Kitabı oku: «Oro y ceniza»
Título original: Iron gold
© Pierce Brown, 2018.
© de la traducción: Ana Isabel Sánchez Díez, 2018.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO297
ISBN: 9788427214798
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
DRAMATIS PERSONAE
LA CAÍDA DE MERCURIO
PRIMERA PARTE. VIENTO
1. DARROW
2. DARROW
3. DARROW
4. LIRIA
5. LIRIA
6. EFRAÍN
7. EFRAÍN
8. LISANDRO
9. LISANDRO
10. DARROW
11. DARROW
12. LIRIA
13. LIRIA
14. EFRAÍN
15. LISANDRO
16. DARROW
17. LIRIA
18. EFRAÍN
19. EFRAÍN
20. LISANDRO
21. DARROW
SEGUNDA PARTE. SOMBRA
22. LISANDRO
23. LIRIA
24. EFRAÍN
25. LISANDRO
26. LISANDRO
27. DARROW
28. DARROW
29. LYRIA
30. DARROW
31. EFRAÍN
32. LISANDRO
33. LISANDRO
34. DARROW
35. UNA LÁGRIMA EN LA PUERTA
36. CENA CON DRAGONES
37. LISANDRO
38. LISANDRO
39. EFRAÍN
TERCERA PARTE. POLVO
40. LISANDRO
41. LISANDRO
42. EFRAÍN
43. LIRIA
44. LIRIA
45. DARROW
46. DARROW
47. LISANDRO
48. LISANDRO
49. LIRIA
50. LIRIA
51. EFRAÍN
52. DARROW
53. DARROW
54. DARROW
55. LISANDRO
56. LISANDRO
57. EFRAÍN
58. EFRAÍN
59. LIRIA
60. DARROW
61. LISANDRO
62. LISANDRO
63. LISANDRO
64. EFRAÍN
65. DARROW
AGRADECIMIENTOS
A LOS AULLADORES


DRAMATIS PERSONAE
ROJOS
DARROW DE LICO/SEGADOR: archiemperador de la República, marido de Virginia.
RHONNA: sobrina de Darrow.
LIRIA DE LAGALOS: roja gamma.
DANCER, SENADOR O’FARAN: senador de la República, teniente de Ares.
DANO: colega de Efraín.
DORADOS
VIRGINIA AU AUGUSTO/MUSTANG: soberana reinante de la República, esposa de Darrow, madre de Pax.
PAX: hijo de Darrow y Virginia.
MAGNUS AU GRIMMUS/SEÑOR DE LA CENIZA: antiguo archiemperador de Octavia.
ATALANTIA AU GRIMMUS: hija del Señor de la Ceniza.
CASIO AU BELONA: antiguo Caballero de la Mañana, guardián de Lisandro.
LISANDRO AU LUNE: nieto de Octavia, la anterior soberana; heredero de la Casa de Lune.
SEVRO AU BARCA/TRASGO: Aullador, marido de Victra.
VICTRA AU BARCA: esposa de Sevro, Victra au Julii de soltera.
ELECTRA AU BARCA: hija de Sevro y Victra.
KAVAX AU TELEMANUS: cabeza de la Casa de Telemanus, padre de Daxo.
NÍOBE AU TELEMANUS: esposa de Kavax.
DAXO AU TELEMANUS: heredero e hijo de Kavax.
THRAXA AU TELEMANUS: hija de Kavax y Níobe.
RÓMULO AU RAA: cabeza de la Casa de Raa, Señor del Polvo, soberano del Dominio del Confín.
DIDO AU RAA: esposa de Rómulo, Dido au Saud de soltera.
SERAFINA AU RAA: hija de Rómulo y Dido.
DIOMEDES AU RAA/CABALLERO DE LA TORMENTA: hijo de Rómulo y Dido.
MARIO AU RAA: cuestor, hijo de Rómulo y Dido.
APOLONIO AU VALII-RATH/MINOTAURO: heredero de la Casa de ValiiRath.
TARSO AU VALII-RATH: hermano de Apolonio.
ALEXANDAR AU ARCOS: nieto mayor de Lorn, Aullador.
VANDROS: Aullador.
PAYASO: Aullador.
GUIJARRO: Aullador.
OTROS COLORES
HOLIDAY TI NAKAMURA: legionaria, hermana de Trigg, gris.
EFRAÍN TI HORN: trabajador por cuenta propia, antiguo Hijo de Ares.
SEFI: reina de los valquirios, hermana de Ragnar, obsidiana.
WULFGAR EL DIENTE BLANCO: archiguardián de la República, obsidiano.
VOLGA FJORGAN: colega de Efraín, obsidiana.
QUICKSILVER/REGULUS AG SOL: el hombre más rico de la República, plateado.
PITA: piloto azul, compañera de Casio y Lisandro.
CIRA SI LAMENSIS: cerrajera, colega de Efraín, verde.
PUBLIO CU CARAVAL: tribuno cobre, líder del bloque cobre, cobre.
MICKEY: tallista, violeta.
LA CAÍDA DE MERCURIO
LA FURIA
Espera a que el cielo caiga, callada, inmóvil sobre una isla de roca volcánica en medio de un mar negro. La larga noche sin luna bosteza ante ella. Los únicos ruidos, el batir del estandarte de guerra que su amante sujeta con una mano y el de las olas cálidas que le lamen las botas de acero. Tiene el corazón apesadumbrado. Y el alma furiosa. A su espalda descuellan los Marcados como Únicos. Las gotas de sal rocían los blasones de sus familias: centauros esmeralda, águilas que gritan, esfinges doradas y la calavera coronada de la lúgubre casa de su padre. Su mirada de ojos dorados se alza hacia los cielos. A la espera. El agua avanza. Retrocede. El pulso de su silencio.
LA CIUDAD
Tyche, la joya de Mercurio, se encoge asustada entre las montañas y el sol. Sus célebres chapiteles de cristal y piedra caliza están oscuros. El puente de los Ancestros está desierto. Aquí, cuando era joven, Lorn au Arcos lloró cuando vio el planeta mensajero al anochecer por primera vez. Ahora la basura recorre sus calles, impulsada por un salobre viento estival. Ya no se oyen los gritos de los pescaderos en el muelle. Ya no se oye el golpeteo de los pies de los transeúntes sobre los adoquines, ni el estruendo de los transportes aéreos, ni las carcajadas de los niños de colores inferiores que saltan desde los puentes hasta las olas en los abrasadores días de verano en los que los vientos del mar Trasmio no se mueven. La ciudad guarda silencio, sus habitantes adinerados ya se han marchado a refugios en montañas desiertas o a búnkeres del gobierno, sus soldados están apostados en las azoteas observando el cielo, sus pobres han puesto rumbo al desierto o a las islas Ismere en barcos cargados hasta los topes.
Pero la ciudad no está vacía.
Los sistemas de transporte público que circulan bajo las olas van atestados de multitudes apiñadas. Y en la ventana del piso superior de un complejo de apartamentos situado en los horribles arrabales de la ciudad, lejos del agua, donde almacenan a los pobres, una niñita con ojos de naranja empaña el cristal con su aliento. El cielo nocturno destella. Se ilumina y resplandece con chorros de luz como los fuegos artificiales que su hermano compra a veces en la tienda de la esquina. Le han dicho que ahí arriba se está disputando una batalla entre grandes flotas. Ella nunca ha visto un crucero estelar. Su madre está enferma, postrada en la cama del dormitorio, incapacitada para viajar. Su padre, que construye piezas para motores, está sentado a la pequeña mesa de plástico del comedor con sus hijos varones, sabedor de que no puede protegerlos. La holopantalla los baña en una luz pálida. Los programas de noticias gubernamentales les dicen que busquen refugio. La niña lleva en el bolsillo un trozo de papel doblado que encontró en una alcantarilla. En el papel hay una pequeña espada curvada. Ella ya la había visto antes en el cubo. Sus profesores de la escuela del gobierno dicen que esa espada es la portadora del caos. De la guerra. Que ha prendido fuego a las esferas. Pero ahora, en secreto, ella dibuja la hoja en el vaho que su respiración ha formado en la ventana, y se siente valiente.
Entonces comienzan a caer las bombas.
LAS BOMBAS
Proceden de bombarderos de órbita alta y clase Thor pilotados por los campesinos de la Tierra y los mineros de Marte que conforman el Duodécimo Escuadrón del Sol. Los han cubierto de palabrotas, oraciones, dragones tribales y guadañas curvadas pintadas con aerosoles. Bajan en picado entre las nubes y caen sobre el mar a mayor velocidad que su propio sonido. Los colores libres fabrican sus chips de teledirección en Fobos. Los emprendedores del Cinturón extraen y funden su acero. Sus motores de propulsión por iones llevan el sello del talón alado de una empresa que produce equipos electrónicos de consumo, artículos de tocador y armas. Bajan cada vez más para avanzar sin proyectar ninguna sombra sobre el desierto, y luego sobre el mar, cargando con el peso del imperio más reciente bajo el sol.
La primera bomba destruye el Palacio de Justicia de la isla Vespasiana de Tyche. Después se adentra cien metros en la tierra antes de detonar junto a un búnker enterrado a esa altura y de acabar con todos sus ocupantes. La segunda aterriza en el mar, a quince kilómetros de una flota de refugiados, y allí hunde un buque de guerra de la Sociedad que se ocultaba bajo las olas. La tercera vuela sobre una cordillera montañosa al norte de Tyche cuando recibe el impacto de una ráfaga de cañón de riel disparada desde una instalación de defensa por un adolescente gris con cicatrices de acné y el colgante de una novia en torno al cuello. Se desvía de su trayectoria y chisporrotea por el cielo antes de caer al suelo.
Detona a las afueras de la ciudad, lejos del agua, donde convierte en polvo cuatro bloques de apartamentos.
EL SEGADOR
En silencio, permanece encerrado entre metal asesino, en el vientre de un crucero estelar llamado Estrella de la Mañana. El miedo lo devora como ya lo ha hecho tantas veces. Los únicos ruidos son el zumbido de la unidad de filtración de aire de su armadura y el parloteo radiofónico de hombres y mujeres distantes. A su alrededor yacen sus amigos, envueltos también en metal. A la espera. Ojos de rojos, de dorados, de grises, de obsidianos. Llevan cabezas de lobo grabadas en las hombreras de la armadura. Tatuajes en el cuello y los brazos. Salvajes destructores de imperios procedentes de Marte, de la Luna, de la Tierra. Más allá vuelan naves con nombres como Espíritu de Lico, Esperanza de Tinos y Eco de Ragnar. Están pintadas de blanco y las gobierna una mujer con la piel oscura como el ónice. La soberana del León dijo que el blanco era por la primavera. Por un comienzo nuevo. Pero las naves están manchadas. Sucias de hollín, de heridas remendadas y de paneles desparejados. Acabaron con la Armada de la Espada y el mártir Fabii. Conquistaron el corazón del imperio dorado. Batallaron hasta obligar al Señor de la Ceniza a retirarse al Núcleo y han mantenido a raya a los dragones del Confín.
¿Cómo iban a permanecer limpias?
Solo en su armadura, esperando a caer desde el cielo, recuerda a la chica que lo inició todo. Recuerda cómo le caía el pelo rojo sobre los ojos. Cómo le bailaba la boca con la risa. Cómo respiraba cuando se tumbaba sobre él, tan cálida y tan frágil en un mundo a todas luces demasiado frío. Lleva muerta más tiempo del que estuvo viva. Y ahora que su sueño se ha propagado, se plantea si ella lo reconocería. Y también se plantea si él reconocería el eco de su propia vida si estuviera a punto de morir hoy mismo. ¿En qué tipo de hombre se transformaría su hijo en este mundo que él ha creado? Piensa en la cara de su hijo y en lo poco que tardará en convertirse en un hombre. Y piensa en su esposa dorada. En cómo lo miró desde la plataforma de aterrizaje, preguntándose si su marido volvería a casa en algún momento.
Quiere que esto termine, más que nada en el mundo.
Entonces la máquina lo engancha.
Nota el tirón en el cuerpo. El retumbar de su corazón. Las risotadas desquiciadas del Trasgo y los aullidos de sus amigos mientras tratan de olvidarse de sus hijos, de sus amores, y ser valientes. Una náusea le sube desde las tripas cuando los raíles magnéticos se cargan a su espalda. Con un estremecimiento de metal, lo propulsan a través del tubo de lanzamiento, a seis veces la velocidad del sonido, hasta el silencio del espacio.
Los hombres lo llaman padre, liberador, caudillo, rey de los esclavos, Segador. Pero él se siente como un niño mientras cae hacia un planeta desgarrado por la guerra, con su armadura roja, su vasto ejército, su corazón apesadumbrado.
Es el décimo año de la guerra y el trigésimo tercero de su vida.

PRIMERA PARTE
VIENTO
En esta tierra hay un pobre y ciego Sansón,
privado de fuerzas, cautivo con cadenas,
que podría alzar la mano, por diversión,
y del bienestar común batir las columnas,
hasta que el gran templo de nuestras libertades
yazga en una informe masa de calamidades.
HENRY WADSWORTH LONGFELLOW
1
DARROW
Héroe de la República
Agotado, camino sobre flores a la cabeza de un ejército. Los pétalos alfombran la última parte del sendero de piedra que se extiende ante mí. Los niños las lanzan desde las ventanas y las hojas giran perezosas desde las torres de acero que se alzan a ambos lados del bulevar Luna. En el cielo, el sol muere su muerte larga, de una semana, y tiñe de tonos sangrientos las nubes hechas jirones y al público allí reunido. Las olas de humanidad rompen contra las barricadas de seguridad, asedian nuestro desfile mientras los guardias de la Ciudad de Hiperión, con sus uniformes grises y sus boinas de color turquesa, vigilan la ruta y devuelven a los juerguistas borrachos hacia la multitud a base de empujones. Tras ellos, las unidades antiterroristas rondan acera arriba y abajo, escaneando iris con sus gafas como de ojos de mosca y con las manos apoyadas en sus armas energéticas.
Recorro a la multitud con la mirada.
Después de diez años de guerra, ya no creo en los momentos de paz.
Es un mar de colores que bordea los doce kilómetros de la Vía Triumphia. Construida hace cientos de años por mi pueblo, los esclavos rojos de los dorados, la Vía Triumphia es la avenida en la que los conquistadores que sometieron la Tierra celebraban sus desfiles a medida que iban reclamando continente tras continente. Una vez, aquellos asesinos altivos, con ojos de oro y amenazas arrogantes, consagraron estas mismas piedras. Ahora, casi un milenio más tarde, mancillamos el blanco mármol sagrado de la Vía Triumphia honrando a liberadores de ojos de azabache y ceniza, óxido y tierra.
Una vez, esto me habría llenado de orgullo. Muchedumbres exultantes celebrando el regreso de las Legiones Libres tras derrotar a otra de las amenazas contra nuestra República casi recién nacida. Pero hoy veo holocarteles de mi cabeza tocada con una corona ensangrentada, oigo los vítores del Vox Populi mientras ondean blasones engalanados con su pirámide invertida, y no siento nada salvo el peso de una guerra interminable y un ansia desesperada de volver a abrazar a mi familia. Hace un año que no veo a mi esposa y a mi hijo. Tras la larga travesía de regreso desde Mercurio, lo único que quiero es estar con ellos, desplomarme sobre una cama y dormir sin soñar durante un mes.
La última fase de mi viaje de regreso a casa se despliega ante mí. Cuando la Vía Triumphia se ensancha y desemboca en las escaleras que suben hasta el Nuevo Foro, me enfrento a una última cumbre.
Rostros ebrios de alegría y nuevos licores comerciales me miran boquiabiertos cuando llego a los escalones. Manos pegajosas de dulces se agitan en el aire. Y lenguas, sueltas a cuenta de esos mismos licores comerciales y delicias, vociferan, gritan mi nombre o lo calumnian. No el nombre que me puso mi madre, sino el nombre que han forjado mis hazañas. El nombre que los Marcados como Únicos ahora susurran como una maldición.
«Segador, Segador, Segador», gritan, pero no al unísono, sino frenéticos. Es un clamor sofocante, que aprieta con una mano de mil millones de dedos: siento a mi alrededor la opresión de todas las esperanzas, todos los sueños, todo el dolor. Pero tan cerca del final, sigo poniendo un pie detrás de otro. Comienzo a subir las escaleras.
Clac.
Mis botas de metal se clavan en la piedra con el peso de la pérdida: Eo, Ragnar, Fitchner y todos los demás que han luchado y caído a mi lado mientras, por algún motivo, yo he conservado la vida.
Soy alto y corpulento. Más fornido a los treinta y tres años de lo que lo era de joven. Mi complexión y mis movimientos son más fuertes y brutales. Nací rojo, me hicieron dorado. He conservado lo que Mickey el tallista me dio. Estos ojos y este pelo dorados me parecen más míos que los de aquel muchacho que vivía en las minas de Lico. Aquel chico creció, amó y excavó la tierra, pero perdió tanto que a menudo da la sensación de que le ocurrió a otra persona.
Clac. Otro paso.
A veces me da miedo que esta guerra esté matando a ese chico que llevo dentro. Anhelo recordarlo, recordar su corazón puro, limpio. Olvidar esta ciudad lunar, esta Guerra Solar, y regresar al vientre del planeta que me dio a luz antes de que el muchacho de mi interior muera para siempre. Antes de que mi hijo pierda la oportunidad de llegar a conocerlo. Pero, al parecer, los mundos tienen sus propios planes.
Clac.
Siento el peso del caos que he desencadenado: hambrunas y genocidio en Marte, piratería obsidiana en el Cinturón, terrorismo, enfermedades y trastornos relacionados con la radiación en los escalafones más bajo de la Luna y los doscientos millones de vidas perdidas en mi guerra.
Me obligo a sonreír. Hoy es el cuarto Día de la Liberación. Tras dos años de asedio, Mercurio se ha sumado a los mundos libres de la Luna, la Tierra y Marte. Los bares están abiertos. Ciudadanos exhaustos de guerra merodean por las calles buscando un motivo de celebración. Los fuegos artificiales estallan y resplandecen en el cielo, los lanzan tanto desde las azoteas de los rascacielos como desde las de los bloques de apartamentos.
Con nuestra victoria en el planeta más cercano al sol, hemos forzado al Señor de la Ceniza a retroceder hasta su último bastión, Venus, el planeta fortaleza, donde su flota maltrecha defiende sus valiosos muelles y a los partidarios del régimen que quedan. Yo he vuelto a casa para convencer al Senado de que requisen naves y hombres de la República, esquilmada por la guerra, para realizar una última campaña. Una última ofensiva contra Venus para poner fin a esta maldita guerra. Para que pueda soltar la espada e irme a casa con mi familia de una vez por todas.
Clac.
Me tomo un momento para mirar mi espalda. Al pie de la escalera aguarda mi Séptima Legión, o lo que queda de ella. Veintiocho mil hombres y mujeres donde una vez hubo cincuenta. Descansan en un orden relajado en torno a la estrella de marfil con catorce puntas y un pegaso al galope en el centro que sujeta en alto la famosa Thraxa au Telemanus. El Martillo. Tras perder el brazo izquierdo bajo el filo de Atalantia au Grimmus, hizo que se lo reemplazaran con el prototipo de una extremidad de metal de Industrias Sol. Su salvaje melena dorada aletea a su espalda, adornada con las plumas blancas que le han regalado sus admiradores obsidianos.
Es una mujer robusta, de unos treinta y cinco años, con los muslos tan gruesos como barriles de agua y una cara hosca, pecosa. Sonríe por encima de los hombros de los obsidianos y dorados que la rodean. Los pilotos azules, rojos y naranjas saludan a la multitud. Los rojos, grises y marrones de la infantería ríen cuando rosas y rojos jóvenes y guapos se cuelan por debajo de las barreras y corren a colgarles collares de flores en torno al cuello, a soltarles botellas de licor en las manos y besos en la boca. Son la única legión completa del desfile de hoy. El resto permanece en Mercurio con Orión y Hárnaso, combatiendo contra las legiones del Señor de la Ceniza que se quedaron allí varadas cuando su flota se retiró.
Clac.
—Recuerda que no eres más que un mortal —me dice al oído la voz aburrida de Sevro cuando Wulfgar, con su pelo blanco, y los Guardianes de la República bajan para recibirnos a medio camino de las escaleras de subida al Foro. Sevro me olisquea el cuello y emite un gruñido de asco—. Por Júpiter. Apestas. ¿Te has untado en pis para la ocasión?
—Es colonia —respondo—. Mustang me la compró para el último Solsticio.
Se queda callado un instante.
—¿Está hecha de pis?
Lo miro con el ceño fruncido y arrugo la nariz ante el intenso tufo a alcohol de su aliento. Observo la capa de lobo harapienta que lleva sobre la armadura ceremonial. Asegura que no la ha lavado desde el Instituto.
—¿Y tú pretendes darme lecciones sobre malos olores? Cállate de una vez y compórtate como un emperador —le espeto con una amplia sonrisa.
Con un bufido, retrocede hasta donde se encuentra la legendaria obsidiana Sefi Volarus, sumida en su habitual silencio. Sevro finge encontrarse a gusto, pero, al lado de la gigantesca mujer, recuerda un poco a ese perro de las alcantarillas que un padre alcohólico podría tener el desacierto de llevarse a casa para que juegue con los niños: limpio y sin pulgas, pero aun así con esa mirada de enajenación en los ojos. Esquelético, con los labios finos y una nariz retorcida como los dedos de un viejo navajero. Contempla a la multitud con aversión resignada.
Tras él avanza a grandes zancadas la manada de Aulladores mugrientos que se llevó a Mercurio con nosotros. Mis guardaespaldas, ahora borrachos como galanes en las Laureales de Lico. Stalwart Holiday, la mujer de nariz chata, camina en el centro del grupo haciendo cuanto puede por mantenerlos a raya.
Antes eran más. Muchos más.
Sonrió mientras Wulfgar baja las escaleras a mi encuentro. Es uno de los hijos favoritos del Amanecer, un obsidiano como la raíz de un árbol, nudoso y estrecho. Toda su armadura es de color azul pálido. Tiene poco más de cuarenta años. Su rostro es tan anguloso como el de un ave rapaz, y lleva la barba trenzada como la de su héroe, Ragnar.
Wulfgar fue uno de los obsidianos que luchó junto a Ragnar en las murallas de Agea, y también estaba con los Hijos de Ares que me liberaron del Chacal en Ática. Ahora es el archiguardián de la República y me sonríe desde el escalón superior. Los ojos negros se le arrugan en la comisura.
—Hail libertas —saludo también sonriendo.
—Hail libertas —repite él.
—Wulfgar. Qué casualidad encontrarte aquí. Te has perdido la Lluvia —le digo.
—Bueno, es que no esperaste a que volviera, ¿eh? —Chasquea la lengua—. Mis hijos me preguntarán que dónde estaba cuando la Lluvia cayó sobre Mercurio, y ¿sabes qué tendré que contestarles? —Se inclina hacia mí con aire conspiratorio—. Estaba plantando un pino, limpiándome el culo cuando me enteré de que Barca había tomado el monte Caloris.
Suelta una carcajada.
—Te dije que no te marcharas —interviene Sevro—. Te advertí que te perderías toda la diversión. Deberías haber visto la ruta de los cenizos. Rastros de pis hasta llegar a Venus. Te habría encantado.
Sevro le dedica una enorme sonrisa al obsidiano. Fue él quien le puso un filo en la mano a Wulfgar en el lodo fluvial de Agea. Ahora Wulfgar ya tiene su propio filo, con una empuñadura hecha del colmillo de un dragón de hielo del Polo Sur terrestre.
—Si el Senado no me hubiera convocado, mi hoja habría cantado ese día —dice.
Sevro hace una mueca desdén.
—Claro. Volviste a casa corriendo como un buen perrito.
—¿Un perro? Soy un servidor del Pueblo, amigo mío. Como todos nosotros.
Me lanza una mirada levemente acusatoria y comprendo el verdadero significado de sus palabras. Wulfgar es un auténtico creyente, como todos los guardianes. No en mí, sino en la República, en los principios que esta representa, y en las órdenes que da el Senado. Dos días antes de la Lluvia de Hierro sobre Mercurio, el Senado, encabezado por mi viejo amigo Dancer, votó en contra de mi propuesta. Me dijeron que mantuviera el asedio. Que no desperdiciara hombres, recursos, en un ataque.
Desobedecí y dejé que la Lluvia cayera.
Ahora un millón de mis hombres yacen en las arenas de Mercurio y nosotros tenemos nuestro Día de la Liberación.
Si Wulfgar hubiera estado conmigo en Mercurio, no se habría sumado a nuestra Lluvia en contra de la autorización del Senado. De hecho, podría haber intentado detenerme. Es uno de los pocos hombres con vida que podría haberlo conseguido. Al menos durante un tiempo.
Saluda a Sefi con un gesto de la cabeza.
—Njar ga hae, svester.
Una traducción aproximada del nagal sería «Respeto para ti, hermana».
—Niar ga hir, druder —contesta ella.
No se han perdido el cariño. Tienen prioridades diferentes.
—Vuestras armas.
Wulfgar señala mi filo.
Sefi y yo entregamos nuestras armas a sus guardianes. Mascullando casi para sí, Sevro hace lo propio con la suya.
—¿Te has olvidado de tu mondadientes? —pregunta Wulfgar con la mirada clavada en la bota izquierda de Sevro.
—Yeti traidor —farfulla él, y se saca de la bota una hoja bestial tan larga como el cuerpo de un bebé.
El guardián que la recoge parece aterrorizado.
—Que la suerte de Odín te acompañe con las togas, Darrow —me dice Wulfgar cuando se aparta para que podamos retomar el ascenso—. La necesitarás.
Al final de las escaleras del Nuevo Foro, se disponen en formación los ciento cuarenta senadores de la República. Diez por cada color, todos envueltos en togas blancas que ondean mecidas por la brisa. Me observan desde lo alto como una hilera de palomas altivas sobre un cable. Rojos y dorados, enemigos mortales en el Senado, cierran sendos extremos de la fila, como si fueran sujetalibros. Dancer no está. Pero yo solo tengo ojos para la solitaria ave de presa que se alza en el centro de todas esas palomitas estúpidas, vanidosas y hambrientas de poder.
Lleva el pelo dorado bien recogido a la altura de la nuca. Su túnica es solo blanca, sin la cinta del color correspondiente que lucen los demás. Y en la mano lleva el Cetro del Amanecer: ahora un bastón de oro de múltiples tonos, de medio metro de largo, con la pirámide de la Sociedad refundida en el interior de la estrella de catorce puntas de la República en la punta. Su rostro es elegante y distante. Una nariz pequeña, ojos penetrantes detrás de unas pestañas gruesas y una sonrisa de gato travieso dibujándose en su boca. La soberana de nuestra República. Aquí, en la cúspide de las escaleras, sus ojos me libran del peso que cargaba sobre los hombros, del temor de no volver a verla que me atenazaba el corazón. A lo largo de la guerra, del espacio y de este maldito desfile, he viajado para volver a encontrarla, a mi vida, mi amor, mi hogar.
Hinco la rodilla y levanto la mirada hacia los ojos de la madre de mi hijo.
—Saludos, esposa —digo con una sonrisa.
—Saludos, marido. Bienvenido a casa.
2
DARROW
Padre
La mansión Silene, el tradicional lugar de retiro campestre de la soberana en la Luna, está situada a quinientos kilómetros al norte de Hiperión, a los pies de la cordillera Atlas, junto a un pequeño lago. El hemisferio septentrional de la luna, formado por montañas y mares, está menos poblado que el cinturón de ciudades que rodean el ecuador. A pesar de que Mustang gobierna desde el Palacio de la Luz en la Ciudadela, Silene es el verdadero hogar de mi familia, por lo menos hasta que regresemos a Marte. La casa de piedra, construida a imagen de una de las villas papales del lago Como terrestre, se erige en lo alto de una cala rocosa y baja hacia el lago por medio de unas escaleras zigzagueantes excavadas en la roca.
Aquí, las delgadas coníferas susurran a alturas cuatro veces superiores a las posibles en la Tierra. Se mecen casi doscientos metros por encima de la elevada plataforma de aterrizaje de hormigón en la que el mayordomo de la Casa de Augusto, Cedric cu Platuu, espera, junto a la Guardia del León de mi mujer, mientras nuestra lanzadera desciende. El mayordomo es un cobre menudo que nos saluda a Sevro y a mí con gran entusiasmo, realizando una profunda reverencia y un ademán ostentoso con la mano. Thraxa pasa corriendo a su lado sin decirle ni hola, ansiosa por reunirse con su madre.
—Archiemperador —dice con las mejillas rollizas ruborizadas de placer. Es un hombre bajo y rechoncho, con una complexión similar a la de una ciruela a la que, a última hora, le hubiesen añadido unos brazos y unas piernas protuberantes. La sombra de un bigote, casi tan ralo como el pelo de cobre grisáceo que tiene en la cabeza, tiembla al viento—. ¡Qué felicidad volver a verlo!
—Cedric —digo, y saludo al hombrecillo con cariño—. Me han dicho que acaba de cumplir años.
—Sí, mi señor. Setenta y uno. Aunque mantengo que deberíamos dejar de contar a los sesenta.
—Un trabajo excelente —comenta Sevro—. Está exactamente igual que un adolescente.
—¡Gracias, mi señor!
Pocas personas conocen tan bien como Cedric los secretos de la Ciudadela; era una de las joyas de la corte de la soberana. Mustang, que se formó muy buena opinión de él durante su época con Octavia, no veía necesidad alguna de deshacerse de un hombre con tantos conocimientos y tan entregado a su deber.
—¿Dónde está la comitiva de bienvenida? —pregunta Sevro, que está buscando a su esposa, Victra.
Mustang y Daxo se han quedado en Hiperión para lidiar con su alborotado Senado, pero han prometido estar de vuelta para la hora de la cena.
—Bueno, los niños acaban de regresar de una aventura de tres días —contesta Cedric—. La señora Telemanus los ha llevado a ver las ruinas de la nave USS Davy Crocket en la cordillera Atlas. ¡La del mismísimo Merrywater! Tengo entendido que se lo han pasado de maravilla con ese cacharro viejo. De maravilla. Sí. Han aprendido muchas cosas y aumentado su iniciativa individual. Tal como exigía su currículo, dominu... —A Cedric casi se le salen los ojos de las órbitas antes de autocorregirse—. Tal como exigía su currículo, señor.
—¿Mi esposa ha llegado ya? —pregunta Sevro con aspereza.
—Todavía no, señor. Su ayuda de cámara avisó de que llegarían tarde para la cena. Creo que había huelgas de trabajadores en sus almacenes de Endymion y Ciudad del Eco. No para de salir en las holonoticias.
—Ni siquiera ha estado en el Triunfo —gruñe Sevro—. Y yo estaba estupendo.
—Se lo ha perdido en su mejor momento, señor.
—Cierto. ¿Ves, Darrow? Cedric está de acuerdo conmigo.
De lo que no se ha dado cuenta es de que Cedric se ha apartado con disimulo de la odiosa peste de su capa de lobo.
—Cedric, ¿dónde está mi hijo? —pregunto.
Sonríe.
—Ya se lo puede imaginar, señor.
El ruido de unas espadas de neoplast chocando entre sí y el de varias botas sobre la piedra nos dan la bienvenida cuando entramos en la gruta de los duelos. Allí, las enredaderas trepan sobre fuentes de granito y por el húmedo suelo de piedra. Las agujas de los árboles perennes caen en forma de cúmulos desde lo alto de las copas. Y en el centro de la gruta, bajo los ojos atentos de las gárgolas que adornan las fuentes, un niño y una niña dan vueltas el uno alrededor del otro en el centro de un círculo de tiza. Los otros siete niños de su grupo los observan, acompañados por dos mujeres doradas. Sevro tira de mí hacia un lado para que sigan sin vernos, y ambos nos sentamos en el borde de una fuente de granito a mirarlos.
El niño que hay en el centro del círculo tiene diez años, es esbelto y orgulloso. Se ríe como su madre y rumia las cosas como su padre. Tiene el pelo del color de la paja, la cara redonda y sonrojada de juventud. Sus ojos, de un dorado rosáceo, arden bajo unas pestañas larguísimas. Es más alto de lo que lo recuerdo, mayor, y me parece imposible que pueda haber salido de mí. Que pueda tener pensamientos propios. Que vaya a amar, sonreír y morir como todos nosotros.
Tiene el ceño fruncido a causa de la concentración. El sudor le chorrea por la cara y le apelmaza el pelo. Su oponente le lanza una estocada oblicua a la rodilla.
La niña tiene nueve años y un rostro afilado como el de un elegante perro de presa. Electra, la mayor de las tres hijas de Sevro, es más alta que mi hijo y el doble de delgada. Pero mientras que Pax irradia una alegría interna que hace que a los adultos les brillen los ojos, la niña posee una profunda tristeza inherente. Tiene los ojos de un dorado oscuro, ocultos tras unos párpados pesados. A veces, cuando me mira, siento que me juzga con una actitud distante que me recuerda a su madre.
Sevro se inclina hacia delante, impaciente.
—Me apuesto el filo de Aja contra el yelmo de Apolonio a que mi monstruita le pega una paliza a tu chico.
—No voy a hacer apuestas con nuestros hijos —susurro indignado.
—Me juego también el anillo del Instituto de Aja.
—Ten un poco de decencia, Sevro. Son nuestros hijos.
—Y la capa de Octavia.
—Quiero el árbol de marfil de los Falce.
Sevro ahoga un grito.
—Me encanta el árbol de marfil. ¿Dónde iba a colgar si no mis trofeos?
Me encojo de hombros.
—Si no hay árbol de marfil, no hay apuesta.
—Maldito salvaje —dice al mismo tiempo que me tiende la mano para que se la estreche—. Trato hecho.
Sevro se ha convertido en todo un coleccionista y ha adquirido montones de trofeos de emperadores, caballeros y aspirantes a reyes dorados. Cuelga sus anillos, armas y blasones de las ramas del árbol de marfil que arrancó del complejo de la Casa de Falce en la Tierra y que trasladó a su casa en la Luna.
Los contemplamos mientras Electra redobla su ofensiva contra Pax. Mi hijo continúa retrocediendo, esquivando, dejando que la niña continúe estirándose para atacar. Una vez que Electra lo hace, Pax gira su filo de plástico hacia la caja torácica de la muchacha. La roza.
—¡Punto! —grita él.
—La que lleva la cuenta soy yo, Pax, no tú —dice Níobe au Telemanus. La esposa de Kavax es una mujer serena, con una indomable maraña de pelo grisáceo que parece un nido de pájaro y la piel del color de la madera de cerezo. Los tatuajes tribales de sus antepasados de la Isla Pacífica le cubren los brazos—. Tres a dos a favor de Pax.
—Cuida tu equilibrio y deja de estirarte tanto, Electra —dice Thraxa—. Te caerás si estás en una superficie inestable, como la cubierta de una nave o hielo.
Se sienta en el borde de una fuente. Parece increíble, pero ya ha conseguido encontrar un botellín de cerveza.
Con el ceño fruncido de rabia, Electra se abalanza de nuevo contra Pax. Se mueven rápido para ser niños, pero como todavía no han alcanzado la pubertad, sus movimientos aún no son elegantes. Electra finta alto y después gira la muñeca para hacer caer la espada con violencia y golpear a Pax en el hombro.
—Punto para Electra —anuncia Níobe.
Sevro tiene que reprimirse para no prorrumpir en aplausos. Pax intenta recuperarse, pero Electra lo tiene acorralado. Con tres estocadas rápidas más, le arranca el filo de la mano. Pax cae al suelo y Electra levanta su filo para golpearlo con fuerza en la cabeza.
Thraxa se adelanta y detiene la hoja a medio movimiento con su mano de metal.
—Controla ese genio, señorita.
Le vierte un poco de cerveza sobre la cabeza.
Electra la fulmina con la mirada.
Sevro ya no puede contenerse más.
—¡Mi pequeña arpía! —Se levanta del banco como una exhalación y yo lo sigo mientras cruza la gruta—. ¡Papi ha vuelto!
Una sonrisa saja el rostro arisco de Electra cuando se da la vuelta y ve a su padre. La niña echa a correr hacia él y deja que la coja en volandas. Es como si Sevro estuviera abrazando a un pez muerto. Algunos de los niños se sobresaltan y retroceden al ver a Sevro. Y cuando me ven aparecer por detrás de las enredaderas, se enderezan y hacen una reverencia de modales perfectos. Ni uno solo de los nacidos tras la caída de la Casa de Lune tiene los emblemas implantados en las manos.
Ahora los criamos en grupos de nueve, juntamos a niños de diversos colores desde el comienzo de su escolarización con la esperanza de crear los vínculos que yo encontré en el Instituto, pero sin los asesinatos ni la inanición. El mejor amigo de Pax, Baldur, un callado niño obsidiano que ya es casi tan alto como Sevro, ayuda a mi hijo a levantarse. También intenta sacudirle el polvo de la ropa a Pax antes de que este lo haga apartarse y dirija la mirada hacia nosotros.
Esperaba que echara a correr hacia mí como Electra, pero no lo hace. Y en ese instante, una agudísima punzada de dolor atraviesa mi parte más profunda. Cuando lo dejé, era un niño rebosante de una vida despreocupada, pero ahora esta vacilación, esta frialdad, pertenece al mundo de los hombres. Esquivando su grupo, avanza hacia mí con gran parsimonia y se dobla por la cintura para dedicarme una reverencia no más profunda de lo que dictan los buenos modales.
—Hola, padre.
—Hijo mío —digo con una sonrisa—. Has crecido muchísimo.
—Es lo que pasa cuando vas cumpliendo años —dice con cierta crispación.
Siempre pensé que, cuando me convirtiera en un hombre, me sentiría más seguro, pero delante de este niño me siento minúsculo. Yo perdí a mi padre por una causa. ¿He condenado a Pax a ese mismo destino?
—No suele ser tan insolente —me dice más tarde Níobe cuando termina el entrenamiento diario de los niños.
Pax se marcha rápidamente y de mal humor. Baldur se apresura a darle alcance.
—Tómate la rabia como un cumplido —masculla Thraxa—. Eso es que echa de menos a su padre. Yo me sentía igual cada vez que mi viejo se marchaba a hacerle algún recado a Augusto.
Se saca un cisco delgado del bolsillo y lo enciende con las ascuas de uno de los braseros de cobre que bordean las paredes medio desmoronadas de la gruta. Níobe se lo arranca de las manos y lo apaga en el brazo metálico de su hija.
—¿Daxo se comportó alguna vez así? —pregunto.
—¿Daxo? —Níobe se echa a reír—. Daxo nació tan estoico como una piedra.
—Conspirando desde el útero desde su concepción —farfulla Thraxa, y bebe un trago de cerveza—. Solíamos ulularle como los búhos. Siempre nos miraba a los demás desde la ventana. El hermano mayor nunca quería jugar a nuestros juegos. Solo al suyo.
—¿Y acaso tú eras un ejemplo a seguir? —le espeta Níobe—. Te comías las boñigas de las vacas.
Thraxa se encoge de hombros.
—Mejor que lo que tú cocinabas. —Se aleja del radio de alcance de su madre y se enciende un segundo cisco—. Gracias a Júpiter que teníamos marrones.
Níobe pone los ojos en blanco y me agarra del brazo.
—Esta bribona tiene razón, Darrow. Es solo que Pax te ha echado de menos. Tienes tiempo para compensarlo.
Sonrío, pero veo a Sevro alejándose hacia el agua con Electra.
—Sabes que eres la favorita de papi, ¿verdad? —le va diciendo.
Combato mis celos. Sevro siempre parece capaz de retomar las cosas justo donde las dejó con su familia. Ojalá yo tuviera ese mismo don.
Salgo a buscar a mi madre al jardín situado junto al lateral de uno de los cobertizos de piedra. Está arrodillada sobre la tierra negra con otras dos sirvientas rojas y un hombre rojo. Sus pies descalzos sobresalen a su espalda mientras siembra bulbos en hileras perfectas. Me detengo un momento en el borde del jardín para observarla, tal como solía hacer desde el hueco de la escalera de nuestra casita de Lico mientras se preparaba su té nocturno. Después de que mi padre muriera le cogí miedo. Siempre tenía un cachete o una palabra hiriente a punto. Yo creía que me merecía aquel trato. El amor que ambos nos profesábamos habría sido mucho más sencillo si de niño yo hubiera sabido que su rabia y mi miedo procedían de un dolor que ninguno de los dos nos merecíamos. Mi amor hacia ella se desborda cuando recuerdo lo que ha soportado, y durante un breve instante, ansío volver a ver a mi padre. Para que él pueda ver libre a mi madre.
—¿Vas a quedarte ahí mirando como un haragán o vas a ayudarnos a sembrar? —pregunta sin levantar la mirada.
—No tengo muy claro si sería un buen agricultor —contesto.
Se levanta con ayuda de una de sus acompañantes, se sacude la tierra de los pantalones y guarda sus aperos con calma antes de venir a saludarme. Tiene solo dieciocho años más que yo, pero le han pasado una factura durísima. Aun así, se ve a la legua que está más fuerte que cuando vivía bajo tierra. Tiene las articulaciones desgastadas por los años pasados en las minas. Pero ahora tiene las mejillas coloradas de vida. Nuestros médicos han ayudado a aliviar la mayor parte de los síntomas de la apoplejía y la enfermedad cardiaca que la desfiguraban. Sé que se siente culpable por esta vida. Por este lujo, cuando mi padre y tantos otros nos esperan en el Valle. Su trabajo en el jardín y en las tierras es una penitencia por sobrevivir.
Mi madre me abraza con fuerza.
—Hijo mío. —Inhala mi olor antes de apartarse para levantar la mirada hacia mi rostro—. Me metiste la muerte en el cuerpo cuando oí lo de esa maldita Lluvia de hierro. Nos metiste la muerte en el cuerpo a todos.
—Lo siento. No deberían haberte dicho antes que estaba desaparecido.
Asiente y no dice nada. Me doy cuenta de lo intensa que fue su preocupación. De que debieron de apiñarse en el salón, aquí o en la Ciudadela, para escuchar las holonoticias, como todos los demás. El hombre rojo avanza cojeando hasta nosotros, arrastrando tras él la pierna mala.
—Saludos, Dance —digo por encima de mi madre. Mi viejo mentor lleva ropa de trabajo en lugar de la túnica de senador. Tiene el pelo gris y un rostro de expresión paternal y arrugado por años de dureza. Pero aún queda picardía en sus ojos rebeldes—. Has dejado el Senado para dedicarte a la jardinería, ¿no?
—Soy un hombre del pueblo —contesta con un encogimiento de hombros—. Es bueno volver a tener tierra bajo las uñas. Los jardineros de ese museo que me dio el Senado no me dejan tocar ni una maldita mala hierba. Hola, Sevro.
—Político —dice Sevro, que acaba de llegar a mi lado.
Haciendo caso omiso del tono de la conversación, hace ademán de levantar a mi madre en volandas, pero ella le lanza una mirada asesina y Sevro transforma el gesto en un abrazo delicado.
—Mejor —dice ella—. La última vez estuviste a punto de partirme la cadera.
—Venga, no seas tan florecilla —masculla él.
—¿Qué has dicho?
Sevro da un paso atrás.
—Nada, señora.
—¿Qué sabes de Leanna? —pregunto.
—Están bien. Esperaba poder ir a visitarlos pronto. Y a lo mejor llevarme a Pax a Icaria en invierno. Aquí el tiempo se pone demasiado frío para estos huesos viejos.
—¿A Marte? —pregunto.
—Es su hogar —replica ella con brusquedad—. ¿Quieres que se olvide de dónde procede? Su sangre es tan roja como dorada. Aunque no es que nadie se lo recuerde, excepto yo.
Dance aparta la mirada como si quisiera darnos intimidad.
—Irá a Marte —aseguro—. Todos iremos a Marte cuando sea seguro hacerlo.
Puede que controlemos Marte, pero de ahí a que pueda considerarse un lugar pacífico va un buen trecho. El continente sirenio aún está infestado por un ejército dorado de veteranos con piel de hierro, justo igual que el campo de batalla de Pacífica del Sur, en la Tierra. Hace años que el Señor de la Ceniza no se arriesga a poner en órbita una flota grande, pero está claro que las guerras por tierra son más pertinaces que sus equivalentes astrales.
—¿Y cuando será seguro, según tu opinión? —pregunta mi madre.
—Pronto.
Ni mi madre ni Dancer quedan impresionados por mi respuesta.
—¿Y cuánto tiempo vas a quedarte aquí?
—Un mes, como mínimo. Rhonna y Kieran también vendrán, como pediste.
—Ya era hora, demonios. Pensaba que Mercurio se los había quedado.
—Victra y las niñas también vendrán a pasar unos días. Pero tengo asuntos de los que ocuparme en Hiperión a finales de semana.
—En el Senado. Vais a pedir más hombres.
Su tono de voz es tan amargo como su mirada.
Suspiro y miro a Dancer.
—¿Ahora te ha dado por contagiarle tus ideas políticas a mi madre?
Se ríe.
—No me cabe duda de que Deanna tiene su propia forma de pensar.
—Con vosotros dos al lado me quedaré sorda —dice ella.
—Tápate los oídos —sugiere Sevro—. Es lo que hago yo cuando parlotean sobre política.
Dancer resopla.
—Ojalá tu mujer hiciera lo mismo.
—Ten cuidado, chaval. Tiene oídos en todas partes. Podría estar escuchándonos ahora mismo.
—¿Por qué no has ido al Triunfo? —le pregunto a Dancer.
Esboza una mueca de desdén.
—Por favor, los dos sabemos que no tengo estómago para esas pompas. Y menos en esta maldita luna. Yo soy de tierra, aire y amigos. —Mira con agrado los árboles que nos rodean. Se le ensombrece el rostro al pensar en volver a Hiperión—. Pero debo volver a la Babilonia mecanizada. Deanna, gracias por dejarme cuidar del jardín contigo. Era justo lo que necesitaba.
—¿No te quedas a cenar? —inquiere mi madre.
—Por desgracia, hay más jardines que necesitan cuidados. Y ahora que lo menciono... Darrow, ¿podría hablar un momento contigo?
Dancer y yo dejamos a mi madre y a Sevro discutiendo por el olor de la capa de lobo y enfilamos un sendero de tierra que se adentra en la arboleda en dirección al lago. Un esquife patrulla sobrevuela la orilla opuesta.
—¿Cómo estás? —me pregunta—. Y no me sueltes esas mierdas de héroe patriótico. Recuerda que me conozco todas tus caras de póquer.
—Estoy cansado —reconozco—. Cualquiera diría que, después de un mes de viaje, habría recuperado el sueño. Pero siempre hay algo.
—¿Puedes dormir? —me pregunta.
—A veces.
—Eres un cabrón con suerte. Yo me meo en la cama —admite—. Unas dos veces al mes. Nunca recuerdo esos malditos sueños, pero está claro que mi puñetero cuerpo sí.
Estuvo en el meollo de la lucha por la liberación de Marte. Las guerras que se disputaron en los túneles fueron aun más terribles que las del boque que combatió en la Luna. Los obsidianos ni siquiera cantan canciones acerca de sus victorias en los túneles. La Guerra de las Ratas, la llaman. A lo largo de tres años Dancer liberó personalmente más de cien minas con ayuda de los Hijos de Ares. Si Fitchner es el padre del Amanecer, sería justo referirse a Dancer como su tío favorito, pese a la disolución de los Hijos de Ares.
—Puedes tomar medicamentos —sugiero—. Como la mayoría de los veteranos.
—¿Medicamentos psiquiátricos? No necesito química amarilla. Soy rojo de Faran. No tengo ni la más maldita duda de que mi ingenio es mucho más importante que una cama seca.
En eso estamos de acuerdo. A pesar de que es el principal opositor de mi esposa en el Senado, y por lo tanto el mío, sigo queriéndolo tanto como si fuera de mi familia. Dancer no abandonó las armas hasta que Marte y sus lunas fueron declarados libres. Entonces tomó la toga senatorial para fundar el Vox Populi, el «Voz del pueblo», un partido socialista de colores inferiores para contrarrestar lo que él entendía como una excesiva influencia dorada sobre la República. Cada vez que da un discurso sobre la representación proporcional es como si me saliera un maldito grano en el culo. Si se saliera con la suya, habría quinientos senadores de colores inferiores por cada uno dorado. Buena teoría. Mala práctica.
—De todas formas, debe de ser bueno sentir la hierba bajo las botas en lugar de arena y metal —dice en voz baja—. Debe de ser bueno estar en casa.
—Lo es. —Titubeo y bajo la mirada hacia la orilla rocosa que se extiende a nuestros pies—. Cada vez me resulta más difícil. Volver. Lo normal sería que me hiciera ilusión, pero... no sé. En cierto sentido me da miedo. Cada vez que Pax crece un centímetro, es como una acusación contra mí por no estar ahí para verlo. —Me tiro de un hilo suelto con impaciencia—. Y eso por no hablar de que cuanto más tiempo paso aquí, más tiempo tiene el Señor de la Ceniza para preparar Venus y más tiempo se prolonga todo esto.
Cuando menciono la guerra, se le endurece el rostro.
—¿Y cuánto tiempo crees que... se prolongará todo esto?
—Eso depende, ¿no crees? —digo—. Tú eres lo único que obstaculiza que consiga los hombres que necesito para acabar con esto.
—Tu respuesta siempre es la misma, ¿verdad? Más hombres. —Suspira—. Yo soy la boca del Vox Populi, no el cerebro.
—¿Sabes, Dancer? La humildad no es siempre una virtud.
—Desobedeciste al Senado —dice en tono neutro—. No te dimos permiso para lanzar una Lluvia de Hierro. Te aconsejamos cautela y...
—Vencí, ¿no es así?
—Esto ya no es los Hijos de Ares, por mucho que tanto a ti como a mí nos gustaría que lo fuera. Virginia y sus optimates se conformaron con dejarte pisotear el Senado, pero el pueblo está empezando a darse cuenta de la fuerza que tiene su voz. —Da un paso hacia mí—. Aun así, te veneran.
—No todos.
—Por favor. Hay sectas que rezan oraciones en tu nombre. ¿Quién más puede decir algo así?
—Ragnar. —Vacilo—. Y Lisandro au Lune.
—La línea de Silenio murió con Octavia. Fuiste idiota al dejar escapar a ese niño, pero si estuviera vivo lo sabríamos. La guerra lo engulló, al igual que al resto de los suyos. Así que solo quedas tú. El pueblo te ama, Darrow. No puedes aprovecharte de ese amor. Hagas lo que hagas, eres su ejemplo a seguir. Así que, si no obedeces la ley, ¿por qué deberían hacerlo nuestros emperadores, nuestros gobernadores? ¿Por qué debería hacerlo nadie? ¿Cómo se supone que vamos a gobernar si tú vas y haces lo que te sale de las malditas narices, como si fueras un...?
Se contiene.
—Un dorado.
—Ya sabes a qué me refiero. El Senado fue elegido. Tú no.
—Hago lo que se necesita. Tú y yo siempre hemos actuado así. Pero los demás solo hacen lo que les lleva a la reelección. ¿Por qué iba a escucharlos? —Le sonrío—. A lo mejor quieres una disculpa. ¿Conseguiría así los hombres que necesito?
—Puede que ya sea demasiado tarde para disculpas.
Enarco una ceja. Ojalá pudiera decir que su frialdad me resulta ajena, pero el vínculo que nos une nunca ha vuelto a ser el mismo desde que se enteró de cómo compré mi paz con Rómulo. Le entregué los Hijos de Ares a Rómulo. Fue a los hombres de Dancer a quienes abandoné a la muerte en el Confín. La culpa que sentí por ello definió nuestra relación durante años, me hizo desear su aprobación a la desesperada. Pensé que, si podía destruir al Señor de la Ceniza, podría enmendar el horror al que consigné a aquellos hombres y mujeres. No se ha enmendado nada. Nada se enmendará. Y me rompe el corazón saber que Dancer jamás volverá a quererme como yo lo quiero a él.
—¿Ahora nos lanzamos amenazas, Dancer? Creía que tú y yo estábamos por encima de eso. Empezamos esto juntos.
—Sí. Así fue. Te tengo tanto cariño como si fueras sangre de mi sangre. Es así desde que te conocí, cubierto de mugre, cuando apenas me llegabas a la altura de la nariz. Pero incluso tú debes seguir las leyes de la República que ayudaste a construir. Porque cuando la ley no se obedece, el terreno es fértil para los tiranos.
Suspiro.
—Ya has vuelto a leer.
—Claro que sí, maldita sea. Los dorados acapararon nuestra historia para poder fingir que les pertenecía. Es mi deber como hombre libre leer para no estar ciego, para que no me manipulen.
—Nadie te está manipulando.
Suelta un bufido de disconformidad.
—Cuando era soldado, vi a tu esposa conceder indultos a asesinos, a esclavistas, y lo aguanté porque me dijeron que era necesario para ganar la guerra. Ahora veo que nuestro pueblo vive hacinado, quince en cada habitación, comiendo restos y con un sistema sanitario andrajoso, mientras que la aristocracia de los colores superiores vive en torres, y lo aguanto porque me dicen que es necesario para ganar la guerra. Que me parta un rayo si me quedo de brazos cruzados mientras veo que otro tirano sustituye al que dejamos atrás porque es necesario para ganar la puta guerra.
—Ahórrame los discursos, tío. Mi esposa no es una tirana. Fue idea suya disminuir el poder de la soberana en el Nuevo Pacto. Fue decisión suya cederle ese poder al Senado. Ayudó a otorgarle una voz a nuestro pueblo. ¿Crees que eso era algo que le convenía? ¿Crees que una tirana haría algo así?
Me clava una mirada inclemente.
—No me refería a ella.
Entiendo.
—Me acuerdo de cuando me dijiste que era un buen hombre que tendría que hacer cosas malas —digo—. ¿Se te ha ablandado el corazón? ¿O has pasado tanto tiempo con políticos que te has olvidado de qué aspecto tiene el enemigo? Por lo general, miden más de dos metros, lucen un emblema grande con una pirámide y, ah, tienen las manos empapadas de sangre roja.
—Igual que tú —dice—. Un millón de vidas perdidas, ¿no? Un millón en Mercurio. Puede que tú estés dispuesto a cargar con ello. Pero los demás nos cansamos de soportar ese peso. Sé que a los obsidianos les pasa. Sé que a mí me pasa.
—Pues eso nos lleva un callejón sin salida.
—En efecto. Eres mi amigo —dice con la voz teñida de emoción—. Siempre lo serás. No te clavaré un puñal por la espalda. Pero te plantaré cara. Haré lo correcto.
—Y yo también.
Le tiendo la mano. Él me la estrecha y la mantiene apretada unos instantes antes de alejarse por el sendero. Se da la vuelta antes de adentrarse en la arboleda.
—¿Me estás ocultando algo, Darrow? Si es así, este es el momento, ahora que es solo entre dos amigos.
—No tengo secretos para ti —contesto.
Ojalá fuera verdad, ojalá él me creyera. Ojalá Dancer siguiera siendo el líder de los Hijos de Ares para que los dos pudiéramos cargar juntos con nuestros secretos, como hacíamos antes. Por desgracia, no todos los adversarios son enemigos.
Se da la vuelta y regresa cojeando al jardín para despedirse de mi madre. Se abrazan y Dancer se encamina hacia las plataformas de aterrizaje meridionales, donde lo esperan sus guardianes escoltas. Uno de ellos le entrega una toga de lana blanca y él se la pone encima de la camisa antes de subir por la rampa.
—¿Qué quería? —pregunta Sevro.
—¿Qué quieren todos los políticos?
—Prostitutas.
—Control.
—¿Sabe lo de los emisarios?
—Es imposible que lo sepa.
Sevro se fija en cómo ondea al viento la capa de lana de Dancer mientras este embarca en su lanzadera.
—Ese cabrón me caía mejor cuando llevaba armadura.
—A mí también.
3
DARROW
La fantasía
La cena se sirve poco después de que Daxo y Mustang vuelvan de Hiperión con mi hermano Kieran y mi sobrina, Rhonna. Nos sentamos a una larga mesa de madera cubierta de velas y de sustanciosos platos típicos de Marte, especiados con curry y cardamomo. Sevro, con el enjambre de sus hijas alrededor, les hace muecas mientras comen. Pero cuando un estallido sónico retumba en el aire, se pone en pie de inmediato, mira al cielo y entra corriendo en la casa al tiempo que ordena a sus retoños que no se muevan de donde están. Vuelve nada más y nada menos que media hora más tarde, agarrado del brazo de su esposa, con el pelo alborotado, con dos botones menos en la chaqueta y presionándose el labio partido y ensangrentado con una servilleta blanca. Mi vieja amiga Victra, impoluta con una chaqueta verde de cuello alto tachonada de joyas, me lanza una sonrisa diabólica desde el otro lado del patio. Está embarazada de siete meses de su cuarta hija.
—Vaya, pero si es el mismísimo Segador en carne correosa y hueso. Mis disculpas, buen hombre. He llegado muy tarde.
Salva la distancia que nos separa con tres zancadas de sus largas piernas.
La saludo con un abrazo. Me pellizca el culo con tanta fuerza que me hace dar un respingo. Le da un beso a Mustang en la cabeza y se aposenta en una silla que domina la mesa.
—Hola, tristona —le dice a Electra. Mira al pequeño Pax y a Baldur, que llevan todo este rato sentados en el extremo opuesto de la mesa con aire conspiratorio. Los dos muchachos se ruborizan enseguida—. ¿Qué tal si uno de estos dos muchachos tan apuestos le sirve un zumo a la tita Victra? Ha tenido un día infernal. —Los chicos forcejean entre ellos por ser el primero en coger la jarra. Baldur sale vencedor y, orgulloso como un pavo real, el silencioso obsidiano le sirve a Victra un vaso enorme—. El maldito sindicato de los mecánicos está otra vez en huelga. Tengo muelles llenos de cargamentos a punto para el traslado, pero un portavoz de Vox Populi arengó a esos cabroncetes y le han quitado el acoplamiento de energía a más de la mitad de las naves de mis cargueros de comida de la Luna y los han escondido.
—¿Qué quieren? —pregunta Mustang.
—¿Aparte de que la luna se muera de hambre? Salarios más altos, mejores condiciones de vida... Las mismas tonterías de siempre. Dicen que vivir en la Luna es demasiado caro para sus sueldos. Bueno, ¡pues en la Tierra sobra sitio!
—Qué ingratos son esos sucios campesinos —dice mi madre.
—Capto tu sarcasmo, Deanna, y voy a optar por ignorarlo en honor a nuestros héroes recién llegados. Ya habrá tiempo para debatir a medida que avance la semana. De todas formas, soy casi una santa. Mi madre habría enviado a los grises a partirles la crisma por desagradecidos. Gracias a Júpiter que los hombres de hojalata todavía atacan a cualquier Vox que ven.
—Tienen derecho a negociar como colectivo —dice Mustang, que estira una mano para limpiarle un poco de hummus de la cara a la más pequeña de las hijas de Sevro, Diana—. Está escrito negro sobre blanco en el Nuevo Pacto.
—Sí, claro. Los sindicatos son la base del trabajo justo —masculla Victra—. Es lo único en que Quicksilver y yo estamos de acuerdo.
Mustang sonríe.
—Mejor. Vuelves a ser un modelo de la República.
—Dancer acaba de marcharse, no lo has visto por los pelos —dice Sevro.
—Ya me parecía a mí que apestaba a superioridad moral. —Victra va a beber un sorbo de su zumo y da un respingo de sorpresa. Baldur sigue de pie a su lado, sonriendo con demasiado fervor—. Ah, pero si todavía estás aquí. Largo, criatura.
Victra se besa los dedos y después se los pone a Baldur sobre la mejilla para empujarlo lejos de ella. El muchacho regresa como flotando junto a mi celoso hijo.
Más tarde, cuando los niños se van al viñedo a jugar, nos retiramos de nuevo a la gruta. Mi familia, tanto la de sangre como la elegida, me rodea. Por primera vez desde hace más de un año, siento que me invade la paz. Mi esposa me pone los pies en el regazo y me pide que se los masajee.
—Creo que Pax está enamorado de ti, Victra —ríe Mustang mientras Daxo le sirve una copa de vino.
La botella parece diminuta entre las manos de Daxo. Es todavía más alto que yo, así que tiene dificultades para permanecer sentado en su silla y, sin querer, no para de darme patadas en las espinillas por debajo de la mesa. Kieran y su esposa, Dio, se agarran de la mano en un banco junto al fuego. Recuerdo que, cuando yo era más joven, pensaba que Dio se parecía muchísimo a Eo. Pero ahora, a medida que va pasando el tiempo, la sombra del rostro de mi esposa se difumina y solo veo a la mujer que es el centro de la existencia de mi hermano. De pronto, Dio se precipita hacia delante para escapar de la lluvia de ascuas que Níobe provoca al lanzar otro tronco a las llamas. Thraxa se sienta en una esquina y enciende un cisco a hurtadillas.
—Bueno, Pax no podría tener mejor ídolo que su madrina —comenta Victra sin apartar la vista de su marido, que se está hurgando los dientes con una astilla de madera que ha arrancado de la mesa de exterior. Le da un golpe con el pie—. Eso es grotesco. Para.
—Lo siento.
—Sí, pero no paras.
—Es una ternilla, mi amor. —Se vuelve como si fuera a tirar la astilla, pero sigue hurgándose—. Ya está —dice con voz triste, y en lugar de deshacerse de la ternilla rescatada, la mastica y se la traga—. Ternera.
—¿Ternera? —Mustang se da la vuelta para mirar la mesa—. Hemos comido pollo y cordero.
Sevro frunce el ceño.
—Qué raro. Kieran, ¿cuándo comimos ternera por última vez?
—En la cena de los Aulladores, hace tres días.
Todo el mundo arruga la nariz en torno a la mesa. Sevro suelta una risita casi para sí.
—Entonces estaba bien curada.
Daxo niega con la cabeza y continúa dibujándole ángeles a Diana, que está sentada en su regazo admirando la obra del hombre. No es ningún tonto con el filo, pero es con el lápiz con lo que hace su verdadero arte. Victra mira a Mustang con impotencia por encima del vaso de zumo, desesperada con su marido.
—Prueba, cariño, de que el amor es ciego.
—Mickey puede arreglarle esa cara si estás cansada de mirársela —digo.
—Pues buena suerte, porque para eso tendrías que sacar a ese elfo decadente de su laboratorio —comenta Daxo. El hombre calvo observa el tridente de crueles púas que Diana ha añadido al ángel que le ha dibujado—. Por no hablar de sus admiradores. El septiembre pasado se trajo a la Ópera a toda una colección de criaturas. Fue casi como si un cuadro de El Bosco hubiera cobrado vida. Una de ellos hasta era actriz. ¿Te lo imaginas? —le pregunta a Mustang—. Tu padre se habría mordido la mejilla hasta agujereársela si hubiera visto a colores inferiores sentados en el Elorian.
—No es el único —dice Victra—. Hoy en día hay demasiado dinero nuevo. Los amigos de Quicksilver.
Se estremece.
—Bueno, el dinero no compra la cultura, ¿verdad? —replica Daxo.
—En absoluto, buen hombre. En absoluto.
A medida que se acerca la noche, los dedos naranjas del ocaso lento se abren paso trenzándose entre los árboles. Me libero de la tensión de los hombros y me sumerjo más profundamente en mi copa mientras escucho a mis amigos charlar y bromear, rodeados de luciérnagas azules que titilan y acuchillan el crepúsculo de finales de verano con una luz violenta. Los árboles susurran más allá de la terraza; desde los jardines nos llegan los gritos de los niños y sus juegos nocturnos. Los abrasadores mares de arena de Mercurio me parecen muy distantes en estos momentos. Los hedores de la guerra están tan alejados de mi mente que no son más que volutas de sueños medio olvidados.
Así es como debería ser la vida.
Esta paz. Estas carcajadas.
Pero incluso en este instante noto que se me escapa entre los dedos como aquellas arenas remotas. Siento a los Guardias del León de la Casa de Augusto en la oscuridad del bosque, vigilando el cielo, las sombras, ayudándonos a permanecer dentro de la fantasía durante un instante más. Mustang me mira a los ojos y señala la puerta con un gesto de la cabeza.
Me obligo a separarme de mis amigos mientras los Telemanus realizan una interpretación conmovedora, ebria, de la canción de su familia, El zorro de Summerfall. Sigo a Mustang varios minutos después de que ella haya desaparecido en el interior de la casa principal. Los pasillos de la mansión son aún más viejos que los de la Ciudadela de la Luz. La historia es la argamasa de este lugar. Las paredes y las estanterías están decoradas con reliquias de otros tiempos. Octavia llamaba hogar a este sitio cuando era niña. Su esencia permanece en las vigas, en el desván y en los jardines, igual que la de sus ancestros y la de su hijo. Es donde Lisandro habría jugado mucho antes de que su camino se cruzara con el mío. Siento la huella que los Lune han dejado en la casa. Al principio me parecía extraño vivir en la casa de mi mayor enemiga, pero, de toda la humanidad, ¿quién conocía mejor que Octavia las responsabilidades con las que cargamos Mustang y yo? En la vida, la detestaba. En la muerte, la comprendo.
Percibo antes la fragancia que la imagen de mi esposa. En nuestra habitación hace calor y la puerta se cierra detrás de mí, titubeante, contra un pestillo de metal oxidado. Hay una botella de vino abierta sobre la mesa de al lado de la chimenea, en cuyas ménsulas de piedra se han tallado las águilas y las lunas crecientes de la Casa de Lune. Las zapatillas de Mustang están tiradas en el suelo. El anillo de su padre y mi anillo de la Casa de Marte descansan en la mesa junto a su terminal de datos, que no para de destellar con nuevos mensajes.
Ella se ha hecho un ovillo en un sillón de nuestra veranda, como una bobina de hilo dorado, y está leyendo el desgastado libro de poesía de Shelley que Roque le regaló hace años, durante su verano de ópera y arte en Agea, después del Instituto. No levanta la vista cuando me acerco. Me quedo de pie detrás de ella, pensándome mejor lo de hablar, y le paso una mano por el pelo. Le presiono los músculos del cuello y la espalda con los pulgares. Sus hombros orgullosos ceden a mis dedos y Mustang le da la vuelta al libro sobre su regazo. Compartir una vida une más que la carne y la sangre juntas. Entreteje sus recuerdos con, entre y a través de los míos.
Cuanto más la conozco, cuanto más comparto de ella, más la amo de una manera en que el niño que fui no sabía amar ni por asomo. Eo era una llama que bailaba agitada por el viento. Intenté agarrarla. Intenté sujetarla. Pero ella nunca estuvo hecha para que la contuvieran.
Mi esposa no es tan voluble como una llama. Es un océano. Supe desde el principio que no puedo ser su dueño, que no puedo domesticarla, pero yo soy la única tormenta que sacude sus profundidades y agita sus mareas. Y eso es más que suficiente.
Acerco los labios a su cuello y saboreo el alcohol y la madera de sándalo de su perfume. Respiro despacio y con tranquilidad, siento la ligereza del amor y la contracción silenciosa del mar de espacio que nos separaba. Parece imposible que alguna vez hayamos estado tan lejos. Que alguna vez haya existido un tiempo en el que ella era y yo no estaba con ella. Todo lo que es, todo olor, sabor, tacto, me hace saber que estoy en casa. Levanta el brazo y oculta los dedos esbeltos entre mi pelo.
—Te echaba de menos —digo.
—Claro que me has echado de menos —dice con una sonrisa pícara. Hago ademán de sentarme junto a ella, pero chasquea la lengua—. Todavía no has acabado. Sigue masajeando, emperador. Te lo ordena tu soberana.
—Creo que se te ha subido el poder a la cabeza. —Levanta la mirada hacia mí—. Sí, señora —digo, y continúo masajeándole el cuello.
—Estoy borracha —murmura—. Ya noto la resaca.
—A Thraxa se le da bien hacer sentir a la gente que seguirle el ritmo es una obligación moral.
—Qué te apuestas a que mañana tenemos que raspar a Sevro del suelo del patio.
—Pobre Trasgo. Todo alma, nada de masa muscular.
Se echa a reír.
—A Victra y a él los he puesto en el ala oeste para que podamos dormir algo. La última vez, me desperté a media noche pensando que un coyote se había quedado atrapado en el reciclador de aire. Te juro que, al paso que van, dentro de unos cuantos años serán capaces de poblar Plutón ellos solos.
Le da unas palmaditas al cojín que tiene al lado. Me siento junto a ella y la rodeo con los brazos. La brisa del lago susurra entre los árboles. En el silencio que compartimos, siento los latidos de su corazón y me pregunto qué verán sus ojos cuando mira hacia el cielo naranja por encima de las copas de los árboles.
—Dancer ha estado aquí —digo.
Emite un pequeño gruñido a modo de respuesta, para hacerme saber que le molesta que le recuerde el mundo que hay más allá de nuestro balcón.
—No está muy contento contigo.
—La mitad del Senado tenía cara de querer envenenarme el vino.
—Te lo advertí. La Luna ha cambiado desde que te fuiste. Ya no podemos seguir ignorando a los Vox Populi.
—Me he dado cuenta.
—Sin embargo, cuando aprobaron un acuerdo, les escupiste en la cara.
—Y ahora ellos me escupirán a mí.
—Parece que esa es la cama que te has hecho.
—¿Tienen votos suficientes para bloquear mi petición?
—Puede.
—¿Aunque tú hagas presión?
—Quieres decir «aunque yo te resuelva el problema».
No era una pregunta.
—Tomé la decisión correcta —digo—. Sé que es así. Y tú también lo sabes. Ellos no saben cómo es la guerra. Tenían miedo de que los hicieran responsables del fracaso. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Cepillarme el pelo mientras ellos protegían su reputación?
—Tal vez deberías aprender de ellos.
—No voy a elaborar una encuesta en mitad de una guerra. Podrías haberlos vetado.
—Podría. Pero entonces asegurarían que estaba protegiendo a mi marido y el Vox ganaría todavía más apoyos.
—¿Los bronces y los obsidianos todavía están en juego?
—No. Caraval dice que los cobres te respaldarán. Los obsidianos harán lo que haga Sefi. ¿Qué elegirá ella? Tú lo sabrás mejor que yo.
—No lo sé —reconozco—. Estaba en contra de la Lluvia, pero vino conmigo.
Mustang guarda silencio.
—Crees que nos he disparado en un pie, ¿verdad?
—¿Dancer tiene algo más que pueda utilizar en tu contra?
—No —contestó.
Sé que no me cree. Y ella sabe que yo lo sé, pero no puede hacer más preguntas. A pesar de que quiero contarle lo de los emisarios, si lo hiciera la incriminaría también a ella. Sevro y yo acordamos que se trataba de un secreto que debe permanecer entre los Aulladores. Mustang estaría obligada por juramento a revelárselo al Senado. Y se esforzó mucho por honrar sus nuevos juramentos.
—Dancer no es el único que está enfadado conmigo —digo—. Pax apenas me ha mirado durante la cena.
—Ya lo he visto.
—No sé qué hacer.
—Yo creo que sí. —Se queda callada—. Nos estamos perdiendo todo esto —dice al final—. La vida. Recordaré para siempre la cena de esta noche. Las luciérnagas. Los niños en el patio. El olor a lluvia cercana. —Me mira—. Verte reír. No debería tener que recordarla. Debería ser una de miles.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que cuando mi mandato termine dentro de dos años, puede que no vuelva a presentarme. Tal vez deje que la antorcha pase a manos de otra persona. Y tú le pasas las riendas a Orión o Hárnaso. Puede que lo que queda no sea responsabilidad nuestra. —Una sonrisa minúscula, esperanzada, le curva los labios—. Volveremos a Marte y viviremos en mi finca. Criaremos a nuestros hijos con los de tus hermanos y dedicaremos nuestra vida a cuidar de nuestra familia, de nuestro planeta. Y tendremos cenas como esta todas las noches. Los amigos podrían entrar y salir de nuestra casa a su antojo. La puerta siempre estaría abierta...
Y un ejército tendría que protegerla de continuo.
Sus palabras se desvanecen en la noche, entre los brazos de los árboles bamboleantes, junto con la corriente del viento; se elevan hacia el cielo, adonde parece que van a parar todas las fantasías. Pero permanezco sentado a su lado, frío como una piedra, porque sé que no se cree nada de lo que dice. Hemos invertido demasiado tiempo en este juego para dejarlo. La agarro de la mano. Y mientras mi mujer guarda silencio y la fantasía se disipa, nuestro viejo amigo, el miedo, se encarama al balcón junto a nosotros, porque en el fondo, en los abismos más oscuros de nuestro ser, sabemos que Lorn tenía razón. A los que cenan con la guerra y el imperio, siempre les llega la cuenta al final.
Y casi como si el mundo estuviera escuchando mis pensamientos, alguien golpea la puerta con los nudillos. Mustang va a ver quién es, y cuando vuelve su expresión es la de la soberana, no la de mi esposa.
—Era Daxo. Dancer ha convocado al Senado a una sesión de emergencia. Han adelantado tu comparecencia a mañana por la noche.
—¿Y eso qué significa?
—Nada bueno.
4
LIRIA
Bienvenida a los mundos
Cielo.
Así llamaba mi padre al tejado de piedra y metal que se extendía sobre nuestro hogar en la mina de Lagalos. Así solíamos llamarlo todos, una generación tras otra de nuestro clan, desde los primeros pioneros. «El cielo se está desmoronando. Hay que reforzar el cielo».
Se extendía sobre nosotros como un escudo enorme, nos defendía de las legendarias tormentas de Marte que rugían en el exterior. Había danzas que celebraban el cielo, canciones que le deseaban suerte y bendiciones. Incluso conocía a dos muchachos a los que les habían puesto su nombre.
Pero el cielo no era un escudo. Era una tapadera. Una jaula.
Yo tenía dieciséis años de rodillas protuberantes y pecas cuando vi el cielo de verdad por primera vez. Tras la muerte de la soberana en la Luna, el Amanecer tardó seis años en expulsar a los últimos dorados de nuestro continente de Cimmeria. Y dos años más en liberar por fin nuestra mina del caudillo gris que, en ausencia de los dorados, estableció su propio reino diminuto.
Entonces el Amanecer llegó a Lagalos.
Nuestros salvadores se parecían más a unos bufones lunáticos de las Laureales que a soldados adornados con mechones de pelo gris y dorado y con emblemas de pirámides de hierro. Llevaban falces y yelmos rojos con puntas pintados en el pecho. Y delante de ellos caminaba un rojo cansado, con barba, lo bastante viejo para ser abuelo. Llevaba un arma de gran tamaño en una mano y en la otra una bandera blanca hecha jirones con las catorce puntas de la estrella de la mañana. Se echó a llorar cuando vio las barrigas hinchadas y las pruebas esqueléticas de la hambruna que habíamos sufrido bajo el caudillo gris. Se le cayó el arma al suelo y, aunque era un extraño para nosotros, se acercó y me abrazó. «Hermana», me dijo. Después abrazó al hombre que tenía al lado. «Hermano».
Cuatro semanas más tarde, hombres y mujeres de rostro amable, ataviados con yelmos blancos y con estrellas de catorce puntas en el pecho, nos llevaron a la superficie. Nunca olvidaré sus ojos. Eran amarillos, marrones y rosas. Tenían botellas de agua, bebidas dulces y burbujeantes y caramelos para los niños. Y nos dieron gafas toscas marcadas con unos pies alados para proteger nuestros ojos cavernarios del sol. Yo no quería ponerme las gafas. Prefería ver con mis propios ojos el cielo auténtico y su sol. Pero una simpática enfermera amarilla me dijo que podría perder la vista. Así que me las puse.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, abandonamos una dársena atestada de barcos subiendo por una escalera de metal que desembocaba en una interminable llanura de hierba alta que vibraba con el zumbido de los insectos. Y entonces lo vi: azul e inmenso, tan grande que sentí que me precipitaba hacia él. El cielo de verdad. Y allí, suspendido como un ascua taciturna en el horizonte imposible, estaba el sol. Dándonos calor. Llenándome los ojos de lágrimas. Tan pequeño que podía bloquearlo con un pulgar. Nuestro sol. Mi sol.
Las naves de ayuda humanitaria de la República llegaron a la mañana siguiente, entre los coros de obscenidades que gritaban los jóvenes galanes y los muchachos. Aquellas naves estaban más limpias que cualquier otra cosa que hubiera visto en mi vida. Cuando arribaron me parecieron tan blancas como los dientes de leche de mi sobrino. En sus vientres destellaba la estrella de la República. Para nosotros, entonces, la estrella significaba esperanza.
«Saludos del Segador —me dijo un soldado joven al entregarme una chocolatina—. Bienvenida a los mundos, muchachita».
«Bienvenida a los mundos».
En la lanzadera que nos alejó de nuestra mina, apareció un vídeo delante de cada uno de nosotros, un holograma tan vívido que pensé que podría tocar con los dedos la cara dorada que surgió en el aire. Ya la había visto antes, pero allí, volando en uno de sus barcos, parecía la de una diosa sacada de una de nuestras canciones. Virginia Corazón de León. Tenía los ojos de un dorado aterrador. El pelo como seda hilada apartado de un rostro sin poros. Brillaba con más fuerza que aquella pequeña brasa de sol. Y me hizo sentir poco más que la sombra de una chica.
«Hija de Marte, bienvenida a los mundos... —empezó con dulzura la joven soberana—. Estás a punto de embarcarte en un gran viaje hacia tu lugar legítimo sobre la superficie del planeta que tus antepasados construyeron. Tu sudor, tu sangre y la de tu gente le dieron vida a este planeta. Ahora te toca a ti compartir el regalo de la humanidad, vivir y prosperar en esta nueva República Solar y abrir camino para la siguiente generación. Mi corazón está contigo. Las esperanzas y los sueños de la gente de todos los rincones se alzan contigo. Buena suerte, y que tú y los tuyos encontréis la alegría bajo las estrellas».
Eso fue hace dos años y mil promesas rotas.
Ahora, bajo un sol ardiente, me acuclillo sobre el río escaso, ridículo, que hay más allá del Campo de Integración 121. Con la espalda encorvada y los dedos agarrotados, froto con un cepillo abrasivo unos pantalones que Ava ha ensuciado en su trabajo en los mataderos, donde mata ganado para llenar nuestra olla.
Mis brazos, que una vez fueron de un marrón ceniciento como los de la mayoría de los habitantes de Lagalos, ahora se ven enjutos, requemados por el sol y acribillados a picaduras por los insectos que surgen del fango del río. Los veranos de las Llanuras de Cimmeria son húmedos y están invadidos de mosquitos. He espantado a tres que habían encontrado un hueco en la pasta de flores.
Ahora tengo dieciocho años y unas mejillas rechonchas e infantiles que se niegan a abandonarme. El pelo me cae de la cabeza como una maraña espesa. Como un animal rabioso que intentara escapar de mi cráneo. No lo culpo. Las miradas nunca se detienen mucho sobre mí. Los chicos del equipo de perforación de mi padre solían llamarme Cangrejo de Río por el color de mis ojos. Papá siempre decía que Ava había heredado la belleza de la familia. Yo solo he heredado el carácter.
A lo largo de la ribera del río hay hombres y mujeres macizos, sólidos, cuarenta gammas de mi clan que tararean «La balada de la tonta de María Sangrienta». Mi madre solía tararearla mientras trabajaba. Las melenas de color rojo óxido emergen bajo los sombreros de ala ancha y los turbantes de telas brillantes. Lejos de la orilla, los pescadores holgazanean en las barcas y fuman tabaco mientras arrastran sus redes hacia el interior del río.
Los lambda ya no nos dejan usar las lavadoras de la República Solar del centro del campamento. Esos capullos creen que tienen derecho a hacerlo porque son del mismo clan que el Segador. Da igual que estén tan emparentados con él como yo con los murciélagos que por la noche salen de la selva para cazar a los mosquitos del campo.
Los barcos de la República Solar ya no suelen venir sin toda una escolta militar, pues los saqueadores de la Mano Roja campan por sus respetos en el sur. Los que vienen dejan caer los suministros desde el cielo en cajas con pequeños paracaídas. Y los soldados que llegan a aterrizar en el campamento ahora sujetan armas en lugar de caramelos.
Lo vemos en las noticias de la HP todos los días. La Mano Roja saquea campos indefensos. Hijos secuestrados, padres asesinados y el resto destruido sin piedad. Aseguran que están ajusticiando a mi clan, los gamma, por ser los favoritos de nuestros anteriores opresores. En todos los campamentos que atacan, nos purgan como si fuéramos una cepa de ratas enfermas.
Ava cree que la República detendrá a la Mano. Que el Segador vendrá con sus legiones aulladoras y aniquilará a esos cabrones de una vez por todas. O algo así. Siempre ha sido una guapa tonta. La soberana nos sacó de la tierra y nos olvidó en el barro. El Segador hace años que ni siquiera pisa Marte. Tiene más preocupaciones que su propio color, al parecer.
Llena de picaduras de mosquito, levanto la cesta, me la coloco sobre la cabeza y regreso al campamento. Los zarpazos de electricidad de la tormenta que se acerca cargan la atmósfera. A lo lejos, al otro lado de la sabana teñida de verde, unos cumulonimbos enormes empiezan a magullar el cielo de morado y negro. Se están formando deprisa.
Más cerca del campamento, los montones de basura forman jorobas en el paisaje de un verde violento. Aquí y allá merodean los quemadores, niños ennegrecidos de hollín. Llevan trapos atados sobre la cara para protegerse mientras empapan con aceite de motor montañas de ropa y de basura infectadas por el brote de malaria. Las llamaradas ahogan el cielo con negras venas cancerosas.
Mi hermano, Tiran, está ahí fuera, entre esas pilas, con la cara tapada como los demás, mirando las llamas con los ojos entornados por una ficha a la hora. En la mina, él solo quería ser sondeainfiernos. Era lo único que queríamos ser todos. Muchas noches, yo bajaba de puntillas las escaleras, me ponía las botas y el casco de trabajo de mi padre y me sentaba a la mesa del comedor con tenedores y cucharas metidos entre los dedos para fingir que manejaba una Garra Perforadora.
Pero entonces mi padre se cayó en un nido de víboras y perdió una pierna. Poco después, mi madre murió y el resto de mi padre se fue con ella. Yo creía que mi mundo era permanente. Que los demás miembros del clan siempre saludarían a mi padre con un gesto de la cabeza, que mi madre siempre estaría ahí para despertarme y darme una pizca de almíbar antes del colegio. Pero esa vida ya no existe. La promesa de la libertad atrae cada día a más mineros a la superficie. Y a su estela, grandes empresas de grandes ciudades compran las minas, que pasan a ser explotadas por robots con un talón plateado. Igual que ocurrió con la nuestra. Dicen que recibiremos una parte en cuanto genere beneficios. Todavía no hemos visto ni un mísero vale de medio crédito.
Un estruendo gutural brota del Campo de Integración 121 cuando franqueo sus puertas abiertas. Es un pueblo enfangado, de plástico, hojalata y mierda de perro. Ya somos cincuenta mil en un lugar pensado para veinte mil, y cada día llegan más. Plomizos escuadrones de mosquitos zumban a poca altura sobre la sopa de las calles en busca de carne que succionar. Todos los chavales con edad suficiente para sumarse a las Legiones Libres se han ido a la guerra. Y los chicos y las chicas que se quedan aquí hacen trabajos de mierda a cambio de fichas de comida para que los viejos no se mueran de hambre. Ya no quedan sueños infantiles de convertirse en sondeainfiernos, porque en este nuevo mundo ya no quedan sondeainfiernos.
5
LIRIA
Campo 121
Llego a la cabaña de mi familia siguiendo las chapas y tablones de madera que hacen las veces de camino sobre el barro. Me cuelo bajo la mosquitera justo cuando un trueno parte en dos el cielo sobre nuestras cabezas. La lluvia cae con fuerza, martillea los finos tejados de plástico de toda la calle angosta. Dentro de la cabaña seca, me recibe el aroma intenso de un estofado. Dejo la cesta junto a la puerta. Nuestra casa mide cinco por siete metros, está hecha de neoplast estampado con la estrella de la República y un minúsculo talón alado donde el plástico se topa con el suelo. Unas mamparas de plástico opaco que caen desde el techo la dividen en dos habitaciones pequeñas. La cocina y sala de estar en la parte delantera; las literas en la de atrás. Mi hermana Ava está acuclillada junto a una cocinilla solar removiendo una olla. Se vuelve para mirarme mientras jadeo.
—O tú eres cada vez más rápida o las nubes cada vez más lentas.
—Un poco de cada, diría yo. —Me froto el costado para calmar el dolor y me siento a la pequeña mesa de plástico—. ¿Tiran todavía está quemando?
—Eso es.
—Pobrecito, se va a empapar. Maldita sea, aquí huele muy bien.
Inhalo el aroma del estofado. Ava esboza una sonrisa resplandeciente.
—Es que ha caído un poquito de ajo en la olla.
—¿Ajo? ¿Y cómo se les ha escapado a los lambda? ¿Ya no acaparan los cargamentos nuevos?
—No. —Vuelve a remover la olla—. Me lo ha dado uno de los soldados.
—¿Dado? ¿Porque tiene un corazón puro y bondadoso?
—Y no es lo único. —Se levanta la falda para presumir de dos brillantes zapatos azules. No los zuecos que envía el gobierno. Auténticos zapatos de cuero y goma de calidad.
—Maldita sea. ¿Qué le has dado tú a cambio? —pregunto asustada.
—¡Nada!
Ava frunce la nariz ante la acusación.
—Los hombres no hacen regalos a cambio de nada.
—Estoy casada.
Se cruza de brazos.
—Lo siento. Se me había olvidado —digo con mordacidad.
Su marido, Varon, es el mejor hombre que he conocido, pero está desaparecido. Se alistó como voluntario junto con nuestros dos hermanos mayores, Aengus y Dagan, en las Legiones Libres justo después de que llegáramos al campamento. La última vez que supimos de ellos fue a través de un panel intercomunicador de la Legión en Fobos. Los tres se apiñaron para entrar en la pantalla. Nos dijeron que iban a embarcarse con la flota Blanca hacia Mercurio. Parece que fue ayer cuando seguía a Aengus por los conductos de ventilación de Lagalos en busca de hongos para llenar su alambique.
—¿Dónde están los niños? —pregunto.
—Liam está en la enfermería.
—¿Otra vez?
Una punzada de pena me atraviesa de arriba abajo.
—Otra infección de oído —contesta—. ¿Podrías ir a hacerle una visita mañana por la mañana? Ya sabes cuánto...
—Claro —la interrumpo. Liam, su segundo hijo más pequeño, acaba de cumplir los seis y es ciego de nacimiento. Siempre ha sido mi favorito. Es un encanto—. Le llevaré los caramelos que quedan si las otras ratas no los devoran antes.
—Lo malcrías.
—A algunos niños hay que malcriarlos.
Encuentro a mi sobrina, Ella, tapada en su carrito junto a la mesa. Está jugando con un pequeño móvil suspendido sobre ella, hecho con uno de los juguetes rotos de su hermano.
—¿Cómo está mi pequeña flor de hemanto esta terrorífica tarde de tormenta? —digo dándole unos toquecitos en la nariz. Se ríe y me agarra el dedo; después intenta comérselo—. Vaya boca tiene esta niña.
—Le daré de comer después de cenar. ¿Te importa echarle un vistazo al pañal de papá?
Mi padre está sentado en su sillón, viendo la HP que le robé a un lambda demasiado borracho para vigilar su tienda de campaña. Tiene los ojos nacarados y distantes, un reflejo de la niebla del canal sin emisión que se retuerce en la pantalla.
—Deja que te eche una mano, papá —digo.
Cambio de canal hasta que aparece una imagen de una gravimoto circulando a toda velocidad por encima de un desierto de Mercurio. Unos hombres malos persiguen al rebelde héroe azul, que se parece no poco a Colloway xe Char.
—¿Te parece bien esto? —pregunto.
Un trueno estalla en el exterior.
No me contesta. Ni siquiera me mira, así que me trago el resentimiento y trato de recordarlo como el hombre que solía llevarnos a las minas profundas. Encendía la hoguera de gas con las manos ásperas y susurraba historias de fantasmas sobre Goldback el Trepador Oscuro o el Viejo Shufflefoot con su voz bronca. Las llamas del fuego cortaban el aire y él soltaba una carcajada hilarante al ver nuestras caras aterrorizadas.
No reconozco a este hombre... a esta criatura que lleva puesta la piel de mi padre. Solo come, caga y se sienta a ver la HP. Aun así, aparto la rabia de mí, sintiéndome un poco culpable por ella, y lo beso en la frente. Le remeto la manta un poco bajo la barba y doy gracias al Valle por que no haya manchado el pañal.
Oigo el estrépito de la puerta cuando los hijos pequeños de mi hermana entran en la casa, empapados de barro y lluvia. Después llega el hermano que nos queda, Tiran, oliendo al humo de las pilas de quemar. Es el más alto de la familia, pero está aterradoramente delgado. La mayoría de las noches parece un junco doblado, inclinado sobre los libritos que escribe para los niños. Los llena de historias de castillos, valles y caballeros voladores. Nos salpica con el pelo mojado e intenta darle un abrazo a Ava. Mi hermana presume de sus zapatos ante sus hijos celosos con falsa modestia. Mientras pongo los platos sobre la mesa, discuten con cuál de los colores azules más brillantes de las lenguas deberían describirse.
—¡Cerúleo! —deciden—. Como los tatuajes de Colloway xe Char.
—Colloway xe Char, Colloway xe Char —se burla Tiran.
—Warlock es el mejor piloto de los mundos —protesta Conn indignado.
Tiran se mofa.
—Me quedaría sin dudarlo con el Segador en un caparazón estelar contra Char en un alas ligeras.
Conn se pone las manos en las caderas.
—Tú eres tonto. Warlock lo haría saltar por los aires en pedazos ensangrentados.
—Bueno, son amigos, así que ninguno hará que el otro salte por los aires de ningún modo —interviene mi hermana—. Están demasiado ocupados protegiendo a vuestro padre y vuestros tíos, ¿no os parece?
—¿Crees que papá los habrá conocido? —pregunta Conn—. A Char y al Segador.
—¿Y a Ares? —añade Barlow—. O a Wulfgar el Diente Blanco. —Entrechoca las manos con fuerza como si fuera un obsidiano amenazante—. ¡O a Dancer de Faran! O a Thraxa au...
—Sí, seguro que son muy buenos amigos. Y ahora a comer.
Cenamos apiñados en torno a la mesa de plástico mientras la lluvia aporrea el tejado. Apenas hay espacio para los cuencos y los codos, pero formamos círculos concéntricos alrededor de la sopa rala y charlamos sobre los méritos de los caparazones estelares frente a los alas rápidas en la atmósfera. Mi hermana sonríe cuando los niños dicen que hoy la sopa sabe mejor.
Después de cenar nos sentamos con papá para ver uno de sus programas. Parto la mitad de una chocolatina Cosmos en siete trozos para compartirla. Me guardo en el bolsillo mi trozo para dárselo a Liam y sonrío cuando veo que Tiran le da su parte a Ava. No es de extrañar que esté tan delgado. El programa es un noticiero. El presentador es un violeta que me recuerda un poco a los heliones, un pájaro tropical que vive de nuestra basura. Tiene una increíble mata de pelo blanco y una mandíbula con la que se podría tallar granito, pero unas manos delicadas en extremo para ser un hombre.
Ese hombre tan importante está informando sobre el Triunfo del Segador en la Ciudad de Hiperión. Todos mis sobrinos se propinan codazos mientras el hombre teoriza que la siguiente ofensiva será contra Venus para acabar con el Señor de la Ceniza y su hija, la Última Furia, de una vez por todas. Mi hermana lo escucha en silencio, acariciando sus zapatos nuevos. Hasta el momento, nuestros hermanos y su marido no han sido mencionados en la lista de víctimas que va apareciendo en la parte baja de la holopantalla.
Tiran se inclina hacia el mundo lejano. Siempre ha sido el más blando de nuestra familia y el más ansioso por demostrar su valía. Dentro de poco le llegará el turno. Cumple dieciséis de aquí a unos cuantos meses. Entonces dejará atrás todo este fango para marcharse a las estrellas. No puedo menos que estar ya molesta con él. Ninguno de ellos debería haber abandonado a su familia.
Los niños no perciben la desesperación silenciosa de mi hermana. Las imágenes de la HP bailan en los ojos rojos de los niños. El color. El espectáculo del Triunfo en la Luna. La gloria del más grande de los hijos del rojo junto a su esposa dorada —la soberana que tanto nos prometió—, que alza el puño apretado al aire mientras ambos aúllan. Mis sobrinos creen que ellos podrían ascender como el Segador. Son demasiado pequeños para ver que nuestra vida es la mentira que se oculta tras los focos.
—¡Segador! ¡Segador! —grita la multitud.
Los niños se suman a los vítores. Yo agarro a mi hermana de la mano mientras fulmino la HP con la mirada, recuerdo las promesas incumplidas y me pregunto si soy la única que echa de menos las minas.
Un rugido distante me despierta por la noche. La habitación está en silencio. El sudor me resbala por las piernas. Me incorporo en la cama y presto atención. Se oye un clamor a lo lejos. El ronquido de motores distantes. Los mosquitos zumban al otro lado de la mosquitera que rodea nuestras literas.
—Tía Liria —susurra Conn a mi lado—, ¿qué es ese ruido?
—Calla, cielo.
Aguzo el oído. Los motores se atenúan. Saco las piernas por un lado de mi litera. La respiración pausada de mi padre me llega desde abajo. Todavía está dormido. La cama de mi hermana está vacía. Al igual que el jergón sobre el que Tiran duerme en el suelo.
Salgo de mi cama y de la mosquitera con unos pantalones cortos y una camiseta de algodón empapada a cuenta de la humedad.
—¿Adónde vas? —pregunta Conn—. Tía Liria...
Sello la mosquitera a mi espalda con la cinta adhesiva.
—Solo voy a echar un vistazo, cariño —contesto—. Vuelve a dormirte.
Me pongo las sandalias y salgo de la habitación. Mi hermana ya está despierta, de pie cerca de la puerta y mirando a Tiran con nerviosismo mientras este se pone las botas.
—¿Qué pasa? —pregunto en voz baja—. Me ha parecido oír un barco.
—Seguro que no es más que algún cabeza de chorlito de la RS que ha pasado rozando el campamento —dice Tiran.
—Y una mierda —le espeto—. Hace un mes que un barco de suministros no aterriza.
—Baja la voz —sisea—. Van a oírte los pequeños.
—Bueno, si no te estuvieras poniendo tan idiota, no tendría que chillar.
—Parad ya los dos. —Ava parece inquieta—. ¿Y si es la Mano Roja?
Tiran se aparta el pelo enmarañado de los ojos.
—No te lleves las manos a la escafandra antes de tiempo. La Mano está centenares de kilómetros al sur. La República no permitiría que nadie penetrara en nuestro espacio aéreo.
—Como si eso significara algo —mascullo.
—Son los dueños del cielo —replica como si fuera un pretoriano.
—Ni siquiera son los dueños de sus propias ciudades —digo acordándome de los bombardeos de Agea.
Tiran suspira.
—Iré a echar un vistazo. Vosotras dos cuidad de la casa.
—¿Que cuidemos de la casa? —Me echo a reír—. Deja de decir tonterías. Yo voy contigo.
—No, claro que no —replica Tiran.
—Soy tan rápida como tú.
—Eso no tiene nada que ver, maldita sea. Soy el hombre de la casa —dice, y yo suelto un bufido—. ¿Te acuerdas de lo que le pasó a Vanna, la hija de Torron? Las chicas no deberían merodear por el sector de noche. Y menos las nuestras. —Se refiere a las gamma, y tiene razón. Conocía a Vanna desde que yo era pequeña. Cuando la encontraron era carne hecha jirones, le habían cortado las manos. La enterramos junto al borde de la selva que hay al sur del campamento—. Además, si me equivoco, tendrás que estar aquí para ayudar a Ava y a los pequeños. Iré a echar un vistazo y volveré enseguida. Lo prometo.
Se marcha sin decir nada más. Ava cierra la puerta tras él, se retuerce las manos y se sienta a la mesa de la cocina. Me siento a su lado y me pongo a hurgar en los rasguños del hule enfadada. «El hombre de la casa».
—Al cuerno con todo. —Me pongo de pie—. Voy a ir a echar un vistazo.
—¡Tiran ya se ha ido!
—Por favor. Si apenas le han bajado los testículos. Volveré en un momento.
Me dirijo hacia la puerta.
—Liria...
—¿Qué?
Coge la única sartén que tenemos en la cocina.
—Al menos llévate esto.
—¿Por si encuentro unos huevos? Vale, vale. —Agarro la sartén—. A lo mejor podrías tener preparadas agua y comida por si acaso.
Asiente y la dejo atrás.
La noche es tan lúgubre y húmeda como el aire en la boca de un fumador. Para cuando salgo del sector de los gamma y me adentro en el campamento principal, una lengua de sudor me lame la parte baja de la espalda. Reina el silencio, salvo por el zumbido de los insectos. Un mustio lagarto del Gabón me contempla desde el tejado de una casa de refugiados mientras mastica una polilla nocturna. Las luces del extremo opuesto del campamento, donde se encuentran las plataformas de aterrizaje, resplandecen. A mi paso, los ojos atisban desde detrás de las mosquiteras de las puertas de plástico. Las calles están vacías. Siento un miedo que jamás llegué a sentir en las minas. Ya no me considero tan valiente como en nuestra cabaña.
Oigo una discusión de voces masculinas más adelante. Avanzo con cautela, agachada, hasta acuclillarme detrás de un montón de contenedores de carga desechados. Dos embarcaciones pelícano de transporte han aterrizado sobre las plataformas de hormigón. Una de ellas lleva pintada la cara de una ágil modelo rosa que bebe de una botella de Ambrosia, una bebida de pimentón y cola que le ha provocado caries a medio campamento. Me sonríe y me guiña un ojo, con una boca llena de dientes blancos y relucientes. Las luces de los barcos brillan en la hora anterior al amanecer y dibujan la silueta del grupo de hombres de nuestro campamento que se han despertado y han ido a inspeccionar las naves aterrizadas. Mi hermano está entre ellos, deambulando en la parte de atrás, como avergonzado. De repente me siento culpable por haberme burlado cuando ha dicho que es «el hombre de la casa». No es más que un niño. Mi niño, mi hermano pequeño intentando ser mayor. Los hombres del clan están dialogando con otro grupo de hombres que han bajado por las rampas de los barcos. Estos últimos también son rojos, pero llevan armas y largas cartucheras cargadas de munición colgadas en bandolera sobre el pecho desnudo.
Los hombres nuevos están preguntando dónde pueden encontrar a los gamma. Se produce una discusión entre los miembros de nuestro campamento, y de pronto uno de ellos está señalando hacia nuestro sector. Otro hombre le da un empujón, pero enseguida varios más comienzan a indicar no solo nuestras casas, sino también a Tiran y a otros cuantos gammas más del grupo. El resto de los hombres se aleja de mi hermano y de los otros tres gammas. El más bajo de los del barco dice algo, pero no alcanzo a oírlo. Uno de los gamma se abalanza sobre él justo cuando el tipo levanta un objeto largo y oscuro que llevaba a un costado. Una luz de color verde ácido se remueve en la esfera de munición de su rifle de plasma y después sale proyectada por la boca del arma como una bola ondulante que acuchilla la oscuridad. Atraviesa al hombre por la mitad, limpiamente. El gamma cae al suelo balanceándose como uno de los borrachos del sector. Me quedo paralizada. Mi hermano emprende la huida con el otro par de gammas. Uno de los forasteros levanta el rifle.
El metal chasca como una máquina de hilar rota.
El pecho de mi hermano estalla. Los demás hombres armados hacen añicos la noche tranquila con el fuego que destella y sangra desde sus armas. Tiran convulsiona, se sacude. No cae deprisa, sino que se tambalea un paso, dos pasos, y entonces otro disparo rompe el aire y él empieza a desplomarse. Le falta la mitad de la cabeza. Un gemido estruendoso me brota de las entrañas. El mundo entero pasa ante mis ojos a toda velocidad y se sume en el silencio mientras contemplo ese montículo oscuro sobre el barro.
Tiran...
El primero que le disparó se acerca al cuerpo de mi hermano y examina el cadáver con el arma de plasma. Después levanta la vista hacia mí, y el verde ácido del fuego ilumina un rostro como el de un demonio. No es un hombre. Es una mujer roja con la mitad de la cara cubierta por unas cicatrices terribles.
—¡Justicia contra los gamma! —Su voz está sincronizada con los altavoces de los dos barcos que hay a su espalda y resuena en la noche—. ¡Muerte a los colaboradores! ¡Justicia contra los gamma!
6
EFRAÍN
Ciudad eterna
Bostezo en la oscuridad húmeda. Me muero por un cisco, porque el inhalador de vapor que estoy succionando es casi tan satisfactorio como follar a través de una sábana de lona. Tengo el pie izquierdo dormido y el calcetín empapado de sudor dentro del calzado de goma. Mi brazo derecho está retorcido en una posición tan incómoda contra la piedra que mi cronómetro Valenti de imitación se me clava en el hueso de la muñeca con cada. Pulsación. Arterial.
Lo único que me ha mantenido cuerdo durante las últimas nueve horas han sido las hololentillas sin personalizar que le compré a ese cabrón con pinta de lémur, Kobachi, en el 198, el 56 y el 17 de Ciudad Vieja. Pero las lentillas han sufrido un cortocircuito y ahora tengo una abrasión corneal y, aún peor, un montón de tiempo que matar. Perfecto.
Intento estirarme, sin éxito. La caja de piedra no me ofrece mucho espacio para mover mis 1,75 metros de estatura. Mi mayor rencor contra los antiguos egipcios no es que fueran los pioneros en la instauración de la esclavitud de masas para llevar a cabo los trabajos públicos, sino que todos eran unos malditos enanos. Todavía huele a la pasa pocha que sacamos de aquí dentro ayer por la noche antes de la entrega.
Miro el reloj. Fue un regalo de mi difunto prometido. Uno de esos baratos y plateados que hacen de cualquier manera los inmigrantes de colores inferiores, medio ciegos, en talleres clandestinos ocultos en los sobacos de la Luna. Puede que en Ciudad de Tycho. Tal vez en Endymion o en la Masa. En algún lugar a medio mundo de distancia del palpitante corazón de Hiperión, donde estoy sepultado ahora mismo. Él no sabía que era una falsificación, así que pagó casi el sesenta por ciento del valor de mercado, la mitad de su paga trimestral. Cuando me lo dio le resplandecía la cara. No tuve valor para decirle que podría haberlo comprado por el precio de una botella de vodka decente. Pobre muchacho.
Vuelvo a mirar el reloj. Ya casi es la hora.
Faltan dos minutos para la medianoche, solo unas cuantas horas de tinieblas antes de que Hiperión se zambulla en el último mes de oscuridad estival. Con luz o sin ella, los días nunca acaban de verdad en Hiperión. Los cuidadores del día se limitan a cerrar su puerta y a entregarles las riendas de la ciudad a las criaturas nocturnas. Bajo el gobierno de los dorados, esto no era precisamente un paraíso para los rosas. Pero ahora, cuando se apagan las luces, es la ley de la selva. En el exterior del museo, la ciudad caliente se desperezará y canturreará en la negrura sudorosa, preparándose para meterse en algún lío. En el Paseo Marítimo, iluminado por farolas, los ciudadanos decentes se escabullirán hacia sus complejos de viviendas privados para escapar del aullido de la música joven y del rugido de las bandas de motos voladoras que resuenan desde la Ciudad Perdida.
Hiperión. Joya de la Luna. La Ciudad Eterna. Es un hermoso desastre bélico. Hay tanto que mirar que solo puedes permitirte ver lo que quieres ver. Si pretendes mantener la cordura, es lo que hay.
Pero aquí, en el Museo de Antigüedades de Hiperión, tras unas gruesas paredes de mármol, hay un mundo que se rige por unas reglas distintas. Durante el día, manadas de escolares de colores inferiores y llenos de babas e inmigrantes marcianos y terranos se abren paso por los pasillos de mármol y restriegan las narices mocosas por las cajas de contención hechas de cristal. Sin embargo, por la noche el museo es una cripta fortificada. Impenetrable desde el exterior, ocupada tan solo por un contingente de pálidos vigilantes nocturnos y por los habitantes difuntos de las criptas, las esculturas y los cuadros. La única forma de entrar era convertirse en uno de esos habitantes. Así que sobornamos a un estibador y nos colamos a hurtadillas a bordo de un carguero procedente de la Tierra cuando atracó en Atlas Interplanetaria. Un carguero que, da la casualidad, transportaba numerosas reliquias liberadas de la reserva privada de algún jefe supremo dorado en el exilio muerto o huido a Venus. Seguro que era el viejo Escorpio. Un montón de chucherías. Catorce cuadros de la Europa neoclásica, un cajón de urnas fenicias, veinticinco cajones de pergaminos romanos y cuatro sarcófagos.
Lo que ayer estaba lleno de egipcios momificados hoy está lleno de trabajadores por cuenta propia.
A estas alturas, los técnicos de mantenimiento ya estarán reuniendo a los robots que tienen a su cargo y trasladándose hacia el ala este. Un equipo de vigilantes de seguridad ocupa una oficina central en el sótano.
Tic. Tac. Tic. Tac.
Estoy harto de esperar. Harto del carrusel de pensamientos de mi cabeza. Clavo la mirada en el reloj, deseando que las manecillas avancen sobre esos engranajes baratos que pierden segundos todos los días. No puedo pensar en nada que no sea un fantasma y en que cada tic y cada tac me alejan más de él. Me alejan del ridículo peinado engominado hacia atrás que lucía porque pensaba que así se parecía más a una estrella de la holopantalla que me gustaba, y de las chaquetas Duverchi falsas que se ponía porque creía que ocultaban al campesino que había debajo. Ese era su problema: siempre intentaba parecer algo que no era. Siempre intentaba ser más. Eso al final lo devoró y lo escupió.
Saco el dispensador de zoladón de mi kit. Presiono el cilindro plateado y una pastilla negra del tamaño de la pupila de una rata cae sobre la palma de mi mano. Es una droga de diseño especialmente buena. Es absurdo que sea ilegal. Incrementa los niveles de dopamina y reprime la actividad en la parte de la materia gris responsable de la empatía. Los equipos de operaciones especiales se tomaban los Zs como caramelos durante la batalla de la Luna. Si tienes que fundir una manzana de edificios, es mejor guardarte las lágrimas para cuando hayas vuelto a tu catre.
No me paso con la dosis. Un miligramo de moléculas aturde emociones se precipita por mi torrente sanguíneo. Los pensamientos sobre mi prometido pierden su dimensionalidad y se convierten en poco más que imágenes planas y monocromáticas de un recuerdo desvaído.
Tic. Tac. Tic. Tac.
Bip.
Hora de brillar. Presiono una vez mi intercomunicador. Me responden otros tres clics.
Después oigo el chirrido de la piedra, que comienza a moverse por sí misma. La luz azul del almacén que hay al otro lado se filtra a través de los resquicios cuando la tapa del sarcófago levita. Una masa oscura se cierne sobre mí y sujeta la tapa de piedra en el aire como si estuviera hecha de neoplast.
—Buenas noches, Volga —le susurro agradecido a la mujer gigantesca.
Me incorporo y noto una serie de crujidos satisfactorios cuando estiro la médula espinal. Mi cómplice obsidiana, que tiene la mitad de años que yo, sonríe y deja entrever una dentadura destrozada por un arreglo de mala calidad. Al contrario que en el caso de los obsidianos de hielo, el rostro de Volga está desprovisto de los densos callos causados por el viento que suelen ocultar la pendiente de los pómulos. Volga es pequeña para ser una obsidiana, está delgada y mide unos irrisorios dos metros. Su aspecto hace que parezca menos amenazante que el cuervo medio. No era la intención de sus creadores. Nació en un laboratorio, por cortesía de un programa de cría de la Sociedad. La pobre muchacha no estuvo a la altura del resto de la cosecha y la mandaron a la Tierra a hacer trabajos forzados.
La conocí hace cinco años en un muelle de carga a las afueras de Ciudad del Eco. Yo acababa de entregarle un artículo a un coleccionista y tenía que celebrarlo con unos cuantos cócteles. Diez copas más tarde, Volga me encontró tirado en un charco de mi propia sangre, de dos centímetros de profundidad, en un callejón, atracado, sajado y dado por muerto por dos dientesnegros de la zona. Me llevó a un hospital y yo le devolví el favor llevándola a la Luna, el único lugar al que de verdad quería ir. Desde entonces me ha ido siguiendo de un lado a otro. Enseñarle el negocio es mi pequeño proyecto personal.
Volga también lleva puesto un traje negro de neoplast para ocultar su huella térmica. Sigue sujetando la tapa del sarcófago por encima de mi cabeza, en la penumbra del almacén del museo.
—Ya puedes dejar de presumir —mascullo.
—No te pongas celoso de que yo pueda levantar cosas que tú serías incapaz de mover, hombre diminuto.
—Chis, ¡no ladres tan alto, maldita sea!
Esboza una mueca de arrepentimiento.
—Lo siento, creía que Cira había desconectado el sistema de seguridad.
—Tú cállate —le ordeno irritado—. No des saltos en un campo de minas.
El viejo refrán de la legión hace que me sienta aún más viejo que el dolor antiguo que siento en la rodilla derecha.
—Sí, jefe.
Avergonzada, suelta la piedra con delicadeza y luego tiende una mano para sacarme. Gruño. Aun con el Z, noto hasta la última copa, esnifada y calada de mis cuarenta y seis años. Culpo a la legión por haberme robado más de un cuarto de ellos. Y al Amanecer por birlarme otros tres antes de que espabilara y saliera pitando de allí. Y después a mí por haber pasado todos los demás como si siempre fuera a haber más al final del arcoíris.
No necesito un espejo para decirme que soy un modelo de segunda mano de mí mismo. Tengo la delatora cara inflada de un hombre que se ha pasado con la botella y un cuerpo ligero que ni siquiera una década en los gimnasios de gravedad de la legión logró ensanchar.
Recojo los envoltorios verdes de mi cena a base de cubos de solomillo y alga venusina rojiza y rocío un bote de aerosol de DNA en el sarcófago antes de guardarme el bote y la basura en la mochila. Me subo la capucha facial de mi mono y le hago un gesto a Volga para que se ponga la suya. Encontramos a los otros dos miembros de mi equipo detrás de un montón de cajones de cuatro metros de altura, acuclillados delante de la puerta de seguridad que lleva al exterior del almacén.
—Lo mejor de la noche —dice Dano sin siquiera volverse a mirarme. Es el balconero de mi equipo, un joven rojo y lleno de granos—: Oía los crujidos de tus rodillas a cien metros de distancia, Hombre de Hojalata. Necesitas que les echen un poco de grasa callejera. Conozco a un canalla de un desguace que te lo arreglaría bien.
Los ignoro a él y a su excesiva familiaridad de terrano.
Necesito más socios de la Luna. Joder, hasta aceptaría a un marciano gruñón. Los terranos son siempre demasiado habladores.
Mi cerrajera verde, Cira, otra terrana, está de rodillas manipulando el interior de la cerradura biométrica. Tiene las herramientas desplegadas en el suelo cerca de la puerta, desde donde nos apoyará. Está un poco inquieta. No suele gustarle pisar el escenario. La he contratado de manera esporádica a lo largo de los últimos años, pero no somos amigos. Es como la mayoría de los limas: petulante y egoísta, con un procesador en lugar de corazón. Se muestra desagradable en especial con Volga. Me da igual. A los nueve años llegué a la conclusión de que la mayor parte de las personas son unas mentirosas, unas cabronas o estúpidas del todo. Es una buena hacker, y eso es lo único que me importa. Son muy pocos los que trabajan por cuenta propia estos días. Las empresas, tanto las ilegales como las respetables, están acaparando todo el talento.
Tanto Cira como Dano son bajos, y la única manera de distinguirlos entre sí cuando llevan puesto el mono con capucha es la considerable panza que adorna el abdomen de Cira; eso, y que Dano está haciendo el spagat, estirando para su papel en la obra, al mismo tiempo que tararea una necia cancioncilla roja en voz baja.
Dano me molesta menos que Cira. Lo conozco desde que era una rata callejera recién salida de un barco procedente de la Tierra. Se dedicaba a robar carteras en el Paseo Marítimo y tenía más acné en la cara que pelo en la cabeza.
Cira sigue manipulando las entrañas de la puerta. En la mano izquierda sujeta un conector de salida que transmite una señal inalámbrica desde la puerta hasta el hardware instalado en su cabeza. Dos lunas crecientes de metal atestadas de hardware y dos enlaces ascendentes con cables incrustados en su cráneo salen de sus sienes, pasan por encima de sus orejas y regresan a la base del cráneo. Veo su bulto bajo la capucha térmica.
—¿La alarma de la puerta? —le pregunto cuando se aparta de ella.
—Apagada, claro —replica con la voz amortiguada por la capucha—. El sello magnético está inutilizado. —Dirige la mirada hacia Volga, que se ha agachado para sacar su rifle de asalto compacto del maletín negro—. ¿Piensas romper tu norma esta noche, cuervo?
—Un momento, ¿estamos a favor del asesinato? —pregunta Dano entusiasmado.
—No. No vamos a romper ninguna regla —contesto—. Pero si llega la ocasión, la dama pálida es mi póliza de vida andante y parlante. Ya sabéis lo que se dice. En el infierno no hay furia como la de una mujer con un cañón de riel.
Volga ensambla el rifle negro con las manos enguantadas. Libera tres cartuchos de munición curvados y se los pega a la parte exterior del traje con cinta adhesiva. Cada cartucho está marcado con un color que señala el tipo de proyectil: veneno paralítico, alterador eléctrico, descarga alucinógena. Nunca balas mortíferas. Es una putada lo de tener como guardaespaldas una máquina de matar que se niega a matar.
Yo no tengo esas reservas. Me llevo una mano al arma que tengo en la cadera para asegurarme de que la funda de la pierna está bien ajustada. A estas alturas ya es un acto reflejo. Vuelvo a mirar a Cira.
—¿Vas a obligarme a preguntar por el resto de las alarmas?
—La lima no ha podido desconectarlas todas —dice Dano desde el suelo, con la pierna contorsionada por detrás de la cabeza para estirar los tendones de la corva de una forma un tanto extraña.
—¿Eso es cierto?
—Sí —murmura Cira.
Dano me mira, con la cara escondida bajo el plástico negro y ajustado de su traje térmico.
—Ya te dije que tendríamos que haber contratado a Geratrix.
—Geratrix ahora es del Sindicato —mascullo.
Dano agacha la cabeza para fingir tristeza.
—Otra para el maldito negro.
—No es culpa mía —dice Cira en voz baja—. Han actualizado el sistema. Los nuevos protocolos vienen del gobierno. Tardaría casi treinta minutos en entrar. Mierda, un equipo de hackers astrales de la República tardaría por lo menos doce...
Levanto una mano.
—¿Oís eso? —susurro. Aguzan el oído—. Es el ruido de tu parte al partirse por la mitad.
—¿Por la mitad?
—Medio trabajo, media paga.
Cira tiene un mal genio de mil demonios. Baja la mano hacia la multiarma que lleva en la cadera. Sin embargo, Volga da un paso hacia ella y de pronto Cira parece un gatito que ha oído un trueno. Clavo una rodilla en el suelo ante la verde.
—No es culpa mía —repite.
Le levanto la barbilla para que me mire.
—Tranquilízate y explícame cuál es el problema. —Chasqueo los dedos—. Es para hoy, basura.
—No puedo acceder a los sistemas de la exposición de los conquistadores —reconoce.
—¿De ninguna forma?
—Están en un servidor aislado. Ahí dentro hay verdaderas reliquias, seguridad de verdad.
Noto un espasmo de irritación en el párpado izquierdo. Maldita sea. Dano va a tener que hacer unas cuantas acrobacias.
—Ya sabes cómo detesto las sorpresas, Cira...
—Ya te dije que tendríamos que haber traído los gravicinturones —dice Dano.
—Vuelve a decir «Ya te dije» y verás lo que sucede. —Me mira a los ojos. Después baja la vista hacia el suelo. Ya me parecía a mí—. Los guantes de araña bastarán. Poneos los recicladores. —Dano, Volga y yo sacamos los recicladores de aire de nuestras bolsas y nos los colocamos sobre el agujero de la boca del traje térmico—. Confío en que al menos hayas arreglado lo de las puertas.
Cira asiente.
—Treinta segundos en cada sala —les recuerdo mientras Volga se echa el arma a la espalda y se encamina hacia la puerta.
Dano abandona sus estiramientos y se pone de pie y Volga pone un imán plano y de gran tamaño en la puerta. Se oye un ruido sordo cuando se pega al metal. Nos quedamos mirando el imán mientras el ruido reverbera. Nuestras voces no se habrán oído al otro lado de la puerta, pero puede que eso sí. Miro a Cira. Hace un gesto de negación con la cabeza. Los niveles de decibelios eran demasiado bajos. Con todo despejado, Volga rodea el pomo de la puerta con sus mitones inmensos.
Mi cuerpo le da la bienvenida a la adrenalina y la absorbe como si fuera agua sobre el asfalto resquebrajado. Miro el reloj y no siento nada. Mi atención se reduce al aquí y al ahora. Sonrío.
—Más vale que nadie se haga un puto esguince en el tobillo —les advierto mientras caliento las piernas—. Vamos, V. Hora de brillar.
Volga tira de la puerta y la empuja hacia el interior de la pared.
—Y la primera red ha caído —dice Cira en nuestros intercomunicadores.
Dano es el primero en salir al pasillo, con unos zapatos que amortiguan el ruido. Yo lo sigo y me vuelvo para ver si Volga cierra el grupo. Está justo detrás de mí, inesperadamente silenciosa a pesar de su tamaño. Cira se queda atrás, controlando los sistemas de seguridad y el nivel de los vigilantes.
Al final de un estrecho pasillo de personal hay otra pesada puerta de seguridad.
—Esperad —dice Cira—. La segunda red ha caído. Veintinueve, veintiocho...
Volga pone una palanca mecánica bajo la puerta y la activa. La puerta se desliza hacia arriba tras estremecerse a la vez que la palanca. Reptamos por debajo de la puerta. Hay un cuadro de un furioso caballo de batalla uncido a un carro suspendido a medio camino del techo. En el carro hay un arquero que dispara a unos hombres con armaduras de bronce y cascos con crines de caballo. Me pongo de pie a toda prisa para echar un vistazo en torno a la enorme sala. Unos niños de piedra llorosos nos escudriñan desde las columnas florales. Frescos de gran tamaño explotan de color a lo largo de las paredes de mármol. Los sensores de presión, las cámaras y los láseres no tardarán en conectarse de nuevo.
—Veinte.
Un sentimiento de nostalgia me invade mientras cruzamos la sala a toda velocidad. Parece que fue ayer cuando estuve aquí como súbdito de la legión. Recuerdo que para llegar al centro de la ciudad subí al tranvía llevando esa insignia de la pirámide alada que nos dan, que me hinchaba como un pavo cada vez que un color superior me saludaba con un gesto de la cabeza o que un color inferior se apartaba de mi camino. Qué chaval más estúpido. Creía que aquella insignia lo convertía en un hombre. Pero tan solo lo convertía en una mascota. Y hoy en día solo conseguiría que te arrancaran la cabellera.
—Ocho, siete...
Tres pasillos y un pinchazo en el costado más tarde, por intentar seguir el ritmo de los jóvenes miembros de mi equipo, llegamos a la exposición de los conquistadores. Allí también abrimos la puerta sirviéndonos de la palanca y reptamos por debajo de ella. Con cuidado, nos colocamos sobre una estrecha franja de metal, justo antes de llegar al suelo de mármol que tiene los sensores de presión integrados.
La sala es tan imponente como sus contenidos. Construida por dorados extáticos para conmemorar a los psicóticos de sus antepasados que conquistaron la Tierra, es grandiosa y brutal, y la República no la ha modificado salvo por unos cuantos cambios leves. Hay representaciones de humanos precolor junto a estadísticas de víctimas. Ciento diez millones de personas murieron para que los dorados gobernaran. Después sus bombarderos dejaron caer soloceno en la troposfera y castraron a toda una raza. Ni siquiera tuvieron que convertirlos a la jerarquía de los colores. Solo tuvieron que esperar un siglo a que se extinguieran. Un genocidio sin derramamiento de sangre. Eso sí que hay que reconocérselo a los conquistadores. Eran eficaces.
Capullos.
En el centro de la sala, bajo un arco de piedra con la leyenda «EXPOSICIÓN DE LOS CONQUISTADORES», veinte columnas jónicas antiguas bordean una escalera ascendente. Al final de la misma se erige un templo délfico, y dentro de este, tras reliquias de valor incalculable encerradas tras durocristal, se encuentra el objeto del deseo de mi coleccionista. Es una espada del primer señor dorado, un filo que perteneció al gran cabrón, al héroe de los conquistadores, Silenio au Lune. El Portador de Luz.
—Pues no da tanto miedo —dijo Dano cuando conseguimos el contrato.
Sonreí y señalé a Volga.
—¿Y si la estuviera sujetando ella?
—Ella daría miedo aunque estuviera sujetando una maldita magdalena.
—Si tuviera una magdalena me la comería —dijo Volga.
El filo se halla detrás de dos dedos de durocristal, y se lo ha prestado al museo un coleccionista privado hasta dentro de solo una semana más. El Día de la Liberación es el momento perfecto para que desaparezca. Volga y yo estudiamos el techo de la sala en busca de la señal delatora de un garaje para drones. La vemos en la esquina superior izquierda de la habitación: una pequeña trampilla de titanio empotrada en el mármol. Le hago un gesto a Volga, que se pone los guantes de araña y salta hacia la pared. Los guantes se adhieren al mármol y la obsidiana trepa por la pared hasta situarse debajo de la puerta del garaje. Saca cuatro nódulos de láser de su mochila, los reparte a ambos lados de la puerta y los activa. Dos láseres verdes se entrecruzan sobre la puerta. Me hace un gesto de aprobación con los pulgares y busca más garajes.
Le doy un empujoncito a Dano. Le toca.
El chico hace un bailecito irónico de dos pasos sobre la estrecha franja de metal del umbral y se encarama a la pared con sus guantes de araña, después se da impulso con las piernas y da una vuelta hacia atrás para caer encima de una urna de cristal que contiene un casco de guerra dorado. Se sujeta, se da la vuelta y después va saltando como una rana de urna en urna hasta que puede tomar impulso hacia una de las columnas jónicas. Choca contra ella a media altura, la abraza y trepa hacia arriba. Mientras Dano se mueve, yo activo, a través de mi terminal de datos, el autopiloto que espera en un garaje a cinco kilómetros de distancia. Conduce de manera autónoma entre el tráfico en dirección al museo. Dano avanza por las columnas como una especie de pulga humana hasta llegar a situarse justo encima de la vitrina de cristal. Se deja caer y da una vuelta en el aire para aterrizar a cuatro patas de una forma que hace que me duelan las rodillas solo de verlo.
Se pone de pie y hace una reverencia odiosa antes de sacar su cortadora láser de la mochila. El cristal destella mientras Dano corta un agujero circular sobre su superficie. A continuación, con una sonrisa triunfal, extrae la hoja y la levanta.
La alarma comienza a sonar en el momento previsto.
Una frecuencia aguda ulula por los altavoces. Nos destrozaría los tímpanos si no lleváramos tapones sónicos. Pero así no es más que el molesto gemido de un perro hambriento. Una segunda puerta de seguridad se cierra a nuestra espalda y nos deja encerrados en la sala. Del techo descienden dos nódulos que empiezan a bombear gas incapacitante. No sirve de nada, pues tenemos los recicladores activados. En lo alto de la pared, la puerta del garaje de drones se abre y un dron de metal se precipita desde su escondite, directo hacia la rejilla de láseres de Volga. Cae humeando al suelo dividido en cuatro trozos. Un segundo dron lo sigue y corre la misma suerte mientras Volga apaga las cámaras a tiros. En las ventanas, unas puertas de seguridad de metal bajan para evitar que salgamos de la sala. Todas estas variables están sucediéndose tal como lo había planeado. Y una depresión profunda e informe recae sobre mí cuando la adrenalina se desvanece.
—Cerrajera, busca la salida —farfullo por el intercomunicador.
Volga abandona su puesto en la pared para venir a mi lado. Se mueve con nerviosismo, ya que todavía es lo bastante joven para sentirse impresionada por esto. Dano vuelve hasta el arco saltando de columna en columna, donde grafitea una obscenidad con su taladro láser.
—¿El filo? —pregunto.
Él lo hace girar con una mano. Está diseñado para una persona el doble de grande.
—Un estimulador sexual bastante feo.
—El filo —repito.
—Claro, jefe.
Me lo lanza por el aire con despreocupación. Lo cojo al vuelo. La empuñadura es demasiado grande para mi mano. El exterior es de marfil auténtico y tiene incrustaciones de filigranas de oro. El resto es salvajemente barato. Cuando adquiere la forma de látigo se enrolla como una serpiente delgada, dormida. Ansioso por librarme de él, lo meto en un maletín de espuma y lo guardo en mi mochila.
—Muy bien, niños. —Abro la lata de ácido y lo vierto sobre el suelo de mármol—. Hora de irse.
7
EFRAÍN
El árbitro
La mañana posterior al golpe, el día que menos me gusta del año, vacío el vodka de mi copa mientras espero a que el árbitro termine su inspección.
—Bueno, ¿hay ya un veredicto? —pregunto sin molestarme en ocultar mi impaciencia.
El hombre delgado se empeña en mantener su ostentoso silencio en el escritorio sobre el que está encorvado desde hace casi una hora. Es uno de esos aguanieves, un blanco sobreactuado. Esos imbéciles anémicos piensan que por fingir cierto aire de frialdad, esconderse detrás de contratos y comerciar igual que las arañas se ocultan y esperan detrás de sus telas, son profundos. A doscientos los sentenciaron a cadena perpetua en la Fondoprisión durante los juicios de Hiperión por su papel en el sistema judicial dorado. Deberían haber sido diez mil. Al resto los salvó la amnistía declarada por la soberana.
Aburrido, inspeccionó el resto del ático. Es de un buen gusto fastidioso, emperifollado con esa ostentación contenida tan popular entre los altos círculos de la Luna: decoración minimalista con suelos de cuarzo rosa y grandes ventanales con vistas al destellante paisaje nocturno. En una luna donde tres mil millones de almas claman por respirar unas encima de otras, solo los que son ricos hasta la ofensa pueden permitirse el lujo de desperdiciar el espacio.
Me recuerda a muchos de los pisos decadentes con los que me encontraba cuando era investigador de reclamaciones de gama alta para Seguros Piraeus antes del Amanecer. En la época en la que formaba parte del servicio.
Los colores superiores miraban a los grises por encima del hombro porque éramos los que nos encargábamos del trabajo sucio. Todos los demás nos tenían miedo, porque durante setecientos años habíamos sido la navaja multiusos del Estado. ¿Los obsidianos? Fenómenos circenses, todos ellos. Los grises sí trabajamos. Somos adaptables, eficaces y nos han educado en la lealtad sistemática. Para la mayoría de ellos las cosas han cambiado muy poco: nuevos dueños, el mismo collar.
Bostezo. Estoy pensando demasiado una vez más, así que me tomo un zoladón, me pongo de pie y paseo de un lado a otro mientras la droga, con una mano fría, distante, reconduce de nuevo mis pensamientos errantes hacia el hombre que me ha contratado.
Oslo, si es que ese es su verdadero nombre, es una criatura inofensiva, meticulosa en extremo, con un terrible sentido de la calma que bordea en lo robótico. Esbelto, y con aspecto profesional con su túnica de trabajo blanca, de cuello alto y almidonado y mangas hasta los nudillos. Su piel es negra como la tinta de un calamar. Está calvo y los iris de sus ojos son de un blanco inquietante. Se ajusta el monóculo en el ojo derecho.
—Creo que este es el artículo que solicitó mi cliente —dice en un armónico tono de barítono.
—Tal como te había dicho. ¿Podemos cerrar ya este asunto?
Se inclina de nuevo sobre la hoja por última vez antes de enderezarse y envainarla con mucho cuidado en un maletín metálico de gel aislante.
—Ciudadano Horn, como siempre, has entregado el artículo solicitado con puntualidad. —Oslo se vuelve hacia mí al mismo tiempo que teclea en su terminal de datos—. Notarás que la cantidad convenida se ha depositado en tu cuenta de la Ciudad del Eco.
Saco mi propia terminal de datos para comprobarlo. Enarca la ceja derecha.
—Confío en que todo esté a tu gusto.
—Sep —mascullo.
—¿Sep? —pregunta con curiosidad—. Ah, «sí» en jerga de la legión. Denota una afirmación, por lo general se emplea para transmitir un sarcasmo afirmativo a un oficial que no cae bien.
—Se llama «lengua de perros», no «jerga de la legión» —digo.
—Por supuesto. —Se lleva una mano al pecho—. De hecho, la estudié en profundidad. Supongo que se me podría considerar un entusiasta de lo militar. De las tradiciones, de la organización. Merrywater ad portas —dice con una sonrisa.
Es la frase que siete siglos de legionarios han gritado en memoria de John Merrywater, el estadounidense que estuvo a punto de cambiar el curso de la conquista al invadir la Luna: un recordatorio de que el enemigo siempre está a las puertas.
Lo dejo pasar, pues me acuerdo de algo que el Señor de la Ceniza le dijo a mi cohorte durante el discurso de despedida: «Aquellos a los que protegéis no os verán. No os comprenderán. Pero vosotros sois el muro gris que se interpone entre la civilización y el caos. Y ellos están a salvo bajo la sombra que vosotros proyectáis. No esperéis alabanzas ni cariño. Su ignorancia es prueba del éxito de vuestro sacrificio. Para aquellos que servimos al Estado, el deber debe ser su propia recompensa».
O algo así. Buena forma de construir la marca. Funciona como un conjuro sobre una materia gris de dieciséis años.
—Vale, ¿y qué viene ahora en la lista de tu misterioso contratante? —pregunto—. ¿La espada de Alejandro? ¿La Carta Magna? ¿El corazón ennegrecido de Kuthul Amun? Ya sé: las bragas de la soberana. Si es que lleva...
—No habrá nada más.
—Entre tú y yo, yo dudo que lleve... Espera, ¿qué?
—No habrá nada más, Ciudadano Horn —dice Oslo, que levanta el maletín que contiene el filo.
—¿Nada?
—Correcto. Esta relación profesional ha resultado muy satisfactoria para mi cliente, pero esta pieza será la adquisición final que completa su colección. Por lo tanto, concluiremos nuestra afiliación. Tus servicios no serán requeridos en el futuro.
—Bueno, mi cuenta corriente lamenta verte marchar —digo con un desagradable sentimiento de vacío al saber que no tengo ningún trabajo a la vista. Es la primera vez en tres años que no tengo nada en la reserva—. Pero las cosas buenas no pueden durar para siempre, ¿no? —Me pongo de pie y le tiendo la mano al blanco, más alto que yo. Me la estrecha con delicadeza y yo aprieto. Los anillos de platino que llevo en el índice se le clavan en la piel tan fina como un pañuelo de papel—. Entonces, ¿ni siquiera ahora vas a darme una pista de para quién he estado robando todo este tiempo? —Aparta la mano de golpe y lo miro con los ojos entornados—. Solo una pista.
Oslo se me queda mirando con intensidad.
—¿Por qué la curiosidad mató al gato? —me pregunta.
—¿Decir adivinanzas forma parte de las exigencias del puesto?
Sonríe.
—Porque el gato se topó con la anaconda.
Merodeo por la suite después de que Oslo se marche, el tiempo suficiente para suavizar la dureza de sus palabras con un par de copas más de vodka. Al otro lado de la ventana, mi ciudad de torres se retuerce de dolor. A oscuras es más bonita.
Absorto, echo un vistazo al contenido de mi agenda de direcciones en busca de alguna distracción. Es un mar de residuos: cuerpos que he explorado, relaciones que he alargado más allá de la crispación. Y flotando en medio de ese desdichado mar digital, de pie ante la ciudad que nunca duerme, siento el avance oscuro y sigiloso de la desesperación. Me sirvo una última copa, deseoso de que el aturdimiento se expanda.
Medio día más tarde, después de una siesta y de un plato de fideos terranos para intentar recuperar la sobriedad, me reúno con mi equipo para desembolsar los fondos, aunque no puede decirse que me apetezca estar acompañado, teniendo en cuenta la fecha que es. Están apiñados en un reservado de un bar pijo del sur del Paseo Marítimo, en la frontera con la Ciudad Vieja, bebiendo cócteles de colores vivos. Volga hace girar una sombrilla rosa entre los dedos ingentes. El bar está situado dentro del esqueleto destripado de un antiguo dirigible publicitario que alguien ha renovado en un intento por comercializar la ironía. Parece que funciona, a pesar del racionamiento de guerra. Está atestado de soldados, de grupos de plateados impecables y trajeados, de verdes y cobres convertidos en nuevos ricos. Todos los que estaban situados cerca de los botones apropiados para hacer dinero cuando se abrió el mercado libre, ahora rodeados por las pandillas que los sirven como buitres de plumas brillantes. La mayoría son colores medios, y ha habido más de unas cuantas miradas inquietas en dirección a Volga. La corpulenta muchacha me ha pedido algo que se llama Furia Venusina. Es tan oscuro como su tocaya, Atalantia au Grimmus, y sabe a regaliz y a sal. Tiene algo que hace que la parte anterior de los ojos me vibre y que la entrepierna se me hinche.
—¿Qué te parece? —me pregunta esperanzada.
—Sabe como el culo del Señor de la Ceniza.
Lo aparto. Volga mira la mesa, desconsolada. En mi estado de abotargamiento, la pena tarda en llegar, y es leve cuando lo hace. Odio este tipo de bares.
—¿Y tú tienes idea de cómo sabe el culo del Señor de la Ceniza? —pregunta Cira.
—Mira lo viejo que es —interviene Dano, que deja de mirar por un momento a una preciosa jovencita rosa que hay en la barra, que a su vez contempla con nerviosismo los piercings nasales de Dano. El chico tiene la cabeza rapada a la moda con dragones obsidianos—. El quincalla lleva vivo el tiempo suficiente para haberlo probado todo.
No contesto e intento aferrarme a los restos del vodka de Oslo. Voy a necesitarlos para la que se me viene encima.
—¿De quién ha sido la idea de venir a esta cloaca comercial? —pregunto.
—Mía no —contesta Dano con las manos en alto—. En este sitio faltan muchas tetas al aire para mi gusto.
—Ha sido mía —replica Cira a la defensiva—. Apareció en el Hiperión Semanal. ¿Sabes, Ef? Es humanamente posible disfrutar de algo distinto, de algo nuevo.
—Por lo general, «nuevo» solo significa que alguien está intentando sacar dinero de algo viejo.
—Lo que tú digas. Pero es mejor que esos garitos tipo agujero negro a los que tú vas a encurtirte el hígado. Al menos aquí no me preocupa pillar una infección solo por cruzar la puerta.
—Acabemos con esto. —Saco mi terminal de datos para que todos puedan verla y transfiero los fondos a sus respectivas cuentas bancarias. Desde luego, también verían la variación de su saldo en sus propios terminales si solo hubiera hecho la transferencia a través de la red, pero para ellos hay algo increíblemente humano y satisfactorio en ver que mi dedo desembolsa el dinero—. Hecho. Seiscientos por cabeza —digo.
—¿Hasta para la lima? —pregunta Dano—. Pensé que ibas a darle la mitad.
—¿Y a ti qué demonios te importa? —le espeta Cira.
—Los demás hicimos nuestro trabajo sin ningún maldito problema. —Regresa a su contemplación de la rosa, que está hablando con sus amigas—. No hay razón para que no recibamos un pequeño bonus por ello.
—Yo no necesito ningún bonus —dice Volga.
Dano suspira.
—No estás contribuyendo a la causa, cariño.
—¿Qué mierdas pasa contigo? —Cira le lanza una mirada asesina a Dano por delante de Volga, que está sentada entre ellos—. Siempre metiendo las narices en mis asuntos. ¿Por qué no te ocupas de los tuyos y te concentras en contagiarte enfermedades de las muchachitas rosas?
Me pongo en pie con dificultad.
—Bueno, me lo he pasado muy bien. Intentad no cogeros nada.
—Y se va como un Drachenjäger. —Dano mira su cronómetro más nuevo y brillante. Este tiene rubíes incrustados en las manecillas—. Dos minutos clavados.
—¿Cuándo es el siguiente trabajo? —pregunta Cira.
—Sí, jefe —dice Dano—. ¿Cuándo es el siguiente trabajo? Cira tiene facturas que pagar.
Ella le hace la cruz y me mira con más desesperación de la que seguramente quiera mostrar. Es patético.
—¿Y bien? Tu hombre tiene otro trabajo, ¿verdad?
—Esta vez no. Hemos acabado.
—¿Qué quieres decir?
—Lo que he dicho.
Veo que la lluvia resbala por las ventanas, así que me subo el cuello de la chaqueta.
—Efraín —dice Volga en tono plañidero—, acabas de llegar, quédate a tomar algo. Podemos pedirte otra cosa.
Levanta la mirada hacia mí con esos enormes ojos sombríos, y por un instante me lo planteo, hasta que oigo un revelador silencio entre los clientes y me vuelvo para ver a dos figuras imponentes que irrumpen desde el exterior a través de las puertas de metal del dirigible. Dorados. Llevan chaquetas negras con hombreras de la legión; sus hombros eclipsan la cabeza de los demás clientes del bar. Reconocen el bar con despreocupación y expresión arrogante y entonces uno de ellos se fija en la rosa de Dano y se encamina hacia la barra a grandes zancadas. El resto se aparta y él se presenta con toda tranquilidad. Lleva una insignia con un grifo de hierro en el pecho. La prole de Arcos. Dano baja la vista cuando la mano del dorado se acerca a la cintura de la rosa.
—Jefe... —dice mirándome con recelo.
Me doy cuenta de que estoy agarrando la empuñadura del arma que llevo debajo de la chaqueta.
Maldito áureo. Deberíamos haberlos eliminado a todos, o haberlos mandado al exilio en el Núcleo. Pero esa oportunidad se ha desvanecido. Todo por el esfuerzo bélico.
—Solo una copa, Efraín —insiste Volga con la misma voz de pena—. Será divertido. Podemos contarnos historias. Y compartir bromas, como hacen los amigos.
—¡Siempre es la misma historia!
Cuando salgo del dirigible en el graviascensor, la risa cálida de uno de los jóvenes dorados me persigue hasta la noche.
8
LISANDRO
El Golfo
La arena abrasadora me calienta los pies. Son más pequeños de lo que los recuerdo. Más pálidos. Y las gaviotas que vuelan por encima de mi cabeza mucho más grandes, mucho más violentas cuando giran y se zambullen en el agua de un mar tan azul que no distingo dónde terminan los océanos y dónde empieza el cielo. Las olas suaves me llaman. Ya he estado aquí antes, pero no recuerdo cuándo o cómo llegué a esta playa.
Hay un hombre y una mujer a lo lejos, y sus pies dejan sutiles senderos que las olas, en su debido momento, devoran despacio, paso a paso, y luego de golpe hasta que todos desaparecen como si nunca hubieran estado allí. Los llamo. Comienzan a darse la vuelta. Pero no les veo la cara. Nunca se la veo. Hay algo detrás de mí, y proyecta una sombra sobre ellos, sobre la arena, oscurece la arena y el mar mientras el viento se convierte en un aullido feral.
Mi cuerpo se despierta con un respingo.
Estoy solo. Lejos de la playa, empapado en sudor sobre mi camastro. Un ventilador emite zumbidos rítmicos en la penumbra de mi dormitorio y me estremezco al respirar. El miedo se disipa. No era más que un sueño.
Encima de mí, en el mamparo, las palabras de mi casa derribada me deslumbran, grabadas en el metal. LUX EX TENEBRIS. «Luz desde la oscuridad». Y de esas palabras emergen girando como los radios de una rueda los poemas idealistas de la juventud, la caligrafía airada, fulminante de la adolescencia, cuando era todo sangre y furia y estaba dominado por pasiones más salvajes. Y entonces, al fin, los primeros pasos titubeantes de la sabiduría, cuando empecé a darme cuenta de lo terroríficamente pequeño que soy en realidad.
Mi padre nunca me pareció pequeño. Los recuerdo a él y a su calma inmensa. Las arrugas que se le formaban alrededor de los ojos al sonreír. Su pelo rebelde, sus manos esbeltas, que permanecían entrelazadas sobre su regazo cuando escuchaba. Había una paz enorme y asentada en su interior, una tranquilidad que le había transmitido su padre, Lorn au Arcos, que subrayaba el deber y el honor bajo el estandarte del grifo. Cosas que se han perdido para este mundo. Aunque en algún lugar de ahí fuera, el grifo continúa volando.
Mi memoria es algo formidable. En muchos sentidos, es el gran legado de mi abuela, sus enseñanzas conservadas en mí. A pesar de ello, el rostro de mi madre es una sombra nocturna en mi mente, siempre vagando por los abismos, escapándose de mi alcance. Me han dicho que era salvaje, una mujer con una vasta ambición. Pero lo más habitual es que los que permanecen moldeen la historia con arcilla contaminada. Sé más de ella por boca de mi abuela que por mis recuerdos. El dolor de mi abuela tras su muerte fue tal que prohibió que ningún sirviente pronunciara su nombre en voz alta. ¿Quién era mi madre? Las pocas fotografías que he encontrado en la holored están oscurecidas, tomadas de lejos. Como si fuera una fantasía que ni siquiera las cámaras podían captar. Ahora el tiempo erosiona su rostro en mi mente como hicieron las olas con las huellas de la arena.
Yo era pequeño cuando el crucero estelar de mis padres se precipitó sobre el mar. Dicen que fueron terroristas. Bastidores del Confín.
Solo cuando leo los pocos poemas que mi madre dejó atrás en sus cuadernos siento su corazón latir contra mi médula. Sus brazos rodeándome los hombros. Su aliento en mi pelo. Percibo esa extraña magia suya que tanto amaba mi padre.
—¿Otra vez los terrores nocturnos?
La voz de mi maestro me sobresalta. Está de pie, de cara a mi habitación, y sus ojos dorados son estanques oscuros en el ciclo de iluminación nocturna del crucero estelar. Sus hombros poderosos llenan el umbral, y tiene la cabeza agachada, receloso del marco bajo. Los motores zumban con suavidad al otro lado de mi pequeño cuarto de metal. Cuando era niño, este sitio disponía de espacio de sobra. Pero ahora que tengo veinte años, me siento como una planta cuyas raíces y extremidades rebosan de una maceta de barro agrietada. Los libros llenan hasta el último hueco entre mi camastro, el armario minúsculo y el cuarto de baño. Rescatados, robados, comprados y encontrados a lo largo de los diez últimos años. Mi nuevo premio, una tercera edición de El Aeronauta, descansa junto a mi cama.
—Solo ha sido un sueño —contesto, reacio a mostrar vulnerabilidad delante de él, pues sé que el Marciano todavía piensa que soy muy joven. Saco las piernas esbeltas por un lado de la cama y, ya sentado, me recojo el pelo alborotado con una goma a la altura de la nuca—. ¿Hemos llegado?
—Ahora mismo.
—¿Veredicto?
—Buen hombre, ¿acaso tengo aspecto de ser tu ayuda de cámara?
—No. Ella era mucho más guapa. Y tenía mucho más tacto en esas situaciones.
—Es adorable que hables como si la hubieras tenido hasta hace nada.
Enarco una ceja.
—Mira quién fue a hablar, el príncipe de Marte.
Casio au Belona suelta un gruñido.
—Entonces ¿vas a pasarte el día durmiendo o piensas levantarte y verlo con tus propios ojos?
Me hace un gesto con la cabeza para que lo siga; obedezco, como llevo haciendo diez años. Capto el olor del whisky en su estela.
Hace tiempo, los mundos se referían a Casio como el Caballero de la Mañana, protector de la Sociedad, asesino de Ares. Después mató a su soberana, a mi abuela, y permitió que el Amanecer derrumbara la misma Sociedad que él había jurado proteger. Dejó que Darrow destrozara mi mundo y llevara el caos a la Sociedad. Nunca podré perdonárselo, pero tampoco podré compensarle nunca la deuda que le debo. Evitó que Sevro au Barca me matara. Me apartó de las cenizas de la Luna y del caos subsiguiente, y durante diez años me ha protegido y proporcionado un hogar y una segunda familia.
Se nos podría tomar por hermanos, y de hecho es una confusión que sucede a menudo. Tenemos el mismo lustre en el pelo dorado, aunque el suyo es rizado y el mío liso. Yo tengo los ojos tan pálidos como un cristal amarillo. Los suyos son de un dorado intenso. Casio me saca media cabeza, tiene los hombros más anchos y los rasgos más masculinos: una barba espesa y puntiaguda, y una nariz prominente y llamativa, mientras que mi rostro es delgado y patricio, como el de la mayor parte de los habitantes de la Montaña Palatina. Ojalá mi apariencia no fuera tan delicada.
Me llamo Lisandro au Lune. Me llamaron así por una contradicción: un general espartano que tenía la mente de un ateniense. Como ese hombre, yo nací en un entorno que es a la vez mío y ajeno, un patrimonio de aplastamundos y tiranos. Setecientos años después de que mi antepasado Silenio au Lune conquistara la tierra, nací de Bruto au Arcos y Anastasia au Lune, heredero de un imperio. Ahora ese imperio es un territorio fracturado, enfermo, tan ebrio de guerra y revueltas políticas que lo más probable es que se autocanibalice antes de que yo muera. Pero esa ya no es mi herencia. Cuando era pequeño, el día después de la caída de la Casa Lune, Casio clavó una rodilla en el suelo y me comunicó su noble misión. «El dorado olvidó que su misión era guiar, no dominar. Renuncio a mi vida y honro ese deber: proteger al Pueblo. ¿Quieres unirte a mí?».
No me quedaba familia. Mi hogar estaba en guerra. Tenía miedo. Y, por encima de todo eso, quería ser bueno. Así que respondí que sí, y durante los diez últimos años hemos patrullado los límites de la civilización para proteger a aquellos que no pueden protegerse a sí mismos en el nuevo mundo del Segador. Hemos vagado entre los asteroides y los muelles remotos del Cinturón de Asteroides mientras las esferas cambian a nuestro alrededor y la guerra arrasa en Núcleo. Casio nos trajo hasta aquí en busca de redención, pero da igual a cuántos comerciantes salvemos de los piratas, o cuántos barcos naufragados rescatemos, sus ojos continúan sumidos en la oscuridad y yo sigo soñando con los demonios de mi pasado.
Me pongo un jersey gris apolillado y recorro el barco detrás de Casio, descalzo, sin dejar de acariciar las paredes con las manos.
—Hola, chico —le digo—. Hoy pareces cansado.
El Arquímedes es una vieja corbeta de cincuenta metros de eslora y clase Susurro, procedente de los antiguamente célebres astilleros de Ganímedes. Tiene tres cañones y unos motores lo bastante rápidos para trasladarla desde Marte hasta el Cinturón en menos de cuatro semanas en órbita cercana. Tiene la misma forma que la cabeza encabritada de una cobra, y está hecha para la exploración, los saqueos. Hace cien años era una nave de primera línea. Pero ya no está en su mejor momento. La mayoría de mis tareas de adolescente consistió en frotar el óxido del interior del casco, engrasarle los engranajes y parchear sus entrañas eléctricas.
Pero a pesar de todos esos cuidados, lo que más me gusta son las cicatrices del Arqui. Pequeñas imperfecciones que lo convierten en nuestra casa. Un abollón debajo del horno de la cocina, donde Casio, borracho, se cayó y se golpeó la cabeza hace mucho tiempo, cuando nos llegó la noticia de la boda de Darrow y Virginia. Los paneles del techo achicharrados a cuenta del fuego que provocó Pita cuando me trajo una tarta por mi duodécimo cumpleaños y encendió las velas demasiado cerca de una tubería que perdía oxígeno. Los arañazos de filo en las paredes de la sala de entrenamiento. Aquí hay tantos recuerdos entretejidos como en esos poemas que hay encima de mi cama.
Entro en la cabina de mando, acogedora, ovular. Hay espacio para un piloto y dos asientos de observación plegables. La iluminación militar original se arrancó y sustituyó por nódulos más cálidos. Una gruesa alfombra andaluza cubre el suelo. Varias hileras de menta y jazmín crecen encima de la consola, regalos que le compré a Pita en la tienda de botánica de un violeta en una calle secundaria del Mercado Colgante de Ceres. En una esquina arde incienso de las Montañas Erébigas, no muy lejos del hogar de la familia de Casio en Marte. Casio y Pita, nuestra piloto azul, miran por las ventanas de la cabina de mando.
Al otro lado está el carguero que nos desvió de nuestro rumbo hacia la Estación Lacrimosa. Íbamos de camino a reparar la nave tras la escaramuza del mes pasado con unos cazadores de cicatrices marcianos, cuando recibimos la señal de peligro del Golfo entre el espacio de la República y el territorio del Confín.
Le dije a Casio que era demasiado arriesgado investigarla estando tan cortos de provisiones.
Pero en los últimos tiempos nos guía más su corazón que su cabeza.
La nave de detrás del ventanal es un cubo gigante de quinientos metros de arista. La mayor parte de sus plataformas están expuestas al vacío por diseño, mientras que una superestructura de enrejado sujeta miles de contenedores de carga. Su chapa lo identifica como el Vindabona, del núcleo comercial Ceres. Va a la deriva, a oscuras: un objeto muy extraño y muy peligroso en el Golfo. Varios asteroides descontrolados del tamaño de una ciudad flotan entre nosotros, y los cristales de hielo de su superficie parpadean en la oscuridad. Hemos utilizado uno de ellos para ocultar nuestra aproximación. Los mandos civiles del Vindabona jamás detectarían una nave militar como la nuestra en este zarzal, pero lo que me preocupa no es el carguero. Escudriño los sensores en busca de fantasmas en las tinieblas.
—Vaya, es toda una mula del espacio profundo —murmura Pita con un habla monótona que elimina la puntuación y la inflexión—. Seguro que puede cargar cien millones de créditos de hierro. Llamadme zorra, pero esa es una tripulación de la que no me importaría formar parte.
—¿Tienes que decir palabrotas a estas horas de la mañana? —le pregunto.
—Mierda, lo siento, chico lunar. Me he olvidado de cuidar mis putos modales.
Pita tiene casi sesenta años, los ojos azul pálido y distantes, y la piel del color de una nuez. Como todos los azules, todavía conserva las tallas neurodesarrolladoras que potencian la interacción humanoordenador, pero que entorpecen la comunicación fuera de su secta. No cuenta con la elegancia social de los pilotos de las lanzaderas palatinas.
Mi maestro esboza una mueca.
—La tripulación desaparecerá —dice—. Puede que el capitán se lleve una parte para mantenerse leal, pero ahí flotando hay cien millones de créditos de algún señor del comercio.
—Una parte, dice... Qué idea más novedosa esa de que un capitán se lleve una parte... —dice Pita.
—Qué pena que tú seas piloto y no capitán.
—Venga ya, Belona. Entre tú y aquí el chico lunar tenéis que tener una docena de cámaras acorazadas secretas. ¿Por qué si no crees que me apunté? Desde luego no fue por tu mandíbula cincelada, dominus. —Pronuncia la última palabra en tono sarcástico—. Estoy segura de que, como buenas águilas, habéis escondido algo de pasta en nidos ocultos.
Pita suelta para sí una risita extraña, como un bufido, y vuelve a mirar el flujo de datos formado por letras y símbolos. Un oído desacostumbrado percibiría el acento marciano de sus palabras y ya está. Pero yo capto el dejo de Tesalónica, esa ciudad de uvas y duelos que se desparrama, blanca y calurosa, junto al mar Térmico de Marte. Famosa por el mal genio de sus ciudadanos y la larga lista de hazañas llevadas a cabo por sus hijos más ilustres, los canallas de los Hermanos Rath.
Lo más seguro es que esa fanfarronería de Tesalónica fuera lo que hizo que la expulsaran de la Escuela de la Medianoche y la abocó al contrabando antes de que su camino se cruzara con el nuestro hace ocho años. Cuando Casio se enteró de que era marciana, la liberó de los calabozos de una ciudad minera, donde estaba encarcelada por un delito de hurto, y desde entonces trabaja para nosotros. De lo que no cabe duda es que he aprendido palabras nuevas desde que Pita subió a bordo.
Calva y descalza, Pita se recuesta en la silla del piloto mientras bebe café de la taza de plástico con forma de dinosaurio que gané para ella en un salón recreativo de Fobos hace años. Lleva unos pantalones grises de algodón y su vieja sudadera. Tiene las extremidades tan delgadas como las de un saltamontes, la pierna derecha doblada bajo su cuerpo y la izquierda colgando por un lado de la silla, que parece un huevo de codorniz cocido al que le hubieran quitado la yema. Una segunda piel de pegatinas y calcomanías de videojuegos infantiles adorna la parte trasera, que es de metal gris. Puede que el barco pertenezca a Casio, pero Pita ha dejado huella.
—Sander, ¿qué opinas tú?
Mi maestro se vuelve para mirarme.
Examino la nave a través del ventanal.
Casio suspira.
—En voz alta.
—Es un cosmocamión VD AurochZ. De cuarta generación, me atrevería a suponer.
—No intentes engañarnos. Los dos sabemos que no estás suponiendo.
Me froto los ojos para librarme del sueño, irritado.
—Tiene una capacidad de carga de ciento veinticinco millones de metros cúbicos. Un reactor principal de helio Gastron. Construido en los astilleros venusinos alrededor del 520 EPC. Tripulación de cuarenta miembros. Un muelle industrial. Dos tubos secundarios. Está claro que es una nave contrabandista.
—Parece que la enciclopedia humana tiene un zurullo atascado en la nariz —dice Pita. Sirve una taza de café de su jarra y se vuelve para pasármela. Ojalá fuera té—. Los últimos granos hasta que lleguemos a Lacrimosa. Adminístratelo con cabeza, enfadica.
Me deslizo en el asiento que hay detrás del de ella y bebo un buen trago de café. El calor me obliga a esbozar una mueca.
—Mis disculpas. Cometí el descuido de no cenar.
—«Cometí el descuido de no cenar» —repite Pita imitando mi acento. Como nacido en la Montaña Palatina de la Luna, he heredado, por desgracia, el acento más egregiamente estereotípico de la alta jerga. Por lo que se ve a los demás les resulta hilarante—. ¿Es que no tenemos criados que le metan la cena en la boca a su majestad?
—Cierra esa condenada bocaza —le espeto modulando la voz para simular la fanfarronería tesalonicense—. ¿Mejor?
—Mucho mejor, casi me da un escalofrío.
—Te saltaste la cena. No me extraña que seas un palillo —señala Casio, que me pellizca el brazo—. Me arriesgaría a decir que no pesas ni ciento diez kilos, buen hombre.
—Es peso neto —protesto—. De todas formas, estaba leyendo. —Me mira impávido—. Tú tienes tus prioridades y yo tengo las mías, criatura musculosa. Vete al cuerno.
—Cuando yo tenía tu edad...
—Causaste estragos entre la mitad de las mujeres de Marte —lo interrumpo—. Y encima pensaste que el honor era de ellas. Sí, ya lo sé. Perdona, pero para mí la pasión de los libros es mucho más iluminadora que los carnavales de la carne.
Me mira con expresión divertida.
—Algún día, una mujer te devorará como si fueras un aperitivo.
—Y eso lo dice un hombre que escapó a duras penas de las fauces del león —replico.
Pita se queda inmóvil y mira a Casio durante un instante largo, incómodo, mientras su cerebro aritmético trata en vano de averiguar si se ha ofendido o no. Vuelvo a sorber mi café y señalo el barco con la cabeza.
—El caso es que ningún mando legítimo de Marte o de la Luna enviaría a esa pobre nave al Golfo sin escolta. No con ascomanni en las inmediaciones. Esas marcas solares JuliiBarca son banderas falsas: el tono de rojo de ese sol no es el que les corresponde. Debería ser escarlata, pero ese de ahí es bermellón. El Sindicato lo habría sabido, así que son contrabandistas de medio pelo. Como ha dicho Pita, lo más seguro es que estén trasladando mineral de cobre desde alguna mina fuera de la red para evitar las aduanas. Y, por favor, deja de ponerme a prueba, Casio. A estas alturas, ya sabes que lo sé.
Casio gruñe, todavía escocido por la pulla del león. Ha sido un comentario bastante mezquino por mi parte, y me siento mal por haberlo hecho. Diez años reciclándose el aire mutuamente convertirán a los mejores de los hombres en demonios el uno para el otro. A fin de cuentas, por eso a los azules los criaban en sectas.
—No me creo ni de coña que «bermellón» sea un color —dice Pita.
Por supuesto, Pita está tan proscrita de su gente como nosotros lo estamos de la nuestra. No sabría decir por qué.
—Parece más bien el apellido de un plateado —añade—. Je, je.
—¿Quieres que apostemos algo? —pregunto en tono competitivo.
No me hace caso.
—Demonios chamuscados. Tienes que ser un estúpido redomado para internarte en el Cinturón sin patas para correr ni garras para luchar. La nave de combate de la República más cercana está a diez millones de kilómetros de aquí. —Se termina el café y le da un mordisco al extremo azul ión de una gominola de cafeína Cosmos Comet. Me ofrece el extremo blanco que queda, pero lo rechazo—. ¿Y si la seña de socorro fue un accidente? No duró mucho.
—Lo dudo —contesta Casio.
Está demasiado oscuro para distinguir si hay alguna marca de quemaduras de carbono en el exterior del Vindabona: la señal delatora de una emergencia forzada. No detecto ninguna, pero no puede considerarse que eso descarte su existencia. Pita se vuelve para mirar a Casio.
—¿Nos arriesgamos a saludarlos?
—Será mejor que no anunciemos nuestra presencia por el momento. —Casio me mira y pronuncia las palabras que ambos tenemos en la cabeza—. ¿Una trampa?
—Tal vez. —Exagero mi gesto de asentimiento para compensar mi afrenta anterior. No da la sensación de estar resentido—. Puede que haya un barco pirata amarrado a uno de esos asteroides. Me atrevería a decir que es algo que ya hemos visto: emites una señal de auxilio a modo de cebo y te sientas a esperar. Pero... es extraño en esta zona tan remota. Si es una trampa, no está muy bien pensada. ¿Quién iba a toparse con ella? A nadie le gusta el Golfo.
—Pues deberíamos investigar —dice Casio empleando su tono de instructor.
—Con precaución —confirmo—. Es posible que haya almas a bordo. Pero de momento no debemos poner el Arqui en peligro.
—Opino lo mismo. Entonces, ¿qué hacemos, buen hombre?
Sonrío y dejo mi taza de café.
—Bueno, Casio, yo diría que deberíamos calzarnos nuestros zapatos de baile.
Casio y yo flotamos por el espacio hacia un asteroide oblongo que rota con pereza en la oscuridad. Las vetas de hielo brillan y serpentean entre su piel abrupta mientras avanzamos, ingrávidos, hacia una formación rocosa situada al borde de un cañón umbrío tan grande como para engullir la Ciudadela de la Luz. Ponemos fin a nuestro movimiento en un pedregal escarpado. La respiración me retumba en los oídos. La oscuridad se extiende a mis pies, se sumerge en las profundidades insondables del asteroide. Dudo muchísimo que ningún hombre haya puesto los pies sobre este pedazo de roca fría, y aún más que haya investigado sus entrañas. Siento que es mi deber ceder a la tentación e iluminar el interior del cañón. Acciono el interruptor de mi antebrazo y un haz de luz saja las tinieblas hasta ser devorado por los límites inferiores. No alcanzo a ver el fondo. Pero, por lo menos, ahora un ojo humano ha visto una parte.
—Apaga eso —me ordena Casio por el intercomunicador.
—Mis disculpas. Estaba buscando gusanos espaciales.
—Biológicamente absurdo —farfulla Pita desde el puente de mando—. El tejido orgánico debe obtener calorías. ¿Qué iban a comer aquí?
—Hombres del espacio —respondo con una sonrisa.
—Chicos del espacio —me corrige Casio.
Estoy seguro de que, si hubiera nacido en una época diferente, habría sido explorador. Desde que era pequeño, experimento una curiosidad insaciable por las cosas remotas y desconocidas. En la Ciudadela, soñaba con surcar la luz violenta de las nebulosas lejanas y con cartografiar mares astrales. El gran filósofo Sagan predicó una vez que explorar formaba parte de la naturaleza de nuestra especie. A pesar del caos moderno, vivimos en una nueva época de innovación. Quizá algún bebé brillante que todavía no haya dado su primer paso fabrique algún día un motor que nos traslade a mayor velocidad que la luz hasta más allá de nuestra estrella única. Hasta más allá de la mancha del hombre. ¿Merecería la pena todo este caos por esa sola innovación?
A menudo fantaseo con lo que los hombres podrían llegar a hacer si no hubiera escasez. Nada por lo que luchar. Solo una extensión infinita por explorar y nombrar, por llenar de vida y arte. Sonrío ante esta ficción placentera. Un hombre puede soñar.
Como no queríamos guiar al Arquímedes hacia una trampa, hace quince minutos que Casio y yo nos hemos propulsado desde la cámara estanca de nuestra nave hacia el asteroide más cercano ataviados con nuestros evacutrajes. Ahora nos reorientamos y volvemos a tomar impulso hacia el descomunal Vindabona. Hileras y más hileras de contenedores de carga se mecen suspendidos entre vigas de metal, unidos por cables y mallas metálicas.
Casio y yo empleamos nuestros propulsores de los hombros para ralentizar nuestra aproximación y nos posamos sobre la red flotante de carbono que mantiene unida una fila de contenedores verdes. Llevan estampadas estrellas de la República. Con Pita guiándonos a través de los intercomunicadores, nos arrastramos a lo largo del exterior del barco hacia la cámara estanca de los servicios centrales. Una vez allí, desatornillo el entrepaño del sistema de cierre de la puerta y manipulo la consola hasta que las puertas naranjas se abren en silencio. Los dos nos introducimos en la cámara. La puerta exterior se cierra a nuestras espaldas. Ambos nos agarramos a los peldaños metálicos del interior. Una luz roja palpita desde el techo mientras la cámara estanca concluye su ciclo. La presión se va introduciendo poco a poco en la sala. Después el oxígeno. Al final, el tirón de la gravedad. Sacamos nuestro filo de la funda que llevamos en la cadera. Un par de perezosas lenguas de metal plateadas flotan en el aire; miden dos metros de largo y se endurecen en una espada de poco más de un metro cuando las conmutamos hacia su estado rígido. La de Casio es recta. Yo prefiero la mía con la ligera curva típica de mi casa. La luz roja se pone verde y la puerta interior de la cámara estanca se abre con un jadeo asmático. Como siempre, Casi se asegura de ser el primero en cruzarla antes de mirar hacia atrás para asegurarse de que lo sigo.
El área de reparaciones está vacía salvo por unas cuantas herramientas y evacutrajes viejos que cuelgan de ganchos. Unas luces pálidas encastradas en el techo gris parpadean y proyectan sombras por la habitación. Un indicador verde comienza a lanzar señales intermitentes, así que retraigo mi yelmo hacia el interior de un pequeño compartimento a la altura de la nuca e inhalo el olor a solución limpiadora y aceite. Me recuerda a mis primeros días con Casio, cuando nos escondíamos en centros de transporte de agua en busca de una nave que nos alejara de la Luna. Que nos alejara del Amanecer.
Fue una época de soledad. La mayor parte de mi ser se sentía como extirpada cuando escapamos de la Luna, y sabía que jamás volvería a oír a mi abuela pronunciar mi nombre, que nunca volvería a seguir a Aja por los senderos del jardín para ir a entrenar antes de que los pájaros de pachelbel de la mañana se hubieran despertado siquiera. Todas las personas que me querían habían desaparecido.
Estaba solo. Y, además de solo, perseguido. Lanzo los recuerdos al vacío donde mi abuela me enseñó a almacenarlos para que no me abrumaran como le pasaba a ella cuando era niña.
—Águila a Mamá Gallina. Estamos dentro. Piso dieciséis. No hay rastros de vida —dice Casio.
—Recibido, Águila. ¿Y si esta vez intentas utilizar antes las palabras que las hojas?
—Al contrario que cierta piloto que conozco, yo poseo unos modales impecables, Mamá Gallina.
—Capitana —enfatiza—. Llámame capitana.
—Lo que tú digas, piloto.
Casio retrae su casco y me guiña un ojo. Su rostro es más áspero que cuando lo conocí. Pero de vez en cuando detecto una chispa en sus ojos, como una luz dentro de una tienda de campaña muy lejana, que hace que te sientas acogido pese a que continúas fuera. Porque yo estoy fuera. Cree que no me doy cuenta de lo lastimado que está. De que soy un sustituto del hermano que Darrow de Lico le arrebató en el Instituto. A veces me mira y sé que ve a Julian.
Una parte pequeña y egoísta de mí desea que me vea solo a mí.
Sigo a Casio hasta el pasillo. El barco está desierto e invadido por el silencio. Aquí hay algo que no va bien. Con sigilo, avanzamos por la nave, pero aún no nos hemos desplazado mucho cuando encontramos en el suelo un rastro de sangre que lleva desde un pasillo lateral hasta un ascensor central. Lo seguimos hasta el área de la cápsula de escape de estribor, y allí, ante las enormes puertas, nos topamos con una masacre.
Los restos humanos se coagulan en las paredes. Los fluidos corporales forman charcos en el suelo abollado. Toda la sala está cargada del olor acre del hierro y el vómito, tanto que yo mismo vomitaría si no fuera consciente de que Casio tiene la mirada clavada en mí. Varias huellas de manos rojas trazan líneas verticales sobre la puerta de la cápsula de escape, como si los hombres hubieran intentado huir a zarpazos. Sin embargo, no hay cadáveres. Me concentro e intento contemplar la sala con el Ojo de la Mente: distanciado, analítico, tal como me enseñó a hacer mi abuela.
—A la tripulación la mataron aquí. Hace menos de un día —digo tras examinar el estado de la sangre.
Cuando era pequeño, mi abuela hacía que los investigadores de la Seguridad me llevaran a escenas de crímenes en Hiperión para enseñarme la barbarie que se oculta bajo la superficie de la civilización, bajo los modales de los hombres. Clavo una rodilla en el suelo y empiezo a procesar la escena.
—A juzgar por las salpicaduras de sangre, postularía que hubo dos asaltantes. Hombres o mujeres de nuestro tamaño, o más altos, según las huellas de sus botas. Que no haya marcas de explosiones ni quemaduras indica que el trabajo se hizo con hojas... y martillos.
—Ascomanni —dice Casio en tono grave.
—Eso sugieren las pruebas. —Tomo una muestra de sangre con el dedo y la unto sobre la terminal de datos incrustada en una cavidad del antebrazo izquierdo de mi evacutraje—. Marcadores de ADN marrón, rojo y azul. Nuestros contrabandistas. A varios los mataron y después los arrastraron. Otros todavía conservaban la vida.
—¿Lo estás viendo, Pita? —pregunta Casio.
—Sí —contesta ella en voz baja por el intercomunicador. Nuestros trajes también le retransmiten las imágenes a ella. Pita es más sensible que nosotros a la violencia—. No hay señales de huellas de barcos en el Golfo. Pero, si no os importa, ¿podríais daros prisa? Tengo un mal presentimiento respecto a todo esto.
Y no es la única.
El término «ascomanni» deriva del germánico «hombres de fresno». Los primeros vikingos navegaban por los ríos europeos en barcos de madera de fresno. Y lo arrasaban todo a su paso.
Hace tiempo, los ascomanni no eran más que leyendas del espacio profundo, susurros oscuros que los comerciantes y contrabandistas transmitían a los nuevos reclutas en los agujeros tenebrosos de las cantinas de los asteroides o en las bocas de riego de los muelles. En la profundidad del espacio, decían, acechaban tribus de obsidianos que escaparon de la matanza selectiva que la Sociedad llevó a cabo con el resto de su raza tras la Revolución Oscura. Perseguidos por los escuadrones de exterminación de mi familia y por los Caballeros Olímpicos, huyeron hacia las tinieblas. Durante años asediaron las colonias lejanas de Neptuno y Plutón, y para el Núcleo continuaron siendo poco más que un mito.
Pero ahora, con la diáspora obsidiana desde los polos de la Tierra y Marte, ese mito se ha convertido en realidad. Bandas de obsidianos, alienados por el nuevo y extraño mundo, liberados de la esclavitud de los señores dorados —o agotados de la guerra del Segador—, abrazan la leyenda de sus ancestros.
No es tanto que hayan abandonado el Hielo como que hayan trasladado el Hielo a las estrellas.
Dentro del ascensor donde termina el rastro de sangre, las vísceras oscurecen el botón de la decimotercera cubierta. Casio lo presiona con la empuñadura de su filo. Siento la rabia justificada que crece en su interior a medida que subimos. Me contagia.
El ascensor se detiene con un silbido, se estremece cuando las puertas se abren y revelan el pasillo que conduce a la decimotercera planta del viejo navío. Unas luces blancas, baratas, incendian unos pasillos ruinosos y proyectan sombras malvadas e intensas. Varios ventiladores de aire con los purificadores obstruidos traquetean en el techo. En el centro del pasillo, un rastro rojo bifurca el suelo de metal oxidado. Huellas de manos embadurnan la superficie a ambos lados del rastro, como las alas de una mariposa carmesí. Casio va en cabeza y yo sigo su estela. Ambos llevamos el filo sujeto a nuestra espalda, en diagonal, tal como nos enseñó a hacer Aja, y los brazos de nuestra égida delante, con las embrazaduras frías e inertes, pero listas para convertirse en un escudo de energía de un metro cuadrado en cualquier instante. Mi nueva pistola de plasma apenas pesa junto a mi muslo derecho.
En las paredes, unos carteles amarillos desvaídos señalan los baños y los aposentos de la tripulación. Vamos comprobando las habitaciones a nuestro paso. Las primeras están abandonadas. Las camas sin hacer y las fotos y las sillas volcadas son indicios de violencia. Sorprendieron a la tripulación durmiendo.
Dentro de la siguiente habitación, encontramos lo que queda del personal del barco. Han formado un montón de cadáveres junto a la pared más apartada. Un charco de sangre estancada se extiende desde la pila, y en él veo el reflejo de un solo ojo aterrorizado. Corro hacia la montaña de cuerpos y aparto a los muertos hasta encontrar a seis supervivientes temblorosos bajo los cadáveres. Están amordazados, golpeados y atados de pies y manos. Me agacho para liberarlos, pero ellos se encogen de miedo y tratan de alejarse mientras emiten sonidos inhumanos, como graznidos. Casio se acuclilla y se quita el guantelete derecho para que puedan ver los emblemas dorados que luce en la mano.
—Salve —dice con voz profunda—. Salve, amigos —continúa mientras los supervivientes le escrutan el rostro en busca de su cicatriz de Marcado como Único. Una cicatriz que yo nunca me he ganado.
—Dominus... —murmuran sollozantes—. Dominus...
—Paz. Hemos venido a ayudaros —digo, y le quito la mordaza a un rojo barrigón. Tiene un ojo cerrado a causa de la hinchazón que le ha provocado un corte en la ceja. Huele a orín—. ¿Cuántos son? —pregunto.
Los dientes torcidos le castañetean tanto que ni siquiera es capaz de articular palabra. Me pregunto si habrá hablado alguna vez con un dorado. Siento mucha lástima por él. Le pongo una mano en el hombro con la intención de tranquilizarlo. Se aparta atemorizado.
—Buen hombre, salve. Paz —digo con suavidad—. Ya estás a salvo. Hemos venido a ayudar. Dime cuántos son.
—Quince... Puede que más, dominus —susurra con un marcado acento de Fobos y luchando por contener las lágrimas. Miro a Casio. Quince son demasiados sin nuestra armadura de pulsos—. El líder está en... en... en el puente con el capitán. ¿Sois señores de las Lunas?
—¿Cómo os abordaron? —pregunto haciendo caso omiso de su pregunta—. ¿Tienen un navío?
Asiente.
—Salieron de los asteroides. Therix, nuestro timonel, se quedó dormido conectado al enlace ascendente. Borracho. —Se estremece—. Nos despertamos y... Y nos despertamos y estaban en los pasillos. Intentamos huir. Llegar a las cápsulas de escape. Nos castigaron... —Sigue rechinando los dientes deformes. Estoy tan cerca que le veo los puntos negros de la nariz bulbosa. Las venas del cuello le sobresalen a causa de la redistribución de fluidos que provocan los viajes prolongados a escasa gravedad. Está pálido y tiene los huesos débiles. Apuesto a que lleva media vida sin sentir el calor del sol—. Su nave nos abordó por el hangar de carga.
—Eso explica por qué no la veíamos —le digo a Casio.
Me ignora.
—¿Por qué estáis tan alejados de todo y con el barco cargado hasta los topes? —le pregunta al hombre.
—No deberíamos haber venido... No deberíamos haber aceptado el dinero.
—¿Qué dinero? —pregunto.
—El de la pasajera. La dorada.
Casio y yo intercambiamos una mirada.
—¿Hay una dorada a bordo? —pregunta él—. ¿Tenía cicatriz?
—No es Única. —El rojo niega con la cabeza y Casio exhala un pequeño suspiro de alivio—. Se acercó al capitán en Psique. Nos pagó para... —Traga saliva con dificultad y echa un vistazo por encima de nosotros, como si esperara encontrarse con un obsidiano allí mismo—. Nos pagó para trasladarla a un asteroide... el S1392.
—Eso está cerca del límite del Golfo —señalo—. Justo a las afueras del territorio del Confín.
—Sí. El capitán le advirtió que allí no había nada, pero nos pagó lo mismo que cuesta toda nuestra carga. Le dije que no deberíamos relacionarnos con los dorados. Pero no me escuchó. Nunca me escucha...
—¿Dio algún nombre? —pregunta Casio.
—Nada de nombres. —Vuelve a negar con la cabeza—. Pero hablaba como él.
Me señala y sé que Casio está pensando lo mismo que yo. ¿Los obsidianos han venido por el barco o por la dorada?
—Puede que no sean ascomanni —aventuro—. Tal vez se trate de Amanecer.
—Darrow no masacraría civiles.
—En esta guerra, dos tercios de los muertos son civiles —replico con brusquedad—. ¿Te has olvidado del Saco de la Luna a manos de la Horda de Sefi?
—Para nada. Y tampoco me he olvidado de Nueva Tebas —contesta Casio, que se refiere a cuando mi padrino, el Señor de la Ceniza, bombardeó desde la órbita una de las ciudades importantes de Marte después de que el Amanecer se hiciera con ella.
—Chicos. —La voz de Pita crepita en nuestros oídos e interrumpe la tensión entre ambos—. Chicos, tenemos compañía.
—¿Cuántos? —inquiere Casio.
—Tres barcos entrantes.
Me pongo de pie.
—¿Tres?
—¿Y por qué demonios no nos lo has dicho antes? —le espeta Casio.
—No podía localizarlos debido a la interferencia del asteroide. Deben de haber pedido refuerzos para llevarse el Vindabona.
Los miembros de la tripulación perciben nuestra inquietud y comienzan a temblar de miedo una vez más.
—¿De qué grado? —pregunto.
—Militar, tercera clase. Dos lanceros de cuatro cañones y una corbeta de ocho cañones de clase tormenta. Son ascomanni.
—¿Cómo lo sabes? —digo.
—Porque llevan cadáveres en los cascos.
—Es una condenada partida de caza. —Casio maldice en voz baja. Podríamos plantarles cara a uno de los lanceros, pero una corbeta de clase tormenta reduciría al Arqui a jirones—. ¿Cuánto tiempo tenemos?
—Cinco minutos. Todavía no me han visto. Os sugiero que os bajéis de ese cacharro.
Corro a cortar las ligaduras que todavía sujetan a los prisioneros.
—Gallina, necesito que salgas pitando de ese asteroide y que vengas a toda prisa hasta el tubo de trasbordo del Vindabona —ordena Casio—. Tenemos que evacuar personas.
—Me verán si realizo una aproximación —dice Pita.
—Puede que ellos tengan cañones, pero nosotros tenemos motores —contesta Casio.
—Recibido.
—¿Podéis correr? —pregunta Casio a la tripulación. Ellos levantan la mirada hacia él sin contestar—. Bueno, pues vais a tener que hacerlo. Los obsidianos siguen ahí fuera. Si los veis, no perdáis la cabeza y seguid hasta el tubo. Dejad que seamos nosotros los que luchemos. Obedeced todo lo que os diga u os dejo aquí para que muráis. Decid que sí con la cabeza. —Lo hacen—. Bien.
—¿Qué hay de la dorada? —le pregunto a Casio—. Es posible que aún esté viva.
—Ya has oído a Pita —responde—. No tenemos tiempo.
—No pienso dejar a nadie en manos de esos bárbaros. Y menos a una de los nuestros. No es honorable.
—Te he dicho que no —replica Casio, que está a punto de utilizar mi nombre delante de los contrabandistas—. No merece la pena arriesgar las vidas de todas estas personas por la de una sola. —Observa a la tripulación tambaleante que tenemos delante—. Todo el mundo callado. Permaneced unidos. Y ahora, seguidme.
Casio, como siempre, sale primero por la puerta antes de que tenga ocasión de contestarle.
Los prisioneros lo siguen hasta el pasillo lo más deprisa que pueden para desandar el camino por el que hemos llegado hasta ellos. Yo vigilo la retaguardia al mismo tiempo que ayudo a un marrón que cojea. El hueso del brazo derecho le asoma por un desgarrón del mono de trabajo verde. Casio se da la vuelta para asegurarse de que no me quedo rezagado. Nos subimos en el ascensor que tomamos para volver a bajar a la tercera planta. Pero cuando las puertas empiezan a cerrarse, me bajo de un salto sin volverme siquiera para mirar a Casio.
—Maldita sea, niño —dice Casio a través del intercomunicador cuando las puertas ya se han cerrado y el ascensor ha empezado a bajar—. ¿Qué demonios crees que estás haciendo?
—Lo que haría Lorn —replico mientras recorro una vez más el mismo camino. Casio dice que no tenemos tiempo, pero sé lo cuidadoso que se muestra conmigo, la precaución con la que protege mi vida—. Seré sensato. Haré un reconocimiento rápido.
Guarda silencio durante un instante y sé que se está reservando su condena para más tarde.
—Date prisa, y vigila tus espaldas.
—Desde luego.
Ajusto la presión de la mano sobre el filo y continúo caminando por el pasillo. Me esfuerzo en calmar la respiración, pero cada vez que doblo una esquina espero toparme con un salvaje de dientes ensangrentados y mirada vacía. Siento el miedo y recuerdo las palabras de mi abuela: «No dejes que el miedo te toque. El miedo es el torrente. El río enfurecido. Combatirlo es desmoronarse y ahogarse. Pero mantener un pie en cada orilla es verlo, sentirlo, y utilizar su curso a tu antojo».
Soy el amo de mi miedo. Me sumerjo en el Ojo de la Mente. Mi respiración se ralentiza. Una claridad fría, distante, se asienta sobre mí. Oigo el traqueteo de los purificadores de aire obstruidos por el polvo, el pulso de los generadores que vibra a través del suelo de metal y penetra en mis botas.
Y entonces los oigo a ellos.
El murmullo grave, bajo, de sus voces me llega por el oscuro pasillo de metal como el sonido de un glaciar quejoso. Me sudan las manos debajo de los guantes. Todo lo que Aja y Casio me han enseñado me parece muy lejano ahora que la rejilla de metal cruje bajo mis pies. Ya he matado ascomanni en otras ocasiones, pero nunca solo.
Al final del pasillo, echo un vistazo desde la esquina. No veo a los obsidianos. El economato es redondo y contiene varias mesas. La que está en el centro está cargada con montañas de ropa. Estoy a punto de entrar en la sala cuando una de las montañas se mueve, y entonces me doy cuenta de mi error. Hay tres ascomanni sentados a la mesa del centro. Su pelo largo y trenzado cae, blanco y sucio, sobre las espaldas anchas. Su piel pálida y llena de cicatrices asoma bajo los fragmentos de armadura. Hablan en nagal y están encorvados mientras devoran y se beben las reservas de alimentos de la nave. El asco y el miedo se me arremolinan en la boca del estómago.
«Sé la calma».
Me apoyo de nuevo contra la pared y escucho su conversación. El acento de los salvajes es muy marcado, tienen una voz perezosa y ebria. Son del Polo Norte de la Tierra. Uno critica el sabor de la carne humana y anhela comer alce fresco. Su amigo dice algo que no comprendo. Algo relacionado con el Hielo. La tercera está molesta porque no ha conseguido hacer ningún esclavo durante la toma del barco. Le pregunta al primero si puede comprarle a la nacida del Sol. El hombre se ríe de ella con la boca llena y dice que la dorada pertenece a su jari, en carne y hueso. La nacida del Sol; la dorada.
Supongo que Lorn los mataría. Mi propio orgullo me empujaría a hacer lo mismo, a demostrarme que soy más grande que el miedo que siento ahora mismo. Pero el orgullo es una inmodestia que no puedo permitirme. Las enseñanzas de mi abuela salen vencedoras. ¿Por qué luchar cuando puedes manipular? Encuentro una forma de rodear el economato y prosigo con mi búsqueda aguzando el oído para captar cualquier síntoma de vida.
El tiempo preasignado va transcurriendo. Tendré que regresar dentro de dos minutos. Por los pasillos no se oye nada que no sea el eco de las voces de los obsidianos y el desgraciado traqueteo de unos generadores lejanos. Entonces... oigo algo. Un crujido débil procedente de detrás de un mamparo. Doy con la puerta y agarro el pomo estrecho. Se abre despacio, deslizándose hacia el interior de su marco y rechinando al hacerlo. Frunzo la nariz mientras ruego a Júpiter que no lo haya oído nadie. Espero, apostado con mi filo en el pasillo, preparado para que los obsidianos vengan corriendo. No lo hacen. Entro con sigilo en la habitación.
Está atestada por el resto de los miembros de la tripulación. Están esparcidos por el suelo en jaulas de malla metálica que les constriñen el cuerpo. Todos son colores inferiores. Y suspendida por encima de ellos, colgada del techo oscuro de la sala, hay una fina red de alambre atada a una tubería del gas. Se bambolea hacia delante y hacia atrás, y dentro de ella, colgado del revés de tal manera que el alambre se le clava en la piel, se encuentra el cuerpo de una mujer desnuda con emblemas dorados en el dorso de las manos.
9
LISANDRO
La pasajera
Me abalanzo primero hacia la dorada.
Tiene el cuerpo contorsionado y retorcido dentro de los confines de su prisión. Una silla metálica doblada descansa debajo de ella: la han utilizado para golpearla cuando ya colgaba dentro de la red. Su mano derecha es un amasijo de carne chamuscada y achicharrada gracias al soplete que reposa sobre una mesa. La sangre le rezuma de los dedos y gotea sobre el suelo. El olor a piel y pelo quemados se me clava en las fosas nasales y hace que me lagrimeen los ojos.
Está muerta. Tiene que estarlo.
—¡Ayúdanos! —susurra una mujer roja con la boca ensangrentada—. Dominus...
—Silencio —le espeto al mismo tiempo que me vuelvo hacia la puerta.
Decenas de pares de ojos me miran desde detrás de los barrotes de las jaulas. Todos los prisioneros me suplican.
Me acerco despacio a la dorada, y cuando tiendo la mano para tocar la red, abre los ojos de golpe bajo la luz tenue. Demonios. Casi me caigo de espaldas. Está viva. Le han untado todo el cuerpo con aceite negro de motor y con sustancias de olor más fétido.
—Dominus... —sisea un marrón.
—Salve —le digo a la dorada con acento de Tesalónica—. Estoy aquí para ayudar. Me llamo Castor au Jano. —Me observa sin hablar, sin siquiera dar señales de si me entiende—. Voy a ayudarte a salir, pero tienes que guardar silencio y ser rápida. Los ascomanni todavía están ahí fuera. ¿Lo comprendes?
—Sí, lo comprendo —contesta.
Su intenso acento palatino me sobresalta. El hombre tenía razón. Ella también es de la corte de la Luna. ¿Qué estará haciendo en este lugar tan remoto?
—Quédate muy quieta —le pido.
Me coloco debajo de la red y deslizo mi filo por el cable de acero para cortarlo del techo. La chica cae sobre mis brazos. Esperaba que se revolviera contra mí, pero permanece inmóvil en el interior de la ajustada cárcel de malla. Ahora veo lo mucho que la tacred se le ha clavado en la piel. Las tacredes, o jaulas de pájaros, se disparan con unos cartuchos de fibra comprimida y están diseñadas para que las fuerzas policiales envuelvan y constriñan a los prisioneros para reducirlos sin causar daños. Pero si manipulas la contracción de las restricciones, puedes llegar a matar a un prisionero destripándolo. Deposito a la mujer en el suelo y corto los alambres uno por uno hasta que puede liberarse a gatas. Se queda tumbada en el suelo, desnuda, estirando las articulaciones. Los dientes le castañetean a causa del dolor.
Me doy cuenta de que es joven, puede que incluso más que yo, que tengo veinte años. Experimento una necesidad abrumadora de protegerla. Le cubro el cuerpo con un plástico.
—No pasa nada —le digo—. Ya estás a salvo.
Me levanto para ir a ayudar a los demás.
—Estimulantes —consigue articular a través de los dientes apretados—. Necesito estimulantes.
Vuelvo a agacharme y saco una jeringuilla del dispensador que llevo en el muslo derecho del evacutraje. Es una de las últimas que me quedan. Me la arrebata de la mano y se la clava en el bíceps del brazo quemado. Convulsiona mientras la droga se precipita por su sistema. Exhala un suspiro de placer.
—Más —exige.
Echo un vistazo a los demás prisioneros y saco las dos últimas jeringuillas que me quedan. La dorada me sorprende inyectándose las dos al mismo tiempo. Es demasiado para su masa corporal, salvo que haya desarrollado resistencia a los estimulantes, cosa que, intrínsecamente, significa algo peligroso. Aquí hay algo que no va bien.
Poseída por una energía frenética a causa de la droga, se levanta tambaleándose. Salto hacia ella para evitar que se caiga, pero se equilibra apoyándose en la mesa.
—Tenemos que irnos —le digo en voz baja—. Hay más ascomanni en camino. Debemos marcharnos antes de que sus naves atraquen. Ayúdame a soltar a los demás.
Sin dejar de asentir, encuentra su ropa en una pila que hay en el suelo, cerca de la puerta. Todavía cubierta de aceite, se pone los pantalones y una chaqueta verde, aunque tiene que forcejear con la cremallera por los estimulantes que invaden su sistema.
—Sander —me dice Casio al oído cuando me acuclillo para cortar la jaula de la mujer roja con el filo—, ¿cuál es tu estado?
—He encontrado a la dorada, Regulus.
Lo conecto a mi señal visual.
—Recibido. —Guarda silencio mientras observa a los prisioneros—. Lisandro...
—Chico —me llama la dorada a mi espalda. Me vuelvo. Está a menos de un brazo de distancia—. ¿Qué tubo de atraque estáis utilizando?
—El dos-B.
—¿El dosB? —Hace un gesto de asentimiento con la cabeza, más para ella que para mí—. Te lo devolveré dentro de cuatro minutos. Por mi honor.
—¿Qué me devolverás?
Todo se vuelve borroso. Ni siquiera la veo golpear cuando la palma de su mano impacta contra un lado de mi cabeza. Me tambaleo y entonces algo, tal vez su codo o su rodilla, se estampa contra mi oreja contraria y me desplomo viendo las estrellas. Siento una presión en la cadera y oigo que sus pasos salen por la puerta. Lleva cuatro segundos fuera cuando me doy cuenta de lo que se ha llevado. Mi filo. El que Casio me regaló por mi decimosexto cumpleaños. El que perteneció a Karnus. Su típica empuñadura Belona está cubierta por una simple coraza de metal, pero para Casio posee un valor incalculable. Aturdido, me precipito hacia el pasillo tras ella. Me fallan las piernas y estoy a punto de desmoronarme.
Los colores inferiores prorrumpen en gritos de miedo, los aterroriza que vaya a abandonarlos. Vuelvo a abalanzarme hacia sus jaulas, pero no tengo nada para cortarlas. No puedo utilizar mi pistola de plasma. El alambre está demasiado pegado a sus cuerpos. El pánico amenaza con atenazarme. Tiro de las hebras cortadas de la caja de la mujer roja.
—Lisandro... —dice Casio. Ahora los colores inferiores han empezado a bramar y a rodar por el suelo—. Es demasiado tarde. —Tiro con todas mis fuerzas. El alambre de fibra me raja los guantes y la piel. La sangre se acumula sobre la malla—. ¡Lisandro! Tienes que abandonarlos.
—No, puedo ayudarlos...
Gruño al tirar de nuevo del cable con todas mis fuerzas, haciendo palanca con las piernas. El alambre me atraviesa los dedos hasta el hueso. Y ni siquiera se comba. Los colores inferiores lanzan un grito. Me doy la vuelta y veo a un obsidiano en la puerta. Cojo mi pistola y disparo con torpeza. El rayo de plasma le arranca la cabeza al obsidiano desde la nariz hacia arriba. Otro ocupa su lugar en la puerta. Disparo, pero se aparta de nuevo hacia el pasillo.
—Lisandro, ¡sal de ahí! —exclama Casio.
Un grito crece en mi interior, pero no brota de mis labios. Bajo la mirada hacia los aullantes colores inferiores, hacia las madres y los padres que podría haber salvado, y sus alaridos deshinchan mi fantasía de heroísmo y honor. Patalean contra el suelo gritándome que los salve, pero no puedo. El cántico de muerte de los obsidianos retumba en el pasillo.
El miedo ha llegado.
Echo a correr como un cobarde. Antes de salir al pasillo, disparo a ciegas sin doblar la esquina. El pecho del obsidiano se derrite hacia dentro al mismo tiempo que blande el hacha. Me agacho por debajo de su arma y me abalanzo contra la pared contraria, aprovecho el impacto para impulsarme y me enderezo de nuevo con dificultad. El pecho del obsidiano se ha achicharrado hasta el hígado, pero aun así avanza hacia mí a trompicones: una torre de músculos fibrosos, fragmentos de armadura y pellejos de animales muertos. Tanto Aja como Casio me han dicho que nunca me sitúe al alcance de la mano de un obsidiano. Solo ellos pueden romper los huesos reforzados de los míos. Pero no me queda más remedio. Vuelve a asestar un golpe con su hacha, y yo ataco siguiendo el impulso, le golpeo el interior del brazo con que la blande con el codo, le clavo la punta en la arteria braquial. El brazo se le queda flácido, pero la fuerza de la colisión me derriba de costado. Aprovecho la inercia para desviarme hacia la izquierda y clavarle la rodilla derecha en la arteria genicular del interior de la pierna. Ruge de dolor y embiste directo contra mí, me estampa contra la pared. Es como aquella vez que uno de los sementales de Virginia me dio una coz. Me quedo sin respiración. Me agarra del cuello con la mano derecha, me levanta del suelo y aprieta los dedos para intentar reventarme la tráquea. El cartílago restalla. Bajo la mandíbula para intentar zafarme de su presa, pero el mundo se va oscureciendo. Tiene trozos de carne adheridos a la barba. El olor rancio de sus dientes podridos me invade la nariz. Me retuerzo y presiono dos veces el gatillo de mi pistola. El plasma penetra en su caja torácica en un ángulo diagonal y le achicharra el corazón. Abre los ojos como platos a causa de la sorpresa y se desploma, cadáver. Caigo al suelo y trago aire justo a tiempo para ver que la tercera obsidiana, furiosa, se precipita hacia mí por el pasillo.
Disparo, fallo y corro.
Dejo atrás breves atisbos de pasillos en penumbra y habitaciones vacías. Me arrojo en torno a ellos, agarrándome a vigas para ajustar mis giros en las esquinas.
—La corbeta de los ascomanni ha atracado en el 1C —anuncia Pita—. Muerte por delante.
Freno en seco. Los oigo por delante de mí, sus voces tribales retumban mientras se internan en el barco a través de las pasarelas de trasbordo. Sus botas sacuden el metal. Todos pesan el doble que yo, puede que incluso más. Me cortarán la ruta hacia el ascensor. Vuelvo por donde he venido y compruebo el monitor de mi arma. El cartucho de energía cuenta con diecisiete tiros. Me siento desnudo sin mi filo. Pero hoy luchar no es la respuesta.
—Pita. El pasillo hacia el ascensor 11A está cerrado. Necesito que me guíes.
—Toma la siguiente a la izquierda —me dice sin perder ni un segundo. Consciente de que Casio está a la escucha, juzgándome, giro a la izquierda—. Doscientos metros. —Corro esa distancia, lento por culpa del evacutraje—. El montacargas está en la segunda a tu derecha.
Llego al ascensor y pulso el botón de llamada. No responde. Han pegado un cartelito en la puerta para pedir disculpas por la avería del montacargas de una forma bastante grosera, por medio de un falo parlante.
—El ascensor está fuera de servicio —digo esforzándome por mantener la respiración regulada.
—Retrocede veinte metros, las escaleras están justo ahí. Baja veinte pisos.
—¿Que retroceda? —pregunto con la esperanza de haberla oído mal.
—¡Ya!
Reculo sin toparme con la obsidiana y, en cuanto doy con las escaleras, comienzo el descenso. Cuando he bajado dos pisos me detengo. Los oigo. Sus botas golpean los escalones dos niveles por encima de mí. A través de la rejilla de metal, veo sus siluetas oscuras, su cabello lechoso. El cántico, llamado khoomei, gime a través del hueco. Es un ruego para que Hel, la diosa obsidiana de la muerte, acepte sus ofrendas. Salvo todo el tramo de escaleras siguiente de un solo salto, bajo los siguientes pisos tan deprisa como puedo. Detrás de mí, como una avalancha oscura, ganando terreno, retumbando, amenazando con engullirme, se apresuran los atacantes. No veo cuántos son. No oigo lo que Pita y Casio me dicen. Mi cuerpo está ausente e insensible y mi mente, calmada y concentrada.
Me tropiezo con un escalón oxidado y estoy a punto de caerme, pues el peso del traje tira de mí hacia el suelo. Me enderezo dando tumbos y descargo dos tiros rápidos con mi pistola. Me apunto un tanto afortunado. Alguien gruñe y una sombra de sangre salpica la pared cuando los rayos de energía verde dan en el blanco. Eso me da tiempo para llegar hasta la planta de atraque.
Cruzo a toda prisa la puerta de metal y la cierro a mi espalda girando la escotilla con todas mis fuerzas para sellarla. Pero la rueda se para y entonces empieza a dar vueltas en el sentido contrario cuando, al otro lado, alguien más fuerte que yo empieza a abrirla. Me echo hacia atrás y disparo tres veces contra la escotilla, de manera que convierto la rueda de metal en escoria candente y atasco la puerta. Me tiemblan las fibras musculares del brazo a causa del retroceso del arma. Los obsidianos franquearán la puerta de un momento a otro, pero me he granjeado unos segundos valiosísimos.
—Cien metros en línea recta. Quinta a la izquierda. Veinte metros en línea recta. Primera a la derecha.
Sigo las instrucciones de Pita, pero cuando me doy la vuelta para alejarme de la puerta me choco con alguien y los dos caemos desplomados. Giro sobre el suelo y apunto con mi pistola al atacante. Pero no es un obsidiano. Es la chica dorada. Está intentando incorporarse, y luce media docena de heridas nuevas sobre la piel impregnada de aceite. Tiene la chaqueta hecha jirones. Lleva mi filo en la mano. Está ensangrentado hasta la empuñadura. Hay mechones de pelo blanco pegados a los coágulos.
Es un milagro que siga viva. En el estómago, varias capas de piel y grasa se repliegan a lo largo de un tajo de quince centímetros a la derecha del ombligo. Parece una herida de hacha. Permanece en cuclillas, escuchando a los obsidianos que martillean la puerta.
—Dame mi filo —digo.
—Aparta.
Se abalanza sobre la puerta con el filo y lo clava a través del metal fundido. Al otro lado, un atacante chilla y la chica retira el filo. La sangre sisea cuando el metal derretido la convierte en vapor.
—¿Dónde está tu barco? —me pregunta cuando se vuelve hacia mí con una mirada de ojos salvajes, incandescentes. La puerta jadea cuando los obsidianos logran arrancar la mitad de los goznes—. ¿Dónde está tu condenado barco?
El acento de la Luna desaparece de su voz por efecto de la adrenalina, sustituido por algo muy distinto. La herida del vientre le sangra muchísimo.
—Por aquí. —Me acerco para ayudarla a caminar, pero ella me esquiva—. No seas idiota, apenas te mantienes en pie —digo.
Tras volver la mirada hacia la puerta curvada, cede dejando escapar un chorro de aire entre los dientes y entrelaza su brazo con el mío. Avanzamos renqueando lo más deprisa que podemos, dejamos atrás la puerta y atravesamos el nivel de carga con contenedores y cajas por todas partes.
Giramos a la derecha. Casio está montando guardia a la entrada del puente de transbordo que conecta nuestro barco con el Vindabona, ataviado con su evacutraje y el casco. Dispara su rifle de pulsos por encima de nuestras cabezas hacia el grupo que dobla la esquina detrás de nosotros. La energía distorsionada pasa chillando junto a mi oído. Se oye un aullido. Vuelvo la vista y veo que la cabeza de un obsidiano desaparece, de su cuello mana sangre a borbotones. Los rayos tan largos como mi antebrazo, disparados magnéticamente, desgarran el aire a nuestro alrededor y se incrustan en las paredes. Ya hemos superado a Casio y entrado en el estrecho paso elevado. Él nos sigue, con su rifle de pulsos rugiendo mientras descarga sus últimas reservas de batería contra un guerrero obsidiano que se encarama de un salto al puente detrás de nosotros. El torso del hombre se parte por la mitad y cae dando vueltas hacia atrás, pero sus piernas permanecen en lo alto de la pasarela. Casio las aparta del barco de una patada.
—¡Desacopla! —le grita a Pita.
Nuestra puerta hermética se sella y bloquea el paso elevado justo cuando me derrumbo junto con la chica dorada sobre el suelo del área de transbordo del interior del Arquímedes, jadeando y empapado de sudor y sangre. Ella apoya la frente sobre el suelo de metal y tose de dolor. Pita lleva a cabo un desacoplamiento de emergencia del Vindabona y nos alejamos de costado. Casio, de pie, me fulmina con la mirada. Siento su rabia, a pesar de la faz tranquila de su yelmo.
Reina el silencio, salvo por los sollozos de los miembros de la plantilla que hemos rescatado. Están desplomados sobre el suelo, como nosotros, apiñados unos contra otros, algunos en un estado de exaltación, otros todavía asustados, sin creerse aún que puedan estar seguros. No lo están.
—Eres un imbécil —me dice Casio—. ¿En qué demonios estabas pensando?
Antes de que pueda contestarle, arrebata de una patada mi filo de las manos de la dorada. Se agacha, como si fuera a agarrarle la cara para buscar la espantosa marca en su mejilla, cuando el suelo del Arqui se abre entre nosotros. Casi se da la vuelta y se aparta al mismo tiempo que un borrón gris azulado perfora la cubierta con estruendo y después sale por el techo con una monstruosa bocanada de aire. Nos han hecho un agujero en el barco. Las sirenas de despresurización ululan. Pálpitos rojos de las luces del techo. Otro proyectil de cañón de riel perfora el casco. Atraviesa el suelo y el cuerpo del rojo barrigón que hemos salvado, que nos rocía de sangre. Pita grita algo en nuestros intercomunicadores. La presión se escapa aullando por los agujeros. Entonces la armadura celular se desliza sobre los daños exteriores y el derroche salvaje de aire se detiene. Las sirenas dejar de gemir, pero las luces de advertencia continúan parpadeando.
—Nos han dado en los motores —informa Pita—. El número uno está a media potencia. Estoy desviando parte de su energía hacia los escudos.
Casio señala el tajo del vientre de la chica dorada.
—Cauterízale eso o se desangrará.
Se abre paso entre los supervivientes de la tripulación en dirección al puente. La dorada está perdiendo demasiada sangre. Tiene la piel pálida bajo el aceite negro y el pecho le sube y le baja lentamente. Le levanto el brazo para llevarla a la enfermería, pero está demasiado débil. Los estimulantes le han sobrecargado el sistema. Las piernas no le responden, así que le paso un brazo por debajo de las rodillas y el otro por la espalda y la cargo por los pasillos estrechos. La expresión fiera que lucía cuando la encontré ha desaparecido. Está callada e inmóvil, me observa con ojos ajenos al caos que nos rodea. La tumbo sobre la camilla cuando los cañones del Arqui comienzan a disparar. La enfermería es pequeña y no está bien equipada. Las jeringuillas tiemblan en sus estuches cuando recibimos otro impacto.
Los rostros desencajados y los gritos de los colores inferiores.
Los alaridos aún me persiguen.
Morirán todos.
La chica me mira mientras le corto la camiseta sucia con unas tijeras quirúrgicas. Dos cortes menores le desgarran la piel por encima de los pechos. Mi principal preocupación es la herida de hacha. Es un tajo profundo e inflamado, de quince centímetros de largo, en la parte inferior izquierda del abdomen. ¿Cómo se le ha ocurrido siquiera regresar? ¿Qué podría ser tan importante? Le limpio la herida con un espray antibacteriano y utilizo el escáner de uso hospitalario para inspeccionar sus órganos en busca de daños. Tiene el hígado lacerado. Necesitará un cirujano de verdad, y pronto. Yo aquí solo puedo cauterizarle los capilares y cargarla de sangresim. La carne chisporrotea bajo el láser. Ella gime de dolor. Una vez que la herida está sellada, le aplico una capa de carne resonante y le ajusto la correa de un kit de compresión. El barco se estremece.
—¿Quién eres? —le pregunto a la chica—. ¿Cómo te llamas?
No me contesta, se le cierran los ojos.
—S-1392 —susurra—. Ayuda... en... S-1392.
Sus palabras se desvanecen cuando pierde la conciencia.
El S-1392 es el asteroide al que se dirigía. Pero ¿qué ha querido decir con «ayuda»?
La escudriño como si su rostro contuviera las respuestas. Tiene las pestañas más largas de lo que podría haberme imaginado. Pero incluso embadurnada de aceite y sangre, distingo los músculos fibrosos de una luchadora y un testamento de cicatrices antiguas sobre su piel. Demasiadas para lo joven que es. Paso los dedos sobre las seis cicatrices paralelas que le rastrillan la parte baja de la espalda. Acompañando a esas cicatrices, hay dos viejas heridas por arma blanca cerca del corazón, una quemadura terrible en el brazo izquierdo y los restos de una lesión antigua en el lado derecho de la cabeza, que también le costó el trozo superior de la oreja. Cuando la vi por primera vez en esa jaula pensé en ella como una chica. Pero no es una chica. Es una depredadora de piel joven. ¿Quién si no podría volver a adentrarse en ese barco de pesadilla?
¿Por qué tuviste que quitarme el filo?
¿Se había olvidado de algo? Registro su ropa, su cuerpo. No hay nada escondido. Ni dientes falsos. Pero tengo una sospecha. Le paso una mano por la cara. Los pómulos son audaces y altos y, como el resto de su cuerpo, están cubiertos de aceite. Le rasco los párpados cerrados con las uñas. Las pestañas postizas están bien hechas y pegadas con algún tipo de resina. Bajo los dedos hacia la mejilla derecha. El miedo me encoge el estómago cuando noto que la piel de esa zona cede.
Me enderezo y me aparto.
Sé lo que es esta chica.
Lo sospeché cuando me robó el filo, y después cuando su voz se apartó del acento de la Montaña Palatina. ¿Lo estaba fingiendo? ¿Era una farsa? Levanto el extremo del extraño parche que lleva en la cara hasta que una fina capa de carne resonante —del mismo tipo que Casio utiliza para disfrazarse— se aparta de la mejilla y deja a la vista lo que hay debajo. A lo largo del pómulo derecho, atravesando el aceite negro en un ángulo cruel, se encuentra la marca pálida de los Marcados como Únicos.
10
DARROW
Libertad eterna
Sevro se remueve inquieto en el cojín blanco que hay a mi lado mientras Publio au Caraval, el tribuno líder del bloque cobre, termina de pasar lista. Publio es un instigador de lo más elegante. Es de edad madura y poca estatura, tiene una cara estrecha y agradable, la nariz grande, los ojos fríos y una ambivalencia hacia la moda que roza en el antagonismo. Cuando no lleva puesta la toga, sigue luciendo los mismos trajes anodinos que antes de la guerra, cuando ejercía de abogado de oficio de los colores inferiores. Desde entonces, ha medrado hasta convertirse en una voz de la razón en este Senado dividido, y en aliado ocasional de mi esposa. Lo llaman el Incorruptible por su naturaleza puntillosa y su falta de vicios.
Caraval está de pie sobre un pequeño plinto circular ante las gradas de mármol con forma de C que rodean el suelo blanco y rojo de pórfido. En las gradas se dispone una pequeña silla de madera para cada senador. Detrás de Caraval, apartado del plinto, se halla el sencillo Trono de la Mañana de la soberana. Está hecho de madera de pícea y tallado con simples formas geométricas, y parece terriblemente incómodo. Además, no tiene cojín: Mustang pidió que se lo quitaran. Ella está apoyada sobre uno de los brazos del trono y observa a los senadores, que se sientan agrupados por color y por afiliación política sobre las gradas almohadilladas: el Vox Populi de Dancer a la izquierda de las gigantescas Puertas de la Libertad, que salen del foro hacia los escalones y la Vía Triumphia; los optimates de Mustang a la derecha; los centristas obsidianos y cobres en la parte media.
Aburrido de la formalidad, Sevro está apoltronado a mi lado, vestido con su almidonado uniforme militar blanco. Está mirando el techo, hipnotizado por el mural que lo ocupa. Es una representación romántica de la Arenga de Fobos, el discurso que pronuncié para lanzar el Amanecer en Fobos hace diez años. Yo tengo un aspecto joven y radiante, pintado en tonos dorados y escarlata, y floto con unas gravibotas; mi capa ondea al viento a mi espalda como una nube de tormenta magenta y estoy flanqueado por los Aulladores, los Hijos de Ares y Ragnar, aunque en realidad él ni siquiera estuvo allí. Sevro aprieta la mandíbula.
—Ese no se parece en nada a mí. —Señala su propia imagen con un gesto de la cabeza. Tiene razón. La figura que lo representa tiene los ojos inyectados en sangre y enajenados. Lleva el pelo de punta y sus dientes recuerdan a una hilera de porcelana hecha añicos—. Tú tienes pinta de que un maldito santo se hubiera tirado a un ángel y ¡sorpresa! Yo parezco un puto mutante trastornado que se alimenta de bebés.
Le doy unas palmaditas en la pierna. Mustang me mira y señala con la cabeza hacia los últimos senadores rojos que acaban de entrar en la sala. Dancer, cojeando, encabeza la procesión de mi gente hasta sus asientos. Nota que lo estoy mirando y me devuelve el gesto sin sonreír. A pesar de que sé que hoy es mi adversario, me cuesta no sentir cariño hacia él.
Una vez que terminan de nombrar a todos los senadores, centro mi atención en Mustang.
—Dado que hay cuórum, ahora escucharemos la petición programada. —Se vuelve hacia mí—. Archiemperador.
El repicar de mis botas contra la piedra resuena por toda la cámara del Senado mientras me acerco a ocupar mi lugar en el plinto, de cara a los senadores. Atisbo a Daxo sentado entre sus camaradas senadores dorados en el extremo derecho. Parece la estatua de algún dios pagano en reposo, pero yo sé que todavía convalece de una resaca tan monstruosa como la mía. Solo comienzo a hablar cuando la tensión ha alcanzado su punto álgido.
—Mercurio... ha sido liberado.
La mitad derecha de los senadores, junto con los cobres, hábilmente guiados por Caraval, claman su aprobación.
—La Primera Flota de la República, bajo el mando de la emperadora Orión xe Aquarii, se enfrentó a la del Señor de la Ceniza sobre Mercurio mientras la Segunda Flota, bajo mi propio mando, lanzaba una Lluvia de Hierro contra el continente de Borealis. Con un alto coste, nos impusimos.
Los senadores de los colores superiores vuelven a ponerse en pie en la sala, rugiendo su apoyo fanático al esfuerzo bélico. Los Vox Populi permanecen en silencio. Al igual que los obsidianos, me percato.
—Ahora, el Señor de la Ceniza se ha batido en retirada. Ha replegado la mayor parte de sus fuerzas para plantar una última batalla en Venus. Pero pronto lo seguiremos. Hermanos y hermanas, nos hallamos en el umbral de la victoria.
Pasa un minuto completo antes de que la ovación renovada se apague.
—Pero todavía debemos tomar una decisión. —Me tomo mi tiempo para permitir que el silencio se restituya—. ¿Permitimos que esta guerra se prolongue? ¿Que consuma a otra generación de jóvenes? ¿O presionamos al enemigo y lo pulverizamos hasta que la última cadena quede hecha pedazos? —Esta vez hablo por encima de los aplausos y dejo que el fervor me posea—. Llevamos una década de guerra. Pero podemos ponerle fin aquí. Ahora.
Levanto la vista hacia el palco de espectadores, donde las holocadenas tienen sus cámaras. Mi enemigo verá esto más tarde, en compañía de su hija y de sus consejeros, diseccionará mis palabras con su mente ágil, adivinará mis planes basándose en la respuesta de estos senadores. Pero lo más importante de todo: me estará observando a mí. No debe percibir mi agotamiento. La de Mercurio fue una gran victoria. Le robamos el hierro de sus muelles. Pero Venus... Venus es el premio.
Incluso aquí, en medio del aplauso atronador de la derecha, oigo que las palabras de Lorn retumban en el recoveco oscuro de mi mente.
«La muerte engendra muerte que engendra muerte».
—Hermanos y hermanas de la República, estamos a una decisión de distancia de un Núcleo liberado por completo. Un Sistema libre desde el Sol hasta el cinturón de asteroides. Seríamos los primeros hombres de la historia en verlo. Pero esa será una imagen que conllevará un coste. —Guardo silencio y, durante un breve instante, permito que el peso de estos últimos años se refleje en mi rostro—. Al igual que vosotros, no hay nada que desee más que la paz. Anhelo un mundo donde la maquinaria de la guerra no devore a nuestros jóvenes. —Miro a mi esposa—. Deseo vivir en un mundo donde mi hijo pueda escoger su propio destino, donde los pecados del pasado no definan la naturaleza de su vida como ha definido la de todos nosotros. Nuestros enemigos han ejercido su dominio sobre nosotros durante demasiado tiempo. Primero como esclavos, después como adversarios. Y ¿qué estabilidad, qué armonía podemos proporcionar a los mundos que hemos libertado mientras sean ellos quienes continúen definiéndonos? Por el bien de nuestros hermanos de Venus y Mercurio... —Miro a Dancer—. Por el bien de las almas que hemos desencadenado, por el bien de nuestros hijos, facilitadme las herramientas y terminaré esta guerra de una vez por todas.
Arranco vítores de aprobación.
Miro a Daxo y, tal como hemos acordado, se pone en pie para alzarse por encima de sus colegas senadores.
—Mis nobles amigos... —Despliega lastimeramente las gigantescas manos hacia los lados—. Sé que estáis cansados de la guerra. Yo también siento los años de confrontación en los huesos. Creo que tenía pelo cuando todo esto empezó. —Se oyen carcajadas—. Conozco mejor que vosotros el corazón de los Marcados como Únicos. No tienen espíritu de paz. No está en su naturaleza aceptar este nuevo mundo que hemos creado. Deben ser derrotados por medio de todos los métodos a nuestra disposición. Mi familia ha apoyado al Segador desde antes de que fuera conocido. Mi hermano murió por él. Yo he luchado por él. Y no lo abandonaré ahora. Y vosotros tampoco deberíais hacerlo. Los optimates están del lado del Segador. Y le proponemos al Senado un proyecto de ley para la Resolución de la Libertad Eterna, para levar veinte millones de reclutas nuevos, destinar fondos a naves del Golfo e imponer impuestos adicionales con el objetivo de financiar el esfuerzo bélico hasta que el Núcleo sea libre.
Daxo vuelve a sentarse, me mira y esboza una hueca de dolor al mismo tiempo que se frota la sien.
Publio cu Caraval se levanta de su asiento cuando el aplauso por fin se apaga. Lleva el pelo cobre corto y peinado con raya al lado, sin un solo mechón fuera de su sitio.
—Me dijeron que me habían traído a este mundo para servir. Para mover las palancas invisibles de una maquinaria antigua y maligna. Todos movíamos esas palancas. Pero ahora servimos al Pueblo. Estamos aquí para liberar la dignidad del hombre. Darrow de Lico es nuestra arma más potente contra la tiranía. Afilémosla de nuevo para que pueda romper las cadenas de nuestros hermanos cautivos en Venus.
Se lleva la mano al corazón, rezumante de empatía y determinación.
Un coro de senadores declara su apoyo, cada uno de ellos con más ímpetu que el anterior. Mustang se pone de pie y golpea su Cetro del Amanecer contra el suelo.
—El Senado registra la resolución, que queda abierta para el debate.
Todas las miradas se vuelven hacia Dancer.
Todavía no se ha movido. Mustang escruta su rostro.
—Senador O’Faran —dice—. ¿Nada?
—Gracias, mi soberana. —Se toquetea los bordes de la toga, su habitual tic nervioso, antes de levantarse. A estas alturas, todavía sigue odiando hablar en público. Tiene la voz ronca y titubeante, lo más opuesta posible a la de Publio—. Archiemperador, amigo mío, hermano mío, permite que empiece diciendo lo feliz que me hallo por tenerte de vuelta en casa. No hay... hijo de la República más grandioso que tú. —Muchas cabezas asienten—. También me gustaría felicitarte de manera personal por la liberación «parcial» de Mercurio. A pesar de tus métodos, a los que me referiré en un instante.
Lo observo con suspicacia, sabedor de lo que pretende, pero no de cómo tiene intención de enfocarlo.
—Todos sabéis que soy un hombre de guerra. —Baja la mirada hacia sus manos ásperas—. He sostenido armas. He liderado tropas. Es lo que soy. Y como la mayor parte de vosotros, también soy un mortal en una guerra de gigantes. —Dirige la vista hacia los dorados, los obsidianos—. Pero he aprendido que a los gigantes se les puede derribar con palabras. Las palabras son nuestra... salvación. Así que comparezco aquí ante vosotros armado solo con esa voz. —Se calla y esboza una mueca discreta—. Y quiero preguntaros ¿en qué época queréis vivir? ¿En una época donde la espada manda y nosotros la seguimos? ¿O en una época donde nuestra voz pueda cantar más alto de lo que ruge un motor? ¿No era esa la canción de Perséfone? ¿El sueño de Eo de Lico?
Se producen murmullos de asenso entre sus seguidores.
El resentimiento crece dentro de mí cuando insinúa que me he apartado del sueño de Eo. Ella era mía y la perdí por ellos. Pero cada vez que se la menciona, aun cuando se hace en tono reverencial, tengo la sensación de que la han exhumado de la tierra para exhibirla ante la multitud.
—Senadores, no tenemos poder en nosotros, no es nuestro —continúa Dancer despacio—. No somos más que receptáculos. Hombres y mujeres escogidos por el Pueblo para hablar en nombre del Pueblo, para canalizar su voz, para proteger al Pueblo. Darrow, tú contribuiste a darle voz al Pueblo. Por eso, estamos en deuda contigo.
»Pero ahora te niegas a escuchar esa voz, a obedecer las leyes que tú ayudaste a crear. El Senado, el Pueblo, te dio la orden de renunciar a Mercurio. Tú la desobedeciste. Lanzaste una Lluvia de Hierro. —Mira a Sefi, que está sentada varias sillas por debajo de Sevro, en los bancos de invitados, observándolo todo con una expresión indescifrable—. A causa de tu impaciencia, en un solo día murieron un millón de nuestros hermanos. Doscientos mil obsidianos. ¡Doscientos mil! Una cantidad que no puede reemplazarse. —Noto el peso de sus palabras al caer, y percibo la rabia solemne del bloque obsidiano, la misma rabia que he sentido en Sefi desde aquel día—. Y eso no fue lo único que hiciste, sino que además saqueaste de manera ilegal electivos de la Cuarta Flota que defiende Marte para sumarlos a tu ataque contra Mercurio. ¿Por qué?
—Porque era necesario para...
—Un millón de almas.
Yo conocía a treinta y siete de esas almas y, por alguna razón, ese número me parece mayor que un millón.
—Un hombre dijo una vez que todo el mundo perdería una guerra disputada por políticos —replico con rencor—. Hárnaso y Orión apoyaron mi plan. Vuestras legiones os han protegido hasta el momento, pero ¿ahora las cuestionáis?
—¿Nuestras legiones? —pregunta Dancer—. ¿Acaso son nuestras?
Antes de que pueda contestarle, se desplaza con pesadez hacia delante, peleando por el control de la conversación con toda la elegancia de un oso viejo.
—¿Cuántos de nosotros hemos perdido a seres queridos en la guerra? ¿Cuántos de nosotros hemos enterrado a hijos, hijas, esposas, maridos? Tengo las manos despellejadas de cavar tumbas. Se me rompe el corazón al ver el genocidio y el hambre en planetas que consideramos liberados. En Marte, mi hogar. ¿Cuántas almas más deben sufrir para liberar Mercurio y Venus, planetas que ahora están tan adoctrinados que nuestros propios colores combaten contra nosotros por cada centímetro de tierra que ganamos?
—Entonces, siempre y cuando Marte sea libre, ¿te conformas con ponerle fin a todo esto? ¿Con dejar que los demás se pudran? —inquiero.
Me mira a los ojos.
—¿Acaso Marte es libre? Pregúntale a un rojo de las minas. Pregúntale a un rosa del gueto de Agea. El yugo de la pobreza pesa tanto como el de la tiranía.
Mustang interviene.
—Tenemos el deber solemne de librar a los mundos de la mancha de la esclavitud. Son palabras tuyas, senador.
—También tenemos el deber solemne de hacer que los mundos sean mejores de lo que lo eran antes —replica Dancer—. Doscientos millones de personas han muerto desde que cayó la Casa de Lune. Decidme, ¿cuál es el propósito de la victoria si nos destruye, si estamos tan al límite que no podemos proteger ni proveer a aquellos que sacamos de las minas?
No hay armas en la sala, salvo por las de Wulfgar y su guardia, pero las palabras de Dancer ya causan suficiente daño de por sí. Agitan la sede del Senado. Y no ha terminado.
—Darrow, compareces aquí para pedirnos más hombres y mujeres, más barcos para dirigir esta guerra. Así que te pido, y le ruego al Anciano que protege el Valle, que me des una respuesta: ¿cuándo terminará esta guerra?
—Cuando la República esté a salvo.
—¿Estará a salvo cuando el Señor de la Ceniza caiga? ¿Cuando tengamos Venus?
—El Señor de la Ceniza es el corazón de su maquinaria de guerra. Pero gobierna por medio del miedo. Sin él, el resto de las casas doradas se volverán las unas en contra de las otras al cabo de una semana.
—¿Y qué me dices del Confín? ¿Y si vienen y nosotros hemos devastado nuestros ejércitos para matar a un solo hombre?
—Tenemos un tratado de paz con el Confín.
—De momento.
—Sus muelles están destrozados. Octavia se encargó de eso. Los analistas del Centro Estelar creen que no podrían atacarnos, aunque quisieran, hasta dentro de quince años —dice Mustang.
—Rómulo no quiere otra guerra —aseguro—. Fíate de lo que te digo.
—¿Que me fíe de ti? —Mi antiguo amigo frunce el ceño—. Nos hemos fiado de ti, Darrow. —Capto la misma rabia en él que cuando se enteró de lo que yo les había hecho a los Hijos de Ares en el Confín—. Muchos nos hemos fiado de ti. Durante muchos años. Pero estás enamorado de tu propio mito. Creer que el Segador es más sabio que el Pueblo.
—¿Crees que yo quiero la guerra? La detesto. Me ha arrebatado a mis amigos. A mi familia. Me aparta de mi esposa. De mi hijo. Si hubiera otro camino, lo tomaría. Pero no hay camino que rodee esta guerra. El único camino es «atravesarla».
Me contempla unos instantes.
—Tengo curiosidad, ¿reconocerías siquiera la paz si la vieras? —se vuelve hacia los senadores—. ¿Y si os dijera, y si os dijera a todos vosotros que hubo otro camino y que se nos ha ocultado? —Caraval frunce el ceño y se echa hacia delante. Sevro me mira—. ¿Y si hubiéramos podido estar a salvo no mañana, ni dentro de una década, sino en este mismo momento? Una paz sin otra Lluvia de Hierro. Sin lanzar millones de almas más contras las armas del Señor de la Ceniza. —Se da la vuelta hacia mi esposa—. Mi soberana, invoco mi derecho de presentar un testigo ante el cuerpo del Senado.
La pilla desprevenida.
—¿Qué testigo?
Dancer no contesta. Mira con expectación hacia el pasillo que tiene a la derecha. Al final del mismo, se abre una puerta y un par de tacones solitarios repiquetean contra el suelo de piedra. Sumidos en un silencio profundo, los senadores estiran el cuello para ver a una mujer alta, arrogante, de cierta edad que sale del pasillo hacia la sala del Senado. Cuando pasa junto a ellos de camino al centro de la sede, veo que les saca una cabeza a los guardias de la República, a todos menos a Wulfgar. Tiene los ojos dorados. El cuerpo sereno y esbelto pese a su altura. Lleva el pelo recogido hacia atrás y aprisionado en una malla dorada. Un collar dorado con forma de águila le rodea el cuello. Luce un vestido negro que le cubre hasta el último centímetro de piel desde el cuello hasta los dedos de los pies. Y sobre su rostro regio, implacable, hay una única cicatriz curvada.
Fulmino a la mujer con la mirada. Ha sido una sombra sobre mi vida desde que maté a golpes a su hijo favorito en una sencilla sala de piedra hace dieciséis años. Y ahora viene a declarar ante el Senado.
—¿Qué significa esto? —exige saber Mustang, que se levanta de su trono para dominar la sala.
Dance no se amilana.
—Esta es Julia au Belona —dice por encima del escándalo creciente—. Trae un mensaje del Señor de la Ceniza.
—Senador... —La furia congestiona el rostro de Mustang, que da un agresivo paso adelante—. Esto no le corresponde. ¡La diplomacia exterior es competencia de la soberana! Se está excediendo.
—Igual que su marido, pero ¿a él lo reprende? —pregunta—. Escucha lo que tiene que decir. Te resultará esclarecedor.
Los senadores gritan que quieren escuchar a Belona. El miedo me posee. Sé lo que va a decir Julia.
Mustang está atrapada. Baja la mirada hacia la mujer. Ambas son los restos de dos grandes casas doradas que se destruyeron mutuamente en su contienda. De sus familias, Casio es el único que queda. Si es que todavía está vivo en algún lugar ahí afuera.
—Di lo que tengas que decir, Belona.
Julia alza la cara hacia Mustang con una expresión de aversión extrema. No ha olvidado que Virginia se sentó a su mesa con Casio y después les dio la espalda.
—Usurpadora —empieza, negándose a utilizar el título honorífico de Mustang. Pasea la mirada por los senadores con un desdén aristocrático—. He viajado un mes para comparecer ante vosotros. Hablaré con sencillez para que todos lo entendáis. El Señor de la Ceniza está cansado de la guerra. De ver ciudades convertidas en escombros. —Continúa hablando por encima de los gritos de protesta—. Durante el Sitio de Mercurio, envió a varios emisarios, yo entre ellos, al Estrella de la Mañana para solicitar una audiencia con vuestro... caudillo. —Me desprecia con la mirada—. Pedimos un armisticio. Él nos contestó con una Lluvia de Hierro.
—¿Armisticio? —murmura Mustang.
—¿Y por qué pedisteis un armisticio? —pregunta Dancer mientras los demás senadores murmuran.
—El Señor de la Ceniza y el Consejo de Guerra de la Sociedad, desean discutir los términos...
—¿Qué términos? —la presiona Dancer—. Habla claro, dorada.
—¿Es que el Segador no os lo ha contado? —Me mira y sonríe—. Solicitamos un alto el fuego para discutir los términos de una paz permanente y duradera entre el Amanecer y la Sociedad.
11
DARROW
Servidor del Pueblo
La sala estalla en un caos de puños al aire y togas ondeantes. Solo los obsidianos permanecen inmóviles. Sefi observa la reacción con una expresión neutra, tan inescrutable como siempre. Mustang se vuelve hacia mí.
—¿Es eso cierto?
—Él no buscaba la paz —contesto con frialdad.
Sevro se mece adelante y atrás en su asiento en un esfuerzo por evitar estrangular a Julia au Belona en medio del Foro.
—Pero ¿envió emisarios?
—Envió provocadores. A ella y a Asmodeo. Fue una treta que no consideré digna del tiempo de este cuerpo.
Mustang no da crédito a lo que oye.
—Darrow...
—¿Asmodeo estuvo en tu barco y no nos informaste de ello? —pregunta Dancer incrédulo. Alguien me ha traicionado. Alguno de los Aulladores. ¿Cómo si no podría haberse enterado?—. Y ahora nos dirás que el Caballero del miedo estuvo en persona en tu comedor.
Clavo la mirada en Dancer.
—El Señor de la Ceniza quemó Rea. Quemó Nueva Tebas. Quemaría toda ciudad que quedara en pie con tal de recuperar la Luna. Quiere el hogar que le hemos arrebatado.
Dancer niega con la cabeza.
—No tenías derecho.
Caraval y los cobres que me vitoreaban nos observan con incertidumbre. Mustang no se ha movido de su trono, y tampoco es que pueda hacerlo. Diga lo que diga, sus palabras se desestimarán como las de una mujer que defiende a su marido, y además podrían inculparla. Si creen que lo sabía, la acusarán de prevaricación, o quizá de algo peor. Y esa es, precisamente, la razón por la que se lo oculté.
Mi estrella está en declive. Si Virginia se aferra a ella, también la arrastrará. Es mejor que guardes silencio, amor mío. Que no te apees del juego a largo plazo. Sé que es preferible no oponer resistencia. Una senadora roja se levanta de golpe de su asiento y cruza la sala corriendo. Durante un instante, creo que quiere hablar en mi defensa. Después me escupe a los pies.
—Dorado —me espeta.
Wulfgar se adelanta para disuadir a todo el que tuviera intención de saltarse también el protocolo.
Durante años, he esperado que llegara este momento, pero la República iba fortaleciéndose y no llegaba. Y supongo que me autoengañé hasta creer que no llegaría jamás. Pero ahora que está aquí, ahora que siento el creciente odio ciego y veo las inclementes lentes de las cámaras en el palco de espectadores, sé que las palabras se perderán en ellas. Los nobles presentadores de noticias diseccionarán con mojigatería hasta la última decisión, el último secreto, el último pecado, y lo retransmitirán a lo largo y ancho de los mundos fingiendo que es su deber, pero deleitándose en el derramamiento de sangre moral, masticando mis huesos, partiéndolos para alcanzar el tuétano de las cuotas de pantalla y alimentando su carroñero apetito de chismes.
No estoy sorprendido, pero sí desolado. No quiero ser el villano. Wulfgar me mira con cara de pena, como si deseara poder apartarme de esta humillación pública. Sevro se levanta de su asiento en un arrebato de rabia.
—¡Puta rata traidora! —le grita a Dancer.
—¿Cómo vamos a confiarte nuestros ejércitos —estalla Dancer— si desobedeces al Senado, si mientes al Pueblo? —No me da tiempo a responder—. Hermanos míos, en nuestra República no hay lugar para caudillos o tiranos. Ellos son la muerte de la democracia. Nuestros setecientos años de esclavitud son testimonio de ello. Pero la tiranía no apareció de pronto, fue gestándose poco a poco, mientras los líderes de la Tierra lo presenciaban sin hacer nada. Debemos elegir. ¿Es la voz o la espada lo que gobierna nuestra República?
Se sienta, ha concluido su tarea. En medio de un clamor de aprobación que se expande más allá de sus seguidores habituales, Dancer de Faran, la mano que me sacó de la tumba para convertirme en un arma, me entierra bajo mis propios planes. Y al otro lado de la habitación, como un olivo noble y antiguo al que ni llama ni hacha pueden derribar, Julia au Belona me contempla con odio en los ojos persistentes. Despacio, como si una promesa largamente olvidada se estuviera cumpliendo al fin, empieza a sonreír.
Publio cu Caraval se pone en pie en medio del caos. Mustang solo consigue hacer que los senadores guarden el silencio necesario para que el cobre hable estampando su cetro contra el suelo. Si alguien fuera capaz de encontrar algo que decir en mi defensa, ese sería él.
—No comparto todas las convicciones del senador rojo. No puede haber paz mientras no haya justicia. Pero en una cuestión, me temo que da en el clavo. Te has excedido, archiemperador. Has olvidado que juraste servir al Pueblo. —Se encara a los senadores mientras reúne el valor y la firmeza que precisa para superar la traición—. Propongo un voto para destituir a Darrow de Lico del alto mando y para ponerlo bajo arresto domiciliario pendiente de juicio por actos de traición contra la República. —Sus palabras son recibidas con aplausos. Se vuelve para mirarme con gesto dramático—. Y propongo un cese temporal de las hostilidades con los dorados del Núcleo para que podemos decidirnos entre la guerra y la paz.
Qué cabrón fariseo.
Mustang no puede hacer mucho. Siguiendo sus instrucciones, los guardias de la República acuden a escoltar a todos los que no somos senadores hacia el exterior de la sala. Permito que Wulfgar me guíe. Por encima de las cabezas de sus hombres, veo a mi esposa mirándome desde su trono, con miedo en los ojos porque ve la furia de los míos.
Fuera del edificio, el mundo permanece en silencio y ajeno a mi humillación. El resplandor cálido de las farolas azules ilumina a los guardias de la República mientras recogemos nuestras armas. Los burócratas de menor rango serpentean de un lado a otro de la plaza ocupándose de los asuntos de un gobierno que es responsable de diez mil millones de vidas. El ocaso ya ha acabado y el cielo está negro. Las hojas otoñales ruedan por la superficie de mármol blanco.
—Darrow, no debes abandonar la ciudad —me dice Wulfgar—. ¿Me has oído? —Vuelve a ponerme la mano en el hombro—. Darrow...
—¿Estoy arrestado? —le pregunto.
—Todavía no...
—Apártate —le ordena Sevro, que tensa los dedos en torno al filo que lleva a un lado.
Wulfgar baja la mirada hacia Sevro, que apenas le llega a la altura del esternón, y da un paso atrás como muestra de respeto. Bajo las escaleras que me alejan del Foro en dirección a las plataformas de aterrizaje de la Ciudadela Norte. Sevro me da alcance. Me detengo y me vuelvo para mirar hacia el Foro cuando una ovación estruendosa se filtra a través de la puerta abierta.
—Algún mierdecilla se lo ha contado —dice Sevro—. Debería cortarle las pelotas a Caraval. ¿Traición? No pueden arrestarte de verdad, ¿no?
—Puede que no me envíen a la Fondoprisión, pero me encerrarán mientras piensen que no me necesitan. El tiempo suficiente para que el Señor de la Ceniza dé su siguiente paso.
Sevro resopla.
—La Séptima Legión tendrá algo que decir al respecto. ¿Quieres que llame a Orión? ¿A los Telemanus? Kavax ya debería estar de regreso de Marte...
Vuelvo a mirar el Foro. Dentro, Mustang estará intentando reparar el daño causado. Pero tras perder a los cobres, no contará con los votos suficientes para protegerme. Ya no puedo hacer nada más aquí. Este no es mi mundo. Antes lo sabía, y Dancer se ha limitado a recordármelo. Él dice que solo conozco la guerra. Y tiene razón. En lo más profundo de mi corazón, conozco a mi enemigo. Conozco su coraje. Conozco su crueldad. Y sé que esta guerra no terminará con políticos intercambiando sonrisas desde lados opuestos de una mesa.
Solo terminará como empezó: con sangre.
—No, Sevro. Llama a los Aulladores.
12
LIRIA
Falces
Huyo del tiroteo que ha matado a mi hermano.
Mi hermano pequeño, al que he ayudado a criar, por quien hacía una muesca en el marco de la puerta cada vez que daba un estirón. Solía bromear diciéndole que era una mala hierba tan alta que algún día rozaría el cielo con la cabeza. Y ahora lo dejo en el barro.
Cada latido de mi corazón es un mazazo. Derramo lágrimas tan gruesas que apenas veo nada. Me arden las pantorrillas, cubiertas de lodo. Las casas de plástico destellan a mi paso. Ahora hay más ruidos. Más disparos y el gorjeo de las armas de energía. También han llegado por tierra. Oigo el rechinar de los vehículos oruga. Se ha iniciado un fuego cerca de la valla meridional. Veo transportes terrestres de cuatro ruedas en esa zona, y hombres con focos y antorchas. Llevan pistolas y falces.
Nuestra calle aún está tranquila cuando llego a casa. Como si negara lo que nos trae la noche. Irrumpo a través de la puerta principal. Mi hermana todavía está sentada a la mesa, luciendo sus zapatos nuevos.
—¿Qué ha pasado? ¿Eso eran disparos?
—Es la Mano Roja —digo justo cuando la sirena del monzón comienza a ulular desde el sistema de antenas que hay detrás de nuestra casa. No crearon una sirena para la Mano Roja.
—No... —susurra—. ¿Dónde está Tiran?
—Está... —Se me cierra la garganta—. No está.
—¿Cómo que no está? —Ladea la cabeza como si no entendiera el concepto—. ¿Qué quieres decir con eso?
—Le han pegado un tiro.
—¿Qué?
Noto que tiemblo. Que pierdo el control de mi cuerpo.
—Le han pegado un tiro. —Estoy sollozando. Me palpita el pecho. Siento los brazos de mi hermana a mi alrededor. Estrechándome—. Está muerto. Tiran está muerto.
No solo muerto. Mutilado.
—Ve a por papá —me dice mi hermana mayor, pálida como un fantasma. Me agarra la cabeza—. Liria, ve a levantar a papá. Tenemos que irnos.
—¿Irnos adónde?
—No lo sé. Pero no podemos quedarnos aquí. —Asiento, todavía aturdida. Ava me zarandea—. Liria, ¡ahora!
¿Cómo puede estar tan serena? Ella no ha tenido que ver la cabeza de Tiran desgajarse en fragmentos. Me empuja hacia la habitación de las literas.
Me encuentro a mi padre despierto y mirándome, como si ya lo supiera. ¿Ha oído lo de Tiran?
—¿Sabes qué está ocurriendo? —le pregunto. Apenas asiente—. Necesito que me ayudes con los brazos.
Tiran es el que suele levantarlo de la cama y sentarlo en la silla de ruedas. Yo no tengo tanta fuerza.
Deslizo las manos bajo las axilas de mi padre.
—Una... dos... tres...
Por primera vez desde que enterraron a mi madre en los túneles profundos, mi padre dice algo.
—No.
Es más un gemido que una palabra, pero es inconfundible. Tiene los ojos abiertos como platos y resueltos. Niega con la cabeza y lo repite:
—No.
Baja la mirada hacia su cuerpo y después la desvía hacia su silla. Tiene razón. Es imposible que escapemos a la Mano Roja cargando con él a nuestras espaldas. O empujando la silla por el barro. No sin Tiran.
Me observa con sus ojos lechosos. Ahora me ve. Eso es lo que me rompe el corazón. Podría haberme visto antes. Podría haberme mirado en lugar de desperdiciar su vida ante la HP. ¿Por qué ahora? ¿Por qué cuando nos quedan tan pocos segundos? Lo abrazo. Le beso en la frente y alargo el momento mientras inhalo el almizcle de su piel y de su pelo graso, mientras recuerdo lo que era.
Con un tirón, lo levanto de la cama hacia su silla. Me hundo bajo su peso y estoy a punto de caerme al suelo. Se me bloquean los músculos de la parte baja de la espalda, pero consigo retorcer el cuerpo y alzarlo hasta la silla. Aterriza con brusquedad sobre una cadera. Más gemidos.
—Espera, papá. Tenemos que despedirnos.
Lo empujo hasta la sala delantera, donde mi hermana y sus hijos se están preparando para marcharse.
Al otro lado del umbral, mi hermana ha reunido a sus pequeños.
—Necesito que os agarréis de la mano —les está diciendo—. Y no os soltéis pase lo que pase. Es muy importante. Permaneced unidos. —Me mira—. Liria... Liam sigue en la enfermería.
—Mierda.
¿Cómo he podido olvidarme de él? Conn comienza a llorar.
—No pasa nada, cielo. Tranquilo —le dice Ava.
Ella guarda silencio, sujeta al pecho de mi hermana envuelta en sábanas. Mi hermana no logrará llegar al centro del campamento y volver, no con sus hijos.
—Yo iré a buscar a Liam —digo—. Vosotros id hacia la selva. Nos reuniremos allí.
—¿Hacia la selva? —me pregunta—. Allí no nos encontrarás jamás. La torre de vigilancia del este...
—Allí hay camiones —informo—. El norte parecía tranquilo.
—Entonces nos vemos allí, en el norte. Después iremos todos juntos a las barcas de pesca. Podemos bajar por el río.
Una explosión lejana sacude la casa.
—¿Y qué hay de papá? —me pregunta.
Él está sentado en su silla, mirándonos con expresión impasible.
Hago un único gesto de negación.
—Podemos llevarlo a cuestas... —propone mi hermana.
Pero las dos sabemos que no es posible. No recorreríamos ni veinte metros cargando con él y con los niños. Miro a mis aterrorizados sobrinos y después a mi hermana.
—Niños —digo con voz hueca—, venid a darle un beso al abuelo para desearle suerte.
Ava lo comprende. Su serenidad se resquebraja. En sus lágrimas veo a la niñita asustada que lloraba en su cama cuando nuestra madre murió. A la que tenía que cantarle hasta que se durmiera a pesar de que ella era mayor.
—No quiero dejar al abuelo —solloza Conn.
—Yo lo llevaré —digo—. Es solo que vosotros tenéis que adelantaros. Ahora, dadle un beso.
Los niños me creen y corren a besar a mi padre en la mejilla. Se le llenan los ojos de lágrimas cuando mis sobrinos se acercan. Ava se agacha y lo besa en la frente. Se queda ahí un momento, temblando, antes de apartarse con torpeza. Conn se aferra a su abuelo, no lo suelta hasta que su madre lo aparta con violencia y los guía hacia la puerta.
—La torre de vigilancia del norte —me dice—. No tardes.
—No tardaré.
—Liria.
—¿Sí?
—Tráeme a mi niño.
Nos agarramos de la mano, una vida llena de trajes de novia, nacimientos y amor reducida ahora a un solo segundo de miedo. Y entonces nuestras manos se separan y la puerta se cierra y la pesadilla del exterior engulle a Ava. A través de una grieta en el plástico, la veo correr, aferrando a Ella contra su pecho y arrastrando a sus dos niños hacia la oscuridad. Me quedo atrás con mi padre, en la cabaña, escuchando cómo se acaba el mundo al otro lado de las finas paredes. Una parte de mí piensa que si nos quedamos aquí, la tormenta pasará junto a nosotros sin tocarnos. De algún modo, el plástico mantendrá fuera a la Mano Roja y a sus pistolas y falces. Quiero decirle a mi padre que todo irá bien. Que lo veré pronto. Está más presente de lo que lo ha estado en todo un año, me mira, es consciente de que es la última vez que me verá. Me agacho para ponerme a su altura y le sujeto la cara entre las manos. Este es el hombre que me arropaba por las noches. Que me sentaba en su regazo durante las Laureales y me contaba historias de glorias mineras, víboras y peleas. Era tan enorme como el propio cielo. Pero ahora, es un hombre roto que mira impotente mientras el mundo devora a sus hijos.
—Te veré en el Valle —le susurro con la frente pegada a la de él—. Te quiero, te quiero, te quiero.
Después me obligo a apartarme de él. En tres pasos he salido por la puerta.
Dejarlo atrás es como arrancarme un miembro del cuerpo.
Las lágrimas me escuecen en los ojos, pero una claridad fría me posee. Tengo que recoger a Liam. Mi hermana ya se ha marchado. El campamento ha cedido a la locura. Los gamma escapan de sus casas. Llamas en la distancia. Dos naves rugen por encima de mi cabeza en el cielo negro. El traqueteo de las armas automáticas y el ocasional gemido de un arma de energía. Los gritos me llegan desde todas partes, se arremolinan y se enjambran a mi alrededor. Corro en diagonal entre las casas, me abro camino serpenteando por el sector gamma hasta la enfermería central. Me choco de plano con un hombre y caigo al barro de espaldas a consecuencia del codazo que me asesta en la cara. Él apenas se inmuta. Da unos pasos tambaleantes hacia atrás, cargado con un niño pequeño, y después sigue corriendo hacia delante. Lo conozco. Es Elrow, uno de los locutores jefe de mi padre de hace años. Ni siquiera baja la mirada hacia mí.
Me vuelvo a poner de pie con dificultad y me encuentro la enfermería con la puerta cerrada a cal y canto. Un edificio de plástico blanco acabado en punta y con los bordes manchados de barro. Esperando bajo la lluvia como una muchacha con un vestido blanco. Aporreo la puerta.
—¡Dejadme entrar! Soy Liria. ¡Dejadme entrar!
Pateo la puerta dos veces antes de que descorran el cerrojo desde dentro y la abran. Son tres hombres y una mujer vestidos con su uniforme sanitario amarillo y cargados con pesado instrumental médico que pretendían clavarme en el cráneo. Levanto las manos.
—¡Liria! —grita Janis, una médica amarilla y jefa de la enfermería—. Dejadla pasar.
—Janis, ¿dónde está Liam?
—En la parte de atrás.
Janis me guía entre hileras de catres ocupados por niños aterrorizados y pacientes endebles hasta que llegamos al de mi sobrino, al fondo. Está sentado en la cama rodeándose las piernas con las manos, ciego y escuchando el horror del exterior.
—¿Qué está pasando ahí fuera? —pregunta Janis.
—La Mano Roja —contesto—. Naves de desembarco y camiones.
—¿Están aquí? —pregunta. No se lo puede creer—. Pero la República...
—¡A la mierda con la República! —replico—. Tenemos que largarnos. Liam...
Rodeo al pequeño con los brazos. Está tan delgado que podría estar hecho de cristal. Su pelo es una indomable explosión de rojo, como el mío, pero lo lleva más corto, y todos sus gestos son titubeantes, como los de un chico que le pide bailar a una chica en las Laureales. Le beso en la cabeza y lo arropo bien con la sudadera azul que le he traído. Le pongo la capucha sobre la cabeza de manera que lo único que asome de ella sea su carita pálida.
—No pasa nada, no pasa nada. Ya estoy aquí.
—¿Dónde está mamá? —me pregunta con un hilo de voz.
—Esperándonos. Pero tienes que venir conmigo.
—¿Está bien? —pregunta.
—Necesito que seas valiente. ¿Lo serás? Tienes que ser como el Trasgo cuando acompañó al Segador a las fauces del dragón. ¿Lo harás por mí?
—Sí —responde asintiendo con la cabecita—. Claro.
Lo levanto en brazos de la cama y me dirijo hacia la puerta. Janis me bloquea el camino.
—Estaréis más seguros aquí —dice—. Es un hospital. Incluso ellos tienen que respetarlo.
Me la quedo mirando, perpleja.
—¿Has perdido la maldita cabeza? Tienes que coger a todo el mundo y salir de aquí.
—Liria...
No me paro a razonar con ella. Paso a su lado empujándola y salgo pitando de la enfermería, corriendo con mi sobrino aferrado al pecho. Ahora los disparos se oyen más cerca. Voces broncas se gritan unas a otras. Los gritos de una mujer se silencian con un golpe sordo y húmedo. Zigzagueo por los huecos que quedan entre las casas, de camino a la torre de vigilancia del norte. Las puertas están arrancadas de sus goznes de plástico, los hombres jóvenes corren de un lado a otro con los brazos cargados de comida, recuerdos, HPs y mil objetos menos valiosos que la vida que porto yo. Los bracitos pálidos de Liam me rodean el cuello con fuerza. Alguien grita «gamma» y me señala. Aterrorizada, me adentro en un callejón y los pierdo entre las sombras.
La torre de vigilancia está abandonada cuando llegamos hasta ella. Su reflector apunta directamente hacia el cielo. Los soldados de la República que estaban allí apostados han huido. Un perro ladra en algún lugar. No veo a mi hermana por ninguna parte.
—Ava —la llamo en voz baja con la esperanza de que esté esperándome entre las sombras.
Nadie contesta. Las voces de los hombres surgen de entre las casas que hay a mi espalda. Me han seguido por el callejón. Cruzo la valla corriendo. Un campo embarrado se extiende hasta el inicio de la selva oscura. No lo conseguiremos. A la derecha está el vertedero del campamento y, detrás de él, el río.
—Ava —susurro de nuevo.
Las pisadas están más cerca. Me coloco a Liam sobre la cadera y me escabullo hacia las sombras del montón de basura. Me lanzo al suelo en lo alto de un montículo y me deslizo hasta la mitad de la ladera opuesta. Le digo a Liam que no abra la boca y trepo de nuevo hacia la cima de la pila para echar un vistazo al camino del que he salido huyendo. Una marea de gammas de mi sector salen en tropel por la valla en dirección a la selva. Los conozco a todos. No veo a mi hermana entre ellos, así que guardo silencio y permanezco arrebujada al cobijo de la basura. Pero cuando el ruido de sus pisadas se desvanece en la noche, me invade un miedo terrible a que me dejen atrás. Estoy a punto de salir de mi escondite para unirme a ellos cuando veo que algo destella cerca de los primeros árboles de la selva. Quiero gritar a los miembros de mi clan. Salvarlos. Pero ya es demasiado tarde. El destello se convierte en un centenar. Como si la propia selva estuviera sonriendo y enseñando sus dientes pálidos. Mis paisanos chillan cuando los hombres de la selva salen a matarlos con falces en la oscuridad.
Escapo de los gritos, me interno más en el vertedero. Un trozo de metal me araña el muslo mientras trepo por otro montículo. Pierdo el equilibrio y caigo de costado dando tumbos. Me estampo con fuerza contra los residuos, sin apenas poder proteger a Liam. El niño llora contra mi pecho. El aroma dulzón de la podredumbre hace que los ojos nos lagrimeen. Una rata me corretea por encima del brazo. Me pongo de nuevo en pie y abrazo a mi sobrino. La herida de la pierna me escuece. Los insectos zumban en nubes espesas alrededor de mis pantorrillas desnudas, pican y trepan. El calor de la descomposición asciende en oleadas desde la basura. Encuentro un escondite y me encojo todo lo que puedo bajo los restos de una lavadora industrial rota. Liam tiembla de miedo, los sollozos silenciosos le arrasan el cuerpo. Lo dejo en el suelo. Tengo los brazos entumecidos de cargar con él. Ahora los hombres vagan por las inmediaciones del camino, cerca de la zona por donde hemos entrado en el vertedero. Sus linternas sajan la noche.
Me aplasto contra el suelo y presiono un dedo sucio contra los labios de Liam. Un haz de luz pasa por encima de nuestras cabezas. Los mosquitos revolotean en torno a su cara y proyectan sombras en ella. Le ajusto la sudadera para que solo la nariz y la boca sobresalgan de la capucha. El agua de lluvia se filtra y gotea por la basura mientras los hombres hablan entre sí. Las voces son como la de mi padre, la de mi madre, como la de mi hermana y mis hermanos. Pero ahora sus lenguas suenan crueles, duras, oscuras y afiladas. ¿Cómo pueden los rojos hacerle esto a su propia gente? Uno se acerca lo suficiente para que alcance a verle las manos pintadas. Lo que las cubre no es pintura, sino sangre, reseca y resquebrajada.
Las linternas continúan avanzando y los hombres hablando. Me dejan con mi miedo. ¿Dónde está mi hermana? ¿La han pillado? Espero que haya seguido hacia las barcas. No sé qué hacer, adónde ir, así que me quedo allí agachada y me asomo para atisbar las sombras oscuras que se mueven por el camino. Con el fulgor de las llamas del interior del campamento, distingo sus caras. Son niños. Algunos de ellos no pasan de los catorce y lucen incipientes retales de barba en la barbilla. Están delgados y brillan a causa del sudor. Se gritan los unos a los otros y escudriñan los montones de basura, encorvados como perros salvajes hambrientos.
Liam entrelaza las manitas con fuerza. En su permanente oscuridad, solo puede oír las heridas que estos jóvenes airados han tallado en la noche. Tiembla. Le limpio el agua de lluvia de la cara. Ojalá tuviera la capacidad de sacarlo de aquí, de acabar con esto.
—Eres muy valiente, Liam —le susurro—. Valiente como el Trasgo, eso es lo que eres.
—¿Dónde está mamá?
—Vamos a reunirnos con ella. Estará en las barcas, imagino. Como has sido tan valiente, tengo algo para ti.
Me llevo la mano al bolsillo y encuentro la chocolatina que reservé en la cena para dársela. Se la pongo en la mano.
—Gracias —me dice.
Mientras se la come, oigo susurros en la oscuridad cerca de nosotros. Me levanto con cuidado y veo varios pares de ojos que reflejan la luz de la luna desde detrás de unos contenedores de agua desechados. Una familia escondida. Una niña pequeña levanta la mano y me saluda. Le devuelvo el gesto.
No estamos solos.
Podemos sobrevivir a eso. Ava nos está esperando ahí fuera, en algún lugar. Pronto iremos a buscarla, solo necesito coger un poco de aire. Pero entonces capto el olor del fuego.
13
LIRIA
Primero fueron los gritos
Comienza en el límite del vertedero, cerca de la torre de vigilancia, y enseguida se extiende, puesto que más Manos Rojas van encendiendo llamas pequeñas hasta que un muro de fuego avanza hacia nuestro escondite. El aire danza y se retuerce a medida que las lenguas de humo reptan entre la basura y me lamen los pies y las piernas. Liam grita de miedo. Lo cojo en brazos y salgo trepando de nuestro refugio. Huyo de las llamas, pero no puedo parar de toser. Apenas consigo respirar. No veo, tengo los ojos arrasados de lágrimas. Doy tumbos de una montaña de basura a otra. El metal y el cristal me rajan las piernas, que se me hunden hasta las rodillas en el barrizal.
Entonces, débilmente, oigo la voz de una chica que me llama a través del humo. Llega hasta mí como una canción de cuna, pequeña y delicada. Y entonces la veo entre el caos de ceniza, moviendo el brazo con ímpetu para tratar de orientarme.
Me incorporo tambaleándome y sigo su voz hasta encontrar en el humo una veta donde puedo engullir aire limpio. Hay más personas corriendo ante nosotros. Veinte, cuarenta almas frenéticas avanzando a trompicones por la basura, huyendo de las llamas, todos en dirección al río, donde están amarradas las barcas de pesca. Dejo atrás el humo y jadeo tratando de respirar al borde del vertedero. Otros refugiados corren en tropel más adelante, ya en la maleza, para intentar llegar a las barcas.
Con Liam abrazado al pecho, me uno a ellos y lanzo una breve mirada hacia atrás. Una columna de humo se eleva desde la basura en llamas, una mancha que se recorta contra el naranja del amanecer. El sol se eleva sobre el campamento que antes fue mi hogar.
Delante de mí, las madres corren con sus hijos y con pañuelos hechos jirones a su espalda. Los hombres jóvenes avanzan a trompicones, tras haber abandonado todas sus posesiones materiales, cargando con ancianos o amigos heridos. No son solo gammas. No es solo el clan colaborador. Me apresuro a cruzar los matorrales verdes entre las masas, en dirección al cauce del río. Las malas hierbas me azotan las espinillas. El barro se me pega a los pies. Estamos muy cerca del agua, casi liberados de la noche, cuando oigo un grito por delante de nosotros. Y después otro.
En la llanura cenagosa que hay más allá de los matorrales, una mujer se ha dejado caer de rodillas. Sus hijos están a su espalda. Tiene las manos estiradas, suplicando clemencia. Los refugiados se han detenido formando una línea escalonada. No veo lo que hay delante de ellos. Ante mí, un anciano se sienta sobre el barro y mira hacia delante con los ojos vacíos.
En Lagalos, cuando los locutores jefe querían eliminar una infestación de víboras de un túnel, encendían fuegos y obligaban a los animales a salir de sus escondites entre los engranajes, los recovecos y las grietas. Ahora nosotros somos las víboras. La Mano Roja ha encendido fuegos para obligarnos a salir de nuestro refugio en el vertedero y atraernos hacia aquí. Una línea espaciada de veinte jóvenes cubiertos de hollín y sudor y equipados con armas automáticas nos obstruye el camino hacia las barcas. Tienen las manos embadurnadas de rojo hasta los codos. Entre ellos hay una sola mujer. La misma a la que he visto matar a Tiran en la lanzadera. Su pelo de color óxido está salpicado de mechones blancos. La mitad de su rostro está desfigurada por terribles cicatrices. La otra mitad es belleza marchita. Lleva un chaleco blindado y empuña un falce, marrón de la sangre seca. Le dice algo a un hombre, que levanta su arma.
El tiempo se ha detenido para nosotros en el barro.
Coloco a Liam detrás de mí. Se oye un crujido. Algo caliente y salado me rocía la cara. Me enjugo los ojos y las manos se me ponen rojas. Veo que el anciano sentado en el barro empieza a tambalearse. Tiene la cabeza extrañamente ladeada. Se estremece de nuevo. Solo en lo más profundo de mi mente me doy cuenta de que es el metal lo que le está haciendo esto. Otra bala lo desgarra y el hombre se desploma de costado, aullando. Los niños gritan e intentan huir. El metal los destroza, les echa la cabeza hacia atrás y contorsiona sus cuerpos en una danza maníaca. Tiro de Liam hacia abajo. Algo caliente y duro me perfora el hombro. Los pies se me levantan del suelo y caigo desplomada sobre el barro. El frío de la conmoción me recorre las venas del brazo mientras inhalo barro por la nariz.
Esto no es real.
Esto le está pasado a otra persona. Ruedo para tumbarme de espaldas.
El ruido de las pistolas se desvanece cuando contemplo el azul del cielo.
Me estoy elevando hacia él como hice la primera vez que lo vi con mis propios ojos. Arriba. Cada vez más arriba. Hacia una única lágrima plateada.
Que se va acercando.
Más.
La lágrima destella de forma esperanzadora. ¿Es el Anciano que protege el Valle? ¿Ha venido a llevarme a casa con mi padre? ¿Con mi madre? ¿Con Tiran?
La lágrima se divide y se convierte en tres. O puede que hayan sido tres desde el principio. Y puede que yo no me esté sumergiendo en el cielo. Puede que el cielo esté derrumbándose sobre mí. Oigo un rumor de metal furioso a lo lejos. Es un barco. Tres barcos. Dejan estelas de vapor en el cielo. Uno grueso. Dos esbeltos y rápidos.
—¡La República! —grita alguien a un millón de kilómetros de distancia—. ¡La República!
La tierra palpita con las sacudidas de los misiles que caen. Bum. Bum. Bum. El barco grueso abarrota el cielo de pequeñas semillas relucientes. Las semillas comienzan a descender. Rápido. Más rápido. Se unen como una bandada de golondrinas y después se escinden a unos mil metros por encima de nosotros. Una ruge directa hacia mí como un chorro caliente de metal y vapor. Impacta contra el barro. Un demonio de metal con forma de hombre. Su yelmo está moldeado como el rostro de un cánido rugiente. Levanta el puño izquierdo y lo apunta contra la línea de fuego atacante. El ruido y la furia estallan. Corrientes de aire distorsionado ululan sobre el fango. Los hombres corren en busca de cobijo o se funden. Y entonces desaparece, de vuelta hacia el cielo, arrastrando un aullido de guerra a través de un altavoz electrónico: «¡...elemanus!».
—Liria —dice Liam, que me toca la pierna. La sigue con las manos hasta encontrar mi cara. Está vivo. Cubierto de barro, pero vivo—. Liria, ¿estás herida? —pregunta entre lágrimas.
—Estoy aquí —le digo. Me incorporo y lo agarro con la mano derecha—. Estoy aquí. —Lo abrazo y sollozo entre los cadáveres—. Estoy aquí.
Me pasa algo en el hombro izquierdo. Me duele más de lo que me ha dolido nada en la vida. La sangre mana a borbotones de él y un dolor lacerante se abre camino como un punzón por mi brazo palpitante. Nos encontramos en medio de una sopa de cuerpos rotos, que se retuercen. Los Mano Roja están muertos o han escapado en busca de refugio para disparar hacia el cielo. Las dos naves de la República de color blanco hueso disparan contra los camiones y los vehículos que la Mano ha posado en tierra. Los hombres de acero fustigan el aire.
Es demasiado. Demasiado estruendo. Aparto a Liam de todo ello y sigo a los pocos supervivientes de la masacre para ocultarnos entre los juncos de la orilla del río.
Allí, encogidos de miedo, escuchamos la batalla. Ha sobrevivido una decena de personas más. Dan un respingo cuando estalla una bomba. Pero yo permanezco sentada en silencio, meciéndome hacia delante y hacia atrás, contemplando los bichos que vuelan por encima del agua. Mi hermana está a salvo. Sus hijos están a salvo. Nos veremos pronto y compartiremos una sonrisa. Liam y yo estaremos pronto con ellos.
—¡Mirad! —grita alguien a mi lado al mismo tiempo que señala hacia arriba.
El caballero con el yelmo de cánido cae en picado desde el cielo dejando una estela de humo a su paso. Aterriza con estrépito en el lecho del río a treinta metros de nosotros. Todos observamos el agua. No reemerge. Miro a los supervivientes que me rodean. Nadie mueve un dedo.
Va a ahogarse.
—Tenemos que ayudarlo —murmuro entre dientes a pesar del castañeteo. Helada a pesar del calor. Nadie me mira. Lo repito en voz más alta—: Tenemos que ayudarlo. —Aun así, nadie se mueve—. Escoria sin agallas.
Le digo a Liam que no se mueva y me tambaleo hasta el agua. Me sumerjo en ella hasta el cuello. Cubre más de lo que pensaba. No podré levantarlo sola. Maldigo y miro a mi alrededor. Diviso un largo trozo de cuerda que mantiene media docena de barcas unidas, regreso hasta las barcas y desenmaraño la cuerda. Después vuelvo a lanzarme hacia las profundidades mientras las barcas se alejan a la deriva. La corriente me tira de la cintura como un mal compañero de baile y amenaza con arrastrarme río abajo. Pronto el agua me cubre la cabeza. Me sumerjo y busco al caballero caído entre las tinieblas.
No lo veo.
El limo es tan espeso que tengo que emerger un par de veces antes de encontrarlo por casualidad cuando rozo un trozo de metal con el pie derecho. Recorro la armadura con los pies, apenas capaz de dar con el contorno del hombro. Le ato la cuerda alrededor de la pierna lo mejor que puedo con el hombro destrozado y regreso a la superficie pataleando y arrastrando la cuerda detrás de mí. Cuando llego de nuevo a la orilla, un grupo de rojos está esperando para ayudarme, todos muy valientes y heroicos después de que yo haya hecho todo el maldito trabajo.
Diez pares de manos tiran de la cuerda hasta que, con un gran tirón, logramos sacar al caballero del agua y dejarlo en la orilla.
Nos acuclillamos sobre él en el barro. La armadura naranja está sucia y chamuscada a la altura del abdomen, donde algo ha impactado contra él en el aire. Es un gigante. El cabrón más grande que he visto en mi vida. Solo su yelmo es casi tan grande como mi torso. Los enormes guanteletes de la armadura podrían aplastarme la cabeza como si fuera un huevo de víbora. El agua brota por los agujeros del metal. Lo acarició con los dedos esperando, por alguna razón, que esté caliente. Esta frío y es ligeramente iridiscente.
—Es enorme —jadea alguien.
—Tiene que ser un maldito obsidiano.
—No, esos llevan plumas blancas...
—¿Está muerto?
—Una explosión ha impactado contra su generador —dice un hombre mayor. Creo que se llama Almor. Era perforador de los delta hace años. Se arrodilla en el barro junto al caballero y pasa las manos por el metal—. El escudo de pulsos está apagado, pero eso significa que no ha tenido oxígeno ahí abajo. Podría estar ahogado.
—Tenemos que sacarlo de ahí —digo.
—¿Alguien sabe cómo funciona esta mierda? —pregunta una mujer tirando del casco, que no cede.
—Debería haber un disparador de emergencia o algo así —dice Almor. Busca por la zona de la mandíbula—. Aquí.
Con un silbido, el protector facial se suelta. El agua sale a borbotones. El hombre mayor presiona el protector facial hasta que este se repliega sobre sí mismo y deja al descubierto el rostro del caballero. No es obsidiano, pero parece tallado en granito. Una barba roja le cubre la mandíbula prominente. La cabeza titánica carece de pelo. Y una cicatriz delgada le atraviesa el pómulo derecho. Tiene la nariz aplastada y unos ojos pequeños rodeados por pestañas delicadas. Es dorado. El primero que he visto con mis propios ojos. El primero que cualquiera de nosotros ha visto.
—¿Respira? —pregunta Almor.
Nadie se mueve hacia el caballero. Siguen siendo unos cobardes. Me inclino sobre el hombre y le acerco la oreja a la nariz. Justo en ese momento, sufre un espasmo. Me aparto aterrorizada mientras él vomita agua. El caballero tose y yo me recuesto sobre el barro, exhausta. En lo alto, más barcos supersónicos desgarran el cielo cuando descienden para salvar el campamento.
La Mano Roja se batirá en retirada, pero el Campamento 121 está en llamas.
14
EFRAÍN
Aniversario
En un pequeño reservado esquinero de la turbia zona privada de un tugurio, dos sabandijas beben encorvadas sobre unas copas sucias, como viejas gárgolas pervertidas. Levantan la vista cuando cruzo el humo verde neón de polvo de demonio que se eleva desde los ciscos de dos mecánicos rojos.
Al sur de la Ciudad de Hiperión, a ciento sesenta kilómetros de los bulevares bordeados de arces del Paseo Marítimo, se alzan los brutalistas Muelles Atlas Interplanetaria. Hay siete torres principales en los MIA, todas ellas de tamaño inhumano. Mil millones de viajeros cruzan sus pasillos cada año terrestre estándar. Pero por cada nuevo oligarca y dorado de sangre vieja que aterriza aquí, hay una avalancha de marineros espaciales e inmigrantes y pasajeros interplanetarios. Todos estos viajeros agotados ansían restaurantes, casinos, hoteles y prostíbulos antes de seguir en tránsito hacia cualquiera que sea su destino final en la Luna.
Es un tumor que no para de crecer; por eso se lo conoce como la Masa.
Detrás de mí, a través de la puerta abierta, los carteles eléctricos y la carne digital de alta resolución, se clavan en los ojos como anzuelos que sacan a los viajeros a rastras de sus tranvías o sus transportes aéreos privados. Los lanzan de cabeza hacia los vestíbulos de los comercios para que bombeen sangre y dinero en las venas de esta ciudad interior. Es el típico sitio al que vas para olvidarte de tu vida. Pero el colmo de la ironía es que es donde la mía empezó.
El bar tenía un aspecto distinto en aquella época. Yo llevaba dos años fuera de la legión y había venido a Marte a fundirme unos cuantos créditos con unos cuantos reclutas de Piraeus. Cuando ya llevaba dos copas, un idiota me derramó un vaso de leche con licor por la espalda. Me doy la vuelta para enseñarle al capullo unos cuantos modales, pero una sola mirada a aquella cara de bobalicón y al traje demasiado holgado que lucía bastó para que empezara a reírme con tantas ganas que no fui capaz de levantar el puño. El hombre también me miraba con el bigote lleno de leche y los ojos abiertos como platos y arrepentidos. ¿Quién demonios pide leche en un sitio como este? Era un chico joven, sencillo, procedente de no sé qué páramo de la Tierra, que llevaba dos años en la Legión. Nos sentamos y charlamos en ese reservado esquinero hasta que cerraron el bar. El resto fue historia.
Fue mi refugio. Mi chaval de pueblo con un gran corazón y una risa aún más grande. Solo Júpiter sabe lo que él vio en mí.
—Disculpadme —les digo a las sabandijas del reservado esquinero.
Miran con suspicacia mi traje arrugado, preguntándose si me habré perdido.
—¿Qué quieres? —me espeta el marrón.
Es un cabrón terrano, a juzgar por el grosor de sus muslos. Entrecierra los ojos margosos.
—Tengo este sitio reservado, ciudadano —contesto.
—Aquí no aceptan reservas. Lárgate.
—Siéntate allí —dice el más corpulento, un gris con una expresión facial amarga—. Y cierra el pico antes de que te talle.
Señala una mesa abierta cercana y desenvaina un cuchillo de iones curvado del tamaño de mi antebrazo. Su luz azul titila cuando activa la carga.
—¿Y vas a ser tú el que me talle? —pregunto con ironía—. No parece ni que puedas mantenerte en pie.
Se pone de pie.
—A ver, zorra. En Whitehold tenía putitas como tú —dice el gris.
Teniendo en cuenta el aspecto de sus brazos nudosos, podría reducirme a escombros sin ningún problema. Debería dejarlo pasar.
—¿En Whitehold? —me mofo—. Qué extraño, creía que a los cerdos sodomitas los mandaban a la Fondoprisión.
Ahora los dos están de pie y sus hojas relucen bajo la luz tenue. Retrocedo tambaleándome, demasiado lento a la hora de darme cuenta de que mi lengua está más borracha que el resto de mi ser.
El gris está a punto de intentar rajarme con ese machete que lleva cuando ve algo a mi espalda y se detiene en seco. Se hace el silencio en el bar. Algo endiabladamente singular acaba de franquear la puerta que hay detrás de mí. Y algo lo bastante singular para este tipo de clientela solo podría significar una cosa.
Al final ha venido.
Me vuelvo y veo a una mujer gris de mi altura, pero con la nariz aplastada de un boxeador y la corpulencia física de un bloque de hormigón. Las pecas, que se le han oscurecido durante el tiempo pasado bajo el sol riguroso de Marte, magullan una nariz fea y ancha, mientras que el pelo, afeitado a ambos lados de la cabeza, le sale disparado desde el centro como un tiburón blanco que emerge a la superficie. Su uniforme militar es negro por completo, pero todas las miradas, desde la del camarero receloso hasta la de la puta aturdida, escudriñan el estandarte del caballo volador rojo que adorna las mangas de su chaqueta y la capa de lobo apelmazada que le cuelga del hombro izquierdo. Legión Pegaso, Batallón Aullador. Una de los del mismísimo Segador.
La mujer pasa a mi lado dando zancadas en dirección a los hombres que nos bloquean el acceso al reservado.
—Moveos.
Ellos agachan la cabeza educadamente y se apartan. La mujer se sienta y sirve dos copas de lo que les queda de whisky, limpia la suya y me hace un gesto con la cabeza. Me uno a ella y les tira una Octavia de oro. Un cuarto creciente de los Lune por valor de cien créditos. Sigue siendo la moneda en curso a pesar de los tristes intentos del Amanecer por acuñar una nueva divisa legal.
—Por el whisky, ciudadanos.
Los dos hombres se apartan y las conversaciones empiezan a reanudarse poco a poco en el bar. La mujer vuelve la mirada hacia mí, me examina con unos ojos duros como el pedernal.
—Holiday ti Nakamura, la Aulladora. En carne correosa y hueso —digo.
—Efraín ti Horn. El imbécil con ganas de que se lo carguen. —Señala con la cabeza a los dos matones—. ¿Qué demonios te pasa?
—Lo de siempre. ¿Quieres que te dé las gracias por salvarme el culo?
—No me des las gracias todavía, la noche es joven. Además, puede que la obsidiana con el cañón de riel que hay ahí sea más de lo que puedes abarcar.
—¿Eh?
—En el otro lado, segundo reservado. Una tipa grande con un bulto bajo la axila. —Señala con la cabeza hacia una zona en penumbra donde una silueta corpulenta se encorva entre las sombras sobre una bebida con una sombrilla dentro—. Estás perdiendo facultades, Ef —dice Holiday mientras husmea la botella de whisky con recelo.
—Maldita sea. —Suspiro—. Vuelvo enseguida.
—¿Necesitas ayuda?
—Solo si tienes entradas para el zoo.
—¿Qué?
—No preguntes.
Cruzo el bar con paso airado. Volga se encoge, avergonzada, como si pudiera sumergirse en la oscuridad del reservado y evitar que la vea. Se rinde cuando chasqueo los dedos delante de ella.
—Fuera.
La lluvia gotea despacio desde el toldo verde que cubre la entrada del bar. El local está en un edificio de restaurantes y tugurios de copas que lindan directamente con una autopista de varios niveles. Al otro lado del pequeño muro de contención hay una bajada escarpada que se hunde en el cañón de hormigón que separa los edificios. Le doy un empujón a Volga.
—¿Y ahora me acosas?
—No...
—Volga.
—Sí —reconoce—. Estoy preocupada por ti.
—¿Preocupada por mí? Eres tú la que apenas es capaz de coger un taxi sin mí.
—He dado contigo, ¿no?
—Bueno, al menos te he enseñado algo. Pero no a meterte en tus propios asuntos, gigante estúpida.
—Parecías triste...
—No es tu problema. Ya tienes bastante con los tuyos, no me conviertas en uno más.
—Pero somos amigos. Los amigos se cuidan entre sí. —Señala hacia el interior—. ¿Quién es esa? Su capa...
—No es de tu maldita incumbencia.
—Pero...
—No somos amigos, Volga. —Le clavo un dedo en el pecho y levanto la vista hacia su cara simplona—. Trabajamos juntos. Socios empresariales. Esa es toda nuestra relación. —Se queda ahí plantada como si la hubiera abofeteado—. Vete a casa. Y deja de seguirme solo porque no tienes vida propia.
No tengo que repetírselo. Arquea los hombros para protegerse de la lluvia y desaparece subiendo un tramo de escaleras hacia la parada de taxis que hay más arriba.
Entro de nuevo y descubro que Holiday ya ha hecho algunos progresos con la botella, pero su silla está en otra posición, como si acabara de levantarse de ella. ¿Ha estado escuchando junto a la puerta?
—¿La conoces? —me pregunta.
—No —replico.
—Vale. Bueno... Me alegro de verte, Ef. —Pasa un dedo calloso por el borde de la copa—. Si te soy sincera, me sorprende que hayas venido.
—Eso ha dolido. ¿Pensabas que ya no me importaría?
—Pensé que no te acordarías del cumpleaños de Trigg.
—Y yo pensé que tu señor mesiánico no te quitaría la correa para que pudieras relajarte un poco. ¿No tienes que asistir a un desfile?
—Eso fue ayer. Pero ya lo sabes.
Me encojo de hombros.
—Este sitio se ha ido al carajo.
—Sí. Prefería las antorchas tiki a lo que quiera que sea esto...
Se interrumpe y hace un gesto que abarca las luces verdes y la miríada de despojos humanos que ocupa el bar.
Resoplo con sorna.
—Puede que nos estemos volviendo demasiado cultos. Aun así, tiene que ser mejor que el cinturón de arena de Mercurio.
—Joder, desde luego —dice con rotundidad.
Nunca ha sido guapa, pero la última gira le ha pasado factura. De todas formas, la mayor parte del deterioro parece ir por dentro. Se ha sentado a la mesa con el peso del planeta presionándola hacia el interior de la botella de whisky.
—¿Caíste en la Lluvia? —pregunto. Asiente—. Vi los telediarios. Parecía un puto caos. ¿Cómo son esas Lluvias?
Se encoge de hombros.
—Buenas para los fabricantes de armas. Hostiles para la experiencia humana en el caso de todos los demás.
—Por la heroína regresada y su perspicacia.
Alzo mi copa. Ella inclina la suya hacia mí.
—Por el mediocre maligno.
Las entrechocamos y las vaciamos. Es un licor tan malo que noto el sabor de la garrafa de plástico en la que venía, de las que se incluyen en el racionamiento. Tomamos otra copa. Y después más. Bebemos hasta que esté bien muerto. Holiday examina los restos de su última copa, preguntándose cómo ha llegado tan rápido. Me recuerda a todos los soldados que vuelven a casa de la guerra. Mundos vueltos sobre sí mismos. Tensos, de mirada siempre escrutadora. Torpemente, intenta darme conversación, porque sabe que es lo que se supone que debe hacer.
—Entonces... ¿alguna novedad? ¿Sigues trabajando por tu cuenta?
—Ya me conoces. Libre como el viento.
Muevo un dedo de un lado a otro en el aire.
—¿Para quién?
—No los conocerías.
No sonríe. Me pregunto si le duele tanto verme como me duele a mí verla a ella. Me daba miedo. Venir aquí. Volver a sumirme en todo esto.
—O sea que tienes una vida buena y fácil.
—Lo único fácil es la entropía.
—Qué gracioso.
—El chiste no es mío. —Hago un ademán de indiferencia—. Me mantengo ocupado.
—Hay otras formas de mantenerse ocupado. Formas que merecen la pena.
—Ya lo he probado. —Obedeciendo un instinto, me llevo la mano al pecho, donde las cicatrices de los dorados se esconden bajo la chaqueta de mi traje. Me doy cuenta de que ella se fija en el gesto. Dejo caer la mano—. No funcionó.
La terminal de datos le zumba en el brazo.
—¿Estás de guardia? —pregunto.
Ella la silencia sin siquiera mirarla.
—Grandes hurtos ha crecido. Ahora cuentan con un comando especial. La soberana está cansada de que la cultura de esta ciudad se saquee en favor del mejor postor.
—La soberana, ¿eh? ¿Cómo está la buena de Corazón de León?¿Sigue concediendo pases de amnistía a asesinatos y esclavizadores?
—¿Todavía tienes esa espina clavada?
—Grises: de vida corta y memoria larga. ¿Habías olvidado esa cancioncilla? Dime, ¿ese nuevo comando especial tiene una insignia bonita? Apuesto a que sí. Puede que un tigre volador o un león con una espada en la boca lustrosa.
—Fuiste tú quien decidió abandonar el Amanecer, Ef.
—Ya sabes por qué lo hice.
—Si no te gustaba cómo iban las cosas, podrías haberte quedado, haber intentado cambiarlas. Pero supongo que es más sencillo juzgarlo todo desde fuera, lanzar botellas al campo de juego.
—¿Cambiar las cosas? —Sonrío de una forma desagradable—. ¿Sabes? Cuando empezaron los Juicios de Hiperión, pensé que por fin se haría algo de justicia. Te lo juro por Júpiter. Pensé que al fin los dorados pagarían lo que deben. Incluso después de Endymion, incluso después de lo que les hicieron a mis chicos... —Vuelvo a llevarme la mano al pecho—. Pero entonces tu soberana se echó atrás. Desde luego, unos cuantos jefazos militares, unos cuantos psicóticos de categoría que pertenecían al Consejo de Control de Calidad fueron condenados a cadena perpetua en la Fondoprisión, pero muchos más obtuvieron indultos completos porque la soberana necesitaba a sus hombres, su dinero, sus barcos. Menuda justicia.
Holiday me sostiene la mirada, tozuda.
Después de que Trigg muriera en aquella cumbre de Marte, me uní al Amanecer. Más por venganza que por otra cosa. No era de los que creían. Terminaron por poner las habilidades que había adquirido y perfeccionado en la legión y en Piraeus al servicio de la caza y captura de criminales de guerra Marcados como Únicos. Nos llamábamos los «cazadores de cicatrices». Otro nombre escurridizo más.
Sé que no debería insistir en el tema político con Holiday. Es una cabezota y sus ideas siguen estando tan arraigadas como siempre. No es más que otro gruñido seducido por los hermosos semidioses. Pero el alcohol me está afectando.
—¿Sabes? Cada vez que veía a un dorado esclavizador marcharse de rositas por el bien del «esfuerzo bélico» era como verles escupir sobre la tumba de Trigg. Puede que Aja sea polvo, pero hay hombres y mujeres idénticos a esa zorra campando por los mundos porque las personas que sujetan tu correa no fueron capaces de llegar hasta el final.
Vacío mi copa para enfatizar mis palabras y me siento como un presentador de telediarios idiota. Palabras bonitas y vacías y máximas ostentosas.
—Sabes que no puedo ayudarte si te pillan en un trabajo —me advierte.
Y sin más, me ignora, porque ella siempre tiene razón, y yo no paro de buscar la provocación.
—Orinar en público es un delito sin víctimas —digo con una sonrisa.
Saco un cisco y lo enciendo.
—Lo que te dije la última vez va en serio.
—¿Lo del partido del Quimera Hiperión? Habría perdido una fortuna en esa apuesta. Un espectáculo bochornoso. Pero la guerra simulada es impredecible, ¿no? Karachi es una apuesta más segura.
—La oferta sigue en pie, Ef. Nos vendría bien un hombre como tú. Vuelve. Ayúdanos a desenmarañar el Sindicato. Puedes salvar vidas.
—Estoy salvando una vida. La mía. Manteniéndome tan lejos de tus amos como me resulta humanamente posible. Una pena que Trigg no tuviera oportunidad de hacer lo mismo.
Me observa a través del humo que le echo en la cara.
—No quiero seguir haciendo esto.
—Sé más concreta.
—Esto. —Echa un vistazo alrededor del bar—. Esto no es por él. Ni siquiera es por mí. Es por ti. Para que puedas regodearte en ello y dejar que te pudra por dentro. No es lo que él habría querido.
—¿Y qué habría querido?
—Que tuvieras una vida. Un propósito.
Pongo los ojos en blanco.
—¿Por qué te has molestado en venir? No te he obligado.
—Porque mi hermano te quería —replica con aspereza. Baja la voz—. Habría querido algo más que esto para ti.
—Entonces tal vez no debieras haber hecho que lo mataran.
La vieja Holiday no me pegaría.
—Han pasado diez años, imbécil. Tienes que superarlo o acabará devorándote.
Me encojo de hombros.
—¿Y qué otra cosa queda por devorar?
No me merecía el amor de su hermano, y tengo clarísimo que no necesito la compasión de mierda de Holiday. Le hago una señal al camarero, que se acerca con otra botella. Holiday niega con la cabeza mientras me sirvo una copa.
—No volveré aquí el año que viene.
—Una pena. Te echaré de menos. Rompe las cadenas y todo eso. —Se levanta y clava la mirada en mí, a punto de decir algo vengativo. Pero se lo traga, y me da rabia, porque huelo su lástima—. ¿Sabes lo que me escuece de verdad? —le pregunto en cuanto levanta la cabeza—. Que te crees mejor que yo porque llevas ese uniforme y piensas que soy un vendido. Pero la que es demasiado estúpida para darse cuenta de que lleva una correa alrededor del cuello eres tú. Tú eres quien lo haría sentirse avergonzado.
—Lo único bueno de que esté muerto es que no tiene que verte así. Hasta la vista, Ef.
Ya en la puerta, baja la mirada hacia su terminal de datos y una sombra de miedo provocada por lo que ve allí le oscurece el rostro. Después desaparece bajo la lluvia.
Dos copas más tarde, abandono la botella y salgo dando tumbos del bar hacia la acera. La lluvia se abre paso entre el laberinto de la ciudad que se extiende hacia arriba y hacia abajo, tornándose más repugnante a cada nivel. Me acerco al borde de la acera y me asomo por encima de la barandilla de metal oxidado que da a la autopista aérea. Es una caída de mil metros hasta la fétida planta baja de la Masa. Los coches y los taxis voladores titilan entre la niebla creciente. Desde los laterales de los edificios descomunales, los carteles publicitarios filtran manchas de contaminación de tonos verde neón y rojos violentos hacia el aire como un pus multicolor. En una valla publicitaria digital, un niño rojo de seis pisos de tamaño merodea solo por el desierto. Tiene los labios resecos. La piel absurdamente quemada. Tropieza con algo en la arena, empieza a excavar con ansia y, ¡oh!, descubre algo enterrado. Una botella. Con movimientos febriles, quita el tapón y bebe un trago. Se ríe encantado y levanta la botella resplandeciente hacia el sol, donde brilla y reluce con divinas gotas de condensación. La palabra AMBROSIA destella en la pantalla, con un pequeño logo de un talón alado en la esquina.
Un rugido distante me llega desde el cielo cuando un enorme barco de pasajeros zarpa de su amarradero en los MIA, de camino a las estrellas invisibles. Pienso que ojalá nunca hubiera abandonado Hiperión para venir a la Masa. Que ojalá me hubiera ido a un club de Perlas y buscado a un rosa que devorara mi atención. Holiday tenía razón en una cosa: esto no hace sino reabrir la herida. Pero si no la reabro, da la sensación de que no importara. Y si la herida no importara, yo tampoco lo haría.
Saco mi terminal de datos con una mano y estoy a punto de dejarla caer por encima de la barandilla. Recupero el último vídeo reproducido. La grabación de una cámara de seguridad. Un paisaje invernal ocupa el aire delante de mí. Gotas de lluvia descuidadas atraviesan el holo perforándolo. Trigg está desamparado en el puente que lleva a una plataforma de aterrizaje que sobresale de la ladera de una montaña como el brazo de un camarero que lleva una bandeja. Una dorada gigantesca le clava la hoja en la columna vertebral, se la saca por el estómago y lo levanta hacia el cielo como si fuera el kebab de un vendedor callejero. Después lo tira por un costado del puente. Mi amor se desparrama sobre las rocas que hay más abajo. Su sangre oscurece la nieve blanca.
Lanzo el terminal de datos al abismo, las lágrimas y la lluvia me emborronan la visión. Noto la barandilla resbalosa bajo las manos cuando me sorprendo encaramándome a ella. Me sitúo en el borde y miro los vehículos que circulan más abajo y la oscuridad que hay tras ellos. Siento el dolor con la misma intensidad que hace diez años cuando Holiday me llamó. Estaba en las oficinas de Seguros Piraeus. No emití ni un solo ruido cuando colgué. Me limité a quitarme el uniforme, me deshice de mi insignia y salí de la oficina por última vez.
Ahora podría marcharme con la misma discreción.
Pero cuando me echo hacia delante para precipitarme hacia el vacío, algo me lo impide. Una mano que me sujeta la espalda de la chaqueta. Siento que mis pies se deslizan bajo mi peso cuando tiran de mí de nuevo hacia la acera. Aterrizo con fuerza contra el hormigón húmedo y me quedo sin aire en los pulmones. Tres hombres de rostro pálido vestidos con guardapolvos de cuero negro y gafas de cromo me miran desde más arriba.
—¿Quién coj...?
Un puño del tamaño de un perro pequeño me sumerge en la oscuridad.
15
LISANDRO
Desde las profundidades
En el puente de mando, Pita se ha quedado callada, pues está sincronizada con el modo de batalla del barco. La mirada se le pierde en la distancia mientras su mente y el ordenador del barco funcionan como uno solo.
—Será mejor que empieces a pensar cómo quieres morir —me dice Casio cuando ocupo el puesto de observación que hay detrás del de Pita—. Hemos perdido uno de nuestros motores gracias a tu imitación de Lorn. Esto es peor que la basura astral de Lorio.
—Nada es peor que eso. —Miro las pantallas de los sensores y las lecturas de datos—. Da igual.
Las tres embarcaciones nos persiguen. Y no son naves piratas ensambladas de cualquier manera, sino barcos militares. No importa que sean viejas; sus motores parecen estar en muy buena forma. Pita está devolviendo fuego de medio alcance con nuestros cañones de riel. No veo el aspecto dramático de la situación, aquí dentro todo son pantallas y lecturas de sensores. Noto el familiar estremecimiento de la nave cuando las municiones salen de sus polvorines hacia los cañones magnéticos y salen disparadas por el espacio hacia nuestros perseguidores. ¿Cuántos disparos quedarán antes de que nos quedemos sin munición?
—¿Podemos perderlos en el campo de asteroides? —pregunto.
—No es lo bastante denso —responde Casio.
—¿Podemos descender?
—Están demasiado cerca.
—¿Podemos...?
—No —replica—. No podemos escondernos. Ni huir. Ni luchar. Maldita sea. —Estampa la mano contra la consola—. Tendrías que haberme hecho caso.
—Lo siento, Casio.
—No utilices mi nombre. Tenemos invitados a bordo.
—Está inconsciente.
—Esa tripulación no. ¿Quieres que alguno de ellos intente reclamar un botín en el Núcleo mientras esquivamos ascomanni?
Niega con la cabeza, maravillado ante mi estupidez.
—No iba a quedarme de brazos cruzados y dejar que esos salvajes se comieran a una de las nuestras.
—«Una de las nuestras...».
—Mi abuelo habría intentado salvarla.
—¡Claro que sí! Habría destripado a un centenar de colores inferiores para salvar una sola vida dorada. ¿A cuántos has matado tú hoy? ¿A una decena? —Veo sus bocas echando espumarajos de miedo. Sus ojos abiertos de par en par como los de un caballo agonizante. Blancos por completo—. ¿Ha merecido la pena? Podrías haberlos ayudado —dice con tristeza—. Pero tú fuiste a por ella. ¡A por una sola persona!
Asumo el castigo. Me lo he ganado. Pero a él se le olvidará hoy mismo. El tiempo lo disolverá. Pero en mi caso no será así. Mi memoria me mantendrá atrapado con esos rostros desencajados aunque cuando yazga en mi lecho de muerte. Veré sus uñas resquebrajándose contra la malla de alambre. Oleré el orín de la cubierta. Y me preguntaré a cuántos podría haber salvado si hubiera tenido más sentido común.
Nuestro barco vuelve a sacudirse cuando nos alcanza otro proyectil. Rebota contra nuestros escudos cinéticos y se pierde en el espacio. Si estuvieran apuntando a matar, utilizarían misiles, pero están apuntando a nuestros motores.
—Nos quieren vivos —digo.
—Por supuesto. Han visto que somos dorados. Nos violarán y nos matarán cuando se aburran de ello.
—Y nos comerán —añado—. Esos tipos son caníbales. —Capta el dejo de miedo de mi voz—. ¿Cuánto tiempo durarán nuestros motores si los sobrecalentamos? —pregunto.
Sé la respuesta, pero también sé hacia dónde necesito guiar a Casio. Él baja la mirada hacia Pita.
—No mucho. Puede que una hora o dos. Después somos metal muerto. Pero ¿adónde iríamos? La ciudad asteroide más cercana está a cinco días de aquí.
—Al Confín.
—Al Confín, dice. ¿Tú te has olvidado de tu apellido? ¿Del mío? —Baja la voz y vuelve a mirar hacia el pasillo—. Tu abuela ordenó la destrucción de una de sus lunas y de sus muelles.
—Eso dicen.
—Creen que yo pisoteé personalmente la cabeza de Revus au Raa.
—Los ascomanni no nos seguirán si rebasamos la Línea. Le tienen más miedo que nosotros al Confín.
—Y tienen razones para ello.
—Las posibilidades de que tengan un buque de guerra a menos de seis días de donde entraríamos son insignificantes.
Nuestra embarcación vuelve a estremecerse. Pita da un respingo en su asiento. Le gotea sangre por los labios. Se ha mordido la lengua. Su protector bucal tiembla sobre la consola. Le separo los dientes y le introduzco el fino pedazo de plástico en la boca.
—Ahí dentro he cometido un error. Pero esto es una cuestión de probabilidad. Podemos sobrepasar la Línea, librarnos de los ascomanni, arreglar los motores y después...
—Hace diez años que ningún barco entra en el Espacio del Confín. No voy a correr el riesgo de iniciar una guerra.
—Entonces, ¿cuál es tu plan? —le pregunto.
—Nos damos la vuelta y luchamos. Podemos meternos dentro de uno de sus barcos. Utilizar sus armas contra las corbetas. He visto a otros hombres hacerlo.
Luchar. Por supuesto que esa es su respuesta.
—Nosotros no somos esos hombres —contesto. Parece herido en su vanidad de guerrero—. Y no tenemos tubo de lanzamiento en la parte trasera de la nave. Tendríamos que hacer girar el barco a estribor. Y después saldríamos disparados entre un aluvión de disparos de cañón de riel. Y si sobrevivimos a eso, sumando la velocidad de su corriente a la velocidad del tubo escupidor, impactaríamos contra sus ventanales con... —Recupero de mi memoria el detallado informe y análisis que mi abuela me obligó a hacer sobre el ataque matemáticamente suicida de Darrow contra el Vanguard—... en torno a nueve veces la velocidad que se empleó para asaltar el Vanguard. Nuestros huesos no se distinguirían de nuestra orina.
—¿En serio?
—¿Te apuestas algo?
—Mierda.
—¿Y el S1392?
—¿El asteroide?
—Es el destino para el que la dorada había pagado pasaje. —Señalo los sensores—. Está a dos horas de distancia. Tres horas más cerca que la Línea. Antes de perder la conciencia, la chica me dijo que allí había ayuda.
Entorna los ojos.
—¿Y cuándo has tenido tu tiempo para hablar con ella?
—En el área médica.
—No sabemos quién es. No sabemos de dónde viene. ¿Sabes siquiera a qué tipo de ayuda se refería?
—No —confieso—. Pero las oportunidades se multiplican cuando se aprovechan.
—No me cites a Sun Tzu como si fueran ideas tuyas. Su «ayuda» podría ser cualquiera. Podía ser el condenado Señor de la Ceniza en persona.
—Eso supondría un beneficio para nosotros.
—Para ti, quizá. Tu padrino me despellejaría vivo. —Se queda mirando las naves obsidianas en los sensores—. Utilizó tu filo. ¿Tenía cicatriz?
Si digo que sí, no querrá ir al S1392. Intentará luchar.
—No. No tenía cicatriz —contesto, y entonces siento que la culpa me corroe. Mi cerebro siempre ha sido más rápido que mi conciencia.
Nuestro barco se agita una vez más, ahora con más fuerza, y los monitores señalan que nuestros propulsores traseros están dañados. Casio esboza una mueca de dolor con cada estremecimiento del casco. Ver al Arquímedes sangrar le hace daño.
—A la mierda. —Agarra a Pita del hombro—. Pita, pon rumbo al asteroide S1392. Incrementa la potencia de salida de los motores un quince por ciento por encima de la línea roja. Me da igual si se funden.
Pita, sincronizada, no responde, pero la embarcación sí. Me siento mientras el Arquímedes retumba a nuestro alrededor. La gravedad tira de mi cuerpo hacia abajo cuando los compensadores comienzan a acusar la aceleración repentina y el Arquímedes se avanza a toda prisa hacia el asteroide. Los obsidianos se quedan rezagados, pero poco a poco comienzan a recuperar terreno.
La suerte está echada.
Mientras Casio prepara el barco para un abordaje potencial equipando con armas a los miembros de la tripulación rescatada, yo vuelvo al área médica para comprobar cómo está la dorada y ver si puedo sacarle algo más de información. Sigue inconsciente. La contemplo durante unos instantes y siento más ansias de protegerla de lo que debería, teniendo en cuenta que es una extraña. Con cuidado, le corto el resto de la ropa y comienzo a limpiarle el aceite de la piel con friegas de alcohol. Después, la cubro con una sábana médica para proteger su decoro. Cuando levanto la vista, tiene los ojos abiertos y da la sensación de llevar un rato observándome. Me ruborizo, pues temo que piense que estaba haciendo algo inapropiado. Pero ahora su mirada es más suave que la primera vez que nos vimos. Menos animal. Mira el filo que llevo a la altura de la cadera.
—Vamos rumbo al asteroide —informo en voz baja—. Antes dijiste que allí había ayuda. ¿Qué tipo de ayuda? —Intenta hablar, pero está demasiado débil para conseguir articular palabra—. Salve —digo mirando la nueva capa de carne resonante que he utilizado hace un rato para cubrirle la cicatriz—. Ahorra fuerzas. —Le pongo una mano en el hombro—. Debería echarle un vistazo a tu herida. ¿Puedo?
Hace un leve gesto de asentimiento con la cabeza. Aparto la sábana a un lado y examino la carne virulenta. Mi cauterización ha sido torpe. Voy a buscar una venda limpia al armario y vuelvo a centrarme en la herida. Da un respingo cuando le aplico la crema desinfectante. Para calmarla, recito uno de mis poemas favoritos de la biblioteca de mi madre:
Como de la penumbra oscura una paloma plateada
se alza y precipita hacia la luz oriental,
con alas que no provocan sino pura fruición sensorial,
así se precipitó tu alma hacia las esferas elevadas,
regiones de amor y paz eternizada...
Para cuando termino el poema, la chica ha vuelto a perder la conciencia, y esta vez la dejo tranquila. Tantas vidas por ella. Antes de marcharme, le embadurno la cara con aceite para ayudar a enmascarar la carne resonante que le tapa la cicatriz. Espero no haber mentido a Casio en vano.
A toda potencia, nos las arreglamos para salvar la distancia hasta el asteroide en menos de dos horas. Ahora la cabina está bañada en el resplandor carmesí de las luces de emergencia, ya que nuestro último motor se ha sobrecalentado. La inercia nos propulsa hacia delante, pero los ascomanni están cada vez más cerca, devoran la distante entre nuestras naves. Pronto nos alcanzarán con los rayos magnéticos de remolque y atravesarán nuestro casco con fuego. Permanecemos sentados en silencio. Pita ya no está sincronizada con el barco. Nuestros cañones son desechos retorcidos. Nuestros escudos han desaparecido. Todo el barco vibra cuando la mayor de las embarcaciones de los ascomanni se acopla a nuestro casco con un rayo de remolque y disminuye nuestra velocidad. Casio despliega su filo y yo sostengo el mío entre los brazos. Tengo las manos sudorosas. El pecho tenso y la boca pastosa y seca. Estoy sentado en el suelo con las piernas cruzadas, meditando. Dejo que el miedo penetre en mi ser para poder ser su dueño cuando sus causantes abran un agujero de fuego en el casco y se cuelen en nuestros pasillos.
Casio se vuelve hacia mí mientras aprieta los tornillos de los guanteletes de su armadura de pulsos. Ambos hemos descartado nuestros entorpecedores evacutrajes en favor de las corazas de las armaduras de pulsos.
—Los recibimos en la puerta. Quiero que te mantengas a mi espalda. En el pasillo no hay espacio suficiente para que luchemos codo con codo. Si caigo, asegúrate de que no te cogen con vida. —Mira a Pita—. Lo digo porque...
No termina la frase. Sigo su mirada hasta el monitor del sensor de radiación. Se desplaza hacia un lado. Los píxeles del monitor se desintegran en un patrón danzante de estática azul y negra. Pita entorna los ojos.
—Alguien está bloqueando el navegador.
—No pueden ser los ascomanni —aseguro—. No tienen la tecnología necesaria para comprometer nuestro instrumental.
—¿Entonces quién? —pregunta Pita.
—Por todos los demonios —murmura Casio—. Por todos los condenados demonios.
Veo que está mirando a través del ventanal hacia un asteroide de gran tamaño y en apariencia inofensivo que hay al otro lado. El S1392. Pita aumenta la imagen del monitor visual. La mitad del asteroide está oculta entre las sombras. Su superficie es de un color blanco perla sucio y está desgarrada por cráteres de impacto. Las sombras se agitan. Algo se mueve en la oscuridad lejana y sale a toda prisa de las entrañas del asteroide. Se lanza al espacio como una anguila negra que escapa retorciéndose de los recovecos de una oscura cueva marina. Emerge de entre las sombras y sus ojos resplandecen como una amenaza perlada. Pero esta anguila no está hecha de carne y hueso. Está hecha de metal, pintada de negro y marcada con un dragón eléctrico de tres cabezas en los costados.
Es un buque de guerra.
En esta extensión vacía, donde hace más de una década que no vuela ningún buque de guerra, un destructor de primera categoría vuela hacia nosotros. Un kilómetro trescientos de eslora, rebosante de armas y equipado con escudos de alta calidad. Además, lo flanquean dos naves antorcha con un diseño que no me resulta conocido. Desde sus hangares despegan tres escuadrones de extrañas naves de combate que parecen horrores surgidos de las profundidades marinas.
Recorren la distancia que nos separa y pasan silenciosamente junto a nosotros para despedazar las embarcaciones de los ascomanni sin cumplir siquiera con la formalidad de una transmisión por radio. Los escuadrones de combate reparten una muerte elegante rociando a los ascomanni con proyectiles de cañones de riel que estallan sin hacer ruido sobre los cascos acribillados de nuestros perseguidores hasta que todos sus navíos pierden el oxígeno y se alejan, trémulos, a flotar, muertos y sigilosos, en el espacio infinito. El enfrentamiento dura menos de un minuto.
Los restos tintinean contra nuestro casco.
A Pita le tiembla la voz.
—¿Qué ha sido eso?
Una luz roja parpadeante en el intercomunicador señala que hay una transmisión directa entrante que procede del propio destructor. Acecha en la distancia, sin acercarse a nosotros. Percibo la inquietud de Casio a mi lado.
—¿Qué tipo de barco es ese? —pregunta Pita—. ¿Lisandro?
Tengo la mirada clavada en el ventanal.
—No lo sé.
Pero Casio sí lo sabe. Me da la impresión de que se lo esperaba. Como si fuera un final inevitable. Empiezo a comprender.
—Me has mentido —dice. Se vuelve para mirarme y su cara es la viva imagen del desconsuelo—. Sí tenía cicatriz, ¿no es así?
Acepto su rabia y lo miro a los ojos.
—Sí.
Cree que he acabado con nuestra vida. Y puede que sea así. Pero mientras sigamos respirando, habrá más oportunidades de escapar. Hemos saltado del fuego a las brasas.
—Abre la transmisión —dice.
La estática crepita por el canal abierto hasta que una voz fría surge desde las profundidades, con un acento que no se oye en las calles de Marte ni en los pasillos de la Luna desde que el Confín cerró sus fronteras hace una década. Las vocales largas, perezosas, que se dilatan en la parte de atrás de la garganta proceden de la luna volcánica de Júpiter. De la misma luna que la Casa de Raa, los líderes del Confín, llaman hogar.
Es el acento de Ío y de los Señores del Polvo.
—Atención, Arquímedes —dice la voz incorpórea—. Aquí el Caribdis, destructor del Dominio del Confin. Vuestro equipo de comunicaciones ha sido neutralizado. Cualquier desviación del rumbo actual llevará a la destrucción de vuestra embarcación. Cualquier oposición llevará a la destrucción de vuestra embarcación. Preparaos para embarcar.
El intercomunicador se apaga. Se hace el silencio en el puente de mando.
Desesperado, Casio coge el intercomunicador.
—Caribdis, no estamos violando el Espacio del Confín. Repito, estamos en territorio neutral. Esto es una violación del Pax Illium. Repito, no estamos en el Espacio del Confín.
No obtiene respuesta. Casio tira el intercomunicador con rabia. Pita se sobresalta cuando el plástico se hace pedazos contra el mamparo de metal.
—Mejor los nuestros que los ascomanni —digo, aunque el miedo que veo en sus ojos y en los de Pita me desazona—. Podemos razonar con ellos.
—¿Razonar? Tráeme la facies, Pita. —Lo miro y me pregunto si su miedo está justificado—. Lisandro, ve a por mi caja y a por la tuya y mételas en la caja fuerte. —Se quita el anillo de la casa de Belona que lleva en una cadena en torno al cuello y me lo pone en la mano—. Asegúrate de que no queda nada que pueda hacerles deducir quiénes somos. Holos, armas, anillos... Todo a la caja fuerte. Y el filo de Karnus. Esa funda que le has puesto no los engañará. Escóndelo o estamos muertos.
Corro por los pasillos hasta las habitaciones y allí cojo la caja de roble de Casio, donde guarda sus recuerdos de familia, la escasa herencia que le queda a un hombre que hace tiempo podría haber gobernado Marte. Busco también la mía, un voluminoso recipiente de marfil que contiene las últimas reliquias de mi pasado. Las deposito en la caja fuerte secreta que hay en la pared detrás del horno del barco. Me registro el cuerpo para comprobar que no me he olvidado de nada. A regañadientes, me despojo del anillo de mi abuela que llevo colgado alrededor del cuello y del filo de Karnus y los meto también en la caja.
Cuando regreso al puente de mando, Casio ha abierto la facies que compramos en un mercado negro de Ceres. En una funda de espuma hay una máscara fina, gris y apanalada, un vial de sales de olor, una compresa de hielo químico y una cartuchera vacía para la jeringuilla de estimulantes analgésicos. La desocupamos hace unas semanas para rellenar nuestros kits de campo.
—No tendrás alguna jeringuilla de sobra por casualidad, ¿verdad? —me pregunta.
—Se las he dado a la dorada. ¿Tú tampoco tienes?
Niega con la cabeza.
—Se las he dado a los prisioneros.
—Demonios —mascullo mirando los panales de la máscara—. Casio...
Se echa a reír y deja translucir una pequeña muestra de su antigua sonrisa pícara.
—No pasa nada, buen hombre. El dolor solo es un recuerdo.
—¿Has perdido la cabeza? —pregunta Pita en tono neutro—. No puedes utilizar ese monstruo sin estimulantes.
—Puedo ir a la bodega a echar un vistazo —propongo—. A lo mejor se nos ha pasado alguna por alto...
Casio niega con la cabeza.
—No hay tiempo.
Pita está horrorizada.
—Lisandro. No le permitas...
Miro a Casio a los ojos.
—Yo te sujetaré.
Él baja la vista hacia la máscara con una expresión distante y desolada en los ojos. Es la misma expresión que apareció en su rostro cuando tuvimos que pagar piezas de motor reclamando un botín a cambio de un antiguo tribuno dorado. Se pregunta cómo es posible que la situación haya llegado hasta este punto. Tan lejos de lo que él pensaba que sería.
Tras dedicarnos una sonrisa dulce, una sonrisa que pertenece a otra época, a una versión más bondadosa de sí mismo, se acerca la máscara a la cara hasta que solo se le ven los ojos. Ajusta el pestillo de plástico de la parte de atrás para que se le sujete a la cabeza.
—No dejes que me la quite —dice.
—¿Llave de coral? —pregunto.
—Cierre de mantis. Con una llave de coral te partiría los brazos.
Obedezco. Me siento detrás de él, le rodeo la cintura con las piernas y le paso los brazos alrededor de los bíceps y después por debajo de las axilas para agarrarme las manos a la mitad de su columna vertebral.
—Pita, tú activa el botón.
Ella se adelanta y coge entre los dedos el interruptor de activación que hay en un costado de la máscara.
—Cuando digas.
—Hazlo.
Pita gira el interruptor de activación de la máscara. Se produce un siseo sibilante cuando las trescientas agujas encajadas en el plástico de la máscara encriptadora se clavan en la piel, los huesos y los cartílagos del rostro de Casio. Él se sacude una vez. Dos. Y entonces un grito balbuciente escapa desde debajo de la máscara, como si fuera el vapor hirviente que sale de una tetera. Los músculos se le contraen y tensan, duros como piedras, al mismo tiempo que se aplasta contra mí y retuerce los brazos con tanta violencia que tengo la sensación de que los míos están a punto de romperse. Barbotea maldiciones incomprensibles mientras rueda y patalea. Está a punto de alcanzar a Pita en la espinilla y esta da un salto hacia atrás. La máscara inclemente le bombea relleno artificial en la cara, le injerta hueso de imitación en la mandíbula, la frente y las cuencas oculares. Al cabo de veinte segundos, el indicador de la máscara pasa del rojo al amarillo y las peores convulsiones de Casio comienzan a desaparecer. Estamos tumbados de costado, jadeando. Él gimotea y se sume en una inconsciencia superficial. El indicador se pone verde. Me desenmaraño de sus brazos. Una línea de dolor lacerante me recorre el antebrazo y sugiere una fractura por fatiga.
Pita se abalanza sobre Casio y abre con mucho cuidado el pestillo de la máscara. Su rostro es una masa burbujeante de carne furiosa e hinchada. Como el de una figura de cera que se hubiera acercado demasiado al fuego. Poco a poco, la hinchazón remite bajo la compresa de antiinflamatorios que le aplica Pita.
Cuando le retira el apósito, nuestro bello amigo ha desaparecido, reemplazado por las facciones de un matón con una frente primitiva, una nariz bulbosa y llena de venas, las orejas melladas y una boca floja con unos labios gruesos y perezosos. La cicatriz de Único se ha desvanecido, escondida bajo esta nueva cara de bronce. Pita se enjuga las lágrimas.
Me lanza una mirada acusatoria y me arranca las sales de olor de las manos para abrirlas bajo su nariz.
—Ya está bien, dominus —le dice mientras le sujeta la cabeza y le limpia el vómito de la cara cuando recupera la conciencia—. Fácil como un pecado. Ya ha pasado todo. Ya ha pasado.
Con su ayuda, Casio se incorpora hasta sentarse y juntos miramos por el ventanal. El destructor abre las compuertas de su zona de embarque para engullirnos enteros.
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