Kitabı oku: «La mano de Dios»
Título original: Hand of God
© thynKER Ltd, 2015.
© de la traducción: Víctor M. García de Isusi, 2016.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2016.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
CODI SAP: OEBO935
ISBN: 9788490567241
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
Dedicatoria
Cita
Prólogo
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Notas
ESTA NOVELA ES PARA ADAM Y JOHN THYNNE
«Un poco con la cabeza y un poco con la mano de Dios».
DIEGO ARMANDO MARADONA, sobre su primer gol
contra Inglaterra en el Mundial de 1986
PRÓLOGO
Olvidaos de El Especial; según la prensa deportiva, yo soy El Afortunado.
Después de la —desafortunada— muerte de João Zarco, tuve la suerte de quedarme con su cargo de entrenador del London City y más suerte aún de conservarlo al final de la temporada 2013-2014. Se consideró un golpe de fortuna que el City acabara cuarto en la Premier League. También dijeron que nos había sonreído la fortuna por llegar a la final de la Capital One Cup y a la semifinal de la FA Cup, aunque perdimos las dos.
A mi entender, tuvimos la mala suerte de no ganar nada, pero el periódico The Times opinaba de otra manera:
Teniendo en cuenta todo lo que ha sucedido en Silvertown Dock en los últimos seis meses —el asesinato de un carismático entrenador, que la carrera de un talentoso portero acabara de golpe y de forma trágica, la investigación de Hacienda por el llamado Escándalo del 4F (gasolina gratis para futbolistas)—, no cabe duda de que el City fue muy afortunado por llegar hasta donde llegó. Gran parte de la buena suerte del club hay que atribuírsela al trabajo duro y la tenacidad de su entrenador, Scott Manson, cuyo excesivo y elocuente panegírico dedicado a su predecesor enseguida se convirtió en viral en internet e hizo que la revista Spectator lo comparase nada más y nada menos que con Marco Antonio. Si José Mourinho es El Especial, Scott Manson es, no cabe duda, El Inteligente; aunque también podría ser El Afortunado.
Nunca me he considerado afortunado, y menos teniendo en cuenta que pasé dieciocho meses en la prisión de Wandsworth acusado de un crimen que no cometí.
Solo tenía una superstición cuando era futbolista profesional: chutar el balón con tanta fuerza como podía cada vez que lanzaba un penalti.
No sé si, por norma general, la generación de futbolistas de hoy en día es más crédula de lo que lo fue la mía, pero si tenemos en cuenta sus tuits y comentarios en Facebook durante el Mundial de Brasil, la gente que juega en la actualidad cree tanto en la suerte como lo haría una convención de santeros en Las Vegas. Dado que pocos de ellos ponen el pie en una iglesia, mezquita o sinagoga, quizá no resulte sorprendente que tengan tantísimas supersticiones; de hecho, puede que la superstición sea la única religión que estas almas, a menudo ignorantes, son capaces de profesar. Como entrenador, he hecho cuanto he podido para evitar las supersticiones entre mis jugadores, pero es una batalla perdida de antemano. Ya se trate de un meticuloso —y siempre inconveniente— ritual previo al partido, un dorsal que consideran favorable, una barba de la suerte o una camiseta providencial con el careto del duque de Edimburgo —no, no es broma—, las supersticiones siguen siendo parte de este deporte, tanto o más que las apuestas, las camisetas de compresión y los vendajes neuromusculares.
Aunque buena parte del fútbol tiene que ver con las creencias, siempre hay un límite; y algunos actos de fe van más allá del simple tocar madera y se adentran en el reino de los crédulos y los locos de remate. A veces, tengo la sensación de que los únicos en el mundo del fútbol que tienen los pies en el suelo son los desgraciados que lo siguen. Desafortunadamente, creo que esos desgraciados empiezan a actuar de la misma manera.
Tomemos por ejemplo a Iñárritu, nuestro joven centrocampista dotado de un talento excepcional, y que ahora mismo está jugando con México en el Grupo A. Según lo que ha estado tuiteando a sus cien mil seguidores, es Dios quien le dice cómo marcar goles, pero, cuando todo falla, compra unas putas caléndulas y unos terrones de azúcar, y enciende una vela delante de una muñequita con forma de esqueleto y un vestido verde. Sí, claro, seguro que eso tiene que funcionar.
Luego tenemos a Ayrton Taylor, que está con la selección inglesa en Belo Horizonte. Por lo visto, la verdadera razón de que se rompiera uno de los huesos del metatarso en el partido contra Uruguay fue que se le olvidó poner en la maleta su bulldog de plata de la suerte y que no rezó a san Luigi Scrosoppi —santo de los jugadores de fútbol— con sus Nike Hypervenom en las manos, como hace siempre. Claro, seguro que la lesión tuvo poco que ver con el cabronazo que le pegó un pisotón descarado.
Bekim Develi, nuestro centrocampista ruso, que también está en Brasil, cuenta en Facebook que tiene un bolígrafo de la suerte con el que viaja a todas partes. Cuando lo entrevistó Jim White para el Daily Telegraph, le preguntó por el bebé que acababa de tener, Peter, y el jugador le confesó que le había prohibido a Alex, su novia, mostrar al niño a ningún extraño durante cuarenta días porque «estaban esperando a que llegara el alma del crío» y no quería que, bajo ningún concepto, otra alma o energía se apoderara de él durante un periodo tan crucial.
Por si todo esto no fuera ya bastante ridículo, uno de los africanos del City, el ghanés John Ayensu, le contó a un periodista de la radio que solo jugaba bien cuando llevaba un pedazo de piel de leopardo de la suerte en los calzoncillos; una confesión imprudente que le valió una tormenta de críticas por parte de la WWF y los activistas defensores de los animales comprometidos con la conservación de las especies.
En esa misma entrevista, Ayensu anunció su intención de dejar el City en verano, una de las malas noticias que recibí en Londres. Otra fue lo que le ha pasado a nuestro delantero alemán, Christoph Bündchen, al que han sacado en Instagram en una sauna gay de la ciudad brasileña de Fortaleza. Christoph sigue estando oficialmente dentro del armario y ha declarado que había ido al gimnasio Dragón por error, aunque no es eso lo que corre por Twitter, claro está. Y dado que los periódicos —en especial el puto Guardian— están desesperados porque al menos un jugador profesional en activo declare su homosexualidad —yo diría que Thomas Hitzlsperger fue muy inteligente al esperar hasta retirarse—, el pobre Christoph debe de estar sufriendo una presión insoportable.
Al mismo tiempo, uno de los dos jugadores españoles del City que están en Brasil, Juan Luis Dominguín, acaba de enviarme por correo electrónico una fotografía de Xavier Pepe, nuestro mejor defensa, cenando en un restaurante de Río con algunos de los jeques dueños del Manchester City después del partido de España contra Chile. Si tenemos en cuenta que esa gente tiene más pasta que el mismísimo Dios —y, desde luego, más que Viktor Sokolnikov, el propietario de nuestro club—, la foto también es motivo de preocupación. Hoy en día se mueve tantísimo dinero en el mundo del fútbol que es fácil conseguir que los jugadores cambien de opinión; de hecho, con la cifra adecuada en un contrato, no hay ni uno solo al que, si se quiere, no se le pueda hacer representar a Linda Blair en El exorcista.
Tal y como he dicho, no soy supersticioso, pero cuando, en enero, vi aquellas fotografías en los periódicos, las del rayo que había caído en la mano de la famosa estatua del Cristo Redentor, la que protege Río de Janeiro desde las alturas, debería haberme dado cuenta de que durante el Mundial de Brasil iba a acontecer algún que otro desastre. Poco después, claro está, hubo disturbios en las calles de São Paulo, dado que las manifestaciones para protestar por todo el dinero que se había gastado el país en el Mundial se salieron de madre. Los manifestantes incendiaron coches, saquearon tiendas y rompieron los ventanales de bancos, y hubo varios heridos de bala. No les puedo culpar. Resulta increíble que se gastaran catorce mil millones de dólares en ser anfitriones del Mundial —datos estimados de Bloomberg— cuando en Río de Janeiro no hay servicio de recogida de basuras. Como le ocurría a mi predecesor, João Zarco, el Mundial es una competición que nunca me ha gustado mucho y no solo por los sobornos, la corrupción, los chanchullos políticos y el puto Sepp Blatter..., por no mencionar la mano de Dios en 1986. No puedo evitar pensar que ese hombrecito al que nombraron mejor jugador del Mundial de México fue un tramposo y que el hecho de que la FIFA lo nominase siquiera para el premio lo dice todo de su torneo principal.
Yo diría que la única razón por la que me gusta el Mundial es porque el equipo de Estados Unidos es tan malo que es el único deporte en el que Ghana o Portugal le pegan palizas. Por lo demás, a decir verdad, es una competición que odio.
Y la odio porque el fútbol que se ve en ella en la actualidad es casi siempre una mierda, porque los árbitros son siempre una basura y las canciones son aún peores; por las putas mascotas —como Fuleco el Armadillo, la mascota oficial del Mundial de 2014, cuyo nombre es una palabra compuesta por futebol y ecologia... ¡vamos, no me jodas!—; por todos los piscineros profesionales de Argentina y Paraguay y, sí, por qué no decirlo, los de Brasil también; por todo ese bombo de «Vamos, Inglaterra, esta vez podemos»; y por todo ese montón de gilipollas que no saben nada de fútbol pero que, de repente, tienen opiniones de mierda acerca de este deporte que tienes que escuchar. Pero, sobre todo, odio a los políticos que se suben al carro y empiezan a agitar una bufanda de Inglaterra mientras siguen soltando sus memeces habituales.
Aunque, a decir verdad, como la mayoría de los entrenadores de la Premier League, odio el Mundial por la gran cantidad de putos inconvenientes que acarrea. Casi al acabar la temporada, el 17 de mayo, con menos de quince días de vacaciones, los jugadores de nuestro equipo que habían sido seleccionados tuvieron que concentrarse con sus respectivos equipos nacionales en Brasil. Dado que el primer partido del Mundial se jugaba el 12 de junio, la máquina de hacer dinero de la FIFA no da tiempo a que los jugadores se recuperen de las tensiones y los esfuerzos de una Liga de Primera División tan exigente como la Premier, con lo que existen muchas probabilidades de que alguno de ellos acabe sufriendo una lesión importante.
Da la sensación de que Ayrton Taylor no va a poder jugar durante dos meses y, por lo tanto, seguramente se perderá el primer partido del City de la próxima temporada, el 16 de agosto contra el Leicester. Y lo que es peor, también es muy posible que se pierda el partido de ida de la ronda clasificatoria que el City juega en Atenas contra el Olympiacos la semana siguiente. Y ahora que nuestro otro delantero es objeto de una intensa especulación acerca de la verdadera naturaleza de su sexualidad, no es, para nada, lo que más nos conviene.
Es en momentos como estos cuando desearía tener más escoceses y suecos en el equipo, dado que, claro está, ni Escocia ni Suecia se han clasificado para el Mundial de 2014.
Y no sé qué es peor: si preocuparse por la «distensión leve en el aductor» que había provocado que Bekim Develi no pudiera seguir jugando durante el partido de Rusia contra Corea del Sur, en el Grupo H, o preocuparse porque el seleccionador de Rusia, Fabio Capello, lo sacara después a jugar contra Bélgica sin darle tiempo suficiente para recuperarse. ¿Veis a lo que me refiero? Uno se preocupa tanto cuando juegan como cuando no lo hacen.
Y por si todo esto no fuera bastante malo por sí solo, tengo un propietario con los bolsillos tan profundos como las minas de oro de Johannesburgo y que ahora mismo está en Río intentando «reforzar el equipo» y fichar a alguien que no necesitamos y que no es tan bueno como dicen ese hatajo de comentaristas que lo único que hacen es hablar por no callar. Cada noche, Viktor Sokolnikov me llama por Skype y me pide mi opinión acerca de algún gilipollas bosnio del que no he oído hablar en mi vida o del último Wünderkind, un niño prodigio africano que, según la BBC, es el nuevo Pelé; y, claro, si lo dice la BBC....
El niño prodigio de este Mundial es Prometheus Adenuga, un nigeriano que juega en el AS Monaco. Vi en el programa Match of the Day un vídeo con goles y jugadas del chaval, con Robbie Williams de fondo cantando «Let Me Entertain You» a voz en cuello, lo que no hizo sino confirmar lo que siempre había sospechado: que la BBC no entiende de fútbol. El fútbol no consiste en entretener. Si quieres divertirte, vas a ver cómo Liza Minnelli se cae de un puto escenario; el fútbol es algo más. Mirad, si te estás dejando la piel para ganar un partido, lo que menos te importa es si el público se lo está pasando bien. El fútbol es demasiado serio como para preocuparse por eso. Un partido solo resulta interesante cuando hay algo en juego. Y si no, poneos a ver un amistoso de Inglaterra y decidme si me equivoco. Y, ahora que lo pienso, por eso los deportes estadounidenses no valen para nada, porque las cadenas de televisión del país los han endulzado con la intención de que les resulten atractivos a los telespectadores. Eso es una gilipollez. Un deporte solo es interesante si hay algo en juego; y no nos engañemos, solo se pone toda la maldita carne en el asador cuando ese algo que hay en juego es lo único que importa.
Eso no quiere decir que el fútbol que se juega en Nigeria no sea honesto. Prometheus solo tiene dieciocho años, pero dada la reputación de su país de mentir a la hora de declarar la edad de sus jugadores, podría ser varios años mayor. El año pasado y el anterior fue miembro del combinado nigeriano que ganó el Mundial Sub-17 que organiza la FIFA. Este país ha ganado la competición cuatro veces seguidas, pero por la simple razón de que alinea jugadores que tienen bastantes más años. Según muchísimos blogueros de algunas de las páginas web más populares de Nigeria, Prometheus tiene veintitrés años. La disparidad de edad de algunos futbolistas africanos que juegan en la Premier League es aún mayor. De acuerdo con las mismas fuentes, Aaron Abimbole, que actualmente juega en el Newcastle United, tiene siete años más de los veintiocho que pone en su pasaporte; mientras que Ken Okri, que jugó con nosotros hasta que lo vendieron al Sunderland a finales de julio, podría incluso haber cumplido los cuarenta. Desde luego, eso explicaría por qué algunos de estos jugadores africanos no son longevos. Ni tienen resistencia. Y por qué no los venden muy a menudo. Nadie quiere tener un paquete así en las manos cuando para de sonar la puta música.
Esa es una de las razones por las que nunca seré seleccionador de Inglaterra: la Asociación de Fútbol no quiere a nadie —ni siquiera a mí, que soy medio negro— que diga que el fútbol africano está dirigido por un montón de cabrones tramposos y mentirosos.
Pero no es la verdadera edad de Prometheus, que, como ya he dicho, juega en el AS Monaco, lo que más interesa en estos momentos a los periodistas que están escarbando en Brasil en busca de historias jugosas, sino la hiena que tenía de mascota en casa, en Montecarlo. Según el Daily Mail, el bicho mordió las cañerías del cuarto de baño, lo que hizo que el edificio entero se inundase y causó decenas de miles de libras en daños. Tener una hiena como mascota hace que el Bentley Continental de camuflaje de Mario Balotelli o el acuario de doce metros de altura de Thierry Henry parezcan caprichos sensatos en comparación.
A veces, pienso que hay terreno abonado de sobra para que otro Andrew Wainstein invente un juego llamado Fantasy Football Madness, en el que los jugadores tengan que montar un equipo imaginario de futbolistas reales y que se ganen los puntos en función de lo caras que sean las casas y los coches de dichos jugadores, y de las veces que salen en la prensa sensacionalista; y darían puntos adicionales sus extravagantes parejas —las WAG—, sus extrañas mascotas, sus espléndidas bodas a lo Cenicienta, los estúpidos nombres que les ponen a sus hijos, los tatuajes mal escritos que llevan, los peinados de mierda que se hacen y los polvos que echan fuera del matrimonio.
Me compré el libro de Fergie en cuanto salió, cómo no, y me hizo gracia descubrir la pobre opinión que tenía de David Beckham. Fergie cuenta que el famoso incidente de la bota que le lanzó al futbolista se produjo porque el número siete se negó a quitarse una gorrita de lana que llevaba en Carrington —el complejo deportivo del Manchester United—, porque no quería que la prensa viera su nuevo corte de pelo hasta el día del partido. He de reconocer que simpatizo con el punto de vista de Fergie. Los jugadores no deberían olvidar jamás que lo único que importa son los aficionados, que son quienes contribuyen a pagar sus sueldazos. Tendrían que pararse a pensar un poco más en cómo es la vida de la gente que se sienta en las gradas. He prohibido a nuestros jugadores que lleguen a Hangman’s Wood, nuestra ciudad deportiva, en helicóptero y estoy intentando que tampoco vengan en coches que cuestan más de lo que vale una casa de precio medio. Mientras escribo esto, el precio medio de una casa es de unas doscientas cuarenta y dos mil libras. Podría no parecer una gran restricción, pero deberíais saber que el Lamborghini Veneno más caro del mercado cuesta, agarraos, diez veces eso —que es casi calderilla para futbolistas que están ganando quince millones de libras al año—. La idea de poner un límite al precio de los coches con los que venían a entrenar mis jugadores se me ocurrió la última vez que miré el aparcamiento de Hangman’s Wood y vi dos Aston Martin One-77 y uno de esos biplaza Pagani Zonda, que cuestan cerca de un millón de libras cada uno.
No me malinterpretéis, el fútbol es un negocio y los jugadores están en él para ganar dinero y disfrutar de su riqueza. No tengo ningún inconveniente en pagar a un futbolista trescientas mil libras a la semana. La mayoría de ellos trabajan la hostia de duro para conseguirlos y, además, lo de ganar tantísima pasta no solo no dura mucho tiempo, sino que son muy pocos los que lo consiguen. Me duele que a mí no me pagaran tanto cuando jugaba. Ahora bien, que un club de fútbol sea un negocio no quiere decir que las personas que lo componen tengan que olvidarse de la relación con su público. Al fin y al cabo, no hay más que fijarse en lo que ha sucedido con los banqueros, a quienes todos consideran hoy en día unos parias avariciosos. La percepción lo es todo y no tengo ningún interés en llegar a ver cómo los hinchas toman las barricadas para protestar contra la disparidad de salarios entre los futbolistas profesionales y ellos. Con este fin, he invitado a un orador del Centro Londinense de Culturas de Negocios Éticos a que dé una charla a nuestros jugadores acerca de lo que él denomina «la sabiduría de consumir de forma desapercibida». No es más que otra manera de decir que no te compres un Lamborghini Veneno. Si hago todo esto es porque proteger a mis chicos de una publicidad indeseada es una buena manera de asegurarse de que te dan lo mejor de sí mismos en el campo, que es lo único que me importa. Quiero a mis jugadores como si fueran de mi propia familia. De verdad. Y es así como les hablo, aunque la mayor parte del tiempo les escucho. Es lo que la mayoría de ellos necesita: alguien que comprenda lo que quieren decir —cosa que, hay que admitirlo, no siempre es fácil—. Aunque, claro está, cambiar la manera en la que los jugadores manejan su riqueza y su fama no va a ser tarea fácil. Creo que conseguir que un joven actúe de forma más responsable es probablemente tan complicado como erradicar las supersticiones de los futbolistas. Pero algo tiene que cambiar, y pronto, o este deporte corre el riesgo de perder el contacto con la gente corriente, si es que no lo ha hecho ya.
Ya habréis oído hablar del «fútbol total». Bueno, pues puede que esto sea «gestión total». En muchas ocasiones, tienes que dejar de hablar de fútbol a los jugadores y contarles otras cosas; y, a veces, es cuestión de persuadir a personas normales de que son capaces de comportarse como gente con talento. En este trabajo he aprendido a ser psicólogo, terapeuta, cómico, un hombro en el que llorar, sacerdote, amigo, padre y, de vez en cuando, detective.
1
Había ido de vacaciones a Berlín con mi novia, Louise Considine. Es poli, inspectora de la Policía Metropolitana londinense, pero no se lo vamos a tener en cuenta. En especial, porque es guapísima. En la foto que lleva en las credenciales de la placa parece que está anunciando un nuevo perfume: «Metropo, de Moschino, poder para arrestar». A pesar de ello, la suya es una belleza muy natural, y su carisma es tan grande que siempre me ha recordado a uno de esos elfos regios de El Señor de los Anillos: Galadriel o Arwen. A mí, al menos, me vale. Siempre me ha encantado Tolkien. Y es probable que a Louise también.
Paseamos mucho y disfrutamos de las vistas. La mayor parte del tiempo conseguí mantenerme alejado de la televisión y del Mundial. Prefería mirar la maravillosa vista —una de las mejores de la ciudad— que teníamos de la Puerta de Brandeburgo desde la habitación o leer un libro; pero sí que me senté a ver el sorteo de la Champions League en Al-Jazeera. Eso era trabajo.
Como era habitual, el sorteo tuvo lugar a mediodía en la sede de la UEFA, en Nyon, Suiza. El presidente de la junta directiva del City, Phil Hobday, estaba entre el aparentemente desconcertado público y, en un momento dado, lo vi con cara de estar sumido en un profundo tedio. Sin duda, el suyo no es un trabajo que envidie. Cuando se acercaba la hora del sorteo, me encontraba hablando por Skype con Viktor, que estaba en su enorme suite del ático del Copacabana Palace, en Río. Mientras esperábamos que el invitado florero sacara nuestra bolita de una de las copas y la desenroscara —un proceso laborioso y francamente absurdo—, Viktor y yo hablábamos de nuestro último fichaje: Prometheus.
—Iba a firmar con el Barcelona, pero le he persuadido para que se uniera a nosotros. Es un poco testarudo, pero eso es lo que cabe esperar de un talento tan prodigioso como el suyo.
—Esperemos que no sea un chico problemático cuando llegue a Londres.
—Oh, no me cabe duda de que Prometheus va a necesitar un buen consejero de jugadores para que le informe de cómo son las cosas y para evitar que se meta en problemas. El agente del chico, Kojo Ironsi, tiene una serie de sugerencias a ese respecto.
—Creo que es mejor que sea el club quien designe al consejero, no su agente. Queremos a alguien que sea leal al equipo, no al jugador. De lo contrario, jamás seremos capaces de controlarlo. Ya he vivido antes este tipo de situaciones. Niñatos tercos que se creen que lo saben todo. Consejeros que se alían con los jugadores, que mienten por ellos y que ocultan sus defectos y limitaciones.
—Puede que tengas razón, Scott, pero podría ser peor, ¿sabes? El inglés del chico es bastante bueno.
—Lo sé. He estado leyendo lo que tuiteó antes del partido de su selección contra Argentina, en el Grupo F.
No estaba de acuerdo con Viktor en creer que eso fuera bueno. A veces, es mejor para el equipo que un jugador con un gran ego apenas sepa comunicarse con los demás. Hasta ese momento había resistido la tentación de hablar del destino del Prometeo mitológico. Castigado por Zeus por el crimen de robar el fuego y entregárselo al ser humano, lo encadenaron a una roca donde, durante el día, un águila le comía el hígado, que se le regeneraba por la noche porque, claro está, Prometeo era inmortal. Un castigo jodido.
—Oye, Viktor, ya que tú has hablado con él, quizá sería mejor que lo convencieras de que dejara de tuitear sobre el gran talento que tiene. Así, la prensa británica no se le echará encima cuando llegue a Inglaterra.
—¿Qué ha dicho?
—Algo acerca de Lionel Messi. Que cuando se encontraran en el terreno de juego sería como Nadal contra Federer, pero que él esperaba salir ganando.
—Bueno, tan malo no es, ¿no?
—Viktor, Messi se ha ganado sus galones. El tío es un fenómeno. Prometheus necesita un poco de humildad si quiere sobrevivir en Inglaterra. —Miré la televisión—. Espera. Creo que salimos ya.
Al London City le tocó enfrentarse al Olympiacos, un equipo griego afincado en El Pireo. El partido de ida de la ronda de clasificación, que se jugaba a finales de agosto, sería en Atenas. Se lo comuniqué a Viktor.
—No sé, ¿eso es bueno? —me preguntó—. ¿Enfrentarnos a los griegos?
—Sí, yo diría que sí. Aunque, claro está, la cosa estará muy caliente por allí.
—¿Es un buen equipo?
—No lo conozco mucho. Solo sé que el Fulham acaba de comprar a su mejor delantero por doce millones de libras.
—Eso juega a nuestro favor.
—Supongo. Pero creo que debería viajar a Grecia antes o después para estudiarlos. Para elaborar un informe.
Louise había permanecido callada durante mi conversación con Viktor pero, en cuanto acabé de hablar por Skype con él, me dijo:
—Yo diría que a ese viaje tendrás que ir solo, cariño mío. He estado en Atenas. Había una huelga general y los disturbios sumieron la ciudad en el caos. Vandalismo en las calles, grafitis por todos lados, no recogían la basura, una derecha despiadada, cócteles molotov contra las librerías. Juré que no volvería nunca.
—Yo diría que antes era peor. Por lo que he leído en los periódicos, parece que la cosa va un poco mejor desde la votación en el Parlamento por lo de su deuda pública.
—Hum, no me convences. Piensa que fueron los griegos quienes inventaron la palabra para definirlo: caos.
Cuando terminó el sorteo, Louise y yo fuimos a comer con Bastian Hoehling, un viejo amigo que entrena a un equipo berlinés, el Hertha BSC. El Hertha no es un club tan exitoso como el Dortmund o el Bayern de Múnich, pero que lo sea solo es cuestión de tiempo y dinero —de lo que hay mucho en Berlín—. Su campo, que han renovado hace poco, fue el estadio de los Juegos Olímpicos de 1936 y, con un aforo de setenta y cinco mil personas, es uno de los más impresionantes de Europa. Dado que la gente se muda a Berlín constantemente —en especial, gente joven—, el club, que acaba de ascender a la Bundesliga, cuenta con una buena hinchada. Puede que la Premier League inglesa no sea comparable a nada y que los dos mejores clubes del mundo estén en España, pero todo el que entienda de fútbol sabe que el futuro lo va a definir Alemania.
Nos encontramos con Bastian y Jutta, su esposa, en el «restaurante esfera» que está en lo alto de la antigua torre de televisión, y cuando acabamos de hablar de las espectaculares vistas que desde allí había de la ciudad y de la circundante campiña prusiana, del excelente clima del que estábamos disfrutando y del Mundial, salió el tema de la Champions League y del emparejamiento del City con el Olympiacos.
—Cuando acabe el Mundial —comenzó a decir Bastian—, el Hertha tiene una gira de pretemporada por Grecia. Un partido contra el Panathinaikos, otro contra el Aris Salónica y otro contra el Olympiacos. Los dueños del club han pensado que sería bueno para las relaciones entre alemanes y griegos. Durante un tiempo, Alemania estuvo muy mal vista en Grecia. Es como si nos culpasen por todos sus males económicos. Nuestro viaje alberga la esperanza de recordarles a los griegos las cosas buenas que Alemania ha hecho por su país. De ahí el nombre de nuestra competición peninsular: Copa Schliemann. Heinrich Schliemann fue el alemán que encontró la famosa máscara de oro de Agamenón, que se puede ver en el Museo Nacional de Arqueología de Atenas. Uno de nuestros patrocinadores va a lanzar un nuevo producto en Grecia y esta competición le ayudará a poner los engranajes en marcha. Fakelaki, creo que lo llaman. O puede que miza.
—Creo que fakelaki no es —comentó Louise, que hablaba un poco de griego—. Eso hace referencia a un sobrecito que se le pasa a un médico para que se encargue antes de un paciente.
—Pues miza, entonces —respondió Bastian—. En cualquier caso, es una forma de que Alemania ayude a inyectar algo de dinero en el fútbol griego. El Panathinaikos y el Aris son clubes que pertenecen a los aficionados, que es una idea muy arraigada entre los alemanes.
—¿Quieres decir que en el fútbol alemán no hay ningún Viktor Sokolnikov ni ningún Roman Abramovich? —le preguntó Louise.
Bastian sonrió.
—No. Tampoco hay jeques. Nuestros clubes son alemanes, están en manos de alemanes y los dirigen alemanes. Todos los equipos alemanes tienen que tener al menos un cincuenta y uno por ciento de sus acciones en manos de aficionados. Eso ayuda a que el precio de las entradas no suba.
—Pero ¿eso no significa que hay menos dinero para fichar a jugadores? —preguntó Louise.
—El fútbol alemán cree en las academias —respondió Bastian—. En desarrollar jóvenes talentos, no en comprar al último chico de oro.
—Por eso se os dan mejor los Mundiales.
—Yo diría que sí. Preferimos invertir dinero en el futuro, no en agentes de jugadores. Y los entrenadores tienen que rendir cuentas a los hinchas, no a los caprichos de un oligarca corrupto. —Sonrió—. Eso significa que, en uno o dos años, en cuanto Scott haya sido despedido por su amo, acabará dirigiendo un club alemán.
—Hasta ahora no puedo quejarme.
Lo que no era del todo cierto. Me daba lo mismo que Viktor hubiera comprado a Prometheus sin consultarme, o incluso a Bekim Develi. Pero, desde luego, eso nunca habría sucedido en un equipo alemán.
—Scott, deberías venir con nosotros al partido del Olympiacos. Podrías hacer los deberes de la Champions League como invitado del Hertha. Nos encantaría que nos acompañaras. ¿Quién sabe? Quizá hasta podamos intercambiar opiniones.
—No es mala idea. Puede que acepte la invitación. En cuanto hayamos acabado nuestro viaje de pretemporada por Rusia.
—¿Rusia? ¡Vaya!
—Jugaremos contra el Lokomotiv de Moscú, el Zenit de San Petersburgo y el Dinamo de San Petersburgo. Suena raro, pero creo que no empezaré a relajarme hasta que todo el equipo haya vuelto sano y salvo de Río.
—Te entiendo muy bien. A mí me pasa lo mismo. Y mira que pensaba que corríamos un riesgo por ir a Grecia. Pero ¿Rusia? Joder.
Me encogí de hombros.
—¿Qué podría salir mal?
—¿Aparte de todos esos hinchas racistas que están tarados?
—Aparte de todos esos hinchas racistas que están tarados.
—Mira por la ventana. Todo lo que ves era la RDA. —Hizo una mueca—. Estamos en Berlín Este, Scott. Tu pregunta, eso de ¿qué podría salir mal?, nos la hacíamos a diario hace unos años. Y cada día obteníamos la misma respuesta: cualquier cosa. Con los rusos, cualquier cosa es posible.
—No creo que vaya a pasar nada. Es Viktor quien ha preparado el viaje. Si él no puede asegurar que una pretemporada en Rusia sea segura, nadie puede.
—Espero que tengas razón. Pero Rusia no es una democracia. Aparenta serlo, nada más. El país está gobernado por un dictador que ha aprendido de otros dictadores y que ha salido adelante gracias a su política dictatorial. Así que recuerda: en una dictadura puede pasar cualquier cosa y, de hecho, lo habitual es que pase.
A veces, a toro pasado, resulta que un buen consejo puede parecerse más a una profecía.
2
En Rusia, las cosas nos fueron mal desde el principio.
Primero, el vuelo a San Petersburgo a bordo del avión privado fletado para el equipo por Aeroflot salió del aeropuerto de la Ciudad de Londres después de tres horas de espera en la terminal sin electricidad, sin aire acondicionado y sin agua. Poco después de despegar, el avión sufrió una avería grave que hizo que todos empezáramos a pensar que cabía la posibilidad de que jamás volviéramos a caminar solos, como en la canción. Parecía una atracción de feria, solo que un Ilyushin IL96 era más bien el infierno. Caímos miles de metros antes de que los pilotos recuperaran el control de aquella bañera con alas de manufactura rusa y anunciaran que nos desviábamos a Oslo para «repostar».
Mientras descendíamos hacia el aeropuerto de Oslo, el avión temblequeaba como una caravana vieja, lo que hizo que empezáramos a pensar en el Manchester United de Busby y el desastre aéreo de 1958 en Múnich, en el que murieron veinte de los cuarenta y cuatro pasajeros. Es en eso en lo que piensan los equipos de fútbol cuando hay un problema en un avión, ya sea por mal tiempo o por turbulencias.
Y eso le lleva a uno a plantearse por qué Aeroflot es la aerolínea oficial del Manchester United.
La situación provocó que Denis Abayev, el nutricionista del equipo, intentara dirigirnos una plegaria, lo que solo sirvió para que todos, menos los más religiosos, perdiéramos la esperanza de salvarnos. Denis tiene un montón de diplomas en ciencias deportivas y antes de unirse al City fue consejero del equipo británico en los Juegos Olímpicos londinenses, al tiempo que trabajaba para el Instituto Inglés de Deporte, pero no tenía ni idea de psicología humana y asustó y reconfortó al mismo número de personas más o menos. Después de pasar los veinte minutos más largos de mi vida, el avión aterrizó sin incidentes entre vítores y aplausos, momento en que mi corazón volvió a latir. Ahora bien, en cuanto estuvimos en la terminal de Oslo, cogí a Denis, me lo llevé aparte y le dije que no volviera a hacer aquello nunca más.
—¿Te refieres a rezar por todos, jefe?
—Eso es. Al menos, no lo hagas en voz alta. Aparte de empezar a gritar «Allahu Akbar» y a agitar un Corán y un cúter, Denis, no se me ocurre mejor manera de acojonar a la gente en un avión.
—De verdad, jefe, no lo habría hecho si no los hubiera visto a todos cagados de miedo. Me ha parecido lo más adecuado en un momento así.
Denis era alto, delgado y tenía una mirada profunda, rondaría los treinta, llevaba media melena y una barba incipiente o, quizá, el intento casi fútil de dejarse una (si se le quedara algo de leche en el bigotillo, el gato se la lamería). Era moreno de piel, con los ojos como el ébano y una nariz en la que podrías amarrar un barco. Si Zlatan tuviera un hermano pequeño con pinta de empollón, seguro que se parecería a Denis Abayev.
—Lo entiendo, Denis, pero, si quieres rezar, hazlo en silencio. Antes o después te darás cuenta de que a las aerolíneas no les gusta que la gente empiece a pensar que Dios va a tener que encargarse de aquello que, por lo general, un piloto puede hacer con sus manitas. De hecho, estoy seguro de que no les gusta. Y a mí tampoco. No vuelvas a hacer nada religioso cerca de mis jugadores. Nunca. ¿Entendido? No a menos que vayamos perdiendo de un gol en el Camp Nou, ¿vale?
—Pero ha sido la mano de Dios la que nos ha salvado, jefe. Seguro que tú también lo has sentido.
—Eso es una gilipollez.
El comentario lo había hecho Bekim Develi, que estaba detrás de nosotros y le había oído.
—Ha sido la voluntad de Alá —insistió Denis.
—¿¡Qué!? —exclamó el ruso—. No me lo puedo creer. Es un puto yihadista. ¡Un moro loco!
—Bekim, cierra la puta boca —le ordené.
Pero, después de que hubiéramos salvado la vida por poco, al ruso aún le corría la adrenalina por el cuerpo —a mí, desde luego, aún me corría— y se abrió paso entre nosotros con brusquedad y le clavó el índice en el hombro al nutricionista.
—Mira, tío, por la misma razón, también ha sido voluntad de tu Alá ponernos en una situación en la que tuviéramos que temer por nuestra vida. Eso es lo que os pasa, que os encanta que vuestro amiguito Alá se lleve los méritos de lo que sale bien, pero parece que no queréis culparlo en el caso contrario.
—Por favor, no blasfemes de esa manera —le respondió Denis con calma—. Y no soy yihadista, pero sí que soy musulmán, ¿pasa algo?
—Pensaba que eras inglés —se sorprendió Bekim—. Denis. ¿Qué tipo de nombre es ese para un moro?
—Soy inglés —le explicó Denis sin perder la paciencia—, pero mis padres son de la República de Ingushetia.
—Joder, lo que nos faltaba. ¡Es arabiski! ¡Un puto LKN!
Más tarde me enteré de que «LKN» era una abreviatura y uno de los términos peyorativos que los rusos usaban para referirse a cualquiera que viviera en su frontera sur y, muy probablemente, a todas las repúblicas musulmanas.
—Bekim, cállate de una vez —le dije.
—¿Sabes? Ser musulmán no me convierte en terrorista.
—Eso lo dices tú. Mira, amigo, te lo voy a dejar bien claro: sé que eres el nutricionista del equipo, pero a mí no me des en la puta vida esa carne vuestra sacrificada según los preceptos islámicos. A mí me gustan todos los animales. No quiero comer ningún animal al que le hayan cortado la garganta en nombre de un dios. No me vengas con esa mierda. A mí dame carne de animales que se hayan matado de la manera normal, ¿te enteras?
—¿Por qué iba a daros carne sacrificada de acuerdo con los preceptos del islam? No soy un puto fanático.
—Eso es lo que dices ahora, pero fueron los tuyos los que mataron a aquel montón de niños en Beslán.
—Eso eran osetios.
—Y una mierda.
—Ya basta, Bekim —insistí—. Como digas una sola palabra más te mando de vuelta a Londres.
—¿Crees que quiero ir a algún sitio después de este puto vuelo? —Se llevó una mano al pecho y sacudió la cabeza—. Joder, jefe, no pienso volver a subirme a un avión. Y mira que pensaba que Dennis Bergkamp era un gallina porque no le gustaba volar. Ahora no lo tengo tan claro.
Nunca había creído que multar a los jugadores sirviera de mucho. A veces tienes que hacerlo, pero siempre te queda un mal sabor de boca, como si le estuvieras quitando la paga a un chaval. Siempre es mejor asumir que quieren jugar y ser parte del equipo y hacerles ver que, si no se comportan y tratan a los demás con respeto, será eso lo que les prohíbas. Expulsar a un futbolista del entrenamiento o de un partido suele ser un castigo que surte mucho mejor efecto. Eso y amenazarle con pegarle un puñetazo en la boca.
Agarré al ruso por los hombros y lo miré a los ojos. Era un tío grande, con la barba pelirroja en forma de pala y un temperamento explosivo, que es por lo que lo apodaban «diablo rojo». Le había visto dar cabezazos en la boca a otros jugadores por mucho menos de lo que yo le estaba haciendo, pero yo estaba preparado para devolvérselo si era menester.
—Relájate, ¿vale? Sigues en el aire junto con mi puto estómago. Quiero que te calles y te tranquilices, Bekim. Todos acabamos de pasar por una experiencia aterradora y ninguno de nosotros somos capaces de pensar como es debido. Pero ¿sabes una cosa? Me alegro de que hayamos pasado por esto. Son las mierdas como esta las que nos fortalecen como equipo. Y en el equipo estamos tú, estoy yo y también está él. Sí, Denis también. ¿Me has entendido, Bekim?
Asintió.
—Y ahora, creo que le debes una disculpa.
Bekim volvió a asentir y, con los ojos un poco llorosos, puede que porque acababa de darse cuenta de lo que había estado a punto de perder, le estrechó la mano a Denis y lo abrazó, momento en que se echó a llorar.
Bastante satisfecho de cómo se había resuelto la situación, los dejé solos.
3
Prometheus se unió al equipo en San Petersburgo. Era un muchacho alto y musculoso con una gran sonrisa, la cabeza afeitada, la nariz tan larga y ancha como un escudo zulú y más pendientes de diamantes en las orejas que la reina de Saba. Vestía como una de esas estrellas del gangsta rap y daba la impresión de tener más gorras de béisbol que Babe Ruth —que no era un atuendo extraño entre los jugadores del London City—. Pero, a diferencia de algunos de nuestros futbolistas, no mostraba signos de fatiga después de haber participado en el Mundial, se esforzaba en los entrenamientos, hacía lo que se le pedía y se comportaba de manera impecable. Incluso dejó de tuitear y, cuando me llamó «señor», casi olvidé las reservas que había albergado en un primer momento acerca de cómo serían su actitud y su disciplina. Además, después del primer partido, surgió un asunto más importante del que preocuparme.
El Dinamo de San Petersburgo es un equipo relativamente joven, creación de sus copropietarios, Semion Mikhailov y la Pushkin Kompaniya, un gigante energético ruso que hace de todo: desde manufacturar enormes turbinas energéticas a exportar petróleo y gas, pasando, qué duda cabe, por ganar grandes cantidades de dinero. El estadio Nyenskans, en la orilla del río Nevá, está cerca del Centro Lajta, el rascacielos más alto de Europa, y tiene capacidad para cincuenta mil espectadores, lo que, hasta que no acabe de construirse el nuevo estadio del rival más antiguo del Dinamo, el Zenit, lo convierte en el más grande de la ciudad. Y todo eso hace que San Petersburgo parezca sofisticado y moderno. No obstante, en la realidad, las carreteras están llenas de baches, la gente viste con ropas hechas jirones y solo los mejores hoteles —no más de tres o cuatro— se salvan de las plagas de insectos.
Insectos como ese núcleo de hinchas violentos que van por ahí con banderas nazis, hacen el saludo hitleriano, les tiran plátanos a los jugadores negros y, en general, la lían parda siempre que pueden y allí adonde van. Dado que Bekim Develi había dejado el Dinamo de San Petersburgo en circunstancias complicadas hacía solo seis meses, tomé la decisión de no alinearlo en nuestro primer partido por miedo a que su presencia calentara a la hinchada local. Además, supuse que a sus aductores les vendrían bien unos días más de descanso. Descanso que no iba a darles a los jugadores negros, porque habría sido ceder a la intimidación, que es lo que quieren los hijos de puta racistas. Puede que porque se tratara de un partido amistoso, hubo menos cánticos sobre monos de los habituales y, a petición mía, nuestros futbolistas negros, que tenemos unos cuantos, no se dejaron provocar. Como era de esperar, en un momento dado tiraron un plátano al campo, pero Gary Ferguson lo recogió y se lo comió, cosa que, una vez has visto el estado general de la fruta fresca en Rusia, es un acto de valentía.
El problema, cuando llegó, lo hizo desde un origen inesperado.
El Dinamo defendía bien y tenía un jugador, un defensa central llamado Andre Sholokhov, sobre el que tomé nota para el futuro, aunque la estrella del partido fuera nuestro extremo izquierdo, Soltani Boumediene, un árabe israelí de veinticuatro años que había comenzado su carrera en Haifa y que, igual que Denis Abayev, era musulmán, aunque de lo más moderado y no practicante.
El gol de Soltani, el único del encuentro y que marcó en el último minuto, vino precedido de un regate brillante y un zapatazo desde un ángulo casi imposible, cosa que le había visto practicar en los entrenamientos, pero que le salía en contadas ocasiones. Fue lo que sucedió a continuación lo que ocasionó los problemas. Soltani corrió hacia la cámara de televisión y saludó con los cuatro dedos para celebrar el gol, gesto que no significó nada para mí —de hecho, yo diría que para nadie del estadio— y, a decir verdad, en aquel momento pasó inadvertido. La cosa no se puso fea hasta que no salimos del terreno de juego.
Íbamos por el túnel de jugadores, camino del vestuario, cuando varios miembros de la policía antidisturbios local, la OMON, arrestaron a Soltani y lo metieron de malas maneras en una furgoneta policial. Volodya, nuestro diminuto enlace ruso, habló con uno de los policías, que le explicó que el saludo con los cuatro dedos que había hecho Soltani era lo que conocían como «4Rabia», el símbolo de los que apoyan al presidente egipcio depuesto, Mohamed Morsi, y a los Hermanos Musulmanes que, en Rusia, está considerada una organización prohibida. Volodya también nos contó que la policía tenía órdenes de llevar a Soltani de vuelta al hotel Anglaterre —donde nos alojábamos— para que recogiera sus pertenencias, y después llevarlo al aeropuerto internacional de Púlkovo, donde lo deportarían de inmediato.
Viktor nos acompañó al hotel y, una vez allí, pasó media hora al teléfono con el coronel general de la policía, que se encontraba en Moscú, en el Ministerio del Interior, mientras el equipo esperaba en el vestíbulo. El coronel general afirmaba que los Hermanos Musulmanes eran quienes habían autorizado los ataques de musulmanes chechenos a Rusia, aunque tras una investigación se hubiera descubierto que no había pruebas que respaldaran aquella afirmación. Ahora bien, no se podía negar que en la cuenta de Twitter de Soltani había el siguiente tuit: «En la plaza Tahrir, con familiares y amigos, en armonía y marcialidad, con la hermandad islámica #R4BIA y #Antigolpe». Así que la conversación de Viktor con el coronel general no sirvió para nada y la deportación se iba a llevar a cabo tal y como se había dispuesto.
En cuanto nos enteramos, jugadores y empleados nos reunimos frente a la puerta del hotel y nos quedamos mirando cómo se llevaban a Soltani Boumediene esposado al aeropuerto. Nadie dijo gran cosa, pero el equipo estaba muy apagado y varios de los jugadores me dijeron que estaban a favor de que volviéramos a Londres con Soltani en el próximo avión. Visto lo que sucedió después, habría sido mejor hacerlo.
La prensa ya se había hecho eco de la historia, incluso la BBC World, que no había tenido una primicia en veinte años. No sé cómo, pero estos últimos consiguieron convencer a Bekim Develi de que les concediera una entrevista para explicar lo que había sucedido y el ruso le dio al afortunado reportero una historia todavía más gorda que la que pensaba conseguir.
Bekim era el único ruso del equipo y se tomó como algo muy personal lo que le había pasado a Soltani.
«Como ciudadano ruso, me siento avergonzado por lo que ha pasado en el estadio Nyenskans esta tarde. Soltani Boumediene es amigo mío y no tiene nada que ver con los Hermanos Musulmanes. No apoya el terrorismo. Pocos futbolistas he conocido que crean más que él en la democracia. ¿Cómo si no iba a haber jugado para un equipo israelí durante tanto tiempo? Los israelíes nunca encontraron razones para deportarlo cuando jugaba en el Maccabi Haifa, pero las autoridades rusas piensan que saben más que nadie. Aunque esto es típico en la Rusia moderna: nadie tiene derechos y a la gente la pueden encarcelar sin juicio previo por hacer una simple llamada telefónica. ¿Y por qué pasa esto? Porque hay una persona que está por encima de la ley, que hace lo que le viene en gana y que no rinde cuentas a nadie. Y todo el mundo sabe de quién estoy hablando: Vladímir Putin, el presidente de Rusia. Sí, sé que solo es una persona, pero estoy cansado de que se comporte como si fuera el zar o el mismísimo Dios».
Bekim también anunció que iba a unirse a la Otra Rusia, una coalición paraguas compuesta por los opositores políticos de Putin. Incluso llegó a sugerir que el Dinamo de San Petersburgo estaba afiliado a la FSB —la policía secreta rusa—, igual que en su día el Dinamo de Moscú había sido una sección de la antigua KGB.
«En San Petersburgo hay agentes secretos —siguió diciéndole al periodista de la BBC—, miembros de la FSB que se acuestan con ciertos hombres de negocios que necesitan blanquear tanto dinero negro como les sea posible. Los clubes de fútbol son estupendos para blanquear dinero, lo que podría ser la razón de que esos dos bandidos hayan creado el Dinamo de San Petersburgo: para lavar lo que han ganado de forma tan sucia. Dinero que se le ha desfalcado, que se les ha robado a los rusos».
Esas declaraciones obligaron a Viktor a realizar varias llamadas más para prevenir que a Bekim Develi también lo arrestasen.
4
En Moscú, la siguiente etapa de nuestro viaje, las cosas fueron de mal en peor. Y, en esta ocasión, ni los racistas ni el presidente autocrático ruso tuvieron nada que ver.
A esas alturas, casi todo el mundo que supiera algo de fútbol sospechaba que Christoph Bündchen, nuestro delantero alemán, era homosexual. Y, desde luego, si hay algo de lo que no se puede calificar a Rusia es de tolerante con los homosexuales, como demostró en las vísperas de los Juegos Olímpicos de Sochi, en las que eran habituales las palizas a rusos en las calles de Moscú por el mero hecho de que se sospechara que les gustaban las flores. Eso se tradujo en que, en cuanto Christoph tocó el balón en el Arena Khimki, estadio en el que el Dinamo de Moscú juega sus partidos en casa mientras se construye el nuevo VTB Arena, el público empezó a silbarle como hacen los obreros con las tías buenas, a lanzarle besos, y no faltó quien se bajó los pantalones para enseñarle un culo blanco lleno de granos.
Fue feo e intimidatorio y, aunque Christoph hizo cuanto pudo por ignorarlo, e incluso marcó un gol precioso que hizo que Anton Shunin, el estupendo portero rival, pareciera tan ágil como un abeto Douglas plantado en la boca de gol, el hecho de que ni siquiera celebrara el tanto me dejó claro que los hinchas estaban pudiendo con él. Por sugerencia de Gary Ferguson, capitán del equipo, en el descanso sustituí a Christoph por Bekim, quien les cerró la boca con dos goles en diez minutos.
Por lo general, cuando Bekim marca un gol en Silvertown Dock, adopta una postura como si fuera un lancero, lo que me recuerda a Aquiles o a Leónidas, el rey espartano de la peli 300. A veces, incluso simula que lanza una jabalina a los aficionados, pero en esta ocasión empezó a morderse el pulgar, lo que me desconcertó.
—¿Es algún tipo de insulto ruso? —le pregunté a Simon Page, mi ayudante.
—¿Qué?
—Que Bekim se muerda el dedo. Es la segunda vez que lo hace hoy.
Simon, que era de Yorkshire y más bruto que un arado, negó con la cabeza.
—No tengo ni puta idea. Pero hay tantos jodidos extranjeros en el equipo que, a veces, tienes que ser el puto Desmond Morris para saber qué coño está pasando, qué coño significan tantos gestos diferentes, jodidas #R4BIA y cuernos. Y los cortes de mangas. En mi época, le levantabas los dos dedos al que te hubiera hecho la falta y casi todos los árbitros eran lo bastante listos como para mirar hacia otro lado. Pero hoy en día nadie se pierde nada. La puta tele lo ve todo. Y la BBC es la peor. Les encanta remover el caldero de mierda de lo políticamente incorrecto en cuanto se les presenta la ocasión.
—Gracias, profesor Laurie Taylor. No sabes cuánto me alegro de no haberme perdido esta clase.
—No, Bekim no se muerde el pulgar cuando marca —comentó Ayrton Taylor, que todavía se estaba recuperando del metatarso roto y de la decepción de Inglaterra en el Mundial—. Se lo chupa. Como Jack Wilshere.
No había visto meter muchos goles a Jack Wilshere —desde luego, no con Inglaterra—, así que seguía desconcertado.
—¿Y por qué coño lo hace? —le preguntó Simon.
—Por su bebé. Es la manera de dedicarle el gol al niño.
—No me jodas —musitó Simon—. Yo pensaba que bastaba con hacerte un tatuaje. Creo que me gustaba más lo del lancero. Parecía más adecuado para un tiarrón. Lo de chuparse el dedo hace que parezcas gilipollas.
—Creo que yo también prefería lo de la lanza —comenté.
—Ha dejado de hacerlo porque Prometheus le ha dicho que no le gusta —les explicó Ayrton—. Le dijo que era insultante para los africanos.
—¿¡Que le dijo qué!? —Simon no se lo podía creer.
—Prometheus le pidió que dejara de hacer lo del lancero. Lo cierto es que se lo dijo con mucha educación.
—Que le jodan —soltó Simon—. ¿Quién se cree que es? Pero si es un recién llegado que todavía tiene que demostrar que puede abrirse paso en el fútbol inglés. Bekim sí que vale lo que hemos pagado por él.
Pero el problema de verdad no empezó en el campo, sino en el vestuario, después del partido. Y no fueron los hinchas del Dinamo los que lo causaron, sino uno de nuestros propios jugadores.
—Estos putos rusitos, tirando besos y enseñándonos el culo —soltó Prometheus—. ¿Qué pasa?, ¿creen que somos maricas o algo así?
—Muchacho, pasa de eso —le pidió Gary—. Tan solo pretendían picarte. Que te cabrearas.
—Pues a mí me ha hecho gracia, ya estaba empezando a cansarme de lo del plátano —comentó Jimmy Ribbans.
—No sé qué decirte —respondió el nigeriano—. Si a la gente le apetece llamarme «negro bastardo», pues que lo haga. Como podéis ver, soy negro. Y da la casualidad de que también soy bastardo o, al menos, eso es lo que dice mi madre. Y, por si fuera poco, resulta que me gustan los plátanos. Ahora bien, lo que no me gustan son los mariquitas. En mi país, si llamas «mariquita» a alguien te juegas el pellejo. ¿Piensan que somos maricas porque somos un equipo inglés?
—Sí, podría ser —dijo Gary.
—¿Y no os molesta?
—¿Y a quién coño le importa lo que piensen? —preguntó Bekim.
—A mí —respondió el nigeriano—. A mí me cabrea de la hostia. En Nigeria ha salido una ley por la que te pueden condenar a catorce años de prisión si te casas con un hombre.
—Mi esposa está casada con un hombre —comentó Ayrton Taylor—. Al menos, hasta la última vez que me miré.
—Me refiero a que se casen dos hombres. Mariquitas. La sharia dicta que a quienes mantienen relaciones homosexuales se les puede castigar con latigazos en plena calle.
—¿Y eso te parece bien? —le preguntó Bekim.
—Ya te digo. Es uno de los pocos asuntos en los que los musulmanes y los cristianos se ponen de acuerdo en mi país. Por suerte, resulta que hay muy pocos negros africanos soplanucas o muerdealmohadas. A decir verdad, parece que es un problema de los países de blancos.
—Preferiría que no hablases así —le dijo Gary—. Vive y deja vivir. Así que ¿por qué no cierras el pico, cariñito, y te das una ducha?
—Lo único que digo es que este problema de los mariquitas parece que solo pase en ciudades grandes. En África no tenemos este problema.
Durante la conversación, nadie miró a Christoph Bündchen, que hacía cuanto podía para obviarla. No obstante, estaba claro que Bekim se sentía tan molesto como el joven alemán. El ruso miró con inquietud a Christoph antes de volver a centrarse en Prometheus.
—¿De dónde sacas esa mierda de ideas? —le preguntó—. Jamás había oído tantísimas chorradas juntas. ¿No hay homosexuales en África? Pues claro que los hay.
—Venga, ya basta —les dije—. Callaos. Todos. No quiero volver a oír hablar de homosexuales en mi vestuario. ¿Me habéis entendido?
—Pensaba que es en el vestuario donde más se debe hablar de un asunto así —dijo Prometheus—. No quiero compartir la ducha con un homosexual, a ver si me va a tocar y me va a pasar el sida.
—Prometheus, cierra la puta boca —le solté—. Y como te vuelva a ver alardear así en otro partido, te sustituyo y te multo con una semana de sueldo.
Cuando estaba acabando el partido, el africano se había pasado unos segundos dando toques al balón para mofarse del defensor antes de pasársela a Bekim, que había marcado. No era una actuación tan terrible, a la luz del resultado del partido, pero quería cambiar de tema como fuera.
—Creo que estás enfermo, chaval —le dijo Bekim—. Puede que hayas firmado con un equipo de fútbol inglés, pero está claro que la civilización no te ha fichado todavía.
—Te lo advierto a ti también, Bekim: cierra la puta boca.
—¿Sabes? Creo que defiendes tanto a los mariquitas porque es justo lo que eres —le respondió el nigeriano—. Y también eres racista. ¿Yo soy incivilizado? Que te jodan, puto Iván.
Bekim se puso de pie.
—¿Qué has dicho?
—Ya es suficiente —insistí.
Prometheus también se puso de pie y se le encaró.
—Ya me has oído, mariposón.
—Ya toboi sit po gor loi —respondió Bekim en ruso. Siempre se ponía a hablar en ruso cuando se enfadaba de verdad. Y no le llamaban «diablo rojo» porque sí—. Ti menya zayebal. Dazhe ney du mai, chto mozhesh, me-njya khui nye stavit. No te creas ni por un momento que voy a permitir que me faltes así al respeto, puto animal.
—¡Eh, hijos de la gran puta! ¿Queréis comportaros como es debido de una puta vez? —les gritó Simon.
Yo ya me había puesto delante de Bekim y le agarraba las muñecas, y Gary Ferguson le bloqueaba el paso a Prometheus, lo que tampoco iba a servir para impedir que aquellos dos hércules se pegaran un par de hostias. A veces, el vestuario es así. Hay demasiada energía, demasiada testosterona, demasiada frustración, demasiado bocazas, demasiado chulo. No se puede explicar, pero sucede, os lo aseguro. De dedicarse insultos pasaron a querer golpearse en la cara. Hice lo que pude por contener las muñecas del ruso, pero era demasiado fuerte para mí y, de pronto, se oyó una especie de bofetón sordo cuando le atizó con el antebrazo en la cara al nigeriano y Prometheus cayó al suelo como un perchero en el que hay colgada demasiada ropa. El chaval se puso de pie casi de inmediato y agarró al ruso por la barba e intentó atizarle un puñetazo, pero falló y le dio a Jimmy Ribbans, que trastabilló hacia atrás con la boca llena de sangre antes de volverse y pegarle una trompada en la cara a Prometheus que debió de parecerle un mazazo.
He de admitir que una pequeña parte de mí esperaba que aquella situación sirviera para que el joven adquiriera algo de seso, pero también hay que reconocer que no daba la sensación de que fuera a dejar de ser homófobo porque alguien le plantara una buena hostia.
—¿¡Quién coño me ha pegado!? —le gritó a Bekim cuando lo sujetaron por segunda vez—. ¿¡Has sido tú!?
—Solo te he dado lo que estabas pidiendo a gritos, chaval.
—¡Te voy a echar mal de ojo, mariposón! ¡Ya verás! ¡Conozco a un brujo que te va a arreglar ese culo de maricón que tienes! ¡Voy a hacer que te maten! ¡Voy a quemar tu puto coche! ¡Voy a violar a tu puta mujer y voy a obligarle a que me coma la polla!
—Que te jodan, chyernozhopii. Que te jodan a ti y a la mona que te cagó.
Este segundo intercambio de insultos dio paso a otra racha de puñetazos y patadas.
—¡Relajaos! —grité mientras el resto del equipo separaba a los tres combatientes—. El siguiente que lance un puñetazo queda suspendido. El siguiente que insulte a alguien queda suspendido. Y va en serio. Os suspenderé sin sueldo, os multaré y os tendré chupando banquillo todos los putos partidos. Y, cuando acabe la temporada, os despediré a los dos. Me aseguraré de que todos los clubes europeos sepan que sois un par de gilipollas, por lo que no os comprará ni Dios. Me aseguraré de que no volvéis a trabajar en el mundo del fútbol. ¿Me habéis entendido bien?
—Y por si eso no os basta, os pegaré una paliza de muerte —añadió Simon—. Y no me estoy refiriendo a estos golpecitos que os habéis dado con el bolso. —Pocos dudarían de que fuera capaz de hacerlo. El gigante de Yorkshire nunca amenazaba en vano. Cuando se quitaba las gafas y la parte de arriba de la dentadura, era uno de los tipos que más miedo daba en el mundo del fútbol—. Me importaría una mierda que me despidieran si con esa paliza consiguiera que pensarais con la puta cabeza. Nunca había visto nada así. ¿Y vosotros os consideráis compañeros de equipo? He visto partidos entre el Rangers y el Celtic en los que se respiraba más camaradería. ¡Qué par de gilipollas!
5
A pesar de la aterradora experiencia que había vivido a bordo de un Ilyushin de Aeroflot, aún me gustaba menos volar en helicóptero, incluyendo el lujoso Sikorsky-92 de Viktor que, después de que el equipo hubiera vuelto de Rusia, salió del helipuerto londinense de Battersea un martes de agosto por la mañana en dirección a París. En él viajábamos Viktor Sokolnikov, Phil Hobday, presidente de la junta directiva, y yo.
Lo único en lo que puedo pensar cada vez que viajo en helicóptero no es en el tiempo que nos ahorramos, sino en Matthew Harding, el vicepresidente multimillonario del Chelsea, que murió en un accidente de helicóptero en 1996, después de un partido fuera de casa contra el Bolton Wanderers. Eso de que los helicópteros son menos aerodinámicos que un avión —las hélices de un helicóptero seguirán rotando a pesar de que el motor se pare, o eso me había contado Viktor— son cuentos de vieja, pero también es cierto que los helicópteros hacen cosas más peligrosas que los aviones, como despegar y aterrizar cerca de edificios y, por si fuera poco, en partes del mundo con un clima de mierda. Morir en un helicóptero creo que tiene que ser bastante malo, pero si encima caes en un sitio como Bolton, eso ya tiene que ser la putada del siglo.
Volábamos a París para comer con Kojo Ironsi, quien, además de ser el agente y el representante de Prometheus Adenuga, era el dueño de la famosa Academia de Fútbol King Shark de Accra, Ghana. Viktor ya tenía acciones de la academia, pero Kojo —de quien se decía que andaba mal de liquidez— pretendía venderle otro pedazo del pastel, y yo acompañaba al multimillonario dueño del City para ayudarle a evaluar cuánto merecía la pena dicho pedazo. O, al menos, eso es lo que creía. Llevaba conmigo informes de jugadores africanos elaborados por un entrenador independiente afincado en África que debía sacar a colación si Viktor decidía que Kojo estaba pidiendo demasiado.
Todos los jugadores que habían salido de la Academia King Shark —incluyendo a Prometheus y varios nombres importantes más— tenían relaciones contractuales con la propia AKS, lo que significaba que tanto ellos como los clubes que los compraban tenían que pagar un porcentaje de su traspaso a la academia. Kojo se jactaba de ser un filántropo y afirmaba que todo lo que hacía era por el bien de los jóvenes africanos con talento que, de lo contrario, jamás tendrían la oportunidad de jugar en los mejores clubes del mundo; sin embargo, desde fuera parecía como si los jugadores estuvieran ligados a Kojo y la AKS durante el resto de su vida profesional.
—¿Cuánto te parecería pagar demasiado? —le pregunté a Viktor en algún punto sobre el canal de la Mancha.
—Pida lo que pida será demasiado —contestó Phil—. Eso se da por hecho. Es como intentar comprarle una alfombra a una serpiente marroquí.
—Aun así, en esa lista hay buenos jugadores —dijo Viktor—. ¿No te parece, Scott?
—Sí. Por lo visto, varios de los mejores africanos que juegan hoy en día en Europa han salido de la AKS. Al menos, eso es lo que dice Kojo.
—Por lo que dicen mis abogados, esos contratos están blindados —expuso Viktor—. Y no se puede hacer nada con las jugosas cláusulas que los clubes de primera línea siguen ingresando en cuentas de Suiza a la AKS. Ahora mismo tengo un veinticinco por ciento de la academia. Yo diría que va a intentar que compre hasta que tenga el cuarenta y nueve por ciento, porcentaje por el que estoy dispuesto a pagarle diez millones de euros. Aunque seguro que pide el doble. O más.
—Entonces no sé para qué me necesitas.
—No quiero despertarme un día y que resulte que me acusan de ser copropietario de una empresa que trafica con niños. Quiero que le saques el tema.
—Me parece bien, porque yo también tengo mis dudas.
—Si resulta que me satisface lo que veo y decido que quiero incrementar mi participación en la academia, necesitaré que ayudes a Kojo a entrar en razón desde la perspectiva de alguien que conoce futbolistas y su verdadero valor en el mercado. Y a uno en particular, nuestro joven amigo Prometheus. Deberíamos usar los problemas disciplinarios que nos está dando el chico para bajarle los humos a Kojo. ¿Entendido?
—Diría que sí. Quieres que le suelte en su cara que, hasta la fecha, Prometheus ha sido una decepción.
—Algo que es cierto —dijo Phil—. Las cosas como son, es un grano en el culo. No quiero ni saber el tiempo que me he pasado gestionando los asuntos de ese puto coche suyo.
Nada más llegar a Londres, Prometheus se había gastado cuatrocientas mil libras en un Mercedes McLaren SLR, pero había un problemilla que la Policía Metropolitana había descubierto enseguida: el muchacho no tenía carnet de conducir. Aquello no había supuesto problema en Mónaco, donde solo había conducido de una punta a otra del kilómetro y medio que medía el principado, y en contadas ocasiones a más de cincuenta kilómetros por hora —a decir verdad, en Mónaco no se puede coger mucha más velocidad—. Pero, en Londres, el tema era diferente. Prometheus se enfrentaba a la pérdida del carnet que aún no tenía y a la confiscación del coche, lo que era todo un récord entre los clubes de fútbol ingleses.
—Pero es un buen jugador —comentó Viktor—. Seguro que Scott puede sacar lo mejor que lleva dentro.
—Me gustaría compartir tu optimismo.
—¿Qué tal van las cosas entre Bekim y él?
—No muy bien desde que estuvimos en Rusia. Prometheus se ha mantenido callado en los entrenamientos, pero en varias ocasiones ha retuiteado un par de comentarios del obispo católico de Nigeria en los que este daba las gracias en público al presidente del país, Goodluck Jonathan, por promulgar una ley contra la homosexualidad. Y eso, claro está, no mejora la situación.
—No sé cuál es el problema, siempre y cuando Bekim no siga a Prometheus en Twitter. Solo puedes ofenderte por lo que tuitea alguien si lo sigues, ¿no?
—El problema, Viktor —dijo Phil—, es que la prensa sensacionalista se hace eco de todo lo que tuitea Prometheus, y resulta que Bekim lee la prensa, como el resto del mundo. Y eso sin mencionar a Christoph Bündchen. Además, no se han olvidado de lo que le pasó al alemán en Brasil. Y a los periódicos les encanta airear la mierda. —Me miró y me preguntó—: ¿Es gay?
Pero fue Viktor quien respondió.
—Claro que es gay. Si hasta vive con un hombre.
—Para ser justos —intervine—, Harry Koenig y Christoph no son más que compañeros de apartamento. El otro es un alemán suplente en el Queens Park Rangers que el consejero de Christoph consiguió que viviera con él para que nuestro chico no se sintiera solo.
—Puede ser, pero resulta que Harry también es gay.
—¿Y eso cómo lo sabes? —le pregunté.
—Porque he hecho que los droneen.
—¿Que los droneen? ¿Y eso qué es?
—Soy dueño de una compañía de drones militares —comentó Viktor como si aquello fuera lo más normal del mundo—. Los más pequeños son del tamaño de palomas. Haces que un dron siga a quien tú quieras, que se pose en su alféizar y que grabe lo que te apetezca. Se recargan solos en los cables telefónicos. —Lo contaba sin ningún tipo de remordimiento—. He espiado a todos los jugadores. No te creas que les voy a pagar esa pasta gansa sin saber todo lo que pueda acerca de ellos. Tranquilo, Scott, no es ilegal.
—Bueno, pues si no lo es, desde luego, lo parece.
Me pregunté si a mí también me habría droneado, término que hacía que lo de pinchar el teléfono sonase muy anticuado.
—También he pedido que les hagan evaluaciones psiquiátricas. ¿Sabíais que tres de nuestros jugadores son psicópatas?
—¿Quiénes? —pregunté.
—No soy ningún chivato. No debería sorprenderos. Los psicópatas pueden ser útiles, en especial, en el deporte. No significa que vayan a matar a nadie. —Soltó una risita—. Al menos, no ahora mismo.
Me pregunté si inconscientemente se estaría refiriendo al piloto del helicóptero, que estaba sobrevolando en círculos el diminuto helipuerto como si fuera una abeja echándole un vistazo a los encantos de una inusual flor amarilla con un estigma en forma de H. Cerré los ojos y esperé a que aterrizáramos.
—Anímate, Scott —me dijo Viktor—. De hecho, no tienen por qué matar a nadie. Nunca.
—Sinceramente, eso espero.
6
En el helipuerto nos esperaba una pequeña flota de Range Rovers negros para llevarnos al centro de la ciudad. Veinte minutos después, avanzábamos a buena velocidad por los Campos Elíseos. Todo parecía muy diferente respecto a la última vez que había estado allí, en mayo de 2013, cuando, invitado por David Beckham, visité París para ver al PSG enfrentarse al Lyon en un partido en que se impuso el primero y que les supuso ganar su primer título francés desde 1994. Al día siguiente se produjo una serie de altercados porque las celebraciones se habían desmadrado y me apresuré a volver al hotel George V para escapar del escozor que producían los gases lacrimógenos. Los implicados en los disturbios arrasaron tiendas, quemaron coches y amenazaron con golpear a los peatones. Hubo treinta heridos, tres de ellos, policías. Todo aquel a quien se le llene la boca diciendo que los aficionados ingleses no saben comportarse, debería haber estado allí. A los franceses no podemos enseñarles nada en lo que a disturbios se refiere, que debe de ser la razón por la cual en París siempre haya tantísima policía. En París hay más polis que en la Alemania nazi.
Fuimos al restaurante Taillevent, en la rue Lamennais. Estábamos en un salón bastante austero, con algunas paredes revestidas de roble claro y otras pintadas de beis, y dispuesto de forma que agradara a aquellos a los que jamás se les ocurriría pagar menos de ciento cincuenta euros por una comida. A Viktor lo saludaron como si acabase de bajar de un elefante de oro con un diamante en la frente. Kojo Ironsi ya estaba allí, igual que el otro invitado de mi jefe, un experto estadounidense en fondos de cobertura llamado Cooper Lybrand.
Kojo me cayó mejor de lo que había esperado. Cooper Lybrand, por el contrario, no me cayó nada bien. El africano hablaba de sus chicos y de sus clientes, mientras que el norteamericano solo hablaba de los monos y marionetas de los que se había beneficiado en cada uno de los tratos que había cerrado. Pero ambos estaban allí para lo mismo: conseguir la pasta de Viktor.
Kojo se había vestido de manera adecuada y hablaba con educación, y estaba claro por qué se había ganado aquella reputación de cuidar de sus clientes de la AKS. Se reía a menudo y sus manos eran como palas. Era fácil entender que los jugadores confiaran en ese hombre que había sido portero del Inter de Milán y jugador africano del año en una ocasión. Se decía que era capaz de hacer lo que fuera por sus clientes más importantes, aduciendo que si no jugaban, no le pagaban. En los mentideros futbolísticos se contaba que, en una ocasión, había cargado con las culpas de un delantero famosísimo de la Premier League al que casi pillan en posesión de cocaína.
No tardó en sacar a colación el tema de la refriega entre Bekim Develi y su cliente, Prometheus.
—¿Por qué no resolvéis lo de esos dos? —le preguntó a Viktor—. Habla con tu amigo Bekim. Tendrían que estrecharse la mano y hacer las paces, ¿no crees? Por el bien del equipo.
—Sí, así debería ser, pero ese tipo de cuestiones se las dejo a Scott. Al fin y al cabo, el entrenador es él.
—Debería haberme planteado que la solución al problema no era tan sencilla —dijo Kojo—. Al fin y al cabo, ¿cómo vas a conseguir que se den la mano?
—Me alegro de que piense así —reconocí—. Ahora mismo lo único que quieren hacer con las manos es estrangularse, pero cualquier sugerencia de cómo establecer una relación diplomática entre ambos es bienvenida.
—Eso es fácil. Vended a Christoph Bündchen. Comprad a otro delantero.
Sonreí y negué con la cabeza.
—Ni loco, señor Ironsi. Christoph es un futbolista joven y con mucho talento. Uno de nuestros mejores jugadores. Tiene un futuro brillante por delante.
Kojo era alto y calvo, y no le costaba sonreír. Se encogió de hombros.
—En ese caso, va a tener que hablar con Bekim Develi. Razonar con él para que prevalezca el sentido común.
—Yo razonaré con Bekim si lo hace usted con Prometheus. Porque, para serle sincero, el trato con su chico no es tan fácil. Además, la actitud del muchacho hacia los homosexuales lo va a hacer muy impopular en los medios, si es que no lo es ya. Creo que sería conveniente que hiciese algún tipo de declaración expresando arrepentimiento por las ofensas causadas a la comunidad LGBT.
—Estoy de acuerdo. Le llamaré esta misma tarde, antes de volar a Rusia. A ver qué puedo hacer.
—Me alegra oír eso. Si se disculpa, estoy seguro de que conseguiré que Bekim y él se den la mano.
—Pues yo me alegro de que esto se haya arreglado.
No estaba tan seguro de que fuera así de sencillo, pero estaba dispuesto a concederle el beneficio de la duda al talento diplomático de Kojo.
—¿Vas a viajar a Rusia? —le preguntó Viktor.
—Sí. Cabe la posibilidad de que haya alguien que quiera comprar parte de la academia, si tú no lo haces.
Si Kojo había pensado que aquella era una buena forma de aumentar el interés de Viktor, desde luego, el ucraniano no dejó que se le notara.
—Si vas a meterte en negocios con rusos, deberías andarte con cuidado —fue lo único que dijo—. Algunos de esos rojos son clientes muy exigentes.
—No son muy éticos, ¿eh?
—No, no lo son.
—Muchas gracias por el consejo. Se agradece, de verdad.
—Ya que mencionas la ética —continuó Viktor—, Scott tiene sus reservas sobre el hecho de que las academias de fútbol africanas existan como tales. ¿No es así, Scott?
Me encogí de hombros.
—Sí, supongo que sí. Creo que ambos somos conscientes de que en África hay muchas academias de fútbol sin licencia.
—Solo en Accra hay, por lo menos, quinientas —reconoció Kojo—, la mayoría de ellas dirigidas por gente sin escrúpulos que no sabe mucho de fútbol. Casi todas cobran a los padres que llevan allí a sus hijos, que los sacan del colegio para que se concentren en el fútbol. Piensan que tener un futbolista profesional en la familia, uno que acabe jugando en Europa, es como que te toque la lotería. Algunas familias incluso venden sus casas para pagar las tasas. O para pagar la prueba de su hijo con un club europeo importante. Y esa prueba, claro está, nunca llega a concretarse. Sí, lo que está pasando es muy triste.
—No digo que la suya sea una de esas academias —apunté con cautela—, pero sí que me pregunto a qué se debe que los jugadores de la AKS firmen un contrato que los liga a usted de por vida.
Kojo negó con la cabeza.
—Una simple auditoría le dejaría claro que la Academia King Shark es una de las mejores de África. La Confederación Africana de Fútbol ha dicho de la AKS que es un modelo para las demás academias futbolísticas. No cobramos tasas y ofrecemos una educación adecuada, además de entrenamiento, que es por lo que tenemos al año casi un millón de solicitudes de todo el continente para, más o menos, veinticinco plazas. Así podemos permitirnos seleccionar solo a aquellos jóvenes con más talento. Sin embargo, como no cobramos tasas, consideramos justo que nos devuelvan algo a cambio de nuestra inversión. Y, la verdad sea dicha, dudo mucho que vaya a oír quejarse de la AKS a nadie que haya salido de ella. Ni, ya puestos, a ninguno de los que han salido de las otras dos o tres academias que hay como la nuestra. De hecho, el Manchester United acaba de comprar un paquete de acciones con las que tener peso en la Fortune F. C., una de nuestras academias rivales en Sudáfrica. Clubes holandeses como el Ajax o el Feyenoord pretenden hacerlo también en África occidental. La cuestión es, ¿puede permitirse el London City no ser dueño de la mitad de King Shark? Ya sabes cuánto pido, Viktor, y cuánto cuesta, en realidad, tener una oportunidad así. El futuro del fútbol profesional está en África. Esos chicos están hambrientos por triunfar. Mucho más que cualquier europeo. Casi, casi por definición.
El ucraniano asintió.
—Gracias por tu sinceridad, Kojo. Te aseguro que pensaré en lo que has dicho. Oye, tengo una idea. El 19 de agosto jugamos un partido de Champions League contra el Olympiacos en Atenas. Os invito a venir a tu esposa y a ti, ¿qué te parece? Os hospedaréis en mi yate, The Lady Ruslana, en el puerto de El Pireo. Entonces te daré una respuesta.
—Gracias, me encantaría.
—Y tú también, Cooper.
—Gracias, Viktor. A mí también me encantaría. Además, nunca he estado en un partido de soccer.
Kojo, Phil y yo dejamos solos a Viktor y a Cooper Lybrand para que hablaran de una inversión que la empresa del primero estaba pensando en llevar a cabo en el fondo de cobertura del segundo. Como me pasaba con muchas de las personas que conocía mi jefe, Cooper era uno de los tipos que no me importaría no volver a ver en la vida, sobre todo porque había usado la palabra «soccer». Me encanta Estados Unidos. Incluso me encantan los estadounidenses. Pero cada vez que llaman soccer al fútbol me entran ganas de matarlos. Y Cooper Lybrand no era la excepción que confirma la regla.
7
Había comido demasiado y me alegraba de salir del restaurante.
Era una tarde bonita y cálida, así que Phil y yo fuimos paseando hasta los Campos Elíseos, donde entró en Louis Vuitton y le compró un bolso a su esposa, o puede que a su novia. Con Phil nunca puedes estar seguro: es tan discreto y avispado como el pañuelo de seda de Hermès que le asomaba del bolsillo.
—Kojo es un estafador —dijo—, pero tiene razón. No podemos permitirnos no controlar su academia.
—Pensaba que quería venderle solo lo suficiente como para que fueran socios casi a partes iguales.
—Quizá, pero no es así como hace negocios Viktor. A Viktor le gusta que las cosas le pertenezcan.
—Sí, ya me he dado cuenta.
—Le gusta ser quien tiene el control.
Preferí no comentar nada al respecto. Empezaba a darme cuenta de cuánto le gustaba tener el control a Viktor. De todo.
—Kojo también tiene razón con lo de Christoph, Scott. Me temo que vamos a tener que venderlo antes de que acabe agosto. Es la manera más sencilla de arreglar esa estúpida disputa entre Bekim y Prometheus.
—¿Venderlo? Estás de broma, ¿no? El chico va a ser una estrella.
—Ambos sabemos que la única razón de que Bekim se muestre tan tozudo con el tema es que sabe que Christoph es gay. Cosa muy comprensible, por otro lado. Es lo que haría cualquier compañero, defender a un jugador más joven. Me parece hasta admirable. Pero no es práctico. Hay que conseguir que esos dos se lleven bien a toda costa.
—¿Y por qué no vender a Prometheus? Es él quien ha ocasionado el problema. Es él quien tiene una actitud problemática. Recuerda lo que te voy a decir: si no es por esto, nos dará problemas por cualquier otro asunto. Tú mismo has reconocido que es como un grano en el culo. Mira lo del coche. Y eso es solo el comienzo. Prometheus va a meterse en muchas como esa. A su lado, Mario Balotelli parece un alumno ejemplar de los Niños Cantores de Viena. Viktor no debería haberlo fichado.
—Yo, desde luego, me alegraría de no volver a verlo nunca, pero no podemos venderlo. Viktor no va a querer ni oír hablar de ello. Además, si lo vendemos tan rápido, la gente se dará cuenta de que hay gato encerrado. Tendríamos suerte si consiguiéramos la mitad de lo que vale. Lo de Christoph es diferente. Después de algunos de los goles que ha marcado con nosotros y con la selección alemana, es muy probable que saquemos buenos beneficios con su venta. No olvides que el verano pasado solo pagamos cuatro millones de libras por él al F. C. Augsburgo. Si conseguimos deshacernos de él antes de que se sepa lo de su homosexualidad, podrían darnos cerca de veinte millones. Puede que más. Dada la situación en el vestuario, no creo que te cueste mucho persuadir al chico de que acepte fichar por otro club. Para él será bueno y para nosotros un gran negocio. A decir verdad, esto podría venirnos muy bien. Nos daría la oportunidad de adecuarnos a las directrices de Fair Play Financiero de la UEFA.
—Pensaba que los contables de Viktor encontrarían la manera de darle la vuelta a eso. Al fin y al cabo, hasta ahora, los de los demás equipos lo han ido consiguiendo.
—Hasta que seamos capaces de sacarle el mayor rendimiento a los ingresos del club por publicidad, vamos a tener que obtener un beneficio de diez millones de libras en los dos próximos años. Y eso solo para adecuarnos a las directrices de la UEFA. O, si prefieres, míralo de otro modo: esas directrices van a hacernos perder treinta y siete millones de libras en las próximas tres temporadas.
—Pues con Ayrton y con Christoph en el equipo no necesitábamos otro delantero y no me cabe duda de que no haber comprado a Prometheus habría ayudado con lo que me cuentas.
—Lo que dices tiene su lógica, pero es que, dado los términos que Viktor tiene con Kojo, Prometheus nos ha salido gratis.
—¿Qué términos? No lo entiendo. O lo hemos comprado o no lo hemos comprado, ¿no?
—Se podría decir que ambas cosas. De forma oficial, sí lo hemos comprado, pero de forma extraoficial, no. Es lo que se llamaría una compra con derecho a devolución. Un préstamo.
—Esto suena muy sospechoso, como eso de la propiedad de terceros que la Premier League ya prohibió en 2008.
—Sí, lo prohibió pero no lo persigue. De hecho, hoy en día la propiedad de terceros es muy común tanto en Europa como en Sudamérica. Y, gracias a ello, a los buenos contables, incluso a los ingleses, les resulta fácil soslayar las pruebas. Sobre el papel, Prometheus nos ha costado veintidós millones de libras de los que, en situaciones normales, Kojo se habría quedado once. Pero el africano ya le debía a Viktor diez millones, así que nos ha costado solo un millón. Y dado que el balance del fichaje está basado en el rendimiento del mismo, Viktor solo tiene que pagar al chico cien mil a la semana, cantidad de la que Kojo se queda la mitad. De hecho, le pagamos aún menos porque un cuarto de lo que ingresa Kojo vuelve al bolsillo de Viktor. —Se encogió de hombros—. Así que, ya ves, Prometheus casi no nos cuesta dinero. En realidad, es un poco más complicado de lo que te he explicado pero, en esencia, es así como funciona. La verdadera razón por la que Viktor ha comprado al nigeriano es porque le sale más barato que las pipas.
—Por eso hemos conseguido arrebatárselo al Barça.
—Exacto.
Tragué saliva un tanto incómodo. La tentación de mandar a tomar por el culo tanto a Viktor como a Phil era grande e iba en aumento. Inmediatamente, oí la voz de Bastian Hoehling en mi cabeza: «Eso significa que, en uno o dos años, en cuanto Scott haya sido despedido por su amo, acabará dirigiendo un club alemán». Empecé a pensar que cabía la posibilidad de que no fuera tanto tiempo.
—¿Qué te sucede? —se extrañó Phil—. Parece que te encuentres mal.
—Joder con el deporte rey —refunfuñé con amargura—. ¡Dios mío, qué cachondeo! A veces me da la impresión de que lo único que está bien hecho en el fútbol son las putas líneas del campo. Todo lo demás parece más amañado que el críquet paquistaní.
—El fútbol es un negocio como cualquier otro, sobre todo, fuera del terreno de juego. En la sala de juntas no tiene nada de deporte rey. —Sacudió la cabeza—. Es un juego, sí, pero un juego en el que, para que unos ganen, otros deben perder. Con compradores y vendedores, oferta y demanda, beneficios y pérdidas.
—Pues no se lo cuentes a los aficionados. Mira, Phil, yo puedo pasar por alto que seas una víbora de mierda, pero ellos seguro que no lo harán.
8
—Peter —me dijo Bekim—. Se llama así por Pedro el Grande, que, cuando era pequeño, también era pelirrojo.
—Así que otro diablo rojo, ¿eh? —comenté—. Como el padre.
Me enseñaba en su iPhone la fotografía de un niño muy pequeño con el pelo de color rojizo.
—Es encantador —me apresuré a decir por miedo a que el ruso se ofendiera porque lo había llamado diablo—. Tienes que estar muy orgulloso.
—Mucho. Para mí, ser padre es una bendición. Puede que algún día tú también tengas hijos. Eso espero. Me gustaría que te sintieras tal y como me siento yo ahora.
Asentí.
—Podría ser, pero, ahora mismo, estoy ocupadísimo con mis jugadores. Lo cierto es que no sé de dónde iba a sacar tiempo para ser padre.
—Sí, es verdad. Eres un poco como nuestro padre. Solo que no tan mayor.
—Me alegro mucho de oír eso.
—A veces somos como críos. Por ejemplo, lo de la pelea entre Prometheus y yo. Debes de pensar que somos idiotas.
—Bekim, no pienso que seas idiota, eso para empezar. Quiero que tengas claro que no te considero responsable de lo que sucedió.
El ruso asintió.
—Y resulta que ahora el alemán se marcha. No me lo puedo creer. Es una pena. Creo que Christoph es uno de los futbolistas más talentosos del club.
—Estamos de acuerdo. No sabes cómo me he opuesto a que lo vendieran. Incluso les dije a Viktor y a Phil que lo harían por encima de mi cadáver. Y va ahora y pide que lo traspasemos.
—¿No puedes convencerle para que se quede?
—Te aseguro que lo he intentado, pero ya ha tomado la decisión.
—Sabes por qué se quiere ir, ¿no?
—Sí.
—Por ese puto homófobo de Prometheus.
—Sí, lo sé.
—Mi agente me ha pedido que haga las paces con él. Que le dé la mano.
—Lo sé. ¿Vas a hacerlo?
—Supongo que sí. Si Christoph va a dejar el equipo no veo razones para seguir así. Por el bien del club, claro, no porque me caiga bien. De hecho, me cae como el puto culo. No me gusta lo que lleva dentro. Pero yo diría que el sentimiento es mutuo. Él también me odia.
No respondí. No tenía mucho sentido que nos pusiéramos a hablar de una enemistad que, con un poco de suerte, ya había terminado.
—Prometheus ha tuiteado que se arrepiente de haber ofendido a los homosexuales —comenté—. Eso ayuda a que este asunto se enfríe, ¿no te parece?
—Lo que me gustaría es que sirviera para que Christoph cambiara de opinión.
—Me parece que no va a ser así. Además, no es que andemos cortos de ofertas por él. El Barcelona ha ofrecido treinta millones de libras.
—Pues debería aceptar la oferta. El Barça es un gran club. Aunque en algunos sitios de España sigue siendo complicado ser maricón.1
Estábamos en mi piso de Chelsea. Bekim no vivía muy lejos, en St. Leonard’s Terrace, en un precioso edificio del siglo XIX que le había costado siete millones de libras, catalogado con el grado II y situado al final de un camino de carruajes privado con unas vistas estupendas a los verdes terrenos de Burton’s Court. En el interior, las paredes y los muebles eran rojos, como cabía esperar de alguien a quien apodaban «diablo rojo». Hasta las flores de los floreros eran rojas.
—¿Has venido a hablar de Christoph, Bekim? ¿O hay algo más?
—He venido a hablar de otra cosa, sí. He oído que vas a viajar a Grecia para estudiar al Olympiacos.
—Sí, el Hertha de Berlín juega uno de sus amistosos de pretemporada contra ellos y me han invitado a ver el partido. También me interesa fijarme en Willie Nixon, su segundo portero. Ahora que no podemos contar con Didier Cassell, vamos a tener que fichar a un portero suplente, y cuanto antes. Como Kenny Traynor se lesione, estamos jodidos.
Didier Cassell había sido el portero titular del City hasta que un accidente le había obligado a dejar el fútbol —se había golpeado la cabeza contra un poste en un partido contra el Tottenham en el mes de enero—. No tardó en salir del hospital, pero le dijeron que su recuperación solo iba a ser parcial.
—Ya sabes que tengo casa en Grecia, en la isla de Paros. De hecho, no está muy lejos del pueblo de Turquía en el que nací, antes de que nos fuéramos a vivir a Rusia.
Negué con la cabeza.
—No lo sabía.
—La compré cuando jugaba en el Olympiacos. Está a tiro de piedra de Atenas en avión, a treinta minutos. Es muy tranquilo. Cuando voy, la gente de allí me deja en paz. De hecho, no tengo claro si saben muy bien quién soy. Ni te imaginas lo bonito que es el sitio. Voy varias veces al año. Por cierto, tendrías que quedarte en el hotel Grande Bretagne, es el mejor de Atenas. Y mientras estés allí, que esta es la razón principal por la que he venido, tienes que llamar a una amiga que tengo y llevarla a cenar. Se llama Valentina y es la mujer más guapa de la ciudad, aunque es de origen ruso. Te enviaré un mensaje con su número de teléfono y su dirección de correo electrónico. De verdad, Scott, no te arrepentirás. Hace que las demás mujeres parezcan ordinarias y es una gran compañía. Llévala al Spondi, que es el mejor restaurante de Atenas. Sé que le gusta mucho.
Conocía la fama de mujeriego de Bekim. Antes de conocer a Alex, su actual novia y madre de su hijo, había tenido un rosario de novias muy atractivas y sofisticadas, incluidas Tomyris, una supermodelo de Storm, y la cantante Hattie Shepsut. En una entrevista a la revista GQ, Bekim había admitido que se había acostado con un millar de mujeres, cosa que, de ser verdad, significaba que su opinión sobre su amiga Valentina estaba basada en una muestra estadística muy significativa y que, lo más probable, es que hubiera que hacerle caso.
Volvió a sacar el iPhone.
—Espera, tengo una foto suya en el móvil.
Pasó varias fotos con el dedo hasta que encontró la que estaba buscando.
—Mira. ¿Qué te parece?
—Voy a ver un partido de fútbol, no a visitar las putas locales.
—No es puta. Te lo juro, no te lo perdonarás en la vida si al menos no la invitas a cenar. No te la recomendaría de no ser porque la considero una compañía encantadora. Es muy sofisticada, ha leído mucho. Y sabe de arte. Cada vez que nos vemos aprendo algo.
—Si es tan sofisticada, ¿cómo es que conoce a alguien como tú?
—¿Qué más da eso? Mírala, tío. Es la rehostia. Un rostro así provoca que mil barcos se hagan a la mar, ¿no te parece? —Sonrió—. Alguna vez he leído en los periódicos que los escritores hablan de los secretos mejor guardados de los países. Bueno, pues ella es el secreto mejor guardado del Ática.
—¿Ática?
—La región histórica en la que se encontraba Atenas.
—Ah, vale. Así que cuando esté en el Ática debería quedar con Helena de Troya, ¿no es así?
Volvió a sonreír.
—Eso es. Daño no te va a hacer, ¿no?
—No, supongo que no.
—La vida no solo es fútbol. Ni siquiera para ti. No lo olvides.
—Tienes razón. A veces no me doy cuenta. Pero dos partidos por semana, tres si superamos la fase previa de la Champions, no dejan mucho tiempo para vivir.
—En este deporte nuestro es fácil olvidarse de lo demás.
—Sí, lo es.
—Le diré que vas a ir, ¿te parece bien? Y que te alojarás en el Grande Bretagne, en la plaza Syntagma. El bar y el restaurante del ático tienen las mejores vistas de Atenas. Llévala allí antes de ir al Spondi y cárgalo a mi cuenta.
—¿Por qué no?
Accedí para seguirle la corriente, como si Bekim fuera un niño, y, luego, me olvidé del asunto.
—Pero ten cuidado, Scott —me advirtió—. Y no me refiero a la encantadora Valentina. En el Ática hay dos equipos, el Olympiacos y el Panathinaikos, y son rivales irreconciliables. Se odian. Los griegos dicen que son enemigos eternos. A veces, cuando se enfrentan entre sí, el partido ni siquiera llega al final porque la violencia entre las aficiones es terrible. Cuando vayas a ver al Olympiacos, no te acerques a la Puerta 7, ¿vale? Ahí es donde están los hinchas más salvajes. Son muy violentos. Como los del Glasgow Rangers y el Celtic, pero peor. —Sonrió—. Veo que enarcas las cejas. Supongo que no me crees. Ya sé que eres medio escocés y que piensas que no hay nada peor que la rivalidad entre los dos equipos de Glasgow, pero no olvides que la mitad de los griegos por debajo de treinta años están en paro, y allí donde la tasa de desempleo es tan alta siempre cabe esperar un elevado número de aficionados violentos. Lo mismo que en la Alemania de Weimar. Como en Sudamérica. Y también se amañan partidos porque el crimen organizado está metido en el fútbol. Ser deportista honrado en Grecia es complicado. Y si te entrevista algún periódico, mantén la boca cerrada, porque la gente que habla de ese tipo de cosas sufre accidentes. Tú ándate con cuidado, nada más. Te lo pido por favor, Scott.
En la voz de Bekim había un tono de preocupación real y, en cuanto se fue, me pregunté si no sería aquella la verdadera razón por la que había venido a verme. Habría sido típico de él. Como descubrí más adelante, era una persona muy reservada en muchos sentidos.
9
Volé a Atenas la noche antes del partido del Hertha contra el Olympiacos. Era algo más de la una de la madrugada cuando el taxi me dejó en la puerta del hotel Grande Bretagne, que era tan impresionante como Bekim había dicho. El enorme vestíbulo, con el suelo de mármol, era espacioso y elegante, pero lo mejor de todo era lo fresquito que se estaba allí. Fuera, en la plaza Syntagma, la temperatura era de veintimuchos grados. Los clientes iban bien vestidos y parecían adinerados, con lo que era fácil olvidarse de que Grecia era un país con una tasa de paro del veintiséis por ciento y una deuda por encima del ciento setenta y cinco por ciento de su economía total, o que en la plaza Syntagma habían tenido lugar algunos de los peores disturbios de Europa cuando el Parlamento griego votó a favor de los recortes y la austeridad con los que esperaban satisfacer al Banco Central Europeo y, en especial, a los alemanes, que eran quienes contribuían con más dinero al rescate que necesitaba el país. Mientras caminaba hacia el mostrador de la recepción, todo aquello parecía quedar muy lejos.
El recepcionista registró mi llegada y me entregó un sobre que había en mi casillero. Dentro había un mensaje escrito a mano en papel de carta perfumado:
Bekim me ha avisado de la hora a la que llegabas y como estaba por la zona, he pensado en pasarme a saludar. Estoy en el bar Alexander, detrás de recepción. Te esperaré aquí hasta las 2:15 de la madrugada. Valentina (00:55)
P.D.: Entenderé que estés cansado del viaje pero, por favor, en ese caso, devuélveme esta nota con el botones.
Subí a mi habitación con el botones y me pregunté cuál debería ser mi siguiente paso. No estaba muy cansado, la verdad, y dado que Atenas está dos husos horarios por delante de Londres y que había rechazado la comida precocinada del avión, lo cierto es que me apetecía cenar algo más sustancioso que un puñado de cacahuetes del minibar. Los griegos tienden a cenar bastante tarde y estaba seguro de que todavía tendrían la cocina abierta. Lo que no tenía tan claro era si cenar solo. Seguro que una agradable compañera de cena sería una alternativa mucho mejor que mi iPad. Así que me lavé los dientes, me cambié de camisa y bajé a buscarla.
Por mucho que me lo hubiera asegurado Bekim, seguía sospechando que la mujer era prostituta. Para empezar, había que tener en cuenta la reputación fálica del ruso y la nacionalidad de la mujer. No sé por qué tantas rusas se dan a la prostitución, pero es un hecho. Tengo la sensación de que piensan que es lo único con lo que conseguirán escapar de su país. Un país al que, después de nuestro viaje de pretemporada, tampoco yo tenía ganas de volver jamás. Nunca me ha molestado la compañía de las prostitutas —después de estar en la cárcel por un crimen que no has cometido, aprendes a no juzgar a las personas—, pero lo que no me va es acostarme con ellas. No es que eso me haga mejor persona que Bekim —ni mejor que esa gente del mundo del fútbol que sucumbe a la gran cantidad de tentaciones a las que te da acceso ganar ciento cincuenta mil libras a la semana—. Es solo que tengo cierta edad y puede que sea algo más inteligente y que, la verdad sea dicha, tengo un poco menos de hambre de coño que tiempo atrás. A medida que vas haciéndote mayor, resulta que dormir bien empieza a tener bastante más importancia que eso con ese nombre tan gracioso, la libido.
El bar Alexander parecía un sitio salido de una película clásica de Hollywood. La barra, de mármol, tendría unos nueve metros de largo, unos taburetes de lo más adecuados para tirarte varios días bebiendo y más botellas que un depósito aduanero. Detrás de la barra había un tapiz en el que se representaba a un hombre en un carro, que supuse que sería Alejandro Magno, acompañado de una serie de auxiliares que llevaban una urna griega que se parecía mucho al trofeo de la Asociación de Fútbol, lo que quizá explicara por qué daba la sensación de que estuvieran todos tan contentos.
No fue difícil reconocer a Valentina: era la que estaba en el sillón gris, con unas piernas hasta las axilas, un vestido de tweed muy corto y unos Louboutin de tacón alto. Es fácil identificar unos Louboutin, pero que supiera que el vestido era un Balmain de tres mil libras se debía a que me encanta comprar por internet y a que no había mes que no le comprara algo a Louise en Net-a-Porter. El pelo rubio recogido en un moño no muy apretado le daba un aire regio. Desde luego, si era prostituta no era de las que te hace descuento por pagar en metálico.
Nada más verme se puso de pie, sonrió —su sonrisa era tan blanca que parecía lucir faros de xenón— y me cogió la mano para estrechármela. Me sorprendió su fuerza. Miré hacia los lados por si alguien más me había reconocido tan rápido como ella. Hoy en día toda precaución es poca: cualquiera con un móvil es como el Gran Hermano.
—Te he reconocido por la foto que me envió Bekim —comentó.
Me resistí a la tentación de hacerle un cumplido idiota. A menudo, cuando conoces a una mujer tan guapa, lo único que quieres es conseguir mantener la lengua dentro de la boca. Recordaba la foto que me había enseñado Bekim en su iPhone, pero era complicado conectar algo tan ordinario como la imagen de alguien en un teléfono con la diosa en carne y hueso que tenía delante de mí. La idea de cenar algo había desaparecido de mi cabeza y, además, dudo que hubiera sido capaz siquiera de pronunciar la palabra «hambre» sin que se me trabase la lengua.
Nos sentamos y le hizo un gesto al camarero para que se acercara. El hombre acudió de inmediato, como si él también hubiera estado observándola. Hasta a Alejandro Magno le estaba costando mantener apartados de ella sus ojos de hilo. Pedí un coñac, lo que fue una estupidez, porque no va conmigo, pero era lo que había pedido ella y en aquel momento me pareció imperativo que coincidiéramos en todo.
—No vivo lejos de aquí.
—No sabía que el monte Olimpo estuviera tan cerca.
Sonrió.
—Estás pensando en Salónica.
—No, estoy pensando en la mitología griega. —Me estaba costando un Potosí no regalarle aún más los oídos. Seguro que había oído todas estas chorradas en multitud de ocasiones.
—¿Has cenado?
Negué con la cabeza.
—Aún hay tiempo. El Spondi está a cinco minutos de aquí en taxi. Es el mejor restaurante de Atenas.
El camarero volvió con los coñacs.
—O podríamos cenar aquí. El restaurante que hay en el jardín de la azotea tiene las mejores vistas de la ciudad.
—Me vale con el restaurante de la azotea —convine.
Subimos con la bebida. La meseta rocosa que domina la ciudad, donde está el Partenón, iluminado por la noche, es una de las vistas más espectaculares del mundo, en especial por la noche y desde la azotea del Grande Bretagne cuando estás cenando con una mujer que parece una de las deidades mayores que antaño se adoraron allí. Esto último me lo guardé para mí porque no a todas las mujeres les gusta que les den tanto jabón. Y, a decir verdad, después de un par de minutos, casi hasta se me olvidó que la Acrópolis estaba allí. Pedimos la cena, pero no recuerdo lo que comí. No recuerdo nada excepto todo lo que tuviera que ver con ella. Por una vez en la vida, Bekim no había exagerado. Creo que jamás había conocido a una mujer tan guapa. Si hubiera sabido jugar al fútbol, le habría pedido que se casara conmigo allí mismo.
—¿A qué hora es mañana el partido?
—A las siete cuarenta y cinco.
—¿Y qué tienes planeado para el resto del día?
—Había pensado visitar la ciudad.
—Sería un placer ser tu guía en la ciudad —se ofreció—. Además, quiero enseñarte una cosa.
—¿Ah, sí?
—Es una sorpresa. ¿Te parece bien que pase a recogerte a las once?
—Me parece genial.
Me deseó felices sueños cuando nos despedimos en las escaleras del hotel y pensé que lo más probable es que los tuviera. No suelo recordar mis sueños, pero esta vez ansiaba hacerlo, sobre todo, si Valentina salía en alguno de ellos.
10
A la mañana siguiente, cogí un taxi hacia Glifada, en el sur de Atenas, para desayunar con Bastian Hoehling y el equipo del Hertha en su hotel, un rascacielos de estilo sesentero que estaba cerca de la playa y puede que demasiado cerca de la carretera principal que llegaba a El Pireo por el norte. Por lo visto, los hinchas del Olympiacos se habían pasado la noche pitando mientras la recorrían, con la intención de no dejar dormir al club berlinés. Los del Hertha tenían cara de cansancio y unos cuantos padecían severas intoxicaciones alimentarias. Bastian y el médico del equipo habían considerado oportuno llamar a la policía para que investigase el caso, pero no sé qué podía hacer la pasma, además de enseñarles a decir «cuarto de baño» en griego.
—¿De verdad crees que ha sido deliberado? —le pregunté al tiempo que decidía ignorar la tortilla que acababa de servirnos el camarero.
Bastian, que también se sentía mal, se encogió de hombros.
—No lo sé, pero, por lo que parece, somos los únicos a los que les está pasando. En el hotel hay un congreso de vendedores de coches y a ellos no les ha afectado.
—Desde luego, eso lo deja claro.
—Si esto lo hacen con un partido amistoso, no quiero ni pensar de lo que serán capaces cuando vengáis a jugar contra esta gente la Champions League. Aseguraos de viajar con vuestro cocinero y vuestro nutricionista, y evidentemente con vuestro médico.
—Nuestro médico está a punto de aceptar un puesto en Qatar.
—Pues será mejor que contratéis otro cuanto antes.
—Puede que tengas razón.
—No dejaría nada al azar con esta gente —insistió Bastian—. Por lo visto, la prensa está tratando este partido como si se enfrentaran Grecia y Alemania. Hristos Trikoupis, el entrenador del Olympiacos, se ha referido a nosotros como «los chicos de Hitler».
—¡Qué raro! Hristos coincidió conmigo en el Southampton y era un tipo majo.
—A mí ya nada me sorprende, no después de lo que nos pasó en Salónica. Esos cabrones le tiraron piedras y botellas al portero. Tuvimos que calentar en una esquina del campo, alejados de la hinchada. No creo que me tuvieran más asco en este país si me apellidara Himmler. Vaya con la cuna de la democracia.
—Sois alemanes, Bastian. Ya deberíais estar acostumbrados. Lo primero que te enseñan cuando empiezas a jugar a fútbol es: no existen los partidos amistosos y menos si hay alemanes entre los rivales. Está la guerra y la guerra total.
Como estaba hablando en alemán con él, usé el término totaler Krieg, acuñado por Joseph Goebbels durante la Segunda Guerra Mundial, y algunos del Hertha me miraron con nerviosismo, tal como suelen hacer los alemanes cuando oyen hablar de nazis.
—Yo, en tu lugar, jugaría el partido de hoy de igual manera —continué—. Es el único idioma que entienden y respetan estos griegos. ¿Recuerdas todo lo que ponía en el cartel de Goebbels? «Totaler Krieg-kürzester Krieg». «La guerra total es la guerra más corta».
—Puede que tengas razón. Deberíamos pasar por encima de ellos, joder. ¡Sacarlos a patadas del campo!
Asentí.
—Antes de que lo hagan ellos con vosotros.
Después de desayunar volví al Grande Bretagne, en el centro de Atenas. Justo a las once estaba sentado en una otomana grande de color marrón claro en el vestíbulo del hotel, enviándole un mensaje a Simon Page sobre nuestro primer partido de la próxima temporada de la Premier League, un encuentro que jugábamos a domicilio el 16 de agosto contra el Leicester City, un recién ascendido. Simon estaba a punto de empezar con la sesión de entrenamiento matutina de las ocho en Hangman’s Wood y le estaba pidiendo que no fuera muy exigente, pues me constaba que algunos de nuestros jugadores aún no se habían recuperado del Mundial, por no mencionar nuestra desastrosa y del todo innecesaria gira por Rusia.
—¿Has dormido bien?
Levanté la mirada y vi a Valentina frente a mí. Llevaba una camisa blanca sencilla, unos J-Brand azules y ajustados, unas sandalias de piel de serpiente cómodas y unas Wayfarer de cristales negros. Me puse de pie y nos estrechamos la mano.
—Sí, gracias.
—¿Listo?
—¿Adónde vamos?
—A ver a un conocido tuyo.
Cogimos un taxi hasta el Museo Nacional de Arqueología, un viaje de cinco minutos en dirección norte. El edificio estaba diseñado como si se tratase de un templo griego, no tan estropeado como la Acrópolis, pero casi en ruinas, y, al igual que muchos edificios públicos del país —y unos cuantos privados—, estaba lleno de pintadas. Los mendigos vagabundeaban por el descuidado parque que había frente a la entrada como gatos y perros callejeros. Le di a un anciano todas las monedas que llevaba en el bolsillo del pantalón.
—Es algo que siempre hago en Londres —expliqué al ver la mirada escéptica de Valentina—. Para que me dé suerte. No puedes recibir si no das. El fútbol es cruel, en ocasiones, mucho. Hay que asegurarse de aplacar a los caprichosos dioses del fútbol. De hecho, ni siquiera deberías dedicarte a esto si no eres optimista, y para ser optimista no se puede ser cínico. Tienes que creer en la gente.
—No me imaginaba que fueras supersticioso.
—No es superstición —repuse—. Tener en cuenta la buena suerte y prepararse con minuciosidad no es más que una actitud pragmática. Es más, es lo más inteligente que se puede hacer. Y la suerte tiende a favorecer a los inteligentes.
—Eso ya lo veremos, ¿no crees?
—Oh, creo que el Hertha va a ganar. De hecho, estoy seguro.
—¿Lo crees porque eres medio alemán?
—No, porque soy inteligente. Y porque creo en la totaler Krieg. En ese fútbol en el que no se hacen prisioneros.
En el museo se encontraban los tesoros de la antigua Grecia, incluida la famosa máscara de Agamenón que Bastian había mencionado en Berlín. Parecía que la hubiera hecho un niño con uno de esos envoltorios dorados que llevan las chocolatinas. Pero Valentina me había llevado allí para enseñarme otro tesoro. Nada más verlo ahogué un grito. Se trataba de una estatua de bronce a tamaño natural que representaba a Zeus y que se había recuperado del fondo del mar hacía muchos años. Lo que me sorprendió no fue tanto la representación del movimiento y de la anatomía humana como la cabeza, con una barba en forma de pala y el cabello con trenzas africanas.
—Dios mío —exclamé—. ¡Es Bekim!
—Pues sí —dijo Valentina divertida y entre risas—. Bien podría haber sido el modelo, ¿a que sí?
—Hasta la manera de ponerse, de medio lado, con esa pose como si tirara una lanza o un rayo, que es como siempre celebra los goles. O casi siempre.
—He pensado que te haría gracia.
—¿Lo sabe él?
—¿Que si lo sabe? Pues claro. —Volvió a reírse—. Es su secreto. Se dejó la barba para parecerse a la estatua y cada vez que marca piensa en Zeus. —Se encogió de hombros—. No tengo claro si se cree que es un dios, pero no me sorprendería.
Rodeé la estatua varias veces, sonriendo como un idiota, mientras me imaginaba al ruso en la misma pose.
Y, aun así, por perfecta que fuera la estatua, también había algo malo en ella. Cuanto más la miraba, más me daba la sensación de que el brazo izquierdo, que tenía extendido hacia delante, estaba mal, que era unos cuantos centímetros más largo de lo que debería. Más tarde compré una postal, medí el brazo de forma aproximada y calculé que la mano debía de llegarle por la rodilla. ¿Se habría equivocado el escultor? ¿O acaso la disposición original de la estatua requería que el brazo fuera un poco más largo para compensar la ilusión óptica, por el escorzo de la figura? Era difícil estar seguro, pero a mis críticos ojos la mano de Dios parecía llegar demasiado lejos.
Asintió.
—He estado pensando en lo que has dicho antes. En lo de la suerte.
—¿Ah, sí? ¿Y qué piensas?
—Creo que vas a tenerla. —Me tomó la mano y me la apretó de manera significativa.
—¿Cuándo?
—Esta noche.
Me llevé su mano a los labios y se la besé. Tenía las uñas cortas, pero las llevaba protegidas de forma inmaculada con pintaúñas, y tenía la palma de la mano suave como el cuero, lo que me sorprendió.
—Vaya, pensaba que estabas hablando de fútbol.
—¿Quién ha dicho lo contrario?
Sonreí.
—Supongo que eso quiere decir que me acompañarás al partido.
11
El estadio Karaiskakis, en el antiguo puerto de El Pireo, parecía el Emirates de Londres, pero de la mitad de tamaño, con capacidad solo para treinta y tres mil espectadores. La impresión quedaba reforzada por el hecho de que el Emirates Air era uno de los patrocinadores del Olympiacos y por la camiseta a rayas rojas y blancas del equipo, aunque se parecía más a la del Sunderland que a la del Arsenal. No hubo una gran asistencia de público, pero la hinchada animó con entusiasmo. Los de la Puerta 7, o Leyendas, como se hacían llamar, consiguieron que su intimidatoria presencia quedase muy patente justo detrás de la portería alemana. Iban a pecho descubierto y llevaban tambores grandes y una especie de director de operaciones que se pasó casi todo el partido de espaldas al campo para orquestar los cánticos obscenos y trogloditas. De vez en cuando caían bengalas rojas al campo, pero tanto la policía como los guardias de seguridad las ignoraban, pues hacían lo imposible por no llamar la atención, hasta el punto de que parecían invisibles. Me sorprendió lo poco dispuesta que estaba la policía local a interferir en lo que sucedía en el estadio pero, claro, lo comprendí cuando me enteré de que, debido a una oscura ley de privacidad, aquella tenía prohibido usar las imágenes de las cámaras de seguridad del estadio para identificar a los hinchas problemáticos.
Valentina y yo estábamos en una zona VIP que había justo detrás del banquillo alemán. Teniendo en cuenta que la entrada costaba ochenta euros en un país en el que el sueldo medio mensual es de seiscientos cincuenta, habría cabido esperar que los aficionados de mediana edad y ancianos que ocupaban aquellas localidades se comportaran mejor. Nada más lejos de la realidad. No hablo griego pero, gracias a mi acompañante, enseguida fui capaz de distinguir y entender palabras por las que a cualquier hincha anglosajón lo habrían expulsado de cualquier campo de Inglaterra. Palabras como arápis —negrata—, afrikanós migás —negro de mierda—, maïmoú —mono—, melitzána —berenjena—, o píthikos —simio.
El aficionado que estaba sentado a mi lado debía de tener sesenta y muchos años pero, de vez en cuando, dejaba de fumar su Cohiba o de comer sus semillas de cardamomo, saltaba la valla, se encaramaba a lo más alto del banquillo alemán y gritaba: «Germaniká malakas!» al desafortunado Bastian Hoehling.
—No paro de oír esas dos palabras, Germaniká malakas —le dije a Valentina—. Pillo lo de «Germaniká», pero ¿qué significa lo otro?
—Significa «gilipollas». Es una palabra muy habitual en Grecia. Es imposible sobrevivir sin ella.
Dado que, tal y como había descubierto, en un partido de fútbol griego se llegan a decir insultos muchísimo más fuertes, me costaba condenar al hombre por elegir ese lenguaje. Se trata de un deporte apasionado y es cierto que lo siguen tanto tontos del culo como gente inteligente. Puedes pedir respeto en el fútbol, con lo que estoy completamente de acuerdo, pero no puedes evitar que haya ignorantes.
El partido estaba muy interesante y disputado, pero era evidente que a los griegos les había sorprendido que los berlineses hubieran salido tan agresivos. Aunque el Olympiacos competía con fervor por cada balón, enseguida se quedó detrás en el marcador gracias a un cabezazo soberbio del talentoso Adrian Ramos y con el que comprendí de golpe por qué el Borussia Dortmund estaba tan interesado en hacerse con los servicios del colombiano después de que Robert Lewandowski, su delantero estrella, se hubiera ido al Bayern de Múnich a principios de verano. Me resultó curioso que los de la Puerta 7 no se callasen. De hecho, siguieron gritando como si los alemanes no hubieran marcado.
Mientras tanto, haciendo lo imposible por ignorar al público, tomé una serie de notas tácticas en una vieja agenda de anillas que siempre usaba para aquellos menesteres:
A los griegos no se les da bien defender las jugadas tácticas. Aunque son musculosos y parece que están en forma, son bajitos, lo que hace que estén peor preparados para competir en los balones altos. Bekim o Prometheus pueden darles muchos problemas si reciben pases adecuados. Bekim tiende a irse a la derecha por naturaleza, lo que debería pedirle que hiciera aún más, dado que Miguel Torres, lateral izquierdo del Olympiacos (que es diestro), juega más como extremo que como defensa —en especial si Hernán Pérez no está en el campo, como ha pasado hoy—. Si Bekim encuentra espacios o arrastra a Sambou Yatabaré (yo diría que es defensa central), es más que capaz de conseguir que Jimmy Ribbans entre. Espero que nuestro árbitro sea mejor que el de hoy. No me extrañaría que se llevase una bonificación por cada penalti.
—Hacía muchísimo tiempo que no asistía a un partido de fútbol —comentó Valentina mientras los hinchas violentos de la Puerta 7 extendían el brazo haciendo el saludo nazi y empezaban con otra de sus asquerosas canciones: Pósoi Evraíoi ékanes aério símera?, que significaba «¿A cuántos judíos habéis gaseado hoy?».
—No lo entiendo —dije mirando en derredor—. Eres la única mujer que veo.
El hecho de que Thomas Kraft, el portero titular del Hertha, se sintiera demasiado indispuesto para jugar, me brindó una buena oportunidad de ver en acción a Willie Nixon, el guardameta suplente estadounidense. Siempre he admirado a los porteros estadounidenses. A menudo son magníficos atletas y Nixon no era una excepción, e hizo un par de estiradas que sirvieron para que su equipo siguiera dentro del partido. Además, era joven.
Unos minutos después, tuve la sensación de que iba a tener la oportunidad de ver de qué estaba hecho realmente Nixon, pues el árbitro pitó un penalti tan increíble a favor del equipo local que parecía que se lo hubiera sacado de la chistera. Uno de los defensas alemanes, Peter Pekarik, derribó a uno de los griegos, Kyriakos, en el borde del área —solo que la repetición en la pantalla gigante demostró que el alemán estaba al menos a treinta centímetros de su rival cuando este caía al suelo y empezaba a quejarse como si le hubiera fracturado la tibia—. Por si esto fuera poco, el encargado de tirar la pena máxima, un jugador que, por sorprendente que parezca, se llamaba Pelé, tiró el balón tan por encima del larguero que debía de creer que era el jugador de rugby Jonny Wilkinson. Su fallo fue recibido con estruendosos abucheos y pitidos de mofa y, a mi alrededor, con varios gritos de įlíthia maïmoú!, mono imbécil.
Siempre me he preguntado por qué Sócrates se sentiría empujado a beber cicuta. Seguro que también falló un penalti a favor del Olympiacos.
Cuando acabó el primer tiempo, los berlineses ganaban por cero goles a dos. Luego, volvieron a marcar nada más empezar la segunda parte y así es como acabó el encuentro: 0-3. El Hertha había ganado los tres partidos de su gira peninsular griega y, con ellos, la Copa Schliemann, organizada por su patrocinador, lo que dejaba sobre el tapete un resultado muy alemán. No obstante, no había sido el portero Willie Nixon quien más me había impresionado, sino Hörst Daxenberger, el carismático capitán del equipo que, fuerte como un caballo de carreras y con 1,93 de altura, parecía un Patrick Vieira rubio.
La ceremonia de entrega del trofeo, igual que el calentamiento del principio del partido, tuvo lugar en una esquina del campo alejada de los insultos y los proyectiles de los griegos, y Valentina y yo nos unimos a la celebración silenciosa del Hertha en el túnel de vestuarios. A pesar de que aquella competición no servía para nada, me alegraba por los berlineses, porque no lo habían pasado nada bien en aquella gira y ni os imagináis las ganas que tenían de volver a Berlín. Pensar que Bastian Hoehling había vuelto a un club que estaba entrenado y dirigido de forma tan igualitaria me producía cierta sensación de envidia. Se podría decir que los alemanes ya estaban cansados de autócratas y dictadores. Ahora bien, de Valentina no se cansaban —que resultó que hablaba un buen alemán— y, con una copa de champán en la mano, revoloteaban a su alrededor como avispas en una merienda campestre. Ella producía ese efecto en los hombres. Puede que no fuera la mujer más guapa de Atenas pero, desde luego, era la más atractiva.
Una hora más tarde volvimos al hotel en una limusina que amablemente nos cedió el Hertha.
Lo cierto es que me sorprendió un poco que ninguno de los dos habláramos de dinero y, hasta que no llegué a Londres, no descubrí que la noche que había pasado con Valentina no se debía en absoluto a la buena suerte, sino a Bekim Develi, ya que el ruso pelirrojo dejó caer que le había pagado cinco mil euros por adelantado para que estuviera conmigo en Atenas.
12
Hacía una calurosa tarde de agosto cuando llegamos al estadio King Power de Leicester para jugar el primer encuentro de la temporada. Al oeste de la entrada principal corría el río Soar, por el que subían y bajaban botes de remo individuales como si fueran cisnes de alta tecnología. Los aficionados del Leicester, embargados por un optimismo fuera de lugar, se mostraban de lo más ruidosos, pero hospitalarios y muy lejos de ofrecernos el recibimiento hostil que esperábamos encontrar en Grecia la semana siguiente. Me pregunté cómo se les quedaría el cuerpo a estos aficionados cuando tuvieran que hacer frente a lo que costaba apoyar a su equipo en los partidos como visitante, ya fuera en Londres o en Manchester. Ya iba siendo hora de que las televisiones como Sky o BT empezaran a insistir en firmar acuerdos de condiciones restrictivas en los que se ofreciera una parte del dinero que pagaban a la Premier para abaratar el precio de las entradas. No hay nada peor para tu hincha de sofá que ver las gradas vacías por la tele.
Todavía no había resuelto nuestra crisis en la portería —aún teníamos que reemplazar a Didier Cassell— y, si tuviera que envidiarle a Nigel Pearson alguno de sus jugadores, sería su portero Kasper Schmeichel, hijo del famoso Peter. Kasper había pasado por el Manchester City y el Leeds United antes de fichar por los Foxes en 2011. También había jugado para su país, Dinamarca, en varias ocasiones, y tenía la sensación de que, al igual que su padre, que había estado en el Manchester United hasta los treinta y nueve años, a Kasper aún le quedaban por delante los mejores años de profesional. Quedaban catorce días para cerrar el mercado de verano y me estaba planteando muy en serio pedirle a Viktor Sokolnikov que hiciera una oferta por ese danés de veintisiete años.
Cualquier duda que pudiera abrigar sobre la habilidad de Schmeichel quedó acallada enseguida cuando, a los cinco minutos de empezar el partido, el árbitro nos pitó un penalti a favor. Prometheus se sacó del bolsillo un chut muy potente, raso y pegado al poste derecho, y pareció un milagro que el danés consiguiera estirar tantísimo la mano como para sacar el balón. Aunque la parada ya había sido antológica, además el esférico le volvió al nigeriano y Schmeichel recorrió la línea de gol de punta a punta y evitó que el remate de este acabara en la red. Por si fuera poco, la manera en la que le había comido la moral a nuestro futbolista antes de que tirara el penalti era casi tan importante como su agilidad. Después de que Prometheus hubiera puesto la pelota sobre el punto de penalti, Schmeichel había abandonado la portería caminando calmado, había cogido el balón, lo había secado con su camiseta y había vuelto a tendérselo al africano, que le había hecho un gesto airado para que volviera a la línea de gol. Algunos árbitros le habrían sacado tarjeta amarilla al portero por hacer algo así, pero ¿en el primer partido de la temporada? Había sido juego psicológico y había funcionado.
La moral del equipo nunca aumenta cuando fallas un penalti y la nuestra sufrió un nuevo mazazo cuando Gary Ferguson, nuestro capitán, marcó en propia puerta, lo que dejó el marcador 1-0 para el equipo de casa cuando el árbitro pitó el final del primer tiempo. Ese tipo de putadas pasan, pero aprendes a vivir con ello. Lo que más me preocupó fue ver que Prometheus reprendía a su capitán. No es que se me dé muy bien leer los labios, pero yo diría que Gary le hizo tragar sus palabras, aunque lo que más me sorprendió es que se contuviera y no le pegara a Prometheus una hostia en la boca. En general, cuando eres el capitán, acompañar de un puñetazo el cagarte en todo suele ser mejor que hacer solo lo segundo.
—Olvídalo, Gary —le dije en voz alta en el vestuario—. Jugamos a fútbol, no a puto quidditch. Si eres defensa y estás haciendo bien tu labor, hay veces en las que vas a marcar en propia meta. Es cuestión de estadística. Nueve de cada diez veces, un despeje en el área pequeña no va a ir exactamente adonde quieres, porque esto no es billar de carambolas y aquí no existen los ángulos perfectos. Has ido a despejar con la rodilla y ha salido hacia atrás. Punto. Nadie que tenga cerebro debería abroncarte por algo así.
Miré a Prometheus, que estaba ocupado cambiándose sus botas Puma evoPOWER de color rojo brillante por otro par que parecía que estuviera hecho con el antiguo papel de los periódicos sensacionalistas. «¿Por qué siempre Puma?», ponía en el lateral.
—¿Has acabado de dar por el culo con las putas botitas?
Por fin me miró.
—En el fútbol, todo el mundo comete errores. Ya ves tú, resulta que es de ese tipo de deportes. Si no fuera así, el fútbol sería tan aburrido como el grupo de Inglaterra para la Eurocopa de 2016. Y te aseguro que no hay nada más aburrido. No quiero que nadie de este equipo vuelva a pensar que tiene derecho a echarle la bronca a nadie. En especial, cuando no son perfectos. Todo eso de encontrar los fallos, comeros la oreja, pegaros patadas en el culo y regañaros es mi puto trabajo. O de Gary cuando la pelota está en juego. Y, como vuelva a ver a alguien pegándole la bronca a un compañero, le morderé el culo como una puta hiena. Me gusta mi trabajo y no necesito la ayuda de nadie para decir lo que quiero decir. ¿Está claro?
—¿Por qué la tomas conmigo? —se quejó Prometheus—. Yo no he hecho nada. Solo le he dicho que esas piernas peludas y paliduchas de escocés nos iban a hacer perder el partido si no se andaba con puto cuidado. Ha sido una broma, ¿vale?
No me extrañaba que Alex Ferguson le hubiera tirado las botas con mala hostia a Beckham en el vestuario porque, en aquel momento, lo único que quería era quitarle aquellas ridículas zapatillas de deporte y metérselas garganta abajo. Gary murmuró: «Pero cierra la puta boca», mientras Bekim negaba con la cabeza. Otros, sencillamente, se dieron media vuelta como si no quisieran ver lo que iba a pasar a continuación.
Sonreí.
—Ha sido una broma, sí, solo que no ha tenido ni puta gracia. No les hagas bromas a tus compañeros cuando acaban de meter un gol en propia puerta por la mera razón de que quizá estén un poquito sensibles. Nunca tiene la más mínima puta gracia marcar un gol en propia puerta, a menos que le pase al equipo rival. No debería tener que repetírtelo, chaval, y no vuelvas a interrumpirme o te juro que le pido a Gary que te pegue un rodillazo con su paliducha y peluda pierna escocesa en tus nigerianas pelotitas negras sin pelo. Eso, siempre que tengas bolas. ¿Me has entendido?
Prometheus no respondió, lo que parecía indicar que había captado el mensaje. Me balanceé sobre los tacones y miré a los demás. No tenía que afear el comportamiento de nadie más. El Leicester había tenido mucha suerte y eso era todo.
—Es un hecho —continué— que a los equipos recién ascendidos se les da bien el primer partido de la temporada. Y estos están midiendo sus posibilidades contra uno de los grandes. ¿Y por qué no? Al fin y al cabo, ¿con cuántos puntos consiguieron el ascenso? Con ochenta y seis, ¿no? Merecen estar en la Premier y si no consiguen darnos quebraderos de cabeza hoy, cuando están todos en forma porque solo un par de los suyos han tenido algún compromiso internacional, no lo conseguirán nunca. Os aseguro que cuando juguéis contra ellos a final de temporada, les pasaréis por encima. Así que no os preocupéis si hoy van de listos. Pero mantened las líneas y no soltéis el balón. Pasadlo. Fútbol de triangulación, tal y como hemos practicado en los entrenamientos. Dejad que se pierdan entre los triángulos mágicos. Si es necesario, haced que se impacienten tanto por ganar el puto partido que vengan a por vosotros. Es entonces cuando nos abrimos.
Tendría que haber funcionado, pero no fue así. Perdimos por 3-1 tras dos goles de Jamie Vardy y David Nugent, que formaban la pareja de atacantes mejor compenetrada que veía en mucho tiempo en un equipo recién ascendido. A las cinco menos veinte de la tarde, el Leicester estaba primero de la tabla por diferencia de goles.
El London City, antepenúltimo.
13
Los programas informáticos de AR (Análisis de Rendimiento) son muy útiles. A menudo me pregunto cómo podían vivir los entrenadores sin una tableta. Las imágenes editadas de los momentos clave del partido en un iPad son una herramienta esencial para cualquier entrenador y me gusta verlas con uno o dos jugadores en el autobús, de camino a casa, porque no siempre quiero hacerlo delante de todo el equipo. Sé muy bien que, para que a un futbolista le quede claro que la ha cagado, no es necesario que vea el error repetido en una pantalla una y otra vez delante de sus compañeros. Sé, por experiencia propia, que puede ser muy humillante. No obstante, en esta ocasión envié las imágenes del iPad a las pantallas de televisión del autocar para que todo el mundo escuchara lo que iba a decir. A veces, un poco de humillación es buena para el alma.
—A ver, prestadme atención —dije por el micrófono mientras el autobús se alejaba del estadio King Power—. Cerrad la puta boca, ¿vale? ¿De qué estáis hablando? ¿De lo buenos que eran? ¿De lo rápido que es el tal Vardy? ¿De lo bueno que es su portero? ¿De lo mucho que se parece a su padre? Que os den por el culo. No hemos perdido por eso.
»Ahí, al oeste del estadio, está el río Soar. Por cierto, estoy señalando a la derecha. Lo digo porque hay algunos que parece que no sepáis diferenciar la derecha de la izquierda, o el culo del codo. Se dice que en 1485, después de la batalla de Bosworth, los Tudor, que se habían alzado con la victoria, arrojaron el cadáver de Ricardo III a ese río asqueroso. Aunque, como es evidente, no puede ser verdad porque no hace mucho que han encontrado su esqueleto debajo de un parking del centro de Leicester. Supongo que el pobre hijo de puta perdió el ticket del parking y no podía salir. En cualquier caso, estoy seguro de que ahora muchos de vosotros sabéis cómo debió de sentirse el bueno de Ricardo. Yo, desde luego, sí. No tiene ni puta gracia perder en la puta ciudad de Leicester.
»Todo sucede por alguna razón y, a veces, la razón no es la hostia de evidente porque actuaciones menores pueden tener consecuencias muy grandes. Es lo que los científicos llaman «teoría del caos». O lo que abogados y filósofos denominan «causalidad». Los historiadores también tienen en cuenta esta mierda. Por ejemplo, la causa del inicio de la Primera Guerra Mundial no fue que al archiduque Francisco Fernando le descerrajaran un tiro en Sarajevo, eso solo fue la gota que colmó el vaso. ¿Habéis visto? Siendo jugador profesional de fútbol también se culturiza uno, joder. Y eso es algo que evidentemente algunos de vosotros necesitáis como agua de mayo. Y yo estoy aquí para ayudaros. Siempre que queráis saber alguna cosa, venid a verme.
»Ser entrenador de fútbol se parece un poco a lo que hacen los profesionales que acabo de mencionaros. Incluso tienes que ser un poco detective si, por ejemplo, tenemos en cuenta que lo que estamos haciendo ahora mismo, en el autobús, es observar el cadáver pestilente del partido en busca de la explicación de por qué hemos palmado. Porque no siempre está tan claro como parece. Pues bien, voy a contaros por qué hemos perdido. Olvidaos del gol en propia meta. Tal y como he dicho antes, eso no ha sido más que mala suerte. Así que vamos a fijarnos en el primer gol que han marcado, el de James Vardy. Ese tipo no se cansa de correr y siempre que juega le quita mucha presión a Nugent. Hoy, a Gary se le ha atragantado Vardy, como a los cuatro defensas. Vardy es delantero centro, pero yo diría que juega de manera más natural por la izquierda, que es por donde ha llegado el gol. A decir verdad, no estaba jugando en su posición, que es por lo que os ha resultado complicado marcarle. Ha sido un buen gol porque le ha pegado bien, pero ha marcado porque todos habéis pensado que no tenía ángulo para disparar. Ahora sabemos que no era así. Ya os lo he dicho en otras ocasiones y tendré que volver a repetíroslo: cuanto más alejados os mantengáis de un delantero como ese, más ritmo coge, y cuanto más ritmo adquiera, más posibilidades tiene de marcar. No pretendáis reaccionar al mismo tiempo que él. No lo vais a conseguir porque él piensa más rápido de lo que se mueve vuestro cuerpo. No hay nada más rápido que el pensamiento. Así que no apartéis los ojos del balón y entradle, hacedle falta y, si es necesario, enviadlo de visita al cirujano ortopédico.
»Pero si nos olvidamos de eso y nos fijamos en lo que sucede un minuto o dos antes de que marque, vemos que Kenny le pasa la pelota rasa a Gary, que luego se la entrega a Kwame, a quien no se le ocurre otra cosa que retrasársela a John y, además, no lo hace con suficiente fuerza como para que sea un pase seguro y John tiene que esforzarse por llegar al balón y su pase a Zénobe es tan impreciso que este no lo va a alcanzar ni aunque se tire un mes viendo el Super Sunday del Sky. Nugent intercepta la pelota y cambia a Vardy, que gira hacia un lado y luego hacia el otro, y al otro una tercera vez, y todos os mantenéis a distancia de él, como si tuviera una puta enfermedad contagiosa, hasta el momento en que pensáis que no tiene espacio para disparar y os relajáis. Solo que sí que tiene espacio, chuta y marca.
»A lo que me refiero es a que, si volvemos a fijarnos, antes de que Vardy haya olido siquiera la pelota, Kenny, ¿no te has dado cuenta de que Prometheus tenía kilómetros y kilómetros por delante en el centro del campo? Ves mejor que un indio comanche y, además, eres uno de los pasadores más precisos de la Liga. Podrías habérsela dejado de maravilla, ¿por qué has pasado la pelota con la mano? Eso solo se hace cuando el delantero tiene cemento en las botas. Pero hoy el nuestro corría como un galgo... No, espera, deja que acabe.
»Kwame, esto no va de pasarse la patata caliente. Cuando haces un pase tienes que pensar qué va a hacer el otro cuando tenga el balón. No habría estado mal si pretendieras crear espacios, pero es que aquí no has sabido qué hacer con el espacio que ya tenías.
»Y, John, tú no estás esperando el balón, eso es evidente, pero ¿por qué? Todos, en todo momento del partido, deberiais estar esperando el balón. E-S-E-P-B. Espera siempre el puto balón. En este caso, como ninguno de los dos lo estáis esperando, lo único que hacéis es intentar deshaceros de él. De ahí que el puto pase al pobre Zénobe sea, como quien dice, a la desesperada.
»Recordad qué os he dicho antes del partido, qué es lo que os digo antes de cada encuentro: el pensamiento creativo en lo referente al balón significa que sabes qué vas a hacer con él antes incluso de que te lo pasen. Y para eso tienes que saber cómo están los jugadores que te rodean. Como si fueran piezas de ajedrez. Tienes que mirar los espacios que los rodean y saber qué pueden hacer mejor incluso que ellos mismos. M-A-L-J y B-E-E. Mira a los jugadores y busca el espacio.
Esperé un segundo antes de sorprenderlos.
—Pero la verdadera razón de que la hayamos cagado y de que Jamie Vardy haya marcado es otra. Y para contárosla he de volver a cuando Kenny le ha pasado el balón raso a Kwame. Un segundo antes de hacerlo, levanta la vista y ve a Prometheus con todo ese espacio por delante y está claro que le va a enviar la bola de un puntapié. Ha encontrado a un jugador con espacio. Pero, de pronto, cambia de opinión. ¿Por qué? Porque con su vista de comanche mira al jugador y ve que le está dando la espalda. Si congelo la imagen y la muevo podéis verlo vosotros mismos. Ahí tenéis a Prometheus. ¿Lo veis? Esa es su nuca y se la está enseñando a Kenny durante ¿cuánto tiempo? Vamos a verlo. Joder, diez segundos.
»E-S-E-P-B. Espera siempre el puto balón. Espera SIEMPRE el puto balón. Pero Prometheus está mirando... No sé qué coño estás mirando durante diez segundos pero, desde luego, el puto balón no. Así que Kenny se pregunta para qué coño se la va a pasar a él, que está tomando el sol. Que está pensando en su hiena, en su mascota. Y va y la pasa por bajo. Porque no tiene otra opción. Y esa, caballeros, es la verdadera historia de por qué ha marcado gol el puto Jamie Vardy.
Prometheus se puso de pie agitando los brazos como un pingüino enfadado. Tenía el rostro tan desencajado que uno de los pendientes de diamantes le brillaba tanto en su oreja que parecía una baliza de emergencia.
—¿Es culpa mía que haya marcado? ¡Pero si yo estaba a kilómetros del abuelo ese!
—Igual no has estado atento mientras hablaba. Igual te pasa algo chungo en los oídos, y lo mismo en los músculos del cuello.
—¿Por qué soy yo siempre el que la caga?
—Dímelo tú, chaval.
Sacudió la cabeza.
—No es justo —se quejó.
—Tienes razón. Para los integrantes de este equipo no es justo que los hayas decepcionado así. No se me ocurre de qué otra forma describirlo cuando ni siquiera estás mirando adónde va la pelota. E-S-E-P-B. Espera siempre el puto balón. Puede que tú seas diferente, chaval. Puede que seas la única persona del planeta que tiene ojos en el cogote. Puede que seas capaz de ver la pelota mientras parece que estás mirando en otra dirección. Es un truco de la hostia, pero no sé en qué ayuda eso a tus compañeros. Porque de eso va este deporte.
Prometheus se sentó de golpe y le pegó un puñetazo al asiento de delante que, por suerte, no estaba ocupado.
Hay dos horas entre Leicester y el este de Londres. Esperé hasta que estuvimos a mitad de camino por la M11, al norte de Harlow, para levantarme e ir a sentarme al lado del nigeriano. Olía muy fuerte a loción para después del afeitado y linimento. Estaba echando una partida de Angry Birds en su iPad Air. Llevaba unos auriculares de tapón Monster Beats cuyos brillantes cables rojos parecían hilos de sangre que le salían de las orejas y le corrían por el cuello. Y, desde luego, la fuerte vibración de los bajos parecía suficiente para reventarle los oídos a cualquiera.
Al verme, suspiró, se quitó de un tirón los auriculares como un adolescente aburrido y esperó en silencio la reprimenda que esperaba que le echara cara a cara.
—¿Sabes? La vida está llena de conflictos —empecé—. Eso es lo que la hace interesante. La gente se cabrea cada dos por tres y, dado que el fútbol es un deporte muy intenso, las broncas también lo son. Me acuerdo de cuando jugaba en el Arsenal, de un día en que Patrick Vieira, un tipo grande y capitán del equipo, me cogió por el cuello y me dijo que como no me pusiera en forma iba a tener que llamarme al orden a hostias. Y lo decía de verdad. Es senegalés y en Senegal no se hacen ese tipo de amenazas a la ligera. Si te digo la verdad, jamás he conocido a nadie que jugara mejor que él en esa posición. Tenía mucho talento, mucho más del que he tenido yo nunca. Pero no solo lo admiraba, también me daba miedo, así que el problema lo resolví yo solito. Era justo lo que necesitaba en aquel momento. Alguien como él que estuviera dispuesto a hablarme como mi hermano mayor y señalar mis defectos.
»En la vida, lo importante es que aprendamos de nuestros errores y que, después, sepamos llevarnos bien con los demás. De eso van los equipos. Son como una gran familia donde todos somos hermanos. Mucha testosterona y muchas peleas. Solo que nosotros peleamos y enseguida perdonamos los errores y equivocaciones de los demás. Porque somos hermanos.
»Cuando estábamos en Rusia dijiste que tu madre no sabía quién era tu padre. Te referiste a ti mismo como un negro bastardo. Tengo la sensación de que te lo crees. Creo que esa es la postura de la que partes. Piensas que eres alguien malo. Puede incluso que pienses que serías mejor jugador si fueras más cabrón. Pero estoy aquí para decirte que ese no es el mejor camino. No para un profesional de verdad. Yo he tenido suerte. Mi padre sigue vivo. Pero Patrick no fue tan afortunado. Sus padres se divorciaron cuando era muy joven y nunca volvió a ver a su viejo. A pesar de todo, no permitió que eso le afectara. Te lo aseguro, nunca he conocido a nadie tan disciplinado como él. Con un talento de la hostia, como ya te he dicho, pero aún con más disciplina si cabe.
»Eres uno de los futbolistas jóvenes con más talento que he conocido. Y no creo que seas ni la mitad de cabrón de lo que quieres hacernos ver. Serás un gran jugador en cualquier equipo al que quieras ir. Pero el talento no es suficiente. Vas a necesitar disciplina para sacar el mayor partido de él, como Patrick Vieira. Como nos pasa a todos, la verdad. —Asentí—. Aquí acaba la lección.
—Gracias, jefe.
Le tendí la mano.
Sonrió y me la estrechó.
—E-S-E-P-B —dijo.
Le devolví la sonrisa.
—Espera siempre el puto balón. Eso es.
14
El lunes siguiente por la mañana, el equipo voló a Atenas, donde la temperatura era tan alta como cuando había estado yo. Y los ánimos estaban aún más caldeados: los profesores estaban en huelga, los juzgados estaban en huelga, hasta los médicos estaban en huelga. Por suerte, nos habíamos traído de Londres nuestro nuevo matasanos. Se llamaba Chapman O’Hara y había ido ascendiendo por todos los niveles del departamento médico del City, que no dejaba de crecer, hasta llegar a estar a cargo de los temas de salud del equipo. También habíamos venido con Denis Abayev, nutricionista del club, y Peter Scriven, el encargado de los viajes, que había contratado un equipo de cocineros locales, todos ellos aficionados del Panathinaikos y, por lo tanto, rivales del Olympiacos, porque no se me había olvidado lo que le había pasado al Hertha en su hotel de concentración en Glifada. Lo último que quería antes de un partido de la Champions League era que mi equipo quedase mermado por una intoxicación alimentaria.
El hotel Astir Palace ocupaba una bella península sembrada de pinos en Vouliagmeni, corazón de la ribera ateniense, una media hora al sur de la ciudad de Atenas. Peter Scriven había elegido bien, pues el único acceso era por una carretera privada con una barrera de seguridad vigilada por guardias, lo que significaba que los aficionados más entusiastas del Olympiacos que quisieran acercarse a nuestro hotel a tocar el claxon no llegarían ni a acercarse. Era probable que el hotel hubiera visto días mejores. Le faltaba la clase del Grande Bretagne, por no decir las vistas históricas. La comida era sencilla, el bar resultaba un tanto pobre y, a pesar de que era numeroso, el personal era lento y abúlico. Las comodidades eran, no obstante, ideales para hospedar a un grupo de adolescentes creciditos: un bungalow individual para cada jugador, un gimnasio muy moderno y bien equipado, una bonita piscina que daba al mar y varias playas privadas. Había incluso un campo de fútbol sala. Frente al hotel había un helipuerto y un pequeño puerto deportivo desde los que el helicóptero y la lancha de lujo de Viktor no paraban de hacer viajes al The Lady Ruslana, que se encontraba anclado a unos cien metros de la costa con la proa orientada hacia el hotel. Parecía una islita de color blanco perla.
Como es evidente, el equipo tenía prohibido ir a Atenas o a Glifada para explorar la vida nocturna de la ciudad y yo mismo les había dado dinero a los guardias de la entrada para que no permitieran visitas femeninas al equipo. Antes de cenar me llevé a Bekim Develi y a Gary Ferguson a El Pireo, donde íbamos a dar una rueda de prensa en la sala de prensa del estadio Karaiskakis. Al principio, la mayoría de las preguntas complicadas las hizo la prensa inglesa, lo que no era de extrañar, dado que habíamos perdido 3-1 frente al Leicester. Luego, intervinieron los griegos, que tenían su propia táctica, y la situación se complicó un poco más en el momento en que alguien preguntó por qué daba la impresión de que Alemania la tenía tomada con Grecia.
—¿A qué se refiere?
—¿Por qué nos odian los alemanes?
Decidí ignorar el comportamiento de los hinchas griegos con el Hertha de Berlín y respondí que no creía que aquella afirmación fuera cierta.
—Todo lo contrario —añadí—, tengo muchísimos amigos alemanes que adoran Grecia.
—En ese caso, ¿por qué están los alemanes empeñados en crucificarnos por un préstamo del Banco Central Europeo? Ya estamos de rodillas, pero parece que quieran que nos arrastremos.
Negué con la cabeza y contesté que no estaba en El Pireo para responder a preguntas sobre política. Lo más probable es que todo hubiera acabado bien con una respuesta honesta como aquella, pero resulta que Bekim —criado en Rusia, sí, pero nacido en Turquía, ancestral enemiga de Grecia— intervino y el tema se deterioró cuando hizo algunos comentarios no muy diplomáticos acerca del gasto público del país y comentó que dudaba que fuera necesario que Grecia tuviera el mayor ejército de Europa. El hecho de que hablase griego con fluidez empeoró el asunto porque no teníamos ni idea de lo que estaba diciendo y, además, impedía que pudiéramos culpar a Ellie, nuestra intérprete, de que estuviera traduciendo mal sus respuestas. Cuando le preguntaron si le preocupaba la gran manifestación que se había convocado para la noche del partido frente al Parlamento, el ruso respondió que ya era hora de que algunos de los manifestantes invirtieran sus energías en sacar a Grecia del agujero. Es más, que también podían empezar a limpiar la ciudad que, en su opinión, estaba pidiendo a gritos que alguien se ocupara de ella.
—Habéis estado viviendo por encima de vuestras posibilidades durante casi veinte años —añadió en inglés para que lo entendieran también nuestros periodistas—. Ya va siendo hora de que paguéis la cuenta.
Varios periodistas griegos se pusieron de pie y reprendieron al futbolista, momento en que Ellie nos recomendó que lo mejor sería poner fin a la rueda de prensa.
De vuelta al hotel, me maldije a mí mismo por haber llevado al ruso a la rueda de prensa.
—La primera vez puede parecer desafortunado —dije—, pero, la segunda, empieza a dar la sensación de que no estoy teniendo el más mínimo cuidado.
—Lo siento, jefe. No quería causarte problemas.
—Pero ¿es que te ha poseído el diablo? Joder, bastante chungos son ya sus hinchas cuando el partido es amistoso. Has conseguido que mañana se vayan a emplear a fondo.
—Ya iba a ser duro de todas formas —observó—. Eso lo sabemos todos. Sus aficionados son unos hijos de puta y nada de lo que yo diga va a empeorar su manera de comportarse. Además, tampoco he dicho nada que no sepan.
—Somos un equipo de fútbol, no un grupo de presión. No tuviste suficiente con dar por el culo a los rusos cuando estuvimos allí, y ahora les tienes que meter el dedo en el ojo a los griegos. Pero ¿qué te pasa?
—Me encanta este país y odio ver lo que le están haciendo. Grecia es maravillosa y le están dando por el culo una panda de anarquistas y comunistas.
Se encogió de hombros y se puso a mirar por la ventanilla del coche las paredes llenas de pintadas, las tiendas y las oficinas abandonadas, los montones de basura sin recoger, las carreteras llenas de baches, los mendigos y los limpiacristales de los semáforos y sentados en la hierba que crecía junto a las aceras. Puede que Grecia fuera un país maravilloso, pero Atenas era un asco.
—Me encanta —susurró—. De verdad.
—Pues no entiendo por qué, joder —comentó Gary—. Mira cómo está todo. Solo hay putos borrachos y gorrones sociales. Nunca lo habría creído si no lo hubiera visto con mis propios ojos. Dios, y mira que he vivido épocas complicadas en mis tiempos, pero Atenas... Joder, Bekim, ¿cómo se puede decir que esto es una capital? Pero si Toxteth está en mejor estado que la puta Atenas.
—Oye, jefe, tengo una idea —empezó a decir Bekim entre risas—. Después del partido, ¿por qué no dejas que sea Gary quien responda en la rueda de prensa?
15
A la mañana siguiente, antes del desayuno y mientras la temperatura aún estaba a poco más de veinte grados, hicimos una sesión de entrenamiento ligera. Apilion estaba en Koropi, al norte, a veinte minutos en autobús del hotel y en una amplia explanada de una zona muy rural en la falda del monte Himeto, que se eleva unos mil metros sobre el límite occidental de la ciudad de Atenas. En la Antigüedad, en su cima había un santuario a Zeus pero, hoy en día, no hay más que un repetidor de televisión, una base militar y una vista de la capital que solo puede mejorarse desde la ventanilla de un avión.
Una bandera verde con un trébol blanco dejaba claro que Apilion eran los terrenos donde se entrenaba el Panathinaikos. Como el sitio estaba rodeado de olivos y almendros, de cactus llenos de brevas, de orquídeas salvajes y de rebaños de ovejas y cabras de pelo desigual, el aire era limpio y puro, en contraposición a la congestionada atmósfera de El Pireo y del centro de Atenas. De vez en cuando, uno de los granjeros de la zona le descerrajaba un escopetazo a algún pájaro, lo que hacía que salieran todos volando como un puñado de semillas y que nuestros jugadores, muy urbanitas, se llevaran un susto. A pesar de eso y de la presencia de varios periodistas acampados a lo largo de la valla exterior —cuidadosamente tapada—, Apilion parecía un remanso de paz. Para los del Panathinaikos todas las atenciones eran pocas, dado que, por lo que a ellos respectaba, tenían que hacer todo lo posible por ayudarnos a que les diéramos una buena paliza al equipo con el que mantenían su antigua y particular rivalidad: el Olympiacos. El fútbol es así. Tu enemigo es mi amigo. No basta con que a tu equipo le vaya bien, toda victoria es mayor si el rival pincha, sin que importe contra quién haya jugado. El Panathinaikos habría apoyado a un equipo de las Waffen-SS si se enfrentara a los rojiblancos de El Pireo.
—Hostia puta —exclamó Simon Page cuando vio la bandera al bajar del autobús—. ¿Es que estamos en la puta Irlanda o qué? —Luego, les dio unas palmadas a los jugadores y les gritó—: ¡Venga, rápido, al campo de entrenamiento! ¡Y mirad dónde pisáis, a ver si vais a aplastar algún trébol de cuatro hojas! ¡Tengo la sensación de que vamos a necesitar toda la suerte del mundo!
Y no podía quitarle la razón, dado que O’Hara, el nuevo médico del club, había tenido que volver a Londres porque su esposa se había puesto enferma. Antonis Venizelos, nuestro enlace con el Panathinaikos, seguía buscándonos un médico por si acaso teníamos una emergencia.
—La huelga de doctores no nos lo va a poner fácil —me comentó un poco más tarde—. Hasta los que no están empleados en la sanidad pública son reacios a trabajar hoy. Se han aplazado operaciones, se han enviado pacientes a sus casas... Pero no se preocupe, señor Manson, que el Karaiskakis está al lado del Metropolitan, un hospital privado. Y aunque esté en El Pireo, es muy buen hospital.
Encendió un cigarrillo mentolado, momento en que me fijé en que tenía las manos más peludas que había visto jamás, y se quedó mirando el Himeto.
—Tengo otra noticia que podría tener mucha relevancia de cara al partido.
—¿Ah, sí? ¿Cuál?
—Hace un rato me han llamado por teléfono para comunicarme que a los jugadores del Olympiacos les han pagado hoy, todo. Eso los pondrá de muy buen humor, así que supongo que esta noche se emplearán al máximo.
—¿Cuándo suelen pagarles por lo general?
—Hacía dos o tres meses que esos bastardos estadounidenses no cobraban.
—Hostia puta.
Antonis sonrió y se metió a la boca unas semillas que masticaba como si fueran chicle y que le endulzaban el aliento. Era atractivo y tenía en la frente una cicatriz del tamaño de la de Alan Hansen que le surcaba la ceja izquierda como si fuera el riel de un tranvía y que le daba cierto aspecto de cíclope.
—Ya lo puede decir. La situación es un infierno para todos. Al menos, aquí. Todo lo que sucede en este país es diferente de cómo sucede en los demás. Eso no lo olvide. A sus chicos les pagan a final de mes, ¿no? Como a todo el mundo en Inglaterra. En Grecia, en cambio, final de mes o el día de paga puede ser varias semanas después, o incluso más. No sé si me entiende. Hace meses que no pagan a nuestros profesores universitarios.
—No me imagino a los míos trabajando mucho tiempo si no se les pagase. —En ese momento, Simon y algunos de los jugadores volvieron al autobús—. Funcionan con monedas, como casi todo en el fútbol inglés ahora mismo.
—Ya te digo —gruñó Simon.
—Hay griegos que, en ocasiones, trabajan durante meses sin que les paguen y, al cabo del tiempo, resulta que el dueño se ve obligado a cerrar y no tiene dinero para pagarles. En Grecia, que te paguen lo que te corresponde es como que te toque la lotería.
—¿Por qué les ha llamado «bastardos estadounidenses»? —le pregunté.
Soltó una risita.
—Porque los buques de guerra norteamericanos solían amarrar en El Pireo. Cuando las tripulaciones bajaban a tierra se acostaban con las putas del puerto, y por eso decimos de ellos que son hijos de puta o bastardos estadounidenses. Aunque, a decir verdad, todas las mujeres de El Pireo son putas. Pero no es cosa nuestra, ¿eh? En Grecia, todos odian al Olympiacos. Son un puñado de tramposos y mentirosos. —Se encogió de hombros—. Créanme, ellos dicen cosas mucho peores de nosotros.
—Pues parece difícil —comentó Simon—. ¿Qué es lo que dicen?
Sacudió la cabeza, como queriendo decir que no había que tener en cuenta lo que opinaran los de El Pireo.
—Creen que, como nosotros somos atenienses, nos creemos mejores que ellos. Que somos unos esnobs. Como es evidente, con ellos nos comportamos así. Nos llaman lagoi, conejos, porque dicen que huimos de los enfrentamientos. Ya les gustaría a ellos. Y no me sorprende, porque son una panda de gavroi. —Sonrió—. El gavroi es un pececillo que hay en los puertos y que se come la mierda de los barcos que hay atracados en él.
Simon y yo nos miramos, sorprendidos por la enemistad que mostraba una persona que, por lo demás, parecía de lo más civilizada y sofisticada. Con solo mirar al gigante de Yorkshire, sabía qué estaba pensando. Lo había dicho en multitud de ocasiones desde que habíamos llegado a Atenas: «Putos griegos. Ellos mismos son su peor enemigo. Estos cabrones me darían pena si no fueran tan jodidamente bolcheviques».
—Pero son buenos futbolistas —fue lo que dijo Simon—. ¿Cuántas veces han ganado la Copa griega? Treinta y seis, ¿no? Y este año habrían vuelto a ganar la Liga de no ser por todos los puntos que le quitó la Federación Helénica de Fútbol, que, de hecho, es por lo que tenemos que enfrentarnos a ellos en la ronda clasificatoria.
Antonis hizo una mueca y miró hacia otro lado.
—A cualquiera se le puede enseñar a jugar al fútbol —respondió—. Incluso a unos malakas de El Pireo. Por eso hacen trampas. Puede que partan ustedes como favoritos en este partido, pero no subestimen la de trucos sucios de los que son capaces esos gavroi. Esta noche no van a enfrentarse a once. Serán dieciséis, si incluyen los cinco árbitros del partido. Y el público, claro está. Y no olviden a los que llaman Leyenda. Son como otro jugador, y uno de lo más sucio. Esta noche no encontrarán nada amistoso en el estadio. Y olviden todos esos ideales ingleses acerca del fútbol bonito. En Grecia el fútbol no es bonito. Nada lo es. Aquí solo hay ira. —Asintió—. Eso es lo único que tenemos aquí de sobra.
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