papas y emperadores fueron criticados por anteponer sus intereses privados a sus funciones públicas. Los emperadores medievales, en particular, fueron acusados de perseguir la «quimera» del poder imperial en Italia, en lugar de edificar una monarquía germana fuerte.77 Ciertamente, los individuos eran importantes en el desarrollo de los acontecimientos, en particular cuando una figura clave fallecía en un momento crítico. Aun así, Italia era una parte integral del imperio y la defensa de la Iglesia un aspecto clave de la misión imperial.
Papas y emperadores no estaban predestinados a chocar entre sí. De hecho, en el siglo IX su relación era más de asistencia mutua que de imposición. La Iglesia continuaba estando descentralizada y por desarrollar y el clero era relativamente escaso y disperso, en particular al norte de los Alpes, donde se enfrentaban a numerosas dificultades (vid. págs. 77-83). Aunque el papa gozaba de prestigio y de cierto grado de autoridad espiritual, todavía no era la imponente figura internacional en que se convirtió alrededor de 1200 y, a menudo, se hallaba a merced de los clanes romanos enfrentados. Más de dos terceras partes de los 61 papas habidos entre 752 y 1054 fueron romanos; 11 provenían de otras regiones de Italia.78 En 824, Lotario I ratificó la libre elección del pontífice por parte del clero y de la congregación de Roma, pero los candidatos elegidos debían solicitar la confirmación del emperador. Esta imposición de autoridad imperial, en este momento, no preocupó en exceso a los papas, pues estos querían emperadores lo bastante fuertes como para protegerlos, pero que estuvieran lo bastante lejos como para no ser un opresor. Las guerras civiles carolingias iniciadas en 829 expusieron Roma a las depredaciones de los árabes, los cuales remontaron el Tíber y saquearon San Pedro en 846.
La partición del imperio en el Tratado de Verdún de 843 amplió la autonomía del papa: ahora, este podía escoger entre tres reyes carolingios, los tres todavía relativamente poderosos –los reyes de Francia occidental, Francia oriental (Alemania) y Lotaringia– que veían en el título imperial un medio con el que imponer su autoridad sobre los otros. Esto hacía que el papa tuviera un interés manifiesto en perpetuar la noción de un imperio único y perdurable, para así conservar su rol de hacedor de emperadores. Lotario I ostentaba desde 817 el título de coemperador junto a su padre, Luis I. En la partición de 843, Lotario recibió el título y, como heredero de mayor edad, se le permitió elegir la parte del imperio que deseaba quedarse. Lotario eligió Aquisgrán y la franja de territorio que se extendía hasta el Rin, llegaba más allá de los Alpes y abarcaba Italia, territorio que pasó a conocerse como Lotaringia. Esta elección satisfacía al papa, pues hacía que el emperador siguiera teniendo interés en defender Roma. El número de reuniones entre pontífices y emperadores indica que, en general, hubo una buena cooperación entre ambos. El sucesor de Lotario en el trono imperial, Luis II, se reunió con el papa en nueve ocasiones durante su reinado (855-875), tres veces más que ninguno de sus sucesores inmediatos.79 Pero ahora era el papado quien estaba en una posición de ventaja, como simboliza el servicio de palafrenero que Luis rindió al papa Nicolás I en 858… Fue la primera vez en más de un siglo, y es posible que la primera vez si hemos de hacer caso a las crónicas francas, que niegan que Pipino hubiera hecho de palafrenero papal en 752. Hubo comentaristas de la época que criticaron a Luis por ser solo «emperador de Italia», una acusación que también recayó sobre sus sucesores, cuyas tierras se redujeron aún más durante la década de 880.80
En 875, la extinción de la rama principal lotaringia intensificó las guerras civiles entre la élite carolingia. El destronamiento, en 887, de Carlos III el Gordo deshizo la última reunificación de Francia occidental y oriental y puso fin al dominio carolingio de Italia, que quedó controlada por la alta aristocracia carolingio-lombarda, en particular por los duques de Spoleto. Tales hechos remarcan lo importante que era para el papado un imperio sólido. En ese momento, los pontífices se veían de nuevo atrapados entre los clanes romanos y hombres fuertes de la región como Guido de Spoleto, al cual el papa Esteban V se vio forzado a coronar emperador en 891. Para tratar de eludir la subordinación a los Spoleto, el sucesor de Esteban, Formoso, transfirió en 896 el título al rey de Francia oriental, Arnulfo de Carintia. Formoso, no obstante, quedó paralizado por una apoplejía y, tras el pontificado de quince días de Bonifacio VI, fue reemplazado por Esteban VI. El nuevo papa fue obligado a reconocer emperador al hijo de Guido, Lamberto II, desenterrar el cadáver recién sepultado de Formoso y someterlo a un simulacro de juicio. El cadáver, como cabía esperar, fue condenado y arrojado al Tíber. Sin embargo, Esteban VI, desacreditado por una sucesión de noticias de milagros, fue estrangulado en agosto de 897. Su sucesor, el papa Romano, tan solo duró cuatro meses. Fue sucedido por Teodoro II, cuyo pontificado apenas duró 20 días, suficientes, no obstante, para anular el veredicto contra Formoso y volver a dar sepultura a sus restos desperdigados.81
En 901, con la toma del poder por parte del clan de los Teofilacto, el papado recuperó cierta estabilidad y estableció una relación más perdurable con los duques de Spoleto y más tarde con el poderoso señor del sur de los Alpes, Hugo de Arlés, quien, pese a no recibir el título imperial, fue rey de Italia entre 926 y 947.82 Algunos de los papas de los Teofilacto no eran más pecadores que otros pontífices medievales, pero la situación del papado seguía siendo escandalosa, en particular para el alto clero del norte de los Alpes, el cual se sentía cada vez más fuerte para expandir el cristianismo por su cuenta. Surgió un sentimiento que más tarde fue calificado de «reforma». Aunque este careció de coherencia ideológica clara hasta mediados del siglo XI, desde un principio sostuvo que la Iglesia debía liberarse de impíos y ponerse en mejores manos. Antes de finales del siglo IX, todos los reformistas esperaban que fuera el emperador quien lograse dicho objetivo.
El reinado imperial de los otónidas
La ausencia de un emperador coronado, entre 925 y 961, se debió, principalmente, a la renuencia de los papas del clan de los Teofilacto a jugar su última carta en su partida contra los reyes de Italia, cada vez más poderosos. A Hugo de Arlés le sucedió Berengario II, margrave de Ivrea, que, en 959, había conquistado Spoleto y amenazaba Roma, como los lombardos dos siglos antes. Los otónidas, que habían sucedido en 919 a los carolingios en Francia oriental, parecían ser la mejor baza papal. En 951-952, Otón I había llevado a cabo dos torpes intentos de imponer su autoridad en el norte de Italia. Dedicó la década siguiente a consolidar su control de Alemania, al tiempo que cultivaba con esmero sus contactos con los obispos que huían de la turbulenta Italia; estaba decidido a presentarse como un libertador, no como conquistador, para así hacerse digno de la corona imperial.83 Su gran victoria de Lechfeld sobre los magiares paganos, en 955, convenció a muchos de sus coetáneos, entre ellos al papa Juan XII, de que Otón gozaba del favor divino. Aunque no pudo capturar a Berengario, en 961, Otón invadió con éxito el norte de Italia. Fue coronado emperador el 2 de febrero de 962.84
La coronación de Otón no «refundó» el imperio ni creó uno nuevo, dado que persistía la noción de que el reino carolingio original se había mantenido y que Carlomagno había sido sucedido por numerosos emperadores. A pesar de ello, su coronación fue un hecho importante, cuya clara intención era llevar las relaciones papado-imperio a nuevos niveles. A tal fin, Otón promulgó su propia legislación (el Ottonianum) que confirmaba las «donaciones» de Pipino y Carlomagno de extensas tierras en Italia central para el sostenimiento del pontífice. Al igual que sus antecesores, Otón preveía que tales tierras permanecieran bajo su soberanía. También se comprometió a proteger al papa, al que hizo entrega de elevadas cantidades de oro y plata, por lo que a cambio recibió un gran número de reliquias santas para su programa de cristianización al norte de los Alpes.85
La «expedición romana» de Otón (Romzug) duró tres años y tuvo todos los elementos que caracterizaron las futuras intervenciones imperiales en la Italia medieval. La convergencia de intereses que facilitó la coronación de Otón no era lo bastante estable para una colaboración prolongada entre papado e imperio. Los emperadores querían pontífices con suficiente integridad personal para no menoscabar la dignidad imperial que estos les conferían, pero que, a su vez, fueran diligentes ejecutores de la voluntad del emperador. En el caso de Otón, esto incluyó la controvertida conversión de Magdeburgo en arzobispado (vid. pág. 84). Al igual que sus sucesores, el papa Juan XII quería un protector, no un amo, por lo que, en 963, conspiró con Berengario y con los magiares para rebelarse contra el «monstruo de Frankenstein» de la dominación imperial otónida.86 La respuesta de Otón sentó la pauta de las futuras actuaciones imperiales contra pontífices poco sumisos. Otón regresó a Roma y Juan huyó a Tívoli. Después de un breve intercambio epistolar, que no logró restaurar la armonía, Otón convocó un sínodo en San Pedro, que destituyó a Juan con acusaciones de asesinato, incesto y apostasía, un pliego de cargos lo suficientemente grave como para justificar la primera deposición de la historia de un papa. Estas acusaciones se convirtieron en los cargos estándar para futuras destituciones papales. Otón ratificó la constitución papal de 824 de Lotario I, que concedía al clero romano un amplio grado de libertad para escoger sustituto. El pontífice elegido, en diciembre de 963, fue León VIII.
La deposición era la parte fácil. Como Otón y sus sucesores no tardaron en descubrir, sin un apoyo local firme, resultaba extremadamente difícil mantener a su propio papa. Esto, durante un siglo, aproximadamente, quería decir el apoyo de los clanes romanos y el de los obispos y señores italianos. Juan seguía estando en libertad, lo cual dio lugar a un cisma papal que ponía en peligro la integridad y legitimidad de la Iglesia. Los romanos se rebelaron tan pronto como Otón dejó la ciudad, en enero de 964, lo cual permitió a Juan regresar y convocar su propio sínodo para deponer a su rival. León fue restaurado a la fuerza a finales de ese mes. Juan fue expulsado y falleció en mayo, se dice que en brazos de una mujer casada, en otro típico ejemplo de la maledicencia que caracterizó a partir de entonces a los cismas papales. Lo que ocurrió a continuación pone de relieve la insolubilidad del problema. Los romanos eligieron un antipapa, Benedicto V. La imposición de León VIII se había convertido en cuestión de prestigio imperial. Otón asedió Roma hasta que sus famélicos habitantes entregaron al desgraciado Benedicto, que fue degradado y enviado a Hamburgo como misionero. Tras la muerte de León, en marzo de 965, Otón envió a dos obispos a supervisar una nueva elección, pero el candidato escogido fue derrocado nueve meses después por un nuevo alzamiento romano. El emperador se vio obligado a retornar en persona en diciembre de 966 para aplastar a la oposición romana. Los de clase inferior fueron ejecutados y los ricos enviados al exilio. Los que habían muerto fueron exhumados y sus huesos esparcidos con el fin de imponer un castigo ejemplar.87
La oposición posterior provocó una respuesta igualmente dura. En 998, el líder del clan de los Crescenti fue decapitado y colgado por los pies junto con doce de sus seguidores y el antipapa Juan XVI fue cegado, mutilado y paseado por Roma a lomos de un asno. El tumulto que siguió a la coronación de Enrique II como rey de Italia en Pavía en 1002 se saldó con una masacre a manos de las tropas imperiales y el incendio de la ciudad. Los disturbios que siguieron a la coronación imperial de 1027 llevaron a Conrado II a forzar a los romanos a caminar descalzos. No obstante, por esta vez se salvaron de ser ejecutados. Esta «furia teutona» (furor teutonicus) era reflejo del concepto de justicia imperial que autorizaba a castigar con dureza a aquellos que ignoraban la oportunidad de negociar, o que se rebelaban después de haber sido perdonados.88 También revela la principal debilidad estratégica de la presencia imperial en Italia durante todo el Medievo. Roma no era un alojamiento agradable para un ejército imperial, pues las ciénagas pestilentes de las inmediaciones provocaban epidemias de malaria en verano. La de 964 acabó con el arzobispo de Tréveris, el duque de Lorena y con buena parte del ejército de Otón. Las campañas en la Italia meridional se encontraban a menudo con el mismo problema: la malaria mató tanto a Otón II (983) como a Otón III (1002) y Conrado II perdió en 1038 a su esposa y a la mayor parte de sus tropas a causa de esta enfermedad. Encajar pérdidas era un duro problema, pues los ejércitos otónidas y salios eran bastante pequeños (vid. págs. 318-321) y, aunque tenían cierta capacidad para los asedios, Italia era un país de ciudades numerosas y bien fortificadas. El uso de violencia indiscriminada parecía una solución rápida para tales problemas, pero, como descubrieron regímenes posteriores, lo único que conseguían era perder apoyos locales y el descrédito para quienes la aplicasen.
El imperio y la reforma eclesiástica
A partir de 1044, los conflictos internos en Roma provocaron un nuevo cisma, con tres papas rivales, entre los cuales figuraba el pío pero ingenuo Gregorio VI, que había comprado su título. Enrique III, temeroso de que esto supusiera una mancha para su reinado, los depuso a los tres en el sínodo de Sutri de diciembre de 1046 y nombró papa a Suitger, obispo de Bamberg, con el nombre de Clemente II. Este nombramiento inició una sucesión de cuatro pontífices elegidos entre cuatro leales obispos germanos que se prolongó hasta 1057, es probable que con intención de volver a hacer del papado un aliado fiable, más que subordinarlo de forma directa a la Iglesia del imperio.89
La intervención imperial llegó en el preciso momento en que el papado se enfrentaba a los nuevos desafíos provocados por la inquietud ocasionada por el crecimiento poblacional acelerado y los cambios económicos.90 Eran muchos los que creían que el nuevo materialismo estaba llevando a la Iglesia por mal camino y reclamaban un amplio programa de reformas que se resumía en el eslogan «libertad de la Iglesia» (libertas ecclesiae). Se exigía a la Iglesia estándares más elevados. Hacia mediados del siglo XI, los consejeros clave del papa aumentaron sus críticas de ciertos problemas presentes desde hacía tiempo. La destitución de Gregorio VI puso de relieve el problema de la simonía, o compra de cargos eclesiásticos, que recibe su nombre de Simón el Mago, que trató de comprar su salvación a los apóstoles. Esto llevó a una condena generalizada de la venta de cargos y de favores espirituales. El nicolaísmo o amancebamiento clerical constituía una segunda plaga. Debía su nombre a Nicolás, miembro de la Iglesia cristiana primitiva que había defendido prácticas paganas. Ambos elementos eran parte de una renuncia general a la vida terrenal que requería a todos los clérigos vivir como monjes y abandonar la vida mundana. Alrededor de 1100, los reformadores también exigían al clero que se hiciera una tonsura en el cabello para diferenciarse de los legos. Tales exigencias, eran, de hecho, parte de una reconceptualización general del orden social de acuerdo con aspectos funcionales, que daban a cada grupo una misión que cumplir en beneficio de todos.
Al mismo tiempo, la exigencia de mayor espiritualidad seglar planteó un elemento contradictorio. Esta exigencia tenía sus raíces en la aspiración de algunos individuos de una vida más sencilla, libre de cargas mundanas. La manifestación más obvia fue una nueva oleada monástica asociada en particular con Gorze, en Lorena, y con Cluny, en la Borgoña francesa. Durante el siglo XI se multiplicó por cinco la cifra de monasterios cluniacenses. Un elemento clave de la nueva oleada monástica fue el cese del control local y el emplazamiento de todos los centros religiosos bajo el control –eso sí, nominal– del papa. El movimiento se extendió a Italia, donde se conoció como Fruttuaria, y a Alemania donde, gracias a la influyente abadía de Hirsau, lo adoptaron más de doscientos monasterios.91 La reforma monástica respondía, sobre todo, a los intereses de la élite y su conexión con una piedad más generalizada era compleja y no siempre amigable. No obstante, la coincidencia con un amplio anhelo generalizado de una vida más simple y más cristiana se sumó a la sensación general de cambio.92
El que la reforma surgiera en Lorena y Borgoña, lugares donde el gobierno real era relativamente débil, no fue una coincidencia. Tanto Gorze como Cluny se beneficiaron de un fuerte patronazgo señorial, factor que pone de relieve una de las principales contradicciones de la reforma. El nuevo ascetismo aumentó el prestigio social del clero e incrementó el atractivo de los monasterios, que eran ahora lugares adecuados donde la nobleza podía dar acomodo a sus hijos solteros. La fundación y patronazgo de iglesias era una forma útil de extender la influencia local y ganar prestigio espiritual. Para escapar a la jurisdicción de los obispos locales, los señores no tenían ningún inconveniente en colocar a los monjes bajo la autoridad del papa, pues este solía confiarles, en tanto que principales donantes, derechos de protección y supervisión.93 El ascetismo también atraía a la población urbana en crecimiento, la mayor parte de la cual seguía bajo la jurisdicción de los obispos, señores de las villas catedralicias. El ataque contra la simonía y el amancebamiento confirió fuerza moral a las peticiones de autonomía política de las ciudades. Los movimientos populares denominados patarinos, surgidos en Milán y Cremona en la década de 1030, exigían la formación de congregaciones pías que proporcionasen un gobierno más moral y autónomo.
Las exigencias de los reformadores no eran necesariamente antiimperiales. En 1024, Enrique II celebró un sínodo en Pavía que convirtió la mayor parte del programa moral en ley imperial, que incluía la prohibición del matrimonio clerical, el amancebamiento y ciertos tipos de simonía. Enrique en persona impuso la regla de Gorze a la abadía de Fulda y otros miembros de la familia imperial fomentaron el nuevo monasticismo durante la década de 1070. No cabe duda de que el apoyo imperial se debió, en gran medida, a la convicción personal y a la misión general de fomentar el cristianismo. Pero también buscaba objetivos políticos concretos: la mayor disciplina del clero mejoró la gestión de las inmensas propiedades que los emperadores habían donado a la Iglesia, lo cual permitió a abades y obispos sostener el patrimonio imperial y sus campañas militares.94 De igual modo, la libertas ecclesiae permitía al emperador mayor acceso a tales recursos, al liberarlos del control de los señores locales.
Hubo dos hechos que conspiraron para enfrentar a papas y emperadores por la cuestión del programa de reformas. Primero, los salios fueron víctimas de su propio éxito, pues su rehabilitación del papado, entre 1046 y 1056, convirtió a este último en agente, no en objeto de la reforma. Entre 1049 y 1053, León IX celebró no menos de doce sínodos por propia iniciativa en Italia, Francia y Alemania. Con sus decretos contra la simonía y el nicolaísmo, dio muestra de un liderazgo activo y creíble. La acción papal fue apoyada por el desarrollo simultáneo del derecho canónico, que buscaba la creación de una normativa para la gestión de la Iglesia basada en las Escrituras, los escritos de los padres de la Iglesia y los archivos papales. La codificación parcial del canon (esto es, las decisiones canónicas) y otros decretos papales permitió eliminar algunas de sus ambigüedades y otorgaron mayor credibilidad a la aspiración papal de dirigir la Iglesia.95 El papa se estableció a sí mismo como el juez último de doctrina y ritos y exigía que todos los cristianos verdaderos compartieran sus dictámenes. La búsqueda de claridad y uniformidad abrió una brecha con Bizancio, la cual se fue ensanchando hasta provocar, hacia 1054, la separación de las Iglesias latina y ortodoxa. En el oeste, el latín desplazó de forma definitiva a las lenguas vernáculas en la comunicación del cristianismo y la posición de los sacerdotes ganó importancia, al convertirse estos en el único intercesor oficial entre Dios y el laicado. A principios del siglo XII, el papado había logrado arrancar a obispos y sínodos locales el control de la canonización; menos de un siglo más tarde, tenía la iniciativa de escoger y aprobar los aspirantes a la santidad.96
Tales medidas se pudieron ejecutar gracias a la sofisticada burocracia papal surgida durante la segunda mitad del siglo XI, combinada con un tesoro cuyos recursos crecieron de forma exponencial gracias a los nuevos tributos impuestos a partir de 1095 para el sostenimiento de las cruzadas. La biblioteca y los archivos papales garantizaron que el pontífice fuera menos olvidadizo que otros monarcas y le solían permitir basar sus demandas en pruebas documentales. Al mismo tiempo, el grupo de consejeros de León IX asumió mayor coherencia y se constituyó en curia romana. Formada en un principio por loreneses profundamente implicados en la reforma monástica, la curia incrementó la capacidad del papa de actuar de forma constante y restringió la influencia perniciosa de los clanes romanos. En diciembre de 1058 llegó el momento de los reformadores: consiguieron que uno de ellos fuera elegido papa. El nuevo pontífice, Nicolás II, convocó un sínodo reformista que revisó el reglamento para la elección papal y restringió la elección a los cardenales existentes en la época (siete) o a los obispos auxiliares de Roma. Aunque la normativa hacía una vaga referencia a notificar al emperador, la posibilidad de manipulación externa había quedado severamente restringida.97 Los reformadores, después de hacerse con el control del papado, tenían menos necesidad de respetar los intereses imperiales.
El contexto político general supuso un segundo factor en el deterioro de las relaciones entre papado e imperio. En la década de 1040, los salios se enfrentaron al duque de Lorena. Este se casó con la familia que dominaba la Toscana, provincia que había demostrado gran lealtad al emperador y que ocupaba una posición estratégica entre Roma y los principales centros imperiales de Pavía y Rávena. Aunque el problema de Lorena fue neutralizado, la heredera toscana, Matilde de Canosa, se mantuvo firme en su postura antiimperial.98 La subsiguiente defección de Toscana fue relevante debido a que coincidió con un cambio aún más decisivo en el sur. En 1059, Nicolás II abandonó dos siglos de apoyo al inexistente control imperial sobre el mediodía italiano y se alió con los normandos. Estos, llegados en torno al año 1000, eran despiadados corsarios que, tras eliminar las últimas avanzadas bizantinas y los restos de los principados lombardos, asumieron el control de todo el sur. En 1080, cuando la alianza fue renovada por Gregorio VII, la conquista normanda de Sicilia estaba muy avanzada. Por primera vez, el papa tenía una alternativa creíble a la protección imperial, pues los normandos no solo estaban cerca y tenían un ejército efectivo, sino que, al ser recién llegados, ansiaban que se les reconociese. Esto hizo que aceptasen la soberanía papal sobre sus posesiones a cambio de ser aceptados como sus gobernantes legítimos.99
La muerte de Enrique III en 1056 frustró una respuesta imperial efectiva. Su hijo, Enrique IV, aunque fue reconocido rey de Alemania, solo tenía seis años y no podría ser coronado emperador hasta que llegase a la edad adulta. El gobierno del imperio quedó en manos de un consejo regente hasta 1065, pero tenía asuntos más importantes de que ocuparse y no supo ver los peligros que le esperaban. La intervención en la elección papal de 1061 a favor de Alejandro II fue particularmente desafortunada, pues hizo que la corte imperial fuera criticada por dividir la Iglesia en lugar de defenderla. El prestigio imperial quedó en entredicho y la identificación del pontífice con las reformas salió reforzada.100
El siguiente papa, Gregorio VII, siguió considerando al emperador un socio valioso, pero secundario. Oriundo de Toscana y considerado, a menudo, de orígenes humildes, en realidad procedía de una familia bien conectada con el papado. Ascendió con rapidez en su administración y, tras abrazar la reforma, a partir de la década de 1050 se convirtió en uno de los protagonistas principales de las elecciones papales, hasta, al fin, ser elegido papa en 1073. Controvertido ya en vida, en 1075 sobrevivió a un intento de asesinato. Dio a la reforma el nombre con el que se conoció en la posteridad: «gregoriana».101 Aunque Gregorio no la inició, es indudable que la radicalizó con su inquebrantable convicción de que sus adversarios debían ser agentes del anticristo. Su pensamiento político se condensa en su Dictatus Papae de 1027, un conjunto de 27 máximas que fue publicado más tarde. La Iglesia, en tanto que alma inmortal, era superior al cuerpo mortal del Estado. El papa reinaba supremo sobre ambos y tenía derecho a rechazar a obispos y reyes no aptos para el cargo. El pensamiento gregoriano, no obstante, se mantuvo moral, no constitucional. Ni Gregorio ni sus partidarios sistematizaron nunca tales ideas o resolvieron lo que estas implicaban.
Gregorio, aunque en un principio bien dispuesto hacia Enrique IV, subestimó la necesidad del joven rey de mostrar firmeza ante los múltiples desafíos a su autoridad a que se enfrentaba en Alemania. Enrique, no menos obstinado, entre 1073 y 1076 contribuyó a alimentar una serie de malentendidos y oportunidades perdidas que llevaron a ambos personajes a considerarse rivales, no aliados. El choque fue in crescendo a medida que uno y otro reforzaban sus posturas con argumentos ideológicos y atraían el apoyo de otros, que, con frecuencia, tenían motivaciones propias. La complejidad y multiplicidad de los problemas quebró los antiguos vínculos y produjo una situación explosiva que no podía resolverse por medios convencionales.102
El problema de las investiduras
Esta disputa desembocó en la querella de las investiduras, que, con el tiempo, dio nombre a todo el periodo de pugna papado-imperio que se prolongó hasta 1122.103 El desencadenante fue la investidura del arzobispo Godofredo de Milán, acusado de simonía por los reformadores en 1073. La investidura fue tan controvertida porque ponía en cuestión tanto las bases materiales como las ideológicas del imperio. Las vastas donaciones eclesiásticas eran consideradas parte integral de las tierras de la corona, en particular al norte de los Alpes. En una época en la que apenas se utilizaban normas escritas, las obligaciones se certificaban por medio de rituales. El proceso de nombramiento de un abad o un obispo requería su investidura. El patronazgo real también daba un papel al rey y el clero consideraba un honor especial ser investido por el monarca, dado que esto reforzaba su posición dentro del orden social. Las congregaciones locales y el clero desempeñaban un papel en la elección de abades y obispos, pero esto se basaba todavía en cartas reales, no en el derecho canónico. De ese modo, era práctica habitual que el monarca hiciera entrega al nuevo clérigo de un bastón y que el arzobispo le diera un anillo. Con Enrique III, ambos elementos los entregaba el rey. Dado el incremento de la sacralidad del reinado imperial en torno a 1020, esto no fue contencioso en un principio. Además, no quedaba del todo claro cuál de los objetos simbolizaba la aceptación por parte del clérigo de sus obligaciones militares y políticas a cambio de sus tierras, dado que esas mismas tierras contribuían al sostenimiento de sus actividades espirituales.104 El problema era que la reforma gregoriana iba más allá de lo convencional (es decir, si Godofredo era apto para ser arzobispo de Milán) y desafiaba el mismo hecho de que la realeza participase en este proceso, con lo que rompía con varios siglos de consenso teocrático explícito. Lo que es peor, sucedía en el preciso momento en que la monarquía estaba haciendo que obispos y abades se implicasen más a fondo en la gobernanza del imperio.
Desde el siglo XII, los cronistas han simplificado esta lucha y la han reducido a una pugna entre güelfos y gibelinos. Los primeros provenían de la familia aristocrática germana de los güelfos (Welf) que apoyó durante breve tiempo el papado reformista, mientras que los segundos debían su nombre a una corrupción de Waiblingen, en Suabia, de donde se creía, por error, que provenían los salios.105 Tales nombres adquirieron importancia entre las facciones de la política italiana tardomedieval, pero la querella de las investiduras fue protagonizada por coaliciones fluidas, no por bandos disciplinados. Muchos clérigos se oponían a la reforma gregoriana por considerarla excesiva. Los monjes de la abadía de Hersfeld, por ejemplo, estaban convencidos de que Gregorio provocaba la división de la Iglesia cada vez que abría la boca. El clero que tenía parejas femeninas se consideraba a sí mismo legalmente casado, pero el triunfo final de la reforma, hacia 1120, redujo a la esposa de un sacerdote al estatus legal de una concubina y sus hijos pasaron a ser siervos de la Iglesia. Los obispos se oponían con frecuencia a la causa de la libertad eclesiástica, pues esta podía utilizarse para socavar su autoridad y retener diezmos a nivel local.106 De igual modo, los atractivos del ascetismo reformista llevaron a numerosos laicos a apoyar al papado.
La querella de las investiduras
La disputa de Milán culminó una década de enconado conflicto local que enfrentó al movimiento reformista patarino, apoyado por el papa, contra el clero y el arzobispo, acaudalado y proimperial.107 Incapaz de resolver la cuestión, en enero de 1076 Enrique IV convocó un sínodo en Worms. En él se negó obediencia a Gregorio VII y se exigió su abdicación. El hecho de que la asamblea de obispos no se atreviera a destituirlo suponía el reconocimiento implícito de que no tenía autoridad para ello y, además, todo el congreso carecía de credibilidad, pues transcurridos tres años de pontificado era muy tarde para protestar contra las irregularidades en la elección de Gregorio. El cambio de situación se evidenció un mes más tarde, cuando Gregorio fue más allá que ningún otro pontífice: no solo se limitó a excomulgar a Enrique, sino que lo destituyó, así como eximió a todos sus súbditos de su juramento de lealtad.
La situación de Enrique empeoró durante el año a causa de la creciente oposición en algunas regiones alemanas. Pero, a finales de diciembre, este se hizo con la iniciativa: eludió a sus adversarios en los Alpes y cruzó por el paso de Mont Cenis. Supuestamente, la nieve le obligó a trepar la montaña, mientras su esposa y las demás mujeres de la realeza descendían deslizándose sobre una piel de vaca. Pero Enrique pudo interceptar a Gregorio, el cual se dirigía a Augsburgo para reunirse con los señores y obispos germanos que se oponían al rey. No se trataba de una misión de comando real para secuestrar al papa, sino más bien un intento de presentarse como un penitente y obligar a Gregorio a revocar la excomunión y la destitución. Al rey, después de «esperar a la intemperie en el exterior del castillo, vestido con lana, descalzo, aterido», se le permitió por fin entrar en Canosa, fortaleza que pertenecía a Matilde de Toscana, en la que se alojaba Gregorio (vid. Lámina 5).108
La actuación de Enrique causó división de opiniones, tanto entre sus contemporáneos como entre los que vinieron después. Consiguió granjearse considerables simpatías y pareció que había conseguido sus objetivos inmediatos: Gregorio no pudo reunirse con la oposición germana y se vio obligado a revocar la excomunión real. Pero, a pesar de la visión positiva de ciertas interpretaciones recientes, resulta difícil cuestionar la percepción de la época de que el rey se había humillado, con independencia de que la acción de Enrique fuera un acto de penitencia o de sometimiento político.109 Al dirigirse a Canosa, Enrique reconocía de forma implícita que Gregorio tenía potestad para excomulgarlo y destituirlo, actos que los partidarios del monarca consideraban ilegales. El contraste con su padre no podía ser más marcado: Enrique III había depuesto dos papas y nombrado uno en 1046, mientras que Enrique IV no había logrado siquiera revertir su propia destitución, pues Gregorio afirmó después que se había limitado a absolver a un penitente, no a reinstaurar a un rey.
La oposición política germana siguió adelante. En una asamblea reunida en Forchheim el 15 de marzo de 1077, eligió al primer antirrey de la historia: Rodolfo de Rheinfelden. Aunque asistieron dos legados papales, los duques rebeldes actuaron de forma independiente con respecto a Gregorio y plantearon una avanzada teoría de monarquía contractual, pues afirmaban que eran ellos, y no el papa, los responsables del bienestar colectivo del imperio. Sus acciones revelan la complejidad de los problemas que estaban emergiendo, así como una pauta importante dentro de la política imperial, que, en último término, garantizó que el imperio sobreviviera a las sucesivas derrotas de los emperadores a manos del papado.110
Enrique exigió de forma reiterada a Gregorio que condenase a Rodolfo, lo cual obligó al papa a escoger bando: en marzo de 1080 volvió a excomulgar a Enrique, esta vez de forma permanente. Este, en represalia, convocó otro sínodo, el cual no solo destituyó a Gregorio, sino que también eligió a un antipapa, lo que generó un nuevo cisma que duró hasta 1100. Estas acciones desembocaron en guerra abierta en octubre de 1080. Enrique se vio obligado a operar a ambos lados de los Alpes y dar apoyo en Italia a su antipapa, Clemente III, al tiempo que se enfrentaba a sus adversarios políticos en Alemania. Los éxitos de Enrique en Italia le permitieron que Clemente lo coronara emperador en marzo de 1084. Tras haberse deshecho de Rodolfo y de otros dos antirreyes en 1090, tres años más tarde Enrique se enfrentó a su hijo mayor, Conrado, al cual había hecho correy en 1087. Al contrario que los antirreyes previos, Conrado era considerado por muchos un esbirro papal, pues había hecho importantes concesiones al papado a expensas de las prerrogativas imperiales.111
El papa Gregorio y sus sucesores reformistas recibieron el firme apoyo de Matilde hasta su muerte en 1115, así como la asistencia intermitente de los normandos, los cuales quemaron buena parte de Roma en 1084 para rescatar a Gregorio del asedio imperial. El apoyo germano era limitado, pero podía tener relevancia estratégica, en particular en 1089, con la defección temporal del duque de Baviera, que facilitó la rebelión de Conrado al cerrar los pasos alpinos, lo que dejó a Enrique atrapado en la Italia del norte. Para poder escapar, tuvo que hacer concesiones a Baviera en 1096.
Enrique, a pesar de su considerable pericia militar y obstinada determinación, había sido derrotado y nunca regresó a Italia. Sus numerosos errores y vida personal caótica lo convertían en blanco fácil de la propaganda gregoriana, en particular después de que Práxedes, su segunda esposa, se diera a la fuga acusándole de brutalidad.112 Tales denuncias, sumadas a su prolongada excomunión, desmantelaron el reinado sacro desarrollado desde los otónidas tardíos y que Enrique seguía aspirando a ejercer. Siguió desempeñando pautas de reinado ya establecidas en lugar de desarrollar nuevos métodos de cooperación con los señores, obispos y comunas urbanas de Italia, muchos de los cuales tenían motivos para oponerse al papa y a Matilde. Enrique podría haber conseguido mayor apoyo europeo a partir de 1078, cuando Gregorio extendió sus pretensiones de supremacía más allá del imperio, buscando abarcar a todos los reyes. Todo lo contrario: el rey de Francia, Felipe I, lo amenazó por su flanco al forjar vínculos más estrechos con el papado por medio de su apoyo a la primera cruzada de 1095, con lo que asumía la posición de defensor de la cristiandad que muchos esperaban que ocupase Enrique, dada su condición de emperador.
La sensación de derrota real fue uno de los factores que impulsaron una nueva rebelión en Alemania, esta vez liderada por el segundo hijo de Enrique, Enrique V, al cual su padre había reconocido rey y sucesor legítimo en 1098. La muerte de Enrique IV en 1106 tras un año de escaramuzas poco concluyentes abrió la posibilidad de una nueva dirección, pero Enrique V se limitó a continuar la línea de su padre en relación con el papado y no supo aprovechar los errores del nuevo pontífice, Pascual II.113 Esto contrastó marcadamente con los exitosos acuerdos con el papado de los reyes de Francia y de Inglaterra, en 1104 y 1107, con respecto a cuestiones similares. Dado que ninguno de ellos había desafiado de forma directa la autoridad papal, era más fácil llegar a un compromiso. Además, los acuerdos reforzaban el argumento del papado de que la querella era responsabilidad exclusiva del rey germano.
Dichos acuerdos se basaron en nociones propuestas hacia la década de 1080 por Ivo, obispo de Chartres, y otros. Estas diferenciaban entre responsabilidad espiritual (spiritualia) y poderes y bienes temporales (bona exterior). Estos últimos, considerados «regalías», se asociaban al mundo material y al deber de servir al monarca.114 Los obispos italianos y alemanes acogieron de buen grado esta diferenciación, pues necesitaban sus jurisdicciones temporales para obtener recursos y mano de obra con los que construir catedrales y otros proyectos. Los acuerdos con Francia e Inglaterra demostraron que conceder investidura espiritual no suponía un menoscabo de la autoridad regia. La muerte del papa Pascual en 1118 permitió a Enrique V alcanzar un compromiso sin desprestigiarse, aunque una serie de malentendidos pospuso el acuerdo final hasta el 23 de septiembre de 1122.
El Concordato de Worms
El acuerdo estaba formado por dos documentos, conocidos como Concordato de Worms. Antes bien, este nombre se remonta a mucho más tarde, al siglo XVII. El emperador cedía la investidura espiritual, con estola, anillo y báculo al papa. Los obispos germanos debían elegirse conforme al derecho canónico y estar limpios de simonía, pero el emperador tenía derecho a estar presente en la elección y arbitrar posibles disputas. El emperador investía a cada obispo con un cetro, símbolo de la autoridad temporal asociada a las regalías. Esto debía tener lugar antes de la ordenación en Alemania, pero después de la ordenación en Italia y Borgoña. En 1133, se revisó esta cláusula: el nuevo obispo debía jurar lealtad al emperador previa recepción de sus prerrogativas temporales. Las posesiones del papado estaban exentas de tales acuerdos, lo cual indicaba que ya no formaban parte de la jurisdicción imperial.
El concordato suele interpretarse como el símbolo del paso de una época a otra, de la transición de la Edad Media temprana a la Alta Edad Media, así como del inicio de la secularización.115 Aunque religión y política siguieron estando estrechamente imbricadas, el acuerdo rigió las relaciones papado-imperio hasta 1803. Las generaciones posteriores se han sumado al debate de la época de quién obtuvo mayor beneficio. El papa Calixto II estaba convencido de haber ganado, pues lo celebró con los frescos conmemorativos del palacio de Letrán y remitió copias del concordato a toda Europa. El clero había conservado sus distinciones corporativas y la nueva ceremonia de investidura dejaba claro que el rey germano carecía de potestad espiritual… En este sentido, es indudable que la política se desacralizó. La desautorización, en 1119, del último antipapa por parte de Enrique V pone de relieve que el emperador era incapaz de quitar y poner papas. Aun así, el imperio no había quedado debilitado. Al contrario, el resultado de la querella reforzó una serie de tendencias de fondo que aceleró la transformación de la propiedad eclesiástica: pasa de formar parte de las tierras de la corona a ser posesiones de príncipes espirituales ligados al monarca en una relación feudal más formalizada. Mientras, las nociones de responsabilidad colectiva sobre el imperio expresadas en las rebeliones contra Enrique IV continuaron con el concordato, el cual había sido negociado con la ayuda de señores laicos y señores espirituales. Estos juraron que garantizarían que Enrique V se ciñera a los términos del acuerdo. La monarquía de mandato directo de los salios se reemplazó por un sistema mixto por el cual el emperador compartía responsabilidades con sus señores.116
El papado también cambió. El objetivo inicial de libertad eclesiástica de la reforma gregoriana había sido derrotado. Los reformadores más radicales se vieron obligados a asumir que el papado tenía responsabilidades políticas, no solo espirituales. Los reiterados cismas papales posteriores a 1080 habían engendrado múltiples cismas locales en los que pontífices rivales consagraban obispos diferentes para la misma sede episcopal. La reforma quedó en entredicho cuando el pontífice vendió patrimonio de la Iglesia para financiar su guerra contra el emperador. El papado se hizo cada vez más monárquico: a partir de mediados del siglo XI comenzó a imitar el uso de la púrpura y las complejas ceremonias de coronación del imperio. Un siglo más tarde, los papas asumieron el título de vicario de Cristo, que había sido usado por los reyes salios, pero que ahora se empleaba para afirmar la autoridad pontificia sobre todos los monarcas. El territorio papal se expandió: el papa se hizo con el control de Toscana tras la muerte de Matilde de Canosa. La Iglesia latina quedó sometida a un mayor control central, respaldado por la expansión de la administración papal y por el establecimiento de la Inquisición, en 1231, para vigilar creencias. En torno a 1380, la libre elección de abades y obispos había cesado casi por completo, toda vez que los sucesivos papas utilizaban su derecho de vetar candidatos y aprobar nombramientos.
Las reformas, lejos de liberar a la Iglesia, la imbricaron en la política de forma aún más profunda. Alienó a muchas de las personas a las que afirmaba servir, las cuales la consideraban corrupta y alejada de sus necesidades espirituales. El resultado fue una nueva oleada de monasticismo y nuevas formas de piedad laica. Esto último fue estimulado por la renovada inquietud por la salvación personal surgida durante el siglo XII. Los valdenses y otros movimientos fundamentalistas de base adoptaron la extrema pobreza y rituales cada vez más enfrentados a la insistencia de la Iglesia oficial en la uniformidad de creencias y prácticas. Las indulgencias para los cruzados de Tierra Santa se extendieron a los que combatían la herejía en las brutales campañas emprendidas a partir de 1208 en la Europa meridional. El requerimiento de confesarse al menos una vez al año, iniciado en 1215, abrió la puerta a un mayor control del pensamiento íntimo. A partir de 1231, la herejía se castigaba con la muerte y hacia 1252 se autorizó a la Inquisición a utilizar la tortura para erradicar la herejía.117
Después de que la muerte de Enrique V pusiera fin al linaje salio (1125), los soberanos del imperio se abstuvieron por lo general de implicarse en tales cuestiones. El papa Honorio II revirtió la relación inicial papado-imperio, pues reclamó el derecho a ratificar al siguiente rey germano, e intervino en la política imperial al excomulgar, en 1127, al antirrey Conrado Hohenstaufen. El candidato vencedor, Lotario III, rindió servicio de palafrenero papal en su reunión con el siguiente pontífice, en 1131. El palacio de Letrán fue rápidamente redecorado con nuevos frescos que representaban la escena, frescos que fueron mostrados a la siguiente visita imperial como prueba de lo que ya se consideraba una tradición. El estatus inferior del emperador se enfatizó aún más por la insistencia del papa en montar un caballo blanco, símbolo de su pureza y proximidad a Dios.118
Los Hohenstaufen y el papado
Como ocurrió tantas veces en la historia del imperio, este aparente declive pronto fue revertido. La situación cambió a partir de 1138, con el reinado de Conrado III, quien dio inicio al linaje regio de los Hohenstaufen que perduró hasta mediados del siglo XIII. Los Hohenstaufen aprovecharon el hecho de que el papa seguía considerando al rey germano el único soberano digno de ser coronado emperador. Conrado se refería a sí mismo como emperador incluso sin haber sido coronado.119 Esta práctica la continuó su sobrino y sucesor, Federico I Barbarroja, el cual asumió el título imperial en el mismo momento de su coronación real, en 1152, y llamó a su hijo «césar» en 1186 sin intervención papal (vid. Lámina 25). Los Hohenstaufen posteriores lo secundaron: Federico II asumió el título de «emperador romano electo» en 1211 y es probable que esta práctica se hubiera consolidado de haberse alzado con la victoria en su pugna con el papado tras su elección como emperador, en 1220. Esta afirmación imperial se basaba en el desarrollo del imperio como estructura política colectiva, pues debía las prerrogativas imperiales a la elección del rey germano por parte de los principales señores, no a la coronación por parte del papa. Enrique IV ya había proclamado «el honor del imperio» (honor imperii) y los Hohenstaufen lo convirtieron en un concepto compartido por todos los señores del imperio, a los que otorgaba la misión de defenderlo contra el papado.120
Por desgracia, el énfasis en el honor obstaculizó la política imperial en Italia, pues desincentivó la práctica de hacer concesiones para garantizar compromisos o ganar aliados, como por ejemplo las ciudades coaligadas en la poderosa Liga Lombarda para exigir autogobierno en 1167. La expedición a Italia de Federico Barbarroja de 1154 fue la primera en 17 años y finalizó un periodo de 57 años en el que los monarcas germanos tan solo habían pasado dos años al sur de los Alpes. Esta prolongada ausencia debilitó las redes de contactos personales que podrían haber ayudado a negociar de forma pacífica. El emperador no buscaba conflicto, pero estaba determinado a reimponer la autoridad imperial. Si los 1800 caballeros que acompañaron su primera expedición se consideraban un gran ejército, para su segunda campaña, en 1158, regresó con 15 000.121 No obstante, los ejércitos nunca eran lo bastante grandes para dominar un país tan extenso y populoso. La necesidad de bases locales añadió urgencia a la insistencia de Barbarroja en revivir las regalías imperiales, entre las que se incluían el derecho a establecer guarniciones en las ciudades, imponer tributos y exigir ayuda militar. De forma inevitable, se vio inmerso en la política local. La Italia del norte era un denso mosaico de obispados, señoríos y ciudades, a menudo enzarzados en sus propios conflictos. El que uno apoyase al emperador solía animar a sus rivales a respaldar al papado. En su primera expedición, saqueó y destruyó Tortona después de haberse rendido, pues Barbarroja no pudo contener a sus aliados pavianos.122 El retorno de la célebre «furia teutona» perjudicó el prestigio imperial, lo cual obstaculizó aún más la deseada pacificación. Esta pauta se repitió en las cuatro campañas subsiguientes, entre 1158 y 1178. Barbarroja obtuvo éxitos locales, pero nunca pudo hacerse con el control de toda la Lombardía.
El papa tampoco era reacio a cooperar con el emperador para escapar a la opresiva influencia normanda, la cual le había obligado a elevarlos al estatus de reyes de Sicilia en 1130. En 1130-1139, normandos y franceses habían provocado un primer cisma mediante su interferencia en la política romana y en 1159-1180 unieron fuerzas para apoyar a un candidato a papa contra el antipapa apoyado por el imperio, lo que provocó un nuevo cisma. Barbarroja, al igual que Enrique IV, también fue excomulgado, pero al contrario que el emperador salio, acabó por aceptar un compromiso en el Tratado de Venecia de 1177. La presencia de representantes italianos y sicilianos en las negociaciones revelaba la internacionalización de los asuntos italianos, pues era evidente que habían dejado de ser una cuestión interna del imperio. Barbarroja, a pesar de las importantes concesiones que hizo a la Liga Lombarda, fue reconocido soberano de Italia del norte.
Entre 1184 y 1186, Barbarroja pudo regresar a Italia, esta vez sin un ejército, y consolidar la paz por medio de un acuerdo con los normandos, que preveía el matrimonio del hijo de Barbarroja, Enrique, con Constanza de Hauteville, hija del rey de Sicilia. La inesperada muerte, en 1189, del rey normando abrió la posibilidad de que los Hohenstaufen se hicieran con el control de Sicilia y de sus dependencias, más tarde conocidas como Nápoles, en la Italia meridional. El momento favorecía a los Hohenstaufen, pues la victoria sarracena en Hattin en 1187 y la subsiguiente caída de Jerusalén distraía al papado, que además necesitaba apoyo imperial para la tercera cruzada que planeaba. A pesar de la oposición de numerosos señores normandos, alrededor de 1194 el hijo de Barbarroja, Enrique VI, se había hecho con el control de Sicilia. Sus éxitos dispararon sus ambiciones. En 1191, Enrique rechazó la pretensión papal de soberanía sobre Nápoles con el argumento de que este quedaba bajo jurisdicción imperial. Enrique planeaba, en menos de cinco años, integrar el antiguo reino normando en el imperio y convertir la monarquía germana en una posesión hereditaria (vid. págs. 192-193 y 302-304). Las relaciones papado-imperio habían experimentado un giro radical a favor del emperador. La extinción de los normandos privó al pontífice de un contrapeso a la influencia imperial, redujo su jurisdicción temporal al Patrimonium y le dejaba solo ante un emperador más poderoso que ninguno de los sucesores de Otón I (vid. Mapa 5).
Hubo nuevos imprevistos: esta vez fue la inesperada y temprana muerte de Enrique, a los 31 años de edad, en septiembre de 1197, seguida de la de su esposa Constanza, 14 meses más tarde. Tales acontecimientos dejaron a su hijo de 4 años, Federico II, bajo la tutela del papa. Los partidarios germanos de los Hohenstaufen eligieron al tío de Federico, Felipe de Suabia, como candidato al trono en la elección real de 1198. Pero sus rivales locales aprovecharon la situación y optaron por Otón IV, de la familia güelfa, lo cual desencadenó una guerra civil que duró hasta 1214.123
La respuesta del papa Inocencio III refleja lo mucho que estaba en juego. Tras cierta vacilación inicial, en 1202, Inocencio promulgó un decreto o dictamen de la corte papal, el denominado Venerabilem. Este reinstauraba la interpretación gregoriana de la doctrina de las Dos Espadas, según la cual toda autoridad, también la temporal, provenía de Dios y se transmitía a los reyes por mediación de los pontífices. Inocencio no cuestionaba la división de autoridad espiritual y secular consagrada por el Concordato de Worms y aceptaba que los alemanes eran libres de escoger a su rey; pero sostenía que los papas tenían derecho a dar su aprobación. Esto sugería que podía vetar candidatos, si, por ejemplo, habían pecado. También refutaba la práctica Hohenstaufen de asumir prerrogativas imperiales una vez coronados reyes, pues argumentaba que tan solo los papas coronaban emperadores. Al distinguir el conjunto del imperio del reino germano, Inocencio buscaba usurpar la autoridad imperial en Italia y en el sur de Borgoña y reclamó el estatus de vicario imperial, o gobernador, en el caso de que no hubiera emperador o si este estaba ausente de Italia. En menos de 50 años, los expertos en derecho canónico afirmaron que el papa era en realidad el verdadero emperador, pues este había trasladado la autoridad desde Bizancio.124
El Venerabilem revertía por completo la posición de los otónidas, que habían reivindicado una potestad bastante parecida sobre el papado. No obstante, también revelaba hasta qué punto el papado continuaba ligado al imperio. Ningún papa podía reducir el imperio al estatus de un reino cualquiera sin devaluar con ello su pretensión de ser el único hacedor de emperadores. Esto explica por qué, a pesar de las fuertes tensiones periódicas, los papas coronaron a todos los reyes germanos, desde Otón I a Federico II, con la excepción de Conrado III y Felipe de Suabia.
En la práctica, Inocencio no pudo encauzar la situación. Los dos bandos de la guerra civil germana pretendían restringir la influencia papal. Inocencio, para tratar de impedir la unión entre el imperio y Sicilia, acabó respaldando a Otón IV, pero esto solo sirvió para enemistarlo con algunos de los partidarios del rey, que ahora desconfiaban de él. En torno a 1207, Otón se vio obligado a pedir una tregua, pero Felipe de Suabia fue asesinado al año siguiente en una disputa no relacionada.125 Otón, con habilidad, se granjeó el apoyo de la mayoría de los partidarios de Felipe al asumir sus mismos objetivos imperiales en Italia, entre los que se incluían hacerse con el control del sur. Inocencio, poco después de haber coronado emperador a Otón, se vio impelido a excomulgarlo un año más tarde, en 1210, y unirse a Francia para apoyar al joven Federico II de Sicilia como nuevo candidato Hohenstaufen. Otón se excedió en su ambición y unió fuerzas con su tío, el rey Juan de Inglaterra, para invadir Francia. Esta campaña se saldó con la desbandada del Ejército Imperial en Bouvines, al este de Lille, el 27 de julio de 1214. Federico, que había sido coronado rey germano en 1212, pudo ahora asumir el poder sin que nadie se lo impidiera.
De todos los emperadores (fue coronado en 1220), es probable que Federico II sea el más controvertido. El cronista inglés Mateo Paris le llamó Stupor Mundi, «asombro del mundo». Era ciertamente asombroso. Inteligente, encantador, despiadado e impredecible, a menudo parecía actuar de forma caprichosa. Sus seguidores consideraban que cumplía una misión mesiánica, en particular después de que recuperase Jerusalén en 1229 (vid. págs. 145-146). Sus adversarios papales le denominaban la Bestia del Apocalipsis y le comparaban con Nerón destruyendo el imperio. Las generaciones posteriores han compartido esta combinación de asombro y repulsión: fue detestado por Lutero y celebrado por Nietzsche, que le calificó de «espíritu libre» El emperador tuvo 19 hijos de 12 mujeres diferentes y depuso a su hijo y heredero. Federico se consideraba a sí mismo un verdadero cristiano, pero hablaba algo de árabe, toleraba a los musulmanes y, de hecho, tenía una guardia personal de sarracenos. Sin embargo, no era un multiculturalista moderno, ni tan innovador como defienden algunos de sus biógrafos.126
Tan pronto como se sintió lo bastante seguro en Alemania, Federico renegó de su acuerdo con el papa Inocencio. Hacia 1220 era obvio que había retomado el programa paterno de unificar Sicilia y el imperio. El pontífice, a regañadientes, contemporizó, con la esperanza de que el emperador encabezase una nueva cruzada. En 1227, no obstante, rompieron relaciones y Federico fue excomulgado. La recuperación no sangrienta de Jerusalén, no obstante, forzó la retirada de la excomunión. Los conflictos volvieron en 1236. Esto provocó una nueva excomunión, tres años más tarde, por supuesta herejía; esta vez sería permanente. Las cuestiones siguieron siendo las mismas que durante los tres emperadores anteriores, pero ahora el papa empleaba la nueva arma de las indulgencias para cruzados para obtener apoyo militar, además de secundar, a partir de 1246, una serie de antirreyes alemanes. La situación volvió a ser como bajo Barbarroja. Ninguna de las dos partes podía alcanzar una preponderancia decisiva, pero esta vez nadie estaba dispuesto a negociar. Las derrotas imperiales en Italia de 1246-1248 fueron revertidas por contraataques posteriores y en 1250, año en que muere Federico, la situación seguía estando abierta. El fracaso de los Hohenstaufen se debió a las circunstancias, no fue estructural (vid. págs. 375-376).
El hijo de Federico, Conrado IV, y sus familiares perdieron con rapidez el control de Alemania después de 1250, lo cual, a su vez, aceleró su derrota en Italia a causa de revueltas locales en Nápoles y el apoyo pontificio a Carlos de Anjou, hermano menor del rey de Francia, que dio carácter de cruzada a la conquista de Sicilia por parte de Carlos.127 La muerte del último pretendiente Hohenstaufen, en 1268, garantizó el importante objetivo del papado de preservar su soberanía sobre Sicilia y Nápoles, al tiempo que los mantenía separados del imperio. Sin embargo, el que ni papas ni emperadores consiguieran imponerse en la prolongada guerra que libraban desde 1236 hizo que un número creciente de contemporáneos considerase a ambos meros monarcas.128
PAPADO E IMPERIO DESDE 1250
Imperio y papado en la era de los «reyes menores»
El periodo que va desde la muerte de Federico II en 1250 hasta la coronación imperial de Enrique VII en 1312 fue el más prolongado de la historia del imperio sin un emperador coronado. Sin viajes de coronación, tampoco había presencia real en Italia. Aunque la idea imperial se mantenía potente, pues atrajo a los primeros candidatos «foráneos». En la segunda «doble elección» de 1257, fueron elegidos reyes de Alemania Alfonso X de Castilla y Ricardo, earl de Cornualles. Entre 1273 y 1313, el reino germano fue gobernado por una sucesión de hombres que, previamente a su elección, habían sido meros condes. Todos ellos consideraban el título imperial un medio con el que imponerse a duques más poderosos (vid. págs. 375-392). Las tradiciones imperiales se mantuvieron fuertes. Rodolfo I, Adolfo de Nassau y Alberto I fueron enterrados en la cripta imperial de la catedral de Espira, junto con los ilustres emperadores salios. Enrique llegó incluso a trasladar allí de forma expresa a Adolfo y Alberto para transmitir la idea de continuidad legítima, tras la breve reanudación de la guerra civil en 1298.
El papado también seguía interesándose por el imperio. Como había ocurrido con otros protectores elegidos en el pasado, los pontífices pronto vieron cómo los angevinos (la casa de Anjou) escapaban a su control, pues sumaron Sicilia y Nápoles a sus posesiones de Provenza. La revuelta de las vísperas sicilianas provocó la pérdida de la isla a manos del rey de Aragón en 1282. Esto cortó el vínculo entre Sicilia y Nápoles que había existido desde la conquista normanda de 1070 y liberó al papado de la amenaza de cerco.129 Sin embargo, los angevinos seguían siendo poderosos e incluso ejercieron a partir de 1313 un protectorado sobre el papado que se prolongó veinte años. Además, los papas tenían que enfrentarse a monarcas occidentales cada vez más osados, como fue el caso de los reyes de Francia. Estos, embarcados en una prolongada serie de guerras con Inglaterra, se quedaban con las tasas anuales que su clero pagaba al papado. Ante tales problemas, a los pontífices les volvía a parecer una opción atractiva un emperador fuerte pero casi siempre ausente.
A la muerte de Ricardo de Cornualles, en 1272, el papa Gregorio X urgió a los electores alemanes a no repetir la doble elección de 1257. Tres años más tarde, persuadió a Alfonso de Castilla para que renunciase al título real germano, que nunca había llegado a ejercer. El nuevo rey, Rodolfo I, planeó tres veces viajar a Roma para hacerse coronar, pero en las tres ocasiones las circunstancias lo impidieron.130 Asimismo, los franceses incrementaron su presión sobre el papado y animaron a Clemente V a que aceptase la llegada de Enrique VII, elegido rey alemán en noviembre de 1308.131 La llegada de Enrique, a finales de 1310, suscitó expectativas poco realistas entre aquellos que, como Dante, se identificaban con la causa gibelina. Estos esperaban que Enrique restaurase el orden y pusiera fin al faccionalismo violento que afectaba a numerosas ciudades italianas. En un principio, todo fue bien, pues Enrique fue coronado rey de Italia en Milán en enero de 1311. Pero las ciudades italianas ya no estaban habituadas a alojar expediciones imperiales y los angevinos marcharon al norte desde Nápoles para impedir cualquier pretensión de reafirmar la jurisdicción imperial sobre Italia meridional. Algunas ciudades pagaron a Enrique para que se marchase, pero otras resistieron, lo cual dio una excusa a su ejército, en su mayoría mercenario, para repetir la «furia teutona» de antaño. Walrum, hermano de Enrique, resultó muerto, al igual que su esposa (aunque por causas naturales) y la mayor parte de sus tropas regresó a sus casas. Los retrasos hicieron que Enrique no llegase a tiempo para la fecha de su coronación imperial, el 2 de febrero de 1312, que debía coincidir con el 350.° aniversario de la coronación de Otón I. La resistencia romana tuvo que superarse con un violento asalto en el que el arzobispo Balduino de Tréveris, el único gran señor germano que acompañaba a Enrique, le partió en dos el cráneo a un defensor con su espada (vid. Lámina 6).
Clemente, por su parte, había partido a Aviñón, donde las presiones francesas obligaron a permanecer al papado hasta 1377. Dado que San Pedro seguía en manos de sus adversarios, Enrique se vio obligado a escenificar su coronación imperial (la primera desde 1220) en el palacio de Letrán el 29 de junio de 1312. Tan solo oficiaron tres cardenales en representación de Clemente y los ballesteros güelfos dispararon contra los imperiales en el banquete posterior a la ceremonia.132 No había sido un buen comienzo. El final no tardó en llegar. Tras fracasar en su intento de tomar Florencia, Enrique contrajo malaria y falleció en Buonconvento, cerca de Siena, el 24 de agosto de 1313.
En 1314, una nueva doble elección al trono germano enfrentó a Luis IV el Bávaro contra Federico el Hermoso. El enfrentamiento finalizó con la renuncia del segundo en 1325. El papa Juan XXII, escarmentado por el fracaso de Inocencio III en 1198, se abstuvo de tratar de hacer de árbitro. En lugar de ello, declaró vacante el trono, con lo que estableció una nueva noción, el vacante imperio, para reforzar la pretensión papal de ejercer las prerrogativas imperiales en ausencia de un emperador.133 Luis estaba determinado a combatir esta idea y dio lugar al último asalto del choque papado-imperio a la antigua usanza. En 1323, Luis nombró al conde Bertoldo de Neuffen vicario imperial para que ejerciera prerrogativas en Italia, con lo que desafiaba abiertamente las pretensiones pontificias. El papa Juan respondió con la panoplia de medidas desarrolladas desde 1073, pero esta vez reforzadas por una administración mucho más sustancial. Se incoó procedimiento en la corte papal de Aviñón, que, como era de esperar, condenó a Luis por usurpador. De ahí que Juan se refiriera a él simplemente como el Bávaro para negar su legitimidad sobre Alemania. La escalada del conflicto dio lugar a la excomunión de Luis (1324) y a una cruzada (1327).134
Luis, al contrario que sus predecesores, contó con el apoyo de destacados intelectuales, distanciados del papado por su traslado a Aviñón y por su condena de movimientos populares como los espirituales franciscanos, que aplicaban a rajatabla el voto de pobreza. Entre los que sostenían que la supremacía imperial era el camino hacia un nuevo orden se contaban Dante, Guillermo de Ockham, Marsilio de Padua y Johannes de Jandun. Sin embargo, sus escritos no fueron difundidos hasta un siglo más tarde.135 En la práctica, Luis empleó métodos tradicionales, pues entró a la fuerza en Italia en 1327-1328 con ayuda de sus partidarios locales. Su coronación imperial, oficiada por dos obispos italianos el 17 de enero de 1328, era la primera desde 817 sin la participación del papa o al menos de un legado papal. Luis citó el ejemplo de Otón I para deponer a Juan XXII, con el argumento de que había abandonado Roma e instauró a su propio pontífice, con lo que provocó el primer cisma desde 1180. Esto tuvo escaso efecto, pues Juan estaba seguro en Aviñón bajo protección francesa.
La implicación de los franceses continuó la pauta iniciada en 1170, como mínimo, de abrir las disputas papado-imperio a influencias externas. Francia obstaculizó las negociaciones de forma reiterada, pues el enfrentamiento le permitía prolongar el, en palabras de Petrarca, «cautiverio babilónico» de Aviñón. La imposición por parte de Juan de un entredicho que suspendía los servicios religiosos en Alemania fue motivo de amplio resentimiento e ignorado, además de costarle un elevado precio moral, pues parecía como si quisiera castigar al común de los alemanes. En 1300, los principales señores germanos habían rechazado el intento papal de extender su disputa con el rey Alberto I y, en 1338, apoyaron el decreto Licet iuris de Luis que respaldaba de manera explícita la antigua idea de los Hohenstaufen de que el monarca alemán era ya emperador, con derecho automático de ejercer prerrogativas imperiales una vez elegido. Por una vez, un intelectual influyó de forma directa sobre los hechos históricos: Lupold de Bebenburg proporcionó los argumentos legales e históricos del decreto de Luis. Su programa fue continuado por Carlos IV, aspirante al trono de Luis y luego sucesor y culminó en la bula de oro de 1356, que excluía por completo al papa de la elección del rey germano (vid. págs. 300-301 y 306).
Los Luxemburgo y el papado
Al igual que el decreto Venerabilem del papa Inocencio, los dictámenes imperiales también reconocían límites. Resultaba difícil nacionalizar el título imperial sin antes aceptar que este ya no proporcionaba superioridad sobre el resto de monarcas. En pocas palabras: Luis y Carlos seguían aspirando a la cooperación idealizada con el papado que sus predecesores no habían logrado obtener. Carlos aprovechó un breve lapso de unanimidad entre güelfos y gibelinos y viajó a Italia con tan solo 300 soldados para hacerse coronar emperador. La coronación fue oficiada por un legado papal en Roma en abril de 1355 y fue la primera desde 1046 que no se veía perturbada por actos violentos.136 El papado seguía insistiendo en la prerrogativas reclamadas en el Venerabilem, mientras que los señores alemanes se mantuvieron en la línea reemprendida en 1338. En 1376, Gregorio XI fue ignorado cuando el hijo de Carlos, Venceslao, fue elegido rey de romanos, título empleado desde entonces por el sucesor designado para el imperio.
La muerte de Gregorio, en marzo de 1378, cambió la dirección de las relaciones papado-imperio. Tan solo hacía 22 meses que Gregorio había llevado al papado de regreso a Roma desde Aviñón. Los romanos se habían acostumbrado al autogobierno; los cardenales se veían a sí mismos como los electores del imperio y no estaban dispuestos a dejarse tratar como funcionarios papales. La reticencia de Francia a perder su influencia añadió un tercer factor. El resultado fue el Gran Cisma, que duró hasta 1417 y que coincidió con un periodo de dramáticos acontecimientos intelectuales y religiosos. La fundación de universidades durante el siglo XII puso fin al monopolio de la Iglesia de la educación. El Gran Cisma aceleró esta tendencia, pues los pobladores de Centroeuropa ya no podían acceder a la universidad de París o a las universidades italianas a causa de la desorganización de la vida pública. Ya en 1348, Carlos IV había proporcionado una alternativa con la fundación de la universidad de Praga. A esta le siguió la de Viena (1365) y otras quince universidades más hasta el año 1500. El número de estudiantes del imperio se duplicó con creces hasta superar los 4200 durante el siglo XV.137 Las verdades establecidas fueron puestas en entredicho por los nuevos enfoques críticos del Humanismo renacentista. Entre las certezas cuestionadas estaba la Donación de Constantino, que Lorenzo Valla demostró en 1440 que se trataba de una falsificación.138 Tales críticas resultaban en extremo sospechosas para la oleada de religiosidad popular que amenazaba con escapar a la supervisión oficial. Esta incluía nuevos santuarios que atraían a millares de peregrinos, como el de Wilsnack, en Brandeburgo, entre 1383 y 1552, además de cultos marianos, nuevas oleadas de monasticismo y coleccionismo de reliquias.139
Los debates en torno a la fe y a la práctica religiosa imprimieron urgencia a la controversia sobre la gobernanza eclesiástica, dado que ambos no podían ser resueltos por separado. También se fusionaron con las discusiones de la reforma del imperio, donde la noción de que electores y señores ejercieran la responsabilidad colectiva se entrelazó con el nuevo concepto denominado conciliarismo. Esta idea, surgida en la universidad de París, sostenía que la monarquía papal debía equilibrarse con un consejo general de obispos y cardenales. La política práctica añadió ímpetu adicional. Tanto Venceslao como Ricardo II de Inglaterra fueron depuestos por conspiraciones aristocráticas con menos de un año de diferencia y en Francia estalló una guerra civil en 1407 que se amplió con la intervención inglesa cuatro años más tarde. La inestabilidad impidió en 1400 la coronación imperial de Venceslao o la de su rival, Ruperto del Palatinado. La negativa de Venceslao a renunciar, incluso después de que su hermano menor, Segismundo, fuera elegido en 1410, prolongó la incertidumbre política hasta su muerte, acaecida en 1419. Para entonces, el imperio se enfrentaba a su propio movimiento herético, los husitas de Bohemia, además del amenazador avance de los otomanos, que marchaban por el este, a través del reino de Segismundo, Hungría.
La intervención decisiva de Segismundo demostró que el ideal imperial seguía conservando su potencia. También mostró las muchas cosas que habían cambiado desde que Enrique III había puesto fin al anterior cisma de 1046. Mientras que Enrique había actuado de forma unilateral, Segismundo tuvo que tener en cuenta a otros reyes y las múltiples corrientes en el seno de la Iglesia. Primero, se alió con los conciliaristas que habían convocado un consejo general en Pisa y eligieron a su propio papa en 1409, en abierto desafío tanto a Aviñón como a Roma. Tras haber ganado apoyos, convocó su propio consejo en Constanza en noviembre de 1414. Con esto, Segismundo superó a tres papas, que hacia 1417 habían abdicado o habían sido depuestos, lo cual permitió reunificar a la Iglesia bajo la dirección de un papa de tendencias reformistas, Martín V.140
El Gran Cisma dejó muy debilitado al papado, que ahora tenía que hacer frente a los conciliaristas más radicales, que en 1439 eligieron al que sería último antipapa de la historia, el duque Amadeo VII de Saboya. Aunque el conciliarismo se apagó con la abdicación, diez años más tarde, de Amadeo, el nuevo cisma permitió a los monarcas europeos obtener nuevas concesiones del papado romano. Esto resultó de extraordinaria importancia para el imperio, donde la autoridad monárquica estaba pasando de basarse en la aplicación de prerrogativas imperiales al control directo de extensas posesiones dinásticas… Método perfeccionado por los Habsburgo, que gobernaron el imperio desde 1438, con una única interrupción, hasta su desaparición en 1806. El Concordato de Viena conseguido por Federico III el 17 de febrero de 1448, sumado al de Worms de 1122, constituyó el documento fundamental que reguló la Iglesia imperial hasta 1803. No llegó al extremo de su homólogo francés, que prohibió toda tasa papal en el interior del reino, pero, aun así, recortó la influencia del pontífice en los nombramientos en todos los rangos de la jerarquía eclesiástica del imperio. Al contrario que la Iglesia galicana nacional de Francia, no hubo una única ecclesia Germania. En lugar de ello, entre 1450 y 1470, los grandes príncipes negociaron sus propios concordatos, con arreglo al modelo de Viena, para regular el clero menor de sus jurisdicciones.
Aun así, el conciliarismo había favorecido una mayor cohesión de los obispados, considerados ahora obispados nacionales, entre ellos los de Alemania. El sínodo de los obispos alemanes de 1455 en Maguncia redactó el primer Gravamina nationis Germanicae, o quejas de la Iglesia germana, que se presentó al papa. Las cuestiones fueron planteadas en la asamblea imperial en 1458 y las subsiguientes gravamina se convirtieron en elementos integrales de la política imperial, en especial debido a que a menudo servían a los intereses imperiales en las continuas disputas con el papado con respecto a las jurisdicciones de la Italia septentrional.141
Las relaciones Habsburgo-papado
El éxito de Segismundo en 1417, poner fin al Gran Cisma, pareció retrotraer las relaciones papado-imperio a la era de Carlos IV. Segismundo fue el primer monarca germano en ir a Italia tras el fiasco de la abortada expedición romana de Ruperto, en 1401-1402. Su coronación imperial, el 31 de mayo de 1433, fue la primera desde 1220 celebrada por un papa aceptado universalmente y representaba la culminación de dos años de presencia pacífica en Italia. El Concordato de Viena allanó el camino para la coronación imperial de Federico III, el 19 de marzo de 1452, la cual resultó la última oficiada en Roma.142 También fue la última ocasión en que un emperador rindió servicio de palafrenero a un papa. La ceremonia contradecía la nueva correlación de fuerzas políticas, pues los Habsburgo estaban amasando lo que pronto fueron las mayores posesiones personales controladas por una familia imperial, que proporcionaban unas bases completamente nuevas a la autoridad del emperador.
La implicación de los Habsburgo en las guerras italianas hizo obvia la nueva realidad. Estas guerras dieron inicio en 1494 con un intento francés de suplantar la influencia imperial sobre el norte de Italia, al tiempo que imponían control directo sobre el sur. Las ambiciones francesas fueron frustradas primero por el hijo y sucesor de Federico III, Maximiliano I, y más tarde revertidas por completo por su bisnieto, Carlos V, quien, desde 1519, era a un tiempo rey de España y emperador. El poder de Carlos excedía con mucho incluso el de Enrique VI, lo cual permitió a los Habsburgo completar el proceso, en marcha de forma intermitente desde 1130, de eliminación de la participación papal en el título imperial. Ya en 1508, el papa aceptó que Maximiliano I podía asumir el título de emperador electo, pero sus enemigos franco-venecianos le cortaron el paso en los Alpes cuando se dirigía a su coronación. Ese año se publicó en formato de libro el tratado más importante del título imperial, el de Lupold de Bebenburg, gracias al recién inventado medio de comunicación, la imprenta; esta permitió difundir los argumentos en los que se basaban los cambios constitucionales del siglo XIV. Mientras tanto, el imperio estaba experimentando una transformación fundamental por medio de un crecimiento institucional que consolidó su forma definitiva de comienzos de la Edad Moderna: una monarquía mixta en la que el emperador compartía el poder con una jerarquía cada vez más estratificada de príncipes, señores y ciudades, conocidos por el nombre colectivo de Estados imperiales (vid. págs. 397-414). La formalización, en torno a 1490, de las nuevas formas de representación en la dieta imperial (Reichstag) distinguió con mayor claridad a los miembros del imperio. Los papas continuaron enviando legados al Reichstag hasta la década de 1540, pero antes incluso de que la Reforma protestante los considerase indeseables ya era obvio que no eran más que representantes de un potentado foráneo.143
De todos modos, los Habsburgo no estaban dispuestos a cortar todos los vínculos con el papado. Carlos V, llegado al imperio en 1521 desde España, rechazó las peticiones de los reformistas evangelistas de purgar a Roma del anticristo. No hubo un retorno a la intervención imperial de antaño para reformar la Iglesia. Por el contrario, Carlos se ciñó a la división entre responsabilidad secular y responsabilidad espiritual que había emanado de forma gradual del Concordato de Worms. La reforma se trató como un asunto de orden público y se dejaron las cuestiones doctrinales en manos del papado (vid. págs. 105-114). La reticencia del pontífice a pactar cuestiones doctrinarias hizo extremadamente difícil la posición de Carlos en el imperio y en Italia el papa y el emperador entraban en conflicto a causa de sus respectivas ambiciones territoriales. El periodo más oscuro fue el famoso saco de Roma perpetrado por las tropas imperiales el 6 de mayo de 1527, hecho que todavía hoy se conmemora cada año en el memorial dedicado a los 147 guardias suizos muertos en defensa del Vaticano.144
Tras recibir su castigo, el papa Clemente VII coronó a Carlos emperador en Bolonia el 24 de febrero de 1530, en la que fue la última coronación imperial oficiada por un papa (vid. Lámina 7). Se eligió este lugar para que coincidiera con la campaña de Carlos, pero aun así se celebró con gran pompa. Se pretendía que esta ceremonia ayudase a concluir las guerras italianas con una paz duradera. Carlos entró triunfante en la ciudad y se presentó como un emperador romano victorioso.145 En 1531, consiguió que el papado aceptase que su hermano menor, Fernando, le sucediera de forma directa, sin coronación. Cuando esto ocurrió, en 1558, Fernando ya había concluido la Paz de Augsburgo (1555) que aceptaba el luteranismo como religión oficial del imperio junto con el catolicismo. El ascenso de Fernando I al trono proporcionó la primera oportunidad desde la reforma de alterar la posición del emperador dentro de la constitución imperial. Los protestantes querían borrar la cláusula que designaba al emperador advocatus ecclesiae y reemplazarla por la obligación de hacer cumplir la Paz de Augsburgo. Los Estados imperiales católicos acabaron por persuadirle de que conservase la frase original. En 1562, con la elección de Maximiliano II como rey de romanos, esta cláusula fue reformulada como una protección general de la Iglesia cristiana con la omisión de toda referencia al papado. Esta fórmula se mantuvo posteriormente, aunque los católicos Habsburgo la interpretaron de forma más tradicional.146
Los títulos de emperador y rey de Alemania habían sido fusionados, lo cual consolidó el cambio de 1508 y aseguró la asunción ininterrumpida de prerrogativas imperiales con la elección. Había ahora una única coronación, oficiada por el arzobispo de Colonia, quien había presidido las coronaciones reales germanas desde los carolingios y cuyo papel aceptaban incluso los Estados imperiales protestantes. En 1653, la coronación de Fernando IV como rey de romanos hizo concesiones litúrgicas al protestantismo y se limitó a requerir al monarca que respetase al papa, pero no que lo obedeciese.147 Los cambios ceremoniales liberaron al emperador de la necesidad de ir a Roma, lo cual eliminó una de las principales razones para la cooperación con el papado en un tiempo en que ambos experimentaban dificultades para redefinir sus papeles en un orden internacional que cambiaba con rapidez.
Desde un punto de vista político, al emperador le resultaba imposible cooperar de forma incondicional con la contrarreforma emprendida por el papado con el Concilio de Trento (1545-1563). Los derechos constitucionales obtenidos por los luteranos en la Paz de Augsburgo formaban parte de la red de libertades colectivas del imperio, cada vez más compleja, que solo podían alterarse previo mutuo acuerdo. Los Habsburgo gestionaron el imperio presentándose como guardianes imparciales de todas las libertades, al tiempo que ellos mismos seguían siendo católicos e imponían su fe a sus súbditos directos. Si bien el papa aplaudió los esfuerzos de los Habsburgo en sus propios territorios, fervientes católicos como el emperador Fernando II fueron criticados con dureza por no aprovechar los momentos de fortaleza militar para rescindir todos los derechos de los protestantes del imperio (vid. págs. 120-123). Francia, y en particular España (independiente de la Austria Habsburgo desde 1558) desplazaron al emperador en el papel de campeones internacionales del papa.148
La influencia pontificia sobre el imperio declinó marcadamente y sus esfuerzos por fomentar una línea más católica al posponer el reconocimiento de Fernando III en 1637 no consiguieron causar inconvenientes al emperador. A partir de 1641, la publicación de los decretos papales en las tierras patrimoniales de los Habsburgo requería del permiso del emperador. Un año más tarde, las exigencias papales de censura de publicaciones fueron rechazadas con el argumento de que era un derecho soberano de todos los monarcas. Se ignoró la reforma papal de los días de fiesta, pues esta interfería con fechas importantes del calendario político. Es más, las protestas del papa contra el tratado de la Paz de Westfalia que puso fin en 1648 a la Guerra de los Treinta Años habían sido desactivadas de antemano por una cláusula que ratificaba la validez del tratado con independencia de lo que opinase el pontífice.149
El último choque entre papado e imperio –el primero desde 1527– tuvo lugar en 1708-1709, cuando tropas austríacas invadieron los Estados pontificios para imponer las jurisdicción de los Habsburgo y las jurisdicciones feudales imperiales en Italia contra las pretensiones del pontífice. También hubo momentos de tensión a finales del siglo XVIII, cuando el emperador José II promovió la disolución de la orden jesuita y secularizó centenares de monasterios austríacos. En 1782-1783, no obstante, José y el papa Pío VI intercambiaron visitas oficiales.150 Las relaciones entre ambos nunca fueron exactamente las mismas que las existentes entre Estados soberanos. Los vestigios del pasado común perduraron más allá de la desaparición del imperio en 1806, en particular ahora que el papado veía en Austria a un protector más fiable que Francia, contaminada por la revolución de 1789. Su preocupación por su posición tradicional de cabeza del catolicismo universal impidió a Pío IX asumir el liderazgo de la Italia liberal unificada de 1848, pues esto hubiera supuesto declararle la guerra a Austria, que seguía controlando la mayor parte del norte. Hasta 1870, Austria permitió servir como voluntarios en el ejército papal a miles de sus soldados, algo que también hizo durante el fracasado proyecto católico-imperial del archiduque Maximiliano en México (1864-1867). En 1860, Pío IX llevó a cabo una traslación simbólica del antiguo imperio al modificar la oración, todavía oficial, por el Imperator Romanorum y reemplazarla por una referencia específica al emperador Habsburgo. Por último, Austria mantuvo hasta 1904 derecho de veto formal de todas las elecciones papales.151 La persistencia de tales conexiones, como veremos más adelante, son típicas del legado del imperio en la historia futura de Europa.
NOTAS
1 Koch, G., 1972, 273; Müller-Mertens, E., 2007, 561-595, 573-575. Acerca de los diversos títulos y su uso, vid. Weisert, H., 1994, 441-513.
2 Heather, P., 1996.
3 Todd, M., 2004, 225-238; Collins, R., 1991.
4 Mierau, H. J., 2010, 26-39.
5 Noble, T. F. X. 1984. Información adicional del Patrimonium en 189-193.
6 Bullough, D. A., 2003, 377-387, 384-385.
7 McKitterick, R., 1983, 16-76; Costambeys, M. et al., 2011, 31-79.
8 Schieffer, R., 2006.
9 Hack, A. T., 1999, 409-464.
10 Entre las numerosas biografías existentes, las más útiles incluyen Collins, R., 1998; Becher, M., 2003; Barbero, A., 2007; Williams, H., 2010.
11 McKitterick, R., 103, 378.
12 Collins, R., 141-150; Costambeys, M. et al., op. cit., 160-170; Becher, M., 2003, 7-17; Folz, R., 1974.
13 Collins, R., 1991, 269.
14 Es evidente que las circunstancias de la fundación del imperio fueron más complejas que las descritas en los relatos que afirman que el papa se limitó a buscar un aliado más sólido para reemplazar a Bizancio. Vid., por ejemplo, Ullmann, W., 1964, 89-108; Muldoon, J., 1999, 64-86.
15 Beumann, H., 1958, 515-549.
16 Schneidmüller, B., 2007, 30. Para la coronación, vid. Folz, R., op. cit., 132-150.
17 Según lo especificado por Mayr-Harting, H., 1996, 1113-11 33.
18 Collins, R., 1998, 148; también su capítulo titulado «Charlemagne’s imperial coronation and the Annals of Lorsch», en Story, J. (ed.), 2005, 52-70.
19 Bullough, D. A., op. cit., 385-387; van Espelo, D., 2013, 254-282.
20 Nelson, J. L., «Women at the court of Charlemagne: A case of monstrous regiment?», en Parsons, J. C. (ed.), 1994, 43-61, 47-49.
21 Un buen resumen de estos problemas es la introducción de K. F. Morrison a Mommsen, T. E. y Morrison, K. F. (eds.), 2000, 3-40. Para la visión contemporánea de la posición legal, vid. Mierau, H. J., op. cit., 163-220.
22 Knabe, L., 1936; Levison, W., 1952, 14-42.
23 Tal y como reconoció el emperador Enrique IV en su encíclica a los obispos del imperio, Whitsun 1076, en Mommsen, T. E. y Morrison, K. F. (eds.), op. cit., 151-154.
24 Suchan, M., 1997.
25 Southern, R. W., 1970, 91-100.
26 Schatz, J., 2000, 134-154.
27 El primer punto de vista lo defiende Booker, C. M., 2009. El segundo, Jong, M. de, 2009.
28 Althoff, G., 2005, 187.
29 Laudage, J., 2007, 34-47.
30 Coreth, A., 2004; Hengerer, M., «The funerals of the Habsburg emperors in the eighteenth century», en Schaich, M. (ed.), 2007, 366-394. Véase también 431.
31 Boshof, E., 2010, 101-108.
32 Relato del conde Otto de Lomello, cit. en Althoff, G., 2003, 105. Althoff quita importancia al aspecto penitencial de este acto. Véase también Bernhardt, J. W., «Concepts and practice of empire in Ottonian Germany (950-1024)», en Weiler, B. y MacLean, S. (eds.), 2006, 141-163, 154-158; Helbig, H., 1951, 275-306. Para el tramo de Gniezno del viaje, vid. 83, 206-207.
33 Enrique IV afirmó que Cristo le había llamado a reinar y que gobernó «por la pía ordenación de Dios». Carta al papa Gregorio VII (1076) en Mommsen, T. E. y Morrison, K. F. (eds.), op. cit., 150-151.
34 Keller, H., 2002, 168-171. Acerca de la insignia, vid. 266-271.
35 Schulte, A., 1934, 137-177.
36 Koch, G., op. cit., 61-99.
37 Bloch, M., 1989. Se decía que la imposición de manos del rey curaba la escrófula.
38 Morrissey, R., 2003, 96-97.
39 Miethke, J., 1978, 564-599; Hof, A., 1954-1955, 39-71.
40 McKitterick, R. (ed.), 1994; Stengel, E. E., 1965, 17-30.
41 Coupland, S., 211-229.
42 Para la transición de la Antigüedad tardía a la Edad Media temprana, vid. Wickham, C., 2009. Los aspectos socioeconómicos se abordan más en profundidad en 485-498.
43 Todd, M., op. cit., 233-234.
44 Stengel, E. E., op. cit., 65-74; Bernhardt, J. W., op. cit., 144-147; Brundage, J. A., 1960, 15-26.
45 Puede hallarse un buen resumen de este debate en Althoff, G., 2003, 81-89. Véase también Althoff, G. y Keller, H., 1985.
46 Myers, H. A., 1982, 9-12, 121-122; Stengel, E. E., op. cit., 17-30.
47 Koch, G., op. cit., 128, 230-245, 277-278. El equilibrio entre monarquía electiva y monarquía hereditaria se debate más a fondo en 301-305.
48 Ibid., 200-215; Seibt, F., 1978, 207-215.
49 Epperlein, S., 1967, 307-342.
50 Weinfurter, S., 1999, 27-28.
51 Eggert, W. y Pätzold, B., 1984; Müller-Mertens, E., 1970. El título de rey de romanos había sido utilizado por breve tiempo por Enrique II. Véase también 179-200.
52 Goez, W., 1958; Müller-Mertens, E., 2006, 1-58.
53 Thomas, H., «Julius Caesar und die Deutschen», en Weinfurter, S. (ed.), 1991, III, 245-277.
54 Gabriele, M., 2011; Latowsky, A. A., 2013.
55 Töpfer, B., 1964; Roach, L., 2013, 75-102.
56 Löwe, H., 1963, 529-562, 547.
57 Morris, C., 1989, 518-526; Schatz, J., op. cit., 198-203.
58 Shaw, F., 2001, 321-339; Munz, P., 1969, 3-21; Headley, J. M., 1978, 93-127.
59 Scales, L., 2012, 210.
60 Muldoon, J., op. cit., 18-19; Colás, A., 2007, 7-9, 18-19, 32-33; Burns, J. H., 1992, 97-100; Scales, L. E., 1995, 394-416. Información más detallada en Kirchberg, J., 1934. Los desafíos de la soberanía real se estudian también en 169-176.
61 Según Innes, M., 1997, 833-855, es probable que Carlomagno planease un estilo colegiado de gobierno en el que familiares próximos compartirían el poder con un patriarca común.
62 Nelson, J. L., 1996, 89-98; Costambeys, M. et al., op. cit., 208-213.
63 Brühl, C., 1990, 359-362; Erkens, F. R., 1996, 423-485; Brown, W., «The idea of empire in Carolingian Bavaria», en Weiler, B. y MacLean, S. (eds.), op. cit., 37-55.
64 Riché, P., 1993, 168; Noël, J.-F., 1976, 7-11.
65 Schatz, J., op. cit., 33, 55-68, 100-113; Blockmans, W., «The fascination of the Empire», en Bussiere, E. et al. (eds.), 2001, 51-68, 54. Información adicional en 603-604.
66 Claeys, G., 2011.
67 Este es un problema particular de la obra, por otra parte útil, de Schatz, J., op. cit.
68 Crónica de Wipo de Borgoña en Mommsen, T. E. y Morrison, K. F. (eds.), op. cit., 82.
69 Goetz, H.-W., 1987, 110-189, 117-124.
70 Karpf, E., 1985.
71 Mommsen, T. E. y Morrison, K. F. (eds.), op. cit., 72. El dinasticismo se trata con más detalle en 422-431.
72 Zotz, T., «Carolingian tradition and Ottonian-Salian innovation», en Duggan, A. J. (ed.), 1993, 69-100, 70-71; Keller, H., 2000, 112-131; Gabriele, M. y Stuckey, J. (eds.), 2008.
73 Classen, P., «Corona imperii. Die Krone als Inbegriff des römisch-deutschen Reiches im 12. Jahrhundert», en Classen, P. y Scheibert, P. (eds.), 1964, I, 90-101.Vid. 267-268 para la corona imperial.
74 Mommsen, T. E. y Morrison, K. F. (eds.), op. cit., 73. Aunque este famoso pasaje procede de la pluma de Wipo, es indudable que refleja el pensamiento del propio Conrado. Wolfram, H., 2006, 324-326.
75 Petersohn, J., 1994, 71-101; Koch, G., op. cit., 253-275.
76 Conring, H., 2005.
77 Existen numerosos ejemplos, que van desde relatos divulgativos como el de Perris, G. H., 1912, 33, a obras académicas como la de Myers, H. A., op. cit., 120-121, 218-222.
78 En comparación, en 654-752 hubo seis griegos, cinco sirios, cinco romanos y un italiano: Southern, R. W., op. cit., 54, 65.
79 Hack, A. T., op. cit., 605-625.
80 Zimmermann, H., «Imperatores Italiae», en Beumann, H. (ed.), 1974, 379-399.
81 Reuter, T. (ed.), 1992, 135; Mierau, H. J., op. cit., 53-55.
82 Partner, P., 1972, 77-102.
83 Keller, H., 1999, 20-48; Zielinski, H., «Der Weg nach Rom: Otto der Große und die Anfänge der ottonischen Italienpolitik», en Hartmann, W. y Herkbers, K. (eds.), 2008, 97-107.
84 El mejor relato contemporáneo es el de Wright, F. A. (ed.), 1930, 215-232. Con respecto a estos hechos, vid. Reuter, T., 1991, 169-173; Becher, M., 2012, 215-230.
85 El Ottonianum fue incluido en Hill Jr, B. H., 1972, 149-152. Véase también Zimmermann, H., 1962, 147-190.
86 Collins, R., 1991, 347.
87 Althoff, G., 2005, 123.
88 Althoff, G., 2003, 61-62, 72-81. Las prácticas judiciales del imperio se abordan en las páginas 610-637.
89 La última idea la defiende Weinfurter, S., 1999, 91-6, con el argumento de que Suitger continuó siendo obispo de Bamberg mientras fue papa. Véase también Frech, G.,«Die deutschen Päpste», en Weinfurter, S. (ed.), 1991, II, 303-332.
90 Para el debate acerca de si tales cambios constituyeron la «primera revolución europea», vid. Moore, R. I., 2000; Leyser, K., 1993, 1-28. El concepto lo discute Schieffer, R., 1998, 19-30. Para el impacto de tales cambios sobre el imperio, vid. 488-493, 504-508.
91 Lawrence, C. H., 1989; Hummer, H. J., 2005, 227-249.
92 Howe, J. 1997; Cushing, K. G., 2005, 34-37, 91-95; Rubin, M. (ed.), 2009.
93 Howe, J., 1988, 317-339; Kruppa, N. (ed.), 2007.
94 Con respecto a estas obligaciones, véase también 333-334.
95 Miethke, J. y Bühler, A., 1988, 17-23; Gilchrist, J. T., 1993.
96 Laudage, J., 1985.
97 La norma fue revisada de nuevo en 1179. Se aumentó el número de cardenales y se estableció el requisito de mayoría de dos tercios. Baumgartner, F. J., 2003. Para una visión general, vid. Robinson, I. S., 1990; Morris, C., op. cit., 79-108.
98 Hay, D. J., 2008; Spike, M. K., 2004.
99 La llegada de los normandos se aborda con más detalle en 191-192.
100 Boshof, E., 1979, 265-287. Con respecto a la regencia, vid. 315-316.
101 Cowdrey, H. E. J., 1998; Tellenbach, G., 1988; Hartmann, W., 2007.
102 Suchan, M., «Publizistik im Zeitalter Heinrichs IV.», en Hruza, K. (ed.), 2003, 29-45 y Hruza, K., 2007; Robinson, I. S., 1999 y 1978.
103 El término investiturae controversia data de 1123. Schilling, B., 2002, 123-191, 187-188.
104 Schieffer, R., 1981; Keller, H., 1993, 51-86 y 2001, 23-59, 26-27.
105 Pauler, R., 1997, 10-11. Al respecto, vid. Struve, T., 2006, en particular 26, 227-240.
106 Eldevik, J., 2012, 103-255.
107 Zey, C., «Im Zentrum des Streits. Mailand und die oberitalienischen Kommunen zwischen regnum und sacerdotium», en Jarnut, J. y Wemhoff, M. (eds.), 2006, 595-611; Keller, H., 1970, 34-64. Para un relato contemporáneo progregoriano, vid. Robinson, I. S. (ed.), 2008, 132-244. La perspectiva imperial puede hallarse en Mommsen, T. E. y Morrison, K. F. (eds.), op. cit., 108-177.
108 Narración de Berthold de Reichenau en Robinson, I. S., (ed.), 2008, 160. Véase también Weinfurter, S., 2006.
109 Fried, J., 2006, 147-166.
110 Cowdrey, H. E. J., op. cit., 167-198; Robinson, I. S., 1979, 721-756.
111 Goez, E., 1996, 1-49.
112 Althoff, G., 2006, 213-219, 269-273; Hay, D. J., op. cit., 145-146.
113 Detalles en Morris, C., op. cit., 154-164; Robinson, I. S., 1990, 421-441; Laudage, J., 2007, 98-107.
114 Fried, J., 1973, 450-528.
115 Laudage, J., 2007, 9; Weinfurter, S., 2006, 207. Para una evaluación más cautelosa, vid. Hoffmann, H., 2010, 535-568; Körntgen, L., 2001, 435-445.
116 Weinfurter, S., 1999, 173-174.
117 Moore, R. I., 1990; Thomson, J. A. F., 1998, 119-129; Lawrence, C. H., op. cit., 244-270; Morris, C., op. cit., 339-357, 442-504.
118 Kintzinger, M., 2003, 315-353. Federico I Barbarroja rindió, a regañadientes, servicio de palafrenero en 1154, pero lo presentó como una simple cortesía hacia el papa.
119 Görich, K., 2008, 34.
120 Koch, G., op. cit., 149-177, 191-199, 248-253; Rubinstein, N., 1945, 21-43; Görich, K., «Die “Ehre des Reichs” (honor imperii)», en Laudage, J. y Leiverkus, Y. (eds.), 2006, 36-74.
121 Görich, K., 2011, 231, 283. Véase también Opll, F., 2009; Munz, P., op. cit.
122 Los problemas estratégicos se explican con gran claridad en Berwinkel, H., 2007. Acerca de la Liga Lombarda, vid. 563-565.
123 Csendes, P., «Die Doppelwahl von 1198 und ihre europäischen Dimensionen», en Hechberger, W. y Schuller, F. (eds.), 2009, 157-171.
124 Pauler, R., 1997, 12-13, 230-231. Para una visión general, vid. Moore, J. C., 2009.
125 Fue asesinado por Otto de Wittelsbach en un litigio privado en junio de 1208. Vid. Görich, K., 2008, 85.
126 Tras una sucesión de opiniones negativas, Ernst Kantorowicz (1957, primera ed. en alemán de 1927) hizo un retrato positivo en líneas generales. Entre las buenas biografías modernas se incluyen Horst, E., 1986 y la monumental obra de Stürner, W., 2009.
127 La fase final se narra en Ullrich, H. U., 2004.
128 Schneidmüller, B., op. cit., 86.
129 Partner, P., op. cit., 263-270; Matthew, D., 1992, 362-380.
130 Pauler, R., 1997, 13-16; Trautz, F., 1963, 45-81, 48-50.
131 Pauler, R., 1997, 43-114; Bowsky, W. M., 1960. Puede leerse un relato de la época de la expedición de Enrique en Margue, M. et al. (eds.), 2009.
132 Bowsky, W. M., op. cit., 167.
133 Baethgen, F., 1920, 168-268.
134 Miethke, J., 1983, 421-446; Mierau, H. J., op. cit., 115-128; Pauler, R., 1997, 117-164.
135 Fößel, A., «Die deutsche Tradition von Imperium im späten Mittelalter», en Bosbach, F. y Hiery, H. (eds.), 1999, 17-30; Wittneben, E. L., 1997, 567-586.
136 Pauler, R., 1996.
137 Whaley, J., 2012, I, 103, 503.
138 Levine, J. M., 1973, 118-143.
139 Escher, F. y Kühne, H. (eds.), 2006.
140 Welsh, F., 2008.
141 Whaley, J., op. cit., I, 86-87.
142 Zanetti, W., 1985, 107-123.
143 Meuthen, E. (ed.), 1991.
144 Hook, J., 1972.
145 Álvarez, M. F., 1975, 83-88; Kleinschmidt, H., 2004, 129-132.
146 Kleinheyer, G., 1968, 72-76; Brockmann, T., 2011, 386-389. En 1653 se añadió una frase que decía que el emperador debía respetar la Paz de Augsburgo además de proteger la Iglesia.
147 Staats, R., 2008, 116-117.
148 Dandelet, T. J., 2001.
149 Hengerer, M., 2012, 173-176, 297-298; Repgen, K., 1998, 539-561, 597-642; Koller, A., 2012, 157-210.
150 Ingrao, C. W., 1979, 96-121; Beales, D., 1987-2009, II, 214-238, 353-354.
151 Berkeley, G. F.-H. y J., 1932-1940, III; Haslip, J., 1974; Stickler, M., «Reichsvorstellungen in Preußen-Deutschland und der Habsburgermonarchie in der Bismarckzeit», en Bosbach, F. y Hiery. H. (eds.), op. cit., 133-154, 139-140.
CAPÍTULO 2
Cristiandad

LA MISIÓN CRISTIANA
Cristiandad y cristianización
La Alta Edad Media diferenciaba cristianismo (fe) y cristianos (creyentes), pero carecía de un concepto geográfico de la cristiandad. La fe comenzaba con el bautismo (cristianar). Cuidarse de esto era la misión de reyes, señores y obispos, además de imponer la observancia de las festividades cristianas y otros signos externos de creencias personales. El eslogan «defensa de la Cristiandad» (defensio Christianitatis) surgió durante el siglo IX en respuesta a la amenaza árabe-musulmana, en especial en el sur de Europa, e identificaba una gran comunidad lega situada fuera de la Iglesia (ecclesia), que el emperador debía defender. La cristiandad solo asumió vínculos más estrechos con Europa con la promoción del papado como único y exclusivo líder de todos los cristianos, iniciada por Gregorio VII. Este concepto reducía al emperador al simple papel de gobernante del reino cristiano más grande. La demarcación geográfica de la cristiandad se consolidó con la primera cruzada de 1095 y con las expediciones militares subsiguientes contra la «otredad» oriental.1
Hasta entrado el siglo XI, los confines meridionales del imperio abarcaban Italia, Roma incluida. La ausencia de una frontera religiosa en el oeste fue una de la causas de la falta de una demarcación clara entre el imperio y el territorio que se convirtió en Francia, mientras que las diferencias con los paganos escandinavos, eslavos y magiares del norte y el este eran más acusadas. El imperio quedaba separado de su homólogo cristiano de Bizancio por una extensa franja de pueblos paganos que se extendía por el sudeste de Europa, un factor que permitía a ambos imperios ignorarse mutuamente. Por tanto, aunque el imperio estaba situado en el corazón geográfico de lo que ahora se considera Europa, en la época se hallaba en el confín noroeste de la cristiandad latina y proporcionó los medios para que la fe penetrase en esas regiones.
En los mitos originales de sus habitantes ya existía una primera diferenciación este-oeste. Los francos se consideraban descendientes de Jafet, hijo de Noé, y creían que los eslavos procedían de Cam, otro de los hijos de Noé.2 Los eslavos adoraban dioses de los bosques y del cielo y practicaban la bigamia, la cremación y otras costumbres completamente ajenas a las de los cristianos, tales como excavar sus casas en el suelo en lugar de edificar casas de troncos como las de los francos. Los eslavos sentían escasa afinidad por las prácticas cristianas y consideraban los diezmos un tributo a un Dios indeseable y foráneo. Incluso aquellos dispuestos a abrazar el cristianismo chocaban con considerables barreras culturales. En la cultura eslava los límites entre pasado y presente eran más fluidos que entre los cristianos, acostumbrados a la cronología lineal de la Biblia; de ahí que a los eslavos les chocase la negativa de los curas cristianos a bautizar a sus antepasados.3
La cristianización ayudó a consolidar la autoridad imperial y facilitó su expansión al norte y al este, más allá del Elba. No obstante, y al contrario que los otomanos musulmanes, que no fueron mayoría en su propio imperio hasta finales del siglo XIX, la población del imperio siempre fue, en su inmensa mayoría, cristiana, con tan solo una pequeña minoría judía: la población incluía unos pocos eslavos paganos en las ambiguas zonas fronterizas del nordeste, pero en torno al siglo XIII estos habían sido cristianizados en su mayor parte.4
La cristianización no fue un «choque de civilizaciones».5 Este enfoque, popular pero controvertido, define civilización sobre todo con arreglo a la religión y considera que las culturas son entidades mutuamente excluyentes, que tan solo pueden chocar o dialogar entre ellas. La expansión imperial fue legitimada con un lenguaje que las civilizaciones posteriores consideraron que era el de la civilización imponiéndose a la barbarie. Es cierto que los textos y leyes religiosas distinguían a los cristianos de eslavos, judíos y musulmanes, pero cada cultura ofrece un repertorio de conductas, experiencias y actitudes que permite a cada individuo elegir lo que es significativo o útil en su propio contexto. La interacción depende de las circunstancias. Los límites son difuminados por actos de negociación, intercambio e integración; el contacto rara vez es exclusivamente benigno o exclusivamente violento. A lo largo de este periodo el cristianismo experimentó cambios considerables en su práctica y en sus creencias. Lo que en un momento era considerado aceptable, podía condenarse más tarde. La noción de una cristiandad plenamente definida solo adquirió su condición de civilización exclusiva y singular durante el momento de nostalgia romántica que siguió a las revoluciones francesa e industrial.6
Motivos
Es improbable que Carlomagno y los francos tratasen de crear un populus Christianus unificado de forma premeditada.7 Esta idea procede sobre todo de clérigos que buscaban dar lustre propio a los actos de los carolingios. La sociedad carolingia estaba organizada para la guerra, no para la oración; su objetivo era obtener riqueza por medio del saqueo y de la imposición de tributo y hacer realidad sus aspiraciones de autoridad por medio de prestigio, reputación y dominación.8 Para canalizar tales ambiciones, el cristianismo identificó a los no cristianos como objetivos «legítimos». Es más, la fundación del imperio coincidió con el resurgir en Europa occidental del tráfico de esclavos, que había menguado tras la desaparición de la antigua Roma y con la formación de una población de siervos rurales para trabajar la tierra. Con el ascenso de los árabes regresó la demanda de esclavos, gracias a su pujante economía y a su paso de un ejército tribal a uno de esclavos.9 Los vikingos cubrieron esta nueva demanda con la toma de cautivos en el norte y oeste de Europa para venderlos en el Mediterráneo. Las campañas más allá del Elba de carolingios y otónidas proporcionaron una segunda fuente de suministro. La palabra «esclavo» proviene de eslavo; fue durante este periodo cuando comenzó a reemplazar al término latino servus.10 Por su parte, tanto sajones como eslavos lanzaban incursiones en busca de mujeres. Tales prácticas cesaron únicamente con el crecimiento generalizado de la población y con la asimilación al imperio de las áreas al este del Elba hacia 1200.
Existían otras razones para que los laicos acudieran a la llamada del clero para predicar la Palabra. Toda la élite del imperio era cristiana y compartía su inquietud por la salvación y la creencia de que Dios intervenía en los asuntos terrenales. El concepto de penitencia resultaba muy atractivo para una élite guerrera que se dedicaba a la matanza, que se regía por una ley consuetudinaria germánica que exigía reparaciones para las víctimas y animaba a legar espléndidas donaciones de bienes materiales a la Iglesia. La aparición de las indulgencias, a finales del siglo XI, permitió a los guerreros obtener la absolución de sus pecados si servían en las cruzadas. La creencia en que las oraciones e intercesiones del vivo beneficiaban el alma del donante mucho antes de su muerte suponía un incentivo adicional para las donaciones. Estas creencias, a su vez, animaban a los seglares a velar por la disciplina monástica y por la buena gestión de la Iglesia, dado que «una comunidad de monjes negligentes y descuidados era una pobre inversión».11
Las donaciones dejaban la riqueza fuera del alcance de los rivales y se la confiaba a una institución transpersonal encabezada por Cristo. El clero gozaba de considerable prestigio social gracias a su proximidad a Dios y a su papel de transmisores de la cultura escrita. La Iglesia ofrecía una carrera atractiva y segura a los miembros de la élite que no encajasen en el mundo secular, ya fuera porque había un excedente de segundones o de hijas solteras, o por una desgracia. Hermann el Cojo probablemente padecía parálisis cerebral. Al ser incapaz de entrenarse para la guerra como sus hermanos, fue enviado a la abadía de Reichenau, donde pudo desplegar sus prodigiosos talentos literarios y musicales.12 Las instituciones eclesiásticas también eran lugares seguros donde confinar a rivales y parientes descarriados.
Objetivos espirituales
De ese modo, el cristianismo avanzó impulsado por una poderosa combinación de convicciones e interés propio. El objetivo era la conformidad externa y la sumisión, pues, al contrario que Bizancio, antes del siglo XII la Iglesia de occidente no se interesaba demasiado en lo que la gente creía. Para ganar conversiones y almas se buscaba persuadir a figuras locales poderosas para que se unieran al clero o que ingresaran en un monasterio. En los siglos IX y X, era frecuente que los hijos cautivos de nobles eslavos fueran educados como monjes. Una vez convertidos al cristianismo, esos eslavos utilizaban sus contactos personales y ejercían de padrinos bautismales para aumentar las conversiones entre su propio pueblo. Carolingios y otónidas tuvieron notable éxito persuadiendo a los caudillos vikingos para que se convirtieran, de este modo asimilaban «bárbaros» de forma similar a como lo hacía el antiguo Imperio romano.13
Los reyes carolingios se dedicaban a coordinar tales actividades desde antes del año 800. Entre 780 y 820 hubo una serie de sínodos eclesiásticos que aumentaron los incentivos para el patronazgo seglar mediante reglamentos escritos (capitulares) que mejoraban la disciplina monástica. Monjes y monjas fueron diferenciados por sus votos y por sus vidas estrictamente reguladas, que los distinguían de los cánones y canonesas seculares que vivían en comunidad y ejercían de gestores políticos y económicos de los bienes eclesiásticos. Mientras el primer grupo rezaba por los benefactores, el segundo proporcionaba ocupaciones adecuadas para los hijos e hijas de la nobleza.14
Los sínodos garantizaron que el clero dispusiera de herramientas para su labor. Los inventarios de los siglos VIII y IX muestran que la mayoría de las iglesias del imperio disponían de, al menos, un libro religioso. Un notable logro en una época en la que no existía la imprenta.15 El mensaje cristiano también se transmitía por medio de métodos no escritos: pinturas murales, esculturas, sermones y la escenificación de misterios. Los objetivos siguieron siendo realistas. Los obispos debían garantizar la uniformidad de la liturgia y asegurar que el clero menor predicase los domingos y días de guardar, visitase a los enfermos y oficiase bautismos y funerales. Los ritos funerarios son un importante indicativo de conversión, pues desplazaron a las antiguas costumbres de sepultar a los guerreros con caballos y armas. Por otra parte, los días de los santos no se convirtieron en elementos fijos del calendario hasta el siglo XII y no fue hasta 1215 cuando se hizo obligatorio confesarse por lo menos una vez al año. En el ámbito local, siguió habiendo considerable tolerancia de las prácticas paganas y heterodoxia, todo lo cual facilitó la asimilación.
Los misioneros
La cristianización no fue igual en todo el imperio. En Borgoña y en Italia la Iglesia había disfrutado del apoyo de las élites locales ya desde la Antigüedad tardía, algo que no ocurrió en Gran Bretaña, donde, hacia finales del siglo VI, la cristiandad se había extinguido casi por completo y tuvieron que reintroducirla misioneros. Es más, la mayor parte de Alemania había escapado tanto a la romanización como a la cristianización. Hasta la rápida conquista de Carlomagno de Alamania, Baviera y Sajonia en torno al año 800, la influencia franca permaneció limitada al eje Rin-Meno. En la mayor parte de lo que acabó por convertirse en el reino de Alemania, conquista y cristianización fueron de la mano, por lo que la estructura eclesiástica tuvo que construirse desde cero. La nueva Iglesia germana era a un tiempo una estructura «nacional» (esto es, general) y local, que debía su configuración a la iniciativa regia, pero su carácter específico a los nobles y a los misioneros sobre el terreno.
Los reyes francos enviaron misioneros a Frisia, en la costa del mar del Norte a partir de la década de 690 y alrededor de 718 enviaron misioneros a predicar a los paganos sajones.16 El más famoso de estos misioneros, san Bonifacio, derribó el roble sagrado de Geismar, en Turingia, para demostrar la impotencia de los dioses paganos. A esto le siguieron, entre 775 y 777, importantes avances. Cerca de 70 curas y diáconos viajaron al noroeste de Alemania, entre ellos Willehado, que se convirtió en 787 en el primer obispo de Alemania septentrional.17 Luidger era un misionero eminente, pero bastante corriente. Anglosajón cristiano de tercera generación, se había formado en Utrecht y en York, donde se embebió de la cultura intelectual y cosmopolita de un periodo sin claras fronteras políticas o nacionales. En 787 comenzó a predicar entre los frisios y en 793 desplazó su base a Mimigernaford, un importante vado y cruce de caminos, en el que estableció un monasterium, cuyo nombre, Münster, le dio nombre al asentamiento que se formó poco a poco a su alrededor.18
Al igual que el derribo del roble sagrado a manos de Bonifacio, las victorias militares también buscaban demostrar que Dios solo favorecía a los cristianos. Aceptar la religión del conquistador era una poderosa señal de sumisión, de ahí la importancia que se dio al bautismo de Viduquindo, caudillo de los sajones, en 785. La cultura guerrera germana proporcionaba elementos comunes que facilitaban la asimilación. La élite sajona abrazó el cristianismo en menos de dos generaciones. Ya en 845, Liudolfo, conde de Sajonia, viajó en compañía de su esposa Oda a Roma para obtener reliquias y la aprobación papal para un convento en Gandersheim. Cinco años más tarde, Walberto, nieto de Viduquindo, viajó en busca de reliquias romanas para su monasterio de Wildeshausen.19
Tanto la cristianización como la expansión imperial fueron ralentizadas por las guerras civiles carolingias, que coincidieron con la intensificación, entre mediados y finales del siglo IX, de las incursiones de vikingos, árabes y magiares. La estabilización de las fronteras septentrionales y orientales, a partir de la década de 930, permitió la reactivación de ambas. El rey y sus consejeros eclesiásticos elegían monjes para enviarlos a Roma a ganarse el apoyo papal y conseguir reliquias. Estos monjes eran, a su vez, enviados a crear nuevas iglesias y a convertir paganos.20 Con el tiempo, dichas iglesias se asentaron sobre bases más sólidas mediante la incorporación de diócesis nuevas u otras ya existentes. La misión del abad Hadomir de Fulda en 947 constituye un notable ejemplo de esto: revivió la misión de principal centro evangelizador para Escandinavia y el Báltico del arzobispado de Hamburgo-Bremen de Willehado.
Una vez partían los misioneros hacia las tierras salvajes del norte y del este, el emperador rara vez podía ayudarlos. Los enviados a Dinamarca fueron expulsados en la década de 820 y no fue hasta la conversión de Harald Dienteazul, a mediados del siglo X, cuando la evangelización pudo progresar. La cooperación de las élites locales era indispensable, pues la conversión implicaba la aceptación de la soberanía imperial y el pago de diezmos. El caudillo bohemio Venceslao (el futuro san Venceslao) educado en la fe cristiana, aceptó la jurisdicción imperial pero fue asesinado por orden de su hermano en 929. Bohemia fue obligada a aceptar el dominio imperial en 950, mas la resistencia al cristianismo persistió hasta bien entrado el siglo XI. De todos modos, la conversión de buena parte de sus élites fue un factor importante para la expansión del cristianismo y la influencia imperial sobre los eslavos del este del Elba, polacos y magiares. El misionero Vojtěch (Adalberto), martirizado por los prusianos en 997, era miembro de la familia real bohemia.
A pesar de su impresionante actividad, la cristianización otónida descansaba sobre cimientos poco seguros, pues contaba con escasas iglesias y un dominio muy tenue de la mayor parte de las poblaciones bálticas y del este del Elba. Su vulnerabilidad fue revelada por el gran alzamiento eslavo de julio de 983, es probable que desencadenado por la catastrófica derrota de Otón II a manos de los árabes en Controne el año anterior. Castillos e iglesias fueron barridos y tan solo quedaron, como última avanzada, los sorbos a medio evangelizar de la región de Meissen. Los restantes obispados del este del Elba solo siguieron existiendo sobre el papel. Hasta el siglo XII, los obispos de Brandeburgo y Havelberg no pudieron visitar sus diócesis.21
Aun así, el cristianismo atraía a numerosos eslavos, en particular a sus élites, que veían en este una forma de aumentar su estatus al vincularse con la cultura y el poder de la latinidad. Los nobles bohemios y polacos se habían convertido antes de 983, por lo que se negaron a unirse a la revuelta. El duque polaco Boleslao I Chrobry (el Valeroso) pagó rescate a los prusianos por el cadáver de Adalberto y lo llevó a su capital de Gniezno poco antes del peregrinaje de Otón III a Polonia del año 1000. La visita del emperador supuso la elevación de Gniezno a arzobispado, con jurisdicción sobre los obispos misioneros de Cracovia, Kolberg (actual Kołobrzeg) y Breslavia (Wrocław). Esto implicaba la transferencia de jurisdicciones que, hasta entonces, habían pertenecido a las archidiócesis de Magdeburgo y de Hamburgo-Bremen, así como el reconocimiento de Boleslao Chrobry como príncipe aliado, aunque subordinado, y partícipe de la misión imperial evangelizadora. Para simbolizar su cooperación, Otón le hizo entrega de una copia de la Lanza Sagrada a cambio de la prestigiosa reliquia del brazo de Vojtěch. Boleslav era elevado a una posición claramente superior a la de sus rivales locales, y el establecimiento de una estructura eclesiástica polaca proporcionó la base para la creación de una monarquía independiente en dicho país. La cristiandad polaca fue barrida por el alzamiento pagano de 1037-1039, durante el cual se recuperó el resto del cadáver de Vojtěch. El cadáver fue emplazado en Praga, donde se convirtió en foco de un culto que se extendió por Alemania, Bohemia, Polonia y Hungría. La cristiandad polaca fue reconstruida a finales del siglo XI mediante la fundación de nuevos monasterios.22
La construcción de la Iglesia alemana
Borgoña e Italia disponían de estructuras eclesiásticas que se remontaban a la Antigüedad tardía, cuando se establecieron diócesis sobre la estructura de las provincias imperiales romanas. La principal contribución del emperador al desarrollo de la Iglesia italiana fue animar al papa a crear diócesis en la Italia meridional, a finales del siglo X, para atajar la influencia bizantina. Tales factores hicieron que, hacia el año 1000, hubiera veintiséis archidiócesis en Italia, pero tan solo seis en Borgoña, siete en Francia, dos en Gran Bretaña, una en Polonia y una en Hungría.
Carlomagno, en colaboración con el papa, asentó los cimientos de la Iglesia germana en apenas veinte años. Maguncia, que ya era una base importante en tiempos de la misión de Bonifacio, fue elevada en 780 a la categoría de archidiócesis para supervisar toda la obra misionera al este del Rin. La rapidez de las conquistas posteriores hizo necesaria una serie de subdivisiones adicionales que permitiera una mejor supervisión de la población incorporada al reino franco (vid. Mapa 14). Colonia pasó a ser arzobispado en 794, con responsabilidad sobre las misiones del noroeste de Alemania y Frisia. Hamburgo-Bremen, que al principio fue uno de sus obispados subordinados, también fue elevado a estatus arzobispal durante los años 60 del siglo IX, con responsabilidad en las tierras más allá del Elba. La sumisión de Baviera a soberanía carolingia hizo que Salzburgo fuera convertida en arzobispado en 798. La fundación del imperio, en 800, vino precedida un año antes por la asamblea celebrada por Carlomagno y León III en Paderborn, ciudad que había servido desde 770 como base militar y misionera de las campañas contra los sajones. Se acordó que Sajonia quedase dentro de la archidiócesis de Maguncia, que pasó a ser la sede del arzobispado primado de Alemania.23 Tréveris fue elevada a archidiócesis hacia 800, con jurisdicción sobre lo que más tarde fue Lorena. Este fue uno de los factores que hizo que esta provincia fuera asignada a Alemania y no a Francia. Besanzón fue convertida en la archidiócesis principal de Borgoña.
Esta estructura básica, completada hacia 800, sobrevivió un milenio. La única modificación de importancia fue obra de Otón I; las dificultades con las que se encontró ilustran ampliamente el papel de las élites locales en la creación de la Iglesia imperial. Otón quiso conmemorar su victoria sobre los magiares en Lechfeld en 955 y mejorar la coordinación de la actividad misionera más allá del Elba. En su coronación imperial, en 962, anunció el establecimiento de un nuevo arzobispado con sede en Magdeburgo, de estatus similar al de Maguncia, la cual debía ceder su jurisdicción sobre los sajones. Los obispados de Brandeburgo y Havelberg fueron transferidos desde Maguncia. Se requirió al obispo de Halberstadt (también subordinado a Maguncia) que cediera parte de su diócesis para crear el nuevo obispado de Merseburgo. También se crearon los obispados de Meissen y Zeitz, en las regiones misioneras.
La aplicación de estos cambios se retrasó hasta 968 a causa de la oposición del hijo de Otón, el arzobispo Guillermo de Maguncia. La muerte de Otón, en 973, abrió la posibilidad de reemprender su proyecto favorito. En 975-976, el papa hizo reajustes en la jerarquía germana y retornó al arzobispo de Maguncia la condición de primado, además de expandirla con la concesión del obispado de Bohemia, creado en Praga en 973.24 En 981, Otón II aprovechó el fallecimiento del primer arzobispo de Magdeburgo para suprimir el obispado de Merseburgo y redistribuir sus recursos y jurisdicciones entre Halberstadt, Zeitz y Meissen, que se consideraban insuficientemente dotados. Giselher, antiguo obispo de Merseburgo, fue compensado con la sede vacante de Magdeburgo. Estos cambios provocaron profundos agravios entre el clero menor, entre ellos a Tietmaro, canónigo de la catedral de Merserburgo que consideró que el alzamiento eslavo de 983 había sido el castigo divino por la supresión de su amada diócesis.25 Incluso la familia imperial estaba dividida al respecto. La esposa de Otón II, Teófano, apoyaba a Tietmaro, mientras que la madre del emperador, Adelheid, compartía con el arzobispo Giselher su oposición al restablecimiento de Merseburgo. Las damas del imperio intervinieron, pues la desaparición de Merseburgo afectaba la jurisdicción de conventos bajo su protección. En 998, Otón III ordenó la reinstauración de Merseburgo, pero esto no se logró hasta después del fallecimiento de Giselher, seis años más tarde, y después de que el nuevo rey Enrique II hiciera una gran donación para compensar a Magdeburgo y a Halberstadt.26
Después de la de Magdeburgo no se añadieron nuevas archidiócesis, pero el número de obispados fue creciendo por medio de la subdivisión de diócesis ya existentes y la creación de otras nuevas cuando el imperio volvió a expandirse hacia el este a partir del siglo XII. El reino de Carlomagno había contenido 180 obispados, 45 de los cuales bajo control papal directo. A consecuencia del Tratado de Verdún, un número importante de obispados se separó del imperio, pero alrededor de 973 la emergente Iglesia germana había creado 32 obispados y 6 arzobispados. Hacia 1500, el total superaba la cincuentena, es decir, una décima parte de la cristiandad latina. Había 9 más que no pertenecían a una archidiócesis y otras 5 fuera de todo control arzobispal debido a que estaban bajo supervisión papal directa. Este era el caso de Bamberg, fundado por Enrique II en 1024.27
Abadías
La fundación de abadías se consideraba, ya en el siglo VIII, una tercera rama eclesiástica, inferior en rango a obispados y arzobispados. Las abadías tenían menor jurisdicción y, en un principio, estaban más próximas al ideal de oración monástica que los centros diocesanos. Las conquistas de los francos crearon la necesidad de una infraestructura eclesiástica local y garantizó el suministro de mano de obra esclava necesaria para su construcción. Se atribuye a Carlomagno la fundación de 27 catedrales y 232 monasterios y abadías, cifra muy superior a la de palacios, pues tan solo edificó 65.28 Esta actividad en Alemania creó un nuevo paisaje sacro en el que tan solo Maguncia, Colonia y Tréveris contaban con iglesias relativamente viejas. Algunos monasterios de importancia remontaban sus orígenes a antiguas iglesias misioneras como la de San Galo, en Suiza, establecida en 612 por un monje irlandés, si bien el edificio data de la década de 830. La vinculación con un misionero martirizado influía a menudo en la localización, pero la iniciativa regia o señorial también tenía importancia.
El patronazgo de iglesias y abadías ayudaba a preservar la identidad de las familias señoriales. Los otónidas remontaban sus orígenes a Liudolfo y Oda, piadosos fundadores del convento de Gandersheim. Con sus oraciones, y con la historia familiar escrita por la abadesa Hroswitha, las monjas de Gandersheim ayudaban a perpetuar la memoria* de los otónidas. De hecho, los otónidas rompieron de forma aún más nítida con los carolingios y su práctica franca de repartir la herencia, con lo que aumentó la necesidad de buscar ocupación adecuada a los hijos menores o solteros excluidos de la herencia. Todas las primeras abadesas de Gandersheim, Hroswitha entre ellas, fueron descendientes directas de Liudolfo o de Oda.29
Se concedía patronazgo a múltiples lugares, en especial por parte de la familia real; dado que hasta finales de la Edad Media no tuvo una capital fija, necesitaba residencias para sus itinerarios imperiales. Dentro de la estructura familiar, el parentesco extenso seguía pesando más que la ascendencia patrilineal, lo cual fomentaba la utilización de diferentes lugares. Los otónidas, por ejemplo, además de Gandersheim, también convirtieron el castillo carolingio de Quedlinburg en un importante convento familiar promovido por Matilde, viuda de Enrique I. Matilde mantuvo el cargo de canonesa creado por la legislación carolingia, lo que le permitió convertirse en la primera rectora de Quedlinburg que no había profesado votos de monja.30
La Iglesia imperial
Esta infraestructura eclesiástica surgió en paralelo al desarrollo del imperio, lo que dio origen a lo que pasó a conocerse como Iglesia imperial y que constituyó un pilar fundamental del orden político hasta principios del siglo XIX. La Iglesia imperial, en tanto que nueva fundación, dependía de tierras de reciente concesión, en su mayoría donaciones directas del emperador. Entre los siglos V y VIII los francos cedieron a la Iglesia una tercera parte de sus tierras, aproximadamente. No obstante, Carlos Martel secularizó buena parte de estas para financiar sus campañas; con su nieto Carlomagno se reemprendieron las donaciones. Estas fueron más extensivas en las áreas recién conquistadas al este del Rin, donde era posible redistribuir las propiedades de los pueblos derrotados.31
La abadía de Prüm, al norte de Tréveris, resultó especialmente favorecida, pues en 893 obtuvo 1700 propiedades dispersas por toda Lotaringia, habitadas por unas 16-20 000 personas. Los doce feudos pertenecientes en el siglo IX a la abadía de San Bertín de Flandes abarcaban 11 000 hectáreas, mientras que la abadía de Nyvel, cerca de Gante, controlaba 14 000 granjas en el momento en que Otón II la donó a su esposa Teófano con ocasión de su matrimonio, en 972.32 Tales propiedades fueron concedidas en calidad de beneficios, es decir, seguían siendo propiedad de la corona mientras sus beneficiarios las explotaban. Los carolingios habían logrado alcanzar el antiguo objetivo merovingio de imponer el diezmo a todos los cristianos. Los obispos se encargaban de coordinar su recaudación, pero el rol de asignar el diezmo a las iglesias concretas recaía a menudo en el monarca.33
A cambio de su inversión, el emperador esperaba obtener dividendos importantes. El alto clero constituía un grupo de vasallos a su inmediata disposición, al contrario que los señores seculares, que formaban un grupo mucho mayor y más fluctuante. Se valoraba el consejo de los clérigos, dado que, por lo general, sabían leer y escribir, habían viajado y tenían amplios contactos. Podían recurrir a sus sustanciosas donaciones para abastecer tropas para campañas reales y viajes de coronación. Tales costes aumentaron a finales del siglo X, cuando los reyes germanos dejaron de residir en palacios y pasaron a alojarse con obispos y abades en sus recorridos por el imperio. Los clérigos, poco partidarios de estos alardes, comparaban las visitas reales a una plaga bíblica de langostas.34
Sin embargo, la Iglesia imperial nunca fue un instrumento exclusivo de dominación real, dado que los señores menores también participaban en esta estructura. Este punto es importante, pues explica por qué la Iglesia imperial quedó tan profundamente imbricada en el seno de la jerarquía sociopolítica del imperio. Los señores seglares ya eran relevantes donantes locales antes de que las guerras civiles del siglo IX deshicieran la supervisión real de las abadías. Lorsch, Fulda y otras significativas abadías imperiales consiguieron patrones locales.35 Algunos cenobios quedaron por completo bajo control local; otros fueron fundados por señores en territorios de su propiedad. Tales pautas crearon un segundo estrato eclesiástico, con jurisdicción señorial y sujeto a autoridad imperial solo de forma indirecta. Los señores carolingios cedían monasterios a sus hijos y el control señorial se mantuvo sólido hasta la querella de las investiduras iniciada en la década de 1070, momento en el cual fue revisado y pasó a ser potestad protectora (vid. págs. 53-57).
Hasta Gregorio VII, la influencia señorial fue, por lo general, bien recibida. Los primeros misioneros se enfrentaban a una labor monumental, por lo que necesitaban protección y asistencia de los señores. Los términos parroquia (parochium) y sacerdote (sacerdos) siguieron significando diócesis y obispo hasta bien entrado el siglo XI. El clero siguió residiendo en lugares religiosos principales tales como villas catedralicias y se desplazaba a oratorios e iglesias externas para oficiar misas. La actividad misionera promovió una jerarquía incipiente por medio de la fundación de redes satelitales, en las que a las abadías las rodeaban iglesias satélite. La construcción de nuevas iglesias permitió la subdivisión de las grandes parroquias de los comienzos. Hacia el siglo XI, la mayoría de diócesis contenía suficientes parroquias como para necesitar un nivel intermedio de supervisión, el diaconato. La demarcación se debía a menudo a la necesidad de definir el control de los diezmos y otros recursos.36 El clero también dio respuesta a la constante demanda de sus servicios a partir del siglo X, a las nuevas ideas surgidas de la reforma gregoriana y al requerimiento, a partir de 1215, de confesión anual. Las estructuras parroquiales definidas en torno a 800 por la legislación carolingia se hicieron realidad a finales del Medievo, cuando había 50 000 parroquias en el imperio, una cantidad relativamente superior a las 9000 de Inglaterra o a las 160 000 existentes en el conjunto de la Europa latina.37 El impacto fue profundo. El cristianismo se expandió más allá de la élite y se convirtió en una religión más popular, lo que, a su vez, conllevó numerosos cambios en su práctica.
La «incorporación» o asignación de una parroquia a una abadía, diaconato u otra jurisdicción superior implicaba el control de sus recursos, lo que incluía diezmos y cualquier otra dote vinculada a su iglesia. Esto también implicaba la potestad de nombrar al cura párroco. En torno a 1500, la mitad de las parroquias germanas había sido incorporada por este medio. A menudo, las funciones del cura se confiaban a vicarios sustitutos mal pagados. Esto provocó un agravio importante que nutrió la futura Reforma protestante, además de ilustrar la creciente complejidad de jurisdicciones superpuestas y la interconexión de intereses espirituales, económicos y políticos en el imperio.
Estas redes locales continuaron prestando obediencia a uno o más niveles intermedios de supervisión secular por debajo de la autoridad del emperador, además de estar subordinadas a uno o más estratos de autoridad espiritual, como por ejemplo un abad o un obispo. El emperador siguió aceptando la notable influencia señorial debido a que seguía detentando una supervisión completa de la Iglesia imperial, incluido el nombramiento de arzobispos, obispos y numerosos abades que seguían siendo sus vasallos inmediatos a causa de sus beneficios. No hubo ninguna interrupción significativa en este control hasta 1198, cuando la supervisión seglar del obispado de Praga fue transferida al rey de Bohemia. La Iglesia bohemia obtuvo plena autonomía en 1344 cuando Praga fue elevada a la categoría de arzobispado, lo cual la liberaba de la jurisdicción espiritual de Maguncia. El concordato de 1448 entre el papa y Federico III estableció una Iglesia territorial separada para los Habsburgo, que se consolidó con el establecimiento en 1469 de nuevos obispados en Viena y Wiener Neustadt, sujetos a la jurisdicción de Federico, pero no como emperador, sino como archiduque de Austria. Sin embargo, ambos obispados permanecieron bajo la jurisdicción espiritual del arzobispo de Salzburgo, a pesar de cierta reducción de la autoridad clerical llevada a término por José II en la década de 1780.
El «sistema eclesiástico imperial»
Antes de explorar el impacto de la Reforma, es necesario pasar de la estructura de la Iglesia imperial al lugar que ocupa dentro de la política imperial del Medievo. La influencia del monarca sobre los nombramientos de los altos cargos eclesiásticos era una prerrogativa regia clave que ganó más importancia aún con los reyes otónidas, a partir de 919. A pesar del concubinato clerical generalizado, el alto clero seguía siendo célibe y se regía por normas que lo diferenciaban del laicado. Estas les impedían ceder sus rentas de forma directa a hijos o familiares, con lo que no participaron de la tendencia a la posesión hereditaria que fue una característica constante de las jurisdicciones seculares en el imperio. En consecuencia, los otónidas consideraban al alto clero un socio más fiable que los grandes señores seculares. La alianza con el clero imperial, cada vez más estrecha, cambió el episcopado, que pasó de ser aquellos monjes cultivados y cosmopolitas de la era carolingia a un grupo más aristocrático e involucrado en política y creó el denominado «sistema eclesiástico imperial» (Reichskirchensystem).38
Este término mantiene su utilidad siempre y cuando tengamos en cuenta que el uso político de la Iglesia imperial nunca siguió una estrategia coherente.39 Muchos aspectos dependían de circunstancias y personalidades. Los reyes debían respetar los intereses locales y no limitarse a cumplir los requerimientos formales de la ley canónica, pues ignorar los primeros solía ser causa de problemas. Dos terceras partes de los obispos del siglo XI habían nacido en su sede o habían servido en esta antes de su nombramiento. Los obispos «se casaban» con su iglesia; hacia el siglo XI, se identificaban con su puesto y buscaban elevar el prestigio de su sede mediante la construcción de catedrales, acumulación de reliquias y adquisiciones territoriales. Asimismo, alrededor de 1050, la antigua noción del obispo monacal fue reemplazada por un nuevo modelo, el de un enérgico pastor que busca de forma activa mejorar el bienestar de su grey.40
Un asunto clave de la influencia del rey era la capilla real itinerante. Establecida con los carolingios para procurar servicios religiosos a la corte, Otón I comenzó a emplearla a partir de 950 para poner a prueba la lealtad de sus vasallos seglares, a los que animaba a que enviasen a sus hijos para su educación. Aquellos que mostraban cualidades eran recompensados con la siguiente vacante en un obispado o abadía. La rotación de cargos era relativamente alta, por lo que abundaban las oportunidades: durante sus 22 años de reinado, Enrique II nombró no menos de 42 obispos.41 La práctica alcanzó su momento más álgido con Enrique III: la mitad de los obispos de su reinado salió de la capilla. La capacidad de esta se expandió con la fundación, en 1050, de una escuela de formación complementaria vinculada al monasterio de San Simón y San Judas Tadeo, con sede en el palacio real de Goslar, en la Baja Sajonia. Pero la vinculación a la realeza no hacía que los obispos fueran socios más fiables. El parentesco era tan o más importante que estos, pues, durante el siglo XI, las familias emparentadas con el rey proporcionaron una cuarta parte de los altos señores seglares y de los obispos. A largo plazo, la monarquía fue víctima de su propio éxito. El patronazgo regio de la Iglesia hizo que la nobleza sintiera mayor interés por los nombramientos eclesiásticos. Ahora, los nobles esperaban recibir nombramientos del monarca. Los últimos salios no podían –o es posible que no estuvieran dispuestos– a abrir la dignidad episcopal a la nueva clase de vasallos no libres surgida en el siglo XI, los llamados ministeriales, que podrían haber ejercido un contrapeso a la influencia aristocrática.42
La expansión económica y demográfica iniciada a partir de 950 es un segundo factor que explica el patronazgo regio, pues los reyes consideraban al alto clero un agente ideal para recolectar unos recursos cada vez más abundantes. Esto explicaría por qué los últimos otónidas y los salios aceleraron la transferencia de tierras del rey a la Iglesia imperial y confiaron nuevos poderes seculares al alto clero, tales como el derecho de acuñar moneda o conceder mercados y jurisdicción sobre crímenes y orden público. Estas medidas, lejos de representar una disolución de la autoridad central, implicaban el reemplazo del sistema de control directo, relativamente ineficiente, por una asociación más productiva con la Iglesia imperial. Enrique II comenzó a donar abadías imperiales a aquellos obispos cuyas sedes se superponían con el territorio de ducados sobre los cuales el control real era débil. El obispo Meinward de Paderborn, por ejemplo, recibió varias abadías, lo cual le reforzó en relación con el poderoso duque de Sajonia. Los obispos de Metz, Toul y Verdún también fueron promocionados para servir de contrapeso al duque de Alta Lorena. A principios del siglo X, algunos obispos italianos ya habían adquirido jurisdicciones condales, práctica que Enrique II extendió a Alemania. Hacia 1056, 54 condados germanos habían sido transferidos a la autoridad episcopal.43
Esto explicaría por qué los primeros salios no veían peligro alguno en la causa de la «libertad de la Iglesia» surgida de la reforma del siglo XI, dado que esta arrebataba activos de manos de señores seglares potencialmente conflictivos. Los obispos, por su parte, recibieron de buen grado sus nuevos poderes, pues les facilitó la movilización de mano de obra campesina y de los recursos necesarios para la construcción de catedrales. La invención de nuevas técnicas tales como la construcción con bastidores aumentó tanto la escala de los edificios como la ambición del clero. En 1009, cuatro días después de su llegada a Paderborn, Meinhard ordenó que la catedral a medio finalizar fuera derruida y reconstruida a una escala mucho mayor. Por su parte, su homólogo de Maguncia se embarcó en un espléndido programa de construcción que remarcase su condición de principal dignatario eclesiástico de Alemania. Los obispos también adoptaron los nuevos símbolos reales introducidos por Otón II y comenzaron a representarse en esculturas y pinturas sedentes en un trono.44 Llegado este punto, el esplendor episcopal y el real se reforzaban mutuamente y los reyes participaron de pleno en la fiebre de la construcción. Enrique III agrandó de forma espectacular la catedral de Espira y la convirtió en el mayor edificio religioso al norte de los Alpes a mediados del siglo XI, del que se reservó 189 metros cuadrados de nave para la sepultura real. La adición de dos torres de igual altura y un salón del trono sobre el pórtico oeste desde el cual el emperador podía asistir a misa simbolizaban la simetría del poder eclesiástico y del poder real; tales modificaciones se replicaron en muchas otras catedrales.45
Antes incluso de la querella de las investiduras iniciada hacia 1070, la relación no siempre era armoniosa. El caso más notorio fue la rivalidad entre el arzobispo Anno II de Colonia, el arzobispo Adalberto de Hamburgo-Bremen y el obispo Heinrich II de Augsburgo durante la regencia de Enrique IV (1056-1065), la cual recalca la importancia de las personalidades en la política imperial. Anno quería imponer su control exclusivo y persuadió al joven rey para que inspeccionase un barco amarrado frente al palacio real de Kaiserswerth, en una isla del Rin, el 31 de marzo de 1062. Tan pronto como el monarca estuvo a bordo, los conspiradores de Anno soltaron amarras. Enrique saltó por la borda para escapar, pero el conde Egberto de Brunswick lo rescató. El barco navegó hasta Colonia, se supone que para poner al rey a salvo.46
Los señores seculares no siempre cooperaban con los obispos imperiales, como revela la derrota de los planes de Adalberto para que su arzobispado de Hamburgo-Bremen volviera a ser el único de la zona del Báltico y Escandinavia. Adalberto empleó su influencia en la regencia para adquirir nuevos censos y planeaba incorporar a su jurisdicción doce obispados germanos. En 1066, los señores sajones forzaron a Enrique IV a obligar a Adalberto a ceder a sus dos líderes dos terceras partes de sus activos. Adalberto se privó así de un importante apoyo secular. La relevancia de esta pérdida se vio ese mismo año, cuando tuvo lugar la mayor rebelión eslava desde 983. Los vendos paganos, enfurecidos por el celo misionero de Adalberto, incendiaron Hamburgo y Schleswig, lapidaron cristianos en Ratzeburgo y asesinaron a uno de sus propios príncipes, que había colaborado con los cristianos.47
La Iglesia imperial tras la querella de las investiduras
La disputa de las investiduras cambió la forma en que la Iglesia se relacionaba con el emperador, pero no disminuyó la misión política de esta. Aunque el resurgir del ideal del obispo-monje cuestionó los nombramientos políticos, en el fondo, cambió pocas cosas, pues la aristocracia siguió teniendo mejor acceso a la educación y continuó dominando los altos cargos eclesiásticos. El Concordato de Worms de 1122 confirmó que el laicado y el clero local debían participar en la elección de su obispo. Pero, en la práctica, hacia el siglo XII, el pueblo llano había quedado excluido mediante el establecimiento de capítulos abaciales y catedralicios compuestos de canónigos legos o de alto clero que no había profesado votos plenos para gestionar los asuntos seculares de la Iglesia. La capilla real perdió buena parte de su importancia política, pues ahora la forma de llegar a ser obispo era ganando influencia dentro del capítulo correspondiente. Esto contrastaba con la situación de Francia, donde, a finales de la Edad Media, el rey había suprimido el papel de los capítulos en la elección de cargos.48
Aunque el Concordato de Worms permitió al monarca estar presente en las elecciones, resultaba sumamente difícil coordinar sus desplazamientos con la muerte y sucesión de cada uno de los obispos. Tan solo se ha documentado la presencia de Conrado III en 8 de las 36 elecciones episcopales de su reinado; Federico I Barbarroja solo estuvo en 18 de las 94 elecciones que tuvieron lugar durante el suyo. Aun así, los monarcas continuaron ejerciendo una considerable influencia, pues mandaban enviados que comunicaban su parecer o manifestaban un crédito menos directo mediante su potestad de favorecer a su clientela con canonjías. También les ayudó el cambio generacional que tuvo lugar hacia 1140, cuando la Iglesia imperial pasó a manos de hombres que no habían participado en la querella de las investiduras y que tenían una visión más pragmática de la influencia regia.
Esto explicaría por qué la transferencia de jurisdicciones seculares a la Iglesia imperial se reemprendió con más fuerza aún con los Hohenstaufen, los cuales, a partir de 1168, enfeudaron condados e incluso ducados a sus obispos favoritos. La nueva relación quedó codificada en el fuero general promulgado en abril de 1220 que favorecía a los ahora llamados «príncipes eclesiásticos».49 Esto consolidó la diferenciación de las tierras de la Iglesia como un tipo de feudo imperial bajo el dominio de altos cargos eclesiásticos elegidos por su capítulo abacial o catedralicio. Al igual que sus homólogos seculares hereditarios, los señores eclesiásticos tan solo ejercían sus privilegios después de haber sido ratificados en su cargo por el emperador. Su autoridad secular seguía estando imbricada con las jurisdicciones y activos adquiridos a lo largo del tiempo, ahora vinculados de forma permanente a su abadía o diócesis. Tales jurisdicciones eran extensivas, pues cubrían en conjunto un tercio del reino germano, pero seguían siendo feudos que derivaban directamente de la autoridad del emperador e implicaban la obligación de proporcionar a este consejo, tropas y otros auxilios. De forma simultánea, los señores eclesiásticos ejercían jurisdicciones espirituales que, por lo general, se extendían mucho más allá de sus propias tierras, a feudos vecinos dominados por señores seculares hereditarios. Tales jurisdicciones espirituales se veían reforzadas por la constante incorporación de parroquias controladas por diócesis e incluían la potestad de supervisar al clero local y la práctica religiosa.
Abades y obispos siguieron la pauta general, iniciada durante el siglo XIII, de territorializar derechos por medio de la demarcación más clara y exclusiva de sus jurisdicciones. No obstante, al contrario que sus homólogos seglares, la caída de los Hohenstaufen les afectó, pues la sucesión de reyes más débiles que duró hasta entrado el siglo XIV disminuyó el aflujo de patronazgos y beneficios. Los conventos de monjas resultaron afectados en particular y muchos desaparecieron durante los siglos XII y XIII, incorporados a los dominios de sus protectores seculares.50 Muchas abadías y obispados estaban ahora infradotados en comparación con los feudos seculares, más extensos. Los señores seglares trataron de restringir la jurisdicción espiritual allí donde esta entrase en conflicto con su autoridad para juzgar conductas criminales, en particular durante el siglo XIII, cuando la mayor importancia de la moralidad y de la piedad personal cambió la percepción de numerosos delitos menores. A menudo, para evitar la insolvencia, los señores eclesiásticos perdían las tierras que habían empeñado con sus vecinos seglares. Algunos señores eclesiásticos establecieron acuerdos de protección, según los cuales los señores seglares asumían en su nombre determinadas funciones, entre las que se incluirían honrar sus obligaciones de vasallos imperiales. Con el tiempo, tales acuerdos erosionaron la inmediatez de los señores eclesiásticos. Así, hacia finales del siglo XV, quince obispados, entre ellos Brandeburgo y Meissen, estaban en proceso de ser incorporados a principados seculares.
Colonización
Los trabajos para la reconstrucción de la estructura eclesiástica en el nordeste de Alemania después de 983 fueron desbaratados por el nuevo alzamiento eslavo de 1066. La expansión del imperio y de la Iglesia imperial no se reemprendió hasta 1140, pero esta vez no se detuvo hasta cristianizar e incorporar al territorio toda la orilla sur del Báltico, prácticamente. Las zonas boscosas, extensas y poco pobladas del este del Elba habían atraído colonos desde, al menos, el siglo VIII, pero el movimiento no se hizo general y coordinado hasta después de 1100. Conscientes de que Alemania había perdido la carrera con otros pueblos europeos para robar tierras a otros, los historiadores del siglo XIX adoptaron un lenguaje imperialista y presentaron esta migración como un legítimo «avance hacia el este» (Drang nach Osten) para colonizar «tierras vírgenes» y difundir una cultura supuestamente superior.51 En realidad, la migración hacia el este formaba parte de un movimiento mucho más amplio de pueblos por todo el imperio, el cual incluía la tala de bosques, desecado de pantanos, establecimiento de cultivos y urbanización, a menudo en áreas ya consideradas «pobladas». En esa época, había movimientos de población por toda Europa: los españoles se adentraban en las tierras árabes al sur del río Ebro o los italianos meridionales se establecían en Sicilia tras la conquista normanda.52
El ímpetu inicial vino de las áreas más densamente pobladas de Holanda, Flandes y el Bajo Rin, cuyos pobladores, en torno a 1100, habían comenzado a desplazarse hacia las tierras del oeste de Sajonia, en la región de Bremen. Flamencos y neerlandeses continuaron más al este, al otro lado del Elba, y, en el siglo XII, se adentraron en las regiones de Altmark y Brandeburgo, en la Sajonia oriental, donde se les unieron más tarde oleadas de migrantes de Sajonia y Westfalia. Hessianos y turingios de la Alemania central marcharon al este, por la región situada entre el Elba y el Saale Medio y se asentaron en la región que acabó convirtiéndose en el electorado de Sajonia. En conjunto, durante los siglos XII y XIII cruzaron el Elba unas 400 000 personas, que multiplicaron por ocho la población de la región situada inmediatamente más allá del río. En los 250 años siguientes, la población de la zona aumentó en un 39 por ciento.53 A finales del siglo XII, alemanes meridionales, luxemburgueses y habitantes de la región del Mosela atravesaron Hungría y se establecieron en Transilvania. Sajones, renanos y turingios se dirigieron al norte, hacia la costa báltica, y algunos italianos cruzaron los Alpes para establecerse en Alemania. Las ciudades polacas atrajeron a germanos, italianos, judíos, armenios y tártaros, así como colonos polacos se asentaron en Lituania, Prusia y, más tarde, en Rusia.
Cada grupo trajo consigo su propio sistema legal, si bien la mayoría se regía por la denominada «ley germana». Esta era siempre una amalgama de diferentes elementos, algunos de ellos originarios de Flandes. Cada oleada sucesiva de migrantes transformó esta ley a medida que avanzaban hacia el este, creando elementos nuevos desconocidos en el oeste. Hubo una serie de pautas generales producto de la influencia de Lubeca, Magdeburgo y otras ciudades importantes que proporcionaban modelos para las leyes de los nuevos asentamientos del este.54
La normativa legal ayuda a explicar el porqué del desplazamiento de poblaciones. Aunque el ímpetu provenía de áreas con elevada densidad poblacional, la migración no era, principalmente, un producto de la superpoblación. Como decían los migrantes flamencos: «Queremos ir juntos al este […] allí habrá una vida mejor».55 Las nuevas leyes incluían mejores derechos de propiedad, impuestos de sucesión más bajos y reducción de obligaciones feudales. Los migrantes se enfrentaban a considerables penurias, expresadas por el proverbio germano del siglo XIII Tod-Not-Brot: la primera generación halló la muerte, la segunda pasó miseria, pero la tercera al fin consiguió pan. Los señores del este garantizaban mayores libertades personales para atraer colonos a sus escasamente poblados dominios. Los señores eslavos también participaron de esta práctica, como por ejemplo el príncipe polaco Enrique el Barbudo de Silesia, que trajo a 10 000 germanos para que se establecieran en las 400 nuevas aldeas que fundó en 1205.56
Los recién llegados casi siempre eran recibidos con desconfianza, pues disfrutaban de privilegios que se les denegaban a los habitantes locales, que seguían sometidos a las granjas señoriales. La asimilación se ralentizó por la llegada de sucesivas oleadas de inmigrantes y las áreas donde tuvieron lugar los primeros asentamientos fueron transformadas: en Brandeburgo, en torno a 1220, la población de los vendos, de habla eslava, había quedado reducida a una tercera parte de los habitantes. Alrededor del siglo XV, los migrantes se habían entremezclado con la población indígena, aunque algunas áreas eslavas conservaban su identidad diferenciada, en particular los sorbos, que todavía hoy conforman un grupo separado en las regiones de Bautzen y Cottbus, en Alemania oriental. Los alemanes tan solo comprendían un 40 por ciento de la población de Prusia y los eslovenos predominaban en Krain y en la Baja Estiria. La asimilación podía tener lugar en sentido inverso. Algunos germanos que se establecieron en zonas rurales de Prusia y Polonia se polonizaron y, aunque predominaban en las ciudades, esto no era siempre así, pues, hacia el siglo XVI, en Cracovia ya no se hablaba alemán. Los descendientes de los colonos medievales del este a menudo recibían con hostilidad a la nueva oleada de migración germana iniciada en el XVIII.57
La fase inicial de colonización vino acompañada de considerable violencia, que reforzó el concepto de frontera y ayudó a consolidar la duradera contraposición entre las dos identidades, la germana y la eslava. La llegada de más trabajadores redujo la dependencia de las comunidades de frontera de las incursiones en busca de esclavos, al tiempo que se continuó lanzando incursiones contra las comunidades eslavas situadas más al este para obtener cautivos. Esto, combinado con otros factores, como diferencias materiales y tecnológicas, fomentó la percepción de las comunidades germanas de una superioridad cultural inherente.58
Las cruzadas norteñas
El nuevo lenguaje de guerra santa que acompañó la expansión oriental del imperio inflamó aún más la animadversión ya existente. Los papas, ya en el siglo X, bendecían a los guerreros y a sus armas y, a partir de 1053, ofrecían el perdón de sus pecados a quienes combatieran a sus enemigos. En un principio, tales indulgencias se concedían a los que combatían a los normandos, pero, desde 1064, incluyeron las campañas contra los musulmanes. Gregorio VII preparó el terreno para las futuras cruzadas al estigmatizar a sus enemigos tachándolos de herejes. La querella de las investiduras, llena de implicaciones ideológicas, nutrió nuevos conceptos de violencia, tales como una distinción más nítida entre la cristiandad, considerada un reino de paz donde matar se consideraba un crimen condenable; y el mundo exterior, en el que el exterminio de infieles glorificaba a Dios y los cristianos muertos en batalla se convertían en mártires que entraban directos en el cielo.
La expresión más concreta de tales creencias fueron las nuevas órdenes militares. Sus miembros combinaban votos monásticos con el deber de proteger a los devotos en peregrinación a Tierra Santa. Aunque los templarios son, tal vez, los mejor recordados hoy, estos nunca tuvieron una presencia significativa en el imperio, al contrario que los hospitalarios. Fundados en 1099 y conocidos en el imperio como Johanniter, o caballeros de San Juan, los sanjuanistas establecieron su primera casa alemana en Duisburgo en 1150. Les siguió la Orden Teutónica, formada en Tierra Santa en 1190, que en torno a 1261 tenía varias casas en el Bajo Rin.59
La aplastante derrota de 1071 en Manzikert a manos de los turcos forzó al emperador bizantino a solicitar auxilio a los despreciados latinos. En el Concilio de Clermont, en noviembre de 1095, el papa Urbano II proclamó la primera gran cruzada. La primera parte de su ambicioso programa se consiguió con sorprendente facilidad, pues se recuperó Jerusalén en 1099, después de 463 años de dominación musulmana. Esto llevó al establecimiento en Tierra Santa de un nuevo Estado cruzado. El segundo objetivo, el de reunificar las Iglesias oriental y occidental, pronto fracasó a causa de la insistencia del pontífice en tener precedencia sobre el patriarca de Constantinopla. Hacia 1105, el papado animaba a los normandos a conquistar Bizancio, un desvío de recursos que, en último término, contribuyó al fracaso de todas las cruzadas de los tres siglos siguientes.60
La ideología cruzada se empleó en 1102 contra los adversarios cristianos occidentales: ese año, el papa Pascual II respaldó a uno de los adversarios de Enrique IV en su lucha por el obispado de Cambray. Fue uno más de los numerosos conflictos locales que caracterizaron la confusa fase final de la querella de las investiduras. Esta ideología se empleó de forma más extensiva por Gregorio IX y por Inocencio IV, que, durante la fase final del conflicto entre el papado y los Hohenstaufen, redirigieron ejércitos enviados a Tierra Santa a combatir contra Federico II.
Fuera de Italia, la ideología cruzada apoyó la expansión del imperio. Lo que se conoció como las cruzadas norteñas se iniciaron con un segundo frente, promulgado por el papa en 1147, contra los vendos y otros pueblos eslavos del norte del Elba. La iniciativa provenía del conde Adolfo II de Holstein, que comenzó a expulsar eslavos de Wagria y reemplazarlos por colonos flamencos y germanos, muchos de los cuales participaron en la fundación de la ciudad de Lubeca en 1143. La bendición papal para la nueva cruzada atrajo al ejército de Adolfo a germanos, daneses, polacos y a algunos bohemios, lo cual le permitió ampliar mucho sus operaciones. «En este frente pueden ganarse indulgencias a un precio más bajo y por una fracción del tiempo necesario para peregrinar a Jerusalén».61 La cooperación de los duques polacos y pomeranos fue crucial para el éxito. Estos príncipes eslavos emplearon la cristianización de sus tierras como medio para aumentar su autoridad y sus posesiones. Su participación expandió las cruzadas norteñas hasta el área situada al norte del Elba y en dirección este, por la costa báltica, a través de Prusia y hasta alcanzar las actuales Estonia, Letonia y Lituania. En torno a 1224, la mayor parte de esta región había sido conquistada, gracias, en parte, a la sanción papal de una nueva orden militar, la de los caballeros de la espada, que no tardó en enseñorearse de Livonia, la región situada al norte de Riga.
A finales del siglo XI, los paganos prusianos fueron expulsados del estuario del Vístula. Los paganos, no obstante, pasaron al ducado polaco de Masovia, lo que llevó al duque Conrado a pedir auxilio en 1226. Acudió en su ayuda la Orden Teutónica. Esta se había trasladado a combatir a Hungría, pero fue expulsada en 1225 por haber quedado fuera de control. La devastadora invasión mongola de Polonia de 1240-1241 desorganizó por un tiempo las operaciones, pues la mayor parte de la élite polaca pereció en la invasión. Pese a la retirada de los mongoles, el papa Inocencio IV fue persuadido para proclamar una cruzada báltica permanente en 1245, lo cual autorizaba a la orden teutónica a reclutar de manera regular. Esta necesitó de cuatro duras campañas para consolidar su dominio sobre Prusia, hacia 1280.62
El emperador apenas se vio implicado en ninguna de las dos colonizaciones o en las cruzadas norteñas, las cuales lograron la mayor expansión del imperio desde Carlomagno. Aunque Federico II concedió autorización a los caballeros teutónicos, estos actuaron de forma independiente y crearon su propio Estado, que terminó sucumbiendo tras el resurgir de Polonia, hacia 1500 (vid. págs. 207-209). En 1525, la secularización del territorio prusiano de la orden a manos de la (por aquel entonces) insignificante dinastía Hohenzollern no afectó a sus otras posesiones, agrupadas en 12 bailíos repartidos entre Renania, Alemania meridional y central y Austria. La orden conservó sus privilegios cruzados, lo cual hacía que a los nobles germanos les resultase extraordinariamente atractivo pertenecer a esta: toda tierra donada a la orden quedaba de inmediato libre de deudas previas. El gran maestre de la orden mantuvo su sede en Alemania, y en 1494 fue elevado a la dignidad de príncipe imperial, estatus que también asumieron los caballeros sanjuanistas en 1548. Estos ascensos integraron a las dos órdenes, y a sus líderes, en la Iglesia imperial. Sus tierras pasaron de inmediato a convertirse en feudos imperiales, si bien los caballeros de San Juan continuaron formando parte de una organización internacional con sede en Malta. El gran maestre teutónico siguió siendo católico, pero tras la Reforma la orden aceptó nobles protestantes.63
Los husitas
Un siglo después de las cruzadas norteñas, el imperio se embarcó en una última cruzada interna contra los husitas bohemios, el movimiento herético más importante previo a la Reforma, además del mayor alzamiento popular anterior a la guerra campesina de 1524-1526. La preocupación tardomedieval por las creencias individuales, en combinación con el aumento de la cultura escrita, hizo que la herejía fuera más fácil de identificar, como desviación con respecto a los textos y prácticas sancionadas de forma oficial. Los husitas se inspiraban en Jan Hus, rector de la universidad de Praga ejecutado a traición en la hoguera en 1415, cuando Segismundo, de la casa de Luxemburgo, le denegó el salvoconducto que le había prometido para que pudiera defender sus ideas en el Concilio de Constanza (1414-1418). Los husitas establecieron su Iglesia nacional en 1417, pero su movimiento no tardó en escindirse entre los taboritas milenaristas, con sede en la ciudad de Tabor, y los utraquistas, más moderados, que recibían su nombre de su práctica de la comunión «en ambas especies» (sub utraque specie), es decir, con pan y vino. En 1419, las dos facciones se volvieron a unir por breve tiempo para oponerse al acceso de Segismundo al trono de Bohemia y lograron conquistar la mayor parte del reino.
Segismundo recibió indulgencias papales para cinco expediciones principales, emprendidas entre 1420 y 1431. A pesar de que el llamamiento a la cruzada se hizo a toda la cristiandad, la mayoría de cruzados llegó de Alemania, Holanda y Hungría (Segismundo también era rey de Hungría). En 1427, llegó al continente un contingente de 3000 ingleses, pero fue reenviado a combatir contra Juana de Arco, en la Guerra de los Cien Años (una prueba más de que las indulgencias se manipulaban para lograr objetivos seculares). Los contraataques imperiales fueron rechazados por la determinación y tácticas superiores de los husitas, pero también porque el emperador estaba a la vez empeñado en la defensa de Hungría de una nueva invasión turca.
En último término, la situación quedó desactivada por medio de la Compacta de 1436, pactada por la élite católica bohemia y los utraquistas, que conformaban la mayoría de la población. A cambio de su sumisión formal a Roma, se toleraron las prácticas utraquistas. La derrota fue más grave para el papado que para el imperio. Por primera vez, el pontífice había permitido que unos herejes defendieran sus ideas y les había hecho importantes concesiones. Se consolidó así el reinado de Segismundo sobre Bohemia y el episodio proporcionó un impulso notable a las reformas constitucionales, que dieron al imperio su configuración definitiva en torno a 1500. Bohemia continuó formando parte del imperio, a pesar de su organización religiosa diferenciada y a pesar del acceso al trono de un rey abiertamente utraquista, Jorge de Podiebrad, en 1458.64
EL EMPERADOR, DEFENSOR DE LOS JUDÍOS
Los judíos y el imperio
La historia de los judíos del imperio es muy similar a la del conjunto de la historia imperial: está lejos de ser perfecta, a veces es trágica, pero, por lo general, era más benigna que en otros lugares o épocas. Aunque la mayor parte de fuentes los marginalizan, su trayectoria revela mucho acerca del orden social y político del imperio. Carlomagno revivió el patronazgo de los judíos de la Roma tardoimperial, los cuales mantuvieron reconocimiento legal en la mayoría de los reinos germánicos que aparecieron a finales del siglo V, tras la caída del Imperio romano de Occidente. Los judíos hicieron importantes contribuciones al desarrollo artístico y comercial carolingio, en particular como intermediarios en la venta de cautivos eslavos para servir en los ejércitos musulmanes de Iberia. En el año 1000, había alrededor de 20 000 judíos askenazíes en el imperio al norte de los Alpes, principalmente en Maguncia, Worms y otras localidades episcopales de Renania.65
Las élites carolingias y otónidas mantuvieron una actitud ambivalente, pues eran conscientes de que judíos y cristianos compartían el Antiguo Testamento, si bien solo los primeros podían leer el texto hebreo original.66 La protección imperial era inconstante. Otón II asignó con frecuencia a algunos obispos autoridad sobre los judíos, en el marco de una serie de amplios privilegios cuyo fin era la expansión de las ciudades catedralicias. Por otra parte, las circunstancias adversas podían desencadenar medidas punitivas contra los judíos, en particular con Enrique II, que, decididamente, era menos tolerante. En 1012 fueron expulsados 2000 judíos de Maguncia. No obstante, el decreto fue revocado al año siguiente.67
El paso más significativo llegó en 1090, cuando Enrique IV emitió un privilegio general para los judíos que seguía el modelo de los otorgados a judíos individuales por Luis II, más de dos siglos atrás. Es posible que a causa del importante crecimiento de la población judía de Worms y Espira Enrique adoptara el título de Advocatis Imperatoris Judaica, o protector general de todos los judíos del imperio. Esto implicaba la adopción de una serie de medidas que perduró hasta el fin del imperio, en 1806. La salvaguardia de los derechos económicos, legales y religiosos de los judíos pasaba a ser prerrogativa imperial, que vinculaba el prestigio del emperador a la eficacia de dicha protección. Al igual que otras disposiciones del imperio, su implementación varió en función de las circunstancias y los derechos de protección eran con frecuencia transferidos, junto con otros privilegios, a personajes locales. El cumplimiento de estas medidas se hizo menos constante, pero, con el tiempo, los privilegios judíos quedaron imbricados dentro del entramado legislativo imperial, que concedió a los judíos de la Edad Moderna un sorprendente nivel de protección autónoma.
La tolerancia de la época premoderna no debe confundirse con el moderno multiculturalismo, con la igualdad o con la celebración de la diversidad como algo intrínsecamente bueno. Los judíos recibían protección siempre y cuando aceptasen su condición de ciudadanos de segunda clase. Se rechazaba la diversidad, pero también se reconocía su carácter beneficioso. Los judíos tenían un rol socioeconómico específico, pues se encargaban de tareas que los cristianos no podían o no estaban dispuestos a hacer. También desempeñaban un papel cultural, como «otredad», que reforzaba la identidad de grupo de los cristianos. A menudo, tenían que pagar un precio considerable por ello.
Pogromos y extorsión
La protección imperial de los judíos desapareció casi de inmediato una vez que Enrique IV quedó atrapado en el norte de Italia, con lo que no pudo impedir el primer gran pogromo de la historia de Alemania, el de 1096. La proclamación de la primera cruzada (en 1095) coincidió con una penuria generalizada provocada por inundaciones y hambruna. Los predicadores franceses difundieron las acusaciones habituales contra los judíos con el calificativo de usureros y «asesinos de Cristo» y pedían a los cruzados que los erradicasen en su camino de Tierra Santa. Los cruzados, que ya tenían autorización papal para matar, provocaron el caos a su paso por el imperio, donde se les unieron caballeros germanos empobrecidos que aprovecharon la oportunidad para dedicarse al pillaje. En su marcha a lo largo del Rin, los cruzados conminaron a los judíos a convertirse o morir; muchos optaron por el suicidio. Tan solo el obispo Johannes de Espira, proimperial, empleó la fuerza para imponer la protección imperial. Enrique, tras lograr escapar a Alemania en 1097, acusó del pogromo al arzobispo Ruthard de Maguncia. A los judíos que habían sido convertidos a la fuerza se les permitió retornar al judaísmo, a pesar de las protestas de Ruthard. La protección imperial se renovó e incorporó a la paz pública general declarada en todo el imperio en 1103.68
En marzo de 1188 se concentraron en Maguncia 10 000 personas para recibir la cruz de la tercera cruzada. Federico Barbarroja actuó con rapidez para evitar una repetición del pogromo: elogió en público a los judíos leales y cuando una multitud amenazó con usar la violencia contra estos, el mariscal imperial, «llevó consigo a sus sirvientes y, bastón en mano […] los golpeó e hirió, hasta que se dispersaron todos».69
En 1234, cuando renovó la legislación de Enrique IV, Federico II hizo un importante ajuste. Como ocurre con muchas de sus medidas, estos cambios no fueron tan progresistas como parece. El emperador rechazó enérgicamente el mito de que los judíos perpetraban asesinatos rituales de niños, rumor que, a menudo, servía de excusa para un progromo: en la Navidad de 1235, los cristianos mataron a 30 judíos en Fulda después de que murieran cinco niños en el incendio de una casa. El caso fue considerado lo bastante grave como para ser transferido al tribunal real de Federico. A principios del año siguiente, el tribunal hizo público su rechazo de la excusa del asesinato ritual y renovó la protección imperial sobre todos los judíos. La legislación de Federico inspiró medidas similares en Hungría (1251), Bohemia (1254) y Polonia (1264). Pero, por desgracia, también incorporó a la ley secular la beligerancia religiosa promulgada algunas décadas atrás por el papa Inocencio III. El pontífice, con el argumento de que los judíos habían heredado la culpa por la muerte de Cristo, los castigó con servidumbre permanente. Este aspecto quedó reflejado en el veredicto de Federico de 1236, que subordinaba a los judíos del imperio, como «sirvientes de la cámara» (Kammerknechte).70 La protección dependía ahora del pago de una tasa anual, que desde 1324 fue conocida como «centavo penitencial», que debían pagar todos los judíos mayores de 12 años. Con el ascenso de cada nuevo rey también debían abonar una «tasa de la corona» adicional.
La protección imperial de los judíos siguió siendo incompleta: en 1241, murieron tres cuartas partes de los 200 miembros de la comunidad judía de Fráncfort y hubo otros que se unieron a la oleada migratoria en dirección este, en busca de una vida mejor. Sin embargo, la situación era similar a la de España, probablemente, y mejor que la de Inglaterra o Francia en comparación.71 Es más, la protección continuó a pesar de la debilitación del poder real a partir de 1250, lo cual demostraría que, en la historia del imperio, «descentralización» no debe interpretarse como «declive». Los monarcas de finales del siglo XIII vendieron o entregaron a los señores esos derechos de protección de los judíos, dentro de una estrategia general para comprar apoyos. En consecuencia, se multiplicaron tanto el número de comunidades judías como sus protectores señoriales; a mediados del siglo XIV, había 350 comunidades por toda Alemania.
Todo esto no supuso un refuerzo inmediato de la protección a los judíos, pues la responsabilidad última seguía siendo del monarca y este, como ilustra el caso de Carlos IV, podía cambiar de idea, con funestos resultados. Carlos llegó al poder en 1346, en medio de una guerra civil. El dictamen papal contra su predecesor, Luis IV, había dejado sin servicios religiosos a gran parte del imperio en torno a 1338. Esto provocó una inquietud que aumentó de forma dramática con la peste negra de una década después. Carlos explotó sus prerrogativas sin escrúpulos y permitió pogromos para ganar apoyos; a menudo ofrecía inmunidad a cambio de un porcentaje del pillaje. En Núremberg murieron 600 judíos y la iglesia de Santa María (Marienkirche) se edificó sobre las ruinas de su sinagoga. Tan solo sobrevivieron unas 50 comunidades en todo el imperio, la mayoría gracias al pago de desorbitados rescates.72 El privilegio de proteger a los judíos (judenregal) quedó incluido dentro del conjunto de derechos otorgados a los electores por la bula de oro de 1356, que cimentó una nueva alianza entre Carlos y la élite política del imperio. Venceslao, su hijo y sucesor, repitió la extorsión vergonzosa de su padre: en junio de 1385 permitió a las ciudades de Suabia, previo pago de 40 000 florines, saquear a sus comunidades judías. Cinco años más tarde, volvió a hacer lo mismo, esta vez en alianza con varios príncipes. Los judíos eran cada vez más discriminados. Entre otras cosas, se les prohibía el comercio a larga distancia. La élite del imperio también fomentó tales prácticas, pues les impuso tributos aún más onerosos y se veían obligados a repercutir los costes a sus clientes cristianos, a los que cobraban intereses más elevados por sus préstamos.73
La protección a comienzos de la Edad Moderna
A largo plazo, no obstante, la descentralización de la protección de los judíos suavizó este abuso de poder al ampliar el círculo de aquellos que tenían interés en unas mejores relaciones. Incluso durante los malos tiempos del siglo XIV hubo ciudades imperiales y señores que preferían la coexistencia pacífica. Ratisbona y Ulm rehusaron cooperar con las medidas de Carlos y Fráncfort, tras expulsar a sus judíos en 1349, les permitió regresar en 1360. La población judía prosperó y, a finales del siglo XV, se había duplicado, con más de 250 comunidades en 1522. Hacia 1610, sumaban 3000, es decir, el 11 por ciento de la población total.74 Alberto II, un Habsburgo, fue el último monarca que trató de extorsionarlos, pero no consiguió mucho dinero, a pesar de que la población judía era mucho más numerosa y rica.75
Su sucesor, Federico III, reactivó la protección imperial al afirmar que todos los judíos eran sus súbditos directos. Con ello también esperaba recolectar dinero, pero por medio del céntimo sacrificial establecido y resistió vigorosamente las peticiones cristianas de reinstaurar la extorsión. Se le criticó y ridiculizó por ser demasiado blando: le apodaron «rey de los judíos».76 Pero, en el momento de la muerte de Federico, en 1493, estaban surgiendo actitudes más positivas. Los humanistas y los primeros reformadores protestantes se interesaron por el hebreo para estudiar los orígenes del cristianismo. El libro de Sebastian Münster, Hebraica, vendió 100 000 copias, una cifra que lo convierte en uno de los primeros bestsellers de la historia. El sucesor de Federico, Maximiliano I, a pesar de sus inclinaciones antisemitas, fue disuadido de la idea de reemprender las persecuciones por el humanista Johannes Reuchlin, que defendió en 1511 que los judíos habían sido ciudadanos romanos desde finales de la Antigüedad.
Hacia 1530, la suma de cambios socioeconómicos rápidos, las pasiones desatadas por la Reforma protestante y la decepción de los reformistas por el fracaso de sus intentos de convertir a los judíos al protestantismo contribuyeron al surgimiento de un entorno más amenazador. Entre 1519 y 1614, los judíos fueron expulsados de, al menos, trece territorios y ciudades protestantes y católicas, lo cual redujo sus comunidades principales a Fráncfort, Friedberg, Worms, Espira, Viena, Praga y la abadía de Fulda. Por desgracia, el antisemitismo se mantuvo presente en las protestas, tanto rurales como urbanas, hasta comienzos de la Edad Moderna. No obstante, la concesión a los príncipes de derechos de protección a los judíos supuso la creación, a partir de 1570, de nuevas comunidades en Fürth, Minden, Hildesheim, Essen, Altona, Crailsheim y el ducado de Westfalia. Otras ciudades, como Ansbach, readmitieron comunidades que habían expulsado con anterioridad. La nueva política protectora volvió a cambiar el carácter de los asentamientos judíos, que se expandieron por las zonas rurales desde ciudades imperiales y villas principescas. Durante esa época, alrededor de 1580, refugiados de la rebelión de los Países Bajos fundaron la primera comunidad sefardita del imperio en Hamburgo.
Los judíos y la legislación imperial
El emperador Rodolfo II (r. 1576-1612) sentía un interés genuino por la cultura judía y prohibió las obras antisemitas de Lutero.77 Pero la conversión del imperio en una monarquía mixta fue un factor mucho más importante para la mejora de sus condiciones: al contrario que en las monarquías centralistas, la tolerancia ya no dependía del capricho de cada monarca. La descentralización de la protección a los judíos vinculó dicha responsabilidad con el entramado general de privilegios y derechos sancionados por la legislación del imperio. La protección imperial se renovó en cinco ocasiones entre 1530 y 1551 y pasó a formar parte de la legislación general aprobada en el Reichstag por todos los Estados imperiales. Esto vinculaba la integridad y prestigio de todas las autoridades políticas a la observación de la normativa. La ley de 1530 obligaba a todos los judíos a llevar visible una estrella amarilla, pero esta medida fue ignorada de forma generalizada y anulada de manera formal por el Reichstag en 1544. Se prohibió el acoso a los judíos en todas sus formas. Se les concedió el derecho de circular libremente, protección para sus propiedades y sinagogas y contra la conversión forzosa y se les permitió cobrar intereses más altos que los cristianos. El autogobierno judío también se aseguró reconocimiento legal.78
Las autoridades locales debían obtener permiso de sus superiores antes de poder expulsar a una comunidad judía. Los judíos, como individuos, continuaron sujetos a numerosas restricciones, como por ejemplo la denegación de la ciudadanía plena en las ciudades. Pero podían tener propiedades, armas incluidas, y participar en elementos generales del imperio, como por ejemplo el servicio postal. La justicia criminal del imperio se mantuvo neutral con respecto a la religión y, si bien es indudable que los prejuicios afectaron a las sentencias, las nuevas cortes supremas imperiales creadas a partir de 1490 seguían los procedimientos formales con sumo cuidado. Así, por ejemplo, los presos judíos podían observar sus ritos religiosos, incluso allí donde no lo hubieran solicitado.79
Los judíos, al igual que los campesinos y otros grupos sociales desfavorecidos, pudieron emplear las leyes imperiales para defender sus derechos a partir de 1530. Así, por ejemplo, el tribunal supremo del mismo emperador Fernando I (el Reichshofrat) dejó de lado su antisemitismo y aceptó la apelación de la comunidad judía de Worms contra la decisión de expulsarlos del consejo de la ciudad.80 Tales casos tienen un significado más amplio, pues existe la percepción generalizada de que el sistema judicial del imperio era deficiente, gracias a la campaña sistemática, lanzada a finales del siglo XVI por radicales protestantes para desacreditar a sus oponentes católicos, que algunos historiadores futuros aceptaron como hecho probado. Justo en un momento en que algunos príncipes protestantes se quejaban públicamente del sesgo religioso de los tribunales, las comunidades judías, de forma más callada y efectiva, recibían protección legal contra la persecución de ciudades y príncipes.81
El incidente de Fettmilch, el peor estallido antisemita entre mediados del siglo XIV y la década de 1930, es un claro ejemplo de esto.82 Alrededor de 1600, la comunidad judía de Fráncfort se convirtió en chivo expiatorio de una serie de problemas que afectaban a la ciudad. Estos incluían aumento de los impuestos, pérdida de poder adquisitivo y un gobierno oligárquico que había perdido el contacto con sus habitantes. En 1612, Vincenz Fettmich, líder de los artesanos, acusó a judíos y patricios de explotar a los pobres e incitó a una turba que atacó el ayuntamiento y el gueto en el que los judíos llevaban viviendo desde 1462. Los asaltantes asesinaron a 262 personas y saquearon propiedades por valor de 176 000 florines. La violencia se extendió a la ciudad de Worms, cuyos judíos fueron expulsados. Aunque el estallido no pudo impedirse, el castigo fue rápido y efectivo. Fettmilch y seis de sus partidarios fueron ajusticiados y se tomaron medidas legales para impedir que otras ciudades expulsasen a sus comunidades. Worms fue obligada a readmitir a sus judíos en 1617. Los judíos presentaron un total de 1021 casos ante la corte suprema del imperio (el Reichskammergericht) lo cual representó el 1,3 por ciento de todos los casos presentados entre 1495 y 1806, pese a que tan solo sumaban el 0,5 por ciento de la población del imperio. También participaron en 1200 casos presentados al Reichshofrat entre 1559 y 1670, es decir, el 3 por ciento de la actividad de dicho tribunal.83
La persistencia de las estructuras establecidas
Los judíos continuaron recibiendo protección a pesar de los desastres de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). La oleada de antisemitismo violento que acompañó a la hiperinflación de 1621-1623 no provocó una repetición de pogromos anteriores. Las décadas de posguerra inmediatamente posteriores a 1648 fueron testigo de una nueva oleada de expulsiones que conllevó el destierro de los judíos de diez territorios y ciudades, Viena entre ellas. Aunque tales expulsiones fueron mucho más limitadas que las del siglo XVI y muchas autoridades animaron la inmigración judía para repoblar sus tierras. En 1675 se permitió el retorno a Viena a 250 familias y ese mismo año la universidad de Duisburgo admitió a sus primeros estudiantes judíos, mucho antes que ninguna otra institución de Europa.84 Los gobiernos territoriales observaron sus obligaciones legales, aun cuando ya no obtenían beneficios financieros significativos. En el siglo XVIII, solo los judíos de Fráncfort seguían pagando el céntimo sacrificial, que tan solo aportaba al emperador 3000 florines anuales. En Münster, los impuestos judíos apenas representaban el 0,1 por ciento de los ingresos del obispado.85
La población judía creció con más rapidez que la del conjunto del imperio: pasó de menos de 40 000 en 1600 a 60 000 a finales del siglo XVII, además de los 50 000 judíos de Bohemia y Moravia. Aunque los principales núcleos seguían siendo urbanos, en particular Fráncfort y Praga, en esa época vivían en el campo nueve de cada diez judíos, ya fuera en los 30 principados con comunidades judías o en las tierras de los caballeros imperiales, en las cuales residían 20 000 judíos a finales del siglo XVIII. Los caballeros consideraban que la protección de los judíos era una forma de preservar su vulnerable autonomía. La población judía siguió creciendo con más rapidez que la de los cristianos, pues hacia 1800 sumaba ya 250 000, además de 150 000 en los territorios polacos recién anexionados por Prusia y Austria.86
Suelen citarse las teorías económicas y las ideas liberales de la Ilustración para explicar la mejora de condiciones que acabó conduciendo a la emancipación del siglo XIX. Esta teoría forma parte del relato estándar de progreso hacia el Estado centralizado, ejemplificado en Europa central por Prusia y Austria. A finales del siglo XVIII ambos territorios estaban fuera del entramado legislativo del imperio, por lo que cabría esperar que la posición de los judíos fuera allí mejor que en otras áreas más fragmentadas. Antes del Edicto de tolerancia de 1781, la situación en la monarquía Habsburgo no siempre era favorable. En 1745, el sultán otomano presentó una queja formal a la emperatriz María Teresa por el tratamiento recibido por los judíos de Bohemia.87 En 1714, Federico Guillermo I obligó a los judíos de Prusia a pagar un nuevo impuesto a cambio de retirar la obligatoriedad de portar un gorro rojo distintivo. La imprenta de la corte berlinesa esquivó al censor imperial y publicó la obra El judaísmo al descubierto, de Johann Andreas Eisenmenger, el primer libro antisemita moderno. Aunque estaba prohibido en el imperio, podía circular pues había sido impreso más allá de las fronteras imperiales, en la ciudad prusiana de Königsberg. Para ridiculizar al brillante intelectual judío Moses Mendelssohn, en su visita a Berlín de 1776, se le obligó a pagar la tasa fija que debía abonarse por cada cabeza de ganado que atravesaba la puerta principal de la ciudad. El trato recibido revela la superficialidad de la tolerancia de Federico II de Prusia, muy celebrada.88
En otros lugares del imperio podía fallar la protección legal de los judíos, como sucedió en el conocido juicio farsa y ejecución del financiero Joseph Süß Oppenheimer, que en 1738 sirvió de chivo expiatorio del fracaso de la política gubernamental de Wurtemberg.89 Sin embargo, las autoridades seguían teniendo mucho interés en proteger a los judíos, dado que, de no hacerlo, serían sus privilegios y su estatus los que correrían peligro.90 El caso siguiente servirá para ilustrar la gran diferencia existente con otras regiones de Europa. En 1790, el príncipe de Rohan huyó de la revolución en su patria natal, Francia, y se estableció en sus propiedades alemanas de Ettenheim, de donde expulsó a un grupo de familias judías para dar alojamiento a sus cortesanos. Estas familias judías obtuvieron sin demora compensación legal del Reichskammergericht.91
REFORMAS
La Reforma protestante en el contexto de la historia del imperio
Los judíos conformaron la única minoría religiosa del imperio entre el declive del paganismo entre las poblaciones eslavas, hacia 1200, y el surgimiento del husitismo, más de dos siglos después. El desafío más importante para la uniformidad provino de la Reforma protestante iniciada en 1517.92 Sus desiguales resultados reforzaron las diferencias políticas y culturales entre los componentes territoriales del imperio, así como la deriva independentista de Suiza y los Países Bajos.
Las causas de este terremoto cultural van más allá del ámbito del presente libro, pero necesitamos ver el contexto en el que emergió, dado que este explica por qué la nueva controversia religiosa fue diferente a la del imperio medieval. Desde principios del siglo XII, los concordatos entre papas y monarcas habían fomentado por toda Europa el crecimiento de Iglesias nacionales diferenciadas. Este proceso se aceleró hacia 1450 y contribuyó a que Carlos V no pudiera emular en la década de 1520 el éxito de Segismundo en el Concilio de Constanza, en el que logró resolver la reforma mediante un único concilio eclesiástico liderado por él. En esta época, el imperio estaba también evolucionando con rapidez gracias a los cambios institucionales, las llamadas «reformas imperiales», que tuvieron lugar en torno a 1500 (vid. págs. 393-401). Resultó crucial que en 1517 tales cambios no se hubieran completado, pues eso hizo que la resolución de la crisis quedase imbricada en la reforma constitucional.
El contexto también hizo que Lutero no consiguiera elevar las Escrituras a la condición de base única de la verdad y restaurar así lo que él consideraba que era el cristianismo «puro» original. El relativo declive de la autoridad papal e imperial hizo que no existiera una única autoridad que juzgase sus creencias, lo cual hizo que estas fueran aceptadas, rechazadas o adaptadas por una serie de comunidades locales y nacionales. La cuestión religiosa afectaba a amplios aspectos de la vida diaria, así como a la salvación personal, lo cual añadía urgencia a su resolución. Los intentos de desactivar la controversia por medio de una clarificación de la doctrina resultaron contraproducentes, pues poner por escrito los debates únicamente servía para hacer más obvio el desacuerdo. Es más, las nuevas imprentas aseguraron la rápida difusión de las ideas contrapuestas y encendieron el debate por toda Europa.93 Una vez tenía lugar la primera escisión, a los protagonistas les resultaba más difícil repararla.
El problema de la autoridad
El fracaso del liderazgo clerical llevó a teólogos y laicos a solicitar protección y apoyo a las autoridades seculares. Pero se había hecho imposible disociar la cuestión religiosa de la política, pues el apoyo político que recibía Lutero le llevó a expandir su movimiento evangélico, que pasó de limitarse a protestar dentro de la Iglesia romana a crear una estructura rival. Hacia 1530, la verdadera cuestión era de autoridad. No estaba claro quién, ya fuera el emperador, los príncipes, los magistrados o el pueblo, estaba autorizado a decidir cuál de las versiones del cristianismo era correcta. Tampoco estaba claro cómo resolver quién poseía la propiedad de la Iglesia o cómo afrontar las disensiones. Ciertos reformadores como Kaspar Schwenckfeld y Melchior Hoffmann rechazaban todas las autoridades establecidas, prácticamente, y unos pocos como Thomas Müntzer aspiraban a una sociedad comunitaria y piadosa. Estos radicalismos quedaron desacreditados por la violencia que acompañó a la revuelta de los caballeros (1522-1523) y la guerra campesina (1524-1526) (vid. págs. 554-555, 584-586).
Las autoridades del imperio, con independencia de sus creencias, en torno a 1526 habían cerrado filas para excluir al pueblo común de tales decisiones. Pero los evangelistas continuaron elaborando complejos argumentos teológicos para resistir a los que se oponían a sus objetivos, pues afirmaban que el deber de servir a Dios estaba por encima de la obediencia política.94 Por desgracia, incluso ellos estaban en desacuerdo acerca de quiénes tenían derecho a resistir. La mayoría restringía esa resistencia a los «magistrados divinos», pero no estaba claro quiénes eran estos, dados los múltiples estratos de autoridad imperial.
La protesta de Lutero llegó en el peor posible momento para el añoso Maximiliano I, el cual se hallaba en plena organización de la elección como sucesor de su nieto, Carlos, rey de España. La presión de los acontecimientos hizo que pasaran casi dos años entre la elección de Carlos como emperador, en 1519, y su llegada al imperio para inaugurar el primer Reichstag en Worms, en abril de 1521. El retraso no solo alimentó las expectativas (cada vez mayores y cada vez menos realistas) sino que también aumentó la frustración provocada por el ritmo de las reformas constitucionales. Las decisiones tomadas durante los tres años siguientes determinaron cómo afectó la religión en un futuro la política del imperio.95 Lutero se negó a retractarse en Worms, lo cual llevó a Carlos a emitir una orden imperial que criminalizaba a los evangelistas, considerados forajidos que amenazaban la «paz pública» del imperio. Conforme al sistema judicial desarrollado a partir de 1495, todos los Estados imperiales debían imponer esta decisión. Sin embargo, Carlos se comportó con Lutero de forma más honorable que Segismundo con Jan Hus: le permitió entrar y salir de Worms sin ser molestado. El elector de Sajonia, que simpatizaba con Lutero, había previsto alojarlo en el castillo de Wartburg, donde residió diez meses mientras otros difundían su mensaje sin apenas impedimentos.
Carlos, tras haber tratado de separar las cuestiones teológicas de los problemas de orden público, emitió el 15 de julio de 1524 el Edicto de Burgos, que rechazaba de manera explícita las peticiones de celebrar un concilio nacional en el que debatir la reforma eclesiástica. Con esto, Carlos llevó a cabo la separación de religión y política de acuerdo con la doctrina tradicional de las Dos Espadas: el papa debía decidir cuál era la versión correcta del cristianismo, mientras que Carlos, como emperador, debía imponerla y emplear la maquinaria legal del imperio para aplastar la disidencia, convertida en cuestión de orden público.
¿Oportunidad perdida?
La controversia suscitada por las decisiones de 1521-1524 persistió hasta bien entrado el siglo XIX. Los nacionalistas germano-protestantes las condenaron, pues consideraban que se había perdido una oportunidad de convertir a Alemania a una religión verdaderamente «germana» y forjar un Estado nación basado en el imperio.96 Este «fracaso» pasó a formar parte de las explicaciones de los males germanos posteriores: el país quedó supuestamente dividido, lo cual dificultó la unificación con Bismarck, que hasta 1871 consideró desleales a los católicos debido a su obediencia religiosa a Roma. Tales acusaciones se basan en una interpretación sesgada y protestante de la historia y en la identificación de la condición inherentemente «alemana» de dicha fe, así como en una grosera simplificación de la situación a que se enfrentaba la población del imperio en el siglo XVI, la supuesta disyuntiva entre catolicismo y protestantismo. La gran mayoría esperaba que la controversia pudiera resolverse sin destruir la unidad cristiana. Pero, independientemente de que de Carlos V tuviera unos puntos de vista religiosos bastante conservadores, no tenía sentido político dar pleno apoyo a Lutero. Carlos, como monarca del lugar de nacimiento de la Reforma, se enfrentó al evangelismo en un momento en que se asociaba a la subversión política y al cuestionamiento del orden socioeconómico, pero antes de que adquiriese los cimientos teológicos e institucionales que lo hicieron más aceptable en otros países, como fue el caso de Inglaterra. El título imperial de Carlos estaba unido a una Iglesia universal, no nacional, por lo que le resultaba inconcebible, tanto a él como a muchos de sus súbditos, no profesar la misma fe que el papa.97
Tales consideraciones nos ayudan a explicar por qué el imperio no adoptó la solución europea general para la controversia religiosa: imponer una paz civil monárquica en la que el soberano debía optar por una única fe oficial, sancionada por una declaración escrita preparada por sus teólogos (como, por ejemplo, en Inglaterra) o asumiendo la defensa pública del catolicismo. Fuera cual fuese la teología precisa, esto daba lugar a un «Estado confesional» con una única Iglesia estable, aliada, política e institucionalmente, con la corona.98 La tolerancia hacia los disidentes era cuestión de conveniencia política, que se daba cuando la monarquía era débil, como fue el caso de Francia a finales del siglo XVI, o allí donde seguía habiendo una minoría significativa que se oponía a la Iglesia oficial, como ocurrió en Inglaterra. De uno u otro modo, los disidentes dependían de dispensas reales especiales que podían restringirse o revocarse de forma unilateral, como descubrieron en 1685 los hugonotes franceses. La tolerancia podía aumentar de forma gradual por medio de dispensas adicionales, como el acta de emancipación católica (1829) de Gran Bretaña; pero seguía existiendo una Iglesia oficial con privilegios. Pocos países han llegado al extremo de la república francesa, que separó Iglesia y Estado en 1905, con lo que estableció una paz moderna y secular que daba el mismo trato a todas las religiones, siempre y cuando sus fieles no transgredieran las leyes estatales.
Secularización
El imperio, en lugar de imponer una solución desde arriba, negoció una solución colectiva por medio de las nuevas estructuras constitucionales surgidas de la reforma imperial. La unidad se basaba en el consenso, no en el poder central, y el resultado fue el pluralismo religioso y legal, no ortodoxia y existencia de una minoría discriminada o perseguida. Pero esto fue la consecuencia de disputas feroces, violentas a veces, por los derechos constitucionales, no por medio de un compromiso ecuménico.
Hacia 1526, después de que todas las partes implicadas hubieran acordado que las cuestiones debían dirimirlas las «autoridades competentes» y no «el hombre del común», todavía quedaban por resolver dos cuestiones clave. Una era la cuestión de la jurisdicción espiritual, que determinaba la autoridad para dirigir las creencias religiosas y las prácticas del pueblo llano en zonas concretas. La otra era la gestión del clero y de bienes eclesiásticos tales como edificios, propiedades y fuentes de ingresos. Esto siempre había sido una cuestión importante en la historia del imperio. Con los otónidas ya se habían revocado donaciones y transferido tierras a señores seglares, un proceso que se aceleró a partir de 1100, pues el emperador necesitaba más recursos para compensar a los nobles sus contribuciones bélicas. A su vez, los señores seculares restringieron o usurparon las jurisdicciones seculares de sus vecinos eclesiásticos, a los que retiraron la condición de Estados imperiales. Esto prosiguió más allá de la Reforma protestante: el arzobispo de Salzburgo incorporó las posesiones de los obispos de Gurk, Seckau y Lavant. El propio Carlos V compró en 1528 la jurisdicción secular del obispo de Utrecht y en 1533 habría aceptado una oferta similar del arzobispo de Bremen de no ser por las objeciones del papa. Por otra parte, en estos casos, la secularización solía implicar pequeñas propiedades y rara vez amenazaba la jurisdicción espiritual.99
El movimiento evangélico planteó un desafío completamente nuevo, dada su oposición a la jurisdicción papal y su rechazo de la idea de que las buenas obras y la oración por los difuntos justificaban el monasticismo. En 1529, Jorge-Federico de Ansbach-Kulmbach, el Pío, embargó y vendió varios monasterios para pagar la construcción de carreteras y fortalezas, una medida que prefiguraba la disolución de los monasterios llevada a cabo por Enrique VIII (1536-1540). Pero tal cosa era excepcional, pues en el imperio «secularización» solía querer decir cambio de uso. Ciertos príncipes de ideas reformistas confiaron los bienes de la Iglesia a consorcios públicos y los emplearon para financiar un clero más numeroso y mejor formado, evangelizar a la población con lecturas bíblicas y mejorar la salud por medio de hospitales y ayuda a los pobres. En 1556, por ejemplo, el duque de Wurtemberg convirtió 13 monasterios en escuelas para formar pastores.100 El conflicto no siempre era inevitable. La complejidad de los derechos legales y de propiedad del imperio impedía una demarcación clara de jurisdicción y propiedad, que requería de frecuentes debates entre las diversas autoridades, que solían continuar a pesar de la animadversión religiosa.101 Aun así, hubo numerosos católicos que consideraban que la reasignación de la propiedad de la Iglesia y el uso de jurisdicciones espirituales era un robo que rompía la paz pública. Estos presentaron los llamados «casos religiosos» en los tribunales imperiales.102
La conversión al protestantismo
El problema quedó en manos del hermano menor de Carlos, Fernando I, quien, a partir de 1522, se encargó de dirigir el imperio durante las prolongadas ausencias del emperador. Fernando había heredado Hungría en 1526, en plena invasión otomana, y la existencia de esta amenaza mortal contra el imperio exhortó a los Estados imperiales a evitar cuestiones que pudieran derivar en un conflicto civil. El Reichstag de 1526, reunido en Espira, trató de obedecer el Edicto de Burgos, pues permitió a los Estados imperiales actuar según su conciencia hasta que el concilio eclesiástico presidido por el papa emitiera un dictamen doctrinal. Esta decisión zanjó la cuestión de la autoridad: los Estados imperiales eran los responsables de las cuestiones religiosas dentro de sus propios territorios. El electorado de Sajonia, Hessen, Lüneburg, Ansbach y Anhalt siguieron el ejemplo de algunas ciudades imperiales de dos años antes y comenzaron a convertir bienes y jurisdicciones de la Iglesia y ponerlos al servicio de objetivos evangélicos. Las convicciones personales de los príncipes, la localización de sus tierras, la influencia regional y sus relaciones con el imperio y el papado influyeron en dichas decisiones. Baviera, por ejemplo, gracias a sus concordatos anteriores, tenía un considerable control sobre la Iglesia de su territorio, por lo que contaba con escasos incentivos para romper con Roma.103
Dada la prolongada historia de supervisión secular de las cuestiones eclesiásticas en el seno del imperio, tales cambios no convertían un territorio en evangélico de forma automática. Hubo varios príncipes importantes que establecieron acuerdos ambiguos de manera deliberada, como por ejemplo el elector de Brandeburgo, y las prácticas religiosas del grueso de la población continuaron siendo heterodoxas. Las nuevas Iglesias territoriales luteranas hicieron varias revisiones de su profesión de fe inicial y hubo otros reformadores, como Ulrico Zuinglio y Juan Calvino, que crearon nuevas confesiones. De igual modo, el pensamiento y la práctica católica apenas eran monolíticos y también contenían impulsos reformistas, por lo que cabría hablar de una multiplicidad de reformas.104
La divergencia ya era evidente en el siguiente Reichstag, reunido en Espira en 1529. Los católicos consideraban errónea la interpretación evangélica del congreso de 1526 como licencia para continuar con la reforma religiosa. Dado que la mayoría de los Estados imperiales seguían siendo católicos, revocaron su anterior decisión e insistieron en que se aplicase íntegramente el Edicto de Worms, con el que Carlos V proscribió a Lutero y a sus seguidores. El veredicto de la dieta imperial provocó la famosa Protestatio, que, encabezada por el elector de Sajonia, expresaba la disidencia de 5 príncipes y magistrados de 14 ciudades imperiales. La palabra «protestante» derivó de este documento. Era la primera brecha abierta en la unidad política del imperio.
El fracaso de la solución militar
Los protestantes formaron en 1531 la Liga de Esmalcalda para su mutua defensa (vid. págs. 559-561). La amenaza otomana animó a Fernando a suspender el Edicto de Worms en 1532, tregua que extendió en tres ocasiones, hasta 1544. La Liga, por otra parte, quedó debilitada por las divisiones internas y los escándalos de sus príncipes. Carlos V, tras haberse impuesto temporalmente a franceses y otomanos en 1544-1545, regresó al imperio con un gran ejército. El elector de Sajonia y el landgrave de Hessen fueron declarados fuera de la ley imperial, pues habían atacado a su rival regional, el duque de Brunswick. Esto permitió a Carlos presentar su intervención como la restauración de la paz pública del imperio. El conflicto resultante, la Guerra de la Liga de Esmalcalda (1546-1547) se saldó con la aplastante derrota de Mühlberg, una victoria que celebra el famoso retrato de Tiziano que representa a Carlos como un general triunfante (vid. Lámina 8).
Entre septiembre de 1547 y junio de 1548 Carlos celebró en Augsburgo el «Reichstag acorazado» (Geharnischte Reichstag) tutelado por una fuerte presencia militar. Este Reichstag, convocado con intención de consolidar su victoria, fue el único momento en que el emperador trató de sentar doctrina, por medio de una profesión de fe que esperaba que durase hasta que dictase sentencia el concilio del papa que se reuniría en Trento. Conocida como el Interim, la profesión de Carlos abría la posibilidad de «una nueva religión imperial híbrida» que incorporaba algunos elementos protestantes. Aunque el arzobispo de Maguncia respaldó el Interim, la mayoría de católicos lo rechazó ya antes de su promulgación y los protestantes lo consideraron una imposición.105
Este acuerdo insatisfactorio fue visto por muchos como una ruptura del consenso y se acusó a Carlos de abusar de su autoridad. La rebelión armada de Magdeburgo contra el Interim galvanizó la formación de una oposición generalizada en el transcurso de 1551, que desembocó en la revuelta de los príncipes del año siguiente. Esta revuelta recibió apoyo de Francia, que había reiniciado la guerra contra los Habsburgo. Tres meses de maniobras fueron suficientes para que Fernando –a quien Carlos había vuelto a dejar a cargo del imperio– aceptase la Paz de Passau, el 31 de julio de 1552. Esta paz sentó las bases para un acuerdo general en el que ambas partes renunciaban a la violencia para solucionar sus desacuerdos religiosos.106
La Paz de Augsburgo
La iniciativa pasó ahora de Carlos a Fernando, el cual ganó apoyos gracias a su trato más firme con los príncipes y a su adherencia a las normas constitucionales. Esto permitió a Fernando convertir acuerdos temporales establecidos a partir de 1521 en una paz más estable, pues consideraba que la aceptación generalizada de esta paz era necesaria para salvaguardar la anhelada unidad imperial.107 El resultado final fue el acuerdo ultimado en el Reichstag de 1555, que pasó a la historia como la «Paz religiosa», pero que los contemporáneos denominaron «paz religiosa y profana». La diferencia es importante. El tratado anuló el Interim y evitó, de forma deliberada, emitir pronunciamientos en torno a cuestiones religiosas.108 En lugar de conceder tolerancia, como se intentó poco tiempo después en Francia, la paz garantizaba derechos políticos y legales tanto a católicos como a luteranos. Tales privilegios formaban parte de un documento mucho más extenso que reajustó la organización política, defensiva y financiera del imperio en una serie de completas medidas constitucionales. Las cuestiones claves de autoridad, propiedad y jurisdicción quedaban encuadradas dentro del derecho de reforma (ius reformandi) concedido a los Estados imperiales para gestionar los asuntos eclesiásticos y religiosos en sus territorios. La posesión de propiedad eclesiástica quedó fijada a partir de la fecha de la Paz de Passau, que pasó a convertirse en el «año normativo» del imperio (Normaljahr). Los protestantes aceptaron que el Reichskammergericht resolviera disputas específicas. Ningún Estado imperial podría transgredir la propiedad o jurisdicción de otro, lo cual significaba que la jurisdicción espiritual católica quedaba en suspenso en aquellos territorios que se pasaran al luteranismo. Se concedió libertad limitada de conciencia y derecho a emigrar a aquellos habitantes que no aceptasen la fe oficial de su territorio.
Tales acuerdos pasaron a la historia con el precepto «de tal rey, tal religión» (cuius regio, eius religio). No obstante, esta frase no aparece en el tratado de paz, pues fue acuñada en 1586 por Joachim Stephan, jurista de la universidad de Greifswald. Se ha achacado a estos acuerdos la consolidación del supuesto dualismo del imperio entre un emperador débil y unos principados más diferenciados. Sin embargo, aunque se concedieron los mismos derechos a ambas confesiones, la católica y la luterana, estos se distribuyeron de forma desigual dentro de la jerarquía de los Estados imperiales. Las ciudades imperiales, con independencia de cuál fuera su religión, carecían de pleno derecho de reforma, pues fueron obligadas a ceñirse a la fe que hubieran adoptado antes de 1555. Los caballeros imperiales quedaron excluidos y no se sabe con certeza hasta qué punto los condes disponían de los mismos poderes que los príncipes para cambiar la fe de sus súbditos. En pocas palabras: el resultado político de la reforma reforzó la evolución anterior del imperio hacia una monarquía mixta en la que el emperador compartía diversos grados de poder con una compleja jerarquía de Estados imperiales.
Una cláusula especial cubría la Iglesia imperial. Conocida como reserva eclesiástica, esta obligaba a todos los obispos convertidos al protestantismo a que renunciasen al cargo. También dictaminaba que los protestantes no podían ser elegidos príncipes de la Iglesia. Tales restricciones fueron modificadas por la declaración de Fernando, promulgada por separado de la paz y bajo su propia autoridad, que extendía la tolerancia a las minorías protestantes residentes en las tierras de la Iglesia imperial.
A excepción de la declaración de Fernando, la paz era «propiedad» colectiva de todos los Estados imperiales, lo cual supone una marcada referencia con respecto a otros acuerdos de Europa occidental. Si allí las monarquías se volvieron confesionales, y se identificaban con una única fe oficial, el imperio siguió siendo simplemente cristiano y la posición legal de los judíos se mantuvo intacta. Esto constituía sobre el papel una fuente de mucha fuerza, pues la autonomía e identidad de las dos religiones mayoritarias descansaban en derechos compartidos y garantizados por un orden constitucional neutral en lo religioso. Aunque este tenía un precio: la moderna separación entre Iglesia y Estado resultaba imposible, pues la religión continuó siendo parte integral de la política del imperio. La acción política formal continuó abierta: la decisión de la mayoría católica del Reichstag de 1529 continuó sin poder imponerse, con lo que las futuras decisiones por mayoría serían provisionales hasta que aquellos que estuvieran a favor ganasen la aceptación de los discrepantes. La verdadera decisión de 1552-1555 fue la incorporación al proceso político de la renuncia mutua a la violencia entre los Estados imperiales.109
La situación fuera de Alemania
La mayor parte de relatos de la Reforma protestante en el imperio se detienen en este punto, pues consideran que los acontecimientos posteriores son historia «alemana» en exclusiva. Pero todos los grandes reformadores pensaban en términos de una única Iglesia universal y el imperio seguía siendo mucho más grande que Alemania. La Paz de Augsburgo resolvió el problema entre el emperador y aquellas regiones del territorio que habían adquirido condición de Estados imperiales durante las reformas constitucionales de finales del siglo XV. Los Estados de mayor extensión eran las áreas gobernadas directamente por los Habsburgo, Austria y Borgoña, lo cual significaba que la familia imperial tenía los mismos derechos que los otorgados a los demás príncipes. Los tratados de Passau (1552) y Augsburgo (1555) no alteraron el tratado borgoñón, que formaba parte de un paquete de medidas obtenidas por Carlos en el Reichstag acorazado de 1548. Este tratado asignaba las tierras de Borgoña a su hijo, el futuro Felipe II de España, que las conservó cuando Carlos dividió toda su herencia entre las ramas española y austríaca de los Habsburgo entre 1551 y 1558. Felipe, en su condición de príncipe imperial, ejerció su derecho de reforma y ordenó a sus súbditos borgoñones que continuasen siendo católicos. Pero sus métodos violentos contribuyeron a desencadenar la revuelta holandesa a partir de 1566, que dio lugar a la independencia de las provincias septentrionales (vid. págs. 224-225, 587-590).
En Bohemia, la cuestión religiosa siguió sus propios derroteros, lo cual se explica por el lugar especial que ese reino ocupaba dentro de la constitución imperial. La Compacta de 1436 fue revisada en el Tratado de Kuttenberg de 1485, que garantizaba a los utraquistas autonomía en las parroquias y potestad para nombrar a sus propios curas, además de prohibir a los señores imponer su confesión religiosa a sus campesinos. Este acuerdo prefiguró el de Augsburgo de 70 años más tarde, en el sentido de que aceptaba tan solo dos confesiones (en este caso, catolicismo y utraquismo), al tiempo que negaba derechos a minorías disidentes como los de la hermandad bohemia. El Tratado de Kuttenberg fue confirmado en 1512 y aceptado por Fernando I a su ascensión al trono de Bohemia, en 1526. Para los observadores externos, los utraquistas seguían estando contaminados por la subversión husita y no había nadie que considerase que Kuttenberg fuera un modelo deseable de paz religiosa.110 Pero el acuerdo continuó siendo legalmente vinculante incluso después de la Paz de Augsburgo, gracias a la autonomía política de Bohemia y a la necesidad de los Habsburgo de conservar apoyos entre la nobleza bohemia. La difusión del luteranismo entre los germanoparlantes, a partir de la década de 1570, aumentó el pluralismo religioso del reino. En 1575, Maximiliano II, dada su condición de rey de Bohemia, sancionó de palabra la confessio Bohemica acordada por utraquistas, luteranos y la hermandad bohemia. En 1609 se consiguió arrancar a su sucesor Rodolfo II una confirmación por escrito: era la carta de majestad, que permitía a los disidentes religiosos establecer instituciones administrativas y eclesiásticas paralelas. Aunque esta fue anulada durante la Guerra de los Treinta Años, la evolución diferenciada de la religión en Bohemia reforzó la autonomía de ese reino en el seno del imperio.
La Reforma protestante reforzó pautas políticas similares entre los suizos, que en el momento del estallido de la crisis religiosa estaban todavía redefiniendo su relación con el imperio. Las diferencias teológicas las reforzaron, pues los evangelistas suizos seguían a un reformador propio, Ulrico Zuinglio, y no a Lutero.111 Los suizos acordaron en 1529 una versión propia del precepto cuius regio, eius religio, que resolvía la cuestión de la autoridad a favor de los gobiernos cantonales. Esto se vino abajo en 1531, pero la victoria católica en la ulterior guerra civil finalizó la expansión protestante por las regiones principales de la confederación. Los protestantes concedieron garantías legales a las minorías católicas de las condominia, las tierras administradas de forma conjunta por dos o más cantones. Las minorías protestantes se aseguraron más tarde, en 1712, derechos equivalentes, después de una breve guerra. Al igual que Bohemia, Suiza pudo seguir su propio camino, pues disfrutaba con anterioridad de considerable autonomía política y permaneció fuera de las instituciones creadas por las reformas imperiales. Aun así, la herencia común del imperio resulta evidente en la semejanza entre las respectivas soluciones políticas y legales para las diferencias religiosas.
La Italia imperial también quedó fuera de las nuevas instituciones comunes. No obstante, seguía vinculada al imperio de manera más estrecha a través del dominio Habsburgo de Milán, así como por medio de la posesión española de Nápoles y Sicilia, en el sur. Los predicadores evangelistas itinerantes atraían enormes muchedumbres y algunos altos cargos de la Iglesia, como el cardenal Contarini, admitieron la necesidad de reformas. Las guerras italianas, iniciadas en 1494 e interpretadas por muchos como una señal de disgusto divino, añadieron urgencia a la situación. Carlos V presionó a una serie de papas para que dieran respuesta a las críticas protestantes de la Iglesia italiana, aunque siguió ciñéndose a su interpretación de la doctrina de las Dos Espadas. Después de que los teólogos no fueran capaces de resolver sus diferencias en el Reichstag de Ratisbona, en 1541, Carlos permitió al papa Pablo III que impusiera el catolicismo en Italia por medio de la Inquisición y de la nueva orden jesuítica.112
Los principados italianos fueron excluidos de la Paz de Augsburgo debido a que no eran Estados imperiales, con excepción del ducado de Saboya, incorporado al reino germano durante el siglo XIV. Saboya, sin embargo, se abstuvo de participar en los acontecimientos que dieron lugar a Augsburgo. Por el contrario, buscó un acuerdo de tipo más occidental, con las comunidades valdenses que habían perdurado en sus territorios alpinos y piamonteses desde finales del siglo XII y que se habían revigorizado a partir de 1532 por medio del contacto con los reformistas suizos. En la Paz de Cavour del 5 de junio de 1561, el duque de Saboya concedió dispensas especiales a aldeas concretas y permitió el retorno de los exiliados, siempre y cuando los valdenses se abstuvieran de hacer proselitismo.113 Este acuerdo era más similar al adoptado en Francia en 1562 y resultó tan inestable como este, en particular porque el duque continuó siendo susceptible de ser presionado por otros monarcas católicos para que renovara la persecución de los valdenses. Pero la persistencia de cierto grado de tolerancia hizo que los príncipes protestantes germanos continuasen teniendo una impresión positiva del duque y lo siguieron considerando un aliado potencial hasta entrado el siglo XVII.
RELIGIÓN Y POLÍTICA IMPERIAL DESPUÉS DE 1555
La preservación del acuerdo de Augsburgo
La Paz de Augsburgo sufrió la misma divergencia de interpretaciones que socavó el acuerdo alcanzado en Espira en 1526, pero sobrevivió mucho más tiempo sin mucho problema. Los católicos consideraban que impedía nuevos ataques contra su Iglesia, mientras que los protestantes estimaban que la protección legal autorizaba la expansión continuada de su nueva religión. Muchos abrazaron de forma abierta el luteranismo y reformaron el clero y la Iglesia de sus territorios según el modelo evangélico. A mediados del siglo XVI, el equilibrio religioso de Alemania estaba completo. En ese momento, el luteranismo había sido adoptado de forma oficial por unos 50 principados y condados y por tres docenas de ciudades imperiales. Entre estas se incluían algunos territorios muy sustanciales, en particular los electorados de Sajonia, Brandeburgo y el Palatinado, así como algunas de las casas principescas más antiguas y de mayor renombre: los ducados ernestinos de Sajonia, todas las ramas de la casa de Hessen, los Hohenzollern de Franconia en Ansbach y en lo que fue conocido como Bayreuth, así como en Wurtemberg, Holstein, Mecklemburgo, Pomerania, Anhalt y la mayoría de condados westfalianos y de la Baja Sajonia.
El catolicismo quedó reducido en Alemania a tan solo tres grandes principados: Baviera, Lorena, que ya era semiautónomo, y Austria, que era, con diferencia, el mayor del imperio. En otros lugares, el catolicismo resistió en los pequeños condados del sudoeste y en dos quintas partes de las ciudades imperiales. Antes bien, dado que las numerosas (pero bastante pequeñas) tierras de la Iglesia quedaron reservadas para los católicos, estos todavía gestionaban unos 200 Estados imperiales, que les proporcionaban una mayoría decisiva en las instituciones comunes del imperio.
Los luteranos no establecieron ninguna organización nacional. En lugar de ello, cada príncipe o consejo ciudadano asumió los poderes antaño ejercidos por un obispo católico en su territorio. En la práctica, tales poderes se confiaban a los consejos eclesiásticos, lo cual expandía de forma considerable el ámbito de la administración territorial e incrementaba su presencia a nivel parroquial. Las autoridades católicas implementaron reformas similares en sus propias tierras, aunque siguieron aceptando la jurisdicción espiritual de sus obispos.
En todas las confesiones, tanto las autoridades seculares como las eclesiásticas siguieron políticas similares de «confesionalización», cuyo objetivo era imponer la religión oficial de su territorio por medio de educación, mejora de la supervisión del clero y «visitaciones» intensivas para sondear las creencias individuales y monitorizar las prácticas religiosas.114 Tales medidas estuvieron lejos de ser efectivas en todas partes. Persistieron la heterodoxia y la disidencia y, a menudo, hubo considerables discrepancias entre conformidad aparente y creencias interiores. Muchas personas optaron por ser pragmáticas y adoptaron las creencias y prácticas que les resultasen más útiles según las circunstancias.115 Aun así, la confesionalización ayudó a preservar el acuerdo de Augsburgo, pues dirigió las energías administrativas al interior de sus propios territorios, en lugar de proyectarlas hacia afuera y embarcarse en actividades que podían causar roces con los territorios vecinos.
Fernando I y su sucesor, Maximiliano II, trabajaron mucho para mantener la paz por medio de buenas relaciones personales con los príncipes más influyentes, pues necesitaban el consenso debido a la amenaza otomana sobre sus posesiones. Es más, los beneficios de la paz pronto fueron evidentes para todos, toda vez que primero Francia y luego los Países Bajos se sumieron, a partir de 1560, en violentas guerras de religión. La mayoría de autores germanos quedó horrorizada por atrocidades como la matanza de San Bartolomé de agosto de 1572 en Francia y recomendó una cultura de contención.116 El imperio, al contrario que en Francia, donde la monarquía fue un participante más en la contienda civil, continuó siendo una estructura legal neutral e interconfesional. Luteranos y católicos podían estar en desacuerdo, pero, por lo general, se abstenían de criticar al imperio, dado que sus derechos y estatus procedían de la legislación imperial. A finales del siglo XVI apareció una fuerte corriente «irénica» que defendía tender puentes entre las confesiones religiosas para preservar la armonía política.117
Tensiones confesionales y tensiones políticas
Después de 1555 hubo tres acontecimientos que pusieron en peligro la armonía. Uno fue el surgimiento del calvinismo en la década de 1560. Los calvinistas tenían diferencias teológicas con los luteranos, pero consideraban que su «reforma de la vida» no era más que la continuación de la «reforma de la Palabra» de Lutero.118 El calvinismo reclutó a la mayor parte de sus conversos entre la aristocracia, al contrario que los hugonotes franceses o los puritanos ingleses, que evolucionaron hacia movimientos más genuinamente populares. El calvinismo, con la excepción de Emden, en Frisia Oriental, que adoptó una estructura presbiteriana, se expandió por medio de la conversión de príncipes luteranos, que emplearon su derecho de reforma para imponer la nueva fe a sus súbditos. La primera y más importante conversión fue la del elector del Palatinado, que abandonó el luteranismo en 1559. El calvinismo fue ganando terreno lentamente a partir de 1580 hasta conseguir la conversión del landgrave de Hessen-Kassel (1604) y la del elector de Brandeburgo (1613). No obstante, hacia 1618 tan solo había sido adoptado por 28 territorios, entre los que se incluía una única ciudad (Bremen).119
Los luteranos estaban cada vez más irritados por estas intromisiones en su territorio, aunque minimizaron las diferencias para preservar la Paz de Augsburgo. El elector del Palatinado, que se había autonombrado líder calvinista, promovió su propia versión, más limitada, de irenismo para buscar elementos comunes con el luteranismo y mantener la paz. En el Palatinado, el gobierno continuó dominado por calvinistas que hostigaron a la población, en su mayor parte luterana, persiguieron a los judíos y rehusaron dialogar con los católicos.120 El calvinismo era una amenaza para la paz, pues confirmaba el argumento de los católicos fanáticos de que no se podía confiar en ningún protestante. Más grave fue el hecho de que el elector del Palatinado difundiera rumores de complots católicos para persuadir a los luteranos para que aceptasen su liderazgo y sus exigencias de cambios constitucionales. El Palatinado había perdido influencia con respecto a Baviera, gobernada por una rama rival de la misma familia Wittelsbach que había conquistado la mayor parte de su territorio en 1504 y que se había mantenido católica.121 La exigencia del elector palatino de paridad religiosa en las instituciones imperiales no solo prometía eliminar la mayoría católica inherente, sino también nivelar algunas de las distinciones de estatus que ponían en desventaja a los príncipes menores y aristócratas que formaban el grueso de su clientela política. La jerarquía dominada por los electores y unos pocos altos príncipes fue reemplazada por una estructura política formada por dos bloques confesionales, con el protestante controlado con firmeza por el gobierno del Palatinado.
Los cambios en la Iglesia imperial supusieron un segundo desafío para la paz.122 Los príncipes y nobles protestantes no estaban dispuestos a renunciar a los beneficios de participar en la Iglesia imperial, que seguía ofreciendo alrededor de 1000 lucrativas rentas para los canónigos catedralicios, así como considerable influencia política por medio de los 50 obispados y poco más de 80 abadías reconocidas como Estados imperiales. Aunque en 1555 estos fueron reservados para los católicos, la declaración de Fernando amplió la tolerancia a los individuos protestantes residentes en territorios de la Iglesia. Gracias a esta protección, los nobles protestantes se hicieron con la mayoría en varios capítulos importantes, lo que les permitió elegir a sus propios candidatos a la muerte de cada obispo católico. Maximiliano II y Rodolfo II se negaron a aceptar que esos hombres tuvieran la dignidad de príncipes imperiales, aunque los toleraron como «administradores» para preservar la paz. Diez sedes pasaron a manos protestantes de este modo, incluidos los relevantes arzobispados de Magdeburgo y Bremen. Por su parte, el duque de Baviera situó a sus parientes en las tierras eclesiásticas para presentar a su familia como los campeones de la causa católica en el imperio. Gracias al apoyo español, Baviera impidió que los calvinistas se hicieran con Colonia en 1583 y establecieron un monopolio bávaro sobre ese importante arzobispado que se prolongó hasta 1761. Con el fin de lograr sus objetivos, Baviera presionó al emperador para que denegase a los administradores protestantes los derechos propios de los Estados imperiales.
La disputa por los Estados imperiales eclesiásticos fue complicada por la problemática cuestión de los bienes de la Iglesia, tales como monasterios, bajo jurisdicción secular. La imposición del año normativo de 1552 fue obstaculizada por unos procedimientos legales, a menudo confusos, para dirimir derechos y activos empeñados o compartidos entre varios señores. La Paz de Augusburgo encargó al Reichskammergericht la misión de resolver cualquier disputa que pudiera surgir por mediación de comités mixtos formados por igual número de jueces luteranos y católicos. Los tribunales de justicia se esforzaron cuanto pudieron por juzgar con arreglo a las leyes y tuvieron pocas quejas hasta que los casos se politizaron a causa de la propaganda bávara y palatina de finales del siglo XVI.
Es probable que la paz hubiera sobrevivido tanto al desafío del calvinismo como a las disputas por la Iglesia imperial de no haberse encontrado los Habsburgo en graves dificultades hacia 1600. La partición de la herencia de Carlos dejó el título imperial en manos de Austria, pero esta quedó aislada de los inmensos recursos de España. El problema lo agravó la partición interna de 1564, que creó tres linajes separados: la rama tirolesa (con sede en Innsbruck), la de Austria interior o Estiria (en Graz) y el linaje principal, con sede en Viena. Cada una de estas ramas concedía tolerancia limitada a la nobleza de mayoría luterana que dominaba sus asambleas provinciales, a cambio de subsidios monetarios. A su vez, los nobles luteranos emplearon su autoridad para situar pastores protestantes en las parroquias y animar a sus titulares a abrazar su fe. Alrededor de 1590, momento en el que la dinastía Habsburgo comenzó a poner coto a esto con la restricción a los católicos del acceso a cargos judiciales y militares, unas tres cuartas partes de sus súbditos profesaba alguna de las corrientes del protestantismo.123 La coordinación de esta contraofensiva tuvo lugar en plena bancarrota, provocada por la prolongada y poco exitosa Guerra Turca (1593-1606) y por las disputas en el seno de la familia de Rodolfo II con respecto a su sucesión, lo cual causó nuevas concesiones a los nobles protestantes de Bohemia y parte de Austria.
Esta distracción creó un vacío político en Alemania que se sumó a la inquietud atizada por los extremistas. En 1608, el Palatinado pudo reunir suficientes apoyos para formar la Unión Protestante. Los católicos respondieron al año siguiente con la Liga Católica, liderada por Baviera. A pesar de estos acontecimientos amenazadores, el acuerdo de Augsburgo siguió gozando del apoyo de los católicos moderados y de la mayoría de luteranos, por lo que no hubo una deriva inevitable hacia la guerra.124
La Guerra de los Treinta Años
La famosa defenestración de Praga del 23 de mayo de 1618 fue obra de un reducido grupo de aristócratas bohemios desafectos que consideraban que la práctica Habsburgo de restringir los nombramientos gubernamentales a los católicos erosionaba los derechos obtenidos con la carta de majestad. Los aristócratas actuaron por su cuenta, con independencia de la Unión Protestante, que se hallaba al borde del colapso. Los defenestradores, con su acción de arrojar a tres representantes de los Habsburgo por una ventana del castillo de Praga, buscaban forzar a la mayoría moderada a elegir un bando en su disputa con la dinastía reinante.125
Los defenestradores presentaron su causa como el móvil común de todos los protestantes. La confesionalización había forjado nuevas conexiones a lo largo de toda Europa, en particular entre los radicales de una misma fe. Los militantes solían interpretar los acontecimientos en clave providencial, consideraban estar inspirados directamente por Dios y creían que sus objetivos religiosos estaban casi al alcance de la mano. Los reveses se consideraban pruebas de fe. Estos fanáticos, en minoría en todos los grupos religiosos, eran, en su mayoría, exiliados, clero y observadores externos frustrados por la política de sus respectivos gobiernos. Los radicales dominaban el debate público, pero rara vez influían de forma directa en las decisiones gubernamentales. La mayor parte de personas era más moderada y prefería que su fe avanzase por medios pragmáticos y pacíficos.126
Esto explicaría la fragilidad de las alianzas de base confesional durante el conflicto ulterior. Las operaciones bélicas, pese a que la memoria popular diga lo contrario, no escaparon al control político, sino que permanecieron vinculadas a una serie de negociaciones que continuaron de forma casi ininterrumpida a lo largo de toda la guerra. Todos los beligerantes formaban parte de coaliciones complejas, a menudo delicadas, y sabían que la paz requeriría de compromiso. A los generales se les pedía que obtuvieran una posición de fuerza para que las concesiones parecieran gestos magnánimos, no señales de debilidad que pudieran poner en peligro la autoridad establecida y causar nuevos problemas.127
La guerra entró en una escalada producto de la incapacidad de contener una sucesión de crisis. La revuelta inicial se extendió gracias a la decisión del elector palatino, Federico V, uno de los pocos líderes genuinamente radicales, de aceptar la corona de Bohemia que le ofrecieron los rebeldes en 1619. Esto le enfrentó a los Habsburgo de Austria, quienes contaban ahora con apoyo sustancial de los bávaros. También se vieron involucrados actores externos. España auxilió a Austria con la esperanza de que una rápida victoria en el imperio le procurase ayuda contra sus propios rebeldes neerlandeses. Ingleses, franceses y neerlandeses enviaron hombres y dinero en auxilio de Bohemia y el Palatinado, básicamente, porque consideraban que una contienda en el imperio distraería a España.
Con el ascenso al trono de Fernando II, en 1619, la política de los Habsburgo se hizo más decidida, pues este consideraba a sus adversarios rebeldes que habían perdido sus derechos constitucionales. La completa victoria obtenida en Montaña Blanca, en las afueras de Praga, en noviembre de 1620, le permitió emprender la transferencia de propiedad privada más grande que tuvo lugar en Europa central antes de la confiscación de tierras llevada a cabo por los comunistas a partir de 1945. Se repartieron los bienes de los rebeldes derrotados entre los leales a los Habsburgo. Después de una serie de victorias en Alemania occidental, esta práctica se extendió a todo el imperio y culminó en 1623 con la transferencia de las tierras y títulos de Federico V al duque Maximiliano de Baviera. La guerra estaba casi acabada, pero en mayo de 1625 la intervención danesa la reavivó y trasladó el foco al norte de Alemania. Las derrotas danesas de 1629 solo sirvieron para ampliar la zona afectada por la política de redistribución y recompensas de Fernando.128
Fernando buscó un acuerdo lo más amplio posible y se aseguró la aceptación de los daneses al concederles generosas condiciones. Pero en marzo de 1629 se excedió al promulgar el Edicto de Restitución. Este trataba de resolver las ambigüedades de la Paz de Augsburgo mediante la imposición de una interpretación rigurosamente católica de las cláusulas en disputa, que incluía la pérdida de protección legal de los calvinistas y ordenar a los protestantes que devolvieran todas las tierras de la Iglesia usurpadas desde 1552. El edicto recibió una condena generalizada, incluso por parte de muchos católicos que consideraban que Fernando se había excedido en sus prerrogativas al promulgar un veredicto definitivo que debía ejecutarse de inmediato, no unas líneas maestras que ayudasen a los tribunales imperiales a resolver las disputas caso a caso. El edicto, que llegó después de una significativa redistribución de tierra a favor de los partidarios de los Habsburgo, parecía un nuevo paso hacia la conversión del imperio en una monarquía centralizada. Los electores, a pesar de sus diferencias confesionales, cerraron filas en el congreso de Ratisbona de 1630 y bloquearon la pretensión del emperador de nombrar a su hijo Fernando III rey de romanos. También le forzaron a destituir a su controvertido general, Albrecht von Wallenstein, y reducir su oneroso Ejército Imperial.129
La invasión sueca de junio de 1630 desbarató toda esperanza de rebajar la tensión por medio de la negociación. Suecia tenía motivaciones económicas y de seguridad para intervenir, pero la excusa que empleó fue rescatar a los protestantes germanos de la contrarreforma de Fernando. La dimensión religiosa se hizo más pronunciada aún tras la muerte del rey sueco Gustavo Adolfo en la batalla de Lützen, en noviembre de 1632. Dos siglos más tarde, los habitantes de la región celebraron el bicentenario de la batalla y convirtieron el lugar en poco menos que un santuario. La hagiografía correspondiente influyó en profundidad en las interpretaciones posteriores de la Guerra de los Treinta años al transformarla en un conflicto religioso.130 Pero, en la época, Suecia legitimó su participación de acuerdo con la defensa del Palatinado y con su interpretación más aristocrática de la constitución imperial, pues esta debilitaría el control de los Habsburgo sobre el imperio. Los rebeldes exiliados y los Estados imperiales más amenazados por el edicto de Fernando apoyaron las operaciones suecas. Esto hizo que la nueva ronda de hostilidades fuera una continuación de las iniciadas en 1618 y no un conflicto completamente diferente, como sostenía Fernando.
El apoyo germano creció tras la victoria sueca de Breitenfeld de septiembre de 1631; los alemanes eran un aliado creíble. Los éxitos subsiguientes permitieron a Suecia copiar los métodos de Fernando y redistribuir entre sus aliados las tierras eclesiásticas capturadas. Gustavo Adolfo tenía intención de usurpar las constituciones imperiales para insertar a sus aliados en un nuevo sistema imperial sueco. No obstante, no está del todo claro hasta qué punto pretendía reemplazar al emperador. Su muerte, en 1632, y una serie ulterior de derrotas obligaron a los suecos a reducir sus pretensiones. La victoria imperial de Nördlingen de septiembre de 1634 le dio a Fernando una nueva oportunidad de alcanzar una «paz con honor» mediante concesiones a Estados luteranos moderados como Sajonia. En mayo de 1635 negoció la Paz de Praga, que suspendía el edicto y restablecía el año normativo, que pasaba a ser 1627. Esto permitía a los luteranos conservar muchas de las tierras eclesiásticas ganadas desde 1552, aunque no todas las que tenían en 1618. La necesidad de mantener el apoyo bávaro hizo que el Palatinado, además de muchos otros principados importantes, quedase excluido de la amnistía. Estas excepciones llevaron a Suecia a afirmar que seguía combatiendo para restituir «las libertades germanas».
Fernando dejó escapar varias oportunidades al delegar a Sajonia las negociaciones con Suecia y embarcarse en una desacertada campaña en apoyo de la nueva guerra de España contra Francia.131 Este último país, que patrocinaba desde 1625 a los adversarios de Austria, pasó a participar de forma directa. Esto no tuvo un pleno impacto hasta 1642, año en el que Francia y Suecia acordaron coordinar su estrategia, que se centró en forzar la neutralidad de una serie de principados proimperiales. La contienda se redujo a menos regiones, pero se libró con una intensidad desesperada, lo cual contribuyó a dejar una impresión persistente de furia devastadora.
La Paz de Westfalia
En 1643, las localidades westfalianas de Münster y Osnabrück fueron declaradas neutrales para acoger el congreso de paz que debía poner fin a la Guerra de los Treinta Años en el imperio, la lucha de España contra los rebeldes neerlandeses (reiniciada en 1621) y la Guerra Franco-Española que se libraba desde 1635. Las operaciones militares prosiguieron para procurar a los beligerantes mejores bazas negociadoras. En el tratado concluido en Münster en mayo de 1648, España aceptó al fin la independencia neerlandesa, pero la Guerra Franco-Española continuó once años más, pues ambas potencias sobreestimaron sus perspectivas de futuros éxitos militares.
Aun así, los diplomáticos lograron concluir con éxito el conflicto en el imperio en dos tratados negociados en Münster y Osnabrück y firmados de forma simultánea el 24 de octubre de 1648. Estos tratados fueron conocidos, respectivamente, por la abreviatura de sus títulos latinos, IPM e IPO.132 Los dos pactos, junto con la primera Paz de Münster, conformaron la Paz de Westfalia, que fue, a un tiempo, un acuerdo internacional y una revisión de la constitución del imperio. Francia y Suecia recibieron compensaciones territoriales, pero la paz ni convirtió a los príncipes en soberanos independientes ni redujo al imperio a la condición de débil confederación. Por el contrario, se mantuvo la tendencia hacia una monarquía mixta. Esto se puede observar en los ajustes a que fue sometido el papel de la religión en la política imperial.
La Paz de Augsburgo había sido renovada pero también revisada, pues se acordó que 1624 sería el año normativo. Esto permitió a los católicos recuperar algunas tierras eclesiásticas, pero no todas las que podrían haber recuperado de haberse aplicado en su totalidad el Edicto de Restitución o la Paz de Praga.133 El calvinismo fue incluido junto al catolicismo y al luteranismo, pero las restantes confesiones quedaron excluidas, a excepción de los privilegios ya existentes de los judíos, que no quedaron afectados. Pese a la percepción de épocas posteriores de que Westfalia aumentó los poderes principescos, el Artículo V del IPO recortaba de forma notoria el derecho de reforma otorgado en Augsburgo, pues retiraba a los Estados imperiales la potestad de cambiar la confesión de sus súbditos. A partir de ese momento, la fe oficial de cada territorio quedó fijada de forma permanente, tal y como había existido en el año normativo de 1624. Para facilitar la aplicación de esta norma, se concedió libertad individual y se protegió a los heterodoxos de discriminación para asuntos de emigración, educación, matrimonio, entierro y culto. De nuevo, se proscribió la violencia a favor del arbitraje mediado por el sistema judicial del imperio. El programa palatino de cambios constitucionales se rechazó de forma definitiva. La fijación de la confesión religiosa oficial de cada territorio cimentó la mayoría católica permanente en las instituciones imperiales. No obstante, se introdujo en el Reichstag una nueva organización del voto (conocida como itio in partes) que permitía a dicho organismo debatir las cuestiones religiosas, cuando era necesario, como dos cuerpos confesionales (corpora).134
Tensión y tolerancia después de 1648
A partir de esta revisión de los aspectos clave, resulta obvio que el acuerdo westfaliano no desplazó la religión de la política imperial y menos aún inauguró un orden internacional plenamente secular. Pero lo que sí que hizo fue anunciar la derrota del confesionalismo militante. Entre 1648 y 1803, los Estados imperiales presentaron 750 protestas formales contra violaciones de las cláusulas religiosas, pero prácticamente todas estas trataban de cuestiones de jurisdicciones y propiedades. Muchas eran relativamente triviales: una quinta parte concernía a granjas o casas individuales y tan solo un 5 por ciento a distritos completos.135 Iglesia y Estado no habían sido separados, pero las cuestiones de doctrina habían quedado en cuarentena para así permitir que las cortes de justicia del imperio resolvieran disputas «religiosas» como si se tratasen de discrepancias acerca de la delimitación de derechos y privilegios legales. El Reichstag no ratificó ninguna de las 74 acusaciones de sesgo religioso presentadas entre 1663 y 1788 contra sentencias del Reichshofrat.136
Solo hubo tres cuestiones que plantearon dificultades. Una concernía a la inquietud protestante con respecto al resurgir católico posterior a 1648. La derrota política del calvinismo en la Guerra de los Treinta Años se sumó a su incapacidad de atraer nuevos conversos después de 1613, fecha de la conversión del elector de Brandeburgo. El luteranismo también perdió terreno. La única excepción fue el activismo de base denominado pietismo, que, salvo en Prusia, era visto con desconfianza por las autoridades.137 Por el contrario, los católicos, incluso abadías menores, se embarcaron en proyectos culturales y constructivos a gran escala asociados al Barroco y a la riqueza y prestigio del emperador (todos ellos pruebas de que no había perdido la guerra). Estos atraían a su servicio a nobles de todos los confines del imperio. La competición por el favor imperial llevó a 31 importantes príncipes a convertirse al catolicismo entre 1651 y 1769, entre los que se incluían Federico Augusto I el Fuerte, elector de Sajonia, que se convirtió en 1697; su hijo le siguió en 1712. Sajonia, cuna del protestantismo, se hallaba ahora bajo soberanía católica.138 Cada una de estas conversiones causó tensión momentánea, pero estos problemas constitucionales fueron resueltos con relativa facilidad, lo cual indica que el imperio continuó siendo flexible hasta entrado el siglo XVIII. La revisión de los años normativos impidió a los príncipes obligar a sus súbditos a abrazar su nueva fe. Por el contrario, a la familia soberana se le permitía practicar el culto en la capilla de palacio, pero debía firmar un documento denominado Reversalien que garantizaba la gestión sin impedimentos de su Iglesia territorial luterana por cargos que hubieran jurado mantener esa fe, con independencia de las creencias del príncipe local. Estos acuerdos solían ser sancionados por la asamblea territorial y a menudo por otros príncipes protestantes. Esto ampliaba la base sobre la cual, en caso de disputas, podían presentarse alegaciones ante las cortes imperiales.139
A pesar de las Reversalien, numerosos protestantes sospechaban que los príncipes fomentaban el catolicismo en secreto por mediación de los sacerdotes agregados a la capilla de corte. Esto ayuda a explicar el furor provocado por los acontecimientos del Palatinado, que constituyen la segunda de las dificultades mencionadas. Tras la extinción de la dinastía gobernante calvinista, en 1685 el Palatinado pasó a manos de una rama católica menor de los Wittelsbach. El nuevo elector colaboró con los franceses, que ocuparon sus tierras durante la Guerra de los Nueve Años (1688-1697), en la reintroducción del catolicismo. Acto seguido, Francia se aseguró el reconocimiento internacional de los cambios hechos en la Paz de Rijswijk de 1697, pese a que tal cosa quebrantaba el año normativo de 1624 (que Francia, como garante de la Paz de Westfalia, debía hacer respetar). El impacto lo magnificó la coincidencia con la conversión al catolicismo del elector de Sajonia y la expulsión de los hugonotes de Francia ordenada por Luis XIV, después de la revocación de sus derechos religiosos en 1685. El grado de preocupación suscitado lo evidencia el hecho de que 258 de las 750 quejas oficiales versaban en torno a esta cuestión.
Esta respuesta dio lugar a la tercera gran dificultad: los protestantes invocaron su derecho a «debatir por partes» y dividir el Reichstag en dos grupos confesionales. Aunque tal medida era legal con la constitución de 1648, se corría el peligro de enquistar el debate en un momento en que el imperio necesitaba reaccionar al estallido de la Gran Guerra del Norte (1700-1721) y a la inminente disputa de la herencia española, que le implicó en una nueva contienda con Francia (1701-1714). A pesar de la intensidad del debate público, había escaso interés político por abandonar los consolidados métodos de trabajo del Reichstag y de otras instituciones. Los protestantes se reunieron por separado, como Corpus Evangelicorum, de 1712 a 1725, en 1750-1769 y en 1774-1778, pero continuaron participando en las demás instituciones imperiales. Los católicos se sentían satisfechos con las estructuras existentes y nunca convocaron un cuerpo separado. Además, el corpus protestante quedó maniatado por la lucha por su liderazgo entre Prusia, Hanover y Sajonia (cuyo elector, a pesar de hacerse católico, se negó a cederlo). La práctica de debatir por partes solo se empleó en cuatro ocasiones (1727, 1758, 1761 y 1764); básicamente, se trataba de un recurso táctico de Prusia para obstaculizar el dominio Habsburgo del imperio. A largo plazo, la manipulación prusiana de las cuestiones religiosas erosionó su capacidad de ocasionar problemas, por lo que, a finales del siglo XVIII, la constitución se consideraba garantía suficiente de las libertades religiosas.140
El acuerdo westfaliano también logró resolver disputas más cotidianas y locales, lo cual nos indica hasta qué punto el imperio siguió siendo importante para sus habitantes hasta comienzos de la Edad Contemporánea. El nuevo año normativo hizo que la confesionalidad de Brandeburgo, el Palatinado, varios principados de la Baja Renania y los obispados de Osnabrück, Lubeca e Hildesheim fuera mixta. Desde 1548, cuatro ciudades imperiales habían sido biconfesionales de forma oficial. El IPO impuso paridad en los cargos públicos y hubo indicios de que la identidad confesional se endureció, pues conformó una «frontera invisible» que separaba a ambas comunidades.141 El número de matrimonios interconfesionales declinó en Augsburgo y se llegó a decir que los puercos protestantes y los puercos católicos tenían pocilgas separadas. La adopción por parte de los católicos del calendario gregoriano en 1584 les había situado diez días por delante del de sus vecinos protestantes, que no se pusieron al día hasta 1700. No obstante, no se repitieron los disturbios que acompañaron la adopción del calendario. Los habitantes tenían muy presentes diferencias sutiles, pero ahora preferían pleitear en los tribunales a la protesta violenta.
El clero, en especial en las zonas fronterizas, interpuso innumerables obstáculos a las personas corrientes que trataban de ejercer su libertad religiosa. Los matrimonios mixtos eran considerados un reino dividido y, a menudo, se presionaba a los individuos para que se convirtieran. Sin embargo, solía prevalecer el pragmatismo. En Osnabrück, una quinta parte de los matrimonios eran interconfesionales, los protestantes participaban en las procesiones religiosas de los católicos y en unas pocas comunidades las diferentes congregaciones llegaban incluso a compartir la misma iglesia. La política oficial seguía siendo soportar, no tolerar: soportar minorías se consideraba una necesidad política y legal. A finales del siglo XVIII las actitudes fueron cambiando, en particular tras la patente de José II de 1781, que concedió mayor igualdad, y que adoptó la mayoría de los gobiernos germanos entre 1785 y 1840.
LA IGLESIA IMPERIAL A COMIENZOS DE LA EDAD CONTEMPORÁNEA
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El registro preparado para el Reichstag de Worms de 1521 enumeraba 3 electores eclesiásticos, 4 arzobispos, 46 obispos y 83 prelados menores; el número de señores seculares era 180. Hacia 1792, tan solo quedaban 3 electores, 1 arzobispo, 29 obispos y abades principescos y unos 40 prelados, junto con 165 Estados seculares. Este declive solo es atribuible, en parte, a la Reforma protestante, la cual tan solo aceleró una tendencia ya existente: la de la incorporación de los bienes materiales de los feudos eclesiásticos por parte de los territorios seglares. Muchos de los Estados eclesiásticos enumerados en el registro de 1521, entre ellos 15 obispados, ya estaban desapareciendo de ese modo. Si bien la Reforma protestante añadió nuevos argumentos teológicos para justificarlos, los cambios políticos asociados a la reforma imperial tuvieron igual importancia, pues vinculaban de forma directa el estatus de los Estados imperiales a una serie de obligaciones imperiales fiscales y militares. Numerosos prelados aceptaron de forma voluntaria la incorporación a jurisdicciones seculares para así eludir tales obligaciones.142 Así pues, toda la «secularización» llevada a cabo antes de 1552 suponía el paso de estatus inmediato a mediado debido a la eliminación de los derechos políticos del feudo. Por contra, la Paz de Westfalia sancionó la secularización de 2 arzobispados y 6 obispados, que fueron convertidos en ducados seculares, con plenos derechos políticos y obligaciones.
Este movimiento no fue unidireccional. Hubo territorios eclesiásticos que se emanciparon de la influencia secular: cabe destacar el obispado de Espira, que había estado bajo protección del Palatinado entre 1396 y 1552, si bien durante este periodo perdió todos los monasterios que controlaba y dos terceras partes de sus iglesias y beneficios. Doce prelados fueron ascendidos al rango de príncipes y algunos monasterios dependientes compraron a sus protectores seculares el derecho a ser Estados inmediatos de pleno derecho.143
Como indica el caso de Espira, la pérdida de propiedad eclesiástica dependiente fue mucho mayor. Los soberanos protestantes del Palatinado, Wurtemberg, Hessen, Ansbach y otras regiones suprimieron cenobios que, aunque carecían de inmediatez imperial completa, habían desempeñado, a menudo durante siglos, un vibrante papel en la vida política y cultural de los católicos. Aun así, hubo numerosas instituciones católicas que pervivieron en territorio protestante. Magdeburgo retuvo la mitad de sus conventos y una quinta parte de sus monasterios después de su conversión en ducado secular tras la Paz de Westfalia. El obispado de Lubeca siguió formando parte de la Iglesia imperial, a pesar de haber sido designado territorio luterano y asignado de forma permanente a Holstein-Gottorp. De igual modo, hubo tres conventos imperiales que permanecieron en el seno de la Iglesia imperial como instituciones luteranas, pues las familias principescas luteranas continuaron enviándoles a sus hijas solteras. En conjunto, en 1802 seguía habiendo al este del Rin 78 fundaciones mediadas y 209 abadías, con rentas anuales valoradas en 2,87 millones de florines, además de centenarios de monasterios, en su mayoría situados en territorios católicos. Los Estados eclesiásticos inmediatos controlaban 95 000 kilómetros cuadrados, con cerca de 3,2 millones de súbditos que generaban unos ingresos anuales de 18,16 millones de florines.144
La composición social
Esta inmensa riqueza expandió la influencia política de la aristocracia del imperio, que controlaba todos los beneficios, prácticamente, de las cerca de un millar de catedrales y abadías existentes y dominaba la Iglesia imperial. La distribución geográfica de las tierras eclesiásticas reflejaba sus orígenes en las áreas de mayor densidad de población, que desde la Edad Media había sustentado la mayor concentración de señoríos. La mayoría de condes y caballeros estaba en las mismas regiones que las tierras eclesiásticas supervivientes: Westfalia, Renania y la confluencia Alto Rin-Meno en las regiones de Suabia y Franconia. La elección a la dignidad episcopal elevaba al candidato al rango de príncipe, de aquí que el título de obispo siguiera siendo atractivo para los caballeros en particular, en desventaja en la distribución jerárquica de derechos políticos del imperio. A comienzos de la Edad Moderna, los caballeros suponían una tercera parte de los obispos. La familia Schönborn fue la más exitosa de todos ellos, pues obtuvo en dos ocasiones la sede primada de Maguncia.145 Ya en la Edad Media había avanzado mucho la dominación aristocrática, que a principios de la Edad Moderna fue reforzada por barreras adicionales: los aspirantes a canónigo debían demostrar 16 antepasados nobles. De los 166 arzobispos imperiales entre 900 y 1500, tan solo se sabe de 4 que fueran villanos; entre los siglos VII y XV, apenas se conocen 120 villanos de un total de 2074 obispos germanos. Esta proporción se mantuvo más o menos igual entre 1500 y 1803: ejercieron el cargo de arzobispo u obispo durante ese periodo 332 nobles, 10 villanos y 5 extranjeros.146
Por desgracia para caballeros y condes, los príncipes también contaban con largas listas de antepasados ilustres. Los Wittelsbach eran firmes candidatos a los cargos de arzobispo u obispo, en particular a partir de 1555, cuando los protestantes se autodescalificaron por causa de su fe. El papado relajó las normas que prohibían la acumulación de obispados para así impedir que cayeran en manos protestantes. Ernesto, duque de Baviera, se aseguró Colonia y cuatro obispados a finales del siglo XVI; 150 años más tarde, su pariente Clemente Augusto fue conocido por el mote de «señor cinco iglesias» por detentar un número similar de obispados.147 La acumulación de obispados solía ser bien vista por los canónigos catedralicios, pues esto les permitía vincular un obispado débil a uno más poderoso, como por ejemplo Münster y Colonia, o permitir la cooperación entre vecinos, como fue el caso de Bamberg y Wurzburgo.
Tales uniones eran temporales, pues cada obispado conservaba su propia administración. Después de 1648, esta supuesta incapacidad de participar en cambios institucionales más generales provocó críticas, en particular por parte de protestantes y pensadores ilustrados que se quejaban de que la «mano muerta» de la Iglesia retenía valiosos recursos que podían emplearse de mejor forma. Los argumentos a favor de la secularización se hicieron más sólidos a partir de 1740, pues parecía un método adecuado para desactivar la tensión austroprusiana, o mejorar la viabilidad de los principados de tamaño medio, todo ello a expensas de sus vecinos eclesiásticos. Algunos historiadores posteriores aceptaron al pie de la letra los argumentos de este debate, que presentaba a la Iglesia imperial como una reliquia medieval fosilizada.148 En la práctica, la evolución interna de las tierras eclesiásticas fue, por lo general, similar al de los territorios seculares y abrazó muchas de las medidas propugnadas por los pensadores ilustrados. Por desgracia, esto no significaba que las tierras de la Iglesia fueran los territorios apacibles y benevolentes que algunos católicos afirmaban que eran: en realidad, todos estos territorios formaron sus propios ejércitos y muchos participaron en las mismas conflagraciones europeas que los príncipes seculares.149
La reforma política fue suplementada por el movimiento popular de renovación espiritual que se extendió por la Alemania católica a partir de la década de 1760. Este movimiento decayó durante el decenio siguiente, pero recuperó vigor renovado en respuesta a la supresión, por parte de José II, de 700 monasterios mediados situados en tierras de los Habsburgo y, a partir de 1782, a las restricciones sobre la jurisdicción espiritual de varios príncipes-obispos del sur de Alemania.150 Este movimiento de renovación y reforma fue conocido como febronianismo, a causa del pseudónimo adoptado por el obispo sufragáneo de Tréveris, Nikolaus von Hontheim, en un manifiesto publicado en 1763. Hontheim solicitó al papa que resolviera los Gravamina, o quejas formales, que pudieran quedar de los protestantes para permitir la reunificación de todos los cristianos alemanes en el seno de una Iglesia nacional. La petición de varios obispos de poner fin a la jurisdicción papal y la retirada de los nuncios papales de Viena, Colonia y Lucerna profundizó en el elemento antipapal. Esto provocó el rechazo de aquellos que el febronianismo buscaba reclutar, en particular el campesinado, de mayoría católica y conservadora, que se oponía a muchas de las reformas sociales de los obispos. En 1785, la asociación de los obispos febronianistas con la Liga de Príncipes prusiana enfureció a José II y dejó a la Iglesia imperial en una posición vulnerable cuando estallaron las guerras revolucionarias francesas, en 1792.151
Carlos Teodoro von Dalberg tuvo un papel muy destacado en la defensa de la Iglesia imperial. Von Dalberg provenía de una familia de caballeros imperiales que había sido propietaria de fincas entre Espira y Oppenheim desde el siglo XIV y que estaba emparentada con las influyentes familias de los Metternich, Stadion y Von der Leyen. Después de diez años como canónigo catedralicio, Dalberg fue ascendiendo dentro de la administración del elector de Maguncia hasta convertirse, en 1802, en su sucesor en el cargo de archicanciller imperial y jefe de la Iglesia imperial. Su ascenso llegó en el preciso momento en que el mundo que amaba llegaba a su fin a causa de la desaparición de tres instituciones interrelacionadas: la Iglesia imperial, los caballeros imperiales y la constitución imperial. Dalberg luchó para preservar el viejo orden contra unas circunstancias sumamente cambiantes y se mostraba optimista (sus críticos dirían ingenuo) a pesar de que sus posibilidades de éxito, visto en perspectiva, eran ínfimas. Napoleón Bonaparte lo utilizó entre 1802 y 1806 para legitimar su reorganización de Alemania. Los espléndidos elogios que Dalberg dedicó a Napoleón no contribuyeron a disipar las acusaciones de traición que recayeron sobre él, precisamente, y que acabaron por convertirlo en el chivo expiatorio del fin del imperio.152
Pero, en realidad, el destino de la Iglesia imperial lo sellaron las cláusulas de la Paz de Campo Formio de 1797, que consignó la cesión a Francia de la orilla izquierda del Rin. Los príncipes seculares que perdieran posesiones debían ser compensados con tierras eclesiásticas del lado este del Rin. Los Habsburgo esperaban limitar el daño, pero el proceso ganó ímpetu propio a causa de las posteriores victorias francesas, hasta culminar, en 1802-1803, en una gran oleada final de secularizaciones. Esto fue mucho más allá que todos los cambios anteriores y cambió el imperio de forma irrevocable, pues destruyó, en la práctica, a la Iglesia imperial. Tan solo fue trasladado el electorado de Dalberg (al antiguo obispado de Ratisbona); Mergentheim y Heitersheim permanecieron en manos de la Orden Teutónica y de los caballeros sanjuanistas, como última reserva de la aristocracia germana. El resto de la Iglesia imperial pasó a manos seculares, incluidas sus propiedades mediadas. Solo en Austria se incautó propiedad por valor de 15 millones de florines. Wurtemberg suprimió 95 abadías, que fueron convertidas en cuarteles, escuelas, sanatorios mentales, oficinas gubernamentales y palacios para acoger a los señores seculares de las tierras anexionadas en 1806. El antiguo monasterio agustino de Oberndorf se convirtió en fábrica de armas, que se hizo célebre en el futuro por ser el centro de producción del fusil Mauser.153 Propiedades, obras de arte y archivos fueron dispersados o destruidos y 18 universidades católicas cerraron sus puertas, si bien la mayor parte de la riqueza se empleó, en un principio, para procurar pensiones al antiguo clero imperial.154
Dalberg salvó su principado gracias a que ejercía de cabeza visible de los 16 príncipes que abandonaron el imperio en julio de 1806 tras pactar con Napoleón, lo que precipitó la abdicación del emperador Francisco II tres semanas más tarde (vid. Lámina 31). Dalberg fue recompensado con más territorio y el título de gran duque de Fráncfort, pero fue obligado a aceptar que el hijastro de Napoleón, Eugène de Beauharnais, fuera designado su sucesor. Austria asumió el título del gran maestre de la Orden Teutónica. En cuanto a los caballeros sanjuanistas, ya en 1805 habían quedado por completo eliminados como elemento político. Dalberg se convirtió en el liquidador del imperio y trabajó con denuedo para reorganizar la Iglesia católica y redefinir sus relaciones con los principados, ahora soberanos. Las leyes aprobadas por el Reichstag en 1803 obstaculizaron su labor, pues estas eximían a Austria y Prusia de futuros concordatos imperiales con el papado. Prusia se anexionó la mayor parte de los obispados westfalianos en 1802 y los reorganizó sin consultar con el pontífice. El papado, por su parte, rechazó las propuestas presentadas por Dalberg en 1803 en nombre del resto del imperio, pues le consideraban el continuador del febronianismo. Baviera atizó las sospechas papales; con ello, esperaba obtener la autonomía de la que ya disfrutaban Austria y Prusia. Otros príncipes establecieron sus propios acuerdos, lo cual redujo los apoyos de Dalberg a aquellos príncipes cuyas tierras eran demasiado pequeñas o demasiado pobres como para mantener obispo propio. El proyecto fracasó. El fallecimiento de Dalberg, en 1817, le allanó al papado el camino para establecer concordatos con los Estados soberanos supervivientes. Al adaptarse a la federalización de Alemania, el papado contribuyó así a la desaparición del imperio, pues este había quedado desprovisto de una Iglesia nacional.155 No obstante, esto no fue del todo negativo, pues la destrucción de la Iglesia imperial liberó energías y recursos que alimentaron el dinamismo del catolicismo germano durante el siglo XIX.
NOTAS
1 Hay, D., 1968, 16-36, 52; Guenée, B., 1985, 1-9; Bartlett, R, 1993, en particular 250-255, 292-314.
2 Scales, L. E., 2012, 396, 414-415.
3 La visión diferenciada es evidente en los relatos cristianos de la época acerca de las creencias eslavas, por ejemplo, el de Tietmaro de Merseburgo, vid. Warner, D. A., 2001, 252-254. Véase también Angenendt, A, 2005, 32-46; Třeštík, D., 1995, 7-59.
4 Barkey, K., 2008, 109-153.
5 Huntington, S. P., 1996.
6 van Engen, J., 1986, 519-552.
7 Según afirma McKitterick, R, 2008, capítulo 5.
8 Reuter, T., 1985, 75-94; Laudage, J. et al., 2006, 166-172.
9 Collins, R., 1991, 321-322.
10 Reuter, T., «Carolingian and Ottonian warfare», en Keen, M. (ed.), 1999, 13-35, 31.
11 Lawrence, C. H., 1989, 71.
12 Vid. el relato de Berthold, amigo y biógrafo de Hermann, en Robinson, I. S. (ed.), 2008, 108-112.
13 Innes, M., 1997b, 201-216; Coupland, S., 1998, 85-114. Para un panorama más general, vid. Reuter, T., «Charlemagne and the world beyond the Rhine», en Story, J. (ed.), 2005, 183-194; Costambeys, M. et al., 2011, 80-153.
14 McKitterick, R., 1983, 109-124; Lawrence, C. H., op. cit., 22, 74-82.
15 Hammer Jr, C. I., 1980, 5-17.
16 Wood, I., 2001.
17 Angenendt, A. (ed.), 1998, I, 131-143.
18 Kohl, W. (ed.), 2000, 1-24; Weiers, H. J., 1984, 3-19. Además de Angenendt, A, 2005, véase también Senger, B., 1984; Isenberg, G. y Rommé, R. (eds.), 2005.
19 Althoff, G, 2005, 17-18.
20 Con respecto a la petición de Otón I de reliquias romanas para apoyar las misiones de Germania, vid. Warner, D. A. (ed.), op. cit.
21 Althoff, G, 2005, 151. Tietmaro de Merseburgo narra la destrucción del alzamiento eslavo en Warner, D. A. (ed.), op. cit., 141-143. Acerca de Crotone, vid. 299, 314.
22 La dimensión política de esta y la experiencia paralela de Hungría se describen en Warner, D. A. (ed.), op. cit., 204-207.
23 Stiegemann, C. y Wemhoff, M. (eds.), 1999.
24 Bohemia había sido asignada al obispado de Ratisbona en 950. Con respecto a la creación de Magdeburgo por obra de Otón, vid. Althoff, G., 2005, 119-122, 128-133; Becher, M., 2012, 197-203, 242-245, 252-253.
25 Warner, D. A. (ed.), op. cit., 140-142.
26 Althoff, G., 2003, 62-65 y Althoff, G., 2005, 179-189, 210-211.
27 Southern, R. W., 1970, 171; Costambeys, M. et al., op. cit.,172. La mayoría de arzobispados tenía bajo su supervisión entre cuatro y seis obispados, con la salvedad del arzobispado de Maguncia, que, en el siglo XI, contenía 16 obispados.
28 Morrissey, R., 2003, 305.
29 Bernhardt, J. W., 1993, 149-161.
30 Lorenz, H., 1922.
31 Wood, I., 2013, 37-74.
32 MacLean, S. (ed.), 2009, 5; Rösener, W., 1994, 39; Hill Jr., B. H., 1972, 164.
33 Eldevik, J., 2012.
34 Althoff, G., 2005, 235.
35 Innes, M., 2000, 18-30; Hummer, H. J., 2005, 38-55.
36 Erkens, F. R., «Die Bistumsorganisation in den Diözesen Trier und Köln», en Weinfurter, S. (ed.), 1991, II, 267-302; Innes, M., 2000, 43; Hummer, H. J., op. cit., 72-76. Para una visión de conjunto, vid. Reynolds, S., 1997, 79-90.
37 Blickle, P., 2008, 92; Kümin, B., 2013, 51, 55.
38 Schieffer, R., 1989, 291-301; Santifaller, L., 1964.
39 Reuter, T., 1982, 347-374.
40 Engels, O., «Das Reich der Salier-Entwicklungslinien», en Weinfurter, S. (ed.), 1991, 479-541, 516-533.
41 Mikoletzky, H. L., 1946, 41y ss.
42 Zielinski, H., 1984, 243. Acerca de la Iglesia con los salios, véase también Weinfurter, S. (ed.), 1991, II y Wolfram, H., 2006, 249-307. Los ministeriales se tratan en 347-348.
43 Para Meinward, vid. Leesch, W. y Schubert, P., 1966, 170. Véase también Althoff, G., 2005, 234-235; Weinfurter, S., 1999, 57.
44 Weinfurter, S., 1999, 63-67.
45 Weinfurter, S., «Herrschaftslegitimation und Königsautorität im Wandel: Die Salier und ihr Dom zu Speyer», en Weinfurter, S. (ed.), 1991, I, 55-96.
46 Jenel, G., 1975, I, 175-195; Robinson, I. S., 1999, 43-44.
47 Jenel, G., op. cit., 303-311.
48 Schütte, B., 2004, 102. Para un ejemplo del desarrollo de los capítulos, vid. Duggan, L. G., 1978, 11-83, así como la explicación de las páginas 371-372. Con respecto a Francia, vid. Bergin, J., 2004.
49 Zeumer, K. (ed.), 1913, 42-44. Véase también 359-360.
50 Andermann, U., 1996, 39-63. Para las pautas generales, véase también 356-377.
51 Burleigh, M., 1988. Para la colonización inicial, vid. Rady, M., «The German settlement in central and eastern Europe during the high Middle Ages», en Bartlett, R. y Schönwälder, K. (eds.), 1999, 11-47.
52 Bartlett, R., 1993, 106-196.
53 Blaschke, K., 1967, 65-66, 70, 77-78.
54 Estas conexiones se ilustran con gran belleza en Magocsi, P. R., 2002, 37-41. Véase también Bartlett, R., 1993, 172-177.
55 Citado en Piskorski, J. M., 2004, 323-343, 340.
56 Davies, N., 2005, I, 64-65; Rösener, W., op. cit.,50-52.
57 Scales, L. E., 2012, 402-405; Piskorski, J. M., op. cit., 338.
58 Kämpfer, F., «Über den Anteil Osteuropas an der Geschichte des Mittelalters», en Borgolte, M. (ed.), 2001, 58.
59 Jaspert, N., «Religiöse Institutionen am Niederrhein zum Ende des Mittelalters», en Groten, M. et al. (eds.), 2011, 267-288, 268-276; Demel, B., 1972, 16-77. Los templarios establecieron cenobios en Sajonia y en algunas regiones de la Italia septentrional. Tras su supresión, en 1312, sus posesiones germanas fueron transferidas a los caballeros sanjuanistas.
60 Riley-Smith, J., 2002; Tyerman, C., 2006.
61 Morton, N., 2011, 38-66, 46. Véase también Christiansen, E., 1997.
62 Fonnesberg-Schmidt, I., 2007; Urban, W., 2003, así como las contribuciones de Mugurevics, E., Starnawska, M., Pósán, L. y Górski, K. en Murray, A.V. (ed.), 2014.
63 NTSR, VIII, 317-379.
64 Kieckhefer, R., 1979, 83-96; Hilsch, P., «Die Hussitenkriege als spätmittelalterlicher Ketzerkrieg», en Brendle, F. y Schindling, A. (eds.), 2006, 59-69; Odložilík, O., 1965. Con respecto al utraquismo, vid. David, Z. V., 2003.
65 Haverkamp, A., 1988, 212.
66 Goldberg, E. J., 2006, 36.
67 Reuter, T., 1991, 235.
68 Heidrich, I., «Bischöfe und Bischofskirche von Speyer», en Weinfurter, S. (ed.), 1991, II, 187-224, 205-206; Haverkamp, A., 1988, 213-215.
69 Cit. en Chazan, R., 1977, «Emperor Frederick I, the Third Crusade and the Jews», Viator 8, 83-93, 89.
70 Sommerlechner, A., 2002, 121-150; Patschovsky, A., «The relationship between the Jews of Germany and the king (11th-14th centuries)», en Haverkamp, A. y Vollrath, H. (eds.), 1996, 193-218, 201-203.
71 Bell, D. P., 2007, 57; Haverkamp, A., 1988, 343.
72 Seibt, F., 1978, 192-200; Hoensch, J. K., 2000, 132-134.
73 En Austria, por ejemplo: Niederstätter, A., 1996, 103-104.
74 Bell, D. P., 2007, 58.
75 Hödl, G., 1978, 82-99.
76 Niederstätter, A., op. cit., 105-107.
77 Evans, R. J. W., 1997, 236-242.
78 NTSR, V, I, 223-229; Ehrenpreis, S. et al., 2003, 409-487; Cohn, H. J., «Jewish self- governing assemblies in early modern central Europe», en de Cruz Coelho, M. H. y Tavares Ribeiro, M. M. (eds.), 2010, 88-95.
79 Tlusty, B. A., 2011, 175-185; Westphal, S., «Der Umgang mit kultureller Differenz am Beispiel von Haftbedingungen für Juden in der Frühen Neuzeit», en Gotzmann, A. y Wendehorst, S. (eds.), 2007, 139-161.
80 Hsia, R. P., «The Jews and the emperors», en Ingrao, C. W. (ed.), 1994, 71-80, 76-77. Acerca de los nuevos tribunales supremos, vid. 619-625.
81 Al parecer, las nuevas cortes supremas evitaron, por lo general, las prácticas discriminatorias que caracterizaban al proceso legal de las ciudades en las que vivían numerosos judíos: Boes, M. R., 1999, 407-435.
82 Friedrichs, C. R., 1986, 186-228 y 1990, 91-152.
83 Ehrenpreis, S. et al., 2003, 479, nota 15; Schenk, T., 2012, 107-161, 126-127.
84 Israel, J. I., 1983, 3-30; Spielman, J. P., 1993, 123-135; Rutz, A., «Territoriale Integration durch Bildung und Erziehung?», en Groten et al. (eds.), 2011, 337-357, 344.
85 Müller, K., 1993, 152-177; Kohl, W. (ed.), 1983-1984, I, 655-657.
86 Hartmann, P. C., 1995, 345-369.
87 Roider Jr, K. A., 1982, 95-99.
88 Schoeps, J. H., «“Ein jeder soll vor alle und alle vor ein stehn”. Die Judenpolitik in Preußen in der Regierungszeit König Friedrich Wilhelms I.», en Beck, F. y Schoeps, J. (eds.), 2003, 141-160; Schenk, T., «Friedrich und die Juden», en 2012, I, 160-174.
89 Wilson, P. H., «Der Favorit als Sündenbock. Joseph Süß Oppenheimer (1698-1738)», en Kaiser, M. y A. Pečar, A. (eds.), 2003, 155-176. Oppenheimer fue el protagonista de varias novelas y películas con el nombre de «el judío Süß».
90 Friedrichs, C. R., 1990, 151.
91 Schmidt-von Rhein, G. y Cordes, A. (eds.), 2006, 267-272.
92 Existen buenas introducciones a este complejo tema. Por ejemplo, Wandel, L. P., 2011 y MacCulloch, D., 2003.
93 Stollberg-Rilinger, B., 2008, 99-135.
94 Benert, R. R., 1973, 17-36; von Friedeburg, R., 2002; Strohmeyer, A., 2006.
95 Whaley, J., 2012, I, 168-182, proporciona un excelente resumen de los hechos.
96 El ejemplo principal es el de von Ranke, L., 1934, en particular 305-320. Hoy, algunos autores todavía se hacen eco de estas ideas. Vid. por ejemplo, Brady Jr, T. A., 2009.
97 Duchhardt, H., 1977, 8-51.
98 Lutz, H., «Friedensideen und Friedensprobleme in der Frühen Neuzeit», en Heiss, G. y Lutz, H. (eds.), 1984, 28, 54.
99 Andermann, U., «Säkularisation von der Säkularisation», en Andermann, U. (ed.), 2004, 13-30 y 15-21. Vid. 194 para la supresión de los obispados.
100 Ocker, C., 2006; Kellenbenz, H. y Prodi, P. (eds.), 1994.
101 Como por ejemplo los celebrados entre Maguncia, Hessen y Sajonia. Vid. Schindling, A. y Ziegler, W. (eds.), 1989-1997, IV, 75-76. Esta obra nos proporciona el relato más exhaustivo de la Reforma en los territorios alemanes del imperio.
102 Heckel, M., 1991, 283-350; Dolezalek, G., «Die juristische Argumentation der Assessoren am Reichskammergericht zu den Reformationsprozessen 1532-1538», en Diestelkamp, B. (ed.), 1990, 25-58.
103 Schindling, A. y Ziegler, W. (eds.), 1989-1997, I, 59-61.
104 Bireley, R., 1999; Forster, M. R., 2007, 1-37.
105 Cit. en Whaley, J., 2012, I, 323. Véase también Schorn-Schütte, L. (ed.), 2005. Con respecto a las otras medidas de Carlos, vid. 228-229, 436-439.
106 Rein, N., 2008; Schäfer, K., 2009; Fuchs, M. y Rebitsch, R. (eds.), 2010.
107 Kohler, A., 2003, 225-251; Wolgast, E., 2006, 59-96.
108 Entre las muchas obras que tratan esta paz, la más sustancial es la de Gotthard, A., 2004, que, en algunos aspectos, retoma la interpretación anterior, más pesimista. Heckel (2006, 391-425) proporciona una visión más positiva. Acerca de las ambigüedades y omisiones del texto, vid. Heckel, M., 1959, 141-248.
109 Schlaich, K., 1977, 264-299, 288-289.
110 Wolgast, E., 2006, 63-64. Véase también Louthan, H., 2009, 28-29.
111 Potter, G. R., 1976; Taplin, M., «Switzerland», en Pettegree, A. (ed.), 2000, 169-189. El surgimiento de la Confederación Suiza se explica en 585-591.
112 Gordon, B., «Italy», en Pettegree, A. (ed.), 2000, 277-295; Firpo, M., «The Italian Reformation», en Po-chia Hsia, R. (ed.), 2004, 169-184.
113 Cameron, E., 1984, 163-166.
114 Reinhard, W., «Pressures towards confessionalization? Prolegomena to a theory of the confessional age», en Scott Dixon, C. (ed.), 1999, 169-192. Schindling, A. y Ziegler, W. (eds.), 1989-1997 proporciona información detallada.
115 La bibliografía de estos temas es muy extensa en la actualidad. Para un resumen, vid. Boettcher, S. R., 2004, 1-10. Entre las buenas monografías tenemos las de Forster, M. R., 2001 y Smith, W. B., 2008.
116 Gräf, H. T., 1993, 108-111. Este periodo de la política imperial se aborda con mayor detalle en Luttenberger, A. P., 1994; Whaley, J., 2012, I, 339-474.
117 Engelbrecht, J., «Staat, Recht und Konfession. Krieg und Frieden im Rechtsdenken des Reiches», en Lademacher, H. y Groenveld, S. (eds.), 1998, 113-128; Schmidt, A., 2010, 243-269.
118 Murdock, G., 2004.
119 Chadwick, O., «The making of a reforming prince: Frederick III, elector Palatine», en Knox, R. B. (ed.), 1977, 44-69; Nischan, B., 1994. El carácter excepcional de Emden se debió, en gran medida, a la presencia de exiliados neerlandeses. Vid. Pettegree, A., 1992.
120 Sarx, T., «Heidelberger Irenik am Vorabend des Dreißigjährigen Krieges», en Ernst, A. y Schindling, A. (eds.), 2010, 167-196; Press, V., 1970.
121 Numerosas obras generales del momento pasan por alto la rivalidad entre el Palatinado y Baviera. Para más información, vid. Thomas, A. L., 2010.
122 Heckel resume estas cuestiones de forma eficiente en, Heckel, M., «Die Krise der Religionsverfassung des Reiches und die Anfänge des Dreißigjährigen Krieges», en Repgen, K. (ed.), 1988, 107-131. Véase también Wilson, P. H., «The Thirty Years War as the Empire’s constitutional crisis», en Evans, R. J. W. et al. (eds.), 2011, 95-114.
123 Pörtner, R., 2001; Louthan, H., 1997; Patrouch, J. F., 2000; MacHardy, K. J., 2003.
124 Para un debate acerca de este punto, vid. Wilson, P. H., 2008, 554-586; Schulze, W. (ed.), 2002. Para lo siguiente, vid. Wilson, P. H., 2009; Asbach, O. y Schröder, P. (eds.), 2014. La Unión y la Liga se abordan con mayor detalle en las páginas 564-565.
125 Polišenský, J., 1991. Para un relato de una de las víctimas de la defenestración, vid. Wilson, P. H. (ed.), 2010, 35-37. Los tres sobrevivieron a la caída.
126 Wilson, P. H., 2008, 473-514; Schilling, H. (ed.), 2007; Brendle, F. y Schindling, A. (eds.), 2006. Véase también la informativa monografía de Berg, H., 2010.
127 Información más detallada con respecto a estos puntos en Wilson, P. H., «Meaningless conflict? The character of the Thirty Years War», en Schneid, F. C. (ed.), 2012, 12-33 y «Was the Thirty Years War a “total war”?», en Charters, E. et al. (eds.), 2012, 21-35.
128 Bireley, R., 2014, en particular 91-166; Brockmann, T., 2011; Albrecht, D., 1998; Lockhart, P. D., 1996.
129 Urban, H., 1968; Frisch, M., 1993. Véase también 457-458.
130 Schuberth, I., 2007; Reichel, M. y Schuberth, I. (eds.), 2007; Cramer, K., 2007. Para un sumario de los motivos de Suecia durante el conflicto, vid. Ringmar, E., 1996.
131 Öhman, J., 2005. Para lo siguiente, véase también Croxton, D., 1999 y 2013.
132 Los textos completos de ambos están disponibles traducidos en varios idiomas en [www.paxwestphalica.de]. La redistribución de territorios se trata en las páginas 220-229. Las páginas 441-443 cubren más en profundidad el impacto de la constitución imperial.
133 Fuchs, R. P., 2010.
134 Schlaich, K., 1977.
135 Luh, J., 1995, 17-43. Con respecto al debate del lugar de la religión en la política a partir de 1648, vid. Stievermann, D., 1991, 177-99.
136 Whaley, J., 2012, II, 63.
137 Fulbrook, M., 1983; Gawthrop, R. L., 1993.
138 Mader, E. O., 2007, 403-440; Peper, I., 2010.
139 Para un ejemplo detallado, vid. Haug-Moritz, G., 1992.
140 Haug-Moritz, G., «Corpus Evangelicorum und deutscher Dualismus», en Press, V. (ed.), 1995, 189-207; Wilson, P. H., 2014, 3-48.
141 Esto es lo que ocurrió en Augsburgo, según sostiene François, E., 1991. Las otras tres ciudades biconfesionales eran Biberach, Dinkelsbühl y Ravensburg. Véase también Whaley, J., «A tolerant society? Religious toleration in the Holy Roman Empire, 1648-1806», en Grell, O. P. y Porter, R. (eds.), 2000, 175-195.
142 Neuhaus enumera los cambios con mayor detalle en Neuhaus, H., 1997, 30-31. Véase también Ziegler, W., 1992, 252-281. Durante la Reforma protestante solo desaparecieron a causa de la secularización directa siete abadías imperiales. Seis dejaron de formar parte del imperio mediante su incorporación a la Confederación Suiza. Véase también 409-414.
143 El último que hizo esto fue Isny en 1782.
144 Brück, H., 1887-1901, I, 3.
145 Schraut, S., 2005.
146 Duggan, L. G., «The church as an institution of the Reich», en Vann, J. A. y Rowan, S. (eds.), 1974, 149-164, 154-155. La proporción de miembros del pueblo llano en la Iglesia medieval era, probablemente, mayor, pues desconocemos los orígenes sociales de 421 obispos. Véase también Blisch, B., «Kurfürsten und Domherren», en Dumont, F. et al. (eds.), 1998, 879-897; Christ, G., 1989, 257-328.
147 Gatz, E. (ed.), 1996, 163-171; Bönisch, G., 2000.
148 Epstein, K. W., 1966, 276-285, 605-615.
149 Blanning, T. C. W., 1974; Wilson, P. H., 1998; Nowosadtko, J., 2011.
150 Beales, D., 2003; Printy, M., 2009.
151 El papel del febronismo en la política imperial lo aborda con mayor detalle von Aretin, K. O., 1993-2000, III, 237-297. Con respecto a la Liga de Príncipes, véase también 482, 640-642.
152 Dalberg, por ejemplo, ofició una misa para celebrar las victorias de Napoleón contra Prusia en Jena y Auerstädt en 1806. Acerca de este y otros hechos ulteriores vid. Hausberger, K. (ed.), 1995; Färber, K. M., 1988; Menzel, G., 1974, 1-126; Decot, R. (ed.), 2002; Härter, K., 2006, 89-115. Véase también 641-654 y la parte que trata la Confederación del Rin (660-663).
153 Smith, W. H. B., 1974, 12-13.
154 Existe un ejemplo detallado de esto en E. Klueting, E., «“Damenstifter sind zufluchtsörter, wo sich Fräuleins von adel schicklich aufhalten können”. Zur Säkularisation von Frauengemeinschaften in Westfalen und im Rheinland 1773-1812», en Schilp, T. (ed.), 2004, 177-200.
155 von Aretin, K. O., 1993-2000, III, 518-521.
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* N. del T.: En latín en el original.
CAPÍTULO 3
Soberanía

LAS COLUMNAS DE HÉRCULES
No más allá de Metz
En el otoño de 1552, Carlos V pasó tres meses horribles asediando Metz con el mayor ejército que jamás llegó a comandar. Los franceses habían tomado la ciudad cinco meses antes en alianza con los príncipes protestantes que se oponían a la impopular solución de Carlos para la tensión religiosa del imperio. El 31 de julio, los príncipes habían obligado a su hermano menor, Fernando, a aceptar la Paz de Passau y Carlos necesitaba una gran victoria para restituir su prestigio. Pero sufrió su peor derrota. Con sus fuerzas mermadas por enfermedades y deserciones, el 1 de enero de 1553 levantó el asedio de Metz. Este hecho demostró los límites de la autoridad imperial y aceleró el proceso político que culminó dos años más tarde en la Paz de Augsburgo.1
Durante el asedio, los franceses remarcaron tales límites de forma simbólica y se burlaron de Carlos con una imagen de un águila imperial encadenada entre dos pilares con el lema Non Ultra Metas, un ingenioso juego de palabras, pues quería decir «no más allá de Metz» pero también «sin pasar de los límites» pues Metas significa a la vez «Metz» y «límites». El escudo ridiculizaba el motivo inventado en 1516 con ocasión del ascenso al trono de España de Carlos, que utilizaba ideas ya expresadas por Dante. Según la antigua leyenda, Hércules había marcado los límites del mundo conocido emplazando sendos pilares a uno y otro lado del estrecho de Gibraltar. Las pseudogenealogías de los apologistas de los Habsburgo afirmaban que Carlos era descendiente directo de Hércules, entre otros nobles héroes. En 1519 se añadió a la divisa de los dos pilares el lema Plus Ultra («más allá») para simbolizar a un tiempo la idea tradicional de imperio que abarca toda la civilización cristiana y la nueva idea de España, que, en aquella época, estaba conquistando su imperium del Nuevo Mundo en México y Perú (vid. Lámina 10).
Resultaba obvio, incluso en el momento en que esta enseña era diseñada, que el mundo conocido se dividía en numerosos Estados separados. Lo que no estaba claro era hasta qué punto cada uno era independiente y si debían interactuar como iguales. Tales cuestiones estaban presentes desde la fundación del imperio, pero nunca se desarrollaron lo suficiente como para dejar sin sentido las pretensiones imperiales, o para socavar la autoridad del emperador dentro de sus propios territorios.
Bizancio
En 800, Carlomagno y el papa León III establecieron un imperio que no era ni singular, ni el único que afirmaba ser romano. La pervivencia de Bizancio durante otros 653 años fue crucial para dividir la Europa cristiana en dos esferas políticas y religiosas, oriente y occidente, cuyo legado persiste hoy. Al contrario que el emperador de occidente, que también era rey, su homólogo bizantino era únicamente emperador. Hubo regencias en el este, pero nunca interregnos como en el oeste, con prolongados periodos sin un emperador coronado. Bizancio nunca desarrolló una normativa clara que rigiera la sucesión como las que se acabaron creando en el imperio tardomedieval. Entre los siglos IV y IX, el ejército, el Senado y el pueblo participaron, en coaliciones diversas, en la elección de los emperadores de oriente. Los candidatos elegidos se alzaban sobre un escudo entre los vítores de sus soldados, pero no se coronaban en una ceremonia religiosa. Antes de la dinastía macedonia, que detentó el poder entre 867 y 1056, nunca hubo más de cuatro generaciones de una misma familia en el trono imperial. La práctica de nombrar un sucesor surgió en el siglo X. Con los Commenos se estableció un régimen hereditario (1081-1185) y de nuevo con los Paleólogos (1259-1453).
Los emperadores bizantinos asumían el poder de forma directa. Desde 474 se celebraron coronaciones, pero sin ninguno de los elementos sacros que fueron apareciendo de forma gradual durante el siglo XIII a causa de la influencia occidental. Se esperaba del emperador que gobernase como un rey del Antiguo Testamento, que, aunque no era considerado un dios, se le creía similar a uno, pues reinaba Dei Gratia, por la gracia de Dios, en pío y directo sometimiento a la voluntad divina. Los emperadores bizantinos seguían el ejemplo de Constantino, en el siglo IV, pues ejercían control directo de su Iglesia por medio del nombramiento del patriarca de Constantinopla. Los patriarcas conservaban su autoridad moral y podían imponer penitencia a emperadores descarriados. El intento fracasado de la familia imperial de retirar las imágenes del culto en 717-843 también demostraba que su dominio de los asuntos religiosos tenía límites. No obstante, podían deponer a patriarcas recalcitrantes, así como imponer mayor control doctrinal a partir del siglo XI, hasta el punto de imponer a su clero la indeseada y breve reunificación con Roma de 1439. Esta unión de poderes papales e imperiales la censuraban los occidentales, que la calificaban de cesaropapismo.2
Al contrario que Roma, Constantinopla siguió siendo, hasta la Baja Edad Media, una de las principales capitales mundiales. Aunque su población se redujo después de alcanzar su cifra máxima de medio millón de habitantes durante el siglo VI, cinco siglos más tarde seguía contando con 300 000 de una población en todo el Imperio bizantino de 12 millones. El Gran Palacio, iniciado por Constantino y que en la actualidad es el palacio de Topkapi, rebosaba de maravillas tales como leones mecánicos, un trono que se elevaba solo y un órgano de oro, que ofrecían al impresionado visitante occidental imágenes deslumbrantes de esplendor imperial. La compleja etiqueta cortesana perpetuaba una impresión de sólida tradición a pesar del colapso de la mayor parte de la infraestructura de la Antigüedad, como el sistema educativo. El imperio cambió de forma sustancial pero siguió manteniendo un gran ejército permanente, una burocracia y un sistema impositivo, elementos que ya no existían en occidente. Esta continuidad y coherencia permitieron a Bizancio desarrollar, hacia el siglo VII, lo que se denominó «gran estrategia». Esta, que combinaba diplomacia, evitar riesgos innecesarios y el empleo cuidadoso de sus limitados recursos militares, le permitieron sobrevivir contra formidables amenazas, así como protagonizar impresionantes recuperaciones después de sufrir graves derrotas.3
En torno a 794, las diferencias teológicas entre oriente y occidente ya eran notables a causa del desacuerdo por la imaginería religiosa y se hicieron más pronunciadas a causa de los esfuerzos de la reforma gregoriana por alcanzar la uniformidad doctrinal. Estos desacuerdos se hicieron permanentes con el cisma de 1054, cuando tuvo lugar la separación definitiva entre las Iglesias oriental y occidental.4 No obstante, incluso los clérigos más fervientes veían con inquietud la existencia de dos imperios y la división de la cristiandad. Sin embargo, si no se tienen en cuenta las polémicas, entre los siglos IX y XII la tensión religiosa este-oeste se limitaba a la competición por los corazones y las mentes de los europeos del norte y centro-este. La aceptación de la cristiandad latina o griega era un signo crucial de influencia imperial y el resultado reflejaba el equilibrio entre el imperio y Bizancio. Los líderes paganos lo comprendieron con rapidez, pues explotaban la rivalidad entre imperios para aumentar su propio prestigio e influencia.
El choque fue más evidente en la región del «gran imperio moravo» que surgió en las fronteras orientales del imperio a principios del siglo IX, pero que colapsó en torno a 907. En la década de 860, una expedición misionera bizantina encabezada por Cirilo y Metodio tuvo cierto éxito en la región gracias a la traducción de las Escrituras al idioma eslavo. El papa Adriano II se vio obligado a aceptar esto con el fin de conservar el reconocimiento de la Iglesia latina en aquellos territorios. En el siglo IX, la reforma gregoriana impugnó la liturgia eslavónica; los croatas la conservaron, aunque siguieron reconociendo la autoridad de Roma. Los otónidas lograron atraer a Polonia y Hungría a la Iglesia latina gracias a la concesión del estatus de reyes a sus caudillos. Bulgaria se inclinó hacia la Iglesia oriental durante la década de 890, gracias en particular a Cirilo, el cual desarrolló un nuevo alfabeto (el cirílico) que permitió a su población abrazar el cristianismo y conservar su lengua vernácula. De igual modo, Kiev optó en 988 por el cristianismo ortodoxo y lo extendió a lo que más tarde se convirtió en Rusia. Serbia le siguió en 1219, a pesar de los crecientes problemas políticos de Bizancio.5
Los armenios, considerados cismáticos por Bizancio, aprovecharon la primera cruzada para contactar con Roma y el imperio en 1095-1096. Al igual que sus homólogos de Polonia y Hungría, el príncipe León de Armenia esperaba ser reconocido rey a cambio de aceptar su incorporación a la órbita político-religiosa de occidente. En 1195, Enrique VI envió al obispo Conrado de Hildesheim para coronar tanto a León como al príncipe Aimerico de Chipre, que reinaron bajo la soberanía nominal del imperio. A partir de 1375, el contacto entre el imperio y Armenia se hizo intermitente, pues esta última se convirtió en campo de batalla entre Persia y el Imperio turco en expansión. Los emperadores del siglo XVII intercedían por los misioneros jesuitas y trataban de persuadir al sah persa para que rescindiera las leyes represivas contra los cristianos. Aunque Armenia se había perdido para siempre, el sentimiento de conexión siguió siendo lo bastante sólido como para que, en 1698, el elector palatino Juan Guillermo se plantease erigirse rey de Armenia, para asegurar la región para el catolicismo y elevar a su familia al estatus de realeza europea.6
La rivalidad religiosa tenía su contrapunto político en el «problema de los dos emperadores». Tanto Bizancio como el imperio rechazaban la solución de dos imperios romanos paralelos adoptada en la Antigüedad.7 Ambos reclamaban preeminencia exclusiva, pero ninguno de ellos tenía demasiada intención de imponerse por las armas. En 806-809, Carlomagno conquistó Istria, el último puesto bizantino en el norte de Italia. Durante la década de 860, Luis II trató de subordinar las posesiones bizantinas y lombardas del sur, algo que volvió a intentar Otón II un siglo más tarde. Pero, por lo demás, ambos imperios se abstuvieron de combatir entre sí y optaron por ignorarse mutuamente. En el mejor de los casos, Bizancio estaba dispuesto a ver al emperador rival de occidente como un nuevo Teodorico, que gobernaba tierras que seguía reclamando como suyas. Los documentos bizantinos empleaban el término basileus, que se tradujo como «emperador» pero por debajo del rango de un «césar». Las pretensiones occidentales de ser Imperator Romanorum airaban a la corte bizantina y contribuyeron al fracaso reiterado de las misiones diplomáticas carolingias y otónidas. Los occidentales respondieron de igual modo, pues denominaban al emperador bizantino Rex Graecorum y presentaban a Carlomagno como el vencedor de los afeminados griegos.8
La emperatriz bizantina Irene propuso una alianza matrimonial e incluso se cree que se ofreció a sí misma a Carlomagno tras su coronación. Este plan no llegó a ninguna parte, pero la idea de una novia bizantina siguió siendo atractiva para los emperadores occidentales hasta bien entrada la Alta Edad Media, pues veían en ello una forma de imponerse a su recalcitrante nobleza mediante un matrimonio con alguien por encima de su círculo. Las riquezas bizantinas de la dote y la posibilidad de ganar precedencia sobre el Imperio de Oriente eran atractivos añadidos. Otón I, tras hacerse coronar emperador, obtuvo en 972 a la princesa bizantina Teófano para su hijo, tal vez con la idea de que esto consolidaría su dominio del sur de Italia. Otón ignoró las presiones de sus señores para que enviase a Teófano de vuelta a Bizancio cuando se reveló que era la sobrina, no la hija, del emperador de Bizancio. Otón III –que era medio bizantino– envió dos embajadas a oriente para cortejar una esposa. La princesa Zoe partió hacia el oeste con idea de ser su prometida, pero dio media vuelta al conocer la noticia del fallecimiento del emperador, en 1002. Conrado II hizo un intento similar en nombre de su hijo, Enrique III, y Conrado III fue el primer emperador en visitar Constantinopla cuando pasó por allí camino de la segunda cruzada en 1147. Su cuñada Berta se casó con el emperador bizantino Manuel I en 1146 y adoptó el nombre griego de Irene. El hermano de Enrique VI, Felipe de Suabia, se casó en 1198, un año antes de convertirse en rey germano, con otra Irene, hija del emperador bizantino Isaac II Ángelo.9
La influencia occidental alcanzó su punto álgido entre 1195 y 1197, momento en que Bizancio pagó tributo al emperador Enrique VI, que también había obtenido sumisión formal de los regentes de Inglaterra, Chipre, Armenia, Siria, Túnez y Trípoli. El tributo siguió siendo simbólico. Los emperadores bizantinos pagaban a menudo a sus enemigos, pues veían en esto un recurso temporal similar al danegeld que los reyes occidentales tributaban a los vikingos. Los otónidas hicieron lo mismo con los magiares a principios del siglo X. La ambigüedad deliberada de tales acuerdos permitía a cada una de las partes presentarlos a sus seguidores de forma más favorable.
Los cambios de actitud de los bizantinos reflejaban las vicisitudes cambiantes de su imperio. En 812, el reconocimiento tácito de la dignidad imperial de Carlomagno por parte del emperador Miguel I llegó tras la derrota de su predecesor, Nicéforo, a manos del kan búlgaro, el cual empleó el cráneo de su víctima como copa. Pero, después de lograr cristianizar a los búlgaros en la década de 860, Bizancio se tornó menos receptivo a los avances occidentales. Bulgaria reclamó en 914 estatus de imperio en imitación directa de Bizancio, lo cual provocó una prolongada guerra de desgaste que culminó en una victoria decisiva bizantina en 1014. El emperador Basilio II mandó cegar a 14 000 prisioneros búlgaros, lo cual le hizo ganarse el título de «mata búlgaros». En el momento de su muerte, en 1025, Bizancio duplicaba el territorio que había tenido en el siglo VIII. Esta expansión resultó insostenible y fue revertida por la grave derrota sufrida a manos de los turcos selyúcidas en Manzikert (1071). Las cruzadas, emprendidas, en teoría, para auxiliar a Bizancio, infligieron daños adicionales.10 Los normandos participaron en el saqueo de Constantinopla de 1204 y establecieron reinos en Tierra Santa, donde tuvieron un emperador latino hasta 1261. La familia de los Paleólogos recuperó Constantinopla, pero Bizancio había quedado reducido a una estrecha franja a lo largo del Bósforo, junto con un puesto avanzado en Trebisonda, en el noroeste de Anatolia. Los bizantinos se apoyaron en los turcos, los cuales derrotaron en 1393 al resurgente imperio búlgaro, y, en 1389, aplastaron el Imperio serbio (establecido en 1346) en Kosovo Polje. Pero hacia 1391 los turcos rodeaban por completo Bizancio, ahora reducido a una décima parte de su tamaño anterior.11
Los emperadores bizantinos ofrecieron dos veces la reunificación con la Iglesia latina (en 1274 y en 1439) y viajaron en persona para solicitar ayuda en tres ocasiones, entre 1400 y 1423. Tales medidas agitaron a la oposición interna y no obtuvieron los resultados deseados. La última cruzada occidental se saldó con un desastre en Varna (Bulgaria oriental) en 1444. Nueve años más tarde, Constantinopla se enfrentó al decimotercer asedio musulmán desde 650. Aunque la población de la ciudad había quedado reducida a 50 000 habitantes, la pérdida de Constantinopla en 1453 fue considerada un enorme desastre por todos los cristianos. En 1461, la caída del imperio de Trebisonda (nordeste de Anatolia y sur de Crimea) eliminó el último reducto.12
El declive bizantino tuvo lugar durante un periodo de debilidad del Imperio occidental. Ninguno de los reyes germanos del momento, 1251-1311, fue coronado emperador y los que siguieron se vieron empeñados en nuevas disputas con el papado hasta entrada la década de 1340. El Gran Cisma subsiguiente dificultó toda respuesta coordinada hasta que fue demasiado tarde. De este modo, la cuestión de los dos emperadores se resolvió por omisión. Su significado a largo plazo radica en la lenta secularización de los títulos imperiales que acaban por convertirse en rangos monárquicos superiores y no en un título singular, vinculado de forma exclusiva a una misión cristiana universal.13
La existencia prolongada de dos emperadores cristianos también contribuyó a consolidar la distinción este-oeste. Los geógrafos de la Antigüedad y del Medievo diferenciaban los continentes de Europa, Asia y África, pero esto significaba poco en términos políticos o ideológicos, pues Roma se había expandido por los tres. En Bizancio persistió el punto de vista de la Antigüedad: el Bósforo fluía a través del corazón de su imperio y «Europa» no era más que el distrito eclesiástico y administrativo de Tracia, inmediatamente al oeste de la ciudad. Tal cosa era inaceptable desde la perspectiva política en occidente, donde la fundación del imperio requería una línea de demarcación clara con el este. Cualquier otra cosa hubiera implicado reconocer la existencia de dos emperadores, o que uno de ellos no era un emperador completo. «Europa» pasó así a significar civilización occidental, delimitada al este por los confines de la cristiandad latina y del imperio. El lugar del imperio en tales ideas lo expresaron con claridad meridiana los primeros hagiógrafos medievales de Carlomagno, al cual ensalzaban con el título de Padre de Europa.14
El sultán
La toma de Constantinopla en 1453 asignó a los turcos otomanos el papel del «otro» musulmán en la mentalidad occidental, a pesar del comercio constante y otros puntos de contacto entre este y oeste.15 Con el posterior asentamiento de los otomanos en Hungría y en la costa adriática, el imperio pasó a definirse a sí mismo como el bastión de la cristiandad contra el islam. La coincidencia del avance otomano con la invención de la imprenta favoreció la rápida difusión de estos prejuicios. La hostilidad occidental hacia los otomanos se superpuso y reforzó su anterior resentimiento hacia los bizantinos. Llegó a ser mucho más profunda que la que pudieran albergar hacia ningún otro pueblo occidental y creó un sentimiento de amenaza existencial que persistió hasta finales del siglo XVIII. Pero los otomanos no eran más que otra de las muchas potencias imperiales musulmanas que habían sucedido a los califatos que estructuraron el mundo musulmán entre la expansión del siglo VII y el choque de las invasiones mongolas del XIII. Hacia 1501, la familia chií de los safávidas forjó un nuevo Imperio persa. Los mamelucos, esclavos-soldados túrquicos que se hicieron con el poder en Egipto alrededor de 1250, fueron la única potencia que logró infligir una derrota militar de importancia a los mongoles, a los que expulsaron de Siria en 1260. El Imperio mameluco sobrevivió hasta 1517, cuando fue conquistado por los otomanos. Los mongoles derribaron el último califato, con sede en Bagdad, en 1268, pero poco después se convirtió al islam. Aunque el vasto Imperio mongol no tardó en fragmentarse, un grupo resurgió en 1526: los mogoles de la India. Así, el ascenso de España al estatus de potencia imperial global, con Carlos V, coincidió con la consolidación de los imperios otomano, safávida y mogol, que, en conjunto, gobernaban sobre 130-160 millones de personas en el Mediterráneo, Anatolia, Irán y el sur de Asia.16
Los otomanos remontaban sus orígenes a Osmán, su primer sultán y líder tribal en Bitinia, una provincia sin salida al mar al sur del mar de Mármara. Hacia 1320, Osmán completó la transición de su pueblo del nomadismo al sedentarismo. Al igual que safávidas, mogoles y habsburgos, estos impulsaron una monarquía dinástica que acabó dominando todos los grupos túrquicos tras el declive de selyúcidas y bizantinos, a los que reemplazaron.17 Los occidentales consideraban a los otomanos musulmanes, en particular a causa de su cultura de guerra santa. Pero su ascenso dependió de acuerdos con los cristianos. El biznieto de Osmán, Bayaceto I, llamó a sus hijos Jesús, Moisés, Salomón, Mohamed y José. Para remarcar su intención de hacer del islam la fuerza unificadora de su imperio, después de conquistar Constantinopla, Mehmed II expulsó a 30 000 cristianos de la ciudad. No obstante, los musulmanes suníes solo llegaron a ser el mayor grupo de población unos 70 años más tarde, después de la conquista de Anatolia, Arabia y el norte de África. Los otomanos controlaban así los lugares santos de Medina, Jerusalén y La Meca, pero su identificación con el islam suní fue causada por el ascenso de la Persia chií al este, no por el conflicto con occidente. Los avances en los Balcanes entre 1460 y 1550 garantizaron que los cristianos siguieran conformando una parte sustancial de la población otomana.18
La emergencia de tres imperios en el mundo musulmán ofrece instructivas comparaciones para comprender la posición del imperio entre los cristianos. Al contrario que la cristiandad, que convirtió al Imperio romano y empleó sus estructuras para edificar su Iglesia, el islam se formó en el siglo VII en una comunidad carente de estructura imperial formal.19 El califato fue creado posteriormente para el avance de la fe y derivaba su autoridad de la descendencia de Mahoma por matrimonio, al contrario que los reyes occidentales, que afirmaban tener vínculo directo con la divinidad. El califato se hizo dinástico y se dividió entre las ramas hispana, norteafricana y de Oriente Medio. Las estructuras religiosas, por su parte, se mantuvieron descentralizadas, sin que hubiera una única jerarquía sacerdotal equivalente a los obispos de la cristiandad. La autoridad espiritual estaba diluida entre una multitud de hombres santos, maestros y exégetas de la ley coránica, cuya influencia dependía de su reputación personal de sabiduría y moralidad.
Los gobernantes musulmanes, situados fuera del orden político cristiano, no ponían en cuestión las pretensiones de singularidad del imperio. El reinado de Carlomagno coincidió con una nueva oleada de conquistas árabes, que incluyeron Cerdeña (809) y Sicilia (827). Desde la perspectiva carolingia, tal era la conducta que cabía esperar de los «bárbaros». Carlomagno despachó una embajada a Bagdad para informar de su coronación al califa Harún al-Rashid. Después de numerosas vicisitudes, los supervivientes regresaron con ricos regalos, entre ellos un elefante llamado Abul-Abbas… El elefante, desde tiempos de Alejandro Magno, era un signo tradicional de autoridad en Oriente Medio. El califa consideraba a Carlomagno un posible aliado contra su rival musulmán de España. Al igual que ocurría con las relaciones entre imperio y Bizancio, cada una de las partes interpretaba las señales según le convenía. Además, la distancia política y geográfica reducía el incentivo para formalizar relaciones. Otón I trató de contactar con el califato andalusí de Córdoba en 953, pero no proporcionó credenciales adecuadas a sus enviados. El califa, que estaba bien informado del imperio, no quedó impresionado en absoluto.20
La conquista normanda del sur de Italia y de Sicilia, en el siglo XI, insertó una cuña entre el imperio y el norte de África islámico. Esto, combinado con la hostilidad papal durante la querella de las investiduras, garantizó que el emperador ya no volviera a liderar una cruzada tras la primera de 1095. Conrado III se unió en 1147 a la segunda, con un incompetente liderazgo francés, y participó en persona en el desastroso ataque contra Damasco de 1148. El joven Federico I Barbarroja combatió en ella y encabezó la tercera de 1190, con lo que se convirtió en el único gran soberano que participó en dos expediciones cruzadas. El prestigio de Barbarroja como emperador le sirvió para negociar con Bizancio, Hungría, Serbia, Armenia, el sultán selyúcida e incluso Saladino. Aunque la diplomacia no logró obtener una solución pacífica, al menos pudo asegurar el uso de la larga ruta a través de Anatolia que habían elegido. El inmenso ejército de Barbarroja incluía a su hijo Federico VI de Suabia, 12 obispos, 2 margraves y 26 condes.21 Barbarroja murió en el camino y, aunque la expedición no logró recuperar Jerusalén, alivió la presión sobre los reinos cruzados y forjó vínculos más estrechos entre el movimiento cruzado y el trono imperial.
El sucesor de Barbarroja, Enrique VI, no pudo participar en la cruzada por estar enfermo, aunque en 1197 envió una importante fuerza expedicionaria. Un elevado número de alemanes, frisones y austríacos se unieron a las tres expediciones cruzadas siguientes, entre 1199 y 1229. Federico II encabezó a 3000 hombres en junio de 1228, pero su excomunión impidió que su expedición recibiera el título de cruzada. El emperador triunfó por medios pacíficos allí donde otros habían fracasado con métodos más violentos, si bien también es cierto que tuvo la fortuna de llegar a Tierra Santa justo cuando el reinado de Saladino había quedado dividido entre tres sultanatos rivales sometidos al ataque de los mongoles. El sultán Al-Kamil Muhammad al-Malik quedó impresionado por la actitud relativamente abierta de Federico hacia el islam y su protección de los refugiados musulmanes de Lucera, cerca de Foggia, en el sur de Italia. La mayor parte de estos habían sido deportados de Sicilia por Enrique VI para ganarse el favor de los habitantes cristianos tras conquistar la isla en 1194. A partir de 1223, Federico incrementó las deportaciones hasta que la población de Lucera alcanzó los 60 000 habitantes. Si bien bizantinos y normandos ya habían empleado la expulsión como método de control, la acción de Federico fue única, pues reasentó la población y creó en sus posesiones continentales una comunidad dependiente de su patronazgo. Lucera le proporcionó unos 3000 soldados de élite que, al ser musulmanes, tenían el valor añadido de ser inmunes a la excomunión papal y le sirvieron con lealtad, incluso en la expedición de Jerusalén.22 Estas circunstancias favorecieron el acuerdo entre Federico y al-Kamil. En el Tratado de Jaffa de febrero de 1229 se concedió al emperador el control de Jerusalén durante 10 años, 5 meses y 40 días, el tiempo máximo que la ley islámica permite alienar propiedad a los no musulmanes. Aunque al-Kamil retuvo el control de la Cúpula de la Roca, concedió corredores de acceso a Belén y Nazaret y entregó a Federico un elefante. El 17 de marzo de 1229, Federico fue coronado rey de Jerusalén en el Santo Sepulcro. Fue el único emperador del Sacro Imperio que visitó la ciudad.
Los partidarios de Federico ensalzaron su coronación como el amanecer de una nueva era, lo cual atizó expectativas irreales y decepciones inevitables. Los templarios y los sanjuanistas condenaron el tratado por no recuperar las tierras perdidas. Sobre el papel, Federico seguía siendo rey de Jerusalén, si bien entregó el gobierno directo a Alicia de Champaña (tía de su segunda esposa) que ejercía de regente. La ciudad fue entregada a los sarracenos cuando expiró la cesión, en 1239. Menos de cinco años después, el reino latino había quedado reducido a cinco localidades costeras libanesas. Estas pasaron a los angevinos, que habían asumido en 1269 los intereses mediterráneos de los Hohenstaufen. El último puesto cruzado (Acre) cayó en manos musulmanas en 1291.
Mientras tanto, la propaganda papal aprovechó el patronazgo imperial de Lucera para presentar a Federico como un déspota oriental, harén incluido. Los «sarracenos» de Lucera sirvieron con fidelidad, pero la derrota final de los Hohenstaufen, en 1268, no les dejó otra opción que pasarse al bando angevino, en el que sirvieron contra bizantinos, tunecinos, turcos y rebeldes sicilianos. No obstante, la presencia de una gran comunidad musulmana incomodaba a los angevinos, que buscaban reemplazar al imperio en el papel de protectores del papado. En agosto de 1300, los habitantes de Lucera fueron obligados a convertirse al cristianismo. La ciudad fue renombrada Città Santa Maria.
Rodolfo I profesó votos de cruzado en 1275, pero los acontecimientos en el imperio le impidieron honrar su compromiso. Sus sucesores también tuvieron que afrontar problemas más inmediatos y la cruzada parecía cada vez más una empresa arriesgada y sin posibilidad de éxito. Sin embargo, la participación directa en la segunda y tercera cruzadas había dejado una duradera impresión entre los habitantes del imperio entre finales del siglo XIII y durante el XIV.23 Antes de convertirse en emperador, Segismundo lideró una infructuosa cruzada para salvar su reino húngaro de la invasión turca de 1396. Su sucesor, Alberto II, también consideraba una cruzada la defensa de Hungría y prefirió combatir y morir allí, en lugar de consolidar su autoridad sobre el imperio.24
El avance otomano por los Balcanes a partir de 1453 transformó a las antiguas cruzadas, antes expediciones con objetivos geográficos distantes organizadas por los emperadores, en la defensa colectiva del imperio. Esto reforzó el proceso de reforma imperial y fomentó un estilo colectivo de compartir el poder y la responsabilidad de la gobernanza del imperio (vid. págs. 392-403). Los otomanos tomaron Belgrado en 1521 y, al año siguiente, volvieron a invadir Hungría. En menos de cuatro años conquistaron cerca de la mitad de dicho reino y tres años más tarde estaban en las puertas de Viena, con lo que amenazaban de forma directa a los Habsburgo y al imperio. El transcurrir de los acontecimientos, fusionado con las tradiciones traídas por los Habsburgo, dio nuevo vigor al ideal del emperador como defensor de la cristiandad. Los Habsburgo habían asumido el trono de España después de que la península ibérica fuera liberada de la dominación musulmana. Este proceso, conocido como Reconquista, iniciado en el siglo XI, se había estancado en torno a 1270, pero revivió en 1455 en respuesta a los llamamientos papales de cruzada y ganó nuevo impulso hacia 1482 hasta culminar con la derrota del último reino musulmán, Granada, en 1492. Cuando Carlos V se convirtió en emperador en 1519 trajo consigo esta tradición de éxito, así como los intereses mediterráneos de España. Siete años más tarde, su hermano Fernando asumió las tradiciones de Hungría al heredar este reino de Luis II, muerto en agosto de 1526 en la batalla de Mohács en combate contra los otomanos victoriosos.25 España se continuó enfrentando a los otomanos en el Mediterráneo, donde se anotó la notable victoria naval de Lepanto en 1571, pero fue el imperio el que asumió la carga principal de defender Europa central.
El choque ideológico se agudizó por la asunción por parte de los otomanos de las tradiciones imperiales bizantinas, hecho que los diferenció de anteriores imperios musulmanes y revivió con una nueva forma la cuestión de los dos emperadores. Ya antes de 1453, los otomanos combinaban tradiciones romano-bizantinas con turco-islámicas, pero, tras tomar Constantinopla, adquirieron conciencia de su carácter imperial.26 Trasladaron su capital de Adrianópolis (Edirne) a Constantinopla y se establecieron en el antiguo palacio imperial bizantino. La ley de la sharía y la práctica fiscal y administrativa laica de los otomanos se combinaron con el cesaropapismo bizantino. Así, atrincheraron al gobernante en el rol de legislador e inhibieron la transición al gobierno de la ley llevado a cabo por el imperio.27 La infraestructura bizantina se mantuvo, pero modificada. Mehmed II adoptó el título de Kaysar y se presentó como sucesor de la antigua Roma y de Alejandro Magno, con intención de unificar bajo el islam al este y al oeste. Se encargó a eruditos latinos y griegos la redacción de historias oficiales que incorporasen emperadores bizantinos míticos, desde Salomón en adelante, a las historias del profeta Mahoma.28
La adopción de la retórica y de la imaginería imperial fue compleja. Por una parte, se trataba de presentar al sultán a sus nuevos súbditos cristianos de una forma que les resultase familiar. También fue fomentada por los mercaderes venecianos y genoveses, que, durante mucho tiempo, habían sido intermediarios entre el mundo latino y el mundo griego. Estos siguieron comerciando después de que el segundo pasara a soberanía otomana. También procedía de los occidentales, que tendían a aplicar su propio lenguaje político en sus tratos con los otomanos.
El nuevo sultán, Solimán I, tras su veloz conquista del Egipto mameluco (1514-1517) y su victoria sobre Persia, volvió de nuevo contra el oeste. Después de haber recolectado la manzana roja de Constantinopla, las apetencias otomanas se dirigían ahora hacia la manzana dorada de Viena, azuzadas por la coincidencia del ascenso de su poder imperial con el de los Habsburgo. Carlos V se negó a retrasar su coronación imperial de manos del papa Clemente VII a causa del asedio otomano de Viena de 1529 y prefirió continuar con la ceremonia, celebrada en Bolonia en 1530.29 Solimán fue obligado a retirarse, después de esperar en vano a que Carlos acudiera a su cita en el campo de batalla. El sultán enmascaró el anticlímax con la escenificación de un triunfal retorno, con el que esperaba deslucir la reciente coronación de Carlos. Se encargó a orfebres venecianos una enorme corona que costó 115 000 ducados, el equivalente a una décima parte de los ingresos anuales de Castilla. El diseño combinaba la corona de Carlos con una tiara papal, pero añadía una cuarta diadema para situar a los rivales occidentales del sultán en un plano inferior. El éxito de este espectáculo publicitario queda evidenciado por el apodo con el que Solimán pasó a la posteridad en occidente: el Magnífico.
Después de 1536, Solimán abandonó de forma paulatina los usos occidentales y asumió un estilo más islámico-otomano, que diferenciaba por igual la tradición imperial cristiana y la tradición de la Persia safávida. Las conquistas otomanas de Egipto y de Arabia restablecieron el equilibrio religioso y la mayor parte de las élites anatolias y balcánicas se convirtieron al islam. Los sultanes, ya desde 1453, se presentaban como los nuevos califas, con la intención de asumir el liderazgo de todo el orbe musulmán. La distinción bizantina entre civilización y barbarie quedó sublimada en la visión islámica del mundo, dividido entre las «casas» del islam, antagonistas entre sí, y la guerra. Esta visión imposibilitaba una paz permanente con los cristianos.
La línea divisoria recorría Hungría, donde los intentos de los Habsburgo de reconquistar el territorio se estancaron hacia 1541. A esto se sumó el fracaso de las onerosas expediciones de Carlos V en Túnez y Argelia.30 Los Habsburgo se vieron obligados a aceptar una división tripartita entre Hungría imperial (Habsburgo), Croacia incluida, la Hungría otomana en el centro y sudeste y la Transilvania en el nordeste. La posesión de Transilvania y el derecho a utilizar el título de rey de Hungría permaneció en disputa hasta 1699, lo cual supuso un obstáculo adicional a una paz permanente. En 1541, Fernando I compró una tregua a cambio del pago de un tributo de 30 000 florines a los otomanos. Las derrotas sufridas a partir de 1547 hicieron que este tributo pasara a ser anual. El sultán rehusó reconocer la condición de emperadores a los Habsburgo, a los que calificaba de meros tributarios. La tregua prohibía las operaciones militares de importancia, pero permitía las incursiones de milicias al otro lado de la frontera. Aunque la fricción constante proporcionaba fáciles excusas para la guerra, los intentos de los Habsburgo de poner fin al tributo otomano fracasaron en las campañas militares de 1565-1567 y 1593-1606.31
Las operaciones de los Habsburgo, aunque no eran cruzadas plenas, contaban con el respaldo del papado y atrajeron un sólido apoyo de toda Europa, de donde llegaron voluntarios extranjeros como John Smith, futuro fundador de Virginia.32 A partir de la década de 1530 se decretaron días de oración y penitencia para enmendar los pecados de la población cristiana, supuesta causa de la amenaza turca. Las campanas turcas se tañían cada mediodía por todo el imperio para recordar al pueblo su deber de orar por el triunfo de las armas imperiales. La imposibilidad ideológica de paz favoreció la aceptación de las reformas estructurales del imperio, que preveían que todos los Estados imperiales debían contribuir a la defensa colectiva (vid. págs. 394-401, 440-455).
Las relaciones entre oriente y occidente estuvieron lejos de ser un «choque de civilizaciones». Los húngaros y los súbditos del imperio nunca dejaron de comerciar con los otomanos y el emperador consideró la posibilidad de aliarse con la Persia chií. En 1523, el sah de Persia propuso una alianza a Carlos V. Los contactos intermitentes se intensificaron en torno a 1600 con la llegada a Praga de una nutrida embajada persa. Las conversaciones quedaron interrumpidas en 1610 a causa de la diferencia de expectativas. El sah Abás confundió las vagas expresiones de amistad de los Habsburgo con un compromiso firme y atacó el Kurdistán otomano en 1603, por lo que consideró una traición la paz separada firmada por los Habsburgo y los otomanos en Zsitvatorok en 1606. Esto dejó un duradero resentimiento que desbarató todos los intentos futuros de reemprender el contacto.33
Zsitvatorok prolongó la tregua de preguerra entre los Habsburgo y los otomanos y requería que ambas partes «se tratasen con el título de emperador, no con el de rey».34 El pacto se renovó cinco veces hasta 1642 y mejoró las relaciones entre ambos al garantizar a los súbditos de los Habsburgo un trato comercial de favor en el Imperio otomano. El tributo anual pagado a los otomanos finalizó en 1606; cada renovación le había costado a los Habsburgo 200 000 florines. Las buenas relaciones fueron de vital importancia para la supervivencia de los Habsburgo, dado que el sultán, que también tenía problemas propios, rehusó aprovechar la oportunidad de la Guerra de los Treinta Años, después de considerar la idea de apoyar a los rebeldes de Bohemia. La tregua se renovó veinte años más en julio de 1649, pero el «libre donativo» de los Habsburgo se redujo ahora a 40 000 florines. Los roces persistieron, pues los intentos de los Habsburgo de aplastar a los descontentos de Hungría abrieron la puerta a la intervención otomana, que fue en aumento hasta derivar en un enfrentamiento abierto en 1662. La necesidad de coordinar el auxilio procedente del imperio consolidó los cambios constitucionales surgidos del Tratado de Westfalia y provocó que el Reichstag quedase reunido en sesión permanente a partir de 1663.35 Los Habsburgo compraron 20 años más de tregua en 1664 a cambio de 200 000 florines, pero esta vez el sultán también envió regalos, lo cual sugeriría una relación más igualitaria.
La pauta pareció repetirse de nuevo en 1683, cuando los otomanos atacaron de nuevo Viena con intención de reafirmar su autoridad tras un periodo prolongado de agitación interna en su imperio. Pero la ciudad resistió y el asedio fue levantado por fuerzas polacas e imperiales en una victoria de verdadero carácter internacional que occidente aclamó como un nuevo Lepanto. El inmenso botín capturado incluía tiendas, alfombras y no menos de 500 prisioneros turcos que fueron obligados a establecerse en Alemania. El orientalismo sacudió Europa central mucho tiempo antes de la oleada, más conocida, que siguió a la invasión napoleónica de Egipto en 1798.36 Se esperaba incluso poder recuperar Jerusalén. La euforia inicial, no obstante, dejó paso a una larga pero exitosa guerra de desgaste que culminó con la reconquista de Hungría entre 1684 y 1699.
En el interior del imperio, este siguió evolucionando hacia una monarquía mixta. Esto significó un cambio de importancia en la relación entre los Habsburgo y los otomanos, los cuales aceptaron al fin una paz permanente, firmada en Karlowitz en 1699. Los Habsburgo se hicieron con el control de toda Hungría y Transilvania, donde borraron rápidamente cualquier rastro de 150 años de presencia musulmana. El sultán también prometió dar mejor tratamiento a los católicos de sus territorios. Pero el elemento religioso se desvanecía. Hasta la década de 1730, el emperador siguió recibiendo ayuda germana e italiana para hacer la guerra al turco, pero estos conflictos cada vez se veían más como asuntos exclusivamente austríacos. Las campanas turcas doblaron por última vez durante la guerra de 1736-1739. Cuando, en el siguiente conflicto (1787-1791) se sugirió que se volvieran a tocar de nuevo, se rechazó la sugerencia por poco ilustrada.37 Mientras tanto, los avances adicionales contra los turcos de 1716-1718 consolidaron a los Habsburgo como una gran potencia con independencia del título imperial, lo cual transformó su relación con el imperio y con otras potencias europeas.
El zar
El prolongado conflicto contra los otomanos entre 1683 y 1718 acabó implicando a Rusia, lo cual aceleró la integración de ese país en el incipiente sistema de Estados europeos. Aunque en un principio fue considerado un aliado útil contra los otomanos, pronto fue evidente que el zar había reemplazado al sultán en el papel de adversario principal de las aspiraciones de los Habsburgo de ser los monarcas principales de Europa. Rusia surgió de los varegos (vikingos), llamados rus por los eslavos, que habían conquistado Kiev.
La familia reinante de los Rúrik, tras ser cortejada por misioneros bizantinos y latinos, acabó por adoptar el cristianismo oriental, que les permitía emplear la liturgia eslavónica. La conversión del príncipe Vladímir, en 988, estableció las bases de una monarquía sumamente personalizada y sacralizada: los príncipes de la dinastía Rúrik aportaron una tercera parte de los 180 santos rusos entre los siglos X y XIII.38 Las disputas internas redujeron los principados ruríkidas rivales después de 1054, todos los cuales fueron conquistados por los mongoles, que superaron el temible invierno ruso con el empleo de los ríos helados como vías de comunicación para su caballería. En 1240, los mongoles formaron la Horda de Oro en el bajo Volga, desde donde impusieron tributo a los príncipes de la dinastía rúrika. El principado de Moscú emergió de los restos de estos hacia 1325 y, a partir de 1438, creció gracias a la fragmentación de la Horda de Oro. En 1480 se dejó de pagar tributo. Cinco años más tarde, Moscovia tomó Nóvgorod, con lo que eliminó a un importante rival y dejó ver su intención de expandirse hacia el Báltico.
Al igual que ocurrió con los otomanos, la rápida expansión rusa fomentó la ambición de consolidar su prestigio por medio de imaginería imperial. Iván III el Grande desposó en 1472 a Zoe de los Paleológos, sobrina del último emperador bizantino, y se proclamó soberano de todas las Rusias. Asumió el título de zar, palabra que también derivaba de Caesar. Aunque ya había sido empleada antes, ahora se hacía de forma consciente en el sentido de emperador, al contrario que el antiguo título del principado de Kiev, kniaz, que significa «príncipe» o «rey».39 El vínculo con la antigua Roma quedó reforzado por el rechazo de la Iglesia ortodoxa rusa de la breve reunificación de las Iglesias griega y latina impuesta en 1439 por el emperador bizantino. Filoteo, abad de Pskov, desarrolló una versión propia de la traslación imperial. Esta argüía que la primera Roma cayó a causa de la herejía, la segunda (Constantinopla) fue conquistada por el infiel, pero que la tercera (Moscú) resistiría hasta el Día del Juicio. Al igual que sus equivalentes occidentales, la importancia de tales ideas no derivaba de su carácter de planes prácticos, sino del fomento de un clima intelectual favorable al imperialismo. Los soberanos rusos aspiraban a «liberar» Constantinopla y afirmaban proteger lugares santos del cristianismo, factores que, en una fecha tan tardía como 1853, contribuyeron al estallido de la Guerra de Crimea.40
Las tradiciones bizantinas podían adaptarse con facilidad a las circunstancias rusas, dado que no cuestionaban la idea de un soberano sagrado. El zar ejercía mayor control sobre su metropolitano que el emperador bizantino sobre su patriarca: en 1568, un metropolitano fue estrangulado por osar criticar al zar. La Iglesia rusa consiguió plena autonomía en 1685, año en que el zar declaró al metropolitano independiente del patriarcado griego, que seguía residiendo en Constantinopla bajo dominación otomana. Esta maniobra deliberada redujo la autoridad del sultán sobre sus súbditos cristianos, al tiempo que reforzaba las pretensiones de su rival ruso de ser el campeón de la verdadera Iglesia.
El águila bicéfala imperial se utilizó por primera vez como símbolo zarista en 1480, si bien no se convirtió en su símbolo principal hasta el reinado de Pedro I el Grande. Hacia 1700, las banderas militares mostraban iconos y otros símbolos religiosos.41 Iván IV el Terrible organizó una coronación en 1561, después de 14 años de reinado, que presentaba a Rusia como la continuación de la antigua Roma. La ceremonia empleó una traslación eslavónica de la misa de coronación bizantina y las insignias imperiales fueron las mismas que las del antiguo emperador bizantino. Iván se consideraba a sí mismo descendiente directo del emperador Augusto y su notorio terror bebió de influyentes ejemplos de la Antigüedad.42
La asunción del legado bizantino reforzó la percepción occidental de que Rusia era una civilización extraña, pero también elevó la categoría del zar, que pasó a ser un posible aliado. En 1488, Federico III despachó a Rusia una primera embajada imperial. Esta se encontró con que la cuestión de los dos emperadores también se había trasladado a Moscú. Federico abordó las negociaciones dando por sentada su preeminencia, mientras que el zar Ivan III remarcó (con toda razón) que ni él ni sus antepasados habían sido nunca vasallos del imperio. Iván y sus sucesores querían que se reconociera que el título de zar equivalía al de emperador, pero los occidentales continuaron ignorándolo y se referían a los gobernantes rusos como simples «duques». Las guerras civiles que reemplazaron a la dinastía rúrika por la de los Románov en 1613 reforzaron los prejuicios de los occidentales. Estos consideraban bárbaros a los rusos y no podían aceptar que sus soberanos fueran la continuación del imperialismo romano-bizantino. Por su parte, el imperio causaba perplejidad a los rusos, a pesar de sus repetidos intentos de comprenderlo. Así, por ejemplo, el gobierno del zar obtuvo copias de la Paz de Westfalia tan solo tres meses después de su conclusión. La constitución del imperio contenía numerosos elementos para los que no existía equivalente ruso y al zar y a sus consejeros les resultaba difícil comprender que las relaciones feudales no implicasen la servidumbre de los príncipes hacia el emperador.43
El deseo de aprender creció a partir de 1653, a medida que las fronteras de Rusia se desplazaban hacia el oeste. Este avance supuso una mayor influencia en Polonia y el establecimiento de contacto directo con la frontera oriental del Imperio otomano, en 1667. Los inmigrantes y comerciantes germanos constituían una importante fuente de información, pero el principal cambio llegó con Pedro el Grande, quien viajó por todo el imperio durante su célebre gira europea de 1697-1698. La participación de Rusia en la Gran Guerra del Norte (1700-1721) no solo le garantizó acceso al Báltico, sino que también supuso contacto directo con la política imperial después de que el ejército de Pedro persiguiera a los suecos por el norte de Alemania. El 19 de abril de 1716, Catalina Ivanovna, sobrina de Pedro el Grande, se casó con el duque Carlos Leopoldo de Mecklemburgo-Schwerin. Esta boda dio inicio a dos siglos de estrechas relaciones dinásticas entre los Románov y las familias principescas germanas.44
La imaginería imperial rusa se occidentalizó cada vez más, pero sin desprenderse del todo de elementos bizantinos. Para celebrar su victoria contra los suecos en Poltava en 1709, el zar Pedro emitió una moneda de dos rublos que le representaba como un emperador romano de la Antigüedad. En esa época, sus funcionarios descubrieron una carta enviada en 1514 por Maximiliano I en la que proponía una alianza. La cancillería Habsburgo, de forma accidental o intencionada, se dirigió a Basilio III como Kayser, con lo que reconocía de forma implícita la pretensión rusa de traducir zar como emperador. Pedro hizo publicar la carta en 1718; este fue uno más de una serie de cuidadosos preparativos que culminó en octubre de 1721 con su autoproclamación como imperator.45 La coincidencia de la proclamación con el fin exitoso de la Gran Guerra del Norte subrayó la condición de potencia imperial de Rusia.
Los Habsburgo se siguieron negando a reconocer como igual al emperador de Rusia y rechazaron la propuesta de que los dos emperadores alternasen la condición de monarca principal de Europa. El emperador Carlos VI, con el apoyo de Francia, recuperó antiguos argumentos que afirmaban que Europa no podía tener dos emperadores.46 Pero el deterioro de sus relaciones con las potencias de Europa occidental forzó a Carlos a alcanzar un compromiso y reconocer la condición imperial del zar en su alianza de 1726, aun cuando siguiera reclamando para sí una posición de preeminencia. Rusia se conformó con esto hasta 1762, pues seguía considerando a Austria un aliado útil contra los otomanos, todavía poderosos. La alianza también le implicó más a fondo en la política imperial. Entre 1733 y 1762, las tropas rusas entraron en tres ocasiones en el imperio para apoyar a Austria. Los Románov estaban ahora emparentados con las familias principescas de Mecklemburgo, Holstein, Wurtemberg, Hessen-Darmstadt y Anhalt-Zerbst; de hecho, fue esta última la que proporcionó la princesa que gobernó Rusia con el título de Catalina II la Grande, entre 1762 y 1796. El propósito de su intervención en Austria pasó gradualmente de ser una mera compensación por la asistencia austríaca en los Balcanes a una preocupación por el equilibrio político interno del imperio en tanto que interés estratégico de Rusia. Rusia hizo de intermediario en la Paz de Teschen, que puso fin a la Guerra de Sucesión bávara entre austríacos y prusianos (1778-1779). Esto, afirmaban los rusos, los convertía en garantes de la Paz de Westfalia. Aunque nunca obtuvo pleno reconocimiento, Rusia, a partir de 1782, mantuvo un enviado permanente en el Reichstag para salvaguardar sus intereses.47
El rey cristianísimo
Un factor que llevó al entendimiento entre Austria y Rusia fue el ascenso de Francia a la condición de gran potencia europea. Francia compartía raíces con el imperio surgido de los dominios carolingios. El Tratado de Verdún (843) que dividió el imperio en tres reinos (Francia occidental, Francia oriental y Lotaringia) se conmemoró en el futuro como la fundación de Francia y Alemania, pero en la época no existía la sensación de que se hubieran creado países separados. Los intentos de reunificación prosiguieron hasta la década de 880 y los vínculos entre las élites de uno y otro lado del Rin persistieron durante mucho tiempo después. Las diferencias se hicieron más claras en 919, después de que los otónidas sucedieran al extinto linaje carolingio oriental. La reunión de 935 entre Enrique I, de la dinastía otónida, y el rey «francés» Rodolfo I cerca de Sedán fue coreografiada con todo cuidado para remarcar la paridad entre ambos, algo que se repitió durante las cumbres reales posteriores de 1006-1007. Ninguno de los dos monarcas poseía el título imperial en el momento de la reunión.48
Los monarcas franceses podían reclamar como propia la tradición imperial gracias a sus orígenes comunes. El rey Lotario reaccionó con ira a la coronación imperial de Otón I en 962 y la familia Capeto, soberanos de Francia a partir de 987, estaba dispuesta a reconocer el título imperial de Bizancio si con esto se aseguraban una alianza contra los otónidas. A partir del siglo X, los autores galos se dedicaron a afrancesar a Carlomagno y a los francos y a subrayar la existencia desde Clodoveo de una saga ininterrumpida de reyes cristianos. Estos autores cuestionaban el concepto de traslación imperial, al cual contraponían la idea de que el imperio era una creación carolingia cuyo centro siempre fue París, no Aquisgrán. Uno de los principales elementos de dicha teoría era el mito de que Carlomagno había viajado a Jerusalén para traer las reliquias de san Dionisio y fundar con ellas un monasterio parisino, historia que fue difundida con entusiasmo por los monjes para así poder afirmar que su cenobio era la cuna de la casa real y de la identidad nacional francesa. Dado que no podían ignorar que los otónidas poseían el título imperial, trataron de reducir el papel del emperador al de protector del pontífice y juzgaban sus acciones en función del estado de las relaciones franco-papales.49
El objetivo inicial era mantener paridad con el antiguo reino franco del este, pero, a partir de 1100, los autores franceses comenzaron a distinguir entre el reino germano, considerado un país extranjero, y el título imperial que reclamaban para el rey de Francia. Algunos iban más allá y argumentaban que, como heredero directo de los francos, el rey galo debía gobernar sobre todo el antiguo territorio franco, Alemania incluida. La victoria del rey Felipe II el Augusto sobre Otón IV en Bouvines (1214) decidió la guerra civil entre güelfos y gibelinos y pareció adjudicar a Francia el papel de árbitro de las cuestiones imperiales. Las tropas de Felipe portaban la oriflama, el estandarte color rojo sangre de la abadía de San Dionisio que, según la tradición, había sido la bandera de Carlomagno. La captura durante la batalla del estandarte imperial de Otón parecía confirmar su superioridad.50
A partir de 1095 la significativa participación francesa en las cruzadas aumentó el interés por el título imperial, pues muchos consideraban al emperador el líder «natural» de los cruzados. Los observadores franceses estimaron la prolongada ausencia de un emperador coronado, entre 1251 y 1311, como uno de los factores que explicaban el fracaso de posteriores expediciones cruzadas.51 La oposición a los emperadores continuó dependiendo de circunstancias específicas, no de objeciones de base hacia la idea del imperio. Así, por ejemplo, las acciones emprendidas contra Enrique VII se explicaban por la intención de proteger los intereses franceses en Italia y por la creencia de que el papa había hecho emperador al monarca equivocado. Hasta entrado el siglo XIV se siguió rezando por el emperador en Francia y en España. Los reyes franceses hicieron grandes esfuerzos por hacerse con el título imperial en 1273-1274, 1308, 1313 y 1324-1328. Carlos de Valois, hermano de Felipe IV, llegó incluso a desposar a la nieta de Balduino II, el último emperador latino de Bizancio, con intención de unificar los Imperios oriental y occidental. Tales intentos fracasaron, pero gracias a su creciente poder, a finales del siglo XIII los reyes franceses se impusieron como protectores del papado. Los hagiógrafos de Felipe el Augusto solían presentarlo como el verdadero heredero de Carlomagno. «Augusto», de hecho, era el mote que le puso Rigord, monje de San Dionisio, para celebrar la expansión «imperial» de la autoridad monárquica llevada a cabo por Augusto por toda Francia. Rigord también se refirió en repetidas ocasiones a Augusto como «rey cristianísimo» (rex Christianissimus) para así remarcar la misión especial del monarca galo y elevarlo sobre el emperador. Este título fue ratificado por el papa, cuyas concesiones, a partir del siglo XII, cimentaron la identidad diferenciada de la Iglesia francesa.52
Los fracasados intentos de obtener el título imperial reforzaron la idea de que la monarquía francesa poseía carácter imperial, en el sentido de soberanía. Carlomagno había sido un gran rey antes de su coronación imperial. Este fue el argumento estándar hasta mediado el siglo XVII y sirvió para justificar los constantes intentos de obtener el título y para acallar las críticas cuando fracasaban. A los contemporáneos no les resultaba contradictorio creer a la vez en la independencia de la monarquía gala y su pertenencia a un orden cristiano y universal único. Aunque los autores nacionalistas posteriores reforzaron la primera e ignoraron la segunda, lo cierto es que la opinión bajomedieval y de principios de la Edad Moderna era sorprendentemente avanzada: la Francia del siglo XXI sigue siendo un país soberano, a pesar de formar parte de la Unión Europea.53
En 1494, el mito de Carlomagno inspiró la invasión de Italia de Carlos VIII, dado que su objetivo inmediato, Nápoles, reclamaba desde 1477 el título difunto de rey de Jerusalén. Francisco I tenía ambiciones imperiales más concretas, para lo cual se aseguró el respaldo papal y apoyos germanos a partir de 1516. En un intento de cubrir todas las bases ideológicas, afirmó tener ascendencia troyana, se presentó como la encarnación de las virtudes romanas y argumentó que franceses y germanos compartían antepasados francos comunes. Llevó el universalismo a su corolario lógico: el título no era una posesión exclusivamente germana, sino que estaba abierto a todos los candidatos dignos de este. Pero el proceso de adquirir el título imperial estaba estrechamente asociado a la elección del monarca alemán. Los electores germanos consideraban a Carlomagno y a los francos sus antepasados exclusivos, con lo que rechazaron las pretensiones de Francisco I y concedieron el título a Carlos V.54
Tras la muerte de Fernando III en 1657, Luis XIV y su consejero el cardenal Mazarino hicieron un último intento de hacerse con el título imperial. Mazarino respaldó la candidatura del duque del Palatinado-Neoburgo para poner a prueba el apoyo germano a Luis. Pero el motivo principal era impedir el ascenso de un nuevo emperador austríaco de la casa de Habsburgo que pudiera implicar al imperio en la guerra que libraban España y Francia desde 1635. El ardid de Mazarino contribuyó a provocar el interregno imperial más largo después del de 1494-1507, pero no logró impedir la elección de Leopoldo I en 1658. Hasta entrada la década de 1670 persistieron las especulaciones acerca de una nueva candidatura francesa, pero estas fueron irrelevantes a causa de la longevidad de Leopoldo (falleció en 1705). Los diplomáticos franceses volvieron rápidamente al argumento, que venían defendiendo desde la década de 1640, que afirmaba que su rey era el aliado natural de los príncipes alemanes en la defensa de sus libertades constitucionales contra la amenaza del «absolutismo imperial».55
El abandono de las ambiciones imperiales les llevó, inevitablemente, a insistir en la superioridad de Francia. La experiencia de la guerra civil de 1562-1598 proporcionó argumentos renovados a favor de un gobierno real fuerte que garantizase un orden político y social estable. Los autores franceses hacían comparaciones desfavorables entre Francia y el imperio y presentaban a este último como una monarquía (supuestamente) hereditaria bajo el dominio «francés» de Carlomagno, que había degenerado en una monarquía electiva bajo dominio germano. Ya no era un imperio, sino la sombra lastimosa de un imperio, mientras que el linaje de reyes franceses cristianos había existido más tiempo que la suma de la Roma republicana e imperial. Francia era una monarquía de origen divino, cuyo monarca era elegido por Dios mediante la sucesión hereditaria. Luis, el rey Sol, brillaba por encima de cualquier otro soberano. Gracias a sus credenciales cristianas y a su poder terrenal, él, no el emperador, era el árbitro natural de Europa.56
La pretensión francesa de ser el árbitro de Europa fracasó en la sucesión de guerras libradas entre 1667 y 1714. Luis logró el objetivo, largo tiempo codiciado, de separar a España y Austria, después de derrotar al pretendiente Habsburgo a la corona de España. Pero, a la muerte del Rey Sol, en 1715, era evidente que la mayoría de diplomáticos estaba a favor de un equilibrio de poder, no de la existencia de un único garante de la paz (vid. págs. 167-173). Francia también tuvo difícil establecerse como árbitro del equilibrio interno del imperio, pues le costó encontrar un aliado germano fiable que facilitase su intervención. Baviera fue la preferida a partir de 1620 dado que era católica y lo bastante grande para, con ayuda de los franceses, poder hacer de contrapeso a los Habsburgo austríacos. La cooperación franco-bávara se intensificó tras la muerte sin heredero varón de Carlos VI en octubre de 1740, lo cual detuvo el linaje de soberanos Habsburgo, ininterrumpido desde 1438, y dio lugar a la Guerra de Sucesión austríaca, que se prolongó hasta 1748. En 1742, Carlos Alberto de Baviera fue elegido Carlos VII con apoyo francés. Su breve reinado de poco menos de tres años fue un notorio fracaso, tanto para Baviera como para el imperio.57 Este revés llevó al ministro de Exteriores francés, marqués d’Argenson, a proponer en 1745 la federalización de Alemania e Italia y su reorganización en territorios de mayor extensión. Prusia y Saboya se opusieron al plan, pues consideraban que la preservación del viejo orden les resultaría más ventajosa en el futuro. A finales de 1745, la recuperación austríaca del título imperial tras la elección de Francisco I puso fin al plan del marqués d’Argenson.58
¿Un gorro de bufón?
Ya hacía mucho que los estadistas Habsburgo se habían dado cuenta de que el título imperial no tenía el mismo significado que en la Edad Media. Después de una serie de guerras victoriosas contra los otomanos, alrededor de 1699 los Habsburgo tenían más territorios fuera del imperio que en su interior, lo cual hacía inevitable un cambio en su concepto del título imperial. En 1623 se abandonó la idea de convertir a Austria en reino. Aun así, el término «monarquía austríaca» se empleó a partir de 1703 como designación vaga, pero adecuada, para las tierras de los Habsburgo, que, de hecho, gobernaban varios reinos genuinos: Bohemia, Hungría, Croacia, Nápoles (entre 1714 y 1735). También reinaban sobre Galitzia, arrebatada a Polonia en 1772, y aspiraban al título de rey de Jerusalén.59 Tales acontecimientos llevaron a cuestionar la continuidad del título imperial, dado que los Habsburgo sobrevivieron sin él entre 1740 y 1745, durante la Guerra de Sucesión austríaca. Los Habsburgo se sintieron traicionados por la falta de apoyo de los Estados imperiales en su lucha contra Francia, Baviera y sus aliados. La esposa de Francisco I, María Teresa, tenía una opinión particularmente baja del título, pues calificó la coronación de su marido, en 1745, de «teatro de polichinelas» (Kaspar Theater). Dicha opinión la mantuvo incluso después de 1765, año en que su hijo José II sucedió a su padre. José describió el cargo de emperador como «el espectro de un poder honorífico» y no tardó en sentirse frustrado por la constitución imperial, que estaba siendo empleada para constreñir el dominio Habsburgo sobre el imperio, tal y como habían querido los diplomáticos franceses.60
Los historiadores han citado con frecuencia tales comentarios y los han presentado como prueba de la supuesta irrelevancia del imperio tras la Paz de Westfalia de 1648. No obstante, el 7 de marzo de 1749 los consejeros de Francisco I respondieron a las cuestiones de este último subrayando que el título imperial era «brillante símbolo del honor político más elevado en occidente […] que otorgaba precedencia sobre todas las demás potencias» (vid. Lámina 7).61 Todo el gobierno Habsburgo –incluida la imperial pareja– estaba convencido de que la pérdida del título imperial en 1740 había sido un desastre y estaban resueltos a defender la jerarquía política interna del imperio, que proporcionaba a Austria una posición privilegiada y le ayudaba a mantener su influencia internacional. En 1757, Austria se vio obligada a conceder paridad ceremonial a Francia en su alianza contra los prusianos. Incluso los revolucionarios franceses concedían importancia a esta cuestión de estatus, pues volvieron a hacer ratificar dicha paridad en 1797 y en 1801. El título imperial era ahora el único signo de esta preeminencia, pues los Habsburgo se aferraban a antiguos argumentos, según los cuales todos los otros que se llamaban a sí mismos «emperadores» tan solo eran «reyes».62 Para los Habsburgo, tanto el imperio como Europa en su conjunto eran sistemas políticos jerárquicos. Tales argumentos servían para poner en su lugar a advenedizos como Prusia y los respaldaban muchos Estados imperiales menores, que consideraban que la igualación del orden establecido desembocaría en el federalismo propuesto por d’Argenson, lo que amenazaría su autonomía.
Francia, tras descubrir en 1740 que Prusia no era un aliado alemán fiable, optó en 1756 por una alianza con los austríacos, que perduró hasta las guerras revolucionarias iniciadas en 1792. El conflicto resultante, la Guerra de los Siete Años (1756-1763) no logró eliminar a Prusia como competidor de Austria. Después de 1763, el enviado francés al Reichstag consideraba que los demás Estados imperiales eran «fuerzas inertes» (forces mortes) que Francia debía mantener fuera del alcance de Austria y Prusia para impedir que una de las dos potencias germánicas dominase Europa central.63 La opinión pública francesa no comprendía las sutilezas de dicha política, pues solo veía aspectos superficiales como la llegada de una impopular princesa austríaca, María Antonieta, que simbolizaba la alianza humillante de su país con su antiguo enemigo. Eran pocos los que se interesaban por las complejidades de la política imperial y aquellos que sí lo hacían creían que el imperio no podía reformarse sin destruirlo.64
La hostilidad francesa creció en 1789 después de que los príncipes alemanes acogieran a los émigrés que huían de la revolución. Tanto la facción girondina como la jacobina se sentían decepcionadas por su incapacidad de reemplazar los vínculos con los príncipes germanos por una nueva alianza con la «nación alemana». La política revolucionaria se hizo aún más extrema tras abandonar las normas diplomáticas al uso. Los dirigentes franceses consideraban «absurdo» el acuerdo westfaliano, aunque lo seguían utilizando para obtener sus objetivos. Pero el Tratado de Westfalia también perdió relevancia después de que los partidarios de las «fronteras naturales» de Francia se hicieran con el poder en París en 1795, con intención de anexionar a Francia todo el territorio de la orilla izquierda del Rin.65
Un nuevo Carlomagno
Hacia 1797, las victorias militares francesas plantearon con urgencia la cuestión de la reorganización, renovación o disolución del imperio. Muchas respuestas a esta cuestión se centraban en Napoleón, figura en ascenso de la República francesa. Beethoven no fue el único centroeuropeo al que decepcionó Napoleón: los Estados imperiales menores esperaban que Napoleón renovase el imperio, en particular el archicanciller Dalberg, quien le remitió numerosas propuestas.66 En un principio, Napoleón continuó la política francesa anterior, pues en mayo de 1797 escribió que si el imperio no existiera, Francia tendría que inventarlo para mantener débil a Alemania.67 Las diferentes interpretaciones del legado de Carlomagno ayudan a entender por qué la actitud de Napoleón no tardó en cambiar de manera radical. Los centroeuropeos que, como Dalberg, aspiraban a preservar el imperio, consideraban a Carlomagno el progenitor de mil años de poder atemperados por la ley y la propiedad por medio de la constitución imperial. La interpretación de Napoleón, más cercana a la realidad histórica, lo consideraba un guerrero heroico y un conquistador.
Napoleón utilizó la memoria de Carlomagno con el fin de consolidar su autoridad en el interior de Francia, donde utilizó su cargo de primer cónsul para fomentar el culto a la personalidad que reemplazó la iconografía republicana clásica de la Revolución por imaginería imperial-realista. En el famoso retrato del paso de los Alpes, pintado en 1801-1802, se ven las palabras Karolus Magnus cinceladas en la roca a los pies de Napoleón. La idea de un heroico hombre fuerte que impusiera orden era muy popular después de los desórdenes revolucionarios. La apropiación de la imagen de Carlomagno formaba parte de una amplia estrategia para legitimar el régimen sin vincularlo a ninguna tradición concreta. Más en concreto, el papel del rey franco como protector del papado resultó útil cuando Napoleón necesitó con urgencia alcanzar un compromiso con el pontífice que pusiera fin a la guerra contra los católicos franceses, que había causado desde 1793 más de 317 000 muertes. Tales maniobras culminaron con la autoproclamación de Napoleón como «emperador de los franceses» el 18 de mayo de 1804, seguida de su coronación el 2 de diciembre. El papa Pío VII leyó el mismo texto empleado por León III cuando invistió a Carlomagno hacía algo más de un milenio, pero tuvieron que utilizarse réplicas de la espada y de la corona de Carlomagno, pues los austríacos todavía conservaban los originales. Para ganarse a los republicanos, Napoleón publicó una nueva constitución. Pero no consideraba a los franceses como los nuevos ciudadanos de Roma, pues en 1809, cuando anexionó los Estados Pontificios a Francia, declaró a Roma ciudad libre, en lugar de convertirla en su capital imperial.68
El imperio napoleónico prometía garantizar el orden por medio de la eliminación de estructuras sociopolíticas defectuosas y la derrota de todos los enemigos externos posibles. El universalismo de Napoleón se basaba en la hegemonía de la victoria decisiva y en la uniformidad racional ejemplificada por su código civil y por el sistema métrico.69 Su utilización del legado de Carlomagno suponía un desafío directo al imperio, pues sugería que sus ambiciones territoriales abarcaban todo el antiguo reino de los francos. Pero en un principio se contuvo, pues en mayo de 1804 prometió que solo emplearía su título imperial después de que lo reconocieran el emperador Francisco II y su imperio.70
Los ministros austríacos se dieron cuenta de inmediato de que el no reconocimiento significaba una nueva guerra. Pero, al igual que sus homólogos prusianos, prefirieron creer que la conversión de Napoleón y su república revolucionaria en una monarquía harían más predecible a Francia. Aunque el ministro principal, el conde Cobenzl, reconocía que el estatus de Francisco II «ha quedado reducido a poco más que un título honorífico» era necesario mantenerlo para evitar que Rusia reclamase paridad, o que Gran Bretaña crease una corona imperial propia.71 Se rechazó la idea de hacer hereditario el título de emperador del Sacro Imperio, pues tal cosa suponía una ruptura de la constitución del imperio. En lugar de ello, el estatus vago de las tierras de los Habsburgo como monarquía independiente proporcionó a Francisco II la base para asumir un nuevo título, adicional y hereditario: el de «emperador de Austria». El título se creó con intención de mantener la paridad formal de Austria con Francia iniciada en 1757, al tiempo que permitía a Francisco situarse por encima de Napoleón gracias a su título adicional de emperador del Sacro Imperio. En diciembre de 1804 se anunció el nuevo título, entre fanfarrias de trompetas y redobles de tambores, a las multitudes reunidas en los seis suburbios de Viena frente a tribunas de madera erigidas para la ocasión.72 No se consideró necesaria una coronación, pues Francisco ya había sido coronado emperador del Sacro Imperio en 1792 (fue el último). Mientras existió el Imperio austríaco, desde 1804 a 1918, nunca hubo una coronación imperial austríaca.
El autor y publicista conservador Friedrich von Gentz escribió al futuro ministro jefe, Metternich, que Francisco bien podría haberse hecho llamar emperador de Salzburgo, Fráncfort o Passau.73 Su crítica se hacía eco de la creencia generalizada que la proliferación de títulos imperiales reducía la importancia de todos. Suecia, garante oficial de la Paz de Westfalia, presentó una queja formal: Francisco se había excedido en sus atribuciones al asumir el título de forma unilateral sin antes obtener el acuerdo del Reichstag.74 Pero la presión francesa hizo irrelevantes las críticas, pues frustró toda esperanza que pudiera quedar de reformar el imperio. Napoleón se hizo coronar rey de Italia el 26 de mayo de 1805 y se ciñó la corona de hierro lombarda, con lo que usurpaba una de las tres coronas fundacionales del imperio. Una serie de roces llevó al reinicio de las hostilidades, que culminaron con la victoria decisiva de Napoleón contra Austria y Rusia en Austerlitz del 2 de diciembre de 1805. Napoleón pronto abandonó la idea de asumir el título de emperador del Sacro Imperio, en parte porque esto obstaculizaría la paz con Gran Bretaña y Rusia mientras Austria todavía conservase las insignias imperiales originales, pero sobre todo porque el Sacro Imperio era incompatible con su estilo de gobierno imperial (vid. Lámina 3).75 Napoleón trataba ahora de socavar los restos del antiguo régimen para quebrar la influencia que pudiera conservar Austria sobre los territorios germanos menores. Ante la amenaza de una nueva guerra, Francisco abdicó a regañadientes el 6 de agosto de 1806 con la esperanza de que la disolución del imperio socavase la legitimidad de la reorganización de Alemania llevada a cabo por Napoleón.
Los acontecimientos de 1804-1806 anunciaban una nueva era para el imperio europeo. Aunque el gran imperio de Napoleón se derrumbó en 1814, su sobrino gobernó un segundo Imperio francés entre 1852 y 1870 y el régimen republicano que le siguió expandió, a partir de los años 80 del siglo XIX, las posesiones de ultramar del país hasta convertirlas en un gran imperio colonial. La victoria de Prusia sobre el segundo Imperio francés llevó a la fundación del segundo Imperio alemán en 1871. La reina Victoria formalizó el imperialismo británico al asumir el título de «emperatriz de India» en 1876. Entretanto, Austria, Rusia y los otomanos siguieron siendo Estados imperiales. Había ahora seis imperios en un único continente. «Imperio» dejó de significar «orden mundial» único y pasó a ser el título otorgado a un monarca que gobernaba un gran Estado.
NUEVOS MUNDOS
La España imperial
Los aspectos hegemónicos del imperialismo europeo de finales del siglo XIX eran más evidentes en la dominación global que compartían incluso los países más pequeños del continente, en particular la dominación del Congo por parte de Bélgica. Esta nueva era imperial, iniciada con las conquistas portuguesas y españolas de finales del siglo XV, era, en esencia, diferente con respecto a la idea imperial encarnada por el imperio. España es el caso más interesante, pues adquirió el mayor imperio europeo (previo al británico) mientras su rey era también emperador del Sacro Imperio con el nombre de Carlos V.
La península ibérica medieval estaba gobernada por múltiples reinos rivales. Los documentos del rey de Asturias emplearon términos como basileus o rex magnus durante el siglo X. Tales reinos eran imperialistas en el sentido hegemónico de la palabra, pues se basaban en las victorias asturianas sobre los musulmanes. Ese mismo impulso explicaría el uso intermitente del título totius Hispaniae imperator a partir de finales del siglo XI y durante el XII. Hacia 1200, los autores cristianos peninsulares rechazaban la idea de que su país hubiera sido nunca parte del imperio carolingio debido a la derrota de Carlomagno en los Pirineos en 778. Los emperadores del Sacro Imperio, al contrario de lo ocurrido en las cruzadas, no desempeñaron ningún papel en la reconquista de la península ibérica.
Ya antes del colapso de los Hohenstaufen, Vicente Hispano escribió que «los germanos han perdido el imperio a causa de su estupidez», lo cual sugeriría que los reyes hispanos habían demostrado mejores credenciales gracias a haber combatido a los musulmanes.76 Tales afirmaciones recibieron cierta atención fuera de España, pues ayudaron a la elección de Alfonso X de Castilla como rey germano en 1257. Aunque Alfonso, al igual que su rival por el título real, Ricardo, earl de Cornualles, era «extranjero» era nieto del rey alemán Felipe de Suabia y aliado de los Hohenstaufen. Su elección al trono imperial también la respaldaron Pisa y Marsella (por aquel entonces perteneciente a Borgoña) lo que refleja las amplias conexiones mediterráneas de aquellas regiones del imperio. Al contrario que Ricardo, que fue elegido de forma simultánea por una facción rival, Alfonso nunca viajó al imperio, aunque ejerció de rey de Alemania al conceder fueros a los duques de Brabante y de Lorena, además de solicitar al papa que preparase una coronación imperial.77
El teórico reinado de Alfonso finalizó en 1273 y quedó como un interludio aislado. Mientras tanto, otros reinos hispanos se hicieron con dominios mediterráneos propios. Durante el siglo XIV, el reino de Aragón tuvo por breve tiempo el ducado de Atenas, un fragmento del ruinoso Imperio bizantino. También conquistó Sicilia (1282) y Cerdeña (1297) para, finalmente, unirse a Castilla en 1469 y unificar el futuro reino de España, el cual se vio implicado en 1494 en las guerras italianas por la posesión de Nápoles. El posible conflicto con los intereses imperiales fue desactivado por medio de un matrimonio dinástico con los Habsburgo, que llevó al trono español a Carlos V en 1516, tres años antes de su elección como emperador. En ese momento, Carlos gobernaba sobre un 40 por ciento de todos los europeos, controlaba los principales centros financieros y económicos (Castilla, Amberes, Génova, Augsburgo) y tenía acceso a las, en apariencia, interminables riquezas de las colonias de ultramar (vid. Mapa 9).78
La unión del último imperio cristiano de Europa con el primero del Nuevo Mundo fue una combinación inestable que solo existió mientras duró el reinado de Carlos. Este fue el último, y el más grande, de los emperadores itinerantes. Mientras que ningún emperador (con la excepción de los tres cruzados) se aventuraron demasiado lejos de las fronteras imperiales, Carlos visitó Inglaterra y África en dos ocasiones cada una, Francia cuatro veces, los reinos de España seis, Italia siete y Alemania nueve. Mientras, los conquistadores tomaron en su nombre México, Perú, Chile y Florida. Como observó, ya en 1566, el jurista y filósofo francés Jean Bodin, la asociación con el Nuevo Mundo empequeñecía al viejo imperio, no al contrario.79
Antoine de Granvelle aconsejó a Carlos V que designase sucesor a su hijo Felipe en lugar de a su hermano pequeño, Fernando I, pues el control efectivo del cargo imperial requería una considerable fortuna. Carlos había pensado en nombrar a Felipe sucesor de su hermano para así establecer una alternancia de emperadores entre Austria y España, pero lo impidió la oposición de Fernando en 1548.80 En lugar de ello, Felipe recibió Borgoña, con lo que esta se mantuvo dentro del imperio tras la partición entre las ramas austríaca y española en 1558. En ese momento parecía que España estaba mejor situada para representar la misión cristiana universal. La Cosmographia de Sebastian Münster incluye un mapa dibujado en 1537 por Johannes Putsch, que muestra a Europa como un monarca: Germania era únicamente el torso, mientras que la península ibérica representaba la cabeza (vid. Lámina 17).81 La anexión de Portugal por parte de Felipe en 1580, después de que el rey luso desapareciera en batalla contra los moros, parecía justificar aún más esta idea: ahora, España detentaba el otro imperio mundial europeo.
Felipe había vivido en Alemania de 1548 a 1551, conocía en persona a numerosos príncipes y, aun después de suceder a su padre en el trono de España, seguía considerándose un príncipe imperial. Con la muerte de Felipe, en 1598, los contactos hispano-germanos quedaron prácticamente interrumpidos y las concesiones a los protestantes hechas en la Paz de Augsburgo (1555) reforzaron la percepción española de que el imperio estaba en declive.82 Los españoles comenzaron a basar sus pretensiones universalistas en sus victorias contra otomanos y herejes: el éxito de sus argumentos queda demostrado por cómo la historia recuerda su victoria naval sobre los turcos en Lepanto (1571), que es más destacada que los conflictos, más importantes, que Austria libró en defensa de Hungría. Se decía que el soberano de España era el principal rey de Europa debido a que era el más pío de todos.83 Esto permitió a España atribuirse el liderazgo sin entrar en conflicto con sus primos austríacos, que seguían ostentando el título imperial. Felipe III se tenía a sí mismo como el mayor de los Habsburgo, de ahí que se creyera con derecho a suceder a Rodolfo II; pero también tenía la suficiente grandeza como para declinar hacerlo. En 1617, Felipe canjeó su apoyo a la elección de Fernando II para el trono imperial a cambio de concesiones territoriales austríacas que mejoraron la posición estratégica española. España apoyó a Austria durante la Guerra de los Treinta Años, pues esperaba que Fernando II le auxiliase contra los rebeldes de los Países Bajos y contra Francia, con el argumento de que las posesiones españolas en Borgoña y en la Italia septentrional seguían formando parte del imperio.
La biología se impuso a la estrategia después de 1646, pues los Habsburgo españoles se enfrentaban a la extinción, lo cual precipitó su declive, que fue más personal que estructural.84 España se apoyaba cada vez más en Austria, en especial para defender contra Francia sus posesiones del norte de Italia. Aun así, los españoles se resistieron de forma considerable a la idea de que Austria heredase su imperio tras el fallecimiento del último Habsburgo español, Carlos II, en 1700. Gran Bretaña y las Provincias Unidas apoyaron la continuidad de la estructura existente y recurrieron al archiduque austríaco Carlos para fundar una nueva dinastía de Habsburgo españoles. El emperador Leopoldo I cooperó, pero con intención de obtener para Austria las posesiones españolas en Italia.85 Pero la biología, en este caso austríaca, volvió a intervenir para desbaratar este arreglo. Las muertes de Leopoldo (1705) y la de su hijo mayor y sucesor José I (1711) hizo que el archiduque Carlos quedase como el único candidato Habsburgo al trono imperial (con el nombre de Carlos VI). Gran Bretaña y los neerlandeses se opusieron a la resurrección del imperio de Carlos V, a la unión del imperio del Nuevo Mundo con el imperio del viejo, con lo que, en 1714, obligaron a Carlos VI a renunciar, a su pesar, a España y a sus posesiones de ultramar.
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